lunes, 28 de febrero de 2011

ZENIT  nos ofrece la  lectio doctoralis de monseñor Georg Gänswein, secretario particular de Benedicto XVI, al recibir el pasado 15 de febrero de 2011 el nombramiento de honoris causa en "Sistemas de comunicación en las relaciones internacionales" de la Universidad para Extranjeros de Perugia.  A continuación ofrecemos el texto integral.

Lectio doctoralis de mons. Georg Gänswein

"La relación entre el Estado y la Iglesia en Italia.

La Libertas ecclesiae en el Concordato de 1929 y en el Acuerdo de 1984".

Me siento profundamente honrado por la decisión de la Universidad para Extranjeros de Perugia de conferirme el título de honoris causa en sistemas de comunicación en las relaciones internacionales; por esto agradezco de corazón al Rector Magnífico, la profesora Stefania Giannini, por este honor y por su saludo. Agradezco además al profesor Marco Impagliazzo por su discurso de alabanza hacia mi persona, que considero inmerecido. Siento una particular gratitud por esta ilustre Universidad que me ha abierto las puertas a la noble alma italiana a través de su bellísima lengua y ha enriquecido mis conocimientos sobre la historia y la cultura de este amado país. En definitiva agradezco a todos los que me han abierto los ojos y el corazón a la belleza de la península italiana. Saludo a todos los presentes a los que manifiesto la cercanía y traigo la Bendición Apostólica del Papa Benedicto XVI.

1. La cuestión de la libertad en la disciplina concordataria.

En un discurso del 13 de febrero de 1929, dos días después de la firma de los Pactos de Letrán, frente a los docentes y estudiantes de la Universidad Católica del Sagrado Corazón, Pío XI sintetiza el objetivo del Concordato Lateranense: "Devolver a Dios a Italia e Italia a Dios". (1) Al Concordato con Italia está indisolublemente unido el Tratado Lateranense con la solución de la Cuestión Romana (Simul stabunt, simul cadent afirmó Pio XI) y el reconocimiento, por la parte italiana, de la personalidad internacional de la Santa Sede. El Papa renuncia al poder temporal y constituye el pequeño Estado Ciudad del Vaticano, con el fin de garantizar la libertad y la independencia de la Santa Sede y para poder llevar a cabo su misión en el mundo. Son objetivos primordiales la (2) Libertad de la Iglesia y la libertad de los católicos (3).

El Concordato Lateranense está en vigor durante 40 años: 20 años en una fase fascista y 20 en una democrática. A finales de los años '60 del siglo pasado comienza a ser cuestionado aunque permanece en vigor hasta el 1984 a nivel internacional y hasta 1985 a nivel italiano tras la ley de confirmación del mismo. (4) El cambio del espíritu público, en la comunidad eclesial, y en la comunidad civil con las manifestaciones de los '60 contra todos los órdenes constituidos y a todos los institutos tradicionales, produce una serie de polémicas. (5)A quien pide la derogación responde la sabiduría de la política italiana de entonces con el inicio de revisiones que produce una modificación del texto de 1929 efectuada mediante la armonización con los nuevos principios de libertad que el Estado democrático y la Iglesia han colocado mientras tanto, en los cimientos de sus respectivos ordenamientos. La revisión se concluye, después de varias fases parlamentarias, el 18 de febrero de 1984 cuando el Cardenal Secretario de Estado, monseñor Agostino Casaroli y el Presidente del Consejo de la República italiana, Bettino Craxi firman el Acuerdo 2de modificación del Concordato Lateranense" o Acuerdo de Villa Madama, lugar de la firma (6).

El asunto histórico de las relaciones entre el Estado y la Iglesia en Italia durante el siglo XX muestra de manera ejemplar como los concordatos -es decir las convenciones estipuladas de los Estados con la Santa Sede para la regulación jurídica en materias de común interés- tienen un doble significado, según se trate si de Estados totalitarios o autoritarios o bien Estados democráticos. En el sentido en que con los Estados del primer tipo los concordatos tienen una función específica: asegurar a la Iglesia espacios de libertad lo más amplios posible, necesarios en su misión espiritual, en el ámbito de un ordenamiento estatal que por su naturaleza niega la libertad sea a nivel individual sea a nivel colectivo. Viceversa en los Estados democráticos, donde el concordato tiene una función totalmente distinta: no la de garantizar espacios de libertad, ya asegurados ampliamente a la Iglesia y a sus fieles en el cuadro de las libertades reconocidas a todos; sino la de definir concretamente la regulación de las modalidades de ejercicio de las libertades y de los derechos universalmente reconocidos.

En esto segundo caso, en particular, el concordato puede tener la función realizar una experiencia de democracia más avanzada. En la medida en que expresa la participación de la sociedad eclesiástica en la formación de las normas de las cuales es después destinataria; así como puede servir para conseguir el objetivo de garantizar a la Iglesia, en el ordenamiento estatal, un orden jurídico respetuoso con su identidad, sin caer en injustificados privilegios y sin poner en peligro el principio, básico en una democracia, de igual libertad para todos los credos.

En cualquier caso, por lo tanto, el concordato tiene la función de definir el ámbito y los límites de funcionamiento de las autoridades eclesiásticas, garantizando de esta manera la libertad de la Iglesia (libertas Ecclesiae) y, por consiguiente, la libertad religiosa de sus fieles. En el otro caso el concordato tiene la función de promover en el contexto de un sistema de libertad, la colaboración entre las autoridades estatales y la autoridad eclesiástica para favorecer la tutela de la persona humana y la promoción del bien común; en ambos casos subyacente al concordato. (7)

En la experiencia italiana, el Concordato de 1929 definía la condición jurídica de la Iglesia en Italia mediante una serie de disposiciones en las que estaban aseguradas a la misma Iglesia algunos espacios de libertad. En este sentido el Concordato Lateranense estaba dirigido a superar los límites impuestos por la legislación del siglo XIX, claramente inspirada a la política de secularización de la sociedad y de reducción del espacio de la Iglesia, de su actividad y de sus instituciones: por otra parte el mismo Concordato, asegurando estos limitados espacios de libertad, garantizaba a la misión de la Iglesia una inmunidad de la coacción y de los límites que normalmente se negaba a la mayoría de asociados, individuos y grupos, por la legislación autoritaria del fascismo. (8)

Significativo en este sentido, el asunto de la Acción Católica -la expresión más importante del asociacionismo católico- sobre todo en el sector juvenil. De hecho, a pesar de las normas estatales que preveían el monopolio del partido en lo que al asociacionismo juvenil se refiere, disponiendo en particular de la obligación de inscripción de los jóvenes en asociaciones del régimen y prohibiendo a los ciudadanos constituir asociaciones juveniles, el art.43 del Concordato Lateranense reconocía las organizaciones dependientes de la Acción Católica "en cuanto a que estas, como la Santa Sede ha dispuesto, desarrollen sus actividades al margen de todo partido político y bajo la inmediata dependencia de la jerarquía de la Iglesia para la difusión y actuación de los principios católicos". (9)
A pesar de la pretensión del fascismo -como todos los regímenes totalitarios- de tener el monopolio de la educación de la juventud, la disposición del art. 43 concedía a la Iglesia una (parcial) libertad en materia asociativa no reconocida a otros. Sin embargo la heterogeneidad de la norma concordataria respecto a la ordenación de la Italia de la época sale a luz, en la práctica, casi dos años después de la firma de los Pactos de Letrán. De hecho, no es poco importante que los mayores problemas entre la Iglesia y el fascismo llegaron (también con las leyes raciales de 1938) en 1931 por la cuestión de las asociaciones católicas, ya que el régimen se dio cuenta de que las libertades reconocidas a las asociaciones católicas eran contrarias al ordenamiento italiano. (10)

Por el contrario el Acuerdo de Villa Madama, el 18 de febrero de 1984, por el que se aportaron modificaciones al Concordato Lateranense, se realiza en el contexto complejo y articulado de un sistema de democracia plural diseñado por la Constitución Italiana de 1948. Este, por tanto, no tiene el objetivo de garantizar libertades que, no sólo en materia religiosa, están ya aseguradas a todos, individuos y grupos; sino que tiene el objetivo de favorecer, desde una perspectiva promocional, una explicación más amplia y concreta de tales libertades, también con referencias a la institución eclesiástica que, en la misma Constitución, está reconocida como sujeto independiente y soberano (art. 7, párrafo primero). (11)

Cabe señalar que entre los elementos que distinguen el texto original del Concordato (1929) y el que está en vigor (1984), destacan los relativos a los perfiles de libertades. En el texto original, de hecho, se reconocían una serie de libertades de la Iglesia y de los católicos italianos, individuos o asociados. Peros estos reconocimientos estaban bajo los principios y las normas que caracterizaban al ordenamiento de la época, y sobre todo en el contexto de las relaciones de dos sujetos-el Estado y la Iglesia- celosos de su propia soberanía y que se miraban con desconfianza; para los que consiguientemente las disposiciones concordatarias eran sustancialmente una actio finium regundorum dirigida a definir con claridad las recíprocas competencias y a salvaguardar las respectivas autonomías.

Sin embargo en el texto revisado del Concordato Lateranense el reconocimiento de las libertades de la Iglesia y de los católicos italianos constituye la explicación lógica, sobre el plano de las relaciones concretas entre las dos Partes contrayentes del Acuerdo, de los derechos de libertad garantizados a todos, sin discriminaciones, por la Constitución. Las disposiciones individuales del Concordato no solo agilizan prácticamente la acción del Estado respecto a los límites de la ley, sino que indican concretamente espacios de libertades abiertos al uso de los interesados, en la pluralidad de posibilidades y de opciones concebibles en la base de las abstractas y generalizadas enunciaciones de libertades contenidas en la Constitución. En este sentido el nº2 del art.13 del Acuerdo de Villa Madama deja abierto el camino a otras futuras y posibles reglamentaciones de concretos espacios de libertad, afirmando que "otros asuntos para los cuales se manifieste la exigencia de colaboración entre la Iglesia católica y el Estado podrán ser reguladas sea con nuevos acuerdos entre las dos Partes sea con pactos entre las autoridades competentes del Estado y la Conferencia Episcopal Italiana". (12)

Al reafirmar el principio constitucional (art.7 párrafo primero) según el cual el Estado y la Iglesia son, cada uno en su propio orden, independientes y soberanos, el primer artículo del Acuerdo de Villa Madama dispone que la República Italiana y la Santa Sede se esfuercen "en la colaboración recíproca para la promoción del hombre y del bien del País". Esto indica, para ambas Partes contrayentes, una concepción nueva de la soberanía, nunca más cerrada sino abierta al servicio del hombre y del bien común, postulando una sana colaboración si bien en la diversidad de las respectivas competencias. (13) 

2. La libertas Ecclesiae en el Concordato y en el Acuerdo.

Todas las cláusulas del Concordato, modificado de esta manera por el Acuerdo de Villa Madama, expresan el reconocimiento realizado en el ordenamiento italiano a la libertas Ecclesiae, es decir a la libertad reivindicada siempre y por todas partes por la Iglesia de poder ejercitar sin obstáculos su propia misión, en el pleno respeto a su naturaleza y sus propias funciones. (14) las disposiciones generales en la materia están contenidas en los artículos 1 y 2 (15), además del artículo 1 del Protocolo adicional (16), que bajo este perfil constituyen una novedad respecto al pasado, ya que el Concordato de 1929 reconocía sólo algunas de las libertades eclesiásticas, otras las limitaba o las condicionaba (por ejemplo en materia de nombramiento de obispos o párrocos)y sobre todo no contemplaba un reconocimiento de la libertas Ecclesiae en su generalidad o globalidad.

Se ha dicho ya que el artículo 1 repite el contenido del primer párrafo del art. 7 de la Constitución, en la parte en la que dice que el Estado y la Iglesia son, cada uno en su propio orden, independientes y soberanos. Cabe señalar que esta no es una repetición innecesaria o una mera declaración de principios sin ningún tipo de contenido concreto en términos de un derecho positivo. Por que con la formula se da la bienvenida de forma bilateral, a un principio que ya tenía vigencia en el pasado recogido como una norma unilateral estatal como art.7 de la Constitución; pero sobre todo porque la norma que se analiza extiende esta previsión constitucional, disponiendo que las dos Partes contrayentes se comprometen en sus informes al pleno respeto de la independencia y soberanía de cada una, igualmente comprometidas a la recíproca colaboración para el bien del hombre y del país.

Se trata de una norma que no se puede considerarse sólo como meramente programadora, sino de inmediata preceptividad, en la medida en que se prohíbe considerar a la Iglesia como funcional para los intereses del Estado y tampoco el Estado como el "brazo secular" de la Iglesia, imponiendo a ambas partes la exigencia de colaborar - si bien cada uno según sus propias competencias- en razón del hecho de que la uno y el otro están, aunque con distinto título, a servicio de la misma persona humana y del bien común. Como ha sido justamente destacado la importancia de la disposición destacada es evidente en toda su extensión considerando que el vínculo entre el Estado y la Iglesia, creado por la norma en cuestión, no sirve sólo "para tutelar a cualquier orden en la consecución de sus fines sino para que ambos cooperen con una finalidad común: la promoción del hombre". (17

La norma conecta los contenidos del primer párrafo del art. 7 de la Constitución con el precepto del art.2 de la Constitución, que reconoce los derechos fundamentales del hombre sea como individuo sea en las asociaciones sociales en las que se explicita su personalidad. (18) Esta no sólo indica la línea práctica de conducta a seguir en el desarrollo de las relaciones entre Estado y la Iglesia, pero funciona también como criterio de interpretación sea de de las disposiciones concordatarias sea del resto de las otras normas del ordenamiento italiano que conjugan el servicio al hombre por parte del Estado e Iglesia .

El pleno y general reconocimiento de la libertas Ecclesiae está también contenido en los primeros dos párrafos del art. 2 del Acuerdo de 1984, allí donde el ordenamiento jurídico estatal acepta a la Iglesia con su peculiar naturaleza, estructura y finalidad. Esto comporta como consecuencia su disciplina en Italia según un derecho especial, no privilegiado, y no según el mero derecho común, como habría sido la consecuencia lógica si el Estado se hubiese limitado a reconocer a la Iglesia solo su libertad religiosa en sentido colectivo.

Por lo que respecta después a los contenidos de la libertas, el texto vigente del Concordato aparece de esta manera detallado y preciso. En particular está asegurada la libertad de la Iglesia sea en lo que se refiere a su estructura y por tanto, a su capacidad de organizarse jurídicamente sin ningún límite impuesto por la ley del Estado; por lo que se refiere a las funciones propias, teniéndose en debida cuenta la distinción canonística de las tria munera-docendi, sanctificandi, regendi- en las que tales funciones se articula.

Se debe destacar que la fórmula general del art.2 se vincula a las otras disposiciones del Concordato, en las cuales se garantizan libertades eclesiásticas individuales. Esto vale para la materia munus docendi relativa a la declaración, a la difusión y a la defensa del dogma católico (art. 2; art. 7, n 4); a la formación de los christifideles (art. 9; art. 10, n. 3; art. 12); y en particular a la específica formación del clero (art. 10, nn. 12-2).

Todo lo destacado vale para el munus sanctificandi, del cual ya se ha hecho una mención explícita en el art. 2 nº1, que directamente o indirectamente es objeto también de una serie de previsiones normativas específicas, como en el tema de los edificios de culto (art.5), de reconocimiento a efectos civiles del matrimonio canónico (art.8) y también de la exoneración los eclesiásticos del servicio militar (art.4).

El munus regendi, finalmente, además de reconocimiento general de la "jurisdicción en materia eclesiástica"(art. 2, n. 1.), se pone de relieve sea como poder legislativo (por ejemplo en la disciplina de los entes eclesiásticos y del matrimonio: art. 7, nº2 y art.8), sea como poder administrativo 8por ejemplo en la erección de los entes eclesiásticos y en el desarrollo sobre ellos de los controles canónicos, en la concesión de los cargos eclesiásticos, en los actos de certificación...)sea como poder judicial (por ejemplo, por lo que respecta a la jurisdicción eclesiástica en materia matrimonial, art.8, nº2).

En materia de jurisdicción eclesiástica se debe destacar que en el Tratado Lateranense hay una disposición que tiene una clara connotación concordataria. Se trata de la contenida al principio del art.23, por el que tienen plena eficacia jurídica a efectos civiles, sin otras formalidades, las sentencias y los procedimientos de la autoridad eclesiástica y oficialmente comunicados a las autoridades civiles, respecto a eclesiásticos o religiosos y concerniente a materias espirituales y disciplinarias. La norma comporta, por tanto, una forma similar a lo previsto por las decisiones del Tribunal de Justicia de la Comunidad Europea, el reconocimiento de la fuerza ejecutiva del procedimiento eclesiástico. En el Acuerdo de 1984 está disposición es confirmada, en razón del hecho de que el art.2 del Protocolo Adicional: "la Santa Sede toma la ocasión de la modificación del Concordato para expresar su acuerdo, sin perjuicio del ordenamiento canónico, con la interpretación que el Estado Italiano da en el art 23, párrafo segundo, del Tratado Lateranense según el cual los efectos civiles de las sentencias y de los procedimientos emanados de las autoridades eclesiásticas, previstas por tales disposiciones, se entiende en armonía con los derechos constitucionalmente garantizados a los ciudadanos italianos" (19).

Sobre los procedimientos en cuestión, es inadmisible una revisión de legitimidad o de mérito por parte de un juez italiano, que no sea el dedicado a decidir si su eventual ejecución en Italia viola los derechos constitucionalmente garantizados. Es evidente que en el momento que se diese tal violación, el procedimiento eclesiástico no tendría eficacia en el ordenamiento italiano, pero permanecerían íntegros todos sus efectos en el ordenamiento canónico.

En el contexto de la libertad de organización plenamente reconocida a la Iglesia, debe llevarse a cabo - hecho importante e innovador- la valorización de la Conferencia Episcopal Italiana como ulterior interlocutor de la comunidad política (cfr. ad es. l'art. 13 e l'art. 5, lett. b del Protocolo adicional). Dicha valorización, de hecho, presupone la renovación promovida en el derecho constitucional de la Iglesia del Concilio Vaticano II, que ha llevado a la recuperación de la Iglesia particular y de su papel (20), también por lo que respecta a las relaciones con la comunidad política.

3. La libertad religiosa individual y colectiva

El tercer párrafo del art.2 del vigente Concordato realiza un reconocimiento general de libertad religiosa a los miembros de la Iglesia Católica, ofreciendo así una garantía reforzada de la libertad religiosa, sea individual o colectiva, ya objeto de tutela en la Constitución. En particular la norma garantiza "a los católicos y a sus asociaciones la plena libertad de reunión y de manifestación del pensamiento con la palabra, lo escrito y cualquier otro medio de difusión". (21)

Se debe observar todavía como en disposiciones concordatarias individuales se disponen garantías específicas de la libertad religiosa de los católicos, sobre todo creándose las condiciones para el ejercicio de la libertad en ámbitos cualificativos: piénsese en el reconocimiento de los efectos civiles en el matrimonio canónico (art.8), que en concreto significa una relevancia para el ordenamiento estatal de la libertad de conciencia de la persona en materia matrimonial; o bien en la facultad reconocida de usufructo de la enseñanza de la religión católica en las escuelas públicas, lo que lleva a usar la libertad religiosa como derecho a una formación que no ignore la dimensión religiosa (art. 9, n. 2).

En materia de libertad de asociación por motivos religiosos, las disposiciones concordatarias relativas a los entes eclesiásticos salen hoy mayormente al encuentro, respecto al pasado, a las exigencias de ver reconocidas a efectos civiles asociaciones e instituciones que nacen dentro del ordenamiento jurídico canónico. Baste pensar sólo en la posibilidad de reconocimiento - aunque en determinadas condiciones - de los institutos religiosos y de las sociedades de vida apostólica de derecho diocesano, que estaba totalmente excluido de la normativa de 1929; o también al régimen especial aprobado para las asociaciones públicas y privadas de fieles que no pueden obtener el reconocimiento como entes eclesiásticos (arts. 8-10; ley 20 de mayo de 1985, n. 222).

Es oportuno observar finalmente que la revisión de 1984 del texto del Concordato ha minorado toda una serie de normas objetivamente limitadoras de la libertad religiosa a nivel individual: piénsese en particular en la supresión de la disposición en el tercer apartado del art. 5 del Concordato lateranense, según el cual "en todo caso los sacerdotes apóstatas o sujetos a censura no podrán ser asumidos ni conservados en un oficio o en un empleo, en los que estén en contacto inmediato con el público" (22). En algunos casos las disposiciones originales del Concordato lateranense han sido objeto de modificaciones dirigidas a hacerlas más consonantes con las exigencias de tutela de la libertad religiosa: así en el caso de la enseñanza de la religión católica en las escuelas públicas, con el paso del viejo sistema de la exoneración de esa enseñanza, que sin embargo era una institución puesta como garantía de la libertad religiosa de los estudiantes y de los derechos en materia educativa de los padres, al sistema de facultatividad, es decir de libre elección, ciertamente más garantista.

4. El "carácter sacro" de Roma

En el segundo párrafo del art. 1 del Concordato lateranense estaba contenida una norma según la cual el Gobierno italiano, en consideración del carácter sacro de la Ciudad Eterna", sede episcopal del Pontífice, centro del mundo católico y meta de peregrinaciones, era comprometido a impedir todo lo que en Roma pudiese estar en contraste con este carácter.

Esa disposición, que quedó más bien sin aplicar (23), era interpretada por la doctrina en el sentido de que esta contenía un compromiso no bien determinada de la autoridad gubernamental italiana, con referencia a las potestades discrecionales del poder ejecutivo. Precisamente en razón de esta indeterminación suya, la norma había sido objeto de críticas, en cuanto a la generalidad del compromiso asumido por el Estado italiano, consintiendo cubrir un número indeterminado de casos concretos, corría el riesgo de hacer arbitrario el ejercicio de las funciones públicas, por parte de la autoridad gubernamental (sobre todo el ejercicio de los poderes de prohibición y de policía), con una consiguiente posible lesión de las libertades individuales y colectivas (24).

La disposición, por otra parte, se entendía a acordar garantías específicas a la libertas Ecclesiae en relación con la peculiar situación de la ciudad de Roma, de la que el Papa es obispo, sobre cuyo territorio se encuentran los órganos de gobierno de la Iglesia universal y las representaciones diplomáticas acreditadas ante la Santa Sede, que es un punto de referencia espiritual para los católicos del mundo entero (25).

El cuarto párrafo del art. 2 del texto en vigor, afirma en cambio que "la República italiana reconoce el particular significado que Roma, sede episcopal del Sumo Pontífice, tiene para la catolicidad" (26). Se trata de una formulación aún más genérica que la anterior, pero sin compromisos específicos por parte estatal; por otro lado, estando prevista en un acto con valor y fuerza jurídica, como es el Concordato, no puede considerarse del todo privada de efectos en el plano del derecho (27).

Ciertamente la disposición a examen no tiene fuerza de legitimar, como sucedía en el pasado, limitaciones más o menos amplias de derechos y libertades jurídicamente garantizadas; con todo puede legitimar intervenciones del legislador y de la administración pública destinados específicamente a Roma en cuanto que sede episcopal del Papa y centro de la catolicidad, y dirigidos a garantizar una mejor explicitación de las funciones y de las relaciones que están conectadas con dicho carácter. Así podrían encontrar fundamento en la norma examinada leyes y regulaciones especiales para la ciudad de Roma relativas a sectores que tienen conexión con esas funciones, como la urbanística, los transportes, las relaciones internacionales, la acogida de los peregrinos, los servicios sociales y sanitarios también a favor de los no ciudadanos (inmigrantes extracomunitarios, etc.), el turismo de carácter religioso, la conservación y la valoración de los bienes culturales eclesiásticos y religiosos. Dos ejemplos recientes explicitan esta visión. El primero, el Gran Jubileo del 2000, que vio acudir a Roma durante un año entero millones de peregrinos y que requirió una revisión de muchos lugares de la ciudad por parte de la autoridad pública. El segundo ejemplo: los funerales de Juan Pablo II con la gran afluencia de fieles y autoridades además del impacto que este acontecimiento tuvo sobre la ciudad en un brevísimo espacio de tiempo.

Más en general, se podría destacar que la disposición a examen se coloca como norma en un estatuto especial más amplio que podría asegurarse a la ciudad de Roma, para ponerla en condiciones de llevar a cabo de la mejor forma las funciones y los servicios que la gravan por sus roles de capital, ciudad internacional y sede de la catolicidad (28). Una perspectiva, esta última, que ha adquirido concreción por efecto de la reforma del Título V de la Constitución, en el que se ha consagrado formalmente el papel de Roma como "capital de la República", asignando a la ley del Estado la tarea de disciplinar su ordenamiento (art. 114, párrafo tercero).

5. Observaciones conclusivas

La investigación llevada a cabo muestra un sistema articulado y complejo, caracterizado por la constante y necesaria confrontación de los acuerdos de palabra con los procesos en acto del ordenamiento tanto civil como canónico. El desarrollo de la libertas Ecclesiae en la relación entre Estado e Iglesia en Italia ha sido alentado por la evolución del ordenamiento italiano en el signo de una cada vez más acentuada valoración de la autonomía eclesiástica.

Con todo es oportuno precisar que al examinar estas dinámicas relacionales no debe caerse en el fácil equívoco de considerarlas operativas "en sentido único". Si bien es verdad que el desarrollo de la libertas Ecclesiae en los acuerdos de actuación del dictado concordatario se muestra indudablemente condicionado por las evoluciones de los ordenamientos en curso, debe también subrayarse que este resultado ha sido favorecido de modo notable precisamente por el paradigma estructural del Acuerdo de 1984. Estamos por tanto frente a una realidad cuyos factores dominantes están en constante evolución. Dinámicas, "inter" e "infra" ordenamentales, que no pueden ser descuidadas si no se quiere correr el riesgo de ensombrecer algunos de los elementos más significativos para reconstruir el logrado desarrollo de los acuerdos, pero también y sobre todo para comprender las futuras líneas evolutivas, tanto en su conjunto como en cada uno de los sectores.

Quisiera, al término de estas reflexiones mías, volver a proponer la visión de las relaciones entre Estado e Iglesia en Italia propuesta por el Papa Benedicto XVI en su visita al Quirinale en 2005, en la que remite entre otras cosas a una sana laicidad del Estado: "Las relaciones entre la Iglesia y el Estado italiano están basadas en el principio enunciado por el Concilio Vaticano II, según el cual 'la comunidad política y la Iglesia son independientes y autónomas, cada una en su propio terreno. Ambas, sin embargo, aunque por diverso título, están al servicio de la vocación personal y social del hombre' (Gaudium et spes, 76). Se trata de un principio que ya estaba presente en los Pactos Lateranenses y que después fue confirmado en los Acuerdos de modificación del Concordato. Por tanto, es legítima una sana laicidad del Estado en virtud de la cual las realidades temporales se rigen según sus propias normas, sin excluir sin embargo esas referencias éticas que encuentran su último fundamento en la religión. La autonomía de la esfera temporal no excluye una íntima armonía con las exigencias superiores y complejas que se derivan de una visión integral del hombre y de su eterno destino" (29)

El Concordato de 1929 y los Acuerdos de 1984 ofrecen un cuadro jurídico para realizar esa sana laicidad de la que habla el Santo Padre y que refuerza la identidad de Italia, un país al que me siento muy ligado y al que deseo todo bien, cuando se cumplen 150 años de su Unidad. 

NOTAS

1) AlocuciónVogliamo anzitutto, 13 de febrero de 1929: "Con la gracia de Dios, con mucha paciencia, con mucho trabajo, con el encuentro de muchos y nobles secundamientos, hemos logrado tamquam per medium profundum eundo concluir un Concordato que, si bien no es el mejor de cuantos se pueden hacer, está ciertamente entre los mejores que se han hecho hasta ahora; y con profunda complacencia creemos haber con ello devuelto a Dios a Italia, e Italia a Dios". AAS 21 (1929) 110-114, 113.
(2) AlocuciónIl nostro benvenuto, 11 de febrero de 1929: "Nos parece en suma ver las cosas en el punto en el que estaban en el bendito san Francisco: ese poco de cuerpo que bastaba para estar unido al alma" AAS 21 (1929) 103-110, 108.
(3) Cfr. O. FUMAGALLI CARULLI,Il Concordato lateranense: libertà della Chiesa e dei cattolici, in: Stato, Chiese e pluralismo confessionale: Rivista telematica, abril 2009, 1-17.
(4) Firma: 18 de febrero de 1984, Ratificación: 3 je junio de 1985, en: AAS 77 (1985) 521-578. Al ser imposible referir la abundante bibliografía precedente y posterior al Acuerdo, me limito a recordar algunas obras de documentación y ensayos: AA.VV.,Studi per la revisione del concordato, Padua, 1970: Il Diritto Ecclesiastico (1971, II-III) Chiesa e Stato in Italia, p. 273 s. (1977/I-IV) La Revisione del Concordato, p. 5 s.; AA.VV., I nuovi accordi concordatari tra Chiesa e Stato, Roma-Bolonia, 1985; G. DALLA TORRE, La riforma delle legislazione ecclesiastica, Bolonia 1985; G. DALLA TORRE (director), La revisione del concordato, Ciudad del Vaticano 1985; UNIONE GIURISTI CATTOLICI ITALIANI, I nuovi accordi fra Stato e Chiesa, Roma 1986; AA.VV., Atti del Convegno italiano di studio sul nuovo Accordo tra Italia e Santa Sede (dirigido por R. COPPOLA), Milán 1987.
(5) Se remite a O. FUMAGALLI CARULLI,Società civile e società religiosa di fronte al Concordato, Milán, 1980, p. 245 ss.
(6) En la celebración de los ochenta años de la firma de los Pactos Lateranenses y de su ratificación, el Senado publicó un amplo libro con los debates más significativos que han distinguido las relaciones entre Italia y la Santa Sede dentro de las Aulas parlamentarias; cfr.Chiesa e Stato in Italia. Dalla Grande Guerra al nuovo Concordato (1914-1984) dirigido por R. PERTICI, Bolonia 2009 (= Colección Dibattiti storici in Parlamento, 3). Sobre la comunicación del Gobierno y el consiguiente debate sobre la revisión del Concordato entre el Estado italiano y la Santa Sede cfr. pp. 783-858.
(7) Al respecto me baso en el estudio de G. DALLA TORRE,Principi di libertà, in: Lezioni di Diritto Ecclesiastico, Tercera edición, Turín 2007, 137-147. Informa sobre la cuestión de modo detallado y preciso lo escrito: La Chiesa Cattolica in Italia. Normativa Pattizia. Dirigido por I. BOLGIANI (= CESEN - Centro Studi sugli Enti Ecclesiastici e sugli altri enti senza fini di lucro; Universidad Católica Sacro Cuore, Milán, 2009).
(8) Para una reconstrucción histórica general cfr. A. C. JEMOLO,Chiesa e Stato in Italia negli ultimi cento anni, Turín 1975, p. 483 ss.
(9) AAS 21 (1929) 293. Sobre las fuentes de los pactos en el cuadro de la evolución del ordenamiento civil y canónico y sobre las nuevas dinámicas de relación entre Estado e Iglesia informa I. BOLGIANI,La Chiesa cattolica, cit., pp. 1-53.
(10) Sobre el conflicto entre Estado e Iglesia con motivo de la Acción Católica, que conoció páginas muy dolorosas e incluso dramáticas, cfr. R. MORO,Azione Cattolica Italiana, en: Dizionario storico del movimento cattolico in Italia, dirigido por F. TRANIELLO y G. CAMPANINI, Alessandria 1981, I, 2, I fatti e le idee, pp. 185 y190 ss., especialmente por la rica bibliografia sobre el tema. Sobre el proceso de revisión del Concordato se remite a G. DALLA TORRE, La revisione del Concordato lateranense. Una vicenda lunga quarant'anni, en: Iustitia (2004), p. 145 ss.
(11) Útiles al respecto las observaciones de G. BARBERINI,Ancora qualche riflessione sull'art. 7, 1 della costituzione italiana per fare un po' di chiarezza, en:Stato, Chiese e pluralismo confessionale: Rivista telematica, septiembre 2009, 1-16.
(12) AAS 77 (1985) 531.
(13) Para una profundización del principio de la sanacooperatio entre Iglesia y Estado, según las modernas teorías canonísticas, cfr. G. DALLA TORRE, La Città sul monte. Contributo ad una teoria canonistica sulle relazioni fra Chiesa e comunità politica, Roma 1996, tercera edición 2007, p. 125 ss.
(14) Sobre lalibertas Ecclesiae y sobre las diferencias con la libertad religiosa, cfr. L. SPINELLI, Libertas Ecclesiae. Lezioni di diritto canonico, Milán 1979, p. 189 ss.
(15) AAS 77 (1985) 522-523.
(16) Se considera ya no en vigor el principio, originalmente recordado en los Pactos Lateranenses, de la religión católica como única "religión del Estado italiano". AAS 77 (1985) 532.
(17) Así G. LO CASTRO,Ordine temporale, ordine spirituale e promozione umana. Premesse per l'interpretazione dell'art. 1 dell'Accordo di Villa Madama, en: Dir. eccl. (1984) I, pp. 507-567, 511. Cfr. también en AA.VV., Nuovi Accordi fra Stato e confessione religiose. Studi e testi, con ensayo introductorio de P. Gismondi, Milán 1985, p. 275.
(18) Cfr. A. BALDASSARE,Diritti inviolabili, en: Enciclopedia Giuridica, XI, Roma 1989, p. 10 ss; A. BARBERA, Art. 2, en: Commentario della Costituzione, dirigido por B. BRANCA, Principi fondamentali, Artt. 1-12, Bolonia-Roma 1975, p. 50 ss.
(19) AAS 77 (1985) 532-533.
(20) Cfr.Christus Dominus, 37; AAS 58 (1966) 693; Apostolos Suos, 15; AAS 90 (1998) 651.
(21) AAS 77 (1985) 522.
(22) AAS 21 (1929) 278. Sobre la disposición cfr. S. BERLINGÒ,L'indisponibilità del diritto di libertà religiosa. A proposito dell'art. 5 terzo comma del Concordato, en: Dir. eccl. (1966), I, p. 3 ss.; C. MIRABELLI, L'art. 5 del Concordato, en: AA.VV., Studi per la revisione del Concordato, Padua 1970, p. 409 ss. A pesar de las dudas fundadas sobre su objetiva constitucionalidad, la disposición concordataria había resistido sin embargo a un sindicado de legitimidad constitucional: cfr. Corte cost., 14 junio 1962, n. 52, en: Giur. Cost., 1962, p. 224 ss.
(23) En el transcurso de un cincuentenio a tal disposición había apelado la Santa Sede en dos ocasiones distintas: en 1938, con ocasión de la visita a Roma de Hitler, el entonces Papa Pío XI lamentó el hecho de que en la ciudad "sacra" se había enarbolado la insignia de una cruz que no era la cruz Cristo. En 1965, con ocasión de la representación en Roma de la escandalosa comediaEl Vicario de Rolf Hochhuth, considerada gravemente lesiva de la memoria del Papa Pío XII, acusándole de no haber expresado condena oficial contra el nazismo y el exterminio de los judíos. Sobre esta última vicisitud, cfr. en particular S. LARICCIA, Stato e Chiesa in Italia. 1948-1980, Brescia, 1981, p. 36 ss.
(24) Para referencias bibliográficas en materia cfr. E. GRAZIANI,Il carattere sacro di Roma. Contributo all'interpretazione dell'art. 1 cpv. Conc., Milán 1960; G. CAPUTO; Il carattere sacro di Roma, in: AA.VV., Studi per la revisione del Concordato, Padua, 1970, p. 239 ss; L. GUERZONI, "Carattere sacro" di Roma e sovranità dello Stato, Bolonia 1970. Sobre los orígenes históricos e ideológicos de la fórmula cfr. A. RICCARDI; Roma "città sacra"? Dalla Conciliazione all'operazione Sturzo, Milán 1979.
(25) Véanse a propósito las observaciones desarrolladas por algunos componentes de la Comisión ministerial de estudio para la revisión del Concordato (1968-1969), en: G. SPADOLINI,La questione del Concordato, Florencia, 1976, p. 250 ss., los cuales revelaban también la aporía subsistente entre una norma limitadora de la libertad, pero no taxativa, y los principios de democracia y de libertad sancionados por el ordenamiento.
(26) AAS 77 (1985) 523.
(27) En este sentido, cfr. O. FUMAGALLI CARULLI,Società civile e società religiosa di fronte al Concordato, Milán 1980, p. 321; contra C. CARDIA, La riforma del Concordato. Dal confessionalismo alla laicità dello Stato, Turín, 1980, p. 183.
(28) Para un esbozo al respecto cfr. S. BERLINGÒ,Per una nuova politica del diritto in materia ecclesiastica, en: Dir. eccl. (1977) I, p. 78. Para ulteriores profundizaciones, cfr. AA.VV., Roma, la capitale del Papa, dirigida por L. FIORANI y A. PROSPERI, Turín, 2000; G. B. VARNIER, Roma "città sacra" e "città aperta nella seconda guerra mondiale", en: Dir. eccl. (2002), I, pp. 1282-1291; P. SASSI, I rapporti fra Roma capitale e la Santa Sede: poteri pubblici e Chiesa cattolica nell'ex "città" tra secondo e terzo millennio, en: AA.VV., L'ordinamento di Roma capitale, Atti del convegno, Roma, 10 abril 2003, dirigido por S. MANGIAMELI, Nápoles, 2003, p. 139 ss.; AA. VV., L'ordinamento di Roma capitale, Nápoles, 2003.
(29) Benedicto XVI, Discurso durante la visita alQuirinale, 24 junio 2005, en: L'Osservatore Romano, 25.6.2005.TE. 

[Traducción del original italiano realizada por ZENIT]


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Reflexión de José Antonio Pagola al evangelio del dominjgo noveno del Tiempo Ordinario - A, ofrecido p0or la Delegación Diocesana de Enseñanza de la diócesis de Tenerife.

LA FUERZA DEL EVANGELIO 

         Mateo concluye el gran discurso de Jesús en una montaña de Galilea con dos breves parábolas, narradas con maestría y fáciles de recordar por todos. Su mensaje es de importancia decisiva: seguir a Jesús consiste en «escuchar sus palabras» y en «ponerlas en práctica». Si no lo hacemos así nuestro cristianismo es una insensatez. No tiene sentido alguno.

         El hombre sensato construye su casa sobre roca firme. Por eso, cuando llegan las lluvias torrenciales del invierno y el agua desciende de los montes y soplan los fuertes vientos del Mediterráneo, la casa no se hunde: «está cimentada sobre roca». Así es la Iglesia formada por creyentes que se esfuerzan por escuchar el Evangelio y ponerlo en práctica.

         El hombre necio, por el contrario, construye su casa sobre arena, en el fondo del valle. Por eso, al llegar las lluvias, los aluviones y el vendaval, la casa «se hunde totalmente». Así se desmorona el cristianismo cuando no está fundamentado en la roca del Evangelio escuchado y practicado en las comunidades.

         En la conciencia moderna se ha producido un profundo cambio cultural que está poniendo en crisis el nacimiento y la vivencia de la fe cristiana. Cada vez se va haciendo más difícil despertar una fe viva en Dios y en Jesucristo por vía de "adoctrinamiento". Señalemos dos causas fáciles de detectar.

         Por una parte, está en crisis la autoridad, toda autoridad. Es difícil que la fe brote hoy de la obediencia a una autoridad religiosa que se presente como poseedora de la verdad. La palabra que pronuncia la Iglesia desde su posición de autoridad sagrada no resulta hoy por sí misma ni creíble ni atractiva.

         Por otra parte, más que doctrina religiosa, las personas buscan una experiencia que les ayude a vivir con sentido y esperanza. Muchos hombres y mujeres se distancian casi instintivamente de cualquier iniciación a la fe entendida como "proceso de aprendizaje".

         Hemos de creer mucho más en la fuerza transformadora del Evangelio. Las palabras de Jesús tienen más poder que nuestras doctrinas. Su Buena Noticia es más atractiva que todos nuestros sermones. ¿No ha llegado el momento de formar grupos, crear espacios, posibilitar encuentros en los que la gente de hoy tenga la oportunidad de entrar en contacto directo con el Evangelio para escuchar a Jesús y descubrir juntos su Buena Noticia?

         Muchos que se sienten perdidos y viven sin esperanza podrían descubrir con alegría que no están solos, que pueden confiar en un Dios Padre y que pueden vivir con la esperanza de Jesús. Es lo que más necesitan.

José Antonio Pagola 

Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
6 de marzo de 2011
9 Tiempo ordinario (A)
Mateo 7, 21-27


Publicado por verdenaranja @ 23:39  | Espiritualidad
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domingo, 27 de febrero de 2011

ZENIT.org-El Observador.- Con el nombre de "El político católico ante el laicismo", el obispo auxiliar de Durango, monseñor Enrique Sánchez Martínez ha escrito un documento muy importante, para poner al día el tema de la libertad religiosa, sugerido por el Papa Benedicto XVI durante la pasada Jornada Mundial de la Paz, celebrada el primero de enero de 2011.

Entre los temas que desataca en su trabajo monseñor Sánchez Martínez sobresale el de la presencia de Dios en el espacio público.  Al respecto, el obispo auxiliar de Durango expresa que: "entre la presencia o la ausencia de Dios en el espacio público no hay término medio, no existen posiciones neutrales. Eliminar a Dios del espacio público significa construir un mundo sin Dios. Un mundo sin Dios es un mundo contra Dios. Excluir a Dios, aunque no se le combata, significa construir un mundo sin referencias a Él".

Por el interés que puede suscitar este documento en diversos países donde el laicismo es mal entendido como la expulsión de Dios del espacio público, lo reproducimos en su totalidad.

El político católico ante el laicismo  

Un laicismo sano, como lo reconoce la doctrina de la Iglesia católica, se entiende como la separación entre el Estado y la Iglesia o confesión religiosa. Por esto, el Estado no debe inmiscuirse en la organización ni en la doctrina de las confesiones religiosas, y debe garantizar el derecho de los ciudadanos a tener sus propias creencias y manifestarlas en público y en privado, y a dar culto a Dios según sus propias convicciones. También debe garantizar el derecho a la objeción de conciencia, por el cual los ciudadanos no podrán ser obligados a actuar en contra de sus propias convicciones o creencias. De acuerdo con este concepto de laicismo, el Estado y la Iglesia o confesión religiosa mantendrán relaciones de colaboración en los asuntos que son de interés común. En este sentido el Papa Benedicto XVI nos ha orientado hacia una reflexión y profundización de este laicismo sano en pro de la Libertad Religiosa (Jornada Mundial para la Paz, "La Libertad Religiosa, camino para la paz", 1 enero 2011). Pero el laicismo también es entendido por otros como una ausencia de relaciones. En virtud de este falso concepto, el Estado debe ignorar a todas las confesiones religiosas; se debe prohibir que el Estado mantenga relaciones con la Iglesia u otra confesión religiosa.

La Declaración Universal de los Derechos Humanos, promulgada por la Organización de las Naciones Unidas en 1948, garantiza (Art. 18) a todas las personas la "libertad de manifestar su religión o creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado". Los poderes públicos deben garantizar el derecho de los creyentes a manifestar sus convicciones religiosas en público. Ellos tienen el derecho a organizar procesiones, colocar cruces en lugares a la vista del público, etc. No sería razonable que se pudieran organizar manifestaciones políticas en las ciudades o que se pudieran colocar emblemas de partidos políticos o de sindicatos en la calle, y que se negaran los mismos derechos a los creyentes porque son símbolos religiosos.

Por otro lado, los ciudadanos tienen derecho a formar su opinión sobre los asuntos de interés político. Para ello, pueden considerar las fuentes de opinión que estimen conveniente. Sin duda entre las fuentes se encuentra la doctrina de la Iglesia Católica o de su propia confesión religiosa, o el pronunciamiento de un Obispo. Si un ciudadano (o un diputado, o senador en el Congreso, o regidor en el Ayuntamiento) vota en conciencia de acuerdo con sus creencias, lo hace porque ha escuchado los argumentos de su confesión religiosa y le han convencido. Sería una grave discriminación que se pidiera a los ciudadanos que actuaran en contra de su conciencia y de sus convicciones en el momento de emitir su voto.

Para el político católico este concepto de laicismo es un valor adquirido que hay que defender. El cristianismo ha contribuido mucho en la fundación del laicismo auténtico. "De hecho - lo afirma Mons. Crepaldi - el cristianismo no es una religión fundamentalista. El texto sagrado en el que se inspira no se toma al pie de la letra, sino que se interpreta; la autoridad universal del Papa libera a los cristianos de las excesivas sujeciones políticas nacionales, Dios confió la construcción del mundo a la libre y responsable participación del hombre. Esto no significa que la sociedad y la política sean totalmente ajenas a la religión cristiana, que no tengan nada que ver con ella". La sociedad necesita a la religión para mantener un nivel de laicismo sano. El cristianismo ayuda a la sociedad en este fin, ya que no le impide ser legítimamente autónoma y al mismo tiempo la sostiene y la ilumina con su propio mensaje religioso. Se podría decir que el cristianismo la empuja a ser ella misma en cuanto que hace aparecer su plena vocación y le pide que exprima al máximo sus capacidades, sin encerrarse en sí misma.

Hoy se tiende a considerar el laicismo como neutralidad del espacio público respecto de los absolutos religiosos. Estos Principios Absolutos o Religiosos son: dignidad de la persona humana y sus derechos, el bien común, el destino universal de los bienes, la subsidiariedad, la participación, la solidaridad, la caridad; además los valores fundamentales de la vida social: la libertad, la justicia, la verdad, la paz. Se afirma que en estos espacios lo religioso no debe intervenir, primero porque en una democracia no habría sitio para principios; y segundo, porque los absolutos religiosos son irracionales, y en el espacio público solo admite un discurso racional. Pero entonces este espacio permanecería vacío, así se deja lugar para crear nuevos absolutos enemigos del hombre, para nuevos dioses (sobre este tema ver Mons. Giampaolo Crepaldi, "El político católico, laicismo y cristianismo").

¿La democracia es incompatible con los principios absolutos? No es así, al contrario, los necesita. Se puede afirmar que la falta de éstos en una sociedad, genera una lucha de todos contra todos donde tiene razón quien es más fuerte. También la democracia se arriesga a reducirse a la fuerza de la mayoría. Por ésto existe la necesidad de que los ciudadanos crean en principios absolutos. Lo sustancial, lo fundamental de la democracia es la dignidad de la persona que se debería considerar un Principio Absoluto. ¿Y cómo se puede considerar un valor absoluto si no se fundamenta en Dios?

¿La religión es irracional? No hay duda de que existen formas de religión irracionales total o parcialmente. Pero el cristianismo no lo es. El cristianismo es razonable, no contradice ninguna verdad racional, sino que incluso se vincula a ellas complementándolas sin exigir al hombre, para ser cristiano, la renuncia de todo aquello que lo hace verdaderamente hombre. No es aceptable la idea de que la religión, sea cual sea, es, por su naturaleza, irracional.

Muchos entienden el laicismo como neutralidad, como una expulsión de la religión del espacio público. Mons. Fisichella dice al respecto: "...la secularización y después el laicismo agresivo tienden a excluir al cristianismo del ámbito público, y al hacerlo niegan la relación estructural de la razón con la fe, de la naturaleza con la gracia" (Rino Fisichella, "El valor salvífico del Evangelio también en la tierra"). La idea de quitar festividades religiosas, como la navidad, de impedir que se expongan símbolos religiosos en espacios públicos, de ejercer como misioneros, de hacer pública a otros la propia fe, porque sería un atentado a la libertad de religión, son algunas expresiones de esta idea de laicismo como espacio neutro. Una pared sin un crucifijo no es un espacio neutro, es una pared sin crucifijo. Un espacio público sin Dios no es neutro, sino que no tiene a Dios. El Estado que impide a toda religión manifestarse en público, quizás con la excusa de defender la libertad de religión, no es neutro en cuanto que se posiciona de parte del laicismo o del ateísmo y se toma la responsabilidad de relegar a la religión al ámbito privado. En muchos casos nace la religión del estado, la religión de la antirreligión.

Entre la presencia o la ausencia de Dios en el espacio público no hay término medio, no existen posiciones neutrales. Eliminar a Dios del espacio público significa construir un mundo sin Dios. Un mundo sin Dios es un mundo contra Dios. Excluir a Dios, aunque no se le combata, significa construir un mundo sin referencias a Él.

Por este motivo, el político católico no puede admitir ni colaborar con el laicismo entendido como neutralidad, porque desarrollará una nueva razón del Estado que, perjudicando la religión, se hará daño también a sí mismo.  El político católico se opondrá para impedir, sea por razones religiosas, de las que no se puede separar, sea por razones políticas, que nazca una nueva religión del Estado perjudicial para la libertad de las personas.


Publicado por verdenaranja @ 21:02  | Hablan los obispos
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ZENIT  publica el artículo que ha escrito monseñor Felipe Arizmendi Esquivel, obispo de San Cristóbal de Las Casas, con el título "Alternativas a la violencia".  

Alternativas a la violencia

VER

Es muy preocupante el clima de violencia que vive el país. Casi a diario se enfrentan militares y organizaciones dedicadas al narcotráfico, con una secuela terrible de muertos y heridos. En esta lucha contra el crimen organizado, ante la cifra de víctimas, sobre todo las llamadas colaterales, algunos sólo culpan al gobierno por su estrategia, no proponen otra alternativa más eficaz, y pareciera que prefieren que se dejen manos libres a los capos, para que sigan invadiendo espacios, controlando el comercio, corrompiendo la política, pretendiendo con alguna limosna hacer a Dios de su parte y comprar a las jerarquías de las diversas creencias. No falta quien insista en legalizar el consumo de drogas, para evitar el atractivo de las sumas millonarias que su comercio genera, sin calibrar el daño tan desastroso que se haría.

JUZGAR

El Papa Benedicto XVI, al recibir las cartas credenciales del nuevo embajador de Costa Rica ante la Santa Sede, presentó una serie de alternativas no propiamente sobre este problema, sino para una vida justa y pacífica en una nación; si se ponen en práctica, todo cambiaría. Lo dijo a un país que hace años decidió no tener ejército y que ha logrado una política social de bienestar de las más plausibles en la región. Traigo a colación parte del discurso del Papa, porque ofrece caminos que nos pueden servir de base para la paz social.

Dijo: "Es importante que los que están al frente de los destinos del país no vacilen en rechazar con firmeza la impunidad, la delincuencia juvenil, el trabajo infantil, la injusticia y el narcotráfico, impulsando medidas tan importantes como la seguridad ciudadana, una adecuada formación de niños y jóvenes, la debida atención a los encarcelados, la eficaz asistencia sanitaria a todos, en particular a los más menesterosos y a los ancianos, así como los programas que lleven a la población a alcanzar una vivienda digna y un empleo decente. Es primordial, además, que las nuevas generaciones adquieran la convicción de que los conflictos no se vencen con la mera fuerza, sino convirtiendo los corazones al bien y la verdad, acabando con la miseria y el analfabetismo, robusteciendo el Estado de derecho y vigorizando la independencia y eficacia de los tribunales de justicia".

Y agregó algo vital: la raíz de todo está en la familia: "Mucho contribuirá a dilatar este horizonte el afianzamiento en la sociedad de un pilar tan sustancial e irrenunciable como la estabilidad y unión de la familia, institución que está sufriendo, quizá como ninguna otra, la acometida de las transformaciones amplias y rápidas de la sociedad y de la cultura, y que, sin embargo, no puede perder su identidad genuina, pues está llamada a ser vivero de virtudes humanas y cristianas, en donde los hijos aprenden de sus padres de forma natural a respetarse y comprenderse, a madurar como personas, creyentes y ciudadanos ejemplares. Por consiguiente, nada de cuanto favorezca, tutele y apoye la familia fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer será baldío".

ACTUAR

Quien tenga alternativas mejores que las que ahora implementa el gobierno, que las presente y justifique. No nos quedemos en críticas agrias y virulentas, sino asumamos lo que nos toca, para que el país se libere del flagelo de las drogas y se evite tanta criminalidad.

Padres de familia: sosténganse fieles en su matrimonio y no engendren hijos fuera, pues éstos muchas veces crecen sin seguridad personal, sin estabilidad emocional y fácilmente son atrapados por la delincuencia organizada. Enséñenles a trabajar honradamente y no accedan a todos sus caprichos.

Niños y jóvenes: Aprecien el valor del esfuerzo, de la disciplina, del estudio, del trabajo, del respeto a los demás y a las leyes justas.

Legisladores, educadores, comunicadores: defiendan la vida incipiente y la familia de un hombre y una mujer.

Empresarios: arriesguen su capital generando empleos y dando una vida digna a sus trabajadores.

Acerquémonos a Jesucristo, quien nos ofrece su amistad, su luz, su vida. Para ello, evangelicemos más para la Vida integral de nuestros pueblos.


Publicado por verdenaranja @ 20:57  | Hablan los obispos
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ZENIT  nos ofrece el discurso que el Papa Benedicto XVI ha dirigido a los obispos de la Conferencia Episcopal de Filipinas, a los que ha ido recibiendo en audiencias separadas con ocasión de la Visita "ad Limina Apostolorum". La Audiencia se ha desarrollado en la Sala del Consistorio del Palacio Apostólico.

Mis queridos hermanos obispos,

Estoy contento de recibiros hoy con ocasión de vuestra visita ad Limina, y os ofrezco mis sinceros buenos deseos y oraciones por vosotros y por todos aquellos confiados a vuestro cuidado pastoral. Vuestra presencia ante las tumbas de los Apóstoles Pedro y Pablo refuerza la profunda unidad que ya existe entre la Iglesia en Filipinas y la Santa Sede. Dado que los profundos vínculos que los católicos gozan con el Sucesor de Pedro han sido siempre una característica significativa de la fe en vuestro país, rezo para que esta comunión siga creciendo y floreciendo mientras consideráis los retos presentes de vuestro apostolado.

Aunque Filipinas sigue afrontando muchos desafíos en el área del desarrollo económico, debemos reconocer que estos obstáculos para una vida de felicidad y plenitud no son los únicos obstáculos que deben ser abordados por la Iglesia. La cultura filipina también se enfrenta a muchas cuestiones sutiles inherentes al secularismo, al materialismo y al consumismo de nuestros tiempos. Cuando la autosuficiencia y la libertad se desgajan de su dependencia y realización en Dios, la persona humana se crea a si misma un falso destino y pierde la visión del gozo eterno para el que ha sido creada. El camino de redescubrimiento del verdadero destino de la humanidad sólo puede encontrarse en el restablecimiento de la primacía de Dios en el corazón y en la mente de cada persona.

Por encima de todo, para llevar a Dios al centro de la vida de los fieles, vuestra predicación y la de vuestros sacerdotes debe tener un enfoque personal, para que cada católico capte en lo más profundo de su intimidad el hecho, que cambia la vida, de que Dios existe, que nos ama, y que en Cristo responde a las preguntas más profundas de nuestras vidas. Vuestra gran tarea en la evangelización es por tanto proponer una relación personal con Cristo como la clave de la realización plena. En este contexto, el segundo Concilio Plenario de Filipinas sigue teniendo efectos beneficiosos, con el resultado de que muchas diócesis han puesto en marcha programas pastorales centrados en transmitir la buena nueva de la salvación. Al mismo tiempo, debe reconocerse que que las nuevas iniciativas en la evangelización sólo serán fructíferas si, por la gracia de Dios, quienes las proponen son personas que realmente creen y viven el mensaje del Evangelio ellas mismas.

Esta es seguramente una de las razones por la que las comunidades básicas eclesiales han tenido un impacto positivo en todo el país. Al ser formadas y guiadas por personas cuya motivación es la fuerza de su amor por Cristo, estas comunidades han demostrado ser instrumentos dignos de evangelización ya que trabajan en unión a las parroquias locales. De manera parecida, la Iglesia en Filipinas tiene la fortuna de contar con una serie de organizaciones de laicos que continúan atrayendo a la gente al Señor. Para responder a las preguntas de nuestro tiempo, los laicos necesitan escuchar el mensaje del Evangelio en su plenitud, para entender sus implicaciones en sus vidas personales y para la sociedad en general, y por tanto estar constantemente convertidos al Señor. Por esta razón os exhorto a tener especial cuidado en la guía de estos grupos, para que la primacía de Dios se mantenga en la vanguardia.

Esta primacía es de particular importancia cuando se trata de la evangelización de los jóvenes. Estoy contento de constatar que, en su país, la fe juega un papel importante en las vidas de la gente joven, un hecho que se debe de gran manera al trabajo paciente de la Iglesia local para llegar a los jóvenes a todos los niveles Os animo a recordar a la gente joven que el glamour de este mundo no satisfará su natural deseo de felicidad. Sólo una amistad verdadera con Dios romperá los lazos de la soledad que sufre nuestra frágil humanidad y establecerá un verdadera y duradera comunión con los demás, un vínculo espiritual que que hará crecer dentro de nosotros el deseo de servir a las necesidades de aquellos que amamos en Cristo. También se debe mostrar a los jóvenes la importancia de los sacramentos como instrumentos de la ayuda y gracia de Dios. Esto es particularmente verdadero en el sacramento del matrimonio, que santifica la vida matrimonial desde el principio, de manera que la presencia de Dios sostiene a las jóvenes parejas en sus problemas.

El cuidado pastoral de los jóvenes que tiene por objeto establecer la primacía de Dios en sus corazones, se da de manera inherente no sólo en las vocaciones al matrimonio cristiano sino que que se da en las llamadas vocacionales de todos los tipos. Me complace observar el éxito de las iniciativas locales en la promoción de numerosas vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. Sin embargo, la necesidad de más vocaciones de siervos dedicados a Cristo sea en el país sea en el extranjero sigue siendo apremiante. Según los informes quinquenales, parece que en muchas diócesis el número de sacerdotes y el correspondiente número de parroquias todavía no son suficientes para satisfacer las necesidades espirituales de la grande y creciente población católica. Unido a vosotros, rezo para que los que sientan una llamada al sacerdocio y a la vida religiosa respondan con generosidad a los impulsos del Espíritu. ¡Que la misión de la Iglesia de evangelización sea sostenida por los maravillosas dones que el Señor ofrece a aquellos a los que llama! A su vuelta, como Pastores, debéis ofrecer a estas jóvenes vocaciones un plan de formación integral bien desarrollado y cuidadosamente puesto en marcha, de manera que su inclinación inicial de una vida al servicio de Cristo y sus fieles, puedan llegar a la plenitud espiritual y madurez humana.

Queridos hermanos en el episcopado, con estos pensamientos yo os aseguro mis oraciones y os encomiendo a la intercesión de San Lorenzo Ruíz. Que su ejemplo de fidelidad inquebrantable a Cristo os anime en vuestras labores apostólicas. A vosotros, clero y religiosos, y a los demás fieles confiados a vuestro cuidado, os imparto de corazón, mi Bendición Apostólica como prenda de gracia y de paz.

[Traducción del italiano por Carmen Álvarez
©Libreria Editrice Vaticana]


Publicado por verdenaranja @ 20:54  | Habla el Papa
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Mensaje de monseñor Eduardo María Taussig, obispo de San Rafael, por el Jubileo diocesano. (AICA)

50 AÑOS DE LA DIÓCESIS DE SAN RAFAEL        

"¡Comenzamos el jubileo por las bodas de oro de la Diócesis de San Rafael! El gozo, la alegría, el júbilo -de ahí el nombre de jubileo- nos llena el corazón y nos mueven a la gratitud, a la alabanza y a la generosidad en nuestra respuesta de amor de Dios, por todas las gracias recibidas desde que nació la diócesis del Sur mendocino […]. Espero mucho de este jubileo: que profundicemos el misterio de la Iglesia, nuestro compromiso y pertenencia a Ella; que crezcamos en unidad y comunión entre todas las parroquias, movimientos e instituciones eclesiales; que fortalezcamos nuestro espíritu misionero para que todos puedan experimentar el amor de Dios; pero, sobre todo, deseo que maduremos nuestra fe y nuestro amor, y que alabemos a Dios que nos cuida, como invita el lema jubilar […].

Somos la única diócesis del mundo que tiene por titular al Arcángel San Rafael: ¡Nos da su nombre y nos brinda su protección personal! Tenemos también un libro particular de la Biblia, el libro de Tobías, con el relato de su intervención en la historia de Tobías y su familia. Lo propongo como libro de cabecera para nuestro camino jubilar y espero que pueda llegar a todos los hogares y a las manos de todos los fieles de los departamentos de Alvear, San Rafael y Malargüe. Deseo que todos lo leamos y descubramos en él cómo San Rafael hace presente para nosotros hoy, la providencia de Dios. Él quiere estar cerca de nuestras familias, la que nos dio la vida y la que formamos o formaremos; quiere auxiliarnos en nuestros problemas económicos, en las angustias y miedos, en las enfermedades y los peligros, en las tentaciones o acechanzas del demonio; quiere también ayudarnos a ser mejores ciudadanos y a realizar las obras de caridad y misericordia; quiere, por sobre todo, guiarnos y protegernos en nuestro viaje por la vida hasta la felicidad del Cielo. ¡Los invito especialmente, pues, a conocerlo y a contar con su cercanía, su amistad y su intercesión!

La gracia de la indulgencia es la distintiva y propia de este año jubilar. Todos podemos recibirla, para nosotros o para nuestros difuntos. Las diversas maneras de obtenerla nos ayudarán a caminar con gozo y alegría, con fruto y provecho en el año Jubilar. ¡Qué Nuestra Señora de Lourdes, la Copatrona de la diócesis, nos acompañe cada día, y que San José, su Esposo y nuestro Patrono secundario, siempre nos cuiden en el año jubilar! Con Amor de Padre y Hermano, y mi mejor bendición". 

Mons. Eduardo María Taussig, obispo de San Rafael 


Publicado por verdenaranja @ 20:45  | Hablan los obispos
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sábado, 26 de febrero de 2011

Mensaje de Mons. Jorge Rubén Lugones SJ, obispo de Lomas de Zamora, a los formadores de las instituciones católicas y colegios adherentes, que abarca los municipios de: Lomas de Zamora, Almirante Brown, Esteban Echeverría, Presidente Perón, San Vicente y Ezeiza (17 de febrero de 2011). (AICA)

MENSAJE A COMUNIDAD EDUCATIVA      

Querida comunidad educativa:

Recorriendo varios de nuestros colegios en distintos lugares de nuestra extensa diócesis, me he encontrado con la grata sorpresa del compromiso de sus directivos y representantes legales, deseosos de formar y acompañar a los docentes y padres de los alumnos frente a la difícil situación cultural, económica y social de la comunidad educativa.

Queremos impulsar a todos nuestros formadores a reflexionar sobre la comunión y la comunicación en la tarea evangelizadora,  de un modo especial a los que tenemos la responsabilidad de la conducción. Dicho impulso es una invitación a “navegar mar adentro y echar las redes” no sólo desde el anuncio explícito, que con constancia muchas de nuestras comunidades educativas vienen realizando, con gran esfuerzo y entrega, sino también, pudiendo llegar a ciertos ambientes  “no católicos”, diría no religiosos, y en muchos casos secularizados, que prescinden de Dios. 

El docente católico es protagonista del compromiso evangelizador

Es oportuno recordar y meditar lo que nos dicen las Líneas Pastorales para la Nueva Evangelización del Episcopado Argentino:

“Para que el anuncio de Jesucristo y la promoción de la dignidad humana sean ofrecidos a toda la sociedad argentina, convocamos a cada uno de los bautizados a ser protagonista activo de esta gesta evangelizadora nueva en los sectores y ambientes que le son propios: en la vida familiar; las instituciones civiles; el solidario y fraterno compromiso con los pobres y los jóvenes…  en el vasto campo de la educación y de la cultura; en la pluralidad de las artes y de las actividades de los medios de comunicación social” .  

Anuncien la Buena Noticia a toda criatura.

El hombre es el destinatario de la misión. La pastoral de la Iglesia se dirige al hombre: a todos los hombres y a cada uno en particular. Pero ¿A cuál hombre? ¿a qué mujer y a qué hombre? ¿Al hombre creyente o al hombre agnóstico? ¿Al estudiante aplicado o al cuasi indomable?¿Al joven del grupo parroquial o al que está excluido de toda contención familiar? ¿A la mujer que sabe rezar y medita la palabra de Dios, o la que está convencida de que la iglesia es un negocio? ¿Al político catolicón, que hace la suya o al dirigente barrial que critica su actuar como católico? ¿A los que se organizan para rezar  el rosario a las tres de la tarde, o a los que convocan y buscan el apoyo de los vecinos para que la fábrica del barrio deje de contaminar?.... Evidente Jesús dice a toda criatura. 

El desafío de comunicar a los que no están el redil

Creemos que puede ser un desafío duro pero no menos importante, el buscar a aquellos que no integran nuestra comunidad educativa, que no tiene como base nuestra práctica de la fe, pero que no debemos excluir sino intentar evangelizar

Sabemos lo costoso que se nos hace formar en la “dimensión social de la fe”. Acompañar a nuestros educandos a salir del propio círculo del colegio y de su ambiente: para comunicar e intentar la comunión con los más desprotegidos de la sociedad: los más pobres, los niños y adolescentes con capacidades diferentes, los ancianos solitarios y arrumbados, los que se sienten excluidos, etc.

Despertar a este riesgo del apostolado es dejar que lo recibido para cumplir la misión que se nos confía prosiga su natural cauce y se propague fecundante. Esta creatividad en la misión necesariamente debe inquietar sanamente para no atrincherarse en el propio límite. La gracia de Dios y la confianza en El, animan a llevar las fronteras un poco más allá.

La parábola de la oveja perdida (Lc.15) nos ayuda a la reflexión: es la oveja que ha quedado en tierra de nadie, no demarcada por fronteras, a la que tenemos que salir a buscar y acompañar. Está perdida porque se encuentra sin pastor, sin rebaño y sin referencia, sin contención, sin horizonte y sin sentido. El texto evangélico nos lleva también a pensar desde nuestra limitación, desde nuestra parálisis justificada por los riesgos que podríamos correr como institución (sobre todo los legales) para no arriesgar y  lanzarnos más allá  de todo límite, para recuperar a los que no están seguros, a los que se sientes débiles, a los que de distintos modos pueden sentirse excluidos..  

El docente: artesano del dialogo y la comunión

Una de las dificultades que notamos en nuestra tarea pastoral es articular la comunicación, el diálogo, que nos permita recrear continuamente la comunión, la cual nos “… interpela más que nunca a los cristianos a vivir la eucaristía como una gran escuela de paz, donde se forman hombres y mujeres que, en los diversos ámbitos de responsabilidad de la vida social, cultural y política, sean artesanos de diálogo y comunión [2]. Decía el futuro beato Juan Pablo II.

Se nos propone en primer lugar a nosotros formadores ser en nuestra acción artesanos, es decir aquellos que crean y recrean, con constancia, creatividad y trabajo auténticos vínculos humanos. El artesano es quién se toma su tiempo e imagina, piensa, reflexiona, y muchas veces, al plasmarla en la realidad, sufre decepción porque su obra no siempre coincide, del modo exacto como él la pensó o ideó. El trabajo del artesano se contrapone al de la creación “en serie” de la máquina, en la que desde una misma matriz sale todo igual a ella misma con exactitud milimétrica.

Qué difícil se nos hace muchas veces esta tarea en la comunidad educativa, se habla mucho, se dialoga poco.

Ser artesanos del diálogo y de la comunión es un deseo que se pide como gracia al Dueño de la creación y también un esfuerzo, una tarea, un sacrificio, que no siempre termina como lo habíamos planificado. Es por eso que debemos estar afirmados en una sólida espiritualidad, en la iglesia la denominamos: “espiritualidad de la comunión”.

La comunión implica el reconocernos con los otros, genera el encuentro, invita a la reflexión y provoca la fiesta de la comunidad. Por tanto esta espiritualidad de la comunión no es alienante, ni intimista, ni privativa de “algunos elegidos“; sino que como respuesta a la Palabra viva de Dios, aporta como método privilegiado de la comunión y de la paz: el diálogo. Un diálogo abierto a todos, que procede por acercamientos progresivos, aceptando el límite y la gradualidad, en la paciencia de la esperanza, que tiene como nota la espera confiada en el Señor, que inspira  horizontes siempre más justos de unidad.

En el diálogo fraterno, a medida que nos entregamos, que aportamos, que nos damos a nosotros mismos, nos damos cuenta que vale más el amor que el simple acuerdo o asentimiento, pues el consenso nivela inspirado en la medida de lo tangible, posible y a veces de lo inmediato, en cambio el amor no mide tanto posibilidades o futuribles, porque él es la misma medida que no limita sino que nos abre a la entrega sincera, a horizontes desprovistos de toda mezquindad o conveniencia de grupo, donde la urgencia no desequilibra pues es atemperada por “lo importante” que anima a darse un tiempo que no se mide, porque el amor no tiene medidas.

El diálogo como camino para la comunión y como dinamismo para la construcción de la comunidad, no puede estar exento del discernimiento, para que, a la luz de la Palabra, la comunidad esté en condiciones de hacer opciones necesarias y oportunas, buscando la voluntad de Dios, para el ejercicio de la misión.

El discernimiento espiritual,  que implica esta presencia de Dios en la vida de la comunidad, y el pedir al Espíritu Santo el don de la Sabiduría pone a cada uno de los integrantes de la comunidad: directivos, docentes, alumnos, no docentes, padres en condiciones de hacer opciones entendidas como: “sacrificio espiritual” para con-formarse a  la voluntad de Dios, en el ejercicio de la caridad pastoral, que siempre demanda una entrega.

Se nos propone la confianza en Dios, la entrega confiada y aunque no hagamos una introspección, sí un vernos delante de Dios, tal vez con esa cualidad del Señor Jesús, que es la longanimidad. Virtud humana que se asemeja, usando el ejemplo del acto respiratorio, a una respiración lenta y profunda, pero a la vez de largo aliento. Dicha virtud es propia del que tiene presente la meta y los objetivos, pero no lo apura nadie, sabe esperar, intenta comprender y compadecer. Sabemos que Dios aún cuando calla, como en la barca, tiene la última y verdadera palabra.

Buscamos horizontes de Dios y dejamos que su Palabra bucee en nuestro interior, en esa profundidad que El recrea… y a la vez El va de camino como sembrador, que nos advierte no arrancar lo plantado antes de tiempo, tiempo al tiempo, y aquí pedimos el largo aliento: la constancia, paciencia, perseverancia y tolerancia como formadores. 

La creatividad del desafío, desde los valores permanentes

Y nosotros decimos que es un desafío pero desde la creatividad.

Ser creativos implica que hay siempre un horizonte abierto. Y no se trata solamente de un optimismo espiritualista. Desde la afirmación: “lo que ves no es todo lo que hay”, nos anima al ingenio y la apertura, para que muchos puedan tener la oportunidad de un contacto con lo trascendente, presentado desde la competencia de leer los acontecimientos cotidianos e incluso los que nos proponen los medios de comunicación social con un espíritu sanamente crítico para ser nosotros con nuestros educandos también formadores de opinión, pero con un sustrato convincente de la vigencia de la formación en los valores del reino, que proclamamos en la misa de Cristo Rey: el valor de la vida y la verdad, de la gracia y la santidad, de la justicia, el amor y la paz .

No sólo nos ocupamos  de transmitir contenidos, somos testigos de una vivencia, desde nuestra unión personal con Jesucristo, Señor de la vida

Decía este año el Santo Padre: la amplia transformación en el campo de las comunicaciones dirige las grandes mutaciones culturales y sociales de hoy  Las nuevas tecnologías no modifican solo el modo de comunicar, sino la comunicación en sí misma, por lo que se puede afirmar que nos encontramos ante una vasta transformación cultural.  Junto a este modo de difundir información y conocimientos, nace un nuevo modo de aprender y de pensar, así como nuevas oportunidades para establecer relaciones y construir lazos de comunión .

Cuando sentimos la necesidad de acercarnos a otras personas, cuando deseamos conocerlas mejor y darnos a conocer, estamos respondiendo a la llamada divina, una llamada que está grabada en nuestra naturaleza de seres creados a imagen y semejanza de Dios, el Dios de la comunicación y de la comunión.

La sensibilidad frente al momento histórico, el realismo en la acción, no deben hacernos olvidar la defensa de los valores perennes que deben ser salvados en la sociedad. La necesaria apertura hacia las exigencias nuevas de la sociedad no debe hacer que dejemos de lado los valores permanentes que valen para el hombre de ayer, de hoy y de mañana.

“El compromiso de ser testigos del Evangelio en la era digital-dice el Papa-  exige a todos el estar muy atentos con respecto a los aspectos de ese mensaje que puedan contrastar con algunas lógicas típicas de la red. Hemos de tomar conciencia sobre todo de que el valor de la verdad que deseamos compartir no se basa en la “popularidad” o la cantidad de atención que provoca. Debemos darla a conocer en su integridad más que intentar hacerla aceptable, quizá desvirtuándola, debe transformarse en alimento cotidiano y no en atracción de un momento. La verdad del Evangelio no puede ser objeto de consumo o de disfrute superficial, sino un don que pide una repuesta libre” .

Los cristianos estamos llamados a construir un orden social y civil respetuoso de la persona humana, a proponer la auténtica concepción del hombre y de sus verdaderas necesidades, promoviendo a la familia, y haciendo buen uso del poder de la tecnología digital, pues: “Cuanto más se participa en el espacio público digital, creado por las llamadas redes sociales, se establecen mejores formas de relación interpersonal que inciden en la imagen que se tiene de uno mismo. Es inevitable que ello haga plantearse no sólo la pregunta sobre la calidad  del propio actuar, sino también sobre la autenticidad del propio ser"  

El testimonio cristiano no es sólo buena voluntad

Es evidente que no es suficiente ser “buen católico”, como se dice habitualmente, para ser un buen docente, un formador, un capacitador un administrador, o un buen profesional, o un buen obrero, o un buen comunicador. Es necesario el esfuerzo de la preparación, la formación, la habilidad técnica.

Se requiere competencia y eficiencia. Para ello hay que prepararse seriamente. Se debe huir de la improvisación pero; sin olvidar lo que dice San Pablo a los corintios: “la ciencia sola hincha y la caridad edifica" .

La acción del cristiano en el mundo no es sólo una cuestión técnica, es también algo íntimamente unido a su vida personal. Para ser eficaz en la pastoral educativa debe darse una coherencia en todos los momentos y aspectos de su personalidad: como fiel, como padre o madre de familia, como profesional, como responsable en la vida social, respetuoso de la ley en deberes y derechos.

La teoría o la práctica de la doble verdad, que sostiene que la profesión, los negocios, la política se realizan prescindiendo de las convicciones religiosas, puede ser una fuerte tentación de querer separar la religión de toda realidad humana, No será sencillo ser testigos de la fe, ante un neopaganismo apático de lo trascendente, que “nivela para abajo”, y se deslumbra con la imagen, la  superficialidad, la grosería y lo vano.  

El docente es un comunicador inmerso en la historia

El cristiano comprometido en el apostolado educativo debe conocer la realidad de la sociedad en la que vivimos, no solamente a través de una lectura, que podríamos llamar fotográfica, limitándose a registrar lo que sucede ante nuestros ojos, sino intentando ir un poco más a fondo para recoger las raíces de los fenómenos que observamos. Se trata de comprender las razones de fondo que están en el origen de algunos comportamientos. Veremos que existen presupuestos culturales que informan el pensamiento y el modo de obrar de las personas. Se hace necesario una lectura de la realidad, un trabajo de discernimiento –como expresamos más arriba- para interpretar el significado de los acontecimientos.

Debe conocer las ideas, correctas o erróneas (toda idea puede tener algo de verdad) que circulan en el mundo y de alguna manera lo dirigen. Debe conocer las causas y los componentes que han influido en la configuración de las ideologías. Debe conocer las condiciones objetivas, espirituales y materiales en que viven los adolescentes-jóvenes de  nuestro tiempo y su entorno, cuál es el cuadro cultural, económico, político en el que se encuentran. Debe conocer las razones de las protestas contra la situación actual.  

El docente católico: peregrino del cielo con los pies en la tierra

Somos mujeres y hombres de fe por eso confiamos este gran desafío, al Maestro interior: El  Espíritu Santo, que anima a la apertura y a la comunión entre los hombres, invitando a la aceptación de la diversidad, propiciando el encuentro, haciéndonos artesanos del diálogo y la comunión  implicándonos como iglesia, a recrear continuamente la cultura del encuentro, con el mundo y la sociedad.

El horizonte de la Iglesia como el de Jesús es el Reino, de allí la importancia de que la Iglesia pronuncie su voz: como peregrinos del cielo, pero con la mente abierta, el corazón en la mano y los pies sobre la tierra. La articulación de todo diálogo debe nacer de la apertura al Espíritu, Maestro de comunicación, El puede vencer  con su auxilio todo lo que nos atemoriza y detiene, todo lo que divide y separa, para hacer crecer el espíritu de la verdad y de unidad, para que el mundo crea.   

María Santísima Nuestra Señora de la Paz, “mujer sin retórica”, la que supo escuchar al gran comunicador, al Espíritu Santo.

 María, mujer de no muchas palabras pero oportunas, que supo discernir entre tantos comentarios de pueblo, la Palabra verdadera. María, la del sí como un susurro, que se convertiría en el gran hecho comunicado y comunicador de la historia.

María que pacientemente enseñó al niño y adolescente Jesús, a ella le decimos confiadamente: queremos que nos acompañes en este desafío de la evangelización de nuestros colegios católicos, para llegar a los que  se sienten parte y a los que no se sienten parte del redil.

María mujer sin retórica, líbranos del aplauso, del estremecimiento instantáneo y de la intoxicación de las palabras. Haz que nuestra comunicación parta de la solidez de los valores y llevando el perfume del silencio y de la palabra oportuna, trasunte la apertura de la tolerancia, el don de la libertad de espíritu y la verdad en la caridad que el creador nos ha insuflado.

Con mi bendición para todos.

Mons. Jorge Rubén Lugones SJ, obispo de Lomas de Zamora
Lomas de Zamora, 17 de febrero de 2011.

LPNE Nº 40, CEA 1990
Juan Pablo II, en “Mane Noviscum Domine” Nº 27
Benedicto XVI, Mensaje para la XLV Jornada mundial de las comunicaciones sociales
Ibid
Ibid
1 Co 8, 1 ss. 


Publicado por verdenaranja @ 22:43  | Hablan los obispos
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 Lectio divina para el domingo octavo del tiempo ordinario - A, ofrecida por la Delegación Diocesana de Liturgia de la diócesis de Tenerife.

LECTURA:              “Mateo 6, 24‑34”

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Nadie puede estar al servicio de dos amos. Porque despreciará a uno y querrá al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero.

Por eso os digo: no estéis agobiados por la vida pensando qué vais a comer, ni por el cuerpo pensando con qué os vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido? Mirad a los pájaros: ni siembran, ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos? ¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida?

¿Por qué os agobiáis por el vestido? Fijaos cómo crecen los lirios del campo: ni trabajan ni hilan. Y os digo que ni Salomón, en todo su fasto, estaba vestido como uno de ellos. Pues si a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se quema en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por vosotros, gente de poca fe? No andéis agobiados pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Los paganos se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre del cielo que tenéis necesidad de todo eso.

Sobre todo buscad el Reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura. Por tanto, no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le bastan sus disgustos.

MEDITACIÓN:              “Buscad el Reino Dios”

            Es una hermosa lectura la que me regalas en este domingo, Señor, cargada de sugerencias. Pero la acojo de un modo especial, como una especie de continuación de la que me regalabas el domingo anterior. En ella me invitabas a mirar a mi Padre Dios para aprender de él y hoy, un poco en la misma línea, me sigues invitando a fiarme de él. Y es que claro, no puedo imitar a alguien de quien no me fío. Por eso era importante tu empeño anterior. Si Dios es mi Padre como no estar convencido de que se preocupa de mí. Sí, ya sé que no significa que la vida esté hecha y no tenga que ocuparme de nada. Como decía alguien, Dios da de comer a los pájaros pero no les pone la comida en el nido.

            Señor, creo entender tu mensaje. Por supuesto que tenemos que poner empeño y esfuerzo en conseguir con nuestro trabajo lo necesario para vivir con dignidad y contribuir a que los demás lo puedan tener, pero en el orden primordial de la existencia quieres recordarme que, antes que todo lo material, está todo aquello que me permite ser hombre, ser humano, y que es lo que, al fin y al cabo, termina haciendo posible que yo y todos los demás tengamos lo necesario para vivir con dignidad, algo que todavía no conseguimos.

            Por eso es importante el orden que estableces. Si no ponemos por delante tu Reino de amor y de justicia, todo lo demás se nos cae de las manos, y creo que no hace falta más que miremos a nuestro alrededor; más fácil aún, que me mire a mí mismo, a mi interior y a mi entorno, y que descubra, con toda la sinceridad de la que sea capaz, qué pasa cuando mi única preocupación no camina un tanto más allá de mí mismo, Lo tengo claro, el día que me “agobie” tanto en vivir los valores de tu Reino, como me preocupo de conseguir que no me falte mi vestido y mi alimento, mi vida dará un giro y los que viven mi alrededor palparán las consecuencias. A veces lo consigo, y es bonito y bueno para todos. 

ORACIÓN:               “El valor de lo esencial”

            Señor, soy consciente de que muchas veces me agobio por lo que no debía agobiarme y me despreocupo de aquello que debía ser el centro de mis preocupaciones, y luego me quejo de muchas cosas que vivo y percibo como mal. Enséñame  a descubrir el valor de lo esencial, de lo que genera corriente de bien, porque eso es lo que da sentido auténtico a la vida.

            Y, sobre todo, ayúdame a descubrirlo y vivirlo como gozo. Y recordar que, al final, lo importante no es lo que otros puedan considerar primordial, sino lo que yo descubro que lo es mirándote a ti. Porque yo sé seguro que tú sólo buscas mi bien, nuestro bien.

CONTEMPLACIÓN:                “En ti”

Siempre camino
delante de mis pasos,
sufriendo o gozando
lo que todavía
no es ni ha sido,
empeñado en vivir
lo que la vida
no me ha dado
ni pueda asegurar
el alcanzarlo.

Y en esa desazón
de vivir lo imaginado
me llega serena tu voz
 cada mañana
invitándome a vivir mi hoy
en ti confiado.


Publicado por verdenaranja @ 22:33  | Liturgia
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Lectio divina para el domingo séptimo del tiempo ordinario - A, ofrecida por la Deleación Diocesana de Liturgia de la diócesis de Tenerife.

LECTURA:      “San Mateo 5, 38‑48”

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Sabéis que está mandado: «Ojo por ojo, diente por diente.» Pues yo os digo: No hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también la capa; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehuyas.

Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y calumnian. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos y manda la lluvia a justos e injustos.

Porque si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los paganos? Por tanto, sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto.

MEDITACIÓN:              “Como vuestro Padre”

            No sé, señor, si podemos utilizar estas categorías que tú nos dejas. Antes un padre, una madre, eran un punto de referencia, ahora ya no sabemos qué decir. De pequeños, al menos, cuando aún mantenemos la inocencia, queremos ser como nuestros padres porque son lo mejor que tenemos como referencia. Por eso, cuando nos invitas a ser como “nuestro Padre”, parece que tenemos que preguntarnos si me interesa parecerme a este Padre.

            Pero, sean como sean nuestros sentimientos, tú nos invitas a mirar a nuestro Padre Dios y a encontrar en él el modelo a quien imitar. De este Padre sólo puede brotar lo bueno, en él sólo cabe el amor, independientemente de nuestra respuesta. En Dios sólo cabe la dicha del amor gratuito, aunque le puedan doler nuestros desprecios, y no tanto por él sino por el mal que nos genera a nosotros mismos y el que nos lleva a generar a los demás.

            Podemos argumentar que no es fácil, pero la realidad es que la dificultad la ponemos nosotros mismos. Lo que nos propones es un ideal que sería maravilloso si fuésemos, si fuese capaz de hacerlo vida. En realidad es el camino auténtico de la felicidad que tan ansiosamente buscamos pero que tan difícilmente encontramos. Porque, al final, la felicidad de alguien, mi felicidad, no la puedo hacer depender de las respuestas que recibo, sino de las actitudes de bien que salen de mi propio corazón.

            Sí, es verdad que duele y decepciona que alguien te haga mal sin motivos, o responda negativamente a tus esfuerzos, la vida está llena de experiencias así, pero la experiencia de ser capaz de responder con bien es lo más humanizador que uno puede experimentar y realizar.  Sí, claro que me cuesta y me duele, me ha costado y me ha dolido en muchas ocasiones, pero sabiendo la infinita distancia que me separa sigo empeñado, desde tu invitación, a parecerme a mi Padre.         

 ORACIÓN:                 “Quiero parecerme”

            A veces me da la sensación de que me pides imposibles, pero son unos imposibles tan atractivos que cada vez que te escucho despiertas los mejores deseos en mi corazón. Sí, Señor. Quiero parecerme a mi Padre, quiero parecerme a ti. Me da vergüenza decirlo sabiendo cómo me conoces; pero, sí, aunque no lo consiga nunca, quiero parecerme.       Dame tu fuerza y, sobre todo, que no ceje en el empeño. Muchos que me conocen en mi verdad me puedan recordar las distancias, puede ser que hasta mi propio engaño, pero, Señor, que sea siempre tu palabra la que me guie y mantenga vivo mi empeño.

CONTEMPLACIÓN:               “Tu beso de vida”

Has derramado
como lluvia fecunda
el agua de tu gracia
en mi corazón baldío,
y el sol de tu amor
se empeña en calentar
mis entrañas frías
hasta llamarme hijo,
cuando no soy capaz
de sentirte Padre.

Pero tú, sentado
a la vereda de mi camino,
me sigues amando
como el primer día
en que me cogiste en brazos
y me diste tu beso de vida.


Publicado por verdenaranja @ 22:28  | Liturgia
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Reflexión de José Antonio Pagola para el evangelio del domingo octavo del Tiempo Ordinario - A, ofrecido por la Delegación Diocesana de Enseñanza de la diócesis de Tenerife.

LO PRIMERO 

         «Sobre todo, buscad el reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura». Las palabras de Jesús no pueden ser más claras. Lo primero que hemos de buscar sus seguidores es "el reino de Dios y su justicia"; lo demás viene después.  ¿Vivimos los cristianos de hoy volcados en construir un mundo más humano, tal como lo quiere Dios, o estamos gastando nuestras energías en cosas secundarias y accidentales?

         No es una pregunta más. Es decisivo saber si estamos siendo fieles al objetivo prioritario marcado por Jesús, o estamos desarrollando una religiosidad que nos está desviando de la pasión que llevaba él en su corazón. ¿No hemos de corregir la dirección y centrar nuestro cristianismo con más fidelidad en el proyecto del reino de Dios?

         La actitud de Jesús es diáfana. Basta leer los evangelios. Al mismo tiempo que vive en medio de la gente trabajando por una Galilea más sana, más justa y fraterna, más atenta a los últimos y más acogedora a los excluidos, no duda en criticar una religión que observa el sábado y cuida el culto mientras olvida que Dios quiere misericordia antes que sacrificios.

         El cristianismo no es una religión más, que ofrece unos servicios para responder a la necesidad de Dios que tiene el ser humano. Es una religión profética nacida de Jesús para humanizar la vida según el proyecto de Dios. Podemos "funcionar" como comunidades religiosas reunidas en torno al culto, pero si no contagiamos compasión ni exigimos justicia, si no defendemos a los olvidados ni atendemos a los últimos, ¿dónde queda el proyecto que animó la vida entera de Jesús?

         Tal vez, la manera más práctica de reorientar nuestras comunidades hacia el reino de Dios y su justicia es comenzar por cuidar más la acogida. No se trata de descuidar la celebración cultual, sino de desarrollar mucho más la acogida, la escucha y el acompañamiento a la gente en sus penas, trabajos y esperanzas. Compartir el sufrimiento de las personas nos puede ayudar a comprender mejor nuestro objetivo: contribuir desde el Evangelio a un mundo más humano.

         En su primera encíclica, Juan Pablo II, recogiendo una idea importante del Concilio Vaticano II, nos  recordó a los cristianos cómo hemos de entender la Iglesia. Lo hizo de manera clara. "La Iglesia no es ella misma su propio fin, pues está orientada al reino de Dios del cual es germen, signo e instrumento". Lo primero no es la Iglesia, sino el reino de Dios. Si queremos una Iglesia más evangélica es porque buscamos contribuir desde  ella a buscar un mundo más humano. 

José Antonio Pagola 

Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
27 de febrero de 2011
8 Tiempo ordinario (A)
Mateo 6, 24-34


Publicado por verdenaranja @ 16:56  | Espiritualidad
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ZENIT publica el comentario al Evangelio del próximo domingo, octavo del tiempo ordinario (Mateo 5, 24-34), 27 de febrero, redactado por monseñor Jesús Sanz Montes, ofm, arzobispo de Oviedo. 

Evangelio del domingo: Confiados ante una Belleza 

El Evangelio de este domingo nos debe provocar. No se trata de la provocación que humilla, sino la que nos permite despertar. Jesús, en esa larga explicación que está haciendo de las bienaventuranzas, llega a un punto particularmente desconcertante: ¿hasta cuándo te fías verdaderamente de Dios? ¿hasta qué punto crees en su mirada y en sus manos para explicar la Divina Providencia?

Toda la predicación de Jesús, hecha de signos, milagros y palabras, pasaban por la vida real, esa que tiene circunstancia, morada y edad. Unas veces serán los lirios y las flores como hoy nos relata el texto evangélico, o los pájaros y sus nidos, otras el juego de los niños en la plaza del pueblo, o la pobre viuda con su pobre e infinita limosna, o el corazón bueno que se escondía detrás de pecadores públicos como Zaqueo o la Magdalena. Sí, Jesús era un observador atento de las cosas que ocurrían, y a través de todas ellas Él leía lo que en esas páginas de la vida escribían las manos del Padre Dios.

No os agobiéis, porque hay Alguien más grande que vela por vosotros. No hagáis del dinero ni de ningún otro ídolo se llame como se llame su poder, su placer o su tener, el aliado falso de una imposible felicidad según una mezquina medida. Es entonces cuando Jesús abre la ventana de la realidad, cuya belleza inocente y gratuita nadie ha podido manchar: los lirios del campo. O las avecillas que vuelan zambullidas y seguras en el aire de la libertad. Él ha puesto en nuestra manos el talento para trabajar y en nuestro corazón la entraña de compartir con los demás.

No invita este evangelio a una pasividad irresponsable y crédula, sino a una confianza operosa. Porque cuando nos llega la prueba, el dolor físico o moral, cuando nos hacemos mil preguntas y parece que nadie es capaz de responder, ni de abrazar, ni siquiera de acompañar, nos sentimos morir de algún modo. Pero todo eso sólo tiene la penúltima palabra, por dura y difícil que sea: es sólo la palabra penúltima. Lo que en verdad genera una alegría que nadie puede arrebatarnos es la espera y la esperanza de poder escuchar la palabra final sobre las cosas, ésa que Dios mismo se ha reservado. Y entonces, como dice Jesús, ya no preguntamos más, ni nos agobiamos. Sólo damos gracias conmovidos por ver nuestro corazón lleno de la alegría para la que fue creado. Lo dice también el salmo: Dios nos quitará los lutos y sayales, para revestirnos por dentro y por fuera de danza y de fiesta. Es la confianza que se despierta ante la belleza de una Presencia como la de Dios, que se deja entrever y balbucir con mesura y discreción en los rincones de la vida que nos da.


Publicado por verdenaranja @ 10:51  | Espiritualidad
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viernes, 25 de febrero de 2011

Reflexión a las lecturas del domingo octavo del Tiempo Ordinario - A, hecha por el sacerdote don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DIA DEL SEÑOR".

ECOS DEL DIA DEL SEÑOR

Domingo 8ª del Tiempo Ordinario A

La liturgia de estos domingos nos presenta el Sermón de la Montaña en su conjunto, pero no íntegramente. Después de la lectura continua del cap. 5, el texto de hoy se extrae del capítulo 6 y el del domingo próximo del cap. 7. Es conveniente tenerlo en cuenta, para suplir, si queremos, la lectura íntegra que no es posible hacer estos domingos.

Los primeros cristianos, entre los que habían esclavos, entendían perfectamente que no se puede estar al servicio de dos amos. Como los discípulos de Cristo entendemos que no podemos “servir” a Dios y al dinero…

Los cristianos tenemos la dicha de que nuestro amo es el Padre del Cielo…

El nos ama de modo infinito. Nosotros nos acercamos a ese Misterio inefable de su amor con la imagen del amor del padre y también con el amor de una madre, como nos invita a considerarlo la primera Lectura de este domingo: “¿Es que puede una madre olvidarse de su criatura, no conmoverse por el hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvide, yo no te olvidaré”. ¡El amor de Dios es más grande y más fuerte que cualquier tipo de amor, incluso, el de la madre!

¿Nos imaginamos lo que significa amar de modo infinito? Siempre. Pase lo que pase. ¿Aunque no respondamos al  Amor?

La clave para resolver los “agobios” de los que nos habla el Evangelio de hoy está en la consideración del amor que Dios nos tiene. Como nos enseña S. Juan: “Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él”. (1Jn 4, 16).

Si tenemos esa certeza como un ancla clavada en el alma, no andaremos agobiados por la vida pensando qué vamos a comer, ni por el cuerpo pensando con qué nos vamos  a vestir…

“Ya sabe vuestro Padre del cielo que tenéis necesidad de todo eso”. “Los paganos se afanan por esas cosas”.

Además es inútil agobiarse, nos dice el Señor, porque “¿Quién de vosotros, a base de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida?”.

Y para adentrarnos más y más en esa confianza esperanzada, el Señor nos pone unos ejemplos muy sencillos y muy hermosos: “Mirad a los pájaros: ni siembran, ni siegan, ni almacenan.” “No valéis vosotros más que ellos?”.

“Fijaos cómo crecen los lirios del campo: ni trabajan ni hilan. Y os digo que ni Salomón, en todo su esplendor, estaba vestido como uno de ellos”.

“Pues si a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se quema en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por vosotros, gente de poca fe?”.

Los ejemplos no pueden ser más bellos ni más convincentes.

Todos tenemos experiencia, a lo largo de nuestra vida, de lo  que el Señor nos enseña… En cada uno surgen algunos “ecos” de esa experiencia. Cuántas cosas podríamos contar…

Pero el Señor no nos dispensa del trabajo o del estudio, del ahorro, de una cierta preocupación por el futuro de cada uno y de los dependen de nosotros. Lo que no quiere es que andemos “agobiados”…

Hoy, mis queridos amigos, la gente anda tensa, agobiada, obsesionada, sin tiempo para nada, pendiente de lo material hasta el extremo, dejando por el camino, tareas importantes, a veces, fundamentales, sin hacer…  Unos no tienen trabajo desgraciadamente, pero otros no tienen tiempo de atender todo lo que tienen.

¿Quién no ve la necesidad, más todavía, la urgencia de lograr un mayor sosiego, otro tipo de vida? ¿Vale la pena vivir así?

Nos olvidamos, incluso, de que tenemos que morir, que todo esto lo tenemos que dejar algún día. Que, tal vez, más pronto que tarde… Porque aparece una enfermedad incurable y…

Por algo, nos decía el Señor que no podemos servir a Dios y al dinero…

S. Pablo decía: “Teniendo alimentos y con qué cubrirnos,  contentémonos con esto”.(1Tim 6, 8)

¿Entonces qué hacer? ¿Dónde está la solución de una problemática tan urgente y tan grave?

Aquí está: “Sobre todo buscad el Reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura”.

¡Qué impresionante! ¡Qué equilibrio tan enorme! ¡Qué solución más clara y hasta más fácil. Los seguidores de Jesucristo siempre tenemos ventaja… Los que tenemos la dicha de creer y de confiar en Él en medio de todas las crisis… ¡¡Lo hemos encontrado!! “Buscad el Reino de Dios y su justicia”.

Es decir, abrir el corazón a los valores del Reino de los cielos que Jesucristo ha venido a traer a la tierra y cuyo mensaje central, fundamental, estamos escuchando estos domingos.

Hagamos lo que Dios quiere, cumplamos sus mandatos… pero todos… Y ya está… ¡¡Todo lo demás vendrá por añadidura!! Porque “su justicia”, valores del Reino son el trabajo, el estudio, la empresa, el dinero, la economía, la política… Pero hay más. Porque también son valores del Reino, la oración, la Palabra de Dios, la formación cristiana propia y de los hijos… ¿Y cómo vamos a tener la fortaleza y la energía para llevarlo todo a cabo, si no nos acercamos con frecuencia a los sacramentos?

