Martes, 22 de mayo de 2018

En la solemnidad de Pentecostés, como es tradicional, fue publicado el mensaje del Papa para la próxima Jornada Mundial de las Misiones que se celebrará el próximo 21 de octubre con el lema “Junto a los jóvenes, llevemos el Evangelio a todos”. Lo anunció el mismo Papa Francisco durante el Regina Coeli del domingo 20 de mayo recordando además los 175 años de la Obra Pontificia de la Infancia Misionera. (Agencia Fides 21/05/2018)

Texto completo del mensaje:

“Queridos jóvenes, deseo reflexionar con vosotros sobre la misión que Jesús nos ha confiado. Dirigiéndome a vosotros lo hago también a todos los cristianos que viven en la Iglesia la aventura de su existencia como hijos de Dios. Lo que me impulsa a hablar a todos, dialogando con vosotros, es la certeza de que la fe cristiana permanece siempre joven cuando se abre a la misión que Cristo nos confía. «La misión refuerza la fe», escribía san Juan Pablo II (Carta enc. Redemptoris missio, 2), un Papa que tanto amaba a los jóvenes y que se dedicó mucho a ellos. El Sínodo que celebraremos en Roma el próximo mes de octubre, mes misionero, nos ofrece la oportunidad de comprender mejor, a la luz de la fe, lo que el Señor Jesús os quiere decir a los jóvenes y, a través de vosotros, a las comunidades cristianas.

La vida es una misión

Cada hombre y mujer es una misión, y esta es la razón por la que se encuentra viviendo en la tierra. Ser atraídos y ser enviados son los dos movimientos que nuestro corazón, sobre todo cuando es joven en edad, siente como fuerzas interiores del amor que prometen un futuro e impulsan hacia adelante nuestra existencia. Nadie mejor que los jóvenes percibe cómo la vida sorprende y atrae. Vivir con alegría la propia responsabilidad ante el mundo es un gran desafío. Conozco bien las luces y sombras del ser joven, y, si pienso en mi juventud y en mi familia, recuerdo lo intensa que era la esperanza en un futuro mejor. El hecho de que estemos en este mundo sin una previa decisión nuestra, nos hace intuir que hay una iniciativa que nos precede y nos llama a la existencia. Cada uno de nosotros está llamado a reflexionar sobre esta realidad: «Yo soy una misión en esta tierra, y para eso estoy en este mundo» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 273).

Os anunciamos a Jesucristo

La Iglesia, anunciando lo que ha recibido gratuitamente (cf. Mt 10,8; Hch 3,6), comparte con vosotros, jóvenes, el camino y la verdad que conducen al sentido de la existencia en esta tierra. Jesucristo, muerto y resucitado por nosotros, se ofrece a nuestra libertad y la mueve a buscar, descubrir y anunciar este sentido pleno y verdadero. Queridos jóvenes, no tengáis miedo de Cristo y de su Iglesia. En ellos se encuentra el tesoro que llena de alegría la vida. Os lo digo por experiencia: gracias a la fe he encontrado el fundamento de mis anhelos y la fuerza para realizarlos. He visto mucho sufrimiento, mucha pobreza, desfigurar el rostro de tantos hermanos y hermanas. Sin embargo, para quien está con Jesús, el mal es un estímulo para amar cada vez más. Por amor al Evangelio, muchos hombres y mujeres, y muchos jóvenes, se han entregado generosamente a sí mismos, a veces hasta el martirio, al servicio de los hermanos. De la cruz de Jesús aprendemos la lógica divina del ofrecimiento de nosotros mismos (cf. 1 Co 1,17-25), como anuncio del Evangelio para la vida del mundo (cf. Jn 3,16). Estar inflamados por el amor de Cristo consume a quien arde y hace crecer, ilumina y vivifica a quien se ama (cf. 2 Co 5,14). Siguiendo el ejemplo de los santos, que nos descubren los amplios horizontes de Dios, os invito a preguntaros en todo momento: «¿Qué haría Cristo en mi lugar?».

Transmitir la fe hasta los confines de la tierra

También vosotros, jóvenes, por el Bautismo sois miembros vivos de la Iglesia, y juntos tenemos la misión de llevar a todos el Evangelio. Vosotros estáis abriéndoos a la vida. Crecer en la gracia de la fe, que se nos transmite en los sacramentos de la Iglesia, nos sumerge en una corriente de multitud de generaciones de testigos, donde la sabiduría del que tiene experiencia se convierte en testimonio y aliento para quien se abre al futuro. Y la novedad de los jóvenes se convierte, a su vez, en apoyo y esperanza para quien está cerca de la meta de su camino. En la convivencia entre los hombres de distintas edades, la misión de la Iglesia construye puentes inter-generacionales, en los cuales la fe en Dios y el amor al prójimo constituyen factores de unión profunda.

Esta transmisión de la fe, corazón de la misión de la Iglesia, se realiza por el “contagio” del amor, en el que la alegría y el entusiasmo expresan el descubrimiento del sentido y la plenitud de la vida. La propagación de la fe por atracción exige corazones abiertos, dilatados por el amor. No se puede poner límites al amor: fuerte como la muerte es el amor (cf. Ct 8,6). Y esa expansión crea el encuentro, el testimonio, el anuncio; produce la participación en la caridad con todos los que están alejados de la fe y se muestran ante ella indiferentes, a veces opuestos y contrarios. Ambientes humanos, culturales y religiosos todavía ajenos al Evangelio de Jesús y a la presencia sacramental de la Iglesia representan las extremas periferias, “los confines de la tierra”, hacia donde sus discípulos misioneros son enviados, desde la Pascua de Jesús, con la certeza de tener siempre con ellos a su Señor (cf. Mt 28,20; Hch 1,8). En esto consiste lo que llamamos missio ad gentes. La periferia más desolada de la humanidad necesitada de Cristo es la indiferencia hacia la fe o incluso el odio contra la plenitud divina de la vida. Cualquier pobreza material y espiritual, cualquier discriminación de hermanos y hermanas es siempre consecuencia del rechazo a Dios y a su amor. Los confines de la tierra, queridos jóvenes, son para vosotros hoy muy relativos y siempre fácilmente “navegables”. El mundo digital, las redes sociales que nos invaden y traspasan, difuminan fronteras, borran límites y distancias, reducen las diferencias. Parece todo al alcance de la mano, todo tan cercano e inmediato. Sin embargo, sin el don comprometido de nuestras vidas, podremos tener miles de contactos pero no estaremos nunca inmersos en una verdadera comunión de vida. La misión hasta los confines de la tierra exige el don de sí en la vocación que nos ha dado quien nos ha puesto en esta tierra (cf. Lc 9,23-25). Me atrevería a decir que, para un joven que quiere seguir a Cristo, lo esencial es la búsqueda y la adhesión a la propia vocación.

