Acontecer pastoral de una parroquia

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Historia, horarios, fiestas y el acontecer pastoral de la parroquia de El Dulce Nombre de Jesús en La Guancha y de San José en San Juan de la Rambla, ambas en Tenerife, Islas Canarias, España; recopilación de noticias y artículos de interés.
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jueves, 09 de noviembre de 2006
Publicada en «Paraula-Iglesia en Valencia» el 12 de noviembre de 2006


Cuando los cristianos recordamos el mandamiento de amar a Dios y al prójimo, en nuestra sociedad se presentan con frecuencia dos objeciones que pueden formularse con estos dos interrogantes: ¿es posible amar a Dios?; ¿se puede mandar el amor? Benedicto XVI, en su Encíclica «Deus caritas est». Sobre el amor cristiano, ofrece respuestas para iluminar el sentido del amor a los ciudadanos del siglo XXI.
La primera objeción plantea que si nadie ha visto a Dios resulta imposible amarlo. Parece, incluso, que la Escritura sostiene esta argumentación cuando San Juan afirma que «quien no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve». Pero esta apariencia es falsa. Este pasaje tiene otro sentido muy distinto: el amor al prójimo es un camino para encontrar también a Dios, y cerrar los ojos ante el prójimo nos convierte también en ciegos ante Dios.

Es cierto que nadie ha visto a Dios, tal como es en sí mismo. Y, sin embargo, sigue señalando nuestro Papa: Dios no es del todo invisible para nosotros, no ha quedado fuera de nuestro alcance porque Dios nos ha amado primero, y su amor se ha hecho visible en Jesús, Dios hecho hombre. En la historia de amor que nos narra la Biblia, Él sale a nuestro encuentro, trata de atraernos, llegando hasta la Última Cena, hasta el corazón traspasado en la cruz, hasta las apariciones del Resucitado y las grandes obras mediante las que Él, por la acción de los apóstoles, ha guiado el caminar de la Iglesia naciente.

El Señor ha estado presente en la historia sucesiva de la Iglesia: en los hombres en los que Él se refleja, en la Palabra, en los Sacramentos, y de manera muy singular en la Eucaristía. Benedicto XVI subraya con fuerza que en la liturgia de la Iglesia, en la oración, en la comunidad viva de los creyentes, experimentamos el amor de Dios, percibimos su presencia y aprendemos a reconocerla en nuestra vida cotidiana.

La segunda objeción sobre la imposibilidad de mandar el amor debemos responderla desde esta experiencia: Jesús nos ha amado primero y sigue amándonos primero. Por eso, el ser humano puede corresponder también con el amor. Dios no nos impone a los seres humanos un sentimiento que no pueda nacer en nosotros. Él nos ama y nos hace ver y experimentar su amor.

En la sociedad actual podemos ver imágenes distorsionadas del amor cuando éste se reduce exclusivamente al placer, o se exalta la faceta más irracional de los sentimientos. La superioridad del ser humano provisto de conciencia, inteligencia y voluntad puede y debe apreciarse en todos sus actos, incluido el amor. El Santo Padre precisa que el amor no es sólo un sentimiento pasajero. La madurez del amor abarca todas las potencialidades del hombre en su integridad. El amor implica a todo el ser, incluida la voluntad y nuestro entendimiento.

Para amar a Dios hay que buscarle. La historia de amor entre Dios y el hombre crece en la medida en que nuestro querer y la voluntad de Dios coinciden cada vez más. La voluntad de Dios pasa a ser mi propia voluntad, y se experimenta que Dios está más dentro de mí que lo más íntimo mío. Crece el abandono en Dios y Dios es nuestra alegría.

El amor al prójimo es posible porque en Dios y con Dios es posible amar también a la persona que no me agrada, o ni siquiera conozco. Se aprende a mirarla no sólo desde los propios ojos y sentimientos sino desde la perspectiva de Jesucristo. Al verlo con los ojos de Cristo, podemos dar al otro mucho más que cosas externas: podemos ofrecer la mirada del amor que él necesita.

El amor crece a través del amor. Benedicto XVI concluye la primera parte de la Encíclica señalando que el amor es divino porque proviene de Dios y a Dios nos une, y mediante este proceso unificador, nos transforma en un Nosotros, que supera nuestras divisiones y nos convierte en una sola cosa, hasta que al final Dios sea “todo para todos”.

Ante los graves problemas de la humanidad de nuestro tiempo, donde el egoísmo se hace presente en tantas relaciones económicas, políticas, sociales y entre particulares, Benedicto XVI nos invita a que pongamos nuestra fe a trabajar con obras de amor, semillas de verdadera paz y de esperanza. Siempre vamos a encontrar personas que necesitan y precisan actos, hechos y obras que rompan la soledad del egoísmo.

Con mi bendición y afecto,

Agustín García-Gasco Vicente
Arzobispo

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