¡Gracias sean dadas a Dios por su don inefable! (2Co 9, 15) 

Con estos pensamientos y sentimientos, les deseo feliz Día del Señor.


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Homilía de monseñor Raúl Martorell, obispo de Puerto Iguazú, para el sexto domingo durante el año (13 de febrero de 2011). (AICA)

«HE VENIDO A DAR CUMPLIMIENTO A LA LEY Y LOS PROFETAS»             

La fidelidad a la Ley de Dios es uno de los temas centrales del Antiguo Testamento. El hombre fiel vive para cumplirla y la lleva inscripta en su corazón. Esta fidelidad implica siempre un acto libre: “si tú quieres, guardarás los mandamientos y permanecerás fiel, si no quieres no los guardarás y eso es cosa de tu propia libertad, vida o muerte están ante ti y se te dará lo que tú prefieras” (Ecl.15,15-16) Como vemos, es vital para Dios que el hombre guarde su libertad, ya que ella es la dignidad mayor que recibe de parte de Dios. Vida o muerte son elegidas por el hombre y se le dará lo que él prefiera y esto depende de la aceptación y seguimiento de la ley divina. Es como decir que el que sigue y cumple la ley del Señor tendrá vida y el que la rechaza caerá en la muerte. Por lo tanto la vida como la muerte son frutos de una opción personal. Como el hombre es libre, es responsable de sus acciones. Dios a nadie manda ser impío, a nadie impulsa a dar la espalda a la ley o le da licencia para pecar.

Dios ama al hombre con amor eterno, le ama y le protege, le cuida como la gallina cuida de sus polluelos y requiere que sea responsable de sus actos, actos que en su libertad ejecute para el bien de su vida. El amor y la fidelidad a la ley constituyen la justicia y la santidad del hombre y del pueblo de Israel. Sin embargo la ley no era aún perfecta. Los judíos la habían materializado demasiado, la habían cosificado y por eso ellos mismos pensaban que Jesús había venido a abolirla. Jesús les enseña que, por el contrario, él ha venido a darle cumplimiento, enseñando que ella debe ser profundizada y llevada al interior del corazón del hombre. Toda su mente y todo su corazón deben estar empeñados en el cumplimiento de la ley. “Habéis oído a vuestros antepasados decir….más yo os digo”, así expresa San Mateo los perfeccionamientos de la ley, realizados por Jesús. No basta por ejemplo “no matar” sino que debe brotar del corazón el amor a la vida, sentimientos de amor por ella. El que guarda ira o rencor hacia su hermano es como si lo matase en su corazón. No basta abstenerse de actos contra la ley, hay que eliminar hasta los pensamientos y deseos malos, pues el que los acepta en su interior, ya ha pecado (Mt. 5,28), ha asesinado o ha cometido adulterio.

El perfeccionamiento de la ley consiste en hacerla interior, no sólo a la justicia externa que todos ven, sino también y fundamentalmente a los movimientos íntimos del corazón y de la mente que sólo Dios conoce. Solamente la Sabiduría de Dios -Jesús- podía dar el sentido profundo de la ley, perfeccionarla y darle su último sentido. Así también es necesario que el cristiano se deje penetrar por la Sabiduría del Evangelio, que no es la sabiduría de este mundo, sino la de Dios y en su libertad elija lo bueno, justo y bello para sí y para los demás. El cristiano debe buscar a Dios aunque ello implique la Cruz de Cristo, misterio de amor y de sufrimiento redentor en la vida, eligiendo la vida de Dios y no el pecado o la muerte, aunque éstas parezcan más fáciles de vivir.

Dios nos ha dado la libertad como don precioso de la vida. No para que por ella desperdiciemos la virtud, la integridad, la justicia y la paz; sino para que sepamos -acompañados por la gracia de Dios- elegir y optar por el bien, la verdad y la virtud, aunque nos cueste. Solo así seremos hombres y mujeres de Dios, responsables y respetados.

Que María Santísima nos acompañe en la opción por la verdad y la vida.  

Mons. Marcelo Raúl Martorell, obispo de Puerto Iguazú 


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Mensaje de monseñor José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz, para la Cuaresma 2011. (AICA)

CUARESMA 2011

Queridos hermanos:

Cada año Cuaresma nos invita a un tiempo de reflexión y oración, para avanzar en el camino de nuestra conversión y crecimiento espiritual. La meta de este camino es, en palabras del apóstol: "revestirse del hombre nuevo, creado a imagen de Dios en la justicia y en la verdadera santidad" (Ef. 4, 24). No nos habla de un ideal creado por nosotros o hecho a nuestra medida, sino de Jesucristo, "el hombre nuevo".

Esta simple afirmación es la base y el núcleo de todo proyecto de vida cristiana. Nuestra mirada debe dirigirse a él. Renovar nuestro encuentro con Jesucristo es, precisamente, el comienzo de una vida nueva. Esto hace que la fe no sea la seguridad de un conjunto de verdades, sino la vivencia y el gozo de una presencia que todo lo transforma.

Nuestra mayor amenaza, nos decía el Santo Padre: "es el gris pragmatismo de la vida cotidiana en el cual aparentemente todo procede con normalidad, pero en realidad la fe se va desgastando y degenerando en mezquindad" (Ap. 12). Esta reflexión, que nace de su visión de la vida de la Iglesia, tiene el valor de un juicio que nos interpela pero también de una palabra profética que nos anima. Qué importante que sepamos leerla! No quedarnos en el comentario de un juicio, sino destinatarios de una palabra que nos debe llevar a revisar y examinar nuestra vida y compromisos. No se trata de un juicio cerrado y sin horizontes, sino que nos presenta un camino: "A todos nos toca recomenzar desde Cristo". Esto es lo profético, saber que Él es el camino de nuestra verdad y el motivo de nuestra esperanza.

La fe es un don que nos introduce en el misterio de Dios, fuente de nuestra vida y vocación; en él descubrimos el sentido de nuestra existencia. Es la fe la que nos hace partícipes de la mirada de Jesucristo. Sólo desde él, y por obra del Espíritu Santo, podemos comprender el significado profundo de lo que somos como acto personal del amor creador de Dios; ella nos introduce en el ámbito de la sabiduría divina. El don de la fe que debemos agradecer tiene, además, la exigencia de un compromiso eclesial que debemos asumir. Fe y vida no son dimensiones paralelas en el misterio de Dios, sino llamado y vocación para el hombre. Cuaresma es un tiempo propicio, por ello, para detenernos a reflexionar sobre nuestro ser y presencia en la vida de la Iglesia.

No podemos separar la fe cristiana del compromiso eclesial. No es posible separar a Jesucristo de su Cuerpo, la Iglesia. En ella nacimos a la fe, y es ella quién nos convoca para vivir y predicar el Evangelio a nuestros hermanos. La Iglesia no es una idea a la que adherimos, sino una realidad concreta que se nos presenta en la fragilidad de lo humano y de la que somos parte por el bautismo. Ella no debe ser en primer lugar objeto de nuestra crítica por sus debilidades, aunque es necesario saber hacerlo cuando es un acto de amor y en el marco que corresponde, sino el lugar providencial donde estoy llamado a vivir mi vocación cristiana. ¡Cuánta pertenencia nominal a la Iglesia, y que poca participación en lo concreto de su vida y misión! La comunión en la Iglesia local y la participación en su camino pastoral son el primer signo de la presencia del Espíritu Santo, que nos orienta a vivir el proyecto de Jesucristo.

Aparecida viendo esta realidad en la Iglesia nos ha planteado, para fortalecer nuestra pertenencia y renovar el ardor apostólico, la riqueza teológica y pastoral de la Iniciación Cristiana, que nos hace descubrir desde el bautismo y la eucaristía la dimensión discipular y misionera de nuestra vocación en la comunidad cristiana. "Este es el gran desafío en este tiempo", decíamos en la carta sobre la Misión Continental (5). ¿Cómo hacer renacer el celo apostólico en quienes vivimos la seguridad de la fe en un contexto de ideas cristianas? ¡Cuántas ausencias y lugares vacíos hay en la Iglesia! ¡Cuánta debilidad apostólica presentan nuestras comunidades! Creo que la respuesta está en la línea de aquella exhortación pascual del apóstol a: "revestirse del hombre nuevo, creado a imagen de Dios". Se trata de hacer vida el contenido de la fe que profesamos. "La relación que une al discípulo-misionero con Jesús no es, en primer lugar, de orden intelectual, sino la adhesión a su Persona por la fe" (Benedicto XVI). Este es el comienzo de una real conversión y de una fecunda vida eclesial.

Es importante, para ello, preguntarnos en este tiempo de Cuaresma, por el nivel con el que asumimos el ideal de nuestra vida cristiana en lo concreto de la Iglesia. Hay una medianía espiritual que quita entusiasmo y profundidad a todo proyecto de conversión personal, como de compromiso eclesial. Estamos bien, pero la Iglesia en nosotros se va adormeciendo, pierde su ardor apostólico. No nos pensamos, diría, desde un Dios que nos llama a una vida de santidad en la entrega, ni tampoco desde una Iglesia que espera de mi presencia y compromiso. Cuántas veces nos pensamos desde nosotros y desde nuestros pequeños proyectos personales. El comienzo de aquel "revestirnos del hombre nuevo….", nace de una respuesta generosa de fe a una Palabra que la he recibido como personal, dicha para mí. Debemos poner el acento no tanto en la búsqueda mezquina de nuestra realización, sino en la escucha y obediencia a esa Palabra que va a ser la causa profunda de nuestra realización, aunque nos parezca que nos saca de esa rutina en la que nos sentimos seguros. La fe es confianza en Dios.

En este contexto de reflexión y oración quiero concluir con el llamado que nos dirige Aparecida, luego de aquella mirada crítica pero esperanzada sobre nuestra vida en la Iglesia. No podemos quedarnos tranquilos, nos dice, en una espera pasiva: "¡Necesitamos salir al encuentro de las personas, familias.., para comunicarles y compartir el don del encuentro con Cristo que ha llenado nuestra vida de sentido! (Ap. 548). Para ello, para convertirnos en una Iglesia llena de ímpetu y audacia evangelizadora: "tenemos que ser de nuevo evangelizados y fieles discípulos". No podemos sentirnos satisfechos, ni dar nada por presupuesto y descontado: "Todos los bautizados estamos llamados a recomenzar desde Cristo, a reconocer y seguir su Presencia con la misma novedad, el mismo poder de afecto, persuasión y esperanza, que tuvo su encuentro con los primeros discípulos a las orillas del Jordán" (549). No es posible una Iglesia nueva, sin un encuentro siempre nuevo con Jesucristo. La fe no es nostalgia del pasado sino la presencia de una Vida Nueva que nace de un encuentro.

Queridos hermanos, sintámonos miembros vivos de la Iglesia que con nosotros va  a ingresar en este tiempo de gracia y conversión. Muchas cosas van a depender a lo largo de este año del espíritu de "discípulos y misioneros" que logremos actualizar y celebrar en la Cuaresma. La Iglesia necesita que sus hijos se revistan "en la justicia y en la verdadera santidad", para ser testigos vivos del hombre nuevo que nace en Jesucristo. Que María Santísima, Nuestra Madre de Guadalupe, acompañe nuestro camino cuaresmal. Amén. 

Mons. José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz
Los Algarrobos, Cuaresma 2011 


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DOMINGO 8 DEL TIEMPO ORDINARIO
27 de Febrero de 2011

La gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y de Jesucristo, el Señor, estén con todos vosotros.

Hermanas y hermanos, sed bienvenidos. Como cada domingo, Jesucristo nos invita a la mesa de la Palabra y de la Eucaristía. Hoy, además, nos llama a librarnos de las preocupaciones que nos entristecen y desasosiegan. Así, podremos servir con más libertad al Señor en los hombres y mujeres que nos rodean, especialmente los más desvalidos. Y podremos hacerlo con la serenidad y la paz que nos vienen del Espíritu.

A. penitencial: Al comenzar esta celebración, reconozcamos las preocupaciones que nos alejan de Dios y de nuestros hermanos y hermanas. Y, arrepentidos, pidamos la misericordia del Señor.

- Defensor de los pobres: SEÑOR, TEN PIEDAD.
- Refugio de los débiles: CRISTO, TEN PIEDAD.
- Esperanza de los pecadores: SEÑOR,TEN PIEDAD.

1. lectura (lsaías 49,74-75): Sentémonos y dispongámonos a escuchar un fragmento del libro de Isaías. Acostumbrados a tratar a Dios como padre, dejémonos sorprender
por el profeta que habla de Él como madre. Después, en el salmo, cantaremos la confianza y seguridad que sólo encontramos en el Señor.

2. lectura (7 Corintios 4, 7 -5): En el texto que ahora vamos a escuchar, san Pablo nos llama a ser sólo servidores de Cristo y a no juzgarnos mutuamente. Sólo Dios conoce los deseos e intenciones del corazón.

Antes del aleluya (ev.: Mateo 6,24-34): Hoy escucharemos otro fragmento muy conocido del sermón de la montaña. Jesucristo nos pide que pongamos el fundamento de nuestra existencia en Dios, que no perdamos la confianza y la paz a causa de las preocupaciones cotidianas. Dios nunca nos abandona. Pongámonos de pie y aclamemos al Señor con el canto del Aleluya.

Oración universal: Presentemos al Padre nuestra oración, seguros de que la acogerá con benevolencia. Unámonos a cada petición, diciendo: TE LO PEDIMOS, SEÑOR.

Para que gobierne y conserve a su Iglesia, OREMOS AL SEÑOR.

Para que asista al Papa, a los obispos, a los presbíteros ya los diáconos en su servicio, OREMOS AL SEÑOR.

Para que conceda paz y concordia a todos los pueblos de la tierra, OREMOS AL SEÑOR.

Para que acoja a los difuntos en su Reino, OREMOS AL SEÑOR.

5. Para que ... OREMOS AL SEÑOR.

Para que nos dé alegría para servirle en paz y confianza, OREMOS AL SEÑOR.

Oh Dios, tú que amas a todos, concédenos lo que te hemos pedido con humildad. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Padrenuestro: Sintiéndonos pobres y confiando plenamente en el Señor, que nos da el pan necesario de cada día, nos atrevemos a decir:

 

CPL


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INTENCION MISIONERA - “Para que el Espíritu Santo dé luz y fuerza a las comunidades cristianas y a los fieles perseguidos o discriminados a causa del Evangelio en tantas regiones del mundo” - Comentario a la Intención Misionera de marzo 2011

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) – La persecución ha sido algo connatural a la Iglesia desde su fundación. Casi podemos decir que es parte de su esencia. Desde que el Señor dijo: “si a Mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán” (Jn 15, 20), todo fiel cristiano, y toda comunidad cristiana debe saber que será objeto de persecución. El Santo Padre Benedicto XVI reafirma esta idea cuando dice: “La Iglesia sigue el mismo camino y sufre la misma suerte de Cristo, porque no actúa según una lógica humana o contando con las razones de la fuerza, sino siguiendo la vía de la Cruz y haciéndose, en obediencia filial al Padre, testigo y compañera de viaje de esta humanidad” (Mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones 2009, n.4).


San Agustín decía: “La luz, que es amable a los ojos sanos, es odiosa a los enfermos”. La Iglesia, cuando vive fielmente el mensaje de Cristo, llega a ser verdaderamente “luz del mundo”, y por eso, produce incomodidad en los ojos enfermos. Cuando la Iglesia predica el Evangelio sin recortes, se convierte en “sal de la tierra” que produce escozor en las heridas. No podemos pasar por alto que cada uno de nosotros debe también poner su vida a la luz del Evangelio y sufrir el escozor de la sal, puesto que debemos vivir en constante espíritu de conversión, dejando de lado las incoherencias que frecuentemente acompañan nuestra vida. De otra manera, seremos solamente sal que se ha desvirtuado, y que ya no sirve sino para ser arrojada en el camino, para que la pisen los que pasan por él.


La persecución estuvo presente en la vida de Jesús y de la Iglesia naciente. En la época en que se escribió el libro del Apocalipsis, la Iglesia vivió un tiempo de persecución, tribulación y desconcierto para la Iglesia (cf. Ap 1, 9). Pero en la visión del apóstol S. Juan se proclama una palabra de esperanza: “No temas, soy yo, el Primero y el Ultimo, el que vive. Estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la Muerte y del infierno” (Ap 1, 17-18).
Junto a la presencia constante de Cristo, que ha vencido el sufrimiento y la muerte con su resurrección, la Iglesia encuentra la fuerza para perseverar, aún en medio de la persecución, en el don precioso del Espíritu Santo: “Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, y seréis mis testigos” (Hc 1, 8). El Espíritu asiste con el don de fortaleza a quienes tienen que manifestar su fe en Cristo en medio de la oposición, y sostiene a los creyentes para que puedan llegar al testimonio supremo del martirio, si fuera necesario.


Que este Espíritu, que es luz y fuerza divina, sostenga a nuestros hermanos que viven sometidos a la prueba de la persecución. Y que este mismo Espíritu anime nuestra oración para que sea sincera, ardiente y comprometida. Las formas de persecución son diversas en las distintas partes del mundo. En algunos países se utiliza la violencia física, la coacción, las amenazas. En las culturas occidentales de hoy, se utiliza la burla, el descrédito, el insulto y se intenta ridiculizar todo lo cristiano. Que el Espíritu Santo haga de los católicos testigos auténticos de Cristo, coherentes con el Evangelio, hombres que no se acomodan a este mundo (cfr. Rom. 12, 2). Sólo quien está dispuesto a sufrir por la confesión del nombre de Cristo, puede ser verdaderamente discípulo suyo.


Por lo tanto, oremos en este mes, por nuestros hermanos perseguidos, y para que nuestra oración sea sincera, estemos dispuestos a compartir algo de sus sufrimientos por la confesión del Señor crucificado y resucitado. (Agencia Fides 25/2/2011)

 


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jueves, 24 de febrero de 2011

Homilía de monseñor Carmelo Juan Giaquinta, arzobispo emérito de Resistencia, para el sexto domingo durante el año (13 febrero 2011). (AICA)

EL SERMÓN DEL MONTE: LA LEY NUEVA DEL CRISTIANO                

Mt 5,17-37 

1. El Evangelio de hoy comienza con la afirmación de Jesús: “No piensen que vine para abolir la Ley o los Profetas. Yo he venido… a dar cumplimiento” (Mt 5,17).

En el lenguaje bíblico, la palabra “Ley” significa el conjunto de la Sagrada Escritura. Por ejemplo, cuando Jesús dice: “De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas” (Mt 22,40). En cuanto al sentido de la palabra “cumplimiento”: los Evangelios, y especialmente Mateo, afirman que en Jesús se cumplen las Escrituras. Lo que en ellas está anunciado proféticamente, se hace realidad en él: “Todo eso sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por el Profeta…” (Mt 1,22). Este es un principio fundamental para interpretar la Escritura. 

II. UNA SANTIDAD SUPERIOR A LA DE LOS ESCRIBAS Y FARISEOS 

2. En el pasaje de hoy, Jesús nos enseña no sólo que él vino a dar cumplimiento a la Escritura, sino que también su discípulo lo ha de hacer: “El que no cumpla el más pequeño de estos mandamientos, y enseñe a los otros a hacer lo mismo, será considerado el menor en el Reino de los Cielos. En cambio, el que los cumpla y enseñe, será considerado grande en el Reino de los Cielos” (v. 19). Esta frase y la que sigue podrían inducirnos a pensar que Jesús se inclina por una interpretación literal de la Escritura, al estilo de muchos fariseos: “Les aseguro que no desaparecerá ni una i ni una coma de la Ley, antes que desaparezcan el cielo y la tierra, hasta que todo se realice” (v.18). Pero evitemos desgajar el párrafo del resto del Sermón de la Montaña y del Evangelio de Mateo. Jesús no se presenta como uno de aquellos fariseos que, en su obsesión por observar la Ley, inventaban interpretaciones caprichosas: “¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que cierran a los hombres el Reino de los Cielos! Ni entran ustedes, ni dejan entrar a los que quisieran” (Mt 23,13). Él se manifiesta como el Maestro “humilde y paciente”, del cual aprender, “porque mi yugo es suave y mi carga ligera” (Mt 11,29-30). Su Evangelio nada tiene que ver con una vivencia literal de la Escritura, que los Apóstoles, después de Pentecostés, criticaron como “un yugo que ni nuestros padres ni nosotros pudimos soportar” (Hech 15,10). 

3. Lejos de Jesús proponer una moral rigorista. Pero tampoco propone una laxista. Él nos propone una moral de plenitud, capaz de configurarnos con él que, con su vida, muerte y resurrección, es el perfecto cumplidor. A él le importa que su discípulo también cumpla y realice en plenitud la Palabra de Dios. Y, por tanto, en forma muy superior a como lo hacían los escribas y fariseos: “Si la justicia de ustedes no es superior a la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos” (Mt 5,20). En todo el Sermón de la Montaña, Jesús nos orienta hacia la meta que escucharemos el domingo próximo: “Ustedes sean perfectos como es perfecto su Padre que está en el cielo” (Mt 5,48). Si olvidásemos esto, no entenderíamos nada del Evangelio de Jesús. 

III. “SE DIJO A LOS ANTEPASADOS… PERO YO LES DIGO…” 

4. Que Jesús propone el cumplimiento de la Ley de Dios comprendida en plenitud, lo apreciamos en los párrafos que siguen. Él toma seis de los mandamientos promulgados por Moisés, relacionados con el prójimo, y los reinterpreta en sentido más profundo. En este domingo, lo hace con el 5°, 6° y 8° mandamientos del Decálogo, y suprime una disposición sobre el divorcio. Otros dos serán leídos y considerados el domingo próximo: “Ustedes han oído que se dijo a los antepasados: ‘No matarás... Pero yo les digo que todo aquel que se irrita contra su hermano, merece ser condenado por un tribunal’… Ustedes han oído que se dijo: ‘No cometerás adulterio’. Pero yo les sigo: El que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón… También se dijo: ‘El que se divorcia de su mujer, debe darle una declaración de repudio’. Pero yo les digo: El que se divorcia de su mujer,… la expone a cometer adulterio” (Mt 5,21-22.27-28.31-32).  

IV. “CUANDO USTEDES DIGAN ‘SÍ’, QUE SEA ‘SÍ’” 

5. El último de los mandamientos que Jesús reinterpreta es el octavo, referido al juramento: “Ustedes han oído que se dijo a los antepasados: ‘No jurarás falsamente’…” (5,33-38). El párrafo merecería una seria reflexión sobre el valor que los cristianos damos hoy a la palabra empeñada, al sí matrimonial, a los votos religiosos, a las promesas sacerdotales. Según Jesús el hablar del discípulo es sagrado: “Cuando ustedes digan ‘sí’, que sea ‘sí’” (v. 37). Si el cristiano rompiese habitualmente su palabra, el “Amén”, al final de su oración o al recibir la Comunión, sonaría a mentira.  

6. Todas las rupturas de la palabra de un cristiano son dolorosas. Pero existe hoy una forma de degradación de la palabra a la que hay que prestar atención, pues es demoníaca: delatar al hermano en la fe mediante el uso de anónimos por Internet. Es digno de condenación el que emite el anónimo, pero también el que lo acepta. La reforma de la Iglesia sólo puede venir por la corrección fraterna, como nos lo enseña Jesús (Mt 7,1-5; 18,15-17), y no por iniciativas espurias contrarias a la fe. 

Carmelo Juan Giaquinta, arzobispo emérito de Resistencia 


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Homilía de monseñor Luis T. Stöckler, obispo de Quilmes para la el sexto domingo durante el año (13 de febrero de 2011). (AICA)

JUSTICIA SUPERIOR             

Jesús no deja ninguna duda de que su enseñanza no es una contraposición al judaísmo, sino su verdadera comprensión. Él no cuestiona la ley y los profetas, sino la manera de interpretarlos. La moral del cristianismo no reemplaza el decálogo sino lo comprende desde su raíz, que es el amor. Y cómo hay que entender el amor,  lo mostró Jesús por su propia vida. Él es la ley en persona y el profeta por excelencia. Contemplándolo a Él, comprendemos lo que es la justicia superior del Reino de Dios.

El Reino de Dios es la comunión entre todos. No es posible entrar mientras guardamos nuestras aversiones, prejuicios, rencores y mezquindades. No es suficiente no matar físicamente a nadie, dice Jesús; hay que erradicar la irritación contra el hermano y llegar con él a la reconciliación antes de presentarse ante el altar. No alcanza con no llegar al adulterio en hechos concretos; hay que ser fiel en el deseo íntimo. La palabra empeñada en el matrimonio vale para siempre. No hay que afirmarla con juramento. Simplemente, que el “sí” sea sí. Porque si su cumplimiento  no nace de un corazón recto, a la infidelidad se agregaría todavía la blasfemia.

Las exigencias del Reino son fuertes, pero posibles. Si confiamos en Dios, Él actuará en nosotros para poder aceptar ciertas  frustraciones en nuestro afán de sentirnos realizados; o como dice Jesús, arrancar el ojo y cortar la mano que nos tientan. Es ésta la sabiduría de la cruz que San Pablo anuncia hoy a los corintios: “aquella que ninguno de los dominadores de este mundo alcanzó a conocer”. “Si quieres”, dijo el libro del Eclesiástico anteriormente, “puedes observar los mandamientos y cumplir fielmente lo que agrada al Señor. Sus ojos están fijos en aquellos que lo temen”.  Hemos de sentir la mirada de Cristo, como Pedro en el momento en que lo estaba negando en el patio del sumo sacerdote. Amargamente lloró el apóstol cuando salió; pero después, fue capaz de dar la vida por el Señor.

Uno de los impulsos que dio Juan Pablo II a la nueva evangelización, fue la promulgación de muchos santos que en tiempos pasados y recientes han dado el testimonio de las Bienaventuranzas; personas de los más diversos estratos sociales, hombres y mujeres, jóvenes y niños que han permitido que Jesús los transformara.  Y nos recordaba insistentemente que todos estamos llamados a la santidad; es la razón de nuestra vida. “Imitar la santidad de Dios, tal y como se ha manifestado en Jesucristo, su Hijo, no es otra cosa que prolongar su amor en la historia, especialmente con respecto a los pobres, enfermos e indigentes” (Ecclesia in America, 30). “El conocimiento concreto de este itinerario se obtiene principalmente mediante la Palabra de Dios; la lectura de la Biblia, acompañada de la oración” (id. 31).

Hagámoslo, hermanos y hermanas, para que el Reino avance. 

Mons. Luis T. Stöckler, obispo de Quilmes 


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ZENIT nos ofrece el discurso que el Papa Benedicto XVI dirigió a los participantes de la Asamblea General de la Fraternidad sacerdotal de los misioneros de san Carlos Borromeo, con motivo de la celebración del 25 aniversario de la fundación de la comunidad, en la Sala Clementina del Palacio Apostólico, el  sábado 12 de Febrero de 2011.

Queridos hermanos y amigos,

os recibo con gran alegría a vosotros, sacerdotes y seminaristas de la Fraternidad de san Carlos, que habéis venido aquí a celebrar el 25º aniversario de su nacimiento. Saludo y agradezco al fundador y superior general, monseñor Massimo Camisasca, su consejo, y a todos vosotros, parientes y amigos, que formáis parte de esta comunidad. En particular, saludo al arzobispo de la Madre de Dios de Moscú, monseñor Paolo Pezzi y a don Julián Carrón, presidente de la Fraternidad de Comunión y Liberación, que constituyen simbólicamente los frutos y la raíz de la obra de la Fraternidad de san Carlos. Este momento me trae a la memoria la larga amistad con monseñor Luigi Giussani y testifica la fecundidad de su carisma.

En esta ocasión, querría responder a dos preguntas que nuestro encuentro me sugiere: ¿cuál es el lugar del sacerdote ordenado en la vida de la Iglesia? ¿Cuál es el lugar de la vida común en la experiencia sacerdotal?

Vuestro nacimiento del movimiento Comunión y Liberación y vuestra referencia vital a la experiencia eclesial que esto supone, ponen delante de nuestros ojos una verdad que se ha ido reafirmando con particular claridad desde el s.XIX en adelante y que ha encontrado una significativa expresión en la teología del Concilio Vaticano II. Me refiero al hecho de que el sacerdocio cristiano no es un fin en sí mismo. Ha sido querido por Jesús en función del nacimiento y vida de la Iglesia. Cada sacerdote, por tanto, puede decir a los fieles parafraseando a san Agustín: Vobiscum christianus, pro vobis sacerdos. La gloria y la alegría del sacerdocio consiste en servir a Cristo y a su Cuerpo Místico. Esto da a lugar a una vocación bellísima y particular en el interior de la Iglesia, que hace presente a Cristo, porque participa del único y eterno Sacerdocio de Cristo. La presencia de vocaciones sacerdotales es un signo seguro de la verdad y de la vitalidad de una comunidad cristiana. Dios, de hecho, llama siempre, también al sacerdocio; no hay un crecimiento verdadero y fecundo en la Iglesia sin una auténtica presencia sacerdotal que la sostenga y la alimente. Por tanto estoy agradecido a todos los que dedican sus energías a la formación de sacerdotes y a la reforma de la vida sacerdotal. Como sucede para toda la Iglesia, también el sacerdocio tiene la necesidad de renovarse continuamente, encontrando en la vida de Jesús las formas más esenciales del propio ser.

Los diversos caminos para esta renovación no pueden dejar de lado algunos elementos irrenunciables. Antes que nada una educación profunda en la meditación y en la oración, vividas como un diálogo con el Señor resucitado presente en su Iglesia. En segundo lugar, un estudio de la teología que permita encontrar la verdad cristiana en la forma de una síntesis ligada a la vida de la persona y de la comunidad: sólo una mirada sabia puede, de hecho, valorar la fuerza que la fe posee para iluminar la vida y al mundo, guiándolos continuamente a Cristo, Creador y Salvador.

La Fraternidad de san Carlos ha destacado, durante el transcurso breve de su historia, el valor de la vida en común. Yo también he hablado muchas veces en mis intervenciones y después de mi llamada al trono de Pedro. “Es importante que los sacerdotes no vivan aislados en cualquier parte, sino que estén juntos en pequeñas comunidades, que se sostengan unos a otros y que hagan así experiencia de estar unidos en su servicio a Cristo y en la renuncia por el Reino de los Cielos, y que tengan así mayor conciencia de ello” (Luz del mundo, Ciudad del Vaticano, 2010, 208). Las cosas más urgentes están a nuestra vista en este momento. Pienso por ejemplo, en la carencia de sacerdotes. La vida en común no es antes que nada, un estrategia para responder a esta necesidad. No es, ni siquiera, en sí misma, sólo una forma de ayuda frente a la soledad y a la debilidad del hombre. Todo esto puede existir, ciertamente, pero sólo si se concibe la vida fraterna como camino para sumergirse en la realidad de la comunión. La vida en común es, de hecho, expresión del don de Cristo que es la Iglesia, y está prefigurada en la comunidad apostólica, que ha dado lugar a los presbíteros. Ningún sacerdote administra algo suyo, sino que participa con otros hermanos en un don sacramental que viene directamente de Jesús.

La vida en común, por este motivo, expresa una ayuda que Cristo da a nuestra existencia, llamándonos a través de la presencia de los hermanos, a una configuración cada vez más profunda a su persona. Vivir con otros significa aceptar la necesidad de la propia y contínua conversión y sobre todo descubrir la belleza de este camino, la alegría de la humildad, de la penitencia, y también de la conversación, del perdón mutuo, de sostenerse mutuamente. Ecce quam bonum et quam iucundum habitare fratres in unum (Sal 133,1).

Nadie puede asumir la fuerza regenerante de la vida en común sin la oración, sin mirar la experiencia y enseñanzas de los santos, en concreto en las de los Padres de la Iglesia, sin una vida sacramental vivida con fidelidad. Si no se entra en el diálogo eterno que el Hijo mantiene con el Padre en el Espíritu Santo, no es posible una auténtica vida en común. Es imprescindible estar con Jesús para poder estar con los demás. Este es el corazón de la misión. En compañía de Cristo y de los hermanos, cualquier sacerdote puede encontrar las energías necesarias para poder atender a los hombres, para hacerse cargo de las necesidades espirituales y materiales con las que se encuentra, para enseñar con palabras siempre nuevas, que vienen del amor, las verdades eternas de la fe de las que también tienen sed nuestros contemporáneos

Queridos hermanos y amigos, ¡continuad yendo por todo el mundo para llevar a todos la comunión que nace del corazón de Cristo! ¡La experiencia de los Apóstoles con Jesús sea siempre el faro que ilumine vuestra vida sacerdotal! Animándoos a continuar en el camino marcado en estos años, con gusto imparto mi bendición a todos los sacerdotes y seminaristas de la Fraternidad de san Carlos, a los Misioneros de san Carlos, a sus familiares y amigos.


[Traducción del original italiano por Carmen Álvarez
©Copyright 2011 Libreria Editrice Vaticana]


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38201. La Laguna. Tenerife.
Tfno. 922-25 86 40 / Extensión 8
e-mail: comunicacionobispadodetenerife@gmail.com

Boletín 424 

LAS NOTICIAS AMPLIADAS PUEDEN VERLAS ENTRANDO EN NUESTRO BLOG. Textos, sonidos, e imágenes los tienen en: http://www.comunicacionobispadodetenerife.blogspot.com/ 

Esta semana se ha venido desarrollando una nueva edición de la cátedra ética-política centrada, en esta ocasión, en la candente cuestión del cristianismo y la laicidad. El ponente, Agustín Domingo Moratalla. En nuestro blog pueden ustedes encontrar referencia ampliada del contenido de estas jorandas.  

Por su parte, la isla de La Gomera también acogerá durante los días 24 y 25 de febrero, un Ciclo de Ética y Política en el Aula Teológica “Padre Torres Padilla”. “Modelos de ciudadanía en una sociedad global” y “Del secularismo a la secularidad: del testimonio personal al compromiso institucional”.  

Por otro lado, en el salón de actos de la Escuela Oficial de Aparejadores, se celebró en la isla de El Hierro la II Jornada de Ética y Política, organizada una vez más por el ISTIC y el Aula Teológica “Virgen de los Reyes”. La conferencia de inauguración versó sobre el “Tratamiento cinematográfico de los Derechos Humanos” y estuvo a cargo de Tomás Herrera. 

También en la isla del meridiano se desarrolló un nuevo curso de liturgia para los agentes de pastoral.  

Durante las próximas fechas y hasta el dos de marzo se espera recibir en la Vicaría General, la síntesis realizada por los arciprestazgos en la evaluación del PDP. Igualmente han de remitir su propia síntesis y propuestas de futuro las distintas delegaciones, grupos, movimientos, comunidades religiosas, etc.  

La delegación de Manos Unidas en la diócesis organizó un acto conmemorativo por la entrega del Premio Príncipe de Asturias a la institución. Dicho acto contó con la presencia de la presidenta nacional Myriam García Abrisqueta. 

El Santo Padre ha nombrado obispo de la diócesis de Ebebiyín en Guinea Ecuatorial a Juan Nsue Edjang Mayé, hasta ahora párroco de la parroquia de Nuestra Señora del Carmen y de María Auxiliadora en la isla de Bioko. Cabe resaltar que Nsue realizó sus estudios eclesiásticos en el Seminario Diocesano de Tenerife y se licenció posteriormente en Toledo. 

"Y a ti... ¿Te importa la familia?" Si la respuesta es "sí", puede que estés interesado en asistir, el próximo sábado, 26 de febrero a una jornada de formación sobre "La Pastoral Familiar en las parroquias" dirigida por Ramón Acosta Peso, médico especialista en odontoestomatología. Se trata de una iniciativa que se desarrollará en la parroquia de Cuevas Blancas, durante la mañana y tarde del sábado. Para inscribirse es necesario contactar con el sacerdote Juan Carlos González, llamando al 659 940 714.  

En la web del obispado pueden encontrar la oferta que la Delegación de liturgia ha hecho para la venidera cuaresma. Desde este departamento se propone la preparación de la pascua bajo el lema: “Alguien te espera” 

Ya se conoce el material para la tradicional campaña del Día del Seminario. Una ocasión, cada año, para toda la diócesis en general y para nuestras parroquias en particular para dar gracias a Dios por el sacerdocio y pedir a su vez el don de la vocación para que jóvenes se consagren al servicio del pueblo de Dios. La campaña de este año nos propone como lema «Sacerdote, regalo de Dios para el mundo». Los sacerdotes no hacen otra cosa que repartir los dones y regalos de Dios siguiendo el ejemplo de Jesús, que se dio totalmente y sin límites.Para acceder a todo el material (guión liturgico, reflexión teológica pastoral) pinchar en http://www.conferenciaepiscopal.nom.es/ 

Entre las acciones que el Cabildo gomero ha programado para ayudar a las pequeñas empresas de construcción de la Isla se encuentra el proyecto para la terminación de la ermita de Candelaria, en Vallehermoso, que en su día quedó inacabada por falta de dotación presupuestaria, y a la que este año se destinan 76.000 euros, que harán posible recuperar la tradición del lugar, en el que antiguamente había otra construcción religiosa. 

El pasado miércoles finalizó el curso de iniciación al voluntariado que ha llevado a cabo Cáritas en la barriada García Escámez (Arciprestazgo de Ofra). Los contenidos de este curso básico de iniciación al voluntariado en Cáritas han sido: identidad, misión y organización de Cáritas, el voluntariado en Cáritas, la pobreza y sus causas, etc. 

La Real Academia de Bellas Artes de Cádiz ha aceptado como miembro y le ha impuesto la medalla de académico al sacerdote canario, Julio Sánchez cuyo libro dedicado al obispo Juan Bautista Cervera se presentó en el curso de la sesión.

Ya han dado comienzo los actos de conmemoración de la creación de la parroquia de Santo Domingo de Guzmán, en Güímar. El primer acto de la efemérides fue la lectura del Acta de Creación de la parroquia por el Cronista Oficial de Güímar, el doctor Octavio Rodríguez Delgado para, finalizada la eucaristía, proceder a la presentación de un tríptico divulgativo sobre los valores históricos y artísticos del templo Los actos de celebración se prolongarán hasta el próximo mes de agosto. 

En  la Casa de la Iglesia tuvo lugar un nuevo curso promovido por la Delegación Diocesana de Pastoral Misionera. La oferta llevó por título: la Comunidad (Koinonia) y participaron en la misma treinta y cinco agentes de pastoral de distintas comunidades de Tenerife y La Palma. Enrique Vilar y Carmen Abate fueron los responsables de guiar este cursillo de capacitación para evangelizadores.  

Un nuevo encuentro de Cáritas joven tendrá lugar durante los días 26 y 27 de febrero en la casa Manresa, en Tacoronte. En el mismo podrán participar jóvenes a partir de 14 años. Se trata de una experiencia enfocada a avivar el espíritu solidario y compartir experiencias entre jóvenes de diferentes arciprestazgos. 

 La Casa de Los Lagares localizada en Tafira Alta, en Gran Canaria, ha dispuesto un sugerente planning de ejercicios espirituales para el próximo verano, destinado a sacerdotes, religiosos/as y laicos. Las opciones son las siguientes: Del 3 al 11 de julio, ejercicios dirigidos por Antonio Fenoll, s.j; del 15 de julio al 13 de agosto, ejercicios dirigidos por Pedro Cambreleng s.j.  y David Fagundo s.j quienes también dirigirán una nueva tanda del 18 al 26 de septiembre. Los interesados en participar en alguno de los mencionados retiros pueden comunicarlo llamando a cualquiera de estos números: 928-350094;  619-228772; 695-352881. 

La presidenta de "Justicia y Paz" en Tenerife, Carmen Luisa González, ha escrito una carta en donde comparte con todas las personas cercanas, inquietas y comprometidas con los objetivos de esta comisión, el gozo de que “Justicia y Paz” lleve 10 años de andadura en nuestra Diócesis, desde su creación, por el entonces Obispo, Felipe Fernández. Por otro lado, González ha informado que la Comisión General de Justicia y Paz de España ha decidido celebrar sus Jornadas Anuales de este año 2011 en Tenerife, en el Colegio de San Ildefonso de Santa Cruz, los días 1 y 2 del próximo mes de abril. 

Del 5 al 15 de marzo se desarrollará la 45º Peregrinación Diocesana a Tierra Santa, una iniciativa dirigida por el sacerdote Juan Carlos Alameda. 

Organizado, una vez más, por las parroquias del norte de la isla de La Gomera, un buen número de miembros de las comunidades parroquiales de Hermigua, Agulo, Valle Gran Rey y S. Sebastián, se desplazaron a Tenerife a fin de visitar distintos enclaves religiosos. 


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Desde la Pastoral Juveni de la diócesis de Tenerife nos envian  esquema de  vigilia para Cuaresma 2011, que, al ser un esquema,  puede ser adaptarla a cada  realidad.

“ATRAERÉ A TODOS HACIA MI”  

PARA LA PREPARACIÓN 

Se desarrolla en una capilla adaptada. En forma de gran plaza se coloca en un lugar visible la imagen de Cristo crucificado de tamaño grande, de tal manera que sea accesible para poder llegar a ella y realizar un   gesto. Con velas pequeñas se ilumina el lugar, de forma que quede en penumbra todo el ambiente. El Cristo puede estar iluminado con un foco de tipo cañón. De las manos del Cristo penden largas cintas de tela de diversos colores que servirán para realizar un gesto durante la celebración.

Los participantes están sentados alrededor. No se les reparte cancioneros, dado que no es posible poder leer en ese ambiente sin luz. A medida que van entrando se van colocando en su sitio. Un fondo musical estará puesto desde el principio y va creando ambiente.

MATERIALES 

Alargador de luz eléctrica.
Mantas en el suelo para sentarse
Reproductor de cd y música de oración
Foco (tipo cañón)
Cristo crucificado (en lugar visible a todos)
Linternas para leer los textos.
Textos para lectores
Cintas de colores que cuelguen de las manos del Cristo en las que estarán escritas palabras de compromiso ( caridad, perdón, oración, solidaridad, fidelidad…)Velas encendidas en torno al Cristo.
Tijeras para cortar las cintas. 

1. MOTIVACIÓN

Se realiza en una sala distinta de la capilla, antes de pasar a la oración. En la capilla debe estar todo preparado. En la sala se motiva la celebración con estas o semejantes palabras, después de un tiempo prudencial de ensayo de cantos. 

Buenas noches/tardes: 

En este tiempo de oración queremos acercarnos hasta  Jesús de Nazaret, el maestro, el único protagonista de nuestro encuentro, el que nos ha seducido con su vida. No vamos a tener prisas con Él en este rato. 

Porque se trata de estar con Él. Nuestra vigilia de oración no tiene otras pretensiones. Evitemos el efectismo, que busca lo bonito y acaba olvidando al Señor. Superemos el cansancio, dejando que el Espíritu encienda en nosotros el deseo del encuentro con el Señor. Acudamos a su presencia con humildad, derramando nuestro corazón herido ante su presencia. No nos escondamos ante su mirada por miedo o por comodidad. No cerremos nuestros labios ante sus oídos comprensivos. No dejemos que se enfríe nuestro corazón ante su corazón de fuego. Vamos a ir juntos a su presencia. 

Hace días comenzamos la cuaresma, tiempo de cambio que nos invita a la conversión. Tiempo para mejorar, tiempo para acercarnos al corazón de Jesús. Tiempo para dejar espacio para el Amor. Pero… ¿Qué quiero cambiar, Señor? ¿En qué me puedo convertir? ¿En qué actitudes quiero que entre tu amor?

Convertirse es cambiar, es reconciliarse, es mirar en otra dirección, más allá, más lejos, más profundo. Convertirse es arriesgar por el amor, es apostar por un mundo mejor en el que vivamos en sintonía con Jesús.  Por ello, dejémonos amar por él, y así convertirnos desde el fondo.  

Con estos deseos de cambio acerquémonos a la Palabra de Dios, ella es la que ilumina nuestros pasos y con ella aprendemos a  amar  más a nuestros hermanos. Abramos el corazón y acojamos a nuestro Señor 

2. CANTO DE INTRODUCCION (canto de Cuaresma a elegir por cada grupo)

3. ORACIÓN 

Una vez pasado el desconcierto que se puede originar hasta que los participantes estén acomodados y hayan entrado en ambiente, se hace pausadamente esta oración o incluso se puede entonar creando un clima de paz y tranquilidad.  

                                      ORACIÓN DE SANTA TERESA  

                                      Nada te turbe, nada te espante
                                      Quien a Dios tiene nada le falta

                                      todo se pasa, Dios no se muda,
                                      la paciencia todo lo alcanza,
                                      quien a Dios tiene nada le falta
                                               sólo Dios basta.

                                      Nada te turbe, nada te espante;
                                      quien a Dios tiene nada le falta.
                                      Nada te turbe, nada te espante;
                                               sólo Dios basta.

 

4. PALABRA DE DIOS  

Terminado el canto se deja un instante de silencio para preparar la  interiorización. Pasado éste, se proclama de forma muy clara y lenta, el texto del Evangelio 

Dijo Jesús: 

Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el labrador. Todo sarmiento que en mí no lleva fruto, lo cortará; y a todo aquel que dé fruto, lo podará para que dé mas fruto.

(Espacio de silencio) 

... Permaneced en mí como yo en vosotros. Así como el sarmiento no puede producir fruto si no está unido a la vida, así tampoco vosotros podéis dar fruto si no estáis unidos a mí....                               

(Espacio de silencio) 

Yo soy la vida y vosotros los sarmientos. Quien está unido a mí y yo a él, ése da mucho fruto. Porque sin mí no podeís hacer nada...

(Espacio de silencio) 

Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando.  En adelante, ya no os llamaré siervos, porque el siervo no conoce lo que hace su señor. Desde ahora os llamo amigos, porque os he dado a conocer todo lo que he oído a mi Padre (Jn 15, 1-15)

(Espacio de silencio) 

Dijo Jesús:

Te pido que todos sean uno, Padre, lo mismo que tú estás en mí y yo en ti, que también ellos estén unidos a nosotros; de este modo, el mundo podrá creer que tú me has enviado. Yo les he dado a ellos la gloria que tú me diste a mí, de tal manera que puedan ser uno, como lo somos nosotros. Yo en ellos y tú en mí, para que lleguen a la unión perfecta, y el mundo pueda reconocer así que tu me has enviado y que los amas a ellos como me amas a mí. Padre, yo deseo que todos estos que tú me has dado puedan estar conmigo donde esté yo, para que contemplen la gloria que me has dado, porque tú me amaste antes de la creación del mundo@ (Jn 17,21-24) 

PALABRA DE DIOS 

5. REFLEXION DE LA PALABRA DE DIOS


6. CANTO DE RESPUESTA A LA PALABRA 

COMO EL PADRE ME AMÓ,

YO OS HE AMADO.

PERMANECED EN MI AMOR (bis)

7. ORACIÓN COMPARTIDA 

Se lee entre dos personas haciendo una pequeña pausa después de cada expresión. Después se deja tiempo para que compartir de forma espontánea. 

Tú serás COMPAÑERO DE JESÚS 

Si te pones a la escucha de la Palabra de Dios y con la ayuda del Espíritu Santo vas descubriendo que tu vocación, aquello que Dios quiere de tu vida, pasa necesariamente por la entrega a  los demás. 

Si Cristo es tu mejor amigo y diariamente te comunicas con El, ya en oración particular, ya en la liturgia de la Iglesia a través de los sacramentos. 

Si en tu vida cristiana satisfaces tus principales necesidades básicas: la necesidad de convivir, de comunicarte, de amar y de ser amado, la necesidad de salir de la soledad, de ser acogido y de ser comprendido. 

Si la amistad profunda y sabrosa con Jesús tu amigo es una necesidad diaria en tu vida y no puedes pasar un día sin estar con El, pase lo que pase.

Si al llamar a Dios: ¡PADRE!, en tu corazón sientes a todos los hombres y mujeres como HERMANOS, de manera que no te cansas de vivir con las manos abiertas y con un corazón sin puertas. 

Si te mantienes fiel a Jesús a las duras y a las maduras, si te conviertes en esclavo y el servidor de todos y si haces de la acogida amistosa tu deber diario y vives para servir. 

Si valoras a los demás sin límites, los comprendes sin límites y los alegras a tope, experimentando que el amor todo lo soporta. 

Si eres capaz de perdonar siempre a todos y aceptas y comprendes al otro tal cual es y no como te gustaría que fuera, estando dispuesto a empezar siempre de nuevo

A continuación el grupo orante permanece en silencio para que en ese ambiente de oración se pueda interiorizar y personalizar.... Se invita además a que se añadan expresiones orantes... pero lo importante es ese clima que favorece el encuentro personal con el Señor... 

8. MOTIVACIÓN PARA EL GESTO ANTE CRISTO 

Tus brazos abiertos, Jesús, nos invitan a un abrazo común. Son una llamada a seguirte y a vivir en comunidad con todos los que te quieren seguir... Tus manos agujereadas se alargan queriendo llegar a todos, deseando volver a repetir el milagro de la curación con su toque divino... Tú nunca quisiste vivir sólo... Tú, Señor, nos necesitas porque nos amas con locura. Por eso te has querido quedar para siempre en medio de nosotros. Cada vez que nos reunimos dos o más en tu nombre, sabemos que eres tú quien nos atraes. Has cumplido lo que dijiste: Atraeré a todos a mí@

Nosotros también esta noche queremos decirte sí.... queremos vivir esta cuaresma como un tiempo de conversión.Te decimos con orgullo que puedes contar con nosotros. Queremos vivir en comunidad de vida. Te lo queremos expresar todos los que estamos aquí, mirándote ahí colgado en esa cruz, con las manos cosidas al madero con los clavos, pero con los brazos bien abiertos dispuestos a acoger, abrazar, perdonar y acariciar... 

(Dirigiéndose ahora a los participantes) Por eso, ahora os invito a todos vosotros, miembros de comunidades, a que volváis a manifestar ante Jesús de Nazaret, el maestro bueno, el Señor, vuestro compromiso de seguir en Él y con Él, entregándoos a vuestra comunidad. Renovad vuestro compromiso con un gesto sirviéndoos de las cintas que penden de las manos abiertas de Cristo. Cada uno, por tanto, os vais levantando cuando lo sintáis y expresáis vuestro compromiso de alguna manera. No lo hagáis con prisas, ni de manera maquinal. Poned el alma en ello. Estamos ante el Señor. (SE CORTAN TROZOS DE CINTA CADA CUAL EL QUE QUIERA) 

Se deja tiempo para que se realice el gesto. Debe ser un momento profundo, vivido sin prisas. Lo acompañamos con música ambiental y con cánones 

9. AMBIENTACIÓN DEL GESTO (cánones cantados) 

10. PADRENUESTRO 

Con una pequeña motivación por parte de quien dirige la oración, terminamos rezando la oración que expresa la comunión, el ser hijos y hermanos, la oración que Cristo nos enseñó. Lo hacemos uniendo todos las manos, poniendo las suyas sobre la cruz los que más próximos estén al Cristo. 

11. CONCLUSIÓN

Los participantes van terminando su oración. Quien lo desea puede seguir en la capilla. No hay prisas. Evitar ruidos innecesarios por parte de quienes van saliendo.


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martes, 22 de febrero de 2011

Homilía de monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas para el sexto domingo durante el año (13 de febrero de 2011). (AICA)

«NUEVAS PARROQUIAS Y VICARIAS»      

Nos vamos introduciendo en este año 2011 y la liturgia de cada domingo nos acompaña a que alimentemos nuestra fe en la cotidianidad de nuestra vida. El Evangelio de este domingo (Mt. 5,17-37), nos propone esta enseñanza directa que el Señor realiza a la multitud, y que en el texto de San Mateo empieza con las bienaventuranzas, y continua con diferentes exhortaciones de Jesucristo, el Señor. El señala que no vino a abolir la ley o los profetas, sino a darle cumplimiento:”les aseguro que si la justicia de Ustedes no es superior a la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos” (Mt. 5, 20).

La liturgia cotidiana y la Palabra de Dios se presenta exigente y replica en nuestro interior para tomar conciencia que ser cristiano no es solamente el cumplimiento de rituales. O bien una religiosidad sin consecuencias concretas en nuestro estilo de vida. Si el cumplimiento legal de nuestra vida cristiana no está impregnada de la existencia del Amor de Dios y del amor misericordioso a los hermanos, el Señor nos dice que será difícil que entremos en el Reino de los Cielos. Este es el gran desafío que necesita nuestro tiempo, muchas veces sumergido en estructuras de pecado que generan ambientes materialistas y mediocres, requiriendo de cristianos que sean verdaderos discípulos y misioneros de Jesucristo y testigos de la Vida.

Al iniciar el año podemos señalar algunos signos de esperanza en la tarea evangelizadora de nuestra diócesis, con la creación de nuevas Parroquias y Vicarias.

La semana pasada la creación de la nueva Parroquia de San Roque González de Santa Cruz con seis capillas que implican a mas de 20.000 habitantes, considerando que solo en la Sede de la misma hay 600 niños y adolescentes en las catequesis, nos indica la urgente necesidad de ser atendida por un sacerdote como Párroco y Pastor de la misma. También el domingo pasado hemos tenido el gozo de la creación de la nueva Parroquia San Benito en Posadas, implicando un ángulo de la ciudad populoso y que se extiende desde la Av. Jauretche y Ruta 12 hacia el lado del aeropuerto con la proyección de miles de viviendas que se construirán cerca del futuro puerto de Posadas en la zona de Nemesio Parma. Así como la constitución de la Vicaría “Beata Madre Teresa de Calcuta” en el Parque de la Salud Hospital Madariaga para el acompañamiento que miles de personas que diariamente, de la provincia y de otros lados concurren buscando distintas prestaciones y servicios de la salud. Finalmente la nueva Vicaría “Loreto-Santa Ana” con un sacerdote que se dedicará más cercanamente a acompañar los centros de espiritualidad de “Loreto” y “La Exaltación de la Cruz” en Santa Ana. Estos acontecimientos de vida eclesial revelan que todos debemos como Iglesia diocesana sentirnos comprometidos a asumir más radicalmente una dimensión misionera desde el lugar, vocación y misión que el Señor nos asigno.

En la reunión permanente de la C.E.A. de agosto de 2009, los Obispos argentinos publicamos una carta pastoral sobre la necesidad que en nuestro Continente y en nuestra Patria profundicemos la dimensión misionera de la Iglesia, y que creo oportuno recordar en esta carta dominical pensando en nuestras Parroquias y comunidades:”Para que la misión no quede solo en un gesto misionero, el gran desafío es el de renovar la pastoral ordinaria desde un estilo misionero. Para ello es fundamental poner la mirada en la Parroquia como institución privilegiada en la tarea evangelizadora”. Dice el documento de Aparecida:”La renovación de las Parroquias, al inicio del tercer milenio, exige reformular sus estructuras, para que sea una red de comunidades y grupos capaces de articularse logrando que sus miembros se sientan y sean realmente discípulos y misioneros en comunión. Debemos retomar con energía el proceso de la reforma y conversión de nuestras Parroquias. Cada Parroquia ha de renovarse en orden a aprovechar la totalidad de sus posibilidades pastorales para llegar efectivamente a cuantos le están encomendados” (27-28).

El Evangelio de este domingo nos pide que vivamos nuestro compromiso cristiano, estilo de vida y dimensión misionera con mayor radicalidad y donación.

¡Les envío un saludo cercano y hasta el próximo domingo!  

Mons. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas 


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Homilía de monseñor José María Arancibia, arzobispo de Mendoza, en la Misa de clausura de la Fiesta de Nuestra Señora de Lourdes (El Challao, 11 de febrero de 2011). (AICA)

LOURDES 2011          

1. La peregrinación a Lourdes es una experiencia de fe y de Iglesia

María convoca en este santuario a los fieles católicos de muchas partes. Cada persona y cada familia, llega con deseos de agradecer y de pedir. Vienen porque confían en María, como Madre y Señora, como intercesora ante su Hijo Jesucristo, único mediador y Salvador. La fe cristiana es precisamente: el encuentro con el Señor Jesús que ilumina, impacta y orienta toda nuestra vida. Un encuentro que siempre agradecemos y ansiamos afianzar, porque es regalo de Dios. María pertenece a nuestra fe, porque Dios mismo la eligió para darnos a Jesús su Hijo único, como salvador. Ella -llena de gracia-, concebida sin mancha, no sólo lo engendro y dió a luz en Belén, sino que hizo de su vida una peregrinación de fe en seguimiento y servicio al Señor. Así se hizo madre, señora y esperanza nuestra. Modelo y estímulo de un pueblo creyente.

La fe en Jesucristo nos hace hijos y hermanos en el pueblo de Dios, que es la Iglesia. En torno al Señor nos encontramos caminando y rezando; creciendo en espíritu filial y fraterno. La moción misteriosa de la fe nos atrae a este lugar, dedicado a honrar a María bajo la advocación de Lourdes. Venimos para expresar juntos la fe, para compartir con confianza nuestros ruegos, para comprometer nuestra vida en el seguimiento de Jesús y de su Evangelio. Este pueblo en marcha, creyente y orante, es la Iglesia de Jesucristo, a la que amamos mucho por ser presencia de Dios en medio de nuestra realidad humana pobre y pecadora. 

2. ¿Qué venimos a buscar? El pan de la Palabra, de la Eucaristía y de la alegría.

Caminamos como Iglesia, cantando y rezando. Así se manifiesta y crece la fe compartida. ¿Qué venimos a buscar? No sólo un lugar hermoso dedicado a María, donde cumplir promesas y presentar súplicas. Mucho aún.

Cantamos: “La Virgen María nos reúne, en nombre del Señor”. “Venimos a buscar el pan de la Palabra”. La Palabra de Dios que reconforta por dentro. El pan de la Palabra, que es espíritu y vida. Queremos conocer siempre más a Jesús, Palabra eterna y definitiva, que en su Evangelio se hace luz y camino de salud para todo hombre.

“Venimos a buscar el Pan sacramentado, el Cuerpo de Jesús Resucitado, que se nos da en comida, para entrar en comunión con Él y tener vida eterna. Para crecer en comunión con los hermanos y edificar el Cuerpo místico de Cristo. La Eucaristía sostiene la marcha y la completa, como encuentro cumbre con Jesús y la Iglesia. A ella nos lleva María, que supo ofrecerse con Jesús.

“Venimos a buscar el pan de la alegría”, fruto de la encuentro con el hijo de María. Como en Ella, la fe engendra alegría de sabernos queridos y perdonados por el Salvador. Nos hace pasar de las tinieblas a la luz admirable; de la soledad a su amistad incomparable.   

3. A María encomendamos este año el deseo de una vida plena

El año pasado, en esta fiesta, encomendamos a María la celebración del bicentenario de la Patria. Hoy se lo seguimos confiando, porque anhelamos edificar la Nación sobre la justicia y la solidaridad, que mucho deben crecer todavía.

Como Iglesia en Mendoza, traemos este año otras inquietudes semejantes. Quiero confiarlas a la virgen de Lourdes junto con ustedes.

La Iglesia en la Argentina ha llamado al 2011: AÑO DE LA VIDA. Necesitamos valorarla como regalo del Creador. Agradecerla y respetarla. Estamos hechos por Él. A su imagen y semejanza. Con una singular dignidad. Hechos para amarle y servirle. Para trabajar y aprovechar lo creado, en beneficio de todos. Es propio de esta hermosa vocación: buscar la verdad; amar con generoso corazón; estrechar vínculos fraternos y solidarios; vivir en justicia, amistad, y paz. Por el contrario, nos hacen indignos de la vida regalada: despreciar a cualquiera; matar al inocente; usar la violencia; valerse de la mentira y la corrupción; traicionar la justicia; desatender a las necesidades de los pobres y desvalidos.

Un repaso como éste puede desalentar, porque obliga a reconocer la herida profunda del corazón humano. Pero así entendemos también el don de la Vida que ofrece Jesús a quienes creen en Él. Jesús vino a buscar a los pecadores, para ofrecerles vida en abundancia. Vida hecha de reconciliación con Dios y con los hermanos; hecha de gracia y amistad, que se comparan a un nuevo nacimiento. Ésta es la esperanza que brota de la fe, y da lugar al intenso amor de caridad, que transforma el corazón.

Al valorar la vida, nos comprometemos a estimarla y defenderla. Aparece entonces otra inquietud que también hoy confío a María: LA EDUCACIÓN, en toda su amplitud y sus formas. La vida humana crece y se desarrollo a través de diversas formas de educación, a fin de que cada persona viva en plenitud y autentica libertad sus potencias y carismas. Pero muchas preocupaciones surgen a partir de la actual situación de “emergencia educativa”, como se ha llamado (DA 328). Como no pedir entonces a María, que asista a las padres de familia, docentes y directivos, educadores, catequistas y pastores, políticos y comunicadores sociales, con una gracia especial para atender a las necesidades urgentes de la educación. Vocaciones todas que requieren buena preparación, testimonio de vida, y recursos adecuados. Bastante se habla de una educación de calidad y para todos, pero mucho nos queda todavía por lograr. Asimismo de una nueva evangelización, que aun debemos impulsar.

Señora de Lourdes, que inspiraste un cambio profundo del corazón humano, que alentaste la oración constante, y el servicio a los pecadores y a los pobres, escucha la plegaria de este pueblo peregrino en Mendoza. 

Mons. José María Arancibia, arzobispo de Mendoza 


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Homilía de monseñor José Luis Mollaghan, arzobispo de Rosario, en la Fiesta de Nuestra Señora de Lourdes (11 de febrero de 2011). (AICA)

FIESTA DE NUESTRA SEÑORA DE LOURDES      

Queridos hermanos:

La fiesta de Nuestra Señora de Lourdes nos reúne nuevamente para dar gracias a Dios en este día de fiesta y para confiar nuevamente en su intercesión de Madre.  

El débil, el que sufre y el necesitado de cuidados deben estar en el centro de nuestra atención

La Iglesia celebra en este día de la Virgen, la Jornada mundial del enfermo, que en nuestro país conmemoramos en el mes de noviembre. Esta circunstancia, nos dice el Santo Padre Benedicto XVI recordando al Siervo de Dios Juan Pablo II, se convierte en una ocasión para reflexionar sobre el misterio del sufrimiento y, sobre todo, para acercar y sensibilizar más a nuestras comunidades y a la sociedad civil con respecto a los hermanos y las hermanas enfermos. Si cada hombre es nuestro hermano, dice el Papa, con mayor razón el débil, el que sufre y el necesitado de cuidados deben estar en el centro de nuestra atención, para que ninguno de ellos se sienta olvidado o marginado. De hecho, «la grandeza de la humanidad está determinada esencialmente por su relación con el sufrimiento y con el que sufre (Mensaje del enfermo, 2011). 

Las lecturas de la Palabra de Dios

Las lecturas de la Palabra de Dios que acabamos de escuchar nos permiten admirar la grandeza de la Virgen María en el plan de salvación, y su cercanía maternal hacia nosotros.

“Que el Dios altísimo te bendiga hija mía, más que a todas las mujeres de la tierra” (Judth 13, 18) cantamos en el salmo responsorial, tomado del libro de Judith. Y en la primera lectura del Profeta Isaías recordamos que el amor de Dios llega a nosotros como el consuelo de una madre, que lleva en sus brazos a los niños de pecho y los acaricia sobre las rodillas (Isaías 66, 12); cuya bondad y ternura, se refleja en su Iglesia, y en la maternidad de María.

En el Evangelio de hoy, que acabamos de proclamar, cuando Jesús cambia el agua en vino, aparece sobresaliente la ternura de la Virgen, que intercede en el primer milagro de su Hijo, anticipado por su intercesión con signos de misericordia. Así como Jesús, ante el ruego de su Madre anticipa su hora, así también esperamos que suceda cada vez que Ella intercede por nosotros. 

Amar y servir la vida naciente desde el seno materno; sin descuidar a las madres, y a los niños ya nacidos.

En este día, queremos pedir de un modo particular por todos los enfermos, dado que la Virgen está tan cerca de la salud de quienes necesitan y acuden con confianza a su intercesión. Por esto, hoy también unimos nuestras súplicas pidiendo por la vida; por toda la vida humana, y en especial por la vida naciente en el seno materno; y por eso decimos confiadamente como el lema de este año: con nuestra Madre de Lourdes queremos amar y servir a la vida naciente.

Asimismo, la fe que tenemos y la esperanza de nuestra súplica nos mueven a reflexionar en la necesidad de una cultura de la vida vigorosa, en la que toda la vida, y la vida del que va a nacer ocupe un lugar de privilegio en nuestra sociedad.

Si, necesitamos entre nosotros una cultura de la vida renovada, y por eso queremos comprometernos a amar y servir la vida naciente desde el seno materno; sin descuidar a las madres, y a los niños ya nacidos, de tal manera que destacando el valor del ser humano, todos hagamos algo para acrecentar el amor y el respeto por la vida.

Sabemos que siempre es posible trabajar por la vida, y en especial en el ámbito médico y sanitario, con leyes que la promuevan y tutelen, sobre todo por parte de quienes tienen alguna responsabilidad en su cuidado, sabiendo que cuando nos mueven verdaderos valores éticos es posible encontrar soluciones para recibir como un don la vida naciente y al mismo tiempo promover la grandeza de la maternidad.

Tengamos presente, que conforme a la fe y a la razón, la dignidad de la persona nunca se debe medir por las capacidades que puede manifestar o por sus propias facultades, y por tanto nunca se debe hacer menos por alguien, porque sea débil, desprotegido o tenga capacidades diferentes. Por ello, tampoco podemos disminuir el cuidado y la protección del que va a nacer y vive como persona en el seno materno; aunque esté oculto y sea como invisible a nuestros ojos.

En la actualidad, basta una ecografía que se realice en las primeras semanas de gestación para comprender que el embrión vive, que estamos ante un ser vivo, con las características de un ser personal sobre el que no podemos decidir como si se tratara de un objeto, una malformación, o un injusto agresor.  

Los objetores de conciencia demuestran con su testimonio el valor de la vida

En este sentido, quiero pedir con ustedes por aquellos que por defender rectamente la vida y los valores de los que hablamos son objetores de conciencia; porque demuestran con su testimonio el valor verdadero de la vida.

Precisamente Juan Pablo II nos decía que “el rechazo a participar en la ejecución de una injusticia no sólo es un deber moral, sino también un derecho humano fundamental”; y por ello quien recurre a la objeción de conciencia debe estar a salvo no sólo de sanciones penales sino también de cualquier daño en el plano legal, disciplinar, económico y profesional” (Evangelium vitae nº 74).

Por ello, se los debe respetar, porque su misma sensibilidad hacia la vida los transforma de algún modo en una advertencia, y su actitud lejos de ser vista como una simple negativa, y mucho menos como una cobardía, debe transformarse en un llamado de atención allí donde desempeñan su tarea, en un acto positivo que quiere brindar apoyo y solidaridad al ser más indefenso, ante cualquier profanación precipitada del santuario de la vida naciente.

Es verdad que nos duele y no queremos que ni una sola mujer deba sufrir una intervención clandestina; y es por ello que desde antes se puede hacer mucho por cada una de ellas, y poner todo el empeño en formar; en proteger a toda mujer, no solo del abuso, sino del comercio, de la promiscuidad y se fomente así su dignidad y el verdadero sentido de la sexualidad. No nos engañemos: nadie debería pensar en el aborto como una terapia o un camino saludable para la vida, sin pensar detenerse a pensar en niño que va a nacer.  

El Hijo de Dios, que ha sufrido, ha muerto pero finalmente ha resucitado (Mensaje, Jornada del enfermo 2011)

En el mensaje para la Jornada del enfermo de este año, el Santo Padre, a la luz de una expresión de la primera Carta de Pedro 'fueron curados de sus heridas', nos invita a contemplar a Jesús, el Hijo de Dios, que ha sufrido, ha muerto pero finalmente ha resucitado (Mensaje, Jornada del enfermo 2011).

Dios se opone radicalmente al mal; pero se hace cargo del hombre en toda situación, comparte su sufrimiento y abre el corazón a la esperanza" (cfr. Ibídem). Esto es lo que necesitamos tanto en nuestras familias como en nuestra Patria, para promover la vida.

Por ello, confiando en la intercesión de nuestra Madre de Lourdes, pedimos por estas intenciones, pensando en nosotros, en los ciudadanos y en quienes son responsables de la conducción de una sociedad hacia el bien común; y por eso queremos rezar, reflexionar y acrecentar la sensibilidad por el respeto a la vida naciente, y a toda vida humana; a la que queremos amar y servir como a un don de Dios.

Nuestra Señora de Lourdes, ruega por nosotros. 

Mons. José Luis Mollaghan, arzobispo de Rosario 


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ZENIT  publica las palabras que dirigió Benedicto XVI el domingo, 13 de Febrero de 2011, a mediodía al rezar la oración mariana del Ángelus junto a los miles de peregrinos congregados en la Plaza de San Pedro del Vaticano.

Queridos hermanos y hermanas:

En la liturgia de este domingo continúa la lectura del "Sermón de la Montaña" de Jesús, que abarca los capítulos 5, 6 y 7 del evangelio de Mateo. Después de la Bienaventuranzas, que son su programa, Jesús proclama la nueva Ley, su Torá, como la llaman nuestros hermanos judíos. De hecho, el Mesías, en su venida, debía traer también la revelación definitiva de la Ley, y esto es precisamente lo que declara Jesús: "No penséis que vine para abolir la Ley o los profetas: yo no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento". Y, dirigiéndose a sus discípulos, añade: "Os aseguro que si vuestra justicia no es superior a la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos" (Mateo 5, 17.20). Pero, ¿en qué consiste esta "plenitud" de la Ley de Cristo, y esta justicia "superior" que Él exige?

Jesús lo explica a través de una serie de antítesis entre mandamientos antiguos y su nueva manera de presentarlos. Cada vez comienza diciendo: "habéis oído que se dijo a los antepasados...", y luego afirma: "Pero yo os digo". Por ejemplo: "Habéis oído que se dijo a los antepasados: 'No matarás', y el que mata, debe ser llevado ante el tribunal. Pero yo os digo que todo aquel que se irrita contra su hermano, merece ser condenado por un tribunal" (Mateo 5, 21-22). Y así lo hace en seis ocasiones. Esta manera de hablar suscitaba una fuerte impresión entre la gente, que quedaba asustada, pues ese "yo os digo" equivalía a reivindicar para sí la misma autoridad de Dios, manantial de la Ley. La novedad de Jesús consiste, esencialmente, en el hecho de que Él mismo "llena" los mandamientos con el amor de Dios, con la fuerza del Espíritu Santo que habita en Él. Y nosotros, a través de la fe en Cristo, podemos abrirnos a la acción del Espíritu Santo, que nos hace capaces de vivir el amor divino. Por este motivo, todo precepto se hace verdadero como exigencia de amor, y todos se reúnen en un mandamiento único: ama a Dios con todo el corazón y ama al prójimo como a ti mismo. "El amor es la plenitud de la Ley", escribe san Pablo (Romanos 13, 10). Ante esta exigencia, por ejemplo, el triste caso de los cuatro niños gitanos, fallecidos la pasada semana en las afueras de esta ciudad, en su barraca quemada, exige preguntarnos si una sociedad más solidaria y fraterna, más coherente en el amor, es decir, más cristiana, no habría podido evitar esta tragedia. Y esta pregunta es válida para otros muchos acontecimientos dolorosos, más o menos conocidos, que acontecen cotidianamente en nuestras ciudades y en nuestros países.

Queridos amigos: quizá no es casualidad el que la primera gran predicación de Jesús sea llamada "Sermón de la Montaña". Moisés subió al monte Sinaí para recibir la Ley de Dios y llevarla al pueblo elegido. Jesús es el Hijo mismo de Dios que bajo del Cielo para llevarnos al Cielo, a la altura de Dios, por el camino del amor. Es más, Él mismo es este camino: lo único que tenemos que hacer es seguirle para vivir la voluntad de Dios y entrar en su Reino, en la vida eterna. Una sola criatura ya ha llegado a la cima de la montaña: la Virgen María. Gracias a la unión con Jesús, su justicia fue perfecta: por este motivo la invocamos como Speculum iustitiae [Espejo de justicia, ndt.]. Encomendémonos a ella para que guíe nuestros pasos en al fidelidad a la Ley de Cristo. 

[Al final del Ángelus, el Papa dirigió un saludo a los peregrinos en varios idiomas. En español, dijo:]

Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española, y en particular a los fieles de la parroquia San Antonio Abad, de Cartagena, y a los alumnos del Instituto Suárez de Figueroa, de Zafra. Como nos enseñan las lecturas de la Misa del día de hoy, la voluntad de Dios se nos manifiesta como un camino de sabiduría, para que sepamos discernir el bien y el mal con libertad. Asimismo, mediante el cumplimiento fiel de la voluntad amorosa de Dios, Cristo nos ha salvado. Pidamos, por intercesión de la Virgen María, que sepamos abrir nuestro corazón a la acción poderosa del Espíritu Santo, para conformar nuestra vida con el querer de Dios. Feliz domingo. 

[Traducción del original italiano realizada por Jesús Colina
©Libreria Editrice Vaticana]


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lunes, 21 de febrero de 2011

ZENIT  publica el mensaje final del segundo Congreso Continental Latinoamericano de Vocaciones, celebrado del 31 de enero al 5 de febrero de 2011 en Cartago, Costa Rica. 

Mensaje final del consejo latinoamericano de vocaciones

Hermanas y hermanos:

"A todos los llamados por Dios, santos por vocación, gracia y paz de parte de nuestro Padre y del Señor Jesucristo" (Rm 1, 7).

Nos apresuramos a compartirles la experiencia de fe y de comunión que, en ambiente de cercanía, de reflexión y de oración, hemos vivido estos días, inspirados en el apóstol Juan: "Lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de Dios; lo que hemos visto y oído, se los anunciamos, para que también ustedes estén en comunión con nosotros" (1 Jn 1, 1.3).

Quienes hemos venido al II Congreso Continental Latinoamericano de Vocaciones hemos llegado casi a la cifra de los quinientos participantes: Tres cardenales que lo presidimos,  treinta obispos, más de doscientos presbíteros, más de cien religiosas y religiosos,  dos decenas de diáconos y seminaristas, más de veinte consagradas y consagrados seculares, y más de ciento veinte laicos. Proveníamos de todos los países de América Latina y El Caribe. Nos acompañaron  las mismas dos instituciones que con la Santa Sede organizaron el Primer Congreso Continental, el CELAM y la CLAR, pero también representantes de la Pontificia Obra para las Vocaciones Sacerdotales y del Departamento de Seminarios de la Congregación para la Educación Católica, de la OSLAM y, en esta ocasión, de la Confederación de Institutos Seculares de América Latina (CISAL), de las Iglesias hermanas de Estados Unidos y Canadá, e invitados de otros países.

Fuimos acogidos fraternalmente por la Conferencia Episcopal de Costa Rica y el Señor Nuncio Apostólico, y con mucha generosidad por el Pastor y los fieles  de la Iglesia Particular de Cartago y la de San José. Nos alojaron en sus hogares y con ellos compartimos el doble pan de la Palabra y de la Eucaristía en la catedral, las dos basílicas y las parroquias de la ciudad, y tuvimos una fiesta común en la explanada del Santuario... Así, bajo el manto protector de Nuestra Señora de los Ángeles, Patrona de Costa Rica, pudimos constatar lo que afirma Aparecida: "La fe, la solidaridad y la alegría características de nuestros pueblos"  (26);  "El valor incomparable del talante mariano de nuestra religiosidad popular" (43); y que la familia es "el valor más querido por nuestros pueblos" (435). 

En este contexto hemos reafirmado con nuestros pastores que "la pastoral vocacional, que es responsabilidad de todo el pueblo de Dios, comienza en la familia y continúa en la comunidad cristiana..., plenamente integrada en el ámbito de la pastoral ordinaria, es fruto de una sólida pastoral de conjunto, en las familias, la parroquia, las escuelas católicas y las demás instituciones eclesiales" (DA 314).

Inspirados en el lema "Maestro, en tu Palabra echaré las redes" (Lc 5,5) y en el  tema Llamados a lanzar las redes para alcanzar vida plena en Cristo, hemos intentado fortalecer la Cultura Vocacional para que los bautizados asuman su llamado de ser discípulos misioneros de Cristo en las circunstancias actuales de América Latina y El Caribe, destacando los principales aspectos de la dinámica vocacional, examinando la conciencia-cultura vocacional de los bautizados, replanteando la vocación bautismal como eje transversal de toda la acción pastoral de la Iglesia, y elaborando pistas concretas y criterios de animación y de itinerarios vocacionales. Les compartiremos este contenido en el Documento Final que oportunamente hará llegar el CELAM.

Esta acontecimiento ha sido un alto en el camino porque nos ha congregado para vislumbrar el horizonte vocacional de la Iglesia latinoamericana y caribeña, después de un largo itinerario que hunde sus raíces en el Primer Congreso Continental que se celebró en Itaicí, Brasil, hace diecisiete años, y que tuvo un impulso misionero en la Conferencia General de Aparecida, por lo que ha sido también parte de la Misión Continental a la que ella nos ha convocado. Gracias a este mismo itinerario eclesial, que orientó los pre-congresos de estos dos años, hemos entrado también en la dinámica bíblica que vive la Iglesia universal a la luz del último Sínodo sobra la Palabra de Dios en su vida y misión y de la Exhortación Apostólica Verbum Domini. Por eso, acogiendo la invitación del Santo Padre a que en los grandes encuentros eclesiales "se subraye más la importancia de la  Palabra de Dios, de la escucha y de la lectura creyente y orante de la Biblia" (76), hemos desplegado sus páginas, para oír su Voz que llama, para discernir su Rostro en el Maestro que nos envía, para construir su Casa en la Iglesia donde realizamos nuestra vocación, y para recorrer sus Caminos como misioneros.

Benedicto XVI nos recordó en el espléndido Mensaje que dirigió al Congreso que: "La iglesia, en lo más íntimo de su ser, tiene una dimensión vocacional, implícita ya en su significado etimológico: ‘asamblea convocada', por Dios. La vida cristiana participa también de esta misma dimensión vocacional que caracteriza a la Iglesia. En el alma de cada cristiano resuena siempre de nuevo aquel ‘sígueme' de Jesús a los apóstoles, que cambió para siempre sus vidas (Cf. Mt 4,19)".

En esta dinámica itinerante y a la luz de la palabra del Santo Padre, los invitamos a que,  tal como sucedió en la escena vocacional del evangelio que narra el lema del Congreso, renovemos nuestro ardor vocacional y misionero, y en su Palabra, echemos las redes para que se siga repitiendo el milagro de la abundancia de las vocaciones.

Agradecemos al Pueblo de Dios que peregrina en la Diócesis de Cartago, su acogida fraterna y su generosa colaboración. Que Dios los bendiga y recompense a todos.

Que Nuestra Señora de Guadalupe, Patrona de América, siga acompañando "nuestro viaje por el mar de  la historia" (Spe Salvi 49).

En nombre de la Presidencia del II Congreso Continental Latinoamericano de Vocaciones,

________________________________

Card. Raymundo Damasceno Assis,
Arzobispo de Aparecida y Presidente del CELAM


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ZENIT  publica el mensaje que ha escrito monseñor Francisco Gil Hellín, arzobispo de Burgos, con el título "Mortalidad infantil: hechos, causas, soluciones".

Mortalidad infantil: hechos, causas, soluciones 

Las cifras son aterradoras. Cada hora mueren más de 1.000 niños menores de 5 años y cada minuto 9 por causas asociadas  a la desnutrición. El Estado de Orissa, India, es una de las regiones más castigadas por la mortalidad infantil, pues mueren 250 ó 300 por cada mil nacidos. Puede darnos una idea de esta escalofriante cifra, saber que en España el porcentaje es 4 por mil.

Las cifras se hacen todavía más dramáticas si tenemos en cuenta que, según UNICEF, la muerte de los 24.000 niños menores de 5 años que fallecen cada día, se debe a causas que se pueden evitar fácilmente; y que de los 9 millones de muertos al año, cuatro millones tienen lugar en la primera semana de vida.

Las causas de la mortalidad infantil son, fundamentalmente, las siguientes: el hambre y la malnutrición, la falta de preparación de las madres y de los padres, la falta de salud de las madres, la falta de personal sanitario, algunas enfermedades como la malaria y el sarampión y las infecciones y falta de higiene. La malnutrición es la causa principal, pues produce un tercio de la mortalidad infantil.

Según esto, erradicar la pobreza y el hambre es un objetivo fundamental para reducir la mortalidad infantil. Para ello es preciso dar prioridad a la nutrición neonatal, invertir en la capacitación de personal cualificado, fomentar la preparación de las madres, universalizar la higiene, el saneamiento y el acceso al agua, extender el acceso a las vacunas y mejorar la salud de las mujeres, especialmente la de las madres.

Ante el dramatismo de los hechos y las cifras, cabe preguntarse: ¿hay lugar para la esperanza? Afortunadamente, la respuesta es afirmativa. Porque se van logrando resultados y porque la mayoría de las muertes se pueden evitar adoptando medidas sencillas, eficaces y económicas.

Por ejemplo, a corto plazo se está utilizando el RUTF, un alimento terapéutico que contiene los 40 nutrientes esenciales necesarios. Gracias a él se consigue que se recuperen cerca del 90% de niños y es fácil de ser administrado, pues se encargan las madres sin necesidad de que haya una supervisión médica. A medio plazo hay proyectos que están dando buenos resultados y no son difíciles. Así, en Brasil funciona uno muy eficaz y no complicado. En África Subsahariana se están aplicando algunas medidas clave para garantizar la supervivencia infantil.

Hace más de cincuenta años que MANOS UNIDAS le declaró la guerra al hambre y a la pobreza, como raíces de muchas de las causas por las que mueren los niños. La campaña de este año se inscribe en este marco, pero tiene el objetivo concreto de reducir la mortalidad infantil. El cartel que lo anuncia es tan sencillo como impactante: un niño, un plato vacío y el lema "Su mañana es hoy". El plato vacío representa el pensamiento y la principal preocupación diaria de gran parte de la población del mundo. La imagen de este plato remite simbólicamente al tipo de alimentación de los países desarrollados, donde la alimentación es abundante y equilibrada. El niño se encuentra en un paisaje vacío, sin recursos, solo frente a su soledad. El lema apunta a que el mañana de cada niño y niña empieza nueve meses antes de dejar el seno materno; por lo que, garantizar la buena alimentación de la madre es ya estar luchando contra la muerte de su hijo.

Desde aquí quiero hacer un llamamiento a la caridad cristiana y a la generosidad. Aunque estemos en una situación de crisis, somos inmensamente ricos si nos comparamos con los países que sufren el hambre y la altísima mortalidad infantil. Ayudar generosamente a Manos Unidas es un modo concreto de ser agradecidos a Dios y hacer más humana nuestra sociedad.


Publicado por verdenaranja @ 23:24  | Hablan los obispos
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ZENIT  Publica la conferencia que pronunció el cardenal Peter Kowdo Appiah Turkson, presidente del Consejo Pontificio "Justicia y Paz", el 9 de febrero de 2011, durante la clausura del Congreso "La Sagrada Escritura en la Iglesia", promovido por la Conferencia Episcopal Española.

Palabra de Dios y compromiso en el mundo

INTRODUCCIÓN:

Saludo cordialmente a Su Eminencia, a los Excelentísimos señores Arzobispos y Obispos, a los muy apreciados Sacerdotes, y a todos ustedes: mis Hermanos y Hermanas en la llamada única a seguir a Jesús como discípulos.

Porto conmigo los saludos y los mejores deseos en la oración del Pontificio Consejo "Justicia y Paz". Confío en que vuestras jornadas aquí, reflexionando sobre la Sagrada Escritura como Palabra de Dios en la vida de la Iglesia, hayan sido muy fructíferas. Aunque ya existen muchas versiones de la Biblia en castellano[1], esta ha sido una ocasión para la presentación de la espléndida nueva Biblia de la Conferencia Episcopal Española[2]. Esperamos que el gran trabajo realizado en la elaboración de esta versión, mejorando su fidelidad a los textos originales, la haga más "comunicativa con la cultura moderna", y contribuya a que los cristianos vivan adecuadamente sus compromisos en el mundo.

Esta mañana, desearíamos dirigir, para clausurar este congreso, la consideración de la Palabra de Dios en la Escritura, no sólo como fuente de vida y alimento de la Iglesia, sino también como fuente y contenido de la misión misma de la Iglesia y de su actividad en el mundo.

PRIMERA PARTE

La Palabra de Dios como Revelación del Compromiso de Dios en el mundo

Queremos advertir en primer lugar que la Palabra de Dios es fuente y contenido del compromiso de la Iglesia en el mundo, porque es, primeramente y ante todo, revelación del propio compromiso de Dios en el mundo. Y así, a grandes rasgos, podemos inmediatamente contemplar, cómo la Palabra de Dios revela su compromiso con el mundo:

como palabra de la creación en los primeros capítulos de la Biblia.
como palabra de la llamada y de la alianza en la historia de la vocación de la salvación de Abrahán y de Israel
como palabra de la llamada, de la presencia y de la salvación en la encarnación, ministerio, pasión y resurrección de Jesús, y
como palabra de la llamada misionera (evangelización) y del ministerio en Pentecostés y en la vida de la Iglesia a través de los siglos. Este último punto coincide explícitamente con el tema que me ha sido asignado para esta mañana: el compromiso de la Iglesia en el mundo

1. La Palabra de la Creación:

La primera instancia de la revelación de la Palabra de Dios al mundo, fue en realidad, en la creación. La serie de expresiones "Dios dijo" (ר מ א י ו) realizaron "la irrupción en el silencio de la nada"[3] para producir la realidad creada. La Palabra de Dios ("y Dios dijo: hágase...") transformó el "caos" en los albores de la creación en un "cosmos", un ordenado sistema mundial, capaz de sustentar la vida humana.

El prólogo del Evangelio de Juan expresa bellamente este primer compromiso de la palabra de Dios con el mundo como "creación": "Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe" (Jn 1, 3; cfr. Is 45, 12. ss; Job 38,4; Neh 9,6 etc.). Lo que ha sido llamado a la existencia por la Palabra de Dios era "vida". La Creación nace de la Palabra de Dios que supera la nada y crea vida.

La Creación, sin embargo, no es un encuentro fugaz de la Palabra de Dios con el mundo. Creación denota más específicamente un sostenido encuentro de su Palabra con el mundo, que continúa en la existencia, porque Dios continúa a sostenerlo con su Palabra. Dios está siempre comprometido con la creación, obra de sus manos; y es éste el sentido de la creación como cosmos, el que mejor ilustra el poder sustentador de su palabra en la creación. "Cosmos" (κοσμέω --- cfr. cosméticos) describe el mundo creado como un ordenado y adornado sistema. Ello connota belleza y bondad, porque hay orden; y esto es en lo que la Palabra de Dios ha transformado el caos (el tohu wabohu) en la creación. Así, el caos ante la presencia de y con la Palabra de Dios se convierte en un cosmos. Por el contrario, el cosmos privado de, y sin la Palabra de Dios se revertirá en caos. La continuada existencia y evolución del cosmos, por lo tanto, se debe al poder creador y transformador de la Palabra de Dios siempre presente en el mundo. Así fue dicho por el profeta: "(Dios) no la creó caótica, sino que para ser habitada la plasmó" (Is 45, 18).

El compromiso de Dios para el mundo, como un sistema creado, es revelado no sólo por el sustento de la Palabra y la permanencia de la creación en el ser; es también dado a conocer por el cumplimiento del designio de Dios en el mundo por medio de su Palabra (Is 55, 10ss). En este sentido, para el mundo sería una situación crítica y arriesgada el hecho de estar sin la Palabra de Dios, ya sea a causa de sus propios pecados (Amós 8, 11) ya sea por la falta de profetas y sacerdotes (Sal 74, 9).

Por tanto, los relatos de la creación, nos muestran a Dios que actúa en el mundo como fuente de vida y amante de la vida, estableciendo, de este modo, orden y belleza, y disipando el caos y la confusión; la confusión de roles e identidades conduce al caos. Dios es, pues, promotor y amante de la vida.

2. La palabra de la Llamada y de la Alianza

La segunda instancia de la revelación de la Palabra de Dios en el mundo, como una expresión del compromiso de Dios con lo que ha creado, es la historia de la salvación del ser humano, la cual también tomó la forma de una "llamada" (la palabra de la llamada). Ésta inicia con la vocación de Abrahán, que luego condujo a la llamada de Israel como pueblo de Dios. En Abrahán y en su descendencia, el pueblo de Israel, la Palabra de Dios, de llamada se tradujo en promesa y bendición, por la cual Dios se compromete con Abrahán y su descendencia por medio de una serie de alianzas, gratuitas iniciativas de Dios, que les ofrece su amistad y los invita a la comunión y a la fraternidad.

Así, Dios llamó a Abrahán en Ur de los Caldeos, le prometió hacer de él una gran nación, un gran nombre, y que sería una bendición para todas las familias de la tierra (Gn 12, 1-3). La vida de los patriarcas Isaac y Jacob supuso el inicio de la realización de los contenidos de las promesas incluidas en la primera palabra de la llamada dirigida a Abrahán

Esta primera palabra de la llamada condujo a una segunda palabra de la llamada, la que sacaría de Egipto a los hijos de Israel. "De Egipto llamé a mi hijo" (Os 11,1; Ex 3,6 ss). Nuevamente, Dios, de acuerdo con esta llamada, se comprometió con los hijos de Israel en un pacto sobre el Monte Sinaí (Ex 19-20; 24; Dt 5, 2; 29; Jr 11, etc.): "Yo seré vuestro Dios, y vosotros seréis mi pueblo". Esta fue la idea-clave de aquella alianza; y Dios se estableció con Israel en "la tierra prometida".

El surgimiento de los Jueces y de los Reyes -sobre todo la elección de David (2 Sam 7), a quien Dios prometió "mantener siempre una lámpara encendida delante de él en Jerusalén"-, la unción real y la vocación profética pertenecen al ámbito del compromiso de Dios con Israel como su pueblo y heredad.

A través de su palabra, como palabra de la llamada y como palabra de la alianza, Dios se comprometió con la descendencia de Abrahán, el pueblo de Israel, con una serie de alianzas que fueron introduciéndolo en la comunión con Dios, aun cuando Israel daba muestras de ser indigno de ello. La iniciativa era siempre de Dios. Su amor y su misericordia, y no los méritos de Israel, sostenían su llamada y su alianza con él.

En esta fase de la historia de Israel, el compromiso de Dios toma la forma de la revelación de la absoluta gratuidad de su condescendiente iniciativa de comprometerse a sí mismo con la humanidad en alianzas, proyectándola en la amistad y la comunión. En la consiguiente relación, Dios revela el amor, la misericordia, la compasión y la fidelidad con la cual se compromete con el mundo y la humanidad, mientras que mantiene ante el mundo las virtudes de la paz, la justicia, la seguridad, la fraterna preocupación, la honestidad y la fidelidad, enseñando a cultivarlas. La historia de las "alianzas" (conduciendo a la "nueva y eterna alianza en la sangre de Cristo") es la historia del incansable compromiso y vinculación de Dios con el hombre y con su mundo. Como en la proverbial "madre" de la profecía de Isaías (Is 49, 15), Dios no puede olvidar a "su hijo pequeño", el mundo y el hombre que Él ha creado.

El exilio de Babilonia concluye esta fase de la existencia de Israel en la "tierra prometida"; pero esto fue para conducir a otra palabra de la llamada a través de la cual Dios restauraría a su pueblo en la "tierra prometida". En efecto, cuando Dios "tomó de la mano derecha, a Ciro, lo ungió y lo llamó por su nombre" (Is 45, 4; 48, 15), lo cual era para el bien de Israel, su elegido; era "para erigir la ciudad de Dios y realizar el propósito de Dios sobre Babilonia" (Is 48, 14b).

En el período del post-exilio y en cumplimiento de la completa liberación de su pueblo para servirle sólo a él y en santidad, Dios llamó a su siervo y abrió su oído para que escuchara el mensaje dirigido a su pueblo y posteriormente también para las naciones (Is 50, 4-5). "Yo, el Señor, te llamé en la justicia, te sostuve de la mano, te formé y te destiné a ser la alianza del pueblo, la luz de las naciones" (Is 42, 6). En la unción y el poder del Espíritu de Dios, el siervo de Dios fue enviado no sólo para portar buenas nuevas y anunciar el año de gracia de Dios (Is 61, 1-2), sino para identificarse con los pecados de su pueblo. En solidaridad con ellos, él sufrió vicariamente por sus pecados para hacerlos justos (Is 53, 11-12). Esta fue otra llamada; y fue la llamada del Mesías.

Ya en el contexto de las relaciones de la alianza, Dios realizó ciertos signos de su bendición para con el mundo referidos a personas individuales. Abrahán fue como un signo de bendición para Abimelec; y José lo fue de igual modo para la tierra de Egipto. De modo semejante, Dios instituyó a Moisés como representante corporativo del pueblo, asumiendo en él mismo la suerte y el destino del pueblo (Ex 17, 10 ss.; 32, 32). Dios elegiría ciertos individuos y pueblos para ejercer roles través de los cuales Él mostrará su compromiso con el mundo y realizará sus propósitos en la vida de su pueblo, aun cuando esos roles fueran de meros intermediarios y representantes.

En la llamada y la misión del Siervo de Yahvé, en la profecía de Isaías, esta ulterior forma de compromiso de Dios con el mundo, en concreto, a través de figuras representativas y corporativas llegó a ser prominente. En la figura del Siervo de Yahvé, Dios preparó y dispuso a su Siervo, que no solo actuó en nombre de Dios, sino que también actuó vicariamente en nombre del pueblo de Dios para justificarlo (Is 52, 13-53,12): "Mi servidor justo justificará a muchos y cargará sobre sí las faltas de ellos" (Is 53, 11).

La actividad vicaria del Siervo de Yahvé forma parte del compromiso y vinculación de Dios con el mundo, pues muestra cómo un individuo puede, en nombre de Dios, llevar a cabo el plan de Éste para con el mundo, lo cual ha servido de preparación para la venida y la misión de Jesucristo, el Mesías: Él es la definitiva y plena revelación del compromiso de Dios para con el mundo.

3. La "Palabra" se hace carne: la presencia de Dios que salva

En la plenitud de los tiempos, la Palabra de Dios descendió a la tierra, tomó carne y habitó entre los hombres. Como palabra-hecha-carne, la Palabra de Dios continua llamando a la humanidad a la vida y a la verdad que conduce a la vida; y llega a ser además presencia de Dios entre los hombres. Así, en Jesús, la palabra encarnada, la revelación del compromiso de Dios en el mundo y para el hombre fue expresada como una presencia: la presencia de Dios que sana, consuela, enseña, palpa y es palpada; la presencia que expulsa los demonios, perdona los pecados, y redime o salva; es la presencia que revela el infinito amor paternal de Dios. Pues "Dios ha amado tanto al mundo que envió a su hijo", palabra de vida eterna (Jn 6, 68), para que sus hijos tengan vida y la tengan en abundancia (Jn 10, 10).

Jesús, la palabra-hecha-carne, continúa su llamada, que fue inicialmente dirigida a sus discípulos, sus primeros seguidores. Aquellos que vinieron para estar con Jesús y a quienes Él envió a predicar en su nombre. Para su bien, Jesús se santificó a sí mismo, para que también ellos pudieran ser santificados. (Jn 17, 19). Él los protegió en el nombre del Padre y veló por ellos (Jn 17, 12): "Padre Santo, protégelos en tu nombre, [el nombre] que tú me has dado" (Jn 17, 11). El aseguró a sus seguidores que estaría con ellos hasta el fin, y oró para que "aquelosa a quienes él ha revelado el nombre del Padre" (Jn 17, 6) puedan estar con Él donde él está, para ver su gloria (Jn 17, 24). Así, el amor del Padre por el Hijo y el Hijo mismo estarían con ellos.

