Carta pastoral de monseñor Marcelo Raúl Martorell, obispo de Puerto Iguazú para la Cuaresma 2011 (9 de marzo de 2011). (AICA)
TIEMPO LITÚRGICO DE LA CUARESMA
Queridos hermanos, comenzamos nuestro tiempo litúrgico de la Cuaresma en un ambiente jubilar y esto nos ayuda a reflexionar y profundizar no sólo nuestro caminar como personas cristianas hijos del Señor, sino también como Iglesia diocesana próxima a cumplir 25 años de vida eclesial.
La cuaresma es un tiempo especial de penitencia y purificación del corazón, pues nosotros sabemos bien que la gracia recibida en el bautismo, robustecida por la confirmación y alimentada por la Eucaristía no nos hace impecables, por más que tenga una eficacia santificadora infalible, no nos fuerza a hacer el bien; y así el hombre queda siempre libre de corresponder o no al don divino teniendo siempre la triste responsabilidad de resistir a la gracia haciendo el mal. Llamados a ser santos, en realidad, "todos caemos muchas veces" (Sant.3,2) y es por esto que continuamente necesitamos de la "misericordia de Dios" (L.G.40) que viene a nosotros en forma de salvación "no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores" (Mt.9,13) y para perdonar los pecados instituyó el sacramento de la penitencia. "A quienes perdonéis los pecados le serán perdonados; y a quienes se los retengáis, les serán retenidos" (Jn. 20,23).
No obstante el sacramento de la penitencia presupone de parte del penitente, la penitencia interior, es decir la "conversión", sin la cual el mismo sacramento no tendría eficacia alguna, y por eso Jesús comenzó su vida púbica predicando esta penitencia, que el miércoles de cenizas, nos recordaremos cada uno: "convertíos y creed en el evangelio"(Mc. 1,15).
El pecado cualquiera sea su entidad conlleva consigo mismo un rechazo más o menos grave del amor de Dios y por lo tanto un alejamiento de El, de su Ley y del Evangelio y si no hay un deseo interior firme de cambiar, no habrá conversión y la gracia del Señor derramará fuera del corazón por más que haya confesión de los pecados. Pero quien se acerca a la misma con este deseo interior de cambio, recibirá la gracia del perdón, el perdón mismo, y un aumento de gracia y en caso que por el pecado la hubiese perdido, se la devuelve intacta como el día de su bautismo y con un corazón puro emprenderá el camino de la salvación, con un corazón converso será imagen de Cristo y de su infinita misericordia en el mundo.
Para que haya perdón y conversión, tendrá que haber "arrepentimiento" de haber cometido pecado, de haberse apartado del amor de Dios y si el arrepentimiento está producido por el amor de Dios, nos disponemos mejor aún a un perdón amplio y abundante (1Pe. 4,8). Vemos pues que nuestra actitud interior coopera con el sacramento de manera positiva. No somos sólo sujetos pasivos del mismo, sino que también cooperamos a su eficacia si nos acercamos con un corazón contrito.
Debemos tener en cuenta, queridos hermanos, que el pecado personal es la causa no sólo de la pérdida de la gracia individual, sino que también es causa del "pecado social" y "eclesial". Es causa más o menos grave de los males de la Comunidad y de la Iglesia como Comunidad de fe.
En la Iglesia de los primeros siglos había una conciencia clara del aspecto social del pecado, las injusticias sociales, la exclusión social, la pobreza extrema, la esclavitud de las drogas, del sexo y del alcohol, son hoy también causa de la falta de santidad de nosotros como miembros de la Iglesia.
Así en poco el pecado nos aparta de Cristo y de su amor, nos excluye de la Comunión Sacramental y nos hace causantes de la opacidad del Cuerpo Místico de Cristo que es la Iglesia. Por lo tanto es necesario que en este tiempo de cuaresma revisemos nuestras vidas, nuestro interior y miremos nuestro caminar como Iglesia, convirtiéndonos si fuera necesario por medio de la oración, la penitencia y la limosna.
