Dossier Fides
JORNADA DE LA INFANCIA MISIONERA, 6 de enero 2007
LA EXPLOTACIÓN
DEL TRABAJO INFANTIL EN EL MUNDO
INTRODUCCIÓN
“Es el niño de Belén quien nos reclama…”
Desde 1843 “los niños ayudan a los niños” con la Obra Pontificia de la Infancia Misionera
Trabajo infantil: un drama sin límites
EL EVANGELIO Y LOS NIÑOS
EN EL MAGISTERIO PONTIFICIO
León XIII
Juan Pablo II
Carta a los niños de Juan Pablo II - 13 de diciembre de 1994
Benedicto XVI
ENTREVISTA A S.E. MONS. GIAMPAOLO CREPALDI
Secretario del Pontificio Consejo Justicia y Paz
DEFINICIÓN DE TRABAJO INFANTIL
NORMATIVA DEL TRABAJO INFANTIL: UNA SÍNTESIS
DATOS HISTÓRICOS
ALGUNOS NÚMEROS
DIVERSOS ASPECTOS SOBRE LA EXPLOTACIÓN INFANTIL
NIÑOS TRABAJADORES: “¡LA VIDA BREVE!”
SITUACIÓN EN LOS DIVERSOS CONTINENTES
Asia
África
América Latina
LAS PATOLOGÍAS MÁS FRECUENTES VINCULADAS AL TRABAJO INFANTIL
ENTREVISTA A LA DOCTORA CECILIA BRIGHI
del Consejo Administrativo de la OIT (Organización Mundial del Trabajo)
ALGUNOS SITIOS EN INTERNET
INTRODUCCIÓN
Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) – Con ocasión de la Jornada de la Infancia Misionera, promovida por la Obra Pontificia de la Infancia Misionera, que se celebra en la solemnidad de la Epifanía del Señor, el 6 de enero, o en algún domingo de enero según las exigencias locales, la Agencia FIDES publica un Dossier sobre el drama de la explotación del trabajo infantil: se calcula que 218 millones de niños en el mundo, entre 5 y 17 años, son obligados a trabajar hasta 16 horas diarias, en lugar de realizar otras actividades acordes con su edad, como estudiar o jugar.
“Es el niño de Belén quien nos reclama… pidamos a Dios que nos ayude a hacer todo lo que esté en nuestra mano para que se respete la dignidad de los niños”
“El niño de Belén nos hace poner los ojos en todos los niños que sufren y son explotados en el mundo, tanto los nacidos como los no nacidos. En los niños convertidos en soldados y encaminados a un mundo de violencia; en los niños que tienen que mendigar; en los niños que sufren la miseria y el hambre; en los niños carentes de todo amor. En todos ellos, es el niño de Belén quien nos reclama; nos interpela el Dios que se ha hecho pequeño. En esta noche, oremos para que el resplandor del amor de Dios acaricie a todos estos niños, y pidamos a Dios que nos ayude a hacer todo lo que esté en nuestra mano para que se respete la dignidad de los niños”. Este fue el fuerte llamado del Papa Benedicto XVI que, durante la Misa de Noche Buena celebrada en la Basílica Vaticana, llamó una vez más fuertemente la atención en relación a todos los niños, “particularmente los niños sufrientes y los que son víctimas del abuso en el mundo”, y recordó que en cada uno de ellos está el Niño de Belén “que nos reclama”, y debemos rezar intensamente para que Dios nos ayude “a hacer todo lo que esté en nuestra mano” para que sea respetada su dignidad.
El sufrimiento de los niños “que no experimentan ningún amor” no es algo particular de nuestros tiempos, aunque hoy en día pueda ser otra o pueda haberse ampliado la gama de circunstancias en las que tal sufrimiento se realiza: niños soldados, niños obreros, niños explotados sexualmente o para tráfico de órganos, niños reducidos a la esclavitud, niños a los que se les impide nacer a la vida o renacer a la fe…
Por mandato de su Señor, quien se hizo “niño” y vino a la tierra para redimir a la humanidad esclava del pecado y anunciar la igual dignidad de cada ser humano, la Iglesia, desde siempre, se ha inclinado frente al sufrimiento del hombre, ha siempre tomado en serio la vida cotidiana de los hombres y mujeres de cada continente, pueblo y raza, interviniendo allí donde fuese necesario defender y ayudar a los más débiles, a los más pequeños. Donde hay injusticia, explotación, esclavitud, marginación, la Iglesia ha hecho sentir su voz anunciando el Evangelio, realizando obras de justicia y caridad para dar consuelo a los más olvidados. La historia está llena de estos ejemplos. Los primeros hospitales, por ejemplo, surgieron gracias a las hermandades y a las órdenes mendicantes para aliviar el sufrimiento de aquellos que no podían permitirse las costosas curas de un médico.
También hoy en día la Iglesia está en primera línea, a veces humanamente sola pero con la firme certeza de la asistencia de su Señor, en lo que se refiere a confortar materialmente a los hermanos más necesitados, con mayor razón si son más indefensos a causa de su joven edad, como es el caso de los niños, tanto en las grandes metrópolis como en las zonas más alejadas del planeta. El Papa Benedicto XVI una vez más nos ha exhortado a comprometernos de manera personal, a no delegar a otros la tarea de defender y respetar la dignidad de los niños explotados , “en cada uno de ellos está el “Niño de Belén” que nos reclama”. (S.L.)
Desde 1843 “los niños ayudan a los niños” con la Obra Pontificia de la Infancia Misionera (OPIM)
“Los niños ayudan a los niños” es el slogan que caracteriza a la Obra Pontificia de la Infancia Misionera, presente ya en 150 países del mundo. El punto focal de la Obra es el rol particular asignado a los “más pequeños” en el anuncio del Evangelio y en el testimonio del Amor del Padre aliviando los sufrimientos de sus coetáneos. Con los fondos recogidos por estos niños misioneros de todas las naciones, son sostenidos cientos de proyectos a favor de millones de niños en los cinco continentes: se distribuye comida, vestimenta, medicina, material escolástico… Se promueve la construcción y mantenimiento de escuelas, orfanatos, despensas, hospitales, centros de catequesis y de recuperación… Se sostienen también iniciativas en los campos de la pastoral de la infancia, de la catequesis, de la educación pre-escolar y escolar, de la defensa de la vida, y de la formación cristiana y misionera.
Este intenso e incansable movimiento de ayuda “desde los pequeños hacia los pequeños” se debe a la inspiración carismática de un obispo francés. Hacia la mitad del 1800 Mons. Charles August Marie de Forbin-Janson (1785-1844), obispo de Nancy, animado por un gran celo misionero, quedó consternado al ver los sufrimientos a los que eran sometidos los niños. Las cartas que llegaban de parte de los misioneros, especialmente de China, hablaban de niños que eran eliminados al nacer, por ser de sexo femenino, o por tener defectos físicos o psíquicos o simplemente por la imposibilidad de subsistir en medio de la pobreza general. ¡Había necesidad de ayuda urgente y generosa de parte de todos para salvar a estas criaturas lanzadas a la muerte!
La fuerte tensión misionera de este gran obispo, encontró su sentido en la devoción a Jesús Niño, devoción que él venía ya difundiendo y a la que dotó de una impostación misionera. El nombre mismo “Santa Infancia” expresa su voluntad de poner la Asociación bajo la protección de Jesús Niño. La fecha que signa oficialmente el inicio de la Obra de la Santa Infancia es el 19 de mayo de 1843. La intuición de Mons. De Forbin-Janson fue la de crear un movimiento de niños cristianos para ayudar a niños paganos a encontrar al Señor y salvarlos de la muerte. Su objetivo era salvarlos sobretodo por medio del Bautismo y educándolos cristianamente, todo lo cual debería ser fruto de una caridad apostólica y solidaria, es decir de un espíritu genuinamente misionero y no sólo de acción social. La Obra encontró el favor de personas y de instituciones involucradas sobretodo en la educación de los niños, y tuvo así un rápido crecimiento en Europa y Norteamérica. En su proceso de afianzamiento pudo gozar de un apoyo total por parte de la Iglesia y del Papa León XIII que la promovió con su Encíclica “Sancta Dei Civitas” (3 de diciembre de 1880). El 3 de mayo de 1922 Pió XI le confirió el título de “Pontificia”.
