Lunes, 12 de marzo de 2012

Lectio divina para el lunes de la tercera semana de Cuaresma 2012, ofrecida por la Delegación Diocesana de Liturgia de la diócesis e Tenerife.

Lectura: “Lucas 4, 2430”

En aquel tiempo, dijo Jesús al pueblo en la sinagoga de Nazaret: «Os aseguro que ningún profeta es bien mirado en su tierra. Os garantizo que en Israel había muchas viudas en tiempos de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses, y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, más que a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo; sin embargo, ninguno de ellos fue curado, más que Naamán, el sirio.»

Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monte en donde se alzaba su pueblo, con intención de despeñarlo.

Pero Jesús se abrió paso entre ellos y se alejaba.

Meditación: 

“Se alejaba”

Hay expresiones tuyas, Señor, que me conmueven profundamente, me inquietan. Tal vez no están en un contexto en el que me sienta implicado pero la sensación que deja en mí pone de manifiesto que algo hay en ella que me toca vitalmente.

Releyendo este texto me pregunto de qué manera sutil puedo intentar apartarte de mi camino, porque muchas veces tu palabra me interpela con fuerza. A base de tratar contigo, o de creer que trato, porque en ocasiones en vez de estar contigo puedo hacerlo con una proyección mía, me aprovecho de ti, y así me resulta fácil acomodarte y justificarme, y esquivar mi entrega total, radical, generosa y gozosa.

Y me tengo que preguntar si no te obligo al final a alejarte de mí, no porque tú quieras, sino porque yo me empeño, porque a fuerza de evadirme, de justificarme, de no tomar en serio, plenamente en serio, gozosamente en serio, tu llamada, tienes que terminar dejándome a mi aire.

Cuando a veces te siento distante o creo no sentirte, me es fácil echarte la culpa, siempre tendemos a echar la culpa de lo que nos pasa a los otros, cuando soy yo el que me alejo de ti. Tú en realidad, no te alejas nunca, siempre estás, y tu silencio, tu aparente distancia, no es sino mi distancia o, en el mejor de lo casos, la forma que tienes de hacer que te hambree, de provocar mi búsqueda ansiosa de ti, de despertar el anhelo por serte fiel, por responder a tu llamada.

Al final, siempre me permites volver a sentir que estás, porque tu amor es así y, de esa manera, estimulas mi seguimiento, me haces capaz de ir descubriendo mi propia verdad, me ayudas a crecer en coherencia como persona y como discípulo.

Oración: 

“Confiando”

Te doy gracias, Señor, porque no te cansas de mí. Porque a pesar de muchos rechazos, de muchas evasiones, de muchas irresponsabilidades, más de las que yo mismo quisiera, sigues a mi lado. Tienes motivos para alejarte, para abandonarme a mi suerte, pero me amas, y eso te pierde y a mí me salva.

Gracias porque ese empeño tuyo me permite descubrir mis posibilidades. Gracias porque, aunque yo a veces te cierre el camino a mí, tú nunca me cierras el camino a ti. Porque tus continuas oportunidades son la causa de que pueda seguir esperando y confiando.

Contemplación: 

“Velando por mí”

En tu silencio
no te siento,
pero sé que estás aquí.

Intuyo tu presencia,
callada,
velando por mí,
con el amor de siempre.
Y un profundo sentimiento
de saberte cerca,
me ayuda a buscar,
anhelante,
tu vuelta.


Publicado por verdenaranja @ 22:40  | Liturgia
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