S?bado, 09 de noviembre de 2019

Reflexión a las lecturas del domingo treintidos del Tiempo Ordinario C ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 32º del T. Ordinario C

 

        Ya sabemos que el Evangelio de San Lucas se estructura como un camino hacia Jerusalén. El domingo 13º, con el comienzo de la segunda parte de este Evangelio, comenzábamos ese ca-  mino. Hoy llega a su término. El texto de este día nos lo presenta ya en Jerusalén, donde “enseñaba a diario en el templo” (Lc 19, 47).

                     Uno de aquellos días, unos saduceos, que se distinguían de los fariseos, en que negaban la resurrección de los muertos y la existencia de ángeles y espíritus, se acercan a Jesús para presentarle una objeción contra de la resurrección.

         Se trata de una mujer que, de acuerdo con la Ley de Moisés, estuvo casada con siete hermanos, y había muerto. Y le preguntan: “Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer, porque los siete han estado casados con ella?”

                     Seguro que irían por el camino frotándose las manos y diciéndose unos a otros: “A este Maestro de Nazaret, lo vamos a dejar en ridículo, se va a quedar sin palabras, cuando le presentemos nuestro caso. ¡Verá qué absurda es esa doctrina que enseña acerca de la resurrección de los muertos. Le quedará totalmente demostrado que si eso fuera verdad, ¡qué líos se iban a formar después de la muerte!

   Pero yo estoy pensando, mientras escribo, que si estos días nos hicieran a nosotros, los cristianos de hoy, esa pregunta, qué responderíamos?

   Jesús lo resuelve muy fácilmente: ¡Después de la resurrección no habrá matrimonios!   ¡Serán todos libres como los ángeles! Por tanto, ¡ninguno de los siete hermanos se peleará por la mujer que tuvieron todos en la tierra!   

   Recuerdo que en una Jornada Mundial de la Juventud, San Juan Pablo II decía a los cientos de miles de  jóvenes reunidos, que hay cuestiones en las que Jesucristo es “el único interlocutor competente”, porque Él es el único que conoce y entiende de esos temas.

   Nosotros los conocemos sólo porque Él nos lo ha enseñado. En efecto, ¿por qué conocemos, con toda seguridad, la existencia del Cielo, del Purgatorio y del Infierno, sino porque Él nos lo ha manifestado? Y así podríamos continuar…

   En la conversación con Nicodemo, Jesús le dice: “Te lo aseguro, de lo que sabemos hablamos; de lo que hemos visto damos testimonio, y no aceptáis nuestro testimonio. Si no creéis cuando os hablo de la tierra, ¿cómo creeréis cuando os hable del cielo?” (Jn 3, 11-13).

   ¡Está claro, la resurrección de los muertos es una de aquellas cuestiones de las que hablaba el Papa en la Jornada Mundial de la Juventud!

   Pero hay más. Sigue diciendo el Señor: “Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor: Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob. No es Dios de muertos, sino de vivos, porque para Él todos están vivos”.

   ¡Qué importante y decisivo es tener una fe cierta, convencida, en la resurrección de los muertos y en la vida del mundo futuro! Esa fe es la que sostuvo en el martirio a aquellos muchachos, los macabeos, que  nos presenta la primera lectura de este domingo. Y esa fe es la que ha sostenido, a lo largo de los siglos, a muchos hombres y mujeres en medio de las mayores dificultades, sin excluir la misma muerte, como es el caso de los mártires.

   Y al terminar el Año Litúrgico, hoy es ya el domingo 32º, se nos presentan estos temas, porque cada año, por estas fechas, recordamos y celebramos el término de la Historia humana, con la Segunda Venida del Señor, que dará paso a la resurrección de los muertos y a la vida del mundo futuro.

   Y todas estas cosas las celebramos, las vivimos y las anunciamos como miembros de una misma Iglesia, que es, al mismo tiempo, Diocesana y Universal.

                                                                                                               ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


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DOMINGO 32º DEL TIEMPO ORDINARIO C             

MONICIONES

 

 PRIMERA LECTURA

            Escuchamos en la primera lectura una historia impresionante. Siete hermanos judíos y su madre, son detenidos y forzados a quebrantar la Ley de Dios; pero ellos prefieren afrontar los tormentos y la muerte, seguros de que el Señor del Universo les resucitará.

 SALMO

            También nosotros esperamos alcanzar la vida eterna, siguiendo el camino del Señor. Por eso proclamamos en el salmo: “Al despertar (es decir, al resucitar) me saciaré de tu semblante, Señor”. 

SEGUNDA LECTURA

            El apóstol San Pablo exhorta a los fieles a mantenerse firmes en la fe, practicando toda clase de obras buenas y orando para que la Palabra de Dios se siga extendiendo. 

TERCERA LECTURA

Frente a la grave dificultad, que le presentan los saduceos, Jesús reafirma  la realidad de la resurrección y la vida después de la muerte.

Aclamémosle ahora con el canto del aleluya. 

COMUNIÓN

          Al acercarnos hoy a comulgar, recordemos las palabras del Señor: "El que come y carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día".

            Pidámosle al Señor que acreciente en nosotros la certeza de nuestra victoria definitiva sobre la muerte y  que seamos en todas partes testigos y mensajeros de esta esperanza.


