Martes, 19 de abril de 2011

ZENIT publica la transcripci?n de la charla impartida por monse?or? Jos? Ignacio Munilla, obispo de San Sebasti?n, en los diversos encuentros arciprestales con? las familias de la di?cesis vasca entre enero y marzo de 2011.

Quisiera hacer una exposici?n sencilla y humilde, que no pretende abordar sistem?ticamente el tema de la familia, sino s?lo ofrecer una serie de intuiciones que me gustar?a compartir con vosotros. Posteriormente, en un clima de plena confianza, me gustar?a que tuvi?semos tiempo para hablar, y para que pod?is presentar a vuestro obispo las dudas y otras cuestiones que os parezcan pertinentes.?

M?s all? de este encuentro de pastoral familiar, por lo que a m? respecta, tambi?n es importante presentarme como obispo. Soy consciente de que en la Iglesia cargamos sobre nuestros hombros muchas im?genes distorsionadas y antip?ticas; y la ?nica forma que se me ocurre de poder sanarlas, es tener encuentros como ?ste en el que estamos ahora mismo; escucharnos mutuamente, hablar con sencillez y libertad, comprobar que no tenemos "cuernos", e ir avanzado en la vida de la Iglesia. Yo quisiera que tuvi?ramos esa santa confianza de comunicaci?n y que nadie piense que el plantear ciertas cuestiones pueda ser inoportuno. Estamos en familia y, precisamente, vamos a hablar de la familia.

Mi punto de partida es la afirmaci?n de que la Iglesia tiene una preocupaci?n muy especial por la familia. Muchas veces hemos expresado la convicci?n compartida de que dif?cilmente vamos a poder transmitir la fe a las nuevas generaciones, a los ni?os, a los j?venes, si no contamos con la familia, como el lugar "natural" para la evangelizaci?n. Es imposible transmitir la fe a una tercera generaci?n, teniendo que pasar por encima de la segunda. ?Muy dif?cil! En torno a la familia nos jugamos el futuro de la Iglesia y hasta de la misma sociedad. M?s a?n, como dec?a Juan Pablo II: "En torno a la familia y a la vida se libra el principal combate por la dignidad del hombre".

Es verdad que, afortunadamente, la familia es una instituci?n muy valorada. Cuando se hacen por ah? encuestas, la gran mayor?a afirma valorar mucho la familia; pero al mismo tiempo se va derivando hacia un concepto de familia "difuso". La familia ha pasado a ser para muchos el lugar en que recibimos una acogida confortable, c?moda, el "txoko" en el que sentirse afectivamente a gusto... Sin embargo, queda en el olvido, o muy en segundo lugar, el hecho de que la familia es tambi?n el lugar de transmisi?n de los valores y de la educaci?n moral.? Se produce esta paradoja: la familia es muy valorada, pero al mismo tiempo est? inmersa en una gran crisis moral. Este riesgo existe.

No creo que os descubro el Mediterr?neo,? si digo que en nuestra cultura lo que prima, lo que est? en alza, es la concepci?n aut?noma del hombre; un hombre libre, independiente, que piensa: "a m?, que nadie me diga lo que tengo que hacer"; con una concepci?n de "liberaci?n" en la que parece que el hombre m?s maduro es aquel que no depende de nadie.

Se trata de una concepci?n de "autonom?a" y de "libertad" que no se compagina f?cilmente con la vocaci?n de la familia. Nosotros creemos que el valor supremo no es tanto la independencia del hombre, cuanto su "comuni?n". El hombre maduro no es el m?s independiente o el m?s aislado frente a los dem?s, sino todo lo contrario.

Por lo dem?s, recordemos que nosotros, los creyentes, creemos en un Dios que es Trinidad: Padre, Hijo y Esp?ritu Santo. Dios no es un ser individual, sino que Dios es familia. Y esto no es algo balad?. El hecho de que Dios sea Padre, Hijo y Esp?ritu Santo quiere decir que a los hombres nos ha creado con el sello de la familia; nos ha creado con una vocaci?n a la comuni?n. Dicho de otra manera: no es que Dios nos crease como individuos y luego se nos ocurri? juntarnos en familias. Eso de unirse en familias no es una construcci?n cultural, como dicen algunos, o una invenci?n de las religiones, sino que, muy al contrario, est? inserto en nuestro ser, en nuestra personalidad; es inherente a nosotros, porque hemos sido creados a imagen y semejanza de un Dios que es familia. ?ste es el punto de partida, y desde aqu?? quiero comenzar: nosotros, por creaci?n, no somos "individuos" sino "personas" en comuni?n.?

