Esta es una práctica que se ha comenzado a extender en parroquias pequeñas sin párroco residente. Evidentemente, la primera motivación ha sido práctica. El sacerdote que debe atender diversas parroquias no puede multiplicar las celebraciones en cada lugar, y facilita mucho las cosas poder celebrar los bautismos dentro de la misa habitual del domingo. Sin embargo, después de haberse comenzado a experimentar, esta práctica ha comportado también otras ventajas de tipo pastoral e incluso litúrgico.
En primer lugar, hay que decir que la celebración de los bautismos dentro de la eucaristía dominical está prevista en el ritual. "Para manifestar la índole pascual del bautismo, se encarece la celebración del sacramento en la Vigilia Pascual o en domingo, día en que la Iglesia conmemora la resurrección del Señor. El domingo puede celebrarse el bautismo dentro de la misa, para que sea posible la asistencia de toda la comunidad y se manifieste más claramente la relación del bautismo con la eucaristía. Esto, sin embargo, no se haga con demasiada frecuencia" (Ritual, orientaciones doctrinales y pastorales, n.46).
Este nexo teológico y litúrgico entre el bautismo, la Pascua y el domingo ha comportado que ya en muchos lugares se celebren bautizos dentro de la Viglia Pascual o de la misa de los domingos de Pascua. De hecho, la práctica que ahora proponemos no es más que una extensión a todos los domingos del año litúrgico (salvando, claro está, las excepciones, como por ejemplo el tiempo de Cuaresma, y quizás también el Adviento, la Navidad, y otras fiestas significativas).
La recomendación de que "esto no se haga con demasiada frecuencia" limita esta práctica, como hemos dicho, a parroquias pequeñas, que tengan pocos bautizos a lo largo del año. Para la comunidad cristiana que participa habitualmente en la eucaristía dominical, la celebración del bautismo dentro de la misa debe ser una cosa puntual, que se pueda dar diversas veces al año, pero tampoco muy a menudo.
Por otro lado, otro argumento es el de la dimensión comunitaria de los sacramentos, y especialmente el bautismo. "La naturaleza de este sacramento y la misma estructura del rito exigen una celebración comunitaria, que no se define solamente por el mayor o menor número de los bautizados, sino, sobre todo, por la participación activa de la comunidad local. Una celebración sin comunidad deberá constituir siempre una excepción" (n.61). En las parroquias grandes, esta dimensión comunitaria queda salvada por las celebraciones colectivas programadas con un calendario (n.45), pero aún así suele faltar "la participación activa de la comunidad local". En cambio, en las parroquias pequeñas donde hay pocos bautizos eso no es posible, y pueden acabar convirtiéndose en celebraciones "particulares", con la asistencia sólo de la familia y a menudo programando el día y la hora "a la carta". La celebración dentro de la misa dominical asegura que la familia que lleva el niño a bautizar capta el sentido de incorporación a la comunidad que comporta este sacramento, así como también la comunidad se siente acogedora, consciente de ese nuevo hijo de Dios, y recuerda y renueva también su propia condición de bautizados.
Y tenemos todavía el argumento del nexo entre bautismo y eucaristía, y el sentido unitario de los sacramentos de la iniciación cristiana. "La celebración del bautismo dentro de la misa no es una manera de dar más solemnidad externa al acto, sino un modo mejor de significar, en medio de la comunidad reunida, el carácter eclesial del bautismo y su relación con la eucaristía" (n.81). Sería, por tanto, inadecuada la práctica que en algún caso se ha dado de celebrar el bautismo el mismo domingo, pero antes o después de la misa dominical, en una celebración a parte.
En definitiva, pues, si se aplica y se prepara correctamente, esta puede ser una solución pastoral con muchas ventajas. Aunque también es cierto que el buen criterio pastoral aconsejará hacer excepciones en algunos casos particulares y por diversos motivos, sobre todo en situaciones familiares especiales en las que el contexto de la comunidad cristiana amplia sería poco adecuado.
Sobre el rito a seguir, es muy sencillo (n.79), y sólo añade la recepción de los niños al inicio de la misa (que sustituye el acto penitencial), y los ritos propios del bautismo después de la homilía (bendición del agua, profesión de fe, bautismo, unción y entrega del cirio). El credo queda suprimido (ya se ha hecho la profesión de fe bautismal), y los demás elementos (lecturas bíblicas, homilía, plegaria universal, padrenuestro...), debidamente adaptados, son ya los de la celebración de la eucaristía dominical.
