Jueves, 25 de mayo de 2017

Texto completo de la catequesis del Papa Francisco del 24 de mayo de 2017 (ZENIT – Ciudad del Vaticano)

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy quisiera detenerme en la experiencia de los dos discípulos de Emaús, del cual habla el Evangelio de Lucas. Imaginemos la escena: dos hombres caminaban decepcionados, tristes, convencidos de dejar atrás la amargura de un acontecimiento terminado mal. Antes de esa Pascua estaban llenos de entusiasmo: convencidos de que esos días habrían sido decisivos para sus expectativas y para la esperanza de todo el pueblo. Jesús, a quien habían confiado sus vidas, parecía finalmente haber llegado a la batalla decisiva: ahora habría manifestado su poder, después de un largo periodo de preparación y de ocultamiento. Esto era aquello que ellos esperaban, y no fue así.

Los dos peregrinos cultivaban sólo una esperanza humana, que ahora se hacía pedazos. Esa cruz erguida en el Calvario era el signo más elocuente de una derrota que no habían pronosticado. Si de verdad ese Jesús era según el corazón de Dios, deberían concluir que Dios era inerme, indefenso en las manos de los violentos, incapaz de oponer resistencia al mal.

Por ello en la mañana de ese domingo, estos dos huyen de Jerusalén. En sus ojos todavía están los sucesos de la pasión, la muerte de Jesús; y en el ánimo el penoso desvelarse de esos acontecimientos, durante el obligado descanso del sábado. Esa fiesta de la Pascua, que debía entonar el canto de la liberación, en cambio se había convertido en el día más doloroso de sus vidas. Dejan Jerusalén para ir a otra parte, a un poblado tranquilo. Tienen todo el aspecto de personas intencionadas a quitar un recuerdo que duele. Entonces están por la calle y caminan. Tristes. Este escenario –la calle– había sido importante en las narraciones de los evangelios; ahora se convertirá aún más, desde el momento en el cual se comienza a narrar la historia de la Iglesia.

El encuentro de Jesús con esos dos discípulos parece ser del todo casual: se parece a uno de los tantos cruces que suceden en la vida. Los dos discípulos caminan pensativos y un desconocido se les une. Es Jesús; pero sus ojos no están en grado de reconocerlo. Y entonces Jesús comienza su “terapia de la esperanza”. Y esto que sucede en este camino es una terapia de la esperanza. ¿Quién lo hace? Jesús.

Sobre todo pregunta y escucha: nuestro Dios no es un Dios entrometido. Aunque si conoce ya el motivo de la desilusión de estos dos, les deja a ellos el tiempo para poder examinar en profundidad la amargura que los ha envuelto. El resultado es una confesión que es un estribillo de la existencia humana: «Nosotros esperábamos, pero Nosotros esperábamos, pero …».

¡Cuántas tristezas, cuántas derrotas, cuántos fracasos existen en la vida de cada persona! En el fondo somos todos un poco como estos dos discípulos. Cuántas veces en la vida hemos esperado, cuántas veces nos hemos sentido a un paso de la felicidad y luego nos hemos encontrado por los suelos decepcionados. Pero Jesús camina: Jesús camina con todas las personas desconsoladas que proceden con la cabeza agachada. Y caminando con ellos de manera discreta, logra dar esperanza.

Jesús les habla sobre todo a través de las Escrituras. Quien toma en la mano el libro de Dios no encontrará historias de heroísmo fácil, tempestivas campañas de conquista. La verdadera esperanza no es jamás a poco precio: pasa siempre a través de la derrota.

La esperanza de quien no sufre, tal vez no es ni siquiera eso. A Dios no le gusta ser amado como se amaría a un líder que conduce a la victoria a su pueblo aplastando en la sangre a sus adversarios. Nuestro Dios es lámpara suave que arde en un día frío y con viento, y por cuanto parezca frágil su presencia en este mundo, Él ha escogido el lugar que todos despreciamos.

Luego Jesús repite para los dos discípulos el gesto central de toda Eucaristía: toma el pan, lo bendice, lo parte y lo da. ¿En esta serie de gestos, no está quizás toda la historia de Jesús? ¿Y no está, en cada Eucaristía, también el signo de qué cosa debe ser la Iglesia? Jesús nos toma, nos bendice, “parte” nuestra vida, porque no hay amor sin sacrificio, y la ofrece a los demás, la ofrece a todos.

Es un encuentro rápido, el de Jesús con los discípulos de Emaús. Pero en ello está todo el destino de la Iglesia. Nos narra que la comunidad cristiana no está encerrada en una ciudad fortificada, sino camina en su ambiente más vital, es decir la calle. Y ahí encuentra a las personas, con sus esperanzas y sus desilusiones, a veces enormes. La Iglesia escucha las historias de todos, como emergen del cofre de la conciencia personal; para luego ofrecer la Palabra de vida, el testimonio del amor, amor fiel hasta el final.

Y entonces el corazón de las personas vuelve a arder de esperanza. Todos nosotros, en nuestra vida, hemos tenido momentos difíciles, oscuros; momentos en los cuales caminábamos tristes, pensativos, sin horizonte, sólo con un muro delante. Y Jesús siempre está junto a nosotros para darnos esperanza, para encender nuestro corazón y decir: “Ve adelante, yo estoy contigo. Ve adelante”

El secreto del camino que conduce a Emaús es todo esto: también a través de las apariencias contrarias, nosotros continuamos a ser amados, y Dios no dejará jamás de querernos mucho. Dios caminará con nosotros siempre, siempre, incluso en los momentos más dolorosos, también en los momentos más feos, también en los momentos de la derrota: allí está el Señor. Y esta es nuestra esperanza: vamos adelante con esta esperanza, porque Él está junto a nosotros caminando con nosotros. Siempre.

 


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Homilía del Cardenal Filoni en la Santa Misa de toma de posesión del nuevo obispo de la diócesis de Ebebiyin Su Excelencia Monseñor Miguel Ángel Nguema, SDB   (Ebebiyin, miércoles 24 mayo 2017) (fides)

Fiesta de Santa María Auxiliadora 

Hch. 1, 12-14

Ef. 1, 3-6; 11-12

Mt. 12, 16-50

 

Querido obispo Miguel, Señor Nuncio Apostólico y hermanos en el episcopado y en el sacerdocio, ilustres autoridades,hermanos y hermanas en Cristo,

 

Estamos celebrando esta solemne liturgia en la catedral de la diócesis de Ebebiyin y vivimos la alegría de ser testimonios de la toma de posesión del nuevo obispo, Su Excelencia Monseñor Miguel Ángel Nguema, salesiano. Al inicio me gustaría saludaros a todos vosotros, reunidos en esta importante circunstancia y compartir vuestro contento. Tras la partida de Su Excelencia Monseñor Juan Nsue Edjang Mayé a la archidiócesis de Malabo, en febrero de 2015 [dos mil quince], vuestra diócesis quedó vacante. Ahora puedo participar de vuestra satisfacción de tener un nuevo Pastor, ordenado hace unos días, a quien el Santo Padre ha puesto como guía de esta diócesis. Como bien sabemos, el nuevo obispo, Monseñor Miguel, comienza su ministerio en esta diócesis que existe ya desde hace treinta y cinco años, pero que, con la creación de la nueva diócesis de Mongomo, tendrá un territorio y un clero más reducidos. Esto es para facilitar al nuevo Pastor el que pueda estar más presente entre vosotros y dedicaros más tiempo. Pero esto comporta también la necesidad de una mayor colaboración por vuestra parte. En efecto, os encontráis en el momento de la reorganización de las estructuras diocesanas, que deben ser precedidas por un profundo análisis de la situación. ¿Queréis tomar parte activa ayudando a vuestro obispo en este discernimiento? Pues entonces, ayudadlo a sentirse Padre para con vosotros, según la hermosa expresión de San Agustín: “con vosotros, soy cristiano; para vosotros, soy un padre”.

El Santo Padre ha elegido al obispo Miguel porque, aunque es joven, es una persona con suficiente experiencia de vida sacerdotal y una buena preparación humana y espiritual. Él ha realizado sus estudios en África y en Roma, y tiene conocimientos pastorales y de gobierno en el ámbito de la Sociedad Salesiana. Creo vivamente, queridos hermanos y hermanas, que si colaboráis juntos en esta diócesis renovada, podréis edificar y reforzar vuestra pertenencia a la Iglesia, trabajando juntos por el bien de todos.

La Liturgia de la Palabra nos propone uno de los tres grandes himnos cristológicos de San Pablo. Este himno de la carta a los Efesios nos hace reflexionar sobre el papel de Jesús en el proyecto de amor del Padre. Trata, en particular, de la predestinación de los creyentes. El proyecto de Dios sobre el hombre se actúa por medio de Jesucristo y consiste en hacer partícipes a todos los creyentes de su condición de Hijo único y amado. Desde el principio de los tiempos, Dios Padre ha pensado en vosotros, para haceros santos, para haceros hijos suyos. Cada uno de vosotros está llamado a este camino de santidad, es decir, a mantener una relación de amor fuerte e incondicional con el Señor. Cada uno de vosotros está llamado a ser parte de la verdadera familia de Jesús, constituida por aquellos que hacen la voluntad de Dios Padre. En esta familia, se distingue San Pablo por su ejemplo de celo apostólico y de unión con Cristo. El encuentro con el Resucitado sobre la vía de Damasco le cambió totalmente la vida. De feroz perseguidor contra los cristianos, se convirtió en gran predicador del Evangelio.

Con su pasión por Cristo, San Pablo intentó convencer a sus oyentes, educados en la cultura y dotados de saber, para aceptar la fe. Parecía que todo su discurso, a pesar del esfuerzo, no había alcanzad un buen resultado. En efecto, se burlaron del Apóstol cuando habló de Jesús Resucitado: “Ya te escucharemos otro día”, le dijeron los atenienses mientras se marchaban. Sin embargo, la gracia de Dios tocó el corazón de algunas personas sencillas y deseosas de conocer la buena noticia de Pablo, y “algunos se unieron a él y se hicieron creyentes” –así lo cuenta el libro de los Hechos, que narra los inicios de la evangelización en Grecia. No obstante las primeras impresiones negativas, también esta predicación de Pablo tuvo sus frutos. También allí alguno descubrió que Cristo podía responder plenamente a aquello de lo se necesita en la vida, no solo a cosas materiales. Para Dios no es importante que nuestras acciones obtengan resultados grandes o pequeños. Lo importante es tener valentía, no cansarse nunca de dar testimonio de nuestra fe y dejar actuar la gracia en los corazones humanos, creer que la gracia actúa verdaderamente. Nosotros, con frecuencia, nos sentimos tentados por la necesidad de ver los resultados de nuestras obras, hasta el punto de que alguno se pregunta si vale la pena hacer algo cuando no está seguro de conseguir un buen resultado. San Pablo no se desanimó, porque, después de haber encontrado a Cristo, había puesto en Él toda su confianza. Es verdad que, a menudo, los resultados no se ven enseguida, pero hay que dar tiempo para que crezcan. San Pablo nos enseña a seguir siempre hacia delante, con generosidad, en la obra de evangelización, en la proclamación de la Palabra de Dios, en el servicio a los pobres y a los necesitados, y, como recuerda el Papa Francisco, en el coraje de ir a los lugares más difíciles y marginados. Este es mi deseo para el obispo Miguel y para esta joven diócesis de Ebebiyin.

