Lunes, 11 de diciembre de 2017

Mensaje del papa Francisco para la XXVI Jornada Mundial del Enfermo 2018 (11 de diciembre de 2017)

Mater Ecclesiae: «Ahí tienes a tu hijo... Ahí tienes a tu madre 
Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa» (Jn 19,26-27)

 

Queridos hermanos y hermanas: 

La Iglesia debe servir siempre a los enfermos y a los que cuidan de ellos con renovado vigor, en fidelidad al mandato del Señor (cf. Lc 9,2-6; Mt 10,1-8; Mc 6,7-13), siguiendo el ejemplo muy elocuente de su Fundador y Maestro. 

Este año, el tema de la Jornada del Enfermo se inspira en las palabras que Jesús, desde la cruz, dirige a su madre María y a Juan: «Ahí tienes a tu hijo... Ahí tienes a tu madre. Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa» (Jn 19,26-27). 

1. Estas palabras del Señor iluminan profundamente el misterio de la Cruz. Esta no representa una tragedia sin esperanza, sino que es el lugar donde Jesús muestra su gloria y deja sus últimas voluntades de amor, que se convierten en las reglas constitutivas de la comunidad cristiana y de la vida de todo discípulo. 

En primer lugar, las palabras de Jesús son el origen de la vocación materna de María hacia la humanidad entera. Ella será la madre de los discípulos de su Hijo y cuidará de ellos y de su camino. Y sabemos que el cuidado materno de un hijo o de una hija incluye todos los aspectos de su educación, tanto los materiales como los espirituales. 

El dolor indescriptible de la cruz traspasa el alma de María (cf. Lc 2,35), pero no la paraliza. Al contrario, como Madre del Señor comienza para ella un nuevo camino de entrega. En la cruz, Jesús se preocupa por la Iglesia y por la humanidad entera, y María está llamada a compartir esa misma preocupación. Los Hechos de los Apóstoles, al describir la gran efusión del Espíritu Santo en Pentecostés, nos muestran que María comenzó su misión en la primera comunidad de la Iglesia. Una tarea que no se acaba nunca. 

2. El discípulo Juan, el discípulo amado, representa a la Iglesia, pueblo mesiánico. Él debe reconocer a María como su propia madre. Y al reconocerla, está llamado a acogerla, a contemplar en ella el modelo del discipulado y también la vocación materna que Jesús le ha confiado, con las inquietudes y los planes que conlleva: la Madre que ama y genera a hijos capaces de amar según el mandato de Jesús. Por lo tanto, la vocación materna de María, la vocación de cuidar a sus hijos, se transmite a Juan y a toda la Iglesia. Toda la comunidad de los discípulos está involucrada en la vocación materna de María. 

3. Juan, como discípulo que lo compartió todo con Jesús, sabe que el Maestro quiere conducir a todos los hombres al encuentro con el Padre. Nos enseña cómo Jesús encontró a muchas personas enfermas en el espíritu, porque estaban llenas de orgullo (cf. Jn 8,31-39) y enfermas en el cuerpo (cf. Jn 5,6). A todas les dio misericordia y perdón, y a los enfermos también curación física, un signo de la vida abundante del Reino, donde se enjuga cada lágrima. Al igual que María, los discípulos están llamados a cuidar unos de otros, pero no exclusivamente. Saben que el corazón de Jesús está abierto a todos, sin excepción. Hay que proclamar el Evangelio del Reino a todos, y la caridad de los cristianos se ha de dirigir a todos los necesitados, simplemente porque son personas, hijos de Dios. 

4. Esta vocación materna de la Iglesia hacia los necesitados y los enfermos se ha concretado, en su historia bimilenaria, en una rica serie de iniciativas en favor de los enfermos. Esta historia de dedicación no se debe olvidar. Continúa hoy en todo el mundo. En los países donde existen sistemas sanitarios públicos y adecuados, el trabajo de las congregaciones católicas, de las diócesis y de sus hospitales, además de proporcionar una atención médica de calidad, trata de poner a la persona humana en el centro del proceso terapéutico y de realizar la investigación científica en el respeto de la vida y de los valores morales cristianos. En los países donde los sistemas sanitarios son inadecuados o inexistentes, la Iglesia trabaja para ofrecer a la gente la mejor atención sanitaria posible, para eliminar la mortalidad infantil y erradicar algunas enfermedades generalizadas. En todas partes trata de cuidar, incluso cuando no puede sanar. La imagen de la Iglesia como un «hospital de campaña», que acoge a todos los heridos por la vida, es una realidad muy concreta, porque en algunas partes del mundo, sólo los hospitales de los misioneros y las diócesis brindan la atención necesaria a la población. 

5. La memoria de la larga historia de servicio a los enfermos es motivo de alegría para la comunidad cristiana y especialmente para aquellos que realizan ese servicio en la actualidad. Sin embargo, hace falta mirar al pasado sobre todo para dejarse enriquecer por el mismo. De él debemos aprender: la generosidad hasta el sacrificio total de muchos fundadores de institutos al servicio de los enfermos; la creatividad, impulsada por la caridad, de muchas iniciativas emprendidas a lo largo de los siglos; el compromiso en la investigación científica, para proporcionar a los enfermos una atención innovadora y fiable. Este legado del pasado ayuda a proyectar bien el futuro. Por ejemplo, ayuda a preservar los hospitales católicos del riesgo del «empresarialismo», que en todo el mundo intenta que la atención médica caiga en el ámbito del mercado y termine descartando a los pobres. 
La inteligencia organizacional y la caridad requieren más bien que se respete a la persona enferma en su dignidad y se la ponga siempre en el centro del proceso de la curación. Estas deben ser las orientaciones también de los cristianos que trabajan en las estructuras públicas y que, por su servicio, están llamados a dar un buen testimonio del Evangelio. 

