S?bado, 20 de agosto de 2016

Puerta y banquete.- Por ENRIQUE DÍAZ DÍAZ (ZENIT)

XXI Domingo Ordinario

19 AGOSTO 2016 

 

Isaías 66, 18-21: “Traerán de todos los países a los hermanos de ustedes”

Salmo 116: “Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio”
Hebreos 12, 5-7. 11-13: “El Señor corrige a los que ama”
San Lucas 13, 22-30: “Vendrán del oriente y del poniente y participarán en el banquete del Reino de Dios”

Con mucho enojo reclama Doña Juanita a su hijo que se adormece entre las teclas y funciones de su celular: “¡El mundo virtual no es la realidad! No se consiguen las cosas con apretar un botón. Tienes que sobarte el lomo para alcanzar lo que quieres. Ya ponte a trabajar. Ya ponte a hacer algo”. ¡Qué difícil contraste! A la juventud se le presenta un mundo de oportunidades, de bienes conseguidos por el pequeño toque de un dedo, se les promete el éxito con tan sólo un pequeñisimo esfuerzo… y la realidad exige dedicación, esfuerzo, constancia y generosidad. Ni se aprende un idioma en quince días, ni se consigue salud con hierbas milagrosas, ni se alcanza el éxito con puros sueños. Incluso las religiones ofrecen salvación con mínimos requisitos. Mientras el mundo nos presenta una gama de placeres, oportunidades y facilidades… la realidad se torna cada día más crítica y nos exige mayor entrega.

Jesús promete felicidad pero de un modo muy diferente. Precisamente cuando Él va camino de Jerusalén donde será crucificado, donde entregará su vida, nos pone en guardia para no hacernos la ilusión de una religión cómoda y a nuestro modo. A aquellos judíos que preocupados le preguntan sobre el número de los que se salvan, Jesús les responde no sobre el número sino sobre el cómo se salvan. Advierte que la salvación no es algo mecánico que se obtenga automáticamente. No basta para salvarse el hecho de pertenecer a determinado pueblo, a determinada raza, tradición o institución, así sea el pueblo elegido del que proviene el Salvador. “Hemos comido y bebido contigo, y tú enseñaste en nuestras plazas… No sé de dónde son ustedes”, escuchamos en el relato de Lucas. Es evidente que quienes hablan y reivindican privilegios son los judíos; pero no podemos ingenuamente pensar que Jesús se refiere exclusivamente a los judíos de su tiempo. Debemos hacer actual el relato de Lucas: estamos ahora en un contexto de Iglesia; aquí oímos a cristianos que presentan el mismo tipo de pretensiones: “Profetizamos en tu nombre, hicimos milagros”, “Te prendimos una veladora”, “Alguna vez asistí a misa”, “Tenemos una tía monja”… pero la respuesta del Señor es la misma: ¡no los conozco, apártense de Mí todos los que hacen el mal!”. Por lo tanto, para salvarse no basta el simple hecho de haber conocido a Jesús y pertenecer a la Iglesia; hace falta otra cosa. Y creo que no será solamente “no hacer el mal”, sino precisamente buscar hacer el bien al estilo de Jesús.

Las comparaciones de Jesús nos descubren la verdadera felicidad en torno a una mesa, en la alegría de una cena, en la abundancia de un banquete. La alegría de estar todos juntos nos conduce a participar de un alimento común, a compartir lo que verdaderamente somos. El símbolo del Reino aparece como un banquete, lugar de encuentro y comunión. El banquete es una forma de expresar que el Reino es plenitud, satisfacción, festín, gozo, solidaridad y hermandad. Se nos ofrece, estamos invitados, pero es preciso entrar. Es un regalo que debe ser acogido. Todo lo contrario a lo que hoy nos invita nuestro mundo: el egoísmo, el placer solitario, la abundancia individual que deja en la pobreza y en la miseria a los hermanos. No es una comida rápida, donde se llena el estómago pero se queda vacío el espíritu porque se ha vivido egoístamente.

Invitación y compromiso, regalo y servicio, son los dos polos en los cuales se mueve la realidad del Reino. La pertenencia al pueblo de Dios no es un privilegio para nosotros, sino un servicio para los demás. Es una invitación universal. Los “pases” de entrada a este banquete no son basados en privilegios, sino en la respuesta a la vivencia interior del mensaje de Jesús. La selección frente a la puerta estrecha del banquete, no consistirá en títulos y apariencias, sino se escogerá a quien haya respondido con sinceridad y a quien haya practicado la justicia. Sólo cuando se ha abierto el corazón a los demás se puede participar plenamente del Reino. Es todo lo contrario a lo que está sucediendo en nuestros tiempos: unos pocos comen en abundancia y acaparan todos los bienes, mientras millones se quedan fuera comiendo migajas.

Es necesario acoger el mensaje del Reino y vivir sus profundas exigencias de conversión. Jesús se imagina una muchedumbre agolpada frente a una puerta estrecha, pero no se trata de dar codazos, pisar a los otros para entrar. Se requiere un esfuerzo para entrar; pero no consiste en aquel rigorismo estrecho de los fariseos que se queda en la superficialidad: Jesús llama a la radicalidad de una conversión, nos invita a cambiar el corazón y a esforzarnos por vivir una vida nueva, dando primacía absoluta a Dios y a los hermanos. Esta conversión no es teórica, sino una decisión que trastoca nuestro modo de actuar y nos exige una nueva conducta y un modo nuevo de relacionarnos con Dios, con las cosas y con los hermanos.