¿De dónde, por tanto, tomaba las fuerzas San Pablo, para no desanimarse ante las dificultades? La respuesta se encuentra en la promesa de Jesús: “Cuando venga Él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena” –dice Jesús-. La fuerza de los apóstoles, la fuerza de la Iglesia, la fuerza del catolicismo en Guinea y en la diócesis de Ebebiyin es la fuerza que viene de lo alto. Esta fuerza supera todas nuestras posibilidades, es capaz de transformar nuestros esfuerzos, que parecen poco prometedores, en un río de gracia. ¿No fue San Pedro el que, anunciando a Jesús Resucitado y su perdón pudo convertir a miles de personas? En realidad, era el Espíritu Santo el que actuaba. ¿No fue San Pablo el que en Atenas, una ciudad difícil, consiguió conducir hasta Jesús a algunos fieles? Todo fue obra del Espíritu Santo, que actuaba en ellos y a través de ellos. “No tengáis miedo de salir e ir al encuentro de estas personas, de estas situaciones. No os dejéis bloquear por los prejuicios, las costumbres, rigideces mentales o pastorales, por el famoso «siempre se ha hecho así». Se puede ir a las periferias sólo si se lleva la Palabra de Dios en el corazón y si se camina con la Iglesia, como san Francisco. De otro modo, nos llevamos a nosotros mismos, no la Palabra de Dios, y esto no es bueno, no sirve a nadie. No somos nosotros quienes salvamos el mundo: es precisamente el Señor quien lo salva” (Papa Francisco, Homilía del 4 de octubre de 2013, Asís). Tened, por tanto, el valor de dejaros guiar por el poder del don del Espíritu.

Queridos hermanos y hermanas, no es imposible que teniendo la fe y la generosidad podamos quedar desilusionados y perder el entusiasmo inicial. Hoy, la Iglesia celebra la Fiesta de María Auxiliadora. María, auxilio de los cristianos. María, a la que Jesús desde la Cruz confió a San Juan. En Él, todos hemos sido confiados a ella. En nuestro obrar, podemos siempre invocar su maternal ayuda, especialmente cuando llegan los momentos de desánimo y de miedo, cuando nos sentimos débiles frente a los desafíos, que parecen más grandes que nuestras posibilidades. Con las palabras del gran devoto de la Virgen, San Bernardo, rezamos: “Acuérdate, o piadosísima Virgen María, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a tu protección, implorando tu asistencia y reclamando tu socorro, haya sido abandonado de ti”. Igual que María estuvo presente en Jerusalén, junto a los apóstoles, durante Pentecostés, al inicio de la Iglesia, también ahora protege y guía a la Iglesia durante los siglos. Nos protege y guía a la Iglesia también hoy.

Confiando a María la Iglesia de Ebebiyin y los inicios del ministerio episcopal de vuestro obispo, renuevo mis deseos de que todos vosotros seáis testigos de Cristo, llevando en vosotros la fuerza del Espíritu, la audacia de actuar con generosidad en la misión de bien que se os confía.

Hacemos nuestra la oración mariana del Papa Francisco: “Eres toda belleza, María. Escucha nuestra oración, atiende a nuestra súplica: que el amor misericordioso de Dios en Jesús nos seduzca, que la belleza divina nos salve, a nosotros, a nuestra ciudad y al mundo entero” (Papa Francisco, 8. XII. 2013). 


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Comentario a la liturgia dominical - Solemnidad de la Ascensión del Señor - por el P. Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor de Humanidades Clásicas en el Centro de Noviciado y Humanidades y Ciencias de la Legión de Cristo en Monterrey (México). 23 mayo 2017 (zenit) 

Ciclo A – Textos: Hechos 1, 1-11; Ef. 1, 17-23; Mt 28, 16-20

Idea principal: la Ascensión es la fiesta de la liberación, exaltación y salvación.

Resumen del mensaje: Hoy la Santa Iglesia celebra el misterio de la Ascensión del Señor, el cual, junto con el misterio de Pentecostés, que festejaremos el próximo domingo, configura la consumación del gran misterio de la Encarnación del Hijo de Dios, Jesucristo Nuestro Señor y viene a ser la fiesta de la liberación, exaltación y salvación.

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, sí, la Ascensión es la fiesta de la liberación, pues es una partida de Cristo al Padre, después de haber cumplido su misión redentora aquí en la tierra. Liberación de la soledad y llanto, de los afanes de esta vida, de los achaques pasionales del corazón, de las inclemencias de esta sociedad, de las guerras como ha denunciado el papa Francisco en Belén, de las impertinencias de los hombres o, como diría Teresa de Ávila, de “esta cárcel y estos hierros en que el alma está metida”. Y con la liberación viene el grito de alegría y de júbilo. ¿Por qué querer seguir atados a tantas cadenas? ¿Por qué no ir desde ahora desatando tantos hilos que nos atan a esta tierra y así experimentar en el corazón esa verdadera libertad que nos ganó Cristo con su Ascensión?

En segundo lugar, sí, la Ascensión además de ser una liberación es una exaltación. Es la exaltación de Cristo, como Hijo predilecto del Padre, ahora ya sentado a la diestra de Dios. El Hijo de Dios, que en la tierra no tenía dónde reclinar su cabeza. Exaltación, después de la terrible humillación de la pasión y muerte, donde quedó postrado Jesucristo nuestro Señor. Exaltación, pero mostrando ya gloriosos los signos y estigmas de su flagelación. Hoy es el día de la exaltación de los grandes valores trascendentales frente a los contravalores terrenos. Los valores del alma, del espíritu. Los valores religiosos, los valores éticos y morales. Hoy es el día que Dios exaltó la humildad de Cristo y la nuestra, por encima de la soberbia; la caridad de Cristo y la nuestra, por encima del odio y el egoísmo; el perdón de Cristo y el nuestro, por encima de las venganzas; la paz de Cristo y la nuestra, por encima de las guerras; la obediencia de Cristo y la nuestra, por encima de las rebeldías; la vida santa de Cristo y la nuestra, por encima de la mediocridad y tibieza. ¡Bendita fiesta de la exaltación auténtica!

Finalmente, la Ascensión, es el día de la salvación. La salvación existe y es posible. Hoy tenemos un hombre seguro de su salvación: Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre. Hoy tenemos un hombre-Dios que nos ofrece su salvación, y por eso nos precedió y nos está preparando esa salvación que es el cielo. Está preparando ya los cuartos para cada uno de nosotros. Sin excepción. ¿Querrán todos llegar? Esto es motivo de gran alegría para todos. ¡La salvación es posible! La salvación completa, cuerpo y alma. También para los hombres y mujeres, y no sólo para los ángeles. Nuestra naturaleza humana participará también de esta salvación en Cristo y con Cristo. Y esta salvación la tenemos que predicar a todos los vientos, porque nos da paciencia en la lucha, alegría en la vida, fortaleza en las dificultades. ¡Luchemos por conquistar ese cielo ya abierto y ganado para nosotros por Cristo! Y ese cielo tiene un nombre: es Jesús y su amistad.

Para reflexionar: podemos resumir lo dicho en ese verso del poeta Fray Luis de León: “¿Y dejas, Pastor santo, tu grey en este valle, hondo oscuro, en soledad y llanto, y tú, rompiendo el puro aire, te vas al inmortal seguro?”. ¿Experimento la Ascensión del Señor como una invitación a la liberación, exaltación y salvación de mi propia vida escondida en Cristo?

Para rezar: Recemos con Fray Luis de León en su Oda “En la Ascensión”.

¿Y dejas, Pastor santo,
tu grey en este valle hondo, obscuro,
con soledad y llanto;
y tú, rompiendo el puro
aire, te vas al inmortal seguro?

Los antes bienhadados
y los agora tristes y afligidos,
a tus pechos criados,
de ti desposeídos,
¿a dó convertirán ya sus sentidos?

¿Qué mirarán los ojos
que vieron de tu rostro la hermosura,
que no les sea enojos?
Quien oyó tu dulzura,
¿qué no tendrá por sordo y desventura?

A aqueste mar turbado,
¿quién le pondrá ya freno? ¿Quién concierto
al viento fiero, airado,
estando tú encubierto?
¿Qué norte guiará la nave al puerto?

¡Ay! Nube envidiosa
aun de este breve gozo, ¿qué te quejas?
¿Dó vuelas presurosa?
¡Cuán rica tú te alejas!
¡Cuán pobres y cuán ciegos, ¡ay!, nos dejas!

Tú llevas el tesoro
que sólo a nuestra vida enriquecía,
que desterraba el lloro,
que nos resplandecía
mil veces más que el puro y claro día.

¿Qué lazo de diamante,
¡ay, alma!, te detiene y encadena
a no seguir tu amante?
¡Ay! Rompe y sal de pena,
colócate ya libre en luz serena.

¿Que temes la salida?
¿Podrá el terreno amor más que la ausencia
de tu querer y vida?
Sin cuerpo no es violencia
vivir; más es sin Cristo y su presencia.

Dulce Señor y amigo,
dulce padre y hermano, dulce esposo,
en pos de ti yo sigo:
o puesto en tenebroso
o puesto en lugar claro y glorioso.

Poesía de Fray Luis de León
Agustino, catedrático de Salamanca (1527-1591)

Para cualquier pregunta o sugerencia, contacte a este email: [email protected]

 


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Encuentro del Prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos con los sacerdotes y religiosos de la nueva diócesis Mongomo (Mongomo, lunes 22 mayo 2017) (FIDES) 

 

Os saludo a todos, queridos hermanos y hermanas, y os traigo la bendición del Santo Padre Francisco. Saludo a los hermanos obispos aquí presentes y, en particular, a Su Excelencia Monseñor Juan Domingo-Beka Esono Ayang, primer obispo de vuestra diócesis, al cual reitero mi felicitación y le aseguro mis oraciones por un ministerio episcopal feliz y fructuoso. Saludo con gran estima y afecto fraterno al Nuncio Apostólico, a cuyo celo se debe la resolución de haber creado esta diócesis de Mongomo.

