Martes, 29 de junio de 2010

Homil?a de monse?or H?ctor Aguer, arzobispo de La Plata en la Solemnidad de Corpus Christi (Iglesia Catedral, 5 de junio de 2010). (AICA)

LA OFRENDA DE MELQUISEDEC Y LA EUCARIST?A: PASCUA, LA ENCARNACI?N, LA TRINIDAD???????????

?????????? El pasaje del libro del G?nesis que hemos escuchado como primera lectura presenta la figura misteriosa de Melquisedec. En el contexto de esos pocos vers?culos se relata una batalla entre reyezuelos del Medio Oriente a comienzos del segundo milenio antes de Cristo, en la cual se ve mezclado Abraham, que resulta vencedor. Melquisedec le sale al encuentro para homenajearlo y lo bendice en nombre de El-Ely?n, el Dios Alt?simo; ofrece en acci?n de gracias un sacrificio de pan y vino del cual participan los vencedores y recibe del patriarca, como reconocimiento, el diezmo del bot?n. Se nos dice que Melquisedec era rey y sacerdote en la Jerusal?n de aquella ?poca, dominada por los jebuseos; podemos pensar que representaba la religi?n natural, la alianza c?smica entre Dios, conocido a trav?s de la creaci?n, y los hombres, que reconocen su soberano dominio sobre todas las cosas. Dani?lou lo enumera entre los santos paganos del Antiguo Testamento. Su nombre aparece solamente en el pasaje le?do del G?nesis y en el salmo que hemos cantado respondiendo a esa lectura (G?n. 14, 18; Sal. 109 (110), 4).??

????????? El salmo alude al enigm?tico episodio narrado en el primer libro de la Biblia y atribuye al rey de Israel, ungido del Se?or, la funci?n sacerdotal; lo presenta como un sucesor de Melquisedec. La Iglesia, desde sus or?genes, interpret? este salmo como mesi?nico, es decir, como referido a Nuestro Se?or Jesucristo, sacerdote y rey. La Carta a los Hebreos aplica al sacerdocio de Jes?s el vers?culo que dice T? eres sacerdote para siempre a la manera de Melquisedec. Se manifiesta as?, en el Nuevo Testamento, la exaltaci?n triunfal de Cristo en su resurrecci?n y ascensi?n al cielo, su dignidad suprema como mediador universal, su sacerdocio de validez perpetua, que no proviene de la instituci?n sacerdotal jud?a sino de la decisi?n de Dios que establece la alianza nueva y eterna en su Hijo ?nico, en su sacrificio redentor. La grandeza mayor de Melquisedec reside en ser imagen prof?tica de Cristo; su ofrenda de pan y vino es figura de la Eucarist?a. Por eso al celebrar en la misa el memorial de la muerte y resurrecci?n del Se?or ofrecemos a Dios ese sacrificio y le pedimos, seg?n el Canon Romano, que lo acepte como acept? la oblaci?n pura del sumo sacerdote Melquisedec.?

????????? Tal como hemos escuchado en la segunda lectura (1 Cor. 11, 23-26), San Pablo les recuerda a los corintios la tradici?n eucar?stica de la Iglesia, recibida del Se?or, que reproduce lo ocurrido en la Ultima Cena, la noche en que fue entregado: el contenido de esa tradici?n consiste en la orden de celebrar los misterios del culto divino como memorial de la muerte redentora. La intenci?n del Ap?stol no es inculcarles de nuevo a aquellos cristianos una verdad de la fe que conoc?an cabalmente, sino moverlos a obrar de una manera conforme a ella; por eso ha reprobado los abusos que se comet?an en aquella comunidad y enseguida impondr? las condiciones espirituales que corresponden a una digna celebraci?n de tan grande misterio. Dos veces se repite el mandato: hagan esto en memoria m?a y adem?s se destaca que el memorial no es un simple recuerdo, una evocaci?n simb?lica, sino el anuncio de la muerte del Se?or, como si ella se produjera en el momento de la celebraci?n. Las expresiones que emplea el Ap?stol valen para afirmar el car?cter sacrificial de la Eucarist?a; en el rito de la Cena del Se?or, de la fracci?n del pan, se torna presente, se actualiza ante los ojos de los fieles, bajo los velos del sacramento, el ?nico sacrificio de la cruz y su eficacia redentora. San Juan Cris?stomo, comentando la primera Carta a los Corintios, subraya esa identificaci?n: Pablo une las cosas presentes a las de entonces (se refiere a la ?ltima Cena) para que suceda ahora como si, en aquella tarde y sentados a la misma mesa, recibi?semos del propio Cristo aquella v?ctima sacrificial. En otra ocasi?n el Cris?stomo escribe: Mira c?mo el Se?or inmolado yace (sobre el altar) y c?mo el sacerdote ora de pie junto a la v?ctima y c?mo todos son incorporados por aquella sangre preciosa? La mesa m?stica est? preparada y el Cordero de Dios es degollado por ti. Lo que el Ap?stol deseaba suscitar en los cristianos de Corinto ?y en nosotros que recibimos su ense?anza? son las actitudes que corresponden a la participaci?n en el sacrificio del Se?or, sobre todo la ofrenda de nuestro coraz?n, seg?n el modelo de la inmensa caridad de Cristo que se entreg? por nosotros con tanto fuego de amor. En la participaci?n eucar?stica el amor con amor se paga, un amor sostenido por sentimientos de profunda humildad, de arrepentimiento sincero, de temor reverente y a la vez de una desbordante alegr?a por el don que somos llamados a recibir, que compartimos fraternalmente para la edificaci?n de la comunidad cristiana. La Eucarist?a nos religa a Cristo y nos exige permanecer fijos en ?l con una intenci?n pura, haci?ndolo centro de nuestros pensamientos, deseos y proyectos. Hagan esto en memoria m?a, ha dicho el Se?or; San Basilio, refiri?ndose a esa memoria eucar?stica, indica: debemos estar continuamente suspendidos de la memoria de ?l, como los ni?os est?n aferrados a sus madres.?