Los objetivos: 1. La Obra Pontificia de la Santa Infancia (OPSI) se dirige a los niños y a los jóvenes hasta la adolescencia para despertar en ellos la consciencia misionera y así sostener, con una acción pedagógica cualificada y vigilada, su apertura a la caridad y a la solidaridad cristiana. 2. Conociendo y experimentando en la «Escuela de Jesús» la evidencia de una vida gozosa en Jesús, su Hermano, ellos rezan y procuran que todos los niños del mundo lo conozcan y lo amen. 3. La parroquia, la escuela y la familia están también involucradas en el programa pedagógico-catequético de la formación de sus jóvenes, quienes a su vez actúan como sujetos activos de su propia educación. Son gradualmente conducidos a abrir su mente a las diversas dimensiones de la realidad y a orientar los afectos de su corazón a la renuncia de lo temporales por sus coetáneos que pasan necesidad. 4. La OPSI propone a los jóvenes como ideal de vida, por amor de Jesús y para imitarlo, la vocación a la Misión de salvar niños haciéndolos hijos de Dios para poder ser hombres íntegros.
Los medios espirituales: Una particular devoción al Niño Jesús, hermano de todos los niños del mundo. 2. La participación más frecuente en la Eucaristía para estar en comunión sincera con Jesús y con todos los niños del mundo. 3. Un Avemaría diario a la Madre de Jesús por todos los niños sufrientes y necesitados de ayuda. 4. La inscripción como miembro de la Infancia Misionera para llevar el Evangelio a los demás. 5. La preparación por medio de la oración y el canto para anunciar el Nacimiento del Niño Jesús como «Cantores de la Estrella». 6. La celebración de la Jornada Mundial de la Infancia Misionera.
Los medios materiales: 1. Un programa específico de preparación para los dirigentes y animadores de la OPSI y de sensibilización para los obispos de 110 países que forman parte de este organismo. 2. Una oferta semanal de dinero por los niños pobres del mundo. 3. La participación en las actividades a favor de los niños, para que se les permita nacer, para que no sean explotados con fines económicos o sexuales, para que se ofrezca la plena disponibilidad para acoger niños emigrados o refugiados. 4. La colecta y distribución de fondos destinados a proyectos de educación y asistencia de la Infancia Misionera en el mundo. 5. La participación en manifestaciones tradicionales, o programadas por diversos grupos, para recoger ayudas y contribuciones que se destinan a la subsistencia y educación de niños pobres (S.L.)
Para mayor información sobre las actividades de la OPSI en inglés, francés, español y portugués:
http://www.fides.org/eng/animazione/2006/posi_13_eng.doc
http://www.fides.org/eng/animazione/2006/posi_13_esp.doc
http://www.fides.org/eng/animazione/2006/posi_13_fra.doc
http://www.fides.org/eng/animazione/2006/posi_13_por.doc
Trabajo infantil: un drama sin límites
Desde la mañana temprano hasta pasada la noche, en lugares estrechos y oscuros, en medio de la humedad, en cuartos subterráneos o en el silencio de los muros de una casa. Explotados por poco dinero y sin ningún tipo de protección, son obligados a trabajar doblando las espaldas a su corta edad. Son millones los niños explotados en el mundo del trabajo, particularmente numerosos en los países en vía de desarrollo, aunque presentes también de manera clandestina en países ricos y donde hay bienestar.
Es sobre todo la edad lo que produce estupor: todos tienen entre cinco y quince años. Son empleados en casi cualquier tipo de trabajo, desde el doméstico hasta otros en condiciones de peligro, como la extracción de minerales o en fábricas químicas. Sus manos, preciadas en cuanto que pequeñas, llegan adonde las manos de los adultos no pueden llegar: por ello son tan requeridas en las fábricas textiles, como también en las de fósforos y fuegos artificiales. La mayor parte, sin embargo, son empleados en labores de campo, frecuentemente junto a la familia, ya que también el trabajo de un niño tiene un gran valor.
En los centros urbanos, donde no hay campo para cultivar, son a veces las mismas familias las que prefieren mandar a sus hijos a trabajar en alguna bodega, bar o restaurante. De este modo contribuyen en algo con el magro presupuesto familiar. Emplean todo un día para poder recibir una paga miserable y no dedican siquiera una hora a aquello a lo que más bien tendrían derecho, una instrucción digna y una infancia serena. En muchos países el trabajo de menores está prohibido por ley con ciertos límites de edad, pero esto muchas veces no impide que gran número de niños, en vez de ir a la escuela, trabajen hasta dieciséis horas diarias. La experiencia de muchas asociaciones y grupos que luchan por garantizar una vida mejor a estos niños se suelen topar con una realidad muy dura. Una vez que han sido individuados y acogidos en centros escolásticos o de simple acogida, son los mismos niños los primeros en pedir regresar a su lugar de trabajo, pues allí tienen al menos una pequeña paga jornalera que la instrucción, en cambio, no garantiza.
El trabajo de menores, pues, suele ser parte de todo un contexto de degradación cultural y ambiental en el que, ya sea por hambre o por ignorancia, hasta unos pocos centavos son más valorados que una hora de instrucción.
En Asia, por ejemplo, hay quienes con tan sólo 16 años —poco más que la edad de un niño— trabajan como obreros en una empresa. Dieciséis horas al día de trabajo y al final del mes la paga es de cerca de 6 dólares y medio. Una miseria, ciertamente, pero para él y para su familia constituyen la única fuente de sustento. Al final del mes el niño vuelve a su casa y entrega el dinero íntegramente a su madre, a su padre o a sus hermanos, y con el poco dinero reunido la familia tiene que seguir adelante por un mes.
Además de las consecuencias inmediatas que se generan en la salud del niño, tal vez sea el problema de la falta de instrucción el que mayor impacto negativo produce para las futuras generaciones. Con mucha frecuencia no existen escuelas o las que existen son demasiado lejanas del lugar donde habitan los niños. Otras veces, en cambio, cuando las escuelas están al alcance, los mismos niños no quieren frecuentarlas, obligados a la fuerza por los adultos o inducidos a situaciones de degradación.
En la India, en el distrito de Bellary, desde hace algunos años compañías internacionales han comprado grandes terrenos para explotarlos como mineras. Llaman para trabajar a los rostros más humildes de la población, incluso muchos niños. Se calcula, de hecho, que el 50% de los trabajadores de las mineras son niños, que llegan a un total de 200 mil. (F.B.G.)
EL EVANGELIO Y LOS NIÑOS
Jn 4,49-54: Le dice el funcionario: "Señor, baja antes que se muera mi hijo." Jesús le dice: "Vete, que tu hijo vive." Creyó el hombre en la palabra que Jesús le había dicho y se puso en camino. Cuando bajaba, le salieron al encuentro sus siervos, y le dijeron que su hijo vivía. El les preguntó entonces la hora en que se había sentido mejor. Ellos le dijeron: "Ayer a la hora séptima le dejó la fiebre." El padre comprobó que era la misma hora en que le había dicho Jesús: "Tu hijo vive", y creyó él y toda su familia. Esta nueva señal, la segunda, la realizó Jesús cuando volvió de Judea a Galilea.
Jn 16,21-23: La mujer, cuando va a dar a luz, está triste, porque le ha llegado su hora; pero cuando ha dado a luz al niño, ya no se acuerda del aprieto por el gozo de que ha nacido un hombre en el mundo. También vosotros estáis tristes ahora, pero volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y vuestra alegría nadie os la podrá quitar. Aquel día no me preguntaréis nada. En verdad, en verdad os digo: lo que pidáis al Padre os lo dará en mi nombre.