Doy gracias a la Divina Providencia por el hecho de encontrarme entre vosotros en este preciso momento histórico. Mi presencia entre vosotros es manifestación de la solicitud del Santo Padre y de la Iglesia Universal hacia la Iglesia-Familia de Dios. Por eso, deseo manifestaros en persona el apoyo de mi afecto y de mi oración en este largo y bello camino que debéis recorrer para realizar el objetivo para el cual el Santo Padre ha aprobado la creación de vuestra diócesis, respondiendo a la petición de los obispos de Guinea Ecuatorial. Estos, con ocasión de la Asamblea Ordinaria Plenaria de la Conferencia Episcopal que tuvo lugar del 27 [veintisiete] al 28 [veintiocho] de junio de 2011 [dos mil once], los obispos de Guinea Ecuatorial consideraron que la creación de nuevas circunscripciones eclesiásticas era una prioridad por motivos pastorales y organizativos. Lo que se pretendía era dar un nuevo impulso a la evangelización y, al mismo tiempo, asegurar a los fieles una formación cristiana más profunda, así como prepararlos a resistir a la invasión de las sectas. Se pensó también que la situación general de vuestra Iglesia, que está viva y en crecimiento, así como el renovado interés por el Evangelio y la misión, requerían un gobierno pastoral más eficaz de las diócesis, un cuidado pastoral mejor organizado y más cercano a los fieles, junto a un mayor apoyo espiritual y moral al clero.

La creación de la nueva circunscripción eclesiástica es, sin duda, el resultado de un largo proceso de maduración y de crecimiento de la fe en esta provincia, pero es también un signo elocuente de la confianza del Papa Francisco, que os confía la importante tarea de plantar y hacer creer la Iglesia de vuestra provincia. Os corresponde a vosotros el gran reto de poner en marcha la nueva diócesis, de levantar las estructuras necesarias para la organización pastoral y administrativa. Más allá de las estructuras, esta nueva diócesis necesita que se le infunda un espíritu. Sin el espíritu misionero, las estructuras, por muy bien organizadas que estén, no podrán hacer que se desarrolle una Iglesia auténticamente misionera.

  “Si vivimos del Espíritu, caminemos también según el Espíritu”, enseña San Pablo a los Gálatas (5, 25). Con estas palabras, el apóstol nos recuerda que la vida espiritual del sacerdote y del religioso debe ser animada y guiada por el Espíritu de Dios, que nos conduce a la santidad, perfeccionada por la caridad. Más aún que los demás fieles, vosotros estáis llamados a la santidad por vuestra misma identidad: habéis sido consagrados por la unción y el mandato de anunciar el Evangelio. La santificación del sacerdote consiste, sobre todo, en su relación íntima y profunda con Jesús, Cabeza y Pastor de la Iglesia. Estáis llamados a vivir el compromiso del Evangelio siguiendo a Cristo casto, pobre y obediente. El presbítero está llamado, antes que nada, a configurarse con Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote. En otras palabras, debemos tener el corazón de Jesús, es decir, amar como Jesús ama, pensar como Jesús piensa, obrar como Jesús obra, servir como Jesús sirve en cada momento de la vida. Según las palabras del Papa Francisco “el corazón del pastor de Cristo solo conoce dos direcciones: el Señor y la gente. El corazón del sacerdote es un corazón traspasado por el amor del Señor; por esto ya no se mira a sí mismo –no debería mirarse a sí mismo– sino que se dirige a Dios y a los hermanos”. (Homilía en ocasión del Jubileo de los Sacerdotes, 3 de junio de 2016). Para vivir plenamente la identidad sacerdotal, la vida espiritual del sacerdote se debe unir a la oración y a la escucha de la Palabra de Dios. Oración y escucha, como María. Este es el comportamiento propio de quien pone su confianza en el poder de Dios, se deja transfigurar por Jesús, buen Pastor, se deja corregir por Dios y deja actuar a Dios en su propia vida.

No es solo tarea del obispo trabajar para alcanzar tales objetivos. Por lo tanto, quiero aprovechar este encuentro para dirigiros unas palabras de ánimo y haceros algunas recomendaciones útiles que os ayuden a afrontar los nuevos retos que se os presentan.

La participación de todos vosotros, en cuanto que sois primeros colaboradores del obispo, es indispensable para poner en marcha y llevar adelante la diócesis. Os exhorto a vivir vuestra identidad y vuestro ministerio sacerdotal en plena comunión con el obispo que el Señor ha elegido y establecido como Padre y Pastor de esta Iglesia. Amad a la diócesis. Estad dispuestos a colaborar con fidelidad y generosidad en la vida y en la pastoral diocesana, poniendo en común vuestras cualidades sacerdotales y pastorales, así como vuestras capacidades organizativas. Sentíos todos plenamente responsables de dar impulso a la nueva diócesis y de asegurarle una buena guía pastoral.

Como sacerdotes y religiosas, responsables de la Iglesia local, estáis llamados a ser “la sal y la luz” (cfr. Mt. 5,13-15) en esta sociedad, siguiendo el ejemplo de Jesús, Buen Pastor (Jn. 10). No hay nada que haga sufrir más a la Iglesia, Cuerpo de Cristo, que los pecados de los sacerdotes, religiosos y religiosas, es decir, de aquellos que, de custodios de las ovejas, se transforman en “ladrones de las ovejas” (Jn. 20, 1ss), ya sea porque las inducen a errores con sus doctrinas particulares o desviadas, ya sea porque las aprisionan en la red del pecado y de la muerte. La falta de testimonio o, lo que es peor, el anti-testimonio de los sacerdotes, religiosos y religiosas, sigue creciendo hoy. En realidad, la división entre los sacerdotes, la falta de colaboración con el obispo, la falta de obediencia, la falta de consideración a los laicos por parte de los pastores, la falta de compromiso pastoral y los escándalos, reducen la eficacia de la acción pastoral y ofuscan la imagen del sacerdote como custodio del rebaño de Dios, y la imagen del religioso o de la religiosa como testimonio de Cristo casto, pobre y obediente.

Y aquí, no puedo no preguntar: ¿qué figura de sacerdote queréis forjar en vuestra Iglesia? ¿Un sacerdote funcionario y administrador de lo sagrado y de lo social, aburguesado, señoril y autoritario, cuya vida no está en armonía con la santidad del ministerio inherente al sacerdocio? En efecto, como ha recordado el Papa Francisco: “No necesitamos… sacerdotes funcionarios que, mientras desempeñan un papel, buscan lejos de Dios la propia consolación. Solo quien tiene la mirada fija sobre lo que es verdaderamente esencial puede renovar su propio sí al don recibido y, en las distintas temporadas de la vida, perseverar en el don de sí; quien se deja configurar con el Buen Pastor encuentra la unidad, la paz y la fuerza en la obediencia del servicio” (cfr. Carta a los participantes en la Asamblea General Extraordinaria de la Conferencia Episcopal Italiana, 8 noviembre 2014).

 “Nuestro ser sacerdotes no es más que un nuevo y radical modo de unión con Cristo. Ésta se nos ha dado sustancialmente para siempre en el Sacramento. Pero este nuevo sello del ser puede convertirse para nosotros en un juicio de condena, si nuestra vida no se desarrolla entrando en la verdad del Sacramento”. (cfr. Benedicto XVI, Homilía de la Misa Crismal, 2009). La santidad personal del sacerdote resplandece siempre en favor de aquellos que le han sido confiados a su cuidado pastoral, a los cuales debe servir con pasión y altruismo. Vuestra vida de oración irradiará desde dentro vuestro apostolado. El sacerdote y el consagrado deben ser personas enamoradas de Cristo. La autoridad moral y la autoridad que sostiene el ejercicio de vuestro ministerio y de vuestro apostolado, podrán venir solamente de vuestra santidad de vida (cfr. Africae munus, 100). Y esto que se ha dicho para el sacerdote, vale también para el religioso y la religiosa.

En consecuencia, debéis vivir fielmente y con alegría vuestra identidad sacerdotal y religiosa. Esta fidelidad se refiere tanto a la pobreza, como a la obediencia, como a la castidad, de lo que os quiero hablar ahora.

La pobreza evangélica nos hace superar todo egoísmo y nos enseña a confiar en la Providencia de Dios. La verdadera pobreza nos enseña a ser solidarios con nuestro pueblo, a saber compartir con caridad. Esta se manifiesta también en una sobriedad de vida y nos pone en guardia contra los ídolos materiales, que ofuscan el sentido auténtico de la vida.

Por lo tanto, la búsqueda del bienestar y el apego a las cosas materiales son un peligro contra el cual debemos resguardarnos. Es un anti-testimonio que los sacerdotes y las personas consagradas se den al business, a los negocios, a la búsqueda de ciertos intereses solamente materialistas. En base a todo esto, querría confirmar en vuestro corazón la fidelidad a vuestra misión sacerdotal y religiosa, que es fidelidad de amor al anuncio del Evangelio, al servicio de los sacramentos, al carisma de la Congregación, al apoyo de las comunidades cristianas con una adhesión desinteresada a la Iglesia. El grito de san Pablo: “¡Ay de mí si no predico el Evangelio!” (1 Cor. 9,16), puede movilizar siempre más energías físicas, intelectuales y espirituales de un sacerdote y de una persona consagrada.

Al igual que Jesús, los sacerdotes y las personas consagradas tienen el deber de llevar la alegría del Evangelio a cuantos desean escuchar y cumplir la voluntad de Dios, en la obediencia a Dios. Pero la obediencia a Dios pasa también a través de las mediaciones humanas. La voluntad de Dios se autentifica en la Iglesia por la moción interior del Espíritu Santo. Por favor, obedeced a vuestro obispo como a vuestro padre. Que sea una colaboración generosa, positiva y obediente. La obediencia es una vida en la lógica del Evangelio. Quiero subrayar que el ejercicio de la autoridad es el servicio: no nos debemos olvidar jamás, como obispos, párrocos o superiores de comunidades, que el verdadero poder, a cualquier nivel, es el servicio, cuyo faro es la Cruz. No seáis autoritarios, sino padres con autoridad: “Vosotros sabéis que los gobernantes de las naciones las dominan… Que entre vosotros no sea así…, sino que quien quiera ser grande entre vosotros sea vuestro servidor, y quien quiera ser el primero entre vosotros sea vuestro servidor” (Mt. 20, 25-27).

