Jueves, 31 de mayo de 2007
Responde monseñor José Luis Guerrero Rosado



Es enternecedor y respetable que la devoción de la gente vea signos divinos en su acontecer diario, puesto que, en efecto, toda la naturaleza que nos rodea nos habla de Dios y de su interés por nosotros, pero, en su Providencia es algo inusual y no deseado por Él que abunden las evidencias sobrenaturales. Recordemos que Jesús califica de «dichosos aquellos que no vieron y creyeron» (Juan 20, 29).

Aunque Dios es libérrimo de hacerlo, no es lo normal que se ponga a repetir con un milagro lo que ya dejó clarísimo en su Ley y en nuestra conciencia: la prohibición de asesinar inocentes.


El milagro fue la aparición de Guadalupe

Por supuesto que la aparición de María Santísima en el Tepeyac fue un maravilloso milagro, y, en el orden moral, comprobamos que sigue el Señor haciéndolos incontables aquí, por intercesión de su Madre. Sin embargo, la Iglesia es sumamente cauta para aceptar milagros físicos, como el que se supone que fue esa luz.

Sin negar que los fieles puedan tomar este fenómeno como signo del amor materno divino, aquí, en realidad, estamos ante un hecho sólo supuestamente inexplicable, pero en realidad no suficientemente examinado, y al que se le atribuye una categoría sobrenatural aún no demostrada, pues es insuficiente que un Ingeniero haya hecho un solo control de un negativo.

Antes que todo, no es afirmación de la Iglesia

Aun suponiendo que a la luz que se ve en las fotografías no se le encontrase una explicación natural, lo único que constaría sería eso: que apareció una luz inexplicada.

Eso no brinda suficiente base para afirmar con certeza que «la imagen de la virgen comenzó como a retirarse para dar paso a una luz intensa que salía de su vientre con un brillo y halo divino con la forma de un embrión, y se hizo presente ante nuestros ojos, Cristo no nacido antes de nacer».

Eso, si nos fijamos, no es describir lo que sucedió, sino precipitarse a interpretar como milagro algo a lo que no se le ha hallado una explicación normal.

Repetimos que es legítimo y conmovedor que lo haga así quien considere que Dios le está hablando en esa forma, pero eso no es, ni puede ser, afirmación oficial de la Iglesia católica, ni de la Arquidiócesis de México y ni aún de las autoridades de la Basílica de Guadalupe.


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