Mi?rcoles, 07 de diciembre de 2016

Señales ciertas – III Domingo de Adviento. Por Enrique Díaz Díaz. 7 diciembre 2016 (Zenit)

Cuando nos preguntan si somos cristianos, se esperaría que respondiéramos de la misma forma que Cristo: miren nuestras obras y vayan a anunciar lo que sucede

Isaías 35, 1-6.10: “Dios mismo viene a salvarnos”

Salmo 145: “Ven, Señor, a salvarnos”
Santiago 5, 7-10: “Manténganse firmes, porque el Señor está cerca”
San Mateo 5, 7-10: “¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?”

No pudo dar un paso más y se derrumbó en plena calle. La gente indiferente no se detuvo a ayudarlo, esquivaron el cuerpo y fingieron no mirarlo: era un pobre más tirado en el camino; era un indígena del que nadie hizo caso. Horas después, muchas horas para la necesidad del indigente, alguien se apiadó y llamó a las ambulancias de servicio público. Tardaron eternidades en llegar, revisaron y levantaron el cuerpo. Dijeron que ya nada se podía hacer, que si hubieran hablado antes… Durante días permaneció el cadáver en calidad de desconocido y pasado un tiempo fue colocado en la fosa común: sin familia, sin amigos, sin nadie que se compadeciera de él. Quizás en tierras lejanas una madre tenga la corazonada de la muerte de su hijo, quizás una esposa y unos hijos lloren su ausencia… acá solamente es un personaje anónimo que se perdió en la indiferencia. Mientras nos llegan las palabras del Adviento: “¡Ánimo, no teman. He aquí que llega su Dios, vengador y justiciero, viene a salvarlos!”

“¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?” Es la pregunta que desde la cárcel por medio de sus mensajeros hace Juan y quizás es la pregunta que nosotros hoy haríamos a Jesús. ¿Debemos esperar otro? Es extraño, después de haber preparado el camino a Aquel que ha de venir, el mensajero está ahora encerrado, consumido por las dudas y envía una expedición de sus discípulos para pedirle a Jesús que manifieste su identidad, que presente señales ciertas que permitan reconocerlo, que se explique mejor, pues no parece responder a los esquemas de Mesías que se tenían sobre él. Pero Jesús no responde directamente a la pregunta sino que remite a sus obras y a la Escritura. Ahí está la historia de todos conocida: Él cura al pueblo de sus heridas, enfermedades y carencias, le da vida y anuncia la Buena Noticia a los pobres. La respuesta de Jesús orienta al Bautista y a todos los oyentes. Es respuesta a los oráculos de los profetas y a la vida sencilla del pueblo, pero no todos están de acuerdo con su estilo de vida ni con su forma de mesianismo. De ahí que el mismo Jesús tenga que proclamar: “Dichoso aquel que no se sienta defraudado por mi”. No todos aceptan las señales que Jesús ofrece.

Quizás nosotros nos sintamos defraudados por Él y estemos esperando “otro”. Cada año llega el Adviento y la Navidad, sin embargo dejamos para otra oportunidad, el abrir el corazón y manifestar con señales que el Mesías ha llegado. Para transformar nuestro mundo y nuestro ambiente esperamos otra época, otras situaciones, condiciones más claras y dejamos para otra ocasión nuestro compromiso. Para atender al pobre, lo dejamos para otra ocasión, para otro pobre menos fastidioso, para un después que nunca llega. ¿Creemos realmente que Jesús ha llegado? Las señales que nos proporciona Jesús son muy claras: “los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios de la lepra, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio”, pero hoy Él quiere hacerlas a través de nuestras manos, de nuestro anuncio, de nuestra participación. Quiere que nosotros ofrezcamos esas señales.

Cuando nos preguntan si somos cristianos, se esperaría que respondiéramos de la misma forma que Cristo: miren nuestras obras y vayan a anunciar lo que sucede. Pero muchas veces nuestras respuestas son ambiguas y mucho más ambiguas nuestras acciones. No nos presentamos como discípulos comprometidos con la justicia y con la verdad, no abrimos los ojos de los ciegos, no fortalecemos las rodillas vacilantes… nos dejamos arrastrar por la ola de conformismo, miedo e indiferencia que ahoga las buenas intenciones. Quizás la pregunta nos queme en las manos porque cuestiona la esencia de nuestro cristianismo, quizás busquemos responder con fórmulas y rezos, pero la respuesta de Cristo resplandece luminosa en misericordia y compromiso con los más necesitados. Reflexionemos nuestra respuesta y descubramos nuestras señales. No seremos verdaderos discípulos si en lugar de Buena Nueva, estamos recriminando, destruyendo y apagando la mecha que aún humea. Debemos mirar muy dentro de nosotros si somos los cristianos esperados que se comprometen con la causa de los pobres, que luchan a corazón abierto contra la injusticia, que denuncian con valor las hipocresías, que tienen la suficiente humildad para reconocer las propias culpas antes de constituirse en jueces de los otros. ¿Seremos estos cristianos nosotros, o se debe esperar a otros?

Los incontables Juanes que están en la cárcel, que viven en la miseria, que sufren las injusticias, que están aguardando, quizás ya desilusionados y cansados de esperar, necesitan que alguien vaya a contarles no sólo que ha escuchado o leído, sino las señales que ha visto, las señales que hemos hecho con nuestros pobres esfuerzos. Es fácil el discurso, es más difícil el actuar. Pero en este Adviento no necesitamos discursos ni palabras bonitas, necesitamos señales que anuncien la venida inminente del Salvador.

Nuevamente Isaías se nos presenta con su grito de alegría y de esperanza: “Regocíjate yermo sediento. Que se alegre el desierto y se cubra de flores, que florezca como un campo de lirios…” Dios quiere la felicidad de los hombres. Los cristianos deberíamos reconocer que la Buena Nueva es siempre un mensaje de salvación, un mensaje de alegría y de liberación. Hemos construido un mundo cada vez más rico de posibilidades, pero también cada vez más hundido en un torbellino de contradicciones: más riqueza pero más pobres, más medios para la salud pero más muertos por enfermedades; más alimentos pero más hambre. En este mundo absurdo se requieren cristianos que anuncien que es posible construir la nueva humanidad fundada en la victoria de Cristo, que a pesar de todas las contradicciones es posible construir el Reino de Dios, que hay muchos pequeñitos e insignificantes que lo han tomado en serio y están en el camino. Pero eso afirma Isaías que hay que fortalecer las manos cansadas, afianzar las rodillas vacilantes y animar los corazones vacilantes.

Es Adviento, es tiempo de dar señales verdaderas de conversión, de amor y de fraternidad. ¿Cómo estamos construyendo este mundo que gime y grita en busca de salvación? ¿Hemos cerrado nuestros oídos a los dolores, al sufrimiento y a la injusticia? ¿Qué señales estamos dando de una Nueva Noticia?

Padre Bueno, mira al pueblo que en medio del dolor espera la Venida de tu Hijo, concédele celebrar el gran misterio de la Navidad con un corazón nuevo, compasivo y misericordioso. Amén

 


Publicado por verdenaranja @ 22:44  | Espiritualidad
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Señales ciertas – III Domingo de Adviento. Por Enrique Díaz Díaz. 7 diciembre 2016 (Zenit)

Cuando nos preguntan si somos cristianos, se esperaría que respondiéramos de la misma forma que Cristo: miren nuestras obras y vayan a anunciar lo que sucede

Isaías 35, 1-6.10: “Dios mismo viene a salvarnos”

Salmo 145: “Ven, Señor, a salvarnos”
Santiago 5, 7-10: “Manténganse firmes, porque el Señor está cerca”
San Mateo 5, 7-10: “¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?”

No pudo dar un paso más y se derrumbó en plena calle. La gente indiferente no se detuvo a ayudarlo, esquivaron el cuerpo y fingieron no mirarlo: era un pobre más tirado en el camino; era un indígena del que nadie hizo caso. Horas después, muchas horas para la necesidad del indigente, alguien se apiadó y llamó a las ambulancias de servicio público. Tardaron eternidades en llegar, revisaron y levantaron el cuerpo. Dijeron que ya nada se podía hacer, que si hubieran hablado antes… Durante días permaneció el cadáver en calidad de desconocido y pasado un tiempo fue colocado en la fosa común: sin familia, sin amigos, sin nadie que se compadeciera de él. Quizás en tierras lejanas una madre tenga la corazonada de la muerte de su hijo, quizás una esposa y unos hijos lloren su ausencia… acá solamente es un personaje anónimo que se perdió en la indiferencia. Mientras nos llegan las palabras del Adviento: “¡Ánimo, no teman. He aquí que llega su Dios, vengador y justiciero, viene a salvarlos!”

“¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?” Es la pregunta que desde la cárcel por medio de sus mensajeros hace Juan y quizás es la pregunta que nosotros hoy haríamos a Jesús. ¿Debemos esperar otro? Es extraño, después de haber preparado el camino a Aquel que ha de venir, el mensajero está ahora encerrado, consumido por las dudas y envía una expedición de sus discípulos para pedirle a Jesús que manifieste su identidad, que presente señales ciertas que permitan reconocerlo, que se explique mejor, pues no parece responder a los esquemas de Mesías que se tenían sobre él. Pero Jesús no responde directamente a la pregunta sino que remite a sus obras y a la Escritura. Ahí está la historia de todos conocida: Él cura al pueblo de sus heridas, enfermedades y carencias, le da vida y anuncia la Buena Noticia a los pobres. La respuesta de Jesús orienta al Bautista y a todos los oyentes. Es respuesta a los oráculos de los profetas y a la vida sencilla del pueblo, pero no todos están de acuerdo con su estilo de vida ni con su forma de mesianismo. De ahí que el mismo Jesús tenga que proclamar: “Dichoso aquel que no se sienta defraudado por mi”. No todos aceptan las señales que Jesús ofrece.

Quizás nosotros nos sintamos defraudados por Él y estemos esperando “otro”. Cada año llega el Adviento y la Navidad, sin embargo dejamos para otra oportunidad, el abrir el corazón y manifestar con señales que el Mesías ha llegado. Para transformar nuestro mundo y nuestro ambiente esperamos otra época, otras situaciones, condiciones más claras y dejamos para otra ocasión nuestro compromiso. Para atender al pobre, lo dejamos para otra ocasión, para otro pobre menos fastidioso, para un después que nunca llega. ¿Creemos realmente que Jesús ha llegado? Las señales que nos proporciona Jesús son muy claras: “los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios de la lepra, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio”, pero hoy Él quiere hacerlas a través de nuestras manos, de nuestro anuncio, de nuestra participación. Quiere que nosotros ofrezcamos esas señales.

Cuando nos preguntan si somos cristianos, se esperaría que respondiéramos de la misma forma que Cristo: miren nuestras obras y vayan a anunciar lo que sucede. Pero muchas veces nuestras respuestas son ambiguas y mucho más ambiguas nuestras acciones. No nos presentamos como discípulos comprometidos con la justicia y con la verdad, no abrimos los ojos de los ciegos, no fortalecemos las rodillas vacilantes… nos dejamos arrastrar por la ola de conformismo, miedo e indiferencia que ahoga las buenas intenciones. Quizás la pregunta nos queme en las manos porque cuestiona la esencia de nuestro cristianismo, quizás busquemos responder con fórmulas y rezos, pero la respuesta de Cristo resplandece luminosa en misericordia y compromiso con los más necesitados. Reflexionemos nuestra respuesta y descubramos nuestras señales. No seremos verdaderos discípulos si en lugar de Buena Nueva, estamos recriminando, destruyendo y apagando la mecha que aún humea. Debemos mirar muy dentro de nosotros si somos los cristianos esperados que se comprometen con la causa de los pobres, que luchan a corazón abierto contra la injusticia, que denuncian con valor las hipocresías, que tienen la suficiente humildad para reconocer las propias culpas antes de constituirse en jueces de los otros. ¿Seremos estos cristianos nosotros, o se debe esperar a otros?

Los incontables Juanes que están en la cárcel, que viven en la miseria, que sufren las injusticias, que están aguardando, quizás ya desilusionados y cansados de esperar, necesitan que alguien vaya a contarles no sólo que ha escuchado o leído, sino las señales que ha visto, las señales que hemos hecho con nuestros pobres esfuerzos. Es fácil el discurso, es más difícil el actuar. Pero en este Adviento no necesitamos discursos ni palabras bonitas, necesitamos señales que anuncien la venida inminente del Salvador.

Nuevamente Isaías se nos presenta con su grito de alegría y de esperanza: “Regocíjate yermo sediento. Que se alegre el desierto y se cubra de flores, que florezca como un campo de lirios…” Dios quiere la felicidad de los hombres. Los cristianos deberíamos reconocer que la Buena Nueva es siempre un mensaje de salvación, un mensaje de alegría y de liberación. Hemos construido un mundo cada vez más rico de posibilidades, pero también cada vez más hundido en un torbellino de contradicciones: más riqueza pero más pobres, más medios para la salud pero más muertos por enfermedades; más alimentos pero más hambre. En este mundo absurdo se requieren cristianos que anuncien que es posible construir la nueva humanidad fundada en la victoria de Cristo, que a pesar de todas las contradicciones es posible construir el Reino de Dios, que hay muchos pequeñitos e insignificantes que lo han tomado en serio y están en el camino. Pero eso afirma Isaías que hay que fortalecer las manos cansadas, afianzar las rodillas vacilantes y animar los corazones vacilantes.

Es Adviento, es tiempo de dar señales verdaderas de conversión, de amor y de fraternidad. ¿Cómo estamos construyendo este mundo que gime y grita en busca de salvación? ¿Hemos cerrado nuestros oídos a los dolores, al sufrimiento y a la injusticia? ¿Qué señales estamos dando de una Nueva Noticia?

Padre Bueno, mira al pueblo que en medio del dolor espera la Venida de tu Hijo, concédele celebrar el gran misterio de la Navidad con un corazón nuevo, compasivo y misericordioso. Amén

 


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Texto completo de la catequesis del papa Francisco en la audiencia del miércoles 7 de diciembre de 2016. 7 diciembre 2016 (ZENIT – Ciudad del Vaticano)

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Comenzamos hoy una nueva serie de catequesis, sobre el tema de la esperanza cristiana. Es muy importante, porque la esperanza no decepciona. El optimismo decepciona, la esperanza no. ¿Claro? La necesitamos mucho, en estos tiempos que aparecen oscuros, en el que a veces nos sentimos perdidos delante del mal y la violencia que nos rodean, delante del dolor de muchos hermanos nuestros. Es necesaria la esperanza. Nos sentimos perdidos y también un poco desanimados, porque nos sentimos impotentes y nos parece que esta oscuridad no termine nunca.

Pero no hay que dejar que la esperanza nos abandone, porque Dios con su amor camina con nosotros, yo espero porque Dios está junto a mí y esto podemos decirlo todos nosotros, cada uno de nosotros puede decir: yo espero, tengo esperanza, porque Dios camina conmigo. Camina y me lleva de la mano, me lleva de la mano. Dios no nos deja solos, el Señor Jesús ha vencido al mal y nos ha abierto el camino de la vida.

Y entonces, en particular en este tiempo de Adviento, que es el tiempo de la espera, en el que nos preparamos a acoger una vez más el misterio consolador de la Encarnación y la luz de la Navidad, es importante reflexionar sobre la esperanza. Dejémonos enseñar por el Señor qué quiere decir esperar. Escuchemos por tanto las palabras de la Sagrada Escritura, iniciando con el profeta Isaías, el gran profeta del Adviento, el gran mensajero de la esperanza.

En la segunda parte de su libro, Isaías se dirige al pueblo con un anuncio de consolación:

«¡Consuelen, consuelen a mi pueblo,

dice su Dios!

Hablen al corazón de Jerusalén

y anúncienle que su tiempo de servicio se ha cumplido, que su culpa está pagada […]».

Una voz proclama:

¡Preparen en el desierto el camino del Señor,

tracen en la estepa un sendero para nuestro Dios!

¡Que se rellenen todos los valles y se aplanen todas las montañas y colinas;

que las quebradas se conviertan en llanuras

y los terrenos escarpados, en planicies!

Entonces se revelará la gloria del Señor

y todos los hombres la verán juntamente,

porque ha hablado la boca del Señor» (40,1-2.3-5).

Esto es lo que dice el profeta Isaías.

Dios Padre consuela suscitando consoladores, a los que pide animar al pueblo, a sus hijos, anunciando que ha terminado la tribulación, ha terminado el dolor, y el pecado ha sido perdonado. Es esto lo que sana el corazón afligido y asustado. Por eso el profeta pide preparar el camino al Señor, abriéndose a sus dones de salvación.

