Artículo publicado en Revista Semanal de EL DÍA. Sábado, 30 de Diciembre de 2006, escrito por Fernando Lorente, o.h., capelán de la Clínica de San Juan de Dios en Santa Cruz de Tenerife.
NAVIDAD ES SIEMPRE UN FESTIVIDAD QUE SUGIERE UN SINFÍN DE REFLEXIONES PORQUE LA SOLA PRESENCIA DE JESÚS EN EL MUNDO ES POR SÍ MISMA UNA SÍNTESIS DE TODA LA HISTORIA DE SALVACIÓN, EL EPÍLOGO DE UNA LARGA ETAPA DE ESPERA Y COMIENZO DE LA ERA FINAL
El nacimiento de JESÚS y el nuestro
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En todos los puntos del mundo cristiano se celebra el nacimiento de Jesús. Los evangelistas, en el relato que nos hacen de este acontecimiento, presentan una visión teológica sobre el sentido de ese nacimiento
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La Navidad, como toda fiesta litúrgica, no consiste solamente en recordar lo sucedido en el pasado, porque no es una simple conmemoración, sino que tiene un sentido de actualidad, como si, de alguna manera, hoy se nos llamara la atención sobre la necesidad que todos tenemos de nacer. Aquí no se trata de una idea nueva. Ya fue expresada en aquella conversación (Jn 3) que el joven Jesús tuvo con el anciano Nicodemo, al que invitó a nacer de nuevo según el Espíritu. Por eso resulta muy significativo que María concibiera a Jesús en el Espíritu, como si este solo dato ya nos sugiriera que lo fundamental no es el nacimiento biológico, el es fruto de la carne y de la sangre, sino el nacimiento del hombre como ser libre y responsable. Por ello, se nos invita a nacer, como si nunca nos tuviésemos que considerar del todo "nacidos", pues aquí de lo que se trata es de nacer a una identidad tal que cada uno pueda encontrarse con su verdadero yo, cortando los cordones umbilicales que aún atan a una situación de dependencia o menos excesiva.
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Cada uno de nosotros está sujeto a tal cúmulo de presiones paternas, educativas, sociales, culturales, políticas, publicitarias, etc. que llega un momento en que uno se pregunta en qué medida es "uno mismo" o es lo que otros quieren que sea
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Cuando una persona dice "yo", en realidad no dice solamente yo, sino que implícitamente dice todo aquello que a lo largo de los años el ambiente familiar y social fue introduciendo en su interior, hasta el punto que muchas veces el yo de uno mismo no es sino el conjunto de otros-yo que nos fueron conformando. Esta realidad responde a esta otra: Durante los primeros años de vida de los niños, esta situación es totalmente normal y necesaria. La personalidad de éstos se forma desde los adultos que les rodean y con los cuales terminan por identificarse. Pero a partir de la adolescencia comienza un proceso que en realidad nunca acaba y consiste en encontrarse con uno mismo. En ser y sentirse un yo maduro al que podemos caracterizar con tres elementos: identidad, autonomía y creatividad. Todo ser humano vive como solicitado por dos fuerzas: la exterior a su yo, que procura moldearlo e incluso manejarlo, con la consiguiente pérdida de personalidad; la interna, que lucha por un yo fuerte, consciente, autónomo, responsable, creativo, etc. Es la tensión entre la individualización y la socialización de nuestra personalidad, la de sentirnos "nosotros mismos", es decir, la necesidad de lograr nuestra identidad personal.
El motivo de innumerables conflictos internos y externos es la angustia del ser humano al sentir que no es dueño de sí mismo, que sus pensamientos son presta-dos por otros, que sus sentimientos están bañados de dependencia, que sus actos están dictaminados desde fuera, etc., de forma que tal crisis es inevitable. Pero si esto sucede en todos los niveles, en el religioso la crisis es aún mayor en aquellas personas que recibieron la educación cristiana en su juventud con presión o porque se la negaron directamente a ellos o a sus padres, que exigían a las autoridades correspondientes este derecho fundamental, como está ocurriendo con las posturas en España por parte del Gobierno actual.
