Viernes, 10 de julio de 2020

Reflexión a las lecturas del domingo quince del Tiempo Ordinario A ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel  Pérez Piñero vajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 15º del T. Ordinario A

 

    La escena que nos presenta el Evangelio de este domingo no puede ser más hermosa: ¡Jesús sale de casa a enseñar! Y se reúne tanta gente, que tiene que subirse a una barca y, ¡desde la barca, sentado, les habla! El texto evangélico dice que “les habló mucho rato en parábolas”, es decir, en comparaciones sencillas, que todo el mundo entiende y, al mismo tiempo, ¡qué misterio!, en las que “los sabios y entendidos” tropiezan porque “miran sin ver y escuchan sin oír ni entender”; el Señor, interpretando al profeta Isaías, les explica el por qué, y es terrible: “porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure. Pero bienaventurados vuestros ojos porque ven y vuestros oídos por que oyen. En verdad os digo que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron”

     Estos domingos el Evangelio de Mateo nos va presentando las “parábolas del Reino”, que suelen comenzar diciendo: “El Reino de los cielos se parece a…” La parábola de este domingo es la de El Sembrador. ¡Un texto verdaderamente hermoso!: ¡Un agricultor sale a sembrar…! y, al echar  la semilla,  cae en diversos tipos de terreno: al borde del camino, en terreno pedregoso, entre zarzas y en tierra buena. Y, como diversa es la tierra, diverso es también el resultado de la siembra, la cosecha. La parábola va dirigida a los que escuchan la Palabra; de los que no escuchan, de los alejados, que diríamos hoy, no dice nada Jesucristo en esta ocasión. La parábola va para nosotros, para los cristianos más o menos practicantes, los que oyen y leen  su Palabra,  para “los que vamos a Misa”.

     A la luz de esta parábola  hay que reflexionar seria y detenidamente sobre esta cuestión fundamental: ¿Qué clase de tierra soy yo? Tendríamos que preguntarnos, en concreto: “¿En qué clase de terreno está cayendo la Palabra de Dios en mi vida?, porque noto que estoy siempre igual, que mi vida espiritual no da un paso adelante, o que no avanza todo lo que debe…” “¿Será que yo soy “borde del camino?” No se entiende la Palabra y el Maligno roba lo sembrado en el corazón. ¿Será que yo soy “terreno pedregoso”? La Palabra se escucha y se acepta con alegría, pero no queda bien “enraizada”, no hay constancia, y, en cuanto llega una dificultad o “persecución por la Palabra”,  sucumbe. ¿Será que yo soy “tierra de zarzas”? La Palabra de Dios se escucha, pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas, la ahogan y se queda estéril. ¿O seré, por ventura, tierra buena, donde la Palabra se entiende y da fruto? ¿Tendré esa dicha, aunque, tal vez no me doy cuenta? ¿Y cuánto fruto doy yo? ¿Será el ciento por uno? ¿O será, más bien, el sesenta o el treinta?

     Estudiar este asunto es algo importantísimo. De aquí depende todo lo demás. ¡Esto es como la función del estómago en el cuerpo humano! Si yo me alimento bien, ¿por qué tengo anemia? ¿Qué le pasará a mi estómago para que mi organismo dé ese resultado? Y empiezan a investigar los médicos hasta que dan con el resultado y vuelve la salud, porque la alimentación es recibida por un estómago sano.

     Y no olvidemos que el agricultor es paciente, pero también muy exigente. Tiene que garantizar los recursos que necesita para él y para su familia. Y, cuando no lo consigue, deja la agricultura  y se dedica a  otro trabajo más rentable y más seguro. Ya nos advierte el Señor: “Yo soy la vid y mi Padre es el viñador; a todo sarmiento mío que no da fruto, lo arranca y a todo el que da fruto, lo poda para que dé más fruto”. (Jn 15, 1-2). ¡Que dé más fruto! ¡Ese es el anhelo de todo agricultor! Y, en este caso, el agricultor, el sembrador, es Cristo.

     ¿Y si veo que soy tierra muy mala, en la que  la simiente no produce ni siquiera el treinta por uno,  qué tengo que hacer? Muy sencillo: ¡Cambiar la tierra!, ¡renovar la tierra! Los agricultores lo saben hacer muy bien: van enriqueciendo la tierra, van echando un poco de tierra nueva y abono, y va cambiando el terreno… ¡Y comienza a dar fruto la simiente! ¡Algo así habría que hacer en nuestra vida espiritual! No olvidemos que la semilla, la Palabra de Dios, tiene una energía y una capacidad enorme, como nos recuerda la primera lectura. Lo demás es cosa de la tierra. Es lo que dice el canto: “No es culpa del sembrador, ni es culpa de la semilla, la culpa estaba en el hombre, y en como la recibía”. Por eso, siempre es posible que se realice en nosotros lo que proclamamos hoy en el salmo responsorial: “La semilla cayó en tierra buena y dio fruto”.

