El Papa declarará basílica a la Sagrada Familia de Barcelona
Barcelona (España), 30
Jul. 10 (AICA)
Iglesia de la Sagrada Familia en Barcelona
El templo expiatorio de la Sagrada Familia de Barcelona, ideado por Antonio Gaudí, el 7 de noviembre próximo será proclamado Basílica por el papa Benedicto XVI, tras su dedicación al culto en una ceremonia a la que también asistirán los Reyes de España.
Lo anunció el arzobispo de Barcelona, cardenal Lluis Martínez Sistach, en una rueda de prensa celebrada ante un centenar de periodistas en la sala Gaudí del museo diocesano de Barcelona.
El purpurado explicó numerosos detalles de la estadía del Papa en Barcelona, donde, además de consagrar el templo de la Sagrada Familia, visitará la escuela para discapacitados de la fundación diocesana del Niño Dios.
Sólo 7.500 personas podrán seguir la eucaristía dentro del templo, cuya capacidad es para 10.000 personas, aunque está prevista la instalación de pantallas gigantes y la instalación de sillas en los exteriores del templo para conseguir que medio millón de personas puedan participar en la celebración.
El Cardenal explicó que las invitaciones para acceder al interior del templo se destinarán a parroquias, delegaciones diocesanas, consejos pastorales, curia, pero el deseo expreso es que haya una representación de familias, enfermos, jóvenes y discapacitados.
Procedente de Santiago de Compostela, que este año celebra Año Xacobeo, el Papa llegará a Barcelona a las 21 del sábado 6 de noviembre, y a las 9.15 del día siguiente realizará un recorrido en papamóvil hasta el templo de la Sagrada Familia, donde la misa comenzará a las 10. El vehículo dará un paseo por los alrededores del templo para poder saludar a la muchedumbre que seguirá la celebración desde el exterior.
En la celebración, en la que tendrá lugar la consagración de la iglesia, el Papa combinará el uso del catalán, el castellano y el latín.
A las 12 rezará el Ángelus en la fachada del Nacimiento del templo y, posteriormente, almorzará con los obispos.
El cardenal Sistach confirmó que el Papa visitará la Obra Benéfico Social del Niño Dios en Barcelona, cuya tarea siguen llevando las Franciscanas del Sagrado Corazón desde finales del siglo XIX, donde recibirá a familias de niños con discapacidades físicas y psíquicas o enfermedades graves. El Papa estará con estas familias, rezará con ellas y las escuchará, explicó el cardenal, que subrayó que la visita se realizará con "mucha austeridad" por deseo expreso del Papa y del Arzobispado.
Más allá de la consagración del templo, el cardenal Sistach manifestó su "sueño" de que las obras del proyecto de Gaudí culminen en 2026 cuando se cumple el centenario de la muerte del arquitecto catalán.
Por el momento, no está prevista ninguna reunión con el presidente de la Generalitat, José Montilla, y el protocolo de seguridad que rodeará la visita se está trabajando primero con el Ministerio del Interior.
Los Reyes despedirán al Papa en su regreso a Roma desde el Aeropuerto de El Prat, después de que los Príncipes de Asturias lo reciban a su llegada al Aeropuerto de Santiago.+
Reflexión de monseñor Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús para el programa radial "Compartiendo el Evangelio" para 17º domingo durante el año (25 de julio de 2010). (AICA)
San Lucas 11, 1 -13 (ciclo C)
En este Evangelio, el Señor nos habla de la importancia de la oración, que es esencial para nuestra vida. Porque cuando uno deja de rezar la vida se complica, se torna ms pesada; se hace ms oscura, se hace ms lenta, se hace ms compleja. Esto es lo que a veces nos pasa y por eso disminuye la calidad de nuestra vida y la calidad de nuestra respuesta.
La oración, en primer lugar, es respuesta a Dios, ms que pedido. Es respuesta porque el que tiene la iniciativa es Dios: El nos habla y nosotros lo escuchamos; El pone las condiciones y nosotros las asumimos o las rechazamos.
A veces, cuando uno reza mal, uno pretende reducirlo a Dios a su modo de ser, a su conveniencia. O si no uno reza y se excusa por sus insuficiencias, sus incapacidades, por su pereza; la oración es saber que Dios está cerca, frente a nosotros, al lado de nosotros y en nosotros. Es como un permanente diálogo pero suscitado por la confianza. Porque uno tiene confianza le habla, le agradece, le pide, lo trata cercanamente, con mucho respeto.
Rezamos para darnos cuenta de poder hacer su voluntad y no la propia. La voluntad de Él que es lo mejor que nos puede pasar! Por eso la oración es un hecho vital ms que verbal. A veces hacemos gala, o uso verbal de la palabra y nos quedamos en nosotros mismos. En cambio cuando uno reza y expresa verbalmente la vida, ah empieza a verse involucrado y transformado. Muchas veces nos dirigimos a Dios con la comisura de nuestros labios, pero no con la fuerza y la convicción de nuestro corazón.
Es lo que le puede pasar a un matrimonio: cuando no se hablan luego se tornan como extraños. Y es muy importante hablar, abrir el corazón, escuchar y ponerlo en práctica.
La oración es verdadera cuando uno expresa la vida y la vida es lo que es, es lo que hay que hacer, es lo que Dios nos pide, con ganas y sin ganas pero expresamos la vida! Y cuando es falsa la oración? Es falsa cuando se la disocia, cuando uno quiere convencer a Dios, cuando quiere engañar a Dios, cuando uno se engaña a s mismo. Por eso esa oración es ineficaz y débil. La vida y la oración no son separadas! Al contrario: la vida se expresa en la oración y la oración asume todo lo de nuestra vida.
Pidamos al Señor rezar, creer, confiar y decir: Señor ayúdame, ilumíname, para que yo haga tu voluntad y no la mía, que es lo mejor que me puede pasar, y cuando rece así Tú pones las condiciones y yo voluntariamente las acepto.
Les dejo mi bendición: en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén
Mons. Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús
ZENIT nos ofrece el discurso pronunciado el jueves 29 de Julio de 2010 por el Papa Benedicto XVI tras el visionado del film “Cinco años del Papa Benedicto XVI”, en la Sala de los Suizos del Palacio Apostólico de Castel Gandolfo.
Eminencia, Excelencias,
querido profesor Fuchs, querido Mandlik, queridos amigos, señores y señoras,
en este momento puedo solo decir gracias a la Radio Bávara por este viaje espiritual extraordinario, que nos ha permitido revivir y volver a ver momentos determinantes y culminantes de estos cinco años de mi servicio petrino y de la propia vida de la Iglesia misma.
Ha sido para mi personalmente muy conmovedor ver algunos momentos, sobre todo ese en el que el Señor impuso sobre mis espaldas el servicio petrino. Un peso que nadie podría llevar por sí mismo solo con sus fuerzas, sino que se puede llevar solo porque el Señor lo lleva y me lleva. Hemos visto en esta película, me parece, la riqueza de la vida de la Iglesia, la multiplicidad de las culturas, de los carismas, de los diversos dones que viven en la Iglesia y cómo en esta multiplicidad y gran diversidad vive siempre la misma, única Iglesia. Y el primado petrino tiene esta misión de hacer visible y concreta la unidad, en la multiplicidad histórica, concreta, en la unidad de presente, pasado, futuro y de la eternidad.
Hemos visto que la Iglesia también hoy, aunque sufra tanto, como sabemos, con todo es una Iglesia gozosa, no es una Iglesia envejecida, sino que hemos visto que la Iglesia es joven y que la fe crea alegría. Por ello he encontrado muy interesante, una bonita idea, la de insertar todo en el marco de la novena sinfonía de Beethoven, del “Himno de la alegría”, que expresa cómo detrás de toda la historia está la alegría de la redención. He encontrado también hermoso que el film termina con la visita a la Madre de Dios, que nos enseña la humildad, la obediencia y la alegría de que Dios está con nosotros.
[En alemán dijo]
Un cordial “Dios se lo pague” a usted, querido señor Fuchs, querido señor Mandlik y a todos sus colaboradores, por este magnífico momento que nos ha dado.
[Traducción del original en italiano por Inma Álvarez]
ZENIT publica el comentario al Evangelio del próximo domingo, XVIII del tiempo ordinario, 1 de agosto (Lucas 12,13-21), redactado por monseñor Jesús Sanz Montes, ofm, arzobispo de Oviedo, administrador apostólico de Huesca y de Jaca.
Evangelio del domingo: dios dinero
Alguien del público increpa a Jesús para que medie en una trifulca familiar a propósito de la herencia. Ese "poderoso caballero, don dinero", cupido de la codicia, es tremendamente seductor, y en las jaulas de sus señuelos han ido cayendo los hombres de todos los tiempos.
Jesús quiere, más allá de la disputa puntual que aquel suceso le planteó, desenmascarar el torpe chantaje que siempre supone el dios dinero, el ídolo del tener, la falsa seguridad de acumular. La conseja de la parábola de este Evangelio: "túmbate, come, bebe y date buena vida", la vemos corregida y aumentada, hoy igual que hace veinte siglos, por las consignas hedonistas, a las que nos empujan los adoradores de los nuevos becerros de oro: compre, consuma, cambie, aspire, goce, disfrute...
No es que Jesucristo y el cristianismo sean tristes y entristecedores, aguafiestas de la vida, pero ponen en guardia ante la propaganda fácil de una felicidad falsa. Se denuncia que poco a poco vayamos creyéndonos todos que el problema de nuestra felicidad depende de lo que tengo y acumulo. El problema viene cuando nos quitamos el disfraz del personaje y emerge la realidad de la persona, el drama viene cuando en el camerino de nuestra intimidad nos quitamos los maquillajes sociales y aparecen las arrugas de nuestra alma que habíamos camuflado bajo tantas apariencias.
Y cuando los profetas del consumo van llevando nuestra insatisfecha sociedad al jardín de las delicias de dios dinero; y cuando logrado el objetivo propuesto de adquirir o disfrutar de lo que se nos prometía lo último de lo último, seguimos masticando la tristeza y el hastío; y cuando en esta interminable espiral de ansiedad constatamos que nos falta demasiado para vivir felizmente; y cuando entrando al trapo del consumo, del dinero y del placer inhumano, lo que mayormente conseguimos es agobio, vanidad, enfrentamiento, ansiedad, injusticias, deshumanización... etc, entonces miramos los cristianos a Jesús, como aquellos otros hicieron hace dos mil años, y creemos que la única riqueza que no mancha, ni corrompe, ni ofende, ni destruye, es esa de la cual hablaba Él: "no amasar riquezas para sí, sino ser rico ante Dios".
Entonces, a la luz de este Evangelio, comprendemos que efectivamente Jesús no es rival de lo bueno, ni de lo bello, ni de lo gozoso, pero sí es implacable contra todo intento deshumanizador que pretende comprar y vender la felicidad y la dicha, bajo una bondad, una belleza y una alegría que son falsas, sencillamente falsas.
Reflexión de José Antonio Pagola para el evangelio del domingo dieciocho de l Tiempo Ordinario, ofrecido por la Delegación de Enseñanza de la diócesis de Tenerife.
DESENMASCARAR LA INSENSATEZ
El protagonista de la pequeña parábola del "rico insensato" es un terrateniente como aquellos que conoció Jesús en Galilea. Hombres poderosos que explotaban sin piedad a los campesinos, pensando sólo en aumentar su bienestar. La gente los temía y envidiaba: sin duda eran los más afortunados. Para Jesús, son los más insensatos.
Sorprendido por una cosecha que desborda sus expectativas, el rico propietario se ve obligado a reflexionar: «¿Qué haré?». Habla consigo mismo. En su horizonte no aparece nadie más. No parece tener esposa, hijos, amigos ni vecinos. No piensa en los campesinos que trabajan sus tierras. Sólo le preocupa su bienestar y su riqueza: mi cosecha, mis graneros, mis bienes, mi vida...
El rico no se da cuenta de que vive encerrado en sí mismo, prisionero de una lógica que lo deshumaniza vaciándolo de toda dignidad. Sólo vive para acumular, almacenar y aumentar su bienestar material: «Construiré graneros más grandes, y almacenaré allí todo el grano y el resto de mi cosecha. Y entonces me diré a mí mismo: Hombre, tienes bienes acumulados para muchos años; túmbate, come y date buena vida».
De pronto, de manera inesperada, Jesús le hace intervenir al mismo Dios. Su grito interrumpe los sueños e ilusiones del rico: «Necio, esta noche te van a exigir la vida. Lo que has acumulado, ¿de quién será?». Ésta es la sentencia de Dios: la vida de este rico es un fracaso y una insensatez.
Agranda sus graneros, pero no sabe ensanchar el horizonte de su vida. Acrecienta su riqueza, pero empequeñece y empobrece su vida. Acumula bienes, pero no conoce la amistad, el amor generoso, la alegría ni la solidaridad. No sabe dar ni compartir, sólo acaparar. ¿Qué hay de humano en esta vida?
La crisis económica que estamos sufriendo es una "crisis de ambición": los países ricos, los grandes bancos, los poderosos de la tierra... hemos querido vivir por encima de nuestras posibilidades, soñando con acumular bienestar sin límite alguno y olvidando cada vez más a los que se hunden en la pobreza y el hambre. Pero, de pronto nuestra seguridad se ha venido abajo.
Esta crisis no es una más. Es un "signo de los tiempos" que hemos de leer a la luz del evangelio. No es difícil escuchar la voz de Dios en el fondo de nuestras conciencias: "Basta ya de tanta insensatez y tanta insolidaridad cruel". Nunca superaremos nuestras crisis económicas sin luchar por un cambio profundo de nuestro estilo de vida: hemos de vivir de manera más austera; hemos de compartir más nuestro bienestar.
José Antonio Pagola
Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
1 de agosto de 2010
18 Tiempo ordinario (C)
Lucas 11, 13-21
Homilía de monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas, para el domingo 15º durante el año (11 de julio de 2010). (AICA)
MODELOS SOCIALES… Y LOS POBRES
Entre los tantos temas ausentes en la reflexión de nuestro tiempo, está el que nos cuestionemos sobre el discernimiento de “los modelos sociales” que habitualmente nos presentan los grandes medios, sobre todo la televisión. Muchos de ellos provocan un grave daño tanto a los adultos como a los jóvenes. Como algo habitual llegan hasta nuestros hogares “novelas” o programas de entretenimiento que se integran a las familias sin ninguna recepción crítica. Incluso sus personajes son amados u odiados sin tener en cuenta los valores o antivalores que expresan.
El texto del Evangelio de este domingo sobre el buen samaritano (Lc. 10, 25-37), que ayudó a un pobre tirado en el camino, nos presenta un posible modelo a seguir. Quizá este modelo no sirva a muchos para promover formas de consumismo, ni tenga rating, ni sirva para hacer negocios, pero imitar las actitudes de este samaritano nos permitirá obtener un tesoro espiritual, en nuestro interior que nos dará la satisfacción de tener más paz, distensión y mayor esperanza.
En realidad en el Evangelio de este domingo, Jesús le enseña al Doctor de la ley algunas condiciones para ser un testigo de la verdad y modelo social válido. Le dice que ponga en práctica aquello que en teoría ya conocía: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu espíritu, y a tu prójimo como a ti mismo” (Lc. 10,27-28). Después le va explicar quien es el prójimo con la conocida parábola del buen samaritano. Este sí era “un modelo social” porque supo ayudar a este pobre y herido que estaba tirado en el camino y le dio todo lo que necesitaba. Es bueno recordar el texto de la carta del Papa Juan Pablo II en “Novo Millennio Ineunte”: “Si verdaderamente hemos partido de la contemplación de Cristo tenemos que saberlo descubrir sobre todo en el rostro de aquellos con los que el mismo ha querido identificarse: “He tenido hambre y me diste de comer, he tenido sed y me has dado de beber… desnudo y me has vestido, encarcelado y me has venido a ver” (Mt. 25,35-36). Esta página no es una simple invitación a la caridad: es una página de cristología, que ilumina el misterio de Cristo. Sobre esta página, la Iglesia comprueba su fidelidad como Esposa de Cristo, no menos que sobre el ámbito de la ortodoxia” (NMI 49).
Hoy también necesitamos que todos, pero sobre todo aquellos que tienen liderazgos sociales, políticos, económicos, religiosos… tengan un especial perfil que implique en sus acciones y compromisos esta opción preferencial por los pobres. Deberemos estar especialmente atentos si los liderazgos son de gente narcisista que solo buscan poder y dinero, o bien en sus vidas tienen una consideración especial por la inclusión de tantísimos hermanos y de conducciones con mayor magnanimidad. Los liderazgos narcisistas siempre llevan al fracaso porque se desentienden del bien común.
Es bueno recordar el documento de Aparecida que señala en concreto situaciones que debemos tener en cuenta y requieren una atención comprometida como la del Buen Samaritano: “La globalización hace emerger, en nuestros pueblos, nuevos rostros de pobres. Con especial atención y en continuidad con las Conferencias Generales anteriores, fijamos nuestra mirada en los rostros de los nuevos excluidos: los migrantes, las víctimas de la violencia, desplazados y refugiados, víctimas del tráfico de personas y secuestros, desaparecidos, enfermos de HIV y de enfermedades endémicas, tóxicodependientes, adultos mayores, niños y niñas que son víctimas de la prostitución, pornografía y violencia o del trabajo infantil, mujeres maltratadas, víctimas de la exclusión y del tráfico para la explotación sexual, personas con capacidades diferentes, grandes grupos de desempleados/das, los excluidos por el analfabetismo tecnológico, las personas que viven en la calle de las grandes urbes, los indígenas y afroamericanos, campesinos sin tierra y los mineros. La Iglesia, con su Pastoral Social, debe dar acogida y acompañar a estas personas excluidas en los ámbitos que correspondan” (402).
Para generar esperanza en medio de tantas dificultades tendremos que corregir y ajustar muchas cosas, pero sobre todo deberemos asumir actitudes de conversión de corazón, para obrar como el buen samaritano de la parábola y así poder ser desde la caridad y justicia practicada, los modelos sociales que nuestro tiempo necesita.
¡Un saludo cercano y hasta el próximo domingo!
Mons. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas
Texto del micro radial de monseñor José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz, emitido por LT 9 (10 de julio de 2010). (AICA)
¿QUIÉN ES MI PRÓJIMO?
Este domingo leemos el Evangelio del “buen samaritano”. Pocos textos expresan con tanta claridad el sentido y el alcance del amor, de modo especial para quienes tiene su fe puesta en Dios, el Padre de Nuestro Señor Jesucristo. El relato surge como una respuesta de Jesús a una pregunta que busca una definición más precisa sobre quién es mi prójimo. El que hace la pregunta es alguien que conoce lo que dice la Sagrada Escritura: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y todo tu espíritu, y a tu prójimo como a ti mismo” (Lc. 10, 25-26). Es la figura del prójimo la que puede dejar una duda acerca del alcance del mandamiento del amor. Hay que tener presente que para Jesús no se puede separar el amor al prójimo del amor a Dios, que es su fundamento. San Juan lo interpreta diciendo: “El que dice amo a Dios, y no ama a su hermano, es un mentiroso. ¿Cómo puede amar a Dios, a quien no ve, el que no ama su hermano a quien ve?” (1 Jn. 4, 20).
Es cierto que tenemos una relación mayor hacia quienes están unidos por lazos familiares y de amistad como de pertenencia social, incluso religiosa, pero el Señor con su respuesta nos abre a una dimensión que amplía esta primera mirada, aunque no la niega, y que podríamos expresarla diciendo que para Jesucristo: “todo hombre es mi hermano”. No se niega lo primero, es decir, esa relación familiar y cercana, pero el relato del buen samaritano nos abre un camino nuevo que nos ayuda a no encerrarnos, a no hacer una “ideología”, incluso de lo que es bueno. La ideología nos aísla, nos encierra y quita horizontes. Jesucristo rompe este marco estrecho y predica una nueva relación basada en la dignidad de todo hombre como hijo de Dios.
A partir de esto podemos comprender que el prójimo es el que está cerca, el que está próximo a mí, pero independientemente de su condición familiar o social, política o religiosa. Lo que vale en el otro es su condición de persona, de hijo de Dios. El samaritano así lo entendió y, por ello, actuó evangélicamente. Otra enseñanza que nos deja este relato es que el samaritano no sólo vio al que estaba herido en el camino, al igual que lo vieron los otros que pasaron y siguieron de largo, sino que el vio y se conmovió. Estamos acostumbrados a ver, pero no siempre a conmovernos por lo que vemos e involucrarnos. El solo ver no alcanza, hay muchas personas que ven y que pueden, incluso, explicar muy bien la realidad del que sufre, pero si este conocimiento no lleva a conmover su corazón, es decir, a hacer propio el dolor del otro y a sentir la responsabilidad de dar una respuesta, creo que no hemos comprendido el sentido y el compromiso frente a mi prójimo, según la enseñanza del buen samaritano.
Queridos amigos, deseándoles un buen domingo en su familia y con sus amigos, reciban junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.
Mons. José María Arancedo, Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz
ZENIT nos ofrece la catequesis del Papa Benedicto XVI, pronunciada el miércoles 7 de Junio de 2010 durante la Audiencia General, celebrada en el Aula Pablo VI, y que ha dedicado al beato franciscano Duns Scoto.
Queridos hermanos y hermanas,
esta mañana – después de algunas catequesis sobre diversos grandes teólogos – quiero presentaros otra figura importante en la historia de la teología: se trata del beato Juan Duns Scoto, que vivió a finales del siglo XIII. Una antigua inscripción sobre su tumba resume las coordinadas geográficas de su biografía: “Inglaterra lo acogió; Francia lo instruyó; Colonia, en Alemania, conserva los restos; en Escocia nació". No podemos descuidar estas informaciones, también porque tenemos bien pocas noticias sobre la vida de Duns Scoto. Nació probablemente en 1266 en un pueblo, que se llamaba precisamente Duns, en las cercanías de Edimburgo. Atraído por el carisma de san Francisco de Asís, entró en la Familia de los Frailes menores y, en 1291, fue ordenado sacerdote. Dotado de una inteligencia brillante y llevada a la especulación – esa inteligencia por la que mereció de la tradición el título de Doctor subtilis, "Doctor sutil" – Duns Scoto fue dirigido a los estudios de filosofía y de teología en las célebres Universidades de Oxford y de París. Concluida con éxito su formación, emprendió la enseñanza de la teología en las Universidades de Oxford y de Cambridge, y después de París, empezando a comentar, como todos los Maestros de su tiempo, las Sentencias de Pedro Lombardo. Las obras principales de Duns Scoto representan precisamente el fruto maduro de estas lecciones, y toman su título de los lugares en los que enseñó: Opus Oxoniense (Oxford), Reportatio Cambrigensis (Cambridge), Reportata Parisiensia (París). De París se alejó cuando, tras estallar un grave conflicto entre el rey Felipe IV el Hermosa y el Papa Bonifacio VIII, Duns Scoto prefirió el exilio voluntario, más que firmar un documento hostil al Sumo Pontífice, como el rey había impuesto a todos los religiosos. Así – por amor a la Sede de Pedro –, junto a los Frailes franciscanos, abandonó el País.
Queridos hermanos y hermanas, este hecho nos invita a recordar cuantas veces, en la historia de la Iglesia, los creyentes encontraron hostilidad y sufrido incluso persecuciones a causa de su fidelidad y de su devoción a Cristo, a la Iglesia y al Papa. Nosotros todos miramos con admiración a estos cristianos, que nos enseñan a custodiar como un bien precioso la fe en Cristo y la comunión con el Sucesor de Pedro y, así, con la Iglesia universal.
Sin embargo, las relaciones entre el rey de Francia y el sucesor de Bonifacio VIII volvieron a ser bien pronto amistosas, y en 1305 Duns Scoto pudo volver a París para enseñar teología con el título de Magister regens, hoy se diría profesor ordinario. Sucesivamente, los Superiores le enviaron a Colonia como profesor del Studium teológico franciscano, pero él murió el 8 de noviembre de 1308, a tan solo 43 años de edad, dejando, con todo, un número relevante de obras.
Con motivo de la fama de santidad de que gozaba, su culto se difundió bien pronto en la Orden franciscana y el Venerable papa Juan Pablo II quiso confirmarlo solemnemente beato el 20 de marzo de 1993, definiéndolo "cantor del Verbo encarnado y defensor de la Inmaculada Concepción”. En esta expresión está sintetizada la gran contribución que Duns Scoto ofreció a la historia de la teología.
Ante todo, meditó sobre el Misterio de la Encarnación y, a diferencia de muchos pensadores de muchos pensadores cristianos del tiempo, sostuvo que el Hijo de Dios se habría hecho hombre aunque la humanidad no hubiese pecado. Él afirma en la "Reportata Parisiensa": "¡Pensar que Dios habría renunciado a esta obra si Adán no hubiese pecado sería del todo irracional! Digo por tanto que la caída no fue la causa de la predestinación de Cristo, y que – aunque nadie hubiese caído, ni el ángel ni el hombre – en esta hipótesis Cristo habría estado aún predestinado de la misma forma" (in III Sent., d. 7, 4). Este pensamiento, quizás un poco sorprendente, nace porque para Duns Scoto la Encarnación del Hijo de Dios, proyectada desde la eternidad desde la eternidad por parte de Dios Padre en su plan de amor, es cumplimiento de la creación, y hace posible a toda criatura, en Cristo y por medio de Él, de ser colmada de gracia, y dar alabanza y gloria a Dios en la eternidad. Duns Scoto, aun consciente de que, en realidad, a causa del pecado original, Cristo nos redimió con su Pasión, Muerte y Resurrección, reafirma que la Encarnación es la obra más grande y más bella de toda la historia de la salvación, y que esta no está condicionada por ningún hecho contingente, pero es la idea original de Dios de unir finalmente todo lo creado consigo mismo en la persona y en la carne del Hijo.
Fiel discípulo de san Francisco, Duns Scoto amaba contemplar y predicar el Misterio de la Pasión salvífica de Cristo, expresión del amor inmenso de Dios, el Cual comunica con grandísima generosidad fuera de sí los rayos de Su bondad y de Su amor (cfr Tractatus de primo principio, c. 4). Y este amor no se revela sólo en el Calvario, sino también en la Santísima Eucaristía, de la cual Duns Scoto era devotísimo y que veía como el Sacramento de la presencia real de Jesús y como el Sacramento de la unidad y de la comunión que nos induce a amarnos unos a otros y a amar a Dios como el Sumo Bien común (cfr Reportata Parisiensia, in IV Sent., d. 8, q. 1, n. 3).
Queridos hermanos y hermanas, esta visión teológica, fuertemente "cristocéntrica", nos abre a la contemplación, al estupor y a la gratitud: Cristo es el centro de la historia y del cosmos, es Aquel que da sentido, dignidad y valor a nuestra vida. Como en Manila el papa Pablo VI, también yo hoy quiero gritar al mundo: "[Cristo] es el revelador del Dios invisible, es el primogénito de toda criatura, es el fundamento de todo; es el Maestro de la humanidad, es el Redentor; nació, murió y resucitó por nosotros; Él es el centro de historia y del mundo; es Aquel que nos conoce y que nos ama; es el compañero y el amigo de nuestra vida... Yo nunca acabaría de hablar de Él" (Homilía, 29 de noviembre de 1970).
No sólo el papel de Cristo en la historia de la salvación, sino también el de María es objeto de la reflexión del Doctor subtilis. En los tiempos de Duns Scoto la mayor parte de los teólogos oponía una objeción, que parecía insuperable, a la doctrina según la cual María Santísima estuvo exenta del pecado original desde el primer instante de su concepción: de hecho, la universalidad de la Redención llevada a cabo por Cristo, a primera vista, podría parecer comprometida por una afirmación semejante, como si María no hubiese tenido necesidad de Cristo y de su redención. Por ello los teólogos se oponían a esta tesis. Duns Scoto, entonces, para hacer comprender esta preservación del pecado original, desarrolló un argumento que fue después adoptado también por el papa Pío IX en 1854, cuando definió solemnemente el dogma de la Inmaculada Concepción de María. Y este argumento es el de la “Redención preventiva”, según la cual la Inmaculada Concepción representa la obra de arte de la Redención realizada en Cristo, porque precisamente el poder de su amor y de su mediación obtuvo que la Madre fuese preservada del pecado original. Por tanto María está totalmente redimida por Cristo, pero ya antes de su concepción. Los franciscanos, sus hermanos, acogieron y difundieron con entusiasmo esta doctrina, y los demás teólogos – a menudo con solemne juramento – se comprometieron en defenderla y en perfeccionarla.
A este respecto, quisiera poner de evidencia un dato, que me parece importante. Teólogos de valor, como Duns Scoto sobre la doctrina de la Inmaculada Concepción, enriquecieron con su contribución específica de pensamiento lo que el Pueblo de Dios ya creía espontáneamente sobre la Beata Virgen, y manifestaba en los actos de piedad, en las expresiones del arte y, en general, en la vida cristiana. Así la fe tanto en la Inmaculada Concepción, como en la Asunción corporal de la Virgen estaba ya presente en el Pueblo de Dios, mientras que la teología no había encontrado aún la clave para interpretarla en la totalidad de la doctrina de la fe. Por tanto el Pueblo de Dios precede a los teólogos y todo esto gracias a ese sensus fidei sobrenatural, es decir, esa capacidad infundida por el Espíritu Santo, que capacita para abrazar la realidad de la fe, con la humildad del corazón y de la mente. En este sentido, el Pueblo de Dios es "magisterio que precede", y que debe ser después profundizado y acogido intelectualmente por la teología. ¡Que los teólogos puedan siempre ponerse a la escucha de esta fuente de la fe y conservar la humildad y la sencillez de los pequeños! Lo recordé hace unos meses diciendo: “Hay grandes doctos, grandes especialistas, grandes teólogos, maestros de fe, que nos han enseñado muchas cosas. Están versados en los detalles de la Sagrada Escritura... pero no han podido ver el propio misterio, el verdadero núcleo... ¡Lo esencial permanece escondido! En cambio, hay también en nuestro tiempo pequeños que han conocido este misterio. Pensemos en santa Bernardette Soubirous; en santa Teresa de Lisieux, con su nueva lectura 'no científica' de la Biblia, pero que entra en el corazón de la Sagrada Escritura" (Homilía. Misa con los Miembros de la Comisión Teológica Internacional, 1 de diciembre de 2009).
Finalmente, Duns Scoto desarrolló un punto en el que la modernidad es muy sensible. Se trata del tema de la libertad y de su relación con la voluntad y con el intelecto. Nuestro autor subraya la libertad como cualidad fundamental de la voluntad, iniciando una postura de tendencia voluntarista, que se desarrolló en contraposición con el llamado intelectualismo agustiniano y tomista. Para santo Tomás de Aquino, que sigue a san Agustín, la libertad no puede considerarse una cualidad innata de la voluntad, sino el fruto de la colaboración de la voluntad con el intelecto. Una idea de la libertad innata y absoluta colocada en la voluntad que precede al intelecto, tanto en Dios como en el hombre, corre el riesgo, de hecho, de llevar a la idea de un Dios que no estaría ligado tampoco a la verdad ni al bien. El deseo de salvar la absoluta trascendencia y diversidad de Dios con una afirmación tan radical e impenetrable de su voluntad no tiene en cuenta que el Dios que se ha revelado en Cristo es el Dios "logos", que actuó y actúa lleno de amor hacia nosotros. Ciertamente, como afirma Duns Scoto en la línea de la teología franciscana, el amor supera el conocimiento y es capaz de percibir cada vez más del pensamiento, pero es siempre el amor del Dios "logos" (cfr Benedicto XVI, Discurso en Regensburg, Enseñanzas de Benedicto XVI, II [2006], p. 261). También en el hombre la idea de libertad absoluta, colocada en la voluntad, olvidando el nexo con la verdad, ignora que la misma libertad debe ser liberada de los límites que le vienen del pecado.
Hablando a los seminaristas de Roma – el año pasado – recordaba que “la libertad en todos los tiempos ha sido el gran sueño de la humanidad, desde el inicio, pero particularmente en la época moderna" (Discurso al Pontificio Seminario Mayor Romano, 20 de febrero de 2009). Pero precisamente la historia moderna, además de nuestra experiencia cotidiana, nos enseña que la libertad es auténtica, y ayuda a la construcción de una civilización verdaderamente humana, sólo cuando está reconciliada con la verdad. Si se separa de la verdad, la libertad se convierte trágicamente en principio de destrucción de la armonía interior de la persona humana, fuente de prevaricación de los más fuertes y de los más violentos, y causa de sufrimientos y de lutos. La libertad, como todas las facultades de las que el hombre está dotado, crece y se perfecciona, afirma Duns Scoto, cuando el hombre se abre a Dios, valorando esa disposición a la escucha de su voz, que él llama potentia oboedientialis: cuando nos ponemos a la escucha de la Revelación divina, de la Palabra de Dios, para acogerla, entonces somos alcanzados por un mensaje que llena de luz y de esperanza nuestra vida y somos verdaderamente libres.
Queridos hermanos y hermanas, el beato Duns Scoto nos enseña que en nuestra vida lo esencial es creer que Dios está cercano a nosotros y nos ama en Jesucristo, y cultivar, por tanto, un profundo amor a Él y a su Iglesia. De este amor nosotros somos los testigos en esta tierra. Que María Santísima nos ayude a recibir este infinito amor de Dios del que gozaremos plenamente por la eternidad en el Cielo, cuando finalmente nuestra alma estará unida por siempre a Dios, en la comunión de los santos.
[Traducción del original italiano por Inma Álvarez
©Libreria Editrice Vaticana]
Homilía de monseñor Carmelo Juan Giaquinta, arzobispo emérito de Resistencia, para la homilía del domingo 14º durante el año (4 julio 2010). (AICA)
Lc 10,1-12.17-20
I. LOS 72 DISCÍPULOS
1. San Lucas, además de narrar el envío de los Doce Apóstoles (Lc 9,1-6), habla de otro envío: “El Señor designó a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos, para que lo precedieran en todas las ciudades y sitios a donde él debía ir” (Lc 10,1). Los 12 Apóstoles simbolizan a los doce patriarcas del nuevo pueblo de Dios que Jesús comienza a plasmar. Y los 72 discípulos, que recuerdan a los 72 ancianos colaboradores de Moisés, simbolizan a todos los colaboradores del Evangelio.
II. LA MISIÓN
2. Más que el simbolismo de los números, importa que Jesús ve la enormidad de la cosecha, no se conforma con ello y procura la solución. Ésta consiste, en primer lugar, en la oración: “Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha” (v. 2). La cosecha tiene un único dueño, que es Dios, y nada válido puede hacerse en ella sin su gracia. Nunca la oración con esta intención será suficiente. Apenas la dejásemos, comenzaríamos a diseñar nuestra propia cosecha, que se perdería pronto.
En segundo lugar, Jesús acrecienta el número de colaboradores. Ya venía seguido por los Doce y un grupo de mujeres que apoyaba su ministerio (Cf. Lc 8,1-3). Pero en un momento eso no fue suficiente. Por eso “el Señor designó a otros setenta y dos” (Lc 10,1).
En tercer lugar, Jesús los envía, pero con medios muy pobres: “No lleven dinero, ni alforja, ni calzado… No vayan de casa en casa…” (vv. 4.7). Así como la cosecha tiene un Dueño que es Dios, también la misión. Que no se nos ocurra pensar que el trabajo apostólico, que Jesús nos encomienda, nos pertenece en propiedad y tuviésemos que realizarlo confiando en nosotros y en medios humanos. Estos son necesarios, porque no podemos actuar sin medios, pero el fruto del trabajo apostólico no depende de ellos.
II. LA PERSECUCIÓN
3. Jesús es muy leal. No nos oculta a sus discípulos la suerte que nos espera: “¡Vayan! Los envío como ovejas en medio de lobos” (v. 3).
Los católicos estamos bastante desconcertados por los palos que la Iglesia recibe, día a día, de todos los frentes. No soy un cazador de noticias. Pero mientras escribo esto, me entero del allanamiento a la catedral de Malinas, incluidas las tumbas de antiguos arzobispos, realizado por la magistratura belga, en una investigación por pedofilia. Anoche, mientras cenaba a hora temprana, veía en nuestra TV un programa en defensa del matrimonio entre hermanos. Acabo de recibir un mail donde me informan que en la Cámara de Representantes de mi queridísimo Chaco, compuesta por 32 diputados, 17 votaron a favor del matrimonio homosexual, 5 en contra, y 10 ausentes. Los palos que la Iglesia pueda recibir en el futuro próximo en Occidente harán palidecer los recibidos bajo el comunismo. Y la primera gran persecución de Nerón parecerá juego de niños.
III. CONFIAR SÓLO EN DIOS, Y NO EN APOYOS HUMANOS
4. Pero ¿qué es de extrañar más: la persecución a todo lo cristiano, o el olvido que los cristianos hicimos de la persecución? Por otra parte, ¿el olvido de la persecución no nos dice que habremos olvidado en parte el Evangelio? Nos ha sucedido muchas veces que, en vez de aferrarnos únicamente a Jesús, la piedra firme, hemos confiado más en apoyos humanos. Estos, por poderosos que sean, son siempre endebles, y, cuando se desmoronan, tumban a la Iglesia que se apoya en ellos.
5. Yendo a un ejemplo un tanto alejado: hubo sectores de católicos americanos que, en cuanto tales, confiaron en Busch, porque representaba al “partido de la vida”, pues no aceptaba el aborto, no importaba que cometiese el crimen de lesa humanidad de mentirle al mundo sobre la armas de destrucción masiva de Irak, e impusiese el método de la guerra preventiva. En cambio, Kirk, que defendía el aborto, representaba al “partido de la muerte”. ¿Qué sintieron esos católicos cuando el año pasado el partido republicano perdió estrepitosamente? ¿Dónde piensan apoyarse ahora? Una cosa es la opción partidaria, que cada católico tiene derecho de hacer como ciudadano, discerniendo conforme a su fe las complejas y difíciles circunstancias en que le toca vivir; otra cosa es en quien deposita su fe.
6. Viniendo ahora a un ejemplo cercano. A pesar de todas la vicisitudes históricas, los clérigos, mayoritariamente, desde 1946, hemos hecho un guiño en favor del partido justicialista, porque, en teoría, defendería mejor los valores cristianos. ¿Cuál es nuestra fuerza hoy cuando muchos de sus máximos representantes no sólo no defienden principios cristianos, sino ni siquiera respetan la naturaleza humana creada por Dios, que dice a las claras que el matrimonio es sólo entre un varón y una mujer?
7. ¿Seguiremos haciendo un guiño en favor del justicialismo? ¿Pensamos ahora hacerle un guiño a otro partido? ¡Pobre la Iglesia que, en vez ayudar a sus fieles a madurar como ciudadanos, dejase de contemplar con los dos ojos a su único Señor Jesucristo, y, pensase en hacer guiños a los poderes de este mundo!
Mons. Carmelo Juan Giaquinta, arzobispo emérito de Resistencia
ZENIT nos ofrece la carta que el cardenal Ivan Dias, prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, ha hecho llegar a los obispos y sacerdotes de la China continental, y cuyo contenido ha sido difundido por la agencia Fides.
Queridísimos hermanos en el Episcopado y en el Sacerdocio de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote,
¡La paz sea con vosotros!
Las celebraciones del Año Sacerdotal, que ha concluido recientemente, me impulsan a mandaros un cordial y fraterno saludo y a dirigiros una palabra de ánimo en la ardua tarea pastoral que estáis realizando como pastores del rebaño que el Señor os ha confiado en esta noble Nación. Desearía tanto deciros estas cosas personalmente, y escuchar también vuestras alegrías y vuestros dolores, además de las esperanzas que nutrís y los desafíos que afrontáis cada día. Vuestros testimonios y vuestros mensajes, que llegan a esta Congregación Misionera, nos dan mucho consuelo y nos alientan a elevar fervientes oraciones para que el Señor os haga cada vez más fuertes en la fe y os sostenga en vuestros esfuerzos para propagar la Buena Noticia de Jesucristo en esta querida Nación.
Teniendo en la mente la insigne figura de San Juan María Vianney, Cura de Ars, que ha sido muy recordado durante el Año Sacerdotal, reconocemos ante todo – con toda humildad – que hemos sido llamados por Jesús para ser “ya no siervos, sino amigos” (cfr Jn 15, 15) no por nuestros méritos, sino por Su infinita misericordia. Él nos ha conferido la insigne dignidad de ser Alter Christus y ministros de su Palabra, de su Cuerpo y Sangre. Recordamos siempre sus palabras: “No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros y os he enviado para que vayáis y déis fruto, y vuestro fruto permanezca” (Jn 15, 16).
Precisamente porque un sacerdote es un Alter Christus — es más, Ipse Christus —, él debe ser un Hombre de Dios y Hombre para los demás.
Ante todo, Hombre de Dios: es decir, uno que lleva a los hombres a Dios y lleva a Dios a los hombres. Él debe por tanto distinguirse como hombre de oración y de vida austera, profundamente enamorado de Jesucristo y, como Juan Bautista, orgulloso de proclamar su presencia en medio de nosotros, particularmente en la Santa Eucaristía.
Un sacerdote debe ser después también un Hombre para los demás: es decir, uno enteramente dedicado a los fieles jóvenes y adultos, confiados a sus cuidados pastorales, y a todos aquellos con quien el Señor Jesús ha querido identificarse o hacia los cuales ha mostrado benevolencia: los pecadores, ante todo, y los pobres, los enfermos y marginados, las viudas, los niños, además de las ovejas que no son aún de su redil (cfr Jn 10, 16). Un eclesiástico procurará, por tanto, resistir a todo deseo de enriquecerse de bienes materiales o de buscar favores para su propia familia o etnia, o de nutrir una ambición malsana de hacer carrera en la sociedad o en la política. Todo esto es extraño a su vocación sacerdotal y le distrae gravemente de su misión de conducir a sus fieles, como buen pastor, por el camino de la santidad, de la justicia y de la paz.
Permitid, queridísimos hermanos, que me detenga sobre el importante papel de un Obispo o de un sacerdote como agente de unidad en el seno de la Iglesia de Dios. Esta tarea tiene una doble dimensión y comporta la comunión con el Papa, la “piedra” sobre la cual Jesús quiso edificar su Iglesia, y la unión de los miembros que forman parte de ella.
En primer lugar: comunión con el Santo Padre. Sabemos bien cuánto algunos de vosotros han debido sufrir en el pasado reciente a causa de su fidelidad a la Santa Sede. Rendimos homenaje a cada uno de ellos, en la certeza de que, como afirma el Papa Benedicto XVI, “la comunión con Pedro y sus Sucesores es garantía de libertad para los Pastores de la Iglesia y para las propias Comunidades a ellos confiadas”: de hecho, “el ministerio petrino es garantía de libertad en el sentido de la plena adhesión a la verdad, a la auténtica tradición, de manera que el Pueblo de Dios sea preservado de los errores relativos a la fe y a la moral” (Homilía pronunciada en la Solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, 29 de junio de 2010). La ejemplar fidelidad y el admirable valor, demostrados por los católicos en China hacia la Sede de Pedro, son un don precioso del Señor.
La otra dimensión de la unidad de los cristianos es la unión entre los miembros de la comunidad eclesial. Este es el importante desafío que estáis ya afrontando, intentando reforzar la unidad en el seno de la misma Iglesia. Sería útil entrar a menudo espiritualmente en el Cenáculo, donde el Señor Jesús, tras haber celebrado la Última Cena junto a sus Apóstoles y haberles ordenado sacerdotes de la Nueva y Eterna Alianza, oró al padre “Que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste” (Jn 17, 21). En tres ocasiones Jesús insistió en la unidad de sus seguidores como signo de credibilidad de que el Padre le había enviado al mundo. Queridísimos hermanos, tomemos en serio este sentido llamamiento a la unidad de los Pastores que viene del Corazón de Aquel que tanto les amó, les llamó y les envió a trabajar en su Viña.
En la citada homilía, el Santo Padre afirmó: “Si pensamos en los dos milenios de historia de la Iglesia, podemos observar que – como había preanunciado el Señor Jesús (cfr Mt 10, 16-33) – no han faltado nunca a los cristianos las pruebas, que en algunos periodos y lugares han asumido el carácter de verdaderas y auténticas persecuciones. Estas, sin embargo, a pesar de los sufrimientos que provocan, no constituyen el peligro más grave para la Iglesia. El mayor cambio, de hecho, ella lo sufre de lo que contamina la fe y la vida cristiana de sus miembros y de sus comunidades, manchando la integridad del Cuerpo místico, debilitando su capacidad de profecía y de testimonio, empañando la belleza de su rostro”. Y el Papa señala al instigador de esta nefasta situación, cuando afirma: “Uno de los efectos típicos de la acción del Maligno es precisamente la división dentro de la Comunidad eclesial. Las divisiones, de hecho, son síntomas de la fuerza del pecado, que sigue actuando en los miembros de la Iglesia también después de su redención. Pero la palabra de Cristo es clara: "Non praevalebunt – no prevalecerán" (Mt 16, 18). La unidad de la Iglesia está enraizada en su unión con Cristo, y la causa de la plena unidad de los cristianos – que siempre hay que buscar y renovar, de generación en generación – está también sostenida por su oración y por su promesa”.
Alabemos al Señor por los esfuerzos ya realizados o en acto respecto a la unidad en el seno de la Iglesia, también en fiel conformidad a las indicaciones dadas por el Santo Padre en la Carta que Él os dirigió el 27 de mayo de 2007, y por los resultados obtenidos hasta ahora. Quiera Dios bendecir vuestras iniciativas para que la unidad de los Pastores entre sí y entre sus rebaños sea cada vez más firme en Cristo y en la Iglesia ad maiorem Dei gloriam.
En esta circunstancia tan propicia, me honro de aseguraros la cercanía espiritual de Su Santidad el Papa Benedicto XVI, el Cual os bendice con afecto paterno junto a aquellos que están confiados a vuestros cuidados pastorales, y os invita a proseguir intrépidos por el camino de la santidad, de la unidad y de la comunión, como lo hicieron las generaciones que os han precedido.
Que María Santísima, Auxiliadora de los Cristianos, a la que la Iglesia en China venera en Sheshan con devoción tierna y filial, os proteja y haga fructificar todos vuestros propósitos para esparcir el bello perfume del Evangelio de su Hijo Jesús en todo rincón de vuestra amada Patria. Que os asista en esta importante y comprometida tarea el luminoso ejemplo del inolvidable misionero en China, Padre Matteo Ricci S.J., del que recordamos, con reconocido afecto, el 400 aniversario de su partida hacia el Reino del “Señor del Cielo”.
Con la renovada seguridad de nuestras oraciones y con saludos fraternales In Corde Mariae.
Desde la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, el 5 de julio de 2010.
Card. Ivan Dias
Prefecto
+ Robert Sarah
Secretario
[Traducción del original italiano por Inma Álvarez]
Mensaje de la Conferencia Episcopal Peruana con ocasión del Aniversario de la Independencia del Perú.
“NUESTRA PATRIA, EL PERÚ, ES UN DON”
“FELICES FIESTAS PATRIAS” Lima, julio 2010....
+ Hector Miguel Cabrejos Vidarte, OFM
Arzobispo Metropolitano de Trujillo
Presidente de la Conferencia Episcopal Peruana
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Boletín 397
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Durante esta semana se está desarrollando, en el Seminario, el VII Encuentro de Seminaristas Menores de España. Se trata de una iniciativa que se tiene por primera vez en nuestra isla. Su objetivo central es que los jóvenes seminaristas compartan sus inquietudes vocacionales con otros compañeros, en vísperas de decidir el ingreso en el Seminario Mayor, puesto que los participantes son, fundamentalmente, aquellos candidatos que van a hacer el paso del seminario menor al mayor. En el encuentro que finalizará el próximo viernes, 30 de julio, están participando 80 seminaristas pertenecientes a 12 diócesis.
El próximo sábado, 31 de Julio, el cantautor Martín Valverde dará un concierto en el recinto central de la Bajada de La Virgen, en Santa Cruz de La Palma. Durante la tarde, en el mismo recinto, se llevarán a cabo diferentes talleres lúdicos para jóvenes divididos en cuatro bloques: “Alegría de Arriesgarse” que constará de rappel, escalada y tirolinas; “Alegría de crear” centrado en las manualidades; “Alegría de la palabra” donde se podrá realizar un taller de oración y disfrutar de cuentacuentos y “Alegría de Compartir” que ofrecerá un taller de Cáritas y una gincana solidaria.
Los franciscanos dejan el cuidado pastoral del Santuario del Cristo de La Laguna. Así se decretó en el Congreso poscapitular celebrado los días 15 y 16 del pasado junio. La Orden permanecerá en Santa Cruz de Tenerife y en la parroquia de La Cuesta. El presbítero franciscano Francisco Manuel González ha señalado para el periódico "La Opinión de Tenerife" que durante estos últimos años "ha sido enormemente feliz. Esta experiencia ha sido la edad de oro para mí".
Garachico también tiene sus fiestas lustrales. Los festejos en honor al Santísimo Cristo de la Misericordia vivirán sus días más importantes hasta el 16 de agosto. El domingo 1 de agosto tendrá lugar la procesión en honor al Santísimo Cristo y a las 21:45 horas comenzarán los Fuegos del Risco que recrearán una vez más la erupción volcánica de 1706. Francisco Hernández, párroco del Garachico, ha indicado que éstas “son unas manifestaciones de fe muy hermosas en las cuales celebramos un quinario a Santa Ana, un triduo al Santísimo Cristo y la Novena Solidaria de San Roque, donde se recogen alimentos para los pobres.”
El Cabildo ha dedicado un sentido homenaje a las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl que, tras más de 162 años de dedicación a enfermos mentales, se marchan del hospital Febles Campos, conocido antiguamente como el Asilo Provincial de Dementes de Santa Cruz. El presidente del Cabildo, Ricardo Melchior, explicó que abandonan el hospital porque "cada vez hay menos monjas y ya están muy mayores".
Del 15 al 20 de agosto tendrá lugar en el Colegio Pureza de María de Los Realejos, un Encuentro de Experiencia de Dios, impartido según el método del Padre Ignacio Larrañaga, Sacerdote Franciscano Capuchino, fundador de los Talleres de Oración y Vida (TOV). En esta ocasión el encuentro será impartido por un “Matrimonio Guía Evangelizador” de TOV de Granada. Los matrimonios evangelizadores de TOV son enviados expresamente por el Padre Ignacio Larrañaga en el mundo para impartir los Encuentros allí donde él no puede llegar, transmitiendo el mismo espíritu y vida que él infunde con su mensaje. Se comenzará el domingo 15 a las 19:00 horas (se incluye cena) y se terminará el viernes 20 por la tarde, después de la Eucaristía. Para reservas contactar con Ramón de la Cruz Rodríguez en el 922 22 63 64.
El presidente de la Federación Canaria de Municipios (Fecam), Lázaro Brito, ha hecho entrega de la subvención de 100.000 euros acordada por el comité ejecutivo de la institución que preside a Cáritas y a los bancos de alimentos de sendas provincias canarias. El presidente de la Fecam destacó que pese a que las corporaciones locales están experimentando un importante recorte en sus presupuestos derivados de la crisis, los Servicios Sociales Municipales siguen siendo la prioridad absoluta en la que "no escatimamos esfuerzos, ni económicos ni de recursos humanos".
La ministra de Cultura, Ángeles González-Sinde recibió en Madrid al obispo de Tenerife, Bernardo Álvarez, al deán de la catedral de La Laguna, Julián de Armas, al diputado del PSOE por Santa Cruz de Tenerife, José Segura, y al arquitecto, José Miguel Márquez, quienes presentaron el proyecto de una nueva fase de las obras de la Catedral de La Laguna. En la reunión, la ministra entregó al obispo un borrador de protocolo de intenciones elaborado por el Ministerio, en el que se definen los términos y condiciones de colaboración con el fin de posibilitar la ejecución del proyecto de rehabilitación del templo. Este borrador será discutido pormenorizadamente en la reunión que la directora general de Bellas Artes y Bienes Culturales, Ángeles Albert, mantendrá el próximo día 4 de agosto en Tenerife con las partes implicadas.
El Cabildo de El Hierro acogió el una nueva convocatoria de la Comisión Mixta Comunidad Autónoma de Canarias e Iglesia Católica, en la que han tomado parte los siete cabildos insulares. En ella se abordó, entre otras cuestiones, la restauración de Bienes Muebles de la isla de La Palma: el Retablo de El Planto y la pintura de San Miguel en la Iglesia de El Salvador, ambos en la capital palmera, así como las pinturas murales de San Antonio Abad, en Fuencaliente, y el remate del retablo de Nuestra Señora de la Luz, en Garafía. Asimismo, se intervendrá el retablo del Señor del Huerto, en la iglesia de San Francisco, en el Puerto de la Cruz (Tenerife) y la imagen de la Virgen del Carmen de la iglesia de San Andrés de Valverde (El Hierro).
El próximo mes de agosto, desde el día 2 al 9, cuarenta personas de nuestra Diócesis participarán en la Peregrinación con motivo del Año Jacobeo. Dirige la peregrinación el Director del Secretariado Diocesano de Peregrinaciones, Juan Carlos Alameda Vega, quien en nombre de la Diócesis Nivariense hará la ofrenda al Apóstol Santiago el día 5 en la Misa del peregrino a las 12´00h, presidida por el Sr.Arzobispo de Santiago de Compostela, Julián Barrio Barrio.
La parroquia matriz del Apóstol Santiago de Los Realejos ha celebrado la fiesta de su patrón y el 514 aniversario de la fundación de la villa y protección del santo a la misma. Tras un triduo en honor al santo, el pasado sábado 24 de julio se celebró la solemne eucaristía, presidida por José Siverio, canónigo de la santa iglesia catedral de La Laguna. Participó cantando el coro parroquial "Ntra. Sra. de los Remedios".
Se ha hecho público que Juan Francisco Alonso Molina ha sido destinado a las parroquias de S. Pedro en Vilaflor y S. Antonio en Arona. Nacido en Santa Cruz de Tenerife en 1973. Fue ordenado presbítero en 2001 por el obispo Felipe Fernández. Es licenciado en ciencias eclesiásticas y ha realizado en Barcelona estudios de especialización en liturgia. Tras los mismos se incorporó como capellán al Hospital Universitario de la Candelaria y párroco de S. Juan de la Cruz en Ofra y, posteriormente, hasta ahora ha estado de párroco in solidum en distintas comunidades del municipio de S. Miguel.
Se ha constituido en Tenerife la Asociación Cultural Amigos del Siervo de Dios Fray Juan de Jesús, célebre franciscano nacido en Icod de los Vinos en 1615 y fallecido en el ex convento de San Diego del Monte (La Laguna) el 6 de febrero de 1687. La entidad surge con el objetivo de promover la figura y la vida de este fraile.
La imagen de la Virgen de Las Nieves protagoniza el cupón de la Organización Nacional de Ciegos de España (ONCE) que se sortea este sábado, día 31 de julio. En el centro del billete aparece la imagen de la patrona palmera sobre la leyenda "Nuestra Señora de las Nieves, Patrona de la Isla de La Palma" y junto a unos versos anónimos del año 1790 que rezan "Yo soi esta Devocion / de esta Ysla de la Palma / que en celebrar esta Nieve / divina, tanto se exalta", además del logotipo de las Fiestas Lustrales.
ZENIT nos ofrece el discurso pronunciado el lunes 5 de Julio de 2010 en los jardines vaticanos por el Papa Benedicto XVI, al inaugurar y bendecir una fuente dedicada a san José, regalo de la Gobernación del Estado del Vaticano.
Señores cardenales,
Venerados hermanos en el Episcopado y en el Sacerdocio,
Ilustres señores y señoras
Es para mí motivo de alegría inaugurar esta fuente en los Jardines Vaticanos, en un contexto natural de singular belleza. Es una obra que va a incrementar el patrimonio artístico de este encantador espacio verde de la Ciudad del Vaticano, rico de testimonios histórico-artísticos de varias épocas. De hecho, no solo los prados, las flores, los árboles, pero también las torres, las casitas, los templetes, las fuentes, las estatuas y las demás construcciones hacen de estos Jardines un unicum fascinante. Ellos fueron para mis Predecesores, y son también para mí un espacio vital, un lugar que frecuento a menudo para transcurrir un poco de tiempo en oración y en serena distensión.
Al dirigir a cada uno de vosotros mi cordial saludo, deseo manifestar vivo reconocimiento por este regalo, que me habéis ofrecido, dedicándolo a san José. ¡Gracias por este delicado y cortés pensamiento! Fue una empresa comprometida, que ha visto la colaboración de muchos. Agradezco ante todo al señor cardenal Giovanni Lajolo también por las palabras que me ha dirigido y por la interesante presentación de los trabajos llevados a cabo. Con él agradezco al arzobispo monseñor Carlo Maria Viganò y el obispo monseñor Giorgio Corbellini, respectivamente Secretario General y Vice-Secretario General de la Gobernación. Expreso vivo aprecio a la Dirección de los Servicios Técnicos, al proyectista y al escultor, a los consultores y al equipo de trabajo, con un pensamiento especial a los esposos Hintze y al señor Castrignano, de Londres, que han financiado generosamente la obra, como también a las hermanas del monasterio de San José de Kyoto. Una palabra de gratitud a la Provincia de Trento, a los ayuntamientos y a las empresas trentinas, por su contribución.
Esta fuente está dedicada a san José, figura querida y cercana al corazón del pueblo de Dios y a mi corazón. Los seis paneles de bronce que la embellecen evocan otros tantos momentos de su vida. Deseo brevemente detenerme sobre ellos. El primer panel respresenta los desposorios entre José y María; es un episodio que reviste gran importancia. José era de la estirpe real de David y, en virtud de su matrimonio con María, conferirá al Hijo de la Virgen – al Hijo de Dios – el título legal de “hijo de David”, cumpliendo así las profecías. El desposorio de José y María es, por ello, un acontecimiento humano, pero determinante en la historia de salvación de la humanidad, en la realización de las promesas de Dios; por ello tiene también una connotación sobrenatural, que los dos protagonistas aceptan con humildad y confianza.
Bien pronto para José llega el momento de la prueba, una prueba comprometida para su fe. Prometido de María, antes de ir a vivir con ella, descubre su misteriosa maternidad y se queda turbado. El evangelista Mateo subraya que, siendo justo, no quería repudiarla, y por tanto decidió despedirla en secreto (cfr Mt 1,19). Pero en sueños – como está representado en el segundo panel – el ángel le hizo comprender que lo que sucedía en María era obra del Espíritu Santo; y José, fiándose de Dios, consiente y coopera en el plano de la salvación. Ciertamente, la intervención divina en su vida no podía no turbar su corazón. Confiarse a Dios no significa ver todo claro según nuestros criterios, no significa realizar lo que hemos proyectado; confiarse a Dios quiere decir vaciarse de sí mismos, renunciar a sí mismos, porque solo quien acepta perderse por Dios puede ser “justo” como san José, es decir, puede conformar su propia voluntad a la de Dios y así realizarse.
El Evangelio, como sabemos, no ha conservado ninguna palabra de José, el cual lleva a cabo su actividad en el silencio. Es el estilo que le caracteriza en toda la existencia, tanto antes de encontrarse frente al misterio de la acción de Dios en su esposa, sea cuando – consciente de este misterio – está junto a María en la Natividad – representada en la tercera imagen. En esa noche santa, en Belén, con María y el Niño, está José, al que el Padre Celestial confió el cuidado cotidiano de su Hijo sobre la tierra, un cuidado llevado a cabo en la humildad y en el silencio.
El cuarto panel reproduce la escena dramática de la Fuga a Egipto para escapar a la violencia homicida de Herodes. José es obligado a dejar su tierra con su familia, de prisa: es otro momento misterioso en su vida; otra prueba en la que se le pide plena fidelidad al designio de Dios.
Después, en los Evangelios, José aparece sólo en otro episodio, cuando se dirige a Jerusalén y vive la angustia de perder al hijo Jesús. San Lucas describe la afanosa búsuqeda y la maravilla de encontrarlo en el Templo – como aparece en el quinto panel –, pero aún mayor es el estupor de escuchar las misteriosas palabras: "¿Por qué me buscábais? ¿No sabíais que yo debo ocuparme de las cosas de mi Padre?" (Lc 2,49). Esta doble pregunta del Hijo de Dios nos ayuda a entender el misterio de la paternidad de José. Recordando a sus propios padres la primacía de Aquel a quien llama "Padre mío", Jesús afirma el primado de la voluntad de Dios sobre toda otra voluntad, y revela a José la verdad profunda de su papel: también él está llamado a ser discípulo de Jesús, dedicando su existencia al servicio del Hijo de Dios y de la Virgen Madre, en obediencia al Padre Celestial.
El sexto panel representa el trabajo de José en su taller de Nazaret. Junto a él trabajó Jesús. El Hijo de Dios está escondido a los hombres y sólo María y José custodian su misterio y lo viven cada día: el Verbo encarnado crece como hombre a la sombra de sus padres, pero, al mismo tiempo, estos permanecen, a su vez, escondidos en Cristo, en su misterio, viviendo su vocación.
Queridos hermanos y hermanas, esta bella fuente dedicada a san José constituye un recuerdo simbólico de los valores de la sencillez y de la humildad al llevar a cabo día a día la voluntad de Dios, valores que distinguieron la vida silenciosa, pero preciosa del Custodio del Redentor. A su intercesión confío las esperanzas de la Iglesia y del mundo. Que él, junto a la Virgen María, su esposa, guíe siempre mi camino y el vuestro, para que podamos ser instrumentos gozosos de paz y de salvación.
[Traducción del original italiano por Inma Álvarez
©Libreria Editrice Vaticana]
Mensaje del Obispo Promotor del Apostolado del Mar de la CEE, Don Luis Quinteiro Fiuza, por la fiesta de la Virgen del Carmen, patrona del mar.
Animar la fe de las gentes de la mar
Fiesta de la Virgen del Carmen, 2010
Queridas familias marineras:
Ante la proximidad de la fiesta de Nuestra Señora, la Virgen del Carmen, quiero como Obispo Promotor del Apostolado del Mar, unirme a todos vosotros para transmitiros mi devoción y cariño.
La Iglesia, como reza el lema de este año, está siempre animando vuestra fe para enriquecer la vida de los hombres de la mar. Es esta misma fe la que da fortaleza a vuestra vida y os hace protagonistas de verdaderos actos heroicos, como habéis manifestado a lo largo de vuestra historia.
Esta cultura de la solidaridad y misericordia humana contrasta con el abandono de tripulaciones de la Marina Mercante en puertos lejanos y con actividades criminales de piratería en busca de rehenes humanos para un trueque comercial. Estos horrores, así como la crisis de valores de nuestra sociedad actual, son muestra de lo que sucede cuando el ser humano se aleja de la verdad de la fe.
Sentimos la necesidad de denunciar estos hechos y hacernos eco del sufrimiento que soportan ellos y sus familias.
Por ello nos parece muy acertadas las palabras de Benedicto XVI en su reciente visita a la isla de Malta: “Más que cualquier bagaje que podemos llevar con nosotros –logros humanos, posesiones, tecnología– lo que nos da la clave de nuestra felicidad y realización humana es nuestra relación con
el Señor. Él nos llama a una relación de amor”.
Nos alegra sobremanera la fe y entusiasmo que vosotros ponéis en la celebración de nuestra Patrona.
Y fueron vuestras familias las que sembraron e hicieron crecer, con su palabra y su ejemplo, el cariño que sentís a la Virgen del Carmen. Por lo mismo debéis vosotros también transmitir ese preciado don a vuestros hijos.
Un admirado antecesor mío, Doctor Lago González, canta emocionado, en su poesía, el cariño de los marineros a la Virgen del Carmen:
“Virgen del Carmen bendita / miña Nai na fala da miña terra / lenguaje de quien sabe amar / te he de decir que te adoran y que te quieren María / mucho más que a si mismos, mucho más que a su tierra, mucho más que a sus muertos y mucho más que a sus padres… Y los marineros que no dejan su hogar y los que de aquí se van muy lejos Virgen santa madre nuestra / no te olvidan, son tus hijos, no te pueden querer más”.
¡Mira a la Estrella, mira a María! Que ella avive vuestra esperanza y fortaleza para afrontar la crisis económica y moral que nos embarga.
¡Stella Maris, ruega por nosotros!
Os bendice con cariño
+ Luis Quinteiro Fiuza
Obispo Promotor del Apostolado del Mar
Ante la toma de posesión de muchos sacerdotes como párrocos, tradicionalmente en Septiembre en nuestra diócesis, desde la Vicaría nos han enviado este artículo titulado "Las conversiones del párroco", dentro del capítulo de meditaciones para nuesvos párrocos.
Las conversiones del párroco
Introducción:
¿Qué nueva llamada se da en el sacerdote que es nombrado párroco?
Este encuentro con unos párrocos recién nombrados pretende profundizar un tema muy preciso: ¿Cuál es la conversión a la que es llamado un sacerdote cuando llega a ser párroco?
O mejor: ¿qué tipo de nueva llamada cristiana se produce en la vida del que llega a ser párroco?
Para ilustrar brevemente el título de esta reflexión, partiremos de una constatación: los diversos tipos de llamada que recibe cada persona según nos muestra la Escritura. El caso más evidente es tal vez el de Pedro: mientras echaba las redes junto con su hermano oye que Jesús le dice: "Seguidme, os haré pescadores de hombres" (cf. Mc 1,16). Más tarde, es constituido entre los Doce "para enviarlos a predicar con poder de expulsar demonios" (Mc 3,15). Al mismo Pedro se le dice: "Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia" (Mt 16,18). Igualmente se le dice, junto a los demás discípulos: -Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda creatura" (Mc 16,15).
Cuatro llamadas a las que corresponden cuatro misiones diferentes: cada una de ellas afecta a la personalidad de Pedro y lo invita a una nueva conversión.
Algo semejante podemos encontrar en la vida de Pablo. Recibe su primera llamada y brinda su primera disponibilidad (cf. Hch 9,5-6); es elegido, en la comunidad de Antioquía, para la misión, y esto entraña una gran novedad en la existencia del Apóstol, incluida una conversión interior, un nuevo modo de situarse (cf. Hch 13,2).
Existen por lo tanto en la vida cristiana diversas llamadas que exigen conversiones nuevas, es decir nuevo retorno a los orígenes para enfrentar el nuevo horizonte de llamada; conversiones renovadas que no son conversiones sin importancia.
Nos preguntamos pues: ¿Qué conversión está ligada al ministerio de párroco que confían a un sacerdote? ¿Qué tipo de nueva llamada cristiana le es propuesto con esta nueva misión que va a impregnar toda la vida de su persona?
Me refiero evidentemente a la primera vez que es nombrado, aunque, al cambiar de misión o de lugar, corresponde siempre un volverse a situar de nuevo frente al ideal.
Al emplear el termino conversión, lo hago en el sentido bíblico; se podrían citar muchos pasajes, pero me limito a un texto del Primer Libro de Samuel.
I Sm 7,3 es el grito de conversión qué Samuel lanza al pueblo: "Samuel dijo a los israelitas: 'Si os convertís al Señor de todo corazón, quitad de en medio los dioses extraños, Baal y Astarté, permaneced constantes con el Señor, sirviéndole sólo a él".
Es interesante examinar los diversos componentes de esta invitación a la conversión y os sugiero que lo hagáis personalmente. Ante todo se trata de un acontecimiento que se realiza "de todo corazón", que no nos coge sólo una parte de nosotros mismos. Además exige ciertos distanciamientos: "quitad de en medio los dioses extraños", y por lo tanto es preciso pasar revista a los propios ídolos, las propias ataduras, los condicionamientos a veces sutiles, que nos pueden quitar la libertad de una nueva entrega. Y también "convertíos al Señor de todo corazón": todo esto tiene como fin el Señor Jesús, su contemplación y su servicio; "servidle a él y sólo a él". Y todo el conjunto ha de ser vivido en una dedicación al pueblo, a la Iglesia particular, aunque teniendo como referencia objetiva, en primer lugar, al único Señor.
Se trata por consiguiente de una conversión de calibre, una vuelta a los principios fundamentales de nuestra vida cristiana y sacerdotal. Es un episodio de vida que, aunque permanezca dentro de las coordenadas de la vocación bautismal y presbiteral, exige no obstante un replanteamiento y un redescubrimiento de los horizontes personales.
Veamos entonces en qué consiste propiamente este cambio de horizonte y qué actitud espiritual comporta.
Características del cambio de horizonte
No me preocupa definir esta nueva llamada cris- tiana de forma precisa y completa desde el ángulo de los cánones. Intento más bien expresarla de forma existencial.
1. Al llegar a ser párroco, se recibe del obispo y se asume con él una porción de Iglesia, de la que se ha de responder en todo, con la propia vida.
Se asume –no se elige, no se lo busca uno–, se recibe del obispo pero sin despegarse de él, permaneciendo con él, una porción de su Iglesia particular, de la que se ha de responder casi en toda la línea.
Aunque no sea canónicamente exacto quiero decir que mientras no se es párroco, se tiene ciertamente una responsabilidad pero en última instancia siempre se puede apelar a la responsabilidad última del párroco. Cuando se es párroco, se tiene ante sí a un pueblo del que, en la globalidad de las circunstancias concretas, se lleva toda la carga ante Dios.
Se realiza entonces, al menos en parte, aquello que se contaba del papa Juan XXIII: en sus primeros sueños o duermevelas de papa, cuando algo le preocupaba con exceso, decía: "¿Cómo hacer? Pues... ¡se le diré al papa!... Pero el papa soy yo. Bueno, pues me toca a mí decidir".
Esto significa que uno tiene que responder en casi todo.
Y responder con la propia vida; es decir, respondo con todo lo que soy y me encuentro totalmente implicado, no dispongo de salidas de seguridad, estoy embarcado con la gente en un barco del que se han roto las amarras.
Es claro que uno sigue siendo responsable conjuntamente con el obispo, pero en la práctica, sobre todo en las grandes diócesis, el obispo delega de hecho casi todo y por lo tanto el párroco responde como si fuese el último responsable.
Por eso he dicho que la nueva llamada afecta a la vida espiritual del creyente que es párroco, porque esa llamada adquiere connotaciones de relación sacramental y pastoral con el obispo y con la comunidad y, mediante esta relación, se expresa la comunión con el papa, con la Iglesia universal; por ella pasa la misma relación con Dios.
Una mejor explicitación de lo que todo esto significa la encontráis en el documento: La dedicazione del presbítero diocesano cooperatore del Vescovo alta Chiesa particolare . Al hablar de la misión en una nueva responsabilidad pastoral, digo: "Esto vale con mayor razón para un presbítero que es nombrado párroco. No llega a serlo por iniciativa personal o por presión de este o aquel grupo, sino por encargo explícito y canónico del obispo". Y aquí se cita el canon 519. Luego explico: ser responsable junto con el obispo significa asumir el caminar de la Iglesia particular como punto focal de referencia de la propia actuación; y asumirlo con alma y corazón, no como algo que no hay más remedio que hacer, sino como algo de lo que, en adelante, soy un elemento corresponsable y copartícipe (cf. pp. 9ss).
2. Este cambio de vida es realmente algo así como un desposorio (la expresión es bastante común en el lenguaje de la gente), pues consiste en asumir de manera definitiva y total la responsabilidad de conducir a los demás a Jesús.
Es una ligazón de tipo esponsal, por lo cual ya no puedo desinteresarme del otro, no puedo desinteresarme del camino que el otro sigue. Porque la atadura es doble y no se puede romper por capricho: por lo que a mí personalmente atañe, esta ligazón me compromete en la fidelidad y es vivida por la otra parte igualmente como atadura de fidelidad.
3. La tercera característica de este cambio de vida desde el punto de vista existencial es un identificarse con el propio pueblo, para quien su camino es el mío y el mío se hace suyo.
Corno veis, estamos más allá de un funcionarismo.
Precisamente hoy he echado un vistazo a las meditaciones que propuse en 1982 durante un cursillo de Ejercicios espirituales a los sacerdotes. Recogidas en un fascículo bajo el título "Popolo mio, esci dall' Egitto!", no las había vuelto a leer y las he encontrado por casualidad. Desde entonces había procurado dar razón a mí mismo y a quienes me escuchaban de cuanto había vivido dos años antes al ser consagrado obispo. Es cierto que ya había tenido antes ocasión de situarme como superior de comunidades religiosas grandes, con centenares de sacerdotes, pero la cosa era diferente; porque las comunidades religiosas son, en parte, autogestionarias y sobre todo las de adultos poseen finalidades bien precisas. Cuando se asume, en cambio, la identificación con un pueblo, uno acepta identificarse con todos los miembros de este pueblo, incluso los principiantes, desde los catecúmenos hasta los ancianos, desde los alejados hasta los más cercanos; es preciso asumir sobre todo el camino de ese pueblo, y si yo no me identifico con este camino y este camino no se identifica conmigo, cualquier eventual proyecto mío es vano, les cae en el vacío.
Es por consiguiente la percepción del gran cambio mental exigido por la nueva llamada la que incluso hoy me hace identificarme con lo expuesto en las páginas de Popolo mio, esci dall'Egitto!, por ejemplo donde digo:
"Lo que me ha empujado a reflexionar sobre este tema –el caminar del pastor con su pueblo– es mi actual experiencia de pastor. Comprendo, en realidad, cada vez más que si la subjetividad es un aspecto significativo de la existencia humana, hay, no obstante, otro aspecto muy importante, que es el de sumergirse en la multitud, el de salir de la subjetividad, el de asumir la personalidad corporativa. Uno se hace pueblo a través de un proceso gradual, nada fácil, fatigoso, porque esto significa una muerte a sí mismo, una ascesis, una purificación, una conversión, para llegar a ser pueblo, voz y conciencia de un pueblo, sufrimiento de un pueblo".
Al meditar, en esa tanda de Ejercicios, sobre este tema hice hincapié en Moisés al que se le pidió que se hiciera pueblo y que asumiese sus penalidades, sus cargas tal vez excesivas para él, pero sin jamás maldecir al pueblo ni apartarse de él.
El camino de identificación de Moisés con su pueblo se me antojaba un ejemplo de cuanto yo mismo estaba llamado a vivir, y decía: "Este aspecto implica cada vez más la vida, la oración, la celebración y tantas cosas más". Es el aspecto típico de ese mensaje bíblico que podemos también denominar con toda exactitud como el de la "personalidad corporativa", según el cual uno es los muchos y los muchos son uno. Es la dialéctca entre cada uno, sobre todo el responsable, el cabeza, y la comunidad (cf. Popolo mio, esci dall'Egitto!, Milán, Ancora, 1982, 9ss).
Se trata de una experiencia fuerte, nueva, gradual. Pero cuando uno se niega a esta conversión y no entra en ella, se producen esas situaciones en las que se constata que las dos personas conviven, que hasta realizan algunas cosas bien, pero no se da una identificación, no se sienten el uno en el otro, uno critica fácilmente al otro, se lamenta el uno del otro, cada cual dice siempre que el otro no cumple la parte que le corresponde. En una palabra, no se produce ese proceso en el que uno, aun lamentándose del otro como hace Moisés con su pueblo, puede concluir: yo soy este pueblo; y cuando se dirige al Señor le habla como si él fuese el pueblo y en consecuencia intercede, ora, suplica por el pueblo.
Estas son las tres características que me parece interesante subrayar, para hacer comprender que ser párroco es una gracia, una nueva llamada cristiana, un período de maduración.
La actitud espiritual
Llegados a este punto debemos descubrir qué actitud espiritual hacia la Iglesia local, hacia la gente y hacia Jesús comporta la identificación con el pueblo.
He intentado expresarlo de forma más concreta en las páginas sobre "La dedicación del presbítero", que podría resumirse así: un talante pastoral apropiado. El talante pastoral apropiado no se identifica ciertamente con la búsqueda de la propia originalidad, sino con la sintonización con el caminar de la Iglesia particular y de sus planes pastorales, pero asumiendo una responsabilidad activa para traducirlos y hacerlos penetrar en el tejido local.
Es por lo tanto un talante que se vuelca en los planes pastorales en cuanto son la expresión de una Iglesia que los elabora a través de sus estructuras y sus, instrumentos; porque no se trata de realidades elaboradas en laboratorio, sino que nacen de la escucha atenta y paciente que el obispo realiza, resume y devuelve a la Diócesis para que ésta encuentre su camino.
La atención a los planes y proyectos pastorales es la forma de identificarse con esta Iglesia particular; atención igualmente a esos tiempos y situaciones de especial importancia de los que los planes pastorales son una explicitación. Si, por ejemplo, advierto que una parroquia no ha enviado delegados a Assago, ni tampoco a Santiago, ni a Czestochowa, que no ha participado de alguna manera en la peregrinación a Roma, comienzo a preocuparme. Lo mismo si una parroquia se niega, con razones siempre engañosas, a constituir el Consejo pastoral o a participar en el del arziprestazgo. Un párroco podrá tener ideas extraordinarias, pero la identificación con la Iglesia particular comporta actitudes bien definidas, comporta atención al conjunto.
2. ¿Qué quiere decir identificación con la gente?
Quiere decir que la parroquia es el lugar ordinario de comunión del presbítero, el lugar en el que se expresa, intenta comprender y ser comprendido.
Con frecuencia se plantea el tema de la soledad del sacerdote, con comentarios de todo tipo. Es evidente que el celibato comporta una cierta aceptación de la soledad, pero no es menos evidente que esta soledad hay que vivirla en la fraternidad presbiteral y por lo tanto en un marco y unos modos que le confieren un rostro humano. Lo que de todas formas me urge subrayar es que el párroco debe identificarse con su gente; no tiene que vivir, por supuesto, su dedicación a la parroquia con el corazón encogido buscando fuera espacios de comunión en la fe porque su gente no se la ofrece.
Los espacios exteriores son útiles, necesarios, pero el lugar cotidiano del compartir la vida del presbítero es la propia gente de la parroquia; en la parroquia efectivamente tiene personas que conoce y le conocen, que le estiman y aprecian, que se fían de él. Hay que buscar y promover esta comunión en la fe en la vida parroquial. Pensemos en el Cura de Ars que desde el primer momento puso todo su empeño con tantos sinsabores en la dedicación a la parroquia, vivió una gran soledad, pero llegó el momento en que las cosas cambiaron. El sacerdote no puede tener una vida de fe, enseñar a decir las oraciones, hacer la catequesis, sin que exista comunión en la fe. Sería una situación anómala y no lograría desempeñar su ministerio con plenitud.
Evidentemente se trata de un camino largo como he señalado en el libro Populo mio, esci dall'Egitto! citando los esfuerzos realizados por Moisés para identificarse con su pueblo y entrar en comunión con él:
"Si pienso en el título que he dado a estos Ejercicios — Popolo mio, esci dall'Egitto! — y me pregunto dónde se hallan estas palabras en la Escritura, tengo que decir que no las encuentro; es difícil encontrar un mandato directo en el que Dios ordene a Israel que salga de Egipto... Es curioso que la orden no es dada al pueblo de Israel sino a Moisés o al Faraón: ¡Deja salir a mi pueblo! Al pueblo le es dada la promesa, pero el pueblo no cree, está demasiado dividido entre sí, atomizado, ligado a una situación en la que puede cultivar los personalismos, las propias pequeñas ambiciones, enlodado, como ocurre siempre, en la dinámica de explotadores y explotados. Este pueblo no es todavía capaz de soportar un verdadero y estricto mandato: ¡Sal de Egipto! Necesita antes de nada ver reestructurada su propia unidad: es lo que sucede en la Pascua. Por lo tanto Dios no da una orden sino que restaura esa fuerza unitaria con la que el pueblo puede espontáneamente fiarse de la promesa divina" (cf. p. 89).
Y Moisés es el mediador de esta comunión, él es el que la va creando y suscitando laboriosamente, logrando poco a poco integrarse en su pueblo e identificarse con él. Existirán continuamente querellas, litigios, pero llega un punto en que el pueblo y Moisés entienden que su caminar es un proyecto común. El pueblo logra comprender en sus mejores momentos que no es sólo Moisés quien lo ha empujado a salir, sino que es él mismo el que ha aceptado salir y que, por lo tanto, se ha creado una cierta comunión de fe; una comunión frágil, que necesita constantemente ser reestablecida, pero que en los días más bellos, como el de la Pascua, el del Sinaí, en los de las celebraciones, encuentra una expresión riquísima.
3. Identificación con Jesús pastor. El tema requeriría una explicitación más amplia. Me limito a una reflexión sobre aquel pasaje del evangelio de Juan, que nos es bien conocido: "Yo soy el modelo de pastor: conozco a mis ovejas y mis ovejas me conocen a mí, igual que mi Padre me conoce y yo conozco al Padre; además, me desprendo de la vida por mis ovejas" (in 10,14-15).
Lo que impresiona en estos versículos donde se describe la actitud pastoral de Jesús, es que la realidad de Jesús pastor es vivida al mismo tiempo hacia el Padre y hacia el rebaño. Incluso encontramos aquí una revelación trinitaria: el Hijo conoce al Padre, el Padre conoce al Hijo, el Hijo conoce las ovejas. La identificación con Jesús pastor es identificación con Jesús hijo del Padre y con Jesús que da la vida, que reúne en su persona el ser Hijo y el ser amado del Padre porque se desprende de su vida por las ovejas.
Es necesario que enfoquemos con esta luz todos los problemas que en esta perspectiva espiritual potente se convierten, de alguna manera, en secundarios, aunque a veces ocupen mucho tiempo en las discusiones de los Consejos pastorales, en los encuentros juveniles o en los del arciprestazgo; por ejemplo: ¿cuáles son las relaciones de los sacerdotes con movimientos, grupos, espiritualidades varias, etc.? Todo se arregla cuando existe esa raíz profunda.
En el documento "La dedicación del presbítero", en el número 9, sugiero algunos criterios siempre válidos, que no es cuestión de repetir. Aunque quisiera retomar de ese texto las palabras del papa al clero suizo, pronunciadas en 1984:
"El sacerdote es siempre el pastor del conjunto, no sólo el hombre permanentemente dispuesto para cada uno, sino el que vigila por el encuentro de todos; es, en particular, el cabeza de la parroquia, de forma que todos encuentran la acogida que tienen derecho a esperar en la comunidad y en la Eucaristía que los reúne, cualquiera que sea su sensibilidad religiosa y su cometido pastoral. Las pequeñas comunidades (al interior de la parroquia) representan una posibilidad de dinamismo, de fermentación de la masa, aunque, si se fundan en la afinidad, no bastan para testimoniar de la Iglesia, que derriba los compartimentos sociales, ni bastan para ofrecer a todos los que desean hacer un camino espiritual un punto fijo de orientación, un alimento, una participación".
Las raíces de todo esto se encuentran precisamente en la triple identificación porque el sacerdote se presenta, sin dificultad, como el que, al estar identificado con el camino de todos, es el servidor de ese camino, lo sopesa, lo valora, lo adapta a cada uno, y merece así que toda la comunidad confíe en él.
Recordaré igualmente también en "La dedicación del presbítero" todo lo que decía el papa en 1985 a sacerdotes cercanos a Comunión y Liberación:
"El sacerdote debe encontrar en un solo movimiento la luz y el calor que lo hacen capaz de fidelidad a su obispo, que lo mantienen disponible a las encomiendas de la institución y atento a la disciplina eclesiástica, de forma que sea más fructífera la vibración de su fe y el gusto de su fidelidad".
Esto evidentemente entendido no de forma subjetiva (me parece que soy fiel), sino conforme a esa objetividad de identificación con la Iglesia particular, con los planes pastorales y sus expresiones, de que hemos hablado al comienzo.
Os he ofrecido unos aspectos de esa espiritualidad que me parece característica del párroco, porque he podido entresacarlos de la observación sobre todo en mí mismo, que, al llegar a ser obispo, he asumido la responsabilidad de un pueblo, y de las vivencias de muchos párrocos a los que he seguido en su camino de identificación con su pueblo, con Cristo pastor, con la Iglesia local.
Meditaciones a nuevos párrocos Milán, 12.3.1990
DOMINGO 19 DEL TIEMPO ORDINARIO / c
8 de agosto de 2010
Que la paz y el amor de Jesucristo resucitado estén con todos vosotros.
Quizá nos parecerá fuera de lugar, en el ambiente de vacaciones en que nos encontramos, escuchar en las lecturas de este domingo unas llamadas muy insistentes a seguir el camino de Dios, a reafirmar nuestra fe, a velar en la espera de la venida del Señor. Pero es que nuestro seguimiento de Jesús no debe detenerse nunca. Porque es en este seguimiento donde se encuentra la verdadera felicidad.
A. penitencial: En silencio, dispongámonos a vivir nuestro encuentro dominical con el Señor.Y pidámosle ahora, al empezar, su perdón y su gracia. (Silencio).
Tú, que nos llamas a estar vigilantes para descubrir tu presencia. SEÑOR, TEN PIEDAD.
Tú, que alimentas nuestra fe para que creamos en ti. CRISTO, TEN PIEDAD.
Tú, que nos has hecho hijos tuyos para hacernos partícipes de tu vida divina. SEÑOR, TEN PIEDAD.
1. lectura (Sabiduría 18,6-9): Toda nuestra historia es la historia de la salvación de Dios. Dios ha estado constantemente al lado de los hombres para darles su amor. Por ello en esta primera lectura escucharemos cómo Dios salva a su pueblo de la esclavitud de Egipto. También por ello, en el evangelio escucharemos luego cómo hemos de estar preparados para recibir, ahora, esta salvación de Dios.
2. lectura (Hebreos 11,1-2.8-19): Escucharemos ahora un fragmento de la carta a los cristianos hebreos. Serán palabras que nos invitarán a mantener auténtica nuestra fe, con el ejemplo de Abrahán, con el ejemplo de aquellos que a lo largo de la historia han sido fieles al Señor.
Profesión de fe: "La fe es seguridad de lo que se espera y prueba de lo que no se ve", hemos escuchado en la segunda lectura. Con la ayuda de Dios, que fortalece nuestra debilidad, profesemos nuestra fe:
Oración universal: Presentemos ahora nuestras peticiones al Padre diciendo: ESCÚCHANOS, PADRE
Por nuestro obispo, por nuestra diócesis de y por todos los que la formamos. ROGUEMOS AL SEÑOR.
Por nuestros gobernantes, y por todos los que tienen responsabilidades en la administración pública. ROGUEMOS AL SEÑOR.
Por los extranjeros que en estos días nos visitan, y por cada uno de sus países de procedencia. ROGUEMOS AL SEÑOR.
Por los que trabajan en empresas turísticas. ROGUEMOS AL SEÑOR.
Por nosotros,por nuestras famílias, y portodos aquellos que hoy queremos recordar delante de Dios. ROGUEMOS AL SEÑOR.
Escucha, Padre, nuestras oraciones, y atiende con tu infinita bondad al pueblo que te suplica. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Padrenuestro: "Vuestro Padre ha tenido a bien daros el Reino" nos ha dicho Jesús en el evangelio. Pidamos, con sencillez, este Reino para todos, diciendo la oración de los hijos de Dios:
CPL
DOMINGO 18 DEL TIEMPO ORDINARIO / C
1 de agosto de 2010
El Dios de la esperanza, que por la acción del Espíritu Santo nos colma con su alegría y con su paz, permanezca siempre con todos vosotros.
Hermanas y hermanos. Empezamos hoy el mes de agosto, y nos sentimos de lleno en un ambiente distinto del resto del año. Y, en medio de este ambiente, estamos aquí, reunidos en torno a Jesús. Él es nuestro descanso, él es el alimento que nos sacia. Él da acierto a las obras de nuestras manos. No es nuestro esfuerzo lo que nos dará tranqulidad, sino la confianza en el Señor que nos ayuda y nos libera, el Señorque derrama siempre su bondad sobre quienes le suplican.
A. penitencial: Pidamos al Señor que convierta nuestro corazón para que podamos vivir dignamente según su Evangelio.
Confesando nuestros pecados, te decimos: SEÑOR, TEN PIEDAD.
Sabiendo que eres rico en el perdón, te suplicamos: CRISTO, TEN PIEDAD.
Confiados porque conoces nuestra debilidad, a ti acudimos: SEÑOR, TEN PIEDAD.
1. lectura (Eclesiastés 1,2; 2,21-23): Vamos a escuchar en esta primera lectura un fragmento de un autor del siglo tercero antes de Cristo. Parece que sea algo pesimista, pero, de hecho, lo que ocurre es que ha descubierto lo esencial. Por eso todo le parece relativo. Después cantaremos algunas estrofas del salmo 89 que insisten en la misma idea: a ojos de Dios, mil años son un día que ya pasó. Su misericordia es lo único que nos sacia.
2. lectura (Colosenses 3,1-5.9-11): Escuchemos ahora con atención lo que san Pablo, con toda contundencia, afirma: Cristo lo es todo para nosotros. Por tanto, enterremos lo que nos liga a la tierra y corramos en busca de Cristo.
Antes del aleluya (Ev.: Lucas 12,13-21): Aclamemos a Jesús y alabémosle con nuestro canto. Hoy, su palabra nos advertirá de que ser rico, ante Dios, no tiene que ver con acumular propiedades y dinero.
Plegaria universal: Oremos a Dios para que renueve a todo el mundo. Unámonos a cada petición, respondiendo: ESCÚCHANOS, PADRE.
Por el papa Benedicto y por nuestro obispo: que sean fieles al servicio que les ha sido encomenadado. OREMOS.
Por la paz de los pueblos: que puedan servir al Señor con libertad de espíritu. OREMOS.
Por los ancianos que sufren la soledad y la enfermedad: que encuentren en nosotros el consuelo, el afecto y el servicio que necesitan. OREMOS.
Por los que han muerto: que Dios, rico en misericordia, los acoja en su seno. OREMOS.
Por todos nosotros: que seamos testigos del amor que Dios tiene por todos los hombres y mujeres, y por toda la creación. OREMOS.
Padre del cielo, muéstranos tu bondad, y concédenos lo que nos haces desear. Por Jesucristo...
Padrenuestro: Antes de partir el pan que verdaderamente alimenta toda nuestra vida, confiados plenamente en el Señor, nos atrevemos a decir:
CPL
CARITAS ARCIPRESTAL
ICOD
01 de agosto de 2010
Primer Domingo de mes
Quien tiene hambre necesita comer, es justo que coman, y ninguna instancia hermana tiene derecho a negar el pan al hambriento algo que sucede de modo monstruoso en nuestro planeta tierra.
No podemos sentirnos felices de semejante injusticia de tantos hermanos nuestros, inmersos en la miseria, que no conocemos y van a morir de hambre por unos pocos que acaparan todo.
No hay cultura ni política ni religión sin pan, porque sin alimentos no hay vida y ya nada tiene sentido. La vida es un don máximo por eso hay que cuidarla y mejorarla cada vez más, no neguemos el pan de la caridad a nuestros hermanos y luchemos por cambiar el rumbo del mundo.
La colecta de hoy está destinada a cáritas, como primer domingo de mes.
“Colabora, sé generoso, pon tu donativo”
INFORMACION
31/08/2010 VIII Reunión de la permanente de Cáritas Arciprestal de Icod de los Vinos, a las 18:00 horas.
31/08/2010 Reunión del equipo Arciprestal con las Cáritas parroquial de Buenavista del Norte, a las 20:30 horas en la parroquia de Ntra. Sra. de los Remedios.
El Papa proclamó Venerable a María Antonia de Paz y Figueroa
Buenos Aires, 5
Jul. 10 (AICA)
Venerable sor María Antonia de Paz y Figueroa
El Santo Padre Benedicto XVI autorizó, el pasado jueves 2 de julio, a la Congregación vaticana para las Causas de los Santos a promulgar el decreto por el que se reconoce que la Sierva de Dios María Antonia de Paz y Figueroa (María Antonia de San José) practicó las virtudes cristianas en grado heroico y la proclamó Venerable. De este modo la religiosa, conocida como “Mamá Antula”, dio un paso decisivo en el proceso de su beatificación.
Nacida en Silípica (Santiago del Estero) en 1730 y muerta en Buenos Aires el 7 de marzo de 1799, fundó la Santa Casa de Ejercicios de Buenos Aires y las Hijas del Divino Salvador.
María Antonia de Paz y Figueroa y sus “beatas”
En 1760, en Santiago del Estero, María Antonia de Paz y Figueroa reunió a un grupo de chicas jóvenes que vivían en común, rezaban, ejercían la caridad y colaboraban con los padres jesuitas. En quel entonces se las llamaba “beatas”; ahora se les dice laicas consagradas. Durante veinte años María Antonia estuvo al servicio de los padres jesuitas, asistiéndolos especialmente en las tareas auxiliares de los ejercicios espirituales.
Cuando se produjo la expulsión de los jesuitas en 1767, María Antonia pidió al mercedario Diego Toro que asumiera las tareas propias de la predicación y la confesión, mientras que ella se ocuparía con sus compañeras del alojamiento y las provisiones para continuar con los ejercicios espirituales. La amistad con los jesuitas la siguió manteniendo vía epistolar.
Viajaba caminando descalza
Tiempo después abandona Santiago del Estero para organizar ejercicios espirituales en Jujuy, Salta, Tucumán, Catamarca y La Rioja. “Mamá Antula” -así empezaron a llamarla- era una mujer con un estilo muy peculiar. Los viajes los hacía caminando descalza y pidiendo limosnas. No quedan testimonios de cuántas veces preparó ejercicios en algunas ciudades, pero sólo en Tucumán se hicieron sesenta. A pesar de sus viajes por montañas, desiertos y parajes que desconocía, jamás sufrió percance alguno. En Catamarca padeció una enfermedad y fue desahuciada por el médico. “Me encomendé al Sagrado Corazón y me encontré curada pronto, sin ningún remedio”, aseguró. Una vez se rompió una costilla, en otra ocasión se dislocó un pie “pero fui curada una y otra vez por una mano invisible”, repetía.
