Jueves, 23 de noviembre de 2017

Homilía del Papa Francisco en Jornada mundial de los pobres (ZENIT – 19 nov. 2017)

Tenemos la alegría de partir el pan de la Palabra, y dentro de poco de partir y recibir el Pan Eucarístico, que son alimento para el camino de la vida. Todos lo necesitamos, ninguno está excluido, porque todos somos mendigos de lo esencial, del amor de Dios, que nos da el sentido de la vida y una vida sin fin. Por eso hoy también tendemos la mano hacia Él para recibir sus dones. La parábola del Evangelio nos habla precisamente de dones. Nos dice que somos destinatarios de los talentos de Dios, «cada cual según su capacidad» (Mt 25,15). En primer lugar debemos reconocer que tenemos talentos, somos «talentosos» a los ojos de Dios. Por eso nadie puede considerarse inútil, ninguno puede creerse tan pobre que no pueda dar algo a los demás. Hemos sido elegidos y bendecidos por Dios, que desea colmarnos de sus dones, mucho más de lo que un papá o una mamá quieren para sus hijos. Y Dios, para el que ningún hijo puede ser descartado, confía a cada uno una misión.

En efecto, como Padre amoroso y exigente que es, nos hace ser responsables. En la parábola vemos que cada siervo recibe unos talentos para que los multiplique. Pero, mientras los dos primeros realizan la misión, el tercero no hace fructificar los talentos; restituye sólo lo que había recibido: «Tuve miedo —dice—, y fui y escondí tu talento en la tierra; mira, aquí tienes lo que es tuyo» (v. 25). Este siervo recibe como respuesta palabras duras: «Siervo malo y perezoso» (v. 26). ¿Qué es lo que no le ha gustado al Señor de él? Para decirlo con una palabra que tal vez ya no se usa mucho y, sin embargo, es muy actual, diría: la omisión. Lo que hizo mal fue no haber hecho el bien. Muchas veces nosotros estamos también convencidos de no haber hecho nada malo y así nos contentamos, presumiendo de ser buenos y justos. Pero, de esa manera corremos el riesgo de comportarnos como el siervo malvado: tampoco él hizo nada malo, no destruyó el talento, sino que lo guardó bien bajo tierra. Pero no hacer nada malo no es suficiente, porque Dios no es un revisor que busca billetes sin timbrar, es un Padre que sale a buscar hijos para confiarles sus bienes y sus proyectos (cf. v. 14). Y es triste cuando el Padre del amor no recibe una respuesta de amor generosa de parte de sus hijos, que se limitan a respetar las reglas, a cumplir los mandamientos, como si fueran asalariados en la casa del Padre (cf. Lc 15,17).

El siervo malvado, a pesar del talento recibido del Señor, el cual ama compartir y multiplicar los dones, lo ha custodiado celosamente, se ha conformado con preservarlo. Pero quien se preocupa sólo de conservar, de mantener los tesoros del pasado, no es fiel a Dios. En cambio, la parábola dice que quien añade nuevos talentos, ese es verdaderamente «fiel» (vv. 21.23), porque tiene la misma mentalidad de Dios y no permanece inmóvil: arriesga por amor, se juega la vida por los demás, no acepta el dejarlo todo como está. Sólo una cosa deja de lado: su propio beneficio. Esta es la única omisión justa.

La omisión es también el mayor pecado contra los pobres. Aquí adopta un nombre preciso: indiferencia. Es decir: «No es algo que me concierne, no es mi problema, es culpa de la sociedad». Es mirar a otro lado cuando el hermano pasa necesidad, es cambiar de canal cuando una cuestión seria nos molesta, es también indignarse ante el mal, pero no hacer nada. Dios, sin embargo, no nos preguntará si nos hemos indignado con razón, sino si hicimos el bien. Entonces, ¿cómo podemos complacer al Señor de forma concreta? Cuando se quiere agradar a una persona querida, haciéndole un regalo, por ejemplo, es necesario antes de nada conocer sus gustos, para evitar que el don agrade más al que lo hace que al que lo recibe. Cuando queremos ofrecer algo al Señor, encontramos sus gustos en el Evangelio. Justo después del pasaje que hemos escuchado hoy, Él nos dice: «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,40). Estos hermanos más pequeños, sus predilectos, son el hambriento y el enfermo, el forastero y el encarcelado, el pobre y el abandonado, el que sufre sin ayuda y el necesitado descartado. Sobre sus rostros podemos imaginar impreso su rostro; sobre sus labios, incluso si están cerrados por el dolor, sus palabras: «Esto es mi cuerpo» (Mt 26,26). En el pobre, Jesús llama a la puerta de nuestro corazón y, sediento, nos pide amor. Cuando vencemos la indiferencia y en el nombre de Jesús nos prodigamos por sus hermanos más pequeños, somos sus amigos buenos y fieles, con los que él ama estar. Dios lo aprecia mucho, aprecia la actitud que hemos escuchado en la primera Lectura, la de la «mujer fuerte» que «abre sus manos al necesitado y tiende sus brazos al pobre» (Pr 31,10.20). Esta es la verdadera fortaleza: no los puños cerrados y los brazos cruzados, sino las manos laboriosas y tendidas hacia los pobres, hacia la carne herida del Señor.

Ahí, en los pobres, se manifiesta la presencia de Jesús, que siendo rico se hizo pobre (cf. 2 Co 8,9). Por eso en ellos, en su debilidad, hay una «fuerza salvadora». Y si a los ojos del mundo tienen poco valor, son ellos los que nos abren el camino hacia el cielo, son «nuestro pasaporte para el paraíso». Es para nosotros un deber evangélico cuidar de ellos, que son nuestra verdadera  riqueza, y hacerlo no sólo dando pan, sino también partiendo con ellos el pan de la Palabra, pues son sus destinatarios más naturales. Amar al pobre significa luchar contra todas las pobrezas, espirituales y materiales.