Desde este punto de partida, os quiero ofrecer siete claves, tal vez un poco desordenadas, que no pretenden otra cosa que hacernos reflexionar, de forma que nos ayuden a examinar la "salud" de nuestra vivencia familiar.????

1. Primera clave: el sacramento del Matrimonio es un camino para la uni?n con Dios.

Se trata de recordar y revivir este principio b?sico: El matrimonio es una vocaci?n para la uni?n con Dios. Obviamente, tambi?n lo es para la uni?n del hombre y la mujer... Pero es que resulta que en nuestro subconsciente, est? presente el concepto de que el sacerdocio o la vida religiosa, son el camino para la uni?n con Dios (el sacramento "religioso"); mientras que el sacramento del matrimonio ser?a algo as? como el sacramento "no religioso", el sacramento -digamos- "mundano". Los religiosos y los sacerdotes ser?an aquellos que apuestan por la uni?n con Dios, mientras que en el sacramento del matrimonio la apuesta ser?a distinta, no expl?citamente para la uni?n con Dios. Partimos as? de una imagen equivocada que hemos de purificar. Porque, en realidad, subamos a un monte por una ladera o por otra -hay muchas laderas para subir al monte-, al final llegamos al mismo pico, a la misma cumbre. Y de esto tenemos que convencernos: el sacerdocio, la vida religiosa y el matrimonio suben a la misma meta, y son caminos de una vocaci?n a la uni?n plena con Dios.?

Ocurre quiz?s que en el matrimonio, en la vida de familia, existe un innegable riesgo de quedar absorbido por muchos problemas a lo largo del "camino": los agobios, la hipoteca, los ni?os, enfermedades, colegios, trabajo, etc. El riesgo del matrimonio y de la familia es quedarse inmerso en estas preocupaciones, olvid?ndose de la "meta" a la que nos dirigimos. Por el contrario, el riesgo m?s inmediato del sacerdocio o de la vida religiosa, no es tanto el de olvidar la meta a la que nos dirigimos... (?Tendr?a delito!, como se dice popularmente, que los sacerdotes y religiosos nos olvid?semos de que Dios es nuestra meta). El peligro principal, en nuestro caso, suele ser el de configurar nuestra vida como si fu?semos unos "solterones". (Que me perdonen los solteros, porque utilizo la expresi?n en un sentido negativo). Me refiero al riesgo de buscar un estatus de vida acomodada, a no entregar plenamente la vida, a no vivir enamorados de la vocaci?n que Dios nos ha dado; a ser una especie de "funcionarios acomodados" (?y que me perdonen tambi?n los funcionarios!).

Pongo un ejemplo para iluminar lo anterior: Cuando los sacerdotes visitamos a las familias, -a m? siempre me ha gustado mucho en mi vida sacerdotal visitar a las familias- te invitan un d?a a cenar, y ves lo que es una familia con todos sus ni?os. Y ves que en una familia hay una entrega plena, y no hay "tregua", los ni?os lo piden todo, y los padres no tienen nada para s?, ni un metro cuadrado ni un minuto para s? mismos, no se poseen en propiedad, son totalmente para darse entre ellos y para darse a los ni?os. Y, ?c?mo no!, te llama profundamente la atenci?n esa experiencia que comparten contigo. Uno sale de esa visita admirado de c?mo ellos han entregado su vida totalmente, y cuestion?ndose si nosotros, los sacerdotes, actuamos con la misma generosidad: ?Voy a poner l?mites a mi servicio sacerdotal, reduci?ndolo a unas horas de despacho, o a unas circunstancias o momentos limitados? Obviamente, los sacerdotes y religiosos tenemos el riesgo de plantearnos la vida como un solter?n; y, por ello, la vida de plena entrega en el seno de la familia, es un est?mulo muy grande para recordar que Dios tambi?n nos ha pedido y nos ha? ofrecido, a trav?s del celibato, un coraz?n esponsal de plena entrega.

Y al rev?s, un sacerdote, un religioso, le recuerdan a la familia que su camino es camino de uni?n con Dios, que no est?n ?nicamente para solucionar los problemas de esta vida, que son muchos; sino, que en medio de todo eso, est?n caminando, est?n peregrinando hacia la misma meta que el sacerdote y el religioso: Dios. Quiero decir con esto que nuestras vocaciones, todas ellas, se complementan y se iluminan unas a otras. Mi primera consideraci?n es ?sta: recordad que el matrimonio, la familia, es una vocaci?n para llegar a Dios, para llegar al Cielo.??