En Córdoba y Buenos Aires
En menos de un año organizó en Córdoba ocho tandas de 200 y 300 personas. Y siempre conseguía las limosnas suficientes como para mantener a toda esa gente e incluso en ocasiones había un excedente que sería para ayudar a pobres y presos.
Pero en Buenos Aires no fue muy bien recibida. La trataron de loca, borracha, fanática y hasta de bruja. El obispo mostró desconfianza y postergó la respuesta por nueve meses, mientras solicitaba informes sobre María Antonia. Luego no sólo le dio autorización sino que además se convirtió en un gran admirador y le dejó un nada despreciable legado
Terminantemente opositor fue el virrey Vértiz, dada su antipatía visceral hacia todo lo que fuese jesuítico. En esa actitud firme permaneció por dos años y con poderes sobre el terreno religioso, le negó a María Antonia la autorización para organizar los ejercicios espirituales. Pero ella no le dio gran importancia; le dio la espalda y se retiró.
En esa espera, el dinamismo de María Antonia no tuvo sosiego. Ni bien contó con la autorización, ya tenía todo preparado para iniciar los ejercicios espirituales. La semilla de estas prácticas germinó rápidamente y el éxito logrado entusiasmó al obispo, quien dispuso pagar el alquiler de la casa y puso a su disposición a su mayordomo para cualquier urgencia.
En tanto, dos amigas suyas habían emprendido en Salta y Tucumán la organización de los ejercicios espirituales. Este hecho, unido a la trascendencia que cobraba esta práctica religiosa, la alentó a darle forma a su pequeño grupo de beatas, con una serie de pasos que comenzaron en un postulantado, la vestición del hábito, y la formulación de votos privados.
Tiempo después Madre Antula fue invitada desde la Banda Oriental (hoy Uruguay) para propagar los ejercios espirituales.
Miles de ejercitantes porteños
Hacia 1788 escribió Ambrosio Funes una carta contando que en ocho años habrían hecho ejercicios espirituales unas setenta mil personas. Por eso proyectaba una casa dedicada especialmente a estas prácticas. Como respuesta obtuvo la donación de tres parcelas de terreno contiguas. Pero faltaba todo lo demás, de manera que inició nuevamente a solicitar ayuda y tuvo como apoderado en esta tarea a Cornelio Saavedra.
La práctica de los ejercicios espirituales pasó a convertirse en una de las actividades religiosas más prestigiosas de la vida porteña, y tanto los sectores de abolengo, como los de condición humilde encontraron en Mamá Antula a la persona a quien encomendaban sus oraciones por diversas necesidades.
En 1784 el obispo de Buenos Aires, Sebastián Malvar y Pinto, enviaba una carta al Papa informándole que durante los cuatro años en los que se habían realizado los ejercicios espirituales en esa ciudad, habían pasado unas quince mil personas, sin que se les haya pedido “ni un dinero por diez días de su estadía y abundante manutención”.
La gravitación de María Antonia
En Roma, las cartas de María Antonia a sus amigos los jesuitas, después de ser traducidas al latín, francés, inglés y alemán, eran enviadas a distintas naciones, en particular a Rusia, único país que no había sufrido el destierro de los jesuitas. Ciertos conventos franceses se habían reformado al leer sus cartas. La importancia asignada por el obispo de Buenos Aires a los ejercicios, lo llevó a disponer que “ningún seminarista se ordenase sin que primero la beata certificase la conducta con que se hubiesen portado en esos ejercicios”. Con lo cual se asignaba a María Antonia un papel significativo en la Iglesia porteña de ese entonces.
El retiro final
María Äntonia sentía que le flaqueban las fuerzas. Contaba sesenta y nueve años y no pudo ver concluida su obra. Murió el 7 de marzo de 1799. Pero el grupo de mujeres que la acompañaba se convirtió en una pujante congregación religiosa en 1878, que hoy desarrolla sus tareas apostólicas en varias provincias. El corazón de la Madre Antula sigue palpitando en la Santa Casa de Ejercicios que se conserva en Buenos Aires como uno de los edificios más antiguos de la ciudad y atesora viejos recuerdos en forma de imágenes, muros, puertas y patios, que constituyen un patrimonio vivo de la historia argentina.+
ZENIT nos ofrece la homilía pronunciada el domingo 4 de Julio de 2010 por el Papa en la Misa celebrada en la plaza Garibaldi de la localidad italiana de Sulmona, donde se encuentra hoy en visita apostólica.
¡Queridos hermanos y hermanas!
Estoy muy contento de estar hoy entre vosotros y celebrar con vosotros y para vosotros esta solemne Eucaristía. Saludo a vuestro Pastor, el obispo monseñor Angelo Spina: le doy las gracias por las cálidas expresiones de bienvenida que me dirigió en nombre de todos, y por los regalos que me ha ofrecido y que aprecio mucho en su cualidad de “signos” – como él los ha definido – de la comunión afectiva y efectiva que une al pueblo de esta querida Tierra del Abruzzo con el Sucesor de Pedro. Saludo a los arzobispos y obispos presentes, a los sacerdotes, los religiosos y las religiosas, a los representantes de las asociaciones y de los movimientos eclesiales. Dirijo un pensamiento deferente al Alcalde, Doctor Fabio Federico, agradecido por el cortés discurso de saludo y por los “signos”, los regalos, el representante del Gobierno y a las Autoridades civiles y militares- Un agradecimiento especial a cuantos han ofrecido generosamente su colaboración para realizar esta Visita Pastoral mía. ¡Queridos hermanos y hermanas! He venido para compartir con vosotros las alegrías y esperanzas, fatigas y compromisos, ideales y aspiraciones de esta comunidad diocesana. Sé bien que tampoco en Sulmona faltan las dificultades, problemas y preocupaciones: pienso, en particular, a cuantos viven concretamente su existencia en condiciones de precariedad, a causa de la falta de trabajo, de la incertidumbre por el futuro, del sufrimiento físico y moral y – como ha recordado el obispo – del sentimiento de pérdida debido al cisma del 6 de abril de 2009. A todos quiero asegurar mi cercanía y mi recuerdo en la oración, mientras animo a perseverar en el testimonio de los valores humanos y cristianos tan profundamente arraigados en la fe y en la historia de este territorio y de su población.
¡Queridos amigos! Mi visita tiene lugar con ocasión del Año Jubilar especial convocado por los obispos del Abruzzo y de Molise para celebrar los ochocientos años del nacimiento de san Pedro Celestino. Sobrevolando vuestro territorio, he podido contemplar la belleza del paisaje y, sobre todo, admirar algunas localidades estrechamente ligadas a la vida de esta insigne figura: el Monte Morrone, donde Pedro condujo por mucho tiempo la vida eremítica; la ermita de san Onofre, donde en 1294 le llegó la noticia de su elección como Sumo Pontífice, que tuvo lugar en el Cónclave de Perusa; y la Abadía de “Santo Spirito”, cuyo altar mayor fue consagrado por él después de su coronación, que tuvo lugar en la Basílica de Collemaggio en L’Aquila. A esta Basílica yo mismo, en abril del año pasado, me dirigí para venerar la urna con sus despojos y dejar el palio recibido en el día del inicio de mi Pontificado. Han pasado ya ochocientos años desde el nacimiento de san Pedro Celestino V, pero él permanece en la historia por las conocidas circunstancias de su tiempo y de su pontificado y, sobre todo, por su santidad. La santidad, de hecho, no pierde nunca su fuerza atractiva, no cae en el olvido, no pasa nunca de moda, al contrario, con el paso del tiempo, resplandece cada vez con mayor luminosidad, expresando la perenne tensión del hombre hacia Dios. De la vida de san Pedro Celestino quisiera por tanto recoger algunas enseñanzas, válidas también en nuestros días.
Pedro Angelerio desde su juventud fue un “buscador de Dios”, un hombre deseoso de encontrar respuestas a los grandes interrogantes de nuestra existencia: ¿quién soy, de dónde vengo, por qué vivo, para quién vivo? Él se puso de viaje buscando la verdad y la felicidad, se puso a la búsqueda de Dios, y, para escuchar su voz, decidió separarse del mundo y vivir como ermitaño. El silencio se convierte así en el elemento que caracteriza su vida cotidiana. Y es precisamente en el silencio exterior, pero sobre todo en el interior, donde él llega a percibir la voz de Dios, capaz de orientar su vida. Hay aquí un primer aspecto importante para nosotros: vivimos en una sociedad en la que cada espacio, cada momento parece que tenga que “llenarse” de iniciativas, de actividades, de sonidos; a menudo no hay tiempo siquiera para escuchar y dialogar. ¡Queridos hermanos y hermanas! No tengamos miedo de hacer silencio fuera y dentro de nosotros, si queremos ser capaces no sólo de percibir la voz de Dios, sino también la voz de quien está a nuestro lado, la voz de los demás.
Pero es importante subrayar también un segundo elemento: el descubrimiento del Señor que hace Pedro Angelerio no es el resultado de un esfuerzo, sino que lo hace posible la propia Gracia de Dios, que le precede. Lo que él tenía, lo que él era, no le venía de sí mismo: le había sido dado, era gracia, y era por ello también responsabilidad ante Dios y ante los demás. Aunque nuestra vida sea muy distinta, también vale lo mismo para nosotros: todo lo esencial de nuestra existencia nos ha sido dado sin nuestra aportación. El hecho de que yo vivo no depende de mí; el hecho de que me hayan sido dadas personas que me han introducido en la vida, que me han enseñado qué es amar y ser amado, que me han transmitido la fe y me han abierto la mirada a Dios: todo esto es gracia y no está “hecho por mí”. Por nosotros mismos no habríamos podido hacer nada si no nos hubiera sido dado: Dios nos precede siempre, y en cada vida hay cosas bellas y buenas que podemos reconocer fácilmente como gracia suya, como rayo de luz de su bondad. Por esto debemos estar atentos, tener siempre abiertos los “ojos interiores”, los de nuestro corazón. Y si aprendemos a conocer a Dios en su bondad infinita, entonces seremos capaces también de ver, con asombro, en nuestra vida – como los santos – los signos de ese Dios, que está siempre cerca de nosotros, que es siempre bueno con nosotros, que nos dice: “¡Ten fe en mí!".
En el silencio interior, en la percepción de la presencia del Señor, Pedro de Morrone había madurado, además, una experiencia viva de la belleza de la creación, obra de las manos de Dios: sabía captar su sentido profundo, respetaba sus signos y sus ritmos, hacía uso de ella para lo que es esencial a la vida. Sé que esta Iglesia local, como también las demás del Abruzzo y de Molise, están activamente comprometidas en una campaña de sensibilización para la promoción del bien común y de la salvaguardia de la creación: os animo en este esfuerzo, exhortando a todos a sentirse responsables de su propio futuro, como también del de los demás, respetando y custodiando la creación, fruto y signo del Amor de Dios.
En la segunda lectura de hoy, tomada de la Carta a los Gálatas, hemos escuchado una bellísima expresión de san Pablo, que es también un retrato espiritual perfecto de san Pedro Celestino: “Yo sólo me gloriaré en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí, como yo lo estoy para el mundo” (6,14). Verdaderamente la Cruz constituyó el centro de su vida, le dio la fuerza de afrontar las duras penitencias y los momentos más comprometidos, desde su juventud hasta su última hora: él fue siempre consciente de que de ella viene la salvación. La Cruz dio a san Pedro Celestino también una clara conciencia de pecado, siempre acompañada de una también clara conciencia de la infinita misericordia de Dios hacia su criatura. Viendo los brazos completamente abiertos de su Dios crucificado, se sintió llevar al mar infinito del amor de Dios. Como sacerdote, tuvo experiencia de la belleza de ser administrador de esta misericordia absolviendo a los penitentes del pecado, y, cuando fue elegido a la Sede del Apóstol Pedro, quiso conceder una particular indulgencia, llamada "La Perdonanza". Deseo exhortar a los sacerdotes a que se conviertan en testigos claros y creíbles de la buena noticia de la reconciliación con Dios, ayudando al hombre de hoy a recuperar el sentido del pecado y del perdón de Dios, para experimentar esa alegría sobreabundante de la que el profeta Isaías nos habló en la primera lectura (cfr Is 66,10-14).
Finalmente, un último elemento: san Pedro Celestino, aún llevando una vida eremítica, no estaba “cerrado en sí mismo”, sino que estaba lleno de la pasión de llevar la buena noticia del Evangelio a los hermanos. Y el secreto de su fecundidad pastoral estaba precisamente en “permanecer” con el Señor, en la oración, como se nos ha recordado también en el pasaje evangélico de hoy: el primer imperativo es siempre el de orar al Señor de la mies (cfr Lc 10,2). Y sólo después de esta invitación, Jesús define algunos compromisos esenciales de los discípulos: el anuncio sereno, claro y valiente del mensaje evangélico – también en los momentos de persecución – sin ceder ni a la fascinación de la moda, ni al de la violencia o de la imposición; el desapego de la preocupación por las cosas – el dinero y el vestido – confiando en la Providencia del Padre; la atención y cuidado en particular hacia los enfermos en el cuerpo y en el espíritu (cfr Lc 10,5-9). Estas fueron también las características del breve y sufrido pontificado de Celestino V, y estas son las características de la actividad misionera de la Iglesia en toda época.
¡Queridos hermanos y hermanas! Estoy entre vosotros para confirmaros en la fe. Deseo exhortaros, con fuerza y afecto, a permanecer firmes en esa fe que habéis recibido, que da sentido a la vida y que da la fuerza para amar. Que nos acompañen en este camino el ejemplo y la intercesión de la Madre de Dios y de san Pedro Celestino. ¡Amen!
[Traducción del original italiano por Inma Álvarez
©Libreria Editrice Vaticana]
ZENIT nos ofrecemos a continuación las palabras del Papa Benedicto XVI, al introducir el domingo 4 de Julio de 2010 la oración mariana del Ángelus, en la plaza Garibaldi, de Sulmona (Italia), donde se encuentra en visita apostólica.
Queridos hermanos y hermanas,
Al término de esta solemne celebración, en la hora de la acostumbrada cita dominical, os invito a recitar juntos la oración del Angelus. A la Virgen María, a la que veneráis con particular devoción en el Santuario de la Madonna della Libera, confío esta Iglesia de Sulmona-Valva: al obispo, a los sacerdotes y a todo el pueblo de Dios. Que pueda caminar unida y gozosa en el camino de la fe, de la esperanza y de la caridad. Que, fiel a la herencia de san Pedro Celestino, sepa siempre unir la radicalidad evangélica y la misericordia, para que todos aquellos que buscan a Dios lo puedan encontrar.
En María, Virgen del silencio y de la escucha, san Pedro del Morrone encontró el modelo perfecto de obediencia a la voluntad divina, en una vida sencilla y humilde, dirigida a la búsqueda de lo que es verdaderamente esencial, capaz de agradecer siempre al Señor reconociendo en cada cosa un don de su bondad.
También nosotros, que vivimos en una época de mayores comodidades y posiblidades, estamos llamados a apreciar un estilo de vida sobrio, para conservar más libres la mente y el corazón para poder compartir los bienes con los hermanos. Que María Santísima, que animó con su presencia materna a la primera comunidad de los discípulos de Jesús, ayude también a la Iglesia de hoy a dar buen testimonio del Evangelio.
Angelus Domini…
[Traducción del original italiano por Inma Álvarez
©Libreria Editrice Vaticana]
Artículo escrito pormonseñor Felipe Arizmendi Esquivel, obispo de San Cristóbal de Las Casas, México, con el título "Elecciones en paz".
VER
En varios Estados de nuestra patria habrá elecciones el próximo domingo, desde presidentes municipales y diputados locales, hasta gobernadores. Condenamos sin reticencias los asesinatos que, en esta circunstancia, han acontecido, no sólo en Tamaulipas, sino también en algunas regiones de Chiapas: hubo un muerto en Oxchuc, por pleitos internos de un partido, y otros dos en Nachig, entre seguidores de dos partidos distintos; fueron incendiados vehículos y casas, y hubo varios heridos. Reprobamos toda violencia, venga de donde viniere, más cuando proviene de narcotraficantes que intentan influir en la elección de candidatos, eliminando a quien no coopere con sus torcidos intereses. Esto afecta el proceso electoral, pues puede inducir al miedo y aumentar el abstencionismo.
Muchos han degenerado las contiendas electorales, convirtiéndolas en luchas despiadadas por el poder, sin importarles nada, ni la verdad ni la justicia, ni la paz social ni el bien común, sino sólo ganar a como dé lugar. Y cuando los intereses de la droga contaminan el proceso, se genera un clima de desconfianza y de descalificaciones mutuas, que no ayudan a serenar el ambiente social. Se culpa de todo al gobierno, sin ir a las raíces de la descomposición moral que algunos han propiciado y aplaudido, destruyendo la familia y los valores morales. ¡Aquí están los frutos de lo que han sembrado!
JUZGAR
Obispos, sacerdotes, diáconos, religiosas, catequistas y ministros de culto de cualquier credo, no debemos usar la religión para apoyar candidatos de ningún signo; no hemos de partidizar, partir a los fieles, sino convocarlos a la unidad y al respeto mutuo. Pero también hemos de ofrecer los criterios del Evangelio, cuando hay que "emitir un juicio moral sobre las cosas que afectan al orden público, cuando lo exijan los derechos fundamentales de la persona o la salvación de las almas" (Benedicto XVI).
La Palabra de Dios ha de iluminar las conciencias, para analizar y tomar decisiones acordes con nuestra fe. El Evangelio dice que el valor de una persona, de un candidato o candidata, de una alianza o de un partido político, se demuestra en su lucha dentro de la verdad, la justicia y la paz. Quien busca un triunfo electoral, a costa de la paz social y de la armonía de la comunidad, se descalifica. La paz política es prioritaria a la prevalencia personal o partidista. Quien pretende imponerse por cualquier medio, incluso con armas, no tiene madurez humana, cristiana y política.
ACTUAR
Hago un llamado respetuoso a los líderes políticos, para que luchen apasionadamente por sus propuestas, pero que controlen y eduquen a sus seguidores en el respeto mutuo, pues quien no respeta a quienes militan en otras instancias, a sí mismo se desprestigia y no es digno de confianza para ocupar un puesto de gobierno en la comunidad.
Insisto en mi exhortación a participar con su voto responsable en las elecciones del próximo domingo. Analice Usted las razones de quienes siempre desconfían de nuestro sistema político y exhortan a no votar, así como las de quienes invitamos a acudir a las urnas. Somos responsables de elegir a quienes presidan nuestros ayuntamientos y congresos. De nosotros depende en gran parte tener unas u otras autoridades. No hay que ser apáticos e indiferentes, sino optar por la alianza, el partido o la persona que nos genere más confianza. Hoy, más que antes, nos hemos de fijar en las personas que encabezan una opción política, más que en un partido, o en una alianza, pues se han desdibujado las diferencias partidistas y lo que cuentan son las personas.
Nadie venda su voto, ni se deje engañar por promesas y regalos. Analicemos, iluminados por nuestra fe, las propuestas de campaña y las posibilidades reales que alguien tiene de cumplirlas. Seamos libres para apoyar a quien más nos convenza y que no nos presionen a emitir el voto por una opción. Con nuestro voto, libre y razonado, construyamos la paz social que el país requiere. La mejor forma de contrarrestar la violencia, es apoyando a quienes generen paz y progreso para todos, en particular para los pobres y marginados.
Cercana la fiesta de San Ignacio (31 de Julio) el Superior de la Cominidad nos participa lo siguiente:
Fachada Sagrada Familia de Gaudí
S. Ignacio, escultor Cusachs
Querido/a amigo/a:
Desde la "Cueva de Manresa" queremos asegurarle que el día de San. Ignacio tendremos presentes a todos nuestros amigos y amigas, a los jesuitas de todo el mundo, a las familias de espiritualidad ignaciana seglares y religiosas… En la Eucaristía que celebraremos en el Santuario les recordaremos con todo el cariño.
Desde Manresa, cuna de las espiritualidades ignacianas (y de toda la obra social, pastoral, cultural, pedagógica, que nace de ellas) nos gustaría saber ofrecer un espacio de Interioridad, Sabiduría y Silencio, tal como le fue dado al "Peregrino" en los once meses de su estancia en Manresa. Vea en www.covamanresa.cat nuestro programa de Ejercicios, Cursos, Seminarios, Talleres, Congresos...
Vea en concreto:
Meses de Ejercicios (acompañamiento, idioma del ejercitante) – nov: Josep M. Bullich, sj.
Dos Meses de Reciclaje en Manresa (en castellano), desde el lugar "fundante" de la Cueva, con los profesores de "Cristianismo y Justicia"
An Ignatian Immersión course (en inglés), el carisma ignaciano para el mundo de hoy
"Una vez en la vida haga sus Ejercicios en Manresa"(idioma de cada uno, según posibilidades)
Seguir las huellas de San Ignacio recorriendo las calles de Manresa / versión breve
Con todo el afecto, en nombre de la Comunidad y el Equipo de la Cueva de S. Ignacio,
Francesc Riera i Figueras, sj.
Superior
Recuperar la dimensión evangelizadora del patrimonio cultural
Por monseñor Christophe Pierre, nuncio apostólico en México
(ZENIT) Palabras pronunciadas por el nuncio apostólico en México, el arzobispo Christophe Pierre, en el acto eclesiástico que motivó la entrega de nuevo retablo mayor de la Catedral Basílica de Nuestra Señora de los Zacatecas por parte de las autoridades civiles federales y estatales de México, así como de la iniciativa privada que colaboraron para que la Catedral, considerada dentro del decreto de la UNESCO de Zacatecas como Patrimonio Cultural de la Humanidad, tuviera un retablo acorde con su impresionante fachada barroca.
Recuperar la dimensión evangelizadora del patrimonio cultural
Monseñor Christophe Pierre, Nuncio Apostólico de Su Santidad Benedicto XV1 en México
Para la sensibilidad humana que tiene su raíz en el espíritu, es motivo de profundo gozo ver que, no obstante las expoliaciones cometidas a causa de las guerras, de la ignorancia, del odio y de las pasiones desbordadas, unidas a las huellas que en todo deja necesariamente el tiempo, el patrimonio cultural de México, particularmente en esta hermosa ciudad de Zacatecas, sigue siendo notable. Prueba tangible es este maravilloso retablo que hoy simbólicamente recibimos.
En nombre de los fieles, particularmente de Zacatecas, hago patente el más sentido agradecimiento a todas y cada una de las personas e instituciones que han hecho posible su restauro. Un gracias que deseo también extender a los obispos y sacerdotes que bien comprenden que la atención al patrimonio cultural constituye una parte no desdeñable de su servicio pastoral y, en consecuencia, se empeñan por conservar, reconociendo y explicitando su naturaleza y finalidad.
La feliz restauración de este retablo se ha debido, sin duda, a la colaboración de muchos. Pero también gracias a la sensibilidad que particularmente a lo largo de los últimos decenios se ha ido difundiendo en amplios sectores de la sociedad como consecuencia de la elevación del nivel cultural, del fenómeno turístico, y de la presión benéfica que en muchos casos han ejercido las diversas asociaciones culturales que entienden que el patrimonio cultural es signo de la propia identidad nacional y síntesis de las propias raíces históricas, religiosas y culturales.
Iglesia, promotora del hombre
En este contexto es innegable que el patrimonio cultural de México no podría comprenderse ni apreciarse en justicia y en todo su valor, si se le extrae de su realidad histórica y, consiguientemente, del contexto de la indisoluble presencia y acción evangelizadora y promotora de la Iglesia Católica a favor del hombre en su integralidad; del hombre conformado por cuerpo y alma, el hombre, miembro de la Iglesia y al mismo tiempo, miembro de la sociedad civil.
La Iglesia está, en efecto, indisolublemente unida al origen y al presente del gran patrimonio cultural de esta Nación, conformado por obras y monumentos que han tenido su origen, muchos de ellos, en la propuesta y acción evangelizadora: bienes que surgieron de un impulso teologal, nacidos al calor de la fe y para la gloria de Dios. Nadie puede explicar el origen de nuestras catedrales, de nuestros templos, de nuestros retablos si sólo considera móviles estéticos o decorativos y si no tiene presente una naturaleza y una finalidad eminentemente religiosa en los promotores y bienhechores, en los maestros y artesanos, convencidos de que Dios se merece lo mejor.
Al origen de los tesoros artísticos creados por la Iglesia, ha efectivamente habido siempre una finalidad evangelizadora; surgieron para ser, en frase del Papa San León Magno, el Evangelium pauperum, que no significa tanto el "Evangelio de los pobres", cuanto "la Biblia en piedra o en madera para la evangelización", de los que no sabían leer o escribir, que en la Edad Antigua, en la Edad Media e incluso en épocas posteriores, eran la mayoría.
Función evangelizadora
El primero que elaboró un programa iconográfico para enseñar las verdades de la fe a través de la belleza fue el poeta calagurritano Aurelio Prudencio hacia el año 400. Dicho programa para la decoración de las basílicas, redactado en verso, es conocido con el nombre de "Dittochaeum". Consta de 48 títulos de historias, cada una con cuatro versos, a modo de rótulos explicativos para otras tantas escenas: 24 para el Antiguo Testamento, y 24 para el Nuevo Testamento; es decir, una síntesis de la Historia de la Salvación, leyendo el Antiguo Testamento desde una perspectiva cristológica.
Vendrán después los mosaicos de las basílicas constantinianas de Roma, los iconostasios bizantinos, los frescos de las iglesias rupestres de Capadocia, las pinturas murales y las portadas del románico, las vidrieras góticas y los grandes retablos góticos, renacentistas o barrocos, que nunca tienen una función meramente decorativa sino también evangelizadora: algo que en esta hora hemos de tratar de recuperar.
De suyo, anunciar a Jesucristo es la razón última que acredita y legitima la creación y el servicio de la Iglesia al patrimonio cultural religioso, mismo que es, frecuentemente, el único eslabón que, a través de la visita turística, une con la Iglesia a los que no creen, a los alejados y a los que han abandonado la fe o la práctica religiosa. Un eslabón que indudablemente habría que saber utilizar con valentía y audacia, con caridad pastoral y con una imaginación capaz de articular un discurso discreto, respetuoso y alejado del proselitismo, pero al mismo tiempo explícito, sin complejos, atractivo, convincente. Se necesita, en una palabra, recuperar la dimensión evangelizadora del patrimonio cultural.
Cierto, en esta no fácil tarea es obvio que se tendrá que hacer frente a una dificultad fundamental: la secularización de la sociedad, impermeable ante lo religioso, y a las presiones que la Iglesia recibe cada día de determinadas instancias para que despoje su discurso de referencias a la fe, impulsando a considerar únicamente los aspectos estéticos y culturales de estos bienes o su dimensión económica como generadores de riqueza. Se trata, obviamente, de una pretensión totalmente contraria a toda lógica; pues una obra de arte que ha surgido por y para la fe, no puede entenderse sin apelar a la fe que la creó.
La belleza nacida de la fe
Una catedral no sólo es un hermoso edificio. Su finalidad es otra: es lugar donde se manifiesta la gloria de Dios, el culto solemne, la oración, la evangelización y su condición de cátedra del Obispo; finalidades que abundantemente justifican su existencia.
El patrimonio cultural de la Iglesia, es decir, la belleza nacida de la fe y del manantial límpido y fecundo del Evangelio, tiene un valor evangelizador incontestable. Bien aprovechado es un puente tendido hacia la experiencia religiosa.
Que esto no es vana ilusión lo demuestra, por ejemplo, la historia de la conversión de Paul Claudel la tarde de Navidad de 1886, en la que, movido por un sentimiento más estético que religioso, penetra en Notre Dame de París mientras se cantan las vísperas y queda subyugado por la majestuosidad del gótico catedralicio, por la música del órgano y por la belleza de lo que después él supo que era el Magníficat gregoriano, entonado por un coro de niños y el coro del Seminario de Saint Nicolas du Chardonnet. Este puede ser el camino de otros hombres y mujeres de buena voluntad que se acercan a estos bienes culturales. A ustedes y a nosotros toca tenderles la mano para que la belleza visible sea camino y sacramento de encuentro con la belleza invisible de Dios, en Cristo Jesús que, como afirma felizmente el Concilio Vaticano II, es "centro de la humanidad, gozo del corazón humano y plenitud total de sus aspiraciones" (GS 45).
ZENIT nos ofrece el discurso que el Papa Benedicto XVI dirigió el viernes 2 de Julio de 2010 al nuevo embajador de la República de Iraq ante la Santa Sede, Habbeb Mohammed Hadi Ali Al-Sadr, al presentar sus cartas credenciales.
Excelencia,
Me complace darle la bienvenida al comienzo de su misión, y aceptar las cartas que le acreditan como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de la República de Iraq ante la Santa Sede. Le doy las gracias por sus amables palabras, y le pido que transmita al Presidente Jalal Talabani mi saludo respetuoso, y el testimonio de mis oraciones por la paz y el bienestar de todos los ciudadanos de su país.
El 7 de marzo de 2010, el pueblo de Iraq dio una señal clara al mundo de que desean ver el fin de la violencia y que han elegido el camino de la democracia, a través del cual aspiran a vivir en armonía unos con otros dentro de una sociedad justa, pluralista y sociedad inclusiva. A pesar de los intentos de intimidación por parte de aquellos que no comparten esta visión, la gente mostró gran coraje y determinación porque se presentaron en las mesas de votación en grandes cantidades. Es de esperar que la formación de un nuevo Gobierno siga ahora adelante para que la voluntad del pueblo por un Iraq más estable y unificado se pueda lograr. Los que han sido elegidos para cargos políticos tendrán que mostrar ellos mismos un gran coraje y determinación, a fin de cumplir las altas expectativas que se han depositado en ellos. Puede usted estar seguro de que la Santa Sede, que siempre ha valorado sus relaciones diplomáticas excelentes con su país, seguirá prestando toda la asistencia que pueda, de manera que Iraq pueda asumir el lugar que le corresponde como un país líder en la región, con mucho que aportar a la comunidad internacional.
El nuevo Gobierno tendrá que dar necesariamente prioridad a medidas destinadas a mejorar la seguridad de todos los sectores de la población, en particular las distintas minorías. Usted ha hablado de las dificultades que enfrentan los cristianos y tomo nota de sus comentarios sobre las medidas adoptadas por el Gobierno para ofrecer una mayor protección. La Santa Sede, naturalmente, comparte la preocupación que usted ha expresado de que los cristianos iraquíes deben permanecer en su patria ancestral, y que aquellos que se han sentido obligados a emigrar puedan pronto considerar seguro volver. Desde los primeros días de la Iglesia, los cristianos han estado presentes en la tierra de Abraham, una tierra que forma parte del patrimonio común del judaísmo, el cristianismo y el Islam. Es muy de esperar que la sociedad iraquí en el futuro destaque por su convivencia pacífica, tal como está en consonancia con las aspiraciones de aquellos que tienen sus raíces en la fe de Abraham. Aunque los cristianos forman una pequeña minoría de la población de Iraq, pueden dar una valiosa contribución a su reconstrucción y a la recuperación económica a través de sus apostolados educativos y sanitarios, mientras que su participación en proyectos humanitarios proporciona una asistencia muy necesaria en la construcción de la sociedad. Si han de desempeñar plenamente su papel, sin embargo, los cristianos iraquíes deben saber que es seguro para ellos que permanezcan o regresen a sus hogares, y necesitan garantías de que sus propiedades les serán devueltas y sean confirmados sus derechos.
En los últimos años hemos visto muchos actos trágicos de violencia cometidos contra miembros inocentes de la población, tanto musulmanes como cristianos, actos que, como usted ha señalado son contrarias a las enseñanzas del Islam, así como a las del cristianismo. Este sufrimiento compartido puede proporcionar un vínculo profundo, un fortalecimiento de la determinación de musulmanes y cristianos de trabajar por la paz y la reconciliación. La historia ha demostrado que algunos de los incentivos más poderosos para superar la división viene del ejemplo de aquellos hombres y mujeres que, habiendo optado por la vía del testimonio valiente, no violento, de los valores más altos, han perdido la vida a través de actos cobardes de violencia. Mucho tiempo después de que los problemas presentes queden en el pasado, los nombres del arzobispo Paulos Faraj Rahho, el padre Ragheed Ganni y muchos más vivirá como un magnífico ejemplo del amor que les llevó a dar su vida por los demás. Que su sacrificio y el sacrificio de tantos otros como ellos, fortalezcan en el pueblo iraquí la determinación moral que es necesaria para que se creen estructuras políticas de mayor justicia y estabilidad.
Usted ha hablado del compromiso de su Gobierno de respetar los derechos humanos. De hecho, es de suma importancia para cualquier sociedad saludable que la dignidad humana de cada uno de sus ciudadanos sea respetada tanto en la legislación como en la práctica, es decir, que los derechos fundamentales de todos deberían ser reconocidos, protegidos y promovidos. Sólo así se puede servir realmente al bien común, es decir, a aquellas condiciones sociales que permiten a las personas, ya sea como grupos o como individuos, desarrollarse, para alcanzar su plena estatura, y contribuir al bien de los demás (cf. Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 164-170). Entre los derechos que deben respetarse plenamente si se quiere promover realmente el bien común, los derechos a la libertad de religión y la libertad de culto son de suma importancia, ya que ellas son las que permiten a los ciudadanos vivir en conformidad con su dignidad trascendente de personas hechas a la imagen de su divino Creador. Por tanto, espero y rezo para que estos derechos no sólo sean reconocida por la legislación, sino que hagan mella en el tejido de la sociedad – pues todos los iraquíes tienen un papel que desempeñar en la construcción de una paz justa y un clima moral y pacífico.
Usted comienza su mandato, señor Embajador, en los meses previos a una iniciativa particular de la Santa Sede en apoyo de las Iglesias locales en toda la región, a saber, la Asamblea Especial para Oriente Medio del Sínodo de los Obispos. Esto proporcionará una buena oportunidad para explorar el papel y el testimonio de los cristianos en las tierras de la Biblia, y también para dar un impulso a la importante tarea del diálogo interreligioso, que tiene mucho que contribuir al objetivo de la coexistencia pacífica en el respeto mutuo y la estima entre los seguidores de diferentes religiones. Es mi sincera esperanza de que Iraq resurja de las experiencias difíciles de la década pasada como un modelo de tolerancia y cooperación entre musulmanes, cristianos y otros, al servicio de quienes más lo necesitan.
Excelencia, rezo para que la misión diplomática que usted comienza hoy consolide aún más los lazos de amistad entre la Santa Sede y su país. Le aseguro que los diversos departamentos de la Curia Romana están siempre dispuestos a ofrecer ayuda y apoyo en el cumplimiento de sus funciones. Con mis más sinceros deseos, invoco sobre usted, su familia, y sobre todo el pueblo de la República de Iraq, las abundantes bendiciones divinas.
[Traducción del original inglés por Inma Álvarez
©Libreria Editrice Vaticana]
Homilía de monseñor Francisco Polti, obispo de Santiago del Estero (Catedral-Basílica “Nuestra Señora del Carmen”, 29 de junio de 2010). (AICA)
SOLEMNIDAD DE LOS APÓSTOLES SAN PEDRO Y SAN PABLO
Queridos hijos todos en Cristo:
En esta solemnidad de San Pedro y San Pablo recordamos con gratitud a estos dos Apóstoles, cuya sangre, junto con la de tantos otros testigos del Evangelio, ha fecundado la Iglesia universal. Queremos hacer de esta celebración, de la fiesta de estos Apóstoles, una oración; una oración principalmente por la Iglesia de Roma, por la persona e intenciones del Santo Padre, Benedicto XVI, sucesor de San Pedro, y que en este último tiempo viene sufriendo diversos ataques a su ministerio petrino, por toda la Iglesia católica, por los hermanos separados, con los que se desea alcanzar un día la plena comunión, y también por toda la humanidad a la que está destinada el Evangelio.
La tradición cristiana ha considerado a san Pedro y san Pablo inseparables uno del otro, aunque cada uno tuvo una misión diversa que cumplir: san Pedro fue el primero en confesar la fe en Cristo; san Pablo obtuvo el don de poder profundizar su riqueza, nos recuerda el prefacio de la misa. San Pedro fundó la primera comunidad de cristianos provenientes del pueblo elegido; san Pablo se convirtió en el apóstol de los gentiles. Con carismas diversos trabajaron por una única causa: la construcción de la Iglesia de Cristo.
En el Oficio divino, la liturgia ofrece a nuestra meditación este conocido texto de san Agustín: "En un solo día se celebra la fiesta de dos apóstoles. Pero también ellos eran uno. Aunque fueron martirizados en días diversos, eran uno. San Pedro fue el primero; lo siguió san Pablo. (...) Por eso, celebramos este día de fiesta, consagrado para nosotros por la sangre de los Apóstoles". (1)
Como en años anteriores esta fecha es ocasión muy propicia no sólo para orar por el Sucesor de Pedro, como lo hacemos diariamente, sino, sobre todo, para renovar y acrecentar nuestra inquebrantable adhesión a su Persona y Ministerio. Asimismo otra forma de expresarle nuestra comunión y reconocimiento es poner en sus manos nuestras ofrendas, con la colecta del próximo domingo día 4 de julio, en todos las parroquias de nuestra Iglesia diocesana. El Papa necesita de nuestra colaboración económica, también, pues ha de responder a las necesidades materiales que conlleva su misión y ministerio, en solicitud por todas las Iglesias, y a favor de numerosas personas e instituciones que acuden a él, de todo el mundo, en demanda de ayuda.
Celebramos esta fiesta de San Pedro y San Pablo, la memoria de su martirio, signo de supremo amor y de supremo testimonio de Cristo Jesús, el Señor de la vida y de la historia. ¿Qué le podremos pedir a éstos queridos Apóstoles?
Fidelidad a Cristo en la Iglesia
Cada uno de nosotros, como discípulos-misioneros de Jesucristo, le podríamos pedir aquello que es propio del carisma apostólico particular: la firmeza, la solidez, la perennidad, la capacidad de resistir al desgaste del tiempo y a la presión de los acontecimientos, la fuerza de ser -en la diversidad de las situaciones- siempre iguales a nosotros mismos, de vivir y de sobrevivir seguros de un Evangelio inicial, de una coherencia actual, de una meta escatológica. Sí, debemos pedirle, a Pedro y a Pablo, el don de la fe. Más que pensar y hablar, necesitamos la experiencia de la fe, de la relación vital con Jesucristo. La fe no debe quedarse en teoría: debe convertirse en vida(2).
Pero a su vez, los Apóstoles nos piden a nosotros la fidelidad. Es decir, no podríamos llamarnos discípulos, si nuestra adhesión al mensaje salvífico de la revelación cristiana no tuviera aquella firmeza interior, aquella coherencia exterior que hace de ella un verdadero principio de vida reductible a la práctica.
Hoy, en la Mesa del Altar, al presentar las ofrendas, mientras la prometemos en el corazón, pedimos esta fidelidad a San Pedro y San Pablo, quienes como hombres experimentaron la dificultad y la contradicción, pero que recibieron de Jesucristo el incomparable favor de la resistencia en la fe.
Fidelidad del amor a Cristo
Pediremos también, en esta Eucaristía, otra fidelidad: la fidelidad del amor a Cristo que se difunde en un concreto y generoso servicio. Hay que servir por amor. Esta fiesta es una oportunidad para renovar el propósito de “estrenar” todos los días el amor a Dios sobre todas las cosas y a nuestros hermanos a través de un servicio desinteresado, especialmente a los más necesitados. El Señor a cada uno de nosotros nos vuelve a dirigir, como lo hizo con Pedro, esa pregunta: ¿me amas más que éstos? Pedro, le amaba más y tenía el primado del amor a Cristo.
En el servicio hacia los demás encontramos una clara manifestación del amor y un elemento claro de una espiritualidad de comunión. El Papa Benedicto XVI, por quien hoy rezamos especialmente, en su primera Encíclica “Dios es amor” nos recordaba que en “la íntima participación personal en las necesidades y sufrimientos del otro se convierte así en un darme a mí mismo: para que el don no humille al otro, no solamente debo darle algo mío, sino a mí mismo; he de ser parte del don como persona. Éste es un modo de servir que hace humilde al que sirve”(3).
Le pedimos a Santa María, Reina de los Apóstoles, que nos consiga la gracia de ser fuertes en la fe y de amar cada día más. Que nuestra Iglesia que peregrina en Santiago del Estero, fortificada por estos dones y unida al Santo Padre y a la Iglesia de Roma, se distinga por ser una verdadera “casa y escuela de comunión”. Así sea.
Mons. Francisco Polti, obispo de Santiago del Estero
Notas:
(1) Cfr. Disc. 295, 7. 8
(2) PABLO VI, Homilía en la fiesta de San Pedro, 29-VI-1969.
(3) BENEDICTO XVI, Dios es amor, 34-35.
Homilía de Carmelo Juan Giaquinta, arzobispo emérito de Resistencia, para la homilía del domingo 13º durante el año (27 junio de 2010). (AICA)
SER CRISTIANO ES DECIDIRSE A SEGUIR A JESÚS
Lc 9,51-62
1. En la lectura del Evangelio de hoy distinguimos tres pasos: a) Jesús emprende resueltamente el camino que lo lleva a la muerte en cruz; b) la oposición que sufre de los samaritanos y la reacción de dos discípulos; c) tres casos llamados al discipulado de Jesús.
Hoy nos detendremos en el primero y tercer paso.
I. “JESÚS SE ENCAMINÓ DECIDIDAMENTE HACIA JERUSALÉN”
2. Como vimos el domingo pasado, Jesús, después de iniciar suficientemente a los discípulos, los ayuda a dar un paso más en el descubrimiento del Mesías de Dios. Él es el Mesías, pero no el que ellos imaginan, un triunfador terreno, sino el anunciado por los profetas, que “debe sufrir mucho, ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser condenado a muerte y resucitar al tercer día” (Lc 9,22). A partir de entonces, el evangelio de Lucas trae una seguidilla de anuncios de la pasión y muerte del Mesías, y de su resurrección. Por ejemplo: Lc 9,31.44; 12,50; 18,31-33.
3. En el pasaje de hoy, Lucas muestra a Jesús que emprende resueltamente el camino a Jerusalén, donde le espera la cruz: “Cuando estaba por cumplirse el tiempo de su elevación al cielo, Jesús se encaminó decididamente hacia Jerusalén” (Lc 9,51). La muerte de Jesús en cruz no es una fatalidad que le es impuesta por un destino ciego. Tampoco es una de las tantas opciones que le fuese ofrecida en un muestrario de posibles tormentos, y que él, como un gran fakir capaz de soportarlos todos, hubiese elegido el peor. Jesús prevé proféticamente la pasión que urden en su contra, y la asume voluntariamente, y así la despoja de la maldad humana y la transforma en camino de reconciliación. Como Jesús explica en la parábola del Buen Pastor: “Nadie me la quita (la vida), sino que la doy por mí mismo. Tengo el poder de darla y de recobrarla” (Jn 10,18). Por ello en la Santa Misa decimos: “Él mismo, cuando iba a ser entregado a su Pasión, voluntariamente aceptada…”.
II. JESÚS ESPERA UNA ACTITUD RESUELTA DEL DISCÍPULO
4. Con la actitud resuelta de Jesús de abrazar el camino de la cruz, se conecta la actitud resuelta que él espera del discípulo, de la que también nos habló el domingo anterior: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me siga” (Lc 9,23).
5. El pasaje de hoy nos plantea tres casos donde es puesta en juego la resolución de seguir a Jesús. Primero, un hombre muy entusiasta: “¡Te seguiré a donde vayas!” (Lc 9,57). Un segundo, quiere postergar la decisión de seguirlo después de la muerte de su padre. Un tercero, quiere arreglar antes todos los asuntos pendientes con su familia. En los tres casos, la respuesta de Jesús hace ver que ser su discípulo es una decisión seria. No se trata de ponerse una crucecita al pecho. Es jugarse la vida con Jesús, asumir su suerte de cruz y de gloria.
6. Con frecuencia, se interpreta este tipo de pasajes según categorías modernas, como relativos exclusivamente al llamado a la vida religiosa o sacerdotal. Lo cual empobrece el texto evangélico y el mensaje de Jesús. Lucas habla primero de ser discípulos. Y de entre ellos Jesús escoge a los apóstoles: “Llamó a sus discípulos y eligió a doce de ellos, a los que dio el nombre de Apóstoles” (Lc 6,13). El hecho de que el apóstol contraiga especiales responsabilidades, no quita nada al discípulo de tener que seguir a Jesús con decisión.
III. PASTORAL POPULAR Y DISCIPULADO
7. A veces se ha querido combatir como superstición todo tipo de expresión religiosa que no cuadra plenamente con la liturgia oficial de la Iglesia. Así sucedió hasta 1975, cuando Pablo VI enunció los principios para discernir y cuidar la auténtica piedad popular. Otras veces, olvidando tales principios, se asumen las expresiones religiosas populares como si ellas fuesen siempre y en todo expresión genuina y madura de la fe. Otras veces se las fomenta artificialmente, como respuesta a una necesidad del ser humano, y tal vez no sin cierto interés económico que huele a simonía; por ejemplo, elegir un santo patrono “porque es taquillero”. Y hay otras expresiones de dudoso espíritu evangélico. Por ejemplo: ¿las reuniones de sanación, sea Misas o simples reuniones de oración: tienen siempre las señales del Espíritu Santo, o a veces se mezcla en ellas cierto espíritu mágico?
8. Un criterio evangélico cierto para discernir el grado de autenticidad y madurez de tales expresiones religiosas es si en ellas se anuncia el misterio de Cristo muerto y resucitado, y se alienta a los fieles a seguir resueltamente a Jesucristo, asumiendo su misma suerte.
La expresión religiosa en la que el discípulo no pasase por la imitación del Maestro muerto y resucitado no sería auténtica expresión de fe cristiana. Quizá pueda ser un punto de partida, como Jesús hizo con la fe grosera de los que querían coronarlo rey para comer gratis. Pero nunca un punto de llegada. De allí la necesidad de plantearnos si la catequesis y la predicación que hacemos es siempre conforme al Evangelio de Jesús.
Mons. Carmelo Juan Giaquinta, arzobispo emérito de Resistencia
“Para que la Iglesia sea el ‘hogar’ de todos, pronta a abrir sus puertas a cuantos son obligados a emigrar a otros países por las discriminaciones raciales y religiosas, el hambre y las guerras” - Comentario a la Intención Misionera de agosto de 2010
Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) – Uno de los problemas más acuciantes del hombre actual, es el sentido de soledad. En medio de las multitudes que inundan las grandes ciudades, se echa de menos el interés por la persona. Hay muchas personas que experimentan la soledad, el abandono, aunque estén rodeadas de cientos de seres humanos. Este problema lo sufren especialmente los inmigrantes, aquellos que han tenido que abandonar sus casas y sus países de origen, forzados por la brutalidad de la guerra, la discriminación del racismo o la intolerancia de una religión impuesta, en contra de la propia conciencia.
Pertenece al mismo ser de la Iglesia el tener un sentido de “familia en Dios”, más aún, un sentido de “hogar”. El “hogar” es el lugar donde cada persona se sabe amada, valorada por lo que es. Decir “hogar” es decir calor humano, experiencia de la maternidad. Precisamente es con frecuencia la madre de familia, con su cariño materno, quien transforma una casa en un “hogar”. También la Iglesia, como Madre Santa, debe ser “hogar” para todos sus hijos, especialmente para los más necesitados.
Siempre deben resonar en nuestros oídos las palabras del Maestro: “Lo que hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis”. La realidad de la emigración crea en la persona que la sufre unas condiciones muy duras, de indefensión, de inseguridad, de falta de lo más necesario. Con frecuencia se une la limitación creada por la barrera lingüística, la falta de trabajo, etc. Su situación de debilidad y necesidad, a veces desesperada, los hace susceptibles de ser manipulados. Con frecuencia deben sufrir también abusos de tipo laboral. Pero no debemos olvidar que “el emigrante es una persona humana con derechos fundamentales inalienables que todos deben respetar siempre” (Benedicto XVI, Mensaje para la Jornada del Emigrante 2010).
Es deber de todos nosotros, presentar un rostro de la Iglesia que refleje verdaderamente el rostro de Cristo. Un rostro materno que sea expresión de las “entrañas de misericordia de nuestro Dios”. El Papa Benedicto en la encíclica “Deus caritas est” ha dado una doctrina muy clara sobre el ejercicio de la caridad en la Iglesia. Por una parte, afirma que pertenece a su esencia, junto a la predicación de la Palabra de Dios y la santificación de los hombres a través de los sacramentos. Por otra parte, afirma que: “La Iglesia es la familia de Dios en el mundo. En esta familia no debe haber nadie que sufra por falta de lo necesario. Pero, al mismo tiempo, la caritas-agapé supera los confines de la Iglesia; la parábola del buen Samaritano sigue siendo el criterio de comportamiento y muestra la universalidad del amor que se dirige hacia el necesitado encontrado «casualmente» (cf. Lc 10, 31), quienquiera que sea. No obstante, quedando a salvo la universalidad del amor, también se da la exigencia específicamente eclesial de que, precisamente en la Iglesia misma como familia, ninguno de sus miembros sufra por encontrarse en necesidad” (DCE, 25b).
También, hablando de los siete primeros diáconos, clarifica que “este grupo tampoco debía limitarse a un servicio meramente técnico de distribución: debían ser hombres «llenos de Espíritu y de sabiduría» (cf. Hch 6, 1-6). Lo cual significa que el servicio social que desempeñaban era absolutamente concreto, pero sin duda también espiritual al mismo tiempo; por tanto, era un verdadero oficio espiritual el suyo, que realizaba un cometido esencial de la Iglesia, precisamente el del amor bien ordenado al prójimo” (DCE, 21). No se trata de un servicio meramente social, es una expresión de la caridad sobrenatural de la Iglesia.
Pidamos a María, nuestra Madre, que nos ayude a ser verdaderamente el rostro materno de la Iglesia como expresión de amor de Dios por todos los hombres. La Madre de Dios tuvo que emigrar a Egipto para defender la vida de la Vida, y experimentó las carencias y necesidades de los emigrantes. A su maternidad confiamos a todos nuestros hermanos que han debido abandonar su patria. Que Ella los custodie hasta la patria eterna. (Agencia Fides 24/07/2010)
Comentario al evangelio del domingo diecisiete del Tiempo Ordinario – C, publicado en Diario de Avisos el domingo 25 de Julio de 2010 bajo el epígrafe “DOMINGO CRISTIANO”.
La oración
Daniel Padilla
Si el pájaro canta, vive. Es así que canta. Luego vive". Así nos decía aquel enjuto profesor de lógica tratando de poner un ejemplo claro de silogismo válido. Permítanme qué, parodiando su ejemplo y a la luz del evangelio de hoy, les argumente de una manera similar: "Si el cristiano reza, es seguro que vive". Por eso, se nos ha repetido hasta la saciedad que la oración es "la respiración del alma". Y ya el domingo pasado, mirando a María la hermana de Marta, quedaba claro que todas nuestras actividades cristianas serán sobrenatural-mente estériles, -como azotar el viento-, si no arrancan de una actitud de escucha, "a los pies de Jesús". Pero he aquí que el enjuto profesor, queriendo después poner un ejemplo de silogismo inválido, añadía: "Si el pájaro vive, canta. Es así que vive; luego canta". "Ya comprenden que no vale", repetía, "puesto que un pájaro, aunque viva, por las razones que sean, puede no cantar". Y aquí es donde yo, en aplicación de la parodia a la que me refiero, me aparto de la filosofía de aquel profesor de juventud y sé que él también se apartaría. Y afirmo: si el cristiano vive, reza; tiene necesariamente que orar. La oración brotará espontánea-mente de él, como el humo del fuego, como el perfume de la rosa, como el llanto de un corazón herido. Vean a Abraham en la primera lectura de hoy. Es una página llena de lirismo y de ternura. Dense cuenta. Era la época en que los hombres concebían a Dios como ser misterioso; un ser lejano y displicente; un ser terrible, envuelto en el fuego, el rayo y el trueno. Y sin embargo, a ese Dios tan terrible, Abraham, adoptando una actitud mimosa y confiada, pero sintiéndose polvo y ceniza, no puede menos de orar. En una oración modélica, rebosante de sencillez, audacia, esperanza, travesura y fe: "Y si en Sodoma hay cincuenta justos, o cuarenta, o acaso treinta, o, a lo peor, veinte, o quién sabe si sólo diez, ¿no perdonarás por ellos a la ciudad?". Si el hombre vive, es decir, si tiene una vida de ver-dad, reza. Es un argumento perfecta-mente válido. Incontestable. Más toda-vía: desde el día en que Jesús nos aclaró que Dios no es un Dios lejano y distante sino, al revés, un Dios cercano, detallista y atento, hay que concluir que "si cuida de los pájaros y los lirios, cuánto más lo hará de nosotros que valemos más que los pájaros y los lirios". Por eso, en el evangelio de hoy se nos dice "un día que Jesús estaba orando dijo a sus discípulos: pidan y recibirán, busquen y hallarán". ¿Por qué debemos pedir y confiar en que recibiremos? Fundamentalmente por dos razones. Sí, porque Dios escucha y Dios es Padre. "Dios escucha nuestra palabra". Vean la paradoja. Decíamos el domingo pasado que "María, a los pies de Jesús, escuchaba su palabra". Pues sépanlo de una vez y no se escandalicen: en esto de la oración es como si Dios "se sentara a nuestros pies y escuchara nuestra palabra". Deletreen lo que Jesús dijo: "Si ustedes que son malos dan cosas buenas a sus hijos ¿cuánto más vuestro Padre dará el Espíritu a quien se lo pida?". "Dios es padre". Aquí está el centro de la cuestión. Dios es padre. ¿Lo oyen bien? ¡Padre!
Lectio divina para la solemnidad de Santiago Apóstol 2010, ofrecida por la Delegación de Liturgia de la diócesis de Tenerife.
Santiago Apóstol
LECTURA: “ Mateo 20, 20-28”
En aquel tiempo, se acercó a Jesús la madre de los Zebedeos con sus hijos y se postró para hacerle una petición. Él le preguntó: ¿«Qué deseas?»
Ella contestó: «Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda.»
Pero Jesús replicó: «No sabéis lo que pedís. ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?»
Contestaron: «Lo somos.»
Él les dijo: «Mi cáliz lo beberéis; pero el puesto a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, es para aquellos para quienes lo tiene reservado mi Padre.»
Los otros diez, que lo habían oído, se indignaron contra los dos hermanos. Pero Jesús, reuniéndolos, les dijo: «Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo.
Igual que el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos.»
MEDITACIÓN: “No será así entre vosotros”
¡Cómo nos cuesta aprender, Señor! Nos sorprende la actitud de aquellos hombres que estando a tu lado tardaron en entender las implicaciones y consecuencias de tu mensaje. Y no nos sorprende el que nosotros, dos mil años después, sigamos sin aprender. Y no me refiero solamente a los que siguen viviendo al margen de tu mensaje y de tu persona, sino a los que decimos seguirte.
El ambiente nos atrae también a nosotros. El poder y el tener se nos cuela por todos los resquicios, con toda su fuerza y atractivo. En nuestra iglesia, en nuestras comunidades, en nuestro corazón. Y llegamos a utilizar el servicio como instrumento de poder, en lugar del poder, mucho o poco que podamos tener, como servicio. Y ahí, vuelve a resonar tu palabra firme, clara, “no será así entre vosotros”.
Da la sensación de que los hombres somos tendentes al gregarismo. A hacer lo que hacen todos. Claro, a nadie le gusta que le tachen, con esas armas dialécticas que usamos, “bicho raro”, o antiguo, o “carca”, como lo más suave. Y así seguimos escuchando aquel grito del pueblo que aparece en la biblia, “queremos ser como los demás pueblos”. Y tú nos sigues diciendo “no será así entre vosotros”.
Y no es por hacer la contra, sino por mirar qué es lo que más nos humaniza. Por eso, lo nuestro, nuestro punto de referencia no está en los otros, por ingentes mayorías que puedan ser. Seguimos siendo llamados a ser “el resto”, ese resto, tal vez pequeño, insignificante, grano de mostaza, sal y levadora, pero con capacidad de dar sabor, de hacer que la masa, la gran masa, siga siendo sabrosa, aún sin darse cuenta, porque se apoya en tu palabra, porque se arraiga en ti, el Dios de la vida, el Dios del amor.
Santiago, que comenzó pidiendo, como todos, poder, terminó aprendiendo, hasta dar su vida, el primero. Y sigue siendo hoy estímulo de un hacer camino, que empieza y termina en ti, que no viniste a ser servido sino a servir. Y eso es lo que quieres que sea entre nosotros, que sea en mí.
ORACIÓN: “Aprender de ti”
Señor, no puedo dirigirme a ti con aires de suficiencia o de estar por encima de nadie. Sabes de mis muchas limitaciones y contradicciones. Pero también sabes de mis deseos de aprender de ti. Sé que muchas veces me puedo y me arrastra el ambiente, no es fácil, pero tengo claro que tú, solamente tú, nos descubres el verdadero camino de humanidad. Ayúdame a recorrerlo y a construirlo contigo.
Señor, Santiago nos habla de hacer camino, para unos será el material que lleva a Compostela, como medio de encontrarse contigo, para todos del camino de la vida en el que tú vienes con nosotros. No te apartes nunca de mí; que no me aparte nunca de ti.
CONTEMPLACIÓN: “Peregrino divino”
Eres camino, Señor,
camino que quiere llevarme
a las cimas más altas
de mi humanidad.
Camino andado en soledad,
que me sabe a presencia callada
que empuja mis sentidos
hasta convertirlos en eco
que resuena en los corazones
de quienes caminan conmigo
en la andadura de la existencia.
Y ahí extiendes tu mano
y quieres que extienda la mía.
Mano de amigo y de hermano,
forjadora de paz y de vida.
Y tú vienes conmigo,
peregrino divino,
para alentar mis pasos,
compartiendo tu pan y tu vino
Lectio divina para el domingo dieciséis del Tiempo Ordinario - C, ofrecida por la Delegación de Enseñanza de la diócesis de Tenerife.
Lectio 16º Domingo
LECTURA: “Lucas 10, 38-42”
En aquel tiempo, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Ésta tenía una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Y Marta se multiplicaba para dar abasto con el servicio; hasta que se paró y dijo:
«Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano.»
Pero el Señor le contestó: «Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa con tantas cosas; solo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán.»
MEDITACIÓN: “La mejor parte”
Pobre Marta. No queda muy bien parada en esta ocasión, y cuánto se ha dicho a partir de aquí de que si era mejor la vida contemplativa que la acción. No creo que el Señor quisiese sacar ninguna conclusión de este tipo, aunque sí le vino a pelo la situación para decirnos algo importante.
No, María no estaba haciendo algo incorrecto. Estaba desviviéndose por atender a Jesús con sus mejores atenciones, pero le pasaba algo que nos suele pasar a menudo, y es que a fuerza de preocuparse por Jesús no se preocupaba de Jesús, ya que si no fuese por María lo habría dejado solo.
Y es que al final, y al principio, los demás no necesitan que nos preocupemos tanto por ellos, sino que nos preocupemos de ellos. De ahí brota lo segundo. No sabemos si María después de estar a los pies de Jesús se habría metido en los quehaceres, seguramente sí, pero primero atendió, acogió, escuchó, amó y se dejó amar en directo, a Jesús y por Jesús.
Y así nos marcas las prioridades con respecto a ti, no para quedarnos ahí. La vida no está hecha de compartimentos, aunque demos un orden a las cosas, todo está interrelacionado. Y en ese orden lo primero estás tú, y la acogida del Reino en ti, de tu Reino de amor. Desde ahí, la actividad, aunque sea fuerte, no es fruto del agobio, del nerviosismo, de la tensión, del intentar quedar bien, de la inquietud, sino del servicio que brota sereno y urgente, claro que sí, pero de la fuente que eres tú.
ORACIÓN: “La sabiduría de tu amor”
Hazme descubrir, Señor, el valor primordial de tu presencia, Ayúdame a descubrir la prioridad de tu ser en mí, no para quedarme aletargado y abotargado en mi asiento, sino para derramar en todo y en todos la sabiduría de tu amor.
Ayúdanos, Señor, a no tener miedo de cambiar la fuerza de nuestra existencia. Que aprendamos el valor y la diferencia de resituar los valores en los que nos apoyamos, para modelar nuestro corazón y nuestra historia desde ti.
CONTEMPLACIÓN: “A tus pies”
Detén los rápidos pasos
que no me llevan
a ninguna parte.
Serena mi corazón inquieto
que late, si saber por qué,
al ritmo galopante
que le marca
la rutina de las cosas,
de los tiempos,
de las prisas.
Déjame sentarme a tus pies,
reclinar mi cabeza cansada
sobre tus rodillas,
fatigadas de andar caminos
de corazones inquietos
que no dejan reposar tus pasos,
y háblame palabras de amor
y de esperanza,
que me sepan al néctar de la vida,
que me abran paisajes nuevos,
que despierten sueños dormidos,
y pongan mies pies
en tu camino.
Lectio divina para el domingo quince del tiempo ordinario - c, ofrecida por la Delegación de Liturgia de la Diócesis de Tenerife.
Lectio 15º Domingo
LECTURA: “Lucas 10, 25‑37”
En aquel tiempo, se presentó un maestro de la Ley y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?»
Él le dijo: «¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?» É1 contestó: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo.»
Él le dijo: «Bien dicho. Haz esto y tendrás la vida.»
Pero el maestro de la Ley, queriendo justificarse, preguntó a Jesús: «¿Y quién es mi prójimo?»
Jesús dijo: «Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayo en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo.
Pero un samaritano que iba de viaje, llegó a donde estaba él y, al verlo, le dio lástima, se le acercó, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente, sacó dos denarios y, dándoselos al posadero, le dijo: "Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré a la vuelta." ¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?»
Él contestó: «El que practicó la misericordia con él.» Jesús le dijo Jesús: «Anda, haz tú lo mismo.»
MEDITACIÓN: “La misericordia”
Sí, yo creo que todos, con más o menos lucidez, sabemos qué tenemos que hacer para ganar la vida, es decir, para hacer que nuestra vida concluya en vida, para que nuestra vida sea creadora y portadora de vida. Podemos buscar disculpas, aportar “razones”, algunas hasta con lógica, pero nunca podremos ocultar las actitudes que son generadoras de vida, que ponen de manifiesto que queremos que los demás, que todos, podamos vivir con paz, con dignidad.
Pero lo cierto es que caminamos como anónimos, a veces con desconfianza, hablamos de libertad, pero la verdad es que tenemos que esconder lo que pensamos, tenemos que disimular, a veces hasta tenemos que mentir. Y así vamos distanciándonos y tratando de pasar de largo los unos de los otros, ¡por si acaso!
Tú nos pides, me pides, algo más, mucho más. Me hablas de amor. De ser fuerza volcada hacia fuera de mí, porque sí, como tú, porque es la forma auténtica de crear, de generar algo nuevo. Un amor que se vuelque con todas nuestras capacidades en ti y que desde ahí se desborde, como un torrente, hacia los demás, hacia todos. Sentir a todos como parte de mí, mirarlos como otro yo, cuyas alegrías o tristezas me afectan y me importan.
Tú me invitas, Señor, mejor, me llamas e interpelas, para que descubra la verdad de mis intenciones, de mis razones, de mis actitudes. Me invitas a mirar arriba, dentro, y a mi alrededor, y a intentar responder como tú, con amor, por amor, desde el amor. Tú me aseguras que es posible cuando se es capaz de mirar con los ojos de un corazón sencillo, fraterno y misericordioso como el tuyo.
ORACIÓN: “Constructor de humanidad”
Señor, gracias porque tú te has hecho mi prójimo. Porque has salido y sales continuamente al paso de mi vida, para curar mis heridas, para ofrecerme tu cuidado de padre y de madre, para ofrecerme tu caricia de amor.
Ayúdame a sentirme prójimo. Despierta y desarrolla mis entrañas humanas, intenta convertirlas en entrañas de misericordia, como las tuyas. Hazme sentir la necesidad de ser un constructor de humanidad.
CONTEMPLACIÓN: “Eres mi prójimo”
Has pasado y sigues pasando
al lado de mi vida herida,
zarandeada por los mil avatares,
que pequeños o grandes,
me han derribado
de mi caminar seguro,
y de creerme dueño y señor
de mis falsas seguridades.
Y siempre te has parado
para ofrecerme tu palabra cálida,
y alzarme con la calidez
de tu esperanza;
y robustecer la debilidad
de mi caminar cansino.
Con la fuerza de tu presencia.
has sido y eres,
continuamente,
mi prójimo.
Por eso sé que eres
mi Dios;
que eres el sentido
de mi horizonte abierto,
al que sólo puedo dirigirme
asido a las manos
y a los corazones,
de todos.
Masan (Agencia Fides) – “Sí, reconciliación”: mientras Corea del Norte refuerza el arsenal nuclear o celebra los 60 años del inicio de la guerra de Corea, “no nos cansemos de proclamar el anuncio profético de la reconciliación. Lo creemos firmemente, porque lo que parece imposible para el ser humano no es imposible para Dios”. Es lo que dice en una entrevista con la Agencia Fides S. Exc. Mons. Francis Xavier Ahn Myong-ok, Obispo de Masan y Presidente de Caritas Corea, esperando que “se reconstruya la confianza reciproca”, necesaria para reanudar las relaciones bilaterales sobre bases nuevas. Caritas Corea en los últimos días, lanzó un enérgico llamamiento para la reanudación de la ayuda humanitaria para el norte (ver Fides 23/6/2010).
Excelencia, la tensión política en la península de Corea sigue siendo alta: ¿sobre qué podemos basar la esperanza de la reconciliación?
Mirando la historia de la humanidad, nos damos cuenta de que está marcada por continuas tensiones y conflictos. Así que con un poco de previsión, entendemos que esta situación es sólo un problema temporal: podemos y debemos cultivar la esperanza de la reconciliación. Muchos coreanos, y nosotros estamos entre ellos, aún creen firmemente, y la esperanza no es menor ahora que en el pasado. Como Iglesia Católica estamos rezando para que la situación mejore pronto. Nuestra esperanza de reconciliación se basa en la certeza de que lo que parece imposible para el ser humano no es imposible para Dios.
¿Cuáles son los pasos necesarios en un camino de reconciliación?
Lo primero que se necesita es reconstruir la confianza mutua entre el Norte y el Sur. A través de una renovada confianza, tenemos que hacer crecer la voluntad de una simbiosis mutua y de una coexistencia pacífica. En este contexto, la ayuda humanitaria debería tener la prioridad, como una demostración de amor hacia nuestros vecinos. No es sólo un acto de caridad de los ricos con los pobres: se trata más bien del resultado de un espíritu de benevolencia sincera, que nace del reconocimiento de la dignidad común. Este es uno de los objetivos de Caritas Corea. Como siguiente paso, creo que el Norte y el Sur pueden trabajar juntos por la paz en la península coreana y por el desarrollo de la economía y de la sociedad norcoreana. Para ello hacen falta una constante comunicación y el entendimiento mutuo. Todos sabemos que para construir una convivencia pacífica, es necesario eliminar gradualmente las diferencias a todos los niveles, entre el Norte y el Sur.
Por último, se podría considerar, conjuntamente, la tarea de la reunificación, que debe basarse en la paz y no ser una reunificación unilateral. Sin embargo, sería el resultado de un plan a largo plazo, que prevé la participación activa de todo el pueblo coreano, por lo tanto basado en una preparación sistemática y concreta.
¿Cómo responde usted a los que, en Corea del Sur, se niegan a “dialogar con el agresor”?
Personas que piensan de esta manera existirán siempre. Pero nosotros creemos en el Señor, que ha dado su vida para salvarnos. Creer en Él significa también buscar inspiración en la vida de Cristo. Jesús nos dice que amemos a nuestros enemigos y que les bendigamos, porque Él mismo los ama. Abandonemos, pues, todo acto de hostilidad y violencia, y tratemos de practicar el amor, también a través de la ayuda humanitaria, más allá de todas las razones políticas. (PA) (Agencia Fides 1/7/2010)
ZENIT publica el Mensaje del Consejo Pontificio de la Pastoral para Migrantes e Itinerantes con ocasión de la Jornada Mundial del Turismo, que como siempre se celebrará el 27 de septiembre de 2010, este año sobre el tema "Turismo y biodiversidad".
Con el tema “Turismo y diversidad biológica”, propuesto por la competente Organización Mundial, la Jornada Mundial del Turismo quiere ofrecer su contribución a este 2010, declarado por la Asamblea General de las Naciones Unidas "Año Internacional de la Diversidad Biológica".
Tal proclamación nace de la profunda preocupación "por las repercusiones sociales, económicas, ambientales y culturales de la pérdida de la diversidad biológica, incluidas las consecuencias adversas que entraña para la consecución de los objetivos de desarrollo del Milenio, y destacando la necesidad de adoptar medidas concretas para invertir esa pérdida".1
La biodiversidad, o diversidad biológica, hace referencia a la gran riqueza de seres que viven en la Tierra, así como al delicado equilibrio de interdependencia e interacción que existe entre ellos y con el medio físico que los acoge y condiciona. Esta biodiversidad se traduce en los diferentes ecosistemas, de los que son un buen ejemplo los bosques, los humedales, la sabana, las selvas, el desierto, los arrecifes de corales, las montañas, los mares, o las zonas polares.
Ante ellos se ciernen tres graves peligros, que requieren una solución urgente: el cambio climático, la desertificación y la pérdida de la biodiversidad. Esta última se está desarrollando en los últimos años a un ritmo sin precedentes. Estudios recientes indican que, a nivel mundial, están amenazados o en peligro de extinción el 22% de los mamíferos, el 31% de los anfibios, el 13.6% de las aves o el 27% de los arrecifes.2
Hay numerosos sectores de la actividad humana que contribuyen en gran manera a estos cambios, y uno de ellos es, sin duda alguna, el turismo, el cual se sitúa entre los que han experimentado un mayor y rápido crecimiento. Al respecto, podemos recordar las cifras que nos ofrece la Organización Mundial del Turismo (OMT). Si las llegadas internacionales de turistas fueron de 534 millones en el año 1995, y de 682 millones en el 2000, las previsiones que aparecían en su informe Tourism 2020 Vision son de 1006 millones para el año 2010, y que llegarían a 1561 millones en el año 2020, con un crecimiento medio anual de 4.1%.3 Y a estas cifras de turismo internacional habría que añadir aquellas aun más importantes del turismo interno. Todo ello nos muestra el fuerte crecimiento de este sector económico, lo que comporta unos importantes efectos en la conservación y uso sostenible de la biodiversidad, con el consiguiente peligro de que se transforme en un serio impacto medioambiental, especialmente por el consumo desmesurado de recursos limitados (como el agua potable y el territorio) y por la gran generación de contaminación y residuos, superando las cantidades que serían asumibles por una determinada zona.
La situación se ve agravada por el hecho de que la demanda turística se dirige cada vez más hacia los destinos de naturaleza, atraída por sus innumerables bellezas, lo que supone un impacto importante en las poblaciones visitadas, en su economía, en el medio ambiente y en su patrimonio cultural. Este hecho bien puede ser un elemento perjudicial o, por el contrario, contribuir significativamente y en modo positivo a la conservación del patrimonio. El turismo vive así una paradoja. Si por una parte surge y crece gracias al atractivo de unos parajes naturales y culturales, por otra parte éstos pueden llegar a ser deteriorados e incluso destruidos por el mismo turismo, por lo que acaban siendo rechazados como destinos al no gozar ya del atractivo que estaba en el origen.
Por todo ello, debemos afirmar que el turismo no puede eximirse de su responsabilidad en la defensa de la biodiversidad, sino que, por el contrario, debe asumir un rol activo en la misma. El desarrollo de este sector económico ha de ir acompañado ineludiblemente de los principios de sostenibilidad y respeto a la diversidad biológica.
De todo esto se ha preocupado seriamente la comunidad internacional, y sobre el tema se han realizado reiterados pronunciamientos.4 Y la Iglesia quiere sumar su voz, desde el espacio que le es propio, partiendo de la convicción que ella misma "tiene una responsabilidad respecto a la creación y la debe hacer valer en público. Y, al hacerlo, no sólo debe defender la tierra, el agua y el aire como dones de la creación que pertenecen a todos. Debe proteger sobre todo al hombre contra la destrucción de sí mismo".5 Sin entrar en la cuestión de soluciones técnicas concretas, que escaparían a su propia competencia, la Iglesia se preocupa de llamar la atención sobre la relación entre el Creador, el ser humano y la creación.6 El Magisterio reitera insistentemente la responsabilidad del ser humano en la preservación de un ambiente íntegro y sano para todos, desde el convencimiento que "la tutela del medio ambiente constituye un desafío para la entera humanidad: se trata del deber, común y universal, de respetar un bien colectivo".7
Tal como señala el Papa Benedicto XVI en su encíclica Caritas in veritate, "el creyente reconoce en la naturaleza el maravilloso resultado de la intervención creadora de Dios, que el hombre puede utilizar responsablemente para satisfacer sus legítimas necesidades -materiales e inmateriales- respetando el equilibrio inherente a la creación misma",8 y cuyo uso representa para nosotros "una responsabilidad para con los pobres, las generaciones futuras y toda la humanidad".9 Por ello, el turismo debe ser respetuoso con el medio ambiente, buscando alcanzar una perfecta armonía con la Creación, de modo que, garantizando la sostenibilidad de los recursos de los que depende, no origine trasformaciones ecológicas irreversibles.
El contacto con la naturaleza es importante y por tanto el turismo se debe esforzar por respetar y valorar la belleza de la creación, desde el convencimiento de que "muchos encuentran tranquilidad y paz, se sienten renovados y fortalecidos, al estar en contacto con la belleza y la armonía de la naturaleza. Así, pues, hay una cierta forma de reciprocidad: al cuidar la creación, vemos que Dios, a través de ella, cuida de nosotros".10
Hay un elemento que hace todavía más exigente si cabe este esfuerzo. En su búsqueda de Dios, el ser humano descubre algunas vías para acercarse al Misterio, que tiene como punto de partida la creación.11 La naturaleza y la diversidad biológica nos hablan del Dios Creador, el cual se hace presente en su creación, "pues por la grandeza y hermosura de las criaturas se llega, por analogía, a contemplar a su Autor" (Sb 13, 5), "pues fue el Autor mismo de la belleza quien las creó" (Sb 13, 3). Es por ello que el mundo, en su diversidad, "se presenta a la mirada del hombre como huella de Dios, lugar donde se revela su potencia creadora, providente y redentora".12 Por este motivo, el turismo, acercándonos a la creación en toda su variedad y riqueza, puede ser ocasión para promover o acrecentar la experiencia religiosa.
Todo esto hace urgente y necesario buscar un equilibrio entre turismo y diversidad biológica, en el que ambos se apoyen mutuamente, de modo que desarrollo económico y protección del ambiente no aparezcan como elementos contrapuestos e incompatibles, sino que se tienda a conciliar las exigencias de ambos.13
Los esfuerzos por proteger y promover la diversidad biológica en su relación con el turismo pasan, en primer lugar, por desarrollar estrategias participativas y compartidas, en las que se comprometan los diversos sectores implicados. La mayoría de los gobiernos, instituciones internacionales, asociaciones profesionales del sector turístico y organizaciones no gubernamentales defienden, con una visión a largo plazo, la necesidad de un turismo sostenible como única forma posible para que su desarrollo sea al tiempo económicamente rentable, proteja los recursos naturales y culturales, y sirva de ayuda real en la lucha contra la pobreza.
Las autoridades públicas deben ofrecer una legislación clara, que proteja y potencie la biodiversidad, reforzando los beneficios y reduciendo los costes del turismo, al tiempo que debe velar por el cumplimiento de las normas.14 A esto debe acompañar ciertamente una importante inversión en planificación y en educación. Los esfuerzos gubernamentales deberán ser mayores en aquellos lugares más vulnerables y donde la degradación haya sido mayor. Quizá en algunos de ellos, el turismo debería ser restringido o, incluso, evitado.
Por su parte, se le pide al sector empresarial del turismo "que conciba, desarrolle y lleve a cabo sus actividades reduciendo al mínimo su impacto negativo, e incluso contribuyendo de manera efectiva a la conservación de ecosistemas sensibles y del medio ambiente en general, beneficiando directamente a las comunidades locales e indígenas".15 Para ello, sería conveniente realizar estudios previos de la sostenibilidad de cada producto turístico, evidenciando los aportes positivos reales como los riesgos potenciales, desde la convicción de que el sector no puede buscar el objetivo del máximo beneficio a cualquier coste.16
Finalmente, los turistas deben ser conscientes de que su presencia en un lugar no siempre es positiva. Con este fin, han de ser informados sobre los beneficios reales que comporta la conservación de la biodiversidad, y ser educados en modos de turismo sostenible. Así mismo, deberían reclamar a las empresas turísticas propuestas que contribuyan realmente al desarrollo del lugar. En ningún caso, ni el territorio ni el patrimonio histórico-cultural de los destinos deben salir perjudicados en favor del turista, adaptándose a sus gustos o deseos. Un esfuerzo importante, que de modo especial debe realizar la pastoral del turismo, es la educación en la contemplación, que facilite a los turistas descubrir la huella de Dios en la gran riqueza de la biodiversidad.
Así, de la mano de un turismo que se desarrolle en armonía con la creación, se facilitará que en el corazón del turista se repita la alabanza del salmista: "Señor, dueño nuestro, que admirable es tu nombre en toda la tierra" (Sal 8, 2).
Ciudad del Vaticano, 24 de junio de 2010
+ Antonio Maria Vegliò
Presidente
+ Agostino Marchetto
Arzobispo Secretario
______________________
1 Organización de las Naciones Unidas, Resolución A/RES/61/203 aprobada por la Asamblea General, 20 diciembre 2006.
2 Cfr. J.-C. Vié, C. Hilton-Taylor and S. N. Stuart (eds.), Wildlife in a Changing World. An analysis of the 2008 IUCN Red List of Threatened Species, International Union for Conservation of Nature and Natural Resources, Gland, Switzerland, 2009, p. 18: http://data.iucn.org/dbtw-wpd/edocs/RL-2009-001.pdf
3 Cfr. http://www.unwto.org/facts/eng/vision.htm
4 Un primer documento a reseñar es la Carta del Turismo Sostenible, aprobada en la "Conferencia Mundial de Turismo Sostenible", celebrada en la isla española de Lanzarote del 27 al 28 de abril de 1995. De forma conjunta, la Organización Mundial del Turismo (OMT), el World Travel & Tourism Council (WTTC) y el Consejo de la Tierra elaboraron en 1996 el informe Agenda 21 para la Industria de Viajes y Turismo: Hacia un desarrollo sostenible ambientalmente, que traduce en un programa de acción para el turismo la Agenda 21 de las Naciones Unidas para la promoción del desarrollo sostenible (y que fue adoptada en la Cumbre de la Tierra que se celebró en Río de Janeiro en 1992). Otro referente significativo es la Declaración de Berlín, documento conclusivo de la "Conferencia internacional de Ministros de Medio Ambiente sobre biodiversidad y turismo", que tuvo lugar en la capital alemana del 6 al 8 de marzo de 1997. Quizá sea este documento la contribución más importante, debido a su elaboración, influencia, difusión y a sus signatarios. Unos meses después se firmó la Declaración de Manila sobre el impacto social del turismo, donde se destacó la importancia de una serie de principios a favor de la sostenibilidad turística. Como fruto de la "Cumbre Mundial del Ecoturismo", organizada en mayo de 2002 por la OMT, con apoyo del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), se publicó la Declaración de Québec sobre el ecoturismo. En el marco del "Convenio sobre Diversidad Biológica" se editaron en el año 2004 las Directrices sobre Diversidad Biológica y Desarrollo del Turismo. A todos estos documentos de índole internacional hay que unir las numerosas guías y compendios de buenas prácticas que en relación a este tema ha publicado la OMT, y entre la que se puede destacar la titulada Por un turismo más sostenible: Guía para responsables políticos, editada en 2005 en colaboración con el PNUMA.
5 Benedicto XVI, Carta encíclica Caritas in veritate, n. 51: AAS 101 (2009), p. 687.
6 Cfr. Benedicto XVI, Mensaje para la celebración de la XLIII Jornada Mundial de la Paz 2010, 8 diciembre 2009, n. 4: L’Osservatore Romano, n. 290 (45.333), 16 diciembre 2009, p. 6.
7 Pontificio Consejo "Justicia y Paz", Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, Libreria Editrice Vaticana, Città del Vaticano 2004, n. 466. Cfr. Juan Pablo II, Carta encíclica Centesimus annus, n. 40: AAS 83 (1991) p. 843.
8 Benedicto XVI, Carta encíclica Caritas in veritate, n. 48: l.c., p. 684.
9 Ibidem.
10 Benedicto XVI, Mensaje para la celebración de la XLIII Jornada Mundial de la Paz 2010, n. 13: l.c., p. 5.
11 Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, Libreria Editrice Vaticana, Città del Vaticano 1997, n. 31.
12 Pontificio Consejo "Justicia y Paz", Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, n. 487.
13 Cfr. Ibidem, n. 470.
14 Cfr. Benedicto XVI, Carta encíclica Caritas in veritate, n. 50: l.c., p. 686.
15 Cumbre Mundial del Ecoturismo, Informe Final. Declaración de Québec sobre el ecoturismo, 22 mayo 2002, Organización Mundial del Turismo y Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, Madrid 2002, recomendación 21.
16 Cfr. Organización Mundial del Turismo, Código Ético Mundial para el Turismo, 1 octubre 1999, art. 3 §4: http://www.unwto.org/ethics/full_text/en/full_text.php?subop=2
[©Libreria Editrice Vaticana]
Benedicto XVI: Caridad y testimonio, claves del apostolado
ZENIT nos ofrece el discurso que el Papa Benedicto XVI dirigió el sábado 26 de junio de 2010 a una delegación del Círculo de San Pedro, a la que recibió en la Sala de los Papas del Palacio Apostólico.
Queridos socios del Círculo de San Pedro
Estoy contento de acogeros con ocasión de este grato encuentro, que me ofrece la oportunidad de renovaros mi reconocimiento por vuestra generosa obra al servicio de la Santa Sede. Este momento tiene lugar en la inminencia de la Solemnidad litúrgica de los santos Pedro y Pablo y nos permite, en cierto modo, pregustar la alegría de esta fiesta tan significativa para vuestra benemérita Asociación y para la Iglesia entera. Os saludo a todos con afecto, empezando por vuestro Presidente General, el Duque Leopoldo Torlonia, a quien agradezco por las gentiles palabras que me ha dirigido en nombre de todos, y de vuestro Asistente espiritual.
Hemos concluido hace poco el Año Sacerdotal, tiempo de gracia, durante el cual la Iglesia fa reflexionado con especial atención sobre la figura de san Juan María Vianney, el Santo Cura de Ars, recordando el 150° aniversario de su muerte. Él fue un modelo de vida evangélica no sólo para los sacerdotes, sino también para los laicos, especialmente para cuantos, como vosotros, están comprometidos en el vasto campo de la caridad. Un aspecto peculiar de la vida de este humilde sacerdote fue de hecho el desapego de los bienes materiales. Él no poseía nada, lo distribuía todo a los más necesitados; para sí mismo no sentía necesidad de nada: todo lo consideraba superfluo. El amor a los pobres lo había aprendido de pequeño, viendo como eran acogidos y asistidos por sus padres, en casa. Este amor le llevó, durante su vida sacerdotal, a distribuir a los demás todo lo que tenía. Dio vida también a una casa de acogida, a la que llamó “La providencia”, para niñas y chicas pobres: a ellas dedicaba todo esfuerzo para que recibiesen una sana educación cristiana. Que su ejemplo constituya para vosotros, queridos socios del Círculo de San Pedro, una constante invitación a abrir los brazos a toda persona que necesita un signo tangible de solidaridad. Seguid siendo este signo concreto de la caridad del Papa hacia cuantos se encuentran en necesidad tanto en sentido material como en sentido espiritual, como también hacia los peregrinos que llegan a Roma de todas partes del mundo para visitar las tumbas de los Apóstoles y para encontrarse con el Sucesor de Pedro.
Como se ha recordado hace poco, vosotros habéis venido aquí para entregarme el Óbolo de San Pedro recogido en las Iglesias de Roma. Deseo expresaros mi viva gratitud por este signo de participación en mi solicitud por las personas más necesitadas. Éste representa como un punto de convergencia entre dos acciones complementarias, que se unen en un único y elocuente testimonio de caridad evangélica, pues por un lado da un lato manifiesta el afecto de los habitantes de esta Ciudad y de los peregrinos hacia el Sucesor de Pedro, y por el otro expresa la solidaridad concreta de la Santa Sede hacia las muchas realidades de desgracia y de indigencia que, por desgracia, sigue habiendo en Roma y en tantas partes del mundo. Acercando a las parroquias romanas y gestionando centros de asistencia y de acogida en la Capital, tenéis la posibilidad de ver directamente las múltiples situaciones de pobreza aún presentes; al mismo tiempo, podéis también constatar cuán intenso es en la gente el deseo de conocer a Cristo y de amarlo en los hermanos.
Mediante este compromiso vuestro de salir al encuentro de las necesidades de los menos afortunados, difundís un mensaje de esperanza, que brota de la fe y de la adhesión al Señor, haciéndoos así heraldos de su Evangelio. Que la caridad y el testimonio sigan siendo por tanto las líneas guía de vuestro apostolado. Os animo a proseguir con alegría esta acción vuestra, inspirándoos incesantemente en los indefectibles principios cristianos y trayendo siempre nuevo vigor de la oración y del espíritu de sacrificio – como dice vuestro lema –, para llevar copiosos frutos de bien tanto a la comunidad cristiana como a la sociedad civil.
Confío vuestras aspiraciones, propósitos y toda actividad a la maternal protección de la Virgen Santa, Salus Populi Romani, para que guíe vuestros pasos, haciéndoos cada vez más convencidos agentes de solidaridad y constructores de paz en todos los ámbitos donde tiene lugar vuestra meritoria acción asociativa. Con estos deseos, invoco la celestial intercesión de los Santos Pedro y Pablo, y de buen grado imparto a cada uno de vosotros, a vuestras familias y a cuantos encontráis en vuestro servicio cotidiano una especial Bendición Apostólica.
[Traducción del original italiano por Inma Álvarez]
Homilía de monseñor Luis T. Stöckler, obispo de Quilmes para el 13º domingo durante el del Año (27 de junio de 2010). (AICA)
La misión pública de Jesús comprende en el evangelio de San Lucas tres partes. La primera se desarrolla en Galilea, la última en Jerusalén; y entre estas dos están los acontecimientos y enseñanzas que suceden en el camino hacia Jerusalén. Lo que acabamos de escuchar es el inicio de esta segunda parte: “Cuando estaba por cumplirse el tiempo de su elevación al cielo, Jesús se encaminó decididamente hacia Jerusalén”. “Decididamente” dice el texto. Esta actitud exige Jesús también para su seguimiento. En aquel momento significaba esto compartir con él la precariedad de un itinerante que no sabía dónde reclinar a la noche su cabeza; prescindir de la cercanía y de los afectos de la familia y de la seguridad de un trabajo, y confiar sencillamente en lo que la providencia proporcionaba. Cuando el profeta Elías le echó su manto encima a Eliseo, le permitía que se despidiera antes de sus padres. Jesús era más exigente y advertía al que le pedía lo mismo, que quien mira atrás, no sirve para el Reino de Dios. Para el hombre de hoy que defiende su libertad por encima de todo, esta invasión en la privacidad de la persona parecería inaceptable. Por el otro lado, mujeres y hombres que viven con radicalidad las exigencias del evangelio, siguen animando, también hoy, a la imitación, como podemos ver en las miles de religiosas de la Madre Teresa de Calcuta que se dedican a los abandonados en todo el mundo.
Si bien la mayoría de los cristianos está llamada a la vida laical, como gente de la casa y del trabajo común, su seguimiento a Jesucristo, sin embargo, no puede ser entendido como de menor exigencia. El espíritu de la pobreza, de la castidad y de la humildad, con que el religioso anticipa de cierto modo ya la vida del cielo, vale para todos los estados de vida. Porque todos estamos llamados a un mismo destino. Un padre o una madre de familia, responsables de la educación de sus hijos, tienen que tener claro para qué les han dado la vida, y hacia dónde nos encaminamos. Un hombre o una mujer de empresa, para que su vida tenga sentido, deben descubrir su misión en el conjunto de la sociedad y asumir su responsabilidad por el bien común. Personas que se dedican a la investigación y la enseñanza no pueden desentenderse de la gente común y han de aportar sus conocimientos a su servicio. No hay nadie que no tenga que entregar algo para el bien común. No hay una privacidad absoluta. Cada uno y cada una son también persona pública y llamados a dar con generosidad lo que han recibido de Dios. Es ésta la manera común de vivir el mandamiento del amor. Decididamente deberíamos hacerlo, como Jesús, cuando sabía que se estaba cumpliendo el tiempo de su elevación al cielo.
Como podemos observar en el evangelio, Jesús no caminaba solo, sino formó alrededor suyo un grupo de discípulos a quienes enseñaba, y muchas veces convocaba grandes muchedumbres, a quienes manifestaba por su palabra y por los milagros que el Reino de Dios había llegado. Los discípulos deben dar la cara, como su Maestro, porque su mensaje no es una cuestión privada sino tiene como destinatario al pueblo. Esto nunca pierde su actualidad. Lo que nosotros estamos presenciando en los últimos tiempos en nuestro parlamento, reclama la presencia de cristianos que decididamente protejan el matrimonio y la familia, y se opongan decididamente a la tergiversación de las pautas naturales y culturales que deben orientar la identificación sexual de nuestros niños y jóvenes. En la sesión del 14 de julio el Senado de la Nación se define sobre el proyecto de ley que trata el llamado matrimonio de personas del mismo sexo. El Departamento de Laicos de la Conferencia Episcopal convoca en vísperas de esta sesión, o sea el 13 de julio, al pueblo cristiano a la Plaza de los Congresos en Buenos Aires, conjuntamente con otras organizaciones laicales y credos, bajo el lema “Queremos mamá y papá para nuestros hijos”. El motivo es que los legisladores escuchen también su voz antes de la votación del Proyecto de Ley. Como Obispo de Quilmes doy todo mi apoyo a esta iniciativa, decididamente.
Mons. Luis T. Stöckler, obispo de Quilmes
Homilía de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata, en la fiesta de San Josemaría Escrivá de Balaguer (Iglesia Catedral, 26 de junio de 2010). (AICA)
LA LIBERTAD Y LA EXIGENCIA DEL EVANGELIO
En la vida de los santos se manifiesta plenamente la libertad de la gracia y la respuesta del cristiano a las exigencias del discipulado, a las condiciones evangélicas del seguimiento de Cristo. Estos dos valores se destacan en la figura de San Josemaría Escrivá de Balaguer y constituyen capítulos esenciales de su mensaje. La lectura de la Carta a los Gálatas y el pasaje del Evangelio de San Lucas que providencialmente nos presenta la liturgia en estas vísperas de domingo versan sobre ambos temas y nos sugieren una breve meditación sobre ellos (cf. Gál. 5, 1.13-18; Lc. 9, 51-62).
San Pablo había recordado a aquellos cristianos de Galacia que estaban llamados a recibir la salvación como un don de Dios que se alcanza por la fe en Jesucristo y no mediante la observancia de la ley mosaica, es decir, no por sus propias obras y merecimientos. Sólo la gracia hace posible la superación del pecado y de la esclavitud a la que éste somete al hombre; por eso el Apóstol pondera la libertad de los redimidos obtenida por la cruz del Salvador. Es ésta la verdadera gloria del cristiano: ésta es la libertad que nos ha dado Cristo; manténganse firmes para no caer de nuevo bajo el yugo de la esclavitud (Gál. 5, 1). El don de la libertad cristiana lleva a su plena realización en el hombre la imagen divina impresa en él por el Creador, imagen que consiste en la inteligencia, el libre albedrío y el consiguiente dominio de sus propios actos. En el orden de la creación, las fuentes de la libertad humana son las inclinaciones naturales del espíritu a la verdad y al bien, pero han sido enturbiadas por las secuelas del pecado original, de tal manera que necesitamos de la ayuda interior de la gracia para superar nuestra debilidad, para reconocer y adherir totalmente a la verdad y al bien. La limitación propia de la libertad creada y el desorden introducido en nuestra naturaleza por el pecado, hacen lamentablemente posible elegir mal, al margen de la verdad y del bien, en una paradójica opción por la esclavitud. La gracia de Cristo es el regalo de una nueva libertad, un principio íntimo de realización del bien que nos identifica con la voluntad de Dios y se manifiesta como amor. Es el amor de Dios, infundido en nosotros por el Espíritu Santo, la fuerza que nos libera de la esclavitud del pecado que divide, opone y destruye; es el don que nos sujeta a la dichosa servidumbre del amor fraterno, que edifica la comunión y nos abre al gozo de la auténtica felicidad. Esta realidad propia de la nueva alianza es lo que San Pablo llama la ley de Cristo, el Evangelio. San Josemaría apreciaba con una espontánea alegría esa libertad plena que elige dichosamente a Dios. En su homilía titulada “La libertad, don de Dios”, decía: La libertad adquiere su auténtico sentido cuando se ejercita en el servicio de la verdad que rescata, cuando se gasta en buscar el Amor infinito de Dios, que nos desata de todas las servidumbres. Quizá es todavía más significativa una expresión que él repetía con frecuencia: porque se me da la gana; esas ganas son las de la caridad que asimila al cristiano a la verdad y el amor de Dios. El dicho equivale a la célebre exclamación de San Agustín: ama y haz lo que quieras.