Y nos hará bien acercarnos a quien es más pobre que nosotros, tocará nuestra vida. Nos hará bien, nos recordará lo que verdaderamente cuenta: amar a Dios y al prójimo. Sólo esto dura para siempre, todo el resto pasa; por eso, lo que invertimos en amor es lo que permanece, el resto desaparece. Hoy podemos preguntarnos: «¿Qué cuenta para mí en la vida? ¿En qué invierto? ¿En la riqueza que pasa, de la que el mundo nunca está satisfecho, o en la riqueza de Dios, que da la vida eterna?». Esta es la elección que tenemos delante: vivir para tener en esta tierra o dar para ganar el cielo. Porque para el cielo no vale lo que se tiene, sino lo que se da, y «el que acumula tesoro para sí» no se hace «rico para con Dios» (Lc 12,21). No busquemos lo superfluo para nosotros, sino el bien para los demás, y nada de lo que vale nos faltará. Que el Señor, que tiene compasión de nuestra pobreza y nos reviste de sus talentos, nos dé la sabiduría de buscar lo que cuenta y el valor de amar, no con palabras sino con hechos.

© Librería editorial del Vaticano


Publicado por verdenaranja @ 23:10  | Habla el Papa
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Palabras del Papa antes del Ángelus del miércoles 19 noviembre 2017 (ZENIT – 19 nov. 2017)

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En este penúltimo domingo del año litúrgico, el Evangelio nos presenta la parábola de los talentos (cf. Mt 25, 14-30). Un hombre, antes de partir de viaje, confía a sus servidores talentos, que en ese tiempo eran monedas de un valor considerable: cinco talentos a un servidor, a otro dos, y uno a otro, según las capacidades de cada uno. El servidor que ha recibido cinco talentos es emprendedor y los hace crecer ganando otros cinco. El servidor que ha recibido dos actúa de la misma manera procurándose otros dos. En revancha, el servidor que ha recibido uno excava un  hoyo en el suelo y esconde la moneda de su amo.

Es este mismo sirviente que explica al maestro, a su vuelta, el motivo de su gesto, diciendo: “Señor, yo sabía que tú eres un hombre duro: que siegas donde no sembraste, que recoges donde no has esparcido el grano. He tenido miedo, y fui a ocultar tu talento en la tierra” (vv. 24-25). Este servidor no tiene con su maestro una relación de confianza, sino miedo de él, y esto le bloquea. El miedo inmoviliza siempre y a menudo hace tomar malas decisiones. El miedo desanima a tomar iniciativas, lleva a refugiarse en soluciones seguras y garantías, y así se termina por no hacer nada de bueno. Para avanzar y crecer en el camino de la vida, es necesario no tener miedo sino confianza.

Esta parábola nos hace comprender que es importante tener una verdadera idea de Dios. No debemos pensar que es un maestro malo, duro y severo que nos castiga. Si en nosotros hay esta imagen errónea de Dios, nuestra vida no puede ser fecunda porque vivimos en el miedo y este no nos lleva a nada constructivo. Al contrario, el miedo nos paraliza, nos autodestruye. Estamos llamados a reflexionar para descubrir  cuál es la verdadera idea que tenemos de Dios. Ya en el Antiguo Testamento, se revela como “Dios tierno y misericordioso, lento a la cólera y lleno de amor y de verdad” (Ex 34, 6). Y Jesús nos ha mostrado siempre que Dios no es un maestro severo e intolerante, sino un padre lleno de amor, de ternura, de bondad. Por consecuencia podemos y debemos tener una inmensa confianza en Él.

Jesús nos muestra la generosidad y la atención del Padre de tantas maneras: por su palabra, por sus gestos, por su acogida de todos, especialmente de los pecadores, de los pequeños y de los pobres – como nos lo recuerda hoy la 1ª jornada mundial de los pobres-; también por sus advertencias, que revelan su interés para que no arruinemos nuestra vida innecesariamente.  De hecho, es una señal de que Dios nos tiene en gran estima: esta conciencia nos ayuda a ser personas responsables en todas nuestras acciones. Por lo tanto la parábola de los talentos nos llama a una responsabilidad personal y a una fidelidad que  nos da la capacidad de llevarnos a nuevos caminos, sin “enterrar el talento”, es decir los dones que Dios nos ha confiado, y de los que nos pide cuentas.

Que la Santísima Virgen interceda por nosotros, para que seamos fieles a la voluntad de Dios haciendo fructificar los talentos que nos ha dado. Así seremos útiles para los demás y, en el último día, seremos acogidos por el Señor, que nos invitará a formar parte de su alegría.

© Traducción de Zenit, Raquel Anillo


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S?bado, 18 de noviembre de 2017

Comentario litúrgico del domingo 19 de noviembre de 2017 por el Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor en el Noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey (México) y asistente del Centro Sacerdotal Logos en México y Centroamérica, para la formación de sacerdotes diocesanos. 14 noviembre 2017 (zenit)

DOMINGO XXXIII DEL TIEMPO ORDINARIO

Ciclo A

Textos: Prov 31, 10-13.19-20.30-31; 1 Tes 5, 1-6; Mateo 25, 14-30

Idea principal: Dios nos da a cada quien unos talentos según nuestra capacidad: a uno, cinco; a un segundo, dos; y al tercero, uno. Talentos materiales y naturales, talentos humanos y espirituales.

