Viernes, 23 de septiembre de 2016

Reflexión a las lecturas del domingo veintiséis del Tiempo Ordinario C ofrecida por el sacerdote Don juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "COS DEL DIA DEL SEÑOR"     

Domingo 26º del T. Ordinario C

 

¡Cómo cambia la escena!

El rico Epulón “se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día. Y un mendigo, llamado Lázaro, estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico, pero nadie se lo daba”.

De repente, aparece la muerte, y cambia por completo la escena: “Se murió el mendigo y los ángeles lo llevaron al seno de Abrahán. Se murió también el rico y lo enterraron. Y estando en el infierno, en medio de los tormentos…”

¿Qué ha pasado? ¿Qué mal ha hecho aquel rico para ir a los tormentos del infierno?

Sencillamente, no preocuparse del pobre Lázaro.

¿Y por eso…? ¿Y nada más que por eso… Está claro: Por todo eso.

Y habrá gente que diga hoy al leer o escuchar este texto del Evangelio: “¡Si no le ha hecho ningún mal…!”

Es lo que diría también alguno de aquellos fariseos a quienes se dirige la parábola. “Un fariseo” de nuestros tiempos dirá:  “Yo ni robo ni mato ni hago mal a nadie…”

¡Pero Jesús no nos enseña eso! Enseña a hacer el bien y evitar el mal. Las dos cosas.  Y La Ley y los Profetas se resumen en la doble forma de amar: a Dios y a los hermanos.

Y el mandamiento nuevo es “la señal” de nuestro ser o no ser cristiano.

Enseguida recordará alguno: “¡Los pecados de omisión!”

Sí. Que pueden ser las  pequeñas cosas que no hacemos cada día y las grandes cosas que dividen la tierra en cuatro mundos.

Mientras los perros –animales impuros según la Ley- “se acercaban a lamerle las llagas”. Parece como si los perros tuvieran “un corazón” mejor que el rico.

Por tanto, esta doctrina no es un invento reciente de la Iglesia. La hemos aprendido los cristianos desde el principio: Ya los apóstoles y  los Santos Padres hablaban con firmeza sobre este asunto: ¡Los bienes del mundo son para todos! ¡No pueden acaparar unos lo que necesitan otros! Uno de los Padres, S. Basilio, decía: “Alimenta al que muere de hambre, porque si no lo alimentas, lo matas”.

¿Lo mato? ¿Cómo? ¿Por qué? ¡Cuánto despiste en este tema! Modernamente, ha escrito Juan Pablo II: "los bienes que poseemos, están gravados con una hipoteca social”.  Y en un lugar de África, decía:  “¿Cómo juzgará la historia a esta generación que deja morir a sus hermanos de hambre, pudiendo evitarlo?”.

En nuestros tiempos, la  primera escena de la parábola ha adquirido una dimensión mundial. El Papa Pablo VI escribía, hace ya tiempo, una encíclica muy importante sobre el desarrollo de los pueblos: “Populorum Progressio”. En ella se valía de esta parábola,  para presentar la situación en que se encuentra la humanidad: Por un lado, los países desarrollados y ricos, representan al rico Epulón. Por otro, los países pobres, al mendigo Lázaro.

Mientras tanto, Dios observa y espera con paciencia y misericordia. Por este camino, los países ricos y los países pobres tendrán el mismo desenlace que nos presenta la parábola. Pues llegará un día en el que se cerrará la puerta  y  se dirá, como hemos escuchado en la primera lectura: “Se acabó la orgía de los disolutos”. 

 

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR


Publicado por verdenaranja @ 17:10  | Espiritualidad
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DOMINGO 26º DEL TIEMPO ORDINARIO C

MONICIONES 

 

PRIMERA LECTURA

         La Palabra de Dios de este domingo continúa hablándonos del uso de los bienes materiales.

En la primera lectura las palabras del profeta son duras, fuertes y claras: Todos aquellos que llevan una vida de lujo y derroche sin compadecerse de los pobres, irán al destierro.

 

SALMO

         Cantemos ahora al Señor que está a favor de los pobres y quiere salvarlos.

 

SEGUNDA LECTURA

         S. Pablo anima a su discípulo Timoteo a guardar el Mandamiento, es decir, todo el contenido de la fe cristiana. 

 

TERCERA LECTURA 

         La parábola del rico Epulón nos enseña, con crudeza y claridad, que una vida de goce egoísta e insolidario, separa de Dios para siempre.

  

COMUNIÓN

         Nos acercamos a comulgar. Pero se trata de una doble comunión: “con Cristo y entre nosotros, que en Él nos hacemos y somos hermanos”.

         Por eso, recibir a Jesucristo en la Comunión y desentenderse de los demás, no es una auténtica comunión.

         Hay que “demostrar con obras de caridad, piedad y apostolado lo que se recibe por la fe y el sacramento”.

 

 


Publicado por verdenaranja @ 17:06  | Liturgia
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El papa Francisco participó el martes, 20 de Septiembre de 2016, al último día del encuentro ‘Sed de Paz’ que se realizó en Asís, el cual inició el domingo y contó con la participación de 511 líderes religiosos. En la ceremonia final los principales jefes de religiones encendieron una vela y firmaron un llamado a la paz. (ZENIT – Roma)

El papa Francisco dirigió las siguientes palabras:

“Santidad, ilustres Representantes de las Iglesias, de las Comunidades y de las Religiones,
¡queridos hermanos y hermanas!

Les saludo con gran respeto y afecto y les agradezco su presencia. Hemos venido a Asís como peregrinos que buscan la paz. Llevamos en nuestro interior  y ponemos ante Dios las expectativas y las angustias de muchos pueblos y de muchas personas. Tenemos sed de paz, tenemos el deseo de testimoniar la paz, necesitamos sobre todo orar por la paz, porque la paz es un don de Dios y es tarea nuestra invocarla, acogerla y construirla cada día con su ayuda.