Quizás en la Iglesia, sin darnos cuenta, hemos provocado una actitud que busca ganar el Reino con un camino seguro de rezos, indulgencias y privilegios. Hemos dado la impresión de ganar mágicamente el cielo. Es hora de regresar a la raíz del Evangelio: aceptación plena de Jesús y de su camino. No basta pertenecer al pueblo de Dios por el Bautismo y hacer unas cuantas prácticas. No basta haber escuchado la Palabra o incluso haberla enseñado; se requiere un testimonio coherente y unas entrañas de misericordia, se requiere dejarnos penetrar por el Espíritu de Jesús y desde nuestro interior transformar toda nuestra vida. Se requiere reconocer a todos los hombres y mujeres como hermanos y compartir la vida, el servicio y los bienes con ellos como lo hizo Jesús.

La puerta para entrar al Reino de los Cielos es el corazón de los pobres. ¿Hemos entrado en su corazón? ¿Han entrado los pobres en nuestro corazón?

Padre bueno, tú has dispuesto bondadosamente una mesa para todos, abre nuestros corazones y nuestras manos para que podamos acoger con generosidad a nuestros hermanos en la mesa de la fraternidad. Amén


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Viernes, 19 de agosto de 2016

Reflexión a las lecturas del domingo veintiuno del Tiempo Ordinario C ofrecida por el sacerfdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 21º del T. Ordinario C

 

Tal vez nos habremos hecho alguna vez la misma pregunta que le hacen hoy a Jesús, camino de Jerusalén: “Señor, ¿serán pocos los que se salven?”  Sí. Al final, a la hora de la verdad, ¿cómo terminará todo?

Se trata de la salvación final: Entrar en el Cielo para siempre.

Ya sabemos que la salvación que Cristo nos obtuvo en la Cruz, llega a nosotros en el Bautismo.  Y ahí comienza la tarea,  la lucha, la aventura maravillosa de nuestra salvación, que se anuncia cada día, de Oriente a Occidente, como Buena Noticia.

Hoy la mayoría de los cristianos no harían esta pregunta porque, o no creen que exista “algo después de la muerte” o, en caso de que existiera, irían todos al Cielo.

Jesús no contesta directamente a la pregunta, como es lógico, no nos da una cifra. Nos dice, sencillamente, que “muchos intentarán entrar y no podrán”. Y que hay que esforzarse por “entrar por la puerta estrecha”. S. Mateo es más explícito (Mt 7, 13-14).

Jesús advierte a aquellos que le escuchan que van a quedar fuera y no valdrá entonces recurrir a que han comido juntos (han sido amigos suyos) y que Él ha enseñado en sus plazas, porque les replicará: “No sé quiénes sois. Alejaos de mí, malvados”.

No basta con ser “hijos de Abrahán”. Hace falta escuchar la Palabra de Jesucristo y cumplirla, porque se reconoce que Él es al Mesías, el Hijo de Dios vivo.

Y comenzará la condenación eterna para ellos. Entonces verán a Abrahán, Isaac y Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios y ellos, echados fuera. “Y vendrán de Oriente y Occidente, del Norte y del Sur, y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios”. ¡Impresionante!

Y si eso terminara así, ¿de qué nos habrá servido todo?

Los santos, es decir, aquellos que han comprendido y vivido mejor estas cosas, han sacado de esta doctrina dos consecuencias fundamentales: Trabajar por la propia salvación con temor y temblor (Fil 2, 12), y luchar y esforzarse por la salvación de los demás.

Podemos recordar la reacción de los niños videntes de Fátima, cuando la Virgen les enseñó el Infierno. ¡Cómo se preocupaban, cómo se esforzaban por evitar que los pecadores fueran allí!

Un misionero tan grande como S. Antonio María Claret, nos cuenta en su autobiografía, que, siendo muy pequeño y de poco dormir, se pasaba algún tiempo durante la noche, pensando en el Infierno y, a partir de ahí, se fue fraguando su vocación misionera.

La Iglesia ora en la Plegaria Eucarística 1ª, diciendo: “Líbranos de la condenación eterna y cuéntanos entre tus elegidos”.

Hemos de recordar aquella sentencia que dice: “Acuérdate de tus Novísimos y no pecarás”.

Se trata, en definitiva, mis queridos amigos, de anunciar “el mensaje completo”          (2Tim 4, 17).

                                               ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!

 


Publicado por verdenaranja @ 13:47  | Espiritualidad
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DOMINGO 21º DEL TIEMPO ORDINACIO C  

MONICIONES 

 

PRIMERA LECTURA

         La primera lectura expresa en términos, llenos de colorido, el proyecto de Dios de congregar a todos los hombres, para mostrarles su salvación y su  gloria.

 

SALMO

         En el salmo manifestamos nuestro deseo de que todos los pueblos conozcan y alaben al Señor. 