Síntesis del mensaje: Ante esos talentos caben estas posturas: o hacerlos rendir con responsabilidad y tesón, o malgastarlos por frivolidad e infantilismo, o esconderlos por pereza y negligencia. Pero Cristo al final de los tiempos nos pedirá cuentas de la administración de esos talentos, destinados a producir, en unos el cien por ciento; en otros, el cincuenta o el veinte por ciento. En esto nos jugamos la santidad aquí y la salvación eterna allá.

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, comentemos lo que son los talentos. Si vamos a la isla de Creta, por el mar Egeo, y visitamos el palacio rojo de Minos podremos encontrar en el museo los talentos: unos bloques planos, más o menos cuadrados y lobulados, de unos 45 centímetros de lado y peso de 26 a 36 kilos. No son moneda de bolsillo, sino peso de pago y que, según tiempos y culturas, fueron de oro, plata o bronce. Un talento era un peso. Equivalía a 21.000 gramos de plata. Para entender esto, si un denario equivalía a 4 gramos de plata, entonces un talento equivalía a 6.000 denarios. Un jornalero judío ganaba un denario en todo un día de trabajo (Mateo 20, 2). Si un jornalero quisiera ganar tan solo un talento, tendría que trabajar 6.000 días, o mejor dicho, ¡casi 20 años! Si hacemos los cálculos correctos, podremos entender que el siervo que recibió cinco talentos en realidad recibió un sueldo de 100 años, el que recibió dos recibió lo equivalente a un sueldo de 40 años y el que recibió uno solo estaba recibiendo el sueldo de 20 años de trabajo.

En segundo lugar, ¿qué tenemos que hacer con esos talentos espirituales, intelectuales, profesionales, deportivos, culturales…que Dios generosamente nos dio gratuitamente? En el evangelio se nos da la clave: negociar. Es decir, colocar el dinero en el banco, darlo a préstamo con interés, invertirlo en valores. A los dos criados que lo hicieron, el dueño les alabó, y echó fuera al que no lo hizo. ¿Qué hubiera hecho al que hubiese desperdiciado a tontas y a locas, o le hubiesen robado el talento por negligencia? No quiero ni pensarlo, pues se me pone la piel de gallina. Este evangelio aboga por el sistema “capitalismo -¡ojo!- espiritual”. El amo de la parábola es el Hijo de Dios que, antes de partir para su destino extranjero, que es el cielo, nos dejó una fortuna –la vida y una patria, la familia, los amigos, la inteligencia, la voluntad, la afectividad, la sexualidad, los amigos, la salud, la fe, las virtudes teologales y cardinales, los sacramentos, el perdón, el amor, la justicia, el matrimonio, el sacerdocio o la vida religiosa, etc. ¡Y a negociar! Y, si no, de la parábola aprendamos que otros harán lo que nosotros dejamos de hacer y se cumplirá el evangelio: pasará la fortuna a otros para que negocien y, el que no, que se atenga a las consecuencias de su pereza, de su despilfarro y de su inconsciencia y superficialidad. 

Finalmente, una cosa es el talento, la letra del evangelio y otra la música, que es el talante. Jesús estaba hablando a sus discípulos, pero estaban escuchando los fariseos. El fariseo era bien cumplidor: tenía 613 mandamientos y los cumplía, ¡vaya que sí! A rajatabla. Para talante inmovilista, el suyo. Pero Cristo pedía talante inversionista, creativo, esforzado. Y aquí viene la parte que nos pide Cristo ante esos talentos: nuestro ingenio para invertir honestamente en el banco de la voluntad esos talentos que Él nos dio gratuitamente y con tanto amor y esperanza. Negociar, emprender, comprometerse. Con riesgo y todo. Sin miedo al miedo de jugarse la salvación, que sólo se arriesga cuando, como condena Jesús en el evangelio, uno se apunta a conservador, prudente y segurón, vago y cobarde. Y así, de un evangelio, que a primer golpe de vista, parece capitalista, resulta que es un evangelio, no de talentos sólo, sino de talantes.

Para reflexionar: ¿Estoy haciendo rendir los talentos naturales y espirituales que Cristo me ha dado? ¿Tendré que escuchar de Él: “Servidor malo y perezoso”? ¿O escucharé, por el contrario: “Te felicito, servidor bueno y fiel”?

Para rezarSeñor, gracias por los talentos que me has dado, sin yo merecerlos. Perdóname si al presente he desperdiciado, malgastado o enterrado alguno de ellos. Dame voluntad, ingenio, talante y responsabilidad para de ahora en adelante invertirlos para Gloria tuya, bien de la humanidad y mi propia santificación. Amén.

Para cualquier duda o pregunta, aquí tienen el email del padre Antonio, arivero@legionaries.org


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Reflexión a las lecturas del domingo treintitrés del Tiempo Ordinario A ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

 Domingo 33º  del T. Ordinario A

 

La parábola de los talentos despierta siempre nuestra atención e interés, y nos llama al sentido de la responsabilidad ante los dones que hemos recibido de Dios. La parábola está situada en el contexto de la Venida Gloriosa del Señor, que cada año, por estas fechas, recordamos y celebramos. Y este año la escuchamos además, en el marco de la Jornada de la Iglesia Diocesana.

El Evangelio propio del domingo 32º A, era la parábola de las diez vírgenes, y responde a la pregunta: “¿Cuándo vendrá el Señor? La respuesta la da el mismo Jesucristo: “Velad porque no sabéis el día ni la hora.” Es lo mismo que nos advierte S. Pablo en la segunda lectura de hoy.

La parábola de los talentos de este domingo, responde a otra pregunta: “Y mientras llega el Día del Señor, ¿qué tenemos que hacer?” En un texto paralelo de S. Lucas, se nos advierte: “Negociad mientras vuelvo”. (Lc 19,13).