“Bienaventurados los que trabajan por la paz” (Mt 5,9). Muchos de ustedes han hecho un largo camino para llegar hasta este bendito lugar. Salir, ponerse en camino, encontrarse con otros y trabajar por la paz no son solo movimientos físicos, sino sobre todo del alma, son respuestas espirituales concretas para superar la actitud de cerrarse abriéndose a Dios y a los hermanos.  Dios nos lo pide, exhortándonos a contrarrestar la peor enfermedad de nuestro tiempo: la indiferencia. Es un virus que paraliza, nos hace insensibles e inertes, una enfermedad que infecta el mismo centro de la religiosidad, generando un nuevo tristísimo paganismo: el paganismo de la indiferencia.

No podemos quedarnos indiferentes. Hoy el mundo tiene una ardiente sed de paz. En muchos países se sufre por guerras, en muchos casos olvidadas, pero que siempre son causa de sufrimiento y de pobreza. En Lesbos, con mi querido hermano y Patriarca ecuménico Bartolomé, vimos en los ojos de los refugiados el dolor de la guerra, la angustia de pueblos sedientos de paz. Pienso en familias, cuya vida ha dado un vuelco; en niños que no han conocido en su vida nada más que violencia; en ancianos obligados a abandonar sus tierras: todos ellos tienen una gran sed de paz. No queremos que estas tragedias caigan en el olvido. Juntos, nosotros deseamos dar voz a los que sufren, a los que no tienen voz y a los que nadie escucha. Ellos saben, muchas veces mejor que los poderosos, que no hay un mañana en la guerra y que la violencia de las armas destruye la alegría de la vida.

Nosotros no tenemos armas. Pero sí creemos en la fuerza humilde y mansa de la oración. En esta jornada, la sed de paz se ha convertido en invocación a Dios, para que cesen las guerras, el terrorismo y la violencia. La paz que desde Asís invocamos no es una simple protesta contra la guerra, ni siquiera “es el resultado de negociaciones, de compromisos políticos o de regateos económicos. Es más bien el resultado de la oración” (JUAN PABLO II, Discurso, Basílica de Santa María de los Ángeles, 27 de octubre de 1986: Insegnamenti IX,2 [1986], 1252). Busquemos en Dios, fuente de la comunión, el agua limpia de la paz, de la que tanta sed tiene el mundo. Esa agua no puede brotar en los desiertos del orgullo y de los intereses partidistas, en las tierras áridas de obtener beneficios a toda costa y del comercio de armas.

Nuestras tradiciones religiosas son distintas. Pero la diferencia para nosotros no es un motivo de conflicto, de polémica o de frío distanciamiento. Hoy no hemos orado unos contra otros, como ha pasado por desgracia en ocasiones a lo largo de la historia. Sin sincretismos y sin relativismos, hemos orado unos junto a otros, los unos por los otros. San Juan Pablo II en este mismo lugar dijo: “Tal vez nunca como ahora en la historia de la humanidad ha sido tan claro a ojos de todo el mundo el vínculo intrínseco entre una actitud auténticamente religiosa y el gran bien de la paz” (ID., Discurso, Plaza inferior de la Basílica de San Francisco, 27 de octubre de 1986: l.c., 1268). Continuemos el camino que empezó hace treinta años en Asís, donde sigue vivo el recuerdo de aquel hombre de Dios y de paz que fue san Francisco, “una vez más, reunidos aquí, afirmamos que aquel que utiliza la religión para fomentar la violencia contradice la inspiración más auténtica y profunda de dicha religión” (ID., Discurso a los Representantes de las Religiones, Asís, 24 de enero de 2002: Insegnamenti XXV,1 [2002], 104), que toda forma de violencia no representa “la verdadera naturaleza de la religión, sino que es una tergiversación y contribuye a su destrucción” (BENEDICTO XVI, Intervención en la Jornada de reflexión, diálogo y oración por la paz y la justicia en el mundo, Asís, 27 de octubre de 2011: Insegnamenti VII,2 [2011], 512). No nos cansamos de repetir que el nombre de Dios nunca puede justificar la violencia. ¡Solo la paz es santa y no la guerra!

Hoy hemos implorado el santo don de la paz. Hemos orado para que las conciencias se movilicen y defiendan la sacralidad de la vida humana, que promuevan la paz entre los pueblos y que custodien la creación, nuestra casa común. La oración y la colaboración concreta nos ayudan a no quedar atrapados en las lógicas del conflicto y a rechazar las actitudes rebeldes de quien solo sabe protestar y enojarse. La oración y la voluntad de colaborar comprometen a una paz verdadera, no ilusoria: no la calma de quien esquiva las dificultades y da la espalda mirando hacia otra parte, siempre que no toquen sus intereses; no el cinismo de quien se lava las manos de problemas que no son suyos; no el planteamiento virtual de quien lo justifica todo y a todos desde el teclado de un ordenador, sin abrir los ojos a las necesidades de los hermanos y ensuciarse las manos por quien lo necesita. Nuestro camino es el de sumergirnos en las situaciones y poner a quien sufre en el primer sitio; el de asumir los conflictos y curarlos desde dentro; el de recorrer con coherencia caminos de bien, rechazando los atajos del mal; el de emprender con paciencia, con la ayuda de Dios y con buena voluntad, procesos de paz.

