Domingo, 25 de marzo de 2012

Homilía de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata, en la misa de ordenaciones sacerdotales (Iglesia Catedral, 17 de marzo de 2012) (AICA)

ELEGIDOS DE DIOS              

Todos ustedes, queridos hermanos, han sido testigos de que acabo de elegir a estos seis diáconos para el ministerio de los presbíteros. Al comienzo de la misa hemos rogado por ellos, en la oración llamada colecta; lo hemos hecho en estos términos: Señor y Dios nuestro, que guías a tu pueblo mediante el ministerio de los sacerdotes, concede a estos diáconos de tu Iglesia, que hoy has elegido para el orden presbiteral, perseverar en tu servicio, para que, por su vida y su ministerio, busquen solamente tu gloria en Cristo. Según el rito indicado por el pontifical, es el obispo quien los elige, con la ayuda de Dios y de nuestro Salvador Jesucristo, y es a la vez Dios quien los elige hoy. No existe contradicción alguna; la elección del obispo, que es la elección dela Iglesia, hace presente y visible la elección de Dios. Ésta, la elección divina, es eterna; a nuestros seis diáconos podríamos aplicarles las palabras que el Señor dirigió al profeta Jeremías como llamado o vocación: antes de formarte en el vientre materno, yo te conocía; antes de que salieras del seno, te consagré (Jer. 1, 5). Hoy esa elección se torna actual, y sobre todo, cierta, segura, en virtud del poder que Dios ha depositado en su Iglesia, de la facultad que Cristo transmitió a los apóstoles. En la coincidencia de la elección eclesial y la elección divina se manifiesta el misterio de la vocación.

¿Qué es, en efecto, la vocación sacerdotal? ¿Cómo llega a ser reconocido el llamado de Dios? Normalmente, los elegidos no escuchan una voz interior que les dice: quiero que seas sacerdote. La vocación consiste en el conjunto de aptitudes y disposiciones, de dotes físicas y espirituales, psicológicas, morales y religiosas que a lo largo del tiempo configuran un designio providencial y van preparando al candidato para alcanzar la idoneidad requerida por el modo de vida y el servicio propios del sacerdote. La naturaleza, la educación y la gracia se asocian y actúan sinérgicamente desde que se perciben los primeros indicios del llamamiento, y especialmente en el extenso período de la formación en el seminario. Importa sobremanera, asimismo, la inclinación a las cosas de Dios, la intención, que se va precisando, purificando y robusteciendo hasta la plena rectitud. Es éste un proceso de amor; el deseo se fija progresivamente en este único objetivo: ser sacerdote para procurar mayor gloria de Dios colaborando con Cristo en la salvación de los hombres.

La vocación es objeto de discernimiento, los signos en los cuales se insinúa deben ser interpretados. Enla Sagrada Escriturafiguran numerosos relatos de vocación. Un caso paradigmático es el del joven Samuel, que había sido preparado para la misión desde su nacimiento; tres veces fue llamado por su nombre, pero él no reconoció la voz del Señor hasta que, la cuarta vez, advertido por el sacerdote Helí, que comprendió lo que sucedía, pudo decir: habla, porque tu servidor escucha (1 Sam. 3, 1-10). Fue llamado por Dios, pero necesitó que alguien interpretara ese llamado. No hay que esperar manifestaciones extraordinarias, una especial revelación que otorgue certeza sobre la existencia de una vocación auténtica; el discernimiento sigue las reglas de la prudencia cristiana, supuesta una actitud fundamental de sinceridad y humildad y la disposición generosa a abrazar la voluntad de Dios. En el discernimiento y la elección que hacela Iglesiamediante el ministerio del obispo se concreta la vocación.