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Mi?rcoles, 06 de noviembre de 2019

Comentario litúrgico al XXXII Domingo Ordinario por el P.    Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor en el Noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey (México) y asistente del Centro Sacerdotal Logos en México y Centroamérica, para la formación de sacerdotes diocesanos. NOVIEMBRE 05, 2019 0(zenit)

TRIGÉSIMO SEGUNDO DOMINGO DEL TIEMPO COMÚN

Ciclo C

Textos: 2 Mac 7, 1-2. 9-14; 2 Tes 2, 15- 3, 5; Lc 20, 27-38

Idea principal: Creo con fe firme en el dogma de la resurrección de la carne.

Síntesis del mensaje: En este domingo el Señor nos invita a meditar con fe y serenidad en las verdades eternas que viviremos después de nuestra muerte. ¿Qué habrá después de esta vida? La muerte, el juicio, el veredicto de Dios: o el premio –después de una purificación en el purgatorio– o el castigo, que Dios nunca quiso, pero que nosotros nos ganamos con nuestra rebeldía y desamor, y finalmente la resurrección de nuestro cuerpo en la vida eterna. Todo el mes de noviembre está impregnado por estas verdades, sobre todo con la celebración de la fiesta de todos los Santos y la de los fieles Difuntos. El Catecismo de la Iglesia católica en el número 988 dice así: “el Credo cristiano —profesión de nuestra fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, y en su acción creadora, salvadora y santificadora— culmina en la proclamación de la resurrección de los muertos al fin de los tiempos, y en la vida eterna”. Y en el número 990 declara: La “resurrección de la carne” significa que, después de la muerte, no habrá solamente vida del alma inmortal, sino que también nuestros “cuerpos mortales” (Rm 8, 11) volverán a tener vida”.

Puntos de la idea principal:

En primer lugarla primera lectura nos muestra que algunos mártires, en medio de una persecución contra los judíos, tuvieron una gran fe en la resurrección. Los judíos de los siglos precedentes no habían descubierto todavía la fe en la resurrección. Su creencia era similar a la de muchos pueblos –los griegos, por ejemplo- que pensaban que los hombres, tras la muerte, continuaban teniendo una existencia en los infiernos (que los judíos llamaban sheol), pero una existencia miserable, una existencia espectral, indigna de la naturaleza humana, y todavía menos de Dios. La muerte se les presentaba como una ruptura irreparable. Pero algunos recibieron la inspiración de Dios de una esperanza más allá de la muerte: “No me entregarás a la muerte, ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción” (Salmo 15, 10). Esperanza de que Dios les llevará consigo. Estos judíos estaban convencidos de que, para tener una vida plena junto a Dios, también debía resucitar su cuerpo. Preguntemos, si no, a la madre de los siete hijos (1ª lectura), a quien el rey Antíoco exigía –para que abandonaran su religión- comer carne de cerdo, prohibida por la ley de Moisés, por ser animal impuro. Para conservar la pureza ritual había que abstenerse absolutamente de comer de cerdo. Estos jóvenes resistieron y fueron fieles a la ley. Lo que les mantenía en su lucha contra el perseguidor era la fe en la resurrección. Tenían confianza de que Dios les recompensaría con una resurrección gloriosa. Dios no puede abandonar a sus fieles.

En segundo lugar, ahora es Jesús en el evangelio de hoy quien profesó esta certeza de la resurrección; más aún, anunció su propia resurrección. Ante la pregunta ridícula de los saduceos sobre la mujer que se casó siete veces – ¿de quién será mujer, de los siete esposos que tuvo? -, da una respuesta luminosa y decisiva al misterio de la resurrección. Les hace ver que tienen una idea equivocada de la resurrección. No es el retorno a la vida terrena, sino una resurrección que inaugura una vida completamente nueva de relación con Dios, llena de alegría y gozo, sin mezcla de tristeza ni fatiga, que sólo se dan aquí en la tierra. En esta nueva vida con Dios ya no hay necesidad de casarse ni de relaciones íntimas. Hay amor, pero no vida sexual, que en la tierra era consuelo, placer y bendición entre esposo y esposa para reforzar el amor entre los esposos y procrear. La vida allá no es continuación de la de aquí, llena de placeres sensibles y carnales, aunque legítimos y buenos, dentro de un matrimonio santo. No se necesita procrear, porque allá habrá sólo vida, no muerte. Allá seremos como ángeles, dice Jesús, con existencia espiritual, aunque con su cuerpo resucitado. Lo que esperamos no es una vida terrena, aunque mejorada, sino una vida celestial en plenitud, al lado de Dios y sus santos.

Finalmente, creer en la resurrección de los muertos ha sido desde sus comienzos un elemento esencial de la fe cristiana. “La resurrección de los muertos es esperanza de los cristianos; somos cristianos por creer en ella” (Tertuliano, De resurrectione mortuorum 1, 1). Busquemos ya aquí en la tierra los valores celestiales: amor, alegría, paz y unión con Dios y con todos los hermanos, sin odios ni egoísmos. Es una felicidad más profunda y completa, que aquí en la tierra era un sorbo, un aperitivo, mezclado a veces con la hiel y el vinagre. La 2ª lectura nos ayuda a prepararnos para esa resurrección: con confianza en Dios y esperanza inquebrantable, aún en medio de luchas y tribulaciones, pues el amor de Dios prevalecerá al final. Cristo nos ha prometido esta resurrección.