Paz, un hilo de esperanza que une la tierra y el cielo, una palabra sencilla y difícil al mismo tiempo. Paz significa perdón que, fruto de la conversión y de la oración, nace en el interior y, en nombre de Dios, permite curar las heridas del pasado. Paz significa acogida, disponibilidad al diálogo, superación de las actitudes cerradas, que no son estrategias de seguridad sino puentes sobre el vacío. Paz significa colaboración, intercambio vivo y concreto con el otro, que constituye un don y no un problema, un hermano con el que se puede intentar construir un mundo mejor. Paz significa educación: un llamamiento a aprender cada día el difícil arte de la comunión, a adquirir la cultura del encuentro, purificando la conciencia de toda tentación de violencia y de endurecimiento, contrarias al nombre de Dios y a la dignidad del hombre.

Nosotros, aquí, juntos y en paz, creemos en un mundo fraterno y mantenemos la esperanza en un mundo fraterno. Deseamos que hombres y mujeres de religiones distintas se reúnan en todas partes y creen concordia, sobre todo allí donde hay conflictos. Nuestro futuro es convivir. Por eso estamos llamados a librarnos de los pesados fardos de la desconfianza, de los fundamentalismos y del odio. Que los creyentes sean artesanos de paz en la invocación a Dios y en la acción por el hombre. Y de nosotros, en cuanto jefes religiosos, se espera que seamos firmes puentes de diálogo, mediadores creativos de paz. Nos dirigimos también a quien tiene la más alta responsabilidad en el servicio de los pueblos, a los líderes de las naciones para que no se cansen de buscar y promover vías de paz, mirando más allá de los intereses partidistas y del momento: que no caigan en saco roto el llamamiento de Dios a las conciencias, el grito de paz de los pobres y las buenas expectativas de las jóvenes generaciones. Aquí, hace treinta años, san Juan Pablo II dijo: “La paz es una obra abierta a todos y no solo a los especialistas, a los sabios y a los estrategas. La paz es una responsabilidad universal” (Discurso, Plaza inferior de la Basílica de san Francisco, 27 de octubre de 1986: l.c., 1269). Hagamos nuestra esta responsabilidad, reafirmemos hoy nuestro sí a ser, juntos, constructores de la paz que Dios quiere y de la que tanta sed tiene el mundo”.


Publicado por verdenaranja @ 16:57  | Habla el Papa
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Texto completo de la catequesis del Papa en la audiencia del 21 de septiembre de 2016 (ZENIT – Ciudad del Vaticano)

 

“Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hemos escuchado el pasaje del Evangelio de Lucas (6,36-38) del cual es tomado el lema de este Año santo extraordinario: Misericordiosos como el Padre. La expresión completa es: «Sean misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso» (v. 36). No se trata de un slogan, sino de un compromiso de vida.

Para comprender bien esta expresión, podemos confrontarla con aquella paralela del Evangelio de Mateo, donde Jesús dice: «Por lo tanto, sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo» (5,48). En el llamado discurso de la montaña, que inicia con las Bienaventuranzas, el Señor enseña que la perfección consiste en el amor, cumplimiento de todos los preceptos de la Ley.

En esta misma perspectiva, San Lucas precisa que la perfección es el amor misericordioso: ser perfectos significa ser misericordiosos. ¿Una persona que no es misericordiosa es perfecta? ¡No! ¿Una persona que no es misericordiosa es buena? ¡No! La bondad y la perfección radican en la misericordia.

Seguro, Dios es perfecto. Entretanto si lo consideramos así, se hace imposible para los hombres alcanzar esta absoluta perfección. En cambio, tenerlo ante los ojos como misericordioso, nos permite comprender mejor en que consiste su perfección y nos impulsa a ser como Él, llenos de amor, compasión y misericordia.

Pero me pregunto: ¿Las palabras de Jesús son reales? ¿Es de verdad posible amar como ama Dios y ser misericordiosos como Él? Si miramos la historia de la salvación, vemos que toda la revelación de Dios es un incesante e inagotable amor de los hombres: Dios es como un padre o como una madre que ama con un amor infinito y lo derrama con abundancia sobre toda criatura.

La muerte de Jesús en la cruz es el culmen de la historia de amor de Dios con el hombre. Un amor talmente grande que solo Dios lo puede realizar. Es evidente que, relacionado con este amor que no tiene medidas, nuestro amor siempre será imperfecto.

Pero, ¡cuando Jesús nos pide ser misericordiosos como el Padre, no piensa en la cantidad! Él pide a sus discípulos convertirse en signo, canales, testigos de su misericordia. Y la Iglesia no puede dejar de ser sacramento de la misericordia de Dios en el mundo, en todos los tiempos y hacia toda la humanidad. Todo cristiano, por lo tanto, está llamado a ser testigo de la misericordia, y esto sucede en el camino a la santidad.

¡Pensemos en tantos santos que se volvieron misericordiosos porque se dejaron llenar el corazón con la divina misericordia! Han dado cuerpo al amor del Señor derramándolo en las múltiples necesidades de la humanidad que sufre. En este florecer de tantas formas de caridad es posible reconocer los reflejos del rostro misericordioso de Cristo.

Nos preguntamos: ¿Qué significa para los discípulos ser misericordiosos? Y esto lo explica Jesús con dos verbos: “perdonar” (v. 37) y “donar” (v. 38). La misericordia se expresa sobre todo en el perdón: “No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados” (v. 37). Jesús no pretende alterar el curso de la justicia humana, entretanto recuerda a los discípulos que para tener relaciones fraternas es necesario suspender los juicios y las condenas. De hecho, es el perdón el pilar que sostiene la vida de la comunidad cristiana, porque en ella se manifiesta la gratuidad del amor con el cual Dios nos ha amado primero.

¡El cristiano debe perdonar! Pero ¿Por qué? Porque ha sido perdonado. Todos nosotros que estamos aquí, hoy, en la Plaza, todos nosotros, hemos sido perdonados. No hay ninguno de nosotros, que en su vida, no haya tenido necesidad del perdón de Dios. Y porque nosotros hemos sido perdonados, debemos perdonar.