De hecho, "Jesús amó siempre a los suyos que estaban en el mundo, y los amó hasta el final" (Jn 13, 1)[4]; y Él mostró la profundidad de su amor por sus discípulos cuando se reclinó con ellos en la mesa de la última cena. Ahí, Jesús actuó su compromiso con sus seguidores en dos sentidos: Él se mostró a sí mismo como servidor de todos, lavando sus pies ("Yo estoy entre vosotros como uno que sirve"); y a través de los signos sacramentales del pan partido y el vino ofrecido. Él se entregó a sí mismo como oblación por sus seguidores, y les ofreció esta oblación como comida (alimento). Pero esto no acabó ahí. Jesús hizo que este acto de total oblación fuera presencia permanente suya por medio de la institución de la Eucaristía en la última cena. "Si el mundo antiguo había soñado que, en el fondo, el verdadero alimento del hombre -aquello por lo que el hombre vive- era el Logos, la sabiduría eterna, ahora este Logos se ha hecho para nosotros verdadera comida como amor".[5]

Con el nacimiento de Jesucristo, la Palabra de Dios asumió la carne, se hizo un hombre y una presencia en el mundo. Al hacerse hombre, Jesús fue reconocido como quien ha "tomado la condición de un esclavo" (Flp 2, 7), se ha hecho "cordero de Dios" (Jn 1, 36) además de "sacerdote y víctima de sacrificio" (Hb 9-10); se identificó con los pecadores, aceptando su bautismo (Mt 3, 13); asumió sus pecados y murió por el pueblo (Jn 18, 12); se hizo como uno "sin hogar" para estar junto los que no tienen hogar (Mt 8, 20; Lc 9, 58). El compromiso de Dios en el mundo asumió - en la "Palabra de Dios hecha carne"- una característica y significativa forma de solidaridad con la humanidad. Como presencia en la carne, Jesús se abrazó a los pequeños en una muestra de afecto. Él tocó a los enfermos, los sanó y los consoló, y ellos se acercaron a Él y lo tocaron. Él visitó a los enfermos y a los compungidos. Mostró su compasión, hacia las necesidades físicas de los hambrientos, hacia los ignorantes y hacia los entendidos, atendiendo las necesidades espirituales del perdón de los pecados, de la reconciliación y de la liberación de los espíritus inmundos. En síntesis, la vida y la misión de Jesús, la Palabra encarnada de Dios, revela el compromiso de Dios en el mundo en la múltiple forma de gestos, acciones y servicios que, estando centrados en Dios, van dirigidos a procurar el bienestar del hombre y su mundo.

Y lo más importante, Jesús percibió la exigencia de su misión, por ello eligió a sus seguidores (discípulos), preparándolos y dándoles poder para dicha misión. Con ellos, celebró la primera Eucaristía y la confió a ellos como un signo efectivo de su permanente e indefectible presencia, la máxima revelación del permanente compromiso de Dios con el mundo.

4. La palabra de la llamada misionera a evangelizar

A través del encargo misionero que Jesús confió a sus seguidores, como apóstoles, el Logos, palabra de la llamada de Dios, continúa su obra, pero ahora como "palabra de la llamada misionera", y difundiéndose entre "todos aquellos que a través de su [apóstoles] palabra llegarán a creer en Él [Jesús]" (Jn 17, 20). Estos podrían ser "las otras ovejas que nos son de este redil; también a ésas debo conducir; escucharán mi voz y habrá un solo rebaño, bajo un solo pastor" (Jn 10, 16).

En Pentecostés, esto comienza a suceder. La Palabra de Dios que acompañó la predicación de Pedro hasta reunir tres mil personas de distintas procedencias en torno a los discípulos de Jesús, da origen a la Iglesia. Ahí, a través de la Palabra de Dios, la oración, la fracción del pan y la fraternidad, la presencia de Dios con su pueblo fue celebrada y continúa celebrándose hasta nuestros días. "Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos" (Mt 18, 20). La presencia del Señor que actúa entre sus seguidores los hace testigos suyos, extensión de su ministerio en el mundo hasta el final de los tiempos, y por tanto, extensión de la revelación en Jesús del compromiso del Padre para con el mundo, su creadora y convocadora palabra de salvación. El compromiso de la Iglesia en el mundo debe ser una continuación y un signo del propio compromiso de Dios revelado en Jesús. Se deriva de Cristo, su cabeza, y es predicación suya. Así, la Palabra de Dios en su forma preeminente e inspirada, que es la Escritura, y en sus formas derivadas en las enseñanzas de la Iglesia, constituye la fuente de todas las formas de compromiso de la Iglesia en el mundo.

El compromiso de la Iglesia en el mundo, por lo tanto, puede ser solo de un tipo - de hecho un sacramento - el del compromiso de Dios revelado en la Palabra.

SEGUNDA PARTE: PALABRA DE DIOS Y COMPROMISO EN EL MUNDO

La consideración de nuestro compromiso en el mundo, inspirado por la Palabra de Dios, como Iglesia y como cristianos, puede asumir diversos enfoques. En Jesús, la palabra encarnada, Pablo ha identificado la "manifestación de la gracia de Dios", la cual nos "enseña a rechazar la impiedad y las concupiscencias del mundo, para vivir en la vida presente con sobriedad, justicia y piedad, mientras aguardamos la feliz esperanza y la manifestación de la gloria de nuestro gran Dios y Salvador, Cristo Jesús" (Tito 2, 11-13). Relatando esta visión de Pablo respecto la función que él atribuye a la Escritura, a saber: "Toda la Escritura está inspirada por Dios, y es útil para enseñar y para argüir, para corregir y para educar en la justicia" (2 Tim 3,16), se podría aquí identificar la promoción de la conversión personal y el crecimiento en la espiritualidad como nuestra tarea en el mundo.

La Exhortación Apostólica Postsinodal "Verbum Domini", por su parte, dedica nueve números (99-108) a discurrir sobre varios servicios o actividades que constituyen el ministerio social de la Iglesia: "Así pues, la misma Palabra de Dios reclama la necesidad de nuestro compromiso en el mundo y de nuestra responsabilidad ante Cristo, Señor de la Historia"[6]. A la vez que, "el Sínodo ha recordado que el compromiso por la justicia y la transformación del mundo forma parte de la evangelización."[7]

Tan cierto como esto es que la misma Palabra de Dios (la palabra de la evangelización) insta a la Iglesia y a sus hijos a construir una ciudad terrena a través de las diversas formas de su compromiso y de sus ministerios sociales que son una anticipación y una prefiguración de la ciudad de Dios[8] En efecto, "las comunidades cristianas, con su patrimonio de valores y principios [deben contribuir] mucho a que las personas y los pueblos hayan tomado conciencia de su propia identidad y dignidad, así como a la conquista de instituciones democráticas y a la afirmación de los derechos del hombre con sus respectivas obligaciones."[9] Los "ministerios sociales" no esperaron hasta que la Iglesia estuvo propiamente establecida hacia el año 300 después de Cristo; no, los ministerios - y sus repercusiones - tuvieron su origen casi inmediatamente (véanse los primeros capítulos de los Hechos de los Apóstoles) después de Pentecostés y muy pronto fueron causa de persecuciones, al igual que hoy en día. Por tanto ahora, en todas las diferentes culturas y circunstancias, ¿cómo pueden la Iglesia y los cristianos contribuir del modo más apropiado a edificar sociedades más justas, más reconciliadas, más pacíficas, más conscientes de los derechos humanos, más conscientes de la dignidad de las personas y más conscientes del bien común?

La más autorizada y completa respuesta disponible en la actualidad puede descubrirse en la encíclica Caritas in veritate, la cual reúne muchos recursos de la Escritura y de nuestra tradición social católica y los coloca a la base de las cruciales cuestiones sociales de nuestros días: los inicios del siglo veintiuno. La encíclica reformula - y adecuadamente sitúa- nuestra preocupación por el compromiso en el mundo de la siguiente manera: ¿Cómo estamos nosotros "dando forma de unidad y de paz a la ciudad del hombre, haciéndola en cierta medida una anticipación que prefigura la ciudad de Dios?[10]

¿Cómo actúa, por tanto, el ser humano, como ciudadano del aquí y del ahora, así como también de la ciudad celeste, en razón de su nuevo nacimiento por medio de la imperecedera semilla de la Palabra de Dios (1 Pe 1, 23), cómo realiza su compromiso y lleva a cabo su contribución a favor de la edificación de una ciudad humana que refleje con fidelidad la ciudad de Dios? A esta gran interrogante, la Escritura responde: es por la gracia y el poder de la Palabra de Dios por medio de los cuales Él lleva a cumplimiento todos sus designios; y es a través de la Palabra de Dios como se convierte en principio de nuestra vida, tal como señala San Pablo: "Que la Palabra de Dios viva en vuestros corazones". A esta misma cuestión, la Caritas in veritate ofrece una respuesta sintética: "La «ciudad del hombre» no se promueve sólo con relaciones de derechos y deberes, sino, antes y más aún, con relaciones de gratuidad, de misericordia y de comunión" (CiV 6). Es cuestión de restablecer las relaciones rotas por la violencia y de promover unas relaciones más constructivas. En el pasado, la Iglesia se proyectó a sí misma en las estructuras del Estado - cuius regio, eius religio-, pero nosotros comprendemos ahora la sana y real separación (!aunque compleja!) en las relaciones entre la Iglesia y el Estado. Pero cuando nosotros hablamos de "edificación", por favor notemos que los arquitectos, los constructores, los habitantes, son TODOS seculares, nosotros NO edificamos ciudades cristianas del hombre![11]

En un breve párrafo de sólo ciento trece palabras, el Santo Padre detalla las cualidades y virtudes necesarias para que construyamos una Ciudad del Hombre de una manera que sea más conforme con nuestra dignidad, con nosotros, sus amadas Criaturas renacidas mediante Su Palabra, y que refleja y prefigura la Ciudad de Dios:

Nos preocupa justamente la complejidad y gravedad de la situación económica actual, pero hemos de asumir con realismo, confianza y esperanza las nuevas responsabilidades que nos reclama la situación de un mundo que necesita una profunda renovación cultural y el redescubrimiento de valores de fondo sobre los cuales construir un futuro mejor. La crisis nos obliga a revisar nuestro camino, a darnos nuevas reglas y a encontrar nuevas formas de compromiso, a apoyarnos en las experiencias positivas y a rechazar las negativas. De este modo, la crisis se convierte en ocasión de discernir y proyectar de un modo nuevo. Conviene afrontar las dificultades del presente en esta clave, de manera confiada más que resignada[12].

El Santo Padre no prescribe plan o receta alguna, ni tampoco políticas o soluciones. En cambio, recomienda la Palabra de Dios como nuestra herramienta de discernimiento. El Santo Padre parece establecer un enfoque conjunto que invita - de hecho insta - a continuar la labor de la Palabra en el mundo, un proceso o dinámica que en sí misma incorpora y refleja en el tiempo la propia Palabra de Dios de compromiso: creativa, convocante, vinculante, presente y salvadora, misionera y evangelizadora, continuadora de la historia de la salvación, "hasta el final de los tiempos", mientras edifica la ciudad del hombre con cualidades más cercanas a la Ciudad de Dios. El enfoque se puede resumir en estas cinco competencias o cualidades inter-relacionadas:

Las cinco competencias para nuestro compromiso:

1. Comenzar con una actitud realista.
2. Basar el trabajo en valores fundamentales
3. Con confianza, asumir las nuevas responsabilidades
4. Estar abierto a una profunda renovación cultural
5. Comprometerse a trabajar con coherencia y consistencia

Estos son cinco aspectos o dimensiones para cada cristiano, para la pastoral social y para realizar nuestro compromiso en el mundo. Permítannos brevemente explorar cada una de ellas:

1.      El primer paso es comenzar con una actitud realista, haciendo frente a las dificultades del tiempo presente, no con respuestas prefabricadas o ideologías simplistas, sino con la Palabra de Dios como nuestra clave de discernimiento.

 "«Al atardecer, decís: «Va a hacer buen tiempo, porque el cielo está rojo como el fuego». Y de madrugada, decís: «Hoy habrá tormenta, porque el cielo está rojo oscuro». ¡De manera que sabéis interpretar el aspecto del cielo, pero no los signos de los tiempos!" (Mt 16, 2-3). Interpretar los signos de los tiempos es asumir la responsabilidad de "leer". Muchos prefieren permanecer pasivos a la espera de que las cosas tomen un nuevo curso para luego poder lamentarse libremente. Pues en efecto, se necesita un verdadero esfuerzo para mantenerse en la lectura de los signos de los tiempos, es nuestra responsabilidad cristiana el hacerlo con equilibrio e inteligencia.

Entonces Jesús dijo, "¿Quién de vosotros, si quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, para ver si tiene con qué terminarla? No sea que una vez puestos los cimientos, no pueda acabar y todos los que lo vean se rían de él, diciendo: 'Este comenzó a edificar y no pudo terminar.'" (Lc 14, 28-30). Parece sencillo, ser ingenuo y dejar las cosas al azar, pero eso no es suficiente para edificar una ciudad digna del hombre.

 "Por eso, a la luz de las palabras del Señor, reconocemos los «signos de los tiempos» que hay en la historia y no rehuimos el compromiso en favor de los que sufren y son víctimas del egoísmo."[13] "La Palabra de Dios nos hace estar atentos a la historia y a todo lo nuevo que brota en ella."[14]

2. Nuestro siguiente paso es basar el trabajo en valores fundamentales, una nueva visión del futuro, lo cual solo puede dar comienzo con uno mismo, y por ello esta segunda competencia puede correctamente ser llamada conversión, metanoia.[15] Conocerse y aceptarse a sí mismo es el principio de la sabiduría. Y esta actitud debe estar acompañada por la disposición a cambiar, a trabajar en sí mismo.

Cuando Jesús pronuncia la parábola del sembrador (Mt 13, 8 -9), concluye diciendo que algunas semillas cayeron en "tierra buena", pero la tierra buena no es un resultado accidental, requiere de duro trabajo para ser preparada, además de paciencia. Cuando el propietario de la viña pierde la paciencia con la higuera, que durante tres años no ha producido frutos, el viñador solicita otra oportunidad: "Pero él respondió: "Señor, déjala todavía este año; yo removeré la tierra alrededor de ella y la abonaré". ¿Mostramos realmente una disposición a mantenernos trabajando en nuestra propia tierra? ¡Recordemos que Jesús es el jardinero, Él es el sembrador!

 "La Palabra divina ilumina la existencia humana y mueve a la conciencia a revisar en profundidad la propia vida, pues toda la historia de la humanidad está bajo el juicio de Dios."[16]

3. Con confianza, más que con resignación, hemos de afrontar las nuevas responsabilidades, asumiéndolas con una nueva vocación y misión. Para un cristiano el punto de partida y la meta de todo compromiso es Cristo, Alfa y Omega. Nuestra visión está completamente informada por el plan salvífico de Dios para el mundo - como se establece en las Escrituras y se ha expresado definitivamente en la vida y misión de Cristo, prolongada a través de la historia en la Iglesia - y que tiene su centro en la persona humana. Es ese el fundamento de nuestra vida y misión.

"El Reino de los Cielos se parece a un grano de mostaza que un hombre sembró en su campo. En realidad, esta es la más pequeña de las semillas, pero cuando crece es la más grande de las hortalizas y se convierte en un arbusto" (Mt 13, 31-32). Y escuchando la parábola de los talentos, Mt 25, 14-30; Lc 19, 12-27 - ¿asumiremos lo que hemos recibido, más allá de nuestro temor o inseguridad, o cavaremos en el suelo y lo ocultaremos? ¿O correremos el riesgo de invertir y desarrollar los talentos sin saber lo que recibiremos a cambio?

"Así pues, la misma Palabra de Dios reclama la necesidad de nuestro compromiso en el mundo y de nuestra responsabilidad ante Cristo, Señor de la Historia. Al anunciar el Evangelio, démonos ánimo mutuamente para hacer el bien y comprometernos por la justicia, la reconciliación y la paz."[17]

4. Para la cuarta competencia, el cuarto "cómo", el Santo Padre nos anima a estar abiertos hacia una profunda renovación cultural y a mostrar confianza y esperanza. Sí, está muy difundido el ser negativo, nihilista, pesimista - lo que no sólo nos deja fuera de alcance, sino que también nos ausenta de ambas historias, la humana y la divina. Rápidamente identificados culturalmente, por tanto, nosotros cristianos creemos firmemente que un mundo más justo y pacífico es posible, y por tanto "nosotros mismos hemos de ser instrumentos de reconciliación y de paz."[18]

Cuando Jesús envió a los "setenta y dos discípulos" para que lo antecedieran en los lugares que Él planeó visitar, Él mismo dijo "Yo os envío como a ovejas en medio de lobos" (Lc 10, 1-20). No ocultó las difíciles circunstancias; La confianza en Jesús hizo que "los setenta y dos volvieran llenos de gozo". Sin embargo habrá menos éxito en Atenas, centro cultural de la civilización mediterránea y "ciudad llena de ídolos", a la que Pablo llegó, para después, mediante un astuto uso de la ley romana, alcanzar el centro del imperio romano[19].

En palabras del Papa Pablo VI, debemos "alcanzar y transformar con la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad, que están en contraste con la Palabra de Dios y con el designio de salvación."[20]

 5. Finalmente, recapitulando la sabiduría de las cuatro previas, la quinta competencia nos permitirá comprometernos con nuevas reglas, nuevas formas de compromiso, con coherencia y consistencia. Apreciando el plan de Dios y nuestra función en él, "de ahí nace el deber de los creyentes de aunar sus esfuerzos con todos los hombres y mujeres de buena voluntad de otras religiones, o no creyentes, para que nuestro mundo responda efectivamente al proyecto divino: vivir como una familia, bajo la mirada del Creador". [21]

Jesús dispensó las nuevas formas y normas del compromiso, principalmente a través de acciones, pero también con sus palabras. Su crítica a la antigua ley, puede ser sintetizada en aquella frase. "El Sábado fue hecho para el hombre, y no el hombre para el Sábado" (Mc 2, 27). Su enseñanza sobre la nueva ley se puntualiza en Jesús lavando los pies de los Doce (Jn 13, 3-11). Explícitamente establece la nueva ley del servicio a los semejantes con su propia coherencia y consistencia ... que poco después sellará con su muerte sacrificial en la cruz.

La dignidad humana es una "característica impresa por Dios Creador en su criatura, asumida y redimida por Jesucristo por su encarnación, muerte y resurrección. Por eso, la difusión de la Palabra de Dios refuerza la afirmación y el respeto de estos derechos".[22]

Subrayando la cooperación, por tanto, que subyace en las cinco maneras de realizar nuestro compromiso, las cuales pone a la persona humana en el centro de nuestra atención, éste debe ser nuestro foco, como el Papa Benedicto XVI incasablemente enseña, si hemos de construir una ciudad del hombre digna de nosotros mismos y de nuestros descendientes en las generaciones venideras. En efecto, la Palabra humano-divina es el centro de nuestra fe, y la vocación humano-divina del hombre es el centro de nuestro compromiso.

CONCLUSIÓN

"La acción del hombre sobre la tierra, cuando está inspirada y sustentada por la caridad, contribuye a la edificación de esa ciudad de Dios universal hacia la cual avanza la historia de la familia humana..."[23] Hemos comenzado con la Palabra de Dios. Hemos considerado la Palabra creadora, que convoca, comprometida, presente y salvadora, que se hace efectiva en el envío de los Discípulos. Nos hemos dirigido luego a la exhortación Apostólica Verbum Domini, en la que encontramos que la Tercera Parte (nn. 90-120) se titula "Verbum Mundo", la Palabra para el mundo - y por tanto la Iglesia para el mundo. Es lo que se dice, con otras palabras en Gaudium et Spes, y específicamente en Verbum Domini (99-108). Con lo que aquí se afirma, es preciso sintetizar las cinco competencias y conectarlas con nuestra vocación de seguidores de Cristo en el espacio público o el ámbito social - el mundo de la historia humana: aquí es en donde establecemos la conexión con nuestros conciudadanos, tan diferentes en sus creencias y convicciones y con quienes, sin embargo, nos mantenemos firmes en nuestra común humanidad - en la edificación de esa ciudad del hombre que ha de prefigurar con mayor dignidad la Ciudad de Dios. El propio compromiso de Dios con el mundo por la Palabra, ha de ser llevado a cabo del mejor modo posible por nuestro competente y generoso compromiso, con los pobres de las tantas pobrezas que hemos de combatir, nuestro compromiso en favor de la reconciliación, la justicia y la paz.

En la dinámica y recuerdo de la historia de la salvación, la Palabra de Dios llama al cosmos para que surja del caos, llama a Abrahán a salir de su tierra y luego al pueblo a salir de Egipto; nos ha llamado "mientras aun éramos pecadores" (Rm 5,8) para "vivir, la vida plena" (Jn 10, 10). Ahora nos llama a ser su Cuerpo en el mundo, "alimentando al hambriento, dando de beber al sediento, hospedando al extranjero, vistiendo al desnudo, cuidando a los enfermos y visitando a los encarcelados" (Mt 25, 31-46).

"Ante el ingente trabajo que queda por hacer, la fe en la presencia de Dios nos sostiene, junto con los que se unen en su nombre y trabajan por la justicia" y la paz (CiV 78).

"Se cumple aquí la profecía de Isaías sobre la eficacia de la Palabra del Dios: como la lluvia y la nieve bajan desde el cielo para empapar la tierra y hacerla germinar, así la Palabra de Dios «no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo» (Is 55,10s). Jesucristo es esta Palabra definitiva y eficaz que ha salido del Padre y ha vuelto a Él, cumpliendo perfectamente en el mundo su voluntad."[24]

[1] V. gr. La Reina-Valera, Biblia Traducción Interconfesional, Biblia Pastoral, Biblia Católica para Jóvenes, Biblia del Peregrino, La Biblia de las Américas, Biblia de América, Biblia Latinoamericana, etc.
[2] Sagrada Biblia. Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española, Madrid: Biblioteca de Autores cristianos, 2010.
[3] Benedicto XVI, Exhortación Apostólica Verbum Domini, n. 1.
[4] Cfr. También Plegaria Eucarística IV.
[5] Deus Caritas est, n. 13.
[6] Verbum Domini, n. 99.
[7] Verbum Domini, n. 100.
[8] Cfr. Caritas in veritate, n. 7.
[9] Benedicto XVI, Mensaje, XLIV Jornada Mundial de la Paz 2011, §7
[10] Caritas in veritate, n. 7.
[11] "Ciertamente, no es una tarea directa de la Iglesia el crear una sociedad más justa" (Verbum Domini, n. 100).
[12] Caritas in veritate, n. 21.
[13] Verbum Domini, n. 100.
[14] Verbum Domini, n. 105.
[15] Juan Pablo II habla de la necesidad de vivir las Bienaventuranzas y de poseer la espiritualidad de misioneros en el mundo actual. Cfr. Redemptoris Missio nn. 87-91.
[16] Verbum Domini, n. 99.
[17] Verbum Domini, n. 99.
[18] "Nunca olvidemos que «donde las palabras humanas son impotentes, porque prevalece el trágico estrépito de la violencia y de las armas, la fuerza profética de la Palabra de Dios actúa y nos repite que la paz es posible y que debemos ser instrumentos de reconciliación y de paz»". Verbum Domini n. 102 citando Benedicto XVI, Homilía (25 enero 2009): L'Osservatore Romano, ed. en lengua española (30 enero 2009), 6.
[19] Cf Verbum Domini, n. 92.
[20] Verbum Domini, n. 100 citando Evangelii Nuntiandi n. 18.
[21] Caritas in veritate, n. 57.
[22] Verbum Domini, n. 101.
[23] Caritas in veritate, n. 7.
[24] Verbum Domini, n. 99 refierendo Is 55, 10s.


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ZENIT publica el análisis que ha escrito monseñor Felipe Arizmendi Esquivel, obispo de San Cristóbal de Las Casas, con el título "Intolerancia religiosa y antirreligiosa".

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Tuvimos la reunión ordinaria cuatrimestral del Consejo Interreligioso de Chiapas, que integramos los obispos católicos del Estado y los representantes legales de diversas confesiones evangélicas. Uno de los puntos que siempre está en la agenda es analizar si hay casos de intolerancia religiosa, para ver qué podemos hacer y así colaborar a la paz y la fraternidad. Salvo casos muy puntuales, coincidimos en que no hay situaciones propiamente de intolerancia religiosa en Chiapas, sino conflictos intracomunitarios, por la tierra, la madera, por invasión de poderes y por divisiones políticas. Nuestro compromiso es trabajar por el respeto entre las diferentes confesiones, aunque muchas veces las decisiones de las asambleas ejidales nos rebasan; de todos modos, estamos convencidos de que debe haber no sólo tolerancia religiosa, sino fraternidad cristiana y evangélica.

Por otra parte, hablamos también en el Consejo Interreligioso que hay sectores de la sociedad, particularmente legisladores de diversos partidos, que son intolerantes y antirreligiosos, porque persisten en su postura de no permitir mayor libertad religiosa para los ciudadanos y para los ministros de culto. Por ejemplo, no toleran que se puedan cambiar las leyes que nos impiden poseer estaciones de radio o de televisión; se resisten a quitar los impedimentos legales para que podamos difundir nuestra fe sobre posturas de gobernantes, de partidos o de sus candidatos a puestos públicos que están en contra de nuestro credo. Nos tachan de meternos en lo que no nos compete. Nos amenazan de llevarnos a los tribunales porque dicen que violamos el Estado laico. No quieren abrir las puertas; parecen temerle a la libertad, aunque hablen de democracia.

JUZGAR

El Papa Benedicto XVI, en su mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de este 1 de enero, advierte: "Se siguen constatando en el mundo persecuciones, discriminaciones, actos de violencia y de intolerancia por motivos religiosos". Habla de lo que sucede en países de Asia y Africa, pero que se puede aplicar a algunos casos entre nosotros: "Las víctimas son principalmente miembros de las minorías religiosas, a los que se les impide profesar libremente o cambiar la propia religión a través de la intimidación y la violación de los derechos, de las libertades fundamentales y de los bienes esenciales, llegando incluso a la privación de la libertad personal o de la misma vida". Cuando esto suceda entre nosotros, no lo podemos tolerar ni aprobar, mucho menos incentivar. Si grupos católicos no permiten que minorías protestantes vivan conforme a su fe, cometen un abuso arbitrario, que nuestras diócesis no promueven ni solapan. Esperamos que, donde predomina otra confesión no católica, no haya intolerancia contra los católicos, ni de unos grupos evangélicos contra otros, como también sucede.

Dice el Papa: "Las minorías religiosas no constituyen una amenaza contra la identidad de la mayoría, sino que, por el contrario, son una oportunidad para el diálogo y el recíproco enriquecimiento cultural. Su defensa representa la manera ideal para consolidar el espíritu de benevolencia, de apertura y de reciprocidad con el que se tutelan los derechos y libertades fundamentales".

Y agrega: "Se dan también formas más sofisticadas de hostilidad contra la religión, que en los Países occidentales se expresan a veces renegando de la historia y de los símbolos religiosos, en los que se reflejan la identidad y la cultura de la mayoría de los ciudadanos. Son formas que fomentan a menudo el odio y el prejuicio, y no coinciden con una visión serena y equilibrada del pluralismo y la laicidad de las instituciones". Quienes dicen que, con mayor libertad religiosa, se viola el Estado laico, no han entendido lo que pedimos, ni lo que significa la democrática laicidad.

ACTUAR

Legisladores: ¡Abran las puertas a la plena libertad religiosa! No somos enemigos del Estado, ni de la sociedad. No ambicionamos poder político o económico. Sólo queremos más libertad, para que haya justicia, democracia y armonía social.


Publicado por verdenaranja @ 23:13  | Hablan los obispos
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domingo, 20 de febrero de 2011

Homilía de monseñor Andrés Stanovnik, arzobispo de Corrientes, en la toma de posesión del párroco Pbro. Eduardo Ramón Romero Olguín (Iglesia catedral Nuestra Señora del Rosario, 4 de febrero de 2011). (AICA)

TOMA DE POSESIÓN DEL PBRO. EDUARDO RAMÓN ROMERO OLGUÍN                

La Iglesia nos enseña que entre los templos de la diócesis el lugar más importante corresponde a la iglesia Catedral. Ella es signo de unidad de la Iglesia particular. Ella es el lugar donde acontece el momento más alto de la vida de la diócesis en la liturgia que preside el obispo. Por eso, esta comunidad parroquial tiene la misión de ser signo de comunión y, al mismo tiempo, modelo de unidad para todas las demás comunidades parroquiales de nuestra arquidiócesis. Esta vida de unidad y comunión, celebrada en la Eucaristía, debe manifestarse en un renovado impulso misionero.

De este modo hacemos tres afirmaciones que deben constituir el programa de vida de esta comunidad. Primero: ser signo de comunión y modelo de unidad; segundo: la celebración de los sacramentos, sobre todo de la Eucaristía, debe constituir el centro de la comunidad parroquial; y tercero: toda la comunidad y todos en la comunidad deben renovar profundamente su vocación misionera. 

Signo de comunión y modelo de unidad

La providencial ocasión que nos brinda el cambio de párroco, es una nueva oportunidad que Dios nos ofrece para convertirnos a él y tratar a nuestro prójimo con los sentimientos y las actitudes de Jesús. Necesitamos con urgencia vivir una verdadera espiritualidad de la comunión, que significa –como nos recordó nuestro amado Juan Pablo II– capacidad de ver ante todo lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios: como un “don para mí”. Espiritualidad de la comunión es saber “dar espacio” al hermano, llevando mutuamente la carga de los otros y rechazando las tentaciones egoístas que continuamente nos asechan y engendran competitividad, ganas de hacer carrera, desconfianza y envidias. No nos hagamos ilusiones, sin este camino espiritual, de poco servirían los instrumentos externos de la comunión.

Para construir la comunión se necesitan, ante todo, hombres y mujeres nuevos, es decir, hombres y mujeres con un corazón purificado y renovado por la gracia y el amor de Dios. Esta comunidad parroquial debe empezar decididamente a poner en práctica aquel ayuno cristiano que describió un autor del siglo II con estas palabras: “El ayuno que vas a practicar tienes que observarlo de la siguiente forma: Ante todo debes cuidarte de toda mala palabra y de todo mal deseo, y debes purificar tu corazón de todas las vanidades de este mundo”. El nuevo párroco deberá acompañar este camino penitencial con corazón de pastor, con mucha paciencia y firme al mismo tiempo, cercano y respetuoso con todos, para guiar a esta comunidad hacia una mayor unidad y comunión.  

Una comunidad centrada en la Eucaristía

La celebración de los sacramentos, sobre todo de la Eucaristía, debe constituir el centro de la comunidad parroquial. Con la Palabra de Dios y el Pan de Vida iluminamos y fortalecemos la comunión misionera de nuestras comunidades. La Eucaristía, como sabemos, la fuente y cumbre de toda nuestra vida cristiana. Esto hace a la diferencia de la comunidad creyente con todas las demás asociaciones humanas y se convierte en su quehacer más importante y distintivo. Así como la Iglesia vive de la Eucaristía, la vida espiritual de los creyentes y sobre todo del sacerdote, depende de la eucaristía. Por eso, el párroco deberá esmerarse, con la colaboración de sus ministros laicos, para que la celebración de la Misa sea realmente el corazón palpitante de la parroquia y ésta se convierta en una verdadera comunidad eucarística.

Muy unido a la Santa Misa está el sacramento del perdón. El sacerdote debe ser un ministro disponible y paciente para recibir, escuchar, consolar y dar aliento al penitente mediante el sacramento del perdón. Toda la catequesis de iniciación cristiana y los medios de formación cristiana permanente, tienen por objeto lograr que participemos de un modo pleno en la vida sacramental de la Iglesia y renueve profundamente su vocación misionera. 

Una experiencia de comunión misionera

Toda la comunidad y todos en la comunidad deben renovar profundamente su vocación misionera. La comunidad parroquial no se construye mirándose a sí misma y atendiendo exclusivamente sus propias necesidades. Cuando esto sucede, se empiezan a deteriorar seriamente las relaciones personales y eso, tristemente, da lugar a chismes, murmuraciones, calumnias y habladurías de todo género. El Párroco debe estar muy atento para que la comunidad no se transforme en un lugar de intrigas palaciegas, como la corte del rey Herodes –según lo que escuchamos en el Evangelio de hoy–, donde mientras se admira al profeta Juan, por detrás se urde una perversa trama para matarlo. Una comunidad que se mira sólo a sí misma, queda ciega a las verdaderas necesidades de los hermanos y espiritualmente embotada e insensible para la misión.

El entusiasmo de la misión brota de una comunidad que se abre a la gracia de la comunión con Dios y con sus hermanos. Sólo una comunidad reconciliada es una comunidad misionera. La unidad y comunión se refuerzan en la medida que una comunidad se abre a la misión, y se achica, cuando los miembros de esa comunidad se entretienen sólo con sus propias cosas. Una comunidad vive arraigada en Dios, cuando sus miembros, encendidos por el amor de Jesús, salen a encontrarse con los alejados y comparten con ellos la experiencia de unidad y comunión que experimentan en su propia comunidad parroquial. El párroco, como hombre que está en medio y delante de su pueblo, es el primer animador de esa vida comunitaria abierta a la misión, y solidaria con los que más sufren. 

El Presbítero: hombre de Dios para los hombres

El sacerdote es el hombre de los vínculos: está delante y en medio de su pueblo, para ayudar a que los fieles cristianos sean cada vez más amigos de Dios, más fraternos entre ellos y abiertos a todos. Con esa misión, el presbítero enseña, santifica y guía al pueblo de Dios, lo reúne en nombre de Cristo y, en consecuencia, también en nombre de la Iglesia.

El sacerdote es, ante todo, un hombre de Dios, alguien vinculado estrechamente a él, que mantiene con él un trato frecuente e íntimo, para luego hablar y actuar en su nombre. Es el hombre del trato íntimo con Dios: “Si quieren que los fieles recen con gusto y piedad, –decía Pío XII al clero de Roma– precédanlos en la iglesia con el ejemplo, haciendo oración delante de ellos. Un sacerdote de rodillas ante el tabernáculo, en actitud digna, con profundo recogimiento, es un modelo de edificación, una advertencia y una invitación a la imitación orante para el pueblo.” En ese trato familiar con Dios, aprende y se fortalece para vivir su vida y ministerio a ejemplo de Jesús, Buen Pastor, “que no vino a ser servido sino a servir.”

El presbítero es un hombre de Dios para los hombres: es un hombre comunitario y su tarea nunca puede ser realizada de un modo individualista, sino colectivo. De hecho, él es miembro de un presbiterio cuya cabeza es el obispo, por eso recordamos con frecuencia que “el ministerio ordenado tiene una radical «forma comunitaria» y puede ser ejercido sólo como «tarea colectiva».

Esto nos hace pensar que la misión del párroco es estar atento y cuidar que ninguno se sienta excluido de la vida de la comunidad parroquial y que todos vayan encontrando su lugar y participen activamente en la vida de la parroquia. Con su animación, la comunidad parroquial debe ser un ejemplo donde se comparte responsablemente todo lo que hace a la vida común, tanto las necesidades espirituales como materiales. Por eso, hay dos organismos que no pueden faltar en una comunidad parroquial y que son una ayuda indispensable para que el párroco pueda desarrollar su ministerio en forma comunitaria: el consejo de pastoral y el consejo de asuntos económicos.

El sacerdote es para la comunidad y por eso está llamado a estar “en medio de su pueblo”. La presencia del sacerdote en medio de su pueblo le permite conocer y compartir la vida cotidiana de su gente y, por consiguiente, participar con ellos de sus alegrías y también de sus penas, para ayudarles a vivir todo a partir de Dios.

P. Eduardo: hoy esta comunidad parroquial de Nuestra Señora del Rosario de la iglesia Catedral te recibe, para que con ellos y al frente de ellos los congregues en una sola familia animada por el Espíritu Santo, y los conduzcas a Dios por medio de Cristo. Es una comunidad especial –como dijimos al comienzo– por el peculiar lugar que ocupa y la misión que de ello se deriva, que tiene su propia identidad y su camino pastoral, su memoria y sus tradiciones, sus alegrías y sus penas. Ayúdale a “perseverar en el amor fraternal” –como escuchamos en la primera lectura–, y nunca dudes de las palabras que el mismo Dios ha dicho hoy: “No te dejaré ni te abandonaré”, para que puedas decir con toda confianza “El Señor es mi protector: no temeré”.

El Pbro. Eduardo Romero Olguín ha sido párroco de “San Lorenzo, diácono y mártir” desde el momento mismo de la erección del templo como parroquia, el 15 de julio del año 2003. Antes de ello fue vicario en las parroquias “Santa Teresita del Niño Jesús”, “Cristo Obrero”, “San Cayetano”, “San Cosme”, “San José” en Saladas y “San Antonio de Padua” en Mburucuyá. Además, actualmente es Delegado Episcopal para el Ecumenismo y el Diálogo Interreligioso, cargo en el que continuará ahora como Párroco de esta comunidad de la iglesia Catedral, a quien le deseamos una fructífera tarea pastoral, con la ayuda de Dios. Recibimos contentos también al P. Martín Vera, quien colaborará estrechamente con el nuevo párroco como su vicario. El P. Martín fue párroco en la parroquia de María Auxiliadora de Bella Vista y últimamente ejercía su ministerio sacerdotal como vicario parroquial en Santa, y otras tareas pastorales. También a él le deseamos que se halle en esta comunidad y que Dios haga fecundo su servicio sacerdotal.

Agradezco vivamente en nombre de la Iglesia el ministerio parroquial que desempeñó el P. Oscar Barrios en esta comunidad. Fue un período más bien breve, ciertamente, pero meritorio por su fidelidad y su entrega, no pocas veces sin sufrimiento. Valoramos también su esfuerzo y aporte como Delegado episcopal de los Asuntos Económicos de la Arquidiócesis y le auguramos una fructífera labor pastoral en la Parroquia San Lorenzo, diácono y mártir.

Para concluir, el relato del martirio de Juan nos recuerda que la vida tiene sentido si el hombre se compromete con la verdad y se entrega por ella hasta las últimas consecuencias. Mucho más aún, cuando tenemos la dicha de vivir esa entrega con Jesús como un sacrificio agradable al Padre. Por eso, ante la Santísima Cruz de los Milagros, que se encuentra providencialmente en este templo, bajo la dulce mirada de Nuestra Señora del Rosario, patrona de esta parroquia, y confiando en su poderosa intercesión, colocamos junto a la ofrenda de pan y de vino estos acontecimientos, y le suplicamos a ella que nos enseñe a ser amigos de Jesús, a caminar unidos como hermanos y a ser alegres misioneros de esa amistad mediante un renovado compromiso con la Iglesia y con la sociedad. Así sea. 

Mons. Andrés Stanovnik, arzobispo de Corrientes 


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Homilía de monseñor Francisco Polti, obispo de Santiago del Estero en el inicio del curso lectivo 2011 de la Universidad Católica de Santiago del Estero (Capilla Nuestra Señora de la Misericordia, 9 de febrero de 2011). (AICA)

INICIO DEL CURSO LECTIVO 2011 DE LA UNIVERSIDAD CATÓLICA DE SANTIAGO DEL ESTERO

 Queridos Rector, Vicerrectores, Decanos, profesores, alumnos, personal no docente, hermanos y hermanas en Cristo,

En torno a la Mesa del Altar y de la Palabra iniciamos un nuevo ciclo lectivo en esta alta casa de estudios. Es para mi una gran alegría presidir esta Eucaristía y reencontrarme con cada uno de ustedes para pedirle, una vez más al Espíritu Santo, las luces necesarias para emprender renovados este año académico 2011.

En el Evangelio de la Misa que acabamos de escuchar, San Marcos se detiene en la denuncia que Jesús hizo a los escribas de su tiempo de anteponer el legalismo de las normas rituales establecidas por la tradición humana a la ley de Dios, ahogando así el verdadero sentido del culto. Asimismo el Señor expone a la muchedumbre la doctrina sobre la verdadera pureza, y lo hace mediante una comparación entre el alimento y la decisión humana libre.

Me quería detener en las primeras palabras que Jesús les dice a sus discípulos cuándo éstos le preguntaron sobre el sentido de aquélla parábola: ¿Así que también ustedes son incapaces de entender? Pensaba, en primer lugar, en la necesidad que tenemos cada uno de nosotros que nos expliquen las cosas, que nos enseñen, que nos transmitan conocimientos, que nos digan la verdad… En este sentido, la Universidad Católica de Santiago del Estero tiene un gran desafío entre sus manos al abrir sus puertas a tantos jóvenes que se encuentran deseosos de aprender. Por otra parte, se necesita la humildad para quitarse muchos prejuicios y dejarse moldear con nuevos conocimientos que irán formando al profesional que mañana tendrá, a través de su trabajo, la tarea de construir una patria más justa, fraterna y solidaria.

Dentro de cada uno de nosotros hay un gran deseo de verdad. El interrogarse sobre el porqué de las cosas -como hemos visto en la actitud de los discípulos de Jesús- es inherente a la razón humana. Ya Aristóteles, en el comienzo de su libro sobre la Metafísica, asegura que “todos los hombres desean saber” y la verdad es el objeto propio de este deseo. Es lógico; a ninguno nos gusta que nos digan mentiras y nos engañen. Es la lección aprendida por San Agustín que nos transmite: “he encontrado muchos que querían engañar, pero ninguno que quisiera dejarse engañar”.

La Universidad tiene que proporcionar los medios necesarios para progresar en el conocimiento de la verdad, de modo que pueda hacer cada vez más humana la propia existencia. El venerable siervo de Dios, Juan Pablo II, que el próximo 1 de mayo será beatificado, en la Constitución Apostólica Ex Corde Ecclesiae afirmaba que: “Es un honor y una responsabilidad de la Universidad católica consagrarse sin reservas a la causa de la verdad. Es ésta su manera de servir, al mismo tiempo, a la dignidad del hombre y a la causa de la Iglesia, que tiene "la íntima convicción de que la verdad es su verdadera aliada... y que el saber y la razón son fieles servidores de la fe". Sin descuidar en modo alguno la adquisición de conocimientos útiles, la Universidad católica se distingue por su libre búsqueda de toda la verdad acerca de la naturaleza, del hombre y de Dios”.

Y proseguía el Papa: “Nuestra época, en efecto, tiene necesidad urgente de esta forma de servicio desinteresado que es el de proclamar el sentido de la verdad, valor fundamental sin el cual desaparecen la libertad, la justicia y la dignidad del hombre. Por una especie de humanismo universal la Universidad católica se dedica por entero a la búsqueda de todos los aspectos de la verdad en sus relaciones esenciales con la Verdad suprema, que es Dios. Por lo cual, ella, sin temor alguno, antes bien con entusiasmo trabaja en todos los campos del saber, consciente de ser precedida por Aquel que es "Camino, Verdad y Vida", el Logos, cuyo Espíritu de inteligencia y de amor da a la persona humana la capacidad de encontrar con su inteligencia la realidad última que es su principio y su fin, y es el único capaz de dar en plenitud aquella Sabiduría, sin la cual el futuro del mundo estaría en peligro”.

Los profesores, a través de la investigación sincera y de la comunicación de los resultados obtenidos a sus alumnos, contribuyen a saciar ese deseo que tiene la razón de conocer cada vez más y más profundamente, a la vez que transitan -cuando ponen todos sus talentos y virtudes y lo ofrecen a Dios- el camino de la santidad. Los alumnos, por su parte, no deben limitar su horizonte de inquietudes a un entorno exclusivamente académico. Si pierden su contacto con la vida, la ciencia se encapsula, se hace narcisista y acaba por agotarse, por tanto, junto con los profesores, no pueden olvidarse que están también llamados a orientarse hacia una verdad que los trasciende.

Hoy, nuestra sociedad, como nos ha advertido el Santo Padre, Benedicto XVI, está sometida a la “dictadura del relativismo”, donde todo se reduce a una simple opinión y a una desconfianza en la posibilidad de encontrar la verdad. “La legítima pluralidad de posiciones -sostiene la Fides et Ratio- ha dado paso a un pluralismo indiferenciado, basado en el convencimiento de que todas las posiciones son igualmente válidas”.

El relativismo responde a una concepción de la vida que trata de imponerse. El relativista piensa que el modo de alcanzar la mayor felicidad posible de lograr en este pobre mundo nuestro -que siempre es una felicidad limitada- es evadir el problema de la verdad. Pero esta concepción se encuentra con el problema de que los hombres, además de desear ser felices, de querer gozar, de aspirar a carecer de vínculos para movernos a nuestro antojo, tenemos también una inteligencia, y deseamos conocer el sentido de nuestro vivir.

Este deseo de saber y “la sed que el hombre tiene de Dios” me hacen estar convencido de que la hora actual es una hora llena de esperanza y de que el futuro es mucho más prometedor de lo que parece. Por tanto reafirmando la verdad de la fe podremos devolver al hombre contemporáneo la auténtica confianza en sus capacidades cognoscitivas. Nunca es lícito contraponer la razón a la fe porque entre ambas existe una armonía, como destacó Santo Tomás de Aquino al argumentar que no pueden contradecirse porque ambas luces -fe y razón- provienen de Dios.

Acudimos a Santa María, Asiento de la Sabiduría, que ha engendrado la Verdad y la ha conservado en su corazón, para que sea nuestro puerto seguro en nuestra búsqueda de la verdad y nos consiga los dones del Espíritu Santo que necesitamos para emprender este nuevo ciclo académico. Así sea. 

Mons. Francisco Polti, obispo de Santiago del Estero

ARISTOTELES, Metafísica, I, 1.
SAN AGUSTIN, Confesiones, X, 23, 33: CCL 27, 173.
JUAN PABLO II, Const. Apost. Ex Corde Ecclesiae, 4.
JUAN PABLO II, Carta Encíclica Fides et Ratio, 5.
Cfr. SANTO TOMAS DE AQUINO, Summa contra Gentiles, I, VIII.

 


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ZENIT  nos ofrece el Mensaje del Papa Benedicto XVI para la Jornada Mundial de las Vocaciones, que se celebrará el domingo 15 de mayo. El Mensaje ha sido hecho público el jueves 10 de Febrero de 2011 por la Santa Sede.

Queridos hermanos y hermanas

La XLVIII Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones que se celebrará el 15 de mayo de 2011, cuarto Domingo de Pascua, nos invita a reflexionar sobre el tema: Proponer las vocaciones en la Iglesia local. Hace setenta años, el Venerable Pío XII instituyó la Obra Pontificia para las Vocaciones Sacerdotales. A continuación, animadas por sacerdotes y laicos, obras semejantes fueron fundadas por Obispos en muchas diócesis como respuesta a la invitación del Buen Pastor, quien, “al ver a las gentes se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor”, y dijo: “La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies” (Mt 9, 36-38).

El arte de promover y de cuidar las vocaciones encuentra un luminoso punto de referencia en las páginas del Evangelio en las que Jesús llama a sus discípulos a seguirle y los educa con amor y esmero. El modo en el que Jesús llamó a sus más estrechos colaboradores para anunciar el Reino de Dios ha de ser objeto particular de nuestra atención (cf. Lc 10,9). En primer lugar, aparece claramente que el primer acto ha sido la oración por ellos: antes de llamarlos, Jesús pasó la noche a solas, en oración y en la escucha de la voluntad del Padre (cf. Lc 6, 12), en una elevación interior por encima de las cosas ordinarias. La vocación de los discípulos nace precisamente en el coloquio íntimo de Jesús con el Padre. Las vocaciones al ministerio sacerdotal y a la vida consagrada son primordialmente fruto de un constante contacto con el Dios vivo y de una insistente oración que se eleva al “Señor de la mies” tanto en las comunidades parroquiales, como en las familias cristianas y en los cenáculos vocacionales.

El Señor, al comienzo de su vida pública, llamó a algunos pescadores, entregados al trabajo a orillas del lago de Galilea: “Veníos conmigo y os haré pescadores de hombres” (Mt 4, 19). Les mostró su misión mesiánica con numerosos “signos” que indicaban su amor a los hombres y el don de la misericordia del Padre; los educó con la palabra y con la vida, para que estuviesen dispuestos a ser los continuadores de su obra de salvación; finalmente, “sabiendo que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre” (Jn 13,1), les confió el memorial de su muerte y resurrección y, antes de ser elevado al cielo, los envió a todo el mundo con el mandato: “Id y haced discípulos de todos los pueblos” (Mt 28,19).

La propuesta que Jesús hace a quienes dice “¡Sígueme!” es ardua y exultante: los invita a entrar en su amistad, a escuchar de cerca su Palabra y a vivir con Él; les enseña la entrega total a Dios y a la difusión de su Reino según la ley del Evangelio: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12,24); los invita a salir de la propria voluntad cerrada en sí misma, de su idea de autorrealización, para sumergirse en otra voluntad, la de Dios, y dejarse guiar por ella; les hace vivir una fraternidad, que nace de esta disponibilidad total a Dios (cf. Mt 12, 49-50), y que llega a ser el rasgo distintivo de la comunidad de Jesús: “La señal por la que conocerán que sois discípulos míos, será que os amáis unos a otros” (Jn 13, 35).

También hoy, el seguimiento de Cristo es arduo; significa aprender a tener la mirada de Jesús, a conocerlo íntimamente, a escucharlo en la Palabra y a encontrarlo en los sacramentos; quiere decir aprender a conformar la propia voluntad con la suya. Se trata de una verdadera y propia escuela de formación para cuantos se preparan para el ministerio sacerdotal y para la vida consagrada, bajo la guía de las autoridades eclesiásticas competentes. El Señor no deja de llamar, en todas las edades de la vida, para compartir su misión y servir a la Iglesia en el ministerio ordenado y en la vida consagrada, y la Iglesia “está llamada a custodiar este don, a estimarlo y amarlo. Ella es responsable del nacimiento y de la maduración de las vocaciones sacerdotales” (JUAN PABLO II, Exhort. ap. postsinodal Pastores dabo vobis, 41). Especialmente en nuestro tiempo en el que la voz del Señor parece ahogada por “otras voces” y la propuesta de seguirlo, entregando la propia vida, puede parecer demasiado difícil, toda comunidad cristiana, todo fiel, debería de asumir conscientemente el compromiso de promover las vocaciones. Es importante alentar y sostener a los que muestran claros indicios de la llamada a la vida sacerdotal y a la consagración religiosa, para que sientan el calor de toda la comunidad al decir “sí” a Dios y a la Iglesia. Yo mismo los aliento, como he hecho con aquellos que se decidieron ya a entrar en el Seminario, a quienes escribí: “Habéis hecho bien. Porque los hombres, también en la época del dominio tecnológico del mundo y de la globalización, seguirán teniendo necesidad de Dios, del Dios manifestado en Jesucristo y que nos reúne en la Iglesia universal, para aprender con Él y por medio de Él la vida verdadera, y tener presentes y operativos los criterios de una humanidad verdadera” (Carta a los Seminaristas, 18 octubre 2010).

Conviene que cada Iglesia local se haga cada vez más sensible y atenta a la pastoral vocacional, educando en los diversos niveles: familiar, parroquial y asociativo, principalmente a los muchachos, a las muchachas y a los jóvenes -como hizo Jesús con los discípulos- para que madure en ellos una genuina y afectuosa amistad con el Señor, cultivada en la oración personal y litúrgica; para que aprendan la escucha atenta y fructífera de la Palabra de Dios, mediante una creciente familiaridad con las Sagradas Escrituras; para que comprendan que adentrarse en la voluntad de Dios no aniquila y no destruye a la persona, sino que permite descubrir y seguir la verdad más profunda sobre sí mismos; para que vivan la gratuidad y la fraternidad en las relaciones con los otros, porque sólo abriéndose al amor de Dios es como se encuentra la verdadera alegría y la plena realización de las propias aspiraciones. “Proponer las vocaciones en la Iglesia local”, significa tener la valentía de indicar, a través de una pastoral vocacional atenta y adecuada, este camino arduo del seguimiento de Cristo, que, al estar colmado de sentido, es capaz de implicar toda la vida.

Me dirijo particularmente a vosotros, queridos Hermanos en el Episcopado. Para dar continuidad y difusión a vuestra misión de salvación en Cristo, es importante incrementar cuanto sea posible “las vocaciones sacerdotales y religiosas, poniendo interés especial en las vocaciones misioneras” (Decr. Christus Dominus, 15). El Señor necesita vuestra colaboración para que sus llamadas puedan llegar a los corazones de quienes ha escogido. Tened cuidado en la elección de los agentes pastorales para el Centro Diocesano de Vocaciones, instrumento precioso de promoción y organización de la pastoral vocacional y de la oración que la sostiene y que garantiza su eficacia. Además, quisiera recordaros, queridos Hermanos Obispos, la solicitud de la Iglesia universal por una equilibrada distribución de los sacerdotes en el mundo. Vuestra disponibilidad hacia las diócesis con escasez de vocaciones es una bendición de Dios para vuestras comunidades y para los fieles es testimonio de un servicio sacerdotal que se abre generosamente a las necesidades de toda la Iglesia.

El Concilio Vaticano II ha recordado explícitamente que “el deber de fomentar las vocaciones pertenece a toda la comunidad de los fieles, que debe procurarlo, ante todo, con una vida totalmente cristiana” (Decr. Optatam totius, 2). Por tanto, deseo dirigir un fraterno y especial saludo y aliento, a cuantos colaboran de diversas maneras en las parroquias con los sacerdotes. En particular, me dirijo a quienes pueden ofrecer su propia contribución a la pastoral de las vocaciones: sacerdotes, familias, catequistas, animadores. A los sacerdotes les recomiendo que sean capaces de dar testimonio de comunión con el Obispo y con los demás hermanos, para garantizar el humus vital a los nuevos brotes de vocaciones sacerdotales. Que las familias estén “animadas de espíritu de fe, de caridad y de piedad” (ibid), capaces de ayudar a los hijos e hijas a acoger con generosidad la llamada al sacerdocio y a la vida consagrada. Los catequistas y los animadores de las asociaciones católicas y de los movimientos eclesiales, convencidos de su misión educativa, procuren “cultivar a los adolescentes que se les han confiado, de forma que éstos puedan sentir y seguir con buen ánimo la vocación divina” (ibid).

Queridos hermanos y hermanas, vuestro esfuerzo en la promoción y cuidado de las vocaciones adquiere plenitud de sentido y de eficacia pastoral cuando se realiza en la unidad de la Iglesia y va dirigido al servicio de la comunión. Por eso, cada momento de la vida de la comunidad eclesial –catequesis, encuentros de formación, oración litúrgica, peregrinaciones a los santuarios- es una preciosa oportunidad para suscitar en el Pueblo de Dios, particularmente entre los más pequeños y en los jóvenes, el sentido de pertenencia a la Iglesia y la responsabilidad de la respuesta a la llamada al sacerdocio y a la vida consagrada, llevada a cabo con elección libre y consciente.

La capacidad de cultivar las vocaciones es un signo característico de la vitalidad de una Iglesia local. Invocamos con confianza e insistencia la ayuda de la Virgen María, para que, con el ejemplo de su acogida al plan divino de la salvación y con su eficaz intercesión, se pueda difundir en el interior de cada comunidad la disponibilidad a decir “sí” al Señor, que llama siempre a nuevos trabajadores para su mies. Con este deseo, imparto a todos de corazón mi Bendición Apostólica.

Vaticano, 15 noviembre 2010

BENEDICTUS PP. XVI

[©Copyright 2011 - Libreria Editrice Vaticana]


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Homilía de monseñor Agustín Radrizzani, arzobispo de Mercedes-Luján, sobre la visión cristiana de la vida (Basílica de Luján, sábado 5 de febrero de 2011). (AICA)

ENCUENTRO CON LOS POLÍTICOS SOBRE LA VIDA    

Queridos hermanos y hermanas:

Estamos celebrando, en la casa de la madre de la Vida, esta santa misa como acción de gracias al Padre por el don de la existencia y pidiendo su ayuda para ser testigos del valor absoluto de la vida, de toda vida humana.

Quiero comenzar la reflexión desde Aquel que es fuente de la vida, nuestro Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, comunión de amor, permanentemente vivo y donado para que también nosotros, simples y frágiles creaturas, gocemos de la vida y podamos participar, divinizados, de su propia Vida eterna.

Es insondable el Misterio del Dios Viviente. Conocemos por la Revelación que es el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, tal como lo refiere el libro del Éxodo en el episodio de la zarza, donde el Señor dialoga con Moisés. Su Vida es desde siempre y subsiste por siempre, el Salmo 89 comienza con este reconocimiento: “Señor, tú has sido nuestro refugio de edad en edad. Antes que los montes fueran engendrados, antes que naciese la tierra y el orbe, desde siempre y por siempre tu eres Dios”.

En el Señor esta Vida es sinónimo de amor, es decir, donación recíproca entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Es el amor que engendra vida, es la vida que se alimenta y crece con el amor. Es un amor desbordante, como todo amor verdadero. Es un amor que plasma la creación, dejando su huella de verdad, belleza y armonía. Ese mismo Amor se complace en crear al hombre a su imagen y semejanza: para el encuentro en el amor, para la comunión y la donación, para colaborar con el Creador en la generación de la vida, para cuidar y hacer crecer la vida en el mundo.

Conocemos que ese designio amoroso del Señor ha sido trastocado por seres creados en el amor, y por lo tanto en la libertad, que decidieron desobedecer el plan del Creador y prescindir de Él. Es lo que llamamos pecado. Aquella realidad por la cual Dios fue ofendido en manera infinita, inconciliable desde la limitadísima capacidad humana y por la cual, como consecuencia más trágica, entró la muerte en el mundo (cfr. Rm 5,12).

A pesar que el pecado alcanzó a toda la creación, que quedó sometida a la desobediencia y a todos los hombres de todos los tiempos (cfr. Rm 8, 22; Rm 5, 12b), el amor de Dios no dejó abandonada su obra a la muerte sino que redonó la vida y una vida sobreabundante en Jesucristo. Aquella maldición que brotó de la desobediencia de uno solo, se ha convertido en bendición que alcanza a todos los hombres (cfr. Rm 5,19). “Donde abundó el pecado, sobreabundó la Gracia” dirá san Pablo en Rm 5, 20.

Jesucristo es el Enviado del Padre para devolvernos la vida. La liturgia cantará en la Vigilia pascual “Feliz la culpa que nos mereció tan noble y gran Redentor” (Pregón Pascual). Él es la gran manifestación de Dios Viviente y vino para todos tengamos vida en abundancia (cfr. 1Jn. 1,2; Jn. 10,10).

¿Qué significa para nosotros hoy esta realidad? En primer lugar hemos de preguntarnos si nuestra relación con Jesús es vital. ¿Creo y experimento que sin Él nada puedo hacer? Esto involucra toda mi existencia, desde lo más hondo: yo no soy y El es, yo soy en El. San Pablo lo dirá en Gálatas 2, 20: “vivo yo, pero no soy yo sino Cristo que vive en mi”. La experiencia vital de Jesús pasa por la profunda comunión con Él y por Él en el Espíritu, con el Padre; así, lo que más importa y lo único necesario es la escucha de la Voluntad del Padre, la circulación de su Vida en mí.

También hay otra realidad, inseparablemente unida a esta relación vital con Jesús: se trata de la fraternidad. En efecto el es la Vid y nosotros los sarmientos, como lo expresa la parábola (Jn. 15, 1 -17). Todas ramas unidas al único tronco. Jesús relaciona esta imagen del la vid con el mandamiento del amor. La comunión no es una realidad solamente “vertical”, es decir Dios y yo, sino y principalmente “horizontal”: en el amor que se tengan unos a otros reconocerán que son mis discípulos dice el Señor (Jn. 13, 35) y la carta de Santiago desarrolla la necesidad de traducir la fe en obras de amor al hermano. Me puedo preguntar, a la luz de esta realidad ¿mi vida de comunión con los hermanos está traducida en obras?

Evidentemente nos encontramos con antivalores y muchas formas de la llamada “cultura de la muerte”: sabemos y padecemos atropellos a la vida naciente, a la vida de los débiles y “sobrantes” a los ojos del mundo, al decir de Aparecida; graves y violentos atentados cada día y en cualquier parte que nos agobian y atemorizan y podríamos seguir con una larga letanía de desprecios por la vida. El peligro es quedarnos en una declamación que nos lleve al desánimo y la amargura.

Tenemos necesidad de gozar la Vida de Dios en nosotros, de traducirla en gestos misioneros, que la contagien y entusiasmen a otros, que les muestre el sentido verdadero de la existencia.

Virgen de Luján, madre de la Vida, nos encomendamos a tu cuidado y nos animamos con tu ejemplo a ser testigos de la vida en nuestro pueblo.  

Mons. Agustín Radrizzani, arzobispo de Mercedes-Luján

Cfr. Ex. 3, 15 


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sábado, 19 de febrero de 2011

Discurso inaugural del 48° Curso de Rectores del CONSUDEC (Córdoba, 10 de febrero de 2011). (AICA)

EL EDUCADOR Y SU CIRCUNSTANCIA               

Continuamos este año, con la realización en Córdoba del 48° Curso de Rectores, el itinerario iniciado en 2010 para conmemorar el Bicentenario patrio, que esperamos completar dentro de un lustro, si Dios quiere, en Tucumán, cuna de nuestra independencia. Saludo cordialmente a las autoridades que nos acompañan y a todos ustedes, queridos educadores, que han venido desde los puntos más distantes del país.

El Consejo Superior de Educación Católica, al ofrecer anualmente este foro de reflexión pedagógica y pastoral, cumple con un aspecto importantísimo de su misión al servicio del subsistema educativo eclesial. En el campo decisivo de la formación permanente de los educadores, empeño que responde a las exigencias de realización personal progresiva, de seriedad profesional y de una específica vocación, queda, ciertamente, mucho por hacer. El CONSUDEC tendrá que dotarse de las estructuras necesarias para promover la actualización continua de directivos y docentes, a nivel nacional, en todas las áreas de la actividad educativa: doctrinal, científica, metodológica, pastoral y de gestión institucional.

El principio de libertad de enseñanza y el requisito ineludible de igualdad de oportunidades nos asisten para solicitar del Instituto Nacional de Formación Docente los fondos necesarios y la acreditación correspondiente, ya que el subsistema educativo eclesial integra, según nuestro ordenamiento jurídico, el único sistema público de educación nacional. Me permito subrayar este concepto, ya que con frecuencia se oye todavía una formulación errónea que opone escuela de gestión privada a escuela pública, entendiendo por ésta exclusivamente la estatal. De este equívoco se ha valido la ANSES para negar la asignación universal por hijo a las familias que eligen para el suyo la escuela católica.

El CONSUDEC bien podría establecer o auspiciar un Proyecto Integral de Formación Docente, que procure asegurar la identidad católica de la enseñanza en todo el subsistema eclesial, de acuerdo a la condición señalada por el Documento de Aparecida, a saber: la referencia explícita a la visión cristiana. Esta referencia se cumple cuando los principios evangélicos se convierten en normas educativas, motivaciones interiores y, al mismo tiempo, en metas finales (335). Sólo si se verifica esta condición podemos sostener, según el mismo texto, que la educación es católica. 

El educador

El Curso que con este acto inauguramos enfoca la figura del educador y su misión en un nuevo y complejo contexto social. ¿Qué significa ser educador? ¿Quién lo es, verdaderamente? Me he ocupado, en otras ocasiones, de la identidad del educador pero no será ocioso insistir, ya que éste es el tema clave.

Concedámonos entonces un breve paréntesis para echar mano a algunas sutilezas, que no son arbitrarias. Si nos atenemos a los orígenes clásicos, habría que distinguir al educador del profesor y del docente. El verbo castellano educar procede de su casi homófono latino educare, que significa criar a un niño, darle de mamar, cuidarlo; por lo tanto, supera el mero enseñar o instruir y apunta más bien a formar integralmente a una persona. La función educativa se ubica en continuidad con la de engendrar. Por eso los padres de familia son los primeros educadores de sus hijos; por eso también la misión de los educadores tiene mucho de maternal y paternal. Educare está estrechamente vinculado a educere, que equivale a sacar afuera, alzar, levantar, conducir, educar y también –otra vez– criar. Para Cicerón, educator es el que cría, alimenta o educa. El título de professor, en la antigüedad designaba el oficio, el arte, la facultad del que enseña; un profesor, en suma, cumple una nobilísima función, pero no sería, sin más un educador. Cicerón emplea asimismo el nombre praeceptor: el preceptor es el que instruye proporcionando reglas y preceptos. El profesor y el preceptor instruyen, enseñan, son docentes. Educar, en cambio, comporta la paciente tarea y el empeño de amor necesarios para sacar a luz las energías interiores de un niño, de un adolescente, de un joven, tanto las intelectuales cuanto las afectivas y prácticas, potencias que pueden estar dormidas, encontrarse inexploradas, informes, que deben ser guiadas a su plena realización.   

De algún modo, la definición del educador coincide con la del maestro, si tomamos en consideración la tradición pedagógica cristiana y la referencia al modelo evangélico y a la figura del único Maestro, Cristo (cf. Mt. 23, 8). El educador, que es maestro en un sentido plenario, ideal, no educa sólo con sus palabras, sino más bien con su ser. No basta que domine perfectamente su materia, aunque sea ésta una condición imprescindible; para él, que ha conocido la experiencia de ser discípulo, su tarea es una aventura continua en la que se pone a prueba una vocación. Únicamente si es capaz de ofrecer lo que vive logrará suscitar en sus alumnos el asombro, el interés apasionado por la observación de la realidad, por la búsqueda de la verdad. No puede educar quien carece de certezas, quien no es capaz de avalar su transmisión con la autenticidad de su vida, quien no está dispuesto a entregarse, a comunicarse a sí mismo. 

Educación integral.

En la vieja Europa se discute sobre el eclipse de los modelos y el concomitante fin de los maestros: lúcidos observadores advierten que se multiplican las voces, los intercambios se tornan cada vez más veloces, dominan los estereotipos, pero faltan quienes puedan guiar a los jóvenes y ayudarlos a reconocer el valor de las cosas. En muchas sociedades, la crisis de la enseñanza elemental se precipita cuando el maestro, o la maestra, deja de ser una figura de referencia para los niños. Estas situaciones críticas ponen de relieve la necesidad de contar con auténticos educadores, capaces de transmitir tanto argumentativa como vitalmente una visión del mundo. En otras intervenciones he citado un testimonio que considero paradigmático: el del gran cineasta italiano Ermanno Olmi, autor de aquella inolvidable obra de arte titulada “El árbol de los zuecos”. Reconocía recientemente en un reportaje que había tenido varios maestros, pero finalmente resumió su respuesta en una inesperada afirmación: La maestra que me ha introducido en el descubrimiento del mundo ha sido mi abuela materna. Fue ella quien me acompañó paso a paso hacia el interior del mundo campesino; lo hizo a través de su vida ejemplar de madre y de viuda, ya que había perdido a su marido en la Gran Guerra. Todo lo que sabía lo había aprendido de la vida; logró afrontar cada sufrimiento manteniendo siempre una orientación a la alegría. En casa cantaba de continuo, y cuando no cantaba recitaba rosarios, como, por otra parte, se hacía normalmente en las casas de los campesinos. Y justamente, mi otra maestra ha sido la civilización campesina.

En esta aserción se alude, de algún modo, a lo que nosotros solemos llamar educación integral. El proyecto educativo católico se caracteriza por cultivar expresamente tal integralidad como el fin por excelencia, que determina la orientación de todo el proceso formativo, la adopción de los métodos más adecuados y su revisión constante, la interacción y el ajuste de todas las dimensiones en búsqueda de una síntesis sapiencial, que encuentra su fuente inspiradora y su perfección en el conocimiento y el amor de Dios. Como ya lo hemos sugerido, educar significa formar varones y mujeres completos, su inteligencia, su voluntad, sus sentimientos, sus habilidades corporales, su sentido moral y social, su vida de fe y oración, su adhesión a Jesucristo y su inserción en la comunidad de la Iglesia. La transmisión de la cosmovisión cristiana permite asumir críticamente la cultura de nuestra época y colaborar en la plasmación de un nuevo humanismo, porque para el cristiano nada de lo humano es ajeno. Un maestro singular del humanismo católico, San Francisco de Sales, que propuso el ideal de una cultura de todo el hombre, decía de sí mismo: Je suis tant homme que rien plus (una expresión difícil de traducir literalmente: soy tan hombre que nada más).

Quizá sea éste el lugar apropiado para aludir rápidamente a la importancia del trabajo en el concepto de educación integral. Esta valoración es significativa en orden a recuperar las escuelas técnicas, pero puede extenderse a todo proyecto educativo. Habría que revisar una cierta distinción entre trabajo manual y trabajo intelectual que con frecuencia conduce –siquiera inconscientemente– a subestimar o excluir al primero. El ejercicio de actividades eminentemente prácticas, en las que sea preciso aplicar los conocimientos teóricos se corresponde con la necesidad de adquirir el fundamento intelectual imprescindible para que los trabajos técnicos y de servicio resulten bien hechos. Estudio y trabajo son valores complementarios que concurren a una formación plena, no truncada, de la persona. 

La dimensión religiosa.

La Ley de Educación Nacional ha incorporado, felizmente, el concepto de educación integral. Sin embargo, los legisladores no se atrevieron a enumerar las dimensiones de esa totalidad, a pesar de que se habían formulado propuestas para que se lo hiciera. El prejuicio laicista fue más fuerte, y no se quiso enunciar una serie en la que no podía faltar la dimensión espiritual y religiosa. El Estado nacional, en este asunto, contradice las aspiraciones de la mayoría de la población, que han logrado ser reconocidas en el ordenamiento educativo de varias provincias. No puede haber educación integral sin el cultivo de la dimensión religiosa, valor culminante de toda cultura verdaderamente humana.

No incurro en una digresión si me detengo a clarificar la posición sobre la enseñanza religiosa de Domingo Faustino Sarmiento, de cuyo nacimiento se cumplirá, dentro de pocos días, el bicentenario. El historiador y académico Néstor Tomás Auza se ha ocupado recientemente del tema en un estudio titulado “Sarmiento, la religión y la Iglesia”. Durante toda su vida, aquel genio apasionado y no poco contradictorio fue un convencido difusor del catecismo. En 1839, el año en que escribía en “El Zonda”, por él fundado, creó en San Juan una escuela para señoritas, que puso bajo el patronazgo de Santa Rosa de Lima y la protección de la Asunción de María. Él redactó los estatutos y prescribió la enseñanza de la religión y la moral católica, la oración de la mañana, el rosario por la tarde, la misa dominical y la novena de la santa patrona. Quince años más tarde, en su primera circular como director del Departamento de Escuelas del Estado de Buenos Aires, ordenó puntillosamente a los maestros las oraciones que se debían rezar, la asistencia a misa y la preparación de monaguillos para ayudar a los párrocos. Por aquellos años en que propiciaba la enseñanza religiosa en las escuelas, Sarmiento no encontraba textos adecuados. No le satisfacían los de Astete, Pouget y Fleury, en uso comúnmente entonces; por eso tradujo del francés el catecismo de la doctrina cristiana “Conciencia de un niño”, de Schenidt –compuesto originalmente en alemán– y lo editó para usarlo en la Escuela Normal durante una de sus estadías en Chile. Este libro se difundió ampliamente en colegios y parroquias, también en nuestro país, donde José Manuel Estrada lo adoptó, en 1866, para la provincia de Buenos Aires. No hay que olvidar, además, que escribió una “Vida de Jesús”, que debía emplearse como complemento del catecismo. Es verdad que entre 1882 y 1884 renegó de lo que había sostenido, asumiendo el programa anticatólico de la masonería, y en el debate sobre la Ley de Educación Común no aceptó la religión como parte del currículo escolar; proponía mantenerla antes o después del horario de clases. Despuntó en esa época, sobre todo en su discusión con los líderes católicos, un viejo relente anticlerical y el carácter descuidado y superficial de su formación religiosa. Sin embargo, en aquel período todavía continuaba editando y distribuyendo catecismos y su “Vida de Jesús”, para la que obtuvo la aprobación del obispo de Cuyo. Quienes han hecho del gran sanjuanino un ícono del laicismo tendrían que admitir y apreciar cabalmente este otro aspecto de su compleja personalidad. 

El contexto. La pobreza.

Deseo referirme ahora al contexto en el cual el educador está llamado a repensar y relanzar su misión. El título del presente Curso se refiere al entorno social, y lo califica de nuevo y complejo. En mi opinión, habría que evitar una interpretación reductiva de la vida social, para enfocar en toda su amplitud la problemática cultural de nuestra época y sus consecuencias pedagógicas. Elijo, a este propósito, algunos temas que considero de particular interés.

En primer lugar podemos señalar el drama de la pobreza; habría que declinar en plural este nombre y hablar de múltiples pobrezas, comenzando por aquella extrema que se identifica con la miseria y la exclusión social. En su libro Gobernar es poblar, el médico Abel Albino ha llamado la atención con agudeza y vigor sobre la desnutrición infantil, enfermedad sociocultural vinculada directamente al comportamiento humano; afirma en esa obra que los chicos desnutridos suelen ser fruto del abandono, y sentencia que ese defecto, si no es remediado en los dos primeros años de vida provoca lesiones cerebrales irreparables que son luego causa principalísima de la deserción escolar. La raíz de este mal tan extendido se encuentra en la desorganización familiar, en la precariedad de sus recursos de vida y en la fragilidad de sus vínculos: padres que no han aprendido a ser tales y son incapaces de asumir su responsabilidad de alimentar, de estimular afectivamente, de amar a sus hijos. La falta de un trabajo digno, de la presencia diligente de la madre en el hogar se expresan muchas veces en una carencia simbólica: en la casa no hay mesa.

La defección educativa de la familia se verifica también en situaciones económicas y sociales aventajadas. Los cambios de pareja, en búsqueda de una utópica felicidad futura, a menudo convierten a los hijos en víctimas; en los sectores en que reinan condiciones privilegiadas de desarrollo material es frecuente que falte a los adolescentes la verdadera escucha y la atención afectuosa de los padres. El eclipse de la figura paterna, la confusión de roles en la educación familiar, reflejan la pérdida de sentido de las instituciones formativas y de la tradición cultural. Los expertos señalan el fenómeno de muchachos y chicas solos, abúlicos, que se procuran estímulos cada vez más fuertes para experimentar la sensación momentánea de estar vivos; nutren en el fondo del alma una secreta desesperación y abandonados a ellos mismos sucumben a una fragilidad que no ha sido detectada y socorrida a tiempo. Este panorama severo interpela al educador cristiano, y a la Iglesia misma en su misión evangelizadora; constituye un acicate al estudio, a la comprensión, a la cercanía afectuosa a cada uno de los alumnos; es un incentivo de caridad que en su reclamo induce a reconocer a la educación como un oficio de amor. 

Nuestra decadencia educativa y el método chino.

Para dirigir ahora la atención a realidades más estrictamente pedagógicas, corresponde mencionar el reciente informe del Programa Internacional para la Evaluación de Estudiantes (PISA 2009). Como es sabido, esa relación ofrece los resultados de la prueba a que fueron sometidos 470.000 estudiantes de quince años, de 65 naciones, en tres áreas de estudio: matemática, lectura comprensiva y ciencias. La ubicación lograda por nuestros chicos, el puesto 58° –es decir, casi tocando fondo en la lista– manifiesta la penosa declinación de la educación argentina. El informe fue ampliamente discutido en el mundo; por desgracia, todavía no ocurrió lo mismo entre nosotros. El dato más saliente es el nivel óptimo alcanzado por estados y ciudades del extremo oriente: Shangai, Hong Kong y Corea del Sur; de allí que la consideración se haya centrado en los acentos que caracterizan a la pedagogía china. Al respecto se ha hecho notar la importancia que se otorga en ella al tiempo de estudio (muchos días, muchas horas por día, con clases suplementarias), a la autoridad del maestro, al uso de la memoria, y una especial dedicación a las matemáticas. Además, los exámenes son el gozne de la escuela china. Amy Chua, profesora en la Facultad de Derecho de la Universidad de Yale, ha publicado recientemente un libro con este título sugestivo: Himno de batalla de la madre tigre, en el que exhibe lo que podríamos llamar el método de las madres chinas. En un ensayo publicado en el Wall Street Journal la autora explica el éxito alcanzado por los adolescentes chinos en el PISA como resultado del tipo de educación que están recibiendo primeramente en sus familias: disciplina, rigor, severidad; se piensa que la excelencia no puede lograrse de otro modo y entonces se los motiva, para nuestro gusto hasta la crueldad. Si es necesario, se los priva de salidas y de juegos para que no se distraigan de sus deberes, y no se les permite lamentarse. Esta afirmación lo dice todo: lo peor que puede hacerse contra la autoestima del hijo es dejar que se rinda ante un obstáculo.

Los cuestionamientos a este método apuntan al menoscabo que podrían sufrir valores tales como la creatividad, la sociabilidad, el aprecio del trabajo en equipo. Los objetores lanzan este planteo radical: la excelencia en la música, o en cualquier otra disciplina, ¿puede hacer felices a los hijos? Vale la pena abrir una seria discusión sobre estos enfoques. Entre los rigores chinescos y el buenismo criollo que nos está hundiendo en el báratro de la ignorancia y del retraso podemos encontrar alternativas razonables, como las que conoció la escuela argentina en sus mejores épocas. El remedio no está en disponer continuas reformas estructurales, ni en entregarse a experimentos riesgosos y apresurados. La contribución de pedagogos y psicólogos es ciertamente muy útil, pero lo que sobre todo hace falta es el talento de verdaderos maestros. Salta a la vista que no deberíamos sustraernos a ciertos requisitos fundamentales: revisar qué tiempo se dedica efectivamente al trabajo escolar y procurar su mejor empleo; asumir la necesidad del esfuerzo y la autodisciplina para obtener resultados de excelencia; restaurar el valor de los contenidos de la enseñanza fijando los niveles de conocimientos y habilidades que los alumnos deben poseer, con especial atención puesta en los saberes básicos, que son –como se decía antaño– leer, escribir y calcular. Pequeño menú éste, que puede proponerse tanto a los estudiantes cuanto a sus educadores. 

Educación personalizada

Los debates sobre la problemática educativa, que tienen lugar en muchos países, envuelven cuestiones políticas, económicas, culturales en sentido amplio, y una visión de futuro acerca de la inserción de la propia nación en un mundo globalizado. Las numerosas publicaciones aparecidas en los últimos años dan buena cuenta de la importancia del tema, del cual se ocupan desde los hombres de Estado hasta los periodistas. Aludo, de paso, a la Carta a los Educadores, de septiembre de 2007, del actual presidente de Francia, y al reciente libro de Andrés Oppenheimer ¡Basta de historias! En todas partes se siente la necesidad de una renovación. Pero estos intentos deben referirse seriamente al bien de todos y cada uno de los alumnos.

El concepto de educación personalizada no resulta extraño para la escuela católica. Su propósito dirigido a la formación integral de la persona, que se alcanza plenamente en la comunión con Dios (cf. Documento de Aparecida, 336), se comprende a la luz de la misión esencial de la Iglesia; cada uno de los niños, adolescentes y jóvenes es objeto de dedicación y de amor en su singularidad irrepetible, especialmente cada uno de aquellos que Jesús llama el más pequeño de mis hermanos (Mt. 25, 40.45) para identificarse con ellos y encomendarlos a nuestra solicitud.

En los debates y proyectos en curso se subraya que educación personalizada equivale a educación diferenciada. Se distinguen en los niños diversos tipos de inteligencia: lingüística, lógico-matemática, corporal-kinestésica, espacial (se refiere a la capacidad de pensar mediante imágenes, y a la habilidad para el dibujo y el puzzle), musical, interpersonal (es la inclinación al liderazgo), intrapersonal (referida a la sensibilidad y a la emoción). En varios países, Estados Unidos, Israel, China, se vienen ensayando proyectos especiales para los niños mejor dotados, como los había en la Unión Soviética; allí se concentraba en una “ciudad de la ciencia” a los pequeños genios de las matemáticas. Recientemente el Director General de Formación Profesional del Ministerio de Educación de España ha presentado una propuesta en términos sorprendentes. Este funcionario considera que los grandes olvidados de la escuela son los primeros de la clase; por lo general –según él– se procura sostener al que se retrasa y no potenciar a quien ya rinde todo lo que la escuela le requiere. Se determina, en consecuencia, ofrecer gratuitamente cursos fuera de horario para profundizar el estudio de las materias en las que esos chicos de especiales condiciones sobresalen. Se pueden detectar las cualidades a los doce años, para valorar las respectivas inclinaciones intelectuales, estimular el crecimiento y premiar los resultados. El propósito aspira a una transformación de la sociedad del conocimiento. Sobre estos planes se han manifestado dudas y objeciones: se estaría quebrando el principio de equidad y favoreciendo a los hijos de familias acomodadas, que son herederos de tradiciones culturales y disponen en su casa de un ambiente propicio, bibliotecas y otros recursos para el estudio.

Este flanco de la educación personalizada privilegia el aspecto intelectual de la formación; habría que armonizarlo con las otras dimensiones de una educación integral. No obstante, sería provechoso asumir el desafío que los intentos citados implican de mejorar la calidad de la enseñanza; para ello es preciso empeñarse en una renovación metodológica ordenada a despertar la curiosidad de los alumnos, su deseo de saber, y a ensanchar sus horizontes culturales. La cuestión es no nivelar hacia abajo, sino que todos, con la aplicación y la ayuda necesaria, alcancen las metas a las que según sus dotes pueden aspirar. ¿No debe acaso la escuela católica ofrecer a todos una educación de excelencia, y hacerlo con principios y talante católicos?

La otra vertiente es la dedicación, también y quizá con mayor razón personalizada, a los chicos afectados por algún tipo de hándicap, o mejor dicho, con capacidades diferentes. En este campo, me parece que todavía tenemos un largo camino a recorrer para cumplir debidamente con el servicio que los padres de esos niños tienen derecho a esperar de nosotros. Pienso no solamente en más escuelas especialmente dedicadas a ellos, sino también en su integración en cualquiera de nuestras instituciones educativas. El esfuerzo del Estado italiano es digno de mención: en el año escolar 2009-2010 se registraron 181.000 alumnos con problemas especiales, asistidos por 90.000 docentes de apoyo. Vale recordar, como estímulo de nuestro arrojo y del tesón correspondiente, la palabra del Señor: les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo (Mt. 25, 40).  

Las nuevas tecnologías en la escuela.

Cualquier docente conoce por experiencia que a los chicos de hoy les cuesta enormemente concentrarse y que tienen serias dificultades para seguir una exposición, un razonamiento, para mantenerse constantes en una tarea empeñosa. Este dato parece una generalización; sin embargo, los expertos reconocen la existencia de una generación digital y describen sus características. Se habla también de chicos multitasking, que han nacido con la computadora y no conocen el reposo de la lectura, al menos tal como se concebía esta actividad anteriormente; acostumbrados al colage, al “corta y pega”, no consiguen redactar una síntesis de lo que leen ni elaborar un relato autónomo dotado de una estructura lógico-secuencial; sus escritos suelen ser incomprensibles. La escuela debe afrontar esta situación, en el grado en que se verifique, para educar a estos chicos en la atención, en la aplicación, para enseñarles a argumentar con rigor.

La incorporación de la escuela al mundo digital exige considerar objetivamente esos reparos. Los adolescentes de hoy suelen actuar sin interrogarse demasiado sobre el sentido y las consecuencias de su acción; su comportamiento se basa en el esquema estímulo-respuesta y el tiempo es para ellos una sucesión de fragmentos, de instantes presentes, como si no existiera el pasado ni el futuro. El mundo digital existe cuando se conecta la computadora y se extingue cuando ésta se apaga, sin conexión lógica entre ambos momentos. Al parecer, la mente se va adaptando a trabajos de breve duración, cambiantes; cada uno de ellos se presenta como un estímulo nuevo. Especialistas en la psicobiología de la edad del desarrollo estudian la relación entre el sistema nervioso y la experiencia y alertan sobre la posible modificación de las conexiones cerebrales en los adolescentes; señalan también la tendencia a descuidar la memoria, ya que lo que se necesita saber está siempre disponible en la red. Todos estos datos están íntimamente relacionados con el estudio y el aprendizaje.

Las opiniones se dividen. Psicólogos y expertos en los procesos cognitivos alientan una renovación de la escuela para ponerla al paso con las posibilidades de conocimiento que aporta la tecnología; algunos proponen introducir en el aprendizaje escolar el videojuego como el instrumento más adecuado para crear motivaciones, dotándolo, por supuesto, de contenidos valiosos. Los lingüistas y filósofos del lenguaje se muestran más bien reticentes: advierten que la sobredosis telemática comporta la degradación de la calidad de la escritura y favorece la desconcentración generalizada; desconfían de la difusión de internet: la red puede ser útil para obtener datos concretos, pero vomita un océano de banalidades y de porquerías tan vasto que es inimaginable poder controlarlo. Son recursos tan absorbentes que atrapan aun a los espíritus más sólidos; podrían convertirse ellos mismos en escuela, desplazando a la escuela convencional, como quizá ya lo están haciendo.

El Santo Padre Benedicto XVI ha dedicado su mensaje para la XLV Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, que se celebrará el próximo 5 de junio, al tema Verdad, anuncio y autenticidad de vida en la era digital. Aunque no se refiere expresamente al ámbito escolar, el Papa nos ofrece pautas de discernimiento en una reflexión muy ponderada, en la que se señalan los valores y los riesgos de las nuevas tecnologías, de las que nace un nuevo modo de aprender y de pensar. Cito dos pasajes de ese texto pontificio: Como todo fruto del ingenio humano, las nuevas tecnologías de comunicación deben ponerse al servicio del bien integral de la persona y de la humanidad entera. Si se usan con sabiduría, pueden contribuir a satisfacer el deseo de sentido, de verdad y de unidad que sigue siendo la aspiración más profunda del ser humano. La clave está allí, en usar con sabiduría. Sigue una invitación, dirigida a los cristianos, a unirse con confianza y creatividad responsable a la red de relaciones que la era digital ha hecho posible, no simplemente para satisfacer el deseo de estar presentes, sino porque la red es parte de la vida humana. La red está contribuyendo al desarrollo de nuevas y más complejas formas de conciencia intelectual y espiritual, de comprensión común. También en este campo estamos llamados a anunciar nuestra fe en Cristo, que es Dios, el Salvador del hombre y de la historia, Aquél en quien todas las cosas alcanzan su plenitud. He aquí otra pauta que puede guiar a la escuela en la adopción de las nuevas tecnologías: proceder con confianza y creatividad responsable. 

El contexto cultural y la misión evangelizadora.

He dejado para el final un aspecto decisivo, el fundamental en la consideración de los contextos: el ambiente cultural en el que se inscribe y verifica la tarea educativa de la escuela católica. Intento referirme solamente a algunas resistencias que tornan difícil la tarea de educar en la fe y de transmitir una visión cristiana del mundo. El influjo omnipresente de la cultura secularizada y descristianizada se torna impalpable, imperceptible; impone de modo subliminal juicios, valoraciones, modelos de vida que determinan la conducta, incluso bajo la apariencia y en el nombre de la libertad. Si nos preguntamos quién educa realmente hoy, tendremos que reconocer la fuerza y el predominio de una cierta opinión general que desarticula los procesos educativos y desplaza a las autoridades que los conducen. Los jóvenes que en edad cada vez más temprana son absorbidos por la cultura del boliche y por “la previa” podrán conservar quizá las verdades de la fe y principios cristianos de vida –al menos no los discutirán explícitamente– pero en los hechos su comportamiento se inclinará a reproducir el de la mayoría, según un ritmo de emociones inducidas. Los medios de comunicación, que exaltan el cretinismo de la farándula, y ahora las posibilidades ilimitadas que abre la navegación cibernética, favorecen la difusión de modelos opuestos al ideal cristiano y a un auténtico humanismo; estas alternativas impresionan profundamente en el período en que se va constituyendo la conciencia moral y pueden fijar en ella criterios errados sobre realidades esenciales: la verdad, la felicidad, el amor, el sexo, la práctica religiosa. El juicio práctico descaminado y el consiguiente desorden de la afectividad influyen negativamente sobre la vida intelectual. Súmanse a este fenómeno las presiones ideológicas que se ejercen en el ámbito escolar a través de los diseños curriculares, los contenidos oficiales y los textos de difusión masiva o preferencial; pronto se harán sentir asimismo las consecuencias pedagógicas de nuevas leyes, como la de alteración del orden matrimonial aprobada el año pasado.

En este contexto, al educador cristiano se le exige actualizar cotidianamente su identidad, su compromiso con la verdad. No hay que tener miedo de decirles a los chicos la verdad, de transmitirles en toda su armonía y belleza la concepción católica del hombre y del mundo valiéndose de razones bien probadas; a partir de esta base de claridad intelectual corresponde ayudarles con serenidad, comprensión y paciencia a vivir la verdad, a superar las dificultades, a reconocer en la práctica la belleza de la virtud y la fealdad inhumana del vicio. No es buen negocio claudicar, presentarse complacientes ante la dictadura del relativismo, autoclausurarse en el espacio de lo políticamente correcto. La Iglesia reivindica su libertad de proclamar la verdad del Evangelio y nosotros, educadores, hacemos uso confiadamente de esa libertad en el ámbito público, precisamente en la escuela, en el ejercicio de la misión eclesial de educar. En su mensaje para la reciente Jornada Mundial de la Paz, decía Benedicto XVI: la libertad religiosa no se agota en la simple dimensión individual, sino que se realiza en la propia comunidad y en la sociedad, en coherencia con el ser relacional de la persona y la naturaleza pública de la religión.

En la tarea fascinante y riesgosa de educar se pone de manifiesto el misterio de la gracia. El auxilio de la gracia de Cristo es necesario no sólo para aceptar la Palabra divina mediante el acto de fe, sino también para llevar una vida plenamente acorde a la dignidad de nuestra naturaleza racional. Esa ayuda sobrenatural nos brinda la capacidad de cumplir intachablemente nuestros deberes de estado; tanto el educador como el educando son, por lo tanto, menesterosos de ella. El proceso pedagógico cristiano incluye centralmente la enseñanza religiosa escolar, la catequesis, la orientación pastoral y el recurso a la fuente de vida que son los sacramentos; no son éstos medios secundarios, de relleno, que puedan ceder fácilmente lugar y horario a otras exigencias curriculares. Por lo contrario, son los arbitrios imprescindibles y comunísimos para intentar la doble síntesis, entre fe y cultura y entre fe y vida en la cual consiste, en sentido católico, la educación integral. Pero además, el auxilio de la gracia lo implora la oración humilde y perseverante. No hay que olvidarlo. Dos cosas profundamente olvidadas por todos los cristianos –así decía, quizá exagerando un poco, León Bloy en “El mendigo ingrato”–: Primero: tenemos el deber de pedirle todo a Dios. Segundo: Dios no tiene nada para rehusar. 

Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata 


Publicado por verdenaranja @ 23:01  | Hablan los obispos
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ZENIT  nos ofrece la catequesis que el Papa Benedicto XVI pronunció el miércoles 9 de Febrero de 2011 sobre san Pedro Canisio, dentro de su recién comenzado ciclo sobre Doctores de la Iglesia, durante la Audiencia General celebrada en el Aula Pablo VI.

Hoy querría hablaros de san Pedro Kanis, Canisio en la forma latina de su apellido, una figura muy importante en el s.XVI católico. Nació el 8 de mayo de 1521 en Nimega Holanda. Su padre era el alcalde de la ciudad. Mientras estudiaba en la Universidad de Colonia, frecuentó a los monjes cartujos de santa Bárbara, un centro propulsor de la vida católica, y a otros hombres píos que cultivaban la espiritualidad llamada devotio moderna. Entró en la Compañía de Jesús el 8 de mayo de 1543 en Maguncia (Renania-Palatinado), después de haber seguido un curso de ejercicios espirituales bajo la supervisión del beato Pierre Favre, Petrus Faber, uno de los primeros compañeros de san Ignacio de Loyola. Se ordenó sacerdote en junio de 1546 en Colonia, y al año siguiente, estuvo presente en el Concilio de Trento como teólogo del obispo de Austria, cardenal Otto Truchsess von Waldburg, donde colaboró con dos hermanos, Diego Laínez e Alfonso Salmerón.

En 1548, san Ignacio le hizo completar su formación espiritual en Roma y lo envió después al Colegio de Messina a ejercitarse en humildes servicios domésticos. Consiguió en Bolonia el doctorado en teología el 4 de octubre de 1549, y después fue enviado al apostolado a Alemania por san Ignacio. El 2 de septiembre de ese año, el 1549, visitó al Papa Pablo III en Castelgandolfo y después de esto fue a la Basílica de San Pedro a orar. Allí imploró la ayuda de los grandes Apóstoles Pedro y Pablo, para que diesen una eficacia permanente a la Bendición Apostólica, con miras a su gran destino, la nueva misión. En su diario, escribió algunas palabras de la oración que realizó: “Allí he sentido que un gran consuelo y la presencia de la gracia me eran concedidas por medio de estos intercesores (Pedro y Pablo). Ellos confirmaban mi misión en Alemania y parecían transmitirme, como apóstol de Alemania, el apoyo de su benevolencia. Tú conoces Señor, de que manera y cuantas veces en ese mismo día me has confiado Alemania, a la que luego cuidaré y por la cual deseo vivir y morir”.

Debemos tener presente que nos encontramos en el tiempo de la Reforma luterana, en el momento en que la fe católica en los países de lengua germánica, ante la fascinación de la Reforma, parecía que se apagaba. Era un deber casi imposible el de Canisio, encargado de revitalizar, de renovar la fe católica en los países germanos. Sólo era posible con la fuerza de la oración. Era posible solo desde la base, es decir desde una amistad profunda con Jesucristo; amistad con Cristo en su Cuerpo, la Iglesia, que se alimenta en la Eucaristía, Su presencia real.

Siguiendo la misión recibida de Ignacio y del Papa Pablo III, Canisio partió hacia Alemania y partió antes que nada hacia el Ducado de Baviera, que durante muchos años fue sede de su ministerio. Como decano, rector y vicecanciller de la Universidad de Ingolstadt, cuidó la vida académica del Instituto y de la reforma religiosa y moral del pueblo. En Viena, donde por un breve tiempo fue administrador de la Diócesis, desarrolló el ministerio pastoral en los hospitales y las cárceles, sea en la ciudad como en el campo, y preparó la publicación de su Catecismo. En 1556 fundó el Colegio de Praga y hasta el 1569, fue el primer superior de la provincia jesuita de la Alemania Superior.

Entre estas tareas, estableció en los países germánicos una densa red de comunidades de su Orden, especialmente de Colegios, que fueron puntos de partida para la reforma católica, para la renovación de la fe católica. En este tiempo participó también en el Coloquio de Worms con los dirigentes protestantes, entre los que estaba Felipe Melantchon (1557); ejerció la función de Nuncio Pontificio en Polonia (1558; participó en las dos Dietas de Augusta (1559 y 1565); acompañó al cardenal Estanislao Hozjusz, enviado del Papa al Emperador Fernando (1560); interviene en la Sesión Final del Concilio de Trento, donde habló sobre la cuestión de la Comunión bajo las dos especies y sobre el Índice de Libros Prohibidos (1562).

En 1580 se retiró a Friburgo en Suiza, dedicado totalmente a la predicación y a la composición de sus obras, allí murió el 21 de diciembre de 1597. Beatificado por el beato Pío IX en 1864, fue proclamado en 1897 segundo Apóstol de Alemania por el Papa León XIII, y canonizado por el Papa Pío XI y también proclamado Doctor de la Iglesia en 1925.

San Pedro Canisio transcurrió buena parte de su vida en contacto con las personas socialmente más importantes de su tiempo y ejerció una influencia especial con sus escritos. Fue editor de las obras completas de san Cirilo de Alejandría y de san León Magno, de las Cartas de san Jerónimo y de las Oraciones de san Nicolás de Flüe. Publicó libros de devoción en varias lenguas, las biografías de algunos santos suizos y muchos textos de homilética. Pero sus escritos más difundidos fueron los tres Catecismos elaborados entre el 1555 y el 1558. El primero estaba destinado a los estudiantes a un nivel de comprensión de las nociones elementales de teología; el segundo a los niños del pueblo para una primera instrucción religiosa; el tercero a jóvenes con una formación escolástica de escuela media o superior. La doctrina católica estaba expuesta a base de preguntas y respuestas, brevemente, en términos bíblicos, con mucha claridad y sin menciones críticas.

¡Sólo en el tiempo de su vida se hicieron 200 ediciones de este Catecismo! Y se sucedieron cientos de ediciones hasta el s.XX. Así en Alemania, todavía en la generación de mi padre, la gente llamaba al Catecismo, simplemente el Canisio: es realmente el catequista de los siglos, ha formado la fe de las personas durante siglos.

Es, esta, una característica de san Pedro Canisio: saber componer armoniosamnete la fidelidad a los principios dogmáticos con el debido respeto a cada persona. San Canisio ha distinguido la apostasía consciente, culpable, de la fe, de la pérdida de la fe inocente, por las circunstancias. Y ha declarado, frente a Roma, que la mayor parte de los alemanes pasaron al Protestantismo sin culpa. En un momento histórico de fuertes contrastes confesionales, evitaba -esta es una cosa extraordinaria- la aspereza y la retórica de la ira -cosa rara como he comentado, en esos tiempos y en las discusiones entre los cristianos- y se preocupaba sólo de la presentación de las raíces espirituales y de la revitalización de la fe en la Iglesia. Para esto le sirvió mucho el amplio y penetrante conocimiento que tenía de las Sagradas Escrituras y de los Padres de la Iglesia: el mismo conocimiento que sobresalía de su personal relación con Dios y la austera espiritualidad que derivaba de la devotio moderna y de la mística renana.

