El obispo de Tenerife Monseñor Don Bernardo Álvarez Afonso presenta el Plan Diocesano de Pastoral para su Diócesis en el cuatrienio 2007-2011. El texto ha sido publicado en folleto, editado por EDOBITE (Ediciones Obispado de Tenerfe), como PRESENTACIÓN del Plan Diocesano.
Queridos Diocesanos:
Con el curso pastoral 2007-2008 se pone en marcha un nuevo Plan Diocesano de Pastoral. Es el tercero después de nuestro Primer Sínodo y, como los planes anteriores, este de ahora quiere ser un paso más en la aplicación de las orientaciones y normas que -con la guía del Espíritu Santo- entonces se dieron y que siguen en vigor en nuestra Iglesia Diocesana Nivariense.
Para elaborar este Plan hemos procurado seguir las pautas establecidas en el Directorio para el Ministerio de los Obispos: "Para la elaboración del plan de pastoral, el Obispo comprometa a las diferentes oficinas y Consejos diocesanos: de este modo la acción apostólica de la Iglesia responderá verdaderamente a las necesidades de la diócesis y logrará aunar los esfuerzos de todos en su ejecución, pero sin olvidar jamás la acción del Espíritu Santo en la obra de la evangelización" (n. 164).
Es, por tanto, un Plan Pastoral hecho entre todos. No sin dificultades y desigual participación (según los arciprestazgos y sectores pastorales), dejándonos conducir por el Espíritu, hemos revisado el Plan anterior, hemos reflexionado sobre los distintos factores, sociales, culturales y eclesiales de la situación actual y sobre su incidencia en la vida cristiana, y hemos hecho propuestas para el futuro.
Con sus intuiciones y propuestas de acción, el Plan Diocesano de Pastoral es reflejo de lo que hemos expresado y aprobado entre todos. Pero, permitidme, aún a costa de alargar esta presentación, que haga algunas reflexiones que nos permitan situar nuestro Plan de Pastoral en el marco más amplio de la misión de la Iglesia, de modo que no se entienda como un conjunto de actividades a realizar o que nos quedemos en el "hacer por hacer", sino que nos veamos nosotros -y veamos nuestro trabajo pastoral— formando parte del Plan Divino de Salvación y al servicio del mismo.
Transmitir lo que hemos recibido
Han pasado casi dos mil años desde que Jesús dijo a los apóstoles: «Id al mundo entero y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt. 28,19-20).
Todo lo que la Iglesia ha sido, es y será es fruto del cumplimiento de esas palabras. Nosotros mismos, los que hoy formamos la Iglesia, hemos conocido y creído en Jesucristo porque otros seguidores de Jesús, anteriores a nosotros, nos lo han presentado. El Señor Jesús, fiel a su promesa, ha estado, está y estará siempre presente. El es contemporáneo a toda persona en cualquier tiempo y lugar. Gracias a esa presencia, las palabras de San Juan, al comienzo de su primera carta, se han ido realizando ininterrumpidamente a través de una larga cadena de cristianos hasta llegar a nosotros:
"Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida, —pues la Vida se manifestó, y nosotros la hemos visto y damos testimonio y os anunciamos la Vida eterna, que estaba vuelta hacia el Padre y que se nos manifestó- lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros. Y nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo" (1 Jn. 1,1-3).
Pues bien, también nosotros, hombres y mujeres del Tercer Milenio, que hemos conocido y creído en Jesucristo, animados por la certeza de su presencia, estamos llamados a anunciar aquí y ahora con -renovado impulso- "lo que hemos visto y oído acerca de la Palabra de vida" para hacer a otros partícipes de nuestra "comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo". Pero, para ello, necesitamos nosotros mismos afianzar nuestra fe. Necesitamos "oír", "tocar con nuestras manos", "ver con nuestros ojos", a Cristo "la Palabra de vida". Es decir, necesitamos cultivar una fe viva, de adhesión y seguimiento de Jesús, para poder dar testimonio de lo que hemos visto, porque de lo que se trata es de "presentar" a Jesús a los demás, no sólo de hablar de El.
Responsabilidad pastoral del Obispo
Esto que corresponde a todo cristiano, por el mismo hecho de serlo, adquiere una especial relevancia en la misión apostólica del Obispo, pues a él se le encomienda la responsabilidad de «suscitar, guiar y coordinar la obra evangelizadora de la comunidad diocesana, a fin de que la fe del Evangelio se difunda y crezca, las ovejas perdidas sean conducidas al redil de Cristo y el Reino de Dios se difunda entre todos los hombres» (Directorio para el ministerio de los obispos, 162).
Y es el mismo Directorio el que nos recuerda que «para que la Palabra de Dios alcance los diversos ambientes y personas, es necesaria una estricta coordinación de todas las obras de apostolado bajo la guía del Obispo, para que todos los proyectos e instituciones catequísticas, misionales, caritativas, sociales, familiares, escolares y cualquiera otra que se ordene a un fin pastoral, vayan de consuno, con lo que al mismo tiempo resalte más clara la unidad de la diócesis» (n. 164).
