(EL DÍA) (Domingo, 26 - II, Barbuzano) El pasado jueves se cumplió un mes del incendio que destruyó el Obispado, un hecho que sirve de excusa para remontarnos en el tiempo y comprobar que el fuego forma parte de la historia misma de La Laguna, ya que de las ocho iglesias importantes del casco histórico, cinco han sufrido las consecuencias de las llamas, siendo característico de todos los siniestros, según destacan los historiadores, que los ciudadanos arriesgaron sus vidas y gracias a ello hoy se conserva, por ejemplo, la imagen del Cristo. Se trata de hechos heróicos que muchos echaron de menos en el incendio de la Casa Salazar cuando el fuego todavía era mínimo, si bien las medidas de protección civil actuales son muy diferentes a las del pasado, ya que lo que impera en los tiempos que corren es velar por la seguridad ciudadana. Llama la atención, no obstante, que muchos personas resultaron heridas y con quemaduras en esos siniestros de antaño, pero no se produjeron víctimas mortales.
El incendio más antiguo del que se tiene noticia es el del convento de Santa Clara, que se inició entre las diez y las once de la noche del 2 de junio de 1697, festividad de la Santísima Trinidad.
Según los datos aportados por la historiadora Margarita Gallardo, que realiza su tesis doctoral sobre las Clarisas en Canarias y ha catalogado el archivo del convento lagunero de Santa Clara, las pérdidas materiales con motivo del incendio de dicho monasterio fueron considerables, pero no hubo que lamentar víctimas. Añade que el vicario Gaspar Álvarez de Castro dispuso que las religiosas se trasladaran a vivir al convento de Santa Catalina, regresando a su antiguo monasterio en el mes de septiembre, por lo que, según la investigadora, "podría estimarse que la destrucción del convento no fue total".
Otro historiador, Alejandro Cioranescu, afirma que el incendio destruyó casi la totalidad del edificio y que sólo se salvó la parte que daba a la calle de El Agua, donde estaban los locutorios y oficinas. Mientras, José Rodríguez Moure señala que las religiosas, al regresar a Santa Clara, aprovecharon para alojarse en la parte que no ardió, en unos alpendes que a toda prisa se formaron con los restos de los materiales que habían quedado del incendio.
Rodríguez Moure destaca "el celo de los diputados del común Pedro Colombo y Diego de Bosa y de la heroicidad de los vecinos de la calle El Agua y de la solemne procesión de rogativa que se hizo con motivo del incendio".
Margarita Gallardo aporta datos interesantes como los relativos a que la abadesa, Sor Isabel de San Bernardo Renjifo, falleció poco después, el 4 de agosto de 1697, en el convento de Santa Catalina, donde fue sepultada.
Con respecto al convento de Santa Catalina, su actual superiora, Sor Cleofé, señala que por tradición se sabe que en tiempos de Sor María de Jesús, monja incorrupta que se conserva en el monasterio, hubo un incendio en el claustro, junto al campanario, debido a un farol que dejaron descuidado en el pasillo y prendió el fuego en la soga usada para tocar las campanas. Añade que la denominada Sierva de Dios, por el poder que tenía de presentir acontecimientos, dijo a sus compañeras que había un incendio en el convento y el lugar exacto, sin verlo, por lo cual las monjas lograron apagarlo.
Otro incendio, muy importante, fue el del convento e iglesia de San Francisco, ocurrido en la noche del 28 de julio de 1810, del que se enteró toda la ciudad debido al incesante clamor de las campanas tocando a fuego.
El fuego comenzó en el campanario, desde donde pasó al coro, propagándose luego por la techumbre de las naves y artesonados de las capillas. Pero las llamas no impidieron que tanto el pueblo como los religiosos, dando muestras de heroicidad, penetraran en la iglesia y avanzaran entre el fuego, con peligro para sus vidas, para salvar al Santísimo Cristo de La Laguna, que sacaron por la sacristía sin que sufriera ningún desperfecto. También rescataron el valioso altar y retablo de plata en el que se le da culto.
Es de destacar que cuando el padre Escobar puso los pies en el umbral de la puerta de la sacristía, llevando el Sacramento, se desplomó a sus espaldas la techumbre de la capilla mayor, salvando la vida milagrosamente.
