Bogota (Agencia Fides) - Mons. Andrés Stanovnik OFMCap., Obispo de Reconquista (Argentina) y Secretario General del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM) ha ofrecido algunas claves para la lectura del documento de participación de la V Conferencia General del CELAM.
Mons. Andrés Stanovnik OFMCap., obispo de Reconqui
Claves de lectura para el documento de participación
Orientaciones para la lectura
del documento de participación
de la V Conferencia General
del Episcopado Latinoamericano y del Caribe
(28 de marzo de 2007)
La Vª Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe (VCG) se propone abordar, a la luz de la fe y de las grandes orientaciones recibidas del magisterio pontificio, principalmente en Ecclesia in America , Novo Millennio Ineunte , Pastores Gregis y en Ecclesia de Eucharistia , los desafíos nuevos y urgentes que vive la Iglesia en América Latina y el Caribe en la hora actual, para buscar y acordar juntos líneas pastorales que orienten y animen la identidad católica de nuestros pueblos, y den un nuevo y fuerte impulso evangelizador a todo el continente.
Éste es el contexto eclesial en el cual nos movemos con el propósito de identificar aquellos elementos que nos faciliten la lectura, comprensión y utilización del Documento de Participación (DPa). Este Documento es el instrumento más inmediato y universal, a través del cual podemos participar activamente en la preparación de la V º CG, que se celebrará en el mes de mayo de 2007 en Aparecida, Brasil. Es un instrumento inmediato porque es el medio que tenemos más “a la mano” para concretar nuestra participación.
Hoy es posible acceder a este material a través del portal de la V Conferencia: http://www.celam.info/content/view/6/26. Allí se podrá encontrar, además, información muy útil acerca de cómo trabajar con el Documento y las fichas. Por su parte, las Conferencias Episcopales de América Latina han hecho publicaciones de este material y lo han enviado a las Iglesias particulares, a fin de que las comunidades y todos los que estén interesados puedan hacer uso del mismo.
Las reflexiones que siguen quieren ofrecer aquellos elementos que faciliten la lectura de dicho material. Cuando decimos lectura, entendemos que se trata de una lectura comprensiva, que nos permita “entrar” en el texto y familiarizarnos con su contenido. Para ello, es oportuno hacer una reflexión sobre las claves que nos ayuden a hacer ese “ingreso”, a fin de poder comprender el texto.
Tratándose de un acontecimiento eclesial, es ineludible que enseguida destaquemos la actitud creyente, como condición necesaria para una adecuada lectura del acontecimiento en sí mismo y, en ese marco, del Documento que ayuda a prepararlo.
La V Conferencia General : ejercicio de comunión episcopal
La V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano remite a las cuatro Conferencias anteriores celebradas en Río de Janeiro (1955), Medellín (1968). Puebla (1979) y Santo Domingo (1992), y evoca la memoria de estos grandes acontecimientos eclesiales con un profundo sentido de gratitud a Dios por el medio siglo de historia que lleva esta experiencia de colegialidad episcopal en nuestro Continente y de efectiva y afectiva comunión cum Petro et sub Petro.
Esta modalidad colegial se desprende del Decreto Conciliar Christus Dominus, donde se afirma que “la misma potestad colegial” pueden ejercerla conjuntamente con el Papa los Obispos dispersos en toda la tierra, con tal que la Cabeza del Colegio los convoque a una acción colegial o, a lo menos, apruebe o reciba libremente la acción unida de los obispos dispersos, de forma que se constituye un verdadero acto colegial” (Capítulo 1, n. 4). Luego, en Apostolos Suos , se afirma que “la suprema potestad que el cuerpo de los Obispos posee sobre toda la Iglesia no puede ser ejercida por ellos si no es colegialmente, ya sea de manera solemne reunidos en Concilio ecuménico, o dispersos por el mundo, a condición de que el Sumo Pontífice los convoque para un acto colegial o al menos apruebe o acepte su acción conjunta”.
A diferencia de una Conferencia Episcopal, la Conferencia General no se concibe si no es convocada por el Santo Padre o acepte su acción conjunta. La pregunta que nos podemos hacer es si esta modalidad puede algún día constituirse una práctica más frecuente en la Iglesia universal y encontrar una forma canónica permanente. Actualmente, sabemos, que esta modalidad de ejercicio de la colegialidad episcopal no fue asumida en el cuerpo legislativo de la Iglesia. Por eso, es el Papa quien aprueba un Reglamento propio para cada Conferencia General.
