Vigilia de oración por la Vocaciones Nativas publicada en la revista ILLUMINARE, nº 382, ABRIL 2011, recibida en la parroquia con los materiales para la celebración de la Jornada.
VIGILIA DE ORACIÓN POR LAS VOCACIONES NATIVAS
ENTRADA
. El celebrante entra en procesión junto con los ayudantes; estos llevan la cruz, dos candelabros e incienso, si se usa.
. Mientras tanto se canta “Es la hora de la misión”.
. Se coloca la cruz en el lugar preparado y se inciensa. El celebrante saluda al pueblo y un lector hace la monición.
MONICIÓN DE ENTRADA
Nos hemos congregado en esta vigilia de oración por las Vocaciones Nativas, en torno a Jesús Sacramentado, para pedir al Señor, como lo hicieron los discípulos de Emaús: “Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado”.
Todos los bautizados estamos llamados a una misión específica dentro de la Iglesia; el Señor además nos pide que “roguemos al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies”, pues quiere llamar a un servicio más estable y permanente en la comunidad a unos hombres y mujeres concretos. A estos, como les dijo a los discípulos antes de subir al cielo, les sigue diciendo: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación”. Jesús sigue llamando a la misión, a su misión, como lo hizo con aquellos primeros Doce. Les llamó a estar con Él y les envió a predicar por todo el mundo.
Esta llamada al servicio de la Iglesia es importante en todo lugar, aunque de manera especial en los países de misión, que dependen de las vocaciones de sus comunidades para crecer, fortalecerse y ser a su vez Iglesias misioneras.
Por eso nos reunimos en la oración, para estar, como nos invita el lema de la Jornada Mundial de la Juventud, “arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe”, y que así la misión de nuestra Iglesia y de la Iglesia universal dé frutos abundantes de vocaciones para bien de toda la humanidad.
ADORACIÓN DE LA CRUZ
Con poca luz ambiental, manteniendo iluminada la cruz, y música instrumental de fondo, se lee el evangelio de los discípulos de Emaús.
Evangelio. Lucas 24, 13- 35
Se guarda un momento de silencio y a continuación se lee el texto siguiente:
Meditación
“Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída”. Esta es la petición que los discípulos de Emaús dirigen al Señor, sin saber que era Él. También nosotros podemos no reconocerlo, podemos mirar a esta cruz y no ver en ella a Cristo, pero contemplémosla en silencio, busquemos a Jesús crucificado, sin olvidarnos del Resucitado que acompaña a estos discípulos, que les explica las Escrituras y parte para ellos el pan. De esta manera le descubriremos y veremos también la urgencia que tiene su Iglesia de corazones generosos y desprendidos. Roguemos, pues, al Señor para que haya muchos corazones dóciles a la llamada de imitarlo, de seguir sus pasos por el sendero de la vida, para que también muchos jóvenes estén dispuestos a explicar a otros las Escrituras, a anunciar el Evangelio y a partir y repartir el pan del Señor.
¡Era Él, el mesías de Israel! Muchos llegamos a creerlo. Y ¿ahora qué? Ya hace tres días que fue sacrificado por el pueblo. Pero Él respondió que así debía ser, estaba escrito su tormento, y reavivó nuestra apagada fe, ¡el corazón ardía por dentro!
¡Quédate con nosotros a comer, ven y comparte nuestro techo, para ver con los ojos de la fe, así te reconoceremos!
¡Quédate con nosotros y, esta vez, resucitado de los muertos!
Se hace un momento más de silencio. Poco a poco va cesando la música.
Se trae el cartel de la Jornada de Vocaciones Nativas y se coloca junto a la cruz. Después se lee la explicación del cartel.
MONICIÓN A LA ADORACIÓN DE LA CRUZ
El cartel de esta Jornada de Vocaciones Nativas, como vemos, muestra a un grupo de jóvenes levantando la “Cruz de los Jóvenes”. En esta vigilia de oración, esta imagen cobra un gran significado. En muchos lugares del mundo la Iglesia sufre por necesidades de todo tipo: la pobreza de sus gentes y de sus países, la falta de formación, la incomprensión, los obstáculos a su misión o la falta de libertad religiosa... y, muchas veces, la persecución. Son Iglesias necesitadas de nueva savia que renueve su vigor, para que no decaigan en su labor. La fidelidad del Señor y su generosidad hacen que en ellas vayan surgiendo las vocaciones al sacerdocio o a la vida consagrada, e incluso haya abundantes vocaciones misioneras.