Los historiadores resaltan que el acto más imponente fue el traslado de la imagen del Cristo lagunero a la parroquia de Los Remedios a las tres de la madrugada, alumbrando las calles las llamas que desprendían los hachones de los trozos de tea del incendio en manos de los jóvenes de la ciudad.
Los hombres de las cercanías, que trabajan en la trilla, dedicaron sus esfuerzos a salvar el edificio, pero el papel que jugaron las mujeres fue crucial, ya que, según cuenta José Rodríguez Moure, a su entrega se debe el haber salvado objetos del culto como ornamentos, imágenes y muchas piezas de plata que fueron rescatadas ardiendo ya las techumbres. También salvaron el púlpito y las pilas de mármol del agua bendita.
Otro incendio destacado fue el de la iglesia de San Agustín, que se produjo a las 15:30 horas del 2 de junio de 1964, en un momento en que en el instituto Cabrera Pinto, anexo a la iglesia, estaban mucho niños en clase que fueron evacuados sin que se produjeran víctimas.
Los primeros en entrar en el templo vieron que ardía el coro y los retablos, aproximándose las llamas al artesonado del techo. Lo sorprendente fue que mientras unos apagaban con mangueras el fuego, otros, con gran valor, comenzaron a salvar objetos de culto e imágenes. El viento aumentó de intensidad y avivó las llamas, alcanzando una altura que dobló la del edificio.
Las cenizas mantuvieron el calor y fueron capaces de incendiar una palmera de la plaza de la Catedral. El fuego se pasó a la residencia de los Padres Paules y amenazó con llegar a la iglesia y hospital de los Dolores. Las llamas pasaron a una galería del instituto Cabrera Pinto. Los bomberos conectaron la bomba al pozo del patio central de dicho centro.
Un antiguo alumno del Cabrera Pinto llamado Niabel Núñez subió por una escalerilla, rompió una ventana y accedió a la galería que se quemaba, salvándola de las llamas.
Pronto se cayó el techo de la iglesia, lo que tranquilizó a los laguneros ante el temor que tenían de que el fuego se propagara y se quemara parte del casco antiguo.
Muchos arriesgaron sus vidas al salvar, entre otras imágenes, el Santísimo del Sagrario, una Dolorosa, una Virgen de Candelaria, una Magdalena, una Milagrosa pequeña, un Crucificado y el Nazareno.
En cuanto a las causas del incendio, se barajaron dos: el soplete de los pintores que quitaban la pintura del altar, descartado más tarde por los técnicos que realizaron la investigación, y un cortocircuito en el coro.
Santo Domingo
El último de los incendios, producido por un cortocircuito, fue el que ocurrió el 29 de octubre de 1993, antes de comenzar la misa de las 19:00 horas en Santo Domingo.
Alguien se percató de que salía un poco de humo de las manos de la Virgen del Rosario, del siglo XVII. En ese momento, el sacristán, Fernando Delgado González, subió con gran valor al camerino del altar mayor y, al ver la Virgen ardiendo, intentó sofocar las llamas con un manto viejo y con cubos de agua, pero fue inútil. No obstante, lograron traer un extintor del edificio anexo de Correos y parar el fuego, aunque la imagen resultó muy dañada. El fuego se inició en la parte trasera del camerino y afectó también a las andas, realizadas en enlaces metálicos de baldaquino.
Además, resultaron afectadas las numerosas joyas y piedras preciosas que decoraban el vestido de la Virgen, que fue restaurada, igual que el Niño que sostiene en sus manos, por el artesano Antonio Ayala.
Dado que la restauración de la imagen resultaría muy costosa, el párroco de Santo Domingo, Vicente Cruz, decidió abrir una cuenta corriente para que los ciudadanos contribuyeran, anunciándolo con carteles colocados en diferentes puntos de la ciudad.
La restauración
El dinero que se necesitaba para devolver la Virgen del Rosario a su estado primitivo sobrepasaba el millón de pesetas, pero no era nada comparado con el valor religioso e histórico que le caracterizaba.
El autor de la restauración, Antonio Ayala, dijo que la labor se podía llevar a cabo gracias al estucado, que al ser antiguo estaba hecho de yeso y mármol, consiguiendo de esta manera mayor fortaleza en las imágenes.
