Viernes, 21 de julio de 2017

Reflexión a las lecturas del domingo dieciséis del Tiempo Ordinario A ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 16º del T. Ordinario A

 

A todos nos hace sufrir la existencia del mal. Hay, incluso, hombres y mujeres que no aciertan a conciliar la existencia de un Dios bueno y justo, con tanto mal. Hay muchas clases de males. La Parábola de la Cizaña nos sitúa, este domingo, ante la existencia del mal moral; tanta gente que se dedica a hacer el mal: Desde los grandes criminales, desde las injusticias más graves, hasta las pequeñas faltas de un niño que hace sufrir a otro niño. Desde los grandes pecados de omisión  que dividen el mundo en dos partes, el de los países ricos y el de los países pobres, hasta las pequeñas faltas de omisión de cada día. Incluso, dentro de nosotros mismos, constatamos la existencia del bien y del mal. Por todo ello, como los criados de la parábola, le preguntamos al Dueño del campo: “Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?” Él les dijo: “Un enemigo lo ha hecho”. Y era verdad: “Mientras la gente dormía, un enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo  y se marchó”. Parece que era frecuente en el país de Jesús este tipo de maldades y venganzas entre los agricultores. La respuesta, por tanto, es clave: “¡Un enemigo lo ha hecho!” De este modo, Jesús hace referencia al principio, a la Creación, a lo que conocemos con el nombre de “pecado original”, que ahora, muchos niegan y desprecian, y otros, lo recuerdan vagamente como cosa de niños. ¡Pero ahí está la fuente de todos los males! Y, junto al pecado original, los pecados de todos los hombres, también los nuestros, siguen sembrando en el mundo todo tipo de sufrimientos. “Y por el pecado, la muerte” enseña S. Pablo. (Rom 5, 12.)

Me gusta decir que  nosotros no hemos conocido el mundo tal como salió de las manos de Dios: Entonces, “¡todo era bueno!”, “¡todo estaba bien!” Pero el mundo que conocemos ahora, es el del trigo y la cizaña, el mundo trastocado y afeado por el pecado. Y el enemigo, el diablo, ahora está encantado porque dicen que no existe.  Le resulta cada vez más fácil ir logrando sus objetivos; recibe muy poca resistencia,  pero es y continuará siendo hasta el final, “el padre de la mentira” como le llamó el Señor (Jn, 8, 44). Ya S. Pablo nos advierte que “nuestra lucha no es contra hombres de carne y hueso, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo de tinieblas, contra los espíritus malignos del aire. (Ef, 6,12-13).

“Mientras la gente dormía…” ¡Aquí nos encontramos con otra de las claves de la parábola! Si dormimos, si no cuidamos “nuestros sembrados”, ¿de qué nos vamos a quejar después? ¿No sabemos que se está sembrando en el mundo mucho bien y, al mismo tiempo, mucho mal? Ya nos advertía el Señor que “los hijos de este mundo son más astutos con su gente, que los hijos de la luz”.(Lc 16, 8). Y pensamos ahora en los padres de familia, en los que se dedican a la formación de los niños y de los jóvenes, en los gobernantes,  en los pastores de la Iglesia… ¡Todos podemos dormirnos alguna vez!, y entonces, la cizaña. Y, al principio, no se nota nada, no se distingue del trigo; pero, más tarde, aparecerá, con toda su fuerza, en nuestro sembrado. Entonces nuestra reacción será la misma que la de los criados de la parábola:  “¿Quieres que vayamos a arrancarla?” Pero el Amo del campo nos dirá: “No, que podríais arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega”. No toleramos contemplar el campo sembrado de trigo con la cizaña. Quisiéramos ver sólo el  bien sin  mezcla de mal alguno. Quisiéramos dejar de sentir en nuestro interior esos impulsos que nos mueven al mal. Quisiéramos extirpar el mal, todo el mal,  del mundo, de nuestra sociedad, de la Iglesia y de nuestra vida. ¡Pero a nuestra manera!  ¡Y eso no puede ser! El Señor nos ha señalado el verdadero camino, el de la conversión personal, que vaya convirtiendo, poco a poco, la cizaña en el mejor trigo.      

                                                                         ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!

 


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DOMINGO 16º DEL T. ORDINARIO A

MONICIONES  

 

PRIMERA LECTURA

         En la lectura que vamos a escuchar, se nos presenta al Señor como Dios compasivo, paciente, y misericordioso, que, en el pecado, siempre da lugar al arrepentimiento.

Escuchemos con atención.

 

SEGUNDA LECTURA

         El apóstol S. Pablo nos enseña que cada uno tiene, en su corazón, el Espíritu Santo, que ora en su interior, y le enseña a pedir lo que conviene. 

 

TERCERA LECTURA

         En el Evangelio continuamos escuchando las parábolas del Reino, de San Mateo, que comenzábamos el domingo pasado. Hoy centra nuestra atención en la Parábola de la Cizaña.

Acojamos al Señor con el canto del aleluya.

  

COMUNIÓN

         Al acercarnos a comulgar, pidámosle al Señor que nos ayude a estar vigilantes siempre, de modo que no permitamos que el enemigo siembre la mala semilla en nosotros ni en los hermanos. Y también, que aprendamos a ser pacientes y misericordiosos con los defectos y pecados  de los hermanos, a la espera del desenlace final.