Xavier Aymerich
Ninguna época es buena para celebrar la muerte de un ser querido, pero, puestos a elegir, estas fechas de Navidad serían las últimas que elegiríamos.
La Navidad es fiesta de encuentros familiares y no de despedidas tristes. Pero la muerte no entiende de fechas y, por eso, nos hemos reunido para dar nuestro adiós de este mundo a N., después de X años de vida.
Como cristianos, su muerte no la podemos considerar como un fracaso, sino como una meta conseguida, como entrada en la vida definitiva, como misión cumplida.
Aunque pueda parecernos extraño, éste es el mensaje de la Navidad cristiana. La fiesta de Navidad nos invita a mirar a un Niño recién nacido, que es lo más opuesto a la muerte que puede haber y, sin embargo, no podemos olvidar que este Niño es para nosotros el que nos ha salvado a través de su Muerte y, Resurrección.
La cueva de Belén y el sepulcro de Jerusalén nos están hablando de dos cunas que acogen el Cuerpo de Cristo en dos diferentes nacimientos: en Belén es nacer para morir y, en el sepulcro, resucitar para vivir sin fin.
El día de Navidad veíamos a los pastores acercarse al pesebre a adorar a aquel Niño y hoy hemos escuchado el relato del mismo Juan, acercándose al sepulcro vacío y dar testimonio de ello. " Lo que hemos visto, oído y tocado con nuestras manos os lo anunciamos, para que vuestra alegría sea completa ".
Nacer y morir son dos grandes experiencias humanas. El nacer es fundamentalmente idéntico para todos, pero el morir puede ser esencialmente distinto, dependiendo de la fe o no fe del que muere.
Es lo que querernos agradecer a toda esa cadena de testigos que han gastado su vida por nosotros. N. se ha ido de vuestro lado, pero sin duda son muchos los recuerdos, los consejos y los ejemplos que os deja.
Es el momento de dar gracias a Dios por su vida y es también el momento de poner en práctica sus aspiraciones más nobles para que no mueran.
Siempre estaremos en deuda con nuestros familiares difuntos, porque siempre tendremos que agradecerles el amor que nos han dado, los trabajos que han realizado por nosotros y el ambiente que construyeron para que nuestra alegría fuera completa.
Ojalá nos convirtamos en testigos de esperanza en medio de este mundo tan herido de esperanza.
La esposa y los hijos de N. quieren agradeceros a todos vuestras muestras de cariño, pero muy especialmente a sus amigos, porque habéis sabido estar cerca de él ( ella) y ser un buen apoyo en medio de su enfermedad.
Homilía para funeral en días antes a la Navidad.
Familiares ,y amigos: Cuando todos estamos soñando y esperando las entrañables fiestas , N. se nos ha ido con X navidades encima. A todos nosotros Navidad nos suena a "nacimiento a la vida", a felicitaciones, a fiesta familiar, a regalos.
Miradas estas cosas de tejas abajo (como se suele decir), es decir, con ojos humanos, Navidad y muerte son dos cosas completamente opuestas. Pero si las miramos de tejas para arriba, es decir, con los ojos de la fe, nos encontramos con que los cristianos, especialmente los antiguos, llamaban al día de la muerte "dies natalis" que quiere decir; día del nacimiento a una nueva vida.
Hemos leído y escuchado las lecturas relacionadas con la fiesta de Navidad. Los cristianos, vamos a recordar, vamos a celebrar, que hace algo más de dos mil años en Belén, nació un Niño de la Virgen María, en un lugar muy pobre.
Pero ese niño no era un niño cualquiera. A ese Niño, según hemos leído en el Evangelio, le pusieron dos nombres, los dos profundamente significativos: Uno es el de Jesús, según lo que el mismo Dios sugirió a José... "María dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque El salvará a su pueblo de los pecados.
Otro es el de Emmanuel. Según lo que había dicho el profeta: "La Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Emmanuel, que significa Dios con nosotros". Y es que a Dios, a fuerza de mirarnos con tanto amor a los hombres, se le puso cara de niño, rostro de niño, cuerpo de niño. Y así ha podido compartir nuestras risas, nuestras penas, nuestras preocupaciones, y hasta, nuestra misma muerte.
A partir del Nacimiento de Jesús, ha cambiado toda nuestra manera de entender la vida y la muerte. Ya todo está iluminado. El trabajo tiene sentido, y el amor y el dolor, y hasta la misma muerte.