Y, expresamente, se nos dice: «El Obispo provea a organizar de manera adecuada el apostolado diocesano, según un programa o plan pastoral que asegure una oportuna coordinación de las diferentes áreas pastorales especializadas (litúrgica, catequética, misionera, social, cultural, familiar, educativa, etc.)» (n. 164).
Es dentro de este marco general donde hay que situar el nuevo Plan Diocesano de Pastoral 2007-2011. Su motivación y su finalidad no es otra que mantener viva en nuestras Diócesis y en toda la Iglesia la cadena de la transmisión de la fe. Para ello, como ha ocurrido siempre, hemos de trabajar, coordinada y complementariamente, en todos los ámbitos de la vida diocesana para,
a) recibir íntegramente la fe que nos transmitieron los apóstoles;
b) hacerla propia en la mente, en el corazón y en la vida; y,
c) transmitirla fielmente a los hombres y mujeres de hoy.
Un Plan Pastoral
para evangelizar en la situación actual
Como Iglesia estamos llamados recibir, vivir y tranmitir la verdad y la gracia de Cristo a todos los hombres. Ahora bien, la realización de esta tarea que glo¬balmente llamamos "evangelización" asume aspectos y significados diferentes según las épocas y lugares porque, como nos recuerda el Concilio, la Iglesia desarrolla su actividad apostólica en un determinado ambiente que condiciona notablemente la vida de las personas (cf. CD. 16). Esto es lo que hace necesario un Proyecto o Plan Pastoral que sirva de instrumento para llevar a las personas a una cada vez más plena "comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo". Por tanto, como nos recordaba Juan Pablo II en "Novo millenio ineunte", al hacer un nuevo Plan Pastoral:
«No se trata, de inventar un nuevo programa. El programa ya existe. Es el de siempre, recogido por el Evangelio y la Tradición viva. Se centra, en definitiva, en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e imitar, para vivir en él la vida trinitaria y transformar con él la historia hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste. Es un programa que no cambia al variar los tiempos y las culturas, aunque tiene cuenta del tiempo y de la cultura para un verdadero diálogo y una comunicación eficaz.
Sin embargo, es necesario que el programa formule orientaciones pastorales adecuadas a las condiciones de cada comunidad [...] Dentro de las coordenadas universales e irrenunciables, es necesario que el único programa del Evangelio siga introduciéndose en la historia de cada comunidad eclesial, como siempre se ha hecho.
En las Iglesias locales es donde se pueden establecer aquellas indicaciones programáticas concretas -objetivos y métodos de trabajo, de formación y valorización de los agentes y la búsqueda de los medios necesarios— que permiten que el anuncio de Cristo llegue a las personas, modele las comunidades e incida profundamente mediante el testimonio de los valores evangélicos en la sociedad y en la cultura (NMI 29).
Un Plan Pastoral -como a veces se podría pensar- no es algo superfluo o una moda del momento, sino que responde a la necesidad de ser fieles, tanto a Jesucristo como a las personas a quienes se lo presentarnos y, en último término -como nos recuerda el Concilio—, es un acto de obediencia al Espíritu Santo: "La Iglesia se ve impulsada por el Espíritu Santo a poner todos los medios para que se cumpla efectivamente el plan de Dios, que puso a Cristo como principio de salvación para todo el mundo" (LG, 17). Y como enseñaba Pablo VI: «El problema de cómo evangelizar es siempre actual, porque las maneras de evangelizar cambian según las diversas circunstancias de tiempo, lugar, cultura; por eso plantean casi un desafio a nuestra capacidad de descubrir y adaptar. A nosotros, Pastores de la Iglesia, incumbe especialmente el deber de descubrir con audacia y prudencia, conservando la fidelidad al contenido, las formas más ade¬cuadas y eficaces de comunicar el mensaje evangé¬lico a los hombres de nuestro tiempo» (EN 40).
Un Plan Pastoral
para la renovación personal y eclesial
Pero, no son sólo los "condicionantes ambientales" los que tenemos que tomar en consideración para que el apostolado responda siempre a las necesidades y a la forma de vida de las personas. Hay otro factor de suma importancia que también es necesario constatar y tener presente para comprender la necesidad e importancia de un Plan Pastoral.
"Jesucristo es el mismo ayer como hoy, y lo será siempre" (Heb. 13,8). En cambio nosotros, y la misma vida de la Iglesia, somos hijos de tiempo y estamos sometidos a cambios. Nuestra frágil condición humana —constantemente amenazada por la fuerza del mal y del pecado— hace que tanto nuestros pensamientos y decisiones, como nuestros actos sean inconstantes e inseguros.
