martes, 31 de mayo de 2011

ZENIT  nos ofrece el discurso que el Papa Benedicto XVI dirigió a los miembros de la Guardia Suiza Pontificia y sus familiares, con ocasión del juramento de nuevos reclutas.

Señor Comandante,
Monseñor Capellán,
Queridos oficiales y miembros de la Guardia Suiza,
¡Queridos hermanos y hermanas!,

Estoy particularmente contento de reunirme con vosotros en ocasión de esta jornada de celebración y deseo dirigir un cordial saludo especialmente a los nuevos reclutas, que siguiendo el ejemplo de muchos compatriotas, han elegido dedicar algunos años de su juventud al servicio del Sucesor de Pedro. La presencia de vuestros padres, parientes y amigos, que han venido a Roma a participar de estos días de fiesta, expresa, no sólo el vínculo de muchos católicos suizos con la Santa Sede, también la enseñanza, la educación moral y el buen ejemplo, mediante los cuales los padres han transmitido a los hijos, la fe cristiana y el sentido del servicio desinteresado.

La actual jornada constituye la ocasión para dirigir una mirada al glorioso pasado de la Guardia Suiza Pontificia. Recuerdo particularmente el suceso -recordado muchas veces porque es fundamental para vuestra historia- del famoso “Saqueo de Roma” donde los Guardias Suizos, comprometidos hasta el extremo en la defensa del Papa, dieron la vida por él. El recuerdo de aquel saqueo terreno nos debe hacer reflexionar en el hecho de que existe también la amenaza de un saqueo más peligroso, el que podemos definir como espiritual. En el actual contexto social, muchos jóvenes corren el riesgo, de hecho, de caer en un empobrecimiento progresivo del alma, porque siguen ideales y perspectivas de vida superficiales, que colman sólo las necesidades y las exigencias materiales.

Haced posible que vuestra estancia en Roma constituya un tiempo propicio para disfrutar al máximo las muchas posibilidades que esta ciudad os ofrece, para dar un sentido cada vez más sólido y profundo a vuestra vida. Esta ciudad es rica en historia, cultura y fe; aprovechad, por tanto, las oportunidades que se os dan para ampliar vuestro horizonte cultural, lingüístico y, sobre todo, espiritual. El periodo que viviréis en la “Ciudad eterna” será un momento excepcional en vuestra existencia: vividlo con espíritu de sincera fraternidad, ayudándoos los unos a los otros a llevar una vida ejemplarmente cristiana, que se corresponda a vuestra fe y a vuestra peculiar misión en la Iglesia.

[En francés dijo]

Cuando alguno de vosotros juren desarrollar fielmente el servicio en la Guardia Suiza Pontificia y otros renueven este juramento en su corazón, pensad en el rostro luminoso de Cristo, que os llama a ser auténticos hombres y verdaderos cristianos, protagonistas de vuestra existencia. Su pasión, muerte y resurrección son una llamada elocuente a afrontar con consciente madurez los obstáculos y los retos de la vida, sabiendo, como nos ha recordado la Liturgia de la Vigilia Pascual, que el Señor Resucitado es “Rey eterno que ha vencido las tinieblas del mundo”. Sólo Él es la Verdad, el Camino y la Vida. Él debe convertirse, cada día más, en el parámetro de nuestra vida y de nuestro comportamiento, así como Él ha elegido la plena y total fidelidad a la misión de salvación confiada por el Padre, como medida y objetivo de su vida. El Señor, queridos jóvenes, camina con vosotros, os sostiene y os anima a seguirlo en la misma fidelidad: os deseo que sintáis siempre la alegría y la consolación de su presencia luminosa y estimulante.

Este encuentro me da la oportunidad de manifestar a los nuevos reclutas, mi profunda gratitud por su elección de ponerse, durante un periodo de tiempo, a disposición del Sucesor de Pedro y su contribución a garantizar el orden necesario y la seguridad dentro de la Ciudad del Vaticano. Aprovecho de buen grado la oportunidad de extender mi reconocimiento a todo el Cuerpo de la Guardia Suiza Pontificia, llamado a desarrollar, entre otros deberes, el de acoger con cortesía y amabilidad a los peregrinos y visitantes del Vaticano. Esta obra de vigilancia que vosotros realizáis con diligencia, amor y solicitud es ciertamente considerable y delicada: requiere, a veces, mucha paciencia, perseverancia y disponibilidad a escuchar.

Queridos amigos, vuestro servicio es muy útil al desarrollo tranquilo y seguro de la vida cotidiana y de las manifestaciones espirituales y religiosas de la Ciudad del Vaticano. Vuestra significativa presencia en el corazón de la cristiandad, donde multitudes de fieles llegan sin descanso para reunirse con el Sucesor de Pedro y para visitar las tumbas de los Apóstoles, suscite cada vez más, en cada uno de vosotros, el propósito de intensificar la dimensión espiritual de la vida, como también el compromiso de profundizar en vuestra fe cristiana, siendo testigos gozosos de ella con una conducta de vida coherente. Os prometo mi ferviente oración y de corazón os imparto a cada uno de vosotros y a cuantos os rodean en esta celebración, la Bendición Apostólica.

[Traducción del original italiano por Carmen Álvarez
©Libreria Editrice Vaticana]


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ZENIT  nos ofrece el texto de la audiencia que el Papa Benedicto XVI concedió hoy a los miembros del Pontificio Instituto Litúrgico San Anselmo, con motivo del 50 aniversario de su fundación.

Eminencia,
Reverendo Padre Abad Primado,
Reverendo Rector Magnífico,
Ilustres Profesores,
Queridos Estudiantes,

Os acojo con alegría con ocasión del IX Congreso Internacional de Liturgia que celebráis en el ámbito del quincuagésimo aniversario de fundación del Pontificio Instituto Litúrgico. Os saludo cordialmente a cada uno de vosotros, en particular al Gran Canciller, el Abad Primado Notker Wolf, y le doy las gracias por las corteses palabras que ha querido dirigirme en nombre de todos vosotros.

El Beato Juan XXIII, recogiendo las instancias del movimiento litúrgico que pretendía dar un nuevo empuje y un nuevo respiro a la oración de la Iglesia, poco antes del Concilio Vaticano II y durante su celebración quiso que la Facultad de los Benedictinos en el Aventino constituyese un centro de estudios y de investigación para asegurar una sólida base a la reforma litúrgica conciliar. En la vigilia del Concilio, de hecho, aparecía cada vez más viva en el campo litúrgico la urgencia de una reforma, postulada también por las peticiones realizadas por varios episcopados. Por otra parte, la fuerte exigencia pastoral que animaba al movimiento litúrgico requería que se favoreciese y suscitase una participación más activa de los fieles en las celebraciones litúrgicas a través del uso de las lenguas nacionales, y que se profundizase en el tema de la adaptación de los ritos en las diversas culturas, especialmente en tierra de misión. Además, se revelaba clara desde el principio la necesidad de estudiar de modo más profundizado el fundamento teológico de la Liturgia, para evitar caer en el ritualismo o favorecer el subjetivismo, el protagonismo del celebrante, y para que la reforma estuviese bien justificada en el ámbito de la Revelación y en continuidad con la tradición de la Iglesia. El Papa Juan XXIII, animado por su sabiduría y por espíritu profético, para acoger y responder a estas exigencias creó el Instituto Litúrgico, al que quiso atribuir en seguida el apelativo de "Pontificio" para indicar su vínculo particular con la Sede Apostólica.

Queridos amigos, el título elegido para el Congreso de este Año Jubilar es de lo más significativi: “El Instituto Pontificio, entre memoria y profecía". En lo que concierne a la memoria, debemos constatar los frutos abundantes suscitados por el Espíritu Santo en medio siglo de historia, y por esto debemos dar gracias al Dador de todo bien, a pesar también de los malentendidos y los errores en la realización concreta de la reforma. ¿Cómo no recordar a los pioneros, presentes en el acto de fundación de la Facultad: Cipriano Vagaggini, Adrien Nocent, Salvatore Marsili y Burkhard Neunheuser, quienes, acogiendo las instancias del Pontífice fundador, se empeñaron, especialmente después de la promulgación de la Constitución conciliar Sacrosanctum Concilium, en profundizar “el ejercicio del sacerdocio de Jesucristo. En ella los signos sensibles significan y, cada uno a su manera, realizan la santificación del hombre, y así el Cuerpo Místico de Jesucristo, es decir, la Cabeza y sus miembros, ejerce el culto público íntegro" (n. 7).

Pertenece a la "memoria" la propia vida del Pontificio Instituto Litúrgico, que ha ofrecido su contribución a la Iglesia comprometida en la recepción del Vaticano II, a través de un cincuentenio de formación litúrgica académica. Formación ofrecida a la luz de la celebración de los santos misterios, de la liturgia comparada, de la Palabra de Dios, de las fuentes litúrgicas, del magisterio, de la historia de las instancias ecuménicas y de una sólida antropología. Gracias a este importante trabajo formativo, un elevado número de diplomados y licenciados prestan ya su servicio a la Iglesia en varias partes del mundo, ayudando al Pueblo santo de Dios a vivir la Liturgia como expresión de la Iglesia en oración, como presencia de Cristo en medio de los hombres y como actualidad constitutiva de la historia de la salvación. De hecho, el Documento conciliar pone en viva luz el doble carácter teológico y eclesiológico de la Liturgia. La celebración realiza al mismo tiempo una epifanía del Señor y una epifanía de la Iglesia, dos dimensiones que se conjugan en unidad en la asamblea litúrgica, donde Cristo actualiza el Misterio pascual de muerte y de resurrección y el pueblo de los bautizados bebe más abundantemente de las fuentes de la salvación. En la acción litúrgica de la Iglesia subsiste la presencia activa de Cristo: lo que realizó en su paso entre los hombres, Él sigue haciéndolo operante a través de su acción personal sacramental, cuyo centro lo constituye la Eucaristía.

Con el término "profecía", la mirada se abre a nuevos horizontes. La Liturgia de la Igleisa va más allá de la propia "reforma conciliar" (cfr Sacrosanctum Concilium, 1), cuyo objetivo, de hecho, no era principalmente el de cambiar los ritos y los gestos, sino más bien renovar las mentalidades y poner en el centro de la vida cristiana y de la pastoral la celebración del Misterio Pascual de Cristo. Por desgracia, quizás, también por nosotros Pastores y expertos, la Liturgia fue tomada más como un objeto que reformar que no como un sujeto capaz de renovar la vida cristiana, desde el momento en el que "existe un vínculo estrechísimo y orgánico entre la renovación de la Liturgia y la renovación de toda la vida de la Iglesia. La Iglesia toma de la Liturgia la fuerza para la vida". Nos lo recuerda el el beato Juan Pablo II en la Vicesimus quintus annus, donde la liturgia es vista como el corazón latiente de toda actividad eclesial. Y el Siervo de Dios Pablo VI, refiriéndose al culto de la Iglesia, con una expresión sintética afirmaba: "De la lex credendi pasamos a la lex orandi, y esta nos lleva a la lux operandi et vivendi" (Discurso en la ceremonia de la ofrenda de los cirios, 2 de febrero de 1970).

Culmen hacia el cual tiende la acción de la Iglesia y al mismo tiempo fuente de la que brota su virtud (cfr Sacrosanctum Concilium, 10), la Liturgia, con su universo celebrativo, se convierte así en la gran educadora en la primacía de la fe y de la gracia. La Liturgia, testigo privilegiado de la Tradición viviente de la Iglesia, fiel a su deber original de revelar y hacer presente en el hodie de las vicisitudes humanas la opus Redemptionis, vive de una relación correcta y constante entre sana traditio y legitima progressio, lúcidamente explicitada por la Constitución conciliar en el n. 23. Con ambos términos, los Padres conciliares quisieron consignar su programa de reforma, en equilibrio con la gran tradición litúrgica del pasado y el futuro. No pocas veces se contrapone de manera torpe tradición y progreso. En realidad, los dos conceptos se integran: la tradición es una realidad vive, que por ello incluye en sí misma el principio del desarrollo, del progreso. Es como decir que el río de la tradición lleva en sí también su fuente y tiende hacia la desembocadura.

Queridos amigos, confío en que esta Facultad de Sagrada Liturgia siga con renovado impulso su servicio a la Iglesia, en plena fidelidad a la rica y preciosa tradición litúrgica y a la reforma querida por el Concilio Vaticano II, según las líneas maestras de la Sacrosanctum Concilium y de los pronunciamientos del Magisterio. La Liturgia cristiana es la Liturgia de la promesa realizada en Cristo, pero es también la Liturgia de la esperanza, de la peregrinación hacia la transformación del mundo, que tendrá lugar cuando Dios sea todo en todos (cfr 1Cor 15,28). Por intercesión de la Virgen María, Madre de la Iglesia, en comunión con la Iglesia celeste y con los patronos san Benito y san Anselmo, invoco sobre cada uno la Bendición Apostólica. Gracias.

[Traducción del original italiano por Inma Álvarez
©Libreria Editrice Vaticana]


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ZENIT  nos ofrece el mensaje que el Papa Benedicto XVI envió al cardenal William J. Levada, presidente de la Pontificia Comisión Bíblica, con ocasión de su Asamblea Plenaria, que este año lleva por tema “Inspiración y Verdad en la Biblia”.

Al Venerado Hermano
Señor cardenal William Levada
Presidente de la Pontificia Comisión Bíblica

Me es grato enviarle a usted, al secretario y a todos los miembros de la Pontificia Comisión Bíblica mi cordial saludo con ocasión de la Asamblea Plenaria anual. Esta Comisión se ha reunido por tercera vez, ocupándose del tema que se le ha confiado: “Inspiración y Verdad en la Biblia”.

Este tema constituye uno de los puntos principales de mi Exhortación apostólica postsinodal Verbum Domini, que lo trata en la parte inicial (cfr n. 19). “Un concepto clave – escribí en este Documento – para tomar el texto sagrado como Palabra de Dios en palabras humanas es ciertamente el de la inspiración” (ibid.). Precisamente la inspiración, como actividad de Dios hace que en las palabras humanas se exprese la Palabra de Dios. En consecuencia, el tema de la inspiración es “decisivo para el acercamiento adecuado a las Escrituras y para su correcta hermenéutica” (ibid.). De hecho, una interpretación de los Sagrados escritos que descuida u olvida su inspiración no tiene en cuenta su más importante y preciosa característica, la de su procedencia de Dios.

Una interpretación semejante no deja acceder a la Palabra de Dios y pierde, por tanto, el inestimable tesoro que la Sagrada Escritura contiene para nosotros. Este tipo de aproximación se ocupa de palabras meramente humanas, aunque puedan ser, de modo diverso y según los diferentes escritos, palabras de extraordinaria profundidad y belleza. En la discusión sobre la inspiración, se trata de la naturaleza íntima y del decisivo y distintivo significado de las Sagradas Escrituras, es decir de la calidad de la Palabra de Dios.

En la misma Exhortación Apostólica, recordaba además que “los Padres sinodales han destacado la conexión entre el tema de la inspiración y el de la verdad de las Escrituras. Por eso, la profundización en el proceso de la inspiración llevará también sin duda a una mayor comprensión de la verdad contenida en los libros sagrados.(ibid). Según la Constitución conciliar Dei Verbum, Dios nos dirige su Palabra para “revelarse a sí mismo y hacernos conocer el misterio de su voluntad (cfr Ef 1,9)” (n.2). Mediante su Palabra, Dios nos quiere comunicar toda la verdad sobre Sí mismo y sobre le proyecto de salvación para la humanidad. El compromiso de descubrir cada vez más la verdad de los Libros Sagrados equivale, por tanto, a intentar conocer mejor a Dios y al misterio de su voluntad salvífica.

“Ciertamente, la reflexión teológica ha considerado siempre la inspiración y la verdad como dos conceptos clave para una hermenéutica eclesial de las Sagradas Escrituras. Sin embargo, hay que reconocer la necesidad actual de profundizar adecuadamente en esta realidad, para responder mejor a lo que exige la interpretación de los textos sagrados según su naturaleza” (ibid). Afrontando el tema “Inspiración y Verdad dela Biblia”, la Pontificia Comisión Bíblica está llamada a ofrecer su contribución específica y cualificada a esta profundización necesaria. De hecho, es esencial y fundamental para la vida y la misión de la Iglesia que los textos sagrados sean interpretados según su naturaleza: la Inspiración y la Verdad son características constitutivas de esta naturaleza. Por esto vuestro compromiso tendrá una utilidad verdadera para la vida y misión de la Iglesia.

Finalmente querría mencionar el hecho de que no es posible, en una buena hermenéutica, aplicar de modo mecánico el criterio de la inspiración, como también el de la verdad absoluta, extrapolando una frase o expresión. El contexto en el que es posible percibir la Sagrada Escritura como Palabra de Dios, es el de la unidad en la que los elementos individuales se iluminan recíprocamente y se abren a la comprensión.

En el deseo de que todos vosotros continuéis vuestro trabajos fructíferamente, querría manifestar mi gran aprecio por la actividad desarrollada por la Comisión Bíblica para promover el conocimiento, el estudio y la acogida de la Palabra de Dios en el mundo. Con estos sentimientos confío a cada uno de vosotros a la materna protección de la Virgen María, a la que, con todo la Iglesia, invocamos como Sedes Sapientiae, y de corazón le imparto a usted, Venerado Hermano, y a todos los Miembros de la Pontificia Comisión Bíblica, una especial Bendición Apostólica.

En el Vaticano, 2 de mayo de 2011

BENEDICTUS PP. XVI

[Traducción del original italiano por Carmen Álvarez
©Libreria Editrice Vaticana]


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Homilía de monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas para el segundo domingo de Pascua (1 de mayo de 2011). (AICA)

SOBRE EL BEATO JUAN PABLO II             

Durante varias semanas estaremos celebrando el tiempo pascual. Es un tiempo para animarnos en la esperanza, porque Cristo resucitó y la vida triunfó, sobre la muerte. Esta es la experiencia gozosa de los Apóstoles que nos presenta el Evangelio de este domingo (Jn 20, 19-31). Ellos estaban reunidos en un lugar de Jerusalén y llenos de temor. No era para menos, lo habían matado a quien ellos seguían y no sabían que podía pasarles. El texto bíblico nos dice: “Jesús poniéndose en medio de ellos, les dijo: ¡La paz esté con Ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a Ustedes” (Jn 20, 19-20). Esta experiencia de fe era fundamental para que los Apóstoles reciban el mandato de evangelizar.

Quizás nos venga bien repensar estos textos pascuales, para ubicarnos sobre cuál es el aporte que nuestro tiempo necesita de los cristianos. Este encuentro pascual fue fundamental para que los Apóstoles sobrelleven las dificultades de su tiempo. Nosotros también necesitamos de esta experiencia de Fe Pascual y de una espiritualidad más profunda, para ser “testigos” en medio de tantos problemas que nos rodean.

Este domingo estamos viviendo un acontecimiento muy importante para la Iglesia. En  este segundo domingo de Pascua, se celebra la beatificación del Papa Juan Pablo II. De diversas maneras durante su largo pontificado hemos tenido la posibilidad de conocer a este hombre tan querido por todos. En mi caso he sido ordenado sacerdote y posteriormente Obispo cuando Juan Pablo II era Papa. Siendo Obispo he tenido la posibilidad de tener dos audiencias privadas con él, en donde he experimentado su paternidad y cercanía. Todos hemos conocido que Juan Pablo II fue un hombre totalmente donado a Dios y a la gente, para vivir sin límites la misión conferida. Los argentinos especialmente tenemos que agradecer su mediación que evitó una guerra absurda con nuestros hermanos chilenos. Recordamos sus visitas a la Argentina y su especial carisma con los jóvenes.

Espontáneamente jóvenes de nuestra Diócesis han querido realizar una vigilia de oración para unirse a la beatificación del Papa Juan Pablo II. Hoy celebraré la Santa Misa del segundo domingo de Pascua a las 20:00 hs en nuestra Catedral, teniendo especialmente presente la beatificación del Papa.

En este tiempo de Pascua, estamos llamados a profundizar nuestro encuentro con el Señor Resucitado y ser discípulos, testigos y misioneros. Podemos señalar que siempre la evangelización se realizó fundamentalmente desde la irradiación de  varones  y mujeres que por su santidad fueron instrumentos de Salvación. Este es el caso del “Beato Juan Pablo II”. Él mismo en el inicio del siglo y del milenio nos decía en su Carta Apostólica, “Novo Millennio Ineunte” refiriéndose a la santidad: “En primer lugar, no dudo en decir que la perspectiva en la que debe situarse el camino pastoral es el de la santidad… (30).

Recordar esta verdad elemental, poniéndola como fundamento de la propagación pastoral que nos atañe al inicio del nuevo milenio, podría parecer, en primer momento algo poco práctico. ¿Acaso se puede “programar” la santidad? ¿Qué puede significar esta palabra en la lógica de un plan pastoral? En realidad, poner la programación pastoral bajo el signo de la santidad es una opción llena de consecuencias. Significa expresar la convicción de que el Bautismo es una verdadera entrada en la santidad de Dios por medio de la inserción en Cristo y la inabitación de su Espíritu, sería un contrasentido contentarse con una vida mediocre, vivida según una ética minimalista y una religiosidad superficial. Preguntar a un catecúmeno, “¿Quieres recibir el Bautismo?”, significa ¿Quieres ser santo?”…(31)

En este domingo pascual podemos pedir al Beato Juan Pablo II, que interceda para que vivamos nuestro bautismo, como testigos que creen en Aquel que murió y “Resucitó”.

Les envío un saludo cercano y hasta el próximo domingo. 

Monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas 


Publicado por verdenaranja @ 22:33  | Homilías
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Lectio divina para el miércoles de la sexta semana de Pascua 2o11, ofrecida por la Delegación Diocesana de Liturgia de la diócesis de Tenerife.

LECTURA:                “Juan 16, 12‑15”

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues lo que hable no será suyo: hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir. Él me glorificará, porque recibirá de mí lo que os irá comunicando.

Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que toma de lo mío y os lo anunciará.»

MEDITACIÓN:             “Hasta la verdad plena”

            Hay afirmaciones tuyas, Señor, que me llenan de gozo y, al mismo tiempo de tristeza. De gozo, porque tu palabra me abre siempre horizontes. Me asegura realidades que yo no alcanzo, pero que tú me haces accesible. Porque todo aquello que no alcanza mi realidad finita, pero que de alguna manera clama conseguir, está en ti.

            Y me da tristeza porque teniendo en ti una respuesta, parece que nos es más fácil, incluso preferimos, quedarnos en nuestros límites. Sentimos la experiencia de nuestros vacíos y, más allá de desear llenarlos, nos cerramos en ellos, nos bloqueamos, y negamos la posibilidad de sentido a la que nos abres.

            Lo cierto es que hemos manipulado tantas veces palabras hermosas, incluso en tu nombre, que hemos terminado por desconfiar de ellas, o las hemos vaciado de sentido, hemos conseguido no hacerlas creíbles.

            Pero necesitamos esa palabra. Necesitamos saber que hay una verdad, por encima de nuestras verdades parciales, hacia la que caminar. Es la verdad del amor que nos abre a lo mejor de ti, a lo mejor de nosotros, a lo mejor de lo que puede intuir nuestra realidad condicionada y limitada.  Buscamos el amor de verdad, tal vez por eso fracasan tantos amores parciales que cultivamos con despreocupación. Ayúdanos, Señor, ayúdame, guíame, sin miedos, hasta la verdad plena.   

ORACIÓN:                “Guíame, Señor”

            Señor, que la verdad sea más fuerte que mis miedos e incertidumbres, guíame hacia ella. Guíame, Señor, hasta la verdad plena del amor, y enséñame y ayúdame a dar los primeros pasos desde aquí.

            Las dificultades no son pocas, dentro y fuera de mí. Dame tu fuerza y guíame, Señor, para que pueda pasar por encima de ellas, y ser siempre, con tu Espíritu, un buscador de la verdad.   

CONTEMPLACIÓN:                “Me guías”

Camino desorientado
empujado por muchas voces
que quieren dirigir mis pasos
y cerrar mis horizontes.

Sólo tú me abres caminos,
llenas de plenitud mis vacíos,
y respondes a mis ansias de amor.

Me guías y me llevas más allá
de mis limitaciones,
abres mis ansias de amor
y haces posible
que me sienta plenamente humano.


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lunes, 30 de mayo de 2011

Reflexión de José Antonio Pagola al evangelio de la solemnidad de la Ascensión del Señor, ofrecida por la Delegación Diocesana de Enseñanza de la diócesis de Tenerife.

ESCUELA DE JESÚS 

         La situación que se vive hoy en nuestras comunidades cristianas no es nada fácil. En nuestro corazón de seguidores de Jesús surgen no pocas preguntas: ¿dónde reafirmar nuestra fe en estos tiempos de crisis religiosa? ¿qué es lo importante en estos momentos? ¿qué hemos de hacer en las comunidades de Jesús? ¿hacia dónde hemos de orientar nuestros esfuerzos?

         Mateo concluye su relato evangélico con una escena de importancia excepcional. Jesús convoca por última vez a sus discípulos para confiarles su misión. Son las últimas palabras que escucharán de Jesús: las que han de orientar su tarea y sostener su fe a lo largo de los siglos.

         Siguiendo las indicaciones de las mujeres, los discípulos se reúnen en Galilea. Allí había comenzado su amistad con Jesús. Allí se habían comprometido a seguirlo colaborando en su proyecto del reino de Dios. Ahora vienen sin saber con qué se pueden encontrar. ¿Volverán a verse con Jesús después de su ejecución?

         El encuentro con el Resucitado no es fácil. Al verlo llegar, los discípulos «se postran» ante él; reconocen en Jesús algo nuevo; quieren creer, pero «algunos vacilan». El grupo se mueve entre la confianza y la tristeza. Lo adoran pero no están libres de dudas e inseguridad. Los cristianos de hoy los entendemos. A nosotros nos sucede lo mismo.

         Lo admirable es que Jesús no les reprocha nada. Los conoce desde que los llamó a seguirlo. Su fe sigue siendo pequeña, pero a pesar de sus dudas y vacilaciones, confía en ellos. Desde esa fe pequeña y frágil anunciarán su mensaje en el mundo entero. Así sabrán acoger y comprender a quienes a lo largo de los siglos vivirán una fe vacilante. Jesús los sostendrá a todos.

         La tarea fundamental que les confía es clara: «hacer discípulos» suyos en todos los pueblos. No les manda propiamente a exponer doctrina, sino a trabajar para que el mundo haya hombres y mujeres que vivan como discípulos y discípulas de Jesús. Seguidores que aprendan a vivir como él. Que lo acojan como Maestro y no dejen nunca de aprender a ser libres, justos, solidarios, constructores de un mundo más humano.

         Mateo entiende la comunidad cristiana como una "escuela de Jesús". Seremos muchos o pocos. Entre nosotros habrá creyentes convencidos y creyentes vacilantes. Cada vez será más difícil atender a todo como quisiéramos. Lo importante será que entre nosotros se pueda aprender a vivir con el estilo de Jesús. El es nuestro único Maestro. Los demás somos todos hermanos que nos ayudamos y animamos mutuamente a ser sus discípulos.

José Antonio Pagola 

Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
5 de junio de 2011
Ascensión del Señor (A)
Mateo, 28,16-20


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ZENIT nos ofrece el mensaje que el Papa Benedicto XVI ha dirigido a la presidenta de la Academia Pontificia de las Ciencias Sociales, Mary Ann Glendon, con motivo de su sesión plenaria con el título “Derechos universales en un mundo diversificado. La cuestión de la libertad religiosa”.

A Su Excelencia Profesora Mary Ann Glendon
Presidenta de la Academia Pontificia de las Ciencias Sociales 

Me complace saludarla a usted y a los miembros de la Academia Pontificia de las Ciencias Sociales, mientras celebran su décimo séptima sesión plenaria sobre el tema: “Derechos universales en un mundo diversificado. La cuestión de la libertad religiosa”.

Como he observado en muchas ocasiones, las raíces de la cultura occidental cristiana siguen siendo profundas; fue una cultura que dio vida y espacio a la libertad religiosa y que sigue nutriendo la libertad garantizada constitucionalmente a la libertad religiosa y a la libertad de culto que muchos pueblos disfrutan hoy. Debido en parte a su negación sistemática por parte de los regímenes ateos del siglo XX, estas libertades fueron reconocidas y consagradas por la comunidad internacional en la Declaración Universal de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas. Hoy estos derechos humanos básicos están de nuevo amenazados por actitudes e ideologías que impedirían la libre expresión religiosa. En consecuencia, el desafío de defender y promover el derecho a la libertad religiosa y a la libertad de culto debe ser aceptado una vez más en nuestros días. Por esta razón, doy las gracias a la Academia por su contribución a este debate.

El anhelo de verdad y de sentido y la apertura a lo trascendente están profundamente inscritos en nuestra naturaleza humana; nuestra naturaleza nos pide buscar las cuestiones de la mayor importancia para nuestra existencia. Hace muchos siglos, Tertuliano acuñó el término libertas religionis (cf. Apologeticum, 24, 6). Subrayó que a Dios se le debe dar culto libremente, y que está en la naturaleza de la religión no admitir coerciones, "nec religionis est cogere religionem" (Ad Scapulam, 2, 2). Dado que el hombre goza de la capacidad de una elección libre y personal en la verdad, y dado que Dios espera del hombre una respuesta libre a su llamada, el derecho a la libertad religiosa debe ser considerado como inherente a la dignidad fundamental de toda persona humana, que relación con la innata apertura del corazón humano a Dios. De hecho, la auténtica libertad religiosa permitirá a la persona humana alcanzar su plenitud,contribuyendo así al bien común de la sociedad.

Consciente de la evolución en la cultura y la sociedad, el Concilio Vaticano II propuso una fundamentación antropológica renovada de la libertad religiosa. Los Padres Conciliares afirmaron de que todas las personas son “están impulsados por su misma naturaleza y están obligados además moralmente a buscar la verdad, sobre todo la que se refiere a la religión" (Dignitatis Humanae, 2). La verdad nos hace libres (cf. Jn 8,32), y esta misma verdad debe descubrirse y asumirse libremente. El Concilio fue cuidadoso al aclarar que esta libertad es un derecho del que cada persona goza naturalmente, y que, por lo tanto, también debe ser protegido y fomentado por la legislación civil.

Por supuesto, cada Estado tiene el derecho soberano de promulgar su propia legislación y de expresar las diferentes actitudes hacia la religión en la ley. Por ello, hay algunos Estados que permiten una amplia libertad religiosa según nuestra comprensión de la palabra, mientras que otros la restringen por varias razones, entre ellas la desconfianza hacia la propia religión. La Santa Sede sigue apelando por el reconocimiento del derecho humano fundamental a la libertad religiosa por parte de todos los Estados, y les insta a respetar, y si fuese necesario, proteger a las minorías religiosas que, aunque ligadas por una fe diferente de la mayoría en torno a ellas, aspiran a vivir con sus conciudadanos con toda tranquilidad y participar plenamente en la vida civil y política de la nación, en beneficio de todos.

Por último, permítame expresar mi sincera esperanza de que vuestras experiencias en los campos del derecho, de las ciencias políticas, de la sociología y de la economía se darán cita estos días para aportar nuevos puntos de vista sobre esta importante cuestión y así traiga mucho fruto ahora y en el futuro. Durante este tiempo santo, invoco sobre vosotros la abundancia de alegría y paz de la Pascua, y le imparto a usted, a monseñor Sánchez Sorondo y a todos los miembros de la Academia mi Bendición Apostólica.  

En el Vaticano, a 29 de abril de 2011

BENEDICTUS PP. XVI

[Traducción del original inglés por Inma Álvarez


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ZENIT  nos ofrece la catequesis que el Papa Benedicto XVI ofreció el miércoles 4 de Mayo de 2011 durante la Audiencia General, celebrada en la Plaza de San Pedro.

Queridos hermanos y hermanas,

hoy quisiera iniciar una nueva serie de catequesis. Tras las catequesis sobre los Padres de la Iglesia, sobre los grandes teólogos de la Edad Media, sobre las grandes mujeres, quisiera elegir ahora un tema muy importante para todos nosotros: es el tema de la oración, de manera específica la cristiana, es decir, la oración que nos enseñó Jesús y que sigue enseñándonos la Iglesia. Es en Jesús, de hecho, donde el hombre se capacita para acercarse a Dios, con la profundidad y la intimidad de la relación de paternidad y de filiación. Junto a los primeros discípulos, con humilde confianza nos dirigimos ahora al Maestro y Le pedimos: “Señor, enséñanos a orar” (Lc 11,1).

En las próximas catequesis, acercándonos a la Sagrada Escritura, a la gran tradición de los Padres de la Iglesia, a los Maestros de espiritualidad, a la Liturgia, queremos aprender a vivir aún más intensamente nuestra relación con el Señor, casi una “Escuela de Oración”. Sabemos bien que, de hecho, la oración no se da por descontado: es necesario aprender a rezar, casi adquiriendo de nuevo este arte; incluso los que están muy avanzados en la vida espiritual sienten siempre la necesidad de entrar en la escuela de Jesús para aprender a rezar con autenticidad. Recibimos la primera lección del Señor a través de Su ejemplo. Los Evangelios nos describen a Jesús en diálogo íntimo y constante con el Padre: es una comunión profunda de aquel que ha venido al mundo, no para hacer su voluntad, sino la del Padre que lo ha enviado para la salvación del hombre.

En esta primera catequesis, como introducción, querría proponer algunos ejemplos de oración presentes en las culturas antiguas, para revelar como, prácticamente siempre y en todas partes se han dirigido a Dios.

En el antiguo Egipto, por ejemplo, un hombre ciego, pidiendo a la divinidad que se le restituyese la vista, demuestra algo universalmente humano, como la pura y simple oración de petición de quien se encuentra en el sufrimiento. Este hombre reza: “Mi corazón desea verte... Tú que me has hecho ver las tinieblas, crea la luz para mí. ¡Que yo te vea! Inclina hacia mí tu rostro amado” (…) (A. Barucq – F. Daumas, Hymnes et prières de l’Egypte ancienne, Paris 1980, trad. it. en Preghiere dell’umanità, Brescia 1993, p. 30).

En las religiones de Mesopotamia dominaba un sentido de culpa arcano y paralizador, no falto de la esperanza de la redención y liberación por parte de Dios. Podemos apreciar así, esta súplica de parte de un creyente de aquellos antiguos cultos: “Oh Dios que eres indulgente incluso con las culpas más graves, absuelve mi pecado... Mira Señor a tu siervo agotado, y sopla tu brisa sobre él: sin demora perdónale. Levanta tu severo castigo. Disueltos estos lazos, permite que yo vuelva a respirar; rompe mis cadenas, libérame de mis ataduras” (M.-J. Seux, Hymnes et prières aux Dieux de Babylone et d’Assyrie, Paris 1976, trad. it. in Preghiere dell’umanità, op. cit., p. 37). Son expresiones que demuestran como el hombre, en su búsqueda de Dios, ha intuido, aunque confusamente, su culpa por una parte y también aspectos de misericordia y de bondad divinas. Dentro de la religión pagana de la Antigua Grecia, se asiste a una evolución muy significativa: las oraciones, aunque continúan invocando la ayuda divina para obtener el favor celestial en todas las circunstancias de la vida cotidiana y para conseguir beneficios materiales, se dirigen progresivamente a peticiones más desinteresadas, que consienten al hombre creyente, profundizar en su relación con Dios y mejorar. Por ejemplo, el gran filósofo Platón relata una oración de su maestro Sócrates, considerado justamente uno de los fundadores del pensamiento occidental. Oraba así Sócrates: “Haced que yo sea hermoso por dentro. Que yo considere rico a quien es sabio, y que posea de dinero sólo cuanto pueda tomar y llevar el sabio. No pido más” (Obras I. Fedro 279c, trad. it. P. Pucci, Bari 1966). Querría ser sobre todo hermoso por dentro y sabio, no rico en dinero.

En aquellas obras maestras de la literatura de todos los tiempos que son las tragedias griegas, todavía hoy, después de veinticinco siglos, leídas, meditadas y representadas, contiene oraciones que expresan el deseo de conocer a Dios y de adorar su majestad. Una de estas recita así: “Sostén de la tierra, que sobre la tierra tienes tu sede, seas quien seas, es difícil saberlo, Zeus, sea tu ley por naturaleza o por pensamiento de los mortales, a ti me dirijo: ya que tú, procediendo por caminos silenciosos, guías las vicisitudes humanas según justicia" (Eurípides, Troiane, 884-886, trad. it. G. Mancini, en Preghiere dell’umanità, op. Cit., p. 54). Dios siguen siendo un poco nebuloso y sin embargo el hombre conoce a este Dios desconocido y reza a aquel que guía los caminos de la tierra.

También los romanos, que constituyeron aquel gran imperio en el que nació y se difundió, en gran parte, el Cristianismo de los orígenes, la oración, aunque se asociaba a una concepción utilitaria y fundamentalmente ligada a la petición de la protección divina sobre la comunidad civil, se abre a veces, a invocaciones admirables por el fervor de la piedad personal, que se transforma en alabanza y agradecimiento. De esto es testigo un autor de la África romana del siglo II después de Cristo, Apuleyo. En sus escritos manifiesta la insatisfacción de sus contemporáneos hacia la religión tradicional y el deseo de una relación más auténtica con Dios. En su obra maestra, titulada Las metamorfosis, un creyente se dirige a una divinidad femenina con estas palabras: "Tú sí que eres santa, tú eres en todo tiempo salvadora de la especie humana, tú, en tu generosidad, ofrecer siempre auxilio a los mortales, tú ofreces a los miserables en aprietos el dulce afecto que puede tener una madre. Ni día ni noche ni momento alguno, por breve que sea, pasa sin que tú lo colmes de tus beneficios" (Apuleyo de Madaura, Metamorfosis IX, 25, trad. it. C. Annaratone, en Preghiere dell’umanità, op. cit., p. 79).

En el mismo periodo, el emperador Marco Aurelio -que también era un filósofo que pensaba en la condición humana- afirma la necesidad de rezar para establecer una cooperación fructífera entre acción divina y acción humana. Escribe en sus Recuerdos: “¿Quién te ha dicho que los dioses no nos ayuden también en lo que depende de nosotros? Comienza a rezarles y verás” (Dictionnaire de Spiritualitè XII/2, col. 2213). Este consejo del emperador filósofo fue, efectivamente, puesto en práctica por innumerables generaciones de hombres antes de Cristo, demostrando que la vida humana sin la oración, que abre nuestra existencia al misterio de Dios, se queda sin sentido y privada de referencias. En toda oración, de hecho, se expresa siempre la verdad de la criatura humana, que experimenta por una parte debilidad e indigencia, y por esto, pide ayuda al Cielo, y por la otra está dotada de una dignidad extraordinaria, porque se prepara a acoger la Revelación divina, se descubre capaz de entrar en comunión con Dios.

Queridos amigos, en estos ejemplos de oración de las distintas épocas y civilizaciones, surge la conciencia del ser humano de su condición de criatura y de su dependencia de Otro, que es superior a él y fuente de todo bien. El hombre de todos los tiempos reza porque no puede hacer otra cosa que preguntarse cual es el sentido de su existencia, que permanece oscuro y descorazonador, si no se pone en relación con el misterio de Dios y de su diseño sobre el mundo. La vida humana es una mezcla del bien y del mal, de sufrimiento inmerecido y de la alegría y belleza, que espontánea e irresistiblemente nos empuja a pedir a Dios la luz y la fuerza interior que nos socorra en la tierra y se abra a una esperanza que va más allá de los confines de la muerte. Las religiones paganas siguen siendo una invocación que desde la tierra espera una palabra del Cielo. Uno de los últimso grandes filósofos paganos, que vivió ya en plena época cristiana, Proclo de Costantinopla, da voz a esta espera, diciendo: “Incognoscible, nadie te contiene. Todo lo que pensamos te pertenece. Son tuyos nuestros males y nuestros bienes, de ti cada hálito nuestro depende, oh Inefable, que nuestras almas sienten presente, elevándote un himno de silencio" (Hymni, ed. E. Vogt, Wiesbaden 1957, en Preghiere dell’umanità, op. cit., p. 61).

En los ejemplos de oración de las distintas culturas, que hemos considerado, podemos ver un testimonio de la dimensión religiosa y del deseo de Dios inscrito en el corazón de todo hombre, que se realiza completamente y llega a su plena expresión en el Antiguo y Nuevo Testamento. La Revelación, de hecho, purifica y lleva a su plenitud el original anhelo del hombre de Dios, ofreciéndole, en la oración, la posibilidad de una relación más profunda con el Padre celeste.

En el inicio de nuestro camino en la Escuela de Oración, queremos ahora pedir al Señor que ilumine nuestra mente y nuestro corazón, para que la relación con Él en la oración sea siempre más intensa, con un afecto constante. Y de nuevo Le decimos: “Señor, enséñanos a orar” (Lc 11,1). ¡Gracias!

[En español dijo]

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los formadores y alumnos del Seminario Menor de la Asunción de Santiago de Compostela y a los demás grupos provenientes de España, México y otros países latinoamericanos. Os invito a que experimentando el anhelo de Dios que está en el interior del hombre, pidáis al Señor que ilumine vuestros corazones para que vuestra relación con Él en la oración sea cada vez más intensa. Muchas gracias.

[En italiano dijo]

Deseo dirigirme finalmente, como es habitual, a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados. Ha comenzado desde hace poco el mes de mayo, que en muchas partes del mundo, el pueblo cristiano dedica a la Virgen. Queridos jóvenes, entrad todos los días en las escuela de María Santísima para aprender de Ella a cumplir la voluntad de Dios. Contemplando a la Madre de Cristo crucificado, vosotros, queridos enfermos, sabed acoger el valor salvífico de todo sufrimiento vivido junto a Jesús. Y vosotros, queridos recién casados, invocad su protección materna, para que en vuestra familia reine siempre el clima de la casa de Nazaret.

[Traducción del original italiano por Carmen Álvarez
©Libreria Editrice Vaticana] 


Publicado por verdenaranja @ 21:43  | Habla el Papa
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Lectio divina para la martes de la sexta semana de Pascua 2011, ofrecida por la Delegación Diocesana de Liturgia de la diócesis de Tenerife.

LECTURA:               ”Juan 16, 5‑11”

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Ahora me voy al que me envió, y ninguno de vosotros me pregunta: "¿Adónde vas?" Sino que, por haberos dicho esto, la tristeza os ha llenado el corazón. Sin embargo, lo que os digo es la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Defensor. En cambio, si me voy, os lo enviaré.

Y cuando venga, dejará convicto al mundo con la prueba de un pecado, de una justicia, de una condena. De un pecado, porque no creen en mí; de una justicia, porque me voy al Padre, y no me veréis; de una condena, porque el Príncipe de este mundo está condenado.»

MEDITACIÓN:              “Y cuando venga”

            No es un tema del que solamos hablar mucho, tal vez porque lo veamos distante, o porque se nos escapa esa realidad en el modo, en la forma en que podemos entender esa realidad. Pero más allá de la forma, que se nos puede escapar, está la verdad del mensaje: habrá un fin, y ese fin manifestará la consumación de la creación en ti. La victoria del amor.

            Tal vez no nos preocupa demasiado porque además de escapársenos su realización, la sentimos distante. Nos pilla más cerca nuestra confrontación personal y cercana en el momento de nuestro paso a la otra orilla, al menos para los que creemos en ella.

            Pero creo que más allá de esa realidad personal, resulta un mensaje esperanzador creer que estamos llamados a experimentar la totalidad de una creación nueva, en la que ya no haya dos mundos, el de los de aquí y el de los de allí, sino una nueva realidad para todos. Tal vez nos parece ten increíble que eso pueda darse en la realidad, dada la experiencia que tenemos de nosotros y de nuestro mundo, que eso mismo sea lo que nos la haga más distante y, puede ser que, hasta ficticia.

            Pero, gracias. Gracias, Señor, porque es un anuncio de esperanza. Porque es, de alguna manera, la respuesta a los mejores anhelos que llevamos dentro y que vivimos de manera frustrada en nuestro aquí. Que este anuncio sea un estímulo para colaborar en mi hoy a hacerlo realidad porque, al fin y al cabo, no será sino una continuación, una culminación, de nuestro trabajo por sembrar, a pesar de nuestras contradicciones, amor y paz.        

ORACIÓN:              “Envíanos tu Espíritu”

            Envíanos tu Espíritu, Señor, para que sea la fuerza añadida a nuestra debilidad.

            Envíanos tu Espíritu que derrame en nosotros la corriente de tu amor y haga nuestro corazón más humano.

            Señor, envíanos tu Espíritu, que nos de la ilusión y el coraje que necesitamos para ser hoy testigos de tu presencia.   

CONTEMPLACIÓN:            “Tu Espíritu”

Irrumpe la soledad

 y la tristeza en mi corazón,

aún cuando sé que tú estás

y caminas a mi lado.

Me pesan mis vacíos

 y mis etéreas saciedades.

Y en tu empeño divino

de amarme,

siembras el aliento de tu Espíritu

en mis entrañas.

Y desde ahí me gimes

con ternura,

y me empujas,

con fuerza y con dulzura

hacia ti.


Publicado por verdenaranja @ 21:26  | Liturgia
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domingo, 29 de mayo de 2011

Reflexión de monseñor Mons. Pedro Daniel Martínez, obispo de San Luis. (29 de abril de 2010). (AICA)

RESURRECCIÓN         

La Semana Santa finaliza con el hecho más portentoso de la historia de la humanidad: la Resurrección del Señor. Esto es ocasión de hacerles llegar mi deseo de que la Pascua de Resurrección les otorgue abundantes gracias y bendiciones.  Tan importante es el Misterio que celebramos que “si Cristo no resucitó, vana es nuestra Fe”. En efecto, sin resurrección toda vida termina con la muerte.

En general en el mundo se vive como si todo terminara con la muerte. Se enseña a gozar aquello que ofrece cada día sin limitaciones. Si todo terminara con la muerte, no tendría sentido el esfuerzo personal ni la superación moral.  San Pablo les decía a sus fieles que si fuera así, si no hubiera vida eterna, se viviría según la máxima de los paganos: “comamos y bebamos, total mañana moriremos”. Por el contrario, Dios nos ha revelado y lo profesamos en el Credo que existe la vida eterna, que después de la muerte está la eternidad: “Creo en la resurrección de los muertos y en la vida eterna”.

Por ello, el Misterio de la Resurrección de Cristo nos invita a vivir en este mundo de un modo nuevo. Es decir, asumiendo nuestros quehaceres cotidianos pero sabiendo que la “figura de este mundo pasa” ya que es sólo un caminar hacia la vida eterna y definitiva.

No tengamos miedo ante las dificultades que se nos puedan presentar.  Recordemos que los mismos apóstoles que vivieron con miedo la Pasión fueron testigos de algo portentoso: la Resurrección de Cristo. Estuvieron tan seguros de este hecho sobre-natural que prefirieron morir, antes que  negar lo que vieron.  Hoy mismo, muchos cristianos padecen persecución y también ellos prefieren morir antes que traicionar su fe.  Fe que se ha mantenido incorrupta, en la Iglesia católica, a lo largo de dos mil años, a pesar de las debilidades de los cristianos y hasta de sus propios ministros.

La Resurrección afirma que la muerte no es el fin sino el comienzo. Desde la encarnación del Hijo de Dios, hasta su gloriosa ascensión a los cielos, todo es sobre-natural. La Resurrección de Cristo es la victoria sobre la muerte: Su victoria es nuestra victoria. “Dónde está muerte tu victoria, dónde tu aguijón” (1 Cor 15, 55).  La Resurrección nos llena de alegría y nos inunda de esperanza, pues implica nuestra victoria frente al más temible enemigo: la muerte (la propia y la de las personas que amamos).

Esta celebración tiene la mayor trascendencia porque todo lo sobre-natural en que creemos, se afirma en la Resurrección del Señor quien nos dice: “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en Mí, aunque haya muerto, vivirá” (Jn 11,25). Vivamos en este mundo, pero no según los criterios de este mundo.  Estamos en ese mundo, pero no somos de este mundo.

Que la felicidad sobre-natural que fluye cada año de esta Solemnidad de la Resurrección de Cristo nos estimule también a ser testigos de alegría en nuestros hogares y en un mundo tan lleno de tristezas e injusticias. Feliz Pascua! Que Dios me los bendiga a todos. (SDAM)  

Mons. Pedro Daniel Martínez, obispo de San Luis
San Luis, 29 de abril de 2011.  


Publicado por verdenaranja @ 23:54  | Hablan los obispos
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Lectio divina para el lunes de la sexta semana de Pascua 2011, ofrecida por la Delegación Diocesana de Litugia de la diócesis de Tenerife.

LECTURA       “Juan 15, 26‑16, 4ª”

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando venga el Defensor, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí; y también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo.

Os he hablado de esto, para que no tambaleéis. Os excomulgarán de la sinagoga; más aún, llegará incluso una hora cuando el que os dé muerte pensará que da culto a Dios. Y esto lo harán porque no han conocido ni al Padre ni a mí.

Os he hablado de esto para que, cuando llegue la hora, os acordéis de que yo os lo había dicho.»

MEDITACIÓN:             “El Espíritu de la verdad”

            Me parece muy importante que tengamos presente este anuncio que nos haces. Nos da un poco de miedo hoy hablar de la verdad, porque parece que hace referencia a posturas cerradas y recalcitrantes, que en nombre de una “supuesta verdad” asume posturas agresivas, totalizantes, cerradas, violentas, condenatorias.

            Y no, no es eso lo que está en tu pensamiento. Si hubiese sido eso, tú mismo hubieses sido violento y tú no quitaste la vida a nadie, sino que la diste. Tú verdad no es otra que la del amor. El Espíritu de la verdad que nos envías es tu Espíritu de amor, por eso da testimonio de ti que has amado. Él ha sido tu fuerza para amar, para poner tu vida en juego, para hablar de vida que está llamada a brotar de todas las esquinas, y nos has hablado de alegría y de ser portadores de paz. Y todos esos valores no se pueden vivir desde el engaño, desde la superioridad, desde la imposición, sino desde la compasión, la misericordia, el perdón, la ternura, la justicia, la solidaridad, en una palabra, desde el amor. Y todo lo que viene de ahí, entra en la verdad, lo demás no.

            Señor, necesitamos abrirnos, sin miedo, a tu Espíritu de la verdad. Necesitamos potenciar un corazón puro, sencillo, auténtico. Un corazón que no manipule los valores y llame belleza a lo que no lo es, o amor a lo que no es, o vida a lo que no es. Nuestra capacidad para dar la vuelta a las cosas es poderosa, y de engañarnos a nosotros mismos, y de justificar lo injustificable. Ayúdame a abrirme sin miedo a este Espíritu que nos das.

ORACIÓN:             “Que dé testimonio”

            Señor, que dé testimonio de la bondad de tu verdad. Porque ella no se impone, sólo se ofrece.

            Que dé testimonio, Señor, con alegría, de que en mi vida tú sólo me abres a lo bueno. Potencias lo mejor de mí y me permites descubrir y no justificar mis errores.

            Ayúdame, Señor. Que dé testimonio del amor que derrochas en mí. Que mis gestos y mis palabras lo pongan de manifiesto.         

CONTEMPLACIÓN:             “Defensor”

Camino en medio

de muchas incertidumbres

que me hacen tambalear.

Sé y siento que estás ahí,

a mi lado,

pero no soy capaz de evitar

mis cansancios y miedos.

Pero estás,

y sólo saberlo

me ofrece la paz

y la fuerza que necesito.

Eres mi Defensor

en lo profundo de mi alma,

y así eres fuerza que arranca

de mis entrañas profundas,

remanso de paz

en el que desembocan

mis inquietudes y mis deseos.

 


Publicado por verdenaranja @ 18:10  | Liturgia
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sábado, 28 de mayo de 2011

Lectio divina para el domingo sexto de Pascua - A, ofrecida por la Delegación Diocesana de Liturgia de la diócesis de Tenerife.

LECTURA:                 “Juan 14, 15‑21”

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Yo le pediré al Padre que os dé otro Defensor que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis porque vive con vosotros y está con vosotros.

No os dejaré desamparados, volveré. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis, y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy con mi Padre, vosotros conmigo y yo con vosotros. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése me ama; al que me ama, lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él.

MEDITACIÓN:            “Yo estoy con vosotros” 

            Ésta es la afirmación más importante que nos puedes decir y es la que necesito escuchar. No, no te pido que me digas más, ni que ése estar suponga que ya no hay problemas, ni dolores, ni tristezas en mi vida, no. Me sé criatura, formando parte de una realidad condicionada y limitada y, por lo tanto, supeditada a la precariedad, al dolor, a la muerte. Pero, al mismo tiempo, inmerso en un mundo maravilloso, que nosotros, eso sí, nos estamos encargando de deteriorar a pasos agigantados; en medio de un mundo hermoso que cada vez facilita el que nos sintamos más familia, pero que estamos haciendo que sea familia enfrentada y con más signos de violencia; en un mundo de iguales, pero que cada vez suscita más desigualdades; en un mundo que proclamamos libre, pero donde no somos capaces de respetarnos y crear juntos desde las diferencias, que empleamos para enfrentarnos en lugar de para enriquecernos.

            Nuestro mundo está cargado de posibilidades, de potencialidades, para construir y para destruir, y tú, que fuiste víctima de todas esas fuerzas oscuras, nos sigues invitando a aportar luz, a construir vida, y lo haces desde dentro, no desde fuera. Tú estás con nosotros, vives con nosotros y en nosotros. Nos amas y nos has revelado todo tu proyecto de amor que nos abre a la potencialidad de nuestra esperanza y de nuestro amor.

            Gracias, porque estás aquí. Gracias porque tu Espíritu es la garantía de tu estar con nosotros. Desde él recibimos tu empuje, tu cercanía, tu fuerza, tu presencia, tu amor. Gracias, Señor. Sigue ahí, a nuestro lado. Porque tú eres la garantía de nuestra salvación.

ORACIÓN:              “No me dejes”

            No me dejes, Señor, caer en la desesperanza, mantén vivos mis sueños de un mundo y de un hombre cada vez más humano.

            No me dejes, Señor, a pesar de mis frivolidades; a pesar de que en muchas ocasiones no estoy a la altura de tu amor.

            No me dejes, Señor, en medio de las dificultades, de las incertidumbres que nosotros mismos hemos creado. Que la certeza de tu presencia sea mi apoyo y mi fortaleza.

CONTEMPLACIÓN:              “Estás”

Estás y me amas,
Son palabras que como un grito
y como un susurro,
me estremecen.

Y sólo deseo,
que ellas,
modelen mi corazón
al tuyo.

Que contigo, Señor,
también yo,
esté y ame.


Publicado por verdenaranja @ 23:01  | Liturgia
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ZENIT  nos ofrece el discurso que el Papa Benedicto XVI dirigió a los miembros de la Asamblea de Emisoras de Radio de la European Broadcasting Union, a quienes recibió en audiencia el sábado 30 de abril de 2011, horas antes de la beatificación de Juan Pablo II.

Queridos amigos,

estoy muy contento de daros la bienvenida a todos vosotros, miembros y participantes en la 17° Radio Assembly de la European Broadcasting Union, que este año hospeda Radio Vaticano, con ocasión del 80 aniversario de su fundación. Saludo al arzobispo Claudio Maria Celli, presidente del Consejo Pontificio para las Comunicaciones Sociales. Doy las gracias al presidente de la European Broadcasting Union, Jean Paul Philippot, y al padre Federico Lombardi, director general de Radio Vaticano, por las corteses palabras con las que han ilustrado la naturaleza de vuestro encuentro y los problemas que tenéis que afrontar.

Cuando mi predecesor Pío XI se dirigió a Guglielmo Marconi para que dotase al Estado de la Ciudad del Vaticano de una emisora de radio a la altura de la mejor tecnología disponible en aquel tiempo, demostró haber intuido con agudeza en qué dirección se estaba desarrollando el mundo de las comunicaciones, y qué potencialidades podía ofrecer la radio para el servicio de la misión de la Iglesia. Efectivamente, a través de la radio, los Papas pudieron transmitir más allá de las fronteras mensajes de gran importancia para la humanidad, como los justamente famosos de Pío Xii durante la segunda guerra mundial, que dieron voz a las aspiraciones más profundas hacia la justicia y la paz, o como el de Juan XXIII en el momento culminante de la crisis entre Estados Unidos y la Unión Soviética en 1962. También a través de la radio, Pío XII pudo hacer difundir centenares de miles de mensajes de las familias para los prisioneros y desplazados durante la guerra, llevando a cabo una obra humanitaria que le ganó gratitud imperecedera. A través de la radio, además, se apoyaron durante mucho tiempo las esperanzas de creyentes y pueblos sometidos a regímenes opresores de los derechos humanos y de la libertad religiosa. La Santa Sede es consciente de las extraordinarias potencialidades que tiene el mundo de la comunicación para el progreso y el crecimiento de las personas y de la sociedad. Se puede decir que toda la enseñanza de la Iglesia sobre este sectos, a partir de los discursos de Pío XII, pasando a través de los documentos del Concilio Vaticano II, hasta mis más recientes mensajes sobre las nuevas tecnologías digitales, está atravesado por una vena de optimismo, de esperanza y de simpatía sincera verso hacia aquellos que trabajan en este campo para favorecer el encuentro y el diálogo, servir a la comunidad humana, contribuir al crecimiento pacífico de la sociedad.

Naturalmente, cada uno de vosotros sabe que también en el desarrollo de las comunicaciones sociales se esconden dificultades y riesgos. Permitidme por ello que os manifieste a todos mi interés y mi solidaridad en la importante obra que lleváis a cabo. En las sociedades actuales están en juevo valores básicos para el bien de la humanidad, y la opinión pública, en cuya formación vuestro trabajo tiene tanta importancia, se encuentra a menudo desorientada y dividida. Vosotros sabéis bién qué preocupaciones nutre la Iglesia católica a propósito del respeto de la vida humana, de la defensa de la familia, del reconocimiento de los auténticos derechos y de las justas aspiraciones de los pueblos, de los desequilibrios que causan subdesarrollo y hambre en muchas partes del mundo, de la acogida de inmigrantes, del paro y de la seguridad social, de las nuevas pobrezas y marginaciones sociales, de las discriminaciones y de las violaciones de la libertad religiosa, del desarme y de la búsqueda de solución pacífica de los conflictos. A muchas de estas cuestiones hice referencia en la Encíclica Caritas in veritate. Alimentar cada día una información correcta y equilibrada y un debate profundo para encontrar las mejores soluciones compartidas sobre estas cuestiones en una sociedad pluralista, es tarea tanto de las radios como de las televisiones. Es un deber que requiere alta honradez profesional, corrección y respeto, apertura a las perspectivas distintas, claridad al afrontar los problemas, libertad ante las barreras ideológicas, conciencia de la complejidad de los problemas. Se trata de una búsqueda paciente de esa “verdad cotidiana” que mejor traduce los valores en la vida y mejor orienta el camino de la sociedad, que debe buscarse al mismo tiempo con humildad.

En esta búsqueda, la Iglesia católica tiene una contribución específica que dar, y quiere darla dando testimonio de su adhesión a la verdad que es Cristo, pero al mismo tiempo con apertura y espíritu de diálogo. Como afirmé en el encuentro con los cualificados representantes del mundo político y cultural británico en la Westminster Hall de Londres el pasado septiembre, la religión no quiere actuar con prepotencia hacia los no creyentes, sino ayudar a la razón al descubrimiento de los principios morales objetivos. La religión contribuye a “purificar” la razón, ayudándola a no caer en distorsiones, como la manipulación por parte de la ideología, o la aplicación parcial que no tenga plenamente en cuenta la dignidad de la persona humana. Al mismo tiempo, también la religión reconoce tener necesidad del correctivo de la razón para evitar los excesos, como el integrismo o el sectarismo. "La religión no es un problema, sino un factor que contribuye de modo vital al debate público en la nación". Os invito por ello también a vosotros, “en el ámbito de vuestras esferas de influencia, a intentar promover y alentar el diálogo entre fe y razón” en la perspectiva del servicio al bien común nacional.

El vuestro es un “servicio público”, servicio a la gente, para ayudarla cada día a conocer y comprender mejor lo que sucede y por qué sucede, y a comunicar activamente para participar en el camino común de la sociedad. Sé bien que este servicio encuentra dificultades, con diferentes aspectos y proporciones en los diversos países. Pueden ser el desafío de la competencia por parte de las emisoras comerciales; el condicionamiento de una política vivida como reparto del poder en lugar de como servicio al bien común; la escasez de recursos económicos acentuada por situaciones de crisis; el impacto de los desarrollos de las nuevas tecnologías de comunicación; la búsqueda afanosa de la audiencia. Pero son demasiado grandes y urgentes los desafíos del mundo actual de los que debéis ocuparos, como para dejaros desanimar y rendiros ante estas dificultades.

Hace veinte años, en 1991, cuando el Venerable Juan Pablo II, a quien mañana tendré la alegría de proclamar Beato, recibía a vuestra Asamblea general en el Vaticano, os animaba a desarrollar vuestra mutua colaboración, para favorecer el crecimiento de la comunidad de los pueblos del mundo. Hoy, pienso en los procesos en curso en países del Mediterráneo y en el Oriente Próximo, varios de los cuales son también miembros de vuestra Asociación. Sabemos que las nuevas formas de comunicación han tenido y tienen un papel no secundario en estos procesos. Os auguro que sepáis poner vuestros contactos internacionales y vuestras actividades al servicio de una reflexión y de un compromiso para que los instrumentos de las comunicaciones sociales sirvan al diálogo, a la paz y al desarrollo solidario de los pueblos, superando las distancias culturales, las desconfianzas o los miedos.

Finalmente, queridos amigos, mientras os deseo a todos vosotros y a vuestra Asociación un fecundo trabajo, deseo expresar de nuevo mi gratitud por la colaboración concreta que en muchas ocasiones habéis dado y dais a mi ministerio, como en las grandes celebraciones de Navidad y de la Pascua, o con ocasión de mis viajes. También para mí y para la Iglesia católica sois por tanto aliados y amigos importantes en nuestra misión. En este espíritu me alegro de invocar sobre todos vosotros, sobre vuestros seres queridos y sobre vuestro trabajo la Bendición del Señor.

[Traducción de la versión italiana por Inma Álvarez
©Libreria Editrice Vaticana]


Publicado por verdenaranja @ 22:55  | Habla el Papa
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Homilía de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata, con ocasión de la beatificación del Siervo de Dios Juan Pablo II (Iglesia catedral, 1 de mayo de 2011). (AICA)

JUAN PABLO II, EL GRANDE            

Hoy es el día octavo de la Pascua. La resurrección del Señor fue vivida por los discípulos de manera siempre nueva en cada una de las apariciones del Resucitado. Desde muy antiguo, la semana que seguía al domingo de Pascua prolongaba el gozo de la Iglesia, que en esos días instruía a los neófitos, bautizados en la santa vigilia, sobre los misterios en los cuales habían sido iniciados. Era esa la semana in albis, porque los nuevos miembros de la Iglesia llevaban las túnicas blancas con las que habían sido revestidos al salir del baño bautismal. La octava de Pascua es algo así como la continuidad de un único día, que se extenderá todavía, abarcando una cincuentena, hasta la solemnidad de Pentecostés. Decía ya San Ambrosio en el siglo IV que los cincuenta días son festejados como la Pascua, y son como un único domingo.

Desde hace algunos años, al título de este segundo Domingo de Pascua –o Domingo de la octava de Pascua– se le ha añadido la denominación de la Divina Misericordia. La razón es que en la muerte y resurrección del Hijo de Dios, en su misterio pascual, se revela plenamente la bondad y ternura del Señor, su misericordia, que se extiende de generación en generación abriendo a los hombres el acceso a la vida eterna. La Iglesia profesa y proclama la misericordia divina, la recibe como el don más precioso, la experimenta y se empeña en practicarla; recurre constantemente a la misericordia de Dios, en especial ante las múltiples formas del mal que pesan sobre la humanidad.

El 2 de abril de 2005, día de la muerte de Juan Pablo II, era la víspera del Domingo de la Divina Misericordia; resulta particularmente significativo que se haya elegido la fecha de hoy, en coincidencia con la misma conmemoración litúrgica, para su beatificación. El itinerario canónico prescrito para el reconocimiento de la vida ejemplar de un cristiano se inició rápidamente en el caso del gran pontífice porque de inmediato se manifestó su fama de santidad. En todo caso es este un requisito fundamental para encaminar un proceso de beatificación: la opinión generalizada entre los fieles sobre la integridad de vida y sobre la práctica continua de las virtudes cristianas en un grado superior al común, de tal manera que la persona así considerada suscita admiración, como ejemplo a imitar. Más todavía, los fieles se encomiendan espontáneamente a su intercesión, visitan su sepultura, difunden los hechos salientes de su vida y muchas veces experimentan gracias, favores celestiales y auténticos milagros que constituyen la respuesta y el sello con que Dios confirma la santidad de sus servidores. Sin embargo, esa fama de santidad debe ser examinada y evaluada positivamente por la Iglesia a través de un proceso mediante el cual debe constar la heroicidad de las virtudes del siervo de Dios y la autenticidad de los milagros atribuidos a su intercesión. Cumplido puntualmente ese procedimiento, hoy la Iglesia ha ratificado, respecto de Juan Pablo II, lo que percibió el sentido de la fe del pueblo de Dios.

Lo que hoy se afirma, ante todo, de Karol Wojtyła, es su condición, su cualidad de hombre de Dios. Un rasgo que han podido intuir las muchedumbres en los masivos encuentros durante los viajes apostólicos, pero que se hacía especialmente evidente para quienes podían tratarlo más de cerca. Transmitía, en efecto, la impresión de vivir en continua unión con el Señor; era impresionante, por ejemplo, ver al Papa rezar. Abundan los testimonios al respecto, de un modo particular acerca de su adoración eucarística y de su devoción mariana. Era un contemplativo, pero también un hombre de acción; de su intimidad con Dios brotaba la fortaleza apostólica. Esta dimensión sobrenatural de su vida se fue aquilatando, seguramente, con el paso del tiempo al compás de una progresiva maduración: desde los años de su juvenil ministerio sacerdotal, en dos décadas de episcopado en Polonia y en su extenso pontificado romano y universal.

La personalidad espiritual de ese gran hombre de fe que fue Karol Wojtyła inspiró el propósito pastoral de su ministerio petrino: hacer de la fe una experiencia de vida, o dicho de otro modo, orientar a los fieles y a las comunidades eclesiales y animarlos a lograr una asimilación subjetiva de la fe. Pensemos en la subjetividad de las personas –pero también en la subjetividad de las sociedades. Para Juan Pablo II, tal como él mismo lo ha enseñado repetidamente, la fe no arraiga del todo en un pueblo si no se hace cultura.

En el comienzo de su pontificado arreciaba fieramente la crisis posconciliar: crisis de fe, de verdad, de identidad católica, con sus consecuencias necesarias de decadencia de la vitalidad de la Iglesia, de apostasía inmanente y esterilidad pastoral. En la enseñanza del Papa polaco cobró nuevo brillo la expresión del contenido fundante del anuncio cristiano: Cristo, Redentor del hombre que ilumina el destino de la humanidad, el amor misericordioso del Padre ofrecido a un mundo necesitado de perdón y reconciliación, la presencia y la acción del Espíritu Santo en la vida de la Iglesia y en la historia de los hombres. En las décadas de 1980 y 1990 se lleva adelante una obra de recuperación doctrinal y de corrección de numerosos errores teológicos en materia dogmática y moral, sobre todo mediante las intervenciones de la Congregación para la Doctrina de la Fe, presidida por el entonces Cardenal Ratzinger, estrecho colaborador del pontífice. La publicación del Catecismo de la Iglesia Católica proporcionó a los pastores de la Iglesia un texto de referencia seguro y auténtico para la enseñanza de la doctrina y a los fieles un instrumento para conocer mejor las riquezas insondables de la revelación divina. Un componente neurálgico de la crisis era la erosión de la identidad sacerdotal, ámbito en el cual se manifestaba crudamente la mundanización de la Iglesia y la pérdida del sentido de lo sagrado; las cartas que todos los años Juan Pablo II dirigía a los sacerdotes con ocasión del Jueves Santo, así como muchos discursos y otros documentos solemnes sobre el tema constituyeron un cuerpo de teología y espiritualidad del ministerio sacerdotal del valor insustituible para la formación permanente del clero. Algo semejante podemos reconocer respecto de la formación y compromiso apostólico de los fieles laicos, los aportes originalísimos sobre la teología del amor conyugal, la defensa de la santidad del matrimonio y la familia, la afirmación del derecho a la vida desde la concepción hasta la muerte natural, la luminosa enseñanza sobre la objetividad y trascendencia de los valores morales.

Otro aspecto capital de la obra del nuevo beato ha sido la proyección del anuncio evangélico –del misterio de Dios Trino y de Cristo Redentor- y de la necesaria acción de los cristianos en el plexo de la vida social y política de los pueblos. Su aporte a la actualización de la doctrina social de la Iglesia nos ha ofrecido una visión completa del trabajo y de su valor humano y cristiano, una ilustración de la problemática del desarrollo incorporando las realidades económicas y sociales más recientes, la interpretación bien ponderada de la caída de los regímenes comunistas, sus causas y consecuencias, una crítica de la falsa alternativa vigente en las sociedades occidentales que abandonaron su referencia a las raíces cristianas. Siguiendo la huella abierta por los papas del siglo XX, Juan Pablo II iluminó con la luz del Evangelio las más diversas realidades humanas y los avances de la ciencia y la cultura; lo hizo con sus numerosos discursos y mensajes, pero sobre todo con ocasión de sus viajes apostólicos. La presencia de la Iglesia en los acontecimientos del mundo quedaba así personalizada en el pontífice, cercano a todos, que se comunicaba directamente con el pueblo cristiano y concitaba asimismo el respeto y la admiración de los no católicos. Su palabra transmitía verdades liberadoras para orientar al hombre de hoy hacia Cristo Redentor en quien se encuentra la garantía y el reaseguro de la auténtica humanidad. Esa palabra convencida, vibrante, llegaba al corazón, especialmente cuando se dirigía a los jóvenes, que e identificaban espontáneamente con él.

Hay que reconocer que el mundo secularizado experimentó una cierta fascinación por este gran pontífice, pero que su actitud fue ambivalente en lo que hace a la aceptación del mensaje que el Papa proclamaba. Se recibía con beneplácito la enseñanza referida a la justicia social, a la libertad política, a la paz mundial y sus condiciones de realización, pero se rechazaba el fundamento ético de esos valores y sobre todo la afirmación coherente de un humanismo pleno, referido al orden natural de la creación y a la ley de Dios. Esta afirmación ponía en evidencia el descarrío de la cultura moderna que exalta al hombre y su libertad pero lo mutila y degrada porque le escamotea la verdad, la verdad sobre le propio hombre y la verdad sobre Dios. En su encíclica Dives in misericordia escribió Juan Pablo II: Cuanto más se centre en el hombre la misión desarrollada por la Iglesia; cuanto más sea, por decirlo así, antropocéntrica, tanto más debe corroborarse y realizarse teocéntricamente, esto es, orientarse al Padre en Cristo Jesús. Mientras las diversas corrientes del pasado y del presente del pensamiento humano han sido y siguen siendo propensas a dividir, e incluso a contraponer el teocentrismo y el antropocentrismo, la Iglesia en cambio, siguiendo a Cristo, trate de unirlos en la historia del hombre de manera orgánica y profunda. En estas palabras se concentra una clave de su pensamiento y de su inspiración pastoral. Estas convicciones en él se hicieron vida, acción y plegaria: abrazaba con amor y ponía en el Corazón del Señor las necesidades del mundo entero, especialmente el sufrimiento de los pobres y de los crucificados por el dolor.

Hoy contemplamos a Juan Pablo II en la gloria de Cristo y nos confiamos a su intercesión. Él fue un gran misionero, que abrió nuevos caminos para la difusión del Evangelio en los areópagos del mundo contemporáneo. Su magisterio, su ejemplo personal en el heroico ejercicio del ministerio petrino y ahora su presencia celestial nos inspiran y animan para ofrecer a los hombres y mujeres de hoy un testimonio lúcido y valiente de Cristo Redentor. Su cercanía espiritual nos infunde confianza. Al concluir el gran jubileo decía el admirado y amado pontífice: No sabemos qué acontecimientos nos reservará el milenio que está comenzando, pero tenemos la certeza de que éste permanecerá firmemente en las manos de Cristo, el “Rey de Reyes y Señor de los Señores” (Ap. 19, 16) y precisamente celebrando su Pascua, no solo una vez al año sino cada domingo, la Iglesia seguirá indicando a cada generación lo que constituye el eje central de la historia, con el cual se relacionan el misterio del principio y del destino final del mundo (Novo millennio ineunte, 35). Hoy le pedimos que él nos consiga  perseverar en esa inalterable confianza y ser fieles al compromiso con el Señor que hemos ratificado en esta Pascua. ¡Beato Juan Pablo II, ruega por nosotros! 

Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata 


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ZENIT publica el comentario al Evangelio del sexto domingo de Pascua (Juan 14, 15-21), 29 de mayo, redactado por monseñor Jesús Sanz Montes, ofm arzobispo de Oviedo.

Evangelio del domingo: No una ley, sino seguir a una Persona

Tantas veces nos encontramos con una comprensión de la moral, de la forma de entender un comportamiento ante tantas cosas de la vida, como quien sigue el dictado de una normativa dada. Podría parecer que esto es también la ética cristiana: secundar nuestras reglas morales. De esto trata el evangelio de este domingo a propósito de los mandamientos. También nos mete en la cena última de Jesús con sus discípulos, en la que Él hará la gran síntesis de su revelación: el Padre amado, el Espíritu prome­tido, el amor hasta la entrega total como su manifestación suprema. Jesús propone un extraño modo de comprobar el amor verdadero hacia su Persona: guardar sus mandamientos, es decir, todo lo que su Palabra y su Persona han ido desvelando de tantas formas. No se trata de un “código de circulación” ética o religiosa, sino un modo nuevo e integral de vivir la existencia ante Dios, ante los demás, ante uno mismo.

       No nace de la curiosidad por lo que Él hizo y dijo. Muchos vieron y escucharon al Maestro en su andadura humana, y tantos de ellos no entendieron nada. Era necesario que este nuevo modo de vivir la existencia, naciera de lo Alto, del Espíritu, como explicará el mismo Jesús en otra noche de confidencias al inquieto Nicodemo. Por eso el Señor, tras haber dicho a los más suyos que amarle y guardar sus mandamientos es la fidelidad cristiana, les prometerá el envío de ese Espíritu. No hacemos una selección de sus enseñanzas en un cristianismo “a la carta”, en un cómodo “sírvase Ud. mismo” dentro del bazar religioso. Para entender a Jesús hay que amarle, pero sólo ama quien no censura ninguno de los factores que componen la vida y la palabra de la persona amada.

       Difícilmente se pueden contar como propias las cosas que no hemos experimentado ni saboreado. Quien hace así, no sólo no contagia nada, sino que siembra el aburrimiento. No contar un historia ajena y prestada, sino relatar lo que ha supuesto el paso de Dios por todos nuestros entresijos. Y esto es anunciar a Cristo. Y llenar de alegría el terruño que a diario pisan nuestros pies.

       El cristiano que anuncia a Jesús, más de demostrar a su Señor lo que sencillamente hace es mostrarle. Porque la razón de nuestra esperanza no es un discurso teórico de fría apologética, sino un anuncio sencillo y fuerte de lo que nos ha sucedido: la oscuridad, la indiferencia, la violencia, el pecado y la muerte, han sido desplazadas y arrancadas en nosotros por el paso liberador de la Pascua de Jesús en nuestra vida. Y esa liberación que nos ha sucedido a nosotros deseamos que suceda también absolutamente a todos. Los mandamientos cristianos son vivir la vida de Jesucristo por la fuerza del Espíritu de la Verdad. Predicamos a Cristo siendo testigos de la luz, de la misericordia, de la paz, de la gracia y de la vida que ha acontecido y acontece en nosotros tras el encuentro con Él. Él es nuestra regla y nuestra ley.


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Reflexión a las lecturas del domingo sexto de Pascua - A, ofrecida por el sacerdote don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DIA DEL SEÑOR".                        

ECOS DEL DIA DEL SEÑOR
Domingo 6º de Pascua A 

La marcha de Jesús, como ya sabemos, despierta en los discípulos una gran turbación. Era imposible para un israelita aceptar la idea de que el Mesías, en quien tenían puestas todas sus esperanzas, tuviera que “marcharse”…, tuviera que  padecer y morir en una cruz. ¿Cómo aquél que venía para vencer y reinar iba a ser derrotado de ese modo?

Jesús lo sabe y trata de “prepararles”. Lo ha hecho muchas veces a lo largo del tiempo. Ahora lo intensifica en la “Cena de despedida”: “En la Casa de mi Padre hay muchas estancias”. “Me voy a prepararos sitio…” “Volveré y os llevaré conmigo”. 

Lo hemos escuchado y contemplado el domingo pasado.

Y en el Evangelio de hoy dice el Señor: “Yo le pediré al Padre que os dé otro Defensor, el Espíritu de la Verdad…”

¡Qué título más hermoso! El Espíritu de la Verdad!

Por tanto, en la ausencia visible de Cristo, no van a quedar solos y desamparados, porque el Padre les va a enviar “otro Defensor” que esté siempre con ellos, el Espíritu de la Verdad… 

¡Es el Espíritu! ¡Por eso es tan fácil despistarse!

Nos dice el Libro de Los Hechos de los Apóstoles que, “mientras Apolo quedaba en Corinto, Pablo atravesó la meseta y llegó a Éfeso. Allí encontró a unos discípulos y les preguntó: ¿Recibisteis el Espíritu Santo al aceptar la fe? Contestaron: Ni siquiera hemos oído hablar de un Espíritu Santo”. (Hch 19, 1-2 ).

Aquí y en otros lugares de este Libro constatamos el interés que tenían los apóstoles por dar el Espíritu Santo. Y, por otro lado, ¿no podríamos decir que un gran número de cristianos se halla en nuestra época, en una situación parecida?: “Del Espíritu Santo no sabemos nada…”

Aunque también es verdad que en nuestro tiempo, en grandes sectores, ha ido creciendo más y más el conocimiento, la vivencia y la relación con Espíritu Santo… Y, tantas veces, de una forma  entusiasta y alegre.

Ya sabemos que la presencia y la acción del Espíritu Santo en la Iglesia es fundamental e imprescindible. Ya dice S. Pablo: “Nadie puede decir Jesús es Señor si no es bajo la acción del Espíritu Santo”. (1Co 12, 3).

Por algo Jesucristo ha querido garantizar la presencia y la acción de su Espíritu  en la Iglesia y en el corazón de los fieles median-te la existencia de dos sacramentos que operan, como ya sabemos, por su propia virtud: El sacramento del Bautismo y, más especialmente, el de la Confirmación.

“Recibe por esta señal el don del Espíritu Santo” dice el obispo al administrar la Confirmación.

¡Qué importante es todo esto!

Por eso se observa con mucha preocupación en la Iglesia de nuestro tiempo el desinterés que existe  por recibir el sacramen-to del Espíritu Santo por parte de un gran número de cristianos.

¡Y se quedan muy tranquilos!

El Bautismo nos da el don del Espíritu Santo. Es verdad.  Pero de un modo inicial, como un recién nacido que se asoma a la vida. ¡Hace falta hacer crecer y desarrollar esa presencia! ¡Es imprescindible la Confirmación!

Sin este sacramento que pertenece a la  Iniciación Cristiana, es decir, que constituye al cristiano, no es posible una vida cristiana plena.

El no confirmado está en una situación tan lamentable que no puede admitirse ni siquiera como padrino de Bautismo.

“El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo”. (Rom 8,9). Esta expresión del apóstol tenemos que recordarla siempre, especialmente, en estas circunstancias.

Precisamente, en la primera lectura de hoy, se nos presenta la primera Confirmación de la Historia de la que tenemos noticia.

No puede hacerlo el “diácono” Felipe… Tiene que ser por manos de los apóstoles. Por eso, bajan desde Jerusalén Pedro y Juan… Oran por ellos, les imponen las manos y reciben el Espíritu Santo. “Aún no había bajado sobre ninguno”, dice el texto.

Ahora, cuando nos disponemos a terminar la celebración de la Pascua con la solemnidad de Pentecostés, es una ocasión privilegiada para repensar estas cosas. A ello nos ayudan las lecturas de la celebración diaria de la Eucaristía de esta semana. Es una auténtica catequesis sobre el Espíritu Santo que hace Jesús a los discípulos en la Última Cena.

La primera Lectura, como siempre en Pascua, es de los Hechos de los Apóstoles que se llama el “Evangelio del Espíritu Santo”.

“Me voy a prepararos sitio…” “vendrá otro Defensor…,” constituye la respuesta fundamental de Jesucristo a la turbación de los discípulos, sin excluir otras como, por ejemplo: “Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”.

Ahora sólo queda fiarse del Maestro… Y ellos lo hacen. Muy pronto experimentarán el cumplimiento de “la promesa”.

Dice el Libro de los Hechos que el día de la Ascensión, los discípulos “volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios” (Lc 24, 52 – 53).

¿Cómo puede ser eso? ¿Se acaba de marchar el Señor definitivamente al Cielo, y ellos se quedan muy contentos?

¡Había llegado la luz! Será más intensa después de Pentecostés.

Los cristianos suelen prepararse al terminar la Pascua, especialmente, después del día de la Ascensión, para solemne-dad de Pentecostés implorando de Dios Padre una especial efusión del Espíritu Santo.

En este contexto celebramos hoy, como cada año, “la Pascua del Enfermo.” 

¡Cuántas cosas podríamos decir! 

Él es el Espíritu de la fortaleza y del consuelo, el Espíritu del gozo y de la esperanza…  El Espíritu que se infunde en la Santa Unción, el sacramento de los enfermos. El Espíritu que anima y estimula los avances continuos de la medicina en su lucha contra la enfermedad y la muerte. El Espíritu de la luz y la fortaleza de los que trabajan y se esfuerzan, con el mejor espíritu, en el cuidado de los enfermos en los hospitales y en sus casas. Él es, en fin, el Espíritu que hace presente a la Iglesia en los lugares donde se trabaja y se lucha intensamente por la salud integral de todos.   

Junto con estas reflexiones quiero hacerles llegar a todos mi saludo cordial, con mis mejores deseos. ¡Feliz Domingo! ¡Feliz Día del Señor.                                           


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viernes, 27 de mayo de 2011

ZENIT nos ofrece la homilía que pronunció el lunes 2 de Mayo de 2011 el cardenal Tarcisio Bertone, secretario de Estado vaticano, durante la Misa de Acción de Gracias por la beatificación de Juan Pablo II, celebrada por la mañana en la Plaza de San Pedro.

“Simón, hijo de Juan, ¿me quieres? (…) Señor, tú lo sabes todo; sabes que te quiero” (Jn 21,17). Este es el diálogo entre Jesús Resucitado y Pedro. Es el diálogo precede al mandamiento: “Apacienta mis ovejas” (Jn 21,17), pero es un diálogo que primero escruta la vida del hombre. ¿No son estas, quizás, la pregunta y la repuesta que marcaron la vida y la misión del Beato Juan Pablo II? El mismo lo dijo en Cracovia, en 1999, afirmando: “Hoy me siento llamado en un modo particular a dar gracias a esta comunidad milenaria de pastores de Cristo, clérigos y laicos, porque gracias al testimonio de su santidad, gracias a este ambiente de fe, que durante diez siglos formaron y forman en Cracovia, ha sido posible que al final de este milenio, en las mismas orillas del Vístula, a los pies de la catedral de Wawel, llegue la exhortación de Cristo: 'Pedro, apacienta mis ovejas' (Jn 21,17). Ha sido posible que la debilidad del hombre se apoye sobre el poder de la eterna fe, esperanza y caridad de esta tierra y diese la respuesta: 'En la obediencia de la fe ante Cristo mi Señor, confiándome a la Madre de Cristo y de la Iglesia -consciente de las grandes dificultades- acepto'”.

Sí, es este diálogo de amor entre Cristo y el hombre que ha marcado toda la vida de Karol Wojtyla y lo ha conducido no sólo al fiel servicio a la Iglesia, sino también a su personal y total dedicación a Dios y a los hombres que ha caracterizado su camino de santidad.

Todos recordamos como el día de los funerales, durante la ceremonia, en un cierto momento el viento cerró dulcemente el Evangelio colocado sobre el féretro. Era como si el viento del Espíritu hubiese querido señalar el fin de la aventura humana y espiritual de Karol Wojtyla, toda iluminada por el Evangelio de Cristo. Desde este Libro, descubrió los planes de Dios para la humanidad, para sí mismo, pero sobre todo conoció a Cristo, su rostro, su amor, que para Karol fue siempre una llamada a la responsabilidad. A la luz del Evangelio leyó la historia de la humanidad y la de cada hombre y cada mujer que el Señor puso en su camino. De aquí, del encuentro con Cristo en el Evangelio, brotaba su fe.

Era un hombre de fe, un hombre de Dios, que vivía de Dios. Su vida era una oración continua, constante, una oración que abrazaba con amor a cada uno de los habitantes del planeta Tierra, creado a la imagen y semejanza de Dios, y por esto digno de todo respeto; redimido con la muerte y resurrección de Cristo, y por esto convertido verdaderamente en gloria viva de Dios (Gloria Dei Vivens Homo- San Ireneo). Gracias a la fe que expresaba sobre todo en su oración, Juan Pablo II era un auténtico defensor de la dignidad de todo ser humano y no un mero luchador por ideologías político-sociales. Para él, toda mujer, todo hombre, era una hija, un hijo de Dios, independientemente de la raza, del color de la piel, de la proveniencia geográfica y cultural, y finalmente del credo religioso. Su relación con cada persona se sintetiza con la estupenda frase que él escribió: “El otro me pertenece”.

Pero su oración era también una constante intercesión por toda la familia humana, por la Iglesia, por toda la comunidad de los creyentes, en toda la tierra -tanto más eficaz, cuanto más señalada por el sufrimiento que marcó varias fases de su existencia. ¿No es quizás de aquí -de la oración vinculada a sus muchos acontecimiento dolorosos y de los demás- de donde nacía su preocupación por la paz en el mundo, por la pacífica convivencia entre los pueblos y de las naciones? Hemos oído en la primera lectura del profeta Isaías: “¡Qué hermosos son sobre las montañas los pasos del que trae la buena noticia, del que proclama la paz” (Is 52, 7).

Hoy damos las gracias al Señor por habernos dado un Pastor como él. Un Pastor que sabía leer los signos de la presencia de Dios en la historia humana y que anunciaba después Sus grandes obras en todo el mundo y en todas las lenguas. Un Pastor que había enraizado en sí mismo el sentido de la misión, del compromiso de evangelizar, de anunciar la Palabra de Dios por todas partes, gritarla desde los tejados... “¡Qué hermosos son sobre las montañas los pasos (...) del que anuncia la felicidad, del que proclama la salvación, y dice a Sión: '¡Tu Dios reina!'”(ibid).

Hoy le damos gracias a Dios por habernos dado un Testigo como él, tan creíble, tan transparente, que nos ha enseñado como se debe vivir la fe y defender los valores cristianos, a comenzar la vida, sin complejos, sin miedos; como se debe testimoniar la fe con valentía y coherencia, adaptando las Bienaventuranzas a la experiencia cotidiana. La vida, el sufrimiento, la muerte y la santidad de Juan Pablo II son un testimonio de ello y una confirmación tangible y cierta.

Le damos gracias al Señor por habernos dado un Papa que ha sabido dar a la Iglesia Católica no sólo una proyección universal y una autoridad moral a nivel mundial que antes no se había dado, pero también, especialmente con la celebración del Gran Jubileo del 2000, una visión más espiritual, más bíblica, más centrada en la Palabra de Dios. Una Iglesia que ha sabido renovarse, lanzando “una nueva evangelización”, intensificando los lazos ecuménicos e interreligiosos, y encontrar los caminos para un diálogo fructífero con las nuevas generaciones.

Y finalmente damos las gracias al Señor por habernos dado un Santo como él. Todos hemos tenido el modo – algunos de cerca, otros de lejos – de comprobar como eran de coherentes, su humanidad, sus palabras y su vida. Era un hombre verdadero porque estaba inseparablemente ligado a Aquel que es la Verdad. Siguiendo a Aquel que es el Camino, era un hombre siempre en camino, siempre esforzándose el en bien para todas las personas, para la Iglesia, para el mundo y hacia la meta que para todo creyente es la gloria de Dios Padre. Era un hombre vivo, porque estaba lleno de la Vida que es Cristo, siempre abierto a su gracia y a todos los dones del Espíritu Santo.

Cómo se han verificado en su vida las palabras que hemos oído en el Evangelio de hoy: “Te aseguro que cuando eras joven tú mismo te vestías e ibas a donde querías. Pero cuando seas viejo, extenderás tus brazos, y otro te atará y te llevará a donde no quieras” (Jn 21, 18). Todos hemos visto como se le fue quitando todo lo que humanamente podía impresionar; la fuerza física, la expresión del cuerpo, la posibilidad de moverse y hasta la palabra. Y entonces, más que nunca, él le confío su vida y su misión a Cristo, porque sólo Cristo puede salvar al mundo. Sabía que su debilidad corporal hacía presente todavía más claramente a Cristo que obra en la historia. Y ofreciéndole sus sufrimientos a Él y a su Iglesia, nos dio a todos nosotros una última gran lección de humanidad y de abandono en los brazos de Dios.

“Cantad al Señor un cántico nuevo,

cantad al Señor, hombres de toda la tierra.

Cantad al Señor, bendecid su nombre”.

Cantamos al Señor un canto de gloria, por el don de este gran Papa: hombre de fe y de oración, Pastor y Testigo, Guía en el cambio entre los dos milenios. Este canto ilumina nuestra vida, para que no sólo veneremos al nuevo Beato, sino que, con la ayuda de la Gracia de Dios, sigamos sus enseñanzas y su ejemplo.

Mientras dirigimos un pensamiento de gratitud al Papa Benedicto XVI, que ha querido elevar a su gran Predecesor a la gloria de los altares, me complace concluir con las palabras que el mismo, nuestro querido Papa Benedicto XVI, pronunció en el primer aniversario de la desaparición del nuevo Beato. Dijo: “Queridos hermanos y hermanas, (…) nuestro pensamiento vuelve con emoción al momento de la muerte de nuestro amado Pontífice, pero al mismo tiempo nuestro corazón es empujado a mirar hacia delante. Oímos resonar en el ánimo sus invitaciones repetidas a avanzar sin miedo sobre el camino de la fidelidad al Evangelio para ser heraldos y testigos de Cristo en el tercer milenio. Nos vuelven a la mente sus incesantes exhortaciones a cooperar generosamente en la creación de una humanidad más justa y solidaria, a ser constructores paz y de esperanza. Quede siempre fija nuestra mirada en Cristo 'Jesucristo es el mismo ayer y hoy, y lo será para siempre” (Heb 13, 8), que guía firmemente a su Iglesia. Nosotros hemos creído en su amor y es el encuentro con Él 'que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva' (cfr Deus caritas est, 1).

Que la fuerza del Espíritu de Jesús sea para todos, queridos hermanos y hermanas, como lo fue para el Papa Juan Pablo II, fuente de paz y de alegría. Y la Virgen María, Madre de la Iglesia, nos ayude a ser en toda circunstancia, como él, apóstoles incansables de su Divino Hijo y profetas de su amor misericordioso”. ¡Amén!”