Testimoniar el amor

Agradezco a todas las realidades eclesiales que os permiten encontrar personalmente a Cristo vivo en su Iglesia: las parroquias, asociaciones, movimientos, las comunidades religiosas, las distintas expresiones de servicio misionero. Muchos jóvenes encuentran en el voluntariado misionero una forma para servir a los “más pequeños” (cf. Mt 25,40), promoviendo la dignidad humana y testimoniando la alegría de amar y de ser cristianos. Estas experiencias eclesiales hacen que la formación de cada uno no sea solo una preparación para el propio éxito profesional, sino el desarrollo y el cuidado de un don del Señor para servir mejor a los demás. Estas formas loables de servicio misionero temporal son un comienzo fecundo y, en el discernimiento vocacional, pueden ayudaros a decidir el don total de vosotros mismos como misioneros.

Las Obras Misionales Pontificias nacieron de corazones jóvenes, con la finalidad de animar el anuncio del Evangelio a todas las gentes, contribuyendo al crecimiento cultural y humano de tanta gente sedienta de Verdad. La oración y la ayuda material, que generosamente son dadas y distribuidas por las OMP, sirven a la Santa Sede para procurar que quienes las reciben para su propia necesidad puedan, a su vez, ser capaces de dar testimonio en su entorno. Nadie es tan pobre que no pueda dar lo que tiene, y antes incluso lo que es. Me gusta repetir la exhortación que dirigí a los jóvenes chilenos: «Nunca pienses que no tienes nada que aportar o que no le haces falta a nadie: Le haces falta a mucha gente y esto piénsalo. Cada uno de vosotros piénselo en su corazón: Yo le hago falta a mucha gente» (Encuentro con los jóvenes, Santuario de Maipú, 17 de enero de 2018).

Queridos jóvenes: el próximo octubre misionero, en el que se desarrollará el Sínodo que está dedicado a vosotros, será una nueva oportunidad para hacernos discípulos misioneros, cada vez más apasionados por Jesús y su misión, hasta los confines de la tierra. A María, Reina de los Apóstoles, a los santos Francisco Javier y Teresa del Niño Jesús, al beato Pablo Manna, les pido que intercedan por todos nosotros y nos acompañen siempre. FRANCISCUS
 


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Viernes, 18 de mayo de 2018

Reflexión a las lecturas de la solemnidad de Pentecostés B ofreecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo de Pentecostés

 

En el Evangelio de la Vigilia de esta gran solemnidad, leemos que Jesús estaba enseñan-do en el templo, y, en pie, gritaba: “El que tenga sed, que venga a mí; el que cree en mí, que beba. Como dice la Escritura: de sus entrañas manarán torrentes de agua viva”. Y S. Juan comenta: “Decía esto refiriéndose al Espíritu, que habían de recibir los que creyeran en Él. Todavía no se había dado el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado” (Jn 7, 37-40).

Jesucristo, por su Muerte y Resurrección, realiza la salvación del mundo,  nos obtiene del Padre el Don de su Espíritu, y purifica la tierra entera, para que el Espíritu de la santificación pueda entrar en ella a realizar su obra. Por eso dijo Jesús a sus discípulos: “Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Defensor. En cambio, si me voy, os lo enviaré” (Jn 16, 7).

Y Cristo Resucitado se convierte en el Dador del Espíritu. El Evangelio de hoy nos dice que, el mismo día de la Resurrección, al atardecer, Jesús entra en el Cenáculo y, exhalando su aliento sobre los discípulos, les dice: “Recibid el Espíritu Santo”.

Es como si tuviera prisa por dar el Espíritu a los suyos. Y antes de subir al Cielo, les advierte: “No os alejéis de Jerusalén; aguardad la promesa del Padre, de la que os he hablado”(Hch 1, 4). Y también: “Cuando el Espíritu Santo venga sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines del mundo”(Hch 1, 8). ¡Y el Libro de los Hechos se estructura como el cumplimiento de estas palabras del Señor!

La primera lectura nos narra el acontecimiento de Pentecostés y la transformación de los apóstoles, por la acción del Espíritu Santo. San Pedro lo interpreta como el cumplimiento de la Profecía de Joel: “Derramaré mi espíritu sobre toda carne: profetizarán vuestros hijos e hijas, vuestros ancianos soñarán sueños y vuestros jóvenes verán visiones” (Hch 2, 17).

Los apóstoles, además, recibieron del Señor la misión de dar su Espíritu a todos. ¡Y cuánto interés mostraban en hacerlo, como constatamos en el mismo Libro de Los Hechos!

El Espíritu del Señor viene a nosotros en dos sacramentos: En el Bautismo, de un modo inicial, y en la Confirmación, de un modo pleno. El obispo, en efecto, dice al que se confirma: “N. recibe por esta señal el Don del Espíritu Santo”. Y el confirmando responde: Amén.

Y es importante renovar y revivir el Don del Espíritu que, un día recibimos, y que habita en nosotros. ¡Hoy es un día apropiado para hacerlo!

¡También podemos recibir el Espíritu del Señor cuando lo invocamos!

Es preocupante la crisis del Sacramento de la Confirmación. En un futuro inmediato, tendremos unas comunidades cristianas en las que, la mayoría de sus miembros, carecerá del Don del Espíritu Divino, en su plenitud, que se recibe en este sacramento. Y ya sabemos que recibir el Espíritu Santo es algo muy importante y necesario. Mientras tanto, no somos cristianos del todo, porque éste es un sacramento de Iniciación Cristiana, es decir, de los tres, que nos constituyen como cristianos.

Como dice la segunda lectura, ¡sin el Espíritu Santo no podemos decir ni hacer nada en el orden sobrenatural! ¡Ni siquiera podemos decir lo fundamental: “Jesús es Señor!”

En la Secuencia le decimos al Espíritu Santo: “Mira el vacío del hombre si tú le faltas por dentro; mira el poder del pecado cuando no envías tu aliento”.

Y San Pablo escribía: “El que no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Cristo” (Rom. 8, 9).

Por todo ello, en la oración colecta de este domingo, decimos al Señor: “Y no dejes de realizar hoy, en el corazón de tus fieles, aquellas mismas maravillas que obraste en los comienzos de la predicación evangélica”.                    