La Virgen del Rosario, según algunos estudiosos, la trajeron a la isla de Tenerife los monjes dominicos sobre el año 1685-1685, más concretamente por fray Pedro de Santa María de Ulloa, aunque entendidos en arte consideran que la imagen es una talla sevillana.
La Virgen es de candelero, es decir, tiene un círculo de madera que soporta el peso de la figura, madera que estaba tapada por una falda de estilo portugués. La imagen despertó una gran devoción en Amaro Rodríguez Felipe, más popularmente conocido como el corsario Amaro Pargo.
En la restauración se descubrió el color original de la imagen.
El incendio más antiguo del que se tiene noticia es el del convento de Santa Clara, que se inició entre las diez y las once de la noche del 2 de junio de 1697, festividad de la Santísima Trinidad.
Según los datos aportados por la historiadora Margarita Gallardo, que realiza su tesis doctoral sobre las Clarisas en Canarias y ha catalogado el archivo del convento lagunero de Santa Clara, las pérdidas materiales con motivo del incendio de dicho monasterio fueron considerables, pero no hubo que lamentar víctimas. Añade que el vicario Gaspar Álvarez de Castro dispuso que las religiosas se trasladaran a vivir al convento de Santa Catalina, regresando a su antiguo monasterio en el mes de septiembre, por lo que, según la investigadora, "podría estimarse que la destrucción del convento no fue total".
Otro historiador, Alejandro Cioranescu, afirma que el incendio destruyó casi la totalidad del edificio y que sólo se salvó la parte que daba a la calle de El Agua, donde estaban los locutorios y oficinas. Mientras, José Rodríguez Moure señala que las religiosas, al regresar a Santa Clara, aprovecharon para alojarse en la parte que no ardió, en unos alpendes que a toda prisa se formaron con los restos de los materiales que habían quedado del incendio.
Rodríguez Moure destaca "el celo de los diputados del común Pedro Colombo y Diego de Bosa y de la heroicidad de los vecinos de la calle El Agua y de la solemne procesión de rogativa que se hizo con motivo del incendio".
Margarita Gallardo aporta datos interesantes como los relativos a que la abadesa, Sor Isabel de San Bernardo Renjifo, falleció poco después, el 4 de agosto de 1697, en el convento de Santa Catalina, donde fue sepultada.
Con respecto al convento de Santa Catalina, su actual superiora, Sor Cleofé, señala que por tradición se sabe que en tiempos de Sor María de Jesús, monja incorrupta que se conserva en el monasterio, hubo un incendio en el claustro, junto al campanario, debido a un farol que dejaron descuidado en el pasillo y prendió el fuego en la soga usada para tocar las campanas. Añade que la denominada Sierva de Dios, por el poder que tenía de presentir acontecimientos, dijo a sus compañeras que había un incendio en el convento y el lugar exacto, sin verlo, por lo cual las monjas lograron apagarlo.
Otro incendio, muy importante, fue el del convento e iglesia de San Francisco, ocurrido en la noche del 28 de julio de 1810, del que se enteró toda la ciudad debido al incesante clamor de las campanas tocando a fuego.
El fuego comenzó en el campanario, desde donde pasó al coro, propagándose luego por la techumbre de las naves y artesonados de las capillas. Pero las llamas no impidieron que tanto el pueblo como los religiosos, dando muestras de heroicidad, penetraran en la iglesia y avanzaran entre el fuego, con peligro para sus vidas, para salvar al Santísimo Cristo de La Laguna, que sacaron por la sacristía sin que sufriera ningún desperfecto. También rescataron el valioso altar y retablo de plata en el que se le da culto.
Es de destacar que cuando el padre Escobar puso los pies en el umbral de la puerta de la sacristía, llevando el Sacramento, se desplomó a sus espaldas la techumbre de la capilla mayor, salvando la vida milagrosamente.
Los historiadores resaltan que el acto más imponente fue el traslado de la imagen del Cristo lagunero a la parroquia de Los Remedios a las tres de la madrugada, alumbrando las calles las llamas que desprendían los hachones de los trozos de tea del incendio en manos de los jóvenes de la ciudad.
Los hombres de las cercanías, que trabajan en la trilla, dedicaron sus esfuerzos a salvar el edificio, pero el papel que jugaron las mujeres fue crucial, ya que, según cuenta José Rodríguez Moure, a su entrega se debe el haber salvado objetos del culto como ornamentos, imágenes y muchas piezas de plata que fueron rescatadas ardiendo ya las techumbres. También salvaron el púlpito y las pilas de mármol del agua bendita.