Lc 1,42-45: Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena de Espíritu Santo; y exclamando con gran voz, dijo: "Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí? Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno. ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!"
Lc 1,59-66: Y sucedió que al octavo día fueron a circuncidar al niño, y querían ponerle el nombre de su padre, Zacarías, pero su madre, tomando la palabra, dijo: "No; se ha de llamar Juan." Le decían: "No hay nadie en tu parentela que tenga ese nombre." Y preguntaban por señas a su padre cómo quería que se le llamase. El pidió una tablilla y escribió: "Juan es su nombre." Y todos quedaron admirados. Y al punto se abrió su boca y su lengua, y hablaba bendiciendo a Dios. Invadió el temor a todos sus vecinos, y en toda la montaña de Judea se comentaban todas estas cosas; todos los que las oían las grababan en su corazón, diciendo: "Pues ¿qué será este niño?" Porque, en efecto, la mano del Señor estaba con él.
Lc 1,76: Y tú, niño, serás llamado profeta del Altísimo, pues irás delante del Señor para preparar sus caminos.
Lc 2,12-17: y esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre." Y de pronto se juntó con el ángel una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: "Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres en quienes él se complace." Y sucedió que cuando los ángeles, dejándoles, se fueron al cielo, los pastores se decían unos a otros: "Vayamos, pues, hasta Belén y veamos lo que ha sucedido y el Señor nos ha manifestado." Y fueron a toda prisa, y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, dieron a conocer lo que les habían dicho acerca de aquel niño.
Lc 2,38: Como se presentase en aquella misma hora, alababa a Dios y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.
Lc 2,40: El niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre él.
Lc 18,15-17: Le presentaban también los niños pequeños para que los tocara, y al verlo los discípulos, les reñían. Mas Jesús llamó a los niños, diciendo: "Dejad que los niños vengan a mí y no se lo impidáis; porque de los que son como éstos es el Reino de Dios. Yo os aseguro: el que no reciba el Reino de Dios como niño, no entrará en él."
Mc 5,39-42: Entra y les dice: "¿Por qué alborotáis y lloráis? La niña no ha muerto; está dormida." Y se burlaban de él. Pero él después de echar fuera a todos, toma consigo al padre de la niña, a la madre y a los suyos, y entra donde estaba la niña. Y tomando la mano de la niña, le dice: "Talitá kum", que quiere decir: "Muchacha, a ti te digo, levántate." La muchacha se levantó al instante y se puso a andar, pues tenía doce años. Quedaron fuera de sí, llenos de estupor.
Mc 9,34-37: Ellos callaron, pues por el camino habían discutido entre sí quién era el mayor. Entonces se sentó, llamó a los Doce, y les dijo: "Si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos." Y tomando un niño, le puso en medio de ellos, le estrechó entre sus brazos y les dijo: "El que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe; y el que me reciba a mí, no me recibe a mí sino a Aquel que me ha enviado."
Mc 10,13-16: Le presentaban unos niños para que los tocara; pero los discípulos les reñían. Mas Jesús, al ver esto, se enfadó y les dijo: "Dejad que los niños vengan a mí, no se lo impidáis, porque de los que son como éstos es el Reino de Dios. Yo os aseguro: el que no reciba el Reino de Dios como niño, no entrará en él." Y abrazaba a los niños, y los bendecía poniendo las manos sobre ellos.
Mt 2,13-21: Después que ellos se retiraron, el Ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: "Levántate, toma contigo al niño y a su madre y huye a Egipto; y estate allí hasta que yo te diga. Porque Herodes va a buscar al niño para matarle." El se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y se retiró a Egipto; y estuvo allí hasta la muerte de Herodes; para que se cumpliera el oráculo del Señor por medio del profeta: “De Egipto llamé a mi hijo.” Entonces Herodes, al ver que había sido burlado por los magos, se enfureció terriblemente y envió a matar a todos los niños de Belén y de toda su comarca, de dos años para abajo, según el tiempo que había precisado por los magos. Entonces se cumplió el oráculo del profeta Jeremías: “Un clamor se ha oído en Ramá, mucho llanto y lamento: es Raquel que llora a sus hijos, y no quiere consolarse, porque ya no existen”. Muerto Herodes, el Ángel del Señor se apareció en sueños a José en Egipto y le dijo: "Levántate, toma contigo al niño y a su madre, y ponte en camino de la tierra de Israel; pues ya han muerto los que buscaban la vida del niño." El se levantó, tomó consigo al niño y a su madre, y entró en tierra de Israel.
Mt 18,1-11: En aquel momento se acercaron a Jesús los discípulos y le dijeron: "¿Quién es, pues, el mayor en el Reino de los Cielos?" El llamó a un niño, le puso en medio de ellos y dijo: "Yo os aseguro: si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. Así pues, quien se haga pequeño como este niño, ése es el mayor en el Reino de los Cielos. "Y el que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe. Pero al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le vale que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos, y le hundan en lo profundo del mar. ¡Ay del mundo por los escándalos! Es forzoso, ciertamente, que vengan escándalos, pero ¡ay de aquel hombre por quien el escándalo viene! "Si, pues, tu mano o tu pie te es ocasión de pecado, córtatelo y arrójalo de ti; más te vale entrar en la Vida manco o cojo que, con las dos manos o los dos pies, ser arrojado en el fuego eterno. Y si tu ojo te es ocasión de pecado, sácatelo y arrójalo de ti; más te vale entrar en la Vida con un solo ojo que, con los dos ojos, ser arrojado a la gehenna del fuego. "Guardaos de menospreciar a uno de estos pequeños; porque yo os digo que sus ángeles, en los cielos, ven continuamente el rostro de mi Padre que está en los cielos. Pues el hijo del hombre ha venido a salvar lo que estaba perdido.
Mt 19,13-15: Entonces le fueron presentados unos niños para que les impusiera las manos y orase; pero los discípulos les reñían. Mas Jesús les dijo: Dejad que los niños vengan a mí, y no se lo impidáis porque de los que son como éstos es el Reino de los Cielos. Y, después de imponerles las manos, se fue de allí.
Mt 21,16: … y le dijeron: ¿Oyes lo que dicen éstos? Sí les dice Jesús . ¿No habéis leído nunca que De la boca de los niños y de los que aún maman te preparaste alabanza?
EN EL MAGISTERIO PONTIFICIO
Papa León XIII
Si desde siempre la Iglesia ha tenido en el centro de su preocupación la vida cotidiana del ser humano, en todos los ambientes en los que se desarrolla, interviniendo donde hubiese necesidad de defender o de ayudar a los más débiles y pequeños, es el mundo del trabajo el ámbito al que la Iglesia en el último siglo ha prestado la mayor de sus atenciones, hasta el punto de poder hablar de una propia y verdadera Doctrina Social dedicada a ese tema. Con la revolución industrial, en efecto, se creó toda una clase social proletaria, muchas veces explotada y marginada. Se trata de un gran segmento de la población que además vivía amenazada por el peligro de las nuevas teorías marxistas que proponían ideales ateos y anticristianos con el fin de sublevar al pueblo contra los llamados “patrones”. Tampoco en este ámbito la Iglesia renunció a hacer sentir su voz, y desde entonces no ha dejado nunca de preocuparse por el mundo del trabajo.
