Homilía de monseñor Luis Héctor Villalba, arzobispo de Tucumán, en la misa de clausura del Año Sacerdotal (10 de junio de 2010). (AICA)
Queridos sacerdotes:
1. Con esta Misa clausuramos el Año Sacerdotal que dispuso el Papa Benedicto XVI con ocasión de cumplirse los 150 años de la muerte del Santo Cura de Ars. En este año de gracia los sacerdotes recogimos el testimonio de San Juan María Vianney, modelo de Pastor.
Quiero agradecerles la fidelidad de ustedes en el ejercicio del ministerio sacerdotal y animarlos a seguir respondiendo con alegría y generosidad al llamado del Señor.
Comparto con ustedes las dificultades que estamos viviendo. Nos duelen las incoherencias en las que tantas veces incurrimos. Reconocemos que la mies es mucha y los trabajadores pocos.
2. “Hermanos, tengan en cuenta quiénes son los que han sido llamados” (1 Cor. 1,26).
Con estas palabras de San Pablo los invito a meditar sobre el don que cada uno de ustedes ha recibido al ser llamado por Dios, a fin de que reconozcan cada vez más la grandeza de la vocación sacerdotal y den gracias al Señor que hizo grandes cosas en ustedes (cf. Lc. 1,49).
“No hay entre ustedes muchos sabios, hablando humanamente, ni son muchos los poderosos ni los nobles. Al contrario, Dios eligió lo que el mundo tiene por necio, para confundir a los sabios; lo que el mundo tiene por débil, para confundir a los fuertes; lo que es vil y despreciable y lo que no vale nada, para aniquilar a lo que vale” (1 Cor. 1,26-27).
Sí, Dios nos eligió no por nuestros méritos, sino en virtud de su misericordia.
El don sobrenatural que hemos recibido debe llevarnos a gloriarnos solamente en Cristo. Quien tiene conciencia de no ser nada, puede descubrir que Cristo lo es todo para él.
La respuesta que corresponde a este don no puede ser otra que la entrega total al Señor. La aceptación de la llamada divina al sacerdocio fue un acto de amor. La perseverancia y la fidelidad consiste no sólo en impedir que ese amor se debilite o apague (cf. Ap. 2,4), sino en avivarlo, en hacerlo que crezca cada día más.
3. Hoy es absolutamente necesario que los Pastores de la Iglesia sobresalgamos por el testimonio de la santidad.
Precisamente el Santo Padre afirmó que convocó el Año Sacerdotal para favorecer a que los sacerdotes busquen la santidad de la cual depende toda la eficacia de su ministerio.
Nuestra vocación es una marcha progresiva hacia la santidad.
Todos los cristianos, lo sabemos, están llamados a la santidad, a la plenitud de la vida cristiana, a la perfección de la caridad. Pero ¡cuanto más vale esto para el sacerdote!
La santidad para nosotros, los sacerdotes -nos recuerda el Concilio Vaticano II- es doblemente obligatoria: por la perfección a la que nos llama el estado sacerdotal, y por la eficacia que, de la santidad del ministro se deriva para su ministerio (cf. PO 12).
Volvamos a meditar la oración final de Cristo en el capítulo 17 de San Juan: “Padre…santifícalos (conságralos) en la verdad” (Jn. 17.17)
Somos hombres consagrados. El compromiso contraído está esculpido en nuestras almas con el bautismo, la confirmación y el orden sagrado.
Consagrar es separar para Dios, santificar (en el sentido original de este término).
El Maestro pide esta separación de santificación para aquellos que Él envía, como a Él lo envió el Padre. Los sacerdotes serán los mediadores de santificación. Y por eso prosigue: “Por ellos me consagro, para que también ellos sean consagrados en la verdad” (Jn. 17,19). Jesús se ofrece en sacrificio por los suyos a fin de que también ellos sean santificados o consagrados a Dios. Esta es la primera intención apostólica de Cristo: la santificación de sus sacerdotes.
El carácter de nuestra ordenación creó en el fondo de nuestra alma una semejanza ontológica con Cristo. Esta semejanza ontológica reclama, de nuestra parte, identificarnos cada día más con Cristo. Así esta configuración por la ordenación con Cristo, nos obliga a una santidad subjetiva.
Si en virtud de nuestra ordenación Cristo puede decir “yo” por nuestros labios: “Esto es mi Cuerpo”, “Yo te absuelvo”, debe también poder decir “yo” por toda nuestra vida de sacerdotes.
El sacerdote debe poder aplicarse la palabra de San Pablo: “Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí” (Gál. 2,20).
La gracia recibida el día de nuestra ordenación es una llamada constante a la santidad. Es una gracia para una vida de amistad con Cristo: “Ya no los llamo siervos, sino amigos” (Jn. 15,15).
También a los sacerdotes, Jesús les pregunta: “¿Me amas más que estos?” (Jn. 21,15). Y es necesario que en todo momento le podamos responder: “Señor tu lo sabes todo, tú sabes que te amo” (Jn. 21,17).
Para los fieles el sacerdote es el hombre que vive de Dios y con Dios. El sacerdote debe mostrar a Dios. Debe ser para los fieles una epifanía de Dios y de Cristo.
Nuestros feligreses nos dicen, como aquellos griegos que se acercaron a Felipe y a Andrés: “Queremos ver a Jesús”.
4. Al llamar a los Apóstoles, Cristo decía a cada uno: “Sígueme”. Desde hace más de dos mil años el Señor continúa dirigiendo la misma invitación a muchos jóvenes.
No quiero concluir sin añadir unas palabras sobre la responsabilidad en fomentar las vocaciones sacerdotales. Ésta debe ser una preocupación prioritaria que tiene que manifestarse en nuestra oración y en nuestro apostolado.
Hablemos a los niños y a los jóvenes de la llamada de Jesús al sacerdocio. Trasmitamos el entusiasmo de ser sacerdotes para que no falten continuadores de nuestro ministerio. Sean maestros de oración y no descuiden el precioso servicio de la dirección espiritual para ayudar a los llamados a discernir la voluntad de Dios. No olviden que el mejor fruto del apostolado de ustedes debe ser el florecer de las vocaciones al sacerdocio.
Ruego para que, con la oración y el celo de ustedes, sean muchos los jóvenes que se entreguen a Cristo en el sacerdocio. La Iglesia los necesita para continuar, en esta nueva etapa, la inmensa tarea de la evangelización.
Recemos siempre los unos por los otros y todos por todos. Pidamos a Jesús que el recuerdo del Cura de Ars nos ayude a reavivar el fervor de nuestro sacerdocio.
Confiemos nuestro sacerdocio a la Virgen María, Madre de los sacerdotes, a quien San Juan María Vianney recurría con total confianza.
Mons. Luis Héctor Villalba, arzobispo de Tucumán
El Card. Hummes a los sacerdotes: “Debemos ser muy conscientes de la urgencia misionera actual. Hace falta que nos levantemos y vayamos de misiones por todas partes
Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) – “El gran objetivo del año sacerdotal ha sido el de renovar en cada uno de los presbíteros la conciencia y la aplicación concreta de su verdadera identidad sacerdotal y de su espiritualidad específica, para retomar la misión de forma renovada” ha dicho el Cardenal Cláudio Hummes, Prefecto de la Congregación para el Clero, en la homilía de la Santa Misa que ha presidido en la Basilica de San Pablo el 9 de junio, dentro del contexto de las celebraciones de clausura del Año Sacerdotal.
A los cientos de sacerdotes reunidos en la tumba del Apóstol de las gentes, “el gran e insuperable misionero de Jesús resucitado”, el Cardenal Hummes ha dicho: “La misión ad gentes y la nueva evangelización misionera en las tierras ya evangelizadas son cada vez más urgentes en todas partes y es necesario actuarlas ‘con nuevo ardor misionero, nuevos métodos y expresiones nuevas’. Nuestro amado Papa Benedicto XVI, hablando de la urgencia misionera, ha dicho justamente que ‘no es suficiente conservar las comunidades que ya existen, aunque esto es importante’. Esto significa que es urgente levantarse e ir de misión. Esto es lo que el Espíritu Santo en este encuentro internacional, quiere renovar en todos nosotros”.
Recordando el encuentro de Saulo con Jesús resucitado, el Cardenal Hummes, ha dicho que “el Señor lo llama y lo envía de misión entre las gentes. Esta es la ruta a seguir, que se nos propone hoy también a nosotros, sacerdotes de Cristo”. Luego a proseguido: “Debemos ser, por tanto, muy conscientes de la actual urgencia misionera. Sintámonos una vez más llamados y enviados por el Señor. Hace falta que nos alcemos y vayamos de misiones a todas partes. Por un lado, la des-cristianización de los países ya evangelizados por otro, la nueva evangelización, que a menudo tendrá que ser una auténtica primera evangelización, además del primer anuncio de Jesucristo en países y en ámbitos estrictamente llamados tierras de misión ad Gentes, mostrando la inmensidad de la obra misionera que queda por hacer. El envío de Cristo resuena también hoy para nosotros, ‘Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura’ (Mc 16, 15)”.
Los primeros destinatarios de la misión son los pobres de modo particular. “Hoy todavía hay cientos de millones de seres humanos que se ven obligados a vivir en extrema pobreza e incluso en la miseria y el hambre - ha destacado el Cardenal -. Son marginados y excluidos de la mesa de los bienes materiales, sociales, culturales y, a menudo de la mesa de los bienes espirituales. Son ellos los primeros que tienen derecho a recibir la buena noticia de que Dios es un Padre que los ama incondicionalmente y que Él no aprueba las condiciones inhumanas en que se encuentran los pobres, sino que requiere que sus derechos humanos sean reconocidos, respetados y se apliquen plenamente en la práctica. La evangelización y el verdadero desarrollo humano no se puede separar... Los pobres que viven en los suburbios o en el campo necesitan sentir la cercanía de la Iglesia, sea en la ayuda a las necesidades más urgentes, como en la defensa de sus derechos y en la promoción común de una sociedad basada en la justicia y la paz”.
En la parte final de su homilía, el Cardenal ha subrayado que el sacerdote encuentra en la Palabra de Dios, en la Eucaristía y en la oración los medios para vivir y actuar su vocación y su misión. “Todo el ministerio del presbítero está ordenado a la Eucaristía para desde la Eucaristía repartir para la misión. La misión busca traer nuevos discípulos a la mesa del Señor y de la mesa de la Eucaristía, los discípulos parten de nuevo para la misión”. (SL) (Agencia Fides 10/6/2010)
Links:
El texto integro de la homilía del Cardenal, en italiano
http://www.fides.org/ita/documents/Omelia_Hummes_09062010.doc
Mensaje de los sacerdotes de la Arquidiócesis de Córdoba a la comunidad cordobesa (Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre del Señor, 6 de junio de 2010). (AICA)
"QUEREMOS SER DISCÍPULOS Y HERMANOS, TESTIGOS Y SERVIDORES"
1. Discípulos entre los discípulos
En esta celebración del "Corpus Christi", al término del Año Sacerdotal y en el marco de la celebración de los Bicentenarios de la Patria (2010-2016), los sacerdotes de Córdoba, junto con nuestro Arzobispo, Carlos José Ñáñez, queremos compartir una palabra fraterna al Pueblo de Dios y a la ciudadanía.
Deseamos involucrarnos y comprometernos con las personas que nos rodean, con el tiempo que nos toca protagonizar y con la realidad en la que estamos inmersos. No podemos, ni sabemos todo. Nos sentimos llamados a hacer caminos con otros y junto a otros: somos parte, compartimos los anhelos y sufrimientos de nuestro pueblo. Nos sentimos hermanos de todos. Felices al sabernos hijos de Dios junto con todos. Nos reconocemos discípulos y servidores, peregrinos con las mismas dudas y temores, las mismas preguntas y errores, esperanzas y sueños de tantos otros.
Como muchos, estamos en búsqueda y no tenemos todas las respuestas ni las soluciones. Estamos empeñados en descubrir cómo Dios nos quiere sacerdotes hoy, en los actuales y desafiantes escenarios. Intentamos ser fieles y felices; vivir la fraternidad; aceptar la diversidad eclesial y sacerdotal, fortaleciendo la comunión por sobre las diferencias, el afecto por sobre la competencia, el reconocimiento por sobre la descalificación. Todos necesitamos de todos: también nosotros. Somos hermanos y ciudadanos, inmersos en una historia que nos convoca a todos.
A pesar de la intemperie que golpea, sentimos el impulso de caminar juntos. En medio de desánimos y tentaciones, profesamos la alegría de ser creyentes y sacerdotes. El Dios que una vez nos llamó, continúa llamándonos para el servicio de todos. En la mesa del altar, el Pan de Dios, de la Iglesia y de los hombres nos enseña a tomar la propia vida entre las manos, compartirla y entregarla como Jesús (cf. Mt 26,26). Deseamos seguir sirviendo a esta mesa que sacia el corazón, que nos iguala y nos hermana. Ella nos invita a hacer memoria agradecida y esperanzada; memoria arrepentida y reconciliada; memoria comprometida y constructiva.
2. Memoria agradecida y esperanzada
Con memoria agradecida y esperanzada recordamos que nuestra Patria Argentina se forjó con el aporte de muchos sacerdotes, religiosos, religiosas, hombres y mujeres cristianos comprometidos con la causa de la independencia nacional. En tiempos difíciles, el pueblo cristiano supo mantener y transmitir la fe, como valioso tesoro de nuestro patrimonio. Recordamos con gratitud a quienes nos precedieron en el camino: Esquiú, Brochero, Angelelli, Pironio y una inmensa "muchedumbre de testigos" (Hb 12,1). El testimonio de sus vidas nos compromete y nos alienta en la esperanza.
Damos gracias al Señor por la Iglesia particular en la que vivimos; por el Arzobispo Carlos José, que es nuestro padre, hermano y amigo; y por el camino pastoral que transitamos. Agradecemos a tantos hermanos y hermanas que nos manifiestan su sincero e incondicional cariño, y por la mirada de fe que tienen para con los sacerdotes. Agradecemos, especialmente, a quienes rezan por nosotros, nos alientan, nos sostienen, nos acompañan, nos comprenden, nos perdonan y nos ayudan. Nos alegramos por trabajar junto con ellos. Bendecimos la vida de cada uno y de nuestras comunidades, sus logros, los caminos del diálogo y la construcción entre todos de una Iglesia que integra, en comunión y participación la riqueza de su diversidad. Agradecemos los dones de los demás, como regalos de Dios para todos. Valoramos la capacidad de superación de los problemas y la esperanza realista de nuestra gente, que sostiene los esfuerzos en medio de las dificultades y desazones.
Admiramos, especialmente, la presencia silenciosa y fecunda de tantos hermanos sufrientes y vulnerables, olvidados y desprotegidos, que confían en la paternidad de Dios. De ellos recibimos una fuerza y un aliento reconfortante, para no desanimarnos aún en medio de las tribulaciones (cf 2Cor 4,8-9). Nos enriquecen con su pobreza y nos enseñan con sus vidas que la fecundidad es sólo de Dios (cf. 1Co 3,7-10). Aprendiendo de ellos, queremos vivir el ministerio sacerdotal como colaboradores de Dios, servidores de los hermanos. Queremos bendecir y no maldecir; alegrarnos con los que están alegres y llorar con los que lloran; poniéndonos a la altura de los más humildes; procurando hacer el bien; tratando de vivir en paz con todos (cf. Rm 12,14-18), siguiendo el camino de los discípulos de Jesús.
Como argentinos y cordobeses, tenemos también parte en el camino de la Patria, con sus luces y sus sombras. Hacemos memoria agradecida por el país que somos y por el que estamos llamados a construir. Reconocemos con agradecimiento la honestidad silenciosa y trabajadora de la mayoría de nuestro pueblo, sus valores, su solidaridad, su empeño esforzado por salir adelante en medio de las crisis, a pesar de todo, buscando un futuro más digno.
3. Memoria arrepentida y reconciliada
Nuestra memoria, además, quiere ser arrepentida y reconciliada. Queremos sabernos y sentirnos perdonados. Queremos pedir perdón por nuestra falta de diálogo y comunión; por nuestra actitud distante, aislada e indiferente; por querer tener la "última palabra" y por nuestro modo de vivir acelerados, "sin tiempo" para los demás; por hacer sentir a los demás que les hacemos un favor. Muchas veces somos duros, estructurados, intolerantes, impacientes. Nos hacemos cargo también de nuestra falta de testimonio y de oración, de afecto cálido y desinteresado, de genuina amistad y gratuidad. Nos avergüenzan nuestras incoherencias que no podemos defender, ni justificar; y nos duelen las tensiones, divisiones, conflictos, situaciones dolorosas y escándalos que los sacerdotes protagonizamos. No queremos ser cómplices, ni mirar "para otro lado".
Nos ha tentado, muchas veces, el poder, que es una especie de idolatría y esclavitud, de vanidad y pretensión desmedida. Queremos servir con humildad. Nuestro ministerio es "lavar los pies a los hermanos" como hizo el Señor Jesús (cf. Jn 13,35). Queremos ayudar a construir una Iglesia cada vez más fiel a su Maestro, creíble, samaritana y cordial, con la autoridad de la cercanía, la simplicidad y la entrega de un amor sincero.
Reconocemos nuestros límites y errores porque no siempre hemos velado por los derechos de los más frágiles y excluidos, los desamparados, pobres, débiles y sufrientes. Jesús está en ellos y no lo hemos contemplado ni servido. Pedimos misericordia por las ofensas cometidas y por las faltas de caridad como pastores. Reconocemos nuestras tibiezas ante las exigencias de la justicia y la falta de valentía para la denuncia, nuestras mediocridades y mezquindades.
Deseamos, humildemente, que nos perdone el Señor y su Iglesia, y también ustedes, nuestros hermanos y hermanas del camino, ustedes que conocen nuestras fortalezas y flaquezas y que, a pesar de conocerlas, nos comprenden, nos ayudan y nos quieren. Ustedes saben que nosotros somos "barro" y que el "tesoro" sólo es de Dios (cf. 2Co 4,7). Ustedes nos ayudan siempre a descubrir que Dios es amor (cf. 1Jn 4,8). Confiamos en que nos ayuden a vivir la dinámica de una constante conversión al Evangelio.
4. Memoria comprometida y constructiva
Nuestra memoria también quiere ser comprometida y constructiva. Nuestra condición de argentinos y ciudadanos nos hace sentirnos implicados y partícipes de la suerte de nuestro pueblo. Somos hijos de este suelo y de este cielo. Somos corresponsables de los éxitos y fracasos de nuestra Patria. Estamos convencidos de que podemos imaginar una Argentina distinta y contribuir a ella, cada uno, desde su lugar. La celebración de los Bicentenarios es una oportunidad para mirar con lucidez el pasado, discernir el presente y, superando irresponsabilidades, rivalidades y antinomias, construir el futuro que esperamos. Nos animan a ello, las destacadas figuras que hicieron posible la libertad que tenemos en la Argentina.
Deseamos sumar desde lo que somos para la construcción de nuestra Patria en el Bien Común, la tolerancia, el diálogo y el respeto, aportando en el campo de la educación, la familia, la juventud, la justicia, la cuestión social, la institucionalidad democrática y la cultura del trabajo.
Queremos comprometernos como sacerdotes y ciudadanos desde lo concreto y cotidiano, a acortar las distancias, acercándonos a los que están al borde del camino y a los que están "afuera", a los que se han quedado parados, a los que permanecen lejos, a los que nos miran desde los umbrales. Queremos desentrañar el potencial humanizante del Evangelio, animando un camino de inclusión social, trabajando por la diversidad y la participación ciudadana para todos los argentinos. Tenemos hoy la oportunidad de crecer y de afianzarnos en el aprendizaje de las responsabilidades cívicas, aprendiendo de la historia, incluso la más reciente.
Deseamos comprometernos como cristianos y sacerdotes en la edificación de una Iglesia para todos, respetuosa de las diversidades, en una comunión sin fronteras. Ansiamos compartir con los demás nuestro ser y nuestra vida, nuestro tiempo y trabajo, anunciarles a Jesús y su Evangelio de libertad, de amor y de vida plena para todos.
Anhelamos vivir una fraternidad sacerdotal que sea estímulo vocacional para otros. Los jóvenes que hoy se deciden a seguir el llamado de Jesús nos recuerdan que también nosotros fuimos un día seducidos por el Señor (cf. Jr 20,7) y nos hacen ver que, a pesar del tiempo y del cansancio del camino, esa gracia continúa ardiendo en nuestro interior.
En esta hora de Córdoba y de la Patria, en este tiempo del mundo y de la Iglesia, entregamos nuestra memoria agradecida, arrepentida y comprometida a Dios y a todos ustedes, poniéndonos en las manos de María, la Madre que siempre acompaña los sueños y desvelos, logros y fracasos, gozos y lágrimas de los discípulos de su Hijo:
Madre de Dios y Madre nuestra, abriga con tu manto nuestra intemperie, alivia con tu caricia nuestros cansancios. Tu mirada nos ayuda y nos alumbra, nos sostiene en la esperanza. Creemos que a partir de la Resurrección de Jesús, definitivamente, la vida y el tiempo tienen una única dirección: hacia delante, hacia el amanecer de un futuro mejor para todos. "¡Hay que seguir andando nomás!". María, acompaña y alienta el caminar de nuestro pueblo. Amén.-
Los sacerdotes de la arquidiócesis de Córdoba
ZENIT nos ofrece la intervención del Papa Benedicto XVI, el miércoles 9 de Junio de 2010 durante la Audiencia General, en la que habló sobre su viaje a Chipre ante los miles de fieles reunidos en la Plaza de San Pedro.
Queridos hermanos y hermanas
Hoy deseo detenerme sobre mi viaje apostólico a Chipre, que por muchos aspectos se pone en continuidad con los precedentes de Tierra Santa y Malta. Gracias a Dios, esta visita pastoral ha ido muy bien, porque ha conseguido felizmente sus objetivos. Ya de por sí constituía un acontecimiento histórico; de hecho, nunca antes el Obispo de Roma se había dirigido a esa tierra bendecida por el trabajo apostólico de san Pablo y san Bernabé, y tradicionalmente considerada parte de Tierra Santa. Tras las huellas del Apóstol de los gentiles me he hecho peregrino del Evangelio, ante todo para reafirmar la fe de las comunidades católicas, minoría pequeña pero vivaz en la Isla, animándolas también a proseguir el camino hacia la unidad plena entre los cristianos, especialmente con los hermanos ortodoxos. Al mismo tiempo, he querido abrazar idealmente a todas las poblaciones medioorientales y bendecirlas en el nombre del Señor, invocando de Dios el don de la paz. Experimenté una cordial acogida, que se me reservó en todas partes, y aprovecho con agrado esta ocasión para expresar nuevamente mi viva gratitud en primer lugar al arzobispo de Chipre de los maronitas, monseñor Joseph Soueif, y a Su Beatitud monseñor Fouad Twal, en unión con sus colaboradores, renovando a cada uno mi aprecio por su acción apostólica. Mi sentido reconocimiento va también al Santo Sínodo de la Iglesia ortodoxa de Chipre, especialmente a Su Beatitud Crisóstomo II, arzobispo de Nueva Justiniana y de toda Chipre, a quien tuve la alegría de abrazar con afecto fraterno, como también al Presidente de la República, a todas sus Autoridades civiles y a cuantos de varias formas se han prodigado laudablemente para el éxito de esta visita pastoral mía.
Ésta comenzó el 4 de junio en la antigua ciudad de Paphos, donde me sentí envuelto en una atmósfera que parecía casi la síntesis perceptible de dos mil años de historia cristiana. Los hallazgos arqueológicos allí presentes son el signo de una antigua y gloriosa herencia espiritual, que aún hoy mantiene un fuerte impacto sobre la vida del país. Ante la iglesia de Santa Ciriaca Chrysopolitissa, lugar de culto ortodoxo abierto también a los católicos y a los anglicanos, ubicado dentro del sitio arqueológico, tuvo lugar una conmovedora celebración ecuménica. Con el arzobispo ortodoxo Crisóstomo II y los representantes de las comunidades armenia, luterana y anglicana, hemos renovado fraternalmente el recíproco e irreversible compromiso ecuménico. Estos sentimientos manifesté sucesivamente a Su Beatitud Crisóstomo II en el cordial encuentro en su residencia, durante el cual he constatado cuánto la Iglesia ortodoxa de Chipre está ligada a la suerte de ese pueblo, conservando devota y agradecida memoria del arzobispo Macario III, comúnmente considerado padre y benefactor de la nación, al cual quise yo también rendir homenaje deteniéndome brevemente ante el monumento que lo representa. Este arraigo en la tradición no impide a la comunidad ortodoxa estar comprometida con decisión en el diálogo ecuménico en unión con la comunidad católica, animadas ambas por el sincero deseo de recomponer la comunión plena y visible entre las Iglesias de Oriente y de Occidente.
El 5 de junio, en Nicosia, capital de la Isla, comencé la segunda etapa del viaje dirigiéndome en visita al Presidente de la República, que me acogió con gran cortesía. Al encontrar a las Autoridades civiles y el Cuerpo diplomático, reafirmé la importancia de fundar la ley positiva sobre los principios éticos de la ley natural, con el fin de promover la verdad moral en la vida pública. Ha sido un llamamiento a la razón, basado en los principios éticos y lleno de implicaciones exigentes para la sociedad de hoy, que a menudo ya no reconoce la tradición cultural sobre la que está fundada.
La Liturgia de la Palabra, celebrada en la escuela primaria “San Marón”, representó uno de los momentos más sugestivos del encuentro con la comunidad católica de Chipre, en sus componentes maronita y latina, y me ha permitido conocer de cerca el fervor apostólico de los católicos chipriotas. Éste se expresa también mediante la actividad educativa y asistencial con decenas de estructuras, que se ponen al servicio de la colectividad y son apreciadas por las autoridades gubernamentales, como también por toda la población. Fue un momento alegre y de fiesta, animado por el entusiasmo de numerosos niños, chicos y jóvenes. No faltó el aspecto de la memoria, que hizo perceptible de forma conmovedora el alma de la Iglesia maronita, la cual celebra precisamente este año los 1600 años de la muerte de su Fundador san Marón. Al respecto, fue particularmente significativa la presencia de algunos católicos maronitas originarios de cuatro pueblos de la Isla donde los cristianos son un pueblo que sufre y espera; a ellos quise manifestar mi comprensión paterna por sus aspiraciones y dificultades.
En esa misma celebración pude admirar el compromiso apostólico de la comunidad latina, guiada por la solicitud del Patriarca latino de Jerusalén y por el celo pastoral de los Frailes Menores de Tierra Santa, que se ponen al servicio de la gente con generosidad perseverante. Los católicos de rito latino, muy activos en el ámbito caritativo, reservan una atención especial hacia los trabajadores y los más necesitados. A todos, latinos y maronitas aseguré mi recuerdo en la oración, animándoles a dar testimonio del Evangelio también mediante un paciente trabajo de confianza legitima entre cristianos y no cristianos, para construir una paz duradera y una armonía entre los pueblos.
Quise repetir la invitación a la confianza y a la esperanza en el transcurso de la Santa Misa, celebrada en la parroquia de la Santa Cruz en presencia de los sacerdotes, de las personas consagradas, de los diáconos, de los catequistas y de los exponentes de asociaciones y movimientos laicales de la Isla. Partiendo de la reflexión sobre el misterio de la Cruz, dirigí un llamamiento apremiante a todos los católicos de Oriente Medio para que, a pesar de las grandes pruebas y las bien conocidas dificultades, no cedan a la desilusión y a la tentación de emigrar, en cuanto que su presencia en la región constituye un signo insustituible de esperanza. Les garanticé, y especialmente a los sacerdotes y a los religiosos, la afectuosa e intensa solidaridad de toda la Iglesia, como también la incesante oración para que el Señor les ayude a ser siempre presencia viva y pacificadora.
Seguramente el momento culminante del viaje apostólico fue la entrega del Instrumentum Laboris de la Asamblea Especial para Oriente Medio del Sínodo de los Obispos. Este acto tuvo lugar el domingo 6 de junio, en el Palacio de Deportes de Nicosia, al término de la solemne Celebración eucarística, en la que tomaron parte los patriarcas y obispos de las diversas comunidades eclesiales de Oriente Medio. La participación del Pueblo de Dios fue nutrida, “entre cantos de júbilo y alabanza de una muchedumbre en fiesta”, como dice el Salmo (42,5). Hicimos experiencia concreta de ello, también gracias a la presencia de muchos inmigrantes, que forman un grupo significativo en la población católica de la Isla, donde se han integrado sin dificultad. Juntos rezamos por el alma del llorado obispo monseñor Luigi Padovese, presidente de la Conferencia Episcopal Turca, cuya muerte improvisa y trágica nos ha dejado doloridos y consternados.
El tema de la Asamblea sinodal para Oriente Medio, que tendrá lugar en Roma el próximo mes de octubre, habla de comunión y de apertura a la esperanza: "La Iglesia católica en Oriente Medio: comunión y testimonio". El importante acontecimiento se configura de hecho como una reunión de la cristiandad católica en ese área, en sus diversos rito, pero al mismo tiempo como búsqueda renovada de diálogo y de valor para el futuro. Por tanto, estará acompañado por el afecto orante de toda la Iglesia, en cuyo corazón Oriente Medio ocupa un lugar especial, en cuanto que es precisamente allí donde Dios se ha dado a conocer a nuestros padres en la fe. No faltará, con todo, la atención de otros sujetos de la sociedad mundial, especialmente de los protagonistas de la vida pública, llamados a operar con constante empeño para que esa región pueda superar las situaciones de sufrimiento y de conflicto que aún la afligen y de volver a encontrar finalmente la paz en la justicia.
Antes de despedirme de Chipre pude visitar la catedral maronita de Nicosia – donde estaba presente también el cardenal Pierre Nasrallah Sfeir, patriarca de Antioquía de los maronitas. Renové mi sincera cercanía y mi ferviente comprensión a cada comunidad de la antigua Iglesia maronita dispersa en la Isla, a cuyas orillas los maronitas llegaron en varios periodos y fueron a menudo duramente probados para permanecer fieles a su específica herencia cristiana, cuyas memorias históricas y artísticas constituyen un patrimonio cultural para toda la humanidad.
Queridos hermanos y hermanas, he vuelto al Vaticano con el alma llena de gratitud hacia Dios y con sentimientos de sincero afecto y estima por los habitantes de Chipre, de los cuales me he sentido escuchado y comprendido. En la noble tierra chipriota he podido ver la obra apostólica de las diversas tradiciones de la única Iglesia de Cristo y he podido casi escuchar tantos corazones latir al unísono. Precisamente como afirmaba el tema del viaje: “Un corazón, un alma". La comunidad católica chipriota, en sus expresiones maronita, armenia y latina, se esfuerza incesantemente en ser un solo corazón y una sola alma, tanto dentro de sí como en las relaciones cordiales y constructivas con los hermanos ortodoxos y con las demás expresiones cristianas. Que el pueblo chipriota y las demás naciones de Oriente Medio, con sus gobernantes y los representantes de las distintas religiones, puedan construir juntos un futuro de paz, de amistad y de fraterna colaboración. Y oramos para que, por intercesión de María Santísima, el Espíritu Santo haga fecundo este viaje apostólico, y anime en el mundo entero la misión de la Iglesia, instituida por Cristo para anunciar a todos los pueblos el Evangelio de la verdad, del amor y de la paz.
[Traducción del original italiano por Inma Álvarez
©Libreria Editrice Vaticana]
Para que los cristianos se comprometan a ofrecer en todas partes, especialmente en los grandes centros urbanos, una contribución válida a la promoción de la cultura, de la justicia, de la solidaridad y de la paz - Comentario a la Intención Misionera de julio 2010
Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) El mundo actual vive en constante cambio. Los fenómenos económicos, la industrialización, la revolución tecnológica han producido una transformación considerable en las estructuras sociales, tanto a nivel individual como a nivel familiar. Se producen grandes migraciones que concentran millones de seres humanos en torno a grandes centros urbanos, cuyas zonas periféricas suelen estar marcadas por la pobreza y la carencia de los medios más básicos. Curiosamente, incluso en las zonas urbanas con una economía fuerte, se constata con frecuencia el individualismo y la soledad más dolorosa. Las relaciones interpersonales se deshumanizan, se hacen frías e impersonales.
Toda esta realidad necesita ser evangelizada. Las grandes ciudades son cada vez más cosmopolitas, y se convierten en un agregado de razas diversas, de culturas diversas. En muchas ciudades tradicionalmente cristianas, no existe actualmente una situación social de cristiandad, de valores basados en el Evangelio. De alguna manera, a través de la globalización, cada ciudad y cada pueblo se han convertido en una imagen del mundo donde están presentes las realidades más diversas, las culturas más diversas, y también una gran diversidad de credos religiosos.
Los discípulos de Cristo debemos sentir el dulce deber de hacer presente el Evangelio en la realidad social de todos los ambientes y de todos los lugares. Donde las raíces cristianas están desapareciendo, es necesario presentar de nuevo, con convicción y vigor, la verdad del Evangelio de Cristo. Nuestros contemporáneos son especialmente sensibles a ciertos valores, como la solidaridad y la paz. El Evangelio ha sido siempre creador de estos valores pues en definitiva nacen de amor de Dios que se nos ha dado en Cristo. Cristo, se ha despojado de su rango y se ha hecho solidario con nosotros por la Encarnación, ha asumido nuestra pobreza para hacernos solidarios de su vida divina. Él es nuestra paz.
Ante los retos que presenta la situación actual, el Santo Padre nos llama a contribuir a crear cultura, a dar testimonio de la justicia. La cultura se manifiesta en el pensamiento, las costumbres, el arte, la música, las fiestas. Nace de los valores que fundamentan la sociedad. El Evangelio debe contribuir a hacer presentes en la sociedad esos valores que caracterizan la verdadera humanidad, que elevan al hombre en sí mismo haciéndole capaz del don de sí.
Para que haya una comunión verdadera entre los hombres no basta una cercanía física. Es necesaria una fuerza aglutinante, creadora de comunión. Como subrayaba el Papa Benedicto XVI, las grandes ciudades europeas y americanas son cada vez más cosmopolitas, pero con frecuencia les falta esta savia capaz de hacer que las diferencias no sean motivo de división o de conflicto, sino más bien de enriquecimiento recíproco. La civilización del amor es convivencia respetuosa, pacífica y gozosa de las diferencias en nombre de un proyecto común, que el beato Papa Juan XXIII apoyaba sobre los cuatro pilares del amor, la verdad, la libertad y la justicia (Discurso al final del Santo Rosario con los universitarios, 1 de marzo de 2008). Nuestra misión consiste en construir esos pilares con la fuerza del Evangelio para
Homilía de monseñor José Luis Mollaghan, arzobispo de Rosario, en la solemnidad del Corpus Christi (5 de junio de 2010). (AICA)
Queridos hermanos:
Hoy celebramos la fiesta de Corpus Christi, del Cuerpo y la Sangre del Señor; y lo hacemos en el marco del año sacerdotal, convocado por el Papa Benedicto XVI, y que pronto va a culminar.
El don de la eucaristía y del sacerdocio
A la luz de las lecturas que escuchamos, podemos decir, que la Eucaristía está íntimamente unida al sacerdocio de Jesucristo; y agradecemos a Dios por estos dones recibidos el Jueves Santo, por los que Jesús sacerdote eterno, da su vida por nosotros, y también la Eucaristía, que renueva su presencia y su ofrecimiento de amor, que alimenta nuestra vida.
Justamente, la primera lectura y el salmo responsorial que escuchamos nos hablan de esta íntima unión del sacerdote y la Eucaristía. El pasaje del Libro del Génesis (cfr 14,18-20) que leímos, hace referencia al Rey Melquisedec, que era "sacerdote del Dios altísimo", y por esto "ofreció pan y vino" (Gen.14,19). (cfr. Benedicto XVI, 3.VI.2010).
El salmo, a su vez, contiene el juramento de Dios al Rey: “Tú eres sacerdote para siempre…" (Sal 110,4). Vislumbramos con esta afirmación un anticipo de la figura de Cristo, el Mesías, que es también Sacerdote de la Nueva Alianza.
Pero su sacerdocio es aún superior. Es un sacerdocio nuevo, que culmina con su entrega en la cruz; y por su donación redentora, ofreciendo su vida por nosotros, y se transforma en mediador entre Dios y los hombres.
La Eucaristía es la fuente de la unidad y la comunión
Así como en la última Cena, Jesús dejó a sus discípulos el gran regalo de la Eucaristía, memorial de la entrega de su vida, alianza nueva y definitiva de amor; hoy junto a ustedes, queridos sacerdotes, vamos a renovar por la acción de Cristo sacerdote, su presencia eucarística entre nosotros, el sacramento de la unidad; fuente de nuestra comunión con Dios y con nuestros hermanos.
Por la Eucaristía, somos llamados a ser uno en Cristo, y esta unidad es esencial en nuestra vida de cristianos; no porque seamos de una misma raza, ni por tener una misma cultura, ni las mismas profesiones, ni las mismas opciones. “Porque aun siendo muchos, somos un solo pan y un solo cuerpo, pues todos participamos de un solo pan » (1 Co 10, 16-17).
Y como escuchamos en el Evangelio, a través de la multiplicación de los panes, Jesús nos alimenta con el pan que se reparte generosamente, y es signo del Pan de vida. Por la Eucaristía, Jesús nos une; por la gracia nos fortalece, y nos sostiene en la misma comunión, para ser su Iglesia.
Nos une el haber sido atraídos por Cristo, de recibir un solo bautismo, y de tener una misma fe; de compartir una misma verdad, una misma vocación de ser discípulos y misioneros; nos une el ser Iglesia, fruto de la Eucaristía, porque Dios hace de nosotros una comunión, y una verdadera familia; nos une, finalmente, el llamado a transformar el mundo, y ser testigos de su amor, viviendo la justicia, y la solidaridad.
La Eucaristía es el centro vital de nuestra vida
De este modo, la Eucaristía debe ser el centro vital de nuestra vida, capaz de saciar el hambre de felicidad:” Quien me come vivirá por mi” (Juan 6,57). En este banquete, participamos de la vida eterna, y así, nuestra existencia cotidiana se convierte en una celebración, y en una misa prolongada (cfr. DA 354).
Por ello, la adoración de este misterio no nos aleja de nuestra existencia, sino que nos acerca a ella. Precisamente cuanto más adoramos este misterio de la presencia del Señor, encontramos mejor el sentido de la vida, y nos acercamos más a la realidad.
Es Él quien nos hace conocer a Dios, y nos permite también conocer la vida. Sin Él, la realidad sería indescifrable, y la vida, sería un enigma inexplicable.
Y esto, queridos hermanos, porque hablamos del verdadero Dios, que es la realidad fundante, y no de un Dios hipotético; de Dios encarnado, de Jesucristo vivo, el Dios con nosotros, y no de un Dios alejado; de Dios con rostro sufriente, el Dios del amor hasta la cruz ( cfr. Benedicto XVI, Discurso, nº 3, 13.V.2007).
En una sociedad tan fraccionada, en la que predomina la división, y los enfrentamientos, y la inseguridad nos hace hasta desconfiados entre nosotros; queremos ser signo de unidad; llamados a vivir fraternalmente, a respetarnos y querernos como hermanos, privilegiando a los más necesitados.
La Eucaristía, presencia salvadora de Jesús en la comunidad de los fieles y alimento espiritual, “es de lo más precioso que la Iglesia puede tener en su caminar por la historia “(Ecc. De Euch., n º 9). De aquí que Cristo en la Eucaristía, el tesoro más grande de la Iglesia, debe estar en el centro de nuestra vida.
Los dones de Dios requieren una disposición adecuada
Para ello, siempre necesitamos en nuestro corazón, un cambio, y una transformación personal. Podemos decir que la Eucaristía es el eje central de nuestra transformación, capaz de renovar nuestra vida y la vida social: para que la violencia se transforme en amor y, la muerte se transforme en vida.
De este modo, la Eucaristía a la vez que nos redime, puede suscitar esta transformación interior y exterior que debe contar con nuestra respuesta personal.
Para que el amor se imponga al odio, y la vida triunfe sobre la muerte, es necesaria nuestra cooperación. Porque todos los dones de Dios requieren una disposición interior para producir sus frutos.
Adorarlo profundamente, y abrir los ojos para reconocerlo
La Eucaristía es nuestra alegría de hoy, la alegría de la Iglesia, ya que al adorar al Santísimo Sacramento, reconocemos la presencia real y permanente de Jesús, sumo y eterno Sacerdote.
Su presencia viva nos invita a vivir como Iglesia, a adorarlo profundamente como comunidad de salvación, ya que “tiene cotidianamente una importancia destacada y se convierte en fuente inagotable de santidad” (Ecc. De Euc. Nº 10); y también nos pide abrir los ojos para reconocerlo en los más débiles, en los más pobres, y en los enfermos, como siempre hicieron los santos, ya que también en el más pequeño y humilde encontramos a Jesús mismo.
Por eso, como nos enseñan los Padres de la Iglesia, así como hoy celebramos y adoramos a Jesús en el altar; no consintamos después verlo sufriente, o enfermo; con hambre o desnudo; necesitado o débil en nuestros hermanos (cfr. DA 354).
Quisiera que esta adoración de hoy, llena de alegría por su inmenso amor, sea para esta Iglesia diocesana y para todos sus miembros un motivo de alabanza, de gozo verdadero, de aprendizaje humilde, y una proclamación misionera de su redención; una sencilla confesión de fe y adoración humilde del misterio que celebramos; ya que adorarlo es el acto supremo de nuestro amor.
El nos asoció a todos en la unidad de su Cuerpo, por eso agradecemos a Dios por nuestros sacerdotes, que El ha querido llamarlos y elegirlos para continuar la misión que le encomendó a los apóstoles, misión de misericordia y perdón, de amor hasta la cruz.
María, que intercede por nosotros, nos guíe por el camino de la adoración de su Hijo Jesucristo, y transforme nuestra vida y nos haga vivir con esperanza.
Mons. José Luis Mollaghan, arzobispo de Rosario
Homilía de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata en la Solemnidad de Corpus Christi (Iglesia Catedral, 5 de junio de 2010). (AICA)
LA OFRENDA DE MELQUISEDEC Y LA EUCARISTÍA: PASCUA, LA ENCARNACIÓN, LA TRINIDAD
El pasaje del libro del Génesis que hemos escuchado como primera lectura presenta la figura misteriosa de Melquisedec. En el contexto de esos pocos versículos se relata una batalla entre reyezuelos del Medio Oriente a comienzos del segundo milenio antes de Cristo, en la cual se ve mezclado Abraham, que resulta vencedor. Melquisedec le sale al encuentro para homenajearlo y lo bendice en nombre de El-Elyón, el Dios Altísimo; ofrece en acción de gracias un sacrificio de pan y vino del cual participan los vencedores y recibe del patriarca, como reconocimiento, el diezmo del botín. Se nos dice que Melquisedec era rey y sacerdote en la Jerusalén de aquella época, dominada por los jebuseos; podemos pensar que representaba la religión natural, la alianza cósmica entre Dios, conocido a través de la creación, y los hombres, que reconocen su soberano dominio sobre todas las cosas. Daniélou lo enumera entre los santos paganos del Antiguo Testamento. Su nombre aparece solamente en el pasaje leído del Génesis y en el salmo que hemos cantado respondiendo a esa lectura (Gén. 14, 18; Sal. 109 (110), 4).
El salmo alude al enigmático episodio narrado en el primer libro de la Biblia y atribuye al rey de Israel, ungido del Señor, la función sacerdotal; lo presenta como un sucesor de Melquisedec. La Iglesia, desde sus orígenes, interpretó este salmo como mesiánico, es decir, como referido a Nuestro Señor Jesucristo, sacerdote y rey. La Carta a los Hebreos aplica al sacerdocio de Jesús el versículo que dice Tú eres sacerdote para siempre a la manera de Melquisedec. Se manifiesta así, en el Nuevo Testamento, la exaltación triunfal de Cristo en su resurrección y ascensión al cielo, su dignidad suprema como mediador universal, su sacerdocio de validez perpetua, que no proviene de la institución sacerdotal judía sino de la decisión de Dios que establece la alianza nueva y eterna en su Hijo único, en su sacrificio redentor. La grandeza mayor de Melquisedec reside en ser imagen profética de Cristo; su ofrenda de pan y vino es figura de la Eucaristía. Por eso al celebrar en la misa el memorial de la muerte y resurrección del Señor ofrecemos a Dios ese sacrificio y le pedimos, según el Canon Romano, que lo acepte como aceptó la oblación pura del sumo sacerdote Melquisedec.
Tal como hemos escuchado en la segunda lectura (1 Cor. 11, 23-26), San Pablo les recuerda a los corintios la tradición eucarística de la Iglesia, recibida del Señor, que reproduce lo ocurrido en la Ultima Cena, la noche en que fue entregado: el contenido de esa tradición consiste en la orden de celebrar los misterios del culto divino como memorial de la muerte redentora. La intención del Apóstol no es inculcarles de nuevo a aquellos cristianos una verdad de la fe que conocían cabalmente, sino moverlos a obrar de una manera conforme a ella; por eso ha reprobado los abusos que se cometían en aquella comunidad y enseguida impondrá las condiciones espirituales que corresponden a una digna celebración de tan grande misterio. Dos veces se repite el mandato: hagan esto en memoria mía y además se destaca que el memorial no es un simple recuerdo, una evocación simbólica, sino el anuncio de la muerte del Señor, como si ella se produjera en el momento de la celebración. Las expresiones que emplea el Apóstol valen para afirmar el carácter sacrificial de la Eucaristía; en el rito de la Cena del Señor, de la fracción del pan, se torna presente, se actualiza ante los ojos de los fieles, bajo los velos del sacramento, el único sacrificio de la cruz y su eficacia redentora. San Juan Crisóstomo, comentando la primera Carta a los Corintios, subraya esa identificación: Pablo une las cosas presentes a las de entonces (se refiere a la Última Cena) para que suceda ahora como si, en aquella tarde y sentados a la misma mesa, recibiésemos del propio Cristo aquella víctima sacrificial. En otra ocasión el Crisóstomo escribe: Mira cómo el Señor inmolado yace (sobre el altar) y cómo el sacerdote ora de pie junto a la víctima y cómo todos son incorporados por aquella sangre preciosa… La mesa mística está preparada y el Cordero de Dios es degollado por ti. Lo que el Apóstol deseaba suscitar en los cristianos de Corinto –y en nosotros que recibimos su enseñanza– son las actitudes que corresponden a la participación en el sacrificio del Señor, sobre todo la ofrenda de nuestro corazón, según el modelo de la inmensa caridad de Cristo que se entregó por nosotros con tanto fuego de amor. En la participación eucarística el amor con amor se paga, un amor sostenido por sentimientos de profunda humildad, de arrepentimiento sincero, de temor reverente y a la vez de una desbordante alegría por el don que somos llamados a recibir, que compartimos fraternalmente para la edificación de la comunidad cristiana. La Eucaristía nos religa a Cristo y nos exige permanecer fijos en él con una intención pura, haciéndolo centro de nuestros pensamientos, deseos y proyectos. Hagan esto en memoria mía, ha dicho el Señor; San Basilio, refiriéndose a esa memoria eucarística, indica: debemos estar continuamente suspendidos de la memoria de él, como los niños están aferrados a sus madres.
El sacramento del Cuerpo y la Sangre del Señor hace presente de continuo en la Iglesia el misterio pascual; son el Cuerpo y la Sangre de la víctima entregada en el sacrificio de la Pascua. Cito nuevamente a San Juan Crisóstomo: la Pascua se celebra tres veces cada semana, en algún caso hasta cuatro; es más, siempre que queremos. Pascua, en efecto, es la ofrenda y el sacrificio que se realiza en cada asamblea litúrgica. Pero además, la Eucaristía se refiere igualmente al misterio de la Encarnación del Verbo; es la misma Encarnación perpetuada, su reliquia. Podemos pensar que es el sacramento de la condescendencia divina, por el cual nos unimos a la humanidad santísima de nuestro Salvador, que se abajó hasta nosotros para hacernos compartir su divinidad. En el contacto eucarístico se alimenta y despliega nuestra relación personal con Jesús, nuestro amor a Él. El desarrollo del culto eucarístico, a lo largo de los siglos, está estrechamente vinculado al acento puesto por la teología y por la devoción del pueblo cristiano en los misterios de la vida del Señor y en la adoración dirigida a su humanidad, sustancialmente unida a la persona divina del Verbo. En tal contexto nació, precisamente, la fiesta de Corpus Christi. Ese acento puesto en la humanidad del Señor se registra no sólo en la piedad y en la mística, sino en bellísimas expresiones de la literatura, el teatro religioso y otras formas artísticas. El trato personal con Jesús en la Eucaristía busca experimentar su bondad, para que él, como lo hacía con la multitud que lo seguía y a la que alimentó multiplicando el pan, nos hable íntimamente del Reino de Dios y nos devuelva la salud a los que tenemos necesidad de ser sanados (cf. Lc. 9, 11 b). El himno Jesu dulcis memoria, durante mucho tiempo atribuido a San Bernardo, es un modelo notable de esa “devoción a Jesús” –si puede llamarse así– marcada por las características de la espiritualidad medieval pero que habla con elocuencia a los hombres de hoy, necesitados de una nueva comprensión afectiva de la relación con Dios. El himno dice así, según la inspirada traducción de un poeta argentino y católico, Francisco Luis Bernárdez:
Oh Jesús de dulcísima memoria,
Que nos das la alegría verdadera:
Más dulce que la miel y toda cosa
Es para nuestras almas tu presencia.
Nada tan suave para ser cantado,
Nada tan grato para ser oído,
Nada tan dulce para ser pensado,
Como Jesús, el Hijo del Altísimo.
Tú que eres esperanza del que sufre,
Tú que eres tierno con el que te ruega,
Tú que eres bueno con el que te busca:
¿Qué no serás con el que al fin te encuentra?
No hay lengua que en verdad pueda decirlo
Ni letra que en verdad pueda expresarlo:
Tan sólo quien su amor experimenta
Es capaz de saber lo que es amarlo.
Sé nuestro regocijo en este día,
Tú que serás nuestro futuro premio,
Y haz que sólo se cifre nuestra gloria
En la tuya sin límite y sin tiempo.
Desde este ángulo es inevitable asociar a la Santísima Virgen con la Eucaristía, ya que cuando comulgamos nos nutrimos de la Carne y la Sangre del Hijo de Dios, formadas de la carne y la sangre de su Madre. Entramos también, por tanto, en una misteriosa relación con ella. A propósito, Raimundo Jordán ha usado, hablándole a María, estas sugestivas comparaciones: Tú eres la nave que de lejanas tierras trajo el Pan de la vida, porque del cielo vino ese pan, siendo amasado con la harina de tus entrañas y cocido y abrazado en el horno de tu amor con el fuego del Espíritu divino. Tal es el pan propio de los navegantes humanos. Desde la misma perspectiva, hay que asociar a la Eucaristía con la Iglesia, puesto que existe una relación esencial entre el Cuerpo físico y el Cuerpo místico del Señor. Por la Eucaristía y por la gracia de la caridad que el sacramento difunde, crece Cristo y su Cuerpo eclesial se consolida en la unidad.
La Eucaristía no sólo nos remite al misterio pascual y a la Encarnación del Verbo. La fuente de la realidad eucarística se encuentra en la Santísima Trinidad. La revelación suprema de Dios en el Nuevo Testamento, que se resume en la expresión joánica Dios es Amor (1 Jn. 4, 8) se comprende plenamente cuando se contempla la comunión de las tres personas divinas. En el amor trinitario tiene su origen la Eucaristía porque el amor de Dios, el agápe que es Dios, es eucarístico: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, cada uno se entrega a los otros dos en la generosidad total de un círculo silencioso y eterno. El círculo se abre en la creación y en la redención, en el envío del Hijo por el Padre y del Espíritu Santo por el Padre y el Hijo. Estamos dichosamente destinados hacia Dios, ya que participamos de su misma vida; nuestra meta es contemplar el rostro del Padre gracias a las misiones del Hijo y del Espíritu, porque hemos sido hechos hijos en el Hijo y porque por el don del Espíritu reconocemos a Cristo como Señor y nos atrevemos a llamar Padre al Padre de nuestro Señor Jesucristo. Este destino se cumple anticipadamente en la comunión eucarística. En la Última Cena, al prometerles el envío del Paráclito, Jesús dijo a sus discípulos: aquel día comprenderán que yo estoy en mi Padre, y que ustedes están en mí y yo en ustedes (Jn. 14, 20). Aquel día allí mencionado se refiere a la gloria de la resurrección y a la efusión del Espíritu que desde Pentecostés permanece en la Iglesia. Jesús está en el Padre por su divinidad, porque es uno con él; nosotros estamos en Cristo porque él ha asumido nuestra humanidad en su encarnación y nos ha comprado al precio de su Sangre, haciéndonos así miembros de su Cuerpo; y él está en nosotros por el misterio de la Eucaristía, mesa y copa que rebosan de su Espíritu. Por la comunión eucarística nos iniciamos en la comunión de la Trinidad y eso es un anticipo del cielo. Nuestra patria está en la belleza del Espíritu para la alegría del Padre por la Eucaristía del Hijo bienamado. Hacia este misterio múltiple y altísimo apuntaba como figura profética la ofrenda de Melquisedec, el sacerdote de El-Elyón.
Esta tarde, providencialmente primaveral, hemos acompañado a Cristo por las calles de nuestra ciudad. El himno compuesto para el Congreso Eucarístico Internacional de 1934 rezaba: Pasearon el Corpus por nuestros solares los hombres que luego fundaban ciudades… El que ha paseado por las calles de La Plata es el Señor, inmolado y viviente, triunfador del pecado y de la muerte, el que aniquila el reinado injusto, tiránico, del príncipe de este mundo y de sus secuaces. Ha sido el de hoy, como el de cada fiesta de Corpus Christi, un signo cuyo alcance eficaz nos resulta incognoscible. Confiamos, sin embargo, en el poder de su gracia para convertir los corazones, para insinuar en ellos las disposiciones que los abran a la fe, la esperanza y la caridad. Nosotros paseamos el Corpus por una ciudad indiferente, ajena, tácitamente hostil. Nuestro compromiso, como herederos de aquellos que luego fundaban ciudades, es refundar espiritualmente la nuestra con el aporte de la Verdad cristiana profesada y vivida mediante el testimonio de un amor laborioso y sacrificado capaz de renovar a fondo la sociedad. El objetivo irrenunciable es el rescate de una cultura que se encuentra en trance de acelerada deshumanización, que de salvaje debe tornarse
Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata
04 de julio de 2010
Primer Domingo de mes
Uno de los vicios más extendidos (y en el que casi todos caemos de una forma u otra), es el juzgar incluso por simples apariencias, o peor aún, haciendo caer todo el peso de la condena sobre nuestros prójimos.
Pertenecemos a una cultura muy dada a la crítica y al cotilleo, juzgar es exponernos a ser juzgados de la misma manera.
La misericordia no casa bien con esta aptitud negativa ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: déjame que te saque la mota del ojo, teniendo una viga en el tuyo?
INFORMACION
01-15/07/2010 Escuela de formación social de Cáritas Española.
22-25/07/2010 Encuentro de Jóvenes de Cáritas.
Campamento Cruz Roja – La Montañeta, Garachico.
27/07/2010 VII Reunión de la permanente en la sede arciprestal.
ESTADÍSTICAS 1ª SEMESTRE 2010
Usuarios atendidos: 821
Personas beneficiarias: 2.754
RECURSOS ECONÓMICOS
Ingresos: 24.955,64 €
Pagos: 26.461,76 €
NUESTRO AGRADECIMIENTO POR SU APOYO Y COLABORACIÓN
DOMINGO 14 DEL TIEMPO ORDINARIO / C
4 de julio de 2010
El Dios del amor y de la paz esté con todos vosotros.
Jesús envió a sus discípulos con esta misión: "Id y decid a la gente: Está cerca de vosotros el Reino de Dios". Lo escucharemos hoy en el evangelio. Y sentiremos que nos lo dice también a nosotros. El Reino de Dios, la vida de Dios, el amor que Dios quiere para todos, está ahí, muy cerca de nosotros. Si queremos, si estamos dispuestos a llenarnos de este amor, si tenemos ganas de transmitirlo a los demás, seremos más felices nosotros, y serán más felices los que nos rodean.Y ayudaremos a que este mundo nuestro, tan lleno de dolor y tan marcado por el pecado, sea más humano y más digno para todos.
A. penitencial: Al empezar esta Eucaristía, pongámonos ante Dios y pidámosle su perdón y su gracia. (Silencio).
Tú, que nos traes la verdad y la vida. SEÑOR, TEN PIEDAD.
Tú, que nos traes la santidad y la gracia. CRISTO, TEN PIEDAD.
Tú, que nos traes la justicia, el amor y la paz. SEÑOR, TEN PIEDAD.
1.lectura (lsaías66,10-14c): Después del exilio de Babilonia, el pueblo de Israel emprende la tarea de reconstruir su país abandonado y devastado. Es una tarea nada fácil. Pero los profetas, en nombre de Dios, les anuncian un futuro lleno de esperanza. Es lo que Jesús nos anuncia también a nosotros en el evangelio: un futuro lleno de esperanza, fundamentado en el amor de Dios.
2. lectura (Gálatas 6,14-18): En la segunda lectura, escuchamos cómo san Pablo nos ofrece el testimonio de lo que da sentido a su vida, de lo único que para él es importante.
Oración universal: Presentemos al Padre nuestras plegarias diciendo: ESCÚCHANOS, PADRE.
Por los cristianos de nuestro país. Que demos un buen testimonio de la fe y la esperanza que nos mueven. OREMOS:
Por los misioneros y misioneras. Que la fortaleza y la gracia de Dios les acompañe en su misión de anunciar el Evangelio. OREMOS:
Por los inmigrantes que han venido a vivir entre nosotros buscando una vida mejor. Que puedan encontrar un trabajo digno, y sean acogidos como toda persona merece. OREMOS:
Por nuestros familiares y amigos difuntos. Que Dios los acoja para siempre en la plenitud de su Reino. OREMOS:
Por nosotros y por nuestra parroquia. Que nos amemos y nos ayudemos mutuamente, cada día más. OREMOS:
Escucha, Padre, nuestra oración, y llénanos con tu bondad. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Padrenuestro: Unidos en la oración, pidámosle a Dios nuestro Padre que venga su Reino. Como Jesucristo nos enseñó, nos atrevemos a decir:
CPL
Reflexión de José Antonio Pagola para el evangelio del domingo catorce del Tiempo Ordinario - C, ofrecida por la Delegación de Enseñanza de la Diócesis de Tenerife.
PORTADORES DEL EVANGELIO
Lucas recoge en su evangelio un importante discurso de Jesús, dirigido no a los Doce sino a otro grupo numeroso de discípulos a los que envía para que colaboren con él en su proyecto del reino de Dios. Las palabras de Jesús constituyen una especie de carta fundacional donde sus seguidores han de alimentar su tarea evangelizadora. Subrayo algunas líneas maestras.
«Poneos en camino». Aunque lo olvidamos una y otra vez, la Iglesia está marcada por el envío de Jesús. Por eso es peligroso concebirla como una institución fundada para cuidar y desarrollar su propia religión. Responde mejor al deseo original de Jesús la imagen de un movimiento profético que camina por la historia según la lógica del envío: saliendo de sí misma, pensando en los demás, sirviendo al mundo la Buena Noticia de Dios. "La Iglesia no está ahí para ella misma, sino para la humanidad" (Benedicto XVI).
Por eso es hoy tan peligrosa la tentación de replegarnos sobre nuestros propios intereses, nuestro pasado, nuestras adquisiciones doctrinales, nuestras prácticas y costumbres. Más todavía, si lo hacemos endureciendo nuestra relación con el mundo. ¿Qué es una Iglesia rígida, anquilosada, encerrada en sí misma, sin profetas de Jesús ni portadores del Evangelio.
«Cuando entréis en un pueblo... curad a los enfermos y decid: está cerca de vosotros el reino de Dios». Ésta es la gran noticia: Dios está cerca de nosotros animándonos a hacer más humana la vida. Pero no basta afirmar una verdad para que sea atractiva y deseable. Es necesario revisar nuestra actuación: ¿qué es lo que puede
llevar hoy a las personas hacia el Evangelio? ¿cómo pueden captar a Dios como algo nuevo y bueno?
Seguramente, nos falta amor al mundo actual y no sabemos llegar al corazón del hombre y la mujer de hoy. No basta predicar sermones desde el altar. Hemos de aprender a escuchar más, acoger, curar la vida de los que sufren... Sólo así encontraremos palabras humildes y buenas que acerquen a ese Jesús cuya ternura insondable nos pone en contacto con Dios, el Padre Bueno de todos,
«Cuando entréis en una casa, decid primero: Paz a esta casa». La Buena Noticia de Jesús se comunica con respeto total, desde una actitud amistosa y fraterna, contagiando paz. Es un error pretender imponerla desde la superioridad, la amenaza o el resentimiento. Es antievangélico tratar sin amor a las personas sólo porque no aceptan nuestro mensaje. Pero, ¿cómo lo aceptarán si no se sienten comprendidos por quienes nos presentamos en nombre de Jesús?
José Antonio Pagola
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Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS |
Lucas 10, 1-12.17-20
Mensaje de monseñor Oscar Sarlinga en la clausura del Año Sacerdotal (Monasterio de la Visitación, Pilar, 6 de junio de 2010, solemnidad del Corpus Christi). (AICA)
Queridos sacerdotes:
Cuánta paz nos da el saber que no somos nosotros los que nos hemos puesto a elegir a Jesús; no somos nosotros los que “conseguimos” este ministerio; es Él, nuestro Buen Pastor quien nos eligió y consagró. Los invito a exclamar, con el corazón lleno de alegría: ¡Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo que en Cristo nos ha elegido antes de la constitución del mundo par ser santos y consagrados en su presencia por el amor! (Cfr Ef 1,3ss). Más que extenderme en este mensaje, y dado que la carta de Pentecostés tenía una especial referencia a ustedes, quiero hablarles como hermano y como obispo. Sé que saben, como dijo san Pablo, que el obispo, todo obispo, lleva a los sacerdotes en el corazón, partícipes todos de la gracia del Señor (cf Fl 1, 7).
Respecto de este Año Sacerdotal, convocado por S.S. Benedicto XVI con ocasión del 150mo. aniversario de la muerte del Santo Cura de Ars, podemos decir que hemos recibido una infinitud de gracias, como por ejemplo la del envío de vocaciones sacerdotales a nuestra Iglesia particular, y especiales dones de reafirmación de su elección para los sacerdotes, y de los carismas recibidos. Ya una gracia muy grande es que los sacerdotes reaprecien el promover en los jóvenes la valoración del llamado al sacerdocio. Este es un gran tesoro. San Juan María Vianney, a quien el Papa proclama patrono de todos los sacerdotes, ponía de manifiesto el ser indispensable de éstos, al decir: “Un buen pastor, un pastor según el corazón de Dios, este es el mayor tesoro que el buen Dios puede conceder a una parroquia, y uno de los más precioso dones de la misericordia divina” (1). Nuestro ser, por el sacramento del orden, ha sido configurado por la eternidad con Cristo Sacerdote, quien nos “santificado en la verdad” (Jn 17, 19).
¿Para qué?. Para ninguna tristeza o amargura. Esta santificación nos es dada para ser sembradores de confianza y de esperanza. Pese a todas las dificultades, pese a las infidelidades o defecciones de algunos de nuestros hermanos en nuestro mundo contemporáneo, ¿cómo olvidar que el Papa nos ha llamado a percibir en el Año sacerdotal “una nueva primavera?, cuando nos dijo: “(…) me complace invitar particularmente a los sacerdotes, en este Año dedicado a ellos, a percibir la nueva primavera que el Espíritu está suscitando en nuestros días en la Iglesia Una nueva primavera para la Iglesia” (2).
Habrá una nueva primavera si somos fieles al Señor Jesús, que nos ha elegido, si nos abrimos a su Espíritu, si somos fieles a la Iglesia, que verdaderamente es el Cuerpo de Cristo y el Pueblo de Dios, si estamos unidos, en la oración, en el afecto fraterno, dentro de la multiformidad de los dones que hemos recibido, en el único Don del sacerdocio ministerial (3), si nos confiamos enteramente a la intercesión materna de la Virgen y si nos ponemos enteramente al servicio de aquéllos que nos han sido encomendados, con nuestra predicación, para que ésta que suscite la fe, a ejemplo de San Pablo (Cf. Hch 18,1-8), sabiendo que quienes son de verdad evangelizados se tornan a su vez evangelizadores, como nos enseñaba el Papa Pablo VI: “(…) es impensable que un hombre haya acogido la palabra y se haya entregado al Reino sin convertirse en alguien que a su vez da testimonio y anuncia” (4). Pidamos la gracia de renovar nuestra alegría apostólica, para hacer como los Apóstoles, quienes “salieron a predicar por todas partes, colaborando el Señor con todos ellos y confirmando la Palabra con las señales que la acompañaban” (Mc 16,20).
Necesitamos la alegría, que es elemento esencial en la vida del sacerdote, debe un principio y una fuerza vital, fruto de la vida del Espíritu Santo en él. En la alegría, especialmente la alegría compartida, la del espacio de verdadera fraternidad, hacen su ingreso la fe, la esperanza y la caridad; las tres virtudes teologales, para vivir y experimentar siempre y en todo momento, para transmitir en el apacentar al pueblo que nos ha sido confiado. Es signo de salud del alma; pidámosle al Señor que arranque de nosotros toda tristeza, que es fruto de la acedia y nos impulsa a la duda, a la amargura, a la impaciencia y al enojo. También nos lo ha dicho el Papa, mencionándonos que este tema es “uno de los mayores desafíos de nuestro tiempo”, pues “(…) el sacerdote, hombre de la Palabra divina y de las cosas sagradas, debe ser hoy más que nunca un hombre de alegría y de esperanza” (5).
Como hombres de la Eucaristía, de la Reconciliación, como hombres de Iglesia, el Año sacerdotal nos lega el don de redescubrir la pastoral vocacional. También lo hemos pedido en el Año Paulino Jubilar, que nos trajo muchos frutos de gracia y bendición, y en especial ésa, que fue mencionada también por Benedicto XVI: “Este es el mensaje que nos deja el Año paulino recién concluido. San Pablo, conquistado por Cristo, fue un promotor y formador de vocaciones (…) Este es también el mensaje del Año sacerdotal recién iniciado: el santo cura de Ars, Juan María Vianney -que constituye el "faro" de este nuevo itinerario espiritual (…) Por tanto, el Año sacerdotal brinda una magnífica oportunidad para volver a encontrar el sentido profundo de la pastoral vocacional, así como sus opciones fundamentales de método: el testimonio, sencillo y creíble; la comunión, con itinerarios concertados y compartidos en la Iglesia particular (…)” (6). ¿Nos dispondremos a ponernos a trabajar en ello?. Así lo creo.
Profundicemos, entonces, en la comprensión del sacerdocio ministerial, el cual, tal como lo expresa el Concilio Vaticano II (7) es esencialmente distinto del sacerdocio de los fieles, y no con diferencia sólo de grado (aunque, como es lógico, todo el Pueblo Sacerdotal, que es la Iglesia, recibe su condición de tal del Único sacerdocio de Cristo). Hemos sido llamados y consagrados para servir al Pueblo de Dios, lo cual incluye promover la misión y los carismas de los laicos. Pedimos al Señor Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote, que todos los fieles tengan un alma en la que vibre el espíritu del Sacerdocio común, y que aprecien y valoren las vocaciones sacerdotales, para lo cual insto a las parroquias a reinaugurar las “Obras de las vocaciones sacerdotales y religiosas” allí donde todavía no estuvieren en vigor.
La Virgen María, que es Madre de Dios y Madre de la Iglesia, nos guíe y acompañe como Reina de los Apóstoles y Estrella de la Evangelización.
Mons. Oscar Sarlinga, obispo de Zárate-Campana
En la Solemnidad del Corpus Christi, 6 de junio de 2010
Notas:
(1) "Le Sacerdoce, c'est l'amour du coeur de Jésus", “El Sacerdocio es el amor del Corazón de Jesús” (in B. NODET, Le curé d'Ars. Sa pensée - Son Coeur. Présentés par l'Abbé Bernard Nodet, éd. Xavier Mappus, Foi Vivante 1966, p. 98). La expresión aparece citada también en el Catecismo de la Iglesia católica, n. 1589.
(2) BENEDICTO XVI, Carta del Papa a los sacerdotes con motivo del Año Sacerdotal, Ciudad del Vaticano, jueves, 18 junio 2009
(3) Cf Id., Homilía en la celebración de las primeras vísperas en la vigilia de Pentecostés, 3 de junio de 2006 ("El Espíritu es multiforme en sus dones... Él sopla donde quiere. Lo hace de modo inesperado, en lugares inesperados y en formas nunca antes imaginadas... Él quiere vuestra multiformidad y os quiere para el único Cuerpo”)
(4) PABLO VI, Exh. apost. Evangelii nuntiandi, 24.
(5) BENEDICTO XVI, Videomensaje del Papa al Retiro Internacional Sacerdotal en Ars, Ciudad del Vaticano, martes 29 de septiembre de 2009.
(6) Id., Discurso del Santo Padre a los participantes en el congreso europeo de pastoral vocacional:"Quien siembra en el corazón del hombre es siempre y sólo el Señor", Ciudad del Vaticano, 4 de julio de 2009
(7) CONC. ECUM. VAT. II, Const. Lumen gentium, 10.
Homilía de moseñor Carmelo Juan Giaquinta, arzobispo emérito de Resistencia, en la solemnidad del Corpus Cristi (6 de junio de 2010). (AICA)
PALABRA DE DIOS Y CUERPO DE CRISTO
Lc 9,11-17
I. JESÚS ENSEÑA EL REINO DE DIOS Y CELEBRA SU BANQUETE
1. El pasaje evangélico de esta solemnidad del Corpus Christi muestra a Jesús que enseña al pueblo el Reino de Dios y le da de comer multiplicando los panes: “Jesús habló a la multitud acerca del Reino de Dios… Tomó los cinco panes y los dos pescados y, levantando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición, los partió y los fue entregando a sus discípulos para que los sirvieran a la multitud. Todos comieron hasta saciarse” (Lc 9,11.16-17).
2. A simple vista, parecen dos escenas yuxtapuestas, sin mayor conexión, motivadas por la bondad de Jesús que sale al encuentro de la ignorancia y del hambre de la gente. Si observamos su contexto, descubriremos que la escena contiene un mensaje muy profundo. Está antecedida por la pregunta que se hace el rey Herodes sobre Jesús: “¿Quién es éste del que oigo decir semejantes cosas?” (Lc 9,9). Está seguida por la escena en la que Jesús mismo pregunta a sus discípulos: “Ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” (Lc 9,20). Y ésta, a su vez, se continúa en la escena de la transfiguración de Jesús, cuando se oye la voz del Padre, que da la respuesta cabal a tales preguntas: “Este es mi Hijo, el elegido, escúchenlo” (Lc 9,35).
De este modo, la escena de la multiplicación de los panes es una respuesta a la pregunta “¿Quién dice la gente que soy yo? (9,18), pero formulada en forma de drama, en el que Jesús, a la vez que enseña el Reino de Dios, comienza a celebrar el banquete definitivo, del que es el anfitrión, junto con el Padre (cf Lc 22,29-30).
3. San Lucas es rico en descripciones de dos movimientos. Por ejemplo, la de los discípulos de Emaús. Jesús primero explica las Escrituras que se cumplen en él, y luego, “estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio” (Lc 24,30). Lo mismo hace cuando narra la celebración eucarística del apóstol Pablo en Tróade el primer día de la semana (cf Hch 20,7-11).
II. LAS DOS MESAS: DE LA PALABRA Y DE LA EUCARISTÍA
4. El Concilio Vaticano II habló de dos mesas inseparables: la de la Palabra de Dios y la del Pan de la Eucaristía: “La Iglesia ha venerado siempre las Sagradas Escrituras al igual que el Cuerpo del Señor, sobre todo en la sagrada Liturgia, cuando toma el pan de vida de la mesa de la palabra de Dios y de la mesa del Cuerpo de Cristo, y lo distribuye a los fieles” (Dei Verbum 21; cf PO 18). Mesa de la palabra y mesa del Cuerpo de Cristo son dos momentos necesarios de toda la acción pastoral de la Iglesia.
III. ¿PRIMERO PROMOCIÓN SOCIAL Y DESPUÉS EVANGELIZAR?
5. Hace unos años se decía que no se puede evangelizar a estómagos hambrientos. Y razón hay en ello. Ante la necesidad perentoria del hambre, el cristiano debe atender a Cristo hambriento. Pero como no hay nada perfecto en este mundo, aún las mejores intenciones pueden deformarse. Apareció así una corriente pastoral que enfatizaba la promoción social como etapa previa a la evangelización, en vez de concebirla como parte integrante de la misma. Y no apreciaba suficientemente la capacidad del pobre para ser evangelizado. El resultado fue que muchas veces la evangelización explícita nunca llegaba, y con no poca frecuencia los pobres tomaban otros rumbos religiosos. Se dijo con ironía, pero con un dejo de verdad: “La Iglesia católica descubrió a los pobres y se dedicó a la promoción social. Pero los pobres descubrieron a Jesucristo y se fueron hacia el pentecostalismo”.
IV. POR UNA PASTORAL POPULAR EVANGELIZADORA: UNIR PROMOCIÓN SOCIAL Y PALABRA DE DIOS
6. De allí que los Obispos argentinos, en las Líneas Pastorales para la Nueva Evangelización, al hablar de la evangelización a los pobres, hemos advertido sobre su marginación religiosa como un grave problema pastoral a enfrentar: “La marginación religiosa del pobre es la más grave en orden a su dignidad y a su salvación; mucho más grave que la marginación económica, política o social. Es misión específica de la Iglesia atenderlos espiritualmente, y predicar la palabra de Dios a todos, reconociendo que quienes experimentan peculiares situaciones de carencia, debilidad o sufrimiento, están más necesitados de Dios y, muchas veces, se hallan más abiertos, como María, para recibir la Buena Nueva en su corazón (cf. LPNE nº 32).
7. Por su parte, los obispos latinoamericanos reunidos en Aparecida, han comenzado a analizar el fenómeno de la atracción de las sectas (cf DA 225-226). Y lo han sacado del pantano de prejuicios que impedían entenderlo. Uno, muy grave, era que el avance de las sectas se debía sobre todo al imperialismo norteamericano, que por medio de ellas procuraba debilitar al catolicismo de América Latina, para dominarla más fácilmente. Con lo cual valorábamos más la fuerza del imperialismo que la del Evangelio. Y nos poníamos en el papel de víctimas, y no en el de pastores que cuidan del Rebaño del Pastor de los pastores.
8. En este Corpus, pidamos con fe la gracia de unir siempre la promoción social del pobre con la palabra de Dios.
Mons. Juan Carmelo Giaquinta, arzobispo emérito de Resistencia
Homilía de monseñor Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús, en la solemnidad del Corpus Christi (Parroquia San José - Colegio Vicente Sauras; Parroquia Nuestra Señora de Loreto, 5 de junio 2010). (AICA)
Queridos sacerdotes, diáconos, diáconos permanentes, seminaristas, religiosas, religiosos, querido pueblo fiel:
En este día del Corpus, un día hermoso que Dios nos ha regalado, tenemos una ocasión muy especial para acercarnos al misterio más grande que Dios nos ha querido regalar: la Eucaristía; y tenemos que recordar -como bien lo sabemos- que no hay dos misterios, hay un solo misterio manifestado de diversas maneras. El misterio de Cristo, el misterio del nacimiento de la Iglesia, cómo Cristo, enviado por el Padre, viene a hacer la voluntad del Padre y cómo Cristo se entrega en sacrificio. Un sacrificio único, irrepetible.
El misterio de Dios, donde Él con su vida, con su divinidad y con su humanidad, nos redime a todos, nos salva en la cruz. Ese sacrifico, que estuvo expresado antes, en la última cena, es el mismo y único misterio redentor realizado de una vez y para siempre. Hemos sido rescatados, purificados, lavados por la sangre divina del Cordero inmaculado. No hay cuatro, ni tres, ni dos corderos; es uno solo. Es uno solo el misterio y de ese misterio vivimos para recibir gratuitamente la salvación. Por lo tanto la Eucaristía nos habla del sacrifico redentor de Cristo.
Cristo se ofreció y cuantas veces nosotros celebramos la Eucaristía, o cuantas veces ustedes participan de la Eucaristía como pueblo fiel, estamos recibiendo del mismo y único sacrificio redentor.
El amor de Dios: para que no nos queden dudas, para que ninguno ignore, para que ninguno sea superficial, para que ninguno crea que podrá ser la salvación de otro modo; hay un único modo no hay dos: el sacrificio redentor de Cristo. Él nos llama a repetir el misterio, pero vivimos de ese único misterio y Él se nos queda en la Eucaristía. Ya no es pan, ya no es vino, es el Cuerpo y la Sangre divina del Señor donde nosotros, al recibir su presencia, contamos con su fuerza que es fuente de toda nuestra vida apostólica, de toda nuestra vida de misión y de toda nuestra vida de testimonio.
La Eucaristía es fuente de gracia y allí recibimos la fuerza del Espíritu. Comemos su Cuerpo, bebemos su Sangre, nos alimentamos de Él; entra la vida y se va alejando todo vestigio de muerte, toda sombra de pecado.
¡La presencia de Cristo es victoriosa!
¡La presencia de Cristo es redentora!
¡La presencia de Cristo es motivadora!
¡La presencia de Cristo es transformadora!
¡Nos transforma, nos cambia, nos purifica, nos reviste, nos invita a alimentarnos de Él!
¡Esa presencia, cuando nos toca, nos cambia!
Es cierto, las cosas no son mágicas y muchas veces podemos caer en la tentación de creer que si comulgamos muchas veces ya nos santificamos, que si celebramos muchas misas ya somos más santos; ¡cuidado y atención! Uno puede recibir a Cristo muchas veces, miles de veces dice San Juan Crisóstomo, pero si uno no lo recibe con el corazón abierto y con fidelidad a Él, está recibiendo su propia condenación. Las cosas no son mágicas y reclaman de nosotros nuestra participación.
Él está con su presencia, pero nuestra presencia ante Él no es indiferencia. Dice muy bien San Efrén que el bautismo en nuestro ser es Su tesoro, tenemos el tesoro al ser bautizados en Cristo y el tesoro está escondido en nuestro propio ser, ¡pero ese tesoro crece en la medida que recibamos el sacramento de la Eucaristía bien! Por lo tanto, estamos bautizados, somos cristianos, pero el ser cristiano no basta ¡hay que alimentarlo!, ¡hay que nutrirlo!, ¡hay que ser consecuente con aquello que celebramos y recibimos!
El sacramento de la Eucaristía no nos deja igual ¡nos cambia!, ¡nos transforma!, ¡nos exige!, ¡nos da su amistad! Siempre es motivador su amor; siempre nos va a exigir, cada vez más, porque cada vez más su amor va a estar en nosotros.
También la Eucaristía no sólo es sacrificio y presencia; dice el Papa Juan Pablo II “es banquete, es comunión”; comunión con Él, participando de una comida sagrada; comunión con la Iglesia, en todas partes, católica, aunque uno esté solo, aunque sean pocos, entramos en ese misterio místico, invisible pero real en toda la Iglesia. Y no sólo de los vivos, también de los difuntos; por eso en la Misa rezamos por los vivos y por los difuntos.
Ese banquete, esa comunión, también nos lleva a vivir fraternalmente; a dar testimonio; a ser verdaderos discípulos. La Eucaristía se celebra en torno a la Palabra. La Palabra de Dios nos ilumina y la Eucaristía nos nutre; vivimos de las dos cosas: la Palabra que nos ilumina y la Eucaristía que nos robustece para que seamos verdaderos discípulos y auténticos testigos de su presencia.
Esta tarde, como Iglesia diocesana, que ninguno ose dividirla, que ninguno ose opacarla, que todos nosotros obremos coherentemente y en consecuencia; tenemos Alguien que siempre da la vida por nosotros: Jesucristo en la Eucaristía. y nosotros vivimos, nos nutrimos y tomamos fuerza de esa Eucaristía para ser testigos e incidir en la vida personal, en la vida familiar, en la vida social, en la cultura, en este mundo; y sobre todo para vivir en la esperanza, en el amor y en la fidelidad.
Yo pensaba en estos días: es fácil empezar pero más difícil es perseverar. Si Dios está, si nosotros lo recibimos y contamos con Él, no sólo empezamos sino que perseveramos hasta el final. En la Iglesia no se dura, ¡la Iglesia se vive!, ¡se vive del Espíritu que tiene fuerza y que es capaz de superar obstáculos, adversidades, fragilidades y limitaciones! Porque la Eucaristía tiene un valor incalculable, inconmensurable, extraordinariamente fuerte.
Pidámosle al Señor que los celebremos con mucho amor pero que también lo adoremos con mucho silencio. Que adoremos a Jesús en la Eucaristía, allí Él nos transmite todo lo que tenemos que recibir; allí El nos fortalece y nos consuela.
Ustedes saben que quien quiere ser discípulo del Señor, quien quiere vivir en serio una vida cristiana, tendrá que pasar por la prueba de la purificación y cada uno de nosotros tendrá que pasar por esa prueba si quiere ser discípulo del Señor.
Que la adoración personal, la adoración comunitaria, el silencio que Dios nos habla, nos de fuerzas para que nadie, nadie, nos separe de Jesucristo.
Que nada ni nadie quebrante nuestra identidad, nuestras raíces
Que tengamos una cultura de vida y no consumamos una cultura de muerte.
Que la Eucaristía nos alimente.
Que este Pan Sagrado siga viniendo a nosotros y se vaya alejando de nosotros toda sombra, toda mezquindad, toda cobardía y toda traición.
Porque no recibir a Cristo en la Eucaristía, es separarse del amor fiel del Señor.
Que así sea.
Mons. Rubén Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús
ZENIT nos ofrece las Conclusiones Ejecutivas adoptadas por el Congreso de Pastoral de la Salud “¡Effatá! La persona sorda, heraldo y testigo del anuncio del Evangelio”, que concluyó el 6 de junio de 2010 en el Vaticano.
Consejo Pontificio
Para los Operadores Sanitarios
Congreso de Pastoral de la Salud “¡Effatá! La persona sorda,
heraldo y testigo del anuncio del Evangelio”
Ciudad del Vaticano, 4 - 6 junio 2010
CONCLUSIONES EJECUTIVAS
Al término de este Congreso de Pastoral, titulado “¡Effatá! La persona sorda, heraldo y testigo del anuncio evangélico” y organizado por el Consejo Pontificio para los Operadores Sanitarios, ha llegado a definir los instrumentos para la realización de algunas prioridades en el ámbito de la integración de los no oyentes en la vida eclesial y más en general en la sociedad. En esta segunda etapa del compromiso del Dicasterio en favor de los afectados por sordera, se han acogido y ha comenzado la realización de las recomendaciones surgidas al término de la Conferencia Internacional “¡Effatá! La persona sorda en la vida de la Iglesia”, celebrada el pasado noviembre siempre en el Vaticano. Este resultado se ha conseguido gracias a la participación activa o a la adhesión de exponentes del mismo Consejo Pontificio y de otras oficinas vaticanas, de la Conferencia Episcopal Italiana y de las diócesis de Roma, Bari, Brescia, Foggia, Chieti, Crotone, Padua, Patti, Vicenza, Bolonia, Palermo, Sulmona, Aquila, Imperia, Agrigento, Teramo, Asís, Florencia, Foligno, Frosinone, Salerno, Milán, Trani, Módena, Tursi-Lagonegro, Venecia, Messina, Perusa, Terni, Rímini, y Pordenone. A ellos se han sumado el personal religioso, los especialistas y los voluntarios. Una gran aportación ha sido también proporcionada por los representantes de la Iglesia estadounidense, española, irlandesa y alemana, venidos a propósito a Roma para el Congreso.
Estas son en síntesis las prioridades y los instrumentos delineados en estos tres días de trabajo:
1. Ofrecer a las Iglesias locales y particulares los instrumentos para comenzar a trabajar “por y con” las personas sordas, a partir tanto de elementos específicos para la programación pastoral como por subsidios multimedia. Entre estos los DVD visuales, que contengan la traducción en la lengua de los signos, que se emplearán como auxilio al camino de formación y a la participación en la vida de la comunidad eclesial.
2. Cuidar y difundir con particular empeño la “formación de los formadores”, en primero lugar de los futuros presbíteros, del personal religioso y de todos los agentes de pastoral.
3. Como ha surgido en este congreso, se considera de fundamental importancia que, por ejemplo en los seminarios, sea posible acercarse a la realidad de los no oyentes aprendiendo: las bases de la lengua de los signos, su vivencia histórica y personal, es decir, las dificultades que encuentran en la sociedad y en la escuela, así como en la Iglesia. Un esquema de formación así, con las debidas adaptaciones, podrá ser usado en todas las latitudes.
4. Convertir en permanente, ante el Consejo Pontificio para los Operadores Sanitarios, el Grupo de Estudio anunciado durante la Conferencia Internacional. Este organismo permitirá las necesarias cualidades e uniformidades del trabajo llevado a cabo en este ámbito.
5. Crear un espacio Internet de referencia, útil para la difusión de las iniciativas, así como a la comunicación y al intercambio entre quienes trabajan en la Pastoral de las personas sordas.
6. Promover la institución de una certificación Ad hoc para quien traduce en la lengua de signos en el ámbito eclesial. Se considera de hecho fundamental que se efectúe una distinción entre el “traductor” y el “facilitador”. Este último deberá tener las competencias religiosas suficientes para permitirle hacer seguir correctamente, por ejemplo en el transcurso de una liturgia eucarística, el proceder de la función religiosa.
Todos los participantes en el Congreso, finalmente, se han comprometido y se comprometen para que dichas conclusiones operativas sean pronto concretadas, en respuesta a cuanto se ha solicitado por mérito de Su Santidad el Papa Benedicto XVI y recordado durante la apertura de los trabajos de este Congreso por el presidente del Dicasterio, arzobispo Zygmunt Zimowski.
Ciudad del Vaticano, 6 de junio de 2010
[Traducción del original italiano por Inma Álvarez
©Consejo Pontificio para la Pastoral de Operadores Sanitarios]
(ZENIT) nos ofrece la síntesis de trabajo, no oficial, del Instrumentum Laboris, que distribuyó la Santa Sede a la prensa el sábado, 5 de junio de 2010, y que refleja los puntos más importantes que trata el documento completo.
Síntesis del Instrumentum Laboris
de la Asamblea Especial para Oriente Medio
del Sínodo de los obispos
[Síntesis de trabajo – no oficial – para uso periodístico]
El Instrumentum Laboris del Sínodo para Oriente Medio, es decir, el documento para el trabajo de la reunión sinodal, se ha publicado en 4 idiomas: árabe, francés, inglés e italiano. Benedicto XVI lo ha entregado a los representantes del episcopado de Oriente Medio en el transcurso de su visita apostólica a Chipre. La asamblea especial tendrá lugar del 10 al 24 de octubre sobre el tema: "La Iglesia católica en Oriente Medio: comunión y testimonio. ‘La multitud de los creyentes tenían un solo corazón y una sola alma’ (Hch 4, 32)". El documento, de unas cuarenta páginas, ha sido realizado a partir de las numerosas respuestas al Cuestionario de los Lineamenta, entregados por los Sínodos de los Obispos de las Iglesias Orientales sui iuris, por las Conferencias Episcopales, por los Dicasterios de la Curia Romana, por la Unión de los Superiores Generales, como también por muchas personas individuales y grupos eclesiales.
En el Prefacio, el secretario general del Sínodo de los Obispos, el arzobispo Nikola Eterović, subraya que “la situación actual de Oriente Medio es en no pocos aspectos similar a la vivida por la primitiva comunidad cristiana en Tierra Santa" en medio de dificultades y persecuciones. “Los primeros cristianos actuaban en situaciones muy adversas. Encontraban oposición y enemistad de los poderes religiosos del propio pueblo... su patria estaba ocupada, inserta dentro del potente imperio romano". A pesar de ello "proclamaban íntegra la Palabra de Dios", incluyendo el amor a los enemigos, llegando a testimoniar “con el martirio la fidelidad al Señor de la vida”.
En la Introducción se recuerda que Benedicto XVI quiso personalmente anunciar este acontecimiento el 19 de septiembre de 2009, acogiendo así “la petición de numerosos hermanos en el episcopado, que frente a la delicada situación eclesial y social actual” habían propuesto la convocatoria de una asamblea sinodal (1). Dos son los objetivos principales del Sínodo: ante todo, el de “confirmar y reforzar a los cristianos en su identidad mediante la Palabra de Dios y los Sacramentos”; en segundo lugar, el de “reavivar la comunión eclesial entre las Iglesias sui iuris, para que puedan ofrecer un testimonio de vida cristiana auténtica, gozosa y atrayente" (3). Se subrayan también con fuerza el compromiso ecuménico y el diálogo con judíos y musulmanes "por el bien de toda la sociedad" y para que "la religión, sobre todo la de cuantos profesan a un único Dios” se convierta “cada vez más en motivo de paz” (4). El Sínodo pretende "proporcionar a los cristianos las razones de su presencia en una sociedad predominantemente musulmana, sea ésta árabe, turca, iraní, o judía en el Estado de Israel" (6). La reflexión está guiada por las Sagradas Escrituras (7-12).
El Primer capítulo trata sobre la Iglesia católica el Oriente Medio recordando que todas las Iglesias del mundo “se remontan a la Iglesia de Jerusalén” (14). Se afirma que las divisiones entre los cristianos (Concilios de Éfeso y Calcedonia, en el siglo quinto, y separación de Roma y Constantinopla, en el siglo undécimo) se debieron sobre todo a “motivos político-culturales”. Con todo, “el Espíritu opera en todas las Iglesias para acercarlas y hacer caer los obstáculos a la unidad visible querida por Cristo". En Oriente Medio, la única Iglesia católica está presente en varias Tradiciones, en diversas Iglesias orientales católicas sui iuris. Además de la Iglesia de tradición latina, hay 6 Iglesias patriarcales, cada una con su rico patrimonio espiritual, teológico, litúrgico. "Estas tradiciones son, al mismo tiempo, una riqueza para la Iglesia universal" (15-18). Se recuerda que las Iglesias de Oriente Medio son de origen apostólico y que “sería una pérdida para la Iglesia universal si el Cristianismo se debilitase o desapareciese precisamente allí donde nació”. Existe por tanto la “grave responsabilidad” de “mantener la fe cristiana en estas tierras santas" (19).
Por desgracia se debe constatar que hoy el “empuje evangélico parece a menudo frenado y la llama del Espíritu parece haberse debilitado" (20). "Si la Iglesia no trabaja por las vocaciones, está destinada a desaparecer" (21). La crisis de las vocaciones se debe a varias causas: emigración de las familias, disminución de los nacimientos, un ambiente cada vez más contrario a los valores evangélicos. Además “la falta de unidad entre los miembros del clero" constituye "un anti testimonio" mientras que "la formación humana y espiritual de sacerdotes, religiosos y religiosas quizás deja bastante que desear" (22). También "la vida contemplativa, pilar de toda consagración verdadera ... está ausente en la mayor parte de las congregaciones" (23).
Se afirma por tanto que los cristianos, a pesar de su "número exiguo", "pertenecen a título pleno al tejido social y a la propia identidad" de estos países. Su desaparición representaría una pérdida para el pluralismo de Oriente Medio (24). Los católicos están llamados a promover el concepto de “laicidad positiva" del Estado para “aliviar el carácter teocrático del gobierno" y permitir “más igualdad entre los ciudadanos de religiones diferentes, favoreciendo así la promoción de una democracia sana, positivamente laica, que reconozca plenamente el papel de la religión, también en la vida pública, en el pleno respeto de la distinción entre los órdenes religioso y temporal" (25).
Los cristianos deben ser minoría activa, sin replegarse sobre sí mismos “en una actitud guetizante" (28). La Iglesia anima a formar familias numerosas y promueve la educación, "que sigue siendo la mayor inversión" (29): las escuelas y universidades católicas acogen a miles de personas de todas las religiones, así como los centros hospitalarios y los servicios sociales (40). Con todo, las Iglesias y las escuelas católicas "podrían ayudar más a los menos afortunados" (29). Es de hecho “sobre todo gracias a las actividades caritativas dirigidas no sólo a los cristianos, sino también a los musulmanes y a los judíos, que la acción de las ... Iglesias a favor del bien común es particularmente tangible" (30). Hay también una “llamada a la transparencia en la gestión del dinero de la Iglesia, sobre todo por parte de los sacerdotes y de los obispos, para distinguir lo que se da para uso personal de lo que pertenece a la Iglesia (31).
El documento subraya por tanto que los conflictos regionales hacen aún más frágil la situación de los cristianos. “La ocupación israelí de los territorios palestinos hace difícil la vida cotidiana para la libertad de movimiento, la economía y la vida social y religiosa (acceso a los Santos Lugares, condicionado por permisos militares concedidos a unos y rechazados a otros, por razones de seguridad). Además, algunos grupos fundamentalistas cristianos justifican, basándose en las Sagradas Escrituras, la injusticia política impuesta a los palestinos, lo que hace aún más delicada la posición de los cristianos árabes" (32).