Y lo recitamos todos los días en el Padre Nuestro: “Perdona nuestros pecados; perdona nuestras deudas como nosotros perdonamos a nuestros deudores”. Es decir, perdonar las ofensas, perdonar tantas cosas, porque nosotros hemos sido perdonados de tantas ofensas, de tantos pecados. Y así es fácil perdonar. Si Dios me ha perdonado, ¿por qué no debo perdonar a los demás? ¿Soy más grande que Dios? ¿Entienden esto?

Este pilar del perdón nos muestra la gratuidad del amor de Dios, que nos ha amado primero. Juzgar y condenar al hermano que peca es equivocado. No porque no se quiera reconocer el pecado, sino porque condenar al pecador rompe la relación de fraternidad con él y desprecia la misericordia de Dios, que en cambio no quiere renunciar a ninguno de sus hijos.

No tenemos el poder de condenar a nuestro hermano que se equivoca, no estamos por encima él: al contrario tenemos el deber de llevarlo nuevamente a la dignidad de hijo del Padre y de acompañarlo en su camino de conversión.

A su Iglesia, a nosotros, Jesús nos indica también un segundo pilar: “donar”. Perdonar es el primer pilar; donar es el segundo pilar. «Den, y se les dará […] con la medida con que ustedes midan también serán medidos» (v. 38).

Dios dona muy por encima de nuestros méritos, pero será todavía más generoso con cuantos aquí en la tierra serán generosos. Jesús no dice que cosa sucederá a quienes no donan, pero la imagen de la “medida” constituye una exhortación: con la medida del amor que damos, seremos nosotros mismos a decidir cómo seremos juzgados, como seremos amados. Si observamos bien, existe una lógica coherente: ¡en la medida con la cual se recibe de Dios, se dona al hermano, y en la medida con la cual se dona al hermano, se recibe de Dios!

El amor misericordioso es por esto la única vía que es necesario seguir. Tenemos todos mucha necesidad de ser un poco misericordiosos, de no hablar mal de los demás, de no juzgar, de no “desplumar” a los demás con las críticas, con las envidias, con los celos.

Tenemos que perdonar, ser misericordiosos, vivir nuestra vida en el amor y donar. Este amor permite a los discípulos de Jesús no perder la identidad recibida de Él, y de reconocerse como hijos del mismo Padre. En el amor que ellos practican en la vida se refleja así aquella Misericordia que no tendrá jamás fin (Cfr. 1 Cor 13,1-12).

Pero no se olviden de esto: misericordia y don; perdón y don. Así el corazón crece, crece en el amor. En cambio, el egoísmo, la rabia, vuelve al corazón pequeño, pequeño, pequeño, pequeño y se endurece como una piedra. ¿Qué cosa prefieren ustedes? ¿Un corazón de piedra? Les pregunto, respondan: “No”. No escucho bien… “No”. ¿Un corazón lleno de amor? “Si”. ¡Si prefieren un corazón lleno de amor, sean misericordiosos!”.


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Reflexión de José Antonio Pagola al evangelio del domingo veintiséis del Tiempo ordinario C. 

NO IGNORAR AL QUE SUFRE

El contraste entre los dos protagonistas de la parábola es trágico. El rico se viste de púrpura y de lino. Toda su vida es lujo y ostentación. Solo piensa en «banquetear espléndidamente cada día».Este rico no tiene nombre pues no tiene identidad. No es nadie. Su vida vacía de compasión es un fracaso. No se puede vivir solo para banquetear.

Echado en el portal de su mansión yace un mendigo hambriento, cubierto de llagas. Nadie le ayuda. Solo unos perros se le acercan a lamer sus heridas. No posee nada, pero tiene un nombre portador de esperanza. Se llama «Lázaro» o «Eliezer», que significa «Mi Dios es ayuda».

Su suerte cambia radicalmente en el momento de la muerte. El rico es enterrado, seguramente con toda solemnidad, pero es llevado al «Hades» o «reino de los muertos». También muere Lázaro. Nada se dice de rito funerario alguno, pero «los ángeles lo llevan al seno de Abrahán». Con imágenes populares de su tiempo, Jesús recuerda que Dios tiene la última palabra sobre ricos y pobres.

Al rico no se le juzga por explotador. No se dice que es un impío alejado de la Alianza. Simplemente, ha disfrutado de su riqueza ignorando al pobre. Lo tenía allí mismo, pero no lo ha visto. Estaba en el portal de su mansión, pero no se ha acercado a él. Lo ha excluido de su vida. Su pecado es la indiferencia.

Según los observadores, está creciendo en nuestra sociedad la apatía o falta de sensibilidad ante el sufrimiento ajeno. Evitamos de mil formas el contacto directo con las personas que sufren. Poco a poco, nos vamos haciendo cada vez más incapaces para percibir su aflicción.

La presencia de un niño mendigo en nuestro camino nos molesta. El encuentro con un amigo, enfermo terminal, nos turba. No sabemos qué hacer ni qué decir. Es mejor tomar distancia. Volver cuanto antes a nuestras ocupaciones. No dejarnos afectar.

Si el sufrimiento se produce lejos es más fácil. Hemos aprendido a reducir el hambre, la miseria o la enfermedad a datos, números y estadísticas que nos informan de la realidad sin apenas tocar nuestro corazón. También sabemos contemplar sufrimientos horribles en el televisor, pero, a través de la pantalla, el sufrimiento siempre es más irreal y menos terrible. Cuando el sufrimiento afecta a alguien más próximo a nosotros, no esforzamos de mil maneras por anestesiar nuestro corazón.