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Trigo, levadura y mostaza – XVI Domingo Ordinario - por  Enrique Díaz Díaz. 20 julio 2017 (zenit)

 

Sabiduría 12, 13.16-19: “Al pecador le das tiempo para que se arrepienta”
Salmo 85: “Tú, Señor, eres bueno y clemente”
Romanos 8, 26-27: “El Espíritu intercede por nosotros con gemidos que no pueden expresarse con palabras”
San Mateo 13, 24-43: “Dejen que crezcan juntos hasta el tiempo de la cosecha”

¿Hay mucha maldad en el mundo? ¿Nos provoca desaliento y tenemos la tentación de abandonar la misión evangelizadora? ¿Los otros tienen la culpa? Entre las muchas novedades que nos ofrece el Papa Francisco, está su invitación al optimismo pero también a quitarnos esa aureola de bondad y santidad que muchas veces los católicos nos autoimponemos, mirando farisaicamente y con recelo a los demás. “Nosotros los buenos, ellos…”. Es frecuente dividir, hasta la ridiculez, el mundo, la historia y las sociedades en buenos y malos. Los que piensan distinto a nosotros, los que son de otro grupo o religión, los de diferentes partido… no solamente son “los otros”, con frecuencia son considerados perversos, separados y en extremos opuestos. Han cometido el delito de ser diferentes. Se multiplican las historias de Caín y Abel: atacar al otro simplemente porque es distinto. Las actuales guerras, los conflictos internacionales, las diferencias políticas, son casi imposibles de resolver porque no aceptamos las razones de los otros, porque los juzgamos incapaces de tener algo bueno y se condena a priori cualquier propuesta o posible solución que los otros presentan. Cuando se parte de la condenación y la descalificación del otro, es imposible encontrar la paz. La parábola de la cizaña tiene sus grandes enseñanzas: es realidad el mal en nuestra vida, no podemos arrancar al otro simplemente porque a nosotros nos parezca mal, sólo hay un verdadero juez que en el momento justo develará la verdad…

Jesús hoy nos conduce muy suavemente para hacernos caer en cuenta de esta actitud condenatoria y nos narra tres parábolas muy sencillas. Cada una diferente pero cada una complementaria con la otra. Con la parábola del trigo y la cizaña, Jesús nos enseña que Dios está en todas partes y que a todos acoge, y lo expresa despertando el respeto por los demás, alentando la paciencia y fortaleciendo la esperanza en que habrá un día en que se puedan alcanzar niveles de justicia, de igualdad y de paz. Pero el camino no es exterminando, destruyendo, sino respetando procesos y diferencias. Una parábola contra la discriminación y también una autorreflexión y reconocimiento del mal que está no sólo en nuestro mundo, sino en nuestra propia persona. Tenemos que reconocer que en el corazón de cada uno de nosotros descubrimos grandes riquezas, pero también hay graves errores, tropiezos, egoísmos y equivocaciones. Nos cuesta mucho discernir los propios sentimientos, los afectos y las acciones. Es fácil reconocer los defectos de los demás pero ¡qué difícil es reconocer nuestras propias deficiencias! También nos ayuda esta parábola a cuestionarnos sobre el bien y el mal, porque adoptamos dos actitudes extremas: pesimismo creyendo que todo es pecado y maldad; o por el contrario tenemos esa tendencia actual a disculpar todo y caminar como si cada quien pudiera hacer lo que le venga en gana sin importar si es bueno o malo. Y Jesús nos recuerda que en el mundo también hay el mal y que no lo podemos llamar “bien”, pero que también existe el bien y al final resplandecerá.

Para los pesimistas añade la parábola de la semilla de mostaza: pequeña pero bella y alentadora. Con palabras sencillas nos enseña en la teoría lo que Jesús sabe vivir en la práctica. Muchos de sus seguidores al mirar lo poco que hace, el reducido campo de acción, los pocos éxitos que obtiene, se cuestionan si Jesús será verdaderamente el Mesías. Hoy sucede igual. Muchos cristianos pretenden irse por el camino fácil de la propaganda más que por el camino de la vida; interesa más la cantidad que la calidad; impresionan más las exhibiciones que la profundidad del Evangelio. A algunos les parecería que Jesús debe endulzar y aligerar un poco su doctrina con tal de tener más seguidores. Pero Jesús es muy claro y nos lo repite en esta parábola: se necesita profundidad, se necesita apertura para recibir la semilla, se necesita paciencia para dejarla crecer y se necesita constancia para que dé fruto. ¿Qué dice Jesús a la Iglesia de hoy con esta parábola?

