En la revista de la Clínica de San Juan de Dios, en Tenerife, FAMILIA HOSPITALARIA, el Padre Fernando Lorente expone lo que es y significa un hospital católico.
EL hospital católico, como ahora, nunca ha sido la única institución en la que se realiza una actividad profesional hospitalaria con motivos confesionales católicos. En todos los tiempos, hasta nuestros días, han existido otras instituciones con la voluntad expresa de testimoniar estas actividades sin contradecir la fe. Creemos de interés destacar esta realidad histórica que alcanza a todas las actividades humanas porque todo pensamiento ideológico y directrices de un hospital católico no significa limitación en la justa autonomía de las realidades terrenas, tal como la misma Iglesia ha reconocido en el Concilio Vaticano II.
Algunos textos:
«La iglesia cree firmemente que no puede haber oposición ni conflicto permanente entre la fe y la verdadera ciencia. La oposición que, momentáneamente, puede surgir, debe resolverse con una investigación más profunda por ambos lados. La ciencia contiene valores muy positivos, y tanto el progreso científico como el técnico pueden ser muy beneficiosos si se desarrollan de conformidad con la moral y buscan el desarrollo total del hombre, tanto en su vida personal como comunitaria. Por otra parte, el concilio Vaticano II reconoce una justa libertad a la investigación a fin de que pueda desarrollarse y moverse según sus derechos y sus propios principios. La investigación exige respeto y goza de una específica inviolabilidad, salvo siempre los derechos
de la persona y de la comunidad, dentro de los límites del bien común. Pero, a pesar de la justa autonomía de las cosas terrenas reconocidas por este Concilio, la Iglesia no puede renunciar al derecho y deber que tiene de intervenir con su magisterio en aquellas materias en que los valores eternos del ser humano están de alguna manera en juego (Gaudium et spes, n. 36).
Si esta doctrina es aplicable a todas las ciencias y técnicas humanas, lo es también la que comprende la asistencia hospitalaria. Incluso más, puesto que su aplicación va dirigida directamente al ser humano enfermo. Y la enfermedad afecta al hombre en la totalidad de su ser.
«El cuerpo humano, ha escrito el gran profesor Laín Entralgo, no es sólo una armoniosa composición de huesos, músculos y vísceras; es también una activa realidad que se mueve,... pinta tablas y lienzos, esculpe mármoles, levanta edificios, inventa lenguajes y escribe leyes», y otras actividades. Toda esta armonía y acción se altera, poco o mucho, con las enfermedades. Por otra parte, el cristianismo descubre al ser humano un mundo espiritual y personal, inseparable de su existencia que le trasciende, «es imagen y semejanza de Dios», que la Medicina y las demás ciencias, en su estudio y aplicación, no puede o no se debe olvidar. En el caso concreto que aquí nos ocupa, la labor de la medicina debe tener por centro a todo el ser humano en su unidad indivisible.
Está claro que este amplio y complejo sector atañe directamente al bien de la persona humana y de la sociedad. Por eso, precisamente, plantea cuestiones delicadas que afectan no sólo al aspecto social e institucional, sino también a la índole ética y religiosa, ya que se ven implicados funda-mentalmente sucesos humanos y espirituales.
Las nuevas metas que ha abierto y seguirá abriendo el progreso de las ciencias y sus posibles aplicaciones técnicas y terapéuticas, tocan los ámbitos más delicados de la vida en su misma fuente y su significado más profundo del ser humano.
Esta situación actual y futura nos viene a demostrar que la participación católica de la asistencia hospitalaria ha estado, está y estará marcada en su nacimiento y desarrollo, por vitales condicionamientos históricos, pero su última justificación no puede hallarse más que en la misma fe cristiana que invita al creyente, como tal. a ponerse al servicio de la persona humana con tanta mayor urgencia cuanto mayor sea su debilidad corporal, psicológica y social.