                                                                                              ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


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DOMINGO DE PENTECOSTÉS 

MONICIONES 

PRIMERA LECTURA

Escuchemos ahora, con espíritu de fe y devoción, la narración de la Venida del Espíritu Santo, y el impacto que produce en Jerusalén.

Pidamos al Señor que “no deje de realizar hoy, en el corazón de sus fieles, aquellas mismas maravillas que obró en los comienzos de la predicación evangélica”. 

SALMO

            Uniéndonos a las palabras del salmo, pidamos al Señor que envíe sobre nosotros, sobre la Iglesia y sobre el mundo, el don de su Espíritu. 

SEGUNDA LECTURA

La segunda lectura nos presenta unas enseñanzas de S. Pablo sobre la acción del Espíritu del Señor en nosotros y en la Iglesia, Cuerpo de Cristo, que tiene “variedad de ministerios, pero unidad misión:” Anunciar y llevar la Redención de Cristo a todos los pueblos, hasta su Vuelta.  

SECUENCIA

            Leemos hoy, antes de escuchar el Evangelio, una antigua plegaria al Espíritu Santo -la Secuencia-. Unámonos a ella, desde el fondo de nuestro corazón, pidiéndole al Espíritu Divino que venga a nosotros, nos renueve y nos acompañe. 

EVANGELIO

            En el Evangelio se nos narra la primera aparición de Jesucristo Resucitado a los discípulos, su envío al mundo y la donación del Espíritu Santo.

Aclamemos al Señor con el canto del aleluya. 

COMUNION

"Nadie puede decir Jesús es Señor si no es bajo la acción del Espíritu Santo", hemos escuchado en la segunda lectura. Realmente, sin Él no podemos ser ni hacer nada.

            Pidamos a Jesucristo que renueve en nuestro interior el don de su Espíritu, para que sostenga y acreciente nuestra fe en su presencia en la Eucaristía, nos impulse a recibirle con frecuencia y debidamente preparados, en la Comunión y a dar el fruto que exige la recepción de este Sacramento.

 


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La audiencia general de esta mañana ha tenido lugar a las 9:25 horas en la Plaza de San Pedro donde el Santo Padre Francisco ha encontrado grupos de peregrinos y fieles de Italia y de todo el mundo. (ZENIT – 16 mayo 2018)


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy concluimos el ciclo de catequesis sobre el Bautismo. Los efectos espirituales de este sacramento, invisibles para los ojos pero que operan en el corazón de quien se ha convertido en una nueva criatura, se hacen explícitos mediante la entrega de la prenda blanca y la vela encendida.

Después del lavacro de regeneración, capaz de recrear al hombre según Dios en la verdadera santidad (cf. Ef 4,24), pareció  natural, desde los primeros siglos, revestir a los nuevos bautizados con una prenda nueva, blanca, a semejanza del esplendor de la vida conseguida en Cristo y en el Espíritu Santo. La vestimenta blanca expresa simbólicamente lo que ha sucedido en el sacramento, y  anuncia, al mismo tiempo, la condición de los transfigurados en la gloria divina

San Pablo recuerda el significado de revestirse de Cristo, cuando explica cuáles son las virtudes que deben cultivar los bautizados: “Elegidos de Dios, santos y amados, de entrañas de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre y paciencia, soportándoos unos a otros y perdonándoos mutuamente al otro… Y por encima de todo esto revestíos de caridad, que es el vínculo de la perfección”. (Col 3: 12-14).

La entrega ritual de la llama tomada del cirio pascual también recuerda el efecto del Bautismo: “Recibid la luz de Cristo”, dice el sacerdote. Estas palabras recuerdan que nosotros no somos la luz, sino que la luz es Jesucristo (Jn 1, 9, 12, 46), quien, resucitado de entre los muertos, ha vencido las tinieblas del mal. ¡Nosotros estamos llamados a recibir su esplendor! Al igual que la llama del cirio pascual ilumina cada vela, el amor del Señor resucitado inflama los corazones de los bautizados, llenándolos de luz y calor. Y por eso desde los primeros siglos el sacramento del bautismo también se llama “iluminación” y al  bautizado se le llamaba “el iluminado”.

Esta es ciertamente la vocación cristiana: “Caminar siempre como hijos de la luz, perseverando en la fe” (cf. Rito de la iniciación cristiana de adultos, n.° 226, Jn 12, 36). Si se trata de niños, es deber de los padres, junto con los padrinos y madrinas preocuparse por alimentar la llama de la gracia bautismal en sus pequeños, ayudándolos a perseverar en la fe (cf. Rito del bautismo de los niños, n. 73). “La educación en la fe, que en justicia se les debe a los niños, tiende a llevarles gradualmente a comprender y asimilar el plan de Dios en Cristo, para que finalmente ellos mismos puedan libremente ratificar la fe en que han sido bautizados”. (ibid., Introducción, 3).

La presencia viva de Cristo, que debemos  proteger, defender y dilatar en nosotros, es la lámpara que ilumina nuestros pasos,  luz que orienta nuestras decisiones, llama que calienta los corazones para  ir al encuentro del Señor, haciéndonos capaces de ayudar a los que hacen el camino con nosotros, hasta la comunión inseparable con Él. Ese día, dice también el Apocalipsis, “Noche ya no habrá; no tienen necesidad de luz de lámpara ni de luz del sol, porque el Señor Dios los alumbrará y reinarán por los siglos de los siglos” (véase 22: 5).

La celebración del bautismo termina con la oración del Padre Nuestro, propia de la comunidad de los hijos de Dios. En efecto, los niños renacidos en el bautismo reciben la plenitud del don del Espíritu en la confirmación y participan en la eucaristía, aprendiendo lo que significa dirigirse a Dios llamándolo “Padre”.

Al final de estas catequesis sobre el Bautismo, repito a cada uno de vosotros la invitación que expresé en la exhortación apostólica Gaudete et Exsultate: “Deja que la gracia de tu Bautismo fructifique en un camino de santidad. Deja que todo esté abierto a Dios y para ello opta por él, elige a Dios una y otra vez. No te desalientes, porque tienes la fuerza del Espíritu Santo para que sea posible, y la santidad, en el fondo, es el fruto del Espíritu Santo en tu vida (cf. Ga 5,22-23)”.

mayo 16, 2018 17

 


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El Papa Francisco comentó el Evangelio de la Ascensión antes de la oración mariana de Regina Caeli, este domingo, 13 de mayo de 2018, en la Plaza de San Pedro, en presencia de unas 45,000 personas. (ZENIT – 13 mayo 2018)

Queridos hermanos y hermanas, ¡hola!