A partir del Nacimiento de Jesús nuestra vida y nuestra muerte deben tener un nuevo sentido, un nuevo enfoque.
Nuestra vida puede y debe tener la seguridad de que el Jesús de Belén es el Salvador de todos. El se puso a la cabeza de la caravana humana y nos ha llevado a todos a la "otra orilla", a la orilla del amor de Dios. El nos ha enseñado cosas importantes para darle sentido y orientación a nuestras vidas.
Por ello la muerte ya no es entrar en un callejón sin salida, sin horizontes, oscuro, sino que es llegar al país de la vida, de la luz infinita, de la salvación plena. Es el nacimiento a una vida nueva, completamente distinta de la actual, infinitamente mejor, donde vamos a saber lo que es vivir de verdad.
De ahí que la muerte de un ser querido hay que vivirla con ojos nuevos, con el corazón cargado de esperanza. En este sentido la muerte es la auténtica y definitiva Navidad del cristiano. Se pasa de esta vida que tenemos aquí, que es una vida débil, incompleta, llena de limitaciones, a una vida distinta que recibimos de Dios a la que llamamos " Vida Eterna".
Y termino con esta frase de un teólogo alemán: Navidad es la fiesta en que se celebra, no un acontecimiento pasado que ocurrió una vez y pasó, sino algo presente, que es al mismo tiempo comienzo de un futuro eterno que se nos acerca. Es la fiesta del nacimiento de la eterna juventud.
Para N. ya es Navidad y en ella ha quedado injertada la eterna juventud de Dios, la vida plena, la felicidad completa, en el seno, en la Casa de Dios nuestro Padre.
Artículo de Víctor Renes Ayala, responsable del Servicio de Estudios de Caritas Española, publicado en el boletín número 163, abril-Junio 2006 de MANOS UNIDAS, en el capítulo de "COLABORACIÓN".
Víctor Renes Ayala
Sociólogo.
Responsable del Servicio de Estudios de Caritas Española.
Miembro del Instituto Social "León XIII"
¿Nos cuesta cuidar la vida?
Me pregunto expresamente si 'nos cuesta' cuidar la vida, porque es una palabra polisémica que nos lleva en múltiples direcciones, todas ellas imprescindibles para hacernos cargo de la realidad. Se nos cuestiona nuestra 'pereza' en cuidar la vida, porque tendemos a ahorrarnos los compromisos que nos molestan y nos pueden causar preocupación, y 'nos cuesta' emplearnos en ello. Se nos cuestiona los recursos que debemos aplicar en cuidar la vida, y 'nos cuesta' invertirlos en lo que la vida necesita para ser vida. Se nos cuestiona el 'esfuerzo' sostenido y mantenido en el tiempo, y 'nos cuesta' el sudor que debemos emplear para regar la planta de la vida.
¿Con qué cultura social estamos afrontando estas 'cuestas arriba'? Esta es la pregunta que subyace, lo digo sin esperar a más, a la falta de cuidados de la vida en el mundo en que vivimos. Vivimos en un mundo en que funcionan algunos axiomas inconscientemente naturalizados, o sea, tomados ya como buenos y no sólo como evidentes. Y entre ellos, uno que demuestra una gravísima inconsciencia, el que identifica 'valor y precio'. Así cuando preguntamos 'cuánto vale algo', se nos responde por una cantidad monetaria; o sea, a la pregunta del valor, nos contestan con el precio. ¿Valdría mantener la pregunta por el valor como distinta del precio? Por-que en ese caso nos podríamos encontrar con cosas que tienen mucho valor, como el cariño, pero no pueden tener precio. En ese caso, esas cosas que no cuestan, medidas en precio, ¿valdrán para algo?
Eso parece que le esté ocurriendo a la vida, al menos a la vida humana. Estamos viviendo en un mundo de muertos -por hambre, guerras, enfermedades-; muertos en proporciones escalofriantes, que 'no valen', porque está claro que hemos echado cuentas de lo que 'nos cuestan' y no tenemos recursos para ello, pues su 'precio' ¡en el mercado! no hay quien lo pague.