6. Jesús entregó a la Iglesia su poder de curar: «A los que crean, les acompañarán estos signos: […] impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos» (Mc 16,17-18). En los Hechos de los Apóstoles, leemos la descripción de las curaciones realizadas por Pedro (cf. Hch 3,4-8) y Pablo (cf. Hch 14,8-11). La tarea de la Iglesia, que sabe que debe mirar a los enfermos con la misma mirada llena de ternura y compasión que su Señor, responde a este don de Jesús. La pastoral de la salud sigue siendo, y siempre será, una misión necesaria y esencial que hay que vivir con renovado ímpetu tanto en las comunidades parroquiales como en los centros de atención más excelentes. No podemos olvidar la ternura y la perseverancia con las que muchas familias acompañan a sus hijos, padres y familiares, enfermos crónicos o discapacitados graves. La atención brindada en la familia es un testimonio extraordinario de amor por la persona humana que hay que respaldar con un reconocimiento adecuado y con unas políticas apropiadas. Por lo tanto, médicos y enfermeros, sacerdotes, consagrados y voluntarios, familiares y todos aquellos que se comprometen en el cuidado de los enfermos, participan en esta misión eclesial. Se trata de una responsabilidad compartida que enriquece el valor del servicio diario de cada uno. 

7. A María, Madre de la ternura, queremos confiarle todos los enfermos en el cuerpo y en el espíritu, para que los sostenga en la esperanza. Le pedimos también que nos ayude a acoger a nuestros hermanos enfermos. La Iglesia sabe que necesita una gracia especial para estar a la altura de su servicio evangélico de atención a los enfermos. Por lo tanto, la oración a la Madre del Señor nos ve unidos en una súplica insistente, para que cada miembro de la Iglesia viva con amor la vocación al servicio de la vida y de la salud. La Virgen María interceda por esta XXVI Jornada Mundial del Enfermo, ayude a las personas enfermas a vivir su sufrimiento en comunión con el Señor Jesús y apoye a quienes cuidan de ellas. A todos, enfermos, agentes sanitarios y voluntarios, imparto de corazón la Bendición Apostólica. 

Vaticano, 26 de noviembre de 2017. 
Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo. 

Francisco

 


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Domingo, 10 de diciembre de 2017

Alocución del Papa Francisco antes del Ángelus. 10 DICIEMBRE 2017 (ZENIT – 10 dic. 2017)

¡Queridos hermanos y hermanas, buenos días!

El domingo pasado, comenzamos el Adviento con la invitación de vigilar. Hoy segundo domingo de este tiempo de preparación para la Navidad, la liturgia nos indica contenidos específicos, es un tiempo para reconocer los caminos que colmen nuestras vidas, suavizar las asperezas del orgullo y hacer espacio a Jesús que viene. El profeta Isaías se dirige al pueblo anunciando el fin del exilio en Babilonia y el retorno a Jerusalén. Profetiza: “Una voz grita: `en el desierto, preparad el camino al Señor`[…]. Que todo valle sea elevado”(40,3). Los valles elevados representan todos los vacíos de nuestro comportamiento delante de Dios, todos nuestros pecados de omisión.

Un vacío de nuestra vida puede ser el hecho de que no oremos o de que oremos poco. Entonces el adviento es el momento favorable para orar más intensamente, para reservar a la vida espiritual el lugar importante que le corresponde.

Otro vacío podría ser la falta de caridad hacía el prójimo, sobre todo hacia las personas que más necesidad tienen de ayuda, no solamente material, sino también espiritual. Estamos llamados a estar más atentos a las necesidades de los otros, de los más cercanos.

Como Juan Bautista, de esta manera podemos abrir caminos de esperanza en el desierto de los corazones áridos de tantas personas.

“Que todo monte y cerro sea rebajado” (v.4), exhorta Isaías. Las montañas y las colinas que deben de estar rebajadas son el orgullo, la soberbia, la dominación, allá donde hay orgullo, dominación y soberbia, el Señor no puede entrar porque este corazón está lleno de orgullo, de dominación, de soberbia, debemos abajar este orgullo.

Debemos asumir actitudes de dulzura y de humildad, sin grandezas: escuchar hablar con dulzura, y así preparar la venida del Salvador que es dulce y humilde de corazón (Mt. 11-29).

Y después se nos pide eliminar todos los obstáculos que ponemos en nuestra unión con el Señor “Vuélvase lo escabroso llano y las cimas en amplios valles!, entonces se revelará la Gloria del Señor, dice Isaías, y todos los hombres juntos la verán. (Is 40, 4-5). Pero estas acciones deben estar hechas con alegría, porque se enfocan a la preparación de llegada de Jesús. Cuando nosotros esperamos en casa la visita de una persona querida, nosotros preparamos todo con mucho cuidado y felicidad. De la misma manera queremos prepararnos para la venida del Señor: esperarlo cada día con solicitud, para ser llenos de su gracia cuando venga.

El Salvador que estamos esperando es capaz de transformar nuestra vida por la fuerza del Espíritu Santo, por la fuerza del amor. El Espíritu Santo difunde el amor de Dios en los corazones, una fuente inagotable de purificación, vida nueva y libertad.

La Virgen María ha vivido esta realidad en plenitud dejándose “guiar” en el Espíritu Santo que la ha inundado de su poder. Que ella, que ha preparado la venida de Cristo por la totalidad de su existencia, nos ayude a seguir su ejemplo y que guie nuestros pasos al encuentro del Señor que viene.

Angelus Domini nuntiavit Mariae…

© Traducción de ZENIT, Raquel Anillo

 


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Palabras del Papa antes del Ángelus. 8 DICIEMBRE 2017 (ZENIT – 8 dic. 2017)

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y buena fiesta!