La característica de la espiritualidad de san Canisio es una profunda amistad con Jesús. Por ejemplo escribió el 4 de septiembre de 1549 en su diario, hablando con el Señor: “Tú, al final, como si me pudieses abrir el corazón del Santísimo Cuerpo, que me parecía ver delante de mí, me has mandado beber en esa fuente, invitándome por decir así a sacar las aguas de mi salvación de tus fuentes , oh mi Salvador”. Se ve que el Salvador le da un vestido con tres partes que se llaman paz, amor y perseverancia. Y con este vestido compuesto de paz, amor y perseverancia, Canisio ha realizado su obra de renovación del catolicismo. Esta amistad con Jesús – que es el centro de su personalidad- nutrida por el amor a la Biblia, por el amor al Sacramento, por el amor de los Padres, esta amistad estaba claramente unida a la consciencia de ser en la Iglesia un continuador de la misión de los Apóstoles. Y esto nos recuerda que todo evangelizadores siempre un instrumento unido, y por eso mismo fecundo, con Jesús y con su Iglesia.

San Pedro Canisio se había formado en esta amistad con Jesús en el ambiente espiritual de la Cartuja de Colonia, en la que había mantenido estrecho contacto con dos místicos cartujos Johann Lansperger, latinizado como Lanspergius, y Nicolas van Hesche, latinizado como Eschius. Más tarde profundizó la experiencia de esta amistad, familiaritas stupenda nimis, con la contemplación de estos misterios de la vida de Jesús, que ocupan una gran parte en los Ejercicios espirituales de san Ignacio. Su intensa devoción por el Corazón del Señor, que culminó en la consagración al ministerio apostólico en la Basílica Vaticana, encuentra aquí su fundamento.

En la espiritualidad cristocéntrica de san Pedro Canisio hay un profundo convencimiento: no hay alma cuidadosa de la propia perfección que no practique cada día la oración mental, medio ordinario que permite al discípulo de Jesús vivir la intimidad con el Maestro divino. Por esto, en los escritos destinados a la educación espiritual del pueblo, nuestro santo insiste en la importancia de la Liturgia con los comentarios a los Evangelios, de las fiestas, del rito de la santa Misa y de los otros Sacramentos, pero, al mismo tiempo, tiene cuidado de mostrar a los fieles la necesidad y la belleza de que la oración personal diaria acompañe y permee la participación en el culto publico de la Iglesia

Se trata de una exhortación y de un método que conservan intacto su valor, especialmente después de que han sido propuestos nuevamente por el Concilio Vaticano II en la constitución Sacrosanctum Concilium: la vida cristiana no crece sino es alimentada por la participación en la Liturgia, en modo particular en la santa misa dominical, y por la oración personal diaria, por el contacto personal con Dios. En medio de muchas actividades y múltiples estímulos que nos rodean, es necesario encontrar cada día los momentos de recogimiento delante del Señor para escucharlo y hablar con Él.

Al mismo tiempo, es siempre actual y de valor permanente el ejemplo que san Pedro Canisio nos ha dejado, no sólo en sus obras, sino sobre todo con su vida. Él nos enseña con claridad que el ministerio apostólico es robusto y produce frutos de salvación en el corazón, sólo si el predicador es un testigo personal de Jesús y sabe ser instrumento a su disposición, estrechamente unido a Él por la fe en su Evangelio y en su Iglesia, por una vida moralmente coherente y por una oración incesante como el amor. Y esto vale para cada cristiano que quiera vivir con esfuerzo y fidelidad su adhesión a Cristo. Gracias.

[En español dijo]

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los grupos provenientes de España, México y otros países latinoamericanos. Invito a todos a vivir con empeño y fidelidad la adhesión a Cristo, a ejemplo de San Pedro Canisio. Encomendaos a su intercesión, pidiendo a Dios que vuestro apostolado produzca frutos de salvación, siendo testigos de Jesús e instrumentos suyos, con una vida moralmente coherente y una oración incesante. Muchas gracias.

[En italiano dijo]

Mi pensamiento se dirige finalmente a los jóvenes y a los recién casados. Celebramos ayer la memoria litúrgica de san Jerónimo Emiliano, fundador de los Somaschi y de santa Josefina Bakhita, hija de África que se convirtió en hija de la Iglesia. La valentía de estos testigos fieles a Cristo os ayude a vosotros, queridos jóvenes, para abrir vuestro corazón al heroísmo de la santidad en la existencia de cada día. Os sostenga a vosotros , queridos enfermos, en el perseverar con paciencia a ofrecer vuestra oración y vuestro sufrimiento por toda la Iglesia. Y os dé a vosotros, queridos recién casados, la valentía de convertir vuestras familias en comunidades de amor, que reflejen los valores cristianos.I 

[Traducción del original italiano por Carmen Álvarez
©Copyright 2011 Libreria Editrice Vaticana]


Publicado por verdenaranja @ 22:51  | Habla el Papa
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Ho Chi Minh City (Agencia Fides)  El encuentro de los Obispos asiáticos que se celebrará por primera vez en la historia en 2012, en Vietnam, representa para los fieles vietnamitas una oportunidad extraordinaria para "compartir una experiencia de unidad y de llevar un mensaje de amor a Asia". Es también un signo de la voluntad de apertura que se respira en el país, donde los cristianos están llamados a "hacer brillar la luz de Cristo". Esto es cuanto afirma el Cardenal Jean-Baptiste Pham Minh Man, Arzobispo de Ho Chi Minh City, ciudad anfitriona del próximo encuentro general de la Federación de las Conferencias Episcopales de Asia (FABC). La iglesia local proporcionará las estructuras del Centro Pastoral Archidiocesano y del Seminario de Xuan Loc, para dar cabida a más de 100 delegados de 15 países miembros de la FABC. La Federación - informan fuentes de Fides - ha deseado con todas sus fuerzas que la sede fuese en Vietnam, para dar una señal de apoyo, comunión y cercanía de las Iglesias asiáticas a los fieles vietnamitas. A continuación publicamos la entrevista que el cardenal Pham Minh Man ha concedido a la Agencia Fides.

Vietnam será la sede por primera vez del encuentro de los Obispos asiáticos: ¿se trata de una señal de cambio real que está teniendo lugar en el país?

Después de muchos años, en lo que hemos vivido en condiciones de aislamiento, la población vietnamita tiene un gran deseo de apertura y de inserirse en el mundo de hoy, en las dinámicas de la globalización. Recientemente he tenido ocasión de reunirme con los representantes de las seis religiones, los embajadores, las autoridades civiles de Ho Chi Minh para las felicitaciones de año nuevo y he podido anunciar la palabra de Jesús: "El Hijo de Dios, encarnado en la humanidad, ha venido a traer la paz". Esto es esencial para todos, es un don que queremos comunicar a todos. Con la paz todo el mundo tiene la fuerza para vivir la fraternidad, a pesar de las dificultades, de ser una sola familia, de vivir juntos en la aldea global.

¿Qué puede suponer este encuentro para la Iglesia en Vietnam?

El encuentro de los Obispos de Asia, que se celebrará en Vietnam, es para los católicos vietnamitas la oportunidad de unirse a los fieles de toda Asia, para compartir con ellos su experiencia y el testimonio de la Palabra de Dios y llevar un mensaje de amor a Asia. Será la ocasión para anunciar el Evangelio de Cristo, de modo que todos estén unidos como una única familia, para que se pueda construir una cultura de la vida y una civilización del amor por los pueblos de Asia.

¿Qué sugiere a los fieles en preparación del evento?

Mientras esperamos este importante evento, cada sacerdote, religioso, laico, en cada diócesis, deberá hacer dos cosas: en primer lugar, rezar, porque la oración es la clave de toda obra, pidiendo que el Espíritu Santo nos conceda su luz y su fuerza para hacer la voluntad del Padre Celestial, para que todos los pueblos pueden tener gracia en abundancia y fortalecerse. En segundo lugar, debemos tratar de estar unidos y en comunión. Estamos llamados a superar la "cultura de la muerte" en una sociedad acosada por las injusticias, como la brecha entre ricos y pobres, o los devastadores males sociales como el aborto, el SIDA, la violencia sexual, el abandono de los niños. Nosotros los cristianos queremos construir una civilización del amor, vencer estos males, promover la cultura de la vida para las generaciones presentes y futuras

¿Como ha acogido el nombramiento del Nuncio Apostólico "representante no residente" de Vietnam?

He podido expresar a Benedicto XVI, la convicción de que el representante permanente del Papa dará una nueva esperanza al pueblo vietnamita. Espero que la Santa Sede pueda ayudar al pueblo de Dios en Vietnam a hacer brillar la verdad y el amor de Cristo, a través de un diálogo perseverante y de la colaboración con todos los ciudadanos: profesores, intelectuales, ricos, pobres, autoridades civiles y miembros de otras religiones. Esto abrirá el camino al pueblo vietnamita para superar las limitaciones y los conflictos, las crisis, el descontento y las injusticias, para garantizar la estabilidad y la prosperidad a la nación. Creo que toda país y todo pueblo necesita la luz de la verdad y del amor para su propia vida y para realizar un desarrollo duradero. (PA) (Agencia Fides 19/2/2011)


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ZENIT  publica el comentario al Evangelio del próximo domingo, séptimo del tiempo ordinario (Mateo 5,38-48), 13 de febrero, redactado por monseñor Jesús Sanz Montes, ofm, arzobispo de Oviedo. 

Evangelio del domingo: Enemigos amados

Jesús nos está explicando las Bienaventuranzas en los Evangelios de estos do­mingos. Lo que esta vez escucharemos se hace especialmente sorprendente, inesperado y hasta duro de seguir. Sin duda que así se quedarían aque­llos primeros oyentes de es­tas palabras del Maestro. Entonces, como también ahora, los hombres tenían sus sub­terfugios para dar salida a su "honrilla". No se trataba de ser violento o agresivo, pero tampoco bobo, y entonces acuñaron aquel célebre "ojo por ojo y diente por diente", de la vieja ley del Talión. Es decir, no tiraremos la primera piedra, pero quien nos busque nos encontrará y su provocación no quedará sin responder. Luego vendrá nuestro dicho: "yo perdono pero no olvido", que es un modo imposible y sutil de conciliar algo tan opuesto y dispar como el perdón y el rencor.

Jesús viene y dice: amad a vuestros enemigos, sorprended a quien os afrenta, con­fundid a los que os piden algo. Otros dirán cosas distintas, otros tendrán solapada­mente sus mezquinos ajustes de cuentas, con sus dientes y sus ojos... medidos y pesa­dos en la balanza de su talión particular. No se trataba de un oportunismo sino de de­volver a los hombres la real posibilidad de volver a ser imagen y semejanza de un Dios que no discrimina a nadie, que ama a sus enemigos regalando el sol cada mañana a los buenos y a los malos, y envía la lluvia hermana a los justos y a los injustos.

Jesús no predicaba simplemente una ética universal, una buena educación cívica y unas normas de urbanidad válidas para todos. Él propone otra cosa, coincida o no con lo que otros puedan igualmente pensar y proponer. El amor que cuenta y pesa, el amor que calcula, el que pide condiciones... éste no le interesa a Jesús. Ése pertenece a los paganos, a los que no pertenecen a la ciudad de Dios ni a su Pueblo. Acaso podemos pensar que no tenemos enemigos de solemni­dad. Enemigos de ésos a los que se responde con mísiles modernos o con duelos ro­mánticos. Pero la enemistad que Jesús nos invita a superar con amistad, y los odios que Él nos urge a transcender con amor, pueden estar muy cerca, tal vez demasiado cerca.

El amor que Jesús nos propone se debe hacer gesto cotidiano, permanente. Porque los amigos o enemigos a los que indistintamente debemos amar se pueden en­contrar cerca o lejos, en nuestro hogar o en el vecino, puede ser un familiar o un com­pañero, frecuentar nuestras sendas o sorprendernos en caminos infrecuentes... Pero todo esto da lo mismo. No hay distinción que valga para dispensarnos de lo único impor­tante, de lo más distintivo y de lo que nos diferencia de los paganos (Mt 5,46-47): el amor. En esto nos reconocerán como sus discípulos.


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viernes, 18 de febrero de 2011

Homilía de monseñor Raúl Martorell, obispo de Puerto Iguazú, para el quinto domingo durante el año (6 de febrero de 2011). (AICA) 

«PARA EL JUSTO RESPLANDECE LA LUZ EN MEDIO DE LAS TINIEBLAS»             

El domingo pasado leímos el Sermón de la Montaña. Este domingo el Señor muestra la grandeza de sus discípulos: “Vosotros sois la sal de la tierra”….”Vosotros sois la luz del mundo” (Mt.5, 13-14). Ciertamente el Señor sabe en su corazón que los discípulos llevarán en sus vidas el espíritu de las bienaventuranzas. Son los pobres de espíritu, los mansos de corazón, los misericordiosos y puros, los pacíficos y serenos, los que sienten gozo en el Señor Dios en medio de las persecuciones. Solamente viviendo conforme a estas bienaventuranzas lograrán los discípulos poseer la sabiduría que los hará “sal y luz” para el mundo que vive en tinieblas; de otra forma serán sosos, no tendrán sabor y serán como la luz que se esconde y no alumbra. Que relación maravillosa la del Señor, luz para alumbrar y no la que se enciende y se mete debajo del cajón (v.15) y la sal que da sabor y riqueza a los alimentos. La comida sin sabor es sosa y no nos deja gustar de los alimentos.

Los discípulos están llamados a transformar el mundo, un mundo insulso y necio que se  funda sobre la vanidad de las cosas caducas, pero si no son sal y luz no podrán hacerlo pues sólo servirán para ser tirados y pisoteados, que es lo que acontece cuando no tienen espíritu evangélico. El discípulo cuando es sal, también es luz, luz que se compara con la luz verdadera “que ilumina a todo hombre” (Jn.1,9). Este es Cristo, “luz verdadera”, resplandor del Padre que contagia de su luz a cuantos siguiéndole con fidelidad a Él y a su Evangelio, se convierten en  portadores de su luz para los demás.

Cada cristiano, en cuanto portador de la luz y del sabor de Cristo, debe ser transformador del mundo en el que vive y constructor de una sociedad nueva, capaz de hacer brillar en medio de la humanidad, una luz y sabor que se confunden con la verdad y la vida. Cada cristiano debe ser portador de esa luz verdadera y transformadora a través de una vida que se expresa en una conducta que deje transparentar a través de ella a Cristo, Señor y dador de vida. Así las buenas  obras del cristiano glorificarán al Padre que está en los Cielos (5,16).

Las obras que se hacen en la verdad y la caridad de Cristo son “luz encendida sobre el candelero, para iluminar a los que están en la casa“ (v. 16) y son capaces de atraerles a la fe y al amor de Cristo. Esta doctrina que desde el Antiguo Testamento era predicada y trataba de ser cumplida, se hace imperiosa para entrar en el Reino de los Cielos: “Si repartes al hambriento tu pan, y sacias al alma afligida, resplandecerá en las tinieblas tu luz” (Is. 58,10). Estamos llamados a la caridad, que es resplandor de la vida de Cristo en nosotros y que ilumina aun a los más alejados de la fe, disipa las tinieblas del pecado y conforta el alma. No olvidemos que la caridad es luz de Cristo que se inclina sobre el corazón doliente y lo conforta. Mirando a Pablo, el cristiano tiene uno de los modelos más claros de su accionar por la vida “no quise saber entre vosotros, sino a Cristo y a Cristo crucificado” (1 Cor. 2,1-2).

Debemos preguntarnos si somos verdaderos cristianos o si sólo nos llamamos tales. ¿Somos sal y luz que iluminan y dan sabor o hemos defeccionado de tal misión? ¿Nos llamamos cristianos por tradición, aceptando las más tremendas aberraciones morales, posturas contrarias a la moral cristiana porque nos mantienen en la tranquilidad de una conciencia deformada, o nos arriesgamos a defender las virtudes cristianas y nos esforzamos por practicarlas? ¿Dejamos “pasar” todas aquellas posturas contrarias a la fe y la moral porque nos resulta más cómodo y nos evita la confrontación, dejando que nuestros jóvenes vivan con una conciencia errónea sobre el sentido de la vida y la pertenencia a una sociedad más limpia y verdadera? Los cristianos hoy debemos tener una conciencia formada a la luz del evangelio. Así seremos “luz del mundo y sal de la tierra”. Cristo y la Iglesia espera en nosotros, en nuestra autenticidad como bautizados. Espera que seamos verdaderos heraldos de la fe, comprometidos y capaces de dejar nuestra comodidad de conciencia y comprometernos con el Evangelio de Jesucristo.

Que María, fiel reflejo de la Luz del Mundo, nos ayude a ser verdaderos testigos del Evangelio.  

Mons. Marcelo Raúl Martorell, obispo de Puerto Iguazú 


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Homilía de monseñor Luis T. Stöckler, obispo de Quilmes para la el quinto domingo durante el año (6 de febrero de 2011). (AICA)

LUZ Y SAL         

Por la fecha tardía de la Pascua en este año, se nos da  la oportunidad de leer durante seis domingos, sin interrupción, todo el Sermón de la Montaña, antes de que comience la Cuaresma. Jesús se dirigió con este sermón, en vistas a la multitud, a sus discípulos para prepararlos como pastores. El domingo pasado hemos escuchado el inicio de este solemne discurso con la lectura de las Bienaventuranzas, que son como su portón de entrada. Hoy, el Señor nos hace entender que, para ser discípulos de él, no es suficiente ilustrarnos espiritualmente, sino que debemos participar en su misión y compartir con los demás lo que hemos recibido. Tratemos de escuchar su palabra con esta actitud. Las multitudes necesitan, como en aquel entonces, conocer a Jesús.

“Ustedes son la sal de la tierra”, nos dice el Señor. La sal se usa en pequeña cantidad; ella misma no es la  comida o bebida que satisface, pero sí le da el sabor. Se diluye, y pareciera que desaparezca; sin embargo está presente en todo, y proporciona con el alimento al cuerpo elementos necesarios para la salud. Para esto fue hecha, esta es su razón de ser. En cambio, la sal que no se usa se vuelve insípida y ya no sirve para nada, sino para ser tirada. Jesús nos dice con esto que el discípulo ha de ser diferente, y que su presencia en medio de las masas es importante para la vida en comunidad. No se trata de llamar la atención y de ser reconocido por los demás, pero sí de trasmitir los valores evangélicos: la fe en Dios, la honestidad, la generosidad, la justicia, la búsqueda del bien común. Fuimos creados y llamados para instaurar con Cristo el Reino de Dios. Hay que comprometerse con el mundo. Si pensáramos poder conservarnos y desentendernos de los demás, nuestra vida perdería su  sentido. Hubiéramos nacido en vano.

“Ustedes son la luz del mundo”, dice Jesús. Lo dijo, cuando había salido de su casa y de su pueblo a predicar en todas partes de Israel,  llamando a algunos discípulos a hacer lo mismo, porque los quería preparar, a su lado, para su futura misión. Esto significaba para ellos abandonar su trabajo y confiar sus familias a la providencia de Dios. La luz interior que habían recibido al encontrarse con Cristo, escuchando su enseñanza y  presenciando los prodigios que realizaba, no era solamente para ellos. Guardarla en secreto  significaría restarle importancia a la acción de Cristo. Y trae como consecuencia que la luz interior se apaga. Jesús lo explicó con la parábola de los talentos. El que había guardado el único talento sin trabajarlo, se le quita lo que tiene;  mientras al que trabajó con sus talentos, se le dan más todavía. “No se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón”. Una vela que no se usa es como un muerto, sin vida.  La cera o el óleo son para iluminar la casa, y para esto se deben consumir.  El símbolo del Resucitado es justamente un cirio encendido. La luz que hay en nosotros, debe brillar por nuestro testimonio para que los hombres crean en el Padre que está en el cielo. Seguir a Cristo trae como consecuencia participar en su misión.

La actualidad y urgencia de la palabra de Jesús sentimos no solamente frente a la sociedad, sino en la Iglesia misma. Seríamos arrogantes e hipócritas, si quisiéramos aleccionar a los demás sin barrer primero delante de la propia puerta. Los cristianos en tantas ocasiones hemos sido prota­gonistas o al menos cómplices de un mundo tan poco bienaventurado. No pretendemos decir a la gente insípida y apagada: mírennos a los cristianos. Nuestra indicación es otra: miren a Él, miren a la Luz, reciban la Sal de Él. Es lo que dice Pablo hoy a los corintios: “No llegué con el prestigio de la elocuencia o de la sabiduría. Al contrario, no quise saber nada, fuera de Jesucristo, y Jesucristo crucificado”.

Ahora, en la Eucaristía, Jesús nuevamente se hace uno con nosotros. Pidámosle que nos anime a ser, como Él,  sal y luz. 

Mons. Luis T. Stöckler, obispo de Quilmes 


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Reflexión a las lecturas del domingo séptimo del Tiempo Ordinario  - A, realizada por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DIA DEL SEÑOR".

ECOS DEL DIA DEL SEÑOR
Domingo 7º del Tiempo Ordinario A 

Queridos amigos y amigas:

Escuchábamos el domingo pasado: “No he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir sino a dar plenitud”. Y, a continuación el Señor, comenzaba a presentar unas antítesis, una especie de contradicciones: “Habéis oído que se dijo a los antiguos…, pero Yo os digo… Pues este domingo continuamos escuchándolas:

“Sabéis que está mandado: Ojo por ojo, diente por diente. Pues yo os digo: No hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale también la izquierda, etc.”

¿Y esto qué quiere decir? ¿Que tenemos que aguantar y dejar pasar todo el mal que nos hagan? ¿Qué uno no se puede defender? Entonces ¿el que denuncia en el juzgado lo hace mal?

         No quiere decir nada de eso… El Señor nos enseña que puede haber circunstancias en que sea necesario “renunciar” a nuestro derecho de defendernos, denunciar, etc.  por un “bien superior…” Por ejemplo, por no romper a paz y la armonía de la familia, porque nuestra  denuncia o nuestro rechazo se va a entender mal… Porque se puede romper una amistad de mucho tiempo, porque se puede estropear algo que ha constado mucho esfuerzo…

Y Jesús continúa diciendo: “Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os aborrecen y calumnian…”

La invitación que nos hace el Señor es  algo muy grande, pero también muy difícil, por lo menos, en algunas ocasiones: “Amad, haced el bien,  rezad”  por los que nos hacen o nos han hecho mal. A los el Evangelio llama “los enemigos”.

Y el perdón es una expresión grande de amor a Dios y a los hermanos. Un obispo alemán dejaba en su testamento: “Si he ofendido a alguno, perdonadme por amor a Jesucristo”.

         El amor cristiano es teologal. Se trata, en este caso, de arrancarnos del corazón la espina que nos hiere y presentársela al Señor, como una ofrenda, como expresión de nuestro amor a El y a los hermanos…

         Se trata de perdonar, de querer perdonar… Algunos dicen que no pueden olvidar. Eso es otra cosa.  Debajo de una voluntad que perdona, pueden quedar unos sentimientos que se revelan, una herida punzante en el corazón que no han curado del todo… Hay que darle tiempo… No hay que estarla “manoseando” para que se termine de curar…

         ¿Y por qué tenemos que actuar así? ¿Por qué tenemos no sólo que perdonar, sino también, hacer el bien, orar…?

         El Señor nos presenta muchos motivos para hacerlo, a lo largo del Evangelio y de las Cartas de los Apóstoles. Nos interesa ahora lo que escuchamos en el Evangelio de hoy.

Tenemos que vivir y actuar así porque ser cristiano es ser hijo de Dios. Y el hijo tiene que parecerse al Padre del cielo… Y Éste no sólo nos perdona y nos espera, sino que, además, “hace salir su sol sobre malos y buenos y manda la lluvia a justos e injustos”.

Y si es hijo de Dios, está llamado vivir para siempre en la Casa del Padre donde no hay peleas, ni enfrentamientos, ni enemigos, sino amor, alegría, paz, armonía, dicha…, sin fin. Y todo eso tiene que comenzar, de algún modo,  aquí, en la tierra, entre los ciudadanos del Reino, es decir, entre los cristianos.

Y Jesús continúa diciendo: “Porque si amáis a los que os aman, ¿Qué  premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los paganos?

Ser cristiano, por tanto, es ser diferente a los que no lo son. En este caso, diferente del “publicano” y del “pagano”. Y tiene que hacer algo “extraordinario” que le distinga de lo que piensa y hace la gente…

Y toda esta doctrina está enmarcada en una ley de perfección, como enseña el Señor: “Por tanto, sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”. Que es lo mismo que ya escuchábamos en la primera lectura: “Seréis santos, porque yo el Señor vuestro Dios es santo”.

          Constatamos aquí “la novedad” que nos trae Jesucristo, la novedad del Reino de los cielos… Y los que aceptan su mensaje se incorporan al Reino... Y los que no lo aceptan  “se quedan fuera”.        

         Y todo esto es lo que nos invita el Señor a pensar y a decidir este domingo: ¿Somos del Reino de los cielos o nos hemos quedado fuera?

Aquí a nadie se obliga, pero el mensaje fundamental del Reino tampoco se puede cambiar, ni adaptar… Pertenece al Señor.

Ser cristiano, ser ciudadano del Reino de los cielos, es, por tanto, ser artífice de un mundo nuevo, de una sociedad nueva, “reconciliada en el amor”.

Todo eso exige lucha y sacrificio para ir creando espacios de amor y reconciliación, de alegría, de bienestar…, “la civilización del amor”.

Y Jesús, el que enseña en la Montaña, es el Icono sagrado, decíamos el otro día, en el que encontramos la imagen viviente del mensaje de amor, de perdón, de vida nueva que Él está anunciando.

Nadie como Él ha amado y ha perdonado…

Quedan más cosas que decir, pero no tenemos espacio para más…

Recuerdo, por ejemplo, las enseñanzas del Papa Juan Pablo II, cuando decía que la justicia sola no es suficiente para garantizar la vida social… Que es necesario introducir el perdón que es la expresión más alta de la justicia.

Cuando vamos al mar, encontramos, en las orillas,  pequeñas piedras muy “lisas”. Son el resultado de chocar unas con otras y de la acción del agua del mar… Algo parecido tiene que acontecer  en  la convivencia de los cristianos…

Como unos niños que se pelean y, enseguida, vuelven a jugar juntos…

Ya nos advierte el Señor: “Y el que no acoge el Reino de Dios como un niño, no entrará en él”. (Mc 10, 15).


Publicado por verdenaranja @ 22:20  | Espiritualidad
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 Desde Cueva de San Ignacio en manresa nos informan nos informan de actividades para los próximos meses.

"Querido/a amigo/a: Le recordamos nuestras próximas propuestas, pidiéndole nuevamente que las dé a conocer a posibles personas interesadas.
Atentamente,  

Francesc Riera i Figueras, sj.
Cova de St. Ignasi - Manresa" 


1. EL MES De ejercicios

01-30 julio. - Javier Melloni, sj., C. Coupeau, sj. y Asun Puche.

01-30 agosto.- Francesc Padrosa, sj.

01-30 sept.- Francesc Riera y Josep Sugrañes, sj.

01-30 nov.- Josep Sugrañes, sj.


 2. ocho o cinco dias de ejercicios

abril: 15-20.- Llorenç Puig, s.j, M. A. Malgosa, rscj (personalizados, en catalán, prioritariamente jóvenes).

mayo: 18-26.- Francesc Roma, sj (catalán).

junio: 21-30.- Toni Català, sj. (castellano).


 3. retiro MULTIGENERACIONAL

Equipo EIDES.- Fin de semana para familias con o sin hijos (adolescentes, niños...), propuestas de trabajo personal y en grupo, con los Ejercicios Espirituales como trasfondo.- 26 y 27 marzo.


 4. “STOP” EN EL CAMino

CUARESMA: Acompañará Francesc Roma, sj. Oraremos ayudados de la Pasión según San Mateo de Bach.- 11 - 13 marzo.

PENTECOSTÉS: Acompañará Pere Borràs, sj. Es importante, cuando el curso va terminando, concederse un espacio para digerirlo en la paz del Espíritu .- 29 abril - 1 mayo


 5. SEMANA SANTA

Acompañará: Comunidad de la Cueva (jesuitas y laicos). Vivir la densidad de estos días integrando oración, silencio y liturgia, en el marco privilegiado de la Cueva.- 21 - 24 abril.


 6. PARA JÓVENES QUE ESTÁN ACABANDO LA CARRERA: "¿Y AHORA QUÉ?" 

Conducirán: Josep F. Mària, Llorenç Puig, sj. y Albert Florensa. Cómo enfocar la vida profesional en medio de la ambigüedad en que nos encontraremos. Se ofrecerán instrumentos y orientaciones para responder personalmente a esta pregunta.- 4 - 6 marzo.


 7. DANzA CONTEMPLATIVA, INICIACIón

Acompañará: Victoria Hernández. Bajar de la cabeza al corazón, vivenciar, encontrarnos con la Fuente, ayudados de sencillas danzas. Relajación, meditación, oración.- 25 - 27 marzo.


8. retiro INTERRELIGIoSo: LECTURA ORANTe DE TEXTOS SAGRAdoS

Promueve: Grup de Diàleg Interreligiós de Manresa y Xarxa Catalana pel Diàleg Interreligiós.

Después de unos años en que los encuentros interreligiosos han tenido su novedad, ahora es momento de que tengan mayor profundidad. Dicho de otro modo, hay un tiempo para iniciarse y un tiempo para profundizar en lo que se ha iniciado. Por eso proponemos el primero de una serie de fines de semana para escuchar y meditar los textos sagrados de las diversas tradiciones.

El fin de semana se hará riguroso silencio porque ese es el lenguaje del corazón. Así, la palabra proclamada y escuchada, podrá arraigar en el espacio interior. La lectura de los textos se hará en un espacio común en el que se compartirá el silencio meditativo de la palabra escuchada. Coordinador: Xavier Melloni, sj.- 08 - 10 abril.


 9. ENEAGRAMMA A PARTIR DE LaS PELíCULaS

Josep L. Iriberri, sj y Francesc Vilahur. Fin de semana de Eneagrama a través de las películas. Comienza el sábado a las 10 mañana, termina el domingo a las 14:30.- 30 abril - 1 mayo


 Las actividades empiezan a les 19 h. del dia señalado.

INFORMACIÓN E INSCRIPCIONES:
recepcio@covamanresa.cat / 93 872 04 22 / Cueva S. Ignacio / 08241 Manresa.


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jueves, 17 de febrero de 2011

Reflexión de monseñor Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús para el programa radial "Compartiendo el Evangelio", para el 5º domingo durante el año (6 de febrero de 2011) (AICA)

SAL Y LUZ: EL COMPROMISO CRISTIANO

Evangelio de San Mateo 5, 13-16 (Ciclo A) 

Jesús dijo a sus discípulos: "Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la volverá a salar? Ya no sirve para nada, sino para ser tirada y pisada por los hombres.

Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad situada en la cima de una montaña.

Y no se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino que se la pone sobre el candelero para que ilumine a todos los que están en la casa.

Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo."

 

Queridos hermanos, este Evangelio dice que nosotros somos la sal de la tierra y la luz del mundo. También remarca nuestro compromiso y nuestra misión. El cristiano tiene que estar compenetrado y a la vez confrontado por el mundo, para ser sal y ser luz que indican identidad. Pero la identidad también se tiene que mostrar frente a aquello que no la tiene. La sal corre el peligro que se torne insípida y la luz corre el peligro de que se apague, se oscurezca y no ilumine.

Los creyentes, los discípulos pobres, humildes de corazón, operadores de paz, tenemos que estar unidos a Cristo, pero tenemos que hacer brillar la vida y mostrar el convencimiento y el amor a Cristo Jesús a través de la acción. Por eso es una disposición de la voluntad y a la vez es una ejecución.

La voluntad del cristiano no es sólo para sí, sino también para ser testigo, ser testimonio para los demás. Por lo tanto ¡es muy importante esa actitud de identidad!

Uno tiene que ser lo que es: el creyente tiene que ser hijo de Dios y hermano con los demás hermanos y vivir como hermano. Pero si nosotros perdemos la raíz de lo que es nuestra pertenencia a Dios, del reconocimiento de nuestra filiación divina, del vínculo que Dios nos ha regalado como don, si cortamos ese parentesco espiritual, esa dependencia con Dios Padre, inmediatamente se resquebraja también la relación fraterna entre los hermanos. Se es buen hermano cunado también se es buen hijo, y se es buen hijo pudiendo ser buen hermano.

Nosotros los cristianos, los creyentes, los católicos, tenemos que ser concientes de nuestra identidad e incidir en la cultura, en la sociedad, en la familia; es decir tenemos que salar, dar gusto, dar sentido. Y con la luz pasa lo mismo.

La luz es para iluminar, para salir de las tinieblas, para salir de la oscuridad, para salir de aquello que no es para poder ser lo que uno tiene que ser. ¡Cuánta gente está en la oscuridad!, ¡cuánta mediocridad!, ¡cuántas medias palabras!, ¡cómo se desdibujan las cosas! Por eso nosotros tenemos que ser convencidos de que esta luz de Cristo, que nos ilumina, también tiene que iluminar a los demás.

Acá hay una sola tentación que nos puede suceder: si nos separamos de la luz no vamos a iluminar a los demás por mucho tiempo. Recordemos que hay estrellas que vemos pero que ya no existen, han perdido su identidad.

Los sacerdotes, los obispos, los laicos comprometidos en tareas apostólicas, siempre tenemos que estar unidos a Cristo que da la sal, a Cristo que es la Luz que nos ilumina. Pero que nuestra iluminación, nuestras buenas obras, sean realmente comprometidas y no sean externas, ni mediáticas, ni sólo por hoy.

Pidamos al Señor tomar conciencia de nuestra vocación y que tengamos también la decisión -con humildad- de querer ser un buen creyente, un buen cristiano, un buen hijo de Dios, un buen hermano con los hermanos.

Les dejo mi bendición: en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Amén

Mons. Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús 


Publicado por verdenaranja @ 23:28  | Hablan los obispos
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ZENIT  nos ofrece la homilía que el Papa Benedicto XVI pronunció el sábado 5 de febrero  de 2011, con motivo de la ordenación episcopal de cinco prelados de la Curia Romana, en la Basílica de San Pedro,

¡Queridos hermanos y hermanas!

Saludo con afecto a estos cinco Hermanos Presbíteros que dentro de poco recibirán la Ordenación Episcopal: monseñor Savio Hon Tai-Fai, monseñor Marcello Bartolucci, monseñor Celso Morga Iruzubieta, monseñor Antonio Guido Filipazzi y monseñor Edgar Peña Parra. Deseo expresarles mi gratitud y la de la Iglesia por el servicio llevado a cabo hasta ahora con generosidad y dedicación y formular la invitación a acompañarles con la oración en el ministerio al que son llamados en la Curia Romana y en las Representaciones Pontificias como Sucesores de los Apóstoles, para que sean siempre iluminados y guiados por el Espíritu Santo en la mies del Señor.

“La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha” (Lc 10, 2). Esta palabra del Evangelio de la Misa de hoy nos toca particularmente de cerca en este momento. Es la hora de la misión: el Señor os manda, queridos amigos, a su mies. Debéis cooperar en ese encargo de que habla el profeta Isaías en la primera lectura: “El me envió a llevar la buena noticia a los pobres, a vendar los corazones heridos” (Is 61, 1). Este es el trabajo por la mies en el campo de Dios, en el campo de la historia humana: llevar a los hombres la luz de la verdad, liberarlos de la pobreza de verdad, que es la verdadera tristeza y la verdadera pobreza del hombre. Llevarles el alegre anuncio que no es solo palabra, sino acontecimiento: Dios, Él mismo, ha venido entre nosotros. El nos toma de la mano, nos lleva hacia lo alto, hacia sí mismo, y así el corazón destrozado es curado. Demos gracias al Señor porque manda trabajadores a la mies de la historia del mundo. Le damos gracias porque os manda a vosotros, porque habéis dicho que sí y porque ahora pronunciaréis nuevamente vuestro “sí” a ser trabajadores del Señor para los hombres.

“La mies es abundante” - también hoy, precisamente hoy. Aunque pueda parecer que grandes partes del mundo moderno, de los hombres de hoy, vuelven las espaldas a Dios y consideren la fe una cosa del pasado – existe aún el anhelo de que finalmente se restablezcan la justicia, el amor, la paz, que la pobreza y el sufrimiento sean superados, que los hombres encuentren la alegría. Todo este anhelo está presente en el mundo de hoy, el anhelo hacia lo que es grande, hacia lo que es bueno. Es la nostalgia del Redentor, de Dios mismo, incluso allí donde es negado. Precisamente en este momento el trabajo en el campo de Dios es particularmente urgente y precisamente en este momento sentimos de manera particularmente dolorosa la verdad de la palabra de Jesús: “los trabajadores son pocos”. Al mismo tiempo el Salvador nos da a entender que no podemos ser simplemente nosotros solos quienes mandemos obreros a la mies; que no es una cuestión de management, de nuestra capacidad organizativa. Los obreros para el campo de su mies los puede mandar Dios mismo. Pero Él los quiere mandar a través de la puerta de nuestra oración. Nosotros podemos cooperar para la llegada de los obreros, pero podemos hacerlo solo cooperando con Dios. Así esta hora del agradecimiento por la realización de un envío en misión es, de modo particular, también la hora de la oración: Señor, ¡manda obreros a tu mies! ¡Abre los corazones a tu llamada! ¡No permitas que nuestra súplica sea en vano!

La liturgia de la jornada de hoy nos da por tanto dos definiciones de vuestra misión de obispos, de sacerdotes de Jesucristo: ser obreros en la mies de la historia del mundo con la tarea de curar abriendo las puertas del mundo al señorío de Dios, para que se haga la voluntad de Dios así en la tierra como en el cielo. Y además vuestro ministerio es descrito como cooperación a la misión de Jesucristo, como participación en el don del Espíritu Santo, dado a Él en cuanto Mesías, el Hijo ungido por Dios. La Carta a los Hebreos – la segunda lectura – completa también esto a partir de la imagen del sumo sacerdote Melquisedec, que remite misteriosamente a Cristo, el verdadero Sumo Sacerdote, el Rey de paz y de justicia.

Pero quisiera decir también algo sobre cómo esta gran tarea debe llevarse a cabo en la práctica – sobre qué exige concretamente de nosotros. Para la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, las comunidades cristianas de Jerusalén habían elegido este año las palabras de los hechos de los Apóstoles, en las que san Lucas quiere ilustrar de modo normativo cuáles son los elementos fundamentales de la existencia cristiana en la comunión de la Iglesia de Jesucristo. Se expresa así: “Todos se reunían asiduamente para escuchar la enseñanza de los Apóstoles y participar en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones” (Hch 2, 42). En estos cuatro elementos básicos del ser Iglesia se describe al mismo tiempo también la tarea esencial de sus Pastores. Los cuatro elementos se mantienen juntos mediante la expresión “se reunían asiduamente” – eran perseverantes: la Biblia latina traduce así la expresión griega προσκαρτερέω: la perseverancia, la asiduidad, pertenece a la esencia del ser cristianos y es fundamental para la tarea de los Pastores, de los trabajadores en la mies del Señor. El Pastor no debe ser una caña de pantano que se dobla según sopla el viento, un siervo del espíritu del tiempo. El ser intrépido, el valor de oponerse a las corrientes del momento pertenece de modo esencial al deber del Pastor. No debe ser una caña de pantano, sino más bien – según la imagen del salmo 1 – debe ser como un árbol que tiene las raíces profundas, en las que está firme y bien fundado. Esto no tiene nada que ver con la rigidez o con la inflexibilidad. Sólo donde hay estabilidad hay también crecimiento. El cardenal Newman, cuyo camino fue marcado por tres conversiones, dice que vivir es transformarse. Pero sus tres conversiones y las transformaciones que tuvieron lugar en ellas son sin embargo un único camino coherente: el camino de la obediencia hacia la verdad, hacia Dios: el camino de la verdadera continuidad que precisamente así hace progresar.

“Perseverar en la enseñanza de los Apóstoles” – la fe tiene un contenido concreto. No es una espiritualidad indeterminada, una sensación indefinible para la trascendencia. Dios ha actuado y precisamente Él ha hablado. Ha hecho realmente algo y ha dicho realmente algo. Ciertamente, la fe es, en primer lugar, un confiarse a Dios, una relación viva con Él. Pero el Dios el que nos confiamos tiene un rostro y nos ha dado su Palabra. Podemos contar con la estabilidad de su Palabra. La Iglesia antigua resumió el núcleo esencial de la enseñanza de los Apóstoles en la llamada Regula fidei, que sustancialmente es idéntica a las Profesiones de Fe. Este es el fundamento confiable, sobre el que los cristianos nos basamos también hoy. Es la base segura sobre la que podemos construir la casa de nuestra fe, de nuestra vida (cfr. Mt 7, 24ss). Y de nuevo, la estabilidad y la definitividad de lo que creemos no significan rigidez. Juan de la Cruz comparó el mundo de la fe a una mina en la que descubrimos cada vez nuevos tesoros – tesoros en los que se desarrolla la única fe, la profesión del Dios que se manifiesta en Cristo. Como Pastores de la Iglesia vivimos de esta fe y así podemos también anunciarla como el alegre anuncio que nos hace seguros del amor de Dios y del ser nosotros amados por Él.

El segundo pilar de la existencia eclesial. San Lucas lo llama κοινωνία - communio. Tras el Concilio Vaticano II, este término se ha convertido en una palabra central de la teología y del anuncio, porque en él, de hecho, se expresan todas las dimensiones del ser cristianos y de la vida eclesial. Lo que Lucas quería expresar precisamente con esa palabra en este texto, no lo sabemos. Podemos por tanto comprenderla tranquilamente en base al contexto global del Nuevo Testamento y de la Tradición apostólica. Una primera gran definición de communio la dio san Juan al principio de su Primera Carta: Lo que hemos visto y oído, lo que nuestras manos han tocado, os lo anunciamos, para que esteis en communio con nosotros. Y nuestra communio es comunión con el Padre y con su Hijo, Jesucristo (cfr. 1 Jn 1, 1-4). Dios por nosotros se hizo visible y tocable y así creó una comunión real consigo mismo. Entramos en esa comunión a través de creer y vivir junto con aquellos que Lo tocaron. Con ellos y a través de ellos, nosotros mismos ciertamente Lo vemos, y tocamos al Dios que se ha hecho cercano. Así la dimensión horizontal y la vertical están aquí inseparablemente entretejidas una con otra. Estando en comunión con los Apóstoles, permaneciendo en su fe, nosotros mismos estamos en contacto con el Dios vivo. Queridos amigos, a este fin sirve el ministerio de los obispos: que esta cadena de comunión no se interrumpa. Esta es la esencia de la Sucesión apostólica: conservar la comunión con aquellos que han encontrado al Señor de modo visible y tangible y así tener abierto el Cielo, la presencia de Dios en medio de nosotros. Solo mediante la comunión con los Sucesores de los Apóstoles estamos también en contacto con el Dios encarnado. Pero vale también a la inversa: solo gracias a la comunión con Dios, solo gracias a la comunión con Jesucristo esta cadena de los testigos permanece unida. Obispos no se es nunca solos, nos dice el Vaticano II, sino siempre solo en el colegio de los obispos. Esto, además, no puede encerrarse en el tiempo de la propia generación. A la colegialidad pertenece en entramado de todas las generaciones, la Iglesia viviente de todos los tiempos. Vosotros, queridos Hermanos, tenéis la misión de conservar esta comunión católica. Sabed que el Señor ha encargado a san Pedro y a sus sucesores ser el centro de esta comunión, los garantes del estar en la totalidad de la comunión apostólica y de su fe. Ofreced vuestra ayuda para que permanezca viva la alegría por la gran unidad de la Iglesia, por la comunión de todos los lugares y tiempos, por la comunión de la fe que abraza el cielo y la tierra. Vivid la communio, y vivid con el corazón, día a día, su centro más profundo en ese momento sagrado en el que el Señor mismo se entrega en la santa Comunión.

Con ello llegamos ya al elemento sucesivo fundamental de la existencia eclesial, mencionado por san Lucas: la fracción del pan. La mirada del Evangelista, en este punto, vuelve atrás a los discípulos de Emaús, que reconocieron al Señor por el gesto del partir el pan. Y desde allí, la mirada vuelve aún más atrás, al momento de la Última Cena, en el que Jesús, al partir el pan, de distribuyó a sí mismo, se hizo pan por nosotros y anticipó su muerte y su resurrección. Partir el pan – la santa Eucaristía es el centro de la Iglesia y debe ser el centro de nuestro ser cristianos y de nuestra vida sacerdotal. El Señor se nos da. El Resucitado entra en mi intimidad y quiere transformarme para hacerme entrar en una profunda comunión con Él. Así me abre también a todos los demás: nosotros, los muchos, somos un solo pan y un solo cuerpo, dice san Pablo (cfr. 1 Cor 10, 17). Intentemos celebrar la Eucaristía con una dedicación, un fervor cada vez más profundo, intentemos plantearnos los días según su medida, intentemos dejarnos plasmar por ella. Partir el pan – con ello se expresa al mismo tiempo también el compartir, el transmitir nuestro amor a los demás. La dimensión social, el compartir no es un apéndice moral que se añade a la Eucaristía, sino que es parte de ella. Esto resulta claro precisamente del versículo que en los Hechos de los Apóstoles sigue al citado hace poco: “Todos los creyentes … ponían lo suyo en común”, dice Lucas (2, 44). Estemos atentos a que la fe se exprese siempre en el amor y la justicia de unos hacia otros y que nuestra praxis social sea inspirada por la fe; que la fe sea vivida en el amor.

Como último pilar de la existencia eclesial, Lucas menciona “las oraciones”. Habla en plural: oraciones. ¿Qué quiere decir con esto? Probablemente piensa en la participación de la primera comunidad de Jerusalén en las oraciones en el templo, en los ordenamientos comunes en la oración. Así ilumina una cosa importante. La oración, por una parte, debe ser muy personal, un unirme en lo más profundo a Dios. Debe ser mi lucha con Él, mi búsqueda de Él, mi acción de gracias para Él y mi alegría en Él. Con todo, nunca es solamente algo privado de mi “yo” individual, que no tiene que ver con los demás. Orar es esencialmente siempre también un rezar en el “nosotros” de los hijos de Dios. Solo en este “nosotros” somos hijos de nuestro Padre, que el Señor nos enseñó a rezar. Sólo este “nosotros” nos abre el acceso al Padre. Por una parte, nuestra oración debe ser cada vez más personal, tocar y penetrar cada vez más profundamente en el núcleo de nuestro “yo”. Por la otra, debe nutrirse siempre de la comunión de los orantes, de la unidad del Cuerpo de Cristo, para plasmarme verdaderamente a partir del amor de Dios. Así rezar, en última instancia, no es una actividad entre las demás, un cierto rincón de mi tiempo. Rezar es la respuesta al imperativo que está en el Canon en la Celebración eucarística: Sursum corda – levantad vuestros corazones. Es el ascender de mi existencia hasta la altura de Dios. En san Gregorio Magno se encuentra una bella palabra al respecto. Él recuerda que Jesús llama a Juan Bautista una “lámpara que arde y resplandece” (Jn 5, 35) y continua: “ardiente por el deseo celeste, resplandeciente por la palabra. Por tanto, para que se conserve la veracidad del anuncio, debe ser conservada la altura de la vida” (Hom. in Ez. 1, 11, 7 ccl 142, 134). La altura, la medida alta de la vida, que precisamente hoy es esencial para el testimonio en favor de Jesucristo, la podemos encontrar solo si en la oración nos dejamos atraer continuamente por Él hacia su altura.

Duc in altum (Lc 5, 4) – Rema mar adentro y echa las redes para la pesca. Esto dijo Jesús a Pedro y a sus compañeros cuando los llamó a ser “pescadores de hombres”. Duc in altum – el papa Juan Pablo II, en sus últimos años, retomó con fuerza esta palabra y la proclamó en voz alta a los discípulos del Señor hoy. Duc in altum – os dice el Señor en este momento. Habéis sido llamados a cargos que implican a la Iglesia universal. Sois llamados a echar la red del Evangelio en el mar agitado de este tiempo para obtener la adhesión de los hombres a Cristo; para sacarlos, por así decirlos, de las aguas salinas de la muerte y de la oscuridad en la que la luz del cielo no penetra. Debéis llevarles a la tierra de la vida, a la comunión con Jesucristo.

En un pasaje del primer libro de su obra sobre la Santísima Trinidad, san Hilario de Poitiers prorrumpe de repente en una oración: por esto rezo “para que hinches las velas desplegadas de nuestra fe y de nuestra profesión con el soplo de Tu Espíritu y me empuje adelante en la travesía de mi anuncio” (i 37 ccl 62, 35s). Sí, para esto rezamos ahora por vosotros, queridos amigos. Desplegad por tanto las velas de vuestras almas, las velas de la fe, de la esperanza, del amor, para que el Espíritu Santo pueda hincharlas y concederos un bendito viaje como pescadores de hombres en el océano de nuestro tiempo. Amén.

[Traducción del italiano por Inma Álvarez
©Libreria Editrice Vaticana]


Publicado por verdenaranja @ 23:22  | Habla el Papa
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ZENIT  nos ofrece el texto del discurso que el Papa Benedicto XVI ofreció el lunes 7 de Febrero de 2011 a los participantes en la Asamblea Plenaria de la Congregación para la Educación Católica, a quienes recibió en la Sala del Consistorio del Palacio Apostólico.

Señores cardenales,
venerados hermanos en el Episcopado y en el Sacerdocio,
queridos hermanos y hermanas.

Os dirijo a cada uno de vosotros mi cordial saludo por esta visita con ocasión de la reunión plenaria de la Congregación para la Educación Católica. Saludo al cardenal Zenon Grocholewski, prefecto del dicasterio, dándole las gracias por sus corteses palabras, como también al secretario, al subsecretario, a los oficiales y colaboradores.

Las temáticas que afrontáis en estos días tienen como denominador común la educación y la formación, que constituyen hoy uno de los desafíos más urgentes que la Iglesia y sus instituciones están llamadas a afrontar. La obra educativa parece haberse vuelto cada vez más ardua porque, en una cultura que demasiado a menudo hace del relativismo su propio credo, falta la luz de la verdad, al contrario, se considera peligroso hablar de verdad, infiltrando así la duda sobre los valores básicos de la existencia personal y comunitaria. Por esto es importante el servicio que llevan a cabo en el mundo las numerosas instituciones formativas que se inspiran en la visión cristiana del hombre y de la realidad: educar es un acto de amor, ejercicio de la “caridad intelectual”, que requiere responsabilidad, dedicación, coherencia de vida. El trabajo de vuestra Congregación y las decisiones que tomaréis en estos días de reflexión y de estudio contribuirán ciertamente a responder a la actual “emergencia educativa".

Vuestra Congregación, creada en 1915 por Benedicto XV, lleva a cabo desde hace casi cien años su obra preciosa al servicio de las diversas Instituciones católicas de formación. Entre ellas, sin duda, el seminario es una de las más importantes para la vida de la Iglesia y exige por tanto un proyecto formativo que tenga en cuenta el contexto arriba descrito. Muchas veces he subrayado que el seminario es una etapa preciosa de la vida, en la que el candidato al sacerdocio hace la experiencia de ser “un discípulo de Jesús”. Para este tiempo destinado a la formación se requiere un cierto desapego, un cierto “desierto”, porque el Señor habla al corazón con una voz que se oye si hay silencio (cfr 1Re 19,12); pero requiere también la disponibilidad a vivir juntos, a amar la “vida de familia” y la dimensión comunitaria que anticipan esa “fraternidad sacramental" que debe caracterizar a todo presbítero diocesano (cfr Presbyterorum ordinis, 8) y que quise recordar también en mi reciente Carta a los seminaristas: “no se llega a ser sacerdotes por sí solos. Se necesita la 'comunidad de los discípulos', el conjunto que quieren servir a la Iglesia común”.

En estos días estudiáis también el boceto del documento sobre Internet y la formación en los seminarios. Internet, por su capacidad de superar las distancias y de poner en contacto recíproco a las personas, presenta grandes posibilidades también para la Iglesia y su misión. Con el necesario discernimiento para un uso inteligente y prudente de éste, es un instrumento que puede servir no sólo para los estudios, sino también para la acción pastoral de los futuros presbíteros en los distintos campos eclesiales, como la evangelización, la acción misionera, la catequesis, los proyectos educativos, la gestión de las instituciones. También en este campo es de extrema importancia poder contar con formadores adecuadamente preparados para que sean guías fieles y siempre al día, con el fin de acompañar a los candidatos al sacerdocio en el uso correcto y positivo de los medios informáticos.

Este año, además, se celebra el LXX aniversario de la Obra Pontificia por las Vocaciones Sacerdotales, instituida por el Venerable Pío XII para favorecer la colaboración entre la Santa Sede y las Iglesias locales en la preciosa obra de promoción de las vocaciones al ministerio ordenado. Esta celebración podrá ser la ocasión para conocer y valorar las iniciativas vocacionales más significativas promovidas en las Iglesias locales. Es necesario que la pastoral vocacional, además de subrayar el valor de la llamada universal a seguir a Jesús, insista más claramente en el perfil del sacerdocio ministerial, caracterizado por su configuración específica a Cristo, que lo distingue esencialmente de los otros fieles y se pone a su servicio.

Habéis puesto en marcha, además, una revisión de cuanto prescribe la Constitución apostólica Sapientia christiana sobre los estudios eclesiásticos, respecto al derecho canónico, a los Institutos Superiores de Ciencias Religiosas y, recientemente, a la filosofía. Un sector en el que reflexionar particularmente es en el de la teología. Es importante hacer cada vez más sólido el vínculo entre la teología y el estudio de la Sagrada Escritura, de forma que esta sea realmente su alma y su corazón (cfr Verbum Domini, 31). Pero el teólogo no debe olvidar que es también él quien habla a Dios. Es indispensable, por tanto, tener estrechamente unidad la teología con la oración personal y comunitaria, especialmente litúrgica. La teología es scientia fidei y la oración nutre la fe. En la unión con Dios, el misterio es, de alguna forma, saboreado, se hace cercano, y esta proximidad es luz para la inteligencia. Quisiera subrayar también la conexión de la teología con las demás disciplinas, considerando que ésta se enseña en las Universidades católicas y, en muchos casos, en las civiles. El beato John Henry Newman hablaba de "círculo del saber", circle of knowledge, para indicar que existe una interdependencia entre las diversas ramas del saber; pero Dios y sólo Él tiene relación con la totalidad de lo real; en consecuencia, eliminar a Dios significa romper el círculo del saber. En esta perspectiva las Universidades católicas, con su identidad bien precisa y su apertura a la “totalidad” del ser humano, pueden llevar a cabo una obra preciosa para promover la unidad del saber, orientando a estudiantes y profesores a la Luz del mundo, la “luz verdadera que ilumina a todo hombre" (Jn 1,9). Son consideraciones que valen también para las Escuelas católicas. Es necesario ante todo la valentía de anunciar el valor “amplio” de la educación, para formar personas sólidas, capaces de colaborar con los demás y de dar sentido a la propia vida. Hoy se habla de educación intercultural, objeto de estudio también en vuestra Plenaria. En este ámbito se requiere una fidelidad valiente e innovadora, que sepa conjugar la conciencia clara de la propia identidad con la apertura a la alteridad, por las exigencias del vivir juntos en las sociedades multiculturales. También con este fin, se pone de relieve el papel educativo de la enseñanza de la Religión católica como asignatura escolar en diálogo interdisciplinar con las demás. De hecho, esta contribuye ampliamente no sólo al desarrollo integral del estudiante, sino también al conocimiento del otro, a la comprensión y al respeto recíproco. Para alcanzar estos objetivos deberá prestarse particular cuidado a la formación de los dirigentes y de los formadores, no sólo desde un punto de vista profesional, sino también religioso y espiritual, para que, con la coherencia de la propia vida y con la implicación personal, la presencia del educador cristiano se convierta en expresión de amor y testimonio de la verdad.

Queridos hermanos y hermanas, os doy las gracias por cuanto hacéis con vuestro competente trabajo al servicio de las instituciones educativas. Tened siempre la mirada vuelta hacia Cristo, el único Maestro, para que con su Espíritu haga eficaz vuestro trabajo. Os confío a la protección maternal de María Santísima, Sedes Sapientiae, y de corazón imparto a todos la Bendición Apostólica.

[Traducción del original italiano por Inma Álvarez
©Libreria Editrice Vaticana]


Publicado por verdenaranja @ 23:19  | Habla el Papa
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Boletín 423 

LAS NOTICIAS AMPLIADAS PUEDEN VERLAS ENTRANDO EN NUESTRO BLOG. Textos, sonidos, e imágenes los tienen en: http://www.comunicacionobispadodetenerife.blogspot.com/  

“La Libertad Religiosa, camino de la Paz” es el lema elegido para la peregrinación diocesana de oración por la paz del próximo 19 de febrero de 2011. Se saldrá, como en años anteriores, desde la Iglesia de Sto. Domingo de Guzmán en La Laguna en torno a las 6.00 horas tras una pequeña celebración de la Palabra. En Caletillas será la reunión con el resto de participantes para continuar la marcha hacia la Basílica, en la cual celebraremos la Eucaristía presidida por el Obispo. 

Ya se han hecho públicos los siguientes nombramientos: Juan Francisco Lugo Carreño, párroco de Santiago Apóstol, en Playa de Santiago, y el Salvador, en Alajeró; Carmelo L. González González, párroco de N.Sra. de Candelaria, en Chipude, Las Nieves, en La Dama, N.Sra. de La Salud, en Arure, y capellán del hospital de Nuestra Señora de Guadalupe en la capital gomera; Honorio J. Campos Gutiérrez, vicario parroquial de S. Miguel, en S. Miguel de Abona, el Inmaculado Corazón de María en Aldea Blanca, El Carmen, en Guargacho, S. Esteban en Las Zocas y S. Roque, en el Roque y Jesús Daniel González Acosta, Capellán del Hospital Universitario y administrador parroquial de N. Sra. Del Camino, en Ofra. 

Más de cien agentes de pastoral han participado en la oferta formativa de la Vicaría de Santa Cruz de Tenerife que se ha venido desarrollando durante esta semana. 

La Delegación de Pastoral con Jóvenes  ha conseguido establecer una sede oficial en Tenerife con el fin de agilizar las inscripciones para la Jornada Mundial de la Juventud Madrid 2011. La sede abrirá sus puertas el próximo viernes, 18 de febrero, a las 20:00 horas, en la Casa de la Juventud (La Laguna, frente al Casino). Este espacio también estará preparado para temas de organización, credenciales, voluntariado, etc.

Por su parte, la Delegación de Liturgia ha editado el cartel y un material para la próxima Cuaresma. El lema propuesto para preparar la Pascua es: “Alguien me espera”. 

El Instituto Superior de Teología, sede en Tenerife (ISTIC), en colaboración con la Universidad de La Laguna, desarrollará su tradicional Cátedra de Ética y Política la última semana de este mes, del 21 al 24, bajo el título: "Cristianismo y laicidad: Creyentes en una sociedad post-secular." Para esta ocasión, se contará con la dirección del Dr. Agustín Moratalla, profesor titular de Filosofía del Derecho, Moral y Política de la Universidad de Valencia. El programa de las jornadas se encuentra en la página web del ISTIC y en el blog de comunicación del Obispado. 

El próximo jueves, 17 de febrero, el Aula Virgen de los Reyes, delegación en El Hierro del Instituto de Teología de las Islas Canarias (ISTIC), acogerá las Jornadas de Ética y Política, que en esta ocasión contarán con una ponencia a cargo del profesor, Tomás Herrera, titular de Didáctica de la ERE en ISTIC de Tenerife. Dicha ponencia ofrecerá un amplio estudio sobre el “Tratamiento cinematográfico de los Derechos Humanos”. Será a las 19,00 horas en la Escuela de Aparejadores de Valverde. 

“PJ Weekend”, es el lema de las Jornadas Arciprestales de Pastoral Juvenil que se celebrarán este fin de semana, del 19 y 20 de febrero, en el colegio de la Milagrosa, en la Orotava. Juegos, actividades lúdicas, conciertos y momentos para la oración, son algunas de las ofertas de estas jornadas que concluirán el domingo con una Eucaristía en la Ermita de la Virgen de las Nieves de Las Cañadas del Teide. 

"Koinonía. Espiritualidad del Evangelizador" es un curso destinado a todos los evangelizadores que son conscientes de la necesidad de cuidar la vida interior para poder llevar más eficazmente el mensaje del Evangelio. Está organizado por la delegación de pastoral misionera y se desarrollará del 18 de febrero a las 20:00 horas al 20 de febrero después de almuerzo, en la Casa de la Iglesia, en La Laguna.  

Un nuevo encuentro de Cáritas joven tendrá lugar durante los días 26 y 27 de febrero en la casa Manresa, en Tacoronte. En el mismo podrán participar jóvenes a partir de 14 años. Se trata de una experiencia enfocada a avivar el espíritu solidario y compartir experiencias entre jóvenes de diferentes arciprestazgos. 

Desde el Arciprestazgo de Santa Cruz de La Palma, se propone por tercer año consecutivo un “espacio abierto a los agentes de pastoral y a todos aquellos que quisieran aprovechar unos días para mejorar la formación en su fe y en su tarea pastoral”. Los cursos que se proponen son cuatro: “Dinámica interna del acto catequético, “Id y curar: la pastoral de la salud, parte indispensable de la misión de la Iglesia, “Modelo de acción social: herramientas para la acción” y “Orar con la Palabra de Dios”. 

La Casa de Los Lagares localizada en Tafira Alta, en Gran Canaria, ha dispuesto un sugerente planning de ejercicios espirituales para el próximo verano, destinado a sacerdotes, religiosos/as y laicos. Las opciones son las siguientes: Del 3 al 11 de julio, ejercicios dirigidos por Antonio Fenoll, s.j; del 15 de julio al 13 de agosto, ejercicios dirigidos por Pedro Cambreleng s.j.  y David Fagundo s.j quienes también dirigirán una nueva tanda del 18 al 26 de septiembre. Los interesados en participar en alguno de los mencionados retiros pueden comunicarlo llamando a cualquiera de estos números: 928-350094;  619-228772; 695-352881. 

El Instituto Municipal de Atención Social (IMAS) ha transferido, según informó el Diario de Avisos, los 457.000 euros de las partidas comprometidas en las subvenciones de 2010 a las ONG capitalinas. Las transferencias se encuadran en unos convenios plurianuales. El convenio recoge diferentes compromisos entre los que se encuentran distintas organizaciones de la Iglesia Católica. 

Esta semana tuvo lugar el acto oficial de la colocación de la Primera Piedra de la nueva sede de Radio ECCA en Tenerife. El local, situado en una zona estratégica de la ciudad, junto al estadio Heliodoro Rodríguez López, tiene 800 m2. Para la directora de Radio ECCA, María del Carmen Palmés Pérez, “el mejor regalo en el 46 Aniversario de la Institución es poder contar, a partir de septiembre, con unas instalaciones con las que mejorar la atención al alumnado”. 

Las puertas del convento de Santa Catalina de Siena se volvieron a abrir de nuevo, como cada 15 de febrero, desde las 5 de la madrugada para que todos los devotos y devotas de Sor María de Jesús León, más conocida como la Siervita, pudieran llevar, en esta larga jornada, sus peticiones y acciones de gracias a la monja cuyos restos mortales permanecen incorruptos. Un tradicional homenaje que se viene repitiendo desde hace 280 años.  

En relación al convento de clausura de Santa Catalina de La Laguna cabe añadir que se encuentra celebrando en este 2011 sus cuatrocientos años de historia. Con tal motivo, Almudena Cruz ha escrito un amplio reportaje para el rotativo 'La Opinión' en el que recuerda que, para la ocasión, se han previsto una agenda de actividades que se extenderá durante varios meses. 

En la declaración de la Renta de 2010, correspondiente al IRPF de 2009, el número de declaraciones con asignación a favor de la Iglesia Católica se ha incrementado en 65.983. En tan solo tres años, se ha producido un aumento de casi 80000 declaraciones. Si se tiene en cuenta que un buen número de ellas son conjuntas, se puede estimar que en la pasada primavera, más de 9 millones de contribuyentes asignaron la X a favor de la Iglesia Católica. 

La presidenta de "Justicia y Paz" en Tenerife, Carmen Luisa González, ha escrito una carta en donde comparte con todas las personas cercanas, inquietas y comprometidas con los objetivos de esta comisión, el gozo de que “Justicia y Paz” lleve 10 años de andadura en nuestra Diócesis de Tenerife, desde su creación, por el entonces Obispo, Felipe Fernández. Por otro lado, González ha informado que la Comisión General de Justicia y Paz de España ha decidido celebrar sus Jornadas Anuales de este año 2011 en Tenerife, en el Colegio de San Ildefonso de Santa Cruz, los días 1 y 2 del próximo mes de abril. 

"Un lugar para los menores olvidados" es como titula el periódico ABC un reportaje dedicado a la labor que realizan los Hermanos de la Cruz Blanca con personas con discapacidad. Entre los objetivos que se ha marcado la Cruz Blanca destaca la puesta en marcha de la Casa Manolo Torras 2, también en la ciudad de Aguere donde ya se encuentra la casa familiar Manolo Torras 1, lugar en el que son atendidos menores y adultos con discapacidad severa.  

El Obispo, Bernardo Álvarez Afonso, recibió a la Junta de Gobierno de la Esclavitud del Santísimo Cristo de La Laguna, para proceder al acto de presentación de la misma y abordar algunos aspectos de la próxima Semana Santa de la ciudad de Aguere. 

El ayuntamiento de La Laguna ha iniciado el expediente de honores y distinciones que llevará al municipio a dedicar un espacio público al padre Onofre, recientemente fallecido. Onofre Díaz mantuvo una estrecha vinculación al hospital S. Juan de Dios, lo cual fue reconocido con una distinción de la propia orden hospitalaria.  

Del 5 al 15 de marzo se desarrollará la 45º Peregrinación Diocesana a Tierra Santa. 


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miércoles, 16 de febrero de 2011

Homilía de monseñor Carmelo Juan Giaquinta, arzobispo emérito de Resistencia, para el quinto domingo durante el año (6 febrero 2011). (AICA)

¿LOS CRISTIANOS SOMOS LA LUZ DEL MUNDO?  
Mt 5,13-16 

I. “USTEDES SON LA SAL DE LA TIERRA” 

1. Jesús que, el domingo pasado, llamó a sus discípulos “pobres” y “perseguidos”, hoy los califica como “la sal de la tierra”. La misión de ellos de ningún modo es estar escondidos como cucarachas, sino vivir en medio de los hombres como la sal que se mezcla con el alimento y lo sazona. Una sal que no salase sería totalmente inútil: “Ya no sirve para nada, sino para ser tirada y pisada por los hombres” (Mt 5,13). Lo mismo un cristiano que no viviese como tal. Sólo merecería el desprecio de los demás. 

“Ustedes son la luz del mundo”

2. Jesús también llama a sus discípulos “la luz mundo” (v. 14). Ellos han de ser como una lámpara, “que se la pone sobre el candelero para que ilumine a todos los que están en la casa”. Sería ridículo encenderla “para meterla debajo de un cajón” (v.15). Si bien el cristiano no ha de obrar para ser visto, tiene que verse que es cristiano. Y ello, mediante la conducta que lleva: “Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en los cielos” (v.16). 

III. SITUACIÓN DEL CRISTIANO HOY 

3. Con ambas figuras, la sal y la luz, y con sus antítesis paradójicas, la sal sosa y la luz encerrada en un cajón: Jesús nos plantea a los cristianos dos interrogantes que han de hacernos pensar. El primero, sobre la seriedad de nuestra opción por Cristo: si somos sal de la tierra y luz del mundo. El segundo, sobre si no traicionamos lo que somos: si después de un primer seguimiento de Jesús, hemos dejado de andar detrás de él, y ahora sólo conservamos el nombre de cristianos. Y por ello en el mundo se desprecia el nombre de Cristo. 

4. La pregunta que cuestiona cada cristiano, desde el más encumbrado hasta el más humilde, cuestiona también a las instituciones cristianas: parroquias, colegios y universidades católicas, seminarios, congregaciones y órdenes religiosas, curias diocesanas y curia romana, y todo tipo de asociación y movimiento católico. ¿Nuestras instituciones son, de veras, cristianas?

Por gracia de Dios existen numerosos cristianos que viven su fe con integridad y hasta con heroísmo. E, igualmente, instituciones que son verdaderas comunidades eclesiales en las que es posible crecer y vivir en la fe y en el amor. Pero ¿no existen, a la vez, instituciones católicas cuya existencia espiritual es tan miserable que plantean el serio interrogante de si son Iglesia de Cristo?

El Evangelio de hoy nos presenta una alternativa, que es todo un desafío: a) ser cristianos en serio, “sal de la tierra y luz del mundo”; b) serlo de manera insignificante, absurda: sal sosa, lámpara encajonada, y, por tanto, cristiano despreciable. 

IV. “USTEDES ERAN TINIEBLAS, AHORA SON LUZ EN EL SEÑOR” 

5. En los escritos de los Apóstoles, constatamos que también ellos asumieron la imagen de la luz para simbolizar la misión del cristiano en el mundo. El apóstol Pedro ve a los cristianos como el “pueblo adquirido (por Cristo) para anunciar las maravillas de aquel que los llamó de las tinieblas a su admirable luz” (1 Pe 2,9). Quien más insiste en la imagen de la luz para simbolizar al cristiano es el apóstol Pablo. De todas sus referencias, extraigo una de la carta a los efesios, que permite apreciar cómo la imagen del “cristiano-luz” está cargada de implicancias concretas para la vida cotidiana: “Antes ustedes eran tinieblas, pero ahora son luz en el Señor. Vivan como hijos de la luz. Ahora bien, el fruto de la luz es la bondad, la justicia y la verdad. Sepan discernir lo que agrada al Señor, y no participen de las obras estériles de las tinieblas; al contrario, pónganlas en evidencia” (Ef 5,8-11). 

V. ¿UN CONCILIO VATICANO III? 

6. Al constatar la opacidad del cristiano en el mundo de hoy y la poca incidencia de la Iglesia en la evangelización del mundo, no pocos expresan el deseo de un nuevo Concilio: un Vaticano III. No lo descarto. Pero me preocupa que los que lo plantean no siempre se preguntan si conocen y asumen de corazón todas las orientaciones del Vaticano II. Y que entre las sugerencias que se hacen, casi nunca se escuche una que proponga volver al espíritu del Evangelio expresado en el Sermón de la Montaña.  

7. Sólo Dios sabe cuándo habrá un Concilio Vaticano III. Pero después de la experiencia del Vaticano II, conocemos bien cuatro cosas: 1°) un Concilio ha de ser convocado, realizado y llevado luego a la práctica por Papas santos; 2°) necesita ser preparado por hombres sabios y prudentes, como sucedió con el último Concilio, el cual llevó a plenitud el trabajo de renovación de la Iglesia que éstos, aún sin saberlo, venían promoviendo a través de largos decenios; 3°) ha de ser acompañado por la oración de toda la Iglesia, que suplique a Dios con toda el alma “que venga a nosotros tu Reino”; 4°) el mejor Concilio puede ser frustrado en buena medida si los agentes pastorales nos vamos luego por las ramas, como lastimosamente está sucediendo con el Vaticano II.  

Mons. Carmelo Juan Giaquinta, arzobispo emérito de Resistencia 


Publicado por verdenaranja @ 22:13  | Hablan los obispos
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Lima (Agencia Fides) – El Presidente de la Conferencia Episcopal peruana y los Obispos de los Vicariatos Apostólicos de la Amazonía peruana han manifestado su preocupación por los Decretos de Urgencia promulgados recientemente por el Gobierno peruano. En un documento titulado “Cuidar la casa de todos”, del que ha llegado una copia a la Agencia Fides, los Obispos escriben que con estos decretos no se considera el estudio del impacto ambiental de estos proyectos de inversión, como requisito previo para la obtención de autorizaciones administrativas. 

Cuidar la casa de todos  

Invocación del Presidente de la Conferencia Episcopal y de los Obispos de los Vicariatos Apostólicos de la Amazonía peruana   

Hermanas y hermanos, como pastores de la Iglesia Católica, hacemos nuestra la gran preocupación suscitada por la reciente publicación de los Decretos de Urgencia N° 001–2011 y N° 002–2011, por parte del Poder Ejecutivo, en base a las facultades extraordinarias que le otorga la Constitución, a través de los cuales se dictan disposiciones especiales para facilitar la aplicación de 33 proyectos de inversión en nuestro país. Estos decretos de urgencia están destinados a exonerar del estudio de impacto ambiental a estos proyectos de inversión como requisito previo para la obtención de autorizaciones administrativas. 

La Iglesia, como Madre y Maestra, jamás estará en contra de todo aquello que suponga sumar esfuerzos para alcanzar el bienestar de peruanos y peruanas. Es tarea nuestra -como nos lo han recordado nuestros hermanos del Episcopado Latinoamericano y Caribeño en Aparecida- cuidar la casa común, pues los recursos naturales se pueden agotar y corremos el riesgo de administrar miseria, llanto y desolación (Aparecida, 474). 

La respuesta que damos se debe a la insistencia de numerosos fieles sobre la necesidad de los estudios de impacto ambiental, requisito fundamental para toda actividad extractiva y energética, a fin de conocer las graves consecuencias que un mal manejo ambiental podría tener para la población y nuestra diversidad de ecosistemas. 

En los últimos años, como pastores hemos asistido a distintas solicitudes de mediación entre las comunidades y el Estado, a fin de evitar situaciones de violencia producto de la agudización de los conflictos sociales. En ellos, quien más pierde es el más pobre, cuya marginación es clamorosa.  

Sabemos que desde el mes de diciembre pasado, hay más de 200 conflictos sociales, la tercera parte de ellos vinculados al manejo del agua y recursos hídricos. Es preocupante que estos decretos puedan convertir la exigencia de los estudios de impacto ambiental en un requisito administrativo no obligatorio. 

El agua, el aire, la tierra, son elementos esenciales de esa naturaleza gratuita que Dios nos ha otorgado generosamente. Los conflictos sociales se pueden prevenir y evitar si actuamos a tiempo. El desarrollo requiere el respeto a nuestra tierra y su gente (Cfr. Populorum Progessio, 20). Si queremos la paz, cuidemos la creación, nos dijo el Papa Benedicto XVI en su mensaje del 1 de enero de 2010. Estamos comprometidos en esa tarea.  

Lima, 4 de febrero de 2011 

(Firmas del Presidente de la Conferencia Episcopal y de los obispos de los vicariatos apostólicos de la Amazonía peruana presentes en el IV Encuentro de la Pastoral Indígena) 

Monseñor Héctor Miguel Cabrejos Vidarte, OFM., Arzobispo de Trujillo y Presidente de la Conferencia Episcopal Peruana
Monseñor Gerardo Zerdin O.F.M. Obispo del Vicariato Apostólico de San Ramón
Monseñor Francisco González O.P. Obispo del Vicariato Apostólico de Puerto Maldonado
Monseñor José Luis Astigarraga C.P. Obispo del Vicariato Apostólico de Yurimaguas
Monseñor Santiago García de la Rasilla S.J. Obispo del Vicariato Apostólico de Jaén
Monseñor Gaetano Gambusera S.D.B Obispo del Vicariato Apostólico de Pucallpa
Monseñor Alberto Campos O.F.M Obispo del Vicariato Apostólico de San José del Amazonas
Monseñor Juan Tomas Oliver, OFM Obispo del Vicariato Apostólico de Requena 


Publicado por verdenaranja @ 21:51  | Hablan los obispos
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ZENIT nos ofrece las palabras que el Papa Benedicto XVI pronunció el domingo 6 de Febrero de 2011 al introducir el rezo del Ángelus desde la ventana de su estudio, ante los miles de fieles congregados en la plaza de San Pedro.

¡Queridos hermanos y hermanas!

En el Evangelio de este domingo el Señor Jesús dice a sus discípulos: “Vosotros sois la sal de la tierra... vosotros sois la luz del mundo” (Mt 5,13.14). Mediante estas imágenes llenas de significado, Él quiere transmitirles el sentido de su misión y de su testimonio. La sal, en la cultura medioriental, evoca diversos valores como la alianza, la solidaridad, la vida y la sabiduría. La luz es la primera obra de Dios Creador y es fuente de la vida; la misma Palabra de Dios es comparada con la luz, como proclama el salmista: "Tu palabra es una lámpara para mis pasos, y una luz en mi camino" (Sal 119,105). Y de nuevo en la Liturgia de hoy, el profeta Isaías “Si ofreces tu pan al hambriento y sacias al que vive en la penuria, tu luz se alzará en las tinieblas y tu oscuridad será como al mediodía" (58,10). La sabiduría resume en sí los efectos beneficiosos de la sal y de la luz: de hecho, los discípulos del Señor son llamados a dar nuevo “sabor” al mundo, y a preservarlo de la corrupción, con la sabiduría de Dios, que resplandece plenamente sobre el rostro del Hijo, porque Él es la “luz verdadera que ilumina a cada hombre" (Jn 1,9). Unidos a Él, los cristianos pueden difundir en medio de las tinieblas de la indiferencia y del egoísmo la luz del amor de Dios, verdadera sabiduría que da significado a la existencia y a la actuación de los hombres.

El próximo 11 de febrero, memoria de la Beata Virgen de Lourdes, celebraremos la Jornada Mundial del Enfermo. Esta es ocasión propicia para reflexionar, para rezar y para acrecentar la sensibilidad de las comunidades eclesiales y de la sociedad civil hacia los hermanos y las hermanas enfermos. En el Mensaje para esta Jornada, inspirado en una frase de la Primera carta de Pedro: “Gracias a sus llagas, vosotros fuisteis curados" (2,24), invito a todos a contemplar a Jesús, el Hijo de Dios, el cual sufrió, murió, pero ha resucitado. Dios se opone radicalmente a la prepotencia del mal. El Señor cuida del hombre en cada situación, comparte el sufrimiento y abre el corazón a la esperanza. Exhorto, por tanto a todos los agentes sanitarios a reconocer en el enfermo no sólo un cuerpo marcado por la fragilidad, sino ante todo de una persona, a la que dar toda la solidaridad y ofrecer respuestas adecuadad y competentes. En este contexto recuerdo, además, que hoy se celebra en Italia la “Jornada por la Vida”. Auguro que todos se comprometan en hacer crecer la cultura de la vida, para poner al centro, en cualquier circunstancia, el valor del ser humano. Según la fe y la razón, la dignidad de la persona es irreducible a sus facultades o a las capacidades que pueda manifestar, y por tanto no disminuye cuando la propia persona es débil, inválida y necesitada de ayuda.

Queridos hermanos y hermanas, invoquemos la intercesión maternal de la Virgen María, para que los padres, los abuelos, los profesores, los sacerdotes y cuantos trabajan en la educación puedan formar a las jóvenes generaciones en la sabiduría del corazón, para que lleguen a la plenitud de la vida.

[Después del Ángelus]

En estos días, sigo con atención la delicada situación de la querida Nación egipcia. Pido a Dios que esa Tierra, bendecida por la presencia de la Santa Familia, vuelva a encontrar la tranquilidad y la convivencia pacífica, en el compromiso compartido por el bien común.

Dirijo un cordial saludo a las delegaciones de las Facultades de Medicina y Cirugía de la Universidad de Roma, acompañadas por el cardenal Vicario, con ocasión del congreso promovido por los Departamentos de Ginecología y Obstetricia sobre el tema de la asistencia sanitaria en el embarazo. Cuando la investigación cientifica y tecnologica está guiada por auténticos valores éticos es posible encontrar soluciones adecuadas para la acogida de la vida naciente y para la promoción de la maternidad. Auguro que las nuevas generaciones de sanitarios sean portadores de una renovada cultura de la vida.

[En español dijo]

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española que participan en esta oración mariana, en particular a los grupos de las parroquias de Cristo Rey, de Zamora, de la Resurrección del Señor, de Segovia, y de Santa Joaquina de Vedruna, de Barcelona. Con la liturgia de hoy, invito a todos a ser reflejo del amor de Dios mediante las buenas obras, y a ser así luz del mundo y sal de la tierra, que inspire en todos el horizonte de la verdadera razón de su existencia y la esperanza suprema que Cristo ha traído a la tierra. Que la Virgen María os proteja y acompañe en el camino de la fe. Feliz domingo.

[Traducción del italiano por Inma Álvarez
©Libreria Editrice Vaticana]


Publicado por verdenaranja @ 21:43  | Habla el Papa
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Documento conclusivo del I Encuentro Continental Latinoamericano de sacerdotes misioneros Fidei Donum europeos, celebrado en Bogotá los días 7-11 de Febrero de 2011, representando al resto de misioneros Fidei Donum que trabajan en todos los países de América al servicio de las comunidades cristianas,  promovido por Organismos Episcopales Europeos para América Latina” bajo el patrocinio de la Pontificia Comisión para América latina (CAL) y del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM), con la colaboración del Instituto Teológico para América Latina (ITEPAL). (FIDES) 

Documento de Bogotá: Fidei donum entre historia y nuevas urgencias 

“COOPERACIÓN ENTRE LAS IGLESIAS EUROPEAS Y LATINOAMERICANAS: ENTRE HISTORIA Y NUEVAS URGENCIAS” 
DOCUMENTO CONCLUSIVO DEL ENCUENTRO DE FIDEI DONUM EUROPEOS EN LATINOAMERICA 

1. Introducción 

Agradecidos a Dios por nuestra vocación misionera ad gentes, 52 sacerdotes diocesanos, incardinados en nuestras respectivas diócesis de Italia, Francia, Alemania, Bélgica, Polonia y España, hemos participado en el “I Encuentro Continental Latinoamericano de sacerdotes misioneros Fidei Donum europeos”, celebrado en Bogotá los días 7-11 de Febrero de 2011,representando al resto de misioneros Fidei Donum que trabajan en todos los países de América al servicio de las comunidades cristianas. 

El Encuentro ha sido promovido por los “Organismos Episcopales Europeos para América Latina” bajo el patrocinio de la CAL y del CELAM, y con la colaboración del ITEPAL. 

Fieles al planteamiento originario de los organizadores, tenemos la satisfacción de haber logrado su triple finalidad: 

1. Reconocer y compartir la fecunda experiencia misionera de los sacerdotes diocesanos europeos que, desde la segunda mitad del siglo XX, estamos cooperando en la actividad evangelizadora de las Iglesias jóvenes de este continente. 

2. Reafirmar la identidad de la vocación misionera sacerdotal de quienes, sin renunciar a nuestra incardinación de origen, hemos pasado “a la otra orilla” para servir a las comunidades cristianas más necesitadas. 

3. Abrir horizontes a otros hermanos en el sacerdocio, incardinados en las diócesis de América Latina, para que consideren su partida al continente europeo como una respuesta eclesial de cooperación misionera entre las Iglesias. 

2. Ámbitos de la Misión 

2.1. Formación de agentes de pastoral 

Como sacerdotes Fidei Donum estamos llamados a dar testimonio de vida y a vivir según los valores evangélicos, haciendo presente nuestra identidad sacerdotal y misionera. Desde nuestra misión eclesial somos llamados a formar comunidades de vida cristiana, donde sean incorporados agentes de pastoral como discípulos misioneros al servicio del mundo en el seno de la Iglesia, sin doblegarnos ante las dificultades materiales, económicas, logísticas y personales. 

A estos desafíos hay que responder reafirmando nuestra convicción de que la formación solo es posible desde la comunión y fraternidad sacerdotal, respetando nuestras diferencias y culturas, pero buscando nuestro compromiso de fidelidad y de servicio a la comunidad. Además, este compromiso implica la irrenunciable tarea de elaborar un plan pastoral diocesano y parroquial de formación integral, para fortalecer la propia identidad y la capacitación para la acción. 

El camino para vivir este compromiso eclesial y misionero pasa por la implicación de los laicos, quienes, conscientes de su bautismo y de su pertenencia eclesial, asumen la responsabilidad solidaria y el servicio a la comunidad. En sintonía con esta propuesta, debemos tener en cuenta su formación permanente asumida por toda la comunidad y en comunión con el plan pastoral diocesano. Hemos de caminar hacia el reconocimiento y dignificación eclesial de los ministerios laicales al servicio de la comunidad, recorriendo con ellos este itinerario evangelizador. 

2.2. Desplazados, pastoral rural y mundo indígena 

Dentro de este ámbito, advertimos la falta de una pastoral bien orientada hacia los desplazados (tanto los emigrantes como las víctimas de situaciones de violencia), las minorías étnicas y el mundo rural. A esto se une el surgimiento en las comunidades indígenas de un nuevo caudillismo socio-político con la consiguiente pérdida de identidad y capacidad organizativa. No podemos ignorar nuevas posturas individualistas y consumistas, como consecuencia de la emigración hacia el exterior, ni la falta de vocaciones, especialmente misioneras, entre las comunidades indígenas y rurales. 

Frente a estos desafíos, el acompañamiento a los desplazados no puede ser de tipo exclusivamente humanitario, sino que tiene que apuntar hacia la toma de conciencia y la denuncia de las verdaderas causas de su situación. Para esto, es imprescindible un trabajo conjunto entre organizaciones eclesiales y civiles que defienda a los afectados por cualquier clase de injusticia. 

Hay que asumir el reto de la formación, acompañamiento y asunción de compromisos por parte de los agentes de pastoral para la misión evangelizadora y liberadora de los grupos indígenas, campesinos y desplazados, sensibilizando al clero local en lo referente a los derechos humanos, ecología y la Doctrina Social de la Iglesia, para que capacite a la gente del área rural en la lucha por la defensa de sus derechos y la conquista de la dignidad humana (Cf. DA, 470-475). 

Como sacerdotes Fidei Donum nadie puede olvidar la opción fundamental por los pobres, ni la disponibilidad con la Iglesia local para ir donde seamos más necesarios. 

Tratando de concretar algunas líneas de acción pastoral, vemos necesario que la Iglesia Latinoamericana cree un servicio permanente de discernimiento, formación y acompañamiento para sus sacerdotes Fidei Donum; la actualización de una pastoral específica que oriente la acción evangelizadora en relación a las categorías humanas arriba mencionadas; y finalmente, insistir en el desarrollo de una economía alternativa, solidaria y ecológicamente sostenible, que garantice una vida digna para las personas, las familias y los pueblos. 

2.3. Nuevos grupos religiosos 

Los desafíos en este campo vienen no tanto de las Iglesias evangélicas tradicionales sino de los nuevos grupos religiosos no católicos de corte pentecostal y lo que podemos denominar como nuevas creencias, que disponen de grandes recursos económicos, fuerza mediática y hacen una oferta milagrera. Desde aquí, somos llamados a revisar nuestra acción pastoral, a veces descuidada, sacramentalista, de conservación y de puertas para adentro. Esta debe tornarse más capilar y evangelizadora, fomentando, ya desde los seminarios, una preparación y un conocimiento de estas realidades que ayuden a superar actitudes de prejuicio, superioridad o rechazo. 

Los criterios deben partir de actitudes incluyentes, respetuosas, abiertas y dialogantes, procurando, con verdad y caridad, reconocer las semillas del Verbo y lo que nos une a estas otras experiencias religiosas (sobre todo al pueblo que forma parte de estos grupos). La Iglesia debe ponerse en “estado permanente de misión” como discípulos misioneros que procuran evangelizar y no simplemente conservar, y ayudar a todos los bautizados a valorar su fe y saber dar razón de su esperanza (cf. 1Pe. 3,15). Todo esto debe tener en cuenta el contexto multirreligioso en el que vivimos, la cultura local y la forma de ser del pueblo latinoamericano. 

Entre las líneas de acción queremos destacar las misiones populares, incentivando la participación de los laicos, en las que se incida en las visitas de casa en casa; promover espacios de diálogo (como la Campaña de la Fraternidad ecuménica que se celebra cada cinco años en Brasil) que posibiliten el conocimiento y descubrimiento de lo que hay de positivo en el pueblo.

Todo esto con actitudes de caridad y paciencia, que siempre deben formar parte de toda actividad misionera. 

2.4. Pastoral de las grandes urbes 

La reflexión sobre este ámbito parte de varias visiones, entre las que podemos destacar que la Iglesia está rezagada frente al gran cambio social, y por tanto necesita adecuarse con mayor responsabilidad a los nuevos desafíos sociales. Hay una gran diferencia entre los núcleos de las grandes urbes y los sectores periféricos, y nadie puede cerrar los ojos ante los dramas familiares y los nuevos modelos afectivos. 

Los criterios y líneas de acción para responder a estas situaciones deben llevar a la Iglesia a desarrollar propuestas válidas desde una situación de cercanía sin renunciar a su propia identidad. Advertimos la necesidad de una mayor participación de los laicos en los proyectos pastorales y decisiones a nivel comunitario, una mayor integración comunitaria y un diálogo abierto con los distintos núcleos sociales. Para poder ayudar a las familias se sugiere una actitud de escucha y acompañamiento, anunciando positivamente los valores evangélicos. Por último,conviene favorecer la comunión y la participación entre las parroquias de los centros urbanos y los barrios periféricos con una pastoral de conjunto. 

2.5. Pastoral de las nuevas generaciones 

Sentimos necesidad de saber escuchar y acompañar a los jóvenes, para así responder a sus preguntas y posibilitarles el encuentro con Cristo. Las Iglesias particulares deben renovar la opción por los jóvenes, desde una pastoral de conjunto que marque proyectos compartidos a largo plazo, en los que el lenguaje eclesial sea nuevo y el rostro de la Iglesia sea amable, dialogante y propositivo. 

Este proceso, siguiendo el método ver-juzgar-actuar, debe tener en cuenta algunos criterios que nos lleven a amar a los jóvenes, acercándonos a sus intereses, situaciones vitales y problemáticas, asumiendo, sin rechazo previo, su ambiente cultural que tanto valora encuentros informales o coyunturales. Desde aquí procuraremos darles esperanza y hacerles ver su protagonismo en la sociedad y la Iglesia. Esto se debe traducir en un realce de la pastoral juvenil

en las diócesis, que tenga fundamentación bíblica y conduzca al encuentro personal de cada joven con Cristo (cf. Mc. 3,14), para que ellos se tornen discípulos misioneros, desde el encuentro y diálogo con otros jóvenes que viven en diferentes ámbitos sociales. 

Como líneas de acción proponemos un acompañamiento, también virtual, de todos los jóvenes, que favorezca el descubrimiento del rostro amable de una Iglesia que les ayuda en su realización humana y cristiana. Para ello contamos con una serie de elementos que posibilitan esta tarea: lectio divina, grupos y comunidades juveniles, catequesis sacramental de iniciación cristiana, misiones juveniles en las que los propios jóvenes sean sujetos de evangelización, lugares de encuentro, retiros, directorios diocesanos de pastoral juvenil. Esto será más fácil de llevar a cabo en la medida en que formemos agentes pastorales que acompañen a los jóvenes e involucremos personas que puedan ayudar en este proceso (padres, profesores…). 

3. Presencia de sacerdotes de América Latina en Europa 

En los últimos años se está produciendo un notable incremento en la incorporación de sacerdotes procedentes de América Latina a la pastoral ordinaria y específica de las Iglesias particulares en Europa. 

Hemos dado gracias a Dios por este hecho eclesial, relativamente novedoso, que expresa el sentido teológico de la cooperación entre las Iglesias, a la vez que lamentamos que, en ocasiones, sea considerado como una simple distribución de “efectivos” evangelizadores o por otras razones particulares ajenas a la cooperación eclesial. 

El Encuentro ha sido ocasión para renovar nuestra convicción de que el envío de un presbítero a otra Iglesia local, como Fidei Donum, no sólo enriquece a la Iglesia de destino, sino también a la de origen. Esta cooperación es memoria permanente de que toda la Iglesia, todas las Iglesias y todos en la Iglesia nos hallamos en “estado de misión”. 

Apoyados en las enseñanzas de la Iglesia y en nuestra experiencia misionera, como Fidei Donum, nos permitimos recordar a quienes parten y a quienes les envían la necesidad de un serio discernimiento vocacional misionero, una preparación cultural y social para insertarse adecuadamente en el país de destino, la necesaria formación doctrinal y pastoral antes de su partida, así como la garantía de ser acogidos e insertados en el presbítero de destino. Por otra

parte deseamos que las Iglesias de destino los acepten como un don de Dios, que traen la Buena Noticia del Evangelio y se disponen a servir a la comunidad cristiana que se les encomienda, sin descuidar la necesaria cobertura jurídica, civil y eclesiástica. 

Mostramos nuestra disponibilidad de sacerdotes Fidei Donum para ayudarles en el proceso de su preparación antes de partir, así como para acogerlos y acompañarlos en el lugar de destino. 

4. Un camino abierto 

Como conclusión del momento de gracia y de fraternidad que este Encuentro ha representado, nos parece urgente reafirmar la vocación misionera inscrita en la naturaleza de cada una de las Iglesias particulares, sea de Europa, de América Latina o de otro continente.

Queremos subrayar cómo nuestras Iglesias del Viejo Continente siguen llevando hacia la Iglesia latinoamericana un reconocimiento especial por todos los dones que en estos años de cooperación misionera han recibido de ella misma, sobre todo en una nueva comprensión de la ministerialidad bautismal, en el contacto vivo y comunitario con la Palabra de Dios, en la construcción de la comunidad como red de pequeñas comunidades, en la opción cristológica y por ende preferencial por los pobres y los más necesitados.

Aún en la conciencia de la temporalidad de la experiencia misionera de los sacerdotes Fidei Donum, nos comprometemos a animar a nuestras Iglesias de origen para que nunca se apague el fuego de la misión como fuente de renovación espiritual y pastoral, y al mismo tiempo solicitamos a las Iglesias del continente latinoamericano que nos estimulen en este sentido, indicándonos a cada instante las nuevas urgencias, desafíos y fronteras de nuestra posible cooperación misionera. 


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martes, 15 de febrero de 2011

ZENIT  publica el artículo que ha escrito monseñor Juan del Río Martín, arzobispo castrense de España, con el título "Iglesia viva, Iglesia perseguida".

IGLESIA VIVA, IGLESIA PERSEGUIDA

El pensamiento ilustrado siempre ha vaticinado el fin del cristianismo, ya que parte de un principio falso de que la religión, sea cual sea, es, por naturaleza irracional, además su lectura de la historia de la  fe cristiana está llena de prejuicios. La posmodernidad es heredera de esas mismas tesis y ve a la Iglesia Católica como un enemigo a destruir, o al menos a desactivar o silenciar, porque es el gran colectivo global y organizado que se resiste el pensamiento único relativista y secularizador. De ahí, todo intento mediático de acallar su labor humanitaria, samaritana y docente en favor de la sociedad. A la vez, que se persiste en la leyenda negra de tiempos pasados y redimensiona los pecados, delitos y faltas de algunos de sus miembros.

Esta corriente ha calado en grandes sectores de la sociedad que piensa que  al cristianismo le queda "tres telediarios" en Occidente. También algunos grupos de cristianos han sucumbido a esta mentalidad y se han convertido en "profetas de calamidades" que impregnan el tejido eclesial de un pesimismo contagioso que impide ver la santidad, la belleza y la bondad en el seno de "su propia madre", la Iglesia Católica. Pero como dice el refrán tan conocido: "no hay peor ciego que el que no quiere ver".

Lo cierto es que nuestra fe en Jesucristo, Hijo de Dios vivo, no contradice ninguna verdad racional, no exige al hombre la renuncia de todo aquello que lo hace verdaderamente hombre, para ser cristiano. No es aceptable la idea de que también el cristianismo es una religión fundamentalista, ya que la interpretación de la Biblia a luz la Tradición y del Magisterio de la Iglesia preserva a los cristianos de las excesivas sujeciones políticas nacionales -auténticos subjetivismos colectivos-  como se da en otros credos (Cf. Benedicto XVI, Verbum Domini, 36-38).

Es más, la realidad moderna de la laicidad tiene su origen precisamente en el cristianismo, que desde sus inicios es una religión universal y no identificable con el Estado (cf. Lc 20,25). Para los cristianos ha sido siempre claro que la religión y la fe no están en la esfera política, sino en la realidad humana. El Papa en su Mensaje para la Jornada de la Paz de este año, así como en su discurso al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, ha descrito como en la actualidad hay dos tendencias opuestas, dos extremos fundamentalistas y socialmente nocivos: el laicismo excluyente en el mundo occidental y los fanatismos islamistas e hindúes que quieren imponer su credo por la fuerza. Tanto en un caso como el otro, hay una carencia y falta de respeto por la libertad religiosa, poniendo en peligro la seguridad y la paz de los pueblos.

Mientras tanto la Iglesia Católica camina en medio del mundo entre "tribulaciones y consolaciones del Señor" (S. Agustín). Ella es "joven y tiene vida". Su acción benefactora hacia los más pobres y necesitados, nace del Evangelio que anuncia, celebra y vive. Ella no es una multinacional de servicios sociales, sino "maestra en humanidad", que ofrece y no impone la salvación integral del hombre. Su carta de presentación no es otra que el "amor a Dios y al prójimo" como Cristo nos enseñó. En esta síntesis está la clave de la felicidad personal y el motor de una sociedad más humana.

