sábado, 18 de febrero de 2012

Reflexión a las lecturas del domingo séptimo de Tiempo Ordinario - B, ofrecido por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñerobajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 7º del T. Ordinario B 

“Nunca hemos visto una cosa igual…” decía aquella gente asombrada ante la curación de aquel paralítico del que nos habla el Evangelio de hoy. Y, en realidad, parece que donde está Jesucristo no puede haber enfermedad, ni muerte, ni sufrimiento, ni mal alguno. No hay nada que se resista a su poder ¡Cuántos enfermos recobran la salud con solo tocar el borde de su manto! En realidad, son muchos los milagros que hizo Señor. Dice S. Juan que si se hubieran puesto todos por escrito,  no cabrían los libros en el mundo (Jn 21, 25). Y entre todos los milagros, hay uno que hizo Jesucristo para  demostrar que Él tiene poder en la tierra para perdonar pecados. Nos lo presenta el Evangelio de este Domingo:

“… Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados… Entonces le dijo al paralítico: “Contigo hablo: levántate, coge tu camilla y vete a tu casa”.

Todos se quedaron atónitos y daban gloria a Dios diciendo: “Nunca hemos visto una cosa igual”. A lo largo del Evangelio, contemplamos a Jesucristo perdonando los pecados en numerosas ocasiones… Y, después de subir al Cielo,  en su ausencia visible, quiere también seguir perdonando los pecados. Por eso, el mismo día de la Resurrección, al atardecer, -parece que tiene prisa- se presenta en el Cenáculo y dice a los apóstoles: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”. (Jn 20, 22–23)  ¡Asombroso! ¡¡Mirad a unos hombres que tienen poder para perdonar los pecados!! ¡No nos lo podíamos ni siquiera imaginar…!

Pero los apóstoles ya no están, podría decir alguno ¿Y ahora? Los apóstoles, durante su vida y antes de morir, eligieron a hombres de buena fama a los que, por la imposición de las manos y la oración, transmitieron el poder que habían recibido de Jesucristo. Y así sucesivamente, hasta llegar a nosotros.  Por tanto, el perdón de los pecados llega a nosotros y se garantiza a través de un Sacramento: El Orden Sacerdotal.

Qué pena que estemos ya tan “acostumbrados”, que realidades como éstas, ya no nos impresionan, ni nos hacen estremecer: ¡Hombres como nosotros, perdonando los pecados en nombre de Dios! Cómo deberíamos dar gloria y alabanza a Dios que ha dado a los hombres  tal potestad. (Mt 9, 8).

Este Domingo, cuando nos  disponemos a entrar en la Cuaresma, es un día apropiado para revisar nuestra vida, a la luz de estos textos de la Palabra de Dios y para reflexionar sobre el Sacramento del Perdón que recibe varios nombres: Sacramento de la Reconciliación, de la Penitencia, de la Confesión…, al que los Santos Padres llamaron “segundo bautismo” y también “la segunda tabla de salvación”.  Deberíamos preguntarnos cómo lo aprovechamos, con qué frecuencia y con qué espíritu lo recibimos, etc. Pienso que es conveniente recibir este Sacramento, por lo menos, una vez al mes, a no ser que haya antes algún pecado grave. Y junto al Sacramento, el acompañamiento o dirección espiritual de algún sacerdote que quiera ayudarnos.

En una ocasión me decía un médico joven: “Yo no creo en la Confesión… Pero es interesante pensar que, alguna vez en la vida, se puede partir de cero”. ¡Con Jesucristo se puede partir de cero en cualquier momento!  Por tanto, nos quedamos sin excusas cuando vivimos alejados de Dios, enemistados con Él, en pecado. Y si en esa situación llega la muerte y nos encontramos con Dios, ¿qué le vamos a decir? ¿De qué nos vamos a quejar? Lo nuestro es aprovechar los sacramentos con una inmensa grati-tud y con el mejor espíritu y procurar que otros lo hagan también… Pero el sacramento de la Penitencia, o mejor, de la Reconcilia-ción, no vale sólo para los pecados graves, sino también para purificar y renovar nuestro interior, en nuestro esfuerzo por avanzar por el camino de la santidad, a la que nos llama el Señor a todos.  (Mt 5, 48) Y lo fundamental no es lo que el sacerdote nos dice ni siquiera los pecados que tenemos… Lo fundamental es lo que el mismo Dios “realiza en nosotros” en este Sacramento, del que salimos como recién bautizados, libres y animosos para seguir alcanzando nuevas metas…

Ojalá que podamos acercarnos con frecuencia al Señor en este Sacramento para decirle: “Sáname, Señor,  porque he pecado contra ti”. Es lo que repetimos hoy en el salmo responsorial. 

¡FELIZ DOMINGO! ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 11:55  | Espiritualidad
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