Hoy contemplamos la belleza de María Inmaculada. El Evangelio, que relata el episodio de la Anunciación, nos ayuda a comprender lo que celebramos, especialmente a través del saludo del ángel. Se dirige a María con una palabra que no es fácil de traducir, que significa “llena de gracia”, “creada por la gracia”, “llena de gracia” (Lc 1,28). Antes de llamarla María, él la llama llena de gracia, y así revela el nuevo nombre que Dios le ha dado y que le conviene más que el nombre que le ha sido dado por sus padres. Nosotros también la llamamos así en cada Ave María. ¿Qué quiere decir llena de gracia? Que María está llena de la presencia de Dios. Y si está totalmente habitada por Dios, no hay lugar en ella para el pecado. Es una cosa extraordinaria, porque todo en el mundo, por desgracia, está contaminado por el mal. Cada uno de nosotros, mirándonos hacia adentro, vemos aspectos  oscuros. Incluso los más grandes santos eran  pecadores y todas las realidades, incluso las más bellas, se ven afectadas por el mal: todos excepto María. Ella es la única, “oasis” siempre verde de la humanidad, la única que no ha sido contaminada, creada Inmaculada para acoger plenamente, con su “sí” a Dios que viene al mundo y para iniciar también así una historia nueva. Cada vez que nosotros la reconocemos llena de gracia, le hacemos el mayor cumplido, el mismo que hizo Dios. Un bello cumplimiento hecho a una mujer, es decirle amablemente que ella tiene un aire joven, cuando nosotros decimos a María llena de gracia, en cierto sentido, le estamos diciendo esto a un nivel más alto, en efecto nosotros la reconocemos siempre joven porque jamás envejece por el pecado, hay una sola cosa que hace verdaderamente envejecer, envejecer interiormente, no son los años, sino el pecado. El pecado nos envejece porque endurece el corazón, lo cierra, lo hace inerte, lo hace desvanecer. Pero la “llena de gracia” está vacía de pecado. Así que siempre es joven, es “más joven que el pecado” es la “más joven del género humano” (G. Bernanos, Diario de un cura rural, II, 1988, p 175.).

Hoy la Iglesia felicita a María llamándola la toda hermosa, toda pulcra. Como su juventud no es una cuestión de edad, así su belleza no es exterior. María, como se muestra en el Evangelio de hoy, no sobresale en apariencia, de una familia sencilla, ella vivió humildemente en Nazaret, un pueblo casi desconocido. Ella no era conocida, incluso cuando el ángel la visitó nadie lo supo, ese día no había ningún periodista. La Virgen María no tenía ni siquiera una vida cómoda, sino preocupaciones y temores: ella “se turbó” (v. 29), dice el Evangelio, y cuando el ángel “se alejó de ella”, (v. 38) los problemas comenzaron a aumentar

Sin embargo la “llena de gracia” ha vivido una vida bella. ¿Cuál era su secreto? Todavía podemos verlo mirando la escena de la Anunciación. En muchas pinturas de María aparece sentado delante del ángel con un pequeño libro en la mano. Este libro es la Escritura. Así María tenía la costumbre de escuchar a Dios y pasar tiempo con él. La Palabra de Dios era su secreto: cerca de su corazón, y luego se hizo carne en su vientre. Permaneciendo con Dios, conversando con él en todas las circunstancias, María ha embellecido su vida. No es la apariencia, no es lo que pasa, sino que es el corazón vuelto hacia Dios lo que hace la vida hermosa. Hoy miremos con alegría a la llena de gracia. Pidámosle que nos ayude a permanecer jóvenes  diciendo, “no” al pecado y vivir una vida hermosa, diciendo “sí” a Dios.

© Traducción de ZENIT, Raquel Anillo

 


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Esta mañana a las 8.00, en la Capilla Paolina del Palacio Apostólico, el Santo Padre Francisco ha presidido la concelebración eucarística con ocasión del noventa cumpleaños del Cardenal  Angelo Sodano, decano del Colegio Cardenalicio. 7 DICIEMBRE 2017 (ZENIT – 7 dic. 2017)

Todos los días damos gracias al Señor por lo que hace en nuestra vida; pero cuando hay aniversarios importantes, – 25º, 50º, incluso las  décadas-  dar gracias a Dios es más fuerte. Y en estas ocasiones, el recuerdo del camino pasado se refuerza, y este recuerdo nos lleva a ofrecer un regalo. Recuerdo que es una dimensión de la vida. Es una desgracia perder el recuerdo de todo lo que Dios ha hecho por nosotros: “Recuerda, Israel, recuerda …”, esa dimensión deuteronómica de la vida.

El Cardenal Sodano ha recordado estos años, y cada vez que recordamos nos encontramos ante una nueva gracia. El recuerdo también de nuestra pequeñez, de nuestros errores, incluso de nuestros pecados. San Pablo se enorgullecía de ellos, porque solo la gloria va a Dios, somos débiles, todos. Y este recuerdo nos da la fuerza para avanzar hacia otra década. Es una gracia del recuerdo. Y lo que el cardenal ha hecho  para prepararse para  este aniversario se nos ofrece como un don: el don  de un testimonio  de vida que es bueno para todos.

Cada vida es diferente Cada uno de nosotros tiene su propia experiencia y el Señor lo lleva por un camino distinto, pero siempre está el Señor que nos sostiene de la mano,  es Él. Este es un don que hemos recibido, y  nosotros damos el don del testimonio de una vida. El Señor sabe cuál es  el testimonio verdadero, el que está oculto y ha hecho el bien sin aparecer. Vemos en el Cardenal el testimonio de un hombre que ha hecho tanto por la Iglesia, en diferentes situaciones, con alegría y con lágrimas. Pero el testimonio que hoy me parece quizás el más grande que nos da es el de un hombre disciplinado eclesialmente, y esta es una gracia por la que le doy las gracias, Sr. Cardenal. Y pido que este testimonio de la dimensión eclesial, en la disciplina eclesial, nos ayude a avanzar en nuestra vida. Muchas gracias, Sr. Cardenal.

Traducción ZENIT, Raquel Anillo

 


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Texto completo de la catequesis del Papa Francisco en la audiencia general, 6 de diciembre de 2017 (ZENIT – 6 Dic. 2017)

Catequesis del Papa Francisco

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy me gustaría hablar sobre el viaje apostólico que hice en los últimos días a Myanmar y Bangladesh. Ha sido un gran regalo de Dios, y por eso le doy gracias por todo, especialmente por los encuentros  que tuve. Renuevo la expresión de mi gratitud a las autoridades de los dos países y a los respectivos obispos, por todo el trabajo de preparación y por la acogida que me reservaron junto con mis colaboradores. Un “gracias de todo corazón” a los birmanos y a los bengalíes, que me han demostrado tanta fe y tanto cariño: ¡gracias!

