Lunes, 26 de marzo de 2012

Lectio divina para el lunes de la quinta semana de Cuaresma 2012, ofrecida por la Delegación Diocesana de Liturgia de la diócesis de Tenerife.

Lectura:

“Juan 8, 1 11”

En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba.

Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio y, colocándola en medio, le dijeron: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adulteras; tú, ¿qué dices?»

Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo.

Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra.» E inclinándose otra vez, siguió escribiendo.

Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó solo Jesús, con la mujer, que seguía allí delante Jesús se incorporó y le preguntó: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?» Ella contestó: «Ninguno, Señor.»

Jesús dijo: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más.»

Meditación:

“Tampoco yo te condeno”

Los errores que los demás cometen son siempre por mala voluntad, los míos por limitaciones. Es así como funcionamos casi todos. Y así creamos muros entre los hombres, y así nos ponemos por encima de los demás, colocando etiquetas y condenando con una facilidad pasmosa. No nos importa ni el dolor que pueda haber detrás, ni los condicionamientos, ni la historia.

Y, ante esta realidad, de nuevo me das una lección de misericordia, de coherencia y de comprensión, de perdón y de sinceridad. Me haces descubrir las innumerables oportunidades continuas que me has ido dando a lo largo de mi vida, aunque me cueste reconocerlas, porque no me paro a pensarlas. Y experimento en lo más profundo de mí las continuas ocasiones en las que tienes que escribir en el suelo, como aquel que no se entera, para seguir ofreciéndome continuas oportunidades para retomar mis interesadas y superficiales actitudes.

Así me permites y me enseñas, con tu infinita paciencia y misericordia, a indagar en mi intimidad para descubrir lo que de verdad me mueve, lo que de verdad late en lo profundo de mis deseos, los motivos turbios que aún siguen empañando la claridad y la limpieza de mis opciones. Ahí descubro tu amor y tu ausencia de condenas. No para justificarme y seguir inmerso en mi oscuridad, sino para descubrirme en mis posibilidades abiertas, y construirme desde lo mejor, desde lo más noble, desde la verdad que has impreso en mí corazón.

Oración:

“Misericordia”

Perdóname, Señor, por todas las veces que no mido por el mismo rasero a mí y a los demás. Perdona mi visión cerrada y egoísta, que ponen de manifiesto mi pobreza humana. Perdona la facilidad con la que condeno. Las veces que rechazo en otros lo que yo mismo porto en mi interior.

Ven en mi ayuda, para que al experimentar tu comprensión, tu misericordia, tu perdón, tu amor, aprenda a tratar igual a mis hermanos los hombres, con limpieza de mente y de corazón, con misericordia y con amor.

Contemplación:

“Tu ternura”

Me conmueve tu fuerza
y tu ternura.

Me fascina tu capacidad
de amar y perdonar.

Me duele ponerme ante ti
desde mi realidad pecadora;
pero siento tu mirada acogedora
y tu palabra suave
que me atrae, me consuela
y me estimula.

Así abres las puertas
de mi desvanecida esperanza
y dejas que un rayo de luz
atraviese el espesor
de mis nubes oscuras,
me permita vislumbrar
el azul de mi cielo
y el sol que quiere
derretir mi hielo.


Publicado por verdenaranja @ 20:46  | Liturgia
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