                                                                                                       ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!            


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DOMINGO 15º DEL T. ORDINARIO A

MONICIONES

 

 

 PRIMERA LECTURA

                La Palabra de Dios es fuerte y poderosa; es viva y eficaz, como la lluvia y la nieve que caen del cielo para que la tierra dé fruto abundante. Escuchemos. 

 

SALMO RESPONSORIAL

                Compuesto para ser cantado en una fiesta de acción de gracias por la cosecha, este salmo nos invita a pensar en otra cosecha: La que produce la Palabra de Dios, que se siembra en nuestros corazones, y es capaz de realizar maravillas de santidad, vida y salvación. 

 

SEGUNDA LECTURA

                S. Pablo nos habla ahora de la participación de toda la Creación en la gloria de los hijos de Dios, cuando el Señor vuelva. Es el día glorioso de nuestra victoria definitiva sobre el sufrimiento y la muerte. 

 

TERCERA LECTURA

                Comenzamos a escuchar hoy algunas parábolas del Reino, que nos refiere San Mateo. Hoy escucharemos una de las más hermosas e importantes: La parábola del Sembrador.

                Pero antes del Evangelio, cantemos el aleluya. 

 

COMUNIÓN

                En la Comunión nos acercamos a Jesucristo, el Señor; Él es el sembrador de la Palabra de Dios en el mundo, y en cada uno de nosotros.  Pidámosle que seamos tierra buena donde su Palabra dé fruto abundante.


Publicado por verdenaranja @ 14:35  | Liturgia
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Viernes, 03 de julio de 2020

Relfexión a las lecturas del domingo catorce del Tiempo Ordinario A ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel pérez Piñero bajl el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR".

 Domingo 14º del T. Ordinario A

 

Siempre nos resulta  agradable una persona humilde, sencilla y acogedora.  A lo mejor es una persona importante por su formación o por su posición social, y, sin embargo, es asequible y cordial con todos, incluso con la gente más sencilla. Leemos en el Libro del Eclesiástico: “Hijo mío, en tus asuntos procede con humildad y te querrán más que al hombre generoso”. (Eclo 3, 17).

¡Por eso nos resulta  siempre tan atrayente la figura de Jesucristo, que este domingo, se nos presenta “manso y humilde de corazón!”.

Las lecturas de la Palabra de Dios de este domingo, subrayan este aspecto de la vida del Señor. El profeta Zacarías, en la primera lectura, invita al pueblo de Dios a la alegría, porque viene el Mesías-Rey, “justo y victorioso, modesto y cabalgando en un asno”, en lugar de un caballo, que es signo de poder, de vigor y de fuerza. En el Evangelio se destaca que  Jesús es “manso y humilde de corazón”. En la segunda lectura, S. Pablo nos habla de las obras de la carne y del Espíritu; Constatamos aquí que la mansedumbre y la verdadera humildad son obras del Espíritu.

Y, de este modo, dice el Señor que encontraremos “nuestro descanso”. Si hay algo propio del mundo moderno es, precisamente, el cansancio psicológico y espiritual. Cuánto se habla hoy de stress, de agobio, de fatiga… Sin embargo, cuando seguimos a Jesucristo y tratamos de imitarle, alcanzamos con más facilidad, el sosiego y  la paz,  y renace la alegría y la ilusión. Y añade: “Mi yugo es llevadero y mi carga, ligera”. Y a este tipo de personas –a los mansos y humildes- revela el Padre del Cielo “los secretos del Reino”. En el Evangelio de hoy dice el Señor: “Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor”.  Y no se trata sólo del pobre material o sociológico; decíamos al principio, que hay personas, de cierto relieve social, que son así.  

Esta realidad  podremos constatarla ahora,  en los próximos domingos, en que se nos presentan las llamadas “parábolas del Reino” de S. Mateo. Las parábolas son enseñanzas sencillas y asequibles, pero que unos entienden y otros no, según sea la condición espiritual de sus ojos, de sus oídos y de su corazón.

Y más adelante, el Señor añade unas palabras sorprendentes: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré”.

Esto hoy no lo dice nadie. “No queremos problemas; ya tenemos con los nuestros”, se dice tantas veces. En nuestra vida solemos constatar que, cuando estamos más necesitados de ayuda, muchos amigos huyen, se escabullen y desaparecen; sin embargo, el amigo verdadero comparte la situación y busca prestar toda la ayuda que puede. ¡Cuántos testimonios podríamos encontrar ahora, con los problemas, tantas graves, que origina la terrible pandemia que sufrimos, con su crisis social y económica y espiritual añadida! Hay un póster del Sagrado Corazón, que se ha hecho muy popular, donde se lee: “Amigo que nunca falla”. ¡Y es verdad,  es así! ¡Él es el amigo verdadero! ¡El mejor de los amigos!  ¡Ojalá que, en medio de nuestros problemas, a veces muy graves, como los presentes, en nuestros agobios y cansancios, que nunca faltan, lo recordemos y vivamos siempre!