El Papa León XIII, cuando se podía ya percibir los resultados a veces nefastos de la revolución industrial, dedicó, primero, una Carta Encíclica, la Rerum Novarum, de 1892, a los problemas relativos al mundo del trabajo y en particular a la cuestión de los obreros “con el fin de poner en relieve los principios con los cuales, según la justicia y la equidad, se debe resolver la cuestión” (n. 1). En aquel contexto histórico, como se ha visto, el problema del trabajo infantil era particularmente frecuente y numeroso, tanto que el Papa León XIII dedicó a ello, entre los problemas de la cuestión del obrero que más ocupaban sus pensamientos, una particular atención. En el número 33, exhorta: “en cuanto a los niños, se ha de evitar cuidadosamente y sobre todo que entren en talleres antes de que la edad haya dado el suficiente desarrollo a su cuerpo, a su inteligencia y a su alma. Puesto que la actividad precoz agosta, como a las hierbas tiernas, las fuerzas que brotan de la infancia, con lo que la constitución de la niñez vendría a destruirse por completo”.
Papa Juan Pablo II
En 1990 Juan Pablo II intervino con su mensaje en el Congreso Mundial sobre los niños, que se desarrolló en la sede de las Naciones Unidas en Nueva York; en él subrayaba la dignidad y el respeto peculiar que se debe a cada niño, y acentuaba sobretodo el rol fundamental de la familia.
En abril de 1997, durante la oración del Regina Caeli, el Papa Juan Pablo II afirmaba, a propósito del respeto a los niños y la protección del menor: “La Comisión de las Naciones Unidas para los derechos del hombre, reunida actualmente en Ginebra, tratará durante los próximos días el tema de los derechos del niño y, en particular, de la protección jurídica de los menores en los conflictos armados. He recordado esta preocupante cuestión en varias oportunidades y también en el mensaje para la Jornada mundial de la paz del año pasado. Hoy deseo reafirmar la gran preocupación de la Iglesia por el respeto al niño y el desarrollo integral y armonioso de su personalidad. Por tanto, renuevo mi llamamiento a los responsables de la vida política y social para que, inspirándose en los principios de la moral y del derecho, impidan a toda costa que los niños se conviertan en protagonistas de las guerras, obligados a empuñar las armas y a matar a sus semejantes. Inexpertos y frágiles, son las primeras víctimas de la violencia y de la guerra. Si queremos la paz, eduquemos en la paz a quienes se preparan para construir la sociedad del mañana”.
Durante el Jubileo de los niños, el 2 de enero del 2000, en una Plaza San Pedro constelada de niños de todas las edades y de toda nacionalidad, el Papa Juan Pablo II recordó a los pequeños la alegría de haber conocido a Cristo y los invitó a no olvidar a sus coetáneos que sufren en el mundo: “Queridos niños; queridos muchachos, esta mañana muchos de vosotros, con vuestros padres y acompañantes, habéis participado en la misa jubilar en la basílica de San Pedro. Al entregarse a vosotros en la Eucaristía, Jesús os ha revelado que la vida cobra todo su valor cuando se convierte en don para los demás. El testimonio de los santos y de los mártires, que se veneran en la ciudad eterna, os ha ayudado a comprender que sólo con Cristo es posible realizar grandes cosas y que sólo con él es posible ser felices y hacer felices a los demás. Queréis gritar a todos vuestra alegría por el don que el Padre nos ha hecho enviándonos a su Hijo Jesús para que fuera nuestro hermano. Testimoniad al mundo que, acogiendo a Jesús en medio de nosotros, es posible hacer que la humanidad se convierta en una gran familia. Al inicio de un nuevo año, queridos niños y muchachos, no podemos olvidar a todos vuestros coetáneos que sufren a causa del hambre y la violencia, y a los que son víctimas de formas horribles de explotación. No podemos olvidar a los numerosos niños a los que se niega incluso el derecho a nacer. Cuando las personas quieren construir un mundo ignorando a Dios y su ley, de hecho crean una situación de injusticia y sufrimiento cada vez mayores”. Seguidamente, el Papa insistió de manera particular en un punto: “Testimoniad al mundo que, acogiendo a Jesús en medio de nosotros, es posible hacer que la humanidad se convierta en una gran familia”. Y más adelante subrayó cómo las instituciones tienen el deber de poner a la familia en grado de poder ejercitar sus funciones principales, que son transmitir la vida y la educación, y citó al respecto la Convención Internacional acerca de los derechos del niño, como una carta fundamental que debe ser estímulo para cada acción que se tome a favor de la infancia: “Cada individuo, aunque sea pequeño o aparentemente insignificante en términos de utilidad —ha recordado el Papa Juan Pablo II—, lleva en sí la imagen y semejanza de su Creador. Las políticas y las acciones que no reconozcan esta condición única de la dignidad humana se hacen incapaces de llevar a un mundo más justo y humano”.
En el Mensaje a los budistas con ocasión de la fiesta de Vesakh 2004, titulado “Cristianos y Budistas, juntos velamos por los niños, futuro de la humanidad”, el Papa Juan Pablo II recordaba la importancia de la familia, así como sus responsabilidades, y pedía a las autoridades civiles un compromiso generoso por el bien de los niños: “Los niños, en cuanto pequeños y vulnerables, necesitan ser protegidos, amados y educados. Este es el motivo por el cual los niños y la familia deben caminar juntos. La familia es el primer lugar en el que los niños son nutridos con aquel amor y aquella atención que ellos, a su vez, manifiestan a los demás. De este modo la raza humana entera se hace en este planeta una única familia… Hoy, lamentablemente, muchos niños del mundo son privados, en diversa medida, de una familia estable, algo tan fundamental para la sociedad. Existen niños que no han conocido jamás una familia o que han sido abandonados por sus familias. Existen niños que han sido obligados a soportar el trauma causado por peleas entre los padres o por la disgregación de su familia. Peor aún, existen pequeños que han sido duramente golpeados por la violencia de los adultos por medio de abusos sexuales o la prostitución, o siendo obligados a mendigar, o siendo en el mundo de la venta o uso de drogas, u obligados a participar en la guerra, etc… ¿Y qué decir de la tragedia del SIDA? Hoy en día cientos de miles de niños están siendo infectados con el HIV y un gran un gran número muere a causa del SIDA, muchos de los cuales lo contraen desde el nacimiento. Aunque inocentes, estos niños sólo conocen el sufrimiento y luego la muerte. Nosotros, cristianos y budistas, no podemos cerrar los ojos frente a estas situaciones trágicas. Como creyentes debemos tener la mirada puesta en las necesidades que pasan los niños, tanto en nuestras familias como en la sociedad entera. Debemos poner en juego todas nuestras fuerzas y recursos para aliviar los sufrimientos de los niños y de manera especial para llegar a los que viven en los países más pobres. Los gobiernos, así como las autoridades civiles y todas las personas de buena voluntad, pueden también, por nuestro propio testimonio, ser movidos a involucrarse más y trabajar por el bienestar de todos los niños”.
Hasta en dos ocasiones el Mensaje por la Jornada Mundial de la Paz del Papa Juan Pablo II se ocupó, entre diversos temas, de la explotación infantil. El Mensaje por la Jornada Mundial de la Paz de 1996 estuvo dedicado al tema “Demos a los niños un futuro de paz”. En él se presenta un elenco de muchos de los males que hoy en día afligen a la infancia en el mundo. Entre estos, se denunciaba también la grave situación en la que muchos niños, a causa de la miseria, son obligados a trabajar: “La miseria está en el origen de condiciones de existencia y de trabajo inhumanas. En algunos países hay niños obligados a trabajar desde su infancia, maltratados, castigados violentamente, remunerados con una paga irrisoria: al no tener manera de hacerse respetar, son los más fáciles de chantajear y explotar” (n.5). Seguidamente el Mensaje explica las razones por las cuales la explotación infantil era y sigue siendo un problema, sobre todo un problema moral: “Los niños no son una carga para la sociedad, ni son instrumentos de ganancia, ni simplemente personas sin derechos; son miembros valiosos de la familia humana, cuyas esperanzas, expectativas y potencialidades encarnan” (n. 9).