Antes de recibir la gracia y el carácter sacerdotal por la imposición de mis manos y la plegaria de la ordenación, los elegidos tienen que manifestar su voluntad de asumir el ministerio de los presbíteros. En el sí, quiero que han de pronunciar expresarán su respuesta definitiva al llamado de Dios, esa respuesta preparada y cultivada durante años en lo íntimo del corazón que ahora profesan antela Iglesiacomo un compromiso solemne. En el interrogatorio que yo les propondré queda claro en qué consiste el grado del sacerdocio que se les confiere. La ordenación sacerdotal es una consagración: Dios los consagra, haciéndolos partícipes del sacerdocio de Cristo y habilitándolos para actuar representando personalmente a Cristo. En el Evangelio que se ha proclamado hace unos minutos escuchamos la oración que Jesús elevó al Padre por sus apóstoles: conságralos en la verdad… por ellos me consagro, para que también ellos sean consagrados en la verdad (Jn. 17, 17.19). Es la plegaria del Gran Sacerdote en la que se unen la alabanza, la súplica y la ofrenda. Conságralos equivale a santifícalos: es la dedicación de una persona a Dios como propiedad y pertenencia suya, lo cual la habilita para ejercer la misión que el mismo Dios le encomienda. Se dice conságralos en la verdad en alusión al Espíritu Santo, a quien invocaremos en la plegaria de ordenación. Los elegidos son objetivamente consagrados por la gracia del sacramento, pero ellos mismos se consagran con Cristo al Padre por la salvación de los hombres.

Además, ratificarán con el sí quiero el propósito de colaborar con el obispo en la misión de apacentar el rebaño del Señor. Estos términos evocan imágenes bíblicas, especialmente la figura evangélica de Jesús reuniendo a sus discípulos, cuidando de ellos, alimentándolos con sus enseñanzas. En la primera lectura escuchamos al apóstol San Pedro que exhortaba a los presbíteros de la primitiva comunidad cristiana a ser abnegados, vigilantes, humildes y ejemplares en el ejercicio de la función pastoral mirando únicamente a imitar al Jefe de los pastores, del cual solo deben esperar la recompensa (cf. 1 Pe. 5, 1-4). Esas palabras cobran hoy nueva actualidad y van dirigidas como argumento, incitación y advertencia a estos seis queridos hijos a los que incorporo, como colaboradores míos, al presbiterio dela Iglesia Platense.

El interrogatorio detalla también las dimensiones del ministerio pastoral. Se menciona en primer lugar el servicio rendido ala Palabrade Dios mediante la predicación del Evangelio y la enseñanza de la fe católica. Desde los orígenesla Iglesiaha puesto una atención especial, una aplicación diligente en la misión de transmitir la verdad, la plenitud de la revelación que se nos ha dado en Cristo, como un depósito sagrado, como un tesoro de precio incomparable. San Pablo conjuraba solemnemente a su discípulo Timoteo: proclamala Palabrade Dios, insiste con ocasión o sin ella, arguye, reprende, exhorta, con paciencia incansable y con afán de enseñar (2 Tim. 4, 2). El Apóstol añade a su advertencia una razón inquietante: porque llegará el tiempo en que los hombres no soportarán más la sana doctrina; por el contrario, llevados por sus inclinaciones se procurarán una multitud de maestros que les halaguen los oídos, y se apartarán de la verdad para escuchar cosas fantasiosas (ib. 3-4). Ese tiempo futuro se ha hecho presente muchas veces en la ya larga historia dela Iglesia, y la descripción que nos ofrece ese pasaje bíblico se ajusta perfectamente a la realidad que vivimos en el mundo y enla Argentinade hoy. El sacerdote tiene que asumir con sabiduría y coraje el ministerio de la verdad. Hablando de la importancia de la homilía, una de ls formas más comunes de transmisión de la verdad, Benedicto XVI, en la exhortación Vebum Domini, nos recuerda que es preciso prepararse con la meditación y la oración y mediante familiaridad y trato asiduo con el texto sagrado, para predicar con convicción y pasión.

En el centro del ministerio pastoral del sacerdote se encuentra la celebración de los misterios del Señor, especialmentela Santísima Eucaristíay el sacramento dela Reconciliación, fuentes principales para la santificación del pueblo cristiano. En la ordenación se recibe el poder sagrado de consagrar y ofrecer el verdadero cuerpo y la verdadera sangre de Cristo y de perdonar o retener los pecados. El sacerdote puede empeñarse en otras diversas actividades, pero nadie puede suplirle en su función litúrgica por la cualla Iglesia–y la creación entera a través de ella- da gloria a Dios y abre camino en el mundo a la gracia de la redención. La misa diaria es para el sacerdote fuente y cima, síntesis de su vida, necesidad y gozo, su trabajo mejor e indudablemente eficaz; al ofrecerse así con Jesús alcanza libertad y gracia, iluminación interior y fortaleza para el resto de su ministerio. Cito un bello pasaje dela Imitaciónde Cristo (IV, 8) en el que el autor hace hablar al Señor: Así como yo me ofrecí a mí mismo espontáneamente por tus pecados a Dios Padre, con las manos extendidas en la cruz y el cuerpo desnudo, sin que quedara nada sin convertirse en el sacrificio de la reconciliación con Dios, así debes tú cuanto más entrañablemente puedas, ofrecerte a ti mismo con plena voluntad a mí en sacrificio puro y santo cada día en la misa, con todas tus fuerzas y deseos. No me interesa lo que puedas darme que no seas tú mismo, porque no quiero tus dones, sino a ti. En el altar se cumple, día tras día, y de modo creciente según el dinamismo de la gracia y la ardiente determinación de la libertad personal, la identificación del sacerdote con el Sumo y Eterno Sacerdote.

