martes, 04 de enero de 2011

Lectio divina para el día 4 de Enero 2011, ofrecida por la Delegación Diocesana de Litugia de la diócesis de Tenerife.

 

LECTURA:           “Juan 1, 35‑42”

En aquel tiempo, estaba Juan con dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dice: «Éste es el Cordero de Dios.»

Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les pregunta: «¿Qué buscáis?» Ellos le contestaron: «Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?» Él les dijo: «Venid y lo veréis.»

Entonces fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día; serían las cuatro de la tarde.

Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús; encuentra primero a su hermano Simón y le dice: «Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo).» Y lo llevó a Jesús. Jesús se le quedó mirando y le dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que se traduce Pedro).»

MEDITACIÓN:            “¿Dónde vives?”

            Aunque la lectura ya nos lleva a años adelante no nos alejamos del tiempo en el que estamos, y todavía seguimos inmersos en el impacto del nacimiento, de la encarnación, de la buena noticia que nos trae tu presencia en medio de nosotros.   

            Y aquí es donde podemos situar esta pegunta que te hacen estos discípulos de Juan después del bautismo, pero que cabe en este preámbulo de tu vida pública a la luz de tu reciente nacimiento. ¿Dónde vives?, Señor. No, no nos interesa la materialidad de la respuesta. No nos importa si es en Belén, en Nazaret, en Cafarnaún, en una casa grande o pequeña. Tampoco a aquellos discípulos les importaba el lugar. No les interpelaba tu vivienda, si no tu vida que les podía dar sentido y reilusionar.

            Y ante esa pregunta me vuelvo a situar, porque me quieres recordar que más allá de un lugar, de un cielo, cercano o lejano, tú has venido a vivir en medio de nuestra historia, dolorida, desconcertada y esperanzada. Has acampado en medio de nosotros, como diría tu evangelista. Más aún, en cada uno de nosotros, en la medida que te dejamos, porque ahí sigues llamando a nuestra puerta, a mi puerta. Vives de un modo especial en cada ser humano que sufre, y me invitas a descubrirte ahí para acercarme para ofrecer mi sanación y recibir la suya. Vives en cada gesto de amor, de paz, de perdón, de entrega, de don, que sale de cualquier corazón humano, sea quien sea y piense lo que piense.

            Has venido, Señor, para que viva en ti y te deje crecer y vivir en mí, y para hacerte presente allí donde me has puesto. Qué locura de amor!

ORACIÓN:            “Quédate, Señor”

            Quédate, Señor, quédate, con nosotros, quédate conmigo. Aunque mantenga la puerta cerrada, no dejes de llamar. Vive aunque sea en el portal de mi corazón, porque sé que cuando se enfríe mi casa, te llamaré, te abriré y tú serás el calor de vida que ningún otro me puede dar.

            Quisiera prescindir de ti, y vivir sin más inquietud que la que me provocan los avatares de cada día, que no son pocos. Pero me has hecho humano y tú eres el único capaz de alimentar plenamente mi humanidad. Quédate, Señor.

CONTEMPLACIÓN:          “Entrar en ti”

Has venido a nuestra casa,
pero eres tú realmente
el que nos ha abierto
la puerta de la tuya.

Quieres entrar en mí
pero soy yo quien desea
entrar en ti
y sentir el calor íntimo y profundo
que me llene de paz.

Quiero entrar en ti
para que me hagas habitable,
para que des calidez
a mis entrañas,
para hacerme tu hogar
y puedas prender en mí
para irradiar tu calor
en mi pedazo de historia.


Publicado por verdenaranja @ 17:03  | Liturgia
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