Dos años después, Juan Pablo II se concentró nuevamente en este delicado asunto. Esta vez el tema del mensaje por la Jornada Mundial de la Paz, del 1º de enero de 1998, era: “De la justicia de cada uno nace la paz para todos”. Entre las formas de injusticia hacia el ser humano consideradas particularmente graves mencionó “el aumento de la violencia contra las mujeres, las niñas y los niños” y particularmente “la explotación laboral de los menores en condiciones de verdadera esclavitud” (n.6). El trabajo infantil es también denunciado como una grave forma de injusticia a nivel social y comunitario, una injusticia entre otras, de la cual de ningún modo puede brotar la paz. Se invoca por ello, sobretodo, la justicia como un compromiso personal, ya que “la paz para todos nace de la justicia de cada uno. Nadie puede desentenderse de una tarea de importancia tan decisiva para la humanidad. Es algo que implica a cada hombre y mujer, según sus propias competencias y responsabilidades” (n. 7).
También a los niños dedicó completo el Mensaje para la Cuaresma del 2004, titulado “El que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe”. Escribe el Papa: “Jesús amó a los niños y fueron sus predilectos “por su sencillez, su alegría de vivir, su espontaneidad y su fe llena de asombro” (Ángelus, 18.12.1994). Ésta es la razón por la cual el Señor quiere que la comunidad les abra el corazón y los acoja como si fueran Él mismo: “El que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe” (Mt 18,5). Junto a los niños, el Señor sitúa a los “hermanos más pequeños”, esto es, los pobres, los necesitados, los hambrientos y sedientos, los forasteros, los desnudos, los enfermos y los encarcelados. Acogerlos y amarlos, o bien tratarlos con indiferencia y rechazarlos, es como si se hiciera lo mismo con Él, ya que Él se hace presente de manera singular en ellos”. El tema del Mensaje ofrece la oportunidad de reflexionar sobre la condición de los niños: “las palabras de Jesús son una exhortación a examinar cómo son tratados los niños en nuestras familias, en la sociedad civil y en la Iglesia” escribe el Papa, “son un estímulo para descubrir la sencillez y la confianza que el creyente debe desarrollar, imitando al Hijo de Dios, el cual ha compartido la misma suerte de los pequeños y de los pobres.”... “Hacerse” pequeños y “acoger” a los pequeños: son dos aspectos de una única enseñanza que el Señor renueva a sus discípulos en este nuestro tiempo. Sólo quien se hace “pequeño” es capaz de acoger con amor a los hermanos más “pequeños”.
Juan Pablo II recuerda de este modo a cuantos buscan seguir fielmente estas enseñanzas del Señor, y particularmente “a los padres que no dudan en tener una familia numerosa, a las madres y padres que en vez de considerar prioritaria la búsqueda del éxito profesional y la carrera, se preocupan por transmitir a los hijos aquellos valores humanos y religiosos que dan el verdadero sentido a la existencia”; y también a cuantos “se hacen cargo de la formación de la infancia en dificultad, y alivian los sufrimientos de los niños y de sus familiares causados por los conflictos y la violencia, por la falta de alimentos y de agua, por la emigración forzada y por tantas injusticias existentes en el mundo”. No calla el Santo Padre ante el egoísmo de tantos, que hiere profundamente a los más pequeños por medio de abusos sexuales, la prostitución, o la inducción en el mundo de la distribución y consumo de drogas. Tampoco puede olvidarse la realidad de niños obligados a trabajar o involucrados en la guerra; inocentes marcados para siempre por la disgregación familiar; pequeños golpeados por el tráfico de órganos o de personas, la tragedia del SIDA, que en África cobra miles de vidas, de las cuales muchas fueron contagiadas desde el nacimiento. “¡La humanidad no puede cerrar los ojos frente a un drama tan preocupante!”.
Recibiendo en audiencia el 14 de junio de 2003 a cerca de 7000 jóvenes de la Obra Pontificia de la Infancia Misionera, convocados con sus asistentes y catequesis de todas las diócesis italianas, para celebrar en torno al Sucesor de Pedro los 160 años de la fundación de este organismo y para renovar su compromiso misionero, el Santo Padre dijo: “Es hermoso considerar la Obra pontificia de la Infancia Misionera como un inmenso coro, formado por niños de todo el mundo, que cantan juntos su "Heme aquí" a Dios con su oración, con su entusiasmo y con su compromiso concreto”. “En vuestro corazón y en vuestros labios Dios pone tan sólo dos palabras, que en la Biblia son muy importantes: "Heme aquí". Las pronunció el Hijo de Dios cuando vino al mundo, y toda su vida consistió en responder prontamente "Heme aquí" al Padre celestial. "Heme aquí" fue la respuesta de la Virgen María al ángel que le llevó el anuncio de Dios. Con esas palabras, la Virgen aceptó dócilmente la misión de convertirse en Madre de Jesús y, por tanto, en Madre de la Iglesia. También vosotros, queridos pequeños misioneros, debéis aprender a responder "Heme aquí", invocando la ayuda de Jesús y de María”. Desde hace 160 años el lema de la Infancia Misionera ha sido: “Los niños ayudan a los niños”, una ayuda que se da sobretodo en la oración y también por medio de contribuciones económicas. “Ciertamente, se han producido grandes y profundas transformaciones en la humanidad desde la mitad del siglo XIX hasta hoy —subrayó el Santo Padre—. En el así llamado "norte" del mundo las condiciones de vida de la infancia han mejorado, pero el desarrollo económico y social no siempre ha ido acompañado por el desarrollo humano en sentido pleno. Se ha producido una pérdida de valores, y quienes pagan el precio más alto son precisamente los más pequeños, por no decir que incluso en las naciones desarrolladas siguen existiendo áreas de gran pobreza. En el "sur" del planeta, el grito de millones de niños, condenados a morir de hambre y de enfermedades relacionadas con la pobreza, es cada vez más desgarrador e interpela a todos.” El Papa recordó que los niños de la Infancia Misionera deben ser los primeros en responder a la llamada de sus coetáneos, formando así “una cadena de solidaridad a través de los cinco Continentes”, y los exhortó a ser “testigos y profetas de Cristo” pidiendo la ayuda necesaria a la Madre de Dios, sobre todo por medio del rezo del rosario.
Carta del Papa Juan Pablo II a los niños (13 de diciembre de 1994)
¡Queridos niños!
Nace Jesús
Dentro de pocos días celebraremos la Navidad, fiesta vivida intensamente por todos los niños en cada familia. Este año lo será aún más porque es el Año de la Familia. Antes de que éste termine, deseo dirigirme a vosotros, niños del mundo entero, para compartir juntos la alegría de esta entrañable conmemoración.
La Navidad es la fiesta de un Niño, de un recién nacido. ¡Por esto es vuestra fiesta! Vosotros la esperáis con impaciencia y la preparáis con alegría, contando los días y casi las horas que faltan para la Nochebuena de Belén.
Parece que os estoy viendo: preparando en casa, en la parroquia, en cada rincón del mundo el nacimiento, reconstruyendo el clima y el ambiente en que nació el Salvador. ¡Es cierto! En el período navideño el establo con el pesebre ocupa un lugar central en la Iglesia. Y todos se apresuran a acercarse en peregrinación espiritual, como los pastores la noche del nacimiento de Jesús. Más tarde los Magos vendrán desde el lejano Oriente, siguiendo la estrella, hasta el lugar donde estaba el Redentor del universo.
También vosotros, en los días de Navidad, visitáis los nacimientos y os paráis a mirar al Niño puesto entre pajas. Os fijáis en su Madre y en san José, el custodio del Redentor. Contemplando la Sagrada Familia, pensáis en vuestra familia, en la que habéis venido al mundo. Pensáis en vuestra madre, que os dio a luz, y en vuestro padre. Ellos se preocupan de mantener la familia y de vuestra educación. En efecto, la misión de los padres no consiste sólo en tener hijos, sino también en educarlos desde su nacimiento.