En las cuatro Conferencias Generales, fue muy importante la presencia y la palabra orientadora del Santo Padre. Podemos recordar que, excepto la I Conferencia , en todas las demás estuvo presente el Papa. Su discurso inaugural marcó profundamente la reflexión de los Obispos. Además, en todos los discursos, incluyendo la carta que envió el Papa Pío XII a los Obispos, reunidos en la I Conferencia General , podemos recoger algunas valiosas expresiones que reflejan la estima y el reconocimiento que los Papas han tenido de las Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano. Ya en la I Conferencia General podemos recoger expresiones de gratitud y reconocimiento de parte de los Obispos sobre lo que significó la presencia de la palabra del Papa en ese encuentro:”Nos ha sido motivo de sumo consuelo y aliento la generosísima participación que el Augusto Pontífice gloriosamente reinante ha querido tomar en nuestra Asamblea, sobre todo dirigiéndonos las importantísimas letras apostólicas Ad Ecclesiam Christi , que constituyeron para nosotros la Magna Charca en los trabajos y en las conclusiones de la Conferencia (Conclusiones, Río de Janeiro, 4 de agosto de 1950).
Como podemos notar, todo este esfuerzo de comunión fraterna y de corresponsabilidad pastoral, ocurre en profunda comunión con el Santo Padre. Es él quien acoge el propósito de reunirse y el tema que se ha elegido, quien convoca la reunión y sus participantes, quien aprueba, precisa y enriquece el tema propuesto, quien ilumina la reflexión con los Documentos que le ha confiado a la Iglesia sobre las materias que se traten, quien abre la Asamblea y la orienta con su discurso inicial, quien envía a colaboradores suyos y a otros obispos a fin de que participen en la Asamblea y profundicen juntos la comunión con la Iglesia universal, y quien recibe, acoge y da su aprobación a las conclusiones del modo que estima más adecuado, para vigorizar la conducción pastoral con “nuevo ardor, nuevos métodos y nuevas expresiones”.
Desde esta perspectiva, podemos traer a colación una bellísima consideración que hace Juan Pablo II en Pastores gregis sobre el ministerio pastoral que recibe el Obispo en la consagración y aplicarlo, por extensión y analogía, a la Conferencia General , como cuerpo colegial. Dice el texto: “El ministerio pastoral recibido en la consagración, que pone al Obispo «ante» los demás fieles, se expresa en un “ser para” los otros fieles, lo cual no lo separa de “ser con” ellos. Eso vale tanto para su santificación personal, que ha de buscar en el ejercicio de su ministerio, como para el estilo con que lleva a cabo el ministerio mismo en todas sus funciones. La reciprocidad que existe entre sacerdocio común de los fieles y sacerdocio ministerial, y que se encuentra en el mismo ministerio episcopal, muestra una especie de «circularidad» entre las dos formas de sacerdocio: circularidad entre la vida santa de los fieles y los medios de santificación que el Obispo les ofrece; circularidad, por fin, entre la responsabilidad personal del Obispo respecto al bien de la Iglesia que se le ha confiado y la corresponsabilidad de todos los fieles respecto al bien de la misma” (Pastores gregis, 10).
Es muy bella, profunda y clara la relación que plantea el Papa Juan Pablo II con la imagen de la circularidad entre las dos formas de sacerdocio. En esta función circular, el Obispo es un “ser para” los fieles y, al mismo tiempo, un “ser con” ellos. Esto recuerda la feliz expresión de San Agustín “ con ustedes soy cristiano, para ustedes soy obispo ”. Estos pensamientos nos pueden ayudar a desentrañar elementos muy valiosos para fundamentar e iluminar adecuadamente la participación y corresponsabilidad de los fieles en la preparación de la próxima reunión episcopal en nuestro continente.
Para una lectura creyente del acontecimiento
La fe nos capacita para acoger y entender la V Conferencia como un verdadero don del Amor de Dios a su Iglesia. La respuesta que corresponde al creyente ante tal don es recibirlo con humildad y gozoso agradecimiento, junto con una confiada súplica al Espíritu Santo para que este don sea fecundo para toda la Iglesia y, en particular, para nuestro Continente. La fe se convierte así en una clave fundamental para situarse ante la V Conferencia General y, en concreto, también ante el Documento de Participación. La fe nos coloca en las coordenadas más hondas de la comunión y participación, y desde allí dispone nuestro espíritu y nuestra mente para comprender la finalidad de este Documento y realizar los aportes al mismo.
Por eso, el Santo Padre, además de convocarnos para este encuentro, de entregarnos el tema y señalar el lugar donde celebrarlo, nos regala la “Oración para la V Conferencia General de Episcopado Latinoamericano y del Caribe”. En efecto, en la Ficha N º 0, además de las orientaciones generales para el trabajo que allí encontramos, también podemos leer la motivación que se hace sobre la oración para todo el proceso de preparación de la V Conferencia y, desde ya, también para su celebración. En esa ficha se recuerda que “si el Señor no edifica la casa, en vano trabaja el obrero” (cf. Sal 127, 1). Por eso, para la fecundidad espiritual de nuestro trabajo, es muy importante que lo abramos y clausuremos con un momento de oración. Para ello, les proponemos invocar la asistencia y la luz del Espíritu Santo en todos nuestros encuentros de trabajo. Oremos también por la y Conferencia General y muy especialmente durante los días de su celebración. Al inicio y al final les recomendamos especialmente la oración que nos entregó el Santo Padre por la VCG. También podemos agregar otras oraciones que les sugerimos para estos encuentros.