2. Segunda clave: el amor de Jesucristo.

No olvid?is que en el momento de vuestra uni?n matrimonial, la Iglesia os record? que el amor de Cristo ha de ser vuestro modelo de amor. El matrimonio cristiano es amarse en Cristo. Se dijo en la celebraci?n del sacramento: "Juan, ?te entregas a Carmen como Cristo se entreg? a su Iglesia?", Y lo mismo a la esposa: "?Te entregas a tu esposo como Cristo se entreg? a su Iglesia; como la Iglesia se dej? amar por Cristo?" Por lo tanto, nuestro modelo de amor es Jesucristo, y esto no es ninguna consideraci?n po?tica: uno ama dependiendo de qu? modelos, de qu? referencias tenga. Nuestra "referencia" y nuestra "fuente" es Jesucristo, su estilo de amor, de entrega, de donaci?n, de "amor crucificado". Y esto nos debe ayudar para sanar el concepto de amor meramente "rom?ntico" que existe en nuestra cultura.?

Ya s? que algunos podr?ais replicarme que nuestra cultura no es precisamente muy rom?ntica. ?Es verdad! Muy al contrario, existe una falta de finura y delicadeza muy patente. Pero s? creo que nuestra cultura es "rom?ntica" en cuanto a su concepci?n del amor, reducido a mera emotividad, confundido con los impulsos y sentimientos m?s superficiales. ?El amor es reducido f?cilmente a lo emocional! Y para justificar la infidelidad en el amor, se aduce con frecuencia que tenemos que ser sinceros con nuestros sentimientos, con nuestras emociones; y que el amor es "cambiante". Con el paso de los a?os, se afirma que se ha perdido la "chispa" del amor, y que, en consecuencia, hay que buscar "la qu?mica" en otro lado...?

Por desgracia, este concepto "rom?ntico" de amor est? muy extendido; y si no, basta fijarse con un poco de detalle en las letras de las canciones de moda, o en los modelos que se presentan en las series de televisi?n, en el cine... El amor se reduce f?cilmente a lo emotivo. Pero claro ?qu? ocurre? ?Que eso no se corresponde con la verdad antropol?gica del hombre y de la mujer! Es verdad que el amor afecta a lo emocional, pero lo supera...?

Por cierto, esto es aplicable a todas las vocaciones, tambi?n a los sacerdotes y a los religiosos. No pens?is que un sacerdote cuando celebra la Misa lo hace siempre con la m?xima emoci?n y sentimiento. Hay ma?anas en que te tienes que pellizcar un poco para no dormirte; en las que no est?s, precisamente, lleno de devoci?n... Las personas consagradas a Dios tambi?n tenemos muchos momentos en los que vivimos nuestra relaci?n con Dios en "sequedad". Algunos d?as no sentimos nada en la oraci?n; pero en otros momentos Dios nos puede conceder una gran intimidad y un gran gozo en la relaci?n con ?l... Es decir, no es lo mismo la fe, que el sentimiento de la fe: uno puede tener una fe muy firme, llena de afectos y emociones; pero tambi?n puede ser muy firme su fe, a pesar de que no sienta nada y carezca de afectos.

En lo que respecta al amor de pareja "rom?ntico" (en el sentido al que me refer?a antes) me atrever?a a afirmar que detr?s de ?l se esconde la inmadurez: En vez de ser la raz?n y la voluntad las que gobiernan nuestra vida, son m?s bien los sentimientos y las emociones los que se acaban imponiendo y nos acaban arrastrando... La madurez se da cuando es la raz?n la que ilumina la voluntad, y ?sta ilumina los afectos. Por el contrario, la inmadurez es patente cuando dejamos que las emociones se impongan a la voluntad, y la voluntad a la raz?n.?

Por ejemplo, puede ocurrir con facilidad que a lo largo de nuestra vida matrimonial o de nuestra vida consagrada, nos sobrevengan sentimientos y emociones hacia otras personas, contradictorios con nuestro compromiso de vida. ?Y c?mo deberemos actuar en ese caso? Pues obviamente, tendremos que saber decir: "Oye, para el carro, que esto que se me ha pasado por el coraz?n es totalmente contradictorio con la fidelidad a mi matrimonio, o con la fidelidad al sacerdocio". Ya s? que lo que he dicho entra en contradicci?n con la cultura "rom?ntica" que da v?a libre a las emociones, pero es que s?lo el hombre y la mujer maduros, son capaces de ordenar sus afectos. Y esto no es "reprimir" nuestro mundo afectivo, como muchos dir?an; sino m?s bien "gobernarlo".