El Evangelio nos explica que los empleados que habían recibido cinco y dos talentos, negociaron con ellos y consiguieron otro tanto. Por eso, cuando, después de mucho tiempo, vuelve su señor, recibieron la alabanza y la recompensa que merecían; pero el que había recibido uno y no negoció con él, recibe la reprobación y el castigo.

Es interesante recordar que un talento equivalía a 6000 denarios, y un denario era lo que cobraba un obrero por un día de trabajo.  Los cinco talentos equivalía, por tanto, a unos 80 años de trabajo. Incluso, al que le dieron un talento, recibió lo que correspondía a 6000 días. Una cantidad muy importante.

El día de su Ascensión, Jesús se marchó “visiblemente” al Cielo, y dejó sus bienes, los tesoros de la salvación, a los apóstoles y, por ellos, a toda la Iglesia; y por la Iglesia, a cada uno de nosotros. Dice San Pablo: “El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia ha sido un derroche para con nosotros” (Ef 1, 8). Junto a esos bienes, nos ha dado numerosos dones en el orden de la naturaleza y de la gracia. De esos dones, unos son para nosotros, y otros son para los demás, para la comunidad, para la Iglesia. Son los llamados “carismas”.

Jesucristo volverá como nos ha dicho; y ese Día, grande y glorioso, tendremos que darle cuenta  de la “administración” de los bienes, que nos ha dejado.

Este domingo se nos recuerda todo eso, y se nos urge realizar la tarea que nos ha sido confiada: anunciar el Evangelio al mundo entero, llevar los tesoros de la salvación a todos los hombres, cuidar y mejorar todo lo recibido.

Por tanto, desdela Ascensiónhasta la segunda Venida de Cristo, es el tiempo del trabajo, de “negociar con los talentos”. Y ése es “el tiempo de la Iglesia”, que ha recibido del Señor aquella misión. Y hemos de hacerlo con el interés, la ilusión y el sentido de la responsabilidad, de “la mujer hacendosa” de la primera lectura.

Y recordamos  estas cosas, especialmente, este domingo, en que, como decía, celebramos el Día de la Iglesia Diocesana.

En esta Jornada, la Iglesia nos parece como más cercana, más concreta, más familiar, más nuestra. Con nombres y números.

¡Me gusta contemplar a la Iglesia como un edificio en construcción, en el que todos tenemos que cooperar!

  Es lo que tenemos que hacer con la Misión Parroquial, que hoy se pone en marcha en nuestra Diócesis, con ese slogan tan interesante: ¡Acompañar y fructificar!

 

¡FELIZ DÍA DE LA IGLESIA DIOCESANA! ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR! 


Publicado por verdenaranja @ 10:58  | Espiritualidad
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S?bado, 11 de noviembre de 2017

Desde el obispado de Tenerife se nos envía los materiales para la celebración del DÍA DE LA IGLESIA DIOCESANA, entre los cuales se encuentra el siguiente  GUIÓN LITÚRGICO


GUIÓN LITÚRGICO

Recomendamos que la celebración comience después de la monición, con la entrada del farol de la Misión encendido llevado por el sacerdote o por el equipo parroquial coordinador de la Misión y colocándolo en un lugar visible. También que tengan una vela los participantes para su encendido en el momento en el que se indica.

 

MONICIÓN DE ENTRADA

Somos una gran familia contigo. Celebramos hoy el Día de la Iglesia Diocesana. En esta ocasión singular, coincide con la apertura en nuestra parroquia…. de la fase celebrativa de la Misión diocesana.

Estamos llamados a ser una Iglesia en salida. Queremos ser una Iglesia que sale a anunciar la alegría del Evangelio a todoslos hombres y mujeres de nuestra tierra. Lo hacemos movidos por la fe, sabiendo que no podemos quedarnos para nosotros mismos aquello que nos hace felices. Por eso, nos hemos reunido como comunidad para visualizar esta llamada que nos hace el Señor, agradeciéndole el camino recorrido, poniendo en sus manos el porvenir y nuestro deseo de responder, involucrándonos en la puesta en marcha de la Misión para fructificar y acompañar.

La llamada es para todos y cada uno. Cada parroquia una misión,  cada cristiano un misionero.

Por otro lado, también tenemos hoy especialmente presente la celebración de la primera jornada mundial de los pobres. La Iglesia en salida ha de estar especialmente sensible y cercana a todas las periferias existenciales y sociales. Somos llamados a no amar de palabras sino de obras. Con alegría iniciemos esta celebración.

 

MONICIÓN A LAS LECTURAS

Vamos a proclamar la Palabra de Dios. Para poder comunicarla a los demás tenemos que dejar, en primer lugar, que se siembre en nuestra vida. Escuchemos con atención y con corazón abierto, como buena tierra.

ORACIÓN DE LOS FIELES

- Por la Iglesia, por el Papa Francisco, por nuestro obispo Bernardo, por nuestro párroco, para que en el anuncio del evangelio sean los primeros testigos y como el Buen Pastor, caminen delante, roguemos al Señor.

- Por esta diócesis cuatro veces insular, por cuantos vivimos en las canarias occidentales, para que seamos constructores de la civilización del amor, roguemos al Señor.

- Por los que tienen responsabilidades en el gobierno de las naciones, para que promuevan la verdadera solidaridad con los más  obres, necesitados y sufrientes y contribuyan a saciar su hambre de amor y su sed de justicia, roguemos al Señor.

- Por la misión evangelizadora de la Iglesia, para que siempre esté movida por el amor que Jesús nos manifiesta en la Cruz y nosofrece en la Eucaristía, roguemos al Señor.

- Por la Misión en esta parroquia, para que seamos discípulos misioneros de la alegría del evangelio. Roguemos al Señor.

