Reflexión al Evangelio, Mt 25, 1-13, del viernes de l Vigésimaprimera Semana del Tiempo Ordinario, del libro "Enséñame tus caminos" de Guillermo Gutiérrez.
Identificación. La verdadera sabiduría se valora en función de la actitud tornada frente al mensaje de la cruz. El sabio y el necio son respectivamente los que levantan el edificio de su vida sobre ro-ca o sobre arena, con suerte desigual. La parábola de las diez jóvenes lo plantea en términos de vigilancia y de descuido. Y como la luz simboliza la fe, unas jóvenes tenían fe, las otras carecían de ella: sabias y necias. La fe es luz que no puede extinguirse en el momento más decisivo. La parábola es, por tanto, una invitación a la vigilancia fiel hasta el fin, en una vida donde la fe y el amor arden como un cirio.
Una exclusión tan radical del salón del banquete parece una medida excesivamente rigurosa para quienes esperaban y les faltaba sólo un de-talle. Pero el detalle era esencial. La luz significa la fe. No se comprendería de otra manera la falta de caridad de las compañeras en no compartir el aceite. Pero la fe es personal y nadie puede creer por otro.
«No os conozco». Para ser del número de los discípulos de Jesús no basta profetizar en su nombre, ni invocarle circunstancialmente, ni profesarle una simpatía superficial que no llega al compromiso en la fe y seguimiento. Ser de Jesús es confesarle e imitarle por amor. Y como la fe y el amor son intransferibles, así lo es también la entrada en su reino.
Llamamos a la puerta. No hay anatemas ni reprimendas, Sencillamente, Dios reconoce por suyos a los que no van marcados por el signo de Cristo. Y luego una advertencia: “Velad”. El cristiano es hombre que, frente al futuro, está siempre en actitud de alerta.
Identificación. La verdadera sabiduría se valora en función de la actitud tornada frente al mensaje de la cruz. El sabio y el necio son respectivamente los que levantan el edificio de su vida sobre ro-ca o sobre arena, con suerte desigual. La parábola de las diez jóvenes lo plantea en términos de vigilancia y de descuido. Y como la luz simboliza la fe, unas jóvenes tenían fe, las otras carecían de ella: sabias y necias. La fe es luz que no puede extinguirse en el momento más decisivo. La parábola es, por tanto, una invitación a la vigilancia fiel hasta el fin, en una vida donde la fe y el amor arden como un cirio.
Una exclusión tan radical del salón del banquete parece una medida excesivamente rigurosa para quienes esperaban y les faltaba sólo un de-talle. Pero el detalle era esencial. La luz significa la fe. No se comprendería de otra manera la falta de caridad de las compañeras en no compartir el aceite. Pero la fe es personal y nadie puede creer por otro.
«No os conozco». Para ser del número de los discípulos de Jesús no basta profetizar en su nombre, ni invocarle circunstancialmente, ni profesarle una simpatía superficial que no llega al compromiso en la fe y seguimiento. Ser de Jesús es confesarle e imitarle por amor. Y como la fe y el amor son intransferibles, así lo es también la entrada en su reino.
Llamamos a la puerta. No hay anatemas ni reprimendas, Sencillamente, Dios reconoce por suyos a los que no van marcados por el signo de Cristo. Y luego una advertencia: “Velad”. El cristiano es hombre que, frente al futuro, está siempre en actitud de alerta.

