S?bado, 20 de febrero de 2010


 Homilía  del obispo de Zárate-Campana, monseñor Oscar Sarlinga, en la misa exequial por monseñor Expósito primer obispo de la diócesis quien falleció a los 82 años tras una larga enfermedad el pasado viernes 1º de enero en la Clínica San Camilo, de Buenos Aires, y cuyos restos fueron trasladados desde allí hasta la catedral Santa Florentina, de Campana, donde fue velado.
Campana (Buenos Aires), 5 Ene. 10 (AICA)
    
Texto de la homilía
     Estamos hoy congregados para despedir, en la fe, a nuestro hermano Obispo, Mons. Alfredo Mario Esposito, quien, aunque nacido en Nápoles, el 20 de mayo de 1927, era de nacionalidad argentina puesto que su padre su padre se desempeñaba como cónsul argentino en aquella ciudad de Italia, y allí vivía la familia. Fue ordenado sacerdote en la Congregación de los Misioneros Hijos del Corazón Inmaculado de María (los Padres Claretianos) el 1 de agosto de 1954; elegido obispo de Zárate-Campana el 21 de abril de 1976 por S.S. Pablo VI, el Papa que creó esta diócesis. Su ordenación episcopal la recibió por imposición de manos y oración consecratoria de S.E. Mons. Pío Laghi, entonces Nuncio Apostólico, y tomó ese mismo día posesión de su cargo pastoral, el 4 de julio de 1976. 

     Hoy lo despedimos, habiendo partido a la Casa del Padre el día 1ro. de enero, en la festividad de la Virgen Madre de Dios, en pleno Año Sacerdotal, convocado por S.S. Benedicto XVI.

     Todos recordamos la hombría de bien y la piedad de Mons. Esposito. Podemos decir de él, como en una síntesis espiritual, que la experiencia del Espíritu y de María Santísima fueron el centro de su vida. En efecto, el seguimiento de Cristo era, en su espiritualidad, una experiencia de vida que sólo es posible por la acción del Espíritu, Espíritu del Padre y del Hijo, Espíritu también de nuestra Madre la Virgen, en tanto Esposa del Espíritu Santo. Ese Espíritu que es como el gran Centro integrador de todas las dimensiones de nuestra vida y nuestra misión, el gran Protagonista de la misión, como lo llama la recordada Evangelii Nuntiandi, y el principal agente de la dimensión misionera de toda la pastoral. Así lo experimentó el fundador de la Congregación a la cual perteneció, el Obispo San Antonio María Claret, y nuestro hermano Alfredo Mario lo siguió, pues se sintió ungido por el Espíritu para anunciar la Buena Nueva a todos los hombres, y en especial a aquéllos que le habían sido encomendados.

     Monseñor Alfredo Mario, en síntesis todavía más justa, fue forjado en la fragua del Corazón de María. Esto es esencial para comprender su personalidad, su vocación, el desempeño de su misión como Obispo.

     Nuestro hermano Obispo no nos ha dejado, como loablemente lo hacen otros prelados, un «testamento espiritual». En realidad, lo ha sido todo su testimonio, en especial su sufrimiento en Cruz, aceptado con Amor. He tomado, por ello, dos ejes –permítaseme llamarlos así- a la manera de un testamento espiritual.

     El primero de esos ejes lo tomé de su Homilía el día de su ordenación episcopal, en 1976, en el nacimiento de la diócesis de Zárate-Campana, y expresa su «pasión por la Iglesia» y por la unidad y la concordia en Ella. Nos decía: “Sí, Jesús vive entre nosotros de una manera especial desde ahora. Él dijo a los Apóstoles: “Cuando dos o tres de ustedes están unidos en mi Nombre, allí estoy yo” (Mt 18,20). Pues bien, estamos de un modo especial en la caridad, desde este día, “en el Nombre del Señor”. No ciertamente por meros motivos humanos, por laudables que sean. Menos aún, por intereses mezquinos. Pobres o ricos, grandes y chicos, enfermos y sanos, con responsabilidades de gobierno o simples ciudadanos, con todo lo que somos… estamos unidos, desde ahora y para el tiempo que vendrá, en una realidad que llamamos una Iglesia local, que no es otra cosa que el misterio grande de la Iglesia Universal, que se hace carne y se concreta, por decirlo así, en una modalidad y forma local” . Todos quienes han conocido bien a Mons. Esposito saben cómo él amaba profundamente la diócesis. Incluso ya estando enfermo, y emérito, vino en la recurrencia del 4 de julio (considerada «moralmente» la fecha de fundación de esta circuncripción eclesiástica) desde 1994 hasta 1999, ya al final enclavado en silla de ruedas.

     Tanto amó a esta diócesis que, cuando cumplió sus bodas de oro sacerdotales en 2004, imposibilitado por completo de desplazarse, lo acompañaron los sacerdotes de la diócesis que él había ordenado, y también otros, junto con amigos, feligreses, en una eucaristía que presidió el Cardenal Jorge Mario Bergoglio, en la capilla de la Clínica de San Camilo, en Buenos Aires.