- Por las vocaciones, para que el Señor las suscite en abundancia y sin miedo se consagren totalmente a Cristo y a la misión y hagan de sí mismos pan partido para la vida del mundo, roguemos al Señor.

- Por los jóvenes y las familias, destinatarios preferentes de este curso pastoral, para que sepamos abrirles caminos de encuentro con Dios, roguemos al Señor.

- Por nosotros, llamados a acompañar y fructificar en este tiempo de misión, para que nos abramos a la acción del Espíritu en nuestras vidas, roguemos al Señor.

 

MONICIÓN A LA COLECTA

Somos una gran familia contigo. Este es un día para ser más conscientes de las necesidades de esta familia que es la Iglesia Diocesana. Por ello, la colecta de este día mira al ser y el hacer de la diócesis Nivariense, para contribuir con lo que somos y tenemos a que pueda cumplir su misión adecuadamente.

 

PROCESIÓN DE OFRENDAS

Si estima conveniente, junto al pan y el vino puede ofrecerse el proyecto parroquial dela Misión, algunos símbolos de la misma, o de las realidades parroquiales…

 

GESTO FINAL DE TRANSMISIÓN DE LA LUZ

Una vez realizada la oración después de la comunión, se introduce el gesto con la monición. Luego, mientras se hace un canto adecuado, se encienden las velas pequeñas que se han distribuido a los fieles al entrar. Concluido el encendido, todos rezan la oración por la Misión y se imparte la bendición. Se finaliza cantando el Himno de la Misión.

 

MONICIÓN AL GESTO

Cada parroquia una misión y cada cristiano un misionero. Con este deseo queremos comenzar esta fase celebrativa de la Misión diocesana en nuestra parroquia y en cada una de las parroquias de nuestra Diócesis. Para el anuncio del Evangelio y la trasformación del mundo, Dios necesita de cada uno de nosotros. Necesita instrumentos convencidos, comprometidos y dispuestos a entregarse del todo. Recibir la luz de Cristo y su Evangelio, ha sido un tesoro inmenso e inmerecido por nuestra parte, que nos invita a ser sal de la tierra, luz del mundo y levadura en la masa.

La Iglesia no es una familia encerrada en sí misma sino enviada a llevar la luz a todos los hombres y mujeres de nuestro mundo iluminando su camino hacia Cristo. El día de nuestro Bautismo, todos nosotros recibimos esa luz - símbolo de la misión de la Iglesia - que a partir de ese momento se convertía en misión personal de cada uno. Que hoy, al encender esta pequeña vela que portamos en nuestras manos, renovemos nuestro compromiso de seguir creciendo en la fe y de compartirla con los demás. Alguien me espera. “Salgamos a ofrecer a todos la vida de Jesucristo” EG 49.

 

SACERDOTE:

Oh Dios, que enviaste al mundo a tu Hijo como luz verdadera,

Derrama tu Espíritu sobre estos siervos tuyos,

llamados a ser colaboradores y testigos de tu Verdad

en medio de nuestra comunidad parroquial y de toda la Iglesia,

para que ellos y quienes van a recibir tu Evangelio

a través de ellos,

formemos un solo pueblo por el Bautismo,

y te tengamos como único Señor.

Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Y la Bendición de Dios Todopoderoso…

Alguien nos espera. Vayamos a la Misión. Podéis ir en paz.


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Carta del obispo de Tenerife monseñor Don Bernardo Álvarez Afonso con motivo de la celbración del DÍA DE LA IGLESIA DIOCESANA 2017

El 19 de noviembre de este año 2017, celebramos el “Día de la Iglesia Diocesana”. Un día para dar gracias a Dios por pertenecer a la Iglesia y por todos los bienes espirituales que a través de ella recibimos. Una jornada anual para reavivar la conciencia de que, en nuestra condición de cristianos, formamos la gran familia de los hijos de Dios que es la Iglesia, y en la que todos estamos llamados a ser miembros vivos y activos.

Para nosotros, la pertenencia a la Iglesia Católica —extendida por toda la Tierra— se concreta en la  Diócesis Nivariense que formamos los católicos de las islas de La Gomera, El Hierro, Tenerife y La Palma. Una Diócesis que cuenta con gran número de instituciones, asociaciones y movimientos en los que fieles laicos, congregaciones religiosas y sacerdotes desarrollan su compromiso cristiano en la Iglesia y en la sociedad.

Particularmente, para la inmensa mayoría de los fieles, a la hora de vivir nuestra fe, contamos con 320 parroquias, atendidas por casi 200 sacerdotes. En cada una de ellas, con su variado patrimonio antiguo y nuevo (templos, capillas, salones parroquiales, casa del párroco…), se imparte la  catequesis para educar en la fe a niños, jóvenes y adultos; a través Cáritas se atiende a los más pobres. Cada una tiene sus celebraciones y fiestas. En cada parroquia los cristianos son bautizados y confirmados, celebran la Santa Misa, contraen matrimonio y son encomendados el día de su muerte.

Todo ello, inserto dentro de nuestro “Plan Pastoral 2015-2020”: “Una iglesia en salida misionera”.  Concretamente, en este curso que estamos comenzando queremos poner el acento en “acompañar y fructificar”. Como nos dice Jesús en el Evangelio “yo les he elegido y le he destinado para que vayan y den fruto, un fruto que permanezca” (Jn. 15, 16).

Es evidente que mantener y acrecentar aún más toda esta actividad, y la conservación de las infraestructuras necesarias, sólo es posible gracias a la colaboración personal y económica de muchos cristianos, a los que agradezco su generosidad. La vida de la Iglesia depende siempre —y hoy más que nunca— de los fieles que cumplen con su deber de “ayudar a la Iglesia en sus necesidades”. Por ello, el Día de la Iglesia Diocesana tiene también como finalidad dar a conocer la realidad económica de nuestra Iglesia y solicitar la ayuda generosa de los fieles en el sostenimiento económico de su Iglesia.

