S?bado, 28 de mayo de 2011

Homil?a de monse?or H?ctor Aguer, arzobispo de La Plata, con ocasi?n de la beatificaci?n del Siervo de Dios Juan Pablo II (Iglesia catedral, 1 de mayo de 2011). (AICA)

JUAN PABLO II, EL GRANDE????????????

Hoy es el d?a octavo de la Pascua. La resurrecci?n del Se?or fue vivida por los disc?pulos de manera siempre nueva en cada una de las apariciones del Resucitado. Desde muy antiguo, la semana que segu?a al domingo de Pascua prolongaba el gozo de la Iglesia, que en esos d?as instru?a a los ne?fitos, bautizados en la santa vigilia, sobre los misterios en los cuales hab?an sido iniciados. Era esa la semana in albis, porque los nuevos miembros de la Iglesia llevaban las t?nicas blancas con las que hab?an sido revestidos al salir del ba?o bautismal. La octava de Pascua es algo as? como la continuidad de un ?nico d?a, que se extender? todav?a, abarcando una cincuentena, hasta la solemnidad de Pentecost?s. Dec?a ya San Ambrosio en el siglo IV que los cincuenta d?as son festejados como la Pascua, y son como un ?nico domingo.

Desde hace algunos a?os, al t?tulo de este segundo Domingo de Pascua ?o Domingo de la octava de Pascua? se le ha a?adido la denominaci?n de la Divina Misericordia. La raz?n es que en la muerte y resurrecci?n del Hijo de Dios, en su misterio pascual, se revela plenamente la bondad y ternura del Se?or, su misericordia, que se extiende de generaci?n en generaci?n abriendo a los hombres el acceso a la vida eterna. La Iglesia profesa y proclama la misericordia divina, la recibe como el don m?s precioso, la experimenta y se empe?a en practicarla; recurre constantemente a la misericordia de Dios, en especial ante las m?ltiples formas del mal que pesan sobre la humanidad.

El 2 de abril de 2005, d?a de la muerte de Juan Pablo II, era la v?spera del Domingo de la Divina Misericordia; resulta particularmente significativo que se haya elegido la fecha de hoy, en coincidencia con la misma conmemoraci?n lit?rgica, para su beatificaci?n. El itinerario can?nico prescrito para el reconocimiento de la vida ejemplar de un cristiano se inici? r?pidamente en el caso del gran pont?fice porque de inmediato se manifest? su fama de santidad. En todo caso es este un requisito fundamental para encaminar un proceso de beatificaci?n: la opini?n generalizada entre los fieles sobre la integridad de vida y sobre la pr?ctica continua de las virtudes cristianas en un grado superior al com?n, de tal manera que la persona as? considerada suscita admiraci?n, como ejemplo a imitar. M?s todav?a, los fieles se encomiendan espont?neamente a su intercesi?n, visitan su sepultura, difunden los hechos salientes de su vida y muchas veces experimentan gracias, favores celestiales y aut?nticos milagros que constituyen la respuesta y el sello con que Dios confirma la santidad de sus servidores. Sin embargo, esa fama de santidad debe ser examinada y evaluada positivamente por la Iglesia a trav?s de un proceso mediante el cual debe constar la heroicidad de las virtudes del siervo de Dios y la autenticidad de los milagros atribuidos a su intercesi?n. Cumplido puntualmente ese procedimiento, hoy la Iglesia ha ratificado, respecto de Juan Pablo II, lo que percibi? el sentido de la fe del pueblo de Dios.

Lo que hoy se afirma, ante todo, de Karol Wojtyła, es su condici?n, su cualidad de hombre de Dios. Un rasgo que han podido intuir las muchedumbres en los masivos encuentros durante los viajes apost?licos, pero que se hac?a especialmente evidente para quienes pod?an tratarlo m?s de cerca. Transmit?a, en efecto, la impresi?n de vivir en continua uni?n con el Se?or; era impresionante, por ejemplo, ver al Papa rezar. Abundan los testimonios al respecto, de un modo particular acerca de su adoraci?n eucar?stica y de su devoci?n mariana. Era un contemplativo, pero tambi?n un hombre de acci?n; de su intimidad con Dios brotaba la fortaleza apost?lica. Esta dimensi?n sobrenatural de su vida se fue aquilatando, seguramente, con el paso del tiempo al comp?s de una progresiva maduraci?n: desde los a?os de su juvenil ministerio sacerdotal, en dos d?cadas de episcopado en Polonia y en su extenso pontificado romano y universal.