????????? El sacramento del Cuerpo y la Sangre del Se?or hace presente de continuo en la Iglesia el misterio pascual; son el Cuerpo y la Sangre de la v?ctima entregada en el sacrificio de la Pascua. Cito nuevamente a San Juan Cris?stomo: la Pascua se celebra tres veces cada semana, en alg?n caso hasta cuatro; es m?s, siempre que queremos. Pascua, en efecto, es la ofrenda y el sacrificio que se realiza en cada asamblea lit?rgica. Pero adem?s, la Eucarist?a se refiere igualmente al misterio de la Encarnaci?n del Verbo; es la misma Encarnaci?n perpetuada, su reliquia. Podemos pensar que es el sacramento de la condescendencia divina, por el cual nos unimos a la humanidad sant?sima de nuestro Salvador, que se abaj? hasta nosotros para hacernos compartir su divinidad. En el contacto eucar?stico se alimenta y despliega nuestra relaci?n personal con Jes?s, nuestro amor a ?l. El desarrollo del culto eucar?stico, a lo largo de los siglos, est? estrechamente vinculado al acento puesto por la teolog?a y por la devoci?n del pueblo cristiano en los misterios de la vida del Se?or y en la adoraci?n dirigida a su humanidad, sustancialmente unida a la persona divina del Verbo. En tal contexto naci?, precisamente, la fiesta de Corpus Christi. Ese acento puesto en la humanidad del Se?or se registra no s?lo en la piedad y en la m?stica, sino en bell?simas expresiones de la literatura, el teatro religioso y otras formas art?sticas. El trato personal con Jes?s en la Eucarist?a busca experimentar su bondad, para que ?l, como lo hac?a con la multitud que lo segu?a y a la que aliment? multiplicando el pan, nos hable ?ntimamente del Reino de Dios y nos devuelva la salud a los que tenemos necesidad de ser sanados (cf. Lc. 9, 11 b). El himno Jesu dulcis memoria, durante mucho tiempo atribuido a San Bernardo, es un modelo notable de esa ?devoci?n a Jes?s? ?si puede llamarse as? marcada por las caracter?sticas de la espiritualidad medieval pero que habla con elocuencia a los hombres de hoy, necesitados de una nueva comprensi?n afectiva de la relaci?n con Dios. El himno dice as?, seg?n la inspirada traducci?n de un poeta argentino y cat?lico, Francisco Luis Bern?rdez:??

Oh Jes?s de dulc?sima memoria,
Que nos das la alegr?a verdadera:
M?s dulce que la miel y toda cosa
Es para nuestras almas tu presencia.
Nada tan suave para ser cantado,
Nada tan grato para ser o?do,
Nada tan dulce para ser pensado,
Como Jes?s, el Hijo del Alt?simo.
T? que eres esperanza del que sufre,
T? que eres tierno con el que te ruega,
T? que eres bueno con el que te busca:
?Qu? no ser?s con el que al fin te encuentra?
No hay lengua que en verdad pueda decirlo
Ni letra que en verdad pueda expresarlo:
Tan s?lo quien su amor experimenta
Es capaz de saber lo que es amarlo.
S? nuestro regocijo en este d?a,
T? que ser?s nuestro futuro premio,
Y haz que s?lo se cifre nuestra gloria
En la tuya sin l?mite y sin tiempo.

?

