Viernes, 22 de abril de 2011

Liturgia del Triduo Pascual ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero

LA LITURGIA DE CADA UNO DE LOS DIAS DEL TRIDUO PASCUAL. 

1.- JUEVES SANTO

El Jueves Santo celebramos la Cena del Señor. Es una celebración muy hermosa. En el contexto de la Pascua de los judíos, Jesús reúne a los discípulos para celebrar la Pascua, en la que se recordaba y celebraba la liberación de los israelitas de Egipto… Para Jesucristo es una “cena de despedida”. Y en las despedidas se hacen las los encargos, las recomendaciones más importantes, sobre todo, si es la despedida de la muerte.

Jesús nos deja tres encargos:

La Eucaristía, el Orden Sacerdotal y el Mandamiento Nuevo.

Jesús “habiendo amado a los suyos, les amó hasta el extremo”. Comienza la Cena. Jesús, haciendo las veces de siervo, lava los pies a los discípulos. Este rito tiene un carácter de servicio y también de purificación: “Jesús habla de que ya están limpios por la Palabra que han escuchados, aunque no todos… refiriéndose a Judas, el traidor.

En esta celebración, si es posible, el sacerdote que preside, lava los pies a unos varones (viri) que recuerdan los doce apóstoles, como la forma de hacer visible el ministerio sacerdotal, como servicio a la comunidad cristiana, poniéndose “el último de todos y el servidor de todos”.

Luego coge pan y lo convierte en su Cuerpo “que se entrega” y coge una copa de vino y lo convierte en la Sangre “que se derrama”.

En este momento ya Jesús se entrega a la Pasión y Muerte que culmina en la Resurrección…

De esta forma, adelanta en la Mesa de Cena lo que iba a suceder después: Su Pasión, Muerte y Resurrección.

Cuando nosotros celebramos la Eucaristía, que es la Cena del Señor, lo hacemos a la inversa: todo aquello que sucedió hace mucho tiempo, se hace presente, se actualiza, se realiza.

Por eso es tan grande e importante la Eucaristía:  Aunque nuestros ojos no vean nada, nos encontramos junto la Pasión y Muerte del Señor, junto a su Cruz y a su Resurrección.

El Cuerpo de Cristo sacrificado y resucitado se nos da en comida en la Comunión…

Es comunión de su Cuerpo y Sangre y también es comunión con sus sentimientos, deseos…  Y es también comunión con todos los hermanos, que estamos unidos en un mismo Cuerpo.

Así comemos de la carne del Hijo del Hombre y bebemos de su Sangre, según nos enseñó en el Sermón del Pan de Vida. (Cap. 6 de S. Juan).

Qué fácil resolvió el Señor las dificultades de los judíos que le escuchaban: “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?”.

Luego añade: “Haced esto en conmemoración mía”.

De esta forma, nos manda celebrar la Eucaristía

Y constituye a los apóstoles ministros de este sacramento admirable.

En este contexto de servicio en el lavatorio de los pies, de entrega, de eucaristía… nos deja el Mandamiento Nuevo: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado”.

Se trata de un mandato que no sólo es importante, sino que además es fundamental, indispensable. Si no cumplimos este mandato, no podemos considerarnos verdaderos discípulos de Jesucristo. Es “la señal”, la clave de nuestra existencia cristiana. “La señal por la que conocerán que sois discípulos míos, será que os amáis unos a otros”.

Por tanto, si queremos saber dónde hay un cristiano o si aquél es un cristiano de verdad o no, ahí tenemos “la señal”.

Al terminar la celebración de la Cena del Señor, se lleva en procesión solemne a una capilla adornada que llamamos tradicionalmente “el Monumento”, el pan consagrado suficiente para la comunión del Viernes, en que, como veremos, no se celebra la santa Misa, sino la Acción Litúrgica de la Pasión del Señor.

Y como es el día en que recordamos la Institución de la Eucaristía, el Monumento, se llena de luces y flores…

Y, además, se convierte en lugar de oración, de reflexión, de adoración, de acción de gracias por el don de la Eucaristía y también por el don del Sacerdocio y por el Mandamiento Nuevo.

El Jueves Santo es un día eminentemente sacerdotal.

Sacerdote significa don sagrado, que no sólo se tiene que recibir, que acoger..., sino que, además, se ha de cuidar, agradecer, aprovechar…

La reflexión y oración del Monumento es como una sobremesa eucarística en la que podemos profundizar en  lo que hemos celebrado e incluso, irnos adentrando en la meditación de la Pasión del Señor.


Publicado por verdenaranja @ 12:53  | Liturgia
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