Queridos niños, os escribo acordándome de cuando, hace muchos años, yo era un niño como vosotros. Entonces yo vivía también la atmósfera serena de la Navidad, y al ver brillar la estrella de Belén corría al nacimiento con mis amigos para recordar lo que sucedió en Palestina hace 2000 años. Los niños manifestábamos nuestra alegría ante todo con cantos. ¡Qué bellos y emotivos son los villancicos, que en la tradición de cada pueblo se cantan en torno al nacimiento! ¡Qué profundos sentimientos contienen y, sobre todo, cuánta alegría y ternura expresan hacia el divino Niño venido al mundo en la Nochebuena! También los días que siguen al nacimiento de Jesús son días de fiesta: así, ocho días más tarde, se recuerda que, según la tradición del Antiguo Testamento, se dio un nombre al Niño: llamándole Jesús.
Después de cuarenta días, se conmemora su presentación en el Templo, como sucedía con todos los hijos primogénitos de Israel. En aquella ocasión tuvo lugar un encuentro extraordinario: el viejo Simeón se acercó a María, que había ido al Templo con el Niño, lo tomó en brazos y pronunció estas palabras proféticas: « Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz, porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel » (Lc 2, 29-32). Después, dirigiéndose a María, su Madre, añadió: « Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción -¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!- a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones » (Lc 2, 34-35). Así pues, ya en los primeros días de la vida de Jesús resuena el anuncio de la Pasión, a la que un día se asociará también la Madre, María: el Viernes Santo ella estará en silencio junto a la Cruz del Hijo. Por otra parte, no pasarán muchos días después del nacimiento para que el pequeño Jesús se vea expuesto a un grave peligro: el cruel rey Herodes ordenará matar a los niños menores de dos años, y por esto se verá obligado a huir con sus padres a Egipto.
Seguro que vosotros conocéis muy bien estos acontecimientos relacionados con el nacimiento de Jesús. Os los cuentan vuestros padres, sacerdotes, profesores y catequistas, y cada año los revivís espiritualmente durante las fiestas de Navidad, junto con toda la Iglesia: por eso conocéis los aspectos trágicos de la infancia de Jesús.
¡Queridos amigos! En lo sucedido al Niño de Belén podéis reconocer la suerte de los niños de todo el mundo. Si es cierto que un niño es la alegría no sólo de sus padres, sino también de la Iglesia y de toda la sociedad, es cierto igualmente que en nuestros días muchos niños, por desgracia, sufren o son amenazados en varias partes del mundo: padecen hambre y miseria, mueren a causa de las enfermedades y de la desnutrición, perecen víctimas de la guerra, son abandonados por sus padres y condenados a vivir sin hogar, privados del calor de una familia propia, soportan muchas formas de violencia y de abuso por parte de los adultos. ¿Cómo es posible permanecer indiferente ante al sufrimiento de tantos niños, sobre todo cuando es causado de algún modo por los adultos?
Jesús da la Verdad
El Niño, que en Navidad contemplamos en el pesebre, con el paso del tiempo fue creciendo. A los doce años, como sabéis, subió por primera vez, junto con María y José, de Nazaret a Jerusalén con motivo de la fiesta de la Pascua. Allí, mezclado entre la multitud de peregrinos, se separó de sus padres y, con otros chicos, se puso a escuchar a los doctores del Templo, como en una « clase de catecismo ». En efecto, las fiestas eran ocasiones adecuadas para transmitir la fe a los muchachos de la edad, más o menos, de Jesús. Pero sucedió que, en esta reunión, el extraordinario Adolescente venido de Nazaret no sólo hizo preguntas muy inteligentes, sino que él mismo comenzó a dar respuestas profundas a quienes le estaban enseñando. Sus preguntas y sobre todo sus respuestas asombraron a los doctores del Templo. Era la misma admiración que, en lo sucesivo, suscitaría la predicación pública de Jesús: el episodio del Templo de Jerusalén no es otra cosa que el comienzo y casi el preanuncio de lo que sucedería algunos años más tarde.
Queridos chicos y chicas, coetáneos del Jesús de doce años, ¿no vienen a vuestra mente, en este momento, las clases de religión que se dan en la parroquia y en la escuela, clases a las que estáis invitados a participar? Quisiera, pues, haceros algunas preguntas: ¿cuál es vuestra actitud ante las clases de religión? ¿Os sentís comprometidos como Jesús en el Templo cuando tenía doce años? ¿Asistís a ellas con frecuencia en la escuela o en la parroquia? ¿Os ayudan en esto vuestros padres?
Jesús a los doce años quedó tan cautivado por aquella catequesis en el Templo de Jerusalén que, en cierto modo, se olvidó hasta de sus padres. María y José, regresando con otros peregrinos a Nazaret, se dieron cuenta muy pronto de su ausencia. La búsqueda fue larga. Volvieron sobre sus pasos y sólo al tercer día lograron encontrarlo en Jerusalén, en el Templo. « Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando » (Lc 2, 48). ¡Qué misteriosa es la respuesta de Jesús y cómo hace pensar! « ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre? » (Lc 2, 49). Era una respuesta difícil de aceptar. El evangelista Lucas añade simplemente que María « conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón » (2, 51). En efecto, era una respuesta que se comprendería sólo más tarde, cuando Jesús, ya adulto, comenzó a predicar, afirmando que por su Padre celestial estaba dispuesto a afrontar todo sufrimiento e incluso la muerte en cruz.
Jesús volvió de Jerusalén a Nazaret con María y José, donde vivió sujeto a ellos (cf. Lc 2, 51). Sobre este período, antes de iniciar la predicación pública, el Evangelio señala sólo que « progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres » (Lc 2, 52).
Queridos chicos, en el Niño que contempláis en el nacimiento podéis ver ya al muchacho de doce años que dialoga con los doctores en el Templo de Jerusalén. Él es el mismo hombre adulto que más tarde, con treinta años, comenzará a anunciar la palabra de Dios, llamará a los doce Apóstoles, será seguido por multitudes sedientas de verdad. A cada paso confirmará su maravillosa enseñanza con signos de su potencia divina: devolverá la vista a los ciegos, curará a los enfermos e incluso resucitará a los muertos. Entre ellos estarán la joven hija de Jairo y el hijo de la viuda de Naim, devuelto vivo a su apenada madre.
Es justamente así: este Niño, ahora recién nacido, cuando sea grande, como Maestro de la Verdad divina, mostrará un afecto extraordinario por los niños. Dirá a los Apóstoles: « Dejad que los niños vengan a mí, no se lo impidáis », y añadirá: « Porque de los que son como éstos es el Reino de Dios » (Mc 10, 14). Otra vez, estando los Apóstoles discutiendo sobre quién era el más grande, pondrá en medio de ellos a un niño y dirá: « Si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los cielos » (Mt 18, 3). En aquella ocasión pronunciará también palabras severísimas de advertencia: « Al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le vale que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos, y le hundan en lo profundo del mar » (Mt 18, 6).
¡Qué importante es el niño para Jesús! Se podría afirmar desde luego que el Evangelio está profundamente impregnado de la verdad sobre el niño. Incluso podría ser leído en su conjunto como el « Evangelio del niño ».
En efecto, ¿qué quiere decir: « Si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los cielos »? ¿Acaso no pone Jesús al niño como modelo incluso para los adultos? En el niño hay algo que nunca puede faltar a quien quiere entrar en el Reino de los cielos. Al cielo van los que son sencillos como los niños, los que como ellos están llenos de entrega confiada y son ricos de bondad y puros. Sólo éstos pueden encontrar en Dios un Padre y llegar a ser, a su vez, gracias a Jesús, hijos de Dios.