En la cultura moderna se ha ido perfilando una idea equivocada de la libertad; se la exalta hasta el extremo de considerarla como un absoluto, como la fuente de los valores, que serían construidos arbitrariamente mediante elecciones subjetivas. Esta concepción subjetivista, individualista, ignora o incluso elimina el vínculo necesario entre la libertad y la verdad que la fundamenta y le da sentido, que la orienta. En este contexto antropológico y ético, a la conciencia individual se le atribuye el privilegio de decidir infaliblemente sobre lo que está bien y lo que está mal, como si fuera la instancia suprema del juicio moral. Se afirma la libertad en contraposición dialéctica con las normas objetivas y universales que expresan y tutelan los auténticos valores humanos. Éstos pueden ser reconocidos por la razón y asumidos por la voluntad, potencias mediante las cuales el hombre participa de la sabiduría y del amor solícito de Dios nuestro Creador y Legislador. Actualmente se ha difundido mucho, sobre todo en las llamadas “ciencias humanas”, la negación implícita o explícita de la naturaleza de la persona humana y de sus actos; tanto el conocimiento como la conducta del hombre serían una construcción, obra de su propio invento, del contexto cultural o de un laborioso consenso, presuntamente democrático. Estas ideas se han configurado como una ideología que aspira a imponer, mediante el poder político, la dictadura del relativismo, que es en realidad la tiranía de un pensamiento único, negador de la verdad. No me refiero a cuestiones puramente académicas: esta pseudo-cultura destructiva del hombre circula ampliamente entre los formadores de opinión y en los ámbitos legislativos; puede verse reflejada en los proyectos de ley que amenazan alterar en profundidad la vida de la sociedad. Conceptos entrañables del mensaje cristiano como la libertad y la felicidad son vaciados de su sentido y esgrimidos para fundamentar la negación de valores esenciales del orden familiar y social; según una diputada, que sinceró hasta el extremo esa línea argumental, porque somos libres y tenemos derecho a ser felices, una señora podría casarse con su perro.
San Josemaría inculcó repetidamente a sus hijos la radical dependencia de la libertad respecto de la Verdad que es Cristo: ¿De dónde nos viene esta libertad? –ha dicho– de Cristo, Señor nuestro. Ésta es la libertad con que él nos ha redimido. Por eso enseña: “si el Hijo os alcanza la libertad, seréis verdaderamente libres” (Juan 8, 36). Los cristianos no tenemos que pedir prestado a nadie el verdadero sentido de este don, porque la única libertad que salva al hombre es cristiana. No sólo no tenemos que pedir prestado; podemos y debemos ofrecer a los hombres y mujeres de hoy el verdadero sentido del don de la libertad. En realidad, sin la luz de la fe, sin la guía del Espíritu Santo, es difícil –por no decir imposible– comprender y vivir la auténtica dignidad que Dios, nuestro Creador y Padre, quiso que fuera nuestro distintivo y nuestra gloria al plasmarnos libres y al dejarnos en manos de nuestro albedrío.
En el Evangelio hemos escuchado la proclamación, concisa, comprometedora, de las exigencias de la vocación apostólica. Exigencias a la vez graves y exaltantes, que es preciso leer en referencia al contexto religioso-cultural del tiempo en que fueron impuestas y teniendo en cuenta los casos singulares, concretísimos, de aquellos discípulos que, atraídos por la persona y el mensaje del Señor, recibieron la gracia del llamado. Pero esos requisitos tienen un valor universal; intiman al cristiano de todos los tiempos a ser de verdad lo que es por su vocación bautismal. Lo invitan a una reflexión seria si hasta ahora su seguimiento de Cristo fue más bien convencional, acomodaticio, sin voluntad de correr riesgos. Le sugieren permanecer alerta para no responder con dilaciones a la siempre posible irrupción de un nuevo beneplácito divino que le cambie los planes y le solicite dejar de lado escrúpulos y preocupaciones banales. Además, esas palabras del Señor valen como estímulo para todo aquel que ha cobrado conciencia del honor recibido con la vocación cristiana y por lo tanto barrunta el horizonte inmenso de sus posibilidades de servicio y apostolado. Esa página del Evangelio debe leerse como un pequeño código de santidad.
San Josemaría es uno de los modernos precursores de la espiritualidad del laicado entendida como santificación en el mundo; se trata, en la actualidad, de una verdad que integra el patrimonio de la doctrina católica. Juan Pablo II enseñaba al respecto: la vocación de los fieles laicos a la santidad implica que la vida según el Espíritu se exprese particularmente en su inserción en las realidades temporales y en su participación en las actividades terrenas (Christifideles laici, 17). He recogido tres citas de San Josemaría que destacan que la fe, el gran tesoro del cristiano, no se debe recluir en el estrecho ámbito de lo individual, sino que ha de ser manifestada, ofrecida en el espacio público. La primera parece más genérica, pero tiene el aire de la urgencia evangélica: El Señor necesita almas recias y audaces, que no pacten con la mediocridad y penetren con paso seguro en todos los ambientes. Sigue el enunciado de un deber social: Como cristiano tienes el deber de actuar, y con libertad personal, de no abstenerte, de prestar tu propia colaboración para servir con lealtad, y con libertad personal, al bien común. Pero el fundador del Opus Dei se ha referido también, y muchas veces, a la honrosa condición de ciudadano, que al discípulo de Cristo no le es lícito descuidar: Ésta es tu tarea de ciudadano cristiano: contribuir a que el amor y la libertad de Cristo presidan todas las manifestaciones de la vida moderna: la cultura y la economía, el trabajo y el descanso, la vida de familia y la convivencia social.
Las actividades implicadas en estos deberes –que son otros tantos medios de santificación– tienen un evidente sentido político, en la acepción nobilísima del término, y están referidas siempre, como a su fuente y principio de inspiración, a la fe, a la moral cristiana, al magisterio de la Iglesia. En una república, la función política no puede ser monopolizada por los que se dedican profesionalmente a ella –a veces con escaso profesionalismo– en el coto cerrado de la política partidaria, sino que ha de ser asumida por todos los ciudadanos, a los que corresponde ejercer sus derechos y honrar sus deberes. La profesión de ciudadanía otorga el dinamismo que corresponde a la vida social y es particularmente necesaria cuando los instrumentos y mecanismos de representación están debilitados por la incuria o alterados por corruptelas crónicas, que perduran merced a la pasividad general y son toleradas con excesiva paciencia. ¿Cómo podrán surgir dirigentes lúcidos e íntegros para renovar la vida política nacional sin una amplia participación ciudadana, sobre todo de los cristianos? Benedicto XVI ha dicho recientemente: Hacen falta políticos auténticamente cristianos, pero antes todavía fieles laicos que sean testigos de Cristo… Corresponde a los fieles laicos mostrar concretamente en la vida personal y familiar, en la vida social, cultural y política, que la fe permite leer de modo nuevo y profundo la realidad y transformarla.
Hablar de políticos cristianos resulta patético en los días que corren; pensar en ellos suscita sentimientos de profunda pena y aun de legítima aunque contenida indignación. Podrían aplicarse a la actualidad nacional las palabras que pronunció el Santo Padre el mes pasado: A menudo nos preocupamos afanosamente de las consecuencias sociales, culturales y políticas de la fe, dando por descontado que esta fe exista, lo cual, lamentablemente, es cada vez menos realista. Políticos que se declaran católicos y que quizá subjetivamente están convencidos de que lo son, se disponen a votar leyes inicuas que menoscaban la dignidad de la persona humana y su auténtica libertad o alteran las estructuras naturales de la familia y la vida social. Lo hacen movidos por intereses subalternos, algunos de ellos inconfesables, por disciplina partidaria u obediencia debida, por su desordenada afición a lo políticamente correcto, por confusión intelectual y moral. El magisterio de la Iglesia llama coherencia eucarística al testimonio público de la propia fe, que vale sobre todo, con una importancia particular, para quienes por la posición social o política que ocupan, han de tomar decisiones sobre valores fundamentales. Se enumeran cuatro de estos valores que según Benedicto XVI no son negociables: el respeto y la defensa de la vida humana desde su concepción hasta su fin natural, la familia fundada en el matrimonio entre hombre y mujer, la libertad de educación de los hijos y la promoción del bien común en todas sus formas (Sacramentum caritatis, 83). Como decía el Papa, no podemos dar por descontado que exista la fe, sobre todo en un país como el nuestro, donde lo que llaman fe tiene, para la mayoría, tan poco que ver con la Eucaristía.
Cada año, la celebración de la memoria litúrgica de San Josemaría nos ofrece la oportunidad de destacar algún aspecto de su mensaje, centrado en el seguimiento de Cristo, en la alegría de la fe y en la necesaria verificación de la fe en la vida. Un mensaje siempre actual, que nos estimula a ejercer la libertad cristiana y a no mirar hacia atrás cuando ya hemos puesto la mano en el arado. Él nos sigue diciendo, con las palabras iniciales de Camino: Ilumina, con la luminaria de tu fe y de tu amor… Y enciende todos los caminos de la tierra con el fuego de Cristo que llevas en el corazón. Que nos valga, ahora y siempre, su intercesión ante el Señor.
Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata
ZENIT nos ofrece la homilía pronunciada el 29 de Junio de 2010 por el Papa, con motivo de la Solemnidad de los santos Apóstoles Pedro y Pablo, Patronos de Roma, en la eucaristía solemne celebrada en la Basílica vaticana, en la que se impusieron los palios a los nuevos arzobispos metropolitanos de este año.
Queridos hermanos y hermanas
Los textos bíblicos de esta Liturgia eucarística de la solemnidad de los santos Apóstoles Pedro y Pablo, en su gran riqueza, ponen de relieve un tema que se podría resumir así: Dios está cerca de sus fieles servidores y los libra de todo mal, y libera a la Iglesia de las potencias negativas. Es el tema de la libertad de la Iglesia, que presenta un aspecto histórico y otro más profundamente espiritual.
Esta temática atraviesa toda la Liturgia de la Palabra de hoy. La primera y la segunda lectura hablan, respectivamente, de san Pedro y de san Pablo subrayando precisamente la acción liberadora de Dios respecto de ellos. Especialmente, el texto de los Hechos de los Apóstoles describe con abundancia de detalles la intervención del ángel del Señor, que libera a Pedro de las cadenas y le lleva fuera de la cárcel de Jerusalén, donde le había hecho encerrar, bajo estrecha vigilancia, el rey Herodes (cfr Hch 12,1-11). Pablo, en cambio, escribiendo a Timoteo cuando ya siente cercano el fin de la vida terrena, hace un balance conclusivo de ella, en el que se ve que el Señor siempre ha estado cerca de él, le libró de muchos peligros y aún lo librará introduciéndole en su Reino eterno (cfr 2 Tm 4, 6-8.17-18). El tema está reforzado por el Salmo responsorial (Sal 33), y encuentra un particular desarrollo también en el pasaje evangélico de la confesión de Pedro, allí donde Cristo promete que las potencias de los infiernos no prevalecerán sobre su Iglesia (cfr Mt 16,18).
Observando bien se nota, respecto a esta temática, una cierta progresión. En la primera Lectura se narró un episodio especifico que muestra la intervención del Señor para liberar a Pedro de la prisión; en la segunda Pablo, sobre la base de su extraordinaria experiencia apostólica, se dice convencido de que el Señor, que ya le libró “de la boca del león”, le librará “de todo mal” abriéndole las puertas del Cielo; en el Evangelio en cambio ya no se habla de los Apóstoles en singular, sino de la Iglesia en su conjunto y de su seguridad respecto a las fuerzas del mal, entendidas en sentido amplio y profundo. De esta forma vemos que la promesa de Jesús - “los poderes del infierno no prevalecerán” sobre la Iglesia – comprende tanto las experiencias históricas de persecución sufridas por Pedro y Pablo y por otros testigos del Evangelio, sino que va más allá, queriendo asegurar la protección sobre todo contra las amenazas de orden espiritual; según cuanto el mismo Pablo escribe en la Carta a los Efesios: "Nuestra lucha no es contra enemigos de carne y sangre, sino contra los Principados y Potestades, contra los Soberanos de este mundo de tinieblas, contra los espíritus del mal que habitan en el espacio" (Ef 6,12).
En efecto, si pensamos en los dos milenios de historia de la Iglesia, podemos observar que – como lo había predicho el Señor Jesús (cfr Mt 10,16-33) – nunca han faltado las pruebas a los cristianos, que en algunos periodos y lugares han asumido el carácter de verdaderas y auténticas persecuciones. Estas, sin embargo, a pesar de los sufrimientos que provocan, no constituyen el peligro más grave para la Iglesia. El mayor daño, de hecho, lo padece ésta de lo que contamina la fe y la vida cristiana de sus miembros y de sus comunidades, erosionando la integridad del Cuerpo místico, debilitando su capacidad de profecía y de testimonio, empañando la belleza de su rostro. Esta realidad está atestiguada ya por el epistolario paulino. La Primera Carta a los Corintios, por ejemplo, responde precisamente a algunos problemas de divisiones, de incoherencias, de infidelidades al Evangelio que amenazan seriamente a la Iglesia. Pero también la Segunda Carta a Timoteo – de la que hemos escuchado un pasaje – habla de los peligros de los “últimos tiempos”, identificándolos con actitudes negativas que pertenecen al mundo y que pueden contagiar a la comunidad cristiana: egoísmo, vanidad, orgullo, apego al dinero, etc. (cfr 3,1-5). La conclusión del Apóstol es determinante: los hombres que operan el mal – escribe – "no irán lejos, porque su insensatez se pondrá de manifiesto como la de aquellos” (3,9). Hay por tanto una garantía de libertad asegurada por Dios a la Iglesia, libertad tanto de los lazos materiales que buscan impedir o coartar su misión, como de los males espirituales y morales, que pueden erosionar la autenticidad y la credibilidad.
El tema de la libertad de la Iglesia, garantizada por Cristo a Pedro, tiene también una relación especifica con el rito de imposición del Palio, que hoy renovamos para treinta y ocho arzobispos metropolitanos, a los cuales dirijo mi más cordial saludo, extendiéndolo con afecto a cuantos han querido acompañarles en esta peregrinación. La comunión con Pedro y sus sucesores, de hecho, es garantía de libertad para los pastores de la Iglesia y para las propias comunidades confiadas a ellos. Lo es en los dos planos puestos en claro en las reflexiones precedentes. En el plano histórico, la unión con la Sede Apostólica asegura a las Iglesias particulares y a las Conferencias Episcopales la libertad respecto a poderes locales, nacionales o supranacionales, que pueden en ciertos casos obstaculizar la misión de la Iglesia. Además, y más esencialmente, el ministerio petrino es garantía de libertad en el sentido de la plena adhesión a la verdad, a la auténtica tradición, para que el Pueblo de Dios sea preservado de errores referidos a la fe y a la moral. El hecho por tanto de que, cada año, los nuevos metropolitanos vengan a Roma a recibir el Palio de manos del Papa va incluido en su significado propio, como gesto de comunión, y el tema de la libertad de la Iglesia nos ofrece una clave de lectura suya particularmente importante. Esto parece evidente en el caso de Iglesias marcadas por persecuciones, o también sometidas a injerencias políticas o a otras duras pruebas. Pero esto no es menos relevante en el caso de comunidades que sufren la influencia de doctrinas engañosas, o de tendencias ideológicas y prácticas contrarias al Evangelio. El Palio por tanto se convierte, al mismo tiempo, en prenda de libertad, de forma análoga al “yugo” de Jesús, que Él invita a tomar, cada uno sobre sus hombros (cfr Mt 11,29-30). Como el mandamiento de Cristo – aún exigente – es "dulce y ligero" y, en lugar de pesar sobre quien lo lleva, lo levanta, así el vínculo con la Sede Apostólica – aún comprometido – sostiene al Pastor y a la porción de Iglesia confiada a sus cuidados, haciéndoles más libres y más fuertes.
Quisiera sacar una última indicación de la Palabra de Dios, en particular de la promesa de Cristo de que las potencias del infierno no prevalecerán sobre su Iglesia. Estas palabras pueden tener también un significativo valor ecuménico, desde el momento en que, como señalaba hace poco, uno de los efectos típicos de la acción del Maligno es precisamente la división dentro de la Comunidad eclesial. Las divisiones, de hecho, son síntomas de la fuerza del pecado, que sigue actuando en los miembros de la Iglesia también después de la redención. Pero la palabra de Cristo es clara: "Non praevalebunt – no prevalecerán" (Mt 16,18). La unidad de la Iglesia está arraigada en su unión con Cristo, y su causa de la plena unidad de los cristianos – que siempre hay que buscar y renovar, de generación en generación – está también sostenida por su oración y por su promesa. En la lucha contra el espíritu del mal, Dios nos entregó en Jesús al “Abogado” defensor, y, después de su Pascua, “otro Paráclito" (cfr Jn 14,16), el Espíritu Santo, que permanece con nosotros para siempre y que conduce a la Iglesia hacia la plenitud de la verdad (cfr Jn 14,16; 16,13), que es también la plenitud de la caridad y de la unidad. Con estos sentimientos de confiada esperanza, estoy contento de saludar a la Delegación del Patriarcado de Constantinopla, que, según la bella costumbre de las visitas recíprocas, participa en las celebraciones de los Santos Patronos de Roma. Demos juntos gracias a Dios por los progresos en las relaciones ecuménicas entre católicos y ortodoxos, y renovemos el compromiso de corresponder generosamente a la gracia de Dios, que nos lleva a la comunión plena.
Queridos amigos, os saludo cordialmente a cada uno de vosotros: señores cardenales, hermanos en el Episcopado, señores embajadores y autoridades civiles, en particular al Alcalde de Roma, sacerdotes, religiosos y fieles laicos. Os doy las gracias por vuestra presencia. Que los santos Apóstoles Pedro y Pablo os obtengan amar cada vez más a la santa Iglesia, cuerpo místico de Cristo Señor y mensajera de unidad y de paz para todos los hombres. Que os concedan también ofrecer con alegría, por su santidad y su misión, las fatigas y los sufrimientos soportados por la fidelidad al Evangelio. Que la Virgen María, Reina de los Apóstoles y Madre de la Iglesia, vele siempre sobre vosotros, en particular sobre el ministerio de los arzobispos metropolitanos. Que con su ayuda celestial podáis vivir y actuar siempre en esa libertad, que Cristo nos ha conseguido. Amen.
[Traducción del original italiano por Inma Álvarez
©Libreria Editrice Vaticana]
ZENIT nos ofrece la catequesis pronunciada el miércoles 30 de Junio de 2010 por el Papa Benedicto XVI durante la Audiencia General celebrada en la Plaza de San Pedro.
Queridos hermanos y hermanas,
hemos concluido hace poco el Año Sacerdotal: un tiempo de gracia que ha traído y traerá frutos preciosos a la Iglesia; una oportunidad para recordar en la oración a todos aquellos que han respondido a esta vocación particular. Nos acompañaron en este camino, como modelos e intercesores, el Santo Cura de Ars y otras figuras de santos sacerdotes, verdaderas luces en la historia de la Iglesia. Hoy, como anuncié el pasado miércoles, quisiera recordar otra, que sobresale en el grupo de los “Santos sociales” en Turín del siglo XIX: se trata de san Giuseppe Cafasso.
Su recuerdo parece debido, porque precisamente hace una semana se celebraba el 150 aniversario de su muerte, que tuvo lugar en la capital piamontesa el 23 de junio de 1860, a la edad de 49 años. Además, quiero recordar que el Papa Pío XI, el 1 de noviembre de 1924, aprobando los milagros para la canonización de san Juan María Vianney y publicando el decreto de autorización para la beatificación de Cafasso, acercó estas dos figuras de sacerdotes con las siguientes palabras: “No sin una especial y benéfica disposición de la Divina Bondad, asistimos a este surgimiento de la Iglesia católica de nuevos astros,, el párroco de Ars, y el Venerable Siervo de Dios Giuseppe Cafasso. Precisamente estas dos hermosas, queridas, providencialmente oportunas figuras se nos debían presentar hoy; pequeña y humilde, pobre y sencilla, pero tanto más gloriosa, la figura del párroco de Ars, y la otra bella, grande, compleja, rica figura de sacerdote, maestro y formador de sacerdotes, el Venerable Giuseppe Cafasso". Se trata de circunstancias que nos ofrecen la ocasión para conocer mejor el mensaje, vivo y actual que surge de la vida de este santo. Él no fue párroco como el cura de Ars, sino que fue sobre todo formador de párrocos y de sacerdotes diocesanos, incluso de sacerdotes santos, entre ellos san Juan Bosco. No fundó, como tantos otros sacerdotes del siglo XIX piamontés, institutos religiosos, porque su “fundación” fue la “escuela de vida y de santidad sacerdotal" que realizó, con el ejemplo y la enseñanza, en el Internado Eclesiástico de san Francisco de Asís, en Turín.
Giuseppe Cafasso nació en Castelnuovo d’Asti, el mismo pueblo que san Juan Bosco, el 15 de enero de 1811. Fue el tercero de cuatro hijos. La última, la hermana Marianna, será la madre del beato Giuseppe Allamano, fundador de los Misioneros y de las Misioneras de la Consolata. Nació en el Piamonte del siglo XIX, caracterizada por graves problemas sociales, pero también por tantos santos que se empeñaban en ponerles remedio. Éstos estaban unidos entre sí por un amor total a Cristo y por una profunda caridad hacia los más pobres: ¡la gracia del Señor sabe difundir y multiplicar las semillas de santidad! Cafasso realizó los estudios secundarios y el bienio de filosofía en el Colegio de Chieri y, en 1830, pasó al Seminario teológico, donde, en 1833, fue ordenado sacerdote. Cuatro meses más tarde hizo su ingreso en el lugar que para él será la única y fundamental “etapa” de su vida sacerdotal: el Internado Eclesiástico de san Francisco de Asís, en Turín. Entrado para perfeccionarse en la pastoral, aquí él hizo fructificar sus dotes de director espiritual y su gran espíritu de caridad. El Internado, de hecho, no era solo una escuela de teología moral, donde los jóvenes sacerdotes, procedentes sobre todo del campo, aprendían a confesar y a predicar, sino que era también una verdadera y propia escuela de vida sacerdotal, donde los presbíteros se formaban en la espiritualidad de san Ignacio de Loyola y en la teología moral y pastoral del gran Obispo san Alfonso María de Ligorio. El tipo de sacerdote que Cafasso encontró en el Internado y que él mismo contribuyó a reforzar – sobre todo como Rector – era el del verdadero pastor con una rica vida interior y un profundo celo en el cuidado pastoral: fiel a la oración, comprometido en la predicación, en la catequesis, dedicado a la celebración de la Eucaristía y al ministerio de la Confesión, según el modelo encarnado por san Carlos Borromeo, por san Francisco de Sales y promovido por el Concilio de Trento. Una feliz expresión de san Juan Bosco sintetiza el sentido del trabajo educativo en aquella comunidad: "en el Internado se aprendía a ser sacerdotes".
San Giuseppe Cafasso intentó llevar a cabo este modelo en la formación de los jóvenes sacerdotes, para que, a su vez, se convirtiesen en formadores de otros sacerdotes, religiosos y laicos, según una especial y eficaz cadena. Desde su cátedra de teología moral educaba a ser buenos confesores y directores espirituales, preocupados por el verdadero bien espiritual de la persona, animados por un gran equilibrio en hacer sentir la misericordia de Dios y, al mismo tiempo, un agudo y vivo sentido del pecado. Tres eran las virtudes principales del Cafasso profesor, como recuerda san Juan Bosco: calma, delicadeza y prudencia. Para él la verificación de la enseñanza transmitida estaba constituida por el ministerio de la confesión, a la cual él mismo dedicaba muchas horas de la jornada; a él se dirigían obispos, sacerdotes, religiosos, laicos eminentes y gente sencilla: a todos sabía ofrecer el tiempo necesario. De muchos, también, que llegaron a ser santos y fundadores de institutos religiosos, fue sabio consejero espiritual. Su enseñanza nunca era abstracta, basada solo en los libros que se utilizaban en ese tiempo, sino que nacía de la experiencia viva de la misericordia de Dios y del profundo conocimiento del alma humana adquirida en el largo tiempo transcurrido en el confesionario y en la dirección espiritual: la suya era una verdadera escuela de vida sacerdotal.
Su secreto era sencillo: ser un hombre de Dios; hacer, en las pequeñas acciones cotidianas, “lo que pueda volverse en mayor gloria de Dios y en provecho de las almas". Amaba de forma total al Señor, estaba animado por una fe bien arraigada, sostenido por una oración profunda y prolongada, vivía una sincera caridad hacia todos. Conocía la teología moral, pero conocía también las situaciones y el corazón de la gente, de cuyo bien se hacía cargo, como el buen pastor. Cuantos tenían la gracia de estar cerca de él se transformaban en otros tantos buenos pastores y confesores válidos. Indicaba con claridad a todos los sacerdotes la santidad que alcanzar que alcanzar precisamente en el ministerio pastoral. El beato don Clemente Marchisio, fundador de las Hijas de san José, afirmaba: “Entré en el Internado siendo un gran travieso y un cabeza loca, sin saber qué quería decir ser sacerdote, y salí de allí totalmente distinto, plenamente imbuido de la dignidad del sacerdote". ¡Cuantos sacerdotes fueron formados en el Internado y después seguidos espiritualmente! Entre estos – como ya he dicho – surge san Juan Bosco, que lo tuvo como director espiritual durante 25 años, desde 1835 hasta 1860: antes como clérigo, después como sacerdote y después como fundador. Todas las elecciones fundamentales de la vida de san Juan Bosco tuvieron como consejero y guía a san Giuseppe Cafasso, pero de un modo bien preciso: el Cafasso no buscó nunca de formar en don Bosco un discípulo "a su imagen y semejanza", y don Bosco no copió a Cafasso; le imitó ciertamente en las virtudes humanas y sacerdotales – definiéndolo “modelo de vida sacerdotal" – sino según sus propias actitudes personales y su propia peculiar vocación; un signo de la sabiduría del maestro espiritual y de la inteligencia del discípulo: el primero no se impuso sobre el segundo, sino que le respetó en su personalidad y le ayudó a leer cuál era la voluntad de Dios sobre él. Queridos amigos, ésta es una enseñanza preciosa para todos aquellos que están comprometidos en la formación y educación de las jóvenes generaciones y es también una fuerte llamada de cuán importante es tener una guía espiritual en la propia vida, que ayude a entender lo que Dios quiere de nosotros. Con sencillez y profundidad, nuestro Santo afirmaba: “Toda la santidad, la perfección y el provecho de una persona está en hacer perfectamente la voluntad de Dios (…). Felices nosotros si consiguiéramos verter así nuestro corazón dentro del de Dios, unir de tal forma nuestros deseos, nuestra voluntad a la suya, que formen un solo corazón y una sola voluntad: querer lo que Dios quiere, quererlo en el modo, en el tiempo, en las circunstancias que Él quiere y querer todo eso no por otro motivo sino porque Dios lo quiere".
Pero otro elemento caracteriza el ministerio de nuestro Santo: la atención a los últimos, en particular a los encarcelados, que en la Turín del siglo XIX vivían en en lugares inhumanos e inhumanizadores. También en este delicado servicio, llevado a cabo durante más de veinte años, él fue siempre el buen pastor, comprensivo y compasivo: cualidad percibida por los detenidos, que acababan por ser conquistados por ese amor sincero, cuyo origen era Dios mismo. La simple presencia de Cafasso hacía el bien: serenaba, tocaba los corazones endurecidos por las circunstancias de la vida y sobre todo iluminaba y removía las conciencias indiferentes. En los primeros tiempos de su ministerio entre los encarcelados, recurría a menudo a las grandes predicaciones que llegaban a implicar a casi toda la población carcelaria. Con el paso del tiempo, privilegió la catequesis pequeña, hecha en los coloquios y en los encuentros personales: respetuoso de las circunstancias de cada uno, afrontaba los grandes temas de la vida cristiana, hablando de la confianza en Dios, de la adhesión a Su voluntad, de la utilidad de la oración y de los sacramentos, cuyo punto de llegada es la Confesión, el encuentro con Dios hecho para nosotros misericordia infinita. Los condenados a muerte fueron objeto de cuidados humanos y espirituales especialísimos. Él acompañó al patíbulo, tras haberles confesado y administrado la Eucaristía, a 57 condenados a muerte. Les acompañaba con profundo amor hasta la última respiración de su existencia terrena.
Murió el 23 de junio de 1860, tras una vida ofrecida totalmente al Señor y consumada por el prójimo. Mi Predecesor, el venerable siervo de Dios papa Pío XII, el 9 de abril de 9 1948, lo proclamó patrono de las cárceles italianas y, con la Exhortación apostólica Menti nostrae, el 23 de septiembre de 1950, lo propuso como modelo a los sacerdotes comprometidos en la confesión y en la dirección espiritual.
Queridos hermanos y hermanas, que san Giuseppe Cafasso sea una llamada para todos a intensificar el camino hacia la perfección de la vida cristiana, la santidad; en particular, recuerde a los sacerdotes la importancia de dedicar tiempo al Sacramento de la Reconciliación y a la dirección espiritual, y a todos la atención que debemos tener hacia los más necesitados. Nos ayude la intercesión de la Beata Virgen María, de la que san Giuseppe Cafasso era devotísimo y que llamaba “nuestra querida Madre, nuestro consuelo, nuestra esperanza".
[En español dijo]
Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española, en particular a los Señores Arzobispos metropolitanos de Medellín y Nueva Pamplona, en Colombia; de Cuenca, en Ecuador; de Sevilla, Oviedo y Valladolid, en España; de Chihuahua y Acapulco, en México; y de Panamá. Ayer, en la solemne Misa de los santos Apóstoles Pedro y Pablo, tuve el gozo de imponerles el palio, como signo de estrecha comunión con el Papa, Sucesor de San Pedro y Pastor de la Iglesia universal. Invito a todos los que los acompañan a pedir a Dios por ellos, para que ejerzan su ministerio episcopal con los mismos sentimientos de Cristo, Buen Pastor. Muchas gracias.
[En italiano dijo]
Mi pensamiento se dirige finalmente a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados. A la solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo celebrada ayer, sigue hoy la memoria de los Primeros Mártires Romanos. Queridos jóvenes, imitad su heroico testimonio evangélico y sed fieles a Cristo en cada situación de la vida. Os animo a vosotros, queridos enfermos, a acoger el ejemplo de los Protomártires para transformar vuestro sufrimiento en acto de donación por amor a Dios y a los hermanos. Q8ue vosotros, queridos recién casados, sepáis adheriros al proyecto que el Creador ha establecido para vuestra vocación, llegando así a realizar una unión familiar fecunda y duradera.
[Traducción del italiano por Inma Álvarez
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ZENIT nos ofrece la intervención de Benedicto XVI el martes 29 de Junio de 2010, durante el rezo del Ángelus desde la ventana de su estudio del Palacio Apostólico vaticano al finalizar la misa celebrada en la Basílica Vaticana en la solemnidad de los santos Pedro y Pablo.
Queridos hermanos y hermanas,
hoy la Iglesia de Roma festeja sus santas raíces, celebrando a los Apóstoles Pedro y Pablo, cuyas reliquias se custodian en las dos Basílicas dedicadas a ellos y que adornan toda la Ciudad querida por los cristianos residentes y peregrinos. La solemnidad empezó ayer por la tarde con la oración de las Primeras Vísperas en la Basílica Ostiense. La liturgia del día vuelve a proponer la profesión de fe de Pedro frente a Jesús: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16,16). No es una declaración fruto de un razonamiento, sino una revelación del Padre al humilde pescador de Galilea, como confirma el mismo Jesús diciendo: “no te ha revelado esto la carne ni la sangre” (Mt 16,17). Simón Pedro está tan cerca del Señor como para convertirse él mismo en una roca de fe y de amor sobre la que Jesús ha edificado su Iglesia y “la ha hecho -como observa san Juan Crisóstomo- más fuerte que el mismo cielo” (Hom. in Matthæum 54, 2: PG 58,535). De hecho, el Señor concluye diciendo: “lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos” (Mt 16,19).
San Pablo – de quien hemos celebrado recientemente el bimilenario de su nacimiento – con la Gracia divina ha difundido el Evangelio, sembrando la Palabra de verdad y de salvación en medio de los pueblos paganos. Los dos Santos Patronos de Roma, a pesar de haber recibido de Dios carismas y misiones diversas que cumplir, son ambos fundamento de la Iglesia una, santa, católica y apostólica, “permanentemente abierta a la dinámica misionera y ecuménica, ya que es enviada al mundo a anunciar y testimoniar, actualizar y extender el misterio de comunión que la constituye” (Congregación para la Doctrina de la Fe, Communionis notio, 28 de mayo de 1992, n. 4: AAS 85 [1993], 840). Por eso, durante la santa Misa de esta mañana en la Basílica Vaticana, he entregado a treinta Arzobispos Metropolitanos el Palio, que simboliza tanto la comunión con el Obispo de Roma, como la misión de apacentar con amor a la única grey de Cristo. En esta solemne ocasión, deseo también dar las gracias de corazón a la Delegación del Patriarcado Ecuménico, como testimonio del vínculo espiritual entre la Iglesia de Roma y la Iglesia de Constantinopla.
El ejemplo de los Apóstoles Pedro y Pablo ilumine las mentes y encienda en los corazones de los creyentes el santo deseo de cumplir la voluntad de Dios, para que la Iglesia peregrina en la tierra sea siempre fiel a su Señor. Dirijámonos con confianza a la Virgen María, Reina de los Apóstoles, que desde el Cielo guía y sostiene el camino del Pueblo de Dios.
[Después del Ángelus, saludó a los peregrinos en varios idiomas. En español, dijo:]
Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española, en particular a los arzobispos metropolitanos que acaban de recibir el palio, como signo de unidad con el Sumo Pontífice; a sus familiares, así como a los sacerdotes, religiosos y fieles diocesanos que les acompañan. En este día, celebramos el martirio de los apóstoles san Pedro y san Pablo, que en esta ciudad de Roma dieron su máximo testimonio de amor a Cristo. Os invito a todos, queridos hermanos, a seguir su ejemplo para que, cada vez más unidos al Señor, sepáis dar en vuestra vida abundantes frutos de santidad y apostolado. Que Dios os bendiga.
[Traducción del original italiano por Patricia Navas
©Libreria Editrice Vaticana]
Homilía de monseñor Francisco Polti, obispo de Santiago del Estero (Catedral-Basílica “Nuestra Señora del Carmen”, 29 de junio de 2010). (AICA)
SOLEMNIDAD DE LOS APÓSTOLES SAN PEDRO Y SAN PABLO
Queridos hijos todos en Cristo:
En esta solemnidad de San Pedro y San Pablo recordamos con gratitud a estos dos Apóstoles, cuya sangre, junto con la de tantos otros testigos del Evangelio, ha fecundado la Iglesia universal. Queremos hacer de esta celebración, de la fiesta de estos Apóstoles, una oración; una oración principalmente por la Iglesia de Roma, por la persona e intenciones del Santo Padre, Benedicto XVI, sucesor de San Pedro, y que en este último tiempo viene sufriendo diversos ataques a su ministerio petrino, por toda la Iglesia católica, por los hermanos separados, con los que se desea alcanzar un día la plena comunión, y también por toda la humanidad a la que está destinada el Evangelio.
La tradición cristiana ha considerado a san Pedro y san Pablo inseparables uno del otro, aunque cada uno tuvo una misión diversa que cumplir: san Pedro fue el primero en confesar la fe en Cristo; san Pablo obtuvo el don de poder profundizar su riqueza, nos recuerda el prefacio de la misa. San Pedro fundó la primera comunidad de cristianos provenientes del pueblo elegido; san Pablo se convirtió en el apóstol de los gentiles. Con carismas diversos trabajaron por una única causa: la construcción de la Iglesia de Cristo.
En el Oficio divino, la liturgia ofrece a nuestra meditación este conocido texto de san Agustín: "En un solo día se celebra la fiesta de dos apóstoles. Pero también ellos eran uno. Aunque fueron martirizados en días diversos, eran uno. San Pedro fue el primero; lo siguió san Pablo. (...) Por eso, celebramos este día de fiesta, consagrado para nosotros por la sangre de los Apóstoles". (1)
Como en años anteriores esta fecha es ocasión muy propicia no sólo para orar por el Sucesor de Pedro, como lo hacemos diariamente, sino, sobre todo, para renovar y acrecentar nuestra inquebrantable adhesión a su Persona y Ministerio. Asimismo otra forma de expresarle nuestra comunión y reconocimiento es poner en sus manos nuestras ofrendas, con la colecta del próximo domingo día 4 de julio, en todos las parroquias de nuestra Iglesia diocesana. El Papa necesita de nuestra colaboración económica, también, pues ha de responder a las necesidades materiales que conlleva su misión y ministerio, en solicitud por todas las Iglesias, y a favor de numerosas personas e instituciones que acuden a él, de todo el mundo, en demanda de ayuda.
Celebramos esta fiesta de San Pedro y San Pablo, la memoria de su martirio, signo de supremo amor y de supremo testimonio de Cristo Jesús, el Señor de la vida y de la historia. ¿Qué le podremos pedir a éstos queridos Apóstoles?
Fidelidad a Cristo en la Iglesia
Cada uno de nosotros, como discípulos-misioneros de Jesucristo, le podríamos pedir aquello que es propio del carisma apostólico particular: la firmeza, la solidez, la perennidad, la capacidad de resistir al desgaste del tiempo y a la presión de los acontecimientos, la fuerza de ser -en la diversidad de las situaciones- siempre iguales a nosotros mismos, de vivir y de sobrevivir seguros de un Evangelio inicial, de una coherencia actual, de una meta escatológica. Sí, debemos pedirle, a Pedro y a Pablo, el don de la fe. Más que pensar y hablar, necesitamos la experiencia de la fe, de la relación vital con Jesucristo. La fe no debe quedarse en teoría: debe convertirse en vida(2).
Pero a su vez, los Apóstoles nos piden a nosotros la fidelidad. Es decir, no podríamos llamarnos discípulos, si nuestra adhesión al mensaje salvífico de la revelación cristiana no tuviera aquella firmeza interior, aquella coherencia exterior que hace de ella un verdadero principio de vida reductible a la práctica.
Hoy, en la Mesa del Altar, al presentar las ofrendas, mientras la prometemos en el corazón, pedimos esta fidelidad a San Pedro y San Pablo, quienes como hombres experimentaron la dificultad y la contradicción, pero que recibieron de Jesucristo el incomparable favor de la resistencia en la fe.
Fidelidad del amor a Cristo
Pediremos también, en esta Eucaristía, otra fidelidad: la fidelidad del amor a Cristo que se difunde en un concreto y generoso servicio. Hay que servir por amor. Esta fiesta es una oportunidad para renovar el propósito de “estrenar” todos los días el amor a Dios sobre todas las cosas y a nuestros hermanos a través de un servicio desinteresado, especialmente a los más necesitados. El Señor a cada uno de nosotros nos vuelve a dirigir, como lo hizo con Pedro, esa pregunta: ¿me amas más que éstos? Pedro, le amaba más y tenía el primado del amor a Cristo.
En el servicio hacia los demás encontramos una clara manifestación del amor y un elemento claro de una espiritualidad de comunión. El Papa Benedicto XVI, por quien hoy rezamos especialmente, en su primera Encíclica “Dios es amor” nos recordaba que en “la íntima participación personal en las necesidades y sufrimientos del otro se convierte así en un darme a mí mismo: para que el don no humille al otro, no solamente debo darle algo mío, sino a mí mismo; he de ser parte del don como persona. Éste es un modo de servir que hace humilde al que sirve”(3).
Le pedimos a Santa María, Reina de los Apóstoles, que nos consiga la gracia de ser fuertes en la fe y de amar cada día más. Que nuestra Iglesia que peregrina en Santiago del Estero, fortificada por estos dones y unida al Santo Padre y a la Iglesia de Roma, se distinga por ser una verdadera “casa y escuela de comunión”. Así sea.
Mons. Francisco Polti, obispo de Santiago del Estero
Notas:
(1) Cfr. Disc. 295, 7. 8
(2) PABLO VI, Homilía en la fiesta de San Pedro, 29-VI-1969.
(3) BENEDICTO XVI, Dios es amor, 34-35.
Comunicado de monseñor Martín de Elizalde OSB, obispo de Nueve de Julio (junio de 2010). (AICA)
ACERCA DE LA REFORMA DEL CÓDIGO CIVIL EN MATERIA MATRIMONIAL
En los últimos tiempos la sociedad argentina ha vivido con crispación el debate generado por las propuestas de reforma de la normativa acerca de la institución matrimonial, y que llegan después de un camino que, -es obligado, pero doloroso decirlo- , ha ido empobreciendo el ámbito de los valores fundamentales de la existencia.
Es contrario a la ley divina, así como a la naturaleza del hombre, que dos personas del mismo sexo puedan contraer matrimonio. Las razones que se aducen a favor de esta clase de unión son extrañas a la estructura y fines del mismo, que se ordena, por la complementariedad de los sexos, a la integración del varón y la mujer que lo contraen “para ser un solo cuerpo”, los une también en el espíritu, en la identidad de sus objetivos, la mutua asistencia con amor, la estabilidad, y se prolonga en la concepción de la vida nueva y la educación de los hijos.
La generación y la adopción deben ser vistos dentro de un contexto de finalidad y de sentido como el que hemos presentado. Son un acto de amor que se perfecciona en esa criatura concebida o adoptada, y cuyos derechos deben ser tutelados. Los hijos no pueden ser un modo de afirmación de las parejas en busca de reconocimiento, como tampoco la adopción debe ser una decisión inspirada en el egoísmo. Es una responsabilidad muy grande convocar a la vida, aunque sea con técnicas muy perfeccionadas, a nuevos seres. Hay también una gran responsabilidad al intentar educar a niños en un hogar que no reúna los elementos que la naturaleza contempla para iniciar a las criaturas en los afectos y la libertad.
La sacramentalidad del matrimonio fue instituida por el mismo Jesucristo, se asienta y radica sobre la institución natural, presente en la condición humana, y le da cumplimiento y perfección. La santidad del matrimonio requiere una preparación desde la fe y pautas para su estabilidad y desarrollo; es evidente que una modalidad, como la que tiende a instalarse en las costumbres y en la mentalidad en nuestro tiempo, no ayuda a conformar las condiciones para llevar adelante la búsqueda de este ideal en la unión conyugal. Para el cristiano, el sacramento es una ayuda y una gracia, y como tal descubre en él un medio para alcanzar una gozosa libertad en el amor, que hace presente a Cristo en la vida de la familia así constituida, mientras permanece fiel a tales principios.
La unión reconocida de los homosexuales nunca podrá ser un matrimonio verdadero, aunque la ley le otorgue ese nombre. La misma experiencia hará patente su inadecuación para cumplir los fines y objetivos del mismo. Tampoco podrá cumplir con la misión de engendrar y educar a los hijos. Al contrario, al relativizar de esa manera las condiciones para contraer enlace y formar una familia, contribuirá de manera gravísima a agravar la crisis de la juventud, que verá dificultada la concreción de su búsqueda existencial, en la cual la familia cumple una función tan importante.
La Revelación divina ilumina a la conciencia, indicando lo que es justo y moral, y lo que no lo es. Las acciones personales son responsabilidad de cada uno, que tiene la obligación íntima, ante Dios, de hacer su elección con la mayor adhesión al Bien, para sí y para los demás. Por eso, podemos decir que es gravemente ilícito para un católico apoyar y promover aquellas acciones que tienen como propósito establecer una estructura jurídica que afiancen unas costumbres que distorsionan el orden querido por Dios. Es el caso de la unión homosexual con sus consecuencias. Los legisladores y las autoridades políticas tienen una responsabilidad muy grande, y esperamos que actúen con responsabilidad, sin introducir nuevas causas de debilitamiento en la familia y la sociedad. Pedimos a Dios que los ilumine, y que suscite en los corazones de todos los hombres y mujeres de buena voluntad el aprecio y el estímulo que se necesita para afianzar el orden natural, que ayude así a garantizar las condiciones más adecuadas para el desarrollo sano y libre de las personas. Corresponde a los fieles católicos renovar en su comprensión y práctica la vida matrimonial y el don de la familia, para proponer con su testimonio el modelo que Dios ha querido ofrecer a los hombres y mujeres para alcanzar la verdadera felicidad.
Mons. Martín de Elizalde OSB, obispo de Nueve de Julio
Nueve de Julio, junio de 2010
Mensaje de Mons. Martín de Elizalde OSB, obispo de Nueve de Julio con motivo de la solemnidad de los santos apóstoles Pedro y Pablo -29 de junio de 2010. (AICA)
Queridos hermanos sacerdotes, diáconos, religiosos y religiosas, seminaristas,
queridos fieles, hermanos y hermanas:
El Señor Resucitado confió el cuidado pastoral de su rebaño, la Iglesia, al apóstol Pedro, y esta misión continúa en el ministerio del Obispo de Roma, por la sucesión en la sede que ilustraron con su martirio y su doctrina los santos Pedro y Pablo. Este servicio de la unidad acompaña y fortalece la comunión de la Iglesia, con un fundamento firme como la roca. Lo recordamos especialmente con ocasión de la solemnidad de los santos apóstoles, y nos unimos en la oración, con sentimientos de profunda gratitud y afecto, por el Papa Benito XVI, para que la ayuda divina lo sostenga e ilumine siempre en su ministerio. Pedimos por él, para que conduzca con sabiduría y eficacia a la Iglesia, promueva la santidad por el anuncio de la Palabra y la celebración de los sacramentos, alimente los corazones y las inteligencias de los fieles con su doctrina y los gobierne espiritualmente en medio de las preocupaciones de nuestro tiempo.
El ministerio del Papa es un servicio de comunión, y como sucesor de Pedro, con su tarea y su oración, la hace efectiva por el vínculo de la caridad y el sacramento de la unidad, la Eucaristía, que lo expresa y lo realiza. En su ministerio se anudan los lazos de la hermandad verdadera, de la responsabilidad fraterna en la Iglesia; es él quien confirma a sus hermanos, y su misión tiene un alcance universal. No es la Iglesia una simple organización humana, que tiene autoridades y ejecutores, sino que es el instrumento que el amor de Dios ha puesto para procurar a los hombres la salvación eterna, y ofrecerles la posibilidad de una vida, que sea ya en este mundo como un anticipo y la imagen de la felicidad en la justicia y la verdad que nos espera.
Al promover la santidad en todas las manifestaciones de la acción eclesial, como el fruto de la gracia de Jesucristo, especialmente en aquellos que son asociados más íntimamente a su misión, los sacerdotes, el Papa nos recuerda, con la seguridad que da la confianza en la verdad, que no es compatible la vida cristiana con el pecado, la santidad con la corrupción, el amor con el egoísmo. Y por eso, al proponer con energía una reforma interior y una purificación de todos los pecados en la Iglesia, nos compromete a todos, para que revisemos nuestros modos de obrar y nos unamos en la oración y en la penitencia. Esta ocasión es una oportunidad excelente para recordar ante Dios, en el Año sacerdotal que proclamó el Papa Benito XVI, a los obispos y sacerdotes, que asumen la representación apostólica en la vida concreta de las comunidades, pidiendo por su fidelidad y generosidad apostólicas. Las incomprensiones y hasta los ataques que se dirigen contra la Iglesia y su Pastor se deben muchas veces al poco conocimiento de la realidad eclesial, fundada en la voluntad de Jesucristo y su presencia, y también a la falta de compromiso de muchos hermanos con el sentido genuino de la vocación cristiana, que este Pontífice con tanto coraje y constancia se esfuerza por afirmar y promover. Hay también desgraciadamente otras acusaciones, con afirmaciones profundamente injustas y que lastiman a la persona y a la misión espiritual del Santo Padre, que proceden de la enemistad contra el anuncio evangélico y el bien verdadero que anuncia la Iglesia, y estas también nos hieren dolorosamente, como miembros del Pueblo de Dios, unidos con lazos profundos de fe y de caridad con nuestro Pastor. Queremos asegurar al Papa nuestra adhesión filial y confirmar nuestra comunión con él por la plegaria.
Juntamente con la oración y la identificación espiritual que la Iglesia espera de nosotros, tenemos también una invitación apremiante a contribuir materialmente con la caridad que el Papa realiza. El domingo 4 de julio –inmediatamente después de la celebración de la solemnidad de San Pedro y San Pablo– se realiza la Colecta destinada a ofrecer al Santo Padre nuestra contribución, y para ella pedimos a todos nuestros fieles que sean generosos. El Papa destina lo que recibe por esta Colecta a aliviar las consecuencias de las calamidades naturales, las guerras y otras situaciones de gran necesidad que se presentan en el mundo, como parte de su ministerio de Pastor universal.
Invito a los Sres. Curas Párrocos y Administradores parroquiales y a los directivos de los colegios católicos, a los responsables de las comunidades religiosas y de las instituciones diocesanas y movimientos, a preparar los ánimos de los fieles para esta solemnidad, motivándolos para que participen en la oración por el Papa y se unan generosamente en la Colecta.
La intercesión de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo acompañe siempre el camino de la Iglesia, y los bendiga a todos ustedes, y que la protección de la Santísima Virgen María, Madre de Dios y Madre de la Iglesia, sostenga al Santo Padre, a quien reiteramos la expresión de nuestra sincera adhesión.
Mons. Martín de Elizalde OSB, obispo de Nueve de Julio
Junio de 2010
Texto del micro radial de monseñor José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz, emitido por LT 9 (27 de junio de 2010). (AICA)
El próximo 29 de Junio celebramos la Fiesta de los santos apóstoles Pedro y Pablo. Ese día la Iglesia celebra al Santo Padre, como sucesor de san Pedro. La figura del Papa es parte de la fe católica en su condición de vicario de Cristo. Qué significa esto? Hablamos de fe, ella en primer lugar la fe se dirige a Dios y a su obra realizada por Jesucristo. Precisamente, este referir nuestra fe a la obra de Jesucristo, es lo que nos permite comprender el significado de la persona y ministerio del Papa. Su autoridad no proviene de una elección que hicieron los apóstoles, sino directamente de Jesucristo: “Tu eres Pedro, dijo Jesús, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder de la Muerte no prevalecerá sobre ella. Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo” (Mt. 16, 18-19).
La fe del cristiano se apoya en la Palabra y la misión de Jesucristo. Por ello podemos decir que a través de Pedro, hoy Benedicto XVI, Jesucristo sigue ejerciendo su misión de guiar a los cristianos. Ahora bien, cómo podemos igualar aquella misión que Pedro recibió de Jesucristo, con la de sus sucesores, los Papas, a lo largo de la historia? Aquí entra la realidad de la Iglesia, a la que Cristo fundó y le prometió su asistencia a través del Espíritu Santo. En el evangelio de san Lucas el Señor le dice a Pedro: “yo he rogado por ti, para que no te falte la fe. Y tú, después que hayas vuelto, confirma a tus hermanos” (Lc. 22, 32). Pedro recibe de Jesús una misión que es personal respecto a sus hermanos; esto la Iglesia siempre lo ha vivido y conservado como palabra y promesa de Jesucristo. La autoridad del Papa es fidelidad y obediencia a Jesucristo. Es más, su autoridad es una gracia que Jesucristo le ha conferido al servicio de la comunión de la Iglesia. Sólo en el marco de la Iglesia el Papa es sucesor de Pedro.
Esto nos permite comprender cómo la vida cristiana permanece en la historia a través de la Iglesia y por obra del Espíritu Santo. Es la fe la que nos abre a este camino que Dios ha iniciado hacia nosotros. En este camino que nace en Dios reconocemos el origen de la autoridad y de la misión que Pedro recibió de Jesucristo, hoy presente en la persona y el ministerio de Benedicto XVI. Esto nos permite entender que en la Iglesia la autoridad no tiene su origen en la voluntad de sus miembros, sino en Jesucristo, y que es Él quién nos la ha comunicado a través de los apóstoles. La jerarquía en la Iglesia, como ejercicio de la autoridad, no es dominio sino servicio que tiene su origen en Jesucristo. Sólo en el marco de la Iglesia es posible la obediencia cristiana.
En la persona y la misión del Santo Padre hoy reconocemos el proyecto de Jesucristo. Esta verdad, decía, forma parte del contenido de la fe católica. Elevemos en este día nuestra oración a Dios, para expresar nuestra comunión con Benedicto XVI. Reciban la bendición de su Obispo, que en comunión con el Santo Padre, ha sido llamado a formar parte del Colegio Apostólico, para predicar el evangelio y presidir la Iglesia fundada por Nuestro Señor Jesucristo.
Mons. José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz
Declaración de los obispos de la Región Patagonia-Comahue (Junio de 2010). (AICA)
“INVITANDO A LA BÚSQUEDA DEL BIEN COMÚN”
INTRODUCCIÓN
El debate instalado a nivel nacional acerca de la reforma del Código Civil para permitir el acceso al matrimonio de personas del mismo sexo nos convoca a la participación y al diálogo con todas las instituciones, organizaciones y personas de nuestra sociedad que se sienten involucradas en la búsqueda del Bien Común.
Somos concientes de integrar una sociedad pluralista en la que se tiende a posicionar la riqueza de la diversidad y la expresión de posturas divergentes. Nos une a todos, sin embargo, el mismo suelo y sentimiento de Patria en la que queremos construir una Nación libre, justa, solidaria, con futuro, sin exclusiones ni discriminaciones, donde todo ser humano tenga acceso a las condiciones que le posibiliten una vida digna y feliz. De hecho nadie podrá sentirse plenamente realizado mientras haya otros semejantes estigmatizados por los prejuicios de cualquier signo, o discriminados por su condición sexual, étnica, social, cultural, política o religiosa.
En un Estado democrático y pluralista, como el que se va afirmando en nuestro país, muchas divergencias y posiciones hoy encontradas deben hallar su justo marco de convivencia a través de un diálogo maduro, sincero y constructivo, que permita la expresión de todos, la escucha del otro, el discernimiento de lo que hace al Bien Común, y la correspondiente toma de decisiones en la instancia adecuada, con la legislación que establezca los derechos y deberes de todos los ciudadanos.
Dentro de esta perspectiva queremos escuchar y ser escuchados, abiertos a entender las razones de los demás y prontos a dar las razones que explican o motivan nuestras posturas públicas, nuestros principios y nuestras opciones profundas de conciencia.
1. MATRIMONIOS DE PERSONAS DEL MISMO SEXO
A) Creemos que, en este marco, el tratamiento del Proyecto de Ley de Matrimonio de personas del mismo sexo ha sido impuesto a la población sin la adecuada atención a su substrato más genuino y profundo, su patrimonio cultural y su escala de valores. Se pretende dar una respuesta a una aspiración de un sector de la población que necesita salir de una cierta marginación social y que busca lograr algunos derechos y deberes que, dice, le corresponden como ciudadanos y como miembros de la familia humana. Se desconoció, sin embargo, una metodología y estrategia más integradoras y respetuosas de todos. Un tema de esta envergadura debía estar en la carta de presentación pre-electoral, y debía debatirse con una participación real del pueblo argentino, donde se pudieran expresar no solo sentimientos, sino también las razones y principios que sustentan los fundamentos de nuestra sociedad, el respeto auténtico de las personas, el código de convivencia y la garantía del Bien Común, por encima de los intereses individuales o particulares, por encima de presiones de cualquier tipo, evitando todo aquello que se dice para descalificar posturas y razones distintas. Esta manipulación es grave, y desmerece la calidad de un Estado democrático y pluralista.
B) Como Pastores de la Iglesia, que considera al Matrimonio y a la Familia como un bien fundante de una sociedad sana y armónica, y que le reconoce además un carácter sagrado, podríamos hablar de lo que es propio y particular de la visión católica de dicha realidad. Se trata de un don que gozan quienes, creyendo en Jesucristo, abrazan el camino de la Iglesia Católica, que tiene su origen en Cristo y en los Apóstoles, iluminados por la Palabra de Dios en la lectura fiel que hace el Magisterio de la Iglesia. Bajo esta luz, el Matrimonio es un bien público, no imponible; por eso lo testimoniamos, lo anunciamos y lo ofrecemos a la libertad humana, con humildad y convicción, al margen de este debate.
Aquí preferimos no hacer hincapié en el patrimonio religioso eclesial, sino remitirnos a aquellos principios universales que nos unen a todos y son anteriores al origen de la Iglesia y del Estado. Son principios instalados en el camino mismo de la humanidad, en todos los tiempos y culturas, con algunos elementos permanentes a pesar de muy diversas formas de realización. Sobre esos ejes firmes se ha inspirado y debe seguir inspirándose la ley para garantizar el bien común del matrimonio y de la familia, sin desigualdades ni uniformidades jurídica y prácticamente discriminatorias.
Con mayor razón hay también que excluir de este debate los intereses coyunturales y partidarios, pues se alejan de la noble causa que pregonan de querer tutelar tanto los derechos básicos de las personas como el Bien Común.
C) Las consideraciones que podamos hacer sobre la Ley de Matrimonio incluye y supera, además, la perspectiva de la sexualidad humana. No sería justo reducir el matrimonio, que es un bien público, a la sola categoría de comunidad afectiva y de vida compartida en pareja sin ninguna otra proyección social. Es más. Es la célula en la que el varón y la mujer se encuentran en comunión de cuerpo, alma y proyectos, para ser felices y crecer como personas, en una donación recíproca y complementaria, proyectada en la transmisión de la vida, aportando a la sociedad el don de nuevos hermanos y ciudadanos.
Se trata de una vinculación en pareja que exige determinadas condiciones biológicas, psicológicas y espirituales para poder ser, por lo menos intencionalmente, una realidad plenamente integrada e integradora de la persona, entendida esta como sujeto individual y social, implicado en el proyecto de engendrar hijos a la Patria.
Ninguna otra conformación de pareja, que no incluya la diversidad y la complementariedad de sexo masculino y femenino, puede ofrecer descendencia a la raza humana, y con ello los demás bienes de una sociedad que crece, se renueva y proyecta en el futuro. Toda continuidad biológica, al margen de esta perspectiva, estará sujeta a la concepción de la vida fuera de la esfera matrimonial, dejando al desamparo y a la indefensión (total o parcial) el ser humano engendrado.
A partir de esto, juzgamos que equiparar jurídicamente, bajo la noción de matrimonio, la situación de parejas del mismo sexo, es uniformar dos realidades diversas en desmedro de lo que es realmente el matrimonio. Es establecer, jurídica y prácticamente, una nueva forma de discriminación. En este caso se le niega al Matrimonio su diversidad, tal como nos fue dado en la naturaleza, y tal como se lo concibe y llama en la totalidad de las naciones y de las culturas. Se le niega lo específico y esencial. Se le niega su característica más significativa y calificadora que hacen del mismo un bien social, que trasciende la esfera de lo privado.
Ninguna legislación internacional (ni recomendaciones, ni fallos) ordena incluir bajo el concepto de matrimonio las uniones de personas del mismo sexo, sino que, respetuosa de la diferencia, recomienda solo la no discriminación de las personas por su orientación sexual.
Plantear el acceso de las uniones de personas del mismo sexo al matrimonio como superación de una discriminación es falso y agraviante. Discriminar significa tratar en forma desigual a dos realidades que son iguales. Ahora bien, la unión de personas del mismo sexo no es igual a la alianza matrimonial de un varón con una mujer. Los problemas reales de discriminación entre personas no pasan por ahí, y deben ser resueltos en la verdad y la justicia de manera que no se añada una nueva rasgadura en el tejido social de la Nación Argentina.
D) El matrimonio es un bien de la humanidad, altamente valorado, y lo es también de nuestro acerbo cultural y nacional. Lo es de hecho y constitucionalmente. Como tal es algo esencial al Bien Común de los argentinos. No podríamos negarlo sin erosionar los cimientos mismos de nuestra unidad e identidad nacional.
Por lo tanto, toda legislación a favor de personas o sectores particulares, cuya opción de vida sea distinta, deberá encuadrarse de tal manera que no afecte directa o indirectamente un bien que es esencial para todos.
2. TAREA DE LOS LEGISLADORES
Cualquier legislación sobre las uniones de personas del mismo sexo, a nuestro entender, debería: * respetar la especificidad del matrimonio como tal, por la tanto no se las puede equiparar sin crear una nueva y dolorosa discriminación;
* tener en cuenta que el Bien Común está por sobre el bien particular de personas y grupos que hicieron una opción de vida distinta. Este principio vale también para otras expresiones sociales, culturales, políticas y religiosas que son particulares.
A los legisladores compete el deber de despojarse de sentimientos, intereses y presiones particulares, para legislar en armonía con el todo. Les compete también ser creativos para buscar respuestas nuevas y adecuadas ante planteos y sensibilidades, viejos o nuevos, que reclaman una justa superación de formas históricas discriminantes, evitando la confusión conceptual y la homogenización formal de lo que debe ser respetado en su diversidad.
Los legisladores están al servicio de un proyecto global de Nación, para que sea una realidad el bien, la dignidad y la felicidad del conjunto del pueblo argentino y de cada persona que lo integra, sin someter a nadie, ni sacrificar la riqueza de su legítima diversidad.
Solo un acierto real en este ámbito afianzará una convivencia respetuosa de los argentinos, que supere toda clase de prejuicios hoy existentes, para construir un futuro más justo y solidario. La confrontación hoy existente no lo soluciona la sola ley, si la misma no va aparejada a una visión antropológica adecuada en el claro respeto de las diversidades.
3) ADOPCIÓN
De no menor importancia es también el tema de la pretensión de Adopción de Niños por parejas del mismo sexo. Creemos que nadie tiene derecho a adoptar. Todo lo contrario: es el niño quien tiene derecho a una familia, tal como se lo reconoce la Convención Internacional sobre los Derechos de la Infancia, preámbulo, parágrafo 5º. No puede anteponerse un pretendido derecho de los adultos al derecho real prioritario de los niños, que deben ser los únicos privilegiados.
El ámbito natural que les corresponde para crecer, desarrollarse, autoafirmarse, formarse y proyectarse felizmente es el ámbito donde tuvieron origen: la familia natural y, en su defecto, un ámbito similar donde tenga papá y mamá. La existencia de situaciones que no contemplen esta exigencia básica, por la muerte o por la ausencia de uno o ambos progenitores, son siempre respuestas precarias; están lejos de ser una solución adecuada.
La Declaración de los Derechos del Niño (art. 8º, punto 1) dicen que “los estados se comprometen a respetar el derecho del niño a preservar su identidad. Incluyendo en ella la nacionalidad, el nombre y sus relaciones familiares”. La psicología destaca que la identidad es la construcción dinámica de la conciencia de uno mismo a través de relaciones inter-subjetivas. El niño para poder ir definiendo su identidad necesita, desde la primera infancia, interactuar con progenitores, tutores o padres adoptivos de diferente sexo. Necesita tener “modelos” contrastables, no equiparables. Cuando le falta un progenitor (por viudez, separación u otro motivo) el niño padece dicha carencia, que a veces es fuente de desajustes personales. Esta situación se agravaría si se le añade la confusión de afrontar dos figuras equiparadas. El respeto por las diferencias no autoriza a proponer este modelo a infantes que deben construir su identidad.
Aunque existiesen casos de parejas del mismo sexo que adoptaron chicos y la experiencia ha sido positiva, no se puede legislar a partir de casos de excepción.
El Estado tiene el deber de tutelar los derechos primordiales del niño, y revisar y destrabar la burocracia que impide que tengamos en Argentina una Ley de Adopción más ágil y eficaz en orden al bien de niños que carecen de hogar.
4. CONCLUSIÓN
Por todo lo arriba expresado, rechazamos el Proyecto de Ley que pretende legalizar las uniones de personas del mismo sexo equiparándolas al matrimonio y confiriéndoles el derecho de adopción de niños. Por otra parte, los reclamos de este sector, sobre asuntos de interés recíproco, pueden ser bien atendidos en el ámbito del derecho privado, como suele ser para cualquier grupo, asociación o institución particular.
Al concluir esta presentación, no quisiéramos que este tema hoy agotara la fuerza y la amplitud de horizontes y de compromisos de la sociedad argentina, especialmente de su clase política y de sus legisladores. Creemos que en la agenda del debate nacional merecerían tener prioridad muchos otros temas que tienen que ver con el compromiso a favor de la vida plena para todos, la defensa de la dignidad de la persona, la construcción de una sociedad más feliz, justa y reconciliada, los caminos de pacificación, la educación, donde se garantice la igualdad de oportunidades de desarrollo para todos, y el cuidado del medio ambiente y de toda la creación.
Hemos querido reflexionar en voz alta como simple ciudadanos, pero también como pastores que quieren achicar las distancias entre las posturas particulares, acentuando el Bien Común, reconociendo la riqueza de la pluralidad, sin ocultar la propia identidad, con gran respeto por los que tienen razones fundadas para aportar algo distinto, con mayor respeto aún por los sectores de hermanos y hermanas con distinta orientación y opción de vida afectiva y sexual. Prima sobre todo el respeto y amor por su persona que para nosotros es sagrada, tanto más que a muchos de ellos y de ellas los reconocemos como hijos de la Iglesia y miembros del Cuerpo de Cristo. A ellos/as ofrecemos desde nuestro ministerio, toda aquella apertura y atención personal que le permita un siempre mayor acercamiento a Jesucristo, concientes de la común igualdad en dignidad humana y en el destino trascendente de nuestra vida.
Junio del 2010
Mons. Virginio D. Bressanelli, scj, obispo Coadjutor de Neuquén
Mons. Marcelo A. Cuenca, Obispo del Alto Valle del Río Negro
Esteban M. Laxague, sdb, obispo de Viedma
Mons. Fernando C. Maletti, obispo de San Carlos de Bariloche
Mons. Marcelo A. Melani, sdb, obispo de Neuquén
Mons. Juan C. Romanín, sdb, obispo de Río Gallegos
Mons. José Slaby, c.ss.r, obispo de la Prelatura de Esquel
Mons. Joaquín G. Lahoz, administrador Diocesano de Comodoro Rivadavia
Mons. Néstor H. Navarro y José P. Pozzi, obispos eméritos del Alto Valle del Río Negro
EUROPA/ESPAÑA - En los Monasterios, una jornada mensual de oración y sacrificio por las misiones
Madrid (Agencia Fides) – La Obra Pontificia de San Pedro Apóstol propone a los monasterios de vida contemplativa dedicar una jornada al mes a la cooperación con la obra misionera universal de la Iglesia. Dado el carácter contemplativo de las comunidades monásticas, la principal cooperación en favor de las misiones está constituida por la oración y por el ofrecimiento de los propios sacrificios.
En la arquidiócesis de Madrid, la “Jornada de oración y sacrificio por las misiones” se celebra el tercer lunes de cada mes y, con el objeto de promoverla, la secretaría diocesana de la Obra de San Pedro envía a cada monasterio, una vez al mes, un poster titulado “Iglesia en Misión” que recuerda la iniciativa. El acto central de la Jornada es la celebración litúrgica (la Santa Misa u otra celebración) en la que se reza por la misión universal de la Iglesia. La celebración se puede enriquecer con la lectura de testimonios o con una colecta, si participan los fieles, que luego se puede destinar a sostener los proyectos de las Obras Misionales Pontificias (OMP). Se ha preparado además una guía litúrgica con indicaciones útiles para animar esta Jornada mensual, la cual propone textos y gestos que se pueden adaptar a la realidad local y tienen como finalidad ayudar a incrementar la conciencia misionera y dar un mayor impulso a la cooperación con las misiones, tanto material como espiritual.
Adicionalmente, las OMP de Madrid ponen a disposición de los monasterios otros materiales: el elenco de las misiones en la diócesis, testimonios de misioneros, revistas y otros documentos relativos a las misiones, con el fin de que sean distribuidos. Para mayor información: madrid@omp.es. (SL) (Agencia Fides 21/07/2010)
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Boletín 396
LAS NOTICIAS AMPLIADAS PUEDEN VERLAS ENTRANDO EN NUESTRO NUEVO BLOG. Textos, sonidos, e imágenes los tienen en:
http://www.comunicacionobispadodetenerife.blogspot.com/
Del 25 al 30 de Julio se desarrollará en el Seminario Diocesano de Tenerife el VII encuentro de seminaristas menores de España. Durante esos cinco días los seminaristas, junto con sus formadores visitarán la Laguna, el Loro Parque, Santa Cruz de Tenerife y Candelaria, y harán la ruta del Santo Hermano Pedro, además de otras actividades como veladas, mesas redondas...La experiencia de compartir con otros muchachos con inquietudes vocacionales, en vísperas de decidir el ingreso en el Seminario Mayor, es un aliciente para esperar con ilusión los frutos de este encuentro nacional.
Hastael sábado 24 de julio el Instituto Superior de Teología de las Islas Canarias llevará a cabo su último curso de la Escuela de Verano. En esta ocasión se está abordando el tema “Los jóvenes y la Eucaristía”. Dicho curso está siendo impartido Javier José Jiménez y Victor Rodríguez, miembros de la delegación diocesana de Pastoral con Jóvenes.
Ha fallecido Carmen Paiz, religiosa dominica de la comunidad de La Palmita, en La Palma. La misa exequial por el eterno descanso de su alma se celebró en la capilla del colegio.
Vallehermoso volvió a lucir sus mejores galas para llevar hasta "La Playa" a su "Virgen del Carmen", que llegó a la Iglesia de San Juan tras ser acompañada por más de 5000 personas en la "Bajada de la Virgen", dentro de las Fiestas Lustrales 2010.
Tras vivir la llamada “entrada triunfal” en la ciudad, la Imagen de la Virgen de Las Nieves continúa en el templo de El Salvador de la capital palmera. La Misa Pontifical de la llegada fue presidida por el cardenal y arzobispo emérito de Sevilla, Carlos Amigo. Con él concelebraron el obispo, Bernardo Álvarez, y el arzobispo emérito de Zaragoza, Elías Yanes. En su homilía, el cardenal Amigo indicó que “la verdadera devoción a la Virgen María es el encuentro con Jesucristo”. Nosotros, “somos su voz, pero sólo Jesucristo es la Palabra, y esa Palabra se hizo hombre en las entrañas de la Virgen María”.
En la noche del sábado al domingo, en la plaza de España, ante la imagen de Nuestra Señora de Las Nieves, tendrá lugar la última representación de los Enanos, que no volverán a danzar hasta 2015. COPE La Palma emitirá, en directo, este emotivo acto. También la COPE está emitiendo el Ángelus y un programa diario, en directo, desde la parroquia de El Salvador.
Asimismoel sábado 24, a las 18:00 horas se va a celebrar el Encuentro con las Familias bajo el lema “¿Vivir la fe en familia” ¡Pues claro que sí!” que estará coordinado por Juanjo Fernández Sola, licenciado en Filosofía y Letras, profesor y escritor en torno a temáticas de contenido pedagógico. Un día más tarde será el turno para los niños. A las 10:00 horas los más pequeños podrán acompañar a la Virgen de Las Nieves hasta la parroquia de Santo Domingo de Guzmán. Posteriormente, se llevarán a cabo canta-juegos, representaciones de “Godspell”, etc.
El 31 de Julio, el cantautor Martín Valverde va a dar un concierto en el recinto principal de la Bajada de La Virgen, en Santa Cruz de La Palma. Durante la tarde, en el mismo recinto, se llevarán a cabo diferentes talleres lúdicos para jóvenes, entre ellos, un taller de multiaventura organizado por Ekalis. Esta iniciativa tiene un sugerente prólogo, porque la entrada tanto para el concierto como para los talleres, es una pulsera azul con el lema KDMS 31 julio y tiene un coste de 2 euros.
Garachico también tiene sus fiestas lustrales. Los festejos en honor al Santísimo Cristo de la Misericordia vivirán sus días más importantes entre el 22 de julio y el 16 de agosto. El municipio de Garachico conmemora de esta forma, cada cinco años, la “Exaltación a la Erupción volcánica de 1706″”, un evento histórico que hace alusión a la erupción del volcán de Trevejo que arrasó con el antiguo puerto de Garachico, así como con la iglesia parroquial, el convento de San Francisco, el monasterio de Santa Clara y toda la calle donde se erigían las mejores joyas arquitectónicas del pueblo. El domingo 1 de agosto tendrá lugar la procesión en honor al Santísimo Cristo y a las 21:45 horas comenzarán los Fuegos del Risco que recrearán una vez más la referida erupción volcánica de 1706. Francisco Hernández, párroco del Garachico ha indicado que éstas “son unas manifestaciones de fe muy hermosas en las cuales celebramos un quinario a Santa Ana, un triduo al Santísimo Cristo y la Novena Solidaria de San Roque, donde se recogen alimentos para los pobres.”
Ha comenzado la cuenta atrás para la Jornada Mundial de la Juventud, a celebrar en Madrid en el verano de 2011. En este sentido, ya es posible inscribirse para la misma. La Delegación de Pastoral con Jóvenes ha enviado la primera comunicación al respecto. Toda la información de este evento se puede encontrar en www.juventudnivariense.es.
La parroquia del Carmen, en Llanito Perera, Icod de los Vinos, está celebrando estos días el 25 aniversario del templo. Entre los diferentes actos se ha inaugurado un busto homenaje al sacerdote Fermín León, párroco e impulsor de la iglesia.
Un 23 de julio de hace 25 años, el Ayuntamiento de los Realejos acordó de forma unánime nombrar alcaldesa honoraria y perpetua de la localidad la Virgen del Carmen. Por ello, las celebraciones que cada julio se hacen en su honor han querido recordar la efeméride incluyendo en el programa de actos un pasaje de ese acuerdo plenario de 1985. El día grande de los festejos será el 25 de julio con la Octava del Carmen. No obstante, uno de los principales actos tendrá lugar el 26 de julio, el Lunes del Carmen, cuando se celebre la eucaristía y posterior procesión de la Virgen.
Se ha constituido en Tenerife la Asociación Cultural Amigos del Siervo de Dios Fray Juan de Jesús, célebre franciscano nacido en Icod de los Vinos en 1615 y fallecido en el ex convento de San Diego del Monte (La Laguna) el 6 de febrero de 1687. La entidad surge con el objetivo de promover la figura y la vida de este fraile.
Del 15 al 20 de agosto tendrá lugar en el Colegio Pureza de María de Los Realejos, un Encuentro de Experiencia de Dios, impartido según el método del Padre Ignacio Larrañaga, Sacerdote Franciscano Capuchino, fundador de los Talleres de Oración y Vida (TOV). En esta ocasión el encuentro será impartido por un “Matrimonio Guía Evangelizador” de TOV de Granada. Los matrimonios evangelizadores de TOV son enviados expresamente por el Padre Ignacio Larrañaga en el mundo para impartir los Encuentros allí donde él no puede llegar, transmitiendo el mismo espíritu y vida que él infunde con su mensaje. Se comenzará el domingo 15 a las 19:00 horas (se incluye cena) y se terminará el viernes 20 por la tarde, después de la Eucaristía. Para reservas contactar con Ramón de la Cruz Rodríguez en el 922 22 63 64.
El alcalde de la capital tinerfeña ha recibido a varios representantes de la Asociación Amigos de Los Llanos, quienes expusieron al edil la necesidad de acondicionar el exterior de la ermita de Regla.
Del 8 al 22 de agosto tendrán lugar las fiestas en honor a la Virgen de Candelaria. El sábado 14, a las 17:00 horas, se realizará la tradicional ofrenda folclórica-floral a la Virgen y recogida de alimentos para los más necesitados. A las 19:30 horas, se celebrará la Misa y posteriormente se desarrollará la representación del hallazgo de la imagen por los guanches. Un día más tarde, el domingo 15, se celebrará el día principal de las fiestas de la Patrona de Canarias. A las 10:45 horas tendrá lugar la recepción del representante real. Posteriormente, se celebrará la eucaristía presidida por el obispo, Bernardo Álvarez.
ZENIT nos ofrece la homilía que el Papa Benedicto XVI pronunció el lunes 28 de Junio de 2010 durante la celebración de las Primeras Vísperas de la Solemnidad de san Pedro y san Pablo en la Basílica de San Pablo Extramuros.
Queridos hermanos y hermanas
Con la celebración de las Primeras Vísperas entramos en la solemnidad de los Santos Pedro y Pablo. Tenemos la gracia de hacerlo en la Basílica Papal dedicada al Apóstol de los Gentiles, recogidos en oración ante su Tumba. Por ello, deseo orientar mi breve reflexión en la perspectiva de la vocación misionera de la Iglesia. En esta dirección van la tercera antífona de la salmodia que hemos rezado y la lectura bíblica. Las dos primeras antífonas están dedicadas a Pedro, la tercera a san Pablo, y dice: “Tu eres el mensajero de Dios, Pablo apóstol santo: anunciaste la verdad en el mundo entero”. Y en la Lectura breve, tomada del discurso inicial de la Carta a los Romanos, Pablo se presenta como “llamado el Apóstol, y elegido para anunciar la Buena Noticia de Dios” (Rm 1,1) La figura de Pablo – su persona y su ministerio, toda su existencia y su duro trabajo por el Reino de Dios – están completamente dedicadas al servicio del Evangelio. En estos textos se advierte un sentido de movimiento, donde el protagonista no es el hombre, sino Dios, el soplo del Espíritu Santo, que empuja al Apóstol por los caminos del mundo para llevar a todos la Buena Noticia: las promesas de los profetas se han cumplido en Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios, muerto por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación. Saulo ya no existe, existe Pablo, aún más, existe Cristo que vive en él (cfr Gal 2,20) y quiere llegar a todos los hombres. Por tanto si la fiesta de los Santos Patronos de Roma evoca la doble tensión típica de esta Iglesia, a la unidad y a la universalidad, el contexto en que nos encontramos esta tarde nos llama a privilegiar la segunda, dejándonos, por así decirlo, “arrastrar” por san Pablo y por su extraordinaria vocación.
El Siervo de Dios Giovanni Battista Montini, cuando fue elegido Sucesor de Pedro, en plena celebración del Concilio Vaticano II, eligió llevar el nombre del Apóstol de los gentiles. Dentro de su programa de actuación del Concilio, Pablo VI convocó en 1974 la Asamblea del Sínodo de los Obispos sobre el tema de la evangelización del mundo contemporáneo, y casi un año después publicó la Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, que se abre con estas palabras: “El compromiso de anunciar el Evangelio a los hombres de nuestro tiempo, animados por la esperanza pero, al mismo tiempo, a menudo, turbados por el miedo y por la angustia, es sin duda un servicio hecho no sólo a la comunidad cristiana, sino también a toda la humanidad” (n. 1). Impresiona la actualidad de estas expresiones. Se percibe en ellas toda la particular sensibilidad misionera de Pablo VI y, a través de su voz, el gran anhelo conciliar a la evangelización del mundo contemporáneo, anhelo que culmina en el Decreto Ad gentes, pero que permea todos los documentos del Vaticano II y que, antes aún, animaba los pensamientos y el trabajo de los Padres conciliares, reunidos para representar de modo más tangible que nunca la difusión mundial alcanzada por la Iglesia.
No hay palabras para explicar cómo el Venerable Juan Pablo II, en su largo pontificado, desarrolló esta proyección misionera, la cual – hay que recordar siempre – responde a la misma naturaleza de la Iglesia, la cual, con san Pablo, puede y debe repetir siempre: “Si anuncio el Evangelio, no lo hago para gloriarme: al contrario, es para mí una necesidad imperiosa. ¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!” (1Cor 9,16). El Papa Juan Pablo II representó “en vivo” la naturaleza misionera de la Iglesia, con los viajes apostólicos y con la insistencia de su Magisterio sobre la urgencia de una “nueva evangelización”: “nueva” no en los contenidos, sino en el empuje interior, abierto a la gracia del Espíritu Santo que constituye la fuerza de la ley nueva del Evangelio y que renueva siempre a la Iglesia; “nueva” en la búsqueda de modalidades que correspondan a la fuerza del Espíritu Santo y que sean adecuadas a los tiempos y a las situaciones; “nueva” porque es necesaria incluso en países que ha recibieron el anuncio del Evangelio. A todos es evidente que mi Predecesor dio un impulso extraordinario a la misión de la Iglesia, no solo – repito – por las distancias que recorrió, sino sobre todo por el genuino espíritu misionero que le animaba y que nos dejó en herencia en el alba del tercer milenio.
Recogiendo esta herencia, pude afirmar, al inicio de mi ministerio petrino, que la Iglesia es joven, abierta al futuro. Y lo repito hoy, cerca del sepulcro de san Pablo: la Iglesia es en el mundo una inmensa fuerza renovadora, no ciertamente por sus fuerzas, sino por la fuerza del Evangelio, en el que sopla el Espíritu Santo de Dios, el Dios Creador y redentor del mundo. Los desafíos de la época actual están ciertamente por encima de las capacidades humanas: lo están los retos históricos y sociales, y con mayor razón los espirituales. Nos parece a veces a nosotros los Pastores de la Iglesia revivir la experiencia de los Apóstoles, cuando miles de personas necesitadas seguían a Jesús, y Él preguntaba: ¿qué podemos hacer por toda esta gente? Ellos entonces experimentaban su impotencia. Pero precisamente Jesús les había demostrado que con la fe en Dios nada es imposible, y que pocos panes y peces, bendecidos y compartidos, podían saciar a todos. Pero no había – y no hay – sólo hambre de alimento material: existe un hambre más profunda, que sólo Dios puede saciar. También el hombre del tercer milenio desea una vida auténtica y plena, tiene necesidad de verdad, de libertad profunda, de amor gratuito. También en los desiertos del mundo secularizado, el alma del hombre tiene sed de Dios, del Dios vivo. Por esto Juan Pablo II escribió: “La misión de Cristo redentor, confiada a la Iglesia, está aún muy lejos de su cumplimiento”, y añadió: “una mirada en conjunto a la humanidad demuestra que esta misión está aún en sus inicios y que debemos empeñarnos con todas las fuerzas en su servicio” (Enc. Redemptoris missio, 1). Hay regiones del mundo que aún esperan una primera evangelización; otras, que la recibieron, necesitan un trabajo más profundo; otras aún en las que el Evangelio echó raíces durante muchos siglos, dando lugar una verdadera tradición cristiana, pero en la que en los últimos siglos – con dinámicas complejas – el proceso de secularización ha producido una grave crisis del sentido de la fe cristiana y de la pertenencia a la Iglesia.
En esta perspectiva, he decidido crear un nuevo Organismo, en la forma de “Consejo Pontificio”, con la tarea principal de promover una renovada evangelización en los países donde ya resonó el primer anuncio de la fe y están presentes Iglesias de antigua fundación, pero que están viviendo una progresiva secularización de la sociedad y una especie de “eclipse del sentido de Dios”, que constituyen un desafío a encontrar los medios adecuados para volver a proponer la perenne verdad del Evangelio de Cristo.
Queridos hermanos y hermanas, el reto de la nueva evangelización interpela a la Iglesia universal, y nos pide también proseguir con empeño en la búsqueda de la unidad plena entre los cristianos. Un signo elocuente de esperanza en este sentido es la costumbre de las visitas recíprocas entre la Iglesia de Roma y la de Constantinopla con ocasión de las fiestas de sus respectivos santos patronos. Por esto acogemos hoy con renovada alegría y reconocimiento la Delegación enviada por el Patriarca Bartolomé I, al cual dirigimos el saludo más cordial. Que la intercesión de los santos apóstoles Pedro y Pablo obtenga a la Iglesia entera fe ardiente y valor apostólico, para anunciar al mundo la verdad de la que todos tenemos necesidad, la verdad que es Dios, origen y fin del universo y de la historia, Padre misericordioso y fiel, esperanza de vida eterna. Amén.
[Traducción del original italiano por Inma Álvarez
©Libreria Editrice Vaticana]
ZENIT nos ofrece el discurso que el Papa Benedicto XVI dirigió el lunes 28 de Junio de 2010 a la Delegación enviada por el Patriarcado Ecuménico de Constantinopla, que se encuentra en Roma para celebrar la Solemnidad de san Pedro y san Pablo.
Querido hermano en Cristo,
“Lleguen a vosotros la gracia y la paz que proceden de Dios, nuestro Padre” (Col 1,2). Con gran alegría y sincero afecto le doy la bienvenida en el Señor a esta ciudad de Roma, con motivo de la celebración anual del martirio de los santos Pedro y Pablo. Su fiesta, que la Iglesia católica y las Iglesias ortodoxas celebran el mismo día, es una de las más antiguas del año litúrgico, y constituye el testimonio de una época en que nuestras comunidades vivían en plena comunión unas con otras. Su presencia aquí hoy – por la cual estoy profundamente agradecido al Patriarca de Constantinopla, Su Santidad Bartolomé I, y al Santo Sínodo del Patriarcado Ecuménico de Constantinopla – nos trae gran alegría a los corazones de todos nosotros.
Doy gracias al Señor de que las relaciones entre nosotros se caractericen por sentimientos de confianza mutua, estima y fraternidad, como ha sido ampliamente atestiguado en las numerosas reuniones que han tenido lugar ya en el transcurso de este año.
Todo esto da motivos para la esperanza de que el diálogo católico-ortodoxo también seguirá progresando a buen ritmo. Su Eminencia es consciente de que la Comisión mixta internacional para el diálogo teológico, de la cual usted es Co-Secretario, se encuentra en un punto crucial, después de haber comenzado a discutir, el pasado octubre en Paphos, sobre el "El papel del obispo de Roma en la comunión de la Iglesia en el primer milenio". Con todo nuestro corazón suplicamos que, iluminados por el Espíritu Santo, los miembros de la Comisión continúen por este camino durante la próxima reunión plenaria que se celebrará en Viena, y dediquen el tiempo necesario para el estudio a fondo de este asunto tan delicado e importante. Para mí es un signo alentador que el patriarca ecuménico Bartolomé I y el Santo Sínodo de la Constantinopla compartan nuestra firme convicción de la importancia de este diálogo, como Su Santidad dijo tan claramente en la Carta Encíclica Patriarcal y sinodal, con motivo del Domingo de la Ortodoxia, el 21 de febrero de 2010.
En la próxima Asamblea Especial para Oriente Medio del Sínodo de los Obispos, que he convocado para el mes de octubre aquí, en Roma, estoy seguro de que el tema de la cooperación ecuménica entre los cristianos de esta región volverá a recibir gran atención. De hecho, se destaca en el Instrumentum laboris, que entregué a los obispos católicos de Oriente Medio durante mi reciente visita a Chipre, donde fui recibido con gran calidez fraterna por Su Beatitud Crisóstomo II, el Arzobispo de Nea Justiniana y de Toda Chipre. Las dificultades que los cristianos de Oriente Medio están experimentando son en gran medida comunes a todos: vivir como una minoría, y el anhelo por una auténtica libertad religiosa y por la paz. El diálogo es necesario con las comunidades islámica y judía. En este contexto, me complace dar la bienvenida a la Delegación fraterna que el Patriarca Ecuménico enviará para que participe en los trabajos de la Asamblea sinodal.
Eminencia, queridos miembros de la Delegación, os doy las gracias por vuestra visita. Os pido que transmitáis mi saludo fraterno a Su Santidad Bartolomé I, al Santo Sínodo, al clero ya todos los fieles del Patriarcado Ecuménico. A través de la intercesión de los apóstoles Pedro y Pablo, que el Señor nos conceda abundantes bendiciones, y que nos mantenga siempre en su amor.
[Traducción del original en inglés por Inma Álvarez]
Faisalabad (Agencia Fides) Mons. Joseph Coutts está cansado y preocupado. Ha pasado también él una noche en vela, mantenido un estrecho contacto con sus sacerdotes - que estaban en Waris Pura, para tratar de detener la violencia anti-cristiana -, pero también con las autoridades civiles y policiales que han restituido la calma y el orden en el suburbio. Esta mañana, ha celebrado el funeral de dos hermanos de familia católica - que quiere poner de relieve - asesinados ayer delante del tribunal que les había absuelto de la acusación de blasfemia. Pero Mons. Coutts subraya la importancia de dar a conocer la dramática situación de la Iglesia en Pakistán y por eso concede con gusto esta entrevista a la Agencia Fides:
Mons. Coutts, ¿como es hoy la situación de los cristianos en Faisalabad?
La situación es trágica. El doble asesinato de ayer y el rastro de la violencia son una tragedia no solo para la Iglesia de Faisalabad, sino para todos los cristianos de Pakistán. Quiero recordar que en 1994 ocurrió un incidente similar: Mansur Masih, un cristiano acusado de blasfemia y absuelto, fue asesinado al salir del tribunal de Lahore y otros dos resultaron heridos. Y Arif Iqbal Bhatti, uno de los jueces que le había absuelto, fue asesinado también posteriormente. Todavía recuerdo el episodio del ataque masivo contra la colonia cristiana de Gojra, el año pasado. Son las mismas dinámicas: significa que no ha habido un progreso real. La comunidad cristiana está muy sacudida y desanimada.
¿Hubo más muertos y heridos en el ataque a Waris pura?
Los ataques en masa han creado pánico, dañado tiendas e instalaciones, pero no ha habido muertos ni heridos graves, solo algunos fieles con heridas leves. Debo decir que las autoridades y la policía han hecho un buen trabajo, interviniendo inmediatamente para detener y dispersar a los militantes. Ciertamente, el impacto para las familias cristianas indefensos, que se sentían perseguidas ha sido muy fuerte y todavía se advierte.
¿Qué es lo que ha generado toda esta violencia?
En las últimas semanas, ha circulado un folleto escrito a mano en el que había acusaciones muy fuertes contra el Islam y ofensas graves contra el profeta Mahoma. Esto ha creado ira en los grupos musulmanes. Muchos de ellos ahora piensan que los cristianos realmente quieren desafiar al Islam e insultar al Profeta. De ahí la tensión ha aumentando ya en los últimos días: los dos hermanos fueron acusados de ser los autores del folleto. Pero el tribunal estimó que no era así.
¿Quiénes son los autores, en su opinión?
Por supuesto que no han sido los cristianos a escribir y distribuir ese folleto. Ha sido escrito y distribuido con el fin de provocar: hay fuerzas oscuras que tratan de crear odio y conflicto entre las dos comunidades. Piense en los recientes ataques contra el templo de los Ahmadi en Lahore y la mezquita chiíta en Sargodha, ahora la violencia en Faisalabad: creo que es una estrategia para elevar la tensión y el odio interreligioso en Pakistán. No será fácil luchar contra estas fuerzas del mal, pero usaremos todas nuestras fuerzas, con la ayuda de Dios
¿Cómo pretende actuar?
Nos mantendremos en contacto con las autoridades civiles y los líderes religiosos, explicando que los cristianos no odian a los musulmanes y quieren la paz. Por supuesto que hoy en día este trabajo es bastante difícil, ya que se ha producido una brecha entre la comunidad cristiana, que en Faisalabad es muy numerosa, y amplios sectores de la Islámica. Estamos tratando de mediar, gracias a la buena voluntad de algunos líderes islámicos, pero es muy difícil. El primer paso es reconstruir la confianza mutua.
¿Qué ha dicho a los fieles durante el funeral de los dos hermanos asesinados?
En una atmósfera de tristeza, dolor y alta tensión emotiva, le dije a la gente que la sangre de estas personas inocentes se lo ofrecemos a Dios junto con la Sangre de Cristo. Servirá para nuestra salvación y esperamos también, para sanar a nuestra comunidad de Faisalabad de las enfermedades del odio y la violencia. Los dos hermanos eran de familia católica y ambos habían sido bautizados en nuestra Iglesia. Recientemente, uno de ellos, Rashid, a través de un breve curso por Internet, había recibido el mandato de un grupo protestante para predicar la Biblia. Llevaremos siempre a estos dos inocentes en nuestros corazones.
¿Cree usted que la violencia deriva de la ley sobre la blasfemia?
La ley sobre la blasfemia está en la raíz de esta situación trágica. La Iglesia de Pakistán está en primera línea, con la Comisión de Justicia y Paz, de la Conferencia Episcopal para pedir su abolición. Vamos a continuar esta campaña de justicia, de libertad y de derechos. Pero la ley es el resultado de una mentalidad, una actitud cultural: hay que trabajar duro en el diálogo interreligioso para cambiar esta mentalidad. Entre muchos líderes musulmanes existe rabia también por la situación internacional, y circulan ideas radicales contra Occidente y contra el Sionismo. Nuestro trabajo de mediación y establecimiento de la paz no es fácil, pero confiamos en la ayuda de Dios y de todos los cristianos del mundo.
¿Qué pide a la Iglesia universal?
Invito a la Iglesia universal a tomar conciencia de la situación de sufrimiento de los cristianos en Pakistán. Sólo así podremos contar con el apoyo de la oración en la que confiamos, y cualquier otro tipo de ayuda a nuestra misión. (PA) (Agencia Fides 20/7/2010)
Documento Final del IX Encuentro de las Conferencias Episcopales de los países de habla portuguesa que se celebró en Santo Tomé del 2 al 9 de julio de 2010.
COMUNICADO FINAL
do IX Encontro das Presidências das Conferências Episcopais
dos Países Lusófonos
São Tomé, 2‑8 de Julho de 2010
O IX Encontro das Presidências das Conferências Episcopais dos Países Lusófonos teve lugar na cidade de São Tomé, capital da República Democrática de São Tomé e Príncipe, de 2 a 8 de Julho de 2010.