La vida "a precio de mercado"
O podríamos llegar al absurdo de medir lo que vale la vida humana por lo que 'nos cuesta' hacerla desaparecer. Por ejemplo, lo que nos cuesta una guerra en función de los muertos nos daría lo que cuestan 'a precio de mercado'. Sí, ya sé que decir esto es quedar a los pies de los leones de los que tienen la patente de declarar demagogia a todo lo que pone la realidad encima de la mesa. O sea, de declarar demagoga a la realidad y, de paso, a todo aquél que, al hacerse cargo de la realidad, quiera encargar-se de la misma. Porque el propio Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), a finales de los noventa del pasado siglo, nos echó unas cuentas, y nos decía que con lo que los países 'bien y de bien`, o sea, los ricos y desarrollados, nos gastamos en cosméticos, o en loterías, o en comidas para animales, y así más cosas ¡absolutamente necesarias!, podríamos hacer frente a la falta de educación primaria en el mundo, o del agua potable, o de la sanidad básica, etc. ¿Demagogia? Pues es lo mismo, sólo que a precios de mercado.
Y si hablamos de la deuda externa, el escándalo podría ser mayor. Porque pagar la deuda cuesta mucho a los países pobres y tiene un alto precio para los países ricos; por eso la vida que no puede ser, que no puede llegar a ser en los países pobres, no vale nada. Eso sí, en su anverso con-tamos lo que nos cuesta en precio el descenso de la mortalidad infantil en los países desarrollados y consideramos un escándalo cuando aumenta incluso en unas décimas. ¡Vale! Pero no cuánto es una masacre en los no desarrollados. Y, peor aún, contamos el precio de la deuda que deben, pero no contamos lo que 'vale' el que el balance de intercambios entre países sea favorable a los ya desarrollados. De no ser así, el PIB, que pretende ser 'la humanidad' reducida a una balanza de precios, no funcionaría, la economía se hundiría, y no habría ni para mandar 'ayudas a los pobres'. ¿No es esto un axioma bárbaro? Mientras no rehagamos las balanzas de precios, y todas las demás, según el valor y no según el precio, cuidar la vida cuesta lo que los precios de mercado prohíben.
Cuidar y cultivar la vida
Porque, además, no lo olvidemos, se trata de 'cuidar' la vida, o sea, de defenderla, cultivarla y promoverla. Y eso es algo más que simplemente comer. Lo que anda en juego son personas, plenas de dignidad aun negada y no reconocida. Y por ello libertad, creatividad, entendimiento, igualdad, afecto, participación; o sea, todas las necesidades que humanizan, sin las cuales nunca hemos pensado ni siquiera en que los humanos somos tales. Eso es cuidar la vida, ser plenamente humanos, aunque en muchas situaciones hoy tendremos que empezar por mantenerla para que sobreviva, pues ni a eso llega.
¿Cuidar y cultivar? Como cuando el labrador cultiva y cuida la tierra, que lo hace de modo que pueda seguir siendo 'nuestra' tierra y tierra que dé frutos. O sea, que la cultiva, o lo que es lo mismo 'le da el ser', pues al cuidarla le da el nombre de tierra, hace posible que lo 'sea'. ¿No sería esto, al menos, lo que habría que hacer con la vida humana, con la vida, en general? También con el medio ambiente, que no con el ambiente 'medio o mediocre' en que vivimos. Pues en nuestro cuerpo natural estaremos enterrando nuestro cuerpo personal y nuestra persona. De ahí que lo que nos 'cuesta' nos 'vale', me decían no hace tanto. Y esto vale no porque me lo decían sino que me lo decían porque vale. Es decir, no se trata del sudor por el sudor, ni de la vida que sufre cuando no es plenamente vida, en todas las condiciones de plena humanización y de plena personalización. Y, está claro, nos cuesta desprendernos de las cosas, para atender las necesidades. ¿Necesitamos tantas cosas para ser felices?, o ¿podemos llevar una 'vida buena', como decían Aristóteles y los clásicos, con muchas me-nos cosas? Si declaramos que ser felices es igual a poseer muchas cosas, olvidamos que en esa posesión las cosas se apropian de nosotros, y en su carencia nos hacen infelices.
En el desarrollo de las necesidades humanas, en todas ellas y más en las más plenamente humanas, tenemos el reto. Así, sí que los recursos se invierten y dan frutos. Esta es la cuestión: cuidar la vida nos cuesta descender de la posesión de cosas a la valoración de lo plenamente humano. Así, sí que, a precios de mercado, habría recursos en el mundo para todos. ¿Hasta dónde daremos los pasos de este cambio? ¿O el precio es el deterioro humano, y hasta qué limite?'