Por eso la Iglesia "no cesa de convocar hombres de toda raza y cultura... y abre a todos las puertas de la esperanza" (Plegaria eucarística V/d). ¿Creéis que si la Iglesia no estuviera viva se le iba a perseguir como está sucediendo en la actualidad? ¡Qué verdad es el axioma popular!: "A los muertos se les entierra, a los vivos se les combate". Por eso mismo, sólo el año pasado fueron asesinadas en el mundo 150.000 cristianos por animadversión religiosa. A ello hay que añadir 200 millones de cristianos perseguidos  y otros 150 millones discriminados por sus convicciones. (Cf. Informe de libertad religiosa en el mundo 2010, Roma,  P.C. Justicia y Paz).

Viene bien que nunca olvidemos aquella máxima de Tertuliano: "La sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos" (Apologético 50,13).Por nuestra parte, oremos sin cesar por la Iglesia perseguida; crezcamos en vida interior para no devolver mal por mal; perseveremos en nuestra ayuda a los más pobres; estemos prestos al  diálogo interreligioso y busquemos siempre lo que más nos une que aquello que nos separa (Cf. Juan XIII).


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ZENIT   publica la ponencia "Conciencia cristiana y cultura política en las enseñanzas de San Josemaría Escrivá de Balaguer", que pronunció monseñor Ángel Rodríguez Luño, decano de la facultad de Teología de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz (Roma), en las 46 Jornadas de Cuestiones Pastorales, celebradas del 25 y 26 de enero en Castelldaura.

1. La formación de la conciencia en materia social y política

         Conviene aclarar inicialmente qué significado puede tener la expresión "cultura polí­tica" en las presentes reflexiones. En los escritos de San Josemaría Escrivá de Balaguer no se encuen­tran lo que comúnmente llamamos "ideas u opiniones políticas", es decir, consideraciones dirigidas a proponer o a sugerir una solución concreta a un determinado problema político, en concurrencia con otras soluciones posibles y legítimas para un ciudadano católico. En este sentido afirmó más de una vez: «Yo no hablo nunca de política»[1], y siempre se negó a intervenir en el juego de las opiniones que suelen determinar la adscripción de los ciudada­nos a un determinado partido político, a un sindicato, a un movimiento cultural, etc., con el propósito de contribuir noblemente a la configuración política del propio país. Nunca per­mitió que sus palabras o su actividad fuesen interpretadas en sentido político, ni quiso in­fluir en modo alguno sobre los demás en ese plano. Tampoco preguntó a nadie por sus pre­ferencias políticas. Más adelante quedarán claras las importantes razones a las que respon­de esta línea de conducta.

         Los escritos de San Josemaría contienen, en cambio, abundantes enseñanzas acerca de la acción social y política de los ciudadanos, que se dirigen a exponer los puntos capita­les de la ética social y política, así como de la doctrina social de la Iglesia, en cuanto que tales enseñanzas forman parte «de los medios espirituales necesarios para vivir como bue­nos cristianos en medio del mundo»[2]. Se trata, escribía una vez,  de enseñar a «com­portarse como buenos cristianos: conviviendo con todos, respetando la legítima libertad de todos y haciendo que este mundo nuestro sea más justo»[3]. Conviene precisar que la actividad de San Josemaría no tuvo como finalidad directa la consecución de objetivos concretos de justicia social y política. Sus enseñanzas constituyen más bien una apremiante llamada «a una plenitud de vida cristiana que, por verificarse en medio del mundo, connota constantemente frutos de transformación social, de instauración de la justicia, de fraternidad y de paz»[4]. Queda siempre bien claro que la llamada a la plenitud de vida cristiana trasciende las realizaciones en el plano social y político, que vienen a ser «como efectos que advienen a modo de redundancia o añadidura, respecto a la realidad central: la radical identificación con Cristo»[5].

         El modo de armonizar la legítima libertad política de los ciudadanos con la forma­ción ético-social que constituye como el común denominador de la cultura política de los católicos, nos parece una nota muy característica de San Josemaría, cuya adecuada com­prensión requiere un breve esclarecimiento de las relaciones que existen entre la fe cristia­na y la política.

2. Fe y política

Las relaciones entre fe cristiana y política han de colocarse en un cuadro teológico fundamental[6]. Éste es, para San Josemaría, la llamada universal a la santidad, dinamismo profundo de la vida moral cristiana, que comporta una intensa concentración cristológi­ca. Cornelio Fabro, autor de uno de los mejores estudios teológicos sobre los escritos de San Josemaría, advierte en ellos la presencia constante y unificante de «una comprensión singularmente rica y coherente del misterio de Cristo, perfecto Dios y perfecto hombre», que permite encontrar en la «Encarnación del Verbo el fundamento perennemente actual y operativo de la transformación cristiana del hombre y, a través del trabajo humano, de to­das las realidades creadas»[7]. La coexistencia armónica de la plenitud divina y humana en Cristo se convierte en paradigma de la armonía de lo sobrenatural y de lo humano en la existencia y actividades del cristiano. Glosando un pasaje de la Epístola a los Colosenses (1, 19-20), San Josemaría afirma: «Hablando con rigor, no se puede decir que haya realidades -buenas, nobles, y aun indiferentes- que sean exclusivamente profanas, una vez que el Verbo de Dios ha fijado su morada entre los hijos de los hombres, ha tenido hambre y sed, ha trabajado con sus manos, ha conocido la amistad y la obediencia, ha experimentado el do­lor y la muerte»[8]. No sólo no hay contraposición entre la vida de relación con Dios y el empeño por colaborar con los demás en la construcción del bien común, sino que este empeño se convierte en camino de unión con Dios, sea porque se trata de un deber cívico de todos los ciudadanos que en los cristianos queda asumido también por la caridad, sea porque los ciudadanos cristianos lo ejercen de acuerdo con su conciencia informada por los valores evangélicos, que de este modo producen resultados concretos en el ámbito social[9].

         Si San Josemaría rechaza cualquier visión del cristianismo que no perciba «su rela­ción con las situaciones de la vida corriente, con la urgencia de atender a las necesidades de los demás y de esforzarse por remediar las injusticias»[10], rechaza con no menos fuerza cualquier planteamiento que olvide la trascendencia de la fe cristiana y de la misión de la Iglesia respecto a las diferentes síntesis político-culturales concretas presentes en el mundo a lo largo de la historia. Los fieles laicos están llamados a «santificar desde dentro todas las estructuras temporales, llevando allí el fermento de la Redención»[11], pero su cometido en la tierra, precisa San Josemaría, no se puede pensar como «el brotar de una corriente político-religiosa -sería una locura-, ni siquiera aunque tenga el buen propósito de infundir el es­píritu de Cristo en todas las actividades de los hombres»[12]. Identificar plenamente la fe cristiana con una concreta síntesis cultural o con un determinado proyecto político, por muy bueno que fuese, sería algo en sí mismo ajeno a la verdad enseñada por Cristo, y tarde o temprano causaría un gran mal a la Iglesia y a las almas.

         La cuestión tiene otro importante aspecto que conviene considerar. San Josemaría te­nía una clara conciencia de que las actividades sociales y políticas no son simples enuncia­ciones de principios perennes, sino concretas realizaciones de bienes humanos y sociales en un contexto histórico, geográfico y cultural determinado, marcadas por una contingen­cia al menos parcialmente insuperable, que por otra parte es característica de todo lo prácti­co. Por eso, afirmaba que «nadie puede pretender en cuestiones temporales imponer dog­mas, que no existen. Ante un problema concreto, sea cual sea, la solución es: estudiarlo bien y, después, actuar en conciencia, con libertad personal y con responsabilidad también personal»[13]. Pero con esto no pretendía decir que todos los asuntos sociales son contingen­tes, ya que propagaba a los cuatro vientos, sin respetos humanos, las exigencias éticas uni­versalmente válidas. Su pensamiento queda claramente reflejado en estas palabras: «No me olvides que, en los asuntos humanos, también los otros pueden tener razón: ven la misma cuestión que tú, pero desde distinto punto de vista, con otra luz, con otra sombra, con otro contorno. -Sólo en la fe y en la moral hay un criterio indiscutible: el de nuestra Madre la Iglesia»[14].

         Por esta razón, San Josemaría afirmó y defendió el derecho y el deber de la Jerarquía de la Iglesia de pronunciar juicios morales sobre asuntos temporales, cuando ello era exigi­do por la fe o la moral cristianas[15]. Es más, enseñó constantemente que los fieles tienen en­tonces la obligación moral de aceptar esos juicios doctrinales[16], e incorporó a sus enseñan­zas orales y escritas los contenidos fundamentales del magisterio pontificio y episcopal en materia social. Esta función del magisterio eclesiástico se refiere a los principios dogmáti­cos y morales, y a los hechos o proyectos que entran claramente en contradicción con ellos, pero no se extiende -salvo en alguna circunstancia de gravedad excepcional- a la elec­ción de una opción política determinada si existen varias que son perfectamente compati­bles con la conciencia cristiana.

         De este modo queda claro que cuanto se dirá a continuación no mira a sugerir opcio­nes políticas concretas, sino a subrayar algunos principios de ética social y política que in­forman la conciencia cristiana.

3. Participación y solidaridad

         La concentración cristológica antes mencionada determina la visión que San Josema­ría tiene de lo que significa para un cristiano estar en el mundo y vivir en el mundo o, con otras palabras, su concepción de la secularidad. Ésta se traduce en el imperativo de la res­ponsabilidad y de la participación: vivir en el mundo significa sentirse responsable de él, asumiéndose la tarea de participar en las actividades humanas -profesionales, cultura­les, sociales y políticas- para configurarlas de acuerdo con la justicia, la libertad y los de­más valores evangélicos. Y así escribe: «Como cristiano, tienes el deber de actuar, de no abste­nerte, de prestar tu propia colaboración para servir con lealtad, y con libertad perso­nal, al bien común»[17]. El trabajo en favor del bien común requiere empeño y generosidad, por lo que la pasividad, la pereza, el "dejar hacer", son tentaciones siempre al acecho ante las que un cristiano no debe ceder. «Los hijos de Dios, ciudadanos de la misma categoría que los otros, hemos de participar ‘sin miedo' en todas las actividades y organizaciones ho­nestas de los hombres, para que Cristo esté presente allí. Nuestro Señor nos pedirá cuenta estrecha si, por dejadez o como­didad, cada uno de nosotros, libremente, no procura inter­venir en las obras y en las decisiones humanas, de las que dependen el presente y el futuro de la socie­dad»[18].

         Al hablar de participación, San Josemaría no se refería sólo a los ciudadanos, siem­pre pocos, que se dedican profesionalmente a la política, ni tampoco quería decir que con­venía dedicarse a ella, lo que no sería bueno para los que carecen de las aptitudes necesa­rias; pensaba simplemente en el ciudada­no que cumple sus deberes cívicos y ejercita sus derechos, y tanto en un caso como en el otro es co­herente con su concepción del mundo, del hombre y del bien común político, asociándose libremen­te con quienes  -cristianos o no- comparten esas ideas y están dispuestos a realizarlas. En este sentido lamentaba que es frecuente «aun entre católicos que parecen responsables y piadosos, el error de pensar que sólo están obligados a cumplir sus deberes familiares y religiosos, y apenas quieren oír hablar de deberes cívicos»[19].

         En realidad no se trata de un deber específico de los cristianos, sino de un deber ge­neral de todos los ciudadanos, que los cristianos deben santificar. Los sistemas políticos ac­tuales presuponen la participación de los ciudadanos, y sin ella no pueden funcionar ade­cuadamente. La expansión exagerada del aparato estatal, o el predominio de soluciones que no responden al sentir común, sino a la opinión de una minoría de activistas, se debe en buena parte «a la inhibición de los ciudadanos, a su pasividad para defender los derechos sagrados de la persona humana. Esta inactividad, que tiene su origen en la pereza mental y en la voluntad inerte, se da también en los ciudadanos católicos, que no acaban de ser conscientes de que hay otros pecados -y más graves- que los que se cometen contra el sexto precepto del Decálogo»[20].

         Parte muy importante de la participación en la vida social y política es el trabajo de promoción social, la lucha contra la injusticia, la corrupción, la violencia y la falta de equi­dad en la distribución de los bienes económicos y culturales. «Se comprende muy bien la impaciencia, la angustia, los deseos in­quietos de quienes, con un alma naturalmente cristia­na, no se resignan ante la injusticia personal y social que puede crear el corazón humano. Tantos siglos de convivencia entre los hombres y, toda­vía, tanto odio, tanta destrucción, tanto fanatismo en los ojos que no quieren ver y en corazones que no quieren amar. Los bienes de la tierra, repartidos entre unos pocos; los bienes de la cultura, ence­rrados en ce­náculos. Y, fuera, hambre de pan y de sabiduría, vidas humanas que son santas, porque vie­nen de Dios, tratadas como simples cosas, como números de una estadística»[21]. San Jose­maría estimuló a muchas personas para que dedicasen su actividad profesional a tareas de promoción social de carácter educativo, sanitario, asistencial, etc.,[22] dando útiles sugeren­cias para que esas tareas se desarrollasen de modo eficaz, valorizando los recursos locales y la dignidad de cuantos se benefician de ellas.

4. Libertad, responsabilidad y pluralismo

El principio de libertad, junto con el de participación a que nos acabamos de referir, ocupa un lugar central en las enseñanzas de San Josemaría. Él ve la libertad como un bien humano y cristiano de la máxima importancia. «Repito y repetiré sin cesar que el Señor nos ha dado gratuitamente un gran regalo sobrenatural, la gracia divina; y otra maravillosa dádiva humana, la libertad personal, que exige de nosotros -para que no se corrompa, convirtiéndose en libertinaje- integridad, empeño eficaz en desenvolver nuestra conducta dentro de la ley divina, ‘porque donde está el Espíritu de Dios, allí hay libertad' (2 Cor III, 17). [...] Algunos de los que me escucháis me conocéis desde muchos años atrás. Podéis atestiguar que llevo toda mi vida predicando la libertad personal, con personal responsabi­lidad. La he buscado y la busco, por toda la tierra, como Diógenes buscaba un hombre. Y cada día la amo más, la amo sobre todas las cosas terrenas: es un tesoro que no apreciaremos nunca bastante»[23].

         Amar la libertad implica necesariamente amar «el pluralismo que la libertad lleva consigo»[24]. Pluralismo no es sinónimo de conflicto o de tensión: «El hecho de que alguno piense de distin­ta manera que yo -especialmente cuando se trata de cosas que son objeto de la libertad de opinión- no justifica de ninguna manera una actitud de enemistad perso­nal, ni siquiera de frialdad o de indiferencia. Mi fe cristiana me dice que la caridad hay que vivirla con to­dos, también con los que no tienen la gracia de creer en Jesucristo»[25]. Un cris­tiano no considera al adversario político como un enemigo, no le odia ni le maltrata, le deja hablar, le escucha, y en ningún caso recurre a la difamación ni a la calumnia, así como tampoco utiliza cuestiones privadas irrelevantes para el bien común como un arma política.

San Josemaría ve siempre la libertad acompañada por la responsabilidad. En un texto que se ha hecho célebre por su claridad, afirmaba que a un ciudadano cristiano bien inten­cionado «jamás se le ocurre creer o decir que él baja del templo al mundo para representar a la Iglesia, y que sus soluciones son las soluciones católicas a aquellos problemas [...]. Esto sería clericalismo, catolicismo oficial o como queráis llamarlo. En cualquier caso, es hacer violencia a la naturaleza de las cosas. Tenéis que difundir por todas partes una verda­dera mentalidad laical, que ha de llevar a tres conclusiones: a ser lo suficientemente honra­dos, para pechar con la propia responsabilidad personal; a ser lo suficientemente cristianos, para respetar a los hermanos en la fe, que proponen -en materias opinables- soluciones diversas a la que cada uno de nosotros sostiene; y a ser lo suficientemente católicos, para no servirse de nuestra Madre la Iglesia, mezclándola en banderías humanas»[26].

         Esta última consideración, cuya sustancia ha sido recogida por el Código de Derecho Canónico del 1983[27], merecería un amplio comentario, que aquí no podemos hacer. Quizá alguien piense que ese modo de proceder llevaría a debilitar la presencia de los cristia­nos -y de los valores que para los cristianos son importantes- en la vida social y políti­ca. Pero en realidad sucede lo contrario. Querer imponer una única opinión sobre asuntos contingentes, llevaría a desunir a los cristianos en lo que, en cambio, es verdaderamente irrenunciable. «Así ocurre con frecuencia -escribía en una ocasión- que se ven católicos que sienten con mucha más fuerza la afinidad ideológica con otros hombres -aun enemi­gos de la Iglesia- que el mismo vínculo de la fe con sus her­manos católicos; y que, a la vez que disimulan las diferencias en lo esencial que les sepa­ran de personas de otras reli­giones, o sin religión ninguna, no saben aprovechar el denomi­nador común que tienen con los demás católicos, para convivir con ellos y no exasperar las posibles diferencias de opi­nión en lo contingente»[28].

5. Libertad y formación cristiana

El énfasis en el principio de libertad y de responsabilidad personales presupone en el ciudadano cristiano la preocupación de adquirir una sólida formación, de manera que su actividad constituya efectivamente una positiva contribución al recto orden de la vida social. San Josemaría sentía vivamente la necesidad de proporcionar a todos esa formación. «Os diré, a este propósito, cuál es mi gran deseo: querría que, en el catecismo de la doctrina cristiana para los niños, se enseñara claramente cuáles son estos puntos firmes, en los que no se puede ceder, al actuar de un modo o de otro en la vida pública; y que se afirmara, al mismo tiempo, el deber de actuar, de no abstenerse, de prestar la propia colaboración para servir con lealtad, y con libertad personal, al bien común. Es éste un gran deseo mío, porque veo que así los católicos aprenderían estas verdades desde niños, y sabrían practicarlas luego cuando fueran adultos»[29]. Ese deseo hoy se ha hecho realidad, pues el Catecismo de la Iglesia Católica y diversos catecismos nacionales conceden la debida atención a los temas sociales y políticos[30]. El problema es de capital importancia, porque de la adecuada formación de los fieles depende que su presencia en la vida pública dé como resultado la ordenación cristiana del mundo, y no la «secularización» de los cristianos.

         Cuando se habla aquí de formación, no se entiende propiamente la comunicación de soluciones concretas prefabricadas e irreformables, cerradas al diálogo constructivo. Formar es más bien promover una sensibilidad hacia las exigencias del bien común, así como estimular un pensamiento que, a la luz de la fe, permita progresar en la comprensión de la realidad y del cambio social. San Josemaría Escrivá de Balaguer veía en esta formación una fuente y un motivo de solidaridad, es decir, de participación solidaria en la empresa colectiva de búsqueda de la verdad. «En este ayudarse los unos a los otros ocupa un puesto importante el contribuir a conocer, a descubrir, la verdad. Nuestra inteligencia es limitada, sólo podemos -con esfuerzo y dedicación- llegar quizá a distinguir una parcela de la realidad, pero son muchas las cosas que se nos escapan. Una manifestación más de la solidaridad entre los hombres es hacer comunes los conocimientos, participar a los otros las verdades, que hemos llegado a encontrar, hasta constituir así ese patrimonio común que se llama civilización, cultura»[31].

6. Verdad y caridad

            En la vida social puede existir, además del pluralismo de opciones políticas, una di­versidad de creencias religiosas y de ideas morales: en un mismo Estado, en una misma ciudad, en el seno de una misma familia, frecuentemente conviven y colaboran personas que tienen creencias religiosas o morales diferentes de las que en conciencia consideramos verdaderas. Esta convivencia puede crear y crea de hecho ten­siones y problemas de varia naturaleza. La doctrina de la Iglesia Católica sobre el derecho a la libertad religiosa[32], sobre la cooperación al mal[33] o sobre el comportamiento ante las leyes injustas[34], por ejemplo, constituye un criterio de acción para algunas de las situaciones que pueden plantearse.

         Los problemas históricamente ligados a las diferencias religiosas y morales, junto con factores de tipo ideológico, han originado la mentalidad, muy extendida en algunos ambientes, de que la convicción de que existe una verdad sobre el bien de la persona y de las comunidades humanas acaba traduciéndose en injustas relaciones de dominio o de vio­lencia entre los hombres. De esa idea, que ahora no nos detenemos a valorar, pueden surgir diversas actitudes: unos consideran que una cierta dosis de agnosticismo o de relativismo es un bien, o al menos un mal menor necesario para la convivencia democrática[35], por lo que piensan que de las verdades últimas es mejor no hablar en el ámbito público, llegando a veces a exigir, como condición para cualquier forma de diálogo, la disponibilidad del interlocutor a renunciar o, al menos, a poner entre paréntesis las convicciones constitutivas de la propia identidad; si alguien no está dispuesto a hacerlo, lo acusan de ser un mal ciudadano, un enemigo de la convivencia. Ante esta perspectiva, otros se cierran al diálogo, porque no quieren o no saben dar ciertas explicaciones, por miedo o porque se sienten sometidos a un chantaje moral, o bien entienden que el diálogo es un bien por el que vale la pena ceder, es decir, renunciar, al menos externa y tácticamente, a la propia identidad, aunque esta actitud implique una cierta doblez, poco leal tanto hacia las propias convicciones como hacia los mismos interlocutores.

Es éste un problema hacia el que San Josemaría demostró una sensibilidad muy deli­cada. Dos enseñanzas neotestamentarias están en la base de sus reflexiones: la advertencia del Señor de que no existe un verdadero dilema entre lo que se debe a Dios y lo que se debe al César[36], y la enseñanza de San Pablo de que la verdad ha de ser expuesta con cari­dad, sin herir[37]. Siguiendo esta enseñanza paulina, él no tenía dificultades para armonizar el derecho a mantener su propia identidad intelectual y espiritual y el deber de hablar sencillamente o de colaborar con quien tiene ideas diferentes. «Siempre suelo insistir, para que os quede bien clara esta idea, en que la doctrina de la Iglesia no es compatible con los errores que van contra la fe. Pero ¿no podemos ser amigos leales de quienes practiquen esos errores? Si te­nemos bien firme la conducta y la doctrina, ¿no podemos tirar con ellos del mismo carro, en tantos campos?»[38].

Sin duda pensaba que la colaboración con personas de diversas creencias podía ser en muchas ocasiones una oportunidad de difundir la verdad y de disipar prejuicios y ma­lentendidos. En todo caso, era imperativo mantener una línea de conducta evangélica; de ahí «la cristiana preocupación por hacer que desaparezca cualquier forma de intolerancia, de coacción y de violencia en el trato de unos hombres con otros. También en la acción apostólica  -mejor: principalmente en la acción apostólica-, queremos que no haya ni el menor asomo de coacción. Dios quiere que se le sirva en libertad y, por tanto, no sería recto un apostolado que no respetase la libertad de las conciencias»[39].

Distinguió con extrema claridad la relación íntima de la conciencia personal con la verdad de la relación entre personas. La primera está presidida por el poder normativo de la verdad, porque nunca es honrado no ser coherente con lo que en conciencia se juzga verda­dero; la segunda, por la justicia y por las exigencias inalienables de la dignidad de la perso­na. Y por eso hablaba, pensando en la primera de esas dos relaciones, de la santa intransi­gencia, término con el que denominaba la coherencia, la sinceridad, a la que se opone la villanía, es decir, la actitud de quien estando convencido de que dos más dos son cuatro dice que son tres y medio por debilidad o por comodidad. Pero siempre añadía que la in­transigencia referida a un aserto doctrinal no es santa si no va unida a la transigencia ama­ble con la persona que sostiene una posición diversa de la nuestra y que consideramos erró­nea[40].

         Su actitud en este punto era firme y clara, y no admitía excepciones. Consideraba la intolerancia una injusticia ante la que se debía reaccionar. «Por eso, cuando alguno intenta­ra maltratar a los equivocados, estad seguros de que sentiré el impulso interior de ponerme junto a ellos, para seguir por amor de Dios la suerte que ellos sigan»[41]. Supo vivir de modo práctico estas enseñanzas; ello es un hecho histórico, pues en 1950 obtuvo el permiso de la Santa Sede para que el Opus Dei admitiese como cooperadores a hombres y mujeres no ca­tólicos y no cristianos[42], y así se ha hecho desde entonces.

Todo esto hace ver, en definitiva, que amaba el diálogo abierto, leal y sincero. Creía en él como medio de cohesión social y como ocasión de entendimiento y de apostolado. Sin duda advertía que el bien común de la sociedad, y sobre todo de una sociedad compleja como la actual, exige relacionar adecuadamente un conjunto de instancias y puntos de vista diferentes, que no deben cerrarse en sí mismos ni obrar de modo puramente autoreferen­cial. Pero veía sobre todo que la condescendencia demostrada por Dios al querer que su Verbo eterno se hiciese también palabra humana, hacía del diálogo humano un criterio de conducta vinculante para la conciencia cristiana.        ­

         Los escritos de San Josemaría tratan también otros aspectos de la vida social (como son, por ejemplo, la opinión pública, la libertad de enseñanza, etc.), sobre los que ahora no podemos detenernos. Pensamos sin embargo que los temas tratados son suficientemente representativos de lo que era para él la cultura política propia de la conciencia cristiana.

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[1] San Josemaría Escrivá, Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, 11ª ed., Rialp, Madrid 1976, n. 48; cfr. también Id., Es Cristo que pasa. Homilías, Rialp, Madrid 1973, n. 183.

[2] Conversaciones, cit., n. 27.

[3] Ibid., n. 27.

[4]   A. De Fuenmayor - V. Gómez-Iglesias - J.L. Illanes, El itinerario jurídico del Opus Dei. Histo­ria y defensa de un carisma, Eunsa, Pamplona 1989, p. 59

[5] Ibidem.

[6] En estas páginas retomamos con abundantes modificaciones lo que ya tratamos en A. Rodríguez Luño, Cultura política y conciencia cristiana. Ensayos de ética política, Rialp, Madrid 2007, pp. 51-86. Sobre estos aspectos del mensaje de San Josemaría puede verse J.M. Pero-Sanz - J.M. Aubert - T. Gu­tiérrez Calzada, Acción social del cristiano. El beato Josemaría Escrivá y la Doctrina social de la Igle­sia, Palabra, Madrid 1996 (con amplia bibliografía).

[7] C. Fabro, La tempra di un padre della Chiesa, en C. Fabro - S. Garofalo - M. A. Raschini, Santi nel mondo. Studi sugli scritti del beato Josemaría Escrivá, Ares, Milano 1992, p. 115.

[8] Es Cristo que pasa, cit., n. 112.

[9] Cfr. Ibid., n. 125.

[10] Ibid., n. 98.

[11] Ibid., n. 183.

[12] Ibid., n. 183.

[13] Conversaciones, cit., n.77.

[14] San Josemaría Escrivá, Surco, Rialp, Madrid 1986, n. 275.

[15] Cfr. Conversaciones, cit., n. 11.

[16] Cfr. Ibid.,n. 29.

[17] San Josemaría Escrivá, Forja, 13ª ed., Rialp, Madrid 2003, n. 714.

[18] Ibid., 715; cfr. también nn. 717-718.

[19] Carta 9-I-1932, n. 46, citado en Cultura política y conciencia cristiana, cit., p. 76.

[20] Carta 9-I-1959, n. 40, citado en Cultura política y conciencia cristiana, cit., p. 77.

[21] Es Cristo que pasa, cit., n. 111.

[22] Cfr. por ejemplo las iniciativas mencionadas en Conversaciones, cit., n. 71.

[23]  Es Cristo que pasa, cit., n. 184.

[24]  Conversaciones, cit., n. 98.

[25]  Ibidem.

[26]  Ibid., n. 117.

[27] Código de Derecho Canónico, c. 227: «Los fieles laicos tienen derecho a que se les reconozca en los asuntos terrenos aquella libertad que compete a todos los ciudadanos; sin embargo, al usar de esa libertad, han de cuidar de que sus acciones estén inspiradas por el espíritu evangélico, y han de prestar atención a la doctrina propuesta por el Magisterio de la Iglesia, evitando a la vez presentar como doctri­na de la Iglesia su propio criterio, en materias opinables».

[28] Carta 30-IV-1946, n. 21, citado en Cultura política y conciencia cristiana, cit., p. 71.

[29]  Carta 9-I-1932, n. 45, citado en Cultura política y conciencia cristiana, cit., pp. 71-72.

[30] Una preocupación semejante se advierte en Juan Pablo II, Exhort. Apost. Christifideles laici, 30-XII-1988, nn. 59-60.

[31] Carta 24-X-1965, n. 17, citado en Cultura política y conciencia cristiana, cit., pp. 72-73

[32] Cfr. Concilio Vaticano II, Declaración Dignitatis humanae, 7-XII-1965.

[33]  Cfr. por ejemplo Juan Pablo II, Enc. Evangelium vitae, 25-III-1995, n. 74.

[34] Cfr. Ibid., nn. 71-73.

[35]  Cfr. la valoración crítica de esa tesis contenida en la Enc. Centesimus annus, n. 46.

[36]  Cfr. Mt  22, 15-22.

[37]  Cfr. Ef  4, 15; Forja, n. 559.

[38] Carta 16-VII-1933, n. 14, citado en Cultura política y conciencia cristiana, cit., p. 83.

[39] Carta 9-I-1932, n. 66, citado en Cultura política y conciencia cristiana, cit., pp. 83-84.

[40] Cfr. Carta 16-VII-1933, nn. 8 y 12; citado en Cultura política y conciencia cristiana, cit., pp. 84-85.

[41] Carta 31-V-1954, n. 19, citado en Cultura política y conciencia cristiana, cit., p. 70.

[42] Cfr. Conversaciones, cit., n. 29; cfr. también el n. 22.


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ZENIT  publica el artículo que ha escrito monseñor Felipe Arizmendi Esquivel, obispo de San Cristóbal de Las Casas, con el título "Ni laicismo ni fundamentalismo".

VER

Siguen las incomprensiones tendenciosas. La publicación de un partido político se atreve a afirmar que la jerarquía católica "pretende que el Estado ponga en práctica acciones que violen el respeto de los derechos humanos y adopte como práctica la discriminación y la persecución por motivos de diversidad sexual". Uno de sus líderes dice que no aceptarán ni tolerarán "la intentona de una iglesia que pretende imponerle a los mexicanos su visión única sobre la forma de organización social, política y religiosa". Acusan a las autoridades religiosas de violar "flagrantemente el artículo 130 constitucional, la convivencia pacífica y la vida democrática. La Iglesia católica mexicana pretende imponer una visión integrista que tiende a convertir los dogmas propios en obligaciones sociales para todos, exigiendo que las leyes se amolden a sus posiciones doctrinales, a través de la coacción y el uso indebido del credo". ¡No han entendido lo que pedimos: sólo el derecho a ser escuchados y que se revisen algunas leyes, violatorias de derechos humanos!

El artículo 130 de nuestra Carta Magna indica que los ministros de culto "no podrán en reunión pública, en actos de culto o de propaganda religiosa, ni de carácter religioso, oponerse a las leyes del país o a sus instituciones". Depende qué se entienda por oponerse. Nosotros no tenemos facultades para impedir que se cumpla una ley, aunque nos parezca inmoral e injusta. Oponerse sería, en este caso, impedir que se cumpla la ley. Eso no lo podemos hacer. Pero si oponerse implica que no podamos expresar nuestra opinión sobre esa ley, esto violaría nuestro derecho a la libertad de expresión, consagrado también en la Constitución.

Es lo que afirma el líder de otro partido político: "La laicidad del Estado no significa callar las voces disidentes a lo que dice el gobierno en turno; la laicidad del Estado es precisamente que todos puedan expresarse sin cortapisas, sin más límites que el mantenimiento del orden público".

JUZGAR

Dijo el Papa Benedicto XVI, en el Angelus del 1 de enero: "Hoy asistimos a tos tendencias opuestas, dos extremos igualmente negativos: por una parte el laicismo, que a menudo solapadamente margina la religión para confinarla a la esfera privada; y por otra el fundamentalismo, que en cambio quisiera imponerla a todos con la fuerza. En realidad, Dios llama a sí a la humanidad con un designio de amor que, implicando a toda la persona en su dimensión natural y espiritual, reclama una correspondencia en términos de libertad y responsabilidad, con todo el corazón y el propio ser, individual y comunitario.

Donde se reconoce de forma efectiva la libertad religiosa, se respeta en su raíz la dignidad de la persona y, a través de una búsqueda sincera de la verdad y del bien, se consolida la conciencia moral y se refuerzan las instituciones y la convivencia civil. Por eso la libertad religiosa es el camino privilegiado para construir la paz... La paz no se alcanza con las armas, ni con el poder económico, político, cultural y mediático. La paz es obra de conciencias que se abren a la verdad y al amor".

ACTUAR

¡Es tiempo de escucharnos en forma civilizada! La democracia se basa en la verdad, la justicia y la libertad. Nunca intentaremos imponer nuestro credo a quien no lo acepte.

Imponer una religión, la que sea, sería violatorio de derechos humanos; sería fundamentalismo, que reprobamos, aquí y en países asiáticos y africanos que castigan con pena de muerte la disidencia religiosa. Si en tiempos de la Inquisición eso se hizo, ya pasaron siglos de ello y fueron los gobiernos quienes usaron causales religiosas para impedir la democracia y la libertad. Hoy sólo exigimos que se reconozca el derecho de los ministros de culto, de cualquier denominación, a expresar nuestras creencias, sin las cortapisas que mantienen algunas leyes. No se nos debe callar por el hecho de ser ministros de culto. Somos tan mexicanos como cualquiera, y no es justo que se nos restrinjan derechos fundamentales, como es el derecho a la plena libertad religiosa, que no se reduce a la libertad de culto y de creencia.


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DOMINGO 7 DEL TIEMPO ORDINARIO/A
20 de Febrero de 2011

La gracia y la paz de Dios, nuestro Padre, y de Jesucristo,  el Señor, estén con todos vosotros.

- La manera de vivir que Jesús nos propone en el  Sermón de la Montaña que estamos leyendo durante estos domingos, desde luego no es fácil. Hoy, cuando  escuchemos el evangelio, sin duda lo veremos muy claramente. Escucharemos cómo Jesús nos habla de  poner la otra mejilla, de amar a toda persona, de amar
incluso a los que nos han hecho daño ... No, no es fácil,  y no es lo que nuestro mundo nos invita a vivir.

-  Pero, si lo pensamos bien, si lo pensamos sinceramente, nos daremos cuenta de que este camino de Jesús vale mucho la pena. Que da mayor felicidad no acumular en nuestro interior rencores y deseos de venganza. Que da mayor felicidad desear que toda persona pueda encontrar el camino del bien, de la paz, de la vida dignamente vivida. Que lo puedan encontrar incluso los que más perdidos están. Porque el amor que Dios nos ha mostrado y nos ha enseñado es más valioso que todo.

A. penitencial: Con espíritu de hermanos, comencemos  nuestra celebración con unos momentos de silencio
(Silencio).

- Tú, que perdonas nuestras culpas. SEÑOR, TEN PIEDAD.

- Tú, que nos rescatas de la muerte. CRISTO ,TEN PIEDAD.

- Tú, que nos colmas de gracia y de ternura. SEÑOR, TEN PIEDAD

1. lectura (Levítico 79,7 -2.77-78): Escuchemos, en esta  primera lectura, unas palabras muy sencillas de la Ley de Moisés, que nos preparan para escuchar luego la  llamada que Jesús nos hará en el evangelio.

Salmo (102): Con las palabras del salmo, cantemos al Dios que ama y que perdona siempre. Él es el modelo que nosotros debemos seguir.

2. lectura (7 Corintios 3,76-23): Escuchemos ahora las palabras de san Pablo, que nos invita a recordar que en todo lo que hacemos debemos mirar siempre hacia aquel que es nuestro camino y nuestra vida plena.

Oración universal: Presentémosle al Padre nuestras plegarias, confiando en su inmenso amor. Oremos diciendo: PADRE, ESCÚCHANOS.

Por la Iglesia universal, por nuestra diócesis y por nuestra comunidad. Que sepamos establecer un diálogo fecundo con el mundo no creyente que nos rodea. OREMOS:

Por todas las personas que, aquí y allá, buscan un sentido a la vida. Que encuentren en nosotros el testimonio del Evangelio de Jesús. OREMOS:

Por nuestro Primer Mundo, tan rico y tan poco solidario. Que aprendamos a poner por delante del consumo la generosidad, la fraternidad y el respeto a la naturaleza y al medio ambiente. OREMOS:

Por las personas que viven angustiadas por los efectos de la crisis económica. Que sepamos compartir nuestros bienes con ellos. OREMOS:

Por las personas que están en la cárcel y por sus familiares. Que puedan vivir dignamente y sentirse acompañados y respetados. OREMOS:

Por todos nosotros. Que aprendamos a perdonar y a pedir perdón con sencillez y con el gozo de sentirnos amados. OREMOS:

Escucha, Padre, nuestra oración, y muéstranos tu amor. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Padrenuestro: Nuestro Padre Dios nos ama y nos perdona, y nos invita a nosotros a amar y a perdonar como él. Porque estamos dispuestos a seguirle en este camino, ahora, como Jesús nos enseñó, nos atrevemos a decir:

 

CPL


Publicado por verdenaranja @ 17:38  | Liturgia
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lunes, 14 de febrero de 2011

ZENIT nos ofrece la séptima y última entrega de la intervención del cardenal Mauro Piacenza, prefecto de la Congregación para el Clero, pronunciada el pasado lunes 24 de enero en las Jornadas Sacerdotales celebradas en Ars (Francia) sobre el celibato sacerdotal. La anterior se publicó en el servicio del miércoles 2 de febrero.

La intervención del cardenal Piacenza, realizada desde Roma en conexión en directo con el encuentro, lleva por título: “El celibato sacerdotal: fundamentos, alegrías, desafíos... Las enseñanzas del Papa sobre el tema: de Pío XI a Benedicto XVI”.

Conclusiones (en 7 puntos)

Al final de este recorrido, que nos ha visto poner en evidencia algunos de los pasajes más significativos del Magisterio pontificio sobre el celibato, desde Pío XI al Santo Padre Benedicto XVI, intentaremos trazar un balance conclusivo inicial, que pueda representar una primera plataforma de trabajo para la formación de los sacerdotes de cara a acoger y vivir plenamente este don del Señor.

1. Surge ante todo la radical continuidad entre el Magisterio que precedió al Concilio Ecuménico Vaticano II y el sucesivo al mismo. Aun con acentos a veces sensiblemente diferentes, más litúrgico-sacrales o más cristológico-pastorales, el Magisterio ininterrumpido de los Pontífices mencionados es concorde en fundar el celibato sobre la realidad teológica del Sacerdocio ministerial, sobre la configuración ontológico-sacramental a Cristo Señor, sobre la participación en Su único Sacerdocio y sobre la imitatio Christi, que éste implica. Solo una hermenéutica incorrecta de los textos del Concilio, podría llevar a ver en el celibato un residuo del pasado, del que liberarse cuanto antes. Esta postura, además de errada histórica, doctrinal y teológicamente, es también muy dañina desde el punto de vista espiritual, pastoral, misionero y vocacional.

2. Hay que superar, a la luz del Magisterio pontificio examinado, la reducción, en algunos ambientes muy difundida, del celibato a una mera ley eclesiástica. Este es una ley solo porque es una exigencia intrínseca del Sacerdocio y de la configuración a Cristo que el Sacramento determina.

En este sentido la formación al celibato, además de cualquier otro aspecto humano y espiritual, debe incluir una sólida dimensión doctrinal, ¡ya que no se puede vivir aquello cuya razón no se entiende!

3. ·El “debate” sobre el celibato, que se ha vuelto a encender periódicamente durante los siglos, no favorece la serenidad de las jóvenes generaciones para comprender un dato tan determinante de la vida sacerdotal. Valga para todos cuanto se expresa de modo autorizado en la Pastores dabo vobis, que, en el n. 29, recogiendo íntegramente el voto de toda la Asamblea Sinodal, afirma: “El Sínodo no quiere dejar ninguna duda en la mente de nadie sobre la firme voluntad de la Iglesia de mantener la ley que exige el celibato libremente escogido y perpetuo para los candidatos a la ordenación sacerdotal en el rito latino. El Sínodo solicita que el celibato sea presentado y explicado en su plena riqueza bíblica, teológica y espiritual, como precioso don dado por Dios a su Iglesia y como signo del Reino que no es de este mundo, signo también del amor de Dios a este mundo, y del amor indiviso del sacerdote a Dios y al Pueblo de Dios”.

4. ¡El celibato es cuestión de radicalismo evangélico! Pobreza, castidad y obediencia no son consejos reservados de modo exclusivo a los religiosos, son virtudes que vivir con intensa pasión misionera. ¡No podemos traicionar a nuestros jóvenes! ¡No podemos bajar el nivel de la formación y, de hecho, de la propuesta de fe! ¡No podemos traicionar al pueblo santo de Dios, que espera pastores santos, como el Cura de Ars! ¡Debemos ser radicales en la sequela Christi! Y no temamos el descenso del número de clérigos. ¡El número disminuye cuando baja la temperatura de la fe, porque las vocaciones son “asunto” divino y no humano, y siguen la lógica divina que es necedad humana! ¡Hace falta fe!

5. En un mundo gravemente secularizado, es cada vez más difícil comprender las razones del celibato. Con todo, debemos tener el valor, como Iglesia, de preguntarnos si pretendemos resignarnos a semejante situación, aceptando como hecho ineluctable la progresiva secularización de las sociedades y de las culturas, o si estamos dispuestos a una obra de profunda y real nueva evangelización, al servicio del Evangelio, y por ello, de la verdad del hombre.

Considero, en este sentido, que el motivado apoyo al celibato y su adecuada valoración en la vida de la Iglesia y del mundo, pueden representar algunas de las vías más eficaces para superar la secularización. ¿Que pretendería si no, el Santo Padre Benedicto XVI, cuando afirma que el celibato “muestra precisamente que Dios es considerado y vivido como realidad”?

6. La raíz teológica del celibato debe buscarse en la nueva identidad, que es dada a aquel que está investido del Orden sacerdotal. La centralidad de la misión ontológico-sacramental y la consiguiente dimensión eucarística estructural del Sacerdocio representan los ámbitos de comprensión natural, desarrollo y fidelidad existencial al celibato. La cuestión esencial, entonces, no hay que referirla tanto al debate sobre el celibato, como a la calidad de la fe de nuestras comunidades. Una comunidad que no tuviese en gran estima el celibato, ¿qué esperanza del Reino o qué tensión eucarística podría vivir?

7. Vuestro Coloquio tiene como subtítulo: “Fundamentos, alegrías, desafíos”. Estoy persuadido de que los dos primeros, el conocimiento de los fundamentos y la experiencia gozosa de un celibato plenamente vivido y, por tanto, profundamente humanizador, permiten no sólo responder a todos los retos que el mundo, desde siempre, plantea al celibato, sino también transformar el celibato en un desafío para el mundo. Como señalaba en el primer punto de estas conclusiones, no debemos dejarnos condicionar o intimidar por un mundo sin Dios, que no comprende el celibato y quisiera eliminarlo, sino al contrario, ¡debemos recuperar la conciencia motivada de que nuestro celibato desafía al mundo, poniendo en profunda crisis su secularismo y su agnosticismo, y gritando, a través de los siglos, que Dios existe y que está Presente!

[Traducción del original italiano por Inma Álvarez]


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ZENIT  nos  ofrece el discurso que el Papa Benedicto XVI dirigió el jueves 3 de Febrero de 2011 al nuevo embajador de Austria ante la Santa Sede, Alfons M.Kloss, en la audiencia celebrada con motivo de la presentación de sus Cartas Credenciales.

Queridísimo embajador,

Con placer acepto las Cartas mediante las cuales el presidente de la República de Austria lo ha acreditado como embajador extraordinario y plenipotenciario en la Santa Sede. Al mismo tiempo la agradezco sus cordiales palabras con las cuales ha expresado también la cercanía del presidente y del gobierno al Sucesor de Pedro. Quiero mandar al presidente, al canciller y a los miembros del gobierno así como a todos los ciudadanos de Austria, mis afectuosos saludos y quiero expresar la esperanza que tengo en que las relaciones entre la Santa Sede y Austria continúen dando frutos en el futuro.

La cultura, la historia y la vida cotidiana de Austria, “tierra de catedrales” (Himno Nacional), están marcadas profundamente por la fe católica. Lo he podido constatar también durante mi visita pastoral a ese país y durante la peregrinación a Mariazell hace cuatro años. Los fieles, que he podido encontrar, representan a los millares de hombres y mujeres de todo el país, que con su vida de fe en la cotidianeidad y la disponibilidad a los demás, muestran los rasgos más nobles del hombre y difunden el amor de Cristo. Al mismo tiempo Austria es un país en el cual la coexistencia pacífica de varias religiones y culturas tiene una larga tradición. “En el amor reside la fuerza”, decía ya el viejo himno popular en tiempos de la monarquía. Esto también vale para la dimensión religiosa que tiene sus raíces en lo más profundo de la conciencia del hombre y por eso pertenece a la vida de cada individuo y a la convivencia de la comunidad. La patria espiritual, como punto de apoyo, de la que tienen necesidad muchas personas que viven una situación laboral de mayor movilidad y en constante movimiento, debería poder existir públicamente y en un clima de convivencia pacífica con el resto de confesiones de fe.

En muchos países europeos, la relación entre el estado y la religión está afrontando una tensión particular. Por una parte las autoridades políticas se cuidan de no conceder espacios públicos a las religiones, entendiéndolas como ideas de fe meramente individuales de los ciudadanos. Por la otra, se busca aplicar los criterios de una opinión pública secular a las comunidades religiosas. Parece que se quiera adaptar el Evangelio a la cultura y, sin embargo, se busca impedir, de un modo casi vergonzante, que la cultura sea plasmada por la dimensión religiosa.

A pesar de lo dicho, se debe tener en cuenta la actitud de algunos estados de la Europa Central y Oriental, que, buscan dar espacios a las cuestiones fundamentales del hombre, la fe en Dios y la fe en la salvación por medio de Dios, La Santa Sede ha podido observar con satisfacción algunas actividades del gobierno austriaco en este sentido, la importante posición asumida con relación a la llamada “sentencia del crucifijo” (Kreuzurteil) del Tribunal Europeo de los derechos del hombre, o la propuesta del ministro de Asuntos Exteriores “que no sólo el nuevo servicio europeo para la Acción externa, observe la situación de la libertad religiosa en el mundo, sino que también redacte regularmente un informe y lo presente al ministro de asuntos exteriores de la Unión Europea” (Austria Press Agentur, 10 de diciembre de 2010).

El reconocimiento de la libertad religiosa permite a la comunidad eclesial desarrollar sus múltiples actividades, que benefician a toda la sociedad. Se hace referencia a los varios institutos de formación y servicios caritativos gestionados por la Iglesia, que usted, señor embajador, ha citado.

El esfuerzo de la Iglesia por los necesitados hace evidente el modo en el que resulta portavoz de las personas desfavorecidas. Este esfuerzo eclesial, que en la sociedad recibe amplio reconocimiento, no se puede reducir a mera beneficencia.

Sus raíces más profundas están en Dios, en el Dios que es amor. Por esto es necesario respetar plenamente la acción propia de la Iglesia, sin convertirla en uno de los muchos servicios de prestación social. Es necesario considerarla en la totalidad de su dimensión religiosa. Por tanto siempre es combatir el aislamiento egoísta del hombre. Todas las fuerzas sociales tienen la tarea urgente y constante de garantizar la dimensión moral de la cultura, la dimensión de una cultura que sea digna del hombre y de su vida en comunidad. Por esto la Iglesia católica trabajará con todas sus fuerzas por el bien de la sociedad.

Otra intención importante de la Santa Sede es una política equilibrada destinada a la familia. Esta ocupa un espacio en la sociedad que supone los cimientos de la vida humana. El orden social encuentra un apoyo esencial en la unión esponsal del hombre y de la mujer, que está dirigida también a la procreación. Por esto el matrimonio y la familia exigen una tutela especial por parte del estado. Son para todos sus miembros una escuela de humanidad con efectos positivos para los individuos además de para la sociedad. De hecho la familia está llamada a vivir y a tutelar el amor recíproco y la verdad, el respeto y la justicia, la fidelidad y la colaboración, el servicio y la disponibilidad hacia los demás, en particular hacia los más débiles.

Sin embargo, la familia con muchos hijos es a menudo, perjudicada. Los problemas en este tipo de familias, como por ejemplo un potencial alto de conflictividad, bajo nivel de vida, difícil acceso a la formación , endeudamiento y aumento de los divorcios, hacen pensar que deberían ser eliminadas de la sociedad. Además, es necesario lamentar que la vida de los neonatos no recibe una tutela suficiente, y además a menudo se les reconoce un derecho de existencia secundario respecto a la libertad de decisión de sus padres.

La edificación de la casa común europea puede llegar a buen puerto sólo si este continente es consciente de sus propias raíces cristianas y si los valores del Evangelio además de la imagen cristiana del hombre son, también en el futuro, el fermento de la civilización europea. La fe vivida en Cristo y el amor activo por el prójimo, reflejando la palabra y la vida de Cristo y el ejemplo de los santos, deben pesar más en la cultura occidental cristiana. Sus compatriotas, proclamados santos recientemente como Franz Jägerstätter, sor Restituta Kafka, Lasdislaus Batthyány-Strattman y Carlos de Austria, nos pueden ofrecer perspectivas más amplias. Estos santos, a través de distintos caminos de vida, se ofrecieron con la misma dedicación al servicio de Dios y de su mensaje de amor hacia el prójimo. Así nos dejan un ejemplo de guía en la fe y de su testimonio de comprensión entre los pueblos.

Finalmente, señor embajador, deseo asegurarle que en el desarrollo de la importante misión que le ha sido confiada puede contar con mi apoyo y el de mis colaboradores. Le encomiendo a usted, a su familia y a todos los miembros de la embajada de Austria en la Santa Sede a la beata Virgen María, la Magna Mater Austriae, y le doy de corazón a usted y todo el amado pueblo austriaco la Bendición Apostólica.

[Traducción del original italiano por Carmen Álvarez
©Copyright 2011 Libreria Editrice Vaticana]


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ZENIT  publica el discurso que dirigió Benedicto XVI el jueves 3 de Febrero de 2011 al recibir en audiencia a los miembros de la Comunidad del Emmanuel con motivo del vigésimo aniversario de la muerte de su fundador, el siervo de Dios Pierre Goursat.

Queridos hermanos en el episcopado,
queridos amigos: 

Con mucha alegría os doy la bienvenida en estos momentos en los que la Comunidad del Emmanuel se prepara para celebrar el vigésimo aniversario de la muerte de su fundador, Pierre Goursat, cuya causa de beatificación fue introducida el año pasado. ¡Que el ejemplo de su vida de fe y el de su compromiso misionero os estimulen y sean para vosotros un llamamiento constante a caminar hacia la santidad! En los próximos meses celebraréis también los treinta años de servicio de Fidesco en los países más desfavorecidos, y después los cuarenta años de fundación de la Comunidad y los veinte del reconocimiento de sus estatutos por parte del Consejo Pontificio para los Laicos. ¡Con vosotros doy gracias a Dios por esta obra! A cada uno y cada una de vosotros, sacerdotes y laicos, os dirijo mi saludo cordial. Saludo en particular al moderador de la Comunidad, a quien le doy las gracias por las amables palabras que me ha dirigido, a los miembros del Consejo internacional, a los responsables de los grandes servicios, así como a los obispos que han salido de la Comunidad. ¡Que vuestra peregrinación a Roma a inicios del año jubilar sea la ocasión para renovar vuestro compromiso a seguir siendo ardientes discípulos de Cristo en la fidelidad a la Iglesia y a sus pastores!

Queridos amigos: la gracia profunda de vuestra Comunidad procede de la adoración eucarística. De esta adoración nace la compasión por todos los hombres y de esta compasión nace la sed de evangelizar (cf. Estatutos, Preámbulo I). Según el espíritu de vuestro carisma propio, os aliento por tanto a profundizar vuestra vida espiritual dando un lugar esencial al encuentro personal con Cristo, el Emmanuel, Dios-con-nosotros, para que os dejéis transformar por él y hacer que madure en vosotros el deseo apasionado de la misión. En la Eucaristía, encontráis la fuente de todos vuestros compromisos en el seguimiento de Cristo y en su adoración purificáis vuestra mirada sobre la vida del mundo. "No podemos guardar para nosotros el amor que celebramos en el Sacramento. Éste exige por su naturaleza que sea comunicado a todos. Lo que el mundo necesita es el amor de Dios, encontrar a Cristo y creer en Él" (exhortación apostólica postsinodal Sacramentum caritatis, n. 84). Una vida auténticamente eucarística es una vida misionera. En un mundo con frecuencia desorientado y en búsqueda de nuevas razones para vivir, hay que llevar a todos la luz de Cristo. ¡Sed en medio de los hombres y mujeres de hoy ardientes misioneros del Evangelio, apoyados por una vida radicalmente anclada en Cristo! ¡Tened sed de anunciar la Palabra de Dios!

Hoy día la urgencia de este anuncio se siente particularmente en las familias, con tanta frecuencia rotas, en los jóvenes o en los ambientes intelectuales. ¡Ofreced vuestra contribución a la renovación desde el interior del dinamismo apostólico de las parroquias desarrollando sus orientaciones espirituales y misioneras! Os aliento además a prestar atención a las personas que regresan a la Iglesia y que no han recibido una catequesis profunda. ¡Ayudadles a arraigar su fe en una vida auténticamente teologal, sacramental y eclesial! El trabajo realizado en particular por Fidesco es testimonio también de vuestro compromiso a favor de las poblaciones de los países desfavorecidos. ¡Que por doquier vuestra caridad refleje el amor de Cristo y se convierta de este modo en una fuerza para la edificación de un mundo más justo y fraterno!

Invito en particular a vuestra comunidad a vivir una auténtica comunión entre sus miembros. Esta comunión, que no es simple solidaridad humana entre miembros de una misma familia espiritual, se basa en vuestra relación con Cristo y en un compromiso común para servirle. La vida comunitaria que queréis desarrollar, en el respeto del estado de vida de cada quien, será entonces un testimonio vivo para la sociedad del amor fraterno que debe alentar todas las relaciones humanas. La comunión fraterna es ya un anuncio del mundo nuevo que Cristo vino a instaurar.

Que esta misma comunión, que no significa replegarse sobre uno mismo, sea también efectiva con las Iglesias locales. Cada carisma está en relación con el crecimiento de todo el Cuerpo de Cristo. La acción misionera debe por tanto adaptarse sin cesar a las realidades de la Iglesia local, con una preocupación permanente de acuerdo y de colaboración con los pastores, bajo la autoridad del obispo. De hecho, el reconocimiento mutuo de la diversidad de vocaciones en la Iglesia y de su contribución indispensable a la evangelización es un signo elocuente de la unidad de los discípulos de Cristo y de la credibilidad de su testimonio.

La Virgen María, madre del Emmanuel, tiene un gran espacio en la espiritualidad de vuestra Comunidad. Llevadla "a vuestra casa", como lo hizo el discípulo amado, para que sea verdaderamente la madre que os guía hacia su Hijo divino y os ayude a permanecer fieles a él. Encomendándoos a su intercesión maternal, de todo corazón os imparto a cada uno y a cada una de vosotros, así como a todos los miembros de la Comunidad del Emmanuel, la bendición apostólica.

[Traducción del original francés realizada por Jesús Colina
©Libreria Editrice Vaticana]


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Documento realizado por la 157° Comisión Permanente del Episcopado (Dado a conocer el 20 de diciembre 2010). (AICA)

«EL JUEGO SE TORNA PELIGROSO»        

Introducción:

Los Obispos de la Argentina hemos querido dedicar el año 2011 a resaltar el valor de la vida humana y su dignidad inviolable. Todo lo que agreda o limite la dignidad de la vida personal y social es un obstáculo en el camino de plenitud al cual estamos llamados. Uno de los valores fundamentales para ello es la libertad, tan apreciada por nuestra sociedad. Anhelamos ser libres de toda atadura. Por eso hoy queremos expresar nuestra inquietud y dolor por un flagelo creciente para muchas familias: la adicción al juego de azar. 

1. Una oferta que crece y enriquece a unos pocos:

En el Documento "Hacia un Bicentenario en justicia y solidaridad 2010-2016", hemos señalado con preocupación que "en todo el país se ha multiplicado la oferta del juego de azar", lo cual puede favorecer actitudes adictivas. Nos referimos en estas reflexiones al juego como estructura lucrativa, sea privada o estatal, con sus diferencias según el caso.

Vemos como han proliferado los casinos, los bingos, unidos al fabuloso negocio de las máquinas tragamonedas, aun en cercanías a barrios pobres. También se han sobremultiplicado las cuantiosas ofertas de juegos de apuestas en locales de lotería. Asimismo, el fenómeno de las nuevas tecnologías, como Internet, hace emerger nuevas y cada vez más masivas formas de juego.

Es importante hablar sin eufemismos. El juego de azar es un negocio que mueve gran cantidad de dinero para beneficio de unos pocos en detrimento de muchos, especialmente de los más pobres.

Sabemos también de la vinculación de esta actividad con el lavado de dinero proveniente del tráfico de drogas, armas, personas. La problemática es vasta y compleja. 

2. Las graves consecuencias personales, familiares y sociales del juego:

El Estado debe garantizar la protección integral de la familia. Quien se apasiona en el juego puede arriesgar y perder aquello que pertenece también a su cónyuge y sus hijos. Es una acción que daña la comunión familiar, y lleva muchas veces a discusiones, reproches y peleas. Cuando la situación se torna incontrolable, aparecen las conductas adictivas. La ludopatía es una enfermedad emocional de naturaleza progresiva. Quien padece esta patología suele tener baja estima de sí mismo. Desde esta perspectiva hay una raíz común con otras adicciones.

En esta situación de debilidad, es perjudicial que de diversas maneras se promueva la ilusión de "salvarse" o solucionar todos los problemas económicos con un "golpe de suerte". Sin embargo, pocas veces se muestra la cantidad de personas que han jugado lo necesario para el sustento familiar para que sólo algunos pocos obtengan un premio. Persiguiendo una fantasía irreal de ganar dinero sin esfuerzo se llega al golpe de la desilusión. Por lo general se comienza con pequeñas sumas que llevan a la peligrosa vorágine de no saber parar hasta caer en otra ilusión: "recuperar lo perdido". Somos testigos de hermanas y hermanos que nos han contado de la pérdida hasta de sus propios hogares por esta adicción. 

3. Propuestas de acción:

En varias ocasiones, se dice que un porcentaje de las actividades del juego es la fuente de recursos económicos para el sostenimiento de algunos planes sociales en sus diversos niveles nacional, provincial y municipal. Debemos recordar que el fin no justifica los medios. Además es bueno clarificar que un gran porcentaje de lo recaudado del juego favorece los bolsillos de unos pocos, y solo una parte mínima se destina a ayuda social para los más pobres (muchos de los cuales han jugado con expectativa de ganar para "salvarse"). ¿No sería bueno pensar gradualmente en fuentes de financiamiento más adecuadas?

- El rol del Estado es central en esta problemática. Por un lado, debe dedicar recursos económicos para atender los efectos de esta adicción. Por otro, tiene que regular con transparencia la actividad del juego de azar con límites de horarios y lugares de funcionamiento, cuidando especialmente a los pobres. Es muy importante fortalecer la moral del pueblo y evitar toda sospecha de corrupción.

- Es fundamental el papel de la educación y prevención. La familia, las comunidades religiosas, las escuelas, los clubes; tenemos que mostrar la belleza de la existencia y fortalecer lazos afectivos y sociales. Hemos de fomentar espacios de encuentros familiares, festivos, deportivos.

- Si el adicto es un enfermo, hay que abrazarlo con ternura y ayudarle a su recuperación. Hay varios caminos posibles, según el grado de la patología y la necesidad de la persona. Algunos requieren un tratamiento integral que incluya tres pilares: el médico-psiquiátrico, la terapia psicológica y la integración en grupos de autoayuda (muchos de los cuales funcionan en nuestras parroquias).

- "No podemos olvidar que la mayor pobreza es la de no reconocer la presencia del misterio de Dios y de su amor en la vida del hombre, que es lo único que verdaderamente sana y libera" (Documento de Aparecida, 405). En el camino de sanación es vital desplegar la dimensión religiosa del ser humano. Esto también es una constatación de las comunidades terapéuticas. La experiencia de encuentro con Dios Padre y Misericordioso, sana las heridas de la vida y es fortaleza para reconstruir la persona y restablecer lazos familiares y de amistad. 

4. Con el Bicentenario 2010-2016 como horizonte:

Nos proponemos para la próxima Cuaresma realizar una campaña de concientización en todas nuestras comunidades acerca de los peligros y daños a la vida digna que encierra esta adicción.

Con esta carta buscamos compartir nuestras reflexiones y generar conciencia sobre lo dañino y perverso de la proliferación de estas ofertas del juego y sus consecuencias, porque constituyen un serio obstáculo social, político, moral y cultural para erradicar la pobreza y promover el desarrollo integral de todos.

Reconocemos con San Pablo que "hemos sido llamados para vivir en libertad" (Gal. 5,13). Fomentar nuevas esclavitudes no nos hará más libres ni más hermanos.

En las cercanías de la Navidad imploramos la bendición de Dios para todo el pueblo argentino. 

157° Comisión Permanente
Adviento 2010 


Publicado por verdenaranja @ 21:35  | Hablan los obispos
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 Desde la oficina de Prensa del obispado de Tenerife nos remiten la primera conferencia pronunciada por monseñor Fisichella el 6 de Febrero de 2011, como  presidente del nuevo Consejo Pontificio para la Nueva Evangelización.

"SALUDO CORDIAL. Les adjunto, por su interés, la Primera conferencia de monseñor Fisichella en América Latina, el 6 de febrero de 2011, como presidente del nuevo Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización".

La nueva evangelización 

Primera conferencia de monseñor Fisichella en América Latina, el 6 de febrero de 2011, como presidente del nuevo Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización. 

Jesús de Nazaret ha querido la Iglesia para que fuera la continuación viva de su presencia en medio del mundo. En los dos mil años transcurridos desde aquel mandato de ir por el mundo entero para anunciar el Evangelio y hacer discípulos a todos los pueblos de la tierra, la Iglesia nunca abandonó  esta obligación tan esencial para su propia vida. Ella ha nacido con la misión de evangelizar, y si renunciase a esta tarea, empobrecería su propia naturaleza. Anunciar el evangelio de Jesús no nos hace mejores que los otros, pero ciertamente nos impulsa a ser más responsables. Esta es una misión que se manifiesta sobre todo en un momento de crisis como el que estamos atravesando.  Estamos al final de una época que, para bien o para mal, ha marcado la historia de estos últimos siglos; estamos por entrar en una nueva era del mundo todavía incierta en sus primeros pasos y que parece vacilar por la debilidad del pensamiento. Por este motivo, el rol de los católicos adquiere mayor importancia por la riqueza de la tradición que supimos construir en el pasado. De hecho, los discípulos del Señor estamos llamados a ser "sal" y "luz" para dar sabor a la vida e iluminar a quienes están a la búsqueda de sentido. Si disminuyese esta responsabilidad, el mundo no tendría una palabra de esperanza y nosotros nos convertiríamos en insignificantes. 

El papa Benedicto XVI ha instituido el 21 de setiembre, fiesta litúrgica de san Mateo Apóstol y Evangelista, el Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización. Una intuición que considero verdaderamente "profética", porque atiende a nuestro presente con la intención de dar una respuesta significativa a los grandes desafíos que tenemos por delante; y al mismo tiempo, con clarividencia nos obliga a mirar el futuro, para comprender de qué manera, la Iglesia deberá desempeñar su ministerio en un mundo sometido a grandes transformaciones culturales que determinan el inicio de una nueva época de la humanidad. Con este pensamiento profético, el Papa quiere dar nuevamente fuerza al espíritu misionero de la Iglesia, sobre todo en aquellos lugares donde la fe pareciera debilitarse por la presión del secularismo. Es tarea de todos nosotros fortalecer la fe.  No es opcional el dar razón de nuestro creer, sino un empeño que nos debemos en primer lugar a nosotros mismos, para mostrar la libertad de nuestra decisión. Recuperar el espíritu misionero con el cual estamos llamados a llevar el Evangelio a toda persona que encontramos en nuestro camino es una consecuencia inevitable a causa del deseo de compartir con otros la misma alegría reencontrada en la fe. El apóstol Pedro en su primera carta nos recuerda que debemos estar siempre listos para "dar razón de la esperanza que tenemos" (1 Pe. 3,15). Más aún en un momento como el actual, somos invitados a ser misioneros con la fuerza de la razón. Mostrar que ella y sus conquistas no se contraponen a los contenidos de la fe, porque la búsqueda de la verdad es común, y no se puede aislar en uno sólo de sus componentes; esto es tal vez lo que nuestros contemporáneos esperan.  El Apóstol, además, indica una metodología que los cristianos estamos invitados a seguir: que el anuncio "sea hecho con dulzura, con respeto y con recta conciencia". He aquí un programa que los cristianos estamos invitados a realizar con esfuerzo y con constancia en la obra de la nueva evangelización.

No será inútil, entonces, partir del concepto mismo de "nueva evangelización", del cual debemos estudiar el sentido, producir una sistemática comprensión y explicación, sobre todo en el magisterio de los últimos Pontífices, para que no aparezca como una fórmula abstracta, y sobre todo para que no se piense que en el pasado reciente la Iglesia se hubiese apartado de lo que constituye su esencia. El Señor Jesús ha querido su Iglesia para transmitir de manera viva su Evangelio de generación en generación, sin tener en cuenta ninguna frontera territorial ni temporal. La Iglesia vive por la misión encomendada por su Maestro, de llevar al mundo la hermosa noticia que se realiza en el misterio de la Encarnación. Obedeciendo siempre a este mandato, desde la primera comunidad de discípulos hasta la multiforme presencia de la Iglesia en el mundo contemporáneo hemos llevado el anuncio de la semilla de vida eterna, que es salvación realizada en el misterio de la muerte y resurrección del Señor. En estos veintiún siglos, la Iglesia se ha inserto en la pluralidad de las culturas de los diversos pueblos para que puedan surgir en ellas aquellas tensiones de verdad que lleva a reconocer la revelación de Jesucristo como momento último y definitivo del proceso de la religión en nuestra marcha hacia el absoluto. La obra de la evangelización entra directamente en contacto con la cultura, la plasma y transforma así como ella viene determinada en su lenguaje y expresividad. Una cosa se puede verificaren los dos mil años de cristianismo: la atención permanente que la comunidad cristiana ha tenido en relación al tiempo en que vivía y al contexto cultural en el que se insertaba.  Una lectura de los textos de los apologetas, de los Padres de la Iglesia, y de los varios maestros y santos que se han sucedido en el transcurso de estos dos mil años demuestra fácilmente la atención al mundo circundante y el deseo de insertarse en él para comprenderlo y orientarlo a la verdad del Evangelio. En la base de esta atención se encuentra la convicción de que ninguna forma de evangelización sería eficaz si la Palabra de Dios no entrase en la vida de las personas, en su modo de pensar y de obrar para llamarlas a la conversión.  Esto ha sido siempre lo que hoy llamamos "nueva evangelización". No es diferente en nuestro tiempo; podemos usar una expresión diversa, pero la sustancia permanece idéntica. Somos llamados a anunciar el Evangelio de manera eficaz; esto requiere en primer lugar el trato frecuente de la Palabra de Dios, que permite a quienes  nos escuchan verificar no sólo nuestro  conocimiento del Evangelio, sino sobre todo nuestra credibilidad  que se expresa en un coherente testimonio de vida. Al respecto vale la pena recordar lo que afirma el Documento final de Aparecida: "Encontramos a Jesús en la Sagrada Escritura leída en la Iglesia. La Sagrada Escritura Palabra de Dios escrita por inspiración del Espíritu Santo (DV9) es, con la Tradición, fuente de vida para la Iglesia y alma de su acción evangelizadora. Desconocer la Escritura es desconocer a Jesucristo y renunciar a anunciarlo (n. 247)" y más adelante: "Por esto, la importancia de una pastoral bíblica, entendida como animación bíblica de la pastoral, que sea escuela de interpretación o conocimiento de la Palabra, de comunión con Jesús u oración con la Palabra, y de evangelización inculturada o de proclamación de la Palabra (n. 248)". No se excluye en este proceso la atención permanente a lo que se vive y se piensa a nuestro alrededor; en una palabra, la "cultura" de nuestro tiempo.

La misma acción litúrgica en la pluralidad de sus ritos muestra con evidencia cómo se puede expresar la centralidad  unicidad del misterio en maneras diversas, sin disminuir por ello la particularidad del lenguaje evocativo propio de la lex credendi. En este contexto vale la pena referir algunas palabras sobre el valor que la liturgia posee en orden a la nueva evangelización. "Encontramos a Jesucristo de modo admirable en la Sagrada Liturgia. Al vivirla, celebrando el misterio pascual, los discípulos de Cristo penetran más en los misterios del Reino y expresan de modo sacramental su vocación de discípulos y misioneros"[1]. La liturgia es la acción principal mediante la cual la Iglesia expresa en el mundo su carácter de mediadora de la revelación de Jesucristo. Desde sus orígenes la vida de la Iglesia ha estado caracterizada por la acción litúrgica. Todo lo que la comunidad predicaba, anunciando el Evangelio de salvación, lo hacía después presente y vivo en la oración litúrgica que se transformaba en el signo visible y eficaz de la salvación. Esta no era sólo anuncio de hombres voluntariosos, sino la acción misma que Espíritu realizaba por la presencia de Cristo mismo en medio de la comunidad creyente. Separar estos dos momentos significaría no comprender la Iglesia. Ella vive de la acción litúrgica como linfa indispensable para el anuncia y éste a su vez retorna a la liturgia como su complemento eficaz.  La lex credendi y la lex orandi forman un todo donde resulta difícil encontrar el fin de uno y el comienzo del otro. La nueva evangelización deberá ser capaz de hacer de la liturgia su espacio vital para que el anuncio realizado alcance su pleno cumplimiento. Si del horizonte especulativo se pasa al plano pastoral, se comprende todavía más directamente la importancia de esta relación y su extraordinaria eficacia en un mundo sediento de signos que lo introduzcan en el misterio. Es suficiente pensar en el valor que de modo particular asume hoy la celebración de algunos sacramentos y sacramentales. Del bautismo al funeral, advertimos cuánta potencialidad tienen en sí mismos para comunicar un mensaje que de otra manera no sería escuchado. ¡Cuántas personas "indiferentes" al fenómeno religioso se acercan a estas celebraciones y cuántas personas a menudo en busca de una genuina espiritualidad están presentes! La palabra del sacerdote en estas circunstancias debería ser capaz de provocar la pregunta por el sentido de la vida propiamente a partir de la celebración en acto.  Lo que celebramos,en fin, no es un mero rito extraño a la cotidianeidad del hombre, sino que está dirigido propiamente a su pregunta por el sentido, que espera una respuesta tantas veces perseguida en vano. En la celebración nuestra predicación y nuestros signos litúrgicos están llenos de un significado que va más allá de nosotros mismos y de nuestra persona; aquí realmente podemos permitir aferrarse a la acción del Espíritu que transforma el corazón con su gracia y los modela para disponerlos a captar el momento de la salvación.

La Iglesia existe para llevar en todo tiempo el Evangelio a toda persona, donde sea que se encuentre. El mandato de Jesús es de tal modo cristalino que no permite malos entendidos de ninguna naturaleza. Cuántos creen en su palabra son enviados a las calles del mundo para anunciar que la salvación prometida ahora ha llegado a ser realidad. El anuncio debe conjugarse con un estilo de vida que permita reconocer a los discípulos del Señor allí donde estén. De alguna manera, la evangelización se resume en este estilo que distingue a cuantos emprenden el seguimiento de Cristo. La caridad como norma de vida no es otra cosa que el descubrimiento de aquello que da sentido a la existencia, porque la atraviesa hasta en sus recovecos más íntimos de todo lo que el Hijo de Dios hecho hombre ha vivido en primera persona.  Como se puede observar, la nueva evangelización se ubica en la sintonía de siempre. Ella quiere fundarse sobre la lógica de la fe que se articula en el creer en el anuncio, en la liturgia y en el testimonio de la caridad.

Se podrá discutir largamente sobre el sentido de la expresión "nueva evangelización".  Preguntarse si el adjetivo determina al término no carece de racionalidad, pero tampoco agota la cuestión. El hecho de que se la llame "nueva" no pretende cualificar los contenidos de la evangelización que permanecen iguales, pero con la condición y la modalidad en la cual viene realizada. Benedicto XVI en la Carta Apostólica Ubicumque et semper subraya con razón que considera oportuno "ofrecer respuestas adecuadas para que la Iglesia entera se presente al mundo contemporáneo con una arrojo misionero capaz de promover una nueva evangelización". Alguno podría insinuar que decidirse por una nueva evangelización equivale a juzgar la acción pastoral desarrollada precedentemente por la Iglesia como fracasada por la negligencia puesta o por la poca credibilidad de sus hombres.  Incluso esta consideración no carece de plausibilidad, sólo que se detiene en el aspecto sociológico en su fragmentariedad sin considerar que la Iglesia en el mundo presenta rasgos de santidad constante y de testimonios creíbles que todavía hoy son sellados con la entrega de la vida. Efectivamente, el martirio de tantos cristianos no es distinto del ofrecido en el transcurso de nuestra multisecular historia, y sin embargo es verdaderamente nuevo porque lleva a los hombres de nuestro tiempo, a menudo indiferentes, a reflexionar sobre el sentido de la vida y el don de la fe. Cuando desaparece la búsqueda del genuino sentido de la existencia, cuando se lo substituye por senderos que asemejan una selva de propuestas efímeras, sin que se comprenda el peligro que esto significa, entonces es justo hablar de nueva evangelización. Ella se transforma en una verdadera provocación a tomar en serio la vida para orientarla hacia un sentido completo y definitivo que encuentra su verdadera garantía en Jesús de Nazaret. El, manifestación del Padre y su revelación histórica, es el Evangelio que todavía hoy anunciamos como respuesta al interrogante  que inquieta al hombre desde siempre. Ponerse al servicio del hombre para comprender el ansia que lo mueve y proponer un camino de salida que le brinde serenidad y alegría es lo que se resume en la bella noticia que la Iglesia anuncia. Por tanto, nueva evangelización, porque nuevo es el contexto en que viven nuestros contemporáneos, frecuentemente agredidos aquí y allá por teorías e ideologías trasnochadas. Lo recuerda el Santo Padre al delinear el destinatario de nuestra misión: "Existen regiones del mundo que todavía esperan una primera evangelización; otras que la han recibido, pero necesitan de un trabajo más profundo; otras finalmente, en las que el Evangelio ha echado raíces desde hace largo tiempo, dando lugar a una verdadera tradición cristiana, pero donde en los últimos siglos -por dinámicas complejas- el proceso de secularización ha producido una grave crisis del sentido de la fe cristiana y de la pertenencia a la Iglesia"[2]. Luego continua diciendo que nuestra tarea particular deberá ser "promover una renovada evangelización en los países donde ya ha resonado el primer anuncio de la fe y están presentes Iglesias de antigua fundación, pero que están viviendo una progresiva secularización de la sociedad y un especie de "eclipse del sentido de Dios" que constituye un desafío a encontrar medios adecuados para volver a proponer la perenne verdad del Evangelio de Cristo"[3]. 

La secularización

Como se observa, aparece en el horizonte el gran tema de la secularización, que quisiera exponer brevemente en sus rasgos más característicos. Ya ha pasado medio siglo desde cuando veía la luz el "manifiesto" de la secularización moderna propuesto y modificado sobre ls ideas iniciales de D. Bonhoeffer. La ciudad secular del profesor H. Cox de la Iglesia Bautista estadounidense, y Dios no existe del obispo anglicano de Woolwich, J. A. T. Robinson, daban a conocer al gran público las ideas madres de un movimiento que tenía un horizonte más amplio y raíces mucho más profundas de cuanto conocemos por la influencia en la teología y a nivel eclesial. El programa se concentraba en torno a la expresión que se ha convertido en tecnicismo: vivir y construir un mundo etsi Deus non daretur. El desafío venía a ponerse, en aquella época, sobre un terreno sumamente fértil y encontraba rápidamente un entusiasmo y receptividad  que hoy, con el paso de los años, lleva a preguntarse con cuánto espíritu crítico fue recibido y acompañado. La Iglesia había terminado recientemente su segundo Concilio Vaticano y al horizonte ya se dejaban entrever los síntomas de una crisis que llegaría a cautivar a muchos creyentes; mientras el Occidente terminaba de vivir la gran contestación juvenil del '68. En una palabra, muchos parecían encontrar en la idea de la secularización la clave para darle al mundo su autonomía y a la Iglesia la posibilidad de descubrir la simplicidad de los orígenes. Sin embargo, no todo lo que relucía era oro.

Etiamsi daremus non esse Deum. La expresión de Grocio aparecía a la luz. Mirando bien, las interpretaciones iban más allá de la intención del jusnaturalista holandés. Para el filósofo, en relaidad, lo que importaba demostrar era el fundamento del derecho natural que conservaba todo su valor en sí mismo al punto de poder sobrevivir sin la demostración de la existencia de Dios. Sin embargo, progresivamente, de la simple enunciación de un principio teórico la secularización se infiltró en las instituciones hasta llegar a ser en nuestros días, cultura y comportamiento de masa, al punto que no podemos percibir sus límites objetivos. Como todo fenómeno, también la secularización esta sometido a la ambigüedad y a la pluralidad de las interpretaciones. Difícil precisar el verdadero rol que Bonhoeffer desempeñó en este movimiento; mucho más complejo aún el tratar de individuar el verdadero sentido de su manifiesto en la Carta: "Se impone reconocer honestamente el deber de vivir en el mundo como si no existiese algún Dios, y esto es realmente lo que reconocemos plenamente delante de Dios! Dios mismo nos conduce a esta conciencia: nos hace saber que debemos vivir como hombres que pueden arreglárselas sin El. El Dios que está con nosotros es el Dios que nos abandona (Mc.15, 34)! Estamos continuamente en presencia del Dios que nos hace vivir en el mundo sin la hipótesis de Dios"[4]

Frente a movimientos de pensamiento que se apoyan sobre conceptos así genéricos y a menudo utópicos, los equívocos y los extremismos no tardan en aparecer; de diversas maneras, la secularización degeneró en secularismo con sus consecuencias negativas sobre todo en el horizonte de la comprensión de la existencia personal. Secularismo, de hecho, dice distancia de la religión cristiana; ésta no tiene y no puede tener ninguna voz en el momento en que se habla de vida privada, pública o social. La existencia personal se construye prescindiendo del horizonte religioso que queda relegado a un mero sector privado que no debe incidir en la vida de las relaciones interpersonales, sociales o civiles. Por otra parte, en el horizonte privado, la religión tiene un puesto bien delimitado; de hecho ella sólo interviene en parte y marginalmente en el juicio ético y en los comportamientos.A este punto, decir que la secularización es un fenómeno religiosamente neutro, significa no captar las consecuencias que se manifiestan en estos decenios y que tienen sus raíces en el secularismo. De cualquier manera que se quiera juzgar la autonomía del hombre, ella nunca podrá ser separada de su vinculación original con  el creador; cortar el cordón umbilical no puede significar otra cosa que rechazar al que nos ha engendrado. Una autonomía creatural, en todo caso, debe tener como base la experiencia de la gratuidad sin la cual es imposible una comprensión coherente de la identidad personal. En fin, reducir todo el proceso de la secularización a una crítica del fanatismo religiosos o de la intolerancia, significa perder de vista la globalidad del movimiento y sus diversos rostros con los cuales se ha presentado. Pasado el entusiasmo que en los años '60 había contagiado a muchos, se debe concluir que el proceso de secularización y secularismo han identificado demasiado apresuradamente a Dios como una función sucedánea de la vida. En el horizonte contemporáneo, sin embargo, en el que la cultura de la muerte parece superar a la vida misma, todavía queda por demostrar la tesis de fondo del secularismo según la cual este mundo ha llegado a ser "adulto" y consecuentemente, no tiene más necesidad de Dios.

Uno de los primeros datos que emerge como proyecto del secularismo es el tentativo espasmódico de obtener la plena autonomía. El hombre contemporáneo está fuertemente caracterizado por el celo de la propia autonomía y la responsabilidad de vivir a su manera. Olvidando toda relación con la trascendencia, se ha vuelto alérgico a todo pensamiento especulativo y se limita al simple momento histórico, al instante, creyendo ilusoriamente que es verdad sólo lo que es fruto de la verificación científica. Perdido el vínculo con lo trascendente y rechazada toda contemplación espiritual, se precipita en una suerte de empirismo pragmático que lo lleva a apreciar los hechos y no las ideas. Sin resistencia cambia velozmente su modo de pensar y de vivir y parece cada vez más como un sujeto en movimiento, siempre listo a experimentar, deseoso de participar en cualquier juego aún cuando lo supere, sobre todo si lo arrebata en aquel narcisismo en absoluto velado que lo engaña acerca de la esencia de la vida. En fin, el proceso del secularismo ha generado una explosión de reivindicaciones de libertades individuales que llegan a la esfera de la vida sexual, de las relaciones interpersonales y familiares, de la actividad del tiempo libre así como del trabajo, también a la educación y a la comunicación arriba fatalmente y todo el ámbito de la vida viene modificado. Por paradójico que pueda parecer, las reivindicaciones sociales siempre se realizan en nombre de la justicia y de la igualdad, pero en el fondo siempre se encuentra el deseo de vivir más libremente a nivel individual; se toleran y soportan mucho más las injusticias  y desigualdades sociales antes que las prohibiciones en la esfera privada. En suma, se ha creado una situación completamente nueva en la que los antiguos valores -expresados sobre todo por el cristianismo- se ven substituidos. En un horizonte como este, en que el hombre viene a ocupar el lugar central, criterio de toda forma de existencia, Dios se convierte en una hipótesis inútil y en un competidor que no sólo hay que evitar, sino en lo posible eliminar. La revolución antropológica se actúa de manera relativamente fácil, cómplice de una teología débil y de una religiosidad a menudo fundada sólo sobre el sentimiento e incapaz de mostrar el verdadero horizonte de la fe.

Dios, entonces, pierde su lugar central; la consecuencia que se derive, sin embargo, es que el hombre mismo viene a perder también el suyo. El "eclipse" del sentido de la vida hace que el hombre no sepa más como colocarse, que no encuentra más su lugar en la creación y en la sociedad. De alguna manera cae en la tentación prometeica de pensar ilusoriamente que es él el señor de la vida y de la muerte, porque puede decidir el cuándo y el cómo. Una cultura que tiende a idolatrar la perfección del cuerpo, que discrimina las relaciones interpersonales de acuerdo con la belleza o la perfección física,  termina por olvidar lo esencial. Se cae así en una suerte de narcisismo constante que impide fundar la vida sobre valores permanentes y sólidos, para quedarse sólo al nivel de lo efímero. Nadie, sin embargo, denuncia esta situación como trágica porque no existe más el ejercicio auténtico de la libertad. El hombre, de hecho, perdida la relación con Dios, pierde consecuentemente la referencia a la creación.  No es más el centro de la creación, sino una parte cualquiera del mundo. Por un lado se exalta al hombre a costa de Dios y contra Dios; por otro, se lo destruye convirtiéndolo en un simple fragmento de la naturaleza. Rota la armonía con la naturaleza para dar lugar al primado de la técnica, se ha venido a encontrar frente a un poder que ha violentado la naturaleza misma.

Otro conflicto al que se asiste es la pérdida del sentido de responsabilidad. Este horizonte viene simbólicamente encontrado en la pregunta que Dios dirige a Caín: "¿Dónde está tu hermano?". Por paradógico que pueda parecer, el secularismo nacido a la sombra de  la responsabilidad plena delante a sí mismo con el rechazo de la autoridad de Dios, acaba con la destrucción del objetivo que se proponía. Cerrado en sí mismo, en un individualismo exasperado, el hombre de hoy a perdido de vista también al otro. Una lúcida expresión de esta situación se encuentra en la fórmula sartreana les autres son l'enfer. La ambigua concepción de la libertad, el fuerte subjetivismo que ya no sabe reconocer el valor de la verdad perenne y, sobre todo, el eclipse del sentido de Dios, han llevado a olvidar el valor de la vida y al desinterés por el hermano al punto de comprobar con horror que una sociedad que se proclama civilizada y evolucionada está cada vez más  cerrada en el círculo de la muerte. En suma, una  cultura secularizada que se pretende autónoma de Dios, termina con la pérdida del sentido mismo de la vida.

Aquí por tanto se pone el gran desafío que mira al futuro. Quien quiere la libertad de vivir como si Dios no existiera lo puede hacer, pero debe saber lo  que le espera; debe tener conciencia de que esta elección no es premisa de libertad ni de autonomía. Limitarse a disponer de la propia vida nunca podrá satisfacer la exigencia de libertad; silenciar forzosamente el deseo de Dios que está radicado en la interioridad más profunda, nunca podrá arribar a la autonomía. El enigma de la existencia personal no se resuelve rechazando el misterio, sino eligiendo sumergirse en él (GS 22). Este es el sendero a recorrer; todo atajo corre el riesgo de perderse en los laberintos selváticos, donde es imposible ver tanto la salida como la meta a alcanzar. 

Nueva evangelización

 "El punto crucial de la cuestión es este: si un hombre, empapado de la civilización moderna, un europeo,puede todavía creer; creer propiamente en la divinidad del Hijo de Dios Cristo Jesús. En esto, de hecho, está toda la fe". Son palabras cargadas de provocación que provienen de uno de los escritores más significativos del siglo pasado: Dostoewskj.  Preguntarse si el hombre de hoy está todavía dispuesto a creer en Jesús como Hijo de Dios comporta necesariamente la cuestión conexa: si el hombre de hoy siente todavía la necesidad de la salvación. Aquí está todo el problema para nosotros creyentes, para nuestra credibilidad en el mundo de hoy; pero también el problema para cuantos no creen y desean darle un significado pleno a su vida. No encuentro otra posibilidad fuera de esta cuestión, que impulsa a buscar una respuesta. Delante a la posibilidad de Jesucristo no se puede permanecer neutral; se debe dar una respuesta si se quiere dar un sentido a la propia vida. Según algunos, aquí se concentran las grandes cuestiones que nos tocan a cada uno de nosotros y la simple respuesta que la Iglesia ofrece anunciando, como si el tiempo nunca hubiesa pasado, el mismo contenido de los primeros años de nuestra existencia como cristianos: Jesús, crucificado y resucitado; El que ha pasado en medio a nosotros, anunciando el reino de Dios y haciendo el bien a cuantos se dirigían a Él.

Sabemos que estamos en medio a una profunda crisis que se ha convertido en crisis de Dios. Esquemáticamente se podría decir: la religión sí, pero Dios no. En dónde este "no", en todo caso, no debe entenderse en el sentido categórico de los grandes ateísmos. No existen más, permítaseme repetir, grandes ateísmos. El ateísmo de hoy en realidad puede nuevamente hablar de Dios sin entenderlo realmente. En síntesis, la crisis actual está determinada del poder y saber hablar de Dios; el tema no puede dejarnos indiferentes después de casi cincuenta años del Concilio Vaticano II, que tuvo entre sus principales objetivos el hablar de Dios al hombre de hoy de manera comprensible. La crisis que vivimos, entonces, se podría resumir de manera aún más sintética: Dios hoy no es negado, sino desconocido. Por parte del hombre contemporáneo hay algo de verdadero, probablemente, en este modo de plantearse el problema en torno a el nombre de "Dios". En algún sentido se podría decir que se ha pasado de la hipótesis inútil a la buena posibilidad ofrecida al hombre. Con respecto a esta perspectiva deberíamos ser capaces de  agitar las aguas a menudo demasiado tranquilas de dos lagos artificiales: el de la indiferencia, que frecuentemente domina el contexto cultural referido a esta problemática; y el de la obviedad, que evidencia cuánta ignorancia, a menudo supina, existe acerca de los contenidos religiosos. Indiferencia e ignorancia, lamentablemente, se encuentran en la base del sentido común religioso todavía presente, haciendo siempre más débil la pregunta religiosa y, especialmente, la decisión consciente y libre. Retorna inmediatamente la escena tan familiar de Pablo en las calles de Atenas (Hch. 17, 16-34). No ha cambiado tanto desde entonces. Las calles de nuestra ciudad están repletas de nuevos ídolos. El interés hacia un muy genérico sentido religioso parecería tomarse una especie de revancha; expresiones religiosas se multiplican y frecuentemente están vacías de espesor racional. En algunos casos se sigue el soplo de la emotividad, en otros, al contrario, diversas formas de fundamentalismo; ambos no indican otra cosa que la ausencia de espesor intelectual. Por último, aparecen de nuevo en el horizonte mesías de la última hora, predicando el inminente fin del mundo. En este contexto hay que preguntarse quiénes son los nuevos Pablo de Tarso conscientes de ser portadores de una hermosas novedad que entra en el areópago de nuestro pequeño mundo con la convicción y la certeza de querer anunciar al "Dios desconocido".

"Dios": el término está entre los más usados del lenguaje mundial, y sin embargo, cuántos sentidos, diferentes y tantas veces, contrarios entre sí al punto de oponerse mutuamente. Debemos preguntarnos si Dios existe y qué cosa sea, o quién sea Dios. Preguntas inevitables que no pueden permanecer sin respuesta. El Dios del que hablamos, no sólo se ha hecho escuchar, sino que se ha hecho uno de nosotros. Y consigo trae a nuestra vida la respuesta a la pregunta fundamental por el sentido: "con la encarnación el Hijo de Dios se ha unido en cierto modo a todo hombre. Ha trabajado con manos de hombres, ha pensado con mente de hombre, ha actuado con voluntad de hombre, ha amado con corazón de hombre. Naciendo de María Virgen, él verdaderamente se ha hecho uno de nosotros, en todo semejante a nosotros, menos en el pecado" (GS 22). Ningún pretexto de parte nuestra. Él ha experimentado en todo nuestra condición humana, sobre todo allí cuando ella significa dolor, sufrimiento, enfermedad, muerte. La nueva evangelización requiere, entonces, la capacidad de saber dar razón de la propia fe, mostrando a Jesucristo, el Hijo de Dios, único salvador de la humanidad. En la medida en que seamos capaces de esto, podremos ofrecer al mundo contemporáneo la respuesta que espera o que debemos provocar en él. Como decía Benedicto XVI el día antes de ser elegido Papa: "En estos momentos de la historia tenemos verdadera necesidad de hombres que, a través de una fe iluminada y vivida, hagan a Dios creíble en el mundo...Tenemos necesidad de hombres que tengan la mirada dirigida a Dios, aprendiendo de Él la verdadera humanidad. Tenemos necesidad de hombres cuyo intelecto sea iluminado por la luz de Dios y a quienes Dios abra el corazón, de modo que su intelecto pueda hablar al intelecto de los otros y su corazón pueda abrir el corazón de los otros. Solamente a través de hombres tocados por Dios, Dios puede retornar a los hombres". La nueva evangelización, por tanto, parte de aquí: de la credibilidad de nuestra vida de creyentes y de nuestra convicción de que la gracia actúa y transforma hasta el punto de convertir el corazón. El mundo de hoy tiene necesidad profunda de amor, porque conoce desgraciadamente sólo sus grandes fracasos. Aquí probablemente nace la paradoja que se despliega nuestros ojos y que empuja a la mente a reflexionar sobre el sentido de una tal acción. 

La imagen de la nueva evangelización

Una imagen con la que el nuevo dicasterio pretende identificarse, se encuentra en la Sagrada Familia de Gaudí. Quien la observa en su gravidez arquitectónica encuentra las voces de ayer y de hoy. A nadie escapa que es una iglesia, espacio sagrado que no puede ser confundido con ninguna otra construcción. Sus agujas se dibujan hacia lo alto, obligando a mirar el cielo. Sus pilares no tienen capiteles jónicos ni corintios y, sin embargo, los reclaman aún cuando se permiten de andar más allá para recorrer un espacio de arcos que hace pensar en una foresta donde el misterio lo invade a uno, sin suprimirlo, llenándolo de serenidad. La belleza de la SagradaFamilia sabe hablar al hombre de hoy, conservando al mismo tiempo los rasgos fundamentales del arte antiguo. Su presencia pareciera contrastar con la ciudad hecha de palacios y calles que al recorrerlas muestran la modernidad a la que somos enviados. Las dos realidades conviven y no desentonan, al contrario, parecen hechas la una para la otra; la iglesia para la ciudad y viceversa. Aparece evidente, entonces, que la ciudad sin la iglesia estaría privada de algo sustancial, manifestaría un vacío que no puede ser colmado por cualquier otra construcción, sino por algo más vital que empuja a mirar a lo alto sin apura y en el silencio de la contemplación.

Mirar al futuro con la certeza de la esperanza verdadera es lo que nos permite no permanecer recluidos en una suerte de romanticismo que mira sólo al pasado, ni caer en un horizonte de utopía, amarrados a hipótesis que carecen e garantías. La fe  compromete en el hoy en que vivimos, por lo que no corresponder sería ignorancia o miedo; y a nosotros cristianos, no nos está permitido ni lo uno ni lo otro. Permanecer recluidos en nuestras iglesias podría darnos cierta consolación pero tornaría vano el  día de Pentecostés. Es tiempo de abrir de par en par las puertas y retornar al anuncio de la resurrección de Cristo de la que somos testigos. Según las palabras del santo Obispo Ignacio en los albores del cristianismo: "No alcanza con ser llamados cristianos, es necesario serlo de veras" (a los Magnesios, I,1). Si alguno quiere reconocer a los cristianos, debería poder hacerlo por su compromiso de fe y no por sus intenciones.  

 NOTAS

Aparecida, 250.
Benedicto XVI, homilía de las primeras vísperas en la solemnidad de ss. Pedro y Panlo, 28 de junio de 2010.
Ibidem
Resistenza e Resa. Lettere dal carcere, Milano 1969, 278-279; Sobre Bonhoeffer siempre permanece válida la obra de I. Mancini, Bonhoeffer, Firenze 1969; sobre este aspecto, cf. pp 329-438.


Publicado por verdenaranja @ 20:45  | Hablan los obispos
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domingo, 13 de febrero de 2011

Oración que el Papa Benedicto XVI pronunció al final de la homilía en las Vísperas solemnes celebradas por la tarde del día 2 de Febrero en la Basílica de San Pedro, con motivo de la Fiesta de la Presentación del Señor y Día de la Vida Consagrada. 

(ZENIT) En este momento mi pensamiento va con especial afecto a todos los consagrados y las consagradas, en todas las partes del mundo, y los encomiendo a la Beata Virgen María: 

Oh María, Madre de la Iglesia,

confío a ti toda la vida consagrada,

para que obtenga la plenitud de la luz divina:

que viva en la escucha de la Palabra de Dios,

en la humildad para seguir la estela de Jesús tu Hijo y nuestro Señor,

en la acogida de la visita del Espíritu Santo,

en la alegría cotidiana del Magnificat,

para que la Iglesia sea edificada por la santidad de vida

de estos tus hijos e hijas,

en el mandamiento del amor. Amen

 

[Traducción del original italiano por Carmen Álvarez
©Libreria Editrice Vaticana]


Publicado por verdenaranja @ 21:04  | Oraciones
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ZENIT  nos ofrece la homilía que el Papa Benedicto XVI pronunció el miércoles 2 de Febrero de 2011 por la tarde en las Vísperas solemnes celebradas en la Basílica de San Pedro, con motivo de la Fiesta de la Presentación del Señor y Día de la Vida Consagrada.

¡Queridos hermanos y hermanas!

En la Fiesta de hoy contemplamos al Señor Jesús a quien María y José presentan en el templo “para ofrecerlo al Señor” (Lc 2,22). En esta escena evangélica se revela el misterio del Hijo de la Virgen, el consagrado del Padre, venido al mundo para cumplir fielmente su voluntad (cfr Hb 10,5-7).

Simeón lo señala como “luz para iluminar a los pueblos” (Lc 2,32) y anuncia con palabras proféticas su ofrecimiento supremo a Dios y su victoria final (cfr Lc 2,32-35). Es el encuentro de los dos Testamentos, el Antiguo y el Nuevo. Jesús entra en el antiguo templo, Él, que es el nuevo Templo de Dios: viene a visitar a su pueblo, llevando a cumplimiento la obediencia a la Ley e inaugurando los últimos tiempos de la salvación.