Para reflexionar: Cuando la Iglesia dice por última vez las palabras de perdón de la absolución de Cristo sobre el cristiano moribundo, lo sella por última vez con una unción fortificante y le da a Cristo en el viático como alimento para el viaje. Le habla entonces con una dulce seguridad: «Alma cristiana, al salir de este mundo, marcha en el nombre de Dios Padre Todopoderoso, que te creó, en el nombre de Jesucristo, Hijo de Dios vivo, que murió por ti, en el nombre del Espíritu Santo, que sobre ti descendió. Entra en el lugar de la paz y que tu morada esté junto a Dios en Sión, la ciudad santa, con Santa María Virgen, Madre de Dios, con san José y todos los ángeles y santos […] Te entrego a Dios, y, como criatura suya, te pongo en sus manos, pues es tu Hacedor, que te formó del polvo de la tierra. Y al dejar esta vida, salgan a tu encuentro la Virgen María y todos los ángeles y santos […] Que puedas contemplar cara a cara a tu Redentor» (Rito de la Unción de Enfermos y de su cuidado pastoral, Orden de recomendación de moribundos, 146-147).

Para rezar: agradezcamos la gracia de la vida eterna con las palabras de uno de los grandes doctores de la Iglesia, San Agustín:

“Entonces seremos libres y veremos,
veremos y amaremos,
amaremos y alabaremos.
He aquí lo que sucederá al fin sin fin”.

Para cualquier duda, pregunta o sugerencia, aquí tienen el email del padre Antonio, [email protected]


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S?bado, 02 de noviembre de 2019

Reflexión a las lecturas del domingo treintiuno de Tiempo Ordinario C ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el apígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"                      

Domingo 31º del T. Ordinario C

 

         Zaqueo era una persona destacada en aquella sociedad en que vivía. San Lucas nos lo presenta como “jefe de publicanos y rico”. 

          Y este hombre tiene interés, no sabemos por qué, de ver a Jesús. Y, distinguido como era, se sube a una higuera y se contenta con verlo pasar de cerca.

          Pero en realidad, Zaqueo buscaba a Jesús, porque antes Jesús lo buscaba a él. ¡Es el misterio de la gracia divina, que precede y acompaña la acción humana!

          ¡Quién vería la cara de aquel hombre, cuando Jesús se para, le mira y le dice: “Zaqueo, baja enseguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa!”. ¡Qué conmoción tuvo que producirse en su interior!  Lucas lo resume todo, diciendo sencillamente: “Él bajó enseguida y lo recibió muy contento”.

          De esta forma, este hombre se siente, quizá por primera vez, amado y distinguido por un judío. Quizá, por primera vez, se siente mirado por un judío, sin ser despreciado.

          Después Lucas nos presenta una doble escena: La primera, fuera de la casa: “Al ver esto, todos murmuraban diciendo: Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador”. La segunda, dentro de la casa. El Evangelio nos la presenta de forma adversativa: “Pero Zaqueo se puso en pie, y dijo al Señor: Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres;  y, si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más. Jesús le contestó: Hoy ha sido la salvación de esta casa; también éste es hijo de Abrahán. ¡Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido!”.

          ¡Impresionante! ¡Asombroso!

          Todos nos preguntamos enseguida: ¿Qué le ha sucedido a Zaqueo para que actúe así? ¿Cómo ha sido capaz de convertirse hasta ese extremo?

          Está claro: ¡Jesucristo que le buscaba, como decíamos antes, le concedió el don de la conversión!

           ¡La conversión, el cambio de vida, no es fruto exclusivo del hombre, de su voluntad, de su fuerza interior! ¡Es, ante todo, y, sobre todo, don, gracia que el Señor no niega a nadie que quiera cambiar! ¡Sin ese don, la conversión es imposible o es cosa de un momento!  Por eso, en la S. Escritura leemos: “Conviértenos, Señor. Y nos convertiremos a ti” (Lam. 5, 7).

          Zaqueo es, pues, imagen de todo el que busca un cambio radical en su vida: comenzar de nuevo, partir de cero otra vez.

          Los cristianos no tenemos que envidiarle porque Jesucristo, vivo y resucitado, está presente en medio de nosotros, y nos busca para reproducir en nosotros lo de Zaqueo. ¡Él ha instituido los sacramentos, como signos y lugares de su presencia y de su eficacia salvadora!

          ¡En el sacramento de la Penitencia, o mejor, en el de la Reconciliación, el Señor acoge nuestra conversión y dice también de cada uno de nosotros: “Hoy ha sido la salvación de esta casa!”.

          ¡De este modo, se vale el Señor de la fragilidad de lo humano, del ministerio ordenado, para seguir realizando hoy sus maravillas en nosotros, como entonces, en casa de Zaqueo!

                                                                                ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!           


