Mi?rcoles, 25 de mayo de 2011

ZENIT? nos ofrece el testimonio del cardenal Agostino Vallini, vicario de Roma, durante la Vigilia de Oraci?n celebrada hoy por la noche en el Circo M?ximo de Roma, con motivo de la beatificaci?n del papa Juan Pablo II.

?Queridos hermanos y hermanas!

La Providencia nos da esta tarde la alegr?a de vivir una gran experiencia de gracia y de luz. Con esta vigilia de oraci?n mariana queremos prepararnos a la celebraci?n de ma?ana, la solemne beatificaci?n del Venerable Siervo de Dios Juan Pablo II. Seis a?os despu?s de la muerte de este gran Papa sigue siendo muy fuerte en la Iglesia y en el mundo el recuerdo de quien fue durante 27 a?os Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia universal. Sentimos por el amado pont?fice veneraci?n, afecto, admiraci?n y profunda gratitud.

De su vida, aprendemos, en primer lugar, el testimonio de la fe: una fe arraigada y fuerte, libre de miedos y de compromisos, coherente hasta el ?ltimo aliento, forjada por las pruebas, la fatiga y la enfermedad, cuya ben?fica influencia se ha difundido en toda la Iglesia, m?s a?n, en todo el mundo; un testimonio acogido en todos los lugares, en sus viajes apost?licos, por millones de hombres y mujeres de todas las razas y culturas.

Vivi? para Dios, se entreg? por completo a ?l para servir a la Iglesia como una ofrenda sacrificial. Sol?a repetir esta invocaci?n: "Jes?s, Pont?fice, que te entregaste a Dios como ofrenda y v?ctima, ten misericordia de nosotros". Era su gran deseo ser cada vez m?s una sola cosa con Cristo Sacerdote mediante el sacrificio eucar?stico, que le daba fuerza y valor para su incansable actividad apost?lica. Cristo era el principio, el centro y la cima de cada uno de sus d?as. Cristo era el sentido y la finalidad de su acci?n; de Cristo sacaba energ?as y plenitud de humanidad. As? se explica la necesidad y el deseo que ten?a de rezar: todos los d?as dedicaba largas horas a la oraci?n, y su trabajo estaba imbuido y atravesado por la oraci?n.

Gracias a esa fe, vivida hasta lo m?s profundo de su ser, comprendemos el misterio del sufrimiento, que lo marc? desde joven y lo purific? como el oro se prueba con el fuego (cf. 1 P 1, 7). Todos est?bamos admirados por la docilidad de esp?ritu con que afront? la peregrinaci?n de la enfermedad, hasta la agon?a y la muerte.

Testigo de la ?poca tr?gica de las grandes ideolog?as, de los reg?menes totalitarios y de su ocaso, Juan Pablo II intuy? con antelaci?n el trabajoso pasaje, marcado por tensiones y contradicciones, de la ?poca moderna hacia una nueva fase de la historia, mostrando una atenci?n constante para que su protagonista fuese la persona humana. Del hombre fue defensor firme y cre?ble ante los Estados e Instituciones internacionales que lo respetaban y le rend?an homenaje reconoci?ndolo como mensajero de justicia y paz.

Con la mirada fija en Cristo, Redentor del hombre, ha cre?do en el hombre y le ha mostrado apertura, confianza, cercan?a. Ha amado al hombre y le ha impulsado a desarrollar dentro de s? el potencial de la fe para vivir como una persona libre y cooperar en la realizaci?n de una humanidad m?s justa y solidaria, como operador de paz y constructor de esperanza. Convencido de que s?lo la experiencia espiritual puede colmar al hombre, dec?a: "el destino de cada hombre y de los pueblos est?n ligados a Cristo, ?nico liberador y salvador".

En su primera enc?clica escribi?: "El hombre no puede vivir sin amor... Su vida est? privada de sentido si no se le revela el amor... Cristo Redentor... revela plenamente el hombre al mismo hombre...". Y la palabra vibrante con la que comenz? su pontificado: "?No teng?is miedo! ?Abrid de par en par las puertas a Cristo! ... Cristo conoce lo que hay dentro del hombre. ?S?lo El lo conoce!" demuestra que para ?l el amor de Dios es inseparable del amor por el hombre y por su salvaci?n.

En su extraordinario impulso de amor por la humanidad, ha amado, con un amor tierno, a todos los "heridos por la vida" - como llamaba a los pobres, enfermos, los sin nombre, los excluidos a priori-, pero con un amor muy singular ha amado a la gente joven. Las convocaciones de las Jornadas Mundiales de la Juventud ten?an como fin que los j?venes fueran protagonistas de su futuro, convirti?ndose en constructores de la historia. Los j?venes -dec?a-, son la riqueza de la Iglesia y de la sociedad. Y les invitaba a prepararse para las grandes decisiones, a mirar hacia adelante con confianza, confiando en las propias capacidades y siguiendo a Cristo y el Evangelio.

Queridos hermanos y hermanas, todos conocemos la singular devoci?n de Juan Pablo II a la Virgen. El lema del escudo de su pontificado,?Totus tuus, resume su vida totalmente orientada a Cristo por medio de Mar?a: "ad Iesum de Mariam". Como el disc?pulo Juan, el "disc?pulo amado", bajo la cruz, a la hora de la muerte del Redentor, acogi? a Mar?a en su casa (Jn 19: 26-27), Juan Pablo II quiso a Mar?a m?sticamente siempre a su lado, haci?ndola part?cipe de su vida y de su ministerio y se sinti? acogido y amado por Ella.

El recuerdo del amado Pont?fice, profeta de esperanza, no debe significar para nosotros un regreso al pasado, sino que aprovechando su patrimonio humano y espiritual, sea un impulso para mirar hacia adelante. Resuenan en nuestro coraz?n esta noche las palabras que escribi? en su Carta apost?lica "Novo millennio ineunte", al final del Gran Jubileo del A?o 2000: "?Caminemos con esperanza! Un nuevo milenio se abre ante la Iglesia como un oc?ano inmenso en el cual hay que aventurarse, contando con la ayuda de Cristo. El Hijo de Dios, ... realiza tambi?n hoy su obra. Hemos de aguzar la vista para verla y, sobre todo, tener un gran coraz?n para convertirnos nosotros mismos en sus instrumentos".

La Virgen Mar?a, Madre de la Iglesia, que ahora invocamos con la oraci?n del Rosario, que tanto le gustaba a Juan Pablo II, nos ayude a ser en todas las circunstancias, testigos de Cristo y anunciadores del amor de Dios en el mundo. Am?n.


Publicado por verdenaranja @ 22:33  | Hablan los obispos
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