Y para no dejarnos con dudas la parábola de la levadura continúa y profundiza el mismo tema: el Evangelio no se trata de conquista, sino de contagiar. No vamos a enseñar sino a participar, y, sobre todo, el resultado dependerá no sólo de nuestras acciones, sino del don del Señor, pero también es fundamental nuestra actitud y compromiso. La ley de la resonancia también se da en el Evangelio. Una pequeña acción positiva desencadena un sinnúmero de cosas buenas; una omisión, una actitud negativa, afectará gravemente, no sólo a nuestra persona, sino a nuestra comunidad. El Reino debe implicar para el discípulo de Jesús una acción transformadora en la vida cotidiana, que llegue hasta lo más profundo de la persona humana. Es un llamado constante y permanente a construir e influir en las estructuras de la sociedad para crear un mundo más justo, más hermano y más comprensivo. Se trata de cambiarlo desde dentro y entonces cambiarán las estructuras, se necesita un cambio de corazón… pero si nosotros no cambiamos ¿cómo transformar el mundo?

Son tres pequeñas parábolas que dejan, o que deberían dejar, una gran inquietud en cada uno de nosotros. Conscientes de que en nuestro propio interior encontramos esa dualidad del bien y el mal, ¿cómo actuamos frente a los que son diferentes o con nosotros mismos cuando nos descubrimos pecadores? ¿Cuánta paciencia tenemos a los demás y nos tenemos a nosotros mismos? ¿Somos semilla de mostaza, levadura o somos solamente palabrería y llamarada de petate? Son tres parábolas que debemos sembrar en nuestro pensamiento y en nuestro corazón y dejarlas que crezcan arriesgándonos a las consecuencias.

Míranos, Señor, con amor y multiplica en nosotros los dones de tu gracia para que, llenos de fe, esperanza y caridad, permanezcamos siempre fieles en el cumplimiento de tus mandatos. Amén.

 


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Reflexión de monseñor Felipe Arizmendi Esquivel, Obispo de San Cristóbal de Las Casas: Sembrar esperanza, no amargura. 19 julio 2017(zenit)

Demos ánimos y esperanzas a los que sufren

 

VER

Ya casi no me dan ganas de ver los noticiarios de la televisión, pues lo que más difunden son robos, asesinatos, accidentes, casos de corrupción, secuestros, fallas del sistema penal o judicial, desgracias por las lluvias, contaminación, casos de pederastia, guerras, etc. Son pocos los ejemplos de éxito, de solidaridad, de honradez, de trabajo, de superación, de familias armónicas, de jóvenes honestos, de políticos rectos, de servidores de la comunidad. Se queda uno con amargura en el corazón, con tristeza y decepción por nuestra realidad. Pareciera que todo está mal. Como dice la propaganda: Lo bueno no se cuenta. ¡Hay tantas cosas buenas entre nosotros, y no se conocen, no se difunden; no son noticia!

Hay personas en nuestra sociedad, e incluso en nuestros grupos, que son especialistas en descubrir y resaltar el prietito negro en el arroz. Sólo tienen ojos, mente y corazón para denunciar lo que consideran que está mal. Nunca sale de su boca una palabra alentadora, un agradecimiento, una valoración del bien que alguien ha hecho. Pareciera que alabar a alguien por algo justo y digno es una adulación, una degradación, una traición a la misión profética. Hay corazones amargados y con visiones unilaterales, incapaces de animar y felicitar. ¿Cómo habrá sido su infancia? ¿Por qué siempre están a la defensiva, o mejor dicho, a la ofensiva? ¿Qué complejos vienen arrastrando?

En días pasados, fui a una comunidad tseltal, cien por ciento indígena. Al terminar la Misa, muchas personas se me acercaban con el deseo intenso de recibir una bendición personal. Me querían compartir, más con su rostro que con palabras, sus dolencias, sus enfermedades, sus problemas, y me pedían con insistencia una oración. Para mi sorpresa, pues son pobres, me daban alguna moneda, o un billete de baja denominación, algunos incluso con un papel escrito y con dinero dentro, en que me solicitaban plegarias por algunos de sus familiares enfermos. Me destroza el alma sentir su dolor, su enfermedad, sus carencias, y al mismo tiempo lo poco que puedo hacer para remediar sus males. No me pedían medicinas ni dinero, sino sólo una bendición, una oración. Y al hacerla, en sus ojos brillaba el consuelo, la esperanza, la paz. No dejo de orar todos los días por sus necesidades. Y lo mismo nos pasa con tantos migrantes y personas necesitadas que se nos acercan con confianza. Piden una ayuda económica, pero sobre todo ser escuchados, orientados y animados.

PENSAR

El Papa Francisco, en su catequesis del miércoles anterior a Pentecostés, nos decía: “El Espíritu Santo no nos hace sólo capaces de esperar, sino también de ser sembradores de esperanza, de ser también nosotros -como El y gracias a El- ‘paráclitos’, es decir, consoladores y defensores de los hermanos, sembradores de esperanza. Un cristiano puede sembrar amarguras, puede sembrar perplejidad, y esto no es cristiano. Quien hace esto, no es un buen cristiano. ¡Siembra esperanza: siembra aceite de esperanza, siembra perfume de esperanza, y no vinagre de amargura y de desesperanza! Y son sobre todo los pobres, los excluidos y no amados, quienes necesitan a alguien que se haga para ellos ‘paráclito’; es decir, consolador y defensor, como el Espíritu Santo hace con cada uno de nosotros. Nosotros tenemos que hacer lo mismo con los más necesitados, con los más descartados, con los que más lo necesitan, los que sufren más. ¡Defensores y consoladores! Que el Espíritu Santo nos haga abundar en la esperanza. Os diré más: Nos haga derrochar esperanza con todos aquellos que están más necesitados, más descartados, y por todos aquellos que tienen necesidad” (31-V-2017).