Hoy, en Italia y en muchos otros países, se celebra la solemnidad de la Ascensión del Señor. Esta fiesta contiene dos elementos. Por un lado, dirige nuestra mirada al cielo, donde Jesús glorificado se sienta a la diestra de Dios ( Mc 16:19). Por otro lado, nos recuerda el comienzo de la misión de la Iglesia : ¿por qué? Porque el Jesús resucitado y ascendido al cielo  envía a sus discípulos a difundir el Evangelio en todo el mundo. Por lo tanto, la Ascensión nos exhorta a levantar nuestros ojos hacia el cielo, y luego nos volvemos inmediatamente a la tierra, realizando las tareas que el Señor Resucitado nos confía.

Esto es lo que el pasaje del Evangelio de hoy nos invita a hacer: el evento de la Ascensión viene inmediatamente después de la misión que Jesús confió a los discípulos. Es una misión sin límites, literalmente “sin fronteras”, más allá de la fortaleza humana. De hecho, Jesús dice: “Id por todo el mundo y proclamad el Evangelio a toda criatura” ( Mc 16, 15). ¡Esta tarea que Jesús confió a un pequeño grupo de hombres simples sin grandes habilidades intelectuales parece tarea muy atrevida! Sin embargo, esta pequeña compañía, sin importancia para los grandes poderes del mundo, es enviada para llevar el mensaje de amor y misericordia de Jesús a todos los rincones de la tierra.

Pero este proyecto de Dios puede realizarse solo por la fuerza que Dios mismo les da a los apóstoles. En este sentido, Jesús les asegura que su misión será apoyada por el Espíritu Santo. El dijo: “Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra” ( Hechos 1, 8). Por lo tanto, esta misión podría realizarse y los Apóstoles lanzaron este trabajo, que luego fue continuado por sus sucesores. La misión confiada por Jesús a los Apóstoles ha continuado a través de los siglos, y continúa hoy: necesita nuestra colaboración de todos. Cada uno, gracias al Bautismo que ha recibido, está facultado para proclamar el Evangelio. Es precisamente el Bautismo que nos fortalece y nos impulsa a ser misioneros, a proclamar el Evangelio.

La ascensión del Señor al cielo, mientras inauguramos una nueva forma de presencia de Jesús en medio de nosotros, nos pide tener ojos y un corazón para encontrarnos con Él, servirlo y testificar de Él a los demás. Es ser hombres y mujeres de la Ascensión, es decir, buscadores de Cristo en los caminos de nuestro tiempo, que llevan su palabra de salvación hasta los confines de la tierra. En este viaje, nos encontramos con Cristo mismo en nuestros hermanos, especialmente en los más pobres, en aquellos que sufren en carne propia la experiencia dura y mortificante de la pobreza antigua y nueva. Como al principio el Cristo Resucitado envió a sus apóstoles con la fuerza del Espíritu Santo, hoy nos envía a todos, con la misma fuerza, a llevar signos de esperanza concretos y visibles. Porque Jesús nos da la esperanza y hay ido al cielo y ha abierto las puertas del cielo en la esperanza que nosotros llegaremos allí.

Que la Virgen María que, como la Madre del Señor muerto y resucitado, anima la fe de la primera comunidad de discípulos, también nos ayude a nosotros a guardar “en lo más alto de nuestros corazones”, como la liturgia nos exhorta a hacer. Y al mismo tiempo, que nos ayude a tener “los pies en la tierra” y a sembrar el Evangelio con valentía en las situaciones concretas de nuestra vida y nuestra historia.

 

mayo 13, 2018 17:25 


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Viernes, 11 de mayo de 2018

Reflexión a las lecturas de la solemnidad de la Ascensión del Señor  B ofrecida por el sacerdote Don Juan  Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

La Ascensión  del Señor

 

Ya hace muchos días, que venimos escuchando, en la Santa Misa, textos de la Última Cena.  Es la verdadera despedida del Señor, a la hora de volver al Padre. Porque Jesús se va a entregar a su Pasión. Y, después de su Resurrección, ya no está con los discípulos como antes, sino que se les va apareciendo, “durante cuarenta días, para hablarles del Reino de Dios”, nos dice la primera lectura de hoy.

Hemos venido comentando distintas cosas de aquella Cena memorable. De todas formas, Jesús quiso tener otra despedida, en el momento mismo en que se  iba definitiva-mente al Cielo. Nos lo enseña el Evangelio. El libro de los Hechos nos dice que “lo vieron levantarse hasta que una nube se lo quitó de la vista”.

¡Qué hermosa es esta solemnidad de la Ascensión! Cuántas cosas nos dice, nos grita, a  nosotros, que vivimos, tantas veces, “encandilados” por las cosas de la tierra, y un tanto olvidados de las realidades del Cielo, que deben iluminar y guiar nuestra peregrinación terrena.

Modernamente, se habla de la necesidad de cuidar, en nuestras Islas, la iluminación de las ciudades por la noche, no sea que se impida observar el cielo, con esos potentes instrumentos que tienen en el Astrofísico del Teide y en La Palma. ¡De eso se trata también aquí! ¡De que las cosas de la tierra no nos dificulten o nos impidan mirar al Cielo!

La segunda lectura es una oración de S. Pablo. En ella pide al Señor que ilumine los ojos de nuestro corazón, para que comprendamos “cuál es la esperanza a la que nos llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál es la extraordinaria grandeza de su poder para nosotros, los que creemos…”

Pero Jesús, antes de subir al Cielo, les dice a los discípulos: “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la Creación. El que crea y se bautice se salvará; el que se resista a creer será condenado”. Lo escuchamos en la Liturgia de este día.

Y un poco más adelante dice: “Ellos fueron por todas partes, y el Señor actuaba con ellos, y confirmaba la Palabra, con los signos que les acompañaban”.

¡Y de esta forma, termina el Evangelio de S. Marcos, el evangelista de este año B!

“Ellos fueron…” nos dice el Evangelio. Así, muy pronto se extiende la Buena Noticia de la salvación hasta los confines del mundo entonces conocido. Todavía se conserva en España el término “Finisterre”, fin de la tierra.