[Traducción del italiano por Carmen Álvarez
©Libreria Editrice Vaticana]


Publicado por verdenaranja @ 23:05  | Homilías
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Desgrabación de la homilía del cardenal Jorge Mario Bergoglio SJ, arzobispo de Buenos Aires, con motivo de la misa de acción de gracias por la beatificación de Juan Pablo II en la Catedral Metropolitana (1 de mayo de 2011). (AICA)

BEATIFICACIÓN DE JUAN PABLO II          

Este pasaje del Evangelio que la Iglesia pone para este primer domingo después de Pascua, nos trae la formulación de un nuevo credo, del credo pascual. Ese acto de fe tan chiquito y tan denso que el espíritu Santo inspira al corazón incrédulo de Tomás:”Señor mío y Dios mío”. Un credo sencillo pero hondo. Un credo que involucra toda la vida de Jesús, su pasión, su muerte y su resurrección: “Señor mío y Dios mío”.

Un credo que hoy les pido lo proclamen en el momento de la elevación, haciéndonos eco de este misterio gozoso de la Pascua y diciéndole al Señor, que compartió su vida con nosotros y nuestra muerte, que El es el Señor y el Dios: “Señor mío y Dios mío”. Todo el tiempo que sigue a la Resurrección del Señor lo ocupa El y sus ángeles en pacificar, en aquietar los corazones, en abrir las mentes, y el saludo pascual de los ángeles es un saludo de esperanza y de coraje: “No tengan miedo”. Lo primero que le dicen los ángeles a las mujeres: “No se espanten, no tengan miedo” porque el miedo era lo que se apoderó de los discípulos cuando el sepulcro estaba vació, cuando ven esos ángeles, o también cuando se aparece el Señor, creen que es un fantasma y El les tiene que decir: “Un fantasma no tiene cuerpo, tóquenme.” Y san Lucas tiene una frase muy bella sobre esto.

El miedo a la alegría. Era tal la alegría que tenían que se resistían a creer!! Porque tenían miedo que les pasara los que les sucedió con la primera alegría que terminó en frustración. El miedo a la alegría. Y Jesús dice: “No tengan miedo a la muerte porque le gané, la vencí.” No tengan miedo a los fantasmas porque yo estoy entre ustedes. No tengan miedo a la alegría, a la alegría de ese triunfo que ya poseemos… Y el acto de fe que la primera comunidad pone en boca de Tomás encierra todo esto: “Señor mío y Dios mío.”

El beato Juan Pablo nos dijo, repetidas veces ya desde el comienzo: “No tengan miedo” porque vivía contemplando a su Señor resucitado, él sabía que su Redentor vivía, él sabía que esas llagas abrevaban su corazón de pastor, que en esas llagas encontraba refugio y coraje, y nos lo quiso transmitir de entrada: “No tengan miedo”… Hace unos días, en una bellísima expresión, el arzobispo de Cracovia, Cardenal Dziwisz, refiriéndose a esta frase dijo: “aquel no tengan miedo (que pronunció el Papa) derribó dictaduras.” El coraje, la firmeza, que nos da la resurrección de Cristo, la serenidad de ser perdonados por la misericordia que encontramos en sus llagas, nos quitan el miedo.

Que hoy siga resonando en nuestros oídos y en nuestro corazón esa frase de Jesús, de los ángeles y del beato Juan Pablo: “No tengan miedo”. Y que como respuesta nuestra, con el corazón de rodillas, le digamos a este Señor resucitado: “Señor mío y Dios mío.” Que así sea.  

Card. Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires
Buenos Aires, 1 de mayo de 2011 


Publicado por verdenaranja @ 22:57  | Hablan los obispos
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Lectio divina para el sábado de la quinta semana de Pascua 2011, ofrecidapor  la Delegación Diocesana de Liturgia de la diócesis de Tenerife.

LECTURA:             “Juan 15, 18‑21”

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mi antes que a vosotros.

Si fuerais del mundo, el mundo os amaría como cosa suya, pero como no sois del mundo, sino que yo os he escogido sacándoos del mundo, por eso el mundo os odia.

Recordad lo que os dije: "No es el siervo más que su amo. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán; si han guardado mi palabra, también guardarán la vuestra."

Y todo eso lo harán con vosotros a causa de mi nombre, porque no conocen al que me envió.»

MEDITACIÓN:            “También a vosotros”

            Señor, me parece importante que nos recuerdes esta realidad. Tenemos que ser conscientes de a quién seguimos, para tener presente que no podemos esperar más privilegios que los que tú tuviste.

            A veces pensamos que las incomprensiones o las persecuciones fueron cosa del pasado o algo que les pasa a otros, y nos echamos las manos a la cabeza o contemporizamos, según nos dé, cuando experimentamos las contradicciones o los rechazos de los otros.

            Me parece importante que no olvidemos que somos discípulos de un crucificado por amar; de un rechazado y perseguido por anunciar fraternidad, de un ridiculizado y desechado por hablar de la verdad, de un condenado por poner al hombre por encima de la norma y de la ley, incluso religiosa. De alguien que urgió a mirar hacia arriba y hacia alrededor, antes que al propio ombligo e invitó a coger la cruz de cada día y a llevarla detrás de él.

            Tal vez cuando seamos conscientes de todo ello podremos entender lo que significa ser cristiano y vivir desde la libertad profunda de los hijos de Dios, como tú.     

ORACIÓN:           “Como tú”

            Señor, dame la lucidez suficiente y con ella el valor necesario para asumir hoy tu seguimiento, dispuesto siempre a ser tratado como tú.

            Señor, ayúdame a ser coherente y libre, como tú, para que no me deje arrastrar ni condicionar por el qué dirán.

            Ayúdame, Señor, a ser como tú, en la realidad que he elegido vivir, un hombre para los demás, y que en ello encuentre el sentido de mi vida.

CONTEMPLACIÓN:             “Escogido”

Gracias, Señor, gracias
porque te has dignado
fijarte en mí.

No te he dado motivos especiales,
más bien tendrías razones
para alejarte de mí
y pasar de largo.

Por puro amor me has hecho hijo,
me has escogido y llamado
por mi nombre.

No puedo esperar por ello
más privilegios que los que tuviste tú.

Pero con saber que me amas
me basta.

Gracias, Señor.


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jueves, 26 de mayo de 2011

ZENIT  nos ofrece la homilía que el Papa Benedicto XVI pronunció hoy durante la ceremonia de beatificación de Juan Pablo II, en la Plaza de San Pedro.

Queridos hermanos y hermanas.

Hace seis años nos encontrábamos en esta Plaza para celebrar los funerales del Papa Juan Pablo II. El dolor por su pérdida era profundo, pero más grande todavía era el sentido de una inmensa gracia que envolvía a Roma y al mundo entero, gracia que era fruto de toda la vida de mi amado Predecesor y, especialmente, de su testimonio en el sufrimiento. Ya en aquel día percibíamos el perfume de su santidad, y el Pueblo de Dios manifestó de muchas maneras su veneración hacia él. Por eso, he querido que, respetando debidamente la normativa de la Iglesia, la causa de su beatificación procediera con razonable rapidez. Y he aquí que el día esperado ha llegado; ha llegado pronto, porque así lo ha querido el Señor: Juan Pablo II es beato.

Deseo dirigir un cordial saludo a todos los que, en número tan grande, desde todo el mundo, habéis venido a Roma, para esta feliz circunstancia, a los señores cardenales, a los patriarcas de las Iglesias católicas orientales, hermanos en el episcopado y el sacerdocio, delegaciones oficiales, embajadores y autoridades, personas consagradas y fieles laicos, y lo extiendo a todos los que se unen a nosotros a través de la radio y la televisión.

Éste es el segundo domingo de Pascua, que el beato Juan Pablo II dedicó a la Divina Misericordia. Por eso se eligió este día para la celebración de hoy, porque mi Predecesor, gracias a un designio providencial, entregó el espíritu a Dios precisamente en la tarde de la vigilia de esta fiesta. Además, hoy es el primer día del mes de mayo, el mes de María; y es también la memoria de san José obrero. Estos elementos contribuyen a enriquecer nuestra oración, nos ayudan a nosotros que todavía peregrinamos en el tiempo y el espacio. En cambio, qué diferente es la fiesta en el Cielo entre los ángeles y santos. Y, sin embargo, hay un solo Dios, y un Cristo Señor que, como un puente une la tierra y el cielo, y nosotros nos sentimos en este momento más cerca que nunca, como participando de la Liturgia celestial.

«Dichosos los que crean sin haber visto» (Jn 20, 29). En el evangelio de hoy, Jesús pronuncia esta bienaventuranza: la bienaventuranza de la fe. Nos concierne de un modo particular, porque estamos reunidos precisamente para celebrar una beatificación, y más aún porque hoy un Papa ha sido proclamado Beato, un Sucesor de Pedro, llamado a confirmar en la fe a los hermanos. Juan Pablo II es beato por su fe, fuerte y generosa, apostólica. E inmediatamente recordamos otra bienaventuranza: «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo» (Mt 16, 17). ¿Qué es lo que el Padre celestial reveló a Simón? Que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios vivo. Por esta fe Simón se convierte en «Pedro», la roca sobre la que Jesús edifica su Iglesia. La bienaventuranza eterna de Juan Pablo II, que la Iglesia tiene el gozo de proclamar hoy, está incluida en estas palabras de Cristo: «Dichoso, tú, Simón» y «Dichosos los que crean sin haber visto». Ésta es la bienaventuranza de la fe, que también Juan Pablo II recibió de Dios Padre, como un don para la edificación de la Iglesia de Cristo.

Pero nuestro pensamiento se dirige a otra bienaventuranza, que en el evangelio precede a todas las demás. Es la de la Virgen María, la Madre del Redentor. A ella, que acababa de concebir a Jesús en su seno, santa Isabel le dice: «Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá» (Lc 1, 45). La bienaventuranza de la fe tiene su modelo en María, y todos nos alegramos de que la beatificación de Juan Pablo II tenga lugar en el primer día del mes mariano, bajo la mirada maternal de Aquella que, con su fe, sostuvo la fe de los Apóstoles, y sostiene continuamente la fe de sus sucesores, especialmente de los que han sido llamados a ocupar la cátedra de Pedro. María no aparece en las narraciones de la resurrección de Cristo, pero su presencia está como oculta en todas partes: ella es la Madre a la que Jesús confió cada uno de los discípulos y toda la comunidad. De modo particular, notamos que la presencia efectiva y materna de María ha sido registrada por san Juan y san Lucas en los contextos que preceden a los del evangelio de hoy y de la primera lectura: en la narración de la muerte de Jesús, donde María aparece al pie de la cruz (cf. Jn 19, 25); y al comienzo de los Hechos de los Apóstoles, que la presentan en medio de los discípulos reunidos en oración en el cenáculo (cf. Hch. 1, 14).

También la segunda lectura de hoy nos habla de la fe, y es precisamente san Pedro quien escribe, lleno de entusiasmo espiritual, indicando a los nuevos bautizados las razones de su esperanza y su alegría. Me complace observar que en este pasaje, al comienzo de su Primera carta, Pedro no se expresa en un modo exhortativo, sino indicativo; escribe, en efecto: «Por ello os alegráis», y añade: «No habéis visto a Jesucristo, y lo amáis; no lo veis, y creéis en él; y os alegráis con un gozo inefable y transfigurado, alcanzando así la meta de vuestra fe: vuestra propia salvación» (1 P 1, 6.8-9). Todo está en indicativo porque hay una nueva realidad, generada por la resurrección de Cristo, una realidad accesible a la fe. «Es el Señor quien lo ha hecho –dice el Salmo (118, 23)- ha sido un milagro patente», patente a los ojos de la fe.

Queridos hermanos y hermanas, hoy resplandece ante nuestros ojos, bajo la plena luz espiritual de Cristo resucitado, la figura amada y venerada de Juan Pablo II. Hoy, su nombre se añade a la multitud de santos y beatos que él proclamó durante sus casi 27 años de pontificado, recordando con fuerza la vocación universal a la medida alta de la vida cristiana, a la santidad, como afirma la Constitución conciliar sobre la Iglesia Lumen gentium. Todos los miembros del Pueblo de Dios –Obispos, sacerdotes, diáconos, fieles laicos, religiosos, religiosas- estamos en camino hacia la patria celestial, donde nos ha precedido la Virgen María, asociada de modo singular y perfecto al misterio de Cristo y de la Iglesia. Karol Wojtyła, primero como Obispo Auxiliar y después como Arzobispo de Cracovia, participó en el Concilio Vaticano II y sabía que dedicar a María el último capítulo del Documento sobre la Iglesia significaba poner a la Madre del Redentor como imagen y modelo de santidad para todos los cristianos y para la Iglesia entera. Esta visión teológica es la que el beato Juan Pablo II descubrió de joven y que después conservó y profundizó durante toda su vida. Una visión que se resume en el icono bíblico de Cristo en la cruz, y a sus pies María, su madre. Un icono que se encuentra en el evangelio de Juan (19, 25-27) y que quedó sintetizado en el escudo episcopal y posteriormente papal de Karol Wojtyła: una cruz de oro, una «eme» abajo, a la derecha, y el lema: «Totus tuus», que corresponde a la célebre expresión de san Luis María Grignion de Monfort, en la que Karol Wojtyła encontró un principio fundamental para su vida: «Totus tuus ego sum et omnia mea tua sunt. Accipio Te in mea omnia. Praebe mihi cor tuum, Maria -Soy todo tuyo y todo cuanto tengo es tuyo. Tú eres mi todo, oh María; préstame tu corazón». (Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, n. 266).

El nuevo Beato escribió en su testamento: «Cuando, en el día 16 de octubre de 1978, el cónclave de los cardenales escogió a Juan Pablo II, el primado de Polonia, cardenal Stefan Wyszyński, me dijo: "La tarea del nuevo Papa consistirá en introducir a la Iglesia en el tercer milenio"». Y añadía: «Deseo expresar una vez más gratitud al Espíritu Santo por el gran don del Concilio Vaticano II, con respecto al cual, junto con la Iglesia entera, y en especial con todo el Episcopado, me siento en deuda. Estoy convencido de que durante mucho tiempo aún las nuevas generaciones podrán recurrir a las riquezas que este Concilio del siglo XX nos ha regalado. Como obispo que participó en el acontecimiento conciliar desde el primer día hasta el último, deseo confiar este gran patrimonio a todos los que están y estarán llamados a aplicarlo. Por mi parte, doy las gracias al eterno Pastor, que me ha permitido estar al servicio de esta grandísima causa a lo largo de todos los años de mi pontificado». ¿Y cuál es esta «causa»? Es la misma que Juan Pablo II anunció en su primera Misa solemne en la Plaza de San Pedro, con las memorables palabras: «¡No temáis! !Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!». Aquello que el Papa recién elegido pedía a todos, él mismo lo llevó a cabo en primera persona: abrió a Cristo la sociedad, la cultura, los sistemas políticos y económicos, invirtiendo con la fuerza de un gigante, fuerza que le venía de Dios, una tendencia que podía parecer irreversible. Con su testimonio de fe, de amor y de valor apostólico, acompañado de una gran humanidad, este hijo ejemplar de la Nación polaca ayudó a los cristianos de todo el mundo a no tener miedo de llamarse cristianos, de pertenecer a la Iglesia, de hablar del Evangelio. En una palabra: ayudó a no tener miedo de la verdad, porque la verdad es garantía de libertad. Más en síntesis todavía: nos devolvió la fuerza de creer en Cristo, porque Cristo es Redemptor hominis, Redentor del hombre: el tema de su primera Encíclica e hilo conductor de todas las demás.

Karol Wojtyła subió al Solio de Pedro llevando consigo la profunda reflexión sobre la confrontación entre el marxismo y el cristianismo, centrada en el hombre. Su mensaje fue éste: el hombre es el camino de la Iglesia, y Cristo es el camino del hombre. Con este mensaje, que es la gran herencia del Concilio Vaticano II y de su «timonel», el Siervo de Dios el Papa Pablo VI, Juan Pablo II condujo al Pueblo de Dios a atravesar el umbral del Tercer Milenio, que gracias precisamente a Cristo él pudo llamar «umbral de la esperanza». Sí, él, a través del largo camino de preparación para el Gran Jubileo, dio al Cristianismo una renovada orientación hacia el futuro, el futuro de Dios, trascendente respecto a la historia, pero que incide también en la historia. Aquella carga de esperanza que en cierta manera se le dio al marxismo y a la ideología del progreso, él la reivindicó legítimamente para el Cristianismo, restituyéndole la fisonomía auténtica de la esperanza, de vivir en la historia con un espíritu de «adviento», con una existencia personal y comunitaria orientada a Cristo, plenitud del hombre y cumplimiento de su anhelo de justicia y de paz.

Quisiera finalmente dar gracias también a Dios por la experiencia personal que me concedió, de colaborar durante mucho tiempo con el beato Papa Juan Pablo II. Ya antes había tenido ocasión de conocerlo y de estimarlo, pero desde 1982, cuando me llamó a Roma como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, durante 23 años pude estar cerca de él y venerar cada vez más su persona. Su profundidad espiritual y la riqueza de sus intuiciones sostenían mi servicio. El ejemplo de su oración siempre me ha impresionado y edificado: él se sumergía en el encuentro con Dios, aun en medio de las múltiples ocupaciones de su ministerio. Y después, su testimonio en el sufrimiento: el Señor lo fue despojando lentamente de todo, sin embargo él permanecía siempre como una «roca», como Cristo quería. Su profunda humildad, arraigada en la íntima unión con Cristo, le permitió seguir guiando a la Iglesia y dar al mundo un mensaje aún más elocuente, precisamente cuando sus fuerzas físicas iban disminuyendo. Así, él realizó de modo extraordinario la vocación de cada sacerdote y obispo: ser uno con aquel Jesús al que cotidianamente recibe y ofrece en la Eucaristía.

En el texto de la homilía: ¡Dichoso tú, amado Papa Juan Pablo, porque has creído! Te rogamos que continúes sosteniendo desde el Cielo la fe del Pueblo de Dios. [E improvisando, Benedicto XVI añadió:] Tantas veces nos has bendecido desde esta plaza. Santo Padre, hoy te pedimos, bendícenos. Amén.

[Copyright 2011 - Libreria Editrice Vaticana]


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ZENIT  nos ofrece el breve extracto biográfico oficial ofrecido en el Libreto de la Celebración editado por la Santa Sede para la ceremonia de hoy, y que, con algunas variaciones, fue leída por el cardenal Agostino Vallini, Vicario General para la diócesis de Roma, durante el rito de beatificación.

Beato Juan Pablo II: Breve Biografía

Karol Józef WoJtyła nació en Wadowice (Polonia), el 18 de mayo de 1920.

Fue el segundo de los dos hijos de Karol Wojtyła y de Emilia Kaczorowska, que murió en 1929. Su hermano mayor Edmund, de profesión médico, murió en 1932 y su padre, suboficial del ejército, en 1941.

A los nueve años recibió la Primera Comunión y a los dieciocho el sacramento de la Confirmación. Terminados los estudios en la escuela media de Wadowice, en 1938 se matriculó en la Universi­dad Jagellónica de Cracovia.

Cuando las fuerzas de la ocupación nazi cerraron la Universidad en 1939, el joven Karol trabajó (1940-1944) en una cantera y en una fábrica química de Solvay para poder mantenerse y evitar la deportación a Alemania.

Sintiendo la llamada al sacerdocio, a partir de 1942 siguió los cursos de formación en el seminario mayor clandestino de Cracovia, dirigido por el Card. Arzobispo Adam Stefan Sapieha. Al mismo tiempo, fue uno de los promotores del "Teatro Rapsódico", también éste clandestino.

Después de la guerra, continuó sus estudios en el seminario mayor de Cracovia, nuevamente abierto, y en la Facultad de Teología de la Universidad Jagellónica, hasta su ordenación sacerdotal, que tuvo lugar en Cracovia el 1 de noviembre de 1946. Seguidamente, fue enviado por el Card. Sapieha a Roma, donde obtuvo el doctorado en teología (1948) con una tesis sobre el tema de la fe en las obras de san Juan de la Cruz. En este período -durante las vacaciones- ejerció el ministerio pastoral entre los emigrantes polacos en Francia, Bélgica y Holanda.

En 1948, regresó a Polonia y fue coadjutor, primero, en la parroquia de Niegowić, en los alrededores de Cracovia, y después en la de San Florián, en la ciudad, donde fue también capellán de los universitarios hasta 1951, cuando retomó sus estudios filosóficos y teológicos. En 1953, presentó en la Universidad Católica de Lublín una tesis sobre la posibilidad de fundamentar una ética cristiana a partir del sistema ético de Max Scheler. Más tarde, fue profesor de Teología Moral y Ética en el seminario mayor de Cracovia y en la Facultad de Teología de Lublín.

El 4 de julio de 1958, el Papa Pío XII lo nombró Obispo Auxiliar de Cracovia y titular de Ombi. Recibió la ordenación episcopal el 28 de septiembre de 1958, en la catedral de Wawel (Cracovia), de manos del Arzobispo Eugeniusz Baziak.

El 13 de enero de 1964, fue nombrado Arzobispo de Cracovia por Pablo VI, que lo crearía Cardenal el 26 de junio 1967.

Participó en el Concilio Vaticano II (1962-65) dando una importante contribución a la elaboración de la constitución Gaudium et spes. El Cardenal Wojtyła participó también en las cinco asambleas del Sínodo de los Obispos, anteriores a su Pontificado.

Fue elegido sucesor de San Pedro, con el nombre de Juan Pablo II, el 16 de octubre de 1978, y el 22 de octubre inició su ministerio de Pastor universal de la Iglesia.

El Papa Juan Pablo II realizó 146 visitas pastorales en Italia y, como Obispo de Roma, visitó 317 de las 332 actuales parroquias romanas. Los viajes apostólicos por el mundo -expresión de la constante solicitud pastoral del Sucesor de Pedro por todas las Iglesias- han sido 104.

Entre sus documentos principales, se encuentran 14 Encíclicas, 15 Exhortaciones apostólicas, 11 Constituciones apostólicas y 45 Cartas apostólicas. Al Papa Juan Pablo II se le atribuyen también 5 libros: "Cruzando el umbral de la esperanza" (octubre 1994); "Don y

misterio: en el cincuenta aniversario de mi sacerdocio" (noviembre 1996); "Tríptico romano", meditaciones en forma di poesía (marzo 2003); "¡Levantaos, vamos!" (mayo 2004) y "Memoria e Identidad" (febrero 2005).

El Papa Juan Pablo celebró 147 ritos de beatificación -en los cuales proclamó 1338 beatos- y 51 canonizaciones, con un total de 482 santos. Tuvo 9 consistorios, en los que creó 231 (+ 1 in pectore) Cardenales. Presidió también 6 reuniones plenarias del Colegio Cardenalicio.

Desde 1978, convocó 15 asambleas del Sínodo de los Obispos: 6 generales ordinarias (1980, 1983, 1987, 1990, 1994 y 2001), 1 asamblea general extraordinaria (1985) y 8 asambleas especiales (1980, 1991, 1994, 1995, 1997, 1998 [2] y 1999).

El 13 de mayo de 1981 sufrió un grave atentado en la plaza de San Pedro. Salvado por la mano maternal de la Madre de Dios, después de una larga hospitalización y convalecencia, perdonó a su agresor y, consciente de haber recibido una nueva vida, intensificó sus compromisos pastorales con heroica generosidad.

En efecto, su solicitud de Pastor encontró además expresión en la erección de numerosas diócesis y circunscripciones eclesiásticas, en la promulgación de los Códigos de derecho canónico latino y de las iglesias orientales, en la promulgación del Catecismo de la Iglesia Católica. Proponiendo al Pueblo de Dios momentos de particular intensidad espiritual, convocó el Año de la Redención, el Año Mariano y el Año de la Eucaristía, además del Gran Jubileo de 2000. Se acercó a las nuevas generaciones con las celebraciones de la Jornada Mundial de la Juventud.

Ningún otro Papa ha encontrado a tantas personas como Juan Pablo II: en las Audiencias Generales de los miércoles (más de 1.160) han participado más de 17 millones y medio de peregrinos, sin contar todas las demás audiencias especiales y las ceremonias

religiosas (más de 8 millones de peregrinos sólo durante el Gran Jubileo del año 2000), y los millones de fieles con los que se encontró durante las visitas pastorales en Italia y en el mundo; numerosas también las personalidades políticas recibidas en audiencia: se pueden recordar a título de ejemplo las 38 visitas oficiales y las 738 audiencias o encuentros con Jefes de Estado, e incluso las 246 audiencias con Primeros Ministros.

Murió en Roma, en el Palacio Apostólico Vaticano, el sábado 2 de abril de 2005 a las 21.37 h., en la vigilia del Domingo in Albis y de la Divina Misericordia, instituida esta última por él. Los solemnes funerales en la Plaza de San Pedro y su sepultura en las Grutas Vaticanas fueron celebrados el 8 de abril.


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ZENIT  nos ofrece una traducción al español realizada por ZENIT del himno oficial de la beatificación, originalmente en italiano, que fue distribuido por la diócesis de Roma a través de la página web oficial de la Beatificación (www.karol-wojtyla.org).

Beato Juan Pablo II: Himno de la Beatificación

Estribillo: ¡Abrid, las puertas a Cristo,

no tengáis miedo!
Abrid de par en par
Vuestro corazón a Dios. 

Testigo de esperanza
para quien espera la salvación, 
peregrino por amor
en los caminos del mundo. Est.

Verdadero padre para los jóvenes
a quienes envista al mundo, 
centinelas de la mañana, 
signo vivo de esperanza. Est.

Testigo de la fe
que anunciaste con la vida,
firme y fuerte en la prueba
confirmaste a tus hermanos. Est.

Enseñaste a cada hombre
la belleza de la vida 
indicando a la familia 
como signo del amor. Est.

Portador de la paz
y heraldo de justicia, 
te hiciste entre las gentes
nuncio de misericordia.  Est.

El el dolor revelaste
el poder de la Cruz. 
Guía siempre a tus hermanos
en el camino del amor. Est.

En la Madre del Señor
nos indicaste una guía, 
en su intercesión 
el poder de la gracia. Est.

Padre de misericordia,
Hijo nuestro Redentor, 
Santo Espíritu de Amor, 
a ti, Trinidad, la gloria. Amén. Est.


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DEPARTAMENTO DE COMUNICACIÓN
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Tfno. 922-25 86 40 / Extensión 8
e-mail: comunicacionobispadodetenerife@gmail.com

Boletín 436 

LAS NOTICIAS AMPLIADAS PUEDEN VERLAS ENTRANDO EN NUESTRO BLOG. Textos, sonidos, e imágenes los tienen en: http://www.comunicacionobispadodetenerife.blogspot.com/ 

 

El domingo 29 de Mayo se celebra la Pascua del Enfermo. Este año, el tema elegido por la Conferencia Episcopal Española para toda la campaña lleva por título "Juventud y salud", coincidiendo con la celebración del próximo mes de agosto en Madrid la Jornada Mundial de la Juventud. 

A primera hora del miércoles, 25 de mayo, fallecía el sacerdote Antonio Pérez García, natural de Los Realejos, a los 83 años de edad. Pérez fue ordenado presbítero el 19 de junio de 1950, por el obispo Domingo Pérez Cáceres. Entre otras encomiendas pastorales, fue párroco en La Guancha, en Valle de Guerra, en Güímar y en García Escámez, su último destino. Además, fue profesor del Seminario Diocesano, consiliario de Acción Católica y Capellán de San Juan de Dios. 

El próximo día 5 de junio se celebrará la Jornada Diocesana de las Familias, en el Seminario Diocesano, a partir de las 10:00 horas. El lema elegido para este año es: "FAMILIA, VIVE LA FE", en sintonía con el Plan Diocesano de Pastoral. 

El día 29 de mayo, se conmemora en el Real Santuario Insular de Nuestra Señora de Las Nieves, en La Palma, la Fiesta de las Madres. La eucaristía será a las 11:30 horas y estará presidida por el párroco de Valle de San Lorenzo, Eduardo Rodríguez. Dicha celebración será retransmitida en directo por COPE La Palma. 

También el 5 de junio se celebra la 45ª Jornada de Medios de Comunicación Social. El Concilio Vaticano II señala cuales son los objetivos esenciales de esta Jornada de las Comunicaciones Sociales para la iglesia: 1. La formación de las conciencias ante las responsabilidades que incumben a cada individuo, grupo o sociedad, en la formación de la opinión pública y en uso y desarrollo de los medios de comunicación. 2.- La invitación a la oración para ofrecer el testimonio de que el hombre depende en todo de su Creador, y para dar a los medios el carácter religioso que, como dones maravillosos de Dios, les es debido. 3.- La generosa colaboración económica –signo de solidaridad- para promover, sostener y fomentar las instituciones y las iniciativas promovidas por la Iglesia en esta materia. 

El Instituto Superior de Teología junto con la Universidad de La Laguna, han organizado para el 6 de junio, en la sala de conferencias de Cajacanarias, una jornada que lleva por título “Trabajo, economía y gestión familiar como factor anticrisis”. Diversos ponentes disertarán sobre este tema en una mesa redonda moderada por el periodista, Mayer Trujillo.  

Por otro lado, el Instituto de Teología de las Islas Canarias, ISTIC, Sede en Tenerife, ha iniciado su campaña de oferta de formación para el curso 2011-2012, que comenzó con "Formarse para ser Iglesia" y ahora continúa con "No te quedes parado". El plan de estudios del ISTIC es extenso y abarca un gran elenco de profesiones y actividades. Más información el 922252540 y en http://www.cettenerife.org/

Ya se conocen los cursos de verano del Instituto Superior de Teología que se desarrollarán del 4 al 6 de julio. “Quiero ser cristiano”, “Evangelizar en tiempos revueltos” o “El éxito en el matrimonio es posible son algunos de los títulos de esta oferta formativa. Más información en la página web: www.cettenerife.org

El Seminario Diocesano ha acogido con alegría el galardón otorgado a los alumnos de 4º de la ESO por su cuento con formato periodístico “En busca de la esperanza”, trabajo que presentaron varios alumnos de 4º al certamen “Evita el fuego”, convocado por la Secretaría de Estado de Cambio Climático en esta edición correspondiente al curso 2010-2011. Su trabajo “En busca de la esperanza” logró el segundo puesto dentro de la categoría “Segundo Ciclo de la ESO Creación Periodística”.  

La vida sacerdotal que recoge la contraportada del Diario de Avisos de este martes es la de Fernando Pérez, actualmente delegado para el clero. Ha sido vicario de pastoral, delegado de catequesis, director espiritual del seminario y formador, entre otras responsabilidades. 

El primer certamen de fotografía foto-Pasión 2011, que ha organizado la Junta de Hermandades y Cofradías de La Laguna (JHC), ya tiene ganador, se trata de la fotografía, “El Cristo y su primera parada”, de Juan José Rodríguez Machín. 

Un año más, la imagen de la llamada “Virgen Peregrina” se encuentra recorriendo durante este mes de mayo, todos los barrios y algunas instituciones del municipio de Santa Úrsula, al norte de Tenerife. 

Miembros del Apostolado del Mar de la Diócesis, con su delegado a la cabeza, participarán en la Asamblea Nacional del Apostolado del Mar en España. En esta ocasión, la Asamblea tendrá lugar entre el 1 y el 4 de Junio, en la Diócesis de Mondoñedo-Ferrol, bajo el título "Cultivar y transmitir la fe dentro de la Familia Marinera". Pinchando sobre la imagen podrán encontrar el prorama de la Asamblea. 

Entreculturas invita a la charla que tendrá lugar el próximo 8 de Junio, en el Seminario Diocesano, a las 20:00 horas, sobre “Educación en tiempo de espera. Un derecho vulnerado para millones de personas refugiadas y desplazadas”. Durante el acto se presentará el informe que lleva el mismo nombre y que publica con motivo del 30 aniversario de la creación del Servicio Jesuita a Refugiados. Intervendrán Antonio Santos, delegado de Entreculturas en Tenerife y Angélica López, subdirectora de Servicio Jesuita a Refugiados Colombia. 

Recientemente, se celebró en la Casa Emaús de Tegueste, la Convivencia de Pascua para jóvenes del Arciprestazgo de Tacoronte. Bajo el lema: “Arraigados en Cristo, firmes en la fe” una treintena de muchachos y muchachas de las parroquias de dicho arciprestazgo, se reunieron para trabajar, reflexionar, orar y compartir sus experiencias de fe. 

Más de 300 delegados de las Cáritas nacionales de todo el mundo se han congregado esta semana en Roma, con motivo de la convocatoria de la 19ª Asamblea General de Caritas Internationalis, en la que se celebrara el 60º aniversario de la fundación de la Confederación. 

El 19 de junio, a las 19:00 h, en el parque infantil de El Paso será ordenado presbítero Jesús Manuel Calero Perera. El mismo presidirá por vez primera la Eucaristía al día siguiente, en el templo parroquial de Nuestra Señora de Bonanza, también en El Paso (La Palma).  

El tema de este mes del aula del pensamiento social cristiano, Óscar Romero, en Vallehermoso, será: “Sanidad, ¿derechos, deberes?” La disertación correrá a cargo del Dr. Antonio León Mendoza, de la unidad de Hematología del Hospital Universitario Ntra. Sra. de la Candelaria. La cita será el viernes 27, de 20 a 23 horas, en la Casa de la Cultura García Cabrera del citado municipio gomero. 

La Asociación de Amigos de la Catedral de La Laguna, bajo la dirección de Julián de Armas, ha organizado la “Ruta de las Catedrales: Viena y Budapest”. Una iniciativa que se llevará a cabo del 31 de julio al 7 de agosto. 

El Archivo Histórico Diocesano acoge hasta el 25 de junio la exposición “Reverso”, una muestra que recoge piezas de 400 años de antigüedad después de haber sufrido el devastador incendio del Palacio Episcopal el 23 de enero de 2006. Esta exposición se realiza con el objeto de que cualquier persona pueda adquirir una de las piezas expuestas. Son piezas para el recuerdo que, al mismo tiempo, pueden servir para el culto o como elemento de decoración. Horario de exposición: Lunes-Viernes 10-13 h. y de 17-20 h.; Sábados 10-13 h. 

El Valle de Arriba, en el municipio de Santiago del Teide, celebra este domingo, desde las 10:00 horas, el traslado de la imagen del Cristo desde la Ermita de El Valle de Arriba hasta la zona conocida como Los Baldíos. A continuación, Santa Misa cantada por el grupo folklórico San Antonio de Padua de Granadilla de Abona y, posteriormente, gran paella para todos los asistentes. A las 17:00 horas, retorno del Cristo a la Ermita. Finalmente el viernes 3 de junio, a las 19:00 horas, tendrá lugar el regreso del Santo Cristo a la Iglesia de San Fernando Rey de Santiago del Teide casco. 

La Asociación Amigos de la Catedral invitan a la mesa redonda para conocer más en profundidad la labor que desarrolla Cáritas, que tendrá lugar en las Casas Capitulares (Calle Bencomo, nº 37), en La Laguna, el jueves 2 de junio, a las 20:00 horas. 

La Pastoral Juvenil de Gracia y Finca España ha organizado el primer campeonato de Baloncesto 3X3, en torno a la fiesta de la Virgen del Perpetuo Socorro. Será el sábado 25 de junio, a partir de las 9 de la mañana, en el pabellón Islas Canarias de Finca España. Una iniciativa destinada a jóvenes entre 12 y 16 años.

Del 26 al 28 de mayo, se desarrollarán las I Jornadas “Mujeres en la religión”, en la parroquia Ntra. Sra. del Rosario de Fátima, Barrio Nuevo, en La Laguna. Las jornadas se inaugurarán el jueves 26, a las 18:30 horas con la bienvenida y un cine forum.  


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Lectio divina para el viernes de la quinta semana de Pascua 2011, ofrecida por la Delegación Diocesana de Liturgia de la diócesis de Tenerife.

LECTURA:             “Juan 15, 12‑17”

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado.

Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando.

Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer.

No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure.

De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé. Esto os mando: que os améis unos a otros.»

MEDITACIÓN:             “Que os améis”

            Gracias, Señor. Gracias porque tu mandato no consiste en el cumplimiento de un montón de normas y de leyes. Gracias porque nos simplificas la vida al máximo y centras nuestras fuerzas en lo esencial. Entrar en tu seguimiento implica algo tan sencillo como amarnos. Pero ¡contradicciones de la vida! Parece que es el mandato más difícil que se te podía haber ocurrido.

            Pero no podías pedirnos otra cosa. No podías pedirnos vivir más que aquello que supone el núcleo de tu ser. Tú eres el amor, tú nos amas y lo has demostrado dando tu vida hasta las últimas consecuencias. Tú sólo sabes amar ¿qué otra cosa podías querer para nosotros? Sino que amemos como tú.

            ¿Cómo tú? Parece imposible, pero si nos invitas a ello es que podemos, por qué no intentarlo. No sé si se trata tanto de intensidad como en el modo. Tú nos amas gratuitamente, desinteresadamente, asimétricamente; es decir, porque sí, porque quieres, sin esperar nada a cambio, encontrando en esa entrega el gozo del amor, porque el amor, para que sea tal, no puede sino ser así, gratuito.

            Señor, no sé si es posible. La realidad es que parece una tarea ardua, pero merece la pena. Tú nos has abierto el camino y desde ti, muchos se han metido en ello, y lo han conseguido. Dame fuerza para amar como tú y como ellos. A todos nos va mucho en ello.

ORACIÓN:            “Que ame”

            Señor, llena mi corazón de tu fuerza, que ame como tú lo hiciste y lo sigues haciendo.

            Que ame, Señor, con todas mis fuerzas. El mundo necesita amor y yo lo he recibido de ti para darlo.

            Hemos desvirtuado la palabra amor, pero en ti la podemos situar fácilmente en su sitio. Que ame, Señor, con la profundidad y la fuerza que tu has puesto con tu vida en esa palabra.

CONTEMPLACIÓN:            “Me amas”

Me faltan muchas veces las fuerzas,
tú lo sabes, Señor,
y necesito experimentar
el calor de tu presencia,
tu amor desbordado
en el silencio de mi alma.

Muchas veces soy yo mismo
quien coloca barreras
y cierra puertas.

Por eso, la certeza de saber
que me amas
mantiene viva la llama
de mi amor y mi esperanza


Publicado por verdenaranja @ 15:13  | Liturgia
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miércoles, 25 de mayo de 2011

Juan Pablo, testigo de la misericordia, por monseñor José Ignacio Munilla, obispo de San Sebastián.

ZENIT  A los seis años de su muerte, celebramos la beatificación de Juan Pablo II. Su proceso de beatificación ha sido rápido, ciertamente, pero no ha tenido más privilegio que la dispensa de los cinco años exigidos tras la muerte para el inicio de la causa, tal y como ocurrió en el caso de la Madre Teresa de Calcuta. Benedicto XVI juzgó que el clamor popular en los funerales de Juan Pablo II ("¡Santo Subito!"), había que dirigirlo con prudencia. Su consigna fue: "Trabajad rápido, pero sobre todo... ¡trabajad bien!".

No pretendo hacer una semblanza neutral de la figura de Juan Pablo II, desde el momento en que me considero un hijo espiritual de su prolongado pontificado de más de 26 años. Me limito a subrayar las declaraciones de Slawomir Oder, postulador de la causa de beatificación; un hombre por cuyas manos habrán pasado muchos miles de folios que recopilan los testimonios de quienes le conocieron: "Una de las cosas que más me ha sorprendido es que no me ha sorprendido casi nada. Es decir, Juan Pablo II era transparente. Tal y como lo veíamos, así era. No existió un "Wojtyla mediático" y un 'Wojtyla privado'". Más aún, se conserva documentación de los Servicios Secretos de la Polonia comunista, en la que se advertía de la peligrosidad que la figura de Karol Wojtyla suponía para el régimen, precisamente porque entre las abundantes cualidades que le otorgaban un gran liderazgo, no habían descubierto ningún episodio que lo hiciese vulnerable moralmente. ¡Juan Pablo II fue, antes que nada, alguien transparente y auténtico!

En mi opinión, la gran aportación del pontificado de Juan Pablo II nace de la integración de dos intuiciones que nuestra cultura ha solido contraponer equivocadamente: el humanismo y la apertura a la misericordia de Dios. Su carisma estaba lleno de frescura, alegría, proximidad, diálogo, cariño, optimismo...; pero sin caer en el error de olvidar la profunda herida que el pecado ha infligido en la naturaleza humana y en las estructuras sociales. El pontificado de Juan Pablo II afrontó el riesgo de ruptura por los dos extremos: el integrismo lefevrista y la teología de la liberación secularizada. Sus convicciones eran muy claras: La Iglesia no ha de limitarse a proclamar el depósito de la fe, sino que al mismo tiempo tiene que hacer un esfuerzo de diálogo con el mundo. Pero, por otra parte, el verdadero humanismo no debe caer nunca en la ingenuidad de ensalzar la autonomía del hombre, hasta el punto de hacer innecesaria la gracia de Dios. ¡No podemos alcanzar la felicidad ni la salvación sin la gracia de Jesucristo! (cfr. Jn 15, 5).

La fecha elegida para la beatificación de Juan Pablo II es muy ilustrativa: el segundo domingo de Pascua, solemnidad de la Divina Misericordia. Se trata de la fiesta litúrgica instituida por él mismo, y en cuya víspera falleció.

Entender a Juan Pablo II, es adentrarse en su convicción de la necesidad que tiene el ser humano de misericordia. Karol Wojtyla había experimentado los horrores de la Segunda Guerra Mundial y había comprobado los límites a los que puede llegar el pecado del hombre, y también su santidad. Por ello, en los años de la recuperación económica y del progreso fácil, no pudo por menos de levantar su voz contra el olvido de Dios en las sociedades del bienestar, así como contra la riqueza acumulada sobre la pobreza de los más débiles.

Insisto, la palabra clave es MISERICORDIA. Cercano ya el "atardecer" de su vida, Wojtyla no dudó en hacer el siguiente balance: "El mensaje de la Divina Misericordia ha formado la imagen de mi pontificado". El humanismo de Juan Pablo II -que irradia vitalismo- transmite a su vez la convicción de que el hombre moderno sigue siendo "mendigo de misericordia".

El broche de oro en la vida de Juan Pablo II fue el testimonio de su vejez y de su muerte, vividas ante los ojos del mundo. Aquello formó parte de la "escuela" de la misericordia: "...porque cuando soy débil, entonces es cuando soy fuerte" (2 Co 12, 10). Juan Pablo II ganó más almas y más corazones viviendo su debilidad y su decrepitud en pleno abandono en las manos de Dios, que con todos los esfuerzos que realizó en sus años de plenitud.

Cuenta el postulador de la causa de beatificación, que entre la multitud de cartas recibidas en su oficina, le llamó la atención la de un niño que sólo había puesto en la dirección: "Juan Pablo II, Paraíso". Esto quiere decir dos cosas: que el servicio de correos italiano es muy eficaz; y en segundo lugar, que desde la inocencia ya sabíamos que Juan Pablo II continúa siendo nuestro padre y pastor desde el Cielo.


Publicado por verdenaranja @ 22:41  | Hablan los obispos
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ZENIT nos ofrece las palabras de saludo que el Papa Benedicto XVI dirigió en los distintos idiomas a los peregrinos congregados en la Plaza de San Pedro para la ceremonia de beatificación de Juan Pablo II.

[En francés dijo]

Saludo con alegría a las Delegaciones oficiales, las Autoridades civiles y militares de los países francófonos, así como a los cardenales, los obispos, los patriarcas, los sacerdotes y los numerosos peregrinos venidos a Roma para la beatificación. ¡Queridos amigos, que la vida y la obra del Bienaventurado Juan Pablo II sea fuente de un compromiso renovado al servicio de todos los hombres y de todo el hombre! Le pido a él que bendiga los esfuerzos de cada uno para construir una civilización del amor, en el respeto de la dignidad de cada persona humana, creada a imagen de Dios, con una atención particular a la que es más frágil. ¡Con él, marchad tras las huellas luminosas de los beatos y los santos de vuestros países! ¡Que la Virgen María os acompañe! Con mi bendición.

[En inglés dijo]

Saludo a los visitantes de habla inglesa presentes en la Misa de hoy. De modo particular, doy la bienvenida a las distinguidas autoridades civiles y representantes de todas las naciones del mundo que se unen a nosotros para honrar al Beato Juan Pablo II. Que si ejemplo de fe firme en Cristo, el Redentor del Hombre, os inspire para vivir plenamente la nueva vida que hemos celebrado en la Pascua, para ser imágenes de la divina misericordia, y para trabajar por un mundo en el que la dignidad y los derechos de todo hombre, mujer y niño sean respetados y promovidos. ¡Confiando en sus oraciones, invoco de corazón sobre vosotros y sobre vuestras familias la paz del Salvador Resucitado!

[En alemán dijo]

Con gran alegría os saludo a todos los hermanos y hermanas de lengua alemana, entre ellos a los hermanos en el Episcopado y a las distintas delegaciones gubernamentales. El beato Papa Juan Pablo II sigue todavía vivo ante nuestros ojos, al igual que cuando nos anunció la frescura del Evangelio, y encarnó a través de su acción la misericordia de Dios y el amor de Cristo. Pidamos al nuevo beato que podamos ser testigos gozosos de la presencia de Dios en el mundo. La paz del Señor Resucitado os acompañe en todos vuestros caminos.

[En español dijo]

Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española, y en especial a los cardenales, obispos, sacerdotes, religiosos, seminaristas y numerosos fieles, así como a las delegaciones oficiales y autoridades civiles de España y Latinoamérica. El nuevo Beato recorrió incansable vuestras tierras, caracterizadas por la confianza en Dios, el amor a María y el afecto al Sucesor de Pedro, sintiendo en cada uno de sus viajes el calor de vuestra estima sincera y entrañable. Os invito a seguir el ejemplo de fidelidad y amor a Cristo y a la Iglesia, que nos dejó como preciosa herencia. Que desde el cielo os acompañe siempre su intercesión, para que la fe de vuestros pueblos se mantenga en la solidez de sus raíces y la paz y la concordia favorezcan el progreso necesario de vuestras gentes. Que Dios os bendiga.

[En portugués dijo]

Dirijo una cordial saludo a los peregrinos de lengua portuguesa, de modo especial a los cardenales, obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, y numerosos fieles, así como a las Delegaciones oficiales de los países lusófonos venidos para la beatificación de el Papa Juan Pablo II. A todos deseo la abundancia de los dones del Cielo por intercesión del nuevo Beato, cuyo testimonio debe seguir resonando en vuestros corazones y en vuestros labios, repitiendo con él como en el inicio de su pontificado: “¡No tengáis miedo! Abrid las puertas, mejor, abrid de par en par las puertas a Cristo!” ¡Que Dios os bendiga!

[En polaco dijo]

Mi cordial saludo va a los polacos participantes en esta beatificación, tanto en persona como a través de los medios de comunicación. Saludo a los cardenales, los obispos, los presbíteros, las personas consagradas y a todos los fieles. Saludo a las autoridades del Estado y de las regiones, empezando por el Señor Presidente de la República. Confío a todos a la intercesión de vuestro Beato compatriota, el papa Juan Pablo II. Que obtenga para vosotros y para su patria terrena el don de la paz, de la unidad y de toda prosperidad.

[En italiano dijo]

Dirijo finalmente mi cordial saludo al Presidente de la República Italiana y a su séquito, cn un especial agradecimiento a las Autoridades italianas por su apreciada colaboración en la organización de estas jornadas de fiesta. Y cómo podría aquí dejar de mencionar a todos aquellos que han preparado, desde hace tiempo y con gran generosidad, este acontecimiento: mi Diócesis de Roma con el cardenal Vallini, el Ayuntamiento de la Ciudad con su Alcalde, todas las Fuerzas del Orden y las diversas Organizaciones, Asociaciones, los numerosísimos voluntarios y cuantos, también individualmente, se han hecho disponibles para ofrecer su propia contribución. Mi reconocimiento va también a las Instituciones y a las Oficinas vaticanas. En tanto empeño veo un signo de gran amor hacia el Beato Juan Pablo II. Finalmente, dirijo mi más afectuoso saludo a todos los peregrinos – reunidos aquí en la Plaza de San Pedro, en las calles adyacentes y en otros diversos lugares de Roma – y a cuantos se unen a nosotros mediante la radio y la televisión, cuyos dirigentes y operadores no se han escatimado para ofrecer también a los que están lejos la posibilidad de participar en este gran día. A los enfermos y a los ancianos, hacia quienes el nuevo Beato se sentía particularmente unido, llegue un saludo especial. Y ahora, en unión espiritual con el Beato Juan Pablo II, nos dirigimos con amor filial a María, confiándole a ella, Madre de la Iglesia, el camino de todo el Pueblo de Dios.

[Traducción realizada por ZENIT - ©Libreria Editrice Vaticana]


Publicado por verdenaranja @ 22:38  | Habla el Papa
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ZENIT  nos ofrece el testimonio del cardenal Agostino Vallini, vicario de Roma, durante la Vigilia de Oración celebrada hoy por la noche en el Circo Máximo de Roma, con motivo de la beatificación del papa Juan Pablo II.

¡Queridos hermanos y hermanas!

La Providencia nos da esta tarde la alegría de vivir una gran experiencia de gracia y de luz. Con esta vigilia de oración mariana queremos prepararnos a la celebración de mañana, la solemne beatificación del Venerable Siervo de Dios Juan Pablo II. Seis años después de la muerte de este gran Papa sigue siendo muy fuerte en la Iglesia y en el mundo el recuerdo de quien fue durante 27 años Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia universal. Sentimos por el amado pontífice veneración, afecto, admiración y profunda gratitud.

De su vida, aprendemos, en primer lugar, el testimonio de la fe: una fe arraigada y fuerte, libre de miedos y de compromisos, coherente hasta el último aliento, forjada por las pruebas, la fatiga y la enfermedad, cuya benéfica influencia se ha difundido en toda la Iglesia, más aún, en todo el mundo; un testimonio acogido en todos los lugares, en sus viajes apostólicos, por millones de hombres y mujeres de todas las razas y culturas.

Vivió para Dios, se entregó por completo a Él para servir a la Iglesia como una ofrenda sacrificial. Solía repetir esta invocación: "Jesús, Pontífice, que te entregaste a Dios como ofrenda y víctima, ten misericordia de nosotros". Era su gran deseo ser cada vez más una sola cosa con Cristo Sacerdote mediante el sacrificio eucarístico, que le daba fuerza y valor para su incansable actividad apostólica. Cristo era el principio, el centro y la cima de cada uno de sus días. Cristo era el sentido y la finalidad de su acción; de Cristo sacaba energías y plenitud de humanidad. Así se explica la necesidad y el deseo que tenía de rezar: todos los días dedicaba largas horas a la oración, y su trabajo estaba imbuido y atravesado por la oración.

Gracias a esa fe, vivida hasta lo más profundo de su ser, comprendemos el misterio del sufrimiento, que lo marcó desde joven y lo purificó como el oro se prueba con el fuego (cf. 1 P 1, 7). Todos estábamos admirados por la docilidad de espíritu con que afrontó la peregrinación de la enfermedad, hasta la agonía y la muerte.

Testigo de la época trágica de las grandes ideologías, de los regímenes totalitarios y de su ocaso, Juan Pablo II intuyó con antelación el trabajoso pasaje, marcado por tensiones y contradicciones, de la época moderna hacia una nueva fase de la historia, mostrando una atención constante para que su protagonista fuese la persona humana. Del hombre fue defensor firme y creíble ante los Estados e Instituciones internacionales que lo respetaban y le rendían homenaje reconociéndolo como mensajero de justicia y paz.

Con la mirada fija en Cristo, Redentor del hombre, ha creído en el hombre y le ha mostrado apertura, confianza, cercanía. Ha amado al hombre y le ha impulsado a desarrollar dentro de sí el potencial de la fe para vivir como una persona libre y cooperar en la realización de una humanidad más justa y solidaria, como operador de paz y constructor de esperanza. Convencido de que sólo la experiencia espiritual puede colmar al hombre, decía: "el destino de cada hombre y de los pueblos están ligados a Cristo, único liberador y salvador".

En su primera encíclica escribió: "El hombre no puede vivir sin amor... Su vida está privada de sentido si no se le revela el amor... Cristo Redentor... revela plenamente el hombre al mismo hombre...". Y la palabra vibrante con la que comenzó su pontificado: "¡No tengáis miedo! ¡Abrid de par en par las puertas a Cristo! ... Cristo conoce lo que hay dentro del hombre. ¡Sólo El lo conoce!" demuestra que para él el amor de Dios es inseparable del amor por el hombre y por su salvación.

En su extraordinario impulso de amor por la humanidad, ha amado, con un amor tierno, a todos los "heridos por la vida" - como llamaba a los pobres, enfermos, los sin nombre, los excluidos a priori-, pero con un amor muy singular ha amado a la gente joven. Las convocaciones de las Jornadas Mundiales de la Juventud tenían como fin que los jóvenes fueran protagonistas de su futuro, convirtiéndose en constructores de la historia. Los jóvenes -decía-, son la riqueza de la Iglesia y de la sociedad. Y les invitaba a prepararse para las grandes decisiones, a mirar hacia adelante con confianza, confiando en las propias capacidades y siguiendo a Cristo y el Evangelio.

Queridos hermanos y hermanas, todos conocemos la singular devoción de Juan Pablo II a la Virgen. El lema del escudo de su pontificado, Totus tuus, resume su vida totalmente orientada a Cristo por medio de María: "ad Iesum de Mariam". Como el discípulo Juan, el "discípulo amado", bajo la cruz, a la hora de la muerte del Redentor, acogió a María en su casa (Jn 19: 26-27), Juan Pablo II quiso a María místicamente siempre a su lado, haciéndola partícipe de su vida y de su ministerio y se sintió acogido y amado por Ella.

El recuerdo del amado Pontífice, profeta de esperanza, no debe significar para nosotros un regreso al pasado, sino que aprovechando su patrimonio humano y espiritual, sea un impulso para mirar hacia adelante. Resuenan en nuestro corazón esta noche las palabras que escribió en su Carta apostólica "Novo millennio ineunte", al final del Gran Jubileo del Año 2000: "¡Caminemos con esperanza! Un nuevo milenio se abre ante la Iglesia como un océano inmenso en el cual hay que aventurarse, contando con la ayuda de Cristo. El Hijo de Dios, ... realiza también hoy su obra. Hemos de aguzar la vista para verla y, sobre todo, tener un gran corazón para convertirnos nosotros mismos en sus instrumentos".

La Virgen María, Madre de la Iglesia, que ahora invocamos con la oración del Rosario, que tanto le gustaba a Juan Pablo II, nos ayude a ser en todas las circunstancias, testigos de Cristo y anunciadores del amor de Dios en el mundo. Amén.


Publicado por verdenaranja @ 22:33  | Hablan los obispos
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Lectio divina para el jueves de la quinta semana de Pascua 2011, ofrecida por la Delegación Diocesana de Liturgia de la diócesis de Tenerife.

LECTURA:                “Juan 15, 9‑11”

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor.

Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.

Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud.»

MEDITACIÓN:                “Mi alegría”

            Señor, cómo necesito escuchar esta palabra, esta invitación. Y, al mismo tiempo, que compleja se me hace. La necesito y, de la misma manera, me cuesta acogerla. Mi alegría, nuestra alegría, tú lo sabes, está supeditada a nuestras cosas, a lo que tenemos, a los acontecimientos que nos ocurren. Y nuestros estados de ánimo suben o bajan según sean las circunstancias. Y eso, en parte, es normal. No podemos ser indiferentes a los sentimientos, tú también tuviste momentos de angustia, de tristeza y lloraste.

            Pero todas esas realidades y esas vivencias concretas no debían apagar nunca nuestra actitud vital, la que está en la base de nuestro ser, la que da razón de nuestra existencia. Y es ahí, donde creo que nos quieres colocar. Esa alegría profunda, que nada ni nadie nos puede quitar, y que está llamada a plenificarse, sólo se puede apoyar en ti.

            Y el ejemplo nos lo ofreces en ti mismo. Has vivido desde la obediencia a Dios, a la luz de su palabra y sus mandamientos, ahí has experimentado su amor y en ese amor mutuo se ha apoyado la fuente de tu alegría. Y a eso mismo me invitas. Los mandamientos no son leyes que nos dejas y si las cumplimos nos quieres. Los mandamientos son amor y expresión del amor, que se apoya en ti y alcanza a todos. Eso sólo puede ser, sean cuales sean las consecuencias, fuente y experiencia de alegría profunda. Ayúdame a entenderlo y vivirlo. Que en tu amor mi alegría pueda llegar a plenitud y la contagie.

ORACIÓN:               “Guardar tus mandamientos”

            Señor, ayúdame a entrar en la corriente de tus mandamientos, a entrar en la corriente de tu amor.

            Me invitas a guardar tus mandamientos, los puedo expresar en miles de gestos importantes y sencillos, pero no puedo olvidar que todos ellos parten y se encierran en el amor a ti y al prójimo.

            Dame tu luz y tu fuerza, Señor, para guardar tus mandamientos, y todo mi ser e aposente en esa alegría profunda que me llamas a expresar y que, un día, plenificarás en ti.

CONTEMPLACIÓN:              “Tu alegría”

Muchas cosas enturbian
mis sentidos y mi corazón.

Oscuridades que se ciernen
sobre mí,
o que surgen de mí.

Y tú me llamas
con el toque de tu amor
a descubrirte inserto en mí:
fuente de mi amor,
origen y meta de mi plenitud.

Y más allá de mis sombras
intuyo una sonrisa,
dibujada en el cielo azul
 en el canto de las aves,
y en mi interior confuso.

Y siento que tu alegría
me inunda, me llama y me envía.


Publicado por verdenaranja @ 17:15  | Liturgia
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martes, 24 de mayo de 2011

ZENIT  nos ofrece la oración que leyó hoy el Papa Benedicto XVI, en conexión en directo con la Vigilia de Oración celebrada hoy en el Circo Máximo de Roma. La oración fue compuesta por Juan Pablo II, originalmente para la Virgen de Lourdes.

 

Ave María, Mujer pobre y humilde,
¡Bendita del Altísimo!
Virgen de la esperanza, profecía de los tiempos nuevos,
nosotros nos asociamos a tu canto de alabanza 
para celebrar las misericordias del Señor,
para anunciar la venida del Reino
y la plena liberación del hombre.

Ave María, humilde sierva del Señor,
¡ gloriosa Madre de Cristo!
Virgen fiel, morada santa del Verbo,
enséñanos a perseverar en la escucha de la Palabra,
a ser dóciles a la voz del Espíritu,
atentos a sus llamados en la intimidad de la conciencia y a sus manifestaciones en los acontecimientos de la historia.

Ave María, Mujer del dolor,
¡ Madre de los vivientes!
Virgen esposa ante la Cruz, nueva Eva,
sé nuestra guía por los caminos del mundo,
enséñanos a vivir y a difundir el amor de Cristo,
a permanecer contigo junto a las innumerables cruces
sobre las cuales tu Hijo está aún crucificado.

Ave María, Mujer fiel,
¡ Primera discípula!
Virgen Madre de la Iglesia, ayúdanos a dar siempre
razón de la esperanza que está en nosotros
confiando en la bondad del hombre y en el amor del Padre.

Enséñanos a construir el mundo desde dentro:
en la profundidad del silencio y la oración,
en la alegría del amor fraterno,
en la fecundidad insustituible de la cruz.

Santa María, Madre de los creyentes,
Ruega por nosotros.

Amén.


Publicado por verdenaranja @ 23:05  | Oraciones
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Juan Pablo II y la alegría pascual
Por monseñor Juan del Río Martín*

(ZENIT.org).- La próxima Beatificación del Siervo de Dios Karol Wojtyla ha suscitado gran alegría y gozo en toda la Cristiandad, comenzando por el mismo Benedicto XVI que se manifestaba de esta manera: “Quienes le conocieron, quienes le estimaron y amaron, se alegrarán con la Iglesia por este acontecimiento. ¡Estamos felices!” (Ángelus 16.1.2011). La demanda de “¡Santo súbito!”, el día de su fallecimiento, 2 de abril de 2005, ha sido atendida con rigor y prontitud observando íntegramente las comunes disposiciones canónicas referentes a las Causas de beatificación y de canonización.

¿Por qué este júbilo? Pues sencillamente porque estamos ante un testigo apasionado de Cristo desde su juventud hasta su último aliento. Esta vida ejemplar la  percibieron no sólo los católicos, sino también los cristianos de otras confesiones y los hombres y mujeres más alejados de la Iglesia. El secreto de la santidad de Juan Pablo II es: su fe firme en Dios, su  amor y defensa de la verdad sobre el hombre, su confianza en Cristo como  esposo de la Iglesia y Señor de la historia, su cálida devoción a la María (“Totus Tuus”), su carisma de comunicador misionero de la Buena Noticia, su liderazgo moral internacional, su alegría constante en medio de tanto sufrimientos personales y eclesiales.

Desde el comienzo del Pontificado de este hijo de Polonia (16.10.1978), todos percibimos que algo nuevo había entrado en la Iglesia Católica. Aquella primera exclamación “No tengáis miedo, ¡abrid las puertas a Cristo!” marcará el tercer pontificado más largo de la historia de la cristiandad. Las diecisiete Cartas Apostólicas, las catorce Encíclicas, las once Exhortaciones, sus libros, y una multitud de discursos y homilías, sólo tienen un rostro: ¡Cristo salvador del hombre!

Su espíritu apostólico le llevó a realizar 104 viajes que cubrieron 130 países, además de las visitas hechas a diversas ciudades italianas y a las distintas parroquias romanas. Con él iba siempre un mensaje de liberación para el hombre, por eso condenará el capitalismo salvaje, será paladín de los oprimidos, de los derechos humanos y de la libertad religiosa, un gran luchador contra el nacionalsocialismo y el marxismo, de tal manera, que los historiadores reconocen el gran papel que  jugó en la caída del comunismo en Europa oriental en 1989. Habló siempre con verdad y libertad evangélica a los poderosos de la tierra fuesen del color político que fuesen. Como hombre pacífico y constructor de la paz convocará en Asís a los grandes líderes religiosos del mundo para hacer patente que no se puede utilizar la religión para enfrentarse entre los hermanos. Tampoco andará con ambigüedades cuando tenga que decir ¡no a la guerra! como sucedió en el 2003 en el caso de Irak. En su defensa por la justicia social reclamará un papel más digno de la mujer en las diversas esferas sociales y laborales, denunciará una globalización puramente económica que olvida la solidaridad entre los pueblos.

Amonestó con dulzura a aquellos que se desviaban del camino de la fe de la Iglesia. No regalo los oídos a los jóvenes, sino que, con amor de padre, les predicaba las exigencias del Reino de Dios, por ello, le seguían hasta congregar miles y millones en los diversos viajes y en las Jornadas Mundiales de la Juventud.

Hizo del perdón su bandera. Todos vimos como perdonaba al agresor del atentado del 13 de mayo de 1981 en la plaza de San Pedro, y de cómo no tuvo reparo de pedir perdón por los pecados históricos de los hijos de la Iglesia en el Año Jubilar del 2000. También su pasión por la Unidad de los Cristianos  y el Ecumenismo le llevará a predicar en una Iglesia protestante, hablar en una sinagoga y a pisar una mezquita.

En una fecha tan significativa para el Papa Wytyla como es el domingo de la Divina Misericordia, que además este año coincide con el 1 de mayo, su sucesor Benedicto XVI, proclamará cómo el gozo y la alegría de esta Pascua tiene un nombre: Beato Juan Pablo II, “el Magno”.

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*Monseñor Juan del Río Martín es el arzobispo castrense de España


Publicado por verdenaranja @ 22:58  | Hablan los obispos
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Reflexión de José Antonio Pagola al evangelio del domingo sexto de Pascua- A, ofrecida por la Delegación Diocesana de Enseñanza de la diócesis de Tenerife.

NO ESTAMOS HUERFANOS 

         Una Iglesia formada por cristianos que se relacionan con un Jesús mal conocido, poco amado y apenas recordado de manera rutinaria, es una Iglesia que corre el riesgo de irse extinguiendo. Una comunidad cristiana reunida en torno a un Jesús apagado, que no seduce ni toca los corazones, es una comunidad sin futuro.

         En la Iglesia de Jesús necesitamos urgentemente una calidad nueva en nuestra relación con él. Necesitamos comunidades cristianas marcadas por la experiencia viva de Jesús. Todos podemos contribuir a que en la Iglesia se le sienta y se le viva a Jesús de manera nueva. Podemos hacer que sea más de Jesús, que viva más unida a él. ¿Cómo?

         Juan recrea en su evangelio la despedida de Jesús en la última cena. Los discípulos intuyen que dentro de muy poco les será arrebatado. ¿Qué será de ellos sin Jesús? ¿A quién le seguirán? ¿Dónde alimentarán su esperanza? Jesús les habla con ternura especial. Antes de dejarlos, quiere hacerles ver cómo podrán vivir unidos a él, incluso después de su muerte.

         Antes que nada, ha de quedar grabado en su corazón algo que no han de olvidar jamás: «No os dejaré huérfanos. Volveré». No han de sentirse nunca solos. Jesús les habla de una experiencia nueva que los envolverá y les hará vivir porque los alcanzará en lo más íntimo de su ser. No los olvidará. Vendrá y estará con ellos.

         Jesús no podrá ya ser visto con la luz de este mundo, pero podrá ser captado por sus seguidores con los ojos de la fe. ¿No hemos de cuidar y reavivar mucho más esta presencia de Jesús resucitado en medio de nosotros? ¿Cómo vamos a trabajar por un mundo más humano y una Iglesia más evangélica si no le sentimos a él junto a nosotros?

         Jesús les habla de una experiencia nueva que hasta ahora no han conocido sus discípulos mientras lo seguían por los caminos de Galilea: «Sabréis que yo estoy con mi Padre y vosotros conmigo». Esta es la experiencia básica que sostiene nuestra fe. En el fondo de nuestro corazón cristiano sabemos que Jesús está con el Padre y nosotros estamos con él. Esto lo cambia todo.

         Esta experiencia está alimentada por el amor: «Al que me ama...yo también lo amaré y me revelaré a él». ¿Es posible seguir a Jesús tomando la cruz cada día, sin amarlo y sin sentirnos amados entrañablemente por él? ¿Es posible evitar la decadencia del cristianismo sin reavivar este amor? ¿Qué fuerza podrá mover a la Iglesia si lo dejamos apagar? ¿Quién podrá llenar el vacío de Jesús? ¿Quién podrá sustituir su presencia viva en medio de nosotros? 

José Antonio Pagola 

Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
29 de mayo de 2011
6 Pascua (A)


Publicado por verdenaranja @ 16:26  | Espiritualidad
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Lectio divina para el miércoles de la quinta semana de Pascua 2011, ofrecida por la Delegación Diocesana de Liturgia de la diócesis de Tenerife.

LECTURA:              “Juan 15, 1‑8”

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:«Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento mío que no da fruto lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto.

Vosotros ya estáis limpios por las palabras que os he hablado; permaneced en mí, y yo en vosotros.

Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí.

Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada.

Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden.

Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará.

Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos.»

MEDITACIÓN:               “Permaneced en mí”

            No cabe duda de que cada rama da su fruto en la medida del árbol al que esté unido. Desgajada del tronco la misma rama muere, si el tronco está enfermo tampoco le llegará la fuerza de la savia.

            No es éste tu caso, el árbol, la vid, eres tú, Señor, no hay mejor tronco, ni mejor savia. Pero para poder gozar de tu fuerza sólo hay una posibilidad, permanecer unido fuertemente a ti. Y a eso me invitas con una insistencia tremenda. A veces pretendemos estar contigo pero a distancia; queremos seguirte de lejos. Que tu savia no nos llegue del todo para que no altere nuestra comodidad y, así, poco a poco, o muy deprisa, nos vamos languideciendo, secando. Nos pegamos a otros troncos y mientras nuestros frutos están a distancia de ser los tuyos, te miramos como queriendo flirtear un poco con todos, y eso no vale.

            Señor, seguirte a ti, estar unido a ti, no es un juego, porque está llamado a poner en juego todo lo que somos y, desde ahí, nuestro modo de hacer, de creer, de sentir, de esperar. Permanecer unido al amor, supone generar amor; permanecer unido al que es la fuente de la vida, supone luchar por la vida; permanecer unido al que es perdón, compasión, donación, supone lo mismo. Tu invitación tiene siempre la misma fuerza y contundencia, mi respuesta es la que sigue siendo condicionada, pero Señor, quiero permanecer en ti. Ayúdame.

ORACIÓN:             “Dar fruto”

            Sí, Señor, quiero dar fruto, el tuyo, el que desprende de ti. Sea el que sea siempre será un fruto bueno, ayúdame.

            Quiero dar fruto, Señor, pero enséñame antes a aferrarme a ti, a pegarme a ti, a dejar que tu vida se impregne en la mía.

            Me urges a dar fruto, Señor. A veces me da miedo, sabes, no estar a la altura, hay en mí muchos obstáculos. A veces se me caen antes de llegar a su realización. Pero quiero dar fruto, Señor. Que tu savia sea más fuerte que mi debilidad.

CONTEMPLACIÓN:              “Permaneces”

Siento la insistencia de tu llamada
y tus ansias de volcar tu vida en la mía.

Y mientras intento aferrarme a ti,
en una especie de juego
en el que no entro
con todas mis fuerzas,
tú sigues ahí,
esperando;
permaneces fiel,
con tus brazos abiertos,
dispuesto a abrazarme,
con todas tus fuerzas,
y transmitirme tu savia de amor.


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lunes, 23 de mayo de 2011

ZENIT  publica el artículo que ha escrito monseñor Felipe Arizmendi Esquivel, obispo de San Cristóbal de Las Casas, con el título "Vivencias con Juan Pablo II". 

La lección de la beatificación de Juan Pablo II

VER

Al aproximarse la beatificación del Papa Juan Pablo II, recuerdo varios momentos en que tuve la gracia de estar cerca de él y valoro los dones que Dios nos concedió en su persona.

Siendo aún presbítero, cuando vino a México la primera vez, en enero de 1979, estuve en su encuentro con los sacerdotes en la Basílica de Guadalupe. Acompañé a los seminaristas de Toluca para estar con él en Guadalajara. En sus visitas posteriores, en las últimas ya como obispo, pude estar más cerca. En el Sínodo Mundial de Obispos de 1990, sin serlo yo todavía, casi a diario gozamos de su presencia; fui nombrado por él como experto en la formación sacerdotal en los Seminarios de América Latina. Por grupos, nos invitaba a tomar los alimentos con él. Participé en la IV Conferencia del Episcopado Latinoamericano en Santo Domingo, en 1992, que él inauguró. Durante la Visita Ad limina en 1994, conversé con él durante quince minutos. Estuve cerca de él durante el Sínodo para América, en 1997, delegado por mis hermanos obispos mexicanos. Lo saludé en algunas audiencias generales en Roma. Por su medio, el Espíritu Santo me llamó al episcopado en Tapachula, el 7 de febrero de 1991.

El 12 de enero del 2000, recibí una carta de su parte, firmada por el Prefecto de la Congregación para los Obispos, en que me preguntaba cuál era mi disponibilidad para ser trasladado de Tapachula a San Cristóbal de Las Casas, como sucesor de Mons. Samuel Ruiz García. Respondí que no me consideraba capaz para ese servicio y le di mis razones; le sugerí a otros; pero le manifesté mi disposición a acatar la voluntad de Dios, manifestada en mis legítimos superiores. Pasaron tres meses y parecía que nada pasaba. El 12 de marzo, estando en Bogotá como Secretario General del CELAM, recibí una llamada en que se me pedía ir a Roma, para hablar personalmente con el Papa y sus colaboradores sobre el asunto. Con toda bondad me recibió y me escuchó; le repetí lo mismo que le había dicho en mi carta. En ese momento, nada me resolvió. El día 20 de marzo se fue a Israel, para celebrar el Gran Jubileo de la Encarnación, y estando en Jerusalén rumbo a Nazaret, entre el 24 y 25, días y lugares muy significativos, pidió que la Nunciatura me preguntara por tercera vez si estaba dispuesto al cambio. Reiteré lo mismo y el 31 de marzo de 2000 se publicó mi traslado a la diócesis donde ya llevo once años de ministerio episcopal. Juan Pablo II, pues, ha sido una providencia muy especial para mí. Cuando voy a Roma, estoy un buen rato en su sepulcro, en conversación familiar con él.

JUZGAR

Más allá de anécdotas personales, en Juan Pablo II nos regaló Dios un legítimo Sucesor de Pedro, un sacrificado Vicario de Cristo, un diligente Pastor universal, un solícito Obispo de Roma, que hizo cuanto pudo para cimentarnos en un como trípode: Cristo, Iglesia, Hombre. Desde su mensaje inaugural en Puebla, lo delineó claramente. Su insistencia en la necesidad de una nueva evangelización en su ardor, en sus métodos y en su expresión, nos acicateó para llevar a Cristo a la cultura y alentar una promoción humana integral, como nos dijo en Santo Domingo.

Me fascina su convicción de la centralidad de Cristo, y sobre todo de la necesidad de un encuentro vivo con El, como lo describe en su Exhortación Postsinodal La Iglesia en América y en tantos otros momentos. Su preocupación por la justicia para los pobres, por los derechos de los trabajadores, y en particular su defensa de los pueblos indígenas; su tierno amor a la Virgen María, su entrega sacrificada y firme hasta el final de sus capacidades, sus sufrimientos por la Iglesia, su pasión misionera, son legados que no podemos olvidar.

ACTUAR

Lo podemos invocar como intercesor ante Dios, para pedir milagros y gracias; pero sobre todo hemos de cuestionarnos qué nos quiso decir el Señor por su medio. La gran fiesta por su beatificación no debe quedarse en algo exterior y transitorio, sino ayudarnos a profundizar en su mensaje, que el Papa Benedicto XVI continúa con toda profundidad. Que el reconocimiento eclesial a su testimonio de fidelidad al Evangelio, nos impulse a ser mejores discípulos y misioneros de Jesús.


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Homilía de monseñor Carmelo Juan Giaquinta, arzobispo emérito de Resistencia, para la misa del día de Pascua (24 abril 2011). (AICA)

PASCUA DE RESURRECCIÓN 2011     
Jn 20,1-9 

1. La lectura del Evangelio que se lee esta mañana, tomada de San Juan 20,1-9, no tiene, a primera vista, el marco de victoria como la que leímos anoche, de San Mateo. Todo lo contrario. No se narra ninguna aparición de Jesús. La tumba está vacía. Y hay una sensación de que “se han llevado del sepulcro al Señor”. Sin embargo, la Iglesia la elige para esta mañana de Pascua. Sin duda esconde un misterio que, desentrañado por la fe, será motivo de gran alegría. 

I. “MARÍA MAGDALENA, CUANDO TODAVÍA ESTABA OSCURO…” 

2. Los protagonistas son tres. La primera en aparecer es María Magdalena. El texto evangélico dice: “El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro”. Agrega: “vio que la piedra había sido sacada”. Y concluye: “corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba”. Parece estar sola, pero el modo de hablar sugiere que está acompañada: “Se han llevado del sepulcro al Señor –dice– y no sabemos dónde lo han puesto” (Jn 20,1-2). Pero ella es el personaje que importa.

3. ¿Quién es María de Magdala? No es María de Betania, la hermana de Marta y de Lázaro, que ungió los pies de Jesús. Betania está junto a Jerusalén. Magdala está en Galilea, al noroeste del lago de Tiberíades. Tampoco es la pecadora perdonada por Jesús, de la que habla Lucas, pues la Magdalena aparece más tarde, junto con otras mujeres, acompañando a Jesús y a los Doce, a quienes sirven con sus bienes (cf Lc 8,2-3). Y no hay razón alguna para pensar que sea la mujer sorprendida en adulterio, a quien Jesús salva de morir apedreada. María Magdalena es una mujer que, como otras, ha sido curada por Jesús de una grave enfermedad y se ha hecho su discípula.

4. Pero más que identificar a María Magdalena, importa averiguar en qué estado espiritual se encuentra. No ponemos en duda su amor a Jesús. Lo muestran su seguimiento desde Galilea, su servicio, su estar junto a la cruz con María la madre de Jesús, su ir de madrugada a la tumba. Pero Juan nos dice que ella va a la tumba “cuando todavía estaba oscuro”. ¿Se trata sólo de la penumbra de la madrugada? Más bien de la penumbra de su fe incipiente. Como todo discípulo, María Magdalena ha de hacer todavía un largo camino espiritual hasta llegar a la fe adulta. En la oscuridad del primer día de la semana, fue a visitar la tumba de Jesús el Maestro muerto, para dar curso a sus sentimientos de dolor, que no había podido expresar por la observancia del sábado. Y, una vez que hubiese hecho el luto, retomar la vida de antes, en la misma penumbra de aquel doloroso día, para quedarse triste toda la vida, pues ahora ni siquiera tiene a dónde ir a llorar. Al dolor por la muerte del Maestro, se agrega el robo de su cadáver. En síntesis: María Magdalena ama a Jesús el Maestro, pero todavía no cree en Jesús el Cristo, el que debía morir en cruz, ser sepultado y resucitar. Por lo mismo, su amor, si bien es intenso, es todavía muy imperfecto. 

II. “DESPUÉS LLEGÓ PEDRO, Y ENTRÓ AL SEPULCRO; VIO…” 

5. Dejemos por un momento la figura de la Magdalena, pues la escena en que Jesús se le aparece la leeremos recién el martes de Pascua. Y vengamos a Pedro. No hace falta explicar mucho quién es. Ciñéndonos al Evangelio de Juan: Pedro es uno de los primeros en ser llamado por Jesús. Cuando, a raíz del sermón sobre el Pan de Vida, muchos de sus discípulos lo abandonan, él decide quedarse: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios” (Jn 6,68-69). Es el que se resiste a que Jesús le lave los pies, pero termina pidiéndole que le lave las manos y la cabeza. Es el que promete dar la vida por Jesús, pero en el huerto de los olivos pretende defenderlo con la espada. Es el que cuando lo apresaron lo siguió hasta la casa de Anás, pero estando en el patio negó por tres veces que lo conocía. Es aquel a quien Jesús resucitado le preguntará por tres veces si lo ama y le encomendará el pastoreo de su rebaño.

6. El texto leído dice que, ante la noticia que da María Magdalena: “Pedro y el otro discípulo salieron y fueron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corría más rápido que Pedro y llegó antes… Después llegó Simón Pedro, que lo seguía, y entró en el sepulcro; vio las vendas en el suelo, y también el sudario que había cubierto su cabeza; este no estaba con las vendas, sino enrollado en un lugar aparte” (Jn 20,3-7). También Lucas cuenta que, ante los dichos de las mujeres, “Pedro se levantó y corrió hacia el sepulcro, y al asomarse, no vio más que las sábanas. Entonces regresó lleno de admiración por lo que había sucedido” (Lc 24,12).

Es decir, Pedro ve la tumba vacía, pero no llega a creer en la resurrección de Jesús. También él estaba envuelto en la misma penumbra de la Magdalena. Como leímos en el pasaje: “Todavía no habían comprendido que, según las Escrituras, él debía resucitar de entre los muertos” (Jn 20,9). Pedro llegará  a la fe en Cristo resucitado sólo cuando éste se le aparezca, según testimonian Lucas y Pablo (cf Lc 24,34; 1 Co 15,5).

7. En esta Pascua: ¿qué nos dicen las figuras de María Magdalena y de Pedro? ¿No nos dicen algo sobre nuestro estado espiritual? Es probable que la mayoría de los presentes seamos cristianos desde niños. Amamos a Jesús. Lo seguimos y lo servimos. Tal vez realizamos algún apostolado, incluso con sacrificio. El más importante de todos, la educación cristiana de los hijos. Pero también en la catequesis, en Caritas, en el colegio religioso, llevando la comunión a los enfermos, consagrados en alguna Orden o Congregación religiosa, ejerciendo alguna de las Sagradas Órdenes: diácono, presbítero, obispo. Pero ¿no nos movemos en una fe que, más que una luz, es todavía una penumbra? Vemos las cosas con nuestros ojos terrenos, y las interpretamos según lo que ellos captan: “Se han llevado del sepulcro al Señor”. De esa manera, imposible que demos un testimonio convincente de la resurrección de Cristo a los hombres de este mundo descreído. 

III. “EL OTRO DISCÍPULO CORRIÓ MÁS RÁPIDO Y LLEGÓ ANTES… ENTRÓ, VIO Y CREYÓ” 

8. El tercer protagonista es el discípulo amado: “Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió más rápido y llegó antes…” (Jn 20,4). Atribuir la rapidez del discípulo amado a su supuesta juventud, significa no conocer al evangelista Juan. ¿Quién es el discípulo amado? Sin entrar en discusiones sobre si es el apóstol Juan, hermano de Santiago, u otra persona, como podría ser Lázaro, que es designado por Marta y María como “el que tú amas, Señor, está enfermo” (Jn 11,3): es, sin duda, el que en la última cena “estaba reclinado muy cerca de Jesús” (Jn 13,23); el que permaneció junto a la cruz (Jn 19,26); el primero en reconocer a Jesús resucitado en la orilla del lago (Jn 21,7); aquel de quien corrió la voz que no moriría hasta la vuelta del Señor (ib. vv. 20-23); el primer testigo de todo lo escrito en el cuarto evangelio (ib. v. 24; 19,35).

Todo ello indica la calidad de este discípulo y por qué se lo llama “el amado”. El amor a Jesús ha llegado en él a un grado tal que le permite reconocer de inmediato la presencia del Señor, aún en la ausencia de la tumba: “Luego entró el otro discípulo, que había llegado antes al sepulcro: él también vio (como Pedro, la tumba vacía), y (además) creyó” (Jn 20,8). Lo reconoce a Jesús, incluso, en la penumbra del amanecer. Mientras los otros discípulos responden con cierto desdén al preguntón de la orilla del lago si tienen algo para comer, él lo reconoce enseguida y “dijo a Pedro: ‘¡Es el Señor!’” (Jn 21,7), como leeremos el próximo viernes de Pascua. La fe del discípulo amado es como la que ponderó Jesús: “Felices los que creen sin haber visto” (Jn 20,29).  

CONCLUSIÓN 

9. El amor a Jesús supone algún grado de fe. Pero la fe en él está llamada a crecer. Esta, como si fuese una plantita, necesita cuidados. Si no, puede quedarse raquítica, y hasta morir. El principal cuidado que necesita es la oración suplicante, fruto del amor. Como un día “los apóstoles le dijeron al Señor: ‘Auméntanos la fe’” (Lc 17,5).

Nosotros estamos acostumbrados a enumerar las virtudes teologales según nos enseñó San Pablo: fe, esperanza y caridad. Pero a veces imaginamos que las tres se dan sólo en orden sucesivo y lineal. Y que una vez que amamos a Dios, podemos despreocuparnos de la fe con que creemos en él. No nos damos cuenta de que la fe y el amor necesitan realimentarse recíprocamente. La fe en Dios da inicio al amor, pero el amor a Dios, a su vez, acrecienta la fe en él. Así se establece en el alma una ascensión sin fin: “Te creo, te amo; te creo, te amo…”, que concluirá en el abrazo definitivo con el Señor, cuando el amor llegue al colmo, haga desaparecer la fe, y sólo nos quede el gozar contemplándolo cara a cara “tal cual es” (1 Jn 3,2; 1 Co 13,12-13).

10. Anoche, en la Vigilia Pascual, después del anuncio de la Resurrección según San Mateo, hemos renovado las promesas bautismales. Por tres veces hemos renunciado al demonio y a toda forma de mal. Y por tres veces hemos profesado nuestra fe en Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Es decir, hemos recordado y renovado nuestra resurrección espiritual en el bautismo.

Cuando el sacerdote nos preguntó si creemos, no le hemos respondido sólo que creemos que hay un solo Dios, porque eso, como dice el apóstol Santiago (St 2,19), también lo pueden decir los demonios. Hemos dicho que le creemos a Dios, y que queremos que él sea nuestro único Dios, porque él es nuestro sumo bien y toda nuestra esperanza. No hemos dicho sólo que creemos que Jesucristo nació, murió y resucitó, y que ahora se lo llama “Señor”. Hemos dicho que le creemos de veras a Jesucristo, muerto y resucitado. Y que queremos que él sea nuestro único Señor, y que ansiamos sentir, pensar, querer y obrar como él. No hemos hecho un acto de fe sólo mental, como lo pueden hacer los demonios. Hemos hecho un acto de fe amorosa, como sólo lo pueden hacer los hijos de Dios. Fe y amor van juntos. Esta es la fe por la que morimos al pecado. Y por esta fe, resucitamos a una Vida nueva, a la Vida eterna, ya desde esta existencia terrena.

11. Esta mañana de la gloriosa Resurrección de Jesucristo, no busquemos a Jesús desde una fe incipiente, en la penumbra, como la Magdalena o Pedro. Sino desde una fe viva, como el discípulo amado, que “vio y creyó” (Jn 20,8). Y tendremos “una alegría que nadie nos podrá quitar” (Jn 16,22). Y entonces, no sólo hoy, sino siempre será Pascua de Resurrección. 

Mons. Carmelo Juan Giaquinta, arzobispo emérito de Resistencia 


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Alocución televisiva de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata en el programa “Claves para un mundo mejor” (23 de abril de 2011). (AICA)

EL TRIPLE SIGNIFICADO DE LA PASCUA            

Queridos amigos estamos celebrando una nueva Pascua y cuando, en un día como hoy, nos decimos o nos deseamos “felices pascuas” es importante que tengamos bien claro qué es lo que expresamos con ese saludo y cuál es el sentido profundo de nuestra celebración.

En realidad, lo que celebramos es el misterio de la Resurrección del Señor. Pero ese misterio no solamente considerado como un hecho real, histórico, que ha sido la clave de la historia humana sino también como algo que atañe concretamente a nuestra vida.

Por eso, cuando decimos “felices pascuas”  o “Cristo ha resucitado”, que es lo mismo, estamos, en realidad, anunciando, proclamando, tres verdades de nuestra fe.

En primer lugar una verdad que atañe a Jesucristo mismo. El hecho de que, a través de la muerte, el Señor, en su santísima humanidad, entra en la gloria del Padre. La Resurrección de Cristo no es el retorno de Cristo a la vida que llevaba antes como, por ejemplo, en el caso de la resurrección de Lázaro o del hijo de la viuda de Naín, o de la hijita de Jairo, sino que Cristo entra en la dimensión definitiva, en el seno de la Trinidad. El hombre Jesucristo, la humanidad de Jesucristo, queda penetrada de la gloria de Dios y en Él se anticipa el fin de los tiempos. Él es la eternidad, Él es cielo, fuente de Vida eterna para todos los que creen en él.

Entonces estamos afirmando algo maravilloso, un acontecimiento único en la historia de la humanidad pero que es el principio de una edad sin fin a la cual los hombres estamos llamados a participar. Con la resurrección del Señor han comenzado “los últimos tiempos”.

La segunda dimensión de esta afirmación “felices pascuas; Cristo ha resucitado” es nuestra propia transformación espiritual.

Ya la primera generación cristiana advirtió esto: que la Muerte y la Resurrección de Jesucristo son nuestra salvación, nuestra justificación. Que Cristo Resucitado nos comunica el Espíritu que nos da la vida de Dios.

Al decir que Cristo ha resucitado estamos diciendo que nosotros hemos resucitado con Él, hemos resucitado espiritualmente con Él. La vida cristiana, la vida en la gracia de Dios, es precisamente eso: es el efecto y la presencia en nosotros de la vida nueva  de Cristo Resucitado, con su Espíritu.

Esto aparece claramente en los escritos del Nuevo Testamento y la liturgia y la tradición de la Iglesia lo expresan de un modo cabal al establecer que en la Vigilia Pascual, en la Noche de Pascua, encuentran su lugar más propio los sacramentos de la Iniciación Cristiana. En la Vigilia Pascual los catecúmenos reciben el bautismo, la confirmación y la eucaristía, y nosotros bautizados ya, renovamos nuestro compromiso bautismal para que esa vida que Cristo nos ha dado se manifieste concretamente en nuestras obras.

Pero hay una tercera dimensión de esta verdad de fe “felices pascuas; Cristo ha resucitado” que tiene que ver con el futuro de la humanidad y del cosmos; es el principio de la resurrección de los muertos, que será la transformación de nuestros cuerpos mortales y también la transformación del universo entero.

Esto es lo que se llama la dimensión escatológica de la Resurrección de Cristo. En el Credo afirmamos nuestra fe en que Jesús volverá al fin de los tiempos para juzgar a vivos y muertos y su reino no tendrá fin. Creemos en un cielo nuevo y una tierra nueva, que no son obra del hombre sino obra de Dios. Este fin de los fines ha comenzado ya en el Señor Resucitado.

La Pascua, entonces, es una fiesta de alegría y de esperanza; pero no hay que creer que esa alegría y esa esperanza tiene que tener un efecto automático, casi mágico, en la vida de todos los días.

Por ejemplo: si nosotros, argentinos, que tenemos tantas razones para vivir atribulados, pensamos que por celebrar la Pascua todo va a cambiar, va a mejorar, y que el día de mañana estaremos todos más contentos y felices y las cosas se van a ir acomodando solas, seguramente nos estaríamos engañando.

Las cosas se pueden ir mejorando, ciertamente, y los cristianos tenemos esa esperanza, en la medida en que nosotros vivamos en plenitud esa vida nueva que nos trasmite Cristo Resucitado. En la medida en que la fe se proyecte con coherencia en la conducta.

Por eso sí, efectivamente, el cristianismo es una fuente de continua esperanza en la renovación del mundo, pero esa renovación del mundo pasa por nosotros, pasa nuestra fe, por la profundidad y el vigor de nuestra fe, pasa por la coherencia entre nuestra fe y la vida y pasa por nuestro compromiso público y social de dar pleno testimonio de la verdad cristiana.

Entonces sí, con paciencia, con esfuerzo, con dolor –porque el misterio de la Cruz es insoslayable- podemos contribuir a una transformación de las cosas. Nos anima esta esperanza. Y esta esperanza es la que hoy nosotros compartimos cuando nos decimos, como yo les digo a ustedes, felices pascuas. 

Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata 


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Lectio divina para el martes de la quinta semana de Pascua 2011, ofrecida por la Delegación Diocesana de Liturgia de la diócesis de Tenerife.

LECTURA:             “Juan 14, 27‑31ª”

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde. Me habéis oído decir: "Me voy y vuelvo a vuestro lado." Si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, sigáis creyendo.

Ya no hablaré mucho con vosotros, pues se acerca el Príncipe del mundo; no es que él tenga poder sobre mí, pero es necesario que el mundo comprenda que yo amo al Padre, y que lo que el Padre me manda yo lo hago.»

MEDITACIÓN:            “La paz os dejo”

            Podríamos acoger con una sonrisa triste esta afirmación si la entendiésemos mirando a nuestro alrededor, incluso a nuestro propio corazón en muchos momentos, y decirte que no, Señor, que la paz no la tenemos, que no somos capaces de conquistarla, que nuestra historia sigue siendo una historia de violencias, de demasiadas violencias, y no vislumbramos un horizonte mejor.

            Pero no, no te referías a esa paz externa. Sabías de nuestra realidad e, incluso, vaticinaste guerras y revoluciones hasta el final. La paz que nos dejas es la tuya, no la del mundo. Es la paz que se apoya en ti, que tiene en ti su fuente, su causa y, que nada, ningún acontecimiento por negativo que sea, puede nunca romper.