La consolación, para el pueblo, comienza con la posibilidad de caminar sobre el camino de Dios, un camino nuevo, rectificada y viable, un camino para preparar en el desierto, así para poder atravesarlo y volver a la patria. Porque el pueblo al que el profeta se dirige está viviendo en ese tiempo la tragedia del exilio de Babilonia, y ahora sin embargo se escucha decir que podrá volver a su tierra, a través de un camino hecho cómodo y largo, sin valles ni montañas que hacen cansado el camino, un camino allanado en el desierto. Preparar ese camino quiere decir por tanto preparar un camino de salvación y un camino de liberación de todo obstáculo y tropiezo.

El exilio del Pueblo de Israel fue un momento dramático en la historia, cuando el pueblo había perdido todo, el pueblo había perdido la patria, la libertad, la dignidad, y también la confianza en Dios. Se sentía abandonado y sin esperanza. Sin embargo, este es el llamamiento del profeta que abre de nuevo el corazón a la fe. El desierto es un lugar en el que es difícil vivir, pero precisamente allí ahora se podrá caminar para volver no solo en patria, sino volver a Dios, y volver a esperar y volver a sonreír. Cuando estamos en la oscuridad, en las dificultades, no viene la sonrisa. Es precisamente la esperanza la que nos enseña a sonreír en ese camino para encontrar a Dios. Una de las primeras cosas que suceden a las personas que se separan de Dios, es que son personas sin sonrisas. Quizá son capaces de hacer una gran carcajada, hacen una detrás de otra. Una broma, una carcajada. Pero la sonrisa falta. La sonrisa solo la da la esperanza. ¿Habéis entendido esto? La sonrisa de la esperanza de encontrar a Dios.

La vida a menudo es un desierto, es difícil caminar dentro de la vida, pero si nos encomendamos a Dios se puede convertir en bonita y larga como una autovía. Basta no perder nunca la esperanza, basta continuar a creyendo, siempre, a pesar de todo. Cuando nos encontramos delante de un niño, quizá tendremos muchos problemas, muchas dificultades, pero cuando estamos delante de un niño te viene de dentro la sonrisa. La sencillez, porque nos encontramos delante de la esperanza, un niño es una esperanza. Y así tenemos que ver en la vida, en este camino, la esperanza de encontrar a Dios, Dios que se ha hecho niño por nosotros. Y nos hará sonreír, nos dará todo.

Precisamente estas palabras de Isaías vienen después usadas por Juan Bautista en su predicación que invitaba a la conversión. Decía así: «Voz que clama en el desierto: preparad el camino al Señor» (Mt 3,3). Es una voz que grita donde parece que nadie pueda escuchar. Pero ¿quién puede escuchar en el desierto? Los lobos. Y que grita en su pérdida debido a la crisis de fe. Nosotros no podemos negar que el mundo de hoy está en crisis de fe. Sí, decimos, yo creo que Dios, yo soy cristiano, yo soy de esa religión, pero tu vida está muy lejos de ser cristiano, está bien lejos de Dios. La religión, la fe ha caído en una palabra. Yo creo, sí, pero no. Aquí se trata de volver a Dios, convertir el corazón a Dios e ir por este camino para encontrarlo. Él nos espera. Esta es la predicación de Juan Bautista, preparar, preparar el encuentro con ese Niño que nos dará de nuevo la sonrisa. Los israelitas, cuando el Bautista anuncia la venida de Jesús, es como si estuvieran todavía en el exilio, porque están bajo la dominación romana, que les hace extranjeros en su propia patria, gobernados por ocupantes poderosos que deciden sobre sus vidas. Pero la verdadera historia no es la hecha por los poderosos, sino la hecha por Dios junto con sus pequeños. La verdadera historia, la que permanecerá en la eternidad, es la que escribe Dios con sus pequeños. Dios con María, Dios con Jesús, Dios con José, Dios con los pequeños. Esos pequeños y sencillos que encontramos junto a Jesús que nace: Zacarías e Isabel, ancianos y marcados por la esterilidad; María, joven virgen prometida con José; los pastores, que eran despreciados y no contaban nada. Son los pequeños, hechos grandes por su fe, los pequeños que saben continuar esperando. La esperanza es una virtud de los pequeños. Los grandes, los satisfechos no conocen la esperanza, no saben qué es.

Son ellos, los pequeños con Dios, con Jesús, que transforman el desierto del exilio, de la soledad desesperada, del sufrimiento, en un camino plano sobre el que caminar para ir al encuentro a la gloria del Señor. Y llegamos al por tanto. Dejémonos enseñar la esperanza, dejémonos enseñar la esperanza, esperando con confianza la venida del Señor, y cualquiera que sea el desierto de nuestras vidas, cada uno sabe en qué desierto camino, cualquiera que sea el desierto de nuestras vidas, se convertirá en un jardín florecido. La esperanza no decepciona. Lo decimos otra vez. La esperanza no decepciona. Gracias. 


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Comentario a la liturgia dominical por el P.  Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, director espiritual y profesor de Humanidades Clásicas en el Centro de Noviciado y Humanidades y Ciencias de la Legión de Cristo en Monterrey (México). 6 diciembre 2016 (ZENIT – México)

Tercer Domingo de Adviento Ciclo A

 Textos: Isaías 35,1-6.10; Santiago 5, 7-10; Mateo 11,2-11.

Idea principal: Abrirnos a la alegría mesiánica que nos trae Cristo.

Resumen del mensaje: el primer domingo de Adviento Dios nos invitaba a despertar. En el segundo a convertirnos. Hoy nos invita a la alegría, a la alegría mesiánica. Es el domingo del “Gaudete”, es decir, “Alegraos”. La vida cristiana tiene que ser vivida desde la alegría, aun en medio de dificultades y desiertos de la vida (primera lectura), porque la tenemos fundamentada en Cristo, como Juan Bautista (evangelio). Alegría que tenemos que regar, abonar, cuidar (segunda lectura) y transmitir a nuestro alrededor.

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, este Cristo Salvador que viene en Navidad nos llenará de su alegría, pues Él es la alegre noticia del Padre, y por eso “el desierto y el yermo (de nuestro corazón) se regocijarán, se alegrarán el páramo y la estepa” (primera lectura). Sí, habrá descalabros, calamidades, quebraderos de cabeza, pero el cristiano hoy debe escuchar la voz profética que le invita a la esperanza y a la alegría, porque Dios entró y entra en nuestra historia, en nuestra vida. Y Él es fiel (salmo). Hará que los cojos caminen, que los mudos hablen, que el desierto se convierta en jardín, que los cobardes se vuelvan valientes. ¿Soy un cristiano de esperanza gozosa o un cristiano triste y pesimista? Dice el Papa Francisco: “El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada” (Evangelii gaudium, n. 2)

En segundo lugar, esta alegría recibida por Cristo el día de su Encarnación tiene que ser cultivada, regada, abonada con el esfuerzo y la paciencia, para que dé fruto precioso (segunda lectura), como hace el buen labrador. De lo contrario, se agosta y fenece. No tengamos miedo a las escarchas, a las nieves, a los vientos y la lluvia; todo es necesario para que florezca mi vida, pues lo permite Dios. ¿Mi vida florece o está seca? ¿Si está seca, no será que he abandonado el riego y el abono? ¿Tal vez no arranco las malas hierbas de mi corazón y se están comiendo esa alegría de la salvación que Jesús sembró en mi corazón? “Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría” ((Evangelii gaudium, n. 1).

Finalmente, la alegría de Juan Bautista, ¿en qué y en quién se basaba? (evangelio). Él estaba en la cárcel, porque su predicación era clara e invitaba al rey Herodes a convertirse, pues vivía en adulterio. No era para estar alegre. Tampoco su alegría consistía en cosas, pues vivía en austeridad y pobreza. La alegría de Juan Bautista se basaba en haberse encontrado y aceptado a Cristo en su vida, y por eso daba testimonio valiente de Cristo. ¿En dónde está mi alegría? ¿Qué hago por llevar esa alegría de Cristo a mi casa, a mi casa, a mi puesto de trabajo?

Para reflexionar: revisemos en este domingo de la alegría a quién estamos transmitiendo esa alegría de nuestro corazón. Y en el caso de que esa alegría haya muerto por el pecado, acerquémonos a la confesión en estos días para recuperar la alegría de la salvación. Será la mejor manera de acercarnos a la Navidad. “¿Por qué no entrar también nosotros en ese río de alegría?” (Evangelii gaudium, n. 5).

