Artículo publicado en el Boletín "X tantos", MAYO 2008, recibido en la parroquia para su distribución entre los fieles con motivo de la campaña para colocar la "X" para la Iglesia en la Declaración de la Renta. (Publica Secretariado para el Sostenimiento de la Iglesia)
El sostenimiento económico de
la Iglesia depende de los católicos
JESÚS DE LAS HERAS
Desde la llegada de la democracia a España, hace ya más de treinta años, unos y otros -católicos y no católicos, practicantes y no practicantes- venimos repitiendo, como en el Guadiana, la misma cantinela: la Iglesia se ha de autofinanciar. A veces hasta se eleva el tono de este deseo y con é. en forma de reclamación e incluso de ultimátum, se hace toda la demagogia del mundo. Y se olvida que la Iglesia es expresión y canalización de un derecho humano sagrado e inviolable como el de la libertad religiosa, que, como derecho fundamental que es debe ser articulado, desarrollado, protegido y fomentado por los poderes públicos.
La realidad, no obstante, es que la Iglesia ha vivido habitualmente, a través –eso sí– de distintos sistemas y modos, de lo que la misma Iglesia generaba. Sí, de sus propios recursos, de sus propios medios, de sus propias personas, porque la Iglesia no es una realidad abstracta e inconcreta, sino que es --somos— todas las personas, todos los ciudadanos que pertenecemos a ella y vivimos en el gozo y en el reto de la verdadera comunión y corresponsabilidad eclesial.
El acuerdo alcanzado entre la Santa Sede y el Estado Es-pañol es positivo y beneficioso para la sociedad y sus administraciones públicas, para la libertad y la misión de la Iglesia y para la responsabilidad de los católicos y de otras personas de buena voluntad. La Administración del Estado se convierte en mero intermediario –ya lo era–, en mero gestor de la voluntad y decisión libre de los ciudadanos.
Una Iglesia que merece
ser ayudada
La Iglesia hace el bien y me-rece ser ayudada por los católicos --para quienes colaborar con ella es un deber de corresponsabilidad– y por aquellas otras personas que lo deseen. Y es que, al menos, son ocho las grandes aportaciones que la Iglesia presta a la sociedad. La primera de ellas es la constatación de que la Iglesia está presente en los acontecimientos más importantes y más cotidianos de millones de ciudadanos. La Iglesia —en segundo lugar— brinda a la sociedad valores permanentes que nos ayudan a crecer como personas y mejorar la convivencia entre las personas. La Iglesia es la gran abanderada de la causa del hombre y de sus verdaderos derechos.
La Iglesia ayuda a los más necesitados de la sociedad y lo hace con la entrega generosa de la vida de sus agentes de pastoral y de tantos y tantos colaboradores, benefactores y voluntarios con que cuenta. Un ejemplo bien luminoso y elocuente al respecto lo constituyen los cerca de 20.000 misioneros españoles dispersos por todo el mundo. Asimismo, la Iglesia contribuye al desarrollo cultural y educativo de sus miembros y de todas aquellas personas que participan en sus iniciativas de esta naturaleza. La Iglesia a lo largo de la historia y también en la hora presente ha creado, conserva y fomenta un impresionante patrimonio cultural y artístico, que configura la imagen de nuestras ciudades y pueblos y que es expresión de su fe.
Finalmente, la vida de la Iglesia como comunidad cristiana da lugar a múltiples asociaciones y a un amplio voluntariado que promueven actividades sociales, religiosas, recreativas y culturales, como acontece con cofradías, movimientos laicales e iniciativos de ocio, tiempo libre y promoción humana emitidas desde la Iglesia.
Una Iglesia que no busca privilegios
Esta Iglesia no busca privilegios ni vive de las arcas públicas. Vive de la voluntad de sus miembros y el Estado es únicamente el gestor, el cursor de esta voluntad de los contribuyentes en lo relativo al 0,7% del IRPF, que, en cualquier caso, le será deducido al ciudadano. La financiación de la Iglesia a través de la asignación tributaria constituye un cuarto de los recursos que precisa para poder realizar su misión. Los otros tres cuartos llegan de donativos, suscripciones periódicas, cuotas, aranceles, colectas, rendimientos financieros y buena y austera administración.
Que el sistema de la asignación tributaria —tanto la que entra ya en vigor en 2008 como la vivida en los 20 años anteriores— no es ningún privilegio lo demuestra la panorámica sobre la financiación de otras Iglesias europeas. En los países confesionales (Reino Unido, Dinamarca, Noruega, Finlandia y Grecia) el sostenimiento de la Iglesia confesional anglicana o luterana corre a expensas del Estado. En Alemania existe un impuesto directamente religioso a voluntad de los contribuyentes. En Holanda, Bélgica y Luxemburgo las Iglesias se mantienen a través de un sistema de dotación presupuestaria pública, sistema similar, con algunas variantes, en Austria.
Así, pues, a partir de ahora el sostenimiento económico de la Iglesia católica en España va ya a depender exclusivamente de la voluntad de sus fieles y simpatizantes, a través de la declaración de la renta y de los donativos y aportaciones en sus parroquias y diócesis. Es precisa una nueva mentalidad, acorde a la realidad de la nueva regulación y acorde al bien que la Iglesia hace a tantas personas y a la entera sociedad. Porque la Iglesia no busca privilegios, porque la Iglesia es una institución que merece ser ayudada y porque ahora nos toca ya del todo a nosotros autofinanciarnos, autofinanciar a nuestra Iglesia, esa Iglesia que somos todos los católicos.