Quien sigue a Jesús se va haciendo más sensible al sufrimiento de quienes encuentra en su camino. Se acerca al necesitado y, si está en sus manos, trata de aliviar su situación.

José Antonio Pagola

26 Tiempo ordinario - C
(Lucas 16,19-31)

25 de septiembre 2016



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Martes, 20 de septiembre de 2016

Dede la Delegación Diocesana de Catequesis de Tenerife nos envían la siguiente celebración para el ENVÍO DE LOS CATEQUISTAS  el 24 de Septiembre de 2026.

CELEBRACIÓN ENVIO DE CATEQUISTAS
DIOCESIS NIVARIENSE

TENERIFE, LA PALMA, LA GOMERA Y EL HIERRO

“Aquí estoy, Señor”

MONICIÓN DE ENTRADA:

Hoy, como todos los domingos, como discípulos nos reunimos en torno a la mesa del Señor para escuchar su Palabra y compartir su pan de vida. Pero hoy nuestra reunión tiene además un sentido particular.

Hemos dado comienzo al nuevo curso pastoral, y hoy como comunidad queremos llamar y enviar a aquellas personas que, en nombre de la Iglesia, llevarán a cabo, junto al Párroco, la tarea de acompañar en el camino de la fe a nuestros niños, jóvenes y adultos.

Están aquí también un buen grupo de padres y madres, preocupados por la formación religiosa de sus hijos, y la Comunidad Cristiana, parte importante en todo el proceso catequético. Con la alegría que nos da el Señor, comencemos llenos de gozo esta celebración.

Terminada la homilía.

RITO DEL ENVÍO

Monición (un miembro de la Comunidad, preferiblemente que NO sea un catequista):

Se va a proceder ahora al rito del envío de nuestros catequistas que este año quieren INVOLUCRARSE en la misión de ser catequistas en nuestra Parroquia de_______. Es un modo de expresar que no actúan en nombre propio, sino en nombre de la Iglesia, en nombre de esta Comunidad.

El rito comienza con una exhortación del Sacerdote en nombre del Señor; seguirá con la confesión de fe de los catequistas que manifiestan su compromiso y disponibilidad; a continuación, el Párroco pronunciará la bendición del Señor sobre ellos para que Jesús les ayude con su fuerza y los mantenga en su fidelidad; por último, besarán el libro del Evangelio como signo de su discipulado y compromiso evangelizador.

El párroco: ¡Pónganse en pie los que van a recibir la misión de catequista! (se puede llamar a cada catequista por su nombre, respondiendo: AQUÍ ESTOY, se acercan al Cirio Pascual encendiendo una vela)

Queridos hermanos:

Dios, nuestro Padre, reveló y realizó su designio de salvar al mundo por medio de su Hijo hecho hombre, Jesucristo, quien confió a la Iglesia la misión de anunciar su Evangelio a todos los hombres.

Ustedes, catequistas, que no actúan en nombre propio, sino en nombre de la Iglesia que les envía, tienen una misión muy importante que cumplir: ser testigos del mensaje de Jesús.

Con su respuesta a la llamada de la comunidad no solo se comprometen en el servicio de la Palabra de Dios, sino que se quieren involucrar de lleno en la Misión Diocesana.

No olviden en ningún momento que se trata de llevarlos al encuentro personal con Jesús.

Que sus vidas sean testimonios de Jesucristo y de su mensaje en el seno de la Iglesia que es siempre el punto de referencia de la catequesis.

Profesión de fe y compromiso:

Antes de recibir la misión, es necesario que profesen públicamente su fe; que expresen ante la Iglesia reunida su disponibilidad a la tarea que se les encomienda y la aceptación del compromiso que asumen.

S/ ¿Creen en Dios, Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra?

Catequistas: Sí, creo.

S/¿Creen en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor, que nació de Santa María Virgen, proclamó con obras admirables el Evangelio de Dios, murió, fue sepultado, resucitó de entre los muertos y está sentado a la derecha del Padre?

Catequistas: Sí, creo.

S/¿Creen en el Espíritu Santo, en la santa Iglesia católica, en la comunión de los santos, en el perdón de los pecados, en la resurrección de los muertos y en la vida eterna?

Catequistas: Sí, creo.

S/¿Están dispuestos a realizar su tarea viviendo la fe con sinceridad de corazón y proclamándola de palabra y de obra, según el Evangelio y la Tradición de la Iglesia?

Catequistas: Sí, estoy dispuesto/a

S/ ¿Quieren involucarse de lleno en la Misión Diocesana, formándose y capacitándose para ello, y poniendo al servicio de Dios y de la Iglesia todos vuestros dones y carismas?

Catequistas: Sí, quiero.

S/¿Prometen, con la ayuda del Espíritu Santo, perseverar en la tarea a pesar de las dificultades, realizarla con diligencia según su capacidad y buscar en todo el bien de la Iglesia y de aquellos que se les encomiendan?

Catequistas: Sí, lo prometo.

En este momento un catequista en nombre de todos los presentes dice las siguientes palabras, mientras que 3 catequistas sostienen en alto los signos que se presentan a continuación)

Coordinador/a parroquial:

Señor, Jesús, tú nos has llamado como catequistas, a ser discípulos misioneros de tu Evangelio, ante la comunidad parroquial aquí reunida queremos involucrarnos en esta tu Misión para esta Diócesis, con tu ayuda queremos:

(BARRO) Con las personas que no se han encontrado contigo y que representan este barro… ser una ayuda para que tú las puedas modelar.

(VASIJA ROTA) Con las personas rotas, ser una ayuda para que tú las puedas reparar.

(VASIJA NUEVA) Con las personas que se han encontrado contigo, una ayuda para que tú las puedas llenar.