Para rezar:

Dame, Señor, el don de la alegría,

que canta sin reservas,

la belleza del mundo,

la grandeza del hombre,

la bondad de su Dios.

Dame, Señor, el don de la alegría,

que me haga siempre joven,

aunque los años pasen;

la alegría que llena de luz el corazón.

Dame, Señor, el don de la alegría,

que colma de sonrisas,

de abrazos y de besos,

el encuentro de amigos, la vida y el amor.

Dame, Señor, el don de la alegría,

que me una contigo,

el Dios siempre presente,

en quien todo converge y en quien todo se inspira.

Dame, Señor, el don de la alegría,

que alienta el corazón

y nos muestra un futuro

lleno de bendiciones, a pesar del dolor.

Amén.

Cualquier sugerencia o duda pueden comunicarse con el padre Antonio a este email: [email protected]


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Martes, 06 de diciembre de 2016

Reflexión a las lecturas de la solemnidad de la Inmacula Concepción ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

La Inmaculada Concepción

En medio del Tiempo de Adviento, cuánto nos ayuda esta solemnidad de la Virgen. Parece como si estuviera pensada, expresamente, para nuestra preparación para la Navidad.  Por eso me parece que sería bueno encuadrar nuestra contemplación de este misterio de la Virgen, en el Tiempo de Adviento. En efecto, la solemnidad que celebramos nos ayuda a comprender mejor la necesidad de un Salvador, nos  indica cómo prepararnos para su Venida en la Navidad y para su Vuelta Gloriosa, y nos dice, incluso, cómo tiene que ser toda nuestra vida cristiana.

En la 1ª Lectura contemplamos cómo el hombre rompe con Dios. Pierde su condición de hijo, y aparece el sufrimiento, el mal y la muerte. ¡Es el pecado original!

De esta forma, se mete en un callejón sin salida: Ha podido alejarse de Dios, pero ahora, por sí mismo, no puede volver a Él. Tendrá que venir Dios mismo a salvarle.

¡Se necesita un Salvador!  Y no sólo lo necesitaron nuestros primeros padres, sino todo hombre y toda mujer. A todos nos llegan las consecuencias de un pecado que no cometimos. Y la misma sociedad experimenta, de algún modo, “el misterio del mal”, las consecuencias del pecado y la necesidad de un libertador.

¿Y qué es celebrar la Navidad sino saltar de gozo, al contemplar al Salvador que llega? De este modo, comprendemos mejor la necesidad de prepararnos bien para esta gran festividad que se acerca. ¿Y cómo hacerlo? ¿De qué mejor manera  que como Dios mismo preparó a la Virgen María desde el momento mismo de su Concepción? En efecto, cuando el alma de la Virgen se va a unir a su cuerpo en el seno de su madre, Dios interviene y la preserva del pecado original y la llena de gracia. Por eso hablamos de Concepción Inmaculada, es decir, sin mancha. En el Evangelio de hoy escuchamos cómo el ángel la saluda como la llena de gracia. Así, nosotros, en nuestra preparación para la Navidad, tenemos que esforzarnos por liberarnos de todo pecado y crecer en santidad.

Hoy contemplamos, por tanto, a María, toda limpia, toda hermosa. Y la Iglesia en este día proclama: "Todo es hermoso en ti, Virgen María, ni siquiera tienes la mancha del pecado original".

Y cuando los poetas se han acercado a este misterio de María, se han quedado sin palabras: "Bien lo sé yo, musa mía, el gran himno de María no lo rima ni lo canta miel de humana poesía ni voz de humana garganta”. Y también: “Sol del más hermoso día, Vaso de Dios puro y fiel. ¡Por ti pasó Dios, María! Cuán pura el Señor te haría, para hacerte digna de Él”. (Gabriel y Galán).

Por último, descubrimos aquí cómo tiene que ser toda nuestra vida: un esfuerzo constante por  vencer el pecado y crecer en santidad, como nos recuerda la segunda lectura de hoy.

De este modo, podremos proclamar siempre con el salmo responsorial: “Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas”.               

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!

                


Publicado por verdenaranja @ 19:36  | Espiritualidad
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LA INMACULADA CONCEPCIÓN     

MONICIONES 

 

PRIMERA LECTURA

        Con un lenguaje  característico, propio del Libro del Génesis, se nos presenta, en esta lectura, la caída en el pecado de nuestros primeros padres y el anuncio de nuestra liberación. Es el pecado original del que fue preservada, en su Concepción, la Inmaculada Virgen María. 

SALMO

        La acción salvadora de Dios, expresada en la Concepción sin pecado de María, provoca en nuestra asamblea un canto agradecido y triunfal al Dios que hace maravillas. Su misericordia y fidelidad son eternas. 

SEGUNDA LECTURA

        La grandeza de la Virgen María hemos de contemplarla dentro de todo el proyecto grandioso, que Dios establece, desde toda la eternidad, y del que nos habla ahora S. Pablo. 

TERCERA LECTURA

        En el momento de la Anunciación, el ángel saluda a María como llena de gracia. La Maternidad divina de la Virgen, que aquí se anuncia, es la razón de todas las gracias singulares, que adornan el cuerpo y el alma de la Santísima Virgen María.

Aclamemos ahora al Señor  de pie, con el canto del aleluya. 

COMUNIÓN

        Al acercarnos a comulgar miremos a la Virgen María: su alma es limpísima, exenta de pecado y llena de la plenitud de la gracia.

Pidámosle al Señor que nos ayude a parecernos cada día más a ella, que es nuestra Madre, y a recibir siempre al Señor en la Comunión,  como ella lo recibió.

 


Publicado por verdenaranja @ 19:34  | Liturgia
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Texto completo del papa Francisco en el ángelus del 4 de diciembre de 2016 (ZENIT – Ciudad del Vaticano)

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En el Evangelio de este segundo domingo de Adviento resuena la invitación de Juan el Bautista: “¡Convertíos porque el reino de los cielos está cerca!” (Mt 3,2). Con estas palabras Jesús dará inicio a su misión en Galilea (cfr Mt 4,17); y tal será también el anuncio que deberán llevar los discípulos en su primera experiencia misionera (cfr Mt 10,7). El evangelista Mateo quiere así presentar a Juan como el que prepara el camino al Cristo que viene, y los discípulos como los continuadores de la predicación de Jesús. Se trata del mismo alegre anuncio: ¡viene el reino de Dios, es más, está cerca, está en medio de nosotros! Esta palabra es muy importante: “el reino de Dios está en medio de vosotros”, dice Jesús. Y Juan anuncia esto que Jesús luego dirá: “El reino de Dios ha venido, ha llegado, está en medio de vosotros”. Este es el mensaje central de toda misión cristiana. Cuando un misionero va, un cristiano va a anunciar a Jesús, no va a hacer proselitismo como si fuera un hincha que busca más seguidores para su equipo. No, va simplemente a anunciar: “¡El reino de Dios está en medio de vosotros!”. Y así el misionero prepara el camino a Jesús, que encuentra a su pueblo.

¿Pero qué es este reino de Dios, reino de los cielos? Son sinónimos. Nosotros pensamos enseguida en algo que se refiere al más allá: la vida eterna. Cierto, esto es verdad, el reino de Dios se extenderá sin fin más allá de la vida terrena, pero la buena noticia que Jesús nos trae — y que Juan anticipa– es que el reino de Dios no tenemos que esperarlo en el futuro: se ha acercado, de alguna manera está ya presente y podemos experimentar desde ahora el poder espiritual. Dios viene a establecer su señorío en la historia, en nuestra vida de cada día; y allí donde esta viene acogida con fe y humildad brotan el amor, la alegría y la paz.

La condición para entrar a formar parte de este reino es cumplir un cambio en nuestra vida, es decir, convertirnos. Convertirnos cada día, un paso adelante cada día. Se trata de dejar los caminos, cómodo pero engañosos, de los ídolos de este mundo: el éxito a toda costa, el poder a costa de los más débiles, la sed de riquezas, el placer a cualquier precio. Y de abrir sin embargo el camino al Señor que viene: Él no quita nuestra libertad, sino que nos da la verdadera felicidad. Con el nacimiento de Jesús en Belén, es Dios mismo que viene a habitar en medio de nosotros para librarnos del egoísmo, del pecado y de la corrupción, de estas estas actitudes que son del diablo: buscar éxito a toda costa, el poder a costa de los más débiles, tener sed de riquezas y buscar el placer a cualquier precio.