            Es la paz que se asienta en la certeza de tu presencia, de tu amor. La paz que da el sabernos inmersos en el núcleo de tu amor que nos ha insertado en la vida, en tu vida, que en ti alcanza sentido y plenitud. No es solamente la paz física de nuestro corazón sereno, sino esa experiencia íntima, profunda, más allá de nuestros meros sentidos, que llegamos a experimentar como algo que está más adentro y más allá de lo que podemos explicar. Es, sencillamente, tu paz, eres tú mismo en nosotros y con nosotros. Y ésa, no cabe duda, está en la base de nuestra armonía que podemos aportar, trasmitir y ayudar a construir con ella y desde ella, contigo y desde ti.

ORACIÓN:            “Ábreme a tu paz”

            Señor, ábreme a la experiencia profunda de tu paz, que nada y nadie me pueda hacer turbar.

            Ábreme a tu paz para que, desde ella y con ella, pueda ser constructor de paz.

            Ábreme a tu paz, Señor, para que encuentre en ella la fuerza y la serenidad que me permita ser testigo de tu presencia, de tu verdad, de tu amor.

CONTEMPLACIÓN:      “Tu paz” 

Cuando todo me turba
y se tambalean mis certezas
y mis seguridades.

Cuando mi vida se mueve,
como una barca tambaleada
por la fuerte tormenta,
vienes a mí.

Y en mi desconcierto,
tiendes tu manto suave,
como una mano que acaricia
el temblor de un niño
o el cuerpo frágil del que sufre
en silencio,
y derramas el bálsamo de tu paz,
profunda y serena.

Entonces siento que no estoy solo,
que aquí dentro, muy dentro,
estás tú.

 


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domingo, 22 de mayo de 2011

ZENIT  publica el mensaje que ha escrito monseñor Jesús Sanz Montes, ofm, arzobispo de Oviedo, con motivo de la Pascua de Resurrección que transmite al mismo tiempo los deseos de ZENIT para sus amigos.

Queridos hermanos y amigos: paz y bien.

Decimos de quienes se contrarían, que están malhumorados. Sí, que se les ha colado un mal humo en los adentros y les deja contrariados. Pero las cosas no tienen esas penurias ahumadas malamente, aunque la vida nos complique la andadura y nos haga fatigar y hasta afogarnos en las cuestas arriba, o nos precipite desbocados en las cuestas abajo. Hay un modo distinto de ver las cosas, que aunque éstas no cambien, son otras si las miramos asomados desde otros ojos.

A veces la vida huele a azahar y sabe como a tomillo, y la tierra te llena de frescor mañanero, tanto que parece recién bañada con matutino remojo. Y además, si se la sabe mirar, más aún, si se sabe amarla, ¡entonces qué fácil es descubrir su íntimo secreto que te llena de paz y alegría el alma!

La Pascua florida nos trae esa canción. No se trata de una poesía enajenante que nos saca del quicio y del huerto, que nos emboba distraídos para no afrontar las cosas como la vida requiere. Pero la Pascua florida tiene esa belleza siempre nueva, que se estrena en esperanza y que se brinda con sonrisas, no como si nada hubiese pasado o como si nada estuviese pasando, sino precisamente en medio de todo esto.

Hemos vuelto a guardar nuestros capisayos semanasanteros, y hemos regresado a nuestros habituales asuntos tras la tregua piadosa de los días más cristianos del año. Y no se trata de volver cansinos a la carga, al hoyo o al bollo de lo cotidiano con una mueca de derrota como quien debe reemprender lo propio con enfado.

La Pascua florida nos dice que hay algo que realmente vuelve a comenzar rompiendo el maleficio que nos hace rehenes tristes de una inercia difícil de cambiar. Los inviernos y sus inclemencias, esos fríos que congelan toda posible calidez, dejan paso inevitablemente a una primavera que de modo imparable nos explota fecunda la vida. Es lo que significa la palabra hebrea "pascua", el paso, lo que acontece sin que nada ni nadie lo pueda detener. Dios pasa y pasea su vida habiendo vencido de mil modos la parada acorralante de la muerte. Esta es la Pascua que en este día vemos florecer, como se abre la flor en lo que fuera semilla, como se abre la flor en lo que luego será fruto también.

Nos llena de santa alegría esta esperanza cierta, una esperanza cumplida que una y otra vez se hace hueco en medio de nuestras cuitas, de nuestros desconciertos, de nuestros cansancios y nuestros miedos. Hay algo que se hace rebelde en nosotros por dentro, cuando una extraña y dulce fortaleza se resiste a que la vida se haga lenta, pesada, cansina y sin derrotero. Y esto es la exigencia de nuestro corazón que se hace demanda, se hace plegaria, se hace gracia en el encuentro. Sí, un encuentro entre mis preguntas más mías, y las respuestas del Señor que me las revela.

Pascua florida, regreso estrenador de la vida, donde nuestros sepulcros quedan vacíos y la muerte vencida. La luz se demostró más grande infinitamente que todas nuestras oscuridades juntas. La bondad se hizo hueco en medio de nuestras maldades. La gracia del Resucitado ha logrado hacer caducas a nuestras desgracias mortales. Y la vida misma, nos narra de tantos modos el regalo que Dios nos hace al abrazar nuestra realidad espesa y nuestra humanidad herida. Cristo ha vencido. Albricias es el canto. Nosotros los testigos y una alegría pascual nuestra seña y nuestro santo. Nos inunda a raudales la Santa Pascua florida. Felicidades.

Recibid mi afecto y mi bendición.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo


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ZENIT  publica las palabras que dirigió Benedicto XVI el "Lunes del Ángel" (Lunes de Resurrección), en la residencia pontificia de Castel Gandolfo, al rezar la oración mariana del Regina Caeli junto a varios miles de peregrinos.


Queridos hermanos y hermanas:

Surrexit Dominus vere! Alleluja! La Resurrección del Señor implica una renovación de nuestra condición humana. Cristo ha vencido la muerte, causada por nuestro pecado y nos devuelve la vida inmortal. De este acontecimiento brota toda la vida de la Iglesia y la existencia misma de los cristianos. Lo leemos precisamente hoy: Lunes del Ángel, en el primer discurso misionero de la Iglesia naciente: "A este Jesús- proclama el apóstol Pedro- Dios lo resucitó, y todos nosotros somos testigos. Exaltado por el poder de Dios, recibió del Padre el Espíritu Santo prometido, y lo ha comunicado como ustedes ven y oyen" (Hechos 2, 32-33). Uno de los signos característicos de la fe en la resurrección es el saludo entre los cristianos en el tiempo pascual, inspirado en el antiguo himno litúrgico: "¡Cristo ha resucitado! ¡ Verdaderamente, ha resucitado¡". Es una profesión de fe y un compromiso de vida, tal y como les sucedió a las mujeres descritas en el Evangelio de san Mateo: "De pronto, Jesús salió a su encuentro y las saludó, diciendo: "Alegraos". Ellas se acercaron y, abrazándole los pies, se postraron ante él. Y Jesús les dijo: "No temáis. Id, avisad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán" (Mateo 28, 9-10). "Toda la Iglesia --escribe el siervo de Dios Pablo VI-- recibe la misión de evangelizar, y la obra de cada uno es importante para el todo. Esta queda como un signo junto a lo opaco y luminoso de una nueva presencia de Jesús, de su partida y de su permanencia. Esta la prolonga y lo continúa" (exhortación apostólica Evangelii Nuntiandi, 8 diciembre 1975, 15: AAS 68, 14)

¿Cómo podemos encontrar al Señor y hacernos cada vez más sus auténticos testigos? San Máximo de Turín afirma: "Quien quiere alcanzar al Salvador, primero lo debe poner con la propia fe a la derecha de la divinidad y colocarlo con la persuasión del corazón en los cielos", por lo tanto, debe aprender a dirigir constantemente la mirada de la mente y del corazón hacia lo alto de Dios, donde Cristo ha resucitado. Entonces, en la oración, en la adoración, Dios encuentra al hombre. El teólogo Romano Guardini observa que "la adoración no es algo accesorio, secundario....se trata del interés último, del sentido y del ser. En la adoración el hombre reconoce aquello que vale en sentido puro, simple, y santo". Sólo si sabemos dirigirnos a Dios, rezarle, nosotros podemos descubrir el significado más profundo de nuestra vida y el camino cotidiano es iluminado por la luz del Resucitado.

Queridos amigos, la Iglesia, en Oriente y en Occidente, hoy festeja a San Marcos evangelista, sabio anunciador del Verbo y escritor de las doctrinas de Cristo, como era definido en la antigüedad. Él es también patrono de la ciudad de Venecia, adonde, si Dios quiere, iré en visita pastoral el 7 y 8 de mayo próximo. Invoquemos ahora a la Virgen María, para que nos ayude a cumplir fielmente y con alegría la misión que el Señor Resucitado confía a cada uno de nosotros.

[Tras rezar el Ángelus, el papa saludó a los peregrinos en varios idiomas. En español, dijo:] 

Dirijo mi cordial saludo a los peregrinos de lengua española que participan en esta oración mariana. Que no deje de resonar en el mundo y en la Iglesia la alegre noticia de la resurrección de Jesucristo de entre los muertos. Que la paz, que nace del triunfo del Señor sobre el pecado, se extienda por toda la tierra, en particular por aquellas regiones que más la necesitan. Que la claridad victoriosa de su semblante ilumine vuestras vidas, vuestras familias y vuestras ciudades, y fortalezca también vuestros corazones con la esperanza de la salvación que Cristo nos ha ganado con su pasión gloriosa. Feliz Pascua a todos. 

[Hablando en italiano añadió:] 

Dirijo un saludo especial a los representantes de la Asociación "Meter", promotora de la Jornada Nacional para los Niños Víctimas de la Violencia, el Abuso y la Indiferencia, y les aliento a continuar con su obra de prevención y de sensibilización de las conciencias junto a las diferentes instituciones educativas: pienso en particular, en las parroquias, y en las demás realidades eclesiales que se dedican con generosidad a la formación de las nuevas generaciones.  

[©Libreria Editrice Vaticana]


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Lectio divina para el lunes de la quinta senama de pacua 2011, ofrecida por la Delegación Diocesana e Liturgia de la diócesis de Tenerife.

LECTURA:                 “Juan 14, 21‑26”

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése me ama; al que me ama lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él.»

Le dijo Judas, no el Iscariote: «Señor, ¿qué ha sucedido para que te reveles a nosotros y no al mundo?»

Respondió Jesús y le dijo: «El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él.

El que no me ama no guardará mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió.

Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho.»

MEDITACIÓN:             “El que me ama”

            Sí, es muy importante que lo descubra y que lo tenga en cuenta. Solemos empeñarnos en querer seguirte, en intentar cumplir lo que nos dices, por eso, porque nos empeñamos o porque queremos cumplir, y así vamos caminando entre momentos álgidos y, otros, haciendo agua.

            Y no, no se trata de empeño, ni de querer poco o mucho algo, por bueno que sea, se trata de amar. Tú hiciste lo que hiciste porque te sabías y sentías amado por el Padre, desde la experiencia de ese amor te metiste en la corriente de su voluntad. Porque sólo cuando se ama se puede poner la vida en juego desde lo más profundo y auténtico.

            Tú nos has amado primero para que entremos en tu corriente de amor, sólo desde esta relación, desde esta experiencia de saberme y sentirme amado plenamente por ti, puedo adentrarme, puede surgir el anhelo, el deseo, la necesidad, la ilusión, el empeño, de guardar, de cumplir tus palabras de vivir como tú. Adéntrame, Señor, en la vivencia de tu amor.

ORACIÓN:             “Quiero guardar”

            A veces no sé si te lo digo en serio, pero quiero amarte, Señor, con todas mis fuerzas. Quiero guardar tus palabras, dame capacidad de hacerlo.

            Quiero guardar tu palabra, quiero amar como tú. Sé y sabes de mis limitaciones, pero quiero, Señor.

            Señor, quiero guardar tu palabra y sentir que formas parte de mí, que lates en lo más profundo de mi intimidad. Señor, gracias por que me amas.

CONTEMPLACIÓN:             “Me amas”

Quisiera decirte que te amo
y sentir la emoción de mis palabras
que brotan de mi sentimiento
más profundo,
cuando el muro amenazante
de mi pobreza
manifiesta, cruelmente, mi distancia.

Pero una honda emoción
recorre mis entrañas,
porque sé que, a pesar de todo,
me amas,
y que es ese amor sin fondo,
el que me salva.


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Lectio divina para el domingo quinto de Pascua - A, ofrecida por la Delegación Diocesana de Liturgia de la diócesis de Tenerife.

LECTURA:            “San Juan 14, 1‑12”

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: No perdáis la calma, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas estancias si no, os lo habría dicho, y me voy a prepararos sitio. Cuando vaya y os prepare sitio volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino.

Tomás le dice: Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo podemos saber el camino?

Jesús le responde: Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto.

Felipe le dice: Señor, muéstranos al Padre y nos basta. Jesús le replica: Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: «Muéstranos al Padre?» ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. Os lo aseguro: el que cree en mí, también el hará las obras que yo hago, y aun mayores. Porque yo me voy al Padre.

MEDITACIÓN:            “No perdáis la calma, creed”

            Necesito y necesitamos escuchar esta frase de tus labios, Señor. Vivimos tiempos de inquietud en muchos sentidos. Tiempos de inseguridad, de superficialidad, de ausencia de valores, de incertidumbre, de muchos miedos y de mucha violencia, que se extiende por todos los ámbitos de la sociedad pero que surge de un corazón inquieto y vacío, y que se proyecta a todos.

            Ante experiencias similares más de una vez llamabas a no tener miedo. Muchas veces no es fácil. En ocasiones no vienen las dificultades de fuera, sino de nuestro propio mundo interior que se descubre en la imposibilidad de vivir la coherencia que anhela, y experimenta la propia contradicción, como si dos mundos se entrecruzasen en uno mismo.

            En medio de todo ello una llamada y una invitación, “no perdáis la calma, creed”.  Creer en ti, fiarnos de ti, apoyarnos en ti, es garantía de serenidad, experiencia profunda de paz. Gracias, Señor.

ORACIÓN:             “Creo, Señor”

            Señor, creo en ti, espero en ti. Que tú seas siempre mi paz.

            Creo, Señor, que tú eres el verdadero camino para generar vida, para llegar a la vida. Ayúdame a caminar contigo y por ti.

            Creo, Señor, que en ti está la plena verdad del amor, ayúdame a apoyarme en ti.

CONTEMPLACIÓN:              “Calma profunda”

Siempre tengo motivos
para encontrar mi corazón inquieto.

Siempre hay algo que me turba
y vacía la fuerza de mi interior.

Y siempre tu palabra
se me acerca serena,
como un beso suave
en medio del llanto desconsolado.

Y una calma profunda
inunda mi corazón de paz.


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sábado, 21 de mayo de 2011

Homilía del cardenal Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires, en la Misa Crismal (Catedral metropolitana, 21 de abril de 2011). (AICA)

MISA CRISMAL           

Cada Jueves Santo, en la Misa Crismal, regresamos al eterno presente de esta escena, en la que Lucas resume simbólicamente todo el ministerio de nuestro Señor. Como en torno a una fuente nos reunimos para escuchar al Señor que nos dice: Esta escritura que acaban de oír se ha cumplido hoy.

El Señor hace suyo el texto de Isaías para iluminarnos acerca de su persona y su misión. Tiene la humildad de no utilizar palabras propias; simplemente asume lo que profetiza este hermosísimo texto que es continuación del libro de la Consolación.

Nosotros como sacerdotes participamos de la misma misión que el Padre encomendó a su Hijo y por eso, en cada misa Crismal, venimos a renovar la misión, a reavivar en nuestros corazones la gracia del Espíritu de Santidad que nuestra Madre la Iglesia nos comunicó por la imposición de las manos. Es el mismo Espíritu que se posaba sobre Jesús, el Sumo Sacerdote e Hijo amado, y que hoy se posa sobre todos los sacerdotes del mundo y nos envía y misiona en medio del pueblo fiel de Dios.

En el Nombre de Jesús somos enviados a predicar la Verdad, a hacer el Bien a todos y a alegrar la vida de nuestro pueblo. La misión se desplega simultáneamente en estos tres ámbitos. En los dos primeros es claro: todo anuncio del Evangelio se traduce siempre en algún gesto concreto de enseñanza, de misericordia y de justicia. Y esto no sólo como una acción imperativa que vendría después de la reflexión. En la matriz misma de la verdad evangélica lo que ilumina es el amor, y la verdad que brilla más en las parábolas del Señor es la verdad de la misericordia de un Padre que espera a su hijo pródigo, es la verdad que impulsa a salir de sí al corazón compasivo de un Buen Pastor, la verdad que hace el bien. El tercer ámbito, el de la alegría, el de la Gloria que es la belleza de Dios, merece que le dediquemos un momento de reflexión para “sentir y gustar” la Belleza de la misión. Lucas resume la belleza de la misión del Siervo con la imagen de poder vivir un “año de gracia”. Imaginemos un momento lo que significaría para un pueblo, conmocionado incesantemente por la violencia y la inequidad, poder vivir un año tranquilo, un año de celebración y de armonía. El profeta Isaías desarrolla la belleza de la misión con tres imágenes hermosas que giran en torno a la palabra “consolar”. Somos enviados a “consolar a los afligidos, a los afligidos de nuestro pueblo”. Y la consolación consiste en cambiar su ceniza por una corona, su ropa de luto por el óleo de la alegría, y su abatimiento por un canto de alabanza. El profeta habla de “gloria” en vez de “cenizas”, de “óleo de júbilo” y de “palio de alegría” en vez de “espíritu de acedia” o espíritu sombrío (cfr. Is. 61: 1-3).

La alegría y la consolación son el fruto (y por lo tanto el signo evangélico) de que la verdad y la caridad no son verso sino que están presentes y operativas en nuestro corazón de pastores y en el corazón del pueblo al que somos enviados. Cuando hay alegría en el corazón del Pastor es señal de que sus movimientos provienen del Espíritu. Cuando hay alegría en el pueblo es señal de que lo que le llegó –como Don y como Anuncio– fue del Espíritu. Porque el Espíritu que nos envía es Espíritu de consolación, no de acedia.

Sintamos y gustemos un instante estas imágenes de Isaías. Imaginemos a la gente como en los días de fiesta, bien vestida con su mejor ropa, con los ojos contagiados del brillo de las flores con que adorna la imagen de nuestra Señora y de los Santos, cantando y bendiciendo con unción y júbilo interior. ¡Qué bien pintan estas escenas el Espíritu con que Jesús da señales de que habita en medio de su pueblo! No son meramente decorativas. Hacen a la esencia de la misión, a la “dulce y confortadora alegría de evangelizar” que mencionaba Pablo VI, para que “el mundo actual –que busca a veces con angustia, a veces con esperanza– pueda recibir la Buena Nueva, no a través de evangelizadores tristes y desalentados, impacientes o ansiosos (el espíritu de la acedia), sino a través de ministros del Evangelio cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo” (Aparecida 552).

No basta con que nuestra verdad sea ortodoxa y nuestra acción pastoral eficaz. Sin la alegría de la belleza, la verdad se vuelve fría y hasta despiadada y soberbia, como vemos que sucede en el discurso de muchos fundamentalistas amargados. Pareciera que mastican cenizas en vez de saborear la dulzura gloriosa de la Verdad de Cristo, que ilumina con luz mansa toda la realidad, asumiéndola tal como es cada día.

Sin la alegría de la belleza, el trabajo por el bien se convierte en eficientismo sombrío, como vemos que sucede en la acción de muchos activistas desbordados. Pareciera que andan revistiendo de luto estadístico la realidad en vez de ungirla con el óleo interior del júbilo que transforma los corazones, uno a uno, desde adentro.

El espíritu amargado y ensombrecido por la acedia, resume la actitud opuesta al Espíritu de la consolación del Señor. El mal espíritu de la acedia avinagra con el mismo vinagre tanto a los embalsamadores del pasado como a los virtualistas del futuro. Es una y la misma acedia, y se discierne porque trata de robarnos la alegría del presente: la alegría pobre del que se deja contener por lo que el Señor le da cada día, la alegría fraterna del que goza compartiendo lo que tiene, la alegría paciente del servicio sencillo y oculto, la alegría esperanzada del que se deja conducir por el Señor en la Iglesia de hoy. Cuando Jesús afirma “Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oir” está invitando a la alegría  y a la consolación del hoy de Dios. Y fíjense que de hecho es lo primero que acontece como gracia en el corazón de los presentes quienes, como dice Lucas, daban testimonio y estaban admirados de las palabras de gracia que salían de su boca. Pero la consolación no es una emoción pasajera sino una opción de vida. Y los paisanos de Jesús optaron por la acedia: “Habla bien pero por qué no hace aquí entre nosotros lo que dicen que hizo en Cafarnaúm”. Y vemos la misión universal del Siervo rebajada a una interna entre Nazareth y Cafarnaúm. Las internas eclesiales son hijas de la tristeza y siempre generan tristeza.

Cuando digo que la consolación es una opción de vida hay que entender bien que es una opción de pobres y de pequeños, no de vanidosos ni de agrandados. Opción del pastor que se confía en el Señor y sale a anunciar el evangelio sin bastones ni sandalias de más y que sigue a la paz –esa forma estable y constante de la alegría– dondequiera que el Señor la haga descender.

Este Espíritu de consolación no sólo está en el “antes de salir a misionar”. También nos espera, con su alegría abundante, en medio de la misión, en el corazón del pueblo de Dios. Y si sabemos mirar bien, en el ámbito de la alegría, es más lo que tenemos para recibir que lo que tenemos para dar. Y cuánto alegra a nuestro pueblo fiel poder alegrar a sus pastores. Cómo se alegra nuestra gente cuando nos alegramos con ella, y esto simplemente porque necesita pastores consolados y que se dejan consolar para que conduzcan no en la queja ni en la ansiedad sino en la alabanza y la serenidad; no en la crispación sino en la paciencia que da la unción del Espíritu.

La Virgen, quien recibe en abundancia las consolaciones de nuestra gente –que como Isabel, constantemente le está diciendo “¡feliz de Ti que has creído”, y “bendita entre las mujeres” “bendito el fruto de tu vientre, Jesús!”– nos haga participar de este Espíritu de Consolación para que nuestro Anuncio de la Verdad sea alegre y nuestras obras de Misericordia estén ungidas con óleo de júbilo. 

Card. Jorge Mario Bergoglio SJ, arzobispo de Buenos Aires
Buenos Aires, 21 de abril 2011 


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ZENIT  publica el comentario al Evangelio del quinto domingo de Pascua (Juan 14.1-12), 22 de mayo, redactado por monseñor Jesús Sanz Montes, ofm arzobispo de Oviedo.

Evangelio del domingo: Acompañados en el camino

Fueron tres años de andar de acá para allá. Personas encontradas, palabras pronunciadas, signos y milagros realizados. Cuántas cosas en aquel vaivén del camino de la vida entre Jesús y sus discípulos. El relato evangélico de este domingo, narra el entrañable momento en el que ya se vislumbra la despedida. Y como todo adiós, cuando éste se da entre personas que se han querido, que han sido vulnerables a su recíproco amor, produce una resistencia, la amable rebelión de no querer aceptar una separación insufrible. Ese “no perdáis la calma” en labios de Jesús sale al paso de la comprensible zozobra, miedo quizás, de la gente que más ha compartido con el Señor su Persona y su Palabra.

Toda la vida del Señor, fue una manifestación maravillosa de cómo llegar hasta Dios, cómo entrar en su Casa y habitar en su Hogar. La Persona de Jesús es el icono, la imagen visible del Padre invisible. Y esto es lo que tan provocatorio resultaba a unos y a otros: que pudiera uno allegarse hasta Dios sin alarde de estrategias complicadas, sin exhibición de poderíos, sin arrogancias sabihondas: que Dios fuera tan accesible, que se pudiera llegar a El por caminos en los que podían andar los pequeños, los enfermos, los pobres, los pecadores... Y esto será en definitiva lo que le costará la vida a Jesús.

Ya no es un Rostro tremendo el de Dios, que provoca el miedo o acorrala en una virtud hija de la amenaza y de la mordaza. Ya no es un Rostro tremendo el de Dios, que provoca el miedo o acorrala. Quien cree en Jesús, cree en su Padre. El camino de Jesús, es el camino de la bienaventuranza, el de la verdad, el de la justicia, el de la misericordia y la ternura. Pero tal revelación no se reduce a un manifestar imposibles que nos dejarían tristes por su inalcanzabilidad. Jesús no sólo es el Camino, sino también el Caminante, el que se ha puesto a andar nuestra peregrinación por la vida, vivirlo todo, hasta haberse hecho muerte y dolor abandonado.

Jesús no se limitó a señalarnos “otro camino” sino que nos abrazó en el suyo, y en ese abrazo nos posibilitó andar en bienaventuranzas, en perdón y paz, en luz y verdad, en gracia. El es Camino y Caminante... más grande que todos nuestros tropiezos y caídas, mayor que nuestras muertes y pecados. Los cristianos no somos gente diferente, ni tenemos exención fiscal para la salvación, sino que en medio de nuestras caídas y dificultades, en medio de nuestros errores e incoherencias, queremos caminar por este Camino, adherirnos a esta Verdad, y con-vivir en esta Vida: la de Quien nos abrió el hogar del Padre haciendo de nuestra vida un hogar en la que somos hijos ante Dios y hermanos entre nosotros.


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Mensaje de los obispos de la Comisión Episcopal de Pastoral de la Salud de la CEE para la Pascua del Enfermo 2011 a celebrar el 29 de Mayo, 6º domingo de Pascua, recibido en la parroquia con los materiales para su celebración.

Juventud y salud
Campaña del Enfermo 2011

Mensaje de los Obispos de la Comisión Episcopal de Pastoral

Los mismos jóvenes la valoran como algo muy importante en su vida, junto con la familia y los amigos. La evolución de la sociedad y el avance de las ciencias médicas nos permiten constatar que la salud de los jóvenes nunca ha estado mejor que hoy.

Estas realidades son dignas de elogio y animamos por tanto a los responsables a seguir aportando nuevas iniciativas. Pero al mismo tiempo, junto a la alta valoración de la salud, encontramos comportamientos y actitudes contradictorias. No podemos silenciar que sigue habiendo datos preocupantes en la salud de los jóvenes, como son el aumento del estrés mental, el abuso del alcohol, el tabaco, las drogas, la nutrición inadecuada, la escasa actividad física, los accidentes y las enfermedades de transmisión sexual.

2. Disponemos de grandes avances en las ciencias médicas y de sofisticadas tecnologías, pero quizá dependemos más de ellos y nos sentimos menos responsables de nuestra salud. La Campaña del Enfermo y la celebración de la Pascua son momentos importantes para una reflexión sobre la vida misma y los acontecimientos que le dan contenido, con sus luces y sus sombras, con su carga más humana y esa entraña solidaria que se hace arte en el cuidar y curar, en el acoger y acompañar la salud en su dimensión más plena.

En este tiempo de Pascua resuena con fuerza la invitación de Cristo Resucitado a vivir la vida, a sentirnos responsables de nuestra salud, a cuidarla como un tesoro que nos permite vivir humanamente, entregándonos por amor al servicio de los necesitados.

Hemos de unir esfuerzos y aportar lo que a la Iglesia le es más propio, es decir, ayudar a los jóvenes de hoy a vivir su salud de manera sana y responsable; estar cerca de los jóvenes que sufren y acompañarles a afrontar esa realidad y a vivirla como oportunidad para el crecimiento y la maduración; reconocer y avivar la sensibilidad y solidaridad de los jóvenes hacia las personas enfermas, con discapacidad, mayores o dependientes.

Una serena lectura de las páginas sobre la salud en el Evangelio nos ayudará a descubrir que en Jesús, su persona, sus intervenciones, sus gestos, toda su actuación y su  vida despiertan y promueven la vida y la salud del ser humano: “he venido para que tengan vida y la tengan abundante” (cf. Jn 10, 10). Jesús es la salud y seguirle es una de las formas más sanas y gratificantes de vivir.

3. La enfermedad es una experiencia dolorosa y da origen a diversos tipos de sufrimiento. Duele el dolor físico pero también el sufrimiento espiritual, es decir, duele verse limitado y frágil, no valerse por sí mismo y tener que depender de los demás, hacer sufrir a los familiares, sentir la propia vida amenazada, sufrir sin saber por qué, para qué y hasta cuándo. Enfermedad, dolor y sufrimiento son experiencias personales, envueltas en el misterio, un misterio difícil de aceptar y de sobrellevar, difícil de expresar con palabras. Los jóvenes sufren y también enferman. ¿Cómo reaccionan? ¿Cómo lo afrontan y lo viven? ¿De qué recursos disponen? ¿Qué es lo que les ayuda?  Jesús pasó por esta experiencia humana y nos enseñó cómo debemos vivirlo nosotros.

Sus actitudes nos ayudan a vislumbrar desde la fe el sentido de la vida, también en el sufrimiento. Nos enseñan el valor redentor del amor y, sobre todo, a descubrir que podemos buscar un para qué. Él vive la vida en plenitud, con una profunda alegría interior que le brota de la vivencia gozosa del Padre y de su dedicación a la causa del Reino. Jesús se somete a la cruz para cumplir la voluntad del Padre,

4. Estar junto al enfermo no resulta fácil, complica a veces nuestra vida, nos plantea profundos interrogantes y nos recuerda cosas que no aceptamos con facilidad. Jesús nunca pasó de largo ante los enfermos. Se acercó a ellos, se conmovió por su situación, les dedicó atención preferente y les libró de la soledad y el abandono en que se encontraban, hasta reintegrarlos a la comunidad.

Los jóvenes disponen de un enorme potencial interior para ayudar a los que sufren.

Y llegan a descubrir que su ayuda a los que sufren es un servicio a Jesús: “Estuve enfermo y me visitasteis” (Mt 25,36), un servicio a la humanidad y un servicio que revierte en ellos mismos.

5. Oír hablar de muerte en una  etapa de la vida en la que desbordan las sensaciones de vivir no es agradable. Sin embargo, la muerte está también presente en los jóvenes, y la realidad de la vida les obliga a tener que encararla de frente: el amigo que se estrelló con la moto, el compañero que se despeñó en la sierra, el amigo al que  quieres tanto y que se va agotando por semanas con el cáncer, el que no pudo dejar de pincharse, el compañero de clase que se cansó de vivir, la persona ya mayor, tan entrañable y querida, que murió de repente....

Impacta entonces la muerte y nos deja sin palabras, remueve por dentro, provoca reacciones, suscita preguntas e interrogantes, etc. Ahora bien, como la muerte forma parte de la vida, ¿es mejor soslayarla o mirarla de frente? ¿Podemos hacerlo de forma madura y positiva? Jesús ama la vida, se conmueve ante la muerte y llora. Sus gestos, sus palabras y su trayectoria nos muestran una forma de vivir la vida de manera intensa, con realismo, sin idealizarla ni envolverla en amargura y desesperanza.

Mirar la muerte, a la luz de Jesús, ayuda a vivir más plenamente la vida y a valorar y agradecerla como don de Dios, don que se ha de vivir en actitud de agradecimiento y alabanza. Ayuda a vivir los pequeños tránsitos de cada día y acompañar a quienes están experimentando la muerte en su propia carne y necesitan alguien que les tienda su mano y les consuele; ayuda a combatir lo que aquí y ahora está generando muerte: hambre, violencia, guerras, deterioro de la naturaleza, reparto injusto de recursos, etc.

6. Ante estos grandes acontecimientos de la vida, vosotros, queridos jóvenes, sois los grandes protagonistas de la Campaña. Podéis llegar, mejor que nadie, a vuestros compañeros y amigos y compartir juntos puntos de vista, búsquedas, testimonios y experiencias. Hasta encontraros con Jesús, para implicaros y apoyaros en actividades y  compromisos en este campo. Sois los jóvenes los principales evangelizadores del mundo en el que vivís. Como profesionales que trabajáis en el mundo de la salud o como voluntarios en una asociación, movimiento o equipo pastoral.

A todos nos incumbe la tarea y la responsabilidad de cuidar y curar la vida en sus momentos difíciles y trasmitir formas sanas de vida. Las comunidades cristianas, los servicios pastorales de los hospitales, los profesionales sanitarios cristianos, los educadores y formadores, los movimientos y voluntariados, todos en la Iglesia hemos de ayudar a descubrir los valores saludables que encierra el Evangelio. ¿Cómo? Responsabilizándonos del cuidado de nuestra salud y de la promoción de la salud de los otros.

Como testigos del Resucitado, vivamos curando la vida y aliviando el sufrimiento.

Que María, Madre de los Jóvenes y Salud de los enfermos, acompañe nuestros días de Pascua y toda nuestra vida.

Los Obispos de la Comisión Episcopal de Pastoral

Sebastià Taltavull Anglada, Obispo Auxiliar de Barcelona

Rafael Palmero Ramos, Obispo de Orihuela-Alicante

Francesc Pardo Artigas, Obispo de Girona

José Manuel Lorca Planes, Obispo de Cartagena-Murcia

José Vilaplana Blasco, Obispo de Huelva


Publicado por verdenaranja @ 12:02  | Hablan los obispos
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Desde la Vicaría General de la diócesis de Tenerife se nos envía la siguiente comunicación:

"Estimados co-presbíteros. Por expreso deseo del Papa, procuremos pedir el domingo en todas las Misas por la Iglesia en China, al tiempo que invitemos a los fieles a orar por esta intención el 24 de mayo, e incluso se organice alguna oración extraordinaria con tal motivo.
Les adjunto la catequesis del Santo Padre del pasado 18 de Mayo, en la que también se aborda esta cuestión. También podemos ampliar la información pinchando este enlace: http://www.agenciasic.es/2011/05/18/el-papa-pide-a-los-catolicos-del-mundo-que-recen-por-los-catolicos-de-china/ Fraternalmente. Antonio P. Morales.   Vicario General" 

Invitación del Papa a rezar por China 

Hoy en la Audiencia General 

CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 18 de mayo de 2011 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación la invitación realizada hoy a toda la Iglesia católica por el Papa Benedicto XVI, a rezar por los católicos de China, durante la Audiencia General.

Durante el tiempo pascual, la liturgia canta a Cristo resucitado de entre los muertos, vencedor de la muerte y del pecado, vivo y presente en la vida de la Iglesia y en las vicisitudes del mundo. La buena noticia del Amor de Dios manifestado en Cristo, Cordero Inmolado, Buen Pastor que da la vida por los suyos, se expande incesantemente hasta los confines de la tierra y, al mismo tiempo, encuentra rechazo y obstáculo en todas partes del mundo. Como entonces, aún hoy, desde la Cruz a la Resurrección.

El martes 24 de mayo es el día dedicado a la memoria litúrgica de la Beata Virgen María, Auxilio de los Cristianos, venerada con gran devoción en el Santuario de Sheshan en Shanghai: toda la Iglesia se une en oración con la Iglesia que está en China. Allí, como en otros lugares, Cristo vive su pasión. Mientras aumenta el número de cuantos Le acogen como su Señor, por otros Cristo es rechazado, ignorado o perseguido. “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?" (Hch 9, 4). La Iglesia en China, sobre todo en este momento, necesita de la oración de la Iglesia universal. Invito, en primer lugar, a todos los católicos chinos a seguir y a intensificar su propia oración, sobre todo a María, Virgen fuerte. Pero también para todos los católicos del mundo rezar por la Iglesia que está en China debe ser un compromiso: esos fieles tienen derecho a nuestra oración, tienen necesidad de nuestra oración.

Sabemos por los Hechos de los Apóstoles que, cuando Pedro estaba en la cárcel, todos rezaron con fuerza y obtuvieron que un ángel lo liberase. También nosotros hacemos lo mismo: rezamos intensamente, todos juntos, por esta Iglesia, confiando en que, con la oración, podemos hacer algo muy real por ella.

Los católicos chinos, como han dicho muchas veces, quieren la unidad con la Iglesia universal, con el Pastor supremo, con el Sucesor de Pedro. Con la oración podemos obtener para la Iglesia en China que sea una, santa y católica, fiel y firme en la doctrina y en la disciplina eclesial. Esta merece todo nuestro afecto.

Sabemos que entre nuestros hermanos obispos hay algunos que sufren y están bajo presión en el ejercicio de su ministerio episcopal. A ellos, a los sacerdotes y a todos los católicos que encuentran dificultades en la libre profesión de fe expresamos nuestra cercanía. Con nuestra oración podemos ayudarles a encontrar el camino para mantener viva la fe, fuerte la esperanza, ardiente la caridad hacia todos e íntegra la eclesiología que hemos heredado del Señor y de los Apóstoles y que se nos ha transmitido con fidelidad hasta nuestros días. Con la oración podemos obtener que su deseo de estar en la Iglesia una y universal supere la tentación de un camino independiente de Pedro. La oración puede obtener, para ellos y para nosotros, la alegría y la fuerza de anunciar y de dar testimonio, con toda franqueza y sin impedimento, a Jesucristo crucificado y resucitado, el Hombre nuevo, vencedor del pecado y de la muerte.

Con todos vosotros pido a María que interceda para que cada uno de nosotros se conforme cada vez más estrechamente a Cristo y se done con generosidad siempre nueva a los hermanos. A María pido que ilumine a cuantos están en la duda, que llame a los extraviados, que consuele a los afligidos, que refuerce a cuantos son atrapados por los cantos de sirena del oportunismo. Virgen María, auxilio de los cristianos, Nuestra Señora de Sheshan, ¡ruega por nosotros!


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viernes, 20 de mayo de 2011

Reflexión a las lecturas del domingo quinto de Pascua - A, ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DIA DEL SEÑOR".

ECOS DEL DIA DEL SEÑOR 
Domingo 5º de Pascua A 

Queridos amigos y amigas: Conocí una vez en la catequesis a una niña a quien se le había muerto su madre. Era preciosa, simpática y alegre. Ya ha pasado mucho tiempo… Alguien me dijo que su madre había muerto, pero que, antes de morir, había “preparado” a la niña para su ausencia. ¡Y lo había hecho muy bien!

En el Evangelio de este domingo contemplamos cómo el Señor “prepara”  a sus discípulos, que están tristes y abatidos  por su marcha. ¡Y su marcha es su muerte y su resurrección!

Y les señala, entre otras, dos cuestiones fundamentales  sobre el sentido de su  marcha:

1.- No se trata de una huída ni de un abandono. No va a terminarse todo. Se trata de ir a prepararles sitio en la Casa del Padre…

2.- No les dejará solos. El Padre, desde el Cielo  va a enviarles  "otro Defensor", el Espíritu Santo, que estará siempre con ellos... 

El primer tema será objeto de nuestra atención este domingo. El segundo, el próximo.

¿Y por qué estos temas? ¿Por qué estos textos del evangelio y no otros que pudieran parecer, tal vez, más interesantes?

Porque el Tiempo de Pascua se va acercando a su fin. Y eso quiere decir que vamos a celebrar pronto dos solemnidades muy importantes: la Ascensión y Pentecostés.

La Ascensión es la despedida definitiva del Señor que vuelve al Cielo. No podemos verle hasta su Vuelta gloriosa.

Pentecostés es la Venida del Espíritu Santo. Porque llega su hora. Según el modo que tenemos los cristianos de atribuir las obras de Dios a las tres divinas Personas,  el Padre termina la obra de la Creación y su designio de salvación; el Hijo realiza la Redención. Y sube al Cielo.  Ahora toca al Espíritu Santo, que es el don más importante de la Pascua.

Estamos, por tanto en la “época”  del Espíritu Santo.

Por todo ello, estas últimas semanas, en la celebración eucarística de cada día, la Lectura del Evangelio tiene acento de despedida. Y escuchamos textos de la Última Cena que es la despedida fundamental de Jesucristo y que se refieren, en la otra semana, al Espíritu Santo.

El Evangelio de hoy nos trae una gran revelación:

En la Casa del Padre hay muchas estancias y Jesucristo va a prepararnos una para cada uno, porque quiere que donde Él está, estemos también nosotros siempre, siempre, siempre…

¡Qué grandeza! ¡Qué futuro más hermoso  nos ofrece el Señor!

Y la pregunta de Tomás es fundamental:  “Señor, eso que nos dices es muy  grande, muy importante. Queremos estar contigo para siempre, pero ¿cómo podremos llegar hasta allí? ¿Por dónde se va? ¿Cuál es el camino?”.

Y Jesús responde a Tomás:   “¡Yo soy el camino!”  Es decir, la Palabra de Cristo, sus mandatos, su ejemplo… constituyen el camino para llegar a la Casa del Padre.

¡Qué dicha la nuestra! ¡Conocemos el camino para llegar hasta allí, hasta la Casa del Padre!

¿Y cómo será la Casa donde vive Dios?

¡Ese es nuestro destino definitivo!

Y añade algo sorprendente: “Nadie va al Padre sino por mí”.

Está claro. “Todo no vale”. No podemos hacernos ilusiones de llegar hasta allí por cualquier camino, con cualquier estilo vida. Es evidente que no.  Si no vamos por el verdadero camino no llegaremos nunca al final… Por mucho que caminemos...  

Si vamos por el camino, pero equivocados, en dirección contraria, cuanto más caminemos, más nos alejaremos del lugar a donde queremos ir.

Y enseguida nos asaltan interrogantes como éstos: ¿Cuánta gente, más todavía, cuántos cristianos, irán por ese camino?

¿Y yo voy por ese camino? ¿Siempre?

        ¡Ahí está la cuestión fundamental!

        Luego hay otras:

¡No se puede ir por un camino sin conocerlo!  ¡Jesús es también “la verdad!

Y sin las provisiones necesarias – comida, agua...-  no se puede caminar mucho tiempo. 

Y el camino a la Casa del Padre es largo, muy largo. ¿Y a quién se le ocurre caminar o, sencillamente, vivir sin alimentarse? ¡Jesucristo es también la vida!”.

Por tanto, para ir a la Casa del Padre, nuestro objetivo fundamental, Jesucristo es “el camino, la verdad y la vida”.

¡Dichosos nosotros si nos fiamos de Él! 

Con estas reflexiones, les deseo un feliz Domingo, un Día del Señor muy feliz. 


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Guión litúrgico para el día de la Pascua del Enfermo, 29 de Mayo de 2011, publicado por la Comisión para la Salud de la CEEy recibidos en la parroquia para la Jornada.

GUIÓN LITÚRGICO  29 de Mayo
6º domingo de Pascua. Pascua del enfermo

 

Sugerencias pastorales

• La Pascua del Enfermo es la celebración gozosa y festiva que clausura la Campaña  del Enfermo.

• Durante la Campaña, desde el 11 de Febrero, hemos intentado que nuestras comunidades aumenten su sensibilidad hacia los enfermos y todo lo concerniente a la salud.

• La celebración de la Pascua del Enfermo es un buen momento para movilizar a la comunidad parroquial y traer a la iglesia a todos los enfermos dentro de sus posibilidades.

• Cuando la situación del enfermo no lo permita, sería la comunidad la que tendría que hacerse presente a través del párroco, de los equipos

El lenguaje de los símbolos

• Cartel de la Campaña.

• El Pan y el Vino para el sacrificio: amor de entrega y comunión.

• Un crucifijo, expresión del amor de Dios y fuerza de la que brota la vida eterna.

• Si hay procesión de las ofrendas, pueden acompañar al pan y el vino unas cruces.

Han sido parte de la celebración de la Jornada Mundial el día 11 de febrero y pueden recoger el trabajo de toda la Campaña. Estas cruces, por las que nos unimos a la cruz de Cristo, expresan el dolor de los enfermos de la parroquia y, al mismo tiempo, la Luz que ilumina la vida en toda circunstancia. Al finalizar la Eucaristía, sería un gesto bonito acercarlas al domicilio de quienes, por la enfermedad, no han podido participar. Su cruz ha estado presente en la celebración y vuelve a casa como signo de comunión y de esperanza que ilumina su situación.

Monición de entrada

Seguimos celebrando el gozo de la Pascua, de Cristo resucitado. Él nos ha convocado para escuchar su Palabra y recibir su Espíritu. Su presencia y la fuerza de su Espíritu nos llenan de alegría y nos ayudan a dar testimonio de Él.

Al celebrar en la Eucaristía el misterio pascual de Cristo, recordamos la Pascua del Enfermo. En cada Eucaristía nuestra comunidad hace presentes a los enfermos en la oración; hoy nos hemos esforzado para que, aquellos cuya salud se lo permita, estén presentes en la celebración. Los que no hemos podido traer, tendrán nuestra visita después de la Eucaristía. La comunidad se hará presente en su casa y en su dolor. En un pequeño recuerdo expresaremos nuestro cariño y nuestra solidaridad.

Acto penitencial

Cristo, el Señor, murió por nuestros pecados para llevarnos a Dios y nos ofrece su perdón. Reconocemos las limitaciones y faltas de amor y pedimos al Señor su gracia y perdón:

— Tú, que venciste a la muerte y nos llamas a vivir siendo estímulo y alegría para los demás, SEÑOR, TEN PIEDAD.

— Tú, que resucitaste y nos llamas a dar razón de nuestra esperanza en medio del mundo, CRISTO, TEN PIEDAD.

— Tú, que derramas tu Espíritu en nuestros corazones y nos llamas a un amor que busque siempre el bien de los demás, SEÑOR, TEN PIEDAD.

Monición a las lecturas

En la primera lectura escuchamos el relato en el que el diácono Felipe, huyendo de la persecución llega a Samaría. Allí predica el mensaje de Jesús y lo confirma con sus obras, lo que provoca la fe y la alegría de todo el pueblo.

El Salmo 65 es un canto de acción de gracias, en el que la comunidad expresa su alabanza y reconocimiento al Señor por todos los beneficios recibidos de sus manos.

En la segunda lectura, Pedro nos exhorta a dar razón de nuestra esperanza a todos cuantos nos pregunten, con mansedumbre y respeto, pero sin avergonzarnos de lo que somos y de lo que tenemos.

En el Evangelio, Jesús anuncia que vuelve al Padre, pero que no nos deja solos, que nos deja su amor y sus mandamientos, que han de ser una expresión de vida y felicidad, de comunión para aquellos que quieran seguirlos y hacerlos suyos.

Oración de los fieles

Unidos a Cristo resucitado, que intercede siempre por nosotros, con toda confianza presentamos nuestras plegarias y nuestras súplicas al Padre:

• Para que Cristo resucitado conceda a la Iglesia ser testimonio perseverante de suresurrección, y actualice la acción misericordiosa de Cristo con los enfermos, roguemos al Señor.

• Para que Cristo resucitado, que dio su paz a los apóstoles, conceda su paz enabundancia a todos los pueblos, roguemos al Señor.

• Para que Cristo resucitado transforme los sufrimientos de los enfermos, de los moribundos y de todos los que sufren en aquella alegría que nunca nadie les podrá quitar, roguemos al Señor.

• Por todos nosotros, especialmente por los jóvenes, para que demos gracias a Dios por nuestra salud y seamos testigos de la misericordia de Cristo con los enfermos.

Señor y Dios nuestro, que nos has redimido por Cristo, escucha nuestra oración e infúndenos el Espíritu de la verdad, para que, llenos de su sabiduría, sepamos dar  siempre razón de nuestra esperanza.

Sugerencias para la homilía

1. Las lecturas del Domingo

• Hch 8, 5-8.14-17 Comienza la expansión del Evangelio fuera de Jerusalén. El diácono Felipe, hombre abierto y lleno del Espíritu, huyendo de la persecución llega  a Samaría y predica a Jesucristo con palabras y con signos, lo que provoca la fe y la alegría de todo el pueblo. Los apóstoles se sienten responsables y, al mismo tiempo, preocupados por la marcha del cristianismo, y envían a Pedro y Juan, quienes bendicen y “confirman” la obra de Felipe con la fuerza del Espíritu. Los dos temas centrales del relato son la evangelización y el don de Dios, que es el Espíritu Santo y que significa plena comunión y solidaridad con la Iglesia del Nuevo Testamento.

• Sal 65 Canto de acción de gracias, con el que el pueblo alaba la bondad de Dios  que escucha su oración y ofrece el perdón, un Dios cuyo poder creador es admirado en la naturaleza a lo largo de la historia. El pueblo celebra al Señor como fuente de vida fecunda y expresa su alabanza y reconocimiento.

• 1P 3,15-18 “Dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiera”. Esta es la exhortación que hace Pedro, testigo excepcional del Evangelio. Nos exhorta a vivir con esperanza, esperando a pesar de todo, para que nuestra vida sea la mejor denuncia ante un mundo cargado de ansiedad, que recapacita ante el testimonio con los que sufren y se ven marginados. Solo en la medida en que nuestra vida  está comprometida en la construcción de un mundo que responda a la voluntad de Dios, da razón de su esperanza y hace crecer la esperanza de todos. Somos  responsables de la esperanza del mundo y ejerceremos esta responsabilidad con dulzura, respeto y el testimonio sereno de nuestra propia fe. Hay que dar razón de la esperanza que nace de la fe en Cristo muerto y resucitado.

• Jn 14,15-21 En el Evangelio Jesús anuncia la promesa del Espíritu y recuerda a sus discípulos el gran mandamiento del amor. Vuelve al Padre, pero no los deja solos, permanecen su amor y sus mandamientos. Vivir en su amor les asegurará que no se separarán de Jesús, sino que seguirán unidos a él y viviendo en él, o él en ellos. La escena de hoy relaciona el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo con los discípulos. Por la intervención de Jesús, el Padre enviará a los discípulos el  Espíritu Santo. Esta vida es la nueva presencia de Jesús. Cuando parece que todo acaba, se inicia una nueva relación, una nueva vida basada en el servicio y en el amor; servir y amar gratuitamente, sin condiciones.

2. Pascua del Enfermo: “Juventud y salud” (del Mensaje de los Obispos de la Comisión Episcopal de Pastoral)

La Campaña del Enfermo nos ha invitado a reflexionar sobre los jóvenes y la salud a la luz de la fe en Jesucristo, y a participar en la Sugerencias pastorales

• La Pascua del Enfermo es la celebración gozosa y festiva que clausura la Campaña del Enfermo.

• Durante la Campaña, desde el 11 de Febrero, hemos intentado que nuestras comunidades aumenten su sensibilidad hacia los enfermos y todo lo concerniente  a la salud.

• La celebración de la Pascua del Enfermo es un buen momento para movilizar a la comunidad parroquial y traer a la iglesia a todos los enfermos dentro de sus posibilidades.

• Cuando la situación del enfermo no lo permita, sería la comunidad la que tendría que hacerse presente a través del párroco, de los equipos de visitadores y, este año  se podría hacer una oferta a grupos de jóvenes.

¿Cómo se enfrentan hoy los jóvenes a los acontecimientos fundamentales de la existencia,  es decir, a la salud y la enfermedad, a la vida y la muerte, al sufrimiento y la curación?

La salud es uno de los bienes fundamentales del ser humano y constituye una de sus aspiraciones permanentes. Para los mismos jóvenes la salud es algo muy importante en su vida. Pero junto a la alta valoración de la salud, encontramos comportamientos y actitudes contradictorias. Ponemos nuestra salud en manos de los grandes avances de las ciencias médicas y quizá nos sentimos menos responsables de nuestra salud.

La Iglesia ha de aportar aquello que le es más propio, es decir, ayudar a los jóvenes de hoy a vivir su salud de manera sana y responsable; estar cerca de los jóvenes que sufren y acompañarles a afrontar esa realidad y a vivirla como posibilidad de crecimiento y de maduración; reconocer y avivar la sensibilidad y solidaridad de los jóvenes hacia las personas enfermas, con discapacidad, mayores o con dependencia. Cualquier época de la vida, probablemente más aún en la juventud, es importante tomar conciencia del valor y sentido de la salud. Jesús es la salud y seguirle es una de las maneras más sanas y gratificantes de vivir.

Enfermedad, dolor y sufrimiento son experiencias personales, cargadas siempre de misterio, un misterio difícil de aceptar y de sobrellevar, difícil de expresar con palabras. Los jóvenes sufren y enferman. Jesús pasó por esta experiencia humana y nos enseñó cómo debemos vivirlo personalmente. Las actitudes de Jesús nos ayudan a vislumbrar desde la fe el sentido de la vida, también en medio del sufrimiento, y el valor redentor del amor. Pero, sobre todo, nos enseñan a descubrir que podemos buscar un para qué.

Jesús no pasó de largo ante los enfermos, se acercó a ellos, se conmovió ante su situación, les dedicó una atención preferente y los libró de la soledad y abandono en que se encontraban reintegrándolos a la comunidad. Los jóvenes disponen, por ello, de un enorme potencial interior para ayudar a los que sufren.

No es agradable oír hablar del morir y la muerte y menos en una etapa donde lo que prima es la sensación de vivir. Sin embargo, la muerte está presente en los jóvenes, y aunque de formas muy diversas, con frecuencia, la realidad de la vida les obliga a tener que encararla de frente. La muerte entonces impacta con fuerza, deja sin palabras, remueve por dentro, provoca reacciones, suscita preguntas e interrogantes, etc. La muerte forma parte de la vida.

Jesús ama la vida, se conmueve ante la muerte y llora. A Jesús no le deja indiferente la muerte. Mirar la muerte, a la luz de Jesús, ayuda a vivir más plenamente la vida y avalorar y agradecer la vida como un don que se ha de vivir en actitud de agradecimiento y alabanza; ayuda a vivir las pequeñas muertes de cada día y acompañar a quienes están experimentando la muerte en su propia carne y necesitan alguien que les tienda su mano y les consuele; ayuda a combatir lo que aquí y ahora está generando muerte: hambre, violencia, guerras, deterioro de la naturaleza, reparto injusto de recursos, etc.

A todos nos incumbe la tarea y la responsabilidad de cuidar y curar la vida en sus grandes acontecimientos y trasmitir formas sanas de vida. Como testigos de Cristo resucitado tenemos que vivir curando la vida y aliviando el sufrimiento.

Canciones para la celebración

❖ Entrada: Cristo resucitó. Aleluya (CLN A 13); En medio de nosotros (2CLN, A6); Invoco al Dios altísimo (CLN, 713).

❖ Salmo 65: El Señor me libró de todas mis ansias.

❖ Aleluya: 1CLN, E 2

❖ Preparación de Ofrendas: Bendito seas, Señor. (1CLN, H5); Ubi Caritas, o Música instrumental

❖ Santo 1CLN, I 5

❖ Comunión: Donde hay caridad y amor (1CLN, O 26); Pequeñas aclaraciones

(CLN, 725); Fiesta del banquete (1CLN, O 23);

❖ Final: Regina coeli (gregoriano). María, madre del dolor (del disco ¡Vive! De Kairoi); Canción del testigo (1CLN-404); Gracias, Señor, por nuestra vida  1CLN, 609); Una canción popular.

ORACIÓN

Padre de bondad y misericordia, en la Cruz de tu Hijo has dado el mayor signo de amor y regalado la vida en plenitud.

El sufrimiento, cargado de misterio, es difícil de aceptar y sobrellevar.

Duele el dolor del inocente, nos cuestiona el sufrimiento del joven y su muerte, tronchando en flor,  proyectos y esperanzas.

Ayúdanos, Señor Jesús, a contemplar la Cruz en la que bajaste a las profundidades del sufrimiento humano; en ella nos hiciste partícipes de tu  amor, para poder mirar con ojos de esperanza  los males que nos afligen.

Allí, al pie de la cruz, María, desde el abismo de su dolor, acogió la misión de ser madre de Cristo en todos sus miembros.

Que ella, estrella de la esperanza, nos ayude a verte y encontrarte  en el rostro del hermano que sufre, y, en el rostro del enfermo, sepamos ver


Publicado por verdenaranja @ 16:13  | Liturgia
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Lectio divina para el sábado de la cuarta semana de Pascua 2011, ofrecida por la Delegación Diocesana de  Liturgia de la diócesis de Tenerife.

LECTURA:              “Juan 14, 7‑14”

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto.»

Felipe le dice: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta.»

Jesús le replica: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mi ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: "Muéstranos al Padre"? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí?

Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, hace sus obras. Creedme: yo estoy en el Padre, y el Padre en mí. Si no, creed a las obras.

Os lo aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores. Porque yo me voy al Padre; y lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo.

Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré.»

MEDITACIÓN:               “Ya lo conocéis”

            Es un atrevimiento. Si tu vida no hubiese tenido la coherencia y la profundidad que manifestaste, habría que decir que son afirmaciones de un visionario. Te identificas con el Padre, con el mismo Dios, verte a ti es verle a él. Y eso, al mismo tiempo que un atrevimiento, es una maravilla.

            Podíamos tener hasta entonces una imagen de Dios con mil matices, que pasan de la cólera a la mayor ternura. Así te vemos en el Testamento antiguo. Ahora en Jesús te descubrimos en toda tu realidad, eres amor, eres misericordia, eres cercanía, sensibilidad, lloras y ríes, eres vida, vida desbordante, luz, brisa, el aire que respiramos y que lo llena todo y lo fecunda todo.

            Por eso el Padre actúa por ti y tú eres manifestación del Padre. Pero, en tu locura de amor, todavía vas más allá, porque esa realidad la podemos experimentar nosotros. Si eres uno con Él te quieres hacer uno con nosotros, para que nosotros nos podamos convertir es expresión, en manifestación de ti, con obras incluso mayores. Gracias por esta locura de amor. Gracias por acercarme a Dios, por acercarme a ti, por acercarme a mí, por acercarnos entre nosotros. Por romper barreras, por crear lazos con el cielo y en la tierra.     

ORACIÓN:            “En tu nombre”

            Creo firmemente, Señor, que me escuchas y me atiendes, aun cuando no experimente la respuesta, pero sé que mi oración, la que brota de mi corazón en tu nombre, no cae en el vacío.

            Me desbordan tus ritmos, tu modo de responder, tu forma de hacer y de llevar la historia a su consumación, pero sé que lo haces y quiero unirme a tu plan de amor en tu nombre.

            En tu nombre, Señor, me aferro a ti, de modo especial en mis momentos más confusos, y en ellos siempre me manifiestas tu paz. Gracias, Señor.         

CONTEMPLACIÓN:                 “En mí”

Misterio de amor
que me desborda
en mi realidad limitada
que en ocasiones quiero abarcar
en mi finitud.

Misterio de amor
que en tu infinitud
te adentras en mí
hasta inundarme
con la inmensidad inconmensurable
de tu paz.

Vacíame y lléname,
de ti.


Publicado por verdenaranja @ 15:53  | Liturgia
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DOMINGO 5 DE PASCUA / A
22 de mayo de 2011

 

Que Jesús, camino, verdad y vida plena, esté con todos vosotros.

- Con espíritu de acción de gracias, nos reunimos aquí en la iglesia, convocados por Jesús resucitado. Nosotros creemos en él, porque en él encontramos fuerza y vida. Él va delante de nosotros y nos muestra un camino de felicidad.

- En este tiempo de Pascua, celebramos que su camino, que lo llevó hasta morir en una cruz, es el camino de la resurrección, el camino de la vida definitiva. Por eso nos reunimos aquí, por eso venimos a escuchar su palabra y a recibirle como alimento de vida eterna.

Aspersión: Con la alegría de ser seguidores de Jesucristo, recordemos ahora nuestro bautismo, que nos hizo hijos de Dios y nos llenó de su Espíritu.

Aspersión por toda la Iglesia con un canto bautismal o con nuevas estrofas del canto de entrada. Misal, pág. 1.096.

Que Dios todopoderoso nos purifique del pecado y, por la celebración de esta Eucaristía, nos haga dignos de participar del banquete de su Reino. Amén.  

1. lectura (Hechos 6,7-7): Escuchemos ahora una historia de los primeros tiempos de la Iglesia. Hubo un problema dentro de la comunidad, y los apóstoles intentaron resolverlo de manera que todas las partes fuesen escuchadas y tenidas en cuenta. Porque es así como crece la Iglesia.

2. lectura (7 Pedro 2,4-9): San Pedro nos hablará ahora de este pueblo que formamos los creyentes en Jesucristo, y de la gran dignidad que Dios nos da.

Oración universal: A Jesús resucitado, vida y esperanza de la humanidad entera, orémosle diciendo: JESÚS RESUCITADO, ESCÚCHANOS.

En los lugares en que no hay elecciones autonómicas, en la plegaria 2, será conveniente tachar las palabras que están entre corchetes, para evitar errores. OREMOS:

Por los pastores de la Iglesia. Que vivan su misión con fe y esperanza, y ayuden a crear espíritu de paz y concordia en nuestra sociedad. OREMOS:

Por los que este domingo serán elegidos concejales de nuestro ayuntamiento [y diputados de nuestra comunidad autónoma]. Que en todas sus actuaciones
busquen siempre servir al pueblo que los ha escogido. OREMOS:

Por las Iglesias de los países en los que es más difícil ser cristiano, y especialmente por los cristianos de China. Que Dios les dé su fortaleza para mantenerse fieles. OREMOS:

Por nosotros. Que encontremos en Jesucristo la luz para nuestro camino, y la alegría para nuestro corazón. OREMOS:

Escucha, Señor Jesucristo, nuestras plegarias, y danos tu Espíritu Santo. Tú que vives y reinas ... '

Padrenuestro: Unidos a Jesucristo resucitado, como hijos e hijas de Dios, nos atrevemos a decir:

Gesto de paz: En el Espíritu de Cristo resucitado, daos fratermalmente la paz.

Bendición solemne del tiempo de Pascua, pág. 563.

CPL


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jueves, 19 de mayo de 2011

Homilía del cardenal Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires, en la Vigilia Pascual (23 de abril de 2011). (AICA)

VIGILIA PASCUAL      

Amanecía el domingo cuando estas mujeres que amaban tanto a Jesús fueron a visitar el sepulcro. Ese sepulcro frente al cual habían estado sentadas (cfr. Mt. 27: 61) el viernes anterior y contemplaron la sepultura del Señor; ese sepulcro del cual se alejaron porque comenzaba el descanso sabático prescripto por la Ley (cfr. Ju. 19: 42). Ese sepulcro clausurado por aquella piedra que José de Arimatea hizo rodar y a la cual la inquietud de una mala conciencia mandó asegurar y sellar (Mt. 27:66). Esa piedra clausuraba definitivamente las expectativas de salvación que habían creado la vida y la predicación de Jesús. Esa piedra, asegurada, sellada y custodiada por los guardias constituía un “mentís” a tantas promesas. Esa piedra proclamaba un fracaso contundente y esas debilitadas mujeres caminaban, tristes hacia ese monumento al fracaso.

Y luego Dios dice ¡Basta!, viene el terremoto y el Ángel del Señor con la fuerza relampagueante de una verdad nueva hace rodar la piedra en sentido inverso; se abre ese sepulcro ya vacío. Y le dice el Ángel a las mujeres: “no está aquí porque ha resucitado como lo había dicho”… entonces ellas recordaron, recordaron aquella chispita de esperanza a la que no le habían dado lugar en el corazón. De aquí en más, los seguidores de Jesús sabemos que más allá de un sepulcro siempre hay esperanza. Lo que no pudo la piedra de nuestra autosuficiencia lo sembró el poder de Dios en la carne escarnecida y renovada de su Hijo Jesús. Habían querido “asegurar” la muerte y –sin saberlo ni creerlo- aseguraron la vida a toda la humanidad.

Se dan distintos sentimientos ante esta piedra removida hacia atrás. Los guardias tiemblan de espanto y quedan “paralizados, como muertos”. Las mujeres están aterrorizadas pero el anuncio del Ángel las llena de alegría y “se alejan rápidamente del sepulcro”. A los guardias los paraliza su adhesión a la muerte; a ellas el anuncio de vida le colma la esperanza y les regala la alegría, esa alegría que las impele a salir corriendo para dar la noticia. La muerte paraliza, la vida impulsa a comunicarla.

Ellas son portadoras de una noticia: Jesús no había mentido, estaba vivo y lo habían visto. Los guardias, petrificados en su estrechez existencial, solo atinan andar el camino hacia la protección fugaz y coyuntural de la coima. Así continúa el texto bíblico: “Mientras ellas se alejaban, algunos guardias fueron a la ciudad para contar a los sumos sacerdotes todo lo que había sucedido. Estos se reunieron con los ancianos y, de común acuerdo, dieron a los soldados una gran cantidad de dinero, con esta consigna: Digan así: sus discípulos vinieron durante la noche y robaron el cuerpo mientras dormíamos. Si el asunto llega a oídos del gobernador, nosotros nos encargaremos de apaciguarlo y de evitarles a Ustedes cualquier contratiempo. Ellos recibieron el dinero y cumplieron la consigna (Mt: 28: 11-15).

Contemplando los sentimientos opuestos que tenían las mujeres y los guardias, nos cabe la pregunta sobre nosotros, que estamos hoy aquí celebrando la Vida nueva, la que Jesús Resucitado nos ofrece y regala. ¿Qué nos atrae más: la seguridad clausurada del sepulcro o esa alegre inseguridad del anuncio? ¿Dónde está nuestro corazón: en la certeza que nos ofrecen las cosas muertas, sin futuro, o en esa alegría en esperanza de quien es portador de una noticia de vida? ¿Corremos en pos de la Vida con la promesa de hallarla  en esa Galilea del encuentro o preferimos la coima existencial que nos asegura cualquier piedra que clausura y anula nuestro corazón? ¿Prefiero la tristeza o un simple contento paralizante, o me animo a transitar la alegría, ese camino de alegría que nace del convencimiento de que mi Redentor vive?

Moisés, antes de morir, reunió al pueblo y les dijo: “Hoy pongo delante de ti la vida y la felicidad (o) la muerte y la desdicha” (Deut. 30:15). Hoy también, en esta celebración litúrgica junto a Jesús Resucitado realmente presente en el altar, la Iglesia nos propone algo similar: o creemos en la contundencia del sepulcro clausurado por la piedra, la adoptamos como forma de vida y alimentamos nuestro corazón con la tristeza, o nos animamos a recibir el anuncio del Ángel: “No está aquí, ha resucitado” y asumimos la alegría, esa “dulce y confortadora alegría de evangelizar” que nos abre el camino a proclamar que Él está vivo y nos espera, en todo momento, en la Galilea del encuentro con cada uno.

Que el Espíritu Santo nos enseñe y ayude a elegir bien. 

Card. Jorge Mario Bergoglio SJ, arzobispo de Buenos Aires
Buenos Aires, 23 de abril de 2011 


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ZENIT  Publica el artículo que ha escrito monseñor Felipe Arizmendi Esquivel, obispo de San Cristóbal de Las Casas, con el título "Quién es Jesús para ti?".

¿Quién es Jesús para ti?

VER

Son múltiples las actitudes ante Jesús en esta Semana Santa. Muchos se acercan más a Él y a su Iglesia. Nuestros templos rebosan de fieles. Largas filas se forman para recibir el perdón de sus pecados en el sacramento de la reconciliación. En las parroquias de nuestra ciudad, obispos y sacerdotes organizamos ocho tardes para confesar, y en algunas estamos de ocho a diez confesores, tardamos cuatro y cinco horas para terminar, y la gente espera con paciencia su momento. Grupos de jóvenes y familias se desplazan a otros lugares como misioneros. Otros buscan lugares de soledad para reflexionar y orar. Grandes muchedumbres siguen las celebraciones tradicionales como vía crucis, visitas a las "siete casas o iglesias", rosarios, siete palabras, procesiones, etc.

Constatamos, por lo contrario, que para otros muchos estos días son sólo motivo de vacacionar, de alejarse más de Dios, de pecar aún más. Algunos no quieren ni siquiera llamarle "Semana Santa", sino semana mayor. Un grupo de ateos en España se empeña en organizar una contra-semana santa, para burlarse de nuestra fe.

Para ti y para mí, ¿quién es Jesús? ¿Qué significa en nuestra vida? ¿Sólo una tradición, una costumbre, una escenificación teatral, una ceremonia?

JUZGAR

Jesús le ha dado sentido pleno a mi vida. No sé qué sería de mi existencia sin El, si no lo hubiera conocido, si no me hubiera atraído y seducido, si no me convenciera plenamente su vida y su palabra. El es todo para mí. Es mi único camino de vida. Es la luz que me ofrece criterios y actitudes muy definidos. Su estilo de vida me apasiona. Es quien me indica qué hacer en los problemas y en las decisiones que debo tomar. Es quien me impulsa y alienta en mi vocación, en mi decisión de desgastar mi vida para que otros la tengan en plenitud. Su presencia viva en la Eucaristía, en su Palabra y en su Iglesia, es la que me sostiene en enfermedades, cruces y dolores, en las incomprensiones y persecuciones que no faltan. Esforzarme por seguir su ejemplo y su mandato de amar a todo ser humano como prójimo, de servirle en los que sufren, en particular en los pobres y en los que se sienten solos y desesperados, es lo que me hace profundamente feliz. Con El, por El y en El, vale la pena vivir, porque hay un plus: la vida eterna y definitiva cuando la presente termine. ¡Cómo me angustia que otros no se apasionen por El!

El Papa Benedicto XVI, en continuidad con Juan Pablo II, ha dicho en varias ocasiones, y lo repite en su Exhortación sobre la Palabra de Dios en la vida y misión de la Iglesia: «Quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada -absolutamente nada- de lo que hace la vida libre, bella y grande. ¡No! Sólo con esta amistad se abren las puertas de la vida. Sólo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana... ¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida».

Por ello, nos cuestiona: "Nosotros, ¿qué actitud asumimos ante Jesús? En Cristo resplandece la novedad de la vida y la meta a la que estamos llamados. En El, fortalecidos por el Espíritu Santo, recibimos la fuerza para vencer el mal y obrar el bien. De hecho, la vida cristiana es una continua configuración con Cristo, imagen del hombre nuevo, para alcanzar la plena comunión con Dios. El Señor Jesús es la luz del mundo, porque en El resplandece el conocimiento de la gloria de Dios que sigue revelando en la compleja trama de la historia cuál es el sentido de la existencia humana. En el rito del Bautismo, la entrega de la vela, encendida en el gran cirio pascual, símbolo de Cristo resucitado, es un signo que ayuda a comprender lo que ocurre en el sacramento. Cuando nuestra vida se deja iluminar por el misterio de Cristo, experimenta la alegría de ser liberada de todo lo que amenaza su plena realización" (3-IV-2011).

ACTUAR

Que la Semana Santa sea ocasión de conocer más a Jesús, de estar más cerca de El, de escuchar su Palabra, de encontrarnos con El en la oración y en la Eucaristía, se servirlo en los pobres, de ayudarle con su cruz en los que sufren.


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DEPARTAMENTO DE COMUNICACIÓN
38201. La Laguna. Tenerife.
Tfno. 922-25 86 40 / Extensión 8
e-mail: comunicacionobispadodetenerife@gmail.com

Boletín 435 

LAS NOTICIAS AMPLIADAS PUEDEN VERLAS ENTRANDO EN NUESTRO BLOG. Textos, sonidos, e imágenes los tienen en: http://www.comunicacionobispadodetenerife.blogspot.com/ 

En la tarde del miércoles falleció en la Unidad de Cuidados Intensivos del hospital San Juan de Dios el padre Fernando Lorente, capellán de dicha Orden en Tenerife durante los últimos 27 años. "Por encima de todo era un hombre de Dios, dedicado en cuerpo y alma a aliviar el dolor y el sufrimiento de los enfermos", señaló el superior de la Orden, José Ramón Pérez, quien tituló su necrológica: “vive para siempre un gigante de la hospitalidad”. El padre Lorente fue, para el Hermano Ramón,  “siempre muy humano, acogedor, constante, con un demostrado amor a la Orden Hospitalaria y a la Iglesia, ejemplar sacerdote, siempre dispuesto a lo que le pedían…hombre, en definitiva, de Dios". EL Obispo presidió la Misa exequial en la Concepción de La Laguna.

El próximo día 5 de junio se celebrará la Jornada Diocesana de las Familias, en el Seminario Diocesano, a partir de las 10:00 horas. El lema elegido para este año es: "FAMILIA, VIVE LA FE", en sintonía con el Plan Diocesano de Pastoral. 

El Instituto Superior de Teología junto con la Universidad de La Laguna, han organizado para el 6 de junio, en la sala de conferencias de Cajacanarias, una jornada que lleva por título “Trabajo, economía y gestión familiar como factor anticrisis”. Diversos ponentes disertarán sobre este tema en una mesa redonda moderada por el periodista, Mayer Trujillo.  

Por otro lado, el Instituto de Teología de las Islas Canarias, ISTIC, Sede en Tenerife, ha iniciado su campaña de oferta de formación para el curso 2011-2012, que comenzó con "Formarse para ser Iglesia" y ahora continúa con "No te quedes parado". El plan de estudios del ISTIC es extenso y abarca un gran elenco de profesiones y actividades. Más información el 922252540 y en http://www.cettenerife.org/

El obispo se ha reunido con los vicarios, delegados diocesanos y arciprestes, a fin de dar un paso más en el proceso de elaboración del venidero Plan Diocesano de Pastoral que tendrá como texto bíblico de referencia 1Jn 1-3: 'Les anunciamos lo que hemos visto y oído'. Los participantes trabajaron sobre un borrador de líneas de acción para los objetivos pastorales señalados.  

El 19 de junio, a las 19:00 h, en el parque infantil de El Paso será ordenado presbítero Jesús Manuel Calero Perera. El mismo presidirá por vez primera la Eucaristía al día siguiente, en el templo parroquial de Nuestra Señora de Bonanza, también en el Paso (La Palma).

Continúa desarrollándose la Campaña a favor de marcar la X en la Declaración de la Renta de este año. Con tal motivo en las comunidades parroquiales se está repartiendo un periódico sobre la vida y misión de la Iglesia.  

El Archivo Histórico Diocesano acoge hasta el 25 de junio la exposición “Reverso”, una muestra que recoge piezas de 400 años de antigüedad después de haber sufrido el devastador incendio del Palacio Episcopal el 23 de enero de 2006. Esta exposición se realiza con el objeto de que cualquier persona pueda adquirir una de las piezas expuestas. Son piezas para el recuerdo que, al mismo tiempo, pueden servir para el culto o como elemento de decoración. Horario de exposición: Lunes-Viernes 10-13 h. y de 17-20 h.; Sábados 10-13 h. 

Hasta el 22 de abril de 2012 se va a celebrar un “Año Jubilar” concedido por el Papa Benedicto XVI al cumplirse el cuarto centenario de la fundación del monasterio lagunero de Santa Catalina de Siena (1611-2011). El acto más cercano está previsto para el 24 de mayo, a las 19:30 horas en el referido monasterio. Se trata de la conferencia que llevará a cabo Jesús Pérez, doctor en Historia del Arte, titulada “La ciudad de Dios, arquitectura de los monasterios femeninos”. 

Dos mil años después, muchas personas seguimos recordando su nombre y celebrando su memoria. El cristianismo no se explica sin su Señor, sin aquel profeta nazareno en el que su gente encontró la presencia de Dios. ¿Quién fue aquel hombre y qué credibilidad nos merece su mensaje? Esta es la pregunta fundamental del primer módulo de cultura religiosa católica: “El Señor del Cristianismo” que está llevando a cabo Radio Ecca. Para más información, se puede acceder a la página web www.radioecca.net

El próximo lunes volverá a celebrarse la Eucaristía a las 7,30 de la mañana de lunes a viernes en la capilla de las Siervas de María de la capital tinerfeña, tras su reapertura.  

Más de 300 delegados de las Cáritas nacionales de todo el mundo se darán cita en Roma, entre el 22 y el 27 de mayo con motivo de la convocatoria de la 19ª Asamblea General de Caritas Internationalis, en la que se celebrara el 60º aniversario de la fundación de la Confederación. 

El día 29 de mayo, se celebra en el Real Santuario Insular de Nuestra Señora de Las Nieves, en La Palma, la Fiesta de las Madres. La eucaristía será a las 11:30 horas y estará presidida por el párroco de Valle de San Lorenzo, Eduardo Rodríguez. Dicha celebración será retransmitida en directo por COPE La Palma. 

Por otro lado, este año se cumplió el setenta y cinco aniversario de la institución de esta fiesta a las madres en el municipio palmero de Breña Baja. Con tal motivo, se celebró una eucaristía solemne presidida por el vicario general, Antonio Pérez, el cual destacó el papel de las madres y su contribución a la creación continua. Además, subrayó el hecho de generar vida, educar para la vida y ayudar a vivir. Durante la misa se repartieron rojas rojas y blancas, recuerdo y memoria de las madres vivas y difuntas. Igualmente se rindió homenaje a la madre más anciana del municipio y a la más joven. 

La vida sacerdotal que recoge la contraportada del Diario de Avisos de este martes es la de Paco Arteaga, nacido en Vallehermoso, La Gomera, en 1937, y ordenado sacerdote en 1962. Durante sus siete primeros años pastorales, pasó por varias parroquias: Coadjutor de la Cruz del Señor, Hermigua, San Pedro Daute de Garachico, Los cristianos y Granadilla. Posteriormente, permaneció en la Cruz del Señor, desde donde realizó otros servicios: Cursillos de Cristiandad, Consiliario Diocesano del Movimiento Junior y de Mujeres de Acción Católica, Director de la Casa de Ejercicios, Delegado Episcopal de Cáritas (1987-2000), etc. 

Alejandro Abrante ha sido instituido Lector, en la ermita de San Vicente Diácono y Mártir, en Los Realejos. La Eucaristía estuvo presidida por el obispo nivariense, Bernardo Álvarez, que en su homilía destacó que Jesucristo es la “Puerta” por la que podemos entrar para llegar a Dios y, a la vez, es puerta de salida hacia los hermanos, hacia el mundo y la misión.  

Se ha desarrollado una nueva sesión de la formación permanente para el clero en el Seminario Diocesano. En esta ocasión los encargados de guiar la jornada fueron el obispo, Bernardo Álvarez que disertó sobre “El arte de perdonar: Consejo para confesores” y Mauricio González que habló de la dirección espiritual y la penitencia sacramental.  

El barrio de Duggi, en Santa Cruz de Tenerife, ha comenzado sus fiestas patronales en honor de María Auxiliadora con un triduo pascual que finaliza el viernes, 20 de mayo. Las eucaristías se celebran a las 19:30 horas. El sábado, 21 de mayo, a las 19:00 se conmemorará el XI Aniversario de la Deicación del Templo Parroquial. 

La S. D. Tenisca y C. D. Mensajero disputarán un partido amistoso solidario a beneficio de Cáritas Diocesana, la organización humanitaria perteneciente a la Iglesia Católica. Los dos equipos clásicos del fútbol palmero, representantes de la capital palmera en el grupo canario de la Tercera División, se enfrentarán en el estadio Silvestre Carrillo el sábado 21 de mayo a las 17:00 horas. Previamente, a las 15:00 horas, se enfrentarán los equipos cadetes de ambos clubes. Parte de la recaudación de ambos encuentros será destinada a la obra social de Cáritas. 

Por otro lado, Cáritas de la parroquia de la Encarnación, también en la capital palmera, está dando a conocer un proyecto para conseguir fondos para ayudar a la población infantil de la ciudad boliviana de Beni, donde trabaja una Hija de la Caridad palmera, Carmen Nieves Martín Pérez. 

El viernes 20 de mayo a las 20:00 en la parroquia de La Vera (arciprestazgo de La Orotava) los jóvenes de la zona tendrán un encuentro para celebrar la Pascua del Señor. 

Del 26 al 28 de mayo, se desarrollarán las I Jornadas “Mujeres en la religión”, en la parroquia Ntra. Sra. del Rosario de Fátima, Barrio Nuevo, en La Laguna. Las jornadas se inaugurarán el jueves 26, a las 18:30 horas con la bienvenida y un cine forum.  


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Lectio divina para el viernes de la cuarta semana de Pascua 2011, ofrecida por la Delegación Diocesana de Liturgia de la diócesis de Tenerife.

LECTURA:             “Juan 14, 1‑6”

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Que no tiemble vuestro corazón; creed en Dios y creed también en mi. En la casa de mi Padre hay muchas estancias; si no fuera así, ¿os habría dicho que voy a prepararos sitio? Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino.»

Tomás le dice:«Señor, no sabemos adonde vas, ¿cómo podemos saber el camino?»

Jesús le responde: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre, sino por mi.»

MEDITACIÓN:           “Os llevaré conmigo”

            Me gustan todas tus afirmaciones en las que pones de manifiesto tu cercanía, tu caminar con nosotros, tu deseo de estar con nosotros y nosotros contigo. Me gusta porque me pone en relación con algo vivo, con alguien que ha apostado por el amor y, eso, me da la garantía, que allí donde nos lleves contigo será para experimentar plenamente la fuerza, la verdad, la vida en el amor.

            Al mismo tiempo no es una afirmación que me coloca de un salto en el más allá, aunque me abre el horizonte de mi sentido, de esa plenitud que, desde lo más íntimo de mí, anhelo. Esa afirmación me coloca en el ahora. Y en este ahora de mi vida tú estás, caminas conmigo, me acompañas, me impulsas, me estimulas. Eres mi compañero de camino, de mi camino comenzado aquí con anhelos de eternidad.

            Y también quiero entender que, en este mi caminar, donde a veces me es fácil perderme, tú me guías, porque tú sí conoces el sendero, sus espacios de reposo y sus peligros, y así puedo hacerlo fiado de ti.

ORACIÓN:           “Ven conmigo”

            No me atrevería a hacer la petición si tú no me la hubieses adelantado. Señor, ven conmigo en la andadura de mi vida, guíame a casa.

            Señor, ven conmigo. Déjame sentirte especialmente en los momentos de oscuridad. Que la certeza de que estás ahí sea siempre mi fuerza.

            Ven conmigo, Señor, para que sepa poner en juego lo mejor de mí, para que contigo pueda aportar espacios de paz, de ternura, de acogida, de amor.

CONTEMPLACIÓN:              “Contigo”

Desbordas los límites
de mi comprensión
y de mis sentidos,
y en medio de mi
aparente soledad
tu palabra me ofrece
tu presencia cercana,
y sin saber cómo
me llevas con paso firme,
contigo, de vuelta a casa.


Publicado por verdenaranja @ 20:19  | Liturgia
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miércoles, 18 de mayo de 2011

ZENIT  nos ofrece el Mensaje 2011 del Jueves Santo del cardenal Mauro Piacenza, prefecto de la Congregación para el Clero, a todos los sacerdotes del mundo.

Es para mí un motivo de gran alegría dirigirme a los sacerdotes en el día del Jueves Santo. Día maravilloso, en el que, por el diseño imprescindible de la divina Providencia, nuestro Señor instituyó conjuntamente el Sacramento del Santo Sacerdocio y el de la Santísima Eucaristía. Esta institución conjunta postula su absoluta indisolubilidad: donde está el Sacerdocio católico, allí está la Eucaristía, y donde está la Eucaristía, celebrada y adorada, florecen las Vocaciones al Sacerdocio.

Eucaristía y Sacerdocio, después, unidos, generan la Iglesia, en la que y por la que, a su vez, son celebrados en esta misteriosa y radical reciprocidad, que convierte el Cuerpo -la Iglesia- inseparable de sus gestos, los Sacramentos.

Introduzcámonos en el Gran Misterio del Jueves Santo, poniendo el corazón en la escucha de aquel suave mandamiento del Señor: “Haced esto en memoria mía”. Desde hace dos mil años, toda la Iglesia, y en ella particularmente los sacerdotes, acoge el mandato del Señor, reconociendo en él la descripción continua de la propia historia y sobre todo, de la identidad propia.

La Iglesia es el “haced esto en memoria de Él”, la Iglesia se identifica con la obediencia al mandato del Señor y con la celebración de la Eucaristía, que ella ve nacer en su seno y de la cual, sin embargo, depende totalmente.

La santidad y la centralidad del Misterio Eucarístico vuelven ahora más estridentes las palabras evangélicas en las que, en el mismo momento en el que Jesús realizaba la Última Cena con Sus discípulos, se habla de una traición; de la traición más grande de la historia: ¡la de Judas!, “Más le valiese no haber nacido”.

La traición se consuma por un dramático error de valoración, en el que se manifiesta la total incomprensión, por parte del traidor, de la identidad y de la verdad del Señor: “¿Qué estáis dispuestos a darme, si os lo entrego?”. Esta pregunta se repite todavía hoy en toda traición al Señor, en todo gesto de los hombres, que cambian a Dios con lo que no es Dios; ¡en toda profanación, falta de respeto y banalización de la Santísima Eucaristía!: “¿Qué estáis dispuestos a darme, si os lo entrego?”.

Cada vez que la Eucaristía no es tomada en su justa consideración, Que no se le da su lugar en la Iglesia, es decir el principal, cada vez que la adoración debida a la Eucaristía no se da, o que no son introducidos y educados los fieles, podemos ver como se pronuncian de nuevo, las palabras del traidor: “¿Qué estáis dispuestos a darme, si os lo entrego?”.

Si la traición es siempre un acto personal, del que responde personalmente quien lo realiza, nos deja consternados cuando leemos el Evangelio según san Mateo que narra como los Doce “profundamente entristecidos, se pusieron a preguntarle uno detrás de otro: '¿soy yo acaso, Señor?'”.

Frente a la profecía segura del Maestro: “Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar”, ninguno de los Doce se siente seguro, pero -afirma el texto- “se pusieron a preguntarle uno detrás de otro”.

La verdadera fe no puede ser separada de la humildad auténtica y profunda. Cuanto más profunda es la humildad más consciente es de que cualquier atisbo de fidelidad a Dios nace de Su gracia y está alimentada, sostenida y nutrida, imprescindiblemente por la Santísima Eucaristía.

El discípulo, también el llamado a la tremenda y sublime responsabilidad del Sacerdocio, es decir de consagrar el Cuerpo y la Sangre del Señor y de absolver a los hermanos de sus pecados, se reconoce continuamente necesitado de la Misericordia del Señor y del apoyo imprescindible de Su gracia. El discípulo, por esto, está llamado a renovar continuamente el propio “sí”, a sentirse parte de este Cuerpo, la Iglesia, que desde hace dos mil años realiza los gesto de su Cabeza, Cristo y, en ellos y a través de ellos, ofrece a la humanidad la Salvación que Él ha ganado.

La oración por la santificación de los Sacerdotes es muy útil y necesaria en todas las épocas de la Iglesia, porque a ellos esta misteriosamente confiada la memoria y la presencia del Resucitado a través del Memorial del Santísimo Sacrificio de la Misa. La conciencia de esta altísima Vocación hace profundamente agradecido al Pueblo santo de Dios; agradecido por el don de los Sacerdotes, agradecido por el don de la Eucaristía, Presencia del Resucitado en medio de Su Pueblo, y agradecido por el don de las Vocaciones sacerdotales, por el “sí” libre y exultante de todos los que acogen la Llamada divina.

La profunda unidad entre memoria y presencia constituye el presupuesto teológico imprescindible de la adoración eucarística. Aunque parecen totalmente superadas las polémicas de las pasadas décadas que querían la prevalencia de la celebración sobre la adoración, sin embargo, hay todavía mucho por recorrer para dar el paso posterior, fundamental paso que nuestra fe y las circunstancias nos exige.

No es suficiente la recuperación de la adoración junto a la celebración de la Eucaristía -que también es una cosa apropiada y recomendable-, pero es necesario que para todos, sean sacerdotes, sean fieles laicos, la misma celebración Eucarística se convierta en adoración.

En el respeto de la distinción del momento de la celebración del de la adoración -que también a nivel litúrgico son regulados por diferentes textos-, parece evidente, como único modo para evitar que la adoración eucarística se reduzca a momentos de espiritualidad subjetiva, expuestos a las derivas sentimentales posibles, que la misma celebración Eucarística comunitaria, es decir de la Iglesia, se comprenda y se viva como culto de adoración a Dios.

Por lo demás, bien lo sabemos, la celebración Eucarística es el culto perfecto, porque en Ella, Cristo mismo alaba al Padre, y el Sacerdote, que actúa en la Persona de Cristo Cabeza, es atraído a este acto de alabanza teándrico, que abraza, en virtud de la communio sanctorum bautismal, a todo el pueblo de Dios.

Celebrar y adorar la Eucaristía no son dos modos distintos de vivir el “culto eucarístico”, pero deben, de un modo progresivo y auténtico, coincidir tendencialmente. ¡Se celebra la Eucaristía, adorándola, y se la adora celebrándola!

Alejando, de este modo, de la misma celebración o adoración, cada actitud que pueda ser sólo antropocéntrica: que pone el hombre al centro, en el lugar de Dios.

Tal precioso camino de unidad teológica y espiritualidad, entre celebración y adoración de la Santísima Eucaristía, exige la multiplicación, como florecimiento, en todo lugar, de verdaderos y propios “Cenáculos de Oración”, en los que son reeducados por Cristo mismo en la relación con Él y también en la escucha de Su palabra y de Su voluntad y sobre todo cuando esta no exige seguilo en la radicalidad de la apostolica vivendi forma, en la forma de vivir de los Apóstoles.

Entramos así en el Templo más santo de todo el Año Litúrgico, agradeciendo a la Santa Medre Iglesia, que en su tierna y eficaz pedagogía, nos conduce todos los años a revivir los Misterios de nuestra fe. Misterios que, en toda celebración Eucarística, se renuevan, representados al Pueblo como una auténtica y única vía de Salvación. Sentémonos en la mesa con Jesús en el Jueves Santo y adoramos su Divina Presencia; subamos con Él al Calvario, uniéndonos a la perfección de Su ofrenda, imitando la disponibilidad al sacrificio vivido por Él: “Ofrecí mi espalda a los que golpeaban y mis mejillas, a los que me arrancaban la barba; no retiré mi rostro cuando me ultrajaban y escupían”, (Is 50,5), esperemos con la fe de María, en el silencio del Sábado Santo y, con María, exultemos, el Domingo en la alegría del Resucitado, ¡que ha derrotado para siempre a la muerte y al pecado!

Del mismo evento de la Resurrección, de la superación de los límites espacio-temporales del Verbo encarnado, depende la posibilidad misma de su Presencia real en la Eucaristía: El que está presente en la Santísima Eucaristía, celebrada y adorada, ¡es exactamente el Resucitado!. No sólo el Verbo encarnado, sino el Verbo encarnado y Resucitado.

Celebrando y adorando la Eucaristía, entonces, ¡nosotros celebramos y adoramos al Resucitado!Podemos decir, con los ojos de la fe, que vemos a Cristo Resucitado, y que Él nos atrae a Sí, hasta hacernos partícipes de la intimidad de su Vida divina trinitaria, a través de la Santa Comunión.

Imploremos a la Divina Misericordia que, en nuestra humilde vida, nada, nunca, por ninguna razón, pueda ser comparado con la grandeza y la sublimidad de la Eucaristía, y pedimos a la Beata Virgen María, que acogió en su Seno al Verbo hecho carne y que, como sugiere la tradición oriental fue la primera en ver a Cristo Resucitado, que nos sostenga y nos acompañe para que nuestra existencia terrena sea toda eucarística y cristificada; aún más, ¡cristificada porque es eucarística y eucarística porque es cristificada!

[Traducción del italiano por Carmen Álvarez]


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ZENIT   nos ofrece a continuación la catequesis que el Papa Benedicto XVI pronunció el miércoles 20 de Abril de 2011 ante los peregrinos reunidos en la Plaza de San Pedro, sobre el significado del Santo Triduo Pascual.