(Los 3 signos se depositan ante el altar)

(Los catequistas se arrodillan ahora, mientras todos los demás fieles se ponen en pie)

Bendición de los catequistas

Oremos, pues, al Señor que derrame su luz sobre ellos. (Un instante de silencio, y prosigue con las manos extendidas)

¡Oh Dios, fuente de luz y de bondad, que enviaste a tu Hijo único, Palabra de vida, a revelar a los hombres el misterio de tu amor! Bendice (mientras hace la señal de la cruz) a estos hermanos nuestros, elegidos para el ministerio de catequistas. Ayúdales a meditar asiduamente tu Palabra, para que se dejen penetrar por su enseñanza y la anuncien fielmente a sus hermanos. Por Jesucristo nuestro Señor.

Comunidad: Amen

RECIBID LA PALABRA DE DIOS:

Mediten la Palabra de Dios que llevarán cada día en sus manos en sus labios.

(A continuación, los catequistas van besando el libro del Evangelio y se retiran a sus sitios. Mientras, la asamblea acompaña con un canto apropiado)

ORACIÓN UNIVERSAL DE LOS FIELES (aconsejable que la realice un miembro de la comunidad que NO sea un catequista)

Oremos, hermanos, a Dios por las necesidades de la Iglesia y del mundo, por nosotros y, de modo especial, por quienes se dedican a la tarea de evangelizar.

1. Para que los catequistas, en comunión con el Papa, el Obispo y los sacerdotes, sean auténticos portavoces de la Iglesia, de cuya experiencia de fe les viene su certeza, ROGUEMOS AL SEÑOR.

2. Para que los catequistas, que actúan en nombre de la Iglesia, se vean apoyados por la estima, la colaboración y la oración de toda la comunidad, ROGUEMOS AL SEÑOR. 

3. Para que los catequistas sean fieles servidores del Evangelio y sepan transmitirlo intacto y vivo, de un modo comprensible y persuasivo, ROGUEMOS AL SEÑOR.

4. Para que los catequistas den testimonio de la Palabra con la santidad de su vida, en la oración, la meditación y la participación frecuente en los sacramentos, ROGUEMOS AL SEÑOR.

5. Para que nuestra comunidad, con el testimonio de su vida y con la oración, secunde el servicio a la Palabra de los catequistas, ROGUEMOS AL SEÑOR.

6. Para que los padres, a cuyo servicio actúan los catequistas en la formación cristiana de sus hijos, no renuncien a su misión de ser los «primeros anunciadores de la fe», ROGUEMOS AL SEÑOR.

7. Para que cuantos escuchan la Palabra de Dios experimenten el gozo de conocer a Dios y ser conocidos por El, de contemplarlo y abandonarse en El, ROGUEMOS AL SEÑOR.

 

Oremos: Acoge Padre Santo las suplicas confiadas de tu pueblo, muéstranos siempre tu voluntad y para nosotros será una bendición realizarla. Por Jesucristo Nuestro Señor.

PRESENTACIÓN DE LOS SÍMBOLOS (OFERTORIO)

Simplemente llevar al altar el pan y el vino.

Propuesta:

Se puede realizar la oración por la Misión Diocesana en el momento de poscomunión. Lo puede hacer toda la comunidad o simplemente un catequista. (La oración se encuentra en el material de formación para este curso)


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Texto completo del ángelus del 18 de septiembre de 2016 (ZENIT – Ciudad del Vaticano)

 

“Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy Jesús nos invita a reflexionar sobre dos estilos de vida contrapuestos: uno el mundano y otro el del Evangelio. El espíritu del mundo no es el espíritu de Jesús. Y lo hace mediante la narración de la parábola del administrador infiel y corrupto, que es alabado por Jesús no obstante su deshonestidad. Es necesario precisar en seguida, que este administrador no es presentado como un modelo que debemos seguir, sino como un ejemplo de astucia.

Este hombre es acusado de una mala gestión de los negocios de su patrón y, antes de ser echado, busca astutamente obtener la benevolencia de los deudores, condonando a ellos una parte de sus deudas para asegurarse así un futuro.

Comentando este comportamiento, Jesús observa: “Los hijos de este mundo son más astutos en su trato con lo demás que los hijos de la luz”.

A tal astucia mundana nosotros estamos llamados a responder con la astucia cristiana, que es un don del Espíritu Santo. Se trata de alejarse del espíritu y de los valores del mundo, que tanto le gustan al demonio, para vivir según el Evangelio.

¿Y la mundanidad cómo se manifiesta? La mundanidad se manifiesta con actitudes de corrupción, de engaño, de prepotencia y constituyen el camino más equivocado, el camino del pecado, porque uno lleva al otro, ¿verdad? Es como una cadena, si bien es verdad que generalmente ese es el camino más cómodo de recorrer.

En cambio, el espíritu del Evangelio requiere un estilo de vida serio –serio pero gozoso, lleno de alegría y comprometido, impostado en la honestidad, en la rectitud, en el respeto a los demás y a su dignidad, con el sentido del deber. ¡Y esta es la astucia cristiana!

El recorrido de la vida necesariamente implica elegir entre estos dos caminos: entre honestidad y deshonestidad, entre la fidelidad y la infidelidad, entre egoísmo y altruismo, entre el bien y el mal. No se puede oscilar entre uno y otro, porque se mueven sobre lógicas diversas y contrapuestas.

El profeta Elías decía al pueblo de Israel que caminaba sobre estas vías: “Ustedes cojean con los dos pies”. Es una bella imagen. Es importante decidir qué dirección tomar y después, una vez decidida aquella justa, caminar con arrojo y determinación, encomendándose a la gracia del Señor y a la ayuda de su Espíritu.

Fuerte y categórico es la conclusión del pasaje evangélico: “Ningún servidor puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se interesará por el primero y menospreciará al segundo”.