1. Llena de gracia
La solemnidad de la Inmaculada Concepción de María, el 8 de diciembre, es una fiesta de la Santísima Virgen, y de todo el Pueblo de Dios. El día de precepto con el que la Iglesia quiere significar su importancia, también nos permite descubrir lo arraigada que esta fiesta estuvo siempre en el corazón de los fieles.
Si bien la declaración solemne de esta verdad la hizo el Papa Pío IX en el año 1854, una época relativamente reciente; tenemos constancia histórica de que desde muchos siglos antes, se celebraba con devoción primero en oriente y después en occidente.
María, la Madre de Jesús, ha gozado de la plenitud de la gracia desde el primer instante de su concepción y de su existencia. Dios la eligió anticipadamente, y en previsión de los méritos de la vida y de la muerte de su Hijo, fue liberada de todo pecado desde antes de ser concebida. Ella fue enriquecida por Dios con toda clase de dones y carismas, sobre todos los ángeles y los santos.
Convenía al plan de Dios que Ella brillara con el esplendor de la santidad más perfecta, la que Dios Padre dio a su Hijo único, a quien ama como a sí mismo, engendrado en su seno virginal, de tal manera que fuera Hijo de Dios y de la Virgen. Por esto «En ella, la Iglesia admira y ensalza el fruto más espléndido de la Redención, y contempla con gozo, como en una purísima imagen, lo que ella, toda entera ansía y espera ser» (Sacrosanctum Concilium, 103).
Por ello, la primera en beneficiarse de la obra de la salvación fue María, elegida para ser la Madre de Dios, que con su sí cambió el rumbo de la historia. Su fiesta nos permite celebrar también, la preparación más profunda a la venida del Redentor y el feliz preámbulo de la Iglesia sin mancha ni arruga (cfr. Prefacio de la Misa).
2. Su existencia se contrapone a todo mal
Juan Pablo II nos decía que desde el comienzo de la historia, el Maligno trata de poner a Dios «en estado de sospecha e incluso en estado de acusación, en la conciencia de la criatura» (Dominum et vivificantem nº. 37). Buscando a quien devorar, procura presentar a Dios como quien nos limita en nuestra libertad, a la que es tan sensible nuestro tiempo, y a la vez como quien nos expropia nuestra dignidad. Esta forma de seducirnos, quiere alejarnos de su plan de amor y de verdad, en el que fuimos creados y redimidos.
El verdadero mal del mundo es el pecado. La Inmaculada nos permite anhelar un mundo nuevo sin pecado, y sin mal. Un mundo donde cada hombre y mujer sean inmaculados como María. Un mundo que no esté guiado por intereses egoístas, ni por deseos desordenados, ni por la mentira, ni por la soberbia, ni por la sexualidad desenfrenada.
Ver a María sin mancha ni rastro alguno de pecado, nos mueve a imitarla y hace más profundo el deseo de seguir a su Hijo. Precisamente su existencia se contrapone a todo mal; el mal que padecemos, y está presente en el mundo.
Aunque todo el bien no lo alcanzaremos en esta vida, y siempre esperamos “un cielo nuevo y una tierra nueva”, Dios sale en busca de cada uno para indicarle el camino del bien y de su felicidad. Tener ante nosotros la figura tierna de la Inmaculada, que brilla con la luz de Jesucristo, nos ayuda a buscarlo y colocarlo en el centro de nuestra vida. Sólo así, podremos recuperar el sentido profundo de la dignidad de la persona humana, que es la dignidad de los hijos de Dios.
Ella nos muestra, gracias a la acción redentora de su Hijo, la belleza de ser de Dios. Ella también es guía para ofrecer un consentimiento confiado, y nos acerca al sol de Justicia y de verdad, que es Jesucristo.
3. Una meta a alcanzar
La santidad de María brilla de un modo extraordinario y para nosotros es una meta a alcanzar con la ayuda de la gracia; y nos compromete a crecer en los valores fundamentales, no solo en el ámbito de lo personal, sino también en la vida pública y social. Aquí precisamente percibimos que la ruptura entre el Evangelio y la cultura es sin duda alguna el drama de nuestro tiempo…
Tenemos que procurar a la luz de estas enseñanzas el bien común, y a la vez cooperar en forma solidaria en la edificación de una sociedad cada vez más justa, más libre del mal, que ame y defienda la vida desde el seno materno, que se deje guiar por el conocimiento y respeto de los valores inscritos naturalmente en cada ser humano, y los heredados en nuestra cultura.