Era la primera vez  que un sucesor de Pedro visitaba Myanmar, y ha sido poco después de que se establecieran las relaciones diplomáticas entre ese país y la Santa Sede.

También en este caso quise expresar la cercanía de Cristo y de la Iglesia a un pueblo que ha sufrido a causa de conflictos y represiones, y que ahora lentamente camina hacia una nueva condición de libertad y paz. Un pueblo en el que la religión budista está fuertemente enraizada, con sus principios espirituales y éticos, y donde los cristianos están presentes como un pequeño rebaño y como levadura del Reino de Dios. Tuve el gozo de confirmar en la fe y en la comunión a esta Iglesia, viva y ferviente, durante el encuentro con los obispos del país y en las dos celebraciones eucarísticas. La primera fue en la gran zona deportiva en el centro de Yangon, y el Evangelio de ese día recordó que las persecuciones por la fe en Jesús son normales para sus discípulos, como ocasión de testimonio , pero que “ni siquiera uno de sus cabellos se perderá ” (ver Lc 21: 12-19). La segunda misa, el último acto de la visita a Myanmar, estuvo dedicada a los jóvenes: un signo de esperanza y un regalo especial de la Virgen María, en la catedral que lleva su nombre. En los rostros de esos jóvenes, llenos de alegría, vi el futuro de Asia: un futuro que no será de los que construyen armas, sino de los que siembran  fraternidad. Y siempre en señal de esperanza, bendije las primeras piedras de 16 iglesias, del seminario y de la nunciatura: ¡dieciocho!

Además de la comunidad católica, pude reunirme con las autoridades de Myanmar, alentando los esfuerzos de pacificación del  país y esperando que todos los diferentes componentes de la nación, ninguno excluido, puedan cooperar en este proceso en el respeto mutuo. Con este espíritu, quise encontrarme con los representantes de las diferentes comunidades religiosas presentes en el país. En particular, en el Consejo Supremo de monjes budistas expresé la estima de la Iglesia por su antigua tradición espiritual y la confianza de que juntos cristianos y budistas puedan ayudar a las personas a amar a Dios y al prójimo, rechazando toda violencia y oponiéndose al mal con el bien.

Dejado Myanmar, fui a Bangladesh, donde, en primer lugar, rendí homenaje a los mártires de la lucha por la independencia y al “Padre de la Nación”. La población de Bangladesh es en gran medida de religión musulmana, por lo que mi visita, -siguiendo las huellas de las del beato Pablo VI y de San Juan Pablo II-  fue un paso más a favor del respeto y el diálogo entre el cristianismo y el Islam.

Recordé a las autoridades del país que la Santa Sede sostuvo desde el principio la voluntad del pueblo bengalí de constituirse como una nación independiente, así como la necesidad de salvaguardar siempre en ella la libertad religiosa. En particular, quise expresar mi solidaridad con Bangladesh en su esfuerzo  de socorrer a los refugiados Rohingya llegados en masa a su territorio, donde la densidad de población es ya una de las más altas del mundo.

La misa celebrada en un parque histórico en Dacca se enriqueció  con la ordenación de dieciséis sacerdotes, y este fue uno de los eventos más significativos y alegres del viaje. Efectivamente, tanto en Bangladesh como en Myanmar y en otros países del sudeste asiático, gracias a Dios,  vocaciones no faltan;  un signo de comunidades vivas  donde resuena la voz del Señor que llama a seguirlo. Compartí esta alegría con los obispos de Bangladesh, y los alenté en su generoso trabajo en favor de  las familias, los pobres, la educación, el diálogo y la paz social. Y compartí esta alegría con tantos sacerdotes, consagrados  yconsagradas del país, así como con los seminaristas, las  novicias y novicios, en quienes vi los brotes de la Iglesia en esa tierra.

En Dacca vivimos  un momento fuerte de diálogo interreligioso y ecuménico, que me dio la oportunidad de subrayar la apertura del corazón como base de la cultura del encuentro, de la armonía y de la paz. También visité la “Casa Madre Teresa“, donde se alojaba la santa cuando estaba en esa ciudad, y que acoge a muchos huérfanos y personas con discapacidades. Allí, de acuerdo con su carisma, las hermanas viven todos los días la oración de adoración y el servicio a Cristo, pobre y que sufre. Y nunca, nunca,  de sus labios falta  la sonrisa: monjas que rezan tanto, que sirven a los que sufren y continuamente con una sonrisa. Es un hermoso testimonio. Muchas gracias a estas hermanas.

El último evento fue con los jóvenes bengalíes, repleto de testimonios, canciones y danzas. ¡Pero qué bien bailan, estos bengalíes! ¡Saben bailar muy bien! Una fiesta que manifestó la alegría del Evangelio acogido por esa cultura; una alegría fecundada por los sacrificios de tantos misioneros, de tantos catequistas y padres cristianos.  En el encuentro  había también  jóvenes musulmanes y  de otras religiones : un signo de esperanza para Bangladesh, Asia y el mundo entero. Gracias.

© Librería Editorial Vaticano


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S?bado, 09 de diciembre de 2017

Reflexión a las lecturas del domingo segundo de Adviento B ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DIA DEL SEÑOR"

Domingo 2º de Adviento B

 

Hay un villancico que dice: “¡El Niño Dios ha nacido en Belén! Aleluya. Aleluya. ¡Quiere nacer en nosotros también! Aleluya. Aleluya”.

Este es el objetivo de este Tiempo de Adviento y de la misma Navidad. El Concilio Vaticano II nos enseña que el Año Litúrgico realiza una esta obra maravillosa: Los que no vivíamos cuando sucedían los distintos acontecimientos, que ahora celebramos, podemos  ponernos, de algún modo, en contacto con ellos, y llenarnos de la gracia de la salvación (S. C. 102). Es lo que se llama “el hoy de la Liturgia”. 