????????? Desde este ?ngulo es inevitable asociar a la Sant?sima Virgen con la Eucarist?a, ya que cuando comulgamos nos nutrimos de la Carne y la Sangre del Hijo de Dios, formadas de la carne y la sangre de su Madre. Entramos tambi?n, por tanto, en una misteriosa relaci?n con ella. A prop?sito, Raimundo Jord?n ha usado, habl?ndole a Mar?a, estas sugestivas comparaciones: T? eres la nave que de lejanas tierras trajo el Pan de la vida, porque del cielo vino ese pan, siendo amasado con la harina de tus entra?as y cocido y abrazado en el horno de tu amor con el fuego del Esp?ritu divino. Tal es el pan propio de los navegantes humanos. Desde la misma perspectiva, hay que asociar a la Eucarist?a con la Iglesia, puesto que existe una relaci?n esencial entre el Cuerpo f?sico y el Cuerpo m?stico del Se?or. Por la Eucarist?a y por la gracia de la caridad que el sacramento difunde, crece Cristo y su Cuerpo eclesial se consolida en la unidad.?

????????? La Eucarist?a no s?lo nos remite al misterio pascual y a la Encarnaci?n del Verbo. La fuente de la realidad eucar?stica se encuentra en la Sant?sima Trinidad. La revelaci?n suprema de Dios en el Nuevo Testamento, que se resume en la expresi?n jo?nica Dios es Amor (1 Jn. 4, 8) se comprende plenamente cuando se contempla la comuni?n de las tres personas divinas. En el amor trinitario tiene su origen la Eucarist?a porque el amor de Dios, el ag?pe que es Dios, es eucar?stico: el Padre, el Hijo y el Esp?ritu Santo, cada uno se entrega a los otros dos en la generosidad total de un c?rculo silencioso y eterno. El c?rculo se abre en la creaci?n y en la redenci?n, en el env?o del Hijo por el Padre y del Esp?ritu Santo por el Padre y el Hijo. Estamos dichosamente destinados hacia Dios, ya que participamos de su misma vida; nuestra meta es contemplar el rostro del Padre gracias a las misiones del Hijo y del Esp?ritu, porque hemos sido hechos hijos en el Hijo y porque por el don del Esp?ritu reconocemos a Cristo como Se?or y nos atrevemos a llamar Padre al Padre de nuestro Se?or Jesucristo. Este destino se cumple anticipadamente en la comuni?n eucar?stica. En la ?ltima Cena, al prometerles el env?o del Par?clito, Jes?s dijo a sus disc?pulos: aquel d?a comprender?n que yo estoy en mi Padre, y que ustedes est?n en m? y yo en ustedes (Jn. 14, 20). Aquel d?a all? mencionado se refiere a la gloria de la resurrecci?n y a la efusi?n del Esp?ritu que desde Pentecost?s permanece en la Iglesia. Jes?s est? en el Padre por su divinidad, porque es uno con ?l; nosotros estamos en Cristo porque ?l ha asumido nuestra humanidad en su encarnaci?n y nos ha comprado al precio de su Sangre, haci?ndonos as? miembros de su Cuerpo; y ?l est? en nosotros por el misterio de la Eucarist?a, mesa y copa que rebosan de su Esp?ritu. Por la comuni?n eucar?stica nos iniciamos en la comuni?n de la Trinidad y eso es un anticipo del cielo. Nuestra patria est? en la belleza del Esp?ritu para la alegr?a del Padre por la Eucarist?a del Hijo bienamado. Hacia este misterio m?ltiple y alt?simo apuntaba como figura prof?tica la ofrenda de Melquisedec, el sacerdote de El-Ely?n.?

????????? Esta tarde, providencialmente primaveral, hemos acompa?ado a Cristo por las calles de nuestra ciudad. El himno compuesto para el Congreso Eucar?stico Internacional de 1934 rezaba: Pasearon el Corpus por nuestros solares los hombres que luego fundaban ciudades? El que ha paseado por las calles de La Plata es el Se?or, inmolado y viviente, triunfador del pecado y de la muerte, el que aniquila el reinado injusto, tir?nico, del pr?ncipe de este mundo y de sus secuaces. Ha sido el de hoy, como el de cada fiesta de Corpus Christi, un signo cuyo alcance eficaz nos resulta incognoscible. Confiamos, sin embargo, en el poder de su gracia para convertir los corazones, para insinuar en ellos las disposiciones que los abran a la fe, la esperanza y la caridad. Nosotros paseamos el Corpus por una ciudad indiferente, ajena, t?citamente hostil. Nuestro compromiso, como herederos de aquellos que luego fundaban ciudades, es refundar espiritualmente la nuestra con el aporte de la Verdad cristiana profesada y vivida mediante el testimonio de un amor laborioso y sacrificado capaz de renovar a fondo la sociedad. El objetivo irrenunciable es el rescate de una cultura que se encuentra en trance de acelerada deshumanizaci?n, que de salvaje debe tornarse??

Mons. ?H?ctor Aguer, arzobispo de La Plata?


Publicado por verdenaranja @ 22:38  | Homil?as
 | Enviar