La personalidad espiritual de ese gran hombre de fe que fue Karol Wojtyła inspir? el prop?sito pastoral de su ministerio petrino: hacer de la fe una experiencia de vida, o dicho de otro modo, orientar a los fieles y a las comunidades eclesiales y animarlos a lograr una asimilaci?n subjetiva de la fe. Pensemos en la subjetividad de las personas ?pero tambi?n en la subjetividad de las sociedades. Para Juan Pablo II, tal como ?l mismo lo ha ense?ado repetidamente, la fe no arraiga del todo en un pueblo si no se hace cultura.

En el comienzo de su pontificado arreciaba fieramente la crisis posconciliar: crisis de fe, de verdad, de identidad cat?lica, con sus consecuencias necesarias de decadencia de la vitalidad de la Iglesia, de apostas?a inmanente y esterilidad pastoral. En la ense?anza del Papa polaco cobr? nuevo brillo la expresi?n del contenido fundante del anuncio cristiano: Cristo, Redentor del hombre que ilumina el destino de la humanidad, el amor misericordioso del Padre ofrecido a un mundo necesitado de perd?n y reconciliaci?n, la presencia y la acci?n del Esp?ritu Santo en la vida de la Iglesia y en la historia de los hombres. En las d?cadas de 1980 y 1990 se lleva adelante una obra de recuperaci?n doctrinal y de correcci?n de numerosos errores teol?gicos en materia dogm?tica y moral, sobre todo mediante las intervenciones de la Congregaci?n para la Doctrina de la Fe, presidida por el entonces Cardenal Ratzinger, estrecho colaborador del pont?fice. La publicaci?n del Catecismo de la Iglesia Cat?lica proporcion? a los pastores de la Iglesia un texto de referencia seguro y aut?ntico para la ense?anza de la doctrina y a los fieles un instrumento para conocer mejor las riquezas insondables de la revelaci?n divina. Un componente neur?lgico de la crisis era la erosi?n de la identidad sacerdotal, ?mbito en el cual se manifestaba crudamente la mundanizaci?n de la Iglesia y la p?rdida del sentido de lo sagrado; las cartas que todos los a?os Juan Pablo II dirig?a a los sacerdotes con ocasi?n del Jueves Santo, as? como muchos discursos y otros documentos solemnes sobre el tema constituyeron un cuerpo de teolog?a y espiritualidad del ministerio sacerdotal del valor insustituible para la formaci?n permanente del clero. Algo semejante podemos reconocer respecto de la formaci?n y compromiso apost?lico de los fieles laicos, los aportes original?simos sobre la teolog?a del amor conyugal, la defensa de la santidad del matrimonio y la familia, la afirmaci?n del derecho a la vida desde la concepci?n hasta la muerte natural, la luminosa ense?anza sobre la objetividad y trascendencia de los valores morales.

Otro aspecto capital de la obra del nuevo beato ha sido la proyecci?n del anuncio evang?lico ?del misterio de Dios Trino y de Cristo Redentor- y de la necesaria acci?n de los cristianos en el plexo de la vida social y pol?tica de los pueblos. Su aporte a la actualizaci?n de la doctrina social de la Iglesia nos ha ofrecido una visi?n completa del trabajo y de su valor humano y cristiano, una ilustraci?n de la problem?tica del desarrollo incorporando las realidades econ?micas y sociales m?s recientes, la interpretaci?n bien ponderada de la ca?da de los reg?menes comunistas, sus causas y consecuencias, una cr?tica de la falsa alternativa vigente en las sociedades occidentales que abandonaron su referencia a las ra?ces cristianas. Siguiendo la huella abierta por los papas del siglo XX, Juan Pablo II ilumin? con la luz del Evangelio las m?s diversas realidades humanas y los avances de la ciencia y la cultura; lo hizo con sus numerosos discursos y mensajes, pero sobre todo con ocasi?n de sus viajes apost?licos. La presencia de la Iglesia en los acontecimientos del mundo quedaba as? personalizada en el pont?fice, cercano a todos, que se comunicaba directamente con el pueblo cristiano y concitaba asimismo el respeto y la admiraci?n de los no cat?licos. Su palabra transmit?a verdades liberadoras para orientar al hombre de hoy hacia Cristo Redentor en quien se encuentra la garant?a y el reaseguro de la aut?ntica humanidad. Esa palabra convencida, vibrante, llegaba al coraz?n, especialmente cuando se dirig?a a los j?venes, que e identificaban espont?neamente con ?l.