Esto explica que la Iglesia, siendo Santa —pues Cristo está en ella por su Espíritu— esté al mismo tiempo necesitada de purificación y renovación en sus miembros, en sus estructuras y en sus actuaciones. Así nos lo recuerda el Concilio Vaticano II:
"Cristo llama a la Iglesia peregrinante hacia una perenne reforma, de la que la Iglesia misma, en cuanto institución humana y terrena, tiene siempre necesidad hasta el punto de que si algunas cosas fue-ron menos cuidadosamente observadas, bien por circunstancias especiales, bien por costumbres, o por disciplina eclesiástica, o también por formas de exponer la doctrina —que debe cuidadosamente distinguirse del mismo depósito de la fe—, se restauren en el tiempo oportuno recta y debidamente" (UR 6).
Esta permanente necesidad de reforma, para poner remedio a los males de la vida eclesial y para llevar a plenitud la vocación de santidad de todo el pueblo de Dios, no se realiza espontáneamente ni puede dejarse al azar. Es necesario "enfrentarse a lo que va mal" para disiparlo y al mismo tiempo empeñarse en instaurar la verdad del Evangelio. Puesto que no todo vale o vale igual, se trata, como le dijo el Señor a Jeremías, tanto de "extirpar y destruir" como de "reconstruir y plantar" (cf. Jer. 1,10). Las personas merecen siempre el máximo respeto, cualquiera que sea su condición y su conducta, pero no así sus comportamientos, que en muchos casos pueden y deben ser cuestionados y corregidos. Lo que llamamos "la denuncia profética", no es contra las personas, sino contra la fuerzas del mal que se encarnan en ellas.
Esto, como avisa el Señor en el Evangelio, exige planificar las acciones a realizar, como si fuéramos a librar una batalla o a construir una torre (cf. Le. 14,25-33). Pero, sobre todo, exige no amoldarse a este mundo, es decir, no dejarse modelar por las corrientes de pensamiento, por los poderes y por las costumbres del mundo presente, cuando son contrarias al mensaje de Jesucristo, y, para ello, nada mejor que seguir la recomendación de San Pablo a los cristianos de Roma: "Transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto " (Rom. 12,2).
Decir "renovación de la mente", es sinónimo de "conversión" (metanoia = cambio de mentalidad). San Pablo dirá que los que somos de Cristo "tenemos la mente de Cristo" porque "nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios, para conocer las gracias que Dios nos ha otorgado, de las cuales también hablamos, no con palabras aprendidas de sabiduría humana, sino aprendidas del Espíritu" (cf. 1Cor. 2,12-16).
Sin la "mentalidad de Cristo" es imposible conocer cual es la voluntad de Dios para nuestra vida personal y para nuestra acción pastoral en el tiempo presente. Haríamos, quizás, muchas cosas, incluso llamativas, pero seguramente estaríamos "corriendo en vano". Para no gastar fuerzas inútilmente, para conocer y realizar lo más conveniente, es necesario abrirse a la acción del Espíritu y dejarse guiar por El.
Cuando nos falta esta experiencia del Espíritu, fácilmente sustituimos el testimonio por un activismo estresante, sustituimos o camuflamos la falta de vida por la organización y la estética, cuidarnos el esplendor de las cosas en lugar de abrirnos al Misterio, reducimos el Evangelio en un conjunto de normas y doctrinas, etc.
Para evangelizar de verdad es necesario ser testigo (haber visto, oído, palpado y vivido) lo que se anuncia. Ser una persona que ha vivido un encuentro personal con Cristo, alguien que puede decir como San Pablo: "vivo yo, pero no soy yo; es Cristo quien vive en mí" (Gal. 2,20), o lo que es lo mismo, hay que dejarse vivificar y conducir por el Espíritu Santo. «Sin el Espíritu Santo, Cristo queda en el pasado y el Evangelio es letra muerta... Con el Espíritu Santo, Cristo resucitado se hace presente y el Evangelio es potencia de vida» (Mons. Ignacio Hazim).
Un Plan Pastoral
para cuatro años y para siempre.
El objetivo permanente de nuestro Plan Diocesano de Pastoral para los próximos cuatro años (2007-2011) es una exhortación del Apóstol Pablo en la Segunda Carta a Timoteo: "Haz memoria de Jesucristo Resucitado" (2Tim. 2,8); esta clave se despliega en un sencillo esquema de tres dimensiones, complementarias e interdependientes, en torno a cada una de las cuales vamos orientar prioritariamente la acción pastoral: creer, celebrar y anunciar. Es hacer lo mismo que hacemos siempre, pero con los acentos, los medios y los métodos que hagan posible vivir y anunciar el Misterio de Cristo en las circunstancias actuales.
Centrándonos en la persona de Jesucristo Resucitado, de quien queremos hacer memoria viva, en la práctica seguimos el mismo esquema que usa el Catecismo de la Iglesia Católica y que recientemente ha utilizado el Papa Benedicto XVI en la Exhortación Apostólica "Sacramentum Caritatis": Cristo, misterio que se ha de creer; Cristo, misterio que se ha de celebrar; Cristo, misterio que se ha de vivir. En nuestro caso, esta última dimensión la expresamos con el matiz de "anunciar a Cristo con la vida y con las palabras".