Los cristianos están entre las principales víctimas de la guerra en Iraq. "Aún hoy, la política mundial no los tiene suficientemente en cuenta" (33). "En el Líbano, los cristianos están divididos en el plano político y confesional". "En Egipto, el crecimiento del Islam político, por una parte, y la falta de compromiso, en parte forzoso, de los cristianos hacia la sociedad civil, hacen que su vida esté expuesta a serias dificultades”. “En otros países, el autoritarismo, es decir, la dictadura, empuja a la población, incluidos los cristianos, a soportar todo en silencio para salvar lo esencial. En Turquía, el concepto actual de laicidad planeta aún problemas a la plena libertad religiosa del país" (34).
Los cristianos son exhortados a no desentenderse de su compromiso en la sociedad a pesar de las tentaciones al desánimo (35). "En Oriente – se explica – libertad de religión quiere decir sólo libertad de culto", por tanto, no "libertad de conciencia, es decir, de la libertad de creer o no creer, de practicar una religión solos o en público sin ningún impedimento, y por tanto la libertad de cambiar de religión. En Oriente, la religión es, en general, una elección social e incluso nacional, no individual. Cambiar de religión se considera una traición hacia la sociedad, la cultura y la nación construida principalmente sobre una tradición religiosa" (37). Por esto "la conversión a la fe cristiana es vista como el fruto de un proselitismo interesado, no de una convicción religiosa auténtica. Para el musulmán, ésta está a menudo prohibida por las leyes del Estado".
Por otra parte, en lo que respecta a los cristianos, “en algunos casos, la conversión al Islam no sucede por convicción religiosa, sino por intereses personales … A veces esta puede producirse también bajo la presión del proselitismo musulmán". Algunas respuestas a los Lineamenta "afirman el firme rechazo del proselitismo cristiano, si bien señalando que éste es abiertamente practicado por algunas comunidades ‘evangélicas’. De hecho, la cuestión del anuncio necesita una reflexión más profunda" para llegar a afirmar “el derecho de toda persona y su completa libertad de conciencia" (38).
El extremismo islámico, al mismo tiempo, sigue creciendo en toda el área, constituyendo “una amenaza para todos, cristianos, judíos y musulmanes" (41-42). En este contexto de conflictividad, dificultades económicas y limitaciones políticas y religiosas, los cristianos siguen emigrando: “en el juego de las políticas internacionales – se subraya – se ignora a menudo la existencia de los cristianos, los cuales son las primeras víctimas; esta es una de las causas principales de la emigración (43-44). Se invita a las Iglesias en Occidente a sensibilizar a los gobiernos de sus países sobre esta situación (45). Por otra parte se advierte la creciente inmigración en Oriente Medio de trabajadores africanos y asiáticos, entre ellos muchos cristianos, “a menudo objeto de injusticias sociales ... explotación y abusos sexuales" (49). En este contexto los católicos están llamados a ser “cada vez más testigos auténticos de la Resurrección en la sociedad" (52).
El Segundo capítulo está dedicado a la comunión eclesial. El documento constata que los fieles de Oriente Medio "son conscientes del hecho que la comunión cristiana tiene como fundamento el modelo de la vida divina en el misterio de la Santísima Trinidad. Dios es amor (cf. 1 Jn 4, 8), y las relaciones entre las personas divinas son relaciones de amor". Así es necesario que, en el seno de cada Iglesia, cada miembro viva "la comunión misma de la Santísima Trinidad. La vida de la Iglesia y de las Iglesias de Oriente debe ser comunión de vida en el amor, sobre el modelo de la unión del Hijo con el Padre y el Espíritu. Cada uno es miembro del Cuerpo cuya cabeza es Cristo" (54). "Esta comunión en el seno de la Iglesia católica – leemos en el texto - se manifiesta mediante dos signos principales: el bautismo y la Eucaristía en la comunión con el Obispo de Roma, Sucesor de Pedro, corifeo de los apóstoles (hâmat ar-Rusul), ‘principio y fundamento perpetuo y visible de la unidad de fe y de comunión’" (55).
"Para promover la unidad en la diversidad, es necesario superar el confesionalismo en lo que puede tener de limitado o exagerado, animar el espíritu de cooperación entre las diversas comunidades, coordinar la actividad pastoral y estimular la emulación espiritual y no la rivalidad" (56). "La comunión entre los distintos miembros de una misma Iglesia o Patriarcado – se lee en el Instrumentum Laboris – sucede según el modelo de la comunión con la Iglesia universal y con el Sucesor de Pedro, el Obispo de Roma. A nivel de la Iglesia Patriarcal, la comunión se expresa mediante el sínodo que reúne a los obispos de toda una comunidad en torno al Patriarca, Padre y cabeza de su Iglesia. A nivel de la eparquía/diócesis, es en torno al obispo donde se da la comunión del clero, de los religiosos y de las religiosas, como también de los laicos" (57).
Los cristianos son invitados a sentirse "miembros de la Iglesia católica en Oriente Medio, y no solo miembros de una Iglesia particular". Los ministros de Cristo y los consagrados están llamados a “ser modelo y ejemplo para los demás … muchos fieles auguran, por su parte, una mayor sencillez de vida, un desapego real en relación con el dinero y las comodidades del mundo, una práctica edificante de la castidad y una pureza de costumbres transparente" (58). "El Sínodo debe animar a los fieles a asumir mayormente su papel de bautizados promoviendo iniciativas pastorales, especialmente en lo que respecta al compromiso social, en comunión con los pastores de la Iglesia" (60).
El Tercer capítulo afronta el tema del testimonio cristiano. Se reafirma ante todo “la importancia de la catequesis para conocer y transmitir la fe”, eliminando “el desapego a la verdad creída y a la vida vivida": se enumeran algunos métodos de catequesis (62-69). En lo que respecta a la liturgia el documento recoge el deseo de muchos por “un esfuerzo de renovación, que, aun permaneciendo firmemente arraigado en la tradición, tenga en cuenta la sensibilidad moderna y las necesidades espirituales y pastorales actuales". "El aspecto más relevante de la renovación litúrgico llevado a cabo hasta ahora, consiste en la traducción en lengua vernácula, principalmente en árabe, de los textos litúrgicos" (70-75).
Se reafirma la urgencia del ecumenismo, superando prejuicios y desconfianzas a través del diálogo y la colaboración: a propósito de esto "contribuirá, también, la celebración de los sacramentos de la confesión, de la Eucaristía, de la unción de los enfermos en una Iglesia distinta de la propia, en los casos previstos por los ordenamientos canónicos”. “Dos signos son de particular importancia: la unificación de las fiestas cristianas (Navidad y Pascua) y la gestión común de los lugares de Tierra Santa … en el amor y en el respeto mutuo". Se condena "decididamente el proselitismo que usa medios no conformes al Evangelio" (76-84).
Se pasa revista también a las relaciones con el judaísmo, que encuentran “en el Concilio Vaticano II un punto de referencia fundamental". El diálogo con los judíos se define “esencial, aunque no fácil”, resintiéndose por el conflicto palestino-israelí. La Iglesia augura que “ambos pueblos puedan vivir en paz en una patria que sea la suya, dentro de fronteras seguras e internacionalmente reconocidas". Se reafirma la firme condena del antisemitismo, subrayando que “las actuales actitudes negativas entre los pueblos árabe y judío parecen más bien de carácter político" y por tanto extraños a todo discurso eclesial.
Los cristianos son llamados a “llevar un espíritu de reconciliación basado en la justicia y la equidad por las dos partes. Por una parte, las Iglesias de Oriente Medio invitan a mantener la distinción entre la realidad religiosa y la política" (85-94). También las relaciones de la Iglesia católica con los musulmanes tienen fundamento en el Concilio Vaticano II. Se reafirman las palabras de Benedicto XVI: "El diálogo interreligioso e intercultural entre cristianos y musulmanes no puede reducirse a una decisión temporal. Éste es de hecho una necesidad vital, de la que depende en gran parte nuestro futuro". Se muestra que “es importante por una parte tener diálogos bilaterales – con los judíos y con el islam – y después también un diálogo trilateral".
"Las relaciones entre cristianos y musulmanes son, más o menos frecuentemente, difíciles – se lee en el documento – sobre todo por el hecho de que los musulmanes no hacen distinción entre religión y política, lo que pone a los cristianos en la delicada situación de no ciudadanos, mientras que éstos son ciudadanos de estos países ya desde bien antes de la llegada del Islam. La clave del éxito de la coexistencia entre cristianos y musulmanes depende del reconocimiento de la libertad religiosa y de los derechos del hombre". "Los cristianos son llamados ... a no aislarse en guetos, en actitudes defensivas y de replegamiento sobre sí mismos típicos de las minorías. Muchos fieles insisten en el hecho de que cristianos y musulmanes están llamados a trabajar juntos para promover la justicia social, la paz y la libertad, y defender los derechos humanos y los valores de la vida y de la familia". Se sugiere "la revisión de los libros escolares y sobre todo de la enseñanza religiosa, y sobre todo de enseñanza religiosa, para que sean libres de todo prejuicio y estereotipo sobre el otro” y se invita al diálogo de la "verdad en la caridad" (95-99).
En la conflictiva situación de la región los cristianos son exhortados a promover "la pedagogía de la paz": se trata de una vía "realista, aunque corre el riesgo de ser rechazada por la mayoría; también tiene más posibilidades de ser acogida, dado que la violencia, tanto de los fuertes como de los débiles, ha llevado, en la región del Oriente Medio, únicamente a fracasos y a un bloqueo genera". Se trata de una situación “aprovechada por el terrorismo mundial más radical". La contribución de los cristianos, “que exige mucho valor, es indispensable" aunque “demasiado a menudo” los países de Oriente Medio “identifican Occidente con el Cristianismo" provocando gran daño a las Iglesias cristianas (100-102).
El documento analiza también el fuerte impacto de la modernidad que se presenta al musulmán creyente “con un rostro ateo e inmoral. Él la vive como una invasión cultural que le amenaza, turbando su sistema de valores". "La modernidad, por lo demás, es también lucha por la justicia y la igualdad, defensa de los derechos". Las escuelas católicas intentan "formar personas capaces de discernir lo positivo de lo negativo, para tomar solo lo mejor". Pero "la modernidad es también un riesgo para los cristianos": las sociedades de la región están también ellas amenazadas por la ausencia de Dios, por el ateísmo y por el materialismo, y más aún por el relativismo y el indiferentismo … Tales riesgos, a la par que el extremismo, pueden fácilmente destruir ... familias, sociedades e Iglesias (103-105). "Desde este punto de vista, musulmanes y cristianos deben recorrer un camino común".
Los cristianos, por su parte, deben ser conscientes de pertenecer a Oriente Medio y de ser en él "un componente esencial como ciudadanos": al contrario, "han sido los pioneros del renacimiento de la Nación árabe" y "su papel es reconocido en la sociedad" (106-108) aunque “con el crecimiento del integrismo islámico, aumentan un poco por todas partes los ataques contra los cristianos" (110). "El cristiano tiene una contribución especial que aportar en el ámbito de la justicia y de la paz”; tiene el deber de "denunciar con valor la violencia, venga ésta de donde venga, y sugerir una solución, que sólo puede pasar por el diálogo", la reconciliación y el perdón. Con todo los cristianos deben “exigir con medios pacíficos" que también sus derechos “sean reconocidos por las autoridades civiles" (111-114).
El documento afronta también el tema de la evangelización en una sociedad musulmana, que puede venir sólo a través del testimonio: pero “se pide que éste venga garantizado también por oportunas intervenciones extranjeras". En todo caso, la actividad caritativa de las comunidades católicas "hacia los más pobres y excluidos, sin discriminación, representa el modo más evidente de la difusión de la enseñanza cristiana". Estos servicios a menudo son asegurados sólo por las instituciones eclesiales (115-116).
En la Conclusión, el documento muestra "la preocupación por las dificultades del momento presente, pero, al mismo tiempo, la esperanza, fundada sobre la fe cristiana". "La historia – se lee – ha hecho que nos convirtiésemos en un pequeño rebaño. Pero nosotros, con nuestra conducta, podemos volver a ser una presencia que cuenta. Desde hace décadas, la falta de resolución del conflicto palestino-israelí, la falta de respeto del derecho internacional y de los derechos humanos, y el egoísmo de las grandes potencias han desestabilizado el equilibrio de la región e impuesto a las poblaciones una violencia que corre el riesgo de abocarlas a la desesperación. La consecuencia de todo esto es la emigración, especialmente de los cristianos.
Frente a este desafío y apoyado por la comunidad cristiana universal, el cristiano de Oriente Medio está llamado a aceptar su propia vocación, al servicio de la sociedad". La invitación a los creyentes es que “sean testigos, conscientes de que dar testimonio de la verdad puede llevar a ser perseguidos”. “A los cristianos del Oriente Medio – concluye el Instrumentum Laboris – se puede repetir aún hoy: ‘No temas, pequeño rebaño’ (Lc 12, 32), tienes una misión, de ti dependerá el crecimiento de tu país y la vitalidad de tu Iglesia, y esto sucederá sólo con la paz, la justicia y la igualdad de todos sus ciudadanos" (118-123).
[Traducción del original italiano por Inma Álvarez
©Copyright 2010 - Libreria Editrice Vaticana]
Alocución televisiva de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata en el programa “Claves para un mundo mejor” (5 de mayo de 2010). (AICA)
LA ALEGRIA DE LA FIESTA DEL CORPUS CHRISTI
Mañana, domingo, se celebra la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo y, en muchos lugares, esta tarde, se realiza la tradicional Procesión de Corpus Christi.
Reflexionemos un momento sobre el significado de esta manifestación de fe que es la tradicional Procesión de Corpus Christi. Cuando digo tradicional me estoy refiriendo a siglos de vigencia, porque esto nació en el Siglo XIII, en los países germánicos. Luego, también para nosotros es tradicional, ya que aquí, desde el período hispánico, se ha observado esta celebración y se mantiene aún hoy día.
¿Qué significa este hecho de que nosotros paseemos el Corpus por nuestras ciudades, como dice un bello canto que se entonó por primera vez en el Congreso Eucarístico Internacional de 1934?.
Ante todo hay que decir que ese “paseo” del Señor por la ciudad, el paseo de Cristo presente en el Santísimo Sacramento, es una manifestación de su soberanía, de su autoridad. Él es el Señor del mundo y nosotros que lo acompañamos lo hacemos reconociéndolo como el triunfador del pecado y de la muerte, como el Resucitado, el Viviente. Cristo no es un recuerdo del pasado sino es alguien que está vivo y presente en su Iglesia y que obra en el mundo.
Pensemos qué significa esto en el mundo de hoy, en nuestras ciudades fuertemente secularizadas, donde hay tanta indiferencia religiosa y donde sobreviven tantos dramas que afectan a muchísimas personas; tiene un significado providencial que Cristo pase a través de nuestras calles y que nosotros vayamos con Él. Nosotros profesando nuestra fe en Él, adhiriendo a Él con fe y manifestando la alegría de nuestra fe, porque esta es, en efecto, una procesión de alegría.
Es todo lo contrario de una marcha temerosa, de una marcha de ánimo encogido; es y tiene que ser una manifestación exterior de alegría.
Santo Tomás de Aquino, en uno de los himnos que compuso para la Festividad del Corpus Christi, que comenzó a extenderse en la Iglesia universal en su época, dice “atrévete cuanto puedas en alabar a Cristo”.
Me parece que eso es lo que debiéramos intentar hacer en esta Procesión de Corpus. Atrevernos cuanto podemos con todo el entusiasmo de nuestra fe, con nuestra gratitud, con nuestro gozo y manifestando ante los demás que creemos efectivamente en que Cristo vive y que adhiriendo a Él nosotros podemos hacer algo para extender su Reino.
El que ha triunfado del pecado y de la muerte lo ha hecho por su amor. Y el mundo de hoy tiene necesidad del amor de Dios.
Estos son los sentimientos con los cuales nosotros tenemos que participar de la procesión. Por eso quiero invitarlos a ustedes a participar si en sus diócesis, en sus ciudades, el sábado a la tarde o sino mañana, domingo, de esta manifestación pública de nuestra fe.
Por cierto que esta época del año no es la más adecuada. Esta fiesta nació en el hemisferio norte y es una fiesta de primavera, cuando empieza ya allí el calorcito a hacerse sentir y da gusto salir al aire libre. En cambio, aquí, muchas veces tenemos que luchar con el frío o soportar lloviznas inoportunas. Pero lo que importa es la fe, vivida en su profundidad y en su manifestación exterior.
Y, entonces, pidámosle a Cristo que al pasar por nuestras ciudades las bendiga y que Él suscite en los corazones, especialmente en aquellos más endurecidos, en aquellos más indiferentes, el deseo de dirigir el corazón a Dios, porque efectivamente, aunque muchos no se den cuenta, el mundo de hoy tiene necesidad de Dios.
Mons. Héctor Aguer, arzobispo de Rosario
Homilía de monseñor Luis H. Villalba, arzobispo de Tucumán, en la solemnidad del Corpus Christi (6 de junio de 2010). (AICA)
MISA DEL SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO
Queridos Hermanos y Hermanas:
Saludo a los sacerdotes, a los diáconos, a los seminaristas, a los consagrados, a las consagradas y a todos los fieles laicos.
1. Hoy nos reúne la fiesta de la Eucaristía: la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo. Queremos tributar a Cristo, presente y escondido en el Sacramento, nuestra alabanza y nuestro agradecimiento.
¡Gracias, Señor, por tu amor!
La Eucaristía es el corazón de la Iglesia. La Eucaristía es el tesoro más grande de la Iglesia. Como dice el Concilio Vaticano II, en ella se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, el mismo Cristo, Pan Vivo que da la vida a los hombres (Cf. PO, 5).
¿Por qué hoy la Iglesia convoca a todos sus hijos alrededor del altar? Invita a los sacerdotes, a todos los sacerdotes, invita a los fieles, a todos los fieles. Que no falten los niños, que los jóvenes ocupen los primeros lugares, que las familias estén presentes. Que nos acompañen las religiosas, los enfermos, los ancianos. Que nadie esté ausente. Que nadie se sienta forastero, sino hermano. La Iglesia hoy quiere ser Iglesia, es decir, Asamblea, Pueblo de Dios. ¿Por qué?
Ésta es la respuesta: porque la Eucaristía es el sacramento de la comunidad cristiana.
No es posible fundar una comunidad cristiana sin la Eucaristía: “Ninguna comunidad cristiana se funda o se edifica si no tiene su raíz y su quicio en la celebración de la Eucaristía, de donde hay que comenzar toda educación del espíritu comunitario”. (Concilio Vaticano II, Decreto sobre el ministerio y la vida de los presbíteros, Presbyterorum Ordinis, 6).
Por eso, la Eucaristía debe ser el centro vital, el momento culminante, la forma unificante de la vida de la arquidiócesis.
2. La Eucaristía es el sacramento que hace la unidad y acrecienta la caridad de la Diócesis.
La Eucaristía es un misterio de unificación.
La Eucaristía no sólo está dirigida a la unión de cada fiel con Cristo, sino que ha sido instituida igualmente para la unión de todos los fieles entre ellos. La gracia específica de este sacramento es, precisamente, la unidad de la Iglesia, es decir nuestra unidad diocesana.
Con esta fiesta de la Eucaristía, la Iglesia quiere formar en nosotros esta conciencia de unidad, de fraternidad, de solidaridad, de amistad, de caridad, en la que todavía somos tan imperfectos. Por eso, si podemos desear y esperar un fruto de esta celebración, es crecer en la unidad entre nosotros ya que, alimentados con un mismo pan y un mismo cáliz, formamos un solo Cuerpo, como dice San Pablo: “…todos nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo Cuerpo, porque participamos de ese único pan” (1 Cor. 10,17).
¡Y pidamos a Cristo que quiera conceder esta gracia de la unidad a nuestra Iglesia arquidiocesana!
La unidad está en el vértice de la voluntad del Señor. Su deseo más íntimo es que es “que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti” (Jn. 17,21). “Padre santo, cuida en tu Nombre a aquellos que me diste, para que sean uno, como nosotros” (Jn. 17,11).
Y esta unidad es la fuente de la fecundidad apostólica: “que sean uno para que el mundo crea” (Jn. 17, 21).
Así, la Eucaristía es la fuerza que plasma a la comunidad cristiana. En la Eucaristía está la raíz de la unidad y de la fraternidad de la arquidiócesis.
¡Gracias, Señor, por tu amor!
3. El Documento de Aparecida nos recuerda que la Diócesis, en todas sus comunidades y estructuras, está llamada a ser una “comunidad misionera” y agrega: “Cada diócesis necesita robustecer su conciencia misionera” (nº 168).
Necesitamos comunidades, parroquias, capillas, colegios en permanente estado de misión.
La misión no es fruto de la buena voluntad o de un poco de coraje o de entusiasmo.
La misión es fruto de la centralidad de la Eucaristía.
Estamos celebrando un Año Eucarístico Arquidiocesano. La Eucaristía nos permitirá vivir una fuerte experiencia de comunión eclesial: la Eucaristía es la que plasma la comunidad eclesial y, a la vez, impulsará el camino misionero de nuestra Iglesia diocesana. La misión nace de la Eucaristía.
Por eso la Eucaristía debe ser el clima espiritual para relanzar la nueva etapa de nuestro Plan Arquidiocesano de Pastoral. De la dimensión contemplativa, del silencio delante del Santísimo, debe surgir la fuerza interior que nos lance a la misión.
La Eucaristía es la fuerza para la misión. La misión encuentra en la Eucaristía su fuente de vitalidad. “Eucaristía y misión” forman un binomio inseparable. Sin la Eucaristía la misión multiplica actividades estériles, sin la misión la Eucaristía se reduce a mero intimismo.
El compromiso misionero de nuestra Iglesia diocesana nace de este encuentro con el Señor en la Eucaristía.
Ante el inminente debate en el Senado sobre el denominado “matrimonio homosexual”, con media sanción en Diputados, es necesario que los ciudadanos católicos expresen su pensamiento como un bien para nuestra sociedad.
Expresar lo que pensamos con rectitud no es discriminar ni ofender, es simplemente comunicar con caridad aquello que creemos. Nosotros estamos a favor de la vida y de la familia.
Por otro lado, los legisladores, elegidos por el pueblo, no pueden sancionar una ley sin haber consultado a los que los votaron.
Es responsabilidad de todos proteger este “bien de la humanidad”, como llamaba Juan Pablo II a la familia.
4. La Iglesia procura que los fieles se acerquen con frecuencia a recibir la Sagrada Comunión para acrecentar en ellos la unión con Cristo.
Dada la numerosa participación de los fieles en las celebraciones eucarísticas y los muchos enfermos y ancianos en sus casas, en hospitales y geriátricos, se requiere una mayor cantidad de ministros para distribuir la Sagrada Comunión. En razón de esta necesidad, la Iglesia permite la institución de Ministros Extraordinarios de la Comunión.
La designación de un ministro no es para distinguir a una persona, sino para prestar un servicio. La persona escogida como ministro extraordinario de la Comunión debe destacarse por su vida cristiana, por su fe y sus buenas costumbres y deberá estar suficientemente instruida para cumplir este oficio.
Hoy serán instituidos alrededor de 800 Ministros Extraordinarios de la Comunión.
Les agradezco el servicio que ustedes prestan en nuestras comunidades: parroquias, capillas, colegios, hogares, colaborando en la distribución de la Sagrada Comunión a los fieles, como así también llevando el Pan Eucarístico a los enfermos y ancianos.
Que la Eucaristía esté siempre en el centro de la vida de ustedes.
Recuerden que al distribuir la comunión a sus hermanos deben procurar acrecentar su caridad fraterna de acuerdo al mandamiento del Señor que dijo: “Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros” (Jn. 13,34).
Jesús Eucaristía,
Fortalece nuestra fe, profundiza nuestra caridad, anima nuestra esperanza.
Concédenos la unidad, fortalécenos en ella y aumenta en nosotros el fuego de la caridad fraterna.
Señor Jesús, que te entregas a nosotros en la Eucaristía, haz de nuestra Iglesia arquidiocesana una Iglesia misionera.
“Quédate con nosotros, Señor, porque ya es tarde y el día se acaba” (Lc. 24,29).
Quédate con nuestras familias, con los jóvenes, con los obreros, con los enfermos.
Quédate con nuestra querida arquidiócesis de Tucumán.
¡Gracias, Señor, por tu amor!
Mons. Luis H. Villalba, arzobispo de Tucumán
Homilía del cardenal Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires, en la Solemnidad de Corpus Christi (5 de junio de 2010). (AICA)
1. Acabamos de escuchar el evangelio: nos dice que en aquel tiempo Jesús se puso a hablar a la gente acerca del Reino de Dios y curó a los que lo necesitaban. Caía ya la tarde y los discípulos se le acercaron para pedirle que despidiera a la gente como diciendo: ya se terminó el trabajo, es hora de irse a casa. Pero Jesús sentía otra cosa. Jesús se daba cuenta de que la gente lo seguía porque quería estar con Él.
A todos nos conmueve cuando alguien quiere estar con nosotros simplemente porque nos quiere. A Jesús también le conmueve que la gente se quiera quedar con Él. El pueblo sencillo intuye que esto es lo más profundo del corazón de Dios: Jesús es el Dios con nosotros, el Dios que vino para quedarse en nuestra historia: “todos los días estoy con ustedes, hasta el fin del mundo”. Jesús se alegra de que la gente tenga ganas de estar con Él porque siente que es el Padre el que alimenta este deseo en el corazón de los hombres: “Nadie viene a mí si mi Padre no lo atrae. Y yo no rechazo a ninguno de los que Él me da”.
Es verdad que la gente le pedía que sanara a los enfermos y que a todos les gustaba que les contara parábolas y les hablara del Reino, pero más que nada a la gente le gustaba estar cerca de Jesús, quedarse ratos largos con Él. La gente intuía con su Fe que Él ya entonces era el Pan Vivo, el Pan del Cielo que el Padre nos da; y estar cerca de ese Pan da Vida, Vida Plena. Como dice el Buen Pastor: “Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Y Yo les doy Vida eterna” (Jn. 10, 27-28).
2. Esto acontece también hoy. La gente sigue a Jesús. Aunque no siempre venga a las ceremonias a las que invita la Iglesia, porque la cultura pagana que nos invade tiende a desvalorizar nuestras tradiciones y busca reemplazarlas, pero el pueblo fiel de Dios continúa escuchando la voz de su Buen Pastor y lo sigue. Me gusta pensar que las peticiones del pan, del trabajo, de la salud… y las promesas con que nuestro pueblo acude al Señor además de constituir necesidades verdaderas, son como excusas lindas que tiene nuestra gente para estar cerca de Jesús. El pueblo fiel de Dios sigue deseando con hambre verdadera a Aquel que es su Pan de vida. Lo vemos porque cuando alguien habla con el pan de la verdad, como Jesús, dando testimonio con su vida, nuestro pueblo le cree.
Cuando alguien obra al estilo de Jesús, con el pan de la mansedumbre y la santidad, nuestro pueblo se le arrima con devoción, como vemos que pasa con nuestros santos: Ceferino, el cura Brochero, don Zatti, la Mamá Antula…
Cuando alguien pone en práctica los gestos de Jesús y comparte el pan de la misericordia y el pan de la solidaridad, nuestro pueblo lo reconoce y le ofrece su colaboración, como vemos que sucede en torno a la gente buena que ayuda a los demás.
Y donde están los signos del Pan – la Casa y la Madre-, los signos de que Dios quiso quedarse con nosotros, como en Lujan, nuestro pueblo acude masiva y mansamente. Como decíamos el día de la Virgen: en Luján María se quedó con nosotros, para que sintamos que nuestra Patria tiene una Madre y que el Santuario es la Casa de los argentinos.
3. Seguimos a Jesús allí donde es más Pan, allí donde nos muestra que quiere “estar con nosotros”. La Eucaristía es el Signo mayor de ese deseo ardiente del Señor de alimentarnos, de darnos Vida, de entrar en comunión con los hombres. Por eso es el Sacramento de nuestra fe, la prueba de su amor. Nosotros, que tenemos la gracia de vivir en esta tierra bendita y que sabemos discernir lo que es un buen pan, no podemos reemplazar esa hambre del Pan verdadero. Como pueblo Argentino, que sabe lo que es el verdadero pan,
le decimos sí al Pan de Vida –Jesucristo- y le decimos que no las sustancias de la muerte;
le decimos sí al Pan de la Verdad, y le decimos que no al palabrerío de los discursos huecos y banales;
le decimos sí al Pan del Bien común, y le decimos que no a toda exclusión y a toda inequidad;
le decimos sí al Pan de la Gloria que parte para nosotros Jesús resucitado y le decimos que no a la chabacanería pagana que deja vacío el corazón.
4. Nosotros sabemos que sólo Jesús es el Pan de Vida. El Padre nos lo ha dado. Hay un solo Pan vivo y verdadero que nació en Belén, creció en Nazareth, murió en el Calvario y resucitó el domingo: Jesucristo, nuestro Señor.
Y queremos hacernos cargo de que ese pan, así como es un regalo de Dios es también un trabajo para nosotros.
El Señor nos pide que lo ayudemos a repartirse como Pan, quiere estar cerca de la gente que lo necesita a través de nuestras manos.
Jesucristo, Pan de vida quiere que lo ayudemos a darse, a partirse para estar, a ser pan para alimentar y a repartirse para unir, para unirnos a todos en torno a sí: a nuestras familias y a nuestro pueblo argentino.
El Señor no sólo tiene el amor de darse sino la delicadeza de hacernos participar en la dulce tarea de repartirlo. Y al repartirlo nos hacemos Comunidad. Porque el Pan crea vínculos, hace que nos quedemos, que trabajemos juntos para prepararlo y luego hagamos sobremesa para agradecerlo. Es tan especial la comunión que el Señor gesta con la Eucaristía, que quiso dejar en su Iglesia a personas que consagran su vida entera al servicio del Pan. Los sacerdotes hacemos que el Pan de Vida esté siempre al alcance del Pueblo de Dios. Rezamos hoy especialmente por ellos, por nuestros curas, en este fin del año sacerdotal. Les damos las gracias por hacer presente a Jesús en medio de nuestra vida cotidiana, en cada perdón, en cada unción, en cada Eucaristía.
5. ¡Alabado sea el santísimo Pan del Cielo, que nuestro Padre nos da!
Acerquémonos a recibir el Pan de vida, roguémosle al Señor que se quede con nosotros. Pidámosle de corazón: Señor, danos siempre de este Pan.
Recibamos y compartamos con todo nuestro amor el Pan de Vida en esta fiesta del Corpus. Pan recibido, Pan compartido. Que el Cuerpo y la Sangre de Cristo nos guarden para la vida eterna.
Card. Jorge Mario Bergoglio SJ, arzobispo de Buenos Aires
Buenos Aires, 5 de junio de 2010
Comentario al evangelio del domingo trece del tiempo ordinario – C, publicado en Diario de Avisos bajo el epígrafe “DOMINGO CRISTIANO”.
Cuadros para una exposición
Daniel Padilla
Ahora que, cada verano, nuestros ciclistas, nos han convertido a todos en licenciados en ciclismo, quizá entendamos mejor qué es eso del seguimiento de un líder, esa experiencia de ir a rueda de un gran jefe. Porque la vida cristiana, en definitiva, en eso consiste: en optar por Jesús, y ponernos a su rueda. Estamos corriendo una dura carrera en la que, para conseguir ser campeón, hay que enfrentarse a etapas de alta montaña, de contra reloj y de agobiantes llanuras. Y cuando hablamos de vocación cristiana, queremos decir que se nos invita a entrar en ese singular equipo liderado por Jesús, Dios y hombre verdadero. Pero vean. El evangelio de hoy nos presenta una aleccionadora galería de retratos, reflejo sin duda de las actitudes humanas en este tema del seguimiento de Jesús. Son, por tanto, cuadros para una exposición. Cuadro primero. "Los mensajeros que envió Jesús por delante entraron en una aldea de Samaria para prepararle alojamiento. Pero no le recibieron, porque se dirigía a Jerusalén". He ahí una primera razón, sinrazón, del no seguimiento a Jesús. Los celos entre samaritanos y judíos. ¡Que pena! No solemos mirar al sol, que es lo que señala el dedo, sino al dedo que señala el sol. Y, según sea ese dedo, solemos aceptar o no al sol. Nuestros capillismos, banderías y políticas impiden muchas veces nuestro seguimiento al líder. Vemos el sol según el cristal por el que miramos. Cuadro segundo. "Otro, a quien dijo Jesús 'sígueme', respondió: 'déjame primero enterrar a mi padre"'. Es otro rasgo de nuestra condición: nuestra ancestral pereza e indecisión. Dejamos para mañana lo que podemos hacer hoy, sabiendo que es verdad lo que lamentaba Lope de Vega: "Mañana le abriremos, para lo mismo responder mañana". Nuestros pequeños intereses suelen prevalecer sobre el interés de Dios. Dilatamos peligrosamente nuestra conversión y entega. Exponiéndonos a tener que reconocer como Machado: "La primavera pasó por tu puerta. Dos veces no pasa". Cuadro tercero. "Jesús le dijo a otro: 'el que pone su mano en el arado y echa la vista para atrás, no vale para el Reino de Dios"'. Así somos: ambiguos. Peligrosamente confusos. Amigos del color gris. Cultivadores del sí, pero... En el Apocalipsis se nos dice: "¡Ojalá fueras frío o caliente; pero como eres tibio, te arrojaré de mi corazón". Criaturas de la niebla y de lo borroso, no decimos ni sí, ni no; decimos "según", "depende. El caso es ir tirando. Vivimos en pleno paisaje londinense. Y mire usted que Jesús, lo dijo bien claro!: "El que no está conmigo, está contra mí”. Pero no hay lugar al pesimismo. Gracias a Dios y a ti, dentro de nuestra Iglesia pecadora, hay también material muy noble, seres de musculatura espiritual recia, curtidos a lo campeón en el entrenamiento diario. Llanean, escalan y contrarrelojean. Convéncete", ¡Señor!:- "Te, seguirán a donde quiera que vayas".
Lectio divina para el domingo trece del tiempo ordinario - C, ofrecida por la Delegaciçon e Liturgia de la Diçocesis de Tenerife.
LECTURA: “Lucas 9, 51‑62”
Cuando se iba cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén. Y envió mensajeros por delante.
De camino, entraron en una aldea de Samaria para prepararle alojamiento. Pero no lo recibieron, porque se dirigía a Jerusalén.
Al ver esto, Santiago y Juan, discípulos suyos, le preguntaron: «Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo que acabe con ellos?» Él se volvió y les regañó. Y se marcharon a otra aldea.
Mientras iban de camino, le dijo uno: «Te seguiré adonde vayas.» Jesús le respondió: «Las zorras tienen madriguera, y los pájaros nido, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza.»
A otro le dijo: «Sígueme.» É1 respondió: «Déjame primero ir a enterrar a mi padre.» Le contestó: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios.»
Otro le dijo: «Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de mi familia.» Jesús le contestó: «El que echa mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el reino de Dios.»
MEDITACIÓN: “Sígueme”
Si en algo habías insistido a lo largo de tu vida era en la llamada a esa primacía tuya. Sólo lo que sentimos como primordial, por encima de todo y todos, que no significa desprecio o indiferencia hacia ellos, puede mover con fuerza nuestra vida, puede lanzarnos de lleno a algo que, precisamente desde ti, desde la inmersión en la dinámica de tu Reino, va a llevar indefectiblemente a un amor y a una entrega más intensa, más fuerte, más auténtica, hacia todos, los de cerca y los de lejos.
Y, esto, no entendido sólo desde un posible seguimiento a alguna forma concreta de vida consagrada, que supone una radicalidad de entrega para vivir su intensidad contigo y como donación a todos, sino desde cualquier forma de vida. La vocación, la llamada que haces es a todos, a algunos más específicamente, es cierto, pero a todos desde el lugar que ocupan en la sociedad, para ser en ella vehículos y constructores de un mundo diferente, humano y humanizador.
Así me invitas una vez más a dejarme seducir por ti y por tu causa, la causa de la vida, la causa del amor. Tal vez no sea fácil, no dijiste que lo fuese, pero sí que es vital. Hay muchas cosas, demasiadas, que hoy nos impiden hacerte el primero. Tal vez lo deseamos, pero preferimos que sigas siendo lo segundo, ni siquiera “el” segundo. Por eso nos invitas con urgencia a cambiar los lugares, las primacías, porque en ello nos jugamos mucho todos.
ORACIÓN: “Más humano”
Ayúdame, Señor. He sentido y sigo sintiendo tu llamada. He querido y quiero hacerte el primero, pero siempre se interfieren quienes quieren ocupar ese puesto y, a veces, al lucha no es fácil, y no me resulta complicado deslizarte de lugar, casi imperceptiblemente, pero que lo termino notando con facilidad, yo y quienes se mueven en el ámbito de mi vida.
Dame la ilusión y la fuerza necesaria para que siga vibrando desde ti. Que me empeñe con todas mis fuerzas en la aventura de llevar adelante tu Reino de amor en este mundo mío sufriente de tantas maneras. Hazme sentirte el primero, el punto de arranque y de apoyo de mi existencia, desde lo más íntimo de mí donde tú habitas. Permíteme ser cada día más humano y humanizador.
CONTEMPLACIÓN: “Saciado de ti”
Quieres entrar en el aposento
de mi alma,
pero mi puerta
se mantiene cerrada.
Tengo miedo de que allanes
mi morada,
de que la encuentres
desordenada y fría,
y de que tu fuego
queme lo más frágil de mí,
y me haga ver lo que no deseo.
Pero tú me llamas
con la fuerza y firmeza
de tu palabra.
Me sabes capaz
de romper cautelas
y quereres que esconden
mis eternas indecisiones.
Y así me ofreces
un mundo que me espera,
que busca a ciegas
saciar su hambre más profunda.
Por eso me quieres saciado de ti,
para repartir contigo
jirones de vida y de esperanza.
ZENIT nos ofrece la homilía pronunciada el domingo 6 de Junio de 2010 por el Papa Benedicto XVI durante la Misa celebrada en el Palacio de los Deportes Eleftheria de Nicosia, junto con los patriarcas y obispos católicos de Oriente Medio, y con la participación del arzobispo ortodoxo de Chipre, Crisóstomo II.
[En inglés]
Queridos hermanos y hermanas en Cristo,
Saludo con alegría a los Patriarcas y obispos de las diversas comunidades eclesiales de Oriente Medio que han venido a Chipre para esta ocasión, y doy las gracias especialmente al Muy Reverendo Youssef Soueif, arzobispo maronita de Chipre, por las palabras que me dirigió al principio de la Misa. También ofrezco un caluroso saludo a Su Beatitud Crisóstomo II.
Permitidme decir también cuánto me alegro de tener esta oportunidad de celebrar la Eucaristía en compañía de muchos de los fieles de Chipre, una tierra bendecida por la labor apostólica de san Pablo y san Bernabé. Os saludo a todos muy cordialmente y os doy las gracias por vuestra hospitalidad y por la generosa acogida que me habéis dado. Dirijo un saludo particular a los procedentes de Filipinas, Sri Lanka y otras comunidades inmigrantes, que forman una agrupación significativa dentro de la población católica de la isla. Rezo para que vuestra presencia enriquezca la vida y el culto de las parroquias a las que pertenecéis, y que a su vez recibáis mucho sustento espiritual de la antigua herencia cristiana de la tierra que habéis hecho vuestro hogar.
Hoy celebramos la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo. Corpus Christi, el nombre dado a esta fiesta en Occidente, se utiliza en la tradición de la Iglesia para designar tres realidades distintas: el cuerpo físico de Jesús, nacido de la Virgen María; su cuerpo eucarístico, el pan del cielo que nos alimenta en este gran sacramento; y su cuerpo eclesial, la Iglesia. Al reflexionar sobre estos aspectos diferentes del Corpus Christi, llegamos a una comprensión más profunda del misterio de comunión que une a los que pertenecen a la Iglesia. Todos los que se alimentan con el cuerpo y la sangre de Cristo en la Eucaristía están "congregados en la unidad por el Espíritu Santo" (Plegaria Eucarística II) para formar el único pueblo santo de Dios. Así como el Espíritu Santo descendió sobre los Apóstoles en el Cenáculo de Jerusalén, así también el mismo Espíritu Santo obra en cada celebración de la Misa con un doble propósito: para santificar los dones del pan y el vino, para que puedan convertirse en el Cuerpo y Sangre de Cristo, y para llenar a todos los que se alimentan de estos dones sagrados, para que puedan llegar a ser un solo cuerpo y un solo espíritu en Cristo.
[En francés]
San Agustín explica de forma magnífica este proceso (cfr Sermón 272). Nos recuerda que el pan no se prepara a partir de un solo grano de trigo, sino de muchos. Antes de que estos granos se conviertan en pan deben ser molidos. Él hace alusión aquí al exorcismo al que los catecúmenos debían someterse antes de su bautismo. Cada uno de nosotros, que formamos parte de la Iglesia, necesitamos salir del mundo cerrado de nuestra propia individualidad y aceptar la compañía de aquellos que comparten el pan con nosotros. Ya no debo pensar a partir de “mi mismo”, sino de “nosotros”. Es por ello que todos los días rezamos a “nuestro” Padre por “nuestro” pan de cada día. Abatir las barreras entre nosotros y nuestros vecinos es la primera premisa para entrar en la vida divina a la que estamos llamados. Necesitamos ser liberados de todo aquello que nos bloquea y nos aísla: del temor y la desconfianza de unos hacia otros, de la codicia y el egoísmo, de la falta de voluntad de aceptar el riesgo de la vulnerabilidad a la que nos exponemos cuando nos abrimos al amor.
Los granos de trigo, una vez molidos, se mezclan en una pasta y se cuecen. Aquí san Agustín hace referencia a la inmersión en las aguas bautismales seguida del don sacramental del Espíritu Santo, que inflama el corazón de los fieles con el fuego del amor de Dios. Este proceso que une y transforma los granos aislados en un solo pan nos presenta una sugestiva imagen de la acción unificadora del Espíritu Santo sobre los miembros de la Iglesia, realizada de forma eminente a través de la celebración de la Eucaristía. Aquellos que toman parte en este gran sacramento se convierten en el Cuerpo eclesial de Cristo cuando se nutren de su Cuerpo eucarístico. "Sé lo que puedes ver – dice san Agustín animándoles – y recibe lo que eres”.
Estas fuertes palabras nos invitan a responder generosamente a la invitación de “ser Cristo” para aquellos que nos rodean. Nosotros somos ahora su cuerpo en la tierra. Para parafrasear una célebre frase atribuida a santa Teresa de Ávila, nosotros somos los ojos con los que su compasión mira a aquellos que están en necesidad, somos las manos que él extiende para bendecir y para curar, somos los pies de los que él se sirve para ir a hacer el bien, y somos los labios con los que su Evangelio es proclamado. Es por tanto importante saber que cuando nosotros participamos así en su obra de salvación, no hacemos memoria de un héroe muerto prolongando lo que él hizo: al contrario, Cristo está vivo en nosotros, su cuerpo, la Iglesia, su pueblo sacerdotal. Alimentándonos de Él en la Eucaristía y acogiendo el Espíritu Santo en nuestros corazones, nos convertimos verdaderamente en el cuerpo de Cristo que hemos recibido, estamos verdaderamente en comunión con él y los unos con los otros, y nos convertimos auténticamente en sus instrumentos, dando testimonio de él ante el mundo.
[En inglés]
"La multitud de los creyentes no tenía sino un solo corazón y una sola alma" (Hch 4,32). En la primera comunidad cristiana, alimentada en la Mesa del Señor, vemos los efectos de la acción unificadora del Espíritu Santo. Ellos ponían sus bienes en común, todo apego material estaba superado por el amor a los hermanos. Encontraban soluciones equitativas a sus diferencias, como vemos por ejemplo en la resolución de la controversia entre helenistas y hebreos por la distribución diaria (cf. Hch 6,1-6). Como un observador comentó en una fecha posterior: "Ved cómo estos cristianos se aman unos a otros, y cómo están dispuestos a morir unos por otros” (Tertuliano, Apología, 39). Sin embargo, su amor no estaba en absoluto limitado a sus correligionarios. Ellos nunca se veían a sí mismos como los beneficiarios exclusivos y privilegiados del favor divino, sino como mensajeros, enviados para llevar la buena nueva de la salvación en Cristo hasta los confines de la tierra. Y así fue cómo el mensaje confiado a los Apóstoles por el Señor resucitado se extendió por todo el Oriente Medio, y desde allí hacia el exterior, a lo largo del mundo entero.
[En griego]
Queridos hermanos y hermanas en Cristo, hoy somos llamados, como ellos lo fueron, a tener un solo corazón y una sola alma, a profundizar nuestra comunión con el Señor y unos con otros, y de llevar su testimonio ante el mundo.
[En inglés]
Estamos llamados a superar nuestras diferencias, para llevar la paz y la reconciliación allí donde hay conflicto, para ofrecer al mundo un mensaje de esperanza. Estamos llamados a llegar a los necesitados, compartiendo generosamente nuestros bienes terrenales con los menos afortunados que nosotros. Y estamos llamados a anunciar sin cesar la muerte y resurrección del Señor, hasta que él venga. Por Cristo, con Él y en Él, en la unidad que es don del Espíritu Santo a la Iglesia, demos honor y gloria a Dios, nuestro Padre celestial, en compañía de todos los ángeles y los santos que cantan sus alabanzas por siempre. Amén.
[Traducción del original en inglés y francés por Inma Álvarez
©Libreria Editrice Vaticana]
ZENIT nos ofrece el discurso que el Papa dirigió el domingo 6 de Junio de 2010 a los patriarcas y obispos católicos de Oriente Medio, al entregarles el Instrumentum Laboris de la próxima Asamblea Especial del Sínodo, en el Palacio de los Deportes Eleftheria de Nicosia.
[En inglés]
Queridos hermanos y hermanas en Cristo,
Doy las gracias al arzobispo Eterović por sus amables palabras, y renuevo mi saludo a todos vosotros que habéis venido aquí en relación con el lanzamiento de la próxima Asamblea Especial para Oriente Medio del Sínodo de los Obispos. Os doy las gracias por todo el trabajo que se ha logrado ya en previsión de la Asamblea sinodal, y yo os prometo la ayuda de mis oraciones al entrar en esta fase final de preparación.
Antes de comenzar, es de lo más oportuno recordar al difunto obispo Luigi Padovese, quien, como presidente de los obispos católicos de Turquía, contribuyó a la preparación del Instrumentum Laboris que hoy os entrego. La noticia de su muerte imprevista y trágica el jueves nos sorprendió y conmocionó a todos nosotros. Confío su alma a la misericordia de Dios todopoderoso, consciente cuán comprometido estaba, sobre todo como obispo, en el entendimiento entre religiones y culturas, y en el diálogo entre las Iglesias. Su muerte es un recuerdo aleccionador de la vocación que compartimos todos los cristianos, de ser valientes testigos, en toda circunstancia, de lo que es bueno, noble y justo.
El lema elegido para la Asamblea nos habla de comunión y testimonio, y nos recuerda cómo los miembros de la comunidad cristiana primitiva "tenían un solo corazón y alma". En el centro de unidad de la Iglesia está la Eucaristía, don inestimable de Cristo a su pueblo y centro de nuestra celebración litúrgica de hoy en esta Solemnidad del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Así que no deja de ser significativa que la fecha elegida para entregar el Instrumentum laboris de la Asamblea especial haya sido hoy.
El Oriente Medio tiene un lugar especial en los corazones de todos los cristianos, ya que fue allí donde en primer lugar Dios se dio a conocer a nuestros padres en la fe. Desde el momento en que Abraham salió de Ur de los caldeos en obediencia a la llamada del Señor, hasta la muerte y resurrección de Jesús, la obra salvadora de Dios se ha cumplido a través de determinadas personas y pueblos en vuestra tierra natal. Desde entonces, el mensaje del Evangelio se ha extendido por todo el mundo, pero los cristianos en todas partes continúan mirando a Oriente Medio con especial reverencia, a causa de los profetas y patriarcas, apóstoles y mártires a quienes tanto debemos, los hombres y las mujeres que escucharon la palabra de Dios, dieron testimonio de ella, y nos la entregaron a nosotros que pertenecemos a la gran familia de la Iglesia.
[En francés]
La Asamblea Especial del Sínodo de los obispos, convocada a petición vuestra, intentará profundizar en los lazos de comunión entre los miembros de vuestras Iglesias locales, como también en la comunión de estas mismas Iglesias entre sí y con la Iglesia universal. Esta Asamblea desea también animaros en el testimonio de vuestra fe en Cristo, que vosotros dais en los países donde esta fe nació y creció. Es además conocido que algunos entre vosotros sufren grandes pruebas debidas a la situación actual de la región. La Asamblea Especial es una ocasión para los cristianos del resto del mundo de ofrecer un apoyo espiritual y una solidaridad por sus hermanos y hermanas de Oriente Medio. Es una ocasión para poner de relieve el valor importante de la presencia y del testimonio cristianos en los países de la Biblia, no sólo para la comunidad cristiana a nivel mundial, sino igualmente para vuestros vecinos y conciudadanos. Vosotros contribuis de innumerables formas al bien común, por ejemplo a través de la educación, el cuidado de los enfermos y la asistencia social, y trabajéis por la construcción de la sociedad. Deseáis vivir en paz y armonía con vuestros vecinos judíos y musulmanes. A menudo actuáis como artesanos de la paz en el difícil proceso de reconciliación. Merecéis reconocimiento por el papel inestimable que desempeñáis. Es mi firme esperanza que vuestros derechos sean siempre respetados, incluido el derecho a la libertad de culto y la libertad religiosa, y que no sufráis nunca más discriminaciones de ningún tipo.
[En inglés]
Rezo para que la labor de la Asamblea especial ayude a centrar la atención de la comunidad internacional sobre la difícil situación de los cristianos en el Oriente Medio, que sufren por sus creencias, de modo que se puedan encontrar soluciones justas y duraderas a los conflictos que causan tantas penalidades. En este grave asunto, reitero mi llamamiento personal a un esfuerzo internacional urgente y concertado para resolver las tensiones actuales en el Oriente Medio, especialmente en Tierra Santa, antes de que estos conflictos conduzcan a un mayor derramamiento de sangre.
Con estos pensamientos, os presento ahora el texto del Instrumentum laboris de la Asamblea Especial para Oriente Medio del Sínodo de los Obispos. ¡Que Dios bendiga abundantemente vuestro trabajo! ¡Que Dios bendiga a todos los pueblos del Oriente Medio!
[Traducción del original inglés y francés por Inma Álvarez
© Copyright 2010 - Libreria Editrice Vaticana]
ZENIT nos ofrece el discurso que el Papa Benedicto XVI pronunció hoy en la catedral maronita de Nuestra Señora de las Gracias de Nicosia, ante la comunidad maronita de Chipre y el Comité organizador de la visita.
Queridos hermanos y hermanas en Cristo,
Estoy muy contento de hacer esta visita a la catedral de Nuestra Señora de las Gracias. Agradezco a Monseñor Youssef Soueif por las amables palabras de bienvenida en nombre de la comunidad maronita de Chipre, y saludo os cordialmente a todos vosotros con las palabras del Apóstol: ¡"Gracia a vosotros y paz de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo" (1 Co 1,3)!
Al visitar este edificio, en mi corazón hago una peregrinación espiritual a cada iglesia maronita de la isla. Estad seguros de que, movido por la solicitud de un padre, estoy cerca de todos los fieles de estas antiguas comunidades.
Esta iglesia catedral, de alguna manera, representa la muy larga y rica – y a veces turbulenta – historia de la comunidad maronita en Chipre. Los maronitas llegaron a estas costas en distintos momentos a lo largo de los siglos, y con frecuencia han tenido dificultades para permanecer fieles a su herencia cristiana particular. Sin embargo, a pesar de que su fe se está probando como el oro en el fuego (cf. 1 P 1,7), se han mantenido constantes en la fe de sus padres, una fe que ahora ha pasado a vosotros, los chipriotas maronitas de hoy. Os insto a que atesoreis esta herencia, este precioso regalo.
Este edificio de la catedral también nos recuerda una verdad espiritual importante. San Pedro nos dice que los cristianos somos las piedras vivas que se están "siendo edificadas como casa espiritual, para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por Jesucristo" (1 Pe 2,4-5). Junto con los cristianos de todo el mundo, somos parte de ese gran templo que es el Cuerpo Místico de Cristo. Nuestra adoración espiritual, ofrecida en muchas lenguas, en muchos lugares y en una hermosa variedad de liturgias, es una expresión de la única voz del pueblo de Dios, unido en alabanza y acción de gracias a él y en permanente comunión con los demás. Esta comunión, que nos es tan querida, nos impulsa a llevar la Buena Nueva de nuestra vida nueva en Cristo a toda la humanidad.
[En griego]
Este es el encargo que os dejo hoy: rezo para que vuestra Iglesia, en unión con todos sus pastores y con el obispo de Roma, pueda crecer en santidad, en fidelidad al Evangelio y en el amor por el Señor y por el otro.
[En inglés]
Encomendándoos a vosotros y a vuestras familias, y especialmente a vuestros queridos hijos a la intercesión de san Marón, os imparto a todos de buen grado mi bendición apostólica.
[Traducción del original el inglés por Inma Álvarez
© Copyright 2010 - Libreria Editrice Vaticana]
ZENIT publica el discurso que pronunció Benedicto XVI el domingo, 6 de Junio de 2010, en la ceremonia de despedida de Chipre, que tuvo lugar en el Aeropuerto Internacional de Larnaca.
[En inglés:]
Señor presidente,
autoridades,
señoras y señores:
Ha llegado el momento de dejaros, después de mi breve pero fecundo viaje apostólico a Chipre.
Señor presidente, le doy gracias por las gentiles palabras que me ha dirigido y le expreso con gusto mi gratitud por todo lo que usted ha hecho, así como a su gobierno y a las autoridades civiles y militares, que han permitido que mi visita sea un memorable éxito.
Al dejar vuestra tierra, al igual que hicieron muchos peregrinos antes, vuelvo a recordar que el Mediterráneo está conformado por un rico mosaico de pueblos con sus propias culturas y belleza, con su calidez y humanidad. A pesar de esta realidad, el Mediterráneo oriental, al mismo tiempo, conoce el conflicto y el derramamiento de sangre, como hemos visto trágicamente en los últimos días. Redoblemos nuestros esfuerzos para construir una paz real y duradera para todos los pueblos de la región.
Junto a este objetivo general, Chipre puede desempeñar un papel particular en la promoción del diálogo y la cooperación. Si os comprometéis con paciencia a favor de la paz de vuestros hogares y a favor de la prosperidad de vuestros vecinos, os prepararéis para escuchar y comprender todos los aspectos de muchas cuestiones complejas, y para ayudar a los pueblos a llegar a una mayor comprensión mutua. El camino que estáis recorriendo es visto con gran interés y esperanza por la comunidad internacional y constato con satisfacción todos los esfuerzos realizados para favorecer la paz en vuestro pueblo y en toda la isla de Chipre.
Al dar gracias a Dios por estos días que han sido testigos del primer encuentro de la comunidad católica de Chipre con el sucesor de Pedro en vuestra tierra, recuerdo con gratitud mis encuentros con las demás autoridades cristianas, en particular a Su Beatitud Crisóstomos II, a quienes doy las gracias por su acogida fraternal. Espero que mi visita pueda ser un paso más en el largo camino que fue abierto con el abrazo en Jerusalén del entonces patriarca Atenágoras y mi venerable predecesor el papa Pablo VI. Sus primeros pasos proféticos nos indicaron el camino que también nosotros tenemos que recorrer. Hemos recibido un llamamiento divino a ser hermanos, a caminar uno al lado del otro en la fe, con humildad, ante Dios omnipotente, y con inseparables lazos de afecto mutuo. Al invitar a los fieles a cristianos a seguir por este camino, deseo asegurarles que la Iglesia católica, con la gracia de Dios, se comprometerá para alcanzar el objetivo de la perfecta unidad en la caridad, a través de una estima más profunda por lo más querido para católicos y ortodoxos
Dejad que exprese una vez más mi sincera esperanza y oración para que juntos, cristianos y musulmanes, se conviertan en levadura de paz y reconciliación entre los chipriotas, lo que se convertirá en ejemplo para los demás países.
Por último, señor presidente, permítame alentarle a usted y a su gobierno en vuestra elevada responsabilidad. Como bien sabéis, entre vuestras tareas más importantes se encuentra la de asegurar la paz y la seguridad a todos los chipriotas. Al haberme alojado en estos últimos días en la nunciatura apostólica, que se encuentra en la zona de separación bajo el control de las Naciones Unidas, he podido ver personalmente algo de la triste división de la isla, así como darme cuenta de la pérdida de una parte significativa de una herencia cultural que pertenece a toda la humanidad. He podido también escuchar a los chipriotas del norte que querrían regresar en paz a sus casas y a sus lugares de culto, y he quedado profundamente impresionado por sus peticiones. Ciertamente, la verdad y la reconciliación, junto al mutuo respeto, son el fundamento más sólido para un futuro de unidad y de paz para esta isla y para la estabilidad y prosperidad de todos sus habitantes. En los años pasados, se ha logrado algo muy positivo a través de un diálogo concreto, si bien falta todavía mucho por hacer para superar las divisiones. Permítame que le aliente a usted y a sus compatriotas a trabajar con paciencia y constancia con vuestros vecinos para construir un futuro mejor y más seguro para vuestros hijos. En este compromiso, puede estar seguro de mis oraciones por la paz de todo Chipre.
[En griego:]
Señor presidente, queridos amigos, con estas breves palabras me despido de vosotros. Gracias y que la Santísima Trinidad y la Virgen Santa os bendigan siempre. ¡Adiós! ¡Que la paz esté con vosotros!
[Traducción realizada por Jesús Colina
©Libreria Editrice Vaticana]
ZENIT nos ofrece el breve discurso que el Papa Benedicto XVI pronunció al introducir el rezo del Ángelus, el domingo 6 de Junio de 2010 con la multitud reunida en el Palacio de los Deportes Eleftheria de Nicosia.
Queridos hermanos y hermanas en Cristo,
A la hora del mediodía es tradición de la Iglesia dirigirse en oración a la Santísima Virgen, recordando con alegría su pronta aceptación de la invitación del Señor a ser la madre de Dios. Era una invitación que la llenó de temor, que uno apenas podía siquiera comprender. Era una señal de que Dios la había elegido, su humilde esclava, a cooperar con él en su obra de salvación. ¡Cómo nos alegramos de la generosidad de su respuesta! A través de su "sí", la esperanza de milenios se convirtió en realidad, Aquel a quien Israel había esperado vino al mundo, en nuestra historia. De él el ángel prometió que su reino no tendrá fin (cf. Lc 1,33).
Unos treinta años más tarde, cuando María estaba llorando a los pies de la cruz, debe haber sido duro mantener esa esperanza viva. Las fuerzas de la oscuridad parecían haber ganado la partida. Y, sin embargo, en el fondo, ella habría recordado las palabras del ángel. Incluso en medio de la desolación del Sábado Santo, la certeza de la esperanza la llevó adelante hacia el gozo de la mañana de Pascua. Y así nosotros, sus hijos, vivimos en la misma esperanza confiada en que el Verbo hecho carne en el seno de María nunca nos abandonará. Él, el Hijo de Dios e Hijo de María, fortalece la comunión que nos une, de manera que podamos dar testimonio de Él y del poder de su amor curativo y reconciliador. Imploremos ahora a María nuestra Madre que interceda por todos nosotros, por el pueblo de Chipre, y por la Iglesia en todo el Oriente Medio, con Cristo, su Hijo, el Príncipe de la Paz.
Quisiera ahora decir unas pocas palabras en polaco en la feliz ocasión de la beatificación hoy de Jerzy Popiełuszko, sacerdote y mártir.
[En polaco]
Envío un cordial saludo a la Iglesia en Polonia que se regocija hoy por la elevación a los altares del padre Jerzy Popieluszko. Su celoso servicio y su martirio son un signo especial de la victoria del bien sobre el mal. Que su ejemplo y su intercesión nutran el celo de los sacerdotes e inflame a los fieles con el amor.
[Traducción del original en inglés por Inma Álvarez
© Copyright 2010 - Libreria Editrice Vaticana]
Lectio divina para el domingo duodécimo del tiempo ordinario - C, ofrecida por la Delegación Diocesana de Liturgie de la Diócesis de Tenerife.
LECTURA: “Lucas 9, 18‑24”
Una vez que Jesús estaba orando solo, en presencia de sus discípulos, les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy yo?»
Ellos contestaron: «Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros dicen que ha vuelto a la vida uno de los antiguos profetas.»
Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?»
Pedro tomó la palabra y dijo: «El Mesías de Dios.»
Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y añadió: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día.»
Y, dirigiéndose a todos, dijo: «El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará.»
MEDITACIÓN: “El que quiera salvar”
Tu lenguaje nos puede resultar a veces un poco chocante, responde a una historia y tenemos que ser capaces de pasar por encima de la literalidad para captar el contenido. “Perder la vida por tu causa”, he ahí tu llamada. Un “perder” que lleva el sello del “ganar”. Sé que son varias las lecturas que se pueden hacer de esa frase, pero sea la que sea no está dicha para que miremos a un futuro lejano, sino a nuestro hoy, a mi ahora.
La salvación no es un término con el que nos invitas a apuntar sólo a un futuro lejano, y del más allá, la salvación se cuaja y se experimenta aquí, tú mismo afirmaste que venías “a salvar” lo que estaba perdido. Salvar, liberar, sanar, colmar, dar sentido... serían palabras que podríamos utilizar y que nos hablan antes que nada de nuestro aquí, que desde ti siempre se proyecta hasta la infinitud, porque es así como has querido hablarnos de la grandeza humana y su dignidad eterna, sí eterna. Ante lo caduco, ante el mundo que hemos creado del “usar y tirar” puede parecer palabra cada vez más extraña, pero es una suerte, una tremenda suerte, poder escuchar de tus labios, que el hombre, el ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios, no es una mercancía más de “usar y tirar” sería fácil, aunque triste. Pero no, somos “energía renovable” siempre y para siempre.
“Perder” la vida por tu causa, es poner en juego, optar positiva y gozosamente, por ti y por tu proyecto “salvador”, que no es otra cosa que el amor. Tu causa, tu empeño, tu mensaje, tu vida y tu muerte, sólo nos habla de amor. Y el amor, el amor con mayúsculas, es y será. Queramos o no, lo veamos o no, lo queramos reconocer o no, nos sobrepase o no, lo aplastemos, neguemos, o no, es lo único que nos puede traer y terminará trayendo la paz, la vida, el sentido, de nuestro hoy y de nuestra eternidad, porque nuestra existencia es un “continuo”, no está cortada por un salto que nos transforma en lo que no somos o no hemos trabajado y deseado, sino que termina metiéndonos de lleno en lo que hemos anhelado e intentado trabajar, vivir, ser.
“Perder mi vida” es aprender a decir que no a lo que me encierra en las cuatro paredes estrechas, egoístas y cómodas de mi yo, a lo que me impide ver más allá y más adentro. Aprender a romper las cadenas que me atan a tantos engaños sutiles o burdos que me creo y forjo, para abrirme con corazón humano a todo lo que me rodea y que pide, como lo pido yo, una respuesta de amor por mi parte. Como me enseñaste a vivirla y a darla tú.
ORACIÓN: “Llevar mi cruz”
Tu respuesta hacia mí sé que siempre es de amor, indefectiblemente, sin subidas ni bajadas. La mía condicionada por la realidad de mi camino, desde ahí siempre limitada y pobre, a veces emocionada; en otras, dispersa, distorsionada, confusa. Cuando parece que se hunde en tus brazos me encuentro en los de otros. Y me hacer sentir la debilidad, por no decir la inautenticidad de mi amor. Enséñame la ilusión de la coherencia.
Siento que es tu fuerza la que me mantiene, la que me sostiene firme, la que me permite seguir esperando el milagro de mi respuesta de amor. Gracias, por estar siempre ahí, Señor. Esperándome, caminando conmigo aun sin saberlo, ayudándome a llevar mi “cruz” de cada día.
CONTEMPLACIÓN: “Eres”
Eres tú la sombra
que camina conmigo,
y eres la luz
que ilumina mi camino.
Eres mi pregunta
y mi respuesta.
Eres mi debilidad
y mi fuerza.
Eres mi presencia
y mi ausencia,
mi inquietud
y mi sosiego.
Eres mi amor ansiado
y no abrazado,
eres el sueño de mi vida
no alcanzado.
Eres continuamente
mano tendida,
abrazo que espera
para apretarme a tu pecho,
y fundirse conmigo.
Comunicado hecho público el 24 de junio de 2010 por la CCXVI Comisión Permanente de Conferencia Episcopal Española, en relación a la sentencia sobre el crucifijo de la Corte Europea, prevista para el próximo 30 de junio.
DECLARACIÓN SOBRE LA EXPOSICIÓN DE SÍMBOLOS RELIGIOSOS CRISTIANOS EN EUROPA
Junto con otras conferencias episcopales y diversas instancias tanto estatales como sociales de todo el Continente, la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española, reunida cuando se espera una próxima resolución de la Corte europea sobre la exposición de símbolos religiosos en las escuelas estatales, desea subrayar la importancia de la cuestión para las convicciones religiosas de los pueblos y para las tradiciones culturales de Europa.
Gracias precisamente al cristianismo, Europa ha sabido afirmar la autonomía de los campos espiritual y temporal y abrirse al principio de la libertad religiosa, respetando tanto los derechos de los creyentes como de los no creyentes. Esto se ve más claro en nuestros días, cuando otras religiones se difunden entre nosotros al amparo de esa realidad.
La presencia de símbolos religiosos cristianos en los ámbitos públicos, en particular la presencia de la cruz, refleja el sentimiento religioso de los cristianos de todas las confesiones y no pretende excluir a nadie. Al contrario, es expresión de una tradición a la que todos reconocen un gran valor y un gran papel catalizador en el diálogo entre personas de buena voluntad y como sostén para los que sufren y los necesitados, sin distinción de fe, raza o nación.
En la cultura y en la tradición religiosa cristianas, la cruz representa la salvación y la libertad de la humanidad. De la cruz surgen el altruismo y la generosidad más acendrados, así como una sincera solidaridad ofrecida a todos, sin imponer nada a nadie.
En consecuencia, las sociedades de tradición cristiana no deberían oponerse a la exposición pública de sus símbolos religiosos, en particular, en los lugares en los que se educa a los niños. De lo contrario, estas sociedades difícilmente podrán llegar a transmitir a las generaciones futuras su propia identidad y sus valores. Se convertirían en sociedades contradictorias que rechazan la herencia espiritual y cultural en la que hunden sus raíces y se cierran el camino del futuro. Ponerse en contra de los símbolos de los valores que modelan la historia y la cultura de un pueblo es dejarle indefenso ante otras ofertas culturales, no siempre benéficas, y cegar las fuentes básicas de la ética y del derecho que se han mostrado fecundas en el reconocimiento, la promoción y la tutela de la dignidad de la persona.
El derecho a la libertad religiosa existe y se afirma cada vez más en los países de Europa. En algunos de ellos se permiten explícitamente otros símbolos religiosos, sea por ley o por su aceptación espontánea. Las iglesias y las comunidades cristianas favorecen el diálogo entre ellas y con otras religiones y actúan como parte integrante de sus respectivas realidades nacionales. En cuanto a los símbolos, existe en Europa una variedad de leyes y una diversa evolución social y jurídica positiva que debe ser respetada en el marco de una justa relación entre los Estados y las Instituciones europeas.
Sólo en una Europa en la que sean respetadas a la vez la libertad religiosa de cada uno y las tradiciones de cada pueblo y nación, podrán desarrollarse relaciones adecuadas entre las religiones y los pueblos, en justicia y en libertad.
©Conferencia Episcopal Española
ZENIT nos ofrece el discurso que el Papa Benedicto XVI pronunció hoy durante su visita al Centro Don Orione de Roma, en la cima del Monte Mario, para bendecir la gran estatua de María Salus populi romani, recientemente restaurada.
Queridos hermanos y hermanas,
quisiera en primer lugar saludaros cordialmente a todos vosotros, reunidos aquí para el significativo acontecimiento de hoy. Sobre esta colina ha vuelto a velar sobre nuestra Ciudad la majestuosa estatua de la Virgen, abatida hace algunos meses por la furia del viento. Saludo ante todo al cardenal vicario Agostino Vallini y a los obispos presentes. Un pensamiento especial dirijo a don Flavio Peloso, reelegido a la guía de la Opera don Orione, y le doy las gracias por las gentiles palabras que ha querido dirigirme. Extiendo este saludo a los religiosos participantes en el 13° Capítulo General, a quienes trabajan en esta Institución al servicio de los jóvenes y de los que sufren y de toda la familia espiritual orionina. Dirijo mi deferente pensamiento al señor alcalde de Roma, hon. Gianni Alemanno: deseo manifestarle anticipadamente mi aprecio por el Concierto que el Campidoglio me ofrecerá la tarde del 29 de junio; es un gesto que atestigua el afecto por el Papa de toda la ciudad de Roma. Saludo también a las demás autoridades civiles y militares. No puedo finalmente no agradecer de corazón a cuantos de diversas formas han contribuido a restituir a la estatua de Nuestra Señora su original esplendor.
Acogí de buen grado la invitación de unirme a vosotros en rendir homenaje a María Salus populi romani, representada en esta maravillosa estatua tan querida al pueblo romano. Estatua que es memoria de acontecimientos dramáticos y providenciales, escritos en la historia y en la conciencia de la Ciudad. De hecho, fue colocada sobre la cima del Monte Mario en 1953, en cumplimiento de un voto popular pronunciado durante la segunda guerra mundial, cuando las hostilidades y las armas hacían temer por la suerte de Roma. De las obras romanas de Don Orione partió entonces la iniciativa de una recogida de firmas para un voto, a la que se adhirieron más de un millón de ciudadanos. El Venerable Pío XII recogió la devota iniciativa del pueblo que se confiaba a María y el voto fue pronunciado el 4 de junio de 1944, ante la imagen de Nuestra Señora del Divino Amor. Precisamente ese día, tuvo lugar la liberación pacífica de Roma. ¿Cómo no renovar también hoy, queridos amigos de Roma, ese gesto de devoción a María "Salus populi romani" bendiciendo esta bella estatua?
Los Orioninos la quisieron grande y colocada en alto, por encima de la ciudad, para rendir homenaje a la santidad excelsa de la Madre de Dios, la cual, humilde en tierra, “fue exaltada por encima de los coros angélicos en los reinos celestiales” (Gregorio VII, Ad Adelaide di Ungheria), y para tener, al mismo tiempo, un signo de presencia familiar suya en la vida cotidiana. Que María, Madre de Dios y nuestra, esté siempre en la cima de vuestros pensamientos y afectos, amable consuelo de vuestras almas, guía segura de vuestras voluntades y apoyo de vuestros pasos, persuasiva inspiradora de la imitación de Jesucristo. Que la Madonnina – como les gusta llamarla a los romanos – en el gesto de mirar desde lo alto los lugares de la vida familiar, civil y religiosa de Roma, proteja a las familias, suscite propósitos de bien, sugiera a todos deseos del cielo. “Mirar al cielo, rezar, y después adelante con valor y trabajar. ¡Ave María y adelante!" – exhortaba san Luis Orione.
En su voto a la Virgen, los romanos, además de prometer oración y devoción, se comprometieron también en obras de caridad. Por su parte, los Orioninos realizaron en este Centro de Monte Mario, aún antes de la estatua, la acogida de pequeños mutilados y huérfanos. El programa de san Luis Orione – Sólo la caridad salvará al mundo – tuvo aquí una concreción significativa y se convirtió en un signo de esperanza para Roma, en unión a la Madonnina puesta sobre la cima. ¡Queridos hermanos y hermanas, herederos espirituales del Santo de la Caridad, Luis Orione! El Capítulo General que acaba de concluirse tuvo como tema propio esta expresión querida por vuestro Fundador, Sólo la caridad salvará al mundo. Bendigo el propósito y las decisiones que se han adoptado para relanzar ese dinamismo espiritual y apostólico que debe siempre distinguiros.
Don Orione vivió de modo lúcido y apasionado la tarea de la Iglesia de vivir el amor para hacer entrar en el mundo la luz de Dios (cfr. Deus Caritas est, n. 39). Dejó esta misión a sus discípulos como vía espiritual y apostólica, convencido de que "la caridad abre los ojos a la fe y hace arder a los corazones de amor hacia Dios". Continuad, queridos Hijos de la Divina Providencia, sobre esta estela carismática iniciada por él, porque, como él decía, “la caridad es la mejor apología de la fe católica”, “la caridad arrastra, la caridad mueve, lleva a la fe y a la esperanza" (Verbali, 26.11.1930, p.95). Las obras de caridad, tanto como actos personales que como servicios a las personas débiles ofrecidos en grandes instituciones, no pueden nunca reducirse a un gesto filantrópico, sino que deben permanecer siempre como expresión tangible del amor providente de Dios. Para hacer esto – recuerda don Orione – es necesario ser “mezclados con al caridad suavísima de Nuestro Señor” (Scritti 70, 231) mediante una vida espiritual auténtica y santa. Solo así es posible pasar de las obras de la caridad a la caridad de las obras, porque – añade vuestro Fundador – “incluso las obras sin la caridad de Dios, que las valore ante él, no valen nada" (Alle PSMC, 19.6.1920, p.141).
Queridos hermanos y hermanas, gracias una vez más por vuestra invitación y por vuestra acogida. Que os acompañe cada día la protección maternal de María, que juntos invocamos por cuantos trabajan en este Centro y por toda la población romana y, mientras aseguro a cada uno mi recuerdo en la oración, os bendigo a todos con afecto.
[Traducción del original italiano por Inma Álvarez
©Libreria Editrice Vaticana]
ZENIT nos ofrece la homilía pronunciada el jueves 24 de Junio de 2010 por el Papa durante su visita al monasterio de dominicas de clausura de Santa María del Rosario en el Monte Mario, durante la celebración de la Hora Media.
Queridas hermanas,
dirijo a cada una de vosotras las palabras del Salmo 124 (125), que acabamos de rezar: “Colma de bienes, Señor, a los buenos y a los rectos de corazón" (v. 4). Os saludo sobre todo con este augurio: está sobre vosotras la bondad del Señor. En particular, saludo a vuestra Madre Priora, y le agradezco de corazón las amables expresiones que me ha dirigido en nombre de la comunidad. Con gran alegría acogí la invitación a visitar este Monasterio, para poder detenerme con vosotras a los pies de la imagen de la Virgen acheropita de san Sixto, ya protectora de los monasterios romanos de Santa María in Tempulo y de San Sixto.
Hemos rezado juntos la Hora Media, una pequeña parte de esta Oración Litúrgica que, como claustrales, marca los ritmos de vuestras jornadas y os hace intérpretes de la Iglesia-Esposa, que se une, de forma especial, con su Señor. Para esta oración coral, que encuentra su culmen en la participación cotidiana en el Sacrificio Eucarístico, vuestra consagración al Señor en el silencio y en el ocultamiento se hace fecunda y llena de frutos, no sólo en orden al camino de santificación y de purificación, sino también respecto a ese apostolado de intercesión que lleváis a cabo por toda la Iglesia, para que pueda aparecer pura y santa en presencia del Señor. Vosotros, que conocéis bien la eficacia de la oración, experimentáis cada día cuántas gracias de santificación esta puede obtener en la Iglesia.
Queridas hermanas, la comunidad que formáis es un lugar en el que poder morar en el Señor; esta es para vosotros la Nueva Jerusalén, a la que suben las tribus del Señor para alabar el nombre del Señor (cfr Sal 121,4). Sed agradecidas a la divina Providencia por el don sublime y gratuito de la vocación monástica, a la que el Señor os ha llamado sin mérito alguno vuestro. Con Isaías podéis afirmar “el Señor me plasmó desde el seno materno" (Is 49,5). Antes aún de que nacieseis, el Señor había reservado para Sí vuestro corazón para poderlo llenar de su amor. A través del sacramento del Bautismo habéis recibido en vosotros la Gracia divina e, inmersas en su muerte y resurrección, habéis sido consagradas a Jesús, para pertenecerle exclusivamente. La forma de vida contemplativa, que de las manos de santo Domingo habéis recibido en la modalidad de la clausura, os coloca, como miembros vivos y vitales, en el corazón del cuerpo místico del Señor, que es la Iglesia; y como el corazón hace circular la sangre y mantiene con vida al cuerpo entero, así vuestra existencia escondida con Cristo, entretejida de trabajo y de oración, contribuye a sostener a la Iglesia, instrumento de salvación para cada hombre al que el Señor redimió con su Sangre.
Es a esta fuente inagotable a la que vosotros os acercáis con la oración, presentando en presencia del Altísimo las necesidades espirituales y materiales de tantos hermanos en dificultad, la vida descarriada de cuantos se alejan del Señor. ¿Cómo no moverse a compasión por aquellos que parecen vagar sin meta? ¿Cómo no desear que en su vida suceda el encuentro con Jesús, el único que da sentido a la existencia? El santo deseo de que el Reino de Dios se instaure en el corazón del cada hombre, se identifica con la oración misma, como nos enseña san Agustín: Ipsum desiderium tuum, oratio tua est; et si continuum desiderium, continua oratio (cfr Ep. 130, 18-20); por ello, como fuego que arde y nunca se apaga, el corazón permanece pie, no deja nunca de desear y eleva siempre a Dios el himno de alabanza.
Reconoced por ello, queridas hermanas, que en todo lo que hacéis, más allá de los momentos personales de oración, vuestro corazón sigue siendo guiado por el deseo de amar a Dios. Con el obispo de Hipona, reconoced que el Señor es quien ha puesto en vuestros corazones su amor, deseo que dilata el corazón, hasta hacerlo capaz de acoger al mismo Dios (cfr In O. Ev. tr. 40, 10). ¡Este es el horizonte de la peregrinación terrena! ¡Esta es vuestra meta! Por esto habéis elegido vivir en el ocultamiento y en la renuncia a los bienes terrenos: para desear por encima de todo ese bien que no tiene igual, esa perla preciosa que merece la renuncia a cualquier otro bien para entrar en posesión suya.
Que podáis pronunciar cada día vuestro "sí" a los designios de Dios, con la misma humildad con que dijo su “si” la Virgen Santa. Ella, que en el silencio acogió la Palabra de Dios, os guíe en vuestra consagración virginal diaria, para que podáis experimentar en el ocultamiento la profunda intimidad vivida por Ella con Jesús. Invocando su protección maternal, junto con la de santo Domingo, santa Catalina de Siena y de los tantos santos y santas de la Orden Dominica, os imparto a todas una especial Bendición Apostólica, que extiendo de buen grado a las personas que se confían a vuestras oraciones.
[Traducción del original italiano por Inma Álvarez
©Libreria Editrice Vaticana]
ZENIT publica el comentario al Evangelio del próximo domingo, XIII del tiempo ordinario, 27 de junio (Lucas 9, 51-62), redactado por monseñor Jesús Sanz Montes, ofm, arzobispo de Oviedo, administrador apostólico de Huesca y de Jaca.
Evangelio del domingo: El escándalo hipócrita
En el Evangelio de este domingo se agrupan varias escenas de Jesús con sus discípulos, mientras van dirigiéndose camino de Jerusalén. Un camino que conducía a una meta difícil pero insalvable porque era el final de la vida humana del Señor. Como estribillo en este final de trayecto, aparece lo que en realidad ha sido la constante de toda la existencia de Jesús: ser anunciador e inaugurador del Reino de Dios.
La vida de todo discípulo de Jesús siempre será un camino, un subir a Jerusalén, en cuya andanza lo determinante y lo decisivo será el seguimiento de Alguien, la pertenencia a Él, la adhesión a su Persona, la escucha de su Palabra, la vivencia de su misma Vida. La vida cristiana, no es, por tanto, una organización, una estrategia, una programación moralista, ni un marketing religioso. La vida cristiana ha sido y es una pertenencia a Jesucristo, vivida como peregrinos y caminantes, mientras vamos subiendo a la Jerusalén eterna. Por esta razón era improcedente por parte de los discípulos, mandar al fuego a los que no acogieron a Jesús, cuando ellos a su vez también le rechazaban al estar aplazando su seguimiento cuando les invitó a seguirle.
Nosotros, discípulos al fin, acaso podamos caer igualmente en una vivencia cristiana intolerante de los otros, cuando tantas veces tenemos demasiadas excusas para vivir un seguimiento de Jesús que se haga pertenencia real de nuestro corazón al Suyo. Ojalá que no permanezcamos indiferentes ante tantos rechazos del Señor (los que a Él mismo le hacen y los que puedan hacer a los que ha vinculado a su destino: los pobres, los marginales, los enfermos, los ancianos, cualquier persona nacida o no nacida), pero la mejor manera de mostrar nuestro dolor por esos rechazos no es la venganza en cualquiera de sus formas -como les sucedió a los acompañantes de Jesús en este evangelio-, sino nuestra acogida cordial y grande del Señor y de cuantos Él ama. Sería hipócrita escandalizarnos e indignarnos por tantos desmanes como pueden suceder en nuestro mundo, si a nuestra medida y en nuestra proporción nos sucede a nosotros también.
La actitud justa de quien ve en otros la fuga y el desprecio hacia el Señor, no es pedir fuego sobre ellos, sino seguirle a donde Él diga "sígueme", pertenecerle cada vez más desde nuestro lugar en la Iglesia y en el mundo.
ZENIT nos ofrece la catequesis pronunciada el miércoles 23 de Junio de 2010 por el Papa Benedicto XVI en la Plaza de San Pedro, ante los miles de peregrinos presentes para la Audiencia General.
Queridos hermanos y hermanas,
quisiera hoy completar, con una tercera parte, mis catequesis sobre santo Tomás de Aquino. Aún a más de setecientos años de distancia de su muerte, podemos aprender mucho de él. Lo recordaba también mi predecesor, el papa Pablo VI, quien, en un discurso pronunciado en Fossanova el 14 de septiembre de 1974, con ocasión del séptimo centenario de la muerte de santo Tomás, se preguntaba: “Maestro Tomás, ¿qué lección nos puedes dar?”. Y respondía así: “la confianza en la verdad del pensamiento religioso católico, como él lo defendió, expuso, abrió a la capacidad cognoscitiva de la mente humana" (Enseñanzas de Pablo VI, XII[1974], pp. 833-834). Y, en el mismo día, en Aquino, refiriéndose siempre a santo Tomás, afirmaba: “todos, cuantos somos hijos fieles de la Iglesia, podemos y debemos, al menos en alguna medida, ser sus discípulos" (Ibid., p. 836).
Pongámonos también nosotros en la escuela de santo Tomás y de su obra maestra, la Summa Theologiae. Ésta quedó incompleta, y con todo es una obra monumental: contiene 512 cuestiones y 2669 artículos. Se trata de un razonamiento compacto, en el que la aplicación de la inteligencia humana a los misterios de la fe procede con claridad y profundidad, entretejiendo preguntas y respuestas, en las que santo Tomás profundiza la enseñanza que viene de la Sagrada Escritura y de los Padre de la Iglesia, sobre todo de san Agustín. En esta reflexión, en el encuentro con verdaderas preguntas de su tiempo, que son a menudo también preguntas nuestras, santo Tomás, utilizando también el método y el pensamiento de los filósofos antiguos, en particular Aristóteles, llega así a formulaciones precisas, lúcidas y pertinentes de las verdades de fe, donde la verdad es don de la fe, resplandece y se nos hace accesible a nosotros, a nuestra reflexión. Este esfuerzo, sin embargo, de la mente humana – recuerda el Aquinate con su propia vida – está siempre iluminado por la oración, por la luz que viene de lo Alto. Sólo quien vive con Dios y con los misterios puede también comprender lo que dicen.
En la Summa de Teología, santo Tomás parte del hecho de que hay tres formas diversas del ser y de la esencia de Dios: Dios existe en sí mismo, es el principio y el fin de todas las cosas, por lo que todas las criaturas proceden y dependen de Él; después Dios está presente a través de su Gracia en la vida y en la actividad del cristiano, de los santos; finalmente, Dios está presente de modo totalmente especial en la Persona de Cristo, unido aquí realmente con el hombre Jesús, y operante en los sacramentos, que brotan de su obra redentora. Por eso, la estructura de esta monumental obra (cfr. Jean-Pierre Torrell, La «Summa» di San Tommaso, Milano 2003, pp. 29-75), una búsqueda con “mirada teológica” de la plenitud de Dios (cfr. Summa Theologiae, Ia, q. 1, a. 7), está articulada en tres partes, e ilustrada por el mismo Doctor Communis – santo Tomás – con estas palabras: “El fin principal de la sagrada doctrina es el de hacer conocer a Dios, y no sólo en sí mismo, sino también en cuanto que es principio y fin de las cosas, y especialmente de la criatura racional. En el intento de exponer esta doctrina, trataremos en primer lugar de Dios; en segundo lugar, del movimiento de la criatura hacia Dios; y en tercer lugar, de Cristo, el cual, en cuanto hombre, es para nosotros camino para ir a Dios" (Ibid., I, q. 2). Es un círculo: Dios en sí mismo, que sale de sí mismo y nos toma de la mano, de modo que con Cristo volvemos a Dios, estamos unidos a Dios, y Dios será todo en todos.
La primera parte de la Summa Theologiae indaga por tanto sobre Dios en sí mismo, sobre el misterio de la Trinidad y sobre la actividad creadora de Dios. En esta parte encontramos también una profunda reflexión sobre la realidad auténtica del ser humano en cuanto que salido de las manos creadoras de Dios, fruto de su amor. Por una parte somos un ser creado, dependiente, no venimos de nosotros mismos; por la otra, tenemos una verdadera autonomía, de modo que somos no solo algo aparente – como dicen algunos filósofos platónicos – sino una realidad querida por Dios como tal, y con valor en sí misma.
En la segunda parte santo Tomás considera al hombre, empujado por la Gracia, en su aspiración a conocer y a amar a Dios para ser feliz en el tiempo y en la eternidad. En primer lugar, el Autor presenta los principios teológicos del actuar moral, estudiando cómo, en la libre elección del hombre de realizar actos buenos, se integran la razón, la voluntad y las pasiones, a las que se añade la fuerza que da la Gracia de Dios a través de las virtudes y los dones del Espíritu Santo, como también la ayuda que es ofrecida también por la ley moral. Por tanto el ser humano es un ser dinámico que se busca a sí mismo, intenta ser él mismo y busca, en este sentido, realizar actos que le construyen, le hacen verdaderamente hombre; y aquí entra la ley moral, entra la Gracia y la propia razón, la voluntad y las pasiones. Sobre este fundamento santo Tomás delinea la fisionomía del hombre que vive según el Espíritu y que se convierte, así, en un icono de Dios. Aquí el Aquinate se detiene a estudiar las tres virtudes teologales – fe, esperanza y caridad – seguidas del agudo examen de más de cincuenta virtudes morales, organizadas en torno a las cuatro virtudes cardinales – la prudencia, la justicia, la templanza y la fortaleza. Termina después con la reflexión sobre las diversas vocaciones en la Iglesia.
En la tercera parte de la Summa, santo Tomás estudia el Misterio de Cristo – el camino y la verdad – por medio del cual podemos volver a unirnos a Dios Padre. En esta sección escribe páginas hasta ahora no superadas sobre el Misterio de la Encarnación y de la Pasión de Jesús, añadiendo después un amplio tratado sobre los siete Sacramentos, porque en ellos el Verbo divino encarnado extiende los beneficios de la Encarnación para nuestra salvación, para nuestro camino de fe hacia Dios y la vida eterna, permanece materialmente casi presente con las realidades de la creación, nos toca así en lo más íntimo.
Hablando de los Sacramentos, santo Tomás se detiene de modo particular en el Misterio de la Eucaristía, por el que tuvo una grandísima devoción, hasta el punto de que, según sus antiguos biógrafos, acostumbraba a acercar su cabeza al Tabernáculo, como para oír palpitar el Corazón divino y humano de Jesús. En una obra suya de comentario a la Escritura, santo Tomás nos ayuda a entender la excelencia del Sacramento de la Eucaristía, cuando escribe: "Siendo la Eucaristía el sacramento de la Pasión de nuestro Señor, contiene en sí a Jesucristo que sufrió por nosotros. Por tanto, todo lo que es efecto de la Pasión de nuestro Señor, es también efecto de este sacramento, no siendo este otra cosa que la aplicación en nosotros de la Pasión del Señor" (In Ioannem, c.6, lect. 6, n. 963). Comprendemos bien por qué santo Tomás y otros santos celebraban la Santa Misa derramando lágrimas de compasión por el Señor, que se ofrece en sacrificio por nosotros, lágrimas de alegría y gratitud.
Queridos hermanos y hermanas, en la escuela de los santos, ¡enamorémonos de este Sacramento! ¡Participemos en la Santa Misa con recogimiento, para obtener sus frutos espirituales, alimentémonos del Cuerpo y la Sangre del Señor, para ser incesantemente alimentados por la Gracia divina! ¡Entretengámonos de buen grado y con frecuencia, de tu a tu, en compañía del Santísimo Sacramento!
Lo que santo Tomás ilustró con rigor científico en sus obras teológicas mayores, como en la Summa Theologiae, también la Summa contra Gentiles, lo expuso también en su predicación, dirigida a los estudiantes y a los fieles. En 1273, un año antes de su muerte, durante toda la Cuaresma, predicó en la iglesia de Santo Domingo el Mayor en Nápoles. El contenido de esos sermones fue recogido y conservado: son los Opúsculos en los que explica el Símbolo de los Apóstoles, interpreta la oración del Padre Nuestro, ilustra el Decálogo y comenta el Ave María. El contenido de la predicación del Doctor Angelicus corresponde casi del todo a la estructura del Catecismo de la Iglesia Católica. De hecho, en la catequesis y en la predicación, en un tiempo como el nuestro de renovado compromiso por la evangelización, no deberían faltar nunca estos argumentos fundamentales: lo que nosotros creemos, y ahí está el Símbolo de la fe; lo que nosotros rezamos, y ahí está el Padre Nuestro y el Ave María; y lo que nosotros vivimos como nos enseña la Revelación bíblica, y ahí está la ley del amor de Dios y del prójimo y los Diez Mandamientos, como explicación de este mandato del amor.
Quisiera proponer algún ejemplo del contenido, sencillo, esencial y convincente, de la enseñanza de santo Tomás. En su Opúsculo sobre el Símbolo de los Apóstoles explica el valor de la fe. Por medio de ella, dice, el alma se une a Dios, y se produce como un germen de vida eterna; la vida recibe una orientación segura, y nosotros superamos ágilmente las tentaciones. A quien objeta que la fe es una necedad, porque hace caer en algo que no cae bajo la experiencia de los sentidos, santo Tomás ofrece una respuesta muy articulada, y recuerda que esta es una duda inconsistente, porque la inteligencia humana es limitada y no puede conocer todo. Sólo en el caso en que pudiésemos conocer perfectamente todas las cosas visibles e invisibles, entonces sería una auténtica necedad aceptar las verdades por pura fe. Por lo demás, es imposible vivir, observa santo Tomás, sin confiar en la experiencia de los demás, allí donde no llega el conocimiento personal. Es razonable por tanto tener a Dios que se revela y en el testimonio de los Apóstoles: estos eran pocos, sencillos y pobres, afligidos con motivo de la Crucifixión de su Maestro; y sin embargo muchas personas sabias, nobles y ricas se convirtieron a la escucha de su predicación. Se trata, en efecto, de un fenómeno históricamente prodigioso, al que difícilmente se puede dar otra respuesta razonable, si no la del encuentro de los Apóstoles con el Señor Resucitado.
Comentando el artículo del Símbolo sobre la encarnación del Verbo divino, santo Tomás hace algunas consideraciones. Afirma que la fe cristiana, considerando el misterio de la Encarnación, llega a reforzarse; la esperanza se eleva más confiada, al pensamiento de que el Hijo de Dios vino entre nosotros, como uno de nosotros, para comunicar a los hombres su propia divinidad; la caridad se reaviva, porque no hay signo más evidente del amor de Dios por nosotros, como ver al Creador del universo hacerse él mismo criatura, uno de nosotros. Finalmente, considerando el misterio de la Encarnación de Dios, sentimos inflamarse nuestro deseo de alcanzar a Cristo en la gloria. Poniendo un sencillo pero eficaz ejemplo, santo Tomás observa: “Si el hermano de un rey estuviese lejos, ciertamente ansiaría poder vivir cerca de él. Y bien, Cristo es nuestro hermano: debemos por tanto desear su compañía, ser un solo corazón con él" (Opúsculos teológico-espirituales, Roma 1976, p. 64).