Como decíamos, la fe nos permite vivir la V Conferencia como un verdadero don de Dios. Durante el proceso de su preparación, el DPa es un instrumento muy importante y, como tal, también debe ser acogido en la fe como un don de Dios. Sería un error si considerásemos este escrito como mero resultado del esfuerzo humano o como un producto más o menos acertado de las diversas reuniones episcopales que lo precedieron y gestaron. Precisamente el don de la fe le permite al creyente “ver” la presencia y acción del Espíritu Santo, que nos libera de la privatización del acontecimiento y nos coloca en ese misterio de circularidad que se gesta en la comunión y nos abre a la trascendencia. Por eso la mirada contemplativa se distingue por la capacidad de asombro, de gratitud y de alabanza, e invita a la humildad y a la acogida. Por eso está bien decir que hemos “recibido” el DPa, puesto que también hemos “recibido” el acontecimiento de la V Conferencia General.
Una verdadera actitud de acogida no se contrapone a una mirada crítica. Al contrario, la dispone positivamente para buscar la verdad y discernir el bien. Disponerse positivamente es tomar como punto de partida una mirada buena sobre la realidad. La bondad, que da lugar a esa “mirada”, es propiedad de Dios. Propiedad que Él reveló en la creación y en la redención. Dios Creador tuvo esa mirada: “y vio Dios que era muy bueno”. Jesucristo la mantuvo hasta el final: “Padre, perdónalos...”. El discípulo de Jesucristo está llamado a “seguirle”, aprendiendo a mirar como Él. Este modo de ver acoge, implica, integra, crea comunión, genera solidaridad y supera toda exclusión. Es importante partir con este modo de ver, porque luego cualifica y determina todo el proceso.
El Papa Juan Pablo II, con el paso del milenio, nos invitó a contemplar el rostro de Cristo. Ése es el “punto de partida” al que siempre necesitamos volver para rectificar nuestra mirada. Es precisamente ese punto de partida que nos da la disposición interior y la luz necesaria para ver “desde Dios”. El ver de Dios se distingue, como decíamos, por el bien, lo cual no se opone a una profunda “observación crítica”. La profundidad crítica de este modo de ver se mide por la bondad. Para ilustrar esto, recordemos las primeras páginas del Génesis y las dos preguntas críticas que Dios dirige al hombre:” ¿Dónde estás” y “Dónde está tu hermano?”. Estas preguntas surgen de las profundidades de la bondad de Dios. Esta sabiduría de Dios, nos invita a nosotros, imagen y semejanza suya, a aprender de Él su modo de ver y desde esa perspectiva aportar todas las observaciones críticas al DPa, que se vieran necesarias y oportunas. Es necesario someter este escrito a la dura prueba del trabajo y de la crítica para purificarlo y completarlo. Pero todo depende del ánimo espiritual que adoptamos para realizar este trabajo. Y ese “ánimo espiritual” lo da la fe, que nos permite ver con ojos de fe estos acontecimientos.
El encuentro con Jesucristo: identidad, vocación y misión
Nos toca vivir en medio de cambios tan formidables y profundos que comprenden y afectan al ser humano en sus mismas raíces, a sus sentimientos e ideas, a sus valores y a su identidad, a sus leyes y costumbres; en consecuencia, a su memoria y a sus instituciones; en fin, nada de lo que es humano escapa al cambio. En toda época de profundo cambio, la pregunta inquietante que emerge y se instala en el corazón humano tiene que ver con su identidad, su vocación y su misión: ¿quién soy, de dónde vengo, hacia donde voy? ¿Qué es la verdad? ¿Quién es el otro? Preguntas en torno a la vida...
Por eso, el primer capítulo del Dpa se abre con el título “El anhelo de felicidad, de verdad, de fraternidad y de paz”, constatando que “en lo hondo de nuestro ser, hay hambre de amor y de justicia, de libertad y de verdad, sed de contemplación, de belleza y de paz, ambición de plenitud, ansias de hogar y fraternidad; deseos de vida y felicidad”. En seguida, se afirma que como cristianos no podemos separar esos anhelos de la luz de la fe. La revelación ilumina los anhelos más profundos que Dios puso en nuestro corazón al crearnos a imagen y semejanza suya.
Luego de un breve recorrido por los principales acontecimientos de la historia de la Salvación, el texto nos revela que por el misterio de la encarnación, el Hijo de Dios se hizo nuestro hermano y salvador “pues todas las promesas de Dios se han cumplido en Él”. Él sacia nuestra sed de amistad, siendo nuestro hermano y llamándonos no siervos, sino amigos. El nuevo código de la felicidad son las Bienaventuranzas. El acontecimiento que revela definitivamente el infinito Amor de Dios es la cruz gloriosa de Cristo Jesús. Su respuesta a los profundos anhelos de felicidad se encuentra en Él. Así, el cristianismo se expandió por la antigüedad corno una verdadera explosión de gozo, como una corriente de fe, sabiduría y esperanza, proclamando la verdad sobre Dios y la dignidad del hombre y de la comunidad.