ACTUAR

Aprendamos a ponernos en los zapatos de los otros. ¿Qué necesitan? ¿Qué anhela su corazón? ¿Qué les duele? ¿Qué les ayudaría más? ¿Qué puedo hacer por ellos? Si yo estuviera en su situación, ¿qué valoraría más?

Además de ser críticos y denunciar lo que en verdad está mal, pues eso nunca debemos dejar de hacerlo cuando sea necesario, demos ánimos y esperanzas a los que sufren. Si no podemos resolver todos sus problemas, hagamos lo que más podamos por ellos. Que no se sientan solos, sino que cuentan con nuestro apoyo y nuestra solidaridad, material y espiritual. 


Publicado por verdenaranja @ 12:20  | Hablan los obispos
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Comentario a la liturgia dominical - Domingo XVI del Tiempo ordinario - por el P. Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor de Humanidades Clásicas en el Centro de Noviciado y Humanidades y Ciencias de la Legión de Cristo en Monterrey (México). 18 julio 2017 (zenit)

Ciclo A – Textos: Sab 12, 13.16-19; Rm 8, 26-27; Mt 13, 24-43

Idea principal: ¿Por qué permite Dios tanta cizaña –tanto mal- en el campo del mundo?

Resumen del mensaje: A esa pregunta nos responde la primera lectura de hoy: “Al pecador le das tiempo para que se arrepienta”. Y para eso, Dios nos manda su Espíritu que nos ayuda en nuestra debilidad (segunda lectura). Además, Dios es bueno y clemente (salmo). Pero también tenemos que poner nuestra parte: vigilancia, porque el enemigo de nuestra alma no duerme y quiere sembrar también su cizaña en los momentos de somnolencia y despiste por parte nuestra (evangelio).

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, es un hecho que Dios día y noche siembra en nuestro corazón semilla excelente de bondad, verdad, belleza, honestidad, justicia, pureza, caridad. Y lo hace apenas entramos con el alma abierta en oración y abrimos la Biblia, o vamos a misa y participamos consciente y fervorosamente de la mesa de la Palabra y de la Eucaristía, o cuando escuchamos atentamente una homilía o asistimos con gusto a un retiro, o estamos sentados departiendo y conversando con buenos amigos, o en medio de un traspiés o enfermedad. Dios no duerme nunca.

En segundo lugar, pero también es un hecho que el enemigo de nuestra alma, el diablo, tampoco duerme, y nos acecha y nos rodea como león rugiente, buscando a quién devorar. Él no quiere destruir la buena semilla de Dios, sino que él quiere sembrar su cizaña para que ella crezca y se confunda con la buena semilla, e incluso quiere conquistar esa buena semilla y convertirla en cizaña. Y todo con un único objetivo: perder nuestra alma. No quiere que el buen trigo de Dios se expanda por los rincones de este mundo, de las familias, de los corazones. Quiere sembrar la cizaña del odio, de la división, de la mentira, de la deshonestidad, de la injustica, de la ira, de la ambición, de la insensibilidad e indiferencia delante de tanta pobreza y miseria de muchos hermanos nuestros. Y quiere sembrarla en el campo de la medicina con esos métodos anticonceptivos y abortivos; en el recinto sagrado del matrimonio sembrando la ideología del género y aplaudiendo la legalización de las uniones de personas del mismo sexo; en el campo de la cultura, inoculando el liberalismo y la dictadura del relativismo; hasta se ha metido en la Iglesia santa de Cristo y ha sembrado y provocado durante siglos y siglos herejías y cismas y escándalos y confusiones.

Finalmente, ¿cuál es la reacción de Dios delante de la acción del enemigo? Él podría perfectamente arrancar de tajo la cizaña y tapar la boca a Satanás, y ya, pues para eso es omnipotente. Pero no lo hace. Alguna razón tendrá en su corazón; sí, su amor misericordioso. Por una parte, tiene paciencia y misericordia y espera que algún día esa cizaña se convierta en buen trigo, pues Él no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva. Por otra parte, también quiere que el buen trigo haga sin parar y con conciencia su trabajo de fermento y se pruebe delante de la cizaña, para que así se fortalezca y crezca más firme y convencido. Dios nos quiere libres y respeta nuestra libertad.

Para reflexionar: mirando mi corazón, ¿qué abunda: buena semilla o cizaña? Si hay más buena semilla, ¿qué hago para hacerla crecer, regarla, abonarla, derramarla por doquier, con la ayuda de Dios y de su Espíritu? Y si hay cizaña, ¿a qué espero para irla convirtiendo en buena semilla, desde la oración y los sacramentos?

Para rezarJesús, gracias por tu paciencia y comprensión ante mi debilidad. Dame la fuerza de tu Espíritu Santo para que sea capaz de arrancar enérgicamente toda la cizaña que disimuladamente he dejado crecer en mi vida. Me ofrezco a Ti con todo lo que soy, porque no quiero que haya nada en mí que no te pertenezca. Quiero vivir mi fe con autenticidad y con un espíritu puro y nuevo. Amén.