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DOMINGO 31º DEL TIEMPO ORDINARIO C 

MONICIONES 

 

 

PRIMERA LECTURA

      Hoy, en el Evangelio, contemplaremos una escena especialmente entrañable: El encuentro de Jesús con Zaqueo.

      En la primera lectura, un sabio del Antiguo Testamento, nos explica cómo Dios se acerca a los pecadores con amor y  misericordia.

 SALMO

      Cantemos en el salmo al Dios clemente y misericordioso, que es bueno y cariñoso con todas sus criaturas.

 SEGUNDA LECTURA

      En la segunda lectura S. Pablo nos habla hoy de un tema que preocupaba mucho a los cristianos de su tiempo y que también se plantea actualmente en alguna ocasión: Se trata de saber si el fin del mundo, o mejor, la Segunda Venida del Señor, está cerca. El apóstol les llama a la tranquilidad y a la paz  de acuerdo con lo que les ha enseñado.

 TERCERA LECTURA  

      Aclamemos ahora, con el canto del aleluya, a Jesucristo nuestro Salvador, que, en su encuentro con Zaqueo nos revela el rostro misericordioso de Dios Padre.

      ¡Qué dicha la nuestra que tenemos un Padre así!

 COMUNIÓN

      En la Comunión Jesucristo, el Señor, quiere hospedarse en nuestra casa, en nuestro corazón, como un día en casa de Zaqueo. Que su ejemplo  nos estimule a recibirle muy contentos, a convertirnos más y más, y a unirnos más a Él. 


Publicado por verdenaranja @ 16:07  | Liturgia
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Martes, 29 de octubre de 2019

Camentario Litúrgico - XXXI Domingo Ordinario - por el P. Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor en el Noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey (México) y asistente del Centro Sacerdotal Logos en México y Centroamérica, para la formación de sacerdotes diocesanos. octubre 29, 2019 (zenit)

TRIGÉSIMO PRIMER DOMINGO DEL TIEMPO COMÚN

Ciclo C

Textos: Sabiduría 11, 23-12, 2 Tes 1, 11-2, 2; Lc 19, 1-10

Idea principal: Dios nos toma la delantera siempre porque es misericordioso.

 

Síntesis del mensaje: Estamos acercándonos al final del año litúrgico y también terminando el año de la misericordia. Nunca más oportuno el mensaje consolador de este domingo: el perdón de Dios que nos toma la delantera, o, como dice el Papa Francisco, “nos primerea”. Ambas lecturas (1ª lectura y evangelio) nos animan a todos, que somos pecadores y que tanto necesitamos de la misericordia de Dios, a confiar en Él. “A todos perdonas, porque son tuyos, Señor, amigo de la vida” (1ª lectura), “porque el Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad” (Salmo). Dios, no sólo nos perdona, sino que quiere entrar y comer en nuestra casa, -que es nuestra alma- como hizo con Zaqueo (evangelio).

 

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, ¿quién era Zaqueo? ¿Por qué quería ver a Jesús? ¿Pura curiosidad? Zaqueo es una persona rica y poderosa. Jefe de publicanos. Los publicanos eran considerados pecadores por dos motivos. El primero era su falta de honradez: obligaban a la gente a pagar más de lo debido en el cobro de las tasas, a fin de obtener un beneficio. El segundo tenía su origen en que estaban al servicio de una potencia pagana: cobraban las tasas por cuenta del Imperio romano. Por eso la gente de bien nos les hablaba, no comía en las casas de esos corruptos, ni los invitaba. Ese era Zaqueo, el aduanero pagano, rico por cuenta ajena y, por definición, publicano, hombre sin ley, sin entrañas y sin Dios. Impuro legal y contagioso. Pero ¿qué pasó? Jesús le tomó la delantera.

En segundo lugar, ¿cómo le trató Jesús? Jesús toma la delantera y se autoinvita a la casa de Zaqueo porque sabía que ese hombre era pecador, pues ha venido al mundo para eso, para salvar al perdido. Atravesaba Jericó en olor de multitudes cuando, al pasar bajo una higuera, levantó los ojos adonde la gente apuntaba con los suyos y escuchó las risas, vio a un hombre encajado de bruces en la horquilla de las ramas. Jesús miró para arriba, su mirada sacudió la encina o la higuera y, con algunas hojas del caso, Zaqueo se cayó de maduro. Porque si hay miradas divinas que fulminan al hombre, esta vez le tocó a Zaqueo una de esas miradas. Y durante la comida, Jesús tocó definitivamente el corazón de Zaqueo y se convierte, sacando unas conclusiones muy concretas para reparar las injusticias que había cometido. Sí, Zaqueo era digno de la misericordia y del perdón de Dios. No es nuestra contrición lo que desencadena la misericordia de Dios sino, al revés, la misericordia de Dios es lo que desencadena la contrición del hombre. Luego viene la Iglesia que, con la absolución sacramental, atestigua la verdad del perdón.

