Viernes, 05 de junio de 2020

Reflexión a las lecturas de la Solemnidad de la Santísima Trinidad A ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo de la S.  Trinidad

 

                     En todos los tiempos, el hombre se ha esforzado por descubrir la existencia de Dios y relacionarse con Él. De este modo, ha buscado una respuesta al sufrimiento, al mal y a la muerte. Así se han formado lo que conocemos con el nombre de “religiones naturales”.

                     Pero también Dios ha querido encontrarse con el hombre, manifestarse a él, tratar de los temas fundamentales del hombre caído: su salvación, su anhelo de trascendencia, su relación con Él, su vida junto a Él para siempre. Son las llamadas "religiones reveladas" como el cristianismo. Éste nos enseña que Dios se ha ido revelando progresivamente al hombre a través de los acontecimientos  de la Historia de la Salvación, hasta que llega la plenitud de los tiempos,  y  Dios se acerca al hombre al máximo, en Jesús de Nazaret, el Hombre-Dios, que viene a salvarnos.

                     En medio de este proceso,  Dios se nos ha ido revelando como  comunidad perfectísima de vida y amor, como Padre, Hijo y Espíritu Santo. Es la Santísima Trinidad, cuya solemnidad celebramos este domingo, llenos de alegría, contemplando como un resumen de todo lo que hemos venido celebrando a lo largo del Año Litúrgico en el que van surgiendo, en medio de las distintas celebraciones, las tres Personas de la Santísima Trinidad, tal como acostumbramos a atribuir en la Iglesia la acción del Dios trino a cada una de las Personas divinas: Al Padre, la Creación y el designio de salvación después del pecado original, al Hijo la Redención, al Espíritu Santo, la obra dinámica de la Iglesia. Por todo ello, terminadas las fiestas pascuales, celebramos, llenos de admiración y de  gozo, esta solemnidad hermosa, en este año marcado por una epidemia terrible. En estas circunstancias dolorosas, hemos experimentado que nuestra vida, iluminada por la fe, tiene todavía muchas oscuridades y muchos interrogantes, pero sin Dios, sin fe, todo resulta pura tiniebla, un auténtico sinsentido. Si algo hemos constatado en este tiempo, es la necesidad radical que tenemos de Dios: de su presencia, de su ayuda, y, particularmente, de esa magnífica Cosmovisión que supone y encierra nuestra fe.

                     La Santísima Trinidad es, sin duda, el Misterio más grande que Jesucristo nos ha revelado acerca de Dios. Misterio quiere decir que, en parte, se nos ha manifestado y, en parte, permanece oculto. No podemos pretender una comprensión total de Dios.

                     En la Liturgia de la Palabra de hoy, Dios se nos manifiesta, en la primera lectura, como un ser “compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad”; en la segunda, como Comunidad de Personas, que nos ofrecen gracia, amor y comunión; y en el Evangelio, Jesús le dice a Nicodemo: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en Él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él”. De este modo, llega a su punto culminante, el mensaje de la primera lectura. Lógico es que el salmo responsorial sea un himno de alabanza y de acción de gracias: “A ti gloria y alabanza por los siglos”.

                     Y si todo esto es así, no podemos vivir como si Dios no existiera, sin relacionarnos con Él, sin entrar en comunicación y en comunión con Él. Más todavía, se nos invita, se nos urge a mejorar, a perfeccionar nuestra relación con el Dios uno y trino. Y muchas realidades se encargan de recordárnoslo con frecuencia, especialmente, “los testigos de Dios” en el mundo. Precisamente, en esta solemnidad, recordamos a los monjes y monjas de clausura, cuyos monasterios son como un faro de luz, que están siempre indicando, desde una vida de silencio, oración y trabajo, la existencia de Dios, su amor y su misericordia, su acción constante en la Iglesia y en el mundo. Es la Jornada “Pro Orantibus”.

                     En resumen, es importante, fundamental,  que Dios ocupe su lugar en nuestra vida y en el horizonte de la Historia humana, como quería, especialmente, el Papa Benedicto XVI. Y San Juan Pablo II escribía en una ocasión: “No vaya a ser que se repita el error de quien, queriendo construir un mundo sin Dios, sólo ha conseguido construir una sociedad contra hombre”.                                                                            

                                                                                                                      ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


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DOMINGO DE LA SANTISIMA TRINIDAD A 

MONICIONES 

 

 

PRIMERA LECTURA

            Después del trágico episodio del becerro de oro, había que renovar la Alianza. Moisés sube al Monte llevando las tablas de la Ley. Cuando manifiesta su deseo de ver a Dios, pasa el Señor junto a Él y se manifiesta como “Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad”.