 

SEGUNDA LECTURA

         La Carta a los Hebreos exhorta a aquellos cristianos, procedentes del judaísmo, que habían sido perseguidos, a soportar su prueba como una purificación  a la que les invita el Señor. 

 

TERCERA LECTURA

         El Señor nos dice en el Evangelio  que todos los hombres, sin excepción, están llamados a vivir con Él eternamente, para lo cual hay que entrar por “la puerta estrecha” que Él nos ha señalado.

         Aclamémosle ahora con el canto del aleluya 

 

COMUNIÓN

         En la Comunión se realiza la unión más íntima y profunda que puede realizar el hombre con Dios en esta vida, y que es anticipo de la que se realizará en el Cielo.

         Que el Señor no permita que los que ahora nos unimos a Él de una manera tan profunda, vayamos a encontrarnos lejos de Él por toda la eternidad.


Publicado por verdenaranja @ 13:43  | Liturgia
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Catequesis del papa Francisco en la audiencia del miércoles 17 de agosto de 2016. 17 AGOSTO 2016 (zenit)

 

“Queridos hermanos y hermanas, ‘buon giorno‘.

Hoy queremos reflexionar sobre el milagro de la multiplicación de los panes. Al inicio de lanarración que hace Mateo (cfr 14,13-21), Jesús ha apenas recibido la noticia de la muerte de Juan el Bautista, y en una barca atraviesa el lago buscando ‘un lugar desierto apartado’.

La gente entretanto entiende y se anticipa yendo a pie, así que ‘al bajar de la barca, Él ve a una gran multitud, siente compasión por ellos y cura a sus enfermos’. Así era Jesús, siempre con compasión, siempre pensando en los demás.

Impresiona la determinación de la gente que teme quedarse sola, como abandonada. Muerto Juan el Bautista, profeta carismático, se ponen bajo la protección de Jesús, de quien el mismo Juan había dicho: ‘Quien viene después de mi es más fuerte que yo”.

Así la multitud lo sigue por todas partes, para escucharlo y para llevarle a los enfermos. Y viendo esto, Jesús se conmueve. Jesús no es frío, no tiene un corazón frío, es capaz de conmoverse. De un lado Él se siente atado a esta muchedumbre y no quiere que se vaya, de otra parte tiene necesidad de momentos de soledad y de oración con el Padre. Muchas veces pasa la noche rezando con su Padre.

También ese día, por lo tanto, el Maestro se dedicó a la gente. Su compasión no es un sentimiento vago; demuestra en cambio toda la fuerza de su voluntad para estar cerca de nosotros y salvarnos. Nos ama mucho y quiere estar cerca de nosotros.

Al atardecer, Jesús se preocupa de dar de comer a todas aquellas personas, cansadas y hambrientas y se preocupa de quienes lo siguen. Quiere involucrar en esto a sus discípulos. De hecho les dice: ‘denles de comer ustedes mismos’.

Asi les demostró que los pocos panes y peces que tenían, con la fuerza de la fe y de la oración podían ser compartidos con toda la gente. Un milagro de la fe, de la oración, suscitado por la compasión y el amor. Así Jesús ‘partió los panes y los dio a sus discípulos y a la multitud’.

El Señor va al encuentro de las necesidades de los hombres, pero quiere volvernos a cada uno de nosotros participantes concretos de su compasión.

Ahora detengámonos sobre el gesto de la bendición de Jesús: Él ‘tomó los cinco panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo, recitó la bendición, partió el pan y se los dio’.

Como podemos ver, son las mismas acciones que Jesús hizo en la Última Cena, siendo las mismas que cada sacerdote cumple cuando celebra la santa Eucaristía.

La comunidad cristiana nace y renace continuamente de esta comunión eucarística. Vivir la comunión con Cristo es por lo tanto muy diverso que estar pasivos y ser extraños a la vida cotidiana. Por el contrario siempre nos inserta más en la relación con los hombres y mujeres de nuestro tiempo, para ofrecerles a ellos un gesto concreto de la misericordia y de la cercanía de Cristo.

Mientras nos nutre de Cristo, la eucaristía que celebramos nos transforma poco a poco también a nosotros en el cuerpo de Cristo y alimento espiritual para los hermanos. Jesús quiere llegar a todos, para llevarles el amor de Dios. Por esto transforma a cada creyente en un servidor de la misericordia.

Jesús ha visto a la multitud, ha sentido compasión por ella y ha multiplicado los panes. Así hace también con la eucaristía. Y nosotros los creyentes que recibimos este pan eucarístico somos empujados por Jesús para llevar este servicio a los demás, con su misma compasión. Este es el recorrido.

La narración de la multiplicación de los panes y de los peces se concluye con la constatación de que todos han sido saciados y con la recolección de los trozos que han sobrado.

Cuando Jesús con su compasión y su amor nos da una gracia, nos perdona los pecados, nos abraza, nos ama, no hace las cosas a medias, sino completamente. Como sucedió aquí, todos se han saciado. Jesús llena nuestro corazón y nuestra vida con su amor, con su perdón y compasión. Jesús por lo tanto ha permitido a sus discípulos obedecer sus ordenes.