Finalmente, ¿cómo terminó Zaqueo? Cristo le tomó la delantera. Y ahora es la hora de Zaqueo que también le tomó la delantera a Dios. En el momento del brindis, Zaqueo dijo: la mitad de lo que tengo será para los pobres. ¿De qué le habrá hablado Jesús para que salga con esas salidas? Apuesto que le habló del evangelio, que es cosa de pobres y de las bienaventuranzas. Y Zaqueo terminó con el fraude, la estafa y el robo. Y además, restituirá lo robado cuatro veces más. Qué habrán pensado los rabinos que “beatificaban” cuando alguien restituía el 1/5. El derecho romano mandaba devolver cuatro veces lo robado, pero sólo tras sentencia judicial. El derecho judío mandaba devolver el doble de lo robado (cf. Ex 22, 4.7) con a la excepción de la famosa oveja robada y, si sacrificaba, había que pagarle cuatro veces más (cf. Ex 21, 37 con 20, 1). Sólo así Jesús “se hospedó” en su “casa”, es decir, entró la gracia de Cristo en el alma de Zaqueo. Pero primero hubo contrición de corazón, propósito de enmienda, confesión de boca y satisfacción de obra. Adiós, Zaqueo, te seguimos en la leyenda, que nos informa que fuiste discípulo de san Pedro, que san Pedro te consagró obispo para Cesarea, luego…Luego te perdimos de vista para siempre. Quizás descansas debajo de la higuera.

Para reflexionar: ¿pongo límites a la misericordia de Dios? Cuando he sido injusto con alguien, ¿tomo después medidas prácticas para recompensarlo? ¿Soy crítico superficial de gente de Iglesia que trata con ricos y poderosos? ¿Nos alegramos de la vuelta de los alejados y hacemos fiesta sin poner mala cara, como el hijo mayor de la parábola del hijo pródigo? ¿Soy misericordioso o intolerante fiscal y juez de los demás?

Para rezar: Jesús, piedad y misericordia. Gracias por tu perdón. Gracias por invitarme a tu mesa eucarística y permitirme entrar en comunión contigo, pues te has hecho alimento de mi vida. Que de tu Eucaristía aprenda a ser abierto de corazón y misericordioso para con los demás, a ejemplo tuyo. Que me alegre del cambio de vida de tantos Zaqueos, y que participe con ellos del Cuerpo y Sangre de Cristo, sea cual sea la raza, formación, edad y condición social.

Para cualquier duda, pregunta o sugerencia, aquí tienen el email del padre Antonio, [email protected]


Publicado por verdenaranja @ 22:23  | Espiritualidad
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Viernes, 25 de octubre de 2019

Comentario litúrgico al - TRIGÉSIMO DOMINGO DEL TIEMPO COMÚN - por el P.  Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor en el Noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey (México) y asistente del Centro Sacerdotal Logos en México y Centroamérica, para la formación de sacerdotes diocesanos. (Zenit)

Ciclo C

Textos: Eclesiástico 35, 15b-17.20-22a; 2 Tm 4, 6-8. 16-18; Lc 18, 9-14

Idea principal: Cristo nos saca una foto hoy: una de frente y otra de espaldas. ¿Dónde estamos retratados cuando oramos a Dios: en el fariseo orgulloso -foto de frente- o en el humilde publicano, -foto de espaldas?

Síntesis del mensaje: Si Dios tiene una debilidad es ésta: ante el humilde se conmueve, lo bendice, lo llena de bienes, lo escucha (salmo y evangelio). Sí, los gritos del humilde y pobre atraviesan las nubes (1ª lectura). Hace dos domingos, Dios nos invitaba a ser agradecidos, reconociendo lo que Él hace por nosotros. Hoy nos disuade de adoptar una actitud de soberbia y engreimiento, en nuestra oración y en nuestra vida. San Pablo al decir que ha combatido bien el combate de la fe no lo hace para presumir como el fariseo del evangelio, sino para reconocer la obra de Dios en él y en las comunidades cristianas por él fundadas (2ª lectura).

Puntos de la idea principal:

En primer lugarobservemos al fariseo. Primera foto, de frente. Es la personificación de la soberbia encarnada. Tomemos nota de sus actitudes. Está de pie, en vez de rodillas. Se auto alaba y abanica, en vez de adorar y alabar a Dios. Tapa la boca a Dios, y sólo habla de sí mismo, en vez de escuchar a Dios. Juzga al pobre publicano, en vez de mirar su mezquino y podrido corazón. Orgulloso, autosuficiente, vanidoso, justo satisfecho de sí mismo y que mira por encima del hombro a los otros. Se cree buena persona porque cumple como el primero, no roba ni mata, ayuda cuando toca y paga lo que hay que pagar. Pero no ama. Está lleno de su propia santidad, y no hay lugar para la gracia de Dios. Es justo, pero con poca fe, humildad y sinceridad dentro. Orgulloso de sus virtudes, y da gracias a Dios por lo bueno que es, y no porque Dios le da gracias para ser bueno y honesto. Enumera con gusto la lista de virtudes y sus méritos. Su oración fue un estallido de soberbia. ¿Resultado? Sale del templo peor que entró, pues la oración del soberbio no llega a Dios (1ª lectura). Este tipo de personas repugna a Dios. ¡Qué foto tan horrible!

