Jueves, 26 de mayo de 2011

ZENIT? nos ofrece la homil?a que el Papa Benedicto XVI pronunci? hoy durante la ceremonia de beatificaci?n de Juan Pablo II, en la Plaza de San Pedro.

Queridos hermanos y hermanas.

Hace seis a?os nos encontr?bamos en esta Plaza para celebrar los funerales del Papa Juan Pablo II. El dolor por su p?rdida era profundo, pero m?s grande todav?a era el sentido de una inmensa gracia que envolv?a a Roma y al mundo entero, gracia que era fruto de toda la vida de mi amado Predecesor y, especialmente, de su testimonio en el sufrimiento. Ya en aquel d?a percib?amos el perfume de su santidad, y el Pueblo de Dios manifest? de muchas maneras su veneraci?n hacia ?l. Por eso, he querido que, respetando debidamente la normativa de la Iglesia, la causa de su beatificaci?n procediera con razonable rapidez. Y he aqu? que el d?a esperado ha llegado; ha llegado pronto, porque as? lo ha querido el Se?or: Juan Pablo II es beato.

Deseo dirigir un cordial saludo a todos los que, en n?mero tan grande, desde todo el mundo, hab?is venido a Roma, para esta feliz circunstancia, a los se?ores cardenales, a los patriarcas de las Iglesias cat?licas orientales, hermanos en el episcopado y el sacerdocio, delegaciones oficiales, embajadores y autoridades, personas consagradas y fieles laicos, y lo extiendo a todos los que se unen a nosotros a trav?s de la radio y la televisi?n.

?ste es el segundo domingo de Pascua, que el beato Juan Pablo II dedic? a la Divina Misericordia. Por eso se eligi? este d?a para la celebraci?n de hoy, porque mi Predecesor, gracias a un designio providencial, entreg? el esp?ritu a Dios precisamente en la tarde de la vigilia de esta fiesta. Adem?s, hoy es el primer d?a del mes de mayo, el mes de Mar?a; y es tambi?n la memoria de san Jos? obrero. Estos elementos contribuyen a enriquecer nuestra oraci?n, nos ayudan a nosotros que todav?a peregrinamos en el tiempo y el espacio. En cambio, qu? diferente es la fiesta en el Cielo entre los ?ngeles y santos. Y, sin embargo, hay un solo Dios, y un Cristo Se?or que, como un puente une la tierra y el cielo, y nosotros nos sentimos en este momento m?s cerca que nunca, como participando de la Liturgia celestial.

?Dichosos los que crean sin haber visto? (Jn 20, 29). En el evangelio de hoy, Jes?s pronuncia esta bienaventuranza: la bienaventuranza de la fe. Nos concierne de un modo particular, porque estamos reunidos precisamente para celebrar una beatificaci?n, y m?s a?n porque hoy un Papa ha sido proclamado Beato, un Sucesor de Pedro, llamado a confirmar en la fe a los hermanos. Juan Pablo II es beato por su fe, fuerte y generosa, apost?lica. E inmediatamente recordamos otra bienaventuranza: ??Dichoso t?, Sim?n, hijo de Jon?s!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que est? en el cielo? (Mt 16, 17). ?Qu? es lo que el Padre celestial revel? a Sim?n? Que Jes?s es el Cristo, el Hijo del Dios vivo. Por esta fe Sim?n se convierte en ?Pedro?, la roca sobre la que Jes?s edifica su Iglesia. La bienaventuranza eterna de Juan Pablo II, que la Iglesia tiene el gozo de proclamar hoy, est? incluida en estas palabras de Cristo: ?Dichoso, t?, Sim?n? y ?Dichosos los que crean sin haber visto?. ?sta es la bienaventuranza de la fe, que tambi?n Juan Pablo II recibi? de Dios Padre, como un don para la edificaci?n de la Iglesia de Cristo.

Pero nuestro pensamiento se dirige a otra bienaventuranza, que en el evangelio precede a todas las dem?s. Es la de la Virgen Mar?a, la Madre del Redentor. A ella, que acababa de concebir a Jes?s en su seno, santa Isabel le dice: ?Dichosa t?, que has cre?do, porque lo que te ha dicho el Se?or se cumplir? (Lc 1, 45). La bienaventuranza de la fe tiene su modelo en Mar?a, y todos nos alegramos de que la beatificaci?n de Juan Pablo II tenga lugar en el primer d?a del mes mariano, bajo la mirada maternal de Aquella que, con su fe, sostuvo la fe de los Ap?stoles, y sostiene continuamente la fe de sus sucesores, especialmente de los que han sido llamados a ocupar la c?tedra de Pedro. Mar?a no aparece en las narraciones de la resurrecci?n de Cristo, pero su presencia est? como oculta en todas partes: ella es la Madre a la que Jes?s confi? cada uno de los disc?pulos y toda la comunidad. De modo particular, notamos que la presencia efectiva y materna de Mar?a ha sido registrada por san Juan y san Lucas en los contextos que preceden a los del evangelio de hoy y de la primera lectura: en la narraci?n de la muerte de Jes?s, donde Mar?a aparece al pie de la cruz (cf. Jn 19, 25); y al comienzo de los Hechos de los Ap?stoles, que la presentan en medio de los disc?pulos reunidos en oraci?n en el cen?culo (cf. Hch. 1, 14).