 

SALMO RESPONSORIAL

            La presencia de Dios junto a nosotros como Trinidad santa, nos impulsa, en primer lugar, a la adoración y a la alabanza. Es lo que hacemos ahora, como respuesta a la Palabra de Dios.

 

SEGUNDA LECTURA

            La segunda lectura es la conclusión de la segunda carta de S. Pablo a los corintios. El apóstol sintetiza su mensaje en pocas palabras. Y se despide de ellos, deseándoles la gracia, el amor y la comunión  como dones de las tres Personas Divinas.

 

EVANGELIO

            En el Evangelio contemplamos a Jesucristo diciendo a Nicodemo, que el amor de Dios Padre es tan grande, que nos envió a su Hijo, para que el mundo se salve por Él.

            Pero antes de escuchar el Evangelio cantemos el aleluya.

 

COMUNIÓN

            Al acercarnos hoy a la Comunión, podemos recordar aquellas palabras de Jesús: "El Padre que vive me ha enviado y Yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí". Comulgar es, por tanto, participar de la misma vida de Dios, de la Santísima Trinidad, “vivir por Él”.  Por eso, ¡qué grande es comulgar! ¡Cuántas gracias hemos de darle al Señor!


Publicado por verdenaranja @ 11:51  | Liturgia
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Comentario litúrgico - Solemnidad de la Santísima Trinidad - por el P. Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor en el Noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey (México) y asistente del Centro Sacerdotal Logos en México y Centroamérica, para la formación de sacerdotes diocesanos. JUNIO 02, 2020 (zenit)

SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

Ciclo A

Textos: Ex 34, 4.6.8-9; 2Co 13, 11-13; Jn 3, 16-18

Idea principal: Adentrémonos de rodillas a contemplar este Misterio de la Santísima Trinidad.

Resumen del mensaje: Hoy la Iglesia celebra el misterio más elevado de la doctrina revelada, su misterio central. El enunciado del misterio es muy simple, como lo aprendimos en el Catecismo: La Santísima Trinidad es el mismo Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo; tres Personas distintas y un solo Dios verdadero. Misterio insondable que nos lleva a tres actitudes: adorar, agradecer y amar. Sólo lo comprenderemos en el cielo. El misterio de la Trinidad viene a desafiar todas las religiones y filosofías humanas. Mientras esas religiones, sobre todo las más depuradas, como el hinduismo y las creencias orientales, conciben a Dios como un todo impersonal, rozando a veces en el panteísmo, el Cristianismo nos presenta a un Dios personal, capaz de conocer y amar a sus creaturas. Ninguna religión llegó a concebir que la divinidad amase realmente a los hombres.

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, nos preguntamos si este misterio, que sólo entenderemos en el cielo, nos servirá a nosotros aquí y ahora. Podríamos responder: realmente el misterio de la Santísima Trinidad no nos sirve para nada, porque Dios no sirve a nadie y a nada. Dios está para ser servido por nosotros y no para que nosotros nos sirvamos de Él. Tenemos que cuidarnos del criterio utilitarista tan propio de nuestra época, que juzga todo según sirva o no al capricho del hombre. Hay bienes que son deseables y amables por sí mismos, sin necesidad de estar buscándoles utilidades a nuestra medida. Los antiguos llamaban a estos bienes “honestos” porque se deseaban por sí mismos, sin buscar la utilidad o el deleite, que los convertiría en medios. Ante este misterio infinito caigamos de rodillas admirados. Se dice que un día san Agustín caminaba por la playa y al ver a un niño que excavaba un agujero en la arena le preguntó:
-Pero, ¿qué pretendes hacer? El niño le respondió ilusionado:

-Pienso meter toda el agua en este hoyo.

-Pero ¡¿no te das cuenta que es imposible?! Le contestó san Agustín.

Entonces el niño, que ya sabía de las elucubraciones de Agustín le contestó:

-Es más posible meter toda el agua del mar en este agujero que intentar meter el misterio de la Trinidad en tu cabeza.

¡Te adoramos, Dios Trinidad!

En segundo lugar, realmente deberíamos agradecer a Dios porque al ser un misterio inaccesible a nuestra mente, nos ha hecho el gran favor de humillarnos, de abajar nuestra inteligencia y nuestra cabeza, y colocarnos en nuestro verdadero lugar y de rodillas. Dios no es un objeto del cual podamos disponer a nuestro arbitrio, sino que es nuestro Señor y Creador, al que tenemos que adorar y ante el cual debemos doblegar nuestras rodillas. Contra la soberbia del hombre moderno, que cree poder conocer y dominar todas las cosas, aún las mas sagradas, como el alma y la vida humana, se alza el misterio insondable de la Una e indivisa Trinidad que la Iglesia proclama hoy, como hace dos mil años. ¡Te agradecemos, Dios Trinidad!