1. Foram estes os participantes, aqui enumerados por ordem alfabética das nações donde procedem: D. Filomeno Vieira Dias, Vice‑Presidente da CEAST e Bispo de Cabinda, Angola; D. Emílio Sumbelelo, Secretário‑Geral da CEAST e Bispo do Uíge, Angola; D. Luís Soares Vieira, Vice‑Presidente da CNBB e Arcebispo de Manaus, Brasil; D. Arlindo Gomes Furtado, Bispo da Praia e Administrador Apostólico do Mindelo, Cabo Verde; D. José Câmnate na Bissign, Bispo de Bissau, Guiné‑Bissau; D. Pedro Carlos Zilli, Bispo de Bafatá, Guiné‑Bissau; D. Lúcio Andrice Muandula, Presidente da CEM e Bispo de Xai‑Xai, Moçambique; D. Francisco Chimoio, Vice‑Presidente da CEM e Arcebispo de Maputo, Moçambique; D. Jorge Ferreira Ortiga, Presidente da CEP e Arcebispo de Braga, Portugal; P. Manuel Morujão, Secretário‑Geral da CEP; P. José Maia, Presidente da FEC, Portugal; D. Manuel António dos Santos, Bispo de S. Tomé e Príncipe. Participaram ainda, em parte dos trabalhos, a Dra. Dulce Évora, jornalista da Rádio Vaticano, de Cabo Verde; e os Drs. Fátima Viegas e Zeferino Juliana, da Associação Cristã de Gestores e Dirigentes, de Angola.
2. Todo o grupo se sentiu muito bem acolhido em São Tomé pelo Bispo local, pelas Congregações religiosas e pelas Comunidades das Paróquias que visitou, tendo em todas rezado e nalgumas celebrado a Eucaristia. Foi uma experiência de particular consolação e júbilo participar na ordenação presbiteral do Padre diocesano Fausto Matos e na celebração dos 25 anos de sacerdócio de D. Manuel António dos Santos. Todo o grupo se sentiu confortado pela fé do povo irmão santomense, manifestada particularmente nas celebrações eucarísticas muito participadas e festivas.
3. Foram dados a conhecer e apresentados 4 documentos: – Declaração final da «Consulta Pós‑Sinodal: um novo Pentecostes para a África», promovido pela Cáritas‑África e pelo Departamento Justiça e Paz do SECAM, realizado em Maputo de 23 a 26 de Maio de 2010; – «Comunicado do Fórum das Cáritas Lusófonas», realizado na Guiné‑Bissau, de 26 de Abri a 2 de Maio de 2010; – «O empenho da Igreja Católica na Guiné‑Bissau», preparado pelos Bispos e pela Cáritas do país, a 28 de Junho de 2010; – «A acção da Igreja contra a pobreza nos países lusófonos», n.º monográfico do boletim da Fundação Evangelização e Culturas, de Julho de 2010.
4. Os Bispos manifestaram o seu agrado pela presença neste encontro de uma delegada da Rádio Vaticano e pelo particular serviço que esta emissora vai dando ao continente africano, mormente no combate à pobreza, através dos seus programas. A sua presença em São Tomé e Príncipe foi também uma ocasião para reportagens radiofónicas sobre a mulher, reconhecida como uma das principais vítimas da pobreza, a quem é preciso dar atenção para potencializar as suas capacidades de promoção social.
5. Os participantes tiveram ocasião de contactar com as autoridades locais, sendo‑lhes concedida uma audiência pelo Sr. Presidente da República, Dr. Fradique Bandeira Melo de Menezes, e um encontro com o Sr. Primeiro‑Ministro, Dr. Joaquim Rafael Branco. Ambos manifestaram o seu grande apreço pela acção da Igreja Católica no arquipélago de São Tomé e Príncipe, no campo religioso e de acção social e como elemento pacificador.
6. Feita uma avaliação destes encontros, foram sublinhados os seguintes pontos: – deverão continuar a realizar‑se de dois em dois anos; – a troca de experiências e projectos de Igrejas irmãs, ligadas por uma língua comum e por uma história com muitos pontos de contacto, é útil e enriquecedora; – é de fomentar a promoção de iniciativas que visem a entreajuda das diversas Igrejas, como a do acolhimento de estudantes provindos dos respectivos países e a colaboração na área da formação teológica e outros campos pastorais (catequistas, meios de comunicação social, voluntariado de leigos); – cada encontro terá um tema central, como aconteceu no presente ano, que deverá ser comunicado a todos os participantes, pelo menos, com meio ano de antecedência; – o tema e a organização logística serão da responsabilidade do episcopado do país que acolher o encontro; – os serviços de secretariado continuarão a ser confiados à FEC.
7. O próximo encontro será no ano 2012. Ficou decidido contactar os Bispos de Timor Leste, a fim de se saber da viabilidade da sua realização nessa Igreja irmã da Oceânia. Caso não seja possível, terá lugar em Angola, retomando a lista dos países da lusofonia, por ordem alfabética.
8. O tema do presente encontro foi escolhido tendo em conta o Ano internacional da luta contra a pobreza e a exclusão social e a crise económico‑financeira que se faz sentir nos cinco continentes, sobretudo nas camadas mais pobres. Da larga reflexão dos participantes, tendo em conta os contextos dos respectivos países da lusofonia, destacamos as seguintes conclusões:
8.1. Os objectivos do milénio, que deveriam estar alcançados em 2015, estão muito longe de serem atingidos. Com efeito, o fosso entre ricos e pobres tem aumentado. Basta verificar que, nos últimos 30 anos, duplicou o número de pessoas que vivem com menos de um dólar por dia, nos países menos desenvolvidos. Pede‑se especialmente aos líderes da União Europeia que honrem o seu compromisso de disponibilizar 0,7% do rendimento nacional para ajuda pública ao desenvolvimento.
8.2. Para haver menos pobreza e mais desenvolvimento, entre outras coisas, é fundamental tomar medidas no campo da partilha da terra e da distribuição da riqueza, sem esquecer o combate à corrupção e a promoção de empregos dignos. Tarefas prioritárias são ainda apostar na educação, investir na promoção da justiça e na formação profissional e no desenvolvimento dos serviços de saúde. Nas suas actividades educativas e sociais, a Igreja tem direito a usufruir, em igualdade de circunstâncias com outras instituições civis, dos recursos existentes para essas finalidades.
8.3. A Igreja, sem esquecer o papel dos Estados, Governos e das múltiplas instituições que trabalham no campo social, deve assumir, com liberdade e coragem, o seu papel profético de anúncio do Evangelho e de denúncia das injustiças. A Igreja nunca deve ter medo de evangelizar, naquilo que esta missão significa: anúncio, testemunho de vida e comunhão, diálogo e colaboração com os outros e serviço generoso a todos, com preferência pelos mais necessitados.
8.4. Estando vários países da lusofonia a celebrar o 35º aniversário da sua independência, sublinhou‑se a importância dos católicos participarem, de um modo mais interventivo e responsável, na construção de uma sociedade justa e fraterna. Importa alicerçar cada vez mais a acção social da Igreja no compromisso das comunidades cristãs que, para além de serem comunidades de fé, deverão assumir‑se como comunidades de desenvolvimento integral de todos os seus membros. É desejável promover uma monitorização das políticas orçamentais que os vários governos traçam para os seus países, através da formação de técnicos devidamente preparados que possam colaborar com as administrações públicas de cada país e com as organizações internacionais financiadoras, de modo a garantir que as verbas orçamentadas para o desenvolvimento social sejam efectivamente utilizadas para os fins a que se destinam.
8.5. A Igreja possui um rico património de doutrina social, que importa explorar e apresentar, dentro e fora das suas fronteiras. Na última Encíclica do Papa Bento XVI «Caritas in Veritate» encontram‑se preciosas directivas, nomeadamente sobre o desenvolvimento humano e a promoção do bem comum.
8.6. Perante o panorama das graves deficiências no campo social, nos países do norte e do sul, a Igreja assume o papel de advogada e amparo dos pobres e excluídos, como opção de fé, sem demissões nem desânimos na construção dos «novos céus e da nova terra», sabendo que é preciso criar utopias em nome da esperança cristã, cultivando o que o Papa João Paulo II apelidou da «fantasia da caridade».
9. Ao terminar este encontro em São Tomé e Príncipe, os participantes propõem o exemplo de São Tomé no seu testemunho de fé («Meu Senhor e meu Deus!») no nosso mundo, que Deus ama e pelo qual dá a vida, e invoca Santa Maria Mãe de Deus, «Estrela do mar», que sempre acompanha a todos com amor de Mãe.
São Tomé, 8 de Julho de 2010
Reflexión de José Antonio Pagola al evangelio del domingo diecisiete del Tiempo Ordinario - C, ofrecida por la Delegación de Enseñanza de la diócesis de Tenerife.
REAPRENDER LA CONFIANZA
Lucas y Mateo han recogido en sus respectivos evangelios unas palabras de Jesús que, sin duda, quedaron muy grabadas en sus seguidores más cercanos. Es fácil que las haya pronunciado mientras se movía con sus discípulos por las aldeas de Galilea, pidiendo algo de comer, buscando acogida o llamando a la puerta de los vecinos.
Probablemente, no siempre reciben la respuesta deseada, pero Jesús no se desalienta. Su confianza en el Padre es absoluta. Sus seguidores han de aprender a confiar como él: «Os digo a vosotros: pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá». Jesús sabe lo que está diciendo pues su experiencia es ésta: «quien pide recibe, quien busca halla, y al que llama se le abre».
Si algo hemos de reaprender de Jesús en estos tiempos de crisis y desconcierto en su Iglesia es la confianza. No como una actitud ingenua de quienes se tranquilizan esperando tiempos mejores. Menos aún como una postura pasiva e irresponsable, sino como el comportamiento más evangélico y profético de seguir hoy a Jesús, el Cristo. De hecho, aunque sus tres invitaciones apuntan hacia la misma actitud básica de confianza en Dios, su lenguaje sugiere diversos matices.
«Pedir» es la actitud propia del pobre que necesita recibir de otro lo que no puede conseguir con su propio esfuerzo. Así imaginaba Jesús a sus seguidores: como hombres y mujeres pobres, conscientes de su fragilidad e indigencia, sin rastro alguno de orgullo o autosuficiencia. No es una desgracia vivir en una Iglesia pobre, débil y privada de poder. Lo deplorable es pretender seguir hoy a Jesús pidiendo al mundo una protección que sólo nos puede venir del Padre.
«Buscar» no es sólo pedir. Es, además, moverse, dar pasos para alcanzar algo que se nos oculta porque está encubierto o escondido. Así ve Jesús a sus seguidores: como «buscadores del reino de Dios y su justicia». Es normal vivir hoy en una Iglesia desconcertada ante un futuro incierto. Lo extraño es no movilizarnos para buscar juntos caminos nuevos para sembrar el Evangelio en la cultura moderna.
«Llamar» es gritar a alguien al que no sentimos cerca, pero creemos que nos puede escuchar y atender. Así gritaba Jesús al Padre en la soledad de la cruz. Es explicable que se oscurezca hoy la fe de no pocos cristianos que aprendieron a decirla, celebrarla y vivirla en una cultura premoderna. Lo lamentable es que no nos esforcemos más por aprender a seguir hoy a Jesús gritando a Dios desde las contradicciones, conflictos e interrogantes del mundo actual.
José Antonio Pagola
Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
25 de julio de 2010
17 Tiempo ordinario (C)
Lucas, 11, 1-13
Declaración de monseñor José Luis Mollaghan, arzobispo de Rosario (27 de mayo de 2010). (AICA)
EL FUNDAMENTO NATURAL DEL MATRIMONIO
El matrimonio es una realidad natural
Cuando decimos que el matrimonio es una realidad natural, estamos proponiendo una verdad evidenciada por la razón para el bien de los esposos y de la sociedad. Saber que esta verdad es confirmada por la Revelación cristiana, no le quita su fundamento natural; sino que la ilumina posteriormente por la íntima conexión que existe entre la unión matrimonial con el "principio" (cf. Mt 19, 4-8) del que habla el libro del Génesis: "Los creó varón y mujer" (Gn 1, 27), y "los dos serán una sola carne" (Gn 2, 24).
Por esto, el hecho de que el dato natural sea confirmado y elevado de forma autorizada a Sacramento por Jesucristo, no justifica en absoluto la tendencia, hoy muy difundida, a menospreciar o relativizar la noción del matrimonio - naturaleza, propiedades esenciales y fines -, reivindicando una concepción diversa y válida de parte de un creyente o de un no creyente, de un católico o de un no católico, como si no se tratara de un dato natural, evidenciado por la razón (cfr. Juan Pablo II, 1.II.2001).
El matrimonio en si mismo, es una institución que tiene un fin natural y no es susceptible de configurarse de cualquier modo según una pluralidad de modelos culturales. El hombre y la mujer encuentran en sí mismos la inclinación natural a unirse conyugalmente; y por ello es una realidad a la que inclina la naturaleza, y se realiza mediante la libertad de los esposos.
La consideración natural del matrimonio nos permite constatar que los esposos se unen precisamente en cuanto personas entre las que existe la diversidad sexual, con toda la riqueza, también espiritual, que posee esta diversidad a nivel humano. Los esposos se unen en cuanto persona-hombre y en cuanto persona-mujer. El vínculo personal del matrimonio se establece precisamente en el nivel natural de la modalidad masculina o femenina del ser persona humana. Por ello, la referencia a la dimensión natural de su masculinidad y femineidad es decisiva para comprender la esencia del matrimonio (cfr. ib).
La institución del matrimonio de un hombre y una mujer
En este sentido, no se puede decir que la institución del matrimonio de un hombre y una mujer, naturalmente hablando, sea en lo esencial fruto de la construcción cultural o del libre arbitrio humano; ni tampoco que se pueda reducir a lo impuesto por las diversas culturas o intereses de grupos particulares. Por ello, no tenemos la facultad de cambiar esencialmente lo que lo constituye como tal.
El matrimonio, visto naturalmente, es la forma de vida en la que se realiza la comunión de los esposos, con características propias e irrenunciables. Tanto la complementariedad mutua de los esposos y la reciprocidad de los sexos, y la riqueza admirable de su fecundidad le corresponden a la naturaleza misma del matrimonio. Por ello el matrimonio es la base de la familia y de la sociedad.
De esta manera, siguiendo la reciente publicación del Episcopado argentino, podemos decir que el matrimonio no es una unión cualquiera entre personas, ni existe otra realidad análoga que se la pueda equiparar. Esto fue reconocido en las grandes culturas del mundo. Así lo reconocen también los tratados internacionales asumidos en nuestra Constitución Nacional (cf. art. 75, inc. 22). Así lo han entendido siempre nuestras familias y nuestro pueblo (cfr. CEA, 20.IV.2010).
El vínculo matrimonial responde a un dato fundamental y a un principio antropológico de la realidad humana, que es la condición sexual de los contrayentes. En efecto, el matrimonio se funda en el vínculo, libre, permanente y exclusivo entre un varón y una mujer, en orden a la ayuda mutua y a la procreación y educación de los hijos; y de este modo, conforma un auténtico bien para la sociedad.
Por esto, tenemos fundamentos para decir que la unión de personas del mismo sexo carece de los elementos biológicos y antropológicos propios de la institución matrimonial y de la familia fundada en el matrimonio; ya que de este modo está ausente la dimensión conyugal y la apertura a la transmisión de la vida (cfr. ibidem).
En el plano jurídico
En el plano del Derecho, es claro que el matrimonio es una institución social definida y tutelada con principios jurídicos claros y delimitados. De suyo, cumple con funciones sociales vitales y constitutivas, por lo que merece la protección del mismo Estado. De allí que el llamado matrimonio entre personas del mismo sexo cambia radicalmente la institución matrimonial, fundada en la unión de varón y mujer. Tales uniones no prestan la misma función social ni pueden ser equiparadas al matrimonio.
Redefinir al matrimonio quitando el requisito de la heterosexualidad altera la naturaleza misma de la institución, amparada por la Constitución Nacional, e introduce en esta institución una modificación esencial; y mucho más aún si el horizonte de este cambio afecta a "todo el ordenamiento jurídico" que le corresponde.
Por ello, cuando le pedimos a los legisladores que consideren como deber prioritario el reconocimiento de la verdadera naturaleza del matrimonio y de la familia, lo hacemos como una verdadera contribución humana y social; a fin de que protejan y fortalezcan la perdurabilidad de la institución, y lo tutelen a través de los medios específicos, como son sus leyes propias; así como las relativas a la seguridad social, familiar, económica, a los derechos del niño, etc.
El niño y la familia
Los niños tienen derecho a crecer en este medio adecuado y propio, e integrar una familia fundada en la unión estable entre un varón y una mujer, y a ser educados según las convicciones de sus padres.
En los casos en que el niño se encuentre sin padres, o en situación de desamparo, la adopción es una institución que puede ofrecer y garantizar al niño el derecho que tiene a crecer en una familia formada por un padre y una madre.
Ante las situaciones de particular vulnerabilidad de la niñez y la familia, es necesario el apoyo de la sociedad y de la autoridad política, a fin de garantizar la dignidad y los derechos fundamentales de cada ser humano.
Por esto no hay contradicción ni discriminación, ni se quita ningún derecho alguno cuando al considerar estos argumentos, se valora la institución del matrimonio, fundados en la ley natural, tal como la recibimos; ni tampoco se deja de respetar a las personas con una opción sexual determinada. Porque al decir que el matrimonio es la unión entre un varón una mujer; lo que hacemos es no prescindir de la condición natural de varón y de mujer, que exige el matrimonio en orden al amor y a sus fines propios; ni del padre y la madre en relación a la filiación; inclusive en la adopción, aunque pueda faltar en ciertos casos uno de ellos.
La ordenación a los fines naturales del matrimonio - el bien de los esposos y la generación y educación de los hijos - está intrínsecamente presente en la masculinidad y en la femineidad. Esta índole propia de su finalidad es decisiva para comprender la dimensión natural de la unión. En este sentido, la índole natural del matrimonio se comprende mejor cuando no se la separa de la familia, en la que el varón y la mujer están abiertos constitutivamente a recibir el don de los hijos (cfr. ibidem).
En esta importante misión de mantener “el inalterable bien del matrimonio y la familia”, tengo presente, como dijimos recientemente los Obispos, que la claridad del diálogo exige un discernimiento en orden a reconocer la verdad, sobre la cual no podemos callar. Esto no significa, en tal sentido, menosprecio ni discriminación alguna (cfr. 20.IV.2010).
Mons. José Luis Mollaghan, arzobispo de Rosario
Rosario, 27 de mayo de 2010
Alocución televisiva de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata en el programa “Claves para un mundo mejor” (26 de junio de 2010). (AICA)
PEDRO, PABLO Y EL PAPA
En una de las catacumbas romanas, la de Santa Tecla, se acaba de hacer un descubrimiento formidable.
Gracias al láser se ha podido despejar en un techo, en un soffito como dicen allí, las figuras de cuatro apóstoles. En el centro está la gran figura de Cristo representado como el Buen Pastor y junto a Él los rostros, las imágenes, los íconos de Pedro, Pablo, Andrés y Juan. En otras oportunidades anteriores habían sido representados los apóstoles pero en escenas de conjunto.
Estas pinturas son, aproximadamente, de la segunda mitad del Siglo IV y atestiguan que ya entonces había un culto a los Apóstoles y un culto que tenía sus implicaciones litúrgicas.
En Roma, como sabemos muy bien, el culto va dirigido de un modo particular a los apóstoles Pedro y Pablo.
A Pedro, que ha llevado allí la Cátedra Apostólica por excelencia y a Pablo que, desde Roma, lanza el mensaje de la evangelización y tiene el proyecto de pasar a lo que hoy es España, es decir al confín de la tierra entonces conocida.
El Papa de Roma es el Sucesor de Pedro y es también el depositario del espíritu de Pablo. Por eso en la Gran Solemnidad del 29 de Junio, de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, nosotros recordamos especialmente al Pontífice Romano que es el Sucesor de Pedro y depositario del espíritu de Pablo.
Es una ocasión oportuna entonces para que pensemos en el sentido que tiene este ministerio que ejerce en la actualidad Benedicto XVI.
Él es el punto clave de la sucesión apostólica. Tal es así que nosotros podemos leer el orden, la lista completa de los Pontífices Romanos, desde Pedro hasta Benedicto XVI.
Al decir que es el punto clave de la sucesión apostólica, me estoy refiriendo al hecho de que todos los obispos somos sucesores de los apóstoles pero, como explicaba muy bien ya San León Magno, lo que los demás apóstoles recibieron de Cristo en cuanto autoridad para enseñar, santificar y regir a la Iglesia en nombre de Cristo lo han recibido a través de Pedro, porque es a Pedro a quien Cristo le dijo: “apacienta a mis ovejas”. Es decir lo constituyó Pastor de toda la Iglesia, bajo el supremo gobierno de Cristo.
Por eso vale en esta oportunidad corresponde manifestar con plena convicción nuestra adhesión a este misterio de la sucesión apostólica y especialmente nuestra adhesión y nuestro amor al Romano Pontífice.
Digo especialmente en estos días, en este tiempo, ya que como hemos comentado con ustedes en otras oportunidades, Benedicto XVI ha sido gravemente maltratado por los medios de comunicación, e incluso por algunas instancias eclesiales, casi desde el comienzo de su Pontificado. Y en los últimos años ha sido atacado de una manera gravemente injusta e injuriosa.
Nosotros, en cambio, tenemos que rezar por el Papa y tenemos que acostumbrarnos a seguir su magisterio. Hoy es algo muy fácil. Los que tienen computadora e Internet saben que con un click uno se cuelga inmediatamente a la página del Vaticano y recibe al día lo que el Papa ha dicho. También lo pueden hacer los que se suscriben al “Osservatore Romano” o los que ya se animan a leer alguna de las tres encíclicas que ha publicado Benedicto XVI.
Conocer el pensamiento del Papa, vivir en sintonía con él y sentirnos con alegría en comunión con la Iglesia de Cristo en la medida en que estamos en comunión con Aquel a quien Cristo constituyó como Pastor de los Pastores. Esto es propio de verdaderos católicos.
Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata
Los integrantes de la Comisión Episcopal de Pastoral social leen el documento conclusivo en la SEmana Saocial celebrada en Mar de la Plata, que con la participación de más de 700 dirigentes sociales, políticos, sindicales y empresariales se realizó en el Hotel Intersur 13 de Julio, de Mar del Plata.
Mar del Plata (Enviado especial), 28 Jun. 10 (AICA)
El texto de la carta fue leído por los obispos del organismo episcopal que preside el obispo de San Isidro, monseñor Jorge Casaretto.
Texto de la carta
En la Semana Social de Mar del Plata 2010, que organizamos en conjunto la Comisión Episcopal de Pastoral Social y el Obispado de Mar del Plata hemos seguido tomando conciencia que a nivel global, regional y local, el mero crecimiento económico no basta para asegurar la equidad, el progreso y la movilidad social ascendente.
Hemos sido testigos de que el trabajo por la comunión y el encuentro es posible y reconocemos como un don la pluralidad de miradas. Agradecemos a todas las autoridades y a todos los dirigentes políticos, sociales, sindicales y empresariales que han participado brindando su testimonio de la importancia del diálogo constructivo en democracia. Creemos que la búsqueda de consensos para el desarrollo integral es la clave para erradicar la pobreza como prioridad nacional del Bicentenario 2010-2016.
En estos días hemos escuchado que nos propusimos un desafío difícil, que nos anima a reafirmar nuestros ideales. Erradicar la pobreza es un sueño grande, pero no hay grandes logros sin grandes sueños. Para nosotros esta causa de la justicia y la inclusión social, es una misión que brota de nuestra fe en Jesucristo y es el eje central de la Pastoral Social. Desde la dimensión social de la fe, creemos que los consensos se deben lograr contemplando los rostros concretos de nuestros hermanos y hermanas más pobres y excluidos que esperan gestos y acciones concertadas entre todos aquellos que tenemos, en distintos niveles, responsabilidades en la construcción del bien común.
Contemplar la dignidad integral de toda persona y de todas las personas, nos ayuda a reemplazar el estilo de la fragmentación por el espíritu de la fraternidad. La unidad como comunidad nacional es el mejor camino para el desarrollo integral y una justa distribución de los bienes. Generar espacios de diálogo y promover una cultura del encuentro, es también profundizar nuestra opción por los pobres y por el desarrollo federal de la argentina.
Queremos reafirmar que “sólo el diálogo hará posible concretar los nuevos acuerdos para proyectar el futuro del país y un país con futuro. La promoción de políticas públicas es una nueva forma de opción por nuestros hermanos más pobres y excluidos. Ratificar y potenciar la opción del amor preferencial por los pobres que brota de nuestra fe en Jesucristo, requiere que socorramos las necesidades urgentes y al mismo tiempo que colaboremos con otros organismos e instituciones para organizar estructuras más justas. Igualmente se requieren nuevas estructuras que faciliten el diálogo constructivo para los necesarios consensos sociales. Para erradicar la pobreza y la exclusión necesitamos promover entre todos un auténtico acuerdo sobre políticas públicas de desarrollo integral”.
Caminando rumbo al Primer Congreso Nacional de la Doctrina Social de la Iglesia, que se realizará en la arquidiócesis de Rosario del 6 al 8 de mayo de 2011, el trabajo conjunto con los constructores de la sociedad busca profundizar nuestro compromiso por una Argentina más justa, fraterna y solidaria. Deseamos contribuir a discernir y abordar las causas estructurales de la exclusión y de la injusticia social, y con este objetivo buscamos seguir promoviendo un nuevo estilo de liderazgo para erradicar la pobreza y generar el desarrollo integral. Estamos convencidos que los líderes del Bicentenario serán aquellos que asuman prioritariamente una intensa mística del servicio, una creativa pasión por el bien común y un profundo compromiso por el diálogo.
Le pedimos a María, nuestra Madre de Luján, que nos ayude a ser testigos del amor de Dios en nuestra patria.+
ZENIT nos ofrece la intervención de Benedicto XVI el domingo 27 de Junio de 2010, durante el rezo del Ángelus desde la ventana de su estudio del Palacio Apostólico vaticano con miles de peregrinos reunidos en la Plaza de San Pedro.
¡Queridos hermanos y hermanas!
Las lecturas bíblicas de la santa Misa de este domingo me dan la oportunidad de retomar el tema de la llamada de Cristo y de sus exigencias, tema al que me referí también hace una semana, con motivo de las Ordenaciones de los nuevos presbíteros de la Diócesis de Roma. En efecto, quien tiene la suerte de conocer un joven o una chica que deja su familia de origen, los estudios o el trabajo para consagrarse a Dios, sabe bien de lo que se trata, porque tiene delante un ejemplo vivo de respuesta radical a la vocación divina. Ésta es una de las experiencias más bellas que se hacen en la Iglesia: ver, tocar con la mano la acción del Señor en la vida de las personas; experimentar que Dios no es una entidad abstracta, sino una Realidad tan grande y fuerte como para llenar de una manera superabundante el corazón del hombre, une Persona viva y cercana, que nos ama y pide ser amada.
El evangelista Lucas nos presenta a Jesús que, mientras camina por el camino, directo a Jerusalén, se encuentra con algunos hombres, probablemente jóvenes, que prometen seguirlo donde quiera que vaya. Con ellos Él se muestra muy exigente, advirtiéndoles que “el Hijo del hombre -es decir Él, el Mesías- no tiene donde reclinar su cabeza”, es decir que no tiene una casa propia estable, y que quien escoge trabajar con Él en el campo de Dios ya no puede echarse atrás (cfr Lc 9,57-58.61-62). A otro en cambio Cristo mismo le dice: “Sígueme”, pidiéndole un corte neto con los vínculos familiares (cfr Lc 9,59-60). Estas exigencias pueden parecer demasiado duras, pero en realidad expresan la novedad y la prioridad absoluta del Reino de Dios que se hace presente en la Persona misma de Jesucristo. En última instancia, se trata de esa radicalidad que le es debida al Amor de Dios, al cual Jesús mismo obedece primero. Quien renuncia a todo, incluso a sí mismo, para seguir a Jesús, entra en una nueva dimensión de la libertad, que san Pablo define como “caminar según el Espíritu” (cfr Gal 5,16). “Cristo nos ha liberado por la libertad!” -escribe el Apóstol- y explica que esta nueva forma de libertad adquirida para nosotros por Cristo consiste en estar “al servicio los unos de los otros” (Gal 5,1.13). ¡Libertad y amor coinciden! Al contrario, obedecer al propio egoísmo conduce a rivalidades y conflictos.
Queridos amigos, llega a término el mes de junio, caracterizado por la devoción al Sagrado Corazón de Cristo. Precisamente en la fiesta del Sagrado Corazón renovamos con los sacerdotes del mundo entero nuestro compromiso de santificación. Hoy querría invitar a todos a contemplar el misterio del Corazón divino-humano del Señor Jesús, para sacar agua de la fuente misma del Amor de Dios. Quien fija su mirada en ese Corazón atravesado y siempre abierto por amor a nosotros, siente la verdad de esta invocación: “Sé tú, Señor, mi único bien” (Salmo resp.), y está listo para dejarlo todo por seguir al Señor. Oh María, que has correspondido sin reservas a la divina llamada, ruega por nosotros!
[Tras rezar el Ángelus, el Papa dirigió un saludo a los peregrinos en varios idiomas. En italiano dijo:]
Esta mañana, en el Líbano, ha sido proclamado Beato Estéphan Nehmé, en el siglo Joseph, religioso de la Orden Libanesa Maronita, que vivió en el Líbano entre finales del siglo XIX y la primera mitad del XX. Me alegro de corazón con los hermanos y las hermanas libanesas y les confío con gran afecto a la protección del nuevo Beato.
En este domingo que precede a la solemnidad de los Santos Pedro y Pablo, se celebra en Italia y en otros Países la Jornada de la Caridad del Papa. Expreso mi viva gratitud a quienes, con la oración y las ofrendas, apoyan la acción apostólica y caritativa del Sucesor de Pedro a favor de la Iglesia universal y de tantos hermanos cercanos y lejanos.
[En español, dijo:]
Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española, presentes en esta oración mariana, y a todos los que se unen a ella a través de la radio o la televisión. En el evangelio proclamado este domingo, se nos muestra un verdadero programa de vida cristiana y Jesús mismo nos invita a un seguimiento más radical de su Persona, basado en el amor y el servicio. De la mano de la Santísima Virgen María, supliquemos la gracia de entender cada día más esta paradoja evangélica: que sólo el que pierde la vida por Cristo, la gana realmente. Muchas gracias y feliz domingo.
[En polaco, dijo:]
Dirijo un cordial saludo a los polacos. Se acerca el periodo de las vacaciones. Para muchos, éste será un tiempo de reposo. Auguro que los encuentros con la naturaleza, con personas nuevas, con los frutos de la creatividad humana sean una ocasión no sólo de recuperación de las fuerzas físicas y del desarrollo intelectual, sino también de un contacto más intenso con Dios y de refuerzo en la fe. ¡Que Dios os bendiga!
[Traducción del original italiano por Patricia Navas
©Libreria Editrice Vaticana]
SANTIAGO, APÓSTOL
5 de julio de 2010
La gracia y la paz de nuestro Señor Jesucristo estén con todos vosotros.
Hoy, en este domingo, interrumpimos el ritmo de las lecturas dominicales porque celebramos una fiesta importante. Celebramos la fiesta del apóstol Santiago, que según una antigua tradición predicó el evangelio en nuestra tierra, y que es venerado en su sepulcro de Santiago de Compostela.
Celebrar la fiesta de un apóstol es siempre motivo de alegría. Es mirar hacia atrás, a los orígenes de nuestra fe, y contemplar a Jesús que encarga a aquellos doce discípulos extender su Buena Noticia y ser el punto de referencia de su comunidad de seguidores. De ellos venimos nosotros. Y hoy, al recordar el testimonio de Santiago, nos sentimos llamados a reafirmar y testimoniar esa fe que los apóstoles nos han transmitido.
A. penitencial: En silencio, pongámonos ante Dios y preparémonos para celebrar la Eucaristía. (Silencio).
Tú, que nos llenas de alegría y de paz. SEÑOR, TEN PIEDAD.
Tú, que nos envías a anunciar tu Evangelio. CRISTO, TEN PIEDAD.
Tú, que nos llamas a una vida que nunca se acaba. SEÑOR, TEN PIEDAD.
1. lectura (Hechos 4,33; 5,12.27-33; 12,2): Escuchemos, en esta primera lectura, las persecuciones que sufren los apóstoles en el inicio de la predicación evangélica. Unas persecuciones que culminarán en el martirio del apóstol Santiago, el primero que dio su vida por la fe de Jesucristo.
2. lectura (2 Corintios 4,7-15): Contemplemos ahora, en la segunda lectura, el convencimiento con que actuaban los primeros mensajeros del Evangelio, llenos de la fuerza de Dios.
Oración universal: Unidos en la misma fe, presentemos nuestras plegarias al Padre por nosotros, por la Iglesia y por el mundo entero. Oremos diciendo: ESCÚCHANOS, PADRE.
Por la Iglesia, por el papa y los obispos, por todos los cristianos. Para que sigamos a Jesucristo de todo corazón. OREMOS:
Por los que son perseguidos a causa de su fe. Para que en todo momento experimenten la fuerza de Dios que les acompaña. ORENMOS:
Por nuestro país y por todos los países del mundo. Para que en todos crezca el espíritu de concordia, de justicia y de generosidad. OREMOS:
Por los que en este año jubilar peregrinan a Santiago. Para que ese camino les fortalezca en su voluntad de seguir el camino del Evangelio. OREMOS:
Por nosotros. Para que el testimonio de los apóstoles nos haga crecer en la fe, la esperanza y el amor. OREMOS:
Escucha, Padre, nuestra oración. y llénanos siempre de tu amor. Por Jesucristo, nuestro Señor
Padrenuestro: Jesús enseñó a sus discípulos una oración para dirigirse a Dios el Padre. Por eso, siguiendo esa enseñanza, también nosotros nos atrevemos a decir:
CPL
ZENIT Publica la meditación que pronunció el cardenal Marc Ouellet, arzobispo de Québec y primado de Canadá, el 10 de junio, en el encuentro internacional de sacerdotes con motivo de la conclusión del Año Sacerdotal en la basílica de San Pablo Extramuros con el título "Cenáculo: invocación al Espíritu Santo con María, en comunión fraterna"
"Pedro, Juan, Santiago, Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé, Mateo, Santiago, hijo de Alfeo, Simón el Zelote y Judas, hijo de Santiago. Todos ellos, íntimamente unidos, se dedicaban a la oración, en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús" (Hechos 1, 13-14)Queridos amigos,
El Santo Padre Juan Pablo II amaba particularmente esta escena de los Hechos de los Apóstoles. Se sumergía literalmente en contemplación, en la conciencia de pertenecer a este misterio con toda la Iglesia y de modo especial con los sacerdotes. Desde el Cenáculo de Jerusalén, él les dirigía este mensaje:
Desde este lugar santo me surge espontáneamente pensar en vosotros en las diversas partes del mundo, con vuestro rostro concreto, más jóvenes o más avanzados en años, en vuestros diferentes estados de ánimo: para tantos, gracias a Dios, de alegría y entusiasmo; y para otros, de dolor, cansancio y quizá de desconcierto. En todos quiero venerar la imagen de Cristo que habéis recibido con la consagración, el «carácter» que marca indeleblemente a cada uno de vosotros. Éste es signo del amor de predilección, dirigido a todo sacerdote y con el cual puede siempre contar, para continuar adelante con alegría o volver a empezar con renovado entusiasmo, con la perspectiva de una fidelidad cada vez mayor" (Carta a los sacerdotes, Jueves Santo del año 2000).
Este mensaje formulado en el cenáculo de Jerusalén, la ciudad santa por excelencia, nos interpela en esta primera basílica mariana de la cristiandad y en esta hora bendita del Año Sacerdotal. Nos recuerda el amor de predilección que nos eligió y nos reúne en oración en el cenáculo, como los Apóstoles permanecieron en oración con María después de la Resurrección, en la espera de que se cumpliera la promesa del Señor: "Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra" (Hechos 1, 8).
San Ireneo de Lyón describe esta fuerza del Espíritu que ha atravesado los siglos:
"El Espíritu de Dios descendió sobre el Señor, Espíritu de sabiduría y de inteligencia, Espíritu de consejo y de fortaleza, Espíritu de ciencia y de piedad, Espíritu de temor de Dios. A su vez, el Señor lo ha donado a la Iglesia, enviando al Paráclito sobre toda la tierra desde el cielo, que fue de donde dijo el Señor que había sido arrojado Satanás como un rayo" (Contra las herejías).
El día de mi ordenación sacerdotal, después de la imposición de manos, yo quedé impresionado por una palabra de San Pablo para el resto de mis días: "Esto no quiere decir que haya alcanzado la meta ni logrado la perfección, pero sigo mi carrera con la esperanza de alcanzarla, habiendo sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús" (Fil. 3, 12). Ordenado sacerdote en 1968, comencé mi ministerio en una atmósfera de contestación general que habría podido hacer desviar o incluso interrumpir mi carrera, como ocurrió en aquel período para muchos sacerdotes y religiosos. La experiencia misionera, la amistad sacerdotal y la cercanía de los pobres me ayudaron a sobrevir a la agitación de los años postconciliares.
Hoy somos testigos de la irrupción de una ola de contestación sin precedentes sobre la Iglesia y el sacerdocio, tras la revelación de escándalos de los que debemos reconocer la gravedad y reparar con sinceridad las consecuencias. Pero más allá de las necesarias purificaciones merecidas por nuestros pecados, también hay que reconocer en el momento presente una abierta oposición a nuestro servicio de la verdad y también los ataques desde el exterior y desde el interior que buscan dividir a la Iglesia. Nosotros rezamos juntos por la unidad de la Iglesia y por la santificación de los sacerdotes, estos heraldos de la Buena Noticia de la salvación.
En el auténtico espíritu del Concilio Vaticano II, nos recogemos en la escucha de la Palabra de Dios, como los padres conciliares que nos han dado la Constitución Dei Verbum: "Os anunciamos la vida eterna, que estaba en el Padre y se nos manifestó: lo que hemos visto y oído os lo anunciamos a vosotros, a fin de que viváis también en comunión con nosotros, y esta comunión nuestra sea con el Padre y con su Hijo Jesucristo" (1 Jn.1, 2-3).
Queridos amigos, una gran figura sacerdotal nos acompaña y nos guía en esta meditación, el santo Cura de Ars, declarado patrono de todos los sacerdotes, por la gracia de Dios y la sabiduría de la Iglesia.
San Juan María Vianney confesó a la Francia arrepentida, desgarrada y atormentada por la Revolución y de lo que allí surgió. Fue un sacerdote ejemplar y un pastor lleno de celo. Puso la oración en el corazón de la vida sacerdotal. "Nosotros nos habíamos hecho indignos de orar, pero Dios, por su bondad, nos ha permitido hablar con Él. Nuestra oración es el incienso que más le agrada". "Oh Dios mío, si mi lengua no pudiera decir que te amo en cada instante, quiero que mi corazón te lo repita tantas veces cuantas respiro".
Estamos aquí, en gran número, en esta Basílica, con María, madre de Jesús y madre nuestra. Juntos "adoramos al Padre en espíritu y en verdad por la mediación del Hijo que hace descender sobre el mundo, de parte del Padre, las bendiciones celestiales" (San Cirilo de Alejandría). A través de la fe, estamos unidos a todos los sacerdotes del mundo en comunión fraterna, bajo la guía de nuestro Santo Padre el Papa Benedicto XVI, a quien agradecemos desde lo profundo del corazón por haber convocado este Año Sacerdotal.
El misterio del sacerdocio
La Iglesia Católica cuenta hoy con 408.024 sacerdotes distribuidos en los cinco continentes. 400.000 sacerdotes: es mucho y es poco para más de mil millones de católicos. 400.000 sacedotes y, sin embargo, un solo Sacerdote, Jesucristo, el único medidador de la Nueva Alianza, aquel que presentó "súplicas y plegarias, con fuertes gritos y lágrimas, a Aquel que podía salvarlo de la muerte, y fue escuchado por su humilde sumisión" (Heb. 5, 7).
A causa de la desobediencia, el hombre pecador ha perdido desde los orígenes la gracia de la filiación divina. Es por eso que los hombres nacen privados de la gracia original. Era necesario que esta gracia fuese restaurada por la obediencia de Jesucristo: "Aunque era Hijo de Dios, aprendió por medio de sus propios sufrimientos qué significa obedecer. De este modo, él alcanzó la perfección y llegó a ser causa de salvación eterna para todos los que le obedecen, porque Dios lo proclamó Sumo Sacerdote según el orden de Melquisedec" (Heb 5).
Este único y gran Sacerdote está en la cima del calvario como un nuevo Moisés, sosteniendo el combate de las fuerzas del amor contra las fuerzas del mal. Con los brazos clavados a la cruz de nuestras iglesias, pero los ojos abiertos como el crucifijo de San Damián, Él pronuncia sobre la Iglesia, sobre el mundo y sobre el universo entero, la gran Epíclesis.
Luego, en cada Eucaristía, la inmensa epíclesis de Pentecostés escucha y corona la invocación de la cruz. Cristo, con los brazos extendidos entre cielo y tierra, recoge todas las miserias y todas las intenciones del mundo. Él transforma en ofrenda agradable todo el dolor, todos los rechazos y todas las esperanzas del mundo. En un único Acto de Amor infinito, Él presenta al Padre el trabajo de los hombres, los sufrimientos de la humanidad y los bienes de la tierra. En Él, "todo está cumplido". El sacrificio de amor del Hijo satisface todas las exigencias de amor de la Nueva Alianza. Su descenso a los infiernos, hasta las profundidades extremas de la noche, hace resonar la Palabra de Dios, la Palabra del Padre, que proclama hasta los confines del universo: "Tú eres mi Hijo muy amado, en ti tengo puesta toda mi predilección" (Mc 1, 11).
De este modo, el Padre responde a la oración del Hijo: "Padre, glorifícame junto a ti, con la gloria que yo tenía contigo antes que el mundo existiera" (Jn 17, 5). No pudiendo negar nada a su Hijo, el Padre hace descender sobre él el don último de la gloria, el don del Espíritu Santo, según la palabra de san Juan Evangelista y la interpretación que da de ella san Gregorio de Nisa.
De aquí el Evangelio de Dios proclamado por Pablo a los Romanos, "acerca de su Hijo, Jesucristo, nuestro Señor, nacido de la estirpe de David según la carne, y constituido Hijo de Dios con poder según el Espíritu santificador por su resurrección de entre los muertos" (Rm 1, 3-4). Resurrección de Cristo: revelación suprema del misterio del Padre, confirmación de la gloria del Hijo, fundamento de la creación y de la salvación.
La Iglesia de Dios lleva este Evangelio de Dios a todo el mundo desde sus orígenes, en el poder del Espíritu Santo. De esto, nosotros somos testigos.
Queridos hermanos sacerdotes, la Iglesia es el sacramento de la salvación. En ella, nosotros somos el sacramento de este gran Sacerdote de los bienes presentes y futuros. Hemos nacido del intercambio de amor entre las Personas divinas y el Cristo-Sacerdote ha puesto sobre nosotros su celestial y gloriosa impronta. Habitados y poseídos por Él, elevamos a Dios Padre la súplica y el grito de la humanidad sufriente. Por Él, con Él y en Él, en comunión con el pueblo de Dios, reconocemos el misterio que nos es propio y damos gracias a Dios.
400.000 sacerdotes y, sin embargo, un único Sacerdote. Por el poder del Espíritu Santo, el Resucitado une a sí ministros de su Palabra y de su ofrenda. Por medio nuestro, Él permanece presente como el primer día y aún más que en el primer día ya que ha prometido que nosotros haríamos cosas más grandes. Cristo iba al encuentro de sus hermanos y sus hermanas caminando hacia la Cruz. Nosotros, sus ministros, vamos hacia nuestros hermanos y hermanas en su Nombre y en su poder de Resucitado. Nosotros estamos aferrados a Cristo, plenitud de la Palabra, y enviados por todos los caminos del mundo sobre las alas del Espíritu.
"Por lo tanto - escribe Benedicto XVI -, el sacerdote que actúa in persona Christi Capitis y en representación del Señor, no actúa nunca en nombre de un ausente, sino en la Persona misma de Cristo resucitado, que se hace presente con su acción realmente eficaz" (Audiencia general, 14 de abril de 2010).
El Espíritu Santo garantiza nuestra unidad de ser y de obrar con el Único Sacerdote, aunque sigamos siendo 400.000. Él es quien hace de la multitud una sola grey, un solo Pastor. Ya que si el sacramento del sacerdocio es multiplicado, el misterio del sacerdocio permanece único e idéntico, como las hostias consagradas son múltiples pero único e idéntico es el Cuerpo del Hijo de Dios presente en ellas.
Benedicto XVI señala las consecuencias espirituales y pastorales de esta unidad: "Para el sacerdote vale lo que Cristo dijo de sí mismo: «Mi doctrina no es mía» (Jn 7, 16); es decir, Cristo no se propone a sí mismo, sino que, como Hijo, es la voz, la Palabra del Padre. También el sacerdote siempre debe hablar y actuar así: «Mi doctrina no es mía, no propago mis ideas o lo que me gusta, sino que soy la boca y el corazón de Cristo, y hago presente esta doctrina única y común, que ha creado a la Iglesia universal y que crea vida eterna»" (Audiencia general, 14 de abril de 2010).
Que nosotros podamos, queridos amigos, conservar una conciencia viva de actuar in persona Christi, en la unidad de la Persona de Cristo. Sin esto, el alimento que ofrecemos a los fieles pierde el gusto del misterio y la sal de nuestra vida sacerdotal se vuelve insípida. Que nuestra vida conserve el sabor del misterio y, por eso, sea en primer lugar una amistad con Cristo: "Pedro, ¿me amas? Apacienta mis ovejas" (Jn. 21, 15). Vivida en este amor, la misión del sacerdote de apacentar las ovejas será entonces realizada en el Espíritu del Señor y en la unidad con el Sucesor de Pedro.
El Espíritu Santo, la Virgen María y la Iglesia
Busquemos ahora el secreto y desconocido fundamento de la santidad sacerdotal allí donde convergen todos los misterios del sacerdocio: en la intimidad espiritual de la Madre del Hijo en la que reina el Espíritu de Dios.
Sobre las agua de la creación primordial, el Espíritu aletea y hace surgir el orden y la vida. El salmista se hace eco de esta maravilla cantando: "Oh Señor, nuestro Dios, ¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra!" (Sal 8, 2). A lo largo de toda la historia de la salvación, el Espíritu desciende sobre patriarcas y profetas, reuniendo al Pueblo elegido en torno a la Promesa y a las "diez Palabras" de la Alianza. El profeta Isaías se hace eco de esta historia santa: "¡Qué hermosos son sobre las montañas los pasos del que trae la buena noticia!" (Is 52, 7).
En la casa de Nazareth, el Espíritu cubre a la Virgen con su sombra para que dé a luz al Mesías. María adhiere con todo su ser: "Hágase en mí según tu palabra" (Lc 1, 38). Ella acompaña al Verbo encarnado en el curso de su vida terrena; camina con Él en la fe, a menudo sin comprender, sin dejar nunca de otorgar el asentimiento sin condiciones y sin límites que había dado de una vez para siempre al Ángel de la Anunciación.
Bajo la cruz está de pie, en silencio, aceptando sin comprender la muerte de su Hijo, asistiendo dolorosamente a la muerte de la Palabra de vida que había dado a luz.
El Espíritu la tiene en este sí "nupcial" que desposa el destino del Cordero inmolado. La Virgen de los dolores es la Esposa del Cordero. En ella y por ella, toda la Iglesia es asociada al sacrificio del Redentor. En ella y por ella, en la unidad del Espíritu, toda la Iglesia es bautizada en la muerte de Cristo y participa en su resurrección.
Estamos aquí con ella en el cenáculo, nosotros, sacerdotes de la Nueva Alianza, nacidos de su maternidad espiritual y animados por la fe en la victoria de la Palabra sobre la muerte y el infierno. Estamos aquí para implorar con un solo corazón la venida del Reino de Dios, la revelación de los hijos de Dios y la glorificación de todas las cosas en Dios (cfr. Rm 8, 19).
Nuestra santidad sacerdotal en y con Cristo está envuelta en la unidad de la Madre y del Hijo, en la unión indisoluble del Cordero inmolado y de la Esposa del Cordero. No olvidemos que la sangre redentora del Sumo Sacerdote proviene del seno inmaculado de María que le ha dado vida y que se ofrece con Él. Esta sangre purísima nos purifica, esta sangre de Cristo "que por obra del Espíritu eterno se ofreció sin mancha a Dios" (Heb 9, 14).
"Todas las buenas obras juntas - escribe el Cura de Ars - no son comparables al Sacrificio de la Misa, porque son obras de hombres, mientras la Santa Misa es obra de Dios. El martirio no es nada en comparación: es el sacrificio que el hombre hace de su vida a Dios; pero la Misa es el Sacrificio que Dios ofrece al hombre de Su Cuerpo y de Su Sangre"
La grandeza y la santidad del sacerdote derivan de esta obra divina. Nosotros no ofrecemos a Dios una obra humana; nosotros ofrecemos Dios a Dios. "¿Cómo puede ser esto?", podríamos preguntar con María, haciéndonos eco de la pregunta que ella hizo al Ángel. "Nada es imposible para Dios" (Lc 1, 37) fue la respuesta dada a la Virgen con el signo tangible de la fecundidad de Isabel. Recibamos y hagamos nuestra esta respuesta, con María, para que "no vivamos ya para nosotros mismos sino para Él, que por nosotros murió y resucitó" (Plegaria Eucarística IV). "Nada es imposible para Dios". El Evangelio nos dice en otro punto: "Todo es posible para el que cree" (Mc. 9, 23).
"Los sacerdotes están en una relación de especial alianza con la santísima Madre de Dios - escribe San Juan Eudes -. Así como el eterno Padre la ha hecho partícipe de su divina paternidad, del mismo modo dona a los sacerdotes formar a este mismo Jesús en la santa Eucaristía y en el corazón de los fieles. Así como el Hijo la ha hecho cooperadora en la obra de la redención del mundo, así los sacedotes son sus cooperadores en la obra de la salvación de las almas. Así como el Espíritu Santo la ha asociado en aquella obra maestra que es el misterio de la Encarnación, así se asocia a los sacerdotes para una continuación de este misterio en cada cristiano mediante el bautismo...".
Virgen María, Mater misericordiae, vita, dulcedo et spes nostra, salve! En tu santa compañía, Madre de misericordia, nosotros bebemos de la fuente del amor. Nuestros corazones sedientos y nuestras almas inquietas tienen acceso, a traves de ti, a la habitación nupcial de la Nueva Alianza. "He aquí que los sacerdotes, al poseer una alianza tan estrecha y una conformidad tan maravillosa con la Madre del supremo Sacerdote - añade San Juan Eudes -, tienen vínculos especialísimos de amor hacia ella, de honrarla y de revestirse de sus virtudes y sus disposiciones. Entrad en el deseo de tender a esto con todo vuestro corazón. Ofrecéos a ella y pedidle que os ayude con fuerza".
Epíclesis sobre el mundo
"Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: «Dame de beber», tú misma se lo hubieras pedido, y él te habría dado agua viva" (Jn. 4, 10). El Espíritu del Señor es un agua viva, un soplo vital, pero es también un fuerte viento que sacude la casa, una alegre paloma portadora de paz, un fuego que arde, una luz que rompe las tinieblas, una energía creadora que cubre con su sombra a la Iglesia.
De un extremo al otro de las Sagradas Escrituras, el Dios de la Alianza se revela como un Esposo que quiere donar todo y donarse a sí mismo, a pesar de los límites y los errores de la humanidad pecadora, su Esposa. El Dios celoso y humillado no se cansa de buscar a la esposa vagabunda e idólatra hasta el día bendito de las bodas del Cordero. Es por eso que la esperanza del don de Dios nunca falla: "El Espíritu y la Esposa dicen: « ¡Ven!», y el que escucha debe decir: « ¡Ven!». Que venga el que tiene sed, y el que quiera, que beba gratuitamente del agua de la vida" (Ap 22, 17).
Sí, Padre, nosotros te damos gracias porque Tú ya derramas tu agua viva sobre la tierra en el corazón de los más pobres entre los pobres, gracias a la incansable dedicación de todas estas almas consagradas que hacen de su existencia un sacramento de tu amor gratuito.
Oh, Padre de todas las gracias, por la luz inaccesible en la que habitas y en la que somos introducidos por el Espíritu, con Jesús y María, nosotros te pedimos consumirnos en la unidad consagrándonos en la verdad.
Infunde tu Espíritu Santo sobre nosotros y sobre toda carne, el Espíritu de verdad que regenera la fe, el Espíritu de libertad que resucita la esperanza, el Espíritu de amor que hace a la Iglesia santa, creíble, atrayente y misionera.
¡Venga tu Reino! Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Tu voluntad salvífica realizada en tu Hijo crucificado y glorificado se realice también en nosotros, sacerdotes de la Nueva Alianza, y en las almas confiadas a nuestro ministerio.
"Con el Espíritu Santo - escribe san Basilio el Grande - llega nuestra readmisión al Paraíso, el retorno a la condición de hijos, la audacia de llamar a Dios Padre, el llegar a ser partícipes de la gracia de Cristo, el ser llamados hijos de la luz, el compartir la gloria eterna".
"Si, por lo tanto, queréis vivir del Espíritu Santo - escribe san Agustín -, conservad la caridad, amad la verdad, desead la unidad, y alcanzaréis la eternidad".
Nosotros, pobres pecadores, llevamos dentro las heridas de la humanidad desgarrada por los crímenes, por las guerras y por las tragedias. Nosotros confesamos los pecados del mundo en su crudeza y en su miseria con Jesús crucificado, convencidos de que la gracia y la verdad hacen libres. Nosotros confesamos los pecados en la Iglesia, sobre todo aquellos que son motivo de escándalo y de alejamiento de los fieles y de aquellos que no creen.
Por encima de todo, nosotros confesamos, Señor, tu Amor y tu Misericordia que se irradia desde tu corazón eucarístico y por la absolución de los pecados que nosotros damos a los fieles.
El Santo Padre nos los ha recordado abundantemente en todo el desarrollo de este Año Sacerdotal:
"Queridos sacerdotes, ¡qué extraordinario ministerio nos ha confiado el Señor! Como en la celebración eucarística él se pone en manos del sacerdote para seguir estando presente en medio de su pueblo, de forma análoga en el sacramento de la Reconciliación se confía al sacerdote para que los hombres experimenten el abrazo con el que el padre acoge al hijo pródigo, restituyéndole la dignidad filial y la herencia (cf. Lc 15, 11-32)". (Discurso a los participantes en un curso sobre fuero interno, 10 de marzo de 2010).
San Juan María Vianney nos lo repite a su manera:
"El buen Dios lo sabe todo. Antes incluso de que se lo confeséis, sabe ya que pecaréis nuevamente y sin embargo os perdona. ¡Qué grande es el amor de nuestro Dios que le lleva incluso a olvidar voluntariamente el futuro, con tal de perdonarnos!"
En el altar del Sacrificio, en unión con María, ofrecemos a Cristo al Padre y nos ofrecemos nosotros mismos con Él. Somos conscientes, queridos amigos, de que al celebrar la Eucaristía no realizamos una obra humana sino que ofrecemos Dios a Dios. ¿Cómo puede ser esto?, se podría objetar. Es posible mediante la fe, ya que la fe nos da a Dios. La fe nos da también a Dios. De alguna manera, nosotros disponemos de Dios como Él dispone de nosotros. Aquel que los filósofos designan como el Totalmente Otro y el Inaccesible por excelencia ha querido nacer y vivir entre nosotros, hombre entre los hombres, en virtud de una Sabiduría que es escándalo para los judíos y locura para los paganos (cfr. 1 Cor 1, 23). En su divina compañía, nos asemejamos a veces a niños despreocupados y rebeldes que se acercan a tesoros, prontos a derrocharlos como si nada fuese.
¡Qué abismo es el misterio del sacerdocio! ¡Qué maravillas el sacerdocio común de los bautizados y el sacerdocio ministerial! Estos misterios sacramentales remiten finalmente al misterio del Dios uno y trino. La ofrenda sacrificial de Cristo redentor es, en el fondo, la eterna Eucaristía del Hijo que responde al Amor del Padre en nombre de toda la creación. Nosotros estamos asociados a este misterio por el Espíritu de nuestro bautismo que nos hace partícipes de la naturaleza divina (2 Pe. 1, 4). El Espíritu hace que los bautizados vivan de la filiación divina y que los sacerdotes resplandezcan por la paternidad divina; los dos se unen en una común epíclesis que irradia sobre el mundo la alegría del Espíritu. "Para que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste" (Jn. 17, 21).
Reunidos en el Cenáculo, invocando al Espíritu Santo con María, en comunión fraterna, oramos por la unidad de la Iglesia. El escándalo permanente de la división de los cristianos, las recurrentes tensiones entre clérigos, laicos y religiosos, la laboriosa armonización de los carismas, la urgencia de una nueva evangelización, todas estas realidades piden sobre la iglesia y sobre el mundo un nuevo Pentecostés.
Un nuevo Pentecostés, en primer lugar, sobre los obispos y sus sacerdotes para que el Espíritu de santidad recibido con la ordenación produzca en ellos nuevos frutos, en el espíritu auténtico del Concilio Vaticano II. El decreto Presbyterorum Ordinis ha definido la santidad sacerdotal partiendo de la caridad pastoral y de las exigencias de unidad del presbyterium:
"La caridad pastoral exige que los presbíteros, para no correr en vano, trabajen siempre en vínculo de unión con los obispos y con otros hermanos en el sacerdocio. Obrando así hallarán los presbíteros la unidad de la propia vida en la misma unidad de la misión de la Iglesia, y de esta suerte se unirán con su Señor, y por El con el Padre, en el Espíritu Santo, a fin de llenarse de consuelo y de rebosar de gozo" (PO 14).
Actualmente, como en los orígenes de la Iglesia, los desafíos de la evangelización están acompañados por la prueba de las persecuciones. Recordemos que la credibilidad de los discípulos de Cristo se mide en el amor recíproco que les permite convencer al mundo (cfr. Jn. 13, 35; Jn. 16, 8). "Más aún - dice san Pablo a los Romanos -, nos gloriamos hasta de las mismas tribulaciones, porque sabemos que la tribulación produce la constancia; la constancia, la virtud probada; la virtud probada, la esperanza. Y la esperanza no quedará defraudada, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado" (Rom. 5, 3-5).
Acción de gracias Trinitaria
Queridos amigos, demos gracias a Dios por el don insigne del sacerdocio de la Nueva Alianza. Desde el momento en que somos asociados al sacrificio del Cordero inmolado, nosotros entramos en contacto con la plenitud de la fe que abre los misterios de la vida eterna. Junto con María dejémonos llevar por el Espíritu con el coro de los ángeles en la alabanza de la gloria del Dios tres veces santo. "Que Él nos transforme en ofrenda permanente" (Plegaria Eucarística III).
"Te amo, Oh infinitamente amoroso Dios, y prefiero morir amándote que vivir un instante sin Ti". San Juan María Vianney, patrono de todos los sacerdotes, nos guíe en el seguimiento de Cristo por el camino de la intimidad con el Padre en el gozo del Espíritu Santo, nos conserve en la alegría del servicio de Dios.
Siguiendo su ejemplo, amemos a Dios con todo nuestro corazón en la unidad del Espíritu Santo y amemos también a la Iglesia que es su morada en la tierra:
"Recibimos también nosotros - escribe san Agustín - el Espíritu Santo si amamos a la Iglesia, si somos compañeros en la caridad, si nos alegramos de poseer el nombre de católico y la fe católica. Creedlo, hermanos: en la medida en que uno ama a la Iglesia, posee el Espíritu Santo".
El Siervo de Dios Juan Pablo II resumía en dos palabras su existencia sacerdotal en el seguimiento de Cristo: Don y Misterio. Don de Dios, Misterio de comunión. Sus grandes brazos abiertos para abrazar al mundo entero permanecen grabados en nuestra memoria. Son para nosotros el ícono de Cristo, Sacerdote y Pastor, remitiendo sin cesar nuestro espíritu a lo esencial, el Cenáculo, donde los Apóstoles con María esperan y reciben el Espíritu Santo, en la alegría y en la alabanza, en nombre de la humanidad entera. ¡Amén!
[Traducción del original italiano por La Buhardilla de Jerónimo]
ZENIT publica el artículo que ha escrito con el título "Saramago murió; Dios vive" monseñor Felipe Arizmendi Esquivel, obispo de San Cristóbal de Las Casas.
VER
Ha fallecido José Saramago, de origen portugués, premio Nóbel de Literatura, escritor prolífico y profundo, crítico de los sistemas, comprometido con los marginados, agudo para analizar los fenómenos sociales y políticos, libre para denunciar opresiones, fiel a sus convicciones marxistas. No podemos regatear sus méritos literarios y sociales.
Fue un ateo convencido y beligerante. Atacó acremente a nuestra fe, haciendo una interpretación tendenciosa e históricamente incompleta del cristianismo, de la Iglesia y de la práctica religiosa. Manifestó no tener fe en otra vida con Dios, como la esperamos los creyentes, pues rechazó la misma existencia de un Ser Superior. Esto le trajo dividendos de fama e ingresos económicos, con grandes espacios en medios de la misma tendencia. Ya murió, pero Dios, a quien él negó, no morirá jamás. Mueren famosos literatos, como moriremos todos, pero nuestra fe en un Dios vivo y trascendente nos sostiene en la esperanza. La vida tiene pleno sentido en El, con El y por El.
JUZGAR
¿A qué se debe el ateísmo? ¿Cuáles son sus raíces y sus diversas manifestaciones?
Al respecto, dijo el Concilio Vaticano II desde 1965: "La palabra ‘ateísmo' designa realidades muy diversas. Unos niegan a Dios expresamente. Otros afirman que nada puede decirse acerca de Dios. Los hay que someten la cuestión teológica a un análisis metodológico tal, que consideran como inútil el propio planteamiento de la cuestión. Muchos, rebasando indebidamente los límites de las ciencias positivas, pretenden explicarlo todo sobre esta base puramente científica, o por el contrario, rechazan sin excepción toda verdad absoluta. Hay quienes exaltan tanto al hombre, que dejan sin contenido la fe en Dios, ya que les interesa más, a lo que parece, la afirmación del hombre que la negación de Dios. Hay quienes se imaginan un Dios por ellos rechazado, que nada tiene que ver con el Dios del Evangelio. Otros ni siquiera se plantean la cuestión de la existencia de Dios, porque, al parecer, no sienten inquietud religiosa alguna y no perciben el motivo de preocuparse por el hecho religioso. Además, el ateísmo nace a veces como violenta protesta contra la existencia del mal en el mundo, o como adjudicación indebida del carácter absoluto de ciertos bienes humanos que son considerados prácticamente como sucedáneos de Dios.
Quienes voluntariamente pretenden apartar de su corazón a Dios y soslayar las cuestiones religiosas, desoyen el dictado de su conciencia y, por tanto, no carecen de culpa. Sin embargo, también los creyentes tienen en esto su parte de responsabilidad. Porque el ateísmo, considerado en su total integridad, no es un fenómeno originario, sino un fenómeno derivado de varias causas, entre las cuales se debe contar también la reacción crítica contra las religiones y, ciertamente en algunas zonas del mundo, contra la religión cristiana. Por lo cual, en esta génesis del ateísmo, pueden tener parte no pequeña los propios creyentes, en cuanto que, con el descuido de la educación religiosa, o con la exposición inadecuada de la doctrina, o incluso con los defectos de su vida religiosa, moral o social, han ocultado, más bien que revelado, el genuino rostro de Dios y de la religión" (GS 19).
ACTUAR
Afirma el Concilio: "El remedio del ateísmo hay que buscarlo en la exposición adecuada de la doctrina y en la integridad de vida de la Iglesia y de sus miembros. A la Iglesia toca hacer presentes y como visibles a Dios Padre y a su Hijo encarnado en la continua renovación y purificación propias bajo la guía del Espíritu Santo. Esto se logra principalmente con el testimonio de una fe viva y adulta y el amor fraterno" (GS 21). "En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado" (GS 22).
Respetemos a los no creyentes, pero que éstos también nos respeten a nosotros. La mejor forma de contrarrestar el ateísmo, es cimentando nuestra fe en la Palabra de Dios y en la doctrina de la Iglesia, y sobre todo con nuestra coherencia de vida en la justicia, la verdad, la honestidad, el servicio fraterno, la opción por los pobres.
ZENIT publica el mensaje que ha escrito monseñor Jesús Sanz Montes, ofm, arzobispo de Oviedo, administrador apostólico de Huesca y Jaca, quien recibirá el Palio de manos de Benedicto XVI este 29 de junio, día de los santos Pedro y Pablo.
Queridos hermanos y amigos: Paz y Bien.
Los Arzobispos Metropolitanos llevamos sobre la casulla un Palio que el Santo Padre nos impone en una fecha significativa: el 29 de junio siguiente a la toma de posesión de nuestra Diócesis metropolitana.
El Palio es una especie de estola circular, tejida en lana virgen, esquilada de unos corderillos que el Papa bendice el día de Santa Inés de cada año (21 enero). El Palio simboliza el cordero que el buen pastor ponía sobre sus hombros, y que tanto los salmos (22, 1-6) como el evangelio de Juan (10, 1-18), han descrito como actitud del Buen Pastor por excelencia que es Dios. Ese Palio representa el pueblo que el Señor pone sobre mis hombros y al que yo debo conocer, amar y dar la vida de tantos modos, como me enseña el ejemplo de Jesús, nuestro Buen Pastor, y de tantos santos pastores que nos han acompañado y precedido.
El Papa Benedicto recibía el Palio también al acceder a la sede de Pedro. Y entonces dijo en aquella inolvidable homilía: «la lana de cordero representa la oveja perdida, enferma o débil, que el pastor lleva a cuestas para conducirla a las aguas de la vida. La parábola de la oveja perdida, que el pastor busca en el desierto, fue para los Padres de la Iglesia una imagen del misterio de Cristo y de la Iglesia. La humanidad -todos nosotros- es la oveja descarriada en el desierto que ya no puede encontrar la senda. El Hijo de Dios no consiente que ocurra esto; no puede abandonar la humanidad a una situación tan miserable. Se alza en pie, abandona la gloria del cielo, para ir en busca de la oveja e ir tras ella, incluso hasta la cruz. La pone sobre sus hombros, carga con nuestra humanidad, nos lleva a nosotros mismos, pues Él es el buen pastor, que ofrece su vida por las ovejas. El Palio indica primeramente que Cristo nos lleva a todos nosotros. Pero, al mismo tiempo, nos invita a llevarnos unos a otros».
Es por tanto, un momento eclesial importante, y no algo privado que recibo a título individual. Por este motivo desearía que pudiésemos vivir comunitariamente este evento que es para todos. Los que se queden en Asturias orando desde aquí, y los que puedan acompañarme participando, desde allá.
Hemos organizado una peregrinación a este efecto. No es un viaje sin más, sino que hemos querido darle el carácter de peregrinación: ir a Roma, corazón de la Iglesia, y encontrarnos con el Sucesor de Pedro, nuestro amado Papa Benedicto XVI, tanto en la ceremonia de la entrega del Palio (29 junio) como en la audiencia que nos ofrecerá al día siguiente; encontrarnos con la Iglesia de los mártires del primer siglo cristiano pudiendo celebrar la Misa en las Catacumbas en la festividad de los Protomártires romanos (30 junio); y encontrarnos con la Iglesia de los santos, y en Asís la bella ciudad medieval celebrar a San Francisco y a Santa Clara pidiéndoles su protección.
Reitero mi gratitud hacia todos vosotros en Asturias, Huesca o Jaca. Acompañadme en la oración. El Señor os bendiga y os guarde.
Recibid mi afecto y mi bendición
ZENIT publica el documento escrito por la hermana Gemita Garrido, miembro del Comité Ejecutivo Pastoral Nacional de Alcoholismo y Drogradicción (PANAD) de Chile con la colaboración de Mauricio Zorondo, secretario ejecutivo PANAD, que ZENIT publica con motivo del Día Internacional de la prevención del uso de drogas que se celebra este sábado.
En nuestra opinión, la construcción social que hemos desarrollado los seres humanos esta enferma, de soledad y falta de sentido, se requiere que podamos comprometernos en el cambio de esta estructura social.
Desde esta dimensión, nos encontramos que el abuso de drogas y alcohol se han masificado en los últimos cincuenta años en el mundo, haciéndose eco de una filosofía materialista y orientada hacia la búsqueda del placer, con una visión de la vida carente de ideales verdaderos y que es incapaz de dar un sentido mas profundo a la existencia del ser humano.
Requerimos construir relaciones que puedan otorgar mayores dosis de sentido en nuestro mundo a las personas que lo habitamos. Tal como en el proceso de recuperación de problemas derivados del abuso de sustancias, requerimos tender a generar una nueva forma de vivir, en la cual los valores y los ideales profundos den fortalecimiento a nuestra manera de vivir.
El papa Juan Pablo II durante la concelebración eucarística en la villa Castelgandolfo el 9 de agosto de 1980, pronunció una homilía destacando 3 motivos que inducen a buscar su refugio en la droga.
Basándose en los estudios psicológicos y sociológicos, Juan Pablo II señalaba:
La falta de claras y convincentes motivaciones de vida
La estructura social deficiente y no satisfactoria
El sentimiento de la soledad y de incomunicabilidad
Las personas que abusan del consumo de drogas y alcohol, son por un lado victimas de un sistema y por otro responsables de su propio destino; la exclusión en la que vive lo condena aun más. La comprensión y la compasión (sufrir con) son esenciales para pensar moralmente cómo solidarizar con ellos e incluirlos a la sociedad y comunidad. Los sufrimientos asociados a estas conductas, que implican efectos sobre la vida social y familiar, requieren de nuestra acción evangélica decidida y coherente.
En este sentido nos preocupamos de destacar que uno de los efectos de sufrimiento que viven las personas en situación de exclusión es la afrenta a su propia dignidad, a su esencia de ser humano: su espíritu. En él reside, para nosotros los cristianos, lo más hondo de su propio ser; sus motivaciones últimas, su ideal, su utopía , su pasión, la mística por la que vive y lucha y con la cual contagia a los demás.
Por lo tanto creemos necesario que los cambios sociales e individuales que permitan alterar estas realidades de exclusión, deben implicar una visión social del problema que debe ir acompañada por la vivencia de valores básicos que permiten entablar relaciones enriquecedoras (amistad, comprensión, cariño, aceptación, etc) que dignifican a la persona humana.
Entre ellos contamos:
Autodominio: la persona humana tiene la obligación de autoposeerse para poder realizarse y entregarse.
Responsabilidad: cualquier evasión de la realidad implica una cuota de falta de responsabilidad o esclavitud de la propia libertad.
Autorespeto: respetar la propia dignidad de la persona humana.
Crecimiento: la persona humana esta invitada a crecer constantemente, a aportar algo a la sociedad.
El materialismo y el consumismo, el individualismo reinante y el aislamiento son algunos aspectos de la sociedad que posibilitan conductas y acciones que traen como consecuencia en las personas altos grados de sufrimiento, entre ellas el consumo abusivo de drogas. En nuestra sociedad, la cultura que se promueve es la de gozar lo que se pueda. Vivir feliz es el único imperativo y ello se consigue de cualquier forma. La felicidad de cada uno es hacer lo que a el le gusta. Dinero, poder y placer, los tres dioses que ya denuncio San Juan.
Es aquí donde debemos presentar a Jesús, que realiza su predicación con palabras y signos o milagros y desde el inicio anuncia que ha venido a liberar al pueblo de esa condición de injusticia en que se encuentra.
El Sermón del monte sintetiza muy bien el pensamiento profético de Jesús y nos aclara el lugar teológico donde se ubico. Esa es la utopía de Dios: felices los pobres, felices los compasivos, felices los pacificadores, los limpios de corazón, los que luchan por la justicia. Jesús vino para todos, no quiere que nadie se pierda, esa salvación y ese llamado a la conversión, se hace desde los marginados, desde los no amados. La vida pertenece a Dios, Jesús viene para que tengamos vida en abundancia, Jesús es el agua de la vida, el pan de vida.
Existen muchos pasajes que nos hablan de Jesús enfrentándose con el sufrimiento humano, recuerdan que el vino a "sanar los enfermos, a anunciar la liberación a los esclavos...", es decir su misión entera estuvo entre los pobres y para los pobres. Dios a través de Jesús ha hecho una opción preferente por los pobres y desvalidos, es decir, se ha situado justamente del lado del dolor, del sufrir, de la necesidad. Esto es lo que nos impacta, el dios de la vida ha querido encarnarse en el medio de los signos de muerte para traernos la vida y "vida en abundancia".
Nosotros estamos llamados a continuar la presencia salvadora de Jesús entre los hombres. Eso significa que debemos hacer hoy presente, aquellos signos o gestos que hizo Jesús entre los hombres que, como en su tiempo, sufren una marginación y menosprecio social debemos acercarnos a los excluidos y marginados para hacer una llamada a la salvación a todos, para presentarles al dios misericordioso.
Sabemos que el amor es la mejor medicina para todo enfermo y quien se ha sentido marginado por la sociedad, al recibir su amor, volverá a alcanzar la salud. El odio, la baja estima, las frustraciones, solo se superan con justicia, con verdad y con amor. Nuestro trabajo no es cuestión de éxito, nuestra eficacia es el amor gratuito, como el de dios hacia nosotros, es la gracia de dios, la gratuidad que tanto escasea en este mundo.
Homilía de monseñor Mons. Luis T. Stöckler, obispo de Quilmes, para el 12º domingo durante el año (20 de junio de 2010). (AICA)
La invitación de Jesús a seguirle, renunciando a uno mismo y cargando cada día con la cruz, podría sonar a pura negación y asustar más que entusiasmar. Uno quiere vivir y ser feliz. Pero justamente por esto el Señor ha dicho esta palabra qué es evangelio, o sea una buena noticia.
Cuando pensamos en la felicidad de la persona, la debemos relacionar con los tres aspectos fundamentales de la condición humana: el físico, el psíquico y el espiritual. Entre estos tres aspectos debe haber una armonía que tome en cuenta, en su conjunto, las necesidades de la persona. La experiencia nos muestra que esta armonía no se da de forma espontánea, sino que dentro nuestro hay una tentación de privilegiar uno de los aspectos, lo cual distorsiona el equilibrio y nos quita la paz. A veces, la preocupación por la satisfacción de los apetitos corporales es tan fuerte, que la mente gira permanentemente alrededor de la comida, la vestimenta, el sexo y el dinero, y se descuidan las relaciones afectivas del entorno y el sentido de la trascendencia. Y no son pocos que han caído en este pozo. Hay otros que sufren una profunda depresión, aunque no tengan necesidades en lo material; a veces, porque su reclamo afectivo no es atendido por sus familiares; y otras, porque el reclamo es tan exigente que los otros se sienten atropellados en su propia necesidad afectiva. Puede haber también una fuga en la vida espiritual que, como consecuencia, lleve a desentenderse de las obligaciones del trabajo y de atención de la casa, lo que obviamente causa desequilibrio, tanto en la persona cuanto en su entorno. La raíz común de todos estos desatinos es la tendencia de considerarse uno mismo el centro y de querer servirse de los demás para la realización de su propio yo. Esta equivocación que se da en el individuo, puede ser también colectiva, como cuando los apóstoles decían que Jesús era el Mesías, del cual esperaban que fuera a traer la libertad y la prosperidad al pueblo judío, por la fuerza del poder.
Lo que Jesús nos enseña, no solamente de palabra sino sobre todo por su ejemplo, es que no nos comprendemos por auto-inspección sino solamente al entregarnos al otro. “El Hijo del hombre no vino para ser servido sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud” (Mt 20, 28). Al darnos a los demás, nos encontramos a nosotros mismos. No es en el espejo donde nos descubrimos, sino en los ojos del otro al cual miramos con respeto y amor. Renunciar a nosotros mismos y buscar el bien del otro, es el camino hacia la verdadera felicidad. Aún cuando la incomprensión ajena no permita el disfrute compartido en armonía, la cruz asumida con amor siempre es redentora y uno mismo nunca se queda sin la paz.
Cuando San Lucas en aquel entonces escribió su evangelio y la invitación de seguir a Jesús, ya sabía que el camino no terminaba en la cruz, sino que el Señor resucitado cada día manifestaba su presencia entre sus discípulos, y que la iglesia crecía vigorosamente. Pidamos al Señor que aumente nuestra fe en su promesa de que el que pierda su vida por Él la salvará, para ser discípulos suyos convencidos y misioneros creíbles.
Mons. Luis T. Stöckler, obispo de Quilmes
Fray Esteban Nehmé, próximo beato libanés
Roma (Italia), 23
Jun. 10 (AICA)
El venerable Esteban (Youssef) Nehmé, religioso profeso de la orden libanesa de los maronitas, fue beatificado el 27 de junio en Kfifan (Líbano), en una celebración presidida, en nombre del Papa, por el prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, monseñor Angelo Amato SDB.
Fray Esteban era un hombre de oración y un “discípulo de la tierra”, esa tierra que para él era “escuela de santidad” y “fuente de espiritualidad”.
Nació en marzo de 1889 en la localidad de Léhféd-Jbeil y era el más pequeño de una familia de siete hijos.
Estudió en la escuela Nuestra Señora de las Gracias dirigida por la orden libanesa maronita, donde aprendió a leer y escribir.
Se cuenta que un día, Youssef, que se encontraba en el campo apacentando a los animales de la granja de su padre, vio un pequeño tejón entrar en una gruta subterránea.
Tras notar la presencia de rastros de agua, empezó a cavar y vio el agua brotar del fondo de la gruta hasta formar una fuente. Actualmente esta fuente se conoce como la “fuente del tejón”.
En 1905, dos años después de la muerte de su padre, entró en el noviciado de la orden libanesa maronita, en el monasterio de los santos Cipriano y Justina de Kfifan.
El 23 de agosto de 1907 pronunció sus votos de monje, tomando el nombre de Esteban, nombre del santo patrono de su localidad natal.
Convertido en fraile, Esteban pasó su vida en diversos monasterios de la Orden, trabajando en el campo y los jardines, y consagrándose a diversos trabajos de carpintería y de construcción.
Siempre y en todas partes sabía transmitir a sus hermanos la Buena Nueva, gracias a una intensa vida de oración, fiel a las constituciones y a la espiritualidad de la Orden.
Su espíritu generoso, su prudencia de juicio y su compasión por las dificultades de los demás, le hicieron merecer el respeto y el amor de sus colaboradores.
En la espiritualidad de fray Esteban emerge la conciencia de la presencia constante del Señor en cada instante de su vida, que él mismo resumía repitiendo a menudo: “Dios me ve”.
En las adversidades de la Primera Guerra Mundial, supo cargar la cruz, renunciando a sí mismo y siguiendo al Señor con confianza y valentía.
Toda su vida puede definirse como un gran acto de amor, un don total de todo su ser a Dios y una peregrinación ininterrumpida hacia el cielo.
Murió el 30 de agosto de 1938 a la edad de 49 años y fue enterrado en el monasterio de Kfifan, donde su cuerpo permanece intacto.
El papa Benedicto XVI reconoció sus virtudes heroicas el 17 de diciembre de 2007. Tras los santos Charbel, Rafqa y Nimatullah, éste es el cuarto hijo de la orden libanesa maronita que será proclamado beato.+
Reflexión de monseñor Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús para el programa radial "Compartiendo el Evangelio" para 12º domingo durante el año (20 de junio de 2010). (AICA)
COMPARTIENDO EL EVANGELIO
San Lucas 9, 18-24 (ciclo C)
Queridos hermanos, este domingo los invito a rezar por nuestros padres, por los que han partido y están en la casa del Padre; y para aquellos que tienen la dicha de tenerlo, que sea un día de muchas bendiciones, que Dios los acompañe y que puedan vivir en familia.
Evangelio: "¿Quién dice la gente que soy yo?"
Estamos ante la confesión que Pedro hace sobre Jesús al decirle: “¡Tú eres el Mesías de Dios!” Es la revelación de su identidad, Cristo viene a cumplir con su misión para salvar la verdad de su vida. Cristo está dispuesto a todo, incluso a entregar su vida física. La decisión incondicional y absoluta de ser Él mismo y de cumplir su misión a cualquier costo. Es el acto supremo de fidelidad, de obediencia al Padre.
Cristo no tiene dudas. Cristo no hace lo que quieren, incluso, los apóstoles o sus connacionales, sino que Él viene a ser y hacer aquello que el Padre quiere: viene a cumplir con la misión, a cumplir con la voluntad del Padre. Va a perder la vida: el signo de su verificación es la prueba, verdadero Dios y verdadero hombre, que se salva por aquello que es.
Nosotros que somos sus discípulos, ¡vamos a correr la misma suerte del Maestro! A veces perder la vida física. ¡Cuántos mártires tenemos en la Iglesia! ¡No hacemos propaganda de esto, pero cuántos mártires, cruentos y de forma incruenta! ¡Que son perseguidos por ser católicos, por ser cristianos! ¡Que son burlados, que son matados o que son “corridos” de ciertos lugares de destino porque piensan, disciernen, viven de otra manera!
Muchas veces puede ir mal, otras veces con resistencia. Vivimos en una cultura, en una sociedad, tan superficial, que se burla de Dios en serio y lo mira como si fuese extranjero. ¡Y se meten con nosotros, con los católicos! ¡Con otras religiones no se meten! Si se meten con otras religiones, sabrían lo que les pasará; pero como se meten con nuestra religión, y nosotros no reaccionamos, entonces siguen metiéndose en contra de nuestra religión.
Otro criterio, otro pecado grave, es reducir la vida al modo de “sentimentalismo”, lejos de toda incidencia evangélica y uno se conforma, se adecua, a ser chapucero de mentiras y falsarios de la nada. Es decir, consumismos estiércol y lo consumimos con toda libertad y con todo gusto; no tenemos discernimiento, no tenemos crítica, no tenemos resistencia.
El orgullo, que niega a la persona divina, perfecta ironía de la vida; ¿qué ironía? ¿No hay ironía de la vida, cuando quieren legalizar, hacer pensar y hacer decir, que el aborto no es un crimen? ¿No hay ironía de la vida al decir, y lo digo con mucho respeto, que la unión homosexual es una opción, que está bien y que tiene que ser considerado como si fuera un matrimonio de hombre y mujer? ¿No es una ironía? Si no es ironía…yo ya no entiendo más nada.
Por lo tanto, nosotros sabemos que si uno se opone, posiblemente sea perseguido, burlado, y tantas cosas. Le pasó a Cristo, también le va a pasar a los cristianos. Como dice Jesús en este Evangelio: “el que quiera seguirme que renuncie a sí mismo, que cargue su cruz y me siga; porque el que quiera salvar su vida la perderá, en cambio el que pierda su vida por mí, la salvará”
A buen entendedor, pocas palabras.
Les dejo mi bendición: en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén
Mons. Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús
Homilía de monseñor Carmelo Juan Giaquinta, arzobispo emérito de Resistencia, para el domingo 12º durante el año (20 junio 2010). (AICA)
¿QUIÉN ES JESÚS?
Lc 9,18-24
I. “QUIÉN DICE LA GENTE QUE SOY YO?”
1. En la lectura del evangelio de hoy constatamos que la gente se pregunta sobre quién es Jesús y se da muchas respuestas: “Unos dicen que eres Juan el Bautista, otros, Elías; y otros, alguno de los antiguos profetas que ha resucitado” (Lc 9,19).
La pregunta sobre Jesús se plantea a lo largo de todo el Evangelio de San Lucas. Y no a modo de adivinanza, o como la pregunta del millón. Sino como una pregunta que exige una respuesta vital. Jesús, por su simple existencia, inquieta y cuestiona.
2. A veces la pregunta se explicita. “¿No es este el hijo de José?”(Lc 4,22), se preguntaban sus compaisanos, entre contentos de tener a un vecino famoso, y descreídos porque uno como ellos hablase tan bien y realizase las obras maravillosas de las que les llegaba la fama.
Hay preguntas y respuestas de todos los colores. Las hay de buena fe. Juan Bautista envía a dos de sus discípulos a preguntarle a Jesús: “¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?” (Lc 7,19). Jesús se contenta respondiéndoles que observen cómo se cumplen en él lo anunciado por los profetas. Herodes también se inquieta por su mala conciencia: “A Juan lo hice decapitar. Entonces, ¿quién es este del que oigo decir semejantes cosas?” (9,9).
3. Otros se preguntan de mala fe, y, sin detenerse a considerar la cuestión, se responden de antemano: “¿Quién es éste que blasfema? ¿Quién puede perdonar los pecados, sino solamente Dios?” (Lc 5,21). Respuestas prefabricadas sobre Jesús hay a montones: “Es un glotón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores” (7,34). Es un endemoniado: “Este expulsa a los demonios por el poder de Belzebul, el Príncipe de los demonios” (11,15). La pregunta más prejuiciosa es la del senado judío: “Dinos si tú eres el Mesías”. A la respuesta indirecta de Jesús, contraatacan: “¿Entonces eres el Hijos de Dios?”. Y como Jesús les responde abiertamente, ya dictan sentencia: “¿Acaso necesitamos otro testimonio? Nosotros mismos lo hemos oído de su propia boca” (22,67-71).
II. “USTEDES ¿QUIÉN DICEN QUE SOY YO?”
4. Llama la atención que las preguntas y respuestas más prejuiciosas sobre Jesús provengan de hombres cercanos y religiosos: los compaisanos, los escribas, los fariseos y los ancianos del pueblo. Ellos no pueden dar ninguna repuesta adecuada, porque el prejuicio les clausura la mente y el corazón.
¿No encierra esto un mensaje para nosotros hoy? Estoy convencido de que hemos de aprender a leer estos pasajes de manera nueva. No sólo como anécdotas dolorosas del pasado que le acontecieron a Jesús, sino como “evangelio” o “profecía” para el presente. A saber: lo que sucedió entonces entre aquellos hombres y Jesús, nos puede suceder a los hombres religiosos de hoy: cristianos practicantes, agentes pastorales, ministros ordenados.
5. Por ello conviene que nos dejemos interpelar por Jesús: “Ustedes ¿quién dicen que soy yo?” (Lc 9,20). A esta pregunta no podemos responder de memoria, como quien sabe la lección. Si así lo hiciésemos, la gente no nos creería. Hemos de responder no sólo con la mente, sino desde el corazón. Para ello es preciso purificarlo de todos nuestros prejuicios que intentan fabricar un Cristo a su propia medida.
6. Le sucedió a Pedro. A la pregunta de Jesús, “Pedro, tomando la palabra, respondió: ‘Tú eres el Mesías de Dios” (v. 20). Si bien en el evangelio de Mateo, Jesús felicita a Pedro por su confesión de fe, los tres evangelios sinópticos traen enseguida un reproche de Jesús: “Y él les ordenó terminantemente que no lo digan a nadie” (Lc 9,21; cf Mt 16,22-23; Mc 8,30-33). Ello se debe a que, si bien Pedro decía algo cierto, que Jesús es el Mesías, pensaba en un Mesías entendido a su medida: un Mesías que no pasase por la ignominia de la cruz. Por ello, la orden terminante de Jesús de no decirlo a nadie. Todavía el día de la ascensión, los apóstoles piensan a Jesús como un Mesías terreno. “Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?” (Hch 1,6).
7. Por ello, Jesús completa su enseñanza sobre el Mesías: “El hijo del hombre, les dijo, debe sufrir mucho, ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser condenado a muerte y resucitar al tercer día” (Lc 9,22). Y, a continuación, Jesús completa la enseñanza sobre su discípulo: “Después dijo a todos: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me siga” (v. 23).
8. A la luz de la lectura de hoy, vale la pena que nos preguntemos si nuestra fe en Cristo es conforme al Evangelio, o si predicamos un Cristo fabricado a nuestra medida. Porque el Cristo del Evangelio puede ser rechazado, pero también puede ser creído. Y vale la pena fatigarse por él. En cambio si predicásemos a un Cristo según nuestras fantasías, correríamos en vano (cf Ga 2,2).
Mons. Carmelo Juan Giaquinta, obispo emérito de Resistencia
Mensaje de monseñor Jorge Lugones, obispo de Lomas de Zamora con motivo de celebrarse el Día Internacional de la lucha contra el uso indebido y el tráfico ilícito de drogas (26 de junio de 2010). (AICA)
Queridos hermanos y hermanas:
Les escribo para que juntos reflexionemos sobre un mal que nos aqueja como ciudadanos y católicos. Me refiero al problema de las drogas. Día a día constatamos con tristeza que hay cada vez más drogadictos, muchos de ellos niños y jóvenes. ¿Por qué la droga se está expandiendo tanto, qué es lo que la favorece?
Los Obispos publicamos una carta hace casi tres años en la que decíamos:
“Los jóvenes se sienten sin raíces, obligados a afrontar un presente fugaz y un futuro incierto. Se suma a esto que muchas veces no encuentran adultos disponibles para la escucha y la comprensión. De tal forma, que la drogadicción no es sólo un problema de «sustancias», sino más bien de cultura, valores, conductas y opciones. Es expresión de un malestar profundo que algunos llaman «vacío existencial». Así pues, para una cantidad creciente de jóvenes, se afianza la convicción que vivir no tiene sentido, no vale la pena. Más de una vez, hemos escuchado decir a jóvenes en situación de riesgo: «yo ya estoy jugado»; para ellos, felicidad, libertad, amor, son sólo palabras huecas, tan vacías como sus bolsillos o estómagos. Padecen la «vida deshonrada», en una sociedad inhóspita e indiferente, y muchas veces sin una contención de sus hogares y familias”.(2)
Estos hermanos nuestros, chicas y muchachos, que están en riesgo o que ya se drogan, muchos de los cuales no vienen a nuestras Parroquias ni a nuestros Colegios, son parte del cuadro de rostros sufrientes que hoy muestra nuestra sociedad. Como Iglesia, no podemos permanecer indiferentes ante estos rostros que son también “verdaderas catedrales del encuentro con el Señor Jesús”(3). Tampoco podemos pasar de largo ante los familiares y amigos de los adictos “que se enfrentan día a día, con impotencia, a un enemigo de enorme capacidad de mal”(4).
Estos son los motivos fundamentales por los cuales hemos decidido empezar un camino para constituir un equipo diocesano de adicciones. En estos pasos que estamos dando también queremos que, a partir de este año, en nuestra Iglesia lomense, se celebre el 26 de junio el Día Internacional de la lucha contra el uso indebido y el tráfico ilícito de drogas. Se trata de una fecha establecida por la Asamblea General de las Naciones Unidas desde el año 1987 y a la que queremos adherir. Para la misma quisiera proponer estos objetivos(5):
-Sensibilizar a nuestra Iglesia y a la sociedad frente al flagelo de la drogadependencia, desterrando la ignorancia frente al tema y el acostumbramiento que termina en resignación.
-Fortalecer y promover la prevención educativa frente a estas conductas nocivas y el acompañamiento a los consumidores de drogas que quieren recuperarse.
-Expresar el apoyo a las políticas gubernamentales que miran a erradicar el narcotráfico y asistir a los adictos, en el respeto de su dignidad personal y de sus valores religiosos.
-Recordar la importancia de la fe como un factor de protección y sanación importante para quien está en riesgo o en vías de recuperación
-Hacer de este día, o de algún fin de semana cercano, un intenso encuentro de oración y solidaridad con los adictos y con sus familias.
Obviamente, estos objetivos no los cumpliremos en la primera Celebración, pero nos brindan un marco para las futuras. Cuento con que, con creatividad y buena voluntad, nuestras Comunidades parroquiales y Colegios, sabrán darle una preparación oportuna a esa fecha de oración, reflexión, solidaridad y denuncia que nos compromete frente a tantos desafíos en relación con la drogadependencia y otras adicciones.
En nuestra Diócesis hay personas e instituciones que ya se están ocupando del tema de la drogadependencia. A ellos les agradezco el esfuerzo y el amor puestos en esta tarea. Si todavía no han tomado contacto con el equipo diocesano de adicciones, los invito a que lo hagan comunicándose con Cáritas diocesana.
A todos, especialmente a quienes trabajan con familias y jóvenes, les pido que juntos nos ocupemos de este problema. Hay muchísimo por hacer, empezando, por ejemplo, por la prevención en nuestras Parroquias a través de jornadas de reflexión y de la creación de centros preventivos.
A los jóvenes y adultos que tienen problemas con las drogas les expreso mi aliento para que inicien o prosigan el camino emprendido en la recuperación. Jesús, que ha venido para que tengamos Vida, está al lado de ustedes y los apoya en cada paso que dan para mejorar su calidad de vida. Cuando se sientan débiles, sepan que en Él pueden hacerse fuertes. A las familias que tienen un adicto entre sus miembros les hago llegar la cercanía del Señor y de la Iglesia diocesana junto al deseo de querer acompañarlos, desde los distintos ámbitos diocesanos, en la escucha, la orientación y la oración.
Espero que la celebración anual de esta fecha sea un recuerdo permanente de la necesidad de hacernos buenos samaritanos de tantos, especialmente jóvenes, que se sienten desvalidos, excluidos y olvidados de nuestra sociedad.