De esta manera ellos conocen el camino que es necesario recorrer: dar de come al pueblo y tenerlo unido; estar por lo tanto al servicio de la vida y de la comunión.

Invoquemos por lo tanto al Señor, para que vuelva su Iglesia cada vez más capaz de realizar este santo servicio y para que cada uno de nosotros pueda ser instrumento de comunión en la propia familia, en el trabajo, en la parroquia y en los grupos a los que pertenece; vale a decir, un signo visible de la misericordia de Dios que no quiere dejar a nadie en la soledad y en la necesidad, para que se difunda la comunión y la paz entre los hombres y la comunión entre los hombres y Dios, porque esta comunión es la vida para todos”.

(Traducción realizada por ZENIT desde el audio)


Publicado por verdenaranja @ 13:35  | Habla el Papa
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Mi?rcoles, 17 de agosto de 2016

Comentario a la liturgia dominical por el P. Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor de Humanidades Clásicas en el Centro de Noviciado y Humanidades y Ciencias de la Legión de Cristo en Monterrey (México). 16 AGOSTO 2016. (ZENIT)

Vigésimo primer domingo del tiempo común – Ciclo C

Textos: Is 66, 18-21; Hb 12, 4-7.11-13; Lc 13, 22-30

Idea principal: El “negocio” de la salvación es lo más importante, necesario, urgente y personal de nuestra vida. Santa Teresa de Jesús dijo: “al final de la vida el que se salva sabe y el que no, no sabe nada”.

Síntesis del mensaje: Jesús sigue educando a los discípulos, y a nosotros también. Y hoy nos da la clave de cómo salvarnos, es decir, los requisitos. Salvación completa: cuerpo y alma. Para salvarnos no basta el simple hecho de haber conocido a Jesús y pertenecer a la Iglesia, o tener privilegios de nacimiento o por algún mérito pasado. Es necesario también pasar por la “puerta estrecha” (evangelio), y abandonar la “puerta ancha”.

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, es un hecho que Dios “quiere que todos se salven” (1 Tim 2, 4). La primera lectura de hoy también nos lo recuerda: “Yo mismo vendré a reunir a todas las naciones…y verán mi gloria”. Y también el evangelio: “Y vendrán muchos de Oriente y de Occidente…a ocupar su lugar en el banquete del Reino de Dios”. ¡A todos! Judíos y paganos, cristianos, protestantes y anglicanos, musulmanes y budistas, ateos, agnósticos y renegados. Para eso, Dios Padre mandó a su Hijo al mundo. Para eso, Dios Hijo fundó su verdadera Iglesia, donde encontramos todos los medios de salvación: los sacramentos, la intercesión de la Santísima Virgen y de los Santos. Para eso, Dios Espíritu Santo realiza la obra de santificación en el alma de quienes le dejan, mediante la infusión de los siete dones y los frutos suculentos de su acción divina. Dios no tiene otro regocijo que el salvar a sus hijos esparcidos por todo el mundo.

En segundo lugar, ¿qué hacer entonces? Si el alma vale tan alto precio, y el hombre llega a perderla, ¿con qué bien del mundo podrá compensar tan grande pérdida? ¡Salvar nuestra alma! El negocio más importante, único y urgente, personal e irreparable de la vida es la salvación del alma. Negocio más importante, porque Dios mandó a su Hijo al mundo y le hizo derramar la sangre y morir en la cruz para salvar nuestras almas. Negocio único que tenemos en esta vida (cf. Lc 10, 42). San Bernardo lamenta la ceguera de los cristianos que, calificando de juegos pueriles a ciertos pasatiempos de la niñez, llaman negocios a los asuntos mundanos. ¡Cuántas locuras no cometerían mucho si pensasen en estas palabras de Cristo: «¿De qué le sirve al hombre–dice el Señor– ganar todo el mundo, si pierde su alma?»(Mt. 16, 26); palabras éstas que le recordaba una y otra vez en la Universidad de París Ignacio de Loyola al mundano Francisco Javier, hasta que le taladraron el alma y se convirtió. Negocio personal, porque sólo cada uno de nosotros tiene que invertir en salvar su propia alma. Negocio irreparable, pues «no hay error que pueda compararse –dice San Eusebio–al error de descuidar la eterna salvación». Todos los demás errores pueden tener remedio. Si se pierde la hacienda, posible es recobrarla por nuevos trabajos. Si se pierde un cargo, puede ser recuperado otra vez. Aun perdiendo la vida, si uno se salva, todo se remedió. Mas para quien se condena no hay posibilidad de remedio. Una vez sólo se muere; una vez perdida el alma, perdióse para siempre. No queda más que el eterno llanto con los demás míseros insensatos del infierno, cuya pena y tormento mayor será el considerar que para ellos no hay tiempo ya de remediar su desdicha (Jer 8. 20). Sólo en lo presente piensan los mundanos, no en lo futuro. Hablando en Roma una vez San Felipe Neri con un joven de talento, llamado Francisco Nazzera, le dijo así: «Tú, hijo mío, tendrás brillante fortuna: serás buen abogado; prelado después; luego, quizá cardenal, y tal vez pontífice; pero ¿y después?, ¿y después?». «Vamos –díjole al fin–, piensa en estas últimas palabras». Marchó Francisco a casa, y meditando en aquellas palabras: «¿Y después? ¿Y después?», abandonó los negocios terrenos, se apartó del mundo y entró en la misma congregación de San Felipe Neri, para no ocuparse más que en servir a Dios. Razón tenía San Felipe Neri al llamar loco al hombre que no atiende a salvar su alma.


