Artículo publicado en Boletín de MISIONEROS JAVERIANOS, Número 440 - Marzo 2008
ENTRE NOSOTROS
Compartiendo una ilusión
JUAN BOTTON - MÁRTIR EN CHINA
1908 - 1944
El P. Juan Botton nació en Carminagno, Vicenza, Italia, en mayo de 1908, último de diez hermanos. Nació en una familia de agricultores y pronto sintió la llamada del Señor, con esta intención ingresó en los Misioneros Javerianos en 1920, en nuestra casa de Vicenza, donde siguió sus estudios primarios y cursó la escuela media; posteriormente haría el noviciado y estudiaría teología en Parma.
Parma
En aquellos años, nuestra casa de Parma respiraba por todos los poros aires de China: los primeros formadores de nuestro Instituto trabajaron allí. Por otra parte, mientras Juan estudiaba teología, nuestro Beato Fundador, Mons. Conforti, visitó China por unos meses y regresó entusiasmado de lo que había visto, «he visto un campo floreciente, —dijo a la comunidad a su regreso—tal vez, entre todos los pueblos de la tierra, el chino es el más dis-puesto... si hubiera más misioneros de catequistas...»
Terminados los estudios teológicos, fue ordenado sacerdote por el Beato Conforti en abril de 1931. Después de la ordenación, durante tres años, es-tuvo en Italia trabajando en la animación misionera.
China
En Septiembre de 1934, llegó el tan deseado momento por el P. Juan: su mar-cha a China, donde llegó, acompañado de otros seis javerianos. Llegaron a Shanghai y de allí siguieron a Zhengzhou, donde los javerianos tenían la Casa Religiosa. Inmediatamente se dieron al estudio del chino.
Terminado el tiempo del estudio, el P. Juan fue destinado a la misión de Zhengzhou, que se encontraba en la provincia de Henan, una zona, en gran parte, montañosa. Tenía una extensión de 32.000 Km. cuadrados y contaba con una población de más de siete millones de habitantes. Después de treinta años de cristianismo los cristianos eran unos 20.000.
Pobreza y guerra
El problema más grande de la zona era el hambre, que comenzó a agravarse en los últimos meses de 1936. Muchas familias se vieron obligadas a marchar a otros lugares del país en busca de mejores oportunidades de vida que, casi seguro, no encontrarían. Había mucha gente hambrienta, enferma, desnutrida, en los huesos...
A la miseria se juntó la guerra. Ya desde 1931, Japón había de-mostrado sus intenciones imperialitas sobre Chi-na. En Julio de 1937, Japón comienza a mover sus tropas hacia Pekín y hacia Chi-na entera. Los dos bandos cuentan con de-cenas de miles de soldados, los enfrentamientos son cada vez más frecuentes; la destrucción, el saqueo y la muerte se ex-tienden; las misiones son atacadas y destruidas, los misioneros se ven obligados a cambiar de residencia.
Campo de concentración
Italia entra en guerra al lado de Alemania, ambas son amigas de Japón y, por lo tanto, consideradas enemigas de China. Los Misioneros italianos son sospechosos y en ocasiones son acusados de espías, el clima es tenso entre los chinos y los italianos, no es fácil convencer a las autoridades de que tales sospechas son infundadas. Las represalias no tardan en llegar: el 6 de mayo de 1942 se ordena a los misioneros italianos que, en el plazo de un mes, deben estar todos en el campo de concentración de Neixiang, a 400 Km. de la zona donde se encuentran trabajando. Comienzan un fatigoso y largo viaje: con lo puesto, comiendo de lo que les daban, sin ninguna posibilidad de atención médica... Las condiciones del campo eran desastrosas: eran unas casuchas viejas, sin organización interna, comiendo cuan-do les llevaban algo, expuestos al frío...
En noviembre de 1943, los PP. Zulián y Juan son liberados y vuelven al hospital, del que P. Zulián había sido director, en la ciudad de Zhehgzhon, y comienzan a hacerlo funcionar de nuevo.
Para salvar a otros
Nos lo cuanta el P. Zulián en su diario: «29 de abril de 1944: Los japoneses avanzan. El patio del hospital está lleno de mujeres y niños. Hacia el medio día algunos japoneses entran en el patio, pistola en mano, gritando que somos espías... pero la cosa queda ahí.
30 de abril de 1944: la ciudad es bombardeada, cerca del hospital caen las bombas, el grueso del ejército japonés está cada vez más cerca, los soldados chinos resisten como pueden pero van retrocediendo, los disparos cada vez están más cerca de nosotros... Hacia las cinco de la tarde los japoneses están en el patio del hospital. El P. Juan dice: «ya están aquí, yo salgo, de lo contrario nos lanzan alguna granada y aquí morirnos todos». Sale velozmente y en la puerta encuentra dos japoneses, grita. «italiano, italiano» y dando un grito de dolor cae al suelo, los dos japoneses le han clavado las bayonetas. El P. Juan se desangra rápida-mente..., muere diciendo: «no lloréis, estoy bien así», después con un suspiro espiró diciendo: «Señor, ven a llevarme».
Posteriormente llega, un oficial que, viendo al P. Juan muerto, me preguntó por nuestra nacionalidad, al contestarle que éramos italianos pidió disculpas y añadió: «son los errores de la guerra». n
P. Luis Pérez Hernández s.x.