En la Iglesia, el dinero no es un fin sino un medio al servicio de la misión evangelizadora, del culto y de la caridad. Lo que la Iglesia puede hacer depende, en buena parte, de los recursos que tenga para realizarlo. Esto es claro y evidente, y no tenemos por qué avergonzarnos al reconocerlo. Como en toda familia, es natural que la Iglesia sea sostenida económicamente por la aportación de nosotros, los católicos, de todos los que somos miembros activos de ella. Lo cual no quita que otras personas de buena voluntad, que valoran lo que hace la Iglesia, contribuyan a su sostenimiento como sucede, por ejemplo, cuando ponen la “X” a favor de la Iglesia en la declaración de la renta o hacen donaciones directas.

“Acompañar y fructificar” es la clave pastoral para este curso 2017-2018 y hemos elegido este día 19 de noviembre para dar comienzo a la “misión diocesana” en todas las parroquias. Por el mismo hecho de ser cristianos, todos estamos involucrados en la tarea. Todos somos misioneros y debemos participar en la misión de la Iglesia, con nuestra oración, con nuestra prestación personal en las tareas apostólicas y socio-caritativas y, también, nuestra aportación económica.

Sabemos que “si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles”. Por eso no dejemos de encomendar al Señor nuestros esfuerzos misioneros, para que sea  Él quien de crecimiento a lo que sembramos y “haga prósperas las obras de nuestras manos”. Así se irá haciendo realidad lo que pedimos al Señor en la liturgia: “Que nuestra Diócesis Nivariense se renueve constantemente a la luz del Evangelio y encuentre siempre nuevos impulsos de vida; que se consoliden los vínculos de unidad entre los laicos y los pastores de tu Iglesia, entre  el Obispo y sus presbíteros y diáconos”. Que así sea, en la intención y en la acción de todos.

 

+ Bernardo Álvarez Afonso

Obispo Nivariense


Viernes, 10 de noviembre de 2017

Reflexión a las lecturas del domingo treintidos del Tiempo Ordinario A ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"     

 Domingo 32º del T. Ordinario A

 

Está terminando el Año Litúrgico. Pronto comenzaremos el Tiempo de Adviento, que nos prepara para la Navidad. Es como el declinar de un día, un atardecer…

Y cada año, por estas fechas, la Iglesia nos invita a recordar y celebrar “la espera dichosa” de la Venida gloriosa del Señor. Y a eso nos invitan las lecturas de estos domingos, en los que  se nos recuerda que la Historia humana no terminará en la destrucción y el fracaso, sino en la Vuelta Gloriosa del Señor. En la segunda lectura San Pablo sitúa aquí la resurrección de los muertos, el día de la glorificación y del premio, el comienzo de una vida sin fin.

También nos centramos en esta realidad las primeras semanas de Adviento. Un tiempo, pues, un tanto amplio para recordar y celebrar esta verdad, que profesamos en el Credo: “Y de nuevo vendrá con gloria, para juzgar a vivos y muertos y su reino no tendrá fin”. También cada vez que celebramos la Eucaristía, profesamos esa fe y esa esperanza.

Pero, a pesar de todo eso, hay un gran desconocimiento en el pueblo cristiano de este grandioso acontecimiento, el más importante, que esperamos.

Hemos de esforzarnos siempre por tener una conciencia muy viva de que los cristianos trabajamos, descansamos…, celebramos la Eucaristía, “mientras esperamos la Gloriosa Venida de nuestro Salvador Jesucristo”, como decimos después del Padrenuestro. Y lo primero que le pedimos al Señor, al llegar al altar, en la Consagración, es “Ven, Señor Jesús”.

El Evangelio de este domingo nos invita a reflexionar sobre este Misterio, a la luz  de la parábola de “las diez vírgenes”. Jesús se vale de la forma en que se celebraban las bodas en su tierra, para hablarnos de esta realidad. Veamos:

Un tiempo después de los desposorios, llegaba el día de la boda. Entonces iba el novio acompañado de unos amigos a la casa de la novia, que esperaba rodeada de sus amigas, y era conducida solemnemente a la casa del novio, donde se celebraba el banquete, y comenzaba la vida común. Ni que decir tiene que todo estaba perfectamente programado. Pero Jesús se imagina una boda en la que falla todo: el novio tarda en llegar; las amigas de la novia se duermen; algunas de ellas no han llevado suficiente aceite para sus lámparas; el esposo llega a medianoche, y se oye una voz: “que llega el esposo. Salid a recibirlo”. Y sólo las que estaban preparadas, con aceite para sus lámparas, entraron al banquete de bodas; y se cerró la puerta. Las otras, las necias, que fueron a comprar el aceite,  no pudieron entrar, por mucho que insistieron.

La finalidad de la parábola nos la dice Jesucristo expresamente: "Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora".

Y es que todos los acontecimientos importantes de esta vida, tienen un día y una hora, pero Jesucristo ha querido ocultarnos el día y la hora de este hecho, decisivo y fundamental. Por eso, tenemos que vivir siempre pendientes de su Venida, esperándole, como aquellas jóvenes sensatas.

De esta doctrina surgen muchas consecuencias prácticas.

Los primeros cristianos, que esperaban la Venida de Cristo, de forma inminente, tenían una manera concreta de vivir, a la espera del Señor: “Eran constantes en la enseñanza de los apóstoles, en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones”. (Hch 2, 42).