Finalmente, el evangelio de hoy nos da la clave para salvarnos: entrar por la puerta estrecha. ¿Qué supone entrar por la puerta estrecha que conduce a la vida eterna y a la salvación? Nos responde la Didaché, obra de la literatura cristiana primitiva que pudo ser compuesta en la segunda mitad del siglo I, donde se narra la Enseñanza del Señor a las naciones por medio de los doce apóstoles: Hay dos caminos. Uno de la vida y otro de la muerte; pero la diferencia entre los dos caminos es grande. Al camino de la vida le corresponden el amor a Dios y al prójimo, el bendecir a quien nos maldice, el mantenerse alejado de los deseos carnales, perdonar a quien nos ofende, ser sincero, pobre; en suma, los mandamientos de Dios y las bienaventuranzas de Jesús. Al camino de la muerte le corresponden, por el contrario, la violencia, la hipocresía, la opresión del pobre, la mentira; en otras palabras, lo opuesto a los mandamientos y las bienaventuranzas (cf. Mateo 5, 1-8) .

Para reflexionar: ¿Son muchos los que se salvan? ¿Son pocos? ¿Estaré yo entre los que se salvan? ¿Qué he de hacer para salvarme? Esta poesía de fray Pedro de los Reyes (español del siglo XVI) nos puede hacer reflexionar hoy:

YO PARA QUE NACÍ

Yo para qué nací? Para salvarme.
Que tengo de morir es infalible.
Dejar de ver a Dios y condenarme,
Triste cosa será, pero posible.
¿Posible? ¿Y río, y duermo, y quiero holgarme?
¿Posible? ¿Y tengo amor a lo visible?
¿Qué hago?, ¿en qué me ocupo?, ¿en qué me encanto?
Loco debo de ser, pues no soy santo.

Para rezar: recemos con el Salmo 69 (68).

Cualquier sugerencia o duda pueden comunicarse con el padre Antonio a este email: [email protected]


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Reflexión de monseñor Felipe Arizmendi Esquivel. 16 AGOSTO 2016 (ZENIT)

Reinstitución de las diaconisas

¿Qué hacían las diaconisas? ¿Qué podrían hacer?

 

VER

“Tras una oración intensa y una reflexión madura, su Santidad ha decidido instituir la comisión de estudio sobre el diaconado de las mujeres”, anunció la Sala de Prensa de la Santa Sede. De esta forma, cumple lo que ofreció a la Unión Internacional de Superioras Generales, que le hicieron la propuesta. ¿Qué significa y qué implica esto? ¿Será un camino para que las mujeres puedan ser ordenadas sacerdotes?

En los primeros siglos de la Iglesia había diaconisas. San Pablo menciona a una: “Les recomiendo a nuestra hermana Febe, diaconisa de la Iglesia de Cencreas. Recíbanla bien, como debe hacerse entre cristianos y santos hermanos, y ayúdenla en todo lo que necesite, pues muchos están en deuda con ella, y yo también”(Rom 16,1-2).

¿Qué hacían? Como se acostumbraba el bautismo de personas adultas por inmersión y bajaban al agua sin ropa, para después revestirse con una túnica blanca, no era decente que esta celebración la hicieran el obispo, los presbíteros o los diáconos; por ello, se establecieron mujeres diaconisas que bautizaran a las mujeres. Además, cuando había quejas de esposas porque sus maridos las habían golpeado, las diaconisas debían revisar el cuerpo de la mujer, para comprobar las heridas o los hematomas; no era prudente que fueran varones quienes hicieran tal revisión. Por otra parte, se acostumbraba hacer las unciones de los enfermos en las partes del cuerpo que les dolían; lo conveniente era que tal servicio lo dieran las mujeres. Con el tiempo, estas costumbres cambiaron y desaparecieron las diaconisas. No hay constancia de que hayan recibido la ordenación sacramental, sino que era un servicio que daban en la comunidad.

PENSAR
¿Conviene que hoy se instituyan de nuevo? Antes del Concilio Vaticano II (1962-65), el diaconado era sólo para varones célibes que se preparaban al sacerdocio. El Concilio restableció el diaconado permanente “no en orden al sacerdocio, sino en orden al ministerio” (LG 29), para dar algunos servicios como administrar el bautismo, asistir al matrimonio, proclamar el Evangelio y predicar en la Misa, dar la bendición con el Santísimo, celebrar las exequias de los difuntos, hacer diversas bendiciones. Este diaconado se confiere a varones casados, y actualmente hay miles en toda la Iglesia. No celebran Misa, ni confiesan, ni ungen sacramentalmente a los enfermos. Se estudia si también se puede conferir el diaconado a mujeres.