La elección del celibato sacerdotal se debe considerar en el contexto de la “relación que el celibato tiene con la ordenación sagrada, que configura al sacerdote con Jesucristo, Cabeza y Esposo de la Iglesia. La Iglesia, como Esposa de Jesucristo, desea ser amada por el sacerdote de modo total y exclusivo, como Jesucristo, Cabeza y Esposo, la ha amado” (Pastores Dabo Vobis, n. 29). Así acogerán el celibato el sacerdote y los religiosos, o sea, “con una libre y amorosa decisión que ha de renovarse continuamente” (ibid.), siendo conscientes de la debilidad de la propia condición humana. Sabemos, sin embargo, que, “para vivir todas las exigencias morales, pastorales y espirituales del celibato sacerdotal, es absolutamente necesaria la oración humilde y confiada” (ibid.). Una forma de conservar la vida sacerdotal es cultivar una relación fraterna con los hermanos en el sacerdocio y en la vida religiosa. El acompañamiento y el apoyo de los hermanos son siempre un don de gracia y un socorro precioso para vivificar nuestra vida y nuestro ministerio. Allí donde falta una relación serena y armoniosa entre sacerdotes, surgen siempre crisis. Es necesario conservar una buena relación de estima y confianza también con el propio obispo, padre y cabeza de nuestra Iglesia local.

Anunciad a vuestros hermanos la Palabra de vida. Pero esto solo es posible si vuestra Iglesia está en estado permanente de misión, es decir, no se trata de una estructura burocrática para organizarse la vida. Junto al obispo, debéis poneros en la primera línea para pasar “de una pastoral de simple observación a una pastoral decididamente misionera” Evangelii Gaudium, 15). La Iglesia, por su misma naturaleza, es misionera. Por este motivo, la evangelización es una prioridad. El Papa Francisco lo ha corroborado en su Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium. Hay que anunciar a Cristo, ir a las periferias. Además de la necesidad de profundizar en la fe que tienen los fieles cristianos, vuestros conciudadanos tienen sed de ver, de encontrar, de creer en Jesús. “¿Cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Cómo oirán sin que se les predique?”, escribía San Pablo a los cristianos de Roma (cfr. Rm. 10,14-15). Pero, como recuerda el Santo Padre, no se trata de imponer la propia fe, sino de anunciar y dar testimonio: “La Iglesia no crece por proselitismo. La Iglesia crece por atracción, la atracción del testimonio que cada uno de nosotros da al Pueblo de Dios” (EG, 14). Es necesario el anuncio y el buen testimonio de vida en el plano espiritual, moral y pastoral.

Por lo que se refiere a la vida pastoral, el Santo Padre Francisco nos ha advertido del riesgo que corre quien pierde el gusto de la propia vida consagrada y del propio ministerio, “como si una tarea evangelizadora fuera un veneno peligroso y no una alegre respuesta al amor de Dios que nos convoca a la misión y nos vuelve plenos y fecundos. Algunos se resisten a probar hasta el fondo el gusto de la misión y quedan sumidos en una acedia paralizante” (EG, n. 81). Para dedicar toda la vida y todas las fuerzas al servicio de la Iglesia, tenemos necesidad de la caridad pastoral de Jesús, que ha dado la vida por su rebaño. Debemos imitar a Jesús en la donación de sí mismo y en su servicio. La caridad pastoral de la que nos hemos impregnado en algún momento, enriquecerá nuestro ministerio sacerdotal y determinará “nuestro modo de pensar y actuar, nuestro modo de relacionarnos con la gente” (Pastores Dabo Vobis, n. 23). La caridad pastoral nos exige una conversión pastoral, nos empuja a “salir de la propia comodidad y tener el coraje de llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio” (EG, n. 20). Los destinatarios privilegiados de la caridad pastoral son los pobres, los marginados, los pequeños, los enfermos, los pecadores y los incrédulos. La caridad pastoral se muestra siempre disponible a asumir cualquier tarea por el bien de la Iglesia y de las almas.   

Después de algunos años de vida sacerdotal o religiosa, podrían surgir algunas debilidades, entre ellas, el riesgo de sentirse funcionarios de lo sagrado (cfr. Pastores Dabo Vobis, n. 72). El sacerdocio no es un oficio ni un empleo burocrático que se puede desarrollar en el tiempo y luego se acaba. El sacerdocio es un estilo de vida, es un servicio a Dios y a la Iglesia, no un trabajo. Para ser siempre vivaces en la vida sacerdotal y religiosa será oportuno cuidar siempre vuestra formación permanente -que encomiendo a vuestro obispo-, para asegurar la fidelidad al ministerio sacerdotal, en un camino de continua conversión, para reavivar el don recibido por la ordenación (cfr. Pastores Dabo Vobis, n.70).

Queridos hermanos en el sacerdocio, os doy las gracias por el celo y la incansable solicitud con que lleváis adelante la evangelización. Caminemos hacia el frente, animados por el amor que compartimos por el Señor y por la Santa Madre Iglesia. Quedemos unidos en la oración, para que María, modelo misionero de la Iglesia, os enseñe a todos vosotros a generar y a conservar por todas partes la presencia viva y misteriosa del Señor Resucitado, el cual renueva y colma de gozosa misericordia las relaciones entre las personas, las culturas y los pueblos.

Recordad: de vosotros depende la construcción en Mongomo de una Iglesia según el Corazón de Cristo. De vosotros depende que la Iglesia de Guinea Ecuatorial sea de primera, segunda o tercera categoría. Queridos sacerdotes y religiosos, levantaos y caminad en y con vuestra Iglesia.

Y el Espíritu Santo os conceda una íntima consolación en vuestro trabajo.

 


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Homilía del cardenal Filoni en la Misa con los obispos de Guinea Ecuatorial  (Mongomo, lunes 22 mayo 2017) (FIDES) 

Lunes, VI semana de Pascua

 Hch. 16, 11-15; Sal. 149; Jn. 15, 26-16.4a

 

Queridos hermanos: 

Durante el encuentro que acabamos de finalizar, os he hablado de la importancia de la comunión con Cristo y a todos los niveles de la vida eclesial, entre los obispos, el clero, los miembros de la vida consagrada y en el interior del Pueblo de Dios. El obispo tiene que ser, en efecto, un hombre de comunión, cercano a todos, capaz de compartir la vida del rebaño, incluidos los más pobres y lejanos, los excluidos y los marginados. Esto exige, según el Papa Francisco, una especial “sensibilidad eclesial” que se revela, concretamente, en la colegialidad y en la comunión entre los obispos y sus sacerdotes; en la comunión entre los mismos obispos; entre las diócesis material y vocacionalmente ricas y aquellas que pasan dificultades; entre el centro y las periferias. Esta comunión es obra del Espíritu Santo, que actúa gracias a los obispos pastores y no “obispos pilotos” (Discurso a los obispos italianos, 18 mayo 2015).

Pues bien, la Liturgia de la Palabra me ofrece la ocasión de proponer una meditación sobre la tarea misionera del obispo. Jesús dice en el Evangelio: “Cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí. Pero también vosotros daréis testimonio, porque estáis conmigo desde el principio” (Jn. 15, 26-27).

El contexto en el que se sitúan estos dos versos habla de odio y de persecuciones que se avecinarán sobre los seguidores de Jesús, porque “un siervo no es mayor que su señor” y si a Él lo persiguieron, también a ellos los perseguirán (cfr. Jn. 15, 20). Aunque en Guinea Ecuatorial no existan hoy persecuciones contra los cristianos, como en algunos países del Medio Oriente, de Asia y de ciertas zonas de África, sí que hay varios problemas que amenazan la fe cristiana, en particular, la actividad agresiva de las sectas, la brujería, las envidias, el materialismo, el aislamiento, el individualismo, así como el degrado de la moralidad.

Frente a tales problemas, no debéis tener miedo (cfr. Lc. 12, 4-7). Hay que seguir adelante con valentía y confianza. Jesús ha prometido y ha enviado su Espíritu, y hay que destacar especialmente su esencial relación con la verdad: es el Espíritu de la verdad el que puede sostener la fe oscilante de los discípulos con su firme testimonio, de modo que también ellos puedan desarrollar su misión hacia los hermanos, dando testimonio, a su vez, de que Cristo es el único salvador del hombre.

Como Jesús, Pastor de pastores, vosotros estáis llamados a vivir enteramente para el Padre y, al mismo tiempo, a volveros con la mirada llena de compasión hacia todos, en el don cotidiano de vosotros mismos, para ofrecer a vuestro país, sediento de verdad y de amor, la prueba de que Dios nunca se cansa de buscar a los hombres y de transmitirles su amor y su misericordia.

A la luz de las lecturas de hoy, os quiero exhortar a un compromiso misionero más fuerte y decidido, apoyándoos sobre estas palabras de San Agustín: el episcopado “no es un título de honor, sino de servicio”. El que es jefe recibe la exigente tarea de servir a Cristo y, en su nombre, hacerse “siervo de sus siervos”, es decir, “pastor con olor de oveja y sonrisa de padre” (Papa Francisco), imagen y signo del amor incondicional de Cristo por cada persona humana.

Para vosotros, obispos, y para todo el Pueblo de Dios de este país, servir a Cristo significa dar testimonio y proclamar el Evangelio. En efecto, el encuentro con Jesús suscita en cada creyente la necesidad de anunciar a los demás, con la palabra y con el testimonio de vida, la alegría del Evangelio. El encuentro con Jesús nos hace discípulos-misioneros. En este sentido, la tarea misionera os concierne a todos los miembros de la unidad cristiana, como miembros del único cuerpo de Cristo, piedras vivas del único edificio espiritual. La misión no es una “cuestión privada” ni un encargo solitario, sino que implica a toda la Iglesia, misterio de comunión, a la que todos nosotros pertenecemos. No se puede guardar para uno mismo el don de la fe. Esta se debe comunicar a todas las personas que desean encontrarse con Cristo y creer en Él.

El libro de los Hechos de los Apóstoles nos enseña que la obra de evangelización está inspirada y guiada por el Espíritu Santo. San Pablo sintetiza bien la idea al declarar que, “movido por el Espíritu” (Hch. 20, 22-23), se va a Jerusalén sin saber lo que le espera. Además de enseñarle la verdad, el Paráclito defiende a la Iglesia, la orienta, la guía en su actividad misionera y dispone a las personas para la misión (cfr. Hch. 13, 2-3). Esto debe animarnos a poner a nuestra Iglesia en un estado permanente de misión, sin miedo ni temor.

Queridísimos hermanos, el impulso misionero es señal de vitalidad y de crecimiento de una Iglesia (cfr. Rm. 2). Os deseo de corazón que os dejéis guiar por el Espíritu Santo (Gal. 5, 25), para que progreséis cada día más en vuestra configuración con Cristo, Buen Pastor, y para que dirijáis con un renovado ardor la obra de evangelización de este hermoso país.