En todo caso, con distintas palabras, se repiten las constantes clásicas de la misión permanente de la Iglesia y que constituyen su naturaleza íntima, expresada en una triple tarea: predicar la palabra (kerigma), celebrar la fe (liturgia), vivir la caridad (diaconía). Tareas, todas ellas, que se implican mutuamente y que no pueden separarse una de otra, pues aislada-mente perderían su autenticidad.
Sea por unos caminos o por otros, lo importante es que los programas, lo medios que utilizamos, el testimonio de vida y el modo de actuar de los agentes de pastoral «permitan que el anuncio de Cristo llegue a las personas, modele las comunidades e incida profundamente mediante el testimonio de los valores evangélicos en la sociedad y en la cultura» (NMI 29).
"Haz memoria de Jesucristo Resucitado"
En último término, con nuestro Plan Diocesano de Pas¬toral para estos cuatro años, pretendemos unir en la mente y en el corazón de los fieles el "hacer memoria de Jesucristo" con el "ser nosotros mismos memoria viva de Jesucristo". Impulsados, guiados y fortalecidos por el Espíritu Santo, y por tanto en docilidad a El, queremos a trabajar con todos los medios a nuestro alcance para que nuestra Iglesia Diocesana sea, cada vez más, "memoria y profecía" de Jesucristo Resucitado, es decir, para que nuestra Diócesis —en todo lo que es y en todo lo que hace sea una manifestación viviente de Jesucristo Resucitado. Ser «memoria y profecía» de Cristo es llevarlo en el corazón y darlo a conocer, es permanecer vinculado a El y presentarlo a los demás.
«Hacer memoria» de alguien, lo mismo que «recordarle», significa «tenerle presente». La palabra «recordar» viene del latín «», formado por «re» (de nuevo) y «cordis» (corazón), No es sólo tener a alguien presente en el pensamiento, sino que implica también «volverle a traer al corazón». Al hacer memoria, «la mente y el corazón» van unidos. Si, por ejemplo, yo le digo a alguien que le estoy re¬cordando, le estoy diciendo que les estoy volviendo a pasar por mi corazón. Consecuentemente, el hacer memoria de alguien no nos deja nunca indiferentes, por el contrario provoca unos afectos (positivos o negativos) hacia la persona recordada que nos impulsan a tomar postura y a actuar de un modo determinado.
Cuando San Pablo, le dice a Timoteo «haz memoria de Jesucristo Resucitado», confía que es así como su discípulo podrá superar los temores y afrontar las dificultades por las que está pasando en ese momento. Su llamada vale también para nosotros en el momento presente. Por eso, «hacer memoria de Jesucristo», tener presente su vida y su palabra, «traerlo de nuevo al corazón», es la tarea que nos proponemos realizar con nuestro Plan Diocesano de Pastoral.
Y, puesto que, en la fe de la Iglesia, la memoria de Jesucristo Resucitado se vive y actúa de manera especial en la Eucaristía, hemos de prestar especial atención a la celebración de la Santa Misa. «Sólo la Eucaristía, verdadero memorial del misterio pascual de Cristo, es capaz de mantener vivo en nosotros el recuerdo de su amor» (Juan Pablo II). Esta memoria no es un mero recuerdo de algo que pasó, sino una realidad existencial y dinámica que implica la vida de quien hace memoria hasta el punto que "la participación del cuerpo y sangre de Cristo no hace otra cosa sino que pasemos a ser aquello que recibimos" (San León Magno). Por eso, de modo análogo al sacramento de la Eucaristía, que es presencia viva de Jesucristo y "carne para la vida del mundo" (Jn. 6,51), así "la vocación de cada uno de nosotros consiste en ser, junto con Jesús, pan partido para la vida del mundo" (Benedicto XVI, Sacramentum Caritatis, 88).
Cultivar esta vocación, tender cada vez hacia esa meta, es el contenido del actual Plan Diocesano de Pastoral. Ser "pan partido para la vida del mundo", equivale a convertirse en "memoria viva de Jesucristo" y eso sólo es posible en la medida que crezca nuestra fe en El y en su Palabra y en la medida que nos alimentemos dignamente con su Cuerpo y San¬gre, pues como nos dice el mismo Cristo: "El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mi, y yo en él. Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí". (Jn. 6,56-57).
En el nombre del Padre,
del Hijo y del Espíritu Santo
Queridos diocesanos:
Todos estamos llamados a trabajar en la viña del Señor y hacemos bien en comprometernos cada vez más en la misión evangelizadora de la Iglesia, pero no olvidemos que "si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles" (Salmo 127).
Conscientes, por tanto, de que "Dios es quien obra en vosotros el querer y el obrar, como bien le pare ce" (Filp. 2,13) y que "quien nos ha llamado es fiel y es el quien lo realizará" (1Tes. 5,24) iniciamos esta nueva etapa pastoral "en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo".
Así pues, con esperanza, confiados en Dios y en su poder, ponemos en marcha un nuevo Plan Diocesano de Pastoral con el triple propósito de afianzar nuestra fe y adhesión personal a Jesucristo, de participar más plenamente en su vida celebrando los misterios de la salvación, y de anunciarlo con la "parresía" y el ardor que nos da el Espíritu Santo.
Queridos Diocesanos:
Con el curso pastoral 2007-2008 se pone en marcha un nuevo Plan Diocesano de Pastoral. Es el tercero después de nuestro Primer Sínodo y, como los planes anteriores, este de ahora quiere ser un paso más en la aplicación de las orientaciones y normas que -con la guía del Espíritu Santo- entonces se dieron y que siguen en vigor en nuestra Iglesia Diocesana Nivariense.
Para elaborar este Plan hemos procurado seguir las pautas establecidas en el Directorio para el Ministerio de los Obispos: "Para la elaboración del plan de pastoral, el Obispo comprometa a las diferentes oficinas y Consejos diocesanos: de este modo la acción apostólica de la Iglesia responderá verdaderamente a las necesidades de la diócesis y logrará aunar los esfuerzos de todos en su ejecución, pero sin olvidar jamás la acción del Espíritu Santo en la obra de la evangelización" (n. 164).
Es, por tanto, un Plan Pastoral hecho entre todos. No sin dificultades y desigual participación (según los arciprestazgos y sectores pastorales), dejándonos conducir por el Espíritu, hemos revisado el Plan anterior, hemos reflexionado sobre los distintos factores, sociales, culturales y eclesiales de la situación actual y sobre su incidencia en la vida cristiana, y hemos hecho propuestas para el futuro.
Con sus intuiciones y propuestas de acción, el Plan Diocesano de Pastoral es reflejo de lo que hemos expresado y aprobado entre todos. Pero, permitidme, aún a costa de alargar esta presentación, que haga algunas reflexiones que nos permitan situar nuestro Plan de Pastoral en el marco más amplio de la misión de la Iglesia, de modo que no se entienda como un conjunto de actividades a realizar o que nos quedemos en el "hacer por hacer", sino que nos veamos nosotros -y veamos nuestro trabajo pastoral— formando parte del Plan Divino de Salvación y al servicio del mismo.
Transmitir lo que hemos recibido
Han pasado casi dos mil años desde que Jesús dijo a los apóstoles: «Id al mundo entero y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt. 28,19-20).
Todo lo que la Iglesia ha sido, es y será es fruto del cumplimiento de esas palabras. Nosotros mismos, los que hoy formamos la Iglesia, hemos conocido y creído en Jesucristo porque otros seguidores de Jesús, anteriores a nosotros, nos lo han presentado. El Señor Jesús, fiel a su promesa, ha estado, está y estará siempre presente. El es contemporáneo a toda persona en cualquier tiempo y lugar. Gracias a esa presencia, las palabras de San Juan, al comienzo de su primera carta, se han ido realizando ininterrumpidamente a través de una larga cadena de cristianos hasta llegar a nosotros:
"Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida, —pues la Vida se manifestó, y nosotros la hemos visto y damos testimonio y os anunciamos la Vida eterna, que estaba vuelta hacia el Padre y que se nos manifestó- lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros. Y nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo" (1 Jn. 1,1-3).
Pues bien, también nosotros, hombres y mujeres del Tercer Milenio, que hemos conocido y creído en Jesucristo, animados por la certeza de su presencia, estamos llamados a anunciar aquí y ahora con -renovado impulso- "lo que hemos visto y oído acerca de la Palabra de vida" para hacer a otros partícipes de nuestra "comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo". Pero, para ello, necesitamos nosotros mismos afianzar nuestra fe. Necesitamos "oír", "tocar con nuestras manos", "ver con nuestros ojos", a Cristo "la Palabra de vida". Es decir, necesitamos cultivar una fe viva, de adhesión y seguimiento de Jesús, para poder dar testimonio de lo que hemos visto, porque de lo que se trata es de "presentar" a Jesús a los demás, no sólo de hablar de El.
Responsabilidad pastoral del Obispo
Esto que corresponde a todo cristiano, por el mismo hecho de serlo, adquiere una especial relevancia en la misión apostólica del Obispo, pues a él se le encomienda la responsabilidad de «suscitar, guiar y coordinar la obra evangelizadora de la comunidad diocesana, a fin de que la fe del Evangelio se difunda y crezca, las ovejas perdidas sean conducidas al redil de Cristo y el Reino de Dios se difunda entre todos los hombres» (Directorio para el ministerio de los obispos, 162).
Y es el mismo Directorio el que nos recuerda que «para que la Palabra de Dios alcance los diversos ambientes y personas, es necesaria una estricta coordinación de todas las obras de apostolado bajo la guía del Obispo, para que todos los proyectos e instituciones catequísticas, misionales, caritativas, sociales, familiares, escolares y cualquiera otra que se ordene a un fin pastoral, vayan de consuno, con lo que al mismo tiempo resalte más clara la unidad de la diócesis» (n. 164).
