martes, 05 de septiembre de 2006
Artículo publicado en "Familia Hospitalaria", revista de la Clínica de San Juan de de Dios, núm. 64 y 65, AÑO XXII, SAnta Cruz de Tenerife.


JUAN DE ÁVILA, EL MAESTRO


Mi felicitación y recuerdo fraternal a todos los sacerdotes de nuestra Iglesia Nivariense y a todos los Hermanos de S. Juan de S. que celebran este año las Bodas de Plata y de Oro sacerdotales y religiosas, respectivamente.

LA IGLESIA, indefectiblemente santa, como cuerpo de Cristo, templo del Espíritu Santo y familia humana en la divina Trinidad, es santificadora de los hombres integrados en ella. Y así lo ha confirmado el Concilio Vaticano II: La santidad de la Iglesia se manifiesta y sin cesar debe manifestarse en los frutos de gracia que el Espíritu Santo produce en sus fieles... que, con edificación en los demás, se acercan a la perfección de la caridad en su propio género de vida. El gran místico y teólogo P. Arintero -de cuya doctrina recojo estas notas-, afirma: los santos son como frutos logrados de la gracia divinizadora de la Iglesia. Ellos a la vez revierten sobre la Iglesia la santidad que de ella reciben; y en proporción con su misma santidad, derivan de santificados en santificadores, desbor¬dando sobre los otros fieles, comunitariamente suyos, y sobre todo el organismo viviente de la Iglesia, la pujanza ya alcanzada de su espíritu La santa Iglesia católica, cuyo fin es la santificación de las almas, no puede menos de abundar en santos, que son la gloria y su fruto de bendición. Tenéis por fruto la santificación (Rom. 6, 12). La vitalidad, por tanto, de la Iglesia se conmensura a su efectividad santificadora. La perfección de la Iglesia y su verdadero progreso se mide por los frutos de vida, bendición y santificación que produce; es decir, por el número, grandeza y excelencias singulares de los santos y de las santas instituciones que en su seno encierra. Por eso, fiel al Espíritu santificador de Cristo, es una misión, una exigencia y un proceso de santificación. Y este imperativo de santificación afecta a todos en la Iglesia. Hacerse cristiano es de suyo un compromiso inexcusable de hacerse santo. Y uno de estos cristianos lo encontramos en el español Juan de Ávila. Se trata de una figura humana tan extraordinaria en su vida sacerdotal que alcanzó la distinción de ser reconocido como «Maestro» en lo humano y en lo divino Y esto sin notas que desentonen y distraigan sus palabras y su obras. Juan de Ávila es castellano. Síntesis de lo que esto significa: trabajador duro, constante y esperanzador en todo lo que se propo¬ne y realiza. Estudia en las universidades de Salamanca y Alcalá. Como apoyo en sus estudios hace penitencia y ora intensamente. Todavía muy joven, este sacerdote, que se relaciona con todas las órdenes religiosas y todos los obispos, se dedica por inspiración de Dios a predicar para salvar las almas. No tiene otro negocio ni otra empresa Y para que no pierda tan gran ganancia se apoya en los seguros que no fallan nunca: La oración. De dos horas justas por la mañana; después su misa lenta y solemne, terminada con la oración en acción de gracias. Hay que contar, además, sus largas horas ante el Sagrario, tiempo más para oír que para hablar. El trabajo: Cuatro horas de audiencia a todos los que quieran tratar asuntos de su espíritu. De seis a diez otra vez con Dios, el estudio del sermón y las cuatro horas de sueño El secreto de vida y acción de este sacerdote: orar y trabajar. La doctrina cristiana, siempre expresada con claridad y profundidad, iluminó estas ciudades andaluzas: Sevilla, Córdoba, Granada, Baeza, Montilla, Zafra, Priego. La oratoria de este sacerdote era docta y ardorosa, nada más.
Es de no menos importancia su capacidad para escribir y sin corregir. Se dirigía por igual a los nobles y a los plebeyos. Sus escritos epistolares llegaron a S. Ignacio, Francisco de Borja, Teresa de Jesús, Juan de Dios, todos fueron sus corresponsales. Con su vida apostólica, supo adelantarse a su siglo, organizando colegios para sacerdotes y para la formación cristiana de la juventud como garantía de una sociedad mejor.
Juan de Ávila es maestro de los grandes maestros del siglo XVI: Ignacio de Loyola, que escribirá los Ejercicios espirituales, se comu¬nica con Juan de Ávila; Teresa de Jesús, que escribirá sus «Mora-das» y «Camino de perfección», consulta a este Maestro; Juan de la Cruz, en sus elevados conceptos espirituales, se vale del mismo Maestro. Fr. Luis de Granada, el mayor asceta del siglo, acude también a él. Fueron sus discípulos, Martín Gutiérrez, Juan Díaz Hernando Contreras, Pedro Fernández, Juan Ribera Contreras, Pedro Fernández, Juan Ribera; alcanza a ser también forjador de santos: Como S. Juan de Dios, S. Francisco de Borja, S. Pedro de Alcántara, Santa Teresa de Jesús, Santo Tomás de Villanueva, S. Juan de Ribera, S. Ignacio de Loyola. Todos los santos españoles de su tiempo en España fueron fruto de sus predicaciones y de su relación con ellos. Fue también padre de fundadores de órdenes religiosas: de S. Juan de Dios, que crea la Orden Hospitalaria; de Pedro Alcántara, que emprende la reforma de la Orden franciscana; de Teresa de Jesús, que recibe de él fortaleza para la reforma carmelita con S. Juan de la Cruz.
Este gran «maestro», calificado por su vida entregada a Dios, lo es también «como un escritor pulcro, prolífico, ascético y universal. Este es, además, el santo patrono del clero español. Bien merecido. Y mejor si, en nuestro tiempo y en el futuro, nos sentimos imitadores en su inquebrantable fidelidad. En la grata ilusión y esperanza de llegar a esta meta tendrá siempre verdadero sentido el recuerdo que le dedicamos todos los años en este día, 10 de mayo.
Publicado por Desconocido @ 23:33  | Artículos de interés
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