Es interesante observar de cerca esta entrada del Niño Jesús en la solemnidad templo, en un gran ir y venir de muchas personas, ocupadas en sus asuntos: los sacerdotes y los levitas con us turnos de servicio, los numerosos devotos y peregrinos, deseosos de encontrarse con el Dios santo de Israel. Ninguno de estos sin embargo se entera de nada. Jesús es un niño como tantos otros, hijo primogénito de dos padres muy sencillos. Tampoco los sacerdotes resultan capaces de captar los signos de la nueva y particular presencia del Mesías y Salvador. Solo dos ancianos, Simeón y Ana, descubren la gran novedad. Llevados por el Espíritu Santo, encuentran en ese Niño el cumplimiento de su larga espera y vigilancia. Ambos contemplan la luz de Dios, que viene a iluminar el mundo, y su mirada profética se abre al futuro, como anuncio del Mesías: Lumen ad revelationem gentium! (Lc 2,32). En la actitud profética de los dos ancianos está toda la Antigua Alianza que expresan la alegría del encuentro con el Redentor. A la vista del Niño, Simeón u Ana intuyen que es precisamente Él el Esperado.

La Presentación de Jesús en el templo constituye un icono elocuente de la entrega total de la propia vida para quienes, hombres y mujeres, son llamados a reproducir en la Iglesia y en el mundo, mediante los consejos evangélicos, “los rasgos característicos de Jesús virgen, pobre y obediente” (Exhort. ap. postsinod. Vita consecrata, 1). Por ello la Fiesta de hoy fue elegida por el venerable Juan Pablo II para celebrar la Jornada anual de la Vida Consagrada. En este contexto, dirijo un saludo cordial y agradecido a monseñor João Braz de Aviz, a quien hace poco nombré prefecto de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, con el secretario y los colaboradores. Con afecto saludo a los Superiores Generales presentes y a todas las personas consagradas.

Quisiera proponer tres breves pensamientos para la reflexión en esta fiesta.

El primero: el icono evangélico de la Presentación de Jesús en el templo contiene el símbolo fundamental de la luz; la luz que, partiendo de Cristo, se irradia sobre María y José, sobre Simeón y Ana y, a través de ellos, sobre todos. Los Padres de la Iglesia unieron esta irradiación al camino espiritual. La vida consagrada expresa ese camino, de modo especial, como “filocalía”, amor por la belleza divina, reflejo de la bondad de Dios (cfr ibid., 19). Sobre el rostro de Cristo resplandece la luz de esa belleza. “La Iglesia contempla el rostro transfigurado de Cristo, para conformarse en la fe y no correr el riesgo de perderse ante su rostro desfigurado en la Cruz … ella es la Esposa ante el Esposo, partícipe de su misterio, envuelta por su luz, [por la cual] son alcanzados todos sus hijos … Pero una experiencia singular de la luz que emana del Verbo encarnado la hacen ciertamente los llamados a la vida consagrada. La profesión de los consejos evangélicos, de hecho, los pone como signo y profecía para la comunidad de los hermanos y para el mundo” (ibid., 15).

En segundo lugar, el icono evangélico manifiesta la profecía, don del Espíritu Santo. Simeón y Ana, contemplando al Niño Jesús, ven su destino de muerte y de resurrección para la salvación de todas las gentes y anuncian tal misterio como salvación universal. La vida consagrada está llamada a ese testimonio profético, ligada a su doble actitud contemplativa y activa. A las consagradas y consagrados se les ha concedido manifestar el primado de Dios, la pasión por el Evangelio practicado como forma de vida y anunciado a los pobres y a los últimos de la tierra.

“En virtud de este primado nada puede ser antepuesto al amor personal por Cristo y por los pobres en los que Él vive. La verdadera profecía nace de Dios, de la amistad con Él, de la escucha atenta de su Palabra en las distintas circunstancias de la historia” (ibid., 84).En este sentido la vida consagrada, en la día a día en los caminos de la humanidad, manifiesta el Evangelio y el Reino ya presente y activo.

En tercer lugar, el icono evangélico de la Presentación de Jesús en el templo manifiesta la sabiduría de Simeón y Ana, la sabiduría de una vida dedicada totalmente a la búsqueda del rostro de Dios, de sus signos, de su voluntad, una vida dedicada a la escucha y al anuncio de su Palabra. “Faciem tuam, Domine, requiram: tu rostro Señor, yo busco (Sal 26,8) … La vida consagrada es en el mundo y en la Iglesia signo visible de esta búsqueda del rostro del Señor y de los caminos que conducen a Él (cfr Jn 14,8). La persona consagrada testifica, por tanto, el esfuerzo gozoso y a la vez laborioso, de la búsqueda asidua y consciente de la voluntad de Dios” (cfr Cong. Para los Institutos de Vida Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica, Istr. El servicio de la autoridad y la obediencia. Faciem tuam Domine requiram [2008], 1).

Queridos hermanos y hermanas, escuchad asiduamente la Palabra, porque ¡toda sabiduría de vida nace de la Palabra del Señor! Escrutad la Palabra a través de la lectio divina, porque la vida consagrada “nace de la escucha de la Palabra de Dios y acoge el Evangelio como su norma de vida. Vivir en la estela de Cristo casto, pobre, obedientes en este sentido una “exégesis” de la Palabra de Dios. “El Espíritu Santo, en virtud del que ha sido escrita la Biblia, es el mismo que ilumina con luz nueva la Palabra de Dios a los fundadores y fundadoras. De ella ha brotado cada carisma y de ella quiere ser expresión cada regla, dando origen a itinerarios de vida cristiana marcados por la radicalidad evangélica”. (Ex. ap. postsinodal Verbum Domini, 83)

Vivimos hoy, sobre todo en las sociedades más desarrolladas, una condición a menudo señalada por un pluralismo radical, por una progresiva marginación de la religión de la esfera pública, por un relativismo que afecta a los valores fundamentales. Esto exige que nuestro testimonio cristiano sea luminoso y coherente y que nuestro esfuerzo educativo sea cada vez más atento y generoso. Vuesra acción apostólica en particular, queridos hermanos y hermanas, se convierta en una tarea de vida, que acceda, con perseverante pasión, a la Sabiduría como verdad y como belleza, “esplendor de la verdad”. Sabed orientar con la Sabiduría de vuestra vida y con la confianza en las posibilidades inagotables de la educación verdadera, la inteligencia y el corazón de los hombres y de las mujeres de nuestro tiempo hacia la “vida buena del Evangelio”.

En este momento mi pensamiento va con especial afecto a todos los consagrados y las consagradas, en todas las partes del mundo, y los encomiendo a la Beata Virgen María:

Oh María, Madre de la Iglesia,
confío a ti toda la vida consagrada,
para que obtenga la plenitud de la luz divina:
que viva en la escucha de la Palabra de Dios,
en la humildad para seguir la estela de Jesús tu Hijo y nuestro Señor,
en la acogida de la visita del Espíritu Santo,
en la alegría cotidiana del Magnificat,
para que la Iglesia sea edificada por la santidad de vida
de estos tus hijos e hijas,
en el mandamiento del amor. Amen

[Traducción del original italiano por Carmen Álvarez

©Libreria Editrice Vaticana]


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Sugerencias para la homilía de la misa del día 13 de Febrero de 2011 en la celebración de la campaña contra el hambre de Manos Unidas, publicada en el subsidio litúrgico para este día recibido en laparroquia con los materiales.

SUGERENCIAS PARA LA HOMILíA

El libro del Eclesiástico nos permite caer una vez más en la cuenta de la responsabilidad del hombre en su propio destino. Dios sale al encuentro de su
Pueblo y le muestra un camino que conduce a la vida. Cada uno de nosotros escoge su camino, ha de desarrollar su propia existencia (cf. Caritas in veritate, 17). Dios conoce lo profundo del corazón y puede juzgar hacia dónde se dirige cada uno.

El salmo 118 se hace eco de la primera lectura. Dichoso el que sigue el camino que Dios le presenta. Tanto el libro del Ecle-siástico como el salmo recogen la experiencia del Pueblo de Israel, que muchas veces ha querido buscar su felicidad lejos de la Ley que Dios le había señalado. El hombre que aprende a cumplir puntualmente la Ley encuentra un camino seguro hacia la bienaventuranza.

En el pasaje que hemos escuchado de la primera carta a los Corintios, S. Pablo señala que la sabiduría, que él les ha enseñado y que los cristianos viven, no es comparable a la sabiduría de los príncipes de este mundo. Su conocimiento no les llevó a acoger al mismo Hijo de Dios. No supieron reconocer la Sabiduría divina. Dios tiene para nosotros un designio de gloria, un designio que es inimaginable para el hombre. Pero nos lo ha revelado en Jesús y podemos conocerlo por el Espíritu. La intimidad de Dios es accesible por el Espíritu de Dios. Él nos la hace "saborear", conocerla interiormente.

Jesús, Sabiduría divina, no viene a suprimir la Ley que Dios había dado a su pueblo, sino a llevarla a cumplimiento. El pasaje que hoy se nos ha proclamado forma parte del "sermón de la montaña". Desde allí Jesús, nuevo Moisés, enseña a los discípulos un modo de vivir que es mayor que la Ley. Esta ha sido dada por Dios en su pedagogía para que les preparara a recibir al Salvador, pero los escribas y fariseos no han comprendido la profundidad de este camino. Jesús da el verdadero sentido del decálogo. Escucharle a Él es escuchar a Dios, y seguirle a Él, seguir a Dios. Jesús comenta mandatos relacionados con el quinto, sexto y octavo mandamiento.
Estos no se cumplen sólo por los actos externos, sino que se ha de contemplar el origen de estos actos en el interior del hombre.

Manos Unidas este año quiere llamar nuestra atención sobre el drama de la mortalidad infantil en el mundo. Cada 3 segundos se muere en el mundo un niño menor de 5 años (Datos del Informe de mortalidad infantil 2010, de UNICEF). La mayoría de ellos lo hacen por causas solucionables. Cada niño, desde su concepción, es llamado por Dios a una vida que ha de ser desarrollada. Pero estos niños no llegan a la edad de la decisión, donde puedan conocer y elegir desarrollar el plan de Dios para ellos. Las vidas de estos niños que mueren no son totalmente ajenas para nosotros. Hemos escuchado que nos une a ellos un designio de gloria y podemos trabajar para que ellos puedan crecer y conocerlo. Manos Unidas, a través de su campaña de este año nos dice que el mañana de estos niños es hoy. Hoyes el día en el que nosotros podemos movernos con un amor mayor. Para ello, Manos Unidas nos ofrece colaborar en distintos proyectos que mejoran la salud materna y las condiciones del parto, que trabajan por la nutrición infantil, que construyen hospitales y forman médicos y enfermeras. Estos proyectos contribuyen a que más niños pasen la barrera de los 5 años. Escuchemos la llamada de Dios a un amor mayor.


Publicado por verdenaranja @ 15:37  | Homilías
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Subsidio litúrgico para la Jornada de la Campaña contrael hambre de Manos Unidas 2011, recibido en la parroquia  entre los materiales para su celebración el 13 de Febrero de 2011.

MONICiÓN DE ENTRADA

Como cada domingo nos reunimos para celebrar la Eucaristía, el memorial de la muerte y resurrección de Cristo. Hoy celebramos la Jornada Nacional de Manos Unidas-Campaña contra el Hambre-, bajo el lema: "Su mañana es hoy". Dirigimos nuestra mirada a la multitud de niños que, en los países en desarrollo, mueren durante los primeros 5 años de vida, para que el Señor mueva nuestro corazón a trabajar por la protección y cuidado de la vida.  

ACTO PENITENCIAL

Hermanos: Ante Jesús Salvador reconozcamos humildemente nuestros pecados.

+ Tú que eres la plenitud de la verdad y de la gracia: SEÑOR TEN PIEDAD. R/
+ Tú que te has hecho pobre para enriquecernos: SEÑOR TEN PIEDAD. R/
+ Tú que has venido para hacer de nosotros tu pueblo santo: SEÑOR TEN PIEDAD. R/

Dios todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna.  

MONICiÓN A LAS LECTURAS

La Palabra de Dios nos presenta la Ley de Dios como el camino de la verdadera Sabiduría. San Pablo hablará a los Corintios acerca de cómo conocer esta sabiduría. Jesucristo, Sabiduría divina, nos da con su enseñanza el verdadero y definitivo sentido de la Ley.

SUGERENCIAS PARA LA HOMILíA

El libro del Eclesiástico nos permite caer una vez más en la cuenta de la responsabilidad del hombre en su propio destino. Dios sale al encuentro de su
Pueblo y le muestra un camino que conduce a la vida. Cada uno de nosotros escoge su camino, ha de desarrollar su propia existencia (cf. Caritas in veritate, 17). Dios conoce lo profundo del corazón y puede juzgar hacia dónde se dirige cada uno.

El salmo 118 se hace eco de la primera lectura. Dichoso el que sigue el camino que Dios le presenta. Tanto el libro del Ecle-siástico como el salmo recogen la experiencia del Pueblo de Israel, que muchas veces ha querido buscar su felicidad lejos de la Ley que Dios le había señalado. El hombre que aprende a cumplir puntualmente la Ley encuentra un camino seguro hacia la bienaventuranza.

En el pasaje que hemos escuchado de la primera carta a los Corintios, S. Pablo señala que la sabiduría, que él les ha enseñado y que los cristianos viven, no es comparable a la sabiduría de los príncipes de este mundo. Su conocimiento no les llevó a acoger al mismo Hijo de Dios. No supieron reconocer la Sabiduría divina. Dios tiene para nosotros un designio de gloria, un designio que es inimaginable para el hombre. Pero nos lo ha revelado en Jesús y podemos conocerlo por el Espíritu. La intimidad de Dios es accesible por el Espíritu de Dios. Él nos la hace "saborear", conocerla interiormente.

Jesús, Sabiduría divina, no viene a suprimir la Ley que Dios había dado a su pueblo, sino a llevarla a cumplimiento. El pasaje que hoy se nos ha proclamado forma parte del "sermón de la montaña". Desde allí Jesús, nuevo Moisés, enseña a los discípulos un modo de vivir que es mayor que la Ley. Esta ha sido dada por Dios en su pedagogía para que les preparara a recibir al Salvador, pero los escribas y fariseos no han comprendido la profundidad de este camino. Jesús da el verdadero sentido del decálogo. Escucharle a Él es escuchar a Dios, y seguirle a Él, seguir a Dios. Jesús comenta mandatos relacionados con el quinto, sexto y octavo mandamiento.
Estos no se cumplen sólo por los actos externos, sino que se ha de contemplar el origen de estos actos en el interior del hombre.

Manos Unidas este año quiere llamar nuestra atención sobre el drama de la mortalidad infantil en el mundo. Cada 3 segundos se muere en el mundo un niño menor de 5 años (Datos del Informe de mortalidad infantil 2010, de UNICEF). La mayoría de ellos lo hacen por causas solucionables. Cada niño, desde su concepción, es llamado por Dios a una vida que ha de ser desarrollada. Pero estos niños no llegan a la edad de la decisión, donde puedan conocer y elegir desarrollar el plan de Dios para ellos. Las vidas de estos niños que mueren no son totalmente ajenas para nosotros. Hemos escuchado que nos une a ellos un designio de gloria y podemos trabajar para que ellos puedan crecer y conocerlo. Manos Unidas, a través de su campaña de este año nos dice que el mañana de estos niños es hoy. Hoyes el día en el que nosotros podemos movernos con un amor mayor. Para ello, Manos Unidas nos ofrece colaborar en distintos proyectos que mejoran la salud materna y las condiciones del parto, que trabajan por la nutrición infantil, que construyen hospitales y forman médicos y enfermeras. Estos proyectos contribuyen a que más niños pasen la barrera de los 5 años. Escuchemos la llamada de Dios a un amor mayor.

ORACIÓN DE LOS FIELES

Señor, tu nos has dicho pedid y se os dará, llamad y $8 OS abrirá, humildemente y con confianza te presentamos nuestras peticiones.

1.- Por el Papa Benedicto XVI, por nuestros obispos y por todos los sacerdotes, para que, con su testimonio y palabra, guíen al pueblo de Dios manifestando su amor a los más pequeños. ROGUEMOS AL SEÑOR.  

2.- Por nuestros gobernantes y políticos, para que impulsen el verdadero desarrollo de los pueblos más necesitados, eliminando las causas del hambre y de la mortalidad infantil. ROGUEMOS AL SEÑOR.

3.- Por todos los que se encuentran en situación de sufrimiento, por los enfermos, por todos los que viven con hambre y sed, para que el consuelo de Dios y la ayuda de todos les hagan salir de su pobreza. ROGUEMOS AL SEÑOR.

4.- Por todos los que trabajan en y con Manos Unidas, para que la caridad de Cristo brille en ellos y se extienda a todos los hombres. ROGUEMOS AL SEÑOR.

5.- Por todos los difuntos, y de una manera especial, por los que han dedicado tiempo o recursos económicos a Manos Unidas, para que, por su entrega y ejemplo en favor de los más débiles, estén gozando de la presencia de Dios en el cielo. ROGUEMOS AL SEÑOR.

6.- Por todos nosotros, que participamos en esta Eucaristía, para que a través de nuestro testimonio de entrega y sencillez contribuyamos al verdadero desarrollo de nuestros hermanos. ROGUEMOS AL SEÑOR.

Escucha, Padre de bondad, las plegarias que te hemos dirigido con confianza filial. Tú que vives y reinas, por los siglos de los siglos.  

MONICIÓN A LA COLECTA

La colecta que realizamos hoy la ofreceremos a Manos Unidas para la realización de proyectos qué ayudan a un desarrollo más verdadero de los pueblos que lo necesitan. Gracias por vuestra generosidad. (Se puede mencionar el proyecto concreto que apoya la parroquia, colegio o comunidad).

PRESENTACIÓN DE OFRENDAS

Presentamos el pan y el vino para que, transformados en alimento y bebida de salvación, nos den las fuerzas necesarias para seguir dando testimonio cristiano.

Presentamos el cartel de esta campaña y, con él, nuestro compromiso de trabajar para que cada vez mueran menos niños por causas evitables.

Presentamos nuestros bienes (sobres de la colecta) para que sean alivio de las necesidades de nuestros hermanos más pobres.


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sábado, 12 de febrero de 2011

ZENIT  nos ofrece la catequesis que el Papa Benedicto XVI dirigió el miércoles 2 de Febrero de 2011 a los peregrinos congregados en el Aula Pablo VI para la audiencia general, y que dedicó a la santa española Teresa de Jesús, doctora de la Iglesia.

Queridos hermanos y hermanas,

en el curso de las Catequesis que he querido dedicar a los Padres de la Iglesia y a grandes figuras de teólogos y de mujeres de la Edad Media, he podido detenerme también en algunos Santos y Santas que han sido proclamados Doctores de la Iglesia por su eminente doctrina. Hoy quisiera iniciar una breve serie de encuentros para completar la presentación de los Doctores de la Iglesia. Y comienzo con una Santa que representa una de las cumbres de la espiritualidad cristiana de todos los tiempos: santa Teresa de Jesús.

Nace en Ávila, en España, en 1515, con el nombre de Teresa de Ahumada. En su autobiografía ella misma menciona algunos detalles de su infancia: el nacimiento de “padres virtuosos y temerosos de Dios”, dentro de una familia numerosa, con nueve hermanos y tres hermanas. Aún niña, con al menos 9 años, pudo leer las vidas de algunos mártires que le inspiran el deseo del martirio, tanto que improvisa una breve fuga de casa para morir mártir y subir al Cielo (cfr Vida 1, 4); “quiero ver a Dios” dice la pequeña a sus padres. Algunos años después Teresa habló de sus lecturas de la infancia y afirmó haber descubierto la verdad, que resume en dos principios fundamentales: por un lado “el hecho de que todo lo que pertenece a este mundo, pasa”, por el otro que sólo Dios es para “siempre, siempre, siempre”, tema que recupera en su famosísimo poema “Nada te turbe, nada te espante; todos se pasa,/ Dios no se muda, la paciencia todo lo alcanza, /quien a Dios tiene nada le falta, ¡Sólo Dios basta!”. Se quedó huérfana de madre a los 12 años, le pidió a la Virgen Santísima que fuera su madre (cfr. Vida 1,7).

Si en la adolescencia la lectura de libros profanos la había llevado a las distracciones de la vida mundana, la experiencia como alumna de las monjas agustinas de Santa María de las Gracias de Ávila y la lectura de libros espirituales, sobre todo clásicos de espiritualidad franciscana, le enseñan el recogimiento y la oración. A la edad de 20 años entra en el monasterio carmelita de la Encarnación, siempre en Ávila. Tres años después, enferma gravemente, tanto que permanece durante cuatro días en coma, aparentemente muerta (cfr Vida 5, 9). También en la lucha contra sus propias enfermedades la Santa ve el combate contra las debilidades y las resistencias a la llamada de Dios. Escribe: “Deseaba vivir porque comprendía bien que no estaba viviendo, sino que estaba luchando con una sombra de muerte, y no tenía a nadie que me diese vida, y ni siquiera yo me la podía tomar, y Aquel que podía dármela tenía razón en no socorrerme, dado que tantas veces me había vuelto hacia Él, y yo le había abandonado” (Vida 8, 2) . En 1543 pierde la cercanía de sus familiares: el padre muere y todos sus hermanos emigran uno detrás de otro a América. En la Cuaresma de 1554, a los 39 años, Teresa llega a la cumbre de su lucha contra sus propias debilidades. El descubrimiento fortuito de “un Cristo muy llagado” marca profundamente su vida (cfr Vida 9). La Santa, que en aquel periodo siente en profunda consonancia con el san Agustín de las Confesiones, describe así la Jornada decisiva de su experiencia mística: “Sucedió... que de repente me vino un sentimiento de la presencia de Dios, que de ninguna forma podía dudar que estaba dentro de mí o que yo estaba toda absorbida en Él” (Vida 10, 1).

Paralelamente a la maduración de su propia interioridad, la Santa comienza a desarrollar de forma concreta el ideal de reforma de la Orden Carmelita: en 1562 funda en Ávila, con el apoyo del Obispo de la ciudad, don Álvaro de Mendoza, el primer Carmelo reformado, y poco después recibe también la aprobación del Superior General de la Orden, Giovanni Battista Rossi. En años sucesivos continuó la fundación de nuevos Carmelos, en total diecisiete. Fue fundamental su encuentro con san Juan de la Cruz, con el que, en 1568, constituyó en Duruelo, cerca de Ávila, el primer convento de carmelitas descalzas. En 1580 obtiene de Roma la erección en Provincia autónoma para sus Carmelos reformados, punto de partida de la Orden Religiosa de los Carmelitas Descalzos. Teresa termina su vida terrena justo cuanto está ocupándose de la fundación.

En 1582, de hecho, tras haber constituido el Carmelo de Burgos y mientras está realizando el viaje de vuelta hacia Ávila, muere la noche del 15 de octubre en Alba de Tormes, repitiendo humildemente dos expresiones: “Al final, muero como hija de la Iglesia” y “Ya es hora, Esposo mío, de que nos veamos”. Una existencia consumada dentro de España, pero empeñada por toda la Iglesia. Beatificada por el papa Pablo V en 1614 y canonizada en 1622 por Gregorio XV, fue proclamada “Doctora de la Iglesia” por el Siervo de Dios Pablo VI en 1970.

Teresa de Jesús no tenía una formación académica, pero siempre atesoró enseñanzas de teólogos, literatos y maestros espirituales. Como escritora, se atuvo siempre a lo que personalmente había vivido o había visto en la experiencia de otros (cfr Prólogo al Camino de Perfección), es decir, a partir de la experiencia. Teresa consigue entretejer relaciones de amistad espiritual con muchos santos, en particular con san Juan de la Cruz. Al mismo tiempo, se alimenta con la lectura de los Padres de la Iglesia, san Jerónimo, san Gregorio Magno, san Agustín. Entre sus obras mayores debe recordarse ante todo su autobiografía, titulada Libro de la vida, que ella llama Libro de las Misericordias del Señor. Compuesta en el Carmelo de Ávila en 1565, refiere el recorrido biográfico y espiritual, escrito, como afirma la misma Teresa, para someter su alma al discernimiento del “Maestro de los espirituales”, san Juan de Ávila. El objetivo es el de poner de manifiesto la presencia y la acción de Dios misericordioso en su vida: por esto, la obra recoge a menudo el diálogo de oración con el Señor. Es una lectura que fascina, porque la Santa no solo narra, sino que muestra revivir la experiencia profunda de su amor con Dios. En 1566, Teresa escribe el Camino de Perfección, llamado por ella Admoniciones y consejos que da Teresa de Jesús a sus monjas. Las destinatarias con las doce novicias del Carmelo de san José en Ávila. Teresa les propone un intenso programa de vida contemplativa al servicio de la Iglesia, a cuya base están las virtudes evangélicas y la oración.

Entre los pasajes más preciosos está el comentario al Padrenuestro, modelo de oración. La obra mística más famosa de santa Teresa es el Castillo interior, escrito en 1577, en plena madurez. Se trata de una relectura de su propio camino de vida espiritual y, al mismo tiempo, de una codificación del posible desarrollo de la vida cristiana hacia su plenitud, la santidad, bajo la acción del Espíritu Santo. Teresa se remite a la estructura de un castillo con siete estancias, como imágenes de la interioridad del hombre, introduciendo, al mismo tiempo, el símbolo del gusano de seda que renace en mariposa, para expresar el paso de lo natural a lo sobrenatural. La Santa se inspira en la Sagrada Escritura, en particular en el Cantar de los Cantares, para el símbolo final de los “dos Esposos”, que le permite describir, en la séptima estancia, el culmen de la vida cristiana en sus cuatro aspectos: trinitario, cristológico, antropológico y eclesial. A su actividad de fundadora de los Carmelos reformados, Teresa dedica el Libro de las fundaciones, escrito entre el 1573 y el 1582, en el que habla de la vida del naciente grupo religioso. Como en la autobiografía, el relato se dedica sobre todo a evidenciar la acción de Dios en la fundación de los nuevos monasterios.

No es fácil resumir en pocas palabras la profunda y compleja espiritualidad teresiana. Podemos mencionar algunos puntos esenciales. En primer lugar, santa Teresa propone las virtudes evangélicas como base de toda la vida cristiana y humana: en particular, el desapego de los bienes o pobreza evangélica (y esto nos concierne a todos); el amor de unos a otros como elemento esencial de la vida comunitaria y social; la humildad como amor a la verdad; la determinación como fruto de la audacia cristiana; la esperanza teologal, que describe como sed de agua viva. Sin olvidar las virtudes humanas: afabilidad, veracidad, modestia, cortesía, alegría, cultura. En segundo lugar, santa Teresa propone una profunda sintonía con los grandes personajes bíblicos y la escucha viva de la Palabra de Dios. Ella se siente en consonancia sobre todo con la esposa del Cantar de los Cantares, con el apóstol Pablo, además de con el Cristo de la Pasión y con el Jesús eucarístico.

La Santa subraya después cuán esencial es la oración: rezar significa “frecuentar con amistad, pues frecuentamos de tú a tú a Aquel que sabemos que nos ama” (Vida 8, 5) . La idea de santa Teresa coincide con la definición que santo Tomás de Aquino da de la caridad teologal, como amicitia quaedam hominis ad Deum, un tipo de amistad del hombre con Dios, que ofreció primero su amistad al hombre (Summa Theologiae II-ΙI, 23, 1). La iniciativa viene de Dios. La oración es vida y se desarrolla gradualmente al mismo paso con el crecimiento de la vida cristiana: comienza con la oración vocal, pasa por la interiorización a través de la meditación y el recogimiento, hasta llegar a la unión de amor con Cristo y con la Santísima Trinidad. Obviamente no se trata de un desarrollo en el que subir escalones significa dejar el tipo de oración anterior, sino que es una profundización gradual de la relación con Dios que envuelve toda la vida. Más que una pedagogía de la oración , la de Teresa es una verdadera “mistagogia”: enseña al lector de sus obras a rezar, rezando ella misma con él; frecuentemente, de hecho, interrumpe el relato o la exposición para realizar una oración.

Otro tema querido a la Santa es la centralidad de la humanidad de Cristo. Para Teresa, de hecho, la vida cristiana es relación personal con Jesús, que culmina en la unión con Él por gracia, por amor y por imitación. De ahí la importancia que ella atribuye a la meditación de la Pasión y a la Eucaristía, como presencia de Cristo, en la Iglesia, para la vida de cada creyente y como corazón de la liturgia. Santa Teresa vive un amor incondicional a la Iglesia: ella manifiesta un vivo sensus Ecclesiae frente a episodios de división y conflicto en la Iglesia de su tiempo. Reforma la Orden Carmelita con la intención de servir y defender mejor a la “Santa Iglesia Católica Romana”, y está dispuesta a dar la vida por ella (cfr Vida 33, 5).

Un último aspecto esencial de la doctrina teresiana, que quisiera subrayar, es la perfección, como aspiración de toda la vida cristiana y meta final de la misma. La Santa tiene una idea muy clara de la “plenitud” de Cristo, revivida por el cristiano. Al final del recorrido del Castillo interior, en la última “estancia”, Teresa describe esa plenitud, realizada en la inhabitación de la Trinidad, en la unión a Cristo a través del misterio de su humanidad.

Queridos hermanos y hermanas, santa Teresa de Jesús es verdadera maestra de vida cristiana para los fieles de todo tiempo. En nuestra sociedad, a menudo carente de valores espirituales, santa Teresa nos enseñan a ser testigos incansables de Dios, de su presencia y de su acción, nos enseña a sentir realmente esta sed de Dios que existe en nuestro corazón, este deseo de ver a Dios, de buscarlo, de tener una conversación con Él y de ser sus amigos. Esta es la amistad necesaria para todos y que debemos buscar, día a día, de nuevo.

Que el ejemplo de esta Santa, profundamente contemplativa y eficazmente laboriosa, nos impulse también a nosotros a dedicar cada día el tiempo adecuado a la oración, a esta apertura a Dios,

a este camino de búsqueda de Dios, para verlo, para encontrar su amistad y por tanto la vida verdadera; porque muchos de nosotros deberíamos decir: “no vivo, no vivo realmente, porque no vivo la esencia de mi vida”. Porque este tiempo de oración no es un tiempo perdido, es un tiempo en el que se abre el camino de la vida, se abre el camino para aprender de Dios un amor ardiente a Él y a su Iglesia y una caridad concreta hacia nuestros hermanos. Gracias.

[En español dijo]

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los grupos provenientes de España, Chile, México y otros países latinoamericanos. Invito a todos, a ejemplo de Santa Teresa de Jesús, a crecer siempre en la oración y en las virtudes cristianas, hasta llegar a la plenitud del encuentro con el Señor. Muchas gracias.

[Traducción del original italiano por Inma Álvarez
©Copyright 2011 Libreria Editrice Vaticana]


Publicado por verdenaranja @ 22:45  | Habla el Papa
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Homilía de monseñor Raúl Martorell, obispo de Puerto Iguazú, para el cuarto domingo durante el año (30 de enero de 2011). (AICA)

«BUSCAD AL SEÑOR LOS HUMILDES»

En este domingo la liturgia de la palabra nos hace ver cómo Dios anuncia la salvación a los humildes; la perdición a los soberbios y rebeldes y que de Israel quedará un “resto” de gente humilde y pobre: “dejaré en medio de ti un pueblo pobre y humilde, que confiará en el nombre del Señor (Sof.3,12). Este resto será llamado “el Resto de Israel” a quien Jesús viene a anunciar y traer la salvación y por eso no es de extrañar que en el Sermón de la Montaña, el plan del Señor se abra con esta exclamación: “dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos” (Mt.5,3). Sabemos que Jesús no hace referencia a la pobreza material sino a los que con disposición de corazón -por su humildad- son llamados “pobres de espíritu”. Son los necesitados de Dios y ávidos de su Palabra; son los que no han fundado su seguridad en sí mismos ni en los bienes terrenales sino en Dios y solamente en Él. La pobreza material es bienaventurada solamente en la medida que conduce al hombre a esta actitud interior. De otra manera no podríamos decir que el Señor ha venido en búsqueda de todos y especialmente de las ovejas perdidas y de los pecadores. Por otra parte tengamos presente que Lázaro -el “amigo del Señor”- no era pobre materialmente, como tampoco lo era Zaqueo y otros.

Así también, las otras bienaventuranzas hay que entenderlas en este mismo sentido, por ejemplo: “dichosos los que lloran”; es decir los que aceptan con humildad las tribulaciones de la vida y creen que Dios tiene derecho a probarlo en las tribulaciones y el sufrimiento y no dudan del amor de Padre. Recordemos las mismas palabras del Señor: “yo azoto a los que amo”.

“Dichosos los sufridos”, los que a pesar de ser pobres y estar atribulados no procuran por la violencia una situación mejor ni intentan avasallar a los otros creando divisiones y desencuentros vanos.

“Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia”, no para gritarla al mundo solamente, sino que aspiran a poseer para sí mismos y para el mundo una “virtud mayor” que se alimenta en el corazón. Son aquellos que impulsados por la Palabra y las obras de la fe buscan dar a cada uno lo suyo, dignificando al hermano en la paz del corazón. La virtud de la justicia se desprende del “amor a Dios” y a sus designios que pasan por la dignidad de cada hombre que es un “hijo de Dios”. El justo es aquel que sabiéndose hermano de los demás, sabiéndose necesitado de Dios, humildemente y con su auxilio, busca la dignidad de cada hombre sobre la tierra procurando el Bien Común”.

“Dichosos los misericordiosos” que conscientes de su propia poquedad y miseria se compadecen de las miserias de los demás y tienen para con el prójimo una actitud de benevolencia.

“Dichosos los limpios de corazón”, que no teniendo el espíritu oscurecido por las pasiones o el pecado, son capaces de sentir en su interior la necesidad de Dios y de su Reino, buscándolo porque lo necesitan y no son plenamente felices sin la pureza y la presencia del Espíritu de Jesús en sus corazones.

“Dichosos los pacíficos” que estando en paz con Dios van sembrando en su camino la paz que engrandece al hombre y a la Patria.

“Dichosos los perseguidos por la justicia”. Aquí Jesús hace referencia a aquellos que por el Evangelio y las cosas santas serán perseguidos e insultados y llevados a los tribunales humanos. Es casi una profecía dirigida a los discípulos y a los mártires del Evangelio. Son los que no confían en los recursos materiales o morales, sino tan sólo ponen en Dios su confianza. En vez de encontrar satisfacción en los bienes terrenos, confían en su Señor. Son los que en vez de satisfacerse de los bienes terrenos, viven a la espera de los bienes celestiales que dan plenitud al alma. Justamente a los “pobres de Yavé” se les promete estos bienes: Dios, su reino y su misericordia, su visión en la gloria y bienaventuranza eterna. La disposición del corazón es indispensable para alcanzar estos bienes del Señor.

Que la bienaventurada Virgen María, humilde y dispuesta de corazón frente al Señor, nos acompañe en la posesión de las bienaventuranzas del Señor. 

Mons. Marcelo Raúl Martorell, obispo de Puerto Iguazú 


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Lectio divina para el domingo sexto del Tiempo Ordinario - A,  ofrecida por la Delegación Diocesana de Liturgia de la diócesis de Tenerife.

LECTURA:              “Mateo 5, 17‑37”

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:[No creáis que he venido a abolir la ley o los  profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud.

Os aseguro que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley. El que se salte uno sólo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres, será el menos importante en el Reino de los Cielos.] Pero quien los cumpla y enseñe, será grande en el Reino de los Cielos.

Os los aseguro: si no sois mejores que los letrados y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos.

Habéis oído que se dijo a los antiguos: no matarás, y el que mate será procesado. Pero yo os digo: todo el que esté peleado con su hermano será procesado. [Y si uno llama a su hermano «imbécil», tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama «renegado», merece la condena del fuego. Por tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda.

Con el que te pone pleito procura arreglarte en seguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez, y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último cuarto.]

Habéis oído el mandamiento «no cometerás adulterio.» Pues yo os digo: el que mira a una mujer casada deseándola, ya ha sido adúltero con ella en su interior.

[Si tu ojo derecho te hace caer, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en el Abismo.

Si tu mano derecha te hace caer, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero al Abismo.

Está mandado: «El que se divorcie de su mujer, que le dé acta de repudio.» Pues yo os digo: el que se divorcie de su mujer—excepto en caso de prostitución—la induce al adulterio, y el que se case con la divorciada comete adulterio.]

Sabéis que se mandó a los antiguos: «No jurarás en falso» y «Cumplirás tus votos al Señor.» Pues yo os digo que no juréis en absoluto: [ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro un solo pelo]. A vosotros os basta decir sí o no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno.

MEDITACIÓN:           “Yo os digo”

            Son muchos mensajes los que nos desgranas en este texto recorriendo las actitudes básicas de nuestras relaciones, pero en el inicio de cada una de ellas nos dejas con contundencia tu afirmación o tu llamada a la opción: “Yo os digo”, Y a partir de este momento te conviertes en referencia. O como dirías en alguna ocasión, en una expresión también contundente: “o contigo o contra ti”.

            Y ciertamente, no se trata de opciones de enfrentamiento, sino de situación, vengan de donde vengan. Tu postura la vas delimitando hasta tocar la dignidad de le persona hasta donde roza casi la delicadeza extrema, hasta aposentarse en el mismo pensamiento. Y quienes creían que venías a saltarte todas las cosas, en una especie de liberalidad extrema, se encuentran con que bajas al núcleo de las cosas, a la raíz de donde arrancan las actitudes.

            Desde ahí te puedo entender. O nos ponemos en esa coyuntura que valora la integridad humana, hacia uno mismo y hacia los demás, en toda su extensión, o nos movemos por otros principios que terminan saltando por encima de nosotros mismos. O abrimos el oído a otras voces más cómodas, menos “extremas”, o hacemos de ti el centro de nuestra referencia.

            El tema no es baladí y lo palpaste tú y lo palpamos nosotros en nuestro hoy. Lo que vislumbramos como dignidad humana desde ti, otros lo ven como estrechez, aunque descubramos la realidad dolorosa de las consecuencias. Sí, a mí también me parece que aprietas el cerco demasiado, que atas corto muchas cosas, que me sería más fácil otra amplitud de miras, pero tengo que reconocer que tu opción destaca la dignidad de todo ser humano, mi propia dignidad, como nadie. Y te lo agradezco.          

ORACIÓN:                 “Como un eco incansable”

            Gracias, Señor, gracias por tu valentía, por tu claridad, por tu contundencia. Gracias porque eres capaz de bajar al núcleo de mi ser humano y me desvelas la grandeza y dignidad de nuestro ser humanos. Todavía, después de tanto tiempo no somos capaces de entrar en ello y seguimos buscando razones para no escucharte, pero tu esfuerzo humanizador es  vital

            No, no estoy a la altura de tu palabra, pero la deseo, para mí y para los otros. No parece que estamos en los mejores momentos para acogerla, pero necesitamos que siga resonando como un eco incansable. Gracias, Señor.                      

CONTEMPLACIÓN:                   “Tu imagen”

Has dibujado en el aire
la grandeza de mi dignidad
hasta desbordar mis sentidos
y mi entendimiento,
perdido en la estrechez
de mis moldes terrenos.

Tu palabra delinea
tu imagen en mí
tratando de descubrirme
una dignidad que me desborda
y que, al mismo tiempo, me define.

Así me veo en ti engrandecido
y ennoblecido en mi barro,
sencillamente humano.


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ZENIT publica el comentario al Evangelio del próximo domingo, sexto del tiempo ordinario (Mateo 5,17-37), 13 de febrero, redactado por monseñor Jesús Sanz Montes, ofm, arzobispo de Oviedo.

Evangelio del domingo: Pero Yo os digo

La novedad del Evangelio no es una fosilización de cuanto dijeron Moisés y los Profetas. Éste era el problema de los fariseos. Porque en nombre de la tradición se puede caer en el tradicionalismo, precisamente cuando las palabras que se transmiten ya no producen vida sino aburrimiento, no generan libertad sino ataduras, y han dejado de ser la tradición viva de un Dios vivo, para convertirse en el tradicionalismo cansino de un grupo anquilosado. Jesús apela a la fidelidad de la verdadera tradición, pero advierte del riesgo que se corre en confundirla con el tradicionalismo.

Jesús tras haber declarado que no se saltará ni una tilde de la Ley, comienza una serie de contraposiciones muy características de su autoridad: "habéis oído que se dijo... pero Yo os digo". Parece una contradicción, mas no es otra cosa que la plenitud del mismo mensaje, de toda la revela­ción de Dios. No se trata de un nuevo código de circulación religiosa lo que Jesús enseña, sino que presenta ejemplos muy plásticos para aquella gente, a fin de mostrar lo que es un discípulo suyo.

Jesús presenta su camino como una actitud de pureza de corazón, de libertad de espíritu, tanto ante el Padre Dios como ante el hermano hombre: no sólo no matar, sino querer bien al otro, con y desde el corazón, porque hay mu­chas maneras de matar y de odiar, y una de ellas es la de haber dejado de amar. Para el cristiano, no basta con no ma­tar, hay que dar vida, generarla; no basta con no odiar, hay que amar.

Es la condición previa para poder acercarse a Dios, porque inútilmente nos allegamos al altar santo cargados de ofrendas de oficio y estereotipadas, si nuestro encuentro con el Señor no viene envuelto y acompañado con el encuentro fraterno con los demás (Mt 5,23). Y lo mismo dirá respecto del adulterio: el discípulo cristiano no simplemente se contenta con una integridad física, material, de escaparate, sino que también debe aspirar a la del corazón y a la de los ojos, porque "quien mira a una mujer casada deseándola, ya ha sido adúltero con ella en su interior" (Mt 5,28).

Sin duda que Jesús sorprendía a sus coetáneos, por la sabiduría de sus palabras, por la inteligencia en su manera de no traicionar la tradición. Frente a tantos ma­estros y maestrillos, su figura se levanta llena de luz y capaz de iluminar a quien a ello consienta: otros dicen, otros imponen, otros..., pero Yo os digo. Los discípulos de hoy, tenemos la imperiosa necesidad de reconocer esa Voz, reconociéndonos en ella, sobre todo cuando lo que dice es tan diverso a lo que otros dicen. Sólo Él es el Maestro.


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viernes, 11 de febrero de 2011

ZENIT  nos ofrece la carta que Julián Carrón, responsable internacional del movimiento Comunión y Liberación, ha hecho pública con motivo de la próxima beatificación del papa Juan Pablo II.

Queridos amigos:

Me imagino la conmoción y el entusiasmo con el que cada uno de vosotros – al igual que yo– ha recibido el anuncio de la Beatificación de Juan Pablo II, fijada por Benedicto XVI para el próximo 1 de mayo, fiesta de la Divina Misericordia. También nosotros hemos exclamado, junto al Papa: «¡Estamos felices!» (Angelus del 16 de enero de 2011).

Nos unimos a la alegría de toda la Iglesia dando gracias a Dios por el bien que ha supuesto su persona, por su testimonio y su pasión misionera. ¿Quién de nosotros no ha recibido muchísimo de su vida? ¡Cuántas personas han recobrado la alegría de ser cristianos viendo su pasión por Cristo, su humanidad que brotaba de la fe y su entusiasmo contagioso! En él hemos reconocido enseguida a un hombre con un temperamento y un acento marcados por la fe, en cuyos discursos y gestos se hacía patente el método que Dios ha elegido para comunicarse: un encuentro humano que hace fascinante y persuasiva la fe.

Todos somos bien conscientes de la importancia de su pontificado para la vida de la Iglesia y de la humanidad. En un momento particularmente difícil, con una audacia que sólo puede proceder de Dios, volvió a proponer ante todos qué significa ser cristiano hoy en día, ofreciendo a todos las razones de la fe y promoviendo incansablemente las semillas de renovación del cuerpo eclesial sembradas por el Concilio Vaticano II, sin ceder a ninguna de las interpretaciones parciales que querían reducir su alcance en un sentido u otro. Su contribución a la paz en el mundo y a la convivencia entre los hombres pone de manifiesto que una fe vivida integralmente en todas sus dimensiones es decisiva para el bien común. Conocemos bien el estrecho vínculo que, desde el principio del pontificado, unió a Juan Pablo II con don Giussani y CL, en virtud de la mirada de fe que compartían hacia toda la realidad y de la pasión por Cristo, «centro del cosmos y de la historia» (Redemptor hominis). Su enseñanza ha sido muy valiosa para comprender y profundizar en nuestro carisma, en las distintas y múltiples ocasiones en las que habló a todos los movimientos, que él calificó como “primavera del Espíritu”, destacando que la dimensión carismática de la Iglesia es “coesencial” a la institucional. También se dirigió muchas veces directamente a nosotros, remitiendo conmovedoras cartas a don Giussani en los últimos años de sus vidas, unidas también por la prueba de la enfermedad.

En el discurso con ocasión del treinta aniversario del movimiento, celebrado en 1984, nos dijo: «Jesús, el Cristo,Aquel en quien todo fue hecho y todo subsiste, es, pues, la clave interpretativa del hombre y de su historia. Afirmar humildemente, pero con igual tenacidad, a Cristo principio y motivo inspirador del vivir y del actuar, de la conciencia y de la acción, significa adherirse a Él, para hacer presente adecuadamente su victoria sobre el mundo. Actuar a fin de que el contenido de la fe se convierta en inteligencia y pedagogía de la vida es la tarea cotidiana del creyente, que se realiza en cada situación y ambiente donde está llamado a vivir. Y en esto está la riqueza de vuestra participación en la vida eclesial: un método de educación en la fe para que incida en la vida del hombre y de la historia […] La experiencia cristiana, comprendida y vivida así, engendra una presencia que pone en cada una de las circunstancias humanas a la Iglesia como lugar donde el acontecimiento de Cristo […] vive como horizonte pleno de verdad para el hombre. Nosotros creemos en Cristo, muerto y resucitado, en Cristo presente aquí y ahora, el único que puede cambiar y de hecho cambia, transfigurándolos, al hombre y al mundo» (Roma, 29 de septiembre de 1984). ¡Son palabras de una actualidad impresionante!

Con una paternidad sorprendente y única, Juan Pablo II abrazó nuestra joven historia reconociendo canónicamente la Fraternidad de Comunión y Liberación, los Memores Domini, la Fraternidad Sacerdotal de losMisioneros de San Carlos Borromeo y las Hermanas de la Caridad de la Asunción, como frutos diversos que han brotado del carisma de don Giussani para el bien de toda la Iglesia. Elmismo Papa nos hizo comprender la importancia de tal gesto: «Cuando un movimiento es reconocido por la Iglesia, se convierte en un instrumento privilegiado para una adhesión personal y siempre nueva al misterio de Cristo» (Castelgandolfo, 12 de septiembre de 1985).

Por tanto, si alguien tiene una enorme deuda de reconocimiento hacia Juan Pablo II, somos precisamente nosotros.

Y no podemos encontrar un modo más adecuado de mostrar nuestro reconocimiento que seguir incansablemente su llamamiento lleno de autoridad: «No permitáis jamás que en vuestra participación anide la carcoma de la costumbre, de la “rutina”, de la vejez. Renovad continuamente el descubrimiento del carisma que os ha fascinado y él os llevará más poderosamente a haceros servidores de esta única potestad que es Cristo Señor» (Castelgandolfo, 12 de septiembre de 1985).

Por este motivo, acudiremos todos a la cita del próximo 1 demayo.Y por eso, los Ejercicios espirituales de la Fraternidad, que habíamos programado desde el 29 de abril al 1 de mayo, terminarán el sábado 30 de abril por la tarde, de modo que podamos ir en peregrinación a Roma con todos los demás amigos del movimiento –los bachilleres, los universitarios y los adultos que no estarán en Rimini– para unirnos al Papa y a la Iglesia en acción de gracias a Dios, que nos ha dado un testigo tan auténtico de Cristo. Queremos unirnos de corazón a Benedicto XVI, que en su clarividencia ha querido señalar a todo el mundo al beato Juan Pablo II como ejemplo de lo que puede hacer Cristo en un hombre que se deja aferrar por Él.

Pido a don Giussani y al nuevo beato Juan Pablo II que acompañen desde el Cielo nuestra fidelidad a Pedro, cauce seguro para nuestra vida de fe. Pido también a la Virgen que cumpla en cada uno de nosotros el deseo de santidad, motivo por el que existe nuestra Fraternidad.

Os saludo de todo corazón.

Don Julián Carrón


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Comentario a las lecturas del domingo sexto del Tiempo Ordinario - A, ofrecido por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero ba el epígrafe "ECOS EL DÍA DEL SEÑOR".

ECOS DEL DIA DEL SEÑOR
Domingo VI del Tiempo Ordinario A

          En el  Sermón de la Montaña Jesús nos presenta el mensaje central y fundamental del Reino de los Cielos, que viene a traer a la tierra. Lo recoge y presenta   S. Mateo en los cps. 5, 6 y 7 de su Evangelio…

        Es conveniente leerlo con cierta frecuencia, individualmente o en grupo. No se puede esperar a escucharlo todo en fragmentos durante varios domingos, como este año. Porque normalmente, comienza el Tiempo de Cuaresma  y hay que interrumpirlo.

        Desde que se publicaron los leccionarios el año 1969, sólo se ha leído entero una sola vez, el año 1984. Y luego éste…

        Es fácil darse cuenta lo importante que es, por ejemplo, el texto que escuchamos este domingo, porque nos presenta a Jesucristo ante la Ley de Moisés y los profetas. ¿Viene Jesús a romper con la tradición judía? ¿Se limita sólo a ella?

    Veamos.

         Cuando estudiábamos la S. Escritura en el Seminario, el profesor, de grata memoria, nos explicaba que los cristianos no hemos  tomado el Antiguo Testamento de la Sinagoga judía, sino de los labios y de las manos del Señor Jesús. Es lo que constatamos este domingo: “No creáis que he venido a abolir le ley o los profetas. No he venido a abolir, sino a dar plenitud”. Pero no se puede cumplir como los escribas y fariseos, que, por eso mismo, no entrarán en el Reino de  Dios , sino como Jesucristo nos la enseña.

         Y entonces comienza el Señor una serie de antítesis que continuaremos escuchando el próximo domingo,  en las que se manifiesta como “Señor” de la Ley y los profetas: “Habéis oído que se dijo a los antiguos…  Pero yo os digo”.  Y como aquél que viene a llevarlo todo a plenitud. En efecto, ¿Y quién es éste que tiene poder para modificar la Ley de Dios? 

         ¡Cuántas cosas aprendemos aquí!  Sobre  el homicidio, el adulterio,  el divorcio y los juramentos… O de otro modo, sobre la violencia, la sexualidad y la verdad…

         Jesús viene a enseñar un culto y una práctica, fundamentalmente, interior, “en espíritu y verdad”, frente la religiosidad puramente exterior que practican y enseñan los fariseos y escribas.

         Por tanto,  no basta con no matar. Hay más. El discípulo de Cristo no puede estar peleado con su hermano ni puede insultarle… Y, además, en esa situación, no puede presentar al Padre del Cielo un culto agradable…

         No basta ya con  no cometer adulterio, sino que “el que mira a una mujer casada deseándola, ya ha sido adúltero con ella en su interior”.

         Ni basta con dar el acta de repudio a la mujer y divorciarse, porque “la induce al adulterio y el que se casa con la divorciada comete adulterio”.

         Ni tampoco vale ya contentarse con no jurar en falso y cumplir los votos al Señor. Basta con decir “si o no”. “Lo que pasa de ahí viene del Maligno”.

         Y como se trata de dar plenitud a la Ley y de avanzar por el camino de la vida cristiana, hasta la santidad, habla Jesucristo del cumplimiento de los “preceptos menos importantes…”

         En la Montaña, en torno a Jesús, contemplamos este domingo no sólo la superación de la Ley y los profetas, sino también, la grandeza y la elevación moral de los mandatos del Reino.

         Es lógico tengamos que estar dispuestos a perder el ojo, la mano o lo que sea, antes que pecar contra Dios.

         Pero los mandatos de la “Nueva Ley” no los conocemos sólo por las enseñanzas de  Jesús,  sino también, por  su ejemplo, estilo de vida. Jesús, el Señor, se convierte así para nosotros, en una especie de  Icono sagrado, en el que contemplamos “la Imagen viviente” del Mensaje de la Montaña… En adelante, cumplir los mandatos del Padre es avanzar en el seguimiento de Jesucristo. El, además, nos brinda la ayuda que necesitamos, nosotros, frágiles y pecadores, para conseguirlo…Y si no ¿para que nos reunimos en torno al altar cada domingo o cada día?

         Si nos situamos este domingo ante la el drama y el escándalo del hambre y  la miseria en el mundo, especialmente, en los niños, y lo hacemos con el espíritu del Sermón de la Montaña, tenemos que decir como los Santos Padres que no basta con no matar sino que hay terminar, de una vez, con el sufrimiento y muerte de tantos seres humanos… Y con S. Basilio, por ejemplo, podemos concluir diciendo: “Alimenta al que muere de hambre, porque si no lo alimentas, lo matas”.

         Con estas reflexiones y estos sentimientos, ¡Feliz Día del Señor!

 


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Desde la oficina de prensa del obispado de Tenerife se nos remite Carta de la Congregación para el Clero para nuestro estudio y reflexión. (Número 3)

Carta de la Congregación para el Clero
La identidad misionera del presbítero en la Iglesia 

 PRIMERA PARTE

3. UNA RENOVADA PRAXIS MISIONERA DE LOS PRESBÍTEROS

La urgencia misionera actual requiere una renovada praxis pastoral. Las nuevas condiciones culturales y religiosas del mundo, con toda su diversidad, según las distintas regiones geográficas y los diversos ambientes socio-culturales, indican la necesidad de abrir nuevos caminos a la praxis misionera. Benedicto XVI, en el ya citado discurso a los obispos alemanes, afirmó: “Todos juntos debemos tratar de encontrar modos nuevos para llevar el Evangelio al mundo actual”. [21]

Por lo que se refiere a la participación de los presbíteros en esta misión, recordemos la esencia misionera de la misma identidad presbiteral, de todos y cada uno de los presbíteros, y la historia de la Iglesia, que muestra el papel insustituible de los presbíteros en la actividad misionera. Cuando se trata de la evangelización misionera dentro de la Iglesia ya establecida, que se dirige a los bautizados “que se han alejado” y a todos aquellos que, en las parroquias y en las diócesis, poco o nada conocen de Jesucristo, este papel insustituible de los presbíteros se muestra de manera todavía más evidente.

En las comunidades particulares, en las parroquias, el ministerio de los presbíteros manifiesta la Iglesia como acontecimiento transformador y redentor, que se hace presente en la cotidianidad de la sociedad. Allí, ellos predican la Palabra de Dios, evangelizan, catequizan, exponiendo íntegra y fielmente la sagrada doctrina; ayudan a los fieles a leer y a comprender la Biblia; reúnen al Pueblo de Dios para celebrar la Eucaristía y los demás sacramentos; promueven otras formas de oración comunitaria y devocional; reciben a quien busca apoyo, consuelo, luz, fe, reconciliación y acercamiento a Dios; convocan y presiden encuentros de la comunidad para estudiar, elaborar y poner en práctica los planes pastorales; orientan y estimulan a la comunidad en el ejercicio de la caridad hacia los pobres en el espíritu y en las condiciones económicas; promueven la justicia social, los derechos humanos, la igual dignidad de todos los hombres, la auténtica libertad, la colaboración fraterna y la paz, según los principios de la doctrina social de la Iglesia. Son ellos quienes, como colaboradores de los Obispos, tienen la responsabilidad pastoral inmediata. 

3.1. EL MISIONERO DEBE SER DISCÍPULO

El Evangelio mismo muestra que el ser misionero requiere ser discípulo. El texto de Marcos afirma que “[Jesús] subió al monte y llamó a los que Él quiso y vinieron junto a Él. Instituyó Doce [...] para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar con poder de expulsar los demonios” (Mc 3,13-15). “Llamó a los que Él quiso” y “para que estuvieran con Él”: ¡He aquí el discipulado! Estos discípulos serán enviados a predicar y a expulsar los demonios: !He aquí los misioneros!

En el Evangelio de Juan encontramos la llamada (“Venid y lo veréis”: Jn 1,39) de los primeros discípulos, su encuentro con Jesús y su primer ímpetu misionero, cuando van y llaman a otros, les anuncian el Mesías encontrado y reconocido, y los conducen a Jesús, que sigue llamando aún a ser sus discípulos (cf. Jn 1,35-51).

En el itinerario del discipulado, todo inicia con la llamada del Señor. La iniciativa es siempre suya. Esto indica que la llamada es una gracia, que debe ser libre y humildemente acogida y custodiada, con la ayuda del Espíritu Santo. Dios nos ha amado el primero. Es el primado de la gracia. A la llamada sigue el encuentro con Jesús para escuchar su palabra y realizar la experiencia de su amor por cada uno y por toda la humanidad. Él nos llama y nos revela al verdadero Dios, Uno y Trino, que es amor. En el Evangelio se muestra cómo en este encuentro el Espíritu de Jesús transforma a quien tiene el corazón abierto.

En efecto, quien encuentra a Jesús experimenta un profundo compromiso con su persona y con su misión en el mundo, cree en Él, siente su amor, se adhiere a Él, decide seguirlo incondicionalmente dondequiera que lo lleve, le entrega toda su vida y, si es necesario, acepta morir por Él. Sale de este encuentro con el corazón alegre y entusiasta, fascinado por el misterio de Jesús, y se lanza a anunciarlo a todos. Así, el discípulo se hace semejante al Maestro, enviado por Él y sostenido por el Espíritu Santo.

La petición de hoy es la misma que hicieron algunos griegos que estaban en Jerusalén cuando Jesús hizo su ingreso mesiánico en la ciudad. Ellos decían: “Queremos ver a Jesús” (Jn 12,21). También nosotros hacemos hoy esta pregunta. ¿Dónde y cómo podemos encontrar a Jesús, después de su regreso al Padre, hoy, en el tiempo de la Iglesia?

El Papa Juan Pablo II, de venerada memoria, ha insistido mucho en la necesidad del encuentro con Jesús para todos los cristianos, con el fin de que puedan reemprender el camino desde Él, para anunciarlo a la humanidad actual. Al mismo tiempo, ha indicado algunos lugares privilegiados en los que es posible encontrar a Jesús, hoy. El primer lugar, decía el Papa, es “la Sagrada Escritura leída a la luz de la Tradición, de los Padres y del Magisterio, profundizada a través de la meditación y la oración” o sea, la así llamada lectio divina, lectura orante de la Biblia. Un segundo lugar, decía el Papa, es la Liturgia, son los Sacramentos, de forma muy especial la Eucaristía. En la narración de la aparición del Resucitado a los discípulos de Emaús, encontramos íntimamente unidas la Sagrada Escritura y la Eucaristía, como lugares de encuentro con Cristo. Un tercer lugar nos lo indica el texto evangélico de Mateo sobre el juicio final, en el que Jesús se identifica con los pobres (cf. Mt 25,31-46). [22]

Otro modo fundamental e inestimable para encontrar a Jesucristo es la oración, tanto personal como comunitaria, la oración ante al Santísimo Sacramento y el rezo fiel de la Liturgia de las Horas. También la misma contemplación de la creación puede ser un lugar de encuentro con Dios.

Cada cristiano ha de ser llevado ante Jesucristo para tener, renovar y profundizar constantemente un encuentro intenso, personal y comunitario, con el Señor. De este encuentro nace y renace el discípulo. Del discípulo nace el misionero. Y si esto vale para todo cristiano, mucho más aún para el presbítero. [23]

Por otra parte, el discípulo y misionero es siempre miembro de una comunidad de discípulos y misioneros, que es la Iglesia. Jesús ha venido al mundo y ha entregado su vida en la cruz “para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos” (Jn 11,52). El Concilio Vaticano II enseña que “fue voluntad de Dios santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo, que le confesara en verdad y le sirviera santamente”. [24] Jesús con su grupo de discípulos, de forma especial con los Doce, da inicio a esta comunidad nueva, que reúne a los hijos de Dios dispersos, es decir, la Iglesia. Después de su regreso al Padre, los primeros cristianos viven en comunidad, bajo la guía de los Apóstoles, y cada discípulo participa en la vida comunitaria y en el encuentro de los hermanos, sobre todo en el partir el pan eucarístico. Es en la Iglesia, y partiendo de la efectiva comunión con la Iglesia misma, donde se vive y nos realizamos como discípulos y misioneros. 

3.2. LA MISIÓN AD GENTES

Toda la Iglesia es misionera por su naturaleza. Esta enseñanza del Concilio Vaticano II se refleja también en la identidad y en la vida de los presbíteros: “El don espiritual que los presbíteros han recibido en la ordenación no los prepara a una misión limitada y restringida, sino a la misión universal y amplísima de salvación 'hasta los confines de la tierra' (Hch 1,8) [...]. Recuerden, pues, los presbíteros que deben llevar atravesada en su corazón la solicitud por todas las Iglesias”. [25]

Los presbíteros pueden participar en la misión ad gentes de muchas y variadas formas, incluso sin ir a tierras de misión. También a ellos, sin embargo, Cristo puede conceder la gracia especial de ser llamados por Él, y enviados por los respectivos obispos o superiores mayores a ir en misión a las regiones del mundo donde Él todavía no ha sido anunciado y la Iglesia todavía no se ha establecido, es decir, ad gentes, como también allí donde hay escasez de clero. En el ámbito del clero diocesano pensamos, por ejemplo, en los sacerdotes Fidei donum.

Los horizontes de la misión ad gentes se amplían y requieren un renovado fervor en la actividad misionera. Se invita a los presbíteros a escuchar el soplo del Espíritu, verdadero protagonista de la misión, y a compartir esta preocupación por la Iglesia universal. [26] 

3.3. LA EVANGELIZACIÓN MISIONERA

En la primera parte de este texto se ha señalado la necesidad y la urgencia de una nueva evangelización misionera en la grey misma de la Iglesia, es decir, entre quienes han sido bautizados.

En efecto, una buena parte de nuestros católicos bautizados no participa ordinariamente, o a veces en absoluto, en la vida de nuestras comunidades eclesiales. Y esto, no sólo porque otros modelos les parecen más atractivos o porque deciden conscientemente rechazar la fe, sino, cada vez con más frecuencia, porque no han sido suficientemente evangelizados o porque no han encontrado a nadie que les haya dado testimonio de la belleza de la vida cristiana auténtica. Nadie los ha guiado hacia un encuentro vivo y personal, y también comunitario, con el Señor. Un encuentro que marque su vida y la transforme, un encuentro por el que se comienza a ser verdaderos discípulos de Cristo.

Esto muestra la necesidad de la misión: debemos ir a buscar a nuestros bautizados y también a los no bautizados, para anunciarles, de nuevo o por vez primera, el kerigma, es decir, el primer anuncio de la persona de Jesucristo, muerto en la cruz y resucitado para nuestra salvación, y su Reino, y así conducirlos a un encuentro personal con Él.

Tal vez alguno se pregunte si acaso el hombre y la mujer de la cultura post-moderna, de las sociedades más avanzadas, sabrán todavía abrirse al kerigma cristiano. La respuesta debe ser positiva. El kerigma puede ser comprendido y acogido por cualquier ser humano, en cualquier tiempo o cultura. También los ambientes más intelectuales, o los más sencillos, pueden ser evangelizados. Debemos, pues, creer que también los llamados post-cristianos pueden ser atraídos de nuevo por la persona de Cristo.

El futuro de la Iglesia depende también de nuestra docilidad a ser concretamente misioneros entre nuestros mismos bautizados. [27] En realidad, del acontecimiento salvífico del Bautismo se deriva el derecho y el deber de los sagrados pastores de evangelizar a los bautizados, como acto debido en justicia. [28]

Ciertamente, cada Iglesia particular de todas las naciones y continentes debe encontrar el camino para llegar, en un decidido y eficaz compromiso de misión evangelizadora, a los propios católicos que, por motivos diversos, no viven su pertenencia a la comunidad eclesial. En esta obra de evangelización misionera, los presbíteros tienen un papel insustituible e inestimable, sobre todo para la misión en la grey de la parroquia que les ha sido confiada. En la parroquia, los presbíteros tendrán necesidad de convocar a los miembros de la comunidad, consagrados y laicos, para prepararlos adecuadamente y enviarlos en misión evangelizadora a las personas, a las familias, incluso mediante visitas a domicilio, y a todos los ambientes sociales, que se encuentren en el territorio. El párroco, en primera persona, debe participar en la misión parroquial.

En sintonía con la enseñanza conciliar, y conscientes de la advertencia del Señor – “que todos sean uno [...] para que el mundo crea que Tú me has enviado” (Jn 17,21) , es de primaria importancia para una renovada praxis misionera que los presbíteros reaviven su conciencia de ser colaboradores de los Obispos. En realidad, son enviados por sus Obispos a servir la comunidad cristiana. Por eso, la unidad con el Obispo, que estará efectiva y afectivamente unido al Sumo Pontífice, constituye la primera garantía de toda acción misionera.

Podemos señalar algunas indicaciones concretas, para una renovada praxis misionera, en el ámbito de los tria munera: 

En el ámbito del munus docendi

1. En primer lugar, para ser un verdadero misionero en el interior de la grey misma de la Iglesia, dadas las exigencias actuales, es esencial e indispensable que el presbítero se decida, muy conscientemente y con determinación, no sólo a acoger y evangelizar a quienes lo buscan, sea en la parroquia u otras partes, sino también a “levantarse e ir” en busca sobre todo de los bautizados que, por motivos diversos, no viven su pertenencia a la comunidad eclesial, paro también de quienes poco o nada conocen a Jesucristo.

Los presbíteros que ejercen el ministerio en las parroquias han de sentirse llamados, en primer lugar, a ir a la gente que vive en el territorio parroquial, valorando sabiamente también las formas tradicionales de encuentro, como la bendición de las familias, que tantos frutos ha producido. Aquellos que, entre los presbíteros, están llamados a la misión ad gentes, vean en esto una gracia muy especial del Señor y vayan alegres y sin temor. El Señor los acompañará siempre.

2. Para una evangelización misionera dentro de la grey católica, en primer lugar en las parroquias, es necesario invitar, formar y enviar también a fieles laicos y religiosos. Naturalmente, los presbíteros en la parroquia son los primeros misioneros yendo en busca de las personas en las casas, en cualquier lugar y ambiente social; sin embargo, también los laicos y los religiosos están llamados por el Señor, por su Bautismo y su Confirmación, a participar en la misión, bajo la guía del pastor local.

Culturalmente hablando, es necesario tomar conciencia del hecho de que el ejercicio de la “caridad pastoral” [29] respecto a los fieles impone no dejarlos indefensos (es decir, privados de capacidad crítica) ante el adoctrinamiento que con frecuencia proviene de las escuelas, la televisión, la prensa, los sitios informáticos y, a veces, también de las cátedras universitarias y del mundo del espectáculo.

Los sacerdotes, a su vez, han de ser alentados y sostenidos por sus Obispos en esta delicada obra pastoral, sin delegar nunca totalmente a otros la catequesis directa, de tal forma que todo el pueblo cristiano sea orientado, en el actual momento multicultural, por criterios auténticamente cristianos. Es preciso distinguir entre doctrina auténtica e interpretaciones teológicas y, después, entre esas, aquellas que corresponden al Magisterio perenne de la Iglesia.

3. El anuncio específicamente misionero del Evangelio requiere que se dé un relieve central al kerigma. Este primer o renovado anuncio kerigmático de Jesucristo, muerto y resucitado, y de su Reino, tiene, sin duda, un vigor y una unción especial del Espíritu Santo, que no se puede minimizar o descuidar en el compromiso misionero. [30]

Por tanto, es necesario retomar, opportune et importune, con mucha constancia, convicción y alegría evangelizadora, este primer anuncio, tanto en las homilías, durante las Santas Misas u otras actividades evangelizadoras, como en las catequesis, en las visitas domiciliares, en las plazas, en los medios de comunicación social, en los encuentros personales con nuestros bautizados que no participan en la vida de las comunidades eclesiales y, en fin, en cualquier parte donde el Espíritu nos impulse y ofrezca una oportunidad que no se debe desperdiciar. El kerigma alegre y valiente identifica una predicación misionera, que quiere llevar al oyente a un encuentro personal y comunitario con Jesucristo, inicio del camino de un verdadero discípulo.

4. Es necesario ilustrar el hecho de que la Iglesia vive de la Eucaristía, que es el centro de Ella. En la celebración eucarística se manifiesta plenamente en su identidad. En la vida y en la actuación de la Iglesia, todo lleva a la Eucaristía y todo parte de la Ella. Por tanto, también la evangelización misionera, la predicación del kerigma, todo el ejercicio del munus docendi, debe tender a la Eucaristía y llevar finalmente al oyente a la mesa eucarística. La misión misma debe partir siempre de la Eucaristía e ir hacia el mundo. “La Eucaristía no es sólo centro y culminación de la vida de la Iglesia: lo es también de su misión: una Iglesia auténticamente eucarística es una Iglesia misionera”. [31]

5. La evangelización de los pobres, en todas sus formas, es prioritaria, como dijo Jesús mismo: “El Espíritu del Señor está sobre mí [...] para anunciar a los pobres la Buena Nueva” (Lc 4,18). En el texto evangélico de Mateo sobre el juicio final se comprueba que Jesús quiere ser identificado de manera especial con el pobre (cf. Mt 25,31-46). La Iglesia se ha inspirado siempre en estos textos. [32]

6. La Iglesia nunca impone su fe, pero siempre la propone con amor, con unción y con valentía, en el respeto de la auténtica libertad religiosa, que pide también para sí misma, y de la libertad de conciencia del oyente. Además, el método del verdadero diálogo es cada vez más indispensable: un diálogo que no excluya el anuncio, sino que más bien lo suponga y que, en definitiva, sea un camino para evangelizar. [33]

7. Es necesaria la preparación del misionero a través de la formación de una sólida espiritualidad y una auténtica vida de oración, además de una escucha constante de la Palabra de Dios, especialmente mediante la lectura de los Evangelios. El método de la lectio divina, es decir, de la lectura orante de la Biblia, puede resultar de gran ayuda. De todas formas, el predicador debe estar inflamado de un fuego nuevo, que se enciende y se mantiene encendido en contacto personal con el Señor, y viviendo en gracia, como podemos ver en los Evangelios. A esta escucha de la Palabra debe añadirse un estudio constante y profundo de la doctrina católica auténtica, como se encuentra, sobre todo, en el catecismo de la Iglesia católica y en la sana teología. La fraternidad sacerdotal es parte integrante de la espiritualidad misionera, y la sostiene. 

En el ámbito del munus sanctificandi

1. El ejercicio del munus sanctificandi está vinculado también a la capacidad de transmitir un sentido vivo de lo sobrenatural y de lo sagrado, que fascine y que lleve a una experiencia real de Dios, existencialmente significativa.

La Palabra de Dios forma parte de toda celebración sacramental, pues el sacramento requiere la fe de quien lo recibe. Este hecho es ya una primera indicación de que el ministerio presbiteral en la administración de los sacramentos, y de forma especial en la celebración de la Eucaristía, tiene una intrínseca dimensión misionera, que se puede desarrollar como anuncio del Señor Jesús y de su Reino, a quienes poco o hasta ahora nada han sido evangelizados.

2. Se ha de subrayar, además, que la Eucaristía es el punto de llegada de la misión. El misionero va en busca de las personas y de los pueblos para conducirlos a la mesa del Señor, preanuncio escatológico del banquete de vida eterna, en Dios, en el cielo, que será la realización plena de la salvación, según el designio redentor de Dios. Por tanto, será necesario dispensar una gran acogida, cálida y fraterna, a quienes acuden por primera vez a la Eucaristía, o vuelven a ella tras haber encontrado a los misioneros.

La Eucaristía tiene, además, una dimensión de envío misionero. Cada Santa Misa, al final, envía a todos los participantes a actuar misioneramente en la sociedad. La Eucaristía, como memorial de la Pascua del Señor, hace presente una y otra vez la muerte y resurrección de Jesucristo, que, por amor del Padre y de nosotros, ha dado la vida para nuestra redención, amándonos hasta el final. Este sacrificio de Cristo es el acto supremo de amor de Dios por los hombres.

Cuando celebra la Eucaristía y recibe dignamente el Cuerpo y la Sangre de Jesús, la comunidad cristiana está profundamente unida al Señor y colmada de su amor sin medida. Al mismo tiempo, recibe cada vez, de nuevo, el mandamiento de Jesús: “Amaos unos a otros como yo os he amado », y se siente impulsada por el Espíritu de Cristo a ir y anunciar a todas las criaturas la Buena Nueva del amor de Dios y de la esperanza, segura de su misericordia salvadora. En el decreto Presbyterorum Ordinis, el Concilio Vaticano II dice: “La Eucaristía constituye, en realidad, la fuente y culminación de toda la predicación evangélica” (n. 5). Por tanto, es fundamental la preocupación de la celebración cotidiana por parte de los Sacerdotes, incluso en ausencia de pueblo.

3. También los demás sacramentos reciben la propia fuerza santificante de la muerte y resurrección de Cristo, y así proclaman la misericordia indefectible de Dios. La misma celebración bella, digna y devota de los sacramentos, según todas las normas litúrgicas, se convierte en una evangelización muy especial para los fieles presentes. Dios es Belleza, y la belleza de la celebración litúrgica es uno de los caminos que nos conducen a su misterio.

4. Es necesario rezar para que el Señor despierte la vocación misionera de la comunidad eclesial, de sus pastores y de cada uno de sus miembros. Jesús dijo: “La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies” (Mt 9,37-38). La oración tiene una gran fuerza ante Dios. De esta fuerza, Jesús nos asegura: “Pedid y se os dará” (Mt 7,7); “Todo cuanto pidáis con fe en la oración, lo recibiréis” (Mt 21,22); “Todo lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré” (Jn 14,13-14).

5. Conviene recordar que el sacramento de la Reconciliación, en la forma de confesión individual, posee una profunda, intrínseca misionaridad. El sacerdote está llamado, para la fecundidad de la misión que se le ha confiado y para la propia santificación, a ser solícito, en primer lugar consigo mismo, en la celebración regular y frecuente de este sacramento y, al mismo tiempo, a ser su fiel y generoso ministro.

6. El ministerio pastoral del presbítero está al servicio de la unidad de la comunidad cristiana. Por eso, la regeneración del pueblo cristiano y el cuidado de la dimensión comunitaria de la experiencia cristiana son la primera tarea misionera del presbítero.

7. En conclusión, el presbítero deberá comprender mejor la naturaleza de la sed que atormenta a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, aunque a veces de modo inconsciente: sed de Dios, de experiencia y de doctrina de verdadera salvación, de anuncio de la verdad sobre el destino último personal y comunitario, de una religión cristiana que sea capaz de impregnar toda la organización de la vida y de transformarla cada día más. [34] Una sed que sólo el Señor Jesús podrá saciar definitivamente, teniendo siempre presente que “la caridad pastoral es el principio interior y dinámico capaz de unificar las múltiples y diversas actividades del presbítero”. [35]

En el ámbito del munus regendi

1. Es indispensable preparar y organizar la misión en las comunidades eclesiales, en las parroquias. Una buena preparación y una organización clara de la misión serán ya señal de éxito fructífero. Obviamente, no se puede olvidar el primado de la gracia, sino que debe ser evidenciado. El Espíritu Santo es el primer agente misionero. Por eso, es necesario invocarlo con insistencia y con mucha confianza. Él será quien encienda ese fuego nuevo, esa necesaria pasión misionera en los corazones de los miembros de la comunidad. Pero se requiere el concurso de la libertad humana. Los pastores de la comunidad han de pensar, también desde el punto de vista organizativo, en los modos más incisivos y oportunos de la misión.

2. Es preciso buscar la ejecución de una buena metodología misionera. La Iglesia tiene una experiencia bimilenaria en este campo. Sin embargo, cada época histórica lleva consigo nuevas circunstancias, que se han de tener en cuenta en el modo de llevar a cabo la misión. Hay muchas metodologías ya elaboradas y probadas en la praxis de las Iglesias particulares. Las Conferencias Episcopales y las diócesis podrían impartir oportunas indicaciones sobre este punto.

3. Se ha de ir en primer lugar a los pobres de las periferias urbanas y del campo. Son ellos los destinatarios predilectos del Evangelio. Esto quiere decir que el anuncio debe ir acompañado de una acción, eficaz y amorosa, de promoción humana integral. Jesucristo debe ser proclamado como una buena noticia para los pobres. Éstos deben poder sentirse alegres y rebosantes de esperanza firme por este anuncio. [36]

4. Sería oportuno que la misión en la parroquia y en la diócesis no se redujera a un período determinado. La Iglesia es, por su misma naturaleza, misionera. Así, la misión debe formar parte de las dimensiones permanentes del ser y del quehacer de la Iglesia. Por tanto, la misión ha de ser permanente. Obviamente, puede haber períodos más intensos, pero la misión nunca se debería concluir o detener. Más aún, la misionaridad debe estar sólida y hondamente arraigada en la estructura misma de la actividad pastoral y de la vida de la Iglesia particular y de sus comunidades.

Esto podría conducir a una auténtica renovación, y constituiría un elemento muy valioso para fortalecer y rejuvenecer la Iglesia hoy. También es permanente la misionaridad de los propios presbíteros, los cuales, independientemente del oficio que desempeñan y de su edad, están siempre llamados a la misión hasta el último día de su existencia terrena, pues la misión está indisolublemente vinculada a la misma ordenación que han recibido. 

3.4. La formación misionera de los presbíteros

Todos los presbíteros deben recibir una específica y esmerada formación misionera, dado que la Iglesia quiere comprometerse, con renovado ardor y con urgencia, en la misión ad gentes y en una evangelización misionera, dirigida a sus propios bautizados, de forma particular a quienes se han alejado de la participación en la vida y actividad de la comunidad eclesial. Esta formación debería iniciarse ya en el Seminario, sobre todo a través de la dirección espiritual y también mediante un estudio esmerado y profundo del sacramento del Orden, de tal forma que se ponga de relieve que la dinámica misionera es intrínseca al mismo sacramento.

A los presbíteros ya ordenados servirá mucho, y puede ser hasta necesaria, la formación misionera incluida en el programa de formación permanente. La conciencia de la urgencia misionera, por un lado, y de la quizás no suficiente formación y espiritualidad misioneras del presbiterio por otro, deberá indicar a todos los Obispos y Superiores mayores las medidas que se han de emprender para poner en práctica una renovada preparación a la misión y una más profunda y estimulante espiritualidad misionera en los presbíteros.

Parece que se puede constatar que uno de los principales aspectos de la misión es la toma de conciencia de su urgencia, que incluye el aspecto de la formación de los candidatos al ministerio presbiteral para una atención misionera específica.

Si bien las vocaciones están en ligero aumento en términos globales, aunque en Occidente haya una cierta inquietud, lo que es sin embargo absolutamente determinante para el futuro de la Iglesia es la formación: un sacerdote con una clara identidad específica, con una sólida formación humana, intelectual, espiritual y pastoral, suscitará más fácilmente nuevas vocaciones, porque vivirá la consagración como misión y, alegre y seguro del amor del Señor por la propia existencia sacerdotal, sabrá difundir el “buen perfume de Cristo” en su entorno y vivir cada instante el propio ministerio como “una ocasión misionera”.

Por tanto, es cada vez más urgente crear un “círculo virtuoso” entre el tiempo de la formación del seminario y el del ministerio inicial y de la formación permanente. [37] Dichos momentos se deben unir entre sí sólidamente y ser absolutamente armónicos, para que en esta obra también el clero pueda ser cada vez más plenamente lo que es: una perla preciosa e indispensable, ofrecida por Cristo a la Iglesia y a toda la humanidad. 

CONCLUSIÓN

Si la misionaridad es un elemento constitutivo de la identidad eclesial, debemos agradecer al Señor, que renueva, también a través del Magisterio pontificio reciente, dicha clara conciencia en toda la Iglesia, y particularmente en los presbíteros.

La urgencia misionera en el mundo, en realidad, es grande y exige una renovación de la pastoral, en el sentido de que la comunidad cristiana debería concebirse como en “misión permanente”, tanto ad gentes, como donde la Iglesia ya está establecida, es decir, yendo en busca de aquellos que nosotros hemos bautizado y que tienen el derecho de ser evangelizados por nosotros.

Las mejores energías de la Iglesia y de los presbíteros se han empleado siempre en el anuncio del kerigma, que es la esencia de la misión que el Señor nos ha confiado. Ciertamente, esta permanente “tensión misionera” ayudará también a la identidad del presbítero, el cual, precisamente en el ejercicio misionero de los tria munera, encuentra el principal camino de santificación personal y, por tanto, también de su plena realización humana.

Así, pues, el compromiso real y efectivo de todos los miembros del Cuerpo eclesial (Obispos, Presbíteros, Diáconos, Religiosos, Religiosas y Laicos) en la misión favorecerá la experiencia de unidad visible, tan esencial para la eficacia de cualquier testimonio cristiano.

La identidad misionera del presbítero, para ser genuina, debe mirar incesantemente a la Santísima Virgen María que, llena de gracia, fue a llevar y a presentar al Señor al mundo, y que continúa siempre visitando a los hombres de cualquier tiempo, todavía peregrinos en la tierra, para mostrarles el rostro de Jesús de Nazaret, Señor y Cristo, y para introducirlos en la comunión eterna con Dios. 

Vaticano, 29 de junio de 2010, Solemnidad de San Pedro y San Pablo 

† Card. Cláudio Hummes, Prefecto

† Mauro Piacenza, Secretario

NOTAS 


21) Discurso a los obispos alemanes en el Piussaal del Seminario de Colonia (21 de agosto de 2005).
22) Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Ecclesia in America (22 de enero de 1999), 12.
23) En su alocución con motivo de las felicitaciones navideñas a la Curia Romana (21 de diciembre de 2007), Benedicto XVI ha dicho: “Nunca se puede conocer a Cristo sólo teóricamente. Con una gran doctrina se puede saber todo sobre las sagradas Escrituras, sin haberse encontrado jamás con Él. Para conocerlo es necesario caminar juntamente con Él, tener sus mismos sentimientos, como dice la carta a los Filipenses (cf. Fp 2, 5). [...]. El encuentro con Jesucristo requiere escucha, requiere la respuesta en la oración y en la práctica de lo que Él nos dice. Conocer a Cristo es conocer a Dios; y sólo a partir de Dios comprendemos al hombre y el mundo, un mundo que de lo contrario queda como un interrogante sin sentido. Así pues, ser discípulos de Cristo es un camino de educación hacia nuestro verdadero ser, hacia la forma correcta de ser hombres”.
24) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 9.
25) Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Presbyterorum Ordinis, 10.
26) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 28; Decr. Ad gentes, 39; Pablo VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi (8 de diciembre de 1975), 68; Juan Pablo II, Carta enc. Redemptoris missio (7 de diciembre de 1990), 67.
27) El Papa Benedicto XVI estimulando a los obispos brasileños “a emprender la actividad apostólica como una verdadera misión en el ámbito del rebaño que constituye la Iglesia Católica”, añadió: “En efecto, se trata de no escatimar esfuerzos en la búsqueda de los católicos que se han alejado y de los que conocen poco o nada a Jesucristo. [...]. En una palabra, se requiere una misión evangelizadora que movilice todas las fuerzas vivas de este inmenso rebaño. Mi pensamiento se dirige, por tanto, a los sacerdotes, a los religiosos, a las religiosas y a los laicos que se prodigan, muchas veces con inmensas dificultades, en favor de la difusión de la verdad evangélica. [.. ,].En este esfuerzo evangelizador, la comunidad eclesial se distingue por las iniciativas pastorales, al enviar, sobre todo a las casas de las periferias urbanas y del interior, a sus misioneros, laicos o religiosos. [.. ,].La gente pobre de las periferias urbanas o del campo necesita sentir la cercanía de la Iglesia, tanto en la ayuda para sus necesidades más urgentes, como en la defensa de sus derechos y en la promoción común de una sociedad fundada en la justicia y en la paz. Los pobres son los destinatarios privilegiados del Evangelio y el obispo, formado a imagen del buen Pastor, debe estar particularmente atento a ofrecer el bálsamo divino de la fe, sin descuidar el 'pan material'. Como puse de relieve en la encíclica Deus caritas est, 'la Iglesia no puede descuidar el servicio de la caridad, como no puede omitir los sacramentos y la Palabra'” (Discurso a los Obispos de Brasil en la 'Catedral da Sé' en Sao Paulo, 11 de mayo de 2007).
28) Cf. Código de Derecho Canónico, cánones 229 § 1 y 757.
29) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Presbyterorum Ordinis, 14.
30) Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Redemptoris missio (7 de diciembre de 1990), 44.
31) Benedicto XVI, Exhort. ap. Sacramentum caritatis, 84.
32) Cf. Benedicto XVI, Discurso a los Obispos de Brasil en la 'Catedral da Sé' en Sao Paulo (11 de mayo de 2007), 3.
33) Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Dominus Iesus (6 de agosto de 2000), 4.
34) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 35.
35) Congregación para el Clero, Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros Tota Ecclesia (31 de enero de 1994), 43.
36) Cf. Benedicto XVI, Carta enc. Deus caritas est (25 de diciembre de 2005), 22; Id., Discurso a los Obispos de Brasil en la 'Catedral da Sé' en Sao Paulo (11 de mayo de 2007), 3.
37) Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Redemptoris missio (7 de diciembre de 1990), 83.

 


Desde la oficina de prensa del obispado de Tenerife se nos remite Carta de la Congregación para el Clero para nuestro estudio y reflexión. (Introducción y números 1 y 2)

Carta de la Congregación para el Clero
La identidad misionera del presbítero en la Iglesia 

INTRODUCCIÓN

Ecclesia peregrinans natura sua missionaria est.

“La Iglesia peregrinante es, por su naturaleza, misionera puesto que toma su origen de la misión del Hijo y de la misión del Espíritu Santo, según el designio de Dios Padre” [1].

El Concilio Ecuménico Vaticano II, en la línea de la ininterrumpida Tradición, es muy explícito al afirmar la misionaridad intrínseca de la Iglesia. La Iglesia no existe por sí misma y para sí misma: tiene su origen en las misiones del Hijo y del Espíritu; la Iglesia está llamada, por su naturaleza, a salir de sí misma en un movimiento hacia el mundo, para ser signo del Emmanuel, del Verbo hecho carne, del Dios-con-nosotros.

La misionaridad, desde el punto de vista teológico, está comprendida en cada una de las notas de la Iglesia y está particularmente representada tanto por la catolicidad como por la apostolicidad. ¿Cómo cumplir fielmente con la función de ser apóstoles, testigos fieles del Señor, anunciadores de la Palabra y administradores auténticos y humildes de la gracia, si no a través de la misión, entendida como verdadero y propio factor constitutivo del ser Iglesia?

La misión de la Iglesia, además, es la misión que ella ha recibido de Jesucristo con el don del Espíritu Santo. Es única, y ha sido confiada a todos los miembros del pueblo de Dios, que han sido hechos partícipes del sacerdocio de Cristo mediante los sacramentos de la iniciación, con el fin de ofrecer a Dios un sacrificio espiritual y testimoniar a Cristo ante los hombres. Esta misión se extiende a todos los hombres, a todas las culturas, a todos los lugares y a todos los tiempos. A una única misión corresponde un único sacerdocio: el de Cristo, del que participan todos los miembros del pueblo de Dios, aunque de forma diversa y no sólo por el grado.

En dicha misión, los presbíteros, en cuanto son los colaboradores más inmediatos de los Obispos, sucesores de los Apóstoles, conservan ciertamente un papel central y absolutamente insustituible, que les ha sido confiado por la providencia de Dios. 

1. CONCIENCIA ECLESIAL DE LA NECESIDAD DE UN RENOVADO COMPROMISO MISIONERO

La misionaridad intrínseca de la Iglesia se funda dinámicamente en las misiones trinitarias mismas. Por su naturaleza, la Iglesia está llamada a anunciar la persona de Jesucristo muerto y resucitado, a dirigirse a toda la humanidad, según el mandato recibido del mismo Señor: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación” (Mc 16,15); “Como el Padre me envió, también os envío yo” Jn 20,21). En la misma vocación de San Pablo, hay un envío: “Ve, porque yo te enviaré lejos, a los gentiles” (Hch 22,21).

Para realizar esta misión, la Iglesia recibe el Espíritu Santo, enviado por el Padre y por el Hijo en Pentecostés. El Espíritu que descendió sobre los Apóstoles es el Espíritu de Jesús: hace repetir los gestos de Jesús, anunciar la Palabra de Jesús (cf. Hch 4,30), recitar de nuevo la oración de Jesús (cf. Hch 7,59s.; Lc 23,34.46), perpetuar, en la fracción del pan, la acción de gracias y el sacrificio de Jesús y conserva la unidad entre los hermanos (cf. Hch 2,42; 4,32). El Espíritu confirma y manifiesta la comunión de los discípulos como nueva creación, como comunidad de salvación escatológica y los envía en misión: “Seréis mis testigos [...] hasta los confines de la tierra” (Hch 1,8). El Espíritu Santo impulsa la Iglesia naciente a la misión en todo el mundo, demostrando de esta forma que Él ha sido derramado sobre “todo mortal” (cf. Hch 2,17).

Hoy, ante las nuevas condiciones de la presencia y de la actividad de la Iglesia en el panorama mundial, se renueva la urgencia misionera, no sólo adgentes, sino en la grey misma, ya constituida, de la Iglesia.

Durante las últimas décadas, el Magisterio Pontificio ha expresado autorizadamente, con tonos cada vez más fuertes y firmes, la urgencia de un renovado compromiso misionero. Baste pensar en Evangelii nuntiandi de Pablo VI, o en Redemptoris missio y en Novo milennio ineunte de Juan Pablo II, [2] hasta llegar a las numerosas intervenciones de Benedicto XVI. [3]

No es menor la preocupación del Papa Benedicto XVI por la misión ad gentes, como lo demuestra su constante solicitud. Se ha de subrayar y alentar cada vez más la presencia, aún hoy, de muchos misioneros enviados ad gentes. Naturalmente no son suficientes. Además, se va delineando un fenómeno nuevo: misioneros africanos y asiáticos que ayudan a la Iglesia, por ejemplo, en Europa.

Es necesario alegrarse también, y dar gracias a Dios, por tantos nuevos Movimientos y Comunidades eclesiales, incluso laicales, que viven la misionaridad, tanto en la propia región – entre los católicos que, por diversos motivos, no viven su pertenencia a la comunidad eclesial –, como ad gentes. 

2. ASPECTOS TEOLÓGICO-ESPIRITUALES  DE LA MISIONARIDAD DE LOS PRESBÍTEROS

No podemos considerar el aspecto misionero de la teología y de la espiritualidad sacerdotal, sin explicitar la relación con el misterio de Cristo. Como se ha destacado en el n. 1, la Iglesia encuentra su fundamento en las misiones de Cristo y del Espíritu Santo: así cada “misión” y la dimensión misionera de la Iglesia misma, intrínseca a su naturaleza, se fundamentan en la participación en la misión divina. El Señor Jesús es, por antonomasia, el enviado del Padre. Con intensidad mayor o menor, todos los escritos del Nuevo Testamento ofrecen este testimonio.

En el Evangelio de Lucas, Jesús se presenta como aquel que, consagrado con la unción del Espíritu, ha sido enviado a anunciar a los pobres la Buena Nueva (cf. Lc 4,18; Is 61,1-2). En los tres Evangelios sinópticos, Jesús se identifica con el Hijo amado que, en la parábola de los viñadores homicidas, es enviado por el dueño de la viña al final, después de los siervos (cf. Mc 12,1-12; Mt 21,33-46; Lc 20,919); en otros momentos habla de la propia condición de enviado (cf. Mt 15,24). También aparece en Pablo la idea de la misión de Cristo por parte de Dios Padre (cf. Ga 4,4; Rm 8,3).

Pero es sobre todo en los textos de Juan donde aparece con mayor frecuencia la “misión” divina de Jesús. [4] Ser “el enviado del Padre” pertenece ciertamente a la identidad de Jesús: Él es aquel que el Padre ha consagrado y enviado al mundo, y este hecho es expresión de su irrepetible filiación divina (cf. Jn 10,36-38). Jesús ha llevado a término la Obra salvadora, siempre como enviado del Padre y como aquel que realiza las obras de quien lo ha enviado, en obediencia a su voluntad. Solamente en el cumplimiento de esta voluntad, Jesús ha ejercido su ministerio de sacerdote, profeta y rey. Al mismo tiempo, sólo en cuanto enviado del Padre, Él envía, a su vez, a los discípulos. La misión, en todos sus diferentes aspectos, tiene su fundamento en la misión del Hijo en el mundo y en la misión del Espíritu Santo. [5]

Jesús es el enviado que, a su vez, envía (cf. Jn 17,18). La “misionaridad” es, en primer lugar, una dimensión de la vida y del ministerio de Jesús y, por tanto, lo es de la Iglesia y de cada uno de los cristianos, según las exigencias de la vocación personal. Veamos cómo Él ha ejercido su ministerio salvífico, para el bien de los hombres, en las tres dimensiones, íntimamente entrelazadas, de enseñanza, santificación y gobierno; o, con otras palabras, más directamente bíblicas, de profeta y revelador del Padre, de sacerdote, de Señor, rey y pastor.

Aunque Jesús, en su proclamación del Reino y en su función de revelador del Padre, se ha sentido especialmente enviado al pueblo de Israel (cf. Mt 15,24; 10,5), no faltan episodios en su vida, en los que se abre el horizonte de universalidad de su mensaje: Jesús no excluye de la salvación a los gentiles, alaba la fe de algunos de ellos, por ejemplo la del centurión, y anuncia que los paganos llegarán de los confines del mundo, para sentarse a la mesa con los patriarcas de Israel (cf. Mt 8,1012; Lc 7,9); lo mismo dice a la mujer cananea: “Mujer, ¡grande es tu fe! Que te suceda como deseas” (Mt 15,28; cf. Mc 7,29). En continuidad con su misma misión, Jesús resucitado envía a sus discípulos a predicar el Evangelio a todas las naciones, una misión universal (cf. Jn 20,21-22; Mt 28,19-20; Mc 16,15; Hch 1,8). La revelación cristiana está destinada a todos los hombres, sin distinciones.

La revelación de Dios Padre, que Jesús trae, se fundamenta en su unión irrepetible con el Padre, en su conciencia filial; sólo partiendo de ésta puede ejercer su función de revelador (cf. Mt 11,12-27; Lc 10,21-22; Jn 18; 14,6-9; 17,3.4.6). Dar a conocer al Padre, con todo lo que este conocimiento implica, es el fin último de toda la enseñanza de Jesús. Su misión de revelador está tan arraigada en el misterio de su persona, que también en la vida eterna continuará su revelación del Padre: “Yo les he dado a conocer tu nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y yo en ellos” (Jn 17,26; cf. 17,24). Esta experiencia de la paternidad divina debe impulsar a los discípulos al amor hacia todos, en el cual consistirá su “perfección” (cf. Mt 5,45-48; Lc 6,35-36).

El ministerio sacerdotal de Jesús no se puede entender sin la perspectiva de la universalidad. Partiendo de los textos del Nuevo Testamento, es clara la conciencia de Jesús de su misión, que lo lleva a dar la vida por todos los hombres (cf. Mc 10,45; Mt 20,28). Jesús, que no ha pecado, se pone en el puesto de los pecadores, y se ofrece al Padre por ellos. Las palabras de la institución de la Eucaristía manifiestan la misma conciencia y la misma actitud; Jesús ofrece su vida en el sacrificio de la Nueva Alianza en favor de los hombres: “Ésta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos” (Mc 14,24; cf. Mt 26,28; Lc 22,20; 1 Co 11,24-25).

El sacerdocio de Cristo ha sido profundizado sobre todo en la Carta a los Hebreos, en la que se destaca que Él es el sacerdote eterno, que posee un sacerdocio que no se acaba (cf. Hb 7,24), es el sacerdote perfecto (cf. Hb 7,28). Ante la multiplicidad de sacerdotes y de sacrificios antiguos, Cristo se ha ofrecido a sí mismo, una sola vez y de una vez para siempre, en un sacrificio perfecto (cf. Hb 7,27; 9,12.28; 10,10; 1 P 3,18). Esta unicidad de su persona y de su sacrificio confiere también al sacrificio de Cristo un carácter único y universal; toda su persona y, en concreto, el sacrificio redentor que tiene un valor para la eternidad, lleva el sello de lo que no pasa y es insuperable. Cristo, sumo y eterno Sacerdote, en su condición de glorificado, sigue aún intercediendo por nosotros ante el Padre (cf. Jn 14,16; Rm 8,32; Hb 7,25; 9,24, 10,12; 1 Jn 2,1).

