Acontecer pastoral de una parroquia

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Historia, horarios, fiestas y el acontecer pastoral de la parroquia de El Dulce Nombre de Jesús en La Guancha y de San José en San Juan de la Rambla, ambas en Tenerife, Islas Canarias, España; recopilación de noticias y artículos de interés.
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miércoles, 18 de octubre de 2006
Artículo del padre Fernando Lorente, o.h., publicado en EL DÍA, miércoles 18 de Octubre, en la sección CRITERIOS.

18 DE OCTUBRE DE 2006

Luz en el Camino Fernando Lorente, o.h.

El valor del trabajo


Como recuerdo y felicitación fraternal a don Onofre Díaz Delgado, en su vida de jubilación sacerdotal y a don Prudencio Redondo Camarero, en sus 50 años de vida sacerdotal

DOS SACERDOTES con quienes, desde hace años, vengo compartiendo encuentros frecuentes de vida y trabajo como ayuda fraterna en nuestra misión apostólica. Con este espíritu les ofrezco esta reflexión sobre el trabajo a la luz de la rectitud humana y de la fe cristiana que los sacerdotes debemos ofrecer con la propia vida como garantía apostólica.

El trabajo constituye una dimensión fundamental de la existencia del ser humano sobre la tierra. Dios crea y trabaja (Gén. 1 y 2,3). Y llama al hombre al trabajo. Le entrega su obra para que la domine y se enseñoree de ella. El hombre es imagen de Dios, entre otros motivos por el mandato recibido del Creador de someter y dominar la tierra. En la realización de este mandato, el hombre, todo ser humano, refleja la acción del Creador del universo. (Juan Pablo II. LE, 4). Es decir, la misión de dominar el mundo que Dios le concede al hombre -no al contrario por su propia equivocación, como tantas veces sucede- no es algo sobreañadido a la existencia del hombre, sino que constituye su dimensión fundamental como "imagen" y "aliado" de Dios.

Por eso, el trabajo es "gracia", y como gracia es la llamada a la existencia, vocación también a ser interlocutor de Dios, y a disfrutar de la creación como "señor" y "dueño". El hecho posterior del pecado, y el carácter de dolor que introduce en la actividad humana (Gén. 3, 17), con su sentido de expiación, no toca ni modifica la esencia original del trabajo, como fuente de realización del ser humano y de desarrollo de la creación. Aquí esta la razón más alta de la dignidad humana, que consiste en la vocación del hombre a la unión hombre con Dios. (Gs. 19). El ser humano, desde su nacimiento, es invitado al diálogo con Dios. Existe pura y simplemente por el amor de Dios, que lo creó, y por el amor de Dios, que lo conserva. Y sólo se puede decir que vive en la plenitud de la verdad cuando reconoce libremente ese amor y se confía por entero a su Creador. Muchos son, sin embargo, los que, entonces y ahora también, se desentienden del todo de esta íntima y vital unión con Dios, o la niegan en forma explícita. Este ateísmo es uno de los fenómenos más graves de nuestro tiempo.

Para vencer este ateísmo, tenemos que vivir con toda plenitud, que la actividad humana, así como procede del hombre, así también se ordena al hombre. Los seres humanos, constitutivamente, estamos vinculados al mundo. Somos terrenos, mundo. Y sólo podemos realizar nuestro ser inacabado, "proyectado", en nuestra acción sobre el mundo. Obrar en y sobre el mundo es nuestra única posibilidad de ser. No a pesar del trabajo, sino en el trabajo es como la persona humana va avanzando en su laborioso proceso de hominización, respondiendo a su ser que, para nosotros los creyentes, es vocación y llamada; es decir, proyecto y forma de llevarlo a cabo: que no es "original" del hombre, sino "recibido" y asumido con la libertad y responsabilidad que nos son propias. El ser humano, pues, se hace haciendo, actuando sobre la creación. Por eso no puede realizarse como ser humano sino obrando en el mundo y sobre el mundo. Y por eso también, en el mismo trabajo, en la realización de la obra, "entrando" en ella y haciéndola de acuerdo a las leyes intrínsecas propias, el ser humano responde a la voluntad de Dios. Y así se perfecciona a la vez que perfecciona la creación. Pero una cosa hay cierta para los creyentes (y no creyentes): la actividad humana individual y colectiva o el conjunto ingente de esfuerzos realizados por el ser humano a lo largo de los siglos para lograr mejores condiciones de vida, considerado en sí mismo, responde a la voluntad de Dios. El hombre, creado a imagen de Dios, nos sigue afirmando la doctrina conciliar del Vaticano II, recibió el mandato de gobernar en justicia y santidad, sometiendo a sí la tierra y cuanto en ella se contiene, y de orientar a Dios la propia persona y el universo entero, reconociendo a Dios como Creador de todo, de modo que con el sometimiento de todas las cosas al hombre -no él a éstas- sea admirable el nombre de Dios en el mundo.

Qué destino más glorioso tienen los seres humanos -por el trabajo- para realizarse a sí mismo y para mejorar el mundo; y qué destino, tan insustituible, tiene el trabajo de los que somos sacerdotes para santificarlo; incluso, por más que avancemos en años y se nos disminuyan las fuerzas físicas y mentales.


* Capellán de la Clínica de S. Juan de Dios

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