Ahora, en este tiempo de verano tan especial, al que llegamos con tanta tensión, tanto sufrimiento y tanto cansancio, deberíamos recordar estas palabras del Señor: “Venid a mí los que estáis cansados y agobiados, que yo os aliviaré”. Yo la llamo “la oración del cansado”.  Y nosotros hemos de tener su mismo talante con los hermanos, especialmente los pobres y necesitados de todo tipo, si queremos ser reconocidos como verdaderos discípulos suyos.

Termino recordando una breve oración, una jaculatoria, que dice: “Oh Señor, manso y humilde de corazón, dame, danos un corazón semejante al tuyo”.

 

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


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DOMINGO 14º DEL T. ORDINARIO A   

MONICIONES  

 

PRIMERA LECTURA

                Escuchamos, en la primera lectura, una invitación a la alegría, porque la salvación nos viene de un Rey, que es manso y humilde de corazón.

  

SALMO

                Con el salmista cantemos a nuestro Dios, que es Rey clemente y misericor-dioso. 

 

SEGUNDA LECTURA

                San Pablo nos exhorta a vivir movidos por el Espíritu, ya que por el Bautismo fuimos llamados a participar de la vida nueva de Cristo. 

 

TERCERA LECTURA  

                Jesús se nos muestra en el Evangelio como el Mesías-Rey, que es manso y humilde de corazón; y nos invita a acercarnos a Él para que encontremos alivio, descanso y fortaleza, en medio de tantos sufrimientos y dificultades.

                Aclamémosle ahora con el canto del aleluya. 

 

COMUNIÓN

                                Al acercarnos hoy a comulgar debemos recordar las palabras del Señor: "Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré". Vayamos, pues, a Cristo, nuestro Salvador, para acogerle en nuestro corazón y para sentirnos acogidos por Él, y pidámosle un corazón semejante al suyo. 


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Jueves, 02 de julio de 2020

Comentario del Evangelio del domingo, 5 julio de 2020, Domingo XIV del Tiempo Ordinario A, escrito por el padre  Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor en el Noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey (México) y asistente del Centro Sacerdotal Logos en México y Centroamérica, para la formación de sacerdotes diocesanos. JUNIO 30, 2020 (zenot)

“¿Qué hacer con nuestros cansancios?”

Ciclo A

Textos: Zac 9, 9-10; Rom 8, 9.11-13; Mt 11, 25-30

Idea principal: Todos, quien más quien menos, experimentamos el cansancio en nuestra vida, en sus diversas formas.

Resumen del mensaje: ¿Dónde está la fuente de nuestro descanso y paz? Dios nos responde hoy en las lecturas. Camino para el descanso interior del alma es acudir a Cristo con humildad (primera lectura y evangelio). Camino que nos destruye la paz es el desorden egoísta (segunda lectura).

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, veamos los distintos cansancios que sufrimos todos. Está el cansancio físico, propio de nuestro desgaste por el trabajo manual, profesional y ministerial: se cansa el obrero y el barrendero, la madre de familia haciendo las faenas de casa, el profesor dando sus clases, el médico y el enfermero en el hospital, el empresario y el sacerdote, el comunicador y el deportista. Está el cansancio psicológico y afectivo, provocado por personas que nos rodean, tal vez en nuestra propia casa, y que no están de acuerdo con nosotros, que no comparten la misma fe y amor, que nos son hostiles o indiferentes, que nos han arrinconado; este cansancio nos agobia y gasta nuestras energías. Está el cansancio espiritual, permitido por Dios para probar nuestra fe, esperanza y caridad; cuántas veces sentimos cansancio en la fe y en la esperanza; parece que Dios nos ha abandonado y no nos escucha. Está el cansancio moral de quien lleva a cuestas su conciencia pesada y no logra deshacerse de sus culpas y pecados. Y hoy que vivimos la pandemia, estamos llevando a cuestas todos los tipos de cansancios. ¿Hasta cuándo, Señor?

En segundo lugar, ¿qué hacer con nuestros cansancios? Dios te diría que acudas a su Hijo Jesús que hoy te ha dicho: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados por la carga, y yo os daré descanso”. Te espera en la Eucaristía para fortalecer tus fuerzas espirituales. Te espera en la confesión para reponer tus fuerzas rotas. Te espera en la lectura de los santos evangelios para animarte y consolarte. San Pablo te diría hoy en la segunda lectura: “No viváis conforme al desorden egoísta, sino conforme al Espíritu”, es decir, vive una vida honesta y honrada siguiendo los diez mandamientos. El pecado es una carga pesada. El profeta Zacarías también tiene un consejo para tu paz y descanso interior: “Vive en la humildad”, pues no hay vicio que más destruya la paz que la soberbia. Si fuéramos un poco más sencillos, no amantes de grandezas, si tuviéramos “ojos de niño” y un corazón más humilde, tendríamos mayor armonía interior, una paz más serena en nuestras relaciones con los demás, una sabiduría más profunda y una fe más estimulante y activa. Seríamos más felices y encontraríamos paz y descanso en Cristo Jesús.