Y, expresamente, se nos dice: «El Obispo provea a organizar de manera adecuada el apostolado diocesano, según un programa o plan pastoral que asegure una oportuna coordinación de las diferentes áreas pastorales especializadas (litúrgica, catequética, misionera, social, cultural, familiar, educativa, etc.)» (n. 164).
Es dentro de este marco general donde hay que situar el nuevo Plan Diocesano de Pastoral 2007-2011. Su motivación y su finalidad no es otra que mantener viva en nuestras Diócesis y en toda la Iglesia la cadena de la transmisión de la fe. Para ello, como ha ocurrido siempre, hemos de trabajar, coordinada y complementariamente, en todos los ámbitos de la vida diocesana para,
a) recibir íntegramente la fe que nos transmitieron los apóstoles;
b) hacerla propia en la mente, en el corazón y en la vida; y,
c) transmitirla fielmente a los hombres y mujeres de hoy.
Un Plan Pastoral
para evangelizar en la situación actual
Como Iglesia estamos llamados recibir, vivir y tranmitir la verdad y la gracia de Cristo a todos los hombres. Ahora bien, la realización de esta tarea que glo¬balmente llamamos "evangelización" asume aspectos y significados diferentes según las épocas y lugares porque, como nos recuerda el Concilio, la Iglesia desarrolla su actividad apostólica en un determinado ambiente que condiciona notablemente la vida de las personas (cf. CD. 16). Esto es lo que hace necesario un Proyecto o Plan Pastoral que sirva de instrumento para llevar a las personas a una cada vez más plena "comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo". Por tanto, como nos recordaba Juan Pablo II en "Novo millenio ineunte", al hacer un nuevo Plan Pastoral:
«No se trata, de inventar un nuevo programa. El programa ya existe. Es el de siempre, recogido por el Evangelio y la Tradición viva. Se centra, en definitiva, en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e imitar, para vivir en él la vida trinitaria y transformar con él la historia hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste. Es un programa que no cambia al variar los tiempos y las culturas, aunque tiene cuenta del tiempo y de la cultura para un verdadero diálogo y una comunicación eficaz.
Sin embargo, es necesario que el programa formule orientaciones pastorales adecuadas a las condiciones de cada comunidad [...] Dentro de las coordenadas universales e irrenunciables, es necesario que el único programa del Evangelio siga introduciéndose en la historia de cada comunidad eclesial, como siempre se ha hecho.
En las Iglesias locales es donde se pueden establecer aquellas indicaciones programáticas concretas -objetivos y métodos de trabajo, de formación y valorización de los agentes y la búsqueda de los medios necesarios— que permiten que el anuncio de Cristo llegue a las personas, modele las comunidades e incida profundamente mediante el testimonio de los valores evangélicos en la sociedad y en la cultura (NMI 29).
Un Plan Pastoral -como a veces se podría pensar- no es algo superfluo o una moda del momento, sino que responde a la necesidad de ser fieles, tanto a Jesucristo como a las personas a quienes se lo presentarnos y, en último término -como nos recuerda el Concilio—, es un acto de obediencia al Espíritu Santo: "La Iglesia se ve impulsada por el Espíritu Santo a poner todos los medios para que se cumpla efectivamente el plan de Dios, que puso a Cristo como principio de salvación para todo el mundo" (LG, 17). Y como enseñaba Pablo VI: «El problema de cómo evangelizar es siempre actual, porque las maneras de evangelizar cambian según las diversas circunstancias de tiempo, lugar, cultura; por eso plantean casi un desafio a nuestra capacidad de descubrir y adaptar. A nosotros, Pastores de la Iglesia, incumbe especialmente el deber de descubrir con audacia y prudencia, conservando la fidelidad al contenido, las formas más ade¬cuadas y eficaces de comunicar el mensaje evangé¬lico a los hombres de nuestro tiempo» (EN 40).
Un Plan Pastoral
para la renovación personal y eclesial
Pero, no son sólo los "condicionantes ambientales" los que tenemos que tomar en consideración para que el apostolado responda siempre a las necesidades y a la forma de vida de las personas. Hay otro factor de suma importancia que también es necesario constatar y tener presente para comprender la necesidad e importancia de un Plan Pastoral.
"Jesucristo es el mismo ayer como hoy, y lo será siempre" (Heb. 13,8). En cambio nosotros, y la misma vida de la Iglesia, somos hijos de tiempo y estamos sometidos a cambios. Nuestra frágil condición humana —constantemente amenazada por la fuerza del mal y del pecado— hace que tanto nuestros pensamientos y decisiones, como nuestros actos sean inconstantes e inseguros.
