Jueves, 01 de febrero de 2007

Carta del Arzobispo de Barcelona Don Lluís Martínez Sistach con motivo de la celebración de la Jornada de la Vida Consagrada.

Los religiosos y religiosas, signos de la Trinidad
(Domingo, 28 de Enero de 2007)



Desde los inicios de la Iglesia ha habido cristianos que se han consagrado totalmente a Dios. Esta manera de vivir la vida cristiana existirá siempre en la Iglesia, porque la promueve el Espíritu en el corazón de los hombres y las mujeres. Es una vida de seguimiento radical de Jesús con la profesión de los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia.

Aquellos a los que conocemos con el nombre genérico de religiosos son personas que, dóciles al llamamiento de Dios, han escogido este camino de especial seguimiento de Jesucristo para dedicarse a Él con un corazón indiviso. Como los apóstoles, también ellos lo han dejado todo para estar con Cristo y para ponerse, con Él, al servicio de Dios y de los hermanos.

Quien más quien menos, todos conocemos a algunos religiosos y religiosas porque se dedican a la enseñanza, a la asistencia a los pobres y marginados, a la atención a los ancianos, al cuidado de los enfermos... No obstante, es válida la pregunta: ¿cómo valoramos la vida religiosa entregada plenamente a Dios y al servicio de los hermanos? El sentido y el contenido de la vida consagrada a Dios sólo se pueden entender con una profunda visión de fe que se alimenta y se mantiene con la oración.

La Iglesia dedica cada año una jornada a la vida consagrada. El lema de la jornada de este año es: "Presencia de la Trinidad en la historia. Vida consagrada y familia". Los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia que siguen los religiosos y las religiosas son, ante todo, un don de la Santísima Trinidad. La vida consagrada es anuncio de aquello que el Padre, por medio del Hijo, en el Espíritu, realiza con su amor, su bondad y su belleza.

La primera tarea de la vida consagrada que viven los religiosos es hacer visibles las maravillas que Dios ha hecho y está haciendo en la frágil humanidad de las personas que han recibido esta vocación. Estos hombres y estas mujeres, más que con las palabras, dan testimonio de estas maravillas con el lenguaje elocuente de una existencia transfigurada. De esta manera, sus vidas se convierten en una de las improntas concretas que la Trinidad deja en la historia, a fin de que los hombres puedan descubrir el atractivo y la nostalgia de la belleza divina.

El Concilio Vaticano II hizo una observación importante: "Nadie debe pensar que los religiosos por su consagración se convierten en extraños a los hombres o inútiles en la ciudad terrena", porque "los religiosos ayudan a sus contemporáneos, ya que los tienen presentes en las entrañas de Cristo y colaboran espiritualmente con ellos para que la construcción de la ciudad terrena tenga siempre a Dios como fundamento y como meta, no sea que trabajen en vano los que la construyen".

La vida consagrada es una prueba elocuente de que, cuanto más se vive de Cristo, más se le puede servir en el prójimo, llegando hasta las avanzadillas de la misión y aceptando los mayores riesgos. Por esto, los religiosos y las religiosas se ponen al servicio de la imagen divina deformada en los rostros de tantos hermanos y hermanas: rostros desfigurados por el hambre, por la violencia, por los maltratos, por la injusticia, por la soledad, por la enfermedad, por la droga, por el sida, etc. Juan Pablo II afirma que "la vida consagrada muestra, de esta manera, con la elocuencia de las obras, que la caridad divina es el fundamento y el estímulo del amor gratuito y cooperante".

Para alcanzar todo esto, Benedicto XVI da estos consejos muy oportunos: "La norma suprema de la vida religiosa es el seguimiento de Cristo. No se puede conseguir un auténtico relanzamiento de la vida religiosa si no es con el propósito de llevar una existencia plenamente evangélica, sin anteponer nada al único Amor, encontrando en Jesús y en su palabra la esencia más profunda del carisma del fundador y de la fundadora.”

La vida consagrada plenamente a Dios de los religiosos y las religiosas no es en modo alguno una alienación o una pérdida de aquella perfección que es propia de toda vida humana. Todo lo contrario: es abrir el corazón, totalmente libre, a las inmensas potencialidades de un gran amor. Siguiendo este camino, un chico o una chica dan plena fecundidad a su vida y alcanzan su plenitud y felicidad.

+ Lluís Martínez Sistach

Arzobispo metropolitano de Barcelona


Publicado por verdenaranja @ 22:43  | Hablan los obispos
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