Queridos hermanos y hermanas,

hemos llegado ya al corazón de la Semana Santa, cumplimiento del camino cuaresmal. Mañana entraremos en el Triduo Pascual, los tres días santos en que la Iglesia conmemora el misterio de la pasión, muerte y resurrección de Jesús. El Hijo de Dios, después de haberse hecho hombre en obediencia al Padre, llegando a ser del todo igual a nosotros, excepto en el pecado (cfr Hb 4,15), aceptó cumplir hasta el final su voluntad, afrontar por amor a nosotros la pasión y la cruz, para hacernos partícipes de su resurrección, para que en Él y por Él podamos vivir para siempre, en el consuelo y en la paz. Os exhorto por tanto a acoger este misterio de salvación, a participar intensamente en el Triduo pascual, culmen de todo el año litúrgico y momento de gracia particular para cada cristiano; os invito a buscar en estos días el recogimiento y la oración, para poder acceder más profundamente a esta fuente de gracia. A propósito de esto, ante las inminentes festividades, cada cristiano es invitado a celebrar el sacramento de la Reconciliación, momento de especial adhesión a la muerte y resurrección de Cristo, para poder participar con mayor fruto en la Santa Pascua.

El Jueves Santo es el día en el que se hace memoria de la institución de la Eucaristía y del Sacerdocio ministerial. Por la mañana, cada comunidad diocesana, reunida en la iglesia catedral en torno al obispo, celebra la Misa crismal, en la que se bendicen el sacro Crisma, el Óleo de los catecúmenos y el Óleo de los enfermos. A partir del Triduo pascual y durante todo el año litúrgico, estos Óleos serán utilizados para los Sacramentos del Bautismo, de la Confirmación, de las Ordenaciones sacerdotal y episcopal y de la Unción de Enfermos; en esto se pone de manifiesto cómo la salvación, transmitida por los signos sacramentales, brota precisamente del Misterio pascual de Cristo; de hecho, somos redimidos con su muerte y resurrección y, mediante los Sacramentos, acudimos a esa misma fuente salvífica. Durante la Misa crismal, mañana, tiene lugar la renovación de las promesas sacerdotales. En todo el mundo, cada sacerdote renueva los compromisos que asumió el día de la Ordenación, para ser totalmente consagrado a Cristo en el ejercicio del sagrado ministerio al servicio de los hermanos. Acompañemos a nuestros sacerdotes con nuestra oración.

En la tarde del Jueves Santo comienza efectivamente el Triduo Pascual, con la memoria de la Última Cena, en la que Jesús instituyó el Memorial de su Pascua, dando cumplimiento al rito pascual judío. Según la tradición, toda familia judía, reunida a la mesa en la fiesta de Pascua, come el cordero asado, haciendo memoria de la liberación de los Israelitas de la esclavitud de Egipto; así en el cenáculo, consciente de su muerte inminente, Jesús, verdadero Cordero pascual, se ofrece a si mismo por nuestra salvación (cfr 1Cor 5,7). Pronunciando la bendición sobre el pan y el vino, Él anticipa el sacrificio de la cruz y manifiesta la intención de perpetuar su presencia en medio de los discípulos: bajo las especies del pan y del vino, Él se hace presente de modo real con su cuerpo entregado y con su sangre derramada. Durante la Última Cena, los Apóstoles son constituidos ministros de este Sacramento de salvación; a ellos Jesús les lava los pies (cfr Jn 13,1-25), invitándoles a amarse unos a otros como Él les amó, dando la vida por ellos. Repitiendo este gesto en la Liturgia, también nosotros somos llamados a dar testimonio con los hechos de nuestro Redentor.

El Jueves Santo, finalmente, se cierra con la Adoración eucarística, en recuerdo de la agonía del Señor en el huerto del Getsemaní. Dejando el cenáculo, Él se retiró a rezar, solo, en presencia del Padre. En ese momento de comunión profunda, los Evangelios narran que Jesús experimentó una gran angustia, un sufrimiento tal que le hizo sudar sangre (cfr Mt 26,38). Consciente de su inminente muerte en la cruz, Él siente una gran angustia y la cercanía de la muerte. En esta situación aparece también un elemento de gran importancia para toda la Iglesia. Jesús dice a los suyos: quedaos aquí y vigilad; y este llamamiento a la vigilancia se refiere de modo preciso a este momento de angustia, de amenaza, en el que llegará el traidor, pero concierne a toda la historia de la Iglesia. Es un mensaje permanente para todos los tiempos, porque la somnolencia de los discípulos no era solo el problema de aquel momento, sino que es el problema de toda la historia. La cuestión es en qué consiste esta somnolencia, en qué consistiría la vigilancia a la que el Señor nos invita. Diría que la somnolencia de los discípulos a lo largo de la historia es una cierta insensibilidad del alma hacia el poder del mal, una insensibilidad hacia todo el mal del mundo. Nosotros no queremos dejarnos turbar demasiado por estas cosas, queremos olvidarlas: pensamos que quizás no será tan grave, y olvidamos. Y no es sólo la insensibilidad hacia el mal, mientras deberíamos velar para hacer el bien, para luchar por la fuerza del bien. Es insensibilidad hacia Dios: esta es nuestra verdadera somnolencia; esta insensibilidad hacia la presencia de Dios que nos hace insensibles también hacia el mal. No escuchamos a Dios – nos molestaría – y así no escuchamos, naturalmente, tampoco la fuerza del mal, y nos quedamos en el camino de nuestra comodidad. La adoración nocturna del Jueves Santo, el estar vigilantes con el Señor, debería ser precisamente el momento de hacernos reflexionar sobre la somnolencia de los discípulos, de los defensores de Jesús, de los apóstoles, de nosotros, que no vemos, no queremos ver toda la fuerza del mal, y que no queremos entrar en su pasión por el bien, por la presencia de Dios en el mundo, por el amor al prójimo y a Dios.

Después, el Señor empieza a rezar. Los tres apóstoles – Pedro, Santiago, Juan – duermen, pero alguna vez se despiertan y escuchan el estribillo de esta oración del Señor: “No se haga mi voluntad, sino la tuya". ¿qué es esta voluntad mía, qué es esta voluntad tuya, de la que habla el Señor? Mi voluntad es que “no debería morir”, que se le ahorre este cáliz del sufrimiento: es la voluntad humana, de la naturaleza humana, y Cristo siente, con toda la consciencia de su ser, la vida, el abismo de la muerte, el terror de la nada, esta amenaza del sufrimiento. Y Él más que nosotros, que tenemos esta aversión natural contra la muerte, este miedo natural a la muerte, aún más que nosotros, siente el abismo del mal. Siente, con la muerte, también todo el sufrimiento de la humanidad. Siente que todo esto es el cáliz que tiene que beber, que debe hacerse beber a sí mismo, aceptar el mal del mundo, todo lo que es terrible, la aversión contra Dios, todo el pecado. Y podemos comprender que Jesús, con su alma humana, estuviese aterrorizado ante esta realidad, que percibe en toda su crueldad: mi voluntad sería no beber el cáliz, pero mi voluntad está subordinada a tu voluntad, a la voluntad de Dios, a la voluntad del Padre, que es también la verdadera voluntad del Hijo. Y así Jesús transforma, en esta oración, la aversión natural, la aversión contra el cáliz, contra su misión de morir por nosotros. Transforma esta voluntad natural suya en voluntad de Dios, en un “sí” a la voluntad de Dios. El hombre de por sí está tentado de oponerse a la voluntad de Dios, de tener la intención de seguir su propia voluntad, de sentirse libre sólo si es autónomo; opone su propia autonomía contra la heteronomía de seguir la voluntad de Dios. Este es todo el drama de la humanidad. Pero en verdad esta autonomía es errónea y este entrar en la voluntad de Dios no es una oposición a uno mismo, no es una esclavitud que violenta mi voluntad, sino que es entrar en la verdad y en el amor, en el bien. Y Jesús atrae nuestra voluntad, que se opone a la voluntad de Dios, que busca la autonomía, atrae esta voluntad nuestra a lo alto, hacia la voluntad de Dios. Este es el drama de nuestra redención, que Jesús atrae a lo alto nuestra voluntad, toda nuestra aversión contra la voluntad de Dios y nuestra aversión contra la muerte y el pecado, y la une con la voluntad del Padre: "No se haga mi voluntad sino la tuya”. En esta transformación del "no" en "sí", en esta inserción de la voluntad de la criatura en la voluntad del Padre, Él transforma la humanidad y nos redime. Y nos invita a entrar en este movimiento suyo: salir de nuestro "no" y entrar en el "sí" del Hijo. Mi voluntad existe, pero la decisiva es la voluntad del Padre, porque ésta es la verdad y el amor.

Un ulterior elemento de esta oración me parece importante. Los tres testigos han conservado – como aparece en la Sagrada Escritura – la palabra hebrea o aramea con la que el Señor habló al Padre, le llamó: "Abbà", padre. Pero esta fórmula, "Abbà", es una forma familiar del término padre, una forma que se usa sólo en la familia, que nunca se ha usado hacia Dios. Aquí vemos en la intimidad de Jesús cómo habla en familia, habla verdaderamente como Hijo con su Padre. Vemos el misterio trinitario: el Hijo que habla con el Padre y redime a la humanidad.

Una observación más. La Carta a los Hebreos nos dio una profunda interpretación de esta oración del Señor, de este drama del Getsemaní. Dice: estas lágrimas de Jesús, esta oración, estos gritos de Jesús, esta angustia, todo esto no es sencillamente una concesión a la debilidad de la carne, como podría decirse. Precisamente así realiza la tarea del Sumo Sacerdote, porque el Sumo Sacerdote debe llevar al ser humano, con todos sus problemas y sufrimientos, a la altura de Dios. Y la Carta a los Hebreos dice: con todos estos gritos, lágrimas, sufrimientos, oraciones, el Señor llevó nuestra realidad a Dios (cfr Eb5,7ss). Y usa esta palabra griega "prosferein", que es el término técnico para lo que el Sumo Sacerdote tiene que hacer para ofrecer, para elevar a lo alto sus manos.

Precisamente en este drama del Getsemaní, donde parece que la fuerza de Dios ya no está presente, Jesús realiza la función del Sumo Sacerdote. Y dice además que en este acto de obediencia, es decir, de conformación de la voluntad natural humana a la voluntad de Dios, se perfecciona como sacerdote. Y usa de nuevo la palabra técnica para ordenar sacerdote. Precisamente así se convierte en el Sumo Sacerdote de la humanidad y abre así el cielo y la puerta a la resurrección.

Si reflexionamos en este drama del Getsemaní, podemos también ver el gran contraste entre Jesús, con su angustia, con su sufrimiento, en comparación con el gran filósofo Sócrates, que permanece pacífico, imperturbable ante la muerte. Y parece esto lo ideal. Podemos admirar a este filósofo, pero la misión de Jesús era otra. Su misión no era esta total indiferencia y libertad; su misión era llevar en sí mismo todo el sufrimiento, todo el drama humano. Y por ello precisamente esta humillación del Getsemaní es esencial para la misión del Hombre-Dios. Él lleva consigo nuestro sufrimiento, nuestra pobreza, y la transforma según la voluntad de Dios. Y así abre las puertas del cielo, abre el cielo: esta cortina del Santísimo, que hasta ahora el hombre cerraba contra Dios, se abre por este sufrimiento y obediencia suyas. Estas son algunas observaciones para el Jueves Santo, para nuestra celebración de la noche del Jueves Santo.

El Viernes Santo haremos memoria de la pasión y de la muerte del Señor; adoraremos a Cristo Crucificado, participaremos en sus sufrimientos con la penitencia y el ayuno. Volviendo “la mirada a aquel que atravesaron” (cfr Jn 19,37), podremos beber de su corazón partido que mana sangre y agua como de una fuente; de ese corazón del que brota el amor de Dios por cada hombre recibimos su Espíritu. Acompañemos por tanto también en el Viernes Santo a Jesús que sube al Calvario, dejémonos guiar por Él hasta la cruz, recibamos la ofrenda de su cuerpo inmaculado. Finalmente, en la noche del Sábado Santo, celebraremos la solemne Vigilia Pascual, en la que se nos anunciará la resurrección de Cristo, su victoria definitiva sobre la muerte que nos llama a ser en Él hombres nuevos, Participando en esta santa Vigilia, la Noche central de todo el Año Litúrgico, haremos memoria de nuestro Bautismo, en el cual también nosotros fuimos sepultados con Cristo, para poder con Él resucitar y participar en el banquete del cielo (cfr Ap 19,7-9).

Queridos amigos, hemos intentado comprender el estado de ánimo con el que Jesús vivió el momento de la prueba extrema, para captar lo que orientaba su actuación. El criterio que guió cada elección de Jesús durante toda su vida fue la firme voluntad de amar al Padre, de ser uno con el Padre, y de serle fiel; esta decisión de corresponder a su amor le impulsó a abrazar, en toda circunstancia, el proyecto del Padre, hacer suyo el designio de amor que le fue confiado de recapitular todas las cosas en Él, para reconducir todo a Él. Al revivir el Santo Triduo, dispongámonos a acoger también nosotros en nuestra vida la voluntad de Dios, conscientes de que en la voluntad de Dios, aunque parece dura, en contraste con nuestras intenciones, se encuentra nuestro verdadero bien, el camino de la vida. Que la Virgen Madre nos guíe en este itinerario, y nos obtenga de su Hijo divino la gracia de poder emplear nuestra vida por amor a Jesús, al servicio de los hermanos. Gracias.

[En español dijo]

Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española, especialmente a los participantes en el encuentro UNIV, así como a los venidos de Argentina, Colombia, Ecuador, España, México y otros países latinoamericanos. Que la Virgen María nos enseñe a todos a acompañar en estos días a su Hijo, en los momentos decisivos de su misterio redentor.

[Traducción del original italiano por Inma Álvarez
©Libreria Editrice Vaticana]


Publicado por verdenaranja @ 23:28  | Habla el Papa
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Desde Caritas de Tenerife nos envían las bases para participar el el certamen de fotografías 2011.

“FOTOS CON CORAZÓN”

Las cosas importantes se hacen con corazón

Las cosas
importantes

se hacen con corazón
I erCERTAMEN FOTOGRÁFICO

+ Bases del Certamen +

Participantes

Podrán tomar parte en el presente certamen todas las personas mayores de 13 años que lo deseen.

También se pueden presentar por grupos, clases, amigos, familias… pudiendo elegir, en este caso, entre presentar fotografías por persona o como colectivo.

Características de las obras

Las obras que se presenten al certamen tratarán sobre el tema del voluntariado: “Las cosas importantes se hacen con corazón”, pudiendo presentar cada concursante el número de fotografías que considere oportuno.

Las mismas habrán de ser originales, inéditas y que no hayan sido presentadas en otros certámenes de

fotografía.

Las fotos podrán presentarse en color o en blanco y negro, en soporte digital JPG.

Los trabajos se acompañarán de una breve descripción referida al contenido de las imágenes.

Temática

Las fotografías presentadas, dando la necesaria libertad creativa al autor, deberán ser relativas al tema del voluntariado bajo el lema “Las cosas importantes se hacen con corazón”.

Los gestos sencillos que provocan sonrisa, afecto, entrega, servicio, cercanía, gratuidad… son los gestos humanos, voluntarios, libres, que hacen que otro estilo de vivir, otro mundo mejor, sea posible para todos.

Plazos y lugar de presentación

El plazo de presentación de las obras será hasta el 28 de Mayo del 2011

Las fotografías se enviarán al correo electrónico voluntariado@caritastenerife.org especificando en el asunto: “fotografías con corazón”.

Los partícipes deberán aportar los siguientes datos: Nombre participante/s - Edad - Teléfono - Correo electrónico - Título de la obra - Breve descripción referida al contenido de las imágenes.

Las cosas importantes se hacen con corazón

Derechos de autor/a y propiedad de las fotografías

Las fotografías presentadas quedarán en poder de Cáritas Diocesana de Tenerife y podrán ser utilizadas, sin limitación de tiempo o lugar, en actividades sin fines lucrativos, como edición de trípticos, carteles, calendarios, exposiciones, divulgación del certamen… entre otras. Su uso no implicará el pago de derechos. El nombre del autor aparecerá junto a la fotografía siempre que se utilice para alguno de los fines anteriormente descritos..

Jurado

El jurado se reunirá, una vez finalizado el plazo de presentación de los trabajos, para examinar el contenido de los mismos, valorando la calidad de las fotografías presentadas y velando que se ajusten a lo expresado en la temática de esta convocatoria.

El jurado tendrá como uno de sus criterios principales elegir fotografías que muestren el sentido del voluntariado además de la calidad artística y creativa.

Premio

Se seleccionaran doce fotografías, las cuales formarán parte de una exposición itinerante denominada “Fotos con corazón”. La inauguración será en un acto institucional que Cáritas Diocesana de Tenerife celebrará el 19 de Junio en La Plaza del Cristo de La Laguna en horario de 10:30 a 14:00.

El premio podrá declararse desierto si a juicio del jurado, cuyo fallo será inapelable, no se hubiera presentado ninguna obra merecedora del mismo.

Cáritas Diocesana de Tenerife se reserva el derecho a cambiar el número de fotografías que componen la exposición.

Aceptación

El hecho de concurrir a este certamen implica la total aceptación de estas bases, siendo resuelta por el Jurado cualquier duda que surja en su interpretación.

Para cualquier consulta o duda puede ponerse en contacto con nosotros:

Cáritas Diocesana de Tenerife

C/ Juan Pablo II, Nº 23, entlo.

Tfno: 922 277 212 (Preguntar por Irene)

voluntariado@caritastenerife.org


Publicado por verdenaranja @ 23:22  | Caritas
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El Director de Cáritas Diocesana de Tenerife nos envía el siguiente artículo  apelabndo a la generosidad de todos.

Desde Cáritas

 Leonardo Ruiz del Castillo*

El pasado mes de abril no ha sido uno de los que me pasan desapercibidos. Y lo digo por unas noticias que han llamado mi atención dolorosamente. Porque la muerte de un ser humano, aunque no sea familiar, amigo o conocido me produce dolor. Pero en este caso ese dolor es mayor porque han sido dos las personas fallecidas de las muchas que tienen como único techo la calle; y si esa muerte es porque ha perdido la ilusión por la vida, mi pesar es más profundo. Me estoy refiriendo a la persona rumana fallecida en las inmediaciones del Estadio y a la otra que murió en la plaza Príncipe Felipe; ambos en la capital tinerfeña.

Manuel (así se llamaba el segundo de los fallecidos) murió en medio de muchas personas que trataban de convencerle para que se dejara llevar a un hospital. No lo lograron. Era imposible obligarle a ser atendido porque va en contra de la propia Ley. Él murió como quería: en la calle y solo. Manuel formaba parte de ese colectivo que vemos en diferentes lugares de cualquier ciudad, llamado “los sin techo”. Esas personas que han escogido las calles para ¿vivir? y se niegan a ser atendidas en un albergue o casa de acogida. Rechazan todo tipo de normas para la convivencia. Quieren ser libres y tienen las estrellas como techo (aunque a veces son negros nubarrones que les obligan a buscar refugio en cualquier portal abierto o zona que les proteja) y algún banco del mobiliario urbano como cama. “Si huelo mal no se me acerque, yo no le he llamado”, –nos dirá cualquiera de estas personas si le ofrecemos un lugar donde poder ducharse y cambiarse de ropa. Pero también hay otras personas que se les obliga a estar en la calle: quienes sufren un desahucio. Son familias que, no pudiendo pagar la hipoteca o el alquiler, el peso de la ley cae sobre ellas y les obliga a dejar su casa de toda la vida, por mor de una situación que no se han buscado sino que les ha sobrevenido. Y, ¿qué hacer? El albergue municipal o Café y Calor de Cáritas, son para hombres; ¿rompemos la unidad familiar enviando a los menores a la tutela social, al hombre a un centro y a la mujer a otro? Con total seguridad que se agrupará la familia y decidirán ¿vivir? en la calle.

Otra de las dolorosas noticias la titulaban los periódicos así: “Andalucía y Canarias encabezan el ranking de paro juvenil en España”. Otro más de los records que tenemos en nuestro terruño. Es muy preocupante y doloroso para mí, que ese paro juvenil siga aumentando, con el problema añadido de que su crecimiento es superior que el del paro total, situándose en Canarias en el 35% y superando en más de siete puntos la tasa media del desempleo.

Por otro lado La Caixa, dentro de su programa de ayudas que viene aplicando desde hace unos cinco años, informaba de que la mitad de los pobres ya no pueden comprar medicamentos ni seguir ningún tratamiento médico. Que cuatro de cada diez personas viven por debajo de los ocho mil euros al año y sesenta mil menores de edad han pasado o pasan hambre con frecuencia, lo que significa que no comen casi nada durante el día y no cenan nunca por la noche… En el periódico tinerfeño EL DÍA, Esther Esteban, comentando esta noticia decía: “Dicho así, con la frialdad y crueldad con la que hablan los números podríamos pensar que tales afirmaciones se refieren a países lejanos, a esos hombres, mujeres y niños que habitan en lugares que parecen dejados de la mano de Dios; pero no es así”. Claro, esos datos son de España…
Por otro lado y habiendo comenzado ya el periodo para hacer nuestra declaración de la Renta 2010, hago un llamamiento a todos y a todas ustedes para que nos ayuden económicamente y contribuyan así con nuestra labor de atención a quienes lo necesitan, sin costo alguno, de forma gratuita. ¿Cómo? Pues simplemente, cuando haga su declaración, marque con una X las casillas del 0,7% del IRPF destinadas a la “Iglesia católica” y a “Otros fines de interés social”. Con ese simple gesto, Cáritas recibirá de la Iglesia ayudas para paliar las demandas de quienes acuden a nosotros solicitando alimentos o el pago de alquileres, recibos de agua, luz, medicamentos, etc. Y del IRPF, a través del Gobierno del Estado, fondos para desarrollar proyectos específicos, como casas de acogida para ese colectivo mencionado antes: “los sin techo”. O colectivos de familias, infancia, mayores, enfermos de VIH/SIDA, inmigrantes, etc. Por éste concepto, a lo largo del presente 2011 estamos gestionando más de cuatrocientos mil euros.

Es triste, muy triste y doloroso saber que una niña de 7 años lleva tres días comiendo solamente pan. Pero es aún más triste y más doloroso saber que si yo prescindo de algún capricho diario, podría hacer que esa niña desayune, almuerce, meriende y cene…

Muchas gracias amigas y amigos. Estoy seguro de su generosidad porque sé que ustedes prescinden de algo a diario para compartir con quienes no tienen. Por eso, comparte incluso lo necesario.

 *Director de Cáritas Diocesana de Tenerife  


Publicado por verdenaranja @ 23:09  | Caritas
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Lectio divina para el jueves de la cuarta semana de Pascua 2011, ofrecida por la Delegación Diocesana de Liturgia de la diócesis de Tenerife.

LECTURA:      “Juan 13, 16‑20”

Cuando Jesús acabó de lavar los pies a sus discípulos, les dijo: «Os aseguro, el criado no es más que su amo, ni el enviado es más que el que lo envía. Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica. No lo digo por todos vosotros; yo sé bien a quiénes he elegido, pero tiene que cumplirse la Escritura: "El que compartía mi pan me ha traicionado." Os lo digo ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis que yo soy.

Os lo aseguro: El que recibe a mi enviado me recibe a mí; y el que a mí me recibe recibe al que me ha enviado.»

MEDITACIÓN:           “Sé bien a quiénes he elegido”

            Esta frase me tranquiliza y, al mismo tiempo, me interpela. Me tranquiliza porque sé que no me puedo esconder de ti, sabes como soy, de mis cualidades y de mis limitaciones, tu amor pasa por encima de ellos, confías plenamente en mí, y conoces perfectamente mis capacidades para serte fiel o para traicionarte, pero eso no es inconveniente para que me llames, en tu llamada está implícita toda tu confianza y la seguridad de que si quiero puedo responder a tu confianza.

            Pero me inquieta, no por ti, sino por mí, porque tu elección no es garantía de mi fidelidad, ésta estoy llamado a ganarla día tras día, y puedo potenciar mi respuesta o traicionarla, y sé que aquí son muchas las fuerzas en contra que se hacen fuerte en mí. Pero sé también que cuento con tu fuerza y, eso, estimula mi empeño.

            Sé que esto me exige sinceridad y decisión. No puedo contar con más ventajas que las que tú tuviste. El discípulo no es más que el maestro y si a ti no te lo pusieron fácil no puedo esperar privilegios en mí. Pero tú me manifestaste que se podía ser fiel cuando nos arraigamos, como tú, en el Padre. Y ése quiero que sea mi empeño. 

ORACIÓN:           “En práctica”

            Es aquí donde está mi reto, Señor, ayúdame a poner en práctica tu palabra.

            Señor, que no me quede sólo en el deseo, que tu fuerza me permita ponerlo en práctica.

            Que ponga en práctica, Señor, tu buena noticia. Que me sepa enviado y esto sea mi estímulo y mi apoyo.

CONTEMPLACIÓN:           “Enviado”

Tú eres el enviado
y el que envías,
Tú el testigo fiel
y yo elegido a serlo,
enviado del enviado.

Y en este atrevimiento de amor
me estremezco,
conmovido por tu pequeñez
y mi grandeza.


Publicado por verdenaranja @ 23:00  | Liturgia
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martes, 17 de mayo de 2011

Homilía de monseñor Carmelo Juan Giaquinta, arzobispo emérito de Resistencia, sobre la Pasión  de Jesucristo, para el domingo de Ramos (17 de abril de 2011). (AICA)

LA PASIÓN DE JESUCRISTO           

Mt 26,3-27,66 

I. EL DOMINGO DE RAMOS Y LA PROCLAMACIÓN DE LA PASIÓN 

1. La celebración de este Domingo de Ramos, con que se inicia de la Semana Santa, es celebre desde antiguo por la procesión que remeda el ingreso triunfal de Jesús en Jerusalén. Eteria, una dama española, que a fines del siglo IV peregrina a Jerusalén, la narra con emoción a sus amigas. Se la hacía desde el monte de la Ascensión a la ciudad de Jerusalén, terminando en la basílica de la Resurrección.

Hoy, en nuestras parroquias se inicia, de ordinario, fuera del templo, e incluye: el anuncio del correspondiente pasaje evangélico – este año Mt 21,1-11 -, la bendición de los ramos, la procesión y el ingreso en el templo, donde se continúa con la santa Misa.

2. Si bien el pueblo sigue con devoción esta liturgia, el centro de la celebración del Domingo de Ramos es la proclamación de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. Este año, según San Mateo. El Viernes Santo se la leerá según San Juan. De este modo, la Iglesia señala el centro de la Semana Santa: la muerte en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo por nuestros pecados, que culminará en la vigilia del Domingo de Pascua con el anuncio de su Resurrección. 

II. LA PASIÓN DE JESUCRISTO ES SIEMPRE ACTUAL 

3. La pasión de Cristo es y será siempre actual, en múltiples sentidos. En el plano sacramental: porque en la Misa, cada domingo e incluso cada día, celebramos la memoria del Señor muerto y resucitado. En el plano cotidiano de la vida cristiana, pues, como dijo Jesús: “El que quiera venir detrás de mí, que reniegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga” (Mt 16,24; cf 10,38). En el plano social, porque es inevitable que el cristiano y la Iglesia sufran contradicción y persecución: “Yo los envío como a ovejas en medio de lobos… Cuídense de los hombres, porque los entregarán a los tribunales y los azotaran en las sinagogas. A causa de mí serán llevados ante gobernadores y reyes…” (Mt 10,16-18).

4. También el cine le da una cierta actualidad a la Pasión de Cristo. Así era ya en mi infancia. La versión cinematográfica más famosa es la de Mel Gibson. Recientemente, la Pasión volvió a la actualidad con el segundo tomo de “Jesús de Nazaret”, escrito por Benedicto XVI, pues los medios mostraron como una novedad lo que dice sobre la muerte de Jesús. Pero al respecto el Papa repite lo enseñado por el Concilio Vaticano en 1965: “Aunque las autoridades de los judíos con sus seguidores reclamaron la muerte de Cristo, sin embargo, lo que en su Pasión se hizo, no puede ser imputado ni indistintamente a todos los judíos que entonces vivían, ni a los judíos de hoy. Y, si bien la Iglesia es el nuevo Pueblo de Dios, no se ha de señalar a los judíos como reprobados de Dios ni malditos, como si esto se dedujera de las Sagradas Escrituras. Por consiguiente, procuren todos no enseñar nada que no esté conforme con la verdad evangélica y con el espíritu de Cristo, ni en la catequesis ni en la predicación de la Palabra de Dios” (Nostra aetate 4). 

III. LOS PROTAGONISTAS DE LA PASIÓN DE JESÚS 

5. En la Pasión, que el evangelista Mateo describe como un gran drama, aparecen numerosos protagonistas, principales y secundarios. Entre los principales: los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo, con Caifás a la cabeza; Judas, el apóstol traidor; Pedro, el apóstol renegado y convertido; Pilato, el gobernador romano. Entre los secundarios: los demás apóstoles, el piquete que detiene a Jesús, numerosos testigos falsos, dos sirvientas, la mujer de Pilato, Barrabás, la multitud, los soldados del gobernador, Simón de Cirene, dos ladrones, los que pasan ante la cruz, el centurión, las mujeres que seguían a Jesús, José de Arimatea. 

IV. PROYECCIÓN UNIVERSAL DE LA MUERTE DE JESUCRISTO 

6. Mirando el reparto de este drama sacro, es imposible sustraerse a la impresión de que en la crucifixión de Jesús intervino todo el mundo: los jefes del pueblo judío, el círculo íntimo de Jesús, la autoridad del Imperio. Se descorre así ante nuestros ojos el panorama espiritual del mundo que describe luego el apóstol San Pablo en la carta a los romanos: “Todos están sometidos al pecado, tanto los judíos como los que no lo son. Así lo afirma la Escritura: No hay ningún justo, ni siquiera uno” (Rom 3,10; Sal 14,3).

7. Por lo mismo, sin negar la responsabilidad de ninguno de los protagonistas inmediatos de la Pasión de Cristo, los escritos apostólicos ven más allá del hecho constatable por la justicia civil, y le dan una interpretación teológica. En la carta citada, San Pablo escribe: “Cuando todavía éramos débiles, Cristo, en el tiempo señalado, murió por los pecadores… La prueba de que Dios nos ama es que Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores” (Rom 5,6.8). Todo el Nuevo Testamento está atravesado por esta interpretación de la muerte de Cristo. En el resumen que el apóstol Pablo hace de su predicación, les dice a los corintios: “Les he trasmitido, en primer lugar, lo que yo mismo recibí: Cristo murió por nuestros pecados, conforme a la Escritura…” (1 Co 15,3). Y así los demás apóstoles. Por ejemplo, San Pedro, que ve realizada en Jesús crucificado la profecía de Isaías: “Él llevó a la cruz nuestros pecados, cargándolos en su cuerpo, a fin que muertos al pecado, vivamos para la justicia. Gracias a sus llagas, ustedes fueron curados” (1 Pe 2,24; cf Is 53,12.5). O San Juan: “Ustedes saben que él se manifestó para quitar el pecado,… para destruir las obras del demonio… Así Dios nos manifestó su amor: envió a su Hijo único al mundo… como víctima propiciatoria por nuestros pecados” (1 Jn 3,5.8; 4,9.10).

8. Sólo una pésima lectura del Nuevo Testamento pudo haber interpretado la muerte de Jesucristo como un mero hecho policial atribuible sólo al pueblo judío. La carta a los Hebreos dice que los cristianos crucificamos a Jesucristo cuando volvemos a caer en la incredulidad: “Porque a los que una vez fueron iluminados y gustaron el don celestial, a los que participaron del Espíritu Santo y saborearon la buena Palabra de Dios y las maravillas del mundo venidero, y a pesar de todo recayeron, es imposible renovarlos otra vez elevándolos a la conversión, ya que ellos por su cuenta vuelven a crucificar al Hijo de Dios y lo exponen a la burla de todos” (Hb 6,4-6). La apostasía de un cristiano es como “pisotear al Hijo de Dios”, “profanar la sangre de la Alianza con la cual fue santificado”, y “ultrajar al Espíritu de la gracia” (Hb 10,29). 

V. ACTUALIZACIÓN DE LOS PERSONAJES 

9. Nos detendremos un instante a contemplar a cada uno de los protagonistas principales, procurando que los mismos nos interpelen y nos ayuden a entender cuánto cada uno de nosotros contribuyó y contribuye a la crucifixión de Jesucristo. 

A. Pilato se lava las manos

10. Cuando consideramos a los protagonistas de la Pasión, fácilmente nos detenemos en Pilato. Es la imagen del gobernante contradictorio. Conoce la rectitud de Jesús, pero por una supuesta conveniencia política lo condena, alegando ser inocente de la injusticia que va a cometer: “Él sabía que lo habían entregado por envidia”, pero “hizo traer agua y se lavó las manos delante de la multitud, diciendo: ‘Yo soy inocente de esta sangre’… Entonces, puso en libertad a Barrabás, y a Jesús, después de haberle hecho azotar, lo entregó para que fuera crucificado” (Mt 27,18.24.26).

Lógica demencial, pero muy frecuente en nuestra vida política y social. De allí, el proceso de raquitismo y enanismo que el País viene sufriendo desde décadas.  

B. Los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo

11. Con menos frecuencia nos detenemos a considerar la figura de los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo, que fueron determinantes en lograr la condena de Jesús: "Cuando amaneció, todos los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo deliberaron sobre la manera de hacer ejecutar a Jesús. Después de haberlo atado, lo llevaron ante Pilato, el gobernador, y se lo entregaron” (Mt 27,1-2).

¿Por qué consideramos poco estas figuras? ¿Porque es más fácil mirar a los que, como Pilato, están fuera de la Iglesia? ¿Porque tememos caer en una lectura antijudía de la Pasión? ¿O tal vez porque los sumos sacerdotes y ancianos pertenecen al mismo riñón de la religión, y ello nos interpela muy directamente a nosotros? Benedicto XVI dice que el principal origen de la persecución que la Iglesia sufre hoy está en la falta de coherencia con el Evangelio por parte de los cristianos, y en particular de algunos de los que somos pastores.  

C. Judas, el apóstol traidor

12. En mi infancia y adolescencia se abusaba de la figura de Judas: el apóstol traidor. “Tiene la piel de Judas”, se decía de un chico travieso. Hoy, según mi impresión, es un personaje que suele pasar desapercibido en los comentarios homiléticos. Y esto desde mucho antes que la BBC, hace pocos años, promoviera un escándalo mediático por el hallazgo hecho en Egipto en 1945 de un Evangelio gnóstico, cuya existencia era conocida desde antiguo, llamado “Evangelio de Judas”, como si el mismo pusiese en cuestión la veracidad de los cuatro Evangelios canónicos.

13. Judas, como todos los personajes de la Biblia, también los negativos, son figuras que contienen un mensaje profético para nosotros. Y hemos de saberlo escuchar. Judas había hecho un camino espiritual que lo había llevado a ser apóstol de Jesús y hombre de confianza que administraba las finanzas del grupo. ¿Cuándo y cómo comenzó el camino regresivo, que lo llevó a segregarse afectivamente hasta traicionar a su Maestro, vendiéndolo por treinta monedas? “Entonces uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes y les dijo: «¿Cuánto me darán si se lo entrego?». Y resolvieron darle treinta monedas de plata. Desde ese momento, Judas buscaba una ocasión favorable para entregarlo” (Mt 26,14-16).

14. Judas es un misterio a desentrañar. Desde que Caín mató por envidia a su hermano Abel, todo es posible en el corazón humano. Jesús, en el sermón misionero, profetizando tiempos difíciles para sus apóstoles, les dice: “El hermano entregará a su hermano para que sea condenado a muerte, y el padre a su hijo; los hijos se rebelarán contra sus padres y los harán morir” (Mt 10,21).

Mucho antes de Jesús, el hombre justo se lamentaba de la traición del amigo: “Hasta mi amigo más íntimo, en quien yo confiaba, el que comió mi pan, se puso contra mí” (Sal 41,10); “Si fuera mi enemigo el que me agravia, podría soportarlo; si mi adversario se alzara contra mí, me ocultaría de él. ¡Pero eres tú, un hombre de mi condición, mi amigo y confidente, con quien vivía en dulce intimidad: juntos íbamos entre la multitud a la Casa de Dios!” (Sal 55,13-15).  

La traición entre cristianos

15. La traición es una dolorosa realidad humana. Y, por tanto, también puede darse en la Iglesia, que está compuesta por hombres. Juan, en su primera carta, en la que escribe muy profundamente sobre el amor cristiano, toma nota de algunos que en la Iglesia traicionan abiertamente la fe y el amor que dicen profesar: “Ya han aparecido muchos anticristos… Salieron de entre nosotros, sin embargo, no eran de los nuestros” (1 Jn 2,18.19).  

La denuncia mediática

16. La traición siempre cae de sorpresa. No sigue formas preestablecidas. Pero por experiencia deducimos algunas coordenadas en las que se mueve hoy. Una es la denuncia mediática. Duele, y mucho, que cada tanto aparezcan en los medios clérigos que respiran odio contra la Iglesia. Es mucho peor que la actitud de los cristianos de Corinto, denunciada por San Pablo, de ir a resolver sus problemas ante el tribunal civil (cf 1 Co 6,1-11).

¿Que la Iglesia Madre tiene suciedades y defectos? Por cierto, y graves. Desde que nos tiene a nosotros en su seno, no puede menos que ser sucia y defectuosa. ¿Acaso cada uno de nosotros no produce excrementos todos los días? ¿Acaso no los producen las madres de tales clérigos? ¿Pero se animarían a definir a sus madres por los excrementos que ellas producen? Hablan de la Iglesia desde la vereda de enfrente como si no fuesen sus hijos y no aportasen nada a la suciedad que le reprochan. Dicen enfrentar a la Iglesia del poder. Ellos serían la Iglesia del pueblo. Distinción necia que inventó el rigorista y frustrado teólogo Tertuliano, a fines del siglo II, quien decía pertenecer a “la Iglesia del Espíritu”, opuesta a “la Iglesia de los obispos”. Distinción que, en las últimas décadas, difundieron como una gran novedad algunas corrientes seudo-teológicas, incluso algunas que se presentan como si fuesen auténtica teología de la liberación. Muy distinta es la concepción de la Iglesia que tiene San Pablo. Para él la Iglesia por sí sola es la humanidad roñosa, pero que es hermoseada por Cristo, quien la lava con su sangre: “Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella, para santificarla. El la purificó con el bautismo del agua y la palabra, porque quiso para sí una Iglesia resplandeciente, sin mancha ni arruga y sin ningún defecto, sino santa e inmaculada” (Ef 5,25-27). 

El espionaje y la delación

17. Otra forma de traición, que no rara vez se recubre con el manto de la piedad y de la ortodoxia, es el espionaje y la delación en la Iglesia. Personas que están al acecho de cualquier posible herejía, porque sólo ellos tendrían la verdad y se sienten constituidos en sus garantes. El que sólo busca herejías las va a encontrar, o las va a inventar, y las va a denunciar, así sean calumniosas. ¡Cuánto se ha sufrido en la Iglesia por este tipo de traición! Ya desde los tiempos apostólicos. San Pablo la sufrió en carne propia. A quienes la practicaban no duda en calificarlos como “falsos hermanos, infiltrados para coartar la libertad que tenemos en Cristo Jesús” (Ga 2,4). Estaban bien posicionados en la Iglesia de Jerusalén, en torno a Santiago, el primo de Jesús, y le hicieron cometer un grave traspié al apóstol Pedro, el cual amedrentado por ellos se apartó de la comunión con los cristianos provenientes del paganismo (ib. vv. 11-13). A causa de las contradicciones soportadas de parte de estos cristianos, el apóstol Pablo dice: “llevo en mi cuerpo las cicatrices de Jesús” (Ga 6,17).

18. “Ecclesia semper est reformanda”, dijo recientemente con toda naturalidad un cardenal de la curia romana. Pero conviene recordar que la palabra “reforma” era impronunciable en la década del 50, porque olía a Lutero, a pesar de que se la recitaba todos los días en la Misa al mezclar un poco de agua con el vino para el ofertorio. ¡Cuánta contradicción tuvo que sufrir entonces el P. Yves Congar OP por el título de su libro “Verdadera y falsa reforma en la Iglesia”! Era imposible encontrarlo en las librerías.

Desde la década del 40, conozco la existencia en la Argentina de pequeños grupos, compuestos casi siempre por gente benemérita, pero un tanto enferma espiritualmente, que ve herejías en todas partes. Y en vez de verificarlas primero en un tú a tú con el supuesto hereje, y sin respetar la autoridad del obispo local responsable de vigilar por la doctrina, lanzan la acusación a los cuatro vientos. Incluso, usan medios muy traicioneros: ayer, buscaban en Roma algún padrino que les creyese; hoy, usan el Internet para difundir sus calumnias.

19. Que en la Iglesia hay errores: sin duda. Los hubo y los habrá siempre. Y tanto en el plano de la doctrina, como en el de la vida cristiana. No sólo es error la herejía doctrinal. También lo es todo vicio que desnaturaliza las relaciones entre cristianos, que bien podemos llamar herejía práctica. La Iglesia tiene la obligación grave de enmendar tales errores, porque su misión es conducir a las ovejas de Cristo a buenos pastos y a aguas cristalinas. Enmienda que ha de hacer conforme al Evangelio de Jesús: en la verdad y en la caridad. Y en los dos niveles: en el teórico y en el práctico. Acostumbrados a ver sólo los errores doctrinales, podemos olvidar los otros errores, los vicios arraigados en la vida de la Iglesia, que pueden ser gravísimos, como sucedió en tiempos de la Reforma protestante. El espionaje y la delación siempre son vicios muy graves, y deben ser erradicados de la Iglesia y sustituidos por la corrección fraterna que enseñó Jesús (cf Mt 18,15-18; 7,1-5). 

D. Pedro, el apóstol renegado y convertido, piedra visible sobre la que Jesús edifica la Iglesia

20. De los Doce Apóstoles, la figura más mencionada por San Mateo durante los hechos de la Pasión es la del apóstol Pedro. Después de terminada la cena, mientras Jesús se dirige con los discípulos al monte de los Olivos, y les predice la pronta dispersión de ellos, Pedro protesta: «Aunque todos se escandalicen por tu causa, yo no me escandalizaré jamás». A lo que Jesús responde: «Te aseguro que esta misma noche, antes que cante el gallo, me habrás negado tres veces». Pero Pedro insiste en su fidelidad: «Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré». Y todos los discípulos dijeron lo mismo”.

Llegados al huerto de Getsemaní, Jesús invita a Pedro, Santiago y Juan a acompañarlo en la oración: “Quédense aquí, velando conmigo». Pero mientras Jesús sufre angustias de muerte, Pedro y sus compañeros se duermen profundamente: “Jesús dijo a Pedro: «¿Es posible que no hayan podido quedarse despiertos conmigo, ni siquiera una hora? Estén prevenidos y oren para no caer en tentación, porque el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil». La exhortación de Jesús fue desoída: “Al regresar los encontró otra vez durmiendo, porque sus ojos se cerraban de sueño”. Durante esa somnolencia se consuma la traición de Judas y el apresamiento de Jesús: “Entonces todos los discípulos lo abandonaron y huyeron” (Mt 26,33-35.38.40-41.43.56).

Sin embargo, fiel a su espíritu impetuoso, Pedro se armó de coraje y “lo seguía de lejos hasta el palacio del Sumo Sacerdote; entró y se sentó con los servidores, para ver cómo terminaba todo” (v.58). Era cantada la suerte que le esperaba al que seguía a Jesús de lejos. Mientras adentro juzgaban a Jesús: “Pedro estaba sentado afuera, en el patio. Una sirvienta se acercó y le dijo: «Tú también estabas con Jesús, el Galileo». Pero él lo negó delante de todos, diciendo: «No sé lo que quieres decir». Al retirarse hacia la puerta, lo vio otra sirvienta y dijo a los que estaban allí: «Este es uno de los que acompañaban a Jesús, el Nazareno». Y nuevamente Pedro negó con juramento: «Yo no conozco a ese hombre». Un poco más tarde, los que estaban allí se acercaron a Pedro y le dijeron: «Seguro que tú también eres uno de ellos; hasta tu acento te traiciona». Entonces Pedro se puso a maldecir y a jurar que no conocía a ese hombre”. Por fortuna, “en seguida cantó el gallo, y Pedro recordó las palabras que Jesús había dicho: «Antes que cante el gallo, me negarás tres veces». Y saliendo, lloró amargamente” (vv. 69-75).

21. Mateo, si bien es el evangelista que trae la promesa de Jesús de entregarle a Pedro las llaves del Reino de los Cielos (cf Mt 16,17-19), a partir de este momento calla sobre el apóstol, como si todo el tiempo posterior lo hubiese pasado llorando amargamente la negación de su querido Maestro. El que no quería que Jesús le lavase los pies (cf Jn 13,6-10), tuvo que lavarse en lágrimas que, más que de sus ojos, brotaban del corazón de Jesús mientras era condenado a muerte.

22. El evangelista Lucas es quien rescata la figura de Pedro. Lo muestra como el primero en ir al sepulcro cuando las mujeres anuncian a los apóstoles que Jesús se les apareció resucitado (cf Lc 24,12). Incluso, atestigua una aparición especial de Jesús a él (cf Lc 24,34), que era bien conocida por la primitiva comunidad cristiana (cf 1 Co 15,5). Además, en los primeros quince capítulos de los Hechos de los Apóstoles, Lucas le otorga a Pedro el protagonismo principal en la primera predicación del Evangelio.

Pero quien mejor rescata la figura de Pedro es el evangelista Juan, en su magnífico capítulo 21, donde Jesús le pregunta por tres veces: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?”. Y le encomienda el pastoreo de los corderos y de las ovejas (cf Jn 21,15-19). Si bien Pedro fue infiel a Jesús, éste no fue infiel a Pedro, “pues no puede renegar de sí mismo” (2 Tm 2,13).

23. En algunos ambientes, hoy está de moda hablar mal del Papa, que es el sucesor del apóstol Pedro en su misión de ser piedra visible sobre la que está edificada la Iglesia (cf Mt 16,18). Este vicio, que se observa sobre todo entre consagrados, se desparrama luego hacia los laicos que los frecuentan. Nunca han hablado con Benedicto XVI. Quizá nunca lo leyeron. ¿Habrán orado alguna vez por él, como hacía la Iglesia cuando Pedro estaba prisionero y Herodes preparaba su degüello (cf Hch 12,5)? Sin embargo, se sienten autorizados a hablar con desprecio del Papa.

Entre tanto Benedicto XVI carga con paciencia con la cruz del supremo pontificado. Cruz múltiple y pesada. Baste recordar sólo algunas de sus tareas más cruciales: abrir sendas para que los seguidores de Mons. Lefebvre puedan volver al seno de la Iglesia; abrirlas a los anglicanos deseosos de volver a la comunión con la Iglesia de Roma; asumir el caso tristísimo del fundador de los Legionarios de Cristo; ir con humildad a encontrarse en varios países con las víctimas del crimen de la pedofilia cometido por clérigos, lacra desconocida hasta ayer pero real, que Benedicto XVI puso de manifiesto en la severa carta al episcopado irlandés, a pesar del desprestigio que pudiere significar para la Iglesia.

Si Cristo no rechazó a Pedro que lo negó, ¿por qué, en un inmundo hostil, los cristianos habremos de avergonzarnos del Papa que confiesa la fe en Cristo? Mucho mejor: volvamos a la sensatez y oremos intensamente por él. 

CONCLUSIÓN 

24. Pasión de Cristo. Pasión de los cristianos, especialmente de muchos que hoy están sufriendo por su fe hasta derramar su sangre, como Shahbaz Bhatti, ministro paquistaní, recientemente asesinado por defender a las minorías religiosas. Pasión de Benedicto XVI.

Adoremos la Pasión de Jesucristo. Oremos por los cristianos perseguidos. Oremos con mucha fe y amor por Benedicto XVI.

Volvamos al Evangelio de Jesús.

“Te adoramos, Cristo, y te bendecimos, porque por tu santa Cruz redimiste al mundo”. Amén. 

Mons. Carmelo Juan Giaquinta, arzobispo emérito de Resistencia 


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Mensaje pascual de monseñor Luis Armando Collazuol, obispo de Concordia para la Pascua 2011. (AICA)

PASCUA, VIDA QUE BROTA DE LA MUERTE        

A toda la querida comunidad de la diócesis de Concordia:

Pascua es la celebración del Misterio de Jesús que nos habla de cruz y de gloria.

Jesús nació pobre, en un establo, y murió en la mayor de las pobrezas que fue la de la cruz. Esa muerte es el punto más bajo de la humillación del Hijo de Dios hecho hombre. “Se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz”. En la cruz clamó como los pobres en sus angustias: “Tengo sed”; “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”.

Pero en el dolor extremo, la voz de Jesús es también una voz de esperanza. Ante la pobreza del abandono de los amigos, en la Cena les anuncia: “ustedes se dispersarán cada uno por su lado, y me dejarán solo. Pero no, no estoy solo, porque el Padre está conmigo”. Y en el momento de expirar, Jesús, con un grito, exclamó: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Su confianza es el Padre Dios.

La cruz de Jesús es signo de Salvación. En su muerte en cruz Jesús está siendo levantado sobre la tierra por los hombres, pero ya es “elevado” triunfalmente a la gloria por el Padre. Por eso desde la cruz atrae a todos hacia sí. No nos atraen el dolor y la muerte. Nos arrebatan hacia Jesús el amor con que se entrega y la fidelidad al Padre hasta dar su vida por los pecadores, nos conquista el perdón que nos ofrece, nos atrae la Vida que brota de su muerte.

La pobreza duele. Pero Jesús la tomó de nosotros como compañera de camino hasta el fin, y a cambio nos dio la riqueza suya, la Vida divina.

En este sepulcro de oscura muerte que tantas veces sufrimos, la soledad, la enfermedad, la pobreza, y sobre todo, el pecado, que es la pobreza de no tener a Dios, podemos escuchar al Señor que como a Lázaro nos dice “¡ven afuera!”. Jesús, destruyendo el imperio de la muerte, dio a todo el mundo su resurrección para la vida, vida digna en el presente, vida en Dios por la gracia, Vida eterna en la gloria.

La vida es hermosa si es nueva, si es generosa, si es fuerte, y sobre todo si es santa, es decir, si es Vida en Cristo, vencedor del pecado y de la muerte, dador del Espíritu Santo.

La voz de esperanza y el signo de Vida que Jesús nos deja con su resurrección nos empujan al encuentro de nuestros hermanos, especialmente los que sienten el dolor de la pobreza en cualquiera de sus formas. La solidaridad en gestos y acciones concretas, personales y comunitarias, es el signo de la Vida que se ha recibido y se comparte con largueza y amor, como Jesús.

Ante las realidades de muerte que nos envuelven, ante todas las formas de exclusión de una vida digna en nuestra sociedad, Jesús resucitado llega ofreciendo Vida plena, pero quiere hacerlo por medio de nuestros gestos, nuestras manos, nuestros corazones desbordantes de un amor que construya justicia y comunión. Él, que pasó haciendo el bien, viene ahora a nuestro encuentro y nos compromete para ser sus discípulos y colaboradores en la promoción de la dignidad humana y de relaciones sociales justas y fraternas.

Cuando la pobreza nos toca, luchamos con la fuerza del Señor que nos conforta. Cuando la pobreza del hermano nos duele, nos hacemos solidarios. Cuando la pobreza de la ausencia de Dios en los corazones y en la sociedad nos debilita, pedimos la fortaleza del Espíritu Santo para ser testigos de Jesús Resucitado, misioneros de la Vida. Y siempre confiando en Dios, con “alma de pobres”, de aquellos a quienes pertenece el Reino de los Cielos.

La Pascua es la verdadera Salvación para la humanidad. Salvados en esperanza, caminamos junto a Jesús para que la novedad de la Vida llegue a todos.

Les deseo una Santa Pascua de Resurrección, bendecidos por el Señor. Reciban el cálido afecto de su obispo: 

Mons. Luis Armando Collazuol, obispo de Concordia 


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Reflexión de José Antonio Pagola al evangelio del domingo quinto de Pascua - A, ofrecida por la Delegación Diocesana de Enseñanza de la diócesis de Tenerife.

NO OS QUEDÉIS SIN JESÚS 

         Al final de la última cena Jesús comienza a despedirse de los suyos: ya no estará mucho tiempo con ellos. Los discípulos quedan desconcertados y sobrecogidos. Aunque no les habla claramente, todos intuyen que pronto la muerte les arrebatará de su lado. ¿Qué será de ellos sin él?

         Jesús los ve hundidos. Es el momento de reafirmarlos en la fe enseñándoles a creer en Dios de manera diferente: «Que no tiemble vuestro corazón. Creed en Dios y creed también en mí». Han de seguir confiando en Dios, pero en adelante han de creer también en él, pues es el mejor camino para creer en Dios.

         Jesús les descubre luego un horizonte nuevo. Su muerte no ha de hacer naufragar su fe. En realidad, los deja para encaminarse hacia el misterio del Padre. Pero no los olvidará. Seguirá pensando en ellos. Les preparará un lugar en la casa del Padre y un día volverá para llevárselos consigo. ¡Por fin estarán de nuevo juntos para siempre!

         A los discípulos se les hace difícil creer algo tan grandioso. En su corazón se despiertan toda clase de dudas e interrogantes. También a nosotros nos sucede algo parecido: ¿No es todo esto un bello sueño? ¿No es una ilusión engañosa? ¿Quién nos puede garantizar semejante destino? Tomás, con su sentido realista de siempre, sólo le hace una pregunta: ¿Cómo podemos saber el camino que conduce al misterio de Dios?

         La respuesta de Jesús es un desafío inesperado: «Yo soy el camino, la verdad y la vida». No se conoce en la historia de las religiones una afirmación tan audaz. Jesús se ofrece como el camino que podemos recorrer para entrar en el misterio de un Dios Padre. El nos puede descubrir el secreto último de la existencia. El nos puede comunicar la vida plena que anhela el corazón humano.

         Son hoy muchos los hombres y mujeres que se han quedado sin caminos hacia Dios. No son ateos. Nunca han rechazado de su vida a Dios de manera consciente. Ni ellos mismos saben si creen o no. Sencillamente, han dejado la Iglesia porque no han encontrado en ella un camino atractivo para buscar con gozo el misterio último de la vida que los creyentes llamamos "Dios".

         Al abandonar la Iglesia, algunos han abandonado al mismo tiempo a Jesús. Desde estas modestas líneas, yo os quiero decir algo que bastantes intuís. Jesús es más grande que la Iglesia. No confundáis a Cristo con los cristianos. No confundáis su Evangelio con nuestros sermones. Aunque lo dejéis todo, no os quedéis sin Jesús. En él encontraréis el camino, la verdad y la vida que nosotros no os hemos sabido mostrar. Jesús os puede sorprender.

José Antonio Pagola 

Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
 22 de mayo de 2011
5 Pascua (A)
Juan, 14, 1-12


Publicado por verdenaranja @ 20:32  | Espiritualidad
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Lectio divina para el miércoles de la cuarta semana de Pascua 2011, ofrecida por la Delegación Diocesana de Liturgia de la diócesis de Tenerife.

LECTURA:      “Juan 12, 44‑50”

En aquel tiempo, Jesús dijo, gritando: «El que cree en mí, no cree en mi, sino en el que me ha enviado. Y el que me ve a mí ve al que me ha enviado. Yo he venido al mundo como luz, y así, el que cree en mí no quedará en tinieblas.

Al que oiga mis palabras y no las cumpla yo no lo juzgo, porque no he venido para juzgar al mundo, sino para salvar al mundo. El que me rechaza y no acepta mis palabras tiene quien lo juzgue: la palabra que yo he pronunciado, ésa lo juzgará en el último día.

Porque yo no he hablado por cuenta mía; el Padre que me envió es quien me ha ordenado lo que he de decir y cómo he de hablar. Y sé que su mandato es vida eterna. Por tanto, lo que yo hablo lo hablo como me ha encargado el Padre”.

MEDITACIÓN:      “He venido a salvar”

            Esponja el corazón escuchar esta palabra, Señor.  A veces no puede evitar ver con más fuerza la oscuridad que me rodea, es mucha. También es cierto que hay muchísimas gentes y cosas buenas, incluso sé que en el fondo, en lo profundo de todo ser humano su esencia está aposentada en el amor con que tú le has creado. Pero hay una fuerza que nos subyuga y nos desliza, de la manera más sutil, y con los más hábiles argumentos, hacia gestos que no son de vida ni generan vida.

            Sin embargo, a ti, que eres la fuente del amor y de la vida, se te llega a presentar como enemigo, es curioso y tremendamente triste, porque las consecuencias son terribles para nosotros. Por eso es necesario, que con todas nuestras fuerzas escuchemos y comuniquemos tu realidad. No, tú no eres enemigo de la vida, tú no condenas, tú sólo salvas.

            Necesitamos ser salvados, aunque digamos que no, como esos niños que patalean porque no quieren que se les ayude. Necesitamos ser salvados de nosotros mismos, de nuestro empeño en cerrarnos en nuestra individualidad, de no querer ver más allá de nosotros mismos, de nuestros horizontes cerrados, de nuestras violencias, de nuestra cultura de muerte. Necesitamos que se nos recuerde que venimos del amor, que estamos llamados a amar y a desembocar en el amor. Esta es la luz que nos has traído, que nos ofreces y que necesitamos.

ORACIÓN:      “Ábreme a la luz”

            Señor, me gustaría no tener que decirlo, pero vivimos un gran momento de confusión, de desconcierto, ábreme a la luz de tu vida para que genere vida.

            Ábreme a la luz de tu palabra, Señor. Que ella esponje mi corazón, a veces marchito, y me abra de nuevo a la esperanza.

            Ábreme, Señor, a la luz de tu amor, para que lo experimente y para que lo comunique. Qué él guíe mi vida y la transforme.

CONTEMPLACIÓN:      “Luz”

Queremos llenar la vida
de risas artificiales,
apoyadas en las aguas
de la superficialidad
y la indiferencia,
donde nuestra barca zozobra
y fácilmente pierde su rumbo.

En medio de este mar,
oscuro y encrespado,
necesito el faro de tu luz
que ilumine las rocas,
para no encallarme
o saltar hecho añicos,
y abrirme el horizonte de mi existencia.

Mi mano se eleva hacia ti
para tocar la tuya,
sanadora y salvadora,
siempre.


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lunes, 16 de mayo de 2011

Mensaje de los obispos de la Región Patagonia-Comahue para la Pascua 2011. (AICA)

«SERÁN MIS TESTIGOS EN JERUSALÉN, EN TODA JUDEA Y SAMARÍA, Y HASTA LOS CONFINES DE LA TIERRA»           

1. Celebrar la Pascua es siempre motivo de fiesta y alegría por tomar parte y celebrar lo esencial de nuestra vida cristiana: la muerte y la resurrección de Cristo. Efectivamente nuestra vida cristiana no se fundamenta en especulaciones, ideas u opiniones personales, sino en una persona, en Jesucristo que “pasó su vida haciendo el bien…” (Hech 10,38). Aparecida nos recuerda: “A todos nos toca recomenzar desde Cristo… que da un nuevo horizonte a la vida, y con ella, una orientación decisiva” (DA 12)

De Cristo resucitado nace una realidad nueva: el pueblo de los pobres, el pueblo de los necesitados de Verdad y Vida, el pueblo de los que han abierto su corazón al Evangelio y se han convertido, y se siguen convirtiendo día a día. Nosotros somos este pueblo, cada Pascua debe renovar en nosotros esta realidad.

Hoy la certeza de que Cristo resucitó nos renueva la convicción que sólo Él puede colmar plenamente las expectativas de todo corazón humano y responder a los interrogantes más inquietantes, (el dolor, la injusticia y el mal, la felicidad, el destino, la muerte misma y el más allá). Esa fe debe transformarse en vida en cada uno de nosotros. Él es la luz que nos hace ver ante tantas luces que encandilan y nos impiden ver a nuestro alrededor. Sólo Él es el Camino, la Verdad y la Vida. 

2. La pascua de Jesús nos llama a una respuesta de amor a quien nos amó primero y “hasta el extremo” (Jn 13, 1). Ser discípulos de Jesús es ser testigos de que Cristo es la verdadera Vida. La voz del profeta Isaías anuncia con toda su fuerza nuestra responsabilidad: “llevar la buena noticia a los pobres, a vendar los corazones heridos, a proclamar la liberación a los cautivos y la libertad a los prisioneros, a proclamar un año de gracia del Señor” (Is.61,1-2). Testigos y misioneros de Jesús Resucitado “en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra”.

Mirando la Iglesia que nace de la Pascua nos encontramos con hombres y mujeres que se descubren llamados y enviados para ser testigos elegidos y responsables de una Buena Noticia, a la que está vinculada la salvación de la humanidad. La fe pascual llenó sus corazones de un ardor y celo extraordinario, que los llevó “hasta los confines de la tierra” dispuestos a afrontar cualquier dificultad e incluso la muerte. 

3. Cuando pensamos hoy en el significado de la expresión testigos “en Jerusalén, Judea, Samaría y los confines de la tierra”, debemos pensar en todos los ambientes donde se teje la vida humana: los lugares del poder, los lugares donde se deciden los rumbos de la historia, como así los lugares del olvido, de la marginación donde la vida de muchos no cuenta y es denigrada, los lugares de la vida cotidiana y familiar, los lugares del trabajo y de la educación, como así también los lugares de esparcimiento y descanso. La pascua nos lanza siempre a nuevos horizontes, nuevos caminos a recorrer, a ser testigos “hasta los confines de la tierra”. Aparecida lanza este mensaje con insistencia: “discípulos misioneros sin fronteras, dispuestos a ir a la otra orilla” (DA 376).  

4. Quisiéramos compartir ahora con ustedes algunas reflexiones sobre dos dimensiones que hoy reclaman nuestra coherencia cristiana entre pensamientos, palabras y acciones, entre profesión de la Fe y práctica de la vida que construye el Reino: 

1) La Vida como primer derecho de toda persona

Son demasiados los atropellos diarios que muchos sufren respecto a este primer derecho de toda persona humana: la vida. Basta pensar para cuántos hombres y mujeres se cierran hoy las posibilidades de trabajo o de un trabajo digno y justamente remunerado, como también el acceso al cuidado de su salud, o a la educación de calidad, o una vivienda digna que estará siempre lejos de sus reales posibilidades. Nos golpea constatar cómo el derecho de muchos a nacer es sometido a decisiones simplistas y mezquinas. Añádanse los cuadros de desnutrición infantil que se registran en nuestro país, particularmente entre los niños aborígenes. También la violencia que amenaza diariamente la vida de muchos; esa violencia que nace de la desesperanza o de buscar cada uno resolver sus intereses al margen del bien común; como así mismo, la violencia que en cierta manera es “tolerada y fomentada” por las mismas instituciones del estado. No podemos dejar de mencionar también el mundo de “las adicciones” que destruye la vida de muchos.

La vida es un don, el don más precioso, que debe ser cuidado. Nadie puede excusarse de esta responsabilidad, todos tenemos mucho por aportar. Como cristianos el compromiso frente a la vida es impostergable. Por eso, cuando la vida es frágil en las madres embarazadas, en los pobres, en los adictos, en los ancianos, nos hacemos cargo, ya que cuidar la vida es la mejor tarea. 

5. Cabe entonces en esta Pascua preguntarnos como personas y como comunidad cristiana

Frente a la urgencia para muchos de trabajo, vivienda, salud y educación: ¿qué podemos aportar?

Frente a la pobreza que amenaza la vida de tantos: ¿hacemos efectiva nuestra solidaridad? ¿crece en nosotros la pobreza evangélica, la austeridad?

Frente a las propuestas de la “despenalización del aborto” ¿estamos convencidos que “toda vida humana es un don”?, ¿qué caminos recorremos para anunciar esta buena noticia? ¿qué podemos ofrecer para que cada niño y niña encuentren al nacer, cama, alimento y sobre todo unos brazos sanos y amorosos de padres y madres que los guíen y acompañen en su crecimiento? Y en el caso que los propios padres no pudieran acoger esa vida pequeña y frágil, ¿qué somos capaces de ofrecer para cuidar esa vida?

Frente a la violencia, ¿buscamos descubrir y actuar sobre sus causas? o ¿simplemente apoyamos respuestas que suman más violencia aún, cómo por ejemplo, “más cárceles”, “baja de la edad de imputabilidad”, “más policías en nuestras calles”, “más alarmas y rejas”?

Frente a las adicciones: ¿cuál es nuestra acción concreta?, ¿exigimos a nuestras autoridades enfrentar el problema en sus raíces?

Asumir ser misioneros y testigos de la vida nos abre un panorama grande. Allí queremos estar, creemos en la fuerza y la luz que nos trae Jesús Resucitado para responder a estos desafíos. Sabemos que el camino pasa por unirnos, unirnos entre familias, participando en juntas vecinales y asociaciones que asuman esta urgencia de Vida plena desde la honestidad y la justicia. 

2) La responsabilidad ciudadana de los destinos de la patria.

6. En este año tenemos la responsabilidad de elegir las autoridades de nuestra patria en todas sus instancias. No debemos eludir, ni minusvalorar, este momento de nuestra historia. Lo queremos vivir en el marco del bicentenario de nuestra patria (25 de mayo 2010 – 9 de julio 2016), mirando nuestra historia con sus luces y sombras y asumiendo la responsabilidad que hoy nos compete. No queremos ser simplemente habitantes de esta tierra, sino verdaderos ciudadanos. Esta responsabilidad de elegir nuestras autoridades no puede ser “algo más que hay que hacer”, ni tomarla como “todo da lo mismo, de nada sirve”, estas expresiones que muchas veces surgen en las conversaciones cotidianas, pueden y deben revertirse.

Debemos entonces conocer a quién vamos a votar y cuál es su proyecto para evitar sorpresas a futuro. A quienes se presentan como candidatos debemos exigirles que expresen sus proyectos sobre los grandes temas que hacen a la Patria con claridad, sin ambigüedades y con el compromiso de coherencia frente a ellos. Para esto debemos fomentar todos los caminos de encuentro, participación e intercambio posibles. Esto nos compromete a formarnos sólidamente en la Doctrina Social de Iglesia, mal podríamos discernir si no conocemos. Los medios de comunicación social en este campo pueden brindar un aporte muy valioso, buscando interpelar a los candidatos, poniendo de manifiesto sus proyectos, señalando las definiciones ausentes, dando voz a quienes seguramente tienen ideas y proyectos valiosos y no pueden hacerse escuchar.

También en este tiempo preelectoral no nos sumemos a tantos proselitismos, corrupción, agresiones, mentiras y dilapidación de bienes, hechos que lamentablemente existen. Esto es ante todo responsabilidad de los candidatos, pero también de todos nosotros ciudadanos que, con nuestros silencios o poca participación o intereses personales, nos hacemos cómplices.  

7. Desde Jesús Resucitado tenemos mucho que aportar; nuestra fidelidad a Jesús no puede dejarnos ausentes. Además de nuestra oración por la patria y por quienes serán nuestras autoridades, debemos, con la fuerza y la luz de Jesús, asumir nuestro protagonismo para proyectar un país en justicia y verdad, y elegir con libertad e inteligencia quienes podrán contribuir a la realización de este proyecto. El Papa Benedicto XVI nos confirma en este camino al decir: “La Iglesia no tiene como tarea propia emprender una batalla política, sin embargo, tampoco puede ni debe quedarse al margen de la lucha por la justicia y bienestar de todos” (DA 546),

Pedimos al Señor, por intercesión de María que fue fiel en toda su vida al proyecto salvador de su Hijo, que nos conceda la gracia de ser testigos y defensores creíbles del don de la vida y constructores de la dignidad de esa vida.

Con nuestro afecto fraterno, los bendecimos y les deseamos ¡Feliz PASCUA de RESURRECCIÓN! 

Abril del 2011 

Virginio D. Bressanelli, scj, obispo coadjutor de Neuquén

Marcelo A. Cuenca, obispo de Alto Valle del Río Negro

Miguel Ángel D’Annibale, obispo auxiliar electo de Río Gallegos

Joaquín Gimeno Lahoz, obispo de Comodoro Rivadavia

Esteban M. Laxague sdb, obispo de Viedma

Fernando C. Maletti, obispo de San Carlos de Bariloche

Marcelo A. Melani, sdb, obispo de Neuquén

Juan C. Romanín, sdb, obispo de Río Gallegos

José Slaby, C.ss.r., obispo de la Prelatura de Esquel

Miguel E. Hesayne, obispo emérito de Viedma

Néstor H. Navarro y José Pedro Pozzi, sdb, obispos eméritos de Alto Valle del Río Negro 


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Mensaje de monseñor Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús, para la Pascua 2011. (AICA)

ES VERDAD, CRISTO HA RESUCITADO               

Hoy estamos presentes nuevamente ante el misterio de la vida y de la redención. Cristo, que fue crucificado y murió, ha resucitado. Con su resurrección vence el pecado y la muerte. Tenemos que escuchar una vez más, pero con fuerza inusitada estas sus palabras: “No teman, soy yo” (Jn. 6, 20). “Yo estaré con Ustedes hasta el final de los tiempos” (Mt. 28, 19).

Así como el pecado inundó y trastocó el equilibrio humano opacándolo y haciéndolo caer en la desesperación, en la oscuridad y en una terrible destrucción, Él con su pasión, muerte y resurrección, pagó todos nuestros errores, pecados y fragilidades. Él hace nueva todas las cosas. Nos toca y por medio del bautismo, incorporándonos a Él, nos bendice para siempre y nos encuentra, y al encontrarnos, Cristo, nos regala su comunión, nos da la vida divina, nos llama a la conversión sincera y nos hace participar en esa muerte y resurrección redentoras. “Con el Bautismo, al participar en la muerte y resurrección de Cristo, (los bautizados) comienzan con Él la aventura gozosa y entusiasmante del discípulo” (Benedicto XVI. Homilía en la fiesta del Bautismo del Señor, 10 de enero del 2010).

El discípulo es llamado a ser testigo. El testigo es enviado. Su vida nueva por vocación es misionera. Nadie puede ser misionero, ni enviado, sino pasa primero por la experiencia profunda del encuentro con Cristo, en otras palabras, si no vive con verdad, convicción, identidad y compromiso su bautismo. Este no es un rito que queda en el pasado sino que es el hecho fundamental que orienta nuestra vida de modo afectivo y efectivo en el accionar de nuestro apostolado. El ser llamados y enviados nos da fuerza para testimoniar, si no tenemos fuerza en el trabajo testimonial, es indudablemente por la falta de convicción, compromiso y amor.

Estos valores no vienen de afuera, surgen de la misma fuerza de la verdad. Esta verdad se amasa en el silencio de la oración. Sin la Palabra de Dios uno pierde la orientación, sin la Eucaristía uno pierde la fuerza del amor, ya que ambas Palabra y Eucaristía son las dos fuentes que alimentan y sostienen realmente la vida cristiana. La Palabra se escucha y se recibe. Ésta nos ilumina, nos poda y nos fortalece. La Eucaristía, recibida con las debidas disposiciones, nos hace participar de la Vida y despeja todo vestigio de pecado, infidelidad, egoísmo y mentira.

Jesús resucitado nos dice: no tengan miedo. Levántense, Yo los ayudo a vivir, amar y servir como libres y no como esclavos. No tengan miedo, no vivan como cobardes. Dejen que el Espíritu los encienda con el fuego de su Amor. No vivan como derrotados, Yo me entregué por cada uno de ustedes, ¿todavía no se dan cuenta del amor que les tengo? ¿Qué más quieren que haga por ustedes?

La vida nueva recibida se debe vivir responsablemente. Con madurez, con objetividad, sin caprichos y sin arbitrariedades. Con voluntad de decisión y no solamente con “ganas”. Que no se apague en ustedes lo que da sentido a la vida: pensar, conocer, amar. Basta de echar la culpa a los demás. Cada uno, en su lugar, en su vida, en la sociedad, en sus tareas y funciones, debemos hacernos cargo de nuestra respuesta. Somos responsables de nuestra propia maduración.

La Virgen María, los Santos, cada uno de ellos ha entendido, comprendido y asumido este mensaje. Que María al pie de la cruz, nos ayude también a nosotros a responder a Cristo y a vivir cuidando a la Iglesia, al hermano, al pobre, y al que comparte con nosotros la misma suerte, el mismo sentido de la vida.

El querido Papa Juan Pablo II, que será beatificado próximamente, hace 10 años, el 24 de abril de 2001, nos modificó a todos nosotros, enriqueciéndonos con esta nueva realidad de Avellaneda-Lanús. Este acontecimiento nos invita a vivir renovadamente esta Pascua. Por eso, en este Año Jubilar Diocesano, todos debemos hacer más creíble a la Iglesia, siendo testigos de la esperanza y anunciadores del mundo nuevo que ya ha comenzado, porque Cristo Redentor ha definido para siempre el rumbo de la historia de la humanidad.

Felices Pascuas de Resurrección, Él los bendiga a todos y les de la alegría de comenzar una vida nueva. 

Mons. Rubén O. Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús 


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Carta pastoral de monseñor Baldomero Carlos Martini, obispo de San Justo, para la Pascua 2011. (AICA)

LA BELLEZA DE LA PASCUA COMO LUZ, VIDA Y OFRENDA DE AMOR        

Mis queridos hermanos y hermanas: Vivamos con alegría este encuentro con Jesús que resucita de entre los muertos y se deja ver y tocar , en su nueva dimensión .¡Ha resucitado! Es el Hombre nuevo, que hace nuevas todas las cosas y nos regala el ser  hombres y mujeres renovadas, capaces de construir una nueva humanidad y darle un rostro nuevo a toda la realidad que nos rodea en estos tiempos difíciles.

Este misterio es el  nos da la gracia para descubrir la belleza de la Pascua, como fuente de luz, engendradora de vida y  que hace de nosotros y  de todo lo nuestro, una ofrenda de amor.

Dios tiene en cuenta, nuestra necesidad profunda de experimentarlo presente en nuestra vida, sacándonos de la oscuridad del  pecado y de la muerte. Necesitamos  verlo y tocarlo con el corazón. En estos días santos que celebramos, en este Sábado Santo que hoy vivimos, al decir del Papa  Benedicto, “como la “tierra de nadie”, entre la muerte y la resurrección; pero en esta “tierra de nadie”, ha entrado Uno, el Único que lo ha recorrido con los signos de su Pasión por el hombre.  Su amor lo llevó hasta entrar en el lugar de la soledad absoluta del hombre a donde no llega ningún rayo de amor, donde reina el abandono total, sin ninguna palabra de consuelo: “los infiernos”. Jesucristo permaneciendo en la muerte, cruzó la puerta de esta soledad última, para guiarnos también a nosotros, a  atravesarla con Él. En la hora de la máxima soledad nunca estaremos solos. La Pasión de Cristo es la pasión del hombre. Este es el misterio del Sábado Santo. Precisamente desde allí, desde la oscuridad de la muerte del Hijo de Dios, ha surgido la Luz de una nueva esperanza, la luz de la Resurrección”: la victoria de la vida sobre la muerte y del amor y la entrega, sobre el odio y el egoísmo. El Sábado del mundo encontrará su plenitud en la luminosidad de la Pascua  de Cristo, la Luz que brilló en las tinieblas y su Presencia en cada uno.

Mis hermanos: Es una exigencia del amor,  que en la Pascua  nos encontremos con Cristo resucitado, descubriendo la belleza de sus signos, que nos interpelan y nos dicen a todos “el Señor está aquí y te llama” ¿Qué respuesta le damos? ¿En qué se nota  que hemos entrado en El y Él entró  en nuestra vida?  ¿Cuáles son los signos de este luminoso día sin ocaso? 

1. Cristo  ha resucitado y nos ilumina, una señal, el cirio pascual

Un hermoso Cirio es bendecido y adornado con las cinco llagas, santas y gloriosas, para que se llene de alegría nuestro corazón y nos lleve  a reconocerlo a Él, como el Señor de la Historia y de nuestra vida. A Él pertenecen  el tiempo y la eternidad y nos recuerda durante  el año, que El ha resucitado y disipa las oscuridades de la muerte en las que estamos sumergidos  y   las tinieblas de la inteligencia y del corazón que nos impiden vivir con alegría, amor y en paz.

Ruego que desde este primer año de la Novena de Años, preparando el Jubileo Diocesano, el Cirio Pascual, que simboliza a Cristo Viviente y luminoso, no lo apaguemos  dentro nuestro y que la fuerza luminosa de su Cruz, nos atraiga  a todos como su Pueblo Santo. Si estamos cerca de su Luz, iremos acrecentado nuestra dignidad de seguidores suyos y escucharemos como Madre Teresa el llamado misionero: “Se tú mi luz”  en los ambientes matanceros y  de la realidad argentina, sobre la que muchas oscuridades  impiden el encuentro de los  hermanos.

Pongámosle nombres, a las tinieblas que nos quitan la alegría y ponen obstáculos a la justicia, al amor y a la paz. Cristo resucitó para  que entremos en su Corazón y el  pueda entrar en el nuestro y así vivamos  el gozo de su fiesta, que  fundamenta el auténtico servicio al Bien común.

¿Cuál va a ser nuestro compromiso con Cristo: en la familia, en la Comunidad y en la Patria? 

2. La Pascua tiene un  seno fecundo, en la fuente bautismal

En el desierto cuaresmal nos preparamos para hacer en esta noche,  memoria de nuestro Bautismo junto a la fuente bautismal. En ella nacimos, como hijos de Dios, miembros del Cuerpo de Cristo y  animados por el Espíritu  para vivir en el mundo, como  testigos del Amor resucitado,  con capacidad de cambiar el mundo y ser los peregrinos  de la fe y de la luz, hacia la Casa del Padre.

El agua que llena la fuente, nos habla y tiene un grito triunfal. El cirio pascual se introduce en ella, para darle la fecundidad del Espíritu, que vivificó  nuestros corazones y  nuestras vidas. Nos hace hoy, crecer en la fraternidad del amor y en la comunión que lleva a Dios como hijos y al encuentro del demás como hermanos. Esta agua se derrama para hacernos pasar de la muerte a la vida, de todo lo que es pecado a la vida en amistad con Dios. Nacemos a una dignidad que nos lleva a pasear con Dios en el paraíso y nos vuelve testigos de una Alianza de amor,  sellada con la Sangre redentora del Hijo, en  quien nos hacemos hijos y para que lo  escuchemos  de verdad.

Cuando alguien es bautizado nace un  discípulo-misionero de la resurrección de Cristo y capaz de gritar  con valentía su Evangelio, todo el Evangelio, no solo lo que nos conviene.

Mis hermanos: Que la Iglesia que peregrina en San Justo, se renueve con la gracia de esta Pascua. Comience, hoy, a la luz del Evangelio a vivir en estado de  Asamblea Diocesana y caminando en comunión hacia el Jubileo de oro, encuentre siempre, nuevos impulsos de vida. Sea un recinto de verdad y de amor, de libertad, de justicia y de paz. Que  todos encuentren en ella un motivo para seguir esperando con fidelidad, amando  y sirviendo como Cristo nos amó.

Por eso: ¡Renueva, cristiano tu dignidad!   ¿Iglesia querida de San Justo qué dices de ti misma? 

3. La belleza de la  Pascua  se  concentra toda ella en el altar

Lo primero que vemos al entrar en una iglesia católica es el Altar. Es el “corazón” del Templo.

Dos mesas  se destacan: la de la Palabra de Dios y la del Sacrificio de Cristo. Cada una tiene su belleza, no tanto en como son, sino por lo que se hace en ellas y  por lo que celebramos en ellas.

El encuentro con  Cristo resucitado y viviente, se da al escuchar  la Palabra, que proclama las maravillas de Dios para con nosotros y  en la Eucaristía que  hace viva y actual, toda su Pascua. En un poco de pan y de vino, nos regala su Amor sacrificado, su presencia como Cristo total, que nos atrae  y nos abraza a todos,  para que hagamos con Él una ofrenda de nuestra vida  al Padre.

La Celebración de la Eucaristía se hace en el Altar de la misa y en el altar de los corazones, para prolongarse en la vida  de cada día. La Misa es fuente y culminación. En ella, Cristo, el Señor, hace posible nuestro encuentro y nuestra experiencia en la fe, de su Misterio y de sus mismos sentimientos. Somos cambiados desde dentro, por la reconciliación y por las  eficaces palabras de la Consagración, para que lo irradiemos  en todo nuestro ser y obrar. Él está dentro  de nosotros para que hagamos de cada día ,donde estemos,  un espacio de encuentro, de diálogo y compromiso ciudadano, y siendo en esta rica  realidad matancera,  como la levadura, para  que fermentemos de Evangelio los ambientes,  como luz al servicio de la Verdad completa y como la  sal   seamos sabiduría , para  vivir  como ciudadanos respetados y no usados  por nada , ni por nadie.

En la Comunión hacemos pascua, nos asimila, para que  seamos más parecidos a Él, como hombres nuevos con corazones renovados, para hacer una  Iglesia más fiel, una Matanza más fraterna y solidaria y una Argentina más consustanciada con la herencia  de nuestros padres y a nuestra matriz cultural cristiana y católica, abierta  y  al servicio de la dignidad humana de todos.

Deseándoles  Santa y Feliz Pascua de Resurrección, los abrazo con mi Bendición Pastoral. 

¡DIOS ES AMOR!

“RENOVEMOS EL ENCUENTRO Y EL ANUNCIO DE JESUCRISTO VIVIENTE” 

Mons. Baldomero Carlos Martíni, obispo de San Justo 


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Mensaje de monseñor Andrés Stanovnik, arzobispo de Corrientes para la Pascua 2011. (AICA)

MENSAJE DE PASCUA           

La resurrección de Jesús es el acontecimiento más extraordinario en la historia de la humanidad. El Papa, en su reciente libro Jesús de Nazaret, se pregunta ¿qué fue lo que sucedió esa noche? Dice el Papa que si la resurrección de Jesús no hubiera sido más que el milagro de un muerto reanimado y regresado a la vida, la cosa no tendría para nosotros en última instancia ningún interés. Jesús no despertaría más interés que la de un hombre con ideas interesantes sobre Dios y sobre la vida y nosotros no estaríamos haciendo más que una solemne recordación de un difunto. Si esto fuera así, san Pablo nos advierte que seríamos los hombres más dignos de lástima (1Cor 15,19).

En cambio, enseña el Papa, los testimonios del Nuevo Testamento no dejan duda alguna de que en la “resurrección del Hijo del hombre” ha ocurrido algo completamente diferente. Jesús no ha vuelto a una vida humana normal de este mundo, como Lázaro y otros muertos que Jesús resucitó. Él ha entrado en una vida distinta, nueva; y, desde allí, Él se manifiesta a los suyos. Los discípulos, después de tanto titubeo y asombro inicial, ya no podían oponerse a la realidad: es realmente Él; vive y nos ha hablado, ha permitido que lo toquemos. “No teman –les dijo el Ángel a las mujeres- yo sé que ustedes buscan a Jesús, el Crucificado. No está aquí, porque ha resucitado como lo había dicho” (Mt 28,5-6). A Dios se le cree por su palabra. Cristo ha resucitado verdaderamente y sobre la verdad de su resurrección hubo numerosos testigos que, sorprendidos de asombro, dieron testimonio de haberlo “visto”, “oído”, “tocado” y “comido” con él (cf. Lc 24,41.42; Jn 21,12-13; 1Jn 1,1).

Este acontecimiento despierta una gran esperanza para toda la humanidad: es posible un mundo nuevo. No es algo ilusorio, un sueño, creer, esperar y colaborar para hacer realidad el hombre nuevo. Pero no porque lo podamos hacer nosotros, o porque pueda obtenerse de alguna ideología, de un sistema político, no. Es Dios quien lo hace, de Él es la iniciativa y nosotros somos los primeros sorprendidos. Él mismo lo reveló a un grupo de creyentes y desde entonces el rumor se expande a lo largo de la historia: Dios salva, Él es quien libera, Él se comprometió a cambiarlo todo, a transformarlo desde dentro, a romper definitivamente con la corrupción, el pecado y la muerte. Pero lo inaudito y absolutamente inédito, es que lo hace con increíble humildad, descendiendo él mismo hasta los abismos de la degradación humana, sin temor a cargar sobre sí toda la suciedad y toda la noche de la humanidad; lo realiza estableciendo una alianza de vida y de amor con los que creen en Él y se comprometen a ser sus discípulos. Y aquí estamos nosotros, llenos de gozo, celebrando la resurrección del Señor. Con la resurrección de Jesús amanece un nuevo día para la humanidad, una esperanza cierta, una fuente de vida digna y plena que salta hasta la eternidad.

La Iglesia celebra este acontecimiento con el Triduo del Jueves, Viernes y Sábado Santo, y culmina en la Vigilia Pascual, donde lo primero que hace es bendecir el fuego nuevo en el atrio del templo. Con la luz nueva que es Cristo resucitado se inicia la peregrinación hacia el interior del templo, luz que hace retroceder las tinieblas. El Resucitado es luz que ilumina la vida de todo hombre y de la humanidad, y le da sentido a su peregrinar por este mundo. En Él, muerto y resucitado, la vida humana adquiere un valor incomparable y único. En cambio, si Jesucristo hubiese sido sólo una personalidad importante, alguien que nos hubiera dejado ideas interesantes sobre Dios y sobre la vida, entonces todo permanece en una dimensión puramente humana, dice el Papa. Estamos solos en el universo y los criterios de valoración se reducen únicamente al individuo o a grupos de individuos, que se asocian entre sí mediante consensos –inevitablemente transitorios e inestables- para organizarse y sobrevivir. Así, la vida humana que se torna relativa a los que dominan y deciden quiénes tiene derecho a vivir y quiénes son los que sobran. Pero no estamos solos en este mundo: Cristo venció la muerte y vive resucitado entre nosotros. Por la Pasión de Jesús, la vida y el amor triunfan sobre el odio y la muerte. Un mundo nuevo es posible, pero ahora hablamos de un mundo nuevo que se transforma por la extraordinaria fuerza de la fe, del amor y de la paz.

En el año cincuentenario de nuestra Arquidiócesis, proclamamos gozosos nuestra fe en Jesucristo y en su Cuerpo que es la Iglesia. En Él somos Iglesia viva que peregrina en comunión y se siente fuertemente interpelada a la misión. Esa misión consiste  en mostrar a Cristo y hacerlo creíble mediante el testimonio de una vida coherente y ejemplar. Es enorme la tarea que tenemos para humanizar nuestra vida social y política. El Santo Padre nos recordó que en Jesucristo Resucitado es la principal fuerza impulsora del auténtico desarrollo de cada persona y de toda la humanidad. Ella nos libera de los egoísmos que nos tienen atados y nos da alas para desarrollar las enormes capacidades y talentos que Dios puso en nosotros. Pero para acceder a esas grandes posibilidades de vida, es necesario abrazar la cruz de Jesús, aunque nos cueste creerlo y nos resulte difícil asumirlo. No se puede “ver”, “oír” y “tocar” a Jesús si no estamos dispuestos a seguirlo por el camino de la cruz, porque “no hay amor mas grande que dar la vida por los amigos” (Jn 15,13). En este camino nos alienta el gozoso anuncio del la Pascua: es verdad, Cristo murió en la cruz, resucitó y ahora vive junto al Padre (cf. Rm 8,34). Él prometió que estará siempre con nosotros hasta el fin del mundo (Mt 28,20).

A todos, gobernantes y pueblo, les deseo una santa y feliz Pascua de Resurrección. 

Mons. Andrés Stanovnik OFM Cap., arzobispo de Corrientes 


Publicado por verdenaranja @ 23:07  | Hablan los obispos
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Lectio divina para el martes de la cuarta semana de Pascua 2011, ofrecida por la Delegación Diocesna de Liturgia de la diócesis de Tenerife.

LECTURA:             “Juan 10, 22‑30”

Se celebraba en Jerusalén la fiesta de la Dedicación del templo. Era invierno, y Jesús se paseaba  en el templo por el pórtico de Salomón. Los judíos, rodeándolo, le preguntaban: «¿Hasta cuándo nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Mesías, dínoslo francamente.»

Jesús les respondió: «Os lo he dicho, y no creéis; las obras que yo hago en nombre de mi Padre, ésas dan testimonio de mi. Pero vosotros no creéis, porque no sois ovejas mías. Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre, que me las ha dado, supera a todos, y nadie puede arrebatarlas de la mano del Padre. Yo y el Padre somos uno.»

MEDITACIÓN:             “Os lo he dicho”

            No, el problema no es del mensaje ni del mensajero, el problema es nuestro, siempre ha sido nuestro. Hambreamos, o eso manifestamos, algo mejor, pero no estamos dispuestos a asumir las consecuencias y, por eso, preferimos no escuchar, cuando las respuestas no son las que nosotros queremos. Cuántas veces tenías que repetir lo mismo para convencerles, “os lo he dicho, pero no creéis”.

            Antes aún que el no creer es que, en realidad, no escuchamos. Escucharte supone entrar en la dinámica del amor, de salir de nosotros mismos, de creer y trabajar por valores que nos humanizan y nos ayudan a salir al encuentro de los otros, pensar en clave de tú, y parece que no estamos por la labor. Luego nos extrañamos de las consecuencias, de la violencia, del vacío, de la falta de valores. Queremos curar la fiebre en lugar de eliminar las causas que la produce.

            Pero esta realidad no puede apagar la esperanza. Sigue habiendo quienes escuchan y desean escuchar tu voz; quienes te siguen con más o menos agilidad; quienes se empeñan en construir y aportar vida. Y esos, es importante, no están dejados a su suerte, tú estás con ellos, y en su empeño nadie conseguirá arrebatarlos de la mano de Dios. Gracias por esta palabra, Señor.

ORACIÓN:             “De tu mano”

            Señor, gracias por esta afirmación, la necesito porque a veces me siento sólo. Gracias por asegurarme que me tienes agarrado de tu mano.

            Ayúdame, Señor, para que no me suelte de tu mano. Guíame contigo por el camino del amor.

            Señor, necesito escuchar tu voz y saber que estás siempre conmigo. Que de tu mano me adentre en la corriente de la vida y no me canse de ser hacedor de paz y de bien.

CONTEMPLACIÓN:      “Me conoces”

No necesito decirte muchas cosas;
sabes de mis luces y de mis sombras,
y  no necesito justificarme,
ni buscar excusas.

Me conoces en mis verdades,
 en mis mentiras
y en mis deseos .

Y desde esta mi verdad,
que no puedo ocultarte,
te extiendo mi mano,
a veces temblorosa,
esperando que tú me agarres
y me guíes donde tú sabes.


Publicado por verdenaranja @ 16:58  | Liturgia
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domingo, 15 de mayo de 2011

Lectio divina para el lunes de la cuarta semana de Pascua 2011, ofrecida por la Delegación Diocesana de Liturgia de la diócesisde Tenerife.

LECTURA:             “Juan 10, 1‑10”

En aquel tiempo, dijo Jesús: «Os aseguro que el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ése es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el guarda, y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas, camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños.»

Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús: «Os aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon.

Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos.

El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estrago; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante.»

MEDITACIÓN:             “Para que tengan vida”

            Pienso que esta frase la acogeríamos todos. El problema es entender, o ponerse de acuerdo, en lo que significa la vida y en dónde se ponen los límites. Y si esa vida se entiende desde un valor mío y del otro, que hay que respetar, o si esa vida la entendemos condicionada a los intereses particulares.

            Es claro que, en circunstancias normales, todos queremos vivir, pero cuando la vida del otro nos molesta, trastorna mis intereses, buscamos la forma de deshacernos del otro de una u otra manera, incluso, violentamente. Luego, buscamos disculpas, derechos de nuestra “libertad” a ultranza, y hasta derechos del otro que, en aras de su dignidad, es mejor eliminar.