Para cualquier pregunta o sugerencia, contacte a este email: [email protected]


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Palabras del Papa antes del ángelus del 16 de julio de 2017  (ZENIT)

Queridos hermanos y hermanas, buenos días!

Jesús cuando hablaba, utilizaba un lenguaje simple y se servía también de imágenes que eran ejemplos de vida cotidiana de manera que pudiera ser comprendido fácilmente por todos. Por eso la gente le escuchaba, apreciaba su mensaje que llegaba directamente a su corazón. No era un lenguaje complicado de entender, el lenguaje que utilizaban los doctores de la ley en el Templo, a veces no se entendía bien, como normas rígidas que alejaban a la gente. Y con este lenguaje, Jesús hacía comprender el misterio del Reino de Dios. No era una teología complicada.

El Evangelio de hoy es un ejemplo: la parábola del sembrador  (cf. Mt. 13, 1-23). El sembrador es Jesús: notemos como con  esta imagen él se presenta como uno que no se impone, se propone; no nos atrae conquistándonos, sino dándose; él esparce con paciencia y generosidad su Palabra, que no es una jaula o una trampa, sino una semilla que puede dar fruto. De qué manera puede dar fruto? Si lo acogemos.

Por lo tanto la parábola tiene que ver mucho con nosotros: habla del terreno más que del sembrador, Jesús realiza, por así decir, una “radiografía espiritual” de nuestro corazón, que es el terreno sobre el que cae la semilla de la Palabra. Nuestro corazón, como un terreno puede ser bueno, entonces la palabra da fruto, pero también puede ser duro, impermeable. Esto sucede cuando escuchamos la Palabra, pero esta nos resbala como sobre un camino. No entra.

Entre el terreno bueno y el camino, que es el asfalto, si tiramos una semilla allí no sale nada, el terreno bueno y la carretera existen pero hay dos terrenos intermedios que podemos tener  en nosotros de manera distinta, por ejemplo, el primero puede ser el terreno pedregoso, intentemos imaginar, el terreno pedregoso es un terreno donde no hay mucha tierra” (cf. v.5) por lo tanto la semilla germina pero no consigue tener raíces profundas. Es el corazón superficial, que acoge al Señor, quiere orar, amar y testimoniar, pero no persevera, se cansa y no “despega” nunca. Es un corazón sin espesor, donde las piedras de la pereza prevalecen sobre la buena tierra, donde el amor es inconstante y pasajero. Pero el que acoge al Señor solo cuando le apetece no da fruto.

Hay un último terreno, espinoso, lleno de zarzas que asfixian a las buenas plantas. Qué representan estas zarzas? “Las preocupaciones del mundo y la seducción de la riqueza” (v. 22), dice Jesús explícitamente. Las zarzas son los vicios que pelean, que luchan con Dios, que sofocan su presencia: antes que nada los ídolos de la riqueza mundana, la vida, ávida para sí mismo, para el tener y el poder. Si cultivamos estas zarzas, asfixiamos el crecimiento de Dios en nosotros. Cada uno puede reconocer sus pequeñas y grandes zarzas, los vicios que habitan en su corazón, esos arbustos más o menos enraizados que no le agradan a Dios e impiden tener un corazón limpio. Es necesario arrancarlos, sino la Palabra no da fruto, la semilla no crecerá.

Queridos hermanos y hermanas, Jesús nos invita hoy a mirar en nosotros: a darle gracias por esa buena tierra y a trabajar sobre esas tierras que aún no son buenas. Preguntémonos si nuestro corazón está abierto para acoger con fe la semilla de la Palabra de Dios. Preguntémonos si en nosotros las piedras de la pereza son todavía muchas y grandes; identifiquemos y llamemos  por su nombre a las zarzas de los vicios, tengamos el valor de hacer un buen saneamiento del terreno, llevando al Señor en la confesión y en la oración nuestras piedras y nuestras zarzas. Haciendo esto, Jesús el buen sembrador, estará feliz de cumplir un trabajo suplementario: purificar nuestro corazón, quitando las piedras y los espinos que asfixian su Palabra.

Que la Madre de Dios, que hoy recordamos con el título de Nuestra Señora del Monte Carmelo, incomparable en la acogida de la Palabra de Dios y en su puesta en práctica (cf. Lc 8,21) nos ayude a purificar nuestro corazón y a proteger la presencia del Señor.

Traducción de ZENIT, Raquel Anillo 


Publicado por verdenaranja @ 11:59  | Habla el Papa
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Viernes, 14 de julio de 2017

Reflexión a las lecturas del domingo quince del tiempo ordinario A ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 15º del T. Ordinario A

La escena que nos presenta el Evangelio de este domingo no puede ser más hermosa: ¡Jesús sale de casa a enseñar! Y se reúne tanta gente, que tiene que subirse a una barca y, ¡desde la barca, sentado, les habla! El texto evangélico dice: “Les habló mucho rato en parábolas”, es decir, en comparaciones sencillas, que todo el mundo entiende y, al mismo tiempo, ¡qué misterio!, en las que “los sabios y entendidos” tropiezan porque “miran sin ver y escuchan sin oír ni entender”.