Finalmente, Dios hoy también nos compromete a ayudar a nuestros hermanos, a ser cireneos, pues muchos de ellos sufren cansancios más duros que los nuestros. Date tiempo y diálogo con esos que están en la cuneta con cansancio de alma y corazón. Acércate a ellos para ayudarles a llevar ese fardo pesado, como hace Cristo con nosotros. Y, sobre todo, no eches en las espaldas de los otros tus sacos de disgustos y reclamos, tus rebeldías y enojos. Al contrario, pon tu espalda para que otros te carguen sus penas y dolores.

Para reflexionar: ¿Cuáles son mis cansancios? ¿Qué hago ante mis cansancios? ¿Ayudo a mis hermanos para aliviar sus cansancios o les hundo más en ellos? Medita en esta frase de san Gregorio Magno sobre el evangelio de hoy: “Es un yugo áspero y una dura esclavitud el estar sometido a las cosas temporales, el ambicionar las terrenales, el retener las que mueren, el querer estar siempre en lo que es inestable, el apetecer lo que es pasajero, y el no querer pasar con lo que pasa. Porque mientras desaparecen a pesar de nuestros deseos todas estas cosas que por la ansiedad de poseerlas afligían nuestra alma, nos atormentan después por miedo de perderlas”.

Para rezar: Medita en la oración del hombre cansado, no sea que te veas reflejada en ella: “Estoy cansado, Señor, estoy harto de la vida. La gente dice que la vida es corta; a mí ahora me parece larga, eternamente larga. No sé qué hacer con la vida. Podría vivir aún el doble de lo que he vivido, quizá el triple, y me estremezco de sólo pensarlo. La carga, la rutina, el puro aburrimiento de vivir. No me quejo ahora del sufrimiento, sino del abrumador cansancio de la existencia. Recorrer las mismas calles, hacer los mismos quehaceres, encontrarse con la misma gente, decir las mismas vaciedades. ¿Es eso vivir? Y si eso es vivir, ¿merece la pena?”. Mejor reza ésta del Salmo 39, 12:

«Escucha, Señor, mi oración,
haz caso de mis gritos,
no seas sordo a mi llanto:
porque yo soy huésped tuyo,
forastero como todos mis padres.
Aplácate, dame respiro
Antes de que pase y no exista».

Para cualquier duda, pregunta o sugerencia, aquí tienen el email del padre Antonio, [email protected]


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 Reflexión de monseñor Felipe Arizmendi Esquivel Obispo emérito de San Cristóbal de las Casas. JULIO 01, 2020 (zenit)

 Ante la enfermedad y la muerte

VER

A nadie nos gusta enfermarnos y siempre nos preocupan los parientes, amigos o conocidos que se enferman. Menos nos gusta la muerte. Siempre la tememos y hacemos hasta lo imposible para que no nos llegue. Sin embargo, la enfermedad y la muerte son realidades que, tarde o temprano, de una forma u otra, son parte de nuestra historia.

Por la pandemia de la COVID-19, siguen aumentando los enfermos y las defunciones, pues muchos no toman en serio el peligro y no atienden las normas que las autoridades sanitarias nos indican. ¡Hay tantos imprudentes e irresponsables! Además, los grupos de delincuentes no descansan en su ambición de dinero y de poder, y causan destrucción y muerte por todas partes. Han crecido sin familia y sin Dios, o perdieron ya sus raíces religiosas.

¿Cuál es la actitud cristiana ante la enfermedad y la muerte?

PENSAR

El Concilio Vaticano II, realizado de 1962 a 1965, en su Constitución sobre la Iglesia en el mundo actual, Gaudium et Spesdice: “El máximo enigma de la vida humana es la muerte. El hombre sufre con el dolor y con la disolución progresiva del cuerpo. Pero su máximo tormento es el temor por la desaparición perpetua. Juzga con instinto certero cuando se resiste a aceptar la perspectiva de la ruina total y del adiós definitivo. La semilla de eternidad que en sí lleva, por ser irreductible a la sola materia, se levanta contra la muerte. Todos los esfuerzos de la técnica moderna, por muy útiles que sean, no pueden calmar esta ansiedad del hombre: la prórroga de la longevidad que hoy proporciona la biología no puede satisfacer ese deseo del más allá que surge ineluctablemente del corazón humano.