En esta tarea es necesaria también una constante mirada a los valores últimos y a la verdad que orienten la acción pública, y que a la vez sostengan las leyes. De lo contrario, como nos enseñaba el Papa Juan Pablo II: “Las ideas y las convicciones humanas pueden ser instrumentalizadas fácilmente para fines de poder. Una democracia sin valores se convierte con facilidad en totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia” (Centesimus annus, nº 46).
Pidamos a Mría, que en este nuevo milenio, podamos asumir el desafío de reconstruir la nación desde el conjunto de valores en los que nuestra cultura hunde sus cimientos (cfr. NMA,nº24).
4. Súplica
Virgen María, te saludamos en este día, repitiendo con el Arcángel Gabriel: Ave María, llena de gracia.
"Tu has dado al mundo la verdadera luz, Jesús tu Hijo, el Hijo de Dios. Te has entregado por completo a la llamada de Dios, y te has convertido en fuente de bondad, que brota de Él” (Benedicto XVI, Dios es amor, nº 42), enséñanos a vivir fieles a la voluntad del Padre y protégenos de todo mal y de todo pecado.
Nos presentamos ante Ti, guiados por el Espíritu, porque Tu eres la gloria, la alegría, y el honor de nuestro pueblo.
Monseñor José Luis Mollaghan
Arzobispo de Rosario
MONICIÓN DE ENTRADA
Hace muchos siglos, casi dos mil años, apareció en tierras de Palestina un personaje que removía las conciencias y llamaba a un cambio en el corazón y en el modo de vivir. Un personaje que se llamaba Juan y que bautizaba junto al río Jordán: Juan el Bautista.
Hoy, al cabo de tantos siglos, recordamos de nuevo a ese personaje y escuchamos su llamada en este tiempo de Adviento. En el evangelio, él nos invitará a preparar el camino del Señor. Y nosotros responderemos a esa llamada.
Corona de Adviento: Ahora encenderemos dos cirios de la corona de Adviento, en la segunda semana de nuestro camino hacia la Navidad. Jesús , con su luz, nos ilumina.
Dos miembros de la asamblea, o el propio celebrante, encienden dos cirios de la corona de Adviento. Entretanto, se puede cantar otra estrofa del canto de entrada, o bien decir las siguientes invocaciones, o lo que sea costumbre en el lugar.
. Luz del mundo, que vienes a iluminar a los que viven en las tinieblas. SEÑOR, TEN PIEDAD.
. Guía de los hombres, que vienes a conducir a tu pueblo por las sendas de la verdad y de la justicia. CRISTO, TEN PIEDAD.
. Fuente de vida, que vienes a curar las heridas de nuestra debilidad. SEÑOR, TEN PIEDAD.
1 lectura (Baruc 5,1-9): El pueblo de Israel, que vivía des-terrado en Babilonia, sintió muy de cerca la salvación de Dios cuando pudo salir de aquella tierra extranjera y regresar a Jerusalén, su ciudad, su país. El canto de gozo del profeta por este retorno es también, hoy, nuestro canto de gozo de pueblo liberado por Jesucristo.
Salmo (125): El salmo canta el retorno del exilio de Babilonia. También nosotros podemos unirnos a la alegría de aquel pueblo liberado.
2 lectura (Filipenses 1,4-6.8.11): Escuchemos ahora atentamente las palabras de san Pablo sobre nuestra vida cristiana.
Oración universal: Oremos ahora unidos en la fe y en la esperanza, diciendo: VEN, SEÑOR JESÚS.
• Para que las Iglesias cristianas caminemos sincera-mente hacia la unidad. OREMOS:
• Para que los gobernantes de los países ricos trabajen por una justa distribución de la riqueza entre todos los pueblos. OREMOS:
• Para que se acabe en todas partes la práctica inhumana de la tortura: que ningún detenido, sea por el motivo que sea, se vea sometido a tratos denigrantes e indignos. OREMOS:
• Para que todos los que nos hemos reunido en esta iglesia crezcamos siempre en la generosidad, en la confianza, en las ganas de hacernos mutuamente felices. OREMOS:
Escucha, Señor, esta oración de tu pueblo reunido y ven a salvar a todos los hombres y mujeres de mundo. Tú, que vives y reinas por los siglos de lo: siglos.
Padrenuestro: Mientras esperamos la venida de su Hijo Jesucristo y la venida definitiva del Reino que él mismo nos anunció, nos dirigimos al Padre del cielo diciendo:
CPL