Pidiendo la intercesión del Beato Ceferino Namuncurá, patrono de la pastoral de adicciones en Argentina - un adolescente que vivió la marginación de su pueblo, que se sintió excluido por su cultura y por su lengua, que ofreció su larga enfermedad y su vida por amor a Dios y a su prójimo-, le rogamos que rece ante Dios nuestro Señor para que podamos trabajar en red y aportar nuestros talentos y esfuerzos con todos los hermanos y hermanas que se interesan y acompañan esta problemática social
Me despido de Uds. con un afectuoso saludo, y mi bendición.
Mons. Jorge Lugones SJ, obispo de Lomas de Zamora
Notas:
(1) DA (Documento de Aparecida) 424
(2) La droga, sinónimo de muerte, Declaración de la Conferencia Episcopal Argentina, 9 de noviembre de 2007.
(3) DA 417.
(4) La droga, sinónimo de muerte.
(5) CfrDA 422.
Comentario al Evangelio del domingo dieciséis del Tiempo Ordinario – C, publicado en Diario de Avisos el domingo 18 de Agosto de 2010 bajo el epígrafe DOMINGO CRISTIANO.
Marta o María
Daniel Padilla
El evangelio de hoy quiere que nos fijemos de una manera especial en aquella "hermana de Marta llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba". He ahí una actitud absolutamente evangélica; escuchar su palabra. La sancionó Jesús con altísima calificación: "María ha elegido la mejor parte". Pero, al saber esto, no piensen por favor que se trata, al mismo tiempo, de una descalificación implícita de la actividad, esto es, de quienes han puesto el acento en el compromiso dinámico y evangelizador; de quienes llevados por el celo apostólico, han hecho una opción preferencial por los más necesitados, tratando de que llegue a ellos la justició. No se trata de dar un suspenso a Marta y un sobresaliente a María. Se trata simplemente de advertirnos que no puede existir Marta sin María, que no puede separarse la acción de la oración. Jesús, en una palabra, nos quiso decir que nuestro afán evangelizador y de compromiso temporal ha de brotar siempre de nuestro saber estar "a los pies del maestro escuchando su Palabra". ¡Escuchar su palabra! He aquí, pues la mejor parte. Y conviene recordarlo una y otra vez, porque vivimos en una época de ruidos estridentes y parloteo continuos. Es decir como si el ruido hubiera iniciado una guerra a muerte contra el silencio. Los grandes inventos del progreso -coches, alarmas, sirenas, máquinas en general-, tan útiles e imprescindibles ya para el hombre, generan sin embargo una auténtica catarata de ruidos. Ruidos que hacen peligrar nuestros tímpanos y nuestros nervios de una manera inexorable. Pero lo más terrible es que nosotros mismos no sabemos vivir ya sin vibraciones y decibelios. Lo primero que hacemos al levantarnos es conectar nuestro transistor, caiga lo que caiga. Lo último que hacemos, antes de acostarnos, es apagar el televisor. Y gran parte de nuestro tiempo diario está recogido al alimón por ambos medios de comunicación. Trabajamos con música (o lo que sea). Hasta cuando vamos al monte o al campo, buscando la paz, el piar de los pájaros y el murmullo del bosque, nos llevamos el radio-casette y pulverizamos sin piedad el silencio. ¿Qué pensaría de nosotros hoy aquel Fray Luis que soñaba y decía: "¡Qué descansada vida la del que huye del mundanal ruido!"? Qué asombro le produciría a Lope de Vega, el que escribió: "A mis soledades voy, de mis soledades vengo, porque para estar conmigo me bastan mis pensamientos". Cómo se quedaría Fray Juan de la Cruz, el que anhelaba "la noche sosegada, la música callada, la soledad sonora". No se trata de una postura de evasión para dejar sola a Marta en las tareas de la casa. Al revés, se trata de una positiva ocupación vigorizante y necesaria que sirve para acumular energías tanto para el propio individuo que la práctica, como para las innumerables Martas que, por vocación de Dios, han sido llamados a cuidar de la casa y construir la ciudad. ¿Con quién nos quedamos, pues: con Marta o con María? Tengamos, por favor, claras estas cosas. Porque, de lo contrario, andaremos dando golpes de ciego.
Reflexión de monseñor Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús para el programa radial "Compartiendo el Evangelio" para 12º domingo durante el año (20 de junio de 2010). (AICA)
COMPARTIENDO EL EVANGELIO
San Lucas 9, 18-24 (ciclo C)
Queridos hermanos, este domingo los invito a rezar por nuestros padres, por los que han partido y están en la casa del Padre; y para aquellos que tienen la dicha de tenerlo, que sea un día de muchas bendiciones, que Dios los acompañe y que puedan vivir en familia.
Evangelio: "¿Quién dice la gente que soy yo?"
Estamos ante la confesión que Pedro hace sobre Jesús al decirle: “¡Tú eres el Mesías de Dios!” Es la revelación de su identidad, Cristo viene a cumplir con su misión para salvar la verdad de su vida. Cristo está dispuesto a todo, incluso a entregar su vida física. La decisión incondicional y absoluta de ser Él mismo y de cumplir su misión a cualquier costo. Es el acto supremo de fidelidad, de obediencia al Padre.
Cristo no tiene dudas. Cristo no hace lo que quieren, incluso, los apóstoles o sus connacionales, sino que Él viene a ser y hacer aquello que el Padre quiere: viene a cumplir con la misión, a cumplir con la voluntad del Padre. Va a perder la vida: el signo de su verificación es la prueba, verdadero Dios y verdadero hombre, que se salva por aquello que es.
Nosotros que somos sus discípulos, ¡vamos a correr la misma suerte del Maestro! A veces perder la vida física. ¡Cuántos mártires tenemos en la Iglesia! ¡No hacemos propaganda de esto, pero cuántos mártires, cruentos y de forma incruenta! ¡Que son perseguidos por ser católicos, por ser cristianos! ¡Que son burlados, que son matados o que son “corridos” de ciertos lugares de destino porque piensan, disciernen, viven de otra manera!
Muchas veces puede ir mal, otras veces con resistencia. Vivimos en una cultura, en una sociedad, tan superficial, que se burla de Dios en serio y lo mira como si fuese extranjero. ¡Y se meten con nosotros, con los católicos! ¡Con otras religiones no se meten! Si se meten con otras religiones, sabrían lo que les pasará; pero como se meten con nuestra religión, y nosotros no reaccionamos, entonces siguen metiéndose en contra de nuestra religión.
Otro criterio, otro pecado grave, es reducir la vida al modo de “sentimentalismo”, lejos de toda incidencia evangélica y uno se conforma, se adecua, a ser chapucero de mentiras y falsarios de la nada. Es decir, consumismos estiércol y lo consumimos con toda libertad y con todo gusto; no tenemos discernimiento, no tenemos crítica, no tenemos resistencia.
El orgullo, que niega a la persona divina, perfecta ironía de la vida; ¿qué ironía? ¿No hay ironía de la vida, cuando quieren legalizar, hacer pensar y hacer decir, que el aborto no es un crimen? ¿No hay ironía de la vida al decir, y lo digo con mucho respeto, que la unión homosexual es una opción, que está bien y que tiene que ser considerado como si fuera un matrimonio de hombre y mujer? ¿No es una ironía? Si no es ironía…yo ya no entiendo más nada.
Por lo tanto, nosotros sabemos que si uno se opone, posiblemente sea perseguido, burlado, y tantas cosas. Le pasó a Cristo, también le va a pasar a los cristianos. Como dice Jesús en este Evangelio: “el que quiera seguirme que renuncie a sí mismo, que cargue su cruz y me siga; porque el que quiera salvar su vida la perderá, en cambio el que pierda su vida por mí, la salvará”
A buen entendedor, pocas palabras.
Les dejo mi bendición: en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. AmÉN
Mons. Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús
Homilía de monseñor Miguel Esteban Hesayne, obispo emérito de Viedma, para el 12º domingo durante el año (20 de junio de 2010). (AICA)
UNA REFLEXIÓN PARA EL DÍA DEL PADRE
El Dr. Mario A. Rosen es médico, investigador, científico, educador, escritor. Nos ha acercado esta reflexión que transcribo. Pienso que con motivo del Día del Padre puede servir para pensar cómo reconstruir el tejido de la vida social argentina comenzando por reconstruir la célula de la Sociedad Humana: La Familia. Los dejo con la lectura de la reflexión siguiente que, puede servir de base, para abrir un diálogo homilético virtual…
“ En mi casa me enseñaron bien.
Cuando yo era un niño, en mi casa me enseñaron a honrar dos reglas sagradas:
Regla N° 1: En esta casa las reglas no se discuten.
Regla N° 2: En esta casa se debe respetar a papá y mamá.
Y esta regla se cumplía en ese estricto orden. Una exigencia de mamá, que nadie discutía... Ni siquiera papá. Astuta la vieja, porque así nos mantenía a raya con la simple amenaza: Ya van a ver cuando llegue papá. Porque las mamás estaban en su casa. Porque todos los papás salían a trabajar... Porque había trabajo para todos los papás, y todos los papás volvían a su casa.
No había que pagar rescate o ir a retirarlos a la morgue. El respeto por la autoridad de papá (desde luego, otorgada y sostenida graciosamente por mi mamá) era razón suficiente para cumplir las reglas.
Usted probablemente dirá que ya desde chiquito yo era un sometido, un cobarde conformista o, si prefiere, un pequeño fascista, pero acépteme esto: era muy aliviado saber que uno tenía reglas que respetar. Las reglas me contenían, me ordenaban y me protegían.
Me contenían al darme un horizonte para que mi mirada no se perdiera en la nada, me protegían porque podía apoyarme en ellas dado que eran sólidas... Y me ordenaban porque es bueno saber a qué atenerse. De lo contrario, uno tiene la sensación de abismo, abandono y ausencia.
Las reglas a cumplir eran fáciles, claras, memorables y tan reales y consistentes como eran lavarse las manos antes de sentarse a la mesa o escuchar cuando los mayores hablan.
Había otro detalle, las mismas personas que me imponían las reglas eran las mismas que las cumplían a rajatabla y se encargaban de que todos los de la casa las cumplieran. No había diferencias.
Éramos todos iguales ante la Sagrada Ley Casera.
Sin embargo, y no lo dude, muchas veces desafié las reglas mediante el sano y excitante proceso de la travesura que me permitía acercarme al borde del universo familiar y conocer exactamente los límites. Siempre era descubierto, denunciado y castigado apropiadamente...
La travesura y el castigo pertenecían a un mismo sabio proceso que me permitía mantener intacta mi salud mental. No había culpables sin castigo y no había castigo sin culpables. No me diga, uno así vive en un mundo predecible...
El castigo era una salida terapéutica y elegante para todos, pues alejaba el rencor y trasquilaba a los privilegios. Por lo tanto las travesuras no eran acumulativas. Tampoco existía el dos por uno. A tal travesura tal castigo. Nunca me amenazaron con algo que no estuvieran dispuestos y preparados a cumplir.
Así fue en mi casa. Y así se suponía que era más allá de la esquina de mi casa. Pero no. Me enseñaron bien, pero estaba todo mal. Lenta y dolorosamente comprobé que más allá de la esquina de mi casa había travesuras sin castigo, y una enorme cantidad de reglas que no se cumplían, porque el que las cumple es simplemente un estúpido (o un boludo, si me lo permite decir).
El mundo al cual me arrojaron sin anestesia estaba patas para arriba.
Conocí algo que, desde mi ingenuidad adulta (sí, aún sigo siendo un ingenuo), nunca pude digerir, pero siempre me lo tengo que comer: "la impunidad". ¿Quiere saber una cosa? En mi casa no había impunidad.
En mi casa había justicia, justicia simple, clara, e inmediata. Pero también había piedad.
Le explicaré: Justicia, porque el que las hace las paga. Piedad, porque uno cumplía la condena estipulada y era dispensado, y su dignidad quedaba intacta y en pie. Al rincón, por tanto tiempo, y listo... Y ni un minuto más, y ni un minuto menos. Por otra parte, uno tenía la convicción de que sería atrapado tarde o temprano, así que había que pensar muy bien antes de sacar los pies del plato.
Las reglas eran claras. Los castigos eran claros. Así fue en mi casa.
Y así creí que sería en la vida. Pero me equivoqué. Hoy debo reconocer que en mi casa de la infancia había algo que hacía la diferencia, y hacía que todo funcionara. En mi casa había una Tercera Regla no escrita y, como todas las reglas no escritas, tenía la fuerza de un precepto sagrado. Esta fue la regla de oro que presidía el comportamiento de mi casa:
Regla N° 3: No sea insolente. Si rompió la regla, acéptelo, hágase responsable, y haga lo que necesita ser hecho para poner las cosas en su lugar.
Ésta es la regla que fue demolida en la sociedad en la que vivo...
Eso es lo que nos arruinó. LA INSOLENCIA.
Usted puede romper una regla -es su riesgo- pero si alguien le llama la atención o es atrapado, no sea arrogante e insolente, tenga el coraje de aceptarlo y hacerse responsable. Pisar el césped, cruzar por la mitad de la cuadra, pasar semáforos en rojo, tirar papeles al piso, tratar de pisar a los peatones, todas son travesuras que se pueden enmendar... a no ser que uno viva en una sociedad plagada de insolentes.
La insolencia de romper la regla, sentirse un vivo, e insultar, ultrajar y denigrar al que responsablemente intenta advertirle o hacerla respetar. Así no hay remedio.
El mal de los Argentinos es la insolencia. La insolencia está compuesta de petulancia, descaro y desvergüenza...
La insolencia hace un culto de cuatro principios:
- Pretender saberlo todo
- Tener razón hasta morir
- No escuchar
- Tú me importas, sólo si me sirves.
La insolencia en mi país admite que la gente se muera de hambre y que los niños no tengan salud ni educación.
La insolencia en mi país logra que los que no pueden trabajar cobren un subsidio proveniente de los impuestos que pagan los que sí pueden trabajar (muy justo), pero los que no pueden trabajar, al mismo tiempo cierran los caminos y no dejan trabajar a los que sí pueden trabajar para aportar con sus impuestos a aquéllos que, insolentemente, les impiden trabajar. Léalo otra vez, porque parece mentira.
Así nos vamos a quedar sin trabajo todos.
Porque a la insolencia no le importa, es pequeña, ignorante y arrogante.
Bueno, y así están las cosas. Ah, me olvidaba, ¿Las reglas sagradas de mi casa serían las mismas que en la suya? Qué interesante. ¿Usted sabe que demasiada gente me ha dicho que ésas eran también las reglas en sus casas?
Tanta gente me lo confirmó que llegué a la conclusión que somos una inmensa mayoría. Y entonces me pregunto, si somos tantos, ¿por qué nos acostumbramos tan fácilmente a los atropellos de los insolentes?
Yo se lo voy a contestar.
PORQUE ES MÁS CÓMODO, y uno se acostumbra a cualquier cosa, para no tener que hacerse responsable. Porque hacerse responsable es tomar un compromiso y comprometerse es aceptar el riesgo de ser rechazado, o criticado. Además, aunque somos una inmensa mayoría, no sirve para nada, ellos son pocos pero muy bien organizados. Sin embargo, yo quiero saber cuántos somos los que estamos dispuestos a respetar estas reglas.
Le propongo que hagamos algo para identificarnos entre nosotros.
No tire papeles en la calle. Si ve un papel tirado, levántelo y tírelo en un tacho de basura. Si no hay un tacho de basura, llévelo con usted hasta que lo encuentre. Si ve a alguien tirando un papel en la calle, simplemente levántelo usted y cumpla con la regla 1. No va a pasar mucho tiempo en que seamos varios para levantar un mismo papel.
Si es peatón, cruce por donde corresponde y respete los semáforos, aunque no pase ningún vehículo, quédese parado y respete la regla.
Si es un automovilista, respete los semáforos y respete los derechos del peatón. Si saca a pasear a su perro, levante los desperdicios.
Todo esto parece muy tonto, pero no lo crea, es el único modo de comenzar a desprendernos de nuestra proverbial INSOLENCIA.
Yo creo que la insolencia colectiva tiene un solo antídoto, la responsabilidad individual. Creo que la grandeza de una nación comienza por aprender a mantenerla limpia y ordenada.
Si todos somos capaces de hacer esto, seremos capaces de hacer cualquier cosa.
Porque hay que aprender a hacerlo todos los días.. Ése es el desafío.
Los insolentes tienen éxito porque son insolentes todos los días, todo el tiempo. Nuestro país está condenado: O aprende a cargar con la disciplina o cargará siempre con el arrepentimiento.”
En el día del “Padre” en el que la mentalidad consumista, mercantil y superficial viene ofreciendo “regalos” como si “papá” fuera un “muñeco” para adornar, oremos pidiendo que nuestros “papás” reciban lo mejor de hijos e hijas: un cariño colmado de respeto incondicional que les favorezca cumplir con su autoridad que anime y guié hacia un auténtico amor familiar. Que se logra cuando los “papás y mamás” educan con severa ternura que se transforma por osmosis en vigor espiritual de sus hijas e hijos
Un augurio orante para que los “papás” de la Argentina, de hoy, asuman su misión de “padres” para felicidad personal y de su propia familia.
Queda abierto el diálogo virtual sobre este tema y otros relacionados con la re-construcción de nuestra sociedad argentina. El espacio de la homilía semanal, una vez al mes, estará destinado a este fin.
Mons. Miguel Esteban Hesayne, emérito de Viedma
(mehm@speedy.com.ar)
Benedicto XVI a los Obispos de la región Leste 2 de Brasil, recibidos en audiencia el 19 de junio de 2010, con ocasión de la visita “Ad limina apostolorum”.
DISCORSO DEL SANTO PADRE
Queridos Irmãos no Episcopado,
«chamados a ser santos, junto com todos os que, em qualquer lugar, invocam o nome de Nosso Senhor Jesus Cristo, Senhor deles e nosso: Para vós, graça e paz, da parte de Deus, nosso Pai, e do Senhor Jesus Cristo» (1 Cor 1, 2-3). Com estas palavras, acolho a todos vós, amados Pastores do Regional Leste 2 em Visita ad Limina, e vos saúdo com grande afeto na consciência do laço colegial que une o Papa com os Bispos no vínculo da unidade, da caridade e da paz. Agradeço a Dom Walmor as amáveis palavras com que interpretou os vossos sentimentos de homenagem à Sé de Pedro e ilustrou os desafios e problemas que são objeto do vosso empenho a bem da grei que Deus vos confiou nos Estados do Espírito Santo e Minas Gerais.
Vejo que amais profundamente as vossas dioceses e também eu participo intimamente deste vosso amor, acompanhando-vos com a oração e a solicitude apostólica. A nossa é uma bela história com início palpável nas Bulas expedidas pelo Sucessor de Pedro para a ordenação episcopal e naquele «Eis-me aqui» proferido por cada um no início da cerimônia da sua sagração e conseqüente ingresso no Colégio dos Bispos. Dele começastes a fazer parte «em virtude da sagração episcopal e pela comunhão hierárquica com a Cabeça e com os membros» (Nota Explicativa Prévia, anexa à Const. dogm. Lumen gentium), tornando-vos sucessores dos Apóstolos com a tríplice função de ensinar, santificar e governar o povo de Deus.
Enquanto mestres e doutores da fé, tendes a missão de ensinar com audácia a verdade que se deve crer e viver, apresentando-a de forma autêntica. Como vos disse em Aparecida, «a Igreja tem a grande tarefa de conservar e alimentar a fé do povo de Deus, e recordar também aos fiéis (…) que, em virtude do seu batismo, são chamados a ser discípulos e missionários de Jesus Cristo» (Discurso inaugural da V Conferência Geral do Episcopado Latino-Americano e do Caribe, 13/V/2007, 3). Ajudai, pois, os fiéis confiados aos vossos cuidados pastorais a descobrirem a alegria da fé, a alegria de serem pessoalmente amados por Deus, que entregou o seu Filho para nossa salvação. Como bem sabeis, crer consiste sobretudo em abandonar-se a este Deus que nos conhece e ama pessoalmente, aceitando a Verdade que Ele revelou em Jesus Cristo com a atitude que nos leva a ter confiança nele como revelador do Pai. Queridos irmãos, tende grande confiança na graça e sabei infundir esta confiança no vosso povo, para que a fé sempre seja guardada, defendida e transmitida na sua pureza e integridade.
Como administradores do supremo sacerdócio, haveis de procurar que a liturgia seja verdadeiramente uma epifania do mistério, isto é, expressão da natureza genuína da Igreja, que ativamente presta culto a Deus por Cristo no Espírito Santo. De todos os deveres do vosso ministério, «o mais imperioso e importante é a responsabilidade pela celebração da Eucaristia», competindo-vos «providenciar para que os fiéis tenham a possibilidade de aceder à mesa do Senhor, sobretudo ao domingo que é o dia em que a Igreja – comunidade e família dos filhos de Deus – descobre a sua peculiar identidade cristã ao redor dos presbíteros» (João Paulo II, Exort. ap. Pastores gregis, 39). O múnus de santificar que recebestes impõe-vos ainda ser promotores e animadores da oração na cidade humana, freqüentemente agitada, rumorosa e esquecida de Deus: deveis criar lugares e ocasiões de oração, onde no silêncio, na escuta de Deus, na oração pessoal e comunitária, o homem possa encontrar e fazer a experiência viva de Jesus Cristo que revela o rosto autêntico do Pai. É preciso que as paróquias e os santuários, os ambientes de educação e sofrimento, as famílias se tornem lugares de comunhão com o Senhor.
Enfim, como guias do povo cristão, deveis promover a participação de todos os fiéis na edificação da Igreja, governando com coração de servo humilde e pastor afetuoso tendo em vista a glória de Deus e a salvação das almas. Em virtude do múnus de governar, o Bispo está chamado também a julgar e disciplinar a vida do povo de Deus confiado aos seus cuidados pastorais, através de leis, diretrizes e sugestões, como previsto na disciplina universal da Igreja. Este direito e dever é muito importante para que a comunidade diocesana permaneça unida no seu interior e caminhe em sincera comunhão de fé, de amor e de disciplina com o Bispo de Roma e com toda a Igreja. Para isso, não vos canseis de alimentar nos fiéis o sentido de pertença à Igreja e a alegria da comunhão fraterna.
Entretanto o governo do Bispo só será pastoralmente proveitoso «se gozar do apoio duma boa credibilidade moral, que deriva da sua santidade de vida. Tal credibilidade predisporá as mentes para acolherem o Evangelho anunciado por ele na sua Igreja e também as normas que ele estabelecer para o bem do povo de Deus» (Ibid., 43). Por isso, plasmado interiormente pelo Espírito Santo, cada um de vós faça-se «tudo para todos» (cf. 1 Cor 9, 22), propondo a verdade da fé, celebrando os sacramentos da nossa santificação e testemunhando a caridade do Senhor. Acolhei de coração aberto quantos batem à vossa porta: aconselhai-os, confortai-os e apoiai-os no caminho de Deus, procurando guiar a todos para aquela unidade na fé e no amor da qual, por vontade do Senhor, deveis ser princípio e fundamento visível nas vossas dioceses (cf. Const. dogm. Lumen gentium, 23).
Queridos Irmãos no Episcopado! Ao concluir este nosso encontro, desejo renovar a cada um de vós os meus sentimentos de gratidão pelo serviço que prestais à Igreja com viva dedicação e amor. Por intercessão da Virgem Maria, «exemplo daquele afeto maternal de que devem estar animados todos quantos cooperam na missão apostólica que a Igreja tem de regenerar os homens» (Ibid., 65), invoco de Cristo, Sumo e Eterno Sacerdote, sobre o vosso ministério a abundância dos dons e consolações celestes e concedo-vos, extensiva aos sacerdotes e diáconos, aos consagrados e consagradas, aos seminaristas e aos fiéis leigos das vossas comunidades diocesanas, uma particular Bênção Apostólica.
ZENIT publica al Evangelio del próximo domingo, XVI del tiempo ordinario, 18 de julio (Lucas 10, 38-42), redactado por monseñor Jesús Sanz Montes, ofm, arzobispo de Oviedo, administrador apostólico de Huesca y de Jaca.
La escena del Evangelio de este domingo tiene lugar en una casa muy querida por Jesús, en Betania, donde unos hermanos (Lázaro, Marta y María) gozaban de su amistad. Se da un célebre diálogo entre Marta y Jesús, que no podemos leer de modo reduccionista: María la mujer contemplativa "que no hace nada", y Marta la mujer activa "que trabaja por las dos". Desde esta visión dualista y divididora saldría el elogio de Jesús ("María ha escogido la mejor parte") en beneficio de la vida contemplativa, pero contra la otra actitud representada por una Marta demasiado atareada y nerviosilla.
En una interpretación sesgada de esta actitud, pudiera parecer que María era una aprovechada, mientras que Marta era el personaje disipado acaso víctima del privilegio de su hermana. Es decir, María escuchaba al Maestro y Marta pagaba el precio del lujo contemplativo de su hermana. Pero lo que Jesús "reprocha" a Marta no es su actividad, sino querealice su trabajo sin paz, con agobio y murmuración, hasta el nerviosismo que llega a hacer olvidar la única cosa necesaria, en el afán de tantas otras cosas que no lo son. Por tanto, Jesús no está propugnando y menos aun alabando la holgazanería de "escurrir el bulto", sino la primacía absoluta de su Palabra.
Esta escena trata de alertarnos sobre los dos extremos que un discípulo de Jesús debería de evitar: tanto un modo de trabajar que nos haga olvidadizos de lo más importante, como un modo de contemplar que nos haga inhibidores de aquellos quehaceres que solidariamente, hemos de compartir con los demás.
No obstante, creo que hoy corremos más riesgo de olvidar esa actitud fontal de escuchar a Jesús, de dedicar tiempo a su Palabra y a su Presencia. Hijos como somos de una cultura de la prisa y del arrebato, del eficientismo, lo que no está de moda es la gratuidad y por ello tanto nos cuesta orar de verdad, y ello explicaría en buena medida cómo trabajando a veces tanto -incluso apostólicamente- tenga en ocasiones tan poco fruto todo nuestro esfuerzo y dedicación.
La tradición cristiana ha resumido esta enseñanza de Jesús en un binomio que recoge la actitud del verdadero discípulo cristiano: contemplativo en la acción y activo en la contemplación. Dicho de otra manera, que todo cuanto podamos hacer responda a esa Palabra que previamente e incesantemente escuchamos, y al mismo tiempo, que toda verdadera escucha del Señor nos lance no a un egoísmo piadoso sino a un trabajo y a una misión que edifiquen el proyecto de Dios,su Reino.
Desgrabación de la homilía pronunciada por el cardenal Jorge Mario Bergoglio SJ, arzobispo de Buenos Aires en la Estación Constitución con motivo de la misa por las víctimas de la trata de personas (12 de julio de 2010). (AICA)
MISA POR LAS VÍCTIMAS DE LA TRATA DE PERSONAS
Cuando Jesús quiere explicar cuál es el Mandamiento más grande, nos dice:“Amar a Dios sobre todas las cosas, con toda tu vida, todo tu corazón, toda tu existencia y al prójimo como a vos mismo”. Van juntos, van muy juntos. Entonces, uno de los que lo escuchaba y que era el que le había preguntado le dice: “Y quién es mi prójimo?” Y Jesús cuenta ésta parábola: este hombre que en el camino lo asaltan, lo apalean, “lo dejan medio muerto” dice el Evangelio, y tirado al borde del camino… Y después esa historia tan lamentable al principio y tan feliz al final: pasa un sacerdote y no le da bolilla; pasa un abogado que parece que era porteño porque se dijo “no te metás” y siguió de largo; y finalmente pasa un hombre considerado muy pecador que se para, lo cura y lo atiende. Muchas veces yo les dije que en esta Ciudad pasan cosas muy raras. Hay gente a la que se la saca, se la descarta pero no sólo porque no se le da cabida sino porque se la explota de tal manera que se le quita la libertad: son esclavos.
En esta Ciudad hay muchos esclavos! Esto lo dije el año pasado y el anteaño y lo vuelvo a decir éste. Y hay esclavos que los fabrican estos señores que tienen en sus manos el manejo de la trata de los talleres clandestinos, el manejo de la trata de las chicas en situación de prostitución, el manejo de la trata de los cartoneros… son verdaderas mafias! Que agarran a los sencillos, a los que no conocen la Ciudad, a los menores y los meten en esta picadora de carne… para muchos nuestra Ciudad es una picadora de carne que los hace bolsa porque destroza sus vidas y les quiebra la voluntad. Anteanoche una pobre chica sacada de un prostíbulo en el que se la obligaba a someterse, fue internada en terapia intensiva en uno de nuestros hospitales porque para quebrarle la voluntad la emborracharon y le dieron psicofármacos y entró en estado de coma…. Eso pasa en ésta Ciudad! Esto hacen estas grandes mafias de señores muy elegantes! Que quizá comen en restaurantes de Puerto Madero pero su dinero está manchado con la sangre, con la carne del hermano! Son los esclavizadores!
Y cuando leemos las historias de civilizaciones antiguas que en cultos paganos se hacían sacrificios humanos, se mataba a la gente y a los chicos , nos horrorizamos…. En esta Ciudad se hacen sacrificios humanos, se mata la dignidad de estos hombres y mujeres, de estos chicos y chicas sometidos a la trata, a la esclavitud. No podemos quedarnos tranquilos. Esta Ciudad está llena de hombres y mujeres, de chicos y chicas apaleados al borde del camino, apaleados por esta organización u organizaciones que los van corrompiendo, quitando la voluntad, destrozando incluso con la droga., y después los dejan tirados al borde del camino.
Por eso digo que esta Ciudad es una fábrica de esclavos y picadora de carne; por eso digo que en esta Ciudad se ofrecen sacrificios humanos en honor del bienestar de pocos que nunca dan la cara y que siempre salvan el pellejo… quizá por esa receta tan porteña y tan nuestra que se llama la “coima”. A fin del año pasado califiqué a la Ciudad como “coimera” porque si no existiera ésta no se podrían encubrir estas mafias que sacrifican vidas humanas y que someten a la esclavitud, quitándoles la voluntad a sus hombres, sacrificando a sus hijos….
Hoy vinimos acá a pedir a Dios compasión de sus hijos y a pedir por nosotros para que no nos hagamos los distraídos!! Somos campeones en mirar para otro lado y dar un rodeo cuando no nos conviene! No te metás! No nos hagamos los distraídos y señalemos donde están los focos de sometimiento, de esclavitud, de corrupción, donde están las picadoras de carne, los altares donde se ofrecen esos sacrificios humanos y se les quiebra la voluntad a las personas.
No demos rodeos como dice el Evangelio que dieron el abogado y el sacerdote. No! Somos pecadores: yo el primero! Acerquémonos a tanto dolor y cada uno de nosotros haga lo que pueda pero por favor no nos lavemos las manos porque si no somos cómplices de esta esclavitud.
Vamos a pedirle al Señor por nuestra Ciudad para que llore por estos pecados de sometimiento, por esta Ciudad para que cambie su corazón de piedra por uno de carne, para que esta Ciudad tenga conciencia de estos esclavos que está generando y trabaje para liberarlos.
Que así sea.
Card. Jorge Mario Bergoglio SJ, arzobispo de Buenos Aires
Mensaje de monseñor Oscar Sarlinga, obispo de Zárate-Campana acerca del matrimonio y la familia (7 de julio de 2010). (AICA)
ACERCA DEL MATRIMONIO Y LA FAMILIA
Nos acercamos a la celebración del 9 de Julio, en el día de nuestra Independencia patria. Rogamos por nuestra «Casa común» nuestra República Argentina, por la Justicia, y por y las leyes que nos lleven a vivir una vida justa y en paz. Suplicamos a Dios, fuente de toda razón y justicia, la paz, la prosperidad, el Amor trasuntado en el Bien común y la concordia. Encendamos, pues, una luz, en el Nombre de Jesús.
Considerada la participación prevista de asociaciones de fieles, y notable número de laicos de nuestra diócesis en la convocatoria del “Departamento de Laicos” (DEPLAI) respecto del matrimonio entre un hombre y una mujer, en amorosa comunión de vida y amor y apertura a la generación de los hijos y su educación, es para mí un deber de conciencia, como Pastor de la Iglesia, el expresar una vez más a la numerosa feligresía, a través de estas líneas, que lo que ha de movernos en nuestro generoso y esperanzado “sí” al matrimonio y a la familia, es, tal como, por otra parte, lo veo en los fieles, nuestro sentido de fe cristiana, y también (es bueno el recordarlo) el “sentido de la ley natural” (respecto de la cual la ley positiva tiene un valor pedagógico), la cual hace, aquélla, que la inclinación al matrimonio y la familia se encuentre “ya en la naturaleza humana”, a modo como la inclinación natural a la verdad y al conocimiento, a la sociabilidad o la inclinación hacia lo trascendente o Dios.
Esto, claro, es preciso hacerlo con convicción, con paz, con respeto, con ejercicio de los derechos de las libertades cívicas y la libertad religiosa, y sobre todo con un compromiso creciente a vivir los valores y las virtudes de ese gran don para la humanidad que es la familia, nosotros los primeros, a comenzar por el hecho que la Iglesia es “Familia de Dios” como la llama el Concilio Vaticano II.
En mi misión pastoral, ya había tenido ocasión de dirigirme a todos los fieles católicos de esta diócesis en el viernes 11 de junio próximo pasado, en la Clausura del Año sacerdotal, en el cual clamábamos, precisamente, por la santidad sacerdotal, y por “el sentido del matrimonio formado por un varón y una mujer, constitutivo de la familia y de la «civilización del Amor»”. Pedíamos entonces que “los fieles laicos oren por los sacerdotes”, y en especial que oren “las familias, institución indispensable”, familias que son como “santuarios de humanidad donde puede realizarse la civilización del amor”. Recordaba en esa ocasión quien les habla que “la familia”, primero en sentido humano y natural, y como familia cristiana cristiana, es “un bien precioso para la humanidad toda”, tal como a ella se refiere el Concilio Vaticano II, y que al respecto en nuestra sociedad actual “tenemos el deber, en conciencia, de buscar la verdad, y de ofrecer nuestro servicio, preocupándonos por los destinos del matrimonio, formado por un varón y una mujer, y la familia”. Hacía alusión aquí a la célebre la exhortación «Familiaris consortio» de Juan Pablo II<!--[ Procuraba también atraer la atención de ustedes hacia la necesidad de proseguir sin cansarse la tarea de construir la mencionada y ansiada «civilización del Amor», como nos lo pidió Juan Pablo II cuando dijo que “(…) la familia, cuando vive plenamente las exigencias del amor y del perdón, se convierte en baluarte seguro de la civilización del Amor y en esperanza para el futuro de la humanidad”.
Hablábamos de manifestar una visión de las cosas con convicción, con respeto, con paz, y también en el ejercicio de la libertad religiosa, la cual, como no podría ser de otra manera, de ningún modo busca crear exclusión, o ponerse en contraste con “una laicidad positiva y abierta”, la cual conlleva un compartido sentido de responsabilidad, también en lo atinente a las leyes que nos rigen. Recientemente el Papa Benedicto afirmaba, al respecto: “Es evidente que si se considera el relativismo como un elemento constitutivo esencial de la democracia se corre el riesgo de concebir la laicidad sólo en términos de exclusión o, más exactamente, de rechazo de la importancia social del hecho religioso (…). Es urgente, por tanto, definir una laicidad positiva, abierta, y que, fundada en una justa autonomía del orden temporal y del orden espiritual, favorezca una sana colaboración y un espíritu de responsabilidad compartida”
Este es el espíritu que debe animarnos, la responsabilidad compartida también nos lleva a expresar nuestra voz, no se trata de condenar a nadie, ni mucho menos de despreciar a determinadas personas, ni de menoscabar derechos: “Amar a todos sin excluir a nadie”, con el valor positivo del Amor y el sentido de la rectitud de las instituciones.
Por eso, queridos hermanos y hermanas todos, como también les mencionaba, más aún, exclamaba, en la mentada celebración de Clausura del Año Sacerdotal, el 11 de junio, en la iglesia catedral: “(…) no podemos perder de vista el promover este bien tan precioso, tan necesario e indispensable, patrimonio de la humanidad entera”, cuando traía a colación la preocupación del Papa al advertir que “(…) los pueblos, para dar un rostro verdaderamente humano a la sociedad, no pueden ignorar el bien precioso de la familia, fundada sobre el matrimonio., es el fundamento de la familia, patrimonio y bien común de toda la humanidad. Así pues, la Iglesia no puede dejar de anunciar que, de acuerdo con los planes de Dios (cfr. Mt 19,3-9), el matrimonio y la familia son insustituibles y no admiten otras alternativas”.
Encendamos siempre una luz. En el misterio de Dios, el testimonio humano y cristiano adquiere un inmenso valor. No podemos nosotros agotar el conocimiento de cuánto Dios puede encender misteriosamente el Amor ardiente en los corazones, aun en aquéllos que menos pensábamos.
Al término del Año Paulino Jubilar, en la iglesia de San José de los peregrinos, en el predio de Schoenstatt, de Belén de Escobar, en 2009, encendimos simbólicamente un cirio votivo, alumbrando, así, sobre todos nosotros, la luz de la fe y el amor, el empeño y compromiso por los más necesitados, los excluidos, por los enfermos, por quienes han equivocado el camino y por los que se encomiendan a nuestras oraciones. Ese gesto hemos reiterado al clausurar el Año sacerdotal en la catedral de Campana, frente a la imagen del Sagrado Corazón, al cual hemos consagrado solemnemente la diócesis el 9 de mayo del pasado año en la iglesia co-catedral de la Natividad del Señor.
Pidamos a Dios que esa Luz, la natural de la inteligencia humana, y la que proviene de la Fe, nos ilumine como nación, “una nación cuya identidad sea la pasión por la verdad, y el compromiso por el bien común”, como reza la “Oración por la Patria”.
¡Levantemos el corazón!. Que este 9 de julio, en el gran arco del Bicentenario 2010-2016, nos encuentre en la paz de Cristo, “el Príncipe de la Paz”. Con la protección de la Santísima Virgen, en su advocación de Nuestra Señora de Luján, nuestra Patrona.
Con afecto pastoral,
Mons. Oscar Sarlinga, obispo de Zárate-Campana
Notas:
Cf CONC. ECUM. VAT. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, 52.
"La alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio para toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole" (CIC, c. 1055)
Cf JUAN PABLO II, Exhortación apostólica «Familiaris consortio» al episcopado, al clero y a los fieles de toda la Iglesia sobre la misión de la familia cristiana en el mundo actual. Introducción, n. 1 (“La Iglesia, consciente de que el matrimonio y la familia constituyen uno de los bienes más preciosos de la humanidad, quiere hacer sentir su voz y ofrecer su ayuda a todo aquel que, conociendo ya el valor del matrimonio y de la familia, trata de vivirlo fielmente; a todo aquel que, en medio de la incertidumbre o de la ansiedad, busca la verdad y a todo aquel que se ve injustamente impedido para vivir con libertad el propio proyecto familiar. Sosteniendo a los primeros, iluminando a los segundos y ayudando a los demás, la Iglesia ofrece su servicio a todo hombre preocupado por los destinos del matrimonio y de la familia”).
Id. Mensaje de Juan Pablo II a un congreso en el 20 aniversario de la «Familiaris consortio», Ciudad del Vaticano, 22-XI-2001, n. 5.
BENEDICTO XVI, Discurso a los miembros del Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, Ciudad del Vaticano,11 de enero de 2010.
Id., Carta al Card. López Trujillo, Presidente del Consejo Pontificio para la Familia, Ciudad del Vaticano, 17 -V-2005.
Homilía de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata, en la misa de acción de gracias por el 194º aniversario de la Independencia nacional (Basílica de San Ponciano, 9 de julio de 2010). (AICA)
LA ARGENTINA DE HOY Y SUS ORÍGENES CRISTIANOS
La fecha de la independencia nacional está señalada actualmente por la memoria litúrgica de Nuestra Señora de Itatí; es éste un signo providencial, que manifiesta con elocuencia las raíces católicas de la Argentina. La imagen de esta advocación mariana fue traída a nuestra tierra por fray Luis Bolaños y recibe culto desde 1615. La antigüedad de la devoción, su consiguiente arraigo y las proyecciones espirituales y culturales en la vida de la región justifican que se haya otorgado a la Virgen de Itatí el título de “Reina de la civilización en la Cuenca del Plata”. Corresponde mencionar el origen casi contemporáneo de otros dos fenómenos religiosos hondamente argentinos. Hacia 1620 los indios calchaquíes comenzaron a honrar la imagen de Nuestra Señora del Valle en Catamarca, donde cuarenta años después se erigió una capilla, transformada con el tiempo en la actual catedral. De 1630 data el culto de Nuestra Señora de Luján en ese sitio entrañable de la pampa bonaerense, para nosotros tan cercano, que merced a diversas circunstancias ha alcanzado una verdadera capitalidad, sobre todo porque la Virgen Inmaculada, en su advocación de Luján, ha sido proclamada Patrona de la Nación Argentina. Este vértice altísimo configura con los otros dos puntos citados un triángulo mariano que abraza el corazón de la Patria: Itatí, el Valle y Luján expresan el origen católico de esta Patria nuestra y la indiscutible identidad de su pueblo.
Hoy celebramos otro aniversario de la declaración de nuestra independencia, el hecho más saliente de toda nuestra historia. Ese acontecimiento confirió un rumbo preciso a los años transcurridos desde el 25 de mayo de 1810. Enrique de Gandía distinguió al 9 de julio como centro de la historia argentina, y afirmó: el Congreso de Tucumán tiene una importancia trascendental en nuestra historia, no sólo por las disposiciones que en él se tomaron, sino porque fue el tribunal en que las Provincias Unidas juzgaron la revolución jurídica de Buenos Aires. Entre los representantes de las provincias figuraba un gran número de sacerdotes; sus nombres designan calles de la capital federal, pero casi nadie recuerda su condición: fray Cayetano Rodríguez, Antonio Sáenz, Acevedo, Colombres, Corro, Castro Barros, fray Justo Santa María de Oro, Gallo, Uriarte, Aráoz, Thames, Iriarte, Pacheco de Melo. De los 29 diputados que firmaron el acta de la declaración de independencia, 11 eran sacerdotes.
La asamblea comenzó el 24 de marzo con la Misa del Espíritu Santo, celebrada en la iglesia de San Francisco. En el juramento de los congresistas se manifestaban las preocupaciones principales: la primera, conservar y defender la religión católica apostólica romana. Al día siguiente, otra vez misa y tedeúm en San Francisco, para dar gracias a Dios por la instalación de la asamblea. Aquellos hombres eran conscientes de la misión que asumían en un momento de grave apretura para la causa patriota. Es bueno recordar que la Argentina debió empeñar enormes energías para asegurar la independencia; fue un esfuerzo solitario, sin la ayuda de las grandes potencias europeas que, en cambio, habían favorecido la emancipación de las colonias norteamericanas. San Martín incitaba así al diputado mendocino en el Congreso: ¡Hasta cuando esperamos declarar nuestra independencia! ¿No le parece cosa bien ridícula acuñar moneda, tener el pabellón y cucarda nacional, y por último, hacer la guerra al soberano de quien en el día se cree dependemos? ¿Qué nos falta más para decirlo? Por otra parte, ¿qué relaciones podremos emprender, cuando estamos a pupilo, y los enemigos (y con mucha razón) nos tratan de insurgentes, pues nos declaramos vasallos? Esté Ud. seguro que nadie nos auxiliará en tal situación. Por otra parte el sistema ganaría un cincuenta por ciento con tal paso. ¡Ánimo! Que para los hombres de coraje se han hecho las empresas. Fueron aquellos, finalmente, hombres de coraje, que invocaron la ayuda de Dios y le encomendaron la obra que emprendían.
Durante las sesiones del Congreso de Tucumán se discutió mucho sobre la forma de gobierno, pero no se pudo llegar a una resolución definitiva, aunque la mayoría se inclinaba por una monarquía constitucional. Esta cuestión acerca del régimen político fue, ya desde los días de mayo de 1810, uno de los puntos débiles del proceso que llevaría a la independencia; desde entonces el grave defecto de la inestabilidad –con sus raíces en el vicio de la discordia, en el espíritu de imitación y en el descuido de la propia tradición– perturbó el desarrollo de la nación, predeterminando de ese modo que la suerte se nos tornaría esquiva. Para poner sólo un ejemplo temprano, valga indicar que en veinticinco años, desde 1810 hasta 1835, hubo veinte titulares de lo que podría llamarse el poder ejecutivo nacional, el cual asumió formas jurídico-políticas diversas. Como sabemos, este fenómeno se repitió en nuestra historia posterior.
El problema político ha sido un estigma que ha marcado con desdoro la vida nacional. Nos hemos acostumbrado a que las corruptelas mancillen el libre juego de las instituciones y esa mala inclinación ha perdurado para daño de la república y engaño de los ciudadanos, a pesar de la lucidez con que nuestros mejores hombres la denunciaron. El orden jurídico-político debe fundar su legitimidad en una dimensión trascendente; los gobiernos, que muchas veces se identifican abusivamente con el Estado, tienden a ignorar sus propios límites, pretenden absorber a la sociedad y reemplazar con sus recetas ideológicas el ethos del pueblo. Estanislao Zeballos planteaba la crítica en estos términos: Hemos jurado la libertad y en la práctica consagramos la obediencia pasiva; hemos recibido en herencia de los constituyentes de 1853 la investidura gloriosa de ciudadanos de un país que ellos soñaron fuerte y libre, y todos nosotros nos complacemos en sustituirlo por la pálida escarapela de subalternos del poder. Tristán Achával Rodríguez fue uno de los líderes católicos que hicieron frente, con una sólida preparación intelectual y con generosa entrega, a la guerra cultural que el liberalismo masónico desencadenó contra la tradición nacional en los años ochenta del siglo XIX. Él definió como gobierno sectario al régimen de entonces y puso en evidencia la inclinación al absolutismo y al manoseo de las instituciones. Desprecian la ley –decía–, siguen por falsearla, cubriéndose hipócritamente con su forma y con el sofisma legal; continúan por corromper los procedimientos de la sanción legal y por violentarlos al fin: van adelante y se ven luego en la necesidad de apoderarse de todos los elementos materiales y especialmente del tesoro público para disponer de él a discreción, sin control y como en caso de guerra.
La propaganda liberal de la Generación del Ochenta intentó restar trascendencia al Congreso de Tucumán ensalzando en su lugar a la Asamblea del Año XIII; en el mismo ámbito ideológico se elaboró el mito de la “línea de Mayo y Caseros” para desconocer los orígenes católicos de la nacionalidad argentina y sus raíces en la tradición hispánica. Por el contrario, Nicolás Avellaneda caracterizó con exactitud al Congreso que declaró nuestra independencia: se halla definido –dijo– por estos dos rasgos fundamentales: era patriota y era religioso, en el sentido riguroso de la palabra; es decir, católico como ninguna otra asamblea argentina. Han pasado casi doscientos años y muchas veces se ha intentado desfigurar los rasgos peculiares que señalan la identidad originaria de la Argentina. Con ocasión del bicentenario patrio se intenta nuevamente reescribir nuestra historia omitiendo la dimensión religiosa de la gesta de la emancipación y negando la fuente humanista y cristiana de la cultura nacional. En los últimos años se ha perfilado nítidamente el propósito de destruir los fundamentos naturales del orden familiar y social y el sentido trascendente de la educación popular. Pareciera que en algunas esferas oficiales, con un fuerte aparato propagandístico e inagotables recursos económicos, se ha puesto en movimiento un nuevo kulturkampf, una guerra cultural contra el sustrato cristiano de nuestro pueblo, que lleva a embestir incluso contra la imagen bíblica del hombre que aún sirve de referencia a la mayoría de los habitantes de esta tierra, más allá de las fronteras confesionales. Una lejana réplica de aquellos conatos que Achával Rodríguez censuró con clarividencia en los gobiernos de su época: Cuando el elemento oficial, cuando los gobernantes de un pueblo hieren las instituciones sociales, combaten sus creencias religiosas y levantan el pendón del reformista sectario, el país se conmueve hasta en sus últimos elementos, la sociedad se agita en todas sus fibras. Los católicos de la Generación del Ochenta fueron derrotados si nos limitamos al resultado de su actividad en el ámbito público, pero dieron un testimonio ejemplar de coherencia entre la fe, la vida personal y el compromiso cultural y político. Su obra adquiere una resonante actualidad y su actitud ilustrada y valiente constituye una fuente de inspiración para los laicos católicos de hoy: la contribución que ellos deben ofrecer a la renovación de la vida cultural, social y política exige que la inteligencia de la fe se haga, como ha indicado Benedicto XVI, inteligencia de la realidad. Es posible, además, y altamente deseable, buscar un amplio consenso con todos aquellos que se toman a pecho la defensa de la vida y de la libertad, la custodia de la verdad y del bien de la familia, la solidaridad con los necesitados y el necesario desvelo por el bien común. Es preciso que cada cristiano, según sus condiciones, su formación y posibilidades, asuma la cuota de responsabilidad que le corresponde; el aporte de cada uno, aunque parezca el más pequeño, tiene valor, y sumado al de todos puede resultar decisivo en esta hora en la que se juega el futuro de la sociedad argentina.
ZENIT publica el mensaje que Benedicto XVI ha enviado a los delegados en la asamblea capitular de los Rogacionistas del Corazón de Jesús, que se inauguró el lunes 5 de julio de 2010 en el centro de espiritualidad Rogate di Morlupo (Roma).
A los Delegados de la Asamblea capitular de los Rogacionistas del Corazón de Jesús
Con ocasión de vuestro XI Capítulo General, deseo unirme espiritualmente a vosotros, que estáis viviendo un acontecimiento de gracia: éste es una llamada válida a volver cada vez más a las raíces de vuestra Congregación, a profundizar en el carisma para poder después encarnarlo en el actual contexto socio-cultural, en las formas más idóneas.
En estos días intensos, queréis centrar vuestra atención en el tema “La Regla de vida, expresión de la consagración, garantía de la identidad carismática, apoyo de la comunión fraterna, proyecto de misión”. Pretendéis revisar y aprobar las Constituciones y las Normas de vuestro Instituto para adecuarlas especialmente a la nueva sensibilidad eclesial surgida del Concilio Vaticano II y codificada en el vigente Código de Derecho Canónico. Este empeño reviste particular importancia, ya que se trata de presentar a toda la Familia religiosa los textos de referencia sobre los cuales cada uno deberá conformar su propia experiencia de vida fraterna y apostólica, para ser signo elocuente del amor de Dios e instrumento de salvación en todo ambiente. ¡Que Dios bendiga estos propósitos vuestros! Para que esto sea fructífero es necesario que conservéis fielmente el patrimonio espiritual transmitido por vuestro fundador, san Aníbal María De Francia, que amó con intensidad a Cristo, y se inspiró siempre en Él en la realización de un providente apostolado vocacional, como también de una valiente obra en favor del prójimo necesitado. Seguid su ejemplo y proseguid con alegría su misión, válida también hoy, aunque hayan cambiado las condiciones sociales en que vivimos. En particular, difundid cada vez más el espíritu de oración y de solicitud por todas las vocaciones en la Iglesia; sed obreros diligentes para la llegada del Reino de Dios, dedicándoos con toda energía a la evangelización y a la promoción humana.
El gran desafío de la inculturación os pide hoy anunciar la Buena Noticia con lenguajes y formas comprensibles a los hombres de nuestro tiempo, implicados en procesos sociales y culturales en rápida transformación. ¡Por tanto, es vasto el campo de apostolado que se abre ante vosotros! Como vuestro Fundados, dad vuestra experiencia a cuantos tienen “sed” de esperanza, cultivad una auténtica pasión educativa sobre todo por los jóvenes, empeñaos con una generosa actividad pastoral entre la gente, especialmente a favor de cuantos sufren en el cuerpo y en el espíritu. Con este propósito, quiero repetiros cuanto dije recientemente, casi en conclusión del Año Sacerdotal: “Cada pastor es el trámite a través del cual Cristo mismo ama a los hombres: es mediante nuestro ministerio – queridos sacerdotes – es a través de nosotros que el Señor llega a las almas, las instruye, las custodia, las guía” (Audiencia General: L'Osservatore Romano, 27 de mayo de 2010, p. 1).
Vuestra Congregación se enorgullece de una larga historia, escrita por valientes testigos de Cristo y del Evangelio. En esta estela sois llamados hoy a caminar con renovado celo para empujaros, con libertad profética y sabio discernimiento, a caminos evangélicos y fronteras evangélicas arriesgados, cultivando una estrecha colaboración con los obispos y los demás componentes de la comunidad eclesial. Los vastos horizontes de la evangelización y la urgente necesidad de dar testimonio del mensaje evangélico a todos, sin distinciones, constituyen el campo de vuestro apostolado. Muchos esperan aún para conocer a Jesús, el único Redentor del hombre, y no pocas situaciones de injusticia y de malestar moral y material interpelan a los creyentes.
Una misión tan urgente requiere una incesante conversión personal y comunitaria. Sólo corazones totalmente abiertos a la acción de la Gracia están capacitados para interpretar los signos de los tiempos y captar los llamamientos de la humanidad necesitada de esperanza y de paz.
Que resplandezca en los diversos campos de vuestro servicio eclesial la adhesión fiel a Cristo y a su Evangelio. Que la Virgen Santa, Reina de las vocaciones y Madre de los sacerdotes, os proteja, os ayude y sea la guía segura en el camino de vuestra Familia religiosa, para que pueda llevar a cumplimiento todo proyecto suyo de bien. Con estos augurios, mientras aseguro mi afectuoso recuerdo en la oración por cada uno de vosotros y para vuestros capitulares, os imparto de corazón mi Bendición, que de buen grado “extiendo” a todos los Rogacionistas, a las Hijas del Divino Celo y a cuantos encontráis en vuestro apostolado cotidiano.
[Traducción del original italiano por Inma Álvarez
©Libreria Editrice Vaticana]
Ante el aborto, salvarlos uno a uno
Por monseñor José Ignacio Munilla Aguirre
SAN SEBASTIÁN, sábado, 10 julio 2010 (ZENIT.org).- Publicamos el artículo que ha escrito por monseñor José Ignacio Munilla Aguirre, obispo de San Sebastián sobre la nueva ley del aborto vigente en España.
* * *
Una vez más, la sinrazón se ha impuesto. El 5 de julio de 2010 pasará a la posteridad como un día negro en la historia de los derechos humanos. La nueva Ley de "Salud Sexual y Reproductiva" (¡ironías del lenguaje!) da un marco legal al aborto libre, que de hecho ya se practicaba abiertamente en España, bajo un generalizado fraude de ley, conocido y consentido por casi todos. Legalmente, el aborto ha pasado de estar despenalizado en tres supuestos, a ser reconocido como un derecho. No cabe duda de que los empresarios de las clínicas abortistas pueden dormir ya mucho más tranquilos.
¿Y ahora qué? ¿Vamos a quedarnos de brazos cruzados a la espera de los recursos judiciales? ¿Acaso la "causa de la vida" se reduce a la batalla legal? ¡Ciertamente no!... Como dice el refrán, "más vale encender una vela que maldecir las tinieblas". En estos días he recordado una famosa frase de la Madre Teresa de Calcuta, pronunciada cuando el aborto se liberalizaba en Occidente, en medio de fuertes polémicas: "No los matéis, dádmelos a mí. ¡Yo sí los quiero!". Tampoco puedo olvidar que en cierta ocasión un periodista le preguntaba a la Madre Teresa cuál había sido su estrategia para salvar a tantos niños y desahuciados de la vida. Su respuesta no dejaba lugar a equívocos: "¡Uno a uno!"
Pues bien, ha llegado el momento del "uno a uno"... La mayoría de las asociaciones provida han orientado su acción en los últimos años en esta línea. En muchos lugares -también en San Sebastián- ya vienen trabajando con gran éxito grupos de "rescate", bajo la coordinación de la fundación "RedMadre". Decenas de miles de vidas humanas han sido salvadas "in extremis", cuando tenían ya puesta la "cita" en el abortorio. Su método consiste en dar a la mujer embarazada soluciones alternativas al sacrificio de la vida de su hijo: acompañamiento personal, ayuda económica, pisos de acogida, asistencia médica y jurídica, etc. (Me permito dar el teléfono de contacto que coordina todos estos grupos en España: 902-188.988). ¡Es hora de arrimar el hombro!
Se trata de entender que para llegar a transformar la Cultura de la Muerte, la estrategia más eficaz es "de abajo arriba", sin limitarnos al "de arriba abajo"... La batalla legal por la vida se podrá plantear nuevamente en España, con mayores garantías de éxito, cuando salgan a la luz cantidad de niños y adolescentes que han sido rescatados de las garras de la muerte... El testimonio de su gratitud por el don de la vida, será necesario para que la Cultura de la Vida triunfe en el futuro.
No tengo la menor duda de que hay muchos valores en nuestra sociedad, que son resortes muy válidos y positivos en esta dirección que planteo... ¿Cómo es posible que hagamos una valoración tan laudatoria de la adopción de niños extranjeros entre nosotros, mientras que aquí desestimamos como absurda la alternativa de la entrega en adopción del niño? O, por ejemplo, ¿no habrá llegado el momento de valorar si el apadrinamiento de los niños del Tercer Mundo que realizamos a través de muchas ONGs civiles y eclesiales, no debería también ser complementado con el apadrinamiento (en forma de contribución a su alimentación o educación) de los niños que son salvados de ese trágico destino? Y por otro lado, ¿qué decir del abandono y del silencio vergonzante en el que muchas mujeres tienen que vivir el Síndrome del post-aborto, frente a la afortunadamente cada vez más creciente sensibilidad hacia las víctimas de la violencia de género? ¿No habrá que acompañar también a las mujeres que se han quedado moral y psicológicamente destrozadas después de haber abortado?
Tengamos en cuenta que el triunfo de la "causa de la vida" requiere de diversas implicaciones: En primer lugar, del mundo del arte y de la cultura, por el gran influjo que tienen en la conformación de los valores... (Baste señalar la gran aportación de la película "Bella", de Eduardo Verástegui). Igualmente, el acceso y la utilización ágil de los medios de comunicación, especialmente Internet, en favor de la vida del nasciturus, será algo decisivo. Curiosamente, en el transcurso del anuncio, elaboración y tramitación de esta ley, por primera vez en la democracia española, hemos sido testigos de un notable desplazamiento de la opinión pública hacia el respeto y la defensa del no nacido.
Pero, como es obvio, la clave definitiva del triunfo de la Cultura de la Vida estriba en la educación que reciban nuestros jóvenes. Me parece importante señalar que, en la práctica, uno de los influjos más nefastos de esta ley lo vamos a padecer en su traslado al sistema educativo. La nueva "Ley de Salud Sexual y Reproductiva" pasa por encima, una vez más, del derecho de los padres sobre la educación de sus hijos, al imponer obligatoriamente la ideología abortista y "de género" en la escuela (cfr. Art 5, 1, a).
Está claro que la "causa de la vida" está unida a la "causa de la educación" y a la "causa de la familia". Es fundamental que todos aquellos que partimos de unos valores de pleno respeto a la vida y a la familia (en donde podemos coincidir creyentes y no creyentes), trabajemos en coordinación y cooperación, para educar en la verdadera libertad. Una educación íntegra jamás presentará el ideal de la libertad en contraposición al derecho a la vida de los más inocentes. No podemos convertir la libertad en una frívola licencia, porque eso destrozaría la misma Libertad, además de la Vida.
Homilía de monseñor Carmelo Juan Giaquinta, arzobispo emérito de Resistencia, para la homilía del domingo 14º durante el año (4 julio 2010). (AICA)
LA MISIÓN DEL CRISTIANO
Lc 10,1-12.17-20
I. LOS 72 DISCÍPULOS
1. San Lucas, además de narrar el envío de los Doce Apóstoles (Lc 9,1-6), habla de otro envío: “El Señor designó a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos, para que lo precedieran en todas las ciudades y sitios a donde él debía ir” (Lc 10,1). Los 12 Apóstoles simbolizan a los doce patriarcas del nuevo pueblo de Dios que Jesús comienza a plasmar. Y los 72 discípulos, que recuerdan a los 72 ancianos colaboradores de Moisés, simbolizan a todos los colaboradores del Evangelio.
II. LA MISIÓN
2. Más que el simbolismo de los números, importa que Jesús ve la enormidad de la cosecha, no se conforma con ello y procura la solución. Ésta consiste, en primer lugar, en la oración: “Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha” (v. 2). La cosecha tiene un único dueño, que es Dios, y nada válido puede hacerse en ella sin su gracia. Nunca la oración con esta intención será suficiente. Apenas la dejásemos, comenzaríamos a diseñar nuestra propia cosecha, que se perdería pronto.
En segundo lugar, Jesús acrecienta el número de colaboradores. Ya venía seguido por los Doce y un grupo de mujeres que apoyaba su ministerio (Cf. Lc 8,1-3). Pero en un momento eso no fue suficiente. Por eso “el Señor designó a otros setenta y dos” (Lc 10,1).
En tercer lugar, Jesús los envía, pero con medios muy pobres: “No lleven dinero, ni alforja, ni calzado… No vayan de casa en casa…” (vv. 4.7). Así como la cosecha tiene un Dueño que es Dios, también la misión. Que no se nos ocurra pensar que el trabajo apostólico, que Jesús nos encomienda, nos pertenece en propiedad y tuviésemos que realizarlo confiando en nosotros y en medios humanos. Estos son necesarios, porque no podemos actuar sin medios, pero el fruto del trabajo apostólico no depende de ellos.
II. LA PERSECUCIÓN
3. Jesús es muy leal. No nos oculta a sus discípulos la suerte que nos espera: “¡Vayan! Los envío como ovejas en medio de lobos” (v. 3).
Los católicos estamos bastante desconcertados por los palos que la Iglesia recibe, día a día, de todos los frentes. No soy un cazador de noticias. Pero mientras escribo esto, me entero del allanamiento a la catedral de Malinas, incluidas las tumbas de antiguos arzobispos, realizado por la magistratura belga, en una investigación por pedofilia. Anoche, mientras cenaba a hora temprana, veía en nuestra TV un programa en defensa del matrimonio entre hermanos. Acabo de recibir un mail donde me informan que en la Cámara de Representantes de mi queridísimo Chaco, compuesta por 32 diputados, 17 votaron a favor del matrimonio homosexual, 5 en contra, y 10 ausentes. Los palos que la Iglesia pueda recibir en el futuro próximo en Occidente harán palidecer los recibidos bajo el comunismo. Y la primera gran persecución de Nerón parecerá juego de niños.
III. CONFIAR SÓLO EN DIOS, Y NO EN APOYOS HUMANOS
4. Pero ¿qué es de extrañar más: la persecución a todo lo cristiano, o el olvido que los cristianos hicimos de la persecución? Por otra parte, ¿el olvido de la persecución no nos dice que habremos olvidado en parte el Evangelio? Nos ha sucedido muchas veces que, en vez de aferrarnos únicamente a Jesús, la piedra firme, hemos confiado más en apoyos humanos. Estos, por poderosos que sean, son siempre endebles, y, cuando se desmoronan, tumban a la Iglesia que se apoya en ellos.
5. Yendo a un ejemplo un tanto alejado: hubo sectores de católicos americanos que, en cuanto tales, confiaron en Busch, porque representaba al “partido de la vida”, pues no aceptaba el aborto, no importaba que cometiese el crimen de lesa humanidad de mentirle al mundo sobre la armas de destrucción masiva de Irak, e impusiese el método de la guerra preventiva. En cambio, Kirk, que defendía el aborto, representaba al “partido de la muerte”. ¿Qué sintieron esos católicos cuando el año pasado el partido republicano perdió estrepitosamente? ¿Dónde piensan apoyarse ahora? Una cosa es la opción partidaria, que cada católico tiene derecho de hacer como ciudadano, discerniendo conforme a su fe las complejas y difíciles circunstancias en que le toca vivir; otra cosa es en quien deposita su fe.
6. Viniendo ahora a un ejemplo cercano. A pesar de todas la vicisitudes históricas, los clérigos, mayoritariamente, desde 1946, hemos hecho un guiño en favor del partido justicialista, porque, en teoría, defendería mejor los valores cristianos. ¿Cuál es nuestra fuerza hoy cuando muchos de sus máximos representantes no sólo no defienden principios cristianos, sino ni siquiera respetan la naturaleza humana creada por Dios, que dice a las claras que el matrimonio es sólo entre un varón y una mujer?
7. ¿Seguiremos haciendo un guiño en favor del justicialismo? ¿Pensamos ahora hacerle un guiño a otro partido? ¡Pobre la Iglesia que, en vez ayudar a sus fieles a madurar como ciudadanos, dejase de contemplar con los dos ojos a su único Señor Jesucristo, y, pensase en hacer guiños a los poderes de este mundo!
Mons. Carmelo Juan Giaquinta, arzobispo emérito de Resistencia
ZENİT publica el artículo que ha escrito monseñor Felipe Arizmendi Esquivel, obispo de San Cristóbal de Las Casas, con el título "Cristianos en la política".
Cristianos en la política
VER
Han pasado las elecciones en varios Estados de nuestra patria. Esperamos que el proceso post-electoral transcurra en paz y se aclaren todas las inconformidades por los resultados. Ahora toca reconstruir la armonía social y todos juntos trabajar por el bien de la comunidad, con cargo y sin él.
Hay creyentes que menosprecian participar en la política, porque la juzgan sucia y corrupta de por sí, o porque piensan que nada tiene que ver con su fe. Por lo contrario, algunos pastores no católicos, con tal de ganar espacios públicos y prebendas de los candidatos, enganchan a sus congregaciones hacia una opción partidista, como si el Evangelio fuera de un partido. Otros, iluminados por Cristo, asumen el servicio público como una forma de influir en la sociedad, para que ésta se construya con los valores del Reino de Dios: verdad y vida, santidad y gracia, justicia, amor y paz.
JUZGAR
El Papa Benedicto XVI dijo al Consejo Pontificio para los laicos: "No forma parte de la misión de la Iglesia la formación técnica de los políticos... Su misión se concentra de modo especial en educar a los discípulos de Cristo, para que sean cada vez más testigos de su presencia en todas partes. Toca a los fieles laicos mostrar concretamente en la vida personal y familiar, en la vida social, cultural y política, que la fe permite leer de una forma nueva y profunda la realidad y transformarla; que la caridad en la verdad es la fuerza más eficaz capaz de cambiar el mundo; que el Evangelio es garantía de libertad y mensaje de liberación... Compete a los fieles laicos participar activamente en la vida política, de modo siempre coherente con las enseñanzas de la Iglesia" (21-V-2010).
Y repite algo dicho por sus predecesores: "La política es un ámbito muy importante del ejercicio de la caridad". ¿Por qué? Porque la caridad es desgastarse a sí mismo, para que otros tengan vida digna. Caridad no es sólo dar una limosna, sino amar, lo que implica renunciar al propio interés, e incluso al debido descanso, para dedicarse en cuerpo y alma al bienestar común. Una política entendida como vivencia de la caridad, del amor, es camino de santidad, pues lo que más nos asemeja a Dios, que es amor, es precisamente amar y servir a los demás, siempre y a todas horas, con cargos y sin ellos, ganando o perdiendo una elección.
El servicio a los demás no sólo se vive en un puesto público, sino de muchas otras formas, empezando en el desgaste diario por la propia familia; sin embargo, la política es una oportunidad de sacrificarse más, para que los demás, sobre todo los pobres y excluidos, vivan dignamente, como hijos de Dios y hermanos en Cristo. Esto ennoblece a la política.
Recalca el Papa: "Se necesitan políticos auténticamente cristianos, pero antes aún fieles laicos que sean testigos de Cristo y del Evangelio en la comunidad civil y política... Hay que recuperar y vigorizar de nueva una auténtica sabiduría política, que es también un complejo arte de equilibrio entre ideales e intereses, para servir al bien común, a la luz del Evangelio".
ACTUAR
Como la mayoría de los electos son creyentes en Cristo, que el desgaste político sea expresión de su propia fe, de su amor generoso a la comunidad. En el servicio diario es donde se comprueba la valía de cada persona, grupo, alianza o partido.
La madurez humana, política y cristiana se demuestra en amar y perdonar a quienes contendieron en opciones distintas; en invitarles a participar en el ejercicio del poder; en asumir propuestas originadas en otras mentes, pero que en sí son útiles a la sociedad; en hacer nuevas alianzas no sólo estratégicas y coyunturales para triunfar en una elección, sino para unir voluntades al servicio del progreso y la paz social.
Los elegidos sean coherentes con su fe en Cristo; demuéstrenla en su rectitud diaria, como dijo el Papa en Chipre: "La rectitud moral y el respeto imparcial por los demás y su bienestar son esenciales para el bien de la sociedad... Individuos, comunidades y Estados, sin la guía de verdades morales objetivas, se volverían egoístas y sin escrúpulos, y el mundo sería un lugar más peligroso para vivir" (5-VI-2010).
ZENIT publica la intervención que pronunció Benedicto XVI el domingo 11 de julıo de 2010 a mediodía al rezar la oración mariana del Ángelus junto a los peregrinos congregados en el patio del palacio apostólico de Castel Gandolfo.
Queridos hermanos y hermanas:
Desde hace unos días, como podéis ver, he dejado Roma con motivo de mi estancia veraniega en Castel Gandolfo. Doy las gracias a Dios que me ofrece la posibilidad de descansar. A los queridos habitantes de esta hermosa localidad, adonde regreso siempre con gusto, dirijo mi cordial saludo.
El Evangelio de este domingo comienza con la pregunta de un doctor de la Ley a Jesús: "Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la Vida eterna?" (Lucas 10, 25). Sabiendo que era experto en las Sagradas Escrituras, el Señor invita a ese hombre a dar él mismo la respuesta, que formula perfectamente, citando los dos mandamientos principales: amar a Dios con todo el corazón, toda la mente y todas las fuerzas, y amar al prójimo como a uno mismo. Entonces, el doctor de la Ley, como justificándose, pregunta: "¿Y quién es mi prójimo?" (Lucas10, 29). Esta vez, Jesús responde con la famosa parábola del "Buen Samaritano" (cf. Lucas 10, 30-37), para indicar a que a nosotros nos corresponde hacer de cualquier persona que tenga necesidad de ayuda nuestro "prójimo". El Samaritano, de hecho, atiende al desconocido que los ladrones han dejado medio muerto por el camino; mientras que un sacerdote y un levita habían pasado por delante, pensando quizá que se contaminarían si entraban en contacto con su sangre, según un precepto. La parábola, por tanto, debe llevarnos a transformar nuestra mentalidad según la lógica de Cristo, que es la lógica de la caridad: Dios es amor y rendirle culto significa servir a los hermanos con amor sincero y generoso.
Esta narración evangélica ofrece la "unidad de medida", es decir, la universalidad del amor que se dirige hacia el necesitado encontrado ‘casualmente' (cf. Lucas 10, 31), quienquiera que sea" (encíclica Deus caritas est, 25). Junto a esta regla universal, se da también una exigencia específicamente eclesial: "que, precisamente en la Iglesia misma como familia, ninguno de sus miembros sufra por encontrarse en necesidad" (ibídem). El programa del cristiano, aprendido de la enseñanza de Jesús, es "un corazón que ve" dónde hay necesidad de amor, y que actúa coherentemente (Cf. ibídem 31).
Queridos amigos: deseo recordar también que hoy la Iglesia celebra a san Benito de Nursia, el gran patrono de mi pontificado, padre y legislador del monaquismo occidental. Él, como narra san Gregorio Magno, "fue un hombre de vida santa... de nombre y por la gracia" (Dialoghi, II, 1: Bibliotheca Gregorii Magni IV, Roma 2000, p. 136). "Escribió una Regla para los monjes... espejo de un magisterio encarnado en su persona: de hecho, el santo sólo pudo enseñar como vivió" (Ibídem, II, XXXVI: cit., p. 208). El Papa Pablo VI proclamó a san Benito patrono de Europa, el 24 de octubre de 1964, reconociendo la maravillosa obra que desempeñó en la formación de la civilización europea.
Encomendemos a la Virgen María nuestro camino de fe y, en particular, este tiempo de vacaciones, para que nuestros corazones no pierdan nunca de vista la Palabra de Dios y a los hermanos en dificultad.
[Al final del Ángelus, el Papa saludó a los peregrinos en varios idiomas. En español, dijo:]
Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española, presentes en esta oración mariana, en particular a los fieles de la Cofradía de la Santísima y Vera Cruz de Caravaca. En la parábola del Buen Samaritano, proclamada este domingo, Jesús subraya la importancia primordial del mandamiento del amor y nos invita a practicar la misericordia con nuestro prójimo. Por intercesión de la Santísima Virgen María, supliquemos la gracia de tener los mismos sentimientos del corazón de Cristo y de peregrinar por esta vida haciendo el bien. Muchas gracias y feliz domingo.
[Traducción del original italiano realizada por Jesús Colina
©Librería Editrice Vaticana]
Pedido de oraciones de monseñor José Luis Mollaghan, arzobispo de Rosario, por el bien del matrimonio y la familia (5 de julio de 2010) (AICA)
PEDIDO DE ORACIONES POR EL BIEN DEL MATRIMONIO Y LA FAMILIA
Queridos sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles laicos:
Deseo renovar y extender a todos los fieles el pedido de oraciones y súplicas, - como lo hice en el mes de junio próximo pasado a las Hermanas carmelitas del Carmelo del Niño Jesús, así como a las religiosas de nuestra Arquidiócesis de Rosario - , para que en nuestra Patria se continue valorando a la familia, centrada en el matrimonio de un varón y una mujer, como un bien natural e inalterable; y para que nuestros legisladores puedan discernir y tutelar del mejor modo estos intereses para el bien de nuestras familias y de la sociedad.
Como motivación de esta oración, sabemos que cuando decimos que el matrimonio es una realidad natural, estamos proponiendo una verdad constatada por la razón para el bien de los esposos y de la sociedad. Saber que esta verdad es confirmada por la Revelación cristiana, no le quita su fundamento natural; sino que posteriormente la ilumina; ya que muestra la íntima conexión que existe entre la unión matrimonial con el "principio" (cf. Mt 19, 4-8) del que habla el libro del Génesis: "Los creó varón y mujer" (Gn 1, 27), y "los dos serán una sola carne" (Gn 2, 24).
El hecho de que el matrimonio como un bien natural sea elevado a Sacramento por Nuestro Señor Jesucristo, no justifica la tendencia a quitarle su valor o relativizar la noción del matrimonio - su naturaleza, propiedades esenciales y fines -, reivindicando una concepción diversa y válida de parte de un creyente o de un no creyente, de un católico o de un no católico, como si no se tratara de un dato natural, evidenciado por la razón (cfr. Juan Pablo II, 1.II.2001).
Justamente, es en la vida familiar y en la relación con su padre y su madre, donde los niños descubren su propia identidad y llegan a alcanzar la autonomía personal. Alterar esta realidad es desconocer el sentido de la diversidad, hombre mujer, como su riqueza en la educación sexual del niño.
De esta manera, "corresponde a la autoridad pública tutelar el matrimonio entre el varón y la mujer con la protección de las leyes, para asegurar y favorecer su función irreemplazable y su contribución al bien común de la sociedad” (CEA. 20/4/10)”.
Por ello, ruego que en las Parroquias y Capillas de la Arquidiócesis, en el Seminario Metropolitano; en las instituciones, movimientos y asociaciones; en las comunidades educativas y en las familias, se eleven en común e individualmente, plegarias a Dios Nuestro Señor por estas intenciones, particularmente en la Santa Misa y en la oración del Santo Rosario.
También en estas súplicas podemos incorporar la promesa de alguna obra de caridad y de misericordia, especialmente visitando algún enfermo o anciano solo o necesitado; pidiendo al Espíritu Santo que nos ilumine, a fin de que el verdadero bien común sea el fin de toda ley.
Deseo que la presencia de Jesús y de la Santísima Virgen María en las Bodas de Caná, que meditamos en los misterios luminosos del Rosario, sea un motivo que nos aliente a intensificar la oración durante estos días; y a valorar el bien del matrimonio, así como para que los padres y madres junto con sus hijos tengan el estímulo y el reconocimiento de la vocación familiar.
Agradecido, los saludo en Cristo y Nuestra Madre del Rosario.
Mons. José Luis Mollaghan, arzobispo de Rosario
Carta del cardenal Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires a las Monjas Carmelitas de la arquidiócesis de Buenos Aires (22 de junio de 2010). (AICA)
A LAS MONJAS CARMELITAS DE BUENOS AIRES
Queridas hermanas:
Les escribo estas líneas a cada una de Ustedes que están en los cuatro Monasterios de Buenos Aires. El pueblo argentino deberá afrontar, en las próximas semanas, una situación cuyo resultado puede herir gravemente a la familia. Se trata del proyecto de ley sobre matrimonio de personas del mismo sexo.
Aquí está en juego la identidad, y la supervivencia de la familia: papa, mamá e hijos. Está en juego la vida de tantos niños que serán discriminados de antemano privándolos de la maduración humana que Dios quiso se diera con un padre y una madre. Está en juego un rechazo frontal a la ley de Dios, grabada además en nuestros corazones.
Recuerdo una frase de Santa Teresita cuando habla de su enfermedad de infancia. Dice que la envidia del Demonio quiso cobrarse en su familia la entrada al Carmelo de su hermana mayor. Aquí también está la envida del Demonio, por la que entró el pecado en el mundo, que arteramente pretende destruir la imagen de Dios: hombre y mujer que reciben el mandato de crecer, multiplicarse y dominar la tierra. No seamos ingenuos: no se trata de una simple lucha política; es la pretensión destructiva al plan de Dios. No se trata de un mero proyecto legislativo (éste es sólo el instrumento) sino de una “movida” del padre de la mentira que pretende confundir y engañar a los hijos de Dios.
Jesús nos dice que, para defendernos de este acusador mentiroso, nos enviará el Espíritu de Verdad. Hoy la Patria, ante esta situación, necesita de la asistencia especial del Espíritu Santo que ponga la luz de la Verdad en medio de las tinieblas del error; necesita de este Abogado que nos defienda del encantamiento de tantos sofismas con que se busca justificar este proyecto de ley, y que confunden y engañan incluso a personas de buena voluntad.
Por esto recurro a Ustedes y les pido oración y sacrificio, las dos armas invencibles que confesaba tener Santa Teresita. Clamen al Señor para que envíe su Espíritu a los Senadores que han de dar su voto. Que no lo hagan movidos por el error o por situaciones de coyuntura sino según lo que la ley natural y la ley de Dios les señala. Pidan por ellos, por sus familias; que el Señor los visite, los fortalezca y consuele. Pidan para que ellos hagan un gran bien a la Patria.
El proyecto de ley se tratará en el Senado después del 13 de julio. Miremos a San José. A María, al Niño y pidamos con fervor que ellos defiendan a la familia argentina en este momento. Recordémosle lo que Dios mismo dijo a su pueblo en un momento de mucha angustia: “esta guerra no es vuestra sino de Dios”. Que ellos nos socorran, defiendan y acompañen en esta guerra de Dios.
Gracias por lo que harán en esta lucha por la Patria. Y, por favor, les pido también que recen por mí. Que Jesús las bendiga y la Virgen Santa las cuide.
Afectuosamente,
Card. Jorge Mario Bergoglio s.j., arzobispo de Buenos Aires
ZENIT publica la carta que ha enviado Benedicto XVI al cardenal Tarcisio Bertone, s.d.b. secretario de Estado, con motivo del quincuagésimo aniversario de su ordenación sacerdotal.
Al Venerado Hermano Nuestro
Cardenal Tarcisio Bertone, s.d.b.
Secretario de Estado y Camarlengo de la santa Iglesia romana
Dado que existe entre nosotros una recíproca y asidua familiaridad, que deriva del hecho de encontrarnos casi diariamente juntos, es digno y justo que dirija en persona la expresión de felicitación de nuestro ánimo a ti, que cumples el quincuagésimo año de ordenación presbiteral. Con todo, además de esta tarea, para nosotros muy grata, a través de esta carta nuestra deseamos comunicarte nuestro pensamiento, a fin de que nuestra consideración respecto a tu persona resulte más manifiesta.
Mientras atravesamos tiempos difíciles, te invitamos a que recuerdes las cosas más gozosas del pasado, cuando por la imposición de manos del venerado hermano Albino Mensa, fuiste promovido al orden sagrado, rodeado de familiares y hermanos religiosos. No escapa a nuestra atención cuánto, a continuación, perfeccionado en las materias jurídicas, te dedicaste a educar y a guiar con la enseñanza y los escritos a los jóvenes, tanto dentro como fuera de tu familia salesiana.
Por lo tanto, no suscita ningún estupor que hayas tenido una importante posición y estima ante nuestro predecesor, el venerable siervo de Dios Juan Pablo II, quien te quiso arzobispo de Vercelli y allí fiel anunciador de los beneficios divinos. Por deseo del mismo Romano Pontífice a continuación comenzaste a ejercer la tarea de secretario de la Congregación para la doctrina de la fe, estableciendo con nosotros una feliz familiaridad en el trabajo común.
Igualmente en la Iglesia en Génova, a la que dedicaste tu celo y tus esfuerzos apostólicos, se encuentran en diversos lugares los testimonios de tu ministerio pastoral, del que reconocemos el provecho que tuvo para la comunidad eclesial y donde conseguiste un título más ilustre mediante tu agregación al Colegio de los padres cardenales.
Trayendo a la memoria tiempos más recientes, te hemos querido cercano colaborador, eligiéndote como secretario de Estado con quien compartir decisiones y tareas. Sin duda te estás prodigando con gran compromiso y pericia en la participación de nuestros proyectos pastorales relativos a la Iglesia universal y en nuestras iniciativas dirigidas al mundo entero, a fin de que la familia de Dios se fortalezca y el mundo sea cada vez más armonioso.
Por ello, mientras nos alegramos de corazón por el recuerdo del gozoso inicio de tu sacerdocio, te expresamos estos sentimientos de estima y nuestra afectuosa felicitación, a la vez que, por intercesión de la santísima Virgen María Auxiliadora y de san Juan Bosco, imploramos abundante la recompensa del Divino Maestro. Por último, venerado hermano nuestro, te impartimos con afecto fraterno la bendición apostólica, destinada abundantemente también a cuantos a ti están unidos por vínculos de familia y de trabajo.
Ciudad del Vaticano, 1 de junio de 2010, sexto de nuestro pontificado
BENEDICTUS PP. XVI
[Traducción del original latín
© Copyright 2010 - Libreria Editrice Vaticana]
ZENIT publica la declaración sobre los desafíos de la empresa a doscientos años de la independencia de América Latina y El Caribe con la que concluyó el décimo simposio organizado por el Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM) y la Unión Internacional Cristiana de Dirigentes de Empresa (UNIAPAC) - Latinoamérica en Cochabamba, Boliva, del 17 al 18 de junio.
Un grupo de Obispos, Empresarios, Sacerdotes y Laicos -convocados por el Departamento de Justicia y Solidaridad del CELAM y por la UNIAPAC Latinoamericana- nos hemos reunido en Cochabamba - Bolivia, durante los días 17 y 18 de junio de 2010. Procedíamos de México, República Dominicana, Haití, Colombia, Ecuador, Bolivia, Perú, Brasil, Argentina, Chile, Paraguay y Uruguay.
Durante estos días hemos orado, reflexionado y discernido juntos en clima de fraternidad. Nuestra convivencia ha sido sencilla, franca y alegre; nuestros diálogos fueron respetuosos y sinceros. Nuestra búsqueda común -de Pastores y Empresarios- consistió en identificar algunos desafíos de la Empresa a 200 años de la Independencia de América Latina y El Caribe. Para efectuar nuestra búsqueda hemos elegido como guía y punto de referencia la Encíclica Caritas in Veritate del Papa Benedicto XVI.
El Bicentenario de la Independencia
Los signos de los tiempos. La libertad, la justicia, la verdad, la fraternidad
1. La celebración de la Independencia en nuestros países latinoamericanos es una oportunidad para que, desde la memoria que tenemos de nuestro pasado y la visión de su actual coyuntura cultural -política, religiosa y socioeconómica-, analicemos los desafíos que prevemos deberá afrontar la Empresa en los tiempos que se avecinan.
2. Durante estos 200 años se ha transcurrido por experiencias tales como el paso de una economía agraria a una industrial; el modelo de sustitución de importaciones. En los años 80 sufrimos la crisis de la deuda externa; en la década última, la apertura de mercados y la competencia internacional que va más allá de la competencia regional. En este caminar, el empresario tuvo que capacitar a su gente, invertir en tecnología, aumentar la productividad y eficiencia, poner atención a la Responsabilidad Social Empresarial [RSE]. Hoy vemos preocupados cómo se destruyen economías y empresas en algunos países de América Latina y El Caribe.
La Globalización
3. Vivimos en el contexto de una sociedad globalizada. En ella se manifiesta una creciente interdependencia que, a su vez, implica la intradependencia, es decir, la interacción entre los actores sociales hacia una vida digna sostenible.
4. Ello implica abrir mercados y acceder a ellos en condiciones equitativas, con justas regulaciones, frente al proteccionismo que prevalece de los países industrializados.
5. Precisamos de una economía de mercado solidaria, que incorpore a toda la persona y a todas las personas. Es necesario mostrar y hacer patente cómo la riqueza privada redunda, mediante su justo aporte, en el bien común, sobre todo en beneficio de los más empobrecidos y excluidos.
6. Ser empresario cristiano en estos tiempos tiene un profundo significado humano; es un proyecto de vida que adquiere su sentido de la fe, la esperanza y la caridad. Compromete a vivir con autenticidad el sacerdocio bautismal. Sus convicciones son, entre otras, que el hombre no será humano si no es hermano; que el capital humano es el primer capital; que la empresa, es sociedad de capitales y, sobretodo, una sociedad de personas.
7. La independencia en América Latina y El Caribe debe estar basada en la dignidad humana, a fin de que las personas sean verdaderamente independientes; que seamos una Región y un Continente que manifiestan su independencia en su libre toma de decisiones. Estamos convencidos de que, luego de 200 años, tenemos una gran oportunidad, un kairós, para refundar nuestra sociedad y el mundo empresarial, optando por la economía solidaria como una vía privilegiada y concreta de gestión empresarial. Los países debemos de dejar de estar aislados y los partidos políticos deben asumir su compromiso por el bien común.
Desafíos
8. Promover y desarrollar en la empresa el sentido ético y el compromiso social, logrando una empresa más cercana a los trabajadores y a la comunidad. La empresa exitosa es una oportunidad para todos, fomenta fraternidad en la forma en que orienta sus negocios, y practica valores que van más allá que lo económico, pudiendo ser un espacio de libertad y participación.
9. Fomentar el encuentro y la comunión entre empresarios, con el Estado y la Sociedad civil. Consecuentemente, que influyan más en las políticas públicas para fomentar y salvaguardar la libertad, la justicia, la solidaridad y el bien común, pues dichas políticas públicas favorecen o perjudican el desarrollo de nuestros pueblos.
10. Propiciar espacios de diálogo plural para lograr acuerdos sobre lo fundamental.
11. Trabajar a favor de la verdad y de la transparencia en las empresas, en los Estados y en las organizaciones no gubernamentales.
12. Lograr una economía en la que se evidencie que la dimensión del don y gratuidad integran y trascienden la lógica de la compraventa. Ello implica: emprender con imaginación y talante innovador; urgir al cuidado de la creación, del ser humano y de sus comunidades y, finalmente, de las futuras generaciones.
13. Defender los derechos fundamentales del hombre, particularmente el derecho a la vida, a la salud, a la educación y al trabajo. Defender, también, la tierra, el agua y el aire como dones de la creación que pertenecen a todos los hombres, incluyendo las generaciones futuras.
14. Afrontar y superar con entereza y fortaleza las situaciones de injusticia, asegurando la vida digna de las comunidades, mediante economías sanas y solidarias, favoreciendo una economía de la caridad y la caridad en la economía.
15. Vivir el quehacer empresarial desde la consagración bautismal y su espiritualidad, gestionando la empresa -lugar donde vive su misión de discípulo de Jesús- de acuerdo a los valores evangélicos y a su vocación laical.
16. Incentivar -frente al cambio epocal que experimentamos- espacios y escuelas de formación para comprender los nuevos paradigmas con los cuales el emprendedor se enfrenta, y generar nuevos liderazgos.
17. Acompañar pastoralmente, a nivel diocesano, a los empresarios, trabajadores y líderes sociales en su vivencia del seguimiento de Jesús. Promover el compromiso de los laicos, constructores de una sociedad justa, fraterna, solidaria con dignas relaciones sociales y con la naturaleza. Impulsar, para lograrlo, el conocimiento y la difusión de la Doctrina Social de la Iglesia.
Pedimos al Señor que nos ayude con la fuerza y la luz del Espíritu Santo a construir su Reino en la historia de nuestros pueblos y, concretamente, en el mundo del trabajo y de la empresa, donde él nos ha enviado. Que Santa María, la Virgen de Guadalupe, que protege maternalmente a nuestros pueblos, los siga acompañando en el quehacer de ir tejiendo su historia.
ZENIT publica la intervención que pronunció Benedicto XVI el domingo 11 de Julýo de 2010 a mediodía al rezar la oración mariana del Ángelus junto a los peregrinos congregados en el patio del palacio apostólico de Castel Gandolfo.
Queridos hermanos y hermanas:
Desde hace unos días, como podéis ver, he dejado Roma con motivo de mi estancia veraniega en Castel Gandolfo. Doy las gracias a Dios que me ofrece la posibilidad de descansar. A los queridos habitantes de esta hermosa localidad, adonde regreso siempre con gusto, dirijo mi cordial saludo.
El Evangelio de este domingo comienza con la pregunta de un doctor de la Ley a Jesús: "Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la Vida eterna?" (Lucas 10, 25). Sabiendo que era experto en las Sagradas Escrituras, el Señor invita a ese hombre a dar él mismo la respuesta, que formula perfectamente, citando los dos mandamientos principales: amar a Dios con todo el corazón, toda la mente y todas las fuerzas, y amar al prójimo como a uno mismo. Entonces, el doctor de la Ley, como justificándose, pregunta: "¿Y quién es mi prójimo?" (Lucas10, 29). Esta vez, Jesús responde con la famosa parábola del "Buen Samaritano" (cf. Lucas 10, 30-37), para indicar a que a nosotros nos corresponde hacer de cualquier persona que tenga necesidad de ayuda nuestro "prójimo". El Samaritano, de hecho, atiende al desconocido que los ladrones han dejado medio muerto por el camino; mientras que un sacerdote y un levita habían pasado por delante, pensando quizá que se contaminarían si entraban en contacto con su sangre, según un precepto. La parábola, por tanto, debe llevarnos a transformar nuestra mentalidad según la lógica de Cristo, que es la lógica de la caridad: Dios es amor y rendirle culto significa servir a los hermanos con amor sincero y generoso.
Esta narración evangélica ofrece la "unidad de medida", es decir, la universalidad del amor que se dirige hacia el necesitado encontrado ‘casualmente' (cf. Lucas 10, 31), quienquiera que sea" (encíclica Deus caritas est, 25). Junto a esta regla universal, se da también una exigencia específicamente eclesial: "que, precisamente en la Iglesia misma como familia, ninguno de sus miembros sufra por encontrarse en necesidad" (ibídem). El programa del cristiano, aprendido de la enseñanza de Jesús, es "un corazón que ve" dónde hay necesidad de amor, y que actúa coherentemente (Cf. ibídem 31).
Queridos amigos: deseo recordar también que hoy la Iglesia celebra a san Benito de Nursia, el gran patrono de mi pontificado, padre y legislador del monaquismo occidental. Él, como narra san Gregorio Magno, "fue un hombre de vida santa... de nombre y por la gracia" (Dialoghi, II, 1: Bibliotheca Gregorii Magni IV, Roma 2000, p. 136). "Escribió una Regla para los monjes... espejo de un magisterio encarnado en su persona: de hecho, el santo sólo pudo enseñar como vivió" (Ibídem, II, XXXVI: cit., p. 208). El Papa Pablo VI proclamó a san Benito patrono de Europa, el 24 de octubre de 1964, reconociendo la maravillosa obra que desempeñó en la formación de la civilización europea.
Encomendemos a la Virgen María nuestro camino de fe y, en particular, este tiempo de vacaciones, para que nuestros corazones no pierdan nunca de vista la Palabra de Dios y a los hermanos en dificultad.
[Al final del Ángelus, el Papa saludó a los peregrinos en varios idiomas. En español, dijo:]
Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española, presentes en esta oración mariana, en particular a los fieles de la Cofradía de la Santísima y Vera Cruz de Caravaca. En la parábola del Buen Samaritano, proclamada este domingo, Jesús subraya la importancia primordial del mandamiento del amor y nos invita a practicar la misericordia con nuestro prójimo. Por intercesión de la Santísima Virgen María, supliquemos la gracia de tener los mismos sentimientos del corazón de Cristo y de peregrinar por esta vida haciendo el bien. Muchas gracias y feliz domingo.
[Traducción del original italiano realizada por Jesús Colina
©Librería Editrice Vaticana]
DOMINGO 16 DEL TIEMPO ORDINARIO / C
18 de julio de 2010
La gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y de Jesucristo, el Señor, estén con todos vosotros.
De nuevo, en pleno verano, Jesús nos invita a un rato tranquilo de encuentro con él. Para escuchar su palabra, para alimentarnos en su mesa, para compartir y fortalecer nuestra fe con la fuerza de su Espíritu, para contemplar y rezar juntos).
