Mi?rcoles, 31 de marzo de 2010

 Homilía de monseñor Antonio Mario, obispo auxiliar de La Plata en la misa de ingreso de los nuevos seminaristas al seminario "San José" (La Plata, 22 de febrero de 2010). (AICA)

“SÍGANME” (Mt 4,19)  

En esta Santa Misa damos nuestra cordial bienvenida a veintiún jóvenes que proceden de distintas diócesis y hoy ingresan a nuestro Seminario San José de La Plata.

Siete de ellos ingresan por esta arquidiócesis de La Plata. Ocho por la diócesis de Gregorio de Laferrere, acompañados por su obispo, mi querido hermano en el episcopado, Juan Suárez, quien es exalumno de este Seminario, y nos trae además otros nueve seminaristas que se integrarán en cursos superiores. Cuatro por la diócesis de Puerto Iguazú, que se suman a un grupo importante de la misma procedencia ubicados en distintos años. Uno por la diócesis de Mar del Plata, que también cuenta con un número importante de seminaristas en años superiores. Uno por la Eparquía Ucraniana, con lo cual ya son tres los seminaristas de esta Eparquía que se forman en esta casa.

A los obispos que nos confían sus seminaristas, así como a los sacerdotes que han trabajado para guiarlos, algunos de los cuales concelebran esta Eucaristía; a las familias que entregan a sus hijos a la Iglesia para el servicio de Dios… a todos decimos ¡muchas gracias!

Este Seminario se siente honrado de recibirlos y, a través del arzobispo, de los superiores presididos por el Rector, de los distintos formadores del fuero externo e interno se dispone a brindar lo mejor de sí, a fin de que entre formadores y seminaristas constituyamos el Seminario que Cristo y la Iglesia esperan de nosotros. En esta casa represento al arzobispo, en mi carácter de obispo auxiliar de esta arquidiócesis y delegado para la formación del clero. Junto con el P. Rector y los sacerdotes formadores tenemos un anhelo común: formar sacerdotes según el corazón de Cristo y según las necesidades actuales de la Iglesia.

Desde hoy adquieren su condición de seminaristas. Desde hoy se intensifica un proceso de formación que, en muchos casos, se ha iniciado en el seno de la propia familia, justamente considerada como el primer Seminario. También ha jugado un papel importante la parroquia, en contacto con un sacerdote que les ha servido de guía espiritual; o un colegio católico, donde junto con el conocimiento doctrinal, sintieron el atractivo de un seguimiento más estrecho y radical de Jesucristo, que los llamaba al estado de vida sacerdotal.

Como enseña Santo Tomás de Aquino, “Dios llama interior y exteriormente” (). Interiormente, a través de la gracia y la iluminación del Espíritu Santo, quien pone el gusto y da la fuerza para seguir a Cristo en este género de vida célibe y totalmente dedicada a la causa del Reino de Cristo en las almas y en el mundo. Exteriormente, a través de la Iglesia, representada por el obispo y por los sacerdotes que, en comunión con él, deben discernir la autenticidad de los signos de una verdadera vocación.

Dios es el que llama, pero se vale de mediaciones, de instrumentos humanos, a través de los cuales la llamada interior alcanza su confirmación. Corresponde a la Iglesia como Madre, educar, y no pocas veces corregir; alentar y también advertir sobre la sublimidad de la vocación recibida y los peligros que la acechan, así como las graves obligaciones que se adquieren.

No se ingresa en un Seminario para una vida fácil o cómoda y sin esfuerzo. Para llegar a ser un buen sacerdote, un sacerdote santo, se debe comenzar siendo una buena persona, un buen hombre, un buen cristiano. El seminarista sabe desde el primer día que vale para él, como para todo cristiano bautizado, aquella lección fundamental: “Si alguien quiere seguirme, niéguese a sí mismo, cargue cada día con su cruz y sígame” (Lc 9,23).

Jesús a nadie obliga. Nada impone, sino que propone. Invita y espera una respuesta de generosidad. Debemos elegir, lo cual implica una capacidad para adquirir compromisos estables y definitivos. No se ingresa ni huyendo de alguna situación, ni por un entusiasmo pasajero o antojadizo, superficial; ni por presión del ambiente, ni por presión indebida de algún sacerdote. Cristo es el que llama. Nosotros no podríamos elegir si no fuésemos previamente elegidos por Él: “No son ustedes quienes me eligieron a mí sino yo quien los elegí a ustedes y los he destinado para que vayan y den fruto y ese fruto sea duradero” (Jn 15,16).