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Encuentro del Cardenal Fernando Filoni, Prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, con los obispos de Guinea Ecuatorial  (Mongomo, lunes 22 mayo 2017) (FIDES)  

Queridísimos hermanos en el episcopado: 

Antes que nada, me gustaría manifestar mi alegría de poder vivir con vosotros este momento especial, como cuerpo episcopal de este país, aumentado por la presencia de los nuevos miembros. Esta es una señal de crecimiento de la Iglesia y, al mismo tiempo, una fuerte invitación a una colaboración mayor entre vosotros. En efecto, al haber sido reunidos como pastores y hermanos, formáis, como los apóstoles en torno al Maestro, un cuerpo de personas responsables de la Iglesia de Guinea Ecuatorial. El Señor os ha llamado, con vuestras diversas historias de vida y de experiencias humanas y pastorales, porque siempre pueden servir en la búsqueda de soluciones concretas, para la difusión del mensaje de salvación que os ha sido confiado.

En general, la situación eclesial de vuestro país presenta algunos elementos positivos y esperanzadores, que hacen entrever un renovado interés por el Evangelio y por la misión. A ese respecto, la creación de dos nuevas diócesis es un signo tangible del dinamismo y del crecimiento de la fe. Este resultado es mérito vuestro y de los muchos agentes pastorales –sacerdotes, religiosos, religiosas y catequistas- que se dedican con generosidad y espíritu de sacrificio a la obra de la evangelización.

Permitidme, por tanto, queridos hermanos, que aproveche la ocasión para manifestaros la gratitud de la Sede Apostólica por el notable progreso de vuestra Iglesia y que comparta con vosotros algunas reflexiones, para responder al anhelo misionero.

Ya he mencionado la importancia de la comunión, palabra que expresa nuestra unidad en Cristo. Esto no quita las diferencias, los dones específicos, sino que manifiesta nuestra pertenencia. Esta comunión presente en el ámbito de la Conferencia, necesita ser sostenida y reforzada en cada una de las diócesis. Habéis sido elegidos por Cristo para ser pastores, padres y hermanos. Esta paternidad y fraternidad deben expresarse, particularmente, hacia nuestros primeros colaboradores, que son los sacerdotes. Como formamos una familia en Cristo, debemos crear este clima de comprensión y de solidaridad entre nuestro clero, para poder ayudar a los sacerdotes a sentirse miembros de una familia. Ciertamente, el derecho canónico nos da indicaciones para formar las necesarias estructuras diocesanas, como, por ejemplo, el Consejo Presbiteral, el Colegio de Consultores, el Consejo Pastoral y Económico, que no deben existir en la teoría, sino realmente, y que deben facilitar la colaboración y la corresponsabilidad en el servicio de nuestras Iglesias particulares. El buen trabajo de nuestros sacerdotes debe ser apreciado, así como también las pequeñas acciones, los pequeños logros, en particular, cuando alguno experimente muchas dificultades. El obispo debe tener siempre el hábito, como recomienda con frecuencia el Papa Francisco, de estar disponible a tiempo completo para los hermanos sacerdotes.

La comunión a nivel diocesano se debe manifestar además en la continua colaboración con los religiosos y religiosas. En vuestro país tenéis una buena presencia de institutos de vida consagrada, también gracias a la  histórica ayuda proveniente de España. Estos años de incansable trabajo misionero, de compromiso formativo, educativo y catequético, de silencioso trabajo en el campo sanitario, merecen realmente un fuerte aprecio. Procurad, queridísimos, sostener esta preciosa colaboración, ayudando a todos los institutos presentes en vuestro territorio también en su obra vocacional. Creo que comprendéis bien la importancia de esta indicación, porque algunos de vosotros provenís de institutos religiosos. Las palabras de la última Exhortación Apostólica del Sínodo sobre África decían: “Que el Señor bendiga a los hombres y mujeres que han decidido seguirlo sin condiciones. Su vida oculta es como la levadura en la masa. Su oración constante sostendrá el esfuerzo apostólico de los obispos, sacerdotes, de otras personas consagradas, de los catequistas y de toda la Iglesia” (Africae munus, 119).

El aspecto positivo de la Iglesia local está, por desgracia, contrastado por algunos límites debidos al inconstante acompañamiento de formación, a la escasa vida espiritual y al deseo de hacer carrera de algunos presbíteros y personas consagradas. De esto se sigue un gradual decaimiento de la moralidad, un cierto aburguesamiento y una progresiva autonomía en la toma de decisiones de algunos sacerdotes que se sienten solos. La comunidad cristiana sufre también de divisiones étnicas, envidas y rencores. Quiero llamar, además, vuestra atención sobre la infiltración entre el Pueblo de Dios de las sectas. Donde nosotros nos retiramos o perdemos el celo, allí se abre la puerta a la cizaña, a las sectas. Por favor, afrontad este problema con vuestro clero, con los religiosos y con los líderes laicos.

Queridos hermanos, a vosotros se os ha confiado la grave responsabilidad (munus) de enseñar, gobernar y santificar al Pueblo de Dios. El ejercicio de un encargo tal exige de vosotros una permanente configuración con Jesús Buen Pastor. Debéis sentir, obrar y amar como Él. ¿Sois realmente conscientes de ello? ¿Qué clase de Iglesia queréis para el futuro de Guinea? Amad a vuestra Iglesia, trabajad no para vosotros mismos, sino por el bien de la Iglesia y de los fieles que se os han encomendado. Recordad las palabras con las que el papa Benedicto XVI [dieciséis] concluyó la Exhortación Apostólica Africae Munus: Levántate y camina” (Jn. 5, 8), para mantener viva la llama de la fe, sin tener miedo de afrontar con espíritu paterno y firmeza los problemas que afligen a la Iglesia.

El obispo es padre de la diócesis. Padre quiere decir responsable; es el punto de referencia para la familia; es el que escucha para luego decidir; es el que ama y tiene una mirada hacia el futuro. Este amor y esta responsabilidad deben ayudar a crecer a los demás. El buen padre, por tanto, tiene la valentía de regañar al hijo cuando toma un camino equivocado. En este sentido, el obispo, como padre, ayuda a que la Iglesia que se le ha confiado crezca y favorece la formación de los sacerdotes, por ejemplo, con los ejercicios espirituales anuales, los retiros, las jornadas de oración, las celebraciones litúrgicas que manifiestan la unidad del presbiterio diocesano. Mira al presente, pero tiene también una visión de futuro: por ejemplo, prepara a sacerdotes prometedores para los estudios superiores, con el fin de adquirir una cualificada colaboración en la diócesis. Cuida las nuevas vocaciones. En esto, debo decir que aprecio muchísimo los esfuerzos que la Iglesia de Guinea Ecuatorial ha hecho para reforzar el Seminario Nacional y animo a mantener una continua solicitud en ese campo. Recientemente, la Congregación del Clero, con la ayuda de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, ha preparado un importante documento-guía para la formación de los sacerdotes, titulado “El don de la vocación sacerdotal”. Es importante el estudio de este documento para adaptarlo a las exigencias y a los retos de la Iglesia guineana. Considero de una importancia suprema el que los candidatos al sacerdocio encuentren en el seminario formadores íntegros y preparados desde el punto de vista intelectual y espiritual, para que acompañen en el discernimiento de la vocación a los jóvenes seminaristas. Necesitáis nuevos sacerdotes, pero, sobre todo, necesitáis sacerdotes idóneos al ministerio y de vida santa.

La solicitud paterna del obispo no se expresa solamente hacia los sacerdotes, sino hacia todo el Pueblo de Dios que constituye la realidad diocesana. Hoy en día, la pastoral de la familia, profundamente tocada por tantas crisis, ocupa un papel crucial. Justamente en el ambiente familiar tiene lugar también el primer desarrollo de las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. Hay que cuidar de forma especial a las familias jóvenes. Todo esto implica la necesidad de tener líderes parroquiales buenos y bien formados. En todas las parroquias sería bueno proponer diversas iniciativas sociales y espirituales, valiéndose también de la colaboración de los movimientos que se han desarrollado en los últimos tiempos, siempre bajo la guía y la responsabilidad de los sacerdotes que trabajan in loco. De este modo, la parroquia se convierte en lugar de crecimiento, de cultura, de desarrollo humano, capaz de responder a las diversas exigencias de nuestros fieles. Y, lo que es más importante, la parroquia debe ser un lugar de profunda vida cristiana, de encuentro y de anuncio evangélico. Tened el arrojo de crear y sostener, en cada una de ellas, equipos de base que las ayuden ser verdaderos centros de dinamismo cristiano. Animad a los laicos a asumir con alegría la responsabilidad de “sembrar la buena semilla del Evangelio en la vida del mundo, a través del servicio de la caridad, del compromiso político, a través también de la pasión educativa y de la participación en el confronto cultural” (Papa Francisco, Discurso a la Acción Católica Italiana, 30 abril 2017).

Queridísimos hermanos, estamos viviendo este tiempo de alegría y de crecimiento de la Iglesia guineana. Debemos, verdaderamente, dar gracias al Señor que nos ayuda en este camino. Cuanto más adelante vayamos, más notaremos el mucho trabajo pastoral que aún nos queda. Os agradezco todo lo que hacéis; os exhorto a no cansaros nunca en la difusión del mensaje de salvación que se os ha confiado. El Papa Francisco nos enseña y nos da ejemplo de cómo salir de la visión de una Iglesia cómoda y nos empuja a ir hacia las periferias reales y existenciales; nos pide que seamos hombres de diálogo, que llevan un auténtico mensaje espiritual que nuestra sociedad realmente necesita. Concluyo con las palabras de San Juan Pablo II [segundo], dirigidas justamente a la Iglesia de Guinea, para que sea cierto su deseo: “Confío en que la acción generosa que lleváis a cabo dará sus frutos en orden a una evangelización cada vez más intensa, capaz de penetrar en el corazón y la mente de los hombres y mujeres de Guinea Ecuatorial” (Papa San Juan Pablo II, Discurso a los obispos de Guinea Ecuatorial, 15 febrero 2003). Antes de terminar, dejadme decir unas palabras de aprecio y gratitud al Nuncio Apostólico por su trabajo entre vosotros. Gracias, Excelencia. Que el Señor se lo recompense.

La Virgen Santísima, Madre del Verbo, Reina de África, os ayude a ser incansables portadores de esta palabra de salvación, capaces de ofrecer siempre un testimonio de esperanza.