Los elegidos se comprometerán también a compartir con el obispo un ministerio de intercesión, es decir, de invocar la misericordia divina en favor del pueblo que les será encomendado. En realidad, la intercesión no conoce fronteras y se extiende a todos los hombres, aun a los que rechazan el Evangelio. En el Antiguo Testamento encontramos los modelos de Abraham regateando con Dios sobre la suerte de Sodoma, y de Moisés perseverando durante toda una jornada con los brazos en alto para asegurar la victoria del pueblo de Dios. Esos y otros numerosos ejemplos eran sólo esbozos del arquetipo, del que es el único intercesor ante el Padre a favor de todos los hombres, de los pecadores en particular. Así se expresa el Catecismo dela Iglesia Católica(2634), que describe la intercesión como una oración de petición que nos conforma muy de cerca con la oración de Jesús. En efecto, el sacerdocio de Cristo se ejerce en el cielo en orden a la salvación definitiva de los que se acercan a Dios por su intermedio, ya que vive eternamente para interceder por ellos (Hebr. 7,25).

La oración de Cristo, su alabanza al Padre y su intercesión en favor de los hombres, se continúa en la oración dela Iglesia, especialmente cuando ella celebrala Liturgiade las Horas. En esta celebración, que no es una acción privada, se unen la voz de Cristo y dela Iglesia. Auncuando el sacerdote recita solo la oración de las horas cumple una función sacerdotal, representa a toda la comunidad cristiana y contribuye de modo misterioso y profundo al crecimiento del pueblo de Dios. Recibe para ello un verdadero mandato y al cumplirlo debe esmerarse en que la mente concuerde con la voz, de manera que esa oración litúrgica  sea para él manantial de piedad y nutra su oración personal y todo su apostolado.

Queridos hijos que van a ser ordenados: ustedes se comprometerán ahora a desempeñar siempre el ministerio presbiteral. El para siempre tiene un valor singular en este tiempo en que la fe empeñada y la palabra dada no parecen ser respetadas como valores inconmovibles y timbres de honor; todos los vínculos parecen provisorios y todos los juramentos retractables. Ustedes se ligan para siempre con el yugo de Cristo, el amor y la cruz. ¿Cómo podrá sostenerse, inalterable, la fidelidad? Durante el período de formación les he hablado muchas veces, en las conferencias semanales, en las homilías y en los frecuentes encuentros personales, sobre las condiciones de la vida sacerdotal y los medios para vivirla en plenitud. Una sola cosa quiero añadir en este momento solemne: manténganse en el fuego del amor de Dios. San Lucas recogió unas palabras de Jesús que no se encuentran en los otros evangelios: Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo! (Lc. 12, 49).  Dos escritores de la antigüedad, Orígenes y Dídimo, han transmitido un agraphon, una palabra del Señor que no fue escrita y que se acompasa con la cita precedente: el que está cerca de mí está cerca del fuego. El fuego, según el simbolismo bíblico, es el ámbito en que Dios se revela, purifica y juzga. Lucas pensaría probablemente en el Evangelio y en el Espíritu Santo. Los Padres dela Iglesiaexpresan variadamente esa interpretación. San Ambrosio en su comentario recuerda que el Señor mismo es fuego devorador y aplica el dicho de Jesús a los sacerdotes: Él ha venido a traer fuego a la tierra para que el celo de los pastores no sea forzado sino libre, asociado al amor y no al deber, para inflamar sus corazones en el deseo de Dios. Es preciso permanecer dentro de esa hoguera, en el fuego que arde en el corazón de los santos apóstoles, y sobre todo en el corazón dela Madredel Señor. 

Mons. Héctor Aguer, arzobispo deLa Plata 


Publicado por verdenaranja @ 22:26  | Homil?as
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