¿No es éste el mensaje principal de la Navidad? Leemos en san Juan: « Y la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros » (1, 14); y además: « A todos los que le recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios » (1, 12). ¡Hijos de Dios! Vosotros, queridos niños, sois hijos e hijas de vuestros padres. Ahora bien, Dios quiere que todos seamos hijos adoptivos suyos mediante la gracia. Aquí está la fuente verdadera de la alegría de la Navidad, de la que os escribo ya al término del Año de la Familia. Alegraos por este « Evangelio de la filiación divina ». Que, en este gozo, las próximas fiestas navideñas produzcan abundantes frutos, en el Año de la Familia.
Jesús se da a sí mismo
Queridos amigos, la Primera Comunión es sin duda alguna un encuentro inolvidable con Jesús, un día que se recuerda siempre como uno de los más hermosos de la vida. La Eucaristía, instituida por Cristo la víspera de su pasión durante la Ultima Cena, es un sacramento de la Nueva Alianza, más aún, el más importante de los sacramentos. En ella el Señor se hace alimento de las almas bajo las especies del pan y del vino. Los niños la reciben solemnemente la primera vez -en la Primera Comunión- y se les invita a recibirla después cuantas más veces mejor para seguir en amistad íntima con Jesús.
Para acercarse a la Sagrada Comunión, como sabéis, se debe haber recibido el Bautismo: este es el primer sacramento y el más necesario para la salvación. ¡Es un gran acontecimiento el Bautismo! En los primeros siglos de la Iglesia, cuando los que recibían el Bautismo eran sobre todo los adultos, el rito se concluía con la participación en la Eucaristía, y tenía la misma solemnidad que hoy acompaña a la Primera Comunión. Más adelante, al empezar a administrar el Bautismo principalmente a los recién nacidos -es también el caso de muchos de vosotros, queridos niños, que por tanto no podéis recordar el día de vuestro Bautismo- la fiesta más solemne se trasladó al momento de la Primera Comunión. Cada muchacho y cada muchacha de familia católica conoce bien esta costumbre: la Primera Comunión se vive como una gran fiesta familiar. En este día se acercan generalmente a la Eucaristía, junto con el festejado, los padres, los hermanos y hermanas, los demás familiares, los padrinos y, a veces también, los profesores y educadores.
El día de la Primera Comunión es además una gran fiesta en la parroquia. Recuerdo como si fuese hoy mismo cuando, junto con otros muchachos de mi edad, recibí por primera vez la Eucaristía en la Iglesia parroquial de mi pueblo. Es costumbre hacer fotos familiares de este acontecimiento para así no olvidarlo. Por lo general, las personas conservan estas fotografías durante toda su vida. Con el paso de los años, al hojearlas, se revive la atmósfera de aquellos momentos; se vuelve a la pureza y a la alegría experimentadas en el encuentro con Jesús, que se hizo por amor Redentor del hombre.
¡Cuántos niños en la historia de la Iglesia han encontrado en la Eucaristía una fuente de fuerza espiritual, a veces incluso heroica! ¿Cómo no recordar, por ejemplo, los niños y niñas santos, que vivieron en los primeros siglos y que aún hoy son conocidos y venerados en toda la Iglesia? Santa Inés, que vivió en Roma; santa Águeda, martirizada en Sicilia; san Tarsicio, un muchacho llamado con razón el mártir de la Eucaristía, porque prefirió morir antes que entregar a Jesús sacramentado, a quien llevaba consigo.
Y así, a lo largo de los siglos hasta nuestros días, no han faltado niños y muchachos entre los santos y beatos de la Iglesia. Al igual que Jesús muestra en el Evangelio una confianza particular en los niños, así María, la Madre de Jesús, ha dirigido siempre, en el curso de la historia, su atención maternal a los pequeños. Pensad en santa Bernardita de Lourdes, en los niños de La Salette y, ya en este siglo, en Lucía, Francisco y Jacinta de Fátima.
Os hablaba antes del « Evangelio del niño », ¿acaso no ha encontrado éste en nuestra época una expresión particular en la espiritualidad de santa Teresa del Niño Jesús? Es propiamente así: Jesús y su Madre eligen con frecuencia a los niños para confiarles tareas de gran importancia para la vida de la Iglesia y de la humanidad. He citado sólo a algunos universalmente conocidos, pero ¡cuántos otros hay menos célebres! Parece que el Redentor de la humanidad comparte con ellos la solicitud por los demás: por los padres, por los compañeros y compañeras. El siempre atiende su oración. ¡Qué enorme fuerza tiene la oración de un niño! Llega a ser un modelo para los mismos adultos: rezar con confianza sencilla y total quiere decir rezar como los niños saben hacerlo.
Llego ahora a un punto importante de esta Carta: al terminar el Año de la Familia, queridos amigos pequeños, deseo encomendar a vuestra oración los problemas de vuestra familia y de todas las familias del mundo. Y no sólo esto, tengo también otras intenciones que confiaros. El Papa espera mucho de vuestras oraciones. Debemos rezar juntos y mucho para que la humanidad, formada por varios miles de millones de seres humanos, sea cada vez más la familia de Dios, y pueda vivir en paz. He recordado al principio los terribles sufrimientos que tantos niños han padecido en este siglo, y los que continúan sufriendo muchos de ellos también en este momento. Cuántos mueren en estos días víctimas del odio que se extiende por varias partes de la tierra: por ejemplo en los Balcanes y en diversos países de África. Meditando precisamente sobre estos hechos, que llenan de dolor nuestros corazones, he decidido pediros a vosotros, queridos niños y muchachos, que os encarguéis de la oración por la paz. Lo sabéis bien: el amor y la concordia construyen la paz, el odio y la violencia la destruyen. Vosotros detestáis instintivamente el odio y tendéis hacia el amor: por esto el Papa está seguro de que no rechazaréis su petición, sino que os uniréis a su oración por la paz en el mundo con la misma fuerza con que rezáis por la paz y la concordia en vuestras familias.
¡Alabad el nombre del Señor!
Permitidme, queridos chicos y chicas, que al final de esta Carta recuerde unas palabras de un salmo que siempre me han emocionado: ¡Laudate pueri Dominum! ¡Alabad niños al Señor, alabad el nombre del Señor. Bendito sea el nombre del Señor, ahora y por siempre. De la salida del sol hasta su ocaso, sea loado el nombre del Señor! (cf. Sal 113(112), 1-3). Mientras medito las palabras de este salmo, pasan delante de mi vista los rostros de los niños de todo el mundo: de oriente a occidente, de norte a sur. A vosotros, mis pequeños amigos, sin distinción de lengua, raza o nacionalidad, os digo: ¡Alabad el nombre del Señor!
Puesto que el hombre debe alabar a Dios ante todo con su vida, no olvidéis lo que Jesús muchacho dijo a su Madre y a José en el Templo de Jerusalén: « ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre? » (Lc 2, 49). El hombre alaba al Señor siguiendo la llamada de su propia vocación. Dios llama a cada hombre, y su voz se deja sentir ya en el alma del niño: llama a vivir en el matrimonio o a ser sacerdote; llama a la vida consagrada o tal vez al trabajo en las misiones... ¿Quién sabe? Rezad, queridos muchachos y muchachas, para descubrir cuál es vuestra vocación, para después seguirla generosamente.
¡Alabad el nombre del Señor! Los niños de todos los continentes, en la noche de Belén, miran con fe al Niño recién nacido y viven la gran alegría de la Navidad. Cantando en sus lenguas, alaban el nombre del Señor. De este modo se difunde por toda la tierra la sugestiva melodía de la Navidad. Son palabras tiernas y conmovedoras que resuenan en todas las lenguas humanas; es como un canto festivo que se eleva por toda la tierra y se une al de los Angeles, mensajeros de la gloria de Dios, sobre el portal de Belén: « Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres en quienes Él se complace » (Lc 2, 14). El Hijo predilecto de Dios se presenta entre nosotros como un recién nacido; en torno a Él los niños de todas las Naciones de la tierra sienten sobre sí mismos la mirada amorosa del Padre celestial y se alegran porque Dios los ama. El hombre no puede vivir sin amor. Está llamado a amar a Dios y al prójimo, pero para amar verdaderamente debe tener la certeza de que Dios lo quiere.