Sea alabado Jesucristo.


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Encuentro del Prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos con los sacerdotes y religiosos de la  nueva diócesis Evinayong (Evinayong, domingo 21 mayo 2017) (FIDES) 

 

Os saludo a todos, queridos hermanos y hermanas, y os traigo la bendición del Santo Padre Francisco. Saludo a los hermanos obispos aquí presentes y, en particular, a Su Excelencia Monseñor Calixto Paulino Esono Abaga Obono, primer obispo de vuestra diócesis, al cual reitero mi felicitación y le aseguro mis oraciones por un ministerio episcopal feliz y fructuoso. Saludo con gran estima y afecto fraterno al Nuncio Apostólico, a cuyo celo se debe la resolución de haber creado esta diócesis de Evinayong.

Mi presencia entre vosotros es manifestación de la solicitud del Santo Padre y de la Iglesia Universal hacia la Iglesia-Familia de Dios presente en la provincia centro-meridional y, en particular, hacia vosotros, sacerdotes, religiosos y religiosas de la nueva diócesis de Evinayong. La creación de la nueva circunscripción eclesiástica es, sin duda, el resultado de un largo proceso de maduración y de crecimiento de la fe en esta provincia, pero es también un signo elocuente de la confianza del Papa Francisco, que os confía la importante tarea de plantar y hacer creer la Iglesia de vuestra provincia. Os corresponde a vosotros el gran reto de poner en marcha la nueva diócesis, de levantar las estructuras necesarias para la organización pastoral y administrativa, así como el desarrollo de la actividad misionera. Doy gracias a la Divina Providencia por el hecho de encontrarme entre vosotros en este preciso momento histórico. Esto me permite manifestaros en persona el apoyo de mi afecto y de mi oración en este largo y bello camino que debéis recorrer para realizar el objetivo para el cual el Santo Padre ha aprobado la creación de vuestra diócesis.

Con ocasión de la Asamblea Ordinaria Plenaria de la Conferencia Episcopal que tuvo lugar del 27 [veintisiete] al 28 [veintiocho] de junio de 2011 [dos mil once], los obispos de Guinea Ecuatorial consideraron que la creación de nuevas circunscripciones eclesiásticas era una prioridad por motivos pastorales y organizativos. Lo que se pretendía era dar un nuevo impulso a la evangelización y, al mismo tiempo, asegurar a los fieles una formación cristiana más profunda, así como prepararlos a resistir a la invasión de las sectas. Se pensó también que la situación general de vuestra Iglesia, que está viva y en crecimiento, así como el renovado interés por el Evangelio y la misión, requerían un gobierno pastoral más eficaz de las diócesis, un cuidado pastoral mejor organizado y más cercano a los fieles, junto a un mayor apoyo espiritual y moral al clero.

No es solo tarea del obispo trabajar para alcanzar tales objetivos. Por lo tanto, quiero aprovechar este encuentro para dirigiros unas palabras de ánimo y haceros algunas recomendaciones útiles que os ayuden a afrontar los nuevos retos que se os presentan.

La participación de todos vosotros, en cuanto que sois primeros colaboradores del obispo, es indispensable para poner en marcha y llevar adelante la diócesis. Os exhorto a vivir vuestra identidad y vuestro ministerio sacerdotal en plena comunión con el obispo que el Señor ha elegido y establecido como Padre y Pastor de esta Iglesia. Amad a la diócesis. Estad dispuestos a colaborar con fidelidad y generosidad en la vida y en la pastoral diocesana, poniendo en común vuestras cualidades sacerdotales y pastorales, así como vuestras capacidades organizativas. Sentíos todos plenamente responsables de dar impulso a la nueva diócesis y de asegurarle una buena guía pastoral.

Como sacerdotes y religiosas, responsables de la Iglesia local, estáis llamados a ser “la sal y la luz” (cfr. Mt. 5,13-15) en esta sociedad, siguiendo el ejemplo de Jesús, Buen Pastor (Jn. 10). Debéis vivir fielmente y con alegría vuestra identidad sacerdotal y religiosa. Anunciad a vuestros hermanos la Palabra de vida. Pero esto solo es posible si vuestra Iglesia está en estado permanente de misión, es decir, no se trata de una estructura burocrática para organizarse la vida. Junto al obispo, debéis poneros en la primera línea para pasar “de una pastoral de simple observación a una pastoral decididamente misionera” Evangelii Gaudium, 15).

La Iglesia, por su misma naturaleza, es misionera. Por este motivo, la evangelización es una prioridad. El Papa Francisco lo ha corroborado en su Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium. Hay que anunciar a Cristo, ir a las periferias. Además de la necesidad de profundizar en la fe que tienen los fieles cristianos, vuestros conciudadanos tienen sed de ver, de encontrar, de creer en Jesús. “¿Cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Cómo oirán sin que se les predique?”, escribía San Pablo a los cristianos de Roma (cfr. Rm. 10,14-15). Pero, como recuerda el Santo Padre, no se trata de imponer la propia fe, sino de anunciar y dar testimonio: “La Iglesia no crece por proselitismo. La Iglesia crece por atracción, la atracción del testimonio que cada uno de nosotros da al Pueblo de Dios” (EG, 14). Es necesario el anuncio y el buen testimonio de vida en el plano espiritual, moral y pastoral.

  “Si vivimos del Espíritu, caminemos también según el Espíritu”, enseña San Pablo a los Gálatas (5, 25). Con estas palabras, el apóstol nos recuerda que la vida espiritual del sacerdote y del religioso debe ser animada y guiada por el Espíritu de Dios, que nos conduce a la santidad, perfeccionada por la caridad. Más aún que los demás fieles, vosotros estáis llamados a la santidad por vuestra misma identidad: habéis sido consagrados por la unción y el mandato de anunciar el Evangelio. La santificación del sacerdote consiste, sobre todo, en su relación íntima y profunda con Jesús, Cabeza y Pastor de la Iglesia. Estáis llamados a vivir el compromiso del Evangelio siguiendo a Cristo casto, pobre y obediente. El presbítero está llamado, antes que nada, a configurarse con Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote. En otras palabras, debemos tener el corazón de Jesús, es decir, amar como Jesús ama, pensar como Jesús piensa, obrar como Jesús obra, servir como Jesús sirve en cada momento de la vida. Según las palabras del Papa Francisco “el corazón del pastor de Cristo solo conoce dos direcciones: el Señor y la gente. El corazón del sacerdote es un corazón traspasado por el amor del Señor; por esto ya no se mira a sí mismo –no debería mirarse a sí mismo– sino que se dirige a Dios y a los hermanos”. (Homilía en ocasión del Jubileo de los Sacerdotes, 3 de junio de 2016). El sacerdocio no es un oficio ni un empleo burocrático que se puede desarrollar en el tiempo y luego se acaba. El sacerdocio es un estilo de vida, no un trabajo. Para vivir plenamente la identidad sacerdotal, la vida espiritual del sacerdote se debe unir a la oración, a la escucha de la Palabra de Dios. Oración y escucha, como María. Este es el comportamiento propio de quien pone su confianza en el poder de Dios, se deja transfigurar por Jesús, buen Pastor, se deja corregir por Dios y deja actuar a Dios en su propia vida.

Respecto a la vida moral, me gustaría hablar del celibato sacerdotal. Esta elección se debe considerar en el contexto de la “relación que el celibato tiene con la ordenación sagrada, que configura al sacerdote con Jesucristo, Cabeza y Esposo de la Iglesia. La Iglesia, como Esposa de Jesucristo, desea ser amada por el sacerdote de modo total y exclusivo, como Jesucristo, Cabeza y Esposo, la ha amado” (Pastores Dabo Vobis, n. 29). Así acogerán el celibato el sacerdote y los religiosos, o sea, “con una libre y amorosa decisión que ha de renovarse continuamente” (ibid.), siendo conscientes de la debilidad de la propia condición humana. Sabemos, sin embargo, que, “para vivir todas las exigencias morales, pastorales y espirituales del celibato sacerdotal, es absolutamente necesaria la oración humilde y confiada” (ibid.). Una forma de conservar la vida sacerdotal es cultivar una relación fraterna con los hermanos en el sacerdocio y en la vida religiosa. El acompañamiento y el apoyo de los hermanos son siempre un don de gracia y un socorro precioso para vivificar nuestra vida y nuestro ministerio. Allí donde falta una relación serena y armoniosa entre sacerdotes, surgen siempre crisis. Es necesario conservar una buena relación de estima y confianza también con el propio obispo, padre y cabeza de nuestra Iglesia local.

Por lo que se refiere a la vida pastoral, el Santo Padre Francisco nos ha advertido del riesgo que corre quien pierde el gusto de la propia vida consagrada y del propio ministerio, “como si una tarea evangelizadora fuera un veneno peligroso y no una alegre respuesta al amor de Dios que nos convoca a la misión y nos vuelve plenos y fecundos. Algunos se resisten a probar hasta el fondo el gusto de la misión y quedan sumidos en una acedia paralizante” (EG, n. 81). Para dedicar toda la vida y todas las fuerzas al servicio de la Iglesia, tenemos necesidad de la caridad pastoral de Jesús, que ha dado la vida por su rebaño. Debemos imitar a Jesús en la donación de sí mismo y en su servicio. La caridad pastoral de la que nos hemos impregnado en algún momento, enriquecerá nuestro ministerio sacerdotal y determinará “nuestro modo de pensar y actuar, nuestro modo de relacionarnos con la gente” (Pastores Dabo Vobis, n. 23). La caridad pastoral nos exige una conversión pastoral, nos empuja a “salir de la propia comodidad y tener el coraje de llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio” (EG, n. 20). Los destinatarios privilegiados de la caridad pastoral son los pobres, los marginados, los pequeños, los enfermos, los pecadores y los incrédulos. La caridad pastoral se muestra siempre disponible a asumir cualquier tarea por el bien de la Iglesia y de las almas.    

Después de algunos años de vida sacerdotal o religiosa, podrían surgir algunas debilidades, entre ellas, el riesgo de sentirse funcionarios de lo sagrado (cfr. Pastores Dabo Vobis, n. 72). El sacerdocio no es un oficio ni un empleo burocrático que se puede desarrollar en el tiempo y luego se acaba. El sacerdocio es un estilo de vida, es un servicio a Dios y a la Iglesia, no un trabajo. Como ha recordado el Papa Francisco: “No necesitamos… sacerdotes funcionarios que, mientras desempeñan un papel, buscan lejos de Dios la propia consolación. Solo quien tiene la mirada fija sobre lo que es verdaderamente esencial puede renovar su propio sí al don recibido y, en las distintas temporadas de la vida, perseverar en el don de sí; quien se deja configurar con el Buen Pastor encuentra la unidad, la paz y la fuerza en la obediencia del servicio” (cfr. Carta a los participantes en la Asamblea General Extraordinaria de la Conferencia Episcopal Italiana, 8 noviembre 2014).