“Ellos fueron…” ¡He ahí la cuestión fundamental! Porque el Señor no deja de “actuar y confirmar la Palabra”, pero hace falta dar el primer paso: “ir”. Y si no a los confines de la tierra, por lo menos, a la habitación del niño, antes de descansar, para ayudarle a rezar y  hablarle algo de Dios, o a la vecina, que no va sino a las misas de difuntos, o al otro, que no se quiere confirmar, o a…  ¡Y es que queda tanto por hacer...!

“Ellos fueron”. ¡Pero son muchos los que no han ido! ¡Son muchos los que no van!

Si hay algo claro en nuestro tiempo, es que necesitamos de una “Nueva Evangeliza-ción”. Y por eso y para eso, imploramos estos días el Don del Espíritu Santo. En efecto, es costumbre de la piedad cristiana, que los días que van de la Ascensión a Pentecostés, se conviertan en un tiempo de oración y de preparación para celebrar Pentecostés, la Venida del Espíritu Santo.

¡Él es el agente principal e imprescindible de toda la vida y actividad de la Iglesia, mientras aguardamos la Venida Gloriosa del Señor!

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


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SOLEMNIDAD DE LA ASCENSIÓN

 MONICIONES 

 

PRIMERA LECTURA

La Ascensión del Señor y la venida del Espíritu Santo constituyen el comienzo de la misión, que se confía a los apóstoles y a todos los cristianos. Es también el comienzo de una esperanza: "El Señor volverá". Escuchemos con atención.

 

SEGUNDA LECTURA

He aquí, en la segunda lectura,  una oración de San Pablo. El apóstol pide que tengamos una comprensión de la grandeza maravillosa, que nos espera en el Cielo.

 

EVANGELIO

                        En el Evangelio, Jesús, antes de subir al Cielo, envía solemnemente a los apóstoles a anunciar el Evangelio por toda la tierra, y les asegura su presencia y su ayuda constante. 

 

COMUNIÓN

                        En la Comunión recibimos al mismo Cristo, que está en el Cielo, a la derecha del Padre. Por eso la Eucaristía es como un Cielo anticipado. En ella “pregustamos y tomamos parte” de los bienes de allá arriba, de nuestra Patria definitiva, y recibimos el alimento y la fuerza que necesitamos para no desfallecer por el camino. 


Publicado por verdenaranja @ 14:09  | Liturgia
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La audiencia general de esta mañana ha tenido lugar  a las 9:20 horas en la Plaza de San Pedro donde el Santo Padre Francisco ha encontrado grupos de peregrinos y fieles de Italia y de todo el mundo. (ZENIT – 9 mayo 2018)

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

La catequesis sobre el sacramento del Bautismo nos lleva a hablar hoy del lavacro santo acompañado de la invocación a la Santísima Trinidad, o sea el rito central, que, propiamente “bautiza” – es decir, inmerge – en el misterio pascual de Cristo (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1239). San Pablo recuerda a los cristianos de Roma el significado de este gesto, preguntando en primer lugar: “¿Es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte?”. Y luego responde: “Fuimos, pues, con Él sepultados por el bautismo en la muerte  a fin de que al igual que Cristo fue  resucitado de entre los muertos… así también nosotros vivamos una vida nueva “(Rom 6: 3-4). El Bautismo nos abre la puerta a una vida de resurrección, no a una vida mundana. Una vida según Jesús.

¡La pila bautismal es el lugar donde participamos de la Pascua de Cristo! El hombre viejo es sepultado, con sus pasiones engañosas (véase Efesios 4:22), para que renazca una criatura nueva. En efecto las cosas viejas han pasado y han nacido otras nuevas (véase 2 Cor 5, 17). En las “catequesis” atribuidas a San Cirilo de Jerusalén se explica así a los recién bautizados, lo que les ha sucedido en el agua del Bautismo. Es hermosa esta explicación de San Cirilo: “Nacéis y morís en el mismo instante y la misma onda saludable se convierte para vosotros en sepulcro y madre” (n. 20, Mistagógica 2, 4-6: PG 33, 1079 – 1082). El renacimiento del hombre nuevo requiere que se convierta en polvo el hombre corrompido por el pecado. Efectivamente, las imágenes de la tumba y del seno referidas a la pila, son muy eficaces para expresar la grandiosidad de lo que sucede a través de los sencillos gestos del Bautismo. Me gusta citar la inscripción que se encuentra en el antiguo Baptisterio romano de Letrán, donde se lee, en latín, esta frase atribuida a Sixto III: “La Iglesia Madre da a luz virginalmente mediante el agua a los hijos que concibe por el soplo de Dios. Cuántos habéis renacido de esta fuente, esperad el reino de los cielos”. [1] Es bello: la Iglesia que nos da a luz, la Iglesia que es seno, es madre nuestra por medio del Bautismo.

Si nuestros padres nos generaron a la vida terrena, la Iglesia nos ha regenerado a la vida eterna en el Bautismo. Nos hemos convertido en hijos en su Hijo Jesús (véase Rom 8:15, Gal 4: 5-7). También sobre cada uno de nosotros, renacidos del agua y del Espíritu Santo, nuestro Padre Celestial hace resonar con amor infinito su voz que dice: “Tú eres mi hijo amado” (Mt. 3,17). Esta voz paternal, imperceptible para el oído pero bien audible desde el corazón de aquellos que creen, nos acompaña a lo largo de la vida, sin abandonarnos nunca. Durante toda la vida el Padre nos dice: “Tú eres mi hijo, el amado; tu eres mi hija, la amada”. Dios nos ama tanto, como un Padre y no nos deja solos. Esto desde el momento del Bautismo. ¡Renacidos hijos de Dios, lo somos por siempre! El Bautismo no se repite, porque imprime un sello espiritual indeleble: “Este sello no es borrado por ningún pecado, aunque el pecado impida al Bautismo dar frutos de salvación” (CIC, 1272). ¡El sello del Bautismo no se borra nunca! “Padre, pero si una persona se vuelve un malhechor, de los más famosos, de esos que matan a la gente, que hace injusticias, ¿el sello se borra?”. No. Para vergüenza suya, hace estas cosas ese hombre que es hijo de Dios; pero el sello no se borra. Y sigue siendo hijo de Dios, que va contra Dios pero Dios no reniega nunca a sus hijos. ¿Habéis entendido esto último? Dios no reniega nunca a sus hijos. ¿Lo repetimos todos juntos? “Dios no reniega nunca a sus hijos”. Más fuerte, que o yo soy sordo o no lo he entendido: (lo repiten más fuerte). “Dios no reniega nunca a sus hijos”. Vale, así está bien.