El otro «eje» de su testamento espiritual no escrito lo he tomado del, sí escrito, «Testamento espiritual» del Papa Pablo VI, en sus consideraciones sobre la Iglesia, su profundo sentido de pertenencia a Ella: “La paz del Señor sea con nosotros (…) siento que la Iglesia me rodea: oh, Iglesia santa, una y católica y apostólica, recibe mi supremo acto de amor con mi bendición y saludo”(n.1)

     En su despedida de este mundo, nos decía ese gran Papa: “Y respecto a lo que más importa, despidiéndome de la escena de este mundo y yendo al encuentro del juicio y de la misericordia de Dios: debería decir tantas cosas, muchas. Sobre la situación de la Iglesia; que escuche las palabras que le hemos dedicado con tanto afán y amor” (n.6) . Escuchar las palabras de enseñanza, dichas con dulzura, con Amor, con ánimo y deseo de enseñar, con humildad, amando al mundo, sin confundirse con él, como también prosigue el Papa Pablo: “Sobre el mundo: no se piense que se le ayuda adoptando sus criterios, su estilo y sus gustos, sino procurando conocerlo, amándolo y sirviéndolo” (n.6) . Creo que podríamos perfectamente poner estas palabras, hoy, en labios de nuestro hermano Mons. Alfredo Mario, él, que se ocupó de promover e impulsar las misiones populares (tales como la de Campana y la de Zárate, en 1979; y la del partido de Pilar, en 1982), él, que promovió la creación de escuelas católicas para la niñez y juventud, que fundó el Seminario “San Pedro y San Pablo” (¡qué contento estaría de haber visto su re-fundación, el pasado año!) y que promovió en todos los sentidos el rol del laicado, en sus instituciones, asociaciones, movimientos.

     No pueden faltar hoy unas sentidas palabras de agradecimiento franco a la Sra. Laura Squarici, su enfermera, o más bien, «su ángel tutelar», quien lo ha cuidado desde el 2 de noviembre de 1993, hasta el día de ayer, en que entregó su alma al Señor. Es el 7mo. Obispo del cual la Sra. Laura ha cuidado, en todos los casos hasta el momento de la muerte.

     Es también la ocasión de agradecer a la Fundación «Pérez Companc», la cual, desde el hoy distante 1992, hasta el presente, le ha brindado toda la atención que necesitaba y se hizo cargo del cuidado de su enfermedad, en la Clínica “San Camilo”. Vaya un agradecimiento sentido a las Hijas de San Camilo, las hermanas, que lo han cuidado con tanto afecto y devoción, y al personal médico y sanitario de ese lugar.

     Quien habla ya había tenido ocasión de tratar con él desde abril de 2003, cuando recién estaba electo Obispo titular de Uzalis y auxiliar de Mercedes-Luján, en la primera Asamblea episcopal de la que participé. Fueron numerosas las ocasiones de departir, siempre amable, siempre sacerdotal, humilde y digno. Como Obispo de esta diócesis, pasé la celebración del cumpleaños en San Camilo (cumplimos años el mismo día) en 2006; Mons. Alfredo Esposito estaba radiante, contento, habían concurrido también algunas familias, principalmente de la ciudad de Campana, que lo han visitado y atendido hasta el día de ayer, con esmero, agradecimiento y devoción. Gracias también a ellos, no puedo nombrar a todos y cada uno, pero saben bien a quiénes me refiero.

     En las distintas ocasiones en que tuve la dicha de verlo, la última vez que pudo dirigirme la palabra, con gran dificultad, asintió a mi solicitud de ofrecer todos sus sufrimientos, que lo hacía con gran espíritu de fe, por la Iglesia diocesana, por los sacerdotes, religiosos, religiosas, por las vocaciones, las familias, y todo el Pueblo de Dios, en especial por aquéllos más alejados, los pecadores, quienes ya no tenían razones de creer ni de esperar, los que más sufren, los más pobres y los abatidos.

     Mons. Esposito no ha dejado bienes materiales, que no poseía. El Obispado ha tomado a su cargo todo el servicio fúnebre de este hermano nuestro, y ha sido providente el contar con el área tumbal, en el templo criptal de «Santa Forentina y los Santos Padres de la Iglesia hispana», que hemos restaurado recientemente y donde reposará este hermano nuestro en la espera de la Resurrección gloriosa. Como símbolos, este hermano Obispo había entregado ya su anillo episcopal a su hermana Rita, quien vive en las Islas Canarias, y con quien hoy por la mañana hemos mantenido una conversación telefónica, y legó también para ella su cruz pectoral. Como dije, no dejó otros bienes. La mitra de la ceremonia de su ordenación, que le fue puesta hoy en su último adiós, y su sencillo báculo de madera simple, que ahora está sobre su féretro, permanecerán en la ciudad de Campana como perenne recuerdo de quien fue el primer Obispo diocesano, con sencillez, y a la vez con toda la carga del simbolismo que merecen.

     Gracias, por todo tu testimonio, querido Monseñor Alfredo Mario Espósito. Más bien, no te decimos definitivamente «adiós», te decimos «hasta pronto», «hasta el Cielo».

«Hasta el Cielo», fiel y santo Pastor de la Iglesia. Amén.+


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