martes, 30 de mayo de 2006

Con motivo de la fiesta de la "Visitación de María", el 31 de Mayo, colocamos las dos reflexiones que sobre ella trae el libro Intimidad Divina del Padre Gabriel de Santa María Magdalena.


LA VISITACION DE MARIA A ISABEL

1.- "En aquellos días se puso María en camino y con presteza fue a la montaña, a una ciudad de Judá", así leemos en el Evangelio de hoy (Lc. 1, 39-47). Con la fina delicadeza de su caridad, María siente profundamente las necesidades ajenas, de modo que, apenas las advierte, acude con presteza, espontánea y decidida a prestar su ayuda. Ha sabido por el ángel Gabriel que su prima Isabel está próxima a ser madre, y sin demora se pone en camino para ir a ofrecerle sus humildes servicios. Si consideramos las dificultades de los viajes en aquellos tiempos, cuando los pobres —como lo era María— o habían de caminar a pie por veredas penosas o, a lo más, podían valerse de alguna mísera cabalgadura que por acaso encontraban de camino, y que, además, la Virgen permaneció con Isabel tres meses, comprenderemos que, para practicar este acto de caridad, Nuestra Señora hubo de afrontar no pocas molestias. Pero no se preocupa en absoluto de ellas ; muévele la caridad, olvidada totalmente de sí, porque, como dice San Pablo, «la caridad no es egoísta)) (I Cor. 13, 5). Piensa cuántas veces, no para ahorrarte un viaje incómodo, sino única-mente para evitar una pequeña molestia, has omitido algún acto de caridad; piensa cuán tardo y perezoso eres en prestar ayuda a tus hermanos. ¡Contempla a María y mira cuánto tienes que aprender de ella!

La caridad hace a María olvidar no sólo sus propias molestias, sino hasta su dignidad, la más alta dignidad que jamás una pura criatura haya tenido. Isabel es anciana, pero María es Madre de Dios; Isabel está para dar a luz a un hombre, mientras María dará a luz al Hijo de Dios. Y, no obstante, María delante de su prima, como, delante del ángel, continúa considerándose humilde esclava del Señor y nada más. Y precisamente porque se considera esclava, se porta tal en la práctica, aun con relación al ¿No es verdad que, si bien sabes humillarte en la presencia de Dios, si bien sabes reconocerte imperfecto en lo secreto de tu corazón, agrada luego aparecer tal delante del prójimo y eres fácil en resentirte si alguno te trata en consecuencia? ¿No es verdad que te las arreglas para hacer valer tu dignidad, tu cultura tus habilidades, los oficios y cargos más o menos honrosos que te han sido confiados? Tu dignidad es nada, y con todo eres tan celoso de ella; la dignidad de María se roza con el infinito, y ella se considera y conduce como si fuese la última de todas las criaturas.

PUNTO SEGUNDO. — «...E Isabel, en voz alta, exclamó: Bendita Tú entre todas las mujeres y bendito el fruto de tu seno. Y ¿de dónde a mí que la Madre de mi Señor venga a mí?» Iluminada interiormente por el Espíritu Santo, Isabel reconoce en su joven prima a la Madre de Dios y, conmovida, prorrumpe en acentos de alabanza y admiración. María no protesta; escucha con sencillez, porque sabe muy bien que' esas palabras de encomio no le conciernen tanto a Ella cuanto al Omnipotente que en Ella ha obrado cosas grandes, y al punto, de su corazón humildísimo todas las alabanzas de Isabel rebotan a Dios con movimiento espontáneo y rapidísimo: Tú, Isabel, ensalzas a la Madre del Señor —dice la Virgen—, pero «mi alma ensalza al Señor)). Tú afirmas que a mi voz tu hijo ha exultado de alegría en tu seno, pero «mi espíritu exulta en Dios, mi Salvador...». Tú proclamas feliz a la que ha creído, pero el motivo de su fe y de su felicidad es la mirada que la bondad divina le ha dirigido. Sí, «todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque Dios ha puesto su mirada en la bajeza de su sierva» (San Bernardo). Esta hermosa paráfrasis del Magnificat nos permite captar al vivo las emociones del espíritu de María: se hunde en la humilde confesión de la propia nada, toca, por así decirlo, el fondo de su bajeza y luego, cuanto más bajo ha descendido, se eleva tanto más alto, se eleva a Dios, no temiendo reconocer y alabar las cosas grandes que El en Ella ha realizado, precisamente porque ve con toda claridad que esto es puro don suyo.

Si frente a tus éxitos, a las alabanzas y al aplauso de las criaturas, si ante las gracias que Dios te concede eres todavía capaz de vana complacencia, es precisamente porque no has tocado aún, como María, el fondo de tu bajeza, no te has hundido bastante en la consideración de tu nada, no te has convencido aún prácticamente de tu radical insuficiencia, impotencia, miseria y debilidad. Pide a María la gracia de introducirte en este conocimiento claro y práctico de tu nada. No te hagas ilusiones; el camino para arribar a esa meta, reservado a ti, que has heredado de Adán el germen del orgullo, es un camino áspero y duro: el camino de las humillaciones. Pero María es Madre; y si Ella te acompaña, con su ayuda se hará todo más fácil y suave.


Publicado por Desconocido @ 21:28  | Espiritualidad
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios