Ideas para la homilía del DÍA DEL SEMINARIO en el segundo domingo de Cuaresma 2011, publicadas en el subsidio litúirgico recibido en la parroquia para su celebración.
Una llamada para salir
Las tres lecturas del domingo de hoy nos dan un claro y sencillo itinerario vocacional. Toda vocación comienza con una llamada igual que la que recibió Abrahán. Después del pecado del hombre, Dios no se da por vencido y reanuda el diálogo lanzando una invitación a Abrahán: «Sal de tu tierra y de la casa de tu padre hacia la tierra que te mostraré». Se trata de dejar el pasado y todas las seguridades que uno tiene y que le dan identidad (la tierra, la familia) para lanzarse a un futuro completamente incierto sin puntos de referencia. La única garantía es la promesa de la bendición de Dios. En un acto de fe total, «Abrahán marchó, como le había dicho el Señor» (no como a él le gustaría) abriendo así un futuro para la historia de la salvación.
Una llamada inmerecida para servir al Evangelio
Pero, aquellos que reciben una llamada especial del Señor ¿tienen unas cualidades particulares? No. San Pablo nos lo dice muy claramente: “nos llamó a una vida santa no por nuestros méritos, sino porque (…) dispuso darnos su gracia”. La vocación es una gracia que no merecemos.
Pero es una gracia que compromete toda la persona en un trabajo duro. Pablo lo tiene muy claro cuando da sus consejos a Timoteo: «Toma parte en los duros trabajos del Evangelio, según las fuerzas que Dios te dé». Es una invitación sin duda a arrimar el hombro cuando llegan los problemas y a seguir fiel. Seguir a Jesús no es fácil.
Escuchar a Jesús
Cuando llega ese momento de la dificultad es cuando cobra sentido el evangelio de hoy, el evangelio de la Transfiguración de Jesús. Su contexto litúrgico nos lo presenta después de la visita del tentador (domingo pasado) y su contexto literario, al comienzo del camino hacia la cruz y después del anuncio de la pasión (en los tres sinópticos). Es decir, es un contexto de desánimo después de conocer las exigencias del seguimiento; un contexto de tentación de abandono y de retirada. En este contexto, Jesús tomó consigo a los tres que luego serán testigos de su agonía en Getsemaní, y «se los llevó aparte a una montaña alta».
Allí, en la montaña, descubrirán, mejor, re-descubrirán, el origen, el motivo de su vocación, de su seguimiento. ¿Por qué vamos con Jesús? ¿Por qué le seguimos?
No para complacernos, ni para buscar éxitos ni ser aplaudidos. La teofanía del monte nos deja un mensaje tan claro como firme: «Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadle». Seguimos a Jesús porque hemos escuchado su voz, porque reconocemos que sus palabras son luz y guía para nuestro camino, porque le reconocemos como el Hijo de Dios.
Pedro, Santiago y Juan tienen la suerte, la gracia, de contemplar de manera fugaz la gloria del Hijo. Hay elementos narrativos como los vestidos blancos y el rostro resplandeciente que nos sugieren un anticipo de la victoria sobre la muerte, de la resurrección (mencionada incluso en el v.9). Así, la palabra de Jesús «Levantaos, no temáis» cobra todo su sentido. No se trata solo de un ponerse en pie físicamente, sino de de recuperar la dignidad perdida al sucumbir a la tentación, al desánimo, a la desesperanza. Jesús, Él mismo, nos da la confianza necesaria para seguir.
El sacerdote, regalo de Dios para el mundo
El sacerdote es alguien que, como Abrahán, ha escuchado la voz de Dios invitándole a dejarlo todo. A pesar de no ver claro se lanza confiando en la bendición de Dios. Por eso la misma presencia de un sacerdote debería ser un regalo para nosotros. Efectivamente, él nos recuerda que nada en este mundo puede atarnos definitivamente. Solo Dios lo merece todo.
El sacerdote asume también «los duros trabajos del Evangelio». Y asumiéndolos nos colma de regalos que vienen de Dios a través de los sacramentos, la proclamación y explicación de la Palabra de Dios, las acciones caritativas, el acompañamiento, etc…
Para que el sacerdote pueda llevar a cabo su misión no puede dejar de tener como referente a Jesús. Es a Él a quien tiene que escuchar. Es solo así como mostrará a los demás cristianos el camino, para que también le escuchen y le reconozcan como hijo de Dios.