Finalmente, la revelación de este misterio es otra muestra más del infinito amor de Dios hacia los hombres. Él no se contenta con amarnos, sino que goza en nuestro amor por Él, y como nadie puede amar lo que no conoce, para excitar más nuestro amor por Él quiso mostrarnos los secretos de su vida íntima. Porque eso es en definitiva lo que Dios nos revela en este misterio, nada más y nada menos que su intimidad. De este modo, sabemos que Dios no es un solitario encerrado en su inalcanzable grandeza, sino que en Él hay un dinamismo vital de conocimiento y amor. Dios Padre, desde toda la eternidad, engendra al conocerse una Persona, su Imagen plena, el Hijo de Dios. Y el amor entre la primera y segunda Persona, entre el Padre y el Hijo, es tan profundo, por ser divino, que de él brota una tercera Persona, el Espíritu Santo. ¡Te amamos, Dios Trinidad!

Para reflexionar: Piensa en esta frase de san Pablo: “Ni ojo vio, ni oído oyó, ni entró en pensamiento humano, lo que Dios tiene preparado para los que le aman” (1 Co 2, 9). ¿Qué relación tienes con cada una de las personas de la Santísima Trinidad? ¿De Dios Padre imitas su amor paternal y misericordioso? ¿De Dios Hijo imitas su capacidad de sacrificio y entrega? ¿De Dios Espíritu Santo imitas el ser Consuelo y Aliento para tus hermanos?

Para rezar: oración de la beata Isabel de la Trinidad

¡Oh, Dios mío, trinidad adorable, ayúdame a olvidarme por entero para establecerme en ti! ¡Oh, mi Cristo amado, crucificado por amor! Siento mi impotencia y te pido que me revistas de ti mismo, que identifiques mi alma con todos lo movimientos de tu alma; que me sustituyas, para que mi vida no sea más que una irradiación de tu propia vida. Ven a mí como adorador, como reparador y como salvador… ¡Oh fuego consumidor, Espíritu de amor! Ven a mí, para que se haga en mi alma una como encarnación del Verbo; que yo sea para él una humanidad sobreañadida en la que él renueve todo su misterio. Y tú, ¡oh, Padre!, inclínate sobre tu criatura; no veas en ella más que a tu amado en el que has puesto todas tus complacencias. ¡Oh mis tres, mi todo, mi dicha, soledad infinita, inmensidad en que me pierdo! Me entrego a vos como una presa; sepultaos en mí para que yo me sepulte en vos, en espera de ir a contemplar en vuestra luz el abismo de vuestras grandezas.

Para cualquier duda, pregunta o sugerencia, aquí tienen el email del padre Antonio, [email protected]


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Cómo orar en momentos críticos por monseñor Felipe Arizmendi Esquivel, Obispo emérito de San Cristóbal de Las Casas. JUNIO 03, 2020 (zenit)

Pedir ayuda al Espíritu Santo

VER

Hablo de esto no de memoria, sino por experiencia personal. El pasado fin de semana, fui víctima indirecta de unos asaltantes armados que perseguían en vehículos a un pequeño comerciante a quien querían robar. Coincidió que en ese momento yo transitaba con mi familia por la misma carretera, y una bala atravesó el parabrisas de mi vehículo, insertándose una parte de la bala en mi cuello, sin afectar, milagrosamente, cuerdas bucales, más algunos vidrios en mi mano derecha. Después de reponernos de la impactante impresión y de continuar nuestro camino hasta encontrar atención médica, decidimos orar con el Rosario, que ofrecimos por los delincuentes y por sus víctimas. La oración nos ha sostenido en paz y serenidad.

En mis largos años de presbítero, y sobre todo de obispo en Chiapas, hubo momentos muy difíciles, no sólo por problemas sociales y políticos, sino sobre todo por conflictos intra eclesiales, que son los que más duelen y preocupan. Si no hubiera sido por la oración ante el Sagrario, en varias ocasiones habría “tirado la toalla”.

Hay personas que se han alejado de Dios y de la Iglesia, porque dicen que le pidieron a Dios que no falleciera alguno de sus seres queridos, y falleció; suplicaron que no les pasaran ciertos males, y les acontecieron; oraron por encontrar trabajo, y no lo hubo; rezaron por pasar un examen, y lo reprobaron. Se imaginan que podemos manejar a Dios según nuestros deseos, como si fuéramos tan sabios para saber qué es lo que más nos conviene. A veces somos como los niños caprichudos que quieren un helado, sus padres no se lo dan porque está enfermo de la garganta, y el hijo queda con el sentimiento de que no lo quieren, siendo que no se lo dan precisamente porque lo aman.

