Domingo, 18 de marzo de 2012

Lectio divina para el domingo cuarto de Cuaresma - B, ofrecida por la Delegación Diocesana de Liturgia de la diócesis de Tenerife.

Lectura: “Juan 3, 1421”

En aquel tiempo dijo Jesús a Nicodemo: Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desiertos así tiene que ser elevado el Hijo del Hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna.

Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna.

Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.

El que cree en él, no será condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

Esta es la causa de la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas.

Pues todo el que obra perversamente detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras.

En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.

Meditación: 

“Que tengan vida eterna”

Es una palabra que no tiene desperdicio y que nos asoma a todo el proyecto de amor de Dios para con la humanidad. Hemos convertido o queremos convertir a Dios en un enemigo del hombre. Todavía no hemos descubierto que somos nosotros los que hemos creado la enemistad, los que hacemos proliferar enemigos por todas partes, los que nos distanciamos, los que nos ponemos barreras, los que mantenemos la fuerza del poder y de la violencia, los que rompemos el amor y la vida, y los trivializamos hasta despojarlos de todo su sentido y toda su riqueza. No, Dios no es enemigo del hombre, es nuestro creador, nuestro Padre, nuestro amigo, y su proyecto sobre la humanidad es un proyecto de amor, un proyecto de vida en el que se implica hasta los límites insospechados de lo que podemos pensar de un Dios, hasta dar la vida para que tengamos vida.

Releer esta lectura es asomarnos y asombrarnos al escuchar ese “tanto amó Dios al mundo”(¿dónde está el enemigo?), que entregó a su Hijo y pasó por el mundo convertido en don, comunicando amor de Dios, al lado del hombre para dignificarlo, incluso frente a leyes religiosas que los hombres inventamos, no para agradar a Dios, sino a nosotros mismos. Metido de lleno en el proyecto de aportar vida allí donde pasa, y abriendo las puertas de la vida hasta esa plenitud en la que nosotros no podemos entrar si no es por el milagro de su bondad, de su proyecto de amor con la obra salida de sus manos, mejor, de su corazón, de su Espíritu.

Y en ese proyecto de generar vida, de construir vida, en el sentido más pleno y total de la palabra, me invitas a adentrarme a mí. En esta cuaresma que avanza me sitúas ante mí mismo, antes mis actitudes, ante la orientación de mis sentidos y de mis opciones profundas de humanidad, ante la firmeza de mi fe, la certeza de mi esperanza, y la fuerza y radicalidad de mi amor. Me ayudas a situarme ante tu verdad y la mía, y desde ahí a seguir dirigiendo mi mirada, la mirada de mi existencia hacia ti.

Señor, en el camino de mi vida me voy acercando, entre fracasos y caídas, entre deseos e ilusiones, a la meta de mi peregrinación, y deseo culminar mi andadura contigo. Sabes que llegaré muy herido, tal vez desfigurado mi rostro de hijo, pero ayúdame a seguir hasta el final,  manteniendo mi mirada y mi esperanza en ti para alcanzar la meta a la que me llamas: Tú.

Oración: 

“Conviérteme”

Dios mío, gracias por tanto amor al que no soy capaz de responder con la fuerza que debía. Perdona mi poco esfuerzo, mi superficialidad, mis fracasos; pero no dejes de mirar mis anhelos, mis deseos, mis ilusiones, mis esfuerzos tenues, y empújalos. En este camino cuaresmal trato de encauzar mi corazón hacia ti. Siento el deseo y la necesidad de rehacerme contigo y desde ti. Me quiero implicado más de lleno en tu historia de amor, en tu seguimiento, en mi ser testigo de toda la experiencia de amor que a lo largo de mi vida me has permitido experimentar. Permíteme, Señor, adentrarme en la aventura de mi crecimiento humano, de mi ser de hijo tuyo, de hacer de mi vida un don para quienes se han cruzado y se cruzan en el camino de mi vida. Conviérteme, Señor, en ti y a ti.

Contemplación: 

“Sólo tú”

Asomado a la ventana de mi vida
veo pasar corrientes de sueños
que ansían hacerse realidad.
Brazos levantados a lo alto
anhelando vida que negamos,
cerrando los círculos de grandeza
para la que hemos sido creados.

Así descubro que sólo tú puedes
desbordar las orillas cerradas,
con la corriente inmensa de tu amor,
y hacer fecunda la tierra fértil
con la que has modelado mi corazón.


Publicado por verdenaranja @ 21:13  | Liturgia
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