A. penitencial: Dispongamos nuestro corazón para celebrar el don del amor de Dios hacia nosotros, haciendo un momento de silencio y pidiendo perdón (Silencio).
Tú que eres el camino que conduce al Padre. SEÑOR, TEN PIEDAD.
Tú que eres la verdad que ilumina los pueblos. CRISTO, TEN PIEDAD.
Tú que eres la vida que renueva el mundo. SEÑOR, TEN PIEDAD.
1. lectura (Génesis 18,1-10a): Escuchemos en esta lectura un texto muy sugerente del Génesis. En un día muy caluroso, Dios se presenta, en forma de tres hombres que van de camino, ante la tienda donde residía Abrahán, cerca de la encina de Mambré. Y Abrahán los acoge con gran hospitalidad, ofreciéndoles reposo, bebida y alimento para restablecer las fuerzas. Escuchando esta lectura nos preparamos para otro gesto de amable hospitalidad que se nos proclamará en el evangelio.
2. lectura (Colosenses 1,24-28): San Pablo, en la lectura que ahora escucharemos, se siente contento, a pesar de los sufrimientos, porque puede llevar a cabo la misión que Dios le ha confiado: anunciar el Evangelio de Jesucristo.
Plegaria universal: Después de escuchar la Palabra de Dios, y antes de participar de la mesa de la Eucaristía, presentemos con confianza nuestras peticiones al Padre. Respondamos diciendo: ESCÚCHANOS, PADRE.
Por la Iglesia, por todos los cristianos. Para que seamos siempre discípulos fieles de Jesús, y le amemos de todo corazón. OREMOS:
Por nuestras comunidades cristianas. Para que todos los compromisos y acciones pastorales encuentren su vigor en la fuerza y la luz que vienen de la oración y la contemplación. OREMOS:
Por los niños y jóvenes que durante el verano participan en actividades organizadas por las parroquias y entidades de Iglesia. Para que se llenen de los valores auténticamente humanos y cristianos. OREMOS:
Por los pobres y los enfermos. Para que encuentren junto a ellos a personas atentas y acogedoras como Abrahán y como Marta y María. OREMOS:
Por nosotros. Para que sepamos aprovechar este tiempo de verano para conocer y vivir más a fondo nuestra fe. OREMOS:
Escucha, Padre, nuestra oración, y derrama tu amor sobretodos los hombres y mujeres del mundo entero. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Padrenuestro: Sintiéndonos discípulos de Jesús, y muy unidos a él, dirijámonos al Dios del cielo, llamándole Padre, tal como él nos enseñó.
CPL
8 de julio: 60 años de presencia de los Misioneros Javerianos en Sierra Leona
Freetown (Agencia Fides) El 8 de julio se celebran los 60 años de la llegada de los misioneros javerianos a Sierra Leona. Cuatro hombres que partieron del puerto de Liverpool con la nave Apapa el 29 de junio de 1950 desembarcaron esa mañana en el puerto de Freetown. Eran los Padres Augusto Azzolini (que los guiaba) con Pietro Serafino Calza, Attilio Stefani y Camillo Olivani. Fueron los primeros de una numerosa estela de misioneros, que hicieron presencia en la parte norte de Sierra Leona, que hasta ese momento no había recibido el mensaje del Evangelio. Por ello fueron llamados Los Cuatro Pioneros. Con ellos se abrió un interesante capítulo de la historia de Sierra Leona y de la vida de la Iglesia Católica. Sesenta años puede parecer pocos en medio de una larga historia africana, pero puede también considerarse muchos por lo que significan para esta particular nación africana y por los cambios verdaderamente milagrosos realizados en esta tierra de los Cuatro Pioneros y por los numerosos hermanos que poco después los siguieron en Sierra Leona. Pero dejemos que sea la historia misma la que dé cuenta de estos hechos.
Luego de una larga negociación con los Padres del Espíritu Santo, presentes en el sur del país desde 1864, y la Sede Apostólica (particularmente con la Congregación de Propaganda Fide), finalmente se abrió campo a los Misioneros Javerianos a la acción misionera en la Colonia y en el Protectorado Británico de Sierra Leona. Una gran tajada le fue sacada a los territorios confiados a los Misioneros y entregada a los Javerianos. Un territorio que había sido definido como impenetrable para el Evangelio, pues así se decía entonces , estaba habitado preponderantemente por Mahometanos.
La verdad tal vez era distinta y los hechos lo demuestran. Desde el punto de vista estadístico las fuerzas musulmanas eran ciertamente minoritarias, si se las compara con los adherentes a las Religiones Tradicionales Africanas, pero su influencia era ciertamente prevalente sobre la mayoría de la población. Mientras la presencia cristiana era simplemente insignificante y de poco valor: algunos grupos protestantes estaban intentando, con poco éxito, una aproximación bíblica con esas poblaciones, pero desde el punto de vista cristiano, una aproximación sistemática y coordinada inteligentemente, como efectivamente fue la de Mons. Azzolini y de los Javerianos, nunca se había dado antes.
No contaré toda la historia de la evangelización y de la presencia de los Javerianos en los pasados 60 años, pero sí quisiera poner en evidencia algunos elementos que caracterizaron su acción evangelizadora y misionera. Según ciertos lugares comunes y la praxis javeriana precedente, hubo momentos de incomprensión y de oposición a los métodos adoptados por los Pioneros al inicio de su actividad africana. El elemento de confrontación era la misión en China y los modos de actuar experimentales precedentemente. La escuela era considerada una pérdida de tiempo y de energía, no sólo económica sino también humana. Y los superiores no siempre entendieron el valor de este instrumento humano de evangelización. Pero fue precisamente con la escuela, más aún, dentro de la escuela, que nacieron los primeros cristianos y las primeras iglesias. De las aulas escolásticas, luego transformadas en iglesias, salieron los primeros adherentes a la fe y el germen de lo que hoy son las florecientes comunidades cristianas en el norte de Sierra Leona. Será necesario el Vaticano II y una nueva generación de Javieranos para entender que se trataba de medios del Evangelio para una evangelización integral. Esos fueron también los instrumentos para el encuentro con el Islam y los musulmanes. Sin la escuela jamás habrían sido capaces de afrontar el mundo musulmán y tampoco se habría podido llegar a los seguidores de las religiones tradicionales.
A los superiores en su patria, Mons. Azzolini escribe: «
He tenido la suerte, no sé si feliz o infeliz, de empezar una misión y una diócesis de la nada, y he tenido que usar sistemas y métodos nunca antes conocidos en nuestras misiones. He tenido que adaptarme a métodos ya adoptados en esta tierra africana y he tenido que penar y sufrir para hacer entender que aquellas eran las formas de apostolado y de trabajo que se usaban aquí, en África. Ahora estamos en esa dirección. Y naturalmente las cosas y las obras se desarrollan trayendo nuevas exigencias y nuevas adaptaciones
Es notable el hecho de que en África no se conciba una misión católica o no católica sin compromiso en el campo escolástico. Perdería todo su prestigio y toda su fuerza de trabajo, con la amenaza incluso de ser cerrada. Con nuestras escuelas y colegios hemos logrado crear una verdadera atmósfera cristiana en esta Provincia, donde antes ni siquiera se había escuchado hablar de Iglesia Católica».
Este discurso, del Ministro del Interior pronunciado en 1987 en nombre del Presidente de la República, con ocasión de la toma de posesión de Mons. Giorgio Biguzzi lo confirma: «La dedicación [de Mons. Azzolini], su capacidad de amar y de comprender a la gente de su diócesis, el apoyo recibido por él de la Misión Católica, dieron como resultado una rápida expansión de la educación en una zona de nuestra nación que hasta ahora había sido descuidada. Antes de su llegada, la Provincia del Norte no tenía ningún escuela secundaria
Cuando el obispo llegó a este país se encontró en un área que todavía no había sido abierta a las oportunidades de la educación. Ahora que deja esta tierra deseo asegurarle que sus obras no serán olvidadas. Y es con un sentimiento de profundo reconocimiento personal, unido a una gran pena, que hoy damos el adiós a uno que no ha sido sólo un misionero, sino también un hermano, un amigo y un padre para muchos sierraleoneses
A nombre del nuevo Gobierno y de la población de Sierra Leona damos nuestro gracias a Mons. Azzolini y le deseamos todo bien en cualquier lugar en que se encuentre. Asimismo quiero expresar mi más sincera estima a la Misión Católica, por la maravillosa contribución dada a nuestros esfuerzos para el desarrollo, y la expreso también a todos aquellos que, como Mons. Azzolini, han desempeñado un rol primario en las actividades de la Misión en Sierra Leona».
En el discurso oficial pronunciado en Makeni con ocasión de la proclamación de la Independencia de Sierra Leona (1961), Mr. Blake, Comisario Provincial, declaró: «Para vosotros [sierraleoneses]
El Gobierno ha hecho mucho, pero por motivos diversos, las misiones han hecho aún más: los Protestantes en más de cien años han trabajado mucho, pero a paso muy lento, siguiendo vuestra marcha. El ritmo os lo han impuesto los católicos en estos diez años, desde su llegada a vosotros. Hoy el nuevo Gobierno libre agradece la obra realizada y, a vosotros, os alienta a seguirlos en sus esfuerzos». Hablar aquí de Mons. Azzolini es hablar de los Javerianos y de la Iglesia Católica en Sierra Leona, es recordar su presencia en la Provincia del Norte en estos pasados 60 años. (P. Gerardo Caglioni, SX) (Agencia Fides 7/7/2010)
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Boletín 394
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El sábado diez de julio, a las 11:00 horas, en la parroquia de La Concepción serán ordenados diáconos: Juan Francisco Lugo Carreño, de la parroquia de S. Juan en La Laguna; Honorio Campos Gutiérrez, de la parroquia de S. Pedro de Güímar y Carmelo González González, de la parroquia realejera de La Concepción.
Del 25 al 30 de Julio se desarrollará en el Seminario Diocesano de Tenerife el VII encuentro de seminaristas menores de España. Durante esos cinco días los seminaristas, junto con sus formadores visitarán la Laguna, el Loro Parque, Santa Cruz de Tenerife y Candelaria, y harán la ruta del Santo Hermano Pedro, además de otras actividades como veladas, mesas redondas...La experiencia de compartir con otros muchachos con inquietudes vocacionales, en vísperas de decidir el ingreso en el Seminario Mayor, es un aliciente para esperar con ilusión los frutos de este encuentro nacional.
Del lunes 12 al viernes 16 de julio se desarrollará la Semana Grande de la Bajada de la Virgen de las Nieves, en La Palma. Asimismo, el sábado 17 se celebrará la Eucaristía de Peregrinos, en el Santuario de Las Nieves, presidida por Elías Yanes, Arzobispo Emérito de Zaragoza. Dicha celebración será a las 16:00 horas. Posteriormente, tendrá lugar el inicio de la procesión de la Bajada de la Virgen. Sobre las 20:30 horas se estima el recibimiento oficial de la Patrona de La Palma en la plaza de La Encarnación. Tras el saludo, se celebrará la Eucaristía de acogida presidida por el Obispo, Bernardo Álvarez.
Un día más tarde, el domingo, 18 de julio, a las 8:30 horas tendrá lugar la procesión cívica del Pendón de la Ciudad y de la Isla. El recibimiento en la Plaza de La Encarnación del representante de S.M. el Rey Don Juan Carlos I será sobre las 9:30 horas. Acto seguido, se iniciará la procesión de Entrada Triunfal de la Virgen de Las Nieves en Santa Cruz de La Palma deteniéndose en el Barranco de Las Nieves para el tradicional “Diálogo entre el Castillo y La Nave”. Tras la Loa de Llegada a la plaza de España, se celebrará la Eucaristía en la parroquia de El Salvador, presidida por el Cardenal Carlos Amigo Vallejo, Arzobispo Emérito de Sevilla.
El 31 de Julio de 2010, el cantautor Martín Valverde va a dar un concierto en el recinto principal de la Bajada de La Virgen, en Santa Cruz de La Palma. Durante la tarde, en el mismo recinto, se llevarán a cabo diferentes talleres lúdicos para jóvenes, entre ellos, un taller de multiaventura organizado por Ekalis. Esta iniciativa tiene un sugerente prólogo, porque la entrada tanto para el concierto como para los talleres, es una pulsera azul con el lema KDMS 31 julio y tiene un coste de 2 euros.
Barranco Hondo se encuentra celebrando las Fiestas Patronales en honor al Santísimo Cristo de la Buena Muerte y la conmemoración del 150 Aniversario de la construcción de su iglesia parroquial. La celebración de la eucaristía será el domingo, 11 de julio, a las 13:30 horas.
Florentino Martín del Blanco, está dirigiendo un nuevo curso de la VI Escuela de Verano del Instituto Superior de Teología, en su sede tinerfeña. Fe, oración y Palabra de Dios es la cuestión que está abordando este profesor de teología espiritual. Por otra parte, entre el 9 y el 10 de julio, el doctor Ricardo Acirón dirigirá el cursillo titulado "saber hablar en público y hacerlo bien". Se trata de un curso con la pretensión de ofrecer recursos y habilidades humanas válidas para todos.
El Centro de Restauración de Documento Grafico del Cabildo de La Palma ha recuperado el Libro de la Esclavitud de Nuestra Señora de Las Nieves, cuyas inscripciones comienzan en 1681, haciéndose necesario un arduo proceso para conservar esta importante pieza documental que presentó en el Palacio Salazar el consejero de Cultura y Patrimonio, Primitivo Jerónimo. Asimismo, se ha presentado la restauración de una litografía de la Virgen de Las Nieves. Éste es un trabajo común en el siglo XIX, realizado con un proceso rudimentario de la época, y que felizmente se ha restaurado después de pasar por el Centro de Restauración de Documento Grafico del Cabildo de La Palma.
Ya entró en vigor la nueva ley del aborto. El obispo, Bernardo Álvarez, manifestó –en declaraciones en simultáneo en COPE LA PALMA y COPE TENERIFE- que “los obispos –en este sentido- vamos a una sola voz”. Remitiendo al documento de la Conferencia Episcopal Española de 2009 titulado “la ley del aborto: atentar contra la vida de los que van a nacer se convierte en un derecho”, y a la nota de la Plenaria de este año, el prelado señaló que la postura de la Iglesia está clara: “oposición total de los obispos a esta ley y al aborto porque supone un auténtico retroceso respecto a la legislación injusta que ya teníamos y que ésta la empeora”.
El día de la gente del mar de este año, que también lo es del Apostolado del mar, se celebra en España el 16 de julio, festividad de Nª Sra la Virgen del Carmen, la Patrona de la gente de la mar. Se trata de un día para homenajear al colectivo marítimo en este Año del Marino, promovido por la Organización Marítimo Internacional (OMI).
El Obispo hizo el anuncio de que el nuevo presbítero Federico Armas atenderá, como párroco, las comunidades de Nuestra Señora de Candelaria en La Frontera y Nuestra Señora de la Consolación en Sabinosa, ambas en El Hierro. Por otra parte, el sacerdote José Ramiro Castaño, actualmente párroco de S. Luis, en Charco del Pino (Granadilla) ha sido destinado a la isla de La Palma. Concretamente atenderá las comunidades parroquiales de Puntallana.
Las Islas Canarias en general, y la provincia de Santa Cruz de Tenerife en particular, cuentan, desde el pasado mes de mayo, con un Instituto Superior de Estudios sobre la Humanización de la Salud. Se trata de una institución docente y de investigación cuya finalidad es promover la formación específica de aquellas personas que se dedican a la atención sanitaria, en materia de humanización desde los principios del humanismo cristiano y de los Derechos Humanos. Dicho Instituto tiene su sede en el Instituto Superior de Teología de Tenerife (ISTIC).
Ha comenzado la cuenta atrás para la Jornada Mundial de la Juventud, a celebrar en Madrid en el verano de 2011. En este sentido, ya es posible inscribirse para la misma. La Delegación de Pastoral con Jóvenes ha enviado la primera comunicación al respecto. Toda la información de este evento se puede encontrar en www.juventudnivariense.es.
Hasta el 10 de julio tendrá lugar, en el seminario diocesano, el cursillo de discernimiento vocacional. En esta ocasión lo están realizando un total de catorce aspirantes a ingresar en el centro, con edades comprendidas entre los 12 y los 35 años. Durante esta semana participan en talleres, excursiones, mesas redondas y, sobre todo, tienen tiempo de oración y silencio, con el fin de poder discernir las inquietudes que cada uno de los participantes en esta importante acción pastoral tiene.
El Cabildo de Tenerife ha destinado 730.000 Euros a la orden hospitalaria de San Juan de Dios para la prestación del servicio de atención residencial a personas con discapacidad intelectual y trastornos graves de la conducta.
Reflexión de José Antonio Pagola al evangelio del domingo quince del Tiempo Ordinario, ofrecida por la Delegación Diocesana de Enseñanza de la diócesis de Tnerife.
HAZ TÚ LO MISMO
Para no salir malparado de una conversación con Jesús, un maestro de la ley termina preguntándole: «Y ¿quién es mi prójimo?». Es la pregunta de quien sólo se preocupa de cumplir la ley. Le interesa saber a quién debe amar y a quién puede excluir de su amor. No piensa en los sufrimientos de la gente.
Jesús, que vive aliviando el sufrimiento de quienes encuentra en su camino, rompiendo si hace falta la ley del sábado o las normas de pureza, le responde con un relato que denuncia de manera provocativa todo legalismo religioso que ignore el amor al necesitado.
En el camino que baja de Jerusalén a Jericó, un hombre ha sido asaltado por unos bandidos. Agredido y despojado de todo, queda en la cuneta medio muerto, abandonado a su suerte. No sabemos quién es. Sólo que es un «hombre». Podría ser cualquiera de nosotros. Cualquier ser humano abatido por la violencia, la enfermedad, la desgracia o la desesperanza.
«Por casualidad» aparece por el camino un sacerdote. El texto indica que es por azar, como si nada tuviera que ver allí un hombre dedicado al culto. Lo suyo no es bajar hasta los heridos que están en las cunetas. Su lugar es el templo. Su ocupación, las celebraciones sagradas. Cuando llega a la altura del herido, «lo ve, da un rodeo y pasa de largo».
Su falta de compasión no es sólo una reacción personal, pues también un levita del templo que pasa junto al herido «hace lo mismo». Es más bien una actitud y un peligro que acecha a quienes se dedican al mundo de lo sagrado: vivir lejos del mundo real donde la gente lucha, trabaja y sufre.
Cuando la religión no está centrada en un Dios, Amigo de la vida y Padre de los que sufren, el culto sagrado puede convertirse en una experiencia que distancia de la vida profana, preserva del contacto directo con el sufrimiento de las gentes y nos hace caminar sin reaccionar ante los heridos que vemos en las cunetas. Según Jesús, no son los hombres del culto los que mejor nos pueden indicar cómo hemos de tratar a los que sufren, sino las personas que tienen corazón.
Por el camino llega un samaritano. No viene del templo. No pertenece siquiera al pueblo elegido de Israel. Vive dedicado a algo tan poco sagrado como su pequeño negocio de comerciante. Pero, cuando ve al herido, no se pregunta si es prójimo o no. Se conmueve y hace por él todo lo que puede. Es a éste a quien hemos de imitar. Así dice Jesús al legista: «Vete y haz tú lo mismo». ¿A quién imitaremos al encontrarnos en nuestro camino con las víctimas más golpeadas por la crisis económica de nuestros días?
José Antonio Pagola
Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
11 de julio de 2010
15 Tiempo ordinario (C)
Lucas 10, 25-37
Homilía de monseñor Miguel Esteban Hesayne, obispo emérito de Viedma, para el 12º domingo durante el año (20 de junio de 2010). (AICA)
UNA REFLEXIÓN PARA EL DÍA DEL PADRE
El Dr. Mario A. Rosen es médico, investigador, científico, educador, escritor. Nos ha acercado esta reflexión que transcribo. Pienso que con motivo del Día del Padre puede servir para pensar cómo reconstruir el tejido de la vida social argentina comenzando por reconstruir la célula de la Sociedad Humana: La Familia. Los dejo con la lectura de la reflexión siguiente que, puede servir de base, para abrir un diálogo homilético virtual…
“ En mi casa me enseñaron bien.
Cuando yo era un niño, en mi casa me enseñaron a honrar dos reglas sagradas:
Regla N° 1: En esta casa las reglas no se discuten.
Regla N° 2: En esta casa se debe respetar a papá y mamá.
Y esta regla se cumplía en ese estricto orden. Una exigencia de mamá, que nadie discutía... Ni siquiera papá. Astuta la vieja, porque así nos mantenía a raya con la simple amenaza: Ya van a ver cuando llegue papá. Porque las mamás estaban en su casa. Porque todos los papás salían a trabajar... Porque había trabajo para todos los papás, y todos los papás volvían a su casa.
No había que pagar rescate o ir a retirarlos a la morgue. El respeto por la autoridad de papá (desde luego, otorgada y sostenida graciosamente por mi mamá) era razón suficiente para cumplir las reglas.
Usted probablemente dirá que ya desde chiquito yo era un sometido, un cobarde conformista o, si prefiere, un pequeño fascista, pero acépteme esto: era muy aliviado saber que uno tenía reglas que respetar. Las reglas me contenían, me ordenaban y me protegían.
Me contenían al darme un horizonte para que mi mirada no se perdiera en la nada, me protegían porque podía apoyarme en ellas dado que eran sólidas... Y me ordenaban porque es bueno saber a qué atenerse. De lo contrario, uno tiene la sensación de abismo, abandono y ausencia.
Las reglas a cumplir eran fáciles, claras, memorables y tan reales y consistentes como eran lavarse las manos antes de sentarse a la mesa o escuchar cuando los mayores hablan.
Había otro detalle, las mismas personas que me imponían las reglas eran las mismas que las cumplían a rajatabla y se encargaban de que todos los de la casa las cumplieran. No había diferencias.
Éramos todos iguales ante la Sagrada Ley Casera.
Sin embargo, y no lo dude, muchas veces desafié las reglas mediante el sano y excitante proceso de la travesura que me permitía acercarme al borde del universo familiar y conocer exactamente los límites. Siempre era descubierto, denunciado y castigado apropiadamente...
La travesura y el castigo pertenecían a un mismo sabio proceso que me permitía mantener intacta mi salud mental. No había culpables sin castigo y no había castigo sin culpables. No me diga, uno así vive en un mundo predecible...
El castigo era una salida terapéutica y elegante para todos, pues alejaba el rencor y trasquilaba a los privilegios. Por lo tanto las travesuras no eran acumulativas. Tampoco existía el dos por uno. A tal travesura tal castigo. Nunca me amenazaron con algo que no estuvieran dispuestos y preparados a cumplir.
Así fue en mi casa. Y así se suponía que era más allá de la esquina de mi casa. Pero no. Me enseñaron bien, pero estaba todo mal. Lenta y dolorosamente comprobé que más allá de la esquina de mi casa había travesuras sin castigo, y una enorme cantidad de reglas que no se cumplían, porque el que las cumple es simplemente un estúpido (o un boludo, si me lo permite decir).
El mundo al cual me arrojaron sin anestesia estaba patas para arriba.
Conocí algo que, desde mi ingenuidad adulta (sí, aún sigo siendo un ingenuo), nunca pude digerir, pero siempre me lo tengo que comer: "la impunidad". ¿Quiere saber una cosa? En mi casa no había impunidad.
En mi casa había justicia, justicia simple, clara, e inmediata. Pero también había piedad.
Le explicaré: Justicia, porque el que las hace las paga. Piedad, porque uno cumplía la condena estipulada y era dispensado, y su dignidad quedaba intacta y en pie. Al rincón, por tanto tiempo, y listo... Y ni un minuto más, y ni un minuto menos. Por otra parte, uno tenía la convicción de que sería atrapado tarde o temprano, así que había que pensar muy bien antes de sacar los pies del plato.
Las reglas eran claras. Los castigos eran claros. Así fue en mi casa.
Y así creí que sería en la vida. Pero me equivoqué. Hoy debo reconocer que en mi casa de la infancia había algo que hacía la diferencia, y hacía que todo funcionara. En mi casa había una Tercera Regla no escrita y, como todas las reglas no escritas, tenía la fuerza de un precepto sagrado. Esta fue la regla de oro que presidía el comportamiento de mi casa:
Regla N° 3: No sea insolente. Si rompió la regla, acéptelo, hágase responsable, y haga lo que necesita ser hecho para poner las cosas en su lugar.
Ésta es la regla que fue demolida en la sociedad en la que vivo...
Eso es lo que nos arruinó. LA INSOLENCIA.
Usted puede romper una regla -es su riesgo- pero si alguien le llama la atención o es atrapado, no sea arrogante e insolente, tenga el coraje de aceptarlo y hacerse responsable. Pisar el césped, cruzar por la mitad de la cuadra, pasar semáforos en rojo, tirar papeles al piso, tratar de pisar a los peatones, todas son travesuras que se pueden enmendar... a no ser que uno viva en una sociedad plagada de insolentes.
La insolencia de romper la regla, sentirse un vivo, e insultar, ultrajar y denigrar al que responsablemente intenta advertirle o hacerla respetar. Así no hay remedio.
El mal de los Argentinos es la insolencia. La insolencia está compuesta de petulancia, descaro y desvergüenza...
La insolencia hace un culto de cuatro principios:
- Pretender saberlo todo
- Tener razón hasta morir
- No escuchar
- Tú me importas, sólo si me sirves.
La insolencia en mi país admite que la gente se muera de hambre y que los niños no tengan salud ni educación.
La insolencia en mi país logra que los que no pueden trabajar cobren un subsidio proveniente de los impuestos que pagan los que sí pueden trabajar (muy justo), pero los que no pueden trabajar, al mismo tiempo cierran los caminos y no dejan trabajar a los que sí pueden trabajar para aportar con sus impuestos a aquéllos que, insolentemente, les impiden trabajar. Léalo otra vez, porque parece mentira.
Así nos vamos a quedar sin trabajo todos.
Porque a la insolencia no le importa, es pequeña, ignorante y arrogante.
Bueno, y así están las cosas. Ah, me olvidaba, ¿Las reglas sagradas de mi casa serían las mismas que en la suya? Qué interesante. ¿Usted sabe que demasiada gente me ha dicho que ésas eran también las reglas en sus casas?
Tanta gente me lo confirmó que llegué a la conclusión que somos una inmensa mayoría. Y entonces me pregunto, si somos tantos, ¿por qué nos acostumbramos tan fácilmente a los atropellos de los insolentes?
Yo se lo voy a contestar.
PORQUE ES MÁS CÓMODO, y uno se acostumbra a cualquier cosa, para no tener que hacerse responsable. Porque hacerse responsable es tomar un compromiso y comprometerse es aceptar el riesgo de ser rechazado, o criticado. Además, aunque somos una inmensa mayoría, no sirve para nada, ellos son pocos pero muy bien organizados. Sin embargo, yo quiero saber cuántos somos los que estamos dispuestos a respetar estas reglas.
Le propongo que hagamos algo para identificarnos entre nosotros.
No tire papeles en la calle. Si ve un papel tirado, levántelo y tírelo en un tacho de basura. Si no hay un tacho de basura, llévelo con usted hasta que lo encuentre. Si ve a alguien tirando un papel en la calle, simplemente levántelo usted y cumpla con la regla 1. No va a pasar mucho tiempo en que seamos varios para levantar un mismo papel.
Si es peatón, cruce por donde corresponde y respete los semáforos, aunque no pase ningún vehículo, quédese parado y respete la regla.
Si es un automovilista, respete los semáforos y respete los derechos del peatón. Si saca a pasear a su perro, levante los desperdicios.
Todo esto parece muy tonto, pero no lo crea, es el único modo de comenzar a desprendernos de nuestra proverbial INSOLENCIA.
Yo creo que la insolencia colectiva tiene un solo antídoto, la responsabilidad individual. Creo que la grandeza de una nación comienza por aprender a mantenerla limpia y ordenada.
Si todos somos capaces de hacer esto, seremos capaces de hacer cualquier cosa.
Porque hay que aprender a hacerlo todos los días.. Ése es el desafío.
Los insolentes tienen éxito porque son insolentes todos los días, todo el tiempo. Nuestro país está condenado: O aprende a cargar con la disciplina o cargará siempre con el arrepentimiento.”
En el día del “Padre” en el que la mentalidad consumista, mercantil y superficial viene ofreciendo “regalos” como si “papá” fuera un “muñeco” para adornar, oremos pidiendo que nuestros “papás” reciban lo mejor de hijos e hijas: un cariño colmado de respeto incondicional que les favorezca cumplir con su autoridad que anime y guié hacia un auténtico amor familiar. Que se logra cuando los “papás y mamás” educan con severa ternura que se transforma por osmosis en vigor espiritual de sus hijas e hijos
Un augurio orante para que los “papás” de la Argentina, de hoy, asuman su misión de “padres” para felicidad personal y de su propia familia.
Queda abierto el diálogo virtual sobre este tema y otros relacionados con la re-construcción de nuestra sociedad argentina. El espacio de la homilía semanal, una vez al mes, estará destinado a este fin.
Mons. Miguel Esteban Hesayne, emérito de Viedma
(mehm@speedy.com.ar)
zenit nos ofrece el discurso que el Papa Benedicto XVI dirigió el sábado, 19 de Junio de 2101 a los obispos de la Conferencia Episcopal de Brasil, Región LESTE II, a quienes recibió con motivo de su visita ad Limina Apostolorum.
Queridos Hermanos en el Episcopado,
“llamados a ser santos, junto con todos aquellos que en cualquier parte invocan el nombre de Jesucristo, nuestro Señor, Señor de ellos y nuestro. Llegue a vosotros la gracia y la paz que proceden de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo” (1 Cor 1, 2-3). Con estas palabras, os acojo a todos vosotros, amados Pastores de Regional Leste 2 en visita ad Limina, y os saludo con gran afecto una conciencia del vínculo colegial que une al Papa con los obispos en vínculo de la unidad, de la caridad y de la paz. Agradezco a monseñor Walmor las amables palabras con que interpretó vuestros sentimientos de homenaje a la Sede de Pedro e ilustró los desafíos y problemas que son objeto de vuestro empeño en bien de la grey que Dios os confió en los Estados de Espíritu Santo y Minas Gerais.
Veo que amáis profundamente a vuestras diócesis y también yo participo íntimamente de este amor vuestro, acompañándoos con la oración y la solicitud apostólica. La nuestra es una bella historia con inicio palpable en las Bulas expedidas por el Sucesor de Pedro para la ordenación episcopal y en aquel “Heme aquí” proferido por cada uno al inicio de la ceremonia de su consagración y consiguiente ingreso en el Colegio de los Obispos. De él comenzasteis a formar parte “en virtud d la consagración episcopal y por la comunión jerárquica con la Cabeza y con los miembros” (Nota Explicativa Previa, anexa a la Const. dogm. Lumen gentium), volviéndoos sucesores de los Apóstoles con la triple función de enseñar, santificar y gobernar el pueblo de Dios.
En cuanto maestros y doctores de la fe, tenéis la misión de enseñar con audacia la verdad que se debe creer y vivir, presentándola de forma auténtica. Como os dije en Aparecida, “la Iglesia tiene la gran tarea de conservar y alimentar la fe del pueblo de Dios, y recordar también a los fieles (…) que, en virtud de su bautismo, están llamados a ser discípulos y misioneros de Jesucristo” (Discurso inaugural de la V Conferencia General del Episcopado Latino-Americano y del Caribe, 13/V/2007, 3). Ayudad, por tanto, a los fieles confiados vuestros cuidados pastorales a descubrir la alegría de la fe, la alegría de ser personalmente amados por Dios, que entregó a su Hijo para nuestra salvación. Como bien sabéis, creer consiste sobre todo en abandonarse a este Dios que nos conoce y ama personalmente, aceptando la Verdad que Él reveló en Jesucristo con la actitud que nos lleva a tener confianza en él como revelador del Padre. Queridos hermanos, tened gran confianza en la gracia y sabed infundir esta confianza en vuestro pueblo, para que la fe sea siempre guardada, defendida y transmitida en su pureza e integridad.
Como administradores del supremo sacerdocio, tenéis que procurar que la liturgia sea verdaderamente una epifanía del misterio, o sea, expresión de la naturaleza genuina de la Iglesia, que activamente presta culto a Dios por Cristo en el Espíritu Santo. De todos los deberes de vuestro ministerio, “el más imperioso e importante es la responsabilidad en la celebración de la Eucaristía”, pues os compete “proveer para que los fieles tengan la posibilidad de acceder a la mesa del Señor, sobre todo en el domingo, que es el día en que la Iglesia – comunidad y familia de los hijos de Dios – descubre su peculiar identidad cristiana alrededor de los presbíteros” (Juan Pablo II, Exort. ap. Pastores gregis, 39). La tarea de santificar que recibisteis os impone también ser promotores y animadores de la oración en la ciudad humana, frecuentemente agitada, ruidosa y olvidada de Dios: debéis crear lugares y ocasiones de oración, donde en el silencio, en la escucha de Dios, en la oración personal y comunitaria, el hombre pueda encontrar y hacer experiencia viva de Jesucristo, que revela el rostro auténtico del Padre. Es preciso que las parroquias y lo santuarios, los ambientes de educación y sufrimiento, las familias, se vuelvan lugares de comunión con el Señor.
En fin, como guías del pueblo cristiano, debéis promover la participación de todos los fieles en la edificación de la Iglesia, gobernando con corazón de siervo humilde y pastor afectuoso, teniendo en vista la gloria de Dios y la salvación de las almas. En virtud del mandato de gobernar, el obispo está llamado también a juzgar y disciplinar la vida del pueblo de Dios confiado a sus cuidados pastorales, a través de leyes, directrices y sugerencias, como está previsto por la disciplina universal de la Iglesia. Este derecho y deber es muy importante para que la comunidad diocesana permanezca unida en su interior y camine en sincera comunión de fe, de amor y de disciplina con el Obispo de Roma y con toda la Iglesia. Para eso, no os canséis de alimentar en los fieles el sentido de pertenencia a la Iglesia y la alegría de la comunión fraterna.
Al mismo tiempo, el gobierno del obispo solo será pastoralmente provechoso “si goza del apoyo de una buena credibilidad moral, que deriva de su santidad de vida. Tal credibilidad predispondrá las mentes a acoger el Evangelio anunciado por él en su Iglesia y también las normas que él establezca para el bien del pueblo de Dios” (Ibid., 43). Por eso, plasmado interiormente por el Espíritu Santo, que cada uno de vosotros se haga “todo para todos” (cf. 1 Cor 9, 22), proponiendo la verdad de la fe, celebrando los sacramentos de nuestra santificación y testimoniando la caridad del Señor. Acoged de corazón abierto a cuantos llamen a vuestra puerta: aconsejaos, confortaos y apoyaos en el camino de Dios, procurando guiar a todos hacia aquella unidad en la fe y en el amor de la cual, por voluntad del Señor, debéis ser principio y fundamento visible en vuestras diócesis (cf. Const. dogm. Lumen gentium, 23).
¡Queridos hermanos en el Episcopado! Al concluir este encuentro nuestro, deseo renovar a cada uno de vosotros mis sentimientos de gratitud por el servicio que prestáis a la Iglesia con viva dedicación y amor. Por intercesión de la Virgen María, “ejemplo de ese afecto maternal del que deben estar animados todos cuantos cooperan en la misión apostólica que la Iglesia tiene de regenerar a los hombres” (Ibid., 65), invoco de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, sobre vuestro ministerio la abundancia de los dones y consuelos celestes y os concedo, extensiva a los sacerdotes y diáconos, a los consagrados y consagradas, a los seminaristas y a los fieles laicos de vuestras comunidades diocesanas, una particular Bendición Apostólica.
[Traducción del original portugués por Inma Álvarez
©Libreria Editrice Vaticana]
Las Misioneras eucarísticas trabajan para acercar a los dos grandes abandonados: Jesús en el tabernáculo y el hombre en el mundo
Málaga (Agencia Fides) - Las Misioneras Eucarísticas se preparan para celebrar los 90 años de su fundación. Sor Antonia Moreno, superiora de la casa de Marqués Valdecañas en España, ha escrito a Fides, subrayando algunos aspectos de la vida y obra del fundador. El 2 de febrero de 1902, Don Manuel González, en su primera experiencia pastoral en Palomares del Río, un pueblo de Sevilla, se encuentra ante la realidad de la Eucaristía abandonada. El dice: En este desierto de almas, mi fe veía a un Jesús tan paciente, tan tranquilo... que me miraba... una mirada que me ha dicho mucho y siempre quería más....
Málaga es la cuna de la congregación, porque el fundador fue Obispo de Málaga, y en esta ciudad española las religiosas comenzaron a vivir en comunidad. Desde 1921 vivieron en la casa del Monte, Villa Nazaret, a los pies del seminario que el fundador construyo. Por diversas circunstancias históricas, las Misioneras de la Eucaristía tuvieron que dejar esta casa. En abril de 1994 la congregación fue capaz de recuperar la casa en Málaga, que reestructurada, se ofreció a la diócesis como casa de retiro, ahora conocida como Villa Nazaret. La congregación también tiene una segunda comunidad en Valdecañas.
Las hermanas visitan las parroquias de las ciudades y de los pueblos pequeños, en coordinación con los párrocos, realizando semanas de espiritualidad, retiros, catequesis y la formación de catequistas, la animación de la liturgia, misiones parroquiales, siempre con el deseo de eucaristizar que, según el fundador, significa: Hacer que el pueblo se enamore locamente de Jesucristo, Sacramentado. Las Misioneras Eucarísticas de Nazaret, fundadas por el Beato Manuel González en 1921 en Málaga, trabajan actualmente en Europa y América. Su presencia es especialmente importante en América Latina: Argentina, Ecuador, México, Perú y Venezuela. (CE) (Agencia Fides 6/7/2010)
Esztergom (Agencia Fides) Ven y veras. El sacerdote: testigo y servidor de las vocaciones ha sido el tema del Encuentro anual del Servicio Europeo por las Vocaciones (EVS), que se ha celebrado en Esztergom, Hungría, del 1al 4 de julio.
El encuentro personal con Dios es la fuente de todas las vocaciones, y en especial de la vocación sacerdotal
En el documento final enviado a la Agencia Fides, destaca la participación de 53 delegados de 15 iglesias nacionales de Europa a los que se añade el responsable de la pastoral vocacional religiosa en los USA. Además de estudiar los problemas e intercambiar experiencias relacionadas con la vocación en la Iglesia, no ha faltado la oración por las vocaciones, que se ha llevado a cavo en la abadía benedictina de Pannohalma, y una celebración solemne en la Catedral de Esztergom.
La exposición del biblista Mons. János Székely, Obispo auxiliar de Esztergom-Budapest, se cetro en el testimonio de los profetas de Israel, subrayando como el movimiento profético no es exclusivo del mundo bíblico, y que la persona es más importante que el mensaje y que la misión que se le ha confiado. Su Exc. Mons. Jean-Louis Bruguès, secretario de la Congregación para la Educación Católica, ha subrayado como el encuentro personal con Dios es la fuente de todas las vocaciones, y en especial de la vocación sacerdotal. El, llamado por el bautismo a ser la presencia de Cristo en el mundo, tiene el ministerio, en virtud de la sagrada ordenación, de conducir a los hermanos como un siervo de todas las vocaciones, especialmente a través de su testimonio que involucra a la familia de origen, la comunidad cristiana y la comunidad sacerdotal que está llamada a ser testimonio de fraternidad.
Padre Mario Oscar Llanos, SDB, profesor de la Universidad Pontificia Salesiana de Roma, a partir de los datos recogidos por un estudio reciente ha puesto de relieve la necesidad de una mayor atención a todas las vocaciones y la necesidad de un mayor esfuerzo y preparación para acompañar el discernimiento de aquellos que responden a la llamada. Su Exc. Mons. Juan María Uriarte, Obispo emérito de San Sebastián (España) ha presentado una reflexión pedagógica sobre la urgente necesidad de promover las vocaciones al sacerdocio. El testimonio de vida fraterna y el anuncio de Cristo con palabras y acciones, favorece el florecimiento de las vocaciones. Además del trabajo de grupo, durante el encuentro se han presentado tres experiencias significativas, propuestas por los Centros Nacionales de Hungría, Francia e Italia. (SL) (Agencia Fides 7/6/2010)
Links:
Las principales exposiciones de la conferencia
http://www.vocations.eu
Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) - La Oficina de Prensa de la Santa Sede ha anunciado la visita apostólica de Su Santidad Benedicto XVI al Reino Unido, que se celebrará del 16 al 19 de septiembre, en ocasión de la beatificación del Cardenal John Henry Newman, que tendrá lugar en el Cofton Park de Birmingham.
John Henry Newman (1801-1890) nació en Londres, en una familia anglicana. Después de estudiar en Oxford se convirtió en sacerdote de la Iglesia Anglicana en 1824. Mientras seguía a los estudiantes universitarios continuó sus estudios de filosofía y teología, que le condujeron a su conversión al catolicismo en 1845. El Colegio Urbano, que entonces tenía su sede en el Palacio de Propaganda Fide en Roma, lo acogió entre sus seminaristas de todo el mundo. Newman fue ordenado sacerdote católico en la capilla del palacio, dedicado a los Reyes Magos, el 30 de mayo de 1847, fiesta de la Santísima Trinidad. Fascinado por la figura de San Felipe Neri fundó la Congregación del Oratorio en Inglaterra. Fue Rector de la Universidad Católica de Dublín desde 1851 hasta 1857. En 1879 León XIII lo nombró Cardenal. Siguió viviendo en Inglaterra hasta su muerte que lo sorprendió en el Oratorio en Edgbaston. Ha dejado un gran número de obras que abordan los grandes temas filosóficos y teológicos de su tiempo, anticipando los acontecimientos que se realizarían sólo en el siglo siguiente.
Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) - La Oficina de Prensa de la Santa Sede ha anunciado la visita apostólica de Su Santidad Benedicto XVI al Reino Unido, que se celebrará del 16 al 19 de septiembre, en ocasión de la beatificación del Cardenal John Henry Newman, que tendrá lugar en el Cofton Park de Birmingham. El Santo Padre visitará a Su Majestad la Reina en el Palacio Real de Holyroodhause, en Edimburgo, presidirá la Celebración Eucarística en Bellahouston Park de Glasgow, se reunirá con representantes del mundo político, cultural y de los negocios en Westminster Hall, participará a una Celebración ecuménica en la Westminster Abbey, presidirá la Celebración Eucarística en la Westminster Cathedral y la Vigilia de oración en el Hyde Park de Londres. Por último presidirá la Celebración del rito de beatificación del Cardenal Newman.
John Henry Newman (1801-1890) nació en Londres, en una familia anglicana. Después de estudiar en Oxford se convirtió en sacerdote de la Iglesia Anglicana en 1824. Mientras seguía a los estudiantes universitarios continuó sus estudios de filosofía y teología, que le condujeron a su conversión al catolicismo en 1845. El Colegio Urbano, que entonces tenía su sede en el Palacio de Propaganda Fide en Roma, lo acogió entre sus seminaristas de todo el mundo. Newman fue ordenado sacerdote católico en la capilla del palacio, dedicado a los Reyes Magos, el 30 de mayo de 1847, fiesta de la Santísima Trinidad. Fascinado por la figura de San Felipe Neri fundó la Congregación del Oratorio en Inglaterra. Fue Rector de la Universidad Católica de Dublín desde 1851 hasta 1857. En 1879 León XIII lo nombró Cardenal. Siguió viviendo en Inglaterra hasta su muerte que lo sorprendió en el Oratorio en Edgbaston. Ha dejado un gran número de obras que abordan los grandes temas filosóficos y teológicos de su tiempo, anticipando los acontecimientos que se realizarían sólo en el siglo siguiente.
Con motivo de su visita Ad Limina Apostolorum, los Obispos de Inglaterra y Gales había visitado, el pasado 3 de febrero, el Palacio de Propaganda Fide, deteniendose en las zonas relacionadas con el Cardenal Newman. El 24 de noviembre de 2006 el Arzobispo de Canterbury y Primado de la Comunión Anglicana, Su Gracia el Dr. Rowan Williams, en ocasión de la conmemoración del 40 aniversario de la histórica reunión entre el Papa Pablo VI y el entonces Arzobispo de Canterbury, Michael Ramsey visitó la Capilla Newman, entonces recientemente restaurada, y la Capilla de los Reyes Magos. (SL) (Agencia Fides 6/7/2010)
Seúl (Agencia Fides) – “La Iglesia coreana sostiene y alienta los esfuerzos de los líderes religiosos por la paz y la solidaridad. Urge encontrar nuevos caminos para el dialogo y la reconciliación. La ayuda humanitaria para el norte son algo muy positivo: pueden re presentar un canal para atenuar la atmósfera de tensión que existe hoy entre Norte y Sur Corea”, es cuanto afirma en una entrevista a Agencia Fides Su Exc. Mons. Peter Kang, Obispo de Cheju y Presidente de la Conferencia Episcopal de Corea, en la vigilia de la Jornada de Oración por la Reconciliación, promovida por los Obispos Coreanos, que se celebra mañana, 20 de junio. El Obispo destaca la “preocupación por la inminente catástrofe humanitaria en el norte”, y por “el riesgo de guerra que sería una gran tragedia”, pidiendo a la Iglesia universal unirse a la intensa oración por la paz y la reconciliación que se elevará mañana desde todas las iglesias coreanas.
Excelencia, ¿la Iglesia pide oficialmente al gobierno retomar la ayuda humanitaria al norte?
Hemos formulado tal pedido junto a otras comunidades religiosas. La Iglesia en Corea sostiene y alienta todo esfuerzo de los líderes religiosos por la paz y por la solidaridad. En esta fase de extrema tensión, urge encontrar nuevos caminos para impulsar el dialogo y promover la reconciliación. La ayuda humanitaria para el norte son un acto muy positivo, retomarlos sería un gesto para manifestar la voluntad de ayudar a todos los hermanos norcoreanos que sufren hambre y pobreza: por lo tanto podría tener un efecto positivo frente al gobierno del norte.
¿Qué hace en este momento Caritas Corea?
La Caritas Corea no puede hacer nada si todas sus actividades hacia el norte son blocadas. Es una situación que no se registraba desde hace décadas. Nuestra preocupación es salvar a los civiles inocentes y los grupos más vulnerables, como niños, que sufren las dramáticas consecuencias del bloqueo de la ayuda. Las ONGs hablan de una inminente tragedia humanitaria en el norte: no tenemos noticias directas, pero justamente queremos evitar una tragedia.
¿Cómo evalúa la política del gobierno de Seúl hacia el norte?
El gobierno del Presidente Lee había suspendido las actividades de cooperación desde el 2008, actividades que se habían reactivado con el gobierno anterior con ayuda económica a diversos niveles. La actitud a la cuestión norcoreana del Ejecutivo ha cambiado. Además la crisis iniciada en marzo pasado (la barca surcoreana Cheonan hundida por un torpedo que se cree de origen norcoreano)- agravó netamente la situación, llevando a la clausura total de las fronteras. Desde entonces adiós a la ayuda umanitaria. Tras la reciente crisis, miedos y sentimientos de hostilidad se han difundido en el país y tememos una aumento de la violencia.
¿Cuáles son los pasos urgentes a realizar hoy?
Hoy urge detener esta espiral que se autoalimenta, e individuar nuevas calles y medios para reactivar el dialogo. El dialogo directo con el Norte es muy difícil por varios motivos: por la tensión que se ha creado a nivel del gobierno y en la sociedad; además el norte es un interlocutor sui generis, que no responde a los cánones convencionales. Por esto es fundamental el dialogo indirecto, mediante otros países, como China, que pueden tener una influencia determinante sobre Pyongyang. Además pienso en la necesidad de una mayor involucración de las instituciones internacionales como la ONU.
¿En este contexto, como actuará la Iglesia?
En esta delicada situación los líderes religiosos continúan proclamando una sola palabra: reconciliación. Como cristianos no podemos hacer otra cosa sino recordar a todos los coreanos y al mundo que el bien supremo es este. Continuaremos sensibilizando la opinión pública coreana, que hoy está dividida entre quienes comprenden la importancia de terminar la tensión y dar nuevamente espacio al dialogo, y cuantos conservan aún hostilidad y no quisieran, se dice, “extender una mano a quien los ataca”.
¿Es este el objetivo de la Jornada de Oración del 20 de junio?
Justamente por ello la Iglesia ha promovido, mediante la Conferencia Episcopal, la “Jornada de Oración por la Reconciliación y la Unidad del pueblo coreano”, que se celebrará mañana, 20 de junio en todas las diócesis. El tema es “Beatos los operadores de paz porque serán llamados hijos de Dios” (Mt 5,1). Será una Jornada de oración y de ayuno por la paz. Pedimos a todas las Iglesias del mundo se unan a nosotros en la oración universal por un futuro de paz en la península coreana. La guerra sería una tragedia que todos queremos evitar usando el medio más potente y eficaz que tenemos: la oración. (PA) (Agencia Fides 19/06/2010)
ZENIT nos ofrece la homilía pronunciada hoy por el Papa Benedicto XVI con motivo de la Santa Misa celebrada hoy en la Basílica de San Pedro, en la que han sido ordenados 14 nuevos presbíteros de la diócesis de Roma.
Queridos hermanos en el Episcopado y en el Sacerdocio,
Queridísimos ordenandos,
Queridos hermanos y hermanas
Como obispo de esta diócesis estoy particularmente contento de acoger en el presbyterium romano a catorce nuevos sacerdotes. Junto con el cardenal vicario, los obispos auxiliares y todos los presentes, doy las gracias al Señor por el don de estos nuevos pastores del Pueblo de Dios. Quisiera dirigiros un saludo particular a vosotros, queridísimos ordenandos: hoy estáis en el centro de la atención del Pueblo de Dios, un pueblos simbólicamente representado por la gente que llena esta Basílica Vaticana: la llena de oración y de cantos, de afecto sincero y profundo, de conmoción auténtica, de alegría humana y espiritual. En este Pueblo de Dios tienen un lugar particular vuestros padres y familiares, los amigos y compañeros, los superiores y educadores del Seminario, las distintas comunidades parroquiales y las diferentes realidades de la Iglesia de las que procedéis y que os han acompañado en vuestro camino, y a las que vosotros mismos ya habéis servido pastoralmente. Sin olvidar la singular cercanía, en este momento, de tantísimas personas, humildes y sencillas pero grandes ante Dios, como por ejemplo las monjas de clausura, los niños, los enfermos. Ellos os acompañan con el don preciosísimo de su oración, de su inocencia y de su sufrimiento.
Es, por tanto, toda la Iglesia de Roma la que hoy da gracias a Dios y reza por vosotros, que pone tanta confianza y esperanza en vuestro mañana, que espera frutos abundantes de santidad y de bien del ministerio sacerdotal. Sí, la Iglesia cuenta con vosotros, ¡cuenta muchísimo con vosotros! La Iglesia os necesita a cada uno de vosotros, consciente como es de los dones que Dios os ofrece y, al mismo tiempo, de la absoluta necesidad del corazón de cada hombre de encontrarse con Cristo, único y universal salvador del mundo, para recibir de él la vida nueva y eterna, la verdadera libertad y la alegría plena. Nos sentimos, por tanto, todos invitados a entrar en el “misterio”, en el acontecimiento de gracia que se está realizando en vuestros corazones con la Ordenación presbiteral, dejándonos iluminar por la Palabra de Dios que se ha proclamado.
El Evangelio que hemos escuchado nos presenta un momento significativo del camino de Jesús, en el que pregunta a los discípulos qué piensa la gente de él y cómo le juzgan ellos mismos. Pedro responde en nombre de los Doce con una confesión de fe, que se diferencia de forma sustancial de la opinión que la gente tiene sobre Jesús; él, de hecho, afirma: Tú eres el Cristo de Dios (cfr Lc 9,20). ¿De dónde nace este acto de fe? Si vamos al inicio del pasaje evangélico, constatamos que la confesión de Pedro está ligada a un momento de oración: “Jesús oraba a solas y sus discípulos estaban con él”, dice san Lucas (9,18). Es decir, los discípulos son involucrados en el ser y hablar absolutamente único de Jesús con el Padre. Y se les concede de este modo ver al Maestro en lo intimo de su condición de Hijo, se les concede ver lo que otros no ven; del “ser con él”, del “estar con él” en oración, deriva un conocimiento que va más allá de las opiniones de la gente, alcanzando la identidad profunda de Jesús, la verdad. Aquí se nos da una indicación bien precisa para la vida y la misión del sacerdote: en la oración, él esta llamado a redescubrir el rostro siempre nuevo del Señor y el contenido más auténtico de su misión. Solamente quien tiene una relación intima con el Señor viene aferrado por Él, puede llevarlo a los demás, puede ser enviado. Se trata de un “permanecer con él” que debe acompañar siempre el ejercicio del ministerio sacerdotal; debe ser la parte central, también y sobre todo en los momentos difíciles, cuando parece que las “cosas que hacer” deben tener la prioridad. Donde estemos, en cualquier cosa que hagamos, debemos “permanecer siempre con Él”.
Un segundo elemento quisiera subrayar del Evangelio de hoy. Inmediatamente después de la confesión de Pedro, Jesús anuncia su pasión y resurrección y hace seguir a este anuncio una enseñanza en relación al camino de los discípulos, que es un seguirlo a Él, el Crucificado, seguirlo por el camino de la cruz. Y agrega después -con una expresión paradójica – que ser discípulos significa “perderse a si mismo”, pero para reencontrarse plenamente a uno mismo (Cfr. Lc 9,22-24). ¿Qué significa esto para cada cristiano, pero sobre todo qué significa para un sacerdote? El seguimiento, pero podríamos tranquilamente decir: el sacerdocio, no puede jamás representar un modo par alcanzar seguridad en la vida o para conquistar una posición social. El que aspira al sacerdocio para un aumento del propio prestigio personal y el propio poder entiende mal en su raíz el sentido de este ministerio. Quien quiere ante todo realizar una ambición propia, alcanzar éxito propio será siempre esclavo de si mismo y de la opinión pública. Para ser considerado deberá adular; deberá decir aquello que agrada a la gente; deberá adaptarse al cambio de las modas y de las opiniones y, así, se privará de la relación vital con la verdad, reduciéndose a condenar mañana aquello que había alabado hoy. Un hombre que plantee así su vida, un sacerdote que vea en estos términos su propio ministerio, no ama verdaderamente a Dios y a los demás, sino solo a si mismo y, paradójicamente, termina por perderse a si mismo. El sacerdocio -recordémoslo siempre- se funda sobre el coraje de decir sí a otra voluntad, con la conciencia, que debe crecer cada día, de que precisamente conformándose a la voluntad de Dios, “inmersos” en esta voluntad, no solo no será cancelada nuestra originalidad, sino, al contrario, entraremos cada vez más en la verdad de nuestro ser y de nuestro ministerio.
Queridos ordenandos, quisiera proponer a vuestra reflexión un tercer pensamiento, estrechamente ligado a este apenas expuesto: la invitación de Jesús de “perderse a sí mismo”, de tomar la cruz, remite al misterio que estamos celebrando: la Eucaristía. A vosotros hoy, con el sacramento del Orden, ¡os viene dado presidir la Eucaristía! A vosotros se os confía el sacrificio redentor de Cristo; a vosotros se os confía su cuerpo entregado y su sangre derramada. Ciertamente, Jesús ofrece su sacrificio, su donación de amor humilde y completo a la Iglesia su Esposa, sobre la Cruz. Es sobre ese leño donde el grano de trigo dejado caer por el Padre sobre el campo del mundo muere para convertirse en fruto maduro, dador de vida. Pero, en el diseño de Dios, esta donación de Cristo se hace presente en la Eucaristía gracias a aquella potestas sacra que el sacramento del Orden os confiera a vosotros, presbíteros. Cuando celebramos la santa misa tenemos en nuestras manos el pan del Cielo, el pan de Dios, que es Cristo, grano partido para multiplicarse y convertirse en el verdadero alimento para la vida del mundo. Es algo que no puede sino llenar vuestro corazón de íntimo estupor, de viva alegría y de inmensa gratitud: el amor y el don de Cristo crucificado pasan a través de vuestras manos, vuestra voz, y vuestro corazón. ¡Es una experiencia siempre nueva de asombro ver que en mis manos, en mi voz, el Señor realiza este misterio de Su presencia!
¡Cómo no rezar por tanto al Señor, para que os dé una conciencia siempre vigilante y entusiasta de este don, que está puesto en el centro de vuestro ser sacerdotes! Para que os de la gracia de saber experimentar en profundidad toda la belleza y la fuerza de este servicio presbiteral y, al mismo tiempo, la gracia de poder vivir este ministerio con coherencia y generosidad, cada día. La gracia del presbiterado, que dentro de poco os será dada, os unirá íntimamente, estructuralmente, a la Eucaristía. Por eso, os pondrá en contacto en lo profundo de sus corazones con los sentimientos de Jesús que ama hasta el extremo, hasta el don total de sí, a su ser pan multiplicado para el santo banquete de la unidad y la comunión. Esta es la efusión pentecostal del Espíritu, destinada a inflamar vuestro camino con el amor mismo del Señor Jesús. Es una efusión que, mientras habla de la absoluta gratuidad del don, graba dentro del mismo ser una ley indeleble, la ley nueva, una ley que os empuja a insertaros y a hacer surgir en el tejido concreto de las actitudes y de los gestos de vuestra vida de cada día el amor mismo de donación de Cristo crucificado. Volvemos a escuchar la voz del apóstol Pablo, es más, en esta voz reconocemos aquella potente del Espíritu Santo: “Cuantos habéis sido bautizados en Cristo, habéis sido revestidos de Cristo” (Gal 3,27) Ya con el Bautismo, y ahora en virtud del Sacramento del orden, vosotros os revestís de Cristo. Que al cuidado por la celebración eucarística acompañe siempre el empeño por una vida eucarística, es decir, vivida en la obediencia a una única gran ley, la del amor que se dona totalmente y sirve con humildad, una vida que la gracia del Espíritu Santo hace cada vez más semejante a la de Jesucristo, Sumo y eterno Sacerdote, siervo de Dios y de los hombres.
Queridos, el camino que nos indica el Evangelio de hoy es el camino de vuestra espiritualidad y de vuestra acción pastoral, de su eficacia e incisividad, incluso en las situaciones más fatigosas y áridas. Es más, este es el camino seguro para encontrar la verdadera alegría. María, la sierva del Señor, que conformó su voluntad a la de Dios, que engendró a Cristo donándolo al mundo, que siguió el Hijo hasta los pies de la cruz en el supremo acto de amor, os acompañe cada día de vuestras vidas y de vuestro ministerio. Gracias al afecto de esta madre tierna y fuerte, podréis ser felizmente fieles a la consigna que como presbíteros hoy os es dada: la de conformaros a Cristo Sacerdote, que supo obedecer a la voluntad del Padre y amar a los hombres hasta el extremo.
¡Amén!
[Traducción del italiano por Inma Álvarez
© Copyright 2010 - Libreria Editrice Vaticana]
ZENIT nos ofrece la intervención de Benedicto XVI el domingo 20 de Junio de 2010, durante el rezo del Ángelus en la Plaza de San Pedro, con miles de peregrinos reunidos de todas partes del mundo.
Queridos hermanos y hermanas
Esta mañana en la Basílica de San Pedro he conferido el orden presbiteral a catorce diáconos de la diócesis de Roma. El sacramento del Orden manifiesta, de parte de Dios, su atenta cercanía a los hombres y, de parte de quien lo recibe, la plena disponibilidad a convertirse en instrumento de esta cercanía, con un amor radical a Cristo y a la Iglesia. En el Evangelio de hoy domingo, el Señor pregunta a sus discípulos: “Vosotros, ¿quién decís que soy yo?” (Lc 9,20). A esta pregunta el apóstol Pedro responde prontamente: Tu eres el Cristo de Dios, el Mesías de Dios” (Ibid.), superando, así, todas las opiniones terrenas que consideraban a Jesús uno de los profetas. Según san Ambrosio, con esta profesión de fe, Pedro “abrazó juntas todas las cosas, porque expresó la naturaleza y el nombre” del Mesías (Exp. in Lucam VI, 93, CCL 14, 207). Y Jesús, frente a esta profesión de fe, renueva a Pedro y a los demás discípulos la invitación a seguirle en el camino comprometido en amor hasta la Cruz. También a nosotros, que podemos conocer al Señor mediante la fe en su Palabra y en los Sacramentos, Jesús nos dirige la propuesta de seguirle cada día, y también a nosotros nos recuerda que para ser sus discípulos es necesario apropiarnos del poder su Cruz, culmen de nuestros bienes y corona de nuestra esperanza.
San Máximo el Confesor observa que “el signo distintivo del poder de nuestro Señor Jesucristo es la cruz, que él llevó sobre sus hombros” (Ambiguum 32, PG 91, 1284 C). De hecho, “a todos decía: 'Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, coja su cruz y me siga'” (Lc 9,23). Tomar la cruz significa comprometerse en derrotar al pecado que obstaculiza el camino hacia Dios, acoger cotidianamente la voluntad del Señor, acrecentar la fe sobre todo ante los problemas, las dificultades, el sufrimiento. La santa carmelita Edith Stein nos dio testimonio de ello en un tiempo de persecución. Escribía así desde el Carmelo de Colonia en 1938: “Hoy entiendo... qué quiere decir esposa del Señor en el signo de la cruz, porque por completo no se comprenderá nunca, ya que es un misterio… Más se hace oscuro a nuestro alrededor, tanto más debemos abrir el corazón a la luz que viene de lo alto”. (La elección de Dios. Cartas (1917-1942), Roma 1973, 132-133). También en la época actual muchos son los cristianos en el mundo que, animados por el amor por Dios, asumen cada día la cruz, sea la de las pruebas cotidianas, sea la procurada por la barbarie humana, que a veces requiere el valor del sacrificio extremo. Que el Señor nos conceda a cada uno de nosotros poner siempre nuestra sólida esperanza en Él, seguros de que, al seguirle llevando nuestra cruz, llegaremos con Él a la luz de la Resurrección.
Confiamos a la protección maternal de la Virgen María a los nuevos sacerdotes ordenados hoy, que se añaden a la multitud de cuantos el Señor ha llamado por su nombre: que sean siempre discípulos fieles, valientes anunciadores de la Palabra de Dios y administradores de sus Dones de la salvación.
[Después del ángelus]
Deseo dirigir un apremiante llamamiento para que la paz y la seguridad sean restablecidos en el Kirguistán meridional, a raíz de los graves conflictos que han tenido lugar en los días pasados. A los parientes de las víctimas y a cuantos sufren por esta tragedia expreso mi conmovida cercanía y aseguro mi oración. Invito, además, a todas las comunidades étnicas del país a renunciar a cualquier provocación o violencia y pido a la comunidad internacional que actúe para que las ayudas humanitarias puedan alcanzar prontamente a las poblaciones afectadas.
Hoy la Organización de las Naciones Unidas celebra la Jornada Mundial del Refugiado, para llamar la atención sobre los problemas de cuantos han dejado forzadamente su propia tierra, llevango a ambientes que a menudo son profundamente diversos. Los refugiados desean encontrar acogida y ser reconocidos en su dignidad y en sus derechos fundamentales; al mismo tiempo, pretenden ofrecer su contribución a la sociedad que les acoge. Oremos para que, en una justa reciprocidad, se responda de modo adecuado a esta expectativa y muestren el respeto que nutren por la identidad de las comunidades que les reciben.
[En español dijo]
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española que se unen a esta plegaria mariana, también a través de la radio y la televisión. La liturgia de hoy nos llega con la pregunta de Jesús a sus discípulos: ¿Quién decís que soy yo? A ella se puede dar una respuesta acertada sólo tras haberla aprendido de Él, escuchando su palabra, imitando su vida, encontrándolo personalmente en los sacramentos y en la oración. Que la Virgen María nos ayude en esta apasionante búsqueda para descubrir a quien es nuestra alegría y nuestra salvación. Feliz Domingo.
[Traducción del italiano por Inma Álvarez]
ZENIT publica la meditación que pronunció el cardenal Joachim Meisner, arzobispo de Colonia, pronunció con el título "Conversión y misión" durante el encuentro internacional de sacerdotes en la conclusión del Año Sacerdotal.
La pérdida de la Confesión es la raíz de muchos males en la Iglesia
¡Queridos hermanos!
Ciertamente no trataré de brindaros una nueva exposición sobre la teología de la penitencia y de la misión. Pero quisiera dejarme guiar por el mismo Evangelio, junto a vosotros, hacia la conversión, para luego ser enviados por el Espíritu Santo a llevar a los hombres la buena noticia de Cristo.
En este camino, quisiera ahora recorrer con vosotros quince puntos de reflexión.
1. Debemos convertirnos nuevamente en una "Iglesia en camino a los hombres" (Geh-hin-Kirche), como le gustaba decir a mi predecesor, el entonces Arzobispo de Colonia, el cardenal Joseph Höffner. Esto, sin embargo, no puede ocurrir por un mandato. A esto nos debe mover el Espíritu Santo.
Una de las pérdidas más trágicas que nuestra Iglesia ha sufrido en la segunda mitad del siglo XX es la pérdida del Espíritu Santo en el sacramento de la Reconciliación. Para nosotros, los sacerdotes, esto ha causado una tremenda pérdida de perfil interior. Cuando los fieles cristianos me preguntan: "¿Cómo podemos ayudar a nuestros sacerdotes?", entonces siempre respondo: "¡Id a confesaros con ellos!". Allí donde el sacerdote ya no es confesor, se convierte en un trabajador social religioso. Le falta, de hecho, la experiencia del éxito pastoral más grande, es decir, cuando puede colaborar para que un pecador, también gracias a su ayuda, deje el confesionario siendo nuevamente una persona santificada. En el confesionario, el sacerdote puede echar una mirada al corazón de muchas personas y de esto le surgen impulsos, estímulos e inspiraciones para el propio seguimiento de Cristo.
2. A las puertas de Damasco, un pequeño hombre enfermo, san Pablo, es tirado al suelo y queda ciego. En la segunda Carta a los Corintios, él mismo nos habla de la impresión que sus adversarios tenían de su persona: era físicamente insignificante y de retórica débil (cfr. 2 Cor 10,10). A las ciudades del Asia Menor y de Europa, sin embargo, a través de este pequeño hombre enfermo, será anunciado, en los años venideros, el Evangelio. Las maravillas de Dios no ocurren nunca bajo los "reflectores" de la historia mundial. Estas se realizan siempre a un lado; precisamente, a las puertas de la ciudad como también en el secreto del confesionario. Esto debe ser para todos nosotros un gran consuelo, para nosotros que tenemos grandes responsabilidades pero, al mismo tiempo, somos conscientes de nuestras, a menudo limitadas, posibilidades. Forma parte de la estrategia de Dios: obtener, mediante pequeñas causas, efectos de grandes dimensiones. Pablo, derrotado a las puertas de Damasco, se convierte en el conquistador de las ciudades del Asia Menor y de Europa. Su misión es la de reunir a los llamados en la Iglesia, dentro de la "Ecclesia" de Dios. Aún si - vista desde fuera - es sólo una pequeña y oprimida minoría, es impulsada desde dentro, y Pablo la compara al cuerpo de Cristo, más aún, la identifica con el cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. Esta posibilidad de "recibir de las manos del Señor", en nuestra experiencia humana, se llama "conversión". La Iglesia es la "Ecclesia semper reformanda" y, en ella, tanto el sacerdote como el obispo son un "semper reformandus" que, como Pablo en Damasco, deben ser tirados a tierra desde el caballo siempre de nuevo para caer en los brazos de Dios misericordioso, que luego nos envía al mundo.
3. Por eso no es suficiente que en nuestro trabajo pastoral queramos aportar correcciones sólo a las estructuras de nuestra Iglesia para poder mostrarla más atractiva. ¡No basta! Tenemos necesidad de un cambio del corazón, de mi corazón. Sólo un Pablo convertido pudo cambiar el mundo, no un ingeniero de estructuras eclesiásticas. El sacerdote, a través de su ser en el estilo de vida de Jesús, está de tal modo habitado por Él que el mismo Jesús, en el sacerdote, se hace perceptible para los otros. En Juan 14, 23, leemos: "El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él". ¡Esto no es sólo una bella imagen! Si el corazón del sacerdote ama a Dios y vive en la gracia, Dios uno y trino viene personalmente a habitar en el corazón del sacerdote. Ciertamente, Dios es omnipresente. Dios habita en todos lados. El mundo es como una gran iglesia de Dios, pero el corazón del sacerdote es como un tabernáculo en la iglesia. Allí, Dios habita de un modo misterioso y particular.
4. El mayor obstáculo para permitir que Cristo sea percibido por los otros a través nuestro es el pecado. Este impide la presencia del Señor en nuestra existencia y, por eso, para nosotros no hay nada más necesario que la conversión, también en orden a la misión. Se trata, por decirlo sintéticamente, del sacramento de la Penitencia. Un sacerdote que no se encuentra, con frecuencia, tanto de un lado como del otro de la rejilla del confesionario, sufre daños permanentes en su alma y en su misión. Aquí vemos ciertamente una de las principales causas de la múltiple crisis en la que el sacerdocio ha estado en los últimos cincuenta años. La gracia especialmente particular del sacerdocio es aquella por la que el sacerdote puede sentirse "en su casa" en ambos lados de la rejilla del confesionario: como penitente y como ministro del perdón. Cuando el sacerdote se aleja del confesionario, entra en una grave crisis de identidad. El sacramento de la Penitencia es el lugar privilegiado para la profundización de la identidad del sacerdote, el cual está llamado a hacer que él mismo y los creyentes se acerquen a la plenitud de Cristo.
En la oración sacerdotal, Jesús habla a los suyos y a nuestro Padre celestial de esta identidad: "No te pido que los saques del mundo, sino que los preserves del Maligno. Ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Conságralos en la verdad: tu palabra es verdad" (Jn. 17,15-17). En el sacramento de la Penitencia, se trata de la verdad en nosotros. ¿Cómo es posible que no nos guste enfrentar la verdad?
5. Ahora debemos preguntarnos: ¿no hemos experimentado todavía la alegría de reconocer un error, admitirlo y pedir perdón a quien hemos ofendido? "Me levantaré e iré a la casa de mi padre y le diré: "Padre, pequé contra el Cielo y contra ti" (Lc 15,18). ¿No conocemos la alegría de ver, entonces, cómo el Otro abre los brazos como el padre del hijo pródigo: "su padre lo vio y se conmovió profundamente, corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó" (Lc 15,20)? ¿No podemos imaginar, entonces, la alegría del padre, que nos ha vuelto a encontrar: "Y comenzó la fiesta" (Lc 15,24)? Si sabemos que esta fiesta es celebrada en el Cielo cada vez que nos convertimos, ¿por qué, entonces, no nos convertimos más frecuentemente? ¿Por qué - y aquí hablo de un modo muy humano - somos tan mezquinos con Dios y con los santos del Cielo al punto de dejarlos tan raramente celebrar una fiesta por el hecho de que nos hemos dejado abrazar por el corazón del Señor, del Padre?
6. A menudo no amamos este perdón explícito. Y, sin embargo, Dios nunca se muestra tanto como Dios como cuando perdona. ¡Dios es amor! ¡Él es el donarse en persona! Él da la gracia del perdón. Pero el amor más fuerte es aquel amor que supera el obstáculo principal al amor, es decir, el pecado. La gracia más grande es el ser perdonados (die Begnadigung), y el don más precioso es el darse (die Vergabung), es el perdón. Si no hubiese pecadores, que tuvieran más necesidad del perdón que del pan cotidiano, no podríamos conocer la profundidad del Corazón divino. El Señor lo subraya de modo explícito: "Les aseguro que, de la misma manera, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse" (Lc. 15,7). ¿Cómo es posible - preguntémonos una vez más - que un sacramento, que evoca tan gran alegría en el Cielo, suscita tanta antipatía sobre la tierra? Esto se debe a nuestra soberbia, a la constante tendencia de nuestro corazón a atrincherarse, a satisfacerse a sí mismo, a aislarse, a cerrarse sobre sí. En realidad, ¿qué preferimos?: ¿ser pecadores, a los que Dios perdona, o aparentar estar sin pecado, viviendo en la ilusión de presumirnos justos, dejando de lado la manifestación del amor de Dios? ¿Basta realmente con estar satisfechos de nosotros mismos? ¿Pero qué somos sin Dios? Sólo la humildad de un niño, como la han vivido los santos, nos deja soportar con alegría la diferencia entre nuestra indignidad y la magnificencia de Dios.
7. El fin de la confesión no es que nosotros, olvidando los pecados, no pensemos más en Dios. La confesión nos permite el acceso a una vida donde no se puede pensar en nada más que en Dios. Dios nos dice en el interior: "La única razón por la que has pecado es porque no puedes creer que yo te amo lo suficiente, que estás realmente en mi corazón, que encuentras en mí la ternura de la que tienes necesidad, que me alegro por el mínimo gesto que me ofreces, como testimonio de tu consentimiento, para perdonarte todo aquello que me traes en la confesión". Sabiendo de tal perdón, de tal amor, entonces seremos inundados de alegría y de gratitud. De este modo, perderemos progresivamente el deseo del pecado, y el sacramento de la Reconciliación se convertirá en una cita fija de la alegría en nuestra vida. Ir a confesarse significa hacer un poco más cordial el amor a Dios, sentir, decir y experimentar eficazmente, una vez más - porque la confesión no es estímulo sólo desde el exterior -, que Dios nos ama; confesarse significa recomenzar a creer - y, al mismo tiempo, a descubrir - que hasta ahora nunca hemos confiado de modo suficientemente profundo y que, por eso, debemos pedir perdón. Frente a Jesús, nos sentimos pecadores, nos descubrimos pecadores, que hemos dejado de lado las expectativas del Señor. Confesarse significa dejarse elevar por el Señor a su nivel divino.
8. El hijo pródigo abandona la casa paterna porque se ha vuelto incrédulo. Ya no tiene confianza en el amor del Padre, que lo satisface, y exige su parte de herencia para resolver por sí sólo todo lo que a él concierne. Cuando se decide a volver y pedir perdón, su corazón está aún muerto. Cree que ya no será amado, que ya no será considerado hijo. Vuelve sólo para no morir de hambre. ¡Esto es lo que llamamos contrición imperfecta! Pero hacía tiempo que el padre lo esperaba. Hacía tiempo que no tenía pensamiento que le diera más alegría que el de creer que el hijo podría volver un día a casa. Tan pronto lo ve, corre al encuentro, lo abraza, no le da tiempo ni siquiera para terminar su confesión, y llama a los sirvientes para hacerlo vestir, alimentar y curar. Dado que se le muestra un amor tan grande, el hijo, en ese momento, comienza también a sentirlo nuevamente, dejándose colmar. Un arrepentimiento inesperado le sobreviene. Esta es la contrición perfecta. Sólo cuando el padre lo abraza, él mide toda su ingratitud, su insolencia y su injusticia. Sólo entonces retorna verdaderamente, se vuelve a convertir en hijo, abierto y confidente con el padre, reencuentra la vida: "Es justo que haya fiesta y alegría, porque tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado" (Lc. 15,32), dice el padre, al respecto, al hijo que había permanecido en la casa.
9. El hijo mayor, "el justo", ha vivido un cambio similar - así, al menos, quisiéramos esperar que continúe la parábola. El caso de este hijo es, sin embargo, mucho más difícil. ¡No se puede decir que Dios ama a los pecadores más que a los justos! Una madre ama a su niño enfermo, al que dirige sus cuidados particulares, no más que a los niños sanos, a los que deja jugar solos, a los que expresa su amor - no ciertamente menor - pero de modo diverso. Mientras las personas rechazan reconocer y confesar los propios pecados, mientras siguen siendo pecadores orgullosos, Dios prefiere a los humildes pecadores.
Tiene paciencia con todos. El Padre tiene paciencia también con el hijo que se ha quedado en la casa. Le ruega y le habla con bondad: "Hijo mío, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo" (Lc. 15,31). El perdón de la insensibilidad del hijo mayor no es expresado aquí pero está implícito. ¡Qué grande debe ser la vergüenza del hijo mayor frente a tal clemencia! Había previsto todo pero no ciertamente esta humilde ternura del padre. De repente, se encuentra desarmado, confundido, copartícipe de la alegría común. Y se pregunta cómo pudo pensar en quedarse a un lado, cómo pudo, aunque por un solo instante, preferir ser infeliz solo mientras todos los otros se amaban y se perdonaban mutuamente. Afortunadamente, el padre está allí y lo trata a tiempo. Afortunadamente, ¡el padre no es como él! Afortunadamente, el padre es mucho mejor que todos los otros juntos. Sólo Dios puede perdonar los pecados. Sólo Él puede realizar este gesto de gracia, de alegría y de abundancia de amor. Por eso, el sacramento de la Penitencia es la fuente de permanente renovación y de revitalización de nuestra existencia sacerdotal.
10. Por eso, para mí, la madurez espiritual de un candidato al sacerdocio, para recibir la ordenación sacerdotal, se hace evidente en el hecho de que reciba regularmente - al menos, en la frecuencia de una vez al mes - el sacramento de la Reconciliación. De hecho, es en el sacramento de la Penitencia donde encuentro al Padre misericordioso con los dones más preciosos que ha de dar, y esto es el donarse (Vergabung), el perdón y la gracia. Pero cuando alguno, a causa de su falta de frecuencia de confesión, dice al Padre: "¡Ten para ti tus preciosos dones! Yo no tengo necesidad de ti y de tus dones", entonces deja de ser hijo porque se excluye de la paternidad de Dios, porque ya no quiere recibir sus preciosos dones. Y si ya no es más hijo del Padre celestial, entonces no puede convertirse en sacerdote, porque el sacerdote, a través del bautismo, es antes que nada hijo del Padre y, luego mediante la ordenación sacerdotal, es con Cristo, hijo con el Hijo. Sólo entonces podrá ser realmente hermano de los hombres.
11. El paso de la conversión a la misión puede mostrarse, en primer lugar, en el hecho de que yo paso de un lado al otro de la rejilla del confesionario, de la parte del penitente a la parte del confesor. La pérdida del sacramento de la Reconciliación es la raíz de muchos males en la vida de la Iglesia y en la vida del sacerdote. Y la así llamada crisis del sacramento de la Penitencia no se debe sólo a que la gente no vaya más a confesarse sino a que nosotros, sacerdotes, ya no estamos presentes en el confesionario. Un confesionario en que el está presente un sacerdote, en una iglesia vacía, es el símbolo más conmovedor de la paciencia de Dios que espera. Así es Dios. Él nos espera toda la vida. En mis treinta y cinco años de ministerio episcopal conozco ejemplos conmovedores de sacerdotes presentes cotidianamente en el confesionario, sin que viniera un penitente; hasta que, un día, el primer o la primera penitente, después de meses o años de espera, se hizo finalmente presente. De este modo, por así decir, se ha desbloqueado la situación. Desde ese momento, el confesionario empezó a ser muy frecuentado. Aquí el sacerdote está llamado a poner de su parte todos los trabajos exteriores de planificación de la pastoral de grupo para sumergirse en las necesidades personales de cada uno. Y aquí debe, sobre todo, escuchar más que hablar. Una herida purulenta en el cuerpo sólo puede sanar si puede sangrar hasta el final. El corazón herido del hombre puede sanar sólo si puede sangrar hasta el final, si puede desahogar todo. Y se puede desahogar sólo si hay alguien que escucha, en la absoluta discreción del sacramento de la Reconciliación. Para el confesor es importante, primero que nada, no hablar sino escuchar. ¡Cuántos impulsos interiores experimenta y recibe el sacerdote, precisamente en la administración del sacramento de la confesión, que le sirven para su seguimiento de Cristo! Aquí puede sentir y constatar cuánto más avanzados que él, en el seguimiento de Cristo, están los simples fieles católicos, hombres, mujeres y niños.
12. Si nos falta en gran parte este ámbito esencial del servicio sacerdotal, entonces caemos fácilmente en una mentalidad funcionalista o en el nivel de una mera técnica pastoral. Nuestro estar a ambos lados de la rejilla del confesionario nos lleva, a través de nuestro testimonio, a permitir que Cristo se haga perceptible para el pueblo. Para decirlo claramente, con un ejemplo negativo: quien entra en contacto con el material radioactivo, también él se vuelve radioactivo. Si luego se pone en contacto con otro, entonces también -éste quedará igualmente infectado por la radioactividad. Pero ahora volvamos al ejemplo positivo: aquellos que entran en contacto con Cristo, se vuelven "Cristo-activos". Y si, entonces, el sacerdote, siendo "Cristo-activo", se pone en contacto con otras personas, éstas ciertamente serán "infectadas" por su "Cristo-actividad". Ésta es la misión, así como fue concebida y estuvo presente desde el comienzo del cristianismo. La gente se reunía en torno a la persona de Jesús para tocarlo, aunque sólo fuera el borde de su manto. Y quedaban sanados incluso cuando esto ocurría mientras Él estaba de espaldas: "porque salía de él una fuerza que sanaba a todos" (Lc. 6,19).
13. Con nosotros, en cambio, con frecuencia las personas huyen, ya no buscan nuestra cercanía para entrar en contacto con nosotros. Por el contrario, como dije, se nos escapan. Para evitar que esto suceda, debemos plantearnos la pregunta: ¿con quién entran en contacto cuando se ponen en contacto conmigo? ¿Con Jesucristo, en su infinito amor por la humanidad, o bien con alguna privada opinión teológica o alguna queja sobre la situación de la Iglesia y del mundo? A través de nosotros, ¿entran en contacto con Jesucristo? Si este es el caso, entonces las personas tendrán vida. Hablarán entre ellas de tal sacerdote. Se expresarán sobre él con términos similares: "Con él sí se puede hablar. Me entiende. Realmente puede ayudar". Estoy profundamente convencido de que la gente tiene una profunda nostalgia de tales sacerdotes, en los cuales pueden encontrar auténticamente a Cristo, que los hace libres de todos los lazos y los vincula a su Persona.
14. Para poder perdonar realmente, tenemos necesidad de mucho amor. El único perdón que podemos conceder realmente es el que hemos recibido de Dios. Sólo si experimentamos al Padre misericordioso, podemos hacernos hermanos misericordiosos para los otros. Aquel que no perdona, no ama. Aquel que perdona poco, ama poco. Quien perdona mucho, ama mucho. Cuando dejamos el confesionario, que es el punto de partida de nuestra misión, tanto de un lado como del otro de la rejilla, entonces se quisiera abrazar a todos, para pedirles perdón y esto ocurre especialmente después de habernos confesado. Yo mismo he experimentado de forma tan gratificante el amor de Dios que perdona, como para poder solamente pedir con urgencia: "¡Acoge también tú su perdón! Toma una parte del mío, que ahora he recibido en sobreabundancia. ¡Y perdóname que te lo ofrezca tan mal!". Con la confesión se vuelve dentro del mismo movimiento del amor de Dios y del amor fraterno, en la unión con Dios y con la Iglesia, del cual nos había excluido el pecado. Si Dios nos ha enseñado a amar de un modo nuevo, podemos y debemos amar a todos los hombres. Si no fuese así, sería un signo de que no nos hemos confesado bien y que, por lo tanto, deberíamos confesarnos de nuevo.
Probablemente, el más grande sacerdote confesor de nuestra Iglesia es el Santo Cura de Ars. Gracias a él tenemos el Año Sacerdotal y, por lo tanto, nuestro actual encuentro como sacerdotes y obispos con el Santo Padre aquí en Roma. Con este santo párroco he reflexionado sobre el misterio de la santa confesión ya que su ministerio cotidiano de la reconciliación, en el confesionario de Ars, ha hecho que se convirtiera en un gran misionero para el mundo. Se ha dicho que, como sacerdote confesor, ha vencido espiritualmente a la Revolución francesa. Lo que me ha inspirado este diálogo espiritual con Juan María Vianney, lo he dicho aquí. Sin embargo, me ha recordado también algo muy importante.
15. ¡Amamos a todos, perdonamos a todos! ¡Hay que prestar atención, sin embargo, a no olvidar a una persona! Existe un ser, de hecho, que nos desilusiona y nos pesa, un ser con el que estamos constantemente insatisfechos. Y somos nosotros mismos. Con frecuencia tenemos bastante de nosotros. Estamos hartos de nuestra mediocridad y cansados de nuestra misma monotonía. Vivimos en un estado de ánimo frío e incluso con una increíble indiferencia hacia este prójimo más próximo que Dios nos ha confiado para que le hagamos tocar el perdón divino. Y este prójimo más próximo somos nosotros mismos. Está dicho, de hecho, que debemos amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos (cfr. Lv. 19,18). Por lo tanto, debemos amarnos también a nosotros mismos así como tratamos de amar a nuestro prójimo. Entonces debemos pedir a Dios que nos enseñe que debemos perdonarnos: la rabia de nuestro orgullo, las desilusiones de nuestra ambición. Pidamos que la bondad, la ternura, la paciencia y la confianza indecible con la que Él nos perdona, nos conquiste hasta el punto de que nos liberemos del cansancio de nosotros mismos, que nos acompaña por todas partes, y con frecuencia incluso nos causa vergüenza. No somos capaces de reconocer el amor de Dios por nosotros sin modificar también la opinión que tenemos de nosotros mismos, sin reconocer a Dios mismo el derecho de amarnos. El perdón de Dios nos reconcilia con Él, con nosotros, con nuestros hermanos y hermanas, y con todo el mundo. Nos hace auténticos misioneros.
¿Lo creéis, queridos hermanos? ¡Probadlo, hoy mismo!
[Traducción por La Buhardilla de Jerónimo]
ZENIT publica la homilía prounciada por monseñor Dominique Mamberti, secretario de la Santa Sede para las Relaciones con los Estados, en la catedral de La Habana el 17 de junio.
Eminencia,
Excelentísimos Señores Obispos,
Distinguidas Autoridades civiles,
Estimadísimos miembros del Cuerpo Diplomático, Consular y de las Organizaciones Internacionales,
Queridos sacerdotes, diáconos, religiosos y religiosas,
Hermanos y hermanas en el Señor:
Es con inmenso gusto y placer que me encuentro aquí esta noche, huésped del Eminentísimo Cardenal Ortega y Alamino, en esta bella Iglesia Catedral, casa de Dios, lugar de recogimiento y oración para todos los fieles habaneros. Siento el deber de agradecer a la Conferencia de los Obispos Católicos de Cuba la invitación que me ha hecho, junto con el Gobierno nacional, para visitar esta hermosa Isla con ocasión de la celebración de algunos eventos, que felizmente coinciden: la X Semana Social de los fieles católicos; el septuagésimo quinto aniversario del establecimiento de las relaciones diplomáticas entre la República de Cuba y la Santa Sede y, finalmente, el V Aniversario del Pontificado de Su Santidad Benedicto XVI que en este País se suele conmemorar el 24 de abril pero que, este año, hemos postergado un poco para darle mayor relieve y vivirla como momento espiritual que aglutina y da sentido a todos los demás acontecimientos de estos días.
Es encomiable que un sector del laicado católico cubano dedique tiempo para reunirse en la Semana Social, que se clausurará pasado mañana, a fin de estudiar, profundizar y debatir sobre el rol que, desde la perspectiva cristiana, le compete a cada ciudadano en el desarrollo del País. La Iglesia católica tiene una larguísima tradición en el campo social: el apoyo a los más desfavorecidos, el cuidado de los ancianos, y la asistencia espiritual y médica. No han faltado preclaras figuras de santos que han entregado sus vidas a estos altos ideales. Pienso, por ejemplo, en un testigo de la caridad que ha quedado grabado muy hondamente en el corazón de cada cubano: el Padre José Olallo Valdéz, religioso de los Hermanos Hospitalarios de San Juan de Dios, nacido en La Habana en 1820, fallecido en 1889 y beatificado en Camagüey el 29 de noviembre de 2008. La virtud de la caridad, que es el auténtico amor cristiano, fue vivida por él de modo audaz, creativo y sin límites. Pasó casi toda su vida trabajando en un hospital, asistiendo a enfermos y necesitados. Con gran probabilidad, el ejemplo de este humilde fraile también haya contribuido a alimentar en la sociedad cubana la sensibilidad hacia el estudio de las ciencias galénicas y la formación de médicos tan apreciados en todo el mundo. De todo corazón, deseo a los organizadores y participantes en esta X Semana Social que sus esfuerzos produzcan abundantes frutos.
Decíamos que la otra razón que me ha traído aquí es el festejo de los setenta y cinco años de relaciones diplomáticas ininterrumpidas entre Cuba y la Santa Sede, sin olvidar que ya desde poco después de la Independencia hubo en la Isla un Delegado Apostólico enviado por el Papa. La Santa Sede mantiene esta misma clase de relaciones con la gran mayoría de los Países no sólo por razones históricas sino también para hacer realidad lo que el Concilio Ecuménico Vaticano II afirma en la Constitución Apostólica Gaudium et Spes a propósito de la relación entre la Iglesia y el Estado: "La comunidad política y la Iglesia son independientes y autónomas, cada una en su propio terreno. Ambas, sin embargo, aunque por diverso título, están al servicio de la vocación personal y social del hombre. Este servicio lo realizarán con tanta mayor eficacia, para bien de todos, cuanto más sana y mejor sea la cooperación entre ellas, habida cuenta de las circunstancias de lugar y tiempo" (GS 76). Es obvio, por lo tanto, que las relaciones diplomáticas entre la Santa Sede y un Estado son un instrumento privilegiado para que esta cooperación sea posible de manera ordenada y fluida, se mantenga en el máximo nivel posible, progrese y pueda hacer frente a las multiformes problemáticas que, siempre nuevas, surgen cada día en nuestras sociedades. Con los altibajos propios de la historia, después de setenta y cinco años, hoy estamos aquí para celebrar lo bueno que hasta ahora se ha podido alcanzar juntos, convencidos de que mucho más nos queda por hacer.
Pero no existirían las Semanas Sociales, los laicos comprometidos ni las relaciones diplomáticas con la Santa Sede si no existiera la Iglesia, nacida del costado abierto de Nuestro Señor Jesucristo en la cruz, para la salvación del género humano y entregada al pastoreo universal de San Pedro y de sus Sucesores. La relación entre el Papa y la Iglesia es algo especial, algo distinto respecto a lo que sucede en cualquier Diócesis del mundo. Quien está sentado en la Cátedra de Pedro no sólo tiene a su cargo el gobierno pastoral de la Iglesia particular de Roma, sino que, por divina voluntad, es el símbolo y la fuente de la unidad de la Iglesia universal.
Lo acabamos de escuchar en el Evangelio según San Mateo. Son palabras muy sencillas, pero a la vez muy solemnes, que hemos aprendido desde nuestra niñez y que no dejan de sorprendernos y maravillarnos. Jesús decide libremente confiar su grey a uno de sus Apóstoles para que la cuide y la oriente: "Yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Los poderes del infierno no prevalecerán sobre ella. Yo te daré las llaves del Reino de los cielos; todo lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo". Según nos relatan las Escrituras, Pedro no parece sobresalir por especiales virtudes respecto a los demás Apóstoles; es más, es él el que también negó tres veces al Maestro después de su arresto; pero es él y no otro el que recibe tamaña responsabilidad. Desde entonces, cuántos Papas se han sucedido, cada uno con su particular personalidad, con sus debilidades humanas y sus grandes logros, pero todos fieles al mandato de regentar la Iglesia de Cristo, de presidir y servir en la Caridad a todos los bautizados.
Los Pontífices podrían parecer personas inalcanzables, soberanos frente a los cuales toda cabeza tiene que agacharse. Pero, ¿qué fue lo que dijo Benedicto XVI al asomarse al balcón de la Basílica de San Pedro el día de su elección? Pidió oraciones por él al considerarse un humilde servidor en la viña del Señor. Él sabe que no es el dueño de la viña sino aquel a quien la viña ha sido entregada y que, desde aquel momento, tiene que trabajar intensamente para que la misma se mantenga en su mejor condición, y siga dando frutos abundantes y sabrosos cada otoño.
A nosotros nos corresponde hacer sentir al Papa nuestra cercanía y nuestra voluntad de colaborar con él a fin que la Iglesia, nuestra madre, siga siendo "un recinto de verdad y de amor, de libertad, de justicia y de paz, para que todos encuentren en ella un motivo para seguir esperando" (así como nos hace rezar la plegaria eucarística V/b). Los cubanos ya han dado testimonio de esta cercanía en 1998, cuando acogieron con cariño deslumbrante al amadísimo Juan Pablo II, de feliz memoria.
Somos conscientes de ser distintos los unos de los otros, de ser expresión y fruto de diferentes culturas, de cultivar las más diversas costumbres, ideas y sensibilidades; pero sabemos que, en cuanto bautizados, formamos parte de una misma familia, unidos por el mismo amor de Dios. La unidad y la catolicidad (o sea la universalidad), que califican a la Iglesia, y que son aseguradas por el Romano Pontífice, no se contraponen sino que hacen posible el axioma "e pluribus unum sit": o sea, llegar a ser una cosa sola desde muchas realidades y experiencias. Este continuo y fatigante trabajo de síntesis es propio del Sucesor del Pescador de Galilea a lo largo de la historia.