La Navidad es un día de gran alegría también exterior, pero es sobre todo un evento religioso por lo que es necesaria una preparación espiritual. En este tiempo de Adviento, dejémonos guiar por la exhortación del Bautista: “Preparad el camino al Señor, allanad sus senderos” (v. 3).

Nosotros preparamos el camino del Señor y allanamos sus senderos cuando examinamos nuestra conciencia, cuando escrutamos nuestras actitudes, cuando con sinceridad y confianza confesamos nuestros pecados en el sacramento de la penitencia. En este sacramento experimentamos en nuestro corazón la cercanía del reino de Dios y su salvación. La salvación de Dios es trabajo de una amor más grande que nuestro pecado; solamente el amor de Dios puede cancelar el pecado y liberar del mal, y solamente el amor de Dios puede orientarnos sobre el camino del bien.

Que la Virgen María nos ayude a prepararnos al encuentro con este Amor cada vez más grande que en la noche de Navidad se ha hecho pequeño pequeño, como una semilla caída en la tierra, la semilla del reino de Dios.

Después del ángelus, el Papa ha añadido:

Queridos hermanos y hermanas,

¡Os saludo a todos vosotros, romanos y peregrinos!

Saludo en particular a los fieles venidos de Córdoba, Jaén y Valencia, de España; de Split y Makarska, en Croacia; de las parroquias de Santa María de la Oración y del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo en Roma.

A todos os deseo un feliz domingo y un buena camino de Adviento. Este preparar el camino al Señor, convertirnos cada día.

Hasta el jueves por la fiesta de María Inmaculada. En estos días rezamos unidos pidiendo su materna internación por la conversión de los corazones y el don de la paz.

Y por favor, no os olvidéis de rezar por mí. ¡Buen almuerzo!

 


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‘Derribar muros’.  Por  Enrique Díaz Díaz. 2 diciembre 2016 (Zenit)

Segundo domingo de Adviento

Isaías 11, 1-10: “Les hará justicia a los pobres”
Salmo 71: “Ven, rey de justicia y de paz”
Romanos 15, 4-9: “Cristo salvó a todos los hombres”
San Mateo 3, 1-12: “Conviértanse porque ya está cerca el Reino de los cielos”

Me llega una invitación de esas que animan y alegran el corazón: “El próximo 18 de diciembre, ‘Día del Migrante’, se llevará a cabo la bendición de la Cocina-comedor de los hermanos migrantes, ubicado en la comunidad Emiliano Zapata, Palenque, Chis.” Y siguen unas palabras de motivación: “para con su presencia solidaria abrir nuestras fronteras a los hermanos migrantes centroamericanos porque ‘ningún ser humano es ilegal’, ‘Ser migrante no es delito’”. Es uno de tantos esfuerzos que a lo largo de la Frontera Sur y de muchos sitios de México, hace la gente sencilla que abre su corazón a la necesidad de los migrantes que aparecen ahora como desplazados y buscan refugio. Así, mientras a nivel nacional e internacional se escuchan reproches, insultos xenofóbicos y discriminatorios, y se pretende construir muros, alambradas y vallados… los pobres construyen puentes, abren puertas y enderezan caminos: hacen Adviento. ¡Qué diferentes actitudes!

Juan Bautista llega como una aparición fantasmal con pelos en su túnica de camello, pero sin pelos en la lengua. El desierto en la Biblia tiene un significado profundo. Al desierto se va a hacer oración, a encontrarse con Dios. Pero ahora desde el desierto nos llega una voz exigente: “Conviértanse… preparen… enderecen”. El llamado de urgencia a velar que recordábamos el domingo anterior, ahora se transforma en acciones concretas. La voz de Juan es como un aguijón que quiere lanzarnos al encuentro del Señor que ya llega. Adviento se traduce en salir al encuentro, en enderezar el camino, en abrir el corazón. Hemos vivido nosotros la experiencia dura del aislamiento, del que se queda solo, sin comunicación, abandonado. Así no se puede salvar. Nuestro mundo, a pesar de tantas comunicaciones, va encerrando al hombre en sus prisiones de aislamiento y soledad, de individualismo y egoísmo. Buscando la propia seguridad y bienestar rompe la relación con los demás, rompe con la naturaleza, rompe consigo mismo y rompe con Dios. Solamente acepta relaciones superficiales. Es cierto, llena su corazón de naderías, ocupa su mente en banalidades, pero no establece verdaderas relaciones con nadie.

La crítica demoledora de Juan el Bautista alcanza nuestros tiempos y nuestras situaciones. Sus tronantes acusaciones no quedan en el pasado. Exigir la justicia y la verdad, denunciar las falsas seguridades, enderezar los caminos, son temas de todos los tiempos y de toda la humanidad. Ciertamente lastima y ofende a quienes se sienten aludidos, a quienes se han montado en las estructuras del poder. Desenmascara y denuncia las hipocresías. Con sus verdades hiere y hace sufrir a los fariseos, pero en realidad si la verdad hace sufrir no es culpa de quien la dice, sino de quien la distorsiona. Y muestra el camino para el cambio del corazón: “Hagan ver con obras su conversión”.

Tiempo de Adviento es tiempo de tender lazos, de romper muros, de abrir corazones. Nuestro camino en el desierto, aquel que lleva al encuentro con Dios que se hace hombre, debe llamarse “conversión”: “Conviértanse, porque ya está cerca el Reino de los cielos”. La única manera de celebrar verdaderamente la Navidad será posible cuando nos hayamos convertido, cuando el hombre se descubra necesitado y abra su corazón. El Papa, nos invita a no dobleglarnos ante los muros, a no tener miedo: “Porque la misericordia es el mejor antídoto contra el miedo. Mucho más eficaz que los muros, las rejas, las alarmas y las armas. Y es gratis: es un don de Dios. No nos dejemos engañar: todos los muros caen. Sigamos trabajando para construir puentes entre los pueblos, puentes que nos permitan derribar los muros de la exclusión y la explotación. Enfrentemos el Terror con Amor”.

Muy cercana a esas exigencias del Bautista, pero en un tono optimista y soñador se nos presenta la visión de Isaías en la Primera Lectura de este domingo. A algunos les sonará a utopía pura, idealismo y sueño de locos, pero no debe ser así. Exigir la justicia para los pobres, preocuparse realmente por los oprimidos, hablar con valentía sin acomodarse a los propios intereses o a los caprichos de los poderosos, no caer en la complicidad de corrupción y engaño, son tareas esenciales del creyente que todos podemos y debemos realizar. No juzgar según las apariencias ni amarrarse a posiciones o partidos antes que a la verdad, son principios elementales que pueden traducirse en acciones en nuestra realidad cotidiana.

Ciertamente el día en que el lobo habite con el cordero, que la pantera se eche junto al novillo o que el niño juegue tranquilamente con la víbora, está todavía lejano. Pero mientras tanto podríamos ir comenzando por reconocernos como hermanos, construyendo una fraternidad creíble; se podría intentar vivir y convivir juntos sin hacer discriminaciones, se podría compartir el pan y el vestido, se podrían realizar tantas pequeñas acciones de cercanía, de compasión y de fraternidad… Tantas cosas que parecería que estamos alcanzando la utopía.

El canto de Isaías y las palabras de Juan son una interpelación y al mismo tiempo una buena noticia. Interpelación a la conversión, como insiste Juan Bautista. Conversión desde lo más profundo. ¡Qué exigente es con los fariseos y saduceos que pretendían recibir el bautismo pero seguir con su misma vida! Los llama raza de víboras y los amenaza con la imagen del hacha que está cortando las raíces. Pero al mismo tiempo es una buena noticia porque la promesa de Dios es para todos. Si aprendemos a vivir en solidaridad, si hacemos lo posible porque la justicia y la verdad lleguen a todos los pobres, si, como dice San Pablo, vivimos en armonía y nos acogemos los unos a los otros, ciertamente se va haciendo realidad la promesa de Dios hecha a su pueblo. Si construimos puentes en lugar de muros, si abrimos el corazón en lugar de rechazos… estará más cerca la Navidad.

¿Es posible romper nuestra caparazón de individualismo y egoísmo para abrirnos a los demás? ¿Estamos dispuestos a construir un mundo nuevo? ¿Qué necesitamos para restablecer relación con Dios, con los demás, con la naturaleza?