Incorporados a Cristo a través del Bautismo, los bautizados son, pues, conformados a Él, “el primogénito de muchos hermanos” (Rom 8:29). Mediante la acción del Espíritu Santo, el Bautismo purifica, santifica, justifica, para formar en Cristo, de muchos, un solo cuerpo (1 Co 6:11, 12, 13). Lo expresa la unción crismal “que es un signo del sacerdocio real de los bautizados y de su agregación a la comunidad del pueblo de Dios” (Rito del bautismo de niños, Introducción, n. 18, 3). Por lo tanto, el sacerdote unge con el santo crisma la cabeza de todo bautizado, después de pronunciar estas palabras que explican el significado: “Dios mismo os consagra con el crisma de la salvación con el Crisma de la salvación para que entréis a formar parte de su pueblo y seáis para siempre miembros de Cristo, sacerdote, profeta y rey” (ibíd., 71).

Hermanos y hermanas, la vocación cristiana estriba en esto: vivir unidos a Cristo en la santa Iglesia, partícipes de la misma consagración para llevar a cabo la misma misión, en este mundo, dando frutos que duren para siempre. En efecto, inspirado por el único Espíritu, todo el Pueblo de Dios participa de las funciones de Jesucristo, “Sacerdote, Rey y Profeta”, y tiene las responsabilidades de misión y servicio que se derivan de ellas (cf. CCC, 783-786). ¿Qué significa participar en el sacerdocio real y profético de Cristo? Significa hacer de sí mismo una oferta agradable a Dios (cf. Rm 12,1), dando testimonio a través de una vida de fe y de caridad (cf. Lumen Gentium, 12), poniéndola al servicio de los demás, siguiendo el ejemplo del Señor Jesús (ver Mt 20: 25-28; Jn 13: 13-17). Gracias.

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Publicado por verdenaranja @ 14:02  | Habla el Papa
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Comentario litúrgico de la Solemnidad de la Ascensión del Señor por el P. Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor en el Noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey (México) y asistente del Centro Sacerdotal Logosen México y Centroamérica, para la formación de sacerdotes diocesanos. mayo 08, 2018 16 (zenit) 

SOLEMNIDAD DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

Ciclo B

Textos: Hech 1, 1-11; Ef 1, 17-23; Marcos 16, 15-20

Idea principal: El misterio de la Ascensióndel Señor al cielo: quién asciende al cielo, por qué, para qué, cómo y a qué me compromete. 

Síntesis del mensaje:La Ascensiónconfirma lo que las apariciones del resucitado demuestran: que Jesús es el único Señor y Creador resucitado de entre los muertos, y que asciende para recibir su Reino (san Ireneo). Cuarenta días después de la Resurrección -según el libro de los Hechos de los Apóstoles-, Jesús asciende al Cielo, o sea, retorna al Padre que lo había enviado al mundo. En muchos países este misterio se celebra no el jueves, sino hoy, el domingo siguiente. La Ascensión del Señor marca el cumplimiento de la salvación iniciada con la Encarnación.

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, ¿quién asciende al cielo?El mismo que vino en carne mortal, Jesús. Vino a la tierra para excitar con su presencia nuestro amor. Y después se ha ido para que lo busquemos con nostalgia, como un imán necesita tomar distancia para poder atraer hacia sí. Asciende Cristo que es Cabeza de la Iglesia y con Él asciende una parte de nosotros, la humanidad que Él nos “robó”. Asciende con el mismo cuerpo que en su vida terrena, pero ahora glorioso. Nuestra pobre naturaleza humana se eleva sobre los ángeles al cielo con Él, al trono de Dios. También nosotros ascenderemos. Por eso este misterio glorioso es motivo de un gran gozo interior, que nos hace más llevadera la vida con sus dolores y sufrimientos. San León Magno explica que con este misterio “se proclama no solamente la inmortalidad del alma sino también la de la carne. Hoy de hecho no solamente estamos confirmados como poseedores del paraíso, sino también hemos penetrado en Cristo en las alturas de los cielos”(De Ascensione Domini, Tractatus73, 2.4). La Ascensión nos dice que en Cristo nuestra humanidad es llevada a las alturas de Dios; así cada vez que rezamos, la tierra se une con el Cielo. Y como el incienso cuando se quema hace subir hacia lo alto su humo suave y perfumado, así cuando elevamos al Señor nuestra fervorosa oración llena de confianza a Cristo, esta atraviesa los cielos y alcanza el Trono de Dios, y es por Él escuchada y satisfecha.

En segundo lugar, ¿por qué y para qué asciende?Porque ya cumplió su misión en la tierra y ahora, comienza su misión de mediador sentado a la diestra de su Padre Dios. Dios Padre lo entronizó como Rey para que presida la historia desde el trono celestial. Sentado está, como símbolo del guerrero que descansa después de su victoria. No se fue para alejarse de nuestra pequeñez, sino para que pusiéramos nuestra esperanza en llegar, como miembros suyos, a donde él, nuestra cabeza y principio, nos ha precedido. La Ascensión no es anuncio de una “ausencia”, sino de una “presencia”. Como dice el prefacio I de la Ascensión: “No se ha ido para desentenderse de este mundo”.Sigue presente, con una presencia misteriosa e invisible, más real incluso que la física o geográfica que tenía antes de su Pascua. Está presente también con otro protagonista, también invisible, el Espíritu Santo, a quien Jesús ha prometido enviar como “fuerza de lo alto” y cuya venida sobre la Iglesia celebraremos de un modo especial el domingo que viene.

En tercer lugar, ¿cómo asciende Jesús al cielo? Con su humanidad glorificada y gloriosa y llevando las señales de la victoria: sus llagas gloriosas. Por eso, la Ascensión del Señor es una fiesta de triunfo, de victoria, de alegría. Asciende por su propio poder, porque es Dios. No se va para desentenderse de nosotros, sino para dar cuenta a su Padre de su misión cumplida. Como dijo el obispo de Córdoba (España) monseñor Demetrio: “La ascensión de Jesús al cielo inaugura una etapa de comunicación fluida entre el cielo y la tierra. Desde entonces, el cielo no es algo lejano. Tenemos allí, junto al Padre, a uno de nuestra propia carne, el enviado del Padre para redimir a los hombres por su sangre en la Cruz. Y desde el cielo tira de todos nosotros como hacia la patria que nos espera. Pensar en el cielo no nos hace ajenos a la tierra, no nos distrae de los problemas de este mundo, no nos hace extraños a la misión que se nos ha encomendado. Pensar en el cielo es vivir en la realidad, hemos nacido para el cielo. Por el contrario, prescindir de este aspecto de nuestra existencia es como si nos aserraran la cabeza para caber en las medidas de este mundo, es como achatar nuestra figura para quedar reducidos a lo puramente mundano”. Y Jesús asciende también con gran alegría porque nos preparará un lugar para cada uno de nosotros en el cielo, y en poco rato gozará también de la presencia de su Madre Santísima, a quien premiará con la Asunción en cuerpo y alma.