Con esta linda y significativa imagen del pescador quiero ir terminando mis reflexiones de esta noche y, para hacerlo, me parece adecuado volver con la memoria a la Misa solemne del 24 de abril de 2005, cuando el Papa reinante inauguró su pontificado. En aquella ocasión, Benedicto XVI quiso resaltar, entre otros símbolos de su alto cargo, el del Anillo del Pescador que desde aquella fecha lleva en su dedo. Se trata de un anillo que evoca el episodio en el cual Jesús le confía a Pedro la misión, asegurándolo con estas palabras: "No temas, desde ahora serás pescador de hombres" (Lc 5, 1.11). ¿Qué sentido tiene esta curiosa expresión? ¿Cómo puede un hombre ser pescador de otros hombres? Para un pueblo isleño como el cubano, es fácil saber qué es un pescador y cuál es su tarea: sacar peces del mar para que sirvan de sustento. El Papa, apelándose a la antigua sabiduría de los Padres de la Iglesia, afirmó que: "para el pez, creado para vivir en el agua, resulta mortal sacarlo del mar. Se le priva de su elemento vital a fin de convertirlo en alimento del hombre. Pero en la misión del pescador de hombres ocurre lo contrario. Los hombres vivimos alienados, en las aguas saladas del sufrimiento y de la muerte; en un mar de oscuridad, sin luz. La red del Evangelio nos rescata de las aguas de la muerte y nos lleva al resplandor de la luz de Dios, en la vida verdadera".
¡Qué grande fuerza hay en este simbolismo! ¿Quién de nosotros no ha pasado por momentos de angustia, de agobio, hasta de desesperación a lo largo de su vida, en los cuales nos sentimos inexorablemente ahogar en las aguas saladas de un inmenso mar al que hemos sido tirados? Queremos salir de estas aguas mortíferas, queremos volver a respirar aire fresco. Sólo hay una posibilidad: que alguien nos eche una red y que nosotros, al divisar una posible oportunidad de rescate, luchemos con todas nuestras fuerzas para alcanzarla, quedar atrapados en ella y dejarnos sacar. ¡Qué nunca disminuya en nosotros la fuerza para agarrarnos a esta red de salvación que Dios, a través de Su Vicario en la tierra, no se cansa de echar!
DOMINGO 15 DEL TIEMPO ORDINARIO / C
11 de julio de 2010
La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros.
Hoy, en el evangelio, escucharemos uno de los grandes mensajes de Jesús, una de aquellas enseñanzas que marcan la vida. Escucharemos la parábola del buen samaritano. Y, al escucharla, nos daremos cuenta de la gran novedad que Jesús quiere invitarnos a vivir. Porque, ciertamente, tanto en el tiempo de Jesús como en el nuestro, no parece que sea una gran prioridad para todos preocuparse por los que han quedado abandonados en los márgenes de los caminos. Más bien parece que la gran prioridad sea que cada cual vaya a lo suyo y se preocupe de sí mismo... Y Jesús nos dice que no, que esta no es la forma de vida que da la felicidad...
Con fe, con alegría, acerquémonos a Jesús y dejémonos tocar por su Palabra, por su Buena Noticia).
A. penitencial: Pongámonos en silencio ante Dios, y preparémonos para celebrar esta Eucaristía. (Silencio).
Tú, defensor de los pobres. SEÑOR,TEN PIEDAD.
Tú, refugio de los débiles. CRISTO,TEN PIEDAD.
Tú, esperanza de los pecadores. SEÑOR, TEN PIEDAD. Gloria
1. lectura (Deuteronomio 30,10-14): Preparándonos para escuchar el evangelio, hoy la primera lectura nos invita a descubrir que la ley de Dios, lo que Dios nos pide, es algo muy cercano, muy humano. La ley de Dios nos invita a vivir de una forma auténticamente humana.
2. lectura (Colosenses 1,15-20): Escuchemos ahora un himno a Jesucristo que procede de las primeras comunidades cristianas y que san Pablo recoge en sus cartas. Escuchándolo, nos sentimos invitados a reafirmar nuestra fe.
Oración universal: Jesús nos ha invitado a amar a Dios con todo nuestro corazón y con toda nuestra alma, y a amar a los demás como a nosotros mismos. Movidos por este amor, oremos diciendo: PADRE, ESCÚCHANOS.
Por la Iglesia, llamada por Jesús a dedicar sus mejores energías a los pobres, a los débiles, a los que están abandonados en los márgenes de los caminos. OREMOS:
Por los que no creen en Jesús, pero trabajan al servicio de una vida más digna para todos. OREMOS:
Por las vocaciones sacerdotales y religiosas. OREMOS:
Por los niños y jóvenes que participan en las actividades de verano que se organizan desde las parroquias y las entidades de Iglesia. OREMOS:
Por nosotros, por nuestras familias, y por todas las personas que hoy queremos recordar ante Dios. OREMOS:
Dios nuestro, Padre de todos, escucha nuestras plegarias y haz que sepamos dar con nuestra vida un buen testimonio de tu amor. Por Jesucristo...
Padrenuestro: Llenos del amor de Dios, y con la voluntad de amarlo también nosotros con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con todas nuestras fuerzas, nos atrevemos a decir:
CPL
ZENIT nos ofrece el artículo del padre Paul Gunter, profesor del Pontificio Instituto Litúrgico de Roma y Consultor de la Oficina de las Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice, donde nos presenta una detallada descripción de las oraciones que el sacerdote puede utilizar encomiablemente para prepararse a la celebración de la Santa Misa, y para hacer la acción de gracias después de ella. Estas oraciones se encuentran, con diversa extensión, en los dos misales de las dos formas del Rito Romano. El artículo pone de manifiesto la importancia de una buena preparación a la celebración y del debido agradecimiento posterior, sea en base al vínculo entre el ejemplo de Cristo y la vida del sacerdote, que por los efectos benéficos que esta costumbre produce también en los fieles que participan en la liturgia (Mauro Gagliardi).
Por Paul Gunter, OSB
1. La oración íntima y personal de Jesús
Para el sacerdote, dar fruto en la vida y en el ministerio depende de la unión con Dios, unión que está en la base también del hecho de que los fieles se dirijan a él para que rece por ellos. Jesucristo confió a aquellos que le seguían más de cerca una palabra que aclara el sentido de todo el bien que habrían hecho: “Yo soy la vid, vosotros los sarmientos El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, no podéis hacer nada” (Jn 15,5). El mismo Señor Jesús, en el contexto de los muchos milagros realizados por él, estableció un tiempo para estar solo, para dedicar a la oración a su Padre celestial. Para Jesús, la oración oficial de la liturgia era soportada por una vida interior, en la cual la reserva apoyaba esa intimidad que nutre la oración personal. Las dimensiones eclesial y comunitaria se refuerzan por una relación personal similar con Dios, que cada fiel espera poder profundizar.
La búsqueda de Dios, que da significado a la vida de los que lo aman, sirve de recuerdo cotidiano del hecho de que toda bendición proviene y al mismo tiempo dirige hacia el Dios omnipotente. La Sagrada Escritura describe de forma vívida el alimento que Jesús tomaba de su vida de oración escondida: “él se retiraba a lugares desiertos para orar” (Lc 5,16). Del mismo modo, notamos la importancia de los distintos momentos del día, por el hecho de que Jesús se muestra particularmente atento al silencio de la oración, en la que busca la voluntad del Padre. Momentos similares animan un especial recogimiento y una cercanía ininterrumpida: “Por la mañana se alzó cuando aún estaba oscuro y, tras salir de casa, se retiró a un lugar desierto y allí rezaba” (Mc 1,35); “Después, subió a la montaña para orar a solas. Y al atardecer, todavía estaba allí, solo” (Mt 14,23).
2. La oración íntima y personal del sacerdote
El sacerdote, consciente de participar en la obra de Cristo, se esfuerza por seguir su ejemplo, por guiar el santo pueblo de Dios al Padre, a través de Cristo en el Espíritu Santo. Él sabe muy bien que, dado que sus defectos dañan la credibilidad de su testimonio, debe pedir con no menor urgencia a Dios que infunda en él las virtudes propias de su estado. Parte de la homilía propuesta en el rito de ordenación del presbítero instruye a aquel que va a ser ordenado de esta forma: “Así continuarás la obra de santificación de Cristo. A través de tu ministerio, el sacrificio espiritual de los fieles se hace perfecto, porque está unido al sacrificio de Cristo, es ofrecido a través de sus manos en el nombre de la Iglesia de forma incruenta sobre el altar, en la celebración de los sagrados misterios. Reconoce lo que haces, imita a aquel que tocas, para que celebrando el misterio de la muerte y resurrección del Señor, puedas mortificar en ti mismo todos los vicios y prepararte a caminar en una vida nueva” [1].
Se ve, por ello, que el motivo de una particular preparación del sacerdote antes de la Misa y el agradecimiento después de ella reside en el beneficio para la Iglesia entera, porque el sacerdote que santifica al pueblo cristiano necesita él en primer lugar ser colmado por el espíritu de santidad. Siempre es de ayuda al sacerdote haber tomado un momento para considerar los textos que rezará durante la Misa, sea en el día en el que participará la asamblea, sea cuando falta esta. Oportunas reflexiones previas sobre los textos pueden estimular un deseo más profundo de Dios. La preparación textual constituye una preparación litúrgica coherente para la Santa Misa, no en último término porque está basada en la Sagrada Escritura. Un sacerdote que cultiva el silencio personal en el tiempo que precede y que sigue a la Santa Misa, con su misma disposición animará el espíritu de meditación.
Un sacerdote en atención pastoral podría tener que luchar para establecer el silencio deseable en toda sacristía, especialmente si se presenta la necesidad de tener que recibir en ella a los fieles. Pero precisamente para él en particular, los textos de preparación antes de la Misa y de agradecimiento después de ésta pueden ser rezados en cualquier momento. Éstos reconocen también las limitaciones de tiempo y por ello se presentan como un apoyo espiritual más que como una imposición de obligación sobre el sacerdote que intenta celebrar la Misa del modo más reverente posible. Debe señalarse que la ligera categoría [blanda rubrica] que se encuentra bajo los títulos de la Praeparatio ad Missam y de la Gratiarum Actio en el Misal de 1962 reconoce estas exigencias concretas del sacerdote [2]. Ningún acto de amor, por definición, es apresurado. Habiendo ofrecido el supremo sacrificio del amor de Cristo, es de esperar que un sacerdote sea movido a hacer lo que sea posible para encontrar un tiempo, aunque sea breve, para una acción de gracias después de la Misa. Y se sentirá reforzado por haberlo hecho.
La preparación de un sacerdote para la Misa será ulteriormente apoyada por el ciclo de la Liturgia de las Horas, que enriquece la vida de todo sacerdote. La antigua sabiduría del Ritus Servandus in Celebratione Missae, que se encuentra aún en la primera parte del Misal de 1962, presume la importancia intrínseca del Oficio Divino para la vida interior del presbítero. Ésta establecía que los Maitines (actual Oficio de Lectura, n.d.t.) y los Laudes debían haberse completado antes de la celebración. También debe decirse que el contexto de esa prescripción secular no podía tener presente la Misa de la tarde [3].
Dado que la Misa se celebra actualmente en cualquier hora del día litúrgico, ya no se aplica esta norma de modo restrictivo, sin embargo los Principios y Normas para la Liturgia de las Horas explican atentamente la conexión entre la celebración de la Eucaristía y la Liturgia de las Horas: “Cristo ha mandado: 'Hay que rezar siempre sin descanso' (Lc 18,1). Por ello la Iglesia, obedeciendo fielmente a este mandato, no cesa nunca de elevar oraciones y nos exhorta con estas palabras: 'Por medio de él (Jesús) ofrecemos continuamente un sacrificio de alabanza a Dios' (Hb 13,15). A este precepto la Iglesia responde no solo celebrando la Eucaristía, sino también de otras formas, y especialmente con la Liturgia de las Horas, la cual, entre las demás acciones litúrgicas, tiene como característica, por antigua tradición cristiana, santificar todo el transcurso del día y de la noche” [4].
3. La Praeparatio ad Missam
3.1. La comparación de los textos ofrecidos para la Praeparatio muestran que las mismas oraciones están incluidas en las dos formas del Rito Romano, aunque hayan sido reducidas a cuatro en el Missale Romanum de 1970. En este, encontramos la oración Ad Mensam de san Ambrosio; la Omnipotens sempiterne Deus, ecce accedo de santo Tomás de Aquino; una oración a la Beata Virgen María, O Mater pietatis et misericordiae; y la Fórmula de Intención Ego volo celebrare Missam [5]. A raíz de una primera reforma de las indulgencias hecha después del Concilio Vaticano II y publicada en el Enchiridion de las Indulgencias de 1968, no se mencionan las indulgencias que fueron unidas a la recitación de estas oraciones por Pío IX, cuyos detalles habían sido publicados en el Misal de 1962.
3.2. Amplios textos adornan ese Misal, La antífona Ne reminiscaris pide a Dios que sea misericordioso a pesar de nuestros pecados y de los de aquellos que nos han precedido. Esta va seguida por los salmos 83, 84, 85, 115 y 129. El Kyrie eleison, Christe eleison, Kyrie eleison y el Pater noster, cuyas dos últimas líneas forman el inicio de una serie de versículos, son seguidos por un número de colectas breves. En algunos manuales devocionales estas siete colectas se atribuyeron a san Ambrosio y asignadas a los diversos días de la semana. Sea como sea, por como están colocadas en el Misal, se considera que deben decirse sucesivamente bajo una única conclusión. Todas, excepto la séptima, se concentran sobre la obra de santificación del Espíritu Santo. La séptima colecta es seguida por una doxología más larga que concluye la serie. La primera colecta reza para que el Espíritu Santo resplandezca en nuestros corazones, para que podamos celebrar dignamente los santos misterios. La segunda pide que podamos amar a Dios perfectamente y alabarlo dignamente. La tercera, que podamos servir a Dios en la castidad y pureza de espíritu, mientras que la cuarta implora al Paráclito que ilumine nuestras mentes. La quinta pide la fuerza del Espíritu Santo para expulsar las fuerzas del enemigo. La sexta colecta pide la sabiduría y la consolación, y la última pide a Dios que nos purifique y que haga de nosotros el lugar de su morada.
3.3. La extensa Oratio Sacerdotis ante Missam está dividida en el Misal en siete partes, una por cada día de la semana, y forma una meditación orante sobre la imitación de las virtudes de Cristo, Sumo Sacerdote. Su significado es tan confortante como exigente. La relevancia de sus diversos temas es adecuada a su estilo literario, que es insistente e íntimo. El domingo, el sacerdote pide al Espíritu Santo que le enseñe a tratar los santos misterios con reverencia, honor, devoción e íntimo temor. El lunes, se concentra sobre su necesidad de castidad perfecta, mientras que el martes, el sacerdote reconoce su propia indignidad al celebrar la Misa y, mientras proclama su fe en que Dios puede suplir cuanto le falta, pide percibir su presencia mientras celebra y también ser rodeado por los ángeles. El miércoles sale a la luz el elenco de las necesidades sociales de las personas por las cuales Cristo derramó su Sangre. El jueves, el sacerdote, mientras mendiga la misericordia divina, recuerda cómo la providencia socorre la fragilidad humana: “Tu amas todo lo que existe, y no desprecias nada de cuanto has hecho” [6]. El viernes, el sacerdote reza especialmente por los difuntos y el sábado reflexiona sobre el gran don del Santísimo Sacramento y suplica que éste le pueda conducir a ver a Dios cara a cara.
3.4. El Ad Mensam de san Ambrosio pide que el Cuerpo y la Sangre de Cristo puedan perdonar al sacerdote sus pecados y protegerlo de sus enemigos. La Oración de santo Tomás de Aquino, en cambio, pide que el poder curador del Santísimo Sacramento pueda preparar al sacerdote a la visión eterna de Dios. En la Oración a la Beata Virgen María, el sacerdote reza no sólo por sí mismo, sino por todos sus hermanos que celebran la Misa ese día en todo el mundo. Siguen oraciones a san José, a todos los ángeles y santos y finalmente una oración al santo en honor del cual será celebrada la Misa. La Fórmula de Intención recuerda al sacerdote la intención de la Iglesia respecto a la celebración de la Misa, así como su papel dentro de la misma. El sacerdote no opera solo. Lo que él realiza ha sido entregado por Cristo a su Iglesia, confirmado por el Magisterio y apoyado por la Tradición. El sacerdote hace presente el Cuerpo y Sangre de Cristo. Él sigue el rito de la santa Iglesia católica. Su objetivo es el de alabar a Dios y a la Iglesia celeste, mientras reza por la terrena, y en particular por todos aquellos que se han encomendado a sus oraciones, como también por el bienestar de toda la Iglesia católica. Después, al rezar por todos los fieles, el sacerdote pide que el Señor le conceda a él y a todos alegría con paz, cambio de vida, un espacio de verdadera penitencia, la gracia y el consuelo del Espíritu Santo y la perseverancia en las buenas obras.
4. La Gratiarum Actio post Missam
4.1. El cuerpo de textos que forma el agradecimiento tras la Misa muestra amor, humildad y fe que se exaltan en el don sublime de la Santísima Eucaristía. El Missale Romanum de 2002 contiene la Oración Universal atribuida al papa Clemente XI y el Ave María. Además, en común con el Misal de 1962, contiene la Oración de santo Tomás de Aquino; las Aspiraciones al Santísimo Redentor o Anima Christi; la Ofrenda de sí o Suscipe; la Oración ante Nuestro Señor Jesucristo crucificado e En Ego; y la Oración a la Beata Virgen María. A estos textos en el Misal de 1962 se anexaban las indulgencias de los papas Pío X, XI y XII, mientras que algunos textos del Missale Romanum de 2002 han sido incluidos también en el Enchiridion de las Indulgencias.
4.2. En el Misal de 1962, una antífona precede al Benedicite (cf. Dn 3,56-58) y al Salmo 150. Observando la misma estructura de la Preparación a la Misa, el Kyrie eleison y algunos versículos abren el camino a algunas colectas. La primera de ellas reza para que, como los tres jóvenes fueron sacados ilesos de las llamas, así puedan los siervos del Señor evitar las heridas del pecado. La segunda colecta pide que las obras buenas que Dios ha comenzado en sus siervos puedan llegar a su cumplimiento, mientras que la tercera, que tiene un tema semejante a la primera, es una oración a san Lorenzo, diácono y mártir, a quien se halló vencedor en el sufrimiento. Las devociones que el sacerdote puede recitar pro opportunitate poseen expresiones semejantes a las peticiones de protección en nuestro viaje hacia el cielo. Tras la oración de santo Tomás hay otra (alia oratio) y el himno métrico Adoro Te, sigue la amada oración del Anima Christi. El Suscipe y el En Ego preceden a otra oración que pide que la Pasión de Cristo sea la fuerza del sacerdote, su defensa y gloria eterna. Antes de las oraciones a san José y al santo en honor del cual se ha celebrado la Misa, la Oración a la Beata Virgen María ofrece a Jesús, que ha sido recibido en la Santísima Eucaristía, a la Virgen Madre, para que Ella pueda volver a ofrecerlo en el supremo acto de adoración (latreia), o culto perfecto, a la Santísima Trinidad.
5. Conclusión
El Ordenamiento General del Misal Romano establece: “Es por ello de suma importancia que la celebración de la Misa, o Cena del Señor, esté ordenada de tal forma que los sagrados ministros y los fieles, participando en ella cada uno según su propio orden y grado, traigan abundancia de los frutos por los que Cristo instituyó el Sacrificio eucarístico de su Cuerpo y de su Sangre y lo ha confiado, como memorial de su Pasión y resurrección, a la Iglesia, su amadísima esposa” [7]. La preparación del sacerdote a la Misa y al acto de acción de gracias sucesivo se completan mutuamente. Estos nutren la reverencia en los corazones y en las mentes de los fieles que son ayudados a participar con mayor intensidad en la liturgia celebrada por un sacerdote que se ha beneficiado de la oportunidad de recogimiento. Lo que anima la preparación previa promueve también la acción de gracias sucesiva a la Misa. Ambas guían continuamente a la Iglesia hacia y desde el Sacrificio eucarístico que celebra y hace presente los frutos del misterio pascual hasta que Cristo vuelva en el fin de los tiempos
[Traducción del inglés por Mauro Gagliardi, del italiano por Inma Álvarez]
Notas
1) Pontificale Romanum, “De Ordinatione Episcopi, Presbyterorum et Diaconorum”, cap. 2, n. 151: Munere item sanctificandi in Christo fungéris. Ministério enim tuo sacrifícium spirituále fidélium perficiétur, Christi sacrifício coniúnctum, quod una cum iis per manus tuas super altáre incruénter in celebratióne mysteriórum offerétur. Agnósce ergo quod agis, imitáre quod tracta, quátenus mortis et resurrectiónis Dómini mystérium célebrans, membra tua a vítiis ómnibus mortificáre et in novitáte vitæ ambuláre stúdeas.
2) La expresión Praeparatio ad Missam impresa en negro está seguida por otra: pro opportunitate sacerdotis facienda escrita en rojo, lo que califica los textos como recursos facultativos que el sacerdote puede usar según las circunstancias.
3) Sacerdos celebraturus Missam […] saltem Matutino cum Laudibus absoluto.
4) Institutio Generalis de Liturgia Horarum, cap. 1, n. 10.
5) Missale Romanum, editio typica tertia 2002, nn. 1289-1291.
6) Sb 11,24 forma el introito del Miércoles de Ceniza, tanto en la forma ordinaria como en la extraordinaria del Rito Romano.
7) Institutio Generalis Missalis Romani, 2002, n. 17.
ZENIT publica la ponencia que pronunció el arzobispo Dominique Mamberti, secretario para las Relaciones con los Estados de la Santa Sede, el miércoles 16 de Junio de 2010 en la apertura de la X Semana social de la Iglesia cubana sobre "La laicidad del Estado: algunas consideraciones" en el aula magna del Colegio Universitario San Gerónimo.
1. INTRODUCCIÓN
La cortés invitación para abrir los trabajos de esta X Semana Social me ofrece la agradable ocasión de encontrarme con ustedes: Autoridades de la República de Cuba, Embajadores acreditados en La Habana, Autoridades de la Iglesia Católica en Cuba y fieles laicos que participan en estas sesiones. A cada uno les llegue mi más cordial saludo.
Pienso de manera especial en ustedes, queridos fieles aquí presentes, que representan los diversos y más capacitados sectores de la Iglesia en la Isla. Un encuentro como éste tiene entre sus finalidades principales corroborar la vocación y la misión del laicado. En efecto, las Semanas Sociales que se desarrollan también en otros Países, "constituyen un lugar cualificado de expresión y crecimiento de los fieles laicos, capaz de promover, a alto nivel, su contribución específica a la renovación del orden temporal"[1].
Pero sobre todo, deseo hacerles llegar la cercanía paterna del Papa y la afectuosa bendición que Su Santidad Benedicto XVI me ha confiado para ustedes. Come él mismo escribió hace ya dos años a los Obispos de Cuba: "ustedes saben bien que pueden contar con la cercanía del Papa, y con la fraterna oración y colaboración de las otras Iglesias Particulares diseminadas por todo el mundo"[2].
Estoy seguro que mi presencia en estos días podrá contribuir a reforzar los vínculos de comunión entre los Obispos y los fieles de las Diócesis cubanas con el Sucesor del Apóstol San Pedro, principio y fundamento visible de la unidad de la Iglesia Católica.
Agradezco al Episcopado cubano y a los organizadores de esta Semana Social por haberme dado también la posibilidad de compartir algunas reflexiones sobre el tema de la laicidad del Estado. Se trata de un argumento sumamente amplio y de gran actualidad con el cual se encuentran relacionados temas muy importantes. Además, requiere tomar en consideración el plurisecular recorrido de la comunidad humana y de la Iglesia Católica.
Tampoco se puede dejar de lado que a través de las distintas épocas de la historia y también en diversos Países y áreas culturales la cuestión de la laicidad del Estado ha sido tratada, también hoy, con contenidos y modalidades diferentes. Esto resulta suficiente para comprender que sería ilusorio pensar agotar el argumento en el breve espacio de una prolusión. Me limitaré, por tanto, a algunas consideraciones que me parecen significativas en el contexto de una Semana Social con la esperanza de que puedan servirles de estímulo para la reflexión que llevarán a cabo y, luego, para la acción.
2. LAICIDAD Y CRISTIANISMO
Se ha de observar que, aunque el término "laicidad" tanto en el pasado como en el presente se refiere ante todo a la realidad del Estado y asume no pocas veces un matiz o acepción en contraposición a la Iglesia y al cristianismo, no existiría si no fuera por el mismo cristianismo.
Y esto vale tanto para la realidad en sí misma como para el término en cuestión.
En efecto, sin el Evangelio de Cristo no habría entrado en la historia de la humanidad la distinción fundamental entre lo que el hombre debe a Dios y aquello que debe al César; es decir, a la sociedad civil (cfr. Lc. 20, 25). Si pensamos en el contexto histórico en el cual tuvo lugar la Encarnación del Hijo de Dios, sea en lo que se refiere al imperio romano como a la misma comunidad de Israel, no se puede dejar de evidenciar cuanto era lejana de la mentalidad común de la época el nuevo planteamiento que Jesucristo hace del rol de la autoridad del Estado en relación a la conciencia del hombre, especialmente en lo que se refiere a su relación con el Trascendente. Por ello, se puede afirmar -como lo ha señalado el Papa Benedicto XVI-, que "la laicidad, de por sí, no está en contradicción con la fe. Es más, diría que es un fruto de la fe, porque el cristianismo fue, desde sus comienzos, una religión universal y, por tanto, no identificable con un Estado; presente en todos los Estados y distinta de cada uno de ellos. Para los cristianos ha sido siempre claro que la religión y la fe no están en la esfera política sino en otra esfera de la realidad humana... La política, el Estado no es una religión sino una realidad profana con una misión específica. Las dos realidades deben estar abiertas una a la otra"[3].
Aún el mismo término "laicidad", derivado de la palabra "laico", tiene su primer origen en el ámbito eclesial. En efecto, "nació como una indicación de la condición del simple fiel cristiano, no perteneciente al clero ni al estado religioso"[4]. También hoy en la Iglesia nosotros reconocemos esta bipartición fundamental creada por el Sacramento del Orden entre los bautizados, por el cual los que lo han recibido son clérigos y los demás laicos; de estos dos estados provienen quienes profesan los tres consejos evangélicos en los Institutos de Vida Consagrada[5].
El laico es, entonces, aquel "que no es clérigo"; aunque, obviamente, esto no agota el contenido de la vocación específica de esta categoría de bautizados. Ésta es la primera acepción, que resulta totalmente intraeclesial, del término "laicidad".
También la segunda etapa de la evolución de su significado permanece en el ámbito interno de la Iglesia. En este nuevo significado el término no designa más una categoría de fieles sino que describe el tipo de relación que se instaura entre las Autoridades de la Iglesia y aquellas civiles: en efecto, "durante la Edad Media revistió el significado de oposición entre los poderes civiles y las jerarquías eclesiásticas"[6]. Observemos, sin embargo, que en esta época hubo sí una confrontación y contraste entre estas dos Autoridades, pero siempre al interno de una realidad social que se reconocía totalmente cristiana. "El ‘Regnum' (el Sacro imperio), inserido en la ‘Ecclesia' [Iglesia], marcado por la sacralidad, ejercitaba un papel no sólo de protección; la Iglesia, a su vez, estaba llamada a tareas también temporales y fuertemente inserida en las estructuras mismas del ‘Regnum'"[7]. Los soberanos, que reivindicaban una no sujeción al Papa, no por esto se consideraban fuera de la Iglesia; cuanto más, deseaban ejercer un rol de control y de organización de la misma Iglesia, pero no había ninguna voluntad de separarse de ella o su exclusión de la sociedad.
Es a partir del Iluminismo y luego de manera dramática durante la Revolución francesa que el término "laicidad" llega a designar su contrario: una completa alteridad; es más, una oposición neta entre el ámbito de la vida civil y aquel religioso y eclesial. Como hacía ver Benedicto XVI, "en los tiempos modernos ha tenido el significado de exclusión de la religión y de sus símbolos de la vida pública mediante su confinamiento al ámbito privado y de la conciencia individual"[8]. Y observaba: "Así, ha sucedido que al término ‘laicidad' se le ha atribuido una acepción ideológica opuesta a la que tenía en su origen"[9].
Este breve esbozo sobre la evolución del término "laicidad" nos permite observar que cada uno de los significados asumidos en las etapas fundamentales de tal desarrollo no ha sido superado y anulado por la etapa sucesiva: en efecto, "laicidad" todavía designa:
a) tanto la condición eclesial de los bautizados que no son clérigos ni religiosos,
b) como la distinción entre la Autoridad eclesial y aquella civil,
c) como el comportamiento que lleva a excluir la dimensión religiosa del conjunto de la vida social.
Además, podemos observar que estas tres diversas acepciones del término "laicidad" se encuentran estrechamente emparentadas e interdependientes, y ello aparecerá aún más claramente al final de nuestra exposición.
Pero sobre todo comprendemos que, aunque la laicidad es invocada hoy y utilizada no raras veces para obstaculizar la vida y la actividad de la Iglesia, en su realidad profunda y positiva ella no se hubiera ni siquiera dado sin el cristianismo. Es lo que ha sucedido también con otros valores que hoy son considerados típicos de la modernidad y frecuentemente invocados para criticar a la Iglesia o, en general, a la religión, como el respeto de la dignidad de la persona, el derecho a la libertad, la igualdad, etc.: que son en gran parte fruto de la profunda influencia del Evangelio en diversas culturas, aún cuando más tarde fueron separados y hasta contrapuestos a sus orígenes cristianos.
3. LAICIDAD Y LIBERTAD RELIGIOSA
A esta primera consideración de carácter más bien histórico quisiera agregar una segunda, que nos coloca más en el presente. Me refiero al hecho de que en muchas legislaciones estatales se afirma que la laicidad es uno de sus principios fundamentales; obviamente, sobre todo en lo que se refiere a la relación del Estado con la dimensión religiosa del hombre.
Podemos preguntarnos si es totalmente aceptable un enfoque que coloca en primer lugar la laicidad y, a partir de él, plantea la actitud que el Estado debe asumir frente al credo religioso de sus ciudadanos. Al respecto, no se puede olvidar que de hecho, en nombre de esta concepción, algunas veces son tomadas decisiones o emanadas normas que objetivamente afectan el ejercicio personal y comunitario del derecho fundamental a la libertad religiosa.
Si partimos de un concepto adecuado del derecho a la libertad religiosa, que se funda en la inviolable dignidad de la persona, tenemos que decir que "la neutralidad, la laicidad o la separación no pueden ser los principios que definen en modo fundamental la posición del Estado frente a la religión"[10]. Principios como el de la laicidad, "tienen una valencia práctica puramente negativa, de no interferencia... del Estado en las opciones religiosas de los ciudadanos; la libertad religiosa, en cambio, aunque se exprese como incompetencia del Estado en estas opciones, le exige -además- una actividad positiva a fin de defender, tutelar y promover con justicia los contenidos concretos, no de la religión sino de sus manifestaciones con relevancia social"[11].
La laicidad, la neutralidad o la separación son, entonces, por sí mismos insuficientes para definir de modo completo la actitud que el Estado debe tener en relación con el credo de sus ciudadanos. Más bien, los Estados "tienen que actuar como garantía de la libertad religiosa y si no se refieren a ella dejan de tener sentido o se transforman en manifestación de estatismo" [12].
Podemos notar que la falta de una subordinación lógica y ontológica de la laicidad respecto al pleno respeto de la libertad religiosa constituye para esta última una posible y también real amenaza. En efecto, "cuando se pretende subordinar la libertad religiosa a cualquier otro principio, la laicidad tiende a transformarse en laicismo, la neutralidad en agnosticismo y la separación en hostilidad"[13]. En tal caso, paradójicamente el Estado pasa a ser un Estado confesional y no más auténticamente laico, porque haría de la laicidad su valor supremo, la ideología determinante; justamente una especie de religión, hasta con sus ritos y liturgias civiles.
Para un Estado el decirse laico no puede significar querer marginar o rechazar la dimensión religiosa o la presencia social de las confesiones religiosas. Al contrario, debería ser tarea del Estado reconocer el rol central de la libertad religiosa y promoverlo positivamente. Fue precisamente en Cuba donde Juan Pablo II confirmó que "el Estado, lejos de todo fanatismo o secularismo extremo, debe promover un clima social sereno y una legislación adecuada, que permita a toda persona y a toda confesión religiosa vivir libremente su propia fe, expresarla en los ámbitos de la vida pública y poder contar con los medios y espacios suficientes para ofrecer a la vida de la Nación sus propias riquezas espirituales, morales y cívicas"[14].
Al respecto, ha de reafirmarse la concepción plena del derecho a la libertad religiosa. Ya que, respetarlo no significa simplemente no ejercer coacción o permitir la adhesión personal e interior a la fe. Retomando la enseñanza del Concilio Vaticano II sobre la libertad religiosa, Su Santidad Benedicto XVI ha recordado que el "cuidado de la comunidad civil en relación al bien de los ciudadanos no puede limitarse a algunas dimensiones de la persona, como la salud física, el bienestar económico, la formación intelectual o las relaciones sociales. El hombre se presenta frente al Estado también con su dimensión religiosa, que ‘consiste ante todo en actos internos voluntarios y libres, por los cuales el hombre se ordena directamente a Dios' (Dignitatis humanae, 3)[15]. Esto implica que el Estado principalmente no procure impedir este movimiento de la persona hacia su Creador: "Esos actos ‘no pueden ser mandados ni prohibidos' por la autoridad humana; la cual, por el contrario, tiene el deber de respetar y promover esta dimensión: como enseñó con autoridad el Concilio Vaticano II a propósito del derecho a la libertad religiosa, nadie puede ser obligado ‘a actuar contra su conciencia' y no se le puede ‘impedir que actúe según su conciencia, sobre todo en materia religiosa' (Ibid.)"[16]. Si bien el respeto del acto personal de fe es fundamental, no agota la actitud del Estado en relación a la dimensión religiosa, porque ésta -como la persona humana- tiene necesidad de exteriorizarse en el mundo y de ser vivida no sólo personalmente, sino también comunitariamente. "Ahora bien, sería reductivo -continúa el Santo Padre- considerar suficientemente garantizado el derecho a la libertad religiosa cuando no se hace violencia, no se interviene sobre las convicciones personales o se limita a respetar la manifestación de la fe en el ámbito del lugar de culto. En efecto, no se debe olvidar que ‘la misma naturaleza social del hombre exige que éste exprese externamente los actos internos de religión, que se comunique con otros en materia religiosa y que profese de modo comunitario su religión' (Ibid.). Así pues, la libertad religiosa no sólo es un derecho del individuo, sino también de la familia, de los grupos religiosos y de la Iglesia misma (cfr. Dignitatis humanae, 4-5. 13), y el ejercicio de este derecho influye en los múltiples ámbitos y situaciones donde el creyente se encuentra y actúa"[17].
Se trata, entonces, de coordinar rectamente laicidad y libertad religiosa, tomando la primera como un medio importante pero no exhaustivo para respetar la segunda; la cual, a su vez, va asumida con todas sus dimensiones, sin reduccionismos que terminan traduciéndose en su negación.
Permítanme abrir brevemente un paréntesis. Un discurso análogo al de la laicidad en relación con el derecho a la libertad religiosa se podría hacer sobre la relación existente entre el principio de la igualdad y el de la libertad. No se puede en nombre de una igualdad teórica, que no percibe las diversas realidades, equiparar todas las situaciones jurídicas sin tener cuenta de sus diferencias de hecho. En efecto, "tratar... en modo igual relaciones jurídicas distintas es tan injusto cuanto el tratar de modo desigual relaciones jurídicas idénticas"[18]. También sobre este particular concierne el derecho a la libertad religiosa; justicia no es dar a todos lo mismo, sino lo que a cada uno le corresponde. Es contrario al principio de igualdad tanto discriminar o privilegiar cuanto uniformar e impedir aquel pluralismo que de hecho existe entre las confesiones religiosas en sus manifestaciones vitales en la sociedad.
4. ¿QUÉ COSA LA LAICIDAD REQUIERE DE LOS CRISTIANOS?
Normalmente cuando se trata el tema de la laicidad, la atención se concentra en aquello que comporta para el Estado, sus Autoridades, sus estructuras y normas. Sin embargo, no se debe olvidar que aquella que ya Pío XII definió como "legítima y sana laicidad"[19] sirve a tutelar y a promover la libertad religiosa pero también interpela a los creyentes. Tratándose ésta de una Semana Social, pienso que es oportuno detenerme un poco más ampliamente sobre este aspecto.
a) Legítima autonomía del Estado
Ante todo, el respeto del principio de laicidad exige a los católicos reconocer la justa autonomía de las realidades temporales, entre las cuales se encuentra la comunidad política. Se trata de una doctrina expuesta en la Constitución pastoral "Gaudium et Spes" del Concilio Vaticano II y recordada por Benedicto XVI, por la cual "las realidades temporales se rigen según sus normas propias, pero sin excluir las referencias éticas que tienen su fundamento último en la religión. La autonomía de la esfera temporal no excluye una íntima armonía con las exigencias superiores y complejas que derivan de una visión integral del hombre y de su destino eterno"[20]. Una de las "normas propias" de esta realidad temporal que es el Estado es justamente la laicidad; que, sin embargo, se debe siempre comprender y practicar a la luz de una visión integral de la persona humana, de la cual descienden precisamente claras exigencias éticas.
De esto deriva que para los creyentes "la promoción según conciencia del bien común de la sociedad política" -como lo afirma un documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre el compromiso y el comportamiento de los católicos en la vida política- "nada tiene que ver con el ‘confesionalismo' o con la intolerancia religiosa"[21]. Estas dos últimas maneras de pensar y de actuar no sólo son incompatibles con la justa laicidad, sino que pueden llegar a ser una amenaza para la libertad religiosa. Juan Pablo II, al respecto, ha advertido que: "identificar la ley religiosa con aquella civil puede efectivamente sofocar la libertad religiosa y, hasta limitar o negar otros derechos humanos inalienables"[22].
Podemos, entonces, decir de modo negativo que la laicidad requiere del creyente que evite cualquier tipo de confusión entre la esfera religiosa y aquella política.
b) Orden justo y purificación de la razón
Pero, como hemos dicho, el respeto de la autonomía de la realidad temporal "Estado", en la visión cristiana, no significa una autonomía ética, por la cual estaría desconectado e independiente de cualquier norma moral. La historia da testimonio, lamentablemente con abundantes ejemplos, de las consecuencias nefastas de formas de gobierno y de estado que se han considerado superiores a las leyes y a los valores morales; es decir, que no han buscado la justicia, que es el respeto de los derechos y de cada uno. "Una atención inadecuada a la dimensión moral conduce a la deshumanización de la vida asociada y de las instituciones sociales y políticas, consolidando las ‘estructuras de pecado'"[23].
Pero ¿dónde encuentra el Estado las instancias éticas a las cuales puede hacer referencia? Reprendiendo la visión católica de las relaciones entre fe y razón, Su Santidad Benedicto XVI en la encíclica "Deus caritas est" afirma que la razón humana por sí misma puede reconocer las instancias morales de referencia. Pero aclara que si para realizar esta tarea la razón cuenta solamente con sus fuerzas le resultará sumamente difícil lograrlo: "la razón ha de purificarse constantemente, porque su ceguera ética, que deriva de la preponderancia del interés y del poder que la deslumbran, es un peligro que nunca se puede descartar totalmente"[24]. Consecuentemente, por un lado, en el terreno del uso recto de la razón los cristianos pueden encontrar amplias convergencias también con quienes pertenecen a otras religiones y con todos los hombres de buena voluntad a fin de comprometerse en favor de la dignidad de la persona humana. Por otro lado, la presencia de los cristianos en las cuestiones temporales mantiene alto el impulso de la sociedad en su búsqueda del auténtico bien común. Se coloca aquí, por ejemplo, la obra de formación que realiza la Iglesia sobre todo de los jóvenes.
Concretamente, esta purificación de la razón humana, que es el servicio que la Iglesia y sus miembros ofrecen a la sociedad, se da a través de la propuesta de su Doctrina social. En efecto, "la Doctrina social de la Iglesia argumenta desde la razón y el derecho natural; es decir, a partir de lo que es conforme a la naturaleza de todo ser humano" y "quiere servir a la formación de las conciencias en la política así como contribuir a que crezca la percepción de las verdaderas exigencias de la justicia y, al mismo tiempo, la disponibilidad para actuar conforme a ella, aun cuando esto estuviera en contraste con situaciones de intereses personales"[25].
Por lo tanto, las recurrentes acusaciones de injerencia que se esgrimen hoy son todo un pretexto cuando los Pastores de la Iglesia recuerdan a los fieles y a todos los hombres de buena voluntad aquellos "valores y principios antropológicos y éticos radicados en la naturaleza del ser humano, reconocibles a través del recto uso de la razón"[26]. Como recuerda el Santo Padre:"La Iglesia no puede ni debe emprender por cuenta propia la empresa política de realizar la sociedad más justa posible. No puede ni debe sustituir al Estado. Pero tampoco puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia. Debe insertarse en ella a través de la argumentación racional y debe despertar las fuerzas espirituales, sin las cuales la justicia, que siempre exige también renuncias, no puede afirmarse ni prosperar"[27].
c) La misión de los laicos
En el Cuerpo Místico de Cristo que es la Iglesia los diversos miembros tienen vocaciones y misiones distintas en la Iglesia y en la sociedad, y esto vale también en relación con la realización de cuanto la laicidad del Estado exige de los cristianos. De este modo, al Magisterio le compete un rol distinto de aquel que le corresponde a los laicos: mientras a los Pastores de la Iglesia les toca iluminar las conciencias con la enseñanza, "el deber inmediato de actuar en favor de un orden justo en la sociedad" -como afirma Benedicto XVI en su encíclica sobre la caridad- "es .... propio de los fieles laicos", que lo realizan "cooperando con los demás ciudadanos"[28].
Esto es una consecuencia de la especificidad de la vocación laical, que el Concilio Vaticano II ha individuado en el "carácter secular": "A los laicos pertenece por propia vocación buscar el Reino de Dios tratando y ordenando, según Dios, los asuntos temporales. Viven en el siglo, es decir, en todas y en cada una de las actividades y profesiones, así como en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social con las que su existencia está como entretejida. Allí están llamados por Dios a cumplir su propio cometido, guiándose por el espíritu evangélico; de modo que, igual que la levadura, contribuyan desde dentro a la santificación del mundo y de este modo descubran a Cristo a los demás, brillando, ante todo, con el testimonio de su vida, fe, esperanza y caridad. A ellos, muy en especial, corresponde iluminar y organizar todos los asuntos temporales a los que están estrechamente vinculados, de tal manera que se realicen continuamente según el espíritu de Jesucristo y se desarrollen y sean para la gloria del Creador y del Redentor"[29].
La misión de los laicos, entonces, es de compromiso, de testimonio, de diálogo, de animación dentro de la sociedad y de sus articulaciones, y en contacto con todos los demás ciudadanos. Lo recordaba Juan Pablo II a los jóvenes cubanos durante su memorable visita en esta Isla: "No hay verdadero compromiso con la Patria sin el cumplimiento de los propios deberes y obligaciones en la familia, en la universidad, en la fábrica o en el campo, en el mundo de la cultura y el deporte, en los diversos ambientes donde la Nación se hace realidad y la sociedad civil entreteje la progresiva creatividad de la persona humana. No puede haber compromiso con la fe sin una presencia activa y audaz en todos los ambientes de la sociedad en los que Cristo y la Iglesia se encarnan"[30].
Se trata de una misión, la que le aguarda a los fieles laicos, que requiere fundarse sobre una profunda vida espiritual y sobre una sólida formación doctrinal, especialmente en lo que se refiere a la Doctrina social de la Iglesia, y no menos sobre la adquisición de las capacidades que el rol, la posición y la profesión exigen.
5. CONCLUSIÓN
Con estas consideraciones sobre la vocación laical hemos regresado a la primera y originaria acepción, del todo intraeclesial, del término "laico/laicidad", a la que he hecho referencia anteriormente. Me parece que ahora puede resultar más claro cómo este significado de "laicidad" se encuentre por sí mismo conectado con los otros dos que ha asumido a lo largo de la bimilenaria historia de la Iglesia en su relación con la sociedad: laicidad del Estado, que, lejos de ser marginación de la dimensión religiosa y de la comunidad de los creyentes de la vida social en todas sus componentes (laicidad en el sentido de laicismo) pasa a ser respeto y colaboración entre la sociedad civil y aquella eclesial para el verdadero bien del hombre y de la familia humana (sana laicidad o laicidad positiva).
Hemos así trazado a grandes rasgos las líneas generales de la visión cristiana del tema de la laicidad del Estado. Como antes les decía, en la vida de toda comunidad estatal estas líneas deben encontrar su correspondiente actuación en la historia, la cultura, la organización del País y, sobre todo, deben tener una concretización práctica concreta y cotidiana.
No me queda, entonces, que confiarles estas fragmentarias consideraciones mías a la reflexión de esta Semana Social que entra en el vivo de sus trabajos y a la cual le deseo que llegue a ofrecer impulsos positivos sobre cuestiones tan importantes -como las que se tratarán- para el compromiso de la Iglesia en Cuba.
¡Muchísimas gracias!
[1] COMPENDIO DE LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA, n. 532.
[2] BENEDICTO XVI, Mensaje a los Obispos de Cuba con ocasión del X aniversario de la visita de Juan Pablo II, el 20 de febrero de 2008.
[3] BENEDICTO XVI, Entrevista concedida a los periodistas durante el vuelo rumbo a Francia, el 12 de septiembre de 2008.
[4] BENEDICTO XVI, Discurso a los participantes en el 56° Congreso nacional de la Unión de Juristas Católicos italianos, el 9 de diciembre de 2006.
[5] Cfr. CÓDIGO DE DERECHO CANÓNICO, c. 207.
[6] BENEDICTO XVI, Discurso a los participantes en el 56° Congreso nacional de la Unión de Juristas Católicos italianos, el 9 de diciembre de 2006.
[7] JUAN PABLO II, Homilía durante la visita pastoral a Salerno, el 26 de mayo de 1985, n. 3.
[8] BENEDICTO XVI, Discurso a los participantes en el 56° Congreso nacional de la Unión de Juristas Católicos italianos, el 9 de diciembre 2006.
[9] Ibid.
[10] J. T. MARTÍN DE AGAR, Libertà religiosa, uguaglianza e laicità, en «Ius Ecclesiae», (1995) pp. 199-215.
[11] Ibid.
[12] Ibid.
[13] Ibid.
[14] JUAN PABLO II, Homilía en la Plaza «José Martí» de La Habana, el 25 de enero de 1998, n. 4.
[15] BENEDICTO XVI, Discurso pronunciado en la visita al Presidente de la República italiana, el 20 de noviembre de 2006.
[16] Ibid.
[17] Ibid.
[18] F. RUFFINI, Libertà religiosa e separazione tra Chiesa e Stato, en Scritti dedicati a G. Chiodini, Torino 1975, p. 272.
[19] PÍO XII, Alocución a la colonia de Marcas en Roma, el 23 marzo de 1958.
[20] BENEDICTO XVI, Discurso con ocasión de la visita al Presidente de la República italiana, el 24 de junio de 2005.
[21] CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Nota doctrinal sobre algunas cuestiones concernientes el compromiso y el comportamiento de los católicos en la vida pública, n. 6.
[22] JUAN PABLO II, Mensaje para la celebración de la Jornada Mundial de la Paz 1991: "Si quieres la paz, respeta la conciencia de cada hombre", IV.
[23] COMPENDIO DE LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA, n. 566.
[24] BENEDICTO XVI, Encíclica Deus Caritas est, n. 28.
[25] Ibid.
[26] BENEDICTO XVI, Discurso con ocasión de la visita del Presidente de la República italiana, el 20 de noviembre de 2006.
[27] BENEDICTO XVI, Encíclica Deus Caritas est, n. 28.
[28] Ibid., n. 29.
[29] CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II, Constitución dogmática Lumen Gentium, n. 31.
[30] JUAN PABLO II, Mensaje a los jóvenes de Cuba, el 23 de enero de 1998, n. 4.
Homilía de monseñor Miguel Esteban Hesayne, obispo emérito de Viedma, para el 11º domingo durante el año (13 de junio de 2010). (AICA)
EL COMPROMISO POLÍTICO
El compromiso político es la cumbre del compromiso ciudadano. Por eso, para el cristiano es el supremo acto de caridad como lo enseña la doctrina católica. Cuando la Iglesia sale de las Catacumbas y los cristianos hacen vida social en sus respectivas comunidades civiles, va descubriendo que la misión cristiana no termina en la formación e integración de una comunidad de creyentes en Jesús y su Evangelio.
Los miembros de esa comunidad de discípulas y de discípulos del que murió en la Cruz y resucitó, recuerdan que ese Jesús Resucitado les dio la misión de ir por todos los pueblos y naciones para ser testigos de su causa. La causa de Jesús es el reinado de Dios en la sociedad humana. Por consiguiente, es la causa de la Iglesia como pueblo de Dios. Es su misión como servidora de la humanidad declara solemnemente Paulo VI al clausurar el C. Vat.II. El documento Gozo y Esperanza concretiza esta misión-servicio en todas las dimensiones de la sociedad desarrollando profusamente el tema del compromiso político del Pueblo de Dios, congregado en Iglesia. Para motivar la participación de los fieles cristianos en la vida política, sentencia “ Hay que prestar gran atención a la educación cívica y política, que, hoy día, es particularmente necesaria para el pueblo, y sobre todo para la juventud, a fin de que todos los ciudadanos puedan cumplir su misión en la vida de la comunidad política” Gozo y Esperanza 75 Este servicio misionero de la Iglesia es el menos comprendido dentro y fuera de la misma Iglesia Católica. Dentro, por indiferencia y deserción del compromiso político en la mayoría del laicado. A su vez el pecado de omisión en el compromiso político se debe también a que no se educa la Fe Cristiana en su amplitud evangelizadora llamada a iluminar todos los caminos de la convivencia humana respetuosa y promotora de derechos y obligaciones de la ciudadanía. Vat.II.G yE. 73 Desde fuera de la Iglesia, la incomprensión de su misión política, es milenaria Siempre que se pretender “unir la espada y la Cruz” en forma literal ó a través de diversas ideologías tratando de servirse de la Iglesia para asegurar poder ó la misma Iglesia aliada al poder civil. También, cuando mujeres y hombres de política partidaria ó desde diversos cargos públicos le niegan a la Iglesia su misión de anunciar el Reinado de Dios a “todos los hombres y a todo el hombre” Esto sucede las veces que un dirigente político ó gobernante, ante el anuncio del Evangelio iluminando una situación social, se siente tocado en su conducta ó en su ideología y sale diciendo “los obispos o los curas vayan a rezar” ó que “no usen el altar para hacer política”. Son expresiones que enmascaran una forma totalitaria de negar la libertad de la Iglesia en cumplir con su misión de ser como la luz para alumbrar con el Evangelio el camino de buenas obras y como la sal que muestre por el propio testimonio cómo se obedece a Dios(Mateo 5,13.Y sin embargo, es desde el altar que la Iglesia ha de cumplir su compromiso político. El pastor (obispo y presbíteros) anunciando el Reinado de Dios en el campo de la política y el laicado alimentándose con el poder y sabiduría de Dios en la Eucaristía, para saber discernir a quiénes gobiernen con honestidad de servidores y que con visión y capacidad de estadistas administren el poder civil en servicio ciudadano. Para que esta utopía política vaya siendo topía (realidad aquí) en la historia de pueblos y naciones, la Iglesia- Pueblo de Dios se ha de impregnar del mensaje social-político-evangélico mediante una seria reflexión popular de la Doctrina Social de la Iglesia. De ahí, que los pastores han de recrear estructuras aptas a tal efecto y los fieles cristianos deben darse tiempo para conocer las exigencias del compromiso político de gobernados y gobernantes. De esta suerte, la Iglesia será capaz de combatir la injusticia y la exclusión, la intolerancia y el absolutismo, colaborando en la ordenación de la sociedad, en caridad y fortaleza política, con hombres y mujeres de buena voluntad, respetando la diversidad de partidos políticos. Más aún, el compromiso político, en clave de Fe Cristiana, se vive en la pluralidad de las opiniones temporales discrepantes, salvado el bien común de la sociedad y jamás permitiendo que se antepongan los intereses propios. Cfr.G yE. 75.
(Para iniciarse en temas de reflexión popular-política recomiendo dirigirse al Centro Comunicación Nuestra Señora de Luján - contacto@produccioneslujan.com.ar -)
Mons. Miguel Esteban Hesayne, obispo emérito de Viedma
ZENIT publica el discurso que pronunció Benedicto XVI en la tarde de el martes 15 de Junio de 2010 en la Basílica de San Juan de Letrán al inaugurar el congreso de la diócesis de Roma sobre el tema: "'Se les abrieron los ojos, lo reconocieron y lo anunciaron'. La Eucaristía dominical y el testimonio de la caridad", que se clausurará el 17 de junio.
Queridos hermanos y hermanas:
Dice el Salmo: "Ved qué dulzura, qué delicia, convivir los hermanos unidos" (Salmo133, 1). Es exactamente así: para mí es un motivo de alegría profunda volver a encontrarme con vosotros y compartir todo el bien que las parroquias y las demás realidades eclesiales de Roma han realizado en este año pastoral. Saludo con fraterno afecto al cardenal vicario y le doy las gracias por las corteses palabras que me ha dirigido y por su cotidiano compromiso en el gobierno de la diócesis, en el apoyo a los sacerdotes y a las comunidades parroquiales. Saludo a los obispos auxiliares, a todo el presbiterio y a cada uno de vosotros. Dirijo un pensamiento cordial a todos los que están enfermos o afrontan particulares dificultades, asegurándoles mi oración.
Como ha recordado el cardenal Vallini, nos estamos comprometiendo, desde el año pasado, en la verificación de la pastoral ordinaria. Esta tarde reflexionamos en dos puntos de principal importancia: "Eucaristía dominical y testimonio de la caridad". Conozco el gran trabajo que las parroquias, asociaciones y movimientos realizan, a través de encuentros de formación y de diálogo para profundizar y vivir mejor estos dos elementos fundamentales de la vida y de la misión de la Iglesia y de cada creyente. Esto también ha favorecido esa corresponsabilidad pastoral que, en la diversidad de los ministerios y carismas, debe difundirse cada vez más, si queremos que el Evangelio llegue realmente al corazón de cada habitante de Roma. Se ha hecho mucho, y damos gracias al Señor, pero todavía falta mucho por hacer, siempre con su ayuda.
La fe no puede darse nunca por descontada, pues cada generación tiene necesidad de recibir este don a través del anuncio del Evangelio y de conocer la verdad que Cristo nos ha revelado. La Iglesia, por tanto, siempre está comprometida en proponer a todos el depósito de la fe; en él queda contenida también la doctrina sobre la Eucaristía, misterio central que "contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo en persona, nuestra Pascua" (Concilio Ecuménico Vaticano II, decreto Presbyterorum ordinis, 5); doctrina que hoy, por desgracia, no es suficientemente comprendida en su valor profundo y en su importancia para la existencia de los creyentes. Por este motivo, es importante que las comunidades de nuestra diócesis de Roma experimenten la exigencia de un conocimiento más profundo del misterio y del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Al mismo tiempo, con el espíritu misionero que queremos fomentar, es necesario que se difunda el compromiso de anunciar esta fe eucarística para que cada hombre pueda encontrarse con Jesucristo, que nos ha revelado al Dios "cercano", amigo de la humanidad, y testimoniarla con una elocuente vida de caridad.
En toda su vida pública, Jesús, a través de la predicación del Evangelio y de los signos milagrosos, anunció la bondad y la misericordia del Padre por el hombre. Esta misión alcanzó su cumbre en el Gólgota, donde Cristo crucificado reveló el rostro de Dios para que el hombre, contemplando la Cruz, pueda reconocer la plenitud del amor (encíclica Deus caritas est, 12). El Sacrificio del Calvario es mistéricamente anticipado en la Última Cena, cuando Jesús, al compartir con los Doce el pan y el vino, los transforma en su Cuerpo y en su Sangre, que poco después ofrecería como Cordero inmolado. La Eucaristía es el memorial de la muerte y resurrección de Jesucristo, de su amor hasta el final por cada uno de nosotros, memorial que Él quiso encomendar a la Iglesia para que fuera celebrado a través de los siglos. Según el significado del verbo hebreo zakar, el "memorial" no es un simple recuerdo de algo que sucedió en el pasado, sino la celebración que actualiza ese acontecimiento, reproduciendo la fuerza y la eficacia salvífica. De este modo, "hace presente y actual el sacrificio que Cristo ha ofrecido al Padre, una vez por todas, sobre la Cruz en favor de la humanidad" (Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, 280). Queridos hermanos y hermanas, en nuestro tiempo la palabra sacrificio no gusta, es más, parece que pertenece a otras épocas y a otra visión de la vida. Ahora bien, si se entiende bien, sigue siendo fundamental, pues nos revela con qué amor Dios nos ama en Cristo.
En el ofrecimiento que Jesús hace de sí mismo, encontramos toda la novedad del culto cristiano. En la antigüedad, los hombres ofrecían como sacrificio a las divinidades los animales o las primicias de la tierra. Jesús, por el contrario, se ofrece a sí mismo, su cuerpo y toda su existencia: Él mismo en persona se convierte en ese sacrificio que la liturgia ofrece en la santa Misa. De hecho, con la consagración, el pan y el vino se convierten en su verdadero cuerpo y sangre. San Agustín invitaba a sus fieles a no quedarse en lo que se les presentaba a la vista, sino a ir más allá: "Reconoced en el pan --decía-- ese mismo cuerpo que fue colgado sobre la cruz, y en el cáliz esa misma sangre que manó de su costado" (Disc. 228 B, 2). Para explicar esta transformación, la teología ha acuñado la palabra "transubstanciación", palabra que resonó por primera vez en esta basílica, durante el IV Concilio Lateranense, del que se celebrará el octavo centenario dentro de cinco años. En esa ocasión, se introdujeron en la profesión de fe las siguientes palabras: "su cuerpo y sangre están contenidos verdaderamente en el sacramento del altar, bajo las especies del pan y del vino, pues el pan está transubstanciado en el cuerpo, y la sangre en el vino por poder de Dios" (DS, 802). Por tanto, es fundamental que en los itinerarios de educación en la fe de los niños, de los adolescentes y de los jóvenes, así como en los "centros de escucha" de la Palabra de Dios, se subraye que en el sacramento de la Eucaristía Cristo está verdadera, real y substancialmente presente.
La santa Misa, celebrada con respeto de las normas liturgias y con una valoración adecuada de la riqueza de los signos y de los gestos, favorece y promueve el crecimiento de la fe eucarística. En la celebración eucarística no nos inventamos algo, sino que entramos en una realidad que nos precede, es más, abarca al cielo y la tierra y, por tanto, también el pasado, el futuro y el presente. Esta apertura universal, este encuentro con todos los hijos e hijas de Dios es la grandeza de la Eucaristía: salimos al encuentro de la realidad de Dios presente en el cuerpo y la sangre del Resucitado entre nosotros. Por tanto, las prescripciones litúrgicas dictadas por la Iglesia no son algo exterior, sino que expresan concretamente esta realidad de la revelación del cuerpo y sangre de Cristo y, de este modo, la oración revela la fe según el antiguo principio de lex orandi - lex credendi. Por esto, podemos decir que "la mejor catequesis sobre la Eucaristía es la misma Eucaristía bien celebrada" (exhortación apostólica postsinodal Sacramentum caritatis, 64). Es necesario que, en la liturgia, aparezca con claridad la dimensión trascendente, la dimensión del Misterio del encuentro con el Divino, que ilumina y eleva también la dimensión "horizontal", es decir, el lazo de comunión y de solidaridad que se da entre quienes pertenecen a la Iglesia. De hecho, cuando prevalece esta última, no se comprende plenamente la belleza, la profundidad y la importancia del misterio celebrado. Queridos hermanos en el sacerdocio: a vosotros el obispo ha encomendado, en el día de la ordenación sacerdotal, la tarea de presidir la Eucaristía. Llevad siempre en vuestro corazón el ejercicio de esta misión: celebrad los divinos misterios con una participación interior intensa para que los hombres y las mujeres de nuestra ciudad puedan santificarse, entrar en contacto con Dios, verdad absoluta y amor eterno.
Y tengamos también presente que la Eucaristía, unida a la cruz, a la resurrección del Señor, ha abierto una nueva estructura a nuestro tiempo. El Resucitado se había manifestado el día siguiente al sábado, el primer día de la semana, día del sol y de la creación. Desde el inicio los cristianos han celebrado su encuentro con el Resucitado, la Eucaristía, en este primer día, en este nuevo día del verdadero sol de la historia, el Cristo Resucitado. Y de este modo, el tiempo vuelve a comenzar cada vez con el encuentro con el Resucitado y este encuentro da sentido y fuerza a la vida de cada día. Por este motivo, es muy importante para nosotros los cristianos seguir este nuevo ritmo del tiempo, encontrarnos con el Resucitado en el domingo y "albergar" su presencia, que nos transforme y transforme nuestro tiempo. Además, invito a todos a redescubrir la fecundidad de la adoración eucarística: ante el Santísimo Scramento experimentamos de manera totalmente particular ese "permanecer" de Jesús, que Él mismo, en el Evangelio de Juan, pone como condición necesaria para dar mucho fruto (Cf. Juan 15, 5) y evitar que nuestra acción apostólica quede reducida a un estéril activismo, convirtiéndose más bien en testimonio del amor de Dios.
La comunión con Cristo es siempre también comunión con su cuerpo, que es la Iglesia, como recuerda el apóstol Pablo diciendo: "El pan que partimos ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan" (1 Corintios 10, 16-17). La Eucaristía transforma un simple grupo de personas en comunidad eclesial: la Eucaristía hace Iglesia. Por tanto, es fundamental que la celebración de la santa Misa sea efectivamente la cumbre, la "columna vertebral" de la vida de cada comunidad parroquial. Exhorto a todos a prestar más atención, entre otras cosas con grupos litúrgicos, a la preparación y celebración de la Eucaristía para que cuantos participen puedan encontrar al Señor. Cristo resucitado se hace presente en nuestro hoy y nos reúne a su alrededor. Al alimentarnos con él, nos liberamos de los vínculos del individualismo y, a través de la comunión con Él, nos convertimos nosotros mismos, juntos, en una sola cosa, en su Cuerpo místico. De este modo se superan las diferencias debidas a la profesión, a la clase social, a la nacionalidad, pues nos descubrimos como miembros de una gran familia, la familia de los hijos de Dios, en la que a cada uno se le da una gracia particular para el bien común. El mundo y los hombres no necesitan una nueva corporación social, sino que tienen necesidad de la Iglesia, que es en Cristo como un sacramento, "es decir, señal e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano" (Lumen gentium, 1), llamada a hacer resplandecer sobre todas las gentes la luz del Señor resucitado.
Jesús vino a revelarnos el amor del Padre, pues "el hombre no puede vivir sin amor (Juan Pablo II, encíclica Redemptor hominis, 10). El amor es, de hecho, la experiencia fundamental de todo ser humano, lo que da significado a la existencia humana. Alimentados por la Eucaristía, nosotros también, siguiendo el ejemplo de Cristo, vivimos por Él para ser testigos del amor. Al recibir el Sacramento, entramos en comunión de sangre con Jesucristo. En la concepción judía, la sangre indica la vida; de este modo, podemos decir que al alimentarnos con el Cuerpo de Cristo acogemos la vida de Dios y aprendemos a ver la realidad con sus ojos, abandonando la lógica del mundo para seguir la lógica divina del don y de la gratuidad. San Agustín recuerda que durante una visión tuvo la impresión de escuchar la voz del Señor, que le decía: "Yo soy el alimento de los adultos. Crece, y me comerás, sin que por ello me transforme en ti, como alimento de tu carne; pero tú te transformarás en mí" (Cf. Confesiones VII, 10, 16). Cuando recibimos a Cristo, el amor de Dios se expande en nuestra intimidad, modifica radicalmente nuestro corazón y nos hace capaces de gestos que, por la fuerza difusiva del bien, pueden transformar la vida de aquellos que están a nuestro lado. La caridad es capaz de generar un cambio auténtico y permanente en la sociedad, actuando en los corazones y en las mentes de los hombres, y cuando se vive en la verdad "es la principal fuerza impulsora del auténtico desarrollo de cada persona y de toda la humanidad" (encíclica Caritas in veritate, 1). El testimonio de la caridad para el discípulo de Jesús no es un sentimiento pasajero, sino por el contrario es lo que plasma la vida en cada circunstancia. Aliento a todos, en particular a la Cáritas y a los diáconos a comprometerse en el delicado y fundamental campo de la educación en la caridad, como dimensión permanente de la vida personal y comunitaria.
Nuestra ciudad pide a los discípulos de Cristo, con un renovado anuncio del Evangelio, un testimonio más claro y límpido de la caridad. Con en lenguaje del amor, que busca el bien integral del hombre, la Iglesia habla a los habitantes de Roma. En estos años de mi ministerio como vuestro obispo he podido visitar varios lugares en los que la caridad se vive de manera intensa. Doy las gracias a quienes se comprometen en las diferentes instituciones caritativas por la decisión y la generosidad con las que sirven a los pobres y marginados. Las necesidades y la pobreza de tantos hombres y mujeres nos interpelan profundamente: es Cristo mismo quien día a día, en los pobres, nos pide que le quitemos el hambre y la sed, que le visitemos en los hospitales y en las cárceles, que le acojamos y vistamos. La Eucaristía celebrada nos impone y al mismo tiempo nos hace capaces de convertirnos en pan partido para los hermanos, saliendo al paso de sus exigencias y entregándonos a nosotros mismos. Por este motivo, una celebración eucarística que no lleve a encontrar a los hombres allí donde viven, trabajan y sufren para llevarles el amor de Dios, no manifiesta la verdad que encierra. Para ser fieles al misterio que se celebra en los altares, debemos, como nos exhorta el apóstol Pablo, ofrecer nuestros cuerpos, nosotros mismos, como sacrificio espiritual agradable a Dios (Cf.Romanos 12, 1), en esas circunstancias que exigen acabar con nuestro yo y que constituyen nuestro "altar" cotidiano. Los gestos de compartir crean comunión, renuevan el tejido de las relaciones interpersonales, caracterizándolas por la gratuidad y el don, y permiten la edificación de la civilización del amor. En un momento como el actual de crisis económica y social, seamos solidarios con quienes viven en la indigencia para ofrecer a todos la esperanza de un mañana mejor y digno del hombre. Si realmente vivimos como discípulos del Dios-Caridad, ayudaremos a los habitantes de Roma a descubrirse como hermanos e hijos del único Padre.
La misma naturaleza del amor exige opciones de vida definitivas e irrevocables. Me dirijo en particular a vosotros, queridos jóvenes: no tengáis miedo de escoger el amor como regla suprema de vida. No tengáis miedo de amar a Cristo en el sacerdocio y, si en el corazón experimentáis la llamada del Señor, seguidle en esta extraordinaria aventura de amor, poniéndoos en sus manos con confianza. ¡No tengáis miedo de formar familias cristianas que viven el amor fiel, indisoluble y abierto a la vida! Testimoniad que el amor, tal y como lo vivió Cristo y lo enseña el Magisterio de la Iglesia, no quita nada a nuestra felicidad, sino que por el contrario da esa alegría profunda que Cristo prometió a sus discípulos.
Que la Virgen María acompañe con su intercesión maternal el camino de nuestra Iglesia de Roma. María que, de manera totalmente singular vivió la comunión con Dios y el sacrificio del propio Hijo en el Calvario, nos alcance la gracia de vivir cada vez más intensa, plena y conscientemente el misterio de la Eucaristía para anunciar con la palabra y la vida el amor que Dios experimenta por cada hombre. Queridos amigos, os aseguro mi oración y os imparto de corazón a todos la bendición apostólica. Gracias.
[Traducción del original italiano realizada por Jesús Colina
©Libreria Editrice Vaticana]
ZENIT nos ofrece la catequesis realizada el miércoles 16 de Junio de 2010 por el Papa Benedicto XVI durante la Audiencia General celebrada en la Plaza de San Pedro.
Queridos hermanos y hermanas,
hoy quisiera continuar la presentación de santo Tomás de Aquino, un teólogo de tal valor que el estudio de su pensamiento fue explícitamente recomendado por el Concilio Vaticano II en dos documentos, el decreto Optatam totius, sobre la formación al sacerdocio, y la declaración Gravissimum educationis, que trata sobre la educación cristiana. Por lo demás, ya en 1880 el Papa León XIII, gran estimador suyo y promotor de estudios tomistas, quiso declarar a santo Tomás Patrón de las escuelas y de las universidades católicas.
El motivo principal de este aprecio reside no solo en el contenido de su enseñanza, sino también en el método adoptado por él, sobre todo la nueva síntesis y distinción entre filosofía y teología. Los Padres de la Iglesia se encontraban enfrentados con diversas filosofías de tipo platónico, en las que se presentaba una visión completa del mundo y de la vida, incluyendo la cuestión de Dios y de la religión. En la confrontación con estas ideologías, ellos mismos habían elaborado una visión completa de la realidad, partiendo de la fe y usando elementos del platonismo, para responder a las cuestiones esenciales de los hombres. Esta visión, basada en la revelación bíblica y elaborada con un platonismo corregido a la luz de la fe, ellos la llamaban “nuestra filosofía”. La palabra "filosofía" no era por tanto expresión de un sistema puramente racional y, como tal, distinto de la fe, sino que indicaba una visión completa de la realidad, construida a la luz de la fe, pero hecha y pensada por la razón; una visión que, ciertamente, iba más allá de las capacidades propias de la razón, pero que, como tal, era también satisfactoria para ella. Para santo Tomás el encuentro con la filosofía pre-cristiana de Aristóteles (muerto hacia el 322 a.C.) abría una perspectiva nueva. La filosofía aristotélica era, obviamente, una filosofía elaborada sin conocimiento del Antiguo y del Nuevo Testamento, una explicación del mundo sin revelación, por la sola razón. Y esta racionalidad consiguiente era convincente. Así la vieja forma de "nuestra filosofía" de los Padres ya no funcionaba. La relación entre filosofía y teología, entre fe y razón, había que volver a pensarla. Existía una "filosofía" completa y convincente en sí misma, una racionalidad que precedía a la fe, y luego la "teología", un pensar con la fe y en la fe. La cuestión urgente era esta: el mundo de la racionalidad, la filosofía pensada sin Cristo, y el mundo de la fe, ¿son compatibles? ¿O se excluyen? No faltaban elementos que afirmaban la incompatibilidad entre los dos mundos, pero santo Tomás estaba firmemente convencido de su compatibilidad – es más, que la filosofía elaborada sin conocimiento de Cristo casi esperaba la luz de Jesús para ser completa. Esta fue la gran “sorpresa” de santo Tomás, que determinó su camino de pensador. Mostrar esta independencia entre filosofía y teología y, al mismo tiempo, su recíproca racionalidad, fue la misión histórica del gran maestro. Y así se entiende que, en el siglo XIX siglo, cuando se declaraba fuertemente la incompatibilidad entre razón moderna y fe, el papa León XIII indicara a santo Tomás como guía en el diálogo entre una y otra. En su trabajo teológico, santo Tomás supone y concreta esta racionalidad. La fe consolida, integra e ilumina el patrimonio de verdad que la razón humana adquiere. La confianza que santo Tomás otorga a estos dos instrumentos del conocimiento – la fe y la razón – puede ser reconducida a la convicción de que ambas proceden de una única fuente de verdad, el Logos divino, que opera tanto en el ámbito de la creación como en el de la redención.
Junto con el acuerdo entre razón y fe, se debe reconocer, por otra parte, que éstas se valen de procedimientos cognoscitivos diferentes. La razón acoge una verdad en virtud de su evidencia intrínseca, mediata o inmediata; la fe, en cambio, acepta una verdad en base a la autoridad de la Palabra de Dios que se revela. Escribe santo Tomás al principio de su Summa Theologiae: "El orden de las ciencias es doble: algunas proceden de principios conocidos mediante la luz natural de la razón, como las matemáticas, la geometría y similares; otras proceden de principios conocidos mediante una ciencia superior: como la perspectiva procede de principios conocidos mediante la geometría, y la música desde principios conocidos mediante las matemáticas. Y de esta forma la sagrada doctrina (es decir, la teología) es ciencia que procede de los principios conocidos a través de la lumbre de una ciencia superior, es decir, la ciencia de Dios y de los santos”(I, q. 1, a. 2).
Esta distinción asegura la autonomía tanto de las ciencias humanas, como de las ciencias teológicas. Ésta sin embargo no equivale a separación, sino que implica más bien una colaboración recíproca y ventajosa. La fe, de hecho, protege a la razón de toda tentación de desconfianza en sus propias capacidades, la estimula a abrirse a horizontes cada vez más amplios, tiene viva en ella la búsqueda de los fundamentos y, cuando la propia razón se aplica a la esfera sobrenatural de la relación entre Dios y el hombre, enriquece su trabajo. Según santo Tomás, por ejemplo, la razón humana puede por supuesto llegar a la afirmación de la existencia de un solo Dios, pero solo la fe, que acoge la Revelación divina, es capaz de llegar al misterio del Amor de Dios Uno y Trino.
Por otra parte, no es solo la fe la que ayuda a la razón. También la razón, con sus medios, puede hacer algo importante por la fe, haciéndole un triple servicio que santo Tomás resume en el prólogo de su comentario al De Trinitate de Boecio: "Demostrar los fundamentos de la fe: explicar mediante similitudes las verdades de la fe; rechazar las objeciones que se levantan contra la fe” (q. 2, a. 2). Toda la historia de la teología es, en el fondo, el ejercicio de este empeño de la inteligencia, que muestra la inteligibilidad de la fe, su articulación y armonía internas, su racionabilidad y su capacidad de promover el bien del hombre. La corrección de los razonamientos teológicos y su significado cognoscitivo real se basan en el valor del lenguaje teológico, que es, según santo Tomás, principalmente un lenguaje analógico. La distancia entre Dios, el Creador, el ser de sus criaturas es infinita; la disimilitud es siempre más grande que la similitud (cfr DS 806). A pesar de ello, en toda la diferencia entre Creador y criatura, existe una analogía entre el ser de lo creado y el ser del Creador, que nos permite hablar con palabras humanas sobre Dios.
Santo Tomás fundó la doctrina de la analogía, además de sus argumentaciones exquisitamente filosóficas, también en el hecho de que con la Revelación Dios mismo nos ha hablado y nos ha, por tanto, autorizado a hablar de Él. Considero importante recordar esta doctrina. Esta, de hecho, ns ayuda a superar algunas objeciones del ateísmo contemporáneo, que niega que el lenguaje religioso esté provisto de un significado objetivo, y sostiene en cambio que tenga sólo un valor subjetivo o simplemente emotivo. Esta objeción resulta del hecho de que el pensamiento positivista está convencido de que el hombre no conoce el ser, sino sólo las funciones experimentales de la realidad. Con santo Tomás y con la gran tradición filosófica nosotros estamos convencidos de que, en realidad, el hombre no conoce solo las funciones, objeto de las ciencias naturales, sino que conoce algo del ser mismo – por ejemplo, conoce a la persona, al Tu del otro, y no sólo el aspecto físico y biológico de su ser.
A la luz de esta enseñanza de santo Tomás, la teología afirma que, aun siendo limitado, el lenguaje religioso está dotado de sentido – porque tocamos el ser –, como una flecha que se dirige hacia la realidad que significa. Este acuerdo fundamental entre razón humana y fe cristiana es visto en otro principio fundamental del pensamiento del Aquinate: la Gracia divina no anula, sino que supone y perfecciona la naturaleza humana. Esta última, de hecho, incluso después del pecado, no está completamente corrompida, sino herida y debilitada. La Gracia, dada por Dios y comunicada a través del Misterio del Verbo encarnado, es un don absolutamente gratuito con el que la naturaleza es curada, potenciada y ayudada a perseguir el deseo innato en el corazón de cada hombre y de cada mujer: la felicidad. Todas las facultades del ser humano son purificadas, transformadas y elevadas por la Gracia divina.
Una importante aplicación de esta relación entre la naturaleza y la Gracia se descubre en la teología moral de santo Tomás de Aquino, que resulta de gran actualidad. En el centro de su enseñanza en este campo, él pone la ley nueva, que es la ley del Espíritu Santo. Con una mirada profundamente evangélica, insiste en el hecho de que esta ley es la Gracia del Espíritu Santo dada a aquellos que creen en Cristo. A esta Gracia se une la enseñanza escrita y oral de las verdades doctrinales y morales, transmitidas por la Iglesia. Santo tomás, subrayando el papel fundamental, en la vida moral, de la acción del Espíritu Santo, de la Gracia, de la que brotan las virtudes teologales y morales, hace comprender que todo cristiano puede alcanzar las altas perspectivas del “Sermón de la Montaña” si vive una relación auténtica de fe en Cristo, si se abre a la acción de su Santo Espíritu. Pero – añade el Aquinate – "aunque la gracia es más eficaz que la naturaleza, con todo la naturaleza es más esencial para el hombre” (Summa Theologiae, Ia, q. 29, a. 3), por lo que, en la perspectiva moral cristiana, hay un lugar para la razón, la cual es capaz de discernir la ley moral natural. La razón puede reconocerla considerando lo que es bueno hacer y lo que es bueno evitar para conseguir esa felicidad que está en el corazón de cada uno, y que impone también una responsabilidad hacia los demás, y por tanto, la búsqueda del bien común. En otras palabras, las virtudes del hombre, teologales y morales, están arraigadas en la naturaleza humana. La Gracia divina acompaña, sostiene y empuja el compromiso ético, pero, de por sí, según santo Tomás, todos los hombres, creyentes y no creyentes, están llamados a reconocer las exigencias de la naturaleza humana expresadas en la ley natural y a inspirase en ella en la formulación de las leyes positivas, es decir, las que emanan las autoridades civiles y políticas para regular la convivencia humana.
Cuando la ley natural y la responsabilidad que esta implica se niegan, se abre dramáticamente el camino al relativismo ético en el plano individual y al totalitarismo del Estado en el plano político. La defensa de los derechos universales del hombre y la afirmación del valor absoluto de la dignidad de la persona postulan un fundamento. ¿No es precisamente la ley natural este fundamento, con los valores no negociables que ésta indica? El Venerable Juan Pablo II escribía en su Encíclica Evangelium vitae palabras que siguen siendo de gran actualidad: "Para el futuro de la sociedad y el desarrollo de una sana democracia, urge pues descubrir de nuevo la existencia de valores humanos y morales esenciales y originarios, que derivan de la verdad misma del ser humano y expresan y tutelan la dignidad de la persona. Son valores, por tanto, que ningún individuo, ninguna mayoría y ningún Estado nunca pueden crear, modificar o destruir, sino que deben sólo reconocer, respetar y promover. " (n. 71).
En conclusión, Tomás nos propone un concepto de la razón humana amplio y confiado: amplio porque no está limitado a los espacios de la llamada razón empírico-científica, sino abierto a todo el ser y por tanto también a las cuestiones fundamentales e irrenunciables del vivir humano; y confiado porque la razón humana, sobre todo si acoge las inspiraciones de la fe cristiana, promueve una civilización que reconoce la dignidad de la persona, la intangibilidad de sus derechos y a fuerza de sus deberes. No sorprende que la doctrina sobre la dignidad de la persona, fundamental para el reconocimiento de la inviolabilidad de los derechos del hombre, haya madurado en ambientes de pensamiento que recogieron la herencia de santo Tomás de Aquino, el cual tenía un concepto altísimo de la criatura humana. La definió, con su lenguaje rigurosamente filosófico, como "lo más perfecto que hay en toda la naturaleza, es decir, un sujeto subsistente en una naturaleza racional” (Summa Theologiae, Ia, q. 29, a. 3).
La profundidad del pensamiento de santo Tomás de Aquino brota – no lo olvidemos nunca – de su fe viva y de su piedad fervorosa, que expresaba en oraciones inspiradas, como esta en la que pide a Dios: “Concédeme, te ruego, una voluntad que te busque, una sabiduría que te encuentre, una vita que te agrade, una perseverancia que te espere con confianza y una confianza que al final llegue a poseerte".
[Traducción del original italiano por Inma Álvarez
© Copyright 2010 -Libreria Editrice Vaticana]
Homilía de monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas para el 11º domingo durante el año (13 de junio de 2010). (AICA)
“LA CARIDAD PRACTICADA”
El Evangelio de este domingo (Lc. 7,36-8,3), nos presenta el texto de “la pecadora perdonada”. El Señor va a comer a lo de un fariseo que lo invita a su casa. El texto continúa señalando que: “Había en la ciudad una mujer pecadora pública, quien al saber que estaba comiendo en la casa del fariseo, llevó un frasco de alabastro de perfume, y poniéndose detrás, a los pies de él, comenzó a llorar, y con lágrimas le mojaba los pies y con los cabellos de su cabeza se los secaba; besaba sus pies y los ungía con perfume” (37-38). El fariseo por este hecho dudó que el Señor fuera un profeta y Jesucristo realiza una catequesis diciendo: “El que más se sabe perdonado, ama más” y le reclamó al fariseo el no haber tenido los gestos de humildad de la pecadora. El texto señala como el Señor define la situación diciendo: “A quien poco se le perdona, poco amor muestra” y le dijo a ella: “tus pecados quedan perdonados”. Los comensales empezaron a decirse para sí: “¿Quién es éste que hasta perdona los pecados? Pero Él dijo a la mujer: tu fe te ha salvado. Vete en paz” (47-49).
La Iglesia, así como cada uno de nosotros que formamos parte de ella no quedamos ajenos a esta enseñanza y gesto tan elocuente del Señor, que se distancia a todas las propuestas religiosas que son solo, o fundamentalmente rituales, “puras” o rigoristas, que no se abren a la misericordia. Desde ya que la cercanía a “los publicanos y pecadores” de hoy, al mundo, que muchas veces somos nosotros mismos y nuestro hombre viejo, no implican relativizar los contenidos de la fe, ni una especie de relativismo moral. Creo conveniente retomar un tema que estamos profundizando sobre todo desde el documento de Aparecida, sobre nuestra condición de discípulos y misioneros, y como tales llamados a ser una Iglesia y cristianos abiertos, proféticos o sea exigentes testigos de las verdades de la fe y a la vez misericordiosos con los hermanos de nuestro tiempo. En “Navega mar adentro”, documento de la Conferencia Episcopal Argentina, nos dice: “Insistimos en la auténtica pedagogía de la santidad que la presenta como ideal atractivo, posible con la ayuda de la gracia, en cada momento de la existencia personal. Así se promoverá un itinerario de formación permanente para la maduración de la fe. Al promover este ideal, queremos estar atentos a las situaciones y a los procesos de las personas y las comunidades. Los principios morales han de ser siempre propuestos y defendidos con claridad sin olvidar que el crecimiento espiritual y el desarrollo de la conciencia moral son procesos graduales, generalmente lentos en los que la gracia de Dios trabaja con la libertad débil del hombre, sin violentarla” (79).
En esta misma línea de reflexión que deberemos tener en cuenta especialmente para discernir y fortalecer en la Asamblea Diocesana del próximo 21 de junio; la reflección final de la V Conferencia de Aparecida señala: “Nos proponemos reforzar nuestra presencia y cercanía. Por eso, en nuestro servicio pastoral, invitamos a dedicar más tiempo a cada persona, escucharla, estar a su lado en sus acontecimientos importantes y ayudar a buscar con ellas las respuestas a sus necesidades. Hagamos que todos, al ser valorados, puedan sentirse en la Iglesia como en su propia casa. Al reflexionar el compromiso por la formación de discípulos y misioneros, esta conferencia se ha propuesto atender con más cuidado las etapas del primer anuncio, la iniciación cristiana y la maduración en la fe. Desde el fortalecimiento de la identidad cristiana ayudemos a cada hermano y hermana a descubrir el servicio que el Señor le pide en la Iglesia y la sociedad” (3).
Este fin de semana estamos llevando adelante la colecta anual de Cáritas. Este sábado 12 y domingo 13, así como todo este mes recurrimos al ejercicio de la caridad concreta para que podamos encontrar caminos solidarios en este bicentenario y vayamos haciendo realidad que muchos hermanos excluidos, estén incluidos en la esperanza, y podamos ser realmente una Patria de hermanos.
Finalmente con especial alegría quiero agradecer a Dios el protagonismo y participación masiva de nuestro pueblo en acontecimientos de fe como han sido en las últimas semanas: Fátima, Santa Rita y el Corpus celebrado en el anfiteatro Antonio Ramírez y en las calles de Posadas. Fueron momentos que expresaron claramente el fuerte arraigo del catolicismo popular en nuestra población. Espacios de fe y celebración en donde hemos pedido a Dios por nuestra Patria y por valores esenciales y constitutivos de la misma, como la vida, el matrimonio y la familia. Es importante tener convicción de estos valores que hacen a nuestra identidad y esperanza, y a la vez tener un corazón misericordioso sabiendo que todos necesitamos de Él. El que experimenta el amor de Dios y su gratitud también amará a los demás y se dará generosamente.
¡Un saludo cercano y hasta el próximo domingo!
Mons. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas
ZENIT nos ofrece el discurso que Benedicto XVI ofreció este sábado a los participantes de la 45ª reunión ordinaria del Banco de Desarrollo del Consejo de Europa, al recibirles en audiencia en la Sala Clementina del Palacio Apostólico Vaticano (Junio 2010).
Señor Gobernador y Señores Presidentes,
Señoras y Señores Embajadores,
Señoras y Señores Administradores,
Queridos amigos,
La 45ª reunión ordinaria del Banco de Desarrollo del Consejo de Europa os ha conducido a Roma y tengo el placer de recibiros esta mañana en el Palacio Apostólico al término de vuestro encuentro.
Le agradezco, Señor Gobernador, sus palabras que destacan la importancia que la Santa Sede da al Banco de Desarrollo del Consejo de Europa, de la que es miembro desde 1973. En 1956, el Consejo de Europa fundó una banca que tenía una vocación exclusivamente social, para tener un instrumento cualificado a fin de promover su propia política de solidaridad. Esta banca se ha ocupado, desde sus inicios, de los problemas relativos a los refugiados, y después ha extendido sus competencias a todo el ámbito de la cohesión social. La Santa Sede no puede más que mirar con interés una estructura que apoya a través de sus préstamos proyectos sociales, que se preocupa del desarrollo, que responde a situaciones de urgencia y que quiere contribuir a la mejora de las condiciones de vida de las personas en necesidad.
Los acontecimientos políticos que se desarrollaron en Europa a finales del siglo pasado, le han permitido respirar finalmente con sus dos pulmones, por volver a utilizar la expresión de mi venerado predecesor. Todos sabemos que todavía queda un largo camino por recorrer para hacer efectiva esta realidad. Los intercambios económicos y financieros entre el este y el oeste europeos ciertamente se han desarrollado, pero ¿ha habido un progreso humano real? ¿La liberación de ideologías totalitarias no se ha utilizado unilateralmente para el mero progreso económico en detrimento de un desarrollo más humano respetando la dignidad y la nobleza del hombre y no ha ignorado, a veces, riquezas espirituales que han modelado la identidad europea? Las intervenciones del Banco en favor de los países de la Europa del este, del centro y del sureste permitirán, estoy seguro, corregir los desequilibrios en favor de un proceso basado en la justicia y la solidaridad. Éstos son indispensables para el presente y el futuro de Europa.
Igual que yo, ustedes saben que hoy en día el mundo y Europa atraviesan un momento particularmente grave de crisis económica y financiera. Este momento no debe conducir a limitaciones basadas únicamente en un análisis estrictamente financiero. Debe, al contrario, permitir al Banco de Desarrollo mostrar su originalidad reforzando la integración social, la gestión medioambiental y el desarrollo de infraestructuras públicas de vocación social. Aliento vivamente el trabajo de la Banca en este sentido y en el de la solidaridad. Ella será también así fiel a su vocación.
Frente a los desafíos actuales que el mundo y Europa deben afrontar, he querido atraer la atención en mi última Encíclica, Caritas in veritate, sobre la Doctrina social de la Iglesia y sobre su aportación positiva a la construcción de la persona humana y de la sociedad. La Iglesia ve, como continuación de Cristo, el amor a Dios y al prójimo, como un potente motor capaz de ofrecer una auténtica energía que podrá irrigar al conjunto del entorno social, jurídico, cultural, político y económico. He querido destacar que la relación que existe entre el amor y la verdad es, si se vive bien, una fuerza dinámica que regenera el conjunto de las relaciones interpersonales y que ofrece una novedad real en la reorientación de la vida económica y financiera que ella renueva, al servicio del hombre y de su dignidad para las que existen. La economía y las finanzas no existen para ellas mismas, no son más que una herramienta, un medio. Su fin es únicamente la persona humana y su realización plena en la dignidad. Éste es el único capital que conviene salvar. Y en este capital, se encuentra la dimensión espiritual de la persona humana. El cristianismo ha permitido a Europa comprender lo que es la libertad, la responsabilidad y la ética que impregnan sus leyes y sus estructuras sociales. Marginar el cristianismo -también por la exclusión de los símbolos que lo manifiestan- contribuiría a amputar nuestro continente de la fuente fundamental que lo nutre sin descanso y que contribuye a su verdadera identidad. Efectivamente, el cristianismo está en la fuente de los “valores espirituales y morales que son el patrimonio común de los pueblos europeos”, valores a los que los Estados miembros del Consejo de Europa han manifestado su adhesión inquebrantable en el Preámbulo del Estatuto del Consejo de Europa. Esta adhesión, que se reafirmó en la Declaración de Varsovia de 2005 arraiga y garantiza la vitalidad de los principios en los que se basa la vida política y social europea, y en particular la actividad del Consejo de Europa.
En este contexto, el Banco de Desarrollo es ciertamente una institución financiera, una herramienta económica, por tanto. Sin embargo, su creación se quiso para responder a exigencias que sobrepasan lo financiero y lo económico. Tiene una razón de existir que es social. Está, por tanto, llamada a ser plenamente aquello para lo que ha sido querida: un instrumento técnico que permite la solidaridad. Esto debe vivirse en la fraternidad. La fraternidad es generosa, no calcula. Quizás habría que aplicar más estos criterios en las elecciones internas del Banco y en su acción externa. La fraternidad permite espacios de gratuidad que, si bien son indispensables, son difícilmente concebibles o posibles de alcanzar cuando el único fin que se busca es la eficacia y el beneficio. Todos sabemos también que este dualismo no es un determinismo absoluto e insuperable ya que puede superarse. Para ello, la novedad consistiría en introducir una lógica que hiciera de la persona humana, y más particularmente de las familias y de los que están en grave necesidad, el centro y el objetivo de la economía.
Existe en Europa un rico pasado que ha visto desarrollarse experiencias de economía basadas en la fraternidad. Existen empresas que tienen un fin social o mutualista. Éstas han tenido que sufrir las leyes del mercado, pero desean volver a encontrar la fuerza de la generosidad de los orígenes. Me parece también que el Banco de Desarrollo del Consejo de Europa desea, para vivir realmente la solidaridad, responder al ideal de fraternidad que acabo de mencionar, y explorar espacios en los que la fraternidad y la lógica del don puedan expresarse. Estos son ideales que tienen raíces cristianas y que han presidido, con el deseo de paz, el nacimiento del Consejo de Europa.
La medalla que ha venido a ofrecerme, Señor Gobernador, y que le agradezco, me permitirá recordar este encuentro. Os garantizo, queridos amigos, mi oración y os animo a continuar vuestro trabajo con valentía y lucidez para cumplir el importante deber que os ha sido confiado, el de contribuir al bien de nuestra querida Europa. Que Dios os bendiga a todos. Muchas gracias.
[Traducción del original francés por Patricia Navas
©Libreria Editrice Vaticana]
Lectio divina para el domingo décimo cuarto del tiempo ordinario - C, ofrecida por la Delegación Diocesana de Liturgia de la diócesis de Tenerife.
LECTURA: “Lucas 10,1-12.17-20”
En aquel tiempo, designó el Señor otros setenta y dos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él. Y les decía: «La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies.
¡Poneos en camino! Mirad que os mando como corderos en medio de lobos. No llevéis talega, ni alforja, ni sandalias; y no os detengáis a saludar a nadie por el camino.
Cuando entréis en una casa, decid primero: "Paz a esta casa". Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros.
Quedaos en la misma casa, comed y bebed de lo que tengan, porque el obrero merece su salario.
No andéis cambiando de casa. Si entráis en un pueblo y os reciben bien, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya, y decid: "Está cerca de vosotros el reino de Dios."»
MEDITACIÓN: “Paz”
¡Qué poco han cambiado las cosas, Señor! Incluso, tal vez, tengamos que decir que han empeorado. Vivimos, sí, unos pocos, en un tipo de sociedad que estamos llamando del bienestar. Un bienestar basado en tener, en adquirir, en acumular, y cuanto más, más; ahí, somos insaciables, y es normal, ya que eso no llena lo auténtico de nuestra realidad humana, y como no nos llena lo que vamos teniendo, pues vamos acumulando más para ver si terminamos de conseguirlo, pero ni por esas. Cada vez, más cosas, pero más vacío interior, más superficialidad, más sufrimiento que, por supuesto, tratamos de disimular, pero que se va convirtiendo en sin sentido de todo, en muchos casos suicidios, en violencia, mucha violencia. Hoy la violencia se ha aposentado en los corazones y ya casi nos es difícil vivir seguros en ninguna parte. ¿Es reduccionismo? ¿Es exageración? ¿Es pesimismo o cargar las tintas en un lado? Puede ser. Pero, tal vez es mejor ver a veces las cosas con rasgos exagerados de caricatura para ver mejor los defectos o las virtudes.
