Artículo semanal del Padre Fernando Lorente, o.h., publicado en EL DÍA el miércoles 28 de Febrero de 2007 en la sección CRITERIOS, bajo el epígrafe "Luz en el Camino".
CON MI VIDA. La llamada y decisión a la conversión cristiana siempre evoca en nosotros el recuerdo del esfuerzo exigente y el desgarro propio de todo trabajo de renovación y purificación. Sin embargo, las palabras de Cristo: "Convertíos y creed en la buena noticia" nos invitan a descubrir la conversión como paso a una vida más plena y gratificante.
No faltan textos en el Evangelio que nos vienen a decir algo que nunca debemos olvidar. Aquí tenemos unos, entre tantos: "Es bueno convertirse. Nos hace bien. Nos permite experimentar un modo nuevo de vivir, más sano, más gozoso". Y muchos de nosotros nos preguntaremos: Pero, ¿cómo vivir esa experiencia y qué pasos debemos dar? Pues, lo primero, sin dudarlo, decididamente, es pararnos. No tengamos miedo a quedarnos a solas con nosotros mismos para hacernos las preguntas importantes de la vida, como éstas: ¿Quién soy yo? ¿Qué estoy haciendo con mi vida? ¿Con qué y cómo quiero vivir? Pero estos interrogantes, por más sinceros que los sintamos, no bastan. Lo decisivo es no seguir engañándonos por más tiempo. Imponernos en la búsqueda de la verdad de lo que estamos viviendo. No empeñarnos en ocultar lo que somos y en parecer lo que no somos. Aquí es cuando nos resultará fácil poder experimentar el vacío y la mediocridad que tal falsamente estamos viviendo por más que lo disimulemos. Descubriremos ante nosotros actuaciones y posturas que están arruinando nuestra vida. No es esto lo que hubiéramos querido. En el fondo, deseamos vivir algo mejor y más gozoso y gratificante. Todavía algo más y muy importante.
Que descubrir cómo estamos dañando de esta forma nuestra vida no tiene por qué hundirnos en el pesimismo o en la desesperanza. Esta conciencia de pecado es saludable. Nos dignifica y nos ayuda a recuperar la autoestima personal. No todo es malo y ruin en nosotros. Dentro de cada uno está operando siempre una fuerza que nos atrae y empuja hacia el bien, hacia el amor, hacia la bondad. Por supuesto, la conversión nos exigirá introducir cambios concretos en nuestra manera de actuar. Pero la conversión no consiste sólo en esos cambios, pues ella misma es el cambio. Convertirse es cambiar el corazón, adoptar una postura nueva en la vida, tomar una dirección plenamente sana en lo humano y en lo divino.
Todo creyente y no creyente puede dar pasos hasta aquí evocados. La suerte del creyente es poder vivir esta experiencia abriéndose confiadamente a Dios. Un Dios que se interesa por nosotros, más que nosotros mismos, para resolver no nuestros problemas sino "el problema", esa vida mediocre y fallida que parece no tener solución.
Un Dios que nos entiende, nos espera, que nos perdona y quiere vernos vivir de manera más plena, gozosa y gratificante. Esto es reflexionar y vivir la cuaresma cristiana: Un tiempo decisivo para iniciar y perseverar en una nueva vida.
* Capellán de la Clínica S. Juan de Dios
Luz en el Camino Fernando Lorente, o.h. *
Reflexión cuaresmal: ¿qué estoy haciendo?
CON MI VIDA. La llamada y decisión a la conversión cristiana siempre evoca en nosotros el recuerdo del esfuerzo exigente y el desgarro propio de todo trabajo de renovación y purificación. Sin embargo, las palabras de Cristo: "Convertíos y creed en la buena noticia" nos invitan a descubrir la conversión como paso a una vida más plena y gratificante.
No faltan textos en el Evangelio que nos vienen a decir algo que nunca debemos olvidar. Aquí tenemos unos, entre tantos: "Es bueno convertirse. Nos hace bien. Nos permite experimentar un modo nuevo de vivir, más sano, más gozoso". Y muchos de nosotros nos preguntaremos: Pero, ¿cómo vivir esa experiencia y qué pasos debemos dar? Pues, lo primero, sin dudarlo, decididamente, es pararnos. No tengamos miedo a quedarnos a solas con nosotros mismos para hacernos las preguntas importantes de la vida, como éstas: ¿Quién soy yo? ¿Qué estoy haciendo con mi vida? ¿Con qué y cómo quiero vivir? Pero estos interrogantes, por más sinceros que los sintamos, no bastan. Lo decisivo es no seguir engañándonos por más tiempo. Imponernos en la búsqueda de la verdad de lo que estamos viviendo. No empeñarnos en ocultar lo que somos y en parecer lo que no somos. Aquí es cuando nos resultará fácil poder experimentar el vacío y la mediocridad que tal falsamente estamos viviendo por más que lo disimulemos. Descubriremos ante nosotros actuaciones y posturas que están arruinando nuestra vida. No es esto lo que hubiéramos querido. En el fondo, deseamos vivir algo mejor y más gozoso y gratificante. Todavía algo más y muy importante.
Que descubrir cómo estamos dañando de esta forma nuestra vida no tiene por qué hundirnos en el pesimismo o en la desesperanza. Esta conciencia de pecado es saludable. Nos dignifica y nos ayuda a recuperar la autoestima personal. No todo es malo y ruin en nosotros. Dentro de cada uno está operando siempre una fuerza que nos atrae y empuja hacia el bien, hacia el amor, hacia la bondad. Por supuesto, la conversión nos exigirá introducir cambios concretos en nuestra manera de actuar. Pero la conversión no consiste sólo en esos cambios, pues ella misma es el cambio. Convertirse es cambiar el corazón, adoptar una postura nueva en la vida, tomar una dirección plenamente sana en lo humano y en lo divino.
Todo creyente y no creyente puede dar pasos hasta aquí evocados. La suerte del creyente es poder vivir esta experiencia abriéndose confiadamente a Dios. Un Dios que se interesa por nosotros, más que nosotros mismos, para resolver no nuestros problemas sino "el problema", esa vida mediocre y fallida que parece no tener solución.
Un Dios que nos entiende, nos espera, que nos perdona y quiere vernos vivir de manera más plena, gozosa y gratificante. Esto es reflexionar y vivir la cuaresma cristiana: Un tiempo decisivo para iniciar y perseverar en una nueva vida.
* Capellán de la Clínica S. Juan de Dios