¡Dios os ama, queridos muchachos! Quiero deciros esto al terminar el Año de la Familia y con ocasión de estas fiestas navideñas que son particularmente vuestras.
Os deseo unas fiestas gozosas y serenas; espero que en ellas viváis una experiencia más intensa del amor de vuestros padres, de los hermanos y hermanas, y de los demás miembros de vuestra familia. Que este amor se extienda después a toda vuestra comunidad, mejor aún, a todo el mundo, gracias a vosotros, queridos muchachos y niños. Así el amor llegará a quienes más lo necesitan, en especial a los que sufren y a los abandonados. ¿Qué alegría es mayor que el amor? ¿Qué alegría es más grande que la que tú, Jesús, pones en el corazón de los hombres, y particularmente de los niños, en Navidad?
¡Levanta tu mano, divino Niño,
y bendice a estos pequeños amigos tuyos,
bendice a los niños de toda la tierra!
Juan Pablo II
Vaticano, 13 de diciembre de 1994.
Papa Benedicto XVI
Durante la primera visita Ad Limina Apostolorum de su Pontificado, el 7 de mayo del 2005, el Santo Padre Benedicto XVI recibió en audiencia a los obispos de Sri Lanka. En el discurso que les dirigió el Papa manifestó cuanto le había chocado los efectos devastadores del tsunami que había golpeado tan duramente en diciembre del 2004 algunos países del Asía Meridional, entre ellos la misma Sri Lanka. El Papa alentó a los obispos a tener cuidado con los niños: “En el rostro de las personas afligidas por la muerte de un ser querido o que han perdido sus bienes no podemos menos de reconocer el rostro sufriente de Cristo, y, de hecho, es a él a quien servimos cuando mostramos nuestro amor y compasión a los necesitados”. En particular el Santo Padre dirigió su atención a los más jóvenes y más duramente probados: “La comunidad cristiana tiene la obligación particular de cuidar de los niños que han perdido a sus padres a causa del desastre natural. El reino de los cielos pertenece a estos miembros más vulnerables de la sociedad (cf. Mt 19, 14), pero, muy a menudo, se los olvida simplemente o se los explota sin escrúpulos como soldados, trabajadores o víctimas inocentes del tráfico de seres humanos. No hay que escatimar ningún esfuerzo para instar a las autoridades civiles y a la comunidad internacional a combatir estos abusos y brindar a los niños la protección legal que merecen justamente”.
El 30 de septiembre de 2005 el Papa visitó a los niños internados en el Hospital pediátrico “Niño Jesús” en Roma. El Papa Benedicto XVI explicó que eran dos los motivos que lo habían llevado a escoger el “Niño Jesús” como el lugar para su primera visita a un hospital: porqué el instituto pertenecía a la Santa Sede y para poder dar testimonio del amor de Jesús a los niños. “En toda persona que sufre, más aún si es pequeña e indefensa, Jesús nos acoge y espera nuestro amor”. “El hospital ‘Niño Jesús’, además de ser una obra inmediata y concreta de ayuda de la Santa Sede a los niños enfermos, representa una vanguardia de la acción evangelizadora de la comunidad cristiana en nuestra ciudad. Aquí se puede dar un testimonio concreto y eficaz del Evangelio en contacto con la humanidad que sufre; aquí se proclama con los hechos el poder de Cristo, que con su espíritu cura y transforma la existencia humana. Oremos para que, junto con la asistencia, se comunique a los pequeños huéspedes el amor de Jesús”.
“Aquí vuestra preocupación es asegurar un tratamiento excelente no sólo bajo el perfil sanitario, sino también bajo el aspecto humano. Tratáis de dar una familia a los pacientes y a sus acompañantes, y esto requiere la contribución de todos: de los dirigentes, de los médicos, de los enfermeros y de los agentes sanitarios en las diferentes unidades, del personal y de las numerosas y beneméritas organizaciones de voluntarios, que diariamente prestan su valioso servicio. Este estilo, que vale para toda clínica, debe caracterizar de modo especial a las que se inspiran en los principios evangélicos. Además, para los niños no hay que escatimar ningún recurso. Por tanto, en el centro de todo proyecto y programa debe estar siempre el bien del enfermo, el bien del niño enfermo”. Para realizar esta difícil misión el Santo Padre señaló la necesidad de saber reconocer en cada pequeño paciente el rostro de Jesús y de sacar las fuerzas espirituales de Jesús realmente presente en la Eucaristía, “para poder confortar y curar a cuantos están internados acá”.
Fueron más de cien mil los niños de la Primera Comunión con sus padres, catequistas y sacerdotes que el sábado 15 de octubre de 2005 acogieron la invitación del Santo Padre Benedicto XVI a participar en un “encuentro especial de catequesis sobre la Eucaristía”. A la vigilia de la conclusión del Año de la Eucaristía, mientras se desarrollaba la Asamblea Ordinaria del Sínodo de Obispos sobre el misterio eucarístico, el Santo Padre, anunciando la iniciativa en el Ángelus del 12 de junio de 2005 afirmó que este encuentro “será una circunstancia oportuna y hermosa para reafirmar el papel esencial que desempeña el sacramento de la Eucaristía en la formación y en el crecimiento espiritual de los niños” afirmó
Se trató de un gran “encuentro festivo” en torno a la Eucaristía, como lo resaltaba el título que se le dio a la reunión: “La Eucaristía es nuestra fiesta”. El encuentro tuvo dos partes: la primera de media hora y la segunda de una hora y cuarto. Durante la primera parte algunos actores y cantantes, particularmente apreciados por los más jóvenes, además de interpretar algunos cantos y piezas musicales dieron su testimonio sobre el tema de la fiesta, de la paz y de la fraternidad. Estuvieron también presentes los “clown” de Bucarest, que se dedican a recuperar a los chicos de la calle rumanos enseñándoles el arte del circo. El momento central de esta primera parte fue la ejecución del canto “Centinelas de la mañana”, que se inspira en la exhortación que les dirigió el Papa Juan Pablo a los jóvenes reunidos en Tor Vergata con ocasión del Gran Jubileo en agosto del 2000, la cual estuvo acompañada por un filmado que mostraba escenas de los distintos encuentros del Papa Wojtyla con los niños.
El Santo Padre Benedicto XVI llegó a la Plaza San Pedro en su automóvil descubierto y saludó a los niños presentes que llegaban casi hasta el inicio de la vía de la Conciliazione. El Papa fue acogido por una coreografía de jóvenes y por el saludo de millares de pañuelos blancos que ondeaban con el logo del encuentro. Con la llegada del Santo Padre se inició la segunda parte del encuentro dedicada completamente a la oración y a la catequesis y que terminó con la adoración eucarística. Emmanuel, de diez años, saludo al Papa a nombre de todos los niños presentes contándole su experiencia al recibir por primera vez a Jesús Eucaristía. Terminó su intervención con un “te queremos mucho” y corrió a abrazar a Benedicto XVI. En seguida se leyó la Carta de San Pablo a los Corintios (11,23-26) en la que el Apóstol recuerda la institución de la Eucaristía, el salmo 147 con la antífona “Laudate omnes gentes, laudate dominum” y la lectura del evangelio de Lucas sobre la multiplicación de los panes y los peces (Lc 9, 11b-17).
Inmediatamente después el Santo Padre dio la catequesis en forma de diálogo, respondiendo a las preguntas que le hacían algunos de los niños. Recordando su Primera Comunión Benedicto XVI afirmó: “Ese día me sentí realmente feliz, porque Jesús había venido a mí. Y comprendí que entonces comenzaba una nueva etapa de mi vida y que era importante permanecer fiel a ese encuentro, a esa Comunión”. So