Finalmente¿qué tarea nos deja a nosotros? Si por una parte dejó tristes a los apóstoles y a nosotros, pues ya no lo veremos con los ojos corporales, por otra, nos dejó una tarea bien concreta. La tarea que nos encomendó fue: “Id por todo el mundo, anunciad el evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará. El que no crea se condenará” (evangelio). Por tanto, el misterio de la Ascensión trae consigo el mandato de la evangelización, es decir, ir por todo el mundo anunciando su evangelio de salvación. Por tanto, aunque Cristo está sentado a la diestra del Padre, la Iglesia está en pie, de misión, con el Evangelio y la Eucaristía en las manos. No podemos quedarnos mirando el cielo, como aquellos varones galileos (1ª lectura). Este misterio de la evangelización va desde el misterio de la Ascensión a la Parusía, es decir, hasta cuando vuelva de nuevo en su gloria, en la segunda venida. ¿Que nuestra predicación provoque expulsión de los demonios, el don de las nuevas lenguas, la invulnerabilidad a peligros físicos? Jesús nos lo prometió en el evangelio de hoy. Y yo lo creo. ¡Cuántos demonios salen gritando del alma a quienes predicamos! ¡Cuántos nos entienden al ir a lugares inhóspitos donde hablan otras lenguas! ¡De cuántos peligros nos salva el Señor a quienes somos sus evangelizadores! 

Para reflexionar: ¿Anhelo el cielo o la tierra? ¿Pienso más en el cielo o en la tierra? ¿Lucho por llegar a ese cielo prometido donde me está esperando Cristo? ¿Me interesa que todos lleguen a ese cielo o me es indiferente que haya gente a quien no le interesa mirar hacia arriba?

Para rezar: Señor, gracias por abrirnos las puertas del cielo y haber entrado con tu humanidad. Espérame a la puerta cuando también yo resucite. Que mis ojos miren siempre hacia el cielo, pero con mis pies calzados y firmes en la tierra, para llevar tu mensaje de salvación. Recemos con santa Teresa de Jesús:

La vida terrena
es continuo duelo:
vida verdadera
la hay sólo en el cielo.
Permite, Dios mío,
que viva yo allí.
Ansiosa de verte,
deseo morir.

Para cualquier duda, pregunta o sugerencia, aquí tienen el email del padre Antonio, [email protected]org


Publicado por verdenaranja @ 13:57  | Espiritualidad
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El Papa Francisco desde Tor Vergata en Roma, donde se encontró con miles de miembros del Camino Neocatecumenal, por el 50 aniversario de la presencia de este movimiento en la Ciudad Eterna, el 5 de mayo. 2018. Si es “más fácil quedarse en casa”, invitó “a estar siempre afuera, peregrinos en el mundo en busca del hermano que aún no conoce la alegría del amor de Dios”. (ZENIT – 6 mayo 2018)

Queridos hermanos y hermanas, ¡Buenos días!

Estoy feliz de conoceros y decir con vosotros: ¡gracias! Gracias a Dios, y también a vosotros, especialmente a aquellos que han hecho un largo viaje para estar aquí. Gracias por el “sí” que habéis dicho, gracias por haber acogido la llamada del Señor a vivir el Evangelio y a evangelizar. Y un gran agradecimiento va también para aquellos que comenzaron este Camino Neocatecumenal hace cincuenta años.

Cincuenta es una figura importante en la Escritura: el quincuagésimo día, el Espíritu del Señor Resucitado descendió sobre los Apóstoles y mostró al mundo la Iglesia. Antes de esto una vez más, Dios había bendecido el año cincuenta: “Este quincuagésimo será para vosotros un año jubilar” (Lev 25,11). Un Año Santo, durante el cual el pueblo elegido tocará con el dedo nuevas realidades, como la liberación y el retorno de los oprimidos en su casa: “Vosotros proclamaréis la liberación para todos los habitantes del país – había dicho el Señor -. […] Cada uno de vosotros regresará a su propiedad, cada uno de vosotros volverá a su clan “(v.10). Aquí sería bueno después de cincuenta años en el Camino que cada uno de vosotros diga: “Gracias, Señor, porque realmente me has liberado; porque en la Iglesia he encontrado mi familia  a mi familia; porque en tu bautismo, las cosas viejas han pasado y disfruto de una nueva vida (2 Cor 5,17); porque a través del Camino me indicas el sendero para descubrir tu amor tierno Padre”.

Queridos hermanos y hermanas, al final cantaréis el “Te Deum de acción de gracias por el amor y la fidelidad de Dios”. Es muy hermoso: agradecer a Dios por su amor y por su fidelidad. A menudo le agradecemos por sus dones, por lo que nos da, y es bueno hacerlo. Pero es aún mejor agradecerle por lo que Él es, porque Él es el Dios fiel en el amor. Su bondad no depende de nosotros. Hagamos lo que hagamos, Dios continúa amándonos fielmente. Es la fuente de nuestra confianza, el gran consuelo de la vida. ¡Así que coraje, nunca os entristezcáis nunca más! Y cuando las nubes de los problemas parecen espesarse pesadamente en vuestros días, recordad que el amor fiel de Dios siempre resplandece como un sol que no se oculta. Recordad su bien, es más fuerte que todo mal, y el dulce recuerdo del amor de Dios os ayudará en toda angustia

Todavía falta un importante agradecimiento: a todos aquellos que irán en misión. Quiero contaros algo sobre el corazón acerca de la misión, sobre la evangelización, que es la prioridad de la Iglesia hoy en día. Porque la misión es dar voz al amor fiel de Dios, es anunciar que el Señor nos ama y que nunca se cansará de mí, de ti, de nosotros y de este mundo, del cual nos cansamos quizás. La misión es dar lo que hemos recibido. La misión es cumplir el mandato de Jesús que hemos escuchamos y sobre el cual me gustaría detenerme con vosotros: “¡Id! De todas las naciones haced discípulos» (Mt 28,19)

Id. La misión pide partir. Pero en la vida, la tentación de quedarse, de no correr riesgos, estar contento con tener la situación bajo control, es fuerte. Es más fácil quedarse en casa, rodeado de aquellos que nos aman, pero no es el camino de Jesús. Él envía: “Id”. Él no usa medias medidas. No usa viajes con descuento ni viajes reembolsados, sino que dice una palabra a sus discípulos, a todos sus discípulos: “!Id!” Id: una llamada fuerte que resuena en cada grieta de la vida cristiana; una clara invitación a estar siempre afuera, peregrinos en el mundo buscando al hermano que aún no conoce la alegría del amor de Dios.