Jesús, enviado por el Padre, aparece también como Señor en el Nuevo Testamento (cf. Hch 2,36). El acontecimiento de la resurrección hace reconocer a los cristianos el señorío de Cristo. En las primeras confesiones de fe aparece este título fundamental relacionado con la resurrección (cf. Rm 10,9). No falta la referencia a Dios Padre en muchos de los textos que nos hablan de Jesús como Señor (cf. Flp 2,11). Por otra parte, Jesús, que ha anunciado el Reino de Dios, especialmente vinculado a su persona, es rey, como él mismo dice en el Evangelio de Juan (cf. Jn 18,33-37).Y también al final de los tiempos, “cuando entregue a Dios Padre el Reino, después de haber destruido todo Principado, Dominación y Potestad” (1 Co 15,24).

Naturalmente, el dominio de Cristo tiene poco que ver con el dominio de los grandes de este mundo (cf. Lc 22,25-27; Mt 20,25-27; Mc 10,42-45), porque, como Él mismo afirma, su reino no es de este mundo (cf. Jn 18,36). Por eso, el dominio de Cristo es el del buen pastor, que conoce todas sus ovejas, que ofrece la vida por ellas y que quiere reunirlas a todas en un solo rebaño (cf. Jn 10,14-16). También la parábola de la oveja perdida habla, indirectamente, de Jesús, buen pastor (cf. Mt 18,12-14; Lc 15,4-7). Jesús es, además, el “pastor supremo” (1 P 5,4).

En Jesús se realiza, de forma eminente, todo lo que la tradición del Antiguo Testamento había dicho sobre Dios, pastor del pueblo de Israel: “Las apacentaré en buenos pastos y su majada estará en los montes de la excelsa Israel [...]. Yo mismo conduciré mis ovejas y yo las llevaré a reposar, oráculo del Señor Yahvé. Buscaré la oveja perdida, tornaré a la descarriada, curaré a la herida, confortaré a la enferma; pero a la que está gorda y robusta la exterminaré; las pastorearé con justicia” (Ez 34,14-16). Y más adelante: “Yo suscitaré para ponérselo al frente un solo pastor que las apacentará, mi siervo David. Él las apacentará y será su pastor. Yo, Yahvé, seré su Dios”. (Ez 34,23-24; cf. Jr 23,1-4; Za 11,15-17; Sal 23,1-6). [6]

Sólo partiendo de Cristo tiene sentido la reflexión tradicional sobre los tria muñera que configuran el sagrado ministerio de los Sacerdotes. No podemos olvidar que Jesús se considera presente en sus enviados: “Quien acoja al que yo envío, me acoge a mí, y quien me acoja a mí, acoge a aquel que me ha enviado” (Jn 13,20; cf. también Mt 10,40; Lc 10,16). Hay una serie de “misiones”, que encuentran su origen en el misterio mismo del Dios Uno y Trino, que quiere que todos los hombres sean partícipes de su vida. El arraigo trinitario, cristológico [7] y eclesiológico del ministerio de los Sacerdotes es el fundamento de la identidad misionera. La voluntad salvífica universal de Dios, la unicidad y la necesidad de la mediación de Cristo (cf. 1 Tm 2,4-7; 4,10) no permiten trazar fronteras a la obra de evangelización y de santificación de la Iglesia. Toda la economía de la salvación tiene su origen en el designio del Padre de recapitular todo en Cristo (cf. Ef 1,3-10) y en la realización de este designio, que tendrá su cumplimiento final con la venida del Señor en la gloria.

El Concilio Vaticano II alude claramente al ejercicio de los tria muñera de Cristo, por parte de los presbíteros, como colaboradores del orden episcopal: “Participando, en el grado propio de su ministerio del oficio único Mediador, que es Cristo (cf. 1 Tm 2,5), anuncian a todos la divina palabra. Pero su oficio sagrado lo ejercitan, sobre todo, en el culto o asamblea eucarística, donde, representando la persona de Cristo, y proclamando su misterio, unen las oraciones de los fieles al sacrificio de su Cabeza y hacen presente y aplican en el sacrificio de la Misa, hasta la venida del Señor (cf. 1 Co 11,26), el único Sacrificio del Nuevo Testamento, a saber, el de Cristo que se ofrece a sí mismo al Padre, una vez por todas, como hostia inmaculada (cf. Hb 9,14-28). [...]. Ejerciendo, en la medida de su autoridad, el oficio de Cristo, Pastor y Cabeza, reúnen la familia de Dios como una fraternidad, animada con espíritu de unidad y la conducen hasta Dios Padre por medio de Cristo en el Espíritu. En medio de la grey le adoran en espíritu y en verdad (cf. Jn 4,24)”. [8]

En virtud del sacramento del Orden, que confiere un carácter espiritual indeleble, [9] los presbíteros son consagrados, es decir, segregados “del mundo” y entregados “al Dios viviente”, tomados “como su propiedad, para que, partiendo de Él, puedan realizar el servicio sacerdotal por el mundo”, para predicar el Evangelio, ser pastores de los fieles y celebrar el culto divino, como verdaderos sacerdotes del Nuevo Testamento (cf. Hb 5,1). [10]

El Sumo Pontífice Benedicto XVI, en la alocución que dirigió a los participantes en la Asamblea Plenaria de la Congregación para el Clero, afirmó que: “La dimensión misionera del presbítero nace de su configuración sacramental a Cristo Cabeza, la cual conlleva, como consecuencia, una adhesión cordial y total a lo que la tradición eclesial ha reconocido como la apostolica vivendi forma. Ésta consiste en la participación en una 'vida nueva' entendida espiritualmente, en el 'nuevo estilo de vida' que inauguró el Señor Jesús y que hicieron suyo los Apóstoles. Por la imposición de las manos del Obispo y la oración consagratoria de la Iglesia, los candidatos se convierten en hombres nuevos, llegan a ser 'presbíteros'. A esta luz, es evidente que los tria munera son en primer lugar un don y sólo como consecuencia un oficio; son ante todo participación en una vida, y por ello una potestas”. [11]

El decreto Presbyterorum Ordinis, sobre el ministerio y la vida sacerdotal, ilustra esta verdad cuando se refiere a los presbíteros ministros de la palabra de Dios, ministros de la santificación con los sacramentos y la eucaristía, y guías y educadores del pueblo de Dios. La identidad misionera del presbítero, aunque no es objeto explícito de gran desarrollo, está claramente presente en estos textos. Se subraya expresamente el deber de anunciar a todos el Evangelio de Dios siguiendo el mandato del Señor, con explícita referencia a los no creyentes y remitiendo a la fe y a los sacramentos, por medio de la proclamación del mensaje evangélico. El sacerdote, “enviado”, que participa en la misión de Cristo enviado del Padre, se encuentra implicado en una dinámica misionera, sin la cual no puede vivir verdaderamente la propia identidad. [12]

También en la Exhortación apostólica post-sinodal Pastores dabo vobis se afirma que, aunque insertado en una Iglesia particular, el presbítero, en virtud de su ordenación, ha recibido un don espiritual que lo prepara a una misión universal, hasta los confines de la tierra, porque “cualquier ministerio sacerdotal participa de la misma amplitud universal de la misión confiada por Cristo a los Apóstoles”. [13] Por eso, la vida espiritual del sacerdote se ha de caracterizar por el fervor y el dinamismo misionero; en sintonía con el Concilio Vaticano II, se indica que los sacerdotes deben formar la comunidad que les ha sido confiada, para convertirla en una comunidad auténticamente misionera. [14] La función de pastor exige que el fervor misionero se viva y comunique, porque toda la Iglesia es esencialmente misionera. De esta dimensión de la Iglesia proviene, de forma decisiva, la identidad misionera del presbítero.

Cuando se habla de misión, se ha de tener necesariamente presente que el enviado, en este caso el presbítero, se encuentra en relación tanto con quien lo envía, como con aquellos a los que es enviado. Examinando su relación con Cristo, el primer enviado del Padre, es necesario subrayar el hecho de que, teniendo en cuenta los textos del Nuevo Testamento, es el mismo Cristo quien envía y constituye a los ministros de su Iglesia, mediante el don del Espíritu Santo derramado en la ordenación sacerdotal; éstos no pueden ser considerados sencillamente elegidos o delegados de la comunidad o del pueblo sacerdotal. El envío viene de Cristo; los ministros de la Iglesia son instrumentos vivos de Cristo, único mediador. [15] “El presbítero encuentra la plena verdad de su identidad en ser una derivación, participación específica y una continuación del mismo Cristo, sumo y eterno sacerdote de la Nueva Alianza; es una imagen viva y transparente de Cristo Sacerdote”. [16]

Tomando como punto de partida esta referencia cristológica, emerge claramente la dimensión misionera de la vida del sacerdote: Jesús ha muerto y resucitado por todos los hombres, a los que quiere reunir en un solo rebaño; Él debía morir para reunir en uno a todos los hijos de Dios que estaban dispersos (cf. Jn 11,52). Si en Adán todos mueren, en Él todos vuelven a la vida (cf. 1 Co 15,20-22), en Él Dios reconcilia consigo el mundo (cf. 2 Co 5,19), y ordena a los apóstoles predicar el Evangelio a todas las gentes. Todo el Nuevo Testamento está impregnado de la idea de la universalidad de la acción salvífica de Cristo y de su única mediación. El presbítero, configurado a Cristo profeta, sacerdote y rey, no puede dejar de tener el corazón abierto a todos los hombres y, en concreto, sobre todo a los que no conocen a Cristo y no han recibido todavía la luz de su Buena Nueva.

Por parte de los hombres, a los que la Iglesia debe anunciar el Evangelio, [17] y a los que, por consiguiente, el presbítero es enviado, es necesario poner de relieve que el Concilio Vaticano II ha hablado repetidamente de la unidad de la familia humana, fundada en la creación de todos a imagen y semejanza de Dios y en la comunión de destino en Cristo: “Todos los pueblos forman una comunidad, tienen un mismo origen, puesto que Dios hizo habitar a todo el género humano sobre el haz de la tierra y tienen también el mismo fin último, que es Dios, cuya providencia, manifestación de bondad y designios de salvación se extienden a todos”. [18] Esta unidad está llamada a lograr su cumbre en la recapitulación universal de Cristo (cf. Ef 1,10). [19]

A esta recapitulación final de todo en Cristo, que constituye la salvación de los hombres, se dirige toda la acción pastoral de la Iglesia. Al estar llamados todos los hombres a la unidad en Cristo, ninguno puede ser excluido de la solicitud del presbítero a Él configurado. Todos esperan, aunque de forma inconsciente (cf. Hch 17,23-28), la salvación que puede venir sólo de Él: esa salvación que es la inserción en el Misterio Trinitario, en la participación en su filiación divina. No se pueden realizar discriminaciones entre los hombres, los cuales tienen un mismo origen y comparten el mismo destino y la única vocación en Cristo. Establecer límites a la “caridad pastoral” del presbítero sería completamente contradictorio con su vocación, marcada por la peculiar configuración con Cristo, cabeza y pastor de la Iglesia y de todos los hombres.

Los tria munera, ejercidos por los sacerdotes en su ministerio, no se pueden concebir sin su esencial relación con la persona de Cristo y con el don del Espíritu. El presbítero está configurado a Cristo mediante el don del Espíritu recibido en la ordenación. Así como los tria muñera aparecen esencialmente entrelazados en Cristo, y no se pueden separar de ninguna manera, y los tres reciben luz de la identidad filial de Jesús, el enviado del Padre, también el ejercicio de estas tres funciones en los sacerdotes es inseparable. [20]

El presbítero está en relación con la persona de Cristo, y no solamente con sus funciones, que brotan y reciben pleno sentido de la persona misma del Señor. Esto significa que el sacerdote encuentra la especificidad de la propia vida y de su vocación viviendo la propia configuración personal con Cristo; siempre es un alter Christus. El sacerdote experimentará la dimensión universal, y por tanto misionera, de su identidad más profunda, siendo consciente de ser enviado por Cristo, como Él lo es por el Padre, para la salus animarum. 

Vaticano, 29 de junio de 2010, Solemnidad de San Pedro y San Pablo 

† Card. Cláudio Hummes, Prefecto

† Mauro Piacenza, Secretario

SEGUNDA PARTE

NOTAS 

1) Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad gentes, 2; cf. 5-6 y 9-10; Const. dogm. Lumen gentium, 8; 13; 17; 23; Decr. Christus Dominus, 6.
2) Cf. Pablo VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi (8 de diciembre de 1975), 2; 4-5; 14; Juan Pablo II, Carta Enc. Redemptoris missio (7 de diciembre de 1990), 1; Id., Carta ap. Novo millenio ineunte (6 de enero de 2001), 1; 40; 58.
3) Benedicto XVI, hablando a los obispos alemanes durante la Jornada Mundial de la Juventud (2005), afirmó: “Sabemos que siguen progresando el secularismo y la descristianización, que crece el relativismo. Cada vez es menor el influjo de la ética y la moral católica. Bastantes personas abandonan la Iglesia o, aunque se queden, aceptan sólo una parte de la enseñanza católica, eligiendo sólo algunos aspectos del cristianismo. Sigue siendo preocupante la situación religiosa en el Este, donde, como sabemos, la mayoría de la población está sin bautizar y no tiene contacto alguno con la Iglesia y, a menudo, no conoce en absoluto ni a Cristo ni a la Iglesia. Reconocemos en estas realidades otros tantos desafíos, y vosotros mismos, queridos hermanos en el episcopado, habéis afirmado [...]: 'Nos hemos convertido en tierra de misión' [...]. Deberíamos reflexionar seriamente sobre el modo como podemos realizar hoy una verdadera evangelización, no sólo una nueva evangelización, sino con frecuencia una auténtica primera evangelización. Las personas no conocen a Dios, no conocen a Cristo. Existe un nuevo paganismo y no basta que tratemos de conservar a la comunidad creyente, aunque esto es muy importante; se impone la gran pregunta: ¿qué es realmente la vida? Creo que todos juntos debemos tratar de encontrar modos nuevos de llevar el Evangelio al mundo actual, anunciar de nuevo a Cristo y establecer la fe” (A los obispos de Alemania en el Piussaal del Seminario de Colonia, 21 de agosto de 2005). Ante el Clero de Roma, Benedicto XVI, al inicio de su pontificado, subrayó la importancia de la Misión ciudadana, ya en curso (cf. Discurso al Clero de Roma, 13 de mayo de 2005). En su viaje a Brasil, en el mes de mayo de 2007, para inaugurar la V Conferencia General del Episcopado de América Latina y del Caribe, cuyo tema era “Discípulos y misioneros de Jesucristo, para que nuestros pueblos en El tengan vida”, el Papa alentó a los Obispos brasileños a una verdadera “misión”, dirigida a quienes, aunque bautizados por nosotros, no han sido suficientemente evangelizados por diversas circunstancias históricas (cf. Discurso a los Obispos de Brasil en la 'Catedral da Sé' en Sao Paulo, 11 de mayo de 2007).
4) Entre los textos sobre la misión, encontramos: Jn 3,14; 4,34; 5,23-24.30.37; 6,39.44.57; 7,16.18.28; 8,18.26.29.42; 9,4; 11,42; 14,24; 17,3.18; 1 Jn 4,9.14.
5) Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 690.
6) Cf. también Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Pastores dabo vobis (25 de marzo de 1992), 22.
7) Cf. ibíd., 12: “La referencia a Cristo es la clave absolutamente necesaria para la comprensión de las realidades sacerdotales”.
8) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 28.
9) Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1582.
10) Cf. Benedicto XVI, Homiía en la Santa Misa del Crisma (9 de abril de 2009); Juan Pablo II, Exhort. Apost. postsinodal Pastores dabo vobis (25 de marzo de 1992), 12; 16.
11) Benedicto XVI, Discurso a los participantes en la Asamblea Plenaria de la Congregación para el Clero (16 de marzo de 2009). Ciertamente, el Bautismo es lo que hace a todos los fieles “hombres nuevos”. El sacramento del Orden, pues, si por una parte especifica y actualiza cuanto los presbíteros tienen en común con todos los bautizados, por otra, revela cuál es la naturaleza propia del sacerdocio ordenado, es decir, la de ser totalmente relativa a Cristo, Cabeza y Pastor de la Iglesia, la de servir a la nueva creación que emerge del baño bautismal: Vobis enim sum episcopus – afirma Agustín – vobiscum sum christianus.
12) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Presbyterorum Ordinis, 4-6. Sobre los tria munera se detiene también ampliamente Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Pastores dabo vobis (25 de marzo de 1992), 26.
13) Ibíd, 32.
14) Cf. ibíd., 26; Juan Pablo II, Carta. enc. Redemptoris missio (7 de diciembre de 1990), 67.
15) Cf. A. Vanhoye, Prétres anciens, prétre nouveau selon le Nouveau Testament, París 1980, 346.
16) Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Pastores dabo vobis (25 de marzo de 1992), 12.
17) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad gentes, 1
18) Conc. Ecum. Vat. II, Declar. Nostra aetate, 1; cf. Const. past. Gaudium et spes 24; 29; 22; 92.
19) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 45.
20) Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Pastores gregis (16 de octubre de 2003), 9: “En efecto, se trata de funciones relacionadas íntimamente entre sí, que se explican recíprocamente, se condicionan y se esclarecen. Precisamente por eso el Obispo, cuando enseña, al mismo tiempo santifica y gobierna el Pueblo de Dios; mientras santifica, también enseña y gobierna; cuando gobierna, enseña y santifica. San Agustín define la totalidad de este ministerio episcopal como amoris officium”. Lo que aquí se dice de los obispos, se puede aplicar también, con las debidas distinciones, a los presbíteros.
 


jueves, 10 de febrero de 2011

 Oración por los enfermos en la Jornada Mundial del Enfermo 2011, publicada por el Departamento de Salud de la CEE.

 

Oración

Señor,

te presentamos hoy a todos los jóvenes:

que vivan su salud en plenitud,

te sientan cerca en la enfermedad

y encuentren apoyo en la comunidad.

Señor,

que cuando llegue el dolor o el sufrimiento

vivan el consuelo de la fe

y a las experiencias de muerte

se acerquen con paz y serenidad.

Gracias, Señor, por los jóvenes,

su compañía es fuente de alegría

para los que sufren.

Que en sus vidas te experimenten cercano,

para, que unidos todos en ti,

construyamos puentes de solidaridad

y surja, cada día, la estrella de la esperanza.

Amén

Campaña del Enfermo 2011

Departamento de Pastoral de la Salud


Publicado por verdenaranja @ 23:21  | Oraciones
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Alocución de monseñor Bernardo Álvarez Afonso, obispo de Tenerife, Canarias, con motivo de la declaración del Santuario de Ntra. Sra. de Candelaria con el título y dignidad de Basílica.

TÍTULO Y DIGNIDAD DE BASÍLICA
PARA LA IGLESIA DE LA PATRONA DE CANARIAS

Con fecha de 24 de enero de 2011 la Santa Sede me ha remitido un documento en el que se dice: "La Congregación  para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, en virtud de las facultades especiales otorgadas a la misma por el Sumo Pontífice Benedicto XVI,  de muy buen grado dota a la iglesia del Santuario dedicado a Dios en honor de la Bienaventurada Virgen María, Nuestra Señora de Candelaria, en Tenerife, con el título y la dignidad de BASÍLICA MENOR".

Se trata, por tanto, de la concesión oficial, al Santuario de Candelaria, del "Título y Dignidad de Basílica". Este templo fue inaugurado en 1959 y celebramos en 2009 su 50 aniversario. Popularmente siempre lo hemos llamado "la basílica" y, en efecto, arquitectónicamente tiene forma basilical, pero no es la arquitectura lo que hace que una iglesia sea "basílica", es necesario que sea designada como tal por el Papa.

La palabra "basílica" proviene del griego (basiliké) que significa regia o real, y es resultado de abreviar la expresión "basiliké oiría", que quiere decir "casa real". Una basílica era un gran y suntuoso edificio público que en la Grecia antigua solía destinarse al tribunal. Posteriormente, en las ciudades romanas, ocupaba un lugar preferencial en el centro de la ciudad y se utilizaba para diversas funciones: transacciones comerciales, administración de justicia, deliberaciones sobre los asuntos públicos, discursos políticos, etc. Arquitectónicamente se trató siempre de una gran sala rectangular, compuesta por una, tres o cinco naves.

Cuando, tras el edicto de Milán, promulgado por Constantino en el año 313, los cristianos tienen libertad para practicar públicamente su fe, comienzan a construir sus templos en "forma de basílica". Incluso, algunas de las antiguas basílicas romanas se convierten en templos cristianos. A diferencia de la arquitectura de los templos dedicados a los dioses romanos, a los que no podían entrar los fieles, sino sólo los sacerdotes a ofrecer el sacrificio, los templos cristianos adoptan la arquitectura basilical para que puedan tener cabida los fieles, pues una de las cosas que les caracteriza es que son "iglesia", es decir, asamblea de personas que se reúnen para dar culto a Dios. Nace así la "basílica cristiana".

Pero más allá de su trazado arquitectónico, el concepto de basílica se fundamenta en aspectos teológicos, litúrgicos, pastorales, etc. Además, una iglesia se transforma en basílica sólo por decisión pontificia. De esta forma, son basílicas aquellas iglesias que son reconocidas y designadas por privilegio papal, por poseer aspectos de cierto relieve, por ejemplo: veneración continua de una imagen sagrada, gozar de celebridad, varios sacerdotes para la Santa Misa y el sacramento del Perdón, gran afluencia de fieles, intensa actividad litúrgica y pastoral, gran tamaño para acoger a muchos fieles, importancia histórica, belleza artística, etc.

Se distinguen dos tipos de basílicas: "mayores" y "menores". Son basílicas mayores o patriarcales las cuatro que, en Roma, están designadas para ganar la Indulgencia del Año Jubilar, y a las que se ingresa por la Puerta Santa que cada una posee. Las mismas son: San Pedro del Vaticano, San Juan de Letrán, Santa María la Mayor y San Pablo Extramuros. Son basílicas menores todas las demás, repartidas por el mundo y que han sido designadas como tales por decisión pontificia. De esta manera la Santa Sede le está otorgando a dicho templo un honor especialísimo, que debe enorgullecer y comprometer a la comunidad que se reúne en ese templo, ya que el "título y dignidad de basílica" expresa un particular vínculo con la Iglesia de Roma y con el Papa y le da derecho a colocar en la fachada estandartes, el "escudo papal", etc.

Para mí, como Obispo de esta Diócesis Nivariense, es un honor poder proclamar este "título de basílica", precisamente el 2 de febrero, el día en que miles de devotos de la Virgen nos congregamos para celebrar en su templo la Fiesta de la Ntra. Sra. de Candelaria, Patrona de Canarias. Y, a partir de ahora, ya podemos decir con todo derecho: Basílica de Ntra. Sra. de Candelaria.

Con la concesión del título, a la Basílica de Candelaria le corresponden unos "derechos y concesiones litúrgicas", de acuerdo con las normas de la Iglesia sobre "basílicas menores". Estos derechos tienen que ver, sobre todo, con las indulgencias que los fieles pueden obtener peregrinando a Candelaria en determinados días del año y realizando los actos de culto establecidos para alcanzar la indulgencia plenaria: confesar, comulgar, rezar el padrenuestro y el credo, así como orar por las intenciones del Papa. Son en total 6 días diferentes al año: (1) veinte y cuatro de enero, aniversario de la concesión del "título de basílica"; (2) uno de febrero, día de la Dedicación de la Basílica; (3) dos de febrero, día de la Virgen de Candelaria, titular de la Basílica; (4) veintinueve de junio, día de San Pedro y San Pablo; (5) un día designado por el Obispo Diocesano, que será el 15 de agosto; y (6) un día elegido libremente por cada fiel, que no corresponda con los anteriores.

Por tanto, este dos de febrero, quienes lo deseen podrán ya obtener la indulgencia plenaria, si realizan con esa intención los actos anteriormente indicados. De cualquier modo, nos vemos en la Basílica de Ntra. Sra. de Candelaria.

† Bernardo Álvarez Afonso
Obispo Nivariense


Subsidio litúrgico para la Jornada Mundial del Enfermo del 11 de Febrero de 2011, día de Ntra. Sra. de lourdes, recibido en la parroquia con los materiales para su celebración. 

JORNADA MUNDIAL DEL ENFERMO
CELEBRACIÓN DE LA EUCARISTÍA
6 de febrero de 2011

MONICIÓN DE ENTRADA

Queridos hermanos: el próximo viernes 11 de febrero, coincidiendo con la festividad de Nuestra Señora de Lourdes, celebramos, unidos a toda la Iglesia, la Jornada Mundial del Enfermo. Es la primera de las citas que se enmarcan en la campaña del Día del Enfermo, que tendrá su continuación con la celebración de la Pascua del Enfermo, el próximo día 29 de mayo.

Este año, coincidiendo con la celebración en Madrid el próximo mes de agosto de la Jornada Mundial de la Juventud, la Conferencia Episcopal Española ha querido dedicar esta campaña al tema “Juventud y salud”.

La experiencia del sufrimiento no es exclusiva de una determinada edad, sino que forma parte de la existencia del ser humano. También los jóvenes experimentan el sufrimiento tanto físico como psicológico o espiritual.

A ellos les dice el Papa en su mensaje que la cruz es el “sí” de Dios al hombre, la expresión más alta y más intensa de su amor y la fuente de la que brota la vida eterna.

Pero el sufrimiento es también provocación para trabajar por crear puentes de amor y solidaridad, para que nadie se sienta solo, sino cerca de Dios y parte de la gran familia de sus hijos.

Pidamos, pues, en esta celebración de modo especial tanto por los jóvenes enfermos como por los que dedican su tiempo a ayudar a los demás, para que descubran el rostro de Cristo y se conviertan en un reflejo suyo para los demás.

ENVÍO DE AGENTES DE PASTORAL DE LA SALUD

La misión de atender a los enfermos forma parte indispensable de la tarea encomendada por Jesús a su Iglesia, como cauce por el cual llega hasta ellos la Buena Noticia del Evangelio. Para llevar a cabo esta tarea, el Señor elige a miembros de su pueblo y los envía con esta misión a confortar, consolar y acompañar a quienes atraviesan por la circunstancia de la enfermedad propia o de un ser querido.

Vamos a proceder a continuación a la presentación y envío de los miembros de nuestra parroquia que se sienten llamados por Dios a desempeñar este valioso servicio.

(A continuación se nombra a los miembros del equipo de Pastoral de la Salud y se van colocando delante del altar)

Queridos hermanos: el vuestro es un servicio que nos corresponde realizar a todos los discípulos de Jesucristo, que hemos de descubrir la presencia del Señor en toda persona que sufre en su cuerpo o en su espíritu.

Sin embargo, vosotros, como miembros del equipo parroquial de Pastoral de la Salud, asumís este compromiso con una exigencia mayor. Vais a prestar una valiosa colaboración a la misión caritativa de la Iglesia y, en consecuencia, vais a trabajar en su nombre, abriendo a todos los hombres los caminos del amor cristiano y de la fraternidad universal.

Cuando realicéis vuestra tarea, procurad actuar siempre movidos por el Espíritu del Señor, es decir, por un verdadero amor de caridad sobrenatural. De este modo seréis reconocidos como auténticos discípulos de Cristo.

(El sacerdote, con las manos extendidas sobre ellos, pronuncia la siguiente oración de bendición)

Oremos:

Oh Dios, que derramas en nuestros corazones, por el Espíritu Santo, el don de la caridad, bendice + a estos hermanos nuestros, para que, practicando la caridad en la visita y atención de los enfermos, contribuyan a hacer presente a tu Iglesia en el mundo, como un sacramento de unidad y de salvación. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

Ahora, queridos hermanos, para mostrar vuestra disponibilidad a prestar este servicio en nuestra comunidad parroquial, os invito a recitar juntos esta oración que tenéis en vuestras manos, pidiendo la ayuda de Dios para llevar a cabo la misión que habéis recibido.

(Todos juntos recitan en voz alta la siguiente oración)

Padre del cielo, que amas a todos tus hijos,

especialmente a los que más sufren,

porque más te necesitan;

derrama sobre nosotros el Espíritu

que llenaba el corazón de tu Hijo Jesús,

el Espíritu que le hizo pasar por este mundo

“haciendo el bien”.

Pon en nuestros corazones tu amor,

para que seamos signo de tu amor grande e incondicional.

Pon en nuestras bocas palabras de consuelo y esperanza.

Pon en nuestras manos capacidad para servir y ayudar.

Pon en nuestros pies diligencia

para acercarnos a quien nos necesita.

Llénanos de tu paz, para que vayamos dando paz

a todos los cansados y agobiados.

Te lo pedimos, Padre, por tu Hijo Jesús,

que ya ha vencido al mal que a nosotros aún nos duele,

que ha vencido a la muerte que a nosotros aún nos amenaza,

y que vive y reina contigo, en la unidad del Espíritu Santo

por los siglos de los siglos. Amén.

(Terminada la oración, se retiran a su lugar y continúa la celebración con el Credo y la oración de los fieles)

ORACIÓN DE LOS FIELES

Presentemos nuestras súplicas al Señor, pidiendo de modo particular por nuestros hermanos enfermos, por sus familiares y por quienes les asisten, confiando en la poderosa intercesión de Santa María, Salud de los Enfermos:

1. Por la Iglesia, para que sea una comunidad sana de todo egoísmo, división y miedo y así pueda ser sanadora de tantas heridas que mortifican a la humanidad. Roguemos al Señor.

2. Por todos los enfermos, de modo especial por los de nuestra parroquia: para que, unidos a la cruz de Cristo, puedan experimentar en medio de la prueba el consuelo y la alegría que nacen de la resurrección. Roguemos al Señor.

3. Por los familiares de los enfermos: para que encuentren en la gran familia de la Iglesia un lugar donde descansar de sus fatigas y experimenten la compañía de los hermanos. Roguemos al Señor.

4. Por los profesionales de la salud: para que trabajen con la mayor dedicación y generosidad posible, aliviando de este modo el sufrimiento de los enfermos. Roguemos al Señor.

5. Por los jóvenes enfermos: para que descubran el sentido del sufrimiento y puedan vivir plenamente su existencia, incluso en medio del dolor. Roguemos al Señor.

6. Por quienes se dedican a la visita y atención de los enfermos: para sean signo evidente del amor de Dios Padre hacia sus hijos más desfavorecidos. Roguemos al Señor.  

Escucha, Padre bueno, la oración confiada que te presentamos de modo especial por tus hijos enfermos y concédeles aquello que verdaderamente necesitan. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén


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Carta de monseñor Bernardo Álvarez Afonso con motivo de la jornada de Manos Unidas 2011.

MANOS UNIDAS CONTRA LA MORTALIDAD INFANTIL 

Queridos diocesanos:

Como cada año a comienzos de febrero, Manos Unidas (ONG católica y de voluntarios) inicia su campaña, con el objeto de sensibilizar a la población española sobre la realidad de los países más pobres y recaudar fondos para realizar proyectos de desarrollo en los mismos. Los más de 54 millones de euros recaudados en 2009, permitieron poner en marcha 692 proyectos en 58 países. En ello, nuestra diócesis contribuyó con 170.714 €, entre colectas, socios y donaciones.

El lema para 2011 es "Su mañana es hoy". El mismo  indica la prioridad de la campaña de este año en la que se quiere exigir el cumplimiento del Objetivo 4 del Desarrollo del Milenio: "Reducir la mortalidad infantil", es decir, luchar, con todos los medios a nuestro alcance, para evitar que enfermen y mueran los niños menores de cinco años. Los niños son el futuro de la humanidad, pero ese futuro comienza hoy y depende de que haya niños que nazcan y crezcan sanos, por eso "su mañana es hoy". Desgraciadamente, decenas de miles de niños menores de 5 años mueren todos los días (mil a la hora) por causas que se podrían evitar fácilmente con la ayuda de todos.

Como leemos en el Boletín 182 de Manos Unidas: "Acabamos de cerrar un año envuelto en crisis, son muchas y estrechamente relacionadas, pero la que, de hecho, ocupa a nuestros gobiernos es la crisis económica. Las cantidades de dinero invertidas en los denominados rescates financieros son de una elocuencia que estremece, comparadas con lo que se ha invertido en erradicar el hambre y la pobreza". A veces, pensamos que, como no se puede "arreglar todo globalmente", no se puede hacer nada. Sin embargo, Manos Unidas, año tras año (y van 52), nos demuestra que se puede hacer mucho para liberar del hambre y la miseria a millones de personas en todo el mundo.

Por eso, con mis palabras, quiero hacer un especial llamamiento a todos los católicos de nuestra diócesis, para que apoyen la campaña de Manos Unidas haciendo las dos cosas que se nos proponen: Primero,  el 11 de febrero, Día de Ayuno Voluntario, privarnos de comida (al menos de una) y de otros gastos (bebidas, tabaco, etc.), destinando lo ahorrado para la Campaña contra el Hambre. Y segundo, el 13 de febrero, Jornada Nacional de Manos Unidas, aportar un donativo, especialmente generoso, en las colectas que se realizan en todas las iglesias ese fin de semana.

Los datos de la situación de pobreza en que viven miles de millones de personas en el mundo son de todos conocidos. Los Medios de Comunicación nos dan cuenta de ellos todos los días. En la propia página WEB de Manos Unidas (manosunidas.org) podemos encontrar amplia información de la realidad, así como de las actividades y proyectos de la Organización. Conocimiento de la realidad no nos falta y, en la práctica, sentimos que podemos, y debemos, hacer algo. Pero, a veces, nos entra la duda de si eso que damos realmente llega a su destino. Esa incertidumbre nos retrae e impide que seamos más generosos. Por eso es importante que las ONGs sean transparentes en su gestión e informen puntualmente, tanto de lo que recaudan, como del uso que hacen de ello.

En este sentido, Manos Unidas es ejemplar. Aparte de que está sometida a una auditoría permanente, no deja de informar puntualmente de su gestión, caracterizada por hacer un seguimiento hasta el final de los proyectos que financia con los recursos que todos aportamos. Prueba de ello es que en 2010, a Manos Unidas, se le concedió el Premio Príncipe de Asturias a la Concordia. El Príncipe de Asturias, D. Felipe de Borbón, en su discurso en la entrega del premio dijo estas palabras que son la mejor carta de presentación de Manos Unidas:

"Entregar el Premio de la Concordia a una organización como Manos Unidas, supone engrandecer nuestros galardones y lograr su significación más profunda. Manos Unidas es una institución muy querida por los españoles que nació hace 50 años cuando un grupo de mujeres de Acción Católica respondió a la campaña contra el hambre que había emprendido la FAO.

Con el paso del tiempo, 40.000 voluntarios, 71 delegaciones, programas de acción en países de África, América y Asia, apoyo a centenares de proyectos,… son algunos de los datos que avalan las actuaciones de Manos Unidas. En sus fines es donde se pone de relieve el necesario y útil humanismo de esta institución: la lucha sin cuartel contra el hambre y la pobreza, la labor paciente en favor de la educación de los más desposeídos, la promoción social de las personas, la especial atención a la mujer, el desarrollo agrícola y la atención sanitaria.

Hoy también queremos hacer patente nuestro agradecimiento a tres valiosos grupos de personas con los que cuenta esta institución y que la engrandecen extraordinariamente: los misioneros que dedican su vida a tantas gentes sumidas en el mayor abandono. Los voluntarios, en cuya acción aflora lo mejor del comportamiento de los seres humanos. Y los colaboradores, que con su ayuda permiten que se materialicen estas ansias de entrega a los demás que caracterizan la labor de Manos Unidas.

Siempre en esta ceremonia nos encontramos con esa hermosa y significativa palabra: ‘concordia’, que lo resume todo de manera ideal, que atrae el progreso y facilita la convivencia, que hace, en definitiva, mejor a la Humanidad.

Gracias, pues, al inmenso equipo de Manos Unidas. "Manos que se unen para ayudar. Manos que se unen para sanar, alimentar y educar. Manos que se unen, simplemente, para salvar. Que nunca nos falten vuestras manos unidas".

Estas palabras de D. Felipe, me llenan de satisfacción y me animan, aún más, a confiar en el trabajo de Manos Unidas y a pedir a todos, católicos o no, su apoyo efectivo a esta 52 Campaña contra el Hambre en el mundo, para mejorar el "hoy" de millones de niños en situación de riesgo en todo el mundo, porque tienen derecho a ello y porque son el futuro de la humanidad.

† Bernardo Álvarez Afonso
 Obispo Nivariense


DEPARTAMENTO DE COMUNICACIÓN
38201. La Laguna. Tenerife.
Tfno. 922-25 86 40 / Extensión 8
e-mail: comunicacionobispadodetenerife@gmail.com

Boletín 422 

LAS NOTICIAS AMPLIADAS PUEDEN VERLAS ENTRANDO EN NUESTRO BLOG. Textos, sonidos, e imágenes los tienen en: http://www.comunicacionobispadodetenerife.blogspot.com/ 

El próximo día 12 de febrero, la diócesis estará de enhorabuena porque el obispo, Bernardo Álvarez ordenará presbíteros a Honorio Campos, Juan Francisco Lugo y Carmelo Gómez. La celebración tendrá lugar en la iglesia de la Concepción, en La Laguna, a las 11:00 horas. 

Manos Unidas continúa trabajando con los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM). En 2011, esta Organización No Gubernamental para el Desarrollo se centrará en el cuarto objetivo: "Reducir la Mortalidad Infantil". En nuestra diócesis, el viernes 11 de febrero, Día del Ayuno Voluntario, Manos Unidas ha invitado a quienes lo deseen a acudir a la Eucaristía presidida por el Obispo, que se celebrará en la parroquia de Nuestra Señora de la Peña de Francia, en el Puerto de la Cruz, a las 19:00 horas. 

Esta semana, en Madrid, se ha desarrollado el congreso con motivo de la presentación de la Biblia de la Conferencia Episcopal Española (CEE). En el mismo, participaron cinco sacerdotes de la Diócesis Nivariense. 

Asimismo, el pasado 9 de febrero, fue presentada en Tenerife la referida Biblia de la Conferencia Episcopal Española. El acto se desarrolló en las Casas Capitulares, en La Laguna y contó con la presencia, entre otras, del director comercial de la Biblioteca de Autores Cristianos (BAC), José Antonio Crespo. 

“La Libertad Religiosa, camino de la Paz” es el lema elegido para la peregrinación diocesana de oración por la paz del próximo 19 de febrero de 2011. Se saldrá, como en años anteriores, desde la Iglesia de Sto. Domingo de Guzmán en La Laguna en torno a las 6.00 horas tras una pequeña celebración de la Palabra. En Caletillas será la reunión con el resto de participantes para continuar la marcha hacia la Basílica, en la cual celebraremos la Eucaristía presidida por el Obispo. 

Don Damián Iguacen Borau, Obispo Emérito de la Diócesis Nivariense, cumplirá el próximo 12 de febrero, 95 años, convirtiéndose en uno de los obispos de mayor edad. En el blog: comunicacionobispadodetenerife.blogspot.com se puede escuchar una entrevista al prelado con ocasión de su onomástica. 

En el blog de la delegación de misiones se puede acceder a la carta de la congregación para el clero: La identidad misionera del presbítero en la Iglesia, como dimensión intrínseca del ejercicio de los tria munera. 

Leonardo Ruíz del Castillo, director de Cáritas diocesana, considera un gran acierto la propuesta de una red de albergues en el Norte y el Sur, además de declarar al DiariodeAvisos que es una necesidad perentoria. “Hay muchas personas sin hogar que necesitan cobijo en algún sitio, aunque sea algunos pisos o casas preparadas para ello”, afirmó. 

"Koinonía. Espiritualidad del Evangelizador" es un curso destinado a todos los evangelizadores que son conscientes de la necesidad de cuidar la vida interior para poder llevar más eficazmente el mensaje del Evangelio. Está organizado por la delegación de pastoral misionera y se desarrollará del 18 de febrero a las 20:00 horas al 20 de febrero después de almuerzo, en la Casa de la Iglesia, en La Laguna.  

Del 18 al 20 de febrero se desarrollará la segunda edición del Master en Pastoral Familiar bajo el tema: "La Revelación del amor en la Sagrada Escritura". El lugar escogido para desarrollar esta sesión será la Casa de Ejercicios de Santa Cruz de Tenerife. Los interesados en participar pueden comunicarlo a través de los correos: familiayvida.tenerife@gmail.com y personayfamilia@jp2madrid.org. Hasta el 7 de febrero, se ha abierto el plazo de matrícula. Las plazas son limitadas. 

"El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir...", así comienza el Principio y Fundamento de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola. Con este espíritu, el próximo sábado, 12 de febrero, desde las 10:00 hasta las 18:00 horas, quienes lo deseen podrán disfrutar de un retiro en la Casa Manresa, en Tacoronte. Los participantes deberán llevar algo para compartir en el almuerzo, así como una libreta y la Biblia. El coste del retiro es de 5 Euros. Para inscribirse es necesario enviar un correo con los datos personales a: dfagundosj@yahoo.es o comunicarlo a través del teléfono llamando al 695352881. 

Por otro lado, del 5 al 15 de marzo se desarrollará la 45º Peregrinación Diocesana a Tierra Santa, una iniciativa dirigida por el sacerdote Juan Carlos Alameda. 

El periódico "Diario de Avisos" ha publicado un artículo de Juan Pedro Rivero, director del Instituto Superior de Teología de las Islas Canarias (sede en Tenerife) titulado "Creyentes en una sociedad post-cristiana". En el mismo, Rivero hace referencia al próximo curso de la Cátedra de Ética y Política que comenzará el día 21 del presente mes.

Por otro lado, el mencionado rotativo también ha recogido, dentro de su sección "El Megáfono" que tiene como objetivo mostrar la realidad vecinal de diferentes barrios de Santa Cruz de Tenerife, hoy un reportaje sobre Añaza titulado: "El barrio de los vecinos que saben luchar". En él, se incluye una entrevista al párroco de la zona, el padre Pepe, como es conocido cariñosamente. Un sacerdote que lleva cuatro años trabajando pastoralmente en esta comunidad santacrucera. 

Desde el Arciprestazgo de Santa Cruz de La Palma, se propone por tercer año consecutivo un “espacio abierto a los agentes de pastoral y a todos aquellos que quisieran aprovechar unos días para mejorar la formación en su fe y en su tarea pastoral”. Los cursos que se proponen son cuatro: “Dinámica interna del acto catequético, “Id y curar: la pastoral de la salud, parte indispensable de la misión de la Iglesia, “Modelo de acción social: herramientas para la acción” y “Orar con la Palabra de Dios” 

Las Hijas de María Auxiliadora de España se encuentran celebrando, en el presente año, el 125 aniversario de la llegada al país. La comunidad de María Auxiliadora que se encuentra en el Colegio Hogar Escuela de Santa Cruz de Tenerife, inauguró el pasado 24 de enero todo un año de celebraciones con la eucaristía presidida por el Obispo Nivariense. Hasta el 11 de febrero han organizado una Semana Vocacional bajo el lema "125 años contigo”. Mientras que el próximo sábado 12 de febrero celebrarán un encuentro festivo de Asociaciones Juveniles de Canarias. 

Cada primer domingo de mes, Cáritas Arciprestal de Ofra, compuesta por las Cáritas de 10 parroquias, edita una hoja informativa que se reparte en todas las parroquias de la zona. En la hoja correspondiente al primer domingo del mes de febrero, se ofrece información de los servicios que presta, de la atención llevada a cabo en el mes de enero y de los resultados de la campaña de Navidad. 

El próximo fin de semana y en fecha distinta a la habitual como consecuencia de las lluvias del pasado 29 de enero, tendrá lugar en Güímar la anual fiesta en honor a la Virgen de Chinguaro. El domingo, a partir de las 7:45 horas, tendrá lugar la peregrinación hasta el santuario de Chinguaro desde la parroquia de San Pedro. Alrededor de las 8:30 horas se celebrará la Eucaristía. 

“PJ Weekend”, es el lema de las Jornadas Arciprestales de Pastoral Juvenil que se celebrarán el fin de semana del 19 y 20 de febrero en el colegio de la Milagrosa, en la Orotava. Juegos, actividades lúdicas, conciertos y momentos para la oración, son algunas de las ofertas de estas jornadas que concluirán el domingo con una Eucaristía en la Ermita de la Virgen de las Nieves de Las Cañadas del Teide.  


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DOMINGO 6DEL TIEMPO ORDINARIO
13 de Febrero de 2011

 La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros.

- Bienvenidos una vez más a compartir nuestro encuentro de todos los domingos. Lo necesitamos mucho, reunirnos todas las semanas convocados por Jesús. Lo necesitamos mucho, para que su palabra vaya penetrando en nosotros y nos ayude a asemejamos más a él, y para que su pan de vida nos alimente, y nos dé fortaleza y gracia. Agradezcámosle a Jesús esta nueva convocatoria, y dispongámonos a participar muy de corazón en esta Eucaristía.

A. penitencial: En silencio, pidamos perdón por nuestros pecados (silencio).

- Tú, que has sido enviado para sanar los corazones afligidos. SEÑOR, TEN PIEDAD. 

- Tú, que has venido a llamar a los pecadores. CRISTO, TEN PIEDAD.

 - Tú, que estás sentado a la derecha del Padre para interceder por nosotros. SEÑOR, TEN PIEDAD.

1. lectura (Eclesiástico 75,76-27): Hoy en el evangelio escucharemos una parte importante del sermón de la montaña. Jesús nos explicará cuáles deben ser nuestros criterios ante la vida, y cómo debemos actuar respecto a los demás. Nos dirá que no se trata de cumplir leyes, sino de cambiar nuestro corazón. Ahora, en esta primera lectura, un sabio del Antiguo Testamento nos invita a decidirnos; nos invita a saber escoger el camino de Dios.

2. lectura (7 Corintios2,6-1O):San Pablo nos habla de la sabiduría de Dios, la sabiduría que da la verdadera felicidad. Es lo que luego nos mostrará Jesús en el evangelio.

Oración universal: La oración universal es siempre una invitación a salir de nosotros mismos y a mirar hacia el mundo entero. Por eso, hoy que es el día de la Campaña contra el Hambre en el Mundo, será una buena ocasión para recordar a tanta y tanta gente que vive esta tragedia, y aportarles nuestra ayuda, y rezar también por ellos. Respondamos a cada petición diciendo: ESCÚCHANOS, PADRE.

Por todos aquellos que, en todo el mundo, sufren y mueren a causa de la pobreza y del hambre. OREMOS:

Por los gobernantes y los dirigentes económicos, que tienen en sus manos hacer que las riquezas de nuestro mundo lleguen a todos y nadie tenga que sufrir por no tener lo necesario para vivir. OREMOS:

Por las entidades y las personas que dedican su tiempo y sus esfuerzos a luchar contra la pobreza y el hambre. OREMOS:

Por las Iglesias de los países pobres; por sus pastores y por sus fieles. OREMOS:

Por nosotros, y por toda nuestra comunidad parroquial. OREMOS:

Escucha, Padre, nuestras plegarias, y llénanos de tu amor. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Padrenuestro: Confiando en el Señor, que da su amor a los pobres, nos atrevemos a decir:

CPL


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miércoles, 09 de febrero de 2011

ZENIT  nos ofrece el Mensaje del Papa Benedicto XVI ha dirigido al II Congreso Continental Latinoamericano sobre Vocaciones, que se celebra en Cartago (Costa Rica) desde 31 de Enero hasta el 5 de febrero de 2011, y que ha sido promovido por el CELAM (Consejo Episcopal Latinoamericano).

Queridos hermanos en el Episcopado,
Amados presbíteros,
religiosas, religiosos y fieles laicos

Próximamente se cumplirán 17 años del Primer Congreso Continental Latinoamericano de Vocaciones, convocado por la Santa Sede, en estrecha colaboración con el Consejo Episcopal Latinoamericano y la Confederación Latinoamericana de Religiosos. Aquel evento significó una importante ocasión para relanzar en todo el Continente la pastoral vocacional. El presente Congreso, que os disponéis a celebrar en la ciudad de Cartago, en Costa Rica, es una iniciativa de los Obispos responsables de la pastoral vocacional de América Latina y el Caribe, con la que se pretende seguir el camino ya iniciado, en el contexto de ese gran impulso misionero promovido por la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, en Aparecida (Documento conclusivo, 548). La gran tarea de la evangelización requiere un número cada vez mayor de personas que respondan generosamente al llamado de Dios y se entreguen de por vida a la causa del Evangelio. Una acción misionera más incisiva trae como fruto precioso, junto al fortalecimiento de la vida cristiana en general, el aumento de las vocaciones de especial consagración. De alguna manera, la abundancia de vocaciones es un signo elocuente de vitalidad eclesial, así como de la fuerte vivencia de la fe por parte de todos los miembros del Pueblo de Dios.

La Iglesia, en lo más íntimo de su ser, tiene una dimensión vocacional, implícita ya en su significado etimológico: «asamblea convocada» por Dios. La vida cristiana participa también de esta misma dimensión vocacional que caracteriza a la Iglesia. En el alma de cada cristiano resuena siempre de nuevo aquel «sígueme» de Jesús a los apóstoles, que cambió para siempre sus vidas (cf. Mt 4, 19).

En este segundo Congreso, que tiene por lema: «Maestro, en tu Palabra echaré las redes» (Lc 5, 5), los distintos agentes de pastoral vocacional de la Iglesia en América Latina y el Caribe se han reunido con el objetivo de fortalecer la pastoral vocacional, para que los bautizados asuman su llamado de ser discípulos y misioneros de Cristo, en las circunstancias actuales de esas amadas tierras. A este respecto, el Concilio Vaticano II afirma que: «toda la comunidad cristiana tiene el deber de fomentar las vocaciones, y debe procurarlo, ante todo, con una vida plenamente cristiana» (Optatam totius, 2). La pastoral vocacional ha de estar plenamente insertada en el conjunto de la pastoral general, y con una presencia capilar en todos los ámbitos pastorales concretos (Cf. V Conferencia General, Aparecida, Documento conclusivo, 314). La experiencia nos enseña que, allí donde hay una buena planificación y una práctica constante de la pastoral vocacional, las vocaciones no faltan. Dios es generoso, e igualmente generoso debería ser el empeño pastoral vocacional en todas las Iglesias particulares.

Entre los muchos aspectos que se podrían considerar para el cultivo de las vocaciones, quisiera destacar la importancia del cuidado de la vida espiritual. La vocación no es fruto de ningún proyecto humano o de una hábil estrategia organizativa. En su realidad más honda, es un don de Dios, una iniciativa misteriosa e inefable del Señor, que entra en la vida de una persona cautivándola con la belleza de su amor, y suscitando consiguientemente una entrega total y definitiva a ese amor divino (cf. Jn 15, 9.16). Hay que tener siempre presente la primacía de la vida del espíritu como base de toda programación pastoral. Es necesario ofrecer a las jóvenes generaciones la posibilidad de abrir sus corazones a una realidad más grande: a Cristo, el único que puede dar sentido y plenitud a sus vidas. Necesitamos vencer nuestra autosuficiencia e ir con humildad al Señor, suplicándole que siga llamando a muchos. Pero al mismo tiempo, el fortalecimiento de nuestra vida espiritual nos ha de llevar a una identificación cada vez mayor con la voluntad de Dios, y a ofrecer un testimonio más limpio y transparente de fe, esperanza y caridad.

Ciertamente, el testimonio personal y comunitario de una vida de amistad e intimidad con Cristo, de total y gozosa entrega a Dios, ocupa un lugar de primer orden en la labor de promoción vocacional. El testimonio fiel y alegre de la propia vocación ha sido y es un medio privilegiado para despertar en tantos jóvenes el deseo de ir tras los pasos de Cristo. Y, junto a eso, la valentía de proponerles con delicadeza y respeto la posibilidad de que Dios los llame también a ellos. Con frecuencia, la vocación divina se abre paso a través de una palabra humana, o gracias a un ambiente en el que se experimenta una fe viva. Hoy, como siempre, los jóvenes «son sensibles a la llamada de Cristo que les invita a seguirle» (Discurso en la sesión inaugural de la V Conferencia General, Aparecida, 13 mayo 2007). El mundo tiene necesidad de Dios, y por eso siempre tendrá necesidad de personas que vivan para él y que lo anuncien a los demás (cf. Carta a los seminaristas, 18 octubre 2010).

La preocupación por las vocaciones ocupa un lugar privilegiado en mi corazón y en mis oraciones. Les animo, pues, queridos hermanos y hermanas, a que se consagren con todas sus fuerzas y talentos a esta apasionante y urgente tarea, que el Señor sabrá recompensar con creces. Imploro sobre los organizadores y participantes en ese Congreso la intercesión de la Virgen María, verdadero modelo de respuesta generosa a la iniciativa de Dios, al mismo tiempo que les imparto una especial Bendición Apostólica.

Vaticano, 21 de enero de 2011

BENEDICTUS PP. XVI

[©Libreria Editrice Vaticana]


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Reflexión de monseñor Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús para el programa radial "Compartiendo el Evangelio", para el 4º domingo durante el año (30 de enero de 2011) (AICA)

LAS BIENAVENTURANZAS CAMBIAN NUESTROS CRITERIOS

Evangelio de San Mateo 5, 1-12 (Ciclo A) 

 Al ver a la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a él. Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo:

"Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia.
Felices los afligidos, porque serán consolados.
Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.
Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.
Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios.
Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.
Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí.
Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron. 

 Queridos hermanos, Moisés comulgaba los Diez Mandamientos de parte del Señor; en cambio con las bienaventuranzas Jesús nos dice “este es el Reino” y nos habla con una nueva lógica, con una nueva mentalidad, ¡cambiando nuestros criterios! Fijémonos: ¡tienen que estar contentos los afligidos, los pacientes, los que tienen hambre y sed de justicia, los pobres, los misericordiosos, los que trabajan por la paz, los que son perseguidos!¡Hay que estar feliz! Pareciera que está todo al revés. Y sí, ciertamente nuestra lógica está superada por la lógica del Evangelio. Cristo viene a dar vuelta nuestros criterios, para ponerlos donde tienen que estar ubicados.

Una segunda consideración: las bienaventuranzas no son reducciones a estamentos sociológicos, no. No necesariamente, ya que estamos hablando de un espíritu, de una disposición interior y que, ciertamente, nosotros tenemos que informar en el propio obrar, en cualquier estado en el que uno se encuentre. Tenemos que repetir esta actitud. Por eso no es, sociológicamente hablando, sino que es algo mucho más.

Pidamos al Señor que captemos el misterio, que captemos el sentido, porque estas bienaventuranzas no son un narcótico, no son un adormecer o atar a los pobres. Como dicen por ahí “bueno, como son pobres no hay más remedios, consuélense, quédense tranquilos porque…” ¡no, no, es otra cosa!, ¡es otra lógica! La lógica del Evangelio que supera la lógica de la razón.

Pidamos vivir este espíritu, saber testimoniarlo, incorporarlo; ¡hay que rezar para entender porque el que reza entiende, busca la verdad, permanece en la verdad! Y también hay que tener la voluntad de darse cuenta que, ante cualquier adversidad, si uno tiene confianza y tiene fe, pone el acto de amor, la voluntad del amor y no la voluntad de las ganas; porque cuando te calumnian es doloroso pero uno tiene que tener el espíritu del Señor.

Que el Señor nos de esta gracia de la disposición interior para poder entrar en el misterio de las bienaventuranzas; que es un misterio de tensión donde nos vamos arrimando, nos vamos acercando, pero que no quiere decir que ya hemos llegado. Porque quien hace alarde de haber llegado, no llegó sino que tiene carencias de aquello que dice que alcanzó.

Les dejo mi bendición: en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Amén

Mons. Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús 


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ZENIT nos ofrece la sexta entrega de la intervención del cardenal Mauro Piacenza, prefecto de la Congregación para el Clero, pronunciada el pasado lunes 24 de enero en las Jornadas Sacerdotales celebradas en Ars (Francia) sobre el celibato sacerdotal. La anterior se publicó en el servicio del martes 1 de febrero, y la próxima y última lo será el jueves 3 de febrero.
La intervención del cardenal Piacenza, realizada desde Roma en conexión en directo con el encuentro, lleva por título: “El celibato sacerdotal: fundamentos, alegrías, desafíos... Las enseñanzas del Papa sobre el tema: de Pío XI a Benedicto XVI”.

6. Benedicto XVI y la Sacramentum Caritatis

El último Pontífice que examinamos es el felizmente reinante, Benedicto XVI, cuyo Magisterio inicial sobre el celibato sacerdotal no deja ninguna duda, sea sobre la perenne validez de la norma disciplinar, sea, sobre todo e incluso con anterioridad, sobre su fundación teológica y particularmente cristológico-eucarística.

En particular, el Santo Padre dedicó al tema del celibato un número entero de la Exhortación Apostólica Postsinodal Sacramentum Caritatis. Leemos en él: “Los Padres sinodales han querido subrayar que el sacerdocio ministerial requiere, mediante la Ordenación, la plena configuración con Cristo. Respetando la praxis y las diferentes tradiciones orientales, es necesario reafirmar el sentido profundo del celibato sacerdotal, considerado con razón como una riqueza inestimable y confirmado por la praxis oriental de elegir como obispos sólo entre los que viven el celibato, y que tiene en gran estima la opción por el celibato que hacen numerosos presbíteros. En efecto, esta opción del sacerdote es una expresión peculiar de la entrega que lo configura con Cristo y de la entrega exclusiva de sí mismo por el Reino de Dios. El hecho de que Cristo mismo, sacerdote para siempre, viviera su misión hasta el sacrificio de la cruz en estado de virginidad es el punto de referencia seguro para entender el sentido de la tradición de la Iglesia latina a este respecto. Así pues, no basta con comprender el celibato sacerdotal en términos meramente funcionales. En realidad, representa una especial configuración con el estilo de vida del propio Cristo. Dicha opción es ante todo esponsal; es una identificación con el corazón de Cristo Esposo que da la vida por su Esposa. Junto con la gran tradición eclesial, con el Concilio Vaticano II y con los Sumos Pontífices predecesores míos, reafirmo la belleza y la importancia de una vida sacerdotal vivida en el celibato, como signo que expresa la dedicación total y exclusiva a Cristo, a la Iglesia y al Reino de Dios, y confirmo por tanto su carácter obligatorio para la tradición latina. El celibato sacerdotal, vivido con madurez, alegría y entrega, es una grandísima bendición para la Iglesia y para la sociedad misma” (n. 24).

Como es fácil observar, la Exhortación Apostólica multiplica las invitaciones para que el Sacerdote viva en el ofrecimiento de sí mismo, hasta el sacrificio de la cruz, para una dedicación total y exclusiva a Cristo. Particularmente relevante es el vínculo, que la Exhortación Apostólica reafirma, entre celibato y Eucaristía; si esta teología del Magisterio es recibida de modo auténtico y se aplica realmente en la Iglesia, el futuro del celibato será luminoso y fecundo, porque será un futuro de libertad y de santidad sacerdotal. Podríamos hablar así no sólo de “naturaleza esponsal” del celibato, sino de su “naturaleza eucarística”, que deriva del ofrecimiento que Cristo hace de Sí mismo perennemente a la Iglesia, y que se refleja de modo evidente en la vida de los sacerdotes. Estos son llamados a reproducir, en sus existencias, el Sacrificio de Cristo, a quien son asimilados en razón de la Ordenación sacerdotal.

De la naturaleza eucarística del celibato derivan todas sus posibles implicaciones teológicas, que ponen al Sacerdote frente a su propio oficio fundamental: la celebración de la Santa Misa, en la que las palabras “Este es Mi Cuerpo” y “Esta es Mi Sangre” no determinan solamente el efecto sacramental que les es propio, sino que, progresiva y realmente, deben modelar la oblación de la propia vida sacerdotal.

El Sacerdote célibe es así asociado personal y públicamente a Jesucristo; Lo hace realmente Presente, convirtiéndose él mismo en víctima, en la que Benedicto XVI llama “la lógica eucarística de la existencia cristiana”.

Cuanto más se recupere, en la vida de la Iglesia, la centralidad de la Eucaristía, dignamente celebrada y constantemente adorada, tanto más grande será la fidelidad al celibato, la comprensión de su inestimable valor y, si se me permite, el florecimiento de santas vocaciones al Ministerio ordenado.

En su discurso con ocasión de la Audiencia a la Curia Romana para la felicitación de Navidad, el 22 de diciembre de 2006, Benedicto XVI afirmaba de nuevo: “El verdadero fundamento del celibato puede ser recogido solamente en la frase: 'Dominus pars mea – Tu, Señor, eres mi tierra'. Puede ser sólo teocéntrico. No puede significar quedarse privados del amor, sino que debe significar dejarse llevar por la pasión por Dios, y aprender después, gracias a una mayor intimidad con Él, a servir también a los hombres. El celibato debe ser un testimonio de Fe: la Fe en Dios se hace concreta en esa forma de vida, que sólo a partir de Dios tiene un sentido. Apoyar la vida en Él, renunciando al matrimonio y a la familia, significa que yo acojo y experimento a Dios como realidad y que por ello puedo llevarlo a los hombres”.

Sólo la experiencia de la “herencia”, que el Señor es para cada existencia sacerdotal, hace eficaz ese testimonio de Fe que es el celibato. Como el mismo Santo Padre reafirmó en el discursoo a los participantes en la Plenaria de la Congregación para el Clero, el 16 de marzo de 2009, éste es : “Apostolica vivendi forma […], participación en una 'vida nueva' espiritualmente entendida, en ese nuevo “estilo de vida” que fue inaugurado por el Señor Jesús y que fue hecho propio por los Apóstoles”.

El Año Sacerdotal recientemente concluido ha visto varias intervenciones del Santo Padre sobre el tema del Sacerdocio, en particular en las catequesis de los miércoles, dedicadas a los tria munera, y en las tenidas con ocasión de la inauguración y de la clausura del Año Sacerdotal y de las celebraciones ligadas a san Juan Maria Vianney. Particularmente relevante fue el diálogo del Santo Padre con los sacerdotes, durante la gran Vigilia de clausura del Año Sacerdotal, cuando, interrogado sobre el significado del celibato y sobre las dificultades que se encuentran para vivirlo en la cultura contemporánea, respondió, partiendo de la centralidad de la Celebración Eucarística cotidiana en la vida del Sacerdote, que, actuando in Persona Christi, habla en el “Yo” de Cristo, convirtiéndose en realización de la permanencia en el tiempo de la unicidad de Su Sacerdocio, añadiendo: “Esta unificación de Su 'Yo' con el nuestro implica que somos atraídos también a Su realidad de Resucitado, vamos hacia la vida plena de la Resurrección […]. En este sentido, en celibato es una anticipación. Trascendemos este tiempo y vamos adelante, y nos atraemos a nosotros mismos y a nuestra época hacia el mundo de la Resurrección, hacia la novedad de Cristo, hacia la nueva y verdadera vida”. Queda así sancionada, por el Magisterio de Benedicto XVI, la relación íntima entre dimensión eucarística-fontal y dimensión escatológica anticipada y realizada del celibato sacerdotal. Superando de un solo golpe toda reducción funcionalista del Ministerio, el Santo Padre vuelve a colocarlo en su alto y amplio marco teológico, lo ilumina poniendo en evidencia su relación constitutiva, por tanto, con la Iglesia y revalora poderosamente toda la fuerza misionera que deriva precisamente de ese “más” hacia el Reino que el celibato realiza.

En esa misma circunstancia, con audacia profética, el Santo Padre afirmó: “Para el mundo agnóstico, el mundo en el que Dios no cuenta, el celibato es un gran escándalo, porque muestra precisamente que Dios es considerado y vivido como realidad. Con la vida escatológica del celibato, el mundo futuro de Dios entra en las realidades de nuestro tiempo”.

¿Cómo podría la Iglesia vivir sin el escándalo del celibato? ¿Sin hombres dispuestos a afirmar en el presente, también y sobre todo a través de su propia carne, la realidad de Dios? Estas afirmaciones han tenido cumplimiento y, en cierto modo, coronación en la extraordinaria homilía pronunciada como clausura del Año Sacerdotal – que me permito invitaros a releer – en la que el Papa rezó para que, como Iglesia, seamos liberados de los escándalos menores, para que aparezca el verdadero escándalo de la historia, que es Cristo Señor.

[Traducción del italiano por Inma Álvarez] 


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ZENIT  nos ofrece la quinta entrega de la intervención del cardenal Mauro Piacenza, prefecto de la Congregación para el Clero, pronunciada el pasado lunes 24 de enero en las Jornadas Sacerdotales celebradas en Ars (Francia) sobre el celibato sacerdotal. La anterior se publicó en el servicio del lunes 31 de enero, y la próxima lo será el miércoles 2 de febrero.
La intervención del cardenal Piacenza, realizada desde Roma en conexión en directo con el encuentro, lleva por título: “El celibato sacerdotal: fundamentos, alegrías, desafíos... Las enseñanzas del Papa sobre el tema: de Pío XI a Benedicto XVI”.

5. Juan Pablo II y la Pastores dabo vobis

Desde el inicio de su Pontificado, el Siervo de Dios Juan Pablo II reservó gran atención al tema del celibato, reafirmando su perenne validez y poniendo en evidencia su vínculo vital con el Misterio Eucarístico. El 9 de noviembre de 1978, pocas semanas después de su elección al solio pontificio, en el primer discurso al Clero de Roma, afirmaba: “El Concilio Vaticano II nos ha recordado esta espléndida verdad sobre el “sacerdocio universal” de todo el Pueblo de Dios, que deriva de la participación en el único Sacerdocio de Jesucristo. Nuestro Sacerdocio “ministerial”, arraigado en el Sacramento del Orden, se diferencia esencialmente del sacerdocio universal de los fieles. […] Nuestro Sacerdocio debe ser límpido y expresivo, […], estrechamente ligado celibato, […] por la limpidez y la expresividad “evangélica”, a la que se refieren las palabras de Nuestro Señor sobre el celibato “por el reino de los cielos” (cf. Mt 19,12)” (n. 3).

Ciertamente un punto de particular relevancia, en orden a todos los temas referidos al Sacerdocio y a la formación sacerdotal, ha sido la Exhortación Apostólica Pastores dabo vobis, en la que el don del celibato está incluido en el vínculo entre Jesús y el Sacerdote y, por primera vez, se hace mención de la importancia también psicológica de ese vínculo, sin separarlo de la importancia ontológica. Leemos de hecho, en el n. 72: “En esta relación entre el Señor Jesús y el sacerdote —relación ontológica y psicológica, sacramental y moral— está el fundamento y a la vez la fuerza para aquella 'vida según el Espíritu' y para aquel 'radicalismo evangélico' al que está llamado todo sacerdote y que se ve favorecido por la formación permanente en su aspecto espiritual”.

Vida según el Espíritu y radicalismo evangélico representan, por tanto, las dos líneas directrices irrenunciables, a lo largo de las cuales corre la permanente validez, documentada y motivada, del celibato sacerdotal. El hecho de que el Siervo de Dios Juan Pablo II reafirme inmediatamente su validez, proponga su lectura ontológico-sacramental, llegando hasta la acogida de las justas implicaciones psicológicas, que el carisma del celibato tiene en la delineación de una madura personalidad cristiana y sacerdotal, alienta y justifica la lectura de este tesoro eclesial insustituible en el marco de la más grande e ininterrumpida continuidad y, al mismo tiempo, de la profecía más audaz.

Podríamos, de hecho, afirmar que la puesta en discusión o la relativización del sagrado celibato constituyen actitudes reaccionarias respecto al soplo del Espíritu mientras que, al contrario, su valoración plena, su acogida adecuada, su testimonio luminoso e insuperable constituyen apertura y profecía. Verdadera profecía, también en el hoy de la Iglesia, incluso bajo el peso de los recientes dramas, que han ensuciado horriblemente sus blancas vestiduras, y con mayor evidencia aún ante las sociedades hiper erotizadas, en las que reina soberana la banalización de la sexualidad y de la corporeidad.

El celibato grita al mundo que Dios existe, que es Amor y que es posible, en cada época, vivir totalmente de Él y para Él. Y es del todo natural que la Iglesia elija a sus Sacerdotes entre aquellos que han acogido y madurado, a un nivel tan acabado, y por ello profético, la pro-existencia: ¡la existencia para Otro, para Cristo!

El Magisterio de Juan Pablo II, tan atento tanto a la revaloración de la familia como al papel de la mujer en la Iglesia y en la sociedad, no tiene miedo de reafirmar la perenne validez del sagrado celibato. No son pocos los estudios que actualmente se llevan a cabo también sobre el tema interesante, y lleno de enormes consecuencias, de la corporeidad y de la “teología del cuerpo” en el Magisterio del Siervo de Dios.

Precisamente el Pontífice que, quizás más que los demás, en los tiempos recientes elaboró y vivió una gran teología del cuerpo, nos entrega un radical afecto al celibato y la superación de todo intento de reducción funcionalista, a través de las dimensiones ontológico-sacramentales y teológico-espirituales claramente establecidas.

Un ulterior elemento, que surge, no tanto como novedad como precioso subrayado, en el Magisterio de Juan Pablo II (y ya presente en la Presbyterorum Ordinis), es el de la fraternidad sacerdotal. Ésta se interpreta no en sus reduccionismos psico-emotivos, sino en su raíz sacramental, tanto en relación con el Orden como en relación con el Presbiterio unido al propio obispo. La fraternidad sacerdotal es constitutiva del Ministerio ordenado, poniendo en evidencia su dimensión “de cuerpo”. Esta es el lugar natural de esas sanas relaciones fraternas, de ayuda concreta, tanto material como espiritual, y de compañía y apoyo en el camino común de santificación personal, precisamente a través del Ministerio a nosotros confiado.

Quisiera señalar por último al Catecismo de la Iglesia Católica, publicado durante el Pontificado de Juan Pablo II, en 1992. Este es, como se ha subrayado en muchos lugares, el auténtico instrumento a nuestra disposición, para la correcta hermeneutica de los textos del Concilio Ecumenico Vaticano II. Y debe convertirse, de forma cada vez más evidente, en punto de referencia imprescindible tanto de la catequesis como de toda la acción apostolica. En el Catecismo se reafirma, con autoridad, la validez perenne del celibato sacerdotal, cuando, en el n. 1579, se lee: “Todos los ministros ordenados de la Iglesia latina, exceptuados los diáconos permanentes, son ordinariamente elegidos entre hombres creyentes que viven como célibes y que tienen la voluntad de guardar el celibato "por el Reino de los cielos" (Mt 19,12). Llamados a consagrarse totalmente al Señor y a sus "cosas" (cf 1 Co 7,32), se entregan enteramente a Dios y a los hombres. El celibato es un signo de esta vida nueva al servicio de la cual es consagrado el ministro de la Iglesia; aceptado con un corazón alegre, anuncia de modo radiante el Reino de Dios”.

Todos los temas tocados hasta ahora por el Magisterio de los Pontífices, que hemos examinado, están como admirablemente condensados en la definición del Catecismo: de las razones cultuales a las de la imitatio Christi en el anuncio del Reino de Dios, de las derivadas del servicio apostolico a las eclesiológicas y las escatológicas. El hecho de que la realidad del celibato haya entrado en el Catecismo de la Iglesia dice cómo ésta está intimamente relacionada con el corazón de la Fe cristiana y documenta ese anuncio radiante, del que habla el mismo texto.

[Traducción del italiano por Inma Álvarez]


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martes, 08 de febrero de 2011

ZENIT nos ofrece la cuarta entrega de la intervención del cardenal Mauro Piacenza, prefecto de la Congregación para el Clero, pronunciada el pasado lunes 24 de enero en las Jornadas Sacerdotales celebradas en Ars (Francia) sobre el celibato sacerdotal. La anterior se publicó en el servicio del domingo 30 de enero, y la próxima lo será el martes 1 de febrero.
La intervención del cardenal Piacenza, realizada desde Roma en conexión en directo con el encuentro, lleva por título: “El celibato sacerdotal: fundamentos, alegrías, desafíos... Las enseñanzas del Papa sobre el tema: de Pío XI a Benedicto XVI”.

4. Pablo VI y la Sacerdotalis caelibatus

Publicada el 24 de junio de 1967, la Sacerdotalis caelibatus es la última Encíclica enteramente dedicada por un Pontífice al tema del celibato. En el clima del inmediato post-Concilio, recibiendo enteramente la doctrina conciliar, Pablo VI sintió la necesidad, con un acto magisterial autorizado, la perenne validez del celibato eclesiástico, el cual, quizás de forma más vehemente que hoy, era contestado a través de verdaderos y auténticos intentos de deslegitimación tanto histórico-bíblica como teológico-pastoral.

Como es bien sabido, la Presbyterorum Ordinis, distingue entre celibato en sí y ley del celibato, en el número 16, donde afirma: “La perfecta y perpetua continencia por el reino de los cielos, recomendada por nuestro Señor, aceptada con gusto y observada plausiblemente en el decurso de los siglos e incluso en nuestros días por no pocos fieles cristianos, siempre ha sido tenida en gran aprecio por la Iglesia, especialmente para la vida sacerdotal.... Por estas razones, fundadas en el misterio de Cristo y en su misión, el celibato, que al principio se recomendaba a los sacerdotes, fue impuesto por ley después en la Iglesia Latina a todos los que eran promovidos al Orden sagrado”. Esta distinción está presente tanto en el capítulo tercero de la Encíclica de Pío XI Ad catholici Sacerdotii, como en el n. 21 de la Encíclica de Pablo VI. Ambos documentos reducen siempre la ley del celibato a su verdadero origen, que fue dado por los Apóstoles, y a través de ellos, por el mismo Cristo.

El Siervo de Dios Pablo VI, en el n. 14 de la Encíclica, afirma: “Pensarnos, pues, que la vigente ley del sagrado celibato debe también hoy, y firmemente, estar unida al ministerio eclesiástico; ella debe sostener al ministro en su elección exclusiva, perenne y total del único y sumo amor de Cristo y de la dedicación al culto de Dios y al servicio de la Iglesia, y debe cualificar su estado de vida, tanto en la comunidad de los fieles, como en la profana”. Como es evidente de inmediato, el Pontífice asume las razones culturales propias del Magisterio precedente y las integra con las teológico-espirituales y pastorales, mayormente subrayadas por el Concilio Ecuménico Vaticano II, poniendo en evidencia cómo el doble orden de razones no debe ser considerado nunca en antítesis, sino en relación recíproca y en síntesis fecunda.

El mismo planteamientoo se encuentra en el n. 19 del Documento, que al deber del Sacerdote, como Ministro de Cristo y administrador de los Misterios de Dios, y tiene, en cierto modo, su culmen en el n. 21, que afirma: “Cristo permaneció toda la vida en el estado de virginidad, que significa su dedicación total al servicio de Dios y de los hombres. Esta profunda conexión entre la virginidad y el sacerdocio en Cristo se refleja en los que tienen la suerte de participar de la dignidad y de la misión del mediador y sacerdote eterno, y esta participación será tanto más perfecta cuanto el sagrado ministro esté más libre de vínculos de carne y de sangre”. La vacilación, por tanto, en la comprensión del valor inestimable del sagrado celibato y en su consiguiente valoración adecuada y, donde fuese necesario, fuerte defensa, podría ser entendida como inadecuada comprensión del alcance real del Ministerio ordenado en la Iglesia y de su insuperable relación ontológico-sacramental, y por tanto real, con Cristo sumo Sacerdote.

A estas imprescindibles referencias cultuales y cristológicas, la Encíclica hace seguir una clara referencia eclesiológica, también esencial para la adecuada comprensión del valor del celibato: “'Apresado por Cristo Jesús' hasta el abandono total de sí mismo en él, el sacerdote se configura más perfectamente a Cristo también en el amor, con que el eterno sacerdote ha amado a su cuerpo, la Iglesia, ofreciéndose a sí mismo todo por ella, para hacer de ella una esposa gloriosa, santa e inmaculada. Efectivamente, la virginidad consagrada de los sagrados ministros manifiesta el amor virginal de Cristo a su Iglesia y la virginal y sobrenatural fecundidad de esta unión, por la cual los hijos de Dios no son engendrados ni por la carne, ni por la sangre” (n. 26). ¿Cómo podría Cristo amar a Su Iglesia con un amor no virginal? ¿Cómo podría el Sacerdote, alter Christus, ser esposo de la Iglesia de modo no virginal?

Surge, por tanto, en la argumentación completa de la Encíclica, la profunda interconexión de todos los valores del sagrado celibato, el cual, da igual por dónde se le mire, parece cada vez más radical e íntimamente conectado con el Sacerdocio.

Siguiendooo con la argumentación de las razones eclesiológicas en apoyo del celibato, la Encíclica, en los nn. 29, 30 y 31, pone en evidencia la relación insuperable entre celibato y Misterio Eucarístico, afirmando que, con el celibato, “el sacerdote se une más íntimamente a la ofrenda, poniendo sobre el altar su vida entera, que lleva las señales del holocausto. […] muriendo cada día totalmente a sí mismo, renunciando al amor legítimo de una familia propia por amor de Cristo y de su reino, hallar la gloria de una vida en Cristo plenísima y fecunda, porque como él y en él ama y se da a todos los hijos de Dios”.

El último gran conjunto de razones, que se presentan en apoyo del sagrado celibato, se refiere a su significado escatológico. En el reconocimiento de que el Reino de Dios no es de este mundo (cf. Jn 18,30), que en la Resurrección no se tomará mujer ni marido (cf. Mt 22,30), y que “el precioso don divino de la perfecta continencia por el reino de los cielos constituye […] un signo particular de los bienes celestiales (cf. 1Cor 7,29-31)”, se indica también el celibato como “un testimonio de la necesaria tensión del Pueblo de Dios hacia la meta última de su peregrinación terrenal y un estímulo para todos a alzar la mirada a las cosas que están allá arriba” (n. 34).

Quien es puesto como autoridad para guiar a los hermanos al reconocimiento de Cristo, a la acogida de las verdades reveladas, a una conducta de vida cada vez más irreprensible y, en una palabra, a la santidad, encuentra así, en el sagrado celibato, profecía convenientísima y extraordinariamente fuerte, capaz de conferir singular autoridad al propio Ministerio y fecundidad, tanto ejemplar como apostólica, al propio obrar.

Con extraordinaria actualidad, la Encíclica responde también a esas objeciones que verían, en el celibato, una mortificación de la humanidad, privada de este modo de uno de los aspectos más bellos de la vida. En el n. 56, se afirma: “En el corazón del sacerdote no se ha apagado el amor. La caridad, bebida en su más puro manantial, ejercitada a imitación de Dios y de Cristo, no menos que cualquier auténtico amor, es exigente y concreta, ensancha hasta el infinito el horizonte del sacerdote, hace más profundo amplio su sentido de responsabilidad -índice de personalidad madura, educa en él, como expresión de una más alta y vasta paternidad, una plenitud y delicadeza de sentimientos, que lo enriquecen en medida superabundante”. En una palabra: “El celibato, elevando integralmente al hombre, contribuye efectivamente a su perfección” (n. 55).

En 1967, año de publicación de la Encíclica Sacerdotalis caelibatus, el Siervo de Dios Pablo VI puso uno de los actos de Magisterio más valientes y ejemplarmente clarificadores de todo su Pontificado. Una Encíclica que debería ser atentamente estudiada por todo candidato al Sacerdocio, desde el principio del propio itinerario, pero ciertamente antes de afrontar la petición de admisión a la ordenación diaconal, retomada periódicamente en la formación permanente y hecha objeto no sólo de atento estudio bíblico, histórico, teológico, espiritual y pastoral, sino también de profunda meditación personal.

[Traducción del italiano por Inma Álvarez]


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ZENIT  nos ofrece el discurso que el Papa Benedicto XVI dirigió a la Comunidad del Colegio Pontificio Etíope en el Vaticano, a quienes recibió el pasado sábado 29 de enero en audiencia.

¡Queridos hermanos y hermanas!

Estoy muy contento de acogeros en esta feliz ocasión del 150º aniversario del nacimiento al cielo de san Justino De Jacobis. Os saludo cordialmente a cada uno de vosotros, queridos sacerdotes y seminaristas del Colegio Pontificio Etíope, que la Divina Providencia situó cerca del sepulcro del Apóstol Pedro, signo del antiguo y profundo vínculo de comunión que une a la Iglesia de Etiopía y de Eritrea con la Sede Apostólica. Saludo de un modo especial al rector, padre Teclezghi Bahta, al que agradezco las corteses palabras con las que ha iniciado nuestro encuentro, recordando las diversas e importantes circunstancias que lo han motivado. Os acojo hoy con especial afecto, y junto a vosotros, quiero recordar también a sus comunidades de origen.

Quisiera ahora detenerme en la luminosa figura de San Justino De Jacobis, del cual habéis celebrado tan importante aniversario el pasado 31 de julio. Digno hijo de San Vicente de Paoli, san Justino vivió de un modo ejemplar su “hacerse todo para todos”, especialmente en el servicio del pueblo abisinio. Enviado a los treinta y ocho años, por el entonces Prefecto del Propaganda Fide, cardenal Franzoni, como misionero a Etiopía, en Tigrai, trabajó primero en Adoua y después en Gouala, donde enseguida pensó en formar a sacerdotes etíopes, creando un seminario llamado “Colegio de la Inmaculada”. Con celo por su ministerio trabajó incansablemente para que aquella parte del Pueblo de Dios reencontrase el fervor original de la fe, sembrada primero por el evangelizador san Frumencio (cfrPL 21, 473-80). Justino intuyó con discernimiento que prestar más atención al contexto cultural sería una manera privilegiada a través de la que la gracia de Dios formaría nuevas generaciones de cristianos.

Aprendió la lengua local y favoreció la tradición plurisecular litúrgica del rito propio de aquellas comunidades, y de esta manera trabajó también en un eficaz proyecto ecuménico. Durante más de veinte años, su generoso ministerio, primero sacerdotal y luego episcopal, benefició a todos los miembros del pueblo a él confiado.

Por su pasión educativa, especialmente en la formación de sacerdotes, se le considera justamente el patrón de vuestro Colegio; de hecho, todavía hoy, esta benemérita Institución acoge a presbíteros y aspirantes al sacerdocio, sosteniéndoles en su proyecto de preparación teológica, espiritual y pastoral. Volviendo a vuestras comunidades de origen, o acompañando a vuestros compatriotas en el extranjero, debéis suscitar en cada persona el amor a Dios y a la Iglesia, siguiendo el ejemplo de san Justino De Jacobis. El coronó su fecunda contribución a la vida religiosa y civil del pueblo abisinio con el don de su vida, silenciosamente entregada a Dios, tras muchos sufrimientos y persecuciones. Fue beatificado por el Venerable Pío XII el 25 de junio de 1939 y canonizado por el Siervo de Dios Pablo VI, el 26 de octubre de 1975.

También a vosotros, queridos sacerdotes y seminaristas, ¡el camino de la santidad está marcado! Cristo continúa presente en el mundo y se revela a todos los que, como san Justino De Jacobis, se dejan llevar por su Espíritu. Nos lo recuerda el Concilio Vaticano II que, por otro lado, afirma: “En la vida de aquellos que, siendo hombres como nosotros, se transforman con mayor perfección en imagen de Cristo (cf. 2 Co 3,18), Dios manifiesta al vivo ante los hombres su presencia y su rostro. En ellos El mismo nos habla y nos ofrece un signo de su reino” (Cost. dog. Lumen gentium, 50).

Cristo, el eterno Sacerdote de la Nueva Alianza, que con la especial vocación al ministerio sacerdotal ha “conquistado” nuestra vida, no suprime las cualidades características de la persona; sino que la eleva, la ennoblece y haciéndola suya, la llama a servir a su misterio y a su obra. Dios también tiene necesidad de cada uno de nosotros para “demostrar a los tiempos futuros la inmensa riqueza de su gracia por el amor que nos tiene en Cristo Jesús” (Ef 2,7)

No obstante el carácter propio de la vocación de cada uno, no estamos separados entre nosotros; estamos en cambio unidos, en comunión en un único organismo espiritual. Estamos llamados a formar el total de Cristo, una unidad recapitulada en el Señor, vivificada por su Espíritu para convertirnos en su “pléroma” y enriquecer así el cántico de alabanza que Él dirige al Padre.

Cristo es inseparable de la Iglesia, que es su cuerpo. Es en la Iglesia donde Cristo une más a sí mismo a los bautizados y, nutriéndolos con la Santa Comunión, los hace partícipes de su vida gloriosa (cfr Lumen gentium, 48). La santidad está por tanto en el mismo corazón del misterio eclesial y es la vocación a la que todos estamos llamados. Los santos no son adornos que decoran la Iglesia externamente, son como las flores de un árbol que revelan la inagotable vitalidad de la savia que lo recorre. Es una cosa bella el contemplar de esta forma a la Iglesia, en un modo ascensional hacia la plenitud del Vir perfectus; en continua, fatigosa, progresiva maduración; dinámicamente impulsada hacia su pleno cumplimiento en Cristo.

Queridos sacerdotes y seminaristas del Colegio Pontificio Etíope, vivid con alegría y dedicación este importante periodo de vuestra formación, a la sombra de la cúpula de San Pedro: caminad con decisión por el camino de la santidad. Sois un signo de esperanza, especialmente para la Iglesia de vuestros países de origen. Estoy seguro de que la experiencia de comunión vivida aquí en Roma, os ayudará también contribuir al crecimiento y a la convivencia pacífica en vuestras amadas naciones. Acompaño vuestro camino con mi oración y, con la intercesión de san Justino De Jacobis y de la Virgen María, os imparto con cariño, la Bendición Apostólica, que extiendo a las Hermanas de María Niña, al personal de la Casa y a vuestras personas queridas.

[Traducción del original italiano por Carmen Álvarez
©Copyright 2011 Libreria Editrice Vaticana]


Publicado por verdenaranja @ 21:39  | Habla el Papa
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ZENIT nos ofrece el Mensaje del presidente del Consejo Pontificio para los Operadores Sanitarios, monseñor Zygmunt Zimowski, hecho público el sábado 29 de enero, con motivo de la celebración, ayer domingo, de la Jornada Mundial de los Enfermos de Lepra.

"Unir nuestros esfuerzos para expresar mejor la Justicia y el Amor hacia los enfermos de lepra"

1) Su Santidad el Papa Benedicto XVI, en su mensaje a la XXV Conferencia Internacional del Consejo Pontificio para los Operadores Sanitarios del pasado mes de noviembre, titulado "Caritas in veritate. Por una atención sanitaria justa y humana", subrayó que “en nuestra época” se asiste “por una parte a una atención sanitaria que corre el riesgo de transformarse en consumismo farmacológico, médico y quirúrgico, convirtiéndose casi en un culto al cuerpo, y por otra parte, a la dificultad de millones de personas para acceder a condiciones mínimas de subsistencia y a fármacos indispensables para curarse”. Este es un problema que afecta de modo vivo y especial al mundo de los leprosos, y esta 58ª Jornada Internacional de lucha contra la Lepra es en efecto la ocasión para expresar la “cercanía y la solidaridad hacia todos los que sufren este mal y otras enfermedades que desfiguran el cuerpo llevando a un casi incurable estado de marginación".

La Jornada Mundial de lucha contra la Lepra es una celebración que constituye al mismo tiempo un momento de reflexión para subrayar y expresar agradecimiento por el compromiso de los millones, entre agentes, profesionales y voluntarios, del mundo de la salud, de la sociedad, de la política y de la información que han ayudado y ayudan a los leprosos. Empezando por ofrecer la posibilidad de un diagnóstico precoz y después, como el Buen Samaritano, dando las posibilidades de curación, pero también los medios de supervivencia y de sustento a quien se encuentra con un futuro fuertemente comprometido por las discapacidades y las desfiguraciones que la enfermedad inflige. Por tanto, proseguía el Santo Padre en el Mensaje, inclinándose “hacia el hombre herido, abandonado en la cuneta del camino”, realizando esa “justicia más grande" que Jesús pide a sus discípulos y realiza en su vida, porque el cumplimiento de la Ley es el amor”. Entre las personas y las instituciones a las que deseamos dirigir un particular agradecimiento, por su compromiso hacia los enfermos de lepra, está la Fundación Raoul Follereau. Una realidad que, surgida de la sensibilidad, caridad y capacidad de su fundador, ha continuado su obra, también apoyando la celebración de esta Jornada Mundial que, dentro de dos años, celebrará el 60º aniversario de su propia institución.

2) La lepra, de hecho, después de la puesta en marcha de eficacias terapias farmacológicas, ha visto reducirse notablemente su propia carga letal, pero sigue provocando sufrimiento, lesiones físicas y exclusión social. En torno a ella prosperan la ignorancia, la desigualdad y la discriminación que, a su vez, alimentan su difusión. Esto por la incapacidad de comprender la importancia de un diagnóstico clínico a tiempo y de acceder a los servicios sanitarios eventualmente presentes; la imposibilidad absoluta para algunas poblaciones o comunidades de gozar de un sostema sanitario aunque sea mínimo, la marginación y el consiguiente drástico empobrecimiento de los núcleos familiares donde se ha verificado un primer caso de contagio. Desde el punto de vista sanitario y social sigue siendo dramática la carencia de estructuras tanto para el diagnóstico precoz de la infección como para la reinserción social y laboral de las personas curadas pero que han quedado mutiladas por el Bacilo de Hansen. Debe promoverse de forma más difundida y capilar la educación de las comunidades y de las poblaciones para que se comprenda que quien está curado no representa ya amenaza alguna de infección para los demás y que debe ser ayudado a reinsertarse.

Por ello os pedimos también a vosotros, que anteriormente fuisteis víctimas de la lepra, que os comprometais a ser solidarios, que recéis por el bien de quien está cerca de vosotros, de quien intenta llevaros alivio, pero también por la salvación de quienes “banquetean” cerrando la puerta ante las necesidades de los demás. De aquellos que se alejan de vosotros llamándoos “¡leprosos!”, sin conocer ni querer conocer vuestro nombre, reconocer vuestra dignidad y vuestra historia. Y sin embargo, “también en el campo de la salud, parte integrante de la existencia de cada uno y del bien común, es importante instaurar una verdadera justicia distributiva que garantice a todos, sobre la base de las necesidades objetivas, cuidados adecuados. En consecuencia, el mundo de la salud no puede sustraerse a las reglas morales que deben gobernarlo para que no se convierta en inhumano" subrayó también Su Santidad el Papa Benedicto XVI. Como subraya la Encíclica Caritas in veritate, "la Doctrina Social de la Iglesia ha puesto siempre de manifiesto la importancia de la justicia distributiva y de la justicia social en los diversos sectores de las relaciones humanas. Se promueve la justicia cuando se acoge la vida del otro y de asume su responsabilidad hacia él, respondiendo a sus esperanzas, porque en él se capta el propio rostro del Hijo de Dios, que se hizo hombre por nosotros. La imagen divina impresa en nuestro hermano funda la altísima dignidad de cada persona y suscita en cada uno la exigencia del respeto, del cuidado y del servicio”.

3) De nuevo con ocasión de esta 58ª Jornada Mundial es justo recordar que en la Historia de la Iglesia ha habido siempre personas que se ha comprometido hasta, en muchos casos, sacrificar la propia vida en favor de las víctimas del Morbo de Hansen. Uno de los más recientes, en términos temporales, es el cardenal canadiense Paul-Émile Léger. "Un signo fuerte de la acción humanizadora del mensaje de Cristo es sin duda el Centro Cardenal Léger de Yaoundé (Camerún)”, subrayó el Papa Benedicto XVI durante la audiencia general del 1 de abril de 2009 en la Plaza de San Pedro. “Su fundador fue el cardenal canadiense Paul-Émil Léger, que quiso retirarse allí después del Concilio, en 1968 –, manifestó el Santo Padre – para trabajar” entre los pobres, los leprosos y los discapacitados.

Permaneciendo entre el siglo XIX y XX, queremos también recordar al belga san Damián de Veuster de la Congregación de los Sagrados Corazones de Jesús y María, que trabajó en Molokai (archipiélago de las Hawaii, EE.UU.). "Su actividad misionera – subrayó Su Santidad el Papa Benedicto XVI con ocasión de la canonización de Damián de Veuster, celebrada en 2009 – le dio mucha alegría” alcanzando “su culmen en la caridad... El servidor de la Palabra se convirtió así en un siervo sufriente, leproso entre los leprosos, durante los últimos años de su vida”.

También el beato polaco Jan Beyzym de la Compañía de Jesús que, beatificado en 2002 por el venerable papa Juan Pablo II, se dedicó a las víctimas de la lepra, en su caso en Madagascar, e incluso consiguió construir en la isla un hospital especializado aún activo y capaz de hospedar a 150 pacientes. Su vida se distinguió por su profunda fe, su solicitud samaritana por los más pobres entre los pobres. En su existencia la evangelización se conjugaba con la defensa de la dignidad del ser humano hijo de Dios. De prtofunda fe mariana, dedicó el hospital que había fundado a la Virgen de Częstochowa. "La obra caritativa del beato Jan Beyzym – afirmó el venerable Juan Pablo II durante la ceremonia de beatificación del padre jesuita, celebrada en Cracovia en 2002 – estaba inscrita en su misión fundamental: llevar el Evangelio a quienes no lo conoces. Este es el más grande don de misericordia: llevar a los hombres a Cristo y permitirles conocer y gustar su amor".

A la Virgen Santísima, Salud de los Enfermos y Consoladora de los Afligidos confiamos todos los enfermos de Lepra y todos aquellos que cuidan de ellos.

+ Zygmunt Zimowski
Presidente del Consejo Pontificio para los Operadores Sanitarios

[Traducción del original italiano por Inma Álvarez]


Publicado por verdenaranja @ 21:35  | Hablan los obispos
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Carta de Mons. Carlos Osoro, arzobispo de la archidiócesis de Valencia, publicada para celebrar la "Jornada Mundial del Emigrante" con el título  "Carta a un emigrante para meditar juntos". Viernes 28 de Enero de 2011 

CARTA A UN EMIGRANTE PARA MEDITARLA JUNTOS 
Carta semanal del Sr. Arzobispo  

Deseo compartir contigo algo que sabes de memoria y que vives en tu propia carne: la emigración, en nuestro mundo actual, se ha convertido en un fenómeno global. Cuando has salido de tu patria, no solamente has visto cómo contigo salían muchos más sino que, al llegar al país que te acogía, te has encontrado con muchos más procedentes de otros lugares. En este fenómeno, ciertamente, están implicadas todas las naciones: unas, porque de ellas salen muchos hombres y mujeres a otros países, y otras, porque los reciben. La emigración afecta a millones de seres humanos y siempre nos plantea desafíos nuevos. A los cristianos nos tiene que hacer más sensibles y recordar que el mismo Señor fue un emigrante desde el inicio de su vida entre nosotros en esta tierra, cuando tuvo que huir a Egipto.  

Cuando te escribo esta carta, estoy pensando en toda tu familia y en todos los emigrantes. Lo hago para que todos nos sensibilicemos y, también, para sensibilizar a toda la sociedad. La emigración es un fenómeno de tanta trascendencia que nos alienta a cambiar comportamientos en nuestra vida y hacer de este mundo una verdadera familia en la que todos se encuentren como hermanos. A nadie en esta tierra, que es de todos, lo podemos situar como extraño y falto de derechos. 

Como nos ha recordado el Papa Benedicto XVI en su mensaje para la Jornada Mundial del Emigrante y del Refugiado, esta ocasión “brinda a la Iglesia la oportunidad de orar para que los corazones se abran a la acogida cristiana y de trabajar para que crezca en el mundo la justicia y la caridad, columnas para la construcción de una paz auténtica y duradera. ‘Como yo os he amado, que también os améis unos a otros’ (Jn 13, 34) es la invitación que el Señor nos dirige con fuerza y nos renueva constantemente: si el Padre nos llama a ser hijos amados en su Hijo predilecto, nos llama también a reconocernos todos como hermanos en Cristo”. 

Es verdad lo que me decías en la conversación que teníamos hace muy poco tiempo, que entre las personas a las que afecta el problema de la emigración se encuentran muchas veces los más vulnerables: los emigrantes indocumentados, los refugiados, los que buscan asilo, los desplazados a causa de continuos conflictos violentos en muchas partes de la tierra y las víctimas del terrible crimen del tráfico humano. Pero, sean quienes fueren, te aseguro que en la comunidad católica tienes una familia. Como muy bien sabes, y de alguna manera en tu vida lo has experimentado, la participación en la comunidad católica no viene determinada por la nacionalidad o por el origen social o étnico, sino fundamentalmente por la fe en Jesucristo y por el bautismo en nombre de la Santísima Trinidad. Además, la Iglesia nunca cierra las puertas a nadie, pues sabe muy bien, porque así se lo enseño Jesucristo, que todos somos hermanos.