Padre bueno que nos has llamado a la unidad y al amor, al prepararnos al nacimiento de tu Hijo Jesús, concédenos construir los caminos de justicia y de paz que hagan posible el mundo de fraternidad anunciado por los profetas. Amén.

 


Publicado por verdenaranja @ 19:27  | Espiritualidad
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Reflexión de monseñor Felipe Arizmendi Esquivel.  2 diciembre 2016 (Zenit)

No muros, sino apertura

VER
Donald Trump insiste en su decisión de aumentar y hacer más efectivo el muro que separa a nuestro país de los Estados Unidos. En otras partes del mundo también existen ese tipo de impedimentos para que las personas se trasladen de un país a otro. La muralla china es un exponente histórico. También lo fue el Muro de Berlín. Entre Israel y Palestina hay una separación no sólo física, sino bélica. En algunos lugares, son las montañas o los ríos los que separan a los pueblos, pero se han construido puentes y túneles que unen.

Hay otro tipo de muros. Hay personas que se consideran las únicas capaces, y crean muros a su alrededor; no se juntan con nadie, porque juzgan y condenan a todos los que no son como ellos. En los propios hogares, a veces hay muros que impiden el diálogo, la convivencia serena, la armonía y la paz. Entre partidos, hay diferencias que son normales y positivas, pero también distancias que impiden alianzas sanas y provechosas para el bien común. En grupos de Iglesia, hay muros entre los mismos creyentes, por sus diferentes maneras de entender y vivir la fe. Se excluyen unos a otros y no quieren reunirse para nada con los otros.

PENSAR
El Papa Francisco ha dicho recientemente: “La separación ha sido una fuente inmensa de sufrimientos e incomprensiones. Nos hemos encerrado en nosotros mismos por temor o prejuicios a la fe que los demás profesan con un acento y un lenguaje diferente” (31-X-2016). “El diálogo es la única vía para todos los conflictos. O se dialoga, o se grita; no hay otra” (1-XI-2016).

“El diálogo permite a las personas conocerse y comprender las exigencias los unos de los otros. Sobre todo, es señal de gran respeto. No dialogamos cuando hacemos prevalecer nuestra posición frente a la del otro. No dialogamos cuando no escuchamos suficientemente o tendemos a interrumpir al otro para demostrar que tenemos razón: ¡No! ¡No! ¡No es así! Y no dejamos que la persona termine de explicar lo que quiere decir.

Dialogar ayuda a las personas a humanizar las relaciones y a superar las incomprensiones. ¡Hay tanta necesidad de diálogo en nuestras familias, entre los profesores y sus alumnos; o entre directivos y obreros! El diálogo derriba los muros de las divisiones y de las incomprensiones. Dialogar es escuchar lo que me dice el otro y decir con docilidad lo que pienso yo. Pero si yo no dejo que el otro diga todo lo que tiene en el corazón y empiezo a gritar, no llegará a buen fin la relación entre marido y mujer, entre padres e hijos. Escuchar, explicar, con docilidad, no chillar al otro, no gritar al otro, sino tener un corazón abierto. Los invito a ser, por medio del diálogo, instrumentos que creen una red de respeto y fraternidad para derribar los muros de la división y de la incomprensión, y así crear puentes de comunicación para ser dignos de la misericordia de Dios” (28-X-2016).

“La mansedumbre es un modo de ser y de vivir que nos acerca a Jesús y nos hace estar unidos entre nosotros; logra que dejemos de lado todo aquello que nos divide y enfrenta, y se busquen modos siempre nuevos para avanzar en el camino de la unidad. Estamos llamados a ser seguidores de Jesús, afrontando los dolores y angustias de nuestra época con el espíritu y el amor de Jesús. Bienaventurados los que soportan con fe los males que otros les infligen y perdonan de corazón. Los aliento a actuar, al estilo de Jesús, con gran respeto y solidaridad con los hermanos y hermanas de las otras iglesias y comunidades cristianas” (1-XI-2016).

ACTUAR
Animémonos a dar los primeros pasos para acercarnos a aquellos con quienes tenemos diferencias de cualquier índole. Aprendamos a escuchar sus posturas, incluso sus reproches y sus quejas, sin defendernos en todo y sin atacar sistemáticamente. Descubramos la parte de verdad que tienen, que en el fondo puede ser la misma que la nuestra, pero desde otro ángulo que nos enriquece. No nos hagamos los autorreferenciales, como si fuéramos los perfectos y el centro del universo.

Entre creyentes, es más lo que nos une que lo que nos divide. Creemos en Jesús y queremos colaborar en la construcción de su Reino. Pero su Reino no es sólo justicia; es también verdad y vida, santidad y gracia, amor, misericordia y paz. Y cada grupo y persona construimos un aspecto de ese Reino; entre todos, avanzamos más. No nos encerremos en nosotros mismos. Los demás también valen.

 


Publicado por verdenaranja @ 19:23  | Hablan los obispos
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Texto completo de la primera predicación de Adviento del padre Raniero Cantalamessa. 2 diciembre 2016 (ZENIT – Ciudad del Vaticano)

“CREO EN EL ESPÍRITU SANTO”

 

La novedad del post-concilio

Con la celebración del 50º aniversario de la clausura del Concilio Vaticano II se concluyó la primera fase del “después del Concilio” y se abre otra. Si la primera fase ha estado caracterizada por los problemas relativos a la “recepción” del Concilio, esta nueva se caracterizará, creo, por el completar e integrar el Concilio; en otras palabras, el releer el Concilio a la luz de los frutos producidos, dando luz también a lo que falta, o que estaba presente solo en la fase seminal.

La mayor novedad del post Concilio, en la teología y en la vida de la Iglesia, tiene un nombre precioso: el Espíritu Santo. El Concilio no había ignorado su acción en la Iglesia, pero había hablado casi siempre en passant, mencionándolo a menudo, pero sin dar luz al rol central, ni tampoco en la constitución sobre la Liturgia. En una conversación, en el tiempo en el que estábamos juntos en la Comisión Teológica Internacional, recuerdo que el padre Yves Congar usó una imagen fuerte respecto a esto; habló de un Espíritu Santo, esparcido aquí y allí en los textos, como se hace con el azúcar sobre los dulces que, sin embargo, no entra a formar parte de la composición de la masa.

El deshielo sin embargo había comenzado. Podemos decir que la esperanza de san Juan XXIII del concilio como de “un nuevo Pentecostés para la Iglesia” ha encontrado su actuación solo después, con el concilio concluido, como ha sucedido a menudo, por otro lado, en la historia de los concilios.

En el año entrante se celebra el 50º aniversario del inicio, en la Iglesia católica, de la Renovación Carismática. Es uno de los muchos signos -el más evidente por la vastedad del fenómeno- del despertar del Espíritu y de los carismas en la Iglesia. El Concilio había allanado el camino a su acogida, hablando, en la Lumen gentium, de la dimensión carismática de la Iglesia, junto a esa institucional y jerárquica, e insistiendo en la importancia de los carismas[1]. En la homilía de la misa crismal del Jueves Santo de 2012, Benedicto XVI afirmó:

“Mirando a la historia de la época post-conciliar, se puede reconocer la dinámica de la verdadera renovación, que frecuentemente ha adquirido formas inesperadas en movimientos llenos de vida y que hacen casi tangible la inagotable vivacidad de la Iglesia, la presencia y la acción eficaz del Espíritu Santo”.

Contemporáneamente, la renovada experiencia del Espíritu Santo ha estimulado la reflexión teológica[2]. Después del concilio se han multiplicado los tratados sobre el Espíritu Santo: entre los católicos, el del mismo Congar[3], de K. Rahner[4], de H.Mühlen[5] y de von Balthasar[6]; entre los luteranos el de J. Moltmann[7] y de M. Welker[8], y de muchos otros. Por parte del magisterio ha estado la encíclica de san Juan Pablo II “Dominum et vivificantem”. Con ocasión del XVI centenario del concilio de Constantinopla del 381, el mismo Sumo Pontífice promovió un congreso internacional de Pneumatología en el Vaticano, cuyos actos fueron publicados por la Librería Editrice Vaticana, en dos grandes volúmenes titulados “Credo in Spiritum Sanctum” [9].

En los últimos años estamos asistiendo a un paso decidido hacia delante en esta dirección. Hacia el final de su carrera, Karl Barth hizo una afirmación provocadora que era, en parte, también una autocrítica. Dijo que en un futuro se desarrollaría una teología diferente, la “teología del tercer artículo”. En el mismo sentido se expresó Karl Rahner. Por “tercer artículo” se entiende, naturalmente, el artículo del credo sobre el Espíritu Santo. La sugerencia no cayó en el vacío. De aquí se inició la actual corriente denominada, precisamente, “Teología del tercer artículo”.