Dicho de otra manera, amar no es s?lo sentir; amar es "querer querer". Ya s? que esto que digo es un tanto "pol?ticamente incorrecto", pero es as?: ?amar no es s?lo sentir, amar es querer querer! No es s?lo el amor el que hace durar el matrimonio, sino que tambi?n es el matrimonio el que hace durar el amor. El hecho de estar casado, de haber tomado una "determinada determinaci?n" de entregar la vida en el matrimonio, obviamente, preserva el amor, en medio de muchas fluctuaciones o crisis que podamos tener a lo largo de nuestra vida. Y es que, a pesar de que la vida es corta, a su vez, es lo suficientemente larga como para que en ella tengamos que acometer numerosas crisis y pruebas. No conozco a ning?n matrimonio que nunca haya tenido momentos de crisis... La vida es corta pero, ?da para mucho!?

Supongo que os sonar? la expresi?n que dice: "Hay que quemar las naves". Pues bien, tiene su origen en un episodio hist?rico. All? por el a?o 335 a.C., Alejandro Magno se dispon?a a conquistar Fenicia. En cuanto ?l y sus hombres? llegaron a las playas, desembarcaron y se encontraron con que Fenicia estaba perfectamente defendida, con unas murallas que parec?an inexpugnables, con muchos m?s defensores que atacantes. Y, claro, los capitanes de Alejandro Magno le dijeron: "V?monos de aqu?, que no hay nada que hacer. Ya volveremos en otro momento". Entonces fue cuando Alejandro Magno pronunci? la famosa orden: "Quemad las naves"... Y, ante el estupor de los soldados, las quemaron. De esta forma, se encontraron entre la playa y las murallas de Fenicia, sin posibilidad de volver atr?s: "Ahora, o conquistamos Fenicia, o aqu? terminan nuestros d?as". Y, claro, ?conquistaron Fenicia! No cabe duda de que la conquista fue posible porque las naves hab?an sido quemadas; de lo contrario, en el fragor de la lucha, f?cilmente hubiesen ca?do en la tentaci?n de retroceder y de huir... Algo de esto pasa tambi?n en la vida matrimonial cuando uno es consciente de que amar no solo es sentir emociones; sino que tambi?n es "querer querer". De esta forma, los problemas se cogen por los cuernos, sin huir ni escapar de ellos.?

Soy plenamente consciente de que el amor matrimonial maduro no est? desligado de los afectos y sentimientos. Por el contrario, la afectividad y la sexualidad han de estar educadas e integradas en la vocaci?n al amor. Pero claro, las crisis sobrevienen, y especialmente, en esos momentos es fundamental nuestro modelo y referencia de amor: Jesucristo. ?sta es la clave de los cristianos: el amor crucificado.??

3. Tercera clave: la comunicaci?n.

Nos referimos a la comunicaci?n fluida y profunda dentro del matrimonio. Con frecuencia ocurre que, a pesar de que nos queremos mucho, sin embargo, no sabemos expresarlo; m?s a?n, a veces ocurre que nos queremos mal, de una forma equivocada. ?No es lo mismo quererse mucho que quererse bien!?

Los sacerdotes solemos escuchar frecuentemente las lamentaciones de quienes sienten un sufrimiento grande tras la muerte de un ser querido, por el remordimiento de no haber sabido expresarle suficientemente cu?nto le quer?an: "Yo quer?a profundamente a mi madre, a mi abuelo, etc, pero nunca se lo he dicho expl?citamente, sino que siempre hemos vivido como el perro y el gato, haci?ndonos sufrir. No s? muy bien por qu?, pero siempre he tenido una dificultad de comunicaci?n en el hogar. Es como si hubiese reservado lo m?s amargo de mi car?cter para los de casa". Es una paradoja bien conocida: reservamos nuestro lado m?s insufrible para los seres queridos, y en la calle vamos conquistando a la gente, haci?ndonos los simp?ticos. Como suponemos que los de casa ya est?n conquistados, ah? no nos esforzamos nada. ?Es una de esas contradicciones que m?s nos pueden hacer sufrir!

Hace poco estaba visitando a un enfermo en el hospital, que estaba muy mal, y su mujer me dec?a que su esposo enfermo no sol?a querer que nadie se quedase a su lado, excepto su propia mujer. Me dec?a lo siguiente: "El caso es que a m? me trata a patadas, pero quiere que est? yo junto a ?l, porque no se va a atrever a tratar as? a otro"...? ?Somos un misterio dif?cil de expresar! Pero el mismo refranero refleja esta paradoja: "Donde hay confianza da asco". A pesar de que nos queramos mucho, tenemos dificultades para querernos bien, adem?s de para saber expresarnos lo que sentimos. ?Saber expresarse bien es todo un arte!

