S?bado, 25 de junio de 2011

ZENIT nos?ofrece el discurso que el Santo Padre Benedicto XVI ha dirigido a los fieles congregados en la Plaza de San Pedro, durante la Audiencia Generalel mi?rcoles 1 de Junio de 2011, continuando con el ciclo de catequesis sobre la oraci?n.

Queridos hermanos y hermanas,

leyendo el Antiguo Testamento, una figura destaca entre otras: la de Mois?s, como hombre de oraci?n. Mois?s, el gran profeta y gu?a en el tiempo del ?xodo, ejerci? su funci?n de mediador entre Dios e Israel, haci?ndose portador, hacia el pueblo, de las palabras y mandatos divinos, conduci?ndolo hacia la libertad de la Tierra Prometida, ense?ando a los israelitas a vivir en la obediencia y en la confianza hacia Dios, durante la larga estancia en el desierto, pero tambi?n, sobre todo, rezando. Reza por el Fara?n cuando Dios, con las plagas, intentaba convertir el coraz?n de los egipcios (cfr?Ex?8?10); pide al Se?or la curaci?n de la hermana Mar?a, enferma de lepra (cfr?Nm?12,9-13), intercede por el pueblo que se hab?a rebelado, aterrorizado por el informe de los exploradores (cfr?Nm?14,1-19), reza cuando el fuego estaba devorando el campamento (cfr?Nm?11,1-2) y cuando serpientes venenosas estaban haciendo una masacre (cfr?Nm?21,4-9); se dirige al Se?or y reacciona protestando cuando el peso de su misi?n se hizo demasiado pesado (cfr?Nm?11,10-15); ve a Dios y habla con ?l ?cara a cara, como uno habla con su amigo? (cfr?Ex?24,9-17; 33,7-23; 34,1-10.28-35).

Tambi?n cuando el pueblo, en el Sina?, pide a Aar?n hacer un novillo de oro, Mois?s reza, explicando de modo emblem?tico su propia funci?n de intercesor. El episodio est? narrado en el cap?tulo 32 del Libro del ?xodo y tiene un relato paralelo en el Deuteronomio en el cap?tulo 9. Es en este episodio donde quisiera detenerme en la catequesis de hoy, en particular en la oraci?n de Mois?s que encontramos en la narraci?n del ?xodo. El pueblo se encontraba a los pies del Monte Sina?, mientras Mois?s, en la cima del monte, esperaba el don de las Tablas de la Ley, ayunando durante cuarenta d?as y cuarenta noches (cfr?Ex?24,18;?Dt?9,9). El n?mero cuarenta tiene un valor simb?lico y significa la totalidad de la experiencia, mientras que con el ayuno se indica que la vida viene de Dios, es ?l el que la sostiene. El hecho de comer, de hecho, implica la asunci?n del alimento que nos sostiene; por esto ayunar, renunciando a la comida, adquiere, en este caso, un significado religioso: es un modo de indicar que no s?lo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca del Se?or (cfr?Dt?8,3). Ayunando, Mois?s, indica que espera el don de la Ley divina como fuente de vida: esta desvela la voluntad de Dios y nutre el coraz?n del hombre, haci?ndole entrar en una Alianza con el Alt?simo, que es fuente de vida, es la vida misma.

Pero, mientras el Se?or, sobre el monte, da a Mois?s la Ley, a los pies del mismo el pueblo la desobedece. Incapaces de resistir en la espera y la ausencia del mediador, los israelitas piden a Aar?n: Fabr?canos un Dios que vaya al frente de nosotros, porque no sabemos qu? le ha pasado a Mois?s, ese hombre que nos hizo salir de Egipto? (Ex 32,1). Cansado de un camino con un Dios invisible, ahora que Mois?s, el mediador, ha desaparecido, el pueblo pide una presencia tangible, palpable, del Se?or, y encuentra en el becerro de metal fundido hecho por Aar?n, un dios que se hace accesible, manipulable, al alcance del hombre. Esta es una tentaci?n constante en el camino de la fe: eludir el misterio divino construyendo un dios comprensible, que corresponda a los propios esquemas, a los propios proyectos. Todo lo que sucede en el Sina? muestra toda la necedad y vanidad ilusoria de esta pretensi?n porque, como afirma ir?nicamente el Salmo 106, ?as? cambiaron su Gloria por la imagen de un toro que come pasto? (Sal 106,20).