¿Qué podrían hacer? Lo mismo que los diáconos. Sin embargo, para esas celebraciones no hacen falta diaconisas; el obispo puede autorizar a mujeres catequistas, a esposas de diáconos permanentes, a religiosas y a otras mujeres adecuadamente preparadas, para que las hagan. Yo he delegado, conforme a las normas de la Iglesia, a dos mujeres indígenas para bautizar y presidir matrimonios, en lugares lejanos donde es rara la presencia de un sacerdote y no hay diáconos.

El Catecismo de la Iglesia Católica indica: “El ministerio eclesiástico, instituido por Dios, está ejercido en diversos órdenes por aquellos que ya desde antiguo reciben los nombres de obispos, presbíteros y diáconos. La doctrina católica, expresada en la liturgia, el magisterio y la práctica constante de la Iglesia, reconoce que existen dos grados de participación ministerial en el sacerdocio de Cristo: el episcopado y el presbiterado. El diaconado está destinado a ayudarles y a servirles. Por eso, el término ‘sacerdote’ designa, en el uso actual, a los obispos y a los presbíteros, pero no a los diáconos. Sin embargo, la doctrina católica enseña que los grados de participación sacerdotal (episcopado y presbiterado) y el grado de servicio (diaconado) son los tres conferidos por un acto sacramental llamado ‘ordenación’, es decir, por el sacramento del Orden” (1554).

Se excluye por completo que las posibles diaconisas llegaran a ser ordenadas sacerdotes. Esto ya quedó finiquitado desde 1994 por el Papa Juan Pablo II: “Con el fin de alejar toda duda sobre una cuestión de gran importancia, que atañe a la misma constitución divina de la Iglesia, en virtud de mi ministerio de confirmar en la fe a los hermanos (cf. Lc 22,32), declaro que la Iglesia no tiene en modo alguno la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres, y que este dictamen debe ser considerado como definitivo por todos los fieles de la Iglesia” (Ordinatio Sacerdotalis, 4).

ACTUAR
Pidamos al Espíritu Santo que ilumine al Papa para decidir lo más conveniente. Mientras tanto, sigamos dando a las mujeres el lugar que les corresponde en la Iglesia y en la sociedad.


Publicado por verdenaranja @ 21:06  | Hablan los obispos
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Martes, 16 de agosto de 2016

Angelus del papa Francisco del 15 de agosto de 2016 (ZENIT – Ciudad del Vaticano)

 

“Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días. Y buena fiesta de la Asunción!

La página evangélica de la fiesta de hoy, de la Asunción de María al cielo, describe el encuentro entre María y su prima Isabel, subrayando que “María se levantó y fue rápidamente hacia la región montañosa, en una ciudad de Judea”. En aquellos días, María corría hacia una pequeña ciudad en los alrededores de Jerusalén para encontrar a Isabel.

Hoy la vemos en su camino hacia la Jerusalén celeste, para encontrar finalmente el rostro del Padre y volver a ver el rostro de su hijo Jesús. Muchas veces en su vida terrena había recorrido zonas montañosas, hasta la última etapa dolorosa del Calvario, asosociada al misterio de la pasión de Cristo.

Ahora la vemos alcanzar la montaña de Dios, “vestida de sol con la luna bajo sus pies y en su cabeza una corona de doce estrellas”, como dice el libro del Apocalipsis, y cruzar el umbral de la patria celeste.

Fue la primera en creer en el Hijo de Dios y la primera que fue llevada al cielo en cuerpo y alma. Fue la primera que acogió y tomó en sus brazos a Jesús cuando aún era niño y la primera en ser recibida en sus brazos para ser introducida en el Reino eterno del Padre.

María, humilde y simple muchacha de un pueblo perdido en la periferia del imperio, justamente porque acogió y vivió el Evangelio fue admitida por Dios a estar durante la eternidad al lado del trono de su hijo. Es así que el Señor destituye a los poderosos de sus tronos y eleva a los humildes. (cfr Lc 1, 52).

La Asunción de María es un misterio grande que se refiere a cada uno de nosotros y se refiere a nuestro futuro. María, de hecho nos precede en el camino hacia el cual se encaminan aquellos que mediante el bautismo han atado su vida a Jesús, como María ató a Él la propia vida.

La fiesta de hoy nos hace mirar al cielo. La fiesta de hoy preanuncia “cielos nuevos y tierra nueva”, con la victoria de Cristo resucitado sobre la muerte y la derrota definitiva del maligno.

Por lo tanto la exultación de la humilde joven de Galilea, expresado en el canto del Magnificat, se vuelve el canto de la humanidad entera, que se complace en ver al Señor inclinarse sobre todos los hombres y todas las mujeres, humildes criaturas, y asumirlos con él en el cielo.

El Señor se inclina sobre los humildes para elevarlos, como indica el canto del Magnificat. Este canto los lleva también a pensar en tantas situaciones dolorosas actuales, en particular en las mujeres subyugadas por el peso de la vida y el drama de la violencia, en las mujeres esclavas de la prepotencia de los poderosos, en las niñas obligadas a trabajos inhumanos, en las mujeres obligadas a rendirse en el cuerpo y en el espíritu concupiscencia de los hombres.

Pueda llegar cuanto antes a ellas el inicio de una vida de paz, de justicia, de amor, mientras esperan el día en el que finalmente se sentirán tomadas por manos que no las humillan, pero que con ternura las elevan y las conducen hacia el cielo.