Este servicio, pues, es un signo connatural de la misericordia de la Iglesia. La comunidad cristiana que cree en Cristo y quiere seguirle, está convencida de que esta fe y este seguimiento le exige testificar ante el mundo el valor y la dignidad de la persona humana, tal y como se pone de manifiesto en la predicación y en la conducta de Jesús de Nazaret. Por eso, el cuidado de los enfermos, comprendido como un testimonio del calor de la persona humana y opción cristiana, se convierte en el lugar privilegiado para que la Iglesia pueda ejercer su misión, que es testimoniar la caridad de Jesucristo, anunciar la exigencia de la justicia y poner a disposición de todo el mundo la fuerza salvadora que ella, conducida por el Espíritu Santo, ha recibido de su Fundador.
Todas las instituciones civiles, cristianas y religiosas que han surgido en la historia de la Iglesia, ha tenido este origen y desarrollo, al servicio de los enfermos.
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La Orden hospitalaria fue una de las instituciones, al servicio de necesitados y enfermos, aparecida en el siglo XVI, fundada. por San Juan de Dios. Este santo nació en Portugal y murió en España. Para conocer su personalidad es imprescindible conocer su origen, es decir, cuál fue la época en la que vivió y trabajó (1495-1550). El suelo ibérico siempre ha sido tierra muy fértil de grandes conquistadores y de revoluciones en series; cada página de su historia es un relato de guerra, de conquistas y de pronunciamientos militares. Los íberos son gente fogosa, de mano fácil y de corazón ardiente. En el campo de la vida cristiana aparecen estos personajes contemporáneos o casi contemporáneos de Juan de Dios: Ignacio de Loyola, Juan de Ávila, Juan de la Cruz, Teresa de Jesús, Tomás de Villanueva, obispo de Valencia, Bartolomé de los Mártires, obispo de Braga, Carlos de Portugal y Pedro de Alcántara. Con este espíritu encontramos a los españoles en las Indias Occidentales y a los portugueses en las Indias Orientales. Todo el mundo ibérico está en plena ebullición: reyes y vasallos, soldados y misioneros, nobles y villanos, todos sienten el deseo de asentaras terrenas y sobrenaturales.
Juan de Dios funda la Orden Hospitalaria en este ambiente histórico. Institución que podría sintetizarse así: un bagaje cultural y espiritual propio, su carisma y razón de vida estaba en el servicio integral a los pobres y enfermos. El crecimiento de sus seguidores, hasta hoy y la expansión de su obra en Europa y en los demás continentes, da la medida exacta de los frutos de una espiritualidad y una abnegación hacia el prójimo, como expresión de seguimiento bajo los dictados evangélicos. Actualmente, este espíritu se mantiene y así se expresa en las constituciones que definen actualmente esta institución.
«La Orden Hospitalaria nace del Evangelio, vivido en manifestaciones de fe y amor a los enfermos de toda nación, raza y clase social, preferentemente los más abandonados. En esta misión de usarse los medios que proporciona la ciencia, el progreso y la técnica, de modo que pueda apreciarse claramente el interés y la particular y Constante urgencia de la Orden Hospitalaria por actualizar la caridad de siempre —de Cristo— con los medios humanos modernos de cada época.
Con este espíritu, el cuerpo sanitario de esta institución ha de ser seleccionada con ponderación y amplia apertura de ideas, adaptándose a las disposiciones legislativas de loa respectivos países, procurando ayudarles en el desenvolvimiento de su acción con los medios exigidos por el progreso, según se enfrente la economía de cada centro. Ha de cuidarse también de la formación periódica, puesta al día del personal auxiliar.