Recuerdo que en el Seminario, entre la filosof?a y la teolog?a, se nos invit? a los seminaristas a hacer libremente un curso de espiritualidad. Y dentro de ese curso se abord? algo tan delicado como el aprender a expresar lo que pens?bamos unos de los otros, intentando decirlo sin ofendernos, con plena objetividad y con el deseo de ayudarnos. El experimento era muy arriesgado, porque si no se abordaba de forma adecuada, pod?a hacer m?s mal que bien. Sin embargo, lo recuerdo como uno de los pasos m?s importantes en mi vida: fue una verdadera educaci?n en la comunicaci?n y en el aprendizaje de la expresi?n de nuestros sentimientos y convicciones. Pues bien, en este terreno tambi?n existe una gran dificultad en la vida familiar, hasta el punto de ser una de las principales causas de las crisis y de las rupturas: la dificultad en la comunicaci?n.

Esta dificultad, combinada con el orgullo, resulta ser una especie de "bomba", porque el orgullo dificulta mucho m?s las cosas. ?El orgullo es la tumba de muchos matrimonios! En nuestra Di?cesis tenemos el Centro de Orientaci?n Familiar que trata a muchas parejas. Tiene una gran demanda, -gracias a Dios, hay parejas que quieren afrontar los problemas, sin limitarse a padecerlos- y la mayor parte de los casos que se atienden son por dificultades en la comunicaci?n.?

Por lo tanto, no s?lo tenemos que querernos mucho, sino querernos bien. Que no se diga de nosotros lo que afirma el refr?n vasco: "Kalean uso eta etxean otso" ("En la calle soy paloma y en casa soy un lobo"). Tengamos en cuenta que la familia no s?lo es la "escuela de todas las virtudes", sino tambi?n, "el escaparate de todos los defectos".??

Por ello, el mayor regalo que podemos hacer a la familia es la propia conversi?n. Es el mayor regalo que le puede hacer un padre a un hijo, un esposo a una esposa, unos hijos a una madre, etc. ?He aqu? el mayor regalo!: Ofrecer por la familia la firme decisi?n y el empe?o de la conversi?n personal.??

4. Cuarta clave: la donaci?n dentro de la familia.

La familia est? pensada como un instrumento privilegiado para llevar a cabo esa llamada que Dios nos ha dirigido a todos los seres humanos, de emplear "a tope" los talentos que cada uno hemos recibido, sin enterrarlos ni esconderlos. Jes?s dice en el Evangelio: "El que busque su vida para s? la perder?, y el que la pierda por m? la encontrar?". Pues bien, el matrimonio y la familia son un camino privilegiado para vivir esta palabra de Cristo.

Ahora bien, est? claro que el nivel de donaci?n, dentro de la familia, puede ser m?s grande o m?s peque?o. El motor puede estar a m?s o a menos revoluciones. Y por ello conviene hacer una revisi?n de la "salud" y de la "calidad" de este "motor de la vida".?

Por ejemplo -y lo digo para todos los casados, que est?is aqu?- suponeos que no os hubieseis casado... ?Qu? ser?a de vosotros si no hubieseis formado una familia, si vuestro

proyecto de vida fuese solitario? Soy consciente de que la pregunta tiene algo de ciencia ficci?n, pero me atrever?a a deciros que habr?a muchas posibilidades de que fueseis m?s ego?stas y menos santos de lo que sois actualmente. Existir?a un notable riesgo de que todo girase en torno al bienestar personal, a la llamada "calidad de vida", a sentirse c?modos...?

Pues bien, la vocaci?n familiar es muy sanadora del egocentrismo. Tiene una capacidad muy grande de hacer de nuestra vida una donaci?n generosa para los dem?s. Y, adem?s, de una forma en la que uno ni tan siquiera se percata de su propia generosidad. En la familia, uno es capaz de hacer cosas heroicas, que si tuviera que hacerlas para los de fuera de casa, ser?a considerado como un "santo de canonizar"... Por ejemplo, ser?a incuantificable si hubiese que "facturar" las horas extras, nocturnidad, riesgos, etc, que se dedican a lo largo de un a?o, en el seno de la familia. ?Nos enfrentar?amos ante una factura imposible de abonar! Y, sin embargo, esto tiene lugar dentro de la familia de una forma cuasi espont?nea -aunque a veces hay que reconocer que tambi?n cuesta-. Dios nos da el don de hacerlo como si no nos estuviese costando. Aqu? tambi?n se cumple de alguna forma la frase evang?lica: "Que no sepa tu mano derecha lo que hace la izquierda". La vocaci?n matrimonial nos preserva en gran medida de los egocentrismos, de estar toda nuestra existencia mir?ndonos al ombligo; nos da una gran capacidad de sacrificio, y nos empuja a dar lo mejor de nosotros mismos. Se trata de la mejor terapia para la sanaci?n del narcisismo, tanto para los mayores como para los peque?os. De hecho, los hijos que crecen con la experiencia de vivir y compartirlo todo en familia (de forma especial cuando ?sta es numerosa), son f?cilmente preservados del egocentrismo.