Así penitentes, nos vamos reconciliando con Dios y con la Iglesia y nos vamos convirtiendo en constructores de una sociedad más cercana al amor de Dios y por lo tanto más justa y solidaria. No digamos esto no es para mí, pues caeríamos en un pecado más grande: el de la soberbia. Reconozcamos en nuestro corazón e intimidad que necesitamos ser más buenos y reconocidos con Dios, que necesitamos de su "divina misericordia", para caminar mejor eclesial y socialmente, "pues siendo muchos, no formamos más que un solo cuerpo en Cristo, cada uno por su parte, los unos miembros de los otros" (Rom.2, 5). Por la solidaridad que hace de todos los creyentes en Cristo un solo cuerpo, tanto el bien como el mal de cada uno, es el bien o mal de todos. El pecado hiere a Cristo como cabeza del Cuerpo Místico, en cuanto que es ofensa a Dios y además hiere a los miembros del Cuerpo Místico en cuanto que los daña espiritual o materialmente. Daña por más oculto que sea profundamente a la Iglesia como comunidad porque disminuye en ella el nivel de gracia, de virtud y de santidad y aumenta el lastre de miserias que dificultan el camino hacia Dios. Así como un solo acto de caridad acrecienta el amor en toda la Iglesia, un solo acto de falta de amor o pecaminoso, lo disminuye.
Casi siempre, queridos hermanos, el pecado daña a nuestro prójimo de un modo más directo. El sacramento en nombre de Dios nos perdona, pero el sacerdote, nos debe obligar a la reparación del daño realizado. Por ello la conversión conlleva un cambio y la penitencia nos debe llevar a la conversión, de otra forma sería muy fácil, bastaría con confesarnos y todo estaría bien. El Señor nos pide reparación en nombre de la conversión de nuestros corazones, para que podamos vivir la justicia y la paz. El sacramento nos lleva a vivir construyendo a través de nuestra conversión el bien común de la sociedad. Nos lleva a vivir de otra forma insertados en la sociedad, reparando y construyendo la misma por medio de la santidad de vida. De otra manera nuestra religiosidad sería desencarnada de la vida y de la sociedad que Dios nos pide construir y santificar.
Otras formas de penitencia son la oración, el ayuno y la limosna. En Lc.4,1-3 los cristianos son llamados a vivir intensamente la oración a semejanza de Jesús que fue llevado por el Espíritu al desierto para encontrarse con Dios. Así fue para Israel que vivió en el desierto durante 40 años, para purificar su fe y encontrarse verdaderamente con el Señor, así también para Elías que en él transcurrió 40 días, para Juan el Bautista. Jesús consagra esta costumbre y se retira a orar en él durante 40 días. El desierto es la ausencia de la distracción externa, es la percepción de uno que busca encontrarse con Dios el Señor. En esta soledad Jesús es tentado por el Demonio y asume su misión, no la gloria del mundo que le propone Satanás, sino la humillación de la Cruz como salvación del género humano. Intensificar a oración y el silencio, mirarse el corazón, encontrarse en él con el Señor, será la tarea del cristiano en el tiempo de la cuaresma, para poder llegar al "domingo de Pascua" con un corazón lleno de Dios.
Dar limosna, no lo que nos sobra sino aun lo que necesitamos, ser generosos en este gesto de caridad perdona nuestros pecados ¿Sabías, hermano, que la limosna hecha de corazón perdona los pecados? Los cristianos debemos obligarnos a la limosna, llegar a los más pobres y necesitados, sostener nuestro Culto a Dios, dando de todo corazón. La Iglesia reparte a los más necesitados y a los niños, en la copa de leche, en los orfanatorios, asilos, leprosarios y tantas obras de caridad que ella sostiene. Ofrecer al Señor, dando de lo nuestro, nos hace crecer en la santidad y la virtud humana .
Ayunar, es privarnos de algún alimento que nos agrada, especialmente los días viernes que la Iglesia nos señala como penitenciales. Los niños y los ancianos no deben hacer ayuno al igual que los enfermos. Los demás hagamos el esfuerzo de ofrecer de nuestro paladar, por la santificación de la Iglesia y de todos sus miembros, Obispos, sacerdotes, religiosos y laicos.
Recordemos que el "miércoles de ceniza y el Viernes Santo, son los días que la Iglesia nos manda hacer "ayuno y abstinencia de carne", acrecentar nuestra oración y saber que la Semana Santa es una semana de recogimiento en la oración, de íntima unión a los "misterios de aquel que dio su vida por nosotros, El Señor Jesús". Amén.
Que María Santísima nos ayude a crear en nosotros la imagen de Jesús.
Mons. Marcelo Raúl Martorell, obispo de Puerto Iguazú