 ¡Qué fuerza tiene el contemplar el carácter cosmopolita del Pueblo de Dios! Se hace visible en cualquier comunidad cristiana porque la emigración ha transformado, incluso, comunidades pequeñas y a veces aisladas en realidades pluralistas e interculturales. Y nuestros hogares, en donde hasta hace muy poco tiempo era raro ver a un extranjero viviendo permanentemente, hoy los compartimos con personas de diferentes partes del planeta. ¡Qué bien suena en el mundo en muchas comunidades cristianas el salmo 116: “Alabad al Señor todas las naciones, aclamadlo todos los pueblos”! Recuerda, como te decía, la oportunidad que tienes y tienen todos los que contigo celebran la Eucaristía los domingos de vivir la experiencia de la catolicidad, que es una nota esencial de la Iglesia, que expresa su apertura esencial a todo lo que es obra del Espíritu en cada pueblo. 

¡Qué conversación más profunda tuvimos! ¡Qué alegría sentimos en nuestro corazón cuando, juntos, experimentamos el vínculo profundo que existe entre todos los seres humanos! Vínculo que ha establecido el mismo Creador cuando a todos los hombres nos hizo a “su imagen y semejanza”. Recuerda aquello que nos decía el Concilio Vaticano II: “todos los pueblos forman una comunidad, tienen un mismo origen, puesto que Dios hizo habitar a todo género humano sobre la faz de la tierra y tienen también un fin último, que es Dios, cuya providencia, manifestación de bondad y designios de salvación se extiende a todos”. Somos una sola familia humana. Sí, una familia de hermanos y hermanas, en la que todos nos vemos impulsados y con necesidad del diálogo, en la que todos estamos llamados, en lo más profundo de nuestro corazón, a una vida donde la convivencia y la fraternidad no sean una palabra más de las muchas que pronunciamos, sino que sea una realidad vivida serena y provechosamente en respeto a las legítimas diferencias.

 Contigo quiero pensar en todos los emigrantes, cuya condición de extranjeros hace más difícil toda reivindicación social, a pesar de su real participación en el esfuerzo económico del país que lo recibe. Urge, por parte de todos, superar actitudes nacionalistas exacerbadas y crear, en su favor, legislaciones que favorezcan la integración, faciliten la promoción profesional, les permita un alojamiento decente donde pueda vivir toda la familia. Es cierto que es deber de todos los hombres trabajar con energía para instaurar la fraternidad universal, que es base indispensable de una justicia auténtica y condición esencial para la paz. Hagamos frente a toda manifestación de racismo, xenofobia y nacionalismo. Solamente un amor auténticamente evangélico será suficientemente fuerte para pasar de la tolerancia al respeto real de las diferencias. Y solamente la gracia redentora de Jesucristo puede hacernos vencer ese desafío diario de transformar el egoísmo en generosidad, el temor en apertura y el rechazo en solidaridad. 

Con gran afecto, os bendice 

+ Carlos, Arzobispo de Valencia


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lunes, 07 de febrero de 2011

ZENIT  nos  ofrece la segunda entrega de la intervención del cardenal Mauro Piacenza, prefecto de la Congregación para el Clero, pronunciada el pasado lunes 24 de enero en las Jornadas Sacerdotales celebradas en Ars (Francia) sobre el celibato sacerdotal. La anterior se publicó en el servicio del viernes 28 de enero, y la próxima lo será el lunes 31 de enero.
La intervención del cardenal Piacenza, realizada desde Roma en conexión en directo con el encuentro, lleva por título: "El celibato sacerdotal: fundamentos, alegrías, desafíos... Las enseñanzas del Papa sobre el tema: de Pío XI a Benedicto XVI".

Cardenal Piacenza: el celibato sacerdotal según Juan XXIII (III)
Intervención en un Encuentro sacerdotal en Ars

3. Juan XXIII y la Encíclica Sacerdotii nostri primordia

El beato Juan XXIII dedicó, como bien sabéis, otra encíclica al santo Cura de Ars, en el primer centenario de su nacimiento al Cielo. En ella, los temas fundamentales de la virginidad y del celibato por el Reino de los Cielos, desarrollados por el Pontífice Pío XI y, sobre todos, por el Papa Pío XII, son recibidos por Juan XXIII y como progresivamente declinados en la figura ejemplar de san Juan María Vianney, que él presenta como quintaesencia del Sacerdocio católico.

El Pontífice indica cómo todas las virtudes necesarias y propias de un sacerdote fueron acogidas y vividas por san Juan María Vianney, y pone el acento, en el texto de la encíclica, en la ascesis sacerdotal, en el papel de la oración y del Culto eucarístico, y en el consiguiente celo pastoral.

Citando, aunque indirectamente, a Pío XI, la encíclica reconoce cómo, para la realización de las funciones sacerdotales, se exige una santidad mayor que la requerida por el estado religioso, y afirma cómo la grandeza del sacerdote consiste en la imitación de Jesucristo. Afirma Juan XXIII: "En :su mirada brillaba la castidad,", se ha dicho del Cura de Ars. En verdad, quien le estudia queda maravillado no sólo por el heroísmo con que este sacerdote redujo su cuerpo a servidumbre (1 Cor 9, 27), sino también por el acento de convicción con que lograba atraer tras de sí la muchedumbre de sus penitentes". Surge con claridad cómo, para el beato Juan XXIII, en el Cura de Ars era de luminosa evidencia el vínculo entre eficacia ministerial y fidelidad a la continencia perfecta por el Reino de los Cielos, y como esta última no estaba determinada por las exigencias del ministerio, sino que, al contrario, está contra cualquier reducción funcionalista del sacerdocio, siendo precisamente el Ministerio, en su más amplio florecimiento, el que está determinado, casi causado, por la fidelidad al celibato. Prosigue el Pontífice: "Esta ascesis necesaria de la castidad, lejos de encerrar al sacerdote en un estéril egoísmo, lo hace de corazón más abierto y más dispuesto a todas las necesidades de sus hermanos: 'Cuando el corazón es puro --decía muy bien el Cura de Ars- no puede menos de amar, porque ha vuelto a encontrar la fuente del amor que es Dios'".

De esta argumentación perfectamente teológica se comprende bien cómo el Espíritu de Dios y el espíritu del mundo se encuentran en oposición diametral. Tenemos por tanto los parámetros para comprender y construir.

En la encíclica se pone en evidencia el vínculo constitutivo entre celibato, identidad sacerdotal y celebración de los divinos Misterios. Se pone un acento particular en el vínculo entre ofrenda eucarística del divino Sacrificio y don cotidiano de sí mismos, también en el sagrado celibato. Ya en 1959, el Magisterio pontificio reconocía, así, cómo gran parte de la desorientación respecto a la fidelidad y a la necesidad del celibato eclesiástico dependía, y de hecho depende, de una inadecuada comprensión de su relación con la Celebración Eucarística. En ella, de hecho, no de forma funcional sino real, el sacerdote participa en la ofrenda única e irrepetible de Cristo, la cual sin embargo es sacramentalmente actualizada y representada en la Iglesia para la salvación del mundo. Semejante participación implica la ofrenda de sí mismos, que debe ser íntegra, e incluir por tanto también la propia carne en la virginidad.

¿Quién no ve entonces cómo entre Eucaristía-culto divino y Sacerdocio ordenado existe un nexo vital? Las suertes del culto y del Sacerdocio están unidas. Imposible cuidar un ámbito sin cuidar el otro. Es necesario reflexionar sobre ello cuando uno se dedica a la formación sacerdotal, y es necesario ser siempre conscientes del hecho de que a la suerte de la reforma de los clérigos está ligada la suerte de una nueva evangelización absolutamente indispensable.

Vale aún hoy, quizás con acentos más dramáticos, la indicación del beato pontífice: "Con afecto paternal, Nos pedimos a nuestros amados sacerdotes que periódicamente se examinen sobre la forma en que celebran los santos misterios, y sobre las espirituales disposiciones con que ascienden al altar y sobre los frutos que se esfuerzan por obtener de él". La Eucaristía es así, al mismo tiempo, fuente del sagrado celibato y "prueba de examen" de la fidelidad al mismo, banco concreto de prueba del ofrecimiento real de sí mismos al Señor.

[Traducción del italiano por Inma Álvarez]


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ZENIT  publica las palabras que dirigió Benedicto XVI este domingo al rezar la oración mariana del Ángelus junto a los miles de peregrinos congregados en la plaza de San Pedro del Vaticano.

Queridos hermanos y hermanas:

En este cuarto domingo del Tiempo Ordinario, el Evangelio presenta el primer gran discurso que el Señor dirige a la gente, sobre las dulces colinas que rodean el Lago de Galilea. "Al ver a la multitud --escribe san Mateo--, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a él. Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles" (Mt 5, 1-2). Jesús, nuevo Moisés, "asume la 'cátedra' de la montaña" (Jesús de Nazaret, La Esfera de los Libros, 2007) y proclama "bienaventurados" los pobres de espíritu, los afligidos, los misericordiosos, los que tienen hambre de justicia, los limpios de corazón, los perseguidos (Cf. Mt 5, 3-10). No se trata de una nueva ideología, sino de una enseñanza que procede de lo alto y que toca a la condición humana, que el Señor, al encarnarse, quiso asumir para salvarla. Por este motivo, "el sermón de la montaña se dirige a todo el mundo, en el presente y en el futuro... y sólo puede ser comprendido y vivido en el seguimiento de Jesús, caminando con Él" (Jesús de Nazaret). Las Bienaventuranzas son un nuevo programa de vida para liberarse de los falsos valores del mundo y abrirse a los verdaderos bienes presentes y futuros. Cuando Dios consuela, sacia el hambre de justicia, enjuga las lágrimas de los afligidos, significa que, ademas de recompensar a cada uno de manera sensible, abre el Reino de los Cielos. "Las Bienaventuranzas son la transposición de la cruz y de la resurrección en la existencia de los discípulos" (ibídem). Reflejan la vida del Hijo de Dios que se deja perseguir, despreciar hasta la condena a muerte para dar a los hombres la salvación.

Un antiguo eremita afirma: "Las Bienaventuranzas son dones de Dios y tenemos que darle verdaderamente gracias por habérnoslas dado y por las recompensas que se derivan de ellas, es decir, el Reino de los Cielos en el siglo futuro, el consuelo aquí, la plenitud de todo bien y la misericordia de Dios..., cuando uno se ha convertido en imagen de Cristo sobre la tierra" (Pedro de Damasco, en Filocalia, volumen 3, Turín 1985, p. 79). El Evangelio de las Bienaventuranzas se comenta con la historia misma de la Iglesia, la historia de la santidad cristiana, pues --como escribe san Pablo-- "Dios eligió lo que el mundo tiene por necio, para confundir a los sabios; lo que el mundo tiene por débil, para confundir a los fuertes; lo que es vil y despreciable y lo que no vale nada, para aniquilar a lo que vale" (1 Corintios 1, 27-28). Por este motivo, la Iglesia no tiene miedo de la pobreza, el desprecio, la persecución en una sociedad con frecuencia atraída por el bienestar material y por el poder mundano. San Agustín nos recuerda que "lo que ayuda no es sufrir estos males, sino soportarlos por el nombre de Jesús, no sólo con espíritu sereno, sino incluso con alegría" (De sermone Domini in monte, I, 5,13: CCL 35, 13).

Queridos hermanos y hermanas: invoquemos a la Virgen María, la bienaventurada por excelencia, pidiendo la fuerza de buscar al Señor (Cf. Sofonías 2, 3) y de seguirle siempre, con alegría, por el camino de las Bienaventuranzas. 

[Tras rezar el Ángelus, el Papa saludó en varios idiomas a los peregrinos. En italiano, comenzó diciendo:]

Se celebra en este domingo la Jornada Mundial de los Enfermos de Lepra, promovida en los años cincuenta del siglo pasado por Raoul Follereau y reconocida oficialmente por la ONU. A pesar de que el número de los enfermos está disminuyendo, por desgracia la lepra todavía golpea a muchas personas en condiciones de grave miseria. A todos los enfermos les aseguro una oración especial, que extiendo también a quienes les asisten y a quienes se comprometen de diferentes maneras por derrotar el mal de Hansen. Saludo en particular a la Asociación Italiana Amigos de Raoul Follereau, que cumple cincuenta años de actividad.

En los próximos días, en varios países del Lejano Oriente, se celebra, con alegría, especialmente en la intimidad de las familias, el año nuevo lunar. A todos esos grandes pueblos les deseo de corazón serenidad y prosperidad.

Hoy se celebra también la Jornada Internacional de Intercesión por la Paz en Tierra Santa. Me uno al patriarca latino de Jerusalén y al custodio de Tierra Santa para invitar a todos a rezar al Señor para que permita la convergencia de las mentes y los corazones en proyectos concretos de paz.

Con alegría dirijo un caluroso saludo a los muchachos y muchachas de la Acción Católica de la diócesis de Roma, dirigidos por el cardenal vicario Agostino Vallini. Queridos muchachos, este año también sois numerosos, al final de vuestra Caravana de la Paz, cuyo lema era "¡Contamos con la paz!". Escuchemos ahora el mensaje que vuestros amigos, que se encuentran a mi lado, nos leerán.

[En español, el Papa dijo: ]

Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española presentes en esta oración mariana, en particular a los fieles de diversas parroquias de las diócesis de Valencia, Cádiz y Jerez de la Frontera. El anuncio de las Bienaventuranzas, que hoy nos presenta la liturgia, es una clara propuesta del Señor para vivir en comunión con Él y alcanzar la auténtica felicidad. Quien acoge con radicalidad este programa de vida, encuentra la fuerza necesaria para colaborar en la edificación del Reino de Dios y ser instrumento de salvación. Feliz domingo. 

[Traducción del original italiano realizada por Jesús Colina
© Libreria Editrice Vaticana]


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ZENIT  publica la reflexión que ha escrito monseñor José Ignacio Munilla, obispo de San Sebastián, con el título

A estas alturas ya nadie duda de que el cine no es, ni puede serlo, un arte aséptico en lo que se refiere a los valores o contravalores que transmite. La proliferación de películas de marcado acento anticatólico ha sido muy notoria en los últimos años, pero gracias a Dios, cada vez son más los que, poniendo en práctica el conocido refrán "más vale encender una luz que maldecir las tinieblas", tienen la osadía de realizar un cine de marcada inspiración cristiana. Se trata de producciones generalmente modestas en su presupuesto, pero que tienen el acierto de trasladar a la pantalla, con notable éxito, testimonios reales y concretos, que contrastan con la abundancia de leyendas negras difundidas en la filmografía sobre la vida e historia de la Iglesia.

Pues bien, entre la amplia oferta que la cartelera cinematográfica nos ofrece en estos días, podemos disfrutar de la producción francesa "De dioses y hombres" del director Xavier Beauvois. En ella se narra lo acontecido en el monasterio cisterciense del Monte Atlas (Argelia) a mediados de 1996, cuando siete monjes fueron secuestrados y finalmente decapitados por la facción radical del GIA (Grupo Islámico Armado). El guión de esta película recoge con fidelidad la buena armonía de estos monjes cristianos con los pobladores musulmanes de aquella región, al mismo tiempo que la irrupción repentina del fundamentalismo islámico, que cambia por completo el escenario de pacífica convivencia. Lejos de ser una película que tome pie del fundamentalismo para satanizar al conjunto del Islam, refleja de forma sobresaliente el ideal del diálogo interreligioso propugnado por la Iglesia en el Concilio Vaticano II.

Este filme alcanza especial relevancia y actualidad, por el hecho de que su llegada a España ha coincidido con un momento de notable recrudecimiento de la persecución y el exterminio de las minorías cristianas de tradición milenaria, en países de mayoría musulmana e hindú. El destino de estos cristianos, tanto en Oriente Medio como en Oriente, se torna cada vez más dramático e incierto, a raíz de la confluencia de tres circunstancias: el resurgimiento de los fundamentalismos, el error y fracaso de la guerra de Irak, y el olvido de las raíces cristianas en Occidente. Los cristianos árabes se encuentran en medio de un peligroso "sandwich": sospechosos de complicidad con Estados Unidos, por el mero hecho de ser cristianos; y al mismo tiempo ignorados por un Occidente laicista que se avergüenza de sus raíces.

Recientemente, el sociólogo Massimo Introvigne denunciaba que el fundamentalismo islámico y el laicismo, son dos caras de la misma moneda. Sin pretender comparar lo que ocurre en Oriente y en Occidente, es un hecho que la libertad religiosa no es respetada ni por unos ni por otros. En el fondo se trata de un desequilibrio entre fe y razón: El laicismo de Occidente difunde un racionalismo antirreligioso, mientras que los fundamentalismos de Oriente impulsan una religiosidad irracional. En Occidente existe una dictadura del relativismo, mientras que desde Oriente emergen los fanatismos intolerantes.

El desarrollo de los acontecimientos está demostrando que, en nuestros días, el diálogo interreligioso entre una cultura cristiana y otra musulmana o hindú es perfectamente viable. El verdadero choque de trenes se produce en el encuentro del laicismo, por un lado, y el fundamentalismo, por el otro, que se retroalimentan, hasta el exterminio. Lo malo es que, como dice el refrán, "cuando dos elefantes pelean, sufre la hierba". Y en este caso, los principales perjudicados de esta situación están siendo las minorías cristianas en países de mayoría musulmana e hindú. Tanto en Occidente como en Oriente, el antisemitismo del siglo XX está siendo sustituido en el siglo XXI por un modo de cristianofobia.

El Papa Benedicto XVI dirigió un mensaje al mundo el primer día de este año, Jornada de la Paz, con el título de "La Libertad religiosa, camino par la paz", en el que recordaba aquellas palabras del Concilio Vaticano II: "La libertad religiosa es condición para la búsqueda de la verdad. La verdad no se impone con la violencia sino por la fuerza de la misma verdad" (Dignitatis Humanae 1).

Como conclusión y ejemplo práctico, es emocionante escuchar en la escena final de esta bella película "De dioses y hombres", el testamento que el superior de aquella abadía cisterciense dejaba escrito antes de su martirio:

«He vivido lo suficiente como para saberme cómplice del mal que parece prevalecer en el mundo; incluso del que podría golpearme ciegamente. (...) Conozco el desprecio con que se ha podido rodear a los habitantes de este país tratándolos globalmente. Conozco también las caricaturas del Islam fomentadas por un cierto islamismo (...) Mi muerte, evidentemente, parecerá dar la razón a los que me han tratado de ingenuo o de idealista. Pero estos deben saber que, por fin, seré liberado de mi más punzante curiosidad, y que podré, si Dios así lo quiere, hundir mi mirada en la del Padre, para contemplar con Él a sus hijos del Islam, tal como Él los ve. En este "gracias" en el que está dicho todo sobre mi vida, os incluyo, por supuesto, a amigos de ayer y de hoy... Y a ti también, "amigo del último instante", que no habrás sabido lo que hacías. ¡Sí!, para ti también quiero este "gracias" y este "a-Dios", en cuyo rostro te contemplo. Y que nos sea concedido reencontrarnos como ladrones felices en el paraíso, si así lo quiere Dios, Padre nuestro, tuyo y mío. Amén. ¡Inshalá!».


Publicado por verdenaranja @ 21:35  | Hablan los obispos
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Homilía de monseñor Raúl Martorell, obispo de Puerto Iguazú, para el tercer domingo durante el año (23 de enero de 2011). (AICA)

CONVIÉRTANSE, PORQUE EL REINO DE DIOS ESTÁ CERCA             

 La liturgia de este domingo nos presenta a Cristo –según el Evangelista San Mateo- cumpliendo lo anunciado por los Profetas acerca del Mesías que había de venir. En este caso Jesús cumple la profecía de Isaías quien lo presenta como la luz que había de venir a iluminar al Pueblo que habitaba en las tinieblas: “A los postrados en parajes de sombras de muerte una luz les ha amanecido” (Mt.4,16). Después que Jesús se entera que Juan el Bautista es encarcelado no volverá más a Nazaret. Se establece en Cafarnaúm y desde allí empieza a predicar por toda la Galilea, tierra que se había contaminado entremezclándose con paganos y que era tenida en menos a la luz de las demás tribus de Israel. Jesús es la luz que ilumina la Galilea y la predicación del Reino se difundirá desde allí a todo el mundo.  

Jesús comenzó a predicar diciendo: “arrepiéntanse porque se acerca el Reino de Dios” (Ib, 17). Es un mensaje que urge transmitir, porque el Reino que Jesús promete instaurar se ofrece a todos los hombres y está cerca, ya viene, está próximo. Es un mensaje de la cercanía de Dios, es un mensaje de esperanza que reclama cambios en el corazón para que la luz del Señor, su obra, su Reino, venga a nosotros haciéndonos mejores personas, más humanas, más felices y más dignas. 

Toda la predicación de Jesús está orientada a la conversión y a la salvación de los hombres. Todas sus obras, milagros y palabras están orientadas a la vida de un Reino Nuevo. Los milagros que realiza “sanando toda enfermedad y dolencia en el pueblo” (Ib. 23) no es más que la imagen de la curación de una dolencia más profunda: la del alma. Jesús quiere sanar los espíritus, viene a traer una curación más profunda, pues si el corazón del hombre no está sanado no puede hacerse acreedor a la Vida del Reino Nuevo. 

Jesús ve a los hermanos pescadores Pedro y Andrés y les dice: “venid en pos de mí y les haré pescadores de hombres” (Mt.4,19), y así hace también con Santiago y Juan, los hijos del Zebedeo, quienes después de escuchar la invitación de Jesús, lo siguieron. Jesús los llama para que compartan su misión, para que por la palabra y las obras de la fe, salven y conviertan el corazón del hombre. 

Dios hoy sigue llamando a sus discípulos y continúa llamando a los hombres de hoy para hacerlos pescadores de hombres. Llama especialmente a los jóvenes para que con una respuesta libre, generosa y responsable le digan “Sí” al Señor y dejándolo todo acepten seguirlo para difundir el Reino de Dios, la obra de Dios. El Señor necesita personas que quieran dejarse llevar por el Espíritu Santo para hacer presente el Reino que trajo Jesucristo: reino de paz, alegría, esperanza, verdad, consuelo, luz y misericordia. Los hombres y mujeres de hoy debemos poner el corazón en Dios para oír el llamado de Jesús, para responder en la fe y arriesgarse a ser discípulos, testigos y anunciadores del evangelio en este mundo tan indiferente a la vida de Dios. Dios llama de múltiples formas y en circunstancias muy diferentes a cada uno, llama a través de las circunstancias de la vida diaria o bajo la forma de impulsos interiores y para ello nos acompaña siempre con la gracia, para que el llamado sea seguido con generosidad. En este tiempo de secularismo e indiferencia ante el Reino de Dios, el Señor está pidiendo a los laicos que se animen a ser cristianos que con la luz de Dios manifiesten su fe en las casas, en medio de familias que no tienen fe o que están con su fe adormecida, tal como hicieron los primeros cristianos. El Papa Benedicto está llamando a llevar el Reino de Dios en clave de reevangelización usando incluso los nuevos medios tecnológicos tales como internet: es necesario evangelizar también el continente digital. 

Que la Virgen Madre que escuchó el llamado y lo aceptó con generosidad nos ayude en el seguimiento de Jesús para transformar el mundo con el anuncio y las obras del Reino.  

Mons. Marcelo Raúl Martorell, obispo de Puerto Iguazú 


Publicado por verdenaranja @ 21:29  | Homilías
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Lectio divina para el domingo quinto del Tiempo ordinario - A, ofrecida por la Delegación Diocesana de Liturgia de la diócesis de Tenerife.

LECTURA:              “Mateo 5, 13‑16”

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.

Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.

Tampoco se enciende una vela para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.

Alumbre así vuestra luz a los hombres para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo.

MEDITACIÓN:               “Vuestra luz”

            Te hemos oído hablar mucho de luz. Ya desde el comienzo de tu venida, tu apóstol Juan te presentaba como luz, una luz que irradiaba desde la vida que latía en ti desde el comienzo de la creación. Todo en ti irradia y genera luz. Iluminas el fondo de los corazones, aportas esperanza, en torno a ti se genera vida. Como manifestaste al final ante tus acusadores, todo lo hiciste a la luz, no tenías nada que esconder, todos sabían que estabas siempre al lado del hombre, proclamando su dignidad.

            La realidad fue dibujando el rechazo de las sombras a tanta luz y pusieron todos los medios posibles para apagarla, pero lo único que consiguieron es que brillases con toda la fuerza de tu divinidad, con toda la fuerza del amor.

            Y desde ahí me llega y entiendo tu llamada. No basta con admirarte. No basta con gozar de tu luz y beneficiarnos de ella. Como la luna irradia la luz del sol, estamos llamados a irradiar tu luz. Nunca podrá ser con la misma intensidad, siempre seremos “lunas” frente a la fuerza de tu esplendor, pero tenemos que dejar que nos ilumines para iluminar. Tenemos que dejar que nos alcance tu amor para irradiar amor, con menos fuerza tal vez, pero con la misma esencia de tu gratuidad.

Estamos llamados a generar vida, a construir paz. Estamos llamados a ser hacedores de bien, sin tener que hacer nada a escondidas con la limpieza y la fuerza del que quiere implicar su vida en la construcción de humanidad. Sí, ya sé que suena grande, pero eso se hace con los gestos sencillos y buenos de cada día. Con la sonrisa y un corazón abierto y limpio. Puede parecer trasnochado, pero es tan esencial entonces como ahora.

Y tú sigues derrochando luz, y no puedo ni quiero ocultar su brillo. Es más, quisiera ser capaz de poder brillar, a pesar de todo, desde ti.  

ORACIÓN:               “Proyectar tu luz”

            Tengo que reconocer, Señor, que a veces me asusta tanta oscuridad. Hemos desarrollado sistemas sofisticados y bellísimos de proyectar luz y de iluminar los espacios de forma intensa, tenue y bella. Pero no estamos sabiendo iluminar la vida, ni los corazones, y da la sensación de que cada vez hay más sombras. Señor, que me llegue tu luz, que no me engañen las sombras y me oculten los rincones bellos que todavía existen.

            Ilumina también mis oscuridades, aunque me da un poco de miedo, pero ilumínalas para que vea lo que no hay de bien en mí, y pueda limpiar mis rincones oscuros y turbios. Ilumíname y ayúdame a proyectar tu luz.

CONTEMPLACIÓN:                 “Iluminas”

Son muchas las sombras
que ondean al viento
de mis temores y mis silencios.

Son  muchas las sombras
que esconden mis máscaras
y mis palabras huecas.

Son muchas las sombras
que ocultan el sol
que lucha por amanecer en mí
sin rendirse en el intento,
buscando incansable
los resquicios en los que clavar
sus rayos firmes
y atravesar la dureza
de mis paredes rotas.

Pero un halo de esperanza
se abre paso en mi noche
porque tú la iluminas.


Publicado por verdenaranja @ 20:50  | Liturgia
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sábado, 05 de febrero de 2011

ZENIT  Por su indudable interés, nos ofrece por entregas durante esta semana, hasta el próximo jueves 3 de febrero, la intervención del cardenal Mauro Piacenza, prefecto de la Congregación para el Clero, pronunciada el lunes 24 de enero de 2011 en las Jornadas Sacerdotales celebradas en Ars (Francia) sobre el celibato sacerdotal.

La intervención del cardenal Piacenza, realizada desde Roma en conexión en directo con el encuentro, lleva por título: “El celibato sacerdotal: fundamentos, alegrías, desafíos... Las enseñanzas del Papa sobre el tema: de Pío XI a Benedicto XVI”.

Venerados hermanos en el Episcopado,
Queridísimos sacerdotes y amigos todos,

Estoy muy contento de intervenir en vuestro Coloquio utilizando las más modernas tecnologías de la comunicación. Esta intervención pretende expresar ante todo la más profunda estima y mi aliento personal y el de la Congregación para el Clero hacia los organizadores del Coloquio, por el tema que se ha elegido, de lo más oportuno, y sobre todo porque éste tiene lugar en el lugar que vio la obra de san Juan Maria Vianney, modelo acabado de Sacerdocio ministerial e imagen de continua referencia también para los sacerdotes de nuestro tiempo.

El tema que se me ha asignado es muy específico y se refiere a las enseñanzas de los Papas sobre el Celibato sacerdotal, desde Pío XI a Benedicto XVI. Desarrollaré la presente intervencion examinando algunos de los documentos más significativos de estos Pontífices, mostrando la actualidad de sus enseñanzas y trazando algunas líneas de síntesis que espero sean útiles para transfundir, de hecho, en la formación eclesiástica.

La enseñanza de los Pontífices desde Pio XI a Benedicto XVI

Para mantenerme en los tiempos que me han asignado, he decidido examinar sólo los documentos más significativos de los Pontífices y, especialmente, algunas Encíclicas, que, al respecto, resultan particularmente relevantes.

1. Pío XI y la Encíclica Ad Catholici Sacerdotii

Está históricamente demostrada la verdadera y auténtica pasión del Santo Padre Pío XI por las vocaciones sacerdotales y su incansable actuación para la edificación de Seminariosm en todo el orbe católico, en los que pudiesen recibir una formación adecuada los jóvenes que se preparaban al ministerio sacerdotal.

Dentro de este marco debe comprenderse adecuadamente la Encíclica Ad Catholici Sacerdotii del 20 de diciembre de 1935, promulgada con ocasión del 56° Aniversario de la Ordenación sacerdotal de ese Pontífice. La Encíclica se compone de cuatro partes, las dos primeras dedicadas más específicamente a los fundamentos, desde el título 1. “La sublime dignidad: Alter Christus” y 2. “Brillante ornamento”, mientras que la tercera y la cuarta son de carácter más normativo-disciplinar y concentran su atención en la preparación de los jóvenes al Sacerdocio y en algunas características de su espiritualidad.

De particular interés para nuestro tema es la segunda parte de la Encíclica, que dedica un párrafo entero a la castidad. Este además se coloca, en la segunda parte, después del párrafo que habla del sacerdote como “imitador de Cristo” y el dedicado a la “piedad sacertotal”, mostrando de este modo cómo la concepción de Pío XI era – como la Iglesia ha considerado siempre – la de carácter ontológico-sacramental. De ella deriva la exigencia de la imitación de Cristo y de la excelencia de la vida sacerdotal, sobre todo en orden a la santidad. Afirma de hecho la Encíclica: “ el sacrificio eucarístico, en el que se inmola la Víctima inmaculada que quita los pecados del mundo, muy particularmente requiere en el sacerdote vida santa y sin mancilla, con que se haga lo menos indigno posible ante el Señor, a quien cada día ofrece aquella Víctima adorable, no otra que el Verbo mismo de Dios hecho hombre por amor nuestro”, y también “puesto que el sacerdote es embajador en nombre de Cristo (cf. 2Cor 5,20), ha de vivir de modo que pueda con verdad decir con el Apóstol: 'Sed imitadores míos como yo lo soy de Cristo' (cf. 1Cor4,16;11,1), ha de vivir como otro Cristo, que con el resplandor de sus virtudes alumbró y sigue alumbrando al mundo”.

Inmediatamente antes de hablar de la castidad, casi como subrayando su vínculo inseparable, Pío XI pone de manifiesto la importancia de la piedad sacerdotal, afirmando: “Nos hablamos de piedad sólida: de aquella que, independientemente de las continuas fluctuaciones del sentimiento, está fundada en los más firmes principios doctrinales, y consiguientemente formada por convicciones profundas que resisten a las acometidas y halagos de la tentación”. De estas afirmaciones se ve con claridad que la comprensión misma del Sagrado Celibato está en estrecha y profunda relación con una buena formación doctrinal, fiel a la Sagrada Escritura, a la Tradición y al ininterrumpido Magisterio eclesial, y a un ejercicio auténtico de la piedad, que nosotros llamamos hoy “vida espiritual intensa”, resguardandola tanto de las desviaciones sentimentales, que a menudo degeneran en el subjetivismo, como de las racionalistas, también muy difundidas, que producen un criticismo escéptico, muy alejado de un sentido crítico inteligente y constructivo.

La castidad, en la Encíclica Ad Catholici Sacerdotii, está definida como “íntímamente unida con la piedad, de la cual le ha de venir su hermosura y aun la misma firmeza”. De la misma hay un intento de justificación racional, según el derecho natural, en la afirmación: “Aun con la simple luz de la razón se entrevé cierta conexión entre esta virtud y el ministerio sacerdotal. Siendo verdad que Dios es espíritu, bien se ve cuánto conviene que la persona dedicada y consagrada a su servicio en cierta manera se despoje de su cuerpo”. A esta primera afirmación, que a nuestros ojos hoy resulta más bien frágil, y que, en todo caso, vincula la castidad a la pureza ritual y, en consecuencia, excluiría su permanencia, ligándola a los tiempos de los ritos del Culto, hace a continuación el reconocimiento de la superioridad del sacerdocio cristiano respecto tanto del sacerdocio del Antiguo Testamento, como a la institución sacerdotal natural propria de cualquier tradición religiosa.

La Encíclica, en este punto, pone en el centro de la reflexión la propia experiencia del Señor Jesús, entendida como prototípica para todo sacerdote. Afirma de hecho: “El gran aprecio en que el divino Maestro mostró tener la castidad, exaltándola como algo superior a las fuerzas ordinarias, […] era casi imposible que no hiciera sentir a los sacerdotes de la Nueva Alianza el celestial encanto de esta virtud privilegiada, aspirar a ser del número de aquellos que son capaces de entender esta palabra (cf. Mt 19,11)”.

Es posible, en estas afirmaciones de la Encíclica,notar una cierta complementariedad entre la intención de fundar la castidad sacerdotal en la exigencia de pureza cultual, y la más amplia, y hoy mayormente comprendida, exigencia de presentarla como imitatio Christi, vía privilegiada para imitar al Maestro, que vivió ejemplarmente de manera pobre, casta y obediente.

Pío XI no descuida, por otro lado, citar los pronunciamientos dogmáticos que se refieren a la obligación de la castidad, y en particular el Concilio de Elvira y el segundo Concilio de Cartago, que, aunque en el siglo IV, atestiguan con obviedad una práxis muy anterior, consolidada, y que por tanto puede ser traducida en ley.

Con un acento extraordinariamente moderno, en el sentido de inmediatamente accesible a nuestra mentalidad, la Encíclica habla de la libertad, con la que se acoge el don de la castidad, afirmando: “Por su libre voluntad hemos dicho: como quiera que, si después de la ordenación ya no la tienen para contraer nupcias terrenales, pero las órdenes mismas las reciben no forzados ni por ley alguna ni por persona alguna, sino por su propia y espontánea resolución personal”. Podríamos deducir, en respuesta a algunas objeciones contemporáneas, sobre una presunta obstinación de la Iglesia en imponer a los jóvenes el Celibato, que el Magisterio autorizado de Pío XI, lo indicaba como resultado de la libre acogida de un carisma sobrenatural, que nadie impone, ni podría imponer. Al contrario la norma eclesiástica se entiende como la decisión de la Iglesia de admitir al sacerdocio sólo a aquellos que han recibido el carisma del Celibato y que, libremente, lo han acogido.

Si bien es legítimo sostener que, según el clima de la época, el fundamento del Celibato eclesiastico en la Encíclica Ad Catholici Sacerdotii de Pío XI se pone en razones, aunque válidas, de pureza ritual, no menos es posible reconocer en el mismo texto una importante dimensión ejemplar tanto del Celibato de Cristo, como de Su libertad, que es la misma a la que son llamados los sacerdotes.

[Traducción del italiano por Inma Álvarez]


Publicado por verdenaranja @ 23:03  | Hablan los obispos
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ZENIT  ReproducE el texto de la presentación que monseñor Claudio Maria Celli, presidente del Consejo Pontificio para las Comunicaciones Sociales, hizo del XLV Mensaje del Papa Benedicto XVI para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, con el título “Verdad, anuncio y autenticidad de vida en la era digital”, el  lunes 24 de enero de 2011en rueda de prensa.

1. Este mensaje está en la línea de profundización de los Mensajes de los últimos años

-2007- Los niños y los medios de comunicación: un reto para la educación.

-2008- Los medios de comunicación social, dilema entre protagonismo y servicio. Buscar la Verdad para compartirla.

-2009- Nuevas tecnologías, nuevas relaciones. Promover una cultura de respeto, de diálogo, de amistad.

En el 2010, en sintonía con los trabajos del Sínodo de los Obispos, el mensaje (El sacerdote y la pastoral en el mundo digital: los nuevos medios al servicio de la Palabra) está estrechamente vinculado con el anuncio de la Palabra y la consiguiente reflexión sobre la exigencia de una verdadera pastoral en el mundo digital.

2. El mensaje de este año comienza con la constatación de un hecho cada vez más evidente: esta sucediendo una verdadera y amplia transformación cultural porque las nuevas tecnologías no sólo están cambiando el modo de comunicarse sino que están transformando la comunicación en sí misma.

Está naciendo “un nuevo modo de aprender y pensar, con oportunidades inéditas de establecer relaciones y de construir comunión”.

3. Viene destacada nuevamente la positividad de cuanto está sucediendo en el ámbito de la comunicación.

El Papa habla de “estupor” frente a la “extraordinaria potencialidad” de la red Internet subrayando que usándola sabiamente puede “contribuir a satisfacer el deseo de sentido, de verdad y de una unidad en la que permanece la aspiración más profunda del ser humano”.

4. Analizando el problema surgido de las redes sociales se recuerda que favorecen el nacimiento de nuevas relaciones interpersonales: situaciones que destacan la cuestión de la corrección en la propia actuación además de la autenticidad del propio ser.

5. Las nuevas tecnologías ofrecen a los hombres grandes posibilidades de encuentro, superando los límites del espacio y de la cultura de pertenencia, y crean la posibilidad de dar lugar a nuevas amistades no obstante los riesgos inevitables.

6. Las nuevas posibilidades de relaciones ofrecidas por las tecnologías modernas resaltan como es posible hoy, no sólo un intercambio de información ,sino que permiten la puesta en común de la visión del mundo, de las esperanzas y de los ideales.

Por este motivo incluso el Papa habla de “un estilo cristiano de presencia también en el mundo digital”, estilo que conduce concretamente a “una forma de comunicación honesta y abierta, responsable y respetuosa con el otro”.

Por tanto el Mensaje subraya con claridad, que en este contexto, comunicar el Evangelio no es sólo insertar documentos declaradamente religiosos en las distintas plataformas, también es “testimoniar con coherencia en el propio perfil digital y en el modo de comunicar, elecciones, preferencias, juicios que sean profundamente coherentes con el Evangelio, aún cuando no se habla explícitamente de ello”.

También en el mundo digital “no se puede anunciar un mensaje sin un testimonio coherente de parte de quien anuncia”.

7. “La verdad que buscamos compartir no basa su valor en su 'popularidad' o en las cantidad de atenciones que recibe”. De hecho “la Verdad del Evangelio no es cualquier cosa que pueda ser objeto de consumo, o de uso superficial, sino que es un don que pide una respuesta libre”.

8. El Papa invita a los cristianos “a unirse con confianza y con una creatividad consciente y responsable a la red de relaciones que la era digital ha hecho posible” porque “esta red es parte integrante de la vida humana”. De hecho “la web está contribuyendo al desarrollo de nuevas y más complejas formas de conciencia intelectual y espiritual, de conocimiento compartido”.

9. En este contexto “la proclamación del Evangelio requiere una forma respetuosa y discreta de comunicación, que estimula el corazón y mueve las conciencias; una forma que recuerda al estilo de Jesús resucitado cuando acompaña a los discípulos de Emmaus por el camino”.

10. “La verdad que es Cristo es la respuesta plena y auténtica a aquel deseo humano de relación, de comunión y de sentido que emerge también en la participación masiva a las diversas redes sociales”. Por este motivo los creyentes, con su testimonio pueden ofrecer una contribución preciosa “de manera que la web no se convierta en un instrumento que reduce a las personas a categorías” fácilmente manipulables.

De este modo, los creyentes “animan a todos a mantener vivas las eternas preguntas del hombre, que atestiguan su deseo de trascendencia y la nostalgia de formas de vida auténticas, dignas de ser vividas”.

11. En el mensaje hay “una renovada valorización de la comunicación, considerada antes que nada como diálogo, intercambio, solidaridad y creación de relaciones positivas”

Esta visión que siembra esperanzas y señala el camino a seguir es muy importante.

12. El papa vincula tres aspectos humanos importantes en la vida actual: la comunicación digital, la propia imagen y la coherencia de vida. Las dinámicas comunicativas en el mundo digital suscitan nuevos modos de construir la propia identidad, y es aquí donde aparece la llamada del Papa a la coherencia, a la autenticidad. El invita a superar “la parcialidad de la interacción, el riesgo a caer en una especie de construcción de la propia imagen que pueda inducir a la autocomplacencia”.

13. El Papa destaca nuestra profunda responsabilidad personal, sea en la construcción de nuestro “yo”, sea respecto a los demás:

“La creciente participación en el espacio público digital, conduce a establecer nuevas formas de relaciones interpersonales, influye en la percepción de uno mismo, y suscita inevitablemente la cuestión no sólo de la corrección en la propia actuación sino también de la autenticidad del propio ser”.

14. “Una persona está siempre involucrada en lo que comunica. Cuando las personas se intercambian información, se comparten a sí mismas, sus visiones del mundo, sus esperanzas y sus ideales. De lo que se deduce que existe también un modo cristiano de presencia en el mundo digital: lo que se concreta en una forma de comunicación honesta y abierta, responsable y respetuosa con el otro”.

15. En el mensaje se habla de un “estilo cristiano” de presencia, es lo que da sentido al mismo título del mensaje, en el sentido en que el testimonio de los católicos no puede terminar en el simple tratamiento de temas religiosos, sino que está llamada a manifestarse en el plano del testimonio concreto y personal. La coherencia de vida con el Evangelio es en sí misma una forma de anuncio; una comunicación explícita que lo vuelve creíble . Más que nunca, la exigencia de hacer conocer el Evangelio íntegramente debe manifestarse como un “signo” distintivo de la era digital.

[Traducido del italiano por Carmen Álvarez] 


Publicado por verdenaranja @ 22:52  | Hablan los obispos
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ZENIT  nos ofrece el texto de la catequesis que el Papa Benedicto XVI pronunció el miércoles 26 de Enero de 2011 durante la Audiencia General celebrada en el Aula Pablo VI, con peregrinos procedentes de todo el mundo.

Queridos hermanos y hermanas

hoy quisiera hablaros de Juan de Arco, una joven santa de finales de la Edad Media, muerta a los 19 años, en 1431. Esta santa francesa, citada muchas veces en el Catecismo de la Iglesia Católica, es particularmente cercana a santa Catalina de Siena, patrona de Italia y de Europa, de la que hablé en una reciente catequesis. Son de hecho dos jóvenes mujeres del pueblo, laicas y consagradas en la virginidad, dos místicas comprometidas, no en el claustro, sino en medio de las realidades más dramáticas de la Iglesia y del mundo de su tiempo. Son quizás las figuras más características de esas “mujeres fuertes” que, a finales de la Edad Media, llevaron sin miedo la gran luz del Evangelio en las complejas vicisitudes de la historia. Podríamos colocarla junto a las santas mujeres que permanecieron en el Calvario, cerca de Jesús crucificado y de María, su Madre, mientras que los Apóstoles habían huído y el propio Pedro había renegado tres veces de él. La Iglesia, en ese periodo, vivía la profunda crisis del gran cisma de Occidente, que duró casi 40 años. Cuando Catalina de Siena murió, en 1380, hay un Papa y un Antipapa; cuando Juana nace, en 1412, hay un Papa y dos Antipapas. Junto a esta laceración dentro de la Iglesia, había continuas guerras fratricidas entre los pueblos cristianos de Europa, la más dramática de las cuales fue la interminable “Guerra de los cien años” entre Francia e Inglaterra.

Juana de Arco no sabía ni leer ni escribir, pero puede ser conocida en lo más profundo de su alma gracias a dos fuentes de excepcional valor histórico: los dos Procesos que se le hicieron. El primero, el Proceso de Condena (PCon), contiene la transcripción de los largos y numerosos interrogatorios de Juana durante los últimos meses de su vida (febrero-mayo de 1431), y recoge las propias palabras de la Santa. El segundo, el Proceso de Nulidad de la Condena, o de "rehabilitación" (PNul), contiene los testimonios de cerca de 120 testigos oculares de todos los periodos de su vida (cfr Procès de Condamnation de Jeanne d'Arc, 3 vol. y Procès en Nullité de la Condamnation de Jeanne d'Arc, 5 vol., ed. Klincksieck, París l960-1989).

Juana nació en Domremy, un pequeño pueblo situado en la frontera entre Francia y Lorena. Sus padres eran campesinos acomodados, conocidos por todos como muy buenos cristianos. De ellos recibió una buena educación religiosa, con una notable influencia de la espiritualidad del Nombre de Jesús, enseñada por san Bernardino de Siena y difundida en Europa por los franciscanos. Al Nombre de Jesús se une siempre el Nombre de María y así, en el marco de la religiosidad popular, la espiritualidad de Juana es profundamente cristocéntrica y mariana. Desde la infancia, ella demuestra una gran caridad y compasión hacia los más pobres, los enfermos y todos los que sufren, en el contexto dramático de la guerra.

De sus propias palabras, sabemos que la vida religiosa de Juana madura como experiencia a partir de la edad de 13 años (PCon, I, p. 47-48). A través de la “voz” del arcángel san Miguel, Juana se siente llamada por el Señor a intensificar su vida cristiana y también a comprometerse en primera persona por la liberación de su pueblo. Su inmediata respuesta, su “sí”, es el voto de virginidad, con un nuevo empeño en la vida sacramental y en la oración: participación diaria en la Misa, Confesión y Comunión frecuentes, largos momentos de oración silenciosa ante el Crucificado o ante la imagen de la Virgen. La compasión y el compromiso de la joven campesina francesa ante el sufrimiento de su pueblo se hicieron más intensos por su relación mística con Dios. Uno de los aspectos más originales de la santidad de esta joven es precisamente este vínculo entre experiencia mística y misión política. Tras los años de vida oculta y de maduración interior sigue el bienio breve, pero intenso, de su vida pública: un año de acción y un año de pasión.

Al inicio del año 1429, Juana comienza su obra de liberación. Los numerosos testimonios nos muestran a esta joven mujer con sólo 17 años como una persona muy fuerte y decidida, capaz de convencer a hombres inseguros y desanimados. Superando todos los obstáculos, encuentra al Delfín de Francia, el futuro Rey Carlos VII, que en Poitiers la somete a un examen por parte de algunos teólogos de la Universidad. Su juicio es positivo: no ven en ella nada de malo, sólo una buena cristiana.

El 22 de marzo de 1429, Juana dicta una importante carta al Rey de Inglaterra y a sus hombres que asedian la ciudad de Orléans (Ibid., p. 221-222). La suya es una propuesta de verdadera paz en la justicia entre los dos pueblos cristianos, a la luz de los nombres de Jesús y de María, pero es rechazada esta propuesta, y Juana debe empeñarse en la lucha por la liberación de la ciudad, que tiene lugar el 8 de mayo. El otro momento culminante de su acción política es la coronación del Rey Carlos VII en Reims, el 17 de julio de 1429. Durante un año entero, Juana vive con los soldados, realizando entre ellos una verdadera misión de evangelización. Son numerosos sus testimonios sobre su bondad, su valor y su extraordinaria pureza. Es llamada por todos y ella misma se define “la doncella”, es decir, la virgen.

La pasión de Juana comienza el 23 de mayo de 1430, cuando cae prisionera en las manos de sus enemigos. El 23 de diciembre es conducida a la ciudad de Ruán. Allí se lleva a cabo el largo y dramático Proceso de Condena, que comienza en febrero de 1431 y acaba el 30 de mayo con la hoguera. Es un proceso grande y solemne, presidido por dos jueces eclesiásticos, el obispo Pierre Cauchon y el inquisidor Jean le Maistre, pero en realidad enteramente conducido por un nutrido grupo de teólogos de la célebre Universidad de París, que participan en el proceso como asesores. Son eclesiásticos franceses, que habiendo tomado la decisión política opuesta a la de Juana, tienen a priori un juicio negativo sobre su persona y sobre su misión. Este proceso es una página conmovedora de la historia de la santidad y también una página iluminadora sobre el misterio de la Iglesia, que, según las palabras del Concilio Vaticano II, es “al mismo tiempo santa y siempre necesitada de purificación” (LG, 8). Es el encuentro dramático entre esta Santa y sus jueces, que son eclesiásticos. Juana es acusada y juzgada por estos, hasta ser condenada como hereje y mandada a la muerte terrible de la hoguera. A diferencia de los santos teólogos que habían iluminado la Universidad de París, como san Buenaventura, santo Tomás de Aquino y el beato Duns Scoto, de quienes he hablado en algunas catequesis, estos jueces son teólogos a los que faltan la caridad y la humildad de ver en esta joven la acción de Dios. Vienen a la mente las palabras de Jesús según las cuales los misterios de Dios se revelan a quien tiene el corazón de los pequeños, mientras que permanecen escondidos a los doctos y sabios que no tienen humildad (cfr Lc 10,21).  Así, los jueces de Juana son radicalmente incapaces de comprenderla, de ver la belleza de su alma: no sabían que condenaban a una Santa. 

La apelación de Juana a la decisión del Papa, el 24 de mayo, fue rechazada por el tribunal. La mañana del 30 de mayo recibe por última vez la santa comunión en la cárcel, y justo después fue llevada al suplicio en la plaza del mercado viejo. Pidió a uno de los sacerdotes que le pusiera delante de la hoguera una cruz de la procesión. Así muere mirando a Jesús Crucificado y pronunciando muchas veces y en voz alta el Nombre de Jesús (PNul, I, p. 457; cfr Catecismo de la Iglesia Católica, 435). Casi 25 años más tarde, el Processo di Nullità, abierto bajo la autoridad del Papa Calixto III, concluye con una solemne sentencia que declara nula la condena (7 de julio de 1456; PNul, II, p 604-610). Este largo proceso, que recoge la declaración de testigos y juicios de muchos teólogos, todos favorables a Juana, pone de relieve su inocencia y su perfecta fidelidad a la Iglesia. Juana de Arco fue canonizada en 1920 por Benedicto XV.

Queridos hermanos y hermanas, el Nombre de Jesús, invocado por nuestra santa hasta los últimos instantes de su vida terrena, fue como la respiración de su alma, como el latido de su corazón, el centro de toda su vida. El “Misterio de la caridad de Juana de Arco”, que tanto fascinó al poeta Charles Péguy, es este total amor a Jesús, y al prójimo en Jesús y por Jesús. Esta santa comprendió que el Amor abraza toda la realidad de Dios y del hombre, del cielo y de la tierra, de la Iglesia y del mundo. Jesús siempre estuvo en primer lugar durante toda su vida, según su bella afirmación: “Nuestro Señor es servido el primero”(PCon, I, p. 288; cfr Catecismo de la Iglesia Católica, 223).

Amarlo significa obedecer siempre a su voluntad. Ella afirmó con total confianza y abandono: “Me confío a mi Dios Creador, lo amo con todo mi corazón” (ibid., p. 337). Con el voto de virginidad, Juana consagra de forma exclusiva toda su persona al único Amor de Jesús: es “su promesa hecha a nuestro Señor de custodiar bien su virginidad de cuerpo y de alma” (ibid., p. 149-150). La virginidad del alma es el estado de gracia, valor supremo, para ella más precioso que la vida: es un don de Dios que ha recibido y custodiado con humildad y confianza. Uno de los textos más conocidos del primer Proceso tiene que ver con esto: “Interrogada sobre si creía estar en la gracia de Dios, responde: Si no lo estoy, quiera Dios ponerme; si estoy, quiera Dios mantenerme en ella” (ibid., p. 62; cfr Catecismo de la Iglesia Católica, 2005).

Nuestra santa vivió la oración como una forma de diálogo continuo con el Señor, que ilumina también su diálogo con los jueces y dándole paz y seguridad. Ella pidió con fe: “Dulcísimo Dios, en honor a vuestra santa Pasión, os pido, si me amáis, de de revelarme como debo responder a estos hombres de la Iglesia”(ibid., p. 252). Juana ve a Jesús como el “Rey del Cielo y de la Tierra”. De esta manera, en su estandarte Juana hizo pintar la imagen de “Nuestro Señor que sostiene el mundo” (ibid., p. 172), icono de su misión política. La liberación de su pueblo es una obra de justicia humana, que Juana cumple en la caridad, por amor a Jesús. El suyo es un bello ejemplo de santidad para los laicos que trabajan en la vida política, sobre todo en las situaciones más difíciles. La fe es la luz que guía ante cada elección, como testificará un siglo más tarde, otro gran santo, el inglés Tomás Moro. En Jesús, Juana contempla también la realidad de la Iglesia, la “Iglesia triunfante” del Cielo, y la “Iglesia militante” de la tierra. Según sus palabras “es un todo Nuestro Señor y la Iglesia” (ibid., p. 166). Esta afirmación citada en el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 795), tiene un carácter verdaderamente heroico en el contexto del Proceso de Condena, frente a sus jueces, hombres de la Iglesia, que la persiguieron y la condenaron. En el amor de Jesús, Juana encontró la fuerza para amar a la Iglesia hasta el fin, incluso en el momento de la condena.

Me complace recordar como santa Juana de Arco tuvo una profunda influencia sobre una joven santa de la época moderna: Teresa del Niño Jesús. En una vida completamente distinta, transcurrida en la clausura, la carmelitana de Lisieux se sintió muy cercana a Juana, viviendo en el corazón de la Iglesia y participando en los sufrimientos de Jesús para la salvación del mundo. La Iglesia las ha reunido como Patronas de Francia, después de la Virgen María. Santa Teresa expresó su deseo de morir como Juana, pronunciando el Nombre de Jesús (Manoscritto B, 3r), la animaba el mismo amor hacia Jesús y hacia el prójimo, vivido en la virginidad consagrada.

Queridos hermanos y hermanas, con su testimonio luminoso, santa Juana de Arco nos invita a un alto nivel de la vida cristiana: hacer de la oración el hilo conductor de nuestros días; tener plena confianza en el cumplir la voluntad de Dios, cualquiera que esta sea; vivir en la caridad sin favoritismos, sin límites y teniendo, como ella, en el Amor de Jesús, un profundo amor a la Iglesia. Gracias.

[En español dijo]

Saludo a los peregrinos de lengua española, en particular a los fieles de la Parroquia de Santa Fe, a los Hermanos de la Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno de la Fuensanta, de Morón de la Frontera, a los profesores venidos de Chile, así como a los demás grupos procedentes de España, Méjico y otros países latinoamericanos. Que a ejemplo de Santa Juana de Arco encontréis en el amor a Jesucristo la fuerza para amar y servir a la Iglesia de todo corazón. Muchas gracias.

[Traducción del original italiano por ZENIT
©Copyright 2011 Libreria Editrice Vaticana]


Publicado por verdenaranja @ 22:48  | Habla el Papa
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ZENIT Publica el texto de la homilía pronunciada el martes, 25 de Enero de 2011, por la tarde por el Papa Benedicto XVI en la Basílica romana de San Pablo Extramuros, con ocasión de la celebración conclusiva de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos.

Queridos hermanos y hermanas,

Siguiendo el ejemplo de Jesús, que en la vigilia de su pasión oró al Padre por sus discípulos “para que todos sean una sola cosa” (Jn 17,21), los cristianos siguen invocando incesantemente de Dios el don de la unidad. Esta petición se hace más intensa durante la Semana de Oración que hoy concluye, cuando las Iglesias y comunidades eclesiales meditan y rezan juntos por la unidad de todos los cristianos.

Este año el tema ofrecido a nuestra meditación ha sido propuesto por las comunidades cristianas de Jerusalén, a las que quisiera expresar mi vivo agradecimiento, acompañado por la seguridad del afecto y de la oración tanto por mi parte como de la de toda la Iglesia. Los cristianos de la Ciudad Santa nos invitan a renovar y reforzar nuestro compromiso por el restablecimiento de la unidad plena meditando sobre el modelo de vida de los primeros discípulos de Cristo reunidos en Jerusalén: éstos – leemos en los Hechos de los Apóstoles (y lo hemos escuchado ahora) “se reunían asiduamente para escuchar la enseñanza de los Apóstoles y participar en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones” (Hch 2,42). Éste es el retrato de la primera comunidad, nacida en Jerusalén el mismo día de Pentecostés, suscitada por la predicación que el Apóstol Pedro, lleno del Espíritu Santo, dirige a todos aquellos que habían llegado a la Ciudad Santa para la fiesta. Una comunidad no cerrada en sí misma, sino, desde su nacimiento, católica, universal, capaz de abrazar lenguas y culturas distintas, como el mismo libro de los Hechos de los Apóstoles nos atestigua. Una comunidad no fundada sobre un pacto entre sus miembros, ni de la simple participación en un proyecto o un ideal, sino de la comunión profunda con Dios, que se ha revelado en su Hijo, por el encuentro con el Cristo muerto y resucitado.

En un breve sumario, que concluye el capítulo iniciado con la narración del descendimiento del Espíritu Santo en el día de Pentecostés, el evangelista Lucas presenta de modo sintético la vida de esta primera comunidad: cuantos habían acogido la palabra predicada por Pedro y habían sido bautizados, escuchaban la Palabra de Dios, transmitida por los Apóstoles; estaban juntos de buen grado, haciéndose cargo de los servicios necesarios y compartiendo libre y generosamente los bienes materiales; celebraban el sacrificio de Cristo sobre la Cruz, su misterio de muerte y resurrección, en la Eucaristía, repitiendo el gesto del partir el pan; alababan y daban gracias continuamente al Señor, invocando su ayuda en las dificultades. Esta descripción, sin embargo, no es simplemente un recuerdo del pasado ni tampoco la presentación de un ejemplo a imitar o de una meta ideal que alcanzar. Esta es en más bien la afirmación de la presencia y de la acción del Espíritu Santo en la vida de la Iglesia. Es una comprobación, llena de confianza, de que el Espíritu Santo, uniendo a todos en Cristo, es el principio de la unidad de la Iglesia y hace de los fieles creyentes una sola cosa.

La enseñanza de los Apóstoles, la comunión fraterna, el partir el pan y la oración son las formas concretas de vida de la primera comunidad cristiana de Jerusalén reunida por la acción del Espíritu Santo, pero al mismo tiempo constituyen los rasgos esenciales de todas las comunidades cristianas, de todo tiempo y de todo lugar. En otras palabras, podríamos decir que representan también las dimensiones fundamentales de la unidad del Cuerpo visible de la Iglesia.

Debemos reconocer que, en el curso de las últimas décadas, el movimiento ecuménico, “surgido por el impulso de la gracia del Espíritu Santo” (Unitatis redintegratio, 1), ha dado significativos pasos adelante, que han hecho posible alcanzar convergencias alentadoras y consensos sobre diversos puntos, desarrollando entre las Iglesias y las Comunidades eclesiales relaciones de estima y respeto recíprocos, como también de colaboración concreta frente a los desafíos del mundo contemporáneo. Sabemos bien, con todo, que estamos aún lejos de esa unidad por la que Cristo rezó, y que encontramos reflejada en el retrato de la primera comunidad de Jerusalén. La unidad a la que Cristo, mediante su Espíritu, llama a la Iglesia, no se lleva a cabo sólo en el plano de las estructuras organizativas, sino que se configura, en un nivel mucho más profundo, como unidad expresada “en la confesión de una sola fe, en la celebración común del culto divino y en la concordia fraterna de la familia de Dios” (ibid., 2). La búsqueda del restablecimiento de la unidad entre los cristianos divididos no puede reducirse por tanto a un reconocimiento de las diferencias recíprocas y a la consecución de una convivencia pacífica: lo que anhelamos es esa unidad por la que Cristo mismo rezó y que por su naturaleza de manifiesta en la comunión de la fe, de los sacramentos, del ministerio. El camino hacia esta unidad debe ser advertido como imperativo moral, respuesta a una llamada precisa del Señor. Por esto es necesario vencer la tentación de la resignación y del pesimismo, que es falta de confianza en el poder del Espíritu Santo. Nuestro deber es proseguir con pasión el camino hacia esta meta con un diálogo serio y riguroso para profundizar en el común patrimonio teológico, litúrgico y espiritual; con el conocimiento recíproco; con la formación ecuménica de las nuevas generaciones y, sobre todo, con la conversión del corazón y con la oración. De hecho, declaró el Concilio Vaticano II, el “santo propósito de reconciliar a todos los cristianos en la unidad de una sola y única Iglesia de Cristo, supera las fuerzas y las capacidades humanas” y, por ello, nuestra esperanza debe ponerse en primer lugar “en la oración de Cristo por la Iglesia, en el amor del Padre por nosotros y en el poder del Espíritu Santo” (ibid., 24).

En este camino de búsqueda de la unidad plena visible entre todos los cristianos nos acompaña y nos sostiene el Apóstol Pablo, de quien hoy celebramos solemnemente la Fiesta de la Conversión. Él, antes de que se le apareciese el Resucitado en el camino de Damasco diciéndole: “¡Yo soy Jesús, a quien tú persigues!” (Hch 9,5), era uno de los más encarnizados adversarios de las primeras comunidades cristianas. El evangelista Lucas describe a Saulo entre aquellos que aprobaron la muerte de Esteban, en los días en que estalló una violenta persecución contra los cristianos de Jerusalén (cfr Hch 8,1). De la Ciudad Santa Saulo partió para extender la persecución de los cristianos hasta Siria y, después de su conversión, volvió allí para ser presentado ante los Apóstoles por Bernabé, el cual se hizo garante de la autenticidad de su encuentro con el Señor. Desde entonces Pablo fue admitido, no solo como miembro de la Iglesia, sino también como predicador del Evangelio junto con los demás Apóstoles, habiendo recibido, como ellos, la manifestación del Señor Resucitado y la llamada especial a ser “instrumento elegido” para llevar su nombre ante los pueblos (cfr Hch 9,15). En sus largos viajes misioneros Pablo, peregrinando por ciudades y regiones diversas, no olvidó nunca el vínculo de comunión con la Iglesia de Jerusalén. La colecta en favor de los cristianos de esa comunidad, los cuales, muy pronto, tuvieron necesidad de ser socorridos (cfr 1Cor 16,1), ocupó pronto un lugar importante en las preocupaciones de Pablo, que la consideraba no sólo una obra de caridad, sino el signo y la garantía de la unidad y de la comunión entre las Iglesias fundadas por él y la primitiva comunidad de la Ciudad Santa, como signo de la única Iglesia de Cristo..

En este clima de intensa oración, deseo dirigir mi cordial saludo a todos los presentes: al cardenal Francesco Monterisi, arcipreste de esta Basílica, al cardenal Kurt Koch, presidente del Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, y a los demás cardenales, a los hermanos en el episcopado y en el sacerdocio, al Abad y a los monjes benedictinos de esta antigua comunidad, a los religiosos, a las religiosas, a los laicos que representan a toda la comunidad diocesana de Roma. De modo especial quisiera saludar a los hermanos y las hermanas de las demás Iglesias y Comunidades eclesiales aquí representadas esta tarde. Entre ellos me es particularmente grato dirigir mi saludo a los miembros de la Comisión Mixta Internacional para el diálogo teológico entre la Iglesia católica y las Antiguas Iglesias Orientales, cuya reunión tendrá lugar aquí en Roma en los próximos días. Confiamos al Señor el buen desarrollo de vuestro encuentro, para que pueda representar un paso adelante hacia la tan deseada unidad.

[En alemán]

Quisiera dirigir un saludo particular también a los representantes de la Iglesia Evangélica Luterana Unita en Alemania, que han llegado a Roma guiados por el Obispo de la Iglesia de Baviera.

[En italiano]

Queridos hermanos y hermanas, confiados en la intercesión de la Virgen María, Madre de Cristo y Madre de la Iglesia, invoquemos, por tanto, el don de la unidad. Unidos a María, que el día de Pentecostés estaba presente en el Cenáculo junto a los Apóstoles, nos dirigimos a Dios fuente de todo bien para que se renueve para nosotros hoy el milagro de Pentecostés, y, guiados por el Espíritu Santo, todos los cristianos restablezcan la unidad plena en Cristo. Amen.

[Traducción del original italiano por Inma Álvarez
©Libreria Editrice Vaticana]


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viernes, 04 de febrero de 2011

ZENIT  nos ofrece las palabras que el Papa Benedicto XVI dirigió el domingo 23 de Enero de 2011, durante el rezo del Ángelus, desde la ventana de su estudio, a los fieles congregados en la Plaza de San Pedro.


¡Queridos hermanos y hermanas!

En estos días, desde el 18 al 25 de enero, se está llevando a cabo la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos. Este año lleva por tema un pasaje del libro de los Hechos de los Apóstoles, que resume en pocas palabras la vida de la primera comunidad cristiana de Jerusalén: “Todos se reunían asiduamente para escuchar la enseñanza de los Apóstoles y participar en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones” (Hch 2,42). Es muy significativo que este tema haya sido propuesto por las Iglesias y comunidades cristianas de Jerusalén, reunidas en espíritu ecuménico. Sabemos cuántas pruebas deben afrontar los hermanos y hermanas de Tierra Santa y de Oriente Medio. Su servicio es por tanto aún más precioso, valorado por un testimonio que, en ciertos casos, ha llegado hasta el sacrificio de la vida. Por ello, mientras acogemos con alegría las inspiraciones para la reflexión ofrecidas por las comunidades que viven en Jerusalén, nos estrechamos en torno a ellas, y esto se convierte para todos en un factor ulterior de comunión.

También hoy, para ser en el mundo signo e instrumento de unión íntima con Dios y de unidad entre los hombres, nosotros los cristianos debemos fundar nuestra vida en estos cuatro “ejes”: la vida fundada en la fe de los Apóstoles transmitida en la viva Tradición de la Iglesia, la comunión fraterna, la Eucaristía y la oración. Sólo de esta forma, permaneciendo firmemente unida a Cristo, la Iglesia puede llevar a cabo eficazmente su misión, a pesar de todos los límites y las faltas de sus miembros, a pesar de las divisiones, que ya el apóstol Pablo tuvo que afrontar en la comunidad de Corinto, como recuerda la segunda lectura bíblica de este domingo, donde dice: “Hermanos, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, os exhorto a que os pongáis de acuerdo: que no haya divisiones entre vosotros y vivid en perfecta armonía, teniendo la misma manera de pensar y de sentir” (1,10). El Apóstol, de hecho, había sabido que en la comunidad cristiana de Corinto habían nacido discordias y divisiones; por ello, con gran firmeza, añade: “¿Acaso Cristo está dividido?” (1,13). Diciendo esto, afirma que toda división en la Iglesia es una ofensa a Cristo; y, al mismo tiempo, que es siempre en Él, única Cabeza y Señor, donde podemos volver a encontrarnos unidos, por la fuerza inagotable de su gracia.

De ahí entonces la llamada siempre actual del Evangelio de hoy: “Convertíos, porque el Reino de los Cielos está cerca” (Mt 4,17). El serio deber de conversión a Cristo es el camino que conduce a la Iglesia, con los tiempos que Dios dispone, a la plena unidad visible. De ello son un signo los encuentros ecuménicos que se multiplican en estos días en todo el mundo. Aquí en Roma, además de hallarse presentes varias delegaciones ecuménicas, comenzará mañana una sesión de encuentro de la Comisión del diálogo teológico entre la Iglesia católica y las Antiguas Iglesias Orientales. Y pasado mañana concluiremos la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos con la solemne celebración de las Vísperas en la fiesta de la Conversión de San Pablo. Que nos acompañe siempre, en este camino, la Virgen María, Madre de la Iglesia.

[Después del Ángelus, en español]

Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española presentes en esta oración mariana, en particular a los alumnos y profesores del Instituto Maestro Domingo, de Badajoz. En el transcurso de esta Semana de oración por la unidad de los cristianos, la liturgia nos urge, con el apóstol Pablo, a poner siempre el corazón en la salvación que Cristo ofrece, identificándonos cada día más con Él y apartándonos de todo lo que causa división. Que la amorosa intercesión de la Santísima Virgen María, aliente a todos los discípulos de su divino Hijo a edificar sin discordias el Reino de Dios, siendo en todas partes sal de la tierra y luz del mundo. Feliz domingo.

[Traducción del original italiano por Inma Álvarez
©Libreria Editrice Vaticana]


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Reflexión a las lecturas del domingo quinto del Teiempo Ordinario - A, ofrecida por el sacerdote don Juan Manuel Pérez Piñero, bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

ECOS DEL DIA DEL SEÑOR. 
Domingo 5º del T. Ordinario (A) 

Queridos amigos y amigas: 

Ser cristiano no puede consistir en vivir cerrados sobre nosotros mismos  sin preocuparnos de los demás, en una especie de “egoísmo religioso”, como lo suelo llamar. “Yo cumplo con Dios y… ya está…” ¡Eso no vale…!

En el Sermón de  la Montaña que estamos contemplando estos domingos, el Señor señala, enseguida, la dimensión social, misionera, fraterna de la existencia cristiana. Con nuestra palabra y con nuestro testimonio de vida tenemos que ser sal de la tierra y luz del mundo, es decir, que tenemos que vivir abiertos a los demás preocupándonos de compartir con todos  el Evangelio que hemos recibido. Y el Señor se vale de unas comparaciones sencillas, que todo el mundo entiende, para señalarnos la misión del cristiano en el mundo y la importancia y la necesidad apremiante de que se haga realidad.

         Qué sería de nosotros sin nos encontráramos sin sal y sin luz. ¿Cómo nos alimentaríamos sin sal o entraríamos en la noche sin luz?

         Pues esa es la necesidad y la urgencia que tenemos del mensaje y de la realidad del Evangelio en nuestra vida de cada día.

         Como la sal, nosotros tenemos que mostrar a todos que ser cristiano es dar sabor, gusto, sentido a la vida, especialmente, en los momentos más difíciles…

         Hoy se habla mucho de corrupción. Pues los cristianos tenemos que preservarnos y preservar a los demás de cualquier tipo corrupción… También para eso sirve la sal…

Y si queremos ser sal, no podemos buscar protagonismos, lucimiento personal, vanagloria, ni tantas cosas más… Para que la sal dé  gusto a la comida,  tiene que disolverse, transformarse desaparecer.

         Hoy casi todo se recicla. Sin embargo, si la sal se estropea, no se puede reciclar. “No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente…”  Igual sucede al cristiano. Si pierde la condición de ser sal de la tierra, ¿para qué sirve?

         Veamos, queridos amigos, hasta dónde llega la importancia de la dimensión misionera de nuestra vida cristiana. Si no somos como sal, no servimos para nada. “Para tirarla fuera y que la pise la gente…”     

         ¿Y qué sería de nuestra vida sin la luz? No sólo por la noche… Son tantas las cosas que dependen de la luz, que cuando se va, se paraliza casi todo... Y además, queremos una buena luz. No nos conformamos ni nos vale ya cualquier tipo de luz: una vela, una linterna.., No. Nos hemos acostumbrado a la luz eléctrica y ya no podemos vivir sin ella.

         Lo mismo sucede a nuestra sociedad “al mundo”, como dice el Señor, sin la luz…

         Ya sabemos lo que significa en la S. Escritura luz – tinieblas. “Toda verdad, justicia y bondad –escribía S. Pablo-  son fruto de la luz”.

         El cristiano,  por tanto,  o es luz o no sirve.

         Y, además, ¿a quién se le ocurre encender una luz para taparla, ocultarla, impedir que alumbre?

Sin embargo, hay tantos cristianos que son como luces escondidas, apagadas… Y por eso, muchas veces anda la gente en una densa oscuridad, en tinieblas. Y nos lamentamos y criticamos sin darnos cuenta de nuestra propia responsabilidad…

         Ya Paul Claudel lanzaba a los cristianos este reto: “Vosotros que veis, que habéis hecho con la luz?”.

         La primera lectura de hoy nos enseña que, cuando hacemos  el bien a los demás, comenzando por el hambriento, el  pobre sin techo, el desnudo, somos  como la luz de la aurora… Y cuando desterramos de nuestra vida la opresión, las amenazas, la maledicencia y cuando damos pan al hambriento y al indigente, somos como la luz del mediodía.

         “Entonces clamarás al Señor y te responderá. Gritarás y te dirá: “Aquí estoy”.

¿Y si no hacemos nada de eso, como sucede tantas veces? Nos falta una dimensión esencial de nuestra vida cristiana… Somos inútiles para la Iglesia y para nosotros mismos, como dice el  Vaticano II, hablando del apostolado de los seglares. (Cfr. núm. 2)

Decía antes que la sal no permite protagonismos, personalismos..., Y la luz tampoco. A la luz nadie “le considera” ni le da las gracias… Está ahí y vale… Pues el Señor nos advierte: “Brille vuestra luz a los hombres para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo”.

No se trata de que vean nuestras buenas obras, para que nos aplaudan, nos admiren, nos agradezcan… La gloria, la alabanza, la acción de gracias… son para el Padre del cielo; el que ha creado y sustenta continuamente la sal y la luz…  El que ha enviado al mundo a su Hijo Unigénito para ser la sal y la luz del mundo. Los demás proyectamos y compartimos la sal y la luz que Él nos ha traído a la tierra.

Los demás somos unos pobres siervos que hacemos,  y no siempre, lo que tenemos que hacer. 

 


Publicado por verdenaranja @ 22:07  | Espiritualidad
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DOMINGO 5 DEL TIEMPO ORDINARIO/A
6 de Febrero de 2011

El Dios de la esperanza, que por la acción del Espíritu Santo nos colma con su alegría y con su paz, esté siempre con todos vosotros.

- Sed bienvenidos, hermanas y hermanos, a celebrar la eucaristía. El domingo pasado, con las Bienaventuranzas, comenzamos a leer el Sermón de la Montaña, la proclamación central del mensaje de Jesús, que iremos siguiendo en los próximos domingos.

- Hoy Jesús nos dirá que nosotros somos sal de la tierra y luz del mundo. Que esta celebración nos alimente y fortalezca para poder serio de verdad en nuestra vida diaria.

A. penitencial: Preparemos nuestra participación en la Eucaristía haciendo un momento de silencio, poniéndonos de todo corazón ante Dios y pidiendo perdón. (Silencio)

- Tú, que anuncias la Buena Noticia a los pobres. SEÑOR, TEN PIEDAD.
- Tú, que eres la luz del mundo. CRISTO, TEN PIEDAD.
- Tú, que nos llamas a ser testigos de tu Evangelio. SEÑOR, TEN PIEDAD.

1. lectura (Isaías 58,7-7 O): Escuchemos en esta primera lectura la llamada del profeta: la fe debe comportar una determinada manera de relacionarnos con los demás, un compromiso de solidaridad, de generosidad. Eso es lo que Dios quiere, y aquel que lo cumple experimenta que su vida resplandece con su luz.

2. lectura (7 Corintios 2,7-5): San Pablo, en esta lectura, explica cómo su predicación nunca se ha basado en las palabras sabias y elocuentes, sino en dar testimonio de Jesús, débil y humilde, pero lleno de la fuerza de Dios.

Oración universal: Presentemos ahora al Padre nuestras intenciones, por nosotros y por el mundo entero. Oremos diciendo: ESCÚCHANOS, PADRE.

Por la Iglesia y por todos los que la formamos. Que seamos sal de la tierra y luz del mundo, dando un buen testimonio de Jesús en nuestra vida. OREMOS:

Por todos los cristianos. Que nuestra fe nos lleve a trabajar solidariamente por nuestros hermanos, especialmente por los más débiles y necesitados. OREMOS:

Portadas los que sufren. Que sientan siempre muy cercana la fuerza de Dios que no les abandona. OREMOS:

Por los países pobres, por los hombres y mujeres que pasan hambre. Que los que dirigen nuestro mundo globalizado hagan lo necesario para resolver estas
situaciones injustas. OREMOS:

Por todos nosotros. Que la celebración de la eucaristía nos alimente para vivir con mayor intensidad nuestro camino de seguimiento de Jesús. OREMOS:

Escucha, Padre, nuestra oración, y derrama tu amor sobre los hombres y mujeres del mundo entero. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Padrenuestro: Con fe y con esperanza, dirijámonos ahora al Dios del cielo pidiéndole que se haga su voluntad en nuestra vida. Digamos, unidos:

 

CPL


Publicado por verdenaranja @ 17:24  | Liturgia
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CARITAS ARCIPRESTAL

ICOD DE LOS VINOS

06 de Febrero de 2011
1º Domingo de mes

A quienes entienden las cosas sencillas y a quienes saben ver con los ojos del corazón, Jesús los llama dichosos. Esos son los que viven plenamente una felicidad a raudales que salta a la vista. Es la felicidad de los sencillos y el gozo de pobreza.

Mirar con los ojos de Dios es detenerse y entretenerse en las cosas sencillas de  cada día en las expresiones cotidianas los heraldos de la felicidad, los pobres, en donde
un día florezca la justicia y la paz abunde eternamente.  

NOTICIAS

El servicio de Atención Social de Base de Cáritas a través de la ficha de acogida de datos muestra el número de usuarios directos e indirectos atendidos en el año 2010.

 Familias atendidas  5.517

Mujeres       2.752

Hombres 2.765  

Lo que ha supuesto un incremento del 61.89 % con respecto a las cifras del año anterior.  

Encuentro de Delegados  10-02-2011  

Consejo Diocesano de Cáritas 12-02-2011  

Asamblea Arciprestal 15-02-2011  

Reunión de la permanente Arciprestal.  22-02-2011  

Caritasicod@hotmail.com.teléfonoy fax 922.] 22401


Publicado por verdenaranja @ 17:17  | Caritas
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 Lectio divina para el cuarto domingo del Tiempo Ordinario - A, ofrecida por la Delegación Diocesana de Liturgia de la diócesis de Tenerife.

LECTURA:          “Mateo 5, 1‑12”

En aquel tiempo, al ver Jesús al gentío subió a la montaña, se sentó y se acercaron sus discípulos, y el se puso a hablar enseñándoles:

Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra.
Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados.
Dichosos los que tienen hambre y sed de 1a justicia, porque ellos quedarán saciados.
Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán «los Hijos de Dios.»
Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
Dichosos vosotros cuando os insulten, y os persigan, y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.

MEDITACIÓN:      “Dichosos”   

            Seguramente si tuviésemos que hacer una lista de “dichosos” no estaría muy de acuerdo con la tuya, a la que le colgaríamos otra expresión. Pero no me importa ahora pensar lo que otros puedan llamar dichosos, ni siquiera a quienes se los pueda llamar yo, porque no se trata de nuestras categorías, ni de mis valoraciones, sino de las tuyas. Y, en esa lista, podrá gustarnos o no, están tus predilectos, aquellos a cuyo lado tú estás.

            Y tú estás al lado del que llora, no del que hace llorar; estás al lado del que tiene hambre, no del que la produce; estás al lado del pobre, no del que gesta y alimenta la pobreza. Estás al lado del que hace gestos de paz y no de violencia; del misericordioso y no del que aplasta; del que tiene el corazón limpio y no del que lo ensucia; del perseguido y no del perseguidor.

            Y tal vez te pueda preguntar que cómo es posible que estés con ellos si sigue habiendo tantos seres humanos que están en ese lado, y no parece que las cosas cambian, y le respuesta es siempre la misma, estás sufriendo con ellas y trabajando con ellas, y estás llamándome a mí para ponerme a su lado, a tu lado, para hacer posible un mundo humano. Es por eso, sí, por lo que son dichosos, porque si los hombres no están a su lado, lo está el corazón amante y sufriente de Dios. Y en esa aparente impotencia, y aún en medio de tantas realidades de dolor, sabemos dónde estás y cómo actúas. Y me invitas a sumarme a ellos, porque ahí está la clave de la verdadera felicidad.                

ORACIÓN:          “Hazme dichoso”

            Hazme dichoso, Señor, pero desde ti, metiéndome en esa corriente de amor a la que me asomas en tus bienaventuranzas.

            Hazme dichoso, creando dicha, tendiendo manos, acogiendo, perdonando, amando, siendo buscador de la verdad, más allá de mis intereses y mis esquemas estrechos.

            Hazme dichoso abriendo mi corazón y mi mente, con mis gestos sencillos y con mis grandes esfuerzos. Hazme dichoso intentando crear dicha, porque tengo muchos espacios por los que comenzar.

CONTEMPLACIÓN:           “Mi dicha”

No necesito grandes gestos
para experimentar mi dicha,
solo abrir mi corazón,
y descubrirte latiendo en él;
tu mirada puesta en mí
y tu mano tendida.


Publicado por verdenaranja @ 11:34  | Liturgia
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jueves, 03 de febrero de 2011

ZENIT NOS Ofrece la Carta Pastoral del Episcopado de la República Dominicana 2011, con motivo de la celebración de los 500 años del inicio de la Evangelización en América, de fecha 21 de enero, un documento muy esperado por el pueblo dominicano. 

CARTA PASTORAL 2011
500 AÑOS DE MISION EVANGELIZANDO LA NACION

"Ni el que planta ni el que riega es algo, sino el que da el crecimiento, Dios" (1Cor 3,79) 

El libro del Eclesiástico de la Biblia, atribuido a Jesús Ben Sirá y que debe su nombre a la gran acogida que tuvo en la Iglesia primitiva, contiene esta exhortación: "Voy a hacer el elogio de los hombres buenos, nuestros antepasados de diversas épocas. El Altísimo les concedió muchos honores y les engrandeció desde hace mucho tiempo: reyes que dominaron la tierra, hombres famosos por sus grandes acciones, consejeros llenos de sabiduría, profetas que podían verlo todo, jefes de naciones llenos de prudencia, gobernantes de visión profunda, sabios pensadores que escribieron libros, poetas que dedicaron sus noches al estudio, compositores de canciones según las normas del arte, autores que pusieron por escrito sus proverbios, hombres ricos y de mucha fuerza que vivieron tranquilamente en sus hogares. Todos ellos recibieron honores de sus contemporáneos y fueron la gloria de su tiempo. Algunos dejaron un nombre famoso que será conservado por sus herederos y hay otros a los que ya nadie recuerda, que terminaron cuando terminó su vida, que existieron como si no hubiesen existido y después pasó lo mismo con sus hijos. Aquellos, al contrario, fueron hombres de bien y su esperanza no terminará. Sus bienes se conservarán en su descendencia. Por su fidelidad a la alianza se mantiene aún su descendencia y su herencia se transmitió a sus nietos y gracias a ellos viven las generaciones siguientes. Su recuerdo permanecerá siempre y sus buenas acciones no se olvidarán. Sus cuerpos fueron enterrados en paz y su fama durará por todas las edades. La asamblea celebrará su sabiduría y el pueblo proclamará su alabanza" (Eclo. 44, 1-15).

Movidos por los mismos sentimientos que el Eclesiástico y como estamos en el Jubileo del Quinto Centenario de la creación de la Arquidiócesis de Santo Domingo, primada de América, y de la Diócesis de La Vega nos ha parecido justo presentarles, un rendido homenaje a cuantos nos precedieron, y a los actuales agentes de pastoral, un panorama a grandes rasgos de lo que ha supuesto la presencia y acción de la Iglesia entre nosotros.

No nos impulsa a ello pregonar nuestros éxitos. Con la exhortación de Cristo a los apóstoles sinceramente proclamamos: "siervos inútiles somos. No hemos hecho otra cosa que cumplir con nuestra obligación" (Lc 17,10). Y con San Pablo decimos: "Ni el que siembra ni el que riega es algo sino el que hace crecer todo, Dios" (1Cor 3,7). Tampoco nos arrogamos el haberlo hecho bien. Confesamos haber cometido nuestros errores y no siempre haber estado a la altura de nuestra fe, vocación y responsabilidades, y por ellos pedimos nuestro perdón y recurrimos a la comprensión e indulgencia de todos los dominicanos y dominicanas.

La creación de las tres primeras Diócesis de América - Santo Domingo, La Vega y San Juan de Puerto Rico - por la Bula "Romanus Pontifex" del Papa Julio II, del 8 de agosto de 1511, fue un acto primacial y constituyente de las Iglesias de América. Certeramente Juan Pablo II llamó a nuestra Isla "La primogénita en la fe de América".

La misión de la naciente Iglesia dominicana a partir de la bula Romanus Pontifex y el primer acto jurídico del obispo franciscano Fr. García de Padilla (12 mayo 1512) fue la predicación, la administración de los sacramentos, la enseñanza y la asistencia social. "Prediquen el Santo Evangelio y enseñen a los infieles, y con buenas palabras los conviertan a la veneración de la Fe Católica, y ya convertidos, los instruyan en la religión cristiana, les den y administren el Santo Sacramento del Bautismo. Y así convertidos, como los demás fieles de Cristo, les administren los santos sacramentos de la Confesión, de la Eucaristía y los demás", decía el Papa en el cuarto párrafo de su citada bula del 8 de agosto de 1511 (Josef Metzler (ed.), América Pontificia I (Cittá del Vaticano: Librería Editrice Vaticana, 1991), p. 114; Colección de documentos inéditos XXXIX (Madrid, 1880), p. 30; J. L. Sáez (ed.) Documentos de la Provincia Eclesiástica de Santo Domingo (Santo Domingo, 1998), p.90).

Respecto al conocimiento de la historia de la Iglesia en América, el Documento de la III Conferencia del Episcopado Latinoamericano (Puebla) puntualiza que en nuestros pueblos hay un radical substrato católico, fruto del unánime esfuerzo misionero de todo el pueblo de Dios (Cfr. Documento de Puebla No. 7).

Desde los primeros tiempos heroicos, misioneros comprometidos en el conocimiento, defensa y evangelización de los pueblos indígenas se pasó a un ciclo de condicionamientos sociales y políticos. Vinieron, después, las crisis ocasionadas por la irrupción de las filosofías ilustradas. Primero el liberalismo y positivismo y los movimientos independentistas y modernamente el marxismo. Hoy se enfrenta a los retos de la secularización y a los desafíos emanados de la presencia y actividad de otras confesiones religiosas.

La Iglesia católica no sólo combatió los errores y reduccionismos de estas posiciones filosóficas, políticas y religiosas y defendió su derecho a existir y aportar sus valores religiosos y sociales, sino que supo adaptarse, enriquecerse y aprender de lo bueno que había en todas esas realidades. Reconoció los nuevos valores, los aprovechó y los integró a su acervo cultural y religioso. La Iglesia pudo así desarrollar una imaginación creativa y dar origen a una personalidad religiosa capaz de vivir y aportar en este mundo nuevos métodos pastorales y comunidades religiosas para enfrentar los retos de los tiempos cambiantes.

Hay una afirmación de Américo Lugo, que ayuda a conocer la Iglesia en la República Dominicana. Dice: "Es singularmente gloriosa la Iglesia en Santo Domingo" (La Edad Media en Santo Domingo, parte eclesiástica", cap. 1).

A pesar de sus errores y deficiencias, afirmamos la presencia de la fe católica y la institución eclesial en toda la historia del pueblo dominicano, conformando su vida a través de la vivencia de sus enseñanzas y de la acción social de sus miembros, no obstante, sus limitaciones en instituciones y recursos pastorales, una "misérrima Ecclesia" -una Iglesia muy pobre- como la llamó Mons. Tomás de Portes e Infante en 1844. Su presencia ha sido siempre liberal. Manuel De Jesús Galván pudo afirmar verazmente: "Aquí no se conoce la teocracia. El clero es liberal como el pueblo y se confunde con él en sus penas, en sus grandes luchas, en sus entusiasmos patrióticos" (citado por el Criterio Católico, 13 de abril de 1901).

Una nota típica de la historia de nuestra Iglesia ha sido una presencia clerical en la cotidianidad de la vida del pueblo, pero también laical en los largos períodos en que ella no pudo satisfacer las necesidades eclesiales del pueblo por la carencia de sacerdotes. Una legión de misioneros laicos, rezadores, catequistas, miembros de cofradías, devotos de santos, sacristanes, encargados de capillas, padrinos de sacramentos, consejeros y responsables oficiales de comunidades pobló nuestra Iglesia en ausencia de sacerdotes. Estos agentes laicos fomentaban la vida de la Iglesia entre los creyentes y la solidaridad entre todos los ciudadanos.

Ha sido también y es una Iglesia misionera, abierta a la cooperación misionera extranjera, agradecida de la ayuda de tantos sacerdotes, religiosos y religiosas, laicos y laicas extranjeros que vinieron a aportar su trabajo. Desde el período colonial, en el siglo XIX y en nuestros días. Esto le ha permitido suplir sus deficiencias. El pueblo supo comprender a sujetos de otras culturas y lenguas y entender el deficiente español de misioneros y misioneras.

Ante la precariedad constante del sistema educativo y de salud se ha manifestado también como una Iglesia muy comprometida con las necesidades sociales de la nación, en particular en la educación y la salud.

Hay que destacar la presencia en la educación desde los mismos inicios en las escuelas conventuales, en particular la de los franciscanos en La Vega, donde estudió el rebelde Enriquillo; las tres universidades del período colonial y el Seminario del período republicano que abrió sus puertas a toda clase de estudiantes. En la segunda mitad del siglo XIX, período de grandes convulsiones políticas y sociales, el P. Francisco Javier Billini pudo desarrollar diversas obras educativas y de salud. Aquí hay que destacar el Colegio San Luis Gonzaga, centro de estudios de la intelectualidad y cantera de vocaciones sacerdotales.

No podemos dejar en el olvido las escuelitas que existieron en todo el siglo XIX y hasta bien entrado el XX, dirigidos por profesores y buenas mujeres católicas que ofrecían los conocimientos rudimentarios a niños y niñas en un momento en que el país no estaba en condiciones de ofrecer una educación más formal. En todo este tiempo era costumbre que sacerdotes formaran parte de las juntas de estudio nacionales y municipales.

En el siglo XX, a partir de la década de los 30, las congregaciones religiosas masculinas y femeninas fundaron colegios privados, casi uno por provincia. Poco después, cuando la opción preferencial por los pobres, las energías educativas de la Iglesia se pusieron a disposición de los sectores excluidos, convirtiendo sus colegios privados en Oficializados y asumiendo escuelas y politécnicos públicos en barrios y pueblos. La labor educativa ha pasado de inferior a superior universitaria y la ofrece desde nueve centros universitarios.

La atención de la salud ha sido siempre preocupación de la Iglesia, desde los tiempos coloniales en el Hospital de San Nicolás, de San Andrés y de San Lázaro. Luego las obras de salud creadas por el P. Billini. Más adelante con la llegada de las Hermanas del Cardenal Sancha, Mercedarias e Hijas de la Caridad se fueron asumiendo hogares de huérfanas y de ancianas y ancianos abandonados hasta que amparados por el Concordato de 1954 congregaciones religiosas femeninas asumieron la administración de hospitales (farmacia, despensa, sala de cirugía, atención directa al enfermo).

Ante los celos y críticas de algunos, las hermanas pusieron orden en el manejo de los hospitales, proporcionaron el sentido del ahorro, limpieza, higiene, atención y cariño al enfermo.

La Iglesia ha asumido también una función civil profética y mediadora en una sociedad que no encuentra su institucionalidad y vive expuesta permanentemente a la inestabilidad.

Desde el Sermón de Montesino y la figura de Fray Bartolomé de las Casas hasta nuestros días, la asunción de la responsabilidad y peso del gobierno civil y la de la mediación social y política ha sido labor difícil y poco grata, en orden a garantizar el buen gobierno y la justicia. Fue el caso de los frailes Jerónimos y el de los Obispos Fray Luis de Figueroa y de Don Sebastián Ramírez de Fuenleal.

La lucha por la justicia viene de lejos. El Sermón de Montesino estimuló el genio de Vitoria en Salamanca y a través de él dio inicio al Derecho Internacional. En él se inspiraron las posteriores luchas de otros frailes y Obispos dominicos.

El gesto de los dominicos ha estado presente en la Iglesia dominicana y se ha expresado, a lo largo de los años en momentos cruciales de su historia, en protestas, sermones, y de manera especial, en el de las siete palabras y en las Cartas Pastorales. La presidencia del P. Fernando Arturo de Meriño (1880-1882) se explica como un recurso para mantener la paz. La de Monseñor Gustavo Adolfo Nouel (1913) no fue sino un intento de alternativa al caos de las luchas caudillistas en los inicios del siglo XX. Se debe reconocer el servicio de mediación de Mons. Hugo Eduardo Polanco Brito y de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM), bajo el liderazgo de Mons. Agripino Núñez Collado.

No pocos sacerdotes desempeñaron cargos legislativos. Hay que señalar aquí a los que participaron en la Constituyente de San Cristóbal (1844). Recientemente, sobresalen en la acción pública y política, personas e instituciones de la Iglesia en luchas como la defensa de la vida, protección ecológica, respeto al inmigrante y desarrollo de la educación.

Una Iglesia libre, pues, no obstante vinculaciones y controles políticos, ha logrado niveles de libertad que le han permitido disentir y profetizar. Como afirma el politólogo americano Howard J. WIarda. "La Iglesia fue la única institución que el gobierno de Trujillo no pudo controlar del todo" (Dictatorship and development, The methods of control in Trujillo´s Dominican Republic, pag. 141). Su sentido de libertad y su vinculación a la sociedad dominicana le permitió apoyar y, en cierta manera, encarnar la oposición al régimen de Trujillo en los años definitivos de 1959-1961. La fe fue recurso de fortaleza y esperanza. El sacerdote fue persona de consejo y confianza y las Pastorales de la Altagracia y de Cuaresma de 1960 expresan el aporte público de los deseos de los sectores conscientes y sufrientes de la sociedad dominicana.

La Iglesia ha sabido distinguir a la persona de la ideología. Ha primado las relaciones personales sobre las filosofías. Ha sintetizado los valores positivos de todos los pensamientos y teorías con las virtudes y aun con las verdades religiosas. Ha sido fácil en ofrecer los sacramentos a todos, no obstante, sus creencias y militancias.

Ha sido una Iglesia apuntalada por miembros que, en la consagración a Dios y en la entrega al servicio de los más necesitados, han encontrado el camino de la santidad. Sacerdotes (algunos con debilidades conocidas, pero dedicados a la construcción de la Iglesia y al servicio del Pueblo) administraron los sacramentos y repartieron el pan en medio de grandes dificultades, no obstante, la pobreza de las parroquias, su delicado estado de salud, las dificultades de los caminos y la inestabilidad política.

En los inicios del siglo XX, sobresale la figura del P. Francisco Fantino Falco, alma angustiada y tímido, pero apostólico y tenido por santo. Pobre, al estilo de San Francisco de Asís, supo unir la labor docente (fundando dos colegios) con una vida pastoral muy intensa. Era capaz de hacer largas jornadas para visitar un enfermo que demandaba su atención pastoral. Creó una legión de catequistas que fomentaron e ilustraron la fe y la devoción de los pueblos del Cibao. Está introducida su causa de beatificación. También han sido introducidas las causas de los siervos de Dios Benito Arrieta, pasionista, y Emiliano Tardif, misionero del Sagrado Corazón de Jesús. Ellos son sólo astros de una constelación de servidores de la fe, sacerdotes, religiosos y religiosas, laicos y laicas que han sostenido la Iglesia y el pueblo dominicano. Ese paso benéfico por nosotros ha quedado reflejado en la cantidad de calles que llevan en la capital y pueblos, nombres de eclesiásticos que le sirvieron desde la administración sacramental hasta la acción social.

La Iglesia se afana hoy por lograr y mantener la honestidad de vida y una sólida espiritualidad de sus miembros, clérigos y laicos. Hay docenas de casas de retiros, cursillos, talleres, seminarios y cursos de formación, librerías y folletos que ayudan a vigorizar la fe, fortalecer la espiritualidad y capacitar para enfrentar los retos presentes y futuros.

Las comunidades eclesiales organizan hoy y dinamizan la feligresía, dando calor humano, fomentando el servicio social, leyendo y estudiando la Biblia y glorificando a Dios. La cercanía al pueblo, se muestra además, en el servicio educativo y médico, en la consejería y mediación social en los conflictos familiares y comunitarios, en la defensa de la justicia ante el abuso de autoridades y poderosos locales y nacionales. Todo esto hace que la Iglesia sea reconocida por las encuestas de opinión como una de las instancias más creíbles de nuestro pueblo.

La dimensión mariana de nuestra religiosidad, preferentemente en las devociones a la Virgen de las Mercedes y de la Altagracia, abre la generosidad de nuestro pueblo a los altos valores del espíritu, identifica nuestra dominicanidad y le da trascendencia. La devoción mariana fomenta la generosidad y crea esperanza a nuestro pueblo en los momentos difíciles propios y patrios.

Conscientes de tanto bien recibido damos gracias a Dios, Dador de todo bien, que tan generoso ha sido con nosotros. Arrepentidos de nuestras negligencias y debilidades pedimos perdón por ello y atentos a los retos que nos esperan pedimos a Dios luz y fortaleza para enfrentarlos exitosamente.

Les bendicen,

+ Nicolás de Jesús Cardenal López Rodríguez,
Arzobispo Metropolitano de Santo Domingo, Primado de América,
Presidente de la Conferencia del Episcopado Dominicano

+ Ramón Benito De La Rosa y Carpio,
Arzobispo Metropolitano de Santiago de los Caballeros

+ Juan Antonio Flores Santana,
Arzobispo Emérito

+ Fabio Mamerto Rivas, S.D.B.,
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