Lunes, 26 de marzo de 2012

Lectio divina para el domingo quinto de Cuaresma - B, ofrecida por la Delegación Diocesana de Liturgia de la Diócesis de Tenerife.

Lectura:

“Juan 12, 20 33”

En aquel tiempo entre los que habían venido a celebrar la Fiesta había algunos gentiles; éstos, acercándose a Felipe, el de Betsaida de Galilea, le rogaban: Señor, quisiéramos ver a Jesús. Felipe fue a decírselo a Andrés; y Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús.

Jesús les contestó: Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del Hombre.

Os aseguro, que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre le premiará.

Ahora mi alma está agitada y, ¿qué diré?: Padre, líbrame de esta hora. Pero si por esto he venido, para esta hora. Padre, glorifica tu nombre.

Entonces vino una voz del cielo: Lo he glorificado y volveré a glorificarlo.

La gente que estaba allí y lo oyó decía que había sido un trueno; otros decían que le había hablado un ángel.

Jesús tomó la palabra y dijo: Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros. Ahora va a ser juzgado el mundo; ahora el Príncipe de este mundo va a ser echado fuera. Y cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí.

Esto lo decía dando a entender la muerte de que iba a morir.

Meditación:

“Donde esté yo”

Estamos a las puertas de la semana santa y este texto nos mete de lleno en el clima externo y en el clima del corazón de Cristo y, también, a punto de finalizar esta andadura, nos debía ayudar a tantear el clima de nuestro corazón para ver si ha ido creciendo al ritmo de su paso por nosotros.

Para el evangelista no se acerca sólo el momento de la muerte, aunque el mismo Jesús esté sintiendo la angustia del momento tremendo por el que tiene que atravesar; lo tiene claro, no es el momento del fracaso humano, es el momento de la glorificación de Dios, de la donación del mismo Dios en Jesús, de la manifestación del amor hasta las últimas consecuencias, y que pone de manifiesto cómo, por amor, Dios mismo está dispuesto a aceptar el rechazo humano y morir. Pero, al final, con el gran mensaje salvador, ni el mal ni la muerte vencerán. Habrá que pasar por asumir el rechazo humano, inconsciente de sus consecuencias, pero Dios y su amor, seguirán siendo la primera y última palabra definitiva de la historia.

Desde ahí, Señor, me invitas a unirme a ti, a servirte, a estar donde tú estás y como tú estás, en todo, con todos, y amando. No has tenido ni tienes otra palabra que el amor. Pero no el amor simplón que se apoya en una falsa o superficial afectividad, por mucha fuerza con que la experimentemos en nuestros sentimientos siempre condicionados; sino el amor que hace que la vida se convierta en donación sin exclusiones; el amor que se acerca, toca, acaricia y sana con la humildad, la misericordia y la ternura; pero, también, desde la corrección, el rechazo y la denuncia de todo aquello que impide al hombre ser hombre y crecer en su dignidad humana, como tú lo hiciste.

Desde ahí, desde ti y contigo, en esta llamada que ha resonado y sigue resonando con fuerza a la conversión, a la vuelta continua de mi vida hacia ti, a los pies del Calvario, donde se va a consumar tu amor, y Dios va a ser glorificado por tu entrega total, vuelves tu mirada y con claridad me tiendes tu mano. Me invitas a ir contigo hasta el final, a subir contigo a Jerusalén, que es también el final de mi camino de cruz y de luz, aprendiendo a pasar y estar donde tú estás, para mi bien, el bien de la historia y para gloria del Padre

Oración:

“Agarra con fuerza mi mano”

Señor, me conmueve y me asusta este final. Sí, ya sé cuál es el resultado, pero es un momento tremendo en tu vida y una nueva interpelación en la mía. Deseo seguirte con todas mis fuerza; y, al mismo tiempo, palpo mi miedo, mis deseos de no complicarme la vida, de mantener mi tibieza, de jugar con todas las cartas que me permitan, ingenuo de mí, contentarte a ti, al ambiente en el que vivo y a mí mismo. Y, Señor, sé que todo esto es mucho más serio que mis cobardías y mi seguimiento light. A veces siento que juego con mi vida, y la vida es hermosa, pero es seria; no se juega con ella, aunque tengamos que jugar muchos momentos en ella. No fue broma tu donación total, no te diste a medias, no llegaste al final por placer, sino por amor, por amor a Dios, por amor al hombre, por amor a mí. Y, Señor, consciente de todo lo que me condiciona, de todo lo que todavía me distancia de ti, quiero caminar contigo, estar a tu lado, servirte y servir como tú. Pero sabes que solo no puedo. Agarra con fuerza mi mano, la mano de mi corazón, y camina siempre conmigo.

Contemplación:

“Contigo y desde ti”

No, no se juega con la vida;
no se puede jugar con el amor;
no se puede jugar con el hombre
ni se puede jugar contigo, Señor.
Es todo demasiado grande,
demasiado hermoso y serio.

La vida, el amor, el hombre, tú,
son las arcas que guardan
el secreto de la felicidad,
el secreto de la plenitud.

En ti lo descubro y lo siento,
y contigo y desde ti
quiero y deseo alcanzarlas.


Publicado por verdenaranja @ 20:42  | Liturgia
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