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Toda persona de fe, durante toda su existencia, necesita nacer a un yo que desde dentro de sí misma descubre a Dios, se compromete con el Evangelio y vive con esta tensión trascendente. Así ha encontrado que su vida tiene sentido en lo humano y en lo divino
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Jesús tampoco logró su nacimiento desarrollo, por el simple hecho de salir del útero de su madre, tuvo que atravesar el proceso de todo ser humano, desde la dependencia familiar, hasta todo tipo de presiones de amigos y de sus enemigos. Los evangelios, página a página, nos señalan las alternativas de este largo nacimiento que sólo tuvo su epílogo en la soledad de la cruz y en el florecer definitivo de la resurrección. Comenzó a manifestar su personalidad de ser él mismo, a la edad de 12 años, en plena adolescencia, cuando es encontrado en el Templo, que corrobora cuanto estamos manifestando. Para Jesús, nacer significó asumirse a sí mismo como profeta, como enviado del Padre, como mensajero de una buena noticia, como salvador, mas allá de los proyectos de sus padres y de los esquemas religiosos, políticos o sociales de sus paisanos contemporáneos. La liturgia de Navidad nos hace ver una de las grandes dimensiones de la existencia: el nacimiento. Un nacimiento consciente, vivido momento a momento, buscando la salud de ese pasado oscuro que tiene que desembocar en la "luz", una luz capaz de dar sentido a la vida.
Todos los pueblos y culturas necesitan permanentemente remontarse a sus orígenes para encontrar en ellos el sentido de su existencia. Un pueblo que se olvida de sus orígenes acaba por perder su identidad, algo así como un desterrado que ni vive en su tierra natal ni puede incorporarse a una nueva. En Navidad el pueblo cristiano se reencuentra con su identidad al participar del misterio del nacimiento del Hijo de Hombre, el nuevo Adán, Jesucristo. Gracias a este relato místico-original del cristianismo, Jesús sigue siendo no un personaje del pasado totalmente remoto, sino un modo de ser del hombre. La preocupación de toda comunidad cristiana es mostrar cómo en Jesucristo se descubre el modelo ejemplar de la existencia humana. No es un modelo para ser imitado exterior y superficialmente, se trata de un modelo interior de una manera de ser trascendente.
Jesús es la nueva humanidad que atraviesa
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En Jesús de Nazaret los cristianos descubrimos mucho más que un simple ciudadano de Palestina del siglo primero, de un hijo de María y José, mucho más que un crucificado acusado de sedición política
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el desierto de la vida, que lucha contra situaciones adversas, que se siente solo y abandonado, que comparte en su interior la desesperanza de la opresión,.. pero que, al fin de todo, asumiendo toda situación humana, logra remontarse con ella más allá de esta orilla, de esta tierra, de este modo de vivir. En El los cristianos descubrimos la solución de la paradoja humana, atrapada entre el pesimismo y la esperanza, entre la realidad del dolor y la utopía de la felicidad. Porque Jesús es totalmente carne y totalmente espíritu; totalmente hombre y totalmente Dios; totalmente muerte y totalmente vida. Navidad, al igual que las otras grandes fiestas cristológicas como Pascua, Ascensión y Pentecostés, expresa en el rito lo que Jesús vivió en la realidad y lo que cada cristiano que se precie de tal debe hacer en la realidad suya. En Navidad ya están presentes en germen los grandes misterios de la cruz y de la Pascua: el que viene de lo alto sube a lo alto; si hoy, en Navidad, Dios se encarna y humaniza, en Pascua y Ascensión el hombre se diviniza. Jesús, como ser trascendente, es la victoria del ser humano sobre el tiempo, porque es lo eterno del mismo ser humano, es la corriente de energía divina que subyace a la historia. Es el principio y el fin, pues está como un modelo interior que va tomando forma hasta incluir en sí a todo el universo.
Es inútil repetir palabras evangélicas, con-
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Nuestro siglo podrá llamarse cristiano o marxista, creyente o ateo, existencialista o idealista..., pero no puede renunciar a vivir en la tensión de ser persona
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ceptos teológicos, ritos litúrgicos, si nosotros mismos como personas permanecemos fuera del misterio de la Navidad: el nacimiento del Hijo del Hombre. Como todo caminante, el cristiano necesita pisar lo provisional para avanzar hacia lo definitivo. Necesita vivir plenamente toda experiencia humana para rastrear las huellas del Espíritu. Y por eso celebramos el nacimiento de Jesús. En él podemos vivir nuestro constante y arduo nacimiento. Porque nacer es hermoso, pero comprometido. Es iniciar nuestro proyecto de seres humanos que abarca las dos dimensiones: la temporal y la divina, la eterna. Si no lo hacemos así cada día, entonces no podremos ver la luz y la Navidad pierde todo su sentido, que es hablar con Dios que nos escucha, pero sin dejar de estar con las personas, como imágenes que son totalmente suyas.