Esta doctrina es muy importante. ¡Es un auténtico descubrimiento! A veces pensamos: “Si yo hubiera estado aquella noche en Belén…” “Y si hubiese sido uno de aquellos pastorcitos…” ¡Pues eso, de algún modo, es posible! ¡Lo podemos conseguir ahora, dentro de unas semanas! Y, porque tiene sus dificultades, nos dedicamos unas cuatro semanas antes -el Adviento- a intentarlo, mientras decimos: “El Señor va a venir; “el Señor va a nacer”; “¡Ven Señor, no tardes…!”  

Ya sabemos que, durante las primeras semanas de Adviento, nos preparamos para la Navidad, recordando y celebrando la esperanza de la Vuelta Gloriosa del Señor, de la que nos habla hoy San Pedro en la segunda lectura.

Y en este tiempo surgen, en medio de nuestras celebraciones, unos personajes que nos ayudan en la tarea: uno de ellos es el profeta Isaías, “el profeta de la esperanza”. Él anuncia la gran noticia de que el pueblo de Israel, desterrado en Babilonia, va a ser liberado, y hace falta preparar los caminos que, podrían estar intransitables, para que el pueblo de Dios pudiera llegar a su patria. (1ª Lect.)

Este domingo centramos nuestra mirada en otro personaje del Adviento. Se trata de Juan el Bautista, que viene a preparar los caminos, como anunciaba el profeta. Y ya sabemos que, entonces como ahora, no se trata de preparar unos caminos materiales, sino los caminos, tantas veces difíciles, de nuestro interior, de nuestro corazón. De este modo  podremos alcanzar nuestro objetivo: el encuentro con el Señor, su nacimiento espiritual en nosotros, la renovación de nuestra vida, el don de “la alegría espiritual…”, en medio de una sociedad triste, desencantada, en crisis.

S. Marcos subraya que el Bautista predicaba también con su ejemplo de vida, íntegra y austera, en el cumplimiento estricto de su misión. ¡Qué importante es siempre el testimonio de vida!

¡Y cómo reacciona aquella gente a la voz del Bautista! Nos dice el Evangelio que “acudía  la gente de Judea y de Jerusalén, confesaban sus pecados y él los bautizaba en el Jordán”. Constatamos que eso de confesar los pecados es algo muy antiguo. Para los cristianos es uno de los momentos –no el único- del Sacramento de la Reconciliación. Este tiempo intenso de preparación debería tener su punto culminante en la celebración de este sacramento, unos días antes de la Navidad, para hacer posible y real la llegada del Señor a nosotros, su nacimiento en cada uno de nosotros, o para recibirle mejor.

¡Qué importante es, mis queridos amigos, descubrir o redescubrir este sentido, un tanto desconocido u olvidado, de la Navidad! La oración colecta de la Misa de hoy nos orienta en esa dirección. Dice: “Dios todopoderoso, rico en misericordia, no permitas que, cuando salimos animosos al encuentro de tu Hijo, lo impidan los afanes terrenales, para que aprendiendo la sabiduría celestial,  podamos participar plenamente de su vida”. ¡Eso es la Navidad!                                                   

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


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II DOMINGO DE ADVIENTO B

MONICIONES 

 

PRIMERA LECTURA

                El pueblo de Israel vive desterrado en Babilonia. Y anda desconcertado, sin ánimo ante el futuro. El profeta les habla de esperanza. Escuchemos con atención sus palabras y sintámosla como dirigidas a nosotros. 

SALMO

                Como el pueblo de Israel, liberado del destierro, los cristianos creemos en la salvación, que Cristo nos ha traído y nos trae constantemente; pero anhelamos la salvación plena, total, que llegará a su punto culminante el Día de su Venida Gloriosa. 

SEGUNDA LECTURA

                S. Pedro nos habla de la Segunda Venida del Señor y de la repercusión que este hecho debe tener en nuestra vida. Su intención no es hacer afirmaciones científicas sobre el fin del universo, sino transmitirnos unas enseñanzas religiosas con el ropaje literario propio de la época. 

TERCERA LECTURA

                S. Marcos comienza su Evangelio presentándonos a Juan, el Bautista, el pregonero de la venida del Mesías, según nos había anunciado la profecía de Isaías.

Aclamemos a Cristo, el Señor, que viene, cantando el aleluya. 

COMUNIÓN

                Enla Comuniónnos encontramos con Jesucristo, el Mesías, que ha venido, que vendrá, que está, aunque invisible, en medio de nosotros.

                Que Él nos ayude a preparar nuestro corazón y nuestra vida para que eliminemos los obstáculos que impiden que Él llegue, con mayor plenitud, a cada uno de nosotros.


Publicado por verdenaranja @ 13:37  | Liturgia
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Mi?rcoles, 06 de diciembre de 2017

Comentario litúrgico del 2º Domingo de Adviento, 10 de dic. de 2017, por el P. Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor en el Noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey (México) y asistente del Centro Sacerdotal Logos en México y Centroamérica, para la formación de sacerdotes diocesanos. 5 DICIEMBRE 2017 (zenit)

2º DOMINGO DE ADVIENTO   Ciclo B

Textos: Is 40, 1-5.9-11; 2 Pe 3, 8-14; Mc 1, 1-8

Idea principal: Juan Bautista es ejemplo de lo que él predica a todos nosotros y a toda la Iglesia: “Arrepentíos, haced penitencia y preparad los senderos para el Señor”.

Síntesis del mensaje: el domingo pasado Dios nos pedía estar alertas y velar. Hoy a través del profeta Isaías (1ª lectura) y Juan Bautista nos urge a preparar el camino de nuestro corazón para recibir a Cristo (evangelio). Esto supone una lucha contra el pecado y un inmenso trabajo por la santidad para llevar una vida sin mancha ni reproche (2ª lectura). San Juan Bautista al hablar así tan fuerte y convencido sacudió las columnas de la religión y los corazones de los hombres, y los nuestros. Entonces, los hombres y mujeres le abrían las cuentas corrientes de sus vidas -¿y nosotros?-, los sacerdotes de Jerusalén le abrieron un expediente -¿también nosotros?-, el rey Herodes le abrió las puertas de la mazmorra de Maqueronte y, a petición de una corista, le cortó la cabeza para no escuchar esos gritos ensordecedores, ¡ojalá que nunca nosotros!-. Cayó eliminado como un profeta.