Tambi?n la segunda lectura de hoy nos habla de la fe, y es precisamente san Pedro quien escribe, lleno de entusiasmo espiritual, indicando a los nuevos bautizados las razones de su esperanza y su alegr?a. Me complace observar que en este pasaje, al comienzo de su Primera carta, Pedro no se expresa en un modo exhortativo, sino indicativo; escribe, en efecto: ?Por ello os alegr?is?, y a?ade: ?No hab?is visto a Jesucristo, y lo am?is; no lo veis, y cre?is en ?l; y os alegr?is con un gozo inefable y transfigurado, alcanzando as? la meta de vuestra fe: vuestra propia salvaci?n? (1 P 1, 6.8-9). Todo est? en indicativo porque hay una nueva realidad, generada por la resurrecci?n de Cristo, una realidad accesible a la fe. ?Es el Se?or quien lo ha hecho ?dice el Salmo (118, 23)- ha sido un milagro patente?, patente a los ojos de la fe.

Queridos hermanos y hermanas, hoy resplandece ante nuestros ojos, bajo la plena luz espiritual de Cristo resucitado, la figura amada y venerada de Juan Pablo II. Hoy, su nombre se a?ade a la multitud de santos y beatos que ?l proclam? durante sus casi 27 a?os de pontificado, recordando con fuerza la vocaci?n universal a la medida alta de la vida cristiana, a la santidad, como afirma la Constituci?n conciliar sobre la Iglesia Lumen gentium. Todos los miembros del Pueblo de Dios ?Obispos, sacerdotes, di?conos, fieles laicos, religiosos, religiosas- estamos en camino hacia la patria celestial, donde nos ha precedido la Virgen Mar?a, asociada de modo singular y perfecto al misterio de Cristo y de la Iglesia. Karol Wojtyła, primero como Obispo Auxiliar y despu?s como Arzobispo de Cracovia, particip? en el Concilio Vaticano II y sab?a que dedicar a Mar?a el ?ltimo cap?tulo del Documento sobre la Iglesia significaba poner a la Madre del Redentor como imagen y modelo de santidad para todos los cristianos y para la Iglesia entera. Esta visi?n teol?gica es la que el beato Juan Pablo II descubri? de joven y que despu?s conserv? y profundiz? durante toda su vida. Una visi?n que se resume en el icono b?blico de Cristo en la cruz, y a sus pies Mar?a, su madre. Un icono que se encuentra en el evangelio de Juan (19, 25-27) y que qued? sintetizado en el escudo episcopal y posteriormente papal de Karol Wojtyła: una cruz de oro, una ?eme? abajo, a la derecha, y el lema: ?Totus tuus?, que corresponde a la c?lebre expresi?n de san Luis Mar?a Grignion de Monfort, en la que Karol Wojtyła encontr? un principio fundamental para su vida: ?Totus tuus ego sum et omnia mea tua sunt. Accipio Te in mea omnia. Praebe mihi cor tuum, Maria -Soy todo tuyo y todo cuanto tengo es tuyo. T? eres mi todo, oh Mar?a; pr?stame tu coraz?n?. (Tratado de la verdadera devoci?n a la Sant?sima Virgen, n. 266).