               Podemos también recordar ahora, el rito de la luz de la celebración del  Bautismo, en el que el sacerdote dice: “A vosotros, padres y padrinos, se os confía acrecentar esta luz. Que vuestros hijos, iluminados por Cristo, caminen siempre como hijos de la luz y, perseverando en la fe, puedan salir con todos los santos encuentro del Señor."

               ¡Y esto es vivir con la sabiduría de la que nos habla la primera lectura!

 

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 20:26  | Espiritualidad
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DOMINGO 32º DEL T. ORDINARIO  A               

MONICIONES 

 

PRIMERA LECTURA

      Al escuchar la primera lectura, nos sentimos animados a buscar y a amar la sabiduría, es decir a pensar y vivir según lo verdadero, lo recto, lo bueno.

Encuentran la sabiduría los que la buscan; se anticipa a darse a conocer a los que la desean. 

 

SALMO

      En Dios está la verdadera sabiduría. Con el salmo expresamos nuestro deseo de Dios: "Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío". 

 

SEGUNDA LECTURA

      Los cristianos de Tesalónica pensaban que sólo los que vivieran en el tiempo de la segunda Venida del Señor, que ellos consideraban inminente, participarían de su gloria y que quizá los que ya habían muerto, quedarían al margen de aquella glorificación. S. Pablo sale al paso de aquella falsa creencia con las palabras que vamos a escuchar. 

 

TERCERA LECTURA

      En el Evangelio Jesús nos exhorta a permanecer siempre vigilantes, esperando su Venida gloriosa.

      Aclamémosle llenos de alegría cantando el aleluya. 

 

COMUNIÓN

      Celebramos la Eucaristía, mientras esperamos la gloriosa Venida de nuestro Salvador, Jesucristo.

      Que Él nos ayude a vivir siempre esperándole, para que, según la imagen del Evangelio de este domingo, podamos salir a su encuentro, cuando llegue,  con las lámparas encendidas.


Publicado por verdenaranja @ 20:21  | Liturgia
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Jueves, 09 de noviembre de 2017

Comentario litúrgico del domingo 12 de noviembre de 2017, DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO Ciclo A, por el P. Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor en el Noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey (México) y asistente del Centro Sacerdotal Logos en México y Centroamérica, para la formación de sacerdotes diocesanos. 7 noviembre 2017 (zenit)

Textos: Sap 6, 12-16; 1 Tes 4, 13-18; Mateo 25, 1-13

Idea principal: Dado que es incierto el día en que llegará el Señor para pedirnos cuentas de nuestra vida es de prudentes y sabios vivir en vigilancia perenne ahora, con la lámpara de la fe encendida, llena del aceite de nuestra caridad o buenas obras.

Síntesis del mensaje: el año litúrgico se encamina a su término y la Palabra de Dios nos invita este domingo a dirigir la mirada de la fe hacia “las cosas últimas”. Es de sabios meditar en las cosas venideras (primera lectura). Esta dimensión del más allá (escatológica) tiene que estar siempre en nuestro presupuesto existencial: ¿tendremos a la hora de la muerte la lámpara de nuestra fe encendida, las cuentas exactas y saldadas, y con el aceite de la caridad a tope para alimentar la lámpara y no quedarnos a medio camino? Después de la muerte, ya no podemos llenar la lámpara.

Puntos de la idea principal

En primer lugar, miremos a estas muchachas del evangelio de hoy. Son necias y desprevenidas. Por eso hacen cuatro cosas inútiles: ruegan a las otras que las salven –ya no es tiempo-, salen de noche a buscar vendedores –es absurdo-, llegan a puerta cerrada –obvio- y gritan –sin ser oídas-: “Señor, Señor, ábrenos”. ¿Resultado? “No os conozco”. ¿Moraleja? Tenemos que estar preparados para esta segunda venida de Cristo y no estar perdiendo el aceite de nuestra lámpara durante el camino de la vida por negligencia, por estar jugando en el carrusel de la fortuna y a los dados del placer. Yo, como san Pablo, sí creo en la segunda venida (segunda lectura). Y por eso quiero estar preparado y despierto. Y quiero ayudar a otros a prepararse conmigo. De esta manera, cuando venga el Señor nos encontrará con la lámpara de la fe encendida, con el aceite de la caridad derramándose por esa lámpara, con la conciencia tranquila y con la paz en el alma esperando el abrazo de Dios.

En segundo lugar, miremos a Cristo, aquí presentado como Esposo, pues lo que allá tendremos y saborearemos serán las bodas eternas con nuestro Salvador y sus amigos que se mantuvieron fieles a la alianza. La metáfora de las bodas simboliza la relación de amor, de índole nupcial, que se entabla

entre Dios y cada uno de nosotros. ¿Por qué este Esposo Cristo llega tarde, de improviso? ¿Por qué ese grito en la noche? Cristo abre la puerta a las muchachas sensatas que estaban despiertas y tenían todo preparado y entran en la fiesta de bodas. Y, tras ellas, la puerta se cierra. Pudieron ingresar porque llenaron de aceite sus frascos, y así impidieron que la caridad, que es la llama del alma, se extinguiera. No podemos dormir. Un automovilista no puede permitirse el lujo de conducir durmiendo; un médico no puede ausentarse de una operación delicada e irse a dormir; un piloto de avión no puede convertir su cabina en salón dormitorio. Un solo instante de sueño sería fatal para tales personas y causaría un desastre nunca justificable. Así en nuestra vida cristiana.