Capellán de la Clínica San Juan de Dios
NAVIDAD ES SIEMPRE UN FESTIVIDAD QUE SUGIERE UN SINFÍN DE REFLEXIONES PORQUE LA SOLA PRESENCIA DE JESÚS EN EL MUNDO ES POR SÍ MISMA UNA SÍNTESIS DE TODA LA HISTORIA DE SALVACIÓN, EL EPÍLOGO DE UNA LARGA ETAPA DE ESPERA Y COMIENZO DE LA ERA FINAL
El nacimiento de JESÚS y el nuestro
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En todos los puntos del mundo cristiano se celebra el nacimiento de Jesús. Los evangelistas, en el relato que nos hacen de este acontecimiento, presentan una visión teológica sobre el sentido de ese nacimiento
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FERNANDO LORENTE, O.H.
La Navidad, como toda fiesta litúrgica, no consiste solamente en recordar lo sucedido en el pasado, porque no es una simple conmemoración, sino que tiene un sentido de actualidad, como si, de alguna manera, hoy se nos llamara la atención sobre la necesidad que todos tenemos de nacer. Aquí no se trata de una idea nueva. Ya fue expresada en aquella conversación (Jn 3) que el joven Jesús tuvo con el anciano Nicodemo, al que invitó a nacer de nuevo según el Espíritu. Por eso resulta muy significativo que María concibiera a Jesús en el Espíritu, como si este solo dato ya nos sugiriera que lo fundamental no es el nacimiento biológico, el es fruto de la carne y de la sangre, sino el nacimiento del hombre como ser libre y responsable. Por ello, se nos invita a nacer, como si nunca nos tuviésemos que considerar del todo "nacidos", pues aquí de lo que se trata es de nacer a una identidad tal que cada uno pueda encontrarse con su verdadero yo, cortando los cordones umbilicales que aún atan a una situación de dependencia o menos excesiva.
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Cada uno de nosotros está sujeto a tal cúmulo de presiones paternas, educativas, sociales, culturales, políticas, publicitarias, etc. que llega un momento en que uno se pregunta en qué medida es "uno mismo" o es lo que otros quieren que sea
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Cuando una persona dice "yo", en realidad no dice solamente yo, sino que implícitamente dice todo aquello que a lo largo de los años el ambiente familiar y social fue introduciendo en su interior, hasta el punto que muchas veces el yo de uno mismo no es sino el conjunto de otros-yo que nos fueron conformando. Esta realidad responde a esta otra: Durante los primeros años de vida de los niños, esta situación es totalmente normal y necesaria. La personalidad de éstos se forma desde los adultos que les rodean y con los cuales terminan por identificarse. Pero a partir de la adolescencia comienza un proceso que en realidad nunca acaba y consiste en encontrarse con uno mismo. En ser y sentirse un yo maduro al que podemos caracterizar con tres elementos: identidad, autonomía y creatividad. Todo ser humano vive como solicitado por dos fuerzas: la exterior a su yo, que procura moldearlo e incluso manejarlo, con la consiguiente pérdida de personalidad; la interna, que lucha por un yo fuerte, consciente, autónomo, responsable, creativo, etc. Es la tensión entre la individualización y la socialización de nuestra personalidad, la de sentirnos "nosotros mismos", es decir, la necesidad de lograr nuestra identidad personal.
El motivo de innumerables conflictos internos y externos es la angustia del ser humano al sentir que no es dueño de sí mismo, que sus pensamientos son presta-dos por otros, que sus sentimientos están bañados de dependencia, que sus actos están dictaminados desde fuera, etc., de forma que tal crisis es inevitable. Pero si esto sucede en todos los niveles, en el religioso la crisis es aún mayor en aquellas personas que recibieron la educación cristiana en su juventud con presión o porque se la negaron directamente a ellos o a sus padres, que exigían a las autoridades correspondientes este derecho fundamental, como está ocurriendo con las posturas en España por parte del Gobierno actual.