            Frente a una cultura de eliminación fácil, del derecho a vivir “yo”, tú, Señor, nos vienes a ofrecer vida, y vida en abundancia ¡para todos! Y eso nos lleva a tener presente el derecho a la vida del otro, y a saber que mi derecho tiene un límite, el del derecho del otro. La clave es ser capaces de pensar desde ti. Tú no viniste para reivindicar tu vida, sino para abrir el horizonte de la vida de los otros, de todos. Fue un atrevimiento, te costó la vida. Pero no te la quitaron, la diste para que sigamos teniendo vida. Por eso vives y sigues gritando ¡vida! … ¡para todos!              

ORACIÓN:            “Por la vida”

            Parece un poco triste, Señor, pero tengo que pedirte por la vida ¡la quitamos con tanta facilidad! Para que nos convirtamos en defensores y creadores de vida.

            Te presento, Señor, a todos los que son eliminados desde antes de antes hasta “antes de morir”, para que nos perdonen y su sacrificio nos termine convirtiendo el corazón de piedra en corazón de carne.

            Señor, ayúdanos a salir de nuestro egoísmo justificado, de nuestras actitudes irresponsables y superficiales. Que contigo y desde ti luchemos por la vida, para que seamos constructores de vida abundante que salte hasta la eternidad.

CONTEMPLACIÓN:              “Puerta abierta”

Necesito una puerta,
una puerta que me abra
los horizontes cerrados de mi corazón
y me permita librarme
de las voces uniformes
de quien canta a coro
las delicias fáciles de todos y de nadie.

En medio de esa atmósfera cargada,
una brisa suave y fresca,
que deja colar un rayo de luz
y un resquicio de limpio cielo azul,
penetra en lo más íntimo de mí.

Y, al mirar profundo,
te descubro puerta abierta,
vida abundante que fluye en mí,
y que se empeña en saltar,
esperanzada y gozosa,
hasta la eternidad


Publicado por verdenaranja @ 19:38  | Liturgia
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Mensaje de monseñor José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz, para la Pascua 2011 (AICA)

MENSAJE DE PASCUA           

Celebramos en la Pascua la fuente de una Vida Nueva que nos ha traído Jesucristo. La Pascua es semilla de lo nuevo, es comienzo y futuro. Es comienzo en cuanto don obtenido por Jesucristo, y es futuro como horizonte de vida ofrecida a todos. En esta dinámica de lo nuevo como algo ya adquirido, podemos comprender el significado de la Pascua y la responsabilidad que nos cabe.

Cuando la liturgia nos habla de los frutos de la Pascua lo hace utilizando la imagen del Reino de Dios, que es una realidad iniciada con Cristo pero en camino hacia su plena realización. Esta imagen nos habla de un Reino de verdad y de vida, de santidad y de gracia, de justicia, de amor y de paz. Este es el fruto de la Pascua. Cuando desde ella contemplamos la realidad que nos rodea no podemos dejar de ver la distancia y dolernos. La Pascua no nos permite sustraernos a esta realidad del mundo amado por Dios y para el cual ha venido Jesucristo. Celebrar la Pascua es alegría por el don recibido, pero también compromiso con la vida del hombre y del mundo. La fe en el Dios de la Vida es garantía de fraternidad y de solidaridad.

Son muchas las condiciones de fragilidad en la que viven muchos hermanos nuestros. Pienso en los ataques que sufre la vida desde el embarazo, con el peligro del aborto, hasta los riesgos de una infancia carente del necesario acompañamiento que garantice su futuro. En el flagelo de la droga que avanza y mata con la complicidad del silencio y la impotencia que manifiesta la autoridad. En la pobreza y marginalidad que hiere la dignidad del hombre y su familia, con consecuencias irreparables en la vida y desarrollo integral de sus hijos. En la mezquina construcción de una agenda política centrada en el poder, y la ausencia de un diálogo constructivo al servicio de un proyecto de país que incluya a todos. La semilla de lo nuevo necesita de un suelo bien dispuesto para poder dar frutos.

Es de desear que la luz de la Pascua ilumine el camino de este año electoral. Ante todo, valoremos la política como la necesaria mediación entre las ideas y la realidad. Ella pertenece al ámbito de la ética y está al servicio del bien común. Por ello el político, junto a su preparación y competencia, debe abrevar y sentirse exigido por los valores morales. Alejado de todo enfrentamiento estéril debe ser testigo de un diálogo maduro y ejemplar para la comunidad. Estas actitudes elevan a la política y hacen de ella un acto de docencia cívica y de renovada esperanza para el pueblo. Ella necesita del poder, pero no como un bien absoluto que deba conservar a cualquier precio, sino como un tiempo oportuno de servicio en el marco de la Constitución. La obediencia a la ley es un límite que la preserva y ennoblece y que hace, además, al nivel de la misma democracia.

Con la alegría de la celebración de la Pascua reciban mis mejores deseos, junto a mi afecto y bendición en el Señor que ha Resucitado y nos compromete a hacer realidad los frutos de esta Vida Nueva. 

Mons. José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz 


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Homilía de monseñor Luis T. Stöckler, obispo de Quilmes para el Domingo de Ramos (17 de abril de 2011). (AICA)

EL MISTERIO DE LA REDENCIÓN              

La lectura de la Pasión de nuestro Señor nos recuerda la última noche y el último día de su vida: la cena pascual, la traición de Judas, la angustia de Getsemaní, su arresto, el interrogatorio en el Sanedrín, la condena por Pilatos, la burla de los soldados, la crucifixión, su muerte y su sepultura. Es delante del Sumo Sacerdote y del gobernador, donde Jesús revela el secreto de su persona y su misión, como Hijo de Dios y Rey de los judíos. El primero lo condena por blasfemo, el segundo por rebelde. Pareciera que Jesús hubiera sido uno más de los que han terminado en los engranajes del poder. Sin embargo, su historia no quedó ahí. La Semana Santa nos revela el trasfondo misterioso de su muerte y de nuestra vida. Desde él nos comprendemos a nosotros; y a la inversa: conociéndonos a nosotros, lo podemos descubrir a él.

La actitud de Jesús en el relato contrasta con la de todos los demás, incluyendo los apóstoles que lo abandonan. Él comparte la misma fuente con el que lo traicionará; mientras él ora con angustia, los tres preferidos están durmiendo; mientras se abalanzan sobre él y lo detienen, Jesús rechaza la violencia contra ellos; cuando levantan falso testimonio contra él, Jesús se calla; cuando los sumos sacerdotes y ancianos insultan al crucificado, él invoca a Dios y le entrega su espíritu. Si bien la causa directa de su muerte fue la ceguera de los responsables del pueblo, no se comprende este desenlace sin el misterio del pecado, en el cual todos los hombres están involucrados. Así Jesús lo expresa en la última cena, cuando les entrega la copa: “Ésta es mi sangre, la sangre de la Alianza, que se  derrama por muchos para la remisión de los pecados”. Frente a su bondad tomamos conciencia de la  dimensión de nuestra mezquindad y maldad. Los protagonistas inmediatos de su pasión han actuado en nombre de todos los hombres. Por eso, no busquemos quiénes tienen mayor culpa. No hay nadie que sea inocente.

Cada uno, frente a este Cristo descubre, como en un espejo,  su propia desfiguración. Nuestra egolatría tiene tantas expresiones cuantos pecados se han hecho hábito en nuestras personas. La sensualidad y la avaricia,  la ira y la envidia, la pereza espiritual y la soberbia: ¿Quién puede decir que está libre de los vicios? Los programas informativos como de ficción en los medios, son un reflejo ya insoportable de esta realidad. Sentimos el vacío interior que los hábitos mal adquiridos nos causan como personas y como sociedad. ¿Quién nos saca del enredo de tanta confusión? Solos no lo podemos lograr.

De esto tomamos conciencia en esta Semana. En nuestro lugar, Jesucristo se hizo obediente, para levantarnos y devolvernos nuestra dignidad como hijos de Dios. Para esto se humilló hasta aceptar la muerte en cruz. Nuestra culpa se aniquila al creer en él. Y nuestra vida recobra sentido y plenitud. 

Mons. Luis T. Stöckler, obispo de Quilmes 


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Homilía de monseñor Martín de Elizalde, obispo de Nueve de Julio, en la celebración del Domingo de Ramos (Iglesia Catedral, 17 de abril de 2011). (AICA)

«RECIBIR AL SEÑOR CADA DÍA»              

Queridos hermanos y hermanas:

¿Qué significado tiene que nos hayamos encontrado esta mañana en la plaza, frente al templo, y desde allí ingresáramos todos juntos en él, cantando con alegría y agitando los ramos en nuestras manos? ¿Estamos reproduciendo un hecho del pasado, único es verdad, con el cual queremos identificarnos, o más bien deseamos mostrarnos partícipes, espiritualmente presentes en ese lugar y en ese tiempo, como lo estamos ahora en el nuestro? ¿Somos conscientes, seriamente conscientes, de lo que significa cuanto estamos haciendo, que no es una mera representación ni tampoco la entrega de los ramos bendecidos, solamente, para que los llevemos a nuestras casas, como una prenda de bienestar y de felicidad? En nuestra celebración litúrgica de hoy, en su mismo desarrollo y por los espléndidos textos que la Iglesia nos propone, podemos distinguir tres momentos, o pasos, que recorremos con fe. Ojalá, queridos hermanos, lo hagamos con la mayor atención y dedicación, para recibir su riquísimo y tan necesario mensaje, la palabra que Dios nos dirige en esta ocasión a todos y a cada uno de nosotros.

Hemos comenzado congregándonos en un punto central, como es la plaza y frente a la catedral, venidos de los cuatro horizontes de la ciudad. Allí se bendijeron los ramos, primero, para que después de la lectura del Evangelio que narra la entrada de Jesús en Jerusalén, ese signo de bienvenida y de gozo acompañe la iniciación del cumplimiento de las promesas mesiánicas: Jesús llega como Rey y Salvador, y nuestra acogida no es solamente para un encuentro humano o para recibir aquellos remedios y alivio que todos necesitamos. Los ramos benditos hablan de nuestra fe y de nuestro deseo de acoger al Señor. Con ellos iniciamos la procesión; marchamos con Jesús, nos identificamos con Él, asumimos lo que Él nos viene a traer, buscando ser cómo Él. El gesto de caminar encolumnados nos presenta a los ojos del mundo cubiertos con el manto de la fe que compartimos, del nombre de cristianos que llevamos, y haciendo este camino con Él, nada de lo suyo podrá sernos ajeno. Nos disponemos a acompañarlo, a tomar nuestra parte de cruz y entregar nuestro esfuerzo y nuestra sangre, como lo hizo Él. Y al llegar junto al altar del sacrificio, ofrecemos la Eucaristía, donde la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús son presentes y eficaces para borrar el pecado del mundo y abrirnos la puerta de la vida eterna. En este día tan grande, en el umbral de la Semana de Pascua, recibamos en el corazón el don que nos entrega el mismo Hijo de Dios, para alabanza del Padre, por la acción del Espíritu Santo. No reduzcamos esta celebración al signo del ramo de olivo que llevamos a nuestra casa – es solo un signo, que si no remite a la totalidad del acontecimiento salvífico, nada significa, ni, en el otro extremo, separemos la bella y elocuente entrada procesional del sacrificio eucarístico, como si buscáramos el mínimo de esfuerzo y de presencia, participando de la Misa sin encontrarnos entre quienes aclaman a Jesús, y se unen a Él con sinceridad.

Seguramente entre quienes salieron ese día a las calles de Jerusalén había diferentes actitudes y conductas. Estaban los curiosos, tal vez los más sabios según la carne pero los más ignorantes acerca de los verdaderos caminos de Dios; estaban los sacerdotes y doctores, que veían con temor esta nueva predicación que abría horizontes nuevos a la fe y a la práctica religiosa; también estaban los que fueron testigos de sus milagros, habían experimentado su misericordia y su bondad, y querían conservarse cerca de la fuente de aquellos beneficios, tanto espirituales como también materiales. Y un grupo, seguramente reducido, de discípulos, preparados ya para ser testigos de la obra redentora, aún en medio del temor y de la duda, y que recién con la efusión del Espíritu divino llegarían a ser el fundamento de la Iglesia, trasmisores de la verdad del Evangelio y formadores de las conciencias. Por eso nuestra presencia aquí exige la definición del amor de Dios, de la adhesión personal a Cristo y de la perseverante fidelidad al Espíritu Santo.

Desde esta perspectiva de fe la recepción de Jesús por el creyente en este día de Ramos se despliega hasta cubrir la totalidad de la historia y también el conjunto de la vida de cada hombre y de cada mujer. Debemos recibir al Señor como entonces lo hicieron aquellos judíos presentes en Jerusalén, que abrieron de verdad su corazón y reconocían el don que Dios les hacía: el amor ofrecido desde el inicio del universo por el Padre Creador, expresado en el sacrificio que redime por la entrega del Hijo que obtiene para nosotros el perdón. Por eso, la Semana Santa se abre con esta entrada, para que podamos expresar la acogida que hemos de tributar al Hijo de Dios. Recibirlo hoy, no como una simple representación de algo que pasó, sino en el presente de la comunión y de la fidelidad: amor compartido con Jesús y en la Iglesia, con todos los hermanos, en el signo sacramental de la Eucaristía, con los lazos fraternos de la Iglesia, con el fermento del Pan de Vida y la saciedad espiritual del vino convertido en Sangre de Cristo, para desde allí vivir la unidad y lanzarnos a la misión. En fin, saber que nuestro encuentro de hoy con el Salvador que llega, manso y humilde, es para recibirlo siempre, y para siempre, desde ahora hasta la eternidad, para un encuentro que no ha de interrumpirse ni cesar: amor comprometido, en el cual los esfuerzos de este tiempo se convierten en semillas de eternidad, y son anticipo de lo que nos está prometido en la vida del cielo, y se muestran en la fidelidad al Evangelio y en la santidad de la Iglesia.

Una simple consideración final: ¿Porqué somos tantos hoy aquí en este templo, y en los demás días de la Semana pascual, que son tan significativos como este, no nos reunimos con la misma fidelidad, con el mismo entusiasmo?¿Acaso apreciamos más la ramita de árbol que nos llevamos que la comunión al Cuerpo de Cristo, recordada el Jueves Santo, la adoración de la cruz y el relato evangélico de la Pasión, el Viernes, la manifestación por el fuego, la luz y el agua, de los signos sacramentales que nos dan la vida, en la Vigilia pascual? María Santísima, que guardaba en su corazón virginal las palabras y los acontecimientos de la vida de su Hijo, que fue tal vez la única capaz de comprender el significado cabal de la entrada en Jerusalén del Mesías, nos ayude a vivir con profundidad los misterios de estos días, y despierte a nuestras almas para que seamos constantes en la escucha del Verbo y en la aplicación de sus enseñanzas, especialmente en estos días santos de la Pascua. 

Mons. Martín de Elizalde, obispo de Nueve de Julio 


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Alocución televisiva de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata en el programa “Claves para un mundo mejor” (17 de abril de 2011). (AICA)

LA REALEZA DE CRISTO Y EL PAPEL DE LOS CRISTIANOS               

La Semana Santa, queridos amigos, comienza con la celebración de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. Jesús se dirigía a la Ciudad Santa con sus discípulos. Era una peregrinación y en el camino mucha gente se fue uniendo a ellos, muchos nuevos peregrinos hacia Jerusalén.

Pero ocurre algo muy misterioso: Jesús prepara esa entrada con algunos detalles que aparecen bien claros en los evangelios. Manda a buscar un burrito para subirse en él; los discípulos extienden sus vestidos sobre el camino para que el Señor pase allí por una calle alfombrada y todos comienzan espontáneamente a aclamarle como Hijo de David.

Digo que es algo misterioso porque en ese momento parece que se concreta esa gran aspiración del pueblo de Israel que esperaba al Mesías, y se concreta en la persona de Jesús. Lo aclaman diciendo: “Bendito el que viene en nombre del Señor”, “Bendito el reino que viene, el reino de nuestro Padre David”.

Allí se cumplen una serie de profecías del Antiguo Testamento especialmente las que la liturgia ha recogido en el capítulo 9, versículo 9, del Libro de Zacarías, que habla del rey que llega montado en un burrito, pacífico, manso, tranquilo. El significado es muy profundo, porque la figura de Jesús es todo lo contrario de un rey temporal. No entra a  caballo, no con un ejército armado, sino que es una pacífica y entusiasta peregrinación la forma en que el Rey Mesías entra serenamente en esa ciudad.

¿Qué significa este episodio? La Iglesia lo ha recogido en la liturgia y lo celebra como el comienzo de la semana en la cual nosotros revivimos el misterio pascual del Señor”. La entrada triunfal en Jerusalén es el preludio de su muerte y resurrección.

Jesús reina, pero reina desde la Cruz. Precisamente esa aclamación al Rey Mesías se va a transformar, pocos días después, en el pedido de su muerte y allí se va a cumplir lo que Jesús había preanunciado: “Cuando Yo sea elevado en lo alto atraeré a todos hacia mí”.

Jesús reina desde la Cruz. Allí es donde se manifiesta el amor del Padre que lo entrega y el propio amor de Jesús que se entrega por nosotros. Su realeza es, entonces, la realeza de la caridad.

 

No es un recuerdo folklórico lo que nosotros evocamos en la Semana Santa reviviendo esta celebración inicial, sino que aclamamos de hecho la realeza de Cristo que se ejerce también hoy.

Las palabras que recoge el Evangelio, pronunciadas por la muchedumbre en la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, son las que repetimos cada liturgia eucarística al final del prefacio, al comienzo de la gran plegaria de la consagración. Nosotros decimos “Bendito el que viene en el nombre del Señor”, y estamos proclamando que la realeza de Cristo, muerto y resucitado por nosotros, se concreta en la Eucaristía, en esa Eucaristía que estamos celebrando, que es la actualización del misterio pascual.

Nosotros también en esta Semana Santa, en este Domingo de Ramos, aclamamos a Cristo como Rey, lo reconocemos como Rey.

Recordemos que el Magisterio de la Iglesia, especialmente en el ámbito de lo social, de lo político, de lo económico, ha hablado con frecuencia del reinado de Cristo. Cristo es Rey de todos los hombres, es Rey porque Él ha venido para salvarnos, porque se ha hecho hombre y se constituyó en cabeza de la nueva humanidad y porque en su entrega en la Cruz nos ha rescatado para Dios. Es rey por derecho de nacimiento, siendo el Hijo de Dios, Dios verdadero, y por derecho de conquista, por ser nuestro Redentor.

Ahora bien, ese reinado de Cristo no se impone. No se impone por la fuerza de las armas, no se impone tampoco por la decisión de un Parlamento democrático, (sabemos muy bien que los Parlamentos democráticos suelen votar cosas que son disparatadas e ir a contramano de la Verdad). No, se impone simplemente por la fuerza de la fe y el amor.

Cristo reina ante todo en el corazón de aquellos que lo reciben como Rey. Pero los que lo recibimos como Rey no nos contentamos simplemente con creer en Él, sino que el vigor y la profundidad de nuestra fe se manifiesta en nuestra conducta y se proyecta en todo lo que hacemos.

Entonces, son los cristianos los que están llamados, por el mismo ejercicio de la vida de fe, a ir transformando la realidad social de tal manera que esta se convierta en Reino de Cristo.

Cada Semana Santa, en este inicio admirable con la entrada de Jesús en Jerusalén, nos recuerda esta realidad fundamental de la fe y de la vida cristiana: Cristo es nuestro Rey. Cristo es el Rey Universal y, como decimos en el Credo, su reino no tendrá fin cuando Él venga al fin de los tiempos a juzgar a los vivos y a los muertos. Pero ya, desde ahora, Él reina en el corazón de los creyentes. Y son los creyentes, son los fieles, son los cristianos quienes por la proyección de su vida en la realidad social, a través de la actividad cotidiana, tienen que ir transformando las estructuras temporales para que estas se acomoden al designio de Dios. Ese es el camino de la verdadera paz y de la verdadera prosperidad de los pueblos.

Celebremos dignamente esta Semana Santa y que toda ella sea expresión de nuestra profesión de  la realeza de Cristo. 

Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata 


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sábado, 14 de mayo de 2011

Homilía de monseñor Jorge Lugones, obispo de Lomas de Zamora en la solemnidad del Domingo de Ramos (17 de abril de 2011). (AICA)

DOMINGO DE RAMOS          

“Bendito el que viene en el nombre del Señor”, dice este breve canto, con el que el pueblo cortaba las ramas para alabar a Jesús, porque entraba a Jerusalén con gloria; se lo reconocía como el Mesías, que quiere decir el Cristo. Y por eso hemos leído el evangelio al inicio de esta celebración.

Y trajimos el ramito que vamos a colocar en la entrada de nuestras casas o donde esté una cruz, porque la cruz es un signo de vida.

(..) Empezamos con esta fiesta la semana de la pasión; haremos la memoria de la Pasión de Jesús, como leímos en el evangelio, y desde esta memoria de muerte queremos recordar a Jesús resucitado como Señor de la vida.

Es importante que cada día tengamos esta memoria de vida que nos trae Cristo resucitado, porque padecemos muchas veces la memoria de la muerte; a veces nos resulta más fácil meditar la Pasión y Muerte de Jesús, que la Resurrección y la Vida; parece que es más fácil entristecerse el Viernes Santo que alegrarse el día de Pascua.

Tenemos que tener esta memoria de que Jesús va a la pasión, y como las mujeres que lo acompañaron con la cruz ya tenían la memoria de su muerte, por eso van al sepulcro a ungirlo con perfumes, y sin embargo Jesús les va a mostrar que vive: al que habían crucificado y sepultado, ahora vive.

(..) Por eso traemos el ramo, que es un signo de esperanza del resucitado; un signo de que Jesús va a la pasión por nosotros, pero va a resucitar, o sea, vuelve a vivir. Entonces, Jesús tiene que pasar por la cruz para resucitar y darnos vida.

El nos tiene que curar de esa herida que al principio de los tiempos el maligno nos había provocado, y nos tiene que dar la gracia que nos sane y nos eleve a la categoría de hijos, categoría que perdimos con el pecado original; pero en él vamos a ser hijos. “Somos hijos en el Hijo”, como decía San Pablo.

El Señor es un Mesías Rey que vienen en un animalito de carga, humilde; Jesús viene en esta humildad; la memoria de vida es humilde, la muerte en cambio es soberbia; pero la memoria humilde respeta la dignidad, respeta a los mayores.

(..) Jesús entra manso y paciente en un burrito; nosotros ¿tenemos paciencia?

(..) Pidamos la paz para nuestras familias, para nuestro pueblo. En esta memoria de vida, hay un pueblo que quiere vivir en justicia, y a través de ella, en la paz. 

Mons. Jorge Lugones, obispo de Lomas de Zamora 


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Homilía  de monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas para el Domingo de Ramos. (AICA)
(17 de abril de 2011)

MORIR PARA «VIVIR»           

Con la celebración del domingo de Ramos entramos decididamente en la Semana Santa. Jesucristo, el Señor entra en Jerusalén. Es ahí donde vivirá la intensidad de sus últimas horas. En este domingo leeremos los textos de la pasión según San Mateo. Jesús montado sobre un pobre burro, es el rey humilde que contradice el poder romano y religioso de los judíos de la época que no entendieron la presencia de Dios. Con la lectura de estos textos nos prepararemos para celebrar el jueves, la cena del Señor, la institución de la Eucaristía y del sacerdocio ministerial. La celebración del “vía crucis” el Viernes Santo. El sábado por la noche la Misa empezará en la oscuridad y el cirio será la luz de Cristo, la esperanza y la Vida que ilumina las tinieblas. Los aleluyas expresarán el triunfo de la Vida, sobre la muerte, porque Cristo, resucitó. La liturgia Pascual nos invitará a que nosotros también subamos a Jerusalén para vivir nuestra Pascua.

Muchos al escuchar hablar de Semana Santa o Pascua, lo asocian solamente a vacaciones o a diversión. Como algunos contemporáneos de Jesús, no captan, ni entienden el sentido profundo y la posibilidad que Dios quiere regalarnos de vivir la conversión y la Pascua. Hoy corremos el riesgo que el secularismo nos lleve a vaciar de contenido de aquello que celebramos. El secularismo, es una forma de ateísmo práctico. No está mal que en estos días algunos quieran tomarse un descanso de la rutina diaria, pero esto debe convivir con nuestro compromiso cristiano de participar y vivir la Pascua y las celebraciones, para renovar la fe.

Esta Semana Santa es un tiempo en donde podremos encontrarnos con Jesucristo, en toda su intimidad, realidad y plenitud. Si Él es el Camino, la Verdad y la Vida, podremos reconocer en la Cruz, y en nuestras cruces, las opciones válidas para encaminarnos a “la vida nueva” de los hijos y amigos de Dios. El Papa Juan Pablo II nos decía en su última Semana Santa: “No se sorprendan después si en su camino se encuentran con la cruz. ¿Acaso Jesús no les ha dicho a sus discípulos que el grano de trigo tiene que caer en tierra y morir para dar mucho fruto? (Jn. 12,23-26). Después de la resurrección de Cristo, la muerte no tendrá más la última palabra. El amor es más fuerte que la muerte. Si Jesús ha aceptado la muerte en cruz, haciendo de ella el manantial de vida y el signo del amor, no es ni por debilidad ni por gusto al sufrimiento. Es para obtener la salvación y hacernos partícipes de su vida divina”.

Como cristianos sabemos que la conversión tiene una dimensión personal y social. También necesitamos insertar la Pascua, el morir y vivir en nuestra sociedad y cultura. En definitiva las estructuras de pecado, llámese el negocio de la droga, el alcohol…, o tantas situaciones que siempre dañan la dignidad del hombre tienen su raíz en el pecado personal, de cada varón o mujer que no se disponen a realizar una opción por el bien común y social. Una sociedad podrá ser más “pascual” y generar esperanza cuando en la vida pública y privada se cuente con gente que en lo personal haga una opción que rechace toda forma de tolerancia con la injusticia, e instale opciones donde el bien de la gente esté en el centro.

En un texto denominado “Para que renazca el país”, los obispos argentinos decíamos: “El misterio de la muerte y resurrección de Jesucristo que nos disponemos a celebrar nos dice que hemos de morir a todo lo que haya de malo en nosotros para resurgir a la Vida nueva. Nada más mortal que el pecado en todas sus formas, personal y social. Cada cristiano debe morir a su pecado para poder ser hombre nuevo. Nuestra Sociedad debe morir a concepciones sociales corruptas de la vida política, económica, social y cultural, para que pueda nacer un país regido por la verdad, la justicia, el amor y la solidaridad” (9). La celebración de esta Pascua próxima de 2011, nos invita a tener esperanza.

Queridos amigos, a todas las personas de buena voluntad, a los cristianos y especialmente a nuestros jóvenes, al finalizar esta reflexión no dudo en pedirles que nos dispongamos a compartir con Jesús, el Señor, estos días, a vivir la Pascua, para renovarnos en la fe y podamos ser fermento de transformación social e instrumento de esperanza.

Unidos en el Caminar de ésta Semana Santa les envío un saludo cercano. 

Mons. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas 


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Reflexión a las lecturas de domingo cuarto de Pascua - A ofrecida por el sacerdote don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DIA DEL SEÑOR".

ECOS DEL DIA DEL SEÑOR 
Domingo IV de Pascua A

 Queridos amigos y amigas:

“¡Ha resucitado el buen Pastor que entregó la vida por sus ovejas y se dignó morir por su grey! Aleluya”.

Esta es la exclamación que surge hoy de los labios y del corazón de toda la Iglesia, exultante de gozo, al llegar al Domingo IV de Pascua, el Domingo del Buen Pastor.

Una de las imágenes más atrayentes de Jesucristo es ésta, la que nos lo presenta como Buen Pastor.

Todos sabemos lo que es un pastor, lo que hace un pastor: cuida de las ovejas. De todas y de cada una. Las alimenta, las cura, las guía, las guarda en el aprisco…

¡Qué comparación tan hermosa es ésta que nos presenta la Liturgia de este domingo de Pascua!

Cuántas reflexiones podríamos hacer sobre todo ello.

Precisamente, lo propio de la Pascua es contemplar a Cristo como el Pastor Bueno que no nos deja desamparados y huye, como un asalariado, sino que llega a entregar su vida por nosotros, su rebaño.

Y, además, dice el Evangelio que “las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por su nombre a las ovejas y las sacas fuera. Cuando las ha sacado todas, camina delante de ellas y las ovejas le siguen porque escuchan su voz…”

De esta forma el Señor Jesús se asemeja al Padre, al que contemplamos en el Antiguo Testamento como el Pastor de su pueblo, Israel.

En el salmo proclamamos llenos de confianza y de alegría: “El Señor es mi Pastor, nada me falta”.

¡Dichosos nosotros que tenemos un Pastor así!

En el Evangelio de hoy Jesús se presenta también como “la Puerta” del redil de las ovejas… "El que entre por mí, escuchamos en el Evangelio, se salvará y podrá entrar  y salir, y encontrará pastos…”  “El que no entra por la puerta en el aprisco de las  ovejas, sino que salta por otra parte, ése es ladrón y bandido”.

La puerta es el lugar de acceso, por ejemplo, a una casa, a un aprisco…

Es hermoso también contemplar a Jesucristo resucitado como “la Puerta”, el lugar de acceso a la salvación, a la vida, a la dicha temporal y eterna.

El que quiera alcanzarlas ya conoce la Puerta, la única Puerta.

Por eso, cuando el día de Pentecostés, la gente pregunta a Pedro y a los demás apóstoles qué tienen que hacer, Pedro les contesta: “Convertíos y bautizaos todos en nombre de Jesucristo…”   

“Y aquel día se les agregaron unos tres mil”. (2ª Lect.).

En este marco celebramos hoy la Jornada Mundial de  Oración por las Vocaciones.

Y es que Jesucristo, para continuar siendo el Buen Pastor de su pueblo, ha querido tener necesidad de nosotros,  de todos y cada uno de nosotros, que estamos incorporados  a su Cuerpo Místico, que contemplamos  hoy como “el Cuerpo del Buen Pastor”.

Así toda la Iglesia ha quedado asociada a este misterio de vida y salvación universal.

Y entre todos, elige a algunos y algunas para que entreguen toda su vida, todo su tiempo, toda su capacidad de amar…, al servicio de esta misión formidable. Para ello se consagran de un modo nuevo, al servicio del Reino de Dios.  Por eso hablamos de “vocaciones de especial consagración al servicio de la Iglesia”. Son los sacerdotes, los religiosos y religiosas, los misioneros y misioneras, etc.

Y ya sabemos que en la vida de la Iglesia casi todo es don de Dios. Por eso la oración es fundamental como nos enseñó el Señor Jesús: “Rogad al Señor de la mies que envíe operarios a su mies” (Mt 9, 37 -   38).

Y luego tenemos que colaborar con el Señor que llama. Porque la vocación, esa llamada divina, no se produce de forma extraordinaria, con voces y luces extrañas, ni hay un teléfono divino para llamar, sino que Dios llama de una manera sencilla como cuentan, a veces, los que han seguido  la llamada. A veces, incluso, se insinúa de un modo casi imperceptible, en lo más íntimo del corazón.

Y Dios quiere valerse de nosotros para ayudarle a transmitir su voz a cada niño, a cada joven, a cada adulto, porque Dios llama a diversas horas…

¡Qué impresionante es todo esto!

Y todo esto quiere decir algo muy importante: Que depende también de nosotros el que haya más o menos vocaciones. Se suele decir: “Donde se trabaja hay vocaciones…”

Descubrir la propia vocación es algo fundamental en nuestra vida.

¡Cuánta mérito tienen, cuánta gratitud merecen los que nos ayudan a conseguirlo!

Suelo llamar al tema de las vocaciones la “cuestión segunda”. Lo aprendí hace mucho tiempo de uno de nuestros obispos diocesanos. Explicaba él: “La primera cuestión que se puede plantear a un ser humano es ésta: ¿Te interesa seguir a Jesucristo? ¿Quieres avanzar por el camino de la salvación?

Después viene la segunda: Seguir a Jesucristo sí, está bien. Pero ¿Por qué camino? Es la vocación. 

Con estas reflexiones les deseo cordialmente a todos un feliz Día del Señor. 


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ZENIT   Publica el comentario al Evangelio del cuarto domingo de Pascua (Juan 10.1-10), 15 de mayo, redactado por monseñor Jesús Sanz Montes, ofm arzobispo de Oviedo.

Evangelio del domingo: El rebaño y su Pastor bueno

Tenemos una cierta dificultad para entender culturalmente algunas escenas bíblicas, por estar lejanos de lo que representaban humanamente, sociológicamente, y religiosamente determinadas realidades. Una de ellas es la que se esconde detrás de la imagen del pastor. Israel era un pueblo nómada, acostumbrado al mundo pastoril en su vida cotidiana, que fue ha­ciendo una meditación religiosa sobre su relación con Dios desde la me­táfora del pastor y las ovejas. No obstante, esa reflexión no era siempre amablemente bucólica, porque los pastores que guiaban a Israel, enseñando los quereres de Dios, frecuentemente eran malos pastores que se aprove­chaban de su mi­sión, convirtiendo su cargo de servicio en carga de pesar para los demás.

Jesús es el Buen Pastor. Y para presentarse como tal, empleará la imagen de los verdaderos pas­tores que dibuja el salmo 22: el Señor es mi pastor, nada me falta; me hace recostar en praderas verdes y fértiles, me con­duce a fuentes tranquilas, donde restaura mis fuerzas; me guía por senderos justos, y aunque atravesemos cañadas oscuras no tengo temor ni miedo ninguno, porque tu vas conmigo, y tu vara y tu cayado me sosiegan devolviéndome la paz.

Los pastores de Israel tenían pocas ovejas, las suficientes para sobrevivir sus familias. Efectivamente, las conocían por su nombre, y a su nivel, formaban parte del conjunto familiar. Por ello eran queridas, y cuidadas, y protegidas. No se explicaba que un pastor abandonase sus ovejas, ni que éstas fueran extrañas para él. Incluso en tra­mos difíciles y tenebrosos, las ovejas se sentían serenadas cuando la voz del pastor y los pequeños golpes de su cayado sobre sus lomos, les permitían entrever que efectiva­mente no estaban solas, que estaban acompañadas por su propio pastor, aunque la niebla o la os­curidad no permitiesen ver su figura.

Este es Dios para su Pueblo: un pastor que nos conoce, que nos conduce, que nos quiere hasta dar su vida por nosotros (como los pastores que arriesgaban la suya en pasos difíciles del caminar con su rebaño). Conocer la voz de este Pastor (que es lo mismo que dar la vida por aquello que se escucha y por aquel que lo pronuncia), es lo que se nos pide como respuesta de fidelidad a quien tan fiel es a nuestra felicidad. El es el Pastor de nuestra felicidad, el que nos indica y nos conduce acompañándonos, por los caminos de justicia en los que esa felicidad es posible. Hay otras voces de sirena, voces de pre­tendidos pastores que pastorean su propio provecho, su personal promo­ción, su mantenimiento en po­deres que dominan y amordazan. Seguir a Jesús, saberse ovejas de su redil, es vivir en paz y en luz, sere­namente y sin temores extraños... aun­que la vida sea dura, aunque amenacen nubarrones o nos envuelva la oscuridad. Él se aprendió nuestros nombres, nos llama y nos guía hacia la tierra fértil y gozosa para la que nacimos.


Publicado por verdenaranja @ 16:16  | Espiritualidad
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Lectio divina para el domino cuarto de Pascua - A 2011, ofrecida por la Delegación  Diocesana de Liturgia de la diócesis de Tenerife.

LECTURA:            “San Juan 10, 1‑10”

En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: Os aseguro que el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ése es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz: a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños.

Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús: Os aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon.

Yo soy la puerta: quien entre por mí sé salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estrago; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante.

MEDITACIÓN:      “Yo soy la puerta”

            Es una imagen que no solemos emplear mucho, tal vez no nos resulta muy elocuente y, sin embargo, es tremendamente significativa. Pero no una puerta cualquiera que da a un lugar oscuro. No es la puerta de una cárcel que separa, cierra, aleja. Es una puerta que se abre y se cierra, por la que, libremente, se puede entrar y salir; una puerta que da acceso a la salvación, a la vida, que abre horizontes, perspectivas. Tu puerta no es la de una habitación con cuatro paredes, sino la que da acceso a un horizonte infinito.

            Pero nos cuesta entenderte. A nosotros nos encanta los compartimentos cerrados, las propiedades privadas donde sólo entran los permitidos. O creamos espacios de los que luego difícilmente se puede salir. O según dónde entres te señalan con el dedo. Limitamos la vida o la cortamos, con una facilidad pasmosa. Nos hemos hecho a eso con tanta naturalidad que nos da vértigo escucharte eso de tener vida en abundancia.

            Señor, me gusta que te llames “puerta”; puerta abierta al infinito de la vida, a los espacios amplios e insospechados del amor que se abre a los otros; que descubre el tesoro de mi interior, que a veces creo reducido, tremendamente limitado, y que tú me muestras pleno de potencialidades. Eres la puerta que me abre al horizonte de mi ser humano y al de los otros. Puerta estrecha y anchísima, porque sólo cabe el amor, y esto es lo más grande del corazón humano, lo más grande de lo que tengo y de lo que soy.

ORACIÓN:           “Quiero entrar”

            Señor, quiero entrar por ti y en ti. Quiero entrar y saborear contigo el tesoro de la vida.

            Quiero entrar, Señor, en la corriente de tu amor, y dejarme arrastrar por él, para ser capaz de poner un poco de calidez y ternura en este mundo doloroso y dolorido.

             Quiero entrar por ti, Señor, y saborear el horizonte de la esperanza a la que me abres y poder levantar, emocionado, la mirada de mi suelo y de mi barro.

 CONTEMPLACIÓN:             “Abundancia”

Siento las ataduras hirientes
de mi libertad cautiva,
presa de la esclavitud
de quienes se dicen libres
pero me cierran puertas y horizontes
y hunden mi cabeza en el barro
de mis sentidos fáciles.

Y tú me abres la puerta
de mis tesoros sin descubrir
y de la abundancia de tu amor
inscrito en mí.

Y una brisa suave y refrescante
recorre mi ser, despierta
mis anhelos dormidos
y deja volar mi humanidad truncada


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viernes, 13 de mayo de 2011

Homilía de monseñor José Luis Mollaghan, arzobispo de Rosario en la misa del Domingo de Ramos a los jóvenes (17 de abril de 2011). (AICA)

DOMINGO DE RAMOS          

Queridos jóvenes,
Queridos hermanos:

Acabamos de vivir en la liturgia de esta tarde la entrada de Jesús en Jerusalén, y luego la proclamación de su Pasión. Dos momentos de la vida del Señor, su entrada triunfante, y el camino de la cruz, que lo conducirán a su muerte y a su gloriosa Resurrección. Ustedes, queridos universitarios, profesores, decanos y autoridades, han querido sumarse a esta celebración de Ramos en la Catedral, en la que nuestros fieles se acercan para seguir el camino de Jesús.  

¡Hosanna al Hijo de David!

Entonces, los que aclamaban a Jesús, eran los niños y los jóvenes; como también lo hacen hoy cada uno de ustedes, cantando “Hosanna al Hijo de David. Hosanna en las alturas”.” Pero en seguida, al culminar este camino, el comienzo de su pasión nos muestran la dimensión infinita de su entrega y de su amor.

La lectura de la Pasión, que escuchamos con atención, no tiene como finalidad que conozcamos una historia de lo que pasó hace dos mil años; sino que nos encontremos con una persona, con Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, y podamos recibir su mensaje de salvación.

La Pasión de San Mateo, que acabamos de proclamar, nos permite conocer que con la muerte del Señor se cumple lo que ya estaba anunciado en el Antiguo Testamento; de tal manera que conociendo lo que ya se había profetizado, contemplamos que toda la revelación alcanza su cumplimiento en Él.

Los acontecimientos que recién escuchamos, y que suceden cuando muere el Señor, por ejemplo, la oscuridad total que en horas del mediodía cubrieron la región, el temblor de la tierra, la quebradura de las piedras, la resurrección de los muertos, ya habían sido profetizados. Ahora se cumplen con la muerte y la Resurrección del Señor; y ponen delante nuestro al Redentor que esperamos, y que Jesús es el Señor, el Mesías, y viene a salvarnos. 

"Arraigados y edificados en Cristo. Firmes en la fe"

El lema de la Jornada de la juventud de este año, convocada por el Papa Benedicto XVI, tiene un lema que nos anima a confirmar nuestra fe, y nos permite renovar nuestra adhesión a Jesús: "Arraigados y edificados en Cristo. Firmes en la fe".

Ustedes están aquí porque quieren seguir al Señor; porque la fe está en medio de su corazón, o porque Dios los mueve a encontrarse con Él, al comenzar esta Semana Santa. Esto lo descubrimos al comenzar la procesión, colmada de fieles –como en tantas parroquias y capillas–, aclamando a Jesús y recibiendo el ramo de olivo, que también llevarán a sus hogares.  

Cimentar más hondamente nuestra vida en la verdad de la fe

Sin embargo, en relación a la fe en Dios, aún con la piedad y religiosidad que tienen tantos cristianos y hermanos nuestros; podemos decir que, a causa del llamado relativismo, vivimos en medio de una tierra movediza.

Aunque un conjunto de valores de nuestra vida que provienen del Evangelio, sean el fundamento de la vida en la sociedad, - como el sentido de la dignidad de la persona, de la solidaridad fraterna, de la familia -, no obstante, encontramos que algunos se van perdiendo, y no siempre se hace referencia a él. Más bien, en muchos aspectos, como nos sigue diciendo el Papa, se constata una especie de “eclipse de Dios” (cfr. Mensaje Jornada de la Juventud, 2011).

La cultura actual, sobre todo en Occidente, tiende a excluir a Dios en el ámbito público, o a considerar la fe como un hecho privado, como si no tuviera ninguna relevancia en la vida social. Se produce así una cierta amnesia, más aún, un verdadero rechazo del cristianismo y una negación del tesoro de la fe recibida, con el riesgo de perder aquello que más profundamente nos caracteriza (ib).

De este modo, el reconocimiento de la dimensión religiosa del hombre y los valores que emanan de allí, por ejemplo en su historia, debe tener un profundo significado en la vida pública de la sociedad; y no solo para la crítica, como tantas veces se hace, sino para fomentar el crecimiento de una sociedad.

Por ello, como nos exhorta Benedicto XVI, necesitamos cimentar nuestra vida más hondamente en la verdad de la fe, ya que hay quienes quieren vivir ignorando o eliminando a Dios de la vida, inclusive con cierta indiferencia.

Debemos estar “Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe” (cf. Col 2, 7), como nos dice el lema del Encuentro Mundial de los jóvenes de este año. “Arraigados” evoca al árbol y sus raíces que lo alimentan; son nuestros padres, es la familia, que nos debe entroncar y unir, es la cultura donde está Dios. “Edificados” se refiere a la construcción que somos cada uno de nosotros, así como las raíces se trata ahora de los cimientos, consolidados y unidos vigorosamente a Cristo. “Firmes”, alude al crecimiento de nuestra fuerza física o moral; pero al mismo tiempo nos habla en relación a una fe viva, que nos une a Cristo.

Pensemos que Pablo escribe a los Colosenses, que entonces eran tentados por toda clase de doctrina, necesitaban estar firmes en Cristo, como nosotros. Entonces comprendemos que es un contrasentido pretender eliminar a Dios para que el hombre viva. Dios es la fuente de la vida; eliminarlo equivale a separarse de esta fuente e, inevitablemente, privarse de la plenitud y la alegría: “sin el Creador la criatura se diluye” (Con. Ecum. Vaticano. II, Const. Gaudium et Spes, 36; ibidem).  

Ser portadores de la fe en Jesús

Por eso necesitamos ser portadores de la fe en Jesús. Para ello debemos conocerlo más, buscarlo en esta Semana Santa; aún con la sorpresa de saber que es Él quien nos está buscando a nosotros.

Queremos conocerlo, leyendo y orando la Palabra de Dios, para ahondar su enseñanza y también los valores que brotan de la Sagrada Escritura, para anunciarlos a los demás, particularmente a quienes no conocen a Cristo, o se han olvidado de Él.

Necesitamos hacerlo, para llevar una palabra de fe a quienes piensan que pueden ser indiferentes o permanecen al margen del amor de Dios.

Sin embargo la dimensión de este anuncio no es solo un discurso. Debe ir unido a un testimonio de vida, una vida santificada por la gracia y por los sacramentos, sobre todo por la Reconciliación, que nos perdona, y por la Eucaristía, que nos alimenta en el camino; una vida de amor, que brota de la acción de Jesucristo, de su muerte y Resurrección, a través de la Iglesia en el mundo en que vivimos.

Para mantenernos firmes en la fe, y transmitirla a los demás, es fundamental recorrer el camino de la cruz, como hicimos al escuchar la Pasión; y así vamos a seguir al Señor reconociendo que «no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida, y, con ello, una orientación decisiva» (Carta enc. Dios es caridad”,nº 1).

De este modo, queremos renovar en esta Semana el deseo de imitarlo, sobre todo en el amor, a través de las obras de misericordia: dar de comer al que tiene hambre, dar de beber al que tiene sed, vestir al que no tiene ropa, alojar al que no tiene techo, visitar al que está enfermo.

Así, vamos a comprender de algún modo que quien salva al mundo y a nosotros mismos es Jesucristo, crucificado y resucitado.

Le pedimos a la Santísima Virgen, que nos acompaña a seguir a Jesús en su dolorosa pasión; que nos lleve también de su mano hacia la Pascua de su Hijo.  

Mons. José Luis Mollaghan, arzobispo de Rosario 


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Texto del micro radial de monseñor José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz, emitido por LT 9 (16 de abril de 2011). (AICA)

DOMINGO DE RAMOS

Con el Domingo de Ramos iniciamos la Semana Santa. A lo largo de esta Semana acompañaremos a Jesús que ha venido para comunicarnos una Vida Nueva que nos permita vivir como hijos de Dios y hermanos entre nosotros. Los invito a disponernos a celebrar este camino de Dios. Pensar que Jesucristo ha venido para mí, es el mejor comienzo para vivir la Semana Santa. Con la entrada en Jerusalén Jesús inicia el camino de su hora definitiva, que se convertirá en el comienzo de su Vida para nosotros. Él quiere hacernos hombres nuevos, capaces de crear un mundo nuevo.

Si bien la vida cristiana es algo personal que nace de un encuentro libre con Jesucristo, este encuentro, sin embargo, está llamado a expresarse socialmente. Cuando Jesús nos deja el mandamiento del amor: “ámense unos a otros como yo los he amado”, nos ha dejado el principio de la moral social que dice: “todo hombre es mi hermano”. No podríamos llamar a Dios Padre, si no tenemos una relación fraterna entre nosotros. El nos diría no me llames Padre si has ofendido a tu hermano, que es también hijo mío. El Padre Nuestro, la oración que nos la ha enseñado Jesucristo, no es sólo un acto de diálogo con Dios, sino la puesta en práctica de nuestra fe en Dios, que es el Padre de todos. Un buen comienzo de la Semana sería examinar, desde una sincera meditación del Padre Nuestro, nuestra relación con Dios y nuestros hermanos.

Además de esta relación fraterna, la vida cristiana tiene una dimensión más amplia. La vida cristiana tiene que expresarse en una vida coherente con lo que se cree. El cristiano está llamado a cuidar y elevar desde el Evangelio este mundo que es obra de Dios. San Pablo nos dice: “todo es de ustedes, es decir, la política, el trabajo, el amor, pero nos recuerda, ustedes son de Cristo” (1 Cor. 3, 22). Esto significa que hay una manera cristiana de vivir en este mundo, incluidas las cuestiones políticas. Por ello la Iglesia nos recuerda que: “la conciencia cristiana bien formada no permite a nadie favorecer con el propio voto la realización de un programa político o la aprobación de una ley particular que contengan propuestas alternativas o contrarias a los contenidos fundamentales de la fe y la moral” (Doctrina de la Fe). Es una grave responsabilidad del cristiano, o del político cristiano, ser claro y saber definirse en temas que hacen a la dignidad de la vida humana, por ejemplo, en el caso del aborto. Esto pertenece al ámbito moral de la fe y hace a su responsabilidad social y política.  

Ser cristiano, como vemos, no es algo que pueda quedar en nuestra  intimidad sino que se debe testimoniar en la vida de la sociedad. La fe tiene consecuencias políticas que el cristiano debe saber asumir y comprometerse. Los invito en esta Semana a acercarse a su comunidad parroquial para vivir este camino de Jesucristo que es la fuente de esa Vida Nueva que nos traído. Reciban de su Obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor. 

Mons. José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz 


Publicado por verdenaranja @ 23:02  | Hablan los obispos
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ZENIT  El Papa Benedicto XVI hoy no pronunció ninguna meditación al introducir la oración mariana del Ángelus, sino que directamente saludó a los peregrinos en los distintos idiomas.

[En español dijo]

Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española y los animo a vivir las celebraciones de la pasión del Rey de la Gloria, para alcanzar la plenitud de lo que estas fiestas significan y contienen. Me dirijo ahora en particular a vosotros, queridos jóvenes, para que me acompañéis en la Jornada Mundial de la Juventud, que tendrá lugar en Madrid el próximo mes de agosto, bajo el lema: "Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe".

Hoy pienso también en Colombia, donde el próximo Viernes Santo se celebra la Jornada de Oración por las Víctimas de la Violencia. Me uno espiritualmente a esta importante iniciativa y exhorto encarecidamente a los colombianos a participar en ella, al mismo tiempo que pido a Dios por cuantos en esa amada Nación han sido despojados vilmente de su vida y sus haberes. Renuevo mi urgente llamado a la conversión, al arrepentimiento y a la reconciliación. ¡No más violencia en Colombia, que reine en ella la paz!

[En italiano dijo]

Y ahora nos dirigimos en oración a María, para que nos ayude a vivir con fe intensa la Semana Santa. También María exultó en el espíritu cuando Jesús hizo su entrada en Jerusalén, cumpliendo las profecías; pero su corazón, como el de su Hijo, estaba preparado para el Sacrificio. Aprendamos de Ella, Virgen fiel, a seguir al Señor también cuando el camino lleva a la cruz.

Angelus Domini…

[Traducción del original italiano por Inma Álvarez
©Libreria Editrice Vaticana]


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Lectio divina para el sábado de la tercera semana de Pascua 2011, ofrecida por la Delegación Diocesana de Liturgia de la diócesis de Tenerife.

LECTURA:              “Juan 6, 60‑69”

En aquel tiempo, muchos discípulos de Jesús, al oírlo, dijeron: «Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?»

Adivinando Jesús que sus discípulos lo criticaban, les dijo: «¿Esto os hace vacilar?, ¿y si vierais al Hijo del hombre subir a donde estaba antes? El Espíritu es quien da vida; la carne no sirve de nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Y con todo, algunos de vosotros no creen.»

Pues Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo iba a entregar. Y dijo: «Por eso os he dicho que nadie puede venir a mi, si el Padre no se lo concede.» Desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él.

Entonces Jesús les dijo a los Doce: «¿También vosotros queréis marcharos?»

Simón Pedro le contestó: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios.»

MEDITACIÓN:            “¿Queréis marcharos?”

            Esta pregunta tuya me interpela con fuerza cuando estamos viviendo unos momentos de tantas deserciones; unas claramente manifestadas y que nos hacen experimentar que somos menos; otras, encubiertas; porque si bien no se da una huida explícita, a la hora de la verdad, la vida camina por otros derroteros. Tú ya estás acostumbrado a que te hagan el vacío, a quedarte sólo. Te pasó cuando eras visible, cuánto más fácil ahora que no te vemos y que quienes teníamos que ser “otros cristos”, como nos insinuabas ayer, dejamos tanto que desear.

            Sé, Señor, de mis incoherencias, y me duelen, y siento la fuerza de mi impotencia en muchos momentos para dar la talla de la fe que digo tener. Pero, Señor, si no es a ti, ¿a quién voy a ir? Sólo tú me ofreces una palabra de vida. Sólo tú mantienes viva mi esperanza. Sólo tú me descubres la grandeza de mi ser humano, aún palpando mis incoherencias y frustraciones. Sólo tú me descubres los valores más nobles. Sólo tú eres quien me ofrece, una y otra vez, una palabra de perdón y de estímulo en mi caminar. Sólo tú.

            Frente a tantos noes, frente a tantas sombras que oscurecen el horizonte de mi universo, sólo tú me abres una luz y me sigues invitando a mirar a mi alrededor dolorido, y gozoso, y aportar mi pequeña semilla de amor condicionado, pero que no es otro que el mío, y que sé que me viene de ti. Sí, Señor, a quién voy a ir. Sólo tú tienes palabras de vida, de vida eterna. Y yo, las necesito y las quiero.

ORACIÓN:           “Quiero quedarme”

            Sí, Señor, quiero quedarme contigo, quiero quedarme a tu lado y seguir escuchando palabras de vida.

            Quiero quedarme, Señor, y con la fuerza de tu amor, unir el mío al tuyo, y aportar un poco de calor humano.

            Señor, quiero quedarme, si me dejas, e introducirme en la corriente de tu paz y de tu vida, y hacerme contigo portador de vida y de paz.

CONTEMPLACIÓN:             “Concédeme”

Corrientes impetuosas
que con la belleza de fuegos de artificio
arrastran mis sentidos
al sentimiento fugaz
que sólo acaba en lo oscuro del vacío
y que a pesar de todo me cautiva.

Plenitud de amor,
que me llega como torbellino de luz
que me abre a la esperanza
de algo que no abarco,
pero llena mi pozo de paz serena.

Concédeme el don que yo no alcanzo,
ni sé ni puedo,
pero con todas mis ansias quiero.


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jueves, 12 de mayo de 2011

ZENIT publica el discurso que ha entregado este sábado Benedicto XVI a María Jesús Figa López-Palop, embajadora de España ante la Santa Sede, durante la ceremonia de entrega de sus cartas credenciales.

Señora Embajadora:

Al recibir las cartas credenciales que acreditan a Vuestra Excelencia como Embajadora Extraordinaria y Plenipotenciaria de España ante la Santa Sede, le agradezco cordialmente las palabras que ha tenido a bien dirigirme, así como el deferente saludo que me trasmite de Sus Majestades los Reyes, del Gobierno y el pueblo español. Correspondo gustosamente expresando mis mejores deseos de paz, prosperidad y bien espiritual para todos ellos, a quienes tengo muy presentes en el recuerdo y en la oración. Reciba la más cordial bienvenida al iniciar su importante quehacer en esta Misión diplomática, que cuenta con siglos de brillante historia y tantos ilustres predecesores suyos.

He visitado recientemente Santiago de Compostela y Barcelona, y recuerdo con gratitud tantas atenciones y manifestaciones de cercanía y afecto al Sucesor de Pedro por parte de los españoles y sus Autoridades. Son dos lugares emblemáticos, en los que se pone de relieve tanto el atractivo espiritual del Apóstol Santiago, como la presencia de signos admirables que invitan a mirar hacia lo alto aun en medio de un ambiente plural y complejo.

Durante mi visita he percibido muchas muestras de la vivacidad de la fe católica de esas tierras, que han visto nacer tantos santos, y que están sembradas de catedrales, centros de asistencia y de cultura, inspirados por la fecunda raigambre y fidelidad de sus habitantes a sus creencias religiosas. Esto comporta también la responsabilidad de unas Relaciones diplomáticas entre España y la Santa Sede que procuren fomentar siempre, con mutuo respeto y colaboración, dentro de la legítima autonomía en sus respectivos campos, todo aquello que suscite el bien de las personas y el desarrollo auténtico de sus derechos y libertades, que incluyen la expresión de su fe y de su conciencia, tanto en la esfera pública como en la privada.

Por su significativa trayectoria en la actividad diplomática, Vuestra Excelencia conoce bien que la Iglesia, en el ejercicio de su propia misión, busca el bien integral de cada pueblo y sus ciudadanos, actuando en el ámbito de sus competencias y respetando plenamente la autonomía de las autoridades civiles, a las que aprecia y por las que pide a Dios que ejerzan con generosidad, honradez, acierto y justicia su servicio a la sociedad. Este marco en el que confluyen la misión de la Iglesia y la función del Estado, además, ha quedado plasmado en acuerdos bilaterales entre España y la Santa Sede sobre los principales aspectos de interés común, que proporcionan ese soporte jurídico y esa estabilidad necesaria para que las respectivas actuaciones e iniciativas beneficien a todos.

El comienzo de su alta responsabilidad, Señora Embajadora, tiene lugar en una situación de gran dificultad económica de ámbito mundial que atenaza también a España, con resultados verdaderamente preocupantes, sobre todo en el campo de la desocupación, que provoca desánimo y frustración especialmente en los jóvenes y las familias menos favorecidas. Tengo muy presentes a todos los ciudadanos, y pido al Todopoderoso que ilumine a cuantos tienen responsabilidades públicas para buscar denodadamente el camino de una recuperación provechosa a toda la sociedad. En este sentido, quisiera destacar con satisfacción la benemérita actuación que las instituciones católicas están llevando a cabo para acudir con presteza en ayuda de los más menesterosos, a la vez que hago votos para una creciente disponibilidad a la cooperación de todos en este empeño solidario.

Con esto, la Iglesia muestra una característica esencial de su ser, tal vez la más visible y apreciada por muchos, creyentes o no. Pero ella pretende ir más allá de la mera ayuda externa y material, y apuntar al corazón de la caridad cristiana, para la cual el prójimo es ante todo una persona, un hijo de Dios, siempre necesitado de fraternidad, respeto y acogida en cualquier situación en que se encuentre.

En este sentido, la Iglesia ofrece algo que le es connatural y que beneficia a las personas y las naciones: ofrece a Cristo, esperanza que alienta y fortalece, como un antídoto a la decepción de otras propuestas fugaces y a un corazón carente de valores, que termina endureciéndose hasta el punto de no saber percibir ya el genuino sentido de la vida y el porqué de las cosas. Esta esperanza da vida a la confianza y a la colaboración, cambiando así el presente sombrío en fuerza de ánimo para afrontar con ilusión el futuro, tanto de la persona como de la familia y de la sociedad.

No obstante, como he recordado en el Mensaje para la celebración de la Jornada Mundial de la Paz 2011, en vez de vivir y organizar la sociedad de tal manera que favorezca la apertura a la trascendencia (cf. n. 9), no faltan formas, a menudo sofisticadas, de hostilidad contra la fe, que «se expresan a veces renegando de la historia y de los símbolos religiosos, en los que se reflejan la identidad y la cultura de la mayoría de los ciudadanos» (n. 13). El que en ciertos ambientes se tienda a considerar la religión como un factor socialmente insignificante, e incluso molesto, no justifica el tratar de marginarla, a veces mediante la denigración, la burla, la discriminación e incluso la indiferencia ante episodios de clara profanación, pues así se viola el derecho fundamental a la libertad religiosa inherente a la dignidad de la persona humana, y que «es un arma auténtica de la paz, porque puede cambiar y mejorar el mundo» (cf. n. 15).

En su preocupación por cada ser humano de manera concreta y en todas sus dimensiones, la Iglesia vela por sus derechos fundamentales, en diálogo franco con todos los que contribuyen a que sean efectivos y sin reducciones. Vela por el derecho a la vida humana desde su comienzo a su término natural, porque la vida es sagrada y nadie puede disponer de ella arbitrariamente. Vela por la protección y ayuda a la familia, y aboga por medidas económicas, sociales y jurídicas para que el hombre y la mujer que contraen matrimonio y forman una familia tengan el apoyo necesario para cumplir su vocación de ser santuario del amor y de la vida. Aboga también por una educación que integre los valores morales y religiosos según las convicciones de los padres, como es su derecho, y como conviene al desarrollo integral de los jóvenes. Y, por el mismo motivo, que incluya también la enseñanza de la religión católica en todos los centros para quienes la elijan, como está preceptuado en el propio ordenamiento jurídico.

Antes de concluir, deseo hacer una referencia a mi nueva visita a España para participar en Madrid, el próximo mes de agosto, en la celebración de la XXVI Jornada Mundial de la Juventud. Me uno con gozo a los esfuerzos y oraciones de sus organizadores, que están preparando esmeradamente tan importante acontecimiento, con el anhelo de que dé abundantes frutos espirituales para la juventud y para España. Me consta también la disponibilidad, cooperación y ayuda generosa que tanto el Gobierno de la Nación como las autoridades autonómicas y locales están dispensando para el mejor éxito de una iniciativa que atraerá la atención de todo el mundo y mostrará una vez más la grandeza de corazón y de espíritu de los españoles.

Señora Embajadora, hago mis mejores votos por el desempeño de la alta misión que le ha sido encomendada, para que las relaciones entre España y la Santa Sede se consoliden y progresen, a la vez que le aseguro el gran aprecio que tiene el Papa por las siempre queridas gentes de España. Le ruego así mismo que se haga intérprete de mis sentimientos ante los Reyes de España y las demás Autoridades de la Nación, a la vez que invoco abundantes bendiciones del Altísimo sobre Vuestra Excelencia, su familia que hoy la acompaña, así como sobre sus colaboradores y el noble pueblo español.

[©Libreria Edtitrice Vaticana]


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ZENIT  publica el mensaje que ha enviado monseñor Jesús Sanz Montes, ofm, arzobispo de Oviedo, con motivo de la Semana Santa 2011.

Cuando la procesión va por fuera

Hemos llegado al domingo de Ramos. Una cita anual de nuestro Pueblo cristiano al comienzo de la Semana Santa, corazón de la liturgia católica. Nuestras Cofradías y Hermandades se disponen a escenificar en nuestros pueblos y ciudades lo que con diferente acento tuvo lugar en la primera semana santa de la historia. Los preparativos de estas cinco semanas precedentes nos han ayudado a esperar y vivir estas fechas que se acercan con una renovada conciencia de que si bien Cristo ha resucitado, nosotros no, o al menos, no en todo. Tenemos necesidad, pues, de poner en nuestra vida el bálsamo de la misericordia y del perdón que Jesucristo nos ha traído. En los aledaños del Coliseo de Roma, suele verse un grupo jóvenes vestidos de romanos (de los de antes): casco, espada en ristre, lanza y escudo, capa roja y faldilla a la usanza imperial. Sorprende ver al típico grupo de turistas (de los de ahora) que se abalanzan eufóricos hasta los romanos para hacerse todo un reportaje fotográfico, que deberán pagar religiosamente. ¿Cómo no presumir después ante quien sea de unas fotos con los héroes supervivientes de una campaña de las Galias? De seguro que se permitirán esta broma.

Me viene este pensamiento al recordar que dentro de unos días veremos por nuestras calles también a romanos y nazarenos, a niños hebreos y sibilas cantarinas. ¿Se trata sólo de eso: de una puesta en escena de cosas que sucedieron hace muchos siglos para que los paparazzi curiosos nos inmortalicen? ¿Se trata, tal vez, de un piadoso recuerdo que exhibimos en nuestras calles y plazas a golpe de tambor?

Sin duda que nos podrán hacer fotografías, y estaremos encantados. También es cierto que recordamos piadosamente así el mejor sentimiento religioso de nuestra devoción popular. Pero las procesiones de Semana Santa tienen un hondo calado y un mayor significado. Es aquí en donde propiamente podemos cifrar la verdadera hondura de este gesto de procesionar: si lo hacemos simplemente por inercia costumbrista, por folclore de estos días, o como un recuerdo vivo lo que supuso aquella procesión histórica en la que Jesús el Señor recorrió nuestra vía dolorosa para abrirnos a la vía dichosa de la salvación. No se contradicen estos tres motivos: podemos y debemos mantener nuestras costumbres y tradiciones, vivir con empeño nuestro folclore religioso, y saber el por qué y el por quién lo hacemos. El problema vendría cuando todo se reduce únicamente a costumbre y folclore sin que haya nada ni a Nadie que recordar.

Cuando logramos integrar estas razones, entonces resulta que somos ayudados para continuar de un modo nuevo en la procesión de la vida, esa que a diario recorremos vestidos con nuestros habituales atavíos, acompañados por las personas que nos rodean por motivos familiares, laborales o amistosos, en el vaivén de nuestras cosas. También ahí, en la procesión de la vida, nos encontramos con vías dolorosas y con vías dichosas, sin romanos, aunque algún que otro turista pueda aparecer. Será la mejor señal de que los cristianos hemos entendido el significado de nuestras procesiones de Semana Santa, si logramos caminar el resto del año al paso de Jesús, convirtiéndonos en cireneos disponibles que ayudan a llevar el peso en tantos de nuestros prójimos hermanos, como hace el Señor con cada uno de nosotros.

La procesión va por dentro, sin duda, y la liturgia de la Iglesia en estos días santos nos permite ahondar en el precio que Jesús pagó para salvarnos, con una gracia que sigue siendo actual. Pero la procesión está también en las afueras, y a esto nos ayudan las Cofradías y Hermandades con el trabajo esmerado que en estos días semanasanteros se intensifica. Son dos ayudas que salen a nuestro encuentro. Quiera el Señor que los sepamos aprovechar por fuera e igualmente por dentro.


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Homilía de monseñor Andrés Stanovnik, arzobispo de Corrientes en la misa de inauguración del Cincuentenario de la Arquidiócesis (10 de abril de 2011). (AICA)

CINCUENTENARIO DE LA ARQUIDIÓCESIS CORRIENTES

Hoy se cumplen 50 años del acto en el que el beato Pontífice Juan XXIII firmaba el decreto de elevación a arquidiócesis de la diócesis de Corrientes, el 10 de abril del año 1961. Con este recordatorio hacemos una piadosa memoria, llena de afecto y gratitud, del primer arzobispo, Mons. Francisco Vicentín, quien asumió el gobierno de la diócesis en el año 1935, sucediendo a Mons. Luis María Niella, primer obispo de Corrientes. Al ser la diócesis elevada a la dignidad de arquidiócesis, Mons. Vicentín se convierte en el primer arzobispo de Corrientes, permaneciendo en el cargo durante doce años, hasta el año 1972.

En la fecha que se firmó el documento de elevación a arquidiócesis, erigida ya la diócesis sufragánea de Posadas en la provincia de Misiones, se firmaba el decreto de la nueva diócesis de Goya. Luego, el crecimiento de la Iglesia dio origen a la diócesis de Santo Tomé en Corrientes, luego de Iguazú en Misiones y, últimamente, fue creada la diócesis de Oberá también en la provincia de Misiones. Hoy, la arquidiócesis de Corrientes, en su carácter de Iglesia metropolitana, abarca cinco diócesis que se las denomina con el apelativo de sufragáneas, por estar unidas a la arquidiócesis por lazos específicos de unidad y de ordenación eclesiástica.

Con esas Iglesias, hijas y hermanas nuestras, nos unimos hoy en una petición común, que se preparó para el momento de la oración de los fieles. Mediante este gesto común queremos expresar el afecto colegial y los lazos de comunión que nos unen en la confesión de que “hay un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo. Hay un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, lo penetra todo y está en todos.” (Ef 4,5-6).

Estas referencias generales a la historia de nuestra arquidiócesis nos mueven a dar gracias a Dios Padre, Dador de Vida y de todo Bien, que nos hizo el mejor regalo que podíamos recibir: la familia de Dios en la Iglesia Católica. En ella nos reconocemos hijos y hermanos en Cristo, peregrinos hacia el encuentro definitivo con Dios, meta de toda la familia humana y de la creación entera. Esa Iglesia peregrina se hace visible en la realidad concreta de nuestra Iglesia arquidiocesana, que es espiritual y humana, y está en plena comunión con las demás Iglesias de la única Iglesia de Cristo, que es Santa y Católica, y que es Una y Apostólica, como leemos en el Catecismo. Para que esta Iglesia “despierte en nuestras almas”, queremos pensar y orar durante el año del cincuentenario guiándonos con el lema: “Iglesia arquidiocesana: Misterio de comunión misionera”.

La Iglesia es misterio porque tiene su origen en Dios, es creación suya y a él le pertenece. Es también comunión, porque Dios es Amor, es decir misterio de unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Y es misión, porque tiene la tarea de anunciar y testimoniar la buena noticia del Evangelio, y contribuir a consolidar la familia humana en una civilización del amor y de la vida, a fin de que toda la creación llegue a su plenitud en Cristo.

El Santo Padre Benedicto XVI quiso que este año fuera el Año de la Vida. El cincuentenario nos ofrece un marco excepcional para agradecer a Dios el don de la vida, que en la Encarnación nos revela con intensa luz y de modo sorprendente que toda vida humana tiene una dignidad altísima, incomparable, afirmó el Papa en la apertura del año dedicado a la vida. Al celebrar a Jesucristo –don total de sí mismo a su Cuerpo que es la Iglesia– celebramos al mismo tiempo el sentido y valor de toda vida humana llamada por Dios a la existencia.

Cuando los creyentes celebramos la vida, siempre lo hacemos como vida en Cristo: él es la Vida en plenitud, por eso con san Pablo decimos, que no conocemos otra vida sino la que vivimos por Cristo con él y en él (cf. 2Cor 5,16-17). Para el cristiano la vida humana es inseparable de la vida que vive en Cristo. Esa vida nueva, que recibimos en el Bautismo, brota de la cruz, insondable misterio del Amor de Dios. La cruz es señal de comunión, de vida y de misión, y es al mismo tiempo programa y camino para todo creyente.

La cruz -signo de vida, de unidad y de cercanía con todos- nos recuerda dos cosas: primero: que somos miembros del Cuerpo de Cristo que es la Iglesia; y segundo, que tenemos la tarea de construir la civilización del amor y luchar por una cultura de la vida, sin olvidar jamás que el fin último para el que fuimos creados es Dios, y hacia él debe tender todo lo que somos y hacemos. En consecuencia, hacerse la señal de la cruz, es optar por la vida. Esta opción compromete a tener vínculos de amor y de justicia con el prójimo, obliga a cuidar de los más débiles y a brindar una protección integral a la familia y a la vida humana desde la concepción y hasta la muerte natural.

La lectura del profeta Ezequiel describe la existencia humana sin Dios como un campo cubierto de huesos secos y sin vida. Sin embargo, cuando Dios actúa, esos huesos se cubren de carne y reviven. También el Evangelio nos enseña que el ser humano sin Dios es como si estuviera atado de pies y manos y con los ojos vendados: camina, pero no llega a ninguna parte; trabaja, pero no sabe bien porqué, mira pero en realidad no ve. Se parece mucho a Lázaro en el sepulcro. En cambio, cuando el hombre se deja tocar por Jesús, tiene oídos para oír su Palabra, se parece a Lázaro en el momento que Jesús le grita: «¡Lázaro, sal fuera!». «Y el muerto salió», dice el texto con una sobriedad que impresiona. Una vez fuera, Lázaro recibe la orden de Jesús: «¡Desátenlo y déjenlo caminar!». ¡Cuánta necesidad tenemos de escuchar ese grito y luego dejar que el Espíritu Santo dé cumplimiento en nosotros a la orden de Jesús: «¡desátenlo y déjenlo caminar!» Pensemos de qué situaciones de muerte debemos salir, pero con la conciencia de que no podemos hacerlo solos, necesitamos la fuerza de la Palabra del Señor, la única que puede transformar radicalmente nuestra vida y nuestra historia.

Dios ha creado al hombre para la resurrección y la vida, -nos recordó el Papa en su mensaje de Cuaresma- y esta verdad da la dimensión auténtica y definitiva a la historia de los hombres, a su existencia personal y a su vida social, a la cultura, a la política, a la economía. Privado de la luz de la fe todo el universo acaba encerrado dentro de un sepulcro sin futuro, sin esperanza.

Que este aniversario nos ayude a mantener viva la fe en Jesucristo y acreciente nuestro amor a la Iglesia, Cuerpo de Cristo. El jubileo nos invita a retomar con nuevo ardor la tarea de construir la unidad y comunión en nuestras comunidades e impulsarlas hacia una renovada y decidida acción misionera. Procuremos que nuestras celebraciones litúrgicas; los encuentros de catequesis y de formación cristiana; la caridad pastoral y solidaria; la tarea educativa; y el compromiso ciudadano de los fieles laicos, sean expresión de una Iglesia viva y profundamente transformada por el amor de Dios.

El próximo Encuentro del Pueblo de Dios en el mes de octubre, junto al santuario de la Virgen de Itatí, nos dará el marco espiritual para celebrar el acto principal del Cincuentenario. Convoco, en primer lugar, a los párrocos y luego a todos los responsables de las comunidades, movimientos e instituciones, a motivar la oración y la reflexión en el espíritu del aniversario; a caminar juntos estos meses de gracia, renovando el amor y la adhesión cordial a nuestra Iglesia arquidiocesana; queremos conocerla más, amarla mejor y vivirla plenamente como misterio de comunión y misión; y, al mismo tiempo, sentir una profunda gratitud a Dios Padre por habernos llamado a la santidad en esta hermosa porción del Pueblo de Dios.

Ante la Santísima Cruz de los Milagros y al amparo de Nuestra Señora de Itatí, inauguramos el Jubileo del Cincuentenario de nuestra Iglesia. Alegrémonos hermanos, esta Iglesia es de Dios y él le aseguró su presencia hasta el final de los tiempos (cf. Mt 28,20). Así sea. 

Mons. Andrés Stanovnik OFMCap., arzobispo de Corrientes 


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Lectio divina para el viernes de la tercera semana de Pascua 2011, ofrecida por la Delegación Diocesana de Liturgia dela diócesis de Tenerife.

LECTURA:           “Juan 6, 52‑59”

En aquel tiempo, disputaban los judíos entre si: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?»

Entonces Jesús les dijo: «Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él.

El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí.

Éste es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre.»

Esto lo dijo Jesús en la sinagoga, cuando enseñaba en Cafarnaún.

MEDITACIÓN:           “Habita en mí y yo en él”

            Es una realidad desbordante, pero realidad. Tú, Señor, empeñado en formar parte de nuestra más íntima intimidad. En el núcleo de nuestro ser, ahí donde reside nuestra consistencia más humana, ahí estás tú, fecundándome, alentando mi vida, ofreciéndome lo más tuyo y lo más mío, lo que me hace plenamente humano.

            Y si es verdad desde la inmersión de tu Espíritu en mí, nos lo haces experimentar de forma más “física”, si cabe la expresión, desde la realidad de tu cuerpo y de tu sangre, asumidos como alimento en el pan y en vino de la eucaristía. Eres tú mismo, muerto y resucitado, corriendo por mis venas, haciéndote carne de mi carne y sangre de mi sangre. Eres tú dando vida a todos los poros de mi piel. Eres tú convirtiéndote en mí o, mejor, yo convirtiéndome en ti.

            Desde ahí puedo entender más profundamente y más realmente eso de que “el que me come vivirá por mí”, me llamas, me invitas, me regalas, el ser tu presencia, el ser otro cristo. Desde la eucaristía me cristificas, cristificas el pan y el vino, cristificas la creación, la inundas de tu amor, del amor de Dios, y humanizas y divinizas el mío.

ORACIÓN:            “Que te acoja”

            Señor, gracias por el don desbordante de tu presencia, que te acoja con toda la fuerza de mis deseos.

            Que te acoja, Señor, en el don que me haces de la eucaristía, y que te deje transformarme en ti.

            Señor, que te acoja en toda la fuerza de tu amor y que no se me apague nunca la fuerza de tu esperanza.

CONTEMPLACIÓN:           “Me vives”

Cuando siento que se apagan
mis esperanzas
y mis sueños se diluyen
en la realidad triste y dura
que me absorbe,
tú surges con tu palabra de vida
y la potencia de tu presencia
hecha pan y vino,
cuerpo y sangre de amor donado.

Y así siento
un aliento de vida que renace,
y que más allá


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DEPARTAMENTO DE COMUNICACIÓN
38201. La Laguna. Tenerife.
Tfno. 922-25 86 40 / Extensión 8
e-mail: comunicacionobispadodetenerife@gmail.com

Boletín 434 

LAS NOTICIAS AMPLIADAS PUEDEN VERLAS ENTRANDO EN NUESTRO BLOG. Textos, sonidos, e imágenes los tienen en: http://www.comunicacionobispadodetenerife.blogspot.com/ 

Este domingo se celebra la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. Este año el lema elegido es: “Tu iglesia diocesana, fuente de vocaciones”. Se ha escogido como cartel las fuentes del Jordán, con el deseo de evocar nuestro propio bautismo, verdadero don de Dios, de donde brotan todas las vocaciones. 

Con tal motivo, en la capilla del seminario, el sábado día 14 a las 20 horas habrá una vigilia de oración por las vocaciones. Ese mismo día también habrá una convivencia vocacional, de 10:00 a 15:00 h. en el Seminario Diocesano, para chicos a partir de 5º de primaria y monaguillos. 

Unos cien sacerdotes se han reunido el miércoles en el Asilo de Ancianos de la capital tinerfeña para festejar al patrón del Clero, Juan de Ávila. En la celebración eucarística el prelado nivariense reflexionó sobre tres aspectos entresacados de la carta de Juan Pablo II “Novo Millennio Ineunte”: Ser consciente de que Dios, por amor al ser humano, realiza hoy también su obra; agudizar la vista para ver la obra del Señor y, en tercer lugar, "tener un gran corazón para convertirnos, nosotros mismos como sacerdotes, en su instrumento". 

Tras la Misa hubo un almuerzo de fraternidad en el que se homenajeó a los sacerdotes que cumplían bodas de oro o de plata. Concretamente, el sacerdote claretiano José Ramiro González y el padre paúl, José Vega Herrera (ausente por razones de salud), están celebrando sus bodas de oro sacerdotales. Asimismo, los sacerdotes diocesanos homenajeados por sus 25 años como presbíteros fueron: José Ramiro Castaño, párroco en Puntallana; Juan Fernando González Martín, párroco en La Perdoma; Pedro Jorge Benítez, párroco en San Juan en La Orotava; Francisco Jesús Hernández, párroco de en Fernando en García Escámez y Jesús Pérez Báez, párroco en Granadilla de Abona.

 Este sábado, el seminario acoge una reunión del obispo con los vicarios, delegados diocesanos y arciprestes a fin de hacer propuestas de cara a la implementación de las líneas de acción del próximo Plan Diocesano de Pastoral 

El próximo 19 de junio, a las 19:00 h, en el parque infantil de El Paso será ordenado presbítero Jesús Manuel Calero Perera. El mismo presidirá por vez primera la Eucaristía al día siguiente, en el templo parroquial de Nuestra Señora de Bonanza, también en el Paso (La Palma). Calero es religioso javeriano y ha elegido como texto bíblico para su ordenación el de 1 Cor 9, 22-22: "Entre los débiles me hice débil, a fin de ganar a los débiles. Me hice todo para todos, a fin de salvar a algunos por todos los medios posibles. Todo esto lo hago por causa del evangelio, para participar de sus frutos". 

Continúa desarrollándose la Campaña a favor de marcar la X en la Declaración de la Renta de este año. Con tal motivo en las comunidades parroquiales se está repartiendo un periódico sobre la vida y misión de la Iglesia.  

El Archivo Histórico Diocesano acoge la exposición “Reverso”, una muestra que recoge piezas de 400 años de antigüedad después de haber sufrido el devastador incendio del Palacio Episcopal el 23 de enero de 2006. Esta exposición se realiza con el objeto de que cualquier persona pueda adquirir una de las piezas expuestas. Son piezas para el recuerdo que, al mismo tiempo, pueden servir para el culto o como elemento de decoración. Horario de exposición: Lunes-Viernes 10-13 h. y de 17-20 h.; Sábados 10-13 h. 

El próximo día 5 de junio se celebrará la Jornada Diocesana de las Familias, en el Seminario Diocesano, a partir de las 10:00 horas. El lema elegido para este año es: "FAMILIA, VIVE LA FE", en sintonía con el Plan Diocesano de Pastoral. 

El 14 de mayo se celebra el Día del Comercio Justo en Tenerife. Por tal motivo. La tienda “El Surco” ha organizado un programa de iniciativas que comenzaron el 10 de mayo con un Cine Forum en la sala multiusos de El Surco. El 11 de mayo se desarrollará el “Día twitter por el comercio justo”. Un día para que los twitteros visiten la tienda, prueben los productos y cuenten en twitter que les parece el comercio justo. Será de 10:00 h. a 13:30 h. y de 17:00 a 20.00 h. Por otro lado, el 12 de mayo habrá un nuevo Cine Forum y el sábado 14, a partir de las 10:30, quienes asistan a la tienda podrán disfrutar de un bizcocho y café. Además se sorteará una cesta de productos de Comercio Justo. 

El espacio “vidas sacerdotales” de la contraportada del Diario de Avisos ha estado dedicado, este martes, al sacerdote Lucio González. El Padre Lucio es párroco de Santo Domingo en La Laguna y Vicario Episcopal. El 4 de mayo de 1967 se ordena Sacerdote en San Cristóbal de La Laguna, posteriormente fue Capellán y durante 20 años Rector del Seminario Diocesano (1985-2004). El artículo destaca su preocupación por la formación al poner en marcha la escuela de agentes de pastoral o la formación para laicos; igualmente subraya sus iniciativas en el diálogo fe-cultura, así como su impulso a la pastoral de los movimientos apostólicos, de manera especial el de familias y el movimiento juvenil Hombre Nuevos. 

Entre el ocho de mayo de este año y el 22 de abril de 2012 se va a celebrar un “Año Jubilar” concedido por el Papa Benedicto XVI al cumplirse el cuarto centenario de la fundación del monasterio lagunero de Santa Catalina de Siena (1611-2011). 

Las salesianas de España están celebrando el 125 Aniversario de su llegada a nuestro país. El próximo 13 de mayo se celebra la fiesta litúrgica de Santa María Mazzarello, que junto con San Juan Bosco, dieron vida a las salesianas. En Tenerife, esta comunidad se encuentra en el Colegio HOGAR-ESCUELA “MARÍA AUXILIADORA”, más conocido como "Hogar¬-Escuela", situado en el popular barrio "El Toscal”. La llegada de las Hijas de María Auxiliadora a Tenerife tuvo lugar el 7 de septiembre de 1942. 

Dos Hijas de María Auxiliadora, S. Mª Paz Fernández y S. Mª Lourdes Capote, celebrarán el 16 de mayo, sus 50 años de Fidelidad. La celebración será en el Hogar Escuela con un acto escolar en el marco del 125 aniversario de la llegada de las FMA a España. La Eucaristía estará presidida por el obispo Bernardo Álvarez. 

El obispo presidió los actos de apertura del IV Centenario de la Fundación de la Órden Dominica de las Monjas Contemplativas en La Laguna. El acto comenzó con una celebración eucarística, concelebrada por el vicario general Domingo Navarro, por el Superior de la comunidad dominica de Sevilla y por el capellán del monasterio, Vicente Cruz. Con esta celebración se abre el Año Jubilar que será clausurado el próximo día 22 de abril de 2012.

 El próximo domingo, 15 de mayo, a las 12:00 horas, se celebrará en Breña Alta, la Eucaristía en honor a San Isidro. A su término, procesión con el Santo Patrón. A las 20:30 horas, habrá una celebración de la Palabra y a su finalización procesión con el Santo Patrón por el camino la Travesía hacia la carretera general y regreso a la Plaza de San Isidro.  

Una nueva cruz de piedra, ahora en tierra, acompañará a las 40 que en 1999 fueron depositadas en el fondo del mar, en la punta de Fuencaliente, en memoria de los jesuitas asesinados en 1570 en esas aguas, los Santos Mártires de Tazacorte. 

El número de la revista “Iglesia Nivariense” de este mes lleva como única noticia de portada “Los seglares, la Iglesia en medio de la gente”. También recoge una entrevista al nuevo obispo de Ebebiyín, Juan Nsue y al director del Centro San Camilo, José Carlos Bermejo sobre el sufrimiento y la humanización de la salud. 

Hasta el próximo domingo 15 de mayo, se podrá visitar en la Casa Anchieta, una exposición que enseña diversas instantáneas sobre la Hermandad de los Caballeros Anchietanos, así como una muestra de sellos y libros. El domingo, a partir de las 13.00 horas se celebrará una misa solemne en la parroquia matriz Nuestra Señora de la Concepción presidida por el deán del Cabildo Catedral, Julián de Armas.  

Cáritas Arciprestal de Ofra ha editado un nuevo número informativo con motivo del primer domingo del mes de mayo. En él se hace referencia a los servicios que presta la Cáritas Arciprestal, los dos proyectos que hay en la zona (HASSIDIM, centro de estancias diurnas y ATACAITE, que es un centro de acogida para mujeres monoparentales en situación de riesgo). Además, informan de las ayudas que prestaron durante el mes de Abril, con las que atendieron un total de 58 familias en diferentes conceptos. 

El Cabildo de Tenerife y el Obispado han firmado un convenio para la rehabilitación del campanario de la Ermita de Nuestra Señora del Socorro, en el término municipal de Güímar. El documento fue suscrito por el presidente de la Corporación insular, Ricardo Melchior y el obispo de la Diócesis Nivariense, Bernardo Álvarez, en un acto en el que también estuvo presente el coordinador general de Cultura y Patrimonio Histórico del Cabildo, Cristóbal de la Rosa. 

Adeje cerró su Año Lustral con la celebración de la tradicional Rogativa de la Virgen de la Encarnación en la que han participado más de 2.000 personas. 

Ha fallecido la hermana María del Pilar Bilbao, Misionera Eucarística de Nazaret. Tenía 89 años de edad y era natural de Dueñas (Palencia). La Misa Funeral tuvo lugar el miércoles 11 de mayo, en la parroquia del Sagrado Corazón de Jesús, de la capital tinerfeña. 

El colegio de Las Dominicas de La Laguna celebró, desde el pasado 28 de abril, la festividad de Santa Catalina de Siena y la Fiesta de La Familia. Como colofón a las celebraciones, tuvo lugar una fiesta con todos los niños y niñas del centro. 

En el Monasterio del Císter, en La Palma habrá oración ante el Santísimo con el Oficio litúrgico de Completas por: NUESTRAS VOCACIONES, el día 18, a las 19:00 horas. 

Cada Nochebuena y desde hace más de dos siglos la parroquia de Nuestra Señora de Las Nieves en Taganana revive la representación del Arrullo, una tradición única que reúne a todo el pueblo en torno a la celebración del Nacimiento del Mesías. Es entonces cuando los tagananeros reconocen la llegada del sonido de la Navidad y la causante de conservar, transmitir y difundir esta labor cultural es la Parranda Los Divinos. Así comienza el reportaje que esta semana ha publicado el Diario de Avisos, sobre la manera de vivir la Navidad en Taganana.


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miércoles, 11 de mayo de 2011

ZENIT nos ofrece a continuación el Mensaje hecho público el jueves 14 de ABril de 2011 por la Santa Sede al concluir la 4ª Reunión Plenaria de la Comisión para la Iglesia católica en China.

MENSAJE A LOS CATÓLICOS CHINOS

1. "Que el Dios de la esperanza os llene de alegría y de paz en la fe, para que la esperanza sobreabunde en vosotros por obra del Espíritu Santo. " (Rm 15, 13).

Del 11 al 13 del mes de abril corriente nos hemos reunido en el Vaticano para estudiar algunas cuestiones de mayor importancia, referidas a la vida de la Iglesia católica en China.

Los encuentros han tenido lugar en un clima de fraternidad serena y cordial y han sido enriquecidos por contribuciones, que han tomado su eficacia tanto de la reflexión y de la experiencia de los Participantes como de las informaciones y de los testimonios llegados aquí desde China.

Movidos por el amor por la Iglesia en China, por el dolor por las pruebas que estáis afrontando y por el deseo de animaros, hemos profundizado nuestro conocimiento de la situación eclesial mediante una visión panorámica de la organización y de la vida de las Circunscripciones eclesiástica de vuestro país. Hemos constatado el clima general de desorientación y de ansiedad por el futuro, los sufrimientos de algunas Circunscripciones privadas de Pastores, las divisiones internas en otras, la preocupación de otras que no tienen personal ni medios suficientes para afrontar los fenómenos de creciente urbanización y de despoblación de las áreas rurales.

De la lectura de los datos se han puesto de manifiesto, también, una fe viva y una experiencia de Iglesia, capaces de dialogar de modo fructífero con las realidades sociales de cada territorio. La acción conjunta de obispos, sacerdotes, diáconos, personas consagradas y fieles laicos viene a componer, en la mayor parte de los casos, un mosaico, en el que se refleja la imagen de cristo y de sus muchos discípulos. Muchas religiosas, con espíritu de abnegación y viviendo no pocas veces en auténticas estrecheces económicas, se consumen diariamente en la cercanía a las familias, a los jóvenes, a los ancianos y a los enfermos. Varias asociaciones cuidan las obras de caridad y de asistencia, haciéndose cargo de las necesidades de los más pobres y de aquellos que en estos años se han visto afectados por inundaciones y terremotos.

2. Alentamos a los obispos, junto con los sacerdotes, a conformarse cada vez más a Cristo Buen Pastor, a proveer para que a sus fieles no les falte la enseñanza de la fe, a estimular una justa laboriosidad y a arreglárselas para erigir, allí donde faltan y son necesarios, nuevos lugares de culto y de educación en la fe y, sobre todo, para formar comunidades cristianas maduras. Invitamos también a los Pastores a cuidar, con renovado compromiso y entusiasmo, la vida de los fieles, especialmente en sus elementos esenciales de la catequesis y de la liturgia. Exhortamos a los propios Pastores a enseñar a los sacerdotes, con su propio ejemplo, a amar, a perdonar y a ser fieles. Invitamos también a las comunidades eclesiales a seguir anunciando el Evangelio con fervor cada vez más intenso, mientras que nos unimos a su agradecimiento hacia Dios por el bautismo de los adultos, que se celebrará en los próximos días pascuales.

3. Nos hemos detenido en particular en algunas dificultades, surgidas recientemente en vuestras comunidades.

En lo que respecta al triste episodio de la ordenación episcopal de Chengde, la Santa Sede, en base a las informaciones y a los testimonios recibidos hasta ahora no tiene razones para considerarla inválida, mientras que la considera gravemente ilegítima, porque ha sido conferida sin el mandato pontificio, y esto hace también ilegítimo el ejercicio del ministerio. Estamos además doloridos porque ha tenido lugar después de una serie de consagraciones episcopales consensuadas y porque los obispos consagrantes han sufrido varias presiones. Como escribe el Santo Padre en su carta de 2007, "la Santa Sede sigue con suma atención el nombramiento de los Obispos, puesto que esto afecta al corazón mismo de la vida de la Iglesia, ya que el nombramiento de los Obispos por parte del Papa es garantía de la unidad de la Iglesia y de la comunión jerárquica. Por este motivo el Código de Derecho Canónico (cf.canon 1382) establece graves sanciones tanto para el Obispo que confiere libremente la ordenación sin mandato apostólico como para quien la recibe; en efecto, dicha ordenación representa una dolorosa herida para la comunión eclesial y una grave violación de la disciplina canónica. El Papa, cuando concede el mandato apostólico para la ordenación de un Obispo, ejerce su autoridad espiritual suprema: autoridad e intervención que quedan en el ámbito estrictamente religioso. No se trata por tanto de una autoridad política que se entromete indebidamente en los asuntos interiores de un Estado y vulnera su soberanía" (n. 9).

Las presiones y constricciones externas pueden hacer que no se incurra automáticamente en la excomunión. Queda sin embargo una herida, provocada al cuerpo eclesial. Cada obispo implicado debe, por tanto, dar explicaciones a la Santa Sede y encontrar el modo de aclarar su propia postura a los sacerdotes y a los fieles, profesando nuevamente la fidelidad al Sumo Pontífice, para ayudarles a superar su sufrimiento interior y para reparar el escándalo exterior que se ha causado.