Para ser siempre vivaces en la vida sacerdotal y religiosa será oportuno cuidar siempre vuestra formación permanente -que encomiendo a vuestro obispo-, para asegurar la fidelidad al ministerio sacerdotal, en un camino de continua conversión, para reavivar el don recibido por la ordenación (cfr. Pastores Dabo Vobis, n.70).

Queridos hermanos en el sacerdocio, os doy las gracias por el celo y la incansable solicitud con que lleváis adelante la evangelización. Caminemos hacia el frente, animados por el amor que compartimos por el Señor y por la Santa Madre Iglesia. Quedemos unidos en la oración, para que María, modelo misionero de la Iglesia, os enseñe a todos vosotros a generar y a conservar por todas partes la presencia viva y misteriosa del Señor Resucitado, el cual renueva y colma de gozosa misericordia las relaciones entre las personas, las culturas y los pueblos.

Recordad: de vosotros depende la construcción en Evinayong de una Iglesia según el Corazón de Cristo. De vosotros depende que la Iglesia de Guinea Ecuatorial sea de primera, segunda o tercera categoría. Queridos sacerdotes y religiosos, levantaos y caminad en y con vuestra Iglesia.

Y el Espíritu Santo os conceda una íntima consolación en vuestro trabajo.


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Homilía de Su Eminencia el Cardenal Fernando Filoni, Prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos (Evinayong, domingo 21 mayo 2017)

VI Domingo de Pascua

Excelentísimos hermanos en el episcopado,
Excelentísimo Representante Pontificio,
estimadas autoridades,
queridos hermanos y hermanas en Cristo, 

“Si me amáis, guardaréis mis mandamientos.
No os dejaré huérfanos; volveré a vosotros” (Jn. 14, 15.18):

 

Estas palabras de Jesús, dirigidas a sus discípulos antes de su Pascua, es decir, antes de morir y volver al Padre, resuenan nuevamente hoy, en este edificio que se eleva como Iglesia Catedral de Evinayong. Estamos aquí reunidos con la convicción de que Él, el Viviente, el Resucitado, está en medio de nosotros, como nos ha prometido Él mismo: “No os dejaré huérfanos; volveré a vosotros” (Jn. 14, 18).  Esta presencia suya es motivo no solo de consolación, sino, sobre todo, de confianza y de ánimo; por lo tanto, no estamos solos ni huérfanos.

Con gran agrado os traigo el saludo y la bendición apostólica del Santo Padre, el Papa Francisco, que tiene muy en su corazón el bien de esta Iglesia de Guinea Ecuatorial. Tanto es así, que ha creado las nuevas diócesis de Evinayong y Mongomo. Ayer, justamente, en Mongomo, vivimos un gran momento de alegría por la consagración episcopal de tres nuevos hermanos. Renovando mis más sinceros deseos de un fructuoso ministerio episcopal a vuestro Pastor, Su Excelencia Monseñor Calixto-Paulino, os saludo con afecto y manifiesto mi aprecio por el camino que la Iglesia de Guinea Ecuatorial está siguiendo, consciente de la misión que esta tiene entre el Pueblo de esta noble tierra. A los sacerdotes, religiosos y religiosas dirijo mis palabras de ánimo, sabiendo que vuestra misión requiere mucho celo en medio de dificultades de todo tipo. Queridos hermanos y hermanas, os exhorto también a vosotros a colaborar en la formación de esta diócesis como Iglesia-Familia y os deseo a todos la “gracia y la paz de parte de Dios Padre y de Nuestro Señor Jesucristo” (1 Co. 1, 3).

La primera lectura de este domingo, el sexto después de la Pascua, nos recuerda que la Iglesia ha nacido para evangelizar. En efecto, Jesús eligió a sus discípulos y los constituyó testigos de su resurrección. En base a esta vocación de difundir el anuncio de la resurrección, inicia la misión confiada por Jesús a los apóstoles; así también el diácono Felipe partió para una ciudad de Samaria, para predicar a Cristo muerto y resucitado. Desde entonces, la Iglesia continúa esa misma misión, que constituye para todos los bautizados un compromiso irrenunciable y permanente. Predicar a Cristo es la misión de la Iglesia, de la que ninguno está excluido, porque predicar a Jesús es un compromiso obligatorio para todos los bautizados.

Hace siglos, en 1645 [mil seiscientos cuarenta y cinco], al igual que Felipe iba a Samaria, los Capuchinos fueron los primeros en llegar a la actual Guinea Ecuatorial. Ellos, así como otros misioneros que les siguieron –los sacerdotes de Toledo, los Jesuitas y, sobre todo, los Claretianos- han predicado aquí a Cristo, mostrándose como sus fieles testigos. Se han esforzado por indicar a los hermanos de esta tierra el camino de la salvación y han anunciado a Jesús. A todos ellos, con vosotros, rindo aquí mi homenaje de gratitud y estima por ese gran trabajo de evangelización que han realizado, plantando los cimientos de la Iglesia en medio de vosotros. Por lo tanto, ninguno puede poner un cimento distinto.

Justamente sobre estos cimientos, se erige hoy, como edificio espiritual, esta nueva comunidad eclesial de Evinayong, abriendo así un nuevo capítulo de la Iglesia en Guinea Ecuatorial. Como en todo nacimiento en una familia, también hoy nos surge espontáneamente la pregunta: “¿Qué será de esta realidad que es la diócesis de Evinayong?” (cfr. Lc. 1, 66).

Esta interrogación pone de manifiesto, al mismo tiempo, una gran preocupación y una viva esperanza. Tal preocupación y tal esperanza traducen, en efecto, el mayor deseo que mora en los corazones de todos, es decir, el ver que la nueva diócesis de Evinayong crezca y pueda enriquecer a toda la Iglesia con su fuerza vital. De esta preocupación y de esta esperanza no está exenta toda la comunidad cristiana de Guinea Ecuatorial, por la creación en su interior de una nueva diócesis. La Iglesia Católica de Guinea Ecuatorial, como cualquier familia, espera de la nueva diócesis de Evinayong un desarrollo generoso y un enriquecimiento espiritual, junto con un nuevo impulso evangelizador.

Seguro que sabemos que la nueva diócesis no quedará sola, porque el Señor Jesús nos garantizó su presencia constante con las palabras: “No os dejaré huérfanos”. En efecto, frente al grave riesgo de sentirse solos y abandonados, las palabras de Jesús son reconfortantes. Nos hacen experimentar la seguridad que viene de la experiencia de una presencia que consuela, que acoge, que acompaña hacia la esperanza de poder vivir y crecer.

Queridos hermanos y hermanas, vuestra nueva diócesis está llamada a esta esperanza de poder vivir y crecer. Pero ha sido confiada a vuestros cuidados; depende de vosotros como un recién nacido depende de los cuidados maternos y paternos. Como una pequeña semilla, vuestra nueva diócesis se os confía como a competentes agricultores. Esa semilla tiene que crecer para llegar a ser un árbol que, como dice Jesús en la comparación de la pequeña semilla que se convierte en árbol, pueda ofrecer refugio a los pájaros del cielo y la comida de sus frutos. En el pasado, ya otros han sembrado y plantado la palabra de Dios; ahora os toca a vosotros regar el campo para que crezca y dé fruto el bien. De este modo, como miembros de esta Iglesia, contribuiréis al crecimiento de esta planta que es vuestra diócesis de Evinayong. No sembréis la cizaña en este campo del Señor, es decir, no sembréis ni confusión, ni odio, ni celos; no murmuréis.

Estáis llamados a ser buenos constructores de esta nueva Iglesia. Construid, por tanto, sobre Cristo, el cimiento indestructible. Que cada uno sea un atento constructor y un sabio arquitecto, nos enseña San Pablo. Llevad a la construcción de esta Iglesia la preciosidad de la caridad fraterna, de la comunión y de la unidad; usad como piedras preciosas el perdón, la solidaridad, la verdad y la justicia. No aportéis la discordia, ni el interés personal, ni el pecado de la mentira. Estad, pues, atentos para que Jesús pueda ser acogido y tenga la alegría de encontrar su casa aquí entre vosotros.

En esta obra de construcción de vuestra diócesis, todos vosotros sois colaboradores de Dios. En realidad, es Él, Dios, el verdadero arquitecto de la Iglesia, es Él quien hace crecer la simiente. Por consiguiente, es a Él a quien hay que adorar en el corazón, para estar siempre dispuestos a responder a cualquiera que os pregunte sobre la razón de la fe y de la esperanza cristiana.

La promesa del Seños: “volveré a vosotros”, nos asegura que no debemos tener miedo, porque el Señor Jesús mismos mantendrá su promesa de estar con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo (cfr. Mt. 28m, 20).

“Si me amáis, guardaréis mis mandamientos”, nos ha dicho hoy el Evangelio de San Juan. Estas palabras de Jesús nos hacen entender que el secreto de todo es el amor por Cristo. Nuestra misión cristiana y eclesial brota e un profundo acto de amor, si no, se reduce a una simple actividad social. Todo compromiso apostólico, toda actividad misionera, todo servicio en la Iglesia tiene su origen en el amor por Cristo, al que no se debe anteponer nada. Recordemos la triple pregunta de Jesús a Pedro: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?”; “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?”; “Simón, hijo de Juan, ¿me amas verdaderamente”. Y la respuesta de Pedro fue generosa: “Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero”. De este amor a Cristo brotó su misión apostólica: “Apacienta mis ovejas” (Jn. 21, 16.17)

Toda obra cristiana y pastoral tiene su origen en el amor por el Señor; la misión en la Iglesia se orienta al amor y a la caridad. Por lo tanto, la misión de la Iglesia se resume, antes que nada, en el testimonio de Cristo, el Maestro y el Señor. Como dice el Papa Francisco: “El testimonio de Cristo es la vía maestra de la evangelización”. Sobre el modelo del amor de Dios, que “se ha manifestado a nosotros en su Hijo unigénito” (1 Jn. 4, 9), también el amor del cristiano por su Señor debe ser generoso y total.

Queridos hermanos y hermanas, estas palabras de Jesús que he comentado son una invitación a vivir cada vez más coherentemente nuestra vocación de Iglesia-familia. Por lo tanto, os ruego que deis testimonio del Evangelio con valentía, llevando la esperanza a los pobres, a los que sufren, a los abandonados, a los desesperados, a aquellos que tienen sed de amor, de libertad, de verdad y de paz.