Al acercarnos a la cruz, pensemos en todos aquellos jóvenes a los cuales el Señor llama a ser obreros de su mies, pero que aún tienen sus ojos retenidos. Ven la cruz de las dificultades o del sentimiento de no ser dignos o capaces, y no llegan a descubrir al Resucitado, vencedor de la muerte, que les llama a confiar en su palabra. Oremos por todos ellos. Y también por nosotros, para que descubramos cómo el Señor camina a nuestro lado, nos explica el sentido de nuestra historia y del momento actual de la Iglesia y del mundo, y nos invita a que le reconozcamos vivo y presente en la Eucaristía, para tener el entusiasmo y la alegría de ser sus discípulos.
A continuación se invita a los participantes a adorar la cruz. Desde sus sitios, van pasando ante la cruz y hacen un gesto de veneración. Mientras, se canta “Canta y camina”.
EXPOSICIÓN DEL SANTÍSIMO
Se ilumina el lugar y se expone el Santísimo.
Canto: “Pange lingua”.
Después se lee la siguiente oración de Juan Pablo II:
«Mane nobiscum, Domine!».
Como los dos discípulos del Evangelio,
te imploramos, Señor Jesús:
¡quédate con nosotros!
Tú, divino Caminante,
experto de nuestras calzadas
y conocedor de nuestro corazón,
no nos dejes prisioneros de las sombras de la noche.
Ampáranos en el cansancio,
perdona nuestros pecados,
orienta nuestros pasos por la vía del bien.
Bendice a los niños, a los jóvenes,
a los ancianos, a las familias
y particularmente a los enfermos.
Bendice a los sacerdotes
y a las personas consagradas.
Bendice a toda la humanidad.
En la Eucaristía te has hecho
«remedio de inmortalidad»:
danos el gusto de una vida plena,
que nos ayude a caminar sobre esta tierra
como peregrinos seguros y alegres,
mirando siempre hacia la meta de la vida sin fin.
¡Quédate con nosotros, Señor!
¡Quédate con nosotros!
Amén.
Se hace un momento de adoración en silencio (aproximadamente quince minutos).
Se concluye con la oración en común.
PRECES
Invoquemos a Cristo, Pastor y protector, presentando nuestra oración confiada:
Señor Jesucristo, te pedimos por el Santo Padre Benedicto XVI, para que tu Santo Espíritu continúe iluminándole en la misión que Tú mismo le encomendaste de guiar tu cuerpo místico, que es la Iglesia. Roguemos al Señor.
Señor Jesucristo, te pedimos por la Iglesia universal, para que sus ministros ordenados y personas consagradas sean testigos de tu amor y entrega hacia los más necesitados. Roguemos al Señor.
Señor Jesucristo, te pedimos por la unidad de todos los cristianos, por la paz del mundo entero, por los pobres y más necesitados; haz que se fortalezca la confianza en tu amor dentro de nuestros corazones. Roguemos al Señor.
Señor Jesucristo, te pedimos por las vocaciones en los países de misión, para que los jóvenes tengan un corazón generoso y estén dispuestos a seguirte con fe firme en el camino de la nueva evangelización de los pueblos. Roguemos al Señor.
Al concluir, el celebrante invita a rezar todos juntos el padrenuestro.
Finalmente se reserva el Santísimo.
Canto: “Tantum ergo”.
MONICIÓN DE DESPEDIDA
Hemos celebrado esta vigilia de oración, en la cual el Señor nos ha acompañado con su palabra, en la cruz y con su presencia real en la Eucaristía. El relato evangélico que hemos escuchado decía que los discípulos, después del encuentro con el Resucitado, proclamaron que era verdad que estaba vivo. De temerosos y cobardes, pasaron a unirse a los apóstoles como testigos.
De la misma manera, el Espíritu del Resucitado se ha derramado en el corazón de muchos y ha cambiado –aunque no nos demos cuenta– nuestro corazón. Confiemos en la fuerza del Espíritu para que cada vez haya más jóvenes que sean testigos de Cristo en sus ambientes.
Canto final: “El premio es el Evangelio”.
Seminario Diocesano de Ourense