Ocurre que en la medida en que ha avanzado la crisis de la secularizaci?n, tambi?n se ha relajado en el seno de la familia el nivel de la entrega generosa. Pongamos otro ejemplo: con frecuencia se oye a quienes deciden casarse: "Nosotros ahora queremos disfrutar de la vida, m?s adelante ya tendremos hijos"... Les escuchas y piensas en tu interior: "Madre m?a, ?posponer los hijos para disfrutar de la vida?"... Si yo fuera su hijo, todav?a en el seno de Dios, les gritar?a diciendo, "Aita, ama, no me traig?is al mundo, que no quiero amargaros la vida". En fin, permitidme esta iron?a... Nosotros hemos conocido unos padres en los que el concepto de felicidad casi se identificaba con el de entrega: absolutamente olvidados de s? mismos y absolutamente felices; y m?s felices cuanto m?s olvidados.

Por eso la secularizaci?n ha conllevado una menor generosidad de entrega en el matrimonio, de entrega a los hijos. La crisis de natalidad que tiene Occidente, es una crisis muy compleja, ciertamente, con muchos factores. Pero no s?lo tiene factores y motivos coyunturales. Tambi?n tiene razones morales y espirituales. La crisis de natalidad, el hecho de que Guipuzcoa tenga un ?ndice de natalidad de 1,1 -lej?simos del 2,3-2,4 necesario para el relevo generacional-, obviamente, tiene tambi?n ra?ces morales y espirituales. Claro que puede haber factores externos en la disminuci?n de la natalidad como las crisis econ?micas, pero parad?jicamente, cuando la econom?a ha sido pujante, el ?ndice de natalidad ha subido poqu?simo, incluso a veces hasta ha bajado. Se trata pues, de una crisis espiritual en nuestra cultura. Es obvio que la paternidad y la maternidad lo piden todo de nosotros y eso choca frontalmente con la menor capacidad de entrega, as? como la menor capacidad del olvido de nosotros mismos.??

5. Quinta clave: la familia extensa.?

Me quiero referir ahora a los bienes espirituales y morales que se derivan de la familia extensa, contrapuesta a la familia nuclear (que es la reducida al matrimonio y los hijos -si los tienen-). Seg?n ha avanzado la secularizaci?n, todos somos conscientes de que, salvo honrosas excepciones, las familias se han ido aislando en su n?cleo. Si antes la familia se relacionaba de una forma mucho m?s amplia (t?os, primos, abuelos, etc), y eran muy frecuentes entre nosotros los grandes encuentros familiares, actualmente, nos hemos ido reduciendo a un concepto de familia mucho m?s nuclear, lo cual conlleva una gran pobreza y est? muy en la l?nea de esa cultura individualista de la que hablaba al principio. M?s todav?a, la reducci?n a la familia nuclear, est? muy ligada a un concepto de amor "carnal" (en el sentido de nuestra propia "carne y sangre"): por los propios hijos hacemos lo que sea necesario, pero nos sentimos ajenos a los que no han nacido de nuestra carne y sangre.

Y, fijaos bien, no hay una prueba m?s aut?ntica de amor en el matrimonio y en la familia que -por ejemplo- la capacidad de amar a la madre de su c?nyuge (la suegra), como si fuese la propia madre. Es decir, el amor espiritual hace que mi suegra sea querida y tratada como mi propia madre. ??Es dif?cil que el esposo/a perciba una prueba de amor superior a ?sta por parte de su c?nyuge!! (Lo mismo podr?amos decir de las dem?s relaciones familiares extensas: que la cu?ada sea como una hermana para m?, etc., etc.). Dicho de otro modo, cuando el matrimonio goza de una buena salud, los v?nculos del amor superan la carne y la sangre, y espiritualizan las relaciones de la familia extensa.

Por desgracia, nos encontramos con muchos matrimonios que viven las relaciones familiares en un nivel muy "carnal": "El mes pasado fuimos a casa de tu madre, ahora ya nos toca con mi familia", etc...? Cuando se producen este tipo de discusiones y forcejeos en el seno del matrimonio, es se?al de que el amor matrimonial se est? viviendo de una forma muy ego?sta (desde la propia carne y sangre). Es una se?al de que algo est? fallando; de forma que, en el mejor de los casos, suele optarse por un "pacto de ego?smos", en el que se reducen las relaciones con la familia extensa, o se reparten entre "los m?os" y "los tuyos".