Finalmente, y a nosotros, ¿qué nos dice esta parábola tan aleccionadora? Justamente esto: primero que estamos en la vida para ir hacia la eternidad, es decir, ese encuentro con Cristo que está ya preparando ese banquete de bodas definitivo pues aquí en la tierra el banquete de la Eucaristía es a través del signo y del velo del sacramento; no perdamos la ruta; segundo, que tenemos que llenar siempre la lámpara de nuestra fe con el aceite de la caridad y amor, pues sólo así Jesús nos reconocerá y daremos con la puerta en medio de la oscuridad del camino; finalmente, que si no hacemos esto entraremos desgraciadamente dentro del grupo de los necios y fatuos y seremos excluidos del banquete y escucharemos de Cristo: “No te conozco”. Con esto, el Señor nos está alertando que junto con la posibilidad de la salvación final, existe la de la condenación eterna, que muchos hoy quieren negar, escudándose en este sofisma: “Dios es tan bueno, que no permitirá que ninguno se condene”. Dios es serio. “De Dios nadie se burla. Lo que el hombre siembre, eso cosechará” (cf. Gál 6, 7). Si estuvimos jugando con la lámpara de la fe comprando otras velas en el supermercado de las sectas, tal vez se quebrará. Quien no alimenta esa lámpara con la caridad, se apagará.

Para reflexionar: ¿Tengo preparadas las maletas para mi último viaje hacia Dios? ¿Cuido mi lámpara de la fe cristiana y católica, íntegra e incontaminada? ¿Llevo aceite de caridad de repuesto durante el trayecto hacia la eternidad?

Para rezar: Señor, hazme sensato. Señor, ayúdame para no tropezar durante el camino y dejar caer mi lámpara. Señor, que camine feliz y radiante durante el trayecto hacia Ti, ayudando a mis hermanos que me necesiten, repartiendo el aceite de mi fe y amor, antes de que sea ya tarde. ¡Ven, Señor Jesús! Amén.

Para cualquier duda o pregunta, aquí tienen el email del padre Antonio, arivero@legionaries.org 


Publicado por verdenaranja @ 23:21  | Espiritualidad
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Misa por los cardenales y obispos fallecidos este año (Texto completo) (ZENIT – 3 Nov. 2017)

Homilía del Papa Francisco

La celebración de hoy nos pone una vez más frente a la realidad de la muerte, haciendo que también se reavive en nosotros el dolor por la separación de las personas que han estado cerca de nosotros, y nos han ayudado; pero la liturgia alimenta sobre todo nuestra esperanza por ellos y por nosotros mismos.

La primera lectura expresa una firme esperanza en la resurrección de los justos: «Muchos de los que duermen en el polvo de la tierra despertarán: unos para vida eterna, otros para vergüenza e ignominia perpetua» (12,2). Los que duermen en el polvo, es decir, en la tierra, son obviamente los muertos, y el despertar de la muerte no es en sí mismo un retorno a la vida: algunos despertarán para la vida eterna, otros para vergüenza eterna. La muerte hace definitiva la «encrucijada» que ya está ante nosotros aquí, en este mundo: la senda de la vida, es decir, con Dios, o la senda de la muerte, es decir, lejos de Él. Esos «muchos» que resucitarán para la vida eterna son los «muchos» por los que Cristo ha derramado su sangre. Son esa muchedumbre que, gracias a la bondad misericordiosa de Dios, experimenta la realidad de la vida que no acaba, la victoria completa sobre la muerte a través de la resurrección.

En el Evangelio, Jesús fortalece nuestra esperanza, cuando dice: « Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre» (Jn 6,51). Estas palabras remiten al sacrificio de Cristo en la cruz. Él aceptó la muerte para salvar a los hombres que el Padre le había entregado y que estaban muertos en la esclavitud del pecado. Jesús se hizo nuestro hermano y compartió nuestra condición hasta la muerte; con su amor rompió el yugo de la muerte y nos abrió las puertas de la vida. Con su cuerpo y su sangre nos alimenta y nos une a su amor fiel, que lleva en sí la esperanza de la victoria definitiva del bien sobre el mal, sobre el sufrimiento y sobre la muerte. En virtud de este vínculo divino de la caridad de Cristo, sabemos que la comunión con los muertos no es simplemente un deseo, una imaginación, sino que se vuelve real.

La fe que profesamos en la resurrección nos lleva a ser hombres de esperanza y no de desesperación, hombres de la vida y no de la muerte, porque nos consuela la promesa de la vida eterna enraizada en la unión con Cristo resucitado.

Esta esperanza, que la Palabra de Dios reaviva en nosotros, nos ayuda a tener una actitud de confianza frente a la muerte: en efecto, Jesús nos ha mostrado que esta no es la última palabra, sino que el amor misericordioso del Padre nos transfigura y nos hace vivir en comunión eterna con Él. Una característica fundamental del cristiano es el sentido de la espera palpitante del encuentro final con Dios. Lo hemos reafirmado hace poco en el Salmo Responsable: «Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo: ¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios?» (42,3). Son palabras poéticas que expresan de manera conmovedora nuestra espera vigilante y sedienta del amor, de la belleza, de la felicidad y de la sabiduría de Dios.

Estas palabras del Salmo se habían quedado grabadas en el alma de nuestros hermanos cardenales y obispos que hoy recordamos: nos han dejado después de haber servido a la Iglesia y al pueblo que se les confió con la mirada puesta en la eternidad. Por tanto, damos gracias por su servicio generoso al Evangelio y a la Iglesia, al mismo tiempo que nos parece oírles repetir con el Apóstol: «La esperanza no defrauda» (Rm 5,5). Sí, no defrauda. Dios es fiel y nuestra esperanza en Él no es inútil. Invoquemos para ellos la intercesión materna de María Santísima, para que participen en el banquete eterno, que con fe y amor gustaron ya durante su peregrinación terrena.

© Librería Editorial Vaticano


Publicado por verdenaranja @ 23:09  | Habla el Papa
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