Con esta enseñanza, Jesús hoy nos exhorta a hacer una elección clara entre Él y el espíritu del mundo, entre la lógica de la corrupción, de la prepotencia y de la avidez y aquella de la rectitud, de la mansedumbre y del compartir.

Alguno se comporta con la corrupción como con las drogas: piensa de poderlas usar y dejarlas cuando quiere. Se comienza con poco: un manojo de aquí y una coima de allá… Y entre esta y aquella lentamente se pierde la libertad.

También la corrupción produce dependencia, y genera pobreza, explotación, sufrimiento. ¡Y cuantas víctimas existen hoy en el mundo! Cuántas víctimas de esta difundida corrupción.

En cambio, cuando buscamos seguir la lógica evangélica de la integridad, de la transparencia en las intenciones y en los comportamientos, de la fraternidad, nosotros nos convertimos en artesanos de justicia y abrimos horizontes de esperanza para la humanidad. En la gratuidad y en la donación de nosotros mismos a nuestros hermanos, servimos al amo justo: Dios.

La Virgen María nos ayude a escoger en cada ocasión y a todo costo el camino justo, encontrando también el coraje de caminar contra corriente, para poder seguir a Jesús y a su Evangelio”.

Después de rezar la oración mariana dirigió las siguientes palabras

“Queridos hermanos y hermanas

Ayer en la ciudad de Codrongianos (en Sassari) fue proclamada beata Elisabetta Sanna, madre de familia. Cuando se quedó viuda se dedicó totalmente a la oración y al servicio de los enfermos y de los pobres. Su testimonio es modelo de caridad evangélica animada por la fe.

Hoy en Génova se clausura el Congreso Eucarístico Nacional. Envío un saludo especial a todos los fieles que se encuentran allí reunidos y deseo que este evento de gracia reavive en el pueblo italiano la fe en el santísimo sacramento de la eucaristía, en el cual adoramos a Cristo, manantial de vida y de esperanza para cada hombre.

El próximo martes iré a Asís para el encuentro de oración por la paz, treinta años después de aquel histórico que convocó san Juan Pablo II. Invito a las parroquias, asociaciones eclesiásticas, individualmente a los fieles de todo el mundo para que vivan ese día como una Jornada de oración por la paz.

Hoy más que nunca tenemos necesidad de paz en esta guerra que existe en todas las partes del mundo. Recemos por la paz siguiendo el ejemplo de san Francisco, hombre de fraternidad y de mansedumbre. Estamos todos llamados a ofrecer al mundo un fuerte testimonio de nuestro empeño común por la paz y la reconciliación entre los pueblos. Así el martes, todos, unidos en oración. Recemos por la paz: cada uno se tome un poco de tiempo, el que pueda para rezar por la paz. Todo el mundo unido.

Saludo con cariño a todos los romanos y peregrinos provenientes de diversos países. En particular saludo a los fieles de la diócesis de Colonia y a los de Marianopoli.

Y a todos les deseo que tengan un bueno domingo y por favor no se olviden de rezar por mi”.

El Papa concluyó con su ya famoso “buon pranzo e arrivederci”.


Publicado por verdenaranja @ 21:54  | Habla el Papa
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Viernes, 16 de septiembre de 2016

Reflexión a las lecturas del domingo veinticinco del Tiempo Ordinario C ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DIA DEL SEÑOR"              

Domingo 25º del T. Ordinario C

 

¡Quién duda de que el dinero y los bienes materiales son buenos y necesarios! Tenemos la obligación de trabajar para conseguir las cosas que necesitamos para nosotros mismos, para nuestra familia y, además, para compartir con los que no tienen o tienen menos; especialmente ahora, en esta época de crisis, a cuántas personas y familias se les hace muy difícil o casi imposible encontrar lo necesario.

Pero con el dinero y los bienes materiales sucede como con todo: que se puede usar bien o mal. El Señor nos advierte en el Evangelio que no podemos servir a Dios y al dinero. El Señor habla en términos de esclavitud, servicio total. Los cristianos a los que se dirigía el Evangelio, entre los que había amos y esclavos, entendían perfectamente que un siervo no podía servir a dos amos.

El apego excesivo a los bienes materiales nos hace esclavos, nos incapacita para muchas cosas y nos destruye. Y podemos llegar incluso a convertirlos en un dios. San Pablo nos invita a huir de “la avaricia, que es una idolatría” (Col 3, 5). Todos hemos conocido personas que no piensan sino en tener, tener, tener más, que viven obsesionadas con el dinero; es “la fiebre del oro”. Y se ha dicho que “poderoso caballero es don dinero”.

Cuando esto sucede, para el Señor, “el amo del Cielo”,  no tenemos tiempo. Ni tampoco interesa mucho “porque esas cosas no dan de comer”. Los demás llegan a convertirse en objetos de explotación, como nos enseña Amós en la primera lectura de este domingo: aquellos ricos abusan sin compasión de los pobres y viven obsesionados con tener más.

Por este camino llegamos a  ser insensibles ante el sufrimiento de los demás y ante otros valores que no son materiales.  

¡Pensemos en la inteligencia y en la astucia del administrador de la parábola!, y no olvidemos las palabras del Señor: “Los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz”.

Y en realidad, ¡cuánto esfuerzo, cuánto, trabajo, cuánta ilusión, ponemos a veces, en cosas que nos dan una seguridad engañosa, porque son frágiles y pasan! Y ¡qué poco interés y qué poco entusiasmo ponemos, tantas veces, en las cosas de Dios!

Cuánta verdad y sabiduría contienen aquellas palabras del Señor: “Buscad primero el Reino de Dios y su justicia y todo lo demás vendrá por añadidura” (Mt 6, 33).

! FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 18:16  | Espiritualidad
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DOMINGO 25º DEL TIEMPO ORDINARIO C

MONICIONES

 

PRIMERA LECTURA

        En la primera lectura constatamos cómo el amor desordenado al dinero endurece el corazón del hombre, le cierra al sufrimiento de los demás, y le lleva a cometer injusticias, incluso con los más pobres. Escuchemos. 

 

SEGUNDA LECTURA

        Orar por los que gobiernan y por todos los hombres es la recomendación que hace S. Pablo en esta lectura que vamos a escuchar. 

 

TERCERA LECTURA

        En el Evangelio el Señor nos habla de nuestra relación con el dinero y los bienes materiales, y del uso que debemos a hacer de él. Acojamos con alegría su enseñanza, cantando el aleluya. 

 

COMUNIÓN

        Para el cristiano Dios es su mayor riqueza y la fuente de todo bien. Sus mandatos son “más preciosos que el oro, más que el oro fino, más  dulces que la miel de un panal que destila”, como leemos en los salmos.

        Por todo ello, se fía plenamente de su palabra: "Buscad primero el Reino de Dios y su justicia y todo lo demás vendrá por añadidura".


Publicado por verdenaranja @ 18:12  | Liturgia
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Reflexión de monseñor Felipe Arizmendi Esquivel.  15 SEPTIEMBRE 2016 (ZENIT)

Artesanos de la paz

VER

Concluimos en Monterrey un taller para obispos, con apoyo del CELAM, en que nos compartieron experiencias de cómo proceder en casos de conflictos, para animarnos a ayudar a construir la paz en diversos ambientes. Estuvieron obispos, sacerdotes y expertos de altísimo nivel, sobre todo de Colombia, que participaron activamente en los diálogos de paz que se realizaron en Cuba entre representantes de las FARC y el gobierno colombiano.

Un momento definitivo para que los levantados en armas aceptaran que ese camino no es viable, fue escuchar a las víctimas de la guerra, que les echaron en cara sus barbaridades, pero también les ofrecieron el perdón. Colombia, en un plebiscito que se hará el 2 de octubre, decidirá si acepta esos acuerdos de La Habana, o todo se viene abajo y habría que empezar de cero. Esperamos que la guerra no sea de nuevo la alternativa. La Iglesia colombiana está empeñada en hacer cuanto sea posible para consolidar la paz y ayudar en la reconstrucción del país, en justicia y paz, en solidaridad y equidad. Esa es nuestra misión.

Con frecuencia, se nos pide a obispos, sacerdotes y religiosas mediar para resolver problemas que hay en las familias, en las comunidades, entre grupos y organizaciones. A veces son problemas conyugales y familiares; otras veces, son pleitos por la tierra, inconformidades postelectorales, violaciones de derechos, bloqueos carreteros, cuestiones laborales y sindicales, etc.

Lo más cómodo es decir: a mí eso no me importa, no es mi competencia, allá ustedes, hagan lo que quieran… Pero eso es dejar a las personas solas, indefensas, expuestas a la muerte y a la represión. Por ello, asumimos el servicio de colaborar en la búsqueda de mecanismos para encontrar lo que es justo, posible y conveniente. Lo ideal es que las partes lleguen a acuerdos consensuados, y que se den la mano en señal de perdón. Es lo más difícil. Aceptan un acuerdo, pero su corazón queda resentido, con odio y deseos de venganza. Allí es donde más entra nuestro servicio de pacificadores, con la fuerza del Evangelio.

PENSAR

El Papa Francisco dijo recientemente: “En este mundo en guerra se necesita fraternidad, se necesita cercanía, se necesita diálogo, se necesita amistad. Y esta es la señal de la esperanza: cuando hay fraternidad… Este mundo está enfermo de crueldad, de dolor, de guerra, de odio, de tristeza. Y por eso siempre os pido la oración: Que el Señor nos dé la paz” (3-VIII-2016).

“La vía maestra es ciertamente la del perdón. Es difícil perdonar. Cuánto nos cuesta perdonar a los demás. Pensémoslo un momento. ¡Qué gran regalo nos ha hecho el Señor enseñándonos a perdonar, para experimentar en carne propia la misericordia del Padre! ¿Por qué debemos perdonar a una persona que nos ha hecho mal? Porque nosotros somos los primeros que hemos sido perdonados. Como Dios nos ha perdonado, así también nosotros debemos perdonar a quien nos hace mal. Limitarnos a lo justo no nos mostraría como discípulos de Cristo, que han obtenido misericordia a los pies de la Cruz sólo en virtud del amor del Hijo de Dios. La vía del perdón puede renovar verdaderamente la Iglesia y el mundo. Ofrecer el testimonio de la misericordia en el mundo de hoy es una tarea que ninguno de nosotros puede rehuir. El mundo necesita el perdón; demasiadas personas viven encerradas en el rencor e incuban el odio, porque, incapaces de perdonar, arruinan su propia vida y la de los demás, en lugar de encontrar la alegría de la serenidad y de la paz” (4-VIII-2016).

ACTUAR

Todos podemos hacer algo por la paz. Quizá no podamos lograr triunfos espectaculares como detener una guerra, pero sí podemos ayudar con pequeñas y ocultas acciones, como artesanos, a reconstruir la armonía y el perdón entre esposos, entre padres e hijos, entre vecinos. Podemos escuchar con paciencia y comprensión a personas y grupos que sufren y luchan por diversos motivos, enfrentados a sus contrarios, para ayudarles a encontrar una luz de esperanza, consolarles en sus penas, acompañarles en su dolor, ofrecerles la fortaleza de Dios, y exhortarles a ser capaces de perdonar desde el corazón. Pareciera imposible, mas no lo es para quien ora e intercede ante el Señor.


Publicado por verdenaranja @ 18:07  | Hablan los obispos
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