Estamos a vuestro lado en estos momentos difíciles. Invitamos a los sacerdotes, a las personas consagradas y a los fieles laicos a comprender las dificultades de sus propios obispos, a animarles, a apoyarles con la solidaridad y con la oración. Para todos será, ciertamente, de consuelo lo que el Papa escribe en su Carta: “Soy consciente de las graves dificultades que tenéis que afrontar […] para manteneros fieles a Cristo, a su Iglesia y al Sucesor de Pedro. Recordándoos —como ya afirmaba san Pablo (cf. Rm 8,35-39)— que ninguna dificultad puede separarnos del amor de Cristo, espero que sabréis hacer todo lo posible, confiando en la gracia del Señor, para salvaguardar la unidad y la comunión eclesial incluso a costa de grandes sacrificios" (n. 8).

4. En lo que respecta a la 8ª Asamblea Nacional de los Representantes Católicos, son iluminadoras, una vez más, las palabras del Santo Padre: "Considerando 'el plan originario de Jesús', resulta evidente que la pretensión de algunos organismos, que el Estado ha querido y que son ajenos a la estructura de la Iglesia, de ponerse por encima de los Obispos mismos y de dirigir la vida de la comunidad eclesial, no está de acuerdo con la doctrina católica, según la cual la Iglesia es apostólica, como ha reiterado también el Concilio Vaticano II. […] La finalidad declarada de los mencionados organismos de poner en práctica 'los principios de independencia y autonomía, autogestión y administración democrática de la Iglesia', es también inconciliable con la doctrina católica" (n. 7).

5. La elección de Pastores para la guía de las numerosas diócesis vacantes es una necesidad urgente y, al mismo tiempo, fuente de viva preocupación. La Comisión augura vivamente que no haya nuevas heridas a la comunión eclesial, y pide al Señor fuerza y valor para todas las personas implicadas. Al respecto, se debe tener presente también lo que escribió el Papa Benedicto XVI: "La Santa Sede desearía ser completamente libre en el nombramiento de los Obispos; por tanto, considerando el reciente y peculiar camino de la Iglesia en China, deseo que se llegue a un acuerdo con el Gobierno para solucionar algunas cuestiones referentes tanto a la selección de los candidatos al episcopado como a la publicación del nombramiento de los Obispos y el reconocimiento —en lo que sea necesario a efectos civiles— del nuevo Obispo por parte de las Autoridades civiles" (n. 9). Hagamos nuestros estos deseos y miremos con temblor y con temor al futuro: sabemos que éste no está enteramente en nuestras manos y lanzamos un llamamiento para que los problemas no crezcan y las divisiones no se ahonden, a costa de la armonía y de la paz.

6. En el examen de la situación de las Circunscripciones han surgido también algunas dificultades a propósito de sus límites. Al respecto, se ha reconocido la necesidad de tomar nota de las nuevas condiciones, respetando la normativa eclesiástica y teniendo siempre presente lo que se lee en la Carta Pontificia a los católicos en China: “Durante los últimos cincuenta años se han producido numerosos cambios administrativos en campo civil. Esto ha afectado también a muchas circunscripciones eclesiásticas, que han sido eliminadas o reagrupadas, o bien modificadas en su configuración territorial tomando como base las circunscripciones administrativas civiles. A este respecto, deseo confirmar que la Santa Sede está disponible para afrontar toda esta cuestión de las circunscripciones y provincias eclesiásticas en un diálogo abierto y constructivo con el Episcopado chino y —en lo que sea útil y oportuno— con las Autoridades gubernativas" (n. 11).

7. Nos hemos detenido, finalmente, en el tema de la formación de los seminaristas y de las religiosas, dentro y fuera de China. Hemos considerado las dificultades que los seminaristas encuentran tanto para sus estudios en el extranjero como en su vida de seminario, apreciando también ejemplos de valentía y paciencia. Se ha constatado, además, la necesidad de utilizar instrumentos ulteriores y más eficaces para favorecer la formación permanente del clero. Hemos notado con agrado que las comunidades católicas en China organizan, en su interior, iniciativas con fines formativos. Para todos resulta oportuno ofrecer propuestas educativas que desarrollen de modo integral la personalidad humana y cristiana de los diversos sujetos.

8. Auguramos que el diálogo sincero y respetuoso con las Autoridades civiles ayude a superar las dificultades del momento actual, para que también las relaciones con la Iglesia católica contribuyan a la armonía de la sociedad.

9. Hemos sabido con alegría la noticia de que la diócesis de Shanghai puede iniciar la causa de beatificación de Pablo Xu Guangqi, que se añade a la del padre Matteo Ricci, S.I.

10. Para superar las situaciones difíciles de cada comunidad, la oración será de gran ayuda. Se podrán organizar varias iniciativas, que os ayudarán a renovar vuestra comunión de fe en Jesús Nuestro Señor y de fidelidad al Papa, para que la unidad entre vosotros sea cada vez más profunda y visible. Al mismo tiempo os aseguramos nuestra oración cotidiana, de modo particular por aquellos que afrontan graves dificultades de diverso tipo, y por todos los enfermos y los sufrientes de vuestra nación.

11. En el encuentro que tuvo lugar al término de la Reunión Plenaria, Su Santidad reconoció el deseo de unidad con la Sede de Pedro y con la Iglesia universal que los fieles chinos no dejan de manifestar, aun en medio de muchas dificultades y aflicciones. La fe de la Iglesia, expuesta en el Catecismo de la Iglesia Católica y que hay que defender aun al precio de sacrificios, es el fundamneto sobre el que las comunidades católicas en China deben crecer en la unidad y en la comunión.

El Santo Padre ha recordado, además, la importancia de la formación, en particular la espiritual, para que la vida interior del cristiano, educada en la oración personal y litúrgica, haga frente a los retos del momento actual. Finalmente, confiando todo el rebaño de los fieles chinos a la intercesión de María Santísima, Reina de China, renovó la apremiante invitación a toda la Iglesia a dedicar el día 24 de mayo, memoria litúrgica de la Beata Virgen María, Auxilio de los Cristianos, a la oración por la Iglesia en China.

13 de abril de 2011

[Traducción del italiano por Inma Álvarez]


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Texto del micro radial de monseñor José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz, emitido por LT 9 (9 de abril de 2011). (AICA)

LA VIDA Y LA MUERTE          

Frente al don de la vida y la realidad de la muerte, sobre todo cuando estamos ante un ser querido, surgen preguntas cargadas de dolor e impotencia. Porqué esta muerte? Porqué ahora? Este mismo interrogante lo vemos en el evangelio del domingo que nos narra la muerte de Lázaro. Su hermana, Marta, le dice a Jesús con algo de reproche: “Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Pero yo se que aún ahora, Dios te concederá lo que le pidas” (Jn. 11, 21-22).

La reacción de Marta es un reclamo a la presencia de Jesús que hubiera impedido su muerte, o a que realice ahora el milagro de devolverlo a la vida. En este contexto aparece Jesús que no deja de manifestar su dolor por un amigo, Lázaro lo era, pero su palabra se orienta hacia una verdad más plena, que sin negar el dolor por la muerte, la contempla desde la vocación del hombre a esa Vida Nueva que no conoce la muerte como lo definitivo.

El diálogo de Jesús con la hermana de Lázaro se mueve en dos niveles. Ella habla de la vida de su hermano como algo que pertenece a este mundo, por ello le pide que lo devuelva a esta vida. Él, en cambio, partiendo de este hecho concreto la invita a Marta a mirar la vida desde otra perspectiva, desde la realidad de esta misma vida pero con destino de eternidad. No son dos planos que se opongan, al contrario, están llamados a encontrarse e iluminarse. Esto es lo propio de la fe que no se queda en el dolor de la muerte, sino que nos abre a la verdad más plena y última del hombre.

La fe no disminuye el valor de la vida en este mundo, ni el dolor por la ausencia del ser querido, sino que reconoce en el hombre el inicio de una vida que tiene horizontes de eternidad. Esta vida nueva a la que todos estamos llamados encuentra, en la resurrección de Jesucristo, la certeza de un camino definitivo. Por ello Jesús le dice a Marta: “Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá” (Jn. 11, 25).

El sentido de esta Vida, que trasciende los límites de la muerte, Jesús la presenta como un llamado a todo hombre cuando dice: “todo el que vive y cree en mí no morirá jamás” (Jn. 11, 26), es decir, ya participa de esa Vida nueva que un día será presencia eterna ante Dios. La Vida de la que nos habla Jesús no es un volver a la vida terrena como en el caso de Lázaro. Con todo, Él accede al pedido de realizar un milagro para que Lázaro recupere su vida física, como una ocasión que revele ante ellos su misión en el mundo: “Padre,…dice, Yo se que siempre me oyes, pero lo he dicho por esta gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado” (Jn. 11, 42).

El milagro que Jesús realiza afirma su divinidad y misión, pero es también un signo que busca orientar la fe a esa Vida que él nos trae y es el centro de su misión. No debemos quedarnos, por ello, sólo en admirar un milagro. Es más, el aceptar con fe el no cumplimiento de un milagro que pedimos es un signo de esperanza en esa Vida Plena de la que nos habla Jesús.

Creo que el relato de este Evangelio nos ayuda a comprender el sentido trascendente de nuestra vida, como el significado de la fe en cuanto camino que nos ilumina e introduce en la verdad profunda de nuestra vocación. Reciban de su Obispo junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor. 

Mons. José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz 


Publicado por verdenaranja @ 22:47  | Hablan los obispos
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ZENIT  ofrece a sus lectores la tercera entrega de la carta pastoral sobre el sacramento de la penitencia que ha escrito el obispo de Santander (España), monseñor Vicente Jiménez Zamora, y en la que analiza el por qué de la crisis en la práctica de este sacramento.

5. Hacia la recuperación de la práctica del sacramento de la Penitencia.

No se nos ocultan las grandes dificultades con que nos encontramos en este campo de la recuperación del sacramento de la Penitencia y la inmensa tarea que tenemos por delante. Por eso una de las prioridades pastorales debe ser trabajar para que el Pueblo de Dios redescubra este sacramento. En este apartado propongo y recomiendo algunas pistas para el camino, adaptadas a nuestra situación,  que ya se indicaban de alguna manera en la Instrucción Pastoral de la Conferencia Episcopal Española sobre el sacramento de la Penitencia, Dejaos reconciliar con Dios (Madrid, 10-15 de abril de 1989).

Situar la pastoral de la Penitencia dentro de la evangelización

La relación entre la fe y el perdón de los pecados es una de las afirmaciones fundamentales del Nuevo Testamento, y una vivencia constante de la Iglesia. Desde los comienzos de la predicación de Jesús se manifiesta una identidad entre la conversión y la fe en el Evangelio (cfr. Mc 1,15).Jesús mismo perdonaba los pecado al ver la fe de los que acudían a Él (cfr. Mc 2, 5). El proceso de la penitencia y de la conversión es un despertar de la fe y del amor hacia Dios, que siempre nos espera y nos busca para ofrecernos el perdón en Jesucristo. Por eso toda la pastoral de la Penitencia tiene que estar apoyada en una predicación de la “palabra de la fe” (cfr. Rom 10, 8).

Una Iglesia evangelizada y evangelizadora se convierte en una Iglesia reconciliada y reconciliadora. Existe una conexión entre evangelización y conversión-fe. Por eso si falla la evangelización, falla también las dimensión de la reconciliación y penitencia en la vida personal de los creyentes y de las comunidades cristianas. De ahí que impulsar una pastoral viva y fuertemente evangelizadora sea el mejor camino para promover una renovación del sacramento de la Penitencia.

En este sentido, avivar las raíces de la vida cristiana, fortalecer la experiencia teologal y religiosa, intensificar la vida espiritual, la oración, etc., son condiciones fundamentales para descubrir el don de Dios que  sale al encuentro de nosotros, esclavizados por el pecado. Sin experiencia teologal no hay sentido del pecado, ni urgencia de conversión, ni necesidad de conversión.

Catequesis sobre el sacramento

Otro camino para la renovación de la pastoral del sacramento de la Penitencia es realizar una catequesis íntegra y clara, sin ambigüedades, sobre este sacramento, según la doctrina de la Iglesia, que recoge el Catecismo de la Iglesia Católica (cfr. CEC, 1422-1498). Los sacerdotes, padres, catequistas, profesores de Religión y educadores tienen aquí una labor importante ante los niños, adolescentes, jóvenes y adultos.

De este modo los fieles llegarán a comprender, entre otras cosas, qué nombres recibe este sacramento;  por qué hay un sacramento del perdón después del Bautismo; qué es el pecado, cuál es la importancia y el valor del sacramento de la Penitencia en nuestro proceso de conversión y santificación; cómo este sacramento nos sana de las rupturas que produce el pecado con Dios, con los demás, con nosotros mismos y con la creación; cuáles son los actos del penitente para una correcta confesión; cómo hacer un buen examen de conciencia; quién es el ministro del sacramento y por qué; cuales son los efectos de este sacramento, etc. No  olvidemos que una catequesis bien hecha, conducirá a nuestros fieles no sólo a conocer el sacramento de la Penitencia, sino también a amarlo y después a practicarlo.

Uno de los buenos actos, que se pueden programar durante la Cuaresma, es la realización en nuestras parroquias y comunidades cristianas de unas catequesis sobre el sacramento de la Penitencia, según la doctrina de la Iglesia y  en el sentido que se indica en esta carta pastoral.

La Palabra de Dios en el sacramento de la Penitencia

La iniciativa y gratuidad del perdón y de la misericordia de Dios en el sacramento de la Reconciliación, como en todos los sacramentos, se manifiesta en el lugar central y primordial que la Palabra de Dios tiene en la celebración litúrgica, tal como ha puesto de relieve el Nuevo Ritual de la Penitencia. Esta importancia dada a la Palabra de Dios abre al sacramento y a su celebración a nuevas posibilidades pastorales, que han de ser tenidas en cuenta.

El Papa Benedicto XVI, en la reciente Exhortación apostólica Verbum Domini ha puesto de relieve la relación entre la Palabra de Dios y la Eucaristía, pero subraya también la importancia de la Sagrada Escritura en los demás sacramentos, especialmente en los de curación: Penitencia y Unción de los enfermos. Sobre este punto el Papa escribe: “Con frecuencia, se descuida la referencia a la Sagrada Escritura en estos sacramentos. Por el contrario, es necesario que se le dé el espacio que le corresponde. En efecto, nunca se ha de olvidar que “la Palabra de Dios es palabra de reconciliación porque en ella Dios reconcilia consigo todas las cosas (cfr. 2 Cor 5, 18-20, Ef 1, 10). El perdón misericordioso de Dios, encarnado en Jesús, levanta al pecador”. “Por la Palabra de Dios el cristiano es iluminado en el conocimiento de sus pecados y es llamado a la conversión y a la confianza en la misericordia de Dios”. Para que se ahonde en la fuerza reconciliadora de la Palabra de Dios, se recomienda que cada penitente se prepare a la confesión meditando un pasaje adecuado de la Sagrada Escritura y comience la confesión mediante la lectura o la escucha de una monición bíblica, según lo previsto en el Ritual. Además, al manifestar después su contrición, conviene que el penitente use una expresión prevista en el Ritual, “compuesta con palabras de la Sagrada Escritura”. Cuando sea posible, es conveniente también que, en momentos particulares del año, o cuando se presente la oportunidad, la confesión de varios penitentes tenga lugar dentro de celebraciones penitenciales, como prevé el Ritual, respetando las diversas tradiciones litúrgicas y dando una mayor amplitud a la celebración de la Palabra con lecturas apropiadas”[10].

Formación de la conciencia y del sentido del pecado

En nuestra época, a causa de múltiples factores, está oscurecida gravemente la conciencia moral de muchos hombres. “¿Tenemos una idea justa de la conciencia?. ¿No vive el hombre contemporáneo bajo la amenaza de un elipse de la conciencia, de una deformación de la conciencia, de un entorpecimiento o de una “anestesia” de la conciencia?”[11].

En la actual situación de pérdida del sentido del pecado, es necesario que los sacerdotes y los catequistas formen bien a los fieles cristianos en el auténtico sentido religioso del pecado como ruptura consciente, voluntaria y libre de la relación con Dios, con la Iglesia, con nosotros mismos y con los demás y con la creación.

Una exposición clara sobre el misterio del pecado la encontramos en la citada Exhortación apostólica Reconciliatio et Paenitentia, en el capítulo primero de la segunda parte, en que el Papa Juan Pablo II escribe sobre  la desobediencia a Dios; la división entre los hermanos; pecado personal y pecado social, mortal y venial; pérdida del sentido del pecado[12].

Para la formación de la conciencia moral reviste una importancia particular insistir en el sentido de la responsabilidad personal. En el origen de toda situación de pecado hay siempre hombres pecadores con su responsabilidad personal. La conversión reclama la responsabilidad personal e intransferible de cada uno.

Trabajar en la formación de la conciencia moral, especialmente de los niños y jóvenes, es una acción decisiva para la recuperación del sacramento de la Penitencia. Una falta de formación  de la conciencia trae inevitablemente una pérdida del sentido del pecado y con ello el abandono de la confesión sacramental. La formación de la conciencia es imprescindible en nuestros días en que vivimos sometidos a múltiples influencias negativas y somos tentados a preferir nuestro propio juicio al plan de Dios y a la ley moral, que es el camino de nuestra libertad y de nuestra realización personal.

Respetar las normas  de la Iglesia

Una verdadera renovación de la pastoral de la Penitencia exige respetar la disciplina penitencial de la Iglesia prescrita en el nuevo Ritual de la Penitencia promulgado por el Papa Pablo VI después del Concilio Vaticano II.

Entre nosotros no faltan algunos abusos en el recurso a las absoluciones generales o colectivas en la celebración del sacramento de la Penitencia. Consciente de mi responsabilidad de Obispo como moderador de la disciplina penitencial en la Iglesia particular[13], recuerdo a todos los diocesanos y especialmente a los sacerdotes, la doctrina y normas de la Iglesia sobre la celebración del sacramento de la Penitencia, contenidas sintéticamente en el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 1480-1484).

El Ritual de la Penitencia establece tres formas de celebración: rito para reconciliar a un solo penitente; rito para reconciliar a varios penitentes con confesión y absolución individual; y rito para reconciliar a muchos penitentes con confesión y absolución general.

Por lo que se refiere al tercer rito (absoluciones generales o colectivas) hay que evitar toda arbitrariedad y abusos. Solamente al Obispo  corresponde valorar si existen en la Diócesis en concreto las condiciones que la ley canónica señala para el uso de la tercera forma (CIC, cn. 961).

La Conferencia Episcopal Española estableció una serie de criterios, aprobados por la Santa Sede, según los cuales “estima que, en el conjunto de su territorio, no existen casos generales y previsibles en los que se den los elementos que constituyen la situación de necesidad grave en la que se puede recurrir a la absolución sacramental general” (CIC, cn. 961 &1.2)[14]. En nuestra Diócesis tampoco existen casos generales y previsibles en los que se den los elementos constitutivos de necesidad grave. Por tanto, la forma ordinaria de reconciliación sacramental que debe facilitarse por todos los medios a los fieles, es y seguirá siendo la confesión individual en las dos primeras formas establecidas en el ritual de la Penitencia.

La doctrina de la Iglesia volvió a ser recordada por el Papa Juan Pablo II en la Carta apostólica Misericordia Dei, en forma de ‘motu proprio’, sobre algunos aspectos de la celebración del sacramento de la Penitencia, publicada en el Boletín del Obispado de Santander[15].

En espíritu de profunda comunión con el Santo Padre y en corresponsabilidad con mis hermanos Obispos, dispongo que estas normas sobre la celebración del sacramento de la Penitencia sean conocidas, tenidas en cuenta y observadas por todos en nuestra Diócesis. “Se trata de hacer efectiva y de tutelar una celebración cada vez más fiel, y por tanto más fructífera, del don confiado a la Iglesia por el Señor Jesús después de la resurrección” (cfr. Jn 20, 19-23)[16].

La fidelidad siempre renovada a las normas y disciplina de la Iglesia es  una exigencia de la  comunión eclesial, que favorece la unidad entre los sacerdotes en las distintas parroquias y unidades pastorales de nuestra Diócesis, la vida espiritual de los fieles y la santidad de la Iglesia.

Disponibilidad para oír confesiones

Los sacerdotes debemos mostrarnos disponibles para celebrar el sacramento de la Penitencia cada vez que nuestros fieles nos lo pidan de manera razonable. Tengamos horarios fijos  en nuestras parroquias y comunidades cristianas, donde los fieles puedan encontrarnos con facilidad en los confesonarios. En una palabra, dediquemos tiempo y energías para escuchar las confesiones de los fieles.

El ejemplo del Santo Cura de Ars debe ser un estímulo para nosotros los sacerdotes. El Papa Benedicto XVI, en su carta de proclamación del Año Sacerdotal, con motivo del 150 aniversario de la muerte de San Juan María Vianney, destacaba su  dedicación continua  a este precioso y eficaz ministerio de la reconciliación. “Los sacerdotes  -escribía el Santo Padre Benedicto XVI -  no deberían resignarse nunca a ver vacíos sus confesonarios ni limitarse a constatar la indiferencia de los fieles hacia este sacramento. En Francia, en tiempos del Santo Cura de Ars, la confesión no era ni más fácil ni más frecuente que en nuestros días, pues el vendaval revolucionario había arrasado desde hacía tiempo la práctica religiosa. Pero él intentó por todos los medios, en la predicación y con consejos persuasivos, que sus parroquianos redescubriesen el significado y la belleza de la Penitencia sacramental, mostrándola como una íntima exigencia de la presencia eucarística. Supo iniciar así un “círculo virtuoso”.  Con su prolongado estar ante el sagrario en la iglesia, consiguió que los fieles comenzasen a imitarlo, yendo a visitar a Jesús, seguros de que allí encontrarían también  a su párroco, disponible para escucharlos y perdonarlos. Al final, una muchedumbre cada vez mayor de penitentes, provenientes de Francia, lo retenía en el confesonario hasta 16 horas al día. Se comentaba que Ars se había convertido en “el gran hospital de las almas”[17].

Recojo aquí la severa advertencia del Cardenal Joachim Meisner, Arzobispo de Colonia: “La pérdida del sacramento de la Penitencia es la raíz de muchos males en la vida de la Iglesia y en la vida del sacerdote. Y así la llamada crisis del sacramento de la Penitencia no se debe sólo a que la gente no vaya a confesarse, sino a que nosotros, sacerdotes, ya no estamos presentes en el confesonario. Un confesonario en el que está presente un sacerdote, en una Iglesia vacía, es el símbolo más conmovedor de la paciencia de Dios que espera. Así es Dios. Él nos espera toda la vida […] Si nos falta en gran parte este ámbito esencial del servicio sacerdotal, entonces caemos fácilmente en una mentalidad funcionalista o en el nivel de una mera técnica pastoral”[18].

Dignidad del confesonario en las iglesias y ornamentos

El sacramento de la Penitencia se administra en el lugar y la sede que determina el derecho (cfr. CIC, cn. 964). Ha de evitarse por todos los medios que las sedes para el sacramento de la Penitencia o confesonarios estén colocados en los lugares más oscuros de las iglesias, como en ocasiones sucede. La misma estructura del confesonario tal y como es en bastantes casos no favorece la celebración del sacramento, que es un encuentro con Dios, un tribunal de misericordia y una fiesta de la reconciliación. Por eso y para dar todo el relieve necesario al encuentro penitencial, debe cuidarse la estética, funcionalidad y discreción de la sede para oír confesiones. Con estos criterios será oportuna una revisión inteligente y respetuosa, sobre todo, cuando se trate de muebles con valor artístico, de los confesonarios actuales en uso.

Es importante recordar el respeto que se debe tener a este sacramento y la dignidad con la que debe celebrarse, incompatible con algunos usos y costumbres que se manifiestan, a veces, en la manera de vestir o de comportarse el sacerdote durante la celebración. En este sentido recuerdo que los ornamentos propios para celebrar la reconciliación individual en la iglesia u oratorios son el alba y la estola.

Conclusión

Al escribir esta carta pastoral sobre el sacramento de la Penitencia dirigida a todos los diocesanos, especialmente a los sacerdotes, cumplo con mi deber de Obispo para contribuir a la fiel custodia de este sacramento en la Iglesia, “sacramento de la unión íntima con Dios y de todo el género humano”[19], y  para fomentar su celebración digna y fructuosa.

Todos necesitamos de la conversión y del sacramento de la Penitencia, pues todos somos pecadores. Por eso “en nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios” (2 Cor  5, 20). Estas palabras siempre actuales resuenan con especial fuerza en el umbral y en los días de la Cuaresma, urgiéndonos a abrir el corazón arrepentido para acoger la misericordia de Dios, el único que puede obrar la reconciliación en el hombre y en el mundo, para el nacimiento del hombre nuevo y la civilización del amor.

El sacramento de la Penitencia, que tanta importancia tiene para la vida del cristiano y para la renovación de nuestras comunidades, actualiza la eficacia del misterio pascual de Cristo, centro de la reconciliación.

Que María, “refugio de los pecadores”,  nos alcance de su divino Hijo la fuerza, el aliento y la esperanza para redescubrir y vivir la belleza y la rica realidad de la reconciliación y de la penitencia.

            Santander, 11 de febrero de 2011

Memoria litúrgica de Ntra. Sra. de Lourdes  

+ Vicente Jiménez Zamora

Obispo de Santander

[10] Benedicto XVI, Exhortación apostólica Verbum Domini, 61.
[11] Juan Pablo II, Exhortación apostólica Reconciliatio et Paenitentia, 18.
[12] Ibidem, 14-18.
[13] Cfr. Vaticano II, Lumen Gentium, 26.
[14] BOCEE, 6, 1989, 59.
[15] Cfr. Boletín Oficial del Obispado de Santander, mayo 2002, págs. 53-61.
[16] Juan Pablo II, Carta apostólica, Misericordia Dei, introducción, g.
[17] Benedicto XVI, Carta en la proclamación del Año Sacerdotal (16 de junio de 2009), 11.
[18] Cardenal Joachim  Meisner, Arzobispo de Colonia, Conferencia Conversión y misión, en el Encuentro Internacional de sacerdotes en la conclusión del Año Sacerdotal, 19 de junio de 2010, nn. 11 y 12.
[19] Concilio Vaticano II, Lumen Gentium, 1.

PRIMERA PARTE

SEGUNDA PARTE


Publicado por verdenaranja @ 22:27  | Espiritualidad
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ZENIT nos ofrece el discurso que el Santo Padre Benedicto XVI dirigió a los fieles reunidos en la plaza San Pedro , durante la Audiencia General celebrada en la mañana del miércoles 13 de Abril de 2011.

Queridos hermanos y hermanas,

en las Audiencias Generales de estos últimos dos años, nos han acompañado las figuras de muchos Santos y Santas: hemos aprendido a conocerles desde cerca y a entender que toda la historia de la Iglesia está marcada por estos hombres y mujeres que con su fe, con su caridad, con su vida fueron los faros de muchas generaciones, y lo son también para nosotros. Los santos manifiestan de muchos modos la presencia potente y transformadora del Resucitado; dejaron que Cristo tomase tan plenamente sus vidas que podían afirmar como san Pablo “no vivo yo, es Cristo que vive en mí” (Ga 2,20). Seguir su ejemplo, recurrir a su intercesión, entrar en comunión con ellos, “nos une a Cristo, del cual, como de la Fuente y la Cabeza, emana toda la gracia y toda la vida del mismo Pueblo de Dios” (Conc. Ec. Vat. II, Cost. Dogm. Lumen gentium 50. Al final de este ciclo de catequesis, quisiera ofrecer alguna idea de lo que es la santidad.

¿Qué quiere decir ser santos? ¿Quién está llamado a ser santo? A menudo se piensa que la santidad es un objetivo reservado a unos pocos elegidos. San Pablo, sin embargo, habla del gran diseño de Dios y afirma: “En él – Cristo – (Dios) nos ha elegido antes de la creación del mundo, y
para que fuéramos santos e irreprochables en su presencia, por el amor” (Ef 1,4). Y habla de todos nosotros. En el centro del diseño divino está Cristo, en el que Dios muestra su Rostro: el Misterio escondido en los siglos se ha revelado en la plenitud del Verbo hecho carne. Y Pablo dice después: “porque Dios quiso que en él residiera toda la Plenitud” (Col 1,19). En Cristo el Dios viviente se ha hecho cercano, visible, audible, tangible de manera que todos puedan obtener de su plenitud de gracia y de verdad (cfr Jn 1,14-16). Por esto, toda la existencia cristiana conoce una única suprema ley, la que san Pablo expresa en un fórmula que aparece en todos sus escritos: en Cristo Jesús. La santidad, la plenitud de la vida cristiana no consiste en el realizar empresas extraordinarias, sino en la unión con Cristo, en el vivir sus misterios, en el hacer nuestras sus actitudes, sus pensamientos, sus comportamientos. La medida de la santidad vienen dada por la altura de la santidad que Cristo alcanza en nosotros, de cuanto, con la fuerza del Espíritu Santo, modelamos toda nuestra vida sobre la suya. Es el conformarnos a Jesús, como afirma san Pablo: “En efecto, a los que Dios conoció de antemano, los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo” (Rm 8,29). Y san Agustín exclama: “Viva será mi vida llena de Ti (Confesiones, 10,28). El Concilio Vaticano II, en la Constitución sobre la Iglesia, habla con claridad de la llamada universal a la santidad, afirmando que nadie está excluido: “Una misma es la santidad que cultivan, en los múltiples géneros de vida y ocupaciones, todos los que son guiados por el Espíritu de Dios ...siguen a Cristo pobre, humilde y cargado con la cruz, a fin de merecer ser hechos partícipes de su gloria” (nº41).

Pero permanece la pregunta: ¿Cómo podemos recorrer el camino de santidad, responder a esta llamada? ¿Puedo hacerlo con mis fuerzas? La respuesta está clara: una vida santa no es fruto principalmente de nuestro esfuerzo, de nuestras acciones, porque es Dios, el tres veces Santo ( (cfr Is 6,3), que nos hace santos, y la acción del Espíritu Santo que nos anima desde nuestro interior, es la vida misma de Cristo Resucitado, que se nos ha comunicado y que nos transforma. Para decirlo otra vez según el Concilio Vaticano II: “Los seguidores de Cristo, llamados por Dios no en razón de sus obras, sino en virtud del designio y gracia divinos y justificados en el Señor Jesús, han sido hechos por el bautismo, sacramento de la fe, verdaderos hijos de Dios y partícipes de la divina naturaleza, y, por lo mismo, realmente santos. En consecuencia, es necesario que con la ayuda de Dios conserven y perfeccionen en su vida la santificación que recibieron” (ibid., 40). La santidad tiene, por tanto, su raíz principal en la gracia bautismal, en el ser introducidos en el Misterio pascual de Cristo, con el que se nos comunica su Espíritu, su vida de Resucitado, san Pablo destaca la transformación que obra en el hombre la gracia bautismal y llega a cuñar una terminología nueva, forjada con la preposición “con”: con-muertos, con-sepultados, con-resucitados, con-vivificados con Cristo; nuestro destino está vinculado indisolublemente al suyo. “Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que así como Cristo resucitó por la gloria del Padre, también nosotros llevemos una Vida nueva” (Rm 6,4). Pero Dios respeta siempre nuestra libertad y pide que aceptemos este don y vivamos las exigencias que comportan, pide que nos dejemos transformar por la acción del Espíritu Santo, conformando nuestra voluntad a la voluntad de Dios.

¿Cómo puede suceder que nuestro modo de pensar y nuestras acciones se conviertan en el pensar y en el actuar con Cristo y de Cristo? ¿Cuál es el alma de la santidad? De nuevo el Concilio Vaticano II precisa; nos dice que la santidad no es otra cosa que la caridad plenamente vivida. “Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Dios es amor, y el que permanece en el amor permanece en Dios, y Dios permanece en él” (1Jn 4,16). Ahora, Dios ha difundido ampliamente su amor en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo, que nos ha sido dado (cfr Rm 5,5); por esto el primer don y el más necesario es la caridad, con la que amamos a Dios sobre todas las cosas y al prójimo por amor a Él. Para que la caridad como una buena semilla, crezca en el alma y nos fructifique, todo fiel debe escuchar voluntariamente la Palabra de Dios, y con la ayuda de su gracia, realizar las obras de su voluntad, participar frecuentemente en los sacramentos, sobre todo en la Eucaristía y en la santa liturgia, acercarse constantemente a la oración, a la abnegación de sí mismo, al servicio activo a los hermanos y al ejercicio de toda virtud. La caridad, de hecho, es vínculo de la perfección y cumplimiento de la ley (cfr Col 3,14; Rm 13, 10), dirige todos los medios de santificación, da su forma y la conduce a su fin. Quizás también este lenguaje del Concilio Vaticano II es un poco solemne para nosotros, quizás debemos decir las cosas de un modo todavía más sencillo. ¿Qué es lo más esencial? Esencial es no dejar nunca un domingo sin un encuentro con el Cristo Resucitado en la Eucaristía, esto no es una carga, sino que es luz para toda la semana. No comenzar y no terminar nunca un día sin al menos un breve contacto con Dios. Y, en el camino de nuestra vida, seguir las “señales del camino” que Dios nos ha comunicado en el Decálogo leído con Cristo, que es simplemente la definición de la caridad en determinadas situaciones. Me parece que esta es la verdadera sencillez y grandeza de la vida de santidad: el encuentro con el Resucitado el domingo; el contacto con Dios al principio y al final de la jornada; seguir, en las decisiones, las “señales del camino” que Dios nos ha comunicado, que son sólo formas de la caridad. De ahí que la caridad para con Dios y para con el prójimo sea el signo distintivo del verdadero discípulo de Cristo. (Lumen gentium, 42). Esta es la verdadera sencillez, grandeza y profundidad de la vida cristiana, del ser santos.

He aquí el porqué de que San agustín, comentando el cuarto capítulo de la 1ª Carta de San Juan puede afirmar una cosa sorprendente: "Dilige et fac quod vis", “Ama y haz lo que quieras”. Y continúa: “Si callas, calla por amor; si hablas, habla por amor, si corriges, corrige por amor, si perdonas, perdona por amos, que es té en ti la raíz del amor, porque de esta raíz no puede salir nada que no sea el bien” (7,8: PL 35). Quien se deja conducir por el amor, quien vive la caridad plenamente es Dios quien lo guía, porque Dios es amor. Esto significa esta palabra grande: "Dilige et fac quod vis", “Ama y haz lo que quieras”.

Quizás podríamos preguntarnos: ¿podemos nosotros, con nuestras limitaciones, con nuestra debilidad, llegar tan alto? La Iglesia, durante el Año Litúrgico, nos invita a recordar a una fila de santos, quienes han vivido plenamente la caridad, han sabido amar y seguir a Cristo en su vida cotidiana. Ellos nos dicen que es posible para todos recorrer este camino. En todas las épocas de la historia de la Iglesia, en toda latitud de la geografía del mundo, los santos pertenecen a todas las edades y a todo estado de vida, son rostros concretos de todo pueblo, lengua y nación. Y son muy distintos entre sí. En realidad, debo decir que también según mi fe personal muchos santos, no todos, son verdaderas estrellas en el firmamento de la historia. Y quisiera añadir que para mí no sólo los grandes santos que amo y conozco bien son “señales en el camino”, sino que también los santos sencillos, es decir las personas buenas que veo en mi vida, que nunca serán canonizados. Son personas normales, por decirlo de alguna manera, sin un heroísmo visible, pero que en su bondad de todos los días, veo la verdad de la fe. Esta bondad, que han madurado en la fe de la Iglesia y para mi la apología segura del cristianismo y la señal de donde está la verdad.

En la comunión con los santos, canonizados y no canonizados, que la Iglesia vive gracias a Cristo en todos sus miembros, nosotros disfrutamos de su presencia y de su compañía y cultivamos la firme esperanza de poder imitar su camino y compartir un día la misma vida beata, la vida eterna.

Queridos amigos, ¡qué grande y bella, y también sencilla, es la vocación cristiana vista desde esta luz! Todos estamos llamados a la santidad: es la medida misma de la vida cristiana. Una vez más san Pablo lo expresa con gran intensidad cuando escribe: “Sin embargo, cada uno de nosotros ha recibido su propio don, en la medida que Cristo los ha distribuido...  El comunicó a unos el don de ser apóstoles, a otros profetas, a otros predicadores del Evangelio, a otros pastores o maestros. Así organizó a los santos para la obra del ministerio, en orden a la edificación del Cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al estado de hombre perfecto y a la madurez que corresponde a la plenitud de Cristo” (Ef 4,7.11-13). Quisiera invitaros a todos a abriros a la acción del Espíritu Santo, que transforma nuestra vida, para ser, también nosotros, como piezas del gran mosaico de santidad que Dios va creando en la historia, para que el Rostro de Cristo resplandezca en la plenitud de su fulgor. No tengamos miedo de mirar hacia lo alto, hacia la altura de Dios; no tengamos miedo de que Dios nos pida demasiado, sino que dejemos guiarnos en todas las acciones cotidianas por su Palabra, aunque si nos sintamos pobres, inadecuados, pecadores: será Él el que nos transforme según su amor. Gracias.

[En español dijo]

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los profesores y alumnos del Colegio diocesano San Roque, de Valencia, al grupo de la Escuela de la Santísima Trinidad, de Barcelona, así como a los fieles provenientes de España, México, Argentina y otros países latinoamericanos. Les invito a que se abran sin miedo a la acción del Espíritu Santo, que con sus dones transforma la vida, para responder a la vocación a la santidad, a la cual el Señor nos llama a todos los bautizados. Muchas gracias.

[Traducción del original italiano por Carmen Álvarez
©Libreria Editrice Vaticana]


Publicado por verdenaranja @ 21:58  | Habla el Papa
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Lectio divina para el jueves de la tercera semana de Pascua 2011, ofrecida por la Delegación Diocesana de Liturgia de la diócesis de Tenerife.

LECTURA:               “Juan 6, 44‑51”

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «Nadie puede venir a mi, si no lo atrae el Padre que me ha enviado. Y yo lo resucitaré el último día.

Está escrito en los profetas: "Serán todos discípulos de Dios." Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende viene a mí. No es que nadie haya visto al Padre, a no ser el que procede de Dios: ése ha visto al Padre. Os lo aseguro: el que cree tiene vida eterna.

Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron: éste es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera.

Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.»

MEDITACIÓN:            “El que escucha y aprende”

            Hay muchas maneras de escuchar, no cabe duda. Se puede escuchar con indiferencia, con agresividad, con atención, con ilusión, esperando palabras de estímulo, de apoyo, de esperanza, con el deseo de aprender y seguir, o como quien oye llover. Y Tú, a lo largo del evangelio, nos invitas continuamente a escuchar. A ese escuchar le pones hoy un matiz especial: escuchar para aprender.

            Son dos palabras importantes pero que nos cuesta, al parecer, encajar. Nos cuesta escuchar. Tenemos bastante subida a veces la autosuficiencia. O al menos nos cuesta estar abiertos para escuchar todo y a todos. Es verdad que tenemos que aprender a filtrar, pero filtramos tanto que casi siempre sólo dejamos pasar lo que nos interesa, sin más. Y desde ahí, nos cuesta o no nos interesa aprender.

            Tú escuchaste primero y ante todo, a tu Padre, a Dios. Aprendiste su palabra, su voluntad, que hiciste alimento y asimilaste hasta convertirla en vida de tu vida. Te metiste en la corriente de su vida, hasta hacerte su misma corriente, su misma vida. Y a esa misma experiencia me invitas a mí.

ORACIÓN:             “Atráeme hacia ti”

            Digo que quiero, pero me vence continuamente mi impotencia, mis condicionamientos. Señor, atráeme hacia ti.

            Atráeme hacia ti, Señor. Que deje resonar tu palabra en mi corazón y que aprenda. Conviérteme en discípulo.

            Señor, atráeme hacia ti para que sea tu testigo. Testigo del amor que derrochas en mí, testigo de la vida que has puesto en mi corazón.

CONTEMPLACIÓN:             “Me atraes”

A veces quisiera huir de ti,
alejarme y esconderme
en los pliegues de mi sinrazón
y de la oscuridad que recreo en mí.

Pero te has empeñado
en salir a mi encuentro,
en ofrecerme el calor y la fuerza
de tu palabra y de tu vida,
y siento que me atraes hacia ti.

Y en ésta mi lucha perdida
espero con ansia tu victoria.


Publicado por verdenaranja @ 18:23  | Liturgia
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martes, 10 de mayo de 2011

Reflexión de José Antonio Pagola al evangelio del domingo tercero de Pascua - A, ofrecida por la Delegación Diocesana de Enseñanza de la diócesis de Tenerife.

LA PUERTA 

         Jesús propone a un grupo de fariseos un relato metafórico en el que critica con dureza a los dirigentes religiosos de Israel. La escena está tomada de la vida pastoril. El rebaño está recogido dentro de un aprisco, rodeado por un vallado o un pequeño muro, mientras un guarda vigila el acceso. Jesús centra precisamente su atención sobre esa «puerta» que permite llegar hasta las ovejas.

         Hay dos maneras de entrar en el redil. Todo depende de lo que uno pretenda hacer con el rebaño. Si alguien se acerca al redil y «no entra por la puerta», sino que salta «por otra parte», es evidente que no es el pastor. No viene a cuidar a su rebaño. Es «un extraño» que viene a «robar, matar y hacer daño».

         La actuación del verdadero pastor es muy diferente. Cuando se acerca al redil, «entra por la puerta», va llamando a las ovejas por su nombre y ellas atienden su voz. Las saca fuera y, cuando las ha reunido a todas, se pone a la cabeza y va caminando delante de ellas hacia los pastos donde se podrán alimentar. Las ovejas lo siguen porque reconocen su voz.

         ¿Qué secreto se encierra en esa "puerta" que legitima a los verdaderos pastores que pasan por ella y que desenmascara a los extraños que entran «por otra parte», no para cuidar del rebaño sino para hacerle daño? Los fariseos no entienden de qué les está hablando aquel Maestro.

         Entonces Jesús les da la clave del relato: «Os aseguro que yo soy la puerta de las ovejas». Quienes entran por el camino abierto por Jesús y le siguen viviendo su evangelio, son verdaderos pastores: sabrán alimentar a la comunidad cristiana. Quienes entran en el redil dejando de lado a Jesús e ignorando su causa, son pastores extraños: harán daño al pueblo cristiano.

         En no pocas Iglesias estamos sufriendo todos mucho: los pastores y el pueblo de Dios. Las relaciones entre la Jerarquía y el pueblo cristiano se viven con frecuencia de manera recelosa, crispada y conflictiva: hay obispos que se sienten rechazados; hay sectores cristianos que sienten marginados.

         Sería demasiado fácil atribuirlo todo al autoritarismo abusivo de la Jerarquía o a la insumisión inaceptable de los fieles. La raíz es más profunda y compleja. Hemos creado una situación muy difícil. Hemos perdido la paz. Vamos a necesitar cada vez más a Jesús.

         Hemos de hacer crecer entre nosotros el respeto mutuo y la comunicación, el diálogo y la búsqueda sincera de verdad evangélica. Necesitamos respirar cuanto antes un clima más amable en la Iglesia. No saldremos de esta crisis si no volvemos todos al espíritu de Jesús. El es "la Puerta".

José Antonio Pagola 

Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
15 de mayo de 2011
4 Pascua (A)
Juan 10, 1-10


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ZENIT  nos ofrece a nuestros lectores la segunda entrega de la carta pastoral sobre el sacramento de la penitencia que ha escrito el obispo de Santander (España), monseñor Vicente Jiménez Zamora, y en la que analiza el por qué de la crisis en la práctica de este sacramento.

Carta pastoral sobre el Sacramento de la Penitencia (II) 

3. El sacerdote, ministro de comunión y de reconciliación

Uno de los elementos centrales y esenciales de la Iglesia es el misterio  y la vivencia de la comunión. Aunque todo cristiano por razón del Bautismo está llamado a ser constructor de comunión y reconciliación, el sacerdote en virtud del sacramento del Orden está llamado a ser ministro de comunión y reconciliación.

No se puede definir la naturaleza y la misión del sacerdocio ministerial si no es bajo el multiforme y rico conjunto de relaciones que brotan de la Santísima Trinidad y se prolongan en la comunión de la Iglesia, como signo e instrumento, en Cristo, de la unión con Dios y de la unidad de todo el género humano. Por ello la Eclesiología de comunión resulta decisiva para descubrir la identidad del presbítero, su dignidad original, su vocación y su misión en el Pueblo de Dios y en el mundo.

El sacerdote debe esforzarse por orientar el don de su ministerio a ser signo e instrumento de comunión, sirviendo así a la unidad en la vida de la Iglesia. Debe procurar en todo momento ser hombre del perdón, mostrándose misericordioso y acogedor con todos; debe ser instrumento de concordia, siempre dispuesto a ayudar a sanar las rupturas entre los hermanos. El sacerdote es signo sacramental de Cristo, el Sumo Sacerdote de la Nueva Alianza, que es misericordioso y fiel (cfr. Hb2, 17). El sacerdote es así el rostro misericordioso de Cristo Buen Pastor, que busca la oveja perdida, del Buen Samaritano, que cura las heridas, y del Padre bueno que espera al hijo pródigo y lo acoge a su vuelta, del justo Juez, que no hace acepción de personas y cuyo juicio es a la vez justo y misericordioso. En una palabra, el sacerdote es el signo y el instrumento del amor misericordioso de Dios con el pecador. Podemos afirmar que una de las razones de nuestro ministerio es la de ser ministros del perdón de Dios: “Todo procede de Dios, que nos reconcilió consigo por medio de Cristo y que nos encargó el ministerio de la reconciliación” (2 Cor , 5,18).

El Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña que: “puesto que Cristo confió a sus Apóstoles el ministerio de la reconciliación, los obispos, sus sucesores, y los presbíteros, colaboradores de los obispos, continúan ejerciendo este ministerio. En efecto, los obispos y los presbíteros, en virtud del sacramento del Orden, tienen el poder de perdonar todos los pecados “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. “El perdón de los pecados reconcilia con Dios y también con la Iglesia. El obispo, cabeza visible de la Iglesia particular, es considerado, por tanto, con justo título, desde los tiempos antiguos, como el que tiene principalmente el poder y el ministerio de la reconciliación: es el moderador de la disciplina penitencial. Los presbíteros, sus colaboradores, lo ejercen en la medida en que han recibido la tarea de administrarlo, sea de su obispo (o de un superior religioso), sea del Papa, a través del derecho de la Iglesia”[8].

4. De ministros de la misericordia a penitentes

No sólo es decisivo para nuestros fieles redescubrir el valor y la belleza del sacramento de la Penitencia, también lo es para nosotros los sacerdotes, como instrumento fundamental en el camino de nuestra propia santificación.

El Papa Juan Pablo II, en la Exhortación apostólica Pastores Dabo Vobis, recuerda las condiciones y exigencias, las modalidades y frutos de la íntima relación que existe entre la vida espiritual del sacerdote y el ejercicio de su triple ministerio: la Palabra, el Sacramento y el servicio de la Caridad.

Con relación al sacramento de la Reconciliación el Papa Juan Pablo II escribe: “Quiero dedicar unas palabras al sacramento de la Penitencia, cuyos ministros son los sacerdotes, pero deben ser también sus beneficiarios, haciéndose testigos de la misericordia de Dios por los pecadores. Repito cuanto escribí en la Exhortación Reconciliatio et Paenitentia: “La vida espiritual y pastoral del sacerdote, como la de sus hermanos laicos y religiosos, depende, para su calidad y fervor, de la asidua y consciente práctica personal del sacramento de la Penitencia. La celebración de la Eucaristía y el ministerio de los otros sacramentos, el celo pastoral, la relación con los fieles, la comunión con los hermanos, la colaboración con el Obispo, la vida de oración, en una palabra, toda la existencia sacerdotal sufre un inevitable decaimiento, si le falta, por negligencia o cualquier otro motivo, el recurso periódico e inspirado en una auténtica fe y devoción al sacramento de la Penitencia. En un sacerdote que no se confesase o se confesase mal, su ser como sacerdote y su ministerio se resentirían muy pronto y se daría cuenta también la Comunidad de la que es pastor”[9].

Es hermoso poder confesar nuestros pecados, y sentir como un bálsamo la palabra que nos inunda de misericordia y nos vuelve a poner en camino. Sólo quien ha sentido la ternura del abrazo del Padre, como lo describe el Evangelio en la parábola del hijo pródigo  - “se le echó al cuello y lo cubrió de besos” (Lc 15, 20) -  puede transmitir a los demás el mismo calor, cuando de destinatario del perdón pasa a ser su ministro.

Además, ¿cómo podemos pretender revalorizar la pastoral de este sacramento, si nosotros los sacerdotes, ministros del sacramento de la Penitencia, no nos confesamos frecuentemente?. El que el sacerdote se acerque con frecuencia a confesarse, constituye una condición favorable y un primer paso para proponer de manera convincente y eficaz la práctica del sacramento de la Penitencia. Por otra parte, el sacerdote que se confiesa, se halla en inmejorable condición para mostrar a los demás fieles laicos y religiosos el valor y la belleza de este sacramento.

[8] Catecismo de la Iglesia Católica, 1461-1462.
[9] Juan Pablo II, Exhortación apostólica Pastores Dabo Vobis, 26 e.

PRIMERA PARTE

TERCERA PARTE


Publicado por verdenaranja @ 22:40  | Espiritualidad
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Homilía de monseñor Carmelo Juan Giaquinta, arzobispo emérito de Resistencia, para la quinto domingo de Cuaresma (10 de abril de 2011). (AICA)

LA RESURRECCIÓN DE LÁZARO               

Jn 11,1-45

I. CUARESMA: UN CAMINO PARA REAVIVAR LA FE 

1. Hoy contemplamos la escena del hombre ciego de nacimiento. Los protagonistas principales son Jesús, el ciego y los fariseos. El evangelista Juan da mucha importancia a esta escena, pues la describe minuciosamente.

Ante el ciego, los discípulos se enredan en divagaciones sobre la causa de su ceguera. Para Jesús es la ocasión para manifestarse y actuar como luz del mundo: “Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo». Después que dijo esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva y lo puso sobre los ojos del ciego, diciéndole: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé», que significa "Enviado". El ciego fue, se lavó y, al regresar, ya veía” (Jn 9,5-9).

2. Es muy significativo que la piscina lleve uno de los títulos más frecuentes que el evangelista da a Jesús: “el Enviado”. La liturgia del Jueves Santo nos recordará que es Jesús, el Enviado del Padre, quien nos lava. Como le dijo a Simón Pedro: “«Si yo no te lavo, no podrás compartir mi suerte» (Jn 13,8). Juan Bautista ya lo había anunciado como el que lava de veras: “Yo bautizo con agua… El que me envió a bautizar con agua me dijo: "Aquel sobre el que veas descender el Espíritu y permanecer sobre él, ese es el que bautiza en el Espíritu Santo" (Jn 1,26.33).  

II. IDENTIDAD VERDADERA DEL BAUTIZADO 

3. El ciego lavado en la piscina del “Enviado” tuvo un cambio fundamental. Ahora veía. Se parecía al anterior, pero era tan distinto que “unos opinaban: «Es el mismo». «No, respondían otros, es uno que se le parece». El decía: «Soy realmente yo» (9,9). El lavado que Jesús le prescribió le devolvió al ciego su verdadera identidad. Tenía luz en sus ojos y en su espíritu. Veía en profundidad.

4. Cabe preguntar si a partir del bautismo la gente advierte un cambio en el bautizado. Y cuando se trata de niños pequeños, si se lo advierte en sus papás y padrinos. Lo mismo, si a partir de la confirmación se lo advierte en los confirmados. ¿La catequesis preparatoria de ambos sacramentos apunta al cambio de vida?

En la Vigilia Pascual, San Pablo dirá que es absurdo que un bautizado no cambie: “¿Cómo es posible que los que hemos muerto al pecado sigamos viviendo en él? ¿No saben ustedes que todos los que fuimos bautizados en Cristo Jesús, nos hemos sumergido en su muerte?... Para que así como Cristo resucitó por la gloria del Padre, también nosotros llevemos una Vida nueva” (Rom 6,2-4).  

III. LA REINCIDENCIA EN EL PECADO 

5. Sin embargo, se da el hecho triste de la vuelta a la vida anterior al bautismo, según lo comprobó el mismo Apóstol en la comunidad de los corintios. Estos volvían a caer en vicios que ni se estilaban entre los paganos, como cohabitar uno con la esposa del propio padre (cf 1 Co 5,1). Tal situación le dolía, pero no lo hacía desistir del ideal que se había propuesto: “Yo estoy celoso de ustedes con el celo de Dios, porque los he unido al único Esposo, Cristo, para presentarlos a él como una virgen pura” (2 Co 11,2). También hoy se dan situaciones en las que una catequesis muy bien llevada pareciera que no hubiese servido para nada. ¿Ello nos desanima a los pastores y catequistas? ¿Nos hace perder el ideal al que tiende una verdadera catequesis?

 IV. LA CEGUERA DE LOS VIDENTES 

6. Lo más desconcertante del capítulo nueve es la ceguera espiritual de los hombres religiosos, llamados a ser luz: “El que había sido ciego fue llevado ante los fariseos. Era sábado cuando Jesús hizo barro y le abrió los ojos. Los fariseos, a su vez, le preguntaron cómo había llegado a ver. El les respondió: «Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo». Algunos fariseos decían: «Ese hombre no viene de Dios, porque no observa el sábado». Otros replicaban: «¿Cómo un pecador puede hacer semejantes signos?». Y se produjo una división entre ellos” (Jn 9,13-16).

7. La incredulidad del hombre religioso es un fenómeno presente desde el comienzo del Evangelio: “La Palabra era la luz verdadera que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre… Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron” (Jn 1,9.11). Jesús fustiga tal incredulidad: «Si ustedes fueran ciegos, no tendrían pecado, pero como dicen: "Vemos", su pecado permanece» (Jn 9,41).

Ello ha de hacernos reflexionar a los hombres religiosos de hoy. Busquemos las raíces de la incredulidad en la cultura contemporánea, pero no temamos constatar que, tal vez, las más resistentes se encuentren en nosotros mismos. 

V. “CREO, SEÑOR», Y SE POSTRÓ ANTE ÉL” 

8. La escena evangélica culmina en el encuentro con Jesús del ciego curado: “Jesús se enteró de que lo habían echado y, al encontrarlo, le preguntó: «¿Crees en el Hijo del hombre?». El respondió: «¿Quién es, Señor, para que crea en él?». Jesús le dijo: «Tú lo has visto: es el que te está hablando». Entonces él exclamó: «Creo, Señor», y se postró ante él” (vv. 36-38).

Hagamos nuestra esta profesión de fe, repitiéndola con fe y amor, una y otra vez. Así nos preparamos a la renovación de las promesas bautismales en la Vigilia Pascual. 

Mons. Carmelo Juan Giaquinta, arzobispo emérito de Resistencia 


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Lectio divina para el miércoles de la tercera semana de Pascua, ofrecidapor la Delegación Diocesana de Liturgia de la diócesis de Tenerife.

LECTURA:               “Juan 6, 35‑40”

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed; pero, como os he dicho, me habéis visto y no creéis.

Todo lo que me da el Padre vendrá a mi, y al que venga a mí no lo echaré afuera, porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado.

Ésta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que me dio, sino que lo resucite en el último día.

Ésta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.»

MEDITACIÓN:          “Yo lo resucitaré”

            Es importante que lo recuerde, la resurrección no es un derecho, ni algo connatural al ser humano, es una gracia que se nos da, una gracia que me ofreces, Señor, y que sólo se puede recibir en la medida que se cree en ti. Pero no un creer teórico, sin más, sino de esa manera en la que nuestra vida queda implicada.

            Me gusta la expresión que empleas, “el que viene a mí”, me suena a palabra de amigo. Porque sólo se va hacia alguien en quien se confía, a quien se quiere, en quien se cree que sólo puede aportar algo bueno. Alguien que está vivo y me mete con él en la corriente de la vida, que como dijiste en una ocasión, salta hasta la eternidad.

            Tu resurrección no es indiferente. No sigo a un muerto que paso haciendo el bien y cuyo proyecto al final fracasó ahogado por mil intereses humanos que siguen queriendo marcar el ritmo de la historia. Sigo a un vivo, más aún, al que es autor de la vida, a quien está en el núcleo de mi propio ser fluyendo ansias y gestos comprometidos de vida, tan molestos para muchos que me amenazan con el rechazo y hasta con la muerte. Si estuvieses muerto no molestarías, Señor,  pero estás vivo y tu resurrección no sólo es garantía de eternidad lejana, sino grito de vida que quiere despertar y resucitar todo lo que genera vida aquí y ahora.

ORACIÓN:              “Tu voluntad”

            Señor, tu voluntad es que el hombre viva, viva como hombre, con la dignidad de ser humano, ayúdame a colaborar en ese empeño.

            Tu voluntad es la del Padre, en cuyo núcleo late exclusivamente el amor. Enséñame a hacer tu voluntad.

            Mi fuerza de voluntad es muchas veces frágil y engañosa, se deja llevar muchas veces con demasiada facilidad por lo fácil y cómodo, fortaléceme, que se haga tu voluntad en mí, Señor.

CONTEMPLACIÓN:             “Resucítame”

Es tu voluntad y es mi deseo,
resucítame, Señor.

Resucítame en el última día,
pero empieza ya.

Resucítame de mis miedos,
y de mis cobardías,
de mis orgullos y de mi suficiencia.

Resucítame de mis muertes,
que son muchas y crueles.

Resucítame con la fuerza
de tu amor,
para que viva y engendre vida.

Sí, resucítame.


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lunes, 09 de mayo de 2011

ZENIT  nos ofrece, en tres entregas, la carta pastoral sobre el sacramento de la penitencia que ha escrito el obispo de Santander (España), monseñor Vicente Jiménez Zamora, y en la que analiza el por qué de la crisis en la práctica de este sacramento.

Carta pastoral sobre el sacramento de la penitencia (I)

EL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA

Carta Pastoral ante  la Cuaresma
“Dichoso el que está absuelto de su culpa” (Sal 31, 19  

Introducción 

Queridos sacerdotes, diáconos, miembros de vida consagrada, seminaristas y fieles laicos:

Llamada a la conversión y a la penitencia

La Cuaresma es el tiempo que precede y dispone para la celebración de la Pascua, que es un tiempo de gozo, porque se nos ofrece la salvación plena en el misterio de la muerte redentora de Jesucristo y de su resurrección gloriosa.

La Cuaresma es tiempo de escucha de la Palabra de Dios y de conversión, de preparación y de memoria del Bautismo, de reconciliación con Dios y con los hermanos, de recurso más frecuente a las “armas de la penitencia cristiana”: la oración, el ayuno, la limosna (cfr. Mt 6, 1-6.16-18)[1].

“El periodo cuaresmal es el momento favorable para reconocer nuestra debilidad, acoger, con una sincera revisión de vida, la gracia renovadora del sacramento de la Penitencia y caminar con decisión hacia Cristo”[2].

En el itinerario de la Cuaresma ocupa un lugar importante la proclamación del Evangelio de la reconciliación, la llamada a la conversión y la celebración fructuosa del sacramento de la Penitencia. El camino cuaresmal se abre con el gesto significativo de la imposición de la ceniza sobre nuestras cabezas y con las palabras con las que Jesús inauguró su predicación: “Convertíos y creed en el Evangelio” (Mc 1, 15).

Una prioridad pastoral

Consciente de que la penitencia y la reconciliación están en el corazón del Evangelio, de la misión de la Iglesia y de que una buena práctica del sacramento de la Penitencia es signo de renovación y vitalidad de nuestras vidas y de nuestras comunidades cristianas, escribo esta Carta Pastoral, orientada fundamentalmente a afirmar la fe y la práctica del sacramento de la Penitencia.

No pretendo exponer la doctrina íntegra sobre el sacramento de la Penitencia, sino proponer a todos los diocesanos, especialmente a los sacerdotes, algunas reflexiones doctrinales y orientaciones pastorales, que nos ayuden a redescubrir el valor y la belleza de este sacramento de la misericordia de Dios. Ojalá que juntos comprendamos, con la mente y el corazón, el misterio de este sacramento, en el que experimentamos la alegría del encuentro con Dios, que nos otorga su perdón mediante el sacerdote en la Iglesia, crea en nosotros un corazón y un espíritu nuevos, para que podamos vivir una existencia reconciliada con Dios, con nosotros mismos y con los demás, llegando a ser capaces de pedir perdón, perdonar y amar.

El Venerable Siervo de Dios, el Papa Juan Pablo II, en la Carta apostólica Novo Millennio Ineunte, señalaba como una de las prioridades pastorales al comienzo del nuevo milenio, el sacramento de la Reconciliación.: “Deseo pedir, además, una renovada valentía pastoral para que la pedagogía cotidiana de la comunidad cristiana sepa proponer de manera convincente y eficaz la práctica del sacramento de la Reconciliación […]¡No debemos rendirnos, queridos hermanos sacerdotes, ante las crisis contemporáneas! Los dones del Señor  - y los sacramentos son de los más preciosos -  vienen de Aquél que conoce bien el corazón del hombre y es el Señor de la historia”[3].

1. Situación del sacramento de la Penitencia

Todos somos conscientes de la larga y grave crisis que sufre el sacramento de la Penitencia.

Como síntoma de esta crisis, constatamos, en general, una disminución cuantitativa de la celebración de este sacramento: cada día es más escasa tanto entre los fieles laicos practicantes y comprometidos en nuestras parroquias como, incluso, entre los sacerdotes, religiosos y religiosas. Muchos jóvenes no lo celebran casi nunca. Son muchos los católicos que comulgan, pero no se confiesan. Y los que se confiesan parece que no tienen de qué acusarse.

Es verdad que hay aspectos positivos que, sin duda, se están dando entre nosotros: la dedicación de bastantes sacerdotes al ministerio de la reconciliación, los frutos de renovación de la aplicación fiel del Ritual renovado después del Concilio Vaticano II; el redescubrimiento pastoral y existencial por parte de fieles y sacerdotes; los frutos de renovación cristiana que se están dando en quienes celebran frecuentemente este sacramento, etc. Pero hemos de ser realistas y no ocultar una crisis  por grave que ésta sea.

La crisis es una “prueba” y una “llamada” a purificar maneras y comportamientos que desdibujan su realidad y perjudican su celebración; una llamada al crecimiento de la vida teologal en el seno de nuestras comunidades, sin el cual no hay posibilidad de una renovación y revitalización de la práctica sacramental.

El Papa Juan Pablo II, en la Exhortación apostólica Reconciliatio et Paenitentia, señalaba la pérdida del sentido del pecado como una de las causas principales de la crisis del sacramento de la Penitencia. Esta pérdida del sentido del pecado ha sido provocada, entre otras causas, por el trasfondo de la cultura moderna (fermentos de ateísmo, secularismo, ciertos equívocos de las ciencias humanas y ética del relativismo) y por algunas tendencias en la doctrina y en la vida de la Iglesia (confusionismo en la exposición de cuestiones graves de la moral cristiana y defectos y abusos en la práctica de la Penitencia sacramental)[4].

2. El don de la Reconciliación

Uno de los caminos para superar la actual crisis de la Penitencia es la exposición positiva del misterio de la reconciliación. 

Dios, Padre Santo, que hizo todas las cosas con sabiduría y amor, y admirablemente creó al hombre, cuando éste por desobediencia perdió su amistad, no lo abandonó al poder de la muerte, sino que compadecido, tendió la mano a todos para que le encuentre el que le busca[5].

La Sagrada Biblia nos muestra a un Dios compasivo y misericordioso. El salmo 102 es una bella meditación sapiencial de la bendición de Dios, que perdona a su pueblo y protege a sus fieles desde el cielo. Esta bendición de Dios es retomada con mayor profundidad en el himno del comienzo de la carta de San Pablo a los Efesios (cfr. Ef 1, 1-14).

El sacramento de la Penitencia es un encuentro personal con el Dios de la misericordia, que se nos da en Cristo Jesús y que se nos transmite mediante el ministerio de la Iglesia. En este sacramento, signo eficaz de la gracia, se nos ofrece el rostro de un Dios, que conoce nuestra condición humana sujeta a la fragilidad y al  pecado, y se hace cercano con su tierno amor.

Así aparece en numerosos encuentros salvadores de la vida de Jesús: desde el encuentro con la samaritana (cfr Jn 4, 1-42) a la curación del paralítico (cfr. Jn 5, 1- 18); desde el perdón de la mujer adúltera (cfr. Jn 8, 1-11) a las lágrimas ante al muerte del amigo Lázaro (cfr. Jn 11, 1- 44). Pero, sobre todo, se muestra la misericordia de Dios en las conocidas parábolas de la misericordia, que recoge el Evangelio de San Lucas: la oveja perdida, la moneda perdida y el hijo pródigo (cfr. Lc 15, 1- 31).

Todos y cada uno de nosotros tenemos necesidad de Dios, que se acerca a nuestra propia debilidad, que se hace presente en nuestra enfermedad, que, como buen Samaritano, cura nuestras heridas con el aceite del consuelo y el vino de la esperanza (cfr. Lc 10, 25-36).

Aunque deseemos sinceramente hacer el bien, la fragilidad humana nos hace caer en la tentación y en el pecado. Esta situación dramática la describe con todo realismo San Pablo: “Pues sé que lo bueno no habita en mí, es decir, en mi carne; en efecto, querer está a mi alcance, pero hacer lo bueno, no. Pues no hago lo bueno que deseo, sino que obro lo malo que no deseo” (Rom 7, 18-20). Es la lucha interior de la que nace la exclamación y la pregunta: ¡Desgraciado de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? ¡Gracias a Dios, por Jesucristo nuestro Señor! (Rom 7, 24). 

A esta pregunta responde de manera clara el sacramento de la Penitencia, que viene en ayuda de nuestro pecado y debilidad, alcanzándonos con la fuerza salvadora de la gracia de Dios y transformando nuestro corazón y los comportamientos de nuestra vida.

Por designio de Dios, la Iglesia continúa la labor de curación de los hombres de todos los tiempos. “Dios, el lejano, en Jesucristo se convierte en prójimo. Cura con aceite y vino nuestras heridas  -en lo que se ha visto una imagen del don salvífico de los sacramentos – y nos lleva a la posada, la Iglesia, en la que dispone que nos cuiden y donde anticipa lo necesario para costear los cuidados”[6].

Cristo encomendó a su Iglesia el cuidado de sus hijos. Por ello, nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica: “Cristo, médico del alma y del cuerpo, instituyó los sacramentos de la Penitencia y de la Unción de los enfermos, porque la vida nueva que nos fue dada por Él en los sacramentos de la iniciación cristiana, puede debilitarse y perderse para siempre a causa del pecado. Por ello, Cristo ha querido que la Iglesia continuase su obra de curación y de salvación mediante estos dos sacramentos”[7].

[1] Directorio sobre la Piedad popular y la Liturgia, 124.
[2] Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma del año 2011, 3.
[3]  Juan Pablo II, Carta apostólica Novo Millennio Ineunte, 37.
[4] Juan Pablo II, Exhortación apostólica Reconciliatio et Paenitentia, 18.
[5] Cfr. Plegaria Eucarística IV.
[6] Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, Madrid 2007, 242.
[7]  Catecismo de la Iglesia Católica. Compendio, 295.

SEGUNDA PARTE

TERCERA PARTE


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Carta de monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas para el quinto domingo de Cuaresma. (10 de abril de 2011). (AICA)

SIGNOS DE ESPERANZA      

Desde este tiempo cuaresmal en el que queremos convertirnos a Jesucristo, el que murió y resucitó, estamos llamados a ser testigos de la esperanza. El Evangelio (Jn 11, 1-45), nos ayuda a encontrar el fundamento de la misma, ya que nos plantea la centralidad de la “Resurrección” en nuestra vida cristiana: “Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees en esto?”(Jn 11,20).

Es cierto que a veces hacemos un mal uso de la palabra esperanza, la empleamos en frases engañosas y evasivas, o bien ligándola a un falso optimismo, a una mera ilusión o a una utopía idealista, o bien al “tener buena onda”; “fulano es el que nos va a salvar”…”tengamos buena onda y todo se arreglará”, “vengan a mi grupo y dejarán de sufrir”. En general hay muchas frases que pueden ser alentadoras, pero habitualmente son muy inconsistentes, porque delegan la propia responsabilidad a un mañana incierto, a un tercero, o son dichas simplemente para salir del paso. Lamentablemente este mal planteo de la esperanza nos va sumergiendo en nuevas y más profundas frustraciones.

La esperanza cristiana, teológica, está fundamentada en el misterio de la “Encarnación” y “La Pascua”, o sea en el hecho de que Dios quiso hacerse uno de nosotros y así se ligo a la historia humana. Por eso hablamos de una fe comprometida con la historia, con el drama humano, con la búsqueda de transformación, con la certeza de la dinámica de la Pascua, de la muerte y la Vida, que nos encamina a la eternidad.

Tenemos que tener los ojos abiertos para discernir y desechar a aquellos que postulan falsas promesas o bien una especie de esperanza humana fácil, sin ninguna exigencia y responsabilidad en la construcción y en la tarea de transformar nuestra sociedad.

Sería hipócrita pretender salir de las dificultades personales y sociales, de la crisis de valores y de las formas de corrupción, y no tener la decisión de asumir el propio compromiso responsable y constructor de un mañana mejor.

La esperanza cristiana nos debe potenciar a defender nuestros derechos, pero sobre todo a asumir nuestros deberes ciudadanos. Esta tarea se inicia con el compromiso en las pequeñas cosas cotidianas, en la participación de base, en nuestro pueblo o barrio, escuela o capilla. Podemos decir que si existen dirigentes sociales, políticos, religiosos inadecuados es por nuestra falta de responsabilidad y participación habitual, incluyendo el uso del voto que tenemos los ciudadanos, y con el cual decidimos quienes son nuestros conductores.

Quiero señalar algunos signos de esperanza en este domingo en que el Señor en el Evangelio nos dice: “Yo soy la Resurrección y la Vida”. El camino de evangelización que vamos realizando en nuestra Diócesis, aún cuando hay tantas cosas por mejorar y consolidar, revelan el compromiso de tantos agentes de pastoral, sacerdotes, consagrados y laicos en querer profundizar el pedido de Aparecida y nuestro Sínodo, de ser una Iglesia mas discipular y misionera.

Entre otros signos de esperanza también debemos subrayar la organización que se va generando en diversos emprendimientos, que aunque pequeños, ayudan en la promoción y autoestima de muchas familias que viven en situación de pobreza. Están formas de organización social superan ampliamente el asistencialismo, que solo se justifica en situaciones de real emergencia, y que nunca pueden sustituir la dignidad de aquello que se gana con el fruto del propio trabajo.

También quiero agradecer los frutos que se van dando en la colecta del 1% cuaresmal. El ejercicio de la comunión de bienes como fruto del amor que Dios nos tiene, y que nosotros debemos a nuestros hermanos, nos ejercita en la caridad. Con ese gesto muchos de nuestros hermanos podrán mejorar sus viviendas, ranchos, baños y letrinas.

La muerte y la vida, la esperanza del Señor Resucitado nos debe motivar a trabajar para mejorar nuestra realidad.

Un saludo cercano y hasta el próximo domingo. 

Mons. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas 


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Columna de opinión de monseñor Jorge Lozano, obispo de Gualeguaychú y miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social, publicada el 10 de abril de 2011. (AICA)

SIEMBRA VIENTOS               

La vida se encuentra amenazada en muchas circunstancias. También cuando está empezando. Me cuesta –me duele– poner en palabras esta realidad pero hay que decirlo sin vueltas.

Desde el comienzo del embarazo hay riesgos en las mamás indigentes. Muy probablemente pagarán las consecuencias sus hijos, siendo niños pobres y desnutridos, quienes al crecer y hacerse más grandes, enfrentarán la violencia que desprecia la vida: las adicciones y los traficantes de la muerte. Serán los mismos que viven en la calle o hacinados sin vivienda digna, los ancianos abandonados por su familia y por la sociedad…

Perdón por repetir, pero duele describir estas realidades, que son historias verdaderas con rostros concretos, con nombre y apellido, con DNI, como vos o yo.

Hay muchos que no pueden gozar de la belleza de la existencia, de lo lindo que es vivir. Las causas están ligadas a la pobreza y a lo que llamamos exclusión social. Son aquellos que han quedado “fuera del sistema”. Para ellos no hay lugar. Son considerados sobrantes o descartables. Como si molestaran al conjunto social, se les hace sentir que están de más.

Hace poco participé de una reunión acerca de la situación en América Latina de los derechos humanos, y en particular de los más pequeños. Una mujer que consagra su vida a los niños en riesgo dijo algo así: “Lo que sembramos en los niños desde la concepción hasta que cumplan 6 años de vida es lo que  cosecharemos después durante toda la vida”.

Y nos hacía pensar en la propia experiencia, la de cada uno.

Es un llamado de atención a todos como sociedad, para redoblar el compromiso de sembrar ternura, verdad, justicia.

Podemos también preguntarnos por qué estamos viendo y sufriendo tantas expresiones de violencia, adicciones, abusos. ¿Acaso hemos sembrado para otra cosa? La sabiduría popular dice que “el que siembra vientos, cosecha tempestades”.

Nos duelen los niños que mueren en nuestro país a causa de no haber recibido alimentación adecuada la mamá durante el embarazo y el niño en sus primeros meses y años. ¿Son muertes inevitables? ¿O solamente estamos viendo un zarpazo más de las mellizas malditas, corrupción e impunidad, en las que muchas veces se sumen los organismos responsables del Estado?

La organización CONIN que preside el Dr. Albino de la provincia de Mendoza, dice en uno de sus estudios que en la Argentina sufren desnutrición 260.000 niños menores de 5 años. Una bofetada. Primero bofetada para ellos y sus familias; luego para quien quiera poner la cara.

Los desarrollos evolutivos que no se alcanzan a los 6 años quedan truncos para toda la vida. Hace unos meses, un funcionario del ministerio de Salud decía en un reportaje que en la Argentina el 8% de los niños no llegan a los 10 años de edad con la estatura física que hubieran podido desarrollar si se hubieran alimentado bien. Una consecuencia dramática de la injusticia, la inequidad.

La muerte y la vida están en pugna, en lucha a brazo partido. Y no es sólo una batalla individual; es de toda la sociedad, todos nosotros. Recordemos lo que nos contaba Patricia en su testimonio de hace algunos domingos de lo que dice el Talmud: “Quien salva una vida, salva a la humanidad entera”.

Alguna vez, ante una obra de arte hermosa —un cuadro o una escultura— me pregunté imaginariamente ¿qué sentiría el artista si pisotearan el cuadro delante suyo, el que hizo con tanto esfuerzo, talento, cariño? ¡Cuánto mayor no será el sentimiento de dolor de Dios ante la vida despreciada y escupida y pisoteada en tantos de sus hijos!.

Por eso San Juan, en una de sus cartas que forman parte de la Biblia, fue tan contundente: “El que dice: Amo a Dios, y no ama a su hermano, es un mentiroso”. (1 Jn. 4, 20) 

Mons. Jorge Eduardo Lozano, obispo de Gualeguaychú 


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Lectio divina para el martes de la tercera semana de pascua 2011, ofrecida por la Delegación Diocesana de Liturgia de la diócesis de Tenerife.

LECTURA:               “Juan 6, 30‑35”

En aquel tiempo, dijo la gente a Jesús: «¿Y qué signo vemos que haces tú, para que creamos en ti? ¿Cuál es tu obra? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: “Les dio a comer pan del cielo."»

Jesús les replicó: «Os aseguro que no fue Moisés quien os dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo.»

Entonces le dijeron: «Señor, danos siempre de este pan.» Jesús les contestó: «Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed.»

MEDITACIÓN:              “Yo soy el pan de la vida”

            A veces da la sensación de que estamos tan inmersos en una cultura de muerte que ya, escuchar un mensaje que habla de vida, parece que suena ingenuo. Y lo cierto es que no parece que resuene de modo especial, ni siquiera en nosotros.

            O nos puede pasar que insertos en esta realidad, que parece que tenemos que asumir con resignación y dolor, porque no vemos que haya voluntad de salida, por muchas palabras altisonantes que escuchemos, dados los intereses que nos mueven, ya sólo nos dé la sensación de que nos hablas de otra vida, de la otra vida, que a algunos nos supone un consuelo y a otros los deja indiferentes, porque es más sencillo quedarse aquí.

            Pero no es sólo eso. No nos hablas de la vida futura sino de la presente. No has venido a hablarnos sólo de la vida del más allá, sino de la de aquí. Tu presencia es para anunciar vida abundante en toda la fuerza de su expresión, y tú, el alimento, la fuente que la hace posible. Pero nos da miedo comerte porque sabemos que eso puede trastocar todo lo que somos y hacemos. Las consecuencias pueden ser terribles, y el mundo, nuestro pobre y dolorido mundo, no está preparado para soportarlo. El amor sigue siendo peligroso, algo de lo que defenderse, pero lo necesitamos y yo quiero, Señor, caer mortalmente herido por él.    

ORACIÓN:            “Señor, dame tu pan”

            Señor, dame tu  pan, el pan de tu cuerpo y de tu palabra, que ellos sean el alimento en el camino de mi vida.

            Dame tu pan, Señor, para que sienta que tu vida corre por mis venas y sea contigo constructor de vida.

            Señor, dame tu pan, y que con mis gestos sea yo también, contigo, pan para la vida del mundo.

CONTEMPLACIÓN:               “Mi pan”

Eres pan en abundancia,
insaciable saciador
de mis hambres más profundas
que ningún otro pan puede alimentar.

Tú eres el pan de la vida,
eres mi pan,
necesito y quiero comerte
hasta hacer de tu vida la mía
hasta hacerme tú.


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domingo, 08 de mayo de 2011

ZENIT publica las palabras que dirigió Benedicto XVI el domingo 10 de Abril de 2011 al rezar la oración mariana del Ángelus junto a varios miles de peregrinos congregados en la plaza de San Pedro del Vaticano.

Queridos hermanos y hermanas: 

Ya sólo faltan sólo dos semanas para la Pascua, y todas las lecturas bíblicas de este domingo hablan de la resurrección. Pero no de la resurrección de Jesús, que irrumpirá como una novedad absoluta, sino de nuestra resurrección, a la que aspiramos y que propiamente Cristo nos ha donado, resurgiendo de entre los muertos. La muerte representa para nosotros como un muro que nos impide ver mas allá; y sin embargo nuestro corazón se asoma mas allá de este muro, y aunque no podamos conocer lo que esconde, sin embargo, lo pensamos, lo imaginamos, expresando con símbolos nuestro deseo de eternidad.

El profeta Ezequiel anuncia al pueblo judío, en exilio, alejado de la tierra de Israel, que Dios abrirá los sepulcros de los deportados y los hará regresar a su tierra, para descansar en paz (Cf. Ezequiel 37, 12-14). Esta aspiración ancestral del hombre a ser sepultado junto con sus padres, es el anhelo de una "patria" que lo reciba al final de sus fatigas. Esta concepción no implica la idea de una resurrección personal de la muerte, pues ésta sólo apareció hacia el final del Antiguo Testamento, y en tiempos de Jesús aún no era compartida por todos los judíos. De hecho, incluso entre los cristianos, la fe en la resurrección y en la vida eterna va acompañada con frecuencia de muchas dudas, y mucha confusión, porque se trata de una realidad que sobrepasa los limites de nuestra razón y exige un acto de fe. En el Evangelio de hoy --la resurrección de Lázaro--, escuchamos la voz de la fe de labios de Marta, la hermana de Lázaro. Jesús le dice: "Tu hermano resucitará", ella responde: "sé que resucitará en la resurrección del último día" (Juan 11, 23-24). Y Jesús replica: "Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá" (Juan 11, 25-26). ¡Esta es la verdadera novedad, que irrumpe y supera toda barrera! Cristo derrumba el muro de la muerte, en Él se encuentra toda la plenitud de Dios, que es vida, vida eterna. Por esto la muerte no ha tenido poder sobre Él; y la resurrección de Lázaro se convierte en signo de su dominio total sobre la muerte física, que ante Dios es como un sueño (cf. Juan 11,11).

Pero hay otra muerte, que costó a Cristo la lucha más dura, incluso el precio de la cruz: se trata de la muerte espiritual, el pecado, que corre el riesgo de arruinar la existencia del hombre. Cristo murió para vencer esta muerte, y su resurrección no es el regreso a la vida precedente, sino la apertura a una nueva realidad, a una "nueva tierra", finalmente reconciliada con el Cielo de Dios. Por este motivo, san Pablo escribe: "si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús habita en vosotros, el que resucitó a Cristo Jesús también dará vida a vuestros cuerpos mortales, por medio del mismo Espíritu que habita en vosotros" (Romanos 8,11).

Queridos hermanos, encomendémonos a la Virgen María, que ya participa en esta Resurrección, para que nos ayude a decir con fe: "Sí, Señor, creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios" (Juan 11, 27), a descubrir que Él es verdaderamente nuestra salvación. 

[Tras rezar el Ángelus, el papa saludó a los peregrinos en varios idiomas. En español, dijo:]

Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española, y en particular a los fieles de diversas parroquias de la Diócesis de Tenerife, a los profesores y alumnos de los Institutos de Arganda del Rey y de Fuensalida, Toledo. En el Evangelio de este quinto domingo de Cuaresma, contemplamos a Jesús que devuelve a la vida a su amigo Lázaro, después de haber llorado su muerte. En estos días, y ante la proximidad del comienzo de la Semana Santa, pidamos a la Virgen María que nos ayude en nuestro camino de preparación espiritual, para que, a través de la oración, las obras de caridad y de penitencia cuaresmal, podamos participar con fruto en la Pascua de Aquel que es la resurrección y la vida. Feliz domingo.

[Traducción del original italiano realizada por Jesús Colina
©Libreria Editrice Vaticana]


Publicado por verdenaranja @ 21:07  | Habla el Papa
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ZENIT  publica el artículo que ha escrito monseñor Felipe Arizmendi Esquivel, obispo de San Cristóbal de Las Casas, con el título "Perspectivas de teología india". 

Perspectivas de teología india

VER

Desconocida por unos, malentendida y atacada por otros, la llamada Teología India se esfuerza por demostrar su validez y ofrecer su aporte a la teología, a la inculturación de la fe y a la encarnación de la Iglesia. No ha elaborado tesis doctrinales como las que conocemos, pues su método no procede a base de raciocinios especulativos, sino según el modo cultural de los indígenas, que es más simbólico, mítico, figurativo, concreto y contemplativo. Su interés fundamental es coadyuvar a una vida más digna y plena de los pueblos originarios. En Aparecida se discutió incluir su nombre en el documento final, pero por falta de suficientes votos no prosperó la propuesta. Se le llama también teología inculturada, reflexión crítica de la fe de los pueblos indígenas.

En días pasados, nos reunimos en Lima, Perú, 43 personas, obispos, sacerdotes, religiosas y laicos, varios de ellos indígenas, para el IV Simposio Latinoamericano de Teología India. Fuimos convocados por el CELAM y estuvo presente la Congregación para la Doctrina de la Fe. El tema fue la teología de la creación en la fe cristiana y en los mitos indígenas, según las variadas cosmogonías de nuestras culturas aborígenes. Los mitos no son cuentos, leyendas o fábulas, sino un una forma de expresar realidades trascendentes, a base de símbolos y lenguaje figurado, como lo hacen algunos textos de la Biblia, del Génesis al Apocalipsis.

JUZGAR

Entre muchos otros frutos de este diálogo eclesial, consideramos necesario continuar el proceso de discernimiento de la Teología India, que no es teología de la liberación, a la luz de la Palabra de Dios, la Patrística y el Magisterio eclesiástico. Dejar de resaltar sólo heridas pasadas y sistematizar los aportes ya consensuados, para socializarlos al servicio de las iglesias particulares.

Para que sea teología católica, su fuente y criterio de verdad ha de ser siempre la revelación divina, que en Jesús llega a su plenitud y cumplimiento. Estamos vinculados a la historia concreta de Jesús y El es normativo para la Iglesia. Es el Logos en su totalidad, el único Salvador, y se puede discernir su presencia en todos los pueblos y culturas. Cristo y el Espíritu estuvieron presentes en América antes de la evangelización; pero esta presencia del Verbo puede estar mezclada con elementos humanos de imperfección y, por qué no decirlo, de pecado. El Concilio Vaticano II nos pide elevar, purificar, llevar a cumplimiento lo que Dios ha hecho en los pueblos. Es clara la fijación del canon del AT y NT y no hay más libros revelados. Cuidar el lenguaje para no poner en el mismo nivel la Palabra de Dios revelada y los mitos nativos.

Con el fundamento irrenunciable de nuestra fe católica en un solo Dios creador, en Cristo único Redentor y en la Iglesia como sacramento de salvación, acercarnos con la mente y el corazón a los pueblos originarios, para conocer, valorar y discernir la presencia de Dios en sus mitos y ritos, y ofrecerles -sin imponerles- la plenitud de Cristo, único camino de vida plena. Debemos aprender de la sabiduría de los indígenas; su aportación es un bien para todos; pero debe quedar claro que nada añaden a Cristo y a su plenitud, aunque sí pueden ayudar a nuestra percepción de su plena verdad.

Escuchar a los indígenas y a los agentes de pastoral que desgastan su vida con ellos, para que expliquen a los no indígenas el por qué y el cómo de sus mitos y ritos, y así tener información confiable antes de emitir un juicio sobre su ortodoxia o heterodoxia. Un mito no puede ser propuesto a priori como semillas del Verbo, sino después de un discernimiento oportuno.

ACTUAR

Continuar estos diálogos, para clarificar temas centrales de nuestra fe y las culturas aborígenes, como Trinidad, Soteriología, Espíritu Santo, Eclesiología, Sacramentos, etc., con apoyo del CELAM y la Congregación para la Doctrina de la Fe.

Los candidatos al ministerio presbiteral y aspirantes a la vida consagrada que van a servir en esos pueblos, tengan oportunidad de acercarse a ellos, conocer su idioma y valorar sus tradiciones, para que la pastoral evangelizadora sea más inculturada.


Publicado por verdenaranja @ 21:03  | Hablan los obispos
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ZENIT  publica el mensaje redactado por  el cardenal Lluís Martínez Sistach, arzobispo de Barcelona, con el título "El sacramento del perdón".

El sacramento del perdón

La llamada a la penitencia y el anuncio del perdón de los pecados es uno de los grandes temas de la predicación de Jesús y de los apóstoles. Esto ya había sido preparado por Juan el Bautista, quien predicaba un bautismo como signo de conversión para obtener el perdón de los pecados. Jesús reiteró la misión de anunciar a todas las naciones “la conversión a Dios por el perdón de los pecados”.

No podemos olvidar esto, pues comportaría traicionar el Evangelio. Es Dios mismo, quien en Jesucristo, ha situado el momento del perdón en la vida de todas las personas. Juan Pablo II recordaba que “en el sacramento de la reconciliación cada hombre puede experimentar de manera singular la misericordia, es decir, el amor que es más fuerte que el pecado”. Muy significativo es que para su beatificación, Benedicto XVI haya elegido precisamente el segundo domingo de Pascua, fiesta que Juan Pablo II quiso que también fuera designada como “domingo de la Divina Misericordia”, un atributo de Dios al que él era especialmente sensible, como lo demuestra su encíclica titulada Dios, rico en misericordia.

Cristo ha instituido el sacramento de la penitencia para todos los miembros pecadores de su Iglesia, sobre todo para los que, después del bautismo han caído en pecado grave, perdiendo así la gracia bautismal, y han herido la comunión eclesial. Los padres de la Iglesia presentan este sacramento del perdón como “la segunda tabla de salvación después del naufragio que es la pérdida de la gracia”.

El Catecismo de la Iglesia Católica afirma que “la confesión de los pecados, incluso desde un punto de vista simplemente humano, nos libera y facilita nuestra reconciliación con los demás”. Por la confesión, “la Iglesia mira cara a cara los pecados de que se ha hecho culpable, acepta la responsabilidad y se abre así de nuevo a Dios y a la comunión de la Iglesia”.

Benedicto XVI ha centrado su mensaje para la Cuaresma de este año en la relación entre este tiempo litúrgico y el sacramento del bautismo y nos recuerda que este tiempo es una invitación para llevar a cabo una conversión profunda de nuestra vida, a dejarnos transformar por la acción del Espíritu Santo, como San Pablo en el camino de Damasco, abriéndonos a la caridad de Cristo. “El período cuaresmal –nos dice Benedicto XVI- es el momento favorable para reconocer nuestra debilidad, acoger, con una revisión de vida completa, la gracia renovadora del sacramento de la penitencia y caminar con decisión hacia Cristo”.

Me parece muy significativa –en especial para esta última etapa de la Cuaresma- esta invitación a abrirnos al perdón de Cristo y a renovarnos interiormente. Por ello, invito a los cristianos, en estos días cuaresmales y de preparación inmediata a la celebración de la Pascua, a recibir este sacramento del perdón de Dios por la confesión de los propios pecados.

Durante el tiempo cuaresmal hemos de acoger la gracia que Dios no da en el momento del bautismo y que se ofrece en el sacramento del perdón, como “segunda tabla de salvación”. Esto nos moverá a conversión para seguir a Cristo de una manera cada vez más generosa y auténtica y así ser dignos de obtener la vida eterna.


Publicado por verdenaranja @ 21:00  | Hablan los obispos
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"Mensaje de los Obispos a los Católicos y al Pueblo de Chile", documento de conclusión de la 101ª Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal de Chile, que se ha celebrado en Punta de Tralca del 4 al 8 de abril de 2011. 

Autor: Los Obispos de la Conferencia Episcopal de Chile
Fecha: 08/04/2011
Pais :Chile
Ciudad: Punta de Tralca
Ref. Cech: 111 / 2011 

Mensaje de los Obispos a los Católicos y al Pueblo de Chile
Mensaje al concluir la 101ª Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal de Chile. Punta de Tralca,
8 de abril de 2011. 

“Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella para santificarla” (Efesios 5, 25-26). 

A. IGLESIA SANTA Y NECESITADA DE PURIFICACIÓN 

1. Como fruto de nuestra reciente Asamblea Plenaria y ya en la cercanía de la Semana Santa, los obispos de la Conferencia Episcopal dirigimos este Mensaje a los católicos y personas de buena voluntad.

2. Hemos reflexionado en el misterio de Cristo “que amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella para santificarla, purificándola por medio del agua y de la palabra” (Efesios 5, 25-26). Por eso el Concilio Vaticano II dice que: “La Iglesia encierra en su propio seno a pecadores, y siendo al mismo tiempo santa y siempre necesitada de purificación, avanza continuamente por la senda de la penitencia y de la renovación” (Lumen Gentium, 8). 

B. EL TESTIMONIO QUE SE ESPERA DE NOSOTROS 

3. Expresamos nuestro profundo dolor por los casos pasados y recientes de abusos de menores y jóvenes, cometidos por miembros del clero y personas consagradas. Reconocemos que no siempre hemos reaccionado con prontitud y eficacia ante las denuncias. Manifestamos nuestra cercanía y solidaridad con las víctimas de estos abusos y con sus familias, y hacemos nuestros sus sufrimientos.

Les ofrecemos humildemente nuestra petición de perdón, el apoyo que podamos darles, además de nuestra oración. Extendemos nuestra petición de perdón a toda la comunidad eclesial por el mal ejemplo dado por algunos de sus ministros. 