El segundo capítulo completa el primero. En él se reconoce con gratitud la llegada del Evangelio a América Latina y el Caribe. Las dos partes de este capítulo presentan el encuentro con Jesucristo vivo. En la primera parte se reconoce la bendición que recibieron nuestros pueblos por el encuentro con Jesucristo vivo. La presencia de la virgen de Guadalupe, el ejemplo de quienes plantaron la vida cristiana en nuestros pueblos latinoamericanos, los intrépidos luchadores por la justicia y evangelizadores de la paz, son motivos de gratitud porque a través de ellos se abrió camino en el continente la verdad sobre Dios y sobre el hombre. Aún cuando “la Evangelización, como tarea humana, está sometida a las vicisitudes históricas, pero siempre busca transfigurarlas con el fuego del Espíritu en el camino de Cristo, centro y sentido de la historia universal, de todos y cada uno de los hombres”, recordaba el Documento de Puebla (n. 6).
En la segunda parte de este capítulo, se agradece el signo actual más notable: el crecimiento del número de quienes se encuentran con Jesucristo y se comprometen con Él, por eso reconoce en el título de esta segunda parte una Iglesia viva, fermentada por la experiencia de la gracia de Dios. A continuación, los párrafos dan cuenta de los signos de una Iglesia viva, con una particular gratitud al Papa Juan Pablo II, como hombre de Dios, por su fecundo Magisterio, su testimonio y su presencia en nuestros países. Más adelante se comprueba que la fe en Dios pertenece al patrimonio de nuestros pueblos; crece la vitalidad de la fe en quienes participan en las gozosas celebraciones litúrgicas y en la vida de las parroquias, de sus comunidades de base, de los movimientos eclesiales y de otros itinerarios de iniciación y formación cristiana. Siguen creciendo las manifestaciones de la piedad y la religiosidad populares, el amor a la Santísima Virgen, la devoción al Santo Padre, hay referencias positivas al compromiso de incontables laicos, al abnegado ministerio y formación de los diáconos permanentes, al desarrollo de la pastoral de juventud y vocacional, a los planes pastorales de la familia, de los presbíteros, de la pastoral social y la opción preferencial por los pobres; al esfuerzo por despertar en los pastores y en los laicos el espíritu de comunión, participación y corresponsabilidad; al compromiso creciente con el autofinanciamiento de nuestras Iglesias particulares; a las iniciativas del diálogo ecuménico e interreligioso. Esta constatación de las fortalezas se realiza con un profundo sentido de gratitud y reconocimiento como un don del amor de Dios que “hemos recibido gracias al espíritu misionero y solidario que nace entre quienes han recibido la gracia de experimentar el encuentro con Jesucristo, vivo Evangelio del Padre, el gran amor a la Virgen María, que nos precedió por los caminos de la fe, la esperanza y el amor y tantos otros dones de Dios”.
Estos dos primeros capítulos recogen, por una parte el desafío de las preguntas fundamentales que inquietan hoy al ser humano en medio de una época de profundo cambio y, por otra parte, recrea la memoria cristiana y católica, mediante la cual hemos recibido el anuncio de Jesucristo vivo, verdadera respuesta a los anhelos más profundos que se agitan en el corazón humano.
Por eso, el encuentro con Jesucristo es la clave principal para comprender de qué se trata cuando hablamos de discípulos y misioneros. El encuentro con Jesucristo vivo es la clave principal para comprender la identidad, la vocación y la misión del hombre. Ser discípulo y misionero es responder al llamado de Jesucristo para ir al encuentro con Él y experimentar vivamente que, a partir de ese encuentro, adquieren respuesta los interrogantes más Profundos de la existencia humana. Ser discípulo y misionero de Jesucristo es descubrir y madurar en plenitud la identidad, vocación y misión humanas. Ser discípulo y misionero de Jesucristo es la propuesta para vivir en plenitud la condición humana.
Esta clave de lectura nos abre el camino hacia el capítulo central del DPa, cuyo título es: “Discípulos y misioneros de Jesucristo”, que se nos convierte en la clave central para la lectura del Documento.
Discípulos y misioneros de Jesucristo
Discípulos y misioneros de Jesucristo es la clave central para la lectura del DPa y al mismo tiempo el título del tercer capítulo. Hacia él confluyen los demás capítulos buscando una respuesta a las preguntas inquietantes sobre la existencia humana; y desde él parten con una experiencia nueva que inunda y da sentido a la vida del ser humano. El secreto de la clave central está dada en la experiencia del encuentro con Jesucristo, que transforma al que lo vive en discípulo y misionero suyo. El fundamento del discipulado y la misión es el encuentro con Jesucristo.
