¿Cuántas veces en nuestra vida hemos pensado o dicho yo no podría ser así o yo no podría hacer eso?, pregunta la autora del artículo "Fuera de control", que trae la revista "Punto de encuentro" número 27, mes de Junio 2006.
Fuera de control
¿Vive actualmente alguien fuera de control? ¿Del control de quién? ¿Y por qué y para qué elige alguien vivir fuera de control? En el número anterior de la revista hablamos sobre la norma y lo normal. Y yo me había comprometido a recoger en esta ocasión el testigo de las consecuencias que suponían para la persona mantenerse al margen, voluntariamente o no, de ella.
Mantenerse al margen de la norma supone en cierta forma, de ahí el título, mantenerse fuera de control. Personas no controladas son las que no contribuyen con los mismos tributos, no gastan su dinero en los mismos objetos o con los mimos fines, no se ciñen a la tendencias homogéneas en cuanto al aspecto físico, no sienten de la misma manera lo que les rodea y no esperan algo estipulado previamente de los que están a su alrededor. No se rigen, en fin, por las reglas por las que se rige el resto. Y, a la vez, casi todos intentamos estar un poco fuera de control. Es, precisa y curiosamente, ese poco, lo que atrae de nosotros, lo que nos caracteriza o diferencia frente a los demás. Ese pizco de rebeldía implícita en cada uno es incluso necesario. Es como nuestra marca. Pero no conviene pasarse. El espíritu gregario que nos determina hace que dejemos al otro la justa libertad para que pueda sentirse libre, ni menos ni, por supuesto, más.
Por ello, es tan difícil asumir propuestas como las que hacen algunas asociaciones de consumidores de lo que entendemos usualmente por droga (cocaína, heroína). He tenido conversaciones en las que me han planteado por qué no permitir un consumo responsable. Una persona adulta es libre de hacerlo o no. Si alguien se quiere gastar parte de sus ingresos mensuales en una sustancia x, ¿por qué es una opción peor que gastarlo en cualquier otra cosa mejor aceptada socialmente pero igual de dañina? Sé que es un asunto bastante polémico en el que no me interesa entrar. Sólo he puesto el ejemplo para poder observar cómo nuestra reacción de rechazo se hace patente siempre ante lo que nos plantea desafíos, lo que se sale de lo común.
Otro caso, de muy distinto calibre. El de una amiga. Es un caso real, no una hipó-tesis. Esta chica tiene una niña, trabaja por su cuenta y estudia las últimas asignaturas de su carrera, en las que le exigen como obligatoria la asistencia a clase. No puede asistir a clase a primera hora porque no puede dejar de llevar a su hija al colegio. Y no puede estudiar tanto como quisiera porque no puede dejar de trabajar todo lo que lo hace para mantenerse a sí misma y a la niña. ¿No es contradictorio que le denieguen todas las becas que ha solicitado por no alcanzar los criterios establecidos (pensados, con seguridad, para jóvenes sin cargas familiares, y no para mujeres independientes con hijos), no le den ninguna ayuda social por no poseer un contrato laboral y no le permitan aprobar las asignatura sin asistir a clases? La excluimos, aunque nos sentimos mal al leer esto. La excluimos nosotros. La excluyes tú y la excluyo yo. La excluyen las leyes, las normativas, los baremos y los cánones que hemos considerado aptos para medir el mundo.
Las consecuencias de salirse de la norma son mucho más dolorosas que el leve jugueteo con los límites, y la posterior vuelta al redil. Las consecuencias de no caber dentro de lo que se concibe que debe ser cuando debe ser y como debe ser son mucho más terribles para los y las que tienen los mismos derechos que una, pero le
son vulnerados en nombre de esa devastadora normalidad.
¿Cuántas veces en nuestra vida hemos pensado o dicho yo no podría ser así o yo no podría hacer eso? Yo no podría ser gorda, yo no podría dormir en la calle, yo no podría ser madre soltera, yo no podría convertirme al islam, yo no podría venir en patera (cayuco, que está de moda), yo no podría vivir con tan poco dinero... Yo no podría. Probablemente sí. Piénsalo. Podrías, pero no tienes que hacerlo. ¡Qué suerte!
Son las ideas negativas individuales y las del susceptible imaginario colectivo, las actitudes de rechazo interiorizadas sin cuestionamiento y los prejuicios, los que nos hacen llegar al resultado del amplio y rígido listado de ESTO SÍ y ESTO NO. Creo que este listado hay que flexibilizarlo, porque todos sí y todos no en momentos determinados. Además, en este mundo de comunicación global, creo que nos ha perjudicado enormemente lo que Abraham Moles define como experiencia vicaria. A partir de lo que vemos, oímos y leemos a través de los medios, hemos simplificado enormemente nuestros esquemas de vida. Hemos dejado de ser nosotros y nuestras circunstancias. Ahora unos pocos perfilan unas circunstancias estandarizadas y el resto vamos intentando adaptarnos a ellas. Si antes una nacía con las caderas anchas tenía las mismas posibilidades de ser feliz que cualquier otra u otro. Hoy en día esas posibilidades son ciertamente menores, aunque continúan intentando mantenerse con dignidad por aquello del aceptarse a uno mismo. Antes, las tallas 42 ó 44 eran lo normal para la mujer. Hoy lo es la 38, e incluso la 36, pero a ver cuántas de nosotras la usamos. Es decir, hay casos, como éste, en el que hemos llegado a asumir como norma algo que muy pocos de nosotros cumplimos. Y la gran mayoría vivimos, con mayor o menor angustia, en sus márgenes. ¿No es paradójico que manejemos nuestras vidas dentro de un horizonte de expectativas que nos excluyen? ¿No es incluso ridículo?