María, una niña, una mujer que ha sufrido tanto en su vida nos hace pensar en estas mujeres que sufren tanto. Pidamos al Señor que Él mismo las conduzca por la mano y las lleve en por los caminos de la vida, liberándolas de esta esclavitud.

Ahora nos dirigimos con confianza a María, dulce Reina del cielo y le pedimos, “Dadnos días de paz, vigila sobre nuestro camino, haz que veamos a tu Hijo, llenos de la alegría del Cielo”. (Himno segundo de las vísperas).

Después de rezar la oración del ángelus dirigió las siguientes palabras:

“Queridos hermanos y hermanas.

A la Reina de la paz, que contemplamos hoy en la gloria celeste, deseo confiarle nuevamente las ansias y los dolores de las poblaciones que en tantas partes del mundo son víctimas inocentes de persistentes conflictos.

Mi pensamiento se dirige a los habitantes de Nord Kivu, en la República Democrática del Congo, recientemente golpeada por nuevas masacres realizadas en un silencio vergonzoso, sin atraer ni siquiera nuestra atención. Estas víctimas hacen parte, lamentablemente, de los tantos inocentes que no tienen ningún peso en la opinión mundial. Obtenga María para todos sentimientos de compasión, de comprensión y el deseo de concordia.

Saludo a todos, romanos y peregrinos que llegan desde los diversos países. En particular saludo a los jóvenes de Villadose, a los fieles de Credaro y a los de Crosara.

Les deseo una hermosa fiesta de la Asunción, a todos los que están aquí presentes, a quienes se encuentran en los lugares de veraneo, así como a todos aquellos que no han podido irse de vacaciones, especialmente a los enfermos, a las personas solas y a quienes en estos días de fiesta aseguran los servicios indispensables para la comunidad.

Les agradezco de haber venido y por favor, no se olviden de rezar por mi”. Y concluyó: “¡Buon pranzo e arrivederci!”.

(Texto completo traducido y tomado desde el audio por ZENIT).


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Alocución de monseñor José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz (13 de agosto de 2016) 
Asunción de la Santísima Virgen María


El 15 de agosto celebramos una de las Fiestas mayores de la Virgen María, su Asunción o Tránsito de este mundo al cielo. La Iglesia ha conservado en su memoria este acontecimiento como una gracia personal. Todo lo que se refiere a Ella en la Biblia y en la Tradición solo se comprende desde su misión de ser la Madre de Jesús. María es parte del plan salvífico de Dios que tiene en Jesucristo su centro. Siempre es bueno recordar, cuando hablamos del plan de Dios, el resumen que nos da la carta a los Hebreos: “Después de haber hablado antiguamente a nuestros padres por medio de los Profetas, en muchas ocasiones y de diversas maneras, ahora, en este tiempo final, Dios nos habló por medio de su Hijo” (Heb. 1, 2). En este tiempo último María es elegida para ser la Madre de Jesucristo. Es la mujer elegida en este plan del amor de Dios, del que somos destinatarios. María era consciente de esta mirada de Dios sobre ella como lo dice en su Magnificat: “Mi alma canta la grandeza del Señor,...porque miró con bondad la pequeñez de su servidora” (Lc. 1, 47).

En el evangelio de Lucas leemos el mayor reconocimiento a su actitud de fe y entrega a su misión, que le hace su prima Isabel: “Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor” (Lc. 1, 45). La fe es respuesta a un Dios que se nos ha revelado, finalmente en su Hijo. Lo importante en la fe no es el camino del hombre hacia Dios, que en cuanto búsqueda es importante y nos dispone, sino el camino de Dios al hombre. María estaba dispuesta, participaba de la esperanza del pueblo elegido y supo escuchar el llamado de Dios. Su Fiat, su sí, su respuesta a lo que Dios había pensado para ella, es su mayor acto de fe y el comienzo para nosotros de la llegada del Señor. Por ello la felicita su prima santa Isabel. María vive este momento con esa alegría que es fruto de la fe, cuando se descubre y acepta el Plan de Dios. Esto vale también para nosotros. En este sentido María es modelo de fe y de entrega a nuestra propia misión.

La Asunción de María Santísima se inscribe en esa historia de gracia por haber sido elegida para ser la Madre del Salvador. Esta historia comenzó en su Inmaculada Concepción, que celebramos el 8 de diciembre, luego en la Anunciación y Concepción del Señor el 25 de marzo y su nacimiento el 25 de diciembre. Es una historia en la que María es sorprendida, preservada y llevada por Dios. Ella acepta y se pone al servicio: “Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho” (Lc. 1, 38). Fiesta de su Asunción es también anticipo de nuestro destino último, de nuestra vocación a participar en la plenitud del Reino de Dios.

Reciban de su obispo junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz


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Domingo, 14 de agosto de 2016

Reflexión a las lecturas de la solemnidad de la Asunción de la Virgen María ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

La Asunción de la Virgen María 

 

 Es ésta una fiesta hermosa, alegre, y esperanzadora. Viene a confirmar nuestra fe, nuestra certeza, sobre nuestra victoria definitiva sobre la muerte. Es la Pascua de María. “Si por un hombre vino la muerte, por un hombre ha venido la resurrección”, escuchamos en la segunda lectura.