Para una mejor comprensión de esta clave de lectura es necesario detenerse en cada una de las cuatro partes de este capítulo: a) Por el encuentro con Jesucristo vivo, discípulos y misioneros suyos; b) Discípulos de Jesucristo; c) Discípulos en comunión eclesial; y d) Discípulos para la misión.
Varios párrafos describen la experiencia del discípulo que se encuentra con Jesucristo, desde el llamado personal que te hace Jesús y la respuesta creyente y amorosa que lleva al discípulo a configurarse con él; esa experiencia lo vincula inmediatamente a una comunidad de fieles, en la que discierne luego cuál es su misión en la Iglesia y en la Sociedad. Más adelante se señala la importancia de vivir con fidelidad el seguimiento del Señor a través de la vivencia sacramental, que consiste en el Bautismo, que junto con la Confirmación y la Eucaristía constituyen los sacramentos de la iniciación cristiana. Una explícita referencia a la Eucaristía, fuente y cumbre del encuentro del discípulo con Jesucristo vivo, y al sacramento de la Reconciliación, mediante el cual por Cristo, los sacramentos de la iniciación cristiana. Una explícita referencia a 1 Eucaristía, fuente y cumbre del encuentro del discípulo con jesucrist vivo, y al sacramento de la Reconciliación, mediante el cual por Cristo nuestro único Mediador y Salvador, renueva por obra del Espíritu Sant la Nueva Alianza, reincotporándolo a la celebración de la Eucaristía enviándolo nuevamente a ser sal de la tierra y luz del mundo.
En comunión eciesial
La comunión eclesial es una dimensión esencial de la identidad y misión del discípulo. Esta comunión nace del llamado y el amor predilecto de Jesucristo por sus discípulos y crea entre ellos la comunión fraterna. Esta comunión se concreta y visibiliza en la Iglesia, que sigue la voluntad del Maestro, bajo la guía y en espíritu de comunión y obediencia hacia Pedro y los sucesores de los apóstoles.
El discípulo de Jesucristo es un discípulo en comunidad. La dimensión eciesial es esencial para comprender de qué discipulado se trata. Por eso, discípulos de Jesucristo en la Iglesia católica. La época de cambio que nos toca vivir, con sus desconciertos, vacilaciones y ambigüedades nos exige precisar con especial cuidado la identidad católica del discípulo. Ante la proliferación de ofertas religiosas en el mercado de las religiones, cobra una relevancia particular la identidad católica del discípulo y su inserción viva en la comunidad. Desde luego, también para el diálogo ecuménico e interreligioso es fundamental la claridad de identidades en aquellos que se disponen a compartir entre sí sus riquezas y diversidades. El discípulo madura su vocación cristiana en la comunidad, con un compromiso activo en ella, descubriendo la riqueza y la gracia que encierra ser miembro de la Iglesia Católica. La inserción real en la comunidad y "no poder vivir sin el domingo" es algo que debe distinguir también en nuestro tiempo a los fieles cristianos.
Al inicio del Tercer Milenio
El capítulo cuarto es un esfuerzo por "abrir los ojos a la realidad del mundo y de la Iglesia" desde la perspectiva de fe. Es una lectura creyente de la realidad que se abre a la voz de Dios "que nos habla a través de los acontecimientos y de las situaciones por las cuales atravesamos en nuestro peregrinar". La finalidad a la que tiende esta visión crítica de la realidad, es abordar los desafíos nuevos Y urgentes que vive la Iglesia en América Latina y el Caribe en la hora actual, para buscar y acordar juntos líneas pastorales que orienten y animen la identidad católica de nuestros pueblos, y den un nuevo y fuerte impulso evangelizador a todo el continente.
Este capítulo está subdividido en cuatro partes: a) vivimos en medio de los dolores de parto de una nueva época; b) la globalización, un desafío para la Iglesia; c) las esperanzas y las tristezas de nuestros pueblos nos interpelan; y d) los católicos y la Iglesia, también ante otros desafíos.
Este capítulo es un esfuerzo por remar mar adentro de la realidad con toda la complejidad que ello implica. Aquí es importante que señalemos cuál es el espíritu que nos anima al adentrarnos en este campo. Ante todo, es preciso decir que esta mirada parte desde la fe, es decir, es una mirada creyente sobre la realidad. Esta perspectiva no desestima los instrumentos de análisis científico, muy útiles para objetivar los complejos fenómenos de la realidad, sino que los convierte en servicios en la medida que ayudan a comprender esos fenómenos desde la fundamental perspectiva de la fe. Esta perspectiva ofrece una iluminación que va más allá de¡ mero análisis racional de la realidad, que por cierto no lo desconoce, al contrario, lo valora, asume y trasciende. Así, la razón se ve iluminada con la luz de la fe.
