YO, QUE LOS VEO TAN EN TI COPIADOS,
ESTOY CONTENTÍSIMO CON QUE SEAN
NUESTROS MUCHACHOS
ESTOY CONTENTÍSIMO CON QUE SEAN
NUESTROS MUCHACHOS
Con fecha 13 de abril de 1948 don José Rivera Lema, hablando de sus hijos, le dice a Manuel Aparici [1]:
«Mi querido amigo y capellán:
»Recibí tu carta que verdaderamente me llenó de gozo, pues he visto, por lo que me refieres, que aquella tiara de requisitos indispensables para alcanzar algo del Señor: sacrificio, mortificación y oración estaban y están en Antonio, Carmelina y Pepe. El primero por estar ya allí donde él, con toda convicción, dijo que iba, por lo que nos dejó nota clara del poder de esa tiara, y los otros dos por estar preparándose hace ya tiempo, y sin dejar de andarlo, en el camino angostísimo que les lleva a donde es voluntad del Señor que vayan, nos indican que si de Dios queremos ser oídos ha de ser formados en esos requisitos de que Él nos dejó perenne ejemplo en la Pasión que sufrió. Así que yo, que los veo tan en ti copiados, estoy contentísimo con que sean nuestros muchachos y más si atiendo a que en todas las habitaciones de esta casa resuenan constantemente los ecos de aquellas palabras que dejaban traslucir inequívocamente la admiración que por ti sentía el primero y sienten los que en la muerte mística ... y en el martirio lento ... van apartando día a día ... las impurezas que les puedan quedar de su deambular por el mundo.
»Y sentido esto, nada tiene de particular que tú que, a ellos acudes por medio de libros y petición de oraciones, te veas rodeado de esos obsequios que el Señor te hace en las almas de los ejercitantes de ambos sexos, pues ellos, los muchachos nuestros, a Él se lo han pedido para la santidad de su sacerdote y la máxima alegría de haberte entregado todo en todo lo que Él te pide …
»Con todo el afecto de Carmen y Ana María recibe con el agradecimiento de tu bendición un fuerte abrazo de tu siempre buen amigo.
»P/S. Ana María está algo molestada con el Sr. Aparici pues dice que ella no es una insignificante en la Acción Católica. Vale».
Por su parte, Manuel Aparici, ya muy enfermo, a tan sólo un año de su muerte, le escribe a su buen amigo don José, del que se consideraba "cuasi” hijo, y le dice:
«Mi querido don José:
»Hace tiempo que estoy queriendo escribirle y ahora aunque llegue con retraso la felicitación no quiero dejar de ponerle siquiera unas líneas.
»Parece que Ana María es un poco gafe o profeta, pues en su carta felicitándome el año y el Santo me decía que deseaba que no tuviera la gripe de todos los inviernos y ... a los pocos días caí con una bronconeumonía que me tuvo una temporada fastidiado, pues me privó de celebrar la Santa Misa y de pasarme largos ratos junto al Sagrario durante quince días.
»He leído el original escrito por Córdoba [José Manuel de] sobre Antonio [2] y me ha complacido mucho al par que me ha hecho bien el volver a recordar su ejemplo.
»A Vds. también, como a la familia de S. Bernardo, se les puede designar como “la familia que alcanzó a Cristo”, pues si Vd. y doña Carmen colaboraron con el Señor en la santificación de sus hijos, ahora éstos, con las exigencias de sus vocaciones, les santifican a Vds. crucificándoles con la cruz de la soledad; soledad que Él nos elige para poderse dar más totalmente a nosotros sin compañías que dificulten la íntima unión preparatoria de la nueva, íntima, gozosa y eterna del cielo.
»Con todo cariño les bendice a todos su “cuasi” hijo» .[3]
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[1] De esta excelsa figura de la entonces Diócesis de Madrid–Alcalá y de la Iglesia española del siglo XX, quizás la más importante, hablan maravillas Cardenales, Arzobispos, Obispos, sacerdotes y religiosos y seglares de España y de Hispanoamérica.
[2] Detrás de esta biografía, como conductor de la misma, estaba Manuel Aparici.
[3] Carta de fecha 20 de marzo de 1963.