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Toda persona de fe, durante toda su existencia, necesita nacer a un yo que desde dentro de sí misma descubre a Dios, se compromete con el Evangelio y vive con esta tensión trascendente. Así ha encontrado que su vida tiene sentido en lo humano y en lo divino
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Jesús tampoco logró su nacimiento desarrollo, por el simple hecho de salir del útero de su madre, tuvo que atravesar el proceso de todo ser humano, desde la dependencia familiar, hasta todo tipo de presiones de amigos y de sus enemigos. Los evangelios, página a página, nos señalan las alternativas de este largo nacimiento que sólo tuvo su epílogo en la soledad de la cruz y en el florecer definitivo de la resurrección. Comenzó a manifestar su personalidad de ser él mismo, a la edad de 12 años, en plena adolescencia, cuando es encontrado en el Templo, que corrobora cuanto estamos manifestando. Para Jesús, nacer significó asumirse a sí mismo como profeta, como enviado del Padre, como mensajero de una buena noticia, como salvador, mas allá de los proyectos de sus padres y de los esquemas religiosos, políticos o sociales de sus paisanos contemporáneos. La liturgia de Navidad nos hace ver una de las grandes dimensiones de la existencia: el nacimiento. Un nacimiento consciente, vivido momento a momento, buscando la salud de ese pasado oscuro que tiene que desembocar en la "luz", una luz capaz de dar sentido a la vida.
Todos los pueblos y culturas necesitan permanentemente remontarse a sus orígenes para encontrar en ellos el sentido de su existencia. Un pueblo que se olvida de sus orígenes acaba por perder su identidad, algo así como un desterrado que ni vive en su tierra natal ni puede incorporarse a una nueva. En Navidad el pueblo cristiano se reencuentra con su identidad al participar del misterio del nacimiento del Hijo de Hombre, el nuevo Adán, Jesucristo. Gracias a este relato místico-original del cristianismo, Jesús sigue siendo no un personaje del pasado totalmente remoto, sino un modo de ser del hombre. La preocupación de toda comunidad cristiana es mostrar cómo en Jesucristo se descubre el modelo ejemplar de la existencia humana. No es un modelo para ser imitado exterior y superficialmente, se trata de un modelo interior de una manera de ser trascendente.
Jesús es la nueva humanidad que atraviesa
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En Jesús de Nazaret los cristianos descubrimos mucho más que un simple ciudadano de Palestina del siglo primero, de un hijo de María y José, mucho más que un crucificado acusado de sedición política
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el desierto de la vida, que lucha contra situaciones adversas, que se siente solo y abandonado, que comparte en su interior la desesperanza de la opresión,.. pero que, al fin de todo, asumiendo toda situación humana, logra remontarse con ella más allá de esta orilla, de esta tierra, de este modo de vivir. En El los cristianos descubrimos la solución de la paradoja humana, atrapada entre el pesimismo y la esperanza, entre la realidad del dolor y la utopía de la felicidad. Porque Jesús es totalmente carne y totalmente espíritu; totalmente hombre y totalmente Dios; totalmente muerte y totalmente vida. Navidad, al igual que las otras grandes fiestas cristológicas como Pascua, Ascensión y Pentecostés, expresa en el rito lo que Jesús vivió en la realidad y lo que cada cristiano que se precie de tal debe hacer en la realidad suya. En Navidad ya están presentes en germen los grandes misterios de la cruz y de la Pascua: el que viene de lo alto sube a lo alto; si hoy, en Navidad, Dios se encarna y humaniza, en Pascua y Ascensión el hombre se diviniza. Jesús, como ser trascendente, es la victoria del ser humano sobre el tiempo, porque es lo eterno del mismo ser humano, es la corriente de energía divina que subyace a la historia. Es el principio y el fin, pues está como un modelo interior que va tomando forma hasta incluir en sí a todo el universo.
Es inútil repetir palabras evangélicas, con-
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Nuestro siglo podrá llamarse cristiano o marxista, creyente o ateo, existencialista o idealista..., pero no puede renunciar a vivir en la tensión de ser persona
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ceptos teológicos, ritos litúrgicos, si nosotros mismos como personas permanecemos fuera del misterio de la Navidad: el nacimiento del Hijo del Hombre. Como todo caminante, el cristiano necesita pisar lo provisional para avanzar hacia lo definitivo. Necesita vivir plenamente toda experiencia humana para rastrear las huellas del Espíritu. Y por eso celebramos el nacimiento de Jesús. En él podemos vivir nuestro constante y arduo nacimiento. Porque nacer es hermoso, pero comprometido. Es iniciar nuestro proyecto de seres humanos que abarca las dos dimensiones: la temporal y la divina, la eterna. Si no lo hacemos así cada día, entonces no podremos ver la luz y la Navidad pierde todo su sentido, que es hablar con Dios que nos escucha, pero sin dejar de estar con las personas, como imágenes que son totalmente suyas.
Capellán de la Clínica San Juan de Dios