Los sacerdotes y con ellos los religiosos de la Orden, religiosas y seglares cristianos comprometidos que trabajan en estos hospitales ejercitarán su ministerio y acción apostólica con todas las personas vinculadas a dichos centros con humildad y amor, a imitación del divino Maestro que vino para servir y dar la vida para la redención de todos. Con cardad y discreción buscarán el modo de acercarse a todas las personas, manifestándoles la acción de la palabra, ala acción litúrgico-sacramental y las diversas iniciativas que hacen mis vira y eficaz la pastoral hospitalaria. Con celo prudente y comprensión humana, invitan a los enfermos a acercarse a los sacramentos, y asistir con particular efusión de caridad a. los que se encuentren en peligro de muerte o. en agonía proporcionándoles el consuelo de la fe y de la esperanza cristiana. La esperanza cristiana es el oxígeno de la vida humana, vida desesperada es vida asfixiada Y si ,ésta es una realidad en la persona sana, lo es aún más grave en la persona enferma.
Nos atreve riamos a afirmar que en ninguna vocación humana, como en la asistencia a los enfermos, se reclama tanto la necesidad de apartarse de estos dos errores funestos: la. visión del mundo y de la sociedad que prescindiendo absolutamente de Dios por una autonomía de lo temporal, que llega al extremo de denunciar toda actuación de la Iglesia sobre las realidades humanas; y a la vez, cuando se quiere reducir la actuación de la Iglesia a la pura inferioridad de las almas, a un angelismo pernicioso. «Se equivocan los cristianos que, pretextando que no tenemos aquí ciudad permanente, pues buscamos la futura, consideran que pueden descuidar las tareas temporales, sin darse cuenta que la propia fe es un motivo que les obliga al más perfecto cumplimiento de todas ellas según la vocación temporal de cada no. Pero no es menos grave el error de quienes, por el contrario, piensan que pueden entregarse totalmente a los asuntos temporales, como si éstos fuesen ajenos del todo a la vida religiosa, pensando que ésta se reduce meramente a ciertos actos de culto y al cumplimiento de determinadas obligaciones morales. El divorcio entre la fe y la vida diaria de muchos debe ser considerado como uno de los más graves errores de nuestra época».
Esta cita del Vaticano II (GS,43) no puede ser más elocuente, más categórica y más perentoria para todos los tiempos, para esclarecer y definir lo que es un hospital católico.
El HOSPITAL CATÓLICO
EL hospital católico, como ahora, nunca ha sido la única institución en la que se realiza una actividad profesional hospitalaria con motivos confesionales católicos. En todos los tiempos, hasta nuestros días, han existido otras instituciones con la voluntad expresa de testimoniar estas actividades sin contradecir la fe. Creemos de interés destacar esta realidad histórica que alcanza a todas las actividades humanas porque todo pensamiento ideológico y directrices de un hospital católico no significa limitación en la justa autonomía de las realidades terrenas, tal como la misma Iglesia ha reconocido en el Concilio Vaticano II.
Algunos textos:
«La iglesia cree firmemente que no puede haber oposición ni conflicto permanente entre la fe y la verdadera ciencia. La oposición que, momentáneamente, puede surgir, debe resolverse con una investigación más profunda por ambos lados. La ciencia contiene valores muy positivos, y tanto el progreso científico como el técnico pueden ser muy beneficiosos si se desarrollan de conformidad con la moral y buscan el desarrollo total del hombre, tanto en su vida personal como comunitaria. Por otra parte, el concilio Vaticano II reconoce una justa libertad a la investigación a fin de que pueda desarrollarse y moverse según sus derechos y sus propios principios. La investigación exige respeto y goza de una específica inviolabilidad, salvo siempre los derechos
de la persona y de la comunidad, dentro de los límites del bien común. Pero, a pesar de la justa autonomía de las cosas terrenas reconocidas por este Concilio, la Iglesia no puede renunciar al derecho y deber que tiene de intervenir con su magisterio en aquellas materias en que los valores eternos del ser humano están de alguna manera en juego (Gaudium et spes, n. 36).
Si esta doctrina es aplicable a todas las ciencias y técnicas humanas, lo es también la que comprende la asistencia hospitalaria. Incluso más, puesto que su aplicación va dirigida directamente al ser humano enfermo. Y la enfermedad afecta al hombre en la totalidad de su ser.