Estamos bajo los efectos de la devastadora pandemia del COVID-19, y hemos orado mucho para que ya pase y volvamos a la ansiada normalidad; pero pareciera que Dios no nos hace caso. ¿Acaso es porque no tenemos suficiente fe? Jesús dijo que, si tuviéramos fe, moveríamos montañas (cf Mt 17,20). Entonces, ¿qué nos falta? ¿Cómo orar?

Algunos se entretienen diciendo que se reza, pero no se ora. Entienden por rezar el recitar fórmulas, como los salmos de la Liturgia de las Horas, el Rosario y otros rezos tradicionales. Dicen que rezar no es orar, pues orar es hablarle a Dios con el corazón, sin necesidad de fórmulas. En parte tienen razón, pero es cuestión de palabras. Si recitas con fe, con toda tu alma y tus sentimientos el Padre nuestro, el Ave María, los salmos y otras fórmulas, estás haciendo verdadera oración. No nos entretengamos en discusión por palabras. ¿Cómo orar, entonces, sobre todo en momentos críticos?

PENSAR

Jesús oraba mucho, también con los salmos y con otras fórmulas bíblicas. Oraba en las sinagogas y en las montañas; en todas partes. Lo hacía tan a gusto, que hasta su cara resplandecía, como en el Tabor (cf Lc 9,29). Por ello, sus discípulos le pidieron que les enseñara a orar. Fue entonces cuando nos enseñó el Padre nuestro, modelo de toda oración (cf Mt 6,9-13; Lc 11,2-4). La primera parte no empieza pidiendo cosas, sino poniendo toda la confianza en que Dios es nuestro Padre. Eso es lo primero: hablarle a Dios como a un buen padre, a quien le puedes decir todo lo que quieras, pero partiendo de esa confianza fundamental, experimentando que estás en sus brazos y en su corazón. Es la actitud básica para una buena oración, como dice San Pablo: “No han recibido un espíritu de esclavos, para caer de nuevo en el miedo, sino que recibieron el espíritu de hijos adoptivos, gracias al cual llamamos a Dios ¡Abbá, Padre! Ese mismo Espíritu, junto con el nuestro, da testimonio de que somos hijos de Dios” (Rom 8,15-16).

¿Cómo orar, pues? Ante todo, experimenta en ti la plena confianza de que Dios te ama como un buen Padre y le puedes decir todo cuanto está en tu corazón. Es la primera actitud para una buena oración.

Después de esta experiencia básica, Jesús nos enseña a no empezar pidiendo cosas, sino primero extasiarte en que tu Padre está en el cielo, en que su Nombre sea glorificado y reconocido como lo más santo, en que su Reino es lo más importante y que reconocemos su Voluntad como lo mejor para nosotros. Después de esta experiencia gozosa y contemplativa, ya puedes pedir el pan de cada día, el perdón de tus pecados, la gracia de no caer en las tentaciones y que te libere de todo mal, sobre todo del Malo. ¿Así haces tu oración? ¿O te reduces a pedirle cosas a Dios? Empieza alabándole y reconociéndole como tu papito querido; y luego dile cuanto quieras.

En algunos momentos bonitos, Jesús alaba a su Padre y le da gracias (cf Lc 10,21). Antes de resucitar a Lázaro, dice: “Padre, te doy gracias porque me has escuchado. Yo sé que tú siempre me escuchas” (Jn 11,41-42). Pero en el Huerto de los Olivos sufre mucho, hasta sudar gruesas gotas de sangre, porque parece que su oración no es atendida (cf Lc 22,41-44). En la cruz, orando con el salmo 22(21), le reclamaba a su Padre haberle abandonado (cf Mt 27,46); sin embargo, muere recitando otro salmo, el 30(31), con esta confiada expresión: “Padre, en tus manos entrego mi espíritu” (Lc 23,46).

Por tanto, en los momentos críticos, dile a Dios Padre como Jesús: Si es posible, que no nos pase esto y aquello; y pedirlo con insistencia, entre gemidos y lágrimas; pero siempre expresarle como Jesús: “Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc 22,41). O como nos enseñó Jesús en el Padre nuestro: “Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo” (Mt 6,10). Es la actitud de la Virgen María ante las palabras de Dios por medio del ángel: “Aquí está la servidora del Señor. Que se haga en mí lo que tú dices” (Lc 1,38).

Y siguiendo el ejemplo de Jesús, procura siempre perdonar de corazón a quien te infiera algún daño: “Padre, perdónalos; no saben lo que hacen” (Lc 23,34). Es lo mismo que decimos en el Padre nuestro: “Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden” (Mt 6,12).

ACTUAR

Pide al Espíritu Santo que te enseñe a orar, pues nada podemos sin su ayuda (cf Rom 8,26), y abandónate en el corazón misericordioso de nuestro Padre, pidiéndole que todo sea según Su voluntad (cf Mt 6,10) y que libre de todo mal a ti, a los tuyos y a todo el mundo. Encontrarás paz, fortaleza, esperanza, ánimo para seguir adelante. Y conviene que invoques la intercesión de nuestra Madre del cielo, así como la de tus santos de devoción. Haz la prueba y verás cuán bueno es el Señor (cf Sal 34(33),9).


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Viernes, 29 de mayo de 2020

Refexión a las lecturas del domingo de pentecostésx  ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo de Pentecostés  A

 

Por fin hemos llegado a Pentecostés. De este modo, llega a su plenitud, a su punto culminante, el clima festivo y alegre que compartimos los cincuenta días de Pascua; el término pentecostés significa cincuenta; y de ahí, el nombre de la fiesta.

En medio de las circunstancias tan adversas de este año, lo hemos celebrado de la mejor manera que nos ha sido posible.

Dice el antiguo Catecismo: “¿Qué celebramos el Domingo de Pentecostés? “El Domingo de Pentecostés –dice- celebramos que Jesús ha enviado el Espíritu Santo sobre los apóstoles, y que continúa enviándolo sobre nosotros”.

¡Se trata de dos realidades distintas: la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles y la venida del Espíritu del Señor a cada cristiano!

Del Espíritu Santo ya decíamos algo el domingo 6º de Pascua, pero este domingo todo nos habla del Espíritu. La primera lectura nos narra el acontecimiento de Pentecostés: la casa, los discípulos, el viento recio, las lenguas de fuego, el asombro de todos, el hablar en lenguas, la explicación de  Pedro… ¡Es todo muy hermoso!

Ya Jesús les había advertido: “Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta el confín de la tierra”. (Hch 1, 8). Y se nos dice que el Libro de los Hechos es la narración del cumplimiento de estas palabras del Señor.

Pero los apóstoles no sólo recibieron el Espíritu Santo, sino también la misión de darlo a cada cristiano. ¡Y con cuánto interés procuraban hacerlo! (Hch 19, 1-8)

Cada uno necesita “su pentecostés”, que haga posible su existencia cristiana, en su ser y en su hacer; y nuestro pentecostés es el sacramento de la Confirmación. Los obispos, sucesores de los apóstoles, por la oración, la imposición de las manos y la unción con el santo crisma,  nos dan el Espíritu Paráclito:  Recibe, dice, por esta señal el don del Espíritu Santo”.

Y, además, para entender mejor todo esto, podríamos preguntarnos: ¿Y qué un ser humano sin espíritu? Un cadáver. Y se dice “expiró”, es decir, exhaló el espíritu. Pues eso es una persona sin Espíritu. Nos lo recuerda S. Pablo en la segunda lectura de hoy: “Nadie puede decir ni siquiera Jesús es Señor si no es bajo la acción del Espíritu Santo”.

El Evangelio nos presenta a Jesucristo transmitiendo a los discípulos el Don del Espíritu, al anochecer  del mismo día de la Resurrección. ¡Como si tuviera prisa el Señor en transmitirlo!  ¡Es el fruto más importante de la Pascua, fuente y garantía de todos los demás! ¡Y Jesucristo Resucitado se convierte así en el “Dador” del Espíritu! El Evangelio de la  Vigilia, nos dice: “Todavía  no se había dado el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado”.

Para eso nos hemos venido preparando estos días: para acoger una nueva efusión del Paráclito en nosotros mismos, en nuestras comunidades y en toda la Iglesia,  especialmente, renovando aquel Don del Espíritu, que recibimos  en la Confirmación.

Y todo, como decía antes, para ser, en todas partes, testigos y mensajeros de Cristo Resucitado. Por eso, nos viene bien celebrar hoy la Jornada de la Acción Católica y del Apostolado Seglar, adaptándonos a la situación en que nos encontramos.

Estos días son muy apropiados para hablar de estas cosas a algunos/as que no se han confirmado, invitándoles, por ejemplo, a alguna Celebración y animándoles a hacer todo los esfuerzos de preparación para recibir a Aquel que Jesucristo nos prometió y nos envió para que estuviera siempre con nosotros, siendo nuestra defensa, nuestro consuelo, un principio fundamental de vida, de alegría  y de entusiasmo para nosotros.    

                                                                                                                                                                                                                                                                    ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!                      


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DOMINGO DE PENTECOSTÉS   

MONICIONES

 

 

PRIMERA LECTURA

            Escuchemos ahora, con espíritu de fe y devoción, la narración de la Venida del Espíritu Santo, y el impacto que produce en Jerusalén.           