Esto explica que la Iglesia, siendo Santa —pues Cristo está en ella por su Espíritu— esté al mismo tiempo necesitada de purificación y renovación en sus miembros, en sus estructuras y en sus actuaciones. Así nos lo recuerda el Concilio Vaticano II:
"Cristo llama a la Iglesia peregrinante hacia una perenne reforma, de la que la Iglesia misma, en cuanto institución humana y terrena, tiene siempre necesidad hasta el punto de que si algunas cosas fue-ron menos cuidadosamente observadas, bien por circunstancias especiales, bien por costumbres, o por disciplina eclesiástica, o también por formas de exponer la doctrina —que debe cuidadosamente distinguirse del mismo depósito de la fe—, se restauren en el tiempo oportuno recta y debidamente" (UR 6).
Esta permanente necesidad de reforma, para poner remedio a los males de la vida eclesial y para llevar a plenitud la vocación de santidad de todo el pueblo de Dios, no se realiza espontáneamente ni puede dejarse al azar. Es necesario "enfrentarse a lo que va mal" para disiparlo y al mismo tiempo empeñarse en instaurar la verdad del Evangelio. Puesto que no todo vale o vale igual, se trata, como le dijo el Señor a Jeremías, tanto de "extirpar y destruir" como de "reconstruir y plantar" (cf. Jer. 1,10). Las personas merecen siempre el máximo respeto, cualquiera que sea su condición y su conducta, pero no así sus comportamientos, que en muchos casos pueden y deben ser cuestionados y corregidos. Lo que llamamos "la denuncia profética", no es contra las personas, sino contra la fuerzas del mal que se encarnan en ellas.
Esto, como avisa el Señor en el Evangelio, exige planificar las acciones a realizar, como si fuéramos a librar una batalla o a construir una torre (cf. Le. 14,25-33). Pero, sobre todo, exige no amoldarse a este mundo, es decir, no dejarse modelar por las corrientes de pensamiento, por los poderes y por las costumbres del mundo presente, cuando son contrarias al mensaje de Jesucristo, y, para ello, nada mejor que seguir la recomendación de San Pablo a los cristianos de Roma: "Transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto " (Rom. 12,2).
Decir "renovación de la mente", es sinónimo de "conversión" (metanoia = cambio de mentalidad). San Pablo dirá que los que somos de Cristo "tenemos la mente de Cristo" porque "nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios, para conocer las gracias que Dios nos ha otorgado, de las cuales también hablamos, no con palabras aprendidas de sabiduría humana, sino aprendidas del Espíritu" (cf. 1Cor. 2,12-16).
Sin la "mentalidad de Cristo" es imposible conocer cual es la voluntad de Dios para nuestra vida personal y para nuestra acción pastoral en el tiempo presente. Haríamos, quizás, muchas cosas, incluso llamativas, pero seguramente estaríamos "corriendo en vano". Para no gastar fuerzas inútilmente, para conocer y realizar lo más conveniente, es necesario abrirse a la acción del Espíritu y dejarse guiar por El.
Cuando nos falta esta experiencia del Espíritu, fácilmente sustituimos el testimonio por un activismo estresante, sustituimos o camuflamos la falta de vida por la organización y la estética, cuidarnos el esplendor de las cosas en lugar de abrirnos al Misterio, reducimos el Evangelio en un conjunto de normas y doctrinas, etc.
Para evangelizar de verdad es necesario ser testigo (haber visto, oído, palpado y vivido) lo que se anuncia. Ser una persona que ha vivido un encuentro personal con Cristo, alguien que puede decir como San Pablo: "vivo yo, pero no soy yo; es Cristo quien vive en mí" (Gal. 2,20), o lo que es lo mismo, hay que dejarse vivificar y conducir por el Espíritu Santo. «Sin el Espíritu Santo, Cristo queda en el pasado y el Evangelio es letra muerta... Con el Espíritu Santo, Cristo resucitado se hace presente y el Evangelio es potencia de vida» (Mons. Ignacio Hazim).
Un Plan Pastoral
para cuatro años y para siempre.
El objetivo permanente de nuestro Plan Diocesano de Pastoral para los próximos cuatro años (2007-2011) es una exhortación del Apóstol Pablo en la Segunda Carta a Timoteo: "Haz memoria de Jesucristo Resucitado" (2Tim. 2,8); esta clave se despliega en un sencillo esquema de tres dimensiones, complementarias e interdependientes, en torno a cada una de las cuales vamos orientar prioritariamente la acción pastoral: creer, celebrar y anunciar. Es hacer lo mismo que hacemos siempre, pero con los acentos, los medios y los métodos que hagan posible vivir y anunciar el Misterio de Cristo en las circunstancias actuales.
Centrándonos en la persona de Jesucristo Resucitado, de quien queremos hacer memoria viva, en la práctica seguimos el mismo esquema que usa el Catecismo de la Iglesia Católica y que recientemente ha utilizado el Papa Benedicto XVI en la Exhortación Apostólica "Sacramentum Caritatis": Cristo, misterio que se ha de creer; Cristo, misterio que se ha de celebrar; Cristo, misterio que se ha de vivir. En nuestro caso, esta última dimensión la expresamos con el matiz de "anunciar a Cristo con la vida y con las palabras".