El reto de espiritualizar el amor matrimonial, abri?ndose y enriqueci?ndose con la familia extensa, no deja de ser un cumplimiento de aquellas palabras del G?nesis: "Ya no ser?n dos, sino una sola carne". Solamente en esa uni?n de corazones se puede vivir la familia extensa como un gran regalo: "Tu padre es tambi?n el m?o, mi madre es la tuya, y tu hermano es el m?o".?

Con respecto a los abuelos, quisiera hacer una menci?n aparte, por el gran apoyo que est?n suponiendo en este momento a las familias. En mi opini?n existen dos riesgos opuestos: Por una parte, el riesgo de que el apoyo que se pide a los abuelos sea excesivo; un "escaquearse" de lo que nosotros debi?ramos aportar a los hijos. Por ejemplo, cuando la formaci?n religiosa se apoya exclusivamente en los abuelos, aunque al principio parezca algo sin consecuencias, al cabo de un tiempo suscitar? la crisis en los ni?os, quienes terminar?n por decir: "Esto de la fe debe ser cosa de viejos, porque el aita y la ama se dedican a las cosas verdaderas de la vida: ganar dinero, etc". Los ojos de los ni?os son una aut?ntica c?mara grabadora que todo lo capta. Por el contrario, tambi?n se da el peligro de signo contrario: cuando existen malas relaciones con la familia extensa, los ni?os suelen estar condenados a perder la riqueza educacional de los abuelos. No hace mucho, me dec?a una abuela que hab?a ido a visitar a su nieto mientras la nuera estaba trabajando; y que la nuera le hab?a dicho a su hijo: "Dile a tu madre que aqu? no entra si nosotros no estamos, y adem?s nos tiene que avisar de que va a venir".? Me lo dec?a llorando.??

6. Sexta clave: el liderazgo de la maternidad espiritual y de la paternidad espiritual.?

No me estoy refiriendo aqu?, a la pol?mica absurda de si en el matrimonio manda el hombre o la mujer. Me refiero a que exista un liderazgo espiritual coherente y coordinado entre el padre y la madre.?

?Qu? quiero expresar con el t?rmino "liderazgo espiritual de la madre"? Es obvio que el amor carnal nos suele llevar a entregarnos de una forma muy instintiva: "Yo por mis hijos hago lo que sea, si hace falta doy la vida, voy donde sea...". S?, pero puede ocurrir que esto se compagine con la indiferencia o la omisi?n hacia los hijos del pr?jimo, "porque esos ya no son m?os". A veces diferenciamos tanto el amor a nuestros hijos del resto de los mortales, que hasta parece que los estamos contraponiendo. De este grave error se suelen desprender muchas consecuencias negativas: El amor a los hijos es posesivo. Se les consiente en exceso. Se les saca la cara siempre y de forma incondicional. Se intenta evitar a cualquier precio el sufrimiento y la experiencia de la cruz...? Se trata de un "amor maternal muy carnal" que hace mucho da?o, porque no ama bien. ?Qu? gran lecci?n puede dar una madre a su hijo cuando le ense?a a compartir su amor con el pr?jimo! ?Es la mejor lecci?n de justicia que podemos recibir desde peque?os!

Recuerdo haber tenido que llamar la atenci?n a alg?n ni?o en la catequesis, en Zum?rraga, y encontrarme con la paradoja de que los padres me mirasen con mala cara. Vino la madre a hablar conmigo, y durante la conversaci?n, no terminaba de aceptar que su hijo mereciese ninguna correcci?n. Hubo un momento en que le dije a la madre: "Oiga, usted y yo estamos en el mismo bando, los dos queremos educar al ni?o". Pero, por desgracia, el concepto carnal del amor hace que cualquier correcci?n se perciba como un ataque.?

Tambi?n existe una crisis de "paternidad espiritual". Creo que nuestra cultura, en su reacci?n contra el machismo, ha pasado de ?ste a la actitud "acomplejada". La figura del padre est? todav?a m?s en crisis que la de la madre. A la madre se le cuestiona mucho menos, pues se caracteriza por sacarnos siempre las "casta?as del fuego". Pero claro, el padre se pregunta: "?Y yo, qu? posici?n tengo en la educaci?n de los hijos?" Existe una crisis de liderazgo espiritual paterna, de transmisi?n de valores, con el riesgo de que el padre se ausente y delegue totalmente en la mujer la educaci?n de los hijos. De hecho, uno de los modelos que m?s se repiten es el de una madre s?per protectora, con un amor muy posesivo hacia sus hijos, combinado con un padre m?s bien ausente, lo cual suele derivar en grandes crisis de identidad en los hijos.???