Por ello, el creyente que realiza el ejercicio de “ver” la realidad, no puede dejar de verla como creyente. Su experiencia del encuentro con Jesucristo vivo, su pertenencia viva y activa en la Iglesia, conforman su identidad católica, de tal manera que su ver, juzgar y obrar en ningún momento del proceso pueden prescindir de la luz de la fe. La primera nota que distingue el modo de ver creyente es la acogida. El creyente recibe el mundo, la realidad, como un don, por eso su “ver” es un ver desde su identidad de imagen y semejanza de Dios. El discípulo aprende a ver la realidad en el encuentro con Jesucristo, se esfuerza por mirar el mundo como Él lo mira, de amarlo como él lo ama. El más alto grado de visión crítica de la realidad se adquiere junto al Crucificado. La Mesa de la Palabra y la Mesa de la Eucaristía son para el creyente la escuela donde se aprende a ver la realidad acogiéndola como un don, a discernirla y luego comprometerse a transformarla para que responda al querer amoroso del Creador.
Desde esta perspectiva podemos volver a leer los subtítulos de este capítulo y notar que en sus enunciados se transparenta ese mirar creyente del discípulo. Por ejemplo, comprenderse que vivimos en medio de dolores de parto, es acoger con esperanza el advenimiento de los tiempos nuevos que se manifiestan en tantos fenómenos positivos y, al mismo tiempo, reconocer los dolores como señales que amenazan con ahogar ese advenimiento de vida nueva. Los párrafos que tratan sobre esto son ilustrativos sobre todo por la descripción de los principales fenómenos que caracterizan nuestra época y, entre otros, justifican la realización de la V Conferencia General.
Un apartado propio se dedica la globalización, como un fenómeno real y complejo, valorado primero en sus aspectos positivos. Sin embargo, “como toda criatura gestada por el hombre, la globalización será aquello que nosotros hagamos de ella”. Entonces la mirada crítica sobre este fenómeno parte de “nuestra cosmovisión cristiana que nos aproxima al fenómeno de la globalización desde los criterios fundamentales de la dignidad humana”, y ésta se mide por el Amor de Dios, cuya medida es el Amor sin medida manifestado por Cristo Jesús.
“Las esperanzas y tristezas de nuestros pueblos nos interpelan” es otro subtítulo donde encontramos una mirada que reconoce grandes esperanzas en nuestros pueblos, por una parte, y dolorosas tristezas por otra, que continúan agobiando a grandes sectores de pobres en nuestros pueblos, que “retardan e imposibilitan hasta ahora los procesos de integración en Latinoamérica y el Caribe” (n. 139).
Por último, en el apartado sobre “Los católicos y la Iglesia, también ante otros desafíos”, “constatamos nuestras propias debilidades”. Por ejemplo, se señalan amenazas erosivas al substrato católico de nuestra cultura, “lo que debilita la presencia evangelizadora de la Iglesia y carcome algo medular del patrimonio espiritual y moral de América Latina y el Caribe”.
En este apartado se da espacio a un fenómeno relativamente nuevo entre nosotros que se manifiesta en “una mentalidad que en la práctica prescinde de Dios en la vida concreta y aún en el pensamiento, dando paso a un indiferentismo religioso, un agnosticismo intelectual y a una autonomía total ante el Creador”. En esa línea se constata “que emerge con renovada fuerza un laicismo militante, que niega a los creyentes posibilidad de manifestarse públicamente”. La presencia de la Iglesia en el continente ha realizado “desde sus inicios un amplio camino evangelizador”, que ha fortalecido la comunión eclesial, ha promovido un diálogo más abierto con el mundo y ha motivado la creciente participación de los laicos en la construcción de la Iglesia y, al parecer en menor grado, en la configuración del mundo mediante su compromiso sociopolítico”. En los párrafos siguientes se mencionan otros desafíos que interpelan la responsabilidad, el testimonio y la coherencia cristiana de los discípulos del Señor también da cuenta de la fuerte disminución del número de católicos en los últimos diez años, entre otros temas, que reclaman un mayor ardor evangelizador y nuevas iniciativas pastorales de parte de los católicos.
Para que nuestros pueblos en Él tengan vida
Éste es el título del último capítulo del DPa y completa la segunda parte del tema de la Vª Conferencia: “Discípulos de Jesucristo, para que nuestros pueblos en Él tengan vida”. Recordemos que pertenece al Papa Benedicto XVI la inclusión “en Él”, con lo cual enriqueció la redacción del tema que se le había propuesto. Esa inclusión, más la cita de bíblica “Yo soy el Camino, la verdad y la vida” (fn 14,6), también añadida por el Santo Padre, confiere una consistencia interna muy fuerte a la identidad y la misión del discípulo y misionero. Así como la identidad del discipulado se define en el encuentro con Jesucristo y la inserción viva en la Iglesia, también la identidad de su acción evangelizadora y de su compromiso con la transformación de las realidades temporales según los valores del Evangelio se define en tanto en cuanto se realizan “en Él', con Él y por Él. El compromiso del discípulo para transformar el mundo construyendo el Reino para la vida de nuestros pueblos tiene su fuente, su centro y su culminación en Él.