4. El sacerdote tiene como principal misión ser testigo fiel y creíble del Evangelio. No serlo y, peor aún, constituirse en un anti testigo es una traición a la vocación recibida y a la misión encomendada por la Iglesia. Entre las situaciones más repudiables en la vida y el ministerio de un sacerdote, se encuentra el autoritarismo, el abuso de poder, y el abuso sexual contra menores y jóvenes. 

5. Con el Papa Juan Pablo II, volvemos a afirmar: “Quienes abusan de niños y jóvenes no tienen lugar en el sacerdocio”. Una vez más, consideramos que el compromiso del celibato es un don de Dios a su Iglesia, pero a su vez una gran responsabilidad de fidelidad al Señor, a la misión de la Iglesia y a las personas a quienes debemos servir con el amor de Cristo. Así nos comprometimos el día de nuestra ordenación. 

6. A los sacerdotes que han fallado a su compromiso y han causado daño a otros, les exhortamos a hacer un examen de conciencia personal y a responder de sus actos delante de Dios, de la sociedad y de sus superiores. El Papa Benedicto XVI les dice: “La justicia de Dios nos llama a dar cuenta de nuestras acciones sin ocultar nada. Admitan abiertamente su culpa, sométanse a las exigencias de la justicia, pero no desesperen de la misericordia de Dios” (Carta a los Católicos de Irlanda, 7). 

7. Al mismo tiempo, queremos alentar a tantos sacerdotes que, llevando “el peso del día y del calor” (San Mateo 20,12), sirven a la gente de tan diversas formas, conduciéndolas a una vida más plena en Cristo.

A ellos les renovamos nuestra gratitud y estima, sabiendo también que el Pueblo de Dios ora por sus sacerdotes y les apoya, perseverando en la fe y la esperanza, aun en medio de las dificultades. Nos comprometemos a perfeccionar la selección y formación de los candidatos al sacerdocio, y el acompañamiento a los sacerdotes. 

C. TRANSPARENCIA, VERDAD Y JUSTICIA 

8. Hemos reflexionado acerca del crítico escenario que vive nuestra Iglesia tras la sentencia impuesta por la Santa Sede al presbítero Fernando  Karadima. Nos duele y preocupa que otros consagrados estén siendo involucrados en presuntos abusos a menores, un pecado abominable para la conciencia cristiana.

De un modo especial nos estremece el impacto que, con toda razón, estas situaciones producen en nuestras comunidades y en la opinión pública. 

9. Agradecemos la solicitud y prontitud de la Congregación para la Doctrina de la Fe en emitir una resolución en el caso del presbítero Karadima, sobre la base de la documentación enviada por el arzobispo emérito de Santiago, cardenal Francisco Javier Errázuriz. La palabra final de quienes tienen el ministerio de ejercer la justicia en nombre del Papa, nos alentará a perseverar en el camino de la transparencia, la verdad y la justicia.

10. El arzobispo de Santiago, monseñor Ricardo Ezzati, ha realizado una petición de perdón a las víctimas. También lo han hecho otros pastores ante situaciones similares en sus diócesis. Igualmente los obispos que forman parte de la Unión Sacerdotal del Sagrado Corazón han manifestado públicamente

“su cercanía con las víctimas, sus familias y todas las personas que por estos tan tristes acontecimientos han sufrido y se han escandalizado”. Ahora, como Asamblea Plenaria, todos con humildad nos adherimos a esta petición de perdón. 

D. ALGUNAS RESOLUCIONES

11. Para enfrentar este tipo de delitos aberrantes, hemos reformulado un Protocolo, elaborado el año 2003, estableciendo en forma pormenorizada los procedimientos del obispo diocesano y del promotor de justicia ante denuncias de abusos, conforme a la normativa de la Santa Sede. Este Protocolo se hará público a través de los conductos informativos regulares de la Conferencia Episcopal de Chile. 

12. Estableceremos un organismo de la Conferencia Episcopal que oriente y dirija nuestras políticas de prevención de abusos sexuales y ayude a las víctimas. Pediremos la colaboración a organismos de nuestras Universidades Católicas, así como a destacados profesionales para implementar programas concretos, como son: 

a) La atención psicológica y espiritual a víctimas de abusos sexuales.

b) Un programa de prevención que capacite a agentes pastorales para responder ante signos de abusos de un menor o joven y que genere ambientes sanos y seguros para todos. Los niños deben también ser enseñados para reconocer situaciones de eventual abuso.

c) Luego de haber actualizado las políticas comunicacionales de la Conferencia Episcopal y como un gesto de transparencia y disponibilidad al servicio de los medios de comunicación, la Asamblea Plenaria ha solicitado al Sr. Jaime Coiro, periodista, profesor y director de Comunicaciones y Prensa de la Conferencia Episcopal, que asuma como portavoz de ésta. 

E. SANTIDAD DE VIDA Y MISIÓN 

13. Queremos alimentar y enriquecer nuestra fraternidad como obispos. Servimos a un único Señor en una Iglesia que es expresión plural de carismas. Desde esta realidad, la comunión misionera es tarea de todos, pastores y fieles laicos, especialmente en este tiempo de Misión Continental. 

14. En la Iglesia todos estamos llamados a la santidad de vida, y un signo elocuente de ello es la próxima Beatificación de Juan Pablo II. Sólo permaneciendo en el amor de Cristo recuperaremos las confianzas mutuas y seremos capaces de seguir siendo luz que alumbra y da sentido a la vida de nuestro pueblo. Queremos pedirles oraciones especiales por los sacerdotes, diáconos y mujeres consagradas para que continúen con alegría su vocación de ser anunciadores del Evangelio de Cristo. 

15. La próxima Semana Santa nos urge a tomar parte con autenticidad en la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo con toda su eficacia purificadora y redentora. El Señor llama a todos a la conversión y nos propone un camino de curación, renovación y reparación. Este camino nos exige una creciente verdad, justicia, reconciliación y perdón. 

16. Confiamos que por medio de esta dolorosa experiencia de purificación y conversión, el Señor fortalezca el servicio que la Iglesia está llamada a ofrecer al Pueblo de Dios y a la sociedad chilena. Nos encomendamos a la protección maternal de la Virgen del Carmen, Madre de Chile e imagen de nuestra Iglesia. 

† HÉCTOR VARGAS BASTIDAS
Obispo de Arica

† MARCO ANTONIO ÓRDENES FERNÁNDEZ
Obispo de Iquique

† GUILLERMO VERA SOTO
Obispo de Calama

† PABLO LIZAMA RIQUELME
Arzobispo de Antofagasta

† GASPAR QUINTANA JONQUERA
Obispo de Copiapó

† MANUEL DONOSO DONOSO
Arzobispo de La Serena

† LUIS GLEISNER WOBBE
Obispo Auxiliar de La Serena

† JORGE VEGA VELASCO
Obispo Prelado de Illapel

† CRISTIÁN CONTRERAS MOLINA
Obispo de San Felipe

+ GONZALO DUARTE GARCÍA DE CORTÁZAR
†bispo de Valparaíso

† SANTIAGO SILVA RETAMALES
Obispo Auxiliar de Valparaíso

† RICARDO EZZATI ANDRELLO
Arzobispo de Santiago

† ANDRÉS ARTEAGA MANIEU
Obispo Auxiliar de Santiago

† CRISTIÁN CONTRERAS VILLARROEL
Obispo Auxiliar de Santiago

† FERNANDO CHOMALI GARIB
Obispo Auxiliar de Santago

† JUAN IGNACIO GONZÁLEZ ERRÁZURIZ
Obispo de San Bernardo

† ENRIQUE TRONCOSO TRONCOSO
Obispo de Melipilla

† ALEJANDRO GOIC KARMELIC
Obispo de Rancagua

† HORACIO VALENZUELA ABARCA
Obispo de Talca

† TOMISLAV KOLJATIC MAROEVIC
Obispo de Linares

+ CARLOS PELLEGRIN BARRERA
Obispo de Chillán

† PEDRO OSSANDÓN BULJEVIC
Administrador Apostólico de Concepción

† FELIPE BACARREZA RODRÍGUEZ
Obispo de Santa María de los Ángeles

† MANUEL CAMILO VIAL RISOPATRÓN
Obispo de Temuco

† FRANCISCO J. STEGMEIER SCHMIDLIN
Obispo de Villarrica

† IGNACIO DUCASSE MEDINA
Obispo de Valdivia

† RENÉ REBOLLEDO SALINAS
Obispo de Osorno

† CRISTIÁN CARO CORDERO
Arzobispo de Puerto Montt

† JUAN MARÍA AGURTO MUÑOZ
Obispo de Ancud

† LUIS INFANTI DE LA MORA
Obispo Vicario Apostólico de Aysén

† BERNARDO BASTRES FLORENCE
Obispo de Punta Arenas

† JUAN BARROS MADRID
Obispo Castrense

Punta de Tralca, 8 de abril de 2011.


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Lectio divina para el lunes de la tercera semana de Pascua  2011, ofrecida por la Delegación Diocesana de Liturgia de la diócesis de Tenerife.

LECTURA:               “Juan 6, 22‑29”

Después que Jesús hubo saciado a cinco mil hombres, sus discípulos lo vieron caminando sobre el lago.

Al día siguiente, la gente que se había quedado al otro lado del lago notó que allí no había habido más que una lancha y que Jesús no había embarcado con sus discípulos, sino que sus discípulos se habían marchado solos.

Entretanto, unas lanchas de Tiberiades llegaron cerca del sitio donde habían comido el pan sobre el que el Señor pronunció la acción de gracias. Cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús. Al encontrarlo en la otra orilla del lago, le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo has venido aquí?»

Jesús les contestó: «Os lo aseguro, me buscáis, no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre; pues a éste lo ha sellado el Padre, Dios.» Ellos le preguntaron: «Y, ¿qué obras tenemos que hacer para trabajar en lo que Dios quiere?»

Respondió Jesús: «La obra que Dios quiere es ésta: que creáis en el que él ha enviado.»

MEDITACIÓN:              “Que creáis”

            Ése es el secreto o la clave, como queramos llamarlo. El gran problema, el gran vacío que hoy se palpa viene marcado, sencillamente, porque no somos capaces de creer. No solamente creer en algo más allá de nosotros, sino de creer en nosotros mismos. Parece que hemos perdido la capacidad de descubrir nuestro potencial y nuestras posibilidades de construirnos desde lo más noble que hay en nosotros. Nos cuesta mirar más allá de nosotros mismos y parece que todo lo que se opone a mí, todo lo que no entra en el ámbito de mis intereses, se convierte en algo a eliminar de la forma que sea, porque ya da igual.

            Pero no lo podemos eludir, para creer en nosotros a pesar de nosotros mismos, es vital el creer en ti. Tú te has presentando como el hombre, que desde Dios, has sido para los otros. Has sido y eres el Dios con nosotros y para nosotros. Por eso has llevado las consecuencias del amor hasta su máxima expresión. Dios nos descubre que la historia, para hacerla humana, sólo se puede asumir desde el amor. Y tú, Señor, trabajaste, pusiste tu empeño, no ahorraste ni el mínimo gesto para manifestarlo, por eso diste la vida y por eso vives.

            Necesitamos creer, necesito creer en ti. Necesitamos, necesito creer en el amor, es lo único que nos puede salvar del absurdo. Pero decimos que no necesitamos ser salvados, y decir eso es negar toda posibilidad de esperanza humana. Sálvanos, Señor de esa desesperanza, sálvanos de nuestros intereses y cortedad humana, sálvanos para que construyamos vida, generemos vida que pueda culminar contigo en la Vida.

ORACIÓN:             “Que trabaje”

            No nos impones las cosas por buenas que sean, nos las ofreces como don y como tarea. Señor, que trabaje mis sueños, que son tus sueños, con todas mis fuerzas.  

            Que trabaje, Señor, mi cabeza y mi corazón, que trabaje mis actitudes, que trabaje mi fe, que busque con fuerza e ilusión aquello que anhelo.

            Señor, que no me justifique, sabes de mis posibilidades y mis limitaciones, que trabaje todo lo que me has dado, lo soy y lo que tengo, que me trabaje para mi bien y el de mis hermanos, contigo, Señor.  

CONTEMPLACIÓN:             “Mi alimento”

Me sobra la comida
y, sin embargo, tengo hambre,
me muero de hambre.

Tengo hambre de paz,
de amor y libertad.

Tengo hambre de verdad,
de misericordia y de ternura.

Tengo hambre de humanidad.

Tengo hambre de fe y de esperanza;
tengo hambre de ti.

Y tú te me ofreces
como mi alimento,
el único capaz de saciarme
desde lo más profundo de mi ser:
Eres mi único pan de vida.


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sábado, 07 de mayo de 2011

ZENIT publica el discurso que dirigió Benedicto XVI el viernes 8 de Abril de 2011 a los participantes en la asamblea plenaria de la Comisión Pontificia para América Latina.

Criterios de Benedicto XVI para discernir la piedad popular

Señores Cardenales,
Queridos hermanos en el Episcopado

1. Saludo con afecto a los Consejeros y Miembros de la Comisión Pontificia para América Latina, que se han reunido en Roma para su Asamblea Plenaria. Saludo de manera especial al Señor Cardenal Marc Ouellet, Prefecto de la Congregación para los Obispos y Presidente de dicha Comisión Pontificia, agradeciéndole vivamente las palabras que me ha dirigido en nombre de todos para presentarme los resultados de estos días de estudio y reflexión.

2. El tema elegido para este encuentro, «Incidencia de la piedad popular en el proceso de evangelización de América Latina», aborda directamente uno de los aspectos de mayor importancia para la tarea misionera en la que están empeñadas las Iglesias particulares de ese gran continente latinoamericano. Los Obispos que se reunieron en Aparecida para la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, que tuve el gusto de inaugurar en mi viaje a Brasil, en mayo de 2007, presentan la piedad popular como un espacio de encuentro con Jesucristo y una forma de expresar la fe de la Iglesia. Por tanto, no puede ser considerada como algo secundario de la vida cristiana, pues eso «sería olvidar el primado de la acción del Espíritu y la iniciativa gratuita del amor de Dios» (Documento conclusivo, n. 263).

Esta expresión sencilla de la fe tiene sus raíces en el comienzo mismo de la evangelización de aquellas tierras. En efecto, a medida que el mensaje salvador de Cristo fue iluminando y animando las culturas de allí, se fue tejiendo paulatinamente la rica y profunda religiosidad popular que caracteriza la vivencia de fe de los pueblos latinoamericanos, la cual, como dije en el Discurso de inauguración de la Conferencia de Aparecida, constituye «el precioso tesoro de la Iglesia católica en América Latina, y que ella debe proteger, promover y, en lo que fuera necesario, también purificar» (n. 1).

3. Para llevar a cabo la nueva evangelización en Latinoamérica, dentro de un proceso que impregne todo el ser y quehacer del cristiano, no se pueden dejar de lado las múltiples demostraciones de la piedad popular. Todas ellas, bien encauzadas y debidamente acompañadas, propician un fructífero encuentro con Dios, una intensa veneración del Santísimo Sacramento, una entrañable devoción a la Virgen María, un cultivo del afecto al Sucesor de Pedro y una toma de conciencia de pertenencia a la Iglesia. Que todo ello sirva también para evangelizar, para comunicar la fe, para acercar a los fieles a los sacramentos, para fortalecer los lazos de amistad y de unión familiar y comunitaria, así como para incrementar la solidaridad y el ejercicio de la caridad.

Por consiguiente, la fe tiene que ser la fuente principal de la piedad popular, para que ésta no se reduzca a una simple expresión cultural de una determinada región. Más aún, tiene que estar en estrecha relación con la sagrada Liturgia, la cual no puede ser sustituida por ninguna otra expresión religiosa. A este respecto, no se puede olvidar, como afirma el Directorio sobre la piedad popular y la liturgia, publicado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, que «liturgia y piedad popular son dos expresiones cultuales que se deben poner en relación mutua y fecunda: en cualquier caso, la Liturgia deberá constituir el punto de referencia para "encauzar con lucidez y prudencia los anhelos de oración y de vida carismática" que aparecen en la piedad popular; por su parte la piedad popular, con sus valores simbólicos y expresivos, podrá aportar a la Liturgia algunas referencias para una verdadera inculturación, y estímulos para un dinamismo creador eficaz» (n. 58).

4. En la piedad popular se encuentran muchas expresiones de fe vinculadas a las grandes celebraciones del año litúrgico, en las que el pueblo sencillo de América Latina reafirma el amor que siente por Jesucristo, en quien encuentra la manifestación de la cercanía de Dios, de su compasión y misericordia. Son incontables los santuarios que están dedicados a la contemplación de los misterios de la infancia, pasión, muerte y resurrección del Señor, y a ellos concurren multitudes de personas para poner en sus divinas manos sus penas y alegrías, pidiendo al mismo tiempo copiosas gracias e implorando el perdón de sus pecados. Íntimamente unida a Jesús, está también la devoción de los pueblos de Latinoamérica y el Caribe a la Santísima Virgen María. Ella, desde los albores de la evangelización, acompaña a los hijos de ese continente y es para ellos manantial inagotable de esperanza. Por eso, se recurre a Ella como Madre del Salvador, para sentir constantemente su protección amorosa bajo diferentes advocaciones. De igual modo, los santos son tenidos como estrellas luminosas que constelan el corazón de numerosos fieles de aquellos países, edificándolos con su ejemplo y protegiéndolos con su intercesión.

5. No se puede negar, sin embargo, que existen ciertas formas desviadas de religiosidad popular que, lejos de fomentar una participación activa en la Iglesia, crean más bien confusión y pueden favorecer una práctica religiosa meramente exterior y desvinculada de una fe bien arraigada e interiormente viva. A este respecto, quisiera recordar aquí lo que escribí a los seminaristas el año pasado: «La piedad popular puede derivar hacia lo irracional y quizás también quedarse en lo externo. Sin embargo, excluirla es completamente erróneo. A través de ella, la fe ha entrado en el corazón de los hombres, formando parte de sus sentimientos, costumbres, sentir y vivir común. Por eso, la piedad popular es un gran patrimonio de la Iglesia. La fe se ha hecho carne y sangre. Ciertamente, la piedad popular tiene siempre que purificarse y apuntar al centro, pero merece todo nuestro aprecio, y hace que nosotros mismos nos integremos plenamente en el "Pueblo de Dios"» (Carta a los seminaristas, 18 octubre 2010, n. 4).

6. Durante los encuentros que he tenido en estos últimos años, con ocasión de sus visitas ad limina, los Obispos de América Latina y del Caribe me han hecho siempre referencia a lo que están realizando en sus respectivas circunscripciones eclesiásticas para poner en marcha y alentar la Misión continental, con la que el episcopado latinoamericano ha querido relanzar el proceso de nueva evangelización después de Aparecida, invitando a todos los miembros de la Iglesia a ponerse en un estado permanente de misión. Se trata de una opción de gran trascendencia, pues se quiere con ella volver a un aspecto fundamental de la labor de la Iglesia, es decir, dar primacía a la Palabra de Dios para que sea el alimento permanente de la vida cristiana y el eje de toda acción pastoral.

Este encuentro con la divina Palabra debe llevar a un profundo cambio de vida, a una identificación radical con el Señor y su Evangelio, a tomar plena conciencia de que es necesario estar sólidamente cimentado en Cristo, reconociendo que «no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida, y, con ello, una orientación decisiva» (Carta enc. Deus caritas est, n. 1).

En este sentido, me complace saber que en América Latina ha ido creciendo la práctica de la lectio divina en las parroquias y en las pequeñas comunidades eclesiales, como una forma ordinaria para alimentar la oración y, de esa manera, dar solidez a la vida espiritual de los fieles, ya que «en las palabras de la Biblia, la piedad popular encontrará una fuente inagotable de inspiración, modelos insuperables de oración y fecundas propuestas de diversos temas» (Directorio sobre la piedad popular y la liturgia, n. 87).

7. Queridos hermanos, les agradezco sus valiosos aportes encaminados a proteger, promover y purificar todo lo relacionado con las expresiones de la religiosidad popular en América Latina. Para alcanzar este objetivo, será de gran valor continuar impulsando la Misión continental, en la cual ha de tener particular espacio todo lo que se refiere a este ámbito pastoral, que constituye una manera privilegiada para que la fe sea acogida en el corazón del pueblo, toque los sentimientos más profundos de las personas y se manifieste vigorosa y operante por medio de la caridad (cf. Ga 5, 6).

8. Al concluir este gozoso encuentro, a la vez que invoco el dulce Nombre de María Santísima, perfecta discípula y pedagoga de la evangelización, les imparto de corazón la Bendición Apostólica, prenda de la benevolencia divina.

[Texto original en español
©Libreria Editrice Vaticana]


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ZENIT  publica la segunda meditación de Cuaresma 2011 que predicó este viernes el padre Raniero Cantalamessa OFM cap, predicador de la Casa Pontificia, ante Benedicto XVI y la Curia Romana, sobre “Que la caridad sea sin fingimiento”

Predicador del Papa: “La caridad, sin fingimiento”
Tercera meditación del padre Raniero Cantalamessa ante el Papa y la Curia Romana
P. Raniero Cantalamessa

QUE LA CARIDAD SEA SIN FINGIMIENTO

 1. Amarás al, prójimo como a ti mismo

Se ha observado un hecho. El río Jordán, en su curso, forma dos mares: el mar de Galilea y el mar Muerto, pero mientras que el mar de Galilea es un mar bullente de vida, entre las aguas con más pesca de la tierra, el mar Muerto es precisamente un mar “muerto”, no hay traza de vida en él ni a su alrededor, sólo salinas. Y sin embargo se trata de la misma agua del Jordán. La explicación, al menos en parte, es esta: el mar de Galilea recibe las aguas del Jordán, pero no las retiene para sí, las hace volver a fluir de manera que puedan irrigar todo el valle del Jordán.

El mar Muerto recibe las aguas y las retiene para sí, no tiene desaguaderos, de él no sale una gota de agua. Es un símbolo. Para recibir amor de Dios, debemos darlo a los hermanos, y cuanto más lo damos, más lo recibimos. Sobre esto queremos reflexionar en esta meditación.

Tras haber reflexionado en las primeras dos meditaciones sobre el amor de Dios como don, ha llegado el momento de meditar también sobre el deber de amar, y en particular en el deber de amar al prójimo. El vínculo entre los dos amores se expresa de forma programática por la palabra de Dios: “Si Dios nos amó tanto, también nosotros debemos amarnos los unos a los otros. ” (1 Jn 4,11).

“Amarás a tu prójimo como a ti mismo” era un mandamiento antiguo, escrito en la ley de Moisés (Lv 19,18) y Jesús mismo lo cita como tal (Lc 10, 27). ¿Cómo entonces Jesús lo llama “su” mandamiento y el mandamiento “nuevo”? La respuesta es que con él han cambiado el objeto, el sujeto y el motivo del amor al prójimo.

Ha cambiado ante todo el objeto, es decir, el prójimo a quien amar. Este ya no es sólo el compatriota, o como mucho el huésped que vive con el pueblo, sino todo hombre, incluso el extranjero (¡el Samaritano!), incluso el enemigo. Es verdad que la segunda parte de la frase “Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo” no se encuentra literalmente en el Antiguo Testamento, pero resume su orientación general, expresada en la ley del talión: “ojo por ojo, diente por diente” (Lv 24,20), sobre todo si se compara con lo que Jesús exige de los suyos:

“Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, rogad por sus perseguidores; así seréis hijos del Padre que está en el cielo, porque él hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos. Si amáis solamente a quienes os aman, ¿qué recompensa merecéis? ¿No hacen lo mismo los publicanos? Y si saludáis solamente a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo los paganos?” (Mt 5, 44-47).

Ha cambiado también el sujeto del amor al prójimo, es decir, el significado de la palabra prójimo. Este no es el otro; soy yo, no es el que está cercano, sino el que se hace cercano. Con la parábola del buen samaritano Jesús demuestra que no hay que esperar pasivamente a que el prójimo aparezca en mi camino, con muchas señales luminosas, con las sirenas desplegadas. El prójimo eres tu, es decir, el que tu puedes llegar a ser. El prójimo no existe de partida, sino que se tendrá un prójimo sólo el que se haga próximo a alguien.

Ha cambiado sobre todo el modelo o la medida del amor al prójimo. Hasta Jesús, el modelo era el amor de uno mismo: “como a ti mismo”. Se dijo que Dios no podía asegurar el amor al prójimo a un “perno” más seguro que este; no habría obtenido el mismo objetivo ni siquiera su hubiese dicho: “¡Amarás a tu prójimo como a tu Dios!”, porque sobre el amor a Dios – es decir, sobre qué es amar a Dios – el hombre todavía puede hacer trampa , pero sobre el amor a sí mismo no. El hombre sabe muy bien qué significa, en toda circunstancia, amarse a sí mismo; es un espejo que tiene siempre ante sí, no tiene escapatoria1.

Y sin embargo deja una escapatoria, y es por ello que Jesús lo sustituye por otro modelo y otra medida: “Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros, como yo os he amado” (Jn 15,12). El hombre puede amarse a sí mismo de forma equivocada, es decir, desear el mal, no el bien, amar el vicio, no la virtud. Si un hombre semejante ama a los demás como a sí mismo, ¡pobrecita la persona que sea amada así! Sabemos en cambio a dónde nos lleva el amor de Jesús: a la verdad, al bien, al Padre. Quien le sigue “no camina en las tinieblas”. Él nos amó dando la vida por nosotros, cuando éramos pecadores, es decir, enemigos (Rm 5, 6 ss).

Se entiende de este modo qué quiere decir el evangelista Juan con su afirmación aparentemente contradictoria: “Queridos míos, no os doy un mandamiento nuevo, sino un mandamiento antiguo, el que aprendisteis desde el principio: este mandamiento antiguo es la palabra que oísteis. Sin embargo, el mandamiento que os doy es nuevo” (1 Jn 2, 7-8). El mandamiento del amor al prójimo es “antiguo” en la letra, pero “nuevo” por la novedad misma del evangelio. Nuevo – explica el Papa en un capítulo de su nuevo libro sobre Jesús – porque no es ya solo “ley”, sino también, e incluso antes, “gracia”. Se funda en la comunión con Cristo, hecha posible por el don del Espíritu.2

Con Jesús se pasa de la ley del contrapeso, o entre dos actores: “Lo que el otro te hace, házselo tu a él”, a la ley del traspaso, o a tres actores: “Lo que Dios te ha hecho a ti, hazlo tu al otro”, o, partiendo de la dirección opuesta: “Lo que tu hayas hecho al otro, es lo que Dios hará contigo”. Son incontables las palabras de Jesús y de los apóstoles que repiten este concepto: “Como Dios os ha perdonado, perdonaos unos a otros”: “Si no perdonáis de corazón a vuestros enemigos, tampoco vuestro padre os perdonará”. Se corta la excusa de raíz: “Pero él no me ama, me ofende...”. Esto le compete a él, no a ti. A ti te tiene que importar sólo lo que haces al otro y cómo te comportas frente a lo que el otro te hace a ti.

Queda pendiente la pregunta principal: ¿por qué este singular cambio de rumbo del amor de Dios al prójimo? ¿No sería más lógico esperarse: “Como yo os he amado, amadme así a mi”?, en lugar de: “Como yo os he amado, amaos así unos a otros”? Aquí está la diferencia entre el amor puramente de eros y el amor de eros y agape unidos. El amor puramente erótico es de circuito cerrado: “Ámame, Alfredo, ámame como yo te amo”: así canta Violeta en la Traviata de Verdi: yo te amo, tu me amas. El amor de agape es de circuito abierto: viene de Dios y vuelve a él, pero pasando por el prójimo. Jesús inauguró él mismo este nuevo tipo de amor: “Como el Padre me ha amado, así también os he amado yo” (Jn 15, 9).

Santa Catalina de Siena dio, del motivo de ello, la explicación más sencilla y convincente. Ella hace decir a Dios:

“Yo os pido que me améis con el mismo amor con que yo os amo. Esto no me lo podéis hacer a mi, porque yo os amé sin ser amado. Todo el amor que tenéis por mí es un amor de deuda, no de gracia, porque estáis obligados a hacerlo, mientras que yo os amo con un amor de gracia, no de deuda. Por ello, vosotros no podéis darme el amor que yo requiero. Por esto os he puesto al lado a vuestro prójimo: para que hagáis a este lo que no podéis hacerme a mi, es decir, amarlo sin consideraciones de mérito y sin esperaron utilidad alguna. Y yo considero que me hacéis a mi lo que le hacéis a él”3.

2. Amaos de verdadero corazón

Tras estas reflexiones generales sobre el mandamiento del amor al prójimo, ha llegado el momento de hablar de la cualidad que debe revestir este amor. Éstas son fundamentalmente dos: debe ser un amor sincero y un amor de los hechos, un amor del corazón y un amor, por así decirlo, de las manos. Esta vez nos detendremos en la primera cualidad, y lo hacemos dejándonos guiar por el gran cantor de la caridad que es Pablo.

La segunda parte de la Carta a los Romanos es toda una sucesión de recomendaciones sobre el amor mutuo dentro de la comunidad cristiana: “Que vuestra caridad sea sin fingimiento[...]; amaos unos a otros con afecto fraterno, competid en estimaros mutuamente...” (Rm 12, 9 ss). “Que la única deuda con los demás sea la del amor mutuo: el que ama al prójimo ya cumplió toda la Ley” (Rm 13, 8).

Para captar el espíritu que unifica todas estas recomendaciones, la idea de fondo, o mejor, el “sentimiento” que Pablo tiene de la caridad, debe partirse de esa palabra inicial: “Que la caridad sea sin fingimiento”. Esta no es una de las muchas exhortaciones, sino la matriz de la que deriva todas las demás. Contiene el secreto de la caridad. Intentemos captar, con la ayuda del Espíritu, este secreto.

El término original usado por san Pablo y que se traduce como “sin fingimiento”, es anhypòkritos, es decir, sin hipocresía. Este término es una especie de “chivato”; es, de hecho, un término raro que encontramos empleado, en el Nuevo Testamento, casi exclusivamente para definir el amor cristiano. La expresión “amor sincero” (anhypòkritos) vuelve ahora en 2 Corintios 6, 6 y en 1 Pedro 1, 22. Este último texto permite captar, con toda certeza, el significado del término en cuestión, porque lo explica con una perífrasis; el amor sincero – dice – consiste en amarse intensamente “de verdadero corazón”.

San Pablo, por tanto, con esa sencilla afirmación: “que la caridad sea sin fingimiento”, lleva el discurso a la raíz misma de la caridad, al corazón. Lo que se exige del amor es que sea verdadero, auténtico, no fingido. Como el vino, para ser “sincero”, debe ser exprimido de la uva, así el amor del corazón. También en ello el Apóstol es el eco fiel del pensamiento de Jesús; él, de hecho, había indicado, repetidamente y con fuerza, al corazón, como el “lugar” en el que se decide el valor de lo que el hombre hace, lo que es puro, o impuro, en la vida de una persona (Mt 15, 19).

Podemos hablar de una intuición paulina, respecto de la caridad; ésta consiste en revelar, tras el universo visible y exterior de la caridad, hecho de obras y de palabras, otro universo totalmente interior, que es, respecto al primero, lo que el alma es para el cuerpo. Volvemos a encontrar esta intuición en el otro gran texto sobre la caridad que es 1 Corintios 13. Lo que san Pablo dice allí, bien mirado, se refiere totalmente a esta caridad interior, a las disposiciones y a los sentimientos de caridad: la caridad es paciente, es benigna, no es envidiosa, no se irrita, todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera... No hay nada que se refiera, directamente de por sí, a hacer el bien, u obras de caridad, sino que todo se reconduce a la raíz del querer bien. La benevolencia viene antes que la beneficencia.

Es el Apóstol mismo el que explicita la diferencia entre las dos esferas de la caridad, diciendo que el mayor acto de caridad exterior – el distribuir a los pobres todos los bienes – no serviría de nada sin la caridad interior (cf. 1 Cor 13, 3). Sería lo opuesto de la caridad “sincera”. La caridad hipócrita, de hecho, es precisamente la que hace el bien, sin querer bien, que muestra exteriormente algo que no tiene una correspondencia en el corazón. En este caso, se tiene una falta de caridad, que puede, incluso, esconder egoísmo, búsqueda de sí, instrumentalización del hermano, o incluso simple remordimiento de conciencia.

Sería un error fatal contraponer entre sí caridad del corazón y caridad de los hechos, o refugiarse en la caridad interior, para encontrar en ella una especie de coartada a la falta de caridad de los hechos. Por lo demás, decir que, sin la caridad, “de nada me aprovecha” siquiera el dar todo a los pobres, no significa decir que esto no le sirve a nadie y que es inútil; significa más bien decir que no me aprovecha “a mí”, mientras que puede aprovechar al pobre que la recibe. No se trata, por tanto, de atenuar la importancia de las obras de caridad (lo veremos, decía, la próxima vez), sino de asegurarles un fundamento seguro contra el egoísmo y sus infinitas astucias. San Pablo quiere que los cristianos estén “arraigados y fundados en la caridad” (Ef 3, 17), es decir, que el amor sea la raíz y el fundamento de todo.

Amar sinceramente significa amar a esta profundidad, allí donde no se puede mentir, porque estás solo ante ti mismo, solo ante el espejo de tu conciencia, bajo la mirada de Dios. “Ama a su hermano – escribe Agustín – el que, ante Dios, allí donde él solo ve, afirma su corazón y se pregunta íntimamente si verdaderamente actúa así por amor al hermano; y ese ojo que penetra en el corazón, allí adonde el hombre no puede llegar, le da testimonio”4. Era amor sincero por ello el de Pablo por los judíos si podía decir: “ Digo la verdad en Cristo, no miento, y mi conciencia me lo atestigua en el Espíritu Santo. Siento una gran tristeza y un dolor constante en mi corazón. Yo mismo desearía ser maldito, separado de Cristo, en favor de mis hermanos, los de mi propia raza” (Rom 9,1-3).

Para ser genuina, la caridad cristiana debe, por tanto, partir desde el interior, desde el corazón; las obras de misericordia de las “entrañas de misericordia” (Col 3, 12). Con todo, debemos precisar en seguida que aquí se trata de algo mucho más radical que la simple “interiorización”, es decir, de un poner el acento de la práctica exterior de la caridad a la práctica interior. Este es solo el primer paso. ¡La interiorización apunta a la divinización! El cristiano – decía san Pedro – es aquel que ama “de verdadero corazón”: ¿pero con qué corazón? ¡Con “el corazón nuevo y el Espíritu nuevo” recibido en el bautismo!

Cuando un cristiano ama así, es Dios el que ama a través de él; él se convierte en un canal del amor de Dios. Sucede como con el consuelo, que no es otra cosa sino una modalidad del amor: “Dios nos consuela en cada una de nuestras tribulaciones para que podamos también nosotros consolar a quienes se encuentran en todo tipo de aflicción con el consuelo con el que nosotros mismos somos consolados por Dios” (2 Cor 1, 4). Nosotros consolamos con el consuelo con el que somos consolados por Dios, amamos con el amor con el que somos amados por Dios. No con uno diverso. Esto explica el eco, aparentemente desproporcionado, que tiene a veces un sencillísimo acto de amor, a menudo escondido, la esperanza y la luz que crea alrededor.

3. La caridad edifica

Cuando se habla de la caridad en los escritos apostólicos, no se habla de ella nunca en abstracto, de modo genérico. El trasfondo es siempre la edificación de la comunidad cristiana. En otras palabras, el primer ámbito de ejercicio de la caridad debe ser la Iglesia, y más concretamente aún la comunidad en la que se vive, las personas con las que se mantienen relaciones cotidianas. Así debe suceder también hoy, en particular en el corazón de la Iglesia, entre aquellos que trabajan en estrecho contacto con el Sumo Pontífice.

Durante un cierto tiempo en la antigüedad se quiso designar con el término caridad, agape, no sólo la comida fraterna que los cristianos tomaban juntos, sino también a toda la Iglesia5. El mártir san Ignacio de Antioquía saluda a la Iglesia de Roma como la que “preside en la caridad (agape)”, es decir, en la “fraternidad cristiana”, el conjunto de todas las iglesias6. Esta frase no afirma sólo el hecho del primado, sino también su naturaleza, o el modo de ejercerlo: es decir, en la caridad.

La Iglesia tiene necesidad urgente de una llamarada de caridad que cure sus fracturas. En un discurso suyo, Pablo VI decía: “La Iglesia necesita sentir refluir por todas sus facultades humanas la ola del amor, de ese amor que se llama caridad, y que precisamente ha sido difundida en nuestros corazones precisamente por el Espíritu Santo que se nos ha dado” 7. Sólo el amor cura. Es el óleo del samaritano. Oleo también porque debe flotar por encima de todo, como hace precisamente el aceite respecto a los líquidos. “Que por encima de todo esté la caridad, que es el vínculo de la perfección” (Col 3, 14). Por encima de todo, super omnia! Por tanto también de la fe y de la esperanza, de la disciplina, de la autoridad, aunque, evidentemente, la propia disciplina y autoridad puede ser una expresión de la caridad. No hay unidad sin la caridad y, si la hubiese, sería sólo una unidad de poco valor para Dios.

Un ámbito importante sobre el que trabajar es el de los juicios recíprocos. Pablo escribía a los Romanos: “Entonces, ¿Con qué derecho juzgas a tu hermano? ¿Por qué lo desprecias? ... Dejemos entonces de juzgarnos mutuamente” (Rm 14, 10.13). Antes de él Jesús había dicho: “No juzguéis y no seréis juzgados [...] ¿Por qué te fijas en la paja que está en el ojo de tu hermano y no adviertes la viga que está en el tuyo?” (Mt 7, 1-3). Compara el pecado del prójimo (el pecado juzgado), cualquiera que sea, con una pajita, frente al pecado de quien juzga (el pecado de juzgar) que es una viga. La viga es el hecho mismo de juzgar, tan grave es eso a los ojos de Dios.

El discurso sobre los juicios es ciertamente delicado y complejo y no se puede dejar a medias, sin que aparezca en seguida poco realista. ¿Cómo se puede, de hecho, vivir del todo sin juzgar? El juicio está dentro de nosotros incluso en una mirada. No podemos observar, escuchar, vivir, sin dar valoraciones, es decir, sin juzgar. Un padre, un superior, un confesor, un juez, quien tenga una responsabilidad sobre los demás, debe juzgar. Es más, a veces, como es el caso de muchos aquí en la Curia, el juzgar es, precisamente, el tipo de servicio que uno está llamado a prestar a la sociedad o a la Iglesia.

De hecho, no es tanto el juicio el que se debe quitar de nuestro corazón, ¡sino más bien el veneno de nuestro juicio! Es decir, el hastío, la condena. En el relato de Lucas, el mandato de Jesús: “No juzguéis y no seréis juzgados” es seguido inmediatamente, como para explicitar el sentido de estas palabras, por el mandato: “No condenéis y no seréis condenados” (Lc 6, 37). De por sí, el juzgar es una acción neutral, el juicio puede terminar tanto en condena como en absolución y justificación. Son los prejuicios negativos los que son recogidos y prohibidos por la palabra de Dios, los que junto con el pecado condenan también al pecador, los que miran más al castigo que a la corrección del hermano.

Otro punto cualificador de la caridad sincera es la estima: “competid en estimaros mutuamente” (Rm 12, 10). Para estimar al hermano, es necesario no estimarse uno mismo demasiado; es necesario – dice el Apóstol – “no hacerse una idea demasiado alta de sí mismos” (Rm 12, 3). Quien tiene una idea demasiado alta de sí mismo es como un hombre que, de noche, tiene ante los ojos una fuente de luz intensa: no consigue ver otra cosa más allá de ella; no consigue ver las luces de los hermanos, sus virtudes y sus valores.

“Minimizar” debe ser nuestro verbo preferido, en las relaciones con los demás: minimizar nuestras virtudes y los defectos de los demás. ¡No minimizar nuestros defectos y las virtudes de los demás, como en cambio hacemos a menudo, que es la cosa diametralmente opuesta! Hay una fábula de Esopo al respecto; en la reelaboración que hace de ella La Fontaine suena así:

“Cuando viene a este valle

cada uno lleva encima

una doble alforja.

Dentro de la parte de delante

de buen grado todos

echamos los defectos ajenos,

y en la de atrás, los propios”8.

Deberíamos sencillamente dar la vuelta a las cosas: poner nuestros defectos en la parte de delante y los defectos ajenos en la de detrás. Santiago advierte: “No habléis mal unos de otros” (St 4,11). El chisme ha cambiado de nombre, se llama comentario [gossip, n.d.t.] y parece haberse convertido en algo inocente, en cambio es una de las cosas que más contaminan el vivir juntos. No basta con no hablar mal de los demás; es necesario además impedir que otros lo hagan en nuestra presencia, hacerles entender, quizás silenciosamente, que no se está de acuerdo. ¡Qué aire distinto se respira en un ambiente de trabajo y en una comunidad cuando se toma en serio la advertencia de Santiago! En muchos locales públicos una vez se ponía: “Aquí no se fuma”, o también, “Aquí no se blasfema”. No estaría mal sustituirlas, en algunos casos, con el escrito: “¡Aquí no se hacen chismes!”

Terminemos escuchando como dirigida a nosotros la exhortación del Apóstol a la comunidad de Filipos, tan querida por él: “Os ruego que hagais perfecta mi alegría, permaneciendo bien unidos. Tened un mismo amor, un mismo corazón, un mismo pensamiento. No hagáis nada por espíritu de discordia o de vanidad, y que la humildad os lleve a estimar a los otros como superiores a vosotros mismos. Que cada uno busque no solamente su propio interés, sino también el de los demás” (Fil 2, 2-5).

1 Cf. S. Kierkegaard, Gli atti dell’amore, Milán, Rusconi, 1983, p. 163.
2 Benedicto XVI, Gesù di Nazaret, II Parte, Libreria Editrice Vaticana 2011, pp. 76 s.
3 S. Catalina de Siena, Dialogo 64.
4 S. Agustín, Comentario a la primera carta de Juan, 6,2 (PL 35, 2020).
5 Lampe, A Patristic Greek Lexicon, Oxford 1961, p. 8
6 S. Ignacio de Antioquía, Carta a los Romanos, saludo inicial.
7 Discurso en la audiencia general del 29 de noviembre de 1972 (Insegnamenti di Paolo VI, Tipografia Poliglotta Vaticana, X, pp. 1210s.).
8 J. de La Fontaine, Fábulas, I, 7

[Traducción del italiano por Inma Álvarez]


Publicado por verdenaranja @ 23:07  | Espiritualidad
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ZENIT  nos ofrece el discurso que el Papa Benedicto XVI dirigió a los obispos de la Iglesia siro-malabar de la India, al recibirlos en audiencia con motivo de su visita ad Limina Apostolorum, abril de 2011.

Os ofrezco mi cálida y fraternal bienvenida en la ocasión de vuestra visita ad Limina Apostolorum en un momento marcado tristemente por la muerte del cardenal Varkey Vithayathil. Antes de todo, deseo dar gracias a Dios por su capaz y dispuesto servicio durante muchos años a toda la Iglesia de la India. Que nuestro amado Salvador acoja su noble alma en el paraíso, y que descanse en paz en comunión con todos los santos.

Os agradezco los sentimientos de respeto y estima ofrecidos por Mar Bosco Puthur en vuestro nombre y en el de todos a los que están bajo vuestro cuidado. Vuestra presencia es una expresión elocuente de los profundos lazos espirituales que unen a la Iglesia Siro-Malabar con la Iglesia Universal, en fidelidad a la oración de Cristo por sus discípulos (cf. Jn 17,21). Traéis a las tumbas de los Apóstoles Pedro y Pablo, las alegrías y las esperanzas de toda la Iglesia Siro-Malabar, a la que mi predecesor el Venerable Juan Pablo II felizmente elevó a la categoría de Iglesia Arzobispal Mayor en 1992. Mis saludos a los sacerdotes, hombres y mujeres religiosos, miembros de movimientos laicos, familias y en particular, a la gente joven que son la esperanza de la Iglesia.

El Concilio Vaticano II enseña que los “Obispos, por su parte, puestos por el Espíritu Santo, ocupan el lugar de los Apóstoles como pastores de las almas, y juntamente con el Sumo Pontífice y bajo su autoridad, son enviados a actualizar perennemente la obra de Cristo, Pastor eterno”.  (Christus Dominus, 1). El encuentro de hoy que forma parte esencial de su peregrinación ad Limina Apostolorum, es también una ocasión para intensificar la conciencia del don divino y la responsabilidad recibidos en la ordenación por la que os convertisteis en miembros del Colegio de los Obispos. Me uno a vosotros en la petición de intercesión de los Apóstoles para vuestro ministerio. Ellos, que fueron los primeros en recibir la orden de cuidar a la grey de Cristo, continúan guiando y cuidando a la Iglesia desde el Cielo y constituyen el modelo y la inspiración para todos los Obispos por su santidad de vida, enseñanza y ejemplo.

Vuestra visita también nos da una preciosa oportunidad para dar gracias a Dios por el regalo de la comunión en la fe apostólica y en la vida del Espíritu que os une entre vosotros y con vuestra gente. Con divina inspiración y gracia por un lado, y con las humildes oraciones y esfuerzos por la otra, este precioso don de la comunión con el Dios Trino y con el prójimo crece, cada vez, más rico y profundo. Cada obispo, por su parte, está llamado a ser ministro de unidad (cf. ibid., 6) en su iglesia particular y dentro de la Iglesia Universal. Esta responsabilidad es de especial importancia en un país como la India, donde la unidad de la Iglesia se refleja en la rica diversidad de sus ritos y tradiciones. Os animo a hacer todo lo que podáis en la promoción de la comunión entre vosotros y con todos los obispo católicos de todo el mundo, y a ser expresión viva de la comunión entre vuestros sacerdotes y fieles.

Dejad que el mandamiento suave de San Pablo continúe guiando vuestros corazones y vuestros esfuerzos apostólicos: “Amad con sinceridad. Tened horror al mal y pasión por el bien. Amaos cordialmente con amor fraterno, estimando a los otros como más dignos. Vivid en armonía unos con otros”. (Rom 12, 9-10,16). Para que la unidad de Dios Trino sea proclamada y vivida en el mundo, y así nuestra nueva vida en Cristo sea experimentada cada vez más profundamente, para beneficio de toda la Iglesia católica.

Dentro de este misterio de amorosa comunión, una expresión privilegiada de comunión en esta vida divina es a través del matrimonio sacramental y de la vida familiar. Los cambios rápidos y dramáticos que forman parte de la sociedad contemporánea de todo el mundo traen con ellos no sólo retos muy serios, sino que también nuevas posibilidades de proclamar la verdad liberadora del mensaje del Evangelio para transformar y elevar todas las relaciones humanas. Vuestro apoyo, queridos hermanos obispos, y el de vuestros sacerdotes y comunidades, para la educación sólida e integral de los jóvenes en los caminos de la castidad y la responsabilidad, no sólo les permitirá a abrazar la verdadera naturaleza del matrimonio, sino que también beneficiará a la cultura india en su conjunto. Desgraciadamente, la Iglesia ya no puede contar con el apoyo de la sociedad para promover el sentido cristiano del matrimonio de unión permanente e indisoluble dirigida a la procreación y santificación de los esposos. Que sus familias miren al Señor y a su palabra salvífica para tener una visión verdaderamente positiva de la vida y las relaciones maritales, tan necesarias para el bien de toda familia humana. Que vuestra predicación y catequesis en este ámbito sea paciente y constante.

En el corazón de muchos de los trabajos de educación y de caridad realizados en vuestras Eparquías están diversas comunidades de religiosos y religiosas que se dedican al servicio de Dios y del prójimo. Quiero expresarle la consideración de la Iglesia por la caridad, la fe y el duro trabajo de estos religiosos, quienes en su profesión y vida de los votos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia ofrecen un ejemplo de completa devoción al Divino Maestro y así ayudan considerablemente a proveer a los fieles de toda obra buena. (cf. 2 Tim 3,17). La vocación a la vida religiosa y el objetivo de la caridad perfecta es atractiva en todas las edades, pero debe ser alimentada por una renovación constante del espíritu, que debe ser fomentada por sus superiores quienes dedican una gran atención a la formación humana intelectual y espiritual de sus compañeros religiosos (cf. Perfectae Caritatis, 11). La Iglesia insiste en que la preparación para la profesión religiosa debe estar señalada por un largo y cuidadoso discernimiento, con el objetivo de asegurar, antes de que se hagan los votos finales, que cada candidato esta firmemente arraigado en Cristo, firme en su capacidad de un compromiso genuino y lleno de alegría en la donación de sí mismo a Jesucristo y a su Iglesia. Además, por su naturaleza, la formación no se termina nunca, sino que continúa y debe ser parte integrante de la vida diaria de cada uno y de la comunidad. Hay mucho que hacer en este ámbito, usando todos los recursos disponibles en vuestra Iglesia, sobre todo a través de la práctica profunda de la oración, y las tradiciones litúrgicas y espirituales del rito Siro-Malabar, y las exigencias intelectuales de una práctica pastoral sólida. Os animo, en colaboración estrecha con vuestros religiosos superiores, planificar efectivamente una sólida formación continuada, de manera que los religiosos y religiosas continúen dando un testimonio poderoso de la presencia de Dios en el mundo y para nuestro destino eterno, de manera que el don completo de sí mismos a Dios a través de la vida religiosa, brille con toda su belleza y pureza ante los hombres.

Con estos pensamientos, queridos hermanos obispos, quiero de nuevo expresar mi afecto fraternal y estima. Os encomiendo a la intercesión de santo Tomás, Apóstol de la India, os aseguro mis oraciones a vosotros y a todos los que están confiados a vuestro cuidado pastoral. A todos vosotros os imparto mi Bendición Apostólica como prenda de la gracia y paz en el Señor.

[Traducción del original inglés por Carmen Álvarez
©Libreria Editrice Vaticana]


Publicado por verdenaranja @ 22:59  | Habla el Papa
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Lectio divina para el domingo tercero de Pascua - A - 2011, ofrecida por la Delegación Diocesana de Liturgia de la diócesis de Tenerife.

LECTURA:               “Lucas 24, 13‑35”

Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la semana, a una aldea llamada Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo. Él les dijo: ¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?

Ellos se detuvieron preocupados. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le replicó: ¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días? Él les preguntó: ¿Qué?

Ellos le contestaron: Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves, hace dos días que sucedió esto. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues fueron muy de mañana al sepulcro, no encontraron su cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles, que les habían dicho que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no le vieron.

Entonces Jesús les dijo: ¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria? Y comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura.

Ya cerca de la aldea donde iban, él hizo ademán de seguir adelante, pero ellos le apremiaron diciendo: Quédate con nosotros porque atardece y el día va de caída. Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció.

Ellos comentaron: ¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras? Y levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los once con sus compañeros, que estaban diciendo: Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón. Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

MEDITACIÓN:            “Ardía nuestro corazón”

            Me gusta esta afirmación. Creo que refleja algo clave. No es mero sentimentalismo, es manifestación de algo que pasa en lo más profundo de nosotros cuando algo toca nuestras fibras más profundas. Es parte de esas experiencias, que tal vez no sentimos en muchos momentos, pero que nos dejan la certeza de algo que afecta a nuestro ser, a nuestro yo más auténtico.

            Y no era en este caso sólo el mensaje. Conocían las Escrituras, no era novedad. Fue el penetrar en ellas y, sobre todo, el modo, el cómo de la explicación, y el desde dónde, desde el corazón, desde el centro del mismo Dios resonando en ellos. Algo que sólo se puede expresar así, “ardía nuestro corazón”, porque las Escrituras pasaron de ser palabra, de ser doctrina, a convertirse en vida, y cuando tu palabra se convierte en vida es capaz de hacer arder, de calentar e iluminar el sentido de nuestra existencia.

            “He venido a prender fuego al mundo y ojalá estuviera ardiendo” dijiste en una ocasión. Tu resurrección es como la llama definitiva que puede hacerlo posible, y aquellos hombres lo experimentaron. Y a esa experiencia me llamas a mí, Señor, cuando me invitas a descubrir en la Palabra no sólo un mensaje, sino a descubrirte a ti que le das sentido. Porque sólo desde ti adquiere sentido todo lo que lleva a la vida, aunque haya que pasar por la muerte. Ya todo, contigo, ha quedado atravesado de vida. Déjame que sienta arder mi corazón contigo.

ORACIÓN:            “Que arda, Señor”

            Qué fuerza tiene esta expresión, Señor. Abre mi corazón a tu palabra y a tu presencia hasta que sienta que arde dentro de mí, me calienta, me ilumina y me transfigura.

            Que arda, Señor, en deseos de sentirte, de experimentarte, de escucharte y acogerte, para convertirme en testigo de que vives.

            Que arda, Señor, mi corazón, como la de aquellos hombres, al partir el pan de la eucaristía, y encuentre en ella el núcleo de tu fuego, de tu amor.

CONTEMPLACIÖN:              “Te quedas”

Muchas veces siento
mi corazón vacío,
y un dolor intenso
se aposenta en mis entrañas
y me arrastra con vértigo
hacia el fondo gris del pozo
de mi impotencia y mi misterio.

Entonces apareces tú,
suave y sereno,
como una luz y una palabra,
sin luz y sin palabras,
que calientan mis entrañas.

Y sé que, en ese momento, estás tú,
y que te quedas.

Y quiero reprimir mis lágrimas,
pero ellas llenan mi pozo
de paz, de ti, de vida.


Publicado por verdenaranja @ 22:49  | Liturgia
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ZENIT  publica el comentario al Evangelio del tercer domingo de Pascua (Juan 24,13-35), 8 de mayo, redactado por monseñor Jesús Sanz Montes, ofm arzobispo de Oviedo.

Evangelio del domingo: Con luz en los ojos y lumbre en el corazón

Es uno de los evangelios pascuales más hermosos, y en el que más fácilmente nos podemos reconocer. Emaús es un nombre que aparece en nuestro mapa biográfico. Dos discípulos desencantados y abrumados por los acontecimientos de los últimos días, deciden fugarse de aquella in­tragable realidad. Emaús no era Jerusalén, estaban en direcciones diversas y con diverso significado. En ese camino fugitivo y huidizo, les esperaba el Señor. Él va reuniendo su comunidad tan dispersa y asustada. A cada uno lo encontrará en su drama y en su evasión: llorando a la puerta del sepulcro, a María Magdalena; en el cenáculo escondidos por miedo a los judíos, a la mayoría de los discí­pulos; y camino de Emaús, a nuestros dos protagonistas de este domingo.

La maravillosa narración de Lucas nos pone ante uno de los diálogos más bellos e impresionantes de Jesús con los hombres. Efectivamente, Él se encuentra con dos per­sonas que acaso habían creído y apostado por tan afamado Maestro... pero a su modo, con sus pretensiones y con sus expectativas liberacionistas para Israel, como deja en­trever el Evangelio de hoy. Pero el Hijo del hombre no se dejaba encasillar por nada ni por nadie, y actuó con la radical libertad de quien solo se alimenta del querer del Padre y vive para el cumplimiento de su Hora.

Y entonces interviene Jesús en una ejemplar actitud de acompañar y enseñar a esta pareja de "alejados": les explicará la Escritura y les partirá el pan, narrando la tra­dición de todo el Antiguo Testamento que confluye en su Persona, en quien vino como pan partido para todas las hambres del corazón humano.

Finalmente se les abrieron los ojos a los dos fugitivos hospederos de Jesús en el atar­decer de su escapada, y pudieron reconocerlo. Es interesante el apunte cargado de sin­ceridad: "¿no ardía nuestro corazón mientras nos hablaba?". Les ardía, pero no le reco­nocían; les ocurría algo extraño ante tan extraño viajero, pero no le reconocían. Bastó que se les abrieran los ojos para descubrir a quien buscaban, sin que jamás se hubiera ido de su lado. Y bastó simplemente esto para escuchar a quien deseaban oír, sin que jamás hubiera dejado de hablarles. Dios estaba allí, Él hablaba allí. Eran sus ojos los que no le veían y sus oídos los que no le escuchaban.

Volvieron a Jerusalén, en viaje de vuelta, no para huir de lo que no entendían, sino para anunciar lo que habían reconocido y comunicárselo a los demás, que en un cenáculo cerrado a cal y canto habían encontrado su particular Emaús. Entonces como ahora, en aquellos como en nosotros. Desandar nuestras fugas, abrirse nuestros ojos, y ser misioneros de lo que hemos encontrado.


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viernes, 06 de mayo de 2011

Reflexión a las lecturas del domingo tercero de Pascua - A ofrecida por el sacerdote Don Juan manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DIA DEL SEÑOR".

ECOS DEL DIA DEL SEÑOR
Domingo III de Pascua A  

Queridos amigos y amigas. El encuentro de Jesús con los discípulos de Emaús es una de las apariciones de Jesucristo resucitado más hermosas. Los dos eran discípulos de Jesús, aunque no eran de los Doce.

Creían que Jesús era el Mesías… Que, por fin, había llegado la liberación de Israel. Se habían entusiasmado con Él. Tenían tantas ilusiones en aquel Reino que Jesús anunciaba… Aunque lo entendían a su manera como los apóstoles. Pero llegó la detención de Jesús en el Huerto, la marcha de los discípulos, la pasión y la muerte terrible de la cruz. Por tanto, se habían equivocado. ¿Quién iba a creerse que el Mesías iba a ser derrotado, humillado, crucificado?

Iban “de vuelta” a Emaús. Todo había quedado en una ilusión…

“Nosotros esperábamos… Pero ya ves, hace dos días que sucedió esto…”

Por el camino del sufrimiento, de la desilusión, Jesús se hace el encontradizo… “Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo”. Es nuestro problema fundamental: Cristo va siempre con nosotros, especialmente, cuando atravesamos la “noche del dolor”, el sufrimiento y el mal…  Y ¡cuántas veces no somos capaces de reconocerlo!

Y les reprocha algo que les había enseñado tantas veces: “¡Que necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria?

De este modo, Jesús les recuerda algo fundamental, que había llenado de gloria el Monte de la Transfiguración: “De acuerdo con la Ley y los profetas la pasión es camino de la resurrección”. Es decir que el sufrimiento, el mal, la muerte no tienen la última palabra. Es sólo camino, paso, pascua.

A veces los cristianos no le damos mucha importancia a nuestra formación religiosa y desconocemos cosas fundamentales. ¡Cuánto desconocimiento, cuánta ignorancia tantas veces! ¡Y no le damos importancia…! Luego vienen las consecuencias…

Cleofás –así se llamaba uno- y su compañero tienen la dicha inmensa de que Jesús, “comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas” les explicara “lo que se refería a él en toda la Escritura”, en todo el Antiguo Testamento.

Ellos no acaban de entender, pero “sienten arder sus corazones”. Más todavía, lo invitan a quedarse con ellos: “Quédate con nosotros porque atardece y el día va de caída”. “Y entró para quedarse con ellos”.

¡Qué impresionante es todo esto! Cuántas veces lo decimos y lo cantamos en nuestras celebraciones.

¡Y viene la Eucaristía!

Sea lo que fuera, lo que Jesús hizo sentado a la mesa, sus palabras y sus gestos evocan la “fracción del pan” que así llamaban a la Eucaristía.

¿Pero no fue eucaristía todo el camino?

¿No se parece a una Liturgia de la Palabra lo que acontece por el camino?

Viene ahora la litúrgica eucarística que garantiza la presencia del Señor resucitado. Y Jesús, en persona, ya no puede seguir con ellos…

“Entonces se le abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció”.

Y los  de Emaús, enseguida, hacen lo que se acostumbra a hacer siempre, en todas las apariciones: Anunciarlo a los demás…

Parece como si S. Lucas quisiese enseñarnos que en la ausencia visible de Cristo, le encontramos vivo y realmente presente en la Eucaristía, es decir, en su Palabra viva y en su Cuerpo y Sangre…

Y entonces, las consecuencias prácticas no tienen fin.

¡Qué importante es la celebración de la Santa Misa, es decir, la santa Mesa, especialmente, la del domingo, que se hace en virtud de una tradición que se remonta al mismo día de la Resurrección!

¡Cuánto desconocimiento y abandono de la presencia de Cristo resucitado en la Eucaristía! También fuera de la Misa, en el Sagrario, donde vive con nosotros, por nosotros y para nosotros siempre… hasta su vuelta gloriosa.

Precisamente, esta semana, en la celebración de cada día, iremos escuchando, en fragmentos, el Sermón del Pan de Vida, que recoge el capítulo sexto de S. Juan.

En la Pascua no recordamos y renovamos sólo el Bautismo, sino también la Confirmación y la Eucaristía que reciben, la Noche santa de Pascua, los adultos que son bautizados. Es tiempo privilegiado para todos los sacramentos, porque todos nacieron del costado de Cristo muerto en la Cruz. A Él todo honor y toda gloria ahora y por los siglos. Amén.

Con estos pensamientos y sentimientos, te deseo de corazón un feliz Domingo, el Día del Señor. 


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Ponencia de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata, en la Asamblea Plenaria de la Pontificia Comisión para América Latina (Roma, 7 de abril de 2011). (AICA)

LA EVANGELIZACIÓN DE LA RELIGIOSIDAD POPULAR           

En la exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, Pablo VI recomendaba orientar la religiosidad popular mediante una pedagogía de evangelización (n. 48). Teniendo en cuenta sus valores la llamaba gustosamente “piedad popular”, es decir, religión del pueblo, más bien que religiosidad. Es ese nombre, piedad popular, el que se ha tornado preponderante en el magisterio reciente de la Iglesia. En el Directorio sobre piedad popular y liturgia, publicado en 2001 por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, se expresa con claridad la distinción. Por piedad popular se entiende las diversas manifestaciones culturales, de carácter privado o comunitario, que en el ámbito de la fe cristiana se expresan principalmente, no con los modos de la sagrada liturgia, sino con las formas peculiares derivadas del genio de un pueblo o de una etnia y de su cultura (n. 9). Siguiendo a Juan Pablo II se la reconoce como un verdadero tesoro del pueblo de Dios. En cambio, la religiosidad popular es descrita como una experiencia universal: en el corazón de toda persona, como en la cultura de todo pueblo y en sus manifestaciones colectivas, está siempre presente una dimensión religiosa. Se afirma, además, que no tiene relación, necesariamente, con la revelación cristiana, aunque en las regiones en que la sociedad está impregnada de algunos valores cristianos, da lugar a una especie de “catolicismo popular” en el cual coexisten, más o menos armónicamente, elementos provenientes del sentido religioso de la vida, de la cultura propia de un pueblo, de la revelación cristiana (n. 10). La distinción entre piedad popular y religiosidad popular es clara en el orden conceptual, pero el discernimiento de la vivencia de ambas realidades no carece de dificultades, y sin embargo resulta fundamental para poder ofrecer criterios y orientaciones pastorales útiles para la evangelización.

El encargo que se me ha asignado es precisamente proponer Criterios y orientaciones pastorales para reforzar la fe de los fieles católicos y la auténtica vivencia sacramental ante la irrupción de expresiones desviadas de religiosidad popular.  

La dialéctica fe - religión

Notemos, ante todo, que la piedad popular –según el texto citado anteriormente– se verifica en el ámbito de la fe cristiana; en cambio, la religiosidad popular no implica, de suyo, una relación necesaria con la revelación. Aquí surge una problemática de carácter teológico y pastoral: la vinculación entre fe y religión. Las relaciones entre fe y religión constituyen una cuestión muy delicada y con larga historia en Occidente. En el siglo XX se han sucedido la vigencia de un fuerte secularismo y una nueva aparición de lo sagrado, manifestada en la difusión de sectas y diversos movimientos espiritualistas y pseudorreligiosos. Así, en los hechos, en los vaivenes culturales y sociales, se confirma una relación dialéctica entre fe y religión. La filosofía iluminista del progreso con el propósito de edificar el Regnum hominis como si fuera el Reino de Dios en la tierra, proporcionó el aliento ideológico del secularismo; bajo su influjo la actitud religiosa queda sofocada o resulta absorbida en la indiferencia. La cultura secularista invita a organizar la vida personal, familiar y social como si Dios no existiera; bajo su imperio desaparecen los signos de la trascendencia. Pero hay que reconocer también que la mentalidad propia de la Ilustración, característica de la cultura moderna, ha ido penetrando progresivamente en la Iglesia y ha conducido a una reducción de la dimensión sobrenatural del cristianismo, a un vaciamiento de su realidad mistérica. Se difundió ampliamente, hace unas décadas, la reducción ética y social de la salvación cristiana, en clave horizontalista. En ámbito anglosajón y protestante floreció una teología de la ciudad secular y de la muerte de Dios que proponía un cristianismo sin religión; en esta postura podía reconocerse la elaboración extrema de una dialéctica de tipo luterano entre fe y religión y la afirmación de una dependencia de la interpretación del cristianismo respecto de los fenómenos culturales.

Cuando parecía que, en la segunda mitad del siglo XX, los signos de lo sagrado se eclipsaban completamente en las conciencias y en las manifestaciones más imponentes de la cultura occidental, la naturaleza religiosa del hombre volvió por sus fueros con la irrupción de una ola de espiritualismo que abrevaba en las fuentes más diversas: reminiscencia de antiguos paganismos, fascinación ante las religiones del lejano oriente y una explosión de movimientos religiosos libres que ofrecían una fuerte valoración del contacto íntimo y directo con lo divino, su vivencia vibrante, emocional. En las grandes ciudades se extiende la mentalidad típica de la Nueva Era, movimiento cultural inclasificable, conglomerado de actitudes espirituales que incluye desde una nueva concepción del hombre y su relación con el cosmos hasta los viejos errores del gnosticismo y del ocultismo, más los aportes orientales con sus técnicas de meditación, las artes adivinatorias, elementos de la magia, la brujería y el esoterismo. En grupos minoritarios circula el interés por remedos de revelación siempre al alcance de la industria humana como el channeling o canalización y otros estados alterados de conciencia, el espiritismo y el recurso supersticioso a la comunicación con los ángeles. La nueva religiosidad, como se la llamó hace algunas décadas, está fuertemente marcada por el subjetivismo; la relación con Dios se reduce a la experiencia de sentirse salvado, y esta se identifica, muchas veces, con el mero “sentirse bien”. Se configura así una religión vaga, que responde a una especie de fe inmanentista sin contenidos precisos; de allí la posibilidad de combinaciones sincréticas que incorporan elementos propios de la fe y de la espiritualidad cristiana. 

El problema teológico y pastoral de la religión

En la teología católica del siglo XX se han desarrollado interesantes discusiones acerca de la virtud de religión. Algunos autores han reprochado a la tradición escolástica haber recluido estrechamente a la religión en el esquema aristotélico de las virtudes cardinales, haciendo de ella una parte potencial de la justicia y asimilándola a las otras actitudes morales que dicen una relación ad alterum. Se propuso entonces considerarla una virtud moral distinta de las cuatro cardinales, cuyos actos serían sobrenaturalizados por el influjo permanente de la virtudes teologales. No faltó quien hiciera de la religión una cuarta virtud teologal, muy cercana a la fe. La doctrina de Santo Tomás revaloriza el carácter humano de la religión como la actitud que corresponde a la creatura en relación con el creador; en régimen cristiano, la religión se muestra como el lugar humano en que se asienta la fe cristiana, como el sitio espiritual en el que se conectan el orden de la creación y el de la redención. Es impensable un cristianismo sin religión, pero la religión debe ajustarse a la fe y expresar en sus manifestaciones la vida teologal de comunión con Dios. Se puede afirmar que esta virtud constituye el vértice de la moral cristiana. Santo Tomás le atribuye la nobleza que corresponde a una virtud general, que ejerce su influjo sobre la conducta total del cristiano: impera los actos de todas las virtudes y las orienta a la glorificación de Dios. Pero al mismo tiempo requiere el ejercicio de las demás virtudes morales, que tutelan el auténtico bien humano; mediante esa interacción puede cumplirse la vocación del hombre a la adoración de Dios, según la exhortación del Apóstol: ofrecerse ustedes mismos como una víctima viva, santa y agradable a Dios: este es el culto espiritual que deben ofrecer (Rom. 12, 1).

Desde la perspectiva que acabo de exponer puede advertirse el significado de un deslizamiento de la piedad popular del catolicismo hacia las formas más genéricas y ambiguas de religiosidad popular, como también el de la mezcla de ambas realidades en expresiones que ponen a prueba la agudeza del discernimiento pastoral. Señalo brevemente las posibles deficiencias que enturbian la autenticidad de la actitud religiosa y de las prácticas consiguientes; ellas pueden verificarse respectivamente en relación a la fe y en relación a la vida moral. El verdadero culto de Dios tiene por alma la fe; cuando esta no reluce con la nitidez que corresponde, las expresiones religiosas penetran en el cono de penumbra de la superstición. Este concepto no se reduce al caso de la idolatría; también designa el falso culto del Dios verdadero, o el de sus santos, especialmente cuando se desplaza la centralidad salvífica de Jesucristo y la dimensión escatológica de la salvación cristiana. En la medida en que las expresiones religiosas adquieren un matiz supersticioso, o caen groseramente en la superstición, se ensombrece la fe; la superstición es una caricatura o un sucedáneo de la verdadera fe. En el ámbito de la religiosidad popular se registra, con frecuencia, la mezcla de formas tradicionales de piedad católica con el recurso a la astrología, la vana observancia, la adivinación y otras alteraciones pseudorreligiosas. El credere Deo del cristiano queda afectado cuando el sentimiento religioso no es orientado por los misterios de la fe sino por el gusto individual, la inclinación a lo maravilloso, las revelaciones privadas y las apariciones dudosas. La religiosidad popular, y sus expresiones periféricas, en cuanto se constituye en práctica alternativa del culto litúrgico y de la vida sacramental, implica un menoscabo del credere Deum. La desviación de las expresiones religiosas hacia la búsqueda preponderante y aun exclusiva del bienestar temporal y de favores materiales coarta objetivamente el dinamismo del credere in Deum por el cual la fe crece como entrega al Señor y aspiración a la santidad y a la vida eterna.

En relación a la vida moral, puede observarse que, sobre todo por la falta de arraigo vital en la oración litúrgica, la piedad popular pierde identidad y fuerza y no solo se expone más fácilmente a la contaminación supersticiosa, sino que también se desglosa de la totalidad de la existencia cristiana para dar cabida a la incoherencia entre la fe y la conducta. Puede así convertirse en un campo religioso-cultural ambiguo que cubre la decadencia moral. El subjetivismo religioso, inclinación preponderante en nuestra época, hace posible un tipo de vivencia espiritual compatible con el secularismo. Este reina en los criterios de vida de aquellas personas que practican formas sincréticas de religiosidad o de los bautizados que conservan vestigios de la piedad popular del catolicismo. Hay que reconocer que muchas personas que se consideran católicas tienen aletargada su conciencia de la relación con Dios y viven sumergidos en el materialismo y hasta en el ateísmo práctico. No han elaborado, a pesar de su participación en algunas prácticas devocionales periódicas, su sentido de Dios; su fe es quizá una lejana referencia teórica a algunas verdades católicas, pero la falta de una experiencia vivida del Espíritu y de la gracia sacramental hace de su religiosidad la cobertura de una manera secularista de enfocar la vida.

Antes de trazar algunas orientaciones pastorales me permito deslizar una observación general. Actualmente nadie desconoce el valor de la religiosidad popular. Estimo que en América Latina hemos superado aquellos planteos reticentes de origen franco-belga que se difundieron ampliamente a fines de los años cincuenta y a lo largo de la década de los sesenta del siglo pasado y que gozaron de considerable aceptación en el clero católico. Sin embargo, me pregunto si nos hemos hecho cargo seriamente de la exhortación de Pablo VI a orientar la piedad popular mediante una pedagogía de evangelización. Sería penoso que después de haber superado el error por defecto vayamos a caer ahora en el error por exceso. Si prevalece una inspiración populista de la pastoral, se puede promover imprudentemente la devoción a algunos santos con criterio exitista y multiplicar los santuarios en los que se les rinde culto sin la debida iluminación de la fe; asimismo, la divergencia entre religiosidad popular e inserción en la vida litúrgica puede inducir la tentación de superarla alentando la recepción ocasional de los sacramentos en situaciones irregulares y contrariando la disciplina de la Iglesia. Una especie de “hegelianismo pastoral” invita a reconocer en ciertas devociones masivas, a veces suscitadas artificialmente, una manifestación del Espíritu divino; este error de juicio, aun siendo desinteresado –ojalá siempre lo sea, y no ideológico– puede hacer de la religión del pueblo, siquiera inadvertidamente, objeto de manipulación. 

La formación integral de los fieles

Para presentar algunas sugerencias pastorales asumo como referencia la descripción que los Hechos de los Apóstoles nos ofrecen de la primera comunidad cristiana: los fieles perseveraban asiduamente en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones (Hech. 2, 42).

En la perspectiva de la nueva evangelización, la piedad popular es una riqueza de la tradición católica que puede seguir representando un medio adecuado para la transmisión del cristianismo; para que este propósito se cumpla es preciso reconocer como condición la revitalización de la fe en su identidad y fervor y su arraigo en la cultura de los pueblos. La afirmación de la fe, fundamento de la inteligencia cristiana y de su cosmovisión, proporciona una respuesta al problema de la verdad y a la búsqueda de sentido que angustian al hombre posmoderno. A la vez, la afirmación de la fe es el fundamento objetivo de la experiencia cristiana, de una triple experiencia: experiencia de la gracia, que plasma la personalidad cristiana y acrecienta la santidad de la Iglesia en la vida litúrgica y sacramental; en ella se manifiesta la dimensión sobrenatural del cristianismo; experiencia de la praxis cristiana, a saber, el ejercicio de la libertad como obediencia de amor a la voluntad de Dios y respuesta a su amor primero según el doble precepto de la caridad; en la praxis cristiana son rescatados y cobran solidez y relieve los valores propios de la naturaleza humana; experiencia de la intimidad con Dios, de la relación personal con el Dios Trino, sin panteísmos pseudomísticos ni quietismos alienantes, verdadera coronación de la aspiración religiosa del hombre.

Esta propuesta evoca la estructura del Catecismo de la Iglesia Católica, en la que se reflejan las dimensiones de la fe, de la vida cristiana y de la espiritualidad concebidas como una totalidad, más allá de cualquier posible reduccionismo. La profesión de fe tiene, indudablemente, una dimensión dogmática, doctrinal; ofrece el fundamento firme de la verdad. El cristianismo es, por cierto, una doctrina, aunque no se puede reducir exclusivamente a ella, a una teoría, a un conjunto armonioso y coherente de ideas verdaderas. Pero es necesario, superando un cierto desprecio de lo nocional en el conocimiento de fe, reforzar la formación de nuestros fieles en los contenidos de la fe, para que puedan distinguir lo que pertenece a la religión católica y lo que no pertenece a ella, para que adquieran una serena seguridad en la fe que profesan y sepan dar razón de la esperanza que la acompaña.

La fuente de la gracia es la liturgia sacramental como celebración del misterio de Cristo; en ella es asumida toda la realidad simbólica de lo humano y se la pone en contacto con la vida de Dios según el misterio teándrico del Verbo hecho hombre. La piedad popular es otra expresión legítima del culto cristiano, pero no es homologable a la liturgia y no se debe oponer ni equiparar a ella. Aquí conviene recordar que el cristianismo es una religión, pero no una mera práctica de ritos religiosos.

Asimismo hay que decir que el cristianismo no es primeramente una moral, pero incluye sin duda una dimensión moral. Los criterios de vida que necesita el hombre desconcertado de nuestro tiempo, sus reclamos éticos muchas veces parcializados, fragmentarios, han de encontrar respuesta en el Decálogo y en el Sermón de la Montaña. La ley de Dios muestra el camino para obtener la satisfacción de las legítimas apetencias de justicia y rectitud que suelen expresarse de modo inconcreto en nuestra sociedad.

Por fin, hay que decir que el cristianismo no es primera o exclusivamente una mística, pero que ciertamente también lo es. Enseñar a orar, introducir a los fieles en la intimidad del Dios viviente, proponer la genuina mística católica, es parte fundamental de la misión de la Iglesia y grave incumbencia suya hoy día, cuando pululan tantas espiritualidades subalternas y descaminadas. Nuestras parroquias, por ejemplo, deberían ser escuelas de oración.

La afirmación de la fe y la triple experiencia de la gracia, de la praxis cristiana y de la intimidad con Dios; la totalidad católica expresada en la estructura cuatripartita del Catecismo, subrayan el carácter sapiencial del cristianismo. El cristianismo que presenta la Iglesia en la nueva evangelización es una sabiduría, el Evangelio del cual somos discípulos y maestros es una sabiduría, el Cristo que predicamos, nuestro amor y nuestro gozo, es la sabiduría: Ipse sapientia Christus. 

Religiosidad popular y Eucaristía

A partir de las orientaciones conciliares (cf. Sacrosanctum Concilium, 12 s.) la Iglesia ha procurado que entre el culto litúrgico y las prácticas de piedad del pueblo cristiano se establezca una mutua y fecunda relación. El Directorio sobre piedad popular y liturgia ha encarado ampliamente ese problema. Ahora me ocupo del mismo desde un ángulo específico: la escasa participación eucarística y la deserción de la misa dominical de multitudes de fieles que expresan su fe con la práctica más o menos frecuente de diversas formas de religiosidad popular. Este fenómeno es bastante común en toda América Latina. Nuestra Pontificia Comisión dedicó la Reunión Plenaria de 2005 a La misa dominical, centro de la vida cristiana. En la vigésimosexta de las recomendaciones pastorales publicadas como conclusión de aquella asamblea, se decía discretamente: Es necesario valorar la práctica de tantos fieles que asisten a las grandes fiestas y peregrinaciones, y procurar que la Sagrada Eucaristía ocupe en ellas un lugar central, así como aprovechar dichas ocasiones para fomentar una mayor y más viva participación en las misas dominicales. Por mi parte, me baso en lo que ocurre en el extremo sur del continente, pero considero que el fenómeno se verifica prácticamente, aunque en diverso grado, en todas las naciones latinoamericanas. Yo suelo proponer una definición extravagante de la Argentina. El mío es un país en el que los bautizados en la Iglesia Católica no van a misa. No se trata de un defecto reciente provocado por la ola de secularización que nos ha sumergido, sino que tiene raíces muy antiguas. Una cuestión de máximo interés es la relativa al origen de esta situación; las causas probablemente son múltiples, pero sugiero una hipótesis a indagar: desde la primera evangelización no cobró vigencia entre nosotros una cultura coral, una cultura litúrgica, lo cual se manifiesta también en la dificultad de arraigo que encontraron siempre en nuestras tierras las experiencias de vida monástica. Lo cierto es que en la mentalidad religiosa del argentino no aparece reflejada la centralidad de la Eucaristía y la vivencia del domingo; actualmente se lo ha tragado el fin de semana, el week-end, y cuando es largo, peor.

Lo que señalo no es el incumplimiento de un precepto eclesiástico, sino un vacío cultural que se une en relación causal con una percepción incorrecta de la realidad de la Iglesia. A causa de esta carencia, de este vacío, de la deserción eucarística, la Iglesia no es entendida y vivida plenamente como ámbito de una creación integral y de una transmisión de cultura cristiana. Dicho en otros términos: no funciona el vínculo entre el culto y la cultura, o funciona de un modo imperfecto, parcial, limitado a pequeños sectores o a tiempos históricos acotados; no se verifica como un fenómeno popular. Algunos momentos importantes de renovación eclesial con proyecciones culturales significativas han estado señalados por el redescubrimiento del valor operativo de la simbología litúrgica en orden a la configuración de la personalidad cristiana. Esta constatación confirma el diagnóstico.

Sin una referencia neta e intensa a la liturgia como despliegue operativo, contemplativo y estético del orden sacramental, la piedad popular tiende a perder su identidad más propiamente católica y a deslizarse al nivel de una religiosidad popular no exenta de ambigüedades. En este campo queda mucho por hacer: reforzar la catequesis litúrgica de modo que los fieles puedan descubrir y vivir las celebraciones como auténticos momentos de vida religiosa; destacar la realidad sacrificial de la misa, para que no cedan a la seducción de plegarse a otros sacrificios, como los ofrecidos en los cultos umbanda o en ritos de impronta satánica; mostrarles cómo todas las devociones deben conducir a Cristo, nuestro único Salvador presente en la Eucaristía, e inducirlos a la frecuente adoración de ese inefable misterio. Podemos alegar que la ausencia de una cultura litúrgica y eucarística ha sido y es llenada por la práctica generalizada, en nuestro pueblo, de formas más o menos tradicionales de piedad popular. Pero me parece que este sería un magro y engañoso consuelo.

El Directorio citado anteriormente establece que la liturgia y la piedad popular no deben sustituirse entre sí, ni mezclarse. No se favorece la armónica y fecunda relación entre ambas realidades eclesiales cuando la liturgia menoscaba su dignidad ritual y se banaliza asumiendo la fenomenología de lo cotidiano, cuando se torna un hecho de entrecasa; la celebración eucarística –sobre todo esta cumbre del culto cristiano– no puede asemejarse a un tumultoso encuentro pentecostal, a una función de circo para niños o a una divertida sesión de adolescentes floggers. La fidelidad a las fuentes de la renovación litúrgica posconciliar reclama que se ayude a los fieles, mediante un adecuado itinerario mistagógico, para que puedan incorporarse a las celebraciones y participar de ellas consciente, activa y fructuosamente (Sacrosanctum Concilium, 11).

Por otra parte, en América Latina existe una valiosa tradición de expresiones populares de la fe que deben ser rescatadas y fomentadas: procesiones, bendiciones, autos sacramentales, pesebres vivientes y teatralizaciones del Camino de la Cruz. Hay que cuidarse de no menospreciar la dimensión sensible, corporal, simbólica de la espiritualidad católica, precisamente cuando incluso algunas sectas adoptan varios de nuestros sacramentales. 

La pertenencia a la Iglesia

Uno de los valores de la piedad popular subrayado por la reflexión pastoral de los últimos años es su espontánea identificación con la Iglesia. Es esta una constatación correcta; sin embargo, la deficiente vinculación con la Eucaristía y la misa dominical, en la medida en que se verifica realmente, menoscaba la conciencia eclesial del pueblo de Dios. La práctica de las formas más difundidas de piedad popular es una manera de expresar la pertenencia católica, pero hay que procurar que esos fieles lleguen a sentirse más plenamente unidos a la Iglesia, que la amen más y le brinden toda su confianza para aceptar y acoger sin reservas toda la verdad que ella nos transmite de parte del Señor.

Muchas veces los miembros de la Iglesia no experimentan que efectivamente lo son. No se trata de encarecer el simple “sentirse” miembros de ella con una percepción superficial; parece, no obstante, que en muchos casos esa pertenencia a la Iglesia es vivida de un modo muy débil y genérico. En realidad, podríamos establecer círculos concéntricos que señalen distintos grados de pertenecer, de experimentar y expresar esa pertenencia; grados que van desde la conciencia clara y el compromiso más cercano, hasta la marginalidad o la casi marginalidad. Sin embargo, corresponde a la esencia de la Iglesia que ella se represente y sea percibida como casa de todos, como morada y familia que acoge cordialmente a todos sus hijos, como madre que puede ocuparse solícitamente de ellos. A este propósito hemos de reconocer como fundamental el testimonio de la unidad en el amor, la fraternidad del agape; en definitiva ese valor testimonial será el que permita a todos los miembros de la Iglesia, más cercanos a más lejanos, experimentar la maternidad de la Catholica. El propósito de hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión (Novo millennio ineunte, 43) se concreta en tareas precisas para fortalecer la vida comunitaria de las parroquias, que son la última localización de la Iglesia, para que puedan incorporar a esa misma vida a los que llegan ocasionalmente y a los bautizados que habitan en la respectiva jurisdicción, de manera que no se sientan necesitados de buscar otras pertenencias socio-religiosas, como por ejemplo la adhesión a las sectas y a sus caricaturas de la auténtica comunidad cristiana.

Una última indicación. Será muy oportuno reflexionar sobre un dato en el que se refleja una de las características más notorias de la cultura vigente: la tendencia al individualismo que invade también la dimensión religiosa de la existencia. La crítica dirigida a la institución eclesial por sectores determinados de la sociedad, de la que se hacen eco los medios de comunicación para incentivarla, viene a reforzar una cierta problematicidad de la mediación de la Iglesia en la relación del hombre –del cristiano– con Dios. La religiosidad en su impostación moderna –herencia protestante, de la Ilustración y del romanticismo– y también en el contexto de atomización cultural propio de la posmodernidad, es reacia a la institucionalización de la experiencia de Dios. La experiencia religiosa libre no acepta ajustarse a moldes comunitarios; el protagonista es el yo solitario en busca de la divinidad y de la identificación con ella. Estos sentimientos pueden colorear también el ánimo de los fieles y disminuir en ellos el afecto de la comunión eclesial. La Iglesia no debe hablar demasiado de sí misma, pero sí mostrar, con el testimonio de la verdad y la vivencia de la caridad, la continuidad real de ella con Cristo, como Cuerpo misterioso suyo. Uno de los principales desafíos que se impone a los pastores de la Iglesia en la nueva evangelización es recuperar para la plena y activa vida eclesial a una multitud de bautizados que por la gracia de la iniciación cristiana están llamados a ser discípulos y misioneros de Jesucristo. 

Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata 


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ZENIT  nos ofrece el discurso que el Santo Padre dirigió a los fieles congregados en la Plaza de San Pedro, durante la Audiencia General, el miércoles 6 de Abril de 2011, continuando el ciclo de Doctores de la Iglesia.

Queridos hermanos y hermanas,

hoy querría hablaros de santa Teresa de Lisieux, Teresa del Niño Jesús y del Rostro Santo, que vivió en este mundo sólo 24 años, a finales del s.XIX, llevando una vida muy sencilla y oculta, pero que después de su muerte y de la publicación de sus escritos, se convirtió en una de las santas más conocidas y amadas. La “pequeña Teresa” no ha dejado de ayudar a las almas más sencillas, los pequeños, los pobres, los que sufren, y que le rezan, pero también ha iluminado toda la Iglesia, con su profunda doctrina espiritual, hasta tal punto que el Venerable Juan Pablo II, en 1997, quiso darle el título de Doctora de la Iglesia, añadiéndolo el título de Patrona de las Misiones, que ya le otorgó Pío XI en 1939. Mi amado Predecesor la definió como “experta de la scientia amoris" (Novo Millennio ineunte, 27). Esta ciencia, que ve resplandecer en el amor toda la verdad de la fe, Teresa la expresa principalmente en el relato de su vida, publicado un año después de su muerte bajo el título de Historia de un alma. Es un libro que tuvo enseguida un enorme éxito, fue traducido a muchas lenguas y difundido en todo el mundo. Quisiera invitaros a redescubrir este pequeño-gran tesoro, ¡este luminoso comentario del Evangelio plenamente vivido! Historia de un alma, de hecho, ¡es una maravillosa historia de Amor, relatada con tal autenticidad, sencillez y frescura ante la que el lector no puede sino quedar fascinado!. Sin embargo, ¿cuál es este Amor que ha colmado toda la vida de Teresa, desde la infancia hasta su muerte? Queridos amigos, este Amor tiene un Rostro, tiene un Nombre, ¡es Jesús!. La santa habla continuamente de Jesús. Recorramos, entonces, las grandes etapas de su vida, para entrar en el corazón de su doctrina.

Teresa nació el 2 de enero de 1873 en Alençon, un ciudad de Normandía, en Francia. Era la última hija de Luis y Celia Martin, esposos y padres ejemplares, beatificados los dos el 19 de octubre de 2008. Tuvieron nueve hijos, de estos cuatro murieron en edad temprana. Quedaron cinco hijas, que se hicieron religiosas todas. Teresa, a los 4 años, quedó profundamente afectada por la muerte de su madre (Ms A, 13r). El padre junto a las hijas, se trasladó entonces a la ciudad de Lisieux, donde se desarrolló toda la vida de la santa. Más tarde Teresa, sufriendo una enfermedad nerviosa grave, se curó gracias a una gracia divina, que ella misma definió como “la sonrisa de la Virgen” (ibid., 29v-30v). Recibió la Primera Comunión, vivida intensamente (ibid., 35r), y puso a Jesús Eucaristía en el centro de su existencia.

La “Gracia de la Navidad” del 1886 marcó el punto de inflexión, lo que ella llamó su “completa conversión” (ibid., 44v-45r). De hecho, se curó totalmente de su hipersensibilidad infantil e inició una “carrera de gigante”. A la edad de 14 años, Teresa se acercó cada vez más, con gran fe, a Jesús Crucificado, y se tomó muy en serio el caso, aparentemente desesperado, de un criminal condenado a muerte e impenitente (ibid., 45v-46v). “Quería a toda costa impedirle que fuese al infierno”, escribió la Santa, con la certeza de que su oración lo habría puesto en contacto con la Sangre redentora de Jesús. Es su primera y fundamental experiencia de maternidad espiritual: “Tanta confianza tenía en la Misericordia Infinita de Jesús”, escribió. Con María Santísima, la joven Teresa ama, cree y espera con “un corazón de madre” (cfr PR 6/10r).

En noviembre de 1887, Teresa va de peregrinación a Roma junto a su padre y a su hermana Celina (ibid., 55v-67r). Para ella, el momento culminante es la Audiencia del Papa León XIII, al que pide el permiso de entrar, con apenas 15 años, en el Carmelo de Lisieux. Un año después, su deseo se realizó: se hace carmelita, “para salvar las almas y rezar por los sacerdotes” (ibid., 69v). Al mismo tiempo, comienza la dolorosa y humillante enfermedad mental de su padre. Es un gran sufrimiento que conduce a Teresa a la contemplación del Rostro de Jesús en su Pasión (ibid., 71rv).

De esta manera, Su nombre de religiosa -sor Teresa del Niño Jesús y del Rostro Santo- expresa el programa de toda su vida, en la comunión con los Misterios centrales de la Encarnación y de la Redención. Su profesión religiosa, en la fiesta de la Natividad de María, el 8 de septiembre de 1890, es para ella un verdadero matrimonio espiritual en la “pequeñez” del Evangelio, caracterizada por el símbolo de la flor: “¡Qué bella fiesta la Natividad de María para convertirme en la esposa de Jesús!” -escribe-. Era la pequeña Virgen Santa de un día, que presentaba su pequeña flor al pequeño Jesús (ibid., 77r). Para Teresa, ser religiosa significa ser esposa de Jesús y madre de las almas (cfr Ms B, 2v). El mismo día, la santa escribió una oración que indica la orientación de su vida: pide al Jesús el don de su Amor infinito, de ser la más pequeña, y sobre todo pide la salvación de todos los hombres: “Que ningún alma se condene hoy” (Pr 2). De gran importancia es su Oferta al Amor Misericordioso, hecha en la fiesta de la Santísima Trinidad de 1985 (Ms A, 83v-84r; Pr 6): una ofrenda que Teresa comparte enseguida con sus hermanas siendo ya vicemaestra de novicias.

Diez años después de la “Gracia de Navidad”, en 1896, llega la “Gracia de Pascua”, que abre el último periodo de la vida de Teresa, con el inicio de su pasión profundamente unida a la Pasión de Jesús; se trata de la Pasión del cuerpo, con la enfermedad que la condujo a la muerte a través de grandes sufrimientos, pero sobre todo se trata de la pasión del alma, con una muy dolorosa prueba de la fe (Ms C, 4v-7v). Con María al lado de la Cruz de Jesús, Teresa vive ahora la fe más heroica, como luz en las tinieblas que le invaden el alma. La Carmelita tiene la conciencia de vivir esta gran prueba para la salvación de todos los ateos del mundo moderno, llamados por ella “hermanos”. Vivió, entonces, más intensamente el amor fraterno (8r-33v): hacia las hermanas de su comunidad , hacia sus dos hermanos espirituales misioneros, hacia los sacerdotes y todos los hombres, especialmente los más alejados. ¡Se convierte en una “hermana universal”!. Su caridad amable y sonriente es la expresión de la alegría profunda cuyo secreto nos revela: “Jesús, mi alegría es amarte a Ti” (P 45/7). En este contexto de sufrimiento, viviendo el más grande amor en las más pequeñas cosas de la vida cotidiana, la santa lleva a su total cumplimiento, su vocación de ser el Amor en el Corazón de la Iglesia (cfr Ms B, 3v).