Mientras toda imaginación fracasa ante la muerte, la Iglesia, aleccionada por la Revelación divina, afirma que el hombre ha sido creado por Dios para un destino feliz situado más allá de las fronteras de la miseria terrestre. La fe cristiana enseña que la muerte corporal, que entró en la historia a consecuencia del pecado, será vencida cuando el omnipotente y misericordioso Salvador restituya al hombre en la salvación perdida por el pecado. Dios ha llamado y llama al hombre a adherirse a El con la total plenitud de su ser en la perpetua comunión de la incorruptible vida divina. Ha sido Cristo resucitado el que ha ganado esta victoria para el hombre, liberándolo de la muerte con su propia muerte. Para todo hombre que reflexione, la fe, apoyada en sólidos argumentos, responde satisfactoriamente al interrogante angustioso sobre el destino futuro del hombre y al mismo tiempo ofrece la posibilidad de una comunión con nuestros mismos queridos hermanos arrebatados por la muerte, dándonos la esperanza de que poseen ya en Dios la vida verdadera” (No. 18).

“¡Esta es nuestra fe! ¡Esta es la fe de la Iglesia, que nos gloriamos de profesar, en Jesucristo nuestro Señor!”, como dice una aclamación de la liturgia. En efecto, nuestra fe nos ayuda a enfrentar con mayor madurez la enfermedad y la muerte.

Ante la enfermedad, hay que cuidarnos en la medida de lo posible; acudir al médico y tomar la medicina oportuna, homeópata o alópata. Pero también orar confiada e insistentemente a nuestro Padre Dios, con la mediación de Jesucristo, apoyados por la fuerza del Espíritu Santo y la intercesión de la Virgen María y de los Santos, para que, si es su voluntad, nos conceda la salud. Hay que decirle: “Señor, si quieres, puedes curarme” (Mt 8,2). O también: “Señor, mi servidor está acostado en casa con parálisis y terribles sufrimientos” (Mt 8,6); o con la versión de Juan: “Señor, baja antes de que se muera mi niño” (Jn 4,49). O “Hijo de David, ten piedad de nosotros” (Mt 9,27). Y tantas otras plegarias que salgan de nuestro corazón, con fe y confianza, como hizo aquella mujer enferma que, con sólo tocar el manto de Jesús, quedó curada (cf Lc 8,43-44; Mc 6,56), siempre dispuestos a aceptar la voluntad de Dios, como nos enseñó Jesús: “Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo” (Mt 6,10). Pero también ofrecer nuestros dolores por la salvación de los demás, como dice San Pablo: “Ahora me alegro de mis padecimientos por ustedes, pues así voy completando lo que falta a los sufrimientos de Cristo en mi cuerpo por el bien de su Cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1,24). Así, unidos a Cristo, colaboramos con El en la redención de la humanidad.

Ante el temor y la angustia por la muerte, propia o de nuestros seres queridos, hay que orar como Jesús en el Huerto de los Olivos: “¡Padre, si quieres, aparta de mí esta copa amarga, pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya!” (Lc 22,42). Y ponernos en sus brazos misericordiosos, como decía Jesús al expirar: “¡Padre, en tus manos entrego mi espíritu!” (Lc 23,46). Saber llorar, sin vergüenza, como Jesús ante la muerte de su amigo Lázaro (cf Jn 11,35). Pero siempre fiados en su promesa: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, jamás morirá” (Jn 11,25-26). “Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él” (Jn 6,54-56).

Se necesita mucha madurez, sobre todo cuando se tienen responsabilidades pendientes, para poder decir como Pablo: “Porque Cristo es para mí la razón de vivir, morir es una ganancia. Pero si seguir viviendo en este mundo me significa un trabajo fecundo, entonces no sabría qué elegir. Me siento atraído por ambas cosas: por un lado, deseo partir para estar con Cristo, que sin duda es mucho mejor, y, por otro, quiero quedarme en este mundo, ya que sería más necesario para ustedes” (Filip 1,21-24). Ojalá pudiéramos decir igualmente como el Apóstol: “El momento de mi partida es inminente. He peleado el buen combate, he concluido la carrera, he conservado la fe. Sólo me queda recibir la corona de los justos que el Señor, el justo juez, me concederá en el día final, y no sólo a mí, sino también a todos los que esperan con amor su manifestación” (2 Tim 4,6-8). Esta es una gracia que no merecemos, pero que podemos pedir, cuando prevemos nuestro fin en este mundo.

ACTUAR

Pidamos al Espíritu Santo que nos ayude a enfrentar las enfermedades y la muerte como nos enseña la Palabra de Dios: con fe y confianza en El, pero también con responsabilidad personal y con solidaridad hacia los demás.



Publicado por verdenaranja @ 11:52  | Hablan los obispos
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Viernes, 26 de junio de 2020

Reflexión a las lecturas del domingo trece del Tiempo Ordinario A ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 13º del T. Ordinario A

 

     Terminan hoy las instrucciones de Jesús a sus discípulos de estos últimos domingos, con una llamada radical a su seguimiento y con una identificación con sus enviados.

     Aprendemos aquí, en primer lugar, que hemos recibido nuestra vida para darla, no para quemarla en la hoguera  de nuestro egoísmo. Ya el Vaticano II nos enseña que el hombre no logrará jamás su plenitud si no entrega su vida al servicio de los demás. (G. et Sp, 24).

