Artículo semanal del Padre Fernando Lorente, o.h., publicado en EL DÍA, en la sección CRITERIOS bajo el epígrafe general de "Luz en el camino".
Luz en el Camino Fernando Lorente, o.h. *
Autoridad
Durante los primeros meses de este año 2007, se han celebrado elecciones políticas -en Francia y en España- y capítulos religiosos en distintas instituciones religiosas, como la Orden Hospitalaria en los distritos provinciales en España.
Tanto en un campo como en el otro, lo primero que se cuestiona es la autoridad. En ambos acontecimientos se percibe la vitalidad o la insensibilidad de esta virtud tan decisivamente fundamental en el gobierno civil y religioso. Dos puntos de reflexión:
* La autoridad política no es para conseguir intereses particulares o de grupos, tampoco para dominar a los otros y menos para manipular al pueblo, sino para servir al bien común de todos ciudadanos. La autoridad política, y más aquélla que se proclama y se define democrática, ha de ejercerse con seriedad, responsabilidad, lucidez, rigor social y con imaginación creadora. Y sólo por este camino, los políticos, desde el poder y desde la oposición, podrán descubrir que las consecuencias de sus decisiones están marcando la vida de las personas y de los países que rigen; y, por eso, dichas decisiones deben ser tomadas con la máxima responsabilidad ética. La autoridad del poder político que condiciona la vida de tantas personas y grupos humanos no puede tratarse banalmente.
La autoridad política, por tanto, hay que acogerla y vivirla con alta dignidad por parte de quienes la ejercen a la hora de aplicar la ley que la garantiza. A este propósito qué sabias son las palabras de nuestro Balmes: "Ninguna sociedad, grande o pequeña, puede conservarse ordenada sin una autoridad que la rija: donde haya una reunión es preciso que haya una ley de unidad; de lo contrario, es inevitable el desorden. Las fuerzas individuales entregadas a sí solas sin esta ley y la autoridad que la garantice permisivamente producen dispersión, acarrean choques y anarquías cada día más graves". El riesgo mayor que va teniendo la democracia -los hechos no pueden ser más manifiestos en España- está en esas formas políticas que destruyen o estorban la libertad civil, sea en materia política o religiosa, y aquellas otras que orientan la acción del gobierno en la forma oligárquica, esto es, hacia el bien de un grupo o grupos particulares, y más todavía cuando se queda en provecho de los propios gobernantes
* La autoridad -a la luz de la sana razón y, para los creyentes, a la luz de la revelación divina- tiene un origen y una finalidad que convierten su ejercicio en un servicio a la comunidad por parte de los que mandan Esta concepción de la autoridad como servicio, que de consuno demanda la razón natural y la divina revelación, excluye necesariamente y por igual el autoritarismo y el inhibicionismo permisivista o anárquico. Por eso la intervención de los cristianos en la vida pública -atendiendo a lo que esto significa para dignidad de la autoridad- es uno de los factores más delicados y decisivos para la consagración del mundo, porque la cristianización de la vida pública es uno de los cauces más grandes que preparan la aceptación del Evangelio. Los seglares cristianos, en todo campo de la vida pública, son los principales administradores de la sabiduría cristiana y tienen que hacer valer el peso de su autoridad moral en la opinión pública, a fin de que el poder político sea ejercido con justicia y para que las leyes respondan a los principios de la moral y al bien común. El notable escándalo que pueda darse -y hasta gravísimo- por la discordancia entre la fe cristiana que se profesa y la conducta que se sigue sólo puede producirse porque los cristianos se apartan de esa perspectiva divina en la que deben situarse.
La mayor garantía y la más convincente de la autoridad siempre ha sido, es y será el testimonio de fidelidad de quien la ejerce. Nuestro gran pensador, José Ortega y Gasset, decía: "La autoridad debe ser un anexo de la ejemplaridad". Y otro autor también nos confirma: "La mejor voz de la autoridad es el ejemplo en vivir y comprometerse el que directamente manda". Y con cierto gracejo, Alfonso X recordaba las condiciones que decían los antiguos que debían tener los que ejercieran la autoridad: "Sabiduría -la que se apoya en el sentido común-, esfuerzo constante, buen seso y, a toda prueba, plena lealtad".
Toda institución se inspira, al menos implícitamente, en una visión del hombre y de su destino, de la que saca su referencia de juicio, su jerarquía de valores, su línea de conducta. La mayoría de las sociedades han configurado sus instituciones conforme a una cierta preeminencia del hombre sobre las cosas. Sólo la religión divinamente revelada ha reconocido claramente en Dios Creador y Redentor el origen y el destino del hombre. La Iglesia invita a las autoridades civiles a juzgar y decidir a la luz de la Verdad de Dios y sobre el hombre. Las sociedades y naciones que ignoran esta inspiración o la rechazan en nombre de su independencia o laicismo sectario se ven obligados a buscar en sí mismas o a tomar un criterio objetivo del bien y del mal, que les obliga a ejercer sobre el hombre y su destino un poder totalitarista, declarado o velado, como lo muestra la historia, y que tan palpablemente se siente ya en España y en otras naciones europeas.
* La autoridad estrictamente religiosa viene así expresada para sus miembros, que transcribimos de unas Constituciones: "La Iglesia ha recibido del Señor Jesús, su divino fundador, el poder que Él le había concedido su Padre". Esta autoridad en nuestra Institución es un verdadero servicio de amor que los superiores ejercitan para el bien común, a imitación de Jesucristo en la búsqueda de la voluntad de Dios sobre la Institución, las comunidades y cada uno de los religiosos. Los superiores, por tanto, ejerzan la autoridad con espíritu fraterno, pidiendo pareceres, estimulando iniciativas y teniendo presente el derecho universal de la Iglesia y el derecho propio de nuestra Institución y apoyen a todos los que trabajen en nuestra misión y a los que la favorezcan con su ayuda profesional, material y moral.
* Capellán de la Clínica
S. Juan de Dios