En segundo lugarobservemos al publicano. Segunda foto, de espaldas. El publicano era un sinvergüenza integral. Era el recaudador de la Hacienda del fisco y de los impuestos. Tenía las aduanas ganadas a subasta o a contrata o a soborno. Y recaudaba para los arcones de Roma, para las arcas del templo y, de paso, para su bolsillo. Sí, había tarifas, pero ¿qué le importaba? Los griegos tenían un refrán ‘los recaudadores, todos pecadores’. El publicano no tenía ni derechos civiles. Pero, este publicano de hoy fue tocado por el dedo de Dios y vino a pedir perdón al Señor. Ejemplo de humildad. Tomemos nota de sus actitudes para la toma de la foto. Se mantiene a distancia, porque no se cree digno de acercarse al Dios tres veces santo. Se reconoce pecador delante de Dios, y no justo y santo. Tal vez no era muy dado a rezar, pero el día que se decidió a ir al templo, oró con toda su alma, golpeándose el pecho. Subió al templo a orar y se echó a llorar. Su oración fue un estallido de desconsuelo. Y Cristo lo alabó, pues vino al mundo como abogado de causas perdidas. ¿Resultado? Sale del templo justificado, es decir, perdonado, reconciliado por Dios y con Dios. Si hay una debilidad en Dios es ésta: bendice al humilde pecador que pide perdón. ¡Qué linda foto!

Finalmenteobservémonos a nosotros mismos. ¿Cómo saldrá nuestra foto hoy? Para los oyentes de Jesús, esta parábola del fariseo y del publicano, tuvo que ser una sorpresa, un escándalo y un rechazo. Porque, ¿qué ha hecho de malo el fariseo? ¿Qué ha hecho de bueno el publicano? ¿De manera que Dios le hace ascos al fariseo, cumplidor fiel de la ley, y prefiere al que de la ley ha hecho mangas y capirotes? Pues entonces, ancha es Castilla y, ¡a vivir, que son cuatro días! ¡Cuidado! Jesús no condenó al fariseo religioso y cumplidor, ni canonizó al publicano, sino que mejoró a los dos. ¿Qué somos: fariseos o publicanos? Seremos fariseos orgullosos, si no nos reconocemos pecadores y necesitados de misericordia divina; si vamos pregonando nuestras virtudes y buenas obras como si fueran conquistas de nuestros músculos y no gracias de Dios correspondidas y secundadas; si juzgamos a los demás y nos consideramos mejores que ellos, cuando sólo Dios conoce el corazón de cada uno; cuando cumplimos por cumplir y ganarnos la salvación, y no para contentar a Dios y ayudar al prójimo. Seremos publicanos mirados y bendecidos por Dios, cuando acudimos a orar a Dios para alabarle, adorarle, bendecirle, pedirle perdón por nuestros pecados; cuando consideramos a los demás mejores que nosotros, e incluso los perdonamos sin rencor cuando no nos asisten o nos abandonan, como le pasó a san Pablo (2ª lectura); cuando cumplimos por amor a Dios. Yo saco esta moraleja: aquí todos o fariseos o publicanos. ¿Que uno cumple como un robot? Conviértase a la cordialidad con Dios como el publicano. ¿Que uno vive como un publicano? Recuerde que, además, tiene que cumplir como un fariseo de los buenos. Dios mejorará a los dos. Es lo que me sugiere esta parábola. ¡Foto clara, no movida!

Para reflexionar: ¿En cuál de los dos personajes nos sentimos reflejados: en el que está contento y seguro de sí mismo y desprecia a los demás, o en el pecador que invoca el perdón de Dios? ¿Cuánto tengo de fariseo y cuánto de publicano? ¿Voy a la oración con humildad, confianza y anhelo de ser perdonados y perdonar?

Para rezar: recemos con santa Teresita de Lisieux esta oración para pedir la gracia de la humildad: “Te ruego, divino Jesús, que me envíes una humillación cada vez que yo intente colocarme por encima de las demás. Yo sé bien Dios mío, que al alma orgullosa tú la humillas y que a la que se humilla le concedes una eternidad gloriosa; por eso, quiero ponerme en el último lugar y compartir tus humillaciones, para tener parte contigo en el Reino de los cielos. Pero Tú, Señor, conoces mi debilidad. Cada mañana hago el propósito de practicar la humildad, y por la noche reconozco que he vuelto a cometer muchas faltas de orgullo. Al ver esto, me tienta el desaliento, pero sé que el desaliento es también una forma de orgullo. Por eso, quiero, Dios mío, fundar mi esperanza sólo en Ti. Para alcanzar esta gracia de tu infinita misericordia, te repetiré muchas veces: ¡Jesús, manso y humilde de corazón, haz mi corazón semejante al tuyo!”.

Para cualquier duda, pregunta o sugerencia, aquí tienen el email del padre Antonio, [email protected]


Publicado por verdenaranja @ 12:48  | Espiritualidad
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Reflexión a las lecturas del domingo treinta del Tiempo Ordinario C ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR".                        

Domingo 30º del T. Ordinario C

 

Hace ya algunos domingos que reflexionábamos sobre la virtud de la humildad.

Decíamos que hablar de la humildad puede parecernos una cosa pasada, propia de otros tiempos, de un sentido distinto de la vida y de las realidades humanas. Sin embargo, enseguida nos dábamos cuenta de que una verdadera humildad es imprescindible a la hora de dar un paso adelante en la vida cristiana.