     El Evangelio de hoy nos enseña que la vida hay que entregarla en primer lugar, a Jesucristo, y por Él, a los hermanos. En caso contrario, “se pierde”: No agradamos al Señor ni somos dignos de Él y nuestra existencia es estéril. Es como el primer mandamiento aplicado a Jesucristo. Amarle más que a todas las personas y las cosas, estar dispuesto a dejarlo todo por Él; o, como decía San Benito, “no anteponer nada a Cristo”.

     El Señor no quiere organizar un conflicto en nuestra vida, sino establecer una jerarquía salvadora. Por este camino, se consigue cien veces más en esta vida, y la vida eterna. Ni un vaso de agua quedará sin recompensa. ¡No hay nadie en el mundo que “pague así”!

     Por eso, cuando, verano tras verano, contemplamos una respuesta muy pobre a las llamadas de Señor, al plan de Dios sobre nosotros, quiere decir que algo está marchando mal entre nosotros. Me refiero, entre otras cosas, al Cursillo de Selección del Seminario, que este año se suspende por razón de la epidemia.

     Hay que decirlo de una vez, con toda claridad y firmeza: cuando el Señor llama a un/a chico/a para una especial consagración al servicio de la Iglesia, le garantiza la felicidad del corazón, siempre que se entregue con generosidad a Él y a los hermanos, especialmente, a los más pobres y necesitados. Dicha y felicidad que, como nos enseñaban en el Seminario, es imperfecta en la tierra y perfecta en el Cielo. Por tanto,  no se puede presentar la vocación a la vida sacerdotal o consagrada como un camino de renuncias, porque no lo es; sencillamente, es lógico que si se si se quiere seguir un camino,  haya  que dejar otros. ¡Eso es evidente para cualquier caminante! ¡Y si no, preguntemos a los que viven así! Por eso, cuando un sacerdote o un consagrado o un cristiano normal no siente nada de paz y de alegría en su corazón, algo grave puede estar sucediendo ahí, porque ¡la Palabra del Señor no puede fallar nunca!  Recordemos la afirmación frecuente en San Pablo: “Sobreabundo de gozo en medio de mis tribulaciones” (2 Co 7, 4).

     Y el Señor se identifica con sus enviados. Por eso nos dice: “El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado”. Más, en concreto: “El que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá recompensa de justo. El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos  pequeños, sólo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su  recompensa”. ¡Y ya sabemos que  Jesucristo tiene palabras muy duras para aquellos pueblos o personas que no acojan a sus enviados! ¡Y esto se ha cuidado siempre en la Iglesia, desde el principio! (1 Tes 5, 12-14). Por eso, resultan preocupantes ciertas “hierbas amargas”, que brotan con frecuencia en sentido contrario,  en muchos lugares. A veces son terribles persecuciones las que  sufren los enviados, con el uso, incluso, de los modernos medios de comunicación, y que pueden suponer una auténtica destrucción de la persona para siempre. ¡Hay parroquias, por ejemplo, donde todos los sacerdotes, que han pasado por allí, han tenido problemas con los mismos! Y no siempre los responsables diocesanos lo tienen en cuenta.    

     En la primera lectura constatamos cómo ya en el Antiguo Testamento, era este el proceder de Dios con los que acogían a sus enviados. Por eso premia a aquellos esposos, que acogen al profeta Eliseo en su casa, con el nacimiento de un niño.

     Nuestra reflexión de hoy nos recuerda, por tanto, cuestiones fundamentales en nuestra vida de cristianos.                                                                                                                                                                                                                                                 ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


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DOMINGO 13º DEL T. ORDINARIO A

MONICIONES 

 

 

PRIMERA LECTURA

                En la primera lectura, se nos narra la acogida que ofrece una familia al profeta Eliseo y la recompensa que recibe de Dios.

  

SEGUNDA LECTURA

                S. Pablo nos recuerda que, por el Bautismo, hemos muerto al pecado para vivir sólo para Dios, sólo para el bien.

 

TERCERA LECTURA

                Concluyen hoy las instrucciones de Jesús a los apóstoles, sobre la Misión que les encomienda, con una llamada radical a su seguimiento y una identificación con sus enviados.

                Acojamos al Señor que nos habla, con el canto del aleluya.

  COMUNIÓN

                En la Comunión recibimos al Señor Jesús, que ha ido por delante de nosotros por el camino del amor y de la entrega al Padre y a los hermanos,  para que sigamos sus pasos. El, que nos invita a seguirle, por encima de todo, nos dará también la fuerza que necesitamos para conseguirlo.


