Palabras del Observador permanente de la Santa Sede ante la ONU, el arzobispo Celestino Migliore, quien ha intervenido el 8 de noviembre ante el tercer comité de la 62ª sesión de la asamblea General.
INTERVENCIÓN DE MONSEÑOR CELESTINO MIGLIORE
Señor Presidente,
La Santa Sede expresa profundo aprecio al UNHCR por todos sus esfuerzos al ayudar a 32.9 millones de personas que han sido confiadas a su protección este año. En particular, conozco con satisfacción las iniciativas creativas para las más eficientes operaciones y por un mejor entendimiento de los retos, tales como el Field Protection Reference Group, el diálogo prometedor sobre los retos de protección centrados sobre el nexo asilo-migración y el Acercamiento de Grupo, que ha hecho posible intervenciones más precisas y coherentes en situaciones de emergencia.
Frente a una creciente fatiga y pesimismo que aparece de vez en cuando dentro de la comunidad internacional en el área de la asistencia humanitaria, esta ocasión parece apropiada para recordar que el UNHCR es uno de los instrumentos esenciales con el que el Estado y la comunidad internacional en su totalidad cumple con su compromiso de proteger a aquellos que dejan sus casas por varias razones. Sin embargo tal responsabilidad no puede ser dejada solo al oficio del Alto Comisionado. Además los estados afectados tienen el deber de proteger a esas personas y sostenerlas con firme voluntad política y recursos financieros adecuados. Realizando su parte, los Estados establecen una sólida base sobre la que las operaciones del UNHCR pueden construirse.
Los desafíos son muchos, complejos y desalentadores. Nuestro sentido de humanidad se confronta cada día con noticias de emigrantes y refugiados –generalmente una mezcla de ambos y la mayoría de las veces indocumentados - que procuran cruzar las fronteras en busca de seguridad y de mejores condiciones de vida. En tales intentos, muchas vidas se pierden cada día. No estamos hablando aquí de casos esporádicos. Además, tenemos detrás de nosotros masas de personas en el movimiento por varias causas y con motivaciones diversas: gentes conducidas fuera de sus casas por conflictos armados y persecuciones, gentes huyendo de la pobreza extrema, gentes obligadas a emigrar a causa de la degradación del medio ambiente y desastres naturales.
Se han expresado preocupaciones que la situación de tales personas se alcanza en áreas legales poco definidas, especialmente cuando se mueven por las fronteras de países o regiones con políticas rígidas de migración. Las preocupaciones crecen cuando las dudas surgen mirando a la aplicación de instrumentos de existencia internacional o cuando no existen instrumentos legales de protección. Parece no obstante urgente considerar un esfuerzo internacional coordinado, con una mirada a buscar una mayor claridad en la existencia de instrumentos legales de protección o, si fuera necesario, establecer nuevos.
Sin embargo, a pesar de tales áreas legales poco definidas y con independencia de su situación como refugiados, las personas desplazadas o migrantes indocumentados, su dignidad y sus derechos humanos no pueden ser violados ni ignorados. Su derecho a la vida, a la seguridad personal, a la libertad de conciencia y de religión, a la no discriminación, especialmente de aquellos más vulnerables como los niños, viene antes que cualquier consideración legal o política. Mi delegación por tanto pide a todos los países y regiones comprometidas a emplear todas aquellas medidas que sean aptas para asegurar que los derechos humanos de esos pueblos en tales situaciones precarias sean adecuadamente protegidos y su dignidad humana respetada.
Señor Presidente,
Más concretamente, estamos angustiados por las condiciones penosas de aquellos que huyen debido a los conflictos duraderos en la República Democrática del Congo, en el Chad, en Darfur, en Afganistán y en otras numerosas regiones, entre las que el Oriente Medio destaca con sus muchos problemas.
En particular, la Santa Sede desearía una vez más llamar la atención de la comunidad internacional al sufrimiento de los refugiados iraquíes y personas desplazadas, que huyen de ataques in discriminados, desde actos sectarios y violentos basados en convicciones políticas y religiosas y sobre la afiliación a grupos sociales específicos. Este ha sido el más rápido y masivo desplazamiento en los últimos años.
La Santa Sede desea expresas aprecio a los países vecinos de Irak que continúan soportando las cargas al acoger millones de personas. La comunidad internacional debe sostener a esos países y el UNHCR en su trabajo de asegurar que los refugiados iraquíes y personas desplazadas no se sientan abandonadas y reciban alojamiento digno.
El Papa Benedicto XVI y muchas instituciones católicas han pedido repetidamente medias urgentes necesarias para garantizar protección y una asistencia a tales personas, mientras buscan que las condiciones mejoren en sus países para permitir su retorno.
Señor Presidente,
Estos grandes retos humanitarios sólo se pueden afrontar responsablemente a través de una colaboración factual entre estados, organizaciones internacionales, organizaciones no gubernamentales y sociedad civil. Tal colaboración , conducida por confianza recíproca y solidaridad, puede verdaderamente generar respuestas coherentes y concretas al grito de ayuda de aquellos con necesidad de protección internacional
Gracias, Señor Presidente.