Hoy lo comprobamos de nuevo, en el Evangelio de este domingo, que nos enseña la necesidad de orar con humildad.

Jesús lo ilustra con una parábola: La del fariseo y el publicano.

El texto nos indica el objetivo de la parábola: “Por algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos, y despreciaban a los demás”.

¡Es una definición perfecta del orgullo de los fariseos!

Ojalá tuviéramos tiempo para detenernos aquí, e ir analizando, poco a poco, esta descripción impresionante.

Comienza la parábola diciendo: “Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era un fariseo; el otro era un publicano”.

Y termina la parábola diciendo que el publicano bajó a su casa justificado, santificado, y el fariseo, no.

De este modo, un publicano se convierte, una vez más, en el ejemplo, a seguir.

¿Por qué? ¿Qué ha pasado? Veamos:

El fariseo, en realidad, no ora; no alaba al Señor por sus maravillas, ni se acoge a su misericordia, ni solicita su ayuda. No ora, se exhibe delante de Dios, como un hombre que estuviera “justificado por sus obras”. Se presenta como un buen cumplidor de la Ley de Moisés; y es posible que lo fuera; pero su orgullo es como una polilla, que lo carcome todo, desde dentro, y lo inutiliza delante de Dios.

Constatamos aquí cómo ese orgullo le lleva a “sentirse seguro de sí mismo”, y luego, “a despreciar a los demás”; en este caso, al publicano: “Y tampoco soy como ese publicano…”.

Éste, en cambio, ora desde lo profundo de su corazón, porque se siente pecador, necesitado de la misericordia y del auxilio de Dios. De este modo, obtiene el perdón del Señor, que es rico en misericordia, y que no ha enviado a su Hijo para los justos, sino para los pecadores (Mt 9, 13).

Y se repite la misma sentencia del evangelio del otro día: “¡Porque todo el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido!”.

De este modo se realiza lo que escuchamos en la primera lectura de hoy: “Los gritos del pobre atraviesan las nubes y, hasta alcanzar a Dios, no descansan”.

Vislumbramos también aquí el tema de “la justificación por la fe”, que surgirá con mucha fuerza en la Iglesia primera (Hch 15, 1-30) e irá reapareciendo, de tiempo a tiempo, a lo largo de la historia.

La  virtud de la  humildad, por lo tanto, es fundamental en la oración y en todo.

Y, conscientes de nuestra fragilidad a la hora de practicarla, nos dirigimos al Señor este domingo, diciéndole: “Oh Jesús, manso y humilde de corazón, danos un corazón semejante al tuyo”.

                                                                      ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


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DOMINGO 30º DEL T. ORDINARIO  C           

MONICIONES

  

 

PRIMERA LECTURA

            La primera lectura es un canto a la eficacia de la oración. Cuando asciende al Cielo desde los labios de los pobres y humildes, siempre llega a su destino: El corazón misericordioso del Señor. 

 

SEGUNDA LECTURA

            La lectura de las cartas de San Pablo a su discípulo Timoteo, que hemos venido escuchando los últimos domingos, termina hoy.

            Ante la proximidad de su muerte, el apóstol hace una preciosa síntesis de su vida, y nos transmite un mensaje de fortaleza y de firme esperanza en el Señor.           

 

TERCERA LECTURA        

            En el Evangelio escuchamos la parábola del fariseo y el publicano.

            Aclamemos ahora a Jesucristo, manso y humilde de corazón, con el canto del aleluya. 

 

COMUNIÓN

            Hemos de acercarnos a recibir al Señor con espíritu pobre y humilde, sintiéndonos verdaderamente necesitados de la ayuda de Dios. De este modo Él podrá llenarnos de su luz y de su fortaleza. 


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Viernes, 18 de octubre de 2019

Comentario litúrgico al XXIX Domingo Ordinario por el P.  Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor en el Noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey (México) y asistente del Centro Sacerdotal Logos en México y Centroamérica, para la formación de sacerdotes diocesanos. octubre 15, 2019 

VIGÉSIMO NOVENO DOMINGO DEL TIEMPO COMÚN

Ciclo C

Textos: Ex 17, 8-13; 2 Tim 3, 14; 4, 2; Lc 18, 1-8

Idea principal: La oración de súplica.

Síntesis del mensaje: Lucas es también el evangelista de la oración. Es el que más veces nos presenta a Jesús orando y enseñando cómo debemos orar. El domingo pasado nos invitaba a dar gracias. Hoy, a la oración de súplica, como esa viuda a quien habían hecho una injusticia (evangelio). También Moisés en la primera lectura es modelo de oración de súplica por su pueblo, acosado por los amalecitas. El salmo refuerza este mensaje, pues toda ayuda nos vendrá del Señor, que nos guarda de todo mal. Toda oración debe partir de la Palabra de Dios, que orienta y purifica nuestra oración de súplica (2ª lectura).