7. S?ptima clave: Educaci?n Cristoc?ntrica.

En el modelo educativo que transmitimos a los hijos en la familia cristiana, en la parroquia, y en la escuela, existe el riesgo de no poner al mismo Jesucristo como clave central de la educaci?n cristiana. O tambi?n puede ocurrir que, en vez de dar la m?xima importancia al conocimiento y al amor a Dios, reduzcamos la educaci?n cristiana a una serie de valores morales: buenos modales, solidaridad, sinceridad, etc.

Por ejemplo, llama la atenci?n que a pesar del abandono de la pr?ctica religiosa de muchas familias, sin embargo, no ha disminuido el n?mero de los alumnos matriculados en la escuela cat?lica. Incluso muchos padres no creyentes, matriculan a sus hijos en la escuela cat?lica. ?Por qu?? Obviamente, porque existe una comprensi?n de la educaci?n muy reducida a una dimensi?n moral o t?cnica de la misma, y no tanto religiosa.? Se busca en la educaci?n cristiana una especie de "campana de cristal" que proteja a nuestros hijos de los males. Son aquellos padres que dicen: "Vamos a llevar a nuestros hijos a los frailes para que les eduquen. Mientras est?n con ellos no aprender?n cosas malas...? T?, hijo, vete al colegio de frailes, y coge lo bueno. Luego, el d?a de ma?ana, si no tienes fe, no pasa nada, pues lo importante es que hayas aprendido algo y seas buena persona". M?s o menos, esto es lo que est? en el ambiente; se utiliza la Iglesia como un simple medio de protecci?n frente a los males morales, sin acoger su mensaje de fe.

Se trata de una manipulaci?n que pretende reducir la religi?n cat?lica a su dimensi?n ?tica, olvidando que se trata del camino para el encuentro con Jesucristo.? Y eso, con todos mis respetos, adem?s de ser una manipulaci?n, no funciona, ni puede funcionar. Los hijos dif?cilmente se identificar?n con unos valores morales cristianos, si no han conocido y se han enamorado de la persona de Jesucristo.?

Recuerdo haber escuchado un relato, para explicar esto, referida a la caza del zorro, que practican en Inglaterra y que all? es un deporte nacional. Preparan una jaur?a numerosa de perros (unos veinte o treinta), los cazadores van a caballo, y se suelta el zorro. En ese momento, todos empiezan a perseguirlo. La cacer?a se prolonga, los perros se van cansando, pasan las horas y se van descolgando. Al final, s?lo unos pocos perros (tres o cuatro) son los que alcanzan al zorro. Uno se pregunta: ?por qu? estos perros han resistido m?s que los que han abandonado? ?Eran m?s j?venes? ?Estaban mejor alimentados? ?Hab?an sido mejor entrenados? La respuesta es otra: Esos perros han alcanzado al zorro porque lo hab?an visto al principio; los dem?s no hab?an llegado a verlo. La jaur?a corr?a porque ve?a correr, ladraba porque ve?a ladrar, saltaba porque saltaban los dem?s. Pero conforme se alarga la carrera, uno se va cansando y se dice: "Oye, que yo no he visto nada. ?T? has visto algo? Pues yo tampoco... Pues dejemos ya de correr". Est? claro que pegarse una carrera larga sin haber visto nada, es muy costoso. Y algo as? pasa? en la vida cristiana.

No puede ser que a nuestros hijos pretendamos darles una educaci?n moral cristiana, dici?ndoles lo que deben y lo que no deben hacer, sin que al mismo tiempo les conduzcamos a la relaci?n personal e ?ntima con Jesucristo, o sin conocer y amar a Mar?a, su Madre. Llegar? un momento en que dir?n: "Oye t?, que es m?s f?cil dejarse llevar en la vida, es m?s f?cil entrar por la puerta ancha que por la puesta estrecha". La educaci?n no puede ser de corte moralista, es decir, no meramente centrada en la moral, sino centrada en Jesucristo, haciendo de ?l el centro y el modelo de vida.

Aunque en teor?a es obvio que el centro del cristianismo es Jesucristo, muchas veces comprobamos lo contrario. Por ejemplo, t? les preguntas a muchos j?venes, supuestamente cristianos, qu? es el cristianismo y te responden: "?El cristianismo? Pues eso: compartir, ser una buena persona, etc". Es decir, han recibido un concepto de cristianismo reducido a un barniz ?tico; pero, en realidad, no tienen una experiencia de lo que es la relaci?n con Cristo, ni de su amor.?

Concluyo con la ?ltima de las siete claves: la centralidad de Jesucristo: su persona, su vida, su Redenci?n y su entrega por nosotros. ?Cristo bendijo el matrimonio y la familia con su presencia en las bodas de Can?, y esto nos permite fortalecer y santificar nuestra vocaci?n matrimonial!


Publicado por verdenaranja @ 22:49  | Hablan los obispos
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