Aquí viene bien detenerse brevemente en la persona de Jesucristo y en el Reino que fue el centro de su predicación. Podemos observar que el tema de la V Conferencia y su desarrollo en el DPa, privilegia ampliamente la persona viva de Jesucristo, la experiencia original y única del encuentro con Él, constitutiva de la identidad y misión del discípulo, pero casi no aparece el Reino que Él vino a anunciar y a instaurar. Estamos ante una laguna importante en el Documento, que tenemos que subsanar con la tarea de los aportes.
Sin embargo, me permito señalar que la construcción del Reino de Dios, que consiste en la enorme tarea que se propone en el tema: “para que nuestros pueblos en Él tengan vida”, es el “Reino de justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo” (Rm 14,17), es el Reino de Dios que está cerca (cf. Lc 10, 9) y el que fuimos enviados a proclamar y construir como discípulos y misioneros de Jesucristo (cf. Lc 9, 2). Este Reino tiene su raíz, fuente y cumbre en el encuentro con Jesucristo y es el fundamento del discipulado y la misión. El Reino sin Jesucristo se vuelve ideología. Jesucristo sin el Reino se convierte en espiritualismo superficial y estéril. Desde esta perspectiva, cobra una importancia determinante la inclusión “en Él” que el Santo Padre colocó en la segunda parte del tema: “para que nuestros pueblos en Él tengan vida”.
Puesto que la predicación y construcción del Reino es una consecuencia necesaria del encuentro con Jesucristo vivo, ese encuentro con Él, vivido en la comunión y misión de la Iglesia, en la cual estamos llamados a ser discípulos y misioneros, nos previene tanto de la ideologización como de una falsa espiritualidad.
Hacia la misión continental
La misión continental forma parte del conjunto principal de claves de lectura del DPa. 12 primera propuesta de redacción del tema (febrero de 2004): “Discípulos de Jesucristo en la Iglesia Católica para la Nueva Evangelización de América Latina y el Caribe al inicio del Tercer Milenio”, reflejaba la intención de dar un nuevo impulso a la evangelización en el continente. Este deseo inicial fue tomando fuerza en la medida que se avanzaba sobre la reflexión en torno al tema, los núcleos temáticos y los desafíos. Pronto se empezó a hablar sobre una “gran misión continental” que sería convocada en la V Conferencia General.
El texto del tema, tal cual nos lo entregó el Santo Padre, recoge explícitamente la dimensión misionera que quiere distinguir la V Conferencia General: “discípulos y misioneros”. La nota evangelizadora del “discípulo de Jesucristo”, como aparecía en la primera redacción del tema, quedó más explícita y casi redundante en la expresión “discípulos y misioneros”. Es cierto, como señalaban algunos, que ser discípulo incluye por naturaleza la dimensión misionera. Sin embargo, el lenguaje nos permite rescatar y destacar significados que complementan y refuerzan los conceptos. Por eso, es oportuna la expresión “discípulos y misioneros” para no dejar lugar a dudas de que la necesidad del tiempo presente nos exige desentrañar y poner en acción todo el vigor y ardor evangelizador que encierra para el discípulo el encuentro con Jesucristo vivo.
La idea de dar un fuerte impulso a la evangelización del continente no es una originalidad exclusiva de esta Conferencia General. Las Conferencias de Río de Janeiro, Medellín, Puebla y Santo Domingo, también fueron preparadas y celebradas como grandes acontecimientos orientados hacia la evangelización, buscando cada una responder a los desafíos propios de su tiempo. Sus conclusiones y orientaciones pastorales reflejan el espíritu evangelizador que las distinguía a todas. Sin embargo, en ninguna de ellas se planteó la evangelización del continente en términos de una “gran misión continental”.Y en esto consiste la novedad de la actual propuesta sobre una Gran Misión en América Latina y el Caribe,”que los Obispos deseamos convocar en la V Conferencia General, a fin de que nuestra Iglesia tenga realmente ardor misionero”, como podemos leer en la Presentación y en la Introducción del DPa.
Los tres últimos números del Documento están dedicados explícitamente a la misión continental y, como añadido final, se propone en el Anexo Nº 2, a modo de inspiración, un itinerario misionero, con la intención de “recibir aportaciones que se refieran a la metodología misionera, ya sea confirmando la experiencia expuesta, agregando nuevos elementos, o proporcionando las experiencias de otros caminos misioneros”. Como se puede apreciar, no hay una definición preestablecida sobre qué estilo de misión se llevará a cabo luego de la V Conferencia. Lo que sí tiene un fuerte arraigo intencional, es darle un nuevo y fuerte impulso evangelizador al continente.