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, no podemos negar que este san Juan Bautista, que cada año nos sale al paso en el Adviento, es un “tipo raro” a los ojos de este mundo placentero, consumista, vividor y ambiciosamente competitivo. Vestía áspero como un camello, comía saltamontes a la parrilla del sol y miel silvestre, bebía agua del río, vivía soltero conventual y amanecía como le cogía la noche: rostro a tierra y en oración. Radical él. Y durante el día, a gritar para preparar los caminos al Señor. Sí, los caminos de la conciencia, para destiznarla de tanto hollín acumulado por el pecado. Sí, los caminos de la mente, para que se abra a los criterios de Dios, y no vaya por ahí destilando ideas liberales y opuestas a su Palabra salvífica en el campo de la moral familiar, sexual y doctrinal que rozan a ambigüedad, cuando no a herejía. Sí, los caminos de la afectividad, para que esa fuerza poderosa que tenemos ame a Dios sobre todas las cosas y al prójimo, por encima del egoísmo, los apegos y los cacareos turbios. Sí, los caminos de la voluntad, para que siempre elija en la libertad y amor lo que Dios pide para nuestra felicidad temporal y salvación eterna, aunque exija sacrificio, renuncia y tascar el freno al capricho y veleidad. ¡Gracias, Juan Bautista, por recordarnos esto en este tiempo de Adviento, aunque tu voz nos moleste y aturda!

En segundo lugar, aunque este Juan Bautista es en cierto sentido un “tipo raro”, sin embargo a los ojos de Cristo es amigo del Esposo y un grande profeta porque durante su corta vida sólo habló de las tres cosas que preocupan a los hombres y mujeres de todos los siglos, razas, culturas, religiones, continentes: primero, que somos malos; segundo, que tenemos que ser buenos; y tercero, que debemos reconciliarnos con Dios. ¡Poca cosa! ¿Predicamos los laicos, los curas, obispos y Papa estas verdades? Tres verdades: pecado, arrepentimiento y reconciliación. A esas dianas tiraba Juan Bautista la flecha. ¿A todos alcanzó el tiro certero de su flecha?

Finalmente, si hoy volviera este Juan Bautista con esos pelos, esa palabra afilada y esa vida, ¿no sería anacrónico? ¿Sería bien recibido, cuando no le interesa el dinero, ni el bienestar ni la comodidad ni el placer ni….? No tengo la menor duda de que, si hoy volviera y sentara cátedra de espartano por las orillas de cualquier río lugareño o rascacielos americano…sería un electroimán: a él marcharíamos todos. Porque bien miradas las cosas, si algo buscan los hombres hoy es la autenticidad y él fue auténtico; bravura, y él fue bravo; toque divino y él era un tocado de Dios; visionario de trascendencias divinas y él lo era. O tal vez me equivoco.

Para reflexionar: ¿Me reconozco pecador? ¿Estoy arrepentido de mis pecados de pensamiento, de palabra, de obra, de omisión…de mi niñez, adolescencia, juventud, edad madura y vejez…de mis pecados ocultos y desconocidos? ¿Acudiré en este Adviento al sacramento de la reconciliación para encontrarme con ese Padre lleno de misericordia y ternura para que me perdone, me purifique y así poder llegar lo menos indignamente preparado para la santa Navidad?

Para rezarSeñor, reconozco tu infinita misericordia. Señor, reconozco mis inmensos pecados y te pido que los perdones a través de tu ministro sagrado, empapándome con la sangre de tu Hijo Jesucristo. Sólo así, Señor, tendré mis caminos preparados para cuando tú vengas en esta Navidad y pueda yo abrirte mi puerta y puedas tú cenar conmigo y yo contigo.

Para cualquier duda o pregunta, aquí tienen el email del padre Antonio, [email protected]


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El Papa Francisco ha enviado un Mensaje a los participantes en la XXII Sesión pública de las Academias Pontificias sobre el tema: “Caminos de investigación en la tradición latina”, celebrado hoy, 5 de diciembre de 2017, en el Palacio de la Cancillería de Roma. (ZENIT – 5 Dic. 2017)

A continuación, sigue la traducción no oficial del discurso en italiano del Papa Francisco.

Para el Venerable Hermano Cardenal Gianfranco Ravasi

Presidente del Consejo Pontificio para la Cultura y
del Consejo de Coordinación entre las Academias Pontificias

Con alegría y gratitud me dirijo a Usted con motivo de la XXII sesión pública solemne de las Academias Pontificias, la manifestación que se renueva cada año desde 1995, y que constituye el punto de referencia de la trayectoria de las siete Academias Pontificias reunidas en el Consejo de Coordinación que Usted preside. Esta manifestación se asocia con la entrega del Premio de las Academias Pontificias, organizado, de vez en vez, por cada una de ellos, dependiendo del sector de competencia, para promover y sostener los esfuerzos de cuantos, especialmente los jóvenes o las instituciones que trabajan con los jóvenes, destacan en los sectores respectivos por sus contribuciones significativas al proyecto que podríamos definir como “humanismo cristiano”.

Por lo tanto, me gustaría dirigir mi cordial saludo a todos vosotros, cardenales, obispos, embajadores, académicos y amigos que participáis en esta sesión pública solemne esperando vivamente que esta ocasión represente para todos, pero especialmente para los ganadores del Premio, un estímulo para la investigación y el estudio en profundidad de los temas fundamentales dela visión humanista cristiana.

De esta edición es protagonista, por primera vez, la Pontificia Academia Latinitatis, incorporada al Consejo de Coordinación de las Academias Pontificias tras su institución, deseada por mi venerado predecesor Benedicto XVI con el Motu Proprio Latina Lingua de 10 de noviembre de 2012, con el fin de “sustituir el empeño por un mayor conocimiento y un uso más competente de la lengua latina, tanto en el ámbito eclesial como en el más amplio mundo de la cultura”. (n.4).