SALMO

            Uniéndonos a las palabras del salmo, pidamos al Señor que envíe sobre nosotros, sobre la Iglesia y sobre el mundo, el Espíritu Santo Defensor. ¡Todos sabemos bien cuánto le necesitamos! 

SEGUNDA LECTURA

            La segunda lectura nos presenta unas enseñanzas de S. Pablo sobre la acción del Espíritu del Señor en nosotros y en la Iglesia. Ésta tiene “variedad de ministerios, pero unidad de misión”: Anunciar la Buena Noticia del Evangelio a todos los pueblos de la tierra. 

SECUENCIA

            Leemos hoy, antes de escuchar el Evangelio, una antigua plegaria al Espíritu Santo, la Secuencia. Unámonos a ella de todo corazón, pidiéndole que venga a nosotros, nos renueve y nos acompañe. 

EVANGELIO

            En el Evangelio se nos presenta la primera aparición de Jesucristo a los discípulos, al atardecer  del mismo día de la Resurrección y cómo les da el Espíritu Santo, que es el fruto y el don más excelente de la Pascua.

            Aclamemos a Dios, nuestro Padre, que nos da su Espíritu Santo. 

COMUNION

            "Nadie puede decir Jesús es Señor si no es bajo la acción del Espíritu Santo", hemos escuchado en la segunda lectura. Realmente, sin Él no podemos ser ni hacer nada. Pidamos a Jesucristo que renueve en nuestro interior el don de su Espíritu, que recibimos, especialmente, el día de nuestra Confirmación, para que sostenga y acreciente nuestra fe en su presencia en la Eucaristía, nos impulse a recibirle con frecuencia y debidamente preparados, en la Comunión, y a dar el fruto que exige la recepción de este Sacramento.


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S?bado, 23 de mayo de 2020

Reflexión a las lecturas del domingo de la Ascensión del Señor A ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

La Ascensión del Señor

 

        ¡Volver a casa, llegar a casa! ¡Cuánto se desea, cuánto nos conforta,  cuánto nos alegra! Y decimos: ¡Por fin, en casa!

    He ahí la primera realidad que contemplamos al celebrar este domingo, trasladada del jueves, la Solemnidad de la Ascensión del Señor: El Hijo de Dios “que por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del Cielo”, vuelve a su Casa, a la Casa del Padre, con un cuerpo semejante al nuestro, pero resucitado y glorioso. Y se sienta a la derecha de Dios Padre, es decir, en igualdad de grandeza y dignidad que el Padre. Ha terminado su tarea, ha cumplido perfectamente su misión, y ahora vuelve al Cielo como Vencedor sobre el pecado, el mal y la muerte. ¡Cuánto nos enseña todo esto!

        La Ascensión es el punto culminante de la victoria y exaltación de Cristo, que ha abierto de par en par las puertas del Cielo a todos los hombres. Y aguardamos y anhelamos su Vuelta gloriosa, como les advierten a los discípulos, aquellos dos hombres vestidos de blanco (1ª lect.).

        La Ascensión de Jesucristo marca así el comienzo de su ausencia visible y de su presencia invisible. Por eso puede tener un cierto matiz de pena y de tristeza, como decimos, por ejemplo, en el himno de Vísperas: “¿Y dejas, Pastor santo, tu grey en este valle hondo, oscuro, en soledad y llanto; y tú, rompiendo el puro aire, te vas al inmortal seguro?”.

        Es éste sólo un aspecto de esta Solemnidad que se celebra más bien, en un clima de alegría, como contemplamos en los discípulos al volver a Jerusalén “con gran alegría”.           (Lc 24,52). Y pocas oraciones, a lo largo del Año Litúrgico, tienen un carácter tan alegre y festivo como la oración colecta de la Misa de hoy: “Dios todopoderoso, concédenos exultar santamente de gozo y alegrarnos con religiosa acción de gracias, porque la Ascensión de Jesucristo, tu Hijo, es ya nuestra victoria…”. ¡Porque somos miembros de su Cuerpo! Por eso escribe San Pablo: “Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo –por pura gracia estáis salvados- nos ha resucitado con Cristo Jesús y nos ha sentado en el Cielo con Él”. (Ef 2, 4-6). 

          Por lo tanto, nuestro destino celestial no es algo que pertenece sólo al futuro, sino que, de algún modo, ha comenzado ya con Jesucristo y con los santos, especialmente, con la Virgen María, que está en el Cielo con su cuerpo ya glorificado. De esta manera, como dice el Vaticano II, la Iglesia “contempla en ella con gozo, como en una imagen purísima, aquello que ella misma, toda entera, ansía y espera ser” (S. C. 103).