Entonces, ¿por qué la gente sigue muriendo? ¿Y la resurrección? El apóstol San Pablo, en la segunda lectura de hoy, nos lo clarifica todo.“Pero cada uno en su puesto: primero Cristo, como primicia, después cuando Él vuelva, todos los que son de Cristo…” “El último enemigo aniquilado será la muerte”. Por eso, todos continuamos sufriendo la muerte. Y el Apóstol añade: “Cristo tiene que reinar hasta que Dios haga de sus enemigos estrado de sus pies”.

En la Asunción de María no tratamos, por tanto, de una ilusión, de una imaginación, de un deseo… Se trata de la Palabra de Dios. Es un dato fundamental de nuestra fe.

Entonces ¿qué nos dice esta solemnidad?

Que la Virgen no ha tenido que esperar como nosotros, hasta la Venida Gloriosa del Señor, para ser glorificada, sino que, terminada su vida en la tierra, ha sido llevada en cuerpo y alma al Cielo.   

Por tanto, la Palabra de Dios ha comenzado a cumplirse ya, en la Virgen, Madre de Dios. Fue el Vaticano II el que nos enseñó que la Iglesia contempla ahora en María, lo que ella misma espera y ansía ser. Ella es, por tanto, el espejo en el que podemos contemplar nuestro futuro eterno.

Hoy es un día en el que experimentamos la dicha de creer. “Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá”, escuchamos en el Evangelio, que este día. “Que se ha cumplido ya en ti” dice una antífona de esta fiesta.

En esta solemnidad comprendemos mejor la necesidad de conservar y acrecentar nuestra fe y también de transmitirla a todos, especialmente, a los que lloran la muerte reciente de seres queridos.

La Santa Misa que celebramos este día es acción de gracias. ¡Cuántas gracias debemos dar al Señor, que nos concede un destino tan glorioso! Jesús nos dice: “El que come mi Carne y bebe mi Sangre, tiene vida eterna y yo le resucitaré en el último día” (Jn 6, 54) Por tanto, el que quiera tener vida, ya sabe dónde se encuentran las fuentes de la vida: en la Muerte y Resurrección de Cristo que, “muriendo, destruyó nuestra muerte y resucitando, restauró la vida”. (Pref. Pasc. I).

La Iglesia, que peregrina rumbo a la Eternidad gloriosa, levanta los ojos a María, que resplandece como modelo de virtudes para toda la comunidad de los elegidos (L. G. 65). Ella, “asunta al Cielo, no ha olvidado su función salvadora, sino que continúa procurándonos, con su múltiple intercesión, los dones de la salvación eterna. Con su amor de Madre cuida de los hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan  y viven entre angustias y peligros, hasta que lleguen a la patria feliz” (L. G. 62).

Esta condición gloriosa de María la contemplamos en la mayoría de sus imágenes como, por ejemplo, en la de la Virgen de la Candelaria, Patrona de nuestras islas, que recordamos y festejamos este día. En esa imagen bendita, en efecto, está representada su condición gloriosa, que contemplamos en la primera lectura. No en vano la vemos con  una corona en su cabeza, con un manto enriquecido con prendas, con la luna bajo sus pies, llena de luces y flores. Y en el salmo cantamos: “De pie a tu derecha está la Reina, enjoyada con oro de Ofir”.

Toda esta grandeza ha de tener su repercusión en la vida de cada día: “Os anima a esto, nos dice San Pablo, lo que Dios os tiene reservado en los cielos…” (Col 1, 5).

Terminamos nuestra reflexión, dirigiéndonos a la Virgen y diciéndole: “Y después de este destierro, muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre, oh clementísima, o piadosa, oh dulce Virgen María”.

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 19:40  | Espiritualidad
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SOLEMNIDAD DE LA ASUNCIÓN           

MONICIONES 

 

PRIMERA LECTURA

         Dentro de un lenguaje simbólico, propio del libro del Apocalipsis, se nos presenta ahora una visión de la Iglesia, que lucha y que triunfa sobre el enemigo y sobre el mal.  María es figura y primicia de esa Iglesia, que un día será glorificada. 

 

SALMO                  

El salmo responsorial que hoy recitamos, contempla y proclama la gloria de la Virgen María en el Cielo, donde vive para siempre junto a Dios, como la reina de una antigua corte real. 

 

SEGUNDA LECTURA

         Entre la glorificación de Cristo y de todos los cristianos cuando Él vuelva, se sitúa la glorificación de María, llevada en cuerpo y alma al Cielo. Es la solemnidad que hoy celebramos. Escuchemos. 

 

TERCERA LECTURA

         En la Asunción de María llegan a su punto culminante las palabras de su célebre cántico: “Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí”.

  

COMUNIÓN

         El Banquete de la Eucaristía en el que participamos ahora, es un anticipo del Banquete festivo del Cielo, hacia donde nos dirigimos como peregrinos; y al mismo tiempo, es garantía de nuestra futura resurrección.

         Ojalá participemos siempre de la Eucaristía como lo hacía María, la Madre del Señor.

 

 


Publicado por verdenaranja @ 19:35  | Liturgia
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