Presentando la oración del Padre Nuestro, santo Tomás muestra que esta es en sí perfecta, teniendo las cinco características que una oración bien hecha debería tener: abandono confiado y tranquilo; conveniencia de su contenido, porque – observa santo Tomás – “es muy difícil saber exactamente lo que es oportuno pedir o no, desde el momento en que tenemos dificultad frente a la selección de los deseos" (Ibid., p. 120); y después orden apropiado de las peticiones, fervor de caridad y sinceridad de la humildad.
Santo Tomás fue, como todos los santos, un gran devoto de la Virgen. La definió con un apelativo estupendo: Triclinium totius Trinitatis, triclinio, es decir, lugar donde la Trinidad encuentra su reposo, porque, con motivo de la Encarnación, en ninguna criatura, como en Ella, las tres divinas Personas inhabitan y encuentran delicia y alegría en vivir en su alma llena de Gracia. Por su intercesión podemos obtener toda ayuda.
Con una oración, que tradicionalmente se atribuye a santo Tomás y que, en todo caso, refleja los elementos de su profunda devoción mariana, también nosotros decimos: "Oh beatísima y dulcísima Virgen María, Madre de Dios..., yo confío a ti corazón misericordioso toda mi vida... Obtenme, o Dulcísima Señora mía, caridad verdadera, con la que pueda amar con todo el corazón a tu santísimo Hijo y a tí, después de él, sobre todas las cosas, y al prójimo en Dios y por Dios”.
[En español dijo]
Saludo a los grupos de lengua española, en particular a los miembros de la Asociación pública de Fieles "Hogar de la Madre", así como a los demás fieles provenientes de España, México y otros países latinoamericanos. Os invito a todos, a imitación de Santo Tomás de Aquino, a profundizar, mediante el estudio y la oración, en los grandes misterios de la fe.
Muchas gracias.
[Traducción del italiano por Inma Álvarez
©Libreria Editrice Vaticana]
Comunicado de la Presidencia de la CEV: Fortalecer el clima de convivencia y entendimiento
Preocupados por el fortalecimiento del clima de convivencia y entendimiento entre los venezolanos, y deseosos, como pastores de la Iglesia, de contribuir, desde nuestro ministerio propio, en el incremento de la paz y a la armonía entre todos, como exigencia humana y cristiana, les invitamos a reflexionar sobre las siguientes situaciones:
1.- Los alimentos y medicamentos descompuestos: Es un pecado que clama al cielo, y pone en evidencia el deterioro moral de de los organismos encargados. Solicitamos que se proceda a una averiguación profunda y diligente de lo ocurrido, se actúe con firmeza y transparencia, tanto en las denuncias como en las investigaciones, y se tomen las medidas necesarias para que hechos como éste no vuelvan a ocurrir.
2.- La libertad de expresión e información y el derecho a la denuncia son valores sociales imprescindibles para el equilibrio de los poderes, una mayor equidad comunicacional, el fomento de la pluralidad de ideas así como al respeto a la disidencia. Los que ejercen responsabilidades públicas deben evitar el uso del poder y de la promulgación de leyes como instrumentos de amedrentamiento y de castigo. Una democracia sin libertad, sin poderes autónomos y justos, se deteriora y abre paso al abuso y la impunidad.
3.- Los venezolanos estamos necesitados en estos momentos de un clima social y político que favorezca la serenidad espiritual, nos permita formarnos un juicio completo sobre la realidad y reflexionar sobre la importancia de nuestra participación libre y consciente en las elecciones del próximo 26 de septiembre. Le corresponde a las diversas instancias del Estado ofrecernos las condiciones mínimas de seguridad y convivencia para que podamos asomarnos al futuro con tranquilidad y esperanza
Que el Señor y la Virgen den a todos los venezolanos luz, sabiduría y fortaleza para superar los conflictos y construir juntos un solo país.
Caracas, 21 de Junio de 2010
Ubaldo Ramón Santana Sequera
Arzobispo de Maracaibo
Presidente de la CEV
Baltazar E. Porras Cardozo
Arzobispo de Mérida
1° Vicepresidente de la CEV
Roberto Lûckert León
Arzobispo de Coro
2° Vicepresidente de la CEV
Jesús González de Zárate
Obispo de Caracas
Secretario General de la CEV
REDACCIÓN DE "IGLESIA NIVARIENSE"
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38201. La Laguna. Tenerife.
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Boletín 391
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El Obispo ordenará presbíteros a Federico Armas Díaz y Gregorio Ramos Domínguez el próximo día 3 de julio, a las 11: 00 horas, en la parroquia de La Concepción, en La Laguna. Asimismo, en el mismo lugar y a la misma hora, el sábado diez de julio serán ordenados diáconos: Juan Francisco Lugo Carreño, de la parroquia de S. Juan en La Laguna; Honorio Campos Gutiérrez, de la parroquia de S. Pedro de Güímar y Carmelo González González, de la parroquia realejera de La Concepción.
La Parroquia de La Concepción con tal motivo, ha organizado distintos actos pastorales. Así, por ejemplo, el 30 de junio, a las 20:00 horas, tendrá lugar una mesa redonda con sacerdotes jóvenes bajo el título: “Presente y futuro del sacerdote”. Dicha mesa redonda estará coordinada por el periodista, Mayer Trujillo. Además, el día primero de julio a las 20, 30 habrá una Vigilia-Concierto titulada “gracias por ser sacerdote” con la participación de Alejandro Abrante y otros grupos de jóvenes. El día siguiente de 10 a 19 horas, en la capilla de plata habrá oración ante el Santísimo orando por las vocaciones.
El lunes comienza el primer curso de la Escuela de Verano del ISTIC. El mismo se desarrolla en colaboración con la Delegación de Catequesis y versará sobre la “iniciación cristiana y el catecumenado”. Por cierto, este sábado hay claustro del Instituto de Teología de las Islas Canarias.
Ya se ha comenzado a distribuir el programa de actos religiosos de la sesenta y siete edición de la Bajada de la Virgen de Las Nieves, editado por la Vicaría de la isla de La Palma. El mismo contiene una amplia reseña histórica sobre la imagen, el santuario y el origen de la Bajada. Además, incluye la carta pastoral del obispo, una misiva de los sacerdotes de servicio en la isla y, cómo no, los actos religiosos de esta Bajada. Del programa se han editado 20.000 ejemplares que, a través de los agentes de pastoral, se quiere hacer llegar a todos los hogares de la isla.
Por otro lado, La prestigiosa filóloga palmera Carmen Díaz Alayón pronunciará este jueves, día 24, desde el balcón de la Casa Monteverde de la Plaza de España el pregón anunciador de la Bajada de la Virgen 2010. El acto comenzará a las 19:00 horas.
El 31 de Julio de 2010, el cantautor Martín Valverte va a dar un concierto en el recinto principal de la Bajada de La Virgen, en Santa Cruz de La Palma. Durante la tarde, en el mismo recinto, se llevarán a cabo diferentes talleres lúdicos para jóvenes, entre ellos, un taller de multiaventura organizado por Ekalis. Esta iniciativa tiene un sugerente prólogo, porque la entrada tanto para el concierto como para los talleres, es una pulsera azul con el lema KDMS 31 julio y tiene un coste de 2 euros.
La película-documental “La última cima” se estrenará en Tenerife el próximo 25 de junio en los cines Yelmo Cineplex de La Orotava. La película aborda la vida del sacerdote Pablo Domínguez, un montañero que antes de perder la vida, coronó todas las cimas españolas con más de 2.000 metros, las de Los Alpes con más de 4.000 metros y otras mayores en América y Asia.
Bajo el lema: “Haciendo camino juntos”, Cáritas Diocesana ha previsto varios encuentros con el obispo de Mauritania, Martin Happe. El viernes 25 de junio, a las 19:30 horas estará en la parroquia de San Bartolomé Apóstol en Tejina, un día más tarde, a las 18:30 horas se reunirá con la parroquia de El Salvador, en Santa Cruz de La Palma y el lunes, 28 de junio, estará con la parroquia de Nuestra Señora de la Merced, en El Médano.
La formación continúa para el Clero de este final de curso, así como un cursillo para los seminaristas mayores, tuvo como tema central, la dimension afectivo-sexual en la vida de los sacerdotes. Las jornanas estuvieron guiadas por el jesuita José María Fernández Martos, profesor de la universidad de Comillas.
Juan Alejandro Sierra, realizó la profesión soleCisterciense este jueves, 24 de junio. En la celbraciónmne como Monje , además, de su comunidad y la familia, estuvo presente el Obispo y algunos sacerdotes de la diócesis. Fray Juan indicó que "el 24 de Junio, Solemnidad de la Natividad de San Juan Bautista, es una concentración de días en que celebro muchas cosas: cumpleaños, onomástica, Ordenación Sacerdotal; ahora añado la Profesión Solemne como Monje Cisterciense.
Radio ECCA ha organizado un retiro veraniego para dedicar un rato a la semana a la oración con una guía y con posibilidad de compartirlo con el que acompaña el retiro o con las demás personas que lo hacen. Las bases para la matrícula las pueden encontrar en radioecca.net.
Dos comunidades parroquiales celebran estos días su aniversario. Así, este jueves, la parroquia de S. Juan, en Chío, celebra la festividad de su santo patrón, su ochenta aniversario como parroquia, y el cincuenta de la dedicación de su actual templo parroquial. La Eucaristía será presidida por el Vicario General, Antonio Pérez. El Obispo les ha enviado una misiva en la que recuerda que la parroquia es cosa de todos y casa de todos.
Otro tanto ocurrirá a mediados de julio en la parroquia del Carmen en Llanito Perera, Icod. En este caso, se celebra el veinticinco aniversario.
Próximamente, estará disponible en los puntos de distribución habituales, un nuevo número de la revista Iglesia Nivariense. En esta ocasión el tema central de dicha publicación es la Bajada de la Virgen de las Nieves.
El Encuentro de Fin de Curso Arciprestal se celebrará este año 2010 en la Parroquia del Dulce Nombre de Jesús en La Guancha. Será el viernes, 25 de Junio de 19 a 21:00 horas.
Otro tanto ocurrirá en la isla de El Hierro. Será este domingo en la zona recreativa de El Morcillo: Allí el Obispo presidirá la Eucaristía a mediodía. Se trata de compartir la fe y la alegría de creer, y hacerlo en comunidad, reuniéndose todas las parroquias herreñas en torno a su pastor.
Carlos González Quintero será el próximo Rector del Santuario del Santísimo Cristo de La Laguna. El Obispo comunicó este nombramiento a los responsables de la Esclavitud del Cristo y a la comunidad franciscana.
La profesora, Nereida Fernández León, fue la encargada de impartir el Pregón Oficial de la XII edición de las Fiestas Lustrales de Vallehermoso, que durante más de un mes, será el centro de atención religioso, cultural y popular de La Gomera, en honor a la patronal local, Nuestra Señora la Virgen del Carmen.
El Instituto Superior de Teología de las Islas Canarias clausurará el curso académico del Aula Teológica “Padre Torres Padilla” el sábado, 26 de junio a las 19:00 horas. Para ello, se celebrará la Eucaristía en el templo de La Asunción y, posteriormente, tendrá lugar la conferencia: "De la pasarela a la báscula: el mundo de la moda y la publicidad como patrón de imagen y comportamiento” a cargo de Juan Jesús Rodríguez García, Lcdo. en Geografía e Historia, profesor de ERE y delegado episcopal de Familia y Vida.
Popular María Visión de Canarias emite, este fin de semana, el reportaje “Gomerita de Puntallana”. Centrado en la devoción a la patrona gomera y en las obras de su santuario.
Un hombre de 37 años ha sido detenido como presunto autor de dos robos cometidos en la Basílica de Candelaria, y la Guardia Civil considera que podría ser el autor de otros dos robos que se produjeron en la Casa Parroquial de ese municipio, informó el instituto armado.
DOMINGO 13 DEL TIEMPO ORDINARIO / C
27 de junio de 2010
La paz, la caridad y la fe, de parte de Dios Padre, y de Jesucristo, el Señor, estén con todos vosotros.
Hermanos y hermanas. Seguro que, la mayoría de quienes nos encontramos aquí, hemos dejado listas unas cuantas cosas antes de salir de casa, o hemos dejado algunas por hacer, dispuestos a dedicar un buen rato a alimentarnos con la palabra que Dios nos dirigirá y con el pan consagrado que partiremos. Es Cristo mismo quien nos convoca cada domingo a los cristianos de todo el mundo.
Pero Cristo no sólo nos llama a celebrar la Eucaristía, o a acudir a las demás celebraciones de la Iglesia. Sobre todo nos llama a seguirle; a amarnos los unos a los otros.Y esta exigencia, al vivirla con total radicalidad, nos puede conducir por caminos que ni habíamos imaginado. Pensemos en la vida de los apóstoles Pedro y Pablo, que son un buen ejemplo de ello.
A. penitencial: Porque somos débiles, nuestro corazón no hace caso de la Palabra de Dios, ni nos atrevemos a amar como Jesús nos pide. Por eso, al inicio de esta celebración, pedimos perdón por nuestros pecados.
Tú, que eres el camino que conduce al Padre: SEÑOR,TEN PIEDAD.
Tú, que eres la verdad que ilumina los pueblos: CRISTO, TEN PIEDAD.
Tú, que eres la vida que renueva el mundo: SEÑOR, TEN PIEDAD.
1. lectura (1Reyes19,16b.79-21): Escuchemos el relato de la llamada del profeta Eliseo, cuando Elías le echa encima su manto de profeta. Démonos cuenta de que, con naturalidad, Eliseo lo deja todo, se despide de su casa, y se va con Elías. Como dice el salmo 15, que cantaremos, el Señor es su bien; por eso se pone en manos de Dios, el sendero que conduce a la vida.
2. lectura (Gálatas 5,7.73-18): a través de las palabras que escribe a los gálatas, nos recuerda que estamos llamados a ser libres. Y qué la respuesta a esta llamada es amarnos los unos a los otros. Escuchémosle con atención.
Oración universal: Unidos a todos aquellos que, en todo el mundo, comparten nuestra fe, oremos al Padre por Jesucristo, en el Espíritu. Unámonos a cada petición, diciendo: ESCÚCHANOS, SEÑOR.
Por el papa Benedicto, sucesor del apóstol Pedro: que Dios le bendiga con su bondad, OREMOS AL SEÑOR.
Por todos los países del niundo: que Dios inspire a sus habitantes para que haOan progresar la justicia y la libertad, OREMOS AL SEÑOR.
Por quienes sufren discriminación, violencia o injusticia: que encuentren en Dios su fortaleza, OREMOS AL SEÑOR.
Por todos nosotros: que seamos fieles al servicio de Dios, OREMOS AL SEÑOR.
Oh Dios, tú conoces todo cuanto necesitamos. Escucha nuestras oraciones y acoge los deseos de quienes creen en ti. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Padrenuestro: Por Jesucristo somos hijos de la luz y sólo Dios es nuestro bien. Por eso, agradecidos y llenos de confianza, nos atrevemos a decir:
Despedida: El próximo martes celebramos la solemnidad de los apóstoles Pedro y Pablo. Al escuchar la llamada de Cristo, ambos dejaron todo cuanto tenían y, con dificultades, siguieron al Señor, hasta dar sus vidas. Como ellos, también nosotros estamos llamados a dejar atrás todas las anclas que nos impiden amar plenamente a quienes nos rodean. Hermanos y hermanas, podéis ir en paz.
CPL
ZENIT publica el discurso pronunciado el sábado, 5 de Junio de 2010, por Benedicto XVI en el jardín del Palacio presidencial de Nicosia frente a las Autoridades civiles y al Cuerpo diplomático de Chipre.
Señor Presidente,
Excelencias,
Señoras y Señores,
Estoy agradecido, como parte de mi viaje apostólico a Chipre, de tener esta oportunidad de reunirme con las autoridades políticas y civiles de la República, así como con los miembros de la comunidad diplomática. Doy las gracias al Presidente Christofias por las amables palabras de saludo que expresó en vuestro nombre, y yo correspondo de buen grado con mis propios respetuosos buenos deseos para vuestra importante labor, recordando en particular la feliz ocasión del 50 aniversario de la Constitución de la República.
Acabo de depositar una ofrenda floral en el monumento en memoria del difunto arzobispo Makarios, primer Presidente de la República de Chipre. Como él, cada uno de vosotros en vuestra vida de servicio público debéis estar comprometidos en servir al bien de los demás en la sociedad, ya sea a nivel local, nacional o internacional. Esta es una noble vocación que la Iglesia estima. Cuando se lleva a cabo fielmente, el servicio público nos permite crecer en sabiduría, integridad y realización personal. Platón, Aristóteles y los estoicos daba mucha importancia a dicho cumplimiento – eudemonia – como objetivo para todo ser humano, y vieron en el carácter moral la forma de alcanzar ese objetivo. Para ellos, y para los grandes filósofos islámicos y cristianos que siguieron sus pasos, la práctica de la virtud consiste en actuar de conformidad con la recta razón, en la búsqueda de todo lo que es verdadero, bueno y hermoso.
Desde una perspectiva religiosa, somos miembros de una misma familia humana creada por Dios y estamos llamados a promover la unidad y a construir un mundo más justo y fraterno basado en valores perdurables. En la medida en que cumplimos con nuestro deber, servimos a los demás y nos adherimos a lo que es correcto, nuestras mentes se vuelven más abiertas a las verdades más profundas y nuestra libertad crece fuerte en la fidelidad a lo que es bueno. Mi predecesor, el Papa Juan Pablo II escribió una vez que la obligación moral no debe ser vista como una ley que se impone desde fuera y exigiendo la obediencia, sino más bien como una expresión de la sabiduría de Dios a la que la libertad humana se somete fácilmente (cf. Veritatis splendor, 41) . Como seres humanos encontramos nuestra realización última en referencia a esa Realidad Absoluta cuyo reflejo es se encuentra tan frecuentemente en nuestra conciencia como una apremiante invitación a servir a la verdad, la justicia y el amor.
A nivel personal, como servidores públicos, vosotros conocéis la importancia de la verdad, la integridad y el respeto en vuestras relaciones con los demás. Las relaciones personales son a menudo los primeros pasos hacia la construcción de la confianza y – a su debido tiempo – de sólidos lazos de amistad entre individuos, pueblos y naciones. Esta es una parte esencial de vuestra función, tanto como políticos que como diplomáticos. En los países con delicadas situaciones políticas, estas relaciones personales honradas y abiertas puede ser el comienzo de un bien mucho mayor para sociedades y pueblos enteros. Permitidme que os anime a todos vosotros, presentes aquí hoy, para que aprovecheis las oportunidades que se os ofrezcan, tanto personal como institucionalmente, para construir estas relaciones y, al hacerlo, para promover el mayor bien del acuerdo entre las naciones y del verdadero bien de aquellos a quienes representáis.
Los antiguos filósofos griegos también nos enseñan que el bien común se sirve precisamente por la influencia de personas dotadas de una clara visión moral y coraje. De esta manera, las políticas se purifican de los intereses egoístas o presiones partidistas y se colocan sobre una base más sólida. Por otra parte, las aspiraciones legítimas de aquellos a los que representamos se protegen y fomentan. La rectitud moral y el respeto imparcial a los demás y a su bienestar son esenciales para el bien de toda sociedad, ya que establecen un clima de confianza en la que todas las interacciones humanas, sean religiosas o económicas, sociales y culturales, o civiles y políticas, adquieren fuerza y sustancia. Pero ¿qué significa en términos prácticos respetar y promover la verdad moral en el mundo de la política y la diplomacia, en los planos nacional e internacional? ¿Cómo puede la búsqueda de la verdad lograr una mayor armonía en las regiones atribuladas de la Tierra? Yo sugeriría que se puede hacer de tres maneras.
En primer lugar, la promoción de la verdad moral significa actuar con responsabilidad sobre la base del conocimiento de los hechos. Como diplomáticos, sabéis por experiencia que ese conocimiento os ayuda a identificar las injusticias y agravios, a fin de examinar desapasionadamente las preocupaciones de todos los involucrados en un conflicto determinado. Cuando los partidos se elevan encima de su propia visión particular de los acontecimientos, adquieren una visión objetiva y completa. Aquellos que son llamados a resolver estas disputas son capaces de tomar decisiones justas y promover la reconciliación genuina cuando captan y reconocen la plena verdad de una cuestión específica.
Una segunda manera de promover la verdad moral consiste en la deconstrucción de las ideologías políticas que quieren suplantar a la verdad. Las trágicas experiencias del siglo XX han puesto al descubierto la falta de humanidad que se deriva de la supresión de la verdad y la dignidad humana. En nuestros días, estamos siendo testigos de los intentos de promover supuestos valores con el pretexto de la paz, del desarrollo y de los derechos humanos. En este sentido, hablando ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, llamé la atención sobre los intentos de algunos sectores de reinterpretar la Declaración Universal de los Derechos Humanos para dar satisfacción a intereses particulares que podrían comprometer la unidad interna de la Declaración y alejarla de su propósito original (véase Discurso a la Asamblea General de Naciones Unidas, 18 de abril de 2008).
En tercer lugar, la promoción de la verdad moral en la vida pública exige un esfuerzo constante en basar el derecho positivo en los principios éticos de la ley natural. El recurso a esta última fue una vez considerado evidente, pero la marea del positivismo en la teoría jurídica contemporánea requiere la actualización de este axioma importante. Los individuos, las comunidades y los Estados, sin la guía de verdades objetivamente morales, se convertirían en egoístas y sin escrúpulos y el mundo sería un lugar más peligroso para vivir. Por otra parte, respetando los derechos las personas y pueblos, se protege y promueve la dignidad humana. Cuando las políticas que apoyamos se promulgan en armonía con la ley natural propia de nuestra humanidad común, a continuación, nuestras acciones se vuelven más sólidas y conducen a un ambiente de comprensión, justicia y paz.
Señor Presidente, distinguidos amigos, con estas consideraciones reafirmo mi estima y la de la Iglesia por vuestro importante servicio a la sociedad ya la construcción de un futuro seguro para nuestro mundo. Invoco sobre todos vosotros las bendiciones divinas de sabiduría, fuerza y perseverancia en el cumplimiento de vuestras funciones. Gracias.
[Traducción del original en inglés por Inma Álvarez
© Copyright 2010 - Libreria Editrice Vaticana]
ZENIT publica el discurso pronunciado el sábado, 5 de Junio de 2010, por Benedicto XVI, durante el encuentro con la comunidad católica de Chipre en la Escuela Primaria St. Maron de Nicosia.
Queridos hermanos y hermanas en Cristo,
[En griego]
Me da gran alegría estar con vosotros, los representantes de la comunidad católica de Chipre.
[En inglés]
Agradezco al arzobispo Soueif por sus amables palabras de bienvenida en vuestro nombre y agradezco de forma especial a los niños por su bonita representación. También saludo a Su Beatitud el Patriarca Fouad Twal, y saludo el grande y paciente trabajo de la Custodia Franciscana de Tierra Santa en la persona del padre Pizzaballa, hoy aquí con nosotros.
En esta ocasión histórica de la primera visita del Obispo de Roma a Chipre, vengo a confirmaros en vuestra fe en Jesús Cristo y a animaros a seguir siendo un solo corazón y una sola alma en fidelidad a la tradición apostólica (cf. Hch 4, 32). Como Sucesor de Pedro, estoy entre vosotros hoy para ofreceros el testimonio de mi apoyo, mi afectuosas oraciones y mi aliento.
Acabamos de escuchar en el Evangelio de Juan cómo algunos griegos, que habían sabido de las grandes obras que Jesús hacía, se acercaron al apóstol Felipe y le dijeron: "Queremos ver a Jesús" (cf. Jn 12,21). Estas frases nos tocan a todos nosotros profundamente. Al igual que los hombres y mujeres en el Evangelio, queremos ver a Jesús, conocerle, amarle y servirle, con "un solo corazón y alma".
Por otra parte, como la voz del cielo en el Evangelio de hoy declaró a la gloria del nombre de Dios, la Iglesia proclama su nombre no sólo por su propio bien, sino por el bien de la humanidad en su conjunto (cf. Jn 12,30). También vosotros, los seguidores de Cristo de hoy, estáis llamados a vivir vuestra fe en el mundo añadiendo vuestras voces y acciones para la promoción de los valores del Evangelio transmitidos a vosotros por generaciones de cristianos chipriotas. Estos valores, profundamente arraigados en vuestra propia cultura, así como en el patrimonio de la Iglesia universal, debe continuar inspirando vuestros esfuerzos para promover la paz, la justicia y el respeto de la vida humana y la dignidad de vuestros conciudadanos. De esta manera, vuestra fidelidad al Evangelio sin duda beneficiará a toda la sociedad chipriota.
Queridos hermanos y hermanas, teniendo en cuenta vuestras circunstancias únicas, también me gustaría llamar vuestra atención sobre una parte esencial de la vida y misión de nuestra Iglesia, a saber, la búsqueda de una mayor unidad en la caridad con los demás cristianos y el diálogo con quienes no son cristianos. Especialmente desde el Concilio Vaticano II, la Iglesia se ha comprometido a avanzar por el camino de un mejor entendimiento con nuestros hermanos cristianos con el fin de unir cada vez más fuertemente en el amor y la amistad a todos los bautizados. Teniendo en cuenta vuestras circunstancias, sois capaces de realizar vuestra contribución personal al objetivo de una mayor unidad entre los cristianos en vuestra vida cotidiana. Permitidme animaros a hacerlo, confiando en que el Espíritu del Señor, que oró para que sus discípulos fuesen uno (cf. Jn 17,21), os acompañará en esta importante tarea.
En cuanto al diálogo interreligioso, todavía queda mucho por hacer en todo el mundo. Esta es otra área donde los católicos en Chipre a menudo viven en circunstancias que se les brindan oportunidades para una acción correcta y prudente. Sólo a través del trabajo paciente puede construirse la confianza mutua, superarse el peso de la historia, y las diferencias políticas y culturales entre los pueblos sean un motivo para trabajar en una mayor comprensión. Os insto a que ayudéis a crear esa confianza mutua entre cristianos y no cristianos como base para la consolidación de la paz duradera y la armonía entre los pueblos de diferentes religiones, regiones políticas y bagajes culturales.
Queridos amigos, os invito a mirar a la profunda comunión que ya compartís entre vosotros y con la Iglesia católica en todo el mundo. Con respecto a las necesidades inmediatas de la Iglesia, os animo a orar y a promover las vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa. En este Año Sacerdotal que llega a su fin, la Iglesia ha adquirido una renovada conciencia de la necesidad de buenos sacerdotes, santos y bien formados. Ella necesita hombres y mujeres religiosos totalmente comprometidos con Cristo y con la difusión del reino de Dios en la tierra. Nuestro Señor prometió que quienes den la vida a imitación suya les llevará a la vida eterna (cf. Jn 12,25). Pido a los padres que reflexionen sobre esta promesa y que alienten a sus hijos a responder generosamente a la llamada del Señor. Insto a los pastores a que asistan a los jóvenes, a sus necesidades y aspiraciones, y que les formen en la plenitud de la fe.
Aquí, en esta escuela católica, también quisiera dirigir una palabra a quienes trabajan en las escuelas católicas de la isla, especialmente a los profesores. Su trabajo es parte de una larga tradición y estima de la Iglesia católica en Chipre. Seguid sirviendo pacientemente al bien de toda la comunidad mediante la consecución de la excelencia educativa. Que el Señor os bendiga abundantemente en la sagrada tarea que es la formación del don más precioso de Dios Todopoderoso a nosotros - nuestros niños.
Os dirijo ahora a una palabra especial a vosotros, mis queridos jóvenes católicos de Chipre.
[En griego]
¡Sed fuertes en la fe, alegres en el servicio de Dios y generosos con vuestro tiempo y talento! Ayudad a construir un futuro mejor para la Iglesia y para vuestro país poniendo del bien de los demás antes que el vuestro propio.
[En inglés]
Queridos católicos de Chipre, fomentad vuestra propia armonía, en comunión con la Iglesia universal y con el Sucesor de Pedro, y construir lazos fraternales con los demás en la fe, esperanza y amor. De manera especial, deseo consignar este mensaje a los presentes que vienen de Kormákiti, Asómatos, Karpásha y Aída Marina. Conozco vuestros deseos y sufrimientos, y por ello os pido que llevéis mi bendición, mi cercanía y mi afecto a todos los que vienen de vuestros pueblos. Nosotros, los cristianos somos un pueblo de esperanza. Por mi parte, espero fervientemente y rezo para que, con el compromiso y la buena voluntad de los interesados, se asegure rápidamente una vida mejor para todos los habitantes de la isla.
Con estas breves palabras, os confío a todos a la protección de la Beata Virgen María y a la intercesión de los santos Pablo y Bernabé.
[En griego]
¡Que Dios os bendiga a todos!
[Traducción del original en inglés por Inma Álvarez
© Copyright 2010 - Libreria Editrice Vaticana]
ZENIT publica el discurso pronunciado el sábado 5 de Junio de 2010 por Benedicto XVI dentro de la catedral ortodoxa de san Juan, en Nicosia, tras la visita de cortesía a Su Beatitud Crisóstomo II, arzobispo de Nueva Justiniana y de todo Chipre.
Su Beatitud,
[En griego]
Le saludo con afecto fraterno en el Señor resucitado y le doy las gracias por su atenta bienvenida.
[En inglés]
Recuerdo con gratitud su visita a Roma hace tres años, y me llena de alegría que hoy nos encontremos otra vez en su querida tierra natal. A través de usted, saludo al Santo Sínodo, y a todos los sacerdotes, diáconos, monjes, monjas y fieles laicos de la Iglesia de Chipre.
Ante todo, deseo expresar mi gratitud por la hospitalidad que la Iglesia de Chipre tan generosamente ofreció a la Comisión Mixta Internacional para el Diálogo Teológico con motivo de su reunión el año pasado en Paphos. Estoy igualmente agradecido por el apoyo que la Iglesia de Chipre, a través de la claridad y la apertura de sus aportaciones, siempre ha dado a la labor del diálogo. Que el Espíritu Santo guíe y confirme esta gran empresa eclesial, que tiene por objeto restablecer la comunión plena y visible entre las Iglesias de Oriente y Occidente, una comunión que debe vivirse en la fidelidad al Evangelio ya la tradición apostólica, en la estima por las tradiciones legítimas de Oriente y Occidente, y la apertura a la diversidad de dones por los que el Espíritu edifica a la Iglesia en la unidad, la santidad y la paz.
Este espíritu de fraternidad y comunión también se expresa en la generosa contribución que Su Beatitud envió en nombre de la Iglesia de Chipre a los que sufren desde el año pasado por el terremoto en l'Aquila, cerca de Roma, cuyas necesidades llevo en mi corazón. Con ese mismo espíritu, ahora me uno a usted en la oración para que todos los habitantes de Chipre, con la ayuda de Dios, encuentren la sabiduría y la fuerza necesaria para trabajar juntos por una solución justa de las cuestiones que quedan por resolver, para procurar la paz y la reconciliación, y construir para las generaciones futuras una sociedad que se distinga por el respeto de los derechos de todos, incluidos los derechos inalienables a la libertad de conciencia y la libertad de culto.
Chipre se considera tradicionalmente parte de Tierra Santa, y la situación de conflicto permanente en Oriente Medio debe ser un motivo de preocupación para todos los seguidores de Cristo. Nadie puede permanecer indiferente ante la necesidad de apoyar en todo lo posible a los cristianos de esa región en conflicto, de modo que sus antiguas iglesias puedan vivir en paz y prosperar. Las comunidades cristianas de Chipre pueden encontrar un área más fructífera para la cooperación ecuménica en la oración y en trabajar juntos por la paz, la reconciliación y la estabilidad en las tierras bendecidas por la presencia terrenal del Príncipe de la Paz.
Con estos sentimientos, Su Beatitud, le agradezco una vez más por su fraternal acogida y le aseguro mis oraciones por usted y por todo el clero y los fieles de la Iglesia de Chipre.
[En griego]
¡Que la alegría de Cristo Resucitado esté siempre con vosotros!
[Traducción del original en inglés por Inma Álvarez
© Copyright 2010 - Libreria Editrice Vaticana]
ZENIT publica la homilía que pronunció Benedicto XVI al celebrar en la tarde del sábado, 5 de Junio de 2010, la santa misa con los sacerdotes, religiosos, diáconos, catequistas y movimientos eclesiales de Chipre en la iglesia de la Santa Cruz de Nicosia.
Queridos hermanos y hermanas en Cristo:
El Hijo del Hombre debe ser elevado, para que todo aquel que crea en él tenga vida eterna (cf. Jn 3,14-15). En esta Misa votiva adoramos y alabamos a nuestro Señor Jesucristo, porque con su Santa Cruz redimió al mundo. A través de su muerte y resurrección ha abierto las puertas del cielo y ha preparado un lugar para nosotros, para que nosotros, sus seguidores, podamos obtener una participación en su gloria.
En la alegría de la victoria salvadora de Cristo, os saludo a todos los que estáis aquí en la Iglesia de la Santa Cruz y os agradezco por vuestra presencia. Estoy muy agradecido por la calidez de la acogida que me habéis dado. Estoy especialmente agradecido a Su Beatitud el Patriarca Latino de Jerusalén por sus palabras de bienvenida en el comienzo de la misa, y por la presencia del Padre Custodio de Tierra Santa. Aquí, en Chipre, una tierra que fue el primer puerto de escala en los viajes misioneros de san Pablo a través del Mediterráneo, vengo entre vosotros hoy, siguiendo los pasos del gran Apóstol, para fortaleceros en vuestra fe cristiana y para predicar el Evangelio que ofrece la vida y la esperanza al mundo.
La atención de nuestra celebración hoy es la Cruz de Cristo. Muchos podrían estar tentados de preguntar por qué nosotros los cristianos celebramos un instrumento de tortura, un signo de sufrimiento, de derrota y de fracaso. Es cierto que la Cruz expresa todas estas cosas. Y, sin embargo, a causa del que fue levantado en la Cruz por nuestra salvación, también representa el triunfo definitivo del amor de Dios sobre todo el mal en el mundo.
Existe una antigua tradición de que la madera de la Cruz fue tomada de un árbol plantado por el hijo de Adán, Set, sobre el lugar donde fue enterrado Adán. En ese mismo lugar, conocido como el Gólgota, el lugar de la calavera, Set plantó una semilla del árbol del conocimiento del bien y del mal, el árbol que estaba en medio del Jardín del Edén. A través de la providencia de Dios, la obra del Maligno, se deshace volviendo sus propias armas contra él.
Seducido por la serpiente, Adán había abandonado su confianza filial en Dios y pecó comiendo del fruto del árbol del jardín que estaba prohibido para él. Como consecuencia de ese pecado, el sufrimiento y la muerte vinieron al mundo. Los trágicos efectos del pecado, el sufrimiento y la muerte eran demasiado evidentes en la historia de los descendientes de Adán. Vemos esto en nuestra primera lectura de hoy, con sus ecos de la Caída y su prefiguración de la redención de Cristo.
Como castigo por su pecado, los israelitas, languideciendo en el desierto, fueron mordidos por serpientes y sólo podrían ser salvados de la muerte dirigiendo la mirada al emblema que Moisés levantó, prefigurando la Cruz que pondría fin al pecado y la muerte de una vez por todas. Vemos claramente que el hombre no puede salvarse de las consecuencias de su pecado. Él no puede salvarse de la muerte. Sólo Dios puede liberarlo de su esclavitud moral y física. Y porque amaba tanto al mundo, envió a su Hijo unigénito, no para condenar al mundo - como la justicia parecía exigir - sino para que a través de él el mundo se salve. El Hijo unigénito de Dios tenía que ser levantado como Moisés levantó la serpiente en el desierto, para que todos los que le miraran con fe tuviesen vida.
La madera de la Cruz se convirtió en el vehículo para nuestra redención, así como el árbol del que estaba formado había ocasionado la caída de nuestros primeros padres. El sufrimiento y la muerte, que habían sido una consecuencia del pecado, se convirtieron en el mismo medio por el cual el pecado fue vencido. El inocente Cordero fue inmolado en el altar de la cruz, y sin embargo, de la inmolación de la víctima surgió adelante una nueva vida: el poder del mal fue destruido por el poder del amor que se sacrifica a sí mismo.
La Cruz, por tanto, es algo mucho más grande y más misterioso de lo que parece a primera vista. De hecho, es un instrumento de tortura, de sufrimiento y de derrota, pero al mismo tiempo expresa la transformación completa, la reversión definitiva de estos males: esto es lo que la convierte en el símbolo más elocuente de la esperanza que el mundo haya visto jamás. Ésta habla a todos los que sufren - los oprimidos, los enfermos, los pobres, los marginados, las víctimas de la violencia - y les ofrece la esperanza de que Dios puede transformar su sufrimiento en alegría, su aislamiento en comunión, su muerte en vida. Ofrece esperanza ilimitada a nuestro mundo caído.
Por eso, el mundo necesita la Cruz. La cruz no es sólo un símbolo privado de devoción, no es sólo un símbolo de pertenencia a un determinado grupo dentro de la sociedad, y, en su sentido más profundo, no tiene nada que ver con la imposición de un credo o una filosofía por la fuerza. Ella habla de la esperanza, habla de amor, habla de la victoria de la no violencia sobre la opresión, habla de que Dios eleva a los humildes, da fuerza a los débiles, vence la división, y supera el odio con el amor. Un mundo sin la Cruz sería un mundo sin esperanza, un mundo en el que la tortura y la brutalidad estarían fuera de control, donde el débil sería explotado y la codicia tendria la última palabra. La inhumanidad del hombre hacia el hombre se manifiestaría en formas cada vez más espantosas, y no habría fin al círculo vicioso de la violencia. Sólo la Cruz pone fin a la misma. Si bien ningún poder terrenal puede salvarnos de las consecuencias de nuestros pecados, y ningún poder terrenal puede derrotar a la injusticia en su origen, sin embargo, la intervención salvadora del Dios del amor ha transformado la realidad del pecado y la muerte en su contrario. Eso es lo que celebramos cuando nos gloriamos en la cruz de nuestro Redentor. Con razón san Andrés de Creta describía la Cruz como "lo más noble, más precioso que cualquier cosa en la tierra [...] pues en ella, a través de ella y por ella, todas las riquezas de nuestra salvación fueron guardadas y restauradas para nosotros" (Oratio X; PG 97, 1018-1019).
Queridos hermanos sacerdotes, queridos religiosos, queridos catequistas, se nos ha confiado el mensaje de la cruz para que podamos ofrecer esperanza al mundo. Cuando proclamamos a Cristo crucificado, no nos anunciamos a nosotros mismos, sino a Él. No ofrecemos nuestra propia sabiduría al mundo, no proclamamos ninguno de nuestros méritos, sino que actuamos como instrumentos de su sabiduría, de su amor y de méritos redentores. Sabemos que somos simplemente vasijas de barro y, sin embargo, hemos sido sorprendentemente elegidos para ser mensajeros de la verdad redentora que el mundo necesita escuchar. Jamás nos cansemos de admirarnos ante la gracia extraordinaria que se nos ha dado, nunca dejemos de reconocer nuestra indignidad, pero, al mismo tiempo, esforcémonos siempre para ser menos indignos de nuestra noble llamada, de manera que no pongamos en entredicho la credibilidad de nuestro testimonio con nuestros errores y caídas.
En este Año Sacerdotal, permitidme que me dirija de modo especial a los presbíteros aquí presentes, y a quienes se preparan para la ordenación. Meditad las palabras que el Obispo dirige al ordenando cuando le hace entrega del cáliz y la patena: "Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras, y conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor". A la vez que proclamamos la cruz de Cristo, esforcémonos siempre por imitar el amor gratuito de quien se ofreció a sí mismo por nosotros en el altar de la cruz, de quien es al mismo tiempo sacerdote y víctima, de aquel en cuyo nombre hablamos y actuamos cuando ejercemos el ministerio que hemos recibido. Mientras pensamos en nuestras faltas, tanto individual como comunitariamente, reconozcamos humildemente que hemos merecido el castigo que Él, Cordero inocente, ha sufrido por nosotros. Y si, en consonancia con cuanto nos merecemos, participamos en el sufrimiento de Cristo, alegrémonos porque tendremos una felicidad mucho más grande cuando se revele su gloria.
En mi pensamiento y oración, me acuerdo particularmente de muchos sacerdotes y religiosos de Oriente Medio que están sintiendo en estos momentos una llamada especial a configurar su vida con el misterio de la cruz del Señor. Donde los cristianos son minoría, donde sufren dificultades por tensiones religiosas y étnicas, muchas familias toman la decisión de huir, y también los pastores tienen la tentación de hacer lo mismo. En situaciones de este tipo, sin embargo, un sacerdote, una comunidad religiosa, una parroquia que se mantiene firme y continúa dando testimonio de Cristo es un signo extraordinario de esperanza, no sólo para los cristianos sino también para todos los que viven en la región. Su presencia es ya de por sí una manifestación elocuente del Evangelio de la paz, de la voluntad del Buen Pastor de cuidar de todas las ovejas, del inquebrantable compromiso de la Iglesia en favor del diálogo, la reconciliación y la aceptación amorosa del prójimo. Abrazando la cruz que se les presenta, los sacerdotes y religiosos de Oriente Medio pueden irradiar realmente la esperanza que está en el centro del misterio que celebramos en la liturgia de hoy.
Que nos consuelen las palabras de la segunda lectura de hoy, que expresan magníficamente el triunfo reservado a Cristo después de su muerte en cruz, triunfo que estamos invitados a compartir: "Por eso Dios lo levantó sobre todo, y le concedió el 'Nombre-sobre-todo- nombre'; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble, en el cielo, en la tierra, en el abismo" (Flp 2,9-10).
[En griego]
Sí, queridos hermanos y hermanas en Cristo, lejos de nosotros gloriarnos si no es en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo (cf. Gal 6,14). Él es nuestra vida, nuestra salvación y nuestra resurrección; a través de él somos salvados y liberados.
[Traducción del original en inglés por Inma Álvarez
© Copyright 2010 - Libreria Editrice Vaticana]
Homilía de monseñor Mons. Luis T. Stöckler, obispo de Quilmes, en la fiesta de la Santísima Trinidad (30 de mayo de 2010). (AICA)
AMOR TRINITARIO
Más que nunca, en esta fiesta de la Santísima Trinidad, nuestra predicación debe partir de lo que Dios nos ha comunicado de sí mismo. Es la palabra de Cristo la que nos revela el misterio del Dios único, que es Padre e Hijo y Espíritu Santo. Este misterio central de nuestra fe nos identifica y da a nuestra vida una profundidad que no encontramos en otras religiones y filosofías. Que Dios sea una unión de tres personas que se aman, y que la creación sea un reflejo de este Dios, da al hombre la oportunidad de descubrir en todo una declaración de este amor. Desde la revelación del misterio trinitario comprendemos, sobre todo, el misterio del hombre al que Dios creó según su propia imagen y semejanza, como varón y mujer, con el mandato de ser fecundos y llenar la tierra.
El amor trinitario es la impronta de toda convivencia social. “El existir con otros y vivir juntos”, decíamos los obispos en el documento ‘Navega mar adentro’, “no es el fruto de una desgracia a la que haya que resignarse, ni un hecho accidental que se deba soportar; ni siquiera se trata de una mera estrategia para poder sobrevivir. Toda la vida en sociedad tiene para las personas un fundamento más hondo: Dios mismo. La Santísima Trinidad es fuente, modelo y fin de toda forma de comunión humana. A partir de la comunión trinitaria hemos de recrear los vínculos de toda comunidad” (NMA 65), comenzando por la familia, donde en el afecto de nuestros padres, hermanos y hermanas hacemos la primera experiencia de este Dios que es amor; siguiendo en los ámbitos vecinal, provincial, nacional e internacional. En el diálogo y en el intercambio libre de dones, animados por el amor, se construye el ‘nosotros’ de la comunión solidaria.
La Iglesia ha de ser protagonista de esta misión. El gran desafío consiste en hacerse ella misma “casa y escuela de comunión”, al decir del inolvidable Juan Pablo II. “Esto significa, en concreto, recrear los espacios habituales para hacerlos atrayentes y aglutinantes: familias, comunidades parroquiales, instituciones educativas, comunidades de consagrados y consagradas, asociaciones, pequeñas comunidades y movimientos. El punto de partida es una actitud del corazón que es capaz de sentir al hermano en la fe en la unidad profunda del Cuerpo místico como alguien que le pertenece. Una auténtica espiritualidad de comunión nace de la Eucaristía. No es casual que el término comunión se haya convertido en uno de los nombres específicos de este sublime sacramento” (cf. NMA 83- 85).
En la celebración de Corpus Christi, el próximo sábado, tendremos la oportunidad de reafirmarlo, cuando nos reunamos como diócesis para manifestar públicamente nuestra comunión con “Jesús Eucaristía, Pan de Vida y Salvación para su Pueblo”. Asimismo reafirmamos nuestra comunión también, cuando respondamos a la invitación, dentro de quince días, de contribuir generosamente a la colecta de Cáritas para que “construyamos juntos una Patria sin excluidos”. Cada día pidamos a Dios que nos haga crecer en la comunión, cuando nos persignamos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Mons. Luis T. Stöckler,obispo de
Discurso de apertura de la Consulta Regional de las Conferencias Episcopales de las Américas sobre la Emigración, pronunciado por el hoy Presidente del Pontificio Consejo para los Migrantes, el Arzobispo Antonio María Veglió,que se realiza en Washington (Estados Unidos), del 2 al 4 de junio de 2010, sobre el tema: “Renewing Hope, Seeking Justice".
Consulta Regional de Conferencias Episcopales sobre Emigración
(Washington DC, 2 - 4 Junio, 2010)
Pero, ¿qué puedo hacer por usted?
S.E. Mons. Antonio Maria Vegliò
Presidente del Pontificio Consejo
para la Pastoral de los Emigrantes e Itinerantes
Agradezco la oportunidad de poder hablar durante esta Conferencia. Será con un acento diferente, italiano y, más probablemente, con una entonación vaticana. Sin embargo, los EE.UU. están habituados a escuchar diferentes acentos. Forma parte de sus características en cuanto fusión de culturas.
Acompañar a las personas que se vieron obligadas a desplazarse y que ahora están lejos de casa es una tarea muy exigente. Exige permanecer sensibles y atentos a su situación. Muchos sacerdotes, religiosos y laicos están dedicados a este desafiante apostolado. Desearía agradecer su trabajo y expresar mi gratitud por su compromiso, dedicación y profesionalidad.
1. Introducción: Todo el mundo tiene un rostro
La migración existe desde siempre. Las causas son diferentes y pueden ser socio-económicas, los conflictos o la persecución y violación de los derechos humanos. Se traduce en una migración voluntaria o forzada. Migrantes y refugiados. Además, nos encontramos con el desplazamiento provocado por el clima y con la gente que sufre la trata. El resultado es que las personas abandonan sus hogares, y terminan en otro lugar. Puede ser en su propio país o en el extranjero. Esto también les conduce a sufrimientos personales.
Esto ya fue descrito en 1939 por Erich Maria Remarque. Escribió sobre el destino de los refugiados procedentes de Alemania, que no eran bienvenidos en los países vecinos. Kern, el protagonista de un libro,1 es arrestado y termina en un tribunal suizo.
«A la mañana siguiente Kern fue llevado ante el Tribunal de Distrito. El juez era un hombre robusto de mediana edad con cara redonda y roja. Fue humano, pero no podía ayudar a Kern. La ley era clara [...]. "Es mi deber condenarle. La pena mínima es de catorce días de prisión. Esa es la ley. Tenemos que proteger a nuestro país de ser inundado de refugiados" [...].
Kern le respondió: "¿Qué podemos hacer más que violar la ley?" El juez permaneció en silencio durante un instante [...]. "¿La Sociedad de Naciones aún no ha hecho nada por ustedes? Pero tendrá que conseguir papeles de algún tipo", dijo finalmente. "Después de todo hay muchos miles como usted, y deberían tener algún medio para poder vivir" [...]. Kern le respondió: "Cada país está tratando de descargarnos en algún otro país. Y esto se prolongará, con toda probabilidad, durante muchos años" [...].
"Pero, ¡Dios mío!", dijo el juez bruscamente y sin poder contenerse en su suave y abierto acento suizo. "Eso es un problema terrible. ¿Qué será de todos ustedes?"
"No lo sé. Lo más importante es qué me va ha suceder ahora".
El juez se pasó la mano por la cara y miró a Kern. "Tengo un hijo", dijo, "que es casi de su misma edad. Si me lo tuviese que imaginar siendo perseguido de un lugar a otro sin haber cometido otra culpa que el haber nacido..."
"Tengo un padre", respondió Kern. "Si usted fuera a verlo...". Miró por la ventana. El sol otoñal brillaba con luz tenue entre un manzano lleno de frutos. Fuera de allí estaba la libertad. Fuera de allí estaba Ruth.
"Me gustaría hacerle una pregunta", dijo el juez unos momentos después. "No tiene nada que ver con su caso. Pero me gustaría preguntárselo no obstante. ¿Todavía cree en algo?"
"¡Oh, sí!, ¡creo en el bendito egoísmo! ¡En la crueldad! ¡En la mentira! ¡En la dureza de corazón!"
"Eso es lo que me temía. Pero, ¿qué otra cosa se puede esperar?"
"Eso no es todo", respondió Kern con calma. "También creo en la bondad y la amistad, en el amor y la solidaridad. Me he encontrado con ellos quizá más a menudo que muchos de los que han tenido una vida fácil".
El juez se levantó y rodeó con paso pesado su silla para acercarse a Kern. "Es bueno escuchar eso", murmuró. "Si supiera qué puedo hacer por usted"».
Han pasado setenta años. Pero esa misma pregunta sigue siendo válida. Si supiera lo que puedo hacer por usted. Esta también debería ser nuestra cuestión fundamental.
¿Qué puedo hacer por usted? Y además, ¿cómo hacerlo? ¿Cuál deberá ser mi conducta? ¿A partir de qué inspiración voy a actuar? ¿Cuál es nuestro mensaje de esperanza?
Los migrantes, los refugiados y las personas objeto de trata son personas como usted y como yo, seres humanos, gente corriente. Personas conocidas por sus nombres por sus seres queridos, cuyos rostros son familiares en sus barrios. Personas con sueños y expectativas, con miedos y decepciones. Hay una diferencia... sus circunstancias son diferentes. Tienen que huir de sus hogares a causa de la persecución, la mera supervivencia o tratando de ganarse la vida para ellos y sus familiares. Ahora se enfrentan a ciertos problemas que deberían ser abordados.
El punto de partida para atender a los migrantes, refugiados, víctimas de la trata es entender su situación y todas sus facetas, personal, social, económica, política, a la luz de la Palabra de Dios, así como reconocer la responsabilidad de estar implicados. Naturalmente, también se han de abordar los factores que causan su desarraigo. En este compromiso la Iglesia se guía por los "principios permanentes" de su "doctrina social [que] constituyen los verdaderos y propios puntos de apoyo de la enseñanza social católica: se trata del principio de la dignidad de la persona humana [...] en el que cualquier otro principio y contenido de la doctrina social encuentra fundamento, del bien común, de la subsidiaridad y de la solidaridad".2
Se nos invita a ser testigos de su Mensaje, un mensaje de esperanza para la persona, cuerpo y alma, la Buena Noticia en todas las situaciones y para toda la vida. Esto también significa reestructurar nuevamente nuestros esfuerzos para responder adecuadamente a los nuevos desafíos.
Como el Papa Juan Pablo II subrayó: "Nunca está de más reiterar aquí que será oportuno hacer una revisión de los métodos pastorales empleados, de modo que cada Iglesia particular ofrezca a los fieles una atención religiosa más personalizada, consolide las estructuras de comunión y misión".3 La atención pastoral a los migrantes forzados significa acogida, respeto, protección, promoción y amor genuino a cada persona en sus expresiones religiosas y culturales.
2. Migrantes
Un golpe en la puerta y... hay personas buscando empleo. El resultado es que 38 millones de inmigrantes viven en los EE.UU. De hecho, los EE.UU. se han configurado por los esfuerzos de los migrantes, antiguamente pero también en la actualidad. Muchos inmigrantes llegan a los EE.UU. con objetivos económicos, expectativas, pero también con su contribución. Los migrantes se han convertido en esenciales para la economía de los EE.UU. Constituyen una parte importante de la mano de obra nacional.
Las cifras ya indican que la sociedad como tal ha cambiado. El empleo de las personas extranjeras se encuentra en uno de los niveles más altos de los últimos cien años.4 Los cambios son visibles por todas partes, desde un rápido aumento del español en las iglesias, el trabajo pastoral dependiendo de forma creciente de sacerdotes extranjeros, hasta una concentración de restaurantes étnicos en el barrio periférico.
Pero esto son sólo los signos externos de una sociedad cambiante. Sin embargo, parece que estos cambios no reflejan una mayor aceptación de la "alteridad" y la buena disposición a un cambio mutuo y recíproco. Un cambio en la persona que llega, pero también una modificación en la sociedad receptora. El proceso de integración va a influir en ambas partes. Sin embargo, los síntomas que aparecen son diferentes. Existen estudios que describen la sociedad de EE.UU. como "desigualitaria y racista" con "una tensión fundamental entre las identidades americana y latina".5 La integración se ha visto obstaculizado "por un creciente sentimiento anti-inmigrante, por legislaciones inmigratorias represivas y por la catalogación negativa de los latinos como amenazantes e indeseables".6 Indicadores que exigen una seria reflexión sobre lo que está sucediendo en la sociedad.
El influjo de la migración en el país de origen también es visible y considerable. Las remesas, aunque han disminuido durante la crisis económica, son recibidas por las familias en el hogar, y combaten la pobreza. Se emplean para la vivienda, la alimentación, la atención sanitaria, la educación, pero también para comprar bienes de consumo. Impulsan la economía local. El monto de las remesas sigue siendo enorme, el doble del importe de la ayuda oficial al desarrollo.7
Sin embargo, también podría plantear la cuestión de cómo las remesas afectan la vida de los que se quedan. ¿Va a generar una especie de síndrome de dependencia o, aún más preocupante, va a afectar a las relaciones en la comunidad por el incremento de las diferencias? Esas personas tendrán acceso a determinados bienes y servicios, ya que cuentan con el apoyo, mientras que otras tienen que seguir viviendo de los recursos locales.
Otra observación es que podría llevar a promover una migración en cadena, por la que el país de origen estaría aún más afectado por la partida que se lleva a cabo por una parte de su población.
3. Migrantes indocumentados
Un golpe en la puerta y... los agentes de inmigración están registrando una casa. Quien esté sin los documentos adecuados será arrestado. ¿Cómo afectará a los niños que en este momento no están en casa?
Algunos de estos indocumentados ya han superado su permiso de turista. Otros pasaron de contrabando, con el gran riesgo que entraña, a veces atravesando más de un país. Muchos han estado viviendo en el país durante años. Trabajando y contribuyendo a la economía y al sistema de seguridad social.8 Su deportación puede suponer una ruptura familiar, ya que algunos otros miembros de la familia quizá sean residentes legales. Las deportaciones se suceden a diario. Las estadísticas muestran que las cifras superaron las 350.000 personas en 2008.9 En América Central, uno de los resultados no previstos ha sido el aumento de la violencia de las pandillas juveniles.10
Todos somos conscientes de la multitud de problemas a los que se enfrentan. Ya sea por la incertidumbre sobre su futuro con la tensión que conlleva, la dependencia de puestos de trabajo mal pagados e inseguros - con el riesgo de ser explotados -, o los problemas relativos a los permisos de conducir. Sin embargo, no debemos olvidar que "la condición de irregularidad legal no permite menoscabar la dignidad del emigrante, el cual tiene derechos inalienables, que no pueden violarse ni desconocerse".11
Un problema específico está afectando a sus hijos. Jóvenes originarios de EE.UU., el único país que realmente conocen. Ellos ven su futuro amenazado, no pudiendo continuar sus estudios. Por supuesto, soy consciente de los esfuerzos de la Iglesia en apoyo de la ley DREAM (Desarrollo, ayuda y educación para menores extranjeros), que les proporcione la ayuda económica para sus estudios y una posibilidad de obtener en el futuro la ciudadanía.
Además, sigo con gran interés y admiración los esfuerzos de valiente defensa de la Iglesia norteamericana a favor de la regularización de los aproximadamente 12 millones de migrantes indocumentados. Su existencia debe ser, pues, reconocida. Sin embargo, ¿no se debería vincular esto a una reforma migratoria que tome en cuenta las demandas del mercado laboral, y especialmente la continua necesidad de trabajadores poco cualificados? Se ha de reconocer que quienes llegan no son simples trabajadores, sino personas humanas, con todo lo que eso implica, como el vivir con sus familias.
Para lograr esto, es necesaria una política que aborde humanitariamente la migración ilegal.
4. Refugiados
Un golpe en la puerta y... existe la posibilidad de comenzar una nueva vida.
Los EE.UU. han acogido generosamente a numerosos refugiados. En los últimos treinta años, se ha permitido asentarse a más de 2 millones de refugiados, de forma espontánea o en un proceso de reasentamiento.12 Se les ofreció protección y la promesa de una nueva vida. Cada año se determinará un límite máximo de admisión de refugiados. En los años fiscales 2008 y 2009 se situó en 80.000.13 El número de refugiados que llegaron fue realmente de 60.107 y 74.602, respectivamente.
Con todo, hay que darse cuenta que sus orígenes son muy diferentes. Algunos estaban ayudando a compañías estadounidenses, ofreciendo servicios de traducción, otros eran graduados universitarios. Pero también había personas que eran casi analfabetas y apenas podían hablar el idioma. Bastantes llegan directamente de los campos de refugiados donde han permanecido durante años y donde han nacido sus hijos. Ni siquiera conocen ningún otro mundo que no sea el campamento, y difícilmente tienen experiencia previa de trabajo en un mundo competitivo. Otros eran de zonas rurales y terminaron en entornos urbanos.
Además, bastantes habían sufrido experiencias de violencia y están traumatizados o deprimidos. No debería sorprender que para ellos sea difícil acostumbrarse a su nueva vida, y que encontrar un trabajo en el presente les siga resultando difícil.
Los Programas de recepción y acomodación del Departamento de Estado los apoya durante un tiempo relativamente corto, con un subsidio único. Se debe remarcar que el nivel se congeló en los años ochenta, lo que implica una pérdida de poder adquisitivo. Además, reciben apoyo de hasta ocho meses, cuya cuantía recientemente se incrementó. Después de este período se considera que se han integrado lo suficiente como para cuidar de sí mismos y ser autosuficientes.14 Es más que evidente que esto no funciona. Carecen del apoyo necesario. Muchos terminan sin apenas dinero después de pagar el alquiler, uniéndose a la América pobre y acabando en la misma situación. Probablemente dependerán de la caridad y de las iglesias para sobrevivir, e incluso terminando en centros para personas sin hogar. Esto no está exactamente en línea con la sostenibilidad de soluciones duraderas (repatriación voluntaria, integración local o reasentamiento) del ACNUR.15
Hay que señalar que el proceso de reasentamiento no puede ser el mismo para todo individuo o para toda comunidad. Para ser realistas, hay que tener en cuenta las necesidades y experiencias únicas de la persona, que se traducirán en diferentes programas, también con la solicitud de un período de apoyo diferente y, muy probablemente, más largo. Esto debe llevar a la autosuficiencia, al empleo y a la integración final en el país para que participen en la sociedad.
Se han llevado a cabo muchos esfuerzos para aumentar las admisiones en los EE.UU., especialmente después del 11 de septiembre de 2001, cuando el número cayó a 28.000 ingresos al año. Pero, ¿nos hemos dado suficiente cuenta de lo que sucede a la gente una vez que han entrado en el país?16
5. Tráfico de seres humanos
Un golpe en la puerta y... el empresario ha de hacer frente a su conducta abusiva en relación a su empleados.
Esto es resultado de la Ley de protección de víctimas de trata que se introdujo en el año 2000. Esta ley prevé imponer sanciones económicas a los países que no toman medidas eficaces para combatir la trata, de acuerdo con el informe anual del Departamento de Estado.17 Hay que destacar que casi todos los países se enfrentan a problemas de trata, ya sea explotación sexual, trabajo forzoso o servidumbre por deudas, niños soldados, o formas abusivas de adopción. Estas personas han sido engañadas acerca de los objetivos de sus actividades futuras y ya no son libres para decidir sobre sus vidas. Acaban en situaciones análogas a la esclavitud o la servidumbre de las que es muy difícil escapar. Para conseguirlo se emplean las amenazas y la violencia. Las causas profundas de la trata no son sólo la pobreza y el desempleo en los países en desarrollo. La demanda de mano de obra barata, de productos de bajo precio o de "sexo exótico o insólito" son también causa fundamental de la trata que han de ser abordadas.
Las diversas formas de trata constituyen una violación de los derechos humanos, que exigen distintos enfoques y medidas para restablecer la dignidad de las víctimas.
La Santa Sede ha declarado que todos los esfuerzos para hacer frente a las actividades criminales y proteger a las víctimas de la trata deben incluir "tanto a los hombres como a las mujeres y colocar los derechos humanos en el centro de toda estrategia",18 mientras que "la trata de seres humanos con fines de explotación laboral debe ser claramente diferenciada de la migración irregular. Debemos asegurarnos de que las víctimas tengan acceso a la justicia, a la asistencia social y jurídica y a la indemnización por los daños que han sufrido".19
Las víctimas de la trata en los EE.UU. están protegidas. La ley también prevé la posibilidad de que la víctima obtenga un permiso de permanencia, la llamada “visa T”, con la que regularizar su estatus. Los estudios indican que la mayoría de los casos en los EE.UU. están relacionados con el trabajo forzoso. Las fábricas donde se explotan los trabajadores ("sweatshop")20 han retornado. Se vuelven a producir situaciones de explotación laboral en los países desarrollados, que utilizan "prácticas de trabajo que sean contrarias a los principios más elementales de respeto de los derechos humanos en el trabajo".21 De acuerdo con estimaciones de la OIT, "América Latina ocupa, después de Asia, el segundo lugar en el mundo entre las regiones con mayor número de trabajadores forzosos", mientras que "en América Latina el trabajo forzoso está estrechamente vinculado a patrones de desigualdad y discriminación, particularmente en contra de los pueblos indígenas".22
Las medidas preventivas son complementarias a la implementación de leyes contra la trata, a la adopción de leyes laborales y a la regulación de las condiciones de empleo, y consecuentemente a su ejecución. Por otra parte, los gobiernos deben desarrollar programas para afrontar los “sin tierra” y la dependencia extrema, mientras que los sindicatos y las organizaciones no gubernamentales deben colaborar para garantizar los derechos y normas laborales, y para obtener el apoyo de la opinión pública.
Una responsabilidad particular recae en el consumidor. Debe ser consciente de las condiciones bajo las cuales se cultivan o se fabrican los productos. La introducción de las etiquetas comerciales y de los códigos de conducta podría fortalecer las condiciones de trabajo dignas. En este sentido, no se debe olvidar la responsabilidad de las cadenas de supermercados. Como resultado, esto supondrá que algunos productos sean más caros.
Reconozco lo que ya se ha hecho por organizaciones eclesiales. Iniciativas como la Catholic Coalition against human trafficking en los EE.UU., la Red Internacional de Religiosas contra la trata de personas, la red brasileña de congregaciones religiosas femeninas "Un grido por la Vida", la Carta Pastoral de los Obispos de Canadá,23 y probablemente muchas otras iniciativas que desconozco. Debemos darnos cuenta de que el trabajo ya realizado tiene que ser integrado en las actividades de la diócesis y que cada Iglesia local debe asumir la responsabilidad de implicarse.
6. El desplazamiento inducido por el cambio climático
Un golpe en la puerta y... gente está pidiendo un lugar de protección.
Una nueva forma de desplazamiento está en camino, de hecho ya está sucediendo a nuestro alrededor.
Las personas se están marchando, pues no pueden ganarse ya la vida por culpa de la desertificación y de la creciente escasez de agua, aumentando el nivel del mar y la salinización de las tierras agrícolas. El cambio climático está también provocando cada vez más desastres naturales, como inundaciones y tormentas. Como resultado aumentan los conflictos a causa de los recursos.
Esta nueva forma de desplazamiento tendrá enormes consecuencias en las próximas décadas. Las estimaciones frecuentemente mencionadas y aceptadas de 200 millones24 de personas desplazadas en el año 2050 por efecto del cambio climático indican la gigantesca dimensión del problema. La migración humana, sin duda, será una de las consecuencias más significativas del cambio climático.
En la actualidad, el mundo apenas está preparado para lo que esto significará para quienes se vean forzados a moverse, ni dónde están las responsabilidades. Algunos serán amparados por la Convención sobre los Refugiados, otros podrían ser tratados en el marco de los convenios sobre apátridas, mientras que para otros se podría aplicar los Principios Rectores de los Desplazamientos Internos. Sin embargo, actualmente no existe ninguna disposición legal que aborde este nuevo reto.
Como declaró la Santa Sede en la reunión del Comité Ejecutivo del ACNUR en el año 2008: "Muchos de ellos no se ajustan a la tipología de refugiados o de trabajadores migrantes, pero la comunidad internacional no puede ignorar su situación ni tampoco puede negar la obligación ética de extender a ellos la protección [...]. Es necesario afrontar el problema de cómo iniciar el proceso para formalizar los modos y los medios para proteger los millones de personas en el centro del continuo: la responsabilidad de protegerlos; ofrecer una ayuda para la supervivencia inmediata; criterios para su acogida en otros lugares; estructuras de coordinación".25
Mientras tanto el Secretario General ha hecho del cambio climático y de sus consecuencias una prioridad de todo el sistema, ya que es evidente que las Naciones Unidas tienen ciertamente un papel que desempeñar.
7. La Iglesia y las organizaciones eclesiales
Un golpe en mi puerta y... están esperando mi respuesta.
Todos nosotros ya estamos comprometidos. Como Iglesia y como diócesis promovemos programas de apoyo a la integración y al pleno acceso a la igualdad de derechos en la vida civil, dirigimos programas de viviendas, de educación, de acceso al mercado de trabajo, hemos puesto en marcha servicios de asesoramiento, programas de asistencia jurídica, adaptado estructuras pastorales, apoyamos la formación de liderazgo leadership training y a asociaciones de inmigrantes. Existen intercambios entre los países de origen y de destino, como esta misma conferencia. ¿Aún tenemos que hacer más?
Existe el riesgo de que tengamos tan asumida nuestra participación que acabemos percibiendo a quienes están implicados en la inmigración como un trabajo, un caso o una ocupación.
La hospitalidad puede protegernos de esa actitud. La hospitalidad no es tanto una tarea cuanto una manera de vivir nuestras vidas y de compartir. Ofrecer hospitalidad brota de nuestro esfuerzo por ser fieles a Dios, al escuchar la voz de Dios en las Escrituras y en la gente que nos rodea. Es uno de los temas centrales en el cristianismo desde los tiempos de la Iglesia primitiva. La acogida, la compasión y la igualdad de trato son parte de una respuesta cristiana apropiada, que rompe las barreras sociales. Es una respuesta a las necesidades de las personas, pero también un reconocimiento de su valor y de la humanidad compartida.
En la hospitalidad, el extranjero es acogido en un lugar seguro, personal y confortable, un lugar de respeto, aceptación y amistad. Incluso aunque sea brevemente, el desconocido es incorporado en una red de relaciones en la que se da y se apoya la vida. Se requiere una apertura de corazón, la voluntad de hacer la propia vida visible para los demás, y una generosidad de tiempo y recursos. La cercanía forjada en la hospitalidad contradice mensajes contemporáneos referidos a quién es valioso y "bueno para estar con", quién puede "dar vida a otros". Esto hará de ambos, huésped y anfitrión, personas más ricas, más humanas. No estoy diciendo que acoger sea fácil, de hecho es difícil y exigente, y a veces incluso incómodo.
Sin embargo, nos mantendrá conectados al individuo, y con mente abierta para los nuevos retos que siempre aparecerán en nuestro camino. Quiero hacer hincapié en uno de ellos: políticas coherentes.
Las distintas formas de migración y sus aspectos multidimensionales están directamente relacionadas con otras políticas e influenciadas por ellas, como las de comercio y finanzas, de seguridad, de relaciones exteriores y de agricultura. Sin embargo, sus efectos y consecuencias a menudo no se tuvieron suficientemente en cuenta al formular dichas políticas. Es evidente que estas políticas se contradicen entre sí, y contribuyen al desarraigo de la gente. A las políticas de migración, a los individuos involucrados y a los países del Sur les gustaría ver políticas coherentes, que analizase las propuestas políticas junto con sus efectos sobre los pastores que empujan y atraen la migración. Se deben reconciliar los objetivos de la migración con estos otros objetivos, mediante los cuales se promuevan políticas centradas en la persona.
Puntos similares han sido subrayados por el Papa Benedicto XVI en una carta a la Canciller Merkel, en la que pedía "condiciones comerciales favorables a los países pobres", la "cancelación completa e incondicional de la deuda externa de los países pobres fuertemente endeudados y de los países menos desarrollados", que "además, los países industrializados deben ser conscientes de los compromisos que han asumido con respecto a las ayudas al desarrollo y cumplirlos plenamente", y "seguir esforzándose por lograr una reducción significativa del comercio de armas, tanto legal como ilegal, del tráfico ilegal de materias primas preciosas y de la fuga de capitales de los países pobres".26 Aunque está escrita hace tres años, son meritorias de una reflexión más profunda. Nos presenta un pensamiento serio y una agenda sobre la que trabajar. En un discurso hace unas semanas, afirmó: "Más que una espiral de producción y consumo en función de unas necesidades humanas definidas de un modo limitado, la vida económica debería ser un ejercicio de responsabilidad humana, intrínsecamente orientada hacia la promoción de la dignidad de la persona, la búsqueda del bien común y el desarrollo integral - político, cultural y espiritual - de individuos, familias y sociedades".27
8. Concluyendo
Lo más importante es el coraje de mirar a los pobres a la cara, para permitirles que nos toquen el corazón y cuestionen nuestro mundo. Dejarles compartir con nosotros el miedo y el sufrimiento que sus hijos experimentan por los actos de violencia, lo que se siente al vivir durante años en un campo de refugiados saturado, bajo una tienda de plástico, sin esperanza alguna de una vida digna, y cuánto se sufre por esta deshumanización y por no ser considerado un ser humano, sino un número o un ser vulnerable. ¿Qué es necesario para ofrecerles una perspectiva de futuro? De modo concreto la Iglesia en muchos países está tratando de responderla. Los esfuerzos y actividades que ustedes desarrollan son ejemplo de ello. El Papa Benedicto XVI nos inspira, motiva e interpela cuando dijo: "Quien con fe se alimenta de Cristo en la mesa eucarística asimila su mismo estilo de vida, que es el estilo del servicio atento especialmente a las personas más débiles y menos favorecidas. En efecto, la caridad operante es un criterio que comprueba la autenticidad de nuestras celebraciones litúrgicas".28
1 Erich Maria Remarque, Flotsam, Little, Brown and Co, Boston 1941, reeditado por Simon Publications, Safety Harbor, 2001, p. 282-284 [traducido al español con el título Náufragos].
2 Pontificio Consejo “Justicia y Paz”, Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 160; cfr. Pontificio Consejo para la Pastoral de los Emigrantes e Itinerantes, Instrucción Erga migrantes caritas Christi (EMCC), 3 mayo 2004, 28-30 y nota 7; Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et spes sobre la Iglesia en el mundo actual, 7 diciembre 1965, Proemio, 22, 30-32; Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium sobre la Iglesia, 21 noviembre 1964, 1, 7 y 13; Concilio Vaticano II, Decreto Apostolicam actuositatem sobre el apostolado de los laicos, 18 noviembre 1965, 14; Juan XXIII, Encíclica Pacem in terris, 11 abril 1963, Parte I; Pontificio Consejo “Cor Unum” y Pontificio Consejo para la Pastoral de los Emigrantes e Itinerantes, Los refugiados: un desafío a la solidaridad, 1992.
3 Juan Pablo II, Discurso al primer grupo de Obispos de Brasil en visita "ad Limina", 31 agosto 2002; cfr. Juan Pablo II, Exhortación Apostólica postsinodal Ecclesia in America, 22 enero 1999, 73; EMCC, 39 y 100.
4 Cfr. Ruth Ellen Wasem, Immigration Reform Issues in the 111th Congress: Congressional Research Service, 2010/2, p. 3: http://assets.opencrs.com/rpts/R40501_20100202.pdf
5 Douglas Massey and Magaly Sánchez R., Restrictive Immigration Policies and Latino Immigrant Identity in the United States: PNUD, Human Development Reports, Research Paper 2009/43, p. 15.
6 Ibid., p. 16.
7 Cfr. OIT, International labour migration. A rights-based approach, International Labour Office, Ginebra 2010, p. 41-43.
8 Se ha estimado que los trabajadores en situación irregular en los EE.UU. contribuyen con cerca de 6-7 billones de dólares al sistema de seguridad social, sin recibir beneficio alguno. Una estimación indica que alrededor de 3,8 millones de hogares cuyo cabeza de familia es un trabajador en situación irregular generaron 6,4 billones de dólares en impuestos de seguridad social en el año 2002 (cfr. Ibid., p. 110).
9 Cfr. PNUD, Informe sobre Desarrollo Humano 2009. Superando barreras: Movilidad y desarrollo humanos, Mundi-Prensa Libros, Madrid 2009, p. 111.
10 Cfr. Ibid., p. 89.
11 Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial del Emigrante 1996, 25 julio 1995, n. 2.
12 “El reasentamiento implica la selección y transferencia de refugiados desde un Estado en el cual ellos han buscado protección a un tercer Estado que ha aceptado admitirles -como refugiados- con estatuto de residencia permanente. Este estatuto deberá garantizar su protección contra el refoulement y ofrecer al refugiado reasentado y su familia o dependientes el acceso a los derechos civiles, políticos, económicos, sociales y culturales similares a aquellos disfrutados por los nacionales. También deberá ofrecer la oportunidad de convertirse eventualmente en un ciudadano naturalizado del país de reasentamiento” (ACNUR, Departamento de Protección Internacional, Manual de Reasentamiento, Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, Ginebra 2004, p. 10).
13 Cfr. U.S. Deparment of Homeland Security, Office of Immigration Statistics, Annual Flow Report. Refugees and Asylees 2009, 2010: www.dhs.gov/xlibrary/assets/statistics/publications/ois_rfa_fr_2009.pdf
14 “La autosuficiencia es la capacidad social y económica de un individuo, un hogar o una comunidad para satisfacer las necesidades esenciales (incluida la protección, alimentos, agua, vivienda, seguridad personal, salud y educación) de una manera sostenible y con dignidad. La autosuficiencia, como enfoque programático, se refiere al desarrollo y fortalecimiento de medios de vida de las personas atendidas, y a la reducción de su vulnerabilidad y su dependencia a largo plazo de la asistencia humanitaria/exterior” (ACNUR, Reintegration and Local Settlement Section, Division of Operational Support, Handbook for self-reliance, UNHCR Ginebra 2005, p. 1).
15 “Se debe recordar que el ACNUR promueve la autosuficiencia en todo momento, pues representa la base para cualquiera de las tres soluciones duraderas” (ACNUR, Departamento de Protección Internacional, Manual de Reasentamiento, Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, Ginebra 2004, p. 111).
16 Para profundizar: Shani Adess and others, Refugee crisis in America: Iraqis and their resettlement experience, Human Rights Institute, Georgetown University Law Center, 2009.
17 Cfr. U.S. Department of State, Trafficking in Persons Report, 2009.
18 Pontificio Consejo para la Pastoral de los Emigrantes e Itinerantes, Orientaciones para la pastoral de la carretera-calle, 24 mayo 2007, 102.
19 Intervención de la Santa Sede en el XV Consejo Ministerial de la OSCE, 29 noviembre 2007: L’Osservatore Romano, n. 278 (44.721), 5 diciembre 2007, p. 1.
20 "Una empresa que regularmente viola tanto los salarios o el trabajo infantil y las leyes de seguridad o de salud". "A escala mundial, en lo que respecta a las remuneraciones, un sweatshop es un lugar donde los trabajadores se les paga por debajo del salario mínimo local, o cuando, con ese salario, no son capaces de satisfacer sus necesidades básicas" (Robert J.S. Ross, Slaves to fashion. Poverty and abuse in the new sweatshops, The University of Michigan Press, Ann Arbor, 2004, p. 26 y 41).
21 OIT, International labour migration. A rights-based approach, International Labour Office, Ginebra 2010, p. 90-91.
22 OIT, El costo de la coacción. Informe global con arreglo al seguimiento de la Declaración de la OIT relativa a los principios y derechos fundamentales en el trabajo, Conferencia Internacional del Trabajo, 98ª Reunión, 2009, Informe I(B), Oficina Internacional del Trabajo, Ginebra 2009, p. 22.
23 Cfr. Comisión Episcopal de Justicia y Paz. Conferencia de Obispos Católicos de Canadá, Pastoral Letter on Human Trafficking, 27 enero 2010: www.cccb.ca/site/content/view/2752/lang,eng/
24 Cfr. Norman Myers, ‘Environmental Refugees: An emergent security issue’, 13th Economic Forum, Praga, 23-27 mayo 2005: www.osce.org/documents/eea/2005/05/14488_en.pdf
25 Intervención de la Santa Sede en la 59ª Sesión general del Comité Ejecutivo del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, 7 octubre 2008:
www.vatican.va/roman_curia/secretariat_state/2008/documents/rc_seg-st_20081007_unhcr_en.html
26 Benedicto XVI, Carta a la Señora Angela Merkel, Canciller de la República Federal de Alemania, con ocasión del inicio de la presidencia alemana de la Unión Europea y del G-8, 16 diciembre 2006.
«La Santa Sede ha puesto de relieve en repetidas ocasiones que, a la vez que los Gobiernos de los países más pobres tienen la responsabilidad de gobernar bien y de eliminar la pobreza, es indispensable una activa colaboración internacional. Aquí no se trata de una tarea extraordinaria o de concesiones que podrían posponerse a causa de urgentes intereses nacionales. Más bien, se trata de un deber moral grave e incondicional, basado en la pertenencia común a la familia humana, así como en la dignidad y el destino comunes de los países pobres y de los países ricos que, por el proceso de globalización, se desarrollan cada vez con mayor interdependencia.
Para los países pobres sería preciso crear y garantizar, de modo seguro y duradero, condiciones comerciales favorables que incluyan sobre todo un acceso amplio y sin reservas a los mercados.
También resulta necesario hacer todo lo posible para proveer a una rápida cancelación completa e incondicional de la deuda externa de los países pobres fuertemente endeudados y de los países menos desarrollados. Asimismo, hay que tomar medidas para que estos países no acaben de nuevo en una situación de deuda insostenible.
Además, los países industrializados deben ser conscientes de los compromisos que han asumido con respecto a las ayudas al desarrollo y cumplirlos plenamente.
Hacen falta también amplias inversiones en el campo de la investigación y del desarrollo de medicinas para el tratamiento del sida, la tuberculosis, la malaria y otras enfermedades tropicales. A este respecto, los países industrializados deben afrontar la urgente tarea científica de crear por fin una vacuna contra la malaria. Del mismo modo, es necesario poner a disposición tecnologías médicas y farmacéuticas, así como conocimientos derivados de la experiencia en el campo de la salud, sin imponer en cambio exigencias jurídicas o económicas.
Por último, la comunidad internacional debe seguir esforzándose por lograr una reducción significativa del comercio de armas, tanto legal como ilegal, del tráfico ilegal de materias primas preciosas y de la fuga de capitales de los países pobres, y por eliminar las prácticas de lavado de dinero sucio y la corrupción de los funcionarios en los países pobres».
27 Benedicto XVI, Discurso a los participantes en la XVI Sesión Plenaria de la Pontificia Academia de Ciencias Sociales, 30 abril 2010.
28 Benedicto XVI, Ángelus, 19 junio 2005.
ZENIT nos ofrece la homilía que el Papa Benedicto XVI pronunció hoy durante la celebración de la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, en el atrio de la Basílica de san Juan de Letrán. Después presidió la Procesión Eucarística que, recorriendo la vía Merulana, llegó a la Basílica de santa María la Mayor.
Queridos hermanos y hermanas
El sacerdocio del Nuevo Testamento está estrechamente ligado a la Eucaristía. Por esto hoy, en la solemnidad del Corpus Domini y casi al término del Año Sacerdotal, somos invitados a meditar sobre la relación entre la Eucaristía y el Sacerdocio de Cristo. En esta dirección nos orientan también la primera lectura y el salmo responsorial, que presentan la figura de Melquisedec. El breve pasaje del Libro del Génesis (cfr 14,18-20) afirma que Melquisedec, rey de Salem, era "sacerdote del Dios altísimo", y por esto "ofreció pan y vino" y "bendijo a Abraham", que volvía de una victoria en la batalla; Abraham mismo le dio el diezmo de todo. El salmo, a su vez, contiene en la última estrofa una expresión solemne, un juramento de Dios mismo, que declara al Rey Mesías: “Tú eres sacerdote para siempre / a semejanza de Melquisedec" (Sal 110,4); así el Mesías es proclamado no sólo Rey, sino también Sacerdote. De este pasaje parte el autor de la Carta a los Hebreos para su amplia y articulada exposición. Y nosotros lo hemos recogido en el estribillo: "Tu eres sacerdote para siempre, Cristo Señor": casi una profesión de fe, que adquiere un particular significado en la fiesta de hoy. Es la alegría de la comunidad, la alegría de la Iglesia entera, que contemplando y adorando al Santísimo Sacramento, reconoce en él la presencia real y permanente de Jesús sumo y eterno Sacerdote.
La segunda lectura y el Evangelio llevan en cambio la atención al misterio eucarístico. De la Primera Carta a los Corintios (cfr 11,23-26) se ha tomado el pasaje fundamental en el que san Pablo recuerda a esa comunidad el significado y el valor de la "Cena del Señor", que el Apóstol había transmitido y enseñado, pero que corría el riesgo de perderse. El Evangelio en cambio es el relato del milagro de los panes y de los peces, en la redacción de san Lucas: un signo atestiguado por todos los evangelistas y que preanuncia el don que Cristo hará de sí mismo, para dar a la humanidad la vida eterna. Ambos textos ponen de relieve la oración de Cristo, en el momento de partir el pan. Naturalmente, hay una diferencia clara entre los dos momentos; cuando reparte los panes y los peces a la multitud, Jesús da gracias al Padre celestial por su providencia, confiando en que Él no hará faltar el alimento a toda aquella gente. En la Última Cena, en cambio, Jesús transforma el pan y el vino en su propio Cuerpo y Sangre, para que los discípulos puedan nutrirse de Él y vivir en comunión íntima y real con Él.
La primera cosa que hay que recordar siempre es que Jesús no era un sacerdote según la tradición judaica. La suya no era una familia sacerdotal. No pertenecía a la descendencia de Aarón, sino a la de Judá, y por tanto legalmente le estaba excluida la vía del sacerdocio. La persona y la actividad de Jesús de Nazaret no se colocan en la estela de los sacerdotes antiguos, sino más bien en la de los profetas. Y en esta línea, Jesús tomó distancia con una concepción ritual de la religión, criticando la postura que daba mayor valor a los preceptos humanos ligados a la pureza ritual más que a la observancia de los mandamientos de Dios, es decir, al amor de Dios y al prójimo, que como dice el Evangelio, “vale más que todos los holocaustos y sacrificios” (Mc 12,33). Incluso dentro del Templo de Jerusalén, lugar sagrado por excelencia, Jesús lleva a cabo un gesto exquisitamente profético, cuando expulsa a los cambistas y a los vendedores de animales, cosas todas que servían para la ofrenda de los sacrificios tradicionales. Por tanto, Jesús no es reconocido como un Mesías sacerdotal, sino profético y real. También su muerte, que nosotros los cristianos llamamos justamente "sacrificio", no tenía nada de los sacrificios antiguos, al contrario, era totalmente lo opuesto: la ejecución de una condena a muerte, por crucifixión, la más infamante, sucedida fuera de los muros de Jerusalén.
Entonces, ¿en qué sentido Jesús es sacerdote? Nos lo dice precisamente la Eucaristía. Podemos volver a partir de esas sencillas palabras que describen a Melquisedec: “ofreció pan y vino” (Gn 14,18). Y esto es lo que hizo Jesús en la Última Cena: ofreció pan y vino, y en ese gesto se resumió totalmente a sí mismo y a su propia misión. En ese acto, en la oración que lo precede y en las palabras que lo acompañan está todo el sentido del misterio de Cristo, tal y como lo expresa la Carta a los Hebreos en un pasaje decisivo, que es necesario citar: "Habiendo ofrecido en los días de su vida mortal – escribe el autor, refiriéndose a Jesús – ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarle de la muerte, fue escuchado por su actitud reverente, y aun siendo Hijo, con lo que padeció experimentó la obediencia; y llegado a la perfección, se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen, proclamado por Dios Sumo Sacerdote a semejanza de Melquisedec" (5,8-10). En este texto, que claramente alude a la agonía espiritual del Getsemaní, la pasión de Cristo se presenta como una oración y como una ofrenda. Jesús afronta su “hora”, que lo conduce a la muerte de cruz, inmerso en una profunda oración, que consiste en la unión de su propia voluntad con la del Padre. Esta doble y única voluntad es una voluntad de amor. Vivida en esta oración, la trágica prueba que Jesús afronta es transformada en ofrenda, en sacrificio viviente.
Dice la Carta que Jesús "fue escuchado". ¿En qué sentido? En el sentido de que Dios Padre lo liberó de la muerte y lo resucitó. Fue escuchado precisamente por su pleno abandono a la voluntad del Padre: el designio de amor de Dios ha podido realizarse perfectamente en Jesús, que, habiendo obedecido hasta el extremo de la muerte en cruz, se ha convertido en “causa de salvación” para todos aquellos que Le obedecen. Se ha convertido en Sumo Sacerdote por haber tomado Él mismo sobre sí todo el pecado del mundo, como “Cordero de Dios”. Es el Padre el que le confiere este sacerdocio en el momento mismo en que Jesús atraviesa el paso de su muerte y resurrección. No es un sacerdocio según el ordenamiento de la ley mosaica (cfr Lv 8-9), sino "según el orden de Melquisedec", según un orden profético, dependiente sólo de su relación singular con Dios.
Volvamos a la expresión de la Carta a los Hebreros que dice: “aun siendo Hijo, con lo que padeció experimentó la obediencia”. El sacerdocio de Cristo comporta el sufrimiento. Jesús ha sufrido verdaderamente, y lo ha hecho por nosotros. Él era el Hijo y no tenía necesidad de aprender la obediencia, pero nosotros sí, teníamos y tenemos necesidad siempre de ella. Por ello el Hijo asumió nuestra humanidad y se dejó “educar” por nosotros en el crisol del sufrimiento, se dejó transformar por él, como el grano de trigo que para dar fruto debe morir en la tierra. A través de este proceso Jesús ha sido “perfeccionado” , en griego teleiotheis. Debemos detenernos en este término, porque es muy significativo. Éste indica el cumplimiento de un camino, es decir, precisamente el camino de educación y transformación del Hijo de Dios mediante el sufrimiento, mediante la pasión dolorosa. Es gracias a esta transformación que Jesucristo se ha convertido en "sumo sacerdote" y puede salvar a todos aquellos que se confían a Él. El término teleiotheis, traducida justamente como “hecho perfecto”, pertenece a una raíz verbal que, en la versión griega del Pentateuco, es decir, los primeros cinco libros de la Biblia, se usa siempre para indicar la consagración de los antiguos sacerdotes. Este descubrimiento es muy precioso, porque nos dice que la pasión fue para Jesús como una consagración sacerdotal. Él no era sacerdote según la Ley, pero lo ha llegado a ser de forma existencial en su Pascua de pasión, muerte y resurrección: se ofreció a sí mismo en expiación y el Padre, exhaltándolo por encima de toda criatura, lo ha constituido Mediador universal de salvación.
Volvamos, en nuestra meditación, a la Eucaristía, que dentro de poco estará en el centro de nuestra asamblea litúrgica. En ella Jesús anticipó su Sacrificio, un Sacrificio no ritual, sino personal. En la Última Cena Él actúa movido por ese "espíritu eterno" con el que se ofrecerá después sobre la Cruz (cfr Hb 9,14). Dando las gracias y bendiciendo, Jesús transforma el pan y el vino. Es el amor divino que transforma: el amor con que Jesús acepta por anticipado darse completamente a sí mismo por nosotros. Este amor no es otro que el Espíritu Santo, el Espíritu del Padre y del Hijo, que consagra el pan y el vino y cambia su sustancia en el Cuerpo y en la Sangre del Señor, haciendo presente en el Sacramento el mismo Sacrificio que se realiza después de forma cruenta en la Cruz. Podemos por tanto concluir que Cristo fue sacerdote verdadero y eficaz porque estaba lleno de la fuerza del Espíritu Santo, estaba lleno de toda la plenitud del amor de Dios, y esto precisamente “en la noche en que fue traicionado”, precisamente en la “hora de las tinieblas” (cfr Lc 22,53). Es esta fuerza divina, la misma que realizó la Encarnación del Verbo, la que transforma la extrema violencia y la extrema injusticia en un acto supremo de amor y de justicia. Esta es la obra del sacerdocio de Cristo, que la Iglesia ha heredado y prolonga en la historia, en la doble forma del sacerdocio común de los bautizados y del ordenado de los ministros, para transformar el mundo con el amor de Dios. Todos, sacerdotes y fieles, nos nutrimos de la misma Eucaristía, todos nos postramos a adorarLa, porque en ella está presente nuestro Maestro y Señor, está presente el verdadero Cuerpo de Jesús, Víctima y Sacerdote, salvación del mundo. ¡Venid, exultemos con cantos de alegría! ¡Venid, adoremos! Amén.
[Traducción del original italiano por Inma Álvarez
©Libreria Editrice Vaticana]
Homilía de monseñor Miguel Esteban Hesayne, obispo emérito de Viedma, domingo de la Santísima Trinidad (30 de mayo de 2010). (AICA)
El hombre es un animal político, enseñó Aristóteles. La recta razón humana concluye que Dios creó al Hombre. En consecuencia el hombre no puede hacer política al margen de Dios, su Creador.Hecho a imagen y semejanza de Dios… su quehacer político ha de llevar el sello de Dios. De lo contrario, “hará política” contraria a su propia naturaleza humana. Por eso, con profunda sabiduría los autores de la Constitución Argentina la fundamentan en Dios al declarar a “Dios fuente de toda razón y justicia”.
La Festividad de este Domingo en que la liturgia católica llama a centrar nuestra reflexión orante en la naturaleza de Dios y al mismo tiempo estamos festejando el Bicentenario de nuestra Patria, es momento oportuno para sincerarnos sobre nuestra coherencia de Fe en el Dios de los cristianos y la Patria que pretendemos construir.
Nuestra Fe en Jesús y su Evangelio, profesa en Dios que es comunidad de Personas. Tres personas son un solo Dios. Hay distinción pero no división. Por el contrario la unidad es desde la diversidad. Lo diverso de una persona divina no es contraria a las otras, sino que sirve para el logro de las otras dos. Dios así es comunión de personas. Por eso, que el ser humano, siendo creado a imagen y semejanza de Dios, uno y trino, es creado persona-comunitaria. Es un “yo” necesitado de los demás “yo”
Por eso, se crea o no se crea en Dios, el ser humano lleva el sello de su Creador.
En consecuencia inexorable, en toda actividad humana se proyecta la realidad de Dios-comunidad de personas: el misterio de la Santísima Trinidad.Y cuando no es así -es decir- cuando la actividad de un hombre o de una mujer no lleva el sello trinitario es una actividad deshumanizante. Esa persona actúa contra la misma naturaleza humana, crea o no en Dios, Uno y Trino. A la luz de la Fe Cristiana es un pecado y a la luz de la razón es un mal, es un desorden civil: jurídico, social, económico, político y hasta puede llegar a ser una degradación deshumanizante.
Nada de lo creado por Dios queda fuera de su misteriosa realidad trinitaria.
Los cristianos no podemos pasar el Bicentenario de la Patria, simplemente entretenidos en los festejos ó dejando que Nuestra Nación Argentina se pretenda construir al margen de Dios viviente y verdadero. Lamentablemente tenemos la triste experiencia de lo negativo que resulta para la sociedad, gobernantes ideologizados aún cuando asistan a ceremonias religiosas o invoquen a Dios en los discursos.
Por otra parte, para que nuestra Fe en el misterio de Dios anunciado por Jesucristo, no resulte una alienación o una hipocresía tiene que llegar a crear un estilo de vida trinitario en todas las dimensiones de la vida humana. Aunque parezca una ilusión piadosa se ha de comenzar por un proyecto político con sello trinitario. La política no es lo último en programar. Así nos va. La base de la sociedad humana es la política Si se ha dicho que se ha desarrollado una política sin Dios es porque los que dicen que tienen a Dios viven pretendiendo encontrarse con Dios encerrados en sus rezos y ceremonias.
