Mi?rcoles, 09 de abril de 2008

Notas para la Homilía publicadas en Guión Litúrgico para la celebración de la Pascua del Enfermo 2008, VI domingo de Pascua.

 

1. Desde la vida

 

La experiencia de la enfermedad es universal y fuente de sufrimientos en un mundo que idealiza la salud. Perder a un ser querido es una de las expe­riencias humanas que mayor sufrimiento entraña.

El fenómeno del duelo resulta familiar, pues todos pasamos por él, pero la variedad de procesos y las situaciones tan diversas, reclaman una atención especial.

Enfermedad, sufrimiento, deterioro y muerte son realidades ante las que no nos sentimos cómodos. Cuando llegan no somos capaces de reconducirlas y dar un sentido de vida y esperanza.

 

 

2. Escuchamos la Palabra de Dios

 

1 a Lectura: Hch 8, 5-8.14-17. Les imponían las manos y recibían al Espíritu Santo. Los discípulos, movidos por el espíritu de Cristo resucitado, evangeli­zaban con palabras y obras de caridad. Ambas cosas se complementan (cf. NMI 50). Felipe predica en Samaria, lo que supone un progreso en la evan­gelización. Las antiguas fronteras seculares del pueblo de Dios caen bajo la acción del Espíritu. Pedro y Juan «confirman» la obra del diácono, que se limitaba a predicar y bautizar. Es la fuerza del Espíritu.

 

Sal 65 Aclamad al Señor, tierra entera. Canto de acción de gracias para expresar la alabanza y reconocimiento al Señor por todos los beneficios reci­bidos de sus manos. Se canta la bondad de Dios y se celebra al Señor como fuente de vida e inagotable fecundidad.

 

2a Lectura: 1P 3, 15-18. Como era hombre, lo mataron, pero, como poseía el Espíritu, fue devuelto a la vida. Pedro anima a los cristianos a que no pierdan la mansedumbre y la esperanza, y les invita a que sepan dar razón de esa es­peranza a quien la pidiere, no desde el orgullo o con imposición, sino desde el convencimiento y el respeto, sabiendo que la mejor razón es el buen ejemplo. Es la fuerza del testimonio.

 

Evangelio: In 14, 15-21. Yo le pediré al Padre que os dé otro defensor. A Jesús le resulta difícil la despedida de sus amigos. Se muestra deseoso de aliviar el desgarro de la separación, de llenar el vacío de la ausencia y de fa­cilitarles el futuro. La recomendación se refiere a la palabra y el amor. El que ama guarda la palabra del amigo y la cumple. El que ama será amado, y el que es amado amará más. Es la fuerza de la promesa.

 

3. Celebramos la Pascua del Enfermo


La fe cristiana es consciente de las experiencias de sufrimiento y siempre ha desplegado una particular sensibilidad hacia quienes viven los momentos de dolor por las pérdidas, tanto con ritos específicos como con el compromiso por "dar siempre razones de nuestra esperanza" (1 P3, 15).

 

Contamos con los recursos religiosos y los ritos que nos ayudan a celebrar la presencia de Dios en medio del sufrimiento. Sin embargo, se requiere, como dice Benedicto XVI en la Deus caritas est, 31, una adecuada "forma­ción del corazón" para actualizar la caridad hacia quienes sufren.

 

Nuestra sociedad crece en atenciones ante quien experimenta el duelo, iniciativas encomiables, cuya bondad deseamos reconocer y apoyar desde la comunidad cristiana.

El dolor por la pérdida de un ser querido constituye una experiencia per­sonal, afecta a la persona en su totalidad y reclama una particular atención a la persona, como personas y como creyentes.

 

La fe nos impulsa a cultivar, de forma exquisita, nuestra solidaridad en el consuelo, en un proceso que ha de vivirse con la humildad de quien "pisa tierra sagrada, ante la cual se descalza" (Ex 3, 5). Como Historia de Salvación el destino prometido es la vida en Dios, donde no habrá llanto ni pena (Ap 21, 4), ya que nuestra mirada en Jesús la mañana del domingo (MT 28) nos advierte de que la muerte no mata nuestra esperanza. Nuestra esperanza en la resurrección se hace así fuerza vital que dinamiza nuestra vida, también en el dolor compartido.


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