En todo caso, con distintas palabras, se repiten las constantes clásicas de la misión permanente de la Iglesia y que constituyen su naturaleza íntima, expresada en una triple tarea: predicar la palabra (kerigma), celebrar la fe (liturgia), vivir la caridad (diaconía). Tareas, todas ellas, que se implican mutuamente y que no pueden separarse una de otra, pues aislada-mente perderían su autenticidad.
Sea por unos caminos o por otros, lo importante es que los programas, lo medios que utilizamos, el testimonio de vida y el modo de actuar de los agentes de pastoral «permitan que el anuncio de Cristo llegue a las personas, modele las comunidades e incida profundamente mediante el testimonio de los valores evangélicos en la sociedad y en la cultura» (NMI 29).
"Haz memoria de Jesucristo Resucitado"
En último término, con nuestro Plan Diocesano de Pas¬toral para estos cuatro años, pretendemos unir en la mente y en el corazón de los fieles el "hacer memoria de Jesucristo" con el "ser nosotros mismos memoria viva de Jesucristo". Impulsados, guiados y fortalecidos por el Espíritu Santo, y por tanto en docilidad a El, queremos a trabajar con todos los medios a nuestro alcance para que nuestra Iglesia Diocesana sea, cada vez más, "memoria y profecía" de Jesucristo Resucitado, es decir, para que nuestra Diócesis —en todo lo que es y en todo lo que hace sea una manifestación viviente de Jesucristo Resucitado. Ser «memoria y profecía» de Cristo es llevarlo en el corazón y darlo a conocer, es permanecer vinculado a El y presentarlo a los demás.
«Hacer memoria» de alguien, lo mismo que «recordarle», significa «tenerle presente». La palabra «recordar» viene del latín «
Cuando San Pablo, le dice a Timoteo «haz memoria de Jesucristo Resucitado», confía que es así como su discípulo podrá superar los temores y afrontar las dificultades por las que está pasando en ese momento. Su llamada vale también para nosotros en el momento presente. Por eso, «hacer memoria de Jesucristo», tener presente su vida y su palabra, «traerlo de nuevo al corazón», es la tarea que nos proponemos realizar con nuestro Plan Diocesano de Pastoral.
Y, puesto que, en la fe de la Iglesia, la memoria de Jesucristo Resucitado se vive y actúa de manera especial en la Eucaristía, hemos de prestar especial atención a la celebración de la Santa Misa. «Sólo la Eucaristía, verdadero memorial del misterio pascual de Cristo, es capaz de mantener vivo en nosotros el recuerdo de su amor» (Juan Pablo II). Esta memoria no es un mero recuerdo de algo que pasó, sino una realidad existencial y dinámica que implica la vida de quien hace memoria hasta el punto que "la participación del cuerpo y sangre de Cristo no hace otra cosa sino que pasemos a ser aquello que recibimos" (San León Magno). Por eso, de modo análogo al sacramento de la Eucaristía, que es presencia viva de Jesucristo y "carne para la vida del mundo" (Jn. 6,51), así "la vocación de cada uno de nosotros consiste en ser, junto con Jesús, pan partido para la vida del mundo" (Benedicto XVI, Sacramentum Caritatis, 88).
Cultivar esta vocación, tender cada vez hacia esa meta, es el contenido del actual Plan Diocesano de Pastoral. Ser "pan partido para la vida del mundo", equivale a convertirse en "memoria viva de Jesucristo" y eso sólo es posible en la medida que crezca nuestra fe en El y en su Palabra y en la medida que nos alimentemos dignamente con su Cuerpo y San¬gre, pues como nos dice el mismo Cristo: "El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mi, y yo en él. Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí". (Jn. 6,56-57).
En el nombre del Padre,
del Hijo y del Espíritu Santo
Queridos diocesanos:
Todos estamos llamados a trabajar en la viña del Señor y hacemos bien en comprometernos cada vez más en la misión evangelizadora de la Iglesia, pero no olvidemos que "si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles" (Salmo 127).
Conscientes, por tanto, de que "Dios es quien obra en vosotros el querer y el obrar, como bien le pare ce" (Filp. 2,13) y que "quien nos ha llamado es fiel y es el quien lo realizará" (1Tes. 5,24) iniciamos esta nueva etapa pastoral "en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo".
Así pues, con esperanza, confiados en Dios y en su poder, ponemos en marcha un nuevo Plan Diocesano de Pastoral con el triple propósito de afianzar nuestra fe y adhesión personal a Jesucristo, de participar más plenamente en su vida celebrando los misterios de la salvación, y de anunciarlo con la "parresía" y el ardor que nos da el Espíritu Santo.
+ Bernardo Álvarez Alonso
Obispo Nivariense
Obispo Nivariense