Urge que los católicos argentinos relean a Paulo VI en E.N. nº 70: “Los seglares, cuya vocación específica los coloca en el corazón del mundo y a la guía de las más variadas tareas temporales, deben ejercer por lo mismo una forma singular de evangelización. Su tarea primera e inmediata no es la institución y el desarrollo de la comunidad eclesial -esa es la función específica de los Pastores- sino poner en práctica todas las posibilidades cristianas y evangélicas, escondidas pero a su vez presentes y activas en las cosas del mundo. El campo propio de su actividad evangelizadora, es el mundo vasto y complejo de la Política, de lo Social, de la Economía…”
No es extraño, entonces, que se entienda el compromiso político programado, en clave de la Fe en el Dios revelado por Jesús en su Evangelio, transitando los caminos de la política aún partidaria en dirección trinitaria. Tampoco puede ser ajena a nuestra Fe Cristiana, una evaluación evangélica del Bicentenario, tal cual lo iremos desarrollando.
Miguel Esteban Hesayne,obispo emérito de Viedma
Reflexión de José Antonio Pagola sobre el evangelio del domingo décimotercero del Tiempo Ordinario, ofrecida por la Delegación Diocesana de Enseñanza de la diócesis de Tenerife.
SIN INSTALARSE NI MIRAR ATRAS
Seguir a Jesús es el corazón de la vida cristiana. Lo esencial. Nada hay más importante o decisivo. Precisamente por eso, Lucas describe tres pequeñas escenas para que las comunidades que lean su evangelio, tomen conciencia de que, a los ojos de Jesús, nada puede haber más urgente e inaplazable.
Jesús emplea imágenes duras y escandalosas. Se ve que quiere sacudir las conciencias. No busca más seguidores, sino seguidores más comprometidos, que le sigan sin reservas, renunciando a falsas seguridades y asumiendo las rupturas necesarias. Sus palabras plantean en el fondo una sola cuestión: ¿qué relación queremos establecer con él quienes nos decimos seguidores suyos?
Primera escena. Uno de los que le acompañan se siente tan atraído por Jesús que, antes de que lo llame, él mismo toma la iniciativa: «Te seguiré adonde vayas». Jesús le hace tomar conciencia de lo que está diciendo: «Las zorras tienen madrigueras, y los pájaros nido», pero él «no tiene dónde reclinar su cabeza».
Seguir a Jesús es toda una aventura. Él no ofrece a los suyos seguridad o bienestar. No ayuda a ganar dinero o adquirir poder. Seguir a Jesús es "vivir de camino", sin instalarnos en el bienestar y sin buscar un falso refugio en la religión. Una Iglesia menos poderosa y más vulnerable no es una desgracia. Es lo mejor que nos puede suceder para purificar nuestra fe y confiar más en Jesús.
Segunda escena. Otro está dispuesto a seguirle, pero le pide cumplir primero con la obligación sagrada de «enterrar a su padre». A ningún judío puede extrañar, pues se trata de una de las obligaciones religiosas más importantes. La respuesta de Jesús es desconcertante: «Deja que los muertos entierren a sus muertos: tú vete a anunciar el reino de Dios».
Abrir caminos al reino de Dios trabajando por una vida más humana es siempre la tarea más urgente. Nada ha de retrasar nuestra decisión. Nadie nos ha de retener o frenar. Los "muertos", que no viven al servicio del reino de la vida, ya se dedicarán a otras obligaciones religiosas menos apremiantes que el reino de Dios y su justicia.
Tercera escena. A un tercero que quiere despedir a su familia antes de seguirlo, Jesús le dice: «El que echa mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el reino de Dios». No es posible seguir a Jesús mirando hacia atrás. No es posible abrir caminos al reino de Dios quedándonos en el pasado. Trabajar en el proyecto del Padre pide dedicación total, confianza en el futuro de Dios y audacia para caminar tras los pasos de Jesús.
José Antonio Pagola
Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
27 de junio de 2010
13 Tiempo ordinario (C)
Lucas, 9, 51-62
Exposición de monseñor Domingo S. Castagna, arzobispo emérito de Corrientes, en el marco del Año Sacerdotal (Junio de 2010). (AICA)
Improvisado y formidable Pastor. Hemos llegado a la conclusión del Año Sacerdotal. Para los pueblos de Latinoamérica el Arzobispo de Lima, Santo Toribio de Mogrovejo, encarna la auténtica imagen de la Iglesia Católica: misionera, cercana al pueblo humilde, particularmente representado por los indígenas, afroamericanos y mestizos. Laico virtuoso, abogado y profesor de leyes en la Universidad de Salamanca, atrae la mirada del Emperador Felipe II que lo propone al Papa Gregorio XIII para ser Arzobispo de Lima. Nombrado en marzo de 1579, recibe todas las órdenes sagradas en Granada y, de inmediato, la Ordenación episcopal en Sevilla. Ya instalado en su sede de Lima comienza su ardua y excepcional tarea pastoral. La jurisdicción que le corresponde abarca todo el dominio colonial español, desde la población de Lambayeque hasta la ciudad de Quito. Apenas llegado, comprueba un gran debilitamiento de la vida cristiana en la población; su antecesor había muerto seis años antes y, mientras tanto, algunos abusos se habían instalado en la sociedad sin una autoridad moral que los detuviera. A las excusas de los poderosos, que argumentan: “es la costumbre”, el santo responde: “Cristo es verdad y no costumbre”. En lo sucesivo es ésa la base normativa de su extraordinaria actividad pastoral y misionera.
Ministerio y heroicidad de las virtudes. Es muy difícil lograr la síntesis de una vida como la de este formidable Pastor de la Iglesia. En mi ánimo está señalar su fisonomía de santidad, como lo he intentado en las semblanzas anteriores. La magnitud de su ministerio pastoral se identifica con la heroicidad de sus virtudes. El hombre, buen cristiano, concluye en el Santo Pastor que resulta ser. Es elegido con un método inapropiado, hoy afortunadamente desechado, me refiero al “derecho de patronato”, que ejercen entonces algunos privilegiados monarcas, y que pretenden conservar los gobiernos ya emancipados del poder colonial. Toribio Alfonso de Mogrovejo y Robledo, exitoso profesor de la Universidad de Salamanca y cristiano muy virtuoso, después de su Ordenación, viaja al lejano Perú donde lo aguarda su sede. Asume como Arzobispo el 12 de mayo de 1581. Se dedica inmediatamente a restablecer la vida religiosa de sus fieles. Para ello recorre, durante 25 años, el enorme territorio de su jurisdicción, ausentándose de la sede por espacio de hasta seis años. Emprende a pie y, a veces solo, caminos geográficamente aún no señalados, con el riesgo de ser atacado por bandidos e indígenas poco amistosos.
Activo Pastor. Su personalidad se manifiesta en la firmeza con que conduce su extensa Jurisdicción eclesiástica. El equilibrio, manifestado en las circunstancias históricas que enfrenta como Pastor, no dispone de otra explicación que su gran espiritualidad. Aquel hombre vigoroso, formado para hacer de la ley el instrumento válido del orden social, sabe hacer predominar la misericordia como expresión cabal de la verdad. El prestigio de la investidura recibida favorece su acción en bien de su pueblo, pero, no neutraliza los sinsabores provenientes de las intrigas políticas de entonces. Delante de Dios, y en servicio de su enorme grey, diseña un plan de acción pastoral que lo convierte en un santo andariego. Recorre la extensísima geografía colonial en penosos viajes, bautiza y confirma cerca de quinientas mil personas, entre ellas a Santa Rosa de Lima, San Martin de Porres y San Juan Macías. Se revela como intrépido defensor de la dignidad de los indígenas, frecuentemente maltratados por los colonizadores, y reclama con valentía que sean respetados sus derechos. Convoca y preside el tercer Concilio Limense (1582-1583) al que asisten prelados de toda Hispanoamérica y en el que tratan asuntos relativos a la evangelización de los indígenas. Su andar misionero produce adelantos viales de gran necesidad, construye escuelas, capillas, hospitales, conventos y funda el primer Seminario Americano en Lima (1591) que en la actualidad lleva su nombre.
Al encuentro del pueblo. El Arzobispo Toribio de Mogrovejo extrae su extraordinaria vitalidad misionera de la santidad de su vida. De otra manera no hubiera sido lo que fue. Los testimonios de quienes lo conocieron dan cuenta de su extraordinaria vida de oración, de sus mortificaciones, de su dedicación a la gravísima tarea de Pastor que la Iglesia le encomienda. Deseo subrayar sus Visitas Pastorales de estilo netamente misionero. Su propósito de estar cerca del pueblo, principalmente de los indígenas y pobres, inaugura una forma pastoral que marca, en adelante, la acción evangelizadora de los principales agentes latinoamericanos: Obispos, sacerdotes, religiosos y laicos. Muy posteriormente a su tránsito, los ya numerosos Obispos de Latinoamérica celebran cuatro Conferencias episcopales que recogen fielmente el espíritu, el pensamiento y la práctica del Santo Arzobispo: Medellín, Puebla, Santo Domingo y Aparecida. Por ser quién fue, el Venerable Siervo de Dios Juan Pablo II lo proclama Patrono del Episcopado Latinoamericano (1983). Ese celestial patronazgo indica, y lo indicará en lo sucesivo, un estilo pastoral de la Iglesia Latinoamericana animado por obispos misioneros, cercanos a los más pobres, testigos incorruptibles del Evangelio. Entre ellos se destacan algunos santos y mártires, históricamente muy cercanos a nosotros.
Reivindicador de la santidad en la acción pastoral. En esta gesta apostólica, acreditada por la santidad de Toribio, junto a los obispos están los presbíteros, los diáconos y los misioneros laicos. La estabilidad y permanencia en ministerios de diverso orden contribuyen a la extensión y eficacia de la acción evangelizadora. Debemos agradecer al Concilio Vaticano II la recuperación de esta olvidada disciplina apostólica. Santo Toribio, como todos los sacerdotes santos, reivindica la necesidad de la santidad en el ejercicio del ministerio sagrado y en el de la misión universal de toda la Iglesia: la evangelización. Pero es el “estilo”, inaugurado por el Santo, el que recobra su necesidad hoy. Incluye la formación inicial y permanente de los candidatos a las Órdenes sagradas y, de manera particular, de quienes son convocados a suceder a los Apóstoles mediante el servicio episcopal. La intención del Papa, al proponer a Santo Toribio como Patrono del episcopado latinoamericano, es presentar un modelo de vida apostólica a los obispos del joven Continente. Como aquel santo Pastor, los obispos de la actual Latinoamérica están desafiados por un territorio geográficamente enorme, a medio poblar, por el fenómeno de una pobreza escandalosa y de un subdesarrollo cultural, económico y político de difícil superación inmediata. Santo Toribio responde, en su tiempo, a esos desafíos, llevando el Evangelio a los más remotos lugares y presentando, con particular osadía pastoral, todas las exigencias emanadas de su anuncio y celebración. El buen Pastor no vacila en acompañar la vida del pueblo “en desarrollo”, acosado por los conflictos causados por la injusticia, y dar cauce evangélico a su legítimo anhelo de libertad. Los incomodados, por la presencia dinámica del santo Obispo - eficaz formador de conciencias - procurarán acallarlo y desalentar sus extensas Visitas Pastorales, acudiendo a sus superiores de Roma y de España, con el fin de reducir y aguachentar su incansable acción misionera.
El fin humilde de un grande. Cambian las circunstancias, pero, el hombre reedita la lucha por construir su historia y resolver los enigmas innegables de su vocación al amor y a la eternidad. La multisecular historia de la Iglesia registra el protagonismo de algunos santos que han orientado evangélicamente su marcha. Santo Toribio de Mogrovejo ha recogido las angustias y esperanzas del Continente Latinoamericano, confirmando proféticamente su identidad cristiana, nacido de la pobreza de Nazaret y envuelto en un prodigio mariano único y constante. No hay mucho más que decir en estas breves páginas. Prefiero concluir con el relato de su muerte, cerrando su última Visita Pastoral, como consta en los anales de la época: “A los sesenta y ocho años, Toribio de Mogrovejo cayó enfermo en la población de Pacasmayo, al norte de Lima, pero aún así continuó trabajando hasta el final, llegando a la ciudad de Saña en condición agonizante. Allí hizo su testamento en el que dejó a sus criados sus efectos personales y a los pobres el resto de sus propiedades. Murió a las tres y media de la tarde del Jueves Santo, el 23 de marzo de 1606, en el Convento de San Agustín”. Fue canonizado el 10 de diciembre de 1726 por el Papa Benedicto XIII.
Que el Santo Arzobispo de Lima interceda para que la gracia, que lo promovió a la santidad, logre una verdadera renovación en quienes debemos recoger su herencia y hacer del “Continente de la esperanza” una realización ejemplar de la caridad cristiana.
Mons. Domingo Salvador Castagna,arzobispo emérito de Corrientes
ZENIT nos ofrece el texto de la catequesis que el Papa Benedicto XVI pronunció el miércoles 2 de Junio de 2010 durante la Audiencia General, con los peregrinos congregados de todo el mundo en la Plaza de San Pedro.
Queridos hermanos y hermanas,
tras algunas catequesis sobre el sacerdocio y mis últimos viajes, volvemos hoy a nuestro tema principal, es decir, a la meditación sobre algunos grandes pensadores de la Edad Media. Habíamos visto últimamente la gran figura de san Buenaventura, franciscano, y hoy quisiera hablar de aquel que la Iglesia llama el Doctor communis: es decir santo Tomás de Aquino. Mi venerado Predecesor, el Papa Juan Pablo II, en su encíclica Fides et ratio recordó que santo Tomás “ha sido siempre propuesto por la Iglesia como maestro de pensamiento y modelo del modo recto de hacer teología” (n. 43). No sorprende que, después de san Agustín, entre los escritores eclesiásticos mencionados en el Catecismo de la Iglesia Católica, santo Tomás sea citado más que ningún otro, ¡hasta sesenta y una veces! Fue llamado también Doctor Angelicus, quizás por sus virtudes, en particular la sublimidad de su pensamiento y la pureza de su vida.
Tomás nació entre 1224 y 1225 en el castillo que su familia, noble y rica, poseía en Roccasecca, en las cercanías de Aquino, cerca de la célebre abadía de Montecassino, adonde fue enviado por sus padres para recibir los primeros elementos de su instrucción. Algún año después se trasladó a la capital del Reino de Sicilia, Nápoles, donde Federico II había fundado una prestigiosa Universidad. En ella se enseñaba, sin las limitaciones vigentes en otros lugares, el pensamiento del filósofo griego Aristóteles, al cual el joven Tomás fue introducido, y cuyo gran valor intuyó en seguida. Pero sobre todo, en aquellos años transcurridos en Nápoles, nació su vocación dominica. Tomás fue de hecho atraído por el ideal de la orden fundada no muchos años antes por santo Domingo. Con todo, cuando se revistió el hábito dominico, su familia se opuso a esta elección, y fue obligado a dejar en convento y a transcurrir algún tiempo en familia.
En 1245, ya mayor de edad, pudo retomar su camino de respuesta a la llamada de Dios. Fue enviado a París para estudiar teología bajo la guía de otro santo, Alberto Magno, sobre el que hablé recientemente. Alberto y Tomás estrecharon una verdadera y profunda amistad y aprendieron a estimarse y a apreciarse, hasta el punto que Alberto quiso que su discípulo le siguiera también a Colonia, donde él había sido enviado por los superiores de la orden a fundar un estudio teológico. Tomás mantuvo entonces contacto con todas las obras de Aristóteles y de sus comentaristas árabes, que Alberto ilustraba y explicaba.
En aquel periodo, la cultura del mundo latino estaba profundamente estimulada por el encuentro con las obras de Aristóteles, que habían estado ignoradas por mucho tiempo. Se trataba de escritos sobre la naturaleza del conocimiento, sobre ciencias naturales, sobre metafísica, sobre el alma y sobre la ética, ricas de informaciones y de intuiciones que parecían válidas y convincentes. Era toda una visión completa del mundo llevada a cabo sin y antes de Cristo, con la pura razón, y parecía imponerse a la razón como "la" visión misma; era, por tanto, una fascinación increíble para los jóvenes ver y conocer esta filosofía. Muchos acogieron con entusiasmo, incluso con entusiasmo acrítico, este enorme bagaje del saber antiguo, que parecía poder renovar ventajosamente la cultura, abrir totalmente nuevos horizontes. Otros, sin embargo, temían que el pensamiento pagano de Aristóteles estuviese en oposición a la fe cristiana, y rechazaban estudiarlo. Se encontraron dos culturas: la cultura pre-cristiana de Aristóteles, con su racionalidad radical, y la cultura clásica cristiana. Ciertos ambientes eran llevados al rechazo de Aristóteles también por la presentación que de este filósofo hacían los comentaristas árabes Avicena y Averroes. De hecho, fueron éstos los que transmitieron al mundo latino la filosofía aristotélica. Por ejemplo, estos comentaristas habían enseñado que los hombres no disponen de una inteligencia personal, sino que hay un único intelecto universal, una sustancia espiritual común a todos, que opera en todos como "única": por tanto, una despersonalización del hombre. Otro punto discutible transmitido por los comentaristas árabes era aquel según el cual el mundo es eterno como Dios. Se desencadenaron comprensiblemente disputas sin fin en el mundo universitario y en el eclesiástico. La filosofía aristotélica se iba difundiendo incluso entre la gente sencilla.
Tomás de Aquino, en la escuela de Alberto Magno, llevó a cabo una operación de fundamental importancia para la historia de la filosofía y de la teología, diría que para la historia de la cultura: estudió a fondo a Aristóteles y a sus intérpretes, procurándose nuevas traducciones latinas de los textos originales en griego. Así no se apoyaba ya solo en los comentaristas árabes, sino que podía leer personalmente los textos originales, y comentó gran parte de las obras aristotélicas, distinguiendo en ellas lo que era válido de lo que era dudoso o rechazable del todo, mostrando la concordancia con los datos de la Revelación cristiana y utilizando amplia y agudamente el pensamiento aristotélico en la exposición de los escritos teológicos que compuso. En definitiva, Tomás de Aquino mostró que entre la fe cristiana y la razón subsiste una armonía natural. Y esta es la gran obra de Tomás, que en aquel momento de enfrentamiento entre dos culturas – ese momento en que parecía que la fe tuviese que rendirse ante la razón – mostró que ambas van juntas, que cuando aparecía la razón incompatible con la fe, no era razón, y cuanto parecía fe no era fe, si se oponía a la verdadera racionalidad; así él creó una nueva síntesis, que formó la cultura de los siglos sucesivos.
Por sus excelentes dotes intelectuales, Tomás fue llamado a París como profesor de teología en la cátedra dominica. Aquí comenzó también su producción literaria, que prosiguió hasta su muerte, y que tiene algo de prodigioso: comentarios a la Sagrada Escritura, porque el profesor de teología era sobre todo intérprete de la Escritura, comentarios a los escritos de Aristóteles, obras sistemáticas poderosas, entre las que sobresale la Summa Theologiae, tratados y discursos sobre diversos argumentos. Para la composición de sus escritos, era ayudado por algunos secretarios, entre ellos su hermano Reginaldo de Piperno, que le siguió fielmente y al que estuvo ligado por una amistad sincera y fraterna, caracterizada por una gran confianza. Esta es una característica de los santos: cultivaban la amistad, porque ésta es una de las manifestaciones más nobles del corazón humano y tiene en sí algo de divino, como Tomás mismo explicó en algunas quaestiones de la Summa Theologiae, en la que escribe: “La caridad es la amistad del hombre con Dios principalmente, y con los seres que Le pertenecen" (II, q. 23, a.1).
No permaneció durante mucho tiempo y de forma estable en París. En 1259 participó en el Capítulo General de los Dominicos a Valenciennes, donde fue miembro de una comisión que estableció el programa de estudios en la orden. De 1261 a 1265, después, Tomás estuvo en Orvieto. El Pontífice Urbano IV, que sentía por él una gran estima, le encargó la composición de los textos litúrgicos para la fiesta del Corpus Domini, que celebramos mañana, instituida después del milagro eucarístico de Bolsena. Tomás tuvo un alma exquisitamente eucarística. Los bellísimos himnos que la liturgia de la Iglesia canta para celebrar el misterio de la presencia real del Cuerpo y de la Sangre del Señor en la Eucaristía se atribuyen a su fe y a su sabiduría teológica. Entre 1265 y 1268 Tomás residió en Roma, donde, probablemente, dirigía un Studium, es decir, una Casa de Estudios de la Orden, y donde comenzó a escribir su Summa Theologiae (cfr Jean-Pierre Torrell, Tommaso d’Aquino. L’uomo e il teologo, Casale Monf., 1994, pp. 118-184).
En 1269 fue llamado de nuevo a París para un segundo ciclo de enseñanzas. Los estudiantes – se comprende – estaban entusiasmados con sus lecciones. Un ex-alumno suyo declaró que una grandísima multitud de estudiantes seguía los cursos de Tomás, tanto que las aulas no conseguían contenerles, y añadía, con una anotación personal, que "escucharle era para él una felicidad profunda". La interpretación de Aristóteles dada por Tomás no era aceptada por todos, pero incluso sus adversarios en el campo académico, como Godofredo de Fontaines, por ejemplo, admitían que la doctrina de fray Tomás era superior a otras por su utilidad y valor y servía de corrección a las de todos los demás doctores. Quizás también para sustraerle de las vivaces discusiones en curso, los superiores lo enviaron una vez más a Nápoles, para ponerse a disposición del rey Carlos I, que quería organizar los estudios universitarios.
Además del estudio y la enseñanza, Tomás se dedicó también a la predicación al pueblo. Y también el pueblo iba de buen grado a escucharle. Diría que es verdaderamente una gracia grande cuando los teólogos saben hablar con sencillez y fervor a los fieles. El ministerio de la predicación, por otra parte, ayuda a los mismos expertos en teología a un sano realismo pastoral, y enriquece de estímulos vivaces su investigación.
Los últimos meses de la vida terrena de Tomás permanecen rodeados de una atmósfera particular, diría misteriosa. En diciembre de 1273 llamó a su amigo y secretario Reginaldo para comunicarle su decisión de interrumpir todo trabajo, porque durante la celebración de la Misa había comprendido, a raíz de una revelación sobrenatural, que cuanto había escrito hasta entonces era solo “un montón de paja". Es un episodio misterioso, que nos ayuda a comprender no sólo la humildad personal de Tomás, sino también el hecho de que todo aquello que llegamos a pensar y a decir sobre la fe, por elevado y puro que sea, es infinitamente superado por la grandeza y por la belleza de Dios, que nos será revelada en plenitud en el Paraíso. Algún mes después, cada vez más absorto en una meditación pensativa, Tomás murió mientras estaba de viaje hacia Lyon, donde se dirigía para tomar parte en el Concilio Ecuménico proclamado por el Papa Gregorio X. Se apagó en la Abadía cisterciense de Fossanova, tras haber recibido el Viático con sentimientos de gran piedad.
La vida y la enseñanza de santo Tomás de Aquino se podría resumir en un episodio recogido por los antiguos biógrafos. Mientras el santo, como era su costumbre, estaba en oración ante el crucifijo, por la mañana temprano en la Capilla de san Nicolás en Nápoles, Domingo de Caserta, el sacristán de la iglesia, sintió desarrollarse un diálogo. Tomás preguntaba, preocupado, si cuanto había escrito sobre los misterios de la fe cristiana era correcto. Y el Crucifijo respondió: “Tu has hablado bien de mí, Tomás. ¿Cuál será tu recompensa?". Y la respuesta que Tomás dio es la que también nosotros, amigos y discípulos de Jesús, quisieramos decir siempre: “¡Nada más que a Ti, Señor!" (Ibid., p. 320).
[En español dijo]
Saludo a los grupos de lengua española, en particular a las Hijas de la Inmaculada Concepción de Buenos Aires y a los peregrinos venidos para la Beatificación de María Pierina de Micheli, así como a los demás fieles provenientes de España, México y otros países latinoamericanos. A todos os invito a participar con profunda piedad y veneración en la próxima Solemnidad del Corpus Christi, para experimentar así constantemente en nosotros los frutos de la Redención. Muchas gracias.
[Llamamiento final]
Con profunda inquietud sigo los trágicos acontecimientos sucedidos en la proximidad de la Franja de Gaza. Siento la necesidad de expresar mi sentidas condolencias por las víctimas de estos dolorosísimos acontecimientos, que preocupan a cuantos importa la paz en esa región. Una vez más repito con ánimo oprimido que la violencia no resuelve las controversias, sino que acrecienta sus dramáticas consecuencias y genera otra violencia. Hago un llamamiento a cuantos tienen responsabilidades políticas a nivel local e internacional para que busquen incesantemente soluciones justas a través del diálogo, de forma que se garantice a las poblaciones de la zona mejores condiciones de vida, en concordia y serenidad. Os invito a uniros a mí en la oración por las víctimas, por sus familiares y por cuantos sufren. Que el Señor sostenga los esfuerzos de aquellos que no se cansan de trabajar por la reconciliación y la paz.
[Traducción del original italiano por Inma Álvarez
©Libreria Editrice Vaticana]
Texto del micro radial de monseñor José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz, emitido por LT 9 (30 de mayo de 2010). (AICA)
FIESTA DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD
El domingo siguiente a Pentecostés la Iglesia celebra la Fiesta de la Santísima Trinidad. En ella celebramos la vida íntima de Dios, a la cual sólo podemos acceder porque Jesucristo, el Hijo de Dios, nos la ha revelado. Es decir, podemos hablar de la existencia de Dios a partir de una reflexión del hombre como ser espiritual, o como una criatura que necesita de la presencia de un Creador. Esto es posible y a esta conclusión han llegado muchos filósofos, que han descubierto la existencia de Dios por el camino de la razón. Pero este camino tiene un límite, por él no podríamos conocer la intimidad de Dios, necesitamos, para ello, que sea él quién nos hable de si mismo. Por ello utilizamos la palabra misterio, porque sólo accedemos a este conocimiento cuando el mismo Dios nos lo da a conocer. Cuál es el camino para este conocimiento de Dios?, la respuesta es Jesucristo, que ha venido para revelarnos la intimidad de Dios. Nadie conoce al Padre, nos dirá Jesucristo, “sino el Hijo y aquel a quién el Hijo se lo quiera revelar” (Lc. 10, 21). La Biblia no es un libro de historia, sino de conocimiento de Dios y, por lo mismo, de nosotros mismos.
La fe cristiana no tiene otra fuente para el conocimiento de Dios que no sea la Palabra del mismo Jesucristo. Pero es importante comprender cómo la fe, que nos llega por la Palabra de Dios, no se opone a la razón sino que amplía el alcance de su conocimiento. La fe y la razón, decía Juan Pablo II: “son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad. Dios ha puesto en el corazón del hombre, continúa, el deseo de conocer la verdad y, en definitiva, de conocerlo a Él para que, conociéndolo y amándolo, pueda alcanzar también la plena verdad sobre sí mismo” (Fides et Ratio, 1). A este conocimiento de Dios, que para nosotros es un “misterio”, sólo llegamos por el camino de la Revelación, que nos llega por medio de la Palabra del mismo Dios. Como vemos el misterio no se opone a la razón, el hombre no tiene que renunciar a su inteligencia, pero sí debe estar abierto, en cuanto ser espiritual, a un conocimiento que trasciende los límites de la inteligencia humana. La fe, diría, eleva y perfecciona la inteligencia del hombre, para conocer la realidad con los ojos de Dios.
Qué significa el Misterio de la Santísima Trinidad? Jesucristo nos dice que él ha sido enviado por su Padre, para comunicarnos la vida de Dios y, luego, cuando vuelve junto a su Padre, nos dice que nos va a enviar al Espíritu Santo. Como vemos hay tres realidades en Dios: el Padre, el Hijo Jesucristo y el Espíritu Santo, pero hay un solo Dios. Este era el problema que se planteaban los primeros cristianos, y que ocupó los dos primeros Concilios donde se definió la fe trinitaria de la Iglesia, y que quedó expresado en el Credo que hoy rezamos: Creo en un solo Dios, decimos, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Toda la obra pertenece a Dios, pero de acuerdo a lo que Jesucristo nos revela en el Evangelio, cada una de las tres divinas personas cumple una tarea dentro del mismo plan de Dios. Al Padre se lo ve como Creador, al Hijo como Redentor y al Espíritu Santo como Santificador. Por ello en nuestras oraciones nos referimos a ellos en cuanto Dios, pero viendo su propia misión. Esto también nos habla de que Dios no es una soledad en si, sino una comunión de personas. Dios es Amor, nos dirá san Juan. Esta imagen de la comunión de Dios es la fuente y el modelo de lo que debe ser la Iglesia. Jesucristo nos lo dice en su oración: “Padre, como tú estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno” (Jn. 17, 21).
Reciban de su Obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor que es Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Mons. José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz
Homilía de monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas, para el domingo de la Santísima Trinidad (30 de mayo de 2010). (AICA)
En este domingo celebramos a la Santísima Trinidad. Si hay algo esencial de nuestra fe como cristianos es creer que Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Creemos en la Trinidad por la revelación que Jesucristo, el Señor, realizó y que leemos en los textos de la Palabra de Dios. El texto bíblico de este domingo (Jn. 16, 12-15), nos ayuda a profundizar la revelación Trinitaria hecha por Jesucristo del padre y del Espíritu Santo: “Cuando venga el Espíritu de la Verdad, él los introducirá en toda la verdad, porque no hablará por sí mismo, sino que dirá lo que ha oído y les anunciará lo que irá sucediendo. Él me glorificará porque recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes”. Es importante que comprendamos la significación que tiene para nuestra vida esta verdad que confesamos los cristianos. Nuestra época va relativizando todo y a veces hasta lo revelado por Jesucristo. Algunos dirán que reflexionar sobre esto de la Trinidad no tiene ninguna importancia e implicancia en la realidad, y sin embargo la confesión en el Dios Uno y Trino no es accidental a la fe y tiene consecuencias espirituales, y hasta en la manera de vivir, de concebir el mundo y a nuestra Patria.
En el contexto de la celebración del bicentenario que hemos dado inicio esta semana celebrando especialmente el 25 de mayo, quiero retomar algunas expresiones en este domingo de la Trinidad que señalaba el documento del episcopado argentino “Navega mar adentro” sobre “la comunión de la Trinidad, fundamento de nuestra convivencia social”.
La celebración del bicentenario que va desde este 2010 hasta el 2016, será una oportunidad para mejorar la calidad de vida ciudadana e institucional, o transcurrirá “solo” con algunos fogoneos y chispasos de fiesta, sin significación para este deseo de los argentinos que “queremos ser Nación”. El Diálogo y la convivencia social y política es una clave para que seriamente desde la necesaria diversidad de pensamiento, tengamos la capacidad de sentarnos a plantear temas que para los unos y los otros hacen al bien común, por encima de las pujas de poder. Dañaría la participación y a la misma organización republicana equivocarnos y creer que la convivencia debe “uniformar”, o creer que solo se puede progresar con un “pensamiento único”. Esto sería “achatarnos” e implicaría una tremenda pobreza cultural. Pero la diversidad que enriquece, no puede ser una lucha irracional, desinteresada de la búsqueda de la verdad y alimentada solo por la ambición y el egoísmo. Seguramente estos seis años pueden ser una oportunidad para ganar en magnanimidad y grandeza para acordar en temas “ejes”, que hagan al bien común. “Navega mar adentro” nos señala al respecto: “El existir con otros y el vivir juntos, no es el fruto de una desgracia a la que haya que resignarse, ni un hecho accidental que se deba soportar; ni siquiera se trata de una mera estrategia para sobrevivir. Toda la vida en sociedad tiene para las personas un fundamento más hondo. Dios mismo. La Santísima Trinidad es fuente, modelo y fin de toda forma de comunicación humana. A partir de la comunión trinitaria hemos de recrear los vínculos de toda comunidad: a nivel familiar, vecinal, provincial, nacional e internacional. En el diálogo y en el intercambio libre de dones, animado por el amor, se construye el nosotros “de la comunión solidaria” (65).
Resulta asombroso ver como por un lado crece la búsqueda de la valoración de los derechos humanos. Instituciones, organismos, medios de comunicación, acentúan los derechos de las personas y en la realidad muchas veces nos encontramos con actitudes individuales o sectoriales que se desinteresan gravemente por la situación de las personas, de la familia, de su dignidad, de la misma valoración de “la vida humana”, de la vida por nacer… y por supuesto por el bien común. Hasta parece utópico hablar de “recrear vínculos de convivencia social”, y ni hablar de considerarlo desde “la dimensión trinitaria”, aún cuando casi todos los actores sociales se denominan cristianos. En realidad es importante advertir que “lo utópico” es creer que podemos mejorar y progresar fundamentados “solamente” en estrategias sectoriales, omitiendo la cuestión ética y el bien común.
Al celebrar este domingo a la Trinidad, la comunión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, le pedimos por nuestra Patria, para que podamos ser Nación.
¡Les envío un saludo cercano y hasta el próximo domingo!
Mons. Juan Rubén Martínez,obispo de Posadas
ZENIT nos ofrece el discurso que el Papa pronunció el lunes por la noche, 31 de mayo, durante el rezo del Rosario, como conclusión del mes de mayo, en los Jardines Vaticanos.
Queridos hermanos y hermanas
Con gran alegría me uno a vosotros, al término de este tradicional encuentro de oración, que concluye el mes de mayo en el Vaticano. En referencia a la liturgia de hoy, queremos contemplar a María Santísima en el misterio de su Visitación. En la Virgen María que va a visitar a su pariente Isabel reconocemos el ejemplo más límpido y el significado más verdadero de nuestro camino de creyentes y del camino de la Iglesia misma. La Iglesia es por naturaleza misionera, está llamada a anunciar el Evangelio por todas partes y siempre, a transmitir la fe a cada hombre y mujer, y a cada cultura.
“En aquellos días – escribe el evangelista san Lucas – se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá” (Lc 1,39). El de María es un auténtico viaje misionero. Es un viaje que la lleva lejos de casa, la empuja al mundo, a lugares extraños a sus costumbres cotidianas, la hace llegar, en un cierto sentido, hasta los límites de lo que ella podía llegar. Está precisamente aquí, también para todos nosotros, el secreto de nuestra vida de hombres y de cristianos. La nuestra, como individuos y como Iglesia, es una existencia proyectada fuera de nosotros. Como ya había sucedido a Abraham, se nos pide que salgamos de nosotros mismos, de los lugares de nuestras seguridades, para ir hacia los demás, a lugares y ámbitos distintos. Es el Señor el que nos lo pide: “Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre vosotros, y seréis mis testigos... hasta los confines de la tierra (Hch 1,8). Y es siempre el Señor el que, en este camino, nos pone junto a María como compañera de viaje y madre solícita. Ella nos da seguridad, porque nos recuerda que con nosotros está siempre su Hijo Jesús, según lo que prometió: “yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28,20).
El evangelista relata que “María permaneció con ella (con su pariente Isabel) unos tres meses” (Lc 1,56). Estas sencillas palabras explican el objetivo más inmediato del viaje de María. Había sabido por el Ángel que Isabel esperaba un hijo y que estaba ya en el sexto mes (cfr Lc 1,36). Pero Isabel era anciana y la cercanía de María, aún muy joven, podía serle útil. Por esto María llega hasta ella y permanece a su lado durante casi tres meses, para ofrecerle esa cercanía afectuosa, esa ayuda concreta y todos esos servicios cotidianos de los que tenía necesidad. Isabel se convierte así en el símbolo de tantas personas ancianas y enfermas, más aún, de todas las personas necesitadas de ayuda y de amor. ¡Y cuántas son también hoy, en nuestras familias, en nuestras comunidades y en nuestras ciudades! Y María – que se había definido como “la sierva del Señor” (Lc 1,38) – se hace sierva de los hombres. Más precisamente, sirve al Señor a quien encuentra en los hermanos.
La caridad de María, sin embargo, no se detiene en la ayuda concreta, sino que alcanza su culmen en el dar al mismo Jesús, en “hacerle encontrar”. Es una vez más san Lucas quien lo subraya: “en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno” (Lc 1,41). Estamos así en el corazón y en el culmen de la misión evangelizadora. Estamos en el significado más verdadero y en el objetivo más genuino de todo camino misionero: dar a los hombres el Evangelio vivo y personal, que es el mismo Señor Jesús. Y la de Jesús es una comunicación y una donación que – como atestigua Isabel – llena el corazón de alegría: “apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno” (Lc 1,44). Jesús es el verdadero y único tesoro que nosotros tenemos que dar a la humanidad. Es de Él de quien los hombres y mujeres de nuestro tiempo tienen profunda nostalgia, aun cuando parecen ignorarlo o rechazarlo. Es de Él de quien tiene gran necesidad la sociedad en que vivimos, Europa, el mundo entero.
A nosotros se nos ha confiado esta extraordinaria responsabilidad. Vivámosla con alegría y con compromiso, para que la nuestra sea verdaderamente una civilización en la que reinen la verdad, la justicia, la libertad y el amor, pilares fundamentales e insustituibles de una verdadera convivencia ordenada y pacífica. Vivamos esta responsabilidad permaneciendo asiduos en la escucha de la Palabra de Dios, en la unión fraterna, en la fracción del pan y en las oraciones (cfr Hch 2,42). Que esta sea la gracia que pedimos juntos a la Virgen Santísima esta noche. A todos vosotros mi bendición.
[Traducción del italiano por Inma Álvarez
©Libreria Editrice Vaticana]
Carta pastoral de monseñor Santiago Olivera, obispo de Cruz del Eje (28 de mayo de 2010). (AICA)
CLAUSURA DEL AÑO SACERDOTAL Y NUEVA CATEDRAL
Queridos amigos:
Vuelvo a comunicarme con ustedes con mucha alegría. Les escribo con el gozo de saber que desde el 26 de mayo en la Diócesis estamos en Adoración Perpetua preparándonos para la fiesta del Corpus en Brochero. Hay muchos motivos para darle gracias a Dios y muchos motivos para que hagamos el esfuerzo de compartirlos juntos.
El Papa Benedicto XVI, nos invitó desde el año pasado y hasta el 11 de junio próximo, a vivir un año sacerdotal. Este año esta dedicado para agradecer al Señor por este don, para alentar, valorar, acompañar a nuestros sacerdotes y sobretodo a darle gracias a Jesús por haberlos llamado, ellos generosamente entregaron sus vidas por Amor, es justo agradecer a los que están y ser agradecidos y rezar por los que han partido y nos esperan en el cielo.
Fue llamativo a la vez constatar que junto a esta feliz iniciativa de nuestro Santo Padre, donde estoy seguro, hubo mucha gracia y fecundidad, también hemos conocido dolorosas historias e infidelidades de hijos de la Iglesia y que algunos han querido utilizar para opacar la gracia y los frutos de este año como la fidelidad de tantos.
El sacerdote es el Hombre de Dios, aun con sus límites es el que hace presente a Jesús Buen Pastor, lleva en si un misterio en vasijas de barro. A él, a cada uno, el Señor llama con una mirada de amor y lo consagra, lo asiste y lo envía a hacer de sus vidas, vida auténticamente eucarística, esto es ofrecida y entregada por todos.
Nosotros queremos renovar la gratitud por estas respuestas generosas, por eso nos pareció oportuno y significativo, reunirnos en el Santuario de Nuestra Madre, en Brochero, “corazón sacerdotal de nuestra diócesis”, donde descansan los restos del venerable sacerdote José Gabriel, para hacer aquí la clausura del “Año Sacerdotal” en la Solemnidad del Corpus Christi. Manifestaremos juntos nuestra Fe en la Presencia Real de Jesús en la Eucaristía. Para este encuentro y manifestación de fe, nos estamos preparando durante 9 días las 24 horas de esos días, rezando y Adorando al Señor Eucaristía, porque “La Eucaristía nos manifiesta la infinita misericordia y la ternura de Dios”, porque en “la Eucaristía es donde se realiza de modo más perfecto el encuentro con Cristo. Ese encuentro con el Señor, - nos recordaba el Santo Padre - suscita el compromiso de la Evangelización y el impulso a la solidaridad, despierta en el cristiano el fuerte deseo de anunciar el Evangelio y testimoniarlo en la sociedad para que sea más justa y más humana… De la Eucaristía ha brotado a lo largo de los siglos un inmenso caudal de caridad, de participación en las dificultades de los demás, de amor y de justicia…Solo de la Eucaristía brotará la civilización del amor que transformará Latinoamérica…” (Discurso Inaugural de Aparecida, del Papa 13 de mayo de 2007).
Sólo de la Eucaristía cada uno de nosotros nos renovaremos, como cada parroquia, cada comunidad y toda la Diócesis. El modelo de la renovación comunitaria lo encontramos en las primitivas comunidades cristianas (Hechos 2,42-47), que supieron ir buscando nuevas formas para evangelizar de acuerdo con las culturas y las circunstancias (DA 369).El domingo es el momento privilegiado del encuentro de las comunidades con el Señor resucitado y la participación en familia es uno de los caminos para comunicar y consolidar la fe. Los grupos fraternos deben ser un camino para que todos lleguemos a celebrar la fiesta de cada Eucaristía. Por esto la valorización de la Misa y en especial de la Misa dominical es una prioridad diocesana, por ello muchos de ustedes rezan y esperan a los sacerdotes.
Les decía que hay muchos motivos para dar gracias, y lo damos por la Iglesia diocesana, es en ella donde se encuentra y opera verdaderamente la Iglesia de Cristo, una, santa, católica y apostólica. La parroquia no alcanza a realizar la Iglesia y por lo tanto una pastoral sólo parroquial, sin visión e inserción diocesana no termina de ser eclesial. Esto se ha entendido aquí en Cruz del Eje porque hace más de 15 años se trabaja en un proyecto pastoral diocesano, guiado por el obispo de entonces y que ahora continuamos, este proyecto que se encarna en cada parroquia de modo propio, gracias a la tarea de los sacerdotes, diácono, religiosas/os y el pueblo de Dios, ha sido y es sin duda una gracia que debemos conservar como un gran regalo de Dios alcanzado por el esfuerzo de muchos.
En esta pastoral orgánica (que se expresa en el plan pastoral diocesano) es muy importante potenciar las estructuras de participación “de abajo hacia arriba”. Por eso es clave que en todas las parroquias funcione el consejo de pastoral, órgano presidido por el párroco e integrado por las distintas áreas de pastoral parroquial, animado por un clima de diálogo, comunión y participación. Animo a los que lo tienen y animo a conformarlos o consolidarlos a los que aún están en camino o búsqueda.
Toda Iglesia Diocesana, tiene un lugar que expresa la unidad de los creyentes, este lugar es la iglesia catedral. El ceremonial de los obispos dice: “Incúlquese en el ánimo de los fieles, por los medios más oportunos, el amor y la veneración hacia la iglesia catedral, signo también del magisterio y potestad del pastor. Como muchos saben el 25 de julio a las 16hs. El Señor Nuncio Apostólico, Monseñor Adriano Bernardini vendrá a nuestra Diócesis y bendecirá la nueva cátedra, dando así inicio a la Iglesia Catedral en la Parroquia Nuestra Señora del Carmen que celebra este año los 150 años de existencia y es el lugar donde se venera nuestra Patrona Diocesana.
La historia y el tiempo han hecho que la Iglesia Parroquial de Nuestra Señora del Valle fuera la Catedral desde el inicio de la Diócesis, 47 años después, habiendo consultado y considerado la conveniencia de esta solicitud, es que el Santo Padre Benedicto XVI, ha autorizado su traslado. Este cambio, con la madurez de casi 50 años de Diócesis y sintiendo verdaderamente la comunión con toda la Iglesia diocesana debe encontrarnos más hermanos y más unidos. Esta será como era antes el Valle, “signo de aquel templo espiritual, que se edifica en las almas… Además debe ser manifestación de la imagen expresa y visible de la Iglesia de Cristo que predica, canta y adora en toda la extensión de la tierra… “(Ceremonial nº 43).
Sé que significa para muchos un esfuerzo grande, pero como padre, hermano y amigo, los invito con mucha fuerza y mucho afecto a las Misas del 5 de junio en Brochero y 25 de julio en Cruz del Eje. Las comunidades parroquiales buscarán los mejores medios para facilitar la presencia. En toda la Diócesis las tardes del sábado de Corpus y el domingo del inicio de la Nueva Catedral no habrá celebraciones ni actividades.
Con la esperanza y el gozo de verlos y la seguridad de mi oración por ustedes, les envío una muy fraternal bendición,
Santiago Olivera,obispo de Cruz del Eje
ZENIT nos ofrece el discurso que el Papa Benedicto XVI dirigió el sábado, 29 de Mayo de 2010, a los participantes en la peregrinación promovida por la diócesis de Macerata-Tolentino-Recanati-Cingoli-Treia y por las diócesis de las Marcas (Centro de Italia), con ocasión del IV centenario de la muerte de Matteo Ricci, el apóstol de China.
Señor cardenal,
venerados hermanos en el Episcopado y en el Sacerdocio,
distinguidas autoridades,
queridos hermanos y hermanas,
estoy contento de encontraros para recordar el IV Centenario de la muerte del Padre Matteo Ricci, s.j. Saludo fraternalmente al obispo de Macerata-Tolentino-Recanati-Cingoli-Treia, monseñor Claudio Giuliodori, que guía esta numerosa peregrinación. Con él saludo a los hermanos de la Conferencia Episcopal de las Marcas y a sus respectivas diócesis, a las Autoridades civiles, militares y académicas; a los sacerdotes, los seminaristas y los estudiantes, y también a los Pueri Cantores. ¡Macerata está orgullosa de un ciudadano, un religioso y un sacerdote tan ilustre! Saludo a los miembros de la Compañía de Jesús, de la que formó parte del padre Ricci, en particular al prepósito general, padre Adolfo Nicolás, a sus amigos y colaboradores y a las instituciones educativas vinculadas a ellas. Un pensamiento también a todos los chinos. 你 們 好! [¡Saludos!]
El 11 de mayo de 1610, en Pekín, terminaba la vida terrena de este gran misionero, verdadero protagonista del anuncio del Evangelio el China en la era moderna tras la primera evangelización del arzobispo Giovanni da Montecorvino. De cuánta estima fue rodeado en la capital china y en la misma corte imperial, es signo el privilegio extraordinario que le fue concedido, impensable para un extranjero, de ser sepultado en tierra china. También hoy es posible venerar su tumba en Pekín, oportunamente restaurada por las autoridades locales. Las múltiples iniciativas promovidas en Europa y en China para honrar al padre Ricci, muestran el vivo interés que su obra sigue recabando en la Iglesia y en ambientes culturales diversos.
La historia de las misiones católicas comprende figuras de gran estatura por el celo y el valor de llevar a Cristo a tierras nuevas y lejanas, pero el padre Ricci es un caso singular de feliz síntesis entre el anuncio del Evangelio y el diálogo con la cultura y el pueblo al que se lleva, un ejemplo de equilibrio entre claridad doctrinal y prudente acción pastoral. No sólo el aprendizaje profundo de la lengua, sino también la asunción del estilo de vida y de las costumbres de las clases cultas chinas, fruto de estudio y de ejercicio paciente y amplio de miras, hicieron que el padre Ricci fuese aceptado por los chinos con respeto y estima, ya no como un extranjero, sino como el “Maestro del gran Occidente". En el "Museo del Milenio" de Pekín sólo se recuerdan dos extranjeros entre los grandes de la historia de China: Marco Polo y el padre Matteo Ricci.
La obra de este gran misionero presenta dos aspectos que no deben separarse: la inculturación china del anuncio del evangelio y la presentación a China de la cultura y de la ciencia occidentales. A menudo los aspectos científicos obtuvieron mayor interés, pero no hay que olvidar la perspectiva con la que el padre Ricci entró en relación con el mundo y la cultura chinos: un humanismo que considera a la persona inserta en su contexto, cultiva sus valores morales y espirituales, tomando todo lo que encuentra de positivo en la tradición china y ofreciendo enriquecerla con la contribución de la cultura occidental pero, sobre todo, con la sabiduría y la verdad de Cristo. El padre Ricci no va a China para llevarles la sabiduría y la cultura de Occidente, sino para llevarles el Evangelio, para dar a conocer a Dios. Escribe: “Durante más de veinte años cada mañana y cada noche he rezado con lágrimas al Cielo. Sé que el Señor del Cielo tiene piedad de las criaturas vivientes y las perdona (…) La verdad sobre el Señor del Cielo está ya en los corazones de los hombres. Pero los seres humanos no la comprenden inmediatamente y, además, no se inclinan a reflexionar sobre una cuestión semejante" (Il vero significato del "Signore del Cielo", Roma 2006, pp.69-70). Y es precisamente mientras lleva el Evangelio, cuando el padre Ricci encuentra en sus interlocutores la demanda de una confrontación más amplia, de modo que el encuentro motivado por la fe se convierte también en diálogo entre las culturas: un diálogo desinteresado, libre de objetivos de poder económico o político, vivido en la amistad, que hace de la obra del padre Ricci y de sus discípulos uno de los puntos más altos y felices en la relación entre China y Occidente. Al respecto, el “Tratado de la amistad" (1595), una de sus primeras y más conocidas obras en chino, es elocuente. En el pensamiento y en la enseñanza del padre Ricci la ciencia, la razón y la fe encuentran una síntesis natural: “Quien conoce el cielo y la tierra – escribe en el prefacio a la tercera edición del mapamundi – puede encontrar que Aquel que gobierna el cielo y la tierra es absolutamente bueno, absolutamente grande y absolutamente uno. Los ignorantes rechazan el Cielo, pero la ciencia que no llega al Emperador del Cielo como a la causa primera, no es para nada una ciencia".
La admiración hacia el padre Ricci no debe, sin embargo, hacer olvidar el papel y la influencia de sus interlocutores chinos. Las decisiones tomadas por él no dependían de una estrategia abstracta de inculturación de la fe, sino del conjunto de los acontecimientos, de los encuentros y de las experiencias que iba teniendo, por lo que lo que pudo llevar a cabo fue gracias también al encuentro con los chinos: un encuentro vivido de muchas formas, pero profundizado a través de la relación con algunos amigos y discípulos, especialmente de cuatro célebres conversos, “pilares de la Iglesia china”. De ellos el primero y más famoso fue Xu Guangqi, nativo de Shanghai, literato y científico, matemático, astrónomo, experto en agricultura, que llegó a los más altos grados de la burocracia imperial, hombre íntegro, de gran fe y vida cristiana, dedicado al servicio de su país, y que ocupa un puesto relevante en la historia y en la cultura chinas. Fue él, por ejemplo, quien convenció y ayudó al padre Ricci a traducir al chino los “Elementos” de Euclides, obra fundamental de la geometría, o quien obtuvo que el emperador confiase a los astrónomos jesuitas la reforma del calendario chino. Como fue otro de los sabios chinos convertidos al cristianismo – Li Zhizao – quien ayudó al padre Ricci en la realización de las últimas y más desarrolladas ediciones del mapamundi, que habría dado a los chinos una nueva imagen del mundo. É describía al padre Ricci con estas palabras: "Yo le creí un hombre singular porque vive en el celibato, no busca los altos cargos, habla poco, tiene una conducta regulada y esto todos los días, cultiva la virtud a escondidas y sirve a Dios continuamente". Es justo por tanto asociar al padre Matteo Ricci también sus grandes amigos chinos, que compartieron con él la experiencia de fe.
Queridos hermanos y hermanas, que el recuerdo de estos hombres de Dios dedicados al Evangelio y a la Iglesia, su ejemplo de fidelidad a Cristo, el profundo amor hacia el pueblo chino, el compromiso de inteligencia y de estudio, su vida virtuosa, sean ocasión de oración para la Iglesia en China y para todo el pueblo chino, como hacemos cada año, el 24 de mayo, dirigiéndonos a María Santísima, venerada en el célebre santuario de Sheshan en Shanghai; y que sean también de estímulo y ánimo para vivir con intensidad la fe cristiana, en el dialogo con las distintas culturas, pero con la certeza de que en Cristo se realiza el verdadero humanismo, abierto a Dios, rico en valores morales y espirituales y capaz de responder a los deseos más profundos del alma humana. También yo, como el padre Matteo Ricci, expreso hoy mi profunda estima por el noble pueblo chino y su cultura milenaria, convencido de que un renovado encuentro con el Cristianismo aportará frutos abundantes de bien, como entonces favoreció una convivencia pacífica entre los pueblos. Gracias.
[Traducción del original italiano por Inma Álvarez
©Libreria Editrice Vaticana]
Homilía de monseñor Carmelo Juan Giaquinta, arzobispo emérito de Resistencia, para la homilía de la Santísima Trinidad. (AICA)
UNIDAD, DISTINCIÓN, COMUNIÓN, FELICIDAD
Jn 16,12-15
I. NECESIDAD DEL ESPÍRITU PARA COMPRENDER EL EVANGELIO
1. Escuchamos recién a Jesús que dice a los discípulos: “Todavía tengo muchas cosas que decirles, pero ustedes no las pueden comprender ahora. Cuando venga el Espíritu de la Verdad, él los introducirá en toda la verdad…, y les anunciará lo que irá sucediendo” (Jn 16,12-13).
No se trata de que Jesús, el Maestro, no hubiese tenido tiempo para explicar el último tema de un programa previsto para desarrollar en clase. O que los discípulos no estuviesen preparados para rendir examen de lo enseñado por él. Se trata de la comprensión siempre nueva del Evangelio que los discípulos de Jesús necesitamos adquirir a través de la historia, hasta que él vuelva, para responder al momento presente que nos toca vivir y dar testimonio de él. Pues, si bien el hombre es fundamentalmente el mismo, no son las mismas las circunstancias que vivía en la Galilea de Jesús, o en Corinto cuando evangelizaba el apóstol Pablo, o en la época del renacimiento, o las que vivimos en el siglo XXI. Hoy necesitamos de un conocimiento profundizado del Evangelio, y no sólo con la mente, sino con el corazón. Cosa que sólo podemos adquirir por el Espíritu de Jesús, que él nos envía desde el Padre. Por ello, agrega:“Él recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes. Todo lo que es del Padre es mío. Por eso les digo: recibirá de lo mío y se lo mostrará a ustedes” (v.14).
II. JESÚS REVELA QUE EN DIOS, EL ÚNICO,
HAY DISTINCIÓN DE PERSONAS Y COMUNIÓN ENTRE ELLAS
2. Jesús, al señalarse junto con el Espíritu y con el Padre, nos introduce en el misterio de un Dios desconocido hasta entonces, apenas vislumbrado en el Antiguo Testamento.
El descubrimiento del Dios único, que el pueblo judío hizo en los inicios de su liberación de la esclavitud de Egipto, abrió una perspectiva totalmente nueva en las relaciones del hombre con la divinidad. El Dios de Israel no es como los otros dioses que tienen nombre como las demás cosas. Su nombre es único: “Yo soy” (Ex 3,14). Los otros dioses son sólo una ficción: “Tienen boca, pero no hablan, tienen ojos, pero no ven” (Sal 115,5). Dios es uno solo, pero no como lo es un artículo único que queda en el negocio para la venta: “Tengo uno solo”. Ni es único como puede serlo una piedra preciosa, que se halla en el tesoro de algún reino. Dios es uno solo, porque todo Dios está en él. Y fuera de él no existe nada, salvo que él lo cree para su gloria y felicidad de la criatura.
3. A partir de este descubrimiento, Jesús da un paso más: revela que Dios, el único, no está sólo. Él es vida y comunión de pensamiento y de amor. Y, por tanto, en él hay distinción de personas, que se comunican entrañablemente. Dios es el origen de todo: el Padre. Él se piensa a sí mismo: el Lógos, la Palabra o Verbo, totalmente semejante a él, por lo cual con razón se lo llama el Hijo Unigénito. Él también ama a su Hijo Único con amor infinito: el Espíritu de amor. Y con él ama a todas las cosas hechas por éste, y las anima para alcanzar su plenitud.
III. LA CREACIÓN, UNA Y MÚLTIPLE, HABLA DE DIOS UNO Y TRINO
4. En la revelación de Jesucristo: la unicidad de Dios no se opone a la distinción de las personas divinas y a la comunión de las mismas. De allí que, la mente humana, iluminada por la fe, descubre un vestigio del Dios uno y trino en el cosmos, no importa las infinitas galaxias que lo compongan, ni cuán diferentes sean las creaturas que lo habiten. La distinción y multiplicidad de los seres, en vez de contraponerlos unos a otros, reafirman la armonía de la creación, hecha simultáneamente de unidad y de diversidad. Ninguna criatura se siente discriminada por no ser como las otras. Al contrario, es feliz de ser lo que es, y se une a ellas, y con ellas entona un solo canto de alabanza al Creador: “Todas las obras del Señor, bendigan al Señor, alábenlo y ensálcenlo por los siglos…” (Daniel 3,37).
5. Donde la unidad, la diversidad y la comunión de las creaturas visibles alcanzan su máxima expresión es en el varón y en la mujer, que provocan el mutuo éxtasis y la mutua unión. El autor del Génesis lo expresó con lenguaje poético inigualable: “Luego con la costilla que había sacado del hombre, el Señor Dios formó una mujer y se la presentó al hombre. El hombre exclamó: ¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne!”. Y el autor comenta:“Por eso el hombre deja a su padre y a su madre y se une a su mujer, y los dos llegan a ser una sola carne” (Gen 2,22-24).
IV. EL CUCO DE LA PALABRA “DISCRIMINACIÓN”
6. En el curso de pocos años, en la Argentina se ha formado un cuco con la palabra “discriminación”. Y se la blande como una espada en defensa de supuestos derechos. Los medios, que actúan muchas veces emotivamente sin capacidad de crítica, fomentan tal cuco. Y la gente se asusta. Usar mal la palabra “discriminación” es un acto irracional. Y esto, de parte de los que la emplean mal, de quienes fomentan su uso equivocado o se dejan amedrentar por ella.
7. “Discriminación” viene del latín “discernere”, que significa: separar, discernir, distinguir. De allí, el pasivo: “discretum”, “lo discernido”, como también “decretum”, “lo decretado”. Indica un acto de la inteligencia. De allí viene “discrimen”, “discriminare”. En su traslado al español y en su evolución posterior, la palabra, además de los significados antedichos, vino a significar también “dar trato de inferioridad a una persona o colectividad por motivos raciales, religiosos, políticos, etc”. De allí que se puede hablar de “discriminar el trigo de la paja” Y esa sería una discriminación conforme al sentido común. Y se puede discriminar mal a las personas por no atender debidamente a su condición. Un médico, que lo sea en serio, prodiga un trato igual y a la vez diferenciado a la mujer y al varón. Igual, pues reconoce en ellos la común dignidad humana. Trato diferenciado, pues reconoce su diversidad psicológica y somática. A la mujer la trata como mujer, y al varón como varón. Esta no es ninguna discriminación negativa. En cambio, sí lo sería, y el médico cometería un grave atropello, si teniendo en cuenta sólo la común dignidad, no tuviese en cuenta también la diversidad de ambos. Una dama es siempre una dama. Un caballero es siempre un caballero. Del reconocimiento de la común dignidad y de la peculiar diversidad, surge el trato distinguido, respetuoso, que cada paciente merece.
V. LA DISCRIMINACIÓN DE LA FAMILIA: ¿A PUNTO DE SER LEY?
8. Pero hoy, con frecuencia, se confunde aserrín con pan rayado. Por reaccionar, quizá con razón, contra un tipo de discriminación, se comete otra no menos grave. Reaccionando contra la discriminación que los gays han sufrido en nuestra sociedad, en vez de defender la dignidad que tienen como seres humanos, y asegurar los derechos que les correspondan, se pretende discriminar a todas las familias formadas desde los orígenes de la humanidad por un varón y una mujer, y arrebatarles el derecho que es propio y exclusivo de ellos de unirse en familia.
9. Es llamativo que gente inteligente, en especial de los medios y de la política, e incluso algunos clérigos, sea tan poco reflexiva. Se deje impresionar por el cuco de la discriminación. Y no adviertan el grave daño que infligirían a la Nación si despojasen a la familia de un derecho que le es propio y exclusivo. ¿Será el despojo de éste derecho a la familia argentina, el homenaje que los legisladores argentinos darán a la Nación en el Bicentenario?
VI. EL NUEVO CUCO DEL “DETERMINISMO BIOLÓGICO”
10. Durante la reciente discusión en el Congreso de la Nación ha asomado un nuevo cuco. Se ha escuchado a Diputados reaccionar contra “el determinismo biológico”, y aplaudir fervorosamente un proyecto de ley que suprima el derecho propio y exclusivo del matrimonio formado por el varón y la mujer. No cabe duda que arengar contra el “determinismo biológico” suena bien, y es capaz de arrancar aplausos. Pero no por ello deja de ser insensato, así los que aplauden sea gente culta. ¿Acaso es una fatalidad ser mujer? ¿O ser varón? ¿No es acaso un don maravilloso de la naturaleza para que podamos entrar en profunda comunión, formar familia, y así dar consistencia a la sociedad humana?
¿Por qué no arengar también contra el determinismo matemático? ¿Sería tan horroroso que dos más dos sean siempre cuatro? ¿O acaso pronto votaremos contra el determinismo geométrico, por ejemplo en favor de la cuadratura del círculo? ¿Sería tan horroroso que el círculo fuese siempre un círculo y el cuadrado un cuadrado?
VII. A LOS LEGISLADORES ARGENTINOS
11. ¡Legisladores argentinos! Pongan un poco de inteligencia en las discusiones que hacen. En especial cuando tratan de un bien fundamentalísimo como es el matrimonio formado por una mujer y un varón. El pueblo los votó a Ustedes y financia sus dietas en la esperanza de que lo respetarán y procurarán de veras el bien común.
VIII. A LOS FIELES LAICOS CATÓLICOS
12. He recibido una clarificación, con ocasión de mi mensaje del domingo 6º de Pascua, donde hablaba del mutismo del laicado católico. Y la acepto gustoso, en la medida en que algunas entidades de prestigio se han pronunciado con claridad. No obstante, insisto, ¿las entidades laicales de base no tienen nada que decir sobre este asunto? Me refiero especialmente a las uniones de padres de colegios católicos, a los consejos provinciales de educación católica, a las universidades católicas que no se hubiesen pronunciado todavía.
13. Y como yo me encuentro con Ustedes, queridos feligreses de la parroquia San Juan María Vianney, me gustaría conocer cómo se han pronunciado en cuanto laicos y ciudadanos de la Argentina. El silencio puede ser un pronunciamiento. El comentario a tal silencio lo hace Jesús: “Lo que yo les digo en la oscuridad, repítanlo en pleno día… Al que me reconozca abiertamente ante los hombres, yo lo reconoceré ante mi Padre que está en el cielo. Pero yo renegaré ante mi Padre que está en el cielo de aquel que reniegue de mí ante los hombres” (Mt 10,27.32-33).
Mons. Carmelo Juan Giaquinta,obispo emérito de Resistencia
ZENIT publica el mensaje que ha escrito monseñor Josep Àngel Saiz Meneses, obispo de Terrassa, con motivo de la Jornada pro Orantibus (por quienes dedican su vida a la contemplación), que celebra la Iglesia en España este domingo, 30 de mayo.
Adoradores desde el silencio
Recientemente, una religiosa contemplativa, es decir, una persona que vive la vida monástica o claustral, pronunció una conferencia con este sugestivo título:"El silencio, un camino de libertad". No pude escuchar la disertación, porque las ocupaciones de un obispo le piden a veces tener que renunciar a asistir a actos que alimentan la inteligencia y el corazón. Pero confieso que el título me gustó mucho y me invitó reflexionar.
El silencio es sin duda un camino de libertad. Y no sólo para los monjes y las monjas, para las personas que viven en el claustro, en una vida dedicada a la plegaria de adoración y de intercesión por las necesidades de la Iglesia y del mundo. El silencio, que es invitación a la interioridad, a la reflexión y a la vivencia religiosa es un valor universal, para todos los cristianos. Y aun me atrevería a decir para todos los creyentes y para todos, aunque no sean creyentes.
He pensado estas cosas con motivo de que la Iglesia celebra entre nosotros, en este domingo de la Santísima Trinidad, la jornada bautizada con una expresión latina: Pro Orantibus, es decir, por los -y las- que oran, dedicada al recuerdo de las comunidades religiosas de clausura.
Lo decía el Papa en una de sus alocuciones dominicales, precisamente al comentar esta jornada. "Algunos se preguntan -decía- qué sentido y qué valor puede tener su presencia en nuestro tiempo, en el que hay numerosas y urgentes situaciones de pobreza y de necesidad que se deben afrontar. ¿Por qué "encerrarse" para siempre entre las paredes de un monasterio y privar así a los demás de la contribución de las propias capacidades y experiencias? ¿Qué eficacia puede tener su oración para la solución de los numerosos problemas concretos que siguen afligiendo a la humanidad?"
Hay que decir que, incluso entre nosotros, en el clima de nuestros monasterios han nacido y nacen iniciativas de verdadera solidaridad con los más necesitados, efectuadas bajo la inspiración de comunidades monásticas, en ayuda de los más necesitados tanto de aquí como de diversos países con necesidades más fuertes que en el nuestro. Quienes conozcan algo la realidad de nuestros monasterios saben que esto es un hecho. Los contemplativos y las contemplativas, además de ganarse el pan con su modesto trabajo, también comparten este pan y estos recursos con quienes pasan necesidad.
Pero hay una función social mayor en la vida de estos hermanos y hermanas nuestros. Lo diré de nuevo con las mismas palabras de Benedicto XVI: "son testigos silenciosos de que en medio de los acontecimientos diarios, a veces bastante turbulentos, el único apoyo que no vacila jamás es Dios, roca inquebrantable de fidelidad y de amor".
"Todo se pasa, Dios no se muda", escribió la gran maestra espiritual de Ávila, Santa Teresa de Jesús. Nuestros monasterios son verdaderos oasis espirituales en los que el hombre de hoy puede encontrar silencio, reflexión, valores humanos y espirituales. El lema de la jornada de este año nos lleva al centro de la vida de estos hermanos y hermanas: "¡Venid adoradores! La vida contemplativa, cenáculo eucarístico". Es la adoración a Dios, vivida como un servicio a los hermanos y hermanas del mundo.
Por esto, como ha escrito el Santo Padre, "estos lugares, aparentemente inútiles, son en realidad indispensables, como lo son los "pulmones verdes" de una ciudad: hacen bien a todos, incluso a quienes no los frecuentan y tal vez ignoran su existencia".
ZENIT publica la carta que ha escrito monseñor Jesús Sanz Montes, ofm, arzobispo de Oviedo, administrador apostólico de Huesca y Jaca.
Queridos hermanos y amigos: paz y bien.
Sus calles se llenan de tomillo la víspera de la fiesta de Corpus. Toda la ciudad se engalana al paso de Jesús en la Eucaristía, y queda en el aire un rumor que huele a campo cuando el chasquido de los pies al pisar el tomillo suelta su mejor aroma para el Señor. Es Toledo, en donde la Iglesia en España está celebrando un acontecimiento singular: el Congreso Eucarístico Nacional. Allí acudimos cristianos del resto de las diócesis españolas para postrarnos ante Jesús en esa Presencia como Señor resucitado que nos prometió cumplida en el momento de decirnos adiós. Sin duda una paradoja: quien regresa al Padre se queda entre nosotros, marchándose y quedándose a la vez
Este gesto del Señor ha encontrado un precioso eco no sólo en estos congresos eucarísticos, o en festividades litúrgicas, o en la religiosidad popular, sino que también va tomando forma y cuerpo en tantas diócesis lo que llamamos la adoración perpetua del Señor.
Nos recomendaba ardientemente el Papa Benedicto «la práctica de la adoración eucarística, tanto personal como comunitaria. A este respecto, será de gran ayuda una catequesis adecuada en la que se explique a los fieles la importancia de este acto de culto que permite vivir más profundamente y con mayor fruto la celebración litúrgica. Además, cuando sea posible, sobre todo en los lugares más poblados, será conveniente indicar las iglesias u oratorios que se pueden dedicar a la adoración perpetua. Recomiendo también que en la formación catequética, sobre todo en el ciclo de preparación para la Primera Comunión, se inicie a los niños en el significado y belleza de estar con Jesús, fomentando el asombro por su presencia en la Eucaristía. Además, quisiera expresar admiración y apoyo a los Institutos de vida consagrada cuyos miembros dedican una parte importante de su tiempo a la adoración eucarística. De este modo ofrecen a todos el ejemplo de personas que se dejan plasmar por la presencia real del Señor. Al mismo tiempo, deseo animar a las asociaciones de fieles, así como a las Cofradías, que tienen esta práctica como un compromiso especial, siendo así fermento de contemplación para toda la Iglesia y llamada a la centralidad de Cristo para la vida de los individuos y de las comunidades» (Sacramentum caritatis, 67).
Efectivamente, si la presencia de Jesús en medio de nosotros es una certeza que ha llenado de consuelo y ha infundido fortaleza a tantas generaciones cristianas, es justo y necesario que esa compañía sea correspondida por un deseo nuestro de salir a su encuentro. Así, en nuestras Diócesis se tomó no hace tanto tiempo una iniciativa muy hermosa: fijar un lugar en donde Jesús Eucaristía pudiese ser adorado de un modo continuo, una Iglesia de adoración perpetua. En Oviedo, en la iglesia de las Esclavas del Sagrado Corazón, y en Huesca, en la iglesia de las Hermanas Clarisas, es ya una realidad. Ojalá que también en Jaca se pueda dar ese paso importante para expresar nuestra respuesta al Señor diciéndole que estamos contentos de su presencia, de su espera incondicional.
Cuando tenemos una iglesia (parroquia, templo no parroquial, convento o monasterio) en la que está expuesto el Señor unas horas, o todo un día, incluso las veinticuatro horas del día, estamos viviendo esa preciosa relación con el Señor correspondiendo al deseo de su compañía: siempre habrá una luz que encender en Él, un llanto que enjugar a su lado, una debilidad que junto a Él sea perdonada y luego fortalecida, un motivo para dar gracias o mil razones para pedir gracia. Venid adoradores, vengamos al encuentro de quien no cesa de esperarnos. Está ahí el Señor.
ZENIT nos ofrece el discurso que el Papa Benedicto XVI dirigió el viernes 28 de Mayo de 2010 a los participantes en la Asamblea Plenaria del Consejo Pontificio para la Pastoral con Migrantes e Itinerantes, que lleva por tema “Pastoral de la movilidad humana hoy, en el contexto de la corresponsabilidad de los Estados y de los Organismos Internacionales”.
Señores cardenales,
venerados hermanos en el Episcopado y en el Sacerdocio,
queridos hermanos y hermanas
Con gran alegría os acojo con ocasión de la Sesión Plenaria del Consejo Pontificio para la Pastoral para los Migrantes e Itinerantes. Saludo al presidente del Dicasterio, monseñor Antonio Maria Vegliò, a quien agradezco las palabras de alegre cordialidad, al secretario, a los miembros, los consultores y los oficiales. A todos dirijo mi augurio de un trabajo provechoso.
Habéis elegido como tema para esta Sesión el de la “Pastoral de la movilidad humana hoy, en el contexto de la corresponsabilidad de los Estados y de los Organismos Internacionales”. La circulación de las personas es desde hace tiempo objeto de convenciones internacionales, dirigidas a garantizar la protección de los derechos humanos fundamentales y a combatir la discriminación, la xenofobia y la intolerancia. Se trata de documentos que proporcionan principios y técnicas de tutela supranacionales.
Es apreciable el esfuerzo de construir un sistema de normas compartidas que contemplen los derechos y los deberes del extranjero, como también los de la comunidad de acogida, teniendo en cuenta, en primer lugar, la dignidad de cada persona humana, creada por Dios a su imagen y semejanza (cfr Gn 1,26). Obviamente, la adquisición de derechos va al mismo tiempo que la aceptación de deberes. Todos, de hecho, gozan de derechos y deberes no arbitrarios, porque brotan de su misma naturaleza humana, como afirma la Encíclica Pacem in terris del beato Papa Juan XXIII: "todo ser humano es persona, es decir, una naturaleza dotada de inteligencia y de voluntad libre; es por tanto sujeto de derechos y de deberes que brotan inmediata y simultáneamente de su misma naturaleza: derechos y deberes que son por ello universales, inviolables, inalienables" (n. 5). La responsabilidad de los Estados y de los Organismos Internacionales, por tanto, se desarrolla especialmente en el compromiso de incidir en cuestiones que, salvando las competencias del legislador nacional, implican a toda la familia de los pueblos, y exigen una concertación entre los Gobiernos y los Organismos más directamente interesados. Pienso en problemáticas como la entrada o el alejamiento forzado del extranjero, el disfrute de los bienes de la naturaleza, de la cultura y del arte, de la ciencia y de la técnica, que debe ser accesible a todos. No se debe tampoco olvidar el importante papel de mediación para que las resoluciones nacionales e internacionales, que promueven el bien común universal, encuentren acogida en las instancias locales y tengan repercusión en la vida cotidiana.
En este contexto, los ordenamientos a nivel nacional e internacional que promueven el bien común y el respeto de la persona animan la esperanza y los esfuerzos para alcanzar un orden social mundial basado en la paz, en la fraternidad y en la cooperación de todos, a pesar de la fase crítica que las instituciones internacionales están atravesando, empeñadas en resolver las cuestiones cruciales de la seguridad y del desarrollo, en beneficio de todos. Es verdad que, por desgracia, asistimos al resurgimiento de instancias particularistas en algunas áreas del mundo, pero es también verdad que hay resistencias a asumir responsabilidades que deberían ser compartidas. Además, aún no se ha apagado el anhelo de muchos de abatir los muros que dividen y a establecer amplios entendimientos, también mediante disposiciones legislativas y praxis administrativas que favorezcan la integración, el intercambio mutuo y el enriquecimiento recíproco. En efecto, se pueden ofrecer perspectivas de convivencia entre los pueblos a través de líneas prudentes y concertadas para la acogida y la integración, permitiendo ocasiones de entrada en la legalidad, favoreciendo el justo derecho a la reagrupación familiar, al asilo y al refugio, compensando las necesarias medidas restrictivas y persiguiendo el despreciable tráfico de personas. Precisamente aquí las distintas organizaciones con carácter internacional, en cooperación entre ellas y con los Estados, pueden proporcionar su peculiar aportación a la hora de conciliar, de diversas formas, el reconocimiento de los derechos de la persona y el principio de soberanía nacional, con referencia específica a las exigencias de la seguridad, del orden público y del control de las fronteras.
Los derechos fundamentales de la persona pueden ser el punto focal del compromiso de la corresponsabilidad de las instituciones nacionales e internacionales. Este, además, está estrechamente ligado a la “apertura a la vida, que está en el centro del verdadero desarrollo", como reafirmé en la Encíclica Caritas in veritate (cfr n. 28), donde también hacía un llamamiento a los Estados para que promuevan políticas a favor de la centralidad y la integridad de la familia (cfr ibid., n. 44). Por otro lado, es evidente que la apertura a la vida y los derechos de la familia deben ser reafirmados en los diversos contextos, pues “en una sociedad en vías de globalización, el bien común y el compromiso por éste no pueden dejar de asumir las dimensiones de toda la familia humana, es decir, de la comunidad de los pueblos y de las naciones”(ibid., n. 7). El futuro de nuestras sociedades depende del encuentro entre los pueblos, del diálogo entre las culturas en el respeto de las identidades y de las diferencias legítimas. En este escenario la familia mantiene su papel fundamental. Por ello la Iglesia, con el anuncio del Evangelio de Cristo en cada sector de la existencia, lleva adelante “el compromiso... a favor no sólo del individuo migrante, sino también de su familia, lugar y recurso de la cultura de la vida y factor de integración de valores”, como reafirmé en el Mensaje de la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado del año 2006.
Queridos hermanos y hermanas, toca también a vosotros sensibilizar, a las organizaciones que se dedican al mundo de los migrantes e itinerantes, hacia formas de corresponsabilidad. Este sector pastoral está ligado a un fenómeno en continua expansión y, por tanto, vuestro papel deberá traducirse en respuestas concretas de cercanía y de acompañamiento pastoral de las personas, teniendo en cuenta las diversas situaciones locales. Sobre cada uno de vosotros invoco la luz del Espíritu Santo y la protección maternal de la Virgen, renovando mi agradecimiento por el servicio que hacéis a la Iglesia y a la sociedad. La inspiración del Beato Giovanni Battista Scalabrini, definido "Padre de los migrantes" por el Venerable Juan Pablo II y de quien recordaremos los 105 años de su nacimiento al cielo el próximo 1 de junio, ilumine vuestra acción a favor de los migrantes y de los itinerantes y os empuje a una caridad cada vez más atenta, que les de testimonio del amor indefectible de Dios. Por mi parte os aseguro la oración, mientras de corazón os bendigo.
[Traducción del original italiano por Inma Álvarez
©Libreria Editrice Vaticana]
ZENIT nos ofrece el discurso que Benedicto XVI ofreció, el viernes 28 de mayo de 2010 en el Vaticano, al nuevo embajador de Benín ante la Santa Sede, Comlanvi Théodore Loko, con motivo de la presentación de sus cartas credenciales.
Señor Embajador,
Complacido le acojo al inicio de su misión ante la Santa Sede y le agradezco las palabras amables que me acaba de dirigir. Le agradecería que a cambio tenga la amabilidad de transmitir a Su Excelencia el Señor Thomas Boni Yayi, cuya visita no olvido, mis buenos deseos para su persona y para el cumplimiento de su alta misión al servicio del pueblo beninés. Agradézcale también haber querido que Benín tenga un Embajador ante la Santa Sede residente en Roma. Aprecio este gesto que destaca la excelencia de las relaciones que existen entre la República de Benín y la Santa Sede y la gran consideración que el pueblo de Benín tiene por la Iglesia católica. Mis deseos se dirigen igualmente al Gobierno y a las demás Autoridades de su país y a todos los benineses.
En su discurso, ha mencionado al fallecido Cardenal Bernardin Gantin. Fallecido hace ya dos años, este destacado hombre de Iglesia, no ha sido únicamente un noble hijo de su nación, sino también un auténtico constructor de puentes entre culturas y continentes. Estoy seguro de que su figura será un ejemplo para numerosos beninenses, en particular para los más jóvenes. Su ministerio eclesial, por su parte, estimulará a los hombres y a las mujeres de Iglesia a realizar un servicio generoso y cada vez más competente para el mayor bien de su querido país, que celebrará el año que viene el 150º aniversario de su evangelización.
Hace veinte años, en febrero de 1990, se reunió la Conferencia de las Fuerzas vivas de la Nación. Este gran acontecimiento -que no era sólo político sino que testimoniaba también la relación íntima entre la fe y su expresión en la vida pública de Benín- ha determinado su futuro y continúa inspirando su presente. Pido a Dios que bendiga los esfuerzos de todos los que trabajan en la edificación de una sociedad erigida sobre la justicia y la paz, en el reconocimiento de los derechos de todos los componentes de la nación. La realización de un ideal así necesita la unión fraterna, el amor a la justicia y la valoración del trabajo.
Protagonistas de su propio destino, los benineses están invitados a promover una auténtica fraternidad. Ésta es una condición primordial para la paz social y un factor de promoción humana integral. Es una perla preciosa que hay que saber conservar y cultivar desterrando las divisiones que pueden llevar a socavar la unidad de la nación y la armonía en el seno mismo de las familias. Frente a posibles desestabilizaciones como esas, los valores tomados de su patrimonio cultural serán una ayuda preciosa para reafirmar su identidad y su vocación propia. Entre estos valores, querría destacar especialmente el respecto al carácter sagrado de la vida, del que es necesario sacar las consecuencias frente a todo lo que atenta contra ella, en particular en el marco de las legislaciones. Expresión concreta de la igual dignidad de todos los ciudadanos, la fraternidad es un principio fundamental y una virtud basilar para realizar una sociedad verdaderamente floreciente, ya que permite valorar todos los potenciales humanos y espirituales. La fraternidad debe también conducir a la búsqueda de la justicia cuya ausencia es siempre causa de tensiones sociales y da lugar a numerosas consecuencias nefastas. “La paz está en peligro cuando el hombre ve cómo se le niega lo que se le debe por ser hombre, cuando su dignidad no es respetada y cuando la coexistencia no está orientada al bien común” Compendio de Doctrina Social de la Iglesia, n. 494).
La búsqueda del interés personal en detrimento del bien común es un mal que carcome lentamente las instituciones públicas, frenando también el desarrollo integral del ser humano. Los actores políticos, económicos y sociales de una nación son como su “conciencia vigilante” que garantiza la transparencia en sus estructuras y la ética que anima la vida de toda la sociedad. Deben ser justos. La justicia acompaña siempre a la fraternidad. Constituye un factor de eficacia y de equilibrio social que permite a los beninenses participar en los recursos humanos y naturales, vivir dignamente y garantizar el futuro de sus hijos.
En el desarrollo de una sociedad, el trabajo ocupa un lugar de primer orden. En efecto, es co-existencial a la condición humana (cf. idem, n. 256), ya que el ser humano se realiza plenamente por su trabajo. El amor al trabajo lo ennoblece y crea una verdadera simbiosis entre las personas, así como entre el ser humano y los demás elementos de la creación. Valorando el trabajo, el hombre puede satisfacer sus necesidades vitales y puede contribuir a la construcción de una sociedad próspera, justa y fraterna. La divisa de Benín, Fraternidad – Justicia – Trabajo, es entonces como un verdadero compendio de la carta de una nación con altos ideales humanos. Su realización contribuye también a ampliar la solidaridad con otras naciones. En este sentido, deseo dirigir mi agradecimiento a todos los beninense por la fraternidad activa que demostraron con el pueblo haitiano en el reciente terremoto.
Deseo saludar cálidamente, a través suyo, a la comunidad católica de Benín y a sus pastores. Les aliento a ser cada vez más auténticos testigos de la fe y del amor fraterno que Cristo nos enseña. Querría apreciar también los esfuerzos de todos, especialmente de las Autoridades, para consolidar las relaciones de respeto y de estima recíprocas entre las confesiones religiosas de su país. La libertad religiosa no puede más que contribuir a enriquecer la democracia y favorecer el desarrollo.
En el momento en que comienza su misión de primer Jefe de Misión beninense, residente en Roma, acreditado ante la Santa Sede, le ofrezco, Señor Embajador, mis mejores deseos, garantizándole la plena disponibilidad de mis colaboradores para aportarle toda la ayuda que pueda necesitar en la realización de sus funciones. Pido a Dios que sostenga al pueblo beninés y, con mucho gusto, le doy la Bendición apostólica, así como a sus colaboradores y a su familia.
[Traducción del original francés por Patricia Navas
©Libreria Editrice Vaticana]
Homilía de monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas para el domingo de la Ascensión del Señor (23 de mayo de 2010). (AICA)
EL ESPÍRITU SANTO Y LA IGLESIA
En este domingo estamos celebrando la gran Solemnidad de Pentecostés. El Evangelio de San Juan (20,19-23), nos muestra a Jesucristo Resucitado, enviando a sus Apóstoles, a aquellos que fueron elegidos entre los discípulos: “Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes” (Jn. 20,21). Y les otorga el poder para ejercer el ministerio de perdonar y retener los pecados, que los sacerdotes ejercen en el Sacramento de la confesión: “Al decirles esto sopló sobre ellos y añadió: reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen y serán retenidos a los que ustedes se los retengan” (Jn. 20,22-23).
Es bueno recordar que estos hombres eran como nosotros. Los relatos que nos narran los textos bíblicos no los muestran como un grupo de perfectos. Pedro cuando es elegido se reconoce como pecador y en el contexto de la Pasión de Jesús lo niega tres veces. Juan y Santiago pretendían los mejores lugares, provocando los celos de los otros discípulos. Estos hombres y algunos otros discípulos, “junto a María”, estaban orando en el “cenáculo”, en la mañana de Pentecostés, cuando el Paráclito prometido, el Espíritu Santo descendió sobre ellos (Hechos 2). En esa mañana, de hace casi 2000 años nació la Iglesia. El Espíritu Santo prometido va acompañándola y lo hará hasta el final de los tiempos.
En esta reflexión de Pentecostés quiero especialmente tener presente a la Iglesia. Los cristianos por el bautismo somos parte de la Iglesia. Nuestra fe en Jesucristo, el Señor, por un lado tiene una dimensión de compromiso personal y por otro necesariamente tiene una dimensión comunitaria, “eclesial”.
Es importante decir esto porque en nuestro tiempo el individualismo es muy fuerte. No faltan aquellos que se manifiestan “católicos” y sus criterios, opciones y modo de vida no son compatibles, ni están en comunión con la Iglesia. Sin la referencia comunitaria-eclesial, terminamos acomodando la Palabra de Dios, a nuestra medida, gustos o propias ideologías. El documento de los Obispos argentinos “Navega mar adentro”, subraya este tema de la fe vivida en la comunión de la Iglesia. Nos dice: “Todos los cristianos estamos llamados a vivir nuestra fe en comunidad, en la Iglesia. Porque Dios no nos llama a una santidad individualista, aislados de los demás. La Trinidad nos invita a una santidad comunitaria y a una misión compartida”. Es en la comunidad de la Iglesia donde formamos nuestra fe, nos animamos entre los cristianos en las dificultades, recibimos el perdón de los pecados y sobre todo nos alimentamos con la Eucaristía, el Cuerpo y la Sangre del Señor. La fe sencilla y profunda de nuestra gente llama a este momento “la comunión”. Sin esta dimensión comunitaria de la fe, difícilmente podremos asumir una espiritualidad y compromiso cristiano en nuestras maneras de pensar, criterios de juicio y normas de acción.
El Apóstol San Pablo nos enseña que debemos amar a la Iglesia: “El poder de Dios lo constituyó a Cristo, por encima de todo, cabeza de la Iglesia (Ef. 1,22). A ella que es el cuerpo, le comunicó abundantemente los dones del Espíritu Santo (1 Cor. 12,4-11) y a ella le toca llevar a su plenitud la obra salvadora del Señor, haciendo cada vez más efectiva la reconciliación de los hombres con Dios y entre sí. El mismo Apóstol, al referirse al matrimonio manifiesta la necesidad que los esposos se amen como “Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella, para santificarla” (Ef. 5,25).
Hace casi 2000 años desde aquel Pentecostés que la Iglesia sigue anunciando a Jesucristo por la fuerza del Espíritu Santo que la anima. Nosotros estamos llamados a ser los testigos en este inicio de milenio. Sabemos que esto no es fácil por la complejidad de nuestro tiempo, pero no es poco contar con la certeza que el Espíritu nos acompaña y seguirá acompañándonos hasta el final de los tiempos.
Hasta el próximo domingo y ¡Feliz Pentecostés!
Mons. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas
Texto del micro radial de monseñor José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz, emitido por LT 9 (22 de mayo de 2010). (AICA)
Celebramos este domingo la Fiesta de Pentecostés. El significado de este día sólo lo comprendemos desde y la misión de Jesucristo. El Espíritu Santo enviado a los apóstoles en Pentecostés es el mismo Espíritu de Jesucristo Resucitado, que una vez vuelto al Padre, como lo celebramos en su Ascensión, cumple con la promesa de enviarnos al Espíritu Santo para comunicarnos como gracia la obra que él había realizado. Esto significa que el Espíritu Santo hace realidad en nosotros la obra de Jesucristo. Él actúa interiormente como gracia, es decir, como una fuerza interior que transforma nuestra vida según el Evangelio. No se puede comprender la obra del Espíritu Santo sin Jesucristo, y no se puede vivir la obra de Jesucristo sin la presencia del Espíritu Santo. En Pentecostés alcanza su plenitud la obra de Jesucristo.
La misión del Espíritu Santo tiene como una doble tarea a cumplir, una a nivel personal y otra, diría, a nivel comunitario. Siempre debemos tener presenta que la obra de Dios se realiza contando con nuestra libertad. No se trata de algo automático sino de un don, de una gracia, que, se ofrece a nuestra libertad. Esta es la grandeza de la dignidad humana: “Dios nos ha creado sin nosotros, dice san Agustín, pero no ha querido salvarnos sin nosotros” (C.I.C. n° 1847). A nivel personal el Espíritu Santo ha sido enviado para interiorizar en nosotros el Evangelio de Jesucristo. Podemos decir que el Espíritu Santo convierte en fuerza interior, en gracia, lo que Jesucristo ha hecho por nosotros. Por ello, el mismo san Agustín, que ha comprendido esta misión del Espíritu Santo, va a decir, Señor, no me des sólo como mandamiento lo que me enseñas, sino dámelo primero como gracia y luego, concluirá, pídeme lo que quieras. Si me pides, Señor, que ame, que sepa perdonar, que tenga un corazón limpio, el diría, dame esto, Señor, como gracia y no como un mandamiento, porque no tengo fuerzas para cumplirlo. Esto nos permite comprender la frase de Jesucristo cuando nos dice: “separados de mí, nada pueden hacer” (Jn. 15, 5). En esta intimidad de vida con Jesús obra el Espíritu Santo.
A nivel comunitario la misión del Espíritu Santo es formar la Iglesia. Ella no nace de un acuerdo entre los hombres sino que se la recibe como un don, para hacer realidad la obra y la misión de Jesucristo. Estamos acostumbrados a verla como una Institución y lo es, pero no es lo esencial. Tiene un ropaje humano porque vive en el tiempo y está formada por hombres y mujeres, pero su verdad profunda es continuar en la historia, la vida y la misión de Jesucristo. Así como Jesucristo siendo Dios se encarnó en un cuerpo, de un modo semejante pero no igual, la Iglesia es la continuación en el tiempo de la presencia de la humanidad de Jesucristo. Esta conciencia la expresaba san Pablo, cuando decía: “Pero nosotros llevamos ese tesoro (Jesucristo) en recipientes de barro” (2 Cor. 4, 7). Como vemos lo humano no es ajeno al plan de Dios, pero no es lo esencial. La Iglesia en un sentido pertenece a este mundo porque está construida con materiales humanos, pero en otro sentido proviene de Dios, porque es Jesucristo quién la ha creado y la sostiene con la fuerza del Espíritu Santo. Esto significa una gran responsabilidad para el hombre de Iglesia. Cuando se pierde de vista esta dimensión de santidad, de presencia de Dios, la Iglesia se debilita. El mayor peligro de la Iglesia no está fuera de ella, sino dentro de ella misma. Cuando la Iglesia más se identifica al Espíritu de Jesús es más coherente y fecunda en su misión.
Deseando que este domingo de Pentecostés sea, tanto a nivel personal como comunitario, un momento de renovación, de crecimiento espiritual y de compromiso con el Evangelio de Jesucristo, les hago llegar junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en Cristo Nuestro Señor.
Mons. José María Arancedo,arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz
Homilía de monseñor Héctor S. Cardelli, obispo de San Nicolás, en la misa central del 25 de mayo en el Santuario de María del Rosario de San Nicolás, en el año de la Coronación de la Virgen y en el comienzo de los festejos por el Bicentenario (25 de mayo de 2010). (AICA)
Mc. 10.28-31
“Nosotros lo hemos dejado todo para seguirte”. Sabemos que tu reino no es de aquí! Nos habla de un mundo venidero en el que se nos dará una Vida Eterna!
La fe en Cristo nos habla de un mundo futuro que para alcanzarlo debemos dejar casa, hermanos, hermanas, madre, hijos o campos por amor a Él y a la Buena Nueva y no quedaremos sin recompensa.
Es una noticia por demás de novedosa y que hasta nos parece utópica, irreal, pero que sólo la fe nos posibilitará alcanzar lo que promete.
¿Cuál será la sabiduría que debemos alcanzar para poder gozar de esa Patria Celeste que nos invita a no esclavizarnos en la patria terrestre, sin vivir ajenos al compromiso que debemos asumir como pertenecientes a esta vida, que Él mismo asumió con su Encarnación?
No somos distintos a los demás ni por el lugar en que vivimos ni por el lenguaje ni por las costumbres. Los cristianos que creemos en esta promesa del Señor no tenemos ciudades propias, ni utilizamos un hablar insólito, ni llevamos un género de vida distinto. Esta doctrina y esta enseñanza que nos anima no es producto del talento de hombres estudiosos ni está basada en autoridad de hombres. Es por eso que aún viviendo como los demás, damos muestra de un tenor de vida admirable y a juicio de muchos, increíble.
Porque el cristiano vive en su propia patria, pero como forastero; toma parte en todo como ciudadano, pero lo soporta todo como extranjero; toda tierra extraña es patria para ellos, pero estamos en toda patria como en tierra extraña. Al igual que todos, los cristianos engendran hijos, pero no se deshacen de los que conciben, porque viven en la carne, pero no según la carne, porque viven en la tierra, pero su ciudadanía está en el cielo. Deben obedecer las leyes, pero superarlas con su modo de vida; deben amar a todos, aunque los persigan; su confianza en la providencia de Dios los hace pobres para enriquecer a muchos; carentes de todo, para abundar en todo.
La sabiduría está en las antípodas, la vida no está aquí, sino allá; la felicidad no es esta, sino la otra; la patria no la poseemos aquí, sino que la adelantamos.
Cuando queremos poseer a la Patria la aprisionamos en nuestro egoísmo y perdemos la visión de la futura, cuando no le damos proyección a nuestra vida la reducimos a los pocos minutos de este tiempo; cuando nos encontramos en el dolor, el sufrimiento y la muerte, la detestamos como algo inservible y que no sacia nuestras expectativas. Si seguimos enumerando nuestras contingencias, concluimos en una defraudación tan radical que no nos permite valorarla.