Estos domingos el Evangelio de S. Mateo nos va presentando las  “parábolas del Reino” que suelen comenzar diciendo: “El reino de los cielos se parece a…”

La parábola de este domingo es la de “El Sembrador”. Un texto verdaderamente hermoso: ¡Un agricultor sale a sembrar! Y al echar  la semilla,  cae en diversos tipos de tierra: Al borde del camino, en terreno pedregoso, entre zarzas y en tierra buena. Y, como diversa es la tierra, diverso es también el resultado de la siembra. Al llegar a casa explica a los discípulos su significado.

La parábola va dirigida a los que escuchan. De los que no escuchan, de los alejados, que diríamos hoy, no dice nada. Va para los cristianos, más o menos, practicantes, los que oyen  su Palabra, ¡los que van a Misa!

A la luz de esta parábola  hay que reflexionar seria y detenidamente sobre esta cuestión fundamental: ¿Qué clase de tierra soy yo? Tendríamos que preguntarnos, en concreto: ¿En qué clase de tierra está cayendo la Palabra de Dios en mi vida? ¿Seré borde del camino? No se entiende la Palabra  y el Maligno roba lo sembrado en el corazón. ¿Seré terreno pedregoso? La Palabra se escucha y se acepta con alegría, pero no queda bien “enraizada”, no hay constancia, y, en cuanto llega una dificultad o “persecución por la Palabra”,  sucumbe. ¿Seré yo tierra de zarzas? La Palabra de Dios se escucha, pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas, la ahogan y se queda estéril. ¿O seré, por ventura, tierra buena, donde la Palabra se entiende y da fruto? ¿Tendré esa dicha? Y cuánto fruto doy yo? ¿Será el ciento por uno? ¿O será, más bien, el sesenta o el treinta?

¡Esto es como la función del estómago en el cuerpo humano!

Es ésta una de las cuestiones más importante que podemos plantearnos. Y hemos de estar siempre pendientes porque es algo decisivo; de vida o de muerte, en nuestra existencia cristiana. No olvidemos que el agricultor es paciente, pero también muy exigente. Tiene que garantizar los recursos que necesita. Y, cuando no lo consigue, deja la agricultura  y se dedica a  otro trabajo más rentable y más seguro. Ya nos advierte el Señor: “Yo soy la vid y mi Padre es el viñador; a todo sarmiento mío que no da fruto, lo arranca y a todo el que da fruto, lo poda para que dé más fruto”. (Jn 15, 1-2). “¡Que dé más fruto!”. ¡Ese es el anhelo de todo agricultor! Y, en este caso, el agricultor, el sembrador, es Cristo.

¿Y si veo que soy tierra muy mala, en la que  la simiente no produce ni siquiera el treinta por uno,  qué tengo que hacer? Muy sencillo: ¡Cambiar la tierra!, ¡renovar la tierra! Los agricultores lo saben hacer muy bien: Van enriqueciendo la tierra: Van echando un poco de tierra nueva y abono, y va cambiando el terreno… ¡Y comienza a dar fruto la simiente! ¡Algo así habría que hacer en nuestro corazón! No olvidemos que la semilla, la Palabra de Dios, tiene una energía y una capacidad enorme, como nos recuerda la primera lectura. Lo demás es cosa de la tierra. Es lo que dice el canto: “No es culpa del sembrador, ni es culpa de la semilla, la culpa estaba en el hombre, y en como la recibía”. Por eso, siempre es posible que se realice en nosotros lo que proclamamos hoy en el salmo responsorial: “La semilla cayó en tierra buena y dio fruto”.

  ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 22:54  | Espiritualidad
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DOMINGO 15º DEL T. ORDINARIO A

MONICIONES 

 

PRIMERA LECTURA

               La Palabra de Dios es fuerte y poderosa; es viva y eficaz, como la lluvia y la nieve que caen del cielo. Escuchemos. 

SALMO RESPONSORIAL

                Compuesto para ser cantado en una fiesta de acción de gracias por la cosecha, este salmo nos invita a pensar en otra cosecha: La que produce la Palabra de Dios, que se siembra en nuestros corazones, y es capaz de realizar maravillas de santidad, vida y salvación. 

SEGUNDA LECTURA

               S. Pablo nos habla ahora de la participación de toda la Creación en la gloria de los hijos de Dios, cuando el Señor vuelva. Es el día glorioso de nuestra victoria definitiva sobre el sufrimiento y la muerte. 

TERCERA LECTURA

               Comenzamos a escuchar hoy algunas parábolas del Reino, que nos refiere S. Mateo. Hoy escucharemos una de las más hermosas e importantes: La parábola del Sembrador. Pero antes del Evangelio, cantemos el aleluya. 

COMUNIÓN

               En la Comunión nos acercamos a Jesucristo, el Señor; Él es el sembrador de la Palabra de Dios en el mundo, y en cada uno de nosotros.  Pidámosle que seamos tierra buena donde su Palabra dé fruto abundante.