Dirijo, pues, un saludo particular al presidente de la Academia, el profesor Ivano Dionigi, y todos los académicos, dándoles las gracias por su compromiso activo, atestiguado sobre todo por la revista Latinitas, que se propone como un punto de referencia cualificado y competente para los estudiosos y los amantes de la lengua y la cultura latina.

También me congratulo con vosotros por la elección del tema de esta sesión pública: “In interiore homine“. Caminos de investigación en la tradición latina”, que, de hecho, quiere conjugar los itinerarios de investigación recorridos por los autores latinos, clásicos y cristianos, con una temática absolutamente central, no solo en la experiencia cristiana sino también en la simplemente humana. El tema de la interioridad, del corazón, de la conciencia y del conocimiento de sí mismo se encuentra, efectivamente, en todas las culturas, así como en las diferentes tradiciones religiosas y, significativamente, se replantea con gran urgencia y fuerza también en nuestro tiempo, a menudo caracterizado por las apariencias, la superficialidad, la escisión entre corazón y mente, entre interioridad y exterioridad, entre conciencia y comportamiento. Los momentos de crisis, de cambio, de transformación no solo de las relaciones sociales sino sobre todo de la persona y de su identidad más profunda, llaman, inevitablemente, a la reflexión sobre la interioridad, sobre la esencia íntima del ser humano.

Una página del Evangelio nos ayuda a reflexionar sobre la cuestión: Se trata de la parábola del Padre misericordioso. En su parte central leemos la afirmación referida al “hijo pródigo”: «In se autem reversus dixit: […] “Surgam et ibo ad patrem meum“. Y entrando en sí mismo, dijo: […] “Me levantaré e iré a mi padre” (Lc 15: 17-18). El itinerario de la vida cristiana y de la misma vida humana bien puede resumirse en este dinamismo, primero interior y luego exterior, que inicia el camino de la conversión, del cambio profundo, coherente y no hipócrita, y por lo tanto del auténtico desarrollo integral de la persona.

Muchas figuras, tanto del mundo clásico grecorromano como del mundo cristiano – pienso, sobre todo en los Padres de la Iglesia y en los escritores latinos del primer milenio cristiano – han reflexionado sobre este dinamismo, sobre la interioridad del ser humano, proponiendo numerosos textos que todavía hoy son de gran profundidad y actualidad y merecen no caer en el olvido.

Entre todos, un papel de absoluta preeminencia lo ocupa, ciertamente, San Agustín, quien, a partir de su experiencia personal, testimoniada en las Confesiones, nos ofrece páginas inolvidables y sugestivas. Por ejemplo en De vera religione, se pregunta lo que constituye la verdadera armonía y, resumiendo, tanto la antigua sabiduría – desde la máxima “Conócete a ti mismo”, grabada en el templo de Apolo en Delfos, hasta las frases similares de Séneca – como las palabras evangélicas, afirma: “Noli foras ire, in teipsum redi; in interiore homine habitat veritas; et si tuam naturam mutabilem inveneris, trascende et teipsum». “No quieras derramarte fuera; entra dentro de ti mismo, porque en el hombre interior reside la verdad; y si hallares que tu naturaleza es mudable, trasciéndete a ti mismo.”(39,72).

Su reflexión se convierte, más adelante, en un fuerte llamamiento en el Comentario sobre el Evangelio de Juan (18.10): “Redite ad cor: quid itis a vobis, et peritis ex vobis? Quid itis solitudinis vias?».“¡Regresad al corazón! ¿Por qué os vais de vosotros y perecéis por vosotros? ¿Por qué vais por caminos solitarios? Erráis vagando”. Luego, renovando la invitación, indica la meta, la patria del itinerario humano: “Redi ad cor; vide ibi quid sentias forte de Deo, quia ibi est imago Dei. In interiore homine habitat Christus, in interiore homine renovaris ad imaginem Dei, in imagine sua cognosce auctorem eius”.. “Regresa al corazón: allí ve qué percibes quizá de Dios, porque allí está la imagen de Dios. En el hombre interior habita Cristo en el hombre interior eres renovado a imagen de Dios, en su imagen conoce a su autor.”(ibid).

Estas frases tan sugestivas son de extraordinario interés también para nuestros días y tendríamos que repetírnoslas a nosotros mismos, a aquellos con quienes compartimos nuestro humano recorrido, especialmente a los más jóvenes, que comienzan la gran aventura de la vida y, a menudo, se quedan atrancados en los laberintos de la superficialidad y de la banalidad, del éxito exterior que esconde un vacío interior, de la hipocresía que enmascara la escisión entre la apariencia y el corazón, entre el cuerpo hermoso y cuidado y el alma vacía y árida.

Queridos amigos, como San Agustín, yo también quisiera hacer un llamamiento a vosotros académicos, a los participantes en la sesión pública, y especialmente a los que tienen la tarea de enseñar, de transmitir la sabiduría de los padres, encerrada en los textos de la cultura latina: Hablad al corazón de los jóvenes, atesorad el rico patrimonio de la tradición latina para educarlos en el camino de la vida, y acompañarlos a lo largo de senderos llenos de esperanza y confianza, basándoos en la experiencia y la sabiduría de aquellos que han tenido la alegría y el valor de “Regresar a sí mismos” para seguir la propia identidad y la vocación humana.

Deseando, ahora, alentar y apoyar a quienes, en el estudio de la lengua y la cultura latina, se esfuerzan por ofrecer una contribución seria y valiosa al humanismo cristiano, me complace otorgar el Premio de las Academias Pontificias, ex aequo, al Dr. Pierre Chambert-Protat por su tesis doctoral sobre Floro di Lyon, y al Dr. Francesco Lubian, por la publicación crítica de los Disticha atribuida a San Ambrosio.

Además, para alentar el estudio del patrimonio de la cultura latina, me complace otorgar la Medalla del Pontificado a la Dra. Shari Boodts por la edición crítica de los Sermones de San Agustín y al Grupo de Profesores de Latín de la Universidad de Tolosa 2, por la publicación de un valioso manual en latín para estudiantes universitarios.