Nos pasa todo lo contrario cuando esta realidad transitoria es iluminada por la promesa de Jesús: No te arraigues aquí, que hay algo mejor! Comienza a vivir aquí lo que estás llamado a gozar plenamente en la otra patria, habrás comenzado a descubrir que la luz de la patria definitiva te hará ver el sentido que tiene la presente y orientarás con esta sabiduría el rumbo que como ciudadano debes dar a tu país.
Es aquí donde comienza el proceso de transformación de la historia; es en tu corazón donde germina la Patria futura que deben hacer presente en esta tierra para lo cual te fue dada.
Así lo entendieron los creyentes del pueblo de Dios preanunciando el Nuevo Pueblo, figura de la Iglesia, anticipo de la Patria Celestial.
Así lo promete Jesús al hablarnos de la otra Vida, que no nos evade de la presente, sino más bien nos compromete a orientarla para que tenga pleno sentido!
Si queremos, los cristianos, ser verdaderos y buenos ciudadanos, no podemos elegir otro camino que este: cerciorarnos que el reino de Cristo no es de este mundo, sino del otro, que transforma el presente.
Cuando todos elijamos este camino, la Patria será la alegría y el gozo de los ciudadanos que viven la justicia, el Bien Común, el respeto por los demás y la alegría de la comunión, fruto del amor de los unos por los otros.
Este segundo centenario es una nueva oportunidad para renovarnos en este compromiso; la Patria hoy necesita de esta dimensión que sólo los creyentes podemos darles; no es el dinero, no es el poder, no es la mayoría, sin el aporte de cada uno que tiene en su corazón la chispa de la fe que instaura el orden querido por Dios y nos hace conocer esta verdad para encausar nuestra conducta ciudadana!
María eligió muchas veces a la Argentina para que la sintamos Madre: acompañó las grandes y sanas intenciones de nuestros próceres, la fe de este pueblo, desde Salta, Itatí, Catamarca, Luján, San Nicolás, para que no olvidemos que debemos vivir en santidad y justicia, libres de temor y arrancados de la mano de nuestro enemigo, guiando nuestros pasos por el camino de la paz.
Madre Coronada, Reina de nuestro suelo elegido por vos para que no olvidemos de construir nuestra Patria Celeste, desde este lugar donde hoy somos nosotros los protagonistas!
Mons. Héctor S. Cardelli,obispo de San Nicolás
ZENIT publica el comentario al Evangelio del próximo domingo, XII del tiempo ordinario, 20 de junio (Lucas 9,18-24), redactado por monseñor Jesús Sanz Montes, ofm, arzobispo de Oviedo, administrador apostólico de Huesca y de Jaca.
Evangelio del domingo: Pruebas de junio
Estamos casi acabando junio, mes de exámenes en tantos centros escolares. El Evangelio de este domingo, es precisamente un sorprendente escrutinio por el que Jesús pone a prueba a sus discípulos. El Señor, tras las últimas correrías apostólicas con los suyos, se retira como tantas veces a un lugar apartado para orar con ellos. Verdadero ejemplo para todo discípulo, sea cual sea nuestra vocación cristiana: acción y contemplación, hablar a los hombres sobre Dios y a Dios sobre los hombres. Jesús Se encuentra con los suyos y entonces les hace una especie de encuesta: "¿quién dice la gente que soy yo?".
Suponemos el asombro escurridizo o acaso la pasión en responder entre aquellos hombres que convivían con el Maestro. Entonces salió el abanico acostumbrado: un profeta, un personaje extraño, una especie de o.v.n.i. religioso, el Bautista, Elías... Ya, ya. Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Tú, concretamente tú, ¿quién dices que soy yo?
Esta es la gran pregunta que alguna vez en la vida, un verdadero cristiano debe saber contestar o debe empezar a saber contestar. Porque el riesgo consiste en tener ideas sobre Cristo, en conocer de Él lo que dicen los manuales de historia de la religiones, o lo que dicen las encuestas, o los medios de comunicación, o cualquier poder dominante. Y entonces, nos hacemos repetidores de una idea sobre Jesús completamente prestada, del todo ajena a esos centros de nuestra vida: el amor amable, el dolor sorpresivo, el recuerdo inmenso, el camino cotidiano, la muerte hermana, la espera cierta. Porque decir con mi vida y desde mi vida quién es Jesús para mí, supone decirlo desde todas estas realidades, con todas estas situaciones que son las que construyen y edifican mi existencia.
La mejor respuesta a la pregunta de Jesús, es la que se dice y se narra siguiéndole cada día, perdiendo la vida por Él y por los hermanos, que es la mejor manera de ganar esa vida... más aún es la única manera: quien quiera ganar su propia vida (es decir, quien se apropie de sus pocas cosas y sus pocos días), la perderá, mientras que quien pierda su vida por Él (es decir, quien se entregue a Jesús con todo el corazón y con todas las fuerzas) la salvará. Esto lo sabe, quien alguna vez lo ha hecho, dcreyeno del todo la Palabra del Señor.
ZENIT nos ofrece el discurso que el Papa Benedicto XVI dirigió el jueves 27 de Mayo de 2010 por la mañana a los miembros de la Conferencia Episcopal Italiana (CEI), que se encuentran reunidos en Asamblea General.
Venerados y queridos hermanos,
en el Evangelio proclamado el pasado domingo, Solemnidad de Pentecostés, Jesús nos prometió: “El Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho” (Jn 14, 26). El Espíritu Santo guía a la Iglesia en el mundo y en la historia. Gracias a este don del Resucitado, el Señor permanece presente en el transcurso de los acontecimientos; en el Espíritu Santo podemos reconocer en Cristo el sentido de las vicisitudes humanas. El Espíritu Santo nos hace Iglesia, comunión y comunidad incesantemente convocada, renovada y relanzada hacia la realización del Reino de Dios. En la comunión eclesial está la raíz y la razón fundamental de vuestra reunión y de mi estar una vez más con vosotros, con alegría, con ocasión de esta cita anual; es la perspectiva con la que os exhorto a afrontar los temas de vuestro trabajo, en el que estáis llamados a reflexionar sobre la vida y sobre la renovación de la acción pastoral de la Iglesia en Italia. Agradezco al cardenal Angelo Bagnasco las corteses e intensas palabras que me ha dirigido, haciéndose intérprete de vuestros sentimientos: el Papa sabe que puede contar siempre con los obispos italianos. En vosotros saludo a las comunidades diocesanas confiadas a vuestros cuidados, y extiendo mi pensamiento y mi cercanía espiritual a todo el pueblo italiano.
Confirmados por el Espíritu, en continuidad con el camino indicado por el Concilio Vaticano II, y en particular con las orientaciones pastorales de la década apenas concluida, habéis elegido asumir la educación como tema principal para los próximos diez años. Este horizonte temporal está proporcionado por la radicalidad y la amplitud de la demanda educativa. Y me parece necesario ir hasta las raíces profundas de esta emergencia para encontrar también las respuestas adecuadas a este desafío. Yo veo en él sobre todo dos. Una raíz esencial consiste – me parece – en un falso concepto de autonomía del hombre: el hombre debería desarrollarse solo por sí mismo, sin imposiciones por parte de los demás, los cuales podrían asistir a su autodesarrollo, pero no entrar en este proceso. En realidad, es esencial para la persona humana el hecho de que llega a ser ella misma sólo desde el otro, el “yo” se convierte en sí mismo sólo desde el “tu” y desde el “vosotros”, está creado para el diálogo, para la comunión sincrónica y diacrónica. Y sólo el encuentro con el “tu” y con el “nosotros” abre el “yo” a sí mismo. Por ello la llamada educación antiautoritaria no es educación, sino renuncia a la educación: así no nos es dado lo que nosotros debemos dar a los demás, es decir, este "tu" y "nosotros" en el que el “yo” se abre a sí mismo. Por tanto un primer punto me parece este: superar esta falsa idea de autonomía del hombre, como un “yo” completo en sí mismo, mientras que llega a ser “yo” también en el encuentro colectivo con el “tu” y con el “nosotros”.
La otra raíz de la emergencia educativa yo la veo en el escepticismo y en el relativismo o, con palabras más sencillas y claras, en la exclusión de las dos fuentes que orientan el camino humano. La primera fuente debería ser la naturaleza según la Revelación. Pero la naturaleza es considerada hoy como algo puramente mecánico, y que por ello de su ser no procede orientación alguna. La Revelación se considera o como un momento del desarrollo histórico, y por tanto relativo, como todo el desarrollo histórico y cultural, o – se dice – quizás hubo revelación, pero no abarca contenidos, sólo motivaciones. Y si callan estas dos fuentes, la naturaleza y la Revelación, también la tercera fuente, la historia, deja de hablar, porque también la historia se convierte sólo en un aglomerado de decisiones culturales, ocasionales, arbitrarias, que no valen para el presente y para el futuro. Es fundamental por tanto volver a encontrar un concepto verdadero de la naturaleza como creación de Dios que nos habla; el Creador, a través del libro de la creación, nos habla y nos muestra los verdaderos valores. Y después también volver a encontrar la Revelación: reconocer que el libro de la creación, en el que Dios nos da las orientaciones fundamentales, está descifrado en la Revelación, está aplicado y hecho propio en la historia cultural y religiosa, no sin errores, pero de una manera sustancialmente válida, que cada vez hay que desarrollar y purificar. Así, en este “concierto” – por así decirlo – entre creación descifrada en la Revelación, concretada en la historia cultural que siempre va adelante y en la que volvemos a encontrar siempre el lenguaje de Dios, se abren también las indicaciones para una educación que no es imposición, sino realmente apertura del "yo" al "tu", al "nosotros" y al "Tu" de Dios.
Por tanto las dificultades son grandes: volver a encontrar las fuentes, el lenguaje de las fuentes, pero siempre conscientes del peso de estas dificultades, no podemos ceder a la desconfianza y a la resignación. Educar no ha sido nunca fácil, pero no debemos rendirnos: minusvaloraríamos el mandato que el Señor mismo nos ha confiado, llamándonos a apacentar con amor a su rebaño. Despertemos más bien en nuestras comunidades esa pasión educativa, que es una pasión del “yo” por el "tu", por el "nosotros", por Dios, y que no se resuelve en una didáctica, en un conjunto de técnicas ni tampoco en la transmisión de principios áridos. Educar es formar a las nuevas generaciones, para que sepan entrar en relación con el mundo, fuertes en una memoria significativa que no es sólo ocasional, sino acrecentada por el lenguaje de Dios que encontramos en la naturaleza y en la Revelación, por un patrimonio interior compartido, por la verdadera sabiduría que, mientras reconoce el fin trascendental de la vida, orienta el pensamiento, los afectos y el juicio.
Los jóvenes tienen una sed en el corazón, y esta sed es una demanda de significado y de auténticas relaciones humanas, que ayuden a no sentirse solos ante los desafíos de la vida. El deseo de un futuro, hecho menos incierto por una compañía segura y afidable, que se acerca a cada uno con delicadeza y respeto, proponiendo valores firmes a partir de los cuales crecer hacia metas altas pero alcanzables. Nuestra respuesta es el anuncio del Dios amigo del hombre, que en Jesús se hizo cercano a cada uno. La transmisión de la fe es parte irrenunciable de la formación integral de la persona, porque en Jesucristo se realiza el proyecto de una vida lograda; como enseña el Concilio Vaticano II, "quien sigue a Cristo, el hombre perfecto, se convierte también él en hombre" (Gaudium et spes, 41). El encuentro personal con Jesús es la clave para intuir la relevancia de Dios en la existencia cotidiana, el secreto para empeñarla en la caridad fraterna, la condición para levantarse siempre de las caídas y moverse constantemente a la conversión.
La tarea educativa, que habéis asumido como prioritaria, valora signos y tradiciones, de los que Italia es tan rica. Necesita lugares creíbles: ante todo la familia, con su papel peculiar e irrenunciable; la escuela, horizonte común más allá de las opiniones ideológicas; la parroquia, “fuente del pueblo”, lugar de experiencia que inicia a la fe en el tejido de las relaciones cotidianas. En cada uno de estos ámbitos es decisiva la calidad del testimonio, vía privilegiada de la misión eclesial. La acogida de la propuesta cristiana pasa, de hecho, a través de relaciones de cercanía, lealtad y confianza. En un tiempo en el que la gran tradición del pasado corre el riesgo de quedarse en letra muerta, somos llamados a acercarnos a cada uno con disponibilidad siempre nueva, acompañándolo en el camino de descubrimiento y asimilación personal de la verdad. Y haciendo esto también nosotros podemos redescubrir de forma nueva las realidades fundamentales.
La voluntad de promover una renovada etapa de evangelización no esconde las heridas por las que la comunidad eclesial está marcada, por la debilidad y el pecado de algunos de sus miembros. Esta humilde y dolorosa admisión no debe, sin embargo, hacer olvidar el servicio gratuito y apasionado de tantos creyentes, a partir de los sacerdotes. El año especial dedicado a ellos ha querido constituir una oportunidad para promover su renovación interior, como condición para un más incisivo empeño evangélico y ministerial. Al mismo tiempo, nos ayuda también a reconocer el testimonio de santidad de cuantos – a ejemplo del Cura de Ars – se consumen sin reservas para educar en la esperanza, en la fe y en la caridad. A la luz de esto, lo que es motivo de escándalo, debe traducirse para nosotros en una llamada a una “profunda necesidad de volver a aprender la penitencia, de aceptar la purificación, de aprender por una parte el perdón, pero también la necesidad de la justicia" (Benedicto XVI, Entrevista con los periodistas durante el vuelo a Portugal, 11 de mayo d 2010).
Queridos hermanos, os animo a recorrer sin dudar el camino del compromiso educativo. Que el Espíritu Santo os ayude a no perder nunca la confianza en los jóvenes, os empuje a salir a su encuentro, os lleve a frecuentar sus ambientes de vida, incluyendo el constituido por las nuevas tecnologías de comunicación, que ya permean la cultura en todas sus expresiones. No se trata de adecuar el Evangelio al mundo, sino de sacar del Evangelio esa perenne novedad, que permite en cada tiempo encontrar las formas adecuadas para anunciar la Palabra que no pasa, fecundando y sirviendo a la existencia humana. Volvamos, por tanto, a proponer a los jóvenes la medida alta y trascendente de la vida, entendida como vocación: llamados a la vida consagrada, al sacerdocio, al matrimonio, sepan responder con generosidad a la llamada del Señor, porque sólo así podrán coger lo que es esencial para cada uno. La frontera educativa constituye el lugar de una amplia convergencia de intenciones: la formación de las nuevas generaciones no puede, de hecho, no importar a todos los hombres de buena voluntad, interpelando la capacidad de la sociedad entera de asegurar referencias afidables para el desarrollo armónico de las personas.
También en Italia la época actual está marcada por una incertidumbre sobre los valores, evidente en la dificultad de tantos adultos de mantener los compromisos asumidos: esto indica una crisis cultural y espiritual, tan seria como la económica. Sería ilusorio – esto quisiera subrayarlo – pensar en responder a una ignorando a la otra. Por esta razón, mientras renuevo la apelación a los responsables de los asuntos públicos y a los empresarios a hacer todo lo que esté en sus posibilidades para amortiguar los efectos de la crisis ocupacional, exhorto a todos a reflexionar sobre los presupuestos de una vida buena y significativa, que fundan esta autoridad que por sí sola educa y vuelve a las verdaderas fuentes de los valores. A la Iglesia, de hecho, le preocupa el bien común, que nos compromete a compartir recursos económicos e intelectuales, morales y espirituales, aprendiendo a afrontar juntos, en un contexto de reciprocidad, los problemas y los desafíos del país. Esta perspectiva, ampliamente desarrollada en vuestro reciente documento sobre Chiesa e Mezzogiorno (La Iglesia y el Sur de Italia, n.d.t.), encontrará una profundización posterior en la próxima Semana Social de los católicos italianos, prevista en octubre en Reggio Calabria, donde, junto a las mejores fuerzas del laicado católico, os empeñaréis en marcar una agenda de esperanza para Italia, para que "las exigencias de la justicia sean comprensibles y políticamente realizables" (Enc. Deus caritas est, 28). Vuestro ministerio, queridos hermanos, y la vivacidad de las comunidades diocesanas a cuya guía habéis sido puestos, son la mayor seguridad de que la Iglesia seguirá ofreciendo responsablemente su contribución al crecimiento social y moral de Italia.
Llamado por gracia a ser Pastor de la Iglesia universal y de la espléndida Ciudad de Roma, llevo constantemente conmigo vuestras preocupaciones y vuestras esperanzas, que en los días pasados deposité – con las de la humanidad entera – a los pies de la Virgen de Fátima. A ella va nuestra oración: "Virgen Madre de Dios y nuestra queridísima Madre, que tu presencia haga volver a florecer el desierto de nuestras soledades y brillar el sol sobre nuestras oscuridades, haga volver la calma después de la tempestad, para que todo hombre vea la salvación del Señor, que tiene el nombre y el rostro de Jesús, reflejado en nuestros corazones, por siempre unidos al suyo. Amén” (Fátima, 12 de mayo de 2010). Os doy las gracias y os bendigo de corazón.
[Traducción del original italiano por Inma Álvarez
©Libreria Editrice Vaticana]
Homilía de monseñor Carmelo Juan Giaquinta, arzobispo emérito de Resistencia, para la homilía de Pentecostés (23 mayo 2010). (AICA)
Jn 20,19-23
I. “SE CONGREGÓ LA MULTITUD Y SE LLENÓ DE ASOMBRO”
1. El Espíritu de Dios es inefable. No hay imagen que pueda expresarlo cabalmente. Por ello en la Biblia se utilizan diversas imágenes para hablar de él. En la lectura de los Hechos, que hacemos en esta solemnidad, se manifiesta con el viento y el fuego. Hoy contemplemos, especialmente, la primera:“De pronto, vino del cielo un ruido, semejante a una fuerte ráfaga de viento, que resonó en toda la casa donde se encontraban” (Hch. 2,2-3).
2. El efecto de tal ráfaga fue todo lo contrario de lo que produce un tornado. En vez de destruir y dispersar: “se congregó la multitud y se llenó de asombro” (v.6). Y en vez de quedar confundidos, los que habían recibido el Espíritu se volvieron comprensibles: “Todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en distintas lenguas, según el Espíritu les permitía expresarse” (v. 4). De igual manera, sucedió con los provenientes de muy diversas naciones: “Partos, medos y elamitas,… los oímos proclamar en nuestras lenguas las maravillas de Dios” (v.11).
II. EL PUEBLO DE DIOS SE CONGREGA POR EL ESPÍRITU SANTO
3. También el apóstol Pablo pone de relieve la unidad que produce el Espíritu. Lo hace, en la carta a los corintios, que leemos hoy, con la imagen del cuerpo que tiene muchos miembros. En éste, en vez de prevalecer la multiplicidad de los miembros, que lo condenarían a la disgregación y putrefacción, prevalece la unidad y la vida, gracias al único principio vital que los anima. Con mayor razón y profundidad acontece esto en el Cuerpo de Cristo, gracias al Espíritu que recibimos en el bautismo: “Así como el cuerpo tiene muchos miembros, y sin embargo es uno, y estos miembros, a pesar de ser muchos, no forman sino un solo cuerpo, así también sucede con Cristo. Porque todos hemos sido bautizados en un solo Espíritu para formar un solo Cuerpo –judíos y griegos, esclavos y hombres libres- y todos hemos bebido de un mismo Espíritu” (1 Co 12,12-13).
III. EL 25 DE MAYO 2010 A LA LUZ DE PENTECOSTÉS
4. Este año la solemnidad de Pentecostés coincide, prácticamente, con la celebración civil del Bicentenario del 25 de mayo. Y aunque son de niveles diversos, ambas celebraciones alegran al Pueblo de Dios.
Pentecostés nos alegra porque nos hace “Pueblo de Dios”
5. En Pentecostés el Pueblo de Dios se alegra por ser tal, gracias al Espíritu Santo que habita en él. No importa que sus miembros pertenezcan a las diversas naciones del mundo. Hoy todos los cristianos, no importa la nacionalidad, partos, medos, elamitas, japoneses, ingleses y argentinos, nos reconocemos miembros del nuevo Pueblo de Dios, que habita en todo el mundo. Y si bien cada uno alaba a Dios en su propia lengua, todos lo hacemos con un solo corazón y prestamos obediencia al mismo Evangelio de Jesucristo, nuestro único Señor. Es por este Espíritu que el Pueblo de Dios existe. Como dice el Concilio: “La Iglesiase manifiesta como un pueblo congregado por la unidad del Padre, del Hijo y del espíritu Santo (Lumen Gentium 4). Sin el Espíritu Santo, no existiría el pueblo de Dios. La existencia de este Pueblo es tanto más viva cuanto más se deja conducir por este Espíritu.
6. El apóstol Pedro escribe a los cristianos que viven en diversos pueblos: “en el Ponto, en Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia, que han sido elegidos… y santificados por el Espíritu para obedecer a Jesucristo y recibir la aspersión de su sangre” (1 Pe 1,1-2). Y les recuerda un dato fundamental: “antes no eran un pueblo, (pero) ahora son el Pueblo de Dios” (1 Pe 2,10), aplicándoles las palabras que el profeta Oseas pronunció de Israel(cf Os 1,9; 2,3.25).
25 de mayo nos alegra como ciudadanos de la Argentina
7. Los cristianos argentinos nos alegramos también por el 25 de mayo de 2010. Y ello porque, si bien formamos parte de un pueblo universal, que no conoce fronteras, todos somos parte de una patria terrena. Y sólo viviendo en ella en justicia, verdad, libertad y solidaridad, podemos peregrinar hacia la Patria definitiva del Cielo. Como dijimos los Obispos, “los cristianos somos peregrinos del cielo, pero no fugitivos de la tierra”.
IV. “TE DEUM LAUDAMUS…”
8. Es por ello que el 25 de mayo, como es tradición, cantamos “Te Deum laudamus…”, “A ti, Dios, te alabamos”, un hermoso himno cristiano. En él, primero profesamos nuestra fe en Dios, que se manifiesta en la creación, y que se revela por Jesucristo como Padre, Hijo y Espíritu Santo. En segundo lugar, recordamos y agradecemos las maravillas que Dios ha obrado en favor nuestro: en especial, porque su Hijo se hizo hermano nuestro, y murió para redimirnos de la esclavitud del pecado, el cual nos enemista con Dios y con los hombres. En tercer lugar, pedimos la protección divina: “Salva a tu pueblo, Señor, y bendice a tu heredad… Dígnate, Señor, guardarnos de todo pecado en este día”.
V. DISPOSICIONES ESPIRITUALES PARA EL “TE DEUM”
No es un formalismo social
9. Todo acto religioso exige disposiciones espirituales. La primera es reconocer la naturaleza del acto religioso. Dios, por los profetas, fustiga cuando se lo convierte en un mero formalismo social. Por Jeremías, dice: “Enmienden su conducta y sus acciones… No se fíen de estas palabras ilusorias: ‘Aquí está el Templo del Señor, el Templo del Señor, el Templo del Señor’” (Jer 7,3-4). La Iglesia, si bien tiene consideración de la ignorancia religiosa de la gente – debida muchas veces a una catequesis y predicación deficientes-, debe iluminar la mente y el corazón sobre la naturaleza del acto religioso. No se contenta con que el templo se llene de gente importante. Desea que todos, aun los que no creen en Jesucristo, se asocien a su Acción de Gracias desde una actitud de verdadera adoración a Dios, Padre de todos los hombres.
Es necesario un corazón reconciliado y reconciliador
10. Jesús, en el Sermón del Monte, nos enseña que, para ofrecer nuestra alabanza a Dios, es preciso tener un corazón reconciliado y reconciliador: “Si al presentar tu ofrenda en el altar, te acuerdas de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda ante el altar, ve a reconciliarte con tu hermano, y sólo entonces vuelve a presentar tu ofrenda” (Mt 5,23-24). Y en otra parte nos enseña: “Cuando ustedes se pongan de pie para orar, si alguien tiene algo en contra de alguien, perdónelo, y el Padre que está en el cielo les perdonará también sus faltas” (Mc 11,25).
11. Por lo mismo, sería incomprensible que, quienesquiera que sean, ciudadanos o autoridades, individuos o grupos, pretendiesen celebrar el Te Deum en un templo católico con actitud no cristiana, sea confrontando, sea excluyendo a alguna persona, sector o autoridad. Cuando un político viene a un templo católico, la Iglesia interpreta que, aunque no crea en Jesucristo: éste admite que la política partidaria está sometida a una instancia superior, que no es la eclesiástica, sino la de Dios; es capaz de admitir ante él los propios yerros; y cree que en él puede encontrar la luz y las fuerzas para realizar una política de concordia y reconciliación nacional junto con todos los argentinos. De lo contrario, ¿para qué ir al Templo a celebrar el Te Deum? Es preferible un agnóstico sincero que un creyente falso.
VI. UNA ADVERTENCIA DEL ARZOBISPADO DE BUENOS AIRES
12. Las sugerencias anteriores valen para todo Te Deum, donde quiera se celebre: en las distintas Parroquias del País, en las catedrales de las diferentes Diócesis o en la Basílica Nacional de Luján. Habiéndose detectado una situación peculiar en la ciudad de Buenos Aires, el arzobispado creyó oportuno emitir un comunicado, que vale la pena recordar: “En la conmemoración del Bicentenario de la Patria, el Arzobispado de Buenos Aires comunica que el Te Deum Arquidiocesano se celebrará el próximo martes 25 a las 11 en la Catedral Metropolitana, del cual se invita a participar al Pueblo de Dios. // Será un acto litúrgico de adoración a Dios y de oración de acción de gracias y petición por la Patria. // Ante la difusión de correos electrónicos que exhortan a participar desde una postura política o de protesta, este Arzobispado recuerda que se trata de un acto estrictamente religioso y ruega a quienes asistan situarse dentro de este espíritu”.
VII. ORACIÓN POR LA PATRIA
13. Quiera Dios bendecir a nuestra Patria, que comenzó a emerger como estado independiente en el concierto de las naciones hace 200 años: “Dios nuestro, que con admirable providencia gobiernas todas las cosas, recibe con bondad las oraciones que te dirigimos por nuestra Patria, para que por la prudencia de los gobernantes y la honestidad de los ciudadanos, se afiancen la concordia y la justicia, y podamos gozar de prosperidad y de paz” (Misal romano).
Mons. Carmelo Juan Giaquinta, arzobispo emérito de Resistencia
Alocución de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata, en la celebración de acción de gracias por el Bicentenario patrio (Iglesia catedral, 25 de mayo de 2010). (AICA)
PATRIOTISMO, GRATITUD, ESPERANZA
En la proclama emitida el 26 de mayo, la Primera Junta –nosotros la llamamos así aunque fue, en realidad, la segunda- exponía por orden de dignidad sus compromisos. Encabezaba la serie de propósitos una declaración que en aquellos días no podría sorprender a nadie; manifestaba un deseo eficaz, un celo activo y una contracción viva y asidua a proveer por todos los medios posibles la conservación de nuestra Religión Santa. El miércoles 30 se celebró en la catedral la instalación del nuevo gobierno. Como es sabido, todo aquello sucedió en Buenos Aires; la conmemoración religiosa tuvo lugar, por lo tanto, en la catedral de Buenos Aires, iniciándose así una costumbre oficial localizada allí que se observó invariablemente hasta hace pocos años. En aquella primera oportunidad hubo misa solemne y tedéum, con un elocuente sermón del deán del cabildo eclesiástico, Diego Estanislao de Zabaleta.
El tedéum ha sido siempre la oración por excelencia empleada en nuestras fiestas patrias para dar gracias a Dios. El origen de este himno litúrgico se sitúa en los primeros años del siglo V; en sus 29 versos se suceden una alabanza a la Santísima Trinidad, la glorificación de Cristo y de su obra redentora y la súplica que resulta de la compilación de varios salmos bíblicos. Es un poema compuesto para ser cantado, que atrajo la atención de compositores de todos los tiempos. Disponemos desde los varios tonos del canto llano, aptísimos para el uso litúrgico, hasta las obras más complejas y espectaculares de diversos estilos, que se escuchan muchas veces en salas de concierto. Mozart, Berlioz, Haydn, Liszt, Verdi y Bruckner –para citar sólo algunos nombres- nos legaron versiones admirables del tedéum y numerosos músicos argentinos aportaron también a esta tradición, entre ellos Pablo Beruti, Gilardo Gilardi, Enrique Albano, Elsa Calcagno, Angel Lasala, Julio Perceval y Roberto Caamaño. Nosotros también, en el centro de esta celebración de hoy, nos uniremos silenciosamente al canto de una versión breve de este himno que será proclamado en nombre de todos, en representación de la comunidad platense.
¿Qué sentimientos, qué actitudes deben inspirar la recordación bicentenaria de aquellos acontecimientos que iniciaron el proceso de nuestra emancipación? Una mirada dirigida hacia el pasado, abarcadora y objetiva, debe movernos a la acción de gracias; si intentamos, en cambio, avizorar el futuro, la posible cautela tiene que ceder su lugar a la esperanza. Dos disposiciones de ánimo, la gratitud y la esperanza, que se fundan en otra, raigal, imprescindible: el amor a la patria. Las tres implican la memoria del don, de los dones recibidos de Dios y de las generaciones que nos precedieron, pero también el reconocimiento de nuestras deficiencias y del estado actual de la sociedad argentina.
El amor a la patria se llama patriotismo. Pero esta palabra parece haber caído en desuso; un manto de sospecha la desprestigia, como si el sentimiento que designa pudiera confundirse fácilmente con el alarde excesivo e inoportuno del patriotero. Creo que se conserva todavía en el juramento de los funcionarios públicos, que se comprometen a desempeñar su cargo con lealtad y patriotismo. Amar a la patria significa para sus hijos querer efectivamente su bien y estar dispuestos al sacrificio por ella. ¡Parece demasiado para los tiempos que corren! Los antiguos romanos habían acuñado un término que pasó a la tradición cristiana: pietas, piedad; así se llama el vínculo que religa a los hijos con sus padres y con la tierra de sus padres y que se expresa en el respeto, la veneración, el amor entrañable, sentimientos y actitudes que intentan saldar una deuda estrictamente impagable. Es ésta un área espiritual problemática para nosotros, argentinos. En el carácter nacional se insinúa una tendencia a prescindir de la referencia fundante a las raíces, como si fuéramos seres sin herencia; existe, por consiguiente, una falla, una carencia del sentido de lo comunitario. El sentido de pertenencia a una comunidad es algo más profundo y permanente que el entusiasmo futbolístico por el triunfo en “el mundial” y que la ocasional masificación inducida por consignas ideológicas o el clientelismo político. La referencia a las raíces –habría que decir a la tradición, en su significado más noble y esencial– hace posible cultivar el sentimiento y afianzar la conciencia de un destino común. Entre nosotros predomina el individualismo de personas o de grupos, la conciencia y el apetito del bien propio sobre la búsqueda del bien común. De allí la fractura, la estratificación de la sociedad argentina con sus secuelas de injusticia y nuestra inclinación atávica a la discordia. Tenemos que recuperar la pietas para con nuestra patria, el amor a ella: patria, no “este país”, como dicen muchos. Sólo así podremos reconocer gozosamente su belleza, porque el amor nos abre los ojos y nos pone en contacto directo con la realidad, alimenta el coraje y si es preciso el sacrificio, o el llanto.
La exhortación del Apóstol: vivan en la acción de gracias (Col. 3, 15) señala el clima espiritual apropiado a esta celebración. Hoy damos gracias a Dios por los doscientos años transcurridos desde aquellos días de mayo y por el tiempo anterior, que no podemos sustraer a nuestra historia, pero sobre todo por el don que es la patria misma. El agradecimiento es siempre la respuesta que corresponde a un regalo, a una dádiva de suyo inmerecida. Otros han sido los instrumentos de la Providencia para darnos una patria, una nación independiente; nosotros asumimos esa herencia para transmitirla si es posible enriquecida a las generaciones venideras. La gratitud por el pasado no es un sentimiento indefinido, supone un discernimiento operado con objetividad y realismo. Existe un drama secular en la Argentina, que es la tergiversación de la historia, en la que se han filtrado imposturas manifiestas canonizadas como dogmas. Así ha ocurrido con sucesos clave del siglo XIX, y ocurre nuevamente con hechos más o menos recientes, observados con mirada tuerta, cuya interpretación sesgada mantiene abiertas heridas dolorosas, incentiva la división, perturba los ánimos y extravía el juicio de los jóvenes y de los desprevenidos. La memoria debe ser integral, la verdad completa; las medias verdades ofrecen mordiente al resentimiento, atizan los rencores, perpetúan el desencuentro. La aspiración ardiente a la justicia no debe servir de disfraz al odio y a la sed de venganza. Todos tenemos que empeñarnos, según la función de cada uno y los medios de que dispone, en procurar la reconciliación y en favorecer la unidad nacional; pero este es un deber sagrado para quienes presiden la comunidad: de su prudencia y magnanimidad depende, ciertamente, la armonía del todo social y la promoción de la paz interior.
La memoria agradecida del pasado supone que nos hacemos cargo de los males que se han acumulado en nuestra historia y que pedimos perdón por ellos para quedar efectivamente liberados y ser capaces de perdonar. Podemos asumir, en nombre de nuestros antepasados, los acentos conmovedores de la oración de Daniel: ¡A ti, Señor, la Justicia!; a nosotros, en cambio, la vergüenza reflejada en el rostro. Hemos pecado, hemos faltado, hemos hecho el mal, nos hemos rebelado y nos hemos apartado de tus mandamientos y tus preceptos (Dan. 9, 7.5). Entonces la acción de gracias se prolongará en un canto de esperanza.
Una actitud de esperanza es, precisamente, la que corresponde esbozar en una ocasión solemne como ésta de nuestro bicentenario. El objeto de la esperanza es un bien futuro y posible, aunque arduo de alcanzar; en nuestro caso es la plena realización de la nación argentina. La esperanza de personas de fe, de un pueblo mayoritariamente religioso como éste al cual pertenecemos, se apoya en Dios, que en los salmos bíblicos y en los escritos de los profetas aparece designado como roca, escudo, baluarte inexpugnable, peñasco que sirve al creyente de refugio. En el preámbulo de nuestra Constitución se lo invoca como fuente de toda razón y justicia y se apela a su protección. Contamos, por tanto, con la ayuda de Dios; sin embargo, la esperanza requiere nuestra fortaleza, el esfuerzo de realización, la grandeza del alma de quienes se arriesgan en el cumplimiento de un destino apetecible, de quienes asumen la vida como una vocación. La esperanza es un valor íntimamente personal, pero se verifica también en un sujeto colectivo en la medida en que éste constituye una auténtica comunidad, cohesionada por la amistad social.
El horizonte de la esperanza ha sido trazado en la primera página de la Torá, cuando el Creador bendijo al hombre y a la mujer, plasmados a su imagen, y les encomendó llenen la tierra y sométanla (Gén. 1, 28). Este mandato vale singularmente para el pueblo argentino, que ha recibido el don de una tierra ancha y espaciosa, que mana leche y miel (Ex. 3, 8). La meta de poblar armoniosamente con hijos de esta patria nuestro territorio casi deshabitado es, probablemente, una condición para afrontar la cuestión inaplazable de un desarrollo integral de la nación. El bien común es la perfecta realización de la Argentina, de tal modo que cada uno de los habitantes de esta tierra bendita del pan pueda procurarse todo lo que le baste para vivir y para vivir bien; la totalidad incluye los bienes superiores del espíritu, la educación, la cultura, la libertad. No debe haber hijos y entenados, sino ciudadanos que gocen de plenos derechos y cumplan los correspondientes deberes, no meros habitantes ni clientes del poder de turno. El bien precioso de un recto ordenamiento jurídico de la sociedad es una condición principal de esa totalidad de realización; debe ser tutelado por los tres poderes del Estado y no deturpado por leyes inicuas que alteren la esencia natural del matrimonio, que minen la solidez de la familia y entreguen al estrago la vida de los niños por nacer. No son éstas utopías. El bien que es objeto de la esperanza no se encuentra al alcance de la mano, pero puede ser conquistado si no cedemos a la comodidad y al facilismo; sobre todo si no se ofusca en nuestro espíritu la contemplación de la verdad, si no se apaga en nuestro corazón el amor a la vez racional y apasionado del bien.
¿Qué podemos aportar los cristianos al futuro de la Argentina? Ante todo, el espíritu de las bienaventuranzas del Evangelio, y un compromiso coherente y activo por el bien de nuestra patria temporal. El Santo Padre Benedicto XVI ha recordado hace pocos días que corresponde a los fieles laicos mostrar concretamente en la vida personal y familiar, en la vida social, cultural y política, que la fe permite leer de modo nuevo y profundo la realidad y transformarla. Indicaba también el Papa que es preciso buscar, en la dialéctica democrática un amplio consenso con todos aquellos que se toman a pecho la defensa de la vida y de la libertad, la custodia de la verdad y del bien de la familia, la solidaridad con los necesitados y la necesaria búsqueda del bien común. Estos bienes han de ser objetos privilegiados de nuestra esperanza y nuestra lucha; son irrenunciables, como es irrenunciable el futuro de otra Argentina posible, de una Argentina mejor.
Un fino poeta nuestro, José María Castiñeira de Dios, en su Discurso sobre la Patria se encaraba afectuosamente con ella y le decía:
¡Yo te incito a romper las cadenas ocultas
y a exorcizar el maleficio
y a soltar las maneas,
para que sean eternos los laureles de gloria
que otros hombres mejores
nos legaron un día!
Incitación y a la vez noble presagio, contenido legítimo, altísimo, oportuno, para nuestra esperanza y nuestra oración.
Mons. Héctor Aguer, arzobispo de la Plata
Reflexión de José Antonio Pagola al Evangelio del domingo duodécimo del Tiempo Ordinario, ofrecida por la Delegación de Enseñanza de la Diócesis de Tenerife.
¿CREEMOS EN JESÚS?
Las primeras generaciones cristianas conservaron el recuerdo de este episodio evangélico como un relato de importancia vital para los seguidores de Jesús. Su intuición era certera. Sabían que la Iglesia de Jesús debería escuchar una y otra vez la pregunta que un día hizo Jesús a sus discípulos en las cercanías de Cesarea de Filipo: «Vosotros, quién decís que soy yo?»
Si en las comunidades cristianas dejamos apagar nuestra fe en Jesús, perderemos nuestra identidad. No acertaremos a vivir con audacia creadora la misión que Jesús nos confió; no nos atreveremos a enfrentarnos al momento actual, abiertos a la novedad de su Espíritu; nos asfixiaremos en nuestra mediocridad.
No son tiempos fáciles los nuestros. Si no volvemos a Jesús con más verdad y fidelidad, la desorientación nos irá paralizando; nuestras grandes palabras seguirán perdiendo credibilidad. Jesús es la clave, el fundamento y la fuente de todo lo que somos, decimos y hacemos. ¿Quién es hoy Jesús para los cristianos?
Nosotros confesamos, como Pedro, que Jesús es el "Mesías de Dios", el Enviado del Padre. Es cierto: Dios ha amado tanto al mundo que nos ha regalado a Jesús. ¿Sabemos los cristianos acoger, cuidar, disfrutar y celebrar este gran regalo de Dios? ¿Es Jesús el centro de nuestras celebraciones, encuentros y reuniones?
Lo confesamos también "Hijo de Dios". Él nos puede enseñar a conocer mejor a Dios, a confiar más en su bondad de Padre, a escuchar con más fe su llamada a construir un mundo más fraterno y justo para todos. ¿Estamos descubriendo en nuestras comunidades el verdadero rostro de Dios encarnado en Jesús? ¿Sabemos anunciarlo y comunicarlo como una gran noticia para todos?
Llamamos a Jesús "Salvador" porque tiene fuerza para humanizar nuestras vidas, liberar nuestras personas y encaminar la historia humana hacia su verdadera y definitiva salvación. ¿Es ésta la esperanza que se respira entre nosotros? ¿Es ésta la paz que se contagia desde nuestras comunidades?
Confesamos a Jesús como nuestro único "Señor". No queremos tener otros señores ni someternos a ídolos falsos. Pero, ¿ocupa Jesús realmente el centro de nuestras vidas? ¿le damos primacía absoluta en nuestras comunidades? ¿lo ponemos por encima de todo y de todos? ¿Somos de Jesús? ¿Es él quien nos anima y hace vivir?
La gran tarea de los cristianos es hoy aunar fuerzas y abrir caminos para reafirmar mucho más la centralidad de Jesús en su Iglesia. Todo lo demás viene después.
José Antonio Pagola
Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
20 de junio de 2010
12 Tiempo ordinario (C)
Lucas, 9, 18-24
REDACCIÓN DE "IGLESIA NIVARIENSE"
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Boletín 391
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Este sábado 19 de junio, en el seminario se realizará la constitución del nuevo Consejo Diocesano de Pastoral. Después de la eucaristía que preside el obispo se realizará la sesión de constitución del consejo, la elección de su comisión permanente, y se propondrán los temas de reflexión de cara al futuro.
Las próximas jornadas de formación continua del clero serán los días 21, 22 y 23 de junio en el seminario y en horario de 10 a 13.30. Estarán guiadas por el jesuita José María Fernández Martos, profesor de la universidad de Comillas. Su temática será la “cuestión afectiva y sexual en la vida de los sacerdotes”.
La Escuela de Verano del Instituto Superior de Teología de Tenerife se llevará a cabo este año del 28 de junio al 17 de julio. Los títulos de dichos cursos son: “Iniciación Cristiana y Catecumenado”, “¿Tiene sentido la muerte? La muerte de los otros y la propia muerte: De la desesperación al significado”, “Fe, Oración y Palabra de Dios”, “Saber hablar en público y hacerlo bien”, “Aprendiendo a dialogar: matrimonio, familia y felicidad” y “Los jóvenes y la Eucaristía”.
La Secretaría de Pastoral está pidiendo a todos los departamento un adelanto de las acciones a realizar el venidero curso pastoral, cuyo objetivo preferente, dentro del Plan Diocesano vigente, será los adultos, teniendo en cuenta, igualmente, a la familia.
Por otro lado, el equipo de formadores del Seminario ha enviado una misiva a todo el clero informando del próximo cursillo de discernimiento vocacional para niños jóvenes y adultos a celebrar entre el 4 y el 10 de julio.
Por otro lado, el ISTIC organiza un curso para preparar la prueba de mayores de 25 años dirigido a aquellas personas que, en su día, no pudieron estudiar y ahora quieren formarse para adquirir unos estudios en ciencias religiosas o teología.
La Vicaría de la isla de La Palma comenzará a distribuir, en pocos días, un cuidadoso y amplio programa de actos religiosos de la "Bajada de la Virgen de Las Nieves". En el mismo, se pueden encontrar unos apuntes sobre la imagen de la patrona palmera, su santuario y la propia Bajada. Además, incluye la Carta Pastoral que escribió el obispo ante este acontecimiento lustral. La misma se titula: 'María, causa de nuestra alegría'. Por último, evidentemente, se encuentran en el programa los actos religiosos programados para esta sesenta y siete edición de la Bajada de la Virgen de Las Nieves.
Siguiendo en la cita lustral en La Palma, ya el próximo jueves se leerá el pregón de esta Bajada. Además, Popular TV-Canarias emite el reportaje titulado: “Bajada de la Virgen de Las Nieves, donde la fe se hace cultura”.
La evolución de la audiencia media acumulada de la televisión de las diócesis canarias en los últimos meses está siendo altamente positiva. Las cifras en lo que va de año no dejan lugar a dudas. Así, Popular TV Canarias comenzó 2010 con 18.000 espectadores diarios, en marzo eran 21.000, en abril, coincidiendo con el apagón analógico, se alcanzaron los 64.000 y, en mayo, quienes ven diariamente Popular María Visión de Canarias han seguido creciendo hasta alcanzar los 158.000 de media de audiencia acumulada.
El viernes, día 18 de junio, la Comunidad Parroquial de San Juan Bautista celebra un día importante. Después de casi seis años de obras y dos décadas en restauración, el templo parroquial queda totalmente remozado, tras la restauración del exterior y plaza. En el acto se prevé la participación de todas las instituciones implicadas en la firma del convenio de restauración en el año 2004.
Como cada lustro, en el marco de los actos previos a la Bajada de la Virgen del Carmen, en Vallehermoso, se realizó la bajada del fuego de S. Juan. Tras la “Misa de Campaña” hubo varios actos lúdicos y una tendida de manteles en fraternidad. Posteriormente, a primera hora de la tarde, después de la celebración de la Palabra, se tomó el testigo de fuego en el mismo lugar en el que en el siglo XV llegara la fe cristiana a La Gomera. Tras tomar el fuego, se salió de Tazo portando esta antorcha por la carretera hasta Vallehermoso. A la llegada al pueblo la llama fue depositada en la Parroquia de San Juan Bautista, donde permanece ardiendo.
Los trabajos de restauración de la ermita de la patrona de La Gomera, la Virgen de Guadalupe, van a buen ritmo y se espera que durante el verano puedan estar concluidos lo que permitiría devolver la imagen de la Patrona a su morada en Puntallana.
Este es un tiempo para la evaluación pastoral. En este sentido se van reuniendo distintos departamentos diocesanos. Así lo han hecho el claustro del ISTIC o el consejo del Centro de Orientación Familiar (COF2000)
Del 22 al 25 de julio, el municipio de Santiago del Teide llevarán a cabo la XIII edición de la Ruta Jacobea Tinerfeña 2010. La salida se hará desde Santa Cruz de Tenerife y culminará en Puerto de Santiago.
La iglesia de Las Claras, en La Laguna ya ha emprendido las obras de prevención de incendios. Los trabajos incluyen renovar el sistema eléctrico y restaurar el pavimento.
El 26 de junio a las 18.30, habrá una Charla-Coloquio del Obispo de Mauritania en la parroquia palmera de El Salvador. Tratará en general sobre la Iglesia en Mauritania, sus dificultades y su trabajo allí. Especialmente también se compartirá la labor desarrollada por los los proyectos apoyados por Cáritas desde Canarias.
El pasado 4 de junio se celebró en Cáritas Arciprestal de Ofra, una jornada de sensibilización y postulación. En el punto informativo ubicado en la Avenida de los Príncipes se colocaron paneles de los proyectos del arciprestazgo: C.E.D. Hassidim y Atacaite así como de los servicios de la Cáritas Arciprestal.
Asimismo, el pasado día 8 de junio y con motivo de la celebración del Corpus Christi y del Día Nacional de Caridad, se celebró en el proyecto Café y Calor que Cáritas Diocesana de Tenerife tiene en Santa Cruz de Tenerife, una liturgia de la Palabra. El objetivo de esta celebración era el de concienciar a la comunidad acogida y al voluntariado del centro sobre la importancia de la solidaridad.
ZENIT nos ofrece el contenido de la intervención del Papa Benedicto XVI el miércoles 26 de Mayo de 2020, durante la Audiencia General concedida en la Plaza de San Pedro, a miles peregrinos de varios países.
Queridos hermanos y hermanas,
El Año Sacerdotal llega a su fin; por eso he empezado en la últimas catequesis a hablar sobre tareas esenciales del sacerdote, es decir: enseñar, santificar y gobernar. Ya he dado dos catequesis: una sobre el ministerio de la santificación, sobre todo los Sacramentos, y otra sobre la enseñanza. Por tanto, me queda hoy hablar sobre la misión del sacerdote de gobernar, de guiar, con la autoridad de Cristo, no con la propia, la porción del Pueblo que Dios le ha confiado.
¿Cómo comprender en la cultura contemporánea una dimensión así, que implica el concepto de autoridad y tiene su origen en el mismo mandato del Señor de apacentar su grey? ¿Qué es realmente, para nosotros los cristianos, la autoridad? Las experiencias culturales, políticas e históricas del pasado reciente, sobre todo las dictaduras en la Europa del Este y del Oeste en el siglo XX, han hecho al hombre contemporáneo sospechar de este concepto. Una sospecha que, a menudo, se traduce en considerar necesario el abandono de toda autoridad, que no venga exclusivamente de los hombres y esté ante ellos, controlada por ellos. Pero precisamente la mirada a los regímenes que, en el siglo pasado, sembraron terror y muerte, recuerda con fuerza que la autoridad, en todo ámbito, cuando se ejercita sin una referencia a lo Trascendente, si prescinde de la Autoridad suprema, que es Dios, acaba inevitablemente volviéndose contra el hombre. Es importante entonces reconocer que la autoridad humana nunca es un fin, sino siempre y sólo un medio y que, necesariamente y en toda época, el fin es siempre la persona, creada por Dios con su propia dignidad intangible y llamada a relacionarse con su propio Creador, en el camino terreno de la existencia y en la vida eterna; es una autoridad ejercitada en la responsabilidad ante Dios, el Creador. Una autoridad entendida así, que tiene como único objetivo servir al verdadero bien de la persona y ser transparencia del único Sumo Bien que es Dios, no sólo no es extraña a los hombres, sino, al contrario, es una preciosa ayuda en el camino hacia la plena realización en Cristo, hacia la salvación.
La Iglesia está llamada y se compromete a ejercitar este tipo de autoridad que es servicio, y la ejercita no a título propio, sino en el nombre de Jesucristo, que ha recibido del Padre todo poder en el Cielo y en la tierra (cf Mt 28,18). A través de los Pastores de la Iglesia, de hecho, Cristo apacienta a su grey: es Él quien la guía, la protege, la corrige, porque la ama profundamente. Pero el Señor Jesús, Pastor supremo de nuestras almas, ha querido que el Colegio Apostólico, hoy los Obispos, en comunión con el Sucesor de Pedro, y los sacerdotes, sus más preciosos colaboradores, participaran en esta misión suya de cuidar del Pueblo de Dios, de ser educadores en la fe, orientando, animando y sosteniendo a la comunidad cristiana, o, como dice el Concilio, “cuidando, sobre todo, de que cada uno de los fieles sea guiado en el Espíritu Santo a vivir según el Evangelio su propia vocación, a practicar una caridad sincera y de obras y a ejercitar esa libertad con la que Cristo nos ha liberado (Presbyterorum Ordinis, 6). Todo Pastor, por tanto, es el medio a través del cual Cristo mismo ama a los hombres: mediante su ministerio -queridos sacerdotes- a través de nosotros el Señor reúne las almas, las instruye, las custodia, las guía. San Agustín, en su Comentario al Evangelio de san Juan, dice: “Sea por tanto compromiso de amor apacentar la grey del Señor” (123,5); ésta es la norma suprema de conducta de los ministros de Dios, un amor incondicional, como el del Buen Pastor, lleno de alegría, abierto a todos, atento a los cercanos y a los alejados (cf S. Agustín, Discurso 340, 1; Discurso 46, 15), delicado con los más débiles, los pequeños, los sencillos, los pecadores, para manifestar la infinita misericordia de Dios con las palabras tranquilizadoras de la esperanza (cf Id., Carta 95,1).
Aunque esa tarea pastoral está basada en el Sacramento, su eficacia no es independiente de la existencia personal del presbítero. Para ser Pastor según el corazón de Dios (cf Jr 3,15) es necesario un profundo arraigo en la viva amistad con Cristo, no sólo de la inteligencia, sino también de la libertad y de la voluntad, una clara conciencia de la identidad recibida en la Ordenación Sacerdotal, una disponibilidad incondicional a conducir a la grey confiada allá donde el Señor quiere y no en la dirección que, aparentemente, para más conveniente o más fácil. Esto requiere, en primer lugar, la continua y progresiva disponibilidad para dejar que Cristo mismo gobierne la existencia sacerdotal de los presbíteros. De hecho, nadie es capaz de apacentar la grey de Cristo, si no vive una profunda y real obediencia a Cristo y a la Iglesia, y la misma docilidad del Pueblo a sus sacerdotes depende de la docilidad de los sacerdotes a Cristo; por eso, en la base del ministerio pastoral está siempre el encuentro personal y constante con el Señor, el conocimiento profundo de Él, el conformar la propia voluntad a la voluntad de Cristo.
En las últimas décadas, se ha utilizado a menudo el adjetivo “pastoral” casi en oposición al concepto de “jerárquico”, así como, en la misma contraposición, se ha interpretado también la idea de “comunión”. Y quizás en este punto puede ser útil una breve observación sobre la palabra “jerarquía”, que es la designación tradicional de la estructura de autoridad sacramental en la Iglesia, ordenada según los tres niveles del Sacramento del orden, episcopado, presbiterado, diaconado. En la opinión pública prevalece, en esta realidad “jerarquía”, el elemento de subordinación y el elemento jurídico: por eso a muchos la idea de jerarquía les parece en contraste con la flexibilidad y la vitalidad del sentido pastoral y también contraria a la humildad del Evangelio. Pero éste es un sentido mal entendido de la jerarquía, históricamente también causado por abusos de autoridad y de hacer carrera, que son precisamente abusos y no derivan del ser mismo de la realidad “jerarquía”. La opinión común es que “jerarquía” es siempre algo ligado al dominio y así no correspondiente al verdadero sentido de la Iglesia, de la unidad en el amor de Cristo. Pero, como he dicho, ésta es una interpretación errónea, que tiene su origen en abusos de la historia, pero no responde al verdadero significado de lo que es la jerarquía. Empecemos por la palabra. Generalmente, se dice que el significado de la palabra jerarquía sería “sagrado dominio”, pero el verdadero significado no es éste, es “sagrado origen”, es decir: esta autoridad no viene del hombre mismo, sino que tiene su origen en lo sagrado, en el Sacramento; somete por tanto la persona a la vocación, al misterio de Cristo, hace del individuo un servidor de Cristo y sólo en cuanto siervo de Cristo éste puede gobernar, guiar por Cristo y con Cristo. Por eso quien entra en el sagrado Orden del Sacramento, la “jerarquía”, no es un autócrata, sino que entra en un lazo nuevo de obediencia a Cristo: está ligado a Él en comunión con los demás miembros del Orden sagrado, del Sacerdocio. Y tampoco el Papa -punto de referencia de todos los demás Pastores y de la comunión de la Iglesia- puede hacer lo que quiera; al contrario, el Papa es custodio de la obediencia a Cristo, a su palabra resumida en la regula fidei, en el Credo de la Iglesia, y debe preceder en la obediencia a Cristo y a su Iglesia. Jerarquía implica por tanto un triple lazo: primero de todo el que le une con Cristo y con el orden dado por el Señor a su Iglesia; después el lazo con los demás Pastores en la única comunión de la Iglesia; y, finalmente, el lazo con los fieles confiados al individuo, en el orden de la Iglesia.
Por tanto, se entiende que comunión y jerarquía no son contrarias una de la otra, sino que se condicionan. Son juntas una sola cosa (comunión jerárquica). El Pastor es por tanto propiamente tal guiando y custodiando a la grey, y a veces impidiendo que se disperse. Sin una visión claramente y explícitamente sobrenatural, no es comprensible la tarea de gobernar propia de los sacerdotes. Ésta, en cambio, sostenida por el verdadero amor por la salvación de cada uno de los fieles, es particularmente preciosa y necesaria también en nuestro tiempo. Si el fin es llevar el anuncio de Cristo y conducir a los hombres al encuentro salvífico con Él para que tengan la vida, la tarea de guiar se configura como un servicio vivido en una donación total para la edificación de la grey en la verdad y en la santidad, a menudo yendo a contracorriente y recordando que el más grande debe hacerse como el más pequeño, y el que gobierna, como el que sirve (cf Lumen gentium, 27).
¿Dónde puede encontrar hoy un sacerdote la fuerza para tal ejercicio del propio ministerio, en la plena fidelidad a Cristo y a la Iglesia, con una dedicación total a la grey? La respuesta es sólo una: en Cristo Señor. La manera de gobernar de Jesús no es la del dominio, sino es el humilde y amoroso servicio del Lavatorio de los pies, y la realeza de Cristo sobre el universo no es un triunfo terreno, sino que encuentra su culmen en el leño de la Cruz, que se convierte en juicio para el mundo y punto de referencia para el ejercicio de una autoridad que sea verdadera expresión de la caridad pastoral. Los santos, y entre ellos san Juan María Vianney, han ejercitado con amor y dedicación la tarea de cuidar la porción del Pueblo de Dios a ellos confiada, mostrando también ser hombres fuertes y determinados, con el único objetivo de promover el verdadero bien de las almas, capaces de pagar en persona, hasta el martirio, para permanecer fieles a la verdad y a la justicia del Evangelio.
Queridos sacerdotes, “apacentad la grey de Dios que os está encomendada, vigilando, no forzados sino voluntariamente (···), siendo modelos de la grey (1 P 5,2). Por tanto, no tengáis miedo de guiar a Cristo a cada uno de los hermanos que Él os ha confiado, seguros de que cada palabra y cada actitud, si descienden de la obediencia a la voluntad de Dios, traerán fruto; sabed vivir apreciando los méritos y reconociendo los límites de la cultura en la que estamos insertos, con la firme certeza de que el anuncio del Evangelio es el mayor servicio que se puede hacer al hombre. No hay, de hecho, bien más grande, en esta vida terrena, que conducir a los hombres a Dios, avivar la fe, levantar al hombre de la inercia y de la desesperación, dar la esperanza de que Dios está cerca y guía la historia personal y del mundo: éste, en definitiva, es el sentido profundo y último de la tarea de gobernar que el Señor nos ha confiado. Se trata de formar a Cristo en los creyentes, a través de ese proceso de santificación que es conversión de los criterios, de la escala de valores, de las actitudes, para dejar que Cristo viva en cada fiel. San Pablo resume así su acción pastoral: “hijos míos, por quienes sufro de nuevo dolores de parte hasta ver a Cristo formado en vosotros” (Gal 4, 19).
Queridos hermanos y hermanas, querría invitaros a rezar por mí, Sucesor de Pedro, que tengo una tarea específica en el gobierno de la Iglesia de Cristo, así como por todos vuestros Obispos y sacerdotes. Rezad para que sepamos cuidar de todas las ovejas, también las perdidas, de la grey confiada a nosotros. A vosotros, queridos sacerdotes, dirijo una cordial invitación a las Celebraciones conclusivas del Año Sacerdotal, los próximos 9, 10 y 11 de junio, aquí en Roma: meditaremos sobre la conversión y sobre la misión, sobre el don del Espíritu Santo y sobre la relación con María Santísima, y renovaremos nuestras promesas sacerdotales, apoyados por todo el Pueblo de Dios. ¡Gracias!
[Traducción del original italiano por Patricia Navas
©Libreria Editrice Vaticana]
Carta pastoral de monseñor José María Arancibia, arzobispo de Mendoza (23 de mayo de 2010, Domingo de Pentecostés). (AICA)
EL VERDADERO MATRIMONIO, UN VALOR NO NEGOCIABLE
A todos los fieles católicos
de la Arquidiócesis de Mendoza, especialmente a los esposos y padres cristianos.
Queridos hermanos y hermanas:
Hay momentos en los que parece que las verdades más luminosas y básicas se desvanecen. Como cuando un espeso manto de nubes oculta nuestras montañas o el smog de la agitada ciudad enrarece el aire que respiramos.
Algo así ocurre hoy con la percepción de lo que es el matrimonio. Al parecer, el Congreso nacional se apresta a reformar el Código civil, alterando sustancialmente la noción misma de matrimonio. El Estado se atribuye una competencia que no tiene: ser, por sí mismo, fuente de verdad y de moral. Incluso algunas voces dentro de la Iglesia han sumado lo suyo a la confusión general.
En estos días, y por diversos caminos, he recogido la inquietud de muchos de ustedes, fieles laicos y pastores, que me han hecho llegar su dolor, su incertidumbre y hasta su enojo.
La doctrina católica sobre el matrimonio y la familia es ampliamente conocida, expuesta además en toda su luminosa verdad y belleza. No voy a repetirla aquí. El que quiera conocerla o profundizarla puede acudir a la palabra autorizada del Catecismo de la Iglesia Católica. Lo mismo se diga de la cuestión del reconocimiento legal de las uniones de personas del mismo sexo. El Papa y los obispos se han explayado con suficiente amplitud. Los obispos argentinos lo hemos hecho recientemente en un texto que puede ser retomado con fruto (Cf. Declaración: “Sobre el bien inalterable del Matrimonio y la Familia”, 20 de abril de 2010).
De mi parte, y como pastor de la Iglesia, quisiera llamar la atención sobre algunos puntos:
1. La naturaleza del verdadero matrimonio entre un varón y una mujer es, para los católicos, un valor no negociable. Solo en él se realizan plenamente la complementariedad de los sexos y la transmisión responsable de la vida. No tiene punto de comparación con las uniones de personas del mismo sexo.
2. Cualquier forma de reconocimiento legal de estas uniones, o una lisa y llana equiparación con el matrimonio, constituiría una grave lesión de la justicia y la ley natural, fundamento objetivo del orden jurídico.
3. El derecho a contraer libremente matrimonio no es indeterminado ni absoluto. Está regulado por la naturaleza del matrimonio entre un varón y una mujer. A dos personas del mismo sexo no les asiste el derecho de contraer matrimonio entre ellas.
4. A los legisladores que profesan la fe católica, la Iglesia les recuerda el grave deber moral de oponerse decididamente a este tipo de proyectos, tan nocivos para el bien común de la sociedad. Estas leyes oscurecen la percepción de valores morales fundamentales y contribuyen a la desvalorización de la institución matrimonial.
Los fieles católicos, en cuanto ciudadanos, tenemos el derecho y el deber de ofrecer nuestra visión de la persona y del bien común al resto de la sociedad. Apelando incluso a nuestras convicciones religiosas. No se trata de imponer sino de proponer, de un modo razonable y respetuoso, una visión del hombre que consideramos verdadera, buena y justa. La cosmovisión cristiana, además, está hondamente arraigada en la cultura de nuestro pueblo, a la que ha ayudado a configurarse.
Esta comprensión del matrimonio y la familia se alimenta en las fuentes mismas de la fe: la Biblia y la gran tradición católica. Se inspira también en una sabia percepción de la condición humana que puede ser reconocida como verdadera por la razón. Con una secular tradición filosófica y jurídica, hablamos de la ley natural inscrita por el Creador en el mismo ser del hombre, varón y mujer.
La Iglesia no discrimina a las personas con tendencia homosexual. Al contrario, reconoce su dignidad de personas, creadas a imagen y semejanza de Dios, y las recibe como el mismo Cristo lo hizo. Repudia a quienes las ofenden o humillan por su condición. Es más, siguiendo a Jesucristo, las invita a la fe en la Buena Noticia del amor de Dios y a la conversión del corazón. Las acompaña en el camino de la vida con los mismos medios que ofrece a todos: la Palabra de Dios, los sacramentos y una intensa vida de fe, esperanza y caridad. El Reino de los cielos es para todo el que se arrepiente de sus pecados, confía en Dios y quiere vivir santamente.
Si la Iglesia de Cristo dice “no” a equiparar u homologar las uniones de personas del mismo sexo al matrimonio, es por la dignidad y santidad del mismo matrimonio, cuyo lugar es único en el entramado social. Es mucho más que una relación afectiva privada. Anterior al ordenamiento jurídico, al Estado y aún a la misma Iglesia, estos deben ponerse a su servicio, para tutelarlo y promover-lo en su verdadero significado. El matrimonio y la familia son patrimonio de la humanidad.
La cultura individualista y el relativismo parecen generar esa niebla que oscurece esta percepción del bien y la verdad. Sin embargo, estos constituyen la vocación misma del hombre, creado por Dios para conocer la verdad y realizar el bien en la propia vida.
Recordemos aquí las palabras del Señor: «Si ustedes permanecen fieles a mi palabra, serán verdaderamente mis discípulos: conocerán la verdad y la verdad los hará libres» (Jn 8,31-32).
Aliento a los esposos y padres cristianos a buscar en Cristo el fundamento sólido sobre el que edificar el futuro de sus familias. Queremos proponer a todos la buena noticia del amor huma-no, del matrimonio y la familia, como respuesta al anhelo de vida plena que todos llevamos dentro. Así lo hemos expresado en nuestro Plan de Pastoral, y lo queremos proclamar especialmente en este año, centrado en revitalizar la pastoral familiar. ¡No se desanimen frente a las adversidades del camino! Los cristianos somos discípulos del Cordero humilde y manso que venció todo mal, amando hasta el fin en la cruz.
A los pastores del pueblo de Dios los invito a renovar los compromisos sagrados asumidos en nuestra ordenación. Somos testigos y anunciadores de una Palabra que no es nuestra. Al servir a los esposos y padres cristianos, al orientar a los jóvenes, o al exponer la doctrina cristiana, no ante-pongamos nuestras opiniones personales a la enseñanza autorizada de la Iglesia de Cristo.
Invito finalmente a todos los fieles católicos a hacer lo que esté a su alcance, por los medios legítimos que la democracia pone en manos de los ciudadanos, para que las leyes de nuestra patria defiendan y promuevan el bien insustituible del verdadero matrimonio sobre el que se funda la familia.
Con mi afecto y bendición para todos, en estos días tan próximos al Bicentenario de la Patria.
Mons. José María Arancibia, arzobispo de Mendoza
23 de mayo de 2010, Domingo de Pentecostés
Homilía de monseñor Rubén Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús en el Te Deum del 25 de mayo de 2010. (AICA)
Queridos hermanos y hermanas:
En este día tan especial que celebramos, nos unimos a este festejo del bicentenario del nacimiento de nuestra Patria para dar gracias a Dios por nuestra historia y por nuestra memoria.
Nos damos cuenta que nuestra nación Argentina ha nacido católica, ha nacido cristiana, ha nacido con respeto, con una historia y con la experiencia del Evangelio y de la Iglesia. Así se fue gestando, luego se consolida y sigue avanzando hasta el año 1816 donde el 9 de julio definitivamente declara su independencia, allí en Tucumán.
Treinta y un congresales participaron de los cuales trece eran presbíteros, sacerdotes. Es decir, se fue acuñando y amasando algo importante que es reconocer la presencia de Dios, la presencia de lo eterno. Esto es algo muy importante porque este TE DEUM es la reunión de todos nosotros.
La presencia de nuestros dos intendentes, de Avellaneda y Lanús con sus Consejos Deliberantes, todas las autoridades y todo el querido pueblo fiel: sacerdotes, religiosas y laicos todos reunidos para agradecer a Dios por el nacimiento de nuestra Nación. ¡Dios no molesta!, al contrario, Dios nos reúne, nos da consistencia, nos da fuerzas para vivir como pueblo y como Pueblo de Dios.
Por eso el reconocimiento de su cercanía y de su bendición, y hoy por lo tanto de nuestra gratitud, es la garantía del respeto de los hombres. ¡Dios es el garante, que nos respeta a todos y a cada uno de nosotros en nuestra relación! Relación que a veces se hace dificultosa porque no nos tratamos ni como hijos de Dios, ni como hermanos entre nosotros.
En este festejo de darle gratitud a Dios por estos doscientos años, pedimos también el reconocimiento de nuestra identidad. La identidad no significa unificación. La identidad son nuestras raíces ya que venimos de pueblos originarios, de pueblos migrantes, donde todos nosotros formamos y consolidamos una Nación.
La identidad es fundamental y ella es la seguridad de nuestras raíces: ¡sin raíces no hay vinculaciones! Por lo tanto es importante reconocer la cultura; la cultura nacional y nuestra cultura cristiana; nuestra cultura de valores; nuestra cultura de los criterios del Evangelio que debe transformar actitudes, costumbres, posturas y relaciones entre nosotros. ¡La identidad no nos cierra a la comunicación ni al diálogo! Pero si no tenemos identidad, ciertamente el diálogo también se debilita.
Le pedimos hoy al Señor que nos ayude a darnos cuenta que nuestra Nación nació con conflictos, con muchos problemas. La independencia del Reino de España, con todo lo que significa el reconocimiento de aquél Virrey y todo lo demás, que fue siendo elaborado, desarrollado, sufrido, tensionado, con tantas luchas internas, no podemos vivir anacrónicamente.
Ese anacronismo significa si nos quedamos cada uno en nuestras posturas. Y hoy más que nunca creo que tenemos que recurrir a una grandeza de espíritu y de alma. Y la grandeza de espíritu y de alma es un espíritu de reconciliación.
La Argentina la formamos todos. Nuestra misión es pasar de habitantes a ciudadanos ya que todos estamos llamados a este concierto de nuestra querida nación, de un modo participativo y no de un modo confrontativo.
Ciertamente, es necesaria la reconciliación.
Reconciliarnos para que ninguna inquina, ninguna sospecha, ningún prejuicio, ningún odio, ninguna rivalidad, nos vaya denostando unos a otros.
¡Todos formamos nuestro pueblo y tenemos que estar interesados en la promoción y consecución del bien común! El bien común que, por supuesto, entiende a las personas pero que es superior a las interpretaciones arbitrarias, superior a los intereses particulares.
Creo que la reconciliación es un paso que tenemos que seguir dando. ¡No tengamos miedo a los problemas! Llamemos a las cosas por su nombre para abrirnos y tener una actitud de apertura, de realismo y también, por qué no decirlo, de sanación entre todos nosotros. La objetividad, la verdad, para todos y entre todos.
Hay tremendos desafíos. A mí me gusta ser realista y ser positivo. Creo que tenemos muchas cosas importantes, muchos logros que se nos han dado, muchos logros que hemos conseguido, pero también es cierto que tenemos que advertir los inmensos y tremendos desafíos que atravesamos como país, como nación, como sociedad, como Iglesia, como familia.
Es muy importante asumir los desafíos para responder con valentía, con objetividad, con audacia, con verdad, con justicia y con respeto. Por eso son muy importantes las leyes, la autonomía de las leyes, la objetividad de las leyes, ¡tantas cosas que tenemos que volveré a transitar para instalar y hacer presente en nuestra sociedad!
Otro desafío que veo con mucho dolor: a veces vivimos como faltándonos en la esperanza una actitud de cierto derrotismo. Aquél que dice “bueno, nada va a cambiar, todo sigue igual, todo está mal, todo es imposible, el mal está instalado”, y tantas otras cosas. ¡No hay que vivir como derrotados!
Tenemos que tener la grandeza de espíritu que tuvieron nuestros mayores, los pioneros, que amaron a Dios, que amaron a la patria y que dieron la vida por ella; que no se sirvieron de la patria para sus intereses particulares, tuvieron grandeza de alma.
Nosotros tenemos que suscitar en los adultos, en los jóvenes, en los niños, un amor a Dios, un amor a la patria, un amor al bien común, en los que la educación y el trabajo digno son la garantía de una participación. Por eso es importante pedirle al Señor que nos lleguen a tocar estos desafíos y a dar respuesta para la generación del presente y para la del futuro que ha de venir.
Tenemos que acuñar valores, vivir de los valores. Que los valores no sean meras utopías, que no sean meras ilusiones, sino que sean parte integrante de nuestra cultura; de nuestra cultura humana y cristiana, para aquellos que son cristianos. Pero los valores son universales, no son privativos de una confesión religiosa. La honestidad, el bien, el amor, el servicio, la solidaridad, son elementos comunes a todos ¡y todos debemos sentirnos identificados y comprometidos a vivir de ellos!
Queridos hermanos, hoy es un día muy especial, es un día grande para dar gracias a Dios. Pidamos que el Señor nos ayude a dar gracias, pero “a poner el hombro”, a trabajar juntos, a que nuestra memoria, nuestra identidad, la reconciliación y los desafíos sean asumidos por nosotros.
Como decían muy bien los obispos el 10 de marzo pasado: la patria es un don y la nación es un trabajo y una conquista. Hemos recibido la patria como don, tenemos trabajarla, cada uno, con coherencia, con responsabilidad, con amor, con verdad y con justicia.
Queridos hermanos, estamos celebrando el bicentenario pero también nos estamos comprometiendo a dejar algo mejor para sus hijos y para las generaciones futuras. Que seamos generosos y pidamos a Dios, fuente de nuestra esperanza y garantía de todos los hombres, que siga estando presente en nuestra sociedad. Pues si Dios se eclipsa de nuestra vida se compromete gravemente la sociedad, las vinculaciones y el comportamiento con la naturaleza, como decía recientemente el querido Papa Benedicto XVI.
Que este TE DEUM, esta unión en Dios, nos bendiga a todos, bendiga a nuestra querida Argentina, a este querido pueblo, a esta nación, a este crisol de razas y a todos los habitantes que viven en nuestro suelo argentino para que nos tratemos como hijos de Dios y nos respetemos en serio como hermanos.
Que así sea.
Mons. Rubén Frassia,obispo de Avellaneda-Lanús
Homilía de monseñor Andrés Stanovnik, arzobispo de Corrientes en el Te Deum del 25 de mayo de 2010. (AICA)
I. RECORDAMOS AGRADECIDOS
1. Nos hemos reunido en esta Catedral para agradecer a Dios el don de la patria. Queremos hacerlo delante de Dios, porque creemos firmemente que la patria es un don de su providencia. ¿A quién si no a Dios –el Autor de la Vida y Señor de la Historia– podríamos agradecerla? Vamos a expresar nuestros sentimientos de gratitud con las palabras del Te Deum, las mismas que utilizaron los hombres de mayo, para agradecer la nueva aurora de libertad para nuestro pueblo: Te Deum laudamus: “A Ti, oh Dios, te alabamos”.
2. A Ti, oh Dios, te alabamos, porque hace doscientos años, en un día como hoy, “el 25 de mayo de 1810, el Cabildo abierto de Buenos Aires dio el primer grito de libertad para nuestra patria. El 9 de julio de 1816, los representantes de las Provincias Unidas en Sud América se reunieron en la ciudad de San Miguel de Tucumán y declararon la independencia nacional.” La libertad es uno de los cuatro valores inherentes a la dignidad de la persona humana y de los pueblos, junto con la verdad, la justicia y el amor. “Ustedes, hermanos, han sido llamados para vivir en libertad” –les recordaba san Pablo a los primeros cristianos–, pero les advertía también: “manténganse firmes para no caer de nuevo bajo el yugo de la esclavitud.”
3. Los llamados “sucesos de mayo” pusieron en movimiento un providencial proceso de emancipación, que luego culminó en la declaración de la Independencia. Fue un proceso dinámico de fidelidad a las propias raíces y de apertura a las nuevas oportunidades que presentaba ese momento histórico. “Es necesario respetar y honrar esos orígenes, no para quedarnos anclados en el pasado, sino para valorar el presente y construir el futuro. No se puede mirar hacia delante sin tener en cuenta el camino recorrido y honrar lo bueno de la propia historia.”
4. En el documento Hacia un Bicentenario reconocemos con gratitud la herencia cultural que hemos recibido, donde “prevalecen valores fundamentales como la fe, la amistad, el amor por la vida, la búsqueda del respeto a la dignidad del varón y la mujer, el espíritu de libertad, la solidaridad, el interés por los pertinentes reclamos ante la justicia, la educación de los hijos, el aprecio por la familia, el amor a la tierra, la sensibilidad hacia el medio ambiente, y ese ingenio popular que no baja los brazos para resolver solidariamente las situaciones duras de la vida cotidiana. Estos valores tienen su origen en Dios y son fundamentos sólidos y verdaderos sobre los cuales podemos avanzar hacia un nuevo proyecto de Nación, que haga posible un justo y solidario desarrollo de la Argentina .
5. Tenemos muchos motivos para dar gracias a Dios. Hemos recibido ese maravilloso espacio geográfico y espiritual que llamamos patria. En particular, por el regalo de esta hermosa porción de tierra abrazada por magníficos ríos y bañada por inmensos esteros en el corazón mismo de su extensa geografía. Estamos agradecidos por nuestro país y por las personas que lo forjaron , pero también por las que lo siguen forjando: tantos hombres y mujeres, jóvenes y niños, obreros y campesinos y profesionales, gobernantes y ciudadanos comunes, que sienten un amor profundo por la patria y lo expresan día a día con su trabajo honesto y perseverante. Agradecer a Dios el don de la patria nos enseña a tener una mirada inclusiva y un corazón abierto a todos.
6. Ser agradecidos no nos exime de reconocer que muchas veces hemos tratado mal y descuidado nuestra patria. No hemos “cultivado la tierra”, cuidándola y haciéndola producir frutos, ni nos hemos ocupado suficientemente de nuestro hermano, al punto de excluirlo de los bienes que deberíamos compartir en justicia y solidaridad. En el Bicentenario de la patria, la gran deuda que tenemos que saldar los argentinos es la deuda social. También nosotros debemos responder a la pregunta que Dios le hizo a Caín: ¿Dónde está tu hermano? ¡Cuántas veces respondimos como Caín!: “No lo sé, ¿acaso soy yo el guardián de mi hermano?” Si como pueblo recordamos excluyendo, es muy probable que como nación nos proyectemos enfrentando. Tomemos en serio el aviso de San Pablo: “Si ustedes se están mordiendo y devorando mutuamente, tengan cuidado porque terminarán destruyéndose los unos a los otros” ¿No es acaso ése el mal que padecemos los argentinos y al que volvemos compulsivamente? Seguimos contando nuestra historia a partir de amigos y enemigos, para reducirla a un relato de buenos y malos, que no conduce a ninguna parte.
7. Mientras nos escudemos en la convicción de que los culpables de lo que nos pasa son los otros, jamás llegaremos a “constituir la unión nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz interior…”. Porque, “los auténticos cambios sociales son efectivos y duraderos solo si están fundados sobre un cambio decidido de la conducta personal, (…) que de ninguna manera se puede esperar de otros o delegar en las instituciones” . Necesitamos convertir nuestra mirada sobre nosotros mismos y aprender a interpretarnos como un sujeto único, pueblo en doloroso proceso de gestación y con profundos anhelos de sanar las heridas abiertas en nuestra historia, de las cuales también nos sentimos responsables.
II. TODOS ESTAMOS CONVOCADOS
9. El proceso que culminó con la declaración de la independencia comenzó en Buenos Aires. A partir del 25 de mayo de 1810 se inició un camino de integración en vista de lograr que el grito de libertad fuera compartido por las demás Provincias Unidas de Sud América. Nos hará mucho bien rescatar ese proceso incipiente de integración y federalismo “que supone la necesaria y justa autonomía de las Provincias y Municipios con relación al poder central.” No habrá patria para todos si no la construimos entre todos. “Creemos que estamos ante una oportunidad única. Pero esta decisión exige una clara opción por reconciliarnos con nuestra historia y abrazarla desde sus inicios, que se remontan al siglo XVI, pasando por la gesta de mayo, la declaración de la independencia y los dolorosos e interminables desencuentros que marcaron los períodos siguientes.
10. Todos estamos convocados a la tarea de cuidar y perfeccionar la patria que recibimos como un regalo de Dios, confiado a nuestra libertad. Podemos aprovecharla, privilegiando la construcción del bien común, o malgastarla con nuestros intereses egoístas y posturas intransigentes que nos fragmentan y dividen.” Es muy oportuna la advertencia sobre la avaricia que escuchamos en el Evangelio. La avaricia es a la riqueza lo que la ambición es al poder. Insensato el hombre que se deja seducir por ellas, porque no las disfruta él ni deja que otros puedan vivir dignamente. Por eso Jesús advierte a la multitud: “cuídense de toda avaricia, porque aún en medio de la abundancia, la vida de un hombre no está asegurada por sus riquezas”.
11. La tarea de cuidar y perfeccionar la patria es una tarea de todos los días. Es una tarea que no puede hacerse movidos por intereses individuales o sectoriales. La única motivación válida para realizar esa tarea es hacerla por y con amor. Y el amor es esencialmente inclusivo, por eso busca el bienestar de todos. El que verdaderamente ama la patria, la cuida y colabora en embellecerla. Deseo destacar la feliz iniciativa que se promovió el 8 de mayo pasado con la firma del compromiso del bicentenario. Allí se proponían diez puntos, sumamente prácticos y al alcance de todos, para colaborar en la tarea de hacer la patria, como por ejemplo: hablar bien de ella, festejar las fechas patrias, rezar por ella y por los gobernantes, cumplir las leyes, respetar las normas de tránsito, colaborar en la limpieza, ser solidario, etc.
12. Por otra parte, hay una opinión generalizada sobre la necesidad de establecer políticas públicas para un desarrollo federal, sano y armónico de la Argentina. Pensamos que “no hay democracia posible sin una leal convergencia de aspiraciones e intereses entre todos los sectores de la vida política con miras a armonizar el bien común, el bien sectorial y el bien personal” . Instalar esas políticas requiere la participación y el compromiso de los ciudadanos mediante el diálogo sincero, respetuoso y abierto, condición esencial en la vida de toda familia y de cualquier construcción comunitaria. Nadie puede pensar que el engrandecimiento del país sea fruto de un solo sector aislado del resto.
13. Con ocasión del Bicentenario de la Nación, estimamos prioritarias algunas metas “a la luz del principio de la dignidad inviolable de cada ser humano y de una concepción integral de la persona”. Ante todo, recuperar el respeto por la familia y por la vida en todas sus formas; avanzar en la reconciliación entre sectores y en la capacidad de diálogo; alentar el paso de habitantes a ciudadanos responsables; fortalecer las instituciones republicanas, el Estado y las organizaciones de la sociedad; mejorar el sistema político y la calidad de la democracia; afianzar la educación y el trabajo como claves del desarrollo y de la justa distribución de los bienes. Esto es posible si asumimos las tareas con la esperanza que proviene de nuestra fe en Dios y la buena voluntad de muchos hombres y mujeres que viven con pasión su identidad correntina y están generosamente dispuestos a construir la patria terrenal, con la mirada siempre puesta en la patria del Cielo, hacia donde el amor de Dios nos atrae irresistiblemente.
III. CON LA ESPERANZA PUESTA EN DIOS
14. Por eso, al iniciar este período jubilar de nuestra patria, recordemos que no tenemos aquí morada permanente y que nuestro destino es Dios. Él es el verdadero fundamento de nuestra fraternidad: “Jesucristo, Señor de la historia, te necesitamos”. Hoy volvemos a repetir la súplica que te hacemos ante la Cruz de los Milagros: “Recuérdanos siempre que el amor todo lo puede; que compartir con los más pobres nos hace misioneros de tu misericordia, y nos muestra el camino que nos lleva al Cielo.” El Apóstol Pablo nos anima a dejarnos conducir por el Espíritu de Dios, para que conozcamos más a Jesucristo y comprendamos mejor que no podemos peregrinar hacia la patria del Cielo, si no nos preocupamos responsablemente de incluir a todos los hermanos y hermanas en esa peregrinación.
15. En el Evangelio que escuchamos hoy, hay mucha sabiduría. El relato muestra la insensatez del que pone su corazón en tesoros perecederos. De esa manera se aísla y destruye sus vínculos con los otros y con Dios. También un pueblo puede caer en esa trampa y marginarse de los demás pueblos. En la carta pastoral, con ocasión de cumplirse el Centenario de la creación de la diócesis de Corrientes, destacaba el valor religioso de la peregrinación, tan arraigado en nuestra gente: “el peregrino se siente miembro de un pueblo que camina, inmerso en medio de tantos hermanos, caminando juntos hacia Dios que los espera. Peregrinar arraiga a los miembros de la familia más en Dios y los reconcilia entre ellos; renueva los vínculos entre los parientes y favorece la amistad con los vecinos y los amigos. Peregrinar juntos también ayuda al encuentro entre los diversos sectores y hace sentir que somos un pueblo que camina en esperanza y con una meta común (…) Peregrinar nos recuerda que la vida es pasajera, que los bienes materiales sirven sólo en cuanto nos ayudan a ser más personas y más amigos con todos; y que el medio ambiente es un lugar que debemos cuidar y cultivar, de modo que sirva y sea apto para el desarrollo integral de las personas y de la comunidad.”
16. El Preámbulo de la Constitución de la Provincia de Corrientes, constituido por un solo párrafo, finaliza colocando bajo la protección de Dios el peregrinar del pueblo correntino con palabras escogidas y precisas: “Nos, los representantes del pueblo de la Provincia de Corrientes, reunidos en Convención Constituyente para la reforma de la Constitución de 1993, con el objeto de consolidar el sistema representativo, republicano y democrático de gobierno, promover el bienestar general, afianzar la justicia, perpetuar la libertad, fortalecer las instituciones, conservar el orden público, garantizar la educación y la cultura, impulsar el desarrollo sostenido, preservar el ambiente sano, afirmar la vigencia del federalismo y asegurar la autonomía municipal, sancionamos y ordenamos, bajo la protección de Dios, esta Constitución”. La reforma de esta Ley vio la luz luego del Pacto de Gobernabilidad, acontecimiento que marcó un hito ineludible en la historia de Corrientes y que está próximo a cumplir una década de su realización. Dios mediante, tendremos ocasión de celebrarlo y de retomar los acuerdos firmados y el compromiso –como se dijo entonces– de “establecer el diálogo y la mediación” como la metodología irrenunciable para la convivencia social y política en nuestra Provincia.
17. Antes de finalizar, quisiera destacar aún más ese ponernos bajo la protección de Dios. Es la frase que da una cabal significación a la totalidad de nuestra Ley provincial. La protección de Dios está encima, como el techo de una casa, para el amparo y la defensa de sus moradores. Dios es como un techo que resguarda, una manta que cubre, una mano que protege y cuida. Dios nos protege y cuida cuando respetamos y cumplimos la ley. ¡Cuánto bien nos haría recordar con más frecuencia el Preámbulo de nuestra Constitución Provincial! Y que en letra bien legible, se lo expusiera al público para darle visibilidad, junto a los signos de nuestra primera evangelización: La Santísima Cruz de los Milagros y la Pura y Limpia Concepción de Nuestra Señora de Itatí, porque “podremos crecer sanamente como Nación si reafirmamos nuestra identidad común.”
18. Para concluir, nos dirigimos a Ella, Tiernísima Madre de Dios y de los hombres, para decirle que nos sentimos felices de tenerla como Madre y recordarla junto a la Cruz de su Hijo, acompañando nuestra historia desde sus inicios. Con Ella queremos seguir construyendo nuestra Provincia de Corrientes y nuestra Patria Argentina, firmemente decididos a hacerlo entre todos y para todos. Confiados le pedimos que atienda las necesidades de su pueblo que ella mejor que nosotros las conoce; y que proteja a nuestros gobernantes, los ilumine y sostenga, para que siempre estén al servicio del desarrollo y bienestar de todos los ciudadanos. Así sea.
Mons. Andrés Stanovnik OFMCap., arzobispo de Corrientes
ZENIT nos ofrece la transcripción del coloquio que el Papa Benedicto XVI mantuvo con cinco sacerdotes de los cinco continentes, en representación de los miles de presbíteros presentes el jueves 10 de junio de 2010 en la Vigilia de Clausura del Año Sacerdotal, en la Plaza de San Pedro.
América:
P. – Beatísimo Padre, soy don José Eduardo Oliveira y Silva y vengo desde América, precisamente desde Brasil. La mayor parte de nosotros aquí presentes estamos comprometidos en la pastoral directa, en la parroquia, y no solo con una comunidad, sino que a veces somos párrocos de muchas parroquias, o de comunidades particularmente extensas. Con toda la buena voluntad intentamos hacer frente a las necesidades de una sociedad muy cambiada, ya no más enteramente cristiana, pero nos damos cuenta de que nuestro “hacer” no basta. ¿A dónde ir, Santidad? ¿En qué dirección?
R. – Queridos amigos, ante todo quisiera expresar mi gran alegría porque aquí están reunidos sacerdotes de todas partes del mundo, en la alegría de nuestra vocación y en la disponibilidad de servir con todas nuestras fuerzas al Señor, en este nuestro tiempo. Respecto a la pregunta: soy bien consciente de que hoy es muy difícil ser párroco, también y sobre todo en los países de antigua cristiandad; las parroquias son cada vez más extensas, unidades pastorales... es imposible conocer a todos, es imposible hacer todos los trabajos que se esperan de un párroco. Y así, realmente, nos preguntamos a dónde ir, como usted ha dicho. Pero quisiera decir, ante todo: sé que hay muchos párrocos en el mundo que dan realmente todas sus fuerzas por la evangelización, por la presencia del Señor y de sus Sacramentos, y a estos párrocos fieles, que trabajan con todas las fuerzas de su vida, de nuestro ser apasionados por Cristo, quisiera decir un gran “gracias”, en este momento.
Dije que no es posible hacer todo lo que se desea, que se debería hacer, porque nuestras fuerzas son limitadas y las situaciones son difíciles en una sociedad cada vez más diversificada, más complicada. Yo creo que, sobre todo, es importante que los fieles puedan ver que este sacerdote no hace solo un “oficio”, horas de trabajo, y que después está libre y vive sólo para sí mismo, sino que es un hombre apasionado por Cristo. Si los fieles ven que está lleno de la alegría del Señor, comprenden también que no lo puede hacer todo, aceptan sus límites, y ayudan al párroco. Este me parece el punto más importante: que se pueda ver y sentir que el párroco realmente se siente un llamado por el Señor; que está lleno de amor por el Señor y por los suyos. Si esto existe, se entiende y se puede también ver la imposibilidad de hacer todo.
Por tanto, estar llenos de la alegría del Evangelio con todo nuestro ser es la primera condición. Después se deben tomar decisiones, tener prioridades, ver lo que es posible y lo que es imposible. Diría que las tres prioridades fundamentales las conocemos: son las tres columnas de nuestro ser sacerdotes. Primero, la Eucaristía, los Sacramentos: hacer posible y presente la Eucaristía, sobre todo dominical, en cuanto sea posible, para todos, y celebrarla de forma que se convierta en realmente en visible el acto de amor del Señor por nosotros. Después, el anuncio de la Palabra en todas las dimensiones: desde el diálogo personal hasta la homilía. El tercer punto es la "caritas", el amor de Cristo: estar presentes para los que sufren, para los pequeños, para los niños, para las personas con dificultad, para los marginados; hacer realmente presente el amor del Buen Pastor. Y después, una prioridad muy importante es también la relación personal con Cristo. En el Breviario, el 4 de noviembre, leemos un hermoso texto de san Carlos Borromeo, gran pastor, que se dio verdaderamente a sí mismo, y que nos dice, a todos los sacerdotes: “No descuides tu propia alma: si la propia alma está descuidada, tampoco puedes dar a los demás lo que deberías dar. Por tanto, también debes tener tiempo para ti mismo, ara tu alma", o, en otras palabras, la relación con Cristo, el coloquio personal con Cristo es una prioridad pastoral fundamental, ¡es condición para nuestro trabajo por los demás! Y la oración no es algo marginal: es precisamente rezar la “profesión” del párroco, también en representación d ella gente que no sabe rezar o no encuentra el tiempo de rezar. La oración personal, sobre todo la liturgia de las Horas, es el alimento fundamental para nuestra alma, para todas nuestras acciones. Y, finalmente, reconocer nuestros límites, abrirnos también a esta humildad. Recordemos una escena de Marcos, capítulo 6, donde los discípulos estaban “estresados”, querían hacer todo, y el Señor dice: “Venid también vosotros aparte, a un lugar solitario, para descansar un poco" (cfr Mc 6,31). También éste es trabajo – diría – pastoral: encontrar y tener la humildad, el valor de descansar. Por tanto, pienso que la pasión por el Señor, el amor por el Señor, nos muestra las prioridades, las decisiones, nos ayuda a encontrar el amino. El Señor nos ayudará. ¡Gracias a todos vosotros!
África:
P. – Santidad, soy Mathias Agnero y vengo desde África, precisamente desde Costa de Marfil. Usted es un Papa-teólogo, mientras que nosotros, cuando podemos, leemos apenas algún libro de teología para la formación. Nos parece, con todo, que se ha creado una fractura entre teología y doctrina y, aún más, entre teología y espiritualidad. Se siente la necesidad de que el estudio no sea tan académico sino que alimente nuestra espiritualidad. Sentimos necesidad de esto en nuestro propio ministerio pastoral. Quizás la teo-logía no parezca tener a Dios en el centro y a Jesucristo como primer “lugar teológico”, sino que tenga en cambio los gustos y las tendencias difuminadas; y la consecuencia es la proliferación de opiniones subjetivas que permiten la introducción, también en la Iglesia, de un pensamiento no católico. ¿Cómo no desorientarnos en nuestra vida y en nuestro ministerio, cuando es el mundo el que juzga a la fe y no al revés? ¡Nos sentimos “descentrados”!
R. – Gracias. Usted toca un problema muy difícil y doloroso. Existe realmente una teología que quiere sobre todo ser académica, parecer científica, y olvida la realidad vital, la presencia de Dios, su presencia entre nosotros, su hablar hoy, no sólo en el pasado. Ya san Buenaventura distinguió dos formas de teología, en su tiempo; dijo: “hay una teología que viene de la arrogancia de la razón, que quiere dominar todo, hace pasar a Dios de sujeto a objeto que estudiamos, mientras debería ser sujeto que nos habla y nos guía”. Existe realmente este abuso de la teología, que es arrogancia de la razón y no nutre la fe, sino que oscurece la presencia de Dios en el mundo. Después hay una teología que quiere conocer más por amor al amado, está estimulada por el amor y guiada por el amor, quiere conocer más al amado. Y esta es la verdadera teología, que viene del amor de Dios, de Cristo, y quiere entrar más profundamente en comunión con Cristo.