Por esto el Se?or reacciona y ordena a Mois?s que descienda del monte, revel?ndole lo que el pueblo est? haciendo y terminando con estas palabras: ?Por eso, d?jame obrar: mi ira arder? contra ellos y los exterminar?. De ti, en cambio, suscitar? una gran naci?n? (Ex 32,10). Como con Abraham con respecto a Sodoma y Gomorra, tambi?n ahora Dios desvela a Mois?s lo que pretende hacer, como si no quisiese actuar sin su consentimiento (cfr?Am?3,7). Dice: ?mi ira arder? contra ellos?. En realidad, este ?mi ira arder? contra ellos? lo dice para que Mois?s intervenga y le pida que no lo haga, revelando as? que el deseo de Dios es siempre de salvaci?n. Como para las dos ciudades en tiempos de Abraham, el castigo y la destrucci?n, con los que se expresa la ira de Dios como rechazo del mal, indican la gravedad del pecado cometido; al mismo tiempo, la petici?n del intercesor pretende manifestar la voluntad de perd?n del Se?or. Esta es la salvaci?n de Dios, que implica misericordia, pero que siempre denuncia la verdad del pecado, del mal que existe, as? el pecador, reconociendo y rechazando el propio mal, pueda dejarse perdonar y transformar por Dios. La oraci?n de intercesi?n hace operativa de esta manera, dentro de la realidad corrupta del hombre pecador, la misericordia divina, que encuentra su voz en la s?plica del que reza y se hace presente a trav?s de ?l donde hay necesidad de salvaci?n.

La s?plica de Mois?s se centra en la fidelidad y la gracia del Se?or. Este se refiere primero a la historia de redenci?n que Dios ha comenzado con la salida de Israel, para despu?s recordar la antigua promesa hecha a los Padres. El Se?or ha logrado la salvaci?n liberando a su pueblo de la esclavitud egipcia; ?por qu? entonces -pregunta Mois?s-?tendr?n que decir los Egipcios: 'El los sac? con la perversa intenci?n de hacerlos morir en las monta?as y exterminarlos de la superficie de la tierra?'? (Ex 32,12). La obra de salvaci?n que se ha comenzado debe ser completada; si Dios hiciese perecer a su pueblo, esto podr?a ser interpretado como el signo de una incapacidad divina de llevar a cumplimiento el proyecto de salvaci?n. Dios no puede permitir esto: ?l es el Se?or bueno que salva, el garante de la vida, es el Dios de misericordia y de perd?n, de liberaci?n del pecado que mata. Y as? Mois?s apela a Dios, a la vida interior de Dios contra la sentencia exterior. Pero entonces, argumenta Mois?s con el Se?or, si sus elegidos perecen, aunque si son culpables. ?l podr?a parecer como incapaz de vencer al pecado. Y esto no se puede aceptar. Mois?s ha tenido una experiencia concreta del Dios de salvaci?n, y ha sido enviado como mediador de la liberaci?n divina y reza con su oraci?n, se hace int?rprete de una doble inquietud, preocupado por la suerte de su pueblo, pero adem?s est? tambi?n preocupado por el honor que se debe al Se?or, por la verdad de su nombre. El intercesor quiere, de hecho, que el pueblo de Israel se salve, porque es el reba?o que se le ha confiado, pero tambi?n para que en esa salvaci?n se manifieste la verdadera realidad de Dios. Amor por los hermanos pero tambi?n por Dios que se complementan en la oraci?n de intercesi?n, son inseparables. Mois?s, el intercesor, es el hombre dividido entre dos amores, que en la oraci?n se unen en un ?nico deseo de bien.

