Comentario al evangelio del domingo duodécimo del Tiempo Ordinario – C, publicado en Diario de Avisos el domingo 13 de Junio de 2010 bajo el epígrafe DOMINGO CRISTIANO.
Lluvia de encuestas
Daniel Padilla
Unade las características de nuestro vivir actual es la invasión de las encuestas. De la misma manera que ha llegado la polución atmosférica, o los productos congelados, o la música delirantemente rítmica y ruidosa, del mismo modo han proliferado las encuestas. Todo se somete hoy a encuesta: el pasado, el presente y el futuro. Hasta lo futurible: ¿ganaría la Liga tal equipo con otro entrenador que no fuera el actual? Decididamente, no sabríamos ya vivir sin encuestas. Yo no sé si las encuestas ayudan -o al revés- para que formemos opinión y sepan tomar decisiones los dirigentes. No sé siquiera si sirven para que los encuestados progresen como seres pensantes, razonadores, despiertos.
Tampoco sé -aunque a veces lo pienso-, si las encuestas tendrán como finalidad divertir al personal, tanto a encuestadores como a encuestados. Lo que sí sé es que, cuando menos lo piense uno, le asalta alguien en la calle -bolígrafo o micrófono en mano-, y ¡zas!, comienza el interrogatorio: ¿qué opina usted sobre los incendios forestales, el SIDA, la corrupción? Pues bien. He aquí que Jesús también, un día, se lanzó a la calle, en Cesarea de Filipo, y comenzó su personal interrogatorio: ¿quién dice la gente que es el Hijo del Hombre? No pretendo analizar, ni mucho menos, las contestaciones dadas. Simplemente me planteo unos interrogantes y reflexiones al ritmo del suceso. ¿Qué pretendía Jesús? ¿Conocer a los encuestados a través de sus contestaciones, o quizá conocerse a sí mismo deduciendo, de las opiniones de los demás, si estaba acertado o no, en los caminos de la implantación del Reino? ¿O quizá lo que pretendía Jesús era que los encuestados se conocieran entre sí? De tal manera que el mutuo conocimiento les llevara a la comprensión, y la comprensión al amor. ¡Y el amor entre lo hombres -ya lo saben- es lo que se convertiría en verdadero camino hacia Dios! Jesús, aunque sólo consta que en esta ocasión se dirigiera en un interrogatorio directo a las gentes, en realidad toda su vida estuvo sometida al variopinto resultado de las encuestas. Unos le llamaban Samaritano, cosa mala y reprochable. Otros creían que estaba endemoniado. Algunos le tenían por comilón y bebedor, porque no tenía reparo en sentarse a la mesa entre pecadores y publicanos. Otros se debatían entre el asombro y la incertidumbre porque no entendían cómo podía perdonar los pecados. Es decir, opinaban todo sobre él. Hasta en el momento de morir se bifurcaban sus opiniones. Mientras los judíos lo entregaban porque era un malhechor, el centurión aseguraba: "Este hombre es el Hijo de Dios". Última y principal reflexión: ¡qué despiste tan monumental el de los humanos! ¡Entonces y ahora! Ya el libro de los salmos había sentencia de nosotros: "¡Tienen ojos y no ven. Tienen oídos y no oyen!". Es claro que así sucede. Ocurrió entonces: "Vino a los suyos y los suyos no le recibieron", se lamentaba Juan, añadiendo: "¡Era la luz, pero los hombres prefirieron, las tinieblas a la Luz!".