En realidad, las tentaciones hoy son grandes; sobre todo se impone la llamada “visión moderna del mundo” (Bultmann, modernes Weltbild), que se convierte en el criterio de cuanto sería posible o imposible. Y así, precisamente con este criterio de que todo es como siempre, que todos los acontecimientos históricos son del mismo tipo, se excluye precisamente la novedad del Evangelio, se excluye la irrupción de Dios, la verdadera novedad que es la alegría de nuestra fe. ¿Qué hacer? Yo diría ante todo a los teólogos: tened valor. Y quisiera decir un gran “gracias” también a muchos teólogos que hacen un buen trabajo. Hay abusos, lo sabemos, pero en todas partes del mundo hay muchos teólogos que viven verdaderamente de la Palabra de Dios, se nutren de la meditación, viven la fe de la Iglesia y quieren ayudar para que la fe esté presente hoy día. A estos teólogos quisiera decir un gran “gracias”. Y diría a los teólogos en general: "¡no tengáis miedo de este fantasma de la cientificidad!". Yo sigo la teología desde 46; comencé a estudiar teología en enero de 1946, y he visto por tanto a tres generaciones de teólogos, y puedo decir: las hipótesis que en aquel tiempo, y después en los años 60 y 80 eran las más nuevas, absolutamente científicas, absolutamente casi dogmáticas, ¡con el tiempo han envejecido y ya no valen! Muchas de ellas parecen casi ridículas. Por tanto, tener el valor de resistir a la aparente cientificidad, de no someterse a todas las hipótesis del momento, sino de pensar realmente a partir de la gran fe de la Iglesia, que está presente en todos los tiempos y que nos abre el acceso a la verdad. Sobre todo, también, ¡no pensar que la razón positivista, que excluye lo trascendente – que no puede ser accesible – sea la razón verdadera! Esta razón débil, que presenta sólo las cosas experimentables, es realmente una razón insuficiente. Nosotros teólogos debemos usar la razón grande, que está abierta a la grandeza de Dios. Debemos tener el valor de ir más allá del positivismo a la cuestión de las raíces del ser. Esto me parece de gran importancia.
Por tanto, es necesario tener el valor de la razón amplia, grande, tener la humildad de no someterse a todas las hipótesis del momento, vivir de la gran fe de la Iglesia de todos los tiempos. No existe una mayoría contra la mayoría de los Santos: ¡la verdadera mayoría con los Santos de la Iglesia, y a los Santos debemos orientarnos! Después, a los seminaristas y sacerdotes digo lo mismo: pensad que la Sagrada Escritura no es un libro aislado: está vivo en la comunidad viva de la Iglesia, que es el mismo sujeto en todos los siglos y que garantiza la presencia de la Palabra de Dios. El Señor nos ha dado a la Iglesia como sujeto vivo, con la estructura de los obispos en comunión con el Papa, y esta gran realidad de los obispos del mundo en comunión con el Papa nos garantiza el testimonio de la verdad permanente. Tengamos confianza en este Magisterio permanente de la comunión de los obispos con el Papa, que nos representa la presencia de la Palabra. Y tengamos también confianza en la vida de la Iglesia y, sobre todo, debemos ser críticos.
Ciertamente la formación teológica – esto quisiera decir a los seminaristas – es muy importante. En nuestro tiempo debemos conocer bien la Sagrada Escritura, también precisamente contra los ataques de las sectas; debemos ser realmente amigos de la Palabra. Debemos conocer también las corrientes de nuestro tiempo para poder responder razonablemente, para poder dar – como dice san Pedro - “razón de nuestra fe”. La formación es muy importante. Pero debemos ser también críticos: el criterio de la fe es el criterio con el que ver también a los teólogos y las teologías. El Papa Juan Pablo II nos dio un criterio absolutamente seguro en el Catecismo de la Iglesia Católica: aquí vemos la síntesis de nuestra fe, y este Catecismo es verdaderamente el criterio para ver donde va una teología aceptable o no aceptable. Por tanto, recomendamos la lectura, el estudio de este texto, y así podremos seguir adelante con una teología crítica en el sentido positivo, es decir, crítica contra las tendencias de la moda y abiertas a las verdaderas novedades, a la profundidad inagotable de la Palabra de Dios, que se revela nueva en todos los tiempos, también en nuestro tiempo.
Europa:
P. – Padre Santo, soy don Karol Miklosko y vengo desde Europa, precisamente desde Eslovaquia, y soy misionero en Rusia. Cuando celebro la Santa Misa me encuentro a mi mismo y comprendo que allí encuentro mi identidad y la raíz y energía de mi ministerio. El sacrificio de la Cruz me revela al Buen Pastor, que lo da todo por el rebaño, por cada oveja, y cuando digo: “Éste es mi cuerpo … esta es mi sangre" dada y derramada en sacrificio por vosotros, entonces comprendo la belleza del celibato y de la obediencia, que prometí libremente en el momento de la ordenación. Aún con las naturales dificultades, el celibato me parece obvio, mirando a Cristo, pero me siento trastornado al leer tantas críticas mundanas a este don. Le pido humildemente, Padre Santo, que nos ilumine sobre la profundidad y sobre el sentido auténtico del celibato eclesiástico.
R. – Gracias por las dos partes de su pregunta. La primera, en la que muestra el fundamento permanente y vital de nuestro celibato; la segunda que muestra todas las dificultades en las que nos encontramos en nuestro tiempo. Es importante la primera parte, es decir: el centro de nuestra vida debe ser realmente la celebración cotidiana de la Santa Eucaristía; y aquí son centrales las palabras de la consagración: “Esto es mi cuerpo, esta es mi Sangre”; es decir, hablamos in persona Christi. Cristo nos permite usar su “yo”, hablamos en el “yo” de Cristo, Cristo nos “atrae hacia sí” y nos permite unirnos, nos une con su “yo”. Y así, a través de esta acción, este hecho de que Él nos “atrae” a sí mismo, de forma que nuestro “yo” queda unido al suyo, realiza la permanencia, la unicidad de su Sacerdocio; así Él es realmente siempre el único Sacerdote, y aún muy presente en el mundo, porque nos “atrae” en sí mismo y así hace presente su misión sacerdotal. Esto quiere decir que somos atraídos al Dios de Cristo: es esta unión con su “yo” que se realiza en las palabras de la consagración. También en el “yo te absuelvo” – porque ninguno de nosotros podría absolver de los pecados – es el “yo” de Cristo, de Dio, el único que puede absolver.
Esta unificación de su “yo” con el nuestro implica que somos “atraídos” también a su realidad de Resucitado, que seguimos adelante hacia la vida plena de la resurrección, de la que Je´sus habla a los saduceos en Mateo, capítulo 22: es una vida “nueva”, en la que ya estamos más allá del matrimonio (cfr Mt 22,23-32). Es importante que nos dejemos penetrar siempre de nuevo por esta identificación del “yo” de Cristo con nosotros, de este ser “sacados” hacia el mundo de la resurrección. En este sentido, el celibato es una anticipación. Trascendamos este tiempo y sigamos adelante, y así nos “atraemos” a nosotros mismos y a nuestro tiempo hacia el mundo de la resurrección, hacia la novedad de Cristo, hacia la vida buena y verdadera.
Por tanto, el celibato es una anticipación hecha posible por la gracia del Señor, que nos “atrae” a si hacia el mundo de la resurrección; nos invita siempre de nuevo a trascendernos a nosotros mismos, este presente, hacia el verdadero presente del futuro, que se convierte en presente hoy. Y aquí estaos en un punto muy importante. Un gran problema de la cristiandad en el mundo de hoy es que no se piensa ya en el futuro de Dios: parece suficiente solo el presente de este mundo. Queremos tener solo este mundo, vivir solo en este mundo. Así cerramos las puertas a la verdadera grandeza de nuestra existencia. El sentido del celibato como anticipación del futuro es precisamente abrir estas puertas, hacer más grande el mundo, mostrar la realidad del futuro que es vivido por nosotros ya como presente. Vivir, por tanto, así como en un testimonio de la fe: creemos realmente que Dios existe, que Dios tiene que ver con mi vida, que puedo fundar mi vida sobre Cristo, sobre la vida futura.
Y conozcamos ahora las críticas mundanas de las que usted ha hablado. Es verdad que para el mundo agnóstico, el mundo en el que Dios no tiene nada que ver, el celibato es un gran escándalo, porque muestra precisamente que Dios es considerado y vivido como realidad. Con la vida escatológica del celibato, el mundo futuro de Dios entra en las realidades de nuestro tiempo. ¡Y esto debería desaparecer! En un cierto sentido, puede sorprender esta crítica permanente contra el celibato, en un tiempo en el que está cada vez más de moda no casarse. Pero este no casarse es algo totalmente, fundamentalmente distinto del celibato, porque el no casarse se basa en la voluntad de vivir solo para sí mismos, de no aceptar ningún vínculo definitivo, de tener la vida en todo momento en una autonomía plena, decidir en cada momento qué hacer, qué tomar de la vida; es por tanto un "no" al vínculo, un "no" a la definitividad, un tener la vida solo para sí mismo. Mientras que el celibato es precisamente lo contrario: es un "sí" definitivo, es un dejarse tomar de la mano por Dios, entregarse en las manos del Señor, en su “yo”, y es por tanto un acto de fidelidad y de confianza, un acto que supone también la fidelidad del matrimonio; es precisamente lo contrario de este "no", de esta autonomía que no quiere obligarse, que no quiere entrar en un vínculo; es precisamente el "sí" definitivo que supone, confirma el "sé" definitivo del matrimonio. Y este matrimonio es la forma bíblica, la forma natural del ser hombre y mujer, fundamento de la gran cultura cristiana, de las grandes culturas del mundo. Y si desaparece esto, se destruirá también la raíz de nuestra cultura. Por ello el celibato confirma el "sí" del matrimonio con su "sí" al mundo futuro, y así queremos seguir y hacer presente este escándalo de una fe que pone toda su existencia en Dios. Sabemos que junto a este gran escándalo, que el mundo no quiere ver, están también los escándalos secundarios de nuestras insuficiencias, de nuestros pecados, que oscurecen el verdadero y gran escándalo, y hacen pensar: “¡Pero no viven realmente fundados en Dios!”. ¡Pero hay mucha fidelidad! El celibato, precisamente las críticas lo muestran, es un gran signo de la fe, de la presencia de Dios en el mundo. Oremos al Señor para que nos ayude a hacernos libres de los escándalos secundarios, para que se haga presente el gran escándalo de nuestra fe: ¡la confianza, la fuerza de nuestra vida, que se funda en Dios y en Jesucristo!
Asia
P. – Santo Padre, soy don Atsushi Yamashita y vengo desde Asia, precisamente desde Japón. El modelo de sacerdote que Su Santidad nos ha propuesto este Año, el Cura de Ars, ve en el centro de la existencia y del ministerio la Eucaristía, la Penitencia sacramental y personal y el amor al culto, dignamente celebrado. He visto los signos de la austera pobreza de san Juan María Vianney y también de su pasión por las cosas preciosas para el culto. ¿Cómo vivir estas dimensiones fundamentales de nuestra existencia sacerdotal, sin caer en el clericalismo o en una alienación de la realidad, que el mundo de hoy no permite?
R. – Gracias. Por tanto, la pregunta es cómo vivir la centralidad de la Eucaristía sin perderse en una vida puramente cultual, ajenos a la vida de cada día de las demás personas. Sabemos que el clericalismo es una tentación de los sacerdotes en todos los siglos, también hoy; tanto más importante es encontrar la forma verdadera de vivir la Eucaristía, que no es cerrarse al mundo, sino precisamente la apertura a las necesidades del mundo. Debemos tener presente que en la Eucaristía se realiza este gran drama de Dios que sale de sí mismo, deja – como dice la Carta a los Filipenses – su propia gloria, sale y desciende hasta ser uno de nosotros, y desciende hasta la muerte en la Cruz (cfr Fil 2). La aventura del amor de Dios, que deja, se abandona a sí mismo para estar con nosotros – esto se hace presente en la Eucaristía; el gran acto, la gran aventura del amor de Dios y la humildad de Dios que se dona a nosotros. En este sentido la Eucaristía debe considerarse como el entrar en este camino de Dios. San Agustín dice, en el De Civitate Dei, libro X: "Hoc est sacrificium Christianorum: multi unum corpus in Christo", es decir: el sacrificio de los cristianos es el estar unidos por el amor de Cristo en la unidad del único cuerpo de Cristo.
El sacrificio consiste precisamente en salir de nosotros, en dejarnos atraer a la comunión del único pan, del único Cuerpo, y así entrar en la gran aventura del amor de Dios. Así debemos intentar celebrar, vivir, meditar siempre la Eucaristía, como esta escuela de liberación de mi “yo”: entrar en el único pan, que es pan de todos, que nos une en el único Cuerpo de Cristo. Y por tanto, la Eucaristía es, de por sí, un acto de amor, nos obliga a esta realidad del amor por los demás: que el sacrificio de Cristo es la comunión de todos en su Cuerpo. Y por tanto, de esta forma, debemos aprender la Eucaristía, que es además lo contrario del clericalismo, de cerrarse en sí mismos. Pensemos también en la Madre Teresa, verdaderamente el ejemplo más grande de este siglo, en este tiempo, de un amor que se deja a sí mismo, que deja todo tipo de clericalismo, de alejamiento del mundo, que va a los más marginados, a los más pobres, a las personas a punto de morir, y que se da totalmente al amor por los pobres, por los marginados. Pero Madre Teresa que nos dio este ejemplo, la comunidad que sigue sus huellas suponía siempre como primera condición de una fundación suya la presencia de un tabernáculo. Sin la presencia del amor de Dios que se da no sería posible realizar ese apostolado, no habría sido posible vivir en ese abandono de sí mismos; sólo insertándose en este abandono de sí en Dios, en esta aventura de Dios, en esta humildad de Dios, podían y pueden llevar a cabo este gran acto de amor, esta apertura a todos. En este sentido, diría: vivir la Eucaristía en su sentido original, en su verdadera profundidad, es una escuela de vida, es la protección más segura contra toda forma de clericalismo.
Oceanía
P. – Beatísimo Padre, soy don Anthony Denton y vengo desde Oceanía, desde Australia. Esta noche aquí estamos muchísimos sacerdotes. Sin embargo, sabemos que nuestros seminarios no están llenos y que, en el futuro, en varios lugares del mundo nos espera una bajada, incluso brusca. ¿Qué hacer de verdaderamente eficaz por las vocaciones? ¿Cómo proponer nuestra vida, en lo que hay en ella de grande y de bello, a un joven de nuestro tiempo?
R. – Gracias. Realmente usted toca de nuevo un problema grande y doloroso de nuestro tiempo: la falta de vocaciones, a causa de la cual Iglesias locales están en peligro de volverse áridas, porque falta la Palabra de vida, falta la presencia del sacramento de la Eucaristía y de los demás Sacramentos. ¿Qué hacer? La tentación es grande: de tomar nosotros mismos en mano la cuestión, de transformar el sacerdocio – el sacramento de Cristo, el ser elegidos por Él – en una profesión normal, en un empleo que tiene sus horas, y que por lo demás uno se pertenece solo a sí mismo; y hacerlo así como cualquier otra vocación: hacerlo accesible y fácil. Pero es una tentación, esta, que no resuelve el problema. Me hace pensar en la historia de Saúl, el rey de Israel, que antes de la batalla contra los filisteos espera a Samuel para el necesario sacrificio a Dios. Y cuando Samuel, en el momento esperado, no viene, él mismo realiza el sacrificio, aun no siendo sacerdote (cfr 1Sam 13); piensa resolver así el problema, que naturalmente no se resuelve, porque toma en mano por sí mismo lo que no puede hacer, se hace él mismo Dios, o casi, y no puede esperarse que las cosas vayan realmente a la manera de Dios. Así, también nosotros, si ejerciésemos solo una profesión como las demás, renunciando a la sacralidad, a la novedad, a la diversidad del sacramento que solo Dios da, que puede venir solo de su vocación y no de nuestro “hacer” no resolveremos nada. Tanto más debemos – como nos invita el Señor – rezar a Dios, llamar a la puerta, al corazón de Dios, para que nos de vocaciones; rezar con gran insistencia, con gran determinación, con gran convicción también, para que Dios no se cierre ante una oración insistente, permanente, confiada, aunque deje hacer, esperar, como a Saúl, más allá de los tiempos que nosotros hemos previsto. Este me parece el primer punto: animar a los fieles a tener esta humildad, esta confianza, este valor de rezar con insistencia por las vocaciones, de llamar al corazón de Dios para que nos de sacerdotes.
Además de esto diría quizás tres puntos. El primero: cada uno de nosotros debería hacer lo posible para vivir su propio sacerdocio de tal manera que resultase convincente, de tal manera que los jóvenes puedan decir: esta es una verdadera vocación, así se puede vivir, así se hace algo esencial para el mundo. Creo que ninguno de nosotros habría llegado a ser sacerdote si no hubiese conocido sacerdotes convincentes en los que ardía el fuego del amor de Cristo. Por tanto, este es el primer punto: intentemos ser nosotros mismos sacerdotes convincentes. El segundo punto es que debemos invitar, como ya he dicho, a la iniciativa de la oración, a tener esta humildad, esta confianza de hablar con Dios con fuerza, con decisión. El tercer punto: tener el valor de hablar con los jóvenes si pueden pensar que Dios les llama, porque a menudo una palabra humana es necesaria para abrir la escucha de la vocación divina; hablar con los jóvenes y sobre todo ayudarles a encontrar un contexto vital en el que puedan vivir. El mundo de hoy es tal que casi parece excluida la maduración d una vocación sacerdotal; los jóvenes necesitan ambientes en los que se viva la fe, en los que aparezca la belleza de la fe, en los que aparezca que éste es un modelo de vida, “el” modelo de vida, y por tanto ayudarles a encontrar movimientos, o la parroquia – la comunidad en parroquia – u otros contextos en los que realmente estén rodeados por la fe, por el amor de Dios, y puedan estar abiertos para que la vocación de Dios llegue y les ayude. Por lo demás, damos gracias a Dios por todos los seminaristas de nuestro tiempo, por los jóvenes sacerdotes, y oramos. ¡El Señor nos ayudará! ¡Gracias a todos vosotros!
[Traducción del original italiano por Inma Álvarez
©Libreria Editrice Vaticana]
ZENIT nos ofrece los saludos en distintos idiomas que el Papa dirigió a los sacerdotes presentes, al concluir la Santa Misa concelebrada el viernes 11 de Junio de 2010 en la Plaza de San Pedro como conclusión del Año Santo Sacerdotal.
Al término de esta extraordinaria concelebración, deseo expresar mi viva gratitud a la Congregación para el Clero, por la obra llevada a cabo durante el Año Sacerdotal y por haber organizado estas jornadas conclusivas. Un pensamiento de especial reconocimiento va a los señores cardenales y a los obispos que han querido estar presentes, en particular a cuantos han venido desde lejos.
Queridos sacerdotes francófonos, vosotros tenéis una proximidad particular con san Juan María Vianney. Espero que se convierta en una verdadera complicidad espiritual. ¡Que su ejemplo firme os inspire para que el don que habéis hecho de vosotros mismos al Señor lleve fruto bueno! Os renuevo mi confianza y os animo a progresar en los caminos de la santidad. ¡Que el Señor os guarde a todos en su amantísimo corazón!
¡Saludo ahora a todos los sacerdotes de habla inglesa presentes en la celebración de hoy! Mis queridos hermanos, mientras os agradezco por vuestro amor por Cristo y por su esposa la Iglesia, os pido de nuevo solemnemente ser fiel a vuestras promesas. Servid a Dios y a vuestro pueblo con santidad y valentía, ajustando siempre vuestra vida al misterio de la cruz del Señor. ¡Que Dios bendiga abundantemente vuestra labor apostólica!
Saludo con todo mi corazón a los obispos, sacerdotes y religiosos, así como todos los peregrinos procedentes de las diócesis de habla alemana que celebran el final del año sacerdotal en Roma, para mostrar su unidad con el Sucesor de Pedro. Queridos hermanos, donde no hay unidad, no hay progreso. Si nos mantenemos unidos unos a otros cuando estamos en Cristo, la vid verdadera, entonces podemos permanecer fuertes y ser testigos vivientes del amor y de la verdad, de modo que los vientos del momento nos doblen o rompan. Cristo es la raíz que nos sostiene y nos da vida. Demos gracias al Señor por el don del sacerdocio, por tener cada día una oportunidad para ser sus sucesores como buen pastor. ¡Que el Espíritu Santo os fortalezca en vuestro trabajo!
Saludo cordialmente a los presbíteros de lengua española, y pido a Dios que esta celebración se convierta en un vigoroso impulso para seguir viviendo con gozo, humildad y esperanza su sacerdocio, siendo mensajeros audaces del Evangelio, ministros fieles de los Sacramentos y testigos elocuentes de la caridad. Con los sentimientos de Cristo, Buen Pastor, os invito a continuar aspirando cada día a la santidad, sabiendo que no hay mayor felicidad en este mundo que gastar la vida por la gloria de Dios y el bien de las almas.
Queridos sacerdotes de los países de lengua oficial portuguesa, doy gracias a Dios por lo que sois y por lo que hacéis, recordando a todos que nada sustituirá jamás el ministerio de los sacerdotes en la vida de la Iglesia. A ejemplo y bajo el patrocinio del Santo Cura de Ars, perseverad en la amistad con Dios y dejad que vuestras manos y vuestros labios sigan siendo las manos y los labios de Cristo, único Redentor de la humanidad. ¡Muchas gracias!
“Sí, dicha y gracia me acompañarán todos los días de mi vida” (Salmo 23(22), 6). Con estas palabras del salmo saludo a los sacerdotes polacos. Queridos Hermanos, Cristo os ha elegido, os ha llamado, os ha colmado de bondad y de fidelidad. Acoged este don con corazón sincero cada día y llevadlo con amor a aquellos a quienes habéis sido enviados. Sed santos y llevad a los demás a la santidad de Cristo. ¡Que Dios os bendiga!]
Dirijo finalmente mi cordial saludo a los sacerdotes de Roma y de Italia; como también a los prelados, a los sacerdotes y a los seminaristas de todos los ritos de las Iglesias Orientales católicas. Sé, finalmente, que en todas las partes del mundo se han mantenido muchísimos encuentros celebrativos y espirituales con participación grande y fructífera. Por ello, deseo agradecer a los obispos, sacerdotes y organizadores y auguro a todos que prosigáis con renovado empuje el camino de santificación en este sagrado misterio que el Señor os ha confiado. ¡Os bendigo de corazón!
[Traducción del original en varios idiomas por Inma Álvarez]
ZENIT nos ofrece la homilía que el Papa pronunció el viernes 11 de Junio de 2010 en la Plaza de San Pedro, durante la solemne Concelebración Eucarística con sacerdotes de todo el mundo (entre los que se encontraba nuestro párroco), con la que se clausura el Año Sacerdotal.
Queridos hermanos en el ministerio sacerdotal,
Queridos hermanos y hermanas
El Año Sacerdotal que hemos celebrado, 150 años después de la muerte del santo Cura de Ars, modelo del ministerio sacerdotal en nuestros días, llega a su fin. Nos hemos dejado guiar por el Cura de Ars para comprender de nuevo la grandeza y la belleza del ministerio sacerdotal. El sacerdote no es simplemente alguien que detenta un oficio, como aquellos que toda sociedad necesita para que puedan cumplirse en ella ciertas funciones. Por el contrario, el sacerdote hace lo que ningún ser humano puede hacer por sí mismo: pronunciar en nombre de Cristo la palabra de absolución de nuestros pecados, cambiando así, a partir de Dios, la situación de nuestra vida. Pronuncia sobre las ofrendas del pan y el vino las palabras de acción de gracias de Cristo, que son palabras de transustanciación, palabras que lo hacen presente a Él mismo, el Resucitado, su Cuerpo y su Sangre, transformando así los elementos del mundo; son palabras que abren el mundo a Dios y lo unen a Él. Por tanto, el sacerdocio no es un simple «oficio», sino un sacramento: Dios se vale de un hombre con sus limitaciones para estar, a través de él, presente entre los hombres y actuar en su favor. Esta audacia de Dios, que se abandona en las manos de seres humanos; que, aun conociendo nuestras debilidades, considera a los hombres capaces de actuar y presentarse en su lugar, esta audacia de Dios es realmente la mayor grandeza que se oculta en la palabra «sacerdocio». Que Dios nos considere capaces de esto; que por eso llame a su servicio a hombres y, así, se una a ellos desde dentro, esto es lo que en este año hemos querido de nuevo considerar y comprender. Queríamos despertar la alegría de que Dios esté tan cerca de nosotros, y la gratitud por el hecho de que Él se confíe a nuestra debilidad; que Él nos guíe y nos ayude día tras día. Queríamos también, así, enseñar de nuevo a los jóvenes que esta vocación, esta comunión de servicio por Dios y con Dios, existe; más aún, que Dios está esperando nuestro «sí». Junto con la Iglesia, hemos querido destacar de nuevo que tenemos que pedir a Dios esta vocación. Pedimos trabajadores para la mies de Dios, y esta plegaria a Dios es, al mismo tiempo, una llamada de Dios al corazón de jóvenes que se consideren capaces de eso mismo para lo que Dios los cree capaces. Era de esperar que al «enemigo» no le gustara que el sacerdocio brillara de nuevo; él hubiera preferido verlo desaparecer, para que al fin Dios fuera arrojado del mundo. Y así ha ocurrido que, precisamente en este año de alegría por el sacramento del sacerdocio, han salido a la luz los pecados de los sacerdotes, sobre todo el abuso a los pequeños, en el cual el sacerdocio, que lleva a cabo la solicitud de Dios por el bien del hombre, se convierte en lo contrario. También nosotros pedimos perdón insistentemente a Dios y a las personas afectadas, mientras prometemos que queremos hacer todo lo posible para que semejante abuso no vuelva a suceder jamás; que en la admisión al ministerio sacerdotal y en la formación que prepara al mismo haremos todo lo posible para examinar la autenticidad de la vocación; y que queremos acompañar aún más a los sacerdotes en su camino, para que el Señor los proteja y los custodie en las situaciones dolorosas y en los peligros de la vida. Si el Año Sacerdotal hubiera sido una glorificación de nuestros logros humanos personales, habría sido destruido por estos hechos. Pero, para nosotros, se trataba precisamente de lo contrario, de sentirnos agradecidos por el don de Dios, un don que se lleva en «vasijas de barro», y que una y otra vez, a través de toda la debilidad humana, hace visible su amor en el mundo. Así, consideramos lo ocurrido como una tarea de purificación, un quehacer que nos acompaña hacia el futuro y que nos hace reconocer y amar más aún el gran don de Dios. De este modo, el don se convierte en el compromiso de responder al valor y la humildad de Dios con nuestro valor y nuestra humildad. La palabra de Cristo, que hemos entonado como canto de entrada en la liturgia de hoy, puede decirnos en este momento lo que significa hacerse y ser sacerdote: «Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,29).
Celebramos la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús y con la liturgia echamos una mirada, por así decirlo, dentro del corazón de Jesús, que al morir fue traspasado por la lanza del soldado romano. Sí, su corazón está abierto por nosotros y ante nosotros; y con esto nos ha abierto el corazón de Dios mismo. La liturgia interpreta para nosotros el lenguaje del corazón de Jesús, que habla sobre todo de Dios como pastor de los hombres, y así nos manifiesta el sacerdocio de Jesús, que está arraigado en lo íntimo de su corazón; de este modo, nos indica el perenne fundamento, así como el criterio válido de todo ministerio sacerdotal, que debe estar siempre anclado en el corazón de Jesús y ser vivido a partir de él. Quisiera meditar hoy, sobre todo, los textos con los que la Iglesia orante responde a la Palabra de Dios proclamada en las lecturas. En esos cantos, palabra y respuesta se compenetran. Por una parte, están tomados de la Palabra de Dios, pero, por otra, son ya al mismo tiempo la respuesta del hombre a dicha Palabra, respuesta en la que la Palabra misma se comunica y entra en nuestra vida. El más importante de estos textos en la liturgia de hoy es el Salmo 23 [22] – «El Señor es mi pastor» –, en el que el Israel orante acoge la autorevelación de Dios como pastor, haciendo de esto la orientación para su propia vida. «El Señor es mi pastor, nada me falta». En este primer versículo se expresan alegría y gratitud porque Dios está presente y cuida del hombre. La lectura tomada del Libro de Ezequiel empieza con el mismo tema: «Yo mismo en persona buscaré a mis ovejas, siguiendo su rastro» (Ez 34,11). Dios cuida personalmente de mí, de nosotros, de la humanidad. No me ha dejado solo, extraviado en el universo y en una sociedad ante la cual uno se siente cada vez más desorientado. Él cuida de mí. No es un Dios lejano, para quien mi vida no cuenta casi nada. Las religiones del mundo, por lo que podemos ver, han sabido siempre que, en último análisis, sólo hay un Dios. Pero este Dios era lejano. Abandonaba aparentemente el mundo a otras potencias y fuerzas, a otras divinidades. Había que llegar a un acuerdo con éstas. El Dios único era bueno, pero lejano. No constituía un peligro, pero tampoco ofrecía ayuda. Por tanto, no era necesario ocuparse de Él. Él no dominaba. Extrañamente, esta idea ha resurgido en la Ilustración. Se aceptaba no obstante que el mundo presupone un Creador. Este Dios, sin embargo, habría construido el mundo, para después retirarse de él. Ahora el mundo tiene un conjunto de leyes propias según las cuales se desarrolla, y en las cuales Dios no interviene, no puede intervenir. Dios es sólo un origen remoto. Muchos, quizás, tampoco deseaban que Dios se preocupara de ellos. No querían que Dios los molestara. Pero allí donde la cercanía del amor de Dios se percibe como molestia, el ser humano se siente mal. Es bello y consolador saber que hay una persona que me quiere y cuida de mí. Pero es mucho más decisivo que exista ese Dios que me conoce, me quiere y se preocupa por mí. «Yo conozco mis ovejas y ellas me conocen» (Jn 10,14), dice la Iglesia antes del Evangelio con una palabra del Señor. Dios me conoce, se preocupa de mí. Este pensamiento debería proporcionarnos realmente alegría. Dejemos que penetre intensamente en nuestro interior. En ese momento comprendemos también qué significa: Dios quiere que nosotros como sacerdotes, en un pequeño punto de la historia, compartamos sus preocupaciones por los hombres. Como sacerdotes, queremos ser personas que, en comunión con su amor por los hombres, cuidemos de ellos, les hagamos experimentar en lo concreto esta atención de Dios. Y, por lo que se refiere al ámbito que se le confía, el sacerdote, junto con el Señor, debería poder decir: «Yo conozco mis ovejas y ellas me conocen». «Conocer», en el sentido de la Sagrada Escritura, nunca es solamente un saber exterior, igual que se conoce el número telefónico de una persona. «Conocer» significa estar interiormente cerca del otro. Quererle. Nosotros deberíamos tratar de «conocer» a los hombres de parte de Dios y con vistas a Dios; deberíamos tratar de caminar con ellos en la vía de la amistad con Dios.
Volvamos al Salmo. Allí se dice: «Me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan» (23 [22], 3s). El pastor muestra el camino correcto a quienes le están confiados. Los precede y guía. Digámoslo de otro modo: el Señor nos muestra cómo se realiza en modo justo nuestro ser hombres. Nos enseña el arte de ser persona. ¿Qué debo hacer para no arruinarme, para no desperdiciar mi vida con la falta de sentido? En efecto, ésta es la pregunta que todo hombre debe plantearse y que sirve para cualquier período de la vida. ¡Cuánta oscuridad hay alrededor de esta pregunta en nuestro tiempo! Siempre vuelve a nuestra mente la palabra de Jesús, que tenía compasión por los hombres, porque estaban como ovejas sin pastor. Señor, ten piedad también de nosotros. Muéstranos el camino. Sabemos por el Evangelio que Él es el camino. Vivir con Cristo, seguirlo, esto significa encontrar el sendero justo, para que nuestra vida tenga sentido y para que un día podamos decir: "Sí, vivir ha sido algo bueno". El pueblo de Israel estaba y está agradecido a Dios, porque ha mostrado en los mandamientos el camino de la vida. El gran salmo 119 (118) es una expresión de alegría por este hecho: nosotros no andamos a tientas en la oscuridad. Dios nos ha mostrado cuál es el camino, cómo podemos caminar de manera justa. La vida de Jesús es una síntesis y un modelo vivo de lo que afirman los mandamientos. Así comprendemos que estas normas de Dios no son cadenas, sino el camino que Él nos indica. Podemos estar alegres por ellas y porque en Cristo están ante nosotros como una realidad vivida. Él mismo nos hace felices. Caminando junto a Cristo tenemos la experiencia de la alegría de la Revelación, y como sacerdotes debemos comunicar a la gente la alegría de que nos haya mostrado el camino justo.
Después viene una palabra referida a la "cañada oscura", a través de la cual el Señor guía al hombre. El camino de cada uno de nosotros nos llevará un día a la cañada oscura de la muerte, a la que ninguno nos puede acompañar. Y Él estará allí. Cristo mismo ha descendido a la noche oscura de la muerte. Tampoco allí nos abandona. También allí nos guía. "Si me acuesto en el abismo, allí te encuentro", dice el salmo 139 (138). Sí, tú estás presente también en la última fatiga, y así el salmo responsorial puede decir: también allí, en la cañada oscura, nada temo. Sin embargo, hablando de la cañada oscura, podemos pensar también en las cañadas oscuras de las tentaciones, del desaliento, de la prueba, que toda persona humana debe atravesar. También en estas cañadas tenebrosas de la vida Él está allí. Señor, en la oscuridad de la tentación, en las horas de la oscuridad, en que todas las luces parecen apagarse, muéstrame que tú estás allí. Ayúdanos a nosotros, sacerdotes, para que podamos estar junto a las personas que en esas noches oscuras nos han sido confiadas, para que podamos mostrarles tu luz.
«Tu vara y tu cayado me sosiegan»: el pastor necesita la vara contra las bestias salvajes que quieren atacar el rebaño; contra los salteadores que buscan su botín. Junto a la vara está el cayado, que sostiene y ayuda a atravesar los lugares difíciles. Las dos cosas entran dentro del ministerio de la Iglesia, del ministerio del sacerdote. También la Iglesia debe usar la vara del pastor, la vara con la que protege la fe contra los farsantes, contra las orientaciones que son, en realidad, desorientaciones. En efecto, el uso de la vara puede ser un servicio de amor. Hoy vemos que no se trata de amor, cuando se toleran comportamientos indignos de la vida sacerdotal. Como tampoco se trata de amor si se deja proliferar la herejía, la tergiversación y la destrucción de la fe, como si nosotros inventáramos la fe autónomamente. Como si ya no fuese un don de Dios, la perla preciosa que no dejamos que nos arranquen. Al mismo tiempo, sin embargo, la vara continuamente debe transformarse en el cayado del pastor, cayado que ayude a los hombres a poder caminar por senderos difíciles y seguir a Cristo.
Al final del salmo, se habla de la mesa preparada, del perfume con que se unge la cabeza, de la copa que rebosa, del habitar en la casa del Señor. En el salmo, esto muestra sobre todo la perspectiva del gozo por la fiesta de estar con Dios en el templo, de ser hospedados y servidos por él mismo, de poder habitar en su casa. Para nosotros, que rezamos este salmo con Cristo y con su Cuerpo que es la Iglesia, esta perspectiva de esperanza ha adquirido una amplitud y profundidad todavía más grande. Vemos en estas palabras, por así decir, una anticipación profética del misterio de la Eucaristía, en la que Dios mismo nos invita y se nos ofrece como alimento, como aquel pan y aquel vino exquisito que son la única respuesta última al hambre y a la sed interior del hombre. ¿Cómo no alegrarnos de estar invitados cada día a la misma mesa de Dios y habitar en su casa? ¿Cómo no estar alegres por haber recibido de Él este mandato: "Haced esto en memoria mía"? Alegres porque Él nos ha permitido preparar la mesa de Dios para los hombres, de ofrecerles su Cuerpo y su Sangre, de ofrecerles el don precioso de su misma presencia. Sí, podemos rezar juntos con todo el corazón las palabras del salmo: «Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida» (23 [22], 6).
Por último, veamos brevemente los dos cantos de comunión sugeridos hoy por la Iglesia en su liturgia. Ante todo, está la palabra con la que san Juan concluye el relato de la crucifixión de Jesús: «uno de los soldados con la lanza le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua» (Jn 19,34). El corazón de Jesús es traspasado por la lanza. Se abre, y se convierte en una fuente: el agua y la sangre que manan aluden a los dos sacramentos fundamentales de los que vive la Iglesia: el Bautismo y la Eucaristía. Del costado traspasado del Señor, de su corazón abierto, brota la fuente viva que mana a través de los siglos y edifica la Iglesia. El corazón abierto es fuente de un nuevo río de vida; en este contexto, Juan ciertamente ha pensado también en la profecía de Ezequiel, que ve manar del nuevo templo un río que proporciona fecundidad y vida (Ez 47): Jesús mismo es el nuevo templo, y su corazón abierto es la fuente de la que brota un río de vida nueva, que se nos comunica en el Bautismo y la Eucaristía.
La liturgia de la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, sin embargo, prevé como canto de comunión otra palabra, afín a ésta, extraída del evangelio de Juan: «El que tenga sed, que venga a mí; el que cree en mí que beba. Como dice la Escritura: De sus entrañas manarán torrentes de agua viva» (cfr. Jn 7,37s). En la fe bebemos, por así decir, del agua viva de la Palabra de Dios. Así, el creyente se convierte él mismo en una fuente, que da agua viva a la tierra reseca de la historia. Lo vemos en los santos. Lo vemos en María que, como gran mujer de fe y de amor, se ha convertido a lo largo de los siglos en fuente de fe, amor y vida. Cada cristiano y cada sacerdote deberían transformarse, a partir de Cristo, en fuente que comunica vida a los demás. Deberíamos dar el agua de la vida a un mundo sediento. Señor, te damos gracias porque nos has abierto tu corazón; porque en tu muerte y resurrección te has convertido en fuente de vida. Haz que seamos personas vivas, vivas por tu fuente, y danos ser también nosotros fuente, de manera que podamos dar agua viva a nuestro tiempo. Te agradecemos la gracia del ministerio sacerdotal. Señor, bendícenos y bendice a todos los hombres de este tiempo que están sedientos y buscando. Amén.
[©Copyright 2010 - Libreria Editrice Vaticana]
DOMINGO 12 DEL TIEMPO ORDINARIO / C
20 de Junio de 2010
La gracia y la paz de Dios, nuestro Padre, y de Jesucristo, el Señor, esté con todos vosotros.
Estamos ya a fin de curso en las escuelas, estamos a punto de empezar el verano, yJesús nos convoca una vez más, como todos los domingos. Lo hace porque nos conoce a cada uno de nosotros y nos ama, y porque quiere que nosotros, también, lo conozcamos y lo amemos cada vez más.
Por eso, hoy, en el evangelio, nos volverá a recordar que, si realmente queremos seguirle, debemos ir por su mismo camino, y no por otro. Y su camino es un camino de entrega, de amor total, de fidelidad hasta la muerte).
A. penitencial: Ahora, en estos momentos de silencio, pongámonos ante Dios y pidámosle su gracia y su perdón por nuestras infidelidades. (Silencio).
Tú, Siervo fiel de Dios. SEÑOR, TEN PIEDAD.
Tú, Mesías muerto y resucitado. CRISTO, TEN PIEDAD.
Tú, nuestro camino y nuestra vida. SEÑOR, TEN PIEDAD.
1. lectura (Zacarías 12,10-11): En el evangelio Jesús nos anunciará su entrega hasta la muerte, y nos invitará a seguirle. Ahora, en esta primera lectura, escucharemos un anuncio profético que nos habla de una muerte que causa un gran dolor, pero que da vida a todo el pueblo.
Salmo (62): Lo hemos escuchado en la lectura: por la muerte del Hijo de Dios, ha brotado en el mundo un manantial de agua abundante que nos purifica y nos salva. Cantemos ahora, en el salmo, nuestra sed de la salvación de Dios.
2. lectura (Gálatas 3,26-29): Escuchemos ahora una gran afirmación de san Pablo que deberíamos tener siempre muy presente.
Oración universal: Oremos unidos en la fe y en la esperanza, por nosotros, por la Iglesia y por el mundo entero. Oremos diciendo: ESCÚCHANOS, PADRE.
Para que los cristianos sepamos comunicar a los demás la alegría que compartimos viviendo y celebrando nuestra fe. OREMOS:
Para que todas las iglesias y comunidades cristianas busquemos sinceramente la unidad que Jesús quiere. OREMOS:
Para que los chicos y chicas que ahora terminan el curso escolar crezcan llenos de salud y de vida, y puedan descubrir la felicidad de seguir a Jesucristo. OREMOS:
Para que los que en los últimos tiempos han sido víctimas de desgracias naturales como los terremotos o los tsunamis, no queden olvidados y reciban el apoyo que necesitan para rehacer sus vidas. OREMOS:
Para que todos nosotros amemos cada día más a Jesucristo. OREMOS:
Escucha, Padre, nuestra oración, y llena el mundo entero de tu amor. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Padrenuestro: Gracias a Jesús, muerto y resucitado por nosotros, podemos acercarnos confiadamente a Dios. Por eso nos atrevemos a decir:
CPL
Comentario al evangelio del domingo duodécimo del Tiempo Ordinario – C, publicado en Diario de Avisos el domingo 13 de Junio de 2010 bajo el epígrafe DOMINGO CRISTIANO.
Lluvia de encuestas
Daniel Padilla
Unade las características de nuestro vivir actual es la invasión de las encuestas. De la misma manera que ha llegado la polución atmosférica, o los productos congelados, o la música delirantemente rítmica y ruidosa, del mismo modo han proliferado las encuestas. Todo se somete hoy a encuesta: el pasado, el presente y el futuro. Hasta lo futurible: ¿ganaría la Liga tal equipo con otro entrenador que no fuera el actual? Decididamente, no sabríamos ya vivir sin encuestas. Yo no sé si las encuestas ayudan -o al revés- para que formemos opinión y sepan tomar decisiones los dirigentes. No sé siquiera si sirven para que los encuestados progresen como seres pensantes, razonadores, despiertos.
Tampoco sé -aunque a veces lo pienso-, si las encuestas tendrán como finalidad divertir al personal, tanto a encuestadores como a encuestados. Lo que sí sé es que, cuando menos lo piense uno, le asalta alguien en la calle -bolígrafo o micrófono en mano-, y ¡zas!, comienza el interrogatorio: ¿qué opina usted sobre los incendios forestales, el SIDA, la corrupción? Pues bien. He aquí que Jesús también, un día, se lanzó a la calle, en Cesarea de Filipo, y comenzó su personal interrogatorio: ¿quién dice la gente que es el Hijo del Hombre? No pretendo analizar, ni mucho menos, las contestaciones dadas. Simplemente me planteo unos interrogantes y reflexiones al ritmo del suceso. ¿Qué pretendía Jesús? ¿Conocer a los encuestados a través de sus contestaciones, o quizá conocerse a sí mismo deduciendo, de las opiniones de los demás, si estaba acertado o no, en los caminos de la implantación del Reino? ¿O quizá lo que pretendía Jesús era que los encuestados se conocieran entre sí? De tal manera que el mutuo conocimiento les llevara a la comprensión, y la comprensión al amor. ¡Y el amor entre lo hombres -ya lo saben- es lo que se convertiría en verdadero camino hacia Dios! Jesús, aunque sólo consta que en esta ocasión se dirigiera en un interrogatorio directo a las gentes, en realidad toda su vida estuvo sometida al variopinto resultado de las encuestas. Unos le llamaban Samaritano, cosa mala y reprochable. Otros creían que estaba endemoniado. Algunos le tenían por comilón y bebedor, porque no tenía reparo en sentarse a la mesa entre pecadores y publicanos. Otros se debatían entre el asombro y la incertidumbre porque no entendían cómo podía perdonar los pecados. Es decir, opinaban todo sobre él. Hasta en el momento de morir se bifurcaban sus opiniones. Mientras los judíos lo entregaban porque era un malhechor, el centurión aseguraba: "Este hombre es el Hijo de Dios". Última y principal reflexión: ¡qué despiste tan monumental el de los humanos! ¡Entonces y ahora! Ya el libro de los salmos había sentencia de nosotros: "¡Tienen ojos y no ven. Tienen oídos y no oyen!". Es claro que así sucede. Ocurrió entonces: "Vino a los suyos y los suyos no le recibieron", se lamentaba Juan, añadiendo: "¡Era la luz, pero los hombres prefirieron, las tinieblas a la Luz!".
Homilía de monseñor Luis H. Villalba, arzobispo de Tucumán, en el Te Deum (Iglesia catedral, 25 de mayo de 2010). (AICA)
TE DEUM
1. Hoy, al cumplirse 200 años de la Revolución de Mayo, nos hemos reunido en nuestra Catedral para orar por nuestra Patria, cumpliendo así una tradición, que se remonta desde el nacimiento de la misma.
Por eso cultivamos esta tradición: comenzando el día de la Patria orando y agradeciendo a Dios por la Argentina.
Rezamos para ello el solemne Te Deum, que es un antiguo himno de la Iglesia, un himno de Acción de Gracias que acompañó a nuestra Patria desde el comienzo de su independencia.
En nuestra historia, fueron memorables los entonados la tarde del 14 de agosto de 1806, dando gracias a Dios por la Reconquista de Buenos Aires, y el proclamado el 19 de julio de 1807 luego de la exitosa defensa contra la invasión extranjera.
La Junta de Mayo, que asumió la soberanía del pueblo ante la invasión napoleónica, ordenó el Te Deum con la mayor solemnidad posible que se celebró en la Catedral de Buenos Aires el 30 de mayo de 1810 y fue predicado por el sacerdote Doctor Diego Estanislao Zabaleta.
En mayo de 1816, en vísperas de la apertura de las sesiones del Congreso de Tucumán, el Presbítero Manuel Acevedo pronunció el Te Deum. Y, después de declarar la Independencia, lo primero que hicieron los Congresales de Tucumán, fue ir a la Iglesia de San Francisco para dar gracias a Dios y en esa ocasión tuvo la oración patriótica el insigne sacerdote Pedro Ignacio de Castro Barros, diputado por La Rioja.
De este modo, este “cántico de alabanza y de acción de gracias que se eleva (…) a Aquel que siendo eterno, nos acompaña en el tiempo sin abandonarnos nunca y que siempre vela por la humanidad con la fidelidad de su amor misericordioso” (Cfr. S.S. Benedicto XVI, Te Deum, 31/XII/2005), ha marcado los hitos fundamentales de nuestra historia como Nación y ha expresado el sentir común de los argentinos en momentos claves de nuestra vida política.
El Te Deum expresa la actitud más noble que el hombre puede tener ante Dios: “A Ti, oh Dios, te alabamos, a Ti, Señor, te reconocemos”.
2. El 25 de mayo de 1810 es el comienzo de nuestra Patria
La Primera Junta presidida por Saavedra y aclamada por el pueblo, constituye el primer gobierno criollo.
La Revolución de Mayo puso en marcha un proceso que culminaría con la Independencia Nacional en el Congreso de Tucumán de 1816.
Podemos decir que lo que aconteció el 25 de Mayo de 1810 fue el comienzo de una revolución por la independencia del país, que culminará con el nacimiento de la Nación Argentina, cuando años más tarde, en 1816, se integren las provincias a la Nación naciente.
Hace poco los Obispos argentinos dijimos “La Patria es un don, la Nación una tarea” (Declaración de la Comisión Permanente del Episcopado Argentino, 10 de marzo de 2010).
Hoy damos gracias a Dios por el don de nuestra Patria.
¿Qué es la Patria?
La Patria no es lo mismo que la Nación o el país.
La Patria no es sólo el territorio, tampoco la sangre o el idioma. Pues pueden convivir individuos y familias de diversa razas y constituir una misma patria.
¿Es acaso la bandera? Tampoco. La bandera es la enseña, el símbolo de la patria, pero no es la patria
La Patria es algo todavía más profundo y más sublime.
Patria viene de padre. Patria es paternidad, y toda paternidad es amable, es venerable. Cuando hablamos de patria asumimos la herencia de los padres.
La Patria es el acerbo moral que se ha venido acumulando desde sus orígenes, es la convivencia compartida en las mismas modalidades y en el estilo de vida. Es el tesoro de las mismas tradiciones. Es la comunión en las mismas creencias.
La Patria es la cultura y los ideales de convivencia que nos dieron singularidad a lo largo de estos dos siglos de existencia.
La Patria significa la herencia recibida de los antepasados, se trata de la herencia cultural, de las tradiciones, de las costumbres. Nuestra Patria desde sus orígenes estuvo impregnada, de principios y sentimientos cristianos, dando lugar a un estilo de vida inspirados en ideales de justicia, de fraternidad y de amor.
La Patria es el alma común que es nuestro mayor patrimonio. Y el alma de nuestra patria es cristiana. Tan cristiana como argentina. Y esa alma es la que debemos conservar.
3. “La Patria es un don, la Nación una tarea”
Edificar la Nación: esa es nuestra tarea.
Por eso venimos también a orar por el porvenir de la Argentina.
En este día de la Patria renovemos nuestro compromiso de ser constructores de una sociedad más solidaria, más justa, de ser artífices de la paz verdadera.
Esta tarea hace renacer en nosotros una gran esperanza. Pero, también, una gran responsabilidad hacia esa inmensa multitud de hermanos nuestros que necesitan vivienda, alimento, trabajo, educación, salud, seguridad. Queremos ser para ellos constructores de un mundo más solidario, más justo, más humano, el que anhela el corazón del hombre.
La conmemoración del Bicentenario del nacimiento de nuestro país es la ocasión propicia para fijar los objetivos que como sociedad debemos compartir y esforzarnos por lograr. Afrontar la erradicación de la pobreza debe ser una emergencia nacional.
Los Obispos Argentinos dijimos: “La gran deuda de los argentinos es la deuda social. Podemos preguntarnos si estamos dispuestos a cambiar y a comprometernos para saldarla. ¿No deberíamos acordar entre todos que esa deuda social, que no admite postergación, sea la prioridad fundamental de nuestro quehacer?” (Hacia un Bicentenario en justicia y solidaridad, 14/11/2008).
Hoy, al conmemorar el Bicentenario: “Nos sentimos heridos y agobiados…pero queremos ser Nación, una Nación cuya identidad sea la pasión por la verdad y el compromiso por el bien común” (Conferencia Episcopal Argentina, Oración por la Patria, 2001).
Ponemos nuestra esperanza en manos de la Santísima Virgen para que todos los argentinos sin exclusión alguna podamos vivir nuestra dignidad de hijos de Dios en una convivencia fraterna y solidaria.
Mons. Luis H. Villalba, arzobispo de Tucumán
Homilía de monseñor José María Arancibia, arzobispo de Mendoza, en la celebración por el Bicentenario de la patria (Basílica de San Francisco, 25 de mayo de 2010). (AICA)
CELEBRACIÓN RELIGIOSA EN EL BICENTENARIO DE LA PATRIA
1. Celebremos el Bicentenario de la Patria con un corazón grande
Hemos llegado a un día muy esperado. Celebramos dos siglos del primer gobierno patrio, y en cierta manera, del origen de la Nación. Muchos actos se han preparado en torno a este singular aniversario. De mi parte, quiero invitar a todos -en primer lugar- a mirar y vivir esta conmemoración con un corazón grande. Quizás algunas preocupaciones importantes sobre la familia y sobre el país, impiden disponer el espíritu para compartir la fiesta. No obstante, cuando dejamos que se nos dilate el corazón, se renuevan los motivos de esperanza.
La grandeza de ánimo permite celebrar el Bicentenario durante un tiempo prolongado. En realidad, fue importante la fecha de 1810, y más todavía la de 1816. De allí que, una celebración que se prolongue desde ahora hasta el 2016, permite el repaso meditado de una historia, que siempre es maestra de vida. En ella se aprende de los hechos gloriosos como de los errores y fracasos. Nuestra historia nacional no es por entero una grandiosa epopeya, pero tampoco carece de personas, hechos y de resultados, que podamos ignorar. Muy por el contrario. Pienso entonces que una celebración serena y prolongada, puede dar oportunidades de búsqueda y de dialogo compartido, que resulten para todos una verdadera enseñanza.
Un corazón grande, además, mira con amplitud el pasado y el futuro. Celebrar dos siglos de patria significa reconocer toda la historia precedente en América. Muchos pueblos originarios que poblaron el actual territorio argentino, necesitan ser nombrados y valorados, por el aporte de su experiencia y cultura. Más aún, su encuentro con los colonizadores, sigue siendo objeto de revisión, con sus aciertos y errores, de manera que es todavía una lección de vida y una deuda por saldar. Algo semejante se debe decir de la época hispánica, que nadie debe ignorar, ni mucho menos detestar, por considerarse patriota. Respecto al futuro es una responsabilidad grande preverlo y prepararlo. Pensar y vivir el bicentenario, compromete a ciudadanos y gobernantes en la búsqueda -precisamente desde una supuesta madurez centenaria- del bienestar integral de todo el pueblo, edificado sobre las sólidas bases de la verdad, la justicia y la equidad, la reconciliación, la solidaridad, que son imprescindibles para una auténtica convivencia en paz y amor.
2. Estamos invitados a celebrar desde la fe religiosa
Los orígenes de la Patria fueron preparados por gente de sincera fe cristiana. La proclama inicial del 26 de mayo de 1810, firmada por la primera Junta, explicaba al pueblo con plena seguridad y convicción los propósitos revolucionarios: “Fijad, pues, vuestra confianza y aseguraos de nuestras intenciones. Un deseo eficaz, un celo activo y una contracción viva y asidua a promover por todos los medios posibles la conservación de nuestra Religión Santa, la observancia de las leyes que nos rigen, la común prosperidad y el sostén de estas posesiones ...”. Un testigo cuenta además, que pocos días después: “Se hizo una solemne función en la catedral, y se cantó el Te Deum en acción de gracias por la instalación de la Junta; la que asistió a ella con todos los tribunales; y pontificó el Señor Obispo”.
Desde entonces existe esta costumbre, que mantenemos con la apertura y el respeto que exigen los nuevos tiempos y el sano pluralismo. El Te Deum (A tí, Dios te alabamos), lleva como nombre las primeras palabras de un antiguo himno cristiano del siglo V. Es una alabanza a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, que eleva toda la creación, junto con los profetas, apóstoles y mártires. Canta con gozo y esperanza la resurrección de Cristo, que triunfó de la muerte y vive para siempre. Las frases finales son una plegaria llena de confianza: Muéstrate amigo y defensor de los hombres que salvaste - Salva a tu pueblo y bendice tu heredad - Sé su pastor y guíalos siempre - A ti Señor me acojo, no quede yo nunca defraudo. Hoy entonaremos este himno con música compuesta en Mendoza y para esta ocasión. Tengo la plena seguridad de que puede inspirar sanos sentimientos de acción de gracias y de serena confianza, como el compromiso de conducta frente a Dios y al pueblo.
3. La Palabra de Dios echa luz sobre el deseo de libertad y de riqueza
El himno Te Deum tiene muchas referencias bíblicas que ayudan a rezar. Quienes reconocen en la Biblia la Palabra de Dios, encuentran siempre luz abundante para caminar en la vida, sea próspera o adversa el situación que pasan. En la primera lectura de hoy, san Pablo anuncia el verdadero sentido de la libertad (Gal 5,13-25). No somos libres para satisfacer cualquier deseo. La antigua ley mosaica confirmada por el Evangelio, marca el sentido y el objetivo de ser libre como persona humana: el amor al prójimo. Amor que para los cristianos es además infundido por el Espíritu, como fruto de la Pascua de Jesús, junto con los dones maravillosos de la alegría, la paz, la bondad, la serenidad y la confianza. La vocación a la libertad, por tanto, no debería dar lugar al egoísmo, mucho menos al rencor, o a la indiferencia o falta de solidaridad. Si nos hemos liberado de potencias extranjeras, es para ser entusiastas promotores del desarrollo humano integral de nuestro pueblo, superando toda exclusión social, injusticia, miseria o corrupción, que están reñidas de plano con el amor verdadero. Según la Palabra de Jesús en el Evangelio (Lc 12,15-21), las riquezas adquiridas pierden sentido, si son acumuladas en beneficio de uno solo, o de unos pocos. La vida humana es el primer don de Dios; maravilloso pero limitado; a Él daremos cuenta de todo lo que recibimos y de cómo lo utilizamos.
Esta enseñanza ilumina y cuestiona la vida. ¿Qué hicimos en dos siglos con la riqueza del nuestro suelo, de nuestra gente, de su trabajo y de su cultura? La condición de patria libre y soberana, ¿redunda en beneficio y crecimiento de todos los argentinos? ¿de todas sus necesidades, materiales y espirituales? Son preguntas que interpelan a cada habitante, si entiende que su condición de ciudadano, no es sólo vivir y gozar de esta tierra, sino amarla de veras y trabajar con responsabilidad por el bien común. Así se comprende el mensaje de los obispos argentinos, que hace poco presentaban la Patria como un don recibido, pero a la vez como una tarea, porque la Nación convoca y compromete el esfuerzo de todos (10 de marzo 2010).
4. El Bicentenario se convierte en ruego y compromiso
No hemos esperado hasta esta ocasión para rezar por la Patria. Hace tiempo que venimos rogando a Dios por esta intención; confiando siempre que Él afianzará el propósito responsable de trabajar por el bienestar de todos. Desde hace más de un año, la Iglesia invita a dar al Bicentenario el sentido de un búsqueda comprometedora de justicia y solidaridad. En muchas fiestas de pueblos, barrios y ciudades, vamos pidiendo estos valores que son deseados y añorados, pero puestas en práctica con dificultad. En un tiempo de fuertes confrontaciones, no hace bien fomentarlas, sino impulsar el interés compartido por luchar juntos por esos valores. El Papa Benedicto enseña en su carta que la verdad y el amor se necesitan y complementan para lograr el auténtico desarrollo. En este camino se integran también la razón y la fe: “La razón necesita siempre ser purificada por la fe, y esto vale también para la razón política, que no debe creerse omnipotente. A su vez, la religión tiene siempre necesidad de ser purificada por la razón para mostrar su auténtico rostro humano. La ruptura de este diálogo comporta un coste muy gravoso para el desarrollo de la humanidad” (CV 56).
En esta celebración religiosa, seguiremos elevando nuestra acción de gracias e insistentes súplicas por el pueblo argentino. Confiamos que Dios escucha a sus hijos porque los ama, y orienta hacia Él sus corazones para llevarlos por el buen camino. Para terminar, permítanme repetir la breve súplica que elevé al cielo en la Bendición de los Frutos, al comenzar la Vendimia de este año, fiesta siempre muy querida por los mendocinos. Rezaba así en aquella noche a la Virgen de la Carrodilla:
María Santísima atiende de nuevo esta súplica filial y llena de esperanza:
- te hemos confiado la Patria, ayúdanos a edificarla como buenos ciudadanos y gobernantes
- necesitamos líderes capaces, honestos y con espíritu de servicio
- no podemos olvidarnos de los pobres y de quienes sufren en su cuerpo y en su ánimo
- muchas familias y muchos jóvenes precisan ser alentados, educados, y sostenidos
- consíguenos de Dios los valores representados en la tierra buena y la roca sólida, sobre los cuales edificar nuestra amada Nación.
Mons. José María Arancibia, arzobispo de Mendoza
Homilía de monseñor Juan María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz, en la celebración de acción de Gracias por el Bicententario (25 de mayo de 2010). (AICA)
TE DEUM POR EL BICENTENARIO
Nos hemos reunido en la Iglesia Catedral de Santa Fe de la Vera Cruz, para celebrar la liturgia de Acción de Gracias por un nuevo aniversario de nuestra Patria, su Bicentenario, en el tradicional Te Deum. Este hecho, en que autoridades y pueblo se reúnen para elevar juntos una oración, hace a la vida de una comunidad que ha nacido y crecido con su mirada y esperanza puesta en Dios: “Feliz el pueblo cuyo Dios es el Señor” (Sal. 32, 12). La fe en Dios ha sido un principio de unión y de sabiduría en nuestra Patria, que la ha hecho un lugar de encuentro para “todos los hombres del mundo”. Por ello, la primera certeza social de la fe en Dios, es decirnos “todo hombre es mi hermano”. Dios no desplaza ni ocupa el lugar de nadie, pero sí ilumina y defiende el lugar de todos. La gloria de Dios es la dignidad del hombre. Cuando el hombre pierde conciencia de su trascendencia y de su relación con Dios, empobrece su horizonte porque se aparta de la fuente de la verdad.
Si bien vivimos con alegría y esperanza este comienzo del Bicentenario, no podemos dejar de pensar que hay muchas cosas que aún reclaman de todos una actitud nueva, que nos permita volver a mirarnos como hermanos para construir juntos una Patria en la que reine la verdad y la justicia, el amor y la solidaridad. Esta tarea que hoy nos desafía como Nación, debe traducirse en un compromiso que haga fecundo el don recibido de la Patria. La esperanza con la que debemos mirar el futuro, para no caer en una mera utopía sin raíces, tiene que alimentarse de valores y testimonios que vayan generando una sociedad creíble y confiable. Hemos perdido la confianza entre nosotros. La confianza necesita apoyarse en la presencia y testimonio del otro. Qué bueno que yo sea confiable para ustedes; que el dirigente político o social lo sea para los ciudadanos; que el funcionario lo sea para la comunidad.
Cuando buscamos el bien del hombre y queremos construir una sociedad justa, es necesario volver a aquello simple y profundo que es el mundo de los valores y la moral. El orden moral hace a la calidad de vida de una comunidad. Puede haber diversidad de opiniones entre nosotros, pero no diversidad de principios morales. Cuando el relativismo invade una cultura, quita certeza a los principios, justifica actitudes y nos hace extraños hablando el mismo idioma. Por ello, no fue un acto piadoso el de nuestros mayores el invocar “la protección de Dios fuente de toda razón y justicia”, sino de una profunda y sabia reflexión sobre el fundamento de la vida, más allá de la pertenencia a un credo religioso determinado.
Junto a la riqueza y potencialidades de nuestra Patria que debemos agradecer, marcaría dos realidades que muestran nuestra fragilidad como Nación. Me refiero al tema de la pobreza y al tema de la calidad institucional. Una mira a lo social, la otra a la política, ambas deben estar presentes en el camino del Bicentenario como una deuda que debemos asumir. En un mundo marcado por la rapidez y actualización del conocimiento, la pobreza lleva fatalmente a la marginalidad. Al que no se lo integra y participa de los bienes de la sociedad se lo margina, aunque no haya sido la intención. Cierto individualismo egoísta nos encierra y nos hace ajenos, no próximos a nuestro hermano. La marginalidad puede presentarse como un efecto no deseado, pero es una realidad que crece y engendra orfandad social. Frente a ello existen iniciativas solidarias de la comunidad, que tienen un alto valor testimonial y nos debe enorgullecer, pero no alcanzan. Es necesaria una acción del Estado a nivel de escala con políticas sostenidas que fortalezcan la familia, la educación, la salud y el trabajo. En esta tarea debe aparecer el testimonio de una clase dirigente capaz de plantear objetivos y prioridades comunes. Esto debe estar ajeno a todo rédito mezquino, y requiere grandes inversiones para revertir una realidad con características difíciles de manejar.
En segundo lugar la calidad institucional adquiere, en una sociedad organizada, el valor de una dimensión que hace tanto al nivel de vida de las personas, como al desarrollo de la Nación. Lacalidad institucional es el camino más seguro para lograr la amistad ciudadana y la inclusión social. Aquí ocupa un lugar destacado la política, como parte de la ética y al servicio del bien común. Ella es la mediación necesaria entre las ideas y la realidad. La falta de política, y de diálogo nos ha dejado heridas de tiempos de subversión y de represión, que aún debilitan y comprometen la unión nacional. No alcanza una justicia sin horizontes de reconciliación entre los argentinos. Esto es parte de nuestro déficit político. Se deben fortalecer, además, las instituciones de la República en su justa y necesaria independencia. La calidad institucional sabe promover un sólido federalismo, que nace de la justa autonomía de las Provincias y sus Municipios, y reclama la necesaria coparticipación de los recursos.
Pertenece a la calidad institucional mejorar el sistema político y la calidad de la democracia, para que no sea sólo formal, sino real y participativa. Es calidad institucional promover el paso de habitantes a ciudadanos. El habitante hace uso de la Nación, busca beneficios y sólo exige derechos. El ciudadano construye la Nación cumpliendo sus deberes. Un signo de calidad institucional es cuando la ejemplaridad de la política, y de los políticos, despierta en los jóvenes el interés por la cosa pública y el deseo de participar al servicio del bien común. La calidad institucional se manifiesta, también, cuando la justa ambición de poder reconoce en los límites constitucionales, la sabiduría de un espíritu republicano que nos hace libres en la obediencia a la ley.
Señor, al celebrar aquí en Santa Fe, cuna de nuestra Constitución Nacional el inicio del camino del Bicentenario de nuestra Patria, queremos renovar aquellos propósitos de: “constituir la unión nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz interior, proveer la defensa común, promover el bienestar general, y asegurar los beneficios de la libertad, para nosotros, para nuestra posteridad, y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino: invocando la protección de Dios, fuente de toda razón y justicia”. Te pedimos, Señor, que juntos como argentinos, podamos hacer de esta bendita tierra una Nación justa y solidaria, para que todos los hombres y mujeres encuentren en ella un hogar de amor, de fraternidad y de paz. Amén.
Mons. José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz
Mensaje de monseñor Agustín Radrizzani, arzobispo de Mercedes-Luján en el Te Deum por el Bicentenario (25 de mayo de 2010). (AICA)
TE DEUM 25 DE MAYO DE 2010
Señora Presidenta de la Nación Dra. Cristina Fernández de Kirchner,
Excelentísimos Señores Presidentes de países amigos,
Su Excelencia Reverendísima Señor Nuncio Apostólico, Enviado Extraordinario de Su Santidad Benedicto XVI en Misión Especial para participar en los Actos Centrales de la Conmemoración de la Revolución de Mayo,
Queridos hermanos en el Señor.
Al comenzar esta reflexión con ocasión del acontecimiento histórico para nuestra patria que conmemora los 200 años de su nacimiento, entre este 25 de mayo de 2010 y el 9 de julio de 2016, quiero dar un saludo especial a todos los presentes y a aquellos que nos siguen por cadena nacional, de parte de mis hermanos obispos, que desde todas las catedrales de la Argentina, dan gracias a Dios por este aniversario.
Llegamos con gratitud y emoción a este templo, cobijo maternal de todos los argentinos para celebrar el solemne Te Deum.
Queremos ver nuestra historia desde la fe, con sus luces y sus sombras, sus angustias y esperanzas. Mientras sufrimos y nos alegramos, permanecemos en el amor de Cristo, mirando nuestro mundo…(1)
El magno aniversario que nos convoca no nos impide estar preocupados por algunos signos de deterioro de nuestro acervo cultural, heredado de los padres de la Patria, que han hecho de nuestro pueblo ciudadanos convencidos de aquellos valores que dignifican la persona humana. Toda legislación, presente o futura, deberá promover la defensa de la vida, la familia y el bien común. No son estos aspectos conflictivos los que nos ocupan y hoy reclaman nuestra atención, sino aportar desde nuestra identidad y, ante los desafíos de este nuevo siglo, algunas líneas para proyectar el futuro con dignidad.
Buscando iluminar la celebración del Bicentenario como oportunidad de crecimiento, plantearé cuatro dimensiones: memoria, identidad, reconciliación y desafíos.
1. Memoria
Hoy llegamos para rezar, para unirnos en esta oración privilegiada de alabanza que ha acompañado la vida de la iglesia y de los pueblos cristianos desde hace mas de 1600 años - esta es la antigüedad que tiene la oración del Te Deum- . Nuestra Patria también ha recurrido a ella aquél 25 de mayo de 1810, donde los cabildantes profirieron el primer grito de libertad, que llegaría a su formalización y federalización cuando las Provincias Unidas de la América del Sud se reunieran en San Miguel de Tucumán para proclamar la Independencia el 9 de julio de 1816.
Un dato que quiero destacar es que a los pocos días de constituida la Junta de mayo, la cual asumiera la soberanía correspondiente al pueblo por la ausencia del rey de España, tomado prisionero por las tropas napoleónicas, también el cabildo de Luján, precisamente el 17 de junio, mandó oficiar un Te Deum, ante esta misma imagen de Nuestra Señora, por la instalación del primer gobierno patrio (2) y hoy aquí, dos siglos después, a Ella nos volvemos a confiar.
Miramos la historia desde la Providencia, desde el plan de Dios, a pesar de nuestras mezquindades y, bajo este punto de vista decimos que El ha conducido la historia. Nuestro Dios, “fuente de toda razón y justicia”, como expresa el preámbulo de nuestra constitución, nos ha ayudado paternalmente a caminar, a progresar, a organizarnos, a superar conflictos, a abrazar los ideales democráticos, a recibir en nuestro suelo a todos los “hombres de buena voluntad”, a cultivar el espíritu de tolerancia, a promover los amplios y variados caminos de la promoción humana.
Por tanto, damos gracias a Dios por la vida de todos nuestros hermanos que habitan este bendito suelo. Riquezas humanas en las diversas razas, desde los aborígenes hasta las diferentes corrientes migratorias. Y gracias también por las riquezas naturales con que hemos sido beneficiados por el Creador en nuestro vasto territorio.
2. Identidad
Los obispos argentinos decíamos en 2008 “Desde los inicios de nuestra comunidad nacional, aun antes de la emancipación, los valores cristianos impregnaron la vida pública. Esos valores se unieron a la sabiduría de los pueblos originarios y se enriquecieron con las sucesivas inmigraciones. Así se formó la compleja cultura que nos caracteriza.(…) En nuestra cultura prevalecen valores fundamentales como la fe, la amistad, el amor por la vida, la búsqueda del respeto a la dignidad del varón y la mujer, el espíritu de libertad, la solidaridad, el interés por los pertinentes reclamos ante la justicia, la educación de los hijos, el aprecio por la familia, el amor a la tierra, la sensibilidad hacia el medio ambiente, y ese ingenio popular que no baja los brazos para resolver solidariamente las situaciones duras de la vida cotidiana. Estos valores tienen su origen en Dios y son fundamentos sólidos y verdaderos sobre los cuales podemos avanzar hacia un nuevo proyecto de Nación, que haga posible un justo y solidario desarrollo de la Argentina. (3)
Los mencionados valores, que cimientan nuestra identidad han sido heroicamente vividos por quienes nos dieron independencia y libertad y trazaron sendas para hacer grande y noble nuestra nación. Como ejemplo baste mencionar a dos de nuestros mayores próceres como lo son el General Manuel Belgrano, de profundas convicciones cristianas, el cual pasara en septiembre de 1810 por este santuario y mandase celebrar una misa solemne en honor de la Virgen pidiendo la protección del Señor ante las campañas emprendidas. También el libertador don José de San Martín, desde el año 1813 fue acompañado hasta el final de sus batallas en 1823, por un relicario de Nuestra Señora de Luján.
La posibilidad de convivir en paz aborígenes, mestizos, e inmigrantes que habitan nuestro querido suelo y, hoy conforman la rica amalgama que nos identifica, también la hemos de colocar entre los agradecimientos. Se logró así una cultura, entendiendo por ella el modo de vida de un pueblo, abarcando todos los aspectos: los valores que lo animan y los desvalores que lo debilitan (4).
3. Reconciliación
En este momento crucial debemos estar empeñados por defender a cualquier costo el bien común y la unidad nacional.
Si somos humildes, hemos de hacer nuestra súplica de perdón al Padre de todos por los errores cometidos, por tantos egoísmos que nos llevaron a tremendas luchas fratricidas, desde los inicios de nuestra nacionalidad. Convencidos de la fragilidad de la condición humana, no nos excluimos, como Iglesia de las miserias, aunque la fe en Cristo nos anima y nos hace misericordiosos, ya que el perdón que ofrecemos al prójimo nos obtiene el perdón de Dios (5).
Esa misma fe en Cristo, Señor del mundo y de la historia, nos anima en la esperanza de lograr acá, en este mundo, una mayor transparencia de su luz: suplicamos por una justicia más efectiva, por una mejor y más equitativa distribución de la riqueza, por una mayor independencia de los poderes republicanos. Es una tarea que hacemos todos, contando con la imprescindible ayuda del Señor. Decíamos los obispos en marzo de este año: “La Patria es un don que hemos recibido, la Nación una tarea que nos convoca y compromete nuestro esfuerzo. Asumir esta misión con espíritu fraterno y solidario es el mejor modo de celebrar el Bicentenario de nuestra Patria” (6).
4. Desafíos
La historia es maestra de la vida decía Cicerón. Aprendamos de nuestras crisis, hagamos de nuestros desencuentros una oportunidad de crecimiento. De nada sirve llorar sobre las cenizas. Nunca ha ayudado la falta de esperanza. Solo se puede crecer en la comunión y el amor recíproco.
Debemos afirmar, que el bicentenario es un desafío insoslayable para la democracia argentina. El bicentenario, interpela, interroga, reclama soluciones, estimula a elaborar proyectos políticos, a presentar propuestas sociales y culturales, a mejorar la calidad de nuestras instituciones. Acá se pone en juego nuestra capacidad de ser Nación, que como rezamos en la conocida oración por la Patria, “una Nación cuya identidad sea la pasión por la verdad y el compromiso por el bien común.”
Estamos ante una oportunidad única, ya sea a nivel mundial, donde la llamada globalización nos desafía a no perder nuestra identidad ni replegarnos sobre nosotros mismos. Se trata de enriquecernos dándonos. También es una ocasión propicia y hasta necesaria para una mayor integración al continente, a la América latina que conforman nuestros hermanos más cercanos: la patria grande soñada por San Martín y por Bolívar.
Como argentinos y argentinas nos debemos un mayor desarrollo federal, sano y armónico. Llevamos transitados el mayor período en régimen democrático de nuestra historia y son apenas 27 años. Hemos de promover, como dice el papa Benedicto “una mayor fidelidad a la democracia, ya que es la única que puede garantizar la igualdad y los derechos de todos” (7). Se trata, explica más adelante en el mismo discurso, de una democracia con valores, es decir que busque la verdad y se pruebe en la justicia.
El desafío de una educación para todos y que, como decía el gran educador de la juventud San Juan Bosco tenga por finalidad lograr “honestos ciudadanos y buenos cristianos”. Otro desafío impostergable será saldar nuestra deuda con los pueblos originarios. Ambas tareas nos permitirán construir nuestro futuro en paz y prosperidad.
Nos debemos un dialogo magnánimo y sereno, que significa abrirnos camino a través de la palabra y para eso debemos escucharnos con respeto y fortalecer el consenso sobre referencias comunes y constantes, más allá de partidismos e intereses personales.
No será tarea fácil incluir a todos, promover la igualdad y el desarrollo social, sin “sobrantes” como dice el documento de Aparecida, aunque también sabemos que sin la presencia y ayuda divina esto es imposible, ya que la mayor pobreza es la de no reconocer la presencia del Misterio de Dios y de su amor en la vida del hombre (8).
Al concluir, queridos hermanos, permítanme dirigir mi oración al Señor por intercesión de su Santísima Madre:
En el bicentenario que comenzamos a celebrar nos ponemos una vez en tus manos María de Luján, para que nos alcances de tu Hijo Jesús la fortaleza y la sabiduría que nos encaminen decididamente hacia la Patria de hermanos que soñamos.
Por eso te pedimos nos concedas Señor:
Humildad para poder servirte en los pobres.
Esperanza para superar las dificultades.
Paciencia para saber construir con generosidad y alegría.
Hambre y sed de justicia para trabajar por un mundo nuevo.
Misericordia para sabernos perdonados.
Un corazón puro para descubrirte en todos.
Ser artesanos de la paz en cada día de nuestra vida.
En una palabra, no avergonzarnos nunca de creer en Ti y vivir con coherencia el Evangelio.
Jesucristo Señor de la historia, te necesitamos. Sé nuestro Pastor y guíanos siempre. Amén.
Notas:
(1) V Conferencia Episcopal Latinoamericana, Documento de Aparecida, Buenos Aires, 2007, n° 22
(2) Vicente Sierra, Historia de la Argentina, Buenos Aires, 1962, tomo V, pg. 61.
(3) Conferencia Episcopal Argentina, Hacia un bicentenario en justicia y solidaridad, 96° Asamblea Plenaria, noviembre de 2008, n° 9 - 10.
(4) III Conferencia Episcopal Latinoamericana, Documento de Puebla, Buenos Aires, 1979, n° 387
(5) Cfr. Padre Nuestro.
(6) Conferencia Episcopal Argentina, 155° Reunión Comisión Permanente, 10 de marzo de 2010, n° 4
(7) Cfr. Benedicto XVI, Discurso a las asociaciones cristianas de trabajadores italianos, 27 de enero de 2006.
(8) V Conferencia Episcopal Latinoamericana, Documento de Aparecida, Buenos Aires, 2007, n° 405.
Homilía de monseñor Marcelo Raúl Martorell, obispo de Puerto Iguazú para el domingo de Pentecostés (23 de mayo de 2010). (AICA)
SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS
“Oh Espíritu Santo, haz que la Iglesia, unida en tu amor,
tenga un solo corazón y una sola alma” (Hech.4,32)
La Iglesia fundada por Cristo para que prolongue a través de los siglos su obra de salvación, está animada por su mismo Espíritu. En efecto, corroborada por el Espíritu, ella emprendió el día de Pentecostés su carrera en el mundo anunciando el Evangelio. El Concilio nos enseña que fue en Pentecostés cuando empezaron los “Hechos de los Apóstoles”. Del mismo modo que Cristo fue concebido cuando el Espíritu Santo vino sobre la Virgen María y Cristo fue impulsado a la obra de su ministerio cuando el mismo Espíritu Santo descendió sobre él mientras oraba (AG 4).
La Iglesia vive, crece y obra en el mundo bajo el influjo y guía del Espíritu Santo, al que Cristo envió de parte del Padre para que llevara a cabo interiormente su obra salvífica e impulsara a la Iglesia a extenderse a sí misma. Todo lo que la Iglesia ha realizado en estos milenios ha sido por obra del Espíritu Santo que nunca ha cesado de asistirla e infundirle el necesario vigor para el cumplimiento de su misión.
Sin embargo el Espíritu Santo no lleva a la Iglesia por un camino fácil, exento de dificultades y de luchas, sino que más bien la sostiene para que avance a través de éstas con constancia y serenidad y alegre de sufrir por Cristo. De esto daban testimonio los primeros Apóstoles que se gozaban “porque habían sido dignos de padecer ultrajes en nombre de Jesús” (Hech. 5,41). San Pablo, camino a Jerusalén, decía: “ahora encadenado por el Espíritu voy a Jerusalén, sin saber lo que allí me sucederá, sino que en todas las ciudades el Espíritu me advierte, diciendo que me esperan cadenas y tribulaciones (Hech. 20, 22-23). Los apóstoles tenían conciencia de arriesgar la vida, pero no retrocedían con tal “de anunciar el evangelio de la gracia de Dios” (Ib. 24)
La fuerza de la Iglesia actual, como lo fue para la primitiva Iglesia, está en dejarse guiar por el Espíritu Santo, sacando de Él la fuerza para dar testimonio de Cristo y difundir el Evangelio, no obstante las contradicciones y las persecuciones que pueda sufrir. También en este caso debe cumplirse la Palabra de Jesús: “Cuando venga el Paráclito que yo os enviaré de parte del Padre, él dará testimonio de mí, y vosotros daréis también testimonio” (Jn.15, 26)
El testimonio que Jesús pide a su Iglesia es justamente testimonio de fe y de amor. En su oración sacerdotal Jesús pide al Padre por los suyos: ”conságralos en la verdad (Jn. 17,17). Es decir que se consagren a la difusión del Evangelio, que estén dispuestos a dar su vida y sacrificarla por Él. Al mismo tiempo y en la misma oración añadió: “sean perfectos en la unidad para que el mundo conozca que Tú me enviaste”. El amor mutuo de los discípulos y la perfecta unión que de Él se deriva, dará testimonio al mundo que el Hijo de Dios se ha hecho hombre y ha venido para traer el amor divino a los hombres. Así los discípulos darán testimonio de la veracidad y del valor del cristianismo.
El Espíritu Santo, que es Espíritu de verdad y de amor, va amalgamando a la Iglesia para hacerla perfecta en la unidad “para que el mundo crea”. El Espíritu Santo -si los hombres no ponen obstáculos a su acción- promueve siempre la unidad de los corazones y de las mentes, despierta el verdadero sentido de fraternidad y continuamente produce y urge la caridad entre los hombres. La acción del Espíritu Santo es por demás poderosa y eficaz. Pero sin embargo, al ser Espíritu de amor, no quiere violentar la libertad humana, sino que espera a que el hombre acepte libremente sus impulsos y le entregue por amor la propia voluntad. Cuando el Espíritu encuentra en el hombre resistencia, retira de él sus gracias y lo deja en la mediocridad. Por eso San Pablo exhorta a vivir no “según la carne” que llevan al hombre a afirmar su propia independencia con respecto a Dios sino “según el Espíritu” (Rom. 8,4), porque “el apetito de la carne es muerte, pero el del Espíritu es vida y paz” (Rom. 8, 6). Esta es la paz y la vida de los hijos de Dios: dejarse guiar por el Espíritu Santo. Es además la lógica de quien desea vivir su propio bautismo: si vivimos del Espíritu, andamos siempre según el Espíritu cuyos frutos son la alegría, la paz, la fraternidad, el cuidado de uno mismo y del prójimo, la construcción de una sociedad más justa y equitativa. Este es el mundo nuevo y mejor que desea el Espíritu para todos los hombres de buena voluntad.
Mons. Marcelo Raúl Martorell,obispo de Puerto Iguazú
ZENIT nos ofrece el discurso que el Papa Benedicto XVI dirigió el sábado, 22 de Mayo de 2010, en la Sala Clementina del Palacio Apostólico, a los participantes en el Congreso de la Fundación Centesimus Annus-Pro Pontifice.
Señor cardenal,
venerados Hermanos en el Episcopado y Sacerdocio,
ilustres y queridos amigos,
estoy contento de saludaros con ocasión del Congreso de estudio promovido por la Fundación Centesimus Annus – Pro Pontifice. Saludo al cardenal Attilio Nicora, a monseñor Claudio Maria Celli y a los demás prelados y sacerdotes presentes. Un particular pensamiento al presidente, doctor Domingo Sugranyes Bickel, a quien agradezco por las corteses palabras y a vosotros, queridos Consejeros y Socios de la Fundación, que habéis querido visitarme con vuestros familiares.
He apreciado que vuestro encuentro ponga en el centro de la reflexión la relación entre “desarrollo, progreso, bien común”. En efecto, hoy más que nunca, la familia humana puede crecer como sociedad libre de pueblos libres cuando la globalización es guiada por la solidaridad y por el bien común, como también por la respectiva justicia social, que encuentran en el mensaje de Cristo y de la Iglesia una fuente preciosa. La crisis y las dificultades que en el presente sufren las relaciones internacionales, los Estados, la sociedad y la economía, de hecho, son en gran medida debidas a la falta de confianza y de una adecuada inspiración solidaria, creativa y dinámica, orientada al bien común, que lleve a relaciones autenticamente humanas de amistad, de solidaridad y de reciprocidad también “dentro” de la actividad económica. El bien común y la finalidad que da sentido al progreso y al desarrollo, los cuales de otra forma se limitarían solo a la producción de bienes materiales; éstos son necesarios, pero sin la orientación al bien común terminan por prevalecer el consumismo, el despilfarro, la pobreza y los desequilibrios; factores negativos para el progreso y el desarrollo.
Como señalaba en la encíclica Caritas in veritate, uno de los mayores riesgos en el mundo actual es el de que “a la interdependencia de hecho entre los hombres y los pueblos no corresponda la interacción ética de las conciencias y de las inteligencias, de la cual pueda surgir como resultado un desarrollo verdaderamente humano" (n. 9). Semejante interacción, por ejemplo, parece ser demasiado débil en esos gobernantes que, frente a renovados episodios de especulaciones irresponsables hacia los países más débiles, no reaccionan con adecuadas decisiones de gobierno financiero. La política debe tener la primacía sobre las finanzas, y la ética debe orientar cada actividad.
Sin el punto de referencia representado por el bien común universal no se puede decir que exista un verdadero ethos mundial y la correspondiente voluntad de vivirlo, con instituciones adecuadas. Es entonces decisivo que se identifiquen esos bienes a los que todos los pueblos deben acceder de cara a su realización humano. Y esto no de cualquier manera, sino de una manera ordenada y armónica. De hecho, el bien común está compuesto por muchos bienes: de bienes materiales, cognitivos, institucionales y por bienes morales y espirituales, estos últimos superiores a los que los primeros deben subordinarse. El compromiso por el bien común de la familia de los pueblos, como para toda sociedad, comporta, por tanto, poner atención y valerse de un conjunto de instituciones que estructuran jurídica, civil, política y culturalmente la vida social mundial, de modo que tome forma de pólis, de ciudad del hombre (cfr ibid., 7). Por tanto, se debe asegurar que el orden económico-productivo sea socialmente responsable y a medida de hombre, con una acción conjunta y unitaria sobre muchos planos, también el internacional (cfr ibid., 57.67). Al mismo tiempo, se deberá apoyar la consolidación de sistemas constitucionales, jurídicos y administrativos en los países que no gozan aún de ellos de forma plena. Junto a las ayudas económicas, deben estar, por tanto, las dirigidas a reforzar las garantías propias del Estado de derecho, un sistema de orden público justo y eficaz, en el pleno respeto de los derechos humanos, como también instituciones verdaderamente democráticas y participativas (cfr ibid., 41).
Pero lo que es, sin embargo, fundamental y prioritario, de cara al desarrollo de la entera familia de los pueblos, es el trabajar para reconocer la verdadera escala de bienes-valores. Sólo gracias a una correcta jerarquía de los bienes humanos es posible comprender qué tipo de desarrollo debe ser promovido. El desarrollo integral de los pueblos, objetivo central del bien común universal, no se produce sólo con la difusión de la empresa (cfr ibidem), de los bienes materiales y cognitivos como la casa y la instrucción, de las elecciones disponibles. Este es dado especialmente por el aumento de esas buenas decisiones que son posibles cuando exista la noción de un bien humano integral, cuando haya un telos, un fin, a cuya luz es pensado y querido el desarrollo. La noción de desarrollo humano integral presupone coordinadas precisas, como la subsidiariedad y la solidaridad, así como la interdependencia entre Estado, sociedad y mercado. En una sociedad mundial, compuesta por muchos pueblos y por religiones distintas, el bien común y el desarrollo integral deben conseguirse con la contribución de todos. En esto, las religiones son decisivas, especialmente cuando enseñan la fraternidad y la paz, porque educan a dar espacio a Dios y a estar abiertos a lo trascendente, en nuestras sociedades marcadas por la secularización. La exclusión de las religiones del ámbito público, como, por otro lado, el fundamentalismo religioso, impiden el encuentro entre las personas y su colaboración para el progreso de la humanidad; la vida de la sociedad se empobrece en motivaciones y la política asume un rostro oprimente y agresivo (cfr ibid. 56).
Queridos amigos, la visión cristiana del desarrollo, del progreso y del bien común, como surge de la Doctrina Social de la Iglesia, responde a las expectativas más profundas del hombre y vuestro compromiso en profundizarla y difundirla es una válida aportación para edificar la “civilización del amor”. Por esto os expreso mi reconocimiento y mis felicitaciones, y os bendigo a todos de corazón.
[Traducción del original italiano por Inma Álvarez
©Libreria Editrice Vaticana]
ZENIT nos ofrece los textos de los dos discursos que el Papa Benedicto XVI pronunció el sábado, 22 de Mayo de 2010, por la mañana, al recibir separadamente a dos delegaciones procedentes de Bulgaria y de la ex-República Yugoslava de Macedonia, presentes en Roma con motivo del la fiesta de San Cirilo y San Metodio.
[A la delegación de la República de Bulgaria]
Señor Primer Ministro,
Honorables Miembros del Gobierno y distinguidas Autoridades,
Venerados hermanos de la Iglesia ortodoxa y de la Iglesia católica,
Estoy contento de poder dar una cordial bienvenida a cada uno de vosotros, honorables Miembros de la Delegación Oficial, venidos a Roma en la feliz celebración de la memoria litúrgica de los santos Cirilo y Metodio. Vuestra presencia, que atestigua las raíces cristianas del pueblo búlgaro, ofrece la ocasión propicia para confirmar mi estima hacia esta querida Nación y nos permite reforzar nuestra amistad, valorada por la decisión por los dos santos Hermanos de Tesalónica.
A través de una incansable obra de evangelización, llevada a cabo con verdadero ardor apostólico, los santos Cirilo y Metodio arraigaron providencialmente el cristianismo en el ánimo del pueblo búlgaro, de modo que éste está anclado en esos valores evangélicos, que siempre refuerzan la identidad y enriquecen la cultura de una nación. El Evangelio, de hecho, no debilita cuanto hay de auténtico en las diversas tradiciones culturales; al contrario, precisamente porque la fe en Jesús nos muestra el esplendor de la Verdad, ésta da al hombre la capacidad de reconocer el verdadero bien y le ayuda a realizarlo en la propia vida y en el contexto social. Por ello, con razón se puede sostener que los santos Cirilo y Metodio han contribuido significativamente a modelar la humanidad y la fisionomía espiritual del pueblo búlgaro, insertándolo en la común tradición cultural cristiana.
En el camino de integración plena con las demás naciones europeas, Bulgaria está por tanto llamada a promover y dar testimonio de esas raíces cristianas que descienden de las enseñanzas de los santos Cirilo y Metodio, hoy aún más actuales y necesarias que nunca; está llamada, por tanto, a mantenerse fiel y a custodiar el precioso patrimonio que une entre sí a cuantos, tanto ortodoxos como católicos, profesan la misma fe de los Apóstoles y están unidos por el bautismo común. Como cristianos, tenemos el deber de conservar y reforzar el vínculo intrínseco que existe entre el Evangelio y nuestras respectivas identidades culturales; como discípulos del Señor, en el respeto recíproco d las diversas tradiciones eclesiales, estamos llamados al testimonio común de nuestra fe en Jesús, en el nombre del cual obtenemos la salvación.
Auguro de corazón que este encuentro pueda ser para todos vosotros, aquí presentes, y para las realidades eclesiales y civiles que representáis, motivo de relaciones fraternas y solidarias cada vez más intensas. Con estos sentimientos, animo al pueblo búlgaro a perseverar en el propósito de edificar una sociedad fundada en la justicia y en la paz; para ello aseguro mi oración y mi cercanía espiritual. Le renuevo, señor Primer Ministro, y a cada uno de vosotros, mi bendiciente saludo, con el que quiero llegar a todos los ciudadanos de vuestro amado país.
[A la delegación de la ex-República Yugoslava de Macedonia]
Señor Presidente del Parlamento,
Honorables Miembros del Gobierno y distinguidas Autoridades,
Venerados Hermanos de la Iglesia ortodoxa y de la Iglesia católica,
Estoy contento de acogeros y de expresar al Señor, dador de todas las gracias, la alegría y el reconocimiento por este momento que os ve unidos al invocarle por intercesión de los santos Cirilo y Metodio, patronos celestiales de vuestro pueblo y de toda Europa, en la peregrinación anual que realizáis a Roma para venerar las reliquias de san Cirilo.
Mi amado predecesor, el venerable Juan Pablo II, en la encíclica Slavorum Apostoli, quiso recordar a todos que, gracias a la enseñanza y a los frutos del Concilio Vaticano II, nosotros podemos hoy mirar de modo nuevo la obra de los dos santos Hermanos de Tesalónica, “de los cuales nos separan ya once siglos, y leer, asimismo, en su vida y actividad apostólica los contenidos que la sabia Providencia divina inscribió en ellos, para que se revelasen en una nueva plenitud en nuestra época y trajesen nuevos frutos" (n. 3). Verdaderamente abundantes fueron, en su tiempo, los frutos de la evangelización de Cirilo y Metodio. Éstos conocieron sufrimientos, privaciones y hostilidades, pero soportaron todo con fe inquebrantable y esperanza invencible en Dios. Con esta fuerza se consumieron por los pueblos a ellos confiados, custodiando los textos de la Escritura, indispensables en la celebración de la sagrada Liturgia, traducidos por ellos a la lengua paleoeslava, escritos en un nuevo alfabeto y sucesivamente aprobados por la autoridad de la Iglesia. En las pruebas y en las alegrías, éstos se sintieron siempre acompañados por Dios y experimentaron cotidianamente su amor y el de los hermanos. También nosotros comprendemos cada vez más que cuando nos sentimos amados por el Señor y sabemos corresponder a este amor, somos envueltos y guiados por su gracia en cada actividad y acción nuestra. Según la efusión de los múltiples dones del Espíritu Santo, cuanto más sabemos amar y nos donamos a los demás, tanto más el Espíritu puede venir en ayuda de nuestra debilidad, indicándonos nuevas vías para nuestra actuación.