Sí, no cabe duda de que hay muchas cosas y personas buenas, que sufren por esta situación, que son víctimas, que la miran con impotencia, y que tratan de aportar sus gestos de bondad y de paz. Y tú hoy nos vuelves a hacer un llamamiento, para estimularnos, para no encerrarnos en el pesimismo o la tristeza, nos llamas a todos, porque el trabajo es mucho, a ser portadores de paz. Tu mensaje del reino, es un grito a ser portadores de paz, allí donde estemos o podamos ir. Y a llevarla sin imposiciones, sin utilizar medios de presión ni de fuerza. Ninguna forma de fuerza, del tipo que sea, jamás será portadora de paz auténtica, por mucho que lo queramos disfrazar con los mejores discursos. Sólo la sencillez, la humildad, la verdad del amor, el deseo de bien, podrán ser portadoras y generadoras de paz. El que no lo veamos con la claridad meridiana con que tú nos lo dices de mil maneras, es la señal de hasta qué punto nuestros corazones, el corazón humano, parece tener más de lobo que de cordero.
Señor, tú invitación, tu llamada, tu envío, me llaga con la claridad y la fuerza que mi corazón y la realidad que me envuelve necesita. Y sé que en esa llamada va implícita tu presencia, tu caminar conmigo, tú oferta de ser tú dentro de mí, la paz auténtica con la que llenar mi corazón y ofrecerla a todos. Así es como en esta tarea tú caminas conmigo y me permites experimentar la fuerza y el gozo de tu presencia.
ORACIÓN: “Instrumento de paz”
Señor, quiero ser contigo portador de paz. No sé muy bien como hacerlo, pero tampoco es difícil si soy capaz de dejarte entrar en mí, tú que eres paz, para llevarte, y decirte y nombrarte, sin miedo, con gozo, y allí donde llegue poder expresar: conmigo traigo un espacio de paz.
Gracias, Señor, por tu palabra, por tu presencia, por querer caminar conmigo, por querer llenarme de ti, por poner en mi corazón el anhelo de bien que pueda hacer extensivo a todos, los de cerca y los de lejos. Lléname de tu paz, lléname de ti, que sea constructor, instrumento de paz.
CONTEMPLACIÓN: “La belleza de tu paz”
Hay momentos oscuros
cargados de nubes espesas
que ocultan la belleza
y la fuerza
inscritas en mi corazón de carne
que hacen temblar
y tambalean los sueños
más hermosos de mis deseos.
En medio de esas sombras
Tú intentas abrirte paso
para irradiarme la claridad
de tu luz,
la fuerza de tu amor,
la belleza de tu paz
que quiere acariciar mis entrañas
y fecundarlas con la vida
que brota de ti.
Así me invitas y me llamas,
con la urgencia
del que sufre por amor,
a ser portador de vida,
a ser constructor de paz.
Comentario al evangelio del domingo décimo cuarto del Tiempo Ordinario, publicado en Diario de Avisos el domingo 4 de Julio de 2010 bajo en epígrafe DOMINGO CRISTIANO.
Contemporizar
Daniel Padilla
Acomodarse uno al gusto ajeno por algún respeto o algún fin particular". Así define el diccionario la palabra "contemporizar". Pues esa es la palabra que, hoy, mientras reflexionaba sobre el evangelio de este domingo, me venía una vez y otra vez: contemporizar. Unas veces la veía en su vertiente radical y de compromiso: la postura de alguien que actúa evitando toda claudicación, sin contemplaciones, tal y como se desprende de las palabras de Jesús: "Les mando como ovejas entre lobos. No saluden a nadie por el camino". Como diciendo: no contemporicen con nadie. Otras veces, al revés, la palabra me llega mansa e inofensiva, comprensiva al máximo: "Quédense en la misma casa. Coman y beban de lo que tengan". Es decir: pueden contemporizar con la buena gente. ¿En qué quedamos, Señor? ¿Cuál es la consigna para quienes tienen, tenemos, que salir a evangelizar? Vivimos una época increíble de subjetivismo doctrinal y moral. Mucho me temo que, en ella, hay que poner mucho esmero a la hora de sentirnos enviados, como aquellos setenta y dos. El embajador de Cristo no puede hacer maleable el mensaje del que es portador. "Llevamos tesoros infinitos en vasijas muy frágiles", decía Pablo. Y no podemos claudicar "ante cualquier viento de doctrina", decía también. El cristiano no puede ir condescendiendo ante los demás, al son que toquen, en la transmisión de la fe de la cual es testigo. Ni puede abandonarse a un modus vivendi que contradiga esa fe. Acomodar su credo y su moral a lo que rezaba aquel título de Pirandello -Así será si así os parece- sería peligrosa equivocación. El cristiano, como Pedro y los Apóstoles, tiene que estar dispuesto a decir: "No podemos menas de proclamar lo que hemos visto y oído". ¿Por qué? Entre otras razones, "porque es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres". Pero también habrá que tener en cuenta la otra vertiente. En el ejercicio de transmitir la fe, con tal de llevar íntegramente esos tesoros infinitos, no importa que se quebranten nuestros frágiles vasos, nuestras personales estructuras, nuestros modos de actuar. Es más, puede ser algo necesario. Y eso, amigos, puede hacernos sufrir: somos animales de costumbres. Nos aferramos a nuestras viejas metodologías. Pensamos que cualquier tiempo pasado fue mejor. Y esa tentación es muy peligrosa. Ya que los modos de actuar, como los vestidos, como las modas, envejecen. Por eso San Pablo, ciñéndose exclusivamente a lo principal -ser portador del Mensaje-, decía: "Gastaré y me desgastaré a mí mismo", dejando claro que él sabría contemporizar con lo cambiante, no con lo sustancial. Eso es lo que creo que quiere decir hoy ese pasaje en el que parece Jesús un intransigente por una parte, y un acomodaticio por la otra. Algo que los antiguos resumieron muy bien en una breve sentencia: Suaviter in modo, fortiter in re (suave en el modo y fuerte en el contenido). Pedagogía que tendremos que aprender todos en la Iglesia, ocupemos el lugar que ocupemos.
ZENIT publica el discurso que dirigió Benedicto XVI el lunes 14 de Junio de 2010 al recibir en la Sala del Consistorio del Palacio Apostólico vaticano a los miembros de la comunidad de la Academia Pontificia Eclesiástica, donde se forman los sacerdotes que ofrecerán su servicio a la Santa Sede en la Secretaría de Estado y en las representaciones pontificias y nunciaturas apostólicas de los cinco continentes.
Venerados hermanos en el episcopado,
queridos sacerdotes:
Siempre os doy la bienvenida con alegría con motivo de nuestro acostumbrado encuentro, que me ofrece la oportunidad de saludaros y alentaros y de presentaros algunas reflexiones sobre el trabajo en las representaciones pontificias. Saludo al presidente, el arzobispo Beniamino Stella, que con entrega y sentido eclesial sigue vuestra formación, y le doy las gracias por las palabras que me ha dirigido en nombre de todos. Dirijo un agradecido saludo a sus colaboradores y a las Hermanas Franciscanas Misioneras del Niño Jesús.
Quisiera detenerme brevemente a comentar lo que significa el concepto de representación. Con frecuencia se es considerado actualmente de manera parcial: se da la tendencia a asociarlo con algo meramente exterior, formal, poco personal.
El servicio de representación para el que os estáis preparando, sin embargo, es algo mucho más profundo, pues es participación en la solicitud de todas las iglesias ["omnium ecclesiarum"], que caracteriza al ministerio del romano pontífice. Se trata por tanto de una realidad eminentemente personal, destinada a tener una profunda incidencia en quien está llamado a desempeñar una tarea tan particular. Desde esta perspectiva eclesial, el ejercicio de la representación implica precisamente la exigencia de acoger y de alimentar con atención especial, en la propia vida sacerdotal, algunas dimensiones que quisiera indicar, aunque sea brevemente, para que sean motivo de reflexión en vuestro camino formativo.
Ante todo, esto implica cultivar una adhesión plena interior a la persona del Papa, a su magisterio y al ministerio universal. Es decir, adhesión plena a aquel que ha recibido la tarea de confirmar a los hermanos en la fe (Cf. Lucas 22,32) y que "es el principio y fundamento perpetuo visible de unidad, tanto de los obispos como de la multitud de los fieles" (Lumen gentium, 23). En segundo lugar, asumir, como estilo de vida y como prioridad cotidiana, un cuidado atento --una verdadera "pasión"-- por la comunión eclesial. Representar al romano pontífice significa, además, tener la capacidad de ser un "puente" sólido, un canal seguro de comunicación entre las Iglesias particulares y la Sede Apostólica: por un lado, poniendo a disposición del Papa y de sus colaboradores una visión objetiva, correcta y profunda de la realidad eclesial y social en que se vive; por otro, empeñándose por transmitir las normas, las indicaciones, las orientaciones que manan de la Santa Sede, no de manera burocrática, sino con profundo amor a la Iglesia y con la ayuda de la confianza personal pacientemente construida, respetando y valorando, al mismo tiempo, los esfuerzos de los obispos y el camino de las Iglesias particulares adonde uno ha sido enviado.
Como se puede intuir, el servicio al que os estáis preparando exige una entrega plena y una disponibilidad generosa para sacrificar, si es necesario, intuiciones personales, proyectos propios y otras posibilidades de ejercicio del ministerio sacerdotal. Desde una perspectiva de fe y de respuesta concreta a la llamada de Dios, que hay que alimentar siempre en una relación intensa con el Señor, esto no envilece la originalidad de cada quien, sino que más bien resulta sumamente enriquecedor: el esfuerzo por ponerse en sintonía con la perspectiva universal y con el servicio a la unidad de la grey de Dios, algo propio del ministerio petrino, es capaz de valorizar, de manera singular los dotes y talentos de cada uno, según esa lógica que san Pablo mostró a los cristianos de Corinto (Cf. 1 Cor 12,1-31). De este modo, el representante pontificio, junto con sus colaboradores, se convierte verdaderamente en signo de la presencia y de la caridad del Papa. Y si esto supone un beneficio para la vida de todas las Iglesias particulares, lo es especialmente en esas situaciones particularmente delicadas o difíciles en que, por diversas razones, se puede encontrar la comunidad cristiana. Se trata de un auténtico servicio sacerdotal, caracterizado por una analogía, que no es remota, con la representación de Cristo, típica del sacerdote que, como tal, tiene una dimensión sacrificial intrínseca.
De aquí también deriva el estilo peculiar del servicio de representación al que estáis llamados a ejercer ante las autoridades estatales y ante las organizaciones internacionales. También en estos ámbitos la figura y la presencia del nuncio, del delegado apostólico, del observador permanente, es determinada no sólo por el ambiente en el que trabaja, sino antes aún y principalmente por aquél a quien se está llamado a representar. Esto pone al representante pontificio en una posición particular con respecto a los demás embajadores o enviados. Ser portavoz del vicario de Cristo puede ser comprometedor, en ocasiones sumamente exigente, pero nunca será mortificante o despersonalizador. Es, en cambio, una forma original de realizar la propia vocación sacerdotal.
Queridos alumnos, deseando que vuestra Casa pueda ser, como le gustaba decir a mi predecesor Pablo VI, una "escuela superior de caridad", os acompaño con mi oración y os encomiendo a la intercesión de la bienaventurada Virgen María, Mater Ecclesiae, y de san Antonio Abad, patrono de la Academia. A todos vosotros y a vuestros seres queridos imparto de corazón mi bendición.
[Traducción del original italiano realizada por Jesús Colina
©Libreria Editrice Vaticana]
Alocución televisiva de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata en el programa “Claves para un mundo mejor” (12 de junio de 2010). (AICA)
¿EN QUÉ ESTÁN NUESTRA TV Y NUESTRA RADIO?
Hace pocos días se ha celebrado el Día del Periodista y algunas semanas más atrás la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales que la Iglesia ha instituido hace ya varias décadas en el Domingo de la Ascensión del Señor. Me parece que estas circunstancias son buenas para pensar un poco en las formidables posibilidades que ofrecen hoy los medios de comunicación.
Pero también esto nos invita a reflexionar críticamente acerca de nuestra realidad concreta, acerca de lo que vemos habitualmente por televisión o lo que escuchamos por la radio.
En la Argentina tendríamos que suscitar una profunda renovación de lo que está ocurriendo en muchos de los medios de comunicación.
La televisión hoy día está muy lejos de ser un medio de auténtica edificación personal y familiar. Por lo contrario, creo que es uno de los poderosos agentes de desculturación del país y de nuestro pueblo, especialmente de nuestro pueblo sencillo, que carece de otros recursos para informarse y formarse.
Llama la atención como se ha “farandulizado” la televisión y cuántos canales al mismo tiempo, con lo que cuesta la transmisión, pasan horas y horas difundiendo chismes de la gente que vive en ese ambiente. Por supuesto, lo que allí se exhibe no son los mejores ejemplos de vida.
Esta situación parece generalizada y yo no noto una reacción de crítica o de desagrado. Hay algunos programas que tienen un altísimo rating y uno se pregunta cómo es posible que semejante disparate esté capturando la atención de millones de personas, y eso con un éxito fenomenal. Al conductor de esos mamarrachos se lo considera un gran formador de opinión.
Y así podemos hablar también de la radio. Una cosa que me llama la atención de la radio es la decadencia del lenguaje. Hoy se critica mucho a los jóvenes porque se dice que los chicos no tienen un amplio vocabulario para expresarse y que eso muestra su incapacidad para pensar profundamente las cosas pero lo peor es ver la degradación del lenguaje en la radio y sobre todo esta facilidad para la expresión chabacana, para la grosería, para la vulgaridad.
Eso también se extiende y se extiende malamente. No digo que es necesario englobar el discurso y hacer solemne todo. No se trata de eso. En realidad se trata de decencia, de delicadeza y de propósito de edificación.
Otra paradoja. En algunos canales, sobre todo de la línea oficial, uno puede encontrar programas muy buenos. Pero llama la atención la fuerte línea ideológica, y homogénea en su ideologismo. No existe el pluralismo, como correspondería a una república, sobre todo en medios que son del Estado. Porque el Estado no puede adscribir a una ideología y saturar a sus televidentes o sus oyentes con esa ideología. Es una pena, porque muchas veces son programas técnicamente buenos, culturalmente de nivel, pero sin embargo allí está el virus ideológico presente. Es otra de las falencias que tiene nuestra comunicación vivida.
Como conclusión quisiera decirles que me parece necesario reflexionar sobre esto y practicar un discernimiento sobre lo que vemos, lo que oímos, y también manifestar nuestra opinión.
Importa mucho a las autoridades y responsables de los medios que un televidente o el oyente de un programa de radio, ahora que se usa tanto lo interactivo, manifieste su opinión y diga: este programa no me gusta, esto no puede ser, en un medio del Estado no hay derecho a que me endilguen todo el tiempo esta ideología. También importa que les hagan saber aquellas cosas que les parecen bien o que creen que vale la pena acompañar.
Lo que quiero decirles es que hay que escribir a los medios, llamar a los medios, manifestar la opinión cuando hay que criticar lo que merece ser criticado y apoyar lo que merece ser apoyado. Esto es una ayuda a que esta especie de hegemonía universal encuentre su cauce y se aplaque un poco tanta desedificación como hoy día tenemos que sufrir.
Hay posibilidades maravillosas en los medios de comunicación, pero es necesario explorarlas adecuadamente, y lo que importa es qué idea tenemos acerca del uso de estos medios y qué es lo que queremos transmitir y lo que queremos recibir.
¡El mensaje es lo que importa, no el medio por sí mismo! Y ese mensaje solo puede partir de gente que sabe muy bien lo que quiere pero que está adherida a la verdad, al bien, a la belleza y que quiere prestar un servicio auténtico a la sociedad.
Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata
Homilía de monseñor Carmelo Juan Giaquinta, arzobispo emérito de Resistencia, para la homilía del domingo 13 junio 2010. (AICA)
PECADO, ARREPENTIMIENTO, PERDÓN
Lc 7,36-8,3
I. DAVID EL REY PECADOR Y LA MUJER PECADORA
1. La primera lectura de este domingo, tomada del segundo libro de Samuel, trae la escena en que el rey David es denunciado por el profeta Natán por la canallada de robarle la mujer a su mejor capitán y de exponerlo a la muerte para ocultar su adulterio (2 Sam 12,7-10.13). La lectura del Evangelio trae la escena de la mujer pecadora que llora a los pies de Jesús (Lc 7,36-50).
Entre ambas escenas hay diferencias notables. En la primera, se trata del rey. En la segunda, de una mujer anónima, tal vez la prostituta del pueblo. Pero la liturgia las asocia por las coincidencias. En las dos, los protagonistas tienen conciencia del pecado, ambos se arrepienten y son perdonados.
Pecado, arrepentimiento, perdón: tres palabras que se han vuelto malas palabras. Ni pronunciarlas, ni admitir la realidad que significan.
II. LA CONCIENCIA DEL PECADO
2. La palabra “pecado” está hoy socialmente prohibida. Y ello, por el subjetivismo moral reinante, impulsado por una escuela amoral, por los medios que someten el bien y el mal al vaivén de la opinión pública, y por el capricho de los poderosos que lo deciden a su gusto y ganas.
Sin embargo, hay algo en el ser humano que le dice cuando obra bien o mal. Si miente, si roba, si hace violencia: automáticamente una sombra desciende al espíritu del que así obra y lo entristece. En cambio, si es justo, si dice la verdad, si es solidario: una luz ilumina su interior y le hace sentir alegría. Lo observamos en los niños, que trasuntan alegría o tristeza por el bien o el mal hecho. El apóstol Pablo lo reconoce en su experiencia con pueblos paganos: “Cuando los paganos que no tienen la Ley (de Moisés), guiados por la naturaleza, cumplen las prescripciones de la Ley, aunque no tengan la Ley, ellos son ley para sí mismos, y demuestran que lo que ordena la Ley está inscrito en sus corazones. Así lo prueba el testimonio de su propia conciencia, que unas veces los acusa y otras los disculpa” (Rom 2,14-15).
3. La capacidad innata de sentir el bien o mal puede pervertirse a fuerza de persistir en el mal. Ya lo denunciaba el salmo: “¿Por qué te jactas de tu malicia, hombre prepotente y sin piedad? Estás todo el día tramando maldades, tu lengua es como navaja afilada, y no haces más que engañar. Prefieres el mal al bien, la mentira a la verdad” (Sal 52,3-5). La pérdida del sentido del pecado es el derrumbe más grande sufrido por la cultura de Occidente.
III. EL ARREPENTIMIENTO
4. “Arrepentimiento” es otra palabra prohibida. Ya en mi adolescencia se escuchaba el prejuicio machista “no es de hombres arrepentirse”. Fue imposible arrancarle a Japón si se arrepentía de haber atacado a Pearl Harbor. E igualmente a Estados Unidos si se arrepentía de haber arrojado dos bombas atómicas sobre Japón. La palabra “arrepentimiento” sobrevive todavía en la persecución que algunos medios hacen de alguna persona que se ha vuelto blanco del odio público: “¿Se arrepiente…?”
En la Argentina, salvo los militares y la Iglesia, nadie se ha arrepentido de nada. El 2 de junio se han cumplido cuarenta años del asesinato del General Aramburu. De las atrocidades cometidas en la Argentina, que recrudecieron a partir de entonces y nos llevaron al infierno del 24 de marzo de 1976, ¿quién se ha arrepentido?
5. Aunque se diga que “arrepentirse no es de hombres”, es lo más viril que se pueda imaginar. “Arrepentirse” es aceptar que se ha obrado mal y volver a pensar rectamente y obrar en consecuencia. Para esto hay que ser valiente. Es lo que hizo el rey David cuando el profeta lo enfrentó con su crimen. Por su adulterio hoy podría ser considerado un macho de tantos. Pero es considerado todo un varón por su arrepentimiento: “¡Ten piedad de mí, Señor, por tu bondad, por tu gran compasión borra mis faltas!” (Sal 50,3).
III. EL PERDÓN
6. Una tercera palabra, que se ha vuelto mala palabra, es “perdón”. “Ni olvido, ni perdón”: se escucha decir desde niños. Rima bien, y, repetida a coro, te hace sentir defensor de la dignidad humana. Pero ¡cuidado con el odio! Yo mismo he estado en alguna marcha de protesta justa. Y de pronto, todos a coro: “Ni olvido, ni perdón”. Y tener que callarme ostensiblemente. Pues si pronunciase esas palabras, apostataría de mi fe cristiana. ¡Pobre de mi si Dios no se olvidase de mis culpas! ¡Si él no me perdonase!
Uno entiende la bronca por ciertos crímenes. Y que se busque la verdad de lo ocurrido y la justicia. Pero nunca se sabrá la verdad, ni se hará justicia, con los ánimos caldeados por la furia.
7. El perdón es un don de Dios tanto o más grande que la creación. Por ésta él nos saca de la nada. Por el perdón él nos saca de nuestra maldad y nos devuelve a su amistad.
Del mismo modo, sólo por el perdón recíproco los argentinos podremos salir de nuestra ruina moral y lograr la amistad social, base indispensable para un verdadero progreso.
Mons. Carmelo Juan Giaquinta, arzobispo emérito de Resistencia
Homilía de monseñor Rubén Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús, en la clausura del Año Sacerdotal (Parroquia San Juan M. Vianney, 10 de junio 2010). (AICA)
CLAUSURA DEL AÑO SACERDOTAL
Queridos sacerdotes; Queridos hermanos;
Y todos los que están reunidos aquí, en esta celebración:
Como Iglesia diocesana nos reunimos para dar gracias por este regalo inmenso que Dios nos ha dado, a través del Santo Padre Benedicto XVI, en este Año Sacerdotal. Estamos en la parroquia del Santo Cura de Ars, donde tuvimos la dicha, el gozo, la gracia y el honor de haber recibido el Corazón del Cura de Ars en nuestra diócesis. ¡Estuvo aquí, en medio de nosotros! “Donde pasan los santos, pasa Dios”
El Señor nos regaló tantas gracias, tantos consuelos, tanta ternura, y tanta misericordia, que lo único que podemos decirle es ¡gracias!; porque ¡qué generoso es el Señor con nuestra diócesis y con nosotros! También en este día, por gracia de Dios, estamos celebrando nueve años de estar juntos, como Iglesia diocesana de Avellaneda Lanús.
El Señor nos fue modificando planes, proyectos, ilusiones, sueños y nos fue formando a su manera, como el Señor quiere. Y veo como algo extraordinario lo que Dios va haciendo de nosotros, y cómo Dios va conformando en nuestra Iglesia diocesana un pueblo que camina, sobre todo confiando en su presencia.
Esta alianza que Dios tiene con nosotros, esta tarea extraordinaria, este designio de Dios, esta voluntad de Dios, expresada sin el acuerdo previo de nuestras partes. Y Dios nos ha regalado, nos ha conformado como su pueblo, como esta Iglesia particular de Avellaneda Lanús. Y, como siempre, Dios nos sorprende, nos halaga y nos da algo extraordinario donde nos sabemos superados por tanta bondad.
Como Pueblo de Dios tenemos que admirar al sacerdocio ministerial y yo lo sé muy bien: todos ustedes, sacerdotes, diáconos, diáconos permanentes, religiosas y religiosos, querido pueblo fiel, cómo estiman al sacerdote, cómo lo aman, cómo lo respetan, cómo lo escuchan y cómo se reúnen alrededor de él. Esto también es una gracia porque en otros pueblos, en otras culturas, en otros lugares, están plagados de indiferencia, plagados de un individualismo atroz, plagados de tantas cosas, que no tiene lugar esta realidad.
Pero nuestra Iglesia diocesana, y yo no soy exagerado, como Obispo, como pastor, me doy cuenta y percibo cómo el pueblo ama entrañablemente a sus sacerdotes. También puedo decir lo mismo de los sacerdotes: cómo aman a su pueblo, cómo dan la vida, cómo están sirviendo a través de desgastes, de cansancios, de desafíos, de tentaciones y de problemas; pero los sacerdotes son fieles a Dios y al pueblo que se les ha confiado. Cada uno en su lugar, cada uno en su tarea y cada uno en su misión, esa realidad está firme, provoca en nuestro interior gratitud y admiración; admiración y gratitud.
Eso no significa que no hayan discusiones, que no haya problemas, que no haya dificultades; ¡vaya si las hay y que como Obispo las escucho de parte de los sacerdotes o de parte del Pueblo de Dios! Eso no lo ignoro, pero siempre hay que mirar las cosas en lo esencial, en lo importante, en aquello que es permanente y duradero. Yo puedo decir que nuestra Iglesia diocesana está viviendo un momento muy especial, con un espíritu sobrenatural muy fuerte. ¡Es que no se puede vivir de otra manera!
¡La Iglesia no es una ONG! ¡La Iglesia no es el consenso de algunas partes! La Iglesia es el Misterio de Dios que se expresa en esta porción del pueblo, a través de los pastores que son guías, son referentes y organizan la guía de una comunidad; y todos tenemos que conformarnos.
En su catequesis del 26 de mayo pasado, el Papa hablaba del sacerdocio, del gobierno, del servicio y del mandato que el sacerdote tiene para procurar cumplir con su misión.
Y con esto nos lleva a que todos nosotros tenemos que servir y ese mandato lo hemos recibido, no es optativo.
El sacerdote tiene que, primero, obedecer a Dios; obedecer lo que Dios quiere sobre su pueblo; no debe obedecer los lobbies o caprichos, o emociones, o presiones. Tendrá que responder como Cristo: a servir y no ser servido. ¡Y Cristo vino a hacer la voluntad del Padre! ¡Nosotros estamos en la Iglesia y en este mundo para hacer la voluntad del Padre!, ¡no para nuestros intereses particulares!, ¡no para nuestros gustos!, ¡no para nuestras comodidades!, ¡no para nuestras ganas!, sino que mandando tenemos que obedecer haciendo la voluntad del Padre.
¿Y cuál es la voluntad del Padre?
¡Que Cristo se forme en el corazón de cada uno de sus fieles!
¡Que Cristo se forme en el corazón de la comunidad!
¡Que Cristo sea el primero y principal en todo!
¡Ninguna tarea pastoral, ningún proyecto, ningún programa, ninguna organización, puede suplir o suplantar el encuentro personal, vivo, con Jesucristo! Y desde este encuentro todas las cosas se vitalizan, se consolidan, se iluminan, se recrean, se hacen nuevas. Y nosotros nos sentimos llamados como Pueblo de Dios a tener un encuentro con Jesucristo y una conversión personal con Él. Esto no es optativo; esto es fundamental: quien no se deja encontrar por el Señor tendrá poca fuerza para cumplir con la misión. Su presencia es vinculante.
Por lo tanto, hoy queremos pedir al Santo Cura de Ars, a este hombre genial que hizo la voluntad de Dios, que nos vuelva a enseñar y que si terminamos este año sacerdotal no estamos terminando el espíritu que animó todo este año. Ese mismo espíritu tiene que estar presente en nuestras vidas, en nuestras respiraciones, en nuestras conversaciones, en nuestras actitudes, en nuestras actividades, ¡en toda nuestra vida! Este espíritu es buscar formar la presencia de Jesucristo.
Hoy curiosamente, en las vísperas de la Solemnidad del Corazón de Jesús, ¿qué le estamos pidiendo? ¡Queremos tener un corazón semejante al Tuyo! Para el punto de vista humano sería una imposibilidad total, pero Dios nos permite formar en nosotros, pastores, un corazón semejante al suyo: que ame, que vele, que repare, que cuide, que enseñe, que tenga paciencia, que sane, que reconcilie y que trate a todos como hermanos.
El Corazón de Jesús es nuestro propio corazón sacerdotal. Esta vivo y no está muerto. Es la razón fundante de nuestra existencia, de nuestra vida cristiana y de nuestra vida sacerdotal. Quien se olvida de esto, pierde el tiempo. Hoy le pedimos al Corazón de Jesús revestirnos de sus propios sentimientos, dejarnos transformar por él, dejarnos amar por él, dejarnos purificar por él.
¿Cuál es el corazón del pastor? El corazón del pastor sabe que él es el importante, que el Señor tiene que presidir, tiene que estar, y nosotros sus servidores, seremos sus pobres pero fundamentales instrumentos, de su representación; de su cercanía. Dios se acerca por medio del sacerdote. Y cuando el sacerdote realiza alguna acción sagrada o sacramental, Cristo mismo en su persona realiza la acción: Cristo bautiza, Cristo consagra, Cristo perdona los pecados, Cristo unge al enfermo, Cristo nos da su bendición.
Hay algo que es fundamental, increíble, la acción de Jesucristo, la fuerza de Jesucristo en nosotros nos dice que tenemos que ocuparnos de los demás. Por eso, como Iglesia diocesana de Avellaneda Lanús, como comunidad viva, tendremos que ocuparnos de la misión: buscar a aquel que no viene, buscar a aquel que venía antes y no viene más, buscar a aquel que se demoró, buscar a aquel que se apartó, que se alejó o a aquel que todavía no conoce a Jesucristo.
Ustedes dirán “pero esta tarea es tan grande y nosotros somos tan pocos”, yo diría ¡cuidado con ese diagnóstico! Cuando uno ama y sabe que cuenta siempre con Dios, y que siempre confía en Él, sabe que es Dios quien hace a través de nosotros. ¡Es Dios quien busca a través de nosotros! ¡Y es Dios quien llama a través de nosotros! ¡Y es Dios quien sigue llamando también sin nosotros! Porque Él sí es el verdadero, único y auténtico pastor.
Vamos a dar gracias por todo lo que Dios nos da, pero no quedamos solamente en palabras de gratitud; también tiene que ser expresado con obras, con actitudes, con posiciones, con posturas y con signos; para que hagamos más creíble a la Iglesia, para que la cuidemos más, para que la amemos más y para que la sirvamos mejor en las tareas que el mismo Señor nos encomendó.
Si alguien está cansado, desanimado, no tiene fuerzas, o si está bajando los brazos, recurra a la oración y a la Eucaristía; porque es allí donde la oración nos modela y la Eucaristía nos alimenta y nos reviste de su corazón en nuestro corazón.
Le damos gracias por este día y que nuestra vida esté colmada de Su presencia; que la Virgen, que rodea a Cristo, que rodea a la Santísima Trinidad, que también nos rodee a nosotros y nos cuide como parte del Pueblo de Dios, para que nuestra Iglesia no sea una Iglesia estéril, una Iglesia distraída, una Iglesia enredada en cosas, enredada en argumentos, enredada en palabras, porque si son palabras no respaldadas por las acciones, seguirán siendo meras palabras. El amor de Dios se corrobora por las obras y por la concreción de la acción.
Que el Señor nos bendiga; que el corazón de Jesús siga enardeciendo nuestra vida y que el Santo Cura de Ars nos ayude a encontrar siempre a Jesús y a poder dárselo hasta el final a cada uno de nuestros hermanos.
Que así sea
Mons. Rubén Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús
ZENIT publica el comentario al Evangelio del próximo domingo, XIV del tiempo ordinario, 4 de julio (Lucas 10,1-12.17-20), redactado por monseñor Jesús Sanz Montes, ofm, arzobispo de Oviedo, administrador apostólico de Huesca y de Jaca.
Evangelio del domingo: Portadores de paz
El evangelio de Lucas nos sigue narrando ese viaje, sube que sube hacia Jerusalén. Jesús, como enviado del Padre, había venido para traer a los hombres un modo nuevo de vivir y convivir entre ellos y ante Dios, que luego el pecado frustró. La vida humana se convirtió compleja y hostil, muy lejana del proyecto amoroso de Dios que nos la ofreció como un camino armonioso e inocente. Sin embargo el pecado, no pudo arrancar del corazón humano el inmenso deseo de habitar un mundo de belleza y de hacer una historia bondadosa. Pero la crónica diaria restregaba al hombre la incapacidad de realizar ese camino por el que en el fondo su corazón seguía latiendo. Jesús vino para responder a ese drama humano, rompiendo el fatalismo de todos sus callejones sin salida. La venida de Jesús es la llegada del Reino de Dios, el comienzo de la posibilidad para los hombres, de ser verdadera y apasionadamente humanos, el inicio de esa otra historia en la que coinciden los caminos de Dios y los del hombre. No obstante, el Señor no ha querido realizarlo todo ni realizarlo solo. Por eso, consciente de que es mucho el trabajo y pocos los obreros, invitará a pedir al dueño de la mies que envíe más manos, más corazones, que vayan preparando la creciente llegada de ese Reino.
El Señor envía a sus discípulos a los caminos del mundo, a las casas de los hombres hermanos, para hacerles llegar el gran mensaje, el gran acontecimiento: el Reino de Dios ha llegado, ya se aproxima, está muy cerca. Y con él, se terminan todas nuestras pesadillas para dar comienzo ese sueño hermoso que Dios nos confió como tarea, y que como ansia infinita puso latente en el pálpito de nuestro herido e inquieto corazón.
Como a aquellos discípulos también a nosotros nos envía para anunciar el mismo Reino de Dios, de modo que aquello que sucedió entonces siga sucediendo. No anunciamos una paz de supermercado, una paz que se negocia y pacta como herramienta política, sino una paz que es una Vida, y un Nombre, y un Rostro concreto: Dios con nosotros, en nosotros y entre nosotros. Porque no anunciamos una paz nuestra ni la que el mundo nos puede dar, sino la que Dios nos regala y nos confía, la paz que nace de la verdad, de la justicia, de la libertad, del amor. Portadores de la paz del Reino de Dios, es lo que el Señor ha querido confiarnos como una herencia inmensa y una tarea llena de desafío e ilusión.
ZENIT publica la homilía que pronunció en la tarde del sábado 13 de Junio de 2010 el arzobispo Angelo Amato, SDB, prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, durante la beatificación de Manuel Lozano Garrido, más conocido como Lolo, en la localidad española de Linares.
1. La beatificación de Manuel Lozano Garrido, llamado familiarmente "Lolo", es un acontecimiento de gran importancia pastoral para la diócesis de Jaén y un gran honor para la Iglesia española, que añade un nuevo Beato a su ya rica galería de santidad.
Lolo vivió la mayor parte de su vida en una silla de ruedas. Él fue golpeado, como Job, por enfermedades que anulan, como la parálisis y la ceguera. Y como Job repetía con fe: "Yo sé que mi redentor vive " (Jb 19,25). Animado por esta esperanza, transformó su Calvario de sufrimiento en un Tabor de gloria junto al Señor Jesús.
Con los ojos del cuerpo apagados, él aguzó los ojos de la fe para poder captar en él y en el prójimo la luz del Espíritu. Por eso solía decir que las estrellas se ven de noche. A pesar de tener los miembros entumecidos, él se movía ágilmente con el corazón y con la mente, viajando por los cielos de la verdad y la belleza. Sus limitaciones físicas lo hicieron más sensible a las armonías del espíritu, de modo diferente a nosotros, que, aturdidos por la marea de fútiles imágenes cotidianas y entorpecidos por el estruendo de sus sonidos, no somos capaces ya de percibir el canto de la creación y terminamos por convertirnos nosotros mismos en ciegos y sordos.
Lolo, sin embargo, veía y comprendía las miles de presencias benéficas de la divina Providencia en su vida personal y en la historia de la humanidad. Por esto, su existencia no estuvo marcada por la tristeza, sino por la alegría; no por el llanto sino por la iniciativa apostólica; no por la soledad sino por la comunicación y la amistad con todos, grandes y pequeños, sanos y enfermos, pobres y ricos. La suya fue una existencia de auténtica santidad evangélica.
2. Como el justo de la Escritura, también Lolo vivía de la fe. Era un cristiano que meditaba el Evangelio, se nutría de la eucaristía, amaba a la Bienaventurada Virgen María y era un enamorado de la Iglesia, por la que tenía una verdadera pasión y a la que intentaba servir con amor de hijo.
La lectura del evangelio de hoy nos muestra un aspecto ejemplar de Lolo, su convicción de haber sido amado y perdonado por el Señor y la necesidad de corresponder a esta caridad con un amor sin límites. Con su vida y con sus escritos, Lolo trata al Señor como la mujer del Evangelio, que bañó los pies del redentor con sus lágrimas, los secó con sus cabellos, le ungió la cabeza con aceite y aromatizó sus pies con precioso perfume (cf. Lc 7,36-8,3). Son todas expresiones de un amor grande, como contrapartida por la alegría de vivir que se le daba cada día. Lolo amó al Señor Jesús con todas las fuerzas de su alma y poco a poco fue asimilado cada vez más a Cristo crucificado.
El secreto de la santidad de Lolo es revelada por la palabra del apóstol Pablo, que, en la segunda lectura dice: "He sido crucificado con Cristo, y no soy yo sino Cristo quien vive en mí" (Gal 2,19-20).
San Ambrosio lo explica así. "Cristo vive en mí" significa que en mí "vive aquel pan vivo, que viene del cielo, vive la sabiduría, vive la gracia, vive la justicia, vive la resurrección" [1]. En Lolo, pues, vivía Cristo con toda la riqueza de sus dones espirituales. Como el gran místico que era, Lolo había muerto al pecado y vivía sólo de Cristo. Gradualmente Jesús había ocupado un lugar en su alma, en su mente, en su corazón, en su boca: "no soy yo sino Cristo quien vive en mí". Por esto de su pluma de escritor y periodista salían palabras de vida, de verdad, de justicia, de paz, de mansedumbre.
3. El siervo de Dios nació en Linares el nueve de agosto de 1920. Fue bautizado en la parroquia de Santa María con los nombres de Manuel Román de la Santísima Trinidad, de la Sagrada Familia y de todos los Santos [2]. Un conjunto de nombres benditos, que hablan de paraíso. Cerca del domicilio de nuestro Beato, aproximadamente a cincuenta metros, había nacido algunos años antes, San Pedro Poveda, fundador de la Institución Teresiana, y mártir en la persecución religiosa de 1936. La misma fuente bautismal fue manantial de agua viva para ambos ciudadanos de Linares, ciudad de santos y de mártires.
Lolo era el quinto hijo y después de él nacieron otros dos hermanos. La infancia fue serena. El niño era de temperamento alegre y gozoso. A los seis años se convirtió en huérfano de padre y a los quince de madre. La hermana mayor María llevó el cuidado de la casa y de la educación religiosa y humana de sus numerosos hermanos.
Desde pequeño Lolo formó parte de la Acción Católica, que para él era un noble modo de vivir como cristiano. Durante la persecución religiosa, en la cual perdió a su hermano Agustín, él se preparaba secretamente también para dar la vida por Jesús y para perdonar a sus perseguidores.
En este luctuoso período, a él le confió el sacerdote Rafael Álvarez Lara, que posteriormente fue obispo, la misión de distribuir clandestinamente la Eucaristía a determinados grupos de amigos y familiares. Lolo, como un nuevo Tarsicio, se movía como un ángel invisible entre los sonidos de las sirenas y los estallidos de proyectiles. Alguien, sin embargo, lo denunció, junto a dos hermanas, porque era católico y tenía en casa la Eucaristía. Permaneció en la cárcel tres meses. Con los nudos de las fibras de una escoba se hizo un rosario, que recitaba todos los días con otros detenidos. Terminada la guerra, Lolo reconoció en el barbero, que un día fue a afeitarlo, al delator, pero fingió no reconocerlo y lo perdonó.
4. Si se libró del martirio de la persecución, no escapó de otro martirio. Los primeros indicios de la enfermedad aparecieron durante el servicio militar. No consigue subir las escaleras y siente fortísimos dolores en las piernas. Tras numerosas visitas a médicos y hospitales, en abril de 1944, con veinticuatro años, Lolo vuelve definitivamente a Linares. Se siente como un árbol desnudo, que ha perdido sus verdes hojas. Para comprender el tormento físico, él mismo escribe que tenía una aguja en cada célula de su cuerpo. Lolo era un dolor viviente.
Pero esta planta desnuda y contorsionada, con sus raíces plantadas cerca de las corrientes de agua (Sal 1,3), retoma la vida y produce flores y frutos. Su habitación está situada frente a la Iglesia y así, cuando había buen tiempo, se podía incluso seguir la misa y escuchar el sonido de la campanilla: "Mientras trabajo y duermo, Cristo permanece junto a mí, apenas a unos veinte metros de distancia" [3]. Poco a poco, los pies se encogen, las manos se retuercen, los dedos se paralizan. Su vida se convierte en un Viernes Santo no de desesperación, sino siempre iluminado por la Pascua de resurrección.
A quien le pregunta si su enfermedad le pesa, le responde: "Pesa, pero tiene alas ". A un amigo le escribe: "Cuando se sufre quiere decir que viene un ángel de Dios y te marca con una cruz en la frente". Consideró su enfermedad con un don. Su padecimiento fue un verdadero martirio de inmovilidad, que duró doscientas mil horas [4]. Y soportó todo con profunda fe, desdramatizando siempre su situación. Solía decir que Dios estaba sentado al borde de su cama y compartía su pena.
5. El 4 de octubre de 1962 le llegó la ceguera total. Su sacrificio era ahora completo. Lolo se convierte en el sacramento del dolor, como lo definió un sacerdote, convirtiendo su sufrimiento en acción misionera.
Aunque escuchaba el latido del mundo, ya no veía nada más que a Dios. Y del corazón de Jesús él tomaba a manos llenas las indicaciones justas para edificar al prójimo con perlas de sabiduría. Pidió y obtuvo del obispo poder tener en su habitación un altar para la celebración de la misa. Para él era el signo de su continuo diálogo con Dios. Por esto tituló su libro "Mesa redonda con Dio". De esta escuela de dolor y de fe tomó la fuerza para escribir nueve libros y más de trescientos artículos, publicados en revistas y periódicos nacionales y locales.
Ofrecía sus sufrimientos por los periodistas, para los que escribió una especie de decálogo. Releamos alguno de estos mandamientos, de indiscutible actualidad para los actuales profesionales de la comunicación social:
"Da gracias al ángel que clavó en tu frente el lucero de la verdad y lo bruñe a todas horas";
"Cuando escribas lo has de hacer de rodillas para amar";
"Trabaja el pan de la limpia información con la sal del estilo y la levadura de lo eterno";
"Árbol de Dios, pídele que te haga roble, duro e impenetrable al hacha de la adulación y el soborno";
"Recuerda que no has nacido para prensa de colores. Ni confitería, ni platos fuertes: sirve mejor el buen bocado de la vida limpia y esperanzadora, como es" [5].
Para él, el periodista es como la fuente del pueblo, que brota y apaga la sed día y noche, dando frescura, optimismo, amor, esperanza y siempre una sonrisa. Exhortaba a evitar la prensa de colores, negra, rosa y amarilla, y a usar siempre una palabra clara y limpia, como la luz del sol.
Lolo murió el tres de noviembre de 1971, a los 51 años. Como testamento suyo dejaba una palabra: alegría. Él vivió su enfermedad con alegría. Sazonaba sus dolores con la alegría que manaba del corazón de Cristo. Y vivía todo ello con naturalidad: "Vivo mi inutilidad como una cosa normal, como es normal ser rubios o tener la vocación de obrero" [6].
Para delinear su personalidad espiritual, Lolo usa la metáfora del carnet de identidad: nombre, hombre; apellido, libre, amante e inmortal; residencia provisional, la tierra, de paso hacia la eternidad; profesión, generosidad; fotografía, el corazón; firma, fe y esperanza [7].
Lolo se alimentaba verdaderamente de Cristo. En su programa de vida escribió: "Por la mañana desayunarás con el buen pan de Dios, y después, enriquecido por su milagro, distribuirás tú los panes y los peces de tu corazón"; "Restriega y lava tus ojos en la fe, para ver siempre a Cristo que vive en la persona que es buena, en la mediocre y en el pecador" [8].
6. Queridos fieles, con la beatificación del Siervo de Dios Manuel Lozano Garrido, el Santo Padre Benedicto XVI nos entrega un ejemplo de santidad, que transforma el dolor en peregrinación de redención. El Papa ve en este ejemplar laico español un infatigable apóstol que aceptó la parálisis y la ceguera con ánimo sereno y alegre. Como escritor y periodista él difundió las verdades evangélicas, sosteniendo la fe de su prójimo con la oración, con el amor a la Eucaristía y con la devoción filial a la Virgen.
Los santos se modelan en el yunque de la inmolación. El dolor es una llamada a todos para alzar la mirada al cielo, de donde viene nuestro auxilio.
En una sociedad hedonista como la nuestra, que no ve el dolor y no sabe valorarlo, el Beato Lolo nos invita a abrir los ojos y a ver los miles de sufrimientos del nuestro prójimo, a abrir los oídos para escuchar los lamentos de los necesitados, grandes y pequeños, ricos y pobres; a mover nuestras manos para socorrer a los caminantes golpeados y derrotados por la vida; a abrir nuestra boca para aliviar, consolar y perdonar. El sufrimiento y el dolor habitan entre nosotros y a nuestro alrededor, en nuestras familias, en nuestros seres queridos.
Lolo nos invita a dar amor, porque Dios tiene un solo nombre, que es Amor, nada más que Amor.
Amén.
NOTAS
1 Ambrosio, Il paradiso terrestre, 15,76.
2 Rafael Higueras Álamo - Pedro Cámara Ruiz, La gioia vissuta, Edizioni San Paolo, Cinisello B. 2006, p. 17.
3 Manuel Lozano Garrido, Dios habla todos los días, p. 25.
4 Rafael Higueras Álamo - Pedro Cámara Ruiz, La gioia vissuta, p. 43.
5 Rafael Higueras Álamo - Pedro Cámara Ruiz, La gioia vissuta, p. 55-57.
6 Manuel Lozano Garrido, Dios habla todos los días, p. 92.
7 Rafael Higueras Álamo - Pedro Cámara Ruiz, La gioia vissuta, p. 102.
8 Rafael Higueras Álamo - Pedro Cámara Ruiz, La gioia vissuta, p. 103.
ZENIT publica la intervención que pronunció Benedicto XVI el domingo 13 de Junio de 2010 a mediodía al rezar la oración mariana del Ángelus junto a los peregrinos congregados en la plaza de San Pedro.
Queridos hermanos y hermanas:
En los días pasados ha concluido el Año Sacerdotal. Hemos vivido aquí, en Roma, días inolvidables, con la presencia de más de quince mil sacerdotes de todas las partes del mundo. Por este motivo, deseo dar gracias a Dios por todos los beneficios que este Año ha producido en la Iglesia universal. Nadie podrá medirlos nunca, pero ciertamente ya se ven y se verán todavía más los frutos.
El Año Sacerdotal ha concluido en la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, que tradicionalmente es la "jornada de santificación sacerdotal"; esta vez lo ha sido de manera especial. En efecto, queridos amigos, el sacerdote es un don del Corazón de Cristo: un don para la Iglesia y para el mundo. Del Corazón del Hijo de Dios, desbordante de caridad, proceden todos los bienes de la Iglesia, y en él tiene su origen la vocación de esos hombres que, conquistados por el Señor Jesús, lo dejan todo para dedicarse totalmente al servicio del pueblo cristiano, siguiendo el ejemplo del Buen Pastor. El sacerdote queda plasmado por la misma caridad de Cristo, por ese amor que le llevó a dar la vida por sus amigos y a perdonar a sus enemigos. Por este motivo, los sacerdotes son los primeros obreros de la civilización del amor. Y en este sentido, pienso en tantos modelos de sacerdotes, conocidos y menos conocidos, algunos elevados al honor de los altares; en otros casos, su recuerdo permanece indeleble en los fieles, quizá en una pequeña comunidad parroquial. Como sucedió en Ars, el pueblo de Francia en el que desempeñó su ministerio san Juan María Vianney. No hace falta añadir nada a lo que ya se ha dicho en los meses pasados. Pero su intercesión nos debe acompañar aún más a partir de ahora. Que su oración, su "Acto de amor", que tantas veces hemos recitado durante el Año Sacerdotal, siga alimentando nuestro coloquio con Dios.
Quisiera recordar otra figura: el padre Jerzy Popiełuszko, sacerdote y mártir, que fue proclamado beato precisamente el domingo pasado. Ejerció su generoso y valiente ministerio junto a quienes se comprometían por la liberad, por la defensa de la vida y de su dignidad. Esta obra al servicio del bien y de la verdad era un signo de contradicción para el régimen que entonces gobernaba Polonia. El amor del Corazón de Jesús le llevó a dar la vida, y su testimonio ha sido semilla de una nueva primavera en la Iglesia y en la sociedad. Si analizamos la historia, podemos observar cuántas páginas de auténtica renovación espiritual y social han sido escritas con la contribución decisiva de sacerdotes católicos, alentados sólo por la pasión por el Evangelio y por el hombre, por su auténtica libertad, religiosa y civil. ¡Cuántas iniciativas de promoción humana integral han comenzado por la intuición de un corazón sacerdotal!
Queridos hermanos y hermanas: encomendemos al Corazón Inmaculado de María, del que ayer celebramos la memoria litúrgica, a todos los sacerdotes del mundo para que, con la fuerza del Evangelio, sigan edificando en todo lugar la civilización del amor.
[Tras rezar el Ángelus, el Papa dirigió un saludo a los peregrinos en varios idiomas. En italiano dijo:]
Ante todo deseo recordar con alegría la proclamación de dos nuevos beatos, ambos vivieron en el siglo pasado. Ayer, en España, fue beatificado Manuel Lozano Garrido, laico y periodista; a pesar de la invalidez trabajó con espíritu cristiano y con fruto en el campo de la comunicación social. Esta mañana, en Eslovenia, el cardenal Bertone, como legado mío, ha presidido la celebración conclusiva del Congreso Eucarístico Nacional, en la que ha proclamado beato al joven mártir Lojze Grozde. Era particularmente devoto de la Eucaristía, que alimentaba su fe inquebrantable, su capacidad de sacrificio por la salvación de las almas, su apostolado por la Acción Católica para llevar a los demás jóvenes a Cristo.
[En francés:]
Saludo cordialmente a los peregrinos francófonos y, en particular, al grupo de los Scouts de San Luis de Francia. Al final de este año sacerdotal, os doy las gracias a todos por vuestras oraciones por los sacerdotes, los seminaristas y las vocaciones sacerdotales. ¡Seguid acompañándoles en su don al Señor y a su Iglesia para que juntos caminemos hacia Dios por el camino de la santidad! ¡Que la Virgen María interceda por nosotros! ¡Buena peregrinación a todos!
[Tras hablar en inglés y alemán, en español, dijo:]
Saludo cordialmente a los grupos de lengua española que participan en esta oración mariana, en particular a los fieles procedentes de Colombia y México, así como a los miembros de la Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno y María Santísima de los Dolores, de Jaén. Precisamente en esta diócesis andaluza, y en concreto en la ciudad de Linares, tuvo ayer lugar la beatificación de Manuel Lozano Garrido, fiel laico que supo irradiar con su ejemplo y sus escritos el amor a Dios, incluso entre las dolencias que lo tuvieron sujeto a una silla de ruedas durante casi veintiocho años. Al final de su vida perdió también la vista, pero siguió ganando los corazones para Cristo con su alegría serena y su fe inquebrantable. Los periodistas podrán encontrar en él un testimonio elocuente del bien que se puede hacer cuando la pluma refleja la grandeza del alma y se pone al servicio de la verdad y las causas nobles. Feliz Domingo.
[Por último, el Papa habló en polaco e italiano
Traducción realizada por Jesús Colina
©Libreria Editrice Vaticana]
ZENIT publica el mensaje que ha emitido el encuentro sobre "Catequesis inculturada" que ha emitido la Sección de Pueblos Originarios con el Departamento de Misión y Espiritualidad del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM) celebrado del 7 al 11 de junio.
CONSEJO EPISCOPAL LATINOAMERICANO
Sección de Pueblos Originarios,
con el Departamento de Misión y Espiritualidad.
Ciudad de México, del 7 al 11 de junio de 2010
ENCUENTRO SOBRE CATEQUESIS INCULTURADA
MENSAJE
Obispos, Secretarias y Secretarios Ejecutivos de las Comisiones Nacionales de Catequesis y de la Pastoral de Pueblos Originarios, nos hemos reunido en la ciudad de México, procedentes de Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Costa Rica, Panamá, México y secretarios de los departamentos del CELAM, en atención a la convocatoria de Monseñor Rodolfo Valenzuela, Obispo de la Verapaz - Guatemala y Responsable de la Sección de Pueblos Originarios del CELAM, junto con el Departamento de Misión y Espiritualidad.
En esta ocasión compartimos como tema central "La Catequesis Inculturada" en tres momentos: El primer momento fue para compartir experiencias de Catequesis Inculturada; momento que nos dio una gran riqueza; el segundo momento, una iluminación y profundización sobre "la Inculturación, una mirada desde la pastoral indígena"; "Catequesis Inculturada", "Jesucristo, símbolos, mitos y ritos indígenas" y "Criterios doctrinales y pedagogía para una catequesis inculturada". El tercer momento, fue para señalar propuestas para inculturar mejor el Evangelio.
El encuentro se desarrolló en un ambiente de fraternidad, oración, diálogo, libertad, responsabilidad, alegría y esperanza. Constatamos que hay una diversidad de experiencias, y que urge formar cristianos maduros, que siguiendo a Cristo seamos misioneros en nuestros ambientes, para hacer más y más presente el evangelio en nuestra manera de pensar, sentir y actuar, en la doble fidelidad que supone la verdadera inculturación: a Dios y a nuestras culturas.
Subrayamos algunos aspectos sobre la inculturación y catequesis inculturada que debemos tener muy presentes:
La importancia de la cultura en la vida de nuestros pueblos, favoreciendo una pastoral encarnada, que entiende y se hace entender (lenguaje simbólico), para hacerle espacio al Dios de la vida en nuestra comunidad.
El respeto y acompañamiento que supone este proceso: capacidad de escucha y amor efectivo a las culturas.
Favorecer la formación de los laicos y acompañarlos en su misión, para que sean ellos los animadores de la inculturación del Evangelio en su realidad.
Hacer memoria de tantos hermanos que han dado su vida por la fe en Cristo y fortalecer a quienes ya están en el servicio.
Ser testigos de Cristo Jesús y su Evangelio en nuestra comunidad.
La capacidad de saber ser, estar y acompañar al pueblo en su encuentro con Cristo.
Servirnos de los medios que la postmodernidad nos ofrece: radio, televisión, prensa, internet, comunicación de todo género, para que Cristo sea más y más conocido.
Favorecer el compromiso social, que verifica la autenticidad de nuestra fe en Él.
Qué proponemos para que en nuestras iglesias se avance hacia una catequesis inculturada, sobre todo en los pueblos originarios:
1. Catequesis y pastoral indígena tienen que trabajar muy en comunión.
2. Todos tenemos que empeñarnos en la formación permanente e integral.
3. Empeñarnos en la valoración de las culturas.
A LOS OBISPOS: Que donde no hay comisión de pastoral indígena, la constituyan y pronto. Que la próxima reunión del SEDAC, Mons. Rodolfo Valenzuela informe a los obispos de América Central del camino de la pastoral indígena y les haga la propuesta de hacer una comisión de esta Región Centroamérica.
Que los obispos se sientan responsables de la pastoral indígena y la acompañen en sus diócesis. Que se planee el trabajo con y desde las diferentes culturas que hay en ellas.
Que en la formación de los seminaristas tenga como prioridad la pastoral indígena, y que vivan su experiencia pastoral en las comunidades.
Que puedan discernir bien qué sacerdotes son aptos para servir a los pueblos indígenas, y a quienes quieran gastar su vida en esos campos, los preparen y envíen para que vivan su vocación.
Que la diócesis asegure recursos económicos a los sacerdotes que están en parroquias indígenas, de manera que ninguna parroquia se cierre por falta de los mismos.
AL CELAM: Constatamos que ha ido asumiendo un creciente papel protagónico; le pedimos que siga fomentando los encuentros regionales. La enorme variedad cultural pide acompañar las diferencias.
Que el ITEPAL ofrezca a los agentes de pastoral una preparación específica en el campo de la pastoral indígena.
La Amazonía pide una acción explícita que responda a sus urgencias pastorales. Que se forme una comisión para esa zona.
A LOS SACERDOTES:
+ Que tengan una formación integral y permanente.
+ Que valoren la cultura de la comunidad y se empeñen en aprender el idioma que ahí se habla.
+ Que vivan un estilo austero de vida y sean testigos de Cristo pobre y servidor.
+ Que los sacerdotes indígenas reconozcan en su identidad, valoren su cultura y vivan al servicio de sus comunidades.
+ Que trabajen en comunión con otros sacerdotes y agentes de pastoral.
+ Que los que trabajan en la pastoral indígena, puedan permanecer un tiempo suficiente, para dar continuidad a los procesos.
+ Que el sacerdote enviado al campo indígena valore esta oportunidad y la viva lo mejor posible.
+ Que trabaje en la comunidad favoreciendo las vocaciones autóctonas.
+ Que sepa favorecer el protagonismo de laicos autóctonos y los acompañe en su formación.
A LAS RELIGIOSAS Y RELIGIOSOS:
+ Que sean testigos de Cristo pobre y servidor entre sus hermanos.
+ Que se empeñen en aprender el idioma del lugar y permanezcan un suficiente tiempo para favorecer procesos.
+ Que aprendan a trabajar en comunión con el párroco y con los agentes de pastoral.
+ Que sean testigos de Cristo servidor: austeridad y coherencia.
+ Que trabajen por una evangelización integral y no se limiten sólo a la promoción social.
+ Que se integren al plan pastoral de la diócesis, de la parroquia y le den prioridad en su servicio.
+ Que se reconozcan en su identidad, si son indígenas, y la vivan al servicio de sus comunidades.
+ Que se empeñen en su formación permanente.
A LOS Y LAS CATEQUISTAS:
+ Que se empeñen en su formación permanente.
+ Que valoren su vocación y la vivan.
+ Que se sientan dentro del trabajo diocesano y parroquial.
+ Que su servicio favorezca el crecimiento del número de catequistas.
+ Que sean los sujetos de la inculturación del Evangelio en sus comunidades; que se reconozcan hijos de su cultura.
Esperamos que este encuentro nos ayude a las Iglesias locales de nuestra región y especialmente a nuestros obispos, para lograr una mayor sensibilidad hacia nuestros hermanos indígenas, que se traduzca en acciones pastorales coordinadas, en su favor.
ZENIT publica el artículo que ha escrito monseñor Felipe Arizmendi Esquivel, obispo de San Cristóbal de Las Casas, sobre el Código de Derecho Canónico y el aborto.
El Derecho Canónico y el aborto
VER
Una organización que se declara católica, sin serlo, y que tiene mucho apoyo económico de la ONU y de otros organismos, está desarrollando una campaña en algunos Estados, incluso con anuncios espectaculares, que cuestan mucho dinero, para animar a las mujeres a abortar sin temor a incurrir en la pena de excomunión, decretada por la Iglesia Católica en su Código de Derecho Canónico. Perversamente aduce una ley canónica, sólo para apoyar sin escrúpulos el aborto. Ya nuestro episcopado ha declarado que esta organización no es católica, pero siguen usurpando el calificativo, desconcertando a los ignorantes y poco formados en su fe.
Pregonan:"La Iglesia no condena el aborto en muchos casos". Y para ello citan el canon 1323, con una interpretación tendenciosa. El demonio es el padre de la mentira, y su extirpe se prolonga en quienes tergiversan la verdad. ¡Qué cinismo y desvergüenza aducir una ley de la Iglesia Católica para apoyar sus campañas abortistas!
JUZGAR
El Código de Derecho Canónico en una concretización de las normas que encontramos en la Biblia, aplicadas a nuestro tiempo. Su fundamento es la Revelación Divina, que en parte está escrita en la Sagrada Escritura y en parte se ha transmitido por tradición de generaciones. No es un código arbitrario, sino avalado por la experiencia de siglos, con la gracia del Espíritu Santo, para ordenar la vida interna de la comunidad eclesial, en la justicia y la fraternidad.
El canon 1398 determina: "Quien procura el aborto, si éste se produce, incurre en excomunión latae sententiae" (automática, sin juicio eclesiástico). Esta pena se aplica a quien provoca un aborto, lo pide, lo aconseja, lo ejecuta, y a quien colabora; no cuando es espontáneo, involuntario. La excomunión consiste en que no se pueden recibir los sacramentos ni otros servicios religiosos, sobre todo la confesión y comunión eucarística, si antes no reciben la absolución del pecado y la liberación de la pena, cosa que sólo puede hacer el obispo y algunos sacerdotes a quienes él faculta.
El aborto explícita y directamente provocado y realizado, es un pecado, condenado desde siempre en el quinto mandamiento de la Ley de Dios. La Iglesia, por una pedagogía secular, le ha impuesto la pena de excomunión, para hacer comprender la gravedad del pecado. El canon 1323 contiene una serie de atenuantes, que exoneran no del pecado, sino de la pena impuesta por la legislación eclesiástica. Aquí está el núcleo de la interpretación tendenciosa.
¿En qué casos se puede no sufrir esta pena? Dice el canon 1323: "No queda sujeto a ninguna pena quien, cuando infringió una ley o un precepto, aún no había cumplido dieciséis años; ignoraba sin culpa que estaba infringiendo una ley o precepto; y a la ignorancia se equiparan la inadvertencia y el error; obró por violencia, o por caso fortuito que no pudo preverse o que, una vez previsto, no pudo evitar; actuó coaccionado por miedo grave, aunque lo fuera sólo relativamente, o por necesidad o para evitar un grave perjuicio, a no ser que el acto fuera intrínsecamente malo o redundase en daño de las almas; actuó en legítima defensa contra un injusto agresor de sí mismo o de otro, guardando la debida moderación; carecía de uso de razón; juzgó sin culpa que concurría alguna de las circunstancias indicadas en los números 4 ó 5 de este canon".
¿Este canon exime del pecado del aborto? No. Cuando es libre y conscientemente provocado, el aborto es un acto intrínsecamente malo; es malo en sí mismo, pues es privar de la vida a un ser humano, inocente e indefenso, que no es un injusto agresor. Puede haber exención de la pena de excomunión, pero no del pecado.
ACTUAR
No se deje impresionar por una publicidad mañosa. Si desea ser en verdad católico, tome en cuenta lo que dice la Iglesia, no los falsos católicos. Si quiere ejercer su derecho a decidir, sus decisiones deben ser acordes con la Palabra de Dios, que prohíbe matar a un ser humano, por pequeño que sea. Si decide ser miembro de nuestra Iglesia, debe acatar nuestra interpretación de nuestras leyes; de lo contrario, sus decisiones serán muy suyas, pero no serán católicas.
(ZENIT.org) Reflexión del obispo de Tehuacán, México, monseñor Rodrigo Aguilar Martínez quien subraya que "a lo largo de este Año Sacerdotal, Dios nos ha ofrecido la purificación, la conversión del corazón especialmente a los sacerdotes. Ha sido un año de reconciliación, de renovación del don y misterio que Dios nos ha concedido".
Clausura del Año Sacerdotal
En junio de 2009 nos convocaba el Papa Benedicto XVI a un Año Sacerdotal, con ocasión de celebrar el 150 aniversario de la partida al cielo del Santo Cura de Ars, san Juan María Vianney, patrono de todos los sacerdotes, y con la finalidad -decía el Papa- de "contribuir a promover el compromiso de renovación interior de todos los sacerdotes, para que su testimonio evangélico en el mundo de hoy sea más intenso e incisivo". Por esta razón unos quince mil sacerdotes llegados de todos los continentes, se han reunido estos días con el Papa en Roma para celebrar la clausura del Año Sacerdotal.
Como el mismo Papa decía, "hay situaciones, nunca bastante deploradas, en las que la Iglesia misma sufre por la infidelidad de algunos de sus ministros". Lo hemos reconocido repetidas veces, el antitestimonio de sacerdotes que ha provocado escándalo y falta de credibilidad en la Iglesia; se ha cuestionado y criticado al mismo Papa por encubrimiento de personas y situaciones, sin que esto sea verdad, pues el Papa ha sido enérgico en "tolerancia cero" respecto a los sacerdotes que, por ejemplo, han abusado sexualmente de menores de edad, al tiempo que ha ofrecido cercanía y ayuda de sanación a las víctimas y sus familiares. Nuevamente pido a usted perdón por el mal ejemplo que ha recibido de sacerdotes, a su vez le animo a que se acerque a la autoridad correspondiente, eclesiástica o civil, para la denuncia correspondiente.
A lo largo de este Año Sacerdotal, Dios nos ha ofrecido la purificación, la conversión del corazón especialmente a los sacerdotes. Ha sido un año de reconciliación, de renovación del don y misterio que Dios nos ha concedido.
Bendito sea Dios, son muchos más los sacerdotes que han dado testimonio de fidelidad a Cristo y de servicio generoso y constante a sus feligreses. Invito a usted a dar gracias a Dios por los muchos momentos de ayuda que ha recibido de sacerdotes concretos: con una palabra de consuelo, por la administración de algún sacramento, por acercar a Dios a usted y su familia; si es posible, si tiene cerca a algunos de ellos, comuníquelo, que mucho les ayudará, pues los fortalecerá para seguir haciendo el bien con alegría y perseverancia. Y no olvide seguir encomendándolos en sus oraciones, para que la fidelidad de Jesucristo les sostenga en su propia fidelidad sacerdotal.
ZENIT Ofrecemos a continuación los saludos en distintos idiomas que el Papa dirigió a los sacerdotes presentes, al concluir la Santa Misa concelebrada el viernes 11 de junio de 2010 en la Plaza de San Pedro como conclusión del Año Santo Sacerdotal.
Al término de esta extraordinaria concelebración, deseo expresar mi viva gratitud a la Congregación para el Clero, por la obra llevada a cabo durante el Año Sacerdotal y por haber organizado estas jornadas conclusivas. Un pensamiento de especial reconocimiento va a los señores cardenales y a los obispos que han querido estar presentes, en particular a cuantos han venido desde lejos.
Queridos sacerdotes francófonos, vosotros tenéis una proximidad particular con san Juan María Vianney. Espero que se convierta en una verdadera complicidad espiritual. ¡Que su ejemplo firme os inspire para que el don que habéis hecho de vosotros mismos al Señor lleve fruto bueno! Os renuevo mi confianza y os animo a progresar en los caminos de la santidad. ¡Que el Señor os guarde a todos en su amantísimo corazón!
¡Saludo ahora a todos los sacerdotes de habla inglesa presentes en la celebración de hoy! Mis queridos hermanos, mientras os agradezco por vuestro amor por Cristo y por su esposa la Iglesia, os pido de nuevo solemnemente ser fiel a vuestras promesas. Servid a Dios y a vuestro pueblo con santidad y valentía, ajustando siempre vuestra vida al misterio de la cruz del Señor. ¡Que Dios bendiga abundantemente vuestra labor apostólica!
Saludo con todo mi corazón a los obispos, sacerdotes y religiosos, así como todos los peregrinos procedentes de las diócesis de habla alemana que celebran el final del año sacerdotal en Roma, para mostrar su unidad con el Sucesor de Pedro. Queridos hermanos, donde no hay unidad, no hay progreso. Si nos mantenemos unidos unos a otros cuando estamos en Cristo, la vid verdadera, entonces podemos permanecer fuertes y ser testigos vivientes del amor y de la verdad, de modo que los vientos del momento nos doblen o rompan. Cristo es la raíz que nos sostiene y nos da vida. Demos gracias al Señor por el don del sacerdocio, por tener cada día una oportunidad para ser sus sucesores como buen pastor. ¡Que el Espíritu Santo os fortalezca en vuestro trabajo!
Saludo cordialmente a los presbíteros de lengua española, y pido a Dios que esta celebración se convierta en un vigoroso impulso para seguir viviendo con gozo, humildad y esperanza su sacerdocio, siendo mensajeros audaces del Evangelio, ministros fieles de los Sacramentos y testigos elocuentes de la caridad. Con los sentimientos de Cristo, Buen Pastor, os invito a continuar aspirando cada día a la santidad, sabiendo que no hay mayor felicidad en este mundo que gastar la vida por la gloria de Dios y el bien de las almas.
Queridos sacerdotes de los países de lengua oficial portuguesa, doy gracias a Dios por lo que sois y por lo que hacéis, recordando a todos que nada sustituirá jamás el ministerio de los sacerdotes en la vida de la Iglesia. A ejemplo y bajo el patrocinio del Santo Cura de Ars, perseverad en la amistad con Dios y dejad que vuestras manos y vuestros labios sigan siendo las manos y los labios de Cristo, único Redentor de la humanidad. ¡Muchas gracias!
“Sí, dicha y gracia me acompañarán todos los días de mi vida” (Salmo 23(22), 6). Con estas palabras del salmo saludo a los sacerdotes polacos. Queridos Hermanos, Cristo os ha elegido, os ha llamado, os ha colmado de bondad y de fidelidad. Acoged este don con corazón sincero cada día y llevadlo con amor a aquellos a quienes habéis sido enviados. Sed santos y llevad a los demás a la santidad de Cristo. ¡Que Dios os bendiga!]
Dirijo finalmente mi cordial saludo a los sacerdotes de Roma y de Italia; como también a los prelados, a los sacerdotes y a los seminaristas de todos los ritos de las Iglesias Orientales católicas. Sé, finalmente, que en todas las partes del mundo se han mantenido muchísimos encuentros celebrativos y espirituales con participación grande y fructífera. Por ello, deseo agradecer a los obispos, sacerdotes y organizadores y auguro a todos que prosigáis con renovado empuje el camino de santificación en este sagrado misterio que el Señor os ha confiado. ¡Os bendigo de corazón!
[Traducción del original en varios idiomas por Inma Álvarez]
Carta de los sacerdotes y del obispo de Gualeguaychú, al término del año sacerdotal (11 de junio de 2010). (AICA)
SOLEMNIDAD DEL SAGRADO CORAZÓN
Queridos Hermanos:
Al término del Año Sacerdotal, los Sacerdotes y el Obispo de la Diócesis de Gualeguaychú, queremos agradecer en primer lugar a Jesús, Pastor Bueno, el habernos llamado para guiar a su pueblo proclamando su Palabra, celebrando los Sacramentos y acompañando a todos los que se nos han confiado en cada una de las circunstancias de sus vidas, tanto en sus alegrías como en sus tristezas.
Agradecemos al Santo Padre Benedicto XVI el haber proclamado el año Jubilar Sacerdotal destinado a profundizar en la reflexión sobre el don del sacerdocio para la Iglesia y para el mundo.
Estamos agradecidos por las oraciones que han elevado por nosotros y por todas las muestras de afecto recibidas por nuestros hermanos en la fe. A ustedes les decimos que los amamos y sentimos presente en el trabajo cotidiano. Que reconocemos y valoramos todo lo que hacen por la Iglesia y nuestro ministerio. También, agradecemos el respetuoso trato del que siempre hemos sido objeto por parte de quienes no comparten nuestras creencias.
Como sabemos que llevamos un tesoro en vasijas de barro (cf. 2 Co. 4,7) les pedimos perdón por las veces que no hemos estado a la altura de las exigencias de nuestro ministerio y por las veces que no se han sentidos atendidos, comprendidos o acompañados. Por todo ello volvemos a pedir, humildemente, que recen por nosotros para que seamos fieles, generosos y disponibles para ser presencia de Cristo entre ustedes.
Queremos decirles que estamos contentos de ser Sacerdotes en este tiempo en que nos toca vivir, tan lleno de desafíos e interrogantes que inquietan el corazón del hombre. Nosotros confiamos plenamente en las promesas de aquel que nos ha llamado de estar a nuestro lado todos los días hasta el fin del mundo (cf. Mt. 28,20). El sentirnos felices nos mueve a alentar a los que se están preparando para servir como Sacerdotes y rezar por nuestros jóvenes para que no sean indiferentes al llamado de Jesús para la vida sacerdotal o religiosa.
Junto con María, nuestra Madre de Luján y San Juan María Vianey agradecemos a todos el permitirnos vivir nuestra vida consagrada al Señor en la Iglesia Católica.
Sacerdotes y Obispo de la diócesis de Gualeguaychú
Homilía de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata, en la celebración de clausura del Año Sacerdotal (Basílica del Sagrado Corazón, 10 de junio de 2010). (AICA)
CORAZÓN DE JESÚS, CORAZÓN DEL SACERDOTE
El Año Sacerdotal, convocado providencialmente por el Santo Padre Benedicto XVI, ha llegado a su fin. Es muy significativo que como mojón espiritual para fijar sus lindes se haya elegido la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. Hace poco más de medio siglo, Pío XII, en su encíclica Haurietis aquas, decía: Cristo destinó su corazón como signo y garantía de la misericordia y de la gracia para las necesidades de la Iglesia en nuestros días. Prolongando ese pensamiento podemos glosarlo así: para las necesidades de aquellos días y también para las necesidades de hoy. Entre éstas descuella, como ha señalado el Papa Benedicto, promover el compromiso de renovación interior de todos los sacerdotes, para que su testimonio evangélico en el mundo de hoy sea más intenso e incisivo. El período que hoy concluye ha sido un tiempo de gracia, comparable por analogía con los jubileos y con la institución anual de la cuaresma; quiera Dios que la Iglesia haya sabido beneficiarse de esa promulgación de misericordia. Ojalá nosotros mismos, sacerdotes y fieles, hayamos recogido el llamado y respondido a él con diligencia, en favor nuestro y para enriquecimiento de todo el Cuerpo eclesial. En esta celebración encomendamos los frutos del Año Sacerdotal al amor del Corazón de Cristo, hoguera ardiente de caridad.
El símbolo del corazón designa el centro y la profundidad del ser humano, expresa en su intimidad la unidad de la persona y la mutua pertenencia del cuerpo y el alma; es el ámbito recóndito de la receptividad y la fuente de la que brota la espontaneidad en la que el hombre se manifiesta como es. El Corazón de Jesús representa en una sola imagen los misterios de la Encarnación y de la Pascua; en él se revela el Corazón de Dios, el amor eucarístico de la Trinidad. En la humanidad santísima de Jesús aprendemos cómo es Dios, que se ha inclinado hacia nosotros, que ha condescendido generosamente hasta nuestra pequeñez. En el Corazón del Hijo eterno hecho hombre Dios se ha puesto de nuestro lado; en un proceso admirable de sustitución ha ocupado nuestro lugar; ha mostrado su majestad en la obediencia, su justicia en la misericordia, su gloria en la sangre del Traspasado. El Corazón de Cristo es asimismo el corazón del mundo, de la humanidad toda, porque asume la historia de los hombres, en comunión con su dolor y con su culpa para disolver en su inocencia nuestros pecados. Su mediación es descendente y ascendente; en Cristo, Dios llega hasta nosotros, y nosotros nos orientamos, marchamos, subimos hacia él. Por eso él, su mediación, su Corazón, constituyen el fundamento último de nuestra confianza; lo que no puede alcanzar nuestra poca fe, nuestro menguado amor, está a nuestra disposición en el Corazón del Señor. Franz Hengsbach resumió en esta fórmula ingenua el secreto del Corazón: En Jesús, Dios mismo tiene un corazón para los hombres y en Jesús tiene la humanidad su corazón para Dios.
El ciclo de lecturas que corresponde proclamar y meditar este año nos propone, en la liturgia de la solemnidad, textos bíblicos que se refieren a Cristo como pastor; esta perspectiva nos acerca a la contemplación de su corazón sacerdotal.
En el medio oriente antiguo la imagen del pastor era aplicada para caracterizar a los dioses y a los reyes, que eran considerados sus lugartenientes. En el Antiguo Testamento, tanto el rey pagano Ciro, que ejecuta los designios de Yahweh, como David, el rey prototípico de Israel, son presentados como pastores del pueblo. La profecía de Ezequiel que hemos escuchado anuncia la decisión de Dios de desplazar a los dirigentes de Israel que, como mercenarios, han buscado su propio interés y han abandonado a las ovejas que les fueron confiadas. Yo mismo apacentaré a mis ovejas (Ez. 34, 15), dice el Señor; en su sentido inmediato, esta proclama se refiere al retorno del pueblo del exilio, conducido por su Dios, pero es también un anuncio velado del Mesías: en Cristo, precisamente, y de modo definitivo, Dios se manifestó como pastor de su pueblo, un pueblo renovado, ampliado como rebaño universal en la catolicidad de la Iglesia. Nosotros cantamos con frecuencia el Salmo 22, y cuando decimos el Señor es mi Pastor alabamos a Cristo con ese título entrañable y reconocemos, en la mesa que nos prepara y en el óleo con que unge nuestra cabeza, los sacramentos cristianos. La parábola evangélica de la oveja perdida y recobrada representa el cumplimiento de la profecía de Ezequiel: buscaré a la oveja perdida, haré volver a la descarriada, vendaré a la herida y sanaré a la enferma (Ez. 34, 16). También ilustra simbólicamente el misterio de la redención obrada por el Buen Pastor que entregó su vida por el rebaño y así nos descubrió el amor Corazón de Dios. San Pablo lo ha expresado en términos teológicos: la prueba de que Dios nos ama es que Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores (Rom. 5, 8); en esta afirmación está el fundamento de nuestra esperanza y de nuestra alegría.
Del Corazón de Cristo se aprende y se recibe la caridad pastoral, que es el modo propiamente sacerdotal de vivir la primacía y centralidad del amor, a Dios y a las almas. No se puede amar a las almas cuyo cuidado se nos encomienda con auténtica caridad pastoral si ésta no se enciende y aquilata de continuo en la fuente ígnea, abrasadora, del Corazón del Señor; en él se modela el corazón sacerdotal. En los comienzos de esta devoción que actualmente ejercitamos como un culto litúrgico solemne, las místicas benedictinas Lutgarda y Gertrudis experimentaron el intercambio de corazones con el Señor. Una realidad espiritual análoga puede verificarse en la vida del sacerdote que aspira a representar auténticamente al Buen Pastor; no es una meta inalcanzable, sino más bien la cima ideal a la que debemos aspirar, en el trance laborioso de una continua purificación, para llegar a ser plenamente lo que somos por la consagración recibida y por la misión que nos empeña y obliga. En el ejercicio abnegado, veraz, del ministerio entregamos nuestro corazón al Señor para recibir el suyo, para tener sus mismos sentimientos, para amar con su amor al Padre y a los hombres. Como repetía con frecuencia el Cura de Ars, el sacerdocio es el amor del Corazón de Jesús.
El Año Sacerdotal, convocado para conmemorar el 150º aniversario del dies natalis de San Juan María Vianney tuvo por objetivo principal renovar en los sacerdotes la conciencia de su propia identidad, de su vocación de santidad, y mover a los fieles todos a rezar por la fidelidad de los ministros de la Iglesia y para que el Señor no deje de suscitar los pastores que ella necesita. Esta propuesta ha sido una apuesta de esperanza, un gesto confiado de invocación al Espíritu Santo, la fuerza divina capaz de renovar la faz de la tierra; ha sido una apelación al orden sobrenatural que rige la vida de la Iglesia y otorga sentido en ella al ministerio de los sacerdotes y al estado de vida que eligen en el seguimiento de Jesús. El mundo –en el sentido evangélico del término– no puede entender estas realidades católicas; no las acepta, más bien las detesta. Comprobamos continuamente esa incomprensión y la consiguiente hostilidad. Vale al respecto lo que, según San Juan, Jesús dijo a los discípulos en la Última Cena: Si el mundo los odia, sepan que antes me ha odiado a mí. Si ustedes fueran del mundo, el mundo los amaría como cosa suya. Pero como no son del mundo, sino que yo los elegí y los saqué de él, el mundo los odia (Jn. 15, 18 s.). A la luz de estas palabras se puede advertir la gravedad fatal, la tragedia, de una posible mundanización del sacerdote para reubicarse en un contexto cultural que no le confiere un lugar espectable si no se amolda a él. La tentación puede insinuarse también bajo la cobertura de propósitos aparentemente razonables, de intentos de renovación teológica y pastoral, de inquietudes misioneras o sociales. En las últimas décadas la Iglesia padeció las consecuencias destructivas de una interpretación del Concilio Vaticano II inspirada –como lo ha explicado Benedicto XVI– en una hermenéutica de la discontinuidad y la ruptura con la gran tradición eclesial. En nombre de un supuesto espíritu del Concilio se ha querido “desclerificar” al sacerdote; al usar este neologismo u otro semejante se olvidaba que clero significa herencia del Señor y que connota una distinción respecto de las realidades mundanas y la consagración a Dios para el servicio de la obra de la redención. El Concilio enunciaba nítidamente la peculiar posición del sacerdote: los presbíteros del Nuevo Testamento, por su vocación y ordenación, son en realidad segregados en cierto modo en el seno del pueblo de Dios; pero no para estar separados ni del pueblo mismo ni de hombre alguno, sino para consagrarse totalmente a la obra para la que el Señor los llama… Su propio ministerio exige por título especial que no se configuren con el mundo (Presbyterorum ordinis, 3).
La identidad ontológica, teologal, del sacerdote se refleja en un estado de vida en el cual se abrazan aquellas exigencias espirituales propias del seguimiento de Cristo que son las notas características del discipulado: la obediencia, la castidad y la pobreza. El Concilio las expuso ampliamente en su momento, al tratar del ministerio y la vida de los presbíteros, como signos y estímulos de la caridad pastoral, y Benedicto XVI las propuso al iniciar el Año Sacerdotal mostrando el ejemplo transparente del Cura de Ars, que supo vivir los “consejos evangélicos” de acuerdo con su condición de presbítero. Su obediencia, según explica el Papa, quedó plasmada totalmente en la entrega abnegada a las exigencias cotidianas de su ministerio; su castidad era la que conviene a quien debe tocar habitualmente con sus manos la Eucaristía y contemplarla con todo su corazón arrebatado y con el mismo entusiasmo la distribuye a sus fieles; su pobreza no fue la de un religioso o un monje, sino la que se pide a un sacerdote: a pesar de manejar mucho dinero era consciente de que todo era para su iglesia, sus pobres, sus huérfanos, sus niñas de la “Providence”, sus familias más necesitadas. Desde siempre, esa tríada evangélica fue el honor, el esplendor de los sacerdotes santos, testimonio de su pertenencia al clero, a la herencia del Señor y la señal anticipada del galardón que les estaba destinado. En una de sus conmovedoras plegarias, Santa Catalina de Siena oraba así: Te pido que endereces a ti el corazón y la voluntad de los ministros de la santa Iglesia, tu Esposa, para que te sigan, Cordero inmolado, pobre, humilde y manso, por el camino de la santísima cruz, a tu modo, y no a su modo.
El Año Sacerdotal que hoy clausuramos ha sido seguramente un tiempo de Dios, de actuación secreta pero intensa de su gracia. Podemos arriesgar esta afirmación ponderando a contraluz cómo han arreciado en ese período los ataques contra el Papa, la Iglesia y el celibato sacerdotal. Sin embargo, conviene tener presente una frase deslizada por Benedicto XVI en su reciente viaje a Portugal, que parece un eco de las quejas que lanzaba en el siglo XIV la ardiente Catalina de Siena: la gran persecución de la Iglesia no viene de sus enemigos de afuera sino que nace del pecado dentro de la Iglesia. Podríamos añadir una precisión: sobre todo del pecado de sus sacerdotes, custodios de la Sangre que brota del Corazón del Señor. A este propósito cito otras expresiones del Santo Padre: Hay situaciones, nunca bastante deploradas, en las que la Iglesia misma sufre por la infidelidad de algunos de sus ministros. En estos casos, es el mundo el que sufre el escándalo y el abandono. Ante estas situaciones, lo más conveniente para la Iglesia no es tanto resaltar escrupulosamente las debilidades de sus ministros, cuanto renovar el reconocimiento gozoso de la grandeza del don de Dios, plasmado en espléndidas figuras de pastores generosos, religiosos llenos de amor a Dios y a las almas, directores espirituales clarividentes y pacientes.
Nosotros deseamos sobre todo, en estas vísperas de la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, renovar también el reconocimiento gozoso del don de Dios, que hemos recibido por el llamado y la ordenación sacerdotal. No se nos oculta que llevamos ese tesoro en recipientes de barro (2. Cor. 4, 7) y por eso queremos renovar también nuestro propósito de fidelidad apoyándonos en la fidelidad del Señor. Nos anima el ejemplo y la intercesión de los santos pastores, cuyo número crece continuamente al ritmo de las beatificaciones y canonizaciones. Pero para este presbiterio platense constituye asimismo un estímulo el recuerdo de muchos sacerdotes que nos han precedido ejemplarmente en el ejercicio del ministerio. Evoquemos ante todo a tres religiosos que han dejado aquí fragancia de santidad: el capuchino Antonio de Monterosso, el salesiano Felipe Salvetti y el teatino Antonio Sagrera y luego a miembros de nuestro clero que, más lejanos o más cercanos en el tiempo, se han destacado en diversos campos pastorales: Rasore, Guerra, Alumni, Iturralde, de Andreis, Cabo Montilla, Borla, Ciao, Trotta, Dardi, Lodigiani, Ruta, Izurieta. Este recuerdo nos entusiasma y fortalece para continuar procurando nuestra santificación en el servicio del pueblo de Dios, del sacerdocio común de los fieles. El Santo Cura de Ars rezaba así al comenzar su misión: Dios mío, concédeme la conversión de mi parroquia; acepto sufrir todo lo que quieras durante toda mi vida. Palabras éstas que brotaban de un corazón arrebatado por la ternura de la salvación que recibía en la intimidad del Corazón del Salvador. Pidámosle al Señor que podamos atrevernos a pronunciar verazmente palabras semejantes, que alcancemos a identificarnos con los designios salvíficos de su Corazón y que en su cumplimiento gastemos gozosamente nuestra vida.
Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata
Palabras de monseñor Agustín Radrizzani, arzobispo de Mercedes Luján en la celebración de la clausura del Año Sacerdotal (10 de junio de 2010). (AICA)
Estamos celebrando la conclusión del año sacerdotal. Ha sido una idea providencial del Papa que dio sus frutos en todo el mundo.
Frutos que han permitido reflexionar y amar cada día más este maravilloso don de Dios que es el sacerdocio.
En laicos y consagrados aumentó el deseo de apreciar, acompañar, rezar y amar a los sacerdotes. En los sacerdotes ha crecido la conciencia del don recibido y muchos han sentido renovado este llamado que Dios hizo en nosotros.
El volver al primer amor es ya una gracia de Dios, que por diversos caminos, El nos la regala a lo largo de nuestra vida.
Esta gracia del primer amor es la conciencia de que El, en modo gratuito nos ha elegido para la consagración donde, desde el Antiguo Testamento, percibimos que ésta se trata de un acto por el cual El nos toma como posesión suya y por una gracia preveniente de Dios, nos dejamos tomar o, como dice Jeremías: nos dejamos seducir por El (1).
Esta consagración da como fruto una auténtica divinización: “Ya no soy yo el que vivo, sino Cristo vive en mi” (2).
Es como una metamorfosis o transformación óntica que se da de una vez y para siempre. El quiere vivir en nosotros, pero siempre respeta nuestra libertad.
El año pasado, en la apertura de este año especial, en la parroquia Sagrado Corazón de Vedia hacía referencia, siguiendo el mensaje del Papa, al incremento de la tensión hacia la santidad de los sacerdotes y les agradecía sinceramente todos los esfuerzos y trabajos que realizan por la evangelización de esta porción del pueblo de Dios que es nuestra arquidiócesis. Les dejé en aquella ocasión tres propuestas: oración, formación y promoción vocacional.
Quisiera ahora llamar la atención sobre aquellas cosas o actitudes que se oponen a este camino de identificación con el Maestro.
En nuestro diario vivir hay una infinidad de actitudes que atentan contra esta opción radical y definitiva que hacemos de la persona de Jesucristo.
Una de las lacras que atenta contra la divinización es la costumbre. Hacemos siempre lo mismo y perdemos la novedad de la vida en Dios. Recibimos a la gente, rezamos misa, confesamos, pero perdemos de vista que lo hacemos “in persona Christi” y dejamos de ver que recibimos al mismo Cristo en todo encuentro y en todo diálogo. A la larga esto nos lleva a ser funcionarios de la religión, daña la vida de nuestras comunidades y nos daña a nosotros mismos. No tenemos más el gozo de vivir por El y con El. La gente sufre esta falta de vida como sufrimos el encuentro con el médico que no siente más su vocación. Ambos nos hemos convertido en funcionarios. Hacemos lo que nuestro rol social nos indica pero hemos perdido el primitivo fervor, como dice el Apocalipsis (3).
Otro enemigo de la transformación en Cristo es el modo apresurado de actuar, propio de nuestro tiempo. Ese estilo de constante aceleración impide que hagamos cada cosa con solemnidad y respetando la dimensión contemplativa de nuestra vida. Es la prisa la que hace que obremos con una gran superficialidad y dado que una acción sucede a la otra sin haber concluido debidamente la primera, esto mismo impide que ofrezcamos a Dios la acción que concluimos y le encomendemos aquella que iniciamos.
Solo viviendo cada cosa como si fuera lo único que debemos hacer es lo que permite rezar en el trabajo y tratar a cada persona como la trataría Jesús.
Es la costumbre, la superficialidad y la prisa las que terminan convirtiéndonos en funcionarios de la religión y de lo sagrado.
Superar estas enfermedades exige una gran fatiga. Sin este esfuerzo hasta llegamos a perder la noción de pecado y puede dar lo mismo todo: ser puro o ser impuro, respetar los bienes de la comunidad o pensar que lo de la comunidad podemos considerarlo como un bien propio, ser dóciles a lo que la Iglesia por medio de sus representantes nos pide o negociar para continuar con mi vida independiente y cómoda. Así, la impureza, el robo y el capricho termino imaginándolos virtud, cuando en realidad son pecado.
Cuando vivimos en esta ambigüedad ¿Qué transmitimos a los que nos rodean? Cuando alguien con deseo de santidad viene a nosotros para pedirnos una orientación, ¿Qué tipo de consejos podemos dar? De la abundancia del corazón habla la boca.
Este es el drama de nuestro tiempo: el divorcio entre fe y vida. Vivimos de una manera y predicamos sobre una fe no experimentada. Por eso, estamos convencidos que la vida coherente de un sacerdote da credibilidad a la Iglesia y la hace crecer, mientras que una vida tibia o indiferente, destruye esta credibilidad.
¿Cómo superar esta dificultad que daña la credibilidad de la Iglesia? El camino superador de esta encrucijada nos lo da la sabiduría de los santos que se espejaron en Jesús y en su Evangelio.
El secreto para llevar una vida nueva, una vida de santidad, es recibir la gracia de lo que Aparecida da a entender como enamoramiento de Jesucristo (4). Para lograrlo se requiere la gracia de Dios y la correspondencia nuestra. Estamos seguros que Dios ayuda a sus hijos, a nosotros nos corresponde secundar la gracia ¿Cómo? Empeñándonos en vivir con Él, en cultivar la intimidad con El ofreciéndole cada cosa que hacemos o que proyectamos, tratando de servirlo a Él en cada hermano que encontramos y rectificando la intención por la que trabajamos.
Muchas cosas las hacemos por nosotros mismos, para brillar y tener un lugar en el medio en que vivimos o también, hacemos las cosas por el otro, pero para obtener un beneficio de él. En ambos casos nos buscamos a nosotros mismos. Por eso desde el primer instante del día hasta la noche, lo ofrecemos todo a El que es la razón de ser de nuestra vida de entrega. Esta vida mística nos lleva a evitar cuanto nos aleja de Jesucristo y, si hemos incurrido en alguna falta, nos arrojamos a los brazos de su misericordia y volvemos a caminar en su presencia. Todo lo vemos con perspectiva del reino. Todo, cada cosa, siempre, ha tenido, tiene y tendrá un solo destino: la unión con El.
Esta vida de permanente unión con Dios tiene un punto de partida que es doble: pedimos al Señor la gracia, la deseamos y ponemos los medios para lograrlo. El Señor nos la quiere dar y quiere que así seamos felices, pero nos deja libres para acceder a esta vida nueva.
Es la vida del auténtico discípulo, el que como María de Betania, está a los pies del Maestro. De aquí nace nuestro espíritu misionero. Es tan grande la alegría que gozamos y, a la vez, vemos tantos hermanos desilusionados alrededor nuestro que queremos servirlos, amarlos, ayudarlos, para que sintiéndose amados, encuentren la luz.
Vivir como María y trabajar como Marta. Esta es la síntesis que da sentido a nuestra vida. Entonces Dios se sirve de nosotros para construir su Reino.
En este sentido se desencadena un trabajo vocacional muy fuerte y nacen muchas vocaciones por el contagio que provoca una vida de fidelidad, de felicidad, de coherencia y de plenitud (5).
Al vernos personas realizadas, los jóvenes: los muchachos y las chicas, se preguntan por el por qué de esa plenitud. Al descubrir detrás de todo al Señor por quien vivimos y por quien quisiéramos morir, entenderán que Dios es capaz de llenar de sentido la vida.
Así seremos misioneros con el solo hecho de estar. Una conversación, una confesión, la visita a un enfermo, una predicación, la celebración de la misa, el escuchar a una persona angustiada, etc…todo tendrá el sabor de lo sobrenatural.
Hermanos muy queridos: el año sacerdotal llega a su fin y cada uno de nosotros hace un balance de su vida. Vida de alegría, vida de entrega, vida de pobreza, vida de pureza, vida de fraternidad cultivada con los demás sacerdotes en los encuentros zonales, en el retiro espiritual, en las jornadas de pastoral. Quiera Dios, por intercesión de la Virgen, que este año sa