Publicado por verdenaranja @ 22:47  | Liturgia
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Reflexión de monseñor Felipe Arizmendi Esquivel, Obispo de San Cristóbal de Las Casas. 12 julio 2017 (zenit)

Ojalá todos fueran así

VER

En un vuelo reciente, en el asiento delantero al mío, iba un matrimonio con tres hijos. Uno como de nueve años, muy tranquilo y sin dar mayores preocupaciones; una niña como de seis años, inquieta y preguntando por todo; y una pequeñita como de año y medio, que no dejaba en paz a sus papás: moviéndose de aquí para allá, caprichuda, que todo se le antojaba y nada le gustaba, sin importarle los demás pasajeros. Pero lo que quiero resaltar es la actitud de los papás: serenos, tranquilos, atendiendo a cada uno de los hijos; nada de gritos ni golpes. Y sobre todo la actitud del papá: ayudando en todo a la mamá, cargando a la pequeñita, con cariño y ternura, con paciencia y comprensión. Y la niña mediana, accediendo a los gustos de la pequeña. En fin, una familia normal, pero muy bonita, muy integrada, con la figura serena y madura del papá, que nunca relegaba todo a la mamá, sino asumiendo su papel de padre.

En otro vuelo, igual, delante de mí venían el papá con una de las hijas, como de seis años, y la mamá con otra como de nueve años. Lo que más me sorprendió ver el cariño de las hijas con sus padres, que reflejaba la confianza que éstos han generado en ellas. Yo veía de reojo al papá que les trataba con mucho cariño, atento siempre a lo que preguntaban o querían, manifestándoles mucho afecto, que era bien correspondido. Pareciera que iban juntos de vacaciones, con ilusión y armonía. Una de las hijas “se comía a besos” a su mamá. Y yo pensaba: Ojalá así fueran todos los matrimonios.

Lamentablemente, en muchos hogares sucede todo lo contrario. Un papá ausente, violento o borracho; una mamá saturada de quehaceres, malhumorada por tantas responsabilidades que le dejan, preocupada por la poca respuesta de sus hijos. Estos no se sienten a gusto en su casa y forman pandillas donde encuentran comprensión y apoyo; o tienen que trabajar desde pequeños, a veces limpiando parabrisas en las esquinas, aunque esté lloviznando. Se te desmorona el alma cuando ves estas escenas, que no podemos plenamente remediar. Una moneda sirve de algo, pero el problema familiar es muy profundo.

PENSAR

El Papa Francisco nos ofreció su Exhortación Amoris laetitia, que recomiendo ampliamente, “en primer lugar, como una propuesta para las familias cristianas, que las estimule a valorar los dones del matrimonio y de la familia, y a sostener un amor fuerte y lleno de valores como la generosidad, el compromiso, la fidelidad o la paciencia. En segundo lugar, porque procura alentar a todos para que sean signos de misericordia y cercanía allí donde la vida familiar no se realiza perfectamente o no se desarrolla con paz y gozo” (5).

En el horizonte del amor, central en la experiencia cristiana del matrimonio y de la familia, se destaca también otra virtud, algo ignorada en estos tiempos de relaciones frenéticas y superficiales: la ternura” (28).

Esa persona que vive con nosotros lo merece todo, ya que posee una dignidad infinita por ser objeto del amor inmenso del Padre. Así brota la ternura, capaz de suscitar en el otro el gozo de sentirse amado. Se expresa, en particular, al dirigirse con atención exquisita a los límites del otro, especialmente cuando se presentan de manera evidente” (323).

El problema de nuestros días no parece ser ya tanto la presencia entrometida del padre, sino más bien su ausencia, el hecho de no estar presente. El padre está algunas veces tan concentrado en sí mismo y en su trabajo, y a veces en sus propias realizaciones individuales, que olvida incluso a la familia. Y deja solos a los pequeños y a los jóvenes. La presencia paterna, y por tanto su autoridad, se ve afectada también por el tiempo cada vez mayor que se dedica a los medios de comunicación y a la tecnología de la distracción” (176).

ACTUAR

Cuidemos la familia; es lo más hermoso que tenemos, y lo que más se lamenta cuando no se disfruta de un hogar armonioso y en paz. En especial, que el papá sepa combinar su autoridad, siempre necesaria y educadora, con la ternura, la comprensión, la paciencia y el cariño. Que sea capaz de sentarse a dialogar con los hijos, sean pequeños, adolescentes, jóvenes y aún mayores, no en plan de pleito y regaño sistemáticos, sino con apertura, con afecto, con serenidad, ofreciendo criterios humanos y cristianos, que les ayuden a crecer sanos y confiados, con la seguridad de que no están solos y abandonados de la vida, sino con ilusiones y con la confianza de que cuentan con alguien que les ama. Sólo así se refleja la familia que Dios quiere.


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Comentario a la liturgia dominical - Domingo XV del Tiempo ordinario - por el P. Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor de Humanidades Clásicas en el Centro de Noviciado y Humanidades y Ciencias de la Legión de Cristo en Monterrey (México). 11 julio 2017 (zenit)

Ciclo A – Textos: Is 55, 10-11; Rm 8, 18-23; Mt 13, 1-23

Idea principal: Diversos tipos ante la Palabra que Dios siembra a diario en el corazón.

Resumen del mensaje: El primero es el torpe, el segundo es el aerostático; el tercero es el agobiado; y el último, el bueno. No es problema del sembrador, que es magnífico. No es problema de la semilla, que tiene la potencia de germinar y dar fruto. El problema es el terreno donde cae esa semilla.