Teresa murió la noche del 30 de septiembre de 1897, pronunciando las sencillas palabras: ¡Dios mío, os amo!”, mirando el crucifijo que apretaba con sus manos. Estas últimas palabras de la santa son la clave de toda su doctrina, de su interpretación del Evangelio. El acto de amor, expresado en su último aliento, era como la respiración continua de su alma, como los latidos de su corazón. Las sencillas palabras: Jesús, te amo” son el centro de todos sus escritos. El acto de amor a Jesús la introduce en la Santísima Trinidad. Ella escribió: “Ah, tú lo sabes, Divino Jesús, Te amo,/ El espíritu de Amor me inflama con su fuego, /Y amándote a Ti, me atraigo al Padre” (P 17/2).

Queridos amigos, también nosotros con santa Teresa del Niño Jesús, debemos poder repetir cada día al Señor, que queremos vivir de amor a Él y a los demás, aprender en la escuela de los santos a amar de una forma auténtica y total. Teresa es uno de los “pequeños” del Evangelio que se dejan llevar por Dios en la profundidad de su Misterio. Una guía para todos, sobre todo para los que, en el Pueblo de Dios, desarrollan el ministerio de teólogos. Con la humildad y la caridad, la fe y la esperanza, Teresa entra continuamente en el corazón de las Sagradas Escrituras que contiene el Misterio de Cristo. Y esta lectura de la Biblia, nutrida por la ciencia del amor, no se opone a la ciencia académica. La ciencia de los santos, de hecho, de la que ella habla en la última página de Historia de un alma, es la ciencia más alta: “Todos los santos la han entendido y en particular, quizás, aquellos que llenaron el universo con la irradiación de la doctrina evangélica. ¿No es quizás, por la oración que los Santos Pablo, Agustín, Juan de la Cruz, Tomás de Aquino, Francisco, Domingo y tantos otros ilustre Amigos de Dios obtuvieron esta ciencia divina que fascina a los genios más grandes?” (Ms C, 36r). Inseparable del Evangelio, la Eucaristía es para Teresa el Sacramento del Amor Divino que desciende hasta el extremo para levantarnos hasta Él. En su última Carta, la Santa escribe estas sencillas palabras sobre la imagen que representa Jesús Niño en la Hostia consagrada: “¡No puedo temer a un Dios que por mí se ha hecho tan pequeño! (…) ¡Yo lo amo! ¡De hecho, Él no es más que Amor y Misericordia!”(LT 266).

En el Evangelio, Teresa descubre sobre todo la Misericordia de Jesús, hasta el punto de afirmar: “¡Él me ha dado su Misericordia infinita, a través de esta contemplo y adoro las demás perfecciones divinas! (…) Y entonces todas me parecen radiantes de amor, la Justicia misma (y quizás mucho más que cualquier otra), me parece revestida de amor”(Ms A, 84r). Así se expresa también en las últimas líneas de la Historia de un alma: “Apenas hojeo el Santo Evangelio, enseguida respiro el perfume de la vida de Jesús y sé hacia donde correr... No es al primer lugar, sino al último al que me dirijo... Sí lo siento, incluso si tuviese sobre la conciencia todos los pecados que se pueden cometer, iría con el corazón destrozado por el arrepentimiento, a lanzarme en los brazos de Jesús, porque sé cuanto ama al hijo pródigo que vuelve a Él” (Ms C, 36v-37r). “Confianza y Amor” son por tanto el punto final del relato de su vida, dos palabras que como faros, han iluminado todo su camino de santidad, para poder guiar a otros sobre su mismo “pequeño camino de confianza y amor”, de la infancia espiritual (cf Ms C, 2v-3r; LT 226). Confianza como la del niño que se abandona en las manos de Dios, inseparable por el compromiso fuerte, radical del verdadero amor, que es el don total de sí mismo, para siempre, como dice la santa contemplando a María: “Amar es dar todo, y darse a sí mismo” (Perché ti amo, o Maria, P 54/22). Así teresa nos indica a todos nosotros que la vida cristiana consiste en vivir plenamente la gracia del Bautismo en el don total de sí al Amor del Padre, para vivir como Cristo, en el fuego del Espíritu Santo, Su mismo amor por los demás.

[En español dijo:]

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los de las diócesis de Alcalá de Henares y Plasencia, al grupo de Religiosas Siervas de María, que celebran el cincuenta aniversario de su consagración religiosa, así como a los demás fieles provenientes de España, Argentina, México y otros países latinoamericanos. A ejemplo de santa Teresita del Niño Jesús, invito a todos a descubrir en la lectura orante de la Biblia, en participación fructuosa en la Eucaristía y en la contemplación del Crucificado la ciencia del amor misericordioso que impregna el misterio de Cristo. Muchas gracias.

[Llamamiento final]

Continúo siguiendo con gran aprensión los dramáticos acontecimientos que las queridas poblaciones de Costa de Marfil y de Libia están viviendo en estos días. Auguro, además, que el cardenal Turkson, a quien había encargado que se dirigiese a Costa de Marfil para manifestar mi solidaridad, pueda entrar pronto en el país. Rezo por las víctimas y por todos aquellos que están sufriendo. ¡La violencia y el odio son siempre una derrota! Por esto dirijo un nuevo y encarecido llamamiento a todas las partes en causa, para que se ponga en marcha la obra de pacificación y de diálogo y se eviten ulteriores derramamientos de sangre.

[Traducción del original italiano por Carmen Álvarez
©Libreria Editrice Vaticana]


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Homilía de monseñor. Hugo Nicolás Barbaro, obispo de San Roque de Presidencia Roque Sáenz Peña para la Solemnidad de la Anunciación de la Virgen (25 de marzo de 2011). (AICA)

SOLEMNIDAD DE LA ANUNCIACIÓN DE LA VIRGEN               

Celebramos con gran cariño esta Solemnidad de la Anunciación de la Santísima Virgen. La mirada se vuelca con agradecimiento a Dios Nuestro Señor por aquella intervención divina que marcó un hito fundamental en la historia de la humanidad: Dios que asumió en ese momento nuestra naturaleza humana en las entrañas purísimas de la Santa María Virgen. El Creador de todas las cosas, Infinito, Omnipotente, se acercó de un modo sorprendente a nosotros; sin dejar de ser Dios se hizo Hombre para arrancarnos de una vida sujeta a la debilidad y al mal, sin otras perspectivas que lo que puede darnos lo de acá abajo. Se hizo Hombre para morir por nosotros, de manera que podamos vivir una vida en Dios, una vida con Dios, la propia de hijos del Señor del Cielo y de la tierra. No somos una pieza más en la Creación; hemos sido hechos a imagen y semejanza de Dios, nos ama infinitamente a cada uno, nos llama a una vida santa, a una vida purificada y distinta, empapada del Bien Infinito que es Dios, y nos invita a caminar decididamente hacia nuestro destino eterno en el Cielo.

Nuestra mirada su vuelca con especial agradecimiento en esta Solemnidad a la más santa de las criaturas, la Santísima Virgen María. Ella fue preparada por Dios para un papel Único en la Historia: ser Madre de Dios hecho Hombre. No conoció el pecado, jamás cedió mínimamente al mal, y en su altísima intimidad con Dios había asumido el propósito de guardar perpetuamente su virginidad, opción extraña en una chica de su época y más aún en una descendiente  del Rey David, de cuya familia nacería el Redentor. Muchos Padres de la Iglesia y otros Santos, leyendo los Evangelios, consideran que San José fue llamado a compartir y proteger esa llamada de la Virgen Santísima.

Una llamada de la envergadura de la Encarnación del Hijo de Dios exigió un emisario muy especial: el Arcángel San Gabriel. Los versículos del Evangelio que acabamos de oír son de una especial belleza y de mucho contenido (cfr. Lc 1, 26-38); nos transmiten con especial fuerza la profunda y maravillosa actitud de sujeción a Dios de la Santísima Virgen, su disponibilidad y entrega a los planes del Creador. Pregunta lo que no entiende, y su reacción es clara y rápida: Ella es la Esclava del Señor, “que se haga en mi según tu Palabra” (Lc 1,38).   Desde ese momento, sin intervención de varón, comienza a desarrollarse dentro suyo una Vida nueva, la del Hijo de Dios; una Persona distinta a la suya, la Persona Divina de Jesucristo que viene a salvarnos, a abrirnos el camino del Cielo. Una vez más Dios nos pone ante realidades que exceden nuestra experiencia.

Le toca a Ella, con la ayuda de San José, proteger esa Vida, hacerla crecer, custodiarla, dar todo lo suyo por ese Ser tan especial que tiene dentro. Esa Vida, como toda vida, era un don de Dios: Ella, tampoco San José, era merecedora ni dueña del regalo inmenso que tenía en sus entrañas, no podía disponer de Él, solo agradecerlo y cuidarlo, colaborar a su crecimiento.

Toda vida humana procede y es propiedad de Dios, no solo porque fuimos creados por Él al principio de la Creación, sino porque en la génesis de cada uno hubo una especial intervención del Creador. En el caso de la multiplicación de las plantas o de los animales, hay una virtualidad en la propia naturaleza que conforme a unas reglas da lugar a nuevas plantas o a nuevos animales de la misma especie. En el caso de los seres humanos, Dios cuenta con lo biológico porque tenemos cuerpo, pero la materia que los padres aportan no tiene capacidad de dar lugar a un espíritu que entiende y ama, propiedades específicas del ser humano que son de otro orden, exceden a las operaciones propias de la materia que aportan los padres. Cada vida humana exige entonces una especial intervención de Dios que aporta lo propio de una existencia humana: el alma, principio de vida que trasciende la materia; ni podemos traerla a la existencia ni la podemos destruir.

Una simple observación nos hace entender que en el caso de las plantas o de los animales estamos frente a simples fenómenos reproductivos; pero cualquier madre o cualquier padre, por más sencilla que sea su cultura, advierte que el hijo que se anuncia es en cierto modo un misterio, que en esa vida hay algo que no han aportado ellos, que no se da por división celular; se anuncia la gestación de una criatura que lleva en potencia la capacidad de entender y amar; ellos no pueden transmitir esas potencialidades propias de la naturaleza espiritual de Dios. La reacción natural de quienes reciben la noticia de que serán padres es la del respeto, la admiración hacia esa vida que viene.

Toda madre, todo padre, sabe que ese regalo que se anuncia no es una planta o un animal; saben que desde el primer momento de la concepción se está desarrollando un hijo, una hija que les ha sido dado; un ser que ya es humano, que exige cuidado, cariño y protección, quizás más que el que necesitará cuando tenga ya un mes o un año de vida. ¿Cómo protegerían la Santísima Virgen y San José esa Vida de Dios? ¿Cómo manifestarían amor a ese misterio tan maravilloso?

No quiero prolongarme hablando del contexto de amor que exige el comienzo de la vida humana: amor de los padres, amor a ese fruto que se custodia y se ayuda a crecer.

La Virgen Santísima no era dueña de esa Vida. Ninguna madre, ningún padre es dueño de esa vida distinta a la de ellos y que se les pide amar, custodiar. Lamentablemente vivimos en un contexto cultural en el que se ha ofuscado el entendimiento de muchas personas; la capacidad de colaborar en la transmisión de la vida ha sido reducida a un juego gratificante y egoísta, a pautas reproductivas propias del reino meramente animal; se olvidaron que las vidas humanas reclaman un contexto de amor, de entrega, y por tanto una actitud sincera de maternidad y paternidad que defiende con decisión el don que se les concede para amar y custodiar.

Las pautas culturales que desprecian la vida humana suponen una fuerte degradación. Somos testigos de historias tristes, en las que la irresponsabilidad inmadura de quienes destruyen la vida humana o aconsejan destruirla, no solo lleva a pecados abominables a los ojos de Dios; esas madres y esos padres no podrán arrancar jamás de sus vidas una herida profunda de remordimiento y de tristeza, con consecuencias psicológicas muy graves en especial en las madres. Muchas, quizás por desesperación, han permitido que se destruya esa vida incipiente que llevaban dentro. Podrán tranquilizar momentáneamente sus conciencias –como con un anestésico- con los argumentos materialistas faltos de verdad y de humanidad que algunos repiten, pero no dejarán de aflorar en su interior esos remordimientos y esa tristeza: son la voz de la propia naturaleza que reclama desde lo más profundo del alma por la vida de ese hijo que se eliminó.

Con gran corazón y comprensión, en su Encíclica Evangelium Vitae (n. 99), el futuro Beato Juan Pablo II se refería a estas madres diciendo: Es verdad que lo sucedido fue y sigue siendo profundamente injusto. Sin embargo no os dejéis vencer por el desánimo y no perdáis la esperanza. Antes bien, comprended lo ocurrido e interpretadlo en su verdad. Si aún no lo habéis hecho, abríos con humildad y confianza al arrepentimiento: el Padre de toda Misericordia os espera para ofreceros su perdón y su paz en el Sacramento de la Reconciliación. Os daréis cuenta de que nada está perdido y podéis pedir perdón también a vuestro hijo que  ahora vive en el Señor. Con la ayuda del consejo y la cercanía de personas amigas y competentes podréis estar con vuestro doloroso testimonio entre los defensores más elocuentes del derecho de todos a la vida. Por medio de vuestro compromiso por la vida, coronado posiblemente con el nacimiento de nuevas criaturas y expresado con la acogida y la atención hacia quien está más necesitado de cercanía, seréis artífices de un nuevo modo de mirar la vida del hombre.

La primera Lectura nos muestra a un Rey, Ajaz (cfr. Is 7,10-14 y 8,10), que se cierra al misterio, no le interesa, pero Dios se lo manifiesta igual: una virgen dará a luz un hijo. Nos toca vivir en un mundo en el que el hombre quiere dominarlo todo, ser autosuficiente, señalar cuáles son las reglas de juego. Pero existe una naturaleza y una vida que no nos hemos dado a nosotros mismos, que tiene unas reglas sin las cuales no nos es posible ser felices ni alcanzar la plenitud. La realidad no acaba donde llega nuestra experiencia o en lo que señalan nuestros gustos egoístas; la realidad nos excede, y ese horizonte más amplio abarca lo sobrenatural, a Dios sosteniendo el don inviolable de la vida de los hombres, queriendo arrancar el mal de nuestros corazones, buscando nuestra salvación eterna.

Una sociedad que destruye la vida es una sociedad muy enferma. Vamos a implorar al Señor en este día de modo muy particular a través de la Santísima Virgen María, que cure las mentes y los corazones de tantas mujeres y de tantos hombres para que se supere esta grave corrupción que atenta contra la vida: la del aún no nacido,  la del recién nacido, la del niño, la del enfermo, la del anciano que necesita amor y protección y tantas veces se busca egoístamente que no moleste y el modo de destruirlo. Una sociedad que pierde el amor a la vida ha caído en un abismo terrible, se autodestruye.

No estamos rogando a Dios por  un asunto meramente religioso. El respeto a la vida, a la naturaleza, no es un tema religioso, es un tema humano, como es humano el respeto a la libertad, a la dignidad de la mujer, a las diversas razas, etc. El Señor nos pide ser luz del mundo para intentar que tantas mujeres y tantos hombres recuperen la razón perdida, fuertemente oscurecida, y que purifiquen su corazón egoísta e incapaz de amar. Nos pide ser la sal de la tierra para preservar al mundo de tan grave corrupción; tenemos que ayudar a superar esa visión tan limitada, biológica de la vida; somos capaces de un orden de vida más elevado, estamos llamados a mucho más.

Tenemos que rezar mucho más por la conversión de tantos corazones; nuestra oración tiene que arrancar milagros de Dios en este año dedicado en nuestro país a la vida. Podemos hacer también mucho más: que cada uno procure una sólida formación en temas de la vida, investigando, estudiando, interesándose por lo que dicen tantos Documentos de la Iglesia; necesitamos afianzar principios sólidos con ánimo de ser voz que se alza para defender a la humanidad del flagelo que la azota, no podemos quedarnos indiferentes. Tenemos la importante responsabilidad de llevar la verdad y el bien a los demás, no solo por nuestra condición de cristianos, sino porque somos ciudadanos de este mundo.

Queremos ser eco de la voz de esos niños que no han podido defenderse, de todos los que son víctima de la avalancha que vivimos en contra de la vida. Que la Virgen Santísima, feliz con el don esa Vida recibida en su interior, nos consiga a cada uno y a toda la sociedad un amor más profundo y una actitud de respeto delicadísimo por el gran don de la vida que ostentamos. Así sea.  

Mons. Hugo Nicolás Barbaro, obispo de San Roque de Presidencia Roque Sáenz Peña 


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Saludo al Papa Benedicto XVI pronunciado por el Cardenal Raymundo Damasceno Assis, Arzobispo de Aparecida, Presidente del CELAM, recibido en audiencia con la Presidencia del CELAM el 31 de marzo de 2011. 

Saludo al Santo Padre Benedicto XVI
del Cardenal Dom Raymundo Damasceno Assis, Presidente del CELAM
Vaticano, marzo 31, 2011 

Muy querido Santo Padre, 

Agradecemos enormemente  y es una alegría muy especial poder encontrarnos como Presidencia del CELAM con Ud. ahora que concluimos nuestro cuatrienio que asumimos por encargo de nuestros hermanos Cardenales, Arzobispos y Obispos de América Latina y del Caribe en julio del año 2007, inmediatamente después de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Aparecida, Brasil (mayo 2007).

 Ud. tuvo a bien convocar, inaugurar  y  enriquecer con su presencia y palabra esa Conferencia realizada junto al Santuario de N. Sra. Aparecida, que nos fueron muy orientadoras en el trabajo allí  realizado y, posteriormente, en el despliegue de la Misión Continental que ha sido el proyecto central del encargo recibido.

 Sus palabras en la entrevista publicada en el libro “Luz del Mundo” son una confirmación de esta línea central: “¡Cuando pienso en Brasil, en lo que surgió allá en el encuentro con los Obispos! Iniciamos una Misión Continental que ahora determina realmente los programas de las diócesis…. Por doquier se sentía (allí) la consciencia  de que la Iglesia Católica vive y se encuentra vigorosa.” (p.140).

 Efectivamente, este ha sido el encargo central y orientador que ha movido al CELAM en este cuatrienio y que aún está lejos de agotarse para alcanzar su objetivo pleno: conmover  y educar a la Iglesia de nuestra región hacia una consciencia más discipular y misionera  que, en Cristo, lleve a nuestros pueblos a una vida más plena y verdadera, más justa y fraterna. Una Iglesia de discípulos y permanentemente en misión. Gracias por esta reciente referencia en la mencionada entrevista, entre otras muchas sobre  la V Conferencia y la Misión Continental.

 No sólo esto. En su magisterio universal ordinario Ud. ha aportado a la orientación y realización de esta Misión Continental con importantísimas contribuciones a la profundidad y enraizamiento de la dinámica central este esfuerzo continental en nuestra situación histórica concreta.  Sólo quisiera mencionar algunos de estas especiales contribuciones.

 La proclamación del Año Sacerdotal sirvió mucho para abrir la vida de los ministros de Iglesia a la experiencia de la Conferencia de Aparecida y renovar, con nueva lucidez y compromiso, su propio seguimiento al Señor y orientar su servicio en una dirección más misionera. También ayudó a todos a superar el agresivo ambiente contra la Iglesia provocado por los escándalos de abusos de menores.

 Sus orientaciones en Caritas in Veritate (2009) han sido muy oportunas para ahondar  el ministerio pastoral por “una  vida plena” en Jesucristo de nuestros pueblos tan necesitados y siempre dramáticamente presentes en esos rostros de quienes sufren la pobreza por falta de mayor acompañamiento solidario y hasta  de exclusión social (DA 65).

 Su Exhortación Apostólica Verbum Domini (2010) ha sido un gran impulso a algo que en la Conferencia de Aparecida y en la Misión Continental (DA 247-249) ha sido central y ciertamente un punto ya probado y arquimédico de su dinámica: la lectio divina o lectura orante de la Escritura, como lugar privilegiado de un encuentro vivo con el Señor. Sus reflexiones han sido muy orientadoras y fortalecedoras del esfuerzo de nuestras Iglesias que están en buen camino y que nuestro Centro de Pastoral Bíblica ha extendido con mucha fecundidad.

 Al crear ahora un organismo de la Curia Romana para la Nueva Evangelización, Ud. retoma para la Iglesia Universal un encargo ministerial  que el venerable Juan Pablo II había anunciado para la Iglesia de Latinoamérica y El Caribe en el tiempo previo a la celebración en 1992 de los 500 años de la primera evangelización de nuestro Continente y de la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano. La expresión “nueva evangelización” y sus amplios contenidos son materias muy familiares en nuestras Iglesias y que con el impulso de la Misión Continental está adquiriendo una dimensión de responsabilidad misionera más clara y decidida. Con gusto podríamos colaborar más de cerca en este proyecto y servicio.

 Estamos aquí ante Ud. con un gran espíritu filial  para expresarle los esfuerzos que desde el CELAM hemos impulsado hacia nuestras Iglesias y cómo hemos recogido sus múltiples empujes personales en ellas. A mediados del mes de mayo próximo tendremos una Asamblea Ordinaria del CELAM para elegir la nueva directiva episcopal que seguirá llevando adelante este servicio especial y único de solidaridad episcopal a la comunión y misión de la Iglesia. Sin duda que sus orientaciones seguirán encontrando en nuestra región un oído atento y una voluntad dispuesta a su realización. Para nosotros sería un inmenso regalo cualquiera orientación de su parte que pueda hacernos llegar a la Asamblea sea personalmente por  un saludo suyo o sea en palabras del Cardenal Marc Ouellet que estará en su inauguración.

 Con mucha humildad imploramos ahora su bendición apostólica sobre nuestras Iglesias latinoamericanas y caribeñas,  sobre nosotros y sobre todo el personal del CELAM y de sus familias. Muchas gracias. 

 + Raymundo Damasceno Assis
Cardenal Arzobispo de Aparecida, Brasil
Presidente del CELAM 

 Roma, 31 de marzo 2011


Publicado por verdenaranja @ 23:07  | Hablan los obispos
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Lectio divina para el sábado de la segunda semana de Pascua 2011 ofrecida por la Delegación Diocesana de Liturgia de la diócesis de Tenerife.

LECTURA:            “Juan 6, 16‑21”

Al oscurecer, los discípulos de Jesús bajaron al lago, embarcaron y empezaron a atravesar hacia Cafarnaún. Era ya noche cerrada, y todavía Jesús no los había alcanzado; soplaba un viento fuerte, y el lago se iba encrespando. Habían remado unos cinco o seis kilómetros, cuando vieron a Jesús que se acercaba a la barca, caminando sobre el lago, y se asustaron. Pero él les dijo: «Soy yo, no temáis.»

 Querían recogerlo a bordo, pero la barca tocó tierra en seguida, en el sitio a donde iban.

MEDITACIÓN:             “No temáis”

            Cuántas veces ha resonado esta frase en tus labios. Muchas veces, muchísimas, tratamos de disimularlo, pero somos unos seres tremendamente vulnerables y cargados de miedos. Y unas veces lo podemos manifestar con nuestro retraimiento y, otras, al contrario, con nuestra agresividad y una imposición que quiere ocultar nuestra vulnerabilidad.

            Creo que es muy bueno que los evangelistas no se empeñasen en esconder todos esos miedos y poner de manifiesto todos los sentimientos que fueron aflorando en su vida. No eras superhombres, ni la cercanía de Jesús les libró de sus sentimientos naturales, porque así somos todos, así somos nosotros. Y a esa realidad nuestra te acercas tú como apoyo, fuerza, seguridad. Y qué importante es, al menos para mí, saber que lejos de tener que apoyarme en mi fuerza tambaleante, o en mi fuerza física, para imponerme a los acontecimientos, me puedo apoyar en la fuerza del amor.

            Es ésa fuerza la que te permitió pasar por encima de la muerte. Es la fuerza que te permitió dar la vida. Es la fuerza que hizo posible que unos hombres cargados de miedos dieran testimonio de ti poniendo en juego su vida con alegría, y gritasen que había que obedecer a Dios antes que a los hombres. Es tu palabra y tu presencia, eres tú, quien en medio de mis incertidumbres me estimula en el camino de la vida para seguir poniendo en juego lo mejor de mí. Gracias por estar siempre ahí, Señor, ayudándome a navegar en las aguas, serenas unas veces e inquietantes otras, de la vida.

ORACIÓN:            “Ven conmigo”

            Sé que no hace falta que te lo diga, pero necesito hacerlo, Señor. Ven conmigo porque son muchos mis miedos, aunque trate de ocultarlos o ni siquiera los descubra.

            Ven conmigo, Señor. Sé tú la luz en la oscuridad de mis noches.

            Señor, ven conmigo, acompáñame en  la travesía del mar de mi vida y, puesto que yo no sé muchas veces como hacerlo, condúceme y que me deje conducir, hasta la otra orilla.

CONTEMPLACIÓN:             “Navegas conmigo”

Muchos son los momentos
en que siento la soledad
de mis noches,
la incertidumbre en el peregrinar
de mi camino,
la inseguridad que tambalea
los pies de mi corazón.

Y yo sé que vienes,
que navegas conmigo
en esta travesía insegura
e incierta del mar de mi vida.

Por eso necesito escuchar tu palabra,
sentir el susurro de tu brisa,
que me repite con tono firme y amoroso:
“No temas, estoy contigo”.


Publicado por verdenaranja @ 16:46  | Liturgia
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jueves, 05 de mayo de 2011

Texto del micro radial de monseñor José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz, emitido por LT 9 (2 de abril de 2011). (AICA)

LA LUZ Y LAS TINIEBLAS      

Una imagen común en las Sagradas Escrituras para referirse al bien es el tema de la luz como signo de vida nueva. Las tinieblas, por el contrario, pertenecen al mundo del mal y la mentira, que se reflejan en esa otra imagen del “hombre viejo”. Este tema adquiere en Cuaresma la importancia de un camino hacia la conversión. Hemos nacido para vivir en la luz, sin embargo, el mundo de las tinieblas mantiene un poder que debilita nuestra vida.

Este poder, por otra parte, no tiene un dominio absoluto frente al hombre porque ya ha sido vencido por Jesucristo. Esta certeza es la que le permite a san Pablo decir: “La muerte ha sido vencida, para agregar con cierto aire de desafío ¿Dónde está muerte, tu victoria? ¿Dónde está tu aguijón?, y concluir luego: ¡Demos gracias a Dios, que nos ha dado la victoria por nuestro Señor Jesucristo! (1 Cor. 15, 55-57). Por ello antes de hablar de las tinieblas, siempre debemos hablar de la luz.

La Palabra de Dios en este domingo de Cuaresma nos presenta la escena de la curación del ciego de nacimiento que nos habla, precisamente, del tema de la luz. San Pablo, en la segunda lectura, recordándonos nuestra nueva condición a partir de la fe en Jesucristo nos dice: “Vivan como hijos de la luz. Ahora bien, concluye, el fruto de la luz es la bondad, la justicia y la verdad” (Ef. 5, 8-9). Esto significa que la vida cristiana, que nace de un encuentro vivo con Jesucristo, tiene que poder verse y dar frutos.

No se trata de algo interior que me satisface, sino de una Vida que viene a transformar mi conducta. La coherencia entre la palabra y el actuar es, para el cristiano, la consecuencia y exigencia de una fe hecha vida. La fuerza del cristianismo, por lo mismo, no proviene sólo de una doctrina sino del testimonio de una fe vivida.

El fruto de la luz es, decía san Pablo: “bondad, justicia y verdad”. Creo que en la realidad de estas tres palabras vividas como un todo, encontramos la expresión viva de una conducta cristiana. Cuando se las aísla y se busca justificarlas en sí mismas si referencia a las otras, nos encerramos en sus pequeñas razones. La justicia necesita de la verdad y ambas de la bondad, que es expresión de un amor que las trasciende en un gesto de misericordia. La bondad, por su parte, necesita de la verdad y de la justicia para no caer en un infantilismo de buenas intenciones; la verdad y la justicia, a si mismo, adquieren su madurez cristiana en la bondad que se convierte en signo de una vida nueva.

Cuántas personas se endurecen en sus verdades y no alcanzan a vivir la libertad y la alegría del amor, que es signo del “hombre nuevo”. San Juan, desde la vivencia de su encuentro con Cristo nos dice: “Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la Vida, porque amamos a nuestros hermanos” (1 Jn. 3, 14).

Como vemos, a la vida cristiana sólo se la comprende plenamente desde la experiencia de un Evangelio hecho vida como gracia que se nos comunica y capacita para vivir su ideal. La Cuaresma nos predispone a este encuentro con Jesucristo para hacernos hijos de Dios y testigos de su Vida cuyo fruto es la bondad, la justicia y la verdad. Reciban de su Obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor. 

Mons. José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz 


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Homilía de monseñor José Luis Mollaghan, arzobispo de Rosario, en la misa por el 6º aniversario del fallecimiento de Juan Pablo II (Catedral metropolitana de Rosario, 2 de abril de 2011). (AICA)

MISA EN MEMORA DE JUAN PABLO II      

La luz de Cristo que irradia nuestro Bautismo

El Evangelio, cargado de simbolismos, va más allá de la falta de la visión física; y nos habla de la contraposición entre la luz y las tinieblas, entre la visión y la oscuridad; en el fondo entre la gracia y el pecado. En realidad, dijo el Arzobispo, el símbolo del milagro se refiere también a esa situación interior en la que podemos estar invadidos por las tinieblas, y vivir como si fuéramos ciegos.

El texto del Evangelio nos relata el encuentro personal de un ciego de nacimiento con la persona de Jesús; alguien que empieza a ver y reconoce al Señor; y todos aquellos que dicen ver, pero que por el contrario están ciegos y no ven ni reconocen a Jesús, ni disciernen entre lo bueno y lo malo. Desde el primer momento de este encuentro entre Jesús y el hombre ciego de nacimiento, hasta su propia confesión de fe, que lo lleva a decir: "Creo, Señor, y se postró ante Él"; se manifiesta una verdadera transformación del corazón, un crecimiento en la fe, iluminada por la misma luz de quien tiene delante.

Como en nuestra vida, allí hay muchos que observan, y ven frente a ellos la acción de Dios, pero no la quieren reconocer; se dividen y se oponen tenazmente a ella. Son incrédulos y no creen lo que ven, murmuran y discuten por no querer aceptar la acción milagrosa de Jesús. Otros, en cambio, injurian al ciego que recuperó la vista, como si fuera culpable por haber recibido un signo de la misericordia de Dios, inclusive diciendo que no fue curado, o que se trataba de otra persona. Hasta sus propios padres, sienten miedo, y temen ser expulsados de la sinagoga por reconocer que Jesús es el Mesías.

La luz de Cristo nos ilumina en nuestro bautismo con la misma intensidad, que solo Dios nos puede ofrecer, y que renovaremos en la próxima Pascua. Esta luz se manifiesta en su Palabra, y en los sacramentos; es la luz de la gracia, derramada en los múltiples signos de la vida cristiana. Del mismo modo, en este camino resplandece con su luz la presencia luminosa de la Iglesia, de la Santísima Virgen María y de los santos, que son también una fuente de luz y nos llevan a seguir al mismo Señor y su presencia salvadora. 

Juan Pablo II, irradia la luz de Cristo

Juan Pablo II, a quien hoy recordamos en esta celebración, también fue para nosotros una fuente de la luz de Cristo. Precisamente, leyendo una narración de uno de los sacerdotes que acompañó al Papa en sus últimos momentos antes de sus partida hacia la Casa del Padre, podemos comprender la luz que brotaba de este momento lleno de significado.

Estábamos de rodillas en torno a la cama de Juan Pablo II, nos dice (cfr. Oss. Romano ,III, 2011). El Papa parecía descansar en la penumbra. La luz discreta de la lampara iluminaba las paredes.Cuando llegó la hora de la que, pocos instantes después, todo el mundo habría sabido, de improviso el arzobispo Dziwisz se levantó. Encendió la luz de la habitación, interrumpiendo así el silencio de la muerte de Juan Pablo II. Con voz conmovida, pero sorprendentemente firme, ... comenzó a cantar: "A Ti, oh Dios, te alabamos, a Ti, Señor, te confesamos". Parecía un tono proveniente del cielo. Pero la luz encendida y el canto de las palabras que seguían - "A Ti, eterno Padre, toda la tierra te venera..." - daban certeza a cada uno de nosotros. He aquí - pensábamos - que nos encontramos en una realidad totalmente diversa. Juan Pablo II ha muerto: quiere decir que él vive para siempre. Aunque el corazón sollozaba y el llanto estrechaba la garganta, comenzamos a cantar. Ante cada palabra nuestra voz se volvía más segura y más fuerte.

El canto proclamaba: "Vencedor de la muerte, has abierto a los creyentes el reino de los cielos" (ibidem).

Queridos hermanos: esta es la luz de los santos, que irradia la luz de Cristo. Quien entraba en contacto con Juan Pablo II, encontraba a Jesús, que también el Papa representaba. Signo de una realidad invisible, la del amor de Dios, con su vida y con sus obras.

Por eso esta Misa en su memoria, es también para nosotros una preparación para su beatificación, una luz nueva que ilumina desde el cielo y proyecta la santidad de Dios.

Este momento debe ser un llamado para cada uno de nosotros, que, como nos dice la segunda lectura "en un tiempo éramos tinieblas. Ahora sois luz en el Señor. Caminad como hijos de la luz, buscando lo que agrada al Señor..."

Unidos a Nuestra Madre del cielo, que la luz de Cristo ilumine nuestras tinieblas y nos ayude a ser luz para los demás. 

Mons. José Luis Mollaghan, arzobispo de Rosario 


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Boletín 433 

LAS NOTICIAS AMPLIADAS PUEDEN VERLAS ENTRANDO EN NUESTRO BLOG. Textos, sonidos, e imágenes los tienen en: http://www.comunicacionobispadodetenerife.blogspot.com/: Nuestro blog cumple un año de existencia, desde entonces ha tenido, 156.811 visitas

El próximo domingo, 8 de mayo, se celebrará el Día de las Vocaciones Nativas, jornada misionera que promueve la Obra Pontificia San Pedro Apóstol. Este año la jornada tendrá como lema: "Vocaciones Nativas...llamadas a la misión". Se trata de un día que nos recuerda que, en los Territorios de misión, Dios suscita numerosas vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. De hecho, es en estos lugares donde están surgiendo más vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. 

La XLVIII Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones que se celebrará el 15 de mayo de 2011, cuarto Domingo de Pascua, nos invita a reflexionar sobre el tema: «Proponer las vocaciones en la Iglesia local». Hace setenta años, el Venerable Pío XII instituyó la Obra Pontificia para las Vocaciones Sacerdotales. A continuación, animadas por sacerdotes y laicos, obras semejantes fueron fundadas por obispos en muchas diócesis como respuesta a la invitación del Buen Pastor. 

“Una experiencia inolvidable” fue como definió Javier José Jiménez, sacerdote encargado de la peregrinación diocesana a la beatificación de Juan Pablo II, lo vivido en la ciudad del Vaticano por las casi cuarenta personas desplazadas allí desde Tenerife. “El ambiente -señaló- era impresionante, muy festivo. Fue una pasada ver la marea humana en las calles. Me quedo sin palabras al transmitir lo vivido allí. Ha sido todo un regalo que nos ha tocado el corazón”. Jiménez añadió que en el día de la beatificación, volvieron a resonar con emoción honda aquellas palabras de Dios en los labios del hoy ya beato Juan Pablo II: ‘No tengáis miedo: abrid las puertas a Cristo’.  

Las parroquias del arciprestazgo de Taco celebrarán La Pascua en la Isla Baja el próximo domingo. La Eucaristía se celebrará en Buenavista. Otro tanto ocurrirá en La Gomera. Las parroquias de esta isla tendrán su anual Encuentro de Pascua este domingo en la ermita de Las Nieves 

"Un día diferente", es el título del retiro espiritual que dirigirá el Obispo de Coria Cáceres y Director del Instituto Internacional del Corazón de Jesús, Francisco Cerro, el sábado 7 de mayo en San Pedro Daute, Garachico. La jornada está organizada por la Fraternidad de Servidores del Corazón Sacerdotal de Jesús y comenzará a las 10:00 horas. La celebración de la Eucaristía será el broche final en torno a las 19:00 horas.  

La fiesta de la Santa Cruz tiene especial realce en numerosas localidades como la capital tinerfeña y palmera, los Realejos, el Puerto Cruz, Breña Alta y Breña Baja, etc.  

El Monasterio del Císter, en La Palma ha publicado el horario de las oraciones comunitarias previstas para mayo. El próximo día 11 a las 19:00 horas,  habrá oración ante el Santísimo con el Oficio litúrgico de Completas por: NUESTROS SACERDOTES. Asimismo, el día 18, también a las 19:00 horas habrá oración ante el Santísimo con el Oficio litúrgico de Completas por: NUESTRAS VOCACIONES. 

Durante los días 6,7, 8 y 13 de mayo se celebrarán las fiestas en honor a Ntra. Sra. de Fátima y la Santa Cruz, en Tijarafe. El día grande tendrá lugar el 13 de mayo, a las 20.30 horas  con la celebración de la solemne eucaristía cantada por el coro del aula de música de Tijarafe y Villa de Mazo. A continuación procesionará la imagen de Fátima hasta la plaza acompañada por la Banda Municipal de Tijarafe.  

CONFER Y JUSTICIA Y PAZ, como Organizaciones de Iglesia se han dirigido, en un comunicado, a los creyentes, principalmente católicos, pero también de otras religiones o confesiones, y no creyentes, ofreciéndoles algunos puntos de reflexión que ayuden a una participación responsable, desde la fe y desde una perspectiva ética. Entre esos puntos de reflexión señalan, por ejemplo, que “las elecciones son un momento importante para el funcionamiento democrático, que la participación es un deber cívico y un acto de responsabilidad a favor del bien común”. 

El 14 de mayo se celebra el Día del Comercio Justo en Tenerife. Por tal motivo. La tienda “El Surco” ha organizado un programa de iniciativas que comenzarán el 10 de mayo con un Cine Forum en la sala multiusos de El Surco, a las 20 horas. Un día más tarde se desarrollará el “Día twitter por el comercio justo”. Un día para que los twitteros visiten la tienda, prueben los productos y cuenten en twitter que les parece el comercio justo. Será de 10:00 h. a 13:30 h. y de 17:00 a 20.00 h. Por otro lado, el 12 de mayo habrá un nuevo Cine Forum y el sábado 14, a partir de las 10:30, quienes asistan a la tienda podrán disfrutar de un bizcocho y café. Además se sorteará una cesta de productos de Comercio Justo. 

Cáritas Diocesana y la Fundación Endesa han suscrito un convenio con el objetivo de establecer un marco de colaboración entre ambas instituciones que contribuya a beneficiar principalmente a personas que pertenezcan a colectivos en situación de riesgo o exclusión social. Así se pone en marcha un taller de electricidad y electrónica, en las instalaciones de Los Salesianos, en La Cuesta, dirigido a 10 jóvenes pertenecientes a ambientes marginales de esta capital, Santa Cruz de Tenerife, y con edades comprendidas entre los 18 y 25 años.  

Con una buena asistencia se inició, a través de una obra de teatro, el II Encuentro Familia - Escuela Hno. Ramón, en el colegio La Salle La Laguna. En esta cita se quiso estrechar lazos entre todos los responsables de la educación de los niños y jóvenes, intentado compartir ilusiones y dificultades que permitan a sus miembros llegar a momentos y espacios de entendimiento y colaboración mutua.  

El periódico "El Día", ha recogido una entrevista a la doctora María Lourdes González, catedrática de Historia del Pensamiento Pedagógico Latinoamericano de la ULL. González intervino recientemente en el XX Congreso Internacional Diálogo Fe-Cultura con una ponencia titulada "Crisis en los Derechos Humanos". Esta pedagoga y pensadora tinerfeña señala en "El Día" que "hay que ayudar a provocar conciencias inquietas, insatisfechas. Diseñar otro "proyecto de mundo". Sentirnos co-responsables de la ruina o resurgir de lo humano." 

Los vecinos de Las Dehesas homenajearon al padre Antonio en un día que comenzó con una diana floreada que recorrió las diferentes calles. A continuación, se inauguró una exposición fotográfica de todas las capillas del municipio. La misa en acción de gracias por el párroco se celebró  en el templo de San Pablo. Por último, se descubrió la placa homenaje a Antonio María Hernández. Los vecinos organizaron durante todo el día una recogida de alimentos, fundamentalmente no perecederos, que serán destinados al hogar de ancianos. 

Esta semana se ha publicado una nueva entrega del Diario de Avisos de “vidas sacerdotales”. En esta ocasión el protagonista fue Miguel Pérez Álvarez. Su recuerdo y legado sigue presente en muchos que, en torno al aniversario de su fallecimiento, siguen celebrando una eucaristía y reuniéndose. Así ocurrirá este seis de mayo en la parroquia lagunera de La Concepción. Pérez fue el primer párroco de S. Francisco de Asís, en Santa Cruz de La Palma, director espiritual del Seminario y delegado para el Clero. 

El movimiento juvenil Hombres Nuevos llevó a cabo su convivencia número 106 en el Seminario Diocesano. Alrededor de una veintena de convivientes disfrutaron de estos tres días en los que pudieron reflexionar y compartir, acercándose más a Cristo. 

Canarias solidaria ha publicado siete breves charlas de espiritualidad cristiana del obispo emérito, Damián Iguacen. El dvd contiene siete intervenciones de unos 15 minutos adecuadas para introducir meditaciones personales o reuniones en torno a: Sal de la cueva y ponte de cara a Dios; aquí estoy para hacer tu voluntad; el plan de Dios; bienaventurados los limpios de corazón, etc. Pueden realizar los pedidos contactando con canarias@solidaridad.net 

Entre el ocho de mayo de este año y el 22 de abril de 2012 se va a celebrar un “Año Jubilar” concedido por el Papa Benedicto XVI al cumplirse el cuarto centenario de la fundación del monasterio lagunero de Santa Catalina de Siena (1611-2011). 

Esta semana se viene desarrollando la Semana de San Telmo organizada por el Apostolado del Mar. Las jornadas finalizarán el 6 de mayo en el Instituto .P Náutico Pesquero. 

El Gobierno de Canarias, a través de la Agencia Canaria de Investigación, Innovación y Sociedad de la Información (ACIISI), ha entregado los premios del Concurso Escolar de Fotografía Digital: Internet día a día, a los alumnos de 4ª curso de la ESO del colegio Santo Domingo de Guzmán en Santa Cruz de La Palma, por la fotografía denominada ¿nos comunicamos?, que muestra a un grupo de alumnos y alumnas haciendo uso de las Tecnologías de la Información.


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Sugerencias para la homilía de la 48 Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones 2011, publicadas en Guión litúrgico recibido en la parroquia con los materiales para su celebración el 15 de Mayo.

Sugerencias para la homilía  

• Celebramos la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. Como comunidad (parroquial, colegial, religiosa, etc.) nos unimos a todas las  personas que hoy rezan para que el Señor siga suscitando vocaciones para su Iglesia y para que todos nosotros escuchemos con atención su voz y le respondamos de manera comprometida, viviendo nuestra vida vocacionalmente.

• La vocación última a la que Dios nos llama es a ser sus hijos, hijos en su Hijo Jesucristo. Por eso la primera lectura nos invitaba a con-vertirnos, es decir, a volvernos a Jesús, a girar todo nuestro ser, nuestra mirada, nuestra mente, nuestros deseos, nuestro pensamiento… a Jesús. No es un ejercicio solo de mente o de corazón, es una actitud, un movimiento físico. Convertirnos no es solo «desear cambiar» sino ponernos en actitud de cambio, acogiendo su gracia y modificando nuestra conducta, nuestros actos, todo aquello que pueda alejarnos de Él.

• Por eso, vueltos a Jesús, la segunda lectura nos invitaba a comportarnos como Él sabiendo que no solo nos ha precedido en el camino sino que nos sigue acompañando en él como buen pastor y guardián.

• Todos los cristianos y cristianas estamos llamados a concretar esta vocación última de ser hijos en el Hijo en una vocación específica. El Señor sigue invitándonos a ser religiosos, religiosas, sacerdotes, madres y padres cristianos, laicos y laicas comprometidos con la misión de la Iglesia (el anuncio de la Buena Noticia de Jesús) y comprometidos con el mundo, sobre todo con nuestros hermanos más necesitados (así lo hacen los «buenos pastores» que siempre están pendiente de las ovejas más débiles, enfermas o heridas) y en un trabajo concreto a favor de la justicia, la paz, el diálogo, la comunión y el cuidado de la Creación.

• Cada uno/a está invitado hoy a revisar su vida y ver cuántas cosas se nos ofrecen como «señores», por cuántas puertas pasamos que no nos conducen a la vida plena, a cuántos pastores seguimos que no nos ofrecen el amor, la seguridad y la entrega absoluta del Buen Pastor.

• Somos llamados a seguirle –a través de la vocación específica que cada uno/a reciba de Dios– con la confianza absoluta de que Jesús es nuestro Buen Pastor y, como tal, Él nos acompaña en nuestro camino y en nuestro descanso, en todo tiempo y lugar, cuando estamos alegres o cuando las fuerzas nos flaquean. Él nos conoce a cada uno y a cada una, nos llama por nuestro nombre, anda por nuestros caminos y nos ofrece siempre un lugar de reposo y un alimento que nos ayude a recobrar la energía.

• Las Jornadas de este año tienen como eslogan: «Proponer las vocaciones en la Iglesia local». Estamos invitados a reconocer la importancia que tiene nuestra comunidad eclesial, nuestra iglesia local, en el favorecimiento y acompañamiento de la respuesta que cada uno/a de nosotros demos a la vocación recibida.

• Benedicto XVI, en su mensaje, nos anima un año más a pedir por todas las vocaciones pero, en este día, especialmente por las vocaciones a la vida sacerdotal y religiosa. Como él mismo dice: «El Señor no deja de llamar, en todas las edades de la vida, para compartir su misión y servir a la Iglesia en el ministerio ordenado y en la vida consagrada, y la Iglesia está llamada a custodiar este don, a estimarlo y amarlo’.

• Pidámosle a María, ella que acogió con total apertura el plan divino de la salvación en su vida, que en el interior de nuestra comunidad nos abramos con disponibilidad a la llamada de Dios y sepamos decirle «sí». 


Publicado por verdenaranja @ 16:34  | Homilías
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Lectio divina para el viernes de la segunda semana de Pascua 2011, ofrecida por la Delegación Diocesana de Liturgia de la diócesis de Tenerife.

LECTURA:              “Juan 6, 1‑15”

En aquel tiempo, Jesús se marchó a la otra parte del lago de Galilea (o de Tiberíades). Lo seguía mucha gente, porque habían visto los signos que hacía con los enfermos. Subió Jesús entonces a la montaña y se sentó allí con sus discípulos.

Estaba cerca la Pascua, la fiesta de los judíos. Jesús entonces levantó los ojos, y al ver que acudía mucha gente, dice a Felipe: «¿Con qué compraremos panes para que coman estos?» Lo decía para tantearlo, pues bien sabía él lo que iba a hacer. Felipe le contestó: «Doscientos denarios de pan no bastan para que a cada uno le toque un pedazo.»

Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dice: «Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y un par de peces; pero, ¿qué es eso para tantos?» Jesús dijo: «Decid a la gente que se siente en el suelo.»

Había mucha hierba en aquel sitio. Se sentaron; sólo los hombres eran unos cinco mil. Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados, y lo mismo todo lo que quisieron del pescado. Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: «Recoged los pedazos que han sobrado; que nada se desperdicie.» Los recogieron y llenaron doce canastas con los pedazos de los cinco panes de cebada, que sobraron a los que habían comido. La gente entonces, al ver el signo que habla hecho, decía: «Éste sí que es el Profeta que tenía que venir al mundo.»

Jesús, sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró otra vez a la montaña él solo.

MEDITACIÓN:           “Que nada se desperdicie”

            Hay tantas cosas que desperdiciamos en la sociedad del “usar y tirar” que vamos dejando restos por todas partes. Tenemos abundancia de todo, y nos sobra de todo, cuando hay tantos y tantos que no poseen ni lo imprescindible para sustentarse o vivir con dignidad. Es algo que clama al cielo aunque ya nos estamos acostumbrando como parte de algo normal. Decimos vivir en una aldea global donde todo nos afecta, pero en lugar de mirar al lado donde podemos aportar dignidad, miramos al lado de donde podemos seguir poniendo distancias.

            No, ya sé que no es éste el sentido principal de este texto, pero tu sensibilidad hacia los que tienen necesidad y tu respuesta de aportar desde lo que se tiene, desde todo lo que se tiene, como aquel muchacho de los pocos panes y peces, hace que descubramos el valor multiplicador de la solidaridad, y la necesidad o la importancia de ser capaces de mirar más allá de nosotros, de mirar por los otros. Si todos fuésemos capaces de mirar así, en el mundo no habría tantas desigualdades, o al menos tan flagrantes y escandalosas.

            Tu llamada es como un toque de atención a mi sensibilidad, en el terreno material y en el humano. Intuyo que me pides que nada de lo que soy y de lo que tengo se desperdicie. Que en mi realidad, en mi persona, nada se desperdicie. Que aproveche al máximo mis cualidades, mis talentos, mis bienes, mi tiempo, para que como contigo, todos se beneficien de ello.

ORACIÓN:           “Gracias"

            Te doy gracias, Señor, por todos los dones que has derramado en mí. Muchas veces lo veo como algo natural, pero sé que todo lo bueno que hay en mi viene de ti.

            Gracias por el don de la vida y de mi capacidad de ser don para los demás. Sé que cuando entiendo así la vida todo lo bueno se multiplica.

            Señor, gracias por tu amor, por tu llamada incansable, por estar siempre ahí alentando mi caminar. Gracias, Señor.

CONTEMPLACIÓN:           “Multiplicas”

Tú vienes a mí
para llenar mis vacíos,
para abrir mis puertas cerradas,
y volver a dibujar
mis horizontes perdidos.

Y al extender mis manos
multiplicas en ellas la vida.

Cuando pongo el corazón
haces posible el latido.

Y fecundas hasta el infinito
mi pequeña ofrenda.


Publicado por verdenaranja @ 16:29  | Liturgia
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miércoles, 04 de mayo de 2011

Oración por las Vocaciones recibida con los materiales para la celebración de la 48 Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones 2011, el 15 de Mayo, con el lema "Tu Iglesia diocesana, fuente de vocaciones".

Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones
15 de mayo de 2011

 

Oración

Jesús, Pastor bueno,

siguiendo tu ejemplo y tu mandato

nos ponemos en estado de oración insistente y confiada

y rogamos al Señor de la mies

que envíe trabajadores a tu Iglesia.

Que las Iglesias particulares,

las comunidades parroquiales, las familias cristianas

y los cenáculos vocacionales

se llenen de vitalidad para proponer con valentía

y promover con esmero

las vocaciones al laicado, a la vida consagrada

y al ministerio presbiteral, para la extensión de tu reinado.

Tú, Señor, no dejas de seguir llamando también hoy

a los que has elegido para la vida de especial consagración.

Da a los llamados la disponibilidad gozosa de decirte «SÍ».

María Virgen, la gran acogedora del plan divino,

sé su modelo e intercesora. Amén.

XLVIII JORNADA MUNDIAL DE ORACIÓN POR LAS VOCACIONES

15 de mayo de 2011


Publicado por verdenaranja @ 23:04  | Oraciones
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Notas teológico-pastorales para la 48 Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones 2011 recibidas en la parroquia con los materiales para su celebración el 15 de Mayo.

XLVIII JORNADA MUNDIAL DE ORACIÓN POR LAS VOCACIONES
Notas Teológico-pastrales

 

Como es sabido por casi todos los que andamos atentos a la realidad vocacional, cada año, el cuarto domingo de Pascua, el Papa ofrece un mensaje para la Jornada de Oración por las Vocaciones. Y ya son cuarenta y ocho. Lógicamente, cada papa y en cada año intenta ofrecer una motivación, principalmente de acuerdo a aspectos significativos, necesidades, sugerencias o preocupaciones de la realidad vocacional del momento. Por otra parte, hay que decir que estos mensajes son también un buen termómetro para poder tener una perspectiva histórica del devenir de la pastoral vocacional en la Iglesia. Será provechoso, por tanto, que en algún momento releamos los distintos mensajes.

Y aunque hay una variedad temática en las ideas centrales de los mensajes, si tomamos como referencia inicial el Vaticano II y terminamos en nuestros días, se puede percibir o intuir un hilo que va uniendo los diversos aspectos de la preocupación vocacional en cada momento, y aunque no podamos llegar a presentar unos ciclos temáticos vocacionales, sí se pueden percibir unos textos descriptiva y funcionalmente bastante homogéneos. 

Y al tratar de percibir y concretar este hilo conductor, evitando por supuesto rigideces de interpretación, podemos decir que en un primer momento posconciliar se hizo más hincapié en la identidad de las distintas vocaciones en la Iglesia. Se intentó ver cuáles eran los ejes, contenidos y ubicaciones teológicas y eclesiales de las vocaciones, sobre todo sacerdotales y religiosas. Es verdad que los expertos vocacionales más lúcidos nunca dejaron de ver la necesidad de configurar y tomar en serio la vocación laical en la Iglesia.

Siguió una etapa en la que la pastoral vocacional se centró más en las realidades y dificultades humanas de las personas vocacionadas, sobre todo con sus eventuales disfunciones emocionales. No es momento de explicitar esta realidad, pero tuvo y sigue teniendo su decisiva importancia, sobre todo desde el punto de vista de la maduración humana y del equilibrio en las relaciones interpersonales, desde donde se ha ido vivenciando poco a poco la realidad teológica de la comunión eclesial y de la fraternidad que iban a adquirir una gran relevancia hermenéutica.

Posteriormente ,y siempre pisándoles los talones, aparece más visible la realidad de la formación y formación ubicada en las diferentes latitudes y culturas del mundo.

Aquí entran en juego las dimensiones personales, institucionales y sociales, que van destilando poco a poco lo que es y significa para la Iglesia su realidad constitutiva de la evangelización. Es verdad que, en contextos cada vez más multiculturales, la incertidumbre tendió y tiende a maximizarse, como es lógico.

Y ya observando el mensaje de Benedicto XVI para el 2011, vemos que se da un paso más para tratar de concienciar a las Iglesias locales (obispos, sacerdotes, religiosos, catequistas, agentes pastorales…. ), si es que no lo estaban ya, de la necesidad y exigencia que les incumbe de proponer ardua y exultantemente las diferentes vocaciones de la Iglesia. Y el Papa lo hace resaltando y remitiendo a tres referencias fundamentales de la vida vocacional: el Señor Jesús, la Iglesia y la vitalidad vocacional de la oración, que forman un todo desde el que se vislumbra más fácilmente el aspecto de misterio y de don de la vocación, que tanto y tan certeramente se ha resaltado y se va asumiendo como fundamental.

Situándonos pues en el momento actual, basta decir que, si hemos jalonado la pedagogía vocacional en la Iglesia en nuestra etapa posconciliar, es sencillamente para ver cuáles serían puntos fundamentales a tener en cuenta en la pastoral vocacional, ya que todos los aspectos que hemos señalado son transversales y tienen que darse explícitamente en cualquier momento histórico. Por supuesto que se podrían señalar muchos más puntos de referencia, pero una sobrecarga temática puede soslayar los elementos realmente importantes.

Adentrándonos en el mensaje, y sin olvidar la trayectoria que acabamos de ver, el Papa trata de rehabilitar y reforzar un nuevo sujeto vocacional: la realidad inexcusable de la Iglesia local en la convocación y el sostenimiento de las vocaciones. Es verdad que siempre ha sido así. Por eso, el Papa no podía dejar de darle toda su importancia, en un lenguaje claro y bien estructurado, ya que la Iglesia local es sujeto activo de llamada, de vivencia y de compromiso con todas las vocaciones y carismas. La vocación nace en la Iglesia, se vive en la Iglesia y se ofrece en la Iglesia.

Permanentemente estará ahí como búsqueda y exigencia el cómo actuar de la Iglesia local en lo que se refiere a su compromiso vocacional. Para responder a ese cómo, hay que empezar por decir que la Iglesia con sus agentes vocacionales ha intentado ir preparándose durante tiempo con una gran avidez pastoral, ha trabajado con diferentes proyectos y actualizaciones pastorales, con sus herramientas, medios y estrategias, para pasar en la actualidad a darle sin reservas y sin ambigüedades la prioridad a Jesús, a quien el Papa lo presenta con un perfil vocacional concreto y ejemplarizante a través de unos verbos, fáciles de entender y recordar: llamó a algunos, les mostró su misión mesiánica, los educó con la palabra y con la vida, les confió el memorial de su muerte y resurrección y los envió a todo al mundo con un mandato claro (Mt 28, 19). Nosotros aprenderemos a entender y a vivir la pastoral vocacional a través de la pedagogía del ejercicio vocacional de Jesús, presente en todo momento de su vida y siempre unido a la realidad del Reino.

Asumidos estos puntos fundamentales, el Papa urge para que toda Iglesia local se haga cada vez más sensible a la pastoral vocacional, incluso como exigencia constitutiva, educando en los diversos niveles: familiar, parroquial y asociativo. Y esto sin olvidar las dificultades que conlleva, especialmente en el contexto actual, en el que se sufre una parálisis de la voluntad y de la fidelidad, en el que la voz del Señor parece ahogada por otras voces y en el que la cultura vocacional queda soslayada y solapada por la cultura profesional. Por eso, en la pastoral vocacional nada puede darse por sentado, ella siempre será un desafío, una imaginación activa y una audacia, con el contrapunto de que la capacidad de cultivar las vocaciones es un signo muy claro de la vitalidad de una Iglesia local.


Publicado por verdenaranja @ 22:56  | Pastoral Vocacional
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Guión liturgico para la 48 Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones 2011 recibido en la parroquia con los materiales para su celebración el 15 de Mayo.

Monición de entrada

Un domingo más nos encontramos aquí para celebrar juntos la Eucaristía, el sacramento en el que actualizamos la entrega por amor de Jesús. En este tiempo de Pascua seguimos profundamente alegres sabiendo que, tras esa entrega absoluta, la Vida venció a la muerte, y celebrando que Jesús está Vivo y Resucitado en medio de nuestro mundo.
En el Evangelio de hoy, como veremos, Jesús se presenta como el Buen Pastor.
Tradicionalmente la Iglesia celebra en este domingo la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. Por ello, unamos nuestra voz para orar juntos. Nuestra Iglesia y nuestro mundo siguen necesitando cristianos, varones y mujeres, laicos, sacerdotes y consagrados, que respondan con generosidad a la invitación que Jesús nos hace personalmente a cada uno.
Estemos atentos a lo que vamos a celebrar porque en su Palabra y en su Mesa se nos recordará el sentido de toda vocación cristiana. 

Monición a las lecturas 

1ª Lectura (Hch 2, 14a. 36-41)

La primera lectura es parte de uno de los diferentes discursos que podemos encontrar en el libro de los Hechos. En este caso es Pedro el que lo pronuncia y en él podemos descubrir los elementos básicos de lo que conocemos como kerygma, como núcleo del mensaje cristiano: la muerte de Jesús y la certeza de que Dios lo ha resucitado y lo ha constituido Señor. A quienes escuchaban a Pedro sus palabras les llegaban hasta lo más hondo del corazón y se sentían urgidos a convertirse. Escuchémoslas con oídos atentos para que también a nosotros estas palabras nos remuevan y nos sintamos llamados a convertirnos, a volvernos a Jesús con todo nuestro ser. 

2ª Lectura (1 Pe 2, 20b-25)

En la segunda lectura el autor de la primera carta de Pedro nos exhorta a perseverar en nuestra confesión de fe y a vivir como cristianas y cristianos comprometidos con el bien aunque nuestro seguimiento a Jesús pueda conllevarnos dificultades y sufrimientos. Todo ello sabiendo que Él nos ha precedido y nos precede en el camino, que Él carga con nuestros pecados y nos sana a través de sus heridas porque, como se nos dirá al final, «es nuestro pastor y guardián», una metáfora que será subrayada en el Evangelio que leeremos después. 

Evangelio (Jn 10, 1-10)

En el Evangelio, Jesús se presenta a través de dos alegorías: Él es «la puerta» que hay que atravesar y es «el buen pastor» que conoce, cuida y ama a sus ovejas. Este texto sigue a la narración de la curación de un ciego, cuando Jesús se entera de que los fariseos «lo habían echado fuera» (Jn 9, 34-35). Frente a los fariseos y a los dirigentes que no buscan el bien del pueblo sino su propio interés, Jesús se manifiesta como quien puede ofrecer seguridad y defensa, cuidado y entrega absoluta a quienes le siguen. Porque Él ha venido «para dar la vida –y una vida en plenitud– a todos y todas». 

Sugerencias para la homilía  

• Celebramos la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. Como comunidad (parroquial, colegial, religiosa, etc.) nos unimos a todas las  personas que hoy rezan para que el Señor siga suscitando vocaciones para su Iglesia y para que todos nosotros escuchemos con atención su voz y le respondamos de manera comprometida, viviendo nuestra vida vocacionalmente.

• La vocación última a la que Dios nos llama es a ser sus hijos, hijos en su Hijo Jesucristo. Por eso la primera lectura nos invitaba a con-vertirnos, es decir, a volvernos a Jesús, a girar todo nuestro ser, nuestra mirada, nuestra mente, nuestros deseos, nuestro pensamiento… a Jesús. No es un ejercicio solo de mente o de corazón, es una actitud, un movimiento físico. Convertirnos no es solo «desear cambiar» sino ponernos en actitud de cambio, acogiendo su gracia y modificando nuestra conducta, nuestros actos, todo aquello que pueda alejarnos de Él.
• Por eso, vueltos a Jesús, la segunda lectura nos invitaba a comportarnos como Él sabiendo que no solo nos ha precedido en el camino sino que nos sigue acompañando en él como buen pastor y guardián.
• Todos los cristianos y cristianas estamos llamados a concretar esta vocación última de ser hijos en el Hijo en una vocación específica. El Señor sigue invitándonos a ser religiosos, religiosas, sacerdotes, madres y padres cristianos, laicos y laicas comprometidos con la misión de la Iglesia (el anuncio de la Buena Noticia de Jesús) y comprometidos con el mundo, sobre todo con nuestros hermanos más necesitados (así lo hacen los «buenos pastores» que siempre están pendiente de las ovejas más débiles, enfermas o heridas) y en un trabajo concreto a favor de la justicia, la paz, el diálogo, la comunión y el cuidado de la Creación.
• Cada uno/a está invitado hoy a revisar su vida y ver cuántas cosas se nos ofrecen como «señores», por cuántas puertas pasamos que no nos conducen a la vida plena, a cuántos pastores seguimos que no nos ofrecen el amor, la seguridad y la entrega absoluta del Buen Pastor.
• Somos llamados a seguirle –a través de la vocación específica que cada uno/a reciba de Dios– con la confianza absoluta de que Jesús es nuestro Buen Pastor y, como tal, Él nos acompaña en nuestro camino y en nuestro descanso, en todo tiempo y lugar, cuando estamos alegres o cuando las fuerzas nos flaquean. Él nos conoce a cada uno y a cada una, nos llama por nuestro nombre, anda por nuestros caminos y nos ofrece siempre un lugar de reposo y un alimento que nos ayude a recobrar la energía.
• Las Jornadas de este año tienen como eslogan: «Proponer las vocaciones en la Iglesia local». Estamos invitados a reconocer la importancia que tiene nuestra comunidad eclesial, nuestra iglesia local, en el favorecimiento y acompañamiento de la respuesta que cada uno/a de nosotros demos a la vocación recibida.
• Benedicto XVI, en su mensaje, nos anima un año más a pedir por todas las vocaciones pero, en este día, especialmente por las vocaciones a la vida sacerdotal y religiosa. Como él mismo dice: «El Señor no deja de llamar, en todas las edades de la vida, para compartir su misión y servir a la Iglesia en el ministerio ordenado y en la vida consagrada, y la Iglesia está llamada a custodiar este don, a estimarlo y amarlo’.
• Pidámosle a María, ella que acogió con total apertura el plan divino de la salvación en su vida, que en el interior de nuestra comunidad nos abramos con disponibilidad a la llamada de Dios y sepamos decirle «sí». 

Oración de fieles

La mies es mucha… roguemos al Señor por todas las necesidades de nuestro mundo y de nuestra Iglesia, y en el día de hoy oremos unidos especialmente por las vocaciones:

– Te pedimos, Señor Jesús, por nuestro papa Benedicto XVI, por todos los obispos, sacerdotes y diáconos, y por todas las personas que tienen una responsabilidad pastoral. Que en su servicio a la Iglesia sean, como tú, verdaderos buenos pastores para tu pueblo. Roguemos al Señor.

– Te damos gracias, Señor, y te pedimos por todas las personas que han sabido decir «sí» a la llamada que han recibido de ti y que, como laicos, religiosos o sacerdotes, entregan su vida al servicio del Evangelio en nuestro mundo. Roguemos al Señor.

– Mira, Señor, a tu pueblo. Te pedimos por todas las naciones de nuestra tierra, que sea posible la paz y la justicia, impulsadas a través del ejercicio honrado y comprometido de sus dirigentes y gobernantes. Que ellos también sean buenos pastores para su pueblo. Roguemos al Señor.

– La mies es mucha y los obreros pocos. Te rogamos, Señor Jesús, por las vocaciones específicas a la vida sacerdotal y religiosa. Sigue suscitando en el corazón de muchos jóvenes el deseo de seguirte como sacerdotes y religiosos/as y que ellos/a respondan con valentía y generosidad a tu invitación. Roguemos al Señor.

– Señor, aquí nos tienes. Te pedimos por nuestra comunidad, para que con la oración y el ejemplo de vida promovamos y animemos las vocaciones, y nos ayudemos unos a otros a responder con generosidad a tu llamada. Roguemos al Señor.

– No hay mayor alegría que dar la vida por amor. Te pedimos, Señor de nuestras vidas, por todos nosotros y nosotras. Que sepamos dar testimonio, en nuestro entorno concreto (escuela, universidad, trabajo, casa, familia, grupo de amigos…) de la alegría profunda de saberte caminando con nosotros como Buen Pastor y de seguirte. Roguemos al Señor.

Monición final

Damos gracias a Dios por haber podido celebrar, un domingo más, esta Eucaristía en comunidad. Sabemos que Él, como Buen Pastor, sigue llamando, acompañando nuestro camino cotidiano y ofreciéndonos su guía y su cuidado.

Que lo que aquí hemos celebrado lo sigamos haciendo vida ahora. Mantengamos nuestros oídos abiertos a su Palabra y el corazón dispuesto a responder «sí» a su llamada. Su invitación, sea cual sea, siempre será para que seamos radicalmente

felices. ¡Buena semana!


Publicado por verdenaranja @ 22:47  | Pastoral Vocacional
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DOMINGO 3 DE PASCUA / A   
8 de mayo de 2011

La gracia, el amor y la paz de Jesucristo resucitado estén con todos vosotros.

- En la alegría de este tiempo de Pascua, hoy escucharemos en el evangelio una historia muy conocida, una historia que nos ayuda a entender mejor lo que
hacemos aquí cada domingo. Es la historia de los discípulos de Emaús.

- Como a aquellos discípulos preocupados y desorientados, Jesús se nos acerca, nos ayuda a descubrir el sentido de nuestra vida, y se sienta con nosotros a la mesa para partimos el pan de la Eucaristía. Y nuestro corazón se llena de esperanza y de ganas de seguirle.  

Aspersión: Comencemos nuestra celebración renovando aquel momento en que, por el bautismo, nos unimos para siempre a Jesucristo.

Aspersión por toda la iglesia, con un canto bautismal o con nuevas estrofas del canto de entrada (Misal pág. 1.096).

Que Dios misericordioso nos purifique del pecado y, por la celebración de esta Eucaristía, nos haga dignos de participar en el banquete de su Reino. Amén.

Gloria cantado.

1. lectura (Hechos 2, 74.22b-33): Comencemos las lecturas de este domingo con el primer gran anuncio de la resurrección de Jesús: el anuncio que el apóstol Pedro hace en Jerusalén el día de Pentecostés.

2. lectura (7 Pedro 7,77-27): En la segunda lectura de nuevo nos habla el apóstol Pedro. Y nos recuerda lo que significa nuestra fe en Jesucristo.

Oración universal: A Jesús resucitado, vida y esperanza de la humanidad entera, orémosle diciendo: JESÚS RESUCITADO, ESCÚCHANOS.

Por la Iglesia. Para que sepamos comunicar con sencillez la alegría de la Pascua en nuestro entorno cotidiano. OREMOS:

Por todos los niños y niñas que en esta Pascua harán su Primera Comunión. Que puedan reconocer en nuestras Eucaristías a Jesús que les ama y acompaña. OREMOS:  

Por todos aquellos que forman parte de las entidades y asociaciones de nuestros pueblos, barrios y ciudades. Para que vivan con alegría su labor y sigan transmitiendo ganas de trabajar por el bien común y por la buena convivencia. OREMOS:

Por las personas de cultura gitana que sufren discriminación o persecución. Para que en todas partes sean respetadas, acogidas y tratadas con dignidad. OREMOS:

Por las personas a las que les gustaría estar hoy en esta asamblea y no pueden por su edad o enfermedad. Para que las tengamos presentes en nuestra oración y sepamos acompañarlas. OREMOS:

Escucha, Señor Jesús, nuestra oración. Y acompáñanos siempre en nuestro camino, como hiciste con los discípulos de Emaús. Tú, que vives ...

Prefacio II de Pascua. Aclamación 3 después de la consagración.

Padrenuestro: Unidos a Jesucristo resucitado, como hijos e hijas de Dios, nos atrevemos a decir:

Gesto de paz: En el Espíritu de Cristo resucitado, daos fraternalmente la paz.

Bendición solemne de Pascua (Misal pág. 563).

 

CPL


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Lectio divina para el jueves de la segunda semana de Pascua 2011, ofrecida por la Delegación Diocesana de liturgia de la diócesis de Tenerife.

LECTURA:      “Juan 3, 31‑36”

El que viene de lo alto está por encima de todos. El que es de la tierra es de la tierra y habla de la tierra. El que viene del cielo está por encima de todos. De lo que ha visto y ha oído da testimonio, y nadie acepta su testimonio. El que acepta su testimonio certifica la veracidad de Dios. El que Dios envió habla las palabras de Dios, porque no da el Espíritu con medida. El Padre ama al Hijo y todo lo ha puesto en su mano. El que cree en el Hijo posee la vida eterna; el que no crea al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios pesa sobre él.

MEDITACIÓN:           “Da testimonio”

            Parecería de entrada que tú, Señor, vienes a entregarnos un mensaje de primera mano, que no eres tú, sino nosotros los llamados a ser testigos tuyos. Sin embargo, no es así. Como nos has repetido últimamente, tú no vienes por tu cuenta, sino enviado por Dios. Tú vives en referencia al Padre, y sólo haces aquello que le has visto y oído a él. Eres el testigo, por antonomasia, de Dios. Sólo tú tienes acceso a él y a él nos lo has dado a conocer en ti mismo.

            Y es que no te has inventado nada. No eres un innovador más. Eres la misma imagen de Dios, tú actúas desde Dios, tus palabras son palabras de Dios. En ti descansa la plenitud del amor de Dios, que nos has manifestado hasta la muerte. Así te has convertido en el señor de la vida, y nos has abierto el sentido de la plenitud, que no está en otra cosa sino en el amor.

            Y me invitas, una y otra vez, a entrar en esa corriente. A vivir en referencia a ti como tú viviste en referencia a Dios. A mirarte y escucharte, a sentirte latiendo dentro de mí, para convertirme contigo en testigo del amor de Dios, en testigo de la vida realizada en el amor, en testigo de la verdad fundamentada en el amor.

ORACIÓN:           “Tu testigo”

            Señor, enséñame a entrar en tus entrañas, que son las mías, y hazme tu testigo, testigo del amor y de la paz que desbordas en mí.

            Que sea tu testigo, Señor, testigo de lo que has obrado en mí, de tu presencia cercana, de tu palabra que despierta mis deseos de ti.

            Señor, que en medio de este mundo confuso, en medio de mis contradicciones y limitaciones, nada ni nadie apague mi deseo de ser tu testigo.

CONTEMPLACIÓN:            “Vida eterna”

Cuando todo o casi todo
lo que me rodea
me habla de muerte.

Cuando es difícil encontrar
reductos seguros de vida.

Cuando sobre todo se extiende
el velo gris de la incertidumbre,
y la muerte se cierne como amenaza,
sólo tu palabra y tu presencia
me hablan de vida.

Y sólo el amor, tú amor,
me la abre con fuerza de eternidad.


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martes, 03 de mayo de 2011

Columna de opinión de monseñor Jorge Lozano, obispo de Gualeguaychú y miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social, publicada el 3 de abril de 2011. (AICA)

LA VIDA, UNA MARAVILLA DEBILITADA Y MAL JUGADA          

La vida es un don de Dios y Él quiere que todos seamos felices. Sin embargo, este anhelo no siempre se logra.

Las amenazas y agresiones a la vida pueden venir “de afuera”, o también surgir del propio “interior” del corazón humano.

Tenemos que cuidarnos de algunos engaños con los que a veces nos quieren convencer para hacer cosas que nos dañan, y lastiman también a nuestras familias.

Alentar falsas ilusiones, por ejemplo, nos puede llevar a continuos fracasos. Poner las expectativas en “salvarnos” por un golpe de suerte en un sorteo, en el bingo, en las máquinas tragamonedas, nos puede hacer gustar el sabor amargo de la frustración y hundir en mayor pobreza. Son como pompas de jabón que atraen por su brillo y movimiento, pero pronto desaparecen. Con dolor y preocupación vemos mujeres con las bolsas para hacer las compras haciendo cola esperando que abra el casino, o el local que sea. Da pena ver tanta gente humilde que se juega lo que tiene para comer. Pero no seamos ingenuos, unos pocos sí que ganan plata a paladas desplumando a los pobres.

En estos días estamos realizando en las Parroquias, Capillas, comunidades educativas, una campaña de concientización acerca de los riesgos del crecimiento de las ofertas de juego de azar en nuestro país. Quienes quieran acceder a la cartilla que estamos trabajando, pueden buscar en la página www.pastoralsocial.org.ar

Los obispos de la Argentina estamos muy preocupados y ocupados en este tema. Escuchamos a los laicos, sacerdotes y religiosos/as de las parroquias y capillas, movimientos, que conversan e intercambian opiniones sobre lo que pasa en el país, con ellos miramos a la gente en su dimensión humana. Como seres humanos con ganas de encontrarle sentido a su vida en busca de la felicidad  personal, familiar y comunitaria.

En diciembre pasado hemos dado a conocer una Declaración que se titula “El juego se torna peligroso”. Es que esta preocupación surge porque se expande la oferta de máquinas tragamonedas y otras propuestas de juegos de apuestas por todos lados. En esa Declaración decimos: “en esta situación de debilidad, es perjudicial que de diversas maneras se promueva la ilusión de ‘salvarse’ o solucionar todos los problemas económicos con un ‘golpe de suerte’. Sin embargo, pocas veces se muestra la cantidad de personas que han jugado lo necesario para el sustento familiar para que sólo algunos pocos obtengan un premio. Persiguiendo una fantasía irreal de ganar dinero sin esfuerzo se llega al golpe de la desilusión. Por lo general se comienza con pequeñas sumas que llevan a la peligrosa vorágine de no saber parar hasta caer en otra ilusión: ‘recuperar lo perdido’. Somos testigos de hermanas y hermanos que nos han contado de la pérdida hasta de sus propios hogares por esta adicción”.

También en la televisión hay montones de sorteos y hasta programas a la noche para apostar por teléfono. Por Internet hay ofertas de juego que buscan tentar a los más jóvenes. Nadie se salva: jóvenes, amas de casa, jubilados, trabajadores o desocupados. Irónicamente, como en el juego de la Perinola “todos ponen”.

Suele hacerse propaganda diciendo que es para ayudar con programas sociales. Pero no se dice que gran parte de lo recaudado es ganancia para unos pocos, y mucho menos de la mitad se dedica luego a fines solidarios.

Se favorecen así conductas que pueden derivar en una adicción al juego. Hay quienes son jugadores compulsivos, y sienten que no pueden parar. Cuentan que se sienten como en un remolino que los absorbe con fuerza y no los larga.

No te gastes la plata en apuestas. Dios te quiere libre de toda atadura que te pueda esclavizar y humillar. La fe, los amigos, la familia, son estímulos para una vida en alegría y plenitud.

Los que trabajan en grupos de recuperación de adictos afirman que un pilar muy importante es la fe. Los obispos de América escribimos un Documento en el 2007 que afirma: “no podemos olvidar que la mayor pobreza es la de no reconocer la presencia del misterio de Dios y de su amor en la vida del hombre, que es lo único que verdaderamente sana y libera” (Documento de Aparecida, 405)

Con tu vida y la de tu familia no se juega.  

Mons. Jorge  Eduardo Lozano, obispo de Gualeguaychú 


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Lima (Agencia Fides) – A una semana de las elecciones políticas 2011, que se celebrarán el 10 de abril, donde los peruanos elegirán al próximo presidente del Perú y a los representantes del Congreso de la República, los Obispos del Perú recuerdan a los fieles la invitación dirigida a los candidatos por la Conferencia Episcopal del Perú durante su 97 Asamblea General Ordinaria, en la que los invitó a promover el desarrollo humano integral y el respeto de la dignidad humana, el matrimonio y la familia.

MENSAJE DE LOS OBISPOS DEL PERÚ
ANTE LAS PRÓXIMAS ELECCIONES GENERALES 2011 

Ante las próximas Elecciones Generales 2011, los Obispos del Perú, atentos a la voz de Jesucristo el Buen Pastor, que dice: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10, 10), queremos ofrecer a todos los actores del proceso democrático -católicos y ciudadanos en general- algunas reflexiones que ayuden a ejercer el deber electoral con verdad y responsabilidad.

1.- La dignidad de la persona es el centro de la preocupación social de la Iglesia. Ella enseña que, para discernir lo que es más justo y adecuado en orden al bien común, debe tenerse en cuenta la primacía del ser humano, la promoción de sus derechos fundamentales y la inclusión de los más débiles en los proyectos de desarrollo. La Iglesia considera el ejercicio de la política como un servicio a la nación. Es fundamental que se analicen las propuestas de los candidatos para garantizar estos principios. 

2.- El desarrollo social debe fundarse en el respeto y la promoción de los derechos humanos, el acceso a los servicios básicos de salud, nutrición, agua, educación, vivienda y seguridad ciudadana, especialmente de los más pobres. Las mejores condiciones económicas que el país experimenta deben llegar cuanto antes a los que todavía se encuentran en la pobreza o la marginación.

3.- El ejercicio de la democracia debe respetar los principios éticos y morales vinculados a la promoción del bien común. Por ello, sin expresar preferencia por ninguna de las propuestas electorales, tenemos el deber de orientar a los fieles en aquellos planteamientos que, por sus implicaciones religiosas y morales, contradicen las enseñanzas de la Iglesia (cfr. Compendio de la Doctrina Social de Ia Iglesia, n.424). 

4.- Invitamos a estar alerta ante las propuestas que atentan contra la ley natural, el respeto a la dignidad humana, la verdad y la práctica de la justicia. Ir contra estos principios es desconocer nuestra realidad natural. Intentar cambiarlos traerá graves consecuencias para la sociedad, y los perjudicados siempre serán los más débiles. Por ello, el respeto y la defensa de la vida desde el primer instante de su concepción hasta su muerte natural es irrenunciable en todo planteamiento. No se pueden aceptar bajo ningún argumento el aborto, la eutanasia o la manipulación genética.

 5.- El matrimonio es la base de la familia y de la sociedad y tiene una importancia fundamental para el auténtico desarrollo. Por su origen divino, posee unas características propias e irrenunciables. “Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios lo creó; varón y mujer los creó” (Gen 1,27). El matrimonio no es una unión cualquiera entre personas. Es la unión estable e indisoluble de un hombre y una mujer que se complementan y se entregan recíprocamente en una relación abierta a la vida. “Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre” (Mt 19,6). También es reconocido así el matrimonio por las grandes culturas y por la Constitución Política del Perú. Ninguna otra realidad se le puede equiparar. Es responsabilidad de todas las instancias de la sociedad promover cuanto contribuya el bien del matrimonio y de la familia.

6.- El vicio de la corrupción continúa socavando el desarrollo social y político de nuestro pueblo. Ha faltado la voluntad tenaz y el compromiso ejemplar de nuestras autoridades, la vigilancia y la colaboración eficaz de todos los ciudadanos y sobre todo, nos está faltando una fuerte conciencia ética y moral (cfr. Iglesia en América, 23). El proceso electoral es una ocasión propicia para exigir la presentación de programas que enfrenten con valentía las diversas formas de corrupción, tanto en los poderes del Estado como en los ámbitos de la actividad pública y privada.

7.- Es preciso lograr un saludable equilibrio entre progreso económico y respeto a la naturaleza. Los planes de gobierno han de tener en cuenta la ecología y el uso racional de las riquezas de nuestro país, consultando oportunamente a los pueblos y a las comunidades en cuyo territorio se dan las concesiones de tierras y las licencias de explotación de los recursos naturales. Hay que prevenir así futuros conflictos y enfrentamientos que tanto dolor nos han causado y combatir abusos como el narcotráfico y la depredación de costa, sierra y selva.

 8.- Los candidatos deben tener en cuenta que la violencia social no se genera solamente porque exista pobreza, sino porque existe desigualdad. Un reto para las autoridades elegidas es lograr un mayor desarrollo, pero que se vea reflejado en la vida de todos los peruanos, principalmente de los más desfavorecidos. Por eso, las propuestas de gobierno deben expresar un compromiso real con los más necesitados y así mantener la esperanza de nuestros pueblos. 

9.- Es tiempo de un diálogo fecundo y alturado que genere espacios de armonía. La transparencia del proceso electoral exige que los electores sean escuchados por los candidatos y que entre estos haya un sereno intercambio de ideas. Así el elector podrá conocer no sólo los contenidos de los programas, sino también la preparación del candidato y la coherencia de su actitud. Por consideración al elector, se han de promover debates que le permitan formarse una opinión sólida y así poder ejercer libre y responsablemente su derecho a votar.

10.-El ciudadano merece respeto e información veraz. Es indigno tratarlo como un objeto que se puede manipular o engañar. La dignidad del votante exige que resplandezca la verdad como elemento esencial para la paz, la convivencia, la democracia y la vida institucional . “La verdad los hará libres” (Jn 8,32)

11.-Los periodistas y los medios de comunicación social han de participar con la máxima responsabilidad en el proceso. Los invitamos a ejercer la libertad de expresión buscando la verdad unida a la justicia y al bien común. Que su información sea objetiva, imparcial, abierta a todos los candidatos, a fin de que las propuestas sean conocidas de manera íntegra y veraz. Más allá de las lícitas actividades publicitarias de la campaña electoral y dejando de lado los cambiantes resultados de las encuestas, se debe privilegiar la correcta información para garantizar una verdadera participación ciudadana.

12.-Los Obispos Latinoamericanos dijimos en Aparecida: “Urge crear estructuras que consoliden un orden social, económico y político en el que no haya inequidad y donde haya posibilidades para todos. Igualmente, se requieren nuevas estructuras que promuevan una auténtica convivencia humana, que impidan la prepotencia de algunos y faciliten el diálogo constructivo para los necesarios consensos sociales” (Documento de Aparecida, 384)

En esta etapa decisiva para el futuro del país, pidamos a Dios que nos ilumine para elegir a los más capaces y con mayor vocación de servicio; que a las autoridades les conceda la sabiduría necesaria para velar por el bien común; y que todos, solidariamente unidos, estemos dispuestos a trabajar por el Perú.

Los Obispos del Perú

Lima, 26 de Enero de 2011


Publicado por verdenaranja @ 23:14  | Hablan los obispos
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ZENIT  nos ofrece la intervención pronunciada por el Papa Benedicto XVI el domingo, 3 de ABril de 2011, al introducir la oración mariana del Ángelus con los peregrinos reunidos en la Plaza de San Pedro.

¡Queridos hermanos y hermanas!

El itinerario cuaresmal que estamos viviendo es un tiempo de gracia particular, durante el cual podemos experimentar el don de la benevolencia del Señor hacia nosotros. La liturgia de este domingo, llamado "Laetare", nos invita a alegrarnos, a gozar, tal y como proclama la antífona de entrada de la celebración eucarística: “¡Alegraos con Jerusalén y regocijáos por causa de ella, todos los que la amáis! ¡Compartid su mismo gozo los que estábais de duelo por ella, para ser amamantados y saciados en sus pechos consoladores, para gustar las delicias de sus senos gloriosos!" (cfr Is 66,10-11). ¿Cuál es la razón profunda de esta alegría? Nos lo dice el Evangelio de hoy, en el que Jesús cura a un hombre ciego de nacimiento. La pregunta que el Señor Jesús dirige a aquel que había sido ciego constituye el culmen del relato: “¿Crees en el Hijo del hombre?" (Jn 9,35). Aquel hombre reconoce el signo realizado por Jesús, y pasa de la luz de los ojos a la luz de la fe: "¡Creo, Señor!" (Jn 9,38). Hay que resaltar cómo una persona sencilla y sincera, de forma gradual, realiza un camino de fe: en un primer momento se encuentra con Jesús como un “hombre” entre los demás, después lo considera un "profeta", finalmente, sus ojos se abren y lo proclama "Señor". En oposición a la fe del ciego curado está el endurecimiento del corazón de los fariseos que no quieren aceptar el milagro, porque rechazan acoger a Jesús como el Mesías. La muchedumbre, en cambio, se detiene a discutir sobre lo sucedido y permanece distante e indiferente. Los mismos padres del ciego son vencidos por el miedo al juicio de los demás.

Y nosotros, ¿qué actitud asumimos frente a Jesús? También nosotros, a causa del pecado de Adán, hemos nacido “ciegos”, pero frente a la fuente bautismal hemos sido iluminados por la gracia de Cristo. El pecado había herido a la humanidad destinándola a la oscuridad de la muerte, pero en Cristo resplandece la novedad de la vida y la meta a la que hemos sido llamados. En Él, revigorizados por el Espíritu Santo, recibimos la fuerza para vencer el mal y realizar el bien. De hecho, la vida cristiana es una conformación continua a Cristo, imagen del hombre nuevo, para llegar a la plena comunión con Dios. El Señor Jesús es ·la luz del mundo" (Jn 8,12), porque en Él "resplandece el conocimiento de la gloria de Dios" (2 Cor 4,6) que sigue revelando en la compleja trama de la historia cuál es el sentido de la existencia humana. En el rito del Bautismo, la entrega de la vela, encendida en el gran cirio pascual símbolo de Cristo Resucitado, es un signo que ayuda a captar lo que sucede en el Sacramento. Cuando nuestra vida se deja iluminar por el misterio de Cristo, experimenta la alegría de ser liberada de todo aquello que amenaza su realización plena. En estos días que nos preparan a la Pascua reavivemos en nosotros el don recibido en el Bautismo, esa llama que a veces corre el riesgo de ser sofocada. Alimentémosla con la oración y la caridad hacia el prójimo.

A la Virgen María, Madre de la Iglesia, confiamos el camino cuaresmal, para que todos puedan encontrar a Cristo, Salvador del mundo.

[Después del Ángelus dijo]

Queridos hermanos y hermanas, ayer se celebraba el sexto aniversario de la muerte de mi amado Predecesor, el Venerable Juan Pablo II. Con motivo de su próxima beatificación, no he celebrado la tradicional Misa de sufragio por él, sino que le he recordado con afecto en la oración, como creo que todos vosotros. Mientras, a través del camino cuaresmal, nos preparamos a la fiesta de Pascua, nos acercamos con alegría también al día en el que podremos venerar como beato a este gran Pontífice y Testigo de Cristo, y confiarnos aún más a su intercesión.

[En español dijo]

Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española presentes en esta oración mariana, así como a los que se unen a ella a través de los medios de comunicación social. La liturgia de este día nos recuerda que Jesucristo es la Luz del mundo. De su mano podemos afrontar la vida y vencer todo lo que oscurece la conciencia y nos impide distinguir el bien del mal. Como hizo el Siervo de Dios Juan Pablo II, del que ayer recordamos el sexto aniversario de su fallecimiento, os invito a identificaros cada vez más con el Señor y de este modo avanzar siempre por el camino de la verdad y de la auténtica alegría. Feliz domingo.

[Traducción del original italiano por Inma Álvarez
©Libreria Editrice Vaticana]


Publicado por verdenaranja @ 23:07  | Habla el Papa
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Lectio divina para el miércoles de la segunda semana de Pascua 2011, ofrecida por la Delegación Diocesana de Liturgia de la diócesis de Tenerife.

LECTURA:           “Juan 3, 16‑21”

Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. El juicio consiste en esto: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra perversamente detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.

MEDITACIÓN:            “Tanto amó”

            Ésta es la clave que no terminamos de asimilar los que creemos y a la que no son capaces de abrirse los que dicen no creer, y que se fuésemos capaces de acoger con toda la fuerza de su verdad podía cambiar definitivamente nuestros corazones y nuestro mundo sufriente.

            Dios, el Dios de Jesús, no es un ser caprichoso, que se quiere entrometer en todo para manejarlo todo, para poner cotos, para incordiar la vida y negarle el gozar de su belleza.  Es el Dios que ama, que ama hasta el infinito, nos lo ha manifestado suficientemente. Es el Dios que quiere que vivamos abundantemente, que nos ofrece su paz profunda y la posibilidad de aportar luz a tanta oscuridad que arrastramos.

            Es el Dios que abre horizontes a nuestra realidad limitada y nos invita a sentirnos familia y a construir una gran casa donde nos sintamos hermanos. Y no sé por qué, Señor,  algo que parece tan hermoso nos resulta tan difícil, casi imposible.

            Yo sé que la realidad de ese amor que arranca de ti lo has depositado en mí, y más allá de las preguntas sin respuesta, me invitas a volcarlo, a darlo, gratuitamente, como tú.

ORACIÓN:           “Quiero amar”

            Gracias, Señor, por tu amor. Gracias por tu desbordamiento, por tu gratuidad, gracias por tu amor que me llega a lo más íntimo de mí.

            Señor, quiero amar, como tú. Sé que no es difícil, aunque, es triste decirlo, me cuesta, pero quiero y necesito amar.

            Quiero amar, con la fuerza con que tú lo hiciste, con esa radicalidad que encuentra su gozo en el dar, en el darme. Ayúdame, Señor.

CONTEMPLACIÓN:           “Como tú”

Amor que se desborda
y que me llega
en latidos profundos,
en deseos ardientes.

Amor que nace de ti,
mi fuente,
y ansía en convertirse en río
que corra sereno,
fecundando la tierra por donde pasa,
silenciosamente,
calladamente,
como tú.


Publicado por verdenaranja @ 16:41  | Liturgia
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