Comentario al Evangelio, Mt 23, 23-26, del martes de la Vigésimoprimera semana del Tiempo Ordinario, ldel libro "Ens´ñame tus caminos" de Guillermo Gutiérrez
Hacer lo uno sin omitir lo otro. Las amenazas de las contraventuranzas no pueden clasificarse de doctrina negativa porque a la condena de lo mal hecho se contrapone el ideal de lo que se debe hacer. Junto a los vicios que se condenan se expresan las virtudes que se aconsejan y la primera es la interiorización del culto.
Los ritos exteriores son buenos en la medida en que ayudan a orientar el corazón a Dios, Señor del culto. Desprovistos de esa vinculación no tienen valor alguno. Es a Dios a quien hay que convertirse, adorar, amar... y no los ritos ni la letra de la ley. El templo, el sábado, la ley, los diezmos, las purificaciones exteriores... tienen la función de recordar al hombre su vinculación con Dios y la necesidad de dar culto en espíritu y en verdad (Jn 4,23) al que es Señor de las cosas y autor de la ley. Pero la limitación humana nos pone en trance de absolutizar lo que es relativo, particular, circunstancial. De igual manera se tiende a seccionar y seleccionar valores particulares del Evangelio separándolos de su conjunto. El Evangelio es un todo y es dentro de su conjunto donde hay que evaluar cada enseñanza. Si los valores secundarios se absolutizan queda corrompida la esencia de la ley. Sucedía eso en la preferencia de los ritos cultuales sobre la ley universal del amor y el servicio al hombre.
En todos los tiempos pueden surgir neofariseísmos del pensamiento humano, que pretenden servirse del Evangelio en lugar de servir al Evangelio noblemente. Jesús alaba la disposición de los sencillos como sujetos de la revelación auténtica de los misterios de Dios. La sencillez es receptividad sin torcidas intenciones. Si la intención no es sincera de¬sembocará en aberraciones farisaicas.
Jesús alaba lo bueno de las prácticas de lo accidental en los fariseos, lamentando lo esencial que les falta. Es un signo de amor. Porque una religión exterior no compromete interiormente al hombre: se le honra con los labios... pero el corazón queda alejado de él. Ahora bien, Dios busca ante todo el corazón. Del corazón nace el compromiso de vida superior a los ritos cultuales. «Porque no es lo exterior sino lo que nace del corazón lo que hace bueno o malo al hombre» (Mt 15,11. 15-20).
Hacer lo uno sin omitir lo otro. Las amenazas de las contraventuranzas no pueden clasificarse de doctrina negativa porque a la condena de lo mal hecho se contrapone el ideal de lo que se debe hacer. Junto a los vicios que se condenan se expresan las virtudes que se aconsejan y la primera es la interiorización del culto.
Los ritos exteriores son buenos en la medida en que ayudan a orientar el corazón a Dios, Señor del culto. Desprovistos de esa vinculación no tienen valor alguno. Es a Dios a quien hay que convertirse, adorar, amar... y no los ritos ni la letra de la ley. El templo, el sábado, la ley, los diezmos, las purificaciones exteriores... tienen la función de recordar al hombre su vinculación con Dios y la necesidad de dar culto en espíritu y en verdad (Jn 4,23) al que es Señor de las cosas y autor de la ley. Pero la limitación humana nos pone en trance de absolutizar lo que es relativo, particular, circunstancial. De igual manera se tiende a seccionar y seleccionar valores particulares del Evangelio separándolos de su conjunto. El Evangelio es un todo y es dentro de su conjunto donde hay que evaluar cada enseñanza. Si los valores secundarios se absolutizan queda corrompida la esencia de la ley. Sucedía eso en la preferencia de los ritos cultuales sobre la ley universal del amor y el servicio al hombre.
En todos los tiempos pueden surgir neofariseísmos del pensamiento humano, que pretenden servirse del Evangelio en lugar de servir al Evangelio noblemente. Jesús alaba la disposición de los sencillos como sujetos de la revelación auténtica de los misterios de Dios. La sencillez es receptividad sin torcidas intenciones. Si la intención no es sincera de¬sembocará en aberraciones farisaicas.
Jesús alaba lo bueno de las prácticas de lo accidental en los fariseos, lamentando lo esencial que les falta. Es un signo de amor. Porque una religión exterior no compromete interiormente al hombre: se le honra con los labios... pero el corazón queda alejado de él. Ahora bien, Dios busca ante todo el corazón. Del corazón nace el compromiso de vida superior a los ritos cultuales. «Porque no es lo exterior sino lo que nace del corazón lo que hace bueno o malo al hombre» (Mt 15,11. 15-20).