          ¡Qué grande y qué hermoso es el destino que nos espera: el Cielo, la Casa del Padre, que es como el hogar de una familia muy numerosa y feliz, liberada por fin del sufrimiento y de la muerte, y colmada de paz  y alegría para siempre! Sólo el pecado grave, que rompe nuestra comunión con Cristo, puede torcer y hacer desgraciado nuestro futuro.

        Por todo ello, los cristianos no podemos vivir olvidados del Cielo. Sería absurdo. ¿Cómo vamos a olvidarnos de nuestra casa, cuando vamos de camino hacia ella?

          Y en el Evangelio de este día se subraya la Misión, el último encargo del Señor, y, por tanto, el más importante: “Id y haced discípulos de todos los pueblos bautizándoles y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado”.

          Y aquí está la clave de nuestro ser o no ser cristianos de verdad. Es lamentable que muchos cristianos se hayan acostumbrado a pensar que se puede seguir a Jesucristo sin comprometerse en la Misión Apostólica. Ya dice el Vaticano II que son inútiles para la Iglesia y para sí mismos. (Ap. Act. 2).  Y el compromiso apostólico es la señal más patente del ejercicio del Mandamiento Nuevo, que es Señor nos encomendó en la última Cena. (Ap. Act. 3).

          Y para ello, nos ha enviado su Espíritu como la mejor garantía de que todo esto es posible. Es la Solemnidad que celebraremos,  llenos de alegría, el próximo domingo,  y con la que concluye el Tiempo Pascual.                                                       


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SOLEMNIDAD DE LA ASCENSIÓN

 MONICIONES 

 

 

PRIMERA LECTURA

            La Ascensión del Señor y la venida del Espíritu Santo constituyen el comienzo de la misión, que se confía a los apóstoles y a todos los cristianos. Es también el comienzo de una esperanza: "El Señor volverá".

            Escuchemos con atención. 

 

SEGUNDA LECTURA

            He aquí, en la segunda lectura,  una oración de San Pablo. El apóstol pide que tengamos una comprensión de la grandeza maravillosa, que nos espera en el Cielo. 

 

EVANGELIO

            Jesús, antes de subir al Cielo, envía solemnemente a los apóstoles a anunciar el Evangelio por toda la tierra, y les asegura su presencia y su ayuda constante. 

 

COMUNIÓN

            En la Comunión recibimos al mismo Cristo, que está en el Cielo, a la derecha del Padre. Por eso la Eucaristía es como un Cielo anticipado. En ella “pregustamos y tomamos parte” de los bienes de arriba, de nuestra Patria definitiva, y recibimos el alimento y la fuerza que necesitamos para no desfallecer por el camino. 


Publicado por verdenaranja @ 12:56  | Liturgia
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Viernes, 15 de mayo de 2020

Reflexión a las lecturas del domingo sexto de pascua A ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"                        

Domingo 6º de Pascua A

 

La marcha de Jesús, como ya hemos comentado el domingo pasado, despierta en los discípulos una gran turbación. Jesús lo sabe y trata de “prepararles”, decíamos también. Lo ha hecho ya en algunas ocasiones; ahora, en la última Cena lo intensifica. Les dice: “En la Casa de mi Padre hay muchas estancias” y me voy a prepararos sitio” y también: “Volveré y os llevaré conmigo”. Y en el Evangelio de hoy les dice: “Yo le pediré al Padre que os dé otro Defensor que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la Verdad”. ¡Qué título más hermoso! El Espíritu de la Verdad!

¡Por tanto, en la ausencia visible de Cristo, no van a quedar solos y desamparados, porque el Padre les va a enviar “otro Defensor”, que esté siempre con ellos, el Espíritu Santo. Es decir, se marcha Jesús, el Defensor por naturaleza de los suyos y viene otro Defensor, El Espíritu.

Ya sabemos que la presencia del Espíritu del Señor en la Iglesia es fundamental e imprescindible. Ya dice S. Pablo: “Nadie puede decir Jesús es Señor si no es bajo la acción del Espíritu Santo”.             (1 Co 12, 3). Por eso, Jesucristo ha querido garantizar su presencia y su acción, en cada cristiano, mediante la existencia de dos sacramentos: el Bautismo y, más especialmente, la Confirmación: “Recibe por esta señal el don del Espíritu Santo”, dice el obispo al administrar el Sacramento.

¡Qué importante es todo esto! Por eso, se observa con mucha preocupación en la Iglesia de nuestro tiempo, el desinterés que existe en gran número de cristianos por recibirlo. El no confirmado está en una situación tal, que no puede admitirse, ni siquiera, como padrino de Bautismo. “El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo”, escribía S. Pablo. (Rom 8, 9). Y el problema se agrava muchísimo cuando observamos que nuestros adolescentes y jóvenes, y, en general, la muchedumbre de los no confirmados, no cuentan normalmente en su entorno con nadie que sea capaz de ayudarles a comprender la grandeza y la importancia del Sacramento y la obligación grave que tienen de recibirlo.