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“La perenne normalidad eucarística” por Monseñor Felipe Arizmendi Esquivel,  Obispo emérito de San Cristóbal de las Casas. JUNIO 24, 2020 (zenit)

“Participa con la comunidad”

En varias partes ya se están dando pasos para lo que llaman “la nueva normalidad”, que es volver, progresivamente, a las actividades familiares, sociales, laborales, económicas, políticas y educativas de antes, sin las restricciones que hemos padecido por la pandemia del SARS-CoV-2. Ya se están previendo también los pasos para abrir los templos y las actividades religiosas con 25%, 50% y 100% de fieles, según permitan las condiciones sanitarias. Mucho me temo que este paso se dé en forma imprudente y tengamos rebrotes que nos dañen más. Hay sacerdotes que no han respetado las normas dadas por sus obispos y han hecho celebraciones con presencia de fieles, no sé si por su gran celo pastoral, por presiones de los mayordomos, o por sus carencias económicas. Es tiempo de mucha prudencia y orden, en bien de la salud comunitaria.

Todos anhelamos volver a la perenne normalidad eucarística, que es la celebración con participación física de fieles. En esta pandemia, me admira la gran cantidad de personas que, desde sus hogares, siguen diariamente la Misa en forma virtual, la mayoría con gran devoción, y sobre todo los domingos. Son cientos y miles los que, por internet, se han alimentado de la Eucaristía.

En mi parroquia nativa, que es pequeña, en domingos sin pandemia se celebraba seis veces la Misa, tres en la cabecera parroquial y tres en comunidades, y participaban en total unas mil personas. Hoy, en la única Misa que celebramos a puertas cerradas, se conectan unas dos mil personas, muchas residentes en los Estados Unidos. Internet ha sido una gran herramienta pastoral. Pero existe el peligro de que muchos se mal acostumbren a seguir la Misa desde la comodidad del hogar, quizá encerrados en su habitación y aislados con su celular, conectándose y desconectándose a su gusto, atendiendo otras cosas al mismo tiempo, y que prefieran esta forma en vez de participar físicamente en la celebración. Eso no es correcto. Lo virtual sirve y ayuda, pero la participación presencial es definitivamente prioritaria. ¡Cuidado con el individualismo egoísta y con una religión light!

PENSAR

Cuando Jesús instituyó la Eucaristía, fue en una cena comunitaria, con presencia física de los comensales y nos ordenó que así lo hiciéramos siempre en memoria suya (cf Lc 22,14-20; Mt 26,26-29; Mc 14,22-25; 1 Cor 11,23-25).

Era lo que hacían los primeros cristianos: “Los discípulos asistían con perseverancia a la enseñanza de los apóstoles, tenían sus bienes en común, participaban en la fracción del pan (es la Misa) y en las oraciones”(Hech 2,42). Que algunas de estas reuniones celebrativas eran ya en domingo, lo dice san Pablo, cuando recomienda a los corintios hacer una colecta en favor de los pobres de Jerusalén precisamente en sus reuniones después de que ya pasó el sábado, es decir, en domingo (cf 1 Cor 16,1-2). Jesús resucitó pasado el sábado, al amanecer del primer día de la semana (cf Mt 28,1; Mc 16,1-6; Lc 24,1-6; Jn 20,1-9.19). Este día, con el tiempo, se llamó domingo, que significa día del Señor (Apoc 1,10).

El Concilio Vaticano II, en su Constitución sobre la Liturgia, Sacrosanctum Conciliumdel 4 de diciembre de 1963, expresa: “Nuestro Salvador, en la última cena, la noche que le traicionaban, instituyó el sacrificio eucarístico de su cuerpo y de su sangre, con el cual iba a perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la cruz y a confiar así a su Esposa, la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección: sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de caridad, banquete en el cual se recibe como alimento a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria venidera” (47). Resalta la importancia del domingo: “La Iglesia, por una tradición apostólica que trae su origen del mismo día de la resurrección de Cristo, celebra el misterio pascual cada ocho días, en el día que es llamado con razón día del Señor o domingo. En este día, los fieles deben reunirse a fin de que, escuchando la palabra de Dios y participando de la Eucaristía, recuerden la pasión, la resurrección y la gloria del Señor Jesús y den gracias a Dios, que los hizo renacer a la viva esperanza por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos (1 Ped 1,3). Por eso, el domingo es la fiesta primordial, que debe presentarse e inculcarse a la piedad de los fieles de modo que sea también día de alegría y de liberación del trabajo” (106).

Y advierte: “Siempre que los ritos, cada cual según su naturaleza propia, admitan una celebración comunitaria, con asistencia y participación activa de los fieles, incúlquese que hay que preferirla, en cuanto sea posible, a una celebración individual y casi privada. Esto vale sobre todo para la celebración de la Misa, quedando siempre a salvo la naturaleza pública y social de toda Misa, y para la administración de los sacramentos” (27).