Pero, ¿cómo ir? Tienes que ser ágil, no puedes quitar todas tus baratijas. La Biblia lo enseña: cuando Dios liberó a su pueblo, lo hizo ir al desierto con el único equipaje la confianza en Él. Y hecho hombre, camina en pobreza, sin tener dónde descansar su cabeza (cf. Lc 9,58). Él pide el mismo estilo a su gente. Para ir, tienes que ser ligero. Para anunciar, debes renunciar. Solo una Iglesia que renuncia al mundo anuncia al Señor. Solo una Iglesia liberada del poder y del dinero, liberada del triunfalismo y del clericalismo, testifica de manera creíble que Cristo libera al hombre. Y aquel que, por su amor, aprende a renunciar a las cosas que pasan, abraza este gran tesoro: la libertad. Él ya no está restringido por sus ataduras que reclaman siempre algo más, pero no dan nunca la paz y siente que su corazón se dilata, sin inquietudes, disponible para Dios y para los hermanos

“Id” es el verbo de la misión y nos dice una cosa más: que está conjugado en el plural. El Señor no dice: “vete y después tú, tú …”, sino “id”, ¡juntos! Ser totalmente misionero no es ir solo, sino caminar juntos. Caminar juntos es un arte para aprender siempre, todos los días. Debemos permanecer atentos, por ejemplo, para no imponer su ritmo a los demás. Más bien debemos acompañar y esperar, recordando que el camino del otro no es idéntico al mío. Como en la vida, ningún ritmo es exactamente igual a otro, en la fe y en la misión también: avanzamos juntos, sin aislarnos e imponer nuestro sentido de dirección; Estamos unidos, como Iglesia, con los Pastores, con todos los hermanos, sin huir hacia adelante y sin lamentarse de aquel que tiene un ritmo más lento. Somos peregrinos que acompañados por hermanos, acompañan a otros hermanos y es bueno hacerlo personalmente, con cuidado y respeto por el camino de cada uno y sin forzar el crecimiento de nadie, porque la respuesta a Dios madura solamente en la libertad auténtica y sincera.

Jesús resucitado dice: “Haced discípulos”. Esa es la misión. Él no dice, conquistad, ocupad, sino “hacer discípulos”, es decir, compartir con los demás el don que habéis recibido, el encuentro del amor que os cambiado la vida. Este es el corazón de la misión: para dar testimonio de que Dios nosotros nos ama y con Él con el amor verdadero es posible el que conduce a dar su vida allá donde uno se encuentra, en familia, en el trabajo, como consagrados y como esposos. La misión es volverse discípulos con los nuevos discípulos de Jesús. Es redescubrir parte de una Iglesia que es discípula. Ciertamente, la Iglesia es maestra, pero ella no puede ser maestra si antes no ha sido discípulo, al igual que no puede ser madre si antes no ha sido hija. Aquí está nuestra Madre: una Iglesia humilde, hija del Padre y discípula del maestro, feliz de ser hermana de la humanidad. Y esta dinámica del discípulo – el discípulo que hace discípulos – es totalmente diferente de la dinámica del proselitismo.

Aquí radica la fuerza del anuncio, para que el mundo crea. Lo que cuenta no son los argumentos que convencen, sino la vida que atrae; no la habilidad de imponerse, sino el coraje de servir. Y tenéis en vuestro “ADN” esta vocación de anunciar viviendo en familia, siguiendo el ejemplo de la Sagrada Familia: en humildad, sencillez y alabanza. Aportad esta atmósfera familiar a muchos lugares desolados y privados de afección. Haceos reconocer como los amigos de Jesús. Llamad a todos amigos y sed amigos de todos.

“¡Id! De todas las naciones haced discípulos”. Y cuando Jesús dice “todos” quiere enfatizar que en su corazón hay lugar para todos los pueblos. Nadie está excluido. Como los hijos de un padre y una madre: a pesar de que son numerosos, grandes y pequeños, cada uno es amado con todo su corazón. Porque el amor, al darse a sí mismo, no disminuye, aumenta. Y él siempre está lleno de esperanza. Como los padres, que no ven primero todos los defectos y deficiencias de los niños, sino los propios niños, y en esta luz acogen sus problemas y dificultades, como lo hacen los misioneros con los pueblos queridos por Dios. No ponen los aspectos negativos y las cosas a cambiar en primera línea, sino que “ven con el corazón”, con una mirada que aprecia, una cercanía que respeta, una confianza paciente. Id así en misión, pensando en “jugar con su familia”. Porque el Señor es de la casa de cada pueblo y su Espíritu ya lo ha sembrado antes de su llegada. Y pensando en nuestro Padre, que ama tanto al mundo (Jn 3,16), sed un apasionado de la humanidad, colaboradores de la alegría de todos (véase 2 Cor 1,24), influyentes cercanos a la escucha. Amad las culturas y las tradiciones de los pueblos, sin aplicar patrones preestablecidos. No partáis de  teorías ni de esquemas, sino de situaciones concretas: será el Espíritu el que dará forma al anuncio de acuerdo con sus tiempos y sus modos. Y la Iglesia crecerá a su imagen: unida en la diversidad de pueblos, dones y carismas.

Queridos hermanos y hermanas, vuestro carisma es un gran don de Dios para la Iglesia de nuestro tiempo. Demos gracias al Señor por estos cincuenta años: ¡un aplauso a cincuenta años! Y mirando su fidelidad paternal, fraternal y amorosa, nunca perdáis la confianza: Él os protegerá, al mismo tiempo los instará a avanzar, como discípulos amados, hacia todos los pueblos, con humilde sencillez. Os acompaño y os animo: ¡adelante! Y, por favor, no os olvides rezar por mí, ¡que permanezco aquí!

© Traducción ZENIT, Raquel Anillo


Publicado por verdenaranja @ 13:48  | Habla el Papa
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