Que María Santísima, nuestra Madre, os ayude siempre en este propósito de hacer el bien y os acompañe en la construcción de vuestra diócesis como verdadera familia de Dios.

¡Mucho ánimo! Y, ahora, ¡caminad con Cristo!


Publicado por verdenaranja @ 12:21  | Hablan los obispos
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Domingo, 21 de mayo de 2017

Palabras del Papa antes del Regina Coeli (ZENIT- Ciudad del Vaticano, 21 de mayo de 2017)

Queridos hermanos y hermanas, buenos días!

El evangelio de hoy (cf. Jn 14,15-21), continuación de la del domingo pasado nos lleva a ese momento emocionante y dramático que es la Última Cena de Jesús con sus discípulos. El evangelista Juan, recoge de la boca y del corazón del Señor, sus últimas enseñanzas antes de su pasión y de su muerte. Jesús promete a sus amigos en ese momento triste, sombrío, que después de Él recibirían “otro Paráclito” (v.16) es decir otro “Abogado”, otro defensor, otro consolador, “el Espíritu de verdad” (v.17); y añade: “No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros” (v.18). Estas palabras transmiten la alegría de una nueva venida de Cristo: resucitado y glorificado, él permanece en el Padre y al mismo tiempo, viene a nosotros en el Espíritu Santo. Y en esta nueva venida se revela nuestra unión con Él y con el Padre: “Reconoceréis que estoy en mi Padre, y que vosotros estáis en mí, y yo en vosotros” (v.20).

Mediante estas palabras de Jesús, hoy percibimos con el sentido de la fe, que somos el pueblo de Dios en comunión con el Padre y con Jesús por el Espíritu Santo. En este misterio de comunión, la Iglesia encuentra la fuente inagotable de su misión, que se realiza por el amor. Jesús dice en el Evangelio de hoy: El que recibe mis mandamientos y los guarda, ese es el que me ama; y el que me ame será amado de mi Padre; yo también le amaré y me manifestaré a él” (v.21).

Es el amor el que nos introduce en el conocimiento de Jesús, gracias a la acción de este “abogado” que Jesús ha enviado, el Espíritu Santo. El amor hacia Dios y hacia el prójimo es el mayor mandamiento del Evangelio. El Señor hoy nos llama a corresponder generosamente a la llamada evangélica del amor, poniendo a Dios en el centro de nuestra vida y dedicándonos al servicio de los hermanos, y especialmente a aquellos que más necesidad tienen de apoyo y consuelo.

Si hay una actitud que nunca es fácil, que nunca se da por seguro, incluso para una comunidad cristiana, es la de saberse amar, de amarse al ejemplo del Señor y por su gracia. A veces, los conflictos, el orgullo, la envidia, divisiones, dejan una marca en el bello rostro de la Iglesia. Una comunidad de cristianos debería vivir en la caridad de Cristo, y por el contrario, es precisamente aquí donde el mal “se involucra” y, a veces nos dejamos engañar.

Son las personas espiritualmente débiles quienes están pagando el precio. Cuantas de entre ellas, – y vosotros conocéis a algunas – cuantas de entre ellas se han alejado porque no se han sentido acogidas, no se han sentido comprendidas, no se han sentido amadas. Cuantas personas se han alejado, por ejemplo de una parroquia o de una comunidad, a causa del ambiente de críticas, de celos y de envidias, que han encontrado.

Para un cristiano también, saber amar no se adquiere de una vez por todas; hay que recomenzar cada día, es necesario ejercitarse para que nuestro amor hacía los hermanos y hermanas que encontramos sea maduro y purificado de estas limitaciones o pecados que le hacen parcial, egoísta, estéril e infiel.

Escuchad bien esto, cada día hay que aprender el arte de amar, cada día hay que seguir con paciencia la escuela de Cristo, cada día hay que perdonar y mirar a Jesús, y esto con la ayuda de este “Abogado”, de este Consolador que Jesús nos ha enviado, que es el Espíritu Santo.

Que la Virgen María, perfecta discípula de su Hijo y señor, nos ayude a ser siempre más dóciles al Paráclito, el Espíritu de verdad, para aprender cada día a amarnos como Jesús nos ha amado.

Traducción de ZENIT, Raquel Anillo

 


Publicado por verdenaranja @ 21:07  | Habla el Papa
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Su Presencia, nuestra fuerza – VI Domingo de Pascua. 20 mayo 2017. Por Sergio Mora Sergio Mora

 

Pentecostés - (Autor: Jean II Restout, 1732 - Wiki commons)

Hechos de los Apóstoles 8, 5-8. 14-17: “Les impusieron las manos y recibieron al Espíritu Santo”
Salmo 65: “Las obras del Señor son admirables. Aleluya”
I San Pedro 3, 15-18: “Murió en su cuerpo y resucitó glorificado”
San Juan 14, 15-21: “Yo le rogaré al Padre y Él les dará otro Paráclito”

Él ya no es un jovencito pero lo lleva prendido en su mente y en su corazón. Y aunque ya hace muchos años que falleció su padre, platica sus últimos momentos como si fuera ayer. “Es que sus últimas palabras las llevo grabadas en mi corazón y no las puedo olvidar. Para mí fueron como la gran herencia que me dejó para toda la vida. Más que las riquezas sus consejos últimos me han sostenido en todas las dificultades”. Y me detalla sus conceptos sobre los valores, sobre la verdad, sobre el trabajo, sobre Dios. “Ahora ya no hay valores que sostengan la vida. Hay palabras que valen más que un tesoro”.

Jesús no quiere dejar en la orfandad a sus discípulos, ni los quiere desprotegidos, ni que vivan como abandonados. En la intimidad de la Última Cena, abre su corazón y les confía sus tesoros más preciados: “Si me aman, cumplirán mis mandamientos”. Coloca Jesús el amor como el más valioso de sus tesoros, como el imprescindible para ser su discípulo, como la señal distintiva. No les dice, si ustedes son muy valientes, si me obedecen o si no quieren ir al infierno. La razón fundamental del cristiano, lo que lo mueve, el estilo propio de su conducta es el amor. Podríamos aducir muchas otras motivaciones, muchas implicaciones, pero si en la base no está el amor, es mentira que seamos cristianos. Quizás hemos perdido mucho tiempo en busca de disciplina, doctrina u organización y hemos descuidado lo fundamental: el amor a Cristo y a los hermanos. Es su mandamiento fundamental. Jesús no espera soldados que lo defiendan, Jesús no busca científicos que demuestren su verdad, Jesús no llama legisladores que sostengan su ley, Jesús busca enamorados que vivan a plenitud su misma vida. Entonces sí, bienvenidos los evangelizadores, bienvenidos los soldados, bienvenidos los legisladores, porque si tienen en su corazón el amor sabrán proclamar su Evangelio.

El hombre sufre de angustia y de inseguridad. Le teme al silencio, al fracaso y a la soledad. Porque es cierto que “la soledad purifica pero la ausencia mata”. El evangelio de este domingo está envuelto en la atmósfera de despedida. Jesús está dando las últimas instrucciones a sus discípulos porque ya se va. Los discípulos empiezan a entrever el dolor de la ausencia, pero Jesús anuncia, promete y revela una nueva presencia. Una presencia que cambia el concepto antiguo de Dios y la relación del hombre con Él. En el Antiguo Testamento, y quizás en la mente y vivencia de muchos de nosotros, se tenía el concepto de un Dios como una realidad exterior al hombre y como distante de él. Se necesitan mediaciones para llegar a Él. Así se ponen una serie de elementos que nos llevan a Dios: el templo, la observancia de las leyes, los sacrificios, el sacerdote, los santos. Dios quedaba fuera del mundo y nosotros a veces nos quedábamos anclados en los signos y no llegábamos a Dios, y no es raro que terminábamos dando más importancia al rito, a la ley, al signo que al mismo Dios.

Y Cristo hoy nos descubre una relación dinámica, interior, vivificante. Cristo anuncia esa nueva presencia divina en nosotros, muy dentro en nuestro corazón, en nuestra vida diaria. Y nos asegura tres diferentes modos de presencia que sostendrán la comunidad: su permanencia viva en medio de nosotros, la donación del Espíritu Santo y la presencia íntima de la Trinidad en el corazón de los creyentes al darnos a conocer “Yo estoy en mi Padre, ustedes en mí y yo en ustedes”. No estamos solos, Cristo nos asegura: “No los dejaré desamparados”. Y nos descubre este profundo cambio de relación entre Dios y nosotros. La comunidad y cada miembro se convierten en morada de la divinidad. Nos hacemos templo y santuario de Dios. Dios ya no está fuera de nosotros, sino en nosotros mismos y de ahí brotan infinidad de consecuencias: la dignidad del hombre y de la naturaleza, la exigencia del respeto al otro que también es santuario de Dios, la primacía del amor sobre los ritos y de la vida sobre la doctrina. Dios está vivo en medio de nosotros, no es doctrina, ni ley, sino vida.

Jesús se va y se queda. Al marcharse el que es el Guía, cuando parece que se agrieta y se desmorona el grupo ante la ausencia del Maestro, recibe la promesa de esta nueva presencia que se hará realidad en la vida de la primera Iglesia, al recibir el Espíritu Santo y descubrir la realidad de la presencia y asistencia de Jesús en medio de todas las vicisitudes de una Iglesia que recién empieza. A pesar de los riesgos que los apóstoles corrían cuando Jesús los dejó “solos”, siguieron conservando su identidad y su tarea porque contaban con el dinamismo del Espíritu Santo. Cada paso, cada nueva crisis, siempre es resuelta con la presencia de Jesús y con la asistencia del Espíritu Santo. Pero es también todo un reto, porque están más propensos a construir su propia iglesia, su propio grupo y olvidarse de la Iglesia de Jesús. Todo esto tiene una condición: “si me aman…” Si no, todo está perdido.

Hoy debemos preguntarnos seriamente: ¿Qué importancia le damos nosotros a este amor que nos propone Jesús? ¿No hemos perdido demasiado el tiempo en cosas secundarias y nos hemos olvidado de amar al estilo de nuestro Maestro y Pastor? ¿Cuál sería la señal distintiva de nosotros cristianos, de nuestras familias y de nuestras comunidades? ¿Es el amor?

Gracias, Padre Bueno, por el regalo que nos has hecho de la presencia de Jesús. Él es nuestro pastor, nuestro camino y nuestro guía. Concédenos vivir plenamente su mandamiento de amarte y amarnos unos a otros para ser sus dignos discípulos. Amén.

 

 


Publicado por verdenaranja @ 20:59  | Espiritualidad
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