No creo que tal corriente quiera sustituir a la teología tradicional (sería un error si lo pretendiera), sino más bien estar a su lado y vivificarla. Esta se propone hacer del Espíritu Santo no solo el objeto del tratado que a él se refiere, la Pneumatología, sino por así decir la atmósfera en la que se desarrolla toda la vida de la Iglesia y cada búsqueda teológica, la “luz de los dogmas”, como un antiguo Padre de la Iglesia definía al Espíritu Santo.

La exposición más completa de esta reciente corriente teológica es el volumen de ensayos que apareció en inglés el pasado octubre, con el título “Teología del tercer artículo. Para una dogmática pneumatológica”[10]. En él, partiendo de la doctrina trinitaria de la gran tradición, teólogos de diferentes Iglesias cristianas ofrecen su contribución, como premisa a una teología sistemática más abierta al Espíritu y que responde más a las exigencias actuales. Se me ha pedido también a mí, como católico, contribuir con un ensayo sobre “Cristología y pneumatología en los primeros siglos de la Chiesa”.

El credo leído desde abajo

Las razones que justifican esta nueva orientación teológica no son solamente de orden dogmático, sino también histórico. En otras palabras, se entiende mejor qué es, y qué se propone, la teología del tercer artículo si se tienen en cuenta cómo se ha formado el símbolo actual Niceno-Constantinopolitano. De esta historia emerge clara la utilidad de leer una vez tal símbolo “a la inversa”, es decir, empezando por el final en vez de que desde el principio.

Trato de explicar qué pretendo decir. El símbolo Niceno-Constantinopolitano refleja la fe cristiana en su fase final, después de todas las declaraciones y las definiciones conciliares, terminadas en el siglo V. Refleja el orden alcanzado al final del proceso de formulación del dogma, pero no refleja el proceso mismo. No corresponde, en otras palabras, al proceso con el que de hecho la fe de la Iglesia se ha formado históricamente, y tampoco corresponde al proceso con el que se añade hoy a la fe, entendida con fe viva en un Dios vivo.

En el credo actual, se parte de Dios Padre y creador, de Él se pasa al Hijo y a su obra redentora, y finalmente al Espíritu Santo operante en la Iglesia. En la realidad, la fe siguió el camino inverso. Fue la experiencia pentecostal del Espíritu que llevó a la Iglesia a descubrir quién era verdaderamente Jesús y cuál había sido su enseñanza. Con Pablo y sobre todo con Juan, se llega a subir de Jesús al Padre. Es el Paráclito que, según la promesa de Jesús, conduce a los discípulos a la “plena vedad” sobre Él y el Padre (Jn 16, 13).

San Basilio de Cesárea resume en estos términos el desarrollo de la revelación y de la historia de la salvación:

“El camino del conocimiento de Dios procede del único Espíritu, a través el único Hijo, hasta el único Padre; inversamente la bondad natural, la santificación según la naturaleza, la dignidad real se difunden desde el Padre, por medio del Unigénito, hasta el Espíritu” [11].

En otras palabras, en el orden de la creación y del ser, todo parte del Padre, pasa por el Hijo y llega a nosotros en el Espíritu; en el orden de la redención y del conocimiento, todo comienza con el Espíritu Santo, pasa por el Hijo Jesucristo y vuelve al Padre. ¡Podemos decir que san Basilio es el verdadero iniciador de la teología del tercer artículo! En la tradición occidental todo esto está expresado sintéticamente en la estrofa final del himno del Veni creator. Dirigiéndose al Espíritu Santo, en esta la Iglesia reza diciendo:

Per te sciamus da Patrem,

noscamus atque Filium,

te utriusque Spiritum

credamus omni tempore.

Haz que por ti conozcamos al Padre

y sabemos también quien es el Hijo

y que en ti, Espíritu de ambos,

creamos ahora y eternamente.

Esto no significa mínimamente que el credo de la Iglesia no sea perfecto o que deba ser reformado. Es la manera de leerlo que de vez en cuando es útil cambiar, para rehacer el camino con el que se ha formado. Entre las dos formas de utilizar el credo – como producto cumplido, o en su mismo hacerse -, está la misma diferencia que hacer personalmente, de buena mañana, la escalada del Monte Sinaí partiendo del monasterio de Santa Caterina, o leer el relato de uno que ha hecho la escalada antes que nosotros.

Un comentario sobre el “tercer artículo”

Intentaré por lo tanto, en las tres meditaciones de Adviento, proponer reflexiones sobre algunos aspectos de la acción del Espíritu Santo, partiendo justamente del tercer artículo del credo que se refiere a esto. Esto comprende tres grandes afirmaciones: partamos de la primera:

a.“Creo en el Espíritu Santo que es Señor y da la vida”.

El credo no dice que el Espíritu Santo es “el” Señor (un poco antes, en el credo se proclama: “creo en un solo Señor Jesucristo”. Señor (en el texto original, to kyrion, neutro!) indica aquí la naturaleza, no la persona; dice qué cosa es, no quién es el Espíritu Santo. “Señor” quiere decir que el Espíritu Santo comparte la Señoría de Dios, que está de la parte del Creador, no de las criaturas; en otras palabras que es de naturaleza divina.

A esta certeza la Iglesia había llegado basándose no solamente en la Escritura, pero también en la propia experiencia de salvación. El Espíritu, escribía ya san Atanasio, no puede ser una creatura porque cuando somos tocados por él (en los sacramentos, en la Palabra, en la oración) sentimos la experiencia de entrar en contacto con Dios en persona, no con un intermediario suyo. Si nos diviniza, quiere decir que es el mismo Dios[12].

¿No se podía, en el símbolo de la fe, decir la misma cosa de una manera más explícita, definiendo al Espíritu Santo pura y simplemente “Dios y consustancial con el Padre”, como se había hecho con el Hijo en el concilio de Nicea? Seguramente y fue justamente esta la crítica hecha por algunos obispos, entre los cuales san Gregorio Nazianzeno, a la definición. Por motivos de oportunidad y de paz, se prefirió decir la misma cosa con expresiones equivalentes, atribuyendo al Espíritu, además que el título de Señor, también la isotimia, o sea la igualdad con el Padre y el Hijo en la adoración y en la glorificación de la Iglesia.

La expresión sucesiva, según la cual el Espíritu Santo “da la vita”, es traída de diversos pasajes del Nuevo Testamento: “Es el Espíritu que da la vida” (Jn 6, 63); “La ley del Espíritu da la vida en Cristo Jesús” (Rm 8, 2); “El último Adan se volvió espíritu dador de vida” (1 Cor 15, 45); “La letra mata, el Espíritu vivifica” (2 Cor 3, 6).

Nos ponemos tres preguntas. Primero, ¿qué vida da el Espíritu Santo? Respuesta: da la vida divina, la vida de Cristo. Una vida sobre-natural, no una super-vida natural; crea al hombre nuevo, no al superhombre de Nietzsche “inflado de vida”. Segundo, ¿dónde nos da tal vida? Respuesta: en el bautismo, que es presentado de hecho como un “renacer del Espíritu” (Jn 3, 5), en los sacramentos, en la palabra de Dios, en la oración, en la fe, en el sufrimiento aceptado en unión con Cristo. Tercero, ¿cómo nos da la vida, el Espíritu? Respuesta: haciendo morir las obras de la carne. “Si con la ayuda del Espíritu hacen morir las obras de la carne vivirán” dice san Pablo en Romanos 8,13.

b.“… y procede del Padre (y del Hijo) y con el Padre y el Hijo es adorado y glorificado”.

Pasemos ahora a la segunda afirmación del credo sobre el Espíritu Santo. Hasta ahora el símbolo de fe nos ha hablado de la naturaleza del Espíritu, no aún de la persona; nos ha dicho que es, no quien es el Espíritu, nos ha hablado de lo que acomuna al Espíritu Santo al Padre y al Hijo – el hecho de ser Dios y de dar la vida. Con la presente afirmación se pasa a lo que distingue al Espíritu Santo del Padre y del Hijo. Lo que lo distingue del Padre es que procede de él (otro es aquel que procede, otro aquel del que procede); lo que lo distingue del Hijo es que procede del Padre no por generación, pero por espiración, para expresarnos en términos simbólicos, no como el concepto (logos) que procede de la mente, pero como el soplo procede de la boca.