Hemos sido elegidos por Cristo para que nosotros lo elijamos a Él con todas nuestras fuerzas y con todo nuestro corazón. Esta elección divina no guarda proporción con nuestras buenas condiciones ni con nuestros méritos previos. El puro beneplácito divino preside nuestra vocación. Como dice el Evangelio de San Marcos: “Después [Jesús] subió a la montaña y llamó a su lado a los que él quiso” (Mc 3,13). Santa Teresa del Niño Jesús, comenta este pasaje con palabras magistrales: “He aquí el misterio de mi vocación, de mi vida entera, y, sobre todo, el misterio de los privilegios que Jesús ha querido dispensar a mi alma... Él no llama a los que son dignos, sino a los que él quiere (...)” (A 2rº).

Ante esta vocación divina, la única respuesta posible es la prontitud incondicional y la totalidad. Como cuando el Maestro llamaba a Andrés y a Pedro, a Santiago y a Juan, a Leví y a Natanael.

Jesús nos pide prontitud en la respuesta. Leemos en el Evangelio de San Mateo: “Mientras caminaban a orillas del mar de Galilea, Jesús vio a dos hermanos: a Simón, y a su hermano Andrés, que echaban las redes al mar porque eran pescadores. Entonces les dijo: «Síganme, y yo los haré pescadores de hombres». Inmediatamente, ellos dejaron la barca y a su padre y lo siguieron” (Mt 4,18-22).

También nos pide no presentar excusas ni otras prioridades, ni poner condiciones para seguirlo. Nada puede estar antes ni ser más importante: “Mientras iban caminando, –leemos en el Evangelio de San Lucas– alguien le dijo a Jesús: «¡Te seguiré adonde quiera que vayas!». Jesús le respondió: «Los zorros tienen sus cuevas y las aves del cielo sus nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza». Y dijo a otro: «Sígueme». Él respondió: «Permíteme que vaya primero a enterrar a mi padre». Pero Jesús le respondió: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vé a anunciar el Reino de Dios. Otro le dijo: «Te seguiré, Señor, pero permíteme antes despedirme de los míos». Jesús le respondió. «El que ha puesto la mano en el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios»” (Lc 9, 57-62).

Jesús reclama igualmente un gran desprendimiento, pues para seguirlo a Él es preciso dejarlo todo. Como leemos en el Evangelio de San Lucas: “Ellos atracaron las barcas a la orilla y, abandonándolo todo lo siguieron” (Lc 5,11).

Este día de ingreso, que quedará en el recuerdo, coincide con la fiesta de la Cátedra de San Pedro, en la cual celebramos la pervivencia del carisma de este apóstol en sus sucesores, que son los romanos pontífices. A Pedro se le confió la misión de confirmar a sus hermanos en la fe recibida, de ser garante de la unidad eclesial, en la verdad y en el amor. Es, pues, la oportunidad para manifestar nuestra adhesión irrestricta a esta cátedra de la verdad, y a la persona del Santo Padre Benedicto XVI. Esto mismo nos lleva a meditar en el aspecto necesariamente eclesial, jerárquico y comunitario de la vocación al ministerio sacerdotal. No podemos servir a Cristo sino viviendo en la comunión y en la obediencia a la verdad enseñada por los pastores legítimos con quienes el mismo Señor se identifica: “Quien a ustedes escucha, a mí me escucha” (Lc 10,16).

En la lectura de la Primera Carta de San Pedro (1Ped 5,1-4), hemos escuchado la exhortación del apóstol dirigida a los presbíteros: “Apacienten el Rebaño de Dios, que les ha sido confiado; velen por él, no forzada, sino espontáneamente, como lo quiere Dios; no por un interés mezquino, sino con abnegación; no pretendiendo dominar a los que les han sido encomendados, sino siendo de corazón ejemplo para el Rebaño”. Para los jóvenes que ingresan esta es una clara advertencia acerca del carácter servicial de esta vocación. No se trata de una carrera mundana, donde se compite en búsqueda de fama, de dinero, de honores, de poder. Aquí se habla de amor espontáneo y desinteresado, de abnegación y de servicio que edifica con el ejemplo. “Y cuando llegue el Jefe de los pastores, recibirán la corona imperecedera de gloria”.

En el curso de este año sacerdotal, instituido por el Papa Benedicto, en conmemoración de los ciento cincuenta años de la muerte del Cura de Ars, San Juan María Vianney, resplandece un modelo magnífico de presbítero lleno de Cristo y de amor y celo por la salvación del rebaño que Dios le confió. Su vida será seguramente objeto de lectura y meditación.

No me resta sino encomendar a la Virgen Santísima, madre de Cristo Sacerdote, la semilla de la vocación que Dios puso en ustedes. Aquella en cuyo seno se gestó la hostia del sacrificio redentor, por obra del Espíritu Santo, custodiará también con su intercesión la obra que ese mismo Espíritu ha iniciado en ustedes. 

Mons. Antonio Marino, obispo auxiliar de La Plata 


Publicado por verdenaranja @ 23:18  | Homil?as
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