El nuevo Beato escribi? en su testamento: ?Cuando, en el d?a 16 de octubre de 1978, el c?nclave de los cardenales escogi? a Juan Pablo II, el primado de Polonia, cardenal Stefan Wyszyński, me dijo: "La tarea del nuevo Papa consistir? en introducir a la Iglesia en el tercer milenio"?. Y a?ad?a: ?Deseo expresar una vez m?s gratitud al Esp?ritu Santo por el gran don del Concilio Vaticano II, con respecto al cual, junto con la Iglesia entera, y en especial con todo el Episcopado, me siento en deuda. Estoy convencido de que durante mucho tiempo a?n las nuevas generaciones podr?n recurrir a las riquezas que este Concilio del siglo XX nos ha regalado. Como obispo que particip? en el acontecimiento conciliar desde el primer d?a hasta el ?ltimo, deseo confiar este gran patrimonio a todos los que est?n y estar?n llamados a aplicarlo. Por mi parte, doy las gracias al eterno Pastor, que me ha permitido estar al servicio de esta grand?sima causa a lo largo de todos los a?os de mi pontificado?. ?Y cu?l es esta ?causa?? Es la misma que Juan Pablo II anunci? en su primera Misa solemne en la Plaza de San Pedro, con las memorables palabras: ??No tem?is! !Abrid, m?s todav?a, abrid de par en par las puertas a Cristo!?. Aquello que el Papa reci?n elegido ped?a a todos, ?l mismo lo llev? a cabo en primera persona: abri? a Cristo la sociedad, la cultura, los sistemas pol?ticos y econ?micos, invirtiendo con la fuerza de un gigante, fuerza que le ven?a de Dios, una tendencia que pod?a parecer irreversible. Con su testimonio de fe, de amor y de valor apost?lico, acompa?ado de una gran humanidad, este hijo ejemplar de la Naci?n polaca ayud? a los cristianos de todo el mundo a no tener miedo de llamarse cristianos, de pertenecer a la Iglesia, de hablar del Evangelio. En una palabra: ayud? a no tener miedo de la verdad, porque la verdad es garant?a de libertad. M?s en s?ntesis todav?a: nos devolvi? la fuerza de creer en Cristo, porque Cristo es Redemptor hominis, Redentor del hombre: el tema de su primera Enc?clica e hilo conductor de todas las dem?s.

Karol Wojtyła subi? al Solio de Pedro llevando consigo la profunda reflexi?n sobre la confrontaci?n entre el marxismo y el cristianismo, centrada en el hombre. Su mensaje fue ?ste: el hombre es el camino de la Iglesia, y Cristo es el camino del hombre. Con este mensaje, que es la gran herencia del Concilio Vaticano II y de su ?timonel?, el Siervo de Dios el Papa Pablo VI, Juan Pablo II condujo al Pueblo de Dios a atravesar el umbral del Tercer Milenio, que gracias precisamente a Cristo ?l pudo llamar ?umbral de la esperanza?. S?, ?l, a trav?s del largo camino de preparaci?n para el Gran Jubileo, dio al Cristianismo una renovada orientaci?n hacia el futuro, el futuro de Dios, trascendente respecto a la historia, pero que incide tambi?n en la historia. Aquella carga de esperanza que en cierta manera se le dio al marxismo y a la ideolog?a del progreso, ?l la reivindic? leg?timamente para el Cristianismo, restituy?ndole la fisonom?a aut?ntica de la esperanza, de vivir en la historia con un esp?ritu de ?adviento?, con una existencia personal y comunitaria orientada a Cristo, plenitud del hombre y cumplimiento de su anhelo de justicia y de paz.

Quisiera finalmente dar gracias tambi?n a Dios por la experiencia personal que me concedi?, de colaborar durante mucho tiempo con el beato Papa Juan Pablo II. Ya antes hab?a tenido ocasi?n de conocerlo y de estimarlo, pero desde 1982, cuando me llam? a Roma como Prefecto de la Congregaci?n para la Doctrina de la Fe, durante 23 a?os pude estar cerca de ?l y venerar cada vez m?s su persona. Su profundidad espiritual y la riqueza de sus intuiciones sosten?an mi servicio. El ejemplo de su oraci?n siempre me ha impresionado y edificado: ?l se sumerg?a en el encuentro con Dios, aun en medio de las m?ltiples ocupaciones de su ministerio. Y despu?s, su testimonio en el sufrimiento: el Se?or lo fue despojando lentamente de todo, sin embargo ?l permanec?a siempre como una ?roca?, como Cristo quer?a. Su profunda humildad, arraigada en la ?ntima uni?n con Cristo, le permiti? seguir guiando a la Iglesia y dar al mundo un mensaje a?n m?s elocuente, precisamente cuando sus fuerzas f?sicas iban disminuyendo. As?, ?l realiz? de modo extraordinario la vocaci?n de cada sacerdote y obispo: ser uno con aquel Jes?s al que cotidianamente recibe y ofrece en la Eucarist?a.

En el texto de la homil?a: ?Dichoso t?, amado Papa Juan Pablo, porque has cre?do! Te rogamos que contin?es sosteniendo desde el Cielo la fe del Pueblo de Dios. [E improvisando, Benedicto XVI a?adi?:] Tantas veces nos has bendecido desde esta plaza. Santo Padre, hoy te pedimos, bend?cenos. Am?n.

[Copyright 2011 - Libreria Editrice Vaticana]


Publicado por verdenaranja @ 22:41  | Habla el Papa
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