«El cuerpo humano, ha escrito el gran profesor Laín Entralgo, no es sólo una armoniosa composición de huesos, músculos y vísceras; es también una activa realidad que se mueve,... pinta tablas y lienzos, esculpe mármoles, levanta edificios, inventa lenguajes y escribe leyes», y otras actividades. Toda esta armonía y acción se altera, poco o mucho, con las enfermedades. Por otra parte, el cristianismo descubre al ser humano un mundo espiritual y personal, inseparable de su existencia que le trasciende, «es imagen y semejanza de Dios», que la Medicina y las demás ciencias, en su estudio y aplicación, no puede o no se debe olvidar. En el caso concreto que aquí nos ocupa, la labor de la medicina debe tener por centro a todo el ser humano en su unidad indivisible.
Está claro que este amplio y complejo sector atañe directamente al bien de la persona humana y de la sociedad. Por eso, precisamente, plantea cuestiones delicadas que afectan no sólo al aspecto social e institucional, sino también a la índole ética y religiosa, ya que se ven implicados funda-mentalmente sucesos humanos y espirituales.
Las nuevas metas que ha abierto y seguirá abriendo el progreso de las ciencias y sus posibles aplicaciones técnicas y terapéuticas, tocan los ámbitos más delicados de la vida en su misma fuente y su significado más profundo del ser humano.
Esta situación actual y futura nos viene a demostrar que la participación católica de la asistencia hospitalaria ha estado, está y estará marcada en su nacimiento y desarrollo, por vitales condicionamientos históricos, pero su última justificación no puede hallarse más que en la misma fe cristiana que invita al creyente, como tal. a ponerse al servicio de la persona humana con tanta mayor urgencia cuanto mayor sea su debilidad corporal, psicológica y social.
Este servicio, pues, es un signo connatural de la misericordia de la Iglesia. La comunidad cristiana que cree en Cristo y quiere seguirle, está convencida de que esta fe y este seguimiento le exige testificar ante el mundo el valor y la dignidad de la persona humana, tal y como se pone de manifiesto en la predicación y en la conducta de Jesús de Nazaret. Por eso, el cuidado de los enfermos, comprendido como un testimonio del calor de la persona humana y opción cristiana, se convierte en el lugar privilegiado para que la Iglesia pueda ejercer su misión, que es testimoniar la caridad de Jesucristo, anunciar la exigencia de la justicia y poner a disposición de todo el mundo la fuerza salvadora que ella, conducida por el Espíritu Santo, ha recibido de su Fundador.
Todas las instituciones civiles, cristianas y religiosas que han surgido en la historia de la Iglesia, ha tenido este origen y desarrollo, al servicio de los enfermos.
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La Orden hospitalaria fue una de las instituciones, al servicio de necesitados y enfermos, aparecida en el siglo XVI, fundada. por San Juan de Dios. Este santo nació en Portugal y murió en España. Para conocer su personalidad es imprescindible conocer su origen, es decir, cuál fue la época en la que vivió y trabajó (1495-1550). El suelo ibérico siempre ha sido tierra muy fértil de grandes conquistadores y de revoluciones en series; cada página de su historia es un relato de guerra, de conquistas y de pronunciamientos militares. Los íberos son gente fogosa, de mano fácil y de corazón ardiente. En el campo de la vida cristiana aparecen estos personajes contemporáneos o casi contemporáneos de Juan de Dios: Ignacio de Loyola, Juan de Ávila, Juan de la Cruz, Teresa de Jesús, Tomás de Villanueva, obispo de Valencia, Bartolomé de los Mártires, obispo de Braga, Carlos de Portugal y Pedro de Alcántara. Con este espíritu encontramos a los españoles en las Indias Occidentales y a los portugueses en las Indias Orientales. Todo el mundo ibérico está en plena ebullición: reyes y vasallos, soldados y misioneros, nobles y villanos, todos sienten el deseo de asentaras terrenas y sobrenaturales.
