Comentario a las lecturas del domingo quinto del Tiempo Ordinario - A, publicado en Diario de Avisos el domingo 13 de Julio de 2008 bajo el epígrafe "el domingo, fiesta de los cristianos".
Los pájaros,
las piedras,
las espinas...
El alumno siempre agradece que el profesor, después de exponer una doctrina, ponga algunos ejemplos. Los ejemplos ayudan a entender las lecciones. Después de la teoría, la práctica.
Jesús, como buen maestro, iba ilustrando toda su doc-trina sobre el Reino con ejemplos, con muchos ejemplos. Eran sus parábolas.
Las parábolas de Jesús era sencillas, transparentes, tomadas del devenir de la vida diaria, algo que todos sus oyentes podían constatar, ya que eran sucesos o actividades que ocurrían ante sus ojos. Páginas de la vida del campo, del mar, del pastoreo, de la vida familiar. Viñetas al alcance de todos para orientar la propia vida en seguimiento de Jesús. Así, la parábola del sembrador: "Salió el sembrador a sembrar su simiente. Y una parte cayó en...; otra parte, en...; otra parte, en...". Esta escena estaba allá, ante los ojos de sus seguidores. No hacía falta por tanto, mucho esfuerzo para hacerles comprender que "según el lugar donde cayera la semilla -el camino, las piedras, las espinas, la tierra-tierra-, así sería la cosecha. Produciría el treinta, el cincuenta o el cien por cien".
Y, sin embargo, ya lo ven, no lo entendían. Los mismos discípulos le preguntaron a Jesús: "¿Qué has querido con tu parábola?".
Esa es, pues, la cuestión: ¿Qué ocurría para que "miraran sin ver y escucharan sin oír ni entender"?
Conviene tener en cuenta dos cosas. Primera: que Jesús decía sus parábolas en orden a "instruir", por supuesto. Es necesario conocer las "reglas de juego" en cualquier compromiso humano. Ser discípulo significa ser "alguien que aprende". Los discípulos de Jesús deben conocer, por tanto, todas las asignaturas de ese "Reino" que Jesús viene a implantar. Cristo no quiere autómatas, sino seguidores libres y conscientes, movidos únicamente por el resorte del amor.
Pero, segundo: sus parábolas no estaban destinadas únicamente a "instruir", sino a "ser puestas en marcha".
Y así, el discípulo de Cristo, no será "buen discípulo" solamente por "entender" el secreto del crecimiento de la simiente. Hará falta que trabaje en convertir todo en "buena tierra", empezando por su propio "yo".
Y eso es lo que quería decir Jesús cuando, a continuación, citando a Isaías, añadía: "Oirán con los oídos sin en-tender y mirarán con los ojos sin ver, porque este pueblo tiene el corazón embotado". Esa es la consigna, por tanto de la parábola de hoy: "Desembotar el corazón". El desembotador que lo desembotare, buen desembotador será.
En la primera lectura de este domingo, el mismo Isaías dice bellísimamente: "Como bajan la lluvia y la nieve des-de el cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar...así será la palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo".
Lección primera, por consiguiente, en esta asignatura de la "labranza de Dios": "Quitar piedras y espinas, roturar bien la tierra, que las nubes, por supuesto, destilen su rocío y ponemos a la escucha de ese Dios que nos inter-pela". Samuel se convertía en una buena tierra cuando decía: "Habla, Señor, que tu siervo escucha".

