domingo, 01 de abril de 2007
Artículo publicado en el Boletín CUARESMA 2007 de los Misioneros Siervos de los Pobres del Tercer Mundo.

"Cuanto hicisteis a uno
de estos hermanos
míos más pequeños,
a mí me lo hicisteis"


Padre Agustín Delouvroy, sptm


Quisiera ofrecer a los lectores de nuestra Circular una reflexión sobre la identidad del Movimiento de los Misioneros Siervos de los Pobres del Tercer Mundo. Para ello es indudable que el recorrer la historia de esta obra dentro de la Iglesia nos ayuda a conocer no sólo los aspectos externos de su accionar, sino también el don o carisma específico que Dios le concedió para el servicio de la única Iglesia de Cristo.

Quien viene primero es Cristo. En Él tiene su origen la Iglesia, que es el cuerpo místico de Cristo. La Iglesia está compuesta de muchísmos miembros distintos entre sí, pero cada miembro vive y nos da a conocer algo de la multiforme gracia de Cristo. Cada miembro de la Iglesia, así como cada carisma eclesial, participa del único misterio de Cristo, verdadero Dios y verdadero Hombre. Por la fe podemos llegar a conocer las insondables riquezas del misterio de Cristo.

Al encarnarse, el Hijo unigénito de Dios vino a realizar una misión de salvación que le encargó el Padre eterno. En la Cruz, al consumar el sacrificio de su vida terrenal, Jesús pudo decir: «¡Todo está cumplido!» (Jn 19,30). Y es en la Iglesia donde esta misteriosa misión de Cristo sigue surtiendo sus efectos: lo grande de la Iglesia es que Ella prolonga y completa, por voluntad de Cristo, la misma misión salvadora de Cristo nuestro Señor. Pues bien, esta misión salvadora de Cristo, la Iglesia la realiza a través de una multitud de miembros, cuya diversidad no contrasta con la integridad del Cuerpo sagrado de Cristo, que es la Iglesia, sino que contribuye a su mayor riqueza y funcionalidad... Del mismo modo que para construir una casa se necesita una gran variedad de materiales, también para construir la Iglesia, casa de Dios, colaboran entre sí muchos carismas concedidos a sus miembros.

Cada carisma se recibe para realizar la única misión de Cristo, que es la de dar la vida por los hermanos. Y podemos decir que todos los carismas tienen en la Iglesia un mismo denominador. Y si cada carisma es un don de Cristo a su Iglesia, nuestra mirada a cada uno de ellos ha de ser una mirada de gratitud para con Jesús, nuestro Señor, que bendice a su Iglesia con tanta riqueza y variedad de dones. Y así es como pedimos, en el Oficio de la Dedicación de una iglesia: «Señor, Tú que edificas el templo de tu gloria con piedras vivas y elegidas, multiplica en tu Iglesia los dones del Espíritu Santo a fin de que tu pueblo crezca siempre para la edificación de la Jerusalén celeste.»

Cada uno de nosotros, como piedra viva, está llamado a entrar «en la construcción del templo del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado, para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por Jesucristo» (1 Carta de San Pedro 2, 5).

Ahora bien, compete a la Iglesia misma reconocer los carismas de Cristo que se dan en su seno. Quiero, sin embargo, reproponer sencillamente a nuestra meditación una faceta de la multiforme gracia de Cristo: una faceta que quiere constituir el alma de una multitud de obras de servicio que surgen. por gracia de Dios, en la Iglesia. Quiero hacerlo a partir de un fragmento del Evangelio. Se trata de una realidad y verdad sobrenatural:

«Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles, entonces se sentará en su trono de gloria. Serán congregadas delante de él todas las naciones, y él separará a los unos de los otros, como el pastor separa las
ovejas de los cabritos. Pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a su izquierda. Entonces dirá el Rey a los de su derecha: –Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a verme–. Entonces los justos le responderán: –Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; o sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos forastero, y te acogimos; o desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel, y fuimos a verte?–. Y el Rey les dirá: –En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis–.

Entonces dirá también a los de su izquierda:
–Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre, y no me disteis de comer;tuve sed, y no me disteis de beber; era forastero, y no me acogisteis; estaba desnudo, y no me vestisteis; enfermo y en la cárcel, y no me visitasteis–. Entonces dirán también éstos.: –Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, o forastero, o desnudo, o enfermo, o en la cárcel, y no te asistimos?–. y El entonces les responderá: –En verdad os digo
que cuanto dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños, también conmigo dejasteis de hacerlo–. E irán éstos a un castigo eterno, y los justos a una vida eterna» (Mt 25, 31-46)
Jesús nos di-ce en el Evangelio que le encontraremos al final de nuestra vida y que El juzgará nuestra vida. Nos dice que, según la bondad o maldad de nuestro corazón y de nuestros actos, nos tocará el infierno o la vida eterna. Durante este juicio no habrá abucheos, pro-testas. gritos, empujones o discusiones, y tampoco explicaciones que dar. Será un juicio infinitamente misericordioso, pero al mismo tiempo infinitamente verídico y justo, en la luz de la Verdad, que es Cristo. Cristo nos da también palabras portadoras de una gran esperanza: «Tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba des-nudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a verme ( ..) En verdad os digo que cuanto hicistéis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mime lo hicisteis» (Mt. 25, 35-36-40).

Nos describe así el camino, concreto y misterioso a la vez, por medio del cual podemos servir y amar a los hermanos y a Él, a los hermanos en Él, con Él y por Él. Nos describe una tarea jamás acabada, que además no la vemos y muchas veces incluso no la «sentimos»; sin embargo, Jesús pervive en el corazón de nuestra vida. Nos da aquí y ahora mismo el privilegio de poder servirle, amarle y consolarle. Para un «Siervo» estas palabras deberían constituir su gran pasión, deberían estar en el corazón de su existencia, deberían ser una prioridad absoluta, por encima de todo. Un «Siervo» debería estar dispuesto a perderlo todo (bienes, proyectos, deseos, comodidades, seguridad, etcétera.) con el fin de poder responder a estas palabras de Jesús, poniéndose al servicio de cualquier humilde hermano de Jesús y con-solando así en modo misterioso a este Cristo que tanto nos ama.

Cada uno de nosotros puede leer estas palabras en el contexto de su trabajo cotidiano, de su vida familiar, de su «tiempo libre», de sus relaciones sociales, de su vida económica, de sus proyectos, deseos, mentalidades..., y preguntarse: ¿Estas palabras tienen peso en mi vida, son significativas y tienen importancia para mí?

A todos los jóvenes que se sienten interpelados por la vida de los «Siervos» les invito de corazón a que lean y mediten repetidamente este pasaje del Evangelio. Frente a estas palabras de Jesús, les invito a preguntarle: «¿Jesús, qué quieres de mí? ¿Cuál es tu voluntad sobre mí?» Para valorar estas palabras es necesario que las experimentemos, que descubramos en la fe esta presencia misteriosa de Cristo en el servicio hecho al hermano.

P. Agustín Delouvroy, sptm
Publicado por Desconocido @ 0:30  | Espiritualidad
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