Es el elemento central del artículo del credo, aquello con lo que se entendía definir el lugar que el Paráclito ocupa en la Trinidad. Esta parte del símbolo es conocida sobre todo por el problema del Filioque, que fue por un milenio el objeto principal del desacuerdo entre Oriente y Occidente. No me detengo sobre este problema que fue incluso demasiado discutido, también porque yo mismo he hablado de él en esta sede, abordando el tema de la comunión de fe entre Oriente y Occidente, en la cuaresma del año pasado.

Me limito a poner en claro aquello que podemos recoger de esta parte del símbolo y que enriquece nuestra fe común, dejando de lado las disputas teológicas. Esto nos dice que el Espíritu Santo no es un pariente pobre de la Trinidad. No es un simple “modo de actuar” de Dios, una energía o un fluido que atraviesa el universo como pensaban los estoicos; es una “relación subsistente”, por lo tanto una persona.

No tanto la “tercera persona singular”, sino más bien “la primera persona plural”. El “Nosotros” del Padre y del Hijo[13]. Cuando, para expresarnos de manera humana, el Padre y el Hijo hablan del Espíritu Santo, no dicen “él”, sino “nosotros”, porque él es la unidad del Padre y del Hijo. Aquí se ve la fecundidad extraordinaria de la intuición de san Agustín para quien el Padre es quien ama, el Hijo el amado y el Espíritu el amor que los une, el don intercambiado. Sobre esto se basa la creencia de la Iglesia occidental, según la cual el Espíritu Santo procede “del Padre y del Hijo”.

El Espíritu Santo, a pesar de todo, quedará siempre el Dios escondido, también si logramos conocer los efectos. Él es como el viento: no se sabe de donde viene y adonde va, pero se ven los efectos cuando pasa. Es como la luz que ilumina todo lo que está delante, quedando esa escondida. Por esto es la persona menos conocida y amada de los Tres, a pesar de que sea el Amor en persona. Nos resulta más fácil pensar en el Padre y en el Hijo como “personas”, pero es más difícil para el Espíritu.

No existen categorías humanas que puedan ayudarnos a entender este misterio. Para hablar de Dios Padre nos ayuda la filosofía que se ocupa de la causa primera (el “Dios de los filósofos”); para hablar del Hijo tenemos la analogía humana de la relación padre – hijo y tenemos también la historia, porque el Verbo se hizo carne. Para hablar del Espíritu no tenemos sino la revelación y la experiencia. La misma Escritura nos habla de él sirviéndose casi siempre de símbolos naturales: la luz, el fuego, el viento, el agua, el perfume, la paloma.

Comprenderemos plenamente quién es el Espíritu Santo solamente en el paraíso. Más aún, lo viviremos en una vida que no tendrá fin, en una profundidad que nos dará inmensa alegría. Será como un fuego dulcísimo que inundará nuestra alma y la colmará de gozo, como cuando el amor arrolla el corazón de una persona y esta se siente feliz.

c.“… y ha hablado por medio de los profetas”

Estamos en la tercera y última gran afirmación sobre el Espíritu Santo. Después de haber profesado nuestra fe en la acción vivificadora y santificadora del Espíritu Santo en la primera parte del artículo (el Espíritu que es Señor y da la vida), ahora se indica también su acción carismática. De ella se nombra un carisma para todos, aquel que Pablo considera el primero por importancia, o sea la profecía. (cf 1 Cor 14).

También del carisma profético se menciona solamente una etapa: el Espíritu que “ha hablado por medio de los profetas”, o sea en el Antiguo Testamento. La afirmación se basa sobre diversos textos de la Escritura, y en particular en 2 Pedro 21: “Movidos por el Espíritu Santo, hablaron algunos hombres de parte de Dios”.

Un artículo que es necesario completar

La Carta a los Hebreos dice que “después de haber hablado un tiempo por medio de los profetas, en los últimos tiempos Dios nos ha hablado en el Hijo” (cf Hb 1,1-2). El Espíritu no ha dejado por lo tanto de hablar por medio de los profetas; lo ha hecho con Jesús y lo hace también hoy en la Iglesia. Esta y otras lagunas del símbolo fueron colmadas poco a poco en la práctica de la Iglesia, sin necesidad, por esto, de cambiar el texto del credo (como sucedió lamentablemente en el mundo latino con el añadido del Filioque). Tenemos un ejemplo en la epiclesi de la liturgia ortodoxa llamada de San Jacobo, que dice así:

“Manda tu santísimo Espíritu, Señor y vivificador, que está sentado contigo, Dios y Padre, y con tu Hijo unigénito; que reina, consustancial y coeterno. Él ha hablado en la Ley, en los profetas del Nuevo Testamento; ha bajado en forma de paloma sobre Nuestro Señor Jesucristo en el río Jordán, reposando sobre él, y bajó sobre los santos apóstoles el día de la santa Pentecostés”. [14]

Uno quedaría desilusionado por lo tanto si quisiera encontrar en el artículo sobre el Espíritu Santo todo o también solamente lo mejor de la revelación bíblica sobre él. Esto pone en evidencia la naturaleza y el límite de cada definición dogmática. Su finalidad no es decir todo sobre un dato de la fe, sino trazar un perímetro dentro del cual se debe colocar cada afirmación y que ninguna afirmación puede contradecir. A esto se añade en nuestro caso, el hecho que el artículo fue compuesto en un momento en el cual la reflexión sobre el Paráclito había apenas iniciado y, por añadidura, razones históricas contingentes (el deseo de paz del emperador) imponía un compromiso entre las partes.

Pero nosotros no tenemos solamente las pocas palabras del credo sobre el Paráclito. La teología, la liturgia y la piedad cristiana, sea en Occidente que en Oriente, han revestido de “carne y sangre” las escarzas afirmaciones del símbolo de la fe. En la secuencia de Pentecostés la íntima relación y personal del Espíritu Santo con cada alma – una dimensión completamente ausente en el símbolo – ha sido expresada con títulos como padre de los pobres, luz de los corazones, dulce huésped del alma, dulcísimo alivio.

La misma secuencia dirige al Espíritu Santo una serie de oraciones que sentimos particularmente bellas y necesarias. Concluimos proclamándolas juntas, buscando de individuar entre ellas aquella que sentimos más necesaria para nosotros:

Lava quod ests órdidum,
Riga quod est áridum,
sana quod est sáucium.

Flecte quod est rígidum,
fove quod est frígidum,
rege quod est dévium.

Lava lo que está sucio,
riega lo que está árido,
sana lo que sangra.

Dobla lo que está rígido,
calienta lo que está gélido,
endereza lo que está desviado.

________________________________________

Traducción de Zenit

[1] Lumen gentium 12.

[2]Cf. La riscoperta dello Spirito. Esperienza e teologia dello Spirito Santo, a cura di Claus Hartmann e Heribert Muhlen, Milano 1975 (ed. originale, Erfahrung und TheolgiedesHeiligenGeistes, München 1974).

[3] Y. Congar, Credo nello Spirito Santo,2, Brescia 1982, pp. 157-224

[4] K. Rahner, Erfahrung des Geistes. Meditation auf Pfingsten, Herder, Friburgo i. Br. 1977.

[5] H. Mühlen ,Der Heilige Geist als Person. Ich – Du – Wir, Münster in W., 1963

[6] U. von Balthasar, Spiritus Creator, Brescia 1972, p. 109

[7] J. Moltmann, Lo Spirito della vita, , Brescia 1994, pp. 102-108.

[8] M. Welker, Lo Spirito di Dio. Teologia dello Spirito Santo, Brescia 1995, p.62.

[9] Editi da Libreria Editrice Vaticana nel 1983.

[10]Third Article Theology: A PneumatologicalDogmatics, a cura di MykHabets, Fortress Press, Settembre 2016.

[11] Basilio di Cesarea, De SpirituSancto XVIII, 47 (PG 32 , 153).

[12] S. Atanasio, Cartas a Serapiòn, I, 24 (PG 26, 585).

[13]Cf H. Mühlen, Der Heilige Geist als Person. Ich – Du – Wir, Aschendorff, Münster in W. 1963. Il primo a definire lo Spirito Santo il «divino Noi» è stato S. Kierkegaard, Diario II A 731 (23 aprile 1838).

[14] In A. Hänggi – I. Pahl, PrexEucharistica, Fribourg, Suisse, 1968, p. 250.


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