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, analicemos al primer tipo, el torpe. Hombre y mujer ligeros, superficiales, baratos. Tipo que no pasa de moda, que siempre se llevó. Es el vulgar, el sensorial que se tira la vida acodado a la venta de los sentidos. Personas fuera de juego, de la realidad, fuera del campo, gentes vereda. Gente que, ante palabras como religión, compromiso, activismo, operación testigo de Dios en el mundo…miran al interlocutor con ojos de pulpo en garaje y se preguntan qué es eso. Van por la vida como payasos de circo por el redondel, haciendo el pino: de cabeza y con los pies por alto. Y entonces la escala de valores se les queda al revés. O sea, arriba el amor, el dinero, el placer, el éxito, etc., y abajo la honradez, el trabajo, la virtud, la fidelidad, Dios. Personas religiosamente torpes. La Palabra de Dios bota, rebota y se la lleva en el pico el primer pájaro en vuelo rasante.

En segundo lugar, analicemos el segundo tipo, el aerostático. Hombre y mujer inconstantes. Ejemplar entusiasta a la primera, triunfalista a la segunda y acabado a la tercera…de cambio. Tampoco pasa de moda. Una idea grande, noble, mesiánica…es hidrógeno que le hincha, como a un globo, globo que, sin sacos terreros ni lastre de constancia en la barquilla, se eleva, se cansa, explota y cae hecho añicos. Peligrosos porque se entusiasman lo mismo para el bien que para el mal, la verdad o el error; son pólvora, ruido y humo pero ni carácter ni voluntad ni personalidad ni constancia ni madurez. Héroes por un día. La inconstancia es una roca tapizada de humus: cae la palabra de Dios y queda, brota espiga triunfal y muere en cuanto le pega el sol en las aristas.

En tercer lugar, analicemos el tercer tipo, el agobiado. Es ese que lee el periódico mientras desayuna, despacha asuntos mientras come, se informa de las noticias mientras cena y, mientras duerme, planifica los asuntos que al día siguiente resolverá mientras desayuna, come y cena. Gentes con tiempo para todo, sin tiempo para nada, sin zonas verdes para el espíritu, barbechos para abrojos y cardos borriqueros. Que caiga ahora, mansa y humilde, la palabra de Dios inspirador, exigente…y ¡a morir! Y nos queda por analizar también el bueno. Tiene la sabiduría reposada. Le da la acogida que el torpe le negó. Le ofrece la seriedad que no le dio el aerostático. Le tiende la dedicación que se escondió el agobiado. Este deberíamos ser todos. Aquí la palabra de Dios fructifica según la capacidad y los talentos de cada uno. Y reparte por doquier migajas de su fruto: en casa, en el trabajo, en la plaza, en la iglesia. Y todos, tan contentos. Y con esas migajas alimentamos a los necesitados, a los pobres y a los enfermos.

Finalmente, analicemos el terreno bueno. Tierra fértil, limpia, preparada, húmeda, buena, como Samaria (cf. Jn 4,35-37; Hech 8,5-12); los 3000 en el día de Pentecostés (Hech 2,41); el eunuco (Hech 8,35-39); Saulo de Tarso (Hech 9,18; 22,16; 26,19); Cornelio (Hech 10,33,48); Lidia (Hech 16,13-15); el carcelero (Hech 16,30-34); los corintios (Hech 18,10); y los efesios (Hech 19,1-5). Este terreno oye la palabra, la entiende, la obedece y lleva fruto. Riega la semilla en la oración. La escarda con el sacrificio. La cuida con la vigilancia para que no entren raposas y se la coman. “Son los que con corazón bueno y recto retienen la palabra oída, y dan fruto con perseverancia”. Es el corazón bueno que puede ser conmovido por  las grandes verdades del evangelio, y que celosamente las guarda. Oye la palabra atentamente, la estudia, la entiende y la obedece no importa quién la predique, ni con qué motivos la predique, ni quién más la obedezca, ni cuántas ofensas vengan. Tierra blanda, a diferencia del duro suelo, pedregoso; está limpia, a diferencia del terreno infectado por espinos. Aquí las semillas se abren a la vida y dan una hermosa cosecha. El modelo perfecto de esta tierra buena es la Virgen María, en cuyo seno germinó Jesús.

Para reflexionar: ¿Cuál de los cuatro tipos soy? ¿Qué fruto estoy dando en mi vida personal, familiar, profesional, laboral, ministerial: cardos, espinas, piedras, pura hoja, ramas secas?

Para rezar: Señor, quiero ser terreno bueno para recibir tu semilla y producir fruto para la vida eterna. Ayúdame a arrancar de mi alma las piedras de mi soberbia, las espinas de mis deseos innobles. Que tome muy en serio tu semilla, pues está llamada a dar excelente fruto de virtudes en mi vida personal, familia, profesional. Que a ejemplo de tu Santísima Madre, yo reciba la semilla en la fe, la interiorice en la oración, me la apropie y me deje transformar por ella. Amén.

Para cualquier pregunta o sugerencia, contacte a este email: [email protected]

 


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