Según la tradición, Metodio permaneció hasta el final fiel a las palabras que su hermano Cirilo le había dicho antes de morir: “Hermano, compartíamos la misma suerte, empujando el arado en el mismo surco; yo ahora caigo en el campo al concluir mi jornada. Tu... no abandones tu acción de enseñanza…" (ibid., n. 6). Queridos hermanos y hermanos, pongamos la mano en el arado y sigamos trabajando sobre el mismo surco que Dios en su providencia indicó a los santos Cirilo y Metodio. Que el Señor bendiga vuestro trabajo al servicio del bien común y de toda vuestra nación, e infunda con abundancia sobre ella los dones de su Espíritu de unidad y de paz.
[Traducción del original italiano por Inma Álvarez
©Libreria Editrice Vaticana]
ZENIT nos ofrece la homilía pronunciada hoy por el Papa Benedicto XVI durante la Santa Misa de la solemnidad de Pentecostés, que presidió en la Basílica Vaticana.
Queridos hermanos y hermanas,
en la celebración solemne de Pentecostés estamos invitados a profesar nuestra fe en la presencia y en la acción del Espíritu Santo y a invocar su efusión sobre nosotros, sobre la Iglesia y sobre todo el mundo. Hagamos nuestra, por tanto, y con particular intensidad, la invocación de la Iglesia misma: Veni, Sancte Spiritus! Una invocación tan simple e inmediata, pero también extraordinariamente profunda, que brota ante todo del corazón de Cristo. El Espíritu, de hecho, es el don que Jesús ha pedido y continuamente pide al Padre para sus amigos; el primero y principal don que nos ha obtenido con su Resurrección y Ascensión al Cielo.
De esta oración de Cristo nos habla el fragmento evangélico de hoy, que tiene como contexto la Última Cena. El Señor Jesús dice a sus discípulos: “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos; y yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre” (Jn 14,15-16). Aquí se revela el corazón orante de Jesús, su corazón filial y fraterno. Esta oración llega a su cenit y a su cumplimiento en la cruz, donde la invocación de Cristo es una unidad con el don total que Él hace de sí mismo, y así su orar se convierte, por así decirlo, en el sello mismo de su darse en plenitud por amor del Padre y de la humanidad: invocación y donación del Espíritu se encuentran, se compenetran, se convierten en una única realidad. “Y yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre”. En realidad, la oración de Jesús -la de la Última Cena y la de la cruz- es una oración que continúa también en el Cielo, donde Cristo está sentado a la derecha del Padre. Jesús, de hecho, vive siempre su sacerdocio de intercesión a favor del pueblo de Dios y de la humanidad y por tanto reza por todos nosotros pidiendo al Padre el don del Espíritu Santo.
El relato de Pentecostés en el libro de los Hechos de los Apóstoles -lo hemos escuchado en la primera lectura (cf Hch 2,1-11)- presenta el “nuevo rumbo” de la obra de Dios iniciada con la resurrección de Cristo, obra que implica al hombre, a la historia y al cosmos. Del Hijo de Dios muerto y resucitado y vuelto al Padre espira ahora sobre la humanidad, con inédita energía, el soplo divino, el Espíritu Santo. ¿Y qué produce esta nueva y potente auto-comunicación de Dios? Donde hay laceraciones y alienación, crea unidad y comprensión. Se desencadena un proceso de reunificación entre las partes de la familia humana, dividida y dispersa; las personas, a menudo reducidas a individuos en competición o en conflicto entre ellos, alcanzadas por el Espíritu de Cristo, se abren a la experiencia de la comunión, que puede implicarlas hasta el punto de hacer de ellas un nuevo organismo, un nuevo sujeto: la Iglesia. Éste es el efecto de la obra de Dios: la unidad; por eso la unidad es la señal de reconocimiento, el “tarjeta de visita” de la Iglesia a lo largo de su historia universal. Desde el principio, desde el día de Pentecostés, habla todas las lenguas. La Iglesia universal precede a las Iglesias particulares, y éstas deben siempre conformarse a ella, según un criterio de unidad y universalidad. La Iglesia ya no es prisionera de fronteras políticas, raciales ni culturales; no se puede confundir con los Estados ni con las Federaciones de Estados, porque su unidad es de otro tipo y aspira a atravesar todas las fronteras humanas.
De esto, queridos hermanos, deriva un criterio práctico de discernimiento para la vida cristiana: cuando una persona, o una comunidad, se cierra en su propio modo de pensar y de actuar, es signo de que se está alejando del Espíritu Santo. El camino de los cristianos y de las Iglesias particulares debe confrontarse siempre con el de la Iglesia una y católica, y armonizarse con él. Esto no significa que la unidad creada por el Espíritu Santo sea una especie de igualitarismo. Al contrario, éste es más el modelo de Babel, es decir, la imposición de una cultura de la unidad que podemos definir como “técnica”. La Biblia, de hecho, nos dice (cf Gen 11,1-9) que en Babel todos hablaban una sola lengua. En Pentecostés, en cambio, los Apóstoles hablan lenguas diversas para que cada uno entienda el mensaje en su propio idioma. La unidad del Espíritu se manifiesta en la pluralidad de la comprensión. La Iglesia es por su naturaleza una y múltiple, destinada como está a vivir en todas las naciones, en todos los pueblos, y en los más diversos contextos sociales. Responde a su vocación, de ser signo e instrumento de unidad de todo el género humano (cf Lumen gentium, 1), sólo si permanece autónoma de todo Estado y de toda cultura particular. Siempre y en todo lugar la Iglesia debe ser verdaderamente, católica y universal, la casa de todos en la que cada uno se puede volver a encontrar.
El relato de los Hechos de los Apóstoles nos ofrece también otro principio muy concreto. La universalidad de la Iglesia se expresa en el elenco de los pueblos, según la antigua tradición: “Somos Partos, Medos, Elamitas...”, etcétera. Se puede observar que san Lucas va más allá del número 12, que ya expresa siempre una universalidad. Él mira más allá de los horizontes de Asia y del noroeste de África, y añade otros tres elementos: los “Romanos”, es decir el mundo occidental; los “Judíos y prosélitos”, comprendiendo de una nueva manera la unidad entre Israel y el mundo; y finalmente “Cretenses y Árabes”, que representan Occidente y Oriente, islas y tierra firme. Esta apertura de horizontes confirma aún más la novedad de Cristo en la dimensión del espacio humano, de la historia de las gentes: el Espíritu Santo implica a hombres y pueblos y, a través de ellos, supera muros y barreras.
En Pentecostés el Espíritu Santo se manifiesta como fuego. Su llama ha descendido sobre los discípulos reunidos, se ha encendido en ellos y les ha dado el nuevo ardor de Dios. Se realiza así lo que había predicho el Señor Jesús: “He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido!” (Lc 12,49). Los Apóstoles, junto a los fieles de las diversas comunidades, han llevado esta llama divina hasta los últimos confines de la Tierra; han abierto así un camino para la humanidad, un camino luminoso, y han colaborado con Dios que con su fuego quiere renovar la faz de la tierra. ¡Qué distinto es este fuego al de las guerras y las bombas! Qué distinto es el incendio de Cristo, propagado por la Iglesia, al encendido por los dictadores de toda época, también del siglo pasado, que dejan tras de sí tierra arrasada. El fuego de Dios, el fuego del Espíritu Santo, es el de la zarza que arde sin consumirse (cf Ex 3,2). Es una llama que arde, pero no destruye; que, así, inflamando hace emerger la parte mejor y más verdadera del hombre, como en una fusión hace emerger su forma interior, su vocación a la verdad y al amor.
Un Padre de la Iglesia, Orígenes, en una de sus Homilías sobre Jeremías, informa de un hecho atribuido a Jesús, no contenido en las Sagradas Escrituras pero quizás auténtico, que dice así: “Quien está cerca mío está cerca del fuego” (Homilía sobre Jeremías L. I [III]). En Cristo, de hecho, habita la plenitud de Dios, a quien en la Biblia se compara con el fuego. Hemos observado anteriormente que la llama del Espíritu Santo arde pero no quema. Y sin embargo obra una transformación, y por eso debe consumir algo en el hombre, las escorias que lo corrompen y le obstaculizan en sus relaciones con Dios y con el prójimo. Este efecto del fuego divino sin embargo nos asusta, tenemos miedo de “quemarnos”, preferimos quedarnos como estamos. Esto es porque muchas veces nuestra vida está configurada según la lógica del tener, del poseer y no del darse. Muchas personas creen en Dios y admiran la figura de Jesucristo, pero cuando se les pide perder algo de sí mismos, entonces se echan atrás, tienen miedo de las exigencias de la fe. Es el miedo a tener que renunciar a algo bueno, en el que somos atacados, el miedo a que seguir a Cristo nos prive de la libertad, de ciertas experiencias, de una parte de nosotros mismos. Por una parte queremos estar con Jesús, seguirlo de cerca, y por otra tenemos miedo de las consecuencias que eso comporta.
Queridos hermanos y hermanas, siempre necesitamos oír decir del Señor Jesús lo que a menudo les repetía a sus amigos: “No tengáis miedo”. Como Simón Pedro y los demás, debemos dejar que su presencia y su gracia transformen nuestro corazón, siempre sujeto a la debilidad humana. Debemos saber reconocer que perder algo, incluso a uno mismo por el verdadero Dios, el Dios del amor y de la vida, es en realidad ganar, reencontrarse más plenamente. Quien se confía a Jesús experimenta ya en esta vida la paz y la alegría del corazón, que el mundo no puede dar, y no se pueden quitar una vez que Dios las ha dado. ¡Vale por tanto la pena dejarse tocar por el fuego del Espíritu Santo! El dolor que nos causa es necesario para nuestra transformación. Es la realidad de la cruz: por eso en el lenguaje de Jesús el “fuego” es sobre todo una representación del misterio de la cruz, sin el cual no existe el cristianismo. Por eso, iluminados y confortados por estas palabras de vida, elevemos nuestra invocación: ¡Ven, Espíritu Santo! ¡Enciende en nosotros el fuego de tu amor! Sabemos que ésta es una oración audaz, con la que pedimos ser tocados por la llama de Dios; pero sabemos sobre todo que esta llama -y sólo ésa- tiene el poder de salvarnos. No queramos, por defender nuestra vida, perder la eterna que Dios nos quiere dar. Necesitamos el fuego del Espíritu Santo, porque sólo el Amor redime. Amén.
[Traducción del original italiano por Patricia Navas
©2010 Libreria Editrice Vaticana]
ZENIT publica esta meditación del obispo de Tehuacán (México), monseñor Rodrigo Aguilar Martínez sobre la fiesta del Espíritu Santo, la solemnidad de Pentecostés, que se celebra el domingo.
El Don del Espíritu Santo
El próximo domingo culminaremos el tiempo pascual con la fiesta solemne de Pentecostés.
Según nos dice san Lucas en los Hechos de los Apóstoles, el Espíritu Santo que recibieron los discípulos de Jesús provocó diversas manifestaciones: Una primera, muy llamativa, fue que lo que ellos hablaban, cada uno de los oyentes lo entendía en su propio idioma, como signo de la unidad en la diversidad; pero quiero fijarme más en la actitud de valentía con que los discípulos, sostenidos por el Espíritu Santo, dan testimonio de Jesús muerto y resucitado, e incluso la enorme alegría que experimentan al sufrir cárceles o persecución por causa de este anuncio de Jesús.
El Espíritu Santo se derrama generosamente en nosotros en la medida de nuestra fe, o sea de nuestra disponibilidad a dejarnos conducir por el mismo Espíritu y dar frutos como discípulos y testigos de Jesucristo. Con nuestras solas fuerzas somos frágiles e inconstantes, pero Cristo Jesús nos concede su Espíritu para dar testimonio valiente de nuestra fe. Me vienen a la mente algunas de las palabras que el Papa Benedicto XVI pronunciaba la semana pasada en Portugal y que ahora cito: "cuando según la opinión de muchos -dice el Papa- la fe católica ha dejado de ser patrimonio común de la sociedad, y se la ve a menudo como una semilla acechada y ofuscada por "divinidades" y por los señores de este mundo, será muy difícil que la fe llegue a los corazones mediante simples disquisiciones o moralismos, y menos aún a través de genéricas referencias a los valores cristianos.
El llamamiento valiente a los principios en su integridad es esencial e indispensable; no obstante, el mero enunciado del mensaje no llega al fondo del corazón de la persona, no toca su libertad, no cambia la vida. Lo que fascina es sobre todo el encuentro con personas creyentes que, por su fe, atraen hacia la gracia de Cristo, dando testimonio de Él."
Cristo Jesús no deja de estar presente con la acción de su Espíritu en la vida de la Iglesia; pero hay muchos bautizados que no reconocen esta presencia de Jesús, ni la acción eficaz de su Espíritu.
El Espíritu Santo nos renueve y fortalezca con sus dones: Nos haga salir del miedo, de la poquedad, de la flojera para que, siendo fieles a Jesucristo, demos un testimonio valiente como discípulos suyos en nuestro ambiente, con obras de verdad, de bondad, de justicia, de solidaridad.
ZENIT publica la homilía que pronunció el cardenal secretario de Estado, Tarcisio Bertone, durante la misa que presidió, en nombre del Papa, la víspera de la solemnidad de la Virgen de Fátima en el atrio de la basílica mariana. Instantes antes, Benedicto XVI había dirigido, desde la capilla de las apariciones, la oración del rosario acompañado de medio millón de peregrinos.
Venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio,
amados hermanos y hermanas en el Señor,
queridos peregrinos de Fátima
Dice Jesús: "Si no volvéis a ser como niños, no entraréis en el Reino de los cielos" (Mt 18, 3). Para entrar en el Reino, hemos de hacernos humildes, cada vez más humildes y pequeños, lo más pequeños posible: éste es el secreto de la vida mística. La verdadera vida espiritual comienza con un auténtico acto de humildad, renunciando a la difícil posición de sentirse siempre el centro del universo y abandonándose en los brazos del misterio de Dios, con alma de niño.
En los brazos del misterio de Dios. En Él no hay sólo potencia, ciencia, majestad; hay también infancia, inocencia, ternura infinita, porque Él es Padre, infinitamente Padre. No lo sabíamos antes, ni podíamos saberlo; ha sido necesario que enviase a su Hijo para que lo descubriésemos. El Hijo se ha hecho niño y, de esta manera, ha podido decirnos que nos hiciéramos niños para entrar en su Reino. Siendo Dios de infinita grandeza, se ha hecho tan pequeño y humilde ante nosotros, que solamente los ojos de la fe y de los sencillos lo pueden reconocer (cf. Mt 11, 25). Así, ha puesto en cuestión el instinto natural de protagonismo que reina en nosotros: "Ser como Dios" (cf. Gn 3, 5). Pues bien, Dios ha aparecido en la tierra como niño. Ahora sabemos cómo es Dios: es un niño. Teníamos que verlo para creerlo. Ha aprovechado nuestra imperiosa necesidad de sobresalir, pero ha cambiado su objetivo, proponiéndonos ponerla al servicio del amor; sobresalir sí, pero como el más pacífico, indulgente, generoso y servicial de todos: el siervo y el último de todos.
Hermanos y hermanas, ésta es "la sabiduría que viene de arriba" (cf. St 3, 17). En cambio, la "sabiduría" del mundo alaba el éxito personal y lo busca a toda costa, quitando de en medio sin miramientos a quien obstaculiza la propia superioridad. A esto llaman vida, pero el rastro de muerte que deja, lo contradice. "El que odia a su hermano -lo hemos oído en la segunda lectura- es un homicida. Y sabéis que ningún homicida lleva en sí la vida eterna" (1 Jn 3, 15). Solamente quien ama al hermano posee en sí la vida eterna, es decir, la presencia de Dios, el cual, por medio del Espíritu, comunica al creyente su amor y lo hace partícipe del misterio de la vida trinitaria. En efecto, así como un emigrante en un país extranjero, aunque se adapte a la nueva situación, conserva -al menos en el corazón- las leyes y las costumbres de su pueblo, así también, cuando Jesús vino a la tierra, trajo consigo, como peregrino de la Trinidad, el modo de vivir de su patria celeste, que "expresa humanamente las costumbres divinas de la Trinidad" (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 470). En el Bautismo, cada uno de nosotros ha renunciado a la "sabiduría" del mundo y se ha convertido a la "sabiduría de arriba", manifestada en Cristo Jesús, Maestro incomparable en el arte de amar (cf. 1 Jn 3, 16). Jesús ha dicho que dar la vida por el hermano es el culmen del amor (cf. Jn 15, 13); lo ha dicho y lo ha hecho, mandándonos amar como Él (cf. Jn 15, 12). El gran desafío es pasar de considerar la vida como posesión a verla como don, y aquí se nos revela -a nosotros mismos y a los demás- quiénes somos y quiénes queremos ser.
El amor fraterno y gratuito es el mandamiento y la misión que el divino Maestro nos ha dejado, capaz de convencer a nuestros hermanos y hermanas en humanidad: "La señal por la que conocerán que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros" (Jn 13, 35). A veces, nos quejamos de la marginación del cristianismo en la sociedad actual, de la dificultad para trasmitir la fe a los jóvenes, de la disminución de las vocaciones sacerdotales y religiosas... y se podrían añadir otros motivos de preocupación; de hecho, no es extraño que nos sintamos perdedores a los ojos del mundo. Sin embargo, la aventura de la esperanza va más allá. Nos dice que el mundo es de quien más lo ama y mejor se lo demuestra. En el corazón de toda persona hay una sed infinita de amor; y nosotros, con el amor que Dios derrama en nuestros corazones (cf. Rm 5, 5), podemos saciarla. Naturalmente, nuestro amor debe expresarse no "de palabra y de boca, sino de verdad y con obras", respondiendo con alegría y generosidad con nuestros bienes a las necesidades de los necesitados (cf. 1 Jn 3, 16-18).
Queridos peregrinos y cuantos me escucháis, "compartid con alegría, como Jacinta". Así reza el lema que este Santuario ha querido recalcar en el centenario del nacimiento de la vidente privilegiada de Fátima. En este mismo lugar, hace diez años, el Venerable Siervo de Dios Juan Pablo II la elevó a la gloria de los altares junto con su hermano Francisco; han recorrido, en poco tiempo, la larga marcha hacia la santidad, guiados y sostenidos por las manos de la Virgen María. Son dos frutos maduros del árbol de la Cruz del Salvador. Al verlos, nos damos cuenta de que ésta es la estación de los frutos... frutos de santidad. Viejo tronco lusitano de savia cristiana, con las ramas extendidas hacia otros mundos y allí enterradas como brotes de nuevos pueblos cristianos, la Reina del Cielo ha plantado en ti su pie -pie victorioso que aplasta la cabeza de la serpiente embaucadora (cf. Gn 3, 15)- para buscar a los pequeños del Reino de los cielos. Fortalecidos con la vigilia de esta noche y con los ojos atentos a la gloria de los beatos Francisco y Jacinta, aceptad el reto de Jesús: "Si no volvéis a ser como niños, no entraréis en el Reino de los cielos" (Mt 18, 3). Para personas carcomidas por el orgullo como nosotros, no es fácil hacerse niños. Por eso, Jesús nos advierte duramente: "No entraréis". No hay alternativa. Portugal, no te resignes a formas de pensar y de vivir que no tengan futuro, porque no se apoyen sobre la certeza firme de la Palabra de Dios, del Evangelio. "¡No temas! El Evangelio no está contra ti, sino en tu favor... En el Evangelio, que es Jesús, encontrarás la esperanza firme y duradera a la que aspiras. Es una esperanza fundada en la victoria de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte. Él ha querido que esta victoria sea para tu salvación y tu gozo" (Juan Pablo II, Exhort. Ap. Ecclesia in Europa, 121).
La primera lectura nos muestra cómo Samuel ha encontrado un guía en el Sacerdote Elí. Éste demuestra, en su relación con el muchacho, toda la prudencia que se requiere para la tarea del verdadero educador, pues es capaz de intuir el tipo de experiencia profunda que Samuel está viviendo. Nadie puede decidir sobre la vocación de otro; por eso, Elí orienta a Samuel a la escucha dócil de la palabra de Dios: "Habla, Señor, que tu siervo escucha" (1 S 3, 10). En cierto modo, podemos leer desde esta misma perspectiva la Visita del Santo Padre, que se desarrolla bajo el lema: "¡Papa Benedicto XVI, contigo caminamos en la Esperanza!". Son palabras que expresan tanto una común confesión de fe y manifestación de adhesión a la Iglesia a través de su fundamento visible que es Pedro, como un aprendizaje personal de confianza y de lealtad con relación a la guía paterna y sabia de aquel que el Cielo ha elegido para indicar a la humanidad de este tiempo el camino seguro para alcanzarlo.
Santo Padre, "contigo caminamos en la Esperanza". Contigo aprendemos a distinguir entre la gran Esperanza y las esperanzas pequeñas y siempre limitadas como nosotros. Cuando, rodeados de la decepción general de quienes se quedan en las pequeñas esperanzas, sintamos la alternativa de Jesús, la gran Esperanza: "¿También vosotros queréis marcharos?", fortalécenos tú, Pedro, con tu palabra de siempre: "Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos. Y sabemos que tú eres el Santo, consagrado por Dios" (Jn 6, 68-69). Verdaderamente -nos recuerda el Pedro de hoy, el Papa Benedicto XVI-, "quien no conoce a Dios, aunque tenga múltiples esperanzas, en el fondo está sin esperanza, sin la gran esperanza que sostiene toda la vida (cf. Ef 2,12). La verdadera, la gran esperanza del hombre que resiste a pesar de todas las desilusiones, sólo puede ser Dios, el Dios que nos ha amado y que nos sigue amando ‘hasta el extremo', ‘hasta el total cumplimiento' (cf. Jn 13,1; 19,30)" (Enc. Spe salvi, 27).
Queridos peregrinos de Fátima, que el Cielo sea siempre el horizonte de vuestra vida. Si os dicen que el Cielo puede esperar, os engañan... La voz que viene del cielo no es como estas voces, semejantes a la legendaria sirena embaucadora, que dormía a sus víctimas antes de echarlas al abismo. Desde hace dos mil años, comenzando por Galilea y hasta los confines de la tierra, resuena la voz del Hijo de Dios que dice: "Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios" (Mc 1, 15). Fátima nos recuerda que el cielo no puede esperar. Por eso, pidamos con confianza filial a Nuestra Señora que nos enseñe a traer el Cielo a la tierra: ¡Oh, Virgen María, enséñanos a creer, adorar, esperar y amar contigo! Indícanos el camino hacia el Reino de Jesús, la vía de la infancia espiritual. Tú, Estrella de la Esperanza, que anhelante nos esperas en la Luz sin ocaso de la Patria celeste, brilla sobre nosotros y guíanos en las vicisitudes de cada día, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
Lectio divina para el domingo once del Tiempo Ordinario - C, ofrecida por la Delegación Diocesana de Liturgia de la diócesis de Tenerife.
LECTURA: “Lucas 7,36-8,3”
En aquél tiempo, un fariseo rogaba a Jesús que fuera a comer con él. Jesús, entrando en casa del fariseo se recostó a la mesa. Y una mujer de la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino con un frasco de perfume, y, colocándose detrás junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con sus lágrimas, se los enjugaba con sus cabellos, los cubría de besos y se los ungía con perfume.
Al ver esto, el fariseo que lo había invitado, se dijo: Si éste fuera profeta, sabría quién es esta mujer que lo está tocando y lo que es: una pecadora.
Jesús tomó la palabra y le dijo: Simón, tengo algo que decirte. Él respondió: Dímelo, maestro.
Jesús le dijo: Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, los perdonó a los dos. ¿Cuál de los dos le amará más? Simón contestó: Supongo que aquél a quien le perdonó más.
Jesús le dijo: Has juzgado rectamente. Y, volviéndose a la mujer, dijo a Simón: ¿Ves a esta mujer? Cuando yo entré en tu casa, no me pusiste agua para los pies; ella, en cambio, me ha lavado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con su pelo. Tú no me besaste; ella, en cambio, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. Tú no me ungiste la cabeza con ungüento; ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume. Por eso te digo, sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor: pero al que poco se le perdona, poco ama. Y a ella le dijo: Tus pecados están perdonados.
Los demás convidados empezaron a decir entre sí: ¿Quién es este que hasta perdona pecados?. Pero Jesús dijo a la mujer: Tu fe te ha salvado, vete en paz.
MEDITACIÓN: “Llorando”
Pocos textos están marcados con el peso de tanta ternura como el que me ofreces hoy, Señor. Aquella mujer no podía poner palabras a sus sentimientos y en aquél gesto lo estaba diciendo todo, y tú, sólo tú, le pudiste entender. En sus lágrimas podía haber dolor, arrepentimiento, un reconocer el pozo en el que estaba metida y del que no podía salir, por mucho que quisiera, desde ella misma o desde el ambiente que la había etiquetado y colocado en un ámbito de la sociedad.
Y, por tu parte, no hubo reproches, ni recomendaciones, ni avisos, ni condenas, ni petición de explicaciones, ya había demasiado dolor para añadir más dolor. Aquella mujer necesitaba un simple gesto de acogida, de humanidad, y lo halló plenamente en ti. Donde los hombres vemos pecadores incorregibles, tú sigues viendo seres humanos, hijos, hermanos dolientes, que necesitan no reproches, sino amor. Y así nos lo quisiste enseñar de mil maneras, y lo aprendimos en la teoría, pero no lo terminamos de pasar a la vida.
Necesitamos aprender de esa mujer, sí, aprender a llorar. Llorar nuestras miserias, nuestras incapacidades, nuestras imposibilidades, nuestros errores queridos o no deseados, nuestros vicios adquiridos, nuestros egoísmos, nuestros orgullos, nuestras indolencias e insolidaridades. Llorar también el dolor inútil de tantos inocentes, tantas violencias absurdas; llorar el horror de nuestras verdades y seguridades que tan fáciles nos hacen a la condena, al rechazo, a la superioridad sobre los otros. Sí, ojalá fuésemos capaces de llorar todo eso, porque a pesar de que no pudiésemos superar todas nuestras limitaciones, estaríamos poniendo de manifiesto que todavía queda una chispa de amor en nuestro corazón y, por lo tanto, la esperanza seguiría abierta.
De momento lo recibimos de ti. Tú sigues empeñado en descubrirnos que es posible. Que tú nos lo ofreces y que nosotros lo podemos ofrecer. Lo he sentido con claridad en muchos momentos, reconozco que me cuesta aprender, pero sigo empeñado en ello
ORACIÓN: “Dar lo mejor”
Señor, ayúdame para que en el medida de lo posible no se me manche el corazón. Que más allá y por encima de mis limitaciones no se me apague la esperanza y los deseos de dar lo mejor. Que mi corazón siga siendo sensible al dolor y al amor, Que no se me olvide llorar, de tristeza y de alegría, porque el llanto mantiene viva la ternura hacia uno mismo y a los demás. Cuando el corazón se endurece y la fuente de las lágrimas se secan se pierde lo que tenemos de más humano.
Que no me asuste de las lágrimas, que no me hablarán nunca de debilidad sino de mi capacidad y de mi necesidad de amar y de saberme amado.
CONTEMPLACIÓN: “Como cascadas”
Como gotas de lluvia
que lavan y retienen
el polvo del camino.
Como olas que modelan
las rocas con su fuerza
o las aguas cantarinas
que redondean las piedras
del lecho de los ríos,
deberían brotar,
como cascadas de agua viva
las lagrimas de mis ojos,
en señal de que sigue
manando vida
en la fuente profunda
de mi corazón.
De que todavía estás tú,
pronunciando una palabra
de amor,
y de que su eco
hace vibrar las entrañas
más profundas de mi ser.
Sería señal de que todavía
estoy vivo,
y al sentirlo,
una lágrima brota serena
y se desliza suave y firme,
palabra callada de amor,
por mi mejilla,
y se estremecen mis entrañas.
REDACCIÓN DE "IGLESIA NIVARIENSE"
C. San Agustín, nº 28
38201. La Laguna. Tenerife.
Tfno. 922-25 86 40 / Extensión 8
e-mail: iglesianivariense@obispadodetenerife.es
Boletín 390
LAS NOTICIAS AMPLIADAS PUEDEN VERLAS ENTRANDO EN NUESTRO NUEVO BLOG. Textos, sonidos, e imágenes los tienen en: http://www.comunicacionobispadodetenerife.blogspot.com/
El sábado se celebra una nueva Jornada Diocesana de Catequesis de Adultos en el Seminario. Dos ponencias sobre la catequesis de adultos al servicio de la iniciación cristiana, momentos para compartir, una pequeña obra de teatro, etc. son algunas de las actividades prevista para esta acción pastoral que se inicia a las diez de la mañana.
Cáritas Diocesana invita a su Encuentro Festivo a celebrar en la Plaza de la Patrona de Canarias en Candelaria, a celebrar este sábado entre las 11 y las 20 horas. Habrá muchas actividades: castillos hinchables, gigantes y cabezudos, teatro, cuentacuentos, talleres, actuaciones musicales, humor, batucadas, una gran paellada gratis para almorzar, repostería, stand de comercio justo, etc.
El palmero Francisco José Ruíz será, a partir de septiembre, el nuevo provincial de los jesuitas en España, tras el nombramiento realizado por el General de la Orden. Natural de la capital palmera, pertenece a la parroquia de S. Francisco. Fue ordenado presbítero por nuestro obispo Felipe Fernández. En nuestro blog pueden escuchar la entrevista que le realizaron en la COPE.
Estamos a punto de clausurar el "Año Sacerdotal". El Papa lo puso bajo la protección del Santo Cura de Ars. Para concluir el año, el Papa lo nombrará patrón de todos los presbíteros del mundo. Será durante el Encuentro Mundial de Sacerdotes que tendrá lugar del 9 al 11 de junio. En el mismo participa nuestro Obispo, Bernardo Álvarez.
El viernes, 11 de junio, solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, terminará el "Año Sacerdotal". En la Diócesis, el encuentro de S. Juan de Ávila sirvió para realizar un acto conjunto. Ahora en cada parroquia se nos invita a tener una celebración, bien el citado viernes o el domingo. Para ello, las delegaciones de pastoral vocacional, de liturgia y para el clero, han colgado en la web: obispadodetenerife.es, una hora santa, materiales para la eucaristía de clausura, etc.
El Obispo Emérito Damián Iguacen, preside este año los actos de la Infraoctava del Corpus de La Orotava.
La Secretaría de Pastoral está pidiendo a todos los departamento un adelanto de las acciones a realizar el venidero curso, cuyo objetivo preferente, dentro del Plan Pastoral, será los adultos, teniendo en cuenta, igualmente, a la familia.
Por otro lado, el equipo de formadores del Seminario ha enviado una misiva a todo el clero informando del próximo cursillo de discernimiento vocacional para niños jóvenes y adultos a celebrar entre el 4 y el 10 de julio.
Ya se acercan las jornadas de formación continua del clero. En esta ocasión serán los días 21, 22 y 23 de junio en el seminario y en horario de 10 a 13.30. Estarán guiadas por el jesuita José María Fernández Martos, profesor de la universidad de Comillas. Su temática será la “cuestión afectiva y sexual en la vida de los sacerdotes”.
El domingo 13 de junio a las 18.30 en la parroquia de Santa Ana de Garachico, el obispo preside la Consagración de un grupo de miembros de la Fraternidad de Servidores del Corazón Sacerdotal de Jesús.
Los trabajos de restauración de la ermita de la patrona de La Gomera, la Virgen de Guadalupe, van a buen ritmo y se espera que durante el verano puedan estar concluidos lo que permitiría devolver la imagen de la patrona gomera a su morada en Puntallana.
La evolución de la audiencia media acumulada de la televisión de las diócesis canarias en los últimos meses está siendo altamente positiva. Las cifras en lo que va de año no dejan lugar a dudas. Así, Popular TV Canarias comenzó 2010 con 18.000 espectadores diarios, en marzo eran 21.000, en abril, coincidiendo con el apagón analógico, se alcanzaron los 64.000 y, en mayo, quienes ven diariamente Popular María Visión de Canarias han seguido creciendo hasta alcanzar los 158.000 de media de audiencia acumulada.
Este miércoles hicimos memoria del Beato José de Anchieta. Ese día se realizó, a mediodía, la tradicional ofrenda floral en su casa natal, la que hasta hace poco fue sede provisional del obispado.
Además, a las siete de la tarde se celebró una Eucaristía en la parroquia lagunera de La Concepción, seguida por una pequeña procesión con la imagen de Anchieta.
El periódico La Opinión ha publicado un reportaje sobre la presencia de los franciscanos en la capital tinerfeña, donde comenzaron a tener presencia a partir del siglo XVIII y crearon la capilla de la Orden Tercera.
El mismo rotativo entrevistó a María del Mar Cabrera, la presidenta de la Junta de Hermandades y Cofradías de La Laguna.
ZENIT publica el comentario al Evangelio del domingo XI del tiempo ordinario, 13 de junio (Lucas 7,36-8,3 ), redactado por monseñor Jesús Sanz Montes, ofm, arzobispo de Oviedo, administrador apostólico de Huesca y de Jaca.
Evangelio del domingo: La misericordia invitada
Invitar a comer es uno de los signos de amistad más comunes en todas las culturas. El Evangelio de hoy nos narra un episodio de un fariseo que rogaba a Jesús que fuera a su casa porque le quería invitar a comer. Así fue. Pero se coló una mujer conocida en la ciudad por sus pecados, y discretamente comenzó a llorar a los pies de Jesús, a besárselos y enjugarlos con los cabellos, a perfumarlos con el frasco de perfume que había traído. El fariseo viendo aquello, se puso a murmurar contra el maestro. Es decir, invitó a Jesús a comer como quien invita a una persona famosa, acaso para pavonearse de haber sido anfitrión del afamado maestro que estaba en la boca de todos.
Es tremendo eso de esperar a Dios en los caminos que Él no frecuenta o empeñarse en enmendarle la plana cuando le vemos llegar por donde ni nos imaginamos. En esta entrañable escena, no obstante, lo más importante no era la desilusión defraudada del fariseo, sino la enseñanza de Jesús ante el comportamiento de aquella pobre mujer. Ella hizo lo que le faltó al fariseo en la más elemental cortesía oriental: acoger lavando los pies, secarlos y perfumarlos. Ella no lo hizo como gesto de educación refinada, pues no estaba en su casa ni era ella quien había invitado a Jesús, sino como gesto de conversión, como petición de perdón y como espera de misericordia. Ciertamente el Señor respondería con creces: no banalizaría el pecado de la mujer, pero valoraría infinitamente más el perdón que con aquel gesto ella suplicaba. El fariseo sólo vio en ella el error, mientras que Jesús acertó a ver sobre todo el amor: a quien mucho ama, mucho se le perdona.
El fariseo y aquella mujer habían pecado, cada cual a su modo. El primero no lo reconoció mientras que ella supo pedir perdón, que es una forma de amor. La vida es como un banquete. En él podemos estar murmurando inútilmente los errores ajenos como el fariseo, o ser perdonados amorosamente como la mujer. Además de evitar los errores hemos de aprender a amar, creyendo que más grande que nuestra torpeza es la misericordia del Señor.
11 DEL TIEMPO ORDINARIO
13 de junio de 2010
La paz, el amor y el perdón de Dios estén con todos vosotros.
Hoy es un domingo normal. No nos encontramos en ningún tiempo litúrgico destacado, no celebramos ninguna fiesta, sino que nos reunimos precisamente para lo que da más sentido a nuestra vida cristiana: encontrarnos sencillamente con Jesús, que nos guía, que nos acompaña, que nos alimenta y nos da vida. Y eso mismo haremos durante una larga serie de domingos, desde hoy hasta que reiniciemos el tiempo de Adviento a finales de noviembre.
También hoy podemos tener presente una intención especial. Este pasado viernes, fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, se ha clausurado el año sacerdotal convocado per el papa Benedicto XVI. Es, por tanto, una invitación a orar por aquellos a quienes la Iglesia nos ha encomendado presidir la comunidad, para que demos un buen testimonio de Jesucristo.
A. penitencial: En silencio, preparémonos para celebrar la Eucaristía pidiendo perdón por nuestros pecados. (Silencio).
Tú, que has sido enviado a sanar los corazones afligidos. SEÑOR, TEN PIEDAD.
Tú, que has venido a llamar a los pecadores. CRISTO, TEN PIEDAD.
Tú, que estás sentado a la derecha del Padre para interceder por nosotros. SEÑOR, TEN PIEDAD.
1. lectura (2 Samuel 12,7-10.13): Durante esta serie de domingos que hoy empezamos, el evangelio que iremos escuchando será el de Lucas, que es el evangelista que más habla del perdón de Dios. Ahora, para prepararnos a la lectura evangélica, escuchemos una historia del Antiguo Testamento, del rey David.
2. lectura (Gálatas 2,16.19-21): Escuchemos ahora a san Pablo, que nos habla de su vida, de su fe, de lo que significa Jesucristo para él.
Oración universal: Presentemos al Padre nuestras plegarias, por la Iglesia, por el mundo entero, y por nosotros mismos. Oremos diciendo: ESCÚCHANOS, PADRE.
Al terminar el año sacerdotal, oremos especialmente por los sacerdotes. Para que realicen su labor con alegría y con mucha fe, para el bien de todo el pueblo cristiano. OREMOS:
Por los que se preparan para el sacerdocio. Para que vivan llenos del espíritu de amor y de servicio de Jesucristo. OREMOS:
Por los enfermos. Para que el Señor los acompañe en su dolor y puedan recuperar la salud. OREMOS:
Por nuestro país. Para que haya prosperidad y bienestar para todos, y especialmente para los que más sufren a causa de la crisis económica. OREMOS:
Por nosotros. Para que siempre actuemos siguiendo los criterios y las enseñanzas de Jesús. OREMOS:
Escucha, Padre, nuestra oración, y derrama sobre nosotros tu amor. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Prefacio del Sagrado Corazón, pág. 402.
Padrenuestro: Fieles a la enseñanza de Jesucristo, ahora, antes de participar de su mesa, nos atrevemos a decir:
CPL
ZENIT publica la "Carta abierta a un niño de primera comunión" que ha enviado monseñor Jesús Sanz Montes, ofm, arzobispo de Oviedo, administrador apostólico de Huesca y Jaca.
Queridos hermanos y amigos: paz y bien.
Me gustaría abrir esta carta, por así decir, y que lean todos lo que de buen grado escribo a un niño o niña que en estos días están haciendo su primera comunión. Me dirijo a ellos fundamentalmente, pero para que lo que les digo puedan también llegar a sus padres, a sus familiares, a sus catequistas, a sus profesores, a todos cuantos intervienen en el crecimiento cristiano de ese pequeño.
Querido niño o niña que en estas semanas vais a recibir por primera vez a Jesús en la Eucaristía, dejadme que os ponga estas letras escritas con cariño y gratitud.
Yo hice mi primera comunión cuando tenía ocho años. Me acompañaba mi hermana un año menor que yo y recuerdo cuando salimos temprano de casa camino de la iglesia vestidos de un modo especial, como se pedía para una fiesta grande. Días antes habíamos vestido también nuestro corazón cuando nos acercamos, también por primera vez, a recibir el perdón del Señor en el sacramento de la confesión. Éramos pequeños, pero también había cosas de las que pedir perdón a Dios. En esto nos ayudaron mucho los sacerdotes y los catequistas: no podíamos ir de cualquier modo a recibir a Jesús si hacíamos o decíamos cosas que le ofendían. Pero ¿se puede ofender a Dios? ¿Cómo? ¿En qué consiste el pecado?
Hace poco tiempo tuve que confesar a un niño que se preparaba para hacer su primera comunión. Era también su primera confesión. Yo pensaba que no sabría confesarse, o que le parecería rara la confesión y que resultaba difícil explicárselo. Pero me sorprendió. A un cierto punto de nuestro encuentro, mientras hablábamos para que hiciera bien la confesión, me dijo que él a veces no obedecía a sus padres, que se portaba mal en el colegio, y que hacía rabiar a su hermano pequeño.
Yo le dije que eso no eran pecados "contra" Dios, sino en todo caso "contra" sus padres, profesores y su hermano. Y entonces le pregunté, ¿crees que esas cosas ofenden al Señor?
Él me respondió muy digno: mira, Dios quiere a mis papás, a mis profes, incluso a mi hermano pequeño, y lo que yo hago mal con ellos, también le duele a Dios.
Entonces yo le insistí que esas cosas eran sólo "pecados" contra ellos, pero no contra Dios. Y aquel niño, como tenía interés en decirme que estaba equivocado, me puso él mismo con sus nueve años este ejemplo: si a mi hermano algún chico le pega, como yo quiero a mi hermano, aunque a mí no me peguen me duele, porque es como si me pegaran a mí.
(Debo reconocer que eso me impresionó y que veía en un niño con claridad madura eso que los adultos a veces nos cuesta reconocer como cristiana solidaridad mirando precisamente a un Dios que se hizo solidario con nosotros por amor).
Si hermosa fue la preparación para recibir a Jesús con el alma limpia, lo más guapo fue comulgar el Cuerpo del Señor. Quien más nos quiere como nuestra madre, nos dio de pequeños su leche materna y nos permitió crecer y hacernos grandes. Dios nos da como alimento ese Pan especial, Pan bendito, que es su mismo Cuerpo bajo las especies del Pan Consagrado, para que nuestra vida cristiana crezca. Tenemos que comulgar a Jesús y comulgar todo lo que Jesús ama mirando las cosas como Él las ve.
El día de la primera Comunión es un día precioso que debemos anotar y cada año festejarlo, como cuando recordamos nuestro cumpleaños. Y sobre todo no quedarnos en ese día especial, con traje especial, con regalos y felicitaciones de los que nos quieren bien. Cada domingo nos espera Jesús para celebrar con Él su día, y acercarnos al altar para volver a recibirle debidamente preparados. Ese es el mejor regalo. Que la Virgen María os ayude a comulgar a Jesús.
Recibid mi afecto y mi bendición.
(De Fuente de La Guancha)
VISITA AL SEMINARIO
1 de Mayo
Los organizadores de la Peregrinación al Santuario de Candelaria quisieron darle un aspecto vocacional al haberse celebrado el anterior domingo la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones Sacerdotales y Religiosas. Por eso programaron una visita al Seminario, al “corazón de la Diócesis”, como dijo el seminarista que los recibió y saludó. Aparte de exponer sus experiencias vocacionales proyectaron en reportaje vocacional y contemplaron la Exposición de Arte Sacro que por estos días se realiza en las dependencias del Seminario Diocesano.
PEREGRINACIÓN A CANDELARIA
1 de Mayo
Un año más se realizó la peregrinación a Candelaria de nuestras parroquias de San José y La Guancha. Participaron ciento veinte personas, que al llegar a la Basílica se unieron a otras cuatrocientas personas venidas de las parroquias de Icod de los Vinos: Santa Bárbara, Llanito Perera, Cruz del Tronco, La Centinela, La Candelaria, San Felipe, El Amparo, La Vega, Buen Paso, San Isidro y Hoya Ana Díaz. Los cinco sacerdotes que presiden estas comunidades concelebraron la Santa Misa. Al final el padre Jesús Mendoza saludó a los peregrinos y se cantó el himno a la Virgen de Candelaria “Salve, salve, Virgen morenita”. Todos tuvieron la oportunidad de subir al camarín para contemplar de cerca la venerada imagen.
Después visitamos la iglesia de San Juan Degollado en Arafo y almorzamos en Las Caletillas. Por la tarde hicimos parada en la Feria de las Flores en el Parque García Sanabria de Santa Cruz y terminamos en el Seminario Diocesano donde unos seminaristas pusieron un reportaje vocacional y visitamos la exposición de Arte Sacro en las dependencias del Seminario.
LA CRUZ DE LOS JÓVENES LLEGA A TENERIFE
2 de Mayo
Con gran emoción asistimos a la bienvenida oficial a la diócesis de Tenerife de la Cruz de los Jóvenes en La Orotava frente a la Iglesia de San Agustín. Cruz, bendecida y entregada a los jóvenes por el Papa Juan Pablo II en el año 1984. Portada por varios jóvenes y precedida del icono de la Virgen se hizo paso por la multitud que la esperaba para quedar erguida delante de la misma puerta de la iglesia. Un joven hizo un pequeño esbozo de su historia y el obispo diocesano Don Bernardo Álvarez Afonso pronunció el discurso de bienvenida. "Esta Cruz, sostuvo el prelado, inscrita en el corazón de todo ser humano, es el gran símbolo del amor de Dios, el gran signo de la salvación". La Cruz- prosiguió Álvarez- “nos actualiza el amor fiel de Dios": El no nos deja solos nunca, ni en la adversidad ni en el gozo. "Sin Dios la Cruz nos aplasta. Con Dios nos salva”. Un emocionado Álvarez concluyó, “Jóvenes, aquí tienen la Cruz y el Icono de María, aprovechemos esta oportunidad, honrémoslos con la vida”.
Un vía Lucis con la Cruz y el Icono llevadas por jóvenes, algunos de los cuales portaba antorchas que daban luz con la noche ya presente, fue conduciendo, en una emocionante jornada, estos símbolos hasta el templo de La Concepción, el cual los acogió con el júbilo de los participantes.
PRIMERAS COMUNIONES EN LA GUANCHA
9 de Mayo
Veinte niños de nuestra parroquia de La Guancha se acercaron a recibir la primera Comunión. Constituyen el primer grupo de un número de cuarenta. Dado la cantidad de personas que acompañan a las familias de los neocomulgantes, y como el templo no es muy grande, los catequistas y los padres decidieron hacer dos turnos dejando el resto para el día 23 de Mayo con la finalidad de un mayor silencio y participación de los asistentes. Y así aconteció. A pesar de estar el templo totalmente lleno con padres, padrinos, familiares, amigos y los fieles habituales de la misa dominical, se logró una participación activa y piadosa durante toda la celebración.
GRUPO DE NUESTRAS PARROQUIAS PARTICIPA EN PEREGRINACIÓN A FÁTIMA EN LA VISITA DEL PAPA
11 al 14 de Mayo
Un grupo de personas de las parroquias de San José y La Guancha se unió a la peregrinación a Fátima (Portugal) organizada por Viajes Ramalugo coincidiendo con la visita del Papa.
Durante la tarde-noche del día 12 llevando, totalmente emocionados, la vela en medio de un mar de luces pudieron vivir el momento más esperado para los peregrinos – ver al Papa pisar el suelo mariano- y escuchar con un profundo silencio religioso su saludo en el que dijo que “la luz la recibimos de Cristo siendo nosotros zarza en la que se ha posado la gloria de Dios” y la oración a la virgen en la que evocó a Juan Pablo II e hizo el ofrecimiento de una rosa de oro. Después del rezo del rosario dirigido por el mismo Papa asistieron en la explanada del santuario a la procesión de las antorchas.
El día 13 desde temprano ya estábamos en ese “lugar bendito”, en la capilla de las Apariciones, para participar junto a millares de peregrinos en la Santa Misa presidida por el Papa, que en su homilía comenzó diciendo “he venido como peregrino a Fátima, a esta “casa” que María ha elegido para hablarnos en los tiempos modernos. He venido a Fátima para alegrarme de la presencia de María y de su protección maternal. He venido a Fátima, porque hacia este lugar converge hoy la Iglesia peregrina, querida por su Hijo como instrumento suyo de evangelización y sacramento de salvación. He venido a Fátima para rezar, con María y con tantos peregrinos, por nuestra humanidad afligida por miserias y sufrimientos”. Más adelante añadió “Se engañaría quien pensase que la misión profética de Fátima haya concluido”. Al terminar la Misa dirigió a los enfermos unas palabras de aliento y de esperanza bendiciendo a ellos y a la multitud con la Eucaristía, para terminar saludando en diversas lenguas.
Los días en Fátima fueron un regalo de Dios y una vivencia inolvidable.
SEGUNDO GRUPO DE PRIMERAS COMUNIONES EN LA GUANCHA
23 de Mayo
Diecisiete niños fueron admitidos en la Solemnidad de Pentecostés a recibir la Primera Comunión como segundo grupo en nuestra parroquia de La Guancha. El templo se volvió a llenar con los padres, padrinos, familiares, invitados y fieles habituales. El rito, el mismo que el primer grupo en intervención de los niños, catequistas y padres, en medio de un silencio sobrecogedor. Al terminar el párroco agradeció a los padres, catequistas y maestros su labor, felicitó a los niños y los invitó a participar en la misa del Corpus Christi y en la procesión con el Santísimo Sacramento.
IV JORNADAS DIOCESANAS DE CATEQUESIS DE ADULTOS
25 de Mayo
Las IV jornadas Diocesanas de Catequesis de Adultos tendrán lugar el próximo Sábado 12 de Junio, en el Seminario Diocesano, en horario de 10 a 15 horas. Están dirigidas a todas las parroquias que han emprendido un proceso catecumenal de formación de adultos en la fe y para todas aquellas personas que estén interesados en esta realidad.
En la Diócesis, actualmente hay unas 35 parroquias trabajando en este proceso catequético con personas adultas. Por eso, esta jornada sirve de encuentro de estos grupos y de personas adultas que, en las comunidades cristianas, quieran comenzar este proceso, o personas adultas que les pueda ayudar a un planteamiento de profundización y renovación de su Fe.El cartel quiere provocar en nosotros la necesidad de consumir responsablemente esta realidad de la catequesis de y con adultos.
CARITAS. ENCUENTRO FESTIVO
25 de Mayo
Caritas Diocesana de Tenerife ha organizado un ENCUENTRO FESTIVO en la Plaza de la Patrona de Canarias (Candelaria) el 12 de Junio de 11 a 20 horas. La entrada será gratuita. A lo largo del día habrá teatro, cuenta cuentos, bazucadas, música, talleres, castillos hinchables, paellada, actuaciones de Ragelio Botanz, D2n2, Eclipse, Calero Joroperos, etc.
TARDE DE ORACIÓN EN EL CONVENTO DE MONJAS CONCEPCIONISTAS DE GARACHICO
25 de Mayo
Con motivo del Día de los Contemplativos, Jornada Pro Orantibus, las monjas concepcionistas franciscanas del convento de Garachico, el único convento en nuestro arciprestazgo, hacen una invitación a agradecer al Señor el don de la vida contemplativa. Bajo el lema “¡Venid, adoradores!” han organizado una tarde de oración el día 30 de Mayo con el siguiente horario:
6 de la tarde ADORACIÓN del Santísimo
7 de la tarde VÍSPERAS SOLEMNES Y REFLEXIÓN.
JORNADA PRO ORANTIBUS 2010
25 de Mayo
En el marco litúrgico de la solemnidad de la Santísima Trinidad, 30 de Mayo de 2010, nos disponemos a celebrar la Jornada Pro Orantibus donde se nos invitará a tener un recuerdo por quienes en la Iglesia han sido llamados a la vida consagrada contemplativa. Los monjes, las monjas y la vida eremítica ofrecen a la comunidad cristina y al mundo de hoy un anuncio silencioso y un testimonio humilde del misterio trinitario. Ellos sirven al reino por medio de la alabanza, la adoración, la súplica, la intercesión y el amor.
Esta jornada nos invita a reconocer el valor de la oración y de la adoración eucarística.
FIESTAS EN HONOR DE NTRA. SRA. DE COROMOTO EN LA GUANCHA DE ABAJO
30 de Mayo
Fieles a la tradición los vecinos de la Guancha de Abajo y los venidos de otros lugares se congregaron en la plaza y Ermita de Ntra. Sra. de Coromoto para participar la Eucaristía y procesión del mediodía y en el rezo del Rosario y procesión de la noche. Como nos decía el párroco en el programa de las fiestas: “Todo empezó porque alguien, un vecino emigrante en Venezuela, creyó que en ese lugar se podía ubicar y extender el culto a la Madre de Dios, la Virgen María, bajo la advocación de Nuestra Señora de Coromoto. Y así ha sido por más de cincuenta años desde su inauguración en 1957. Los vecinos pueden repetir con el Libro de Judit que la Madre de Dios ha establecido su morada en medio de su pueblo. Y en su ermita la invocan como madre todos los domingos y de una manera festiva el 8 de Septiembre y el último Domingo de Mayo”.
ZENIT nos ofrece el discurso pronunciado el viernes 21 de Mayo de 2010 por el Papa Benedicto VI, al recibir en audiencia a los miembros del Consejo Superior de las Obras Misioneras Pontificias.
Señor cardenal,
venerados Hermanos en el Episcopado y en el Sacerdocio,
queridos hermanos y hermanas
¡Sed bienvenidos! Dirijo mi cordial saludo al cardenal Ivan Dias, Prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, a quien agradezco por sus cordiales palabras, al secretario, monseñor Robert Sarah, al secretario adjunto monseñor Piergiuseppe Vacchelli, presidente de las Obras Misioneras Pontificias, a todos los colaboradores del Dicasterio, y de modo particular a los directores nacionales de las Obras Misioneras Pontificias, llegados a Roma desde todas las Iglesias para la Asamblea Ordinaria anual del Consejo Superior.
Estoy particularmente agradecido a esta Congregación, a la que el Concilio Ecuménico Vaticano II, en línea con el acto constitutivo con el que fue fundada en 1622, confirmó su tarea de “regular y coordinar, en todo el mundo, tanto la obra misionera como la cooperación misionera" (Decr. Ad gentes, 29). Es una misión inmensa, la de la evangelización, especialmente en este nuestro tiempo, en que la humanidad sufre de una cierta falta de pensamiento reflexivo y sapiencial (cfr Caritas in veritate, 19. 31) y se difunde un humanismo que excluye a Dios (cfr ibid. 78). Por esto es aún más urgente y necesario iluminar los nuevos problemas que surgen con la luz del Evangelio que no cambia. Estamos convencidos, de hecho, de que el Señor Jesucristo, testigo fiel del amor del Padre, “con su muerte y su resurrección, es la principal fuerza propulsora para el verdadero desarrollo de toda persona humana y de la humanidad entera” (ibid. 1). Al inicio de mi ministerio como Sucesor del Apóstol Pedro afirmé con fuerza: “nosotros existimos para mostrar a Dios a los hombres. Y sólo allí donde se ve a Dios, comienza verdaderamente la vida. Sólo cuando encontramos en Cristo al Dios vivo, conocemos qué es la vida… No existe nada más bello que ser alcanzados, sorprendidos por el Evangelio, por Cristo. No hay nada más bello que conocerle y comunicar a los demás la amistad con Él (Homilía al comienzo del ministerio petrino, 24 de abril de 2005). La predicación del Evangelio es un inestimable servicio que la Iglesia puede ofrecer a la humanidad entera que camina en la historia. Procedentes de las diócesis de todo el mundo, vosotros sois un signo elocuente y vivo de la catolicidad de la Iglesia, que se concreta en la respiración universal de la misión apostólica, “hasta los últimos confines de la tierra" (Hch 1,8), "hasta el fin del mundo" (Mt 28,20), para que ningún pueblo o ambiente sea privado de la luz y de la gracia de Cristo. Este es el sentido, la trayectoria histórica, la misión y la esperanza de la Iglesia.
La misión de anunciar el Evangelio a todas las gentes es juicio crítico sobre las transformaciones planetarias que están cambiando sustancialmente la cultura de la humanidad. La Iglesia, presente y operante en las fronteras geográficas y antropológicas, es portadora de un mensaje que penetra en la historia, donde proclama los valores inalienables de la persona, con el anuncio y el testimonio del plan salvífico de Dios, hecho visible y operante en Cristo. La predicación del Evangelio es la llamada a la libertad de los hijos de Dios, también para la construcción de una sociedad más justa y solidaria para prepararnos a la vida eterna. Quien participa en la misión de Cristo debe inevitablemente afrontar tribulaciones, rechazos y sufrimientos, porque se enfrenta con las resistencias y los poderes de este mundo. Y nosotros, como el apóstol Pablo, no tenemos otras armas que la palabra de Cristo y de su Cruz (cfr 1 Cor 1,22-25). La misión ad gentes reclama a la Iglesia y a los misioneros que acepten las consecuencias de su ministerio: la pobreza evangélica, que les confiere la libertad de predicar el Evangelio con valor y franqueza; la no violencia, por la que responden al mal con el bien (cfr Mt 5,38-42; Rm 12,17-21); la disponibilidad a dar la propia vida por el nombre de Cristo y por amor a los hombres.
Como el apóstol Pablo demostraba la autenticidad de su apostolado con las persecuciones, las heridas y los tormentos sufridos (cfr 2 Cor 6-7), así a persecución es prueba también e la autenticidad de nuestra misión apostólica. Pero es importante recordar que el Evangelio “toa cuerpo en las conciencias y en los corazones humanos y se expande en la historia solo en el poder del Espíritu Santo" (Juan Pablo II, Enc. Dominum et vivificantem, 64) y la Iglesia y los misioneros han sido hechos idóneos por Él para cumplir la misión a ellos confiada (cfr ibid. 25). Es el Espíritu Santo (cfr 1 Cor 14) el que une y preserva a la Iglesia, dándole la fuerza de expandirse, colmando a los discípulos de Cristo con una riqueza desbordante de carismas. Es del Espíritu Santo de donde la Iglesia recibe la autoridad del anuncio y del ministerio apostólico. Por ello deseo reafirmar con fuerza lo que ya he dicho a propósito del desarrollo (cfr Caritas in veritate, 79), es decir, que la evangelización necesita cristianos con los brazos levantados hacia Dios en el gesto de la oración, cristianos movidos por la conciencia de que la conversión del mundo a Cristo no la producimos nosotros, sino que nos es dada. La celebración del Año Sacerdotal, en verdad, nos ha ayudado a tomar mayor conciencia de que la obra misionera requiere una unión cada vez más profunda con Aquel que es el Enviado de Dios Padre para la salvación de todos; requiere compartir ese “nuevo estilo de vida” que ha sido inaugurado por el Señor Jesús y que ha sido hecho propio por los Apóstoles (cfr Discurso a los participantes en la Plenaria de la Congregación para el Clero, 16 de marzo de 2009).
Queridos amigos, de nuevo mi agradecimiento para todos vosotros de las Obras Misioneras Pontificias, que de diversos modos estáis comprometidos en tener alta la conciencia misionera de las Iglesias particulares, empujándolas a una participación más activa en la missio ad gentes, con la formación y el envío de misioneros y misioneras y la ayuda solidaria a las Iglesias jóvenes. Un vivo agradecimiento también por la acogida y la formación de presbíteros, de religiosas, de seminaristas y de laicos en los Colegios Pontificios de la Congregación. Mientras confío vuestro servicio eclesial a la protección de María Santísima, Madre de la Iglesia y Reina de los Apóstoles, de corazón os bendigo a todos.
[Traducción del original italiano por Inma Álvarez
©Libreria Editrice Vaticana]
ZENIT nos ofrece el discurso que el Papa Benedicto XVI dirigió hoy a los miembros del Consejo Pontificio para los Laicos, a quienes recibió con motivo de la celebración de su XXIV Asamblea Plenaria, con el tema “Testigos de Cristo en la comunidad política”.
Señores cardenales,
Venerados Hermanos en el Episcopado y en el Sacerdocio,
queridos hermanos y hermanas.
Os acojo con alegría a todos vosotros, Miembros y Consultores, participantes en la XXIV Asamblea plenaria del Consejo Pontificio para los Laicos. Dirijo un cordial saludo al presidente, cardenal Stanisław Ryłko, agradeciéndole por las corteses palabras que me ha dirigido, al Secretario, monseñor Josef Clemens, y a todos los presentes. La composición misma de vuestro dicasterio, donde, junto a los Pastores, trabaja una mayoría de fieles laicos procedentes del mundo entero y de las más diferentes situaciones y experiencias, ofrece una imagen significativa de la comunidad orgánica que es la Iglesia, cuyo sacerdocio común, propio de los fieles bautizados, y el sacerdocio ordenado, hunden sus raíces en el único sacerdocio de Cristo, según modalidades esencialmente diversas, pero ordenadas la una a la otra. Llegados casi a la conclusión del Año Sacerdotal, nos sentimos aún más testimonios agradecidos de la sorprendente y generosa donación y dedicación de tantos hombres “conquistados” por Cristo y configurados a Él en el sacerdocio ordenado. Día tras día, éstos acompañan el camino de los christifideles laici, proclamando la Palabra de Dios, comunicando su perdón y la reconciliación con Él, llamando a la oración y ofreciendo como alimento el Cuerpo y la Sangre del Señor. Es desde este misterio de comunión de donde los fieles sacan la energía profunda para ser testigos de Cristo en toda la concreción y el espesor de sus vidas, en todas sus actividades y ambientes.
El tema de esta Asamblea vuestra: “Testigos de Cristo en la comunidad política", reviste una particular importancia. Ciertamente, no entra dentro de la misión de la Iglesia la formación técnica de los políticos. Hay, de hecho, varias instituciones con este objetivo. Su misión es, sin embargo, “dar su juicio moral también sobre cosas que atañen al orden político, cuando esto sea requerido por los derechos fundamentales de la persona y por la salvación de las almas… utilizando todos y solo esos medios que son conformes al Evangelio y al bien de todos, según la diversidad de los tiempos y de las situaciones" (Gaudium et spes, 76). La Iglesia se concentra particularmente en educar a los discípulos de Cristo, para que sean cada vez más testigos de su Presencia, en todas partes. Toda a los fieles laicos mostrar concretamente en la vida personal y familiar, en la vida social, cultural y política, que la fe permite leer de una forma nueva y profunda la realidad y transformarla; que la esperanza cristiana alarga el horizonte limitado del hombre y le proyecta hacia la verdadera altitud de su ser, hacia Dios; que la caridad en la verdad es la fuerza más eficaz capaz de cambiar el mundo; que el Evangelio es garantía de libertad y mensaje de liberación; que los principios fundamentales de la Doctrina Social de la Iglesia – como la dignidad de la persona humana, la subsidiariedad y la solidaridad – son de gran actualidad y valor para la promoción de nuevas vías de desarrollo al servicio de todo el hombre y de todos los hombres. Compete también a los fieles laicos participar activamente en la vida política, de modo siempre coherente con las enseñanzas de la Iglesia, compartiendo razones bien fundadas y grandes ideales en la dialéctica democrática y en la búsqueda de un amplio consenso con todos aquellos a quienes importa la defensa de la vida y de la libertad, la custodia de la verdad y del bien de la familia, la solidaridad con los necesitados y la búsqueda necesaria del bien común. Los cristianos no buscan la hegemonía política o cultural, sino, allí donde se comprometen, son movidos por a certeza de que Cristo es la piedra angular de toda construcción humana (cfr Congr. para la Doctrina de la Fe, Nota Doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y al comportamiento de los católicos en la vida política, 24 nov. 2002).
Retomando la expresión de mis Predecesores, puedo afirmar yo también que la política es un ámbito muy importante del ejercicio de la caridad. Esta pide a los cristianos un fuerte compromiso para la ciudadanía, para la construcción de una vida buena en las naciones, como también para una presencia eficaz en las sedes y en los programas de la comunidad internacional. Se necesitan políticos auténticamente cristianos, pero aún más fieles laicos que san testigos de Cristo y del Evangelio en la comunidad civil y política. Esta exigencia debe estar bien presente en los itinerarios educativos de las comunidades eclesiales y requiere nuevas formas de acompañamiento y de apoyo por parte de los Pastores. La pertenencia de los cristianos a las asociaciones de los fieles, a los movimientos eclesiales y a las nuevas comunidades puede ser una buena escuela para estos discípulos y testigos, apoyados por la riqueza carismática, comunitaria, educativa y misionera propia de estas realidades.
Se trata de un desafío exigente. Los tiempos que estamos viviendo nos ponen ante problemas grandes y complejos, y la cuestión social se ha convertido, al mismo tiempo, en cuestión antropológica. Se han derrumbado los paradigmas ideológicos que pretendían, en un pasado reciente, ser la respuesta “científica” a esta cuestión. La difusión de un confuso relativismo cultural y de un individualismo utilitarista y hedonista debilita la democracia y favorece el dominio de los poderes fuertes. Hay que recuperar y revigorizar una auténtica sabiduría política; ser exigentes en lo que se refiere a la propia competencia; servirse críticamente de las investigaciones de las ciencias humanas; afrontar la realidad en todos sus aspectos, yendo más allá de todo reduccionismo ideológico o pretensión utópica; mostrarse abiertos a todo verdadero diálogo y colaboración, teniendo presente que la política es también un complejo arte de equilibrio entre ideales e intereses, pero sin olvidar nunca que la contribución de los cristianos es decisiva sólo si la inteligencia de la fe se convierte en inteligencia de la realidad, clave de juicio y de transformación. Es necesaria una verdadera “revolución del amor”. Las nuevas generaciones tienen delante de sí grandes exigencias y desafíos en su vida personal y social. Vuestro Dicasterio las sigue con particular atención, sobre todo a través de las Jornadas Mundiales de la Juventud, que desde hace 25 años producen ricos frutos apostólicos entre los jóvenes. Entre estos está también el del compromiso social y político, un compromiso fundado no sobre ideologías o intereses de parte, sino sobre la elección de servir al hombre y al bien común, a la luz del Evangelio.
Queridos amigos, mientras invoco del Señor abundantes frutos por los trabajos de esta Asamblea vuestra y por vuestra actividad cotidiana, confío a cada uno de vosotros, a vuestras familias y comunidades a la intercesión de la Beata Virgen María, Estrella de la nueva evangelización, y de corazón os imparto la Bendición Apostólica.
[Traducción del original italiano por Inma Álvarez
©Libreria Editrice Vaticana]
ZENIT nos ofrece el discurso que el Papa pronunció hoy a su llegada al aeropuerto internacional de Paphos, donde fue recibido por el Presidente de la República de Chipre, Demetris Christofias, por el Patriarca ortodoxo de Chipre, Crisóstomo II, y por los patriarcas y obispos católicos de Oriente Medio.
Señor Presidente,
Vuestra Beatitud Crisóstomo,
Vuestras Beatitudes,
Excelencias,
Distinguidas Autoridades,
Señores y Señoras,
[¡Saludos! ¡La Paz sea con vosotros! Es un gran placer para mí estar con vosotros hoy].
Señor Presidente, Le estoy vivamente agradecido por la cortés invitación a visitar la República de Chipre. Le dirijo mis cordiales saludos a usted, al Gobierno y al pueblo de esta nación, y le agradezco por las amables palabras de bienvenida. Recuerdo aún con gratitud su reciente visita al Vaticano y espero con alegría nuestro encuentro de mañana en Nicosia.
Chipre se encuentra en la encrucijada de culturas y religiones, junto con historias gloriosas y antiguas, pero que aún mantienen un impacto fuerte y visible en la vida de vuestro país. Habiendo entrado recientemente en la Unión Europea, la República de Chipre ha comenzado a notar el beneficio de intercambios económicos y políticos con los demás países europeos. Esta pertenencia ha dado a vuestro país también acceso a los mercados, a la tecnología y a conocimientos prácticos. Es mayormente auspiciable que esta pertenencia traiga prosperidad a vuestro país y que los demás países europeos, a su vez, se enriquezcan con vuestra herencia espiritual y cultural, que refleja vuestro papel histórico, al encontraros entre Europa, Asia y África. Que el amor por vuestra patria y vuestras familias y el deseo de vivir en armonía con vuestros vecinos bajo la protección misericordiosa de Dios omnipotente, os inspire para resolver pacientemente los problemas que aún compartís con la comunidad internacional para el futuro de vuestra isla.
Siguiendo las huellas de nuestros comunes en la fe, los santos Pablo y Bernabé, he venido entre vosotros como peregrino y siervo de los siervos de Dios. Desde cuando los Apóstoles trajeron el mensaje cristiano a estas orillas, Chipre ha sido bendecida por una fuerte herencia cristiana. Saludo como un hermano en la fe a Su Beatitud Crisóstomo II, arzobispo de Nueva Justiniana y de toda Chipre, y espero intensamente poder encontrar pronto a muchos otros miembros de la Iglesia ortodoxa de Chipre.
Espero también con alegría poder saludar a los demás responsables religiosos chipriotas. Espero reforzar nuestros vínculos comunes y reafirmar la necesidad de consolidar la confianza recíproca y la amistad duradera con todos aquellos que adoran al único Dios.
Como sucesor de Pedro vengo de forma especial a saludar a los católicos de Chipre para confirmarles en la fe (cfr Lc 22,32) y animarles a ser ejemplares tanto como cristianos que como ciudadanos, y a vivir plenamente su papel en la sociedad en beneficio sea de la Iglesia, sea del Estado. Durante mi permanencia entre vosotros entregaré también el Instrumentum Laboris, un documento de trabajo de cara a la Asamblea Especial para Oriente Medio del Sínodo de los Obispos, que se celebrará pronto, en Roma, este año. Esta Asamblea examinará muchos aspectos de la presencia de la Iglesia en la región y los desafíos que los católicos deben afrontar, a veces en circunstancias difíciles, viviendo la comunión con la Iglesia católica y ofreciendo su testimonio al servicio de la sociedad y del mundo. Chipre es por ello un lugar apropiado desde el que lanzar la reflexión de nuestra Iglesia sobre el lugar de la comunidad seglar católica en Oriente Medio, nuestra solidaridad con todos los cristianos de la región y nuestra convicción de que éstos tienen un papel insustituible que mantener en la paz y en la reconciliación entre sus pueblos.
Señor Presidente, queridos amigos, con estos pensamientos confío mi peregrinación a María, la Madre de Dios, y a la intercesión de los santos Pablo y Bernabé.
[Que Dios bendiga al pueblo de Chipre. ¡Que la Toda Santa os proteja siempre!]
[Traducción del texto italiano distribuido por la Santa Sede, por Inma Álvarez
©Libreria Editrice Vaticana]
ZENIT publica el discurso que pronunció Benedicto XVI en el encuentro ecuménico que mantuvo con Su Beatitud Crisóstomos II, arzobispo de Chipre, y representantes de otras confesiones cristianas, en la tarde del viernes 4 de Junio de 2010 en la iglesia de Agia Kiriaki Chrysopolitissa (conocida también como la Iglesia de la Columna de San Pablo), lugar de culto ortodoxo abierto a los católicos y a los anglicanos para la celebración eucarística.
Queridos hermanos y hermanas en Cristo:
[En griego:]
"A vosotros gracia y paz en abundancia" ( 1 Pedro 1,2). Con gran alegría os saludo a vosotros que representáis a las comunidades cristianas presentes en Chipre.
[En inglés:]
Doy las gracias a Su Beatitud Crisóstomos II por las amables palabras de bienvenida, a su eminencia Jorge, metropolita de Pafos, que nos acoge, y a quienes se han comprometido para hacer posible este encuentro. Con gusto saludo cordialmente a los cristianos de otras confesiones aquí presentes, incluidos quienes pertenecen a las comunidades armenia, luterana y anglicana.
En verdad, es una gracia extraordinaria para nosotros estar reunidos en oración en esta iglesia de Agia Kiriaki Chrysopolitissa (Iglesia de la Santísima Señora recubierta de Oro). Acabamos de escuchar la lectura de los Hechos de los Apóstoles, que nos ha recordado cómo Chipre fue la primera etapa de los viajes misioneros del apóstol Pablo (Cf.Hechos 13, 1-4). Separados por el Espíritu Santo, Pablo, junto a Bernabé, originario de Chipre, y a Marcos, el futuro evangelista, primero llegaron a Salamina, donde comenzaron a proclamar la Palabra de Dios en las sinagogas. Atravesando la isla, llegaron a Pafos, donde cerca de ese lugar predicaron en presencia del procónsul romano Sergio Paulo. Por tanto, desde este lugar, el mensaje del Evangelio comenzó a difundirse en todo el imperio y la Iglesia, fundada sobre la predicación apostólica, fue capaz de echar raíces en todo el mundo entonces conocido.
Con razón, la Iglesia en Chipre puede sentirse orgullosa de sus lazos directos con la predicación de Pablo, Bernabé y Marcos y de la comunión en la fe apostólica, que la une a todas las iglesias que tienen la misma regla de fe. Esta es la comunión real, aunque imperfecta, que ya nos une y nos impulsa a superar nuestras divisiones y luchar para restaurar la plena unidad visible que el Señor desea para todos sus seguidores. Porque, en palabras de Pablo, hay "un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la esperanza de la vocación a la que habéis sido convocados. Un Señor, una fe, un bautismo" (Efesios 4, 4-5).
La comunión eclesial en la fe apostólica es tanto un don y a la vez un llamamiento a la misión. En el pasaje de los Hechos de los Apóstoles que acabamos de escuchar, nos presenta una imagen de la unidad de la Iglesia en la oración, en la apertura a los impulsos del Espíritu a la misión. Como Pablo y Bernabé, cada cristiano, a través del bautismo, es "separado" para que testimonie proféticamente al Señor resucitado y a su evangelio de reconciliación, de misericordia y de paz. En este contexto, la asamblea especial para Oriente Medio del Sínodo de los Obispos, que se reunirá en Roma en el mes de octubre, reflexionará sobre el papel vital de los cristianos en la región, les alentará en su testimonio del Evangelio y les ayudará a promover un mayor diálogo y cooperación entre entre los cristianos de toda la zona. De manera significativa, las sesiones del Sínodo serán enriquecidas por la presencia de delegados fraternos de otras Iglesias y comunidades cristianas de la zona, como signo de compromiso común al servicio de la Palabra de Dios y de nuestra apertura a la potencia de su Gracia que reconcilia.
La unidad de todos los discípulos de Cristo es un don que hay que implorar del Padre, con la esperanza de que refuerce el testimonio del Evangelio en el mundo de hoy. El Señor rezó por la santidad y la unidad de sus discípulos precisamente para que el mundo crea (Cf. Juan17, 21). Hace exactamente cien años, en la Conferencia Misionera de Edimburgo, la aguda conciencia de que las divisiones entre los cristianos eran un obstáculo a la difusión del Evangelio dio origen al movimiento ecuménico moderno. Hoy tenemos que dar gracias al Señor, quien a través de su Espíritu, nos ha llevado --especialmente en las últimas décadas-- a redescubrir la rica herencia apostólica compartida por Oriente y Occidente y, a través de un diálogo paciente y sincero, a encontrar los caminos para volver a acercarnos el uno al otro, superando las controversias del pasado y mirando hacia un futuro mejor.
La Iglesia en Chipre, que hace de puente entre Oriente y Occidente, ha contribuido mucho a este proceso de reconciliación. El camino hacia la plena comunión no estará libre de dificultades, pero la Iglesia Católica y la Iglesia Ortodoxa de Chipre están decididas a avanzar en el diálogo y la colaboración fraterna. ¡Que el Espíritu Santo ilumine nuestras mentes y robustezca nuestra determinación para que juntos podamos llevar el mensaje de la salvación a los hombres y a las mujeres de nuestro tiempo, que tienen sed de esa verdad que ofrece libertad auténtica y salvación (Cf. Juan 8, 32), la verdad cuyo nombre es Jesucristo!
Queridos hermanos y hermanas: no puedo concluir sin evocar la memoria de los santos que han embellecido a la Iglesia en Chipre, en particular, san Epifanio, obispo de Salamina. La santidad es el signo de la plenitud de la vida cristiana, de una profunda docilidad interior al Espíritu Santo que nos llama a una conversión y a una renovación constantes, mientras nos esforzamos por conformarnos cada vez más con Cristo, nuestro Salvador. Conversión y santidad son también los medios privilegiados para abrir la mente y el corazón a la voluntad del Señor que quiere la unidad de su Iglesia. Al dar gracias por este encuentro y por el fraterno afecto que nos une, pidamos a los santos Bernabé y Epifanio, a los santos Pedro y Pablo, y a todos los santos de Dios, que bendigan nuestras comunidades, que nos conserven en la fe de los apóstoles, y que guíen nuestros pasos por el camino de la unidad, de la caridad y de la paz.
[Traducción del original inglés realizada por Jesús Colina
©Libreria Editrice Vaticana]
Comentario al evangelio del domingo de la solemnidad del Corpus Christi, publicado en Diario de Avisos el domingo 6 de Junio de 2010 bajo el epígrafe DOMINGO CRISTIANO.
El amor de los amores
Daniel Padilla
Cantemos al amor de los amores: Dios está aquí". Este es uno de los cantos más cantados el Día del Corpus Christi. Lo cantan los antiguos y los modernos. Y quienes andan metidos en el mundo de la música, reconocenen él unos valores, que quisiéramos ver reflejados en toda canción religioso-popular. Pero no nos distraigamos, vayamos al grano. Este himno eucarístico expresa, sin duda, una de las ideas clave del Corpus Christi: la presencia de Dios en el pan: "Dios está aquí". Lo proclamamos hoy en la iglesia y en la calle. Porque un hecho tan grande no podemos silenciarlo: "No podemos menos que contar lo que hemos visto y oído". Pero, ¡cuidado! Que la fiesta del Cuerpo y de la Sangre de Cristo no debe ser solamente proclamación y adoración de Cristo-Eucaristía. Sería achicar el horizonte. Cristo es, sí, pan vivo que da vida. Pero, también, pan que se reparte a todos los grupos que están sentados sobre la hierba del mundo y que han caminado como ovejas sin pastor. No olvidemos que la multiplicación de los panes y los peces ocurrió en el contexto del anuncio del Reino. La comida que Jesús repartió significaba la vida. Pero la vida que traía para todos. Por eso su eucaristía lo abarca todo: es palabra orientadora en nuestro caminar, es alimento nutritivo para nuestro diario desgaste, es clave liberadora de todas nuestras esclavitudes y es, claro que sí, derecho inalienable de todos los pobres del mundo para reclamar: "El pan nuestro de cada día dánosle hoy". Por eso Cáritas hace coincidir su día en el día del Corpus Christi. Dándonos a entender que no podemos amar a Cristo, si no lo amamos al completo: a él y a los hermanos. Caritas viene a hacer con nosotros lo que ya hizo San Pablo con los de Corinto. Les advirtió seriamente que no podían recibir el Cuerpo del Señor como lo venían haciendo. Parece ser que, cuando se reunían para celebrar la eucaristía, cayeron en lamentables indignidades. Y en el ágape que solía preceder a la fracción del pan, mientras unos banqueteaban comiendo con sibaritismo y abundancia, otros pasaban hambre, y a otros ni se les esperaba siquiera. No se andaba Pablo con chiquitas: "El que come y bebe sin apreciar el Cuerpo del Señor, se come y bebe su propia condenación". Eso viene a decirnos Cáritas hoy. El pan y el vino que adoramos -"Dios está aquí"-, son el "cuerpo y la sangre" de Jesús, sí. Pero de un Jesús que se entrega por todos. Desconocerlo es adorar a un Cristo incompleto. Sería no darnos cuenta de que todo los que hizo Cristo, todo, lo hizo por todos: la Encarnación, la proclamación de su mensaje, la transustanciación, la muerte y la Resurrección. Por eso Caritas, en su constante comunicación al Pueblo de Dios, declara constantemente: nuestro objetivo son los pobres. Y por si aún no acabamos de saber dónde están, nos especifica: "Son las personas sin esperanza ni futuro. Familias sin casa. Padres y madres sin trabajo. Niños y jóvenes sin oportunidades. Marginados, ancianos y enfermos terminales, etcétera".
Lectio divina para la solemnidad del Corpus Christi - c, ofrecida por la Delegación de Liturgia de la Diócesis de Tenerife.
LECTURA: “Lucas 9, 11b‑17”
En aquel tiempo, Jesús se puso a hablar al gentío del reino de Dios y curó a los que lo necesitaban.
Caía la tarde, y los Doce se le acercaron a decirle: «Despide a la gente; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida, porque aquí estamos en descampado.»
Él les contestó: «Dadles vosotros de comer.» Ellos replicaron: «No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para todo este gentío.» Porque eran unos cinco mil hombres.
Jesús dijo a sus discípulos: «Decidles que se echen en grupos de unos cincuenta.»
Lo hicieron así, y todos se echaron.
Él, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Comieron todos y se saciaron, y cogieron las sobras: doce cestos.
MEDITACIÓN: “Comieron todos y se saciaron”
Celebramos tu gran misterio de amor: que te has querido hacer pan en nuestra eucaristía. Pan en el que depositas toda la fuerza de tu presencia, de tu vida, de tu palabra, de tu ser. Pan para fortalecer nuestros pasos, para reorientar nuestro camino, para vislumbrar las cosas, las personas, la historia, a nosotros mismos, con ojos y mirada nueva. Para sanar las heridas de nuestras torpezas y nuestras desesperanzas y sueños rotos.
Pan que nos permite ahondar en lo más bello y profundo que late en nuestra realidad más auténtica. Pan compartido que nos permite mirarnos unos a otros, en ese compartir, para extender nuestras manos y nuestro corazón al mundo que abarcamos y poder ofrecerle lo más valioso de nuestra existencia, porque todos, por distintos que seamos formamos parte de una misma familia, la familia de los hijos de Dios. Y el sentarnos a esta mesa común nos lo recuerda y lo hace verdad.
Y lo más hermoso es, que en este abrirnos para recibirte y compartir, llegamos a experimentar que sacias, sacias nuestras hambres más profundas, y siempre sobra. Porque comerte a ti, dejarte entrar en nosotros y dejarnos entrar en ti, desde nuestra verdad más auténtica, nos permite abrirnos incansablemente al amor, al bien, a la verdad, a la paz. Nos lleva a vivir en esa búsqueda constante, y jamás terminada, de nosotros mismos, de los otros y de ti. A colaborar en el empeño, gozoso y doloroso, de construir un mundo que podamos definir auténticamente como humano. Y tú te haces pan, día tras día, para potenciar nuestro amor desde las entrañas más profundas de nuestro ser, para hacerte nuestro compañero de camino, haciendo de mis pasos, tus pasos, de mis alegrías y tristezas, las tuyas, de mi amor, el tuyo. De tu cuerpo y de tu sangre, los míos, mi propia vida.
ORACIÓN: “Nos necesitamos”
Gracias, Señor. Nadie podía imaginar que algo así pudiese suceder nunca. Nadie podía imaginar que tú, Dios, quieras entrar en nuestro corazón para alentarlo, sanarlo, y potenciarlo, desde dentro, y hacerte amor de nuestro amor, sueño de nuestros sueños.
Gracias; Señor, por el pan de la eucaristía que nos regalas, o mejor, en el que te nos regalas, y nos abres la mirada y el corazón, para vislumbrarnos en nuestro maravilloso, y también confuso, mundo, hermanos que nos necesitamos. Que tu eucaristía recibida repetidamente vaya transformando mi
CONTEMPLACIÓN: “Te haces pan”
Te haces pan
en mi camino
para fortalecer
mis pies cansados,
para levantar
mi ánimo caído,
y mantener viva
le esperanza de mis sueños.
Es tu amor que viene
en ayuda del mío,
para que no se diluya
en el transcurrir del tiempo,
apagado por los mil
avatares de la vida,
y que sin saber por qué
se muere de hambre.
Y así te haces pan,
y te haces vino.
Y así entras en mí
y me haces tuyo.
Me descubres
tu presencia viva
y me ofreces tu fuerza
para hacerla mía.
ZENIT nos ofrece el discurso que Benedicto XVI ofreció el jueves 20 de Mayo e 2010 en el Vaticano al recibir al nuevo embajador de Mongolia ante la Santa Sede, Luvsantersen Orgil, con motivo de la presentación de sus cartas credenciales.
Su Excelencia,
Me complace darle la bienvenida al Vaticano y aceptar las Cartas que le acreditan como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de Mongolia ante la Santa Sede. Estoy muy agradecido por el saludo que me ha dado del Presidente Tsakhia Elbegdorj, y le pido que le transmita mis propios buenos deseos en oración para él y para todos sus conciudadanos. Ya que su nación celebra el vigésimo aniversario de su paso a la democracia, expreso mi confianza en que los grandes progresos realizados en estos años continúen dando fruto en la consolidación de un orden social que promueve el bien común de sus ciudadanos, al tiempo que promueve sus legítimas aspiraciones para el futuro.
También aprovecho esta ocasión, Sr. Embajador, para expresar mi solidaridad y preocupación por las numerosas personas y familias que sufrieron como consecuencia del duro invierno y los efectos de las lluvias torrenciales y las inundaciones del año pasado. Como usted bien señaló, las cuestiones medioambientales, particularmente las relacionadas con el cambio climático, son cuestiones globales y deben abordarse en el ámbito global.
Como Su Excelencia ha indicado, el establecimiento de relaciones diplomáticas entre Mongolia y la Santa Sede, que tuvo lugar tras los grandes cambios sociales y políticos de hace dos décadas, son un signo del compromiso de su nación con un enriquecedor intercambio en la más amplia comunidad internacional. La religión y la cultura, como expresiones interrelacionadas de las aspiraciones más profundas de nuestra humanidad común, naturalmente sirven como incentivos para el diálogo y la cooperación entre poblaciones en el servicio a la paz y al genuino desarrollo. El auténtico desarrollo humano, en efecto, debe en cuenta toda dimensión de la persona, y así aspirar a esos bienes más altos que respetan la naturaleza espiritual del hombre y su destino último (cf. Caritas in Veritate, 11). Por esta razón, deseo expresar mi aprecio por el constante apoyo del Gobierno para garantizar la libertad religiosa. El establecimiento de una comisión, encargada de la aplicación justa de la ley y de la protección de los derechos de conciencia y el libre ejercicio de la religión, se erige como un reconocimiento de la importancia de los grupos religiosos en la estructura social y de su potencial para promocionar un futuro de armonía y prosperidad.
Señor Embajador, aprovecho esta ocasión para garantizarse el deseo de los ciudadanos católicos de Mongolia de contribuir al bien común participando plenamente en la vida de la nación. La principal misión de la Iglesia es predicar el Evangelio de Jesucristo. En fidelidad al mensaje liberador del Evangelio, busca también contribuir al progreso de toda la comunidad. Esto es lo que inspira los esfuerzos de la comunidad católica para cooperar con el Gobierno y con personas de buena voluntad por trabajar para superar todo tipo de problemas sociales. La Iglesia también está preocupada por desempeñar su función en el trabajo de la formación intelectual y humana, sobre todo educando a los jóvenes en los valores del respeto, la solidaridad y la preocupación por los menos afortunados. De esta manera, se esfuerza por servir a su Señor mostrando la preocupación caritativa por los necesitados y por el bien de toda la familia humana.
Señor Embajador, le ofrezco mis buenos deseos en oración para su misión y le garantizo la disposición de las oficinas de la Santa Sede para asistirle en el cumplimiento de sus altas responsabilidades. Confío en que su representación ayudará a consolidar las buenas relaciones existentes entre la Santa Sede y Mongolia. Sobre usted y su familia, y sobre toda la población de su nación, invoco cordialmente abundantes bendiciones divinas.
[Traducción del original inglés por Patricia Navas
© Libreria Editrice Vaticana]
ZENIT publica el discurso que dirigió Benedicto XVI el jueves 20 de Mayo de 2010 en la tarde durante el concierto en su honor que le ofreció Su Santidad Kirill I, patriarca de Moscú y de todas las Rusias.
Alabad el nombre del Señor, alabadlo, siervos del Señor. Alabad al Señor: el Señor es bueno; cantad himnos a su nombre, porque es grande. Señor, tu nombre es eterno; Señor, tu recuerdo de edad en edad. Aleluya.
Venerables hermanos, ilustres señores y señoras, queridos hermanos y hermanas:
Acabamos de escuchar, en una sublime melodía, las palabras del Salmo 135, que interpretan nuestros sentimientos de alabanza y de gratitud al Señor, así como nuestra intensa alegría interior por este momento de encuentro y de amistad con los queridos hermanos del Patriarcado de Moscú. Con motivo de mi cumpleaños y del quinto aniversario de mi elección como sucesor de Pedro, Su Santidad Kiril I, patriarca de Moscú y de todas las Rusias, ha querido ofrecerme, junto a las apreciadísimas palabras de su mensaje, este extraordinario momento musical, presentado por el metropolita Hilarion de Volokolamsk, presidente del Departamento para las Relaciones Exteriores del Patriarcado de Moscú, y autor de la Sinfonía que se acaba de interpretar.
Mi profunda gratitud, por ello, se dirige ante todo Su Santidad el patriarca Kiril. Le dirijo mi fraterno y cordial saludo, deseando profundamente que la alabanza al Señor y el compromiso por el progreso de la paz y de la concordia entre los pueblos nos unan cada vez más y nos hagan crecer en la sintonía de intenciones y en la armonía de las acciones. Doy las gracias, por tanto, de todo corazón al metropolita Hilarion, por el saludo que ha querido dirigirme, felicitándole por su creatividad artística, que hemos podido apreciar. Con él saludo con profunda simpatía a la Delegación del Patriarcado de Moscú y a los ilustres representantes del gobierno de la Federación Rusa. Dirijo mi cordial saludo a los señores cardenales y a los obispos aquí presentes, en particular al señor cardenal Walter Kasper, presidente del Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, y al arzobispo Gianfranco Ravasi, presidente del Consejo Pontificio de la Cultura, que han organizado con sus dicasterios y en cercana colaboración con los representantes del patriarcado las "Jornadas de cultura y espiritualidad rusa en el Vaticano". Saludo, además a los ilustres embajadores, a las distinguidas autoridades y a todos vosotros, queridos amigos, hermanos y hermanas, de manera particular a las comunidades rusas presentes en Roma y en Italia, que participan en este momento de alegría y de fiesta.
Sella en esta ocasión de manera verdaderamente excepcional y sugerente la música, la música de la Rusia de ayer y de hoy, que nos ha propuesto con gran maestría la Orquesta Nacional Rusa, dirigida por el maestro Carlo Ponti, por el Coro Sinodal de Moscú, por la Capilla de Cuernos de Petersburgo. Doy gracias profundamente a todos los artistas por el talento, el empeño y la pasión con la que presentan al mundo entero las obras maestras de la tradición musical rusa. En estas obras, de las que hoy hemos escuchado significativos pasajes, está presente de manera profunda el alma del pueblo ruso y con ella la fe cristiana, que encuentran una extraordinaria expresión precisamente en la liturgia divina y en el canto litúrgico que siempre la acompaña. Se da, de hecho, un íntimo lazo, originario, entre la música rusa y el canto litúrgico: en la liturgia y de la liturgia se desencadena y comienza en buena parte la creatividad artística de los músicos rusos para crear obras maestras que merecerían un mayor conocimiento en el mundo occidental. Hoy hemos tenido la alegría de escuchar pasajes de grandes artistas rusos de los siglos XIX y XX, como Mussorgsky y Rimski-Kórsakov, Chaikovski y Rajmáninov. Estos compositores, en particular el último, han sabido recurrir al rico patrimonio musical-litúrgico de la tradición rusa, volviéndolo a elaborar y armonizándolo con motivos y experiencias musicales de Occidente y más cercanos a la modernidad. En esta estela creo que debe situarse también la obra del metropolita Hliarion.
En la música, por tanto, ya se anticipa y en cierto sentido se realiza la confrontación, el diálogo, la sinergia entre Oriente y Occidente, así como entre tradición y modernidad. El venerable Juan Pablo II pensaba precisamente en una análoga visión unitaria y armoniosa de Europa cuando, al volver a presentar la imagen sugerida por Vyacheslav Ivanovich Ivanov de los "dos pulmones" con los que hay que volver a respirar, auspiciaba tomar de nuevo conciencia de las profundas y comunes raíces culturales y religiosas del continente europeo, sin las cuales la Europa de hoy quedaría como privada de un alma y marcada por una visión reductora y parcial. Precisamente para reflejar mejor estos problemas se celebró ayer el Simposio, organizado por el Patriarcado de Moscú, por el dicasterio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos y por el de la Cultura, sobre el tema "Ortodoxos y católicos en Europa de hoy. Las raíces cristianas y el patrimonio común cultural de Oriente y Occidente".
Como he afirmado en varias ocasiones, la cultura contemporánea y particularmente la europea, corre el riesgo de la amnesia, del olvido y, por tanto, del abandono del extraordinario patrimonio suscitado e inspirado por la fe cristiana, que constituye la columna vertebral esencial de la cultura europea, y no sólo de la europea. Las raíces cristianas de Europa, de hecho, quedan constituidas no sólo por la vida religiosa y el testimonio de tantas generaciones de creyentes, sino también por el inestimable patrimonio cultural y artístico, orgullo y recurso precioso de los pueblos y de los países en los que la fe cristiana, en sus diferentes manifestaciones, ha dialogado con las culturas y el arte, las ha animado e inspirado, favoreciendo y promoviendo como nunca la creatividad del genio humano. También hoy estas raíces son vivas y fecundas, en Oriente y en Occidente, y pueden, es más, deben inspirar un nuevo humanismo, una nueva estación de auténtico progreso humano, para responder eficazmente a los numerosos y en ocasiones cruciales desafíos que nuestras comunidades cristianas y nuestras sociedades tienen que afrontar, comenzando por la secularización, que no sólo lleva a prescindir de Dios y de su proyecto, sino que acaba por negar la misma dignidad humana, en una sociedad regulada únicamente por intereses egoístas.
¡Volvamos a hacer que Europa respire con sus dos pulmones, volvamos a dar un alma no sólo a los creyentes sino a todos los pueblos del continente, volvamos a promover la confianza y la esperanza, arraigándolas en la milenaria de experiencia de fe cristiana! En este momento, no puede faltar el testimonio coherente, generoso y valiente de los creyentes para que podamos mirar juntos al futuro común, un futuro en el que la libertad y la dignidad de cada hombre y de cada muer sean reconocidas como un valor fundamental y se valore la apertura al Trascendente, la experiencia de fe como dimensión constitutiva de la persona.