Precisamente, en la primera lectura de hoy, se nos presenta la primera Confirmación de la Historia. No puede hacerla el diácono Felipe. ¡Tiene que ser un apóstol! Por eso bajan, desde Jerusalén Pedro y Juan. Oran por ellos, les imponen las manos y reciben el Espíritu Santo. “Aún no había bajado sobre ninguno”, dice el texto. Sólo lo habían recibido, pero de forma inicial, en el Bautismo. Por tanto, se nos enseña con toda claridad, que recibir el Espíritu del Señor es confirmarse.

Ahora, cuando nos disponemos a terminar la celebración de la Pascua, con la Solemnidad de Pentecostés, es una ocasión privilegiada para repensar todas estas cosas. ¡A ello nos ayudan las lecturas de la celebración diaria de la Eucaristía de esta semana!

En resumen: “¡Me voy a prepararos sitio!” “¡Vendrá otro Defensor!” Estas dos realidades constituyen la respuesta de Jesucristo, a la tristeza y desolación de los discípulos.

Dice el Evangelio que el día de la Ascensión, volvieron a Jerusalén, no tristes, llorosos y decepcionados, sino “con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios”.             (Lc 24, 52). ¡Es el resultado de “la gran catequesis” del Señor Jesús en la Última Cena!

¡En este contexto celebramos hoy en España, como cada año, “la Pascua del Enfermo!” Para el enfermo el Espíritu Santo es fortaleza  y consuelo; es gozo y esperanza ¡Es el  Espíritu que se infunde en la Santa Unción, “el sacramento de los enfermos”: “Por esta Santa Unción y por su bondadosa misericordia te ayude el Señor con la gracia del Espíritu Santo”, dice el sacerdote mientras unge la frente del enfermo. ¡Y cuántos se han visto confortados con este Sacramento en esta epidemia! ¡Y no hay mejor compañía para el enfermo que se siente sólo, como apunta el lema de la Campaña! Y es también el Espíritu del Señor, el Espíritu de la Verdad, el que anima y estimula los avances continuos de la medicina y de la ciencia en su lucha contra la enfermedad y la muerte! ¡Es, además, el Espíritu de la luz y de la fortaleza de los que trabajan y se esfuerzan, con el mejor ánimo, en el cuidado de los enfermos en los hospitales y en las casas! Y es, en fin, el Espíritu que hace presente a la Iglesia en los lugares donde se trabaja y se lucha intensamente por la salud integral de todos.

En este tiempo terrible de tantos contagios y tantas muertes, son muchos los cristianos, que han experimentado en su existencia la eficacia del Don del Espíritu, que el Señor Jesús nos ha dejado como el fruto mejor y mayor de su Pascua gloriosa.                                   

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                             


Publicado por verdenaranja @ 22:31  | Espiritualidad
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DOMINGO VI DE PASCUA A 

 MONICIONES 

 

 

PRIMERA LECTURA

        Hoy, dentro del Tiempo de Pascua, es el Domingo de la expansión misionera de la Iglesia. En la primera lectura contemplamos cómo el diácono Felipe anuncia a Cristo a los samaritanos, y los apóstoles Pedro y Juan les dan el Espíritu Santo. Es la primera Celebración de la Confirmación que conocemos. Escuchemos.

 

SALMO RESPONSORIAL

        Como respuesta a la Palabra de Dios, que hemos escuchado, proclamamos, en el salmo  responsorial,  nuestro deseo de que toda la tierra, llena del Espíritu Santo, proclame las maravillas del Señor

 

SEGUNDA LECTURA

        S. Pedro se dirige a unos cristianos que sufren persecución, y les recuerda la muerte de Cristo y su resurrección por el poder del Espíritu Santo. Al mismo tiempo, les anima a dar razón de su esperanza.

 

EVANGELIO

        Jesús continúa confortando a los discípulos en la Última Cena. Este domingo escuchamos cómo dice a los discípulos que, en su ausencia visible, van a contar con la  presencia y la ayuda del Espíritu Santo. Él será su Defensor y estará siempre con ellos.

        Acojamos al Señor con la aclamación pascual del aleluya.

 

COMUNIÓN

        El Espíritu Santo es el que hace posible que descubramos la presencia de Jesucristo en la Eucaristía. "Nadie puede decir Jesús es Señor si no es bajo la acción del Espíritu Santo", nos enseña San Pablo.

        En esta Jornada de la Pascua del Enfermo, pidámosle que la gracia incomparable de la Comunión nos ayude a descubrir la presencia y la necesidad del Espíritu Santo en nuestra vida, especialmente, en los momentos de enfermedad o de dificultad.


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