Juan de Dios funda la Orden Hospitalaria en este ambiente histórico. Institución que podría sintetizarse así: un bagaje cultural y espiritual propio, su carisma y razón de vida estaba en el servicio integral a los pobres y enfermos. El crecimiento de sus seguidores, hasta hoy y la expansión de su obra en Europa y en los demás continentes, da la medida exacta de los frutos de una espiritualidad y una abnegación hacia el prójimo, como expresión de seguimiento bajo los dictados evangélicos. Actualmente, este espíritu se mantiene y así se expresa en las constituciones que definen actualmente esta institución.
«La Orden Hospitalaria nace del Evangelio, vivido en manifestaciones de fe y amor a los enfermos de toda nación, raza y clase social, preferentemente los más abandonados. En esta misión de usarse los medios que proporciona la ciencia, el progreso y la técnica, de modo que pueda apreciarse claramente el interés y la particular y Constante urgencia de la Orden Hospitalaria por actualizar la caridad de siempre —de Cristo— con los medios humanos modernos de cada época.
Con este espíritu, el cuerpo sanitario de esta institución ha de ser seleccionada con ponderación y amplia apertura de ideas, adaptándose a las disposiciones legislativas de loa respectivos países, procurando ayudarles en el desenvolvimiento de su acción con los medios exigidos por el progreso, según se enfrente la economía de cada centro. Ha de cuidarse también de la formación periódica, puesta al día del personal auxiliar.
Los sacerdotes y con ellos los religiosos de la Orden, religiosas y seglares cristianos comprometidos que trabajan en estos hospitales ejercitarán su ministerio y acción apostólica con todas las personas vinculadas a dichos centros con humildad y amor, a imitación del divino Maestro que vino para servir y dar la vida para la redención de todos. Con cardad y discreción buscarán el modo de acercarse a todas las personas, manifestándoles la acción de la palabra, ala acción litúrgico-sacramental y las diversas iniciativas que hacen mis vira y eficaz la pastoral hospitalaria. Con celo prudente y comprensión humana, invitan a los enfermos a acercarse a los sacramentos, y asistir con particular efusión de caridad a. los que se encuentren en peligro de muerte o. en agonía proporcionándoles el consuelo de la fe y de la esperanza cristiana. La esperanza cristiana es el oxígeno de la vida humana, vida desesperada es vida asfixiada Y si ,ésta es una realidad en la persona sana, lo es aún más grave en la persona enferma.
Nos atreve riamos a afirmar que en ninguna vocación humana, como en la asistencia a los enfermos, se reclama tanto la necesidad de apartarse de estos dos errores funestos: la. visión del mundo y de la sociedad que prescindiendo absolutamente de Dios por una autonomía de lo temporal, que llega al extremo de denunciar toda actuación de la Iglesia sobre las realidades humanas; y a la vez, cuando se quiere reducir la actuación de la Iglesia a la pura inferioridad de las almas, a un angelismo pernicioso. «Se equivocan los cristianos que, pretextando que no tenemos aquí ciudad permanente, pues buscamos la futura, consideran que pueden descuidar las tareas temporales, sin darse cuenta que la propia fe es un motivo que les obliga al más perfecto cumplimiento de todas ellas según la vocación temporal de cada no. Pero no es menos grave el error de quienes, por el contrario, piensan que pueden entregarse totalmente a los asuntos temporales, como si éstos fuesen ajenos del todo a la vida religiosa, pensando que ésta se reduce meramente a ciertos actos de culto y al cumplimiento de determinadas obligaciones morales. El divorcio entre la fe y la vida diaria de muchos debe ser considerado como uno de los más graves errores de nuestra época».
Esta cita del Vaticano II (GS,43) no puede ser más elocuente, más categórica y más perentoria para todos los tiempos, para esclarecer y definir lo que es un hospital católico.