CONCLUSIÓN
Para quienes estamos estudiando el DPa y trabajando sobre los aportes es indispensable que tengamos presente estas claves de lectura por dos razones. Una razón es más operativo y tiene que ver con la ayuda que ésas nos dan para una adecuada comprensión del texto, para la reflexión sobre el mismo y para la consiguiente elaboración de las aportaciones. Pero el objetivo del Documento no se agota en este ejercicio intelectual. Por eso, la otra razón mira al proceso de conversión espiritual de quienes tenemos la gracia de participar en la preparación de la V Conferencia. Esta disposición interior, mientras realizamos la tarea con el DPa, nos invita a dejarnos evangelizar, a ser los primeros en sentir la necesidad de que el Señor Jesucristo nos convierta en discípulos suyos y renueve en nosotros el ardor de anunciarlo vivo a nuestros hermanos.
Como hemos visto, no hay duda de que la clave principal para la lectura del DPa está en el tema de la V Conferencia. Y al interior del tema, destacábamos la expresión “discípulos y misioneros” como los dos elementos esenciales que configuran la identidad de aquel que fue elegido y llamado por Jesucristo e incorporado a la comunidad eclesial para una misión. Su misión, recordábamos, deberá ser un servicio a la construcción del Reino de Dios “para que nuestros pueblos en Él tengan vida”. Las otras claves de lectura son como los rayos de una circunferencia que convergen hacia esta clave principal, y en ella se alimentan y dan sentido a los demás temas del Documento.
Probablemente el aspecto más novedoso de esta clave principal se encuentra en la expresión 'discípulo'. Con ella se quiere identificar a todo creyente en Jesucristo, y no exclusivamente a los que fueron “sus discípulos”, como comúnmente suele entenderse. En realidad, el empleo de ese término, referido a todos los fieles, ya estaba en uso durante el Concilio Vaticano II7 y luego el Papa Juan Pablo 11 lo ha utilizado con frecuencia desde el inicio del su pontificado'.
Hay un hermoso texto de la homilía de Juan Pablo II, pronunciada en la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe de Ciudad de México, el 27 de enero de 1979, durante la solemne concelebración con los participantes en la Conferencia, donde afirma explícitamente la identidad del cristiano en su condición de discípulo: “¡Salve, Madre de Dios! Tu Hijo Jesucristo es nuestro Redentor y Señor. Es nuestro Maestro. Todos nosotros aquí reunidos somos sus discípulos. Somos los sucesores de los apóstoles, de aquellos a quienes el Señor dijo: “Vayan, pues; enseñen a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo cuanto yo les he mandado. Yo estaré con ustedes hasta la consumación del mundo” (Mt 28,19-20)”. Notemos el modo inclusivo de utilizar la expresión “discípulo”: “Todos nosotros aquí reunidos somos sus discípulos”. Con todo, el discipulado, no ha tomado carta de ciudadanía ni en Puebla, ni en Santo Domingo. En su lugar se prefería utilizar los términos testimonio y testigo.
S.S. Benedicto XVI utilizó recientemente las dos expresiones juntas, discípulos y testigos, con motivo de la jomada Mundial de la juventud. Dijo que esa jornada “fue un acontecimiento providencial de gracia para toda la Iglesia. Hablando con los obispos de Alemania, poco antes de emprender el regreso a Italia, dije que los jóvenes han dirigido a sus pastores, y en cierto modo a todos los creyentes, un mensaje que es al mismo tiempo una petición: «Ayudadnos a ser discípulos y testigos de Cristo. Como los Magos, hemos venido a encontrarlo y adorarlo»” (Angelus, 28 de agosto de 2005).
Creo que vale la pena destacar las dos referencias pontificias al discipulado como invitación inclusivo a ser discípulos: “Salve, Madre de Dios! Tu Hijo Jesucristo es nuestro Redentor y Señor. Es nuestro Maestro. Todos nosotros aquí reunidos somos sus discípulos”.Ayudadnos a ser discípulos y testigos de Cristo”.
La V Conferencia General es un ejercicio de colegialidad episcopal y un acto de magisterio, realizado cum Petro et sub Petro. En esta perspectiva, podríamos decir que para un auténtico ejercicio de esta colegialidad y magisterio es necesario aprender a ser discípulo. Todos estamos llamados a serlo, pero este llamado nos incumbe de un modo especial a los Obispos, que estamos implicados directamente en la preparación y realización de esta Conferencia General. La colegialidad es un verdadero ejercicio de comunión, con el que nos disponemos a escuchar juntos lo que “el Espíritu dice a las Iglesias”. La apertura, escucha y fidelidad en este ejercicio hará más auténtico y fecundo nuestro magisterio.
Por eso, en esta etapa de preparación de la V Conferencia todos los creyentes nos sentimos implicados en estudiar el Documento de Participación y realizar nuestros aportes para enriquecer la reflexión sobre los diversos temas que allí se abordan. Por el espíritu que nos anima en esta tarea hacemos nuestra la súplica del Santo Padre: “ayúdennos a ser discípulos y misioneros de Jesucristo, para que nuestros pueblos en Él tengan vida”.
Mons. Andrés Stanovnik OFMCap., obispo de Reconquista
Mons. Andrés Stanovnik OFMCap., obispo de Reconqui (2007-03-30)