ACTUAR

Participa en alguna de tantas Misas que se transmiten por todas partes, sobre todo en domingo. Concéntrate en lo que estás, haz a un lado el celular, responde, canta, aclama, asume las posturas correspondientes a cada parte de la Misa y, si es posible, hazlo en familia, no cada quien con su celular. Es un gran servicio pastoral que casi todos los sacerdotes están ofreciendo a su comunidad, y que quizá conviene continuar haciéndolo después, para quienes no puedan desplazarse a un templo. Pero una vez que se pueda ya participar físicamente, no te quedes en la comodidad de tu casa, sino que participa con la comunidad, como lo hemos hecho siempre, para que la participación sea más plena, para recibir la Comunión sacramental y vivir la comunidad eclesial que somos.


Publicado por verdenaranja @ 17:51  | Hablan los obispos
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S?bado, 20 de junio de 2020

Reflexión a las lecturas del domingo trece del tiempo ordinario A ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR".

Domingo 12º del T. Ordinario A

 

En el Evangelio del domingo XI que este año no hemos leído por la Solemnidad del Corpus,  contemplamos cómo Jesucristo se compadecía de la gente, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor; pero no se queda en lamentaciones, sino que pasa a la acción: en primer lugar, manda rogar al Padre que envíe trabajadores a su mies; luego, elige a los doce apóstoles y los envía con poderes sobrenaturales y  con una serie de instrucciones, que ocupan todo el capítulo 10 y que se nos presentan, en parte, en varios domingos.

Ya sabemos que el Evangelio de Mateo se estructura en cinco discursos que recogen sus enseñanzas; nos encontramos en el segundo: el llamado Discurso de la Misión o Discurso Apostólico.

Probablemente los cristianos a los que se dirige San Mateo, están siendo perseguidos y les viene muy bien que el apóstol les recuerde estas enseñanzas del Señor para tiempos de persecución, que, son, casi siempre, los tiempos de la Iglesia peregrina. La Iglesia, en efecto, nos enseña el Vaticano II, “continúa su peregrinación en medio de las persecuciones del mundo y de los consuelos de Dios, anunciando la cruz y la muerte del Señor hasta que vuelva…” (L. G. 8) Y el problema está en que no seamos conscientes de esta situación, incluso que la neguemos;  y entonces nos acomodemos, y adoptemos unas formas de vida alejadas, e incluso, contrarias a las exigencias del Evangelio, para no afrontar la dificultad y el desprecio. Es el vino aguado, es la sal que se hace sosa, es el cristianismo “anestesiado” del que nos habla con frecuencia el Papa Francisco. En un viaje a Inglaterra el Papa Benedicto hablaba de la “persecución del ridículo”. Y qué importante y dañina es ese tipo de persecución. En nuestras parroquias lo hemos experimentado desde siempre, especialmente, en los hombres.

No podemos engañarnos; ya nos advierte Pablo que “todo el que quiera vivir piadosamente en Cristo Jesús, será perseguido”. (2Tim 3, 12); y el Señor nos enseña que los enemigos pueden estar hasta en la propia casa; pensemos, por ejemplo, en las enormes dificultades que encontramos en muchos padres a la hora de afrontar la educación cristiana de sus hijos; pensemos en las dificultades que experimentan los niños y los jóvenes muchas veces, cuando plantean a sus padres su deseo de entregar su vida al servicio de Dios y de la Iglesia. Cuánta oposición, cuánta dificultad surge tantas veces hasta el punto de abortar esa vocación, que es como una vida naciente, y muchas veces, por parte de personas que son practicantes.

Y en medio de la persecución surge siempre el fantasma del miedo; por eso en un texto tan corto como el de hoy, el Señor repite hasta tres veces “no tengáis miedo”.

Recuerdo, a este respecto, aquellas palabras del comienzo del Pontificado de San Juan Pablo II, que se han hecho tan famosas: “¡No tengáis miedo de acoger a Cristo y de aceptar su potestad!... ¡No temáis! ¡Abrid más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo! Abrid a su potestad salvadora los confines de los Estados, los sistemas económicos y los políticos, los extensos campos de la cultura, de la civilización y del desarrollo. ¡No tengáis miedo! Cristo conoce lo que hay dentro del hombre. ¡Sólo El lo conoce!”. Y bien conocía el nuevo Pontífice lo que era la persecución comunista, que subsiste en toda Europa, como nos explicó, en su día, el eminente cardenal Ratzinger.

Y el Señor nos señala con toda claridad al único enemigo que hemos de temer: al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo.

Y como el profeta Jeremías que en medio de sus persecuciones (1ª lect.) se refugia en Dios, el Señor Jesús nos invita a confiar en el Padre celestial, que cuida de los pájaros del cielo y se preocupa hasta de los cabellos de nuestra cabeza.

 Termino haciendo propias las palabras que San Pablo, desde la cárcel de Roma, dirige a su discípulo Timoteo: “No te avergüences de dar la cara por nuestro Señor y por mí, su prisionero; antes bien, toma parte en  duros trabajos  del Evangelio, según la fuerza  que Dios te dé”.             (2 Tim 1, 8).

                                                                                                ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 11:26  | Espiritualidad
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