Otro incendio destacado fue el de la iglesia de San Agustín, que se produjo a las 15:30 horas del 2 de junio de 1964, en un momento en que en el instituto Cabrera Pinto, anexo a la iglesia, estaban mucho niños en clase que fueron evacuados sin que se produjeran víctimas.
Los primeros en entrar en el templo vieron que ardía el coro y los retablos, aproximándose las llamas al artesonado del techo. Lo sorprendente fue que mientras unos apagaban con mangueras el fuego, otros, con gran valor, comenzaron a salvar objetos de culto e imágenes. El viento aumentó de intensidad y avivó las llamas, alcanzando una altura que dobló la del edificio.
Las cenizas mantuvieron el calor y fueron capaces de incendiar una palmera de la plaza de la Catedral. El fuego se pasó a la residencia de los Padres Paules y amenazó con llegar a la iglesia y hospital de los Dolores. Las llamas pasaron a una galería del instituto Cabrera Pinto. Los bomberos conectaron la bomba al pozo del patio central de dicho centro.
Un antiguo alumno del Cabrera Pinto llamado Niabel Núñez subió por una escalerilla, rompió una ventana y accedió a la galería que se quemaba, salvándola de las llamas.
Pronto se cayó el techo de la iglesia, lo que tranquilizó a los laguneros ante el temor que tenían de que el fuego se propagara y se quemara parte del casco antiguo.
Muchos arriesgaron sus vidas al salvar, entre otras imágenes, el Santísimo del Sagrario, una Dolorosa, una Virgen de Candelaria, una Magdalena, una Milagrosa pequeña, un Crucificado y el Nazareno.
En cuanto a las causas del incendio, se barajaron dos: el soplete de los pintores que quitaban la pintura del altar, descartado más tarde por los técnicos que realizaron la investigación, y un cortocircuito en el coro.
Santo Domingo
El último de los incendios, producido por un cortocircuito, fue el que ocurrió el 29 de octubre de 1993, antes de comenzar la misa de las 19:00 horas en Santo Domingo.
Alguien se percató de que salía un poco de humo de las manos de la Virgen del Rosario, del siglo XVII. En ese momento, el sacristán, Fernando Delgado González, subió con gran valor al camerino del altar mayor y, al ver la Virgen ardiendo, intentó sofocar las llamas con un manto viejo y con cubos de agua, pero fue inútil. No obstante, lograron traer un extintor del edificio anexo de Correos y parar el fuego, aunque la imagen resultó muy dañada. El fuego se inició en la parte trasera del camerino y afectó también a las andas, realizadas en enlaces metálicos de baldaquino.
Además, resultaron afectadas las numerosas joyas y piedras preciosas que decoraban el vestido de la Virgen, que fue restaurada, igual que el Niño que sostiene en sus manos, por el artesano Antonio Ayala.
Dado que la restauración de la imagen resultaría muy costosa, el párroco de Santo Domingo, Vicente Cruz, decidió abrir una cuenta corriente para que los ciudadanos contribuyeran, anunciándolo con carteles colocados en diferentes puntos de la ciudad.
La restauración
El dinero que se necesitaba para devolver la Virgen del Rosario a su estado primitivo sobrepasaba el millón de pesetas, pero no era nada comparado con el valor religioso e histórico que le caracterizaba.
El autor de la restauración, Antonio Ayala, dijo que la labor se podía llevar a cabo gracias al estucado, que al ser antiguo estaba hecho de yeso y mármol, consiguiendo de esta manera mayor fortaleza en las imágenes.
La Virgen del Rosario, según algunos estudiosos, la trajeron a la isla de Tenerife los monjes dominicos sobre el año 1685-1685, más concretamente por fray Pedro de Santa María de Ulloa, aunque entendidos en arte consideran que la imagen es una talla sevillana.
La Virgen es de candelero, es decir, tiene un círculo de madera que soporta el peso de la figura, madera que estaba tapada por una falda de estilo portugués. La imagen despertó una gran devoción en Amaro Rodríguez Felipe, más popularmente conocido como el corsario Amaro Pargo.
En la restauración se descubrió el color original de la imagen.