En el pasaje de Mussorgsky, titulado "El ángel proclamó", hemos escuchado las palabras dirigidas por el ángel a María y, por tanto, dirigidas también a nosotros: "¡Alegraos!". El motivo de la alegría es claro: Cristo ha resucitado del sepulcro "y ha resucitado de los muertos". Queridos hermanos y hermanas, la alegría de Cristo resucitado nos anima y alienta y nos apoya en nuestro camino de fe y de testimonio cristiano para ofrecer auténtica alegría y sólida esperanza al mundo, para ofrecer válidos motivos de confianza a la humanidad, a los pueblos de Europa, a quienes encomiendo a la maternal y poderosa intercesión de la Virgen María.
[Hablando en ruso, dijo:]
Renuevo mi agradecimiento al patriarca Kiril, al metropolita Hilarion, a los representantes rusos, a la orquesta, a los coros, a los organizadores y a todos los presentes.
[En italiano, concluyó:]
Que desciendan abundantes bendiciones del Señor sobre todos vosotros y sobre vuestros seres queridos.
[Traducción del original italiano realizada por Jesús Colina
©Libreria Editrice Vaticana]
Carta pastoral de monseñor Jorge Eduardo Lozano, obispo de Gualeguaychú, con motivo de la Asamblea Diocesana (25 de abril de 2010). (AICA)
I INTRODUCCIÓN
Queridos hermanos:
¡Feliz Pascua! y ¡Feliz Pentecostés!
Estamos transitando estos días tan importantes para nuestra vida. ¡Qué sería de nosotros sin la Pascua! San Pablo nos decía que “si Cristo no Resucitó es vana nuestra predicación y vana también la fe de ustedes… seríamos los hombres más dignos de lástima” (I Cor. 15, 14 ss). Es Él quien da sentido a nuestra vida y a toda nuestra tarea pastoral.
En casi todas las comunidades han participado en la primera etapa para “ver la realidad” que vivimos. En el Anexo está la síntesis de esos aportes que fueron acercados en la Misa Crismal del Miércoles Santo. Es notable cómo hubo tantas coincidencias en las propuestas. Teniendo en cuenta esos Aportes escribo esta Carta Pastoral.
¿Qué es una Carta Pastoral?
Es una carta que escribo como Pastor a las comunidades que el Señor me confía. Es un texto que escribo como obispo diocesano.
En esta Carta no están todos los planteos ni menos aún todas las respuestas. Quiere ayudar a la reflexión desde la fe en las comunidades, para buscar juntos algunos principios iluminadores.
¿Cómo trabajar esta Carta Pastoral?
Presentamos algunas preguntas orientadoras que ayudan a pensar, y que hay que contestar para recoger los aportes en cada comunidad que nos permitan seguir avanzando en este camino de Asamblea Diocesana.
Pero empecemos por el principio. Lo primero, primero. Vamos a rezar.
El Papa Juan Pablo II nos enseñó que “antes de programar las iniciativas concretas hace falta promover una espiritualidad de comunión” (Nmi 43) para que nuestra tarea brote de la contemplación del Rostro de Cristo. (cfr. id 28 – 29).
Por eso, compartimos un momento de oración con la Palabra de Dios.
Te invito a tomar el Evangelio. Vamos a leer y meditar la hermosa alegoría que nos enseña acerca de “Jesús, la verdadera vid” (Jn. 15, 1-11). Invocá al Espíritu Santo, y leé pausadamente este pasaje del Evangelio y rezalo junto con otros. Pedile al Espíritu (Maestro interior) te ayude a saborear cada renglón cada enseñanza. Algunas palabras que son clave en el relato: Padre, vid, sarmientos, fruto, vida, permanecer, amor, gozo…
Terminando este primer momento de oración, te comparto algunas reflexiones sobre los aportes de la primera etapa del VER. Debajo de cada título está expresada la Debilidad o Fortaleza consignada en la síntesis Diocesana.
II REFLEXIONAMOS A PARTIR DE LA SITUACIÓN ECLESIAL
1) Todos somos parte de la Vid. Todos somos Iglesia (falta de compromiso de los laicos en tareas pastorales)
Como fruto de la Pascua Jesús derramó la fuerza del Espíritu Santo sobre los discípulos, y los envió a bautizar y predicar. (Mt. 28, 19 – 20)
Bautizar: para que todos los hombres lleguen a ser hijos de Dios.
Predicar: para que todos sepamos cómo vivir de acuerdo a lo que Jesús enseñó. Y esto para ser felices. La fe no nos limita la vida. Al contrario, nos muestra el camino para vivir en plenitud, para que nuestro gozo sea perfecto nos decía recién Jesús. (Jn 15,11)
Por el Bautismo somos incorporados al Cuerpo de Cristo, la “verdadera vid” que es la Iglesia. Todos somos llamados a la santidad. Todos a participar de la vida de la comunidad cristiana. Todos a ser discípulos misioneros. En el Libro de los Hechos de los Apóstoles vemos cómo vivían los primeros cristianos. Ellos compartían la oración, escuchaban las enseñanzas de los Apóstoles sobre la vida de Jesús y el modo propio de vivir la fe cristiana, atendían a los pobres, salían a misionar, preparaban a quienes se iban a bautizar (cfr. Hch 4, 32-37; 5, 12 – 16). Ni en los Evangelios, ni en las cartas de San Pablo vamos a encontrar que hay cristianos de primera y otros de segunda. No, no. Todos hemos bebido de un mismo Espíritu. Todos somos las ramas y los frutos de la misma vid que es Cristo.
La fe es un regalo de Dios para compartirlo. Los dones de Dios son para el bien común de la Iglesia. No son adornos para lucir cada uno, sino bienes que Dios da para hacer crecer y embellecer a su familia.
“La falta de compromiso de los laicos en tareas pastorales” que a veces percibimos manifiesta una fe vivida débilmente, y una pertenencia floja a la comunidad. Es como si algunos dijeran: “Como no me siento parte no me comprometo”.
Pareciera que ven a la Parroquia o la Capilla como si fuera un club. “Yo pago la cuota y vengo cuando tengo ganas”. Pero sin la “pasión por la camiseta”. No todo es así, lo sabemos. Hay gran cantidad de catequistas, voluntarios de Caritas, ministros de la comunión, miembros de Comisiones diversas… gran cantidad de cristianos que entregan su tiempo, sus talentos, su aporte económico. Pero no alcanza. Tenemos que cuidarnos de no sobrecargar siempre a los mismos con exceso de actividades.
También es bueno pensar por qué la gente no se acerca más; si nosotros tenemos algo que modificar. Yo les propongo en estas páginas algunas causas posibles:
La predicación o la catequesis no es sólo decir verdades o comentar el Evangelio. Es hacer que la Palabra llegue al corazón para que “Jesucristo sea encontrado, seguido, amado, adorado, anunciado, y comunicado a todos” (DA 14). Si hablamos de Èl como contando proezas de alguien del pasado (como de San Martín que cruzó los Andes) no movemos el corazón de nadie. Anunciamos a Jesucristo que está VIVO y camina junto a nosotros. Tal vez debamos renovarnos en la fe. Los próximos puntos tienen que ver con eso: formación – espiritualidad, y conversión pastoral.
2) Necesidad de un camino de formación – espiritualidad (falta de formación de agentes pastorales y laicos en general)
El discipulado y la misión no terminan nunca. Siempre somos discípulos necesitados de aprender a los pies del Maestro. Y esta necesidad la tenemos todos: fieles laicos, religiosos, consagrados, sacerdotes, obispos; todos somos discípulos, y nunca dejamos de serlo.
Formarse es más que tratar un tema, por más importante que sea. Es encontrarnos con Jesús para que Él modele nuestro corazón de discípulo.
¿Dónde encontramos a Jesús? En muchos “lugares”. Te comento de algunos que son muy importantes:
- En la Sagrada Escritura es Dios mismo quien nos habla. Es importante conocer la Biblia y aprender a orar con ella (Lectio divina)
En la Eucaristía celebramos la presencia viva de Jesús Resucitado que se nos da como alimento. Es la oración de la familia de Dios. También en los otros sacramentos.
- En la oración personal y comunitaria Él está con nosotros. Así nos lo enseñó: “Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos” (Mt 18, 20)
- En la comunidad cristiana y en la tarea misionera.
- En los pobres, los afligidos, los enfermos, los presos (cfr. Mt 25, 37 – 40).“La misma adhesión a Jesucristo es la que nos hace amigos de los pobres y solidarios con su destino” (DA 257)
- En el Magisterio de la Iglesia. El Papa, los Obispos, nos muestran a Jesús y nos enseñan cómo seguirlo.
En todos estos “lugares” y en algunos más, Jesús se deja encontrar para ayudarnos a crecer en amistad con Él.
Te decía que la formación no es sólo tratar un tema. Tiene una dimensión espiritual que lleva a la experiencia de Encuentro con Jesús que ilumina nuestra vida y nos conduce por su Espíritu. Tiene también una dimensión intelectual que “se expresa en una reflexión seria, puesta constantemente al día a través del estudio que abre la inteligencia, con la luz de la fe, a la verdad” (DA 280). Nos capacita para el diálogo, el discernimiento, el juicio crítico de la cultura.
Hay problemáticas nuevas y viejas que requieren ser reflexionadas desde la fe.
Vivimos en un tiempo en que se ha instalado lo que el Papa llama la “dictadura del relativismo”. Como si por el simple hecho que alguien dice “yo lo pienso así” o “yo lo siento así”, eso ya fuera suficiente para que no se pueda cuestionar nada. Se va deteriorando la existencia de la Verdad misma.
Hay miradas reduccionistas acerca del ser humano, y se absolutizan cuestiones que son ciertas parcialmente. Así, por ejemplo, se afirma: “el hombre es agua”, “el hombre es impulso sexual”, “el hombre es su cuerpo”…
¿De estos temas opinamos según lo que leemos en revistas de moda o programas de TV? ¿O tenemos un juicio crítico bien fundamentado?
Después diré algo también acerca de la necesidad de la Doctrina Social de la Iglesia.
3) Necesidad de conversión pastoral (falta de comunión entre grupos: comunicación e integración)
Otro de los factores que puede desalentar el compromiso es que algunos están aferrados en sus puestos, y no permiten que haya renovación. Cuanto mucho invitamos a otros a hacer “lo que siempre se hizo y como siempre se hizo”, pero estamos poco abiertos a recibir aportes nuevos.
Cuando en una comunidad entran los celos, los chismes, las ganas de figurar, y otras mediocridades, esa comunidad pierde belleza y atractivo. Es un grupo que se mira a sí mismo y no al vasto campo que hay que cosechar.
Necesitamos ahorrar esfuerzos, conocernos más, comunicarnos y comunicar bien las cosas que hace cada grupo. Necesitamos una espiritualidad de comunión, que nos ayude a rezar juntos para trabajar juntos. Crecer en conciencia de pertenecer a la misma vid. Es imperioso fortalecer los vínculos comunitarios, en un tiempo en que la fe se vive muy aisladamente y sin una clara conciencia de familia. Muchos buscan una especie de cristianismo sin Iglesia, y hasta una religión a su medida. “La vocación a la comunión del pueblo de Dios es un llamado a la santidad comunitaria y a la misión compartida, que sólo son posibles por la acción del Espíritu. Toda la Iglesia y todos en la Iglesia estamos llamados a formar comunidades santas y misioneras”. (Nma 62)
La santidad es una vocación de cada uno y de todos. Por eso en el credo rezamos nuestra fe en la Iglesia Santa. Tan importante es la comunión que el Lema que tomamos para este tiempo de Asamblea es “sean uno para que el mundo crea” (Jn. 17)
Es importante un proceso de renovación y conversión de nuestras parroquias, capillas, comunidades educativas… (cfr. Nma 72 y DA 365)
La “conversión pastoral” busca hacernos crecer en actitudes de apertura, de diálogo y disponibilidad para impulsar la participación efectiva de todos los fieles. Nos lleva también a mirar a la Iglesia como madre que sale al encuentro de sus hijos y ofrece en cada comunidad una casa acogedora y cordial.
“La conversión pastoral de nuestras comunidades exige que se pase de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera”. (DA 370).
4) “La Iglesia existe para evangelizar” (falta espíritu misionero)
Cuando la fe queda reducida a algunas normas o prohibiciones, o una práctica esporádica o salteada no nos toca el corazón.
“Nuestra mayor amenaza “es el gris pragmatismo de la vida cotidiana de la Iglesia en el cual aparentemente todo procede con normalidad, pero en realidad la fe se va desgastando y degenerando en mezquindad”. A todos nos toca recomenzar desde Cristo, reconociendo que “no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”. (DA 12)
Por eso la misión no es una actividad más o algún proyecto a desarrollar cada tanto. Forma parte de nuestra vida cristiana. La misión es permanente.
La conversión pastoral acerca de la cual reflexionábamos recién nos lleva a dar una impronta misionera a la pastoral ordinaria, a lo que hacemos todos los días. Desde cómo atendemos en la Secretaría a quienes vienen a anotar una intención para la misa, o averiguar por un bautismo o casamiento, o pedir un certificado. También en cómo recibimos a quienes vienen a la misa, o a la catequesis o a Caritas. ¿Ellos se van con la experiencia de haber sido bien recibidos y bien tratados? ¿o tienen la sensación que nos molesta que vengan?
Parte de la misión es hacer las cosas de todos los días con el “estilo evangélico de Jesús”. Esto nos exige disponernos para acoger cordialmente, ser amables y bondadosos, dar tiempo al hermano.
La misión también es ir casa por casa llevando el testimonio y la alegría de la fe a los vecinos. En este sentido hablamos de una “dimensión geográfica” de la misión.
Pero hay también otra “dimensión ambiental o sectorial”. Por ejemplo: la escuela, el hospital, las cárceles, las diversas organizaciones de la sociedad… A todos y a todo el mundo hemos de comunicar el mensaje del Señor.
5) La familia es un tesoro (falta de participación de la familia y de una pastoral familiar)
La familia se involucra poco en la educación de los hijos. Es común escuchar a los docentes decir que los papás vienen poco a la escuela, y cuando vienen en general es para quejarse. La familia es la célula básica de la sociedad, lo sabemos y lo repetimos permanentemente. Pero cada vez los papás participan menos de la catequesis de sus hijos y de los sacramentos. Qué importante es ayudar a las familias para la oración en común. Debemos promover el diálogo entre los esposos, y entre ellos y los hijos.
Hay dos factores que golpean duro a las familias: el hedonismo e individualismo cultural, y la pobreza y exclusión social. Esta última lleva muchas veces a convivir hacinados, sin trabajo digno, y es fuente de desintegración o violencia familiar.
En tiempos de hedonismo e individualismo, es muy importante fortalecer los vínculos que unen a los miembros de una familia. Cuando hay individualismo crece el desentenderse de los demás, y los que más sufren son los más débiles y frágiles. La familia es el ámbito en el cual crecemos y nos desarrollamos como personas. Aprendemos a decir la verdad, cuidar al que está enfermo, escuchar al que necesita contar lo que le está pasando.
La familia es una pequeña Iglesia. Por eso decimos que la Iglesia es la familia de Dios. En varios cantos de la Misa rezamos diciendo que “somos la Familia de Jesús”. En la Iglesia tenemos muchos vínculos con las familias. Cuando vienen a pedir el Bautismo del hijo, a anotarlo para la primera Comunión. O en la vida cotidiana en nuestras Escuelas Católicas. También a las familias que acompañamos desde Caritas…
Hay una buena noticia de la familia; ella es uno de los tesoros más importantes de nuestros pueblos, y es patrimonio de la humanidad entera (cfr.DA 432).
El amor humano es bello y hace que la persona crezca y se desarrolle en valores, cualidades y felicidad.
Es desde este amor que entendemos la necesidad de los límites. Dejar que los niños “hagan lo que quieran” o que “elijan cuando sean grandes”, no es darles libertad, sino privarles la necesidad que tienen de ser guiados y orientados.
Es cierto que hoy cuesta mucho ser papá y ser mamá. Desde nuestras comunidades parroquiales, educativas, tenemos una hermosa misión que desplegar.
Cómo no tener el corazón puesto en aquellos hermanos y hermanas que se han separado y ahora viven en una nueva unión, de la cual han tenido otros hijos.
“En muchos casos las personas que viven estas situaciones cargan con profundos dolores por las experiencias vividas, culpas por el daño ocasionado, dudas sobre su pertenencia a la Iglesia y su situación ante Dios, y, por eso, sienten la necesidad de acogida y comprensión” (Aportes para la Pastoral Familiar, CEA 2009, Nº 129).
Recordemos las enseñanzas de Juan Pablo II: “Exhorto vivamente a los pastores y a toda la comunidad de los fieles para que ayuden a los divorciados, procurando con solícita caridad que no se consideren separados de la Iglesia, pudiendo y aun debiendo, en cuanto bautizados, participar en su vida”. (FC 84)
También hoy hay una exigencia acerca del lugar que ocupa el varón y la mujer en casa y en la sociedad. Son desafíos que se van presentando cotidianamente. De manera particular incide en los jóvenes que van dejando el sacramento del matrimonio y optan por convivir. A veces dan el paso al matrimonio con ocasión del primer hijo.
Un contraste que se da es que mientras algunos lugares mujeres optan por un embarazo cada vez más tardío, en otros se producen embarazos adolescentes. Ante el crecimiento de algunas posturas abortistas es importante promover la cultura del cuidado de la vida desde la concepción hasta la muerte natural. La vida es un don de Dios.
6. Las Fortalezas
Hemos reconocido también varias FORTALEZAS, que nos pueden ayudar de mucho.
Nuestras comunidades son solidarias y fraternas. Ante alguna necesidad social (inundaciones, desastres naturales) o situaciones particulares de alguna familia hay una reacción espontánea. Pero nos falta crecer en perseverar en los buenos propósitos una vez que el acontecimiento deja de ser noticia.
Se pondera de modo positivo la presencia y acompañamiento de los sacerdotes. Nuestra Diócesis es bendecida en vocaciones. Todas las Parroquias tienen sacerdote, aunque no en todas viviendo a tiempo completo. Es muy importante rezar por los sacerdotes y por las vocaciones sacerdotales, religiosas, consagradas. Tener un espíritu y corazón agradecido a Dios.
Nos alegramos también de laparticipación activa en la Liturgia y los Sacramentos, así también como de una espiritualidad orante que sostiene en la experiencia de encuentro con Dios. Así mismo, muchos han coincidido en que se percibe una Acción Pastoral organizada a través de catequesis, movimientos e instituciones.
Todas estas fortalezas son motivo de alegría, y no debemos descuidarlas, ya que nos sostienen en nuestro peregrinar en la Fe.
III REFLEXIONAMOS A PARTIR DE LA SITUACIÓN SOCIAL Y CULTURAL
1) Valores vs. Relativismo
Vivimos en un tiempo complejo. Casi todos los aportes recogidos coincidieron en señalar que estamos ante una profunda crisis de valores.
Hace poco una Señora me decía: “Padre, todo parece estar patas para arriba”. Así expresaba que “las cosas no están en su lugar”. Esto provoca desorientación, incertidumbre. Muchas veces podemos también dejarnos invadir por el desaliento o caer en la tentación de la impotencia.
Aunque la realidad sea muy dura, nunca hemos de olvidar que Jesucristo es el Señor de la Historia.
El relativismo nos hace caer en la trampa de que la única medida es el propio yo y la propia voluntad. Así se llega hasta justificar la corrupción (pública o privada) que se roba los dineros del pueblo aparentemente anónimos, favorecida por laimpunidad.
Hace falta reafirmar la necesidad de una ética del bien como valor estable, concreto. Cualquier cosa no da lo mismo. Hay diferencia entre la verdad y la mentira, el bien y el mal, el amor y el odio…
Hay valores que son absolutos y no son negociables.
La verdad no es fruto del consenso pasajero. La dignidad humana se fundamenta en que fuimos creados a imagen y semejanza de Dios. Los Derechos Humanos no son fruto del consenso de un Parlamento, de uno o muchos Estados.
2) Fraternidad vs. Egoísmo
Otro de los rasgos característicos de la cultura actual es el hedonismo e individualismo. Se promueven estilos de vida consumistas, materialistas, con la ilusoria fantasía de tener más para ser más. Los anhelos más nobles y profundos son reemplazados por la pretensión del éxito fácil y sin esfuerzos. Centrado en la búsqueda de placer individual como único objetivo, el hombre de hoy se vuelve egoísta e indolente ante el sufrimiento de los demás. Al perderse el sentido de fraternidad se desgasta la solidaridad y se pasa de largo ante quienes sufren.
Los pobres ya no son explotados u oprimidos sino que han llegado a ser considerados como “sobrantes y desechables”. (DA 65)
Lo que antes era pobreza, ha ido derivando en miseria y exclusión social (cfr. Nma 36).
Mucho se ha hablado de los pobres en estos años. El Papa Benedicto nos decía hace poco que “una de las pobrezas más hondas que el hombre puede experimentar es la soledad” (CIV 53).
Por eso el Documento de Aparecida nos enseña que hay que dedicar tiempo a los pobres, ser sus amigos, prestarles amable atención (cfr. DA 397 – 398)
La Iglesia nos enseña que no sólo hemos de asistir a las necesidades más urgentes, sino que también debemos comprometernos en el cambio de aquellas estructuras que son generadoras de pobreza y exclusión (cfr. DA 384 – 385 – DCE) Esta es parte de la vocación laical.
Los Obispos de Argentina hemos propuesto para este tiempo de Bicentenario del 2010 al 2016 erradicar la pobreza y promover el desarrollo integral de todos (HB 5)
3) Sentido de la vida vs. adicciones
La sociedad, nuestras comunidades, las familias están profundamente afectadas por el fenómeno de diversas adicciones. La droga, el alcohol, el juego… se ha vuelto un verdadero flagelo que lleva muchas veces a situaciones de angustia, de disolución familiar, de gran desorientación.
¿Por qué ha ido creciendo el consumo de alcohol a edades cada vez más tempranas? ¿por qué la expansión de la droga? El Papa Juan Pablo II enseñó que “La drogadicción es síntoma de un malestar existencial en un mundo sin esperanza”.
La puerta de entrada a la droga es diversa: para mitigar el hambre o el frío, para evadirse de la realidad, para desinhibirse ante el grupo, para “probar”… Y luego se pasa al tobogán de la dependencia de la sustancia. Pero el centro del problema de la adicción no es la sustancia, sino la persona.
La droga afecta especialmente a “los jóvenes que se sienten sin raíces, obligados a afrontar un presente fugaz y un futuro incierto” (La droga, sinónimo de muerte. CEA 2007, Nº 2). Ese documento de la Conferencia Episcopal nos propone caminar en tres direcciones:
- Promover la cultura de la vida, mostrando que todos somos llamados a la libertad, a la felicidad. Fomentar políticas públicas en educación y prevención. Exigir que se cumpla la ley.
- Despejar la falsa ilusión de que de la adicción se entra y se sale fácilmente. Acompañar a los adictos y sus familias.
- Denunciar que detrás de todo esto hay un gran negociado que enriquece a los mercaderes de la muerte.
Mucho podemos hacer desde nuestras comunidades parroquiales, comunidades educativas. Que bueno si logramos comunicar este mensaje a nuestros chicos: “vivir es hermoso y muy bueno”. Y a los familiares y amigos de los adictos: “estamos con vos para ayudarte”.
4) La Doctrina Social de la Iglesia
En la Oración por la Patria que se reza en muchas de nuestras comunidades, decimos: “Queremos ser Nación, una Nación cuya identidad sea la pasión por la verdad, y el compromiso por el Bien Común”. Ese bien común necesita el compromiso de todos. Debemos pasar de ser “habitantes” a ciudadanos responsables”. Los habitantes hacen uso de la Nación, buscan el propio beneficio y sólo se interesan por sus propios derechos. Los ciudadanos, además de exigir derechos se comprometen con sus deberes.
El Evangelio tiene consecuencias sociales. La Doctrina Social de la Iglesia nos enseña desde la fe, acerca de la dignidad humana, los derechos, el trabajo, la justicia, la paz, el ambiente, la familia…
“Todo camino integral de santificación implica un compromiso por el bien común social (…) Nunca hemos de disociar la santificación del cumplimiento de los compromisos sociales. Estamos llamados a una felicidad que no se alcanza en esta vida. Pero no podemos ser peregrinos al cielo si vivimos como fugitivos de la ciudad terrena” (Nma 74)
CONCLUSION
Queridos hermanos:
Les pido dejarnos conducir por el Espíritu Santo en este tiempo de Asamblea.
Él nos alienta a trabajar con entrega generosa. Él nos renueva en la esperanza. Él es nuestro Buen Pastor Resucitado. La Virgen María nos reúna y acompañe como discípulos misioneros de Jesucristo. Con mi cariño y bendición.
Mons. Jorge Lozano,obispo de Gualeguaychú
25 de abril de 2010 - Domingo del Buen Pastor
ZENIT nos ofrece el contenido de la intervención del Papa Benedicto XVI el miércoles 19 de Mayo de 2010, durante la Audiencia General concedida en la Plaza de San Pedro, a los cerca de 13.000 peregrinos presentes, procedentes de todo el mundo.
Queridos hermanos y hermanas
hoy deseo recorrer junto a vosotros las diversas etapas del Viaje apostólico que realicé en estos días pasados a Portugal, movido especialmente por un sentimiento de reconocimiento hacia la Virgen María, que en Fátima transmitió a sus videntes y a los peregrinos un intenso amor por el Sucesor de Pedro. Doy gracias a Dios que me ha dado la posibilidad de rendir homenaje a ese pueblo, a su larga y gloriosa historia de fe y de testimonio cristiano. Por tanto, como os había pedido que acompañaseis esta visita pastoral mía con la oración, ahora os pido que os unáis a mí al dar gracias a Dios por su feliz desarrollo y conclusión. A Él confío los frutos que ha traído y traerá a la comunidad eclesial portuguesa y a toda la población. Renuevo la expresión de mi vivo reconocimiento al Presidente de la República, señor Anibal Cavaco Silva y a las demás Autoridades del Estado, que me han acogido con tanta cortesía y han predispuesto cada cosa para que todo pudiese llevarse a cabo de la mejor manera posible. Con intenso afecto, recuerdo a los hermanos obispos de las diócesis portuguesas, a quienes he tenido la alegría de abrazar en su tierra, y les agradezco fraternalmente por cuanto han hecho para la preparación espiritual y organizativa de mi visita, y por el notable empeño dedicado en su realización. Dirijo un pensamiento particular al Patriarca de Lisboa, cardenal José da Cruz Policarpo, a los obispos de Leiría-Fátima, monseñor Antonio Augusto dos Santos Marto, y de Oporto, monseñor Manuel Macario do Nascimento Clemente, y a sus respectivos colaboradores, como también a los diversos organismos de la Conferencia Episcopal guiada por el obispo monseñor Jorge Ortiga.
A lo largo de todo el viaje, realizado con ocasión del décimo aniversario de la beatificación de los pastorcillos Jacinta y Francisco, me he sentido espiritualmente apoyado por mi amado predecesor, el venerable Juan Pablo II, que estuvo tres veces en Fátima, agradeciendo esa “mano invisibile” que le libró de la muerte en el atentado del trece de mayo, aquí en esta Plaza de San Pedro. La tarde de mi llegada celebré la Santa Misa en Lisboa, en el encantador escenario del Terreiro do Paço, que se asoma sobre el río Tajo. Fue una asamblea litúrgica de fiesta y de esperanza, animada por la participación gozosa de numerosísimos fieles. En la Capital, de donde partieron en el transcurso de los siglos tantos misioneros para llevar el Evangelio a muchos continentes, animé a los diversos componentes de la Iglesia local a una vigorosa acción evangelizadora en los diversos ámbitos de la sociedad, para ser sembradores de esperanza en un mundo a menudo marcado por la desconfianza. En particular, exhorté a los creyentes a hacerse anunciadores de la muerte y resurrección d Cristo, corazón del cristianismo, centro y fundamento de nuestra fe y motivo de nuestra alegría. Pude manifestar estos sentimientos también durante el encuentro con los representantes del mundo de la cultura, que se celebró en el Centro Cultural de Belém. En esta ocasión puse de manifiesto el patrimonio de valores con los que el cristianismo ha enriquecido la cultura, el arte y la tradición del Pueblo portugués. En esta noble Tierra, como en todo otro país marcado profundamente por el cristianismo, es posible construir un futuro de comprensión fraterna y de colaboración con las demás instancias culturales, abriéndose recíprocamente a un diálogo sincero y respetuoso.
Me dirigí después a Fátima, pequeña ciudad caracterizada por una atmósfera de auténtico misticismo, en la que se advierte de manera casi palpable la presencia de la Virgen. Me hice peregrino con los peregrinos en ese admirable Santuario, corazón espiritual de Portugal y meta de una multitud de personas procedentes de los lugares más diversos de la tierra. Tras haber permanecido en recogimiento orante y conmovido en la Capillita de las Apariciones en Cova da Iria, presentando al Corazón de la Virgen Santa las alegrías y las esperanzas además de los problemas y los sufrimientos del mundo entero, en la iglesia de la Santísima Trinidad tuve la alegría de presidir la celebración de las Vísperas de la Beata Virgen María. Dentro de este templo grande y moderno, manifesté mi vivo aprecio a los sacerdotes, a los religiosos, a las religiosas, a los diáconos y a los seminaristas venidos de todas partes de Portugal, agradeciéndoles por su testimonio a menudo silencioso y no siempre fácil y por su fidelidad al Evangelio y a la Iglesia. En este Año Sacerdotal, que llega a su fin, animé a los sacerdotes a dar prioridad a la escucha religiosa de la Palabra de Dios, al conocimiento íntimo de Cristo, a la intensa celebración de la Eucaristía, mirando al luminoso ejemplo del Santo Cura de Ars. No dejé de confiar y consagrar al Corazón Inmaculado de María, verdadero modelo de discípula del Señor, a los sacerdotes de todo el mundo.
Por la noche, con miles de personas que se habían dado cita en la gran explanada ante el Santuario, participé en la sugestiva procesión de las velas. Fue una estupenda manifestación de fe en Dios y de devoción a la Madre suya, expresadas con el rezo del Santo Rosario. Esta oración tan querida al pueblo cristiano encontró en Fátima un centro propulsor para toda la Iglesia y el mundo. La “Blanca Señora”, en la aparición del 13 de junio, dijo a los tres Pastorcitos: “Quiero que recéis el Rosario todos los días”. Podríamos decir que Fátima y el Rosario son casi un sinónimo.
Mi visita a ese lugar tan especial tuvo su culmen en la Celebración eucarística del 13 de mayo, aniversario de la primera aparición de la Virgen a Francisco, Jacinta y Lucía. Recordando las palabras del profeta Isaías, invité a esta inmensa asamblea reunida, con gran amor y devoción, a los pies de la Virgen a alegrarse plenamente en el Señor (cfr Is 61, 10), porque su amor misericordioso, que acompaña nuestra peregrinación sobre esta tierra, es la fuente de nuestra gran esperanza. Y precisamente de esperanza está lleno el mensaje comprometido y al mismo tiempo consolador que la Virgen dejó en Fátima. Es un mensaje centrado en la oración, en la penitencia y en la conversión, que se proyecta más allá de las amenazas, los peligros y los horrores de la historia, para invitar al hombre a tener confianza en la acción de Dios, a cultivar la gran Esperanza, a hacer experiencia de la gracia del Señor para enamorarse de Él, fuente del amor y de la paz.
En esta perspectiva, fue significativo la apasionante cita con las organizaciones de la pastoral social, a las que indiqué el estilo del buen samaritano para salir al encuentro de las necesidades de los hermanos más menesterosos y para servir a Cristo, promoviendo el bien común. Muchos jóvenes aprenden la importancia de la gratuidad precisamente en Fátima, que es una escuela de fe y de esperanza, porque es también escuela de caridad y de servicio a los hermanos. En este contexto de fe y de oración, se celebró el importante y fraternal encuentro con el Episcopado portugués, como conclusión de mi visita en Fátima: fue un momento de intensa comunión espiritual, en el que dimos juntos gracias al Señor por la fidelidad de la Iglesia que está en Portugal, y confiamos a la Virgen las esperanzas y preocupaciones pastorales comunes. Estas esperanzas y perspectivas pastorales las mencioné también en el transcurso de la Santa Misa, celebrada en la histórica y simbólica ciudad de Oporto, la “Ciudad de la Virgen”, última etapa de mi peregrinación en tierra lusa. A la gran muchedumbre de fieles reunida en la Avenida dos Aliados recordé el compromiso de testimoniar el Evangelio en todo ambiente, ofreciendo al mundo a Cristo resucitado para que cada situación de dificultad, de sufrimiento, de miedo se transforme, mediante el Espíritu Santo, en ocasión de crecimiento y de vida.
Queridos hermanos y hermanas, la peregrinación a Portugal ha sido para mí una experiencia conmovedora y rica de muchos dones espirituales. Mientras permanecen fijas en mi mente y en mi corazón las imágenes de este viaje inolvidable, la acogida calurosa y espontánea, el entusiasmo de la gente, alabo al Señor porque María, apareciéndose a los tres Pastorcillos, abrió en el mundo un espacio privilegiado para encontrar la misericordia divina que cura y salva. En Fátima, la Virgen Santa invita a todos a considerar la tierra como el lugar de nuestra peregrinación hacia la patria definitiva, que es el Cielo. En realidad todos somos peregrinos, necesitamos de la Madre que nos guía. “Contigo caminamos en la esperanza, sabiduría y misión”, es el lema de mi Viaje Apostólico a Portugal, y en Fátima la beata Virgen María nos invita a caminar con gran esperanza, dejándonos guiar por la “sabiduría de lo alto” que se ha manifestado en Jesús, la sabiduría del amor, para llevar al mundo la luz y la alegría de Cristo. Os invito, por tanto, a uniros a mi oración, pidiendo al Señor que bendiga los esfuerzos de cuantos, en esa amada Nación, se dedican al servicio del Evangelio y a la búsqueda del verdadero bien del hombre, de cada hombre. Oremos también para que, por intercesión de María Santísima, el Espíritu Santo haga fecundo este Viaje apostólico, y anime en todo el mundo la misión de la Iglesia, instituida por Cristo para anunciar a todos los pueblos el Evangelio de la verdad, de la paz y del amor.
[Traducción del original italiano por Inma Álvarez
©Libreria Editrice Vaticana]
ZENIT publica el documento final del quinto Encuentro Continental Europeo-Mediterráneo del Foro Internacional de la Acción Católica (FIAC) celebrado con el lema "Pan, vida, paz, libertad" en Cracovia y Chezstochowa del 6 al 9 de mayo de 2010.
Documento final
Cracovia, 9 de mayo 2010
El 9 de mayo, día de Europa y el 60° aniversario de la Declaración de Schuman, en Cracovia, en la fiesta litúrgica de San Estanislao, patrono de Polonia, se concluyeron los trabajos del 5° Encuentro Continental Europeo Mediterráneo del FIAC, que comenzó el 6 de mayo con la Celebración Eucarística presidida por el Cardenal Stanislaw Dziwisz.
Han participado, junto a los representantes de la Acción Católica de Polonia a nivel nacional y diocesano, representantes de España, Francia, Malta, Italia, Bosnia Herzegovina, Rumanía, Eslovaquia, Ucrania, Bielorrusia, Lituania, República Checa, Israel junto con Argentina y Burundi, países miembros del Secretariado del FIAC.
El encuentro de Polonia, en Cracovia-Lagiewniki, en el Centro Pastoral del Santuario de la Divina Misericordia, ha dado a todos la posibilidad de conocer mejor la Iglesia y la AC de este país, después que los anteriores encuentros se habían realizado en Cirkewwa-Malta en 1996, en Iasi -Rumanía en 1998, Sarajevo en Bosnia Herzegovina en 2003 y Madrid en España en 2007, un itinerario que continúa, con el deseo de caminar juntos en Europa, respirando con dos pulmones, como requiere la vocación espiritual de nuestro continente, desde el Atlántico hasta los Urales, siguiendo la escuela de Juan Pablo II.
El tema se ha centrado en cuatro palabras que se han identificado para todos los encuentros continentales, vida pan paz libertad, entre ellos en estrecha relación. Las palabras se han tomado del último mensaje de Juan Pablo II al Cuerpo Diplomático, en enero de 2005, como los desafíos para acoger a la luz del tema de la Jornada Mundial de la Paz 2005 "Vencer el mal con el bien". El FIAC los propone como una grilla para mirar la realidad de cada continente con los ojos de la fé, con humildad y confianza, sin prejuicios y sin miedo.
Los aportes han profundizado y evidenciado algunos aspectos: la responsabilidad de Europa en el mundo, la dimensión irrenunciable - también política y legislativa - de la defensa de la vida, la prioridad de la evangelización en un contexto que hace que Europa sea aún hoy un laboratorio del encuentro entre el cristianismo y las culturas, la realidad plural del continente, el deber de crecer en una ciudadanía europea y global, el aporte de la AC.
Se han identificado algunos campos fundamentales para privilegiar y así continuar construyendo un continente fraterno, abierto, acogedor, solidario y en paz:
• cultivar la pasión educativa, que está en el ADN de la Acción Católica, que pone la atención en la persona y a las personas, con una especial referencia a la familia,
• asumir el diálogo como una actitud humana y espiritual: el diálogo ecuménico, interreligioso y con las culturas en el espíritu del Concilio EcuménicoVaticano II, de la Ecclesiam Suam,
• compartir las tantas formas de pobreza - evidentes y no tan evidentes, en solidaridad, información y búsqueda de las causas y de las soluciones,
• profundizar en el conocimiento y en las potencialidades de los medios de comunicación de masa, afrontando el tema de la comunicación,
• promover la decisión de ser miembro de AC como opción significativa, en un contexto como el actual donde la atención de las relaciones humanas requiere enegías y tiempos no sólo virtuales .
Son ámbitos que requieren una adquisición global de la Doctrina los Social de la Iglesia, al estudio y a la construcción del bien común, en todos los niveles, con los hombres y las mujeres de buena voluntad.
Se señala como prioridad de carácter horizontal: la transmisión de la Fé a las generaciones más jóvenes y a su plena participación en la vida de la asociación, de la Iglesia y de la sociedad.
Se recomienda una siempre más profunda y motivada conciencia de la reciprocidad que debe caracterizar al continente europeo y que nos pertenece como expresión de nuestra catolicidad : somos laicos que viven en las Iglesias locales en Europa y en la Iglesia universal, nos comprometemos a intercambiar dones y experiencias, sobretodo entre Europa y Mediterráneo, Medio Oriente, África, reforzando el vínculo con Tierra Santa.
Han sido adoptados algunos compromisos concretos
- enviar un mensaje de solidaridad a la Conferencia Episcopal de Grecia
- promover una mayor atención y colaboración con el Consejo de las Conferencias Episcopales de Europa (CCEE) y la Comisión de Conferencias Episcopales de la Unión Europea (COMECE)
- caminar con las Iglesias del Medio Oriente hacia el Sínodo de octubre
"Europa es más que un continente. ¡Es una casa! Y la libertad encuentra su significado más profundo propio en ser una patria espiritual. Respetando plenamente la distinción entre la esfera política y la religiosa - distinción que garantiza la libertad de los ciudadanos de expresar el propio credo religioso y de vivir en sintonía con éste - deseo remarcar el rol insustituible del cristianismo en la formación de la conciencia de cada generación y para la promoción de un consenso ético fundamental, al servicio de cada persona que llama a este continente "casa"
Benedicto XVI Praga, 26 de septiembre 2009
Homilía de monseñor Francisco Polti, obispo de Santiago del Estero en la Fiesta grande de Nuestro Señor de los Milagros de Mailín (16 de mayo de 2010). (AICA)
Queridos hermanos y hermanas peregrinos en las tierras del Señor de Mailín
Venimos a esta fiesta de Nuestro Señor de Mailín convocados por El, con el convencimiento de la necesidad que tenemos del Hijo de Dios, y repitiendo una y otra vez aquella primera línea de la oración por la patria: “Jesucristo, Señor de la historia, te necesitamos”.
El reunirnos en Mailín, junto al Altar del Señor, en el domingo en que Cristo ha vencido al pecado y a la muerte por medio de la Cruz y su Resurrección, y asciende al Cielo –se va junto al padre-,a prepararnos un lugar para nosotros y a interceder por nuestras necesidades espirituales y materiales, es una manifestación clara de que en lo personal y como comunidad tenemos una gran necesidad, una gran sed de Dios: “como busca la cierva corrientes de agua -dice el salmo- así mi alma te busca, tiene sed de Dios, del Dios vivo”.
Jesucristo -como Sumo Sacerdote de la Nueva Alianza- ha ofrecido su vida día tras día sobre el altar de la cotidianeidad, hasta consumar su ofrenda en la Cruz. Con la Ascensión, nuestro Sumo Sacerdote, ha partido de este mundo. Nosotros, los cristianos, pueblo sacerdotal, asumimos su misma tarea de consagrar el mundo a Dios en el altar de la historia.
No hay ninguna actividad honesta de nuestras vidas que no pueda convertirse en hostia santa y agradable a Dios. El Concilio Vaticano II nos recuerda que todos los discípulos de Cristo, en oración continua y en alabanza a Dios, han de ofrecerse a sí mismos como sacrificio vivo, santo, y agradable a Dios (1).
En estos días de la novena, iluminados por el lema “Señor de Mailín ayúdanos a construir una nación con justicia y solidaridad” han estado reflexionando sobre el documento que los obispos argentinos escribimos con motivo del Bicentenario de nuestra Patria (2010-2016). Quería aprovechar esta ocasión para que meditemos juntos, desde este documento, sobre la realidad del trabajo humano de cada uno de nosotros como medio para “hacer” nuestra Nación.
Los Obispos al enumerar las nuevas angustias que desafían a nuestra Patria reconocíamos “una recuperación en la reducción de los niveles de pobreza e indigencia después de la crisis de 2001-2002, y que no se había logrado reducir sustancialmente el grado de la inequidad social. Asimismo asegurábamos que junto a una mejora en los índices de desempleo, el flagelo del trabajo informal sigue siendo un escollo agobiante para la real promoción de millones de argentinos” (2).
Del mismo modo, poníamos como meta para alcanzar a la luz del Bicentenario: elafianzar la educación y el trabajo como claves del desarrollo y de la justa distribución de los bienes.Decíamos:“Urge otorgar capital importancia a la educación como bien público prioritario, que genere inclusión social y promueva el cuidado de la vida, el amor, la solidaridad, la participación, la convivencia, el desarrollo integral y la paz. Una tenaz educación en valores y una formación para el trabajo, unidas a claras políticas activas, generadoras de trabajos dignos, será capaz de superar el asistencialismo desordenado, que termina generando dependencias dañinas y desigualdad” (3).
No podemos negar que nos cuesta mantener una cultura del trabajo y proyectarla con coherencia hacia el futuro. Por el contrario, los argentinos nos dejamos tentar por el éxito fácil y rápido, lo que fomenta acciones corruptas en todos los niveles, particularmente en los dirigentes. Debemos -a nivel personal- luchar contra la pereza, la mediocridad, y eliminar los celos, suspicacias, envidias, la tendencia a disminuir la importancia del trabajo de los demás, la desconfianza, la minusvaloración de los subordinados, para que nuestro trabajo vaya adquiriendo perfección humana y apueste al Bien Común de toda la sociedad.
Por tanto, el primer paso será redescubrir aquella verdad que el Papa Juan Pablo escribió sobre el trabajo: “es un bien del hombre -es un bien de la humanidad- porque mediante el trabajo el hombre no sólo transforma la naturaleza adaptándola a las propias necesidades, sino que se realiza a sí mismo como hombre, es mas, en cierto sentido se hace más hombre” (4).
Un segundo paso será actuar de cara a Dios, por razones de amor y de servicio, y así toda la acción del hombre cobra un genuino sentido sobrenatural, que mantiene unida nuestra vida a la fuente de la gracia.
Más aún, creemos que, si ofrecen su trabajo a Dios, los hombres pueden colaborar a la obra redentora de Jesucristo, quien dio al trabajo una dignidad eminente, trabajando con sus propias manos en Nazaret (5).
Que el trabajador, al santificar el trabajo y santificarse en el trabajo, procure santificar a los demás con ese mismo trabajo, señalando a todos los hombres el camino mediante el cual se pueden hacer santos.
Hoy los invito -como cada año- a dejar a los pies del Señor de Mailín, no solamente nuestra acción de gracias y las necesidades propias y de los demás hermanos, sino también el de pedir, para todos, un trabajo digno, y el propósito firme de realizar, cada jornada, una tarea mejor acabada y con un remate de amor, que lo transforma todo. Que así sea.
Mons. Francisco Polti,obispo de Santiago del Estero
Notas:
(1) CONCILIO VATICANO II, Lumen Gentium, 10.
(2) CEA, Hacia un Bicentenario en justicia y solidaridad (2010-2016), 26.
(3) CEA, Hacia un Bicentenario en justicia y solidaridad (2010-2016), 37.
(4) JUAN PABLO II, Laborem exercens, 9.
(5) CONCILIO VATICANO II, Gaudium et Spes, 67.
Subsidio litúrgico para la Misa de Clausura del Año Sacerdotal en el día del Sagrado Corazón de Jesús o domingo siguiente, ofrecido por el Servicio de Liturgia y Delegación de Vocaciones de la Diócesis de Tenerife.
MISA DE CLAUSURA DEL AÑO SACERDOTAL
(Para el día del Sagrado Corazón o domingo siguiente)
MONICIÓN DE ENTRADA
Hermanos y hermanas: Reunidos en torno a la Eucaristía, en comunión con la Iglesia Universal y a miles de sacerdotes que con sus obispos, convocado por el papa Benedicto XVI en Roma, clausuran, en este día del Sagrado Corazón de Jesús, el Año Sacerdotal (o en este domingo siguiente a la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús).
Hoy queremos dar gracias a Dios por este Año Jubilar, por el don del ministerio ordenado, por el don del sacerdocio que prolonga en el tiempo al Buen Pastor Jesucristo, que sigue guiando, alimentando y cuidando a su Iglesia. El siervo de Dios, Juan Pablo II, ha instituido la Jornada Mundial de Oración por la Santificación de los Sacerdotes precisamente en la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús.
Que el Señor siga sosteniendo la entrega de nuestros sacerdotes como fue la entrega en santidad del Santo Cura de Ars, San Juan María Vianney, modelo para todos los sacerdotes del mundo, y de tantos sacerdotes anónimos que vivieron y viven su entrega generosa cada día. Que la Virgen María, Madre de los sacerdotes guarde a nuestros pastores junto al Corazón de Cristo.
Con gozo y gratitud, iniciemos nuestra celebración.
Oración universal
Por el Papa Benedicto, nuestro Obispo Bernardo y todos los sacerdotes que forman nuestro Presbiterio Diocesano. Para que en este Año Sacerdotal hayan sido fortalecidos por nuestras oraciones, animados por nuestra generosa disponibilidad y renovados en la gracia del ministerio recibido. Roguemos al Señor.
Por los sacerdotes enfermos, por los que se encuentran en dificultades o desanimados. Para que el testimonio de San Juan María Vianney y otros santos sacerdotes les avive la esperanza y la confianza en Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote. Roguemos al Señor.
Por los sacerdotes que desde nuestra Diócesis han sido enviados a otras iglesias de misiones. Para que en esas porciones del Pueblo de Dios sean anunciadores y testigos fieles de la Buena Noticia que Jesús ha traído para todas las naciones. Roguemos al Señor.
Por nuestro Seminario y por el aumento de las vocaciones al sacerdocio. Para que en este Año Sacerdotal, los jóvenes de nuestras comunidades hayan escuchado, con más intensidad, la llamada de Dios al servicio de su pueblo. Roguemos al Señor.
Por los religiosos, consagrados y seglares que colaboran en las tareas pastorales y evangelizadoras de nuestra Iglesia. Para que teniendo en la Eucaristía la fuente de la comunión fraterna, vivan sus acciones y carismas testimoniando la unidad querida por el Señor. Roguemos al Señor.
Por los más pobres, por los que se están en paro o se encuentran en situaciones difíciles ante la crisis actual. Para que nos les falte el cuidado del Buen Pastor y la solicitud pastoral de los presbíteros haga cercano su amor. Roguemos al Señor.
Oremos por los sacerdotes que han desempeñado su ministerio pastoral entre nosotros. Que el Señor premie sus esfuerzos, desvelos y entrega por el bien de esta porción del Pueblo de Dios. Roguemos al Señor
Oremos, también, por los sacerdotes fallecidos. Que por la misericordia de Dios sean llamados a participar del banquete eterno como servidores fieles al ministerio recibido. Roguemos al Señor.
Hora Santa para la clausura del Año Sacerdotal, ofrecida por el Servicio de las Delegaciones Diocesanas de Liturgia y de Pastoral Vocacional-Diócesis Nivariense-Junio 2010l.
Clausura del “AÑO SACERDOTOTAL”
“Siete testigos del Corazón Sacerdotal de Jesús”
NOTAS-ORIENTATIVAS
1.-Objetivo:
a) Convocar a la comunidad para orar por la santificación y ministerio de los sacerdotes.
b) Acercar a la comunidad testimonios de ayer y hoy de santidad sacerdotal y compromiso orante por los sacerdotes.
2.-Materiales
-Guión para la Hora Santa
-Guión para los fieles que se puede realizar seleccionando las partes que más convengan.
-Powerpoints oración por los Sacerdotes del Cardenal Pironio que se encuentra en la página web del Obispado.
3.-Preparar
- Lo necesario para le Exposición del Santísimo
- Lo necesario para la proyección en caso que se haga
- 7 velas, o faroles para colocar junto al Santísimo.
Uno de ellas/os diferente que representa a la Virgen María.
- Guión para los fieles si se cree conveniente
- Varios lectores que proclamen bien.
- Cantos que sean apropiados.
4.-Orientaciones para el desarrollo:
Para encender las velas o faroles, o llevarlas junto al Santísimo: buscar 7 personas distintas si las hubiera: un niño, un joven, un/a consagrada, un mayor…la vela que representa a la Virgen se colocará al pie de la Custodia, en el centro. Las demás a los lados.
Monición ambiental:
Hermanos y hermanas: Nos disponemos a Clausurar el Año Sacerdotal convocado por el papa Benedicto XVI. Nos hemos reunido para dar gracias a Dios por el don del ministerio ordenado, por el don del sacerdocio que prolonga en el tiempo al Buen Pastor Jesucristo, que sigue guiando, alimentando, cuidando a su Iglesia. Que mejor que reunirnos junto a Jesús Eucaristía. ¡Ahí está el Corazón Sacerdotal de Jesús!, que continuamente se sigue ofreciendo y amándonos a todos.
Contamos con innumerables luces, testigos de santidad sacerdotal y testigos de oración y ofrenda de vida por los ministros ordenados. El siervo de Dios, Juan Pablo II, ha instituido la Jornada Mundial de Oración por la Santificación de los Sacerdotes precisamente en la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. Que el Señor siga sosteniendo la entrega de nuestros sacerdotes como fue la entrega en santidad del Santo Cura de Ars, San Juan María Vianney, modelo para todos los sacerdotes del mundo, de San Juan de Ávila, patrono del clero español, del joven sacerdote Beato Bernardo de Hoyos, primer apóstol de Corazón de Jesús en España, y de tantos sacerdotes anónimos que viven su entrega generosa cada día. Que Santa Teresita de Lisieux, que ofreció su vida por los sacerdotes y sobre todo la Virgen María, Madre Sacerdotal guarde a nuestros sacerdotes junto al Corazón de Cristo, al cual, ahora sobre el Altar, nos disponemos a adorar.
Canto de adoración
Oración
Señor Jesús, presente en el Santísimo Sacramento, que quisiste perpetuarte entre nosotros por medio de tus Sacerdotes, haz que sus palabras sean sólo las tuyas, que sus gestos sean los tuyos, que su vida sea fiel reflejo de la tuya.
Que ellos sean los hombres que hablen a Dios de los hombres y hablen a los hombres de Dios.
Que no tengan miedo al servicio, sirviendo a la Iglesia como Ella quiere ser servida.
Que sean hombres, testigos del eterno en nuestro tiempo, caminando por las sendas de la historia con tu mismo paso y haciendo el bien a todos.
Que sean fieles a sus compromisos, celosos de su vocación y de su entrega, claros espejos de la propia identidad y que vivan con la alegría del don recibido.
Te lo pedimos por tu Madre Santa María: Ella que estuvo presente en tu vida estará siempre presente en la vida de tus sacerdotes. Amen
PRIMER TESTIGO: Santo Cura de Ars
a) Reseña biográfica Lector 1:
b) San Juan Maria Vianney, el Santo Cura de Ars, nació en Lyon, Francia, en 1786. Descubrió pronto su vocación para el sacerdocio, pero fue excluido del seminario varias veces por su falta de aptitud para los estudios. Su párroco le ayudó y con cerca de treinta años fue ordenado y destinado a la parroquia de Ars donde permaneció 42 años. La transformo con su bondad, su celo pastoral y santidad de vida. Miles y miles de personas de toda condición y de toda Francia acudían hasta él para buscar consejo o reconciliarse con Dios. Murió el 4 de agosto de 1859, el papa Benedicto XVI lo ha declarado patrono de todos los sacerdotes el mundo.
Lector 1º: Encendemos la luz de Santo Cura de Ars
c) Frases del testigo:
Lector 1: San Juan María Vianney nos dice: “El sacerdocio es el amor del Corazón de Jesús. Cuando veas al sacerdote, piensa en Nuestro Señor.”
Lector 2º:
“Cuando se quiere destruir la religión, se comienza por atacar al sacerdote, porque allá donde no hay sacerdote, no hay sacrificio, y donde no hay sacrificio, no hay religión”.
Lector 2º:
“El sacerdote no es sacerdote para sí mismo. Él no se da la absolución. No se administra los sacramentos. No es para sí mismo, lo es para vosotros”.
Lector 2º:
"Fuera del Buen Dios, nada es sólido, ¡nada!, ¡nada! La vida, pasa; la fortuna, se viene abajo; la salud, se destruye; la reputación , es atacada. Vamos como el viento. Todo va rápido, todo se precipita”.
c) Silencio orante
d) Canto
SEGUNDO TESTIGO: San Juan de Ávila
a) Reseña biográfica-Lector 1:
San Juan de Ávila es una de las figuras más importante del clero español. Cuando mueren sus padres se ordena sacerdote y raparte todos sus bienes a los pobres. Quiere ir de misionero a America, pero su Obispo le dice que su “America está en Andalucía”. Se convierte el gran Apóstol de Andalucía recorriendo la región, predicando a Cristo, hasta que se retira a Montilla y se dedica al acompañamiento espiritual. Muchos santos acuden a buscar su consejo, su sabiduría. Sus escritos influyen en la creación de los seminarios promovido por el Concilio de Trento, en la renovación de la santidad de los sacerdotes. El papa Pío XII lo declara patrono de los sacerdotes de España.
Lector 2: encendemos la luz de San Juan de Ávila
b) Frases del testigo
Lector 1. San Juan de Ávila nos dice:
"¡Cuánto se enternece el corazón de un buen sacerdote cuando, teniendo al Hijo de Dios en sus manos, considera en cuán indignas manos está, comparándose con las manos de Nuestra Señora!”
Lector 2:
“¿Donde más alto se puede subir que amar a Jesucristo, que me amó y me lavó con su sangre?”
c) Breve silencio orante
d) Canto
TERCER TESTIGO: Beato Bernardo Francisco de Hoyos
a) Reseña biográfica: Lector 1:
Desde niño siente la llamada a ser sacerdote. A los 15 años Bernardo Francisco de Hoyos ingresó en la Compañía de Jesús.
Siendo estudiante en el Colegio de San Ambrosio en Valladolid recibió del Señor la “misión” de extender por España el culto y la devoción al Corazón de Jesús, totalmente desconocido hasta entonces. A pesar de su pobre salud, de ser un simple novicio, desde ese momento, 4 de mayo de 1733, se entregará por completo a esta tarea. Publica “Tesoro escondido” el primer libro en España sobre el Corazón de Jesús. Con gran originalidad y esfuerzo da a conocer esta espiritualidad. Ordenado sacerdote a los 24 años muere nueve meses después con la fama de santo, sacerdote joven entregado y enamorado del Corazón de Jesús. Es reconocido como el primer y gran apóstol de la devoción al Corazón de Jesús en España. Beatificado el 18 de abril de esta año sacerdotal 2010.
Lector 2: Encendemos la Luz del Beato Bernardo Francisco Hoyos
b) Frases del testigo:
Lector 1: Bernardo Hoyos nos dice:
Lector 2: “Al tiempo que recibir la potestad sacerdotal, sentí el cambio que se obraba en mi alma cuando dijo el Obispo `Recibe el Espíritu Santo ´ comunicándome sus gracias y dones”.
Lector 1: "También me declaró el Señor como esté sacramento del Orden mana de su Corazón, el cual me comunica la potestad de comunicar sus tesoros”
c) Breve silencio orante
d) Canto
CUARTO TESTIGO: Santa Teresita de Lisieux
a) Reseña biográfica -Lector 1:
Santa Teresita de Lisieux, desde muy pequeña siente la llamada del Señor, manifestando a su hermana mayor que se iría de monja a un desierto para vivir en oración. Cuando contaba 14 años sintió el deseo de convertirse en religiosa. Tres hermanas ya estaban en el convento. Tuvo muchos inconvenientes para su entrada al convento, pues, era una niña que constantemente estaba enferma, su corta edad no ayudaba, pero su mayor felicidad fue el permiso de su confesor para comulgar cuatro veces por semana y hasta cinco si caía una fiesta. Ya en ese entonces no aceptaban jovencitas de 15 años en el Carmelo. Esto llevo a sus padres a conversar con el Padre superior quien se negó, de ahí con el Sr. Obispo que tampoco aceptó y deciden ir a hablar incluso con el Papa a Roma. Gracias a la intervención de la madre superiora, la insistencia de Teresa y la oración del convento entero, es recibida por fin en el Monasterio del Carmelo.
Su vida fue un testimonio de amor sencillo y humilde apostando por el valor de la oración y de los pequeños actos y por los sacerdotes. Sufrió la prueba de la fe, hasta su muerte, tras unos meses de terribles padecimientos. El centro de su espiritualidad es la misericordia o amor de Dios.
Lector 2: Encendemos la luz de Santa Teresita de Lisieux.
b) Frases del testigo:
Lector 1: Santa Teresita de Lisieux nos dice:
Lector 2: “He venido al Carmelo para salvar almas, y sobre todo para orar por los sacerdotes”
Lector 1: "Lo he dado todo al corazón de Dios, rebosante de ternura... Corro ligera. Nada me queda ya, es mi única riqueza. ¡Vivir de amor!”
Lector 2: "La confianza, y nada más que la confianza, es la que debe conducirnos al amor de Dios”
Lector 1: “La santidad no consiste en ésta o la otra práctica, sino en una disposición del corazón que nos hace humildes y pequeños entre los brazos de Dios, conscientes de nuestra flaqueza y confiados hasta la audacia en su bondad de Padre”.
c) Silencio orante
d) Canto
QUINTO TESTIGO: sacerdotes anónimos
a) Reseña biográfica:
Lector 1:
¡Cuantos sacerdotes anónimos gastan su vida en fidelidad y alegría al Buen Pastor! Hacemos memoria agradecida por todos ellos. En la pastoral parroquial, con los enfermos, los matrimonios, los jóvenes, en la enseñanza, con los ancianos, en la promoción social de los excluidos, en misionera, infancia… reconciliando, celebrando los sacramentos, predicando la Palabra de Dios… en pueblos y ciudades, en barrios marginales o aldeas…Siendo el rostro de Cristo Buen Pastor
Lector 2: Encendemos la luz de tantos buenos y santos sacerdotes anónimos.
b) Frases del testigo
Lector 1: Invitamos en este momento a nuestro sacerdote, que comparta con nosotros su llamada vocacional.
(Testimonio: Si preside un sacerdote que comparta brevemente como surgió su vocación hará mucho bien a la comunidad)
c) Breve silencio orante
d) Canto
SEXTO TESTIGO: tú
a) Reseña biográfica
Lector 1: El sexto testigo del Corazón Sacerdotal de Jesús eres tú. ¡Cuantos sacerdotes han intervenido en nuestro caminar en la fe!
Desde el sacerdote que nos bautizó haciéndonos hijos de Dios, los que nos han reconciliado tantas veces con la Misericordia de Dios, nos alimentaron por primera vez con la Comunión y tantas otras veces. Cuantos nos han alentado con su palabra… Hacemos memoria agradecida por todos los sacerdotes que han presidido nuestras comunidades…Sabemos que cada sacerdote lleva un tesoro en vasijas de barro.
Lector 2: Encendemos tu luz de gratitud por los sacerdotes que te han hecho tanto bien en tu caminar de fe.
b) Frases del testigo
Lector 1: Invitamos ha hacer de manera espontánea peticiones o acción de gracias por los sacerdotes.
c) Breve silencio orante
d) Canto
SEPTIMO TESTIGO: María Virgen y Madre Sacerdotal
a) Reseña biográfica Lector 1:
Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo.»
Luego dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre.» Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa.
Lector 2: Encendemos la Luz de la Virgen María, Madre Sacerdotal, al pie de la Cruz se ofrece con Jesucristo al Padre, y nos recibe en Juan a todos como sus nuevos hijos, entre ellos de manera especial a los sacerdotes.
b) Frases del testigo
Lector 1: La Virgen María nos dice:
“He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”
Lector 2: “Y María guardaba todo en su corazón”
Lector 1: “Haced lo que él os diga”
c) Breve silencio orante
d) Canto
LETANÍA AL CORAZÓN SACERDOTAL DE JESÚS
Señor, ten misericordia de nosotros. Señor, ten…
Cristo, ten misericordia de nosotros. Cristo, ten…
Señor, ten misericordia de nosotros. Señor, ten…
Cristo, óyenos. Cristo, óyenos
Cristo, escúchanos. Cristo, escúchanos
Dios Padre Celestial, ten misericordia de nosotros
Dios Hijo, Redentor del mundo,
Dios Espíritu Santo,
Trinidad Santa que eres un solo Dios,
(a todas las invocaciones que siguen se responde "Guarda a tus sacerdotes”)
Corazón de Jesús, Hijo del Padre Eterno,
Corazón de Jesús, formado en el seno de la Virgen Madre por el Espíritu Santo,
Corazón de Jesús, al Verbo de Dios sustancialmente unido,
Corazón de Jesús, templo santo de Dios,
Corazón de Jesús, tabernáculo del Altísimo,
Corazón de Jesús, casa de Dios y Puerta del cielo,
Corazón de Jesús, horno ardiente de caridad,
Corazón de Jesús, Santuario de justicia y de amor,
Corazón de Jesús, lleno de bondad y de amor,
Corazón de Jesús, abismo de todas las virtudes,
Corazón de Jesús, digno de toda alabanza,
Corazón de Jesús, rey y centro de todos los corazones,
Corazón de Jesús, en que están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia,
Corazón de Jesús, en que mora toda la plenitud de la divinidad,
Corazón de Jesús, en que el Padre se agradó,
Corazón de Jesús, de cuya plenitud todos hemos recibido,
Corazón de Jesús, deseo de los eternos collados,
Corazón de Jesús, paciente y muy misericordioso,
Corazón de Jesús, liberal con todos los que te invocan,
Corazón de Jesús, fuente de vida y de santidad,
Corazón de Jesús, propiciación por nuestros pecados,
Corazón de Jesús, hecho obediente hasta la muerte,
Corazón de Jesús, con lanza traspasado,
Corazón de Jesús, fuente de todo consuelo,
Corazón de Jesús, vida y resurrección nuestra,
Corazón de Jesús, paz y reconciliación nuestra,
Corazón de Jesús, víctima por nuestros pecados,
Corazón de Jesús, salvación de los que en ti esperan,
Corazón de Jesús, esperanza de los que en ti mueren,
Corazón de Jesús, delicias de todos los Santos,
Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, perdónanos, Señor.
Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, escúchanos, Señor.
Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, ten misericordia de nosotros.
Jesús, manso y humilde de corazón, haz nuestro corazón semejante al tuyo.
Oremos:
¡Oh Dios todopoderoso y eterno! mira el Corazón Sacerdotal de tu Hijo y escucha nuestra oración que por medio de Él te presentamos.
Tu que nos prometiste darnos “Pastores según tu Corazón” mira a tu Iglesia que te suplica por su ministerio y santidad para el bien del mundo y del anuncio del Evangelio. Te lo pedimos fiados en tu misericordia y en el nombre de tu mismo Hijo Jesucristo quien contigo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.
Canto de Adoración
Bendición con el Santísimo de la forma acostumbrada.
REDACCIÓN DE "IGLESIA NIVARIENSE"
C. San Agustín, nº 28
38201. La Laguna. Tenerife.
Tfno. 922-25 86 40 / Extensión 8
e-mail: iglesianivariense@obispadodetenerife.es
Boletín 389
LAS NOTICIAS AMPLIADAS PUEDEN VERLAS ENTRANDO EN NUESTRO NUEVO BLOG. Textos, sonidos, e imágenes los tienen en:
http://www.comunicacionobispadodetenerife.blogspot.com/
Responsables de Cáritas Diocesana han presentado la Memoria Institucional de esta organización. Leonardo Ruiz, director de Cáritas indicó que el pasado año se atendieron 30.471 personas por parte de los servicios de esta organización católica, un dato que representan aproximadamente 11.946 familias. El Obispo en el acto llamó a los católicos a colaborar más con Cáritas para que esta organización pueda ayudar a más personas.
Asimismo, durante esta presentación también se dio a conocer la campaña institucional para el Día Nacional de Caridad que se celebra este domingo coincidiendo con el Día de Corpus. Su lema es: "si no te convence esta sociedad mercantil ofrece sin pedir nada a cambio". Con el mismo, dentro del plan bianual titulado: "Una sociedad con valores es una sociedad con futuro", se pretende invitar a vivir las relaciones con los demás desde la gratuidad, con el objetivo de promover un estilo de vida más comprometido y evangélico.
La villa palmera de Mazo celebró con toda solemnidad el JUEVES DE CORPUS CHRISTI. Un monumento a la fe. Una fiesta que, por sus arcos espectaculares, es un verdadero Corpus vertical. La celebración de la Eucaristía la presidió Eduardo Rodríguez, Delegado Diocesano de Pastoral Misionera.
Además, este domingo diferentes puntos de la geografía de nuestra Diócesis Nivariense lucirán sus alfombras y otras expresiones artísticas para celebrar el Corpus Christi. Asimismo, el próximo jueves 10 de junio, se celebrará en La Orotava la Infraoctava del Corpus. A las 18:30 horas tendrá lugar la celebración de la Eucaristía presidida por el Obispo Emérito de la Diócesis Damián Iguacen Borau.
Este viernes falta un mes para el comienzo oficial de los actos de la Bajada de la Virgen de Las Nieves, en La Palma. El izado de la Bandera en el Castillo de la Virgen y la Romería de la Bajada del Trono, marcan el inicio de quince días en los que la ciudad hace fiesta y se prepara para recibir la imagen de la Señora de Las Nieves. Este viernes, en COPE La Palma, el programa el Espejo de la Diócesis, dedicará buena parte de su emisión a este asunto.
Con ocasión de la próxima clausura del Año Sacerdotal, las delegaciones de liturgia y pastoral vocacional, han “colgado” en la web del obispado, una celebración parroquial, una hora santa y otras herramientas, para celebrar, el próximo día del sagrado corazón o el domingo siguiente.
Sor María Pilar de la Santísima Trinidad, monja clarisa, realizó su profesión solemne el pasado 30 de mayo, en el Monasterio de Santa Clara, en La Laguna. Sor María, natural de San Miguel de Geneto, ha señalado que se trató de un día de gozo. “No sé como expresar tanta gratitud a Dios. Yo me siento en sus manos. Él es quien llama, quien elige y como decimos en la liturgia de las horas, él es el que lo hace todo. Ha sido un día lleno de gracia y gratitud a Dios y a mi familia. Aunque mis padres estén ya con Dios en el cielo, sé que desde allí han intercedido por mí.”
Del 27 al 30 de mayo, en Toledo, se desarrolló el X Congreso Eucarístico Nacional con el lema “Me acercaré al altar de Dios, la alegría de mi juventud”. En el mismo participó el Obispo, Bernardo Álvarez, acompañado de siete miembros de la Adoración Nocturna pertenecientes a nuestra diócesis, los cuales se mostraron muy satisfechos de lo experimentado junto a católicos de todas las iglesias diocesanas de España.
En la capilla de la Sede del Obispado, el prelado nivariense, Bernardo Álvarez, presidió la Eucaristía y la toma de posesión de la nueva presidenta de la Junta de Hermandades y Cofradías, María del Mar Cabrera, y del Comité Ejecutivo. En el acto estuvieron presentes los vicarios episcopales de La Laguna y Santa Cruz de Tenerife, el vicario castrense, el delegado de Hermandades y Cofradías, y miembros de estas asociaciones. También participó en la celebración el alcalde de Aguere, Fernando Clavijo.
Del 2 al 4 de junio, se desarrollarán diferentes actos en la parroquia de San Antonio Abad de Arona, en memoria del sacerdote Sebastián Hernández Cabeza. Durante los tres días habrán celebraciones eucarísticas a las 18:00 horas.
Por su parte, con ocasión de las bodas de oro sacerdotales de Carlos Quintero, durante estos días se desarrollan distintas acciones pastorales en las comunidades de S. Marcos de Icod y S. José de la capital tinerfeña. Bajo el lema “Me ha tocado un lote hermoso, me encanta mi heredad”, la sociedad Centro Icodense acoge una exposición con momentos de la vida de don Carlos, así como algunas conferencias sobre el sacerdocio. El día 5, a las 18 horas, el templo de S. Marcos acogerá una Eucaristía especial para dar gracias a Dios por el ministerio de este sacerdote. Otro tanto ocurrirá el día 12 a las 12:00 horas en la parroquia Gomera de la Encarnación, en Hermigua.
Por otro lado, la parroquia de San José, en Santa Cruz de Tenerife se desarrollarán diferentes actos para celebrar las Bodas de Oro sacerdotales de Juan Fernando Pérez, del 2 al 5 de junio. La celebración de la Eucaristía será a las 19:00 horas, salvo el sábado, 5 de junio que será a las 12:30 horas, presidida por el propio Juan Fernando.
Por otro lado, Cáritas Diocesana ha invitado a quien desea asistir al Encuentro Festivo que tendrá lugar en la Plaza de la Patrona de Canarias, en la Villa Mariana, el próximo 12 de junio, a partir de las 11:00 horas. Se trata de una jornada para disfrutar con toda la familia y amigos. Además, Cáritas ha recibido este miércoles el premio de Mirame TV por su labor solidaria.
Este próximo verano, del 15 al 20 de agosto, va tener lugar en el Colegio Pureza de María de Los Realejos, un Encuentro de Experiencia de Dios, impartido según el método del Padre Ignacio Larrañaga, fundador de los Talleres de Oración y Vida (TOV). El Padre Ignacio viene impartiendo estos Encuentros por todo el mundo desde hace más de 35 años. Para reservas contactar con Ramón de la Cruz Rodríguez en el 922 22 63 64.
En el Cabildo Insular de La Palma se desarrolló la reunión de la plenaria de la Comisión mixta de patrimonio, entre el ejecutivo canario y las dos diócesis del archipiélago. Dicha reunión sirvió para abordar, entre otros asuntos, el estado de la torre de la iglesia de San Pedro, en Breña Alta. Miguel Ángel Navarro, delegado de Patrimonio, indicó que, después de mucha discusión sobre la conveniencia de desmontar la actual torre, se optó por mantenerla tal como está ya que la iglesia sufrió en los años 50-60 una transformación importante con la construcción de las naves laterales y la torre actual. Asimismo, se hizo hincapié en la rehabilitación de la espadaña antigua. Por otro lado, se trató la recuperación del antiguo camerín de la virgen y el baptisterio de la antigua parroquia de San José en Breña Baja. Además, se informó sobre las condiciones del archivo parroquial de la iglesia de El Salvador, en Santa Cruz de La Palma.
Se ha reunido en la sede lagunera del archivo histórico diocesano, la Comisión de colaboración para la protección y conservación de los bienes de titularidad eclesiástica integrantes del Patrimonio Histórico de la isla de Tenerife. A la misma asisten, entre otros, el Coordinador General del Cultura, Patrimonio y Museos del Cabildo insular de Tenerife, el Vicario de Asuntos Económicos y el Delegado de Patrimonio de la diócesis.
El periódico "La Opinión de Tenerife, con ocasión del Día de Canarias, ha editado un especial suplemento que incluye "27 maneras de ver y sentir Canarias". Una breve entrevista a distintas personas de nuestras islas, entre ellas, nuestro obispo, Bernardo Álvarez, el director de Caritas Diocesana o el prior de la Basílica de Candelaria.
El Obispo bendijo el servicio de Rehabilitación en el nuevo Edificio de Actividades Ambulatorias del Hospital Universitario de Canarias. En el acto se encontraban responsables del citado centro hospitalario, así como del servicio de rehabilitación y el capellán del hospital. El prelado nivariense agradeció los servicios que en este lugar se prestan a tantos ciudadanos para mejorar la calidad de sus vidas y dio gracias a Dios por todas las personas que hacen posible su funcionamiento cotidiano.
El próximo día 20 de junio, a las 10:30 horas, siete miembros de Acción Católica de La Vera, darán el paso de la “militancia” durante la celebración de la Eucaristía en la parroquia de Nuestra Señora de la Candelaria, en La Vera.
También Acción Católica prepara un taller-encuentro sobre el acompañamiento de grupos a celebrar en la casa de ejercicios de la capital tinerfeña el 26 y 27 de junio.
La situación del comedor social de La Milagrosa, de la calle La Noria, ha cambiado de forma sustancial en el último mes, puesto que, después de que las Hermanas de la Caridad, a través de su superiora, sor Josefina León, realizaran un llamamiento a la sociedad tinerfeña para obtener ayuda ante la escasez de alimentos que estaban experimentando a principios de mayo, "se han volcado con nosotras hasta el punto de que esta muestra de solidaridad ha generado que no tengamos espacio donde guardar los alimentos", señaló sor Josefina.
El periódico “El Día”, en su edición del 30 de mayo recoge un reportaje titulado “El pequeño oasis de San Pío”, en el cual se aborda la labor del Grupo San Pío de San Vicente de Paúl que lleva 25 años trabajando en el entorno de los barrios de Las Cabritas y San Pío con las personas más desfavorecidas. Son catorce voluntarios que de forma altruista se pasan los días laborables trabajando para ayudar a los que menos tienen sin esperar nada a cambio.
El Delegado Episcopal de Cáritas, Aurelio Feliciano y la técnico de Cáritas Diocesana, Carmen Dolores Fariña, se han reunido con los sacerdotes de servicio en la isla de El Hierro, a fin de intercambiar información sobre la realidad de la acción socio-caritativa en la isla, así como en el resto de la diócesis. En este sentido, les fue presentado el documento de reflexión "el ministerio sacerdotal en Cáritas", así como el modelo de acción social y el plan de formación para las personas que trabajan en esta organización católica. Igualmente, se dialogó sobre la campaña del Día de Caridad, la banca ética, el próximo Consejo Diocesano, así como el acto institucional a celebrar el doce de junio en el municipio de Candelaria.
10.762.000 espectadores han seguido la programación de Popular María+Visión durante el pasado mes de mayo. Esto se traduce en una media de 1.333.000 personas diarias, lo que supone un éxito de audiencia sin precedentes en la historia de nuestra televisión. Esta mejora, en espera de confirmar los datos definitivos de mayo, se ha visto reflejado también POPULAR TELEVISIÓN en Canarias, donde la audiencia de marzo a abril se triplicó, pasando de 21.000 a 64. 000
PROGRAMACIÓN EN POPULAR MARÍA VISIÓN DE CANARIAS: Ante el día de Corpus y Jornada de Caridad.
Viernes 4 de junio
Varias redifusiones sobre presentación de memoria de Cáritas 2009
19.00. Reconociendo nuestra historia (Cáritas diocesana de Canarias)
20.00.- El muro de la esperanza
21.10. Palabras de mujer
21.50. Programas sociales en Canarias de la Fundación MAPFRE Guanarteme
Sábado 5 de Junio
14.00. Programas sociales en Canarias de la Fundación Mapfre Guanarteme
14.50. El Muro de la esperanza
15.00. Reconociendo nuestra historia (Cáritas diocesana de Canarias)
Domingo 6 de Junio
15.00 y 21.55. Fe, naturaleza y arte. El Corpus en Canarias
15.15. Palabras de mujer
16.00. Programas sociales en Canarias de la Fundación Mapfre Guanarteme.
16.50. El muro de la esperanza
21.30. Cáritas
22.10. En tu calle.
* Seguimiento, en directo, del viaje del Papa a Chipre.
Comunicado de la Conferencia Episcopal del Perú, enviado a la Agencia Fides, sobre la situación que vive el país en estos momentos.
RECUPEREMOS LA ÉTICA PÚBLICA
LA CORRUPCIÓN AFECTA A LOS MÁS NECESITADOS
1. En las últimas semanas todos hemos sido testigos de escándalos de corrupción que atañen a diversas instancias de la administración pública y privada. La sociedad civil ha exigido ponerle fin a este grave problema que nos afecta como sociedad; sin embargo, el discurso, muchas veces, no se convierte en realidad. Por eso, desde la Conferencia Episcopal reafirmamos nuestro llamado e invocamos a una ética pública y a recuperar los valores ancestrales que deben regir el destino de todas las instituciones del país.
2. El uso ilegal de los recursos del Estado y la utilización de los poderes públicos en beneficio de quienes ejercen autoridad o influencia política en lugar de estar al servicio de las personas, perjudican al pueblo en su conjunto, pero principalmente a los más pobres. A través de la corrupción los sectores más necesitados pierden o disminuyen su acceso a los servicios de salud, vivienda, educación, entre otros. La corrupción, además, menoscaba la legitimidad de las instituciones e incentiva el abuso de poder, con lo cual se atenta contra la dignidad humana y se debilita la gobernabilidad democrática del país.
3. La lucha contra la corrupción constituye una necesidad nacional y un mandato urgente que los sectores más altos del gobierno deben asumir institucionalmente. En esa línea, nos preguntamos qué organismo estatal asumió el plan de lucha contra la corrupción luego de la desactivación de la Oficina Nacional Anticorrupción; y de qué forma se está fortaleciendo el rol fiscalizador de la Contraloría General de la República.
4. La corrupción es difícil de contrarrestar porque adopta múltiples formas, disminuida en un área, revive a veces en otra. El hecho mismo de denunciarla requiere valor. Para erradicarla se necesita, junto con la voluntad tenaz de las autoridades, la colaboración generosa de todos los peruanos, sostenidos por una fuerte conciencia moral que nunca debe de perderse para el bien de todos, especialmente de los más necesitados.
+ Hector Miguel Cabrejos Vidarte, OFM
Arzobispo Metropolitano de Trujillo
Presidente de la Conferencia Episcopal Peruana
ZENIT nos ofrece el mensaje, hecho público el sábado 15 de Mayo de 2010, que el Papa Benedicto XVI hizo llegar a los participantes del segundo Kirchentag ecuménico, que reúne a cristianos de distintas denominaciones y creyentes de otras confesiones sobre el tema de la esperanza.
Queridos hermanos y hermanas en Cristo,
desde Roma saludo a todos aquellos que se han reunido en la Theresienwiese en Munich para la celebración litúrgica en la apertura del segundo Kirchentag ecuménico. Recuerdo con agrado los años en que viví en la bella capital de Baviera, como arzobispo de Munich y Frisinga. Dirijo, por tanto, un saludo especial al arzobispo de Munich y Frisinga, Reinhard Marx, y al obispo regional luterano Johannes Friedrich. Saludo a todos los obispos alemanes y de muchos países del mundo y, de modo especial, también a los representantes de las demás iglesias y comunidades eclesiales y a todos los cristianos que participan en este acontecimiento ecuménico. Saludo además a los representantes de la vida pública y a todos aquellos que están presentes a través de la radio y de la televisión. ¡La paz del Señor resucitado esté con todos vosotros!
“Para que tengáis esperanza”: con este lema os habéis reunido en Munich. En un momento difícil, queréis enviar un signo de esperanza a la Iglesia y a la sociedad. Por esto os lo agradezco mucho. De hecho, nuestro mundo necesita esperanza, nuestro tiempo necesita esperanza. ¿Pero la Iglesia es lugar de esperanza? En los últimos meses nos hemos tenido que confrontar repetidamente con noticias que nos quieren quitar la alegría en la Iglesia, que la oscurecen como lugar de esperanza. Como los siervos del amo de la casa en la parábola evangélica del Reino de Dios, también nosotros queremos preguntar al Señor: “Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De donde viene la cizaña?” (Mt 13, 27). Sí, con su Palabra y con el sacrificio de su vida, el Señor sembró verdaderamente buena semilla en el campo de la tierra. Ha germinado y germina. No debemos pensar sólo en las grandes figuras luminosas de la historia, a las que la Iglesia ha reconocido con el título de “santos”, o más bien, completamente permeados por Dios, resplandecientes a partir de Él. Cada uno de nosotros conoce también a personas corrientes, que no se mencionan en ningún periódico y que no cita ninguna crónica, que a partir de la fe han madurado alcanzando una gran humanidad y bondad. Abraham, en su apasionada disputa con Dios para salvar a la ciudad de Sodoma obtuvo del Señor del Universo la seguridad de que si hay diez justos no destruirá la ciudad (cfr. Gn 18, 22-33). ¡Gracias a Dios, en nuestras ciudades hay mucho más de diez justos! Si hoy estamos un poco atentos, si no percibimos sólo la oscuridad, sino también lo que es claro y bueno en nuestro tiempo, vemos como la fe hace a los hombres puros y generosos y les educa en el amor. De nuevo: La cizaña existe también dentro d la Iglesia y entre aquellos que Dios ha acogido a su servicio de modo particular. Pero la luz de Dios no ha declinado, el grano bueno no ha sido sofocado por la siembra del mal.
“Para que tengáis esperanza”: Esta frase quiere ante todo invitarnos a no perder de vista al bien y a los buenos. Quiere invitarnos a ser nosotros mismos buenos y a volvernos buenos siempre, quiere invitarnos a discutir con Dios por el mundo, como Abraham, intentando nosotros mismos, con pasión, vivir de la justicia de Dios.
¿La Iglesia es por tanto un lugar de esperanza? Sí, porque de ella nos llega siempre de nuevo la Palabra de Dios, que nos purifica y nos muestra el camino de la fe. Lo es, porque en ella el Señor sigue donándonos a sí mismo, en la gracia de los sacramentos, en la palabra de la reconciliación, en los múltiples dones de su consolación. Nada puede oscurecer o destruir todo esto. De esto deberíamos estar contentos en medio de todas las tribulaciones. Si hablamos de la Iglesia como lugar d la esperanza que viene de Dios, entonces esto comporta, al mismo tiempo, un examen de conciencia: ¿Qué hago yo con la esperanza que el Señor nos ha dado? ¿Verdaderamente me dejo modelar por su Palabra? ¿Me dejo cambiar y curar por Él? ¿Cuanta cizaña en realidad crece dentro de mí? ¿Estoy dispuesto a desarraigarla? ¿Estoy agradecido por el don del perdón y dispuesto a perdonar y a curar a mi vez en lugar de condenar?
Preguntémonos una vez más: ¿Qué es verdaderamente la “esperanza”? Las cosas que podemos hacer por nosotros mismos no son objeto de la esperanza, sino más bien una tarea que debemos llevar a cabo con la fuerza de nuestra razón, de nuestra voluntad y de nuestro corazón. Pero si reflexionamos sobre todo lo que podemos y debemos hacer, nos damos cuenta de que no podemos hacer las cosas más grandes, las cuales nos llegan como don: la amistad, el amor, la alegría, la felicidad. Quisiera observar también una cosa: todos nosotros queremos vivir, y tampoco la vida nos la podemos dar por nosotros mismos. Casi nadie, sin embargo, habla hoy de la vida eterna, que en el pasado era el verdadero objeto de la esperanza. Dado que uno no se atreve a creer en ella, es necesario esperare obtener todo de la vida presente. Arrinconar la esperanza en la vida eterna lleva a la avidez por una vida aquí y ahora, que se convierte casi inevitablemente en egoísta y que, al final, permanece irrealizable. Precisamente cuando queremos apoderarnos de la vida como de una especie de bien, ésta se nos escapa. Pero volvamos atrás. Las cosas grandes de la vida no podemos realizarlas nosotros, podemos sólo esperarlas. La buena noticia de la fe consiste precisamente en esto: existe Aquel que puede dárnoslas. No hemos sido dejados solos. Dios vive. Dios nos ama. En Jesucristo se ha convertido en uno de nosotros. Me puedo dirigir a él y él me escucha. Por esto, como Pedro, en la confusión de nuestros tiempos, que nos persuaden en creer en tantos otros caminos, le decimos: “Señor, ¿a dónde iremos? Tu tienes palabras de vida eterna y nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios” (Jn 6, 68s).
Queridos amigos, os auguro a todos vosotros, que os habéis reunido en la Theresienwiese en Munich, que seáis de nuevo desbordados de la alegría de poder conocer a Dios, de conocer a Cristo y de que Él nos conoce, Esta es nuestra esperanza y nuestra alegría en medio de las confusiones del tiempo presente.
En el Vaticano, 10 de mayo de 2010
[Traducción de la versión italiana por Inma Álvarez
©Libreria Editrice Vaticana
ZENIT nos ofrece el mensaje conjunto que el Consejo Pontificio para la Pastoral con Migrantes e Itinerantes y el Consejo Pontificio para la Familia han hecho público con ocasión, el sábado 15 de mayode 2010, de la Jornada internacional de las Familias auspiciada por la ONU, que este año lleva por lema “El impacto de las migraciones sobre las familias del mundo”.
La Declaración Universal de los Derechos Humanos reconoce que la familia es “el elemento natural y fundamental de la sociedad” (artículo 16) y el Papa Benedicto XVI afirmó que ésta es “lugar y recurso de la cultura de la vida y factor de integración de valores” (Mensaje para la Jornada mundial del migrante y del refugiado 2007), por lo que debe ser objeto de la “más amplia protección y asistencia posibles” (Pacto de los Derechos Económicos, Sociales y Culturales, artículo 10).
Esta tiene un papel insustituible para la felicidad de sus miembros, para la paz y la cohesión social, para el desarrollo educativo y el bienestar general, para el crecimiento económico y la integración social. La solidez de los vínculos familiares, de hecho, garantiza la estabilidad, tutela el equilibrio social y promueve el desarrollo. La cohesión familiar constituye el medio vital para preservar y transmitir los valores, actúa como garante de la identidad cultural y de la continuidad histórica, asegura un ambiente favorable para el aprendizaje y ofrece remedios eficaces para la prevención del crimen y de la delincuencia.
Por tanto, la sociedad civil y las comunidades cristianas son interpeladas por los problemas y por las dificultades, pero también por los valores y los recursos de los que cada familia es portadora.
Constatamos, sin embargo, que los movimientos migratorios trazan profundos surcos en el presente histórico de los pueblos y de las ciudades, de los Estados y de los continentes. Esto afecta a los individuos, a los ciudadanos autóctonos y a los ciudadanos inmigrantes. Sobre todo, afecta a las familias. En el contexto migratorio, por tanto, la familia se coloca como desafío y posibilidad, no sólo para el migrante y para sus seres queridos, sino también para los colectivos de los países de partida y de llegada.
En efecto, junto a la tradicional migración masculina, está aumentando exponencialmente el número de mujeres que deja el país de origen para buscar una vida más digna, cultivando el sueño de atraer consigo al cónyuge, a los hijos, y quizás a los parientes más cercanos. También los menores de edad y los ancianos entran en la vorágine de los flujos migratorios, llevando consigo el triste bagaje de la pérdida, la soledad y del desarraigo, a veces intensificado por la explotación y el abuso.
Por tanto, la unidad familiar, disgregada por el proyecto migratorio, ambiciona recomponerse, también para un mayor éxito en el proceso de inserción en las sociedades de acogida.
Por estas razones, auguramos que las Instituciones competentes elaboren políticas familiares responsables, que faciliten la reagrupación, que permitan a los irregulares salir de situaciones de anonimato y de precariedad mediante vías realmente practicables y que garanticen el derecho de todos a la participación y a la corresponsabilidad, social y civil, también a través del reconocimiento del derecho de ciudadanía.
Animo, finalmente, a la adopción de medidas adecuadas que faciliten, por una parte, la inserción en el tejido social que acoge a los inmigrantes y a sus familias y, por la otra, las ocasiones de crecimiento – personal, social y eclesial – basadas en el respeto de las minorías, de las diferentes culturas y religiones, además del intercambio recíproco d valores.
La educación a la interculturalidad puede contribuir a crear una nueva sensibilidad, dirigida a instaurar relaciones más amistosas entre los individuos y entre las familias, en el ámbito de la escuela y en los de vida y trabajo, con atención prioritaria a la infancia, a los adolescentes y a los jóvenes, en un mundo de rápidos cambios.
Solidaridad y reciprocidad, en el respeto de las diferencias legítimas, son condiciones indispensables ara asegurar una interacción pacífica y un futuro sereno a nuestras sociedades civiles y a las comunidades eclesiales.
Ennio cardenal Antonelli
Presidente del Consejo Pontificio
de la Familia
monseñor Antonio Maria Vegliò
Presidente del Consejo Pontificio
de la Pastoral de Migrantes e Itinerantes
Ciudad del Vaticano, 14 de mayo de 2010
[Traducción del original italiano por Inma Álvarez]
ZENIT nos ofrece el Mensaje que la Santa Sede ha hecho público el lunes 17 de Mayo de 2010, en el que el Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso felicita a los budistas por la Fiesta del Vesakh.
Cristianos y Budistas honran la vida humana como base del respeto por todos los seres humanos
Queridos amigos budistas,
1. Con ocasión de vuestra fiesta del Vesakh, el Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso dirige sus felicitaciones y deseos cordiales de paz y alegría a todos vosotros desperdigados por el mundo. Que este mensaje pueda contribuir a reforzar los vínculos de amistad y colaboración ya existentes entre nosotros al servicio de la humanidad.
2. Aprovechamos esta ocasión para reflexionar juntos sobre un tema de particular importancia hoy, es decir, la crisis medioambiental que ya ha suscitado notables problemas y sufrimientos en todo el mundo. Los esfuerzos de nuestras dos comunidades por el compromiso en el diálogo interreligioso han contribuido a crear una nueva conciencia de la importancia social y espiritual de nuestras respectivas tradiciones religiosas en este campo. Reconocemos tener un común una manera de considerar valores como el respeto por la naturaleza de todas las cosas, la contemplación, la humildad, la compasión y la generosidad. Estos valores contribuyen a una vida de no violencia, equilibrio, y sobriedad.
3. El Papa Benedicto XVI ha señalado que “los diferentes fenómenos de degradación ambiental y las calamidades naturales... nos reclaman la urgencia del respeto debido a la naturaleza, recuperando y valorando, en la vida de cada día, una correcta relación con el medio ambiente" (Audiencia General, 26 de agosto de 2009). La Iglesia católica considera la tutela del medio ambiente como íntimamente ligada al tema del desarrollo integral de la persona humana y, por su parte, no se compromete sólo en la defensa del destino universal de los dones de la tierra, del agua y del aire, sino que anima a los demás a unir sus esfuerzos para proteger a la humanidad de la autodestrucción. Nuestra responsabilidad en proteger la naturaleza brota, de hecho, de nuestro respeto recíproco y proviene de la ley escrita en los corazones de cada hombre y mujer. En consecuencia, cuando en la sociedad se respeta la ecología humana, saca beneficio de ello también el medio ambiente (cf. Encíclica Caritas in Veritate, n. 51).
4. Cristianos y budistas nutren un profundo respeto por la vida humana. Y por ello es crucial para nosotros animar los esfuerzos dirigidos a crear un sentido de responsabilidad ecológica, y reafirmar al mismo tiempo nuestras convicciones compartidas sobre la inviolabilidad de la vida humana en cada estadio y condición, la dignidad de la persona y la misión única de la familia, en la que se aprende a amar al prójimo y a respetar la naturaleza.
5. ¡Promovamos juntos una correcta relación entre los seres humanos y el medio ambiente! Aumentando nuestros esfuerzos para la creación de una conciencia ecológica para una coexistencia serena y pacífica, podemos dar testimonio de un estilo de vida respetuoso, que encuentra sentido no en tener más, sino en ser más. Que compartiendo las perspectivas y los compromisos de nuestras respectivas tradiciones religiosas, podamos contribuir al bienestar de nuestro mundo.
Queridos amigos Budistas, os renovamos la expresión de nuestros sinceros saludos, augurándoos a todos una feliz Fiesta del Vesakh.
Cardenal Jean-Louis Tauran
Presidente
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