Hay que reconocer que el mundo secularizado experiment? una cierta fascinaci?n por este gran pont?fice, pero que su actitud fue ambivalente en lo que hace a la aceptaci?n del mensaje que el Papa proclamaba. Se recib?a con benepl?cito la ense?anza referida a la justicia social, a la libertad pol?tica, a la paz mundial y sus condiciones de realizaci?n, pero se rechazaba el fundamento ?tico de esos valores y sobre todo la afirmaci?n coherente de un humanismo pleno, referido al orden natural de la creaci?n y a la ley de Dios. Esta afirmaci?n pon?a en evidencia el descarr?o de la cultura moderna que exalta al hombre y su libertad pero lo mutila y degrada porque le escamotea la verdad, la verdad sobre le propio hombre y la verdad sobre Dios. En su enc?clica Dives in misericordia escribi? Juan Pablo II: Cuanto m?s se centre en el hombre la misi?n desarrollada por la Iglesia; cuanto m?s sea, por decirlo as?, antropoc?ntrica, tanto m?s debe corroborarse y realizarse teoc?ntricamente, esto es, orientarse al Padre en Cristo Jes?s. Mientras las diversas corrientes del pasado y del presente del pensamiento humano han sido y siguen siendo propensas a dividir, e incluso a contraponer el teocentrismo y el antropocentrismo, la Iglesia en cambio, siguiendo a Cristo, trate de unirlos en la historia del hombre de manera org?nica y profunda. En estas palabras se concentra una clave de su pensamiento y de su inspiraci?n pastoral. Estas convicciones en ?l se hicieron vida, acci?n y plegaria: abrazaba con amor y pon?a en el Coraz?n del Se?or las necesidades del mundo entero, especialmente el sufrimiento de los pobres y de los crucificados por el dolor.

Hoy contemplamos a Juan Pablo II en la gloria de Cristo y nos confiamos a su intercesi?n. ?l fue un gran misionero, que abri? nuevos caminos para la difusi?n del Evangelio en los are?pagos del mundo contempor?neo. Su magisterio, su ejemplo personal en el heroico ejercicio del ministerio petrino y ahora su presencia celestial nos inspiran y animan para ofrecer a los hombres y mujeres de hoy un testimonio l?cido y valiente de Cristo Redentor. Su cercan?a espiritual nos infunde confianza. Al concluir el gran jubileo dec?a el admirado y amado pont?fice: No sabemos qu? acontecimientos nos reservar? el milenio que est? comenzando, pero tenemos la certeza de que ?ste permanecer? firmemente en las manos de Cristo, el ?Rey de Reyes y Se?or de los Se?ores? (Ap. 19, 16) y precisamente celebrando su Pascua, no solo una vez al a?o sino cada domingo, la Iglesia seguir? indicando a cada generaci?n lo que constituye el eje central de la historia, con el cual se relacionan el misterio del principio y del destino final del mundo (Novo millennio ineunte, 35). Hoy le pedimos que ?l nos consiga? perseverar en esa inalterable confianza y ser fieles al compromiso con el Se?or que hemos ratificado en esta Pascua. ?Beato Juan Pablo II, ruega por nosotros!?

Mons. H?ctor Aguer, arzobispo de La Plata?


Publicado por verdenaranja @ 22:46  | Homil?as
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