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, ¿cómo debe ser nuestra oración de súplica para que Dios nos escuche? Nos responde santo Tomás en el proemio a la Oración dominical: “confiada, recta, ordenada, devota y humilde”. ¿Cómo debe ser, pues, nuestra oración? Primero, oración confiada. Para que la súplica obtenga mayor resultado, en ella debe trasparecer una confianza toda amorosa y humilde para provocar la misericordia de Dios: “me invocará y lo escucharé” (Sal 90, 15). Dirá san Claudio de la Colombière: “los que se cansan después de haber rogado durante un tiempo, carecen de humildad o de confianza; y de este modo no merecen ser escuchados. Parece como si pretendierais que se os obedezca al momento vuestra oración como si fuera un mandato; ¿no sabéis que Dios resiste a los soberbios y que se complace en los humildes? ¿Qué? ¿Acaso vuestro orgullo no os permite sufrir que os hagan volver más de una vez para la misma cosa? Es tener muy poca confianza en la bondad de Dios el desesperar tan pronto, el tomar las menores dilaciones por rechazos absolutos” (El abandono confiado a la Divina Providencia). Segundo, oración ordenada. Es decir, debemos pedir las cosas en orden a la salvación eterna, y por lo mismo, el vernos libres de caer en las tentaciones. Tercero, oración perseverante, machacona, como la de la viuda del evangelio. La perseverancia es el hábito que vigoriza la voluntad para que no abandone el camino del bien. Y cuarto, oración devota. La devoción no es otra cosa que una voluntad pronta de entregarse a todo lo que pertenece al servicio de Dios.

En segundo lugar, ¿por qué nuestra oración no llega a Dios? Aquí están algunas de las causas.

Primera, el hombre le dice a Dios: “Dame la tierra y quédate con el cielo”. Materialismo se llama esto. Nada, que pedimos a Dios cosas terrenas, de la tierra, tierra: salud y dinero, trabajo y suerte, aprobados y ascensos. ¿Y de las cosas espirituales: la gracia y la fe, fidelidad a Dios y honradez de conciencia, sentido de la justicia y de la Iglesia, vivencias de Dios e ilusión por los destinos eternos…?

Segunda causa, el hombre le dice a Dios: “O me das la tierra o te quedas con el cielo”.Empecinamiento. Para algunos cristianos, la oración es una partida de “parcheese”.  Entran en el templo, tiran los dados de su oración a rodar por el tablero mágico del altar y…Y una de dos: o les toca, y entonces malo, o no les toca, y entonces peor. Este no es el Dios auténtico, sino pagano. Oración comercial.

Y tercera causa, el hombre le dice a Dios: “Dame el cielo y de la tierra ya hablaremos”. Esta oración sí llega al trono de Dios. Este hombre o mujer que así oran serán escuchados por Dios, y sabrán sobreponerse a esta sociedad materialista, hedonista, sexista, laicista, neopagana, decadente…y serán hijos de Dios, cuando la mayor parte de los hombres se quedan en hijos de hombres, del tiempo y del ocaso.

Finalmente, orar pidiendo algo a Dios no significa dejarlo todo en sus manos y nosotros sentarnos en el sillón de la pereza. Moisés, aunque hoy aparezca orando con los brazos elevados, no es ciertamente una persona sospechosa de pereza e inhibición. Fue el gran servidor y conductor activo del pueblo; pero daba a la oración una importancia decisiva. Tampoco Jesús nos invita a la pereza: en la parábola de los talentos queda claro que debemos hacer rendir los talentos de Dios para bien de todos. También hoy queda claro que Dios no está obligado a darnos lo que pedimos. Él sabe lo que necesitamos. Será san Agustín quien nos dirá por qué Dios no nos escucha, o nos escucha con el silencio. Y lo dice de forma lapidaria en latín, su lengua, jugando con las palabras: “Cuando nuestra oración no es escuchada es porque: aut mali, aut male, aut mala. Mali, porque somos malos y no estamos bien dispuestos para la petición. Male, porque pedimos mal, con poca fe o sin perseverancia, o con poca humildad. Mala, porque pedimos cosas malas, o van a resultar, por alguna razón, no convenientes para nosotros” (La ciudad de Dios, 20, 22). Jesús acaba su parábola con una pregunta desconcertante: “cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?”. Sin la oración llena de fe, no moveremos las montañas de nuestros problemas y los de la humanidad y de la Iglesia.

Para reflexionar: ¿Qué significa orar en el nombre de Jesús? ¿Qué significa orar sin cesar? ¿Qué es el poder de la oración? ¿Cómo es la oración una comunicación con Dios? ¿Cuál es la manera correcta de orar? ¿Cuáles son algunos obstáculos para la oración afectiva y efectiva? ¿La oración en silencio es bíblica? ¿Qué es la oración intercesora y de súplica?

Para rezar: Ejemplo de oración de intercesión: “Se acercó Abraham y le dijo: —¿Destruirás también al justo con el impío? Quizá haya cincuenta justos dentro de la ciudad: ¿destruirás y no perdonarás a aquel lugar por amor a los cincuenta justos que estén dentro de él?  Lejos de ti el hacerlo así, que hagas morir al justo con el impío y que el justo sea tratado como el impío. ¡Nunca tal hagas! El Juez de toda la tierra, ¿no ha de hacer lo que es justo?” (Gn 18- 23-25).

Para cualquier duda, pregunta o sugerencia, aquí tienen el email del padre Antonio, [email protected]

octubre 15, 2019 09:01Espiritualidad y oración


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