Despu?s, Mois?s apela a la fidelidad de Dios, haci?ndole recordar sus promesas: ?Acu?rdate de Abraham, de Isaac y de Jacob, tus servidores, a quienes juraste por ti mismo diciendo: 'Yo multiplicar? su descendencia como las estrellas del cielo, y les dar? toda esta tierra de la que habl?, para que la tengan siempre como herencia'? (Ex 32,13). Mois?s hace memoria de la historia fundadora de los or?genes, de los Padres del pueblo y de su elecci?n, totalmente gratuita, en la que s?lo Dios hab?a tenido la iniciativa. No por sus m?ritos, ellos recibieron la promesa, sino por la libre elecci?n de Dios y de su amor? (cfr?Dt?10,15). Y ahora, Mois?s pide que el Se?or contin?e fiel a su historia de elecci?n y de salvaci?n perdonando a su pueblo. La intercesi?n no excusa el pecado de su gente, no enumera presuntos m?ritos ni del pueblo ni suyos, pero si apela a la gratuidad de Dios: un Dios libre, totalmente amor, que no cesa de buscar al que se aleja, que permanece siempre fiel a s? mismo y que ofrece al pecador la posibilidad de volver a ?l y convertirse, con el perd?n, en justo y capaz de ser fiel. Mois?s pide a Dios que se muestre m?s fuerte que el pecado y que la muerte, y con su oraci?n provoca esta revelaci?n divina. Mediador de vida, el intercesor se solidariza con el pueblo; deseoso s?lo de la salvaci?n que Dios mismo desea, el renuncia a la perspectiva de convertirse en un nuevo pueblo agradecido al Se?or. La frase que Dios le hab?a dirigido, ?de ti, en cambio, suscitar? una gran naci?n?, no es, ni siquiera, tomada en consideraci?n por el ?amigo? de Dios, que sin embargo est? preparado para asumir, no s?lo, la culpa de su gente, tambi?n todas sus consecuencias. Cuando, despu?s de la destrucci?n del becerro de oro, vuelva al monte de nuevo, a pedirle la salvaci?n de Israel, dir? al Se?or: ??Si t? quisieras perdonarlo, a pesar de esto...! Y si no, b?rrame por favor del Libro que t? has escrito? (v.32). Con la oraci?n, deseando el deseo de Dios, el intercesor entra cada vez m?s profundamente en el conocimiento del Se?or y de su misericordia y se hace capaz de un amor que llega hasta el don total de s? mismo. En Mois?s, que est? en la cima del monte cara a cara con Dios y que se hace intercesor por su pueblo, se ofrece a s? mismo - ?b?rrame? -, los Padres de la Iglesia han visto una prefiguraci?n de Cristo, que en la alta cima de la cruz realmente esta delante de Dios, no s?lo como amigo sino como Hijo. Y no s?lo se ofrece - ?b?rrame? -, sino que con su coraz?n traspasado se hace ?borrar?, se convierte, como dice el mismo san Pablo, en pecado, lleva consigo nuestros pecados para salvarnos a nosotros: su intercesi?n no es s?lo solidaridad, sino que se identifica con nosotros: nos lleva a todos en su cuerpo. Y as? toda la existencia de hombre y de Hijo es el grito al coraz?n de Dios, es perd?n, pero un perd?n que transforma y renueva.

Creo que debemos meditar esta realidad. Cristo est? delante del rostro de Dios y reza por m?. Su oraci?n en la Cruz es contempor?nea a todos los hombres, contempor?nea a m?: ?l reza por m?, ha sufrido y sufre por m?, se ha identificado conmigo tomando nuestro cuerpo y el alma humana. Y nos invita a entrar en su identidad, haci?ndonos un cuerpo, un esp?ritu con ?l, porque desde la alta cima de la Cruz, ?l no ha tra?do nuevas leyes, tablas de piedra, sino que se ha tra?do a s? mismo, su cuerpo y su sangre, como nueva alianza. As? nos hace consangu?neos a ?l, un cuerpo con ?l, identificado con ?l. Nos invita a entrar en esta identificaci?n, a estar unidos a ?l en nuestro deseo de ser un cuerpo, un esp?ritu con ?l. Oremos al Se?or para que esta identificaci?n nos transforme, nos renueve, porque el perd?n es renovaci?n y transformaci?n.

Querr?a terminar esta catequesis con las palabras del ap?stol Pablo a los cristianos de Roma: ??Qui?n podr? acusar a los elegidos de Dios? Dios es el que justifica.?Qui?n se atrever? a condenarlos? ?Ser? acaso Jesucristo, el que muri?, m?s a?n, el que resucit?, y est? a la derecha de Dios e intercede por nosotros??Qui?n podr? entonces separarnos del amor de Cristo? [...]ni la muerte ni la vida, ni los ?ngeles ni los principados [...] ni ninguna otra criatura podr? separarnos jam?s del amor de Dios, manifestado en Cristo Jes?s, nuestro Se?or? (Rm 8,33-35.38.39)

[En espa?ol dijo]

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua espa?ola, en particular a los de la parroquia de San Juan Evangelista, de Madrid, as? como a los dem?s grupos provenientes de Espa?a, Argentina, Ecuador, M?xico y otros pa?ses latinoamericanos. Que el Se?or nos ayude a comprender en la oraci?n su designio gratuito de salvaci?n, que ha llegado a su culminaci?n en el don de su Hijo, Jesucristo, para que siguiendo su ejemplo demos la vida por los dem?s, sin esperar nada a cambio. Muchas gracias.

[Traducci?n del original italiano por Carmen ?lvarez
?Libreria Editrice Vaticana]


Publicado por verdenaranja @ 23:28  | Habla el Papa
 | Enviar