¿Fuera de control o controles fuera?
Aixa Lorenzo, filóloga
Fuera de control
¿Vive actualmente alguien fuera de control? ¿Del control de quién? ¿Y por qué y para qué elige alguien vivir fuera de control? En el número anterior de la revista hablamos sobre la norma y lo normal. Y yo me había comprometido a recoger en esta ocasión el testigo de las consecuencias que suponían para la persona mantenerse al margen, voluntariamente o no, de ella.
Mantenerse al margen de la norma supone en cierta forma, de ahí el título, mantenerse fuera de control. Personas no controladas son las que no contribuyen con los mismos tributos, no gastan su dinero en los mismos objetos o con los mimos fines, no se ciñen a la tendencias homogéneas en cuanto al aspecto físico, no sienten de la misma manera lo que les rodea y no esperan algo estipulado previamente de los que están a su alrededor. No se rigen, en fin, por las reglas por las que se rige el resto. Y, a la vez, casi todos intentamos estar un poco fuera de control. Es, precisa y curiosamente, ese poco, lo que atrae de nosotros, lo que nos caracteriza o diferencia frente a los demás. Ese pizco de rebeldía implícita en cada uno es incluso necesario. Es como nuestra marca. Pero no conviene pasarse. El espíritu gregario que nos determina hace que dejemos al otro la justa libertad para que pueda sentirse libre, ni menos ni, por supuesto, más.
Por ello, es tan difícil asumir propuestas como las que hacen algunas asociaciones de consumidores de lo que entendemos usualmente por droga (cocaína, heroína). He tenido conversaciones en las que me han planteado por qué no permitir un consumo responsable. Una persona adulta es libre de hacerlo o no. Si alguien se quiere gastar parte de sus ingresos mensuales en una sustancia x, ¿por qué es una opción peor que gastarlo en cualquier otra cosa mejor aceptada socialmente pero igual de dañina? Sé que es un asunto bastante polémico en el que no me interesa entrar. Sólo he puesto el ejemplo para poder observar cómo nuestra reacción de rechazo se hace patente siempre ante lo que nos plantea desafíos, lo que se sale de lo común.
Otro caso, de muy distinto calibre. El de una amiga. Es un caso real, no una hipó-tesis. Esta chica tiene una niña, trabaja por su cuenta y estudia las últimas asignaturas de su carrera, en las que le exigen como obligatoria la asistencia a clase. No puede asistir a clase a primera hora porque no puede dejar de llevar a su hija al colegio. Y no puede estudiar tanto como quisiera porque no puede dejar de trabajar todo lo que lo hace para mantenerse a sí misma y a la niña. ¿No es contradictorio que le denieguen todas las becas que ha solicitado por no alcanzar los criterios establecidos (pensados, con seguridad, para jóvenes sin cargas familiares, y no para mujeres independientes con hijos), no le den ninguna ayuda social por no poseer un contrato laboral y no le permitan aprobar las asignatura sin asistir a clases? La excluimos, aunque nos sentimos mal al leer esto. La excluimos nosotros. La excluyes tú y la excluyo yo. La excluyen las leyes, las normativas, los baremos y los cánones que hemos considerado aptos para medir el mundo.
Las consecuencias de salirse de la norma son mucho más dolorosas que el leve jugueteo con los límites, y la posterior vuelta al redil. Las consecuencias de no caber dentro de lo que se concibe que debe ser cuando debe ser y como debe ser son mucho más terribles para los y las que tienen los mismos derechos que una, pero le
son vulnerados en nombre de esa devastadora normalidad.
¿Cuántas veces en nuestra vida hemos pensado o dicho yo no podría ser así o yo no podría hacer eso? Yo no podría ser gorda, yo no podría dormir en la calle, yo no podría ser madre soltera, yo no podría convertirme al islam, yo no podría venir en patera (cayuco, que está de moda), yo no podría vivir con tan poco dinero... Yo no podría. Probablemente sí. Piénsalo. Podrías, pero no tienes que hacerlo. ¡Qué suerte!
Son las ideas negativas individuales y las del susceptible imaginario colectivo, las actitudes de rechazo interiorizadas sin cuestionamiento y los prejuicios, los que nos hacen llegar al resultado del amplio y rígido listado de ESTO SÍ y ESTO NO. Creo que este listado hay que flexibilizarlo, porque todos sí y todos no en momentos determinados. Además, en este mundo de comunicación global, creo que nos ha perjudicado enormemente lo que Abraham Moles define como experiencia vicaria. A partir de lo que vemos, oímos y leemos a través de los medios, hemos simplificado enormemente nuestros esquemas de vida. Hemos dejado de ser nosotros y nuestras circunstancias. Ahora unos pocos perfilan unas circunstancias estandarizadas y el resto vamos intentando adaptarnos a ellas. Si antes una nacía con las caderas anchas tenía las mismas posibilidades de ser feliz que cualquier otra u otro. Hoy en día esas posibilidades son ciertamente menores, aunque continúan intentando mantenerse con dignidad por aquello del aceptarse a uno mismo. Antes, las tallas 42 ó 44 eran lo normal para la mujer. Hoy lo es la 38, e incluso la 36, pero a ver cuántas de nosotras la usamos. Es decir, hay casos, como éste, en el que hemos llegado a asumir como norma algo que muy pocos de nosotros cumplimos. Y la gran mayoría vivimos, con mayor o menor angustia, en sus márgenes. ¿No es paradójico que manejemos nuestras vidas dentro de un horizonte de expectativas que nos excluyen? ¿No es incluso ridículo?
¿Fuera de control o controles fuera?
Aixa Lorenzo, filóloga