Por último, deseo a los académicos y a todos los participantes en el encuentro un compromiso cada vez más fecundo en sus respectivos campos de investigación, y encomiendo a todos y a cada uno de vosotros a la Virgen María, modelo de interioridad que el Evangelio de Lucas nos presenta dos veces, como aquella que “conservabat omnia verba haec conferens in corde suo” (Lc 2:19). Que ella os ayude a custodiar siempre la Palabra de Dios en vuestro corazón para que sea la fuente luminosa e inagotable de todos vuestros esfuerzos.

Os imparto de todo corazón, a todos vosotros y a vuestras familias una bendición apostólica especial.

Desde el Vaticano, 5 de diciembre de 2017.

FRANCISCO

© Librería Editorial Vaticano

 


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Carta del Card. Mauro Piacenza, Penitenciario Mayor, a los Penitenciarios de las Basílicas Papales de la Urbe y a todos los Confesores con ocasión del inicio del Adviento 2107 , escrita el I Domingo de Adviento, 3 de diciembre de 2017. (ZENIT – 4 Dic. 2017)

Queridos y venerados hermanos en el Sacerdocio,

Llegando al final de este Año Litúrgico, la sabiduría de la Iglesia, con la cual Dios, inmutable y eterno, “marca los ritmos del mundo, los días, los siglos y el tiempo”, nos ha llevado a confesar y a celebrar la Realeza de Nuestro Señor Jesucristo; una realeza por medio de la cual, Cristo extiende su dominio salvífico sobre el universo y sobre la historia, está presente en el mundo por medio de la Iglesia, su Cuerpo y, sentado a la derecha del Padre, juzgará a cada uno según sus obras.

Con el Primer Domingo de Adviento somos conducidos al Año Nuevo, para contemplar el acto central y originario – podemos afirmar la esencia – de todo el cristianismo: la venida de Dios en medio de nosotros. Esta venida entra en la historia en un punto y en un momento bien precisos y, al mismo tiempo, abraza todo el camino, prolongándose a través de los siglos el misterio de la Iglesia, para abrir finalmente toda la creación al día de su Adviento glorioso.

Así el inicio y el fin del Año Litúrgico, el inicio y la consumación de la salvación, se tocan realmente – casi se fusionan – y, mientras avanzamos hacia el pesebre de Belén, preparamos el corazón a la venida del Dios-Hombre, que continuamente “viene” en el tiempo de la Iglesia, para liberarnos con Su misericordia, y que vendrá al final de los tiempos, en el esplendor de la verdad, para juzgar a los hombres según su fe operante en la caridad.

Este “Juicio final” parece siempre más ajeno a una cultura contemporánea dominada por la “dictadura del instante” y siempre menos disponible, si no abiertamente hostil, hacia lo trascendente. Y sin embargo, nosotros confesores somos testigos privilegiados de cómo tal último Juicio venga, en realidad, admirablemente anticipado cada día, para la salvación de todos los hombres, a través del Sacramento de la misericordia.

En el encuentro sacramental con el penitente, en virtud de la propia Encarnación, Muerte y Resurrección, Cristo se hace compañero de cada hombre, se sumerge en las profundidades del pecado y lo derrota de nuevo con el poder de Su Resurrección. En este dulce encuentro de misericordia, el penitente reconoce en la humanidad consagrada del confesor la presencia del misterio; es más ve esta humanidad totalmente definida por Cristo, tanto de buscar con seguridad el confesor, aunque sin conocerlo personalmente; también el penitente se reconoce a sí mismo culpable de la Cruz del Señor, a causa de los propios pecados, que confiesa y entrega a los pies de aquella Cruz; en fin, invoca la Sangre de Cristo Redentor, para que renueve en él la gracia bautismal, haciéndolo “creatura nueva”.

¡Qué inmensa Gracia, para quien ejercita con fidelidad el ministerio de la Reconciliación, la de poderse ofrecer al Dios-Hombre para la salvación de cada hermano, inclinándose tiernamente sobre la pobreza humana, llegando a aquella periferia del pecado en la cual sólo Uno tiene la fuerza de adentrarse, y viendo a cada uno levantado de la indigencia espiritual e inmediatamente enriquecido de aquello que tenemos como más preciado en el cristianismo: Cristo mismo!

Siento el deber de dirigir un especial agradecimiento a los Penitenciarios de las Basílicas Papales en la Urbe y con gusto lo extiendo a los queridos hermanos esparcidos en todo el mundo, por el ministerio llevado a cabo fielmente y a veces heroicamente al servicio del bien auténtico de la persona humana. Aquella del Confesor, es efectivamente una obra realmente al servicio de la tan invocada “ecología del hombre” (FRANCISCO, Carta enc. “Laudato si”, n. 155), de la cual obtiene un invisible, pero muy eficaz beneficio toda la sociedad humana.

Vuestro ministerio, queridos amigos y confesores, no hace ruido pero sí milagros. Nadie percibe pero Dios ve, y esto es lo que cuenta. Sobre la base de una fidelidad alegre a la oración personal, a vuestra “conversatio in caelis”, obtendréis siempre las luces y la generosidad necesarias para expiar por vosotros mismos y por vuestros penitentes; reservad siempre un papel privilegiado al servicio silencioso, y humanamente no siempre gratificante, de la Confesión. Además me permito recordar que, con el sacramento de la Penitencia, no sólo borráis los pecados, sino que debéis colocar a los penitentes sobre el camino de la santidad, ejerciendo sobre ellos, en una forma convincente, una verdadera enseñanza, un ministerio de guía y de acompañamiento.

Mientras llega a su fin el centenario de Fátima, el Corazón Inmaculado de la Santísima Virgen María conceda a todos y a cada uno vivir un fructífero camino de Adviento, para llegar renovados a celebrar el Nacimiento de Su Hijo.

Una Santa Navidad a vosotros y a vuestros penitentes en el corazón de los cuales haréis florecer la felicidad de que